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T4

El documento aborda la ética en la filosofía clásica, centrándose en las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles sobre la virtud y la felicidad. Sócrates sostiene que la virtud es conocimiento y que la felicidad se logra a través de la práctica de la virtud, mientras que Platón enfatiza la importancia de conocer el Bien para alcanzar la felicidad. Aristóteles, por su parte, define la virtud como un hábito que se desarrolla a través de la práctica y critica el intelectualismo de sus predecesores, subrayando la importancia de la voluntad y la acción en la búsqueda de la felicidad.

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El documento aborda la ética en la filosofía clásica, centrándose en las ideas de Sócrates, Platón y Aristóteles sobre la virtud y la felicidad. Sócrates sostiene que la virtud es conocimiento y que la felicidad se logra a través de la práctica de la virtud, mientras que Platón enfatiza la importancia de conocer el Bien para alcanzar la felicidad. Aristóteles, por su parte, define la virtud como un hábito que se desarrolla a través de la práctica y critica el intelectualismo de sus predecesores, subrayando la importancia de la voluntad y la acción en la búsqueda de la felicidad.

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Tema 4 LA DISCUSIÓN ETICA EN LA FILOSOFÍA CLÁSICA

2.3
La ética
La ética socrática pone en el centro de la reflexión la virtud —o excelencia— y la felicidad.
El término griego para denominar a la virtud es are-té. Para un hablante griego de la época
de Sócrates, la areté es lo que sirve para identificar aquello que hace que algo o alguien
realice una actividad de modo excelente.
17
La virtud, según Sócrates, permite el modo excelente de acción del individuo. Ahora bien,
dado que las actividades que realizan los seres humanos son de diverso tipo, también
existe diversidad de virtudes.
Por otra parte, la palabra felicidad procede del término griego eudaimonia. No obstante, se
debe tener en cuenta que la virtud que es propia del ser humano está caracterizada por una
propiedad que solo poseen los hombres y las muje-res: ser racionales. Así como el ser
humano es el único que piensa y razona, del mismo modo, solo él puede ser feliz mediante
la práctica de la virtud. Sócrates afirma que, mientras que el resto de los bienes son
efímeros y ambivalentes, la virtud es permanente y un bien en sí misma. La virtud, por tanto,
garantiza la consecución del mejor de los bienes y la felicidad
Cuando Sócrates se pregunta qué es la virtud, suele responder que es conoci-miento. Así,
asegura que quien actúa virtuosamente lo hace porque tiene un determinado saber.
Cuando una persona no actúa de ese modo es porque, en realidad, ignora cuál es el bien
que hay que hacer en esa determinada acción. El error se comete siempre y solo por
ignorancia o accidente; nunca es algo voluntario. Por eso, cuando alguien se equivoca, no
debe ser castigado, sino que se le debe enseñar
Lo que todavía no sabe para que deje de actuar erróneamente.
La virtud permite el conocimiento del bien verdadero y quien lo conoce no puede dejar de
realizarlo. Esta doctrina se conoce como intelectualismo
moral socrático.
Sócrates también considera que es mejor sufrir una injusticia que come-terla. A juicio del
filósofo ateniense, nunca está justificado hacer lo que es injusto, ni siquiera cuando se trata
de evitar una injusticia cometida contra uno mismo.
Durante su vida, Sócrates intentó ser fiel a sus tesis y mantener la coherencia respecto a lo
que enseñaba. De hecho, prefirió la muerte —aunque el juicio y la condena fueran injustos
— a huir de Atenas y salvar su vida.

7. La ética
El intelectualismo moral
Platón vivió una época de crisis y decadencia, de la cual culpó al entoque rela vista de los
sofistas. La filosofía práctica de Platón se edifica sobre la tesis de que la persona no puede
obrar el bien si no conoce lo que es el Bien en si.
cI pensador ateniense sostenía que todos los seres humanos desean las cosas buenas y la
felicidad. Sin embargo, es frecuente que no se sepa distinguir los bienes verdaderos de los
bienes aparentes; muchas veces, se desconoce en que consiste el bien y se confunde el
objeto de la verdadera felicidad con realidades imperfectas, como los placeres sensibles, las
riquezas o los honores.
Platón considera que la felicidad solo se puede encontrar en la contemplación de las ideas,
especialmente, de la idea más elevada: la idea del Bien.
Solo quien la conoce puede realizar el bien y ser feliz.
Estatua de Palas Atenea, diosa griega de la sabiduría.
Para alcanzar la felicidad y la visión de las ideas, solo hay un camino: el cultivo de la
sabiduría y de la virtud, que, en el fondo, se identifican. En este sentido, fue continuador del
intelectualismo moral socrático, según el cual, quien conoce el verdadero bien no puede
dejar de practicarlo y, por el contrario, quien se deja llevar por el vicio, lo hace por
ignorancia.

7.2
Las virtudes
Platón no llegó a dar una definición de virtud, si bien, al revisar sus obras, es posible hacer
una aproximación a este concepto:

• La virtud es algo interior del alma que le proporcio-na armonía y salud. No es una
habilidad técnica que se pueda enseñar en un sentido externo, sino que ha de brotar del
alma de aquel que la busca (aunque requiera el apoyo de quien ya ha transitado ese
camino).

La virtud es una purificación para el alma que le permite liberarse del cuerpo y retornar al
mundo de las ideas tras la muerte. Platón entendía que el alma debe convivir con el cuerpo
mientras permanece unida a él y por eso necesita cierta satisfacción sensible. No obstante,
si esta se sobrevalora, impide al ser humano
dirigirse a su verdadero fin.

La virtud es un saber acerca del bien. Ser virtuoso consiste en ser capaz de distinguir los
bienes verdaderos de los aparentes. Si actuamos mal, es debido a la ignorancia, que impide
al alma desvincularse de lo
sensible y material.

La virtud es el dominio de la razón. Con ella, cada una de las partes del alma y del cuerpo
cumple su función adecuadamente.

Platón expuso en el libro IV de La República cuatro tipos de virtudes:

La sabiduría o prudencia (sofía) radica en la parte racional del alma y proporciona a las
otras partes el conocimiento de lo que es conveniente para ellas y para el conjunto del alma.
Sabio es quien dirige sus acciones de acuerdo con la ciencia y no con la opinión.

La moderación o templanza (sofroeine) es la virtud propia del alma concupiscible y modera


los deseos para que el ser humano haga uso de los placeres sensibles con medida y
equilibrio.
La valentía o fortaleza (andreía) se asienta en el alma irascible, y regula los impulsos y las
pasiones nobles para distinguir lo que se debe temer de lo que no se debe temer.

La justicia (diké) consiste en «hacer lo que corresponde a cada uno de modo adecuado».
En el caso del indi-viduo, esta virtud lo capacita para que cada parte del alma realice bien la
función que le corresponde.

6. La ética
6.1
La búsqueda de la felicidad
Según Aristóteles, de entre todos los seres que existen, solo los seres humanos son
capaces de actuar en sentido propio y, por ello, pueden ser virtuosos y felices. De este
modo, se inserta en la tradición iniciada por Sócrates y Platón según la cual la ética es
aquel saber que ayuda a lograr la felicidad.
Para este pensador, solo el ser humano puede elegir cómo actuar. Para decidir de la
manera correcta, cuenta con su intelecto o razón. La razón le permite deliberar acerca de
qué hacer tanto en una situación concreta como con su propia vida.
Por eso, es de gran ayuda para la persona una reflexión acerca de los fines a los que puede
dirigir su vida y cuáles pueden ser, de hecho, un fin último.
Por fin último se ha de entender aquel que no se persigue por ninguna otra cosa sino por él
mismo y que es el mejor de todos los bienes. Los seres humanos denominan a tal fin
felicidad o eudemonía.
El prudente no es solo quien ahe que hacer en situaciones
etas, sino también quien ha nado del modo adecuado
cómo orientar su vida.
Profesor en casa.
Bien y finalidad
6.2
El bien y el fin último
El bien es aquello que resulta conveniente para un determinado ser. Lo bueno depende de
la esencia de cada tipo de ente, porque es lo que lo perfecciona. El bien se identifica, así,
con la causa final de cada ser.
Aunque el ser humano tiene ante sí muchos bienes alcanzables, Aristóteles considera que
hay algunos que son mejores que otros. Los mejores son los que se buscan por sí mismos y
no por otra cosa. Estos son el fin último de las acciones.
Tras examinar varios tipos de bienes, como el placer, las riquezas o la lama, Aristóteles
llega a la conclusión de que el bien supremo —y la felicidad— del ser humano no consiste
en un determinado bien material. Atendiendo a la esencia propia de la persona, concluye
que el auténtico bien para el individuo reside en actuar desarrollando al máximo las
capacidades naturales, en especial, la racionalidad. Así, la felicidad se encuentra en el
conocimiento teórico de los objetos más elevados, propios de la metafísica.
Sin embargo, además de la capacidad de conocer teóricamente, los seres ir nanos son
libres y pueden decidir qué hacer con su vida: son capaces de giras
Su
existencia con la razón. De ahí que exista un tipo de racionalidad prietica además de
teórica. Según Aristóteles, tal racionalidad se puede usar te un modo excelente o virtuoso y
se denomina prudencia. Además, el ser husano es un ser social; por ello, Aristóteles
destacó la virtud de la amistad como go esencial para la felicidad humana.
Aristóteles criticó el intelectualismo ético de Sócrates y Platón, pues no tiene en cuenta
suficientemente la debilidad de la voluntad o incontinencia, según la cual los seres
humanos, a pesar de saber el bien que deberían hacer, a veces no lo hacen.

6.3
La virtud
La naturaleza de la virtud
La capacidad de actuar voluntaria y libremente no es solo el fundamento de la felicidad, sino
también el de la virtud. El Estagirita afirma que la virtud no es un talento natural recibido de
nacimiento —por causas genéticas— ni una pasión o emoción provocada por los
acontecimientos.
La virtud es un hábito, es decir, algo que se obtiene por el ejercicio continuado de
determinadas acciones u operaciones voluntarias, con lo cual el agente perfecciona sus
capacidades y hace que pueda recibir nuevas y mejores acciones. Para que se dé la virtud,
son precisas tanto la deliberación racional acerca del fin como la participación de la voluntad
Virtudes éticas
Las virtudes éticas son aquellas que corresponden a la parte desiderativa del alma humana.
Según Aristóteles, hay dos formas de deseo: el apetito concupiscible (que se refiere a
deseos corporales, como el hambre o la sed) y el apetito irascible (correspondiente a las
emociones, como el miedo o la ira).
La razón humana tiene la capacidad de controlar tales deseos y no dejarse llevar por ellos.
En función de sus acciones y decisiones, la persona llegará a ser de un modo u otro. Por
ello, las virtudes éticas hacen referencia al carácter, es decir, a aquella parte de la persona
que se construye decidiendo.
Las virtudes éticas —como la templanza o la valentía— constituyen un término medio entre
dos extremos (por exceso o por defecto), que son vicios. El término medio se encuentra
siempre en relación con las circunstancias concretas.
Virtudes dianoéticas
Las virtudes intelectuales o dianoéticas hacen referencia a los modos correctos de las
diversas maneras de razonar. Aristóteles distingue cinco:
• Prudencia: capacita para deliberar y decidir de la manera correcta y, por tanto, verdadera,
tanto en las situaciones concretas como en la vida en ge-neral. El ejercicio de la virtud de la
prudencia proporciona al ser humano buenas decisiones particulares y generales.
• Sabiduría: quien la posee es capaz de conocer las causas y los principios
últimos de la realidad.
• Ciencia: facilita demostrar que se conoce algo verdadero a partir de la jus-tifcación
demostrativa.
• Intelección: se produce en la mente de aquel que conoce de modo intuitivo los primeros
principios del razonamiento y de la realidad
• Técnica o arte: permite razonar del modo adecuado acerca de un determinado campo de
objetos para lograr una correcta producción de estos.
La felicidad no consiste en no errar nunca, sino en actuar del mejor modo posible en cada
circunstancia, como lo haría una persona prudente.

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