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Showtime

El libro 'Showtime: Magic, Kareem, Riley, and the Los Angeles Lakers Dynasty of the 1980s' de Jeff Pearlman narra la historia de la exitosa franquicia de baloncesto Los Angeles Lakers en la década de 1980, destacando figuras clave como Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y Pat Riley. A través de entrevistas y relatos, se exploran los desafíos y triunfos del equipo, así como el impacto de su estilo de juego innovador conocido como 'Showtime'. La obra también reflexiona sobre el legado de los entrenadores y jugadores que definieron una era dorada en la NBA.

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Showtime

El libro 'Showtime: Magic, Kareem, Riley, and the Los Angeles Lakers Dynasty of the 1980s' de Jeff Pearlman narra la historia de la exitosa franquicia de baloncesto Los Angeles Lakers en la década de 1980, destacando figuras clave como Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y Pat Riley. A través de entrevistas y relatos, se exploran los desafíos y triunfos del equipo, así como el impacto de su estilo de juego innovador conocido como 'Showtime'. La obra también reflexiona sobre el legado de los entrenadores y jugadores que definieron una era dorada en la NBA.

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Showtime: Magic, Kareem, Riley, and the Los Angeles Lakers

Dynasty of the 1980s

© 2013, Jeff Pearlman

Todos los derechos reservados, incluido el derecho a reproducir la


totalidad o fragmentos de este libro en cualquier forma o medio.

Publicado según acuerdo con Avery, un sello de Penguin Publishing


Group, una división de Penguin Random House LLC

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Traducción: Guillermo Ortiz

Diseño y maquetación: Emma Camacho

Composición digital: Pablo Barrio

Primera edición: Mayo de 2022

Primera edición digital: Mayo de 2022

© 2022, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona

contra@[Link]

[Link]

© 2022, Guillermo Ortiz, de la traducción

ISBN: 978-84-18282-75-1

© Andrew D. Bernstein / National Basketball Association vía Getty


Images, de las fotos de Jerry Buss y de las Laker Girls de la cubierta

© Jerry Coli / [Link], de las fotos de Magic Johnson,


James Worthy, Kareem Abdul-Jabbar y Pat Riley de la cubierta y la
contracubierta

© Sports Images / [Link], de la foto de Kareem Abdul-


Jabbar de la contracubierta

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma


de reproducción, distribución, comunicación pública y
transformación de esta obra sin contar con la autorización de los
titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos
mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad
intelectual.
Para mis tres diamantes: Catherine, Casey y Emmett.

Y luego se los comió un lagartosaurio.

Fin.
Índice

PRÓLOGO

PRIMERA PARTE

Cuando el sueño se hace realidad

CAPÍTULO UNO El chiflado Jack Kent Cooke

CAPÍTULO DOS De lenguados y hombres Marlboro

CAPÍTULO TRES El entrenador improbable

CAPÍTULO CUATRO Enganchado a los problemas

CAPÍTULO CINCO El accidente

CAPÍTULO SEIS La caída de Westhead

CAPÍTULO SIETE La maldita foto

SEGUNDA PARTE

Dominación

CAPÍTULO OCHO El talento de Mr. Riley

CAPÍTULO NUEVE Clark Kent


Í
CAPÍTULO DIEZ Vida de club

CAPÍTULO ONCE A mejor vida

CAPÍTULO DOCE Earl

CAPÍTULO TRECE El virgen

CAPÍTULO CATORCE Worthy superstar

CAPÍTULO QUINCE Atrévete

CAPÍTULO DIECISÉIS Cristales rotos

CAPÍTULO DIECISIETE Motown

CAPÍTULO DIECIOCHO Adiós, Cap

TERCERA PARTE

El final de una dinastía

CAPÍTULO DIECINUEVE Desatado

CAPÍTULO VEINTE Bates

CAPÍTULO VEINTIUNO Aire fresco

CAPÍTULO VEINTIDÓS Shock

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS
IMÁGENES

NOTAS

Sobre el autor
PRÓLOGO

«¿SPENCER HAYWOOD?».

El nombre queda flotando en el aire, suspendido, como atado al hilo


de un globo. Sentado frente a mí, Jack McKinney me mira
pensativo. Es un agradable día de febrero en Naples, Florida.
Estamos en un patio interior, delante de unos vasos de agua con
hielo. Los pájaros cantan. El viento silba suavemente de fondo.

Yo soy el periodista y estoy aquí para entrevistar al mejor entrenador


desconocido de la NBA. Jack McKinney es el entrevistado y está
aquí para contestar a mis preguntas. El problema es que no puede.
Bueno, sí puede, pero no del todo. Las respuestas salen de su boca,
se detienen, titubean… y el discurso empieza otra vez de cero.
Cuando parece que una idea puede tener sentido, da un giro
inesperado, como un coche que, para evitar un atasco, acaba en
cualquier barrio perdido de la ciudad. A sus setenta y siete años, me
insiste, su cabeza está llena de recuerdos maravillosos relacionados
con el baloncesto: los ocho años felices que pasó como entrenador
jefe en Saint Joseph’s College; cuando trabajó de asistente en los
Portland Trail Blazers, campeones de la NBA en 1977; los
momentos más íntimos con Kareem Abdul-Jabbar, Bill Walton,
Jamaal Wilkes, Jack Ramsay… «Me acuerdo de un partido en
concreto…», empieza a decir e inmediatamente se detiene. Sin
más.

—¿Me puede recordar su nombre? —pregunta, mientras retira


avergonzado la mirada.

—Jeff —contesto—, Jeff Pearlman.


—Es verdad. Me lo apunté cinco veces antes de que viniera. Esta
memoria… discúlpeme, por favor…

Su mujer, Claire, le interrumpe desde la habitación de al lado:


«¡Nada de dar pena, Jack! —grita—. Eso no es propio de nosotros».

La reprimenda hace que Jack McKinney se recomponga. Me mira


fijamente, se pasa la mano por la barbilla, baja los ojos, los sube de
nuevo y pregunta: «¿De qué estábamos hablando?».

—De Spencer Haywood —le digo— Usted le entrenó.

—¿Yo entrené a Spencer Haywood? ¿Está usted seguro?

Sobre la mesa, descansa una carpeta con el nombre de Jack


McKinney marcado con rotulador marrón. En ella, he guardado las
fotocopias de unos treinta artículos que narran los días de esplendor
y decadencia de un hombre que, el verano de 1979, fichó por Los
Ángeles Lakers para entrenar al equipo de Abdul-Jabbar —cinco
veces MVP de la NBA—, Haywood —cuatro veces All-Star— y el
base novato de la universidad de Michigan State, Earvin (Magic)
Johnson. Las crónicas cuentan la historia de un jornalero del
baloncesto de cuarenta y cuatro años al que por fin le llegaba su
gran oportunidad; una persona humilde y decente con el encargo de
reflotar una franquicia que necesitaba un impulso, una chispa. En su
primera conferencia de prensa, un radiante McKinney explicaba su
filosofía a los medios de comunicación de Los Ángeles: «Mi idea es
que corramos mucho más de lo que lo venimos haciendo, quiero un
correcalles constante —afirmó, de pie tras un estrado en la sala de
prensa del Forum—. Mi idea es que todo el mundo se mueva en
ataque, no quiero a cuatro tíos mirando a Kareem todo el rato y
dejándole a él la patata caliente».

McKinney se encontró de inmediato con el apoyo de sus jugadores.


Ignoró a quienes decían que Johnson, un mago de 2,06 metros,
debía jugar de ala-pívot y no de base. Habló a menudo con el
temperamental Haywood, un ala-pívot que había pasado por
numerosos equipos y cuyo descomunal talento chocaba con una
peligrosa tendencia al aislamiento y a los cambios de humor
repentinos. No le importaba parar un entrenamiento para rectificar y
aconsejar a Abdul-Jabbar cuando «nadie, y eso quiere decir nadie,
se atrevía a hablarle así a Kareem», según Michael Cooper, escolta
de los Lakers. En resumen, McKinney era el técnico adecuado para
el equipo adecuando en un momento inmejorable. «Inventó el
Showtime —afirma Norm Nixon, escolta All-Star en su etapa en Los
Ángeles—. No deberíamos olvidar eso. Puedes hablar todo lo que
quieras de mí, de Kareem, de Earvin, de Pat Riley… pero quien
inventó el Showtime fue Jack McKinney».

Solo que, sentados aquí, en este patio, bebiendo agua con hielo a
sorbos para intentar normalizar la situación, el hombre que inventó
el Showtime apenas recuerda nada de aquello. Los Lakers
empezaron la temporada 9-4, lo que llevó a Bruce Newman, de
Sports Illustrated, a escribir un elogioso artículo titulado: TODOS AL
SERVICIO DE L.A. Aunque en el terreno personal McKinney no era
el hombre más glamuroso del mundo, a los aficionados les
encantaba cómo hacía jugar al equipo. El entrenador anterior, Jerry
West, legendario escolta de los Lakers de los sesenta y setenta, se
había pasado tres años abusando de una táctica de lo más
predecible: buscar a Kareem, esperar a Kareem, pasársela a
Kareem, ver cómo Kareem lanzaba y confiar en que la bola entrase.
«No era un prodigio de originalidad —apunta Nixon—, más bien
todo lo contrario».

Y, de repente, aquí estaban los nuevos Lakers, brillando como luces


de neón a lo largo de Sunset Strip y llenando el pabellón de
exclamaciones de asombro. Johnson y Nixon formaban el dúo de
bases más veloz de la NBA. Wilkes, el elegante alero, se deslizaba
con clase hacia el aro. Haywood parecía rejuvenecido y Abdul-
Jabbar, el estoicismo personificado, sonreía y disfrutaba como
nunca en su carrera. El Forum, ese cementerio de ilusiones, volvía a
vibrar como en los viejos tiempos. «El adjetivo es divertido —afirma
Haywood—. Éramos un equipo divertido».
En aquellos días en los que la NBA no podía permitirse excesos, los
equipos solo tenían un entrenador jefe y un ayudante: el de
McKinney era Paul Westhead, otro chico joven llegado de
Philadephia que había jugado para su jefe en Saint Joseph’s antes
de entrenar a La Salle durante nueve años. Al igual que a McKinney,
a Westhead le encantaba el juego rápido, las sesudas discusiones
sobre táctica y estrategia y, cuando el tiempo lo permitía, un buen
partido de tenis.

La mañana del 8 de noviembre de 1979, el teléfono sonó en la casa


de McKinney en Palos Verdes. Era el primer día libre para los
Lakers después de un intenso inicio de temporada y Westhead
estaba como loco por jugar en una pista de tierra batida que
quedaba junto a su casa. La llamada despertó a McKinney.

—¿Te apetece jugar un rato al tenis? —preguntó Westhead.

—Claro —acertó a decir McKinney.

—He reservado la pista dos horas —insistió Westhead—. Podemos


jugar tú y yo a las diez y luego unos dobles a las once con las
chicas.

—¿Qué hora es? —preguntó McKinney.

—Las nueve y media.

—De acuerdo —concedió McKinney—. Dame tiempo para tomarme


un café. Puedo estar ahí en media hora.

McKinney salió de la cama, se dio una ducha y apuró su café


matutino. Cuando entró en el garaje, vio que Claire se había llevado
el coche familiar a una reunión en la iglesia junto a, casualidades de
la vida, Cassie Westhead, su mejor amiga y la mujer de Paul.
Apoyada en la pared, descansaba una bicicleta Schwinn Le Tour II
roja y blanca que le habían comprado a su hijo John dos años atrás
en una tienda de Lake Oswego, en Oregón. Desde que el chico se
había sacado el carné de conducir, apenas la tocaba.
Hacía mucho que Jack McKinney no se montaba en una bici, pero
eso es algo que no se olvida nunca.

«Por supuesto que no —me dice él mismo—. No se olvida


nunca…».

***

«Spencer Haywood».

El nombre vuelve a salir de su boca, solo que esta vez con mayor
firmeza.

—Lo entrené en Milwaukee, ¿verdad?

—No —le corrijo—, en los Lakers.

McKinney se me queda mirando, al principio confuso y luego


desanimado. Sabe que estoy aquí para intentar entender mejor la
historia de los Lakers del Showtime, una historia que, de no ser por
un día libre y un partido de tenis, un garaje vacío y una bicicleta
inestable, le tendría a él como protagonista, no como un nombre al
margen al final de los títulos de crédito. Eso es lo que atormenta a
todos los que conocen y aman a este hombre. No el paseo en bici
en sí, sino todo lo que podría haber sucedido si ese paseo en bici
jamás hubiera ocurrido. Si esa mañana del 8 de noviembre de 1979,
Jack McKinney hubiera decidido no coger el teléfono o se hubiera
quedado durmiendo o hubiera hecho a pie los dos kilómetros que lo
separaban de la pista de tenis… ¿Se hablaría ahora de Paul
Westhead como de uno de los padrinos del baloncesto ofensivo, el
afamado gurú que entrenó a Hank Gathers y a Bo Kimble cuando
Loyola Marymount anotó 164 puntos en un partido universitario?
¿Tendría ahora Pat Riley cinco anillos de la NBA, además de ser un
multimillonario especializado en charlas motivacionales? ¿Habrían
mandado los Lakers a Nixon a los Clippers a cambio de un crío
llamado Byron Scott? ¿Habrían elegido a Dominique Wilkins en vez
de a James Worthy en el draft? ¿Se habrían quedado con Abdul-
Jabbar una temporada más? ¿Habría tenido Johnson una carrera
aún más brillante? ¿Habrían ganado los Lakers cinco títulos de la
NBA, como hicieron a lo largo de los ochenta, o habrían sido seis?
¿Por qué no siete?

¿Estaría ahora Jack McKinney considerado por todo el mundo como


uno de los grandes entrenadores de la historia de la NBA?

«No me cabe la menor duda —afirma Nixon—. Ni la menor duda».

Y el caso es que aquí estamos los dos, aún sentados, charlando y


bebiendo agua. McKinney echa un vistazo a los distintos artículos
de la carpeta, buscando recuerdos perdidos, algo que encienda una
luz en su memoria. Después de los Lakers, volvería a entrenar, esta
vez a los Indiana Pacers, por recomendación de Jerry Buss,
propietario de los Lakers, carcomido por la culpa. A pesar de ser
nombrado Entrenador del Año en la temporada 1980/81, no volvió a
ser el mismo. En un momento dado, los jugadores de los Pacers se
vieron obligados a algo insólito: escribir sus nombres con rotulador
negro en los pantalones de entrenamiento para que su entrenador
no los confundiera. Años más tarde, durante su última etapa en los
banquillos, jugadores de los Kansas City Kings contaron a la prensa
que, en un tiempo muerto, McKinney se había referido a una jugada
como «esa que hicimos contra Saint John’s», el equipo universitario
de Nueva York contra el que había entrenado cuando estaba en
Saint Joseph’s, diez años atrás.

Al final, McKinney tuvo que abandonar la NBA por completo y


dedicó el resto de su carrera a vender productos deportivos. De vez
en cuando, intentaba ver algún partido, pero el dolor por lo que
podría (y debería) haber sido acababa con cualquier placer que le
pudiera deparar el Lakers-Celtics de turno. McKinney no es un
hombre resentido, pero no deja de ser humano. «La vida no siempre
es justa —asegura—. No tengo quejas de cómo me ha ido. Me
siento querido. Pero, ya digo, no siempre es justa…».
En toda su casa solo hay un objeto que invite a pensar que, en su
día, ese hombre llegó a entrenar a los Lakers: una garrafa de cristal
para servir vino con el nombre de la franquicia grabado en un lado.
De vez en cuando, Riley, presidente de los Miami Heat, lo invita a
algún partido de su equipo. «Riley siempre dice que, de no ser por
mí, él no habría llegado a nada —afirma McKinney—. Que, sin mí,
…».

Silencio. Un largo, doloroso e incómodo silencio. Le quiero


preguntar más a McKinney acerca de la dinastía de los Lakers,
saber más de Westhead y de Riley, de Magic y de Kareem. Me
gustaría saber si en algún momento se ha sentido abandonado,
como si le hubieran negado en la puerta la entrada a una fiesta
descomunal.

Le quiero preguntar tantas cosas que, cuando acaba nuestra


entrevista, me limito a darle la mano y agradecerle su tiempo.

Jack McKinney es el máximo responsable del nacimiento del


Showtime y de una era del baloncesto profesional.

Ojalá pudiera recordarlo.


PRIMERA PARTE

Cuando el sueño se hace realidad


CAPÍTULO UNO

El chiflado Jack Kent Cooke

EN CADA BRONCA A CLAIRE ROTHMAN, Jack Kent Cooke


seguía los mismos pasos:

En primer lugar, se aseguraba de que siempre hubiera otro hombre


en la sala. Podía ser un alto ejecutivo de otra franquicia de la NBA.
Podía ser Jimmy, el fontanero del Forum. Qué demonios, incluso
podía ser alguno de sus colegas de la infancia que estuviera de
visita desde Toronto para ver el pabellón de Los Ángeles Lakers.

A continuación, elevando al máximo el tono de voz, Cooke exigía


que Rothman, la vicepresidenta de contrataciones del Forum, viniera
a verlo de inmediato. «Sra. Rothman —bufaba, rabioso—, ¡la quiero
en mi despacho ahora mismo!».

Por último, en cuanto Rothman entraba por la puerta, empezaban


los gritos. Era una situación desagradable, y en el noventa y nueve
por ciento de los casos, innecesaria. Se habían quedado sin grapas.
El filete del Forum Club no estaba suficientemente hecho. ¿Dónde
están las nuevas bombillas? Rothman había demostrado ser una
visionaria en la gestión económica de un pabellón deportivo. Aun
así, para el propietario de los Lakers no era más que una fulana con
falda, un objeto de burla que Cooke, el Napoleón de Hollywood con
sus 1,75 metros y sus setenta y tres kilos, utilizaba para afirmar su
masculinidad.
«Y, ahora, antes de que se marche —solía gritar Cooke, asintiendo
en dirección a los otros hombres—, repita conmigo: “No. Volveré. A.
Cometer. Este. Error”».

Vez tras vez, Rothman repetía esas palabras y a continuación se


marchaba corriendo, humillada.

«Voy a ser sincera: Jack Kent Cooke era un auténtico psicópata —


afirma Rothman—. Sufrió un infarto y, al parecer, se quedó un
tiempo sin oxígeno en el cerebro. Creo que eso le afectó, porque no
estaba bien de la cabeza».

Este era, a principios de 1979, el hombre que dirigía una de las


franquicias estrella de la NBA.

Este tipo era el propietario de Los Ángeles Lakers.

Poca gente sabía que Cooke estaba chiflado. Aunque en privado se


comportara como un energúmeno, dentro del mundo empresarial —
donde se tenía a los Lakers como un modelo de éxito—, todos
consideraban a Jack Kent Cooke un genio de las finanzas.

Nacido en Hamilton, Ontario, el 25 de octubre de 1912, Cooke pasó


de vivir en un hogar muy humilde (su padre, Ralph, era un modesto
vendedor de marcos para fotografías; su madre, Nancy, ama de
casa) a ganar una pequeña fortuna comprando emisoras de radio y
revistas con problemas económicos para venderlas después por
mucho más dinero. Ganó su primer millón a los treinta y dos años y
utilizó doscientos mil de esos dólares para comprar el 80% de los
Toronto Maple Leafs, un equipo de béisbol de la International
League. Cooke tenía un gran olfato comercial. En determinadas
noches, los Maple Leafs repartían orquídeas y billetes de un dólar
entre la afición. Otras veces, ofrecía abonos para tres partidos al
precio de uno o permitía que las embarazadas no pagaran entrada
si las acompañaba su marido.

Los viernes 13, todo el que apareciera con un gato negro podía
entrar gratis. El equipo contrató a alguien para sentarse en lo alto
del mástil de la bandera1, y llegó a invitar al Maple Leaf Stadium a
Fidel Castro para que hiciera el lanzamiento inicial.

En 1960, vendió la mayoría de sus negocios en Canadá, se plantó


en Beverly Hills y puso sus miras en el deporte estadounidense.
Pagó trescientos cincuenta mil dólares por el 25% de los
Washington Redskins, de la NFL, y, en 1964, apuntaló su fortuna
con la creación de American CableVision, una empresa
especializada en mejorar la recepción de imágenes por televisión en
zonas sin apenas señal.

Por último, al acabar la temporada 1964-65, compró los Lakers.

En aquel momento, el propietario de la franquicia angelina era Bob


Short, un magnate de los transportes y exabogado del Estado que,
en 1960, había trasladado a los Lakers desde Mineápolis, su sede
original.

Short no tenía mucho interés en vender el equipo. Los Lakers


habían terminado la temporada con un beneficio de medio millón de
dólares, una cifra brutal para una liga que aún luchaba por encontrar
su sitio. Por eso, cuando Cooke —que no había oído hablar de los
Lakers en su vida— pidió precio por la franquicia, Short le respondió
con una cifra disparatada: 5.175.000 dólares.

«Le pedí que me enseñara un balance de pérdidas y ganancias y le


dije que me lo pensaría —afirmó Cooke—. Lo que me mandó Short
me resultó incomprensible, no conseguí enterarme de nada». Cooke
no tenía ni idea de baloncesto, pero era un genio de los negocios.
Aunque siempre se negó a admitirlo, lo que lo motivaba a la hora de
comprar los Lakers era crear en el futuro una franquicia de la NHL
en California. «Esa fue la única razón por la que se metió en los
Lakers —dice Alan Rothenberg, parte por entonces del
departamento jurídico de la franquicia—. A Jack Kent Cooke lo que
le gustaba era el hockey».

En 1966, los Lakers jugaban en el Los Ángeles Sports Arena, un


recinto que llevaba siete años abierto y que quedaba a tiro de piedra
del campus de la Universidad del Sur de California. Solo había otro
equipo profesional que utilizara regularmente el pabellón, y eran los
Blades, de las ligas menores de hockey. Cuando la NHL anunció su
plan para ampliar la liga hacia el oeste, Cooke se reunió con la
Comisión Coliseo, que controlaba todo lo referente al deporte en la
ciudad, y les prometió construir un nuevo estadio con su propio
dinero.

Nadie creyó a Cooke. ¿Otro pabellón en L.A.? Sí, claro, y, ya


puestos, ¿por qué no construimos también otro Dodger Stadium?
«Si repasas los periódicos de la época, todo el mundo pensaba que
iba de farol —dice Rothenberg—. La comisión aceptó con
condiciones y le concedió un equipo, convencidos de que jamás
conseguiría construir el pabellón».

Pero lo consiguió. El Forum, que costó dieciséis millones de dólares,


era, según un irónico artículo de Bill Brubaker en el Washington
Post, «un modesto recinto con columnas de diecisiete metros y
asientos de lujo para diecisiete mil personas». Aunque técnicamente
estaba a veinticinco kilómetros, en el depauperado suburbio de
Inglewood, el Forum quería representar todo el glamur y el brillo de
Hollywood. Cooke dijo de él: «Es lo mejor que se ha construido
desde el Coliseo Romano», y añadió: «Quizá en doscientos años, o
incluso dos mil, la gente aún hable del Forum como de uno de los
grandes edificios del siglo xx».

En 1967, los Kings de Los Ángeles —también propiedad de Jack


Kent Cooke— debutaron en la NHL, compartiendo el Forum con los
Lakers. En poco tiempo, Cooke se convirtió en una de las figuras
más relevantes del mundo del baloncesto: fichó al pívot Wilt
Chamberlain en 1968, ganó un título de la NBA en 1972 y cerró con
Milwaukee en 1975 el traspaso de Kareem Abdul-Jabbar, otro pívot
dominante que pasaba por el mejor momento de su carrera. En los
catorce años que Cooke fue propietario de los Lakers, el equipo
ganó 673 partidos y perdió 472, jugó seis finales de la NBA y solo
acabó tres temporadas con un registro negativo. «Mr. Cooke era un
genio en muchos sentidos —afirma Joan McLaughlin, directora de
recursos humanos de los Lakers durante más de treinta años—. Era
un tipo rápido tomando decisiones y muy inteligente a la hora de
dirigir sus negocios».

Y aun así…

«También podía ser un perfecto hijo de puta».

El 8 de marzo de 1973, Cooke sufrió una grave trombosis coronaria,


estuvo de baja dos meses y cuando regresó al trabajo pareció
imponerse la responsabilidad de acabar con la autoestima de todos
sus empleados. Llamaba por teléfono a sus trabajadores solo para
ver si contestaban antes del tercer tono. De lo contrario, los
despedía. Reprendía después de cada derrota a Bill Sharman, el
general manager del equipo, y bajaba al banquillo de los Kings para
abroncar a entrenadores y jugadores por igual. Le prometió a
Rothman una generosa bonificación si conseguía contratar para el
Forum más de ciento ochenta y cinco eventos por año. Cuando
logró el objetivo, Rothman le pidió el dinero y Cooke la echó de su
despacho de malos modos. Si se cruzaba con una empleada, le
pedía que se girara para poder verla bien y criticar a continuación su
ropa y su aspecto. «Le gustaba montar el número delante de todos
—dice McLaughlin—. Creía que así nos impresionaba». Según un
exjugador de los Kings, Cooke le pidió una vez a un empleado que
se quitara la chaqueta… y luego cubrió con ella a Coco, su querido
perro. En 1976, aunque su fortuna personal se estimaba en cien
millones de dólares, Cooke solo pagaba ocho mil cuatrocientos al
año al responsable de mantenimiento de su casa. Chick Hearn, el
legendario comentarista de los Lakers, solía contar la historia de
cómo le sugirió a Cooke que el nuevo edificio —llamado «Forum»,
sin más— pasara a llamarse «El Fabuloso Forum». Cooke quedó
encantado con la propuesta. Tan encantado que le dijo a Hearn:
«Esta semana te has ganado una prima». La prima consistió en una
fotografía de bolsillo del propio Jack Kent Cooke. Según Rod
Hundley, exjugador y comentarista de los Lakers, «era el mayor
gilipollas sobre la faz de la tierra».
A pesar de no ser una persona precisamente popular, se podría
decir que, en estos años entre mediados y finales de los setenta,
Cooke era el hombre más poderoso del mundo del deporte. El
mismo mundo que, en el fondo, ansiaba abandonar.

El 28 de octubre de 1977, el City News Service publicó un artículo


que conmocionó incluso a los aficionados más optimistas de los
Lakers:

El empresario deportivo Jack Kent Cooke puede verse obligado a


vender parte de sus acciones en tres equipos profesionales para
afrontar el acuerdo de divorcio con su mujer, según se ha sabido
hoy.

Jeannie Cooke pide la mitad de una fortuna estimada en cien


millones de dólares y que incluye la propiedad de Los Ángeles
Kings, los Lakers y los Washington Redskins, afirmó su abogado
Douglas Bagby.

(…) Los abogados de la Sra. Cooke estiman que las propiedades de


Cooke, de sesenta y cuatro años, entre las que hay que contar
también el Forum y dos millones de acciones de Teleprompter,
tienen un valor aproximado de cien millones de dólares.

Cooke no tardó mucho en abandonar su lujosa propiedad en Bel Air


e instalarse en Las Vegas. Aunque, en público, lo achacó a la
necesidad de asumir nuevos retos en una ciudad fascinante, lo que
en realidad buscaba Cooke en la tierra de los dados locos era un
refugio fiscal. Gracias a las leyes del estado de Nevada, Jeannie
Cooke no podía tocar ni un céntimo de la fortuna de su marido
mientras este residiera allí. Si la que pronto sería legalmente su
exmujer quería el dinero, tendría que perseguirle hasta Nevada para
conseguirlo. El resultado fue un divorcio que, durante un período de
dos años y medio, requirió de cuarenta y un abogados y doce mil
páginas de documentos. «No era de los que se rendían —afirma
Rothenberg—. Sabía que en Las Vegas estaría más protegido…
aunque, si te soy sincera, tengo la impresión de que también quería
cambiar de vida y dejar atrás Los Ángeles de una vez».

En medio de toda esta locura, Cooke hizo saber que, si alguien


estaba interesado en comprar los Lakers, los Kings y el Forum (a la
venta en un mismo paquete), él estaba más que dispuesto a
escuchar ofertas.

***

«¿Por qué jugáis en esa pocilga?».

La pregunta de Claire Rothman le sentó a Jerry Buss como una


patada en la entrepierna. ¡Esa pocilga! El Los Ángeles Memorial
Sports Arena no era ninguna pocilga… De acuerdo, los asientos
estaban algo sucios, la iluminación era terrible y el barrio daba
miedo, pero ¿tanto como una pocilga?

Buss, de cuarenta y un años y propietario de Los Ángeles Strings en


el recién creado World Team Tennis, nunca le había dado
demasiadas vueltas al asunto. Cuando compró los Strings en 1974,
no tenía experiencia alguna en el deporte profesional y eligió el
Sports Arena porque era lo único disponible.

Poco después, en el invierno de 1975, llegó la llamada de Rothman.


«No fue algo planeado, me puse en contacto con él solo porque era
el propietario de los Strings y nosotros teníamos fechas libres en el
Forum —afirma Rothman—. Recuerdo que le dije que su equipo
debería jugar en el Forum y su respuesta fue “No me lo puedo
permitir”».
«Muy bien —contestó Rothman—, entonces te haré una oferta que
no podrás rechazar».

Ese mismo día, Buss acudió al Forum, se reunió con Rothman y


acabó comprando uno de los palcos del pabellón por doce mil
quinientos dólares. Antes de marcharse, Rothman le presentó a
Jack Kent Cooke. Los dos hombres comieron en la Sala de Trofeos
del Forum y, aunque solo tenían dos cosas en común (el amor por el
deporte y una enorme cantidad de dinero), conectaron de inmediato.
A Buss le gustaba la franqueza de Cooke y su facilidad para
convertir en oro todo lo que tocaba. A su vez, Cooke se sentía
identificado con la peripecia vital de Buss y cómo se había hecho a
sí mismo de la nada. Los dos eran ricos y venían de fuera de Los
Ángeles (Cooke, de Toronto; Buss, de Kemmerer, Wyoming). Desde
la pobreza, habían logrado hacerse un nombre. Buss, licenciado por
la Universidad de Wyoming y con un doctorado y un máster en
química por la Universidad del Sur de California, era un magnate de
la industria inmobiliaria. Había empezado en 1959 con un edificio de
catorce apartamentos en el oeste de Los Ángeles y, veinte años
más tarde, contaba con más de setecientas propiedades, desde
hoteles y edificios de viviendas a extensos terrenos aún sin
construir. Cooke coincidía en su forma de ver el mundo y Buss no
tardó mucho en decidir que los Strings jugarían en el Forum. «Eso
ayudó mucho», reconoce Rothman.

Los dos empezaron a hablar con cierta frecuencia: Buss escuchaba


mientras Cooke presumía de tal éxito o de tal victoria. Era un
presuntuoso insufrible, admitía Buss a sus amigos, pero tenía
motivos para serlo. Formaban una curiosa pareja. Buss llevaba
vaqueros («Unos Levi’s tan desgastados que daba asco verlos»,
según un artículo de William Oscar Johnson en Sports Illustrated) y
una camisa californiana siempre arrugada, con los botones de arriba
desabrochados. En una ocasión, rechazó el papel de Hombre
Marlboro para un anuncio de la marca de cigarrillos. No era ningún
bocazas y, a diferencia de Cooke, le gustaba relacionarse con sus
empleados. En plena negociación con Jimmy Connors para que
jugara con los Strings, Buss se enteró de que el famoso tenista iba
por ahí presumiendo de su nuevo Porsche negro. Cuando se
volvieron a ver, Buss apareció con un Maserati recién salido del
concesionario. Saltó del coche y se acercó a Connors agitando el
llavero. «¿Lo quieres? —le preguntó—. Pues solo tienes que firmar
el contrato». (Connors, abrumado, acabó rechazando la oferta).

En los primeros meses de 1978, Cooke tomó una decisión: vender


sus activos en Los Ángeles (bajo el nombre oficial de California
Sports, Inc.) y centrarse en los Washington Redskins. Aunque
recibió ofertas de siete empresas distintas, Buss siempre tuvo
preferencia. Cooke sabía perfectamente lo mucho que le interesaba
el deporte. En 1970, Buss se planteó comprar Los Ángeles Stars, de
la ABA. Algo más tarde, intentó quedarse con un porcentaje de los
San Diego Conquistadores, también de la ABA, a cambio de la
mitad de uno de sus resorts, el Ocotillo Lodge. Recientemente, se
había insinuado a los Oakland Athletics y a los Chicago White Sox,
todo para marcharse una vez más con las manos vacías.

Aunque eran buenos amigos, las negociaciones no iban a ser


fáciles. Cooke se desmarcó con unas exigencias disparatadas:
«Insistió en que Jerry le comprara una casa en Las Vegas a la chica
con la que estaba liado, además de otras excentricidades por el
estilo», afirma Charline Kenney, asistente de Buss. La revista Sports
Illustrated resumió así la que todavía es la operación más compleja
de la historia del deporte americano:

Buss y sus socios pagarán cuarenta y tres millones y medio de


dólares por el Forum y el Rancho Raljon, cerca de Bakersfield.
Aparte, Buss pagará veinticuatro millones por los Lakers y los Kings
y será el único propietario de ambos equipos. Él y sus socios
asumirán una hipoteca sobre el Forum de unos diez millones. Cooke
puede quedarse con los treinta y siete millones y medio restantes en
efectivo u optar por veinte millones en efectivo y treinta y siete
millones y medio en propiedades, a elegir entre las que le ofrezca
Mariani-Buss Associates, la empresa de Buss. Cooke tiene más de
un mes para decidir qué forma de pago le conviene, aunque, en
palabras de Buss, «supongo que elegirá la mejor opción desde el
punto de vista fiscal y se quedará con las propiedades inmobiliarias.
Si solo cogiera el dinero, tendría que pagar unos nueve millones o
más en impuestos».

Lo que no mencionaba el artículo era que una de estas propiedades


inmobiliarias era el Edificio Chrysler, la leyenda de setenta y siete
plantas en pleno centro de Nueva York, que pasó así a manos de
Cooke. «Todo era desproporcionado—afirma Rothenberg—. Se
estaban intercambiando los bienes más deslumbrantes como si
fueran fichas de casino. Participar en aquello fue algo increíble».

La compra se anunció formalmente el 27 de mayo de 1979, con este


sobrio titular en la portada del New York Times: VENDIDOS UN
PABELLÓN Y DOS EQUIPOS DE LOS ÁNGELES.

«Fue algo genial —afirma Jeanie Buss, la hija de Jerry—. A los


dieciocho años, que papá fuera el dueño de los Lakers molaba, pero
que también lo fuera del Forum era la leche: podía ir a ver a Rod
Stewart y sentarme en primera fila».

Dos horas después de darse el apretón de manos definitivo, Buss


compró una botella de Jack Daniel’s, entró en el Forum, encendió la
luz del marcador, se sentó en el parqué y se dispuso a
emborracharse. «¡Todo esto es mío! —gritó, tirado en mitad de la
cancha—. ¡Todo esto es mío, coño!».

Y, sin embargo, aún quedaba trabajo por hacer.

Jack Kent Cooke no era de los que desaparecían de la noche a la


mañana.
CAPÍTULO DOS

De lenguados y hombres Marlboro

EARVIN JOHNSON QUERÍA UNA HAMBURGUESA.

Como a todo chico de diecinueve años, le encantaban las


hamburguesas, la pizza, las patatas fritas y cualquier otro alimento
llamado a bloquear sus arterias. El problema era que, junto a él, en
la mesa, estaba Jack Kent Cooke, la última persona a la que uno se
imaginaría pidiendo una hamburguesa.

Johnson tenía hambre.

Se moría de hambre.

Era una cálida tarde de mayo en Los Ángeles y el jugador más


espectacular del baloncesto universitario desde los tiempos de Pete
Maravich, el base de Louisiana State que había maravillado al
mundo diez años atrás, estaba de visita para decidir qué era mejor:
volver a la Universidad de Michigan State y empezar su tercer año o
incorporarse ya a una liga profesional azotada por las bajas
audiencias, el pasotismo de los jugadores y una base de aficionados
cada vez más reducida. En East Lansing, Michigan, Johnson —un
chico del barrio, salido del Everett High School— era el rey. Le
habían puesto el mote de «Magic» cuando tenía quince años, en su
primera temporada con el equipo del instituto y, ahora, después de
liderar a los Spartans a su primer título de la NCAA, no podía ni
caminar tranquilo por la calle sin que lo pararan. «No había nada en
Earvin que admitiera reproche —afirma George Fox, su entrenador
en el instituto—. Era incapaz de hacer algo mal».

Con todo, ahí estaban los cantos de sirena de la NBA y, en


concreto, los cantos de sirena de la voluminosa cartera de Jack Kent
Cooke. El 19 de abril de 1979, los Lakers y los Chicago Bulls habían
tenido que determinar, lanzando una moneda al aire, quién sería el
primero en elegir en el draft de ese año. Después de una temporada
con cuarenta y siete victorias y treinta y cinco derrotas, los Lakers
estaban ahí gracias a que, tres años atrás, los New Orleans Jazz
habían firmado con ellos una de las peores operaciones de la
historia de la liga. Los Jazz ficharon como agente libre a Gail
Goodrich, un jugador de treinta y tres años que en su momento
había sido una estrella pero que apuraba sus últimos días como
profesional. En aquel momento, el reglamento de la liga indicaba
que tenían que compensar a los Lakers con jugadores, elecciones
del draft o dinero. Después de mucho discutir, el general manager
de los Jazz, Barry Mendelson, aceptó ceder las elecciones de
primera ronda de 1977 y 1979, así como la de segunda ronda de
1980.

«Gail era un gran jugador —afirma Bill Bertka, vicepresidente de


operaciones de los Jazz—, pero ya estaba mayor y nada más llegar
se rompió el tendón de Aquiles. Eso nos hizo quedar como tontos.
Más aún cuando casi perdemos todos los malditos partidos de la
1978/79». (Los Jazz fueron el peor equipo de la liga ese año, con un
balance de 26-56).

El encargado de lanzar la moneda fue Larry O’Brien, comisionado


de la NBA, en la sede central de la liga en Nueva York. Tanto Bulls
como Lakers eran conscientes de que no se estaban jugando una
simple elección en el draft sino buena parte del futuro de sus
franquicias. Desde sus respectivas oficinas, los ejecutivos de ambos
equipos seguían cada detalle pegados al teléfono.

—Chicago, ¿queréis elegir primero? —preguntó O’Brien


—Nos encantaría —contestó Rod Thorn, general manager de los
Bulls, desde la decimotercera planta de un edificio de la Avenida
Michigan.

—¿Estáis de acuerdo, Los Ángeles? —preguntó O’Brien

—De acuerdo —afirmó Chick Hearn, el comentarista del Forum, que


también hacía las veces de ayudante del general manager.

—Elegimos cara —dijo Thorn.

Se hizo el silencio.

—Muy bien, caballeros, allá vamos —tronó la voz profunda de


O’Brien—. La moneda ya está en el aire…

Silencio.

Más silencio.

Un silencio eterno…

—Ha salido cruz —anunció O’Brien.

Hearn no pudo reprimir un grito de alegría.

«Estaba jugando al baloncesto en Venice Beach —explica Pat


O’Brien, en aquel momento reportero de la KNXT-TV de Los
Ángeles—. Había un transistor sonando por ahí y oímos la noticia.
La gente empezó a gritar: “¡Toma ya! ¡Magic es nuestro! ¡Magic es
nuestro!”».

Johnson recibió la noticia con entusiasmo. Chicago era el último


lugar al que quería ir, con sus terribles inviernos (nunca le gustó la
nieve) y su aún más terrible equipo de baloncesto. Los Bulls jugaban
en el cochambroso Chicago Stadium y su plantilla estaba liderada
por medianías como Andre Wakefield o Wilbur Holland. Los
Ángeles, en cambio, era un sueño hecho realidad. Johnson ya se
imaginaba a sí mismo en ese paraíso de palmeras, buen tiempo y
mujeres despampanantes en bikinis diminutos. Si la moneda hubiera
caído del otro lado, Johnson habría seguido un año más en
Michigan State.

Pocas semanas más tarde, el chico que quería una hamburguesa


miraba desconcertado lo que le habían colocado en el plato.
Johnson había viajado a Los Ángeles para tantear a Cooke y ver
qué podía esperar de los Lakers. Aún quedaban dos meses para el
draft y ambas partes querían asegurarse de que hacían buena
pareja. Junto a Cooke y a Johnson, estaban Hearn y Earvin Johnson
Sr., así como George Andrews y Charles Tucker, dos de los agentes
del jugador. «Caballeros —dijo Cooke con voz grave—, yo mismo
me encargaré de pedir por ustedes. ¡Vamos a tomar el mejor
pescado de la ciudad!».

Minutos más tarde, llegaron los platos. Lo primero que le llamó la


atención a Johnson fue el horrible olor. Miró a la mesa y vio algo
blando y crujiente. Cooke se dio cuenta de inmediato del problema:

«¡Son lenguados de arena! —exclamó—. ¡Lenguados de arena!».

Johnson miró a su padre, se inclinó hacia él y susurró: «No sé lo


que es un lenguado de arena».

Cooke empezó a incomodarse. «Jovencito, ¿sabe cuánto cuesta un


lenguado de arena?». Johnson negó con la cabeza.

«Bueno, dejémoslo en que no son precisamente baratos —afirmó


Cooke—. Se trata de un pescado de altísima calidad. Ahora, a
comer».

Johnson clavó el tenedor en aquel triste lenguado. Le dio algunas


vueltas, primero a la izquierda, luego a la derecha. «No sé ni cómo
comerme esto», terminó diciendo. Cooke, que, solo con verlo, sabía
cuándo estaba ante un lenguado de calidad, respondió furioso: «¿A
qué viene eso? ¿Tienes idea de lo que cuesta este pescado?».
«Si no le importa, Mr. Cooke, creo que prefiero una hamburguesa
con patatas —contestó Johnson con voz suave—. ¿Le parece
bien?». No era el mejor de los comienzos: Cooke era un hombre
formal con gustos formales. Si a él le apetecían lenguados de arena,
maldita sea, todo el mundo tenía que comer esos dichosos
lenguados de arena. Viendo la situación, Hearn —uno de los pocos
que contaban con el respeto del propietario— intentó mediar. «Este
chico solo tiene diecinueve años —matizó—. Todo lo que conoce en
el mundo son las hamburguesas y las pizzas». Cooke, resignado, se
limitó a suspirar y, a continuación, gritó a los cocineros: «¿Nos
podéis hacer una hamburguesa?».

Nadie contestó.

«¡Una hamburguesa! —insistió—. ¡Hacedle una hamburguesa a


este chico!».

En pocos minutos, Earvin Johnson ya tenía su hamburguesa en las


manos, mientras sonreía como un niño de ocho años ante su primer
Happy Meal. «¿Sabes una cosa? —le diría tiempo después Jerry
West a Johnson—. Nadie le había hecho nunca algo así a Jack Kent
Cooke».

Hearn supo desde el primer momento, mientras miraba a ese joven


lleno de vida masticar la carne, que había algo especial en Johnson.
La impresión que causaba en vídeo, al verlo dejar atrás a sus
defensores, regodearse en los pases sin mirar o moverse con
agilidad en el bote a la izquierda o a la derecha, no era nada en
comparación con lo que transmitía en persona. Johnson, con sus
2.06 metros y 97 kilos de peso, era grande como una montaña; el
base más alto y más fuerte que nadie hubiera visto hasta entonces.
Con todo, lo que desarmaba a la gente era su carisma, una cualidad
que llamaba la atención en alguien tan joven. En aquellos días, la
imagen de los Lakers era Kareem Abdul-Jabbar, un alma solitaria y
a menudo malhumorada, más proclive a las cavilaciones que a las
sonrisas. Al pívot se le conocía tanto por su gancho imposible de
bloquear2 como por su facilidad para apartar de malas maneras a
cualquiera que le pidiera un autógrafo, sin importar su edad, credo o
clase social. En cambio, Johnson era como un rayo de sol por la
ventana. Miraba a la gente a los ojos, chocaba las manos, hablaba
de baloncesto como si estuviera describiendo a la mujer más
hermosa… Ah, y la sonrisa: esa sonrisa cegadora que lo iluminaba
todo. «Era como un imán —asegura Claire Rothman—. Todo el
mundo quería estar a su lado. Todo el mundo quería verlo sonreír.
Todo el mundo quería comer con él. Earvin Johnson tenía el apodo
perfecto. Tenía… magia».

Sin embargo, a Cooke no era fácil engatusarlo. Aunque ya tenía un


principio de acuerdo con Buss para la venta del club, Cooke insistió
—sin que el futuro propietario pusiera muchas pegas— en ser él
quien tuviera la última palabra respecto a la primera elección del
draft de aquel año.

Mientras Johnson seguía devorando su hamburguesa con pasión,


Cooke le preguntó cuánto quería cobrar. Consciente de que Abdul-
Jabbar, posiblemente el mejor jugador de la NBA, estaba ganando
seiscientos cincuenta mil dólares al año, Johnson contestó, lleno de
confianza: «Unos seiscientos mil dólares. Eso sería lo ideal. Además
de una beca de estudios para poder acabar la carrera en Michigan
State».

A Cooke no le hizo ninguna gracia la propuesta. «Vamos a dejar una


cosa clara desde el principio —afirmó—. No voy a pagarte los
estudios. Ya me pagué los míos y, si yo pude, desde luego tú
también podrás. Lo que podemos ofrecerte ahora mismo son
cuatrocientos mil dólares. No es lo que quieres, pero sigue siendo
un buen montón de dinero. Déjame recordarte que los Lakers se
han clasificado para los playoffs en diecisiete de las últimas
diecinueve temporadas. Nos encantaría contar contigo, Earvin, y
espero que acabes jugando aquí, pero el equipo ya funciona
bastante bien sin ti».

Lo que Johnson no sabía entonces (y no averiguó hasta más de dos


décadas después) era que Cooke lo veía como un buen jugador, sí,
pero uno más entre tantos otros. Inmediatamente después del draft,
Cooke confesó a sus amigos más cercanos que el equipo había
estado cerca de elegir a Sidney Moncrief, el escolta anotador de la
Universidad de Arkansas. Ese, al menos, había sido el consejo de
Jerry West, que no veía nada claro que un base de 2.06 pudiera
manejarse a la velocidad que demandaba aquella NBA. De todos los
exjugadores de baloncesto que trabajaban para los Lakers, West
era el que mayor ascendencia tenía sobre Cooke. «West quería a
Moncrief y se lo dejó muy claro a Jack Kent Cooke —apunta Rich
Levin, que cubría la actualidad del equipo para el Los Angeles
Herald-Examiner—. Hubo un breve momento en el que se barruntó
que sería Moncrief, y no Magic, el que acabaría en los Lakers».

Ahora bien, Cooke no era ningún idiota. Aunque no fuera el tipo que
más sabía de baloncesto del mundo, era muy consciente de que en
el mundo del deporte la publicidad era casi tan importante como los
resultados. Pese a ganar cuarenta y siete partidos y alcanzar los
playoffs en la temporada 1978/79, los Lakers solo llenaron el
pabellón una vez y promediaron 11.771 espectadores en un
pabellón con capacidad para 17.505. Enfrente, tenía a un chico que
no solo era un base; era también un enorme anuncio de neón que
deslumbraba con un claro mensaje: ¡Hay que ir a ver a los Lakers!
La plantilla estaba formada por jugadores sensacionales pero con
tendencia a pasar desapercibidos (como el base Norm Nixon),
excesivamente tímidos (el alero Jamaal Wilkes) o directamente
hostiles hacia los aficionados (Abdul-Jabbar). Cooke llevaba
demasiado tiempo esperando que Kareem mostrara algún tipo de
amabilidad hacia el público. Tanto, que ya lo daba por imposible.
«Jack creía en el atractivo de las estrellas —asegura Rothman—.
Eso hay que reconocérselo».

Cuando Johnson le devolvió el órdago a Cooke («Bueno, entonces


supongo que tendré que volver a la universidad»), el propietario no
supo qué decir. Invitó a Johnson y a su séquito a pasar la noche en
Los Ángeles para reunirse de nuevo la siguiente mañana en la Sala
de Trofeos. De camino al hotel esa misma noche, Earvin Sr. le echó
la charla a su hijo. Aquel hombre había pasado muchos años
trabajando en oficios de medio pelo; luchando, junto a su mujer,
Christina, camarera en una cafetería escolar, para alimentar a diez
niños. ¿Todo para que, ahora, su hijo de diecinueve años le hiciera
feos a los lenguados de arena? «¡He trabajado en una fábrica toda
mi vida a cambio del mismo dinero que te está ofreciendo a ti por un
año! —señaló Earvin Sr.—. ¡Y por hacer lo que te gusta! Cuidado
con la avaricia, hijo, dicen que rompe el saco».

Al día siguiente, Cooke y Johnson negociaron arduamente hasta


llegar a un acuerdo por quinientos mil dólares al año, lo que
convertía a Johnson en el novato mejor pagado de la historia de la
liga3. En un ambiente distendido, Cooke dejó que su nueva
superestrella eligiera el menú:

«¡Pizza! —exclamó Johnson—. Pidamos pizza para todos».

Cooke aceptó y así fue como uno de los hombres más ricos de
América acabó comiendo su primera porción de pepperoni. «Esta
cosa —concedió— no está nada mal».

***

Las siguientes semanas fueron de una intensa comunicación entre


Cooke y Buss: hablaban por teléfono varias veces al día, comían
juntos con cierta frecuencia y discutían sobre el personal, las
instalaciones y lo que podía ser mejor para el futuro de la franquicia.
Con todos sus defectos, hay que valorar el compromiso de Jack
Kent Cooke. Sí, quería deshacerse de los Lakers, pero quería dejar
buen recuerdo. Para él, eso significaba ayudar a Buss en todo lo
posible, incluyendo la elección de un nuevo entrenador para el
equipo.

En aquel momento, el técnico era aún Jerry West, un escolta


superlativo, miembro del Hall of Fame y tan respetado en la NBA
que en 1968 la liga utilizó su silueta para el nuevo logo. No había
duda de que West era uno de los hombres más inteligentes en pisar
una cancha de baloncesto. Era intuitivo, tenía un gran instinto y se
anticipaba a cualquier problema.

Ahora bien, odiaba entrenar, y llevaba ya tres años.

«Fue una experiencia terrible —afirma West—. Entrenar nunca se


me dio bien: no hacía más que chillar y gritar a la gente, que es lo
que más odio. Cuando llegó Jerry Buss, entendí que era la hora de
dejarlo para siempre. No podía seguir haciendo un trabajo que en el
fondo odiaba y no podía poner en el compromiso a Jerry de tener
que echar a un técnico que no hacía bien su trabajo».

Dos años antes, Cooke ya había intentado sustituir a West por Jerry
Tarkanian, el entrenador de la Universidad de Nevada-Las Vegas.
Tarkanian acababa de llevar a los Rebels a la Final Four
universitaria y se había convertido en uno de los nombres más
populares del baloncesto estadounidense del momento. Después de
pensárselo muy seriamente, Tarkanian acabó rechazando la oferta
de Cooke. El salario (setenta mil dólares al año, con un aumento de
dos mil quinientos dólares al final de cada temporada) apenas
mejoraba el que ya ganaba en Nevada. «No me merece la pena —
apuntó Tarkanian—. Ni a mí ni a mi familia».

Ahora, la situación había cambiado.

***

El coche estaba aparcado en la segunda planta de un garaje


próximo al Hotel Sheraton Universal, en North Hollywood.
Tratándose de La-La Land, un lugar lleno de famosos y millonarios,
a nadie le extrañó ver un coche de esa marca ahí abandonado. Se
trataba de un Rolls-Royce Silver Shadow II blanco y granate, una
belleza de coche con un innovador sistema hidráulico de alta
presión y una imponente transmisión Turbo-Hydramatic 400.
Llamaba la atención, sí, pero no tanto si uno se fijaba en los
Mercedes, los BMW y los Jaguar que estaban aparcados en esa
misma planta. Otro cochazo de otro ricachón de la zona, sin más.

Con una diferencia.

Este cochazo escondía algo.

Bajo llave.

En el maletero.

La mañana del 17 de junio de 1979, el vigilante del aparcamiento del


Sheraton notó algo raro. Estaba haciendo su ronda, como tantas
otras veces, cuando los colores del vehículo llamaron su atención:
granate oscuro en lo alto y blanco brillante en la parte de abajo. ¿No
estaban buscando las autoridades un Rolls-Royce Shadow II así?
¿Uno granate y blanco con el interior chapado en oro?

Poco tardaron los primeros agentes del departamento de policía de


Los Ángeles en llegar al lugar. Leroy Orozco, un experimentado
detective, comprobó que la matrícula era la del vehículo
desaparecido. A continuación, revisó la carrocería en busca de
huellas, hizo saltar el seguro y abrió el maletero.

El hedor lo invadió todo, como un fantasma que escapa de su


tumba. No hay olor comparable al de la carne podrida, confinada en
un pequeño habitáculo.

Estaban ante el cadáver de un hombre blanco en avanzado estado


de descomposición. La piel había adquirido un tono entre el morado
y el negro. El cuerpo, envuelto en una manta amarilla, estaba atado
de pies y manos por detrás de la espalda. En la parte de atrás de la
cabeza se podía distinguir un agujero de bala. En el temporal
derecho, se podía apreciar otro. Uno de los agentes rebuscó en los
bolsillos de los pantalones, pero no encontró cartera ni carné de
conducir. La cámara de seguridad colocada justo encima de la plaza
donde habían aparcado el Rolls estaba destrozada a golpes.
Aun así, estaba claro de quién se trataba.

Aquel era el cadáver de Victor Weiss.

Tan solo tres días antes, la noche del 14 de junio, Weiss se sentía el
hombre más feliz del mundo. A sus cincuenta y un años, este
promotor de espectáculos deportivos y agente de Jerry Tarkanian,
salía eufórico por la puerta principal del Hotel Beverly-Comstock,
convencido de que su cliente tenía el puesto de entrenador de Los
Ángeles Lakers al alcance de la mano. Al menos eso es lo que
habían dicho Cooke y Buss, literalmente, durante la reunión:
«Estamos encantados de contar con Jerry como nuevo entrenador
de los Lakers».

Hacía dos meses que los Lakers habían vuelto a tantear a Tarkanian
para ofrecerle el salto a la NBA. En un principio, el técnico no mostró
entusiasmo alguno. Ya se veía solo como un entrenador
universitario, fascinado por la excitación y la pasión que rodea al
deporte amateur. ¿Se podía considerar a Tark, como todos le
llamaban, un ejemplo de estricta moralidad? Más bien no. En aquel
momento, estaba defendiéndose de las acusaciones de la NCAA de
haberse saltado las reglas a la hora de reclutar jugadores para su
universidad. ¿Era un maestro de la táctica como lo podía ser Dean
Smith? Tampoco. Pero había pocos hombres blancos que se
entendieran mejor con los jugadores afroamericanos más jóvenes.
Tarkanian tenía un don: podía adentrarse en los barrios más pobres
de Detroit, de Gary (Indiana) o de Newark (Nueva Jersey) y salir de
ahí dos horas después con la firma de un chico de dos metros con
muelles en los tobillos.

Tarkanian no tenía interés alguno en abandonar un trabajo en el que


era feliz por uno en el que tendría que hacer de niñera de lujo de un
montón de millonarios caprichosos en una liga lastrada por las bajas
audiencias televisivas, la escasa presencia de público en las
canchas y un abuso constante de todo tipo de drogas. «Estaba muy
a gusto en Las Vegas —afirma Tarkanian—. Cuando los Lakers se
interesaron, lo primero que le dije a mi mujer fue “No puedo aceptar
esa oferta. No tiene sentido”».
Aun así, por cortesía, Tarkanian le devolvió la llamada a Cooke para
explicarle que, si querían que se mudara a California, tendrían que
ofrecerle muchísimo más de los setenta mil dólares de la última vez.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó Cooke.

—Bueno —dijo Tarkanian—. Como mínimo, el doble de los


trescientos cincuenta mil que gano ahora mismo.

—Me parece bien —afirmó Cooke.

—¿Perdón? —dijo Tarkanian.

—Que me parece bien —repitió Cooke—. Eso no sería un problema.

Con lo que volvemos a Vic Weiss, minutos después de concluir su


reunión con Cooke y Buss, maletín en la mano, rumbo al
aparcamiento del Comstock más contento que unas castañuelas.
Los Lakers no solo estaban dispuestos a pagarle a Tarkanian más
de lo que nunca se había pagado a un entrenador en la historia de
la liga, sino que habían aceptado también sus peticiones
personales: dos abonos para toda la temporada y tres coches de
lujo: uno para Jerry, otro para su mujer, Lois, y un tercero para
Pamela, su hija mayor. «Todo estaba cerrado —afirmó Tarkanian—.
Ya me podía considerar el nuevo entrenador de Los Ángeles
Lakers».

Mientras Weiss se encargaba de cerrar el acuerdo, Jerry y Lois


conducían desde San Diego, donde habían estado de vacaciones,
rumbo al Balboa Bay Resort, en Newport Beach. Pronto, entendían,
Jerry se reuniría con Cooke y Buss y firmaría el contrato por cinco
años. Después ya solo quedaba la presentación ante los medios, y
así se convertiría en el décimo entrenador de la historia de los
Lakers.

«Nos vemos mañana por la mañana en el resort —le dijo Weiss a


Tarkanian—. Te esperan unos días increíbles».
***

Cuando sonó el teléfono del Balboa Bay Resort, Jerry Tarkanian no


tardó en cogerlo. Era la una de la madrugada del 15 de junio. Al otro
lado de la línea estaba Rose Weiss, la mujer de Vic desde hacía
casi veinte años. Llamaba desde su casa en la cercana localidad de
Encino. «¿Sabes algo de mi marido? —preguntó—. Habíamos
quedado para cenar, pero no ha aparecido».

No. Tarkanian no sabía nada.

Los días fueron pasando y el sentimiento inicial de confusión dio


paso a una enorme preocupación. Finalmente, la policía pudo
verificar que las huellas del cuerpo del coche eran las de Vic
Weiss… y el teléfono de la habitación del hotel de los Tarkanian
volvió a sonar. «Aquello fue devastador —afirma Lois—. Para Jerry
no se trataba solo de un viejo amigo, sino de alguien a quien quería
de verdad. No hay palabras para explicar cómo nos sentimos en
aquel momento».

Hasta los conocidos de Weiss tenían que admitir que había algo
oscuro en aquel hombre. Sus negocios coqueteaban con lo turbio.
Según su versión, era el propietario de tres concesionarios de marca
(Rolls-Royce, Ford y Fiat) y el representante de un puñado de
boxeadores de medio pelo. Ahora bien, siempre llevaba consigo una
cantidad chocante de efectivo (se plantó en la reunión con Buss y
Cooke con treinta y ocho mil dólares en el bolsillo) y rara vez dejaba
en casa su ostentoso reloj de oro y el anillo de diamante a juego
(comprados a Anthony Starr, un ladrón de joyas canadiense que
tenía en Weiss a uno de sus mejores clientes). No era nada raro ver
a Weiss en veladas de boxeo, aprovechando para hacer negocios
con conocidos mafiosos.
La investigación descubrió que Weiss, un hombre de lo más
presuntuoso, tenía en realidad poco de lo que presumir. Aunque le
contaba a todo el mundo que era el dueño de los tres
concesionarios, en realidad no pasaba de ser un consultor externo.
Su casa en Encino era propiedad de uno de sus socios y su coche
—el Rolls-Royce blanco y granate— era de alquiler. Weiss había
acumulado más de sesenta mil dólares en deudas de juego y su
principal ocupación en aquellos días era viajar continuamente entre
Los Ángeles y Las Vegas para entregar enormes cantidades de
dinero negro recién lavado. Según uno de sus socios, Weiss se
quedaba a menudo con una parte de ese dinero. Lo habían avisado
varias veces de que no lo volviera a hacer y, según la policía, lo
mataron al ver que no hacía caso.

***

A pesar de todo —del asesinato, las sospechas, las preguntas sin


contestar…—, en principio, Jerry Tarkanian seguía siendo el futuro
entrenador de Los Ángeles Lakers. Pronto, estaría diseñando
jugadas para Kareem en el poste bajo y buscando la mejor manera
de combinar el talento de Norm Nixon, recién elegido All-Star, y el
del novato Johnson, los dos bases del equipo. Tenía que pensar en
cómo incorporar al elegante alero Jamaal Wilkes a la dinámica
ofensiva y encontrar una solución al eterno problema en la posición
de ala-pívot. «Estaba como loco por entrenar a Magic —afirma Lois
—. Tenía todo tipo de ideas sobre qué hacer con él en el campo».

Una semana después del asesinato de Weiss, Jerry y Lois volaron a


Las Vegas, donde comieron con Buss. «Sé lo mucho que te ha
afectado toda esta tragedia —dijo Buss—. Tómate todo el tiempo
que necesites. La oferta sigue en pie y así va a quedar. Eres nuestro
entrenador».
Sin embargo, el asesinato de Vic Weiss había cambiado las cosas.
Su muerte destapó la operación (hasta ese momento oculta para la
prensa) con los Lakers y la gente de Las Vegas no tardó en
reaccionar. Por favor, no te vayas. Te necesitamos. Las Vegas no es
lo mismo sin ti. Los Tarkanian tenían cuatro hijos y ninguno de ellos
quería marcharse. ¿Y si el dinero no lo era todo? ¿Y si setecientos
mil dólares no eran suficiente excusa para abandonar el trabajo que
realmente amaba?

«No creo que Jerry llegara a recuperarse nunca de la muerte de Vic


—explica Lois—. Nunca lo superó».

Cuando Tarkanian llamó a Buss para decirle que había decidido


quedarse en Las Vegas, el nuevo propietario de los Lakers no le
echó nada en cara. «Lo entiendo —dijo—. Lo que no puede ser…
no puede ser».

***

En medio de toda esta locura, mientras Magic Johnson decidía dejar


la universidad y convertirse en jugador de los Lakers, mientras Jerry
Tarkanian se preparaba para dar el salto a la NBA y los restos de
Vic Weiss descansaban en el maletero de un Rolls-Royce, aún
quedaba por determinar si la liga iba a aceptar o no la oferta de
Jerry Buss para comprar la franquicia. Todo el mundo lo daba por
hecho, pero en realidad no estaba tan claro.

De hecho, conforme se iba acercando la votación del 22 de junio, el


ungimiento de Buss cada vez parecía más dudoso. «No sabíamos si
le iban a dejar comprar el equipo —asegura Roy Johnson,
encargado de cubrir la NBA para el New York Times—. En aquellos
días, la NBA era una liga bastante cerrada, no como ahora. Y los
propietarios tenían muchas reservas a la hora de dejar que Jerry
Buss se uniera a su pequeño club».
En los años setenta, se entendía que la comunidad de propietarios
de la NBA era cuestión exclusiva de grandes empresas (los Knicks,
por ejemplo, eran propiedad de Gulf+Western) o de particulares que
encajaran en un cierto perfil: hombres, multimillonarios y de
reputación intachable4.

Lo de «la reputación», a su vez, también tenía su aquel: Jim


Fitzgerald, propietario de los Milwaukee Bucks, era un respetable
empresario que había ganado todo su dinero en la construcción y la
televisión por cable. Harry T. Manguarian Jr., propietario de los
Boston Celtics, se había hecho millonario con la venta minorista de
mobiliario y, posteriormente, como propietario de la Southeastern Jet
Corporation y de Drexel Investments. William Davidson, propietario
de los Detroit Pistons, era un empresario intachable que había
ganado una fortuna en el negocio del vidrio para edificios y
automóviles. Aunque no lo dijeran demasiado alto, los propietarios
de franquicias de la NBA —más que los de cualquier otra liga— se
sentían superiores a sus jugadores. No solo más ricos sino, sobre
todo, menos… en fin… negros. O, por decirlo suavemente, no tan
vulgares.

Y ahí es donde Jerry Buss empezaba a no encajar del todo.

Aunque buena parte de los propietarios de la NBA habían


conseguido escapar de la pobreza en algún momento, había algo en
Buss de nuevo rico que los molestaba especialmente.

O, quizá, simplemente, se trataba de su afición desmedida al sexo.

Nacido el 27 de enero de 1933, Buss tenía trece años cuando se


mudó con su familia desde el sur de California a Kemmerer, en el
estado de Wyoming, una ciudad de 2.656 habitantes conocida por
ser el lugar donde, en 1902, se había fundado la J.C. Penney
Company. Su madre, Jessie, y su padre, Lydus, ambos contables,
se habían divorciado cuando él era aún un bebé y la infancia de
Jerry fue dura en lo personal y en lo económico. Vivía con su madre,
su padrastro, Cecil Brown; su hermanastro, Mickey; su hermana por
parte de madre, Susan, y su otro hermanastro, Jim, en una casa con
seis habitaciones. «Recuerdo hacer cola en la oficina de empleo con
mi saco de tela barata —explicaba Buss— y tener que comprar
chocolate con leche en vez de chocolate blanco porque costaba un
centavo menos». Para ayudar en casa con los gastos, Jerry trabajó
de todo: de limpiabotas, de botones en el Hotel Kemmerer y
colocando los bolos en la bolera local. Tanto él como su mejor
amigo, Jim Dover, trucaban la tragaperras del hotel y con ese dinero
se compraban unos pasteles de plátano. «Jerry era muy práctico —
afirma Raymond Baro, compañero suyo de clase—. Si podía
trabajar en algo y ganarse así un dólar más, no se lo pensaba».

En un principio, Buss no pensó en ganarse la vida como empresario


de éxito, sino como jugador. Era un buscavidas del póker y una vez
le ganó a su profesor de instituto diez partidas seguidas a cincuenta
dólares la mano. Durante algunos meses, abandonó la escuela para
trabajar en la Union Pacific, ayudando en la construcción y el
mantenimiento de vías férreas. Era un trabajo horrible. «Cada día,
había dos o tres peleas —asegura Buss—. Para un chico de
dieciséis años, era algo que llamaba la atención. Nunca sabías de lo
que podían ser capaces esos tipos. Lo mejor era estarse con la
boca cerrada».

Pasados cuatro meses, Buss se fijó en un anuncio en el que pedían


químicos para trabajar en la administración pública. El sueldo era
muy superior a lo que ganaba en la vía del tren y eso lo motivó a
volver al instituto para acabar sus estudios y —tras una pelea con su
padrastro— mudarse a casa de su profesor de ciencia, Walter
Garrett, a quien Buss siempre se refirió como «su fuente de
inspiración». Garrett vio el talento oculto en Buss y lo apuntó a una
prueba nacional de ciencia patrocinada por Bausch & Lomb. Eso le
valió a Buss una beca para la Universidad de Wyoming. «Garrett me
cambió la vida —afirma Buss—. El colegio no me entusiasmaba, me
resultaba demasiado fácil; aunque no sacaba malas notas, fue él
quien me animó a seguir y acabé consiguiendo una beca».

En el campus de Laramie, en Wyoming, Buss no era un estudiante


más. Solicitó estudiar al mismo tiempo álgebra, trigonometría y
geometría analítica, y consiguió el grado de química en solo dos
años y medio. «No le recuerdo ni un solo error en ningún examen,
fuera parcial o final —explica Kenneth Doi, compañero de clase y
amigo de Buss—. Eso no lo hace cualquiera. Siempre sacaba un
diez». Sus excepcionales notas le valieron una sucesión de ofertas
para hacer el postgrado en todo tipo de universidades: Harvard,
Michigan, Caltech, la Universidad del Sur de California… Su amor
por el fútbol universitario y la promesa de buen tiempo todo el año le
hicieron decantarse por esta última.

Una vez completado su doctorado y su máster en 1957, Buss se


mudó a Boston para trabajar en una empresa de consultoría llamada
Arthur D. Little. Llegaba a la oficina a las nueve de la mañana, se
tomaba su pausa de una hora para comer, volvía a su mesa… y
sentía como cada minuto se le hacía insoportable. Según Buss, «no
podía con lo de llevar un traje a rayas y un maletín a todos lados».
Volvió a California para trabajar en McDonnell Douglas y le
destinaron brevemente a un laboratorio espacial. De nuevo, la
uniformidad lo superó. «Lo único que veía eran quinientas mesas,
quinientas camisas blancas y quinientas corbatas de distintos
colores. Éramos un rebaño de cerebritos».

En 1958, Buss le preguntó a Frank Mariani, amigo e ingeniero


aeroespacial, si le interesaría invertir algo de dinero en un pequeño
edificio de apartamentos en el oeste de Los Ángeles. A Mariani le
pareció una buena idea y cada uno empezó a ahorrar 83,33 dólares
al mes hasta que (con la ayuda de varios amigos) consiguieron el
dinero suficiente para la entrada de un crédito con el que comprar el
edificio de catorce casas. Pronto, esa única propiedad se convirtió
en dos; de dos, pasaron a cuatro… y para 1962, ya no eran cuatro
sino cientos. Los dos hombres —bajo el nombre oficial de Mariani-
Buss Associates— se hicieron de oro comprándoles a los bancos
sus edificios abandonados y dándoles un nuevo uso comercial. El
chico que llegó a vivir en una sala de billar se había convertido en
multimillonario: los amigos que empezaron con una sola inversión
poseían ya más de setecientas propiedades repartidas por
California, Arizona y Nevada.
En rigor, eso ya debería haber bastado para dar el perfil como
propietario de una franquicia NBA… pero para Buss nada era
suficiente. Aficionado irredento de los equipos de la Universidad del
Sur de California (Buss no solo asistía a cada partido de fútbol
americano de los Trojans sino que tampoco se perdía las
competiciones de atletismo), Jerry no iba a contentarse con lo que
ya tenía y ver tranquilamente cómo su fortuna crecía y crecía. No,
Buss necesitaba acción. «Vivir —afirmó en una ocasión su hija
Jeanie— era para él una constante fuente de adrenalina». Compró e
impulsó (bueno, intentó impulsar, porque acabó perdiendo cinco
millones de dólares en la aventura) a los Strings, del circuito World
Team Tennis; todo esto mientras consolidaba su reputación como el
soltero más codiciado de Los Ángeles.

Aunque en realidad estaba casado en segundas nupcias desde


1972 con Veronica —su primer matrimonio, con JoAnn Mueller, le
dejó cuatro hijos y un sonoro divorcio—, Buss nunca se molestó en
ocultar su atracción hacia las mujeres jóvenes y atractivas. Era
habitual encontrarlo en los clubes de moda de la ciudad con una
rubia despampanante de pechos enormes a un lado y una morena
despampanante de pechos enormes al otro. En su dormitorio,
guardaba montones de álbumes de fotos, llenas de imágenes de las
mujeres con las que se había acostado. Aunque resulte difícil de
entender, Buss se preocupaba por esas chicas, no intentaba
aprovecharse de ellas. «Cuando conocía a una, se la llevaba de
compras y le pagaba el vestido o los zapatos que ella quisiera —
afirma Linda Rambis, empleada del club en los ochenta… y mujer
de Kurt Rambis, ala-pívot de los Lakers—. Luego, ella se ponía ese
vestido y esos zapatos para su cita juntos. Era todo muy propio del
viejo Hollywood».

«Jerry era más de citas románticas en un restaurante que en un


hotel —explica Charline Kenney, su asistente personal—. Invitaba a
una de sus chicas a comer y luego a otra a cenar. Era importante
que la una no se enterara de la existencia de la otra… aunque le
hacía gracia cuando eso pasaba». En 1978, Buss se hizo buen
amigo de John Rockwell, el actor que había dado vida al
protagonista de la serie de televisión Las aventuras de Superboy.
Rockwell llevó a Jerry a la Mansión Playboy (donde Rockwell llegó a
vivir durante una temporada) y le presentó a Hugh Hefner. «Eran tal
para cual —asegura Rockwell—-. Conocía a todas las chicas de la
Mansión Playboy, así que le presenté a unas cuantas de las
Playmates. Buss les cayó bien desde el principio porque no era un
baboso. Si una de las chicas necesitaba un coche nuevo, Jerry
echaba un par de partidas al póker, ganaba el dinero suficiente y le
compraba el coche. ¿Cómo no les iba a gustar?».

«Todo el mundo quería ser Jerry Buss —explica Pat O’Brien,


periodista de la CBS—. Podrido de dinero y tirándose a menores de
edad a los cincuenta años».

A diferencia de la mayoría de los propietarios de la NBA, de aspecto


aburrido, Buss se preocupaba por su imagen. Tenía cuarenta y seis
años, pero aparentaba treinta y cinco, con su pelo largo y castaño, y
su bigote de estrella del porno. «Llamaba la atención nada más
verlo —continúa Rockwell—. Especialmente entre las mujeres».

La NBA celebraba sus reuniones oficiales en un hotel de Amelia


Island, cerca de Jacksonville, en el estado de Florida, y, de los
veintidós propietarios invitados, no pocos solían ir armados. Buss
tenía el dinero, pero ¿no suponía su presencia un elevado riesgo
para una liga que ya tenía suficientes problemas de imagen? La
cocaína estaba acabando con la liga. Los Buffalo Braves habían
tenido que marcharse a San Diego y los New Orleans Jazz se
habían largado a Salt Lake City. La idea de implantar una línea de
tres puntos había sido criticada por muchos por considerarla una
chorrada para llamar la atención. El mejor jugador de la liga, Abdul-
Jabbar, se negaba a hablar con la prensa, y al actual MVP, Moses
Malone, costaba un mundo sacarle dos frases inteligibles.

Y, ahora, ¿se suponía que tenían que aceptar, solo por su solvencia
económica, a un hombre que se acostaba con niñas? ¿A alguien
que, según todos los rumores, disfrutaba de prácticas sexuales tan
poco convencionales que avergonzarían al propio Hefner? ¿A un
tipo que, supuestamente, se había casado con su segunda mujer,
Veronica, cuando aún estaba casado con la primera, JoAnn? «Tenía
a mucha gente muy en contra —afirma Roy Johnson, redactor del
New York Times—. Me mandaron a cubrir esas reuniones y podías
enterarte de todo lo que pasaba ahí dentro, de todos los detalles.
Literalmente, podías sentarte fuera de la sala de reuniones y
escucharlos discutir».

Al final, se admitió a Buss como nuevo propietario gracias a un


hombre: Jack Kent Cooke. A pesar de no ser una persona
demasiado elocuente, Cooke se esmeró en la defensa de su amigo
ante aquel grupo de empresarios. Como ellos, Jerry Buss era un
verdadero entusiasta del deporte que se esforzaría al máximo en
asegurarse de que a la liga le fuera lo mejor posible. Además, se
trataba de un genio del marketing. Aunque Buss había perdido
millones en el World Team Tennis, lo había hecho implicándose al
máximo, gastando su propio dinero en suculentos contratos para
estrellas como Chris Evert, Ilie Nastase o los hermanos Armitraj.
«Les puedo asegurar que Jerry Buss hará maravillas en favor de la
NBA —sentenció Cooke—. No tengo ninguna duda al respecto. Y
tampoco la deberían tener ustedes».

La noche siguiente, después de que la operación se hiciera oficial y


los documentos estuvieran listos para firmar, Jerry Buss llamó a la
puerta de un destartalado apartamento de una sola habitación en
Doheny Street, Los Ángeles, para ver a su novia, Debbie Zafrani,
una espectacular conejita del Playboy Club de la zona a la que,
como era habitual, doblaba la edad. «Le gustaba venir a tomar algo
con nosotras, lo hacía a menudo —recuerda Linda Rambis, la
hermana de Debbie—. Llevaba meses diciéndonos: “Un día, voy a
comprar los Lakers. Me encanta ese equipo y voy a ser el
propietario”. Mi hermana y yo somos de Chicago y lo veíamos como
un excéntrico. De vez en cuando ponía algún partido de los Lakers
en la tele e insistía en que los iba a comprar mientras se bebía un
ron con Coca-Cola. Y, de repente, esa noche, llega y suelta: “¡He
comprado los Lakers! ¡De verdad! Vamos a cenar algo fuera para
celebrarlo”. Yo ni me lo creí. Quiero decir, ¿me estás contando de
verdad que has comprado los Lakers? Venga ya».
CAPÍTULO TRES

El entrenador improbable

HABÍA ALGO EN AQUELLA LLAMADA que no terminaba de


cuadrarle.

¿Jerry Buss?

¿Quién demonios era Jerry Buss?

Jack McKinney era incapaz de ubicar ese nombre, por mucho que
Bill Sharman, el general manager de los Lakers, le explicara que la
franquicia tenía un nuevo dueño y que había que cambiar de
entrenador y que estaban pensando en él —¡en él! — como uno de
los principales candidatos.

Incluso dejando de lado a Jerry Tarkanian, seguía habiendo, en su


opinión, técnicos mucho más atractivos a la hora de entrenar a una
de las principales franquicias de la NBA. ¿Por qué no John Wooden,
el entrenador de UCLA? ¿O Jud Heathcote, que acababa de llevar a
Michigan State (y a Magic Johnson) a su primer título universitario?
Seguro que Hubie Brown, el entrenador de los Atlanta Hawks,
estaría dispuesto a marcharse al oeste a sus cuarenta y cinco años
si la oferta fuera suficientemente buena. También estaba Les
Habegger, el ayudante principal de Lenny Wilkens en los Seattle
Supersonics, actuales campeones de la NBA. O incluso los dos
asistentes de Jerry West en el banquillo de los Lakers: Stan Albeck
y Jack McCloskey.
Pero no, le querían a él. Sentado en un sofá de su habitación de
hotel en el Lago Mayor, en Italia, la mañana del 11 de julio de 1979,
McKinney acabó convenciéndose de que aquello iba en serio. Al
parecer, al tal Jerry Buss le habían hablado de su trabajo como
ayudante en los Portland Trail Blazers y le habían convencido de
que, pese a su perfil bajo, era el hombre que más sabía de
baloncesto de la liga.

«Hay muchas cosas que nos gustan de ti —le explicó Sharman—. El


señor Buss quiere que vueles ahora mismo a Los Ángeles para
valorar la posibilidad de ofrecerte el puesto de entrenador».

El GM de cincuenta y tres años y el entrenador asistente de


cuarenta y cuatro siguieron charlando durante un rato y acordaron
que McKinney abandonara Italia (y el clínic que iba a dirigir junto a
Alessandro Gamba, entrenador de la selección italiana de
baloncesto) para reunirse en dos días en Los Ángeles y poder
hablar en persona. McKinney colgó el teléfono y se quedó
pensativo, dándole vueltas a lo que estaba por venir. Siempre había
creído que Abdul-Jabbar podía mejorar en el rebote y en los
tapones. Jamaal Wilkes podía ser un defensor de élite si se lo
proponía. Sabía que, con dos bases puros —Norm Nixon y Magic
Johnson—, los Lakers podían correr y correr hasta agotar a sus
rivales. Era consciente de que necesitarían un ala-pívot de calidad.
También tendrían que ser más duros. Con más mala leche. Atacar
más y conceder menos. «Aquel trabajo era un sueño —asegura
McKinney—. Hablamos de una de las plantillas con más talento de
toda la historia; solo le hacían falta un par de retoques».

McKinney llegó a Los Ángeles con jet-lag pero de buen humor. El


primero en recibirlo fue Buss, cuyo aspecto casual y su entusiasmo
juvenil lo sorprendieron. Jack Kent Cooke había sido el amo y señor
de los Lakers durante tanto tiempo que la gente aún esperaba que
apareciera en cualquier momento de algún escondite. Buss («por
favor, llámame Jerry») no tenía nada que ver con él: le ofreció un
whisky y se echó hacia atrás en la silla, dispuesto a escuchar no
solo cuáles eran las ideas de McKinney sino quién era aquel hombre
y cuál era su historia.

***

Cuando Jack McKinney tenía nueve años, su padre se lo llevó al


funeral de Babe Ruth.

Fue uno de esos momentos —escasos, maravillosos, especiales—


con los que la vida te sorprende. El Bambino había muerto de
cáncer el 16 de agosto de 1948. Al día siguiente, Paul McKinney,
investigador del Departamento de Policía de Chester (Pensilvania),
recogió a su hijo del St. Robert Elementary School y le llevó a un
cine cercano, donde estaban echando una versión especial de La
historia de Babe Ruth. Paul quería que su hijo supiera qué clase de
hombre había perdido el mundo.

Cuando salieron del cine, Paul se volvió hacia el joven Jack. Las
lágrimas rodaban por sus mejillas. «Mañana, nos vamos a levantar
temprano —dijo— y vamos a decirle adiós a Babe».

Hicieron en coche las dos horas y media que separan Chester de


Nueva York, tiempo que Paul McKinney utilizó para contar a su hijo
todo tipo de historias sobre Babe Ruth. Su dura infancia en
Baltimore. El traspaso de los Red Sox a los Yankees. Aquella
inigualable temporada 1927. El home-run contra los Chicago Cubs
de 1932. «Para mí, mi padre era dios y le encantaban los deportes
—recuerda Jack McKinney—. Me llevaba a todos lados: a combates
de pesos pesados, a Shibe Park para ver jugar a los Phillies y a los
Eagles...».

Cuando llegaron a la Catedral de St. Patrick, en Manhattan, los


McKinney se quedaron asombrados ante la marea humana que se
había dado cita para aquel momento histórico. Había allí veinte filas
de hombres y mujeres, chicos y chicas, negros y blancos, apretados
unos contra otros sin importar la clase social.

Paul McKinney cogió a su hijo de la mano y le dijo: «No te separes


de mí». Se hicieron camino entre la multitud hasta llegar a un puesto
de policía. Allí, Paul sacó su placa, se acercó a un agente y le dijo
con fingido acento irlandés: «He traído a mi hijo desde Chester para
ver a Babe. ¿Me puede echar una mano?».

El agente le abrió paso y los McKinney pudieron acercarse a la


entrada de St. Patrick. El pequeño Jack estaba fascinado. A su
izquierda, en las escaleras de acceso a la catedral, estaba Thomas
E. Dewey, el gobernador de Nueva York. A su derecha, ya entrando
en el recinto sagrado, tenía a William Bendix, el actor al que el día
antes había visto en la gran pantalla haciendo de Babe Ruth. «Para
un chico tan pequeño, era como estar entre la realeza —afirma—.
Una experiencia imponente».

Jack McKinney nunca olvidó ese día. Los olores, los sonidos, la
infinita tristeza… y, sobre todo, la agitación. Incluso en presencia de
la muerte, podía sentir una energía especial y mágica; una emoción
cruda y cautivadora que lo impregnaba todo. «El deporte es una de
las pocas cosas que consigue afectar así a la gente —asegura—.
Tiene un poder único».

El primer triunfo de Jack McKinney en el mundo del baloncesto llegó


cuando aún estudiaba en St. Robert. Su profesora de cuarto, Sor
Edward Francis, les anunció que Sor Michael Anita les había retado
a un partido contra los de quinto. A falta de pocos segundos,
McKinney disponía de dos tiros libres. El primero lo lanzó a cuchara,
el balón voló por encima del tablero y acabó en las gradas. Se
oyeron unas risitas. El segundo tiro, también a cuchara, entró, y sus
compañeros lo celebraron por todo lo alto. El punto anotado por
McKinney evitaba una paliza humillante. Su curso perdió por doce a
uno. «Al día siguiente, en clase, Sor Edward Francis parecía
dispuesta a canonizarme por haber anotado el punto más
importante de la historia del colegio», escribió McKinney.
En su primer año en St. James, ya consiguió entrar en el equipo del
instituto. El entrenador era un joven fanático de la táctica, de nombre
Jack Ramsay. «Jack era un buen jugador, pero con limitaciones —
explica Ramsay—. Defendía bien, pero tenía problemas en el tiro.
Eso sí, penetraba bien a canasta y era un tipo inteligente. Además,
le caía bien a todo el mundo, y eso siempre ayuda». Antes de
graduarse, su profesor de química, el padre Wesolowski, le pidió a
McKinney que dejara el baloncesto y se dedicara al atletismo. «La
idea no me volvía loco, pero tenía que hacer algo si quería aprobar
química. Era la primera vez que me atrevía con el salto de altura y
acabé ganando todas las competiciones en las que participé, batí el
récord del instituto y me impuse en el campeonato de la Liga
Católica».

El atletismo le sirvió a McKinney para ganarse una beca de estudios


en el Saint Joseph’s College, en Philadelphia. Lo seguía
compaginando con el baloncesto, donde se ajustó al rol de
especialista defensivo saliendo desde el banquillo.

Justo antes de empezar su tercer año, dio la casualidad de que el


Saint Joseph’s decidió contratar a Ramsay como entrenador del
primer equipo. Así dio comienzo una amistad de por vida entre el
jugador corajudo con un gran entendimiento del juego y el
entrenador enamorado de los jugadores inteligentes. «Absorbía
como una esponja cada cosa que me explicaba —asegura
McKinney—. Nos pasamos toda la pretemporada trabajando como
animales para llegar al cien por cien a los partidos importantes.
Solía decir: “Vamos a darle duro, porque sin entrenar al máximo es
imposible jugar al máximo, y eso es lo que queremos: darlo todo en
cada partido”. Yo no era un tipo que destacara por su talento, así
que hice del esfuerzo mi principal virtud».

En realidad, la principal virtud de McKinney era algo mucho más


profundo: la decencia. Era un buen tipo. Fiable. Resolutivo.
Empático. Después de graduarse en la universidad, volvió a St.
James High, su antiguo instituto, para dar clases de historia, lengua
y educación física. A estas nuevas ocupaciones se añadió la de
entrenador del equipo de baloncesto. McKinney se enamoró desde
el principio de su nuevo trabajo como técnico: ver el juego desde el
otro lado, diseñar jugadas, elegir quintetos, buscar la manera de
superar tácticamente a equipos más talentosos… Cuando, un par de
años más tarde, Ramsay le ofreció el puesto de ayudante en Saint
Joseph’s (que combinaría con el de asistente al director deportivo),
McKinney no se lo pensó dos veces.

Seis años después, tras un breve paso por la universidad de


Philadelphia Textile, McKinney heredó el puesto de Ramsay, a quien
unos problemas de visión le habían obligado a echarse a un lado.
Corría la temporada 1966/67 y los Hawks presentaban una plantilla
lamentable: seis de los siete mejores jugadores se habían graduado
ese año y las nuevas incorporaciones no eran nada del otro mundo.
Sin embargo, el equipo se las apañó para acabar 16-10 y
clasificarse para las eliminatorias de la Middle Atlantic Conference
(MAC). «Nuestro juego se basaba en la defensa en toda la cancha y
el dos contra uno constante —recuerda Mike Hauer, base de 1.90—.
Jack sabía adaptarse a las posibilidades de sus jugadores. Aparte,
no era un entrenador con demasiado ego. Nos escuchaba y, si algo
no acababa de funcionar y se lo decíamos, no le importaba hacer
los ajustes necesarios. Aunque estuviéramos jugando fatal, él
siempre nos escuchaba. Tuvimos suerte de cruzarnos con un
entrenador así».

Después de ocho temporadas completas, McKinney podía presumir


de un balance de ciento cuarenta y cuatro victorias y setenta y siete
derrotas, cinco campeonatos de la MAC y cuatro participaciones en
el torneo nacional de la NCAA. Era uno de los mejores entrenadores
universitarios y el candidato que siempre sonaba cuando algún gran
banquillo quedaba libre. Además, era un hombre feliz. Vivía con su
mujer y sus cuatro hijos en un barrio muy agradable donde habían
comprado una casita. «Ofertas no me faltaron —reconoce—. Pero
las rechacé todas».

Hasta que el 18 de marzo de 1974, le echaron.


Era lunes. Jack McKinney lo recuerda perfectamente. No tanto por
el día en sí sino por la sorpresa que supuso. Hasta hacía poco,
McKinney había ocupado los cargos de entrenador jefe y director
deportivo, siguiendo los pasos de Ramsay. «Fue una gran
experiencia en muchísimos sentidos —afirma McKinney—. Pero fui
a hablar con el sacerdote que estaba al cargo y le dije que los dos
trabajos me tomaban demasiado tiempo. Tenía una familia de la que
ocuparme y necesitaba dejar uno de ellos».

A McKinney le pidieron que eligiera: quedarse como entrenador del


equipo de baloncesto o como director deportivo de la universidad.
No era una elección demasiado complicada: estaba enamorado del
juego, no de los despachos. La universidad contrató al Reverendo
Michael Blee para ocupar la vacante. McKinney respiró aliviado,
aunque, a su llegada, Blee le quitó su despacho y le mandó a la otra
punta del pasillo, a un cuarto del tamaño de una lata de sardinas.
Con menos responsabilidades, McKinney podía dedicarse ahora por
completo a consolidar al equipo de baloncesto entre los mejores del
país. Aquella temporada, la 1973/74, los Hawks —con un miserable
presupuesto de cincuenta mil dólares para nuevas incorporaciones y
desafiando los malos augurios de la prensa— acabaron 19-11 y
McKinney fue nombrado Entrenador del Año de la Conferencia Este.
El equipo se clasificó para un nuevo torneo de la NCAA, aunque
perdió con Pittsburgh (54-42) en primera ronda de la serie regional.
Tres días después, Blee —un hombre de setenta años sin ningún
sentido del humor— le dijo a McKinney que le faltaba «capacidad
didáctica» y que mejor recogiera sus cosas y se marchara.

McKinney se disponía a levantarse para abandonar el despacho


cuando Blee le interrumpió: «Creo que es mejor que esto quede
entre nosotros hasta que usted encuentre otro trabajo».

Sin embargo, McKinney no tardó ni veinticuatro horas en hacerlo


público. «En todo el año, el director deportivo no ha tenido ni una
mala palabra hacia mi trabajo —declaró, con lágrimas en los ojos,
ante un grupo de periodistas—. Estoy en shock. No acabo de
entenderlo. Me dijeron que la institución ya no estaba interesada en
mis servicios. Es difícil de aceptar… sigo sin comprender por qué
me han echado».

Al día siguiente, unos ochocientos estudiantes se concentraron en el


campus para protestar por el despido. Marcharon hacia el despacho
del director cantando «¡Que vuelva Jack!», mientras quemaban una
efigie de Blee. La asociación de alumnos sacó un comunicado
pidiendo que McKinney fuera readmitido y exigiendo el cese de
Blee. El comunicado calificaba el despido de «inmoral» e «ilógico».

«Fue un palo enorme —recuerda Kevin Furey, jugador de aquellos


Hawks—. Se suponía que lo echaban por no hacerse respetar.
Salvo a mi padre, nunca he respetado a nadie tanto como al
entrenador McKinney».

Ahora bien, bastaron dos días para que todo se enfriara y McKinney
pasara a ser un desempleado más. Se dedicaba a deambular por la
casa, a limpiar las habitaciones y dar largos paseos mientras se
preguntaba si su carrera como entrenador universitario había
llegado a su fin. Pensó en nuevos trabajos: comercial, profesor…
Seguro que encontraba algún equipo de instituto que necesitara a
alguien con su experiencia. «Jack tocó fondo, nunca lo había visto
así —asegura Claire McKinney—. Saint Joseph’s era un lugar
especial para él. Estudió allí, jugó allí, fue donde aprendió a
entrenar. Que prescindieran de él de esa manera… no sé si ha
llegado a recuperarse del todo».

Ese mismo mes de julio, pese a la depresión, McKinney se marchó


a los Poconos para trabajar en el campus que organizaba todos los
años. En principio, aquello sería algo fácil y rutinario: ayudar a un
grupo de aspirantes a estrellas a entender todos los detalles del
juego. El día que llegó, bajaba por la escalera de su hotel cuando se
encontró con Hubie Brown, por entonces ayudante en los Milwaukee
Bucks.

—¿Qué tal, Jack? ¿En qué andas? —preguntó Brown.

—Me acaban de despedir —contestó McKinney, apesadumbrado.


—Ya… algo he oído —replicó Brown—. Es terrible. Lo siento de
veras.

Se hizo el silencio.

—Oye —dijo Brown—. ¿Te interesaría ir a Milwaukee?

¡Milwaukee! La tierra de… esto… el bratwurst, la cerveza, los


centros comerciales… y, en fin, poco más.

—¡Por supuesto! —contestó McKinney— ¿Sabes de algo por ahí?

Casualmente, Brown acababa de aceptar el puesto de entrenador


jefe de los Kentucky Colonels, equipo de la ABA, y los Bucks
necesitaban desesperadamente un ayudante para Larry Costello.
«Hoy mismo llamo a Larry y se lo comento, tú tranquilo», se
despidió Brown.

A las cuarenta y ocho horas, McKinney estaba volando de


Philadelphia a Milwaukee. Costello lo recogió en el aeropuerto y, de
camino al hotel, pararon en un restaurante. Lo que iba a ser un
almuerzo rápido se convirtió en cuatro horas de conversación sobre
táctica y estrategias ofensivas. «No nos hizo falta seguir el viaje. Me
contrató ahí mismo y me llevó de vuelta al aeropuerto», afirma
McKinney.

McKinney nunca se había planteado trabajar en la NBA. En su


opinión, había demasiada gente en esa liga a la que le importaba
demasiado poco el baloncesto. Sin embargo, a su llegada a
Milwaukee, todo el mundo le recibió con cariño e inmediatamente le
aceptaron como el brazo derecho más racional y calmado del
siempre irascible Costello. El jugador que más lo apreciaba era el
pívot de los Bucks, una superestrella de trato complicado y de
nombre Kareem Abdul-Jabbar. La mayoría de los técnicos del
equipo procuraban mantenerse al margen de cualquier cuestión que
involucrara al All-Star, cuyos cambios de humor le hacían
imprevisible y ponían una barrera respecto al resto del mundo. Sin
embargo, McKinney no se cortaba: si tenía que criticar, criticaba; si
tenía que matizar, matizaba. Era su trabajo. Costello y Abdul-Jabbar
podían intercambiar, como mucho, cincuenta palabras al mes.
McKinney, en cambio, se convirtió en el confidente de la gran
estrella. «Todo el mundo respetaba a Jack —afirma Jon McGlocklin,
escolta de aquel equipo—. Era el hombre al que todos íbamos con
nuestras historias, el tipo en el que todos confiábamos».

Dos años después, McKinney atendió la llamada de su viejo amigo


Jack Ramsay para trabajar con él como ayudante en los Portland
Trail Blazers. Las siguientes tres temporadas serían de las más
felices en la vida de McKinney. Acababa de cumplir los cuarenta,
trabajaba junto a su mentor y gran amigo, y tenía en sus manos el
futuro de uno de los equipos más jóvenes y talentosos de la liga.
Los McKinney vivían en una preciosa casa en Lake Oswego, a las
afueras de Portland, con sus caminos de senderismo, sus carriles
para bicicletas y su naturaleza desbordante. «Era un lugar ideal para
los niños —recuerda Dennis McKinney, el hijo de Jack y Claire—.
No nos faltaba de nada».

En su segunda temporada en Portland, la 1976/77, los Blazers


alcanzaron la final de la NBA. Los dos tipos de Philadelphia que
dirigían aquel equipo se hicieron súbitamente famosos,
especialmente teniendo en cuenta que su rival en la final eran los
76ers. Si ganaban, McKinney y Ramsay prometieron subir corriendo
las escaleras del Museo de Arte de Philadelphia, a lo Rocky Balboa.

El sexto partido se disputaba en Portland, con una ventaja de tres a


dos en la eliminatoria para los locales. Toda la ciudad esperaba
ansiosa el encuentro. Los Blazers eran el único equipo profesional
que disputaba una liga de primer nivel en aquella ciudad y, desde su
debut en la 1970/71, los aficionados de Portland solo habían
conocido la derrota. Ahora, por fin, podían tocar con los dedos algo
especial, que daba sentido a la espera y los unía en una pasión
común.

A falta de menos de diez minutos, los Blazers tenían una cómoda


ventaja de doce puntos que pasó a ser de diez, ocho, seis, cuatro…
y solo dos cuando el cronómetro se paró a falta de dieciocho
segundos. Tras una sucesión de tiros forzados de los Sixers (¡Tapón
a Lloyd Free! ¡George McGinnis se queda corto!), la bocina anunció
el final del partido y de la temporada. Todos se abrazaron. «Aquel
fue, de lejos, el día más feliz de mi carrera como entrenador —diría
posteriormente McKinney —. No se puede comparar con nada
parecido».

***

Lo que nos lleva de vuelta al 18 de julio de 1979 y a la perplejidad


de Jack McKinney ante el propietario más extraño que jamás
hubiera conocido. Jerry Buss era tan multimillonario como el resto,
pero nadie lucía así de orgulloso el pelo en el pecho, siempre tras
una camisa ajustada.

Los dos hablaron durante horas sobre baloncesto y sobre la vida en


general. Eran personalidades diametralmente opuestas. McKinney
era un hombre tradicional, «obediente y profesional», en palabras de
Joe Gilmartin en un artículo publicado en Sporting News. Con todo,
a Buss le encantaba su historia y cómo había conseguido superar
aquel despido injusto sin amargarse. El nuevo propietario de los
Lakers era un enamorado de la resistencia, la vitalidad y el vigor,
pero admiraba especialmente a quien sabía levantarse ante la
adversidad.

Los dos hombres se reunieron de nuevo y la noticia se hizo oficial el


27 de julio de 1979 en la portada de la sección de deportes de Los
Ángeles Times: MCKINNEY Y LOS LAKERS LLEGAN A UN
ACUERDO. El 30 de julio, se organizó en el Forum una
presentación a la que asistieron treinta periodistas de distintos
medios de California. Buss preparó para la ocasión un pequeño
aperitivo con galletitas saladas, latas de Coca-Cola… y un discurso
que empezaba con las siguientes palabras: «Los Lakers necesitan
un cambio respecto al estilo del año pasado…».
Esa primera frase fue la presentación de Buss ante unos periodistas
que (salvo contadas excepciones) no habían oído hablar nunca de
él. Vestido con un triste traje marrón y una triste corbata del mismo
color, McKinney no parecía un hombre especialmente carismático ni
efusivo. No pegaba en absoluto con la estética de Hollywood. Ni
llevaba gomina ni se había gastado cinco mil dólares en ropa. «Lo
único que le importa —escribió Scott Ostler en Los Angeles Times—
es entrenar y llevarse bien con la gente… incluso con los jugadores
y los periodistas».

Cuando le pidieron que explicara su filosofía como entrenador,


McKinney fue categórico: «Quiero un correcalles constante —afirmó
—. Mi idea es que todo el mundo se mueva en ataque, no quiero a
cuatro tíos mirando a Kareem todo el rato y dejándole la patata
caliente. Creo que podemos hacerlo. Cuando tienes a alguien como
Magic, todo es posible. Correremos cada vez que podamos y en
cualquier situación del juego».

En su habitación del Hotel Plaza, Earvin Johnson sonreía de oreja a


oreja mientras la televisión repetía las palabras de McKinney. Eran
como música para sus oídos.

***

Pasado el trámite del draft, a Magic Johnson aún le quedaba la


presentación oficial en el Forum ante la prensa y los aficionados.
Los Lakers le mandaron una limusina para recogerle. La conductora
era una antigua conejita de Playboy. «Estoy convencido de que lo
primero que pensó fue: “He venido al lugar adecuado”», comenta
Bob Steiner, el responsable de publicidad del equipo. Antes de llegar
al pabellón, Johnson hizo una escala en casa de Jerry Buss para
conocer a su nuevo jefe. Cuando sonó el timbre, Buss estaba en el
piso de arriba, peinándose. «Dile a Earvin que entre y ofrécele una
bebida —le dijo a su hija Jeanie—. Yo bajaré en un rato».
Cuando la chica de diecisiete años abrió la puerta, se dio de bruces
con la sonrisa de Magic: «Una sonrisa preciosa, exultante…». Los
dos se sentaron y empezaron una charla algo forzada. «Estoy muy
ilusionado de jugar aquí —comentó Johnson—. Voy a jugar tres
años en Los Ángeles y luego terminaré mi carrera en los Detroit
Pistons, porque crecí ahí y ahí quiero jugar».

Jeanie se disculpó, subió corriendo las escaleras y entró en el baño


como una exhalación. «¡Papá, papá! —gritó—. ¡Dice que quiere
jugar en los Pistons!».

Jerry Buss apenas se inmutó. «Jeanie —dijo—. No tienes nada de lo


que preocuparte. En cuanto se ponga el uniforme de los Lakers y
salga a la pista del Forum, no se va a querer ir nunca».

De camino al pabellón, Johnson se asomó por la ventanilla y


contempló la sucesión de naranjos. No se podía creer lo que estaba
viendo. ¿Estaba en California o en el paraíso? Media hora después,
ya delante de la prensa, protagonizó un espectáculo mediático sin
precedentes. Era la primera vez que California disfrutaba de primera
mano de la sonrisa, el carisma y el optimismo de Johnson. Brad
Holland, la segunda elección de los Lakers en el draft, estaba
sentado en la misma mesa. Era un chico de la zona, conocido por
haber jugado en UCLA… pero nadie le hacía ni caso. «Magic los
eclipsó a todos —reconoce Ostler—. No solo salió airoso de ese
primer encuentro con la prensa, sino que nos enamoró por
completo».

«Hasta entonces, para muchos americanos, la NBA era una liga de


negros en pantalones cortos que esnifaban cocaína —afirma Pat
O’Brien —. Magic fue su salvador».

Cuando le preguntaron si podía ayudar a un equipo que solo había


conseguido llenar su pabellón una vez en toda la temporada
1978/79, Magic se aclaró la garganta y sonrió. «Ningún loco del
baloncesto debería perderse esta fiesta —afirmó—. Los Lakers ya
eran un equipo ganador sin mí. ¡Ahora vamos a ser un equipo
electrizante!».
Cuando acabó la rueda de prensa y el Forum aún brillaba a media
luz, Johnson cruzó la cancha, se dejó caer en un asiento y empezó
a soñar despierto. Se imaginó a sí mismo bombeando el balón para
encontrar a Abdul-Jabbar o lanzándole pases sin mirar a Jamaal
Wilkes. Al final, acabó entrando en el vestuario de los Lakers, donde
las placas con los nombres de los jugadores brillaban en la
penumbra.

ABDUL-JABBAR

WILKES

NIXON

DANTLEY

¿Qué pintaba él aquí? ¿Cómo lo había conseguido?

Aunque tuvo sus momentos de duda, el caso es que Earvin Johnson


siempre estuvo destinado a ser una estrella. Por supuesto, esta
frase es un cliché que se utiliza mil veces para referirse a alguien
especialmente carismático y adelantado a su edad. Siempre habrá
un niño en algún lugar al que sus vecinos vean como el próximo
presidente, el próximo quarterback o el próximo protagonista de
Broadway. Con todo, la frase siempre fue adecuada para hablar de
Earvin, incluso cuando era un canijo en una casa con los marcos
amarillos en el 814 de Middle Street, justo al norte de Grand River,
en el lado oeste de Lansing, Michigan.

Era el sexto de diez hermanos. Su padre, Earvin Sr., trabajaba en


una cadena de montaje en la planta de Fisher Body (el horario era
horroroso: de 4.48 de la tarde a 3.18 de la madrugada) y ganaba un
dinero extra los fines de semana recogiendo basura o dispensando
gasolina en la estación de servicio de Shell más cercana; su madre,
Christine, trabajaba en la cafetería de un instituto. Los Johnson
cenaban juntos todas las noches. Los sábados, Christine hacía unas
pizzas caseras y toda la familia se juntaba alrededor del televisor.
Las notas y el esfuerzo eran importantes, pero los modales lo eran
aún más. «Me encontré con la profesora de cuarto curso de Earvin
en una tienda de ultramarinos —recordó en una ocasión Christine
Johnson—. Se echó a reír y me empezó a contar una historia sobre
mi hijo: era su primer día de colegio en su primer año como
profesora y la clase la estaba poniendo a prueba. Volaban las bolas
de papel y los chicos no dejaban de gritar. Earvin se levantó y les
dijo a sus compañeros que se sentaran en sus asientos, que se
portaran bien y que prestaran atención a la profesora. Todo el
mundo se quedó quieto y obedecieron a Earvin sin rechistar».

El primer apodo de Earvin, aún de niño, fue «Bichito», porque


siempre estaba yendo de un lado para otro, no podía parar. Sus
objetivos variaban según el día: a veces, quería ser uno de los
Temptations; otras, quería ser astronauta, o una estrella de
Hollywood, o el nuevo John F. Kennedy… «Era un soñador —
concluye Johnson—. Y cuando eres un soñador, no puedes poner
límites a tus sueños».

Tuvo que ponerse a trabajar desde muy joven y en muchos oficios


distintos. Cuando tenía diez años, Earvin se dedicaba a cortar el
césped de los vecinos por unas monedas. A los quince, era
reponedor en el Quality Dairy. También ayudaba a repartir botellas
de ginger ale de la marca Vernor a un amigo de la familia llamado
Jim Dart. Los viernes por la noche, ejercía de conserje en un edificio
cercano: barría los suelos, vaciaba los cubos de basura y limpiaba
los cuartos de baño. Cuando no había nadie vigilando, se recostaba
en una silla de cuero y ponía los pies sobre la mesa. «Me imaginaba
dándoles órdenes a mis empleados: haced esto, haced lo otro». Ya
en los Lakers, Johnson recordaba a menudo un anuncio de jabón
Camay que había visto en su infancia. En el mismo, una mujer rica y
elegante se metía en una bañera.

«¿Ves esa bañera? —le habría dicho a su hermana Pearl—. Algún


día, tendré una así en mi propia casa».

Esta ambición sin límites —junto a una inigualable capacidad de


trabajo— la trasladó al mundo del deporte. Johnson siempre
aparecía con su pelota de baloncesto bajo el brazo o botándola por
la calle. Allá donde fuera, su cochambrosa Spalding iba con él.
«Cuando mi madre me mandaba a hacer un encargo, me dedicaba
a driblar en la acera, intentando sortear las grietas —escribió en su
momento—. Atravesaba una calle botando con la derecha y la
siguiente, botando con la izquierda. Hacía la compra y seguía
botando con la bolsa colgada del brazo de vuelta a casa». En los
días de lluvia, se quedaba en su cuarto, jugando un Warriors-
Pistons con unos calcetines enrollados. Los domingos por la tarde,
veía con su padre el Partido de la Semana de la NBA y, de vez en
cuando, los dos iban al Cobo Arena a ver a Dave Bing y sus Pistons.
«Durante el partido, mi padre me explicaba las sutilezas del pick and
roll —escribió Johnson— y las distintas estrategias defensivas que
empleaban los equipos». En cuarto de primaria, Earvin ya jugaba en
cuatro ligas distintas. Se apuntaba a un bombardeo, fuera en la
YMCA de al lado de casa, en el gimnasio de la iglesia o en las
canchas del patio del colegio. Los sábados por la tarde, al salir de
misa, se quitaba el traje, se ponía los pantalones cortos, la camiseta
y sus zapatillas Chuck Taylor All Stars rojas y desaparecía por la
puerta principal, a ver quién se animaba a echar una pachanga.

Al compartir nombre con su padre, a Johnson le llamaban a menudo


«Little Earvin». Ahora bien, de pequeño no tenía nada. Cuando en
séptimo hizo las pruebas para el equipo del instituto Dwight Rich,
Earvin ya era más alto que el resto de sus compañeros. Medía 1.80
y podía botar con las dos manos, jugar al poste bajo y correr de
arriba abajo como una gacela. Con catorce años, medía casi dos
metros y una vez anotó cuarenta y ocho puntos en un partido. Si
solo fuera por su capacidad atlética, Johnson ya hubiera llamado la
atención. El asunto es que aquel joven era especial en todos los
sentidos. Se preocupaba por los demás, tenía un corazón enorme y
era el primero en ayudar a quien lo necesitara. Su sueño en el
colegio era poder ir al instituto Sexton High, una referencia del
baloncesto local que quedaba a cinco manzanas de su casa.
Cuando se enteró de que, por cuestiones de integración racial, el
ayuntamiento le iba a mandar al Everett High, un instituto con un
92% de estudiantes blancos que quedaba a siete kilómetros de su
casa, al sur de Lansing, Johnson se vino abajo.
Dos de sus hermanos mayores, Quincey y Larry, ya habían tenido
que ir al Everett, y sus vidas se habían convertido en una miserable
sucesión de peleas y vacíos. «Fue una decepción —afirmó en 1977
—. Todos mis amigos iban al Sexton. Yo no me perdía un partido de
su equipo. Estaba preparado para ir al Sexton y entonces me vienen
con esta historia de la integración». Earvin se preparó para un
recibimiento hostil y, durante algunos pocos días, es lo que se
encontró por parte de sus nuevos compañeros. Ahora bien, mientras
que Larry había reaccionado con rabia, Earvin eligió mostrar una
cara más amable. Un día, los estudiantes negros estaban
quejándose de que la música que ponían durante la comida era
exclusivamente de artistas blancos. Earvin decidió hablar con el
director y pedirle que la cambiara. Lo consiguió. Poco después, al
ver que no habían incluido a ninguna chica negra en el equipo de
animadoras, Earvin lideró una protesta pacífica en nombre de todos
los jugadores negros. La situación se arregló en poco tiempo.
«Earvin tenía un corazón enorme, algo que no es fácil de ver —
afirma George Fox, su entrenador en el primer equipo del instituto—.
Aceptaba a la gente tal y como era, sin fijarse en su color de piel o
en su clase social. Era un chico especial y se notaba a la legua».

Las estrellas blancas de los Vikings tardaron más tiempo en aceptar


a Johnson, pero en su sexto partido, contra Jackson Parkside,
acabó con treinta y seis puntos, dieciocho rebotes y dieciséis
asistencias, lo que llamó la atención de Fred Stabley Jr., reportero
del Lansing State Journal.

«Gran partido, Earvin —le dijo—. Creo que deberías tener un apodo.
Había pensado en “Dr. J” pero ese ya está cogido. También me
gusta “Big E”, pero es el de Elvin Hayes. ¿Qué te parece si te llamo
“Magic”?».

Como era de esperar a sus quince años, Johnson se sintió


abrumado. Acabarían riéndose de él, seguro. «Como quieras —
contestó, sin entusiasmo alguno—. Haz lo que te dé la gana».

Había nacido un fenómeno.


Fox ya había visto jugar a Johnson el verano anterior a su llegada a
Everett y no dejaba de preguntarse por qué un chico tan grande
jugaba tan lejos del aro. Lo entendió en cuanto empezaron los
entrenamientos. Earvin Johnson era el mejor reboteador de los
Vikings, el mejor taponador… pero también el mejor pasador y
director del juego. «Fox fue el entrenador ideal para mí —recuerda
Johnson—. Me dejaba jugar de base en ataque y luego me colocaba
de pívot en defensa. No sé cuántos entrenadores se hubieran
atrevido a algo así, porque, en aquel momento, al más alto le ponían
bajo el aro y punto». Johnson comprendía el baloncesto mejor que
ningún otro jugador que Fox hubiera entrenado antes. Su capacidad
para tomar decisiones no tenía igual. «No había nadie como él —
asegura Fox—. Y no digo en el equipo, sino en el mundo entero».

Los locos del baloncesto no se perdían ni un partido del Everett y se


podían oír los gritos de «¡Ma-gic! ¡Ma-gic!» en cada pequeño
gimnasio de la ciudad. Se convirtió en una estrella para todos,
adorado tanto por negros como por blancos. A menudo, empezaba
sus noches de fin de semana tomando algo con sus amigos negros
y luego cruzaba la ciudad para ir a una fiesta de sus amigos blancos
del Everett. Cuando un reportero del Detroit News le preguntó cómo
le gustaría definirse, Johnson se lo pensó un momento y contestó:
«Una persona a la que le gusta conocer gente. Que da
conversación, que es extrovertido… Alguien a quien le gusta
sentarse y hablar durante horas».

En su último año, Johnson llevó al Everett al título estatal de la


Clase A de Michigan al anotar treinta y cuatro puntos en una victoria
en la prórroga (62-56) ante el instituto Brother Rice, de Birmingham.
A lo largo del año, se especuló mucho sobre si acabaría en la
Universidad de Michigan o en la de Michigan State. De hecho,
Johnson visitó otras tres universidades (Maryland, Notre Dame y
North Carolina), pero en su interior tenía claro que quería quedarse
cerca de casa. Michigan parecía partir con ventaja: Johnson había
asistido a su campus de verano después de su primer año en
Everett y el equipo había acabado el año anterior con veintiséis
victorias y cuatro derrotas, liderados por el All-American Phil
Hubbard. Por el contrario, Michigan State era un desastre. Los
Spartans habían acabado 12-15, llevaban veinte años sin llegar al
Torneo Nacional de la NCAA y acababan de echar a su entrenador,
Gus Ganakas, después de que los jugadores negros se declararan
en rebeldía. Le reemplazó un tal Jud Heathcote, cuyo último equipo
como entrenador había sido la Universidad de Montana.

Las dos universidades estaban locas por Johnson, especialmente


después de su exhibición en un torneo de la AAU en Florida, donde
llevó a un improvisado equipo del estado de Michigan a la final
contra un equipo de Washington DC. Los doce chicos de la capital
eran los claros favoritos: contaban en sus filas con Larry Spriggs,
que acabaría jugando en la NBA, y con tres chavales llamados a
brillar en el baloncesto universitario: Kenny Matthews, Ernest
Graham y Jo Jo Hunter. La noche antes del gran partido, Spriggs y
compañía llamaron a la puerta de la habitación de Johnson. «Tú
eres el tal Magic, ¿no? —soltó Spriggs—. Pues prepárate para la
que te espera mañana».

«No sé en qué momento se nos ocurrió…», lamenta ahora Spriggs.

Johnson se desmelenó, con cuarenta y nueve puntos, quince


asistencias y trece rebotes… y Michigan destrozó a Washington por
treinta puntos de diferencia. «Dio un auténtico espectáculo —
recuerda Spriggs—. No había visto en mi vida a un jugador de
instituto como él. Ni de lejos».

Michigan tenía el mejor campus, una gran tradición y era uno de los
firmes candidatos al título nacional. Ahora bien, Michigan State
contaba con una ventaja clave: su ubicación. Johnson era un chico
de Lansing, y el campus de Michigan State estaba a diez kilómetros
de su casa. El 17 de abril de 1977, a la vuelta de un torneo
internacional en Alemania, más de cuatrocientas personas —
Heathcote incluido— se amontonaron para recibirlo en el aeropuerto
de Capital City. «Pensé que, como mucho, habría un par de
periodistas en el aeropuerto, además de mi familia, claro, pero no
podía imaginarme algo así —dijo, secándose las lágrimas—. Me
emociona sentir el cariño de tanta gente».
En cuanto Heathcote le aseguró a Johnson el puesto de base, no
hubo más que hablar. Un par de días después, Johnson dio una
rueda de prensa desde un aula del instituto Everett. Cuando anunció
su decisión, los estudiantes gritaron de alegría. «Llevo desde los
trece años soñando con ir a Michigan State —afirmó—. Y cuando te
pica el gusanillo de los Spartans, ya no hay marcha atrás».

Johnson cumplió las expectativas con creces. En su primer año


promedió 17 puntos, 7,9 rebotes y 7,4 asistencias. El equipo acabó
25-5, ganó el título de la Conferencia Big Ten y llegó a cuartos de
final del Torneo NCAA antes de caer con Kentucky. Con todo, los
números no dejaban ver lo más importante: su carisma. Durante
años, los Spartans habían parecido un equipo triste y mediocre.
Johnson, en cambio, siempre estaba feliz. «¿Qué significa Earvin
para nosotros? —se preguntaba Duane Vernon, fiel aficionado de
los Spartans, en la revista Sports Illustrated—. ¡Es el Eisenhower de
nuestro ejército!».

Las estadísticas de Johnson en su segundo año (17,1 puntos, 7,6


rebotes y 7,9 asistencias por partido) fueron casi idénticas a las del
primero, pero esta vez llevó a los Spartans hasta la final del
campeonato contra Indiana State, el imbatido número uno del
ranking. El partido se jugaría en Salt Lake City.

No se recordaba tanta expectación en torno a un partido de


baloncesto universitario desde que, trece años antes, Texas
Western se impusiera a Kentucky por 72-65 jugando con cinco
jugadores negros por los cinco blancos de su rival. Los Sycamores
tenían a su propia estrella, un alero algo huraño de nombre Larry
Bird, criado en French Lick, Indiana. A diferencia de Johnson, Bird
apenas sonreía, y a diferencia de Johnson, a Bird le daba
absolutamente igual ser el centro de atención mediática. Tampoco
destacaba por su carisma, aunque sí por su juego: Bird, como
Magic, podía hacer de todo en la cancha, y había promediado 28,6
puntos y 14,9 rebotes por partido ante la admiración de todo el país.
Ambos habían coincidido el verano anterior en el equipo
estadounidense que participó en el World International Tournament,
compartiendo cara de enfado en el banquillo mientras el entrenador,
Joe B. Hall, se empeñaba en jugar todo el rato con sus chicos de la
Universidad de Kentucky. «Era la primera vez que un entrenador me
ignoraba por completo», asegura Johnson. Cuando jugaban juntos
—en los entrenamientos, básicamente—, Johnson y Bird arrasaban
con todo y con todos. Eran, con mucho, los dos mejores jugadores
de aquel equipo y todos (excepto Hall) lo sabían. «En los
entrenamientos, sus chicos no tenían ni una opción ante nosotros»,
afirma Johnson.

Ahora les tocaba ser rivales. En la previa del partido, Johnson se


acercó amablemente a Bird, pero este se lo quitó de encima con un
bufido. No había venido a Utah a hacer amigos. Si estaba aquí era
para ganar.

No era el único. De hecho, pese a toda la expectación que generó el


duelo Magic contra Bird, el partido no tuvo mucha emoción. Unos
treinta y cinco millones de espectadores vieron cómo Michigan State
dominaba 75-64 a Indiana State, con Johnson como jugador más
destacado del torneo. No se trató de un partido competido ni acabó
con una canasta en el último segundo, pero su importancia acabó
siendo mucho mayor de la esperada. En palabras de Tim Brando, el
conocido comentarista: «Casi todo el mundo coincide en que 1979
fue el momento cumbre de la historia de la NCAA».

***

La noche del 27 de julio, cuatro meses después de haber ganado el


campeonato universitario, Johnson ya estaba debutando con los
profesionales. Aunque el equipo técnico aún no estaba cerrado y
todavía faltaban jugadores para completar la plantilla, los Lakers —
como todos los equipos de la NBA— mandaron un equipo a la liga
profesional de verano. Era un torneo reservado para agentes libres,
rookies que buscaban hacerse un hueco en sus equipos y veteranos
que necesitaban demostrar que no estaban acabados. Junto a
Magic, en los Lakers, estaba Mike Cooper, un escolta de segundo
año que se había perdido casi toda la temporada anterior por culpa
de una lesión de rodilla. También estaban Victor King, segunda
ronda del draft y proveniente de Louisiana Tech; Walter Daniels, de
Georgia, elegido en tercera ronda, e Irv Kiffin, de Oklahoma Baptist,
que ni siquiera había salido elegido en el draft. Una colección de
buscavidas. «Todos los que íbamos a las ligas de verano
buscábamos lo mismo: llamar la atención y que nos fichara algún
equipo —asegura Kiffin—. Nadie pensaba en otra cosa. Salvo
Magic».

El primer partido del torneo enfrentaba a los Lakers con los Detroit
Pistons, un encuentro que, en condiciones normales, no llamaría la
atención de más de unos doscientos aficionados en el gimnasio de
Cal State, en Los Ángeles.

Pero las condiciones no tenían nada de normales: una hora antes


del salto inicial, a las siete y media de la tarde, el pabellón ya estaba
abarrotado. Se calcula que a ese partido asistieron tres mil
seiscientas personas en un recinto con aforo para tres mil…
apretados. Aparte, otras mil personas esperaban en el exterior, con
la esperanza de poder echarle un ojo a la nueva atracción local:
Magic Johnson.

El equipo había esperado al día anterior para anunciar la presencia


de Johnson en el partido. Con eso, confiaban en atraer a unos
quinientos espectadores de última hora. Nadie esperaba aquella
locura: las gradas hasta arriba y la gente arremolinándose alrededor
de las canastas y las escaleras. Según un estudio del Los Angeles
Times, el calor humano hizo que la temperatura superara los treinta
y ocho grados centígrados. Ante aquella locura, George Andrews, el
abogado de Johnson, se giró hacia Bill Sharman, sonrió y le dijo:
«Va a haber que renegociar el contrato».

Johnson salió a calentar una media hora antes del inicio del partido,
sonriendo de oreja a oreja. La grada respondió con una atronadora
ovación. Llevaba un chándal blanco con las palabras ADIDAS
SOUTHERN CALIFORNIA PRO BASKETBALL SCREEN sobre el
pecho. Su dorsal —elegido al azar, sin motivo alguno— era el once.
Para los aficionados, acostumbrados a ver a Johnson con los
colores verde y blanco de Michigan, la imagen resultaba chocante.

Cooper, el único que había jugado antes con los Lakers, no había
visto nunca nada parecido. Durante el calentamiento, Johnson se le
acercó para llamar su atención.

—¿Cómo te llamas, tío? —preguntó el novato.

—Michael Cooper —contestó.

—Vale… Vale… A partir de ahora te llamaré Coop, ¿te parece bien?


—dijo Johnson.

—Claro —replicó Cooper—, y yo te llamaré a ti Earvin.

«Llevaba un peinado a lo afro y chocamos los cinco como se hacía


en los barrios negros —recuerda Cooper—. Lo primero que pensé
fue “este hermano es un tío legal”».

Johnson empezó el partido en el banquillo, como suplente del


desconocido Daniels. Cuando se levantó para entrar en pista a los
siete minutos del primer cuarto, los aficionados le dedicaron una
nueva ovación. Johnson echó una carrera hasta el centro del
campo, chocó la mano con Daniels y recibió el balón de su nuevo
amigo Cooper, un tirador infravalorado que había crecido a apenas
unas millas del Forum.

Johnson aún no se sabía ninguna de las jugadas, así que se limitó a


botar el balón hasta el otro campo, mirando a izquierda y derecha.
Era la suya una estampa imponente: un base de 2.06, grande y
fibroso, botando con fuerza el balón en el parqué y venga a mirar y a
mirar, cuando…

¡Zuuuuuum!
Justo acababa de cruzar el medio del campo, cuando a Johnson lo
sorprendió un rayo rojo y azul. Se trataba de Roy Hamilton, elegido
por los Pistons en primera ronda del draft y proveniente de UCLA.
Hamilton también era base y no le hacía ninguna gracia ver todo ese
ajetreo en torno a Johnson justo en la que había sido su cancha
durante tantos años. «Fui a la universidad en Los Ángeles, así que
tenía a un montón de amigos en las gradas… ¡pero todos habían
venido a verle jugar a él!», dice Hamilton, entre risas.

Hamilton recordaba lo mucho que le había sorprendido el bote alto


de Johnson cuando le vio en la Final Four de 1979. «Era tan grande
que, si se ponía de espaldas, era imposible quitarle el balón —
explica Hamilton—. Pero si te atacaba de frente, la cosa cambiaba».

Hamilton midió la distancia con Johnson, estiró la mano derecha y


consiguió desviar el balón. Johnson se quedó tan sorprendido que
solo pudo ver cómo Hamilton corría en dirección a la canasta
contraria para anotar una sencilla bandeja. Bienvenido a la NBA.
«De repente, todo el mundo se volvió loco —recuerda Hamilton—.
Empezaron a abuchearle y todo. Me llegué a sentir mal por él. Era
una situación que no se esperaba en absoluto».

«Con el paso de los años, nos hicimos amigos y un día me confesó:


“Roy, estaba tan asustado… tan nervioso… ¡Y tú me dejaste en
ridículo delante de todo el mundo!”».

En cualquier caso, Johnson no tardó en mostrar su mejor versión,


fintando, penetrando y repartiendo pases sin mirar. Jugó veintiocho
de los cuarenta y ocho minutos del encuentro y anotó veinticuatro
puntos, además de dar nueve asistencias, robar cuatro balones y
perder seis.

Cuando acabó el partido, los aficionados rodearon a Johnson, con


sus bolígrafos y sus trozos de papel. Al llegar a la altura del
banquillo, se paró a dar su primera entrevista como jugador de la
NBA. «Ha sido precioso —dijo, sin dejar de sonreír—. Esta afición
sabe mucho de baloncesto, no es como se dice. Nos animaron
continuamente… no solo a nosotros sino a los dos equipos. Es
increíble que hayamos convencido a tanta gente para venir a un
partido así».

Los que quedaban por convencer eran sus nuevos compañeros. Y


no sería tan fácil.

***

Aunque se empeñaran en decir lo contrario, algunos jugadores de


los Lakers no estaban precisamente entusiasmados con la llegada
del nuevo base.

Allá por el otoño de 1979, antes de que Magic y Bird se convirtieran


en superestrellas, antes de que Michael Jordan entrara en la
Universidad de North Carolina, y mucho antes de que LeBron James
o Kevin Durant hubieran nacido siquiera, la NBA era una liga llena
de egoístas, donde nadie se fiaba de nadie y nadie regalaba nada.
Ganar seguía siendo lo más importante para algunos jugadores,
pero, en algún momento posterior al apogeo de los Boston Celtics
de Bill Russell, la arrogancia, la avaricia y una epidemia de drogas
se habían apoderado de la liga. «La NBA se estaba hundiendo, era
obvio —afirma Dennis Awtrey, un pívot que jugó para varios equipos
durante la década de los setenta—. La mayoría de los jugadores
tenían problemas con las drogas y pasaban de todo. La cosa no
pintaba bien».

Como escribió Jim Murray en una columna en el Times titulada


MAGIC HACE SONREÍR A LOS LAKERS: «Algunos equipos
necesitan un ala-pívot, otros necesitan un tirador o un base que
suba la pelota. Los Lakers necesitan a alguien que aporte algo de
alegría. Esto no es un equipo, es una resaca. Se toman cada partido
como un forense se toma una autopsia».
Johnson era un chico alegre al que le daban igual las estadísticas
individuales y que siempre quería —perdón, necesitaba— ganar.
Nunca le oías decir cosas como «Dadme a mí la bola» o
«Pasádmela y quitaos todos de en medio». Era un jugador que solo
se preocupaba de pasar, pasar y pasar… y bien habrían hecho los
demás Lakers en recibirle como a un amigo más que como a un
rival.

Sin embargo, cuando el 16 de septiembre los jugadores fueron


llegando a la concentración del equipo en Palm Desert, California,
se podía percibir una mezcla de desconfianza y hostilidad hacia
aquel novato.

Para empezar, a muchos no les gustaba su gestualidad ni su


efusividad excesiva: las sonrisas, las carcajadas, el buen rollo con la
prensa… todo parecía tan universitario, tan inocente.

«Tenía una personalidad arrolladora —explica Kiffin, el alero novato


— y hay gente a la que no le gusta que los arrollen»5. Los veteranos
de la NBA —y, en concreto, los veteranos de los Lakers— no
entendían su forma de ser. Preferían ser ariscos y cortantes. La
ciudad los trataba como a miembros de la realeza (comida gratis,
mujeres gratis, drogas gratis) y ellos se comportaban como tales en
todos los aspectos. Muchos de los jugadores se limitaban a imitar a
Abdul-Jabbar, para quien hablar con los aficionados era como ir al
dentista. «Costaba aceptar que Kareem era un gilipollas —afirma
Pat O’Brien, de la CBS—, pero una vez que lo asumías, todo era
más fácil».

«No creo que nadie tuviera ningún problema personal con Earvin —
matiza Ollie Mack, base novato de aquel equipo—. Pero suponía un
cambio y a los veteranos normalmente no les gusta la idea de tener
que cambiar nada». Johnson se aprendió los nombres de todos los
empleados de los Lakers para poder saludarlos personalmente y,
durante las pausas, era habitual encontrárselo frente a un televisor
con ellos, viendo Los días de nuestras vidas y Hospital Central. «Era
uno más —en palabras de Joan McLaughlin, la responsable de
recursos humanos—. Cotilleando con todos cada vez que alguien se
daba un beso en la pantalla».

Aparte, estaba la cuestión de Norm Nixon, el base de tercer año que


no tenía interés alguno en compartir las responsabilidades en la
dirección de su equipo. A lo largo de la temporada 1978/79, se
había consolidado como uno de los mejores directores de juego de
la liga, promediando 17,1 puntos y nueve asistencias. Aunque no
llegaba al 1.90 y apenas pesaba setenta y siete kilos, las piernas de
Nixon eran fuertes y rápidas: con su primer paso podía dejar atrás a
cualquier jugador de la liga. «Buf, Norman era un jugador tremendo
—confirma Robert Reid, el legendario base de los Houston Rockets
—. Cuando entraba en racha, parecía Nate Archibald. Tenía una
suspensión corta, echándose un poco hacia atrás, muy difícil de
defender. Lo único que le faltaba era algo de carácter».

Y una piel más dura. Desde el día en que los Lakers eligieron a
Johnson en el draft, estaba claro que los días de Nixon como base
del equipo estaban contados. Aunque algunos tuvieran dudas de
que un tipo de 2.06 pudiera dirigir un equipo NBA y sortear sin
problemas la presión defensiva de rivales hechos, derechos y
dispuestos a todo, «bastaba con ver a Magic manejar la pelota,
pasarla y controlar el ataque —afirma Cooper— para darse cuenta
de que iba a ser el base titular. Teníamos ante nosotros a un hombre
llamado a revolucionar su posición. Era algo fascinante». Sin
embargo, Nixon no veía la fascinación por ningún lado. Ser el base
de los Lakers era para él un honor equivalente a ser el capitán de
los New York Yankees o el quarterback de los Dallas Cowboys. Si
ese engreído novato iba a quitarle el puesto, tendría que pasar por
encima de su cadáver. «Creí que la idea era que él se ajustara a mi
juego —comentó Nixon en el New York Times—. Pero se ve que
estaba equivocado».

«Los celos son una cosa muy fea —explica Cooper—. Y era muy
obvio que Norman estaba celoso».
***

McKinney, el nuevo entrenador de los Lakers, convocó a los


jugadores para su primera charla oficial un domingo por la noche. El
lugar elegido fue un salón en la planta baja del Ocotillo Lodge, un
alojamiento propiedad de Jerry Buss en el que la franquicia instaló
su campo de operaciones durante la pretemporada. A la reunión
asistieron diecisiete jugadores, desde estrellas como Abdul-Jabbar o
Wilkes a rookies desconocidos como Dawan Scott o Brad Holland.
De los diecisiete, solo doce podrían jugar el primer encuentro de
liga.

Era una sala oscura, con luz tenue y una moqueta granate. Junto a
McKinney, apareció Paul Westhead, su nuevo ayudante. Los
jugadores se fueron sentando en las sillas: los veteranos a un lado;
los novatos y los agentes libres al otro. Como siempre, Abdul-Jabbar
estaba en la primera fila, con las piernas estiradas como dos jirafas
y sus imponentes doscientos dieciocho centímetros. Kenny Carr,
Don Ford y Dave Robisch, currantes bajo el aro sin contrato
garantizado, escuchaban atentamente, conscientes de que su
carrera dependía de esta oportunidad. Había cinco novatos
(Johnson, Kiffin, Mack, Scott y Holland, el fino tirador de UCLA),
además de un par de escoltas de segundo año (Cooper y Ron
Carter) que, en principio, se jugaban un puesto entre ellos. Abdul-
Jabbar, Nixon y Wilkes eran las piedras angulares de aquel equipo.

McKinney no tardó mucho en distanciarse de Jerry West y su


constante estado de ansiedad. Apenas hizo hincapié en el
reglamento interno del equipo y se centró en lo importante: los
Lakers tenían que correr como demonios. El sistema de ataque
tenía que encajar como una sinfonía: en cuanto el balón saliera
despedido del aro propio, uno de los exteriores tenía que quedarse
a recibir el primer pase y el otro tenía que salir corriendo hasta
media cancha. «Era un genio del juego ofensivo —apunta Ron
Carter—. Pocos botes, muchos pases y siempre a toda mecha».
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, los nuevos Lakers
pisaron juntos una cancha por primera vez para el primer
entrenamiento de la pretemporada: a la habitual sucesión de bromas
para romper el hielo, le siguió una tanda de estiramientos cortesía
de Jack Curran, el preparador físico del equipo, de cuarenta y seis
años. Westhead colocó a los jugadores en fila debajo del tablero y
empezaron a hacer líneas6 a toda velocidad. La mayoría de los
veteranos se lo tomaron con calma. «A buen ritmo —explica Cooper
—, pero no a tope». Entonces, le tocó a Johnson. Cuando Westhead
hizo sonar el silbato, el novato salió a toda velocidad, con sus largos
brazos y sus enormes piernas moviéndose como si fuera un galgo
en una carrera. Aunque su complexión física recordaba a la de un
luchador de pressing catch, Johnson era sorprendentemente rápido.
Se movía como un velocista, estirando su cuerpo a la manera de
Houston McTear, el campeón americano de los cien metros. Dejó
atrás a todos, llegó a la línea contraria e inmediatamente se dio la
vuelta para repetir la rutina. Sus compañeros se debatieron entre la
sorpresa, la incredulidad… y el fastidio. «Me di cuenta desde el
primer día de que mi nivel de intensidad no tenía nada que ver con
el que imperaba en la NBA —escribiría posteriormente Johnson—.
Lo normal era que un profesional intentase guardar fuerzas,
especialmente en pretemporada. Les pillé a todos por sorpresa».

Nixon, en concreto, no sabía muy bien cómo tomárselo. Hasta la


llegada de Johnson, había sido el más rápido del equipo. Nadie le
podía ganar en una carrera. «Velocidad en estado puro —recuerda
Ron Carter, escolta en aquellos Lakers—. Norm era rapidísimo.
Nadie podía competir con él… Hasta que llegó Earvin».

Cuando el entrenamiento se puso en marcha oficialmente, dio


comienzo también el show de Magic. Johnson peleaba cualquier
balón suelto, luchaba por los rebotes, bloqueaba a jugadores más
grandes que él y no se cortaba a la hora de usar los codos. Cuando
Nixon le dijo que bajara un poco el ritmo, el novato empezó a
vacilarle: «No le tengas tanto miedo a un crío —le soltó—. No te
dejes intimidar tan fácilmente…». Lo que más le molestaba a Nixon
era que Johnson hubiera asumido por completo la dirección del
juego. La idea de McKinney era que quien cogiera el rebote se la
diera a uno de los bases para empezar el contraataque. Sin
embargo, cuando era Johnson el que se hacía con el rechace,
inmediatamente se ponía a botar. «Norm echaba a correr hacia el
medio campo para recibir la bola, pero Magic le ignoraba una y otra
vez —explica Carter—. A Norm se lo llevaban los demonios y a los
demás tampoco les gustaba demasiado que Magic se saltara las
reglas todo el rato».

Johnson no destacaba solo por su capacidad de esfuerzo, sino,


sobre todo, por su habilidad en el pase. Nixon era un correcto
distribuidor del balón. Sus pases eran precisos y, salvo excepciones
muy contadas, acertados. «Todos confiábamos en Norm —comenta
Wilkes—. Era un base magnífico que sabía siempre cuándo darte el
balón. Pero, en cuanto llegó Magic, aquello fue… otro rollo».

No necesariamente para bien, o no al principio al menos. Los diez


primeros minutos de entrenamiento fueron una colección de
balonazos de Johnson a las cabezas de sus compañeros, incapaces
de anticiparse a sus pases imposibles entre varios rivales. «La
ventaja de contar con un base de 2.06 es que puede leer la defensa
desde arriba —explica Wilkes—. Era extraordinario. Recuerdo que,
durante aquellos primeros días, yo corría por mi carril, como
siempre, y de repente me llegaba de la nada un pase espectacular.
No estaba desmarcado, nadie en su sano juicio me pasaría el balón
en esas circunstancias… pero Earvin veía el hueco, lanzaba la
pelota y normalmente acababa golpeándome en la cabeza».

En una ocasión, McKinney paró el entrenamiento y le explicó a


Johnson que un pase no tenía ningún valor si no lo cogía nadie.
Johnson asintió, dijo que lo entendía, que tenía razón y el
entrenamiento continuó. «Lo primero que hizo tras la pausa —
recuerda Wilkes— fue mandarme otro pase imposible sin mirar,
entre dos defensores, que me golpeó otra vez en la cabeza. El
mensaje estaba claro: o me preparaba para sus pases o ya podía
olvidarme del balón. Jack quería que Magic se adaptara a sus
compañeros, pero, en realidad, éramos sus compañeros los que
teníamos que adaptarnos a su forma de jugar».

Había un jugador en concreto que no tenía ningún interés en


adaptarse a Magic. Ron Boone, un alero que intentaba hacerse un
hueco en la plantilla tras once años jugando en la NBA, ya había
visto este tipo de exhibiciones individuales antes y no tenía el ánimo
para tonterías. Elegido número once del draft cuando salió de Idaho
State, Boone se había pasado su carrera a la sombra de niñatos a
los que se les consentía todo. «Boone era un tipo duro, hecho a sí
mismo —afirma Michael Cooper—. Tenía experiencia de sobra, no
se andaba con chorradas». Durante un entrenamiento
especialmente tenso, Boone golpeó intencionalmente a Johnson con
el brazo en la nuca mientras luchaban por un rebote. Johnson se le
quedó mirando fijamente. «Que tengas claro que esto no va a
quedar así», le dijo.

«Corta el rollo, novato —contestó Boone—. ¿Qué vas a hacer, a


ver?».

Johnson se dio la vuelta y le soltó un puñetazo a Boone, que cayó


redondo al suelo. «¡No vuelvas a andarte con esas mierdas
conmigo!», gritó el rookie, mientras Boone intentaba levantarse para
seguir la pelea. McKinney los expulsó a los dos del entrenamiento, y
mientras caminaba hacia el vestuario, Johnson se detuvo, miró a
sus compañeros y les dejó bien claro: «¡Puede que sea un novato,
pero conmigo no se juega!». Boone no dijo ni pío. Sabía que sus
días en el equipo estaban contados.

«Ron había promediado un montón de puntos con Utah en la ABA y


pensó que ya por eso era alguien especial —explica Cooper—.
Magic le recordó cuál era su sitio… por las buenas y por las malas».

«Tumbó de culo a Ron Boone —recuerda Lon Rosen, que trabajaba


como becario aquel año en los Lakers—. Earvin era un tipo
respetuoso, pero no toleraba que le tocaran las narices»7. Sharman,
el general manager, estaba encantado con la intensidad de
Johnson. A pesar de las cuarenta y siete victorias, la temporada
1978/79 había sido decepcionante, y en la franquicia tenían claro
que no podían desperdiciar la llegada de Johnson rodeándole de
medianías. Como la liga acababa de implantar la línea de tres
puntos, Sharman eligió con el número catorce del draft a Brad
Holland, un tirador de 1.90 que había promediado 17,5 puntos por
partido en su último año en UCLA. «Probablemente —afirmó
Sharman—, Brad sea el mejor tirador de la historia del baloncesto
universitario». Además, en una de las operaciones más comentadas
de aquel verano, los Lakers y los Jazz intercambiaron a sus aleros
altos: Adrian Dantley, de veintitrés años, se marchaba a Salt Lake
City a cambio de Spencer Haywood, de treinta.

Uno de los grandes problemas de la temporada anterior para los


Lakers había sido la incapacidad de encontrar un compañero en la
zona para Abdul-Jabbar. Tanto Dantley (1.98) como Wilkes (2.02)
eran más aleros que pívots, pero tuvieron que turnarse para
completar el juego interior. Haywood era distinto: con 2.05 metros de
altura y ciento dos kilos de peso, se trataba de un ala-pívot con
todas las letras. Sus brazos eran todo músculo, su torso era propio
de un Hércules, su capacidad de salto no tenía igual en la liga.
Nueve años atrás, en 1970, se había hecho famoso por demandar a
la NBA para poder fichar por los Seattle Supersonics. A sus veintiún
años, Haywood había fichado por los Denver Rockets de la ABA
después de su segundo año en la Universidad de Detroit, y la NBA
le impedía jugar en ninguna de sus franquicias. El caso llegó al
Tribunal Supremo de los Estados Unidos y a la NBA no le quedó
otra que recular y llegar a un acuerdo. La estancia de Haywood en
Seattle no fue fácil: siempre que jugaban fuera de casa, el público
contrario la tomaba con él y se pasaban el partido abucheándole.
«No era agradable —admite—. Pero me hizo más fuerte».

Los propietarios de la NBA odiaban a Haywood. Los aficionados


odiaban a Haywood. Los ejecutivos odiaban a Haywood… pero a
sus compañeros, sin embargo, les caía genial. «Todo el mundo le
llamaba “Woody” —explica Tom Nissalke, su entrenador en la época
de los Sonics—. Podía correr, saltar, tiraba bien a canasta… Cuando
penetraba hacia el aro, parecía Moisés separando en dos el Mar
Rojo. Y todo esto, sin dejar de sonreír». En Denver, promedió treinta
puntos por partido como rookie y no bajó de los veinte de media en
ninguna de sus cinco temporadas en Seattle. Aunque su
rendimiento había bajado en los Knicks y los Jazz, los ejecutivos de
los Lakers veían en Haywood la pieza que faltaba para completar el
puzle. Venía de jugar treinta y cuatro partidos con los New Orleans
Jazz en la 1978/79, pero cuando la franquicia anunció su traslado a
Salt Lake City, se le cruzaron los cables. «Ni me molesté en
aparecer por la concentración de pretemporada —afirma—. New
Orleans es una ciudad maravillosa. Maravillosa. En los años
setenta, ningún jugador de color quería ir a Salt Lake».

Haywood se enteró de su traspaso a cambio de Dantley sentado en


la silla del dentista, aún bajo los efectos de la anestesia. Sonó el
teléfono de la clínica y cuando Sharman pronunció las palabras
Bienvenido a los Lakers, lo primero que pensó Haywood fue que se
habían pasado con el gas y le había afectado al oído.

«Es como vivir un sueño —afirmaría a su llegada a Los Ángeles—.


Por primera vez en mi carrera estoy en un equipo de verdad. Llevo
nueve años intentando que me fichen los Lakers».

«Intentaré aportar algo de liderazgo al equipo y muchos rebotes,


sobre todo en ataque. No me importa mancharme las manos y
pelearme con quien haga falta».

Dos días más tarde, Haywood ya estaba con sus compañeros en


Ocotillo Lodge. En vez de pudrirse en Mormon Central, ahí estaba,
codeándose con un montón de caras conocidas y un novato llamado
a ser el base más espectacular de la liga. «Magic era solo un crío,
pero consiguió contagiarme su entusiasmo desde el primer
momento —recuerda Haywood—. Me da igual lo que pensaran los
demás, el equipo necesitaba a alguien así. Magic hacía de cada
entrenamiento, una competición; de cada día en el gimnasio, un
desafío; de cada ejercicio, un juego a vida o muerte. Cuando llevas
un tiempo en la liga, te acabas acomodando y necesitas que alguien
te ponga las pilas».
«En nuestro caso, ese alguien fue Magic».
CAPÍTULO CUATRO

Enganchado a los problemas

KAREEM ABDUL-JABBAR NO NECESITABA que nadie le pusiera


nada.

Ni pilas ni historias.

Tras diez temporadas en la NBA, la estrella de los Lakers no mostró


entusiasmo alguno ante la llegada de Magic Johnson. Tampoco
enfado. La sensación era que le daba igual. Para Abdul-Jabbar, el
novato no era más que otro fichaje mediático de un equipo
fascinado por los fichajes mediáticos.

Tanto si Johnson era fantástico como si era un horror, el pívot de


treinta y dos años sabía que él seguiría cumpliendo con su parte.
Abdul-Jabbar había promediado 23,8 puntos y 12,8 rebotes por
partido durante la temporada 1978/79, además de liderar la NBA
con trescientos dieciséis tapones. Su principal recurso en ataque, el
skyhook, seguía siendo prácticamente imposible de defender y sus
rivales le consideraban, junto a los retirados George Mikan, Bill
Russell y Wilt Chamberlain, uno de los cuatro grandes dominadores
de la historia de este deporte. Abdul-Jabbar ya había ganado el
MVP cinco veces, el único junto a Bill Russell en conseguirlo.
«Enfrentarse a él era un martirio —afirma Rich Kelley, quien jugara
durante años en los Phoenix Suns—. No te machacaba físicamente
ni te humillaba verbalmente, pero llegaba el final del partido y ahí
estaba él con sus veintidós puntos y sus doce rebotes. Como si
nada».
«Kareem Abdul-Jabbar es el mejor jugador que he visto en mi vida
—asegura Dave Robisch, su suplente en Los Ángeles en 1977 y
1978—. Jugué con Oscar Robertson, jugué con Jerry West, jugué
con un montón de leyendas… pero Kareem estaba a otro nivel».

Mientras Johnson parecía un cachorro sin correa, incapaz de parar


quieto durante aquellos días en Palm Desert, Abdul-Jabbar prefería
ir a su ritmo. Cada año, los veteranos de los Lakers podían
«adoptar» a un novato durante la concentración de pretemporada, y
Kareem eligió a Magic. En vez de pedirle que cantara el himno de
Michigan State o que representara alguna escena de What’s
Happening!!, la serie de moda entre la comunidad afroamericana, la
única tarea que impuso a Johnson fue llevarle a la habitación cada
mañana el New York Times y un vaso de zumo de naranja recién
exprimido. «Mi impresión es que Kareem estaba contento con la
llegada de Earvin —explica Paul Westhead, el segundo entrenador
—. Pero tampoco es que lo predicara a los cuatro vientos».

Lo que no podía imaginar Abdul-Jabbar era que la llegada de


Johnson y su ascensión meteórica al estrellato iba a cambiar la
forma en que el entorno le percibía a él. Abdul-Jabbar era un
enorme jugador de baloncesto incapaz de entender que, para liderar
a un equipo e ilusionar a los aficionados, no bastaba con firmar
buenas estadísticas.

Hacía falta un mínimo de empatía.

Y, en teoría, Abdul-Jabbar podía ser empático. En privado, cuando


le daba por ahí, podía hacer gala de un fino sentido del humor, lleno
de ironía. Durante una comida de equipo en Benihana, aquella
misma pretemporada de 1979, le enseñó a comer chuletas a Irv
Kiffin, el novato que ni siquiera había salido elegido en el draft.
También tuvo el detalle de firmarle unas gafas al hijo de Ron Boone
como regalo por su cumpleaños. A principios de los ochenta, un par
de reservas de los Lakers, Mike McGee y Larry Spriggs, llegaron al
Forum con la misma camisa. McGee, un escolta de 1.93 y ochenta y
seis kilos, llevaba una talla XL. Larry Spriggs, un fornido alero de
2.02 y más de cien kilos de peso, una XXXL.
Aprovechando que los dos estaban calentando antes del partido,
Abdul-Jabbar hurgó en sus taquillas e intercambió las camisas.
«Después del partido, llego al vestuario y veo que Cap (todos los
jugadores de los Lakers llamaban «Cap» a Abdul-Jabbar, por su
condición de capitán del equipo) se está partiendo de risa —
recuerda Spriggs—. No entendía nada, así que no le hice ni caso.
Empiezo a vestirme, y al ponerme la camisa, que estaba recién
comprada, veo que me aprieta una barbaridad… y que a Geet (el
apodo de McGee era «Geeter») le cuelga la suya por todos lados.
Cap no podía parar de reírse, le pareció lo más divertido del
mundo».

En otra ocasión, Michael Cooper le ofreció cien dólares a Johnson


por colarse en el vestuario, coger el Los Angeles Times que estaba
leyendo Abdul-Jabbar y arrancar las páginas de la sección de
deportes. Johnson cumplió, pero el pívot juró venganza: «Ya te
pillaré, Coop —le dijo—. Ya te pillaré». Unas semanas más tarde,
mientras Cooper dormía en un vuelo de Northwest Airlines de
Detroit a Los Ángeles, Abdul-Jabbar se acercó sigilosamente a su
asiento y le echó un poco de cera depilatoria en el pelo afro.
«Cooper se despertó de inmediato, gritando de dolor —recuerda
Gary Vitti, el preparador físico de los Lakers—. La cabeza le ardía y
tenía una calva en el pelo del tamaño de una moneda. Kareem,
como si nada, se volvió a su asiento riendo, satisfecho».

Sin embargo, en público, Abdul-Jabbar podía ser el hombre más


desagradable del mundo, siempre malhumorado y distante, y en
ocasiones arrogante y maleducado sin motivo alguno. «Ni siquiera
te miraba —afirma Claire Rothman—. Cuando te hablaba, miraba a
cualquier otro lado, como si de esa manera tú tampoco pudieras
verle». Muchos aficionados creen que, aunque solo sea por el
dinero que se gastan en las entradas y la devoción sin límites que
les profesan, los deportistas les deben un mínimo de gratitud. Abdul-
Jabbar no opinaba lo mismo. Como escribió en una ocasión el
escritor Jackie Lapin, Jabbar era «como Gulliver rodeado de
liliputienses», tan famoso por sus malos modos como por sus tres
títulos nacionales en UCLA. Se contaban todo tipo de historias
acerca de su comportamiento en los aeropuertos: cómo se escondía
en los baños con un libro (cuando no estaba jugando al baloncesto,
Abdul-Jabbar casi siempre estaba leyendo) y cómo se negaba a
firmar autógrafos a chavales, viejecitas, sacerdotes, monjas, rabinos
o veteranos de guerra.

«Venía un crío con su papelito para que le firmara un autógrafo y él


le soltaba “¡vete a tomar por culo!” —recuerda Linda Rambis,
vicepresidenta y responsable de la división de tenis del Forum
durante los primeros ochenta—. Ahora bien, en todo lo demás,
Kareem era un profesional intachable».

«Me acuerdo de una vez que estábamos en los urinarios de un


aeropuerto y alguien le pidió un autógrafo —explica Brad Holland—.
Kareem estaba ahí meando y al lado apareció alguien a pedirle que
le firmara no sé qué. ¿Y se supone que además tenía que ser
educado y agradable con él? No se lo ponían nada fácil».

«En ocasiones, ni te contestaba, hacía como si no existieras —


asegura Tony Campbell, compañero de equipo en sus últimos años
—. Kareem me caía bien, pero esas cosas me sacaban de quicio».

«Una vez, estaba con Kareem en Salt Lake City —cuenta Josh
Rosenfeld, el entonces director de relaciones con los medios de la
franquicia—, cuando, de repente, un hombre paró el coche y se bajó
delante de nosotros. Su mujer estaba de copiloto y llevaban a un
bebé recién nacido. El hombre estaba entusiasmado. Le dijo:
“¡Kareem, hoy es el día más feliz de mi vida! Acabo de recoger del
hospital a mi primer hijo y, por si fuera poco, me encuentro con mi
jugador favorito de todos los tiempos. ¿Te importaría firmarle un
autógrafo al niño?”. Kareem no solo no le firmó el autógrafo, sino
que le mandó a tomar viento y siguió caminando. Entonces, el otro
se volvió y le gritó: “Eh, Kareem, ¡que te jodan!”… Kareem se volvió
hacia mí, sonriendo, y me dijo: “Mira, me alegro especialmente de
no haberle firmado un autógrafo a este caballero tan educado”».

La llegada de Johnson hizo que, de repente, los aficionados


empezaran a señalar todos los defectos de Abdul-Jabbar, como si
les hubieran dado unas gafas de 3D y lo vieran todo más claro, más
real. No conseguían entender (ni lo intentaban siquiera) que el mal
humor y la rabia no son propiedades innatas.

Se adquieren con el tiempo.

***

Kareem Abdul-Jabbar odiaba a los blancos.

Han leído bien.

Kareem Abdul-Jabbar odiaba a los blancos y, la verdad, tenía


motivos de sobra para ello. Nacido el 16 de abril de 1947, en Nueva
York, sus padres —Cora Lillian, cajera de un centro comercial, y
Ferdinand Lewis Alcindor Sr., policía de tráfico y trombonista de
jazz, graduado por la escuela musical Juilliard, y acompañante de
figuras como Art Blakey y Yusef Lateef— le pusieron el nombre de
Ferdinand Lewis Alcindor Jr. Lewis llegó al mundo pesando 5,72
kilos y midiendo cincuenta y siete centímetros, como si quisiera
dejar claro desde el principio que no era ningún cualquiera.

Criado en los complejos habitacionales de Dyckman, en Harlem,


Lewis se fue dando cuenta poco a poco de que la vida para los
afroamericanos no era un camino de rosas. En su autobiografía,
Pasos de gigante, recuerda como de niño acompañó a su madre a
Associated, la tienda de alimentación del barrio. «El encargado de la
tienda decidió que éramos clientes de riesgo o simplemente quiso
dárselas de matón aquel día —cuenta en su libro—. Paró a mi
madre y le pidió que enseñara lo que llevaba en el bolso delante de
todo el mundo. La tienda estaba llena de gente, pero nos eligió a
nosotros para dar ejemplo. Mi madre se lo tomó como lo que era:
uno más de los muchos abusos raciales que había tenido que
soportar en su vida, así que le dijo al hombre que, si quería
asegurarse de que no era una ladrona, ahí le dejaba el bolso, que
se lo podía quedar, y que no pensaba volver a ese sitio en su vida».

Lew Alcindor no solo era negro. Era negro y alto y muy consciente
de cómo le miraban con recelo en todos lados, especialmente los
empleados de las tiendas que le perseguían por los pasillos para ver
qué andaba haciendo. Su primer mejor amigo fue un chico blanco
llamado John. Eran compañeros de clase en St. Jude’s, la escuela
de la parroquia, y a los dos les gustaban las maquetas de aviones y
los chistes malos. Sin embargo, cuando llegaron a séptimo, una
silenciosa tensión racial les empezó a separar. Un día, durante la
comida, John y Lew acabaron en el despacho del director después
de una pelea. Cuando le dejaron irse, Alcindor escuchó que alguien
le gritaba: «¡Eh, negrata! ¡Eh, mono! ¡Vuélvete a la selva, negrata!».

Era John. «Que te jodan… botella de leche», contestó Alcindor.

«Fue lo primero que se me vino a la cabeza —escribiría después—.


Se cabreó una barbaridad, pero no tanto como él me había
cabreado a mí. No volvimos a hablarnos».

Su inusual altura y delgadez invitaba a la gente a pensar que aquel


chico sería una estrella del baloncesto. Sin embargo, le faltaba
capacidad atlética y no tenía ni idea de los fundamentos más
básicos del deporte. «A los diez u once años, mi padre se dio cuenta
de que iba a ser mucho más alto de lo normal —contó en una
ocasión—, así que no me dejó jugar al fútbol americano, que era lo
que yo quería». En quinto curso, le metieron en el equipo de
baloncesto del St. Jude, pero durante dos años apenas jugó. No
sabía botar ni tirar y en los entrenamientos se dejaba coger los
rebotes por chavales más lentos y mucho más bajos, que le
echaban de la zona a empujones. No empezó a dominar
mínimamente el juego hasta séptimo, el año en que eligió por
primera vez el dorsal 33 en homenaje a su héroe deportivo: Mel
Triplett, el corredor de los New York Giants. Su primer mate llegó al
año siguiente. «El sitio se vino abajo —escribió en sus memorias—.
Yo también estaba como loco: no dejaba de pedir la bola a mis
compañeros para volver a intentarlo».
Atraídos por su altura, distintos institutos empezaron ya ese año a
tantear a Alcindor. Tenía doce años y ya medía dos metros, con una
envergadura de brazos propia de un terodáctilo8. A los Alcindor les
impresionó especialmente Jack Donohue, el entrenador de la Power
Memorial Academy, un instituto católico solo para chicos en el
centro de Manhatttan; concretamente en la esquina de la 61 con
Amsterdam Avenue. La admiración era mutua. «Le vi por primera
vez en nuestro gimnasio, en Power —recuerda Donohue—. Me
había pasado para ver un partido de la CYO9 pero alguien me
advirtió sobre este otro chico. Uno de los sacerdotes me dijo que
medía 2.05. Era un crío desgarbado, que se movía raro y con cierta
torpeza. Le faltaba fortaleza física y era muy descoordinado. Ahora
bien, medía 2.05, ¿qué más le puedes pedir a un jugador de
baloncesto de catorce años? No es fácil ver a chicos de esa altura ni
en bachillerato».

Alcindor acabó primaria en 1961 y sus amigos blancos le


empezaron a dejar de lado. «Me dejaron muy claro que no era
bienvenido en su grupo». En otoño, se incorporó al Power Memorial,
donde el exceso de doctrina católica le resultaba incómodo. En su
nuevo colegio, Jesús era blanco y el Papa Juan XXIII, infalible. La
masturbación te podía dejar ciego para toda una eternidad, que, por
supuesto, pasarías junto al Diablo. Daban todo el rato sermones y
sermones, repitiendo una y otra vez a los alumnos que eran unos
pecadores y que debían arrepentirse.

No fue fácil para un joven acostumbrado a la lectura (le fascinaban


las tragedias griegas) y que había aprendido a cuestionar cualquier
doctrina.

Hasta que empezó la temporada.

Su primer partido, contra el Erasmus Hall, un instituto de Brooklyn,


fue horrible. Charlie Donovan, el base de Erasmus y uno de los
mejores jugadores de Nueva York, le dejó en ridículo, penetrando
una y otra vez a canasta ante un Alcindor que no sabía qué hacer.
Tras el partido, Lewis se quedó llorando en el vestuario. El siguiente
partido, un amistoso ante Lincoln High School, que contaba con un
pívot de 2.10 llamado Dave Newmark, resultó igual de humillante.
Cuando acabó, Donohue se acercó a su afligido rookie. «Espero
que estés aprendiendo lo que cuesta ganar y cuánto hay que
desearlo», le dijo.

En poco tiempo, Alcindor mejoró: su juego empezó a ser pasable,


luego decente… y a final de temporada, ya era de los mejores. «No
terminó de madurar hasta que no cumplió los quince —afirma
Donohue—. De la noche a la mañana, se convirtió en un excelente
jugador de baloncesto. Tampoco le dedicaba mucho tiempo. Le
gustaban todos los deportes: jugaba al balonmano, se le daba bien
el softball y se podía pasar el día en la piscina. También le
encantaba el atletismo, sobre todo correr. Siempre se exigía un
poquito más»10. Alcindor se estudiaba los partidos de Bill Russell, el
pívot de los Celtics. Prestaba especial atención a sus ayudas en
defensa y a la maestría con la que encontraba a sus compañeros
para iniciar el contraataque nada más coger el rebote. Durante sus
años en Power Memorial, Alcindor también empezó a perfeccionar
la que se convertiría en la jugada más difícil de defender de todos
los tiempos: el skyhook.

La idea, según recoge en su autobiografía, se le había ocurrido años


antes durante un partido en su colegio:

«Un día, viví una experiencia extraña pero deliciosa, como cuando
te das cuenta de que, inesperadamente, has pasado de la infancia a
la pubertad. En la primera parte, estaba en la cancha, lo que ya era
raro de por sí, y me cayó un rebote en las manos, justo al lado de la
canasta. Intenté controlar el balón sin demasiado éxito, casi se me
escapa al intentar botarlo, y, al final, de espaldas al tipo que me
defendía y a la canasta, giré hacia la línea de fondo, cogí la pelota
con una mano y lancé el que sería mi primer gancho. No entró. Dio
en la parte de atrás del aro y salió despedido, pero me pareció un
buen truco, así que la siguiente vez que me pasaron la pelota, volví
a intentarlo. Tampoco entró, pero sentí que había descubierto mi
propio tiro. En el descanso, mis compañeros, sorprendidos ante ese
inusual despliegue de coordinación por mi parte, me animaron a
practicarlo más y a partir de entonces, cada vez que me sacaban a
jugar, lo intentaba. Nadie me lo enseñó, fue algo espontáneo».

En el Power Memorial, el skyhook dejó de ser un experimento


divertido y pasó a ser un arma imparable. No se trata de una
exageración ni una hipérbole de ningún tipo: cuando Lew Alcindor,
desde esa altura (2.08 cuando entró en el instituto y 2.11 cuando
empezó su último año), cogía la posición, recibía la pelota, se daba
la vuelta, extendía el brazo en el aire y lanzaba suavemente la
pelota, nadie podía taponarle. Desde luego, nadie con acné y
aparato dental. A los dieciséis años, Alcindor apareció en El show
de Ed Sullivan y Sports Illustrated le dedicó un artículo. En su
segundo año en Power Memorial, pasó a promediar veintiséis
puntos por partido. La temporada siguiente, mejoró hasta los treinta
y tres, más que ningún otro jugador en la ciudad de Nueva York.
«Su coordinación ojo-mano era increíble —afirma Danny Nee,
compañero de Alcindor en el instituto—. Lew habría sido un
excelente jugador de béisbol o un excelente nadador. Lo hacía todo
fácil y sencillo. Era un artista».

Liderados por su pívot, Power Memorial se convirtió en el equipo a


batir en Nueva York. «Sin él ya éramos buenos —afirma Art
Kennedy, compañero de Alcindor—, pero con él no nos podía parar
nadie». En sus cuatro temporadas, Alcindor perdió seis partidos con
los Panthers: cinco en su primer año y uno contra DeMatha Catholic
High, un colegio de Washington DC que jugaba en el pabellón de la
Universidad de Maryland, en el último. Entre medio, ganaron setenta
y un partidos consecutivos, un récord aún vigente en la Gran
Manzana. Power Memorial pasó a la historia como uno de los
equipos más dominantes del baloncesto de formación.

Y aun así…

La fama y la agitación que rodeaban a Alcindor le exigían un precio


a pagar. Ya era oficialmente un monstruo, una atracción del museo
de historia negra, un objeto de admiración… y de burla. «La gente
se me quedaba mirando. Entraba en una habitación y no me
quitaban ojo. No hacía falta ni que hablaran, estaba claro lo que
estaban pensando». En los años sesenta, Nueva York respiraba
baloncesto por todos sus poros. Era el deporte rey y cualquiera que
destacara en su colegio, en su universidad o en el Madison Square
Garden si era miembro de los Knicks se convertía inmediatamente
en centro de atención de toda la ciudad. Todo el mundo seguía los
pasos de Alcindor, hiciera lo que hiciera. Era fácil identificarlo y más
fácil aún sacarlo de sus casillas. Una vez, una mujer se puso a
pincharlo con la punta del paraguas para comprobar que era real.
Donohue, su entrenador, decidió limitar el acceso a los periodistas,
una decisión que alimentó las sospechas y la paranoia de Alcindor.
«¿Queréis ver a Lew Alcindor? Bueno, os tendréis que conformar
conmigo», explicó Donohue a los reporteros.

La decisión provocó muchas críticas entre los especialistas —todos


hombres y todos blancos— de la prensa deportiva neoyorquina.
«Desde fuera, da la sensación —escribió Gerald Eskenazi en el
New York Times— de que Donohue tiene al chico hipnotizado, bajo
su completo control». «¿Quién se cree que es este chico? ¿Qué
clase de actitud altiva es esa? Si de verdad Alcindor hubiera tenido
que enfrentarse a esos reporteros sin piedad de los que tanto se
habla… se habría dado cuenta de que la vida real es así: un toma y
daca en el que no le puedes gustar a todo el mundo —escribió
Arnold Hano en una crítica feroz publicada en la revista Sport—. No
se le vería tanto como una atracción de feria sino como una persona
normal, de carne y hueso… Pero alguien lo impidió y ahora tenemos
a un chico siempre a disgusto, excesivamente sombrío e incluso
altanero».

Los hombres como Hano no terminaban de entender que la


admiración que provocaban los éxitos de Lew Alcindor en las
canchas de baloncesto se quedaba en dichas canchas. Fuera de
ellas, para muchos seguía siendo un negrata. Tú, cállate, tira a
canasta y ocúpate de tus asuntos. Y él era muy consciente de ello.

El Power Memorial era un buen ejemplo de esa mentalidad. En todo


el colegio solo había un profesor negro y Alcindor se acabó
acostumbrando a los insultos. El hermano D’Adamo, profesor de
religión, le dijo un día en clase: «Los negros queréis demasiadas
cosas y las queréis demasiado rápido». Joseph Traum, uno de sus
compañeros, le puso el mote de Schwartz, lo que dejó a Alcindor a
cuadros hasta que descubrió que schwartze (la palabra que Traum
estaba usando en realidad) era el equivalente de negrata en
alemán.

Nada, sin embargo, tan doloroso como lo que le sucedió a Alcindor


durante su último año. Power Memorial estaba sufriendo en casa
contra St. Helena’s, una mediocre escuela católica del Bronx.
Donohue, un técnico con tendencia a los ataques de ira, estaba
furioso. Cuando los jugadores terminaron de sentarse en el
vestuario durante el descanso, lo miró a los ojos a Alcindor y le gritó:
«¡Tú! ¿Cómo puedes salir ahí y ni siquiera luchar? ¿Cómo puedes
salir ahí y no hacer nada de lo que se te pide? ¡Te estás portando
como un maldito negrata!».

Lew Alcindor se quedó helado al oír esa palabra. Por fin había
encontrado un hombre blanco en el que confiar y al que respetar.
Alcindor había decidido estudiar en Power Memorial en buena parte
porque su entrenador le parecía un hombre justo y tolerante. A lo
largo de los años, habían tenido miles de conversaciones acerca de
las transformaciones sociales y cómo estas suelen producirse
demasiado despacio. Donohue se había preocupado de proteger a
Alcindor del ojo público. «Lo más complicado era tratarle igual que a
los demás chicos —solía decir Donohue—. No podía tratarle de
forma especial, no le habría hecho ningún bien».

Y, de repente, ese mismo Donohue le insultaba de esta forma tan


humillante. Cuando terminó el partido con un nuevo triunfo de Power
Memorial, Donohue llamó a Alcindor a su despacho. El entrenador
reconoció que había cruzado una línea infranqueable. Él lo sabía y
su jugador lo sabía. Y, aun así, no fue capaz de pedir perdón:
«¡Funcionó! —dijo, en cambio—. Mi plan funcionó. Sabía que, si
utilizaba esa palabra, te haría jugar mejor. Y es lo que pasó en la
segunda parte».

Alcindor no volvió a confiar en él.


***

Cientos y cientos de universidades tantearon a Alcindor cuando


terminó secundaria, pero la percepción de la gente era que se
quedaría en Nueva York y jugaría en Saint John’s. Error. Alcindor,
que ya medía 2.11 metros y pesaba ciento diez kilos, no tenía
ningún interés en continuar con una educación católica. De hecho,
los directores del Memorial insistieron en que visitara el Holy Cross
College, que acababa de fichar a Donohue como entrenador, pero la
cosa no fue más allá. La charla con uno de los pocos estudiantes
negros del Holy Cross terminó de decidirle: «Este es el peor sitio al
que podrías ir —le avisó—. Te harán el vacío como me lo han hecho
a mí. Búscate cualquier otra cosa».

Un día de invierno de 1965, Alcindor cogió el vuelo TWA 11 destino


Los Ángeles desde el aeropuerto John F. Kennedy y se plantó en
UCLA. El mejor jugador de instituto de todo el país se unía así al
mejor programa universitario. Los medios cubrieron la visita como si
se tratara de un asunto de estado. Según Joel E. Boxer, periodista
local, Alcindor comió un solomillo con puré de patatas en el vuelo,
se divirtió con la película Querida Brigitte, protagonizada por Brigitte
Bardot, y solo cruzó palabras con una persona: una azafata llamada
Karen Therkelsen que se le acercó para preguntarle: «Usted, ¿quién
es, exactamente?».

A las siete y trece de la tarde, Alcindor fue recibido en la terminal por


Jerry Norman, segundo entrenador de los Bruins, que llevaba un
tiempo dando vueltas por el aeropuerto, aterrado ante la posibilidad
de que el mayor talento del país hubiera decidido al final no coger el
vuelo.

Cuando se despertó la mañana siguiente, después de una


reparadora noche de sueño en la suite de invitados del Rieber Hall
de UCLA, Alcindor se sintió como nuevo y más optimista que nunca.
Abrió la puerta principal y se encontró una cesta de frutas como
regalo. Poco después, Mike Warren, una de las estrellas de los
Bruins, le enseñó todo el campus. Para Lew Alcindor, a sus
dieciocho años, Los Ángeles era la tierra de las estrellas de
Hollywood y el buen tiempo constante… y los Bruins eran el equipo
que venía de ganar su segundo campeonato consecutivo jugando
ante trece mil aficionados que no paraban de gritar y de animar.

Pero, sobre todo, lo que más le atraía al joven Lew era la tolerancia
que se respiraba en la ciudad. Bajo su punto de vista, era un lugar
donde las ideas se podían expresar con total libertad y donde se
luchaba contra la opresión. A eso había que sumarle la impresión
que le causó John Wooden, el famoso entrenador de los Bruins. En
su primera reunión, Wooden le habló un rato de baloncesto, pero
sobre todo se centró en su educación. «Me han impresionado tus
notas —le dijo—. Te puede ir muy bien aquí como alumno, tanto si
acabas dedicándote al baloncesto como si prefieres hacer otra cosa.
Nuestra prioridad es que todos los chicos del equipo vayan
aprobando y acaben graduándose de sus distintas carreras».

Alcindor no necesitaba oír nada más.

Allá por 1965, los alumnos de primer año no podían jugar en el


equipo oficial de la universidad. Por lo tanto, a Alcindor le tuvieron
que meter en el de rookies. En uno de sus primeros entrenamientos,
él y otros tres novatos derrotaron a cuatro jugadores del primer
equipo (campeones el año anterior del título nacional) en los tres
partidos que jugaron a toda cancha y al mejor de quince puntos.
Poco después, el 27 de noviembre de 1965, con el Pauley a
reventar, los novatos jugaron un partido de verdad contra los del
primer equipo y les ganaron por quince puntos de diferencia.
Alcindor anotó treinta y un puntos y capturó veintiún rebotes. «No
tenían a nadie en el equipo que pudiera defenderme en individual —
escribió en su libro—, así que se pusieron en zona para evitar que
recibiera el balón. En cuanto se despistaban, anotaba a placer».

«Todo el que estuvo en ese partido se marchó a casa pensando


“¿de qué planeta ha salido este chico?” —recuerda Bill Bertka, quien
trabajaba por entonces de ojeador para los Lakers—. No parecía de
este mundo».

En lo que respecta al baloncesto, el primer año de Alcindor en UCLA


fue más bien aburrido. Los Bruins de primer año ganaron los
veintiún partidos que disputaron y no viajaron más allá de San
Diego. En todos los demás aspectos, fue un año especial, de
conocerse a sí mismo y tratar de entender los problemas de raza y
estudiar la opresión aún existente. Alcindor había llegado a Los
Ángeles lleno de prejuicios hacia los caucásicos, y estos no hicieron
más que aumentar. Wooden, el hombre blanco más abierto de
mente que Alcindor hubiera conocido nunca, se entregó de
inmediato a su nueva estrella… pero hasta cierto punto. «Nos
respetábamos y nos teníamos un gran cariño —afirmaría Abdul-
Jabbar años después—. Pero, como yo era negro, la nuestra no era
una relación padre-hijo. No podía cogerme del hombro y
presentarme a los demás como su chico».

Alcindor dejó de vestir como sus demás compañeros y decidió optar


por caftanes, dashikis, chilabas y otras prendas africanas que
encargaba a Ashanti Fashions, en el centro de Harlem. West
Magazine (un suplemento del Los Angeles Times) publicó un
artículo titulado LEW ALCINDOR: UNA TARDE CON EL DIABLO
EN SU BUNGALOW DE ENCINO, en el que se le presentaba como
un racista que odiaba América y que coqueteaba con el
separatismo. Cuando le preguntaron por Steve Patterson, el pívot
suplente, Alcindor se limitó a decir: «Un blanquito de Santa María.
Sin más».

Alcindor se arrepintió inmediatamente de todo lo que había dicho en


ese artículo y sus compañeros parecieron perdonarle. No era más
que un joven que intentaba encontrarse a sí mismo. Durante los
siguientes tres años, Alcindor se convirtió en uno de los mejores
jugadores de la historia del baloncesto universitario. Los Bruins
ganaron ochenta y ocho partidos y perdieron dos, levantando cada
primavera el correspondiente título nacional. La NCAA le nombró
dos veces Jugador del Año y fue incluido en el mejor quinteto en sus
tres temporadas. Después de que UCLA acabara 1967 con un
balance de 30-0, la NCAA prohibió los mates: un intento de limitar el
dominio sin precedentes de Alcindor, que ya andaba por los 2.15
(«Honestamente, esta nueva regla no creo que afecte a Alcindor»,
tuvo el valor de decir John Nucatola, director de la Eastern College
Athletic Conference, sin torcer siquiera el gesto). En sus tres
temporadas, promedió 26,4 puntos y 15,5 rebotes. «Intentamos
defenderle por delante, para que sus compañeros tuvieran que
bombear los pases —explicó Dave Scholz, el base estrella de Illinois
después de una dura derrota en 1967—. Pero da igual lo que hagas,
es imposible defender a Lew».

Cuanto más dominaba dentro de la cancha, más reservado se


mostraba fuera de ella. No era un hombre al que le gustara meterse
en problemas, pero cuando el escrutinio de los medios de
comunicación se hace constante, es inevitable que en ocasiones
salgan a la luz verdades incómodas…

Alcindor se convirtió en un ejemplo —como lo eran Mohammed Ali,


Jim Brown, Tommie Smith o John Carlos— del deportista negro que
no tragaba con cualquier cosa con tal de ser aceptado. No tenía
problema en jugar a vuestro deporte, botar vuestro balón y aceptar
vuestros aplausos… pero se negaba a ser un peón más en vuestro
tablero. El 23 de noviembre de 1967, Alcindor fue uno de los ciento
veinte asistentes (entre ellos, sesenta y cinco deportistas
universitarios) a la Conferencia de Jóvenes Negros de la Costa
Oeste, que tuvo lugar en el interior de una iglesia baptista en la zona
este de Los Ángeles. El asunto a tratar era si los deportistas negros
debían o no participar en los Juegos Olímpicos de México 68.

La prensa blanca calificó el encuentro de «radical», y estaba en lo


cierto. Harry Edwards, profesor en San José State y líder del
movimiento a sus veinticuatro años, se dirigió a los ahí reunidos sin
pelos en la lengua: «Siempre hemos tenido que pedir permiso a los
blancos para cualquier cosa —dijo, mientras todo el mundo asentía
—. Eso se acabó: ya no es hora de pedir, es hora de exigir. Somos
unos fanáticos, sí, pero de nuestros derechos. El enemigo no puede
decidir sobre nuestras vidas. Y ese enemigo es el gobierno de
Estados Unidos».

En algún momento de la charla, Alcindor se levantó y dijo: «Nací en


un país racista. Eso me ha condenado de por vida. No tengo nada
que perder».

Alcindor decidió boicotear los Juegos, y, junto a él, sus compañeros


en UCLA, Mike Warren y Lucius Allen. Cuando declinaron la
invitación para participar en el proceso de selección que definiría el
equipo olímpico estadounidense, J.D. Morgan, director deportivo de
UCLA, explicó en Sports Illustrated que la razón era puramente
académica. Mentía. El verdadero motivo era el descontento de
Alcindor con la situación racial en Estados Unidos. «Kareem se lleva
bien con los blancos, pero si quieres ser su amigo tienes que ser
negro —asegura Sidney Wicks, compañero en UCLA—. Todavía
desprecia a todos esos hipócritas blancos, esa gente que te dice
una cosa a la cara y la contraria a tus espaldas».

Agosto de 1968 marcó el gran cambio en la vida de Alcindor:


abandonó el catolicismo (que, para desazón de sus devotos padres,
le parecía un credo racista) y abrazó el Islam, concretamente el
ortodoxo culto Hanafi. Se afeitó todo el vello del cuerpo, pronunció
su Shahadah (una profesión de fe —La illaha ila Allah wa
Muhammadun raspolollah11— que debe hacerse ante un testigo
para poder ser considerado musulmán) y empezó así una nueva
vida. La decisión apenas sorprendió a los amigos de Alcindor, que
ya sabían de su interés por los escritos y las ideas del difunto
Malcolm X. Lo que sí les sorprendió fue que adoptara un nuevo
nombre: Kareem Abdul-Jabbar, cuyo significado es el noble y
poderoso sirviente.12

Había llegado a un punto en el que odiaba a los blancos más que


nunca. Con toda el alma. Ahora bien, los odiaba como grupo, y no
como individuos. Aunque tenía muy pocos amigos blancos, sí
aceptaba debatir con ellos. Su guía espiritual, un antiguo discípulo
de Malcolm X llamado Hamaas Abdul-Khaalis, le enseñó a mirar
más allá de la piel y a entender que también había multitud de
pecadores negros. Abdul-Khaalis le hablaba a menudo del famoso
viaje de Malcolm X a La Meca, cuando el militante líder religioso se
dio cuenta de que la raza —sin dejar de ser importante— no era el
único factor a la hora de entender a otro ser humano.

«Desde el punto de vista teórico, tenía muy claro lo que no me


gustaba: el supremacismo blanco, los derechos conculcados, los
falsos con doble cara… pero no me era tan fácil establecer normas
para la vida real —escribió Abdul-Jabbar en su libro—. Estaba
enfadado y desconfiaba de todos. Tenía que examinar a cada
persona con la que me relacionaba, en una especie de «cacheo
emocional», porque cada caricia podía dolerme como una bofetada.
Estaba constantemente alerta ante los demás, cada encuentro
ocasional con un extraño era una fuente potencial de dolor. Leía
cada gesto atentamente y atribuía a mi raza cada reacción ajena: si
alguien exageraba su amabilidad, era un racista condescendiente; si
no mostraba amabilidad alguna era un racista, sin más. Los
desconocidos no merecían mi atención… y los conocidos tenían que
andarse con cuidado».

Abdul-Jabbar aún era conocido por todo el mundo como Lew


Alcindor cuando el 7 de abril de 1969, los Milwaukee Bucks, en su
segundo año como franquicia NBA, lo eligieron en el primer puesto
del draft. Para un hombre joven y con conciencia social que había
vivido siempre en grandes ciudades de las dos costas, la noticia
supuso un mazazo. Milwaukee era una ciudad conservadora del
Medio Oeste sin vida nocturna, sin alegría y sin tolerancia. No era
Selma, en Alabama, o Columbia, en Misisipi… pero no tenía nada
que ver con Nueva York o Los Ángeles.

A su vez, los New York Nets, equipo de la ABA (Asociación


Americana de Baloncesto), se habían hecho con sus derechos para
esa competición, que llevaba activa ya tres años. Se abría así una
alternativa interesante: «Los Nets se interesaron mucho por mí, y en
igualdad de condiciones no me habría importado haber jugado con
ellos. La ABA era una liga nueva, sin la tradición ni el estatus de la
NBA… pero tampoco es que la tradición y el estatus me interesaran
especialmente».

Abdul-Jabbar quería firmar por los Nets. Lo tenía claro. Sin


embargo, la oferta económica de la ABA se quedó muy lejos de la
de los Bucks. Al final, firmó por cinco años y un total de un millón
cuatrocientos mil dólares. Cuando George Mikan, el comisionado de
la ABA, decidió subir la oferta a tres millones doscientos cincuenta
mil, una cifra sin precedentes, Abdul-Jabbar ni se lo pensó, para
sorpresa de sus nuevos jefes. «Así no se hacen las cosas —declaró
—. Ya he dado mi palabra y no les voy a dejar tirados».

Kareem Abdul-Jabbar y Milwaukee formaban una extraña


combinación. Milwaukee era una ciudad cristiana con un par de
judíos aquí y allá. Abdul-Jabbar era musulmán. Abdul-Jabbar,
siguiendo los preceptos de su religión, no bebía alcohol. En
Milwaukee, la capital mundial de la cerveza, todo el mundo bebía
alcohol. De hecho, no hacían otra cosa. Como nativo de Harlem, hijo
de un músico, Abdul-Jabbar era un fanático del jazz. Tenía cientos
de discos y le encantaba sentarse en la última fila de algún club,
moviendo suavemente la cabeza al ritmo de la música. En
Milwaukee, bailaban la polka. Después de cuatro años en el sur de
California, Abdul-Jabbar se había acostumbrado a la buena vida y
las camisetas de manga corta. En Milwaukee hacía un frío horrible
en octubre. «No me entusiasmaba la idea de vivir allí», comentó en
su autobiografía.

Y, sin embargo, Milwaukee recibió a Abdul-Jabbar con los brazos


abiertos. De entrada, el jugador no se apresuró a contarle a todo el
mundo que se había cambiado el nombre o que los blancos no eran
de fiar, y desde el primer día de concentración pudo sentir el cariño
de la gente, que le dedicó hasta tres minutos de ovación cerrada
cuando saltó por primera vez a la pista, una declaración de amor
que duró toda la temporada. Abdul-Jabbar fue nombrado rookie del
año de la 1969/70 sin discusión posible, con unas medias de 28,8
puntos y 14,5 rebotes por partido. Además, los Bucks acabaron con
un registro de 56-26 y llegaron a la final de la Conferencia Este,
donde perdieron contra los Knicks. «No es que fuera bueno, es que
era el mejor, sin discusión —afirma Jon McGlocklin, base All-Star de
los Bucks—. Intentábamos jugar siempre para él en ataque y los
rivales no podían detenerle. Hay muchos pívots fantásticos. Pero
solo hay un Kareem Abdul-Jabbar».

Durante sus seis años en Milwaukee consiguió convertir a los Bucks


en un equipo de élite. Ganaron el título en 1971, gracias a Abdul-
Jabbar y a Oscar Robertson, un icono de la liga recién fichado ese
mismo verano, pero sus compañeros lo recuerdan como un hombre
difícil, hiperactivo en la cancha y más bien pasivo fuera de ella. «Le
costó mucho adaptarse a la cultura de la ciudad —recuerda
McGlocklin—. Era muy reservado y a menudo nos costaba llegar
hasta él, pero entendíamos por lo que había pasado y lo
aceptábamos».

La relación era especialmente complicada con la prensa. Por cada


halago que recibía como jugador, tenía que soportar diez críticas
como ser humano. En su primer año, los Bucks viajaron a Detroit y
Abdul-Jabbar tuvo que dar su cuarta rueda de prensa en una misma
semana. Estaba cansado, de mal humor y molesto con todos esos
periodistas blancos que no dejaban de hablar de su altura y de sus
creencias religiosas. Contestó la mayoría de las preguntas con una
o dos palabras sin sacarse las manos de los bolsillos. A Joe Falls,
de Sporting News, le sentó fatal. Tan mal que despedazó al novato
en una columna sin piedad:

«La primera vez que vi en persona a Alcindor fue en Detroit, cuando


vino con los Milwaukee Bucks para enfrentarse a los Pistons. Se
supone que Alcindor mide más de 2.15, pero en realidad su estatura
humana es mucho menor. De hecho, está por debajo de la gran
mayoría de la gente que he conocido a lo largo de mi vida.

» […] El grandullón tenía que dar una rueda de prensa en un


céntrico hotel. Estaba recién llegado del avión que traía a los Bucks
y habría sido mejor para todos —también para el propio Alcindor—
que se hubiera marchado directamente a su habitación sin hablar
con nadie. Nunca en mi vida, en ningún deporte, he visto a un
deportista comportarse con tanta falta de respeto.

» […] A ninguno de los que estábamos ahí nos interesaban sus


creencias religiosas ni sus reivindicaciones raciales. No teníamos
tiempo para eso ni nos sobraba espacio en nuestras crónicas. En
realidad, ni siquiera nos apetecía hablar de eso. Habíamos ido a
verlo porque es un gran jugador de baloncesto y se merecía que lo
tratáramos como tal.

» […] Cuando dice que no le interesa la prensa, y nos lo dice a la


cara, lo que en realidad nos está diciendo es que no le interesan
nuestros lectores. Ningún problema, está en su derecho. Pero es
importante que ustedes lo sepan, eso es todo».

Abdul-Jabbar no tardó mucho en darse cuenta de que no pintaba


nada en Milwaukee… y ya en 1973 tenía claro que necesitaba salir
de ahí, coincidiendo con un suceso que le cambió por completo la
vida. El 18 de enero de ese año, dos adultos y cinco niños fueron
asesinados por los Musulmanes Negros en una casa de Washington
DC, cuyo propietario era el propio Abdul-Jabbar. La casa servía de
centro de operaciones de los Musulmanes y, al parecer, los
asesinatos tenían que ver con un ajuste de cuentas entre distintas
facciones del culto Hanifi.

Abdul-Jabbar no tenía nada que ver con esa tragedia. De hecho, él


estaba en Milwaukee cuando pasó todo y solo se enteró cuando le
llamó una secretaria de los Bucks para contárselo. Eso no evitó que
la prensa centrara toda su cobertura de la masacre en él, como si
aquello fuera «el caso Kareem Abdul-Jabbar».

Durante las siguientes semanas, se especuló con que Abdul-Jabbar


podía ser el siguiente objetivo. Tuvo que aceptar la protección
armada de varios guardaespaldas, su peor pesadilla. Lo único que
quería era volver a casa, a Nueva York, a jugar con los Knicks y
reencontrarse con su entorno más cercano. En 1975, pidió
formalmente a los Bucks que lo traspasaran. «No quiero que nadie
se lo tome a mal —afirmó—, pero Milwaukee no es sitio para mí.
Las cosas que me interesan no se pueden encontrar en
Milwaukee».

Había ganado tres veces el premio al Jugador Más Valioso de la


NBA y había disputado seis All-Stars en seis años. Había ganado
para la ciudad su primer campeonato de la NBA, y todo esto sin
molestar a nadie ni meterse en líos.

Sin embargo, Milwaukee nunca le perdonaría esas palabras.

Como a Abdul-Jabbar solo le quedaba un año de contrato, al equipo


no le quedaba más opción que buscar un buen traspaso. Primero lo
intentaron con los Knicks, pero no hubo acuerdo, así que al final
mandaron a la mayor estrella de la historia de su franquicia a los
Lakers a cambio de cuatro medianías: Elmore Smith, Brian Winters
y dos novatos recién elegidos en el último draft, Junior Bridgeman y
David Meyers. Probablemente se tratara del traspaso más
importante de la liga hasta ese momento. «En mi opinión —dijo
Bridgeman por entonces—, los Bucks salen ganando con el
cambio».

Los siguientes cinco años fueron maravillosos para Kareem. Aunque


habría preferido volver a Nueva York, estaba igual de encantado en
Los Ángeles. Al fin y al cabo, era el lugar donde se había convertido
en un icono nacional como jugador de UCLA. Un lugar donde la
tolerancia no dejaba espacio a la paranoia y el prejuicio. El Forum
era uno de los mejores pabellones de Estados Unidos. Abdul-Jabbar
siempre estuvo rodeado de algunas de las mayores estrellas de la
liga: Gail Goodrich y Cazzie Russell en sus primeros años; Norm
Nixon y Jamaal Wilkes, a continuación.

El único problema era que, con Kareem Abdul-Jabbar como estrella,


los Lakers no habían ganado nada. Lo más cerca que se habían
quedado del título había sido en 1977, cuando llegaron a la final de
la Conferencia Oeste. Siempre fallaba algo. No era un problema de
talento, sino de energía, de actitud. Abdul-Jabbar había llegado al
club solo dos años después de que Wilt Chamberlain se retirase y
las comparaciones entre los dos gigantes eran inevitables. Los dos
eran altos, los dos eran duros, los dos eran leyendas de este
deporte… pero, en sus cinco años con los Lakers, Chamberlain
había llegado a cuatro finales de la NBA, y había ganado una.

«No es fácil que te estén comparando todo el rato con alguien como
Wilt —afirma Michael Cooper—. Kareem era un jugador formidable,
pero le faltaba algo en Los Ángeles».

¿El qué?

«Ayuda».

***

«Pero ¿qué haces, chaval?».

Estas fueron las palabras exactas que pasaron por la cabeza de


Kareem Abdul Jabbar, a las que añadió alguna palabrota que
preferimos omitir.

¿Qué hacía Earvin (Magic) Johnson la noche del 12 de octubre de


1979, corriendo toda la pista, saltando en el aire y agarrándose al
cuello del legendario pívot, como si fuera un Kleenex pegado a una
nariz?

«Ese abrazo… ese maldito abrazo», exclama Gene Shue, el


entrenador de los San Diego Clippers.

Más de tres décadas después, el abrazo de Magic y Kareem sigue


siendo el peor momento —y el más recordado— de la larga y
exitosa carrera de Shue en la NBA. Llegados el año anterior de
Buffalo, Nueva York, sus Clippers pretendían alargar las buenas
vibraciones de su temporada de debut en San Diego (43-39). Ocho
mil quinientos tres aficionados se dieron cita en el San Diego Sports
Arena para ver el primer partido de la temporada 1979/80. Al poco
de empezar el calentamiento, Johnson, el debutante más esperado
en años, se hizo un lío con los pantalones, tropezó y cayó al suelo,
lo que provocó las risas de jugadores y aficionados de ambos
equipos. A los nueve minutos de partido, Jack McKinney tuvo que
cambiarle. «Debes calmarte —le dijo el entrenador—. Imagina que
estás en el instituto o en la universidad. No es tan distinto, es solo
baloncesto». El novato consiguió tranquilizarse y anotó veintiséis
puntos, pero San Diego seguía controlando el partido. En el primer
cuarto, los Clippers habían conseguido una ventaja de quince
puntos sobre unos aturdidos Lakers y habían sabido mantenerla
durante casi todo el encuentro. «Jugamos de maravilla —recuerda
Shue, cuyo equipo aún ganaba 102-101 con menos de un minuto
por jugarse—. Teníamos la última posesión, quedaban pocos
segundos y la bola acabó en manos de Freeman Williams».

Williams era un tirador prodigioso que había sido el máximo


anotador nacional con la Universidad de Portland State, pero que
tenía serios problemas a la hora de manejar la pelota. Cuando
recibió la ayuda en defensa de Cooper, en vez de aguantar la
posesión y dejar que el tiempo expirara, intentó hacer un reverso, se
botó el balón en el pie y lo echó fuera de banda. «Dios santo —se
desespera aún Shue—. Aquello fue increíble. Increíble. Les dimos
otra vida a Magic y a Kareem».

A falta de dos segundos, McKinney pidió tiempo muerto para


diseñar una última jugada. Los Lakers tenían muchas alternativas en
ataque: Nixon era un rayo penetrando a canasta. Haywood aún era
una fuerza de la naturaleza. Wilkes podía tirar en suspensión desde
cualquier distancia. «Pero en esa situación solo había una jugada
que tuviera sentido —escribiría Johnson posteriormente—. Y todo el
mundo en el pabellón sabía perfectamente cuál era».

El encargado de sacar desde el medio del campo fue el alero Don


Ford. Johnson cortó hacia canasta y Haywood amagó con recibir en
la línea de tres puntos para despistar a la defensa. Ford retuvo el
balón durante un par de segundos antes de bombearlo hacia Abdul-
Jabbar, que recibió en el lado izquierdo de la zona. Presionado por
Swen Nater, un pívot de 2.10, Abdul-Jabbar giró a su derecha, soltó
el skyhook desde unos cinco metros…

… y la pelota besó la red.

Lakers 103

Clippers 102

Mientras los jugadores de los Clippers abandonaban la cancha, los


de los Lakers empezaron a celebrar como locos. McKinney, que
había ganado su primer partido en la NBA, corrió hacia Abdul-
Jabbar. Johnson, que también había ganado su primer partido en la
NBA, corrió también hacia Abdul-Jabbar. El rookie no paraba de
sonreír mientras casi se colgaba del cuello del pívot. Brent
Musburguer, comentarista del partido para la CBS, empezó a gritar:
«¡Miren cómo celebra Magic Johnson, parece que acabara de ganar
otra vez el título de la NCAA! ¡Ahí están los dos: Magic Man y
Kareem Abdul Jabbar!».

Pocos segundos después, un eufórico Hot Rod Hundley se acercó a


Abdul-Jabbar para entrevistarle, también en directo.

HUNDLEY: ¡Vaya tiro! ¡Vaya skyhook, jefe!

ABDUL-JABBAR: ¿Qué puedo decir…?

HUNDLEY: ¡Vaya manera de acabar un partido!

ABDUL-JABBAR: Supongo que sí.

HUNDLEY: ¿Cómo ves esta temporada? Tiene pinta de que va a ser


histórica para la NBA…

ABDUL-JABBAR: Sí, tiene pinta. Hay muchos jóvenes con mucho


talento. Creo que la gente de arriba se está esforzando para que la
liga tenga mejor imagen, una imagen que se acerque más a lo que
realmente somos.
Completada la entrevista. Abdul-Jabbar fue rumbo al vestuario, con
veintinueve puntos en la hoja de estadísticas y una primera victoria
en el contador del equipo. Cuando se volvió a encontrar con
Johnson, le llevó aparte para comentarle una cosa: «Mira, nos
quedan ochenta y un partidos como este… así que tómatelo con
calma».

***

Pero Magic Johnson no podía tomárselo con calma. Se negaba a


tomarse nada con calma y quería arrastrar a Abdul-Jabbar en ese
entusiasmo. A Johnson le habían repetido mil veces lo aburridos
que eran los Lakers y sabía que parte del problema era la distancia
que Abdul-Jabbar ponía con todo y con todos. Los Lakers volvieron
a jugar cuatro días después, esta vez en su propia cancha, y
ganaron 105-96 a los Chicago Bulls. El Forum estaba lleno: quince
mil setenta y tres espectadores recibieron a Johnson con una larga
ovación cuando anunciaron su nombre por megafonía.

El partido había levantado mucha expectación al tratarse del primer


enfrentamiento entre los dos primeros seleccionados del draft
(Chicago había utilizado el número dos para elegir al ala-pívot de
UCLA, David Greenwood), pero el más nervioso aquel día era Jerry
Buss. Llevaba cinco meses desde que comprara la franquicia
esperando este momento. Los Lakers eran el niño mimado de Buss
y quería evitar cualquier imprevisto. Johnson jugó un gran partido
ante un Forum que rugía con sus asistencias y sus canastas. Fue
uno de los cinco jugadores de los Lakers que anotaron más de diez
puntos y se pasó buena parte de la noche mirando a Greenwood y a
los Bulls, pensando en cómo le habría cambiado la vida si aquella
moneda hubiera salido cara. Salvo el pívot Artis Gilmore, Chicago
era una banda de individualistas, encabezados por Reggie Theus,
con tres o cuatro jugadores más preocupados en cobrar a fin de
mes que en competir cada noche. Los Bulls acabarían ganando
treinta partidos esa temporada… y aun así parecieron muchos. «El
equipo era horrible —recuerda Del Beshore, base de segundo año
—. Earvin era un tipo muy entusiasta, pero no sé si lo habría sido en
ese vestuario. Éramos muy malos».

Por el contrario, los Lakers estaban configurando un equipo


espectacular. Así lo describió Sporting News: «Jerry Buss ha
sustituido a Jack Kent Cooke como propietario, Jack McKinney ha
sustituido a Jerry West como entrenador, y Earvin (Magic) Johnson
ha sustituido a la apatía como estado de ánimo».

Jack Kent Cooke, el anterior propietario, entendía que siempre


había que guardar mínimamente las formas. Por supuesto, quería
que sus aficionados se lo pasaran bien y disfrutaran y, de hecho, fue
de los primeros en contratar a un organista para animar las
veladas… pero todo dentro de la dignidad requerida.

En cambio, Buss no tenía límites: era todo energía, ruido, euforia,


fiesta… Despidió al organista y por recomendación de Roy
Englebrecht, director de promociones de la franquicia, trajo a varios
miembros de la banda de la USC para sentarse en las gradas y
animar a todo trapo. También se fio del instinto de Englebrecht para
incorporar lo que, en aquel momento, era toda una novedad en la
NBA. «Todo el mundo hablaba de las cheerleaders de los Dallas
Mavericks y sus bailes con botas altas —recuerda Englebrecht—,
así que le dije al Dr. Buss que me encantaría formar un grupo de
bailarinas: no solo animadoras, sino bailarinas». Buss aceptó y
Englebrecht seleccionó a cuatro bailarinas de la USC y otras cuatro
de UCLA. «Se pasaron un mes ensayando una coreografía. Les
compré ocho pares idénticos de zapatillas y les pedí que guardaran
el secreto».

«Por fin, una noche decidimos que estaban preparadas. Nos


comunicábamos por walkie-talkie y cuando grité “¡Código rojo!”, las
chicas salieron. Sonó la música, el presentador gritó “¡Las Laker
Girls!”, y la gente se volvió loca. No sabíamos cómo iban a
reaccionar, pero pronto vimos que aquello no tenía vuelta atrás. A
partir de entonces, la entrada no incluiría solo un partido de
baloncesto. Incluiría un espectáculo completo».

Siguiendo las indicaciones de McKinney, el equipo corría a la más


mínima ocasión, jugando en transición sin necesidad de marcar una
jugada o esperar a que el entrenador diera instrucciones desde la
banda. «Era algo fantástico —recuerda Bob Steiner, director de
relaciones públicas—. Jack lo vivía todo con un entusiasmo
contagioso: se metía en la cancha después de una gran jugada,
animaba a los jugadores… Era el líder perfecto para un equipo
perfecto».

Durante uno de estos primeros días, Johnson confesó al cuerpo


técnico que le daba reparo decirle a Abdul-Jabbar lo que tenía que
hacer en la cancha. Al fin y al cabo, no era más que un novato de
veinte años.

—No le puedo decir a Kareem cómo jugar a esto —le explicó a


McKinney—. ¿Por qué iba a escucharme?.

—Bueno —contestó McKinney—. Alguien tiene que hacerlo. Si no


estás dispuesto a liderar al equipo con todas sus consecuencias,
entonces…

—No, no, no —le interrumpió Johnson—. No pasa nada. Ya me


encargo.

«Se encargó —confirma Michael Cooper—. Y, de paso, se ganó el


respeto de todos. No tenía miedo de plantarle cara a Kareem».

Más o menos por aquellos días, McKinney llamó a Nixon a su


despacho.

—Norman —le dijo—. Eres un jugador fantástico. Uno de los


mejores de la liga. Pero tenemos muchos buenos jugadores en este
equipo y mi trabajo es colocarlos donde mejor nos pueden servir.

—¿Qué está intentado decirme, entrenador? —preguntó Nixon.


—Bueno —contestó McKinney—. Creo que sería mejor para el
equipo que Earvin jugara de base. Sé que no es fácil para ti porque
has…

Nixon le interrumpió en ese momento:

—¿Quiere que juegue de escolta? —dijo.

—Sí —contestó McKinney.

—Está bien —replicó el base—. Cuente con ello.

No es que a Nixon le hiciera ninguna gracia, pero sabía que los


jugadores no suelen ganar los pulsos a sus entrenadores. Además,
era justo admitir que había algo contagioso en aquel chico. «Si el
número uno del draft juega duro y entrena duro —reflexionó Nixon
—. ¿Qué excusa tenemos los demás para relajarnos?».

Después del 2-0 inicial, los Lakers perdieron su primer partido el 17


de octubre en Seattle (112-110), además de llevarse el primer gran
susto de la temporada. A falta de 1:25 para acabar el tercer cuarto,
Johnson chocó con Jack Sikma, el pívot de los Supersonics, en la
lucha por un rebote. Cayó al suelo y se llevó inmediatamente la
mano a la rodilla mientras gritaba de dolor. De primeras, los médicos
le diagnosticaron una rotura parcial del ligamento colateral medio, lo
que mantendría a Johnson seis semanas apartado totalmente de las
canchas más otras dos de recuperación. Buss no se lo podía creer.
Aunque sobre la cancha la referencia siguiera siendo Abdul-Jabbar,
la gran atracción era Johnson. Gracias a él, el Forum se llenaba
cada partido y, gracias a él, las estrellas de Hollywood empezaban a
llenar los asientos más caros del pabellón. «Su carisma te
enamoraba a primera vista —recuerda la actriz Dyan Cannon, que
siempre se sentaba en primera fila—. Era algo mágico,
instantáneo».

Sin embargo, a los Lakers les volvió a sonreír la suerte en medio de


una temporada que parecía destinada al éxito: Johnson solo se
perdió tres partidos y volvió completamente recuperado el 26 de
octubre para enfrentarse a los Kansas City Chiefs en el Forum. En la
mejor actuación de su breve carrera, Johnson aportó veintiséis
puntos en veintiocho minutos, además de siete rebotes y seis
asistencias. Los Ángeles ganaron fácilmente por 116 a 104. «Como
siempre, el entusiasmo de Johnson contagió a los demás jugadores
—escribió Scott Ostler en el Los Angeles Times—. Abdul-Jabbar
chocó los cinco con un compañero tras una buena jugada y, cuando
el ala-pívot Jim Chones anotó un tiro de seis metros en el segundo
cuarto, McKinney saltó del banquillo de los Lakers y se metió en la
cancha para darle una palmada en el trasero».

Los siempre aburridos Lakers se convirtieron de la noche a la


mañana en la comidilla de Hollywood… y de la liga. Cada una de las
decisiones de Bill Sharman se confirmaban como un acierto:
Haywood parecía otro jugador, Nixon se convirtió en el mejor escolta
del Oeste. Preocupado por una posible falta de intensidad en los
tableros, Sharman se había hecho con los servicios de Chones, un
ala-pívot de Cleveland, a cambio de Dave Robisch, que apenas
jugaba, y una elección en la tercera ronda del draft. A los pocos
partidos, Chones ya formaba pareja interior titular con Abdul-Jabbar,
dejando a Haywood en el banquillo. «No estaba contento en
Cleveland —explica Chones—. Tenía a Walt Frazier de compañero
de habitación y de repente sonó el teléfono. Era Stan Albeck, el
entrenador. Me contó lo del traspaso y se me puso una sonrisa
enorme en la cara. Walt me preguntó: “¿Qué ha pasado?”, y yo le
conté lo de los Lakers. Se le cambió la cara. “Mierda —me dijo—,
ahí es donde quería ir yo”».

«Estaba como loco, porque había visto jugar a Magic Johnson y


sabía que era alguien especial. De hecho, me acuerdo de que
estaba viendo a Magic contra Bird en la final de la NCAA cuando un
amigo me preguntó: “¿Qué te parece ese tal Johnson?”. Juro por
Dios que le dije: “Si alguna vez llego a jugar con él, ganamos un
anillo seguro”. Esas fueron exactamente mis palabras».

Los Lakers ganaron cuatro de los siguientes cinco partidos. Tal vez
el más memorable de todos fue el del 6 de noviembre, en el Forum,
cuando los Lakers organizaron un evento especial con Lloyd Free, el
activo escolta de los Clippers, como antagonista. Para promocionar
el encuentro, los Lakers anunciaron que si Free anotaba menos de
treinta puntos, su media por partido en aquel momento, cada
aficionado en las gradas recibiría una entrada gratis para otro
partido.

Avanzado el tercer cuarto, Free solo llevaba diecinueve puntos y los


Clippers iban dieciocho abajo. «Como a veces parezco idiota, me
dio por anunciarlo por megafonía: “¡Ojo porque Lloyd Free solo ha
metido diecinueve puntos!” —recuerda Larry McKay, el speaker del
Forum—. Free se volvió hacia la mesa de anotadores y se me
quedó mirando fijamente». Acabó con veintinueve, en una cómoda
victoria para los Lakers (127-112), para alivio de McKay y de los
doce mil ochocientos diecisiete aficionados ahí presentes. Los
Lakers habían vuelto a jugar un partido brillante, con siete jugadores
por encima de los diez puntos. «Teníamos un equipo con un enorme
talento —afirma el rookie Holland—. Pero todo empezaba por
Magic. Le daba igual si no anotaba un solo punto. Lo único
importante era ganar. Y como él jugaba así, el resto empezamos a
hacer lo propio».

La noche siguiente, los Lakers sufrieron una de sus peores derrotas


del año, cayendo 126-109 contra los Golden State Warriors en
Oakland. Fue un baño de realidad, pero McKinney no le dio
demasiada importancia: sus jugadores estaban cansados, con
demasiados partidos en las piernas. Pese a todo, los Lakers
seguían con un registro de 9-4, lo que los colocaba a un partido y
medio de Portland en la lucha por la División Pacífico. El siguiente
número de Sports Illustrated llevaría a Johnson en la portada, bajo
la palabra MAGIC, y Sporting News elogiaba en un artículo reciente
la gestión del equipo, según ellos, «un ejemplo a seguir».

«Todo iba sobre ruedas —afirma Nixon—. Si querías ver un equipo


divertido, atractivo y que lo daba todo en la cancha, tenías que ir al
Forum a ver a los Lakers. Nadie nos podía parar».
Después del partido contra Golden State, los Lakers volaron a casa
y no llegaron al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles hasta bien
entrada la madrugada. McKinney disponía al fin de un día libre y
había pensado en dedicarlo a dormir y holgazanear. Entonces, a las
nueve y media de la mañana siguiente, sonó el teléfono.

Era Paul Westhead.

Le apetecía jugar al tenis.


CAPÍTULO CINCO

El accidente

PAUL WESTHEAD ESPERÓ.

Y esperó.

Y esperó.

Y esperó.

Y luego esperó un rato más.

Y otro rato. Y otro.

Y siguió esperando.

Jack McKinney tendría que haber llegado a las diez de la mañana a


la pista de tenis adyacente a su condominio de Palos Verdes. «Era
la típica mañana soleada en el sur de California —recuerda
Westhead—. La pista estaba a unos cincuenta metros de mi casa,
así que no me preocupó demasiado que tardara». Pero las diez se
convirtieron en las diez y media y las diez y media en las once.

«Aún no estaba demasiado preocupado —afirma Westhead—. Di


por hecho que se habría pasado por su despacho para revisar algún
tema de trabajo. No habría sido tan raro en un entrenador de la NBA
en medio de la temporada».

Las once y media. Nada.


Las doce. Nada.

Las doce y media. Nada.

A la una, sonó el teléfono. Era Claire McKinney. «Paul —preguntó—.


¿Has visto a mi esposo?».

Ahí Westhead sí que empezó a preocuparse.

Cuando Claire volvió de la reunión en la iglesia, la casa estaba


vacía. Jack no estaba en la cocina ni en el baño. «No estaba en el
fondo de la piscina —afirma—, y, créeme, miré allí». Claire se puso
en contacto con la comisaría local, pero no había noticias de ningún
Jack McKinney. Le dijeron que llamara a los hospitales de la zona.
«Éramos nuevos en L.A. —recuerda—. No conocía ningún
hospital».

Claire abrió la guía telefónica y se encontró con el Hospital Little


Company of Mary, en Torrance, cerca de su casa. Llamó y habló con
una recepcionista que le pidió que describiera a su marido.

El silencio fue atronador.

«Debería usted venir ahora mismo —le dijo la mujer—. Y, por favor,
conduzca con cuidado, querida».

Nada más llegar, una monja llevó a Claire a un despacho privado.


«¿Quiere una taza de té?», le preguntó.

«No, gracias, quiero que me cuenten qué ha pasado».

Un desconocido había ingresado por la mañana. Había tenido un


accidente grave y…

«¿Puedo verlo?», dijo Claire.

La monja la llevó a una habitación. Un hombre yacía en la cama,


inconsciente, con la frente hinchada y la piel alrededor de los ojos
de color azul y negro.
«Ese es mi marido», dijo Claire.

Pocas horas más tarde, el teléfono sonó en casa de Bob Steiner,


director de relaciones públicas del equipo, justo cuando estaba a
punto de marcharse para jugar un rato al golf con Bill Sharman. Era
Buss. «Jack McKinney está en el hospital…».

«Me fui con Bill a toda prisa —recuerda Steiner—. Cuando


llegamos, no nos lo podíamos creer».

Westhead llegó poco después. Al oír que había tenido «un accidente
con la bici», lo primero en lo que pensó fue en una rueda rota, una
rodilla magullada, quizá un codo o una pierna fracturada. La realidad
era mil veces peor.

Mientras pedaleaba hacia las pistas de tenis, McKinney llegó a la


intersección de Whitley Collins Drive y Stonecrest Road. Apretó
suavemente los frenos para disminuir la velocidad en una pequeña
bajada, pero, por razones aún desconocidas, la cadena se bloqueó,
las ruedas se pararon en seco y McKinney salió disparado de
cabeza por encima del manillar contra el asfalto. «Se golpeó la
cabeza varias veces con la inercia, como las piedras que rebotan en
un estanque», escribió Richard O’Connor en Sports Illustrated.

Solo una persona, un hombre llamado Robert N. S. Clark, fue testigo


de los hechos y contó lo sucedido a la policía:

«Yo estaba en la señal de stop de la esquina y vi venir a un hombre


desde lo alto de la colina, en su bici, camino a la intersección. No iba
muy rápido, por lo que recuerdo. Me pareció que iba a una velocidad
normal y que luego fue acelerando conforme se acercaba al cruce.
Me da la sensación de que, entonces, intentó apretar el freno y algo
pasó… su bicicleta no le respondió y de repente cayó hacia
adelante, se golpeó de cabeza con el suelo y se deslizó boca abajo
unos cinco o seis metros».

McKinney estaba prácticamente inconsciente: podía moverse, pero


no reaccionaba a ningún estímulo. Respiraba con fuerza, haciendo
mucho ruido, como cuando alguien ronca. Entonces, empezó a
sangrar lentamente por la boca.

Cuando llegó la ambulancia, un chico bajó, echó un vistazo a aquel


hombre inconsciente, se giró hacia su compañero y le dijo, abatido:
«No podemos hacer nada por este tipo».

Westhead nunca olvidará lo que vio en aquel hospital. McKinney


sufría una conmoción cerebral, se había roto el hueso de la mejilla y
el del codo, además de presentar múltiples contusiones y heridas.
«Jack tenía el brazo roto, o el hombro, con lo que se lo habían
puesto en cabestrillo —recuerda—. Se había destrozado la cara al
golpearse de bruces contra el asfalto. Tenía hematomas por todo el
rostro, un montón de vendas… y solo se oía su silencio. Nadie nos
podía decir: “Tranquilos, mañana estará bien” porque no iba a ser
así. Su situación era muy grave». (Cuando su marido se despertó
del coma, tres días después, Claire se inclinó hacia él, le besó en la
frente y le enseñó un artículo del Los Angeles Times. «¿Ese tipo del
que hablan soy yo? —preguntó—. ¿Soy yo, de verdad?»).

Lo último en lo que podía pensar Westhead en aquel momento era


en el baloncesto. Su mejor amigo, el hombre que se lo había llevado
consigo a la NBA, se debatía entre la vida y la muerte, pero la NBA
tenía que continuar y él tenía que hacerse con el equipo para el
partido contra los Denver Nuggets en el Forum, programado para el
día siguiente. Cuando llegó por la mañana al gimnasio del campus
de la Universidad de Loyola Marymount, donde el equipo hacía
sesión de tiro los días de partido, no sabía muy bien qué decir ni qué
hacer. Muchos de los jugadores se enteraron del accidente en el
mismo gimnasio. Los que habían leído el Los Angeles Times apenas
encontraron una mención de cuatro párrafos que ni siquiera abría la
sección de deportes:

M’KINNEY, ENTRENADOR DE LOS LAKERS, HERIDO EN UN


ACCIDENTE DE BICICLETA
Jack McKinney, entrenador de los Lakers, sufrió una grave lesión en
la cabeza el pasado jueves, cuando cayó en marcha de su bicicleta
cerca del lugar donde reside. McKinney, de cuarenta y cuatro años,
fue trasladado al Hospital Little Company of Mary, en Torrance,
donde su estado se describió como «grave, pero estable». En
palabras de un portavoz del hospital: «Presenta heridas importantes
en la cabeza. Su estado es grave, aunque le hemos estabilizado.
Responde a algunos estímulos, pero no está consciente. También
presenta una fractura en el codo».

No hubo más vehículos involucrados en el accidente, que tuvo lugar


mientras McKinney paseaba con su bici cerca de su casa en la
península de Palos Verdes.

Martin Weirich, ayudante de la oficina del sheriff en Lomita, informó


de que un testigo había explicado a las autoridades que la bicicleta
de McKinney se había roto y, al caer, la inercia le había arrastrado
varios metros por el asfalto.

«Me convertí en el entrenador por accidente —explica Westhead—-.


En el profesor sustituto. Entré en el gimnasio y no había nadie más.
La gente empezó a llegar: el preparador físico, los jugadores… pero
no había nadie que me dijera: “Oye, queremos que hagas esto y que
lo hagas así”. Tuve suerte de que aquello fuera una sesión de tiro y
aún no tuviera que ponerme a entrenar».

Cuando acabó la sesión, Westhead se cruzó con Sharman. El


general manager le puso la mano en la espalda en un gesto de
afecto y le dijo: «Será mejor que te encargues tú de esto, porque, si
no, tendremos que poner al chico de la mopa…».

Aquella noche, con JackMcKinney aún en coma inducido, el Lakers-


Nuggets dio comienzo entre turbulencias. En principio, Denver era el
rival soñado para un entrenador sin experiencia y un grupo de
jugadores aturdidos. Los Nuggets jugaban su tercer partido en tres
días y habían perdido sus primeros siete encuentros, algunos por
diferencias de veintinueve puntos (frente a los Bucks), dieciséis
(Trail Blazers), veintiocho (los Bucks, de nuevo) y veintitrés (Kings).
«Cuando empezamos la temporada, aún no estábamos
preparados», explicó Donnie Walsh, el entrenador de los Nuggets.

Sin embargo, esa noche parecían completamente afinados. Fueron


por delante durante casi todo el partido y ganaban 107-105 a falta
de dos segundos, cuando Johnson vio desmarcado a Jamaal Wilkes
y este anotó desde seis metros para forzar la prórroga. Ya en el
tiempo añadido, dos tiros libres de Johnson a falta de menos de diez
segundos aseguraron el triunfo local por 126 a 122. Después del
partido, Westhead y sus jugadores se reunieron durante diez
minutos en el vestuario. Hablaron de la necesidad de seguir
adelante, de ser fuertes, de centrarse en los próximos partidos y del
entrenamiento del día siguiente… pero sobre todo hablaron de
McKinney y de lo que le debían.

«Tiene que quedar muy claro que este es el equipo de Jack


McKinney —afirmó ante la prensa Paul Westhead— y que yo
simplemente sujeto las riendas hasta que él pueda volver. No tengo
la intención de cambiar nada. Habrá algunas variaciones, pero serán
variaciones, no cambios. Incidiré en lo que hemos estado
trabajando, el juego de transición, pero no inventaré nada nuevo.
Incluso si ganamos los setenta y un partidos que nos quedan de
temporada regular, este siempre será el equipo de Jack McKinney».

***

Paul Westhead tenía razón: los Lakers eran el equipo de Jack


McKinney, con sus transiciones rápidas y su defensa agresiva en
todo el campo. Era divertido ver a los Lakers y muy complicado
enfrentarse a ellos. Las victorias seguían acumulándose y el
espectáculo cautivaba a propios y ajenos: la NBA por fin había
encontrado una franquicia de referencia para el futuro.
Esto no significa que la de los Lakers fuera la única historia
relevante en aquel inicio de temporada. En Boston, Larry Bird, el
rookie rival de Johnson, estaba reanimando a los Celtics con sus
21,3 puntos de media por partido, acabando de una vez por todas
con el tópico de que «los blancos no la saben meter». En
Philadelphia, Julius Erving hacía del aire su elemento favorito,
liderando a los Sixers camino de los playoffs. Los Seattle
Supersonics, defensores del título, tenían a Gus Williams, Dennis
Johnson y Jack Sikma en plena forma, preparados para repetir
campeonato en junio.

Con todo, nada de esto podía compararse con lo que estaba


pasando en Los Ángeles. La épica del equipo que intentaba
sobreponerse a la pérdida de su entrenador era objeto continuo de
atención y comentario. Poco a poco, sin embargo, el nombre de
McKinney empezó a difuminarse y de largos artículos en la prensa
con las últimas novedades sobre su estado, se pasó a pequeños
breves a pie de página. Después, el silencio absoluto. El equipo
ganó cinco de los seis primeros partidos de Westhead como
entrenador y el protagonista pasó a ser Magic. Bruce Newman
escribió en Sports Illustrated: «Si con solo veinte años Johnson es
tan bueno como ha demostrado este primer mes, puede convertirse
en la pieza clave para que los Lakers consigan por fin el título.
Cualquiera que haya visto jugar a Johnson puede dar cuenta de
que, además de un enorme talento natural, este genio tan particular
demuestra a diario una personalidad arrolladora».

Después de suplicarle a Jerry West que volviera al banquillo («ni en


mil millones de años», contestó West), Buss nombró a Westhead
entrenador para el resto de la temporada. A sus cuarenta y un años,
este antiguo profesor universitario supo manejarlo todo con un tacto
increíble. Ajustó la rotación a las necesidades del equipo, estableció
una comunicación abierta con los jugadores, no dejó de insistir en
que todo el mérito era de McKinney y rechazó la posibilidad de
mantenerse en un puesto que consideraba «prestado». «Creo que
ha hecho un gran trabajo, teniendo en cuenta las circunstancias —
afirmó Abdul-Jabbar—. Jack era un poco más estricto que Paul,
pero los dos entienden bien a la gente, y eso es muy importante».

El 16 de noviembre, más de una semana después del accidente de


McKinney, Buss por fin permitió que Westhead eligiera a un
ayudante de su gusto. El propietario había intentado imponerle a
Elgin Baylor, la antigua superestrella de la franquicia. Sin embargo,
Westhead prefería a otro exjugador, recién retirado y famoso por su
entrega en el campo: Pat Riley.

Buss no lo tenía nada claro. Riley, que había promediado 7,4 puntos
en sus diez temporadas en la NBA, había conseguido asentarse con
bastante éxito en el puesto de comentarista, acompañando a Chick
Hearn en las retransmisiones. Aparte, el currículum de Riley como
entrenador no era nada del otro mundo. «Tenía un talento natural
como comentarista, podría haberse dedicado a ello durante décadas
—afirma Keith Erickson, quien sustituyó a Riley cuando este cambió
el micrófono por el banquillo—. No era fácil trabajar con Chick. Era
un hombre maravilloso, pero exigente. Pat encajaba muy bien con
él».

Desde que colgara las zapatillas tras la temporada 1975/76, Riley no


había hecho grandes cosas. Se dejó crecer el pelo, frecuentó las
playas de California, jugó al voleibol y reflexionó mucho sobre la
vida y la muerte y su lugar en el mundo… En una ocasión, Riley
apareció por el Forum para ver un partido de los Lakers y, pese a
enseñar su anillo de campeón ganado en 1972, le negaron la
entrada a la zona VIP. «Lo siento —le explicó el portero—. Nada de
exjugadores».

Riley acabó en el mundo de la radio y la televisión cuando Lynn


Shackleford lo dejó y hubo que encontrarle un compañero a Hearn.
Nadie se esperaba que fuera tan bueno: era rápido, sabía de lo que
hablaba, no le importaba adoptar un segundo plano cuando el
egomaníaco de Hearn se iba por las ramas y sabía cómo elogiar a
los jugadores sin por ello renunciar a las críticas cuando estas eran
necesarias. Westhead y Riley apenas se conocían, pero sus
despachos estaban al lado y era normal que se encontraran y
charlaran de cualquier cosa. Así, llegaron a respetarse mutuamente.
Riley lo consultó con Hearn, que le dio su bendición. Después, se
tomó una semana para valorar este cambio radical en su carrera.
«Me ha costado siete u ocho noches de insomnio —declaró a la
prensa—, pero ya estoy seguro de que esto es lo que quiero. Es
algo que siempre me ha estado rondando la cabeza y me gustaría
intentarlo».

El 27 de noviembre, Riley hizo su debut como pareja de Westhead.


Los Lakers ganaron 122-118 a los Jazz y después se impusieron en
once de sus dieciséis siguientes partidos para dar la bienvenida a la
nueva década con un registro de 27-13. Desde la distancia, todo
parecía ir de fábula en La-La-Land: los Lakers ganaban, el Forum se
llenaba hasta la bandera y los aficionados tenían por fin un equipo
del que sentirse orgullosos.

***

«El ochenta por ciento».

Spencer Haywood se pone cómodo junto a la piscina de su casa en


Las Vegas mientras bebe de un vaso de agua con hielo. Estamos en
2012 y lleva tres décadas retirado de la NBA. Ya no tiene nada que
demostrar o que defender. No necesita quedar bien con nadie ni
soltar un tópico tras otro. No está a la espera de ninguna oferta ni de
la llamada de ningún entrenador o GM.

Tiene sesenta y tres años y puede decir lo que le venga en gana.

«El ochenta por ciento —repite—. No tengo ni una duda al


respecto».

La cifra responde a la pregunta del periodista: ¿Qué porcentaje de


jugadores de la NBA tomaban cocaína durante la temporada
1979/80?

La respuesta de Haywood no puede ser más clara, y su antiguo


camello está de acuerdo: «Desde luego —apunta—. Estaba en
todos lados».

Como era joven, inocente y nuevo en la liga, Westhead creía de


verdad que sus hombres estaban jugando con las manos y las
narices limpias. Había oído el rumor de que la cocaína era un
problema en la NBA y que otros equipos estaban luchando por
contener la marea. Pero eso no podía pasar aquí, en Los Ángeles,
en medio de una temporada tan buena para los Lakers. «No sabía
de lo que me hablaban —afirma Westhead—. ¿Marihuana? ¿Coca?
Sinceramente, no tenía ni idea».

Los Lakers estaban en racha, jugando el mejor baloncesto que se


recordaba en mucho tiempo… y, a la vez, al menos la mitad de la
plantilla tomaba cocaína: la mayoría, por diversión; un par de
jugadores, de forma compulsiva. «La cocaína era la droga perfecta
para una ciudad como Los Ángeles —afirma Jeanie Buss, la hija de
Jerry Buss—. Permitía a la gente estar de fiesta toda la noche con la
falsa convicción de que no les iba a hacer ningún daño. Se decía
que uno podía tomar cocaína tranquilamente porque no era adictiva.
Yo nunca probé la cocaína, pero una noche, en un club, un tío
empezó a darme la tabarra. Yo tenía diecinueve años y él, unos
treinta. En una de esas, me soltó: “¿Te gusta la nieve?”, y yo le
contesté: “Qué va, odio esquiar, hace demasiado frío…” y en ese
momento, me di cuenta de que no se refería a eso».

«En esta ciudad —afirma Linda Rambis— no había mejor manera


de demostrar que eras rico que sacando un buen fardo de coca».

Haywood recuerda una fiesta en la que se colocó con otros ocho


compañeros de los Lakers. «Era la droga de moda en la liga —dice
Mark Landsberger, el pívot suplente que se unió al equipo a mitad
de temporada—. Con tantos partidos en el calendario, te daba
energía cuando el cuerpo empezaba a fallar. Si la tomabas de vez
en cuando, con sentido común, no había mucho peligro, pero si
no…».

El 18 de diciembre de 1979, los lectores del Los Angeles Times se


desayunaron con el titular LOS LAKERS TIENEN EL PROBLEMA
EN CASA El artículo se centraba en Haywood, a quien ya se le
había pasado el subidón inicial de fichar por los Lakers. Después de
lesionarse la cadera en el tercer partido de la temporada, Haywood
pasó a ser el suplente de Jim Chones, un tipo más duro que
protegía mejor a Abdul-Jabbar bajo los tableros. McKinney habló en
aquel momento con Haywood, le aseguró que seguiría siendo una
pieza clave y le hizo jugar, de media, veintisiete minutos por partido.

Sin embargo, cuando Westhead tomó las riendas, la cosa cambió y


Haywood empezó a jugar menos.

Disgustado, Haywood le recordó al nuevo entrenador que McKinney


le había garantizado una cierta cantidad de minutos. «Bueno —dijo
Westhead—, yo no me puedo comprometer a tanto». Desde un
punto de vista táctico, la decisión era la correcta. Nada más llegar a
la NBA en 1970, Sporting News recibió a Haywood con un artículo
titulado ¿EL NUEVO RUSSELL? ESE DEBE SER EL OBJETIVO
DE HAYWOOD. Pronto se consolidó como uno de los jugadores
más activos de la liga. Podía tirar de lejos, anotar bajo canasta,
rebotear, taponar… «De todo —confirma George McGinnis, rival de
Haywood bajo los tableros durante años—. En aquellos años, los
ala-pívots eran grandes y toscos. Pero Spencer era distinto: su
juego se adaptaba a cualquier situación». Sin embargo, su
rendimiento con los Lakers estaba siendo lamentable: se le
escapaban los pases más sencillos, se perdía en defensa, trotaba
de arriba abajo lastimosamente… En un partido contra Kansas City
jugado el 25 de noviembre, empezó a cometer un error tras otro y
Westhead le tuvo que cambiar por Don Ford, un jugador espantoso
que acabó quitándole el puesto en la rotación (Peter Vecsey escribió
en el New York Post: «Ford es tan malo que uno pagaría una
entrada solo para poder silbarle».) Una semana después, Haywood
solo jugó cuatro minutos contra los Bucks y explotó delante de sus
compañeros: «¡Me odia! —empezó a gritar—. ¡Paul Westhead me
quiere joder vivo!».

La mañana del 14 de diciembre, Haywood se presentó a la sesión


de tiro del equipo, pero le dijo a Westhead que tenía que marcharse
pronto para ir al médico. Esa noche jugaban contra los Pistons, y,
cuando el entrenador se acercó a Haywood para sustituir a Chones,
Spencer le dijo:

—Entrenador, no veo nada.

—¿Qué quieres decir? —contestó Westhead.

—Que no veo nada —repitió Haywood—. Pero estoy bien, estoy


bien…

Durante el descanso, Haywood le contó a Jack Curran, el


preparador físico de los Lakers, que sufría una reacción alérgica y
no podía jugar. Los Lakers ganaron 138-122 y a la mañana
siguiente, Haywood se presentó a la hora indicada, pero insistió en
que no podía participar en el entrenamiento. En consecuencia,
Westhead le dejó en el banquillo el siguiente partido, un
enfrentamiento vespertino contra los San Antonio Spurs en el
Forum. Durante los tiempos muertos, Haywood se colocaba fuera
del corrillo para dejar claro que no le interesaba lo que dijera el
entrenador. En la segunda parte, los aficionados empezaron a
cantar su nombre: «¡Hay-Wood! ¡Hay-Wood!». El jugador empezó a
agitar la toalla en el aire y a levantar el puño. Después del partido,
llamó mentiroso a Westhead.

«Los aficionados —dijo— saben lo que está pasando».13

Pero no, no sabían nada.

No sabían que Spencer Haywood estaba enganchado a la cocaína.

Sus problemas con las drogas venían de lejos: Haywood creció en


la ciudad de Silver City, en el delta del Misisipi, entre algodonales.
Eran diez hermanos y los diez tuvieron problemas con distintas
sustancias. El abuelo de Haywood era un alcohólico. «Mi hermana
Lina era una alcohólica funcional —afirma—. También lo era mi
hermano Joe. Mi hermano Andrew directamente murió por abusar
del alcohol. Haywood empezó a fumar marihuana durante el año
que pasó en el Trinidad State Junior College de Trinidad, en el
estado de Colorado, y descubrió la cocaína en 1978, cuando jugaba
en los New York Knicks. «Me gustaba fumar hierba porque era algo
natural, pero la cocaína no tenía nada de natural. Estaba procesada
y en vez de relajarme, me causaba el efecto contrario. Cuando
tomaba coca, podía ver bichos, arañas y las cosas más demoníacas
que puedas imaginar».

Haywood no tardó en engancharse. Cuando firmó por los Lakers se


convenció a sí mismo de que podía cambiar. Casado con Iman, en
aquel momento una de las modelos más famosas del mundo, tenía
una hija de un año y medio, Zulekha, y lo único que quería era ser
un buen padre y un ejemplo para ella. Los Lakers solían entrenar
dos veces al día durante la pretemporada y en medio era habitual
ver a Haywood en alguna pista de tenis practicando saque y volea a
más de treinta y cinco grados. «No quería desperdiciar esta
oportunidad —asegura—. Quería ganar un anillo».

Sin embargo, cuando los Lakers volvieron a Los Ángeles para los
primeros amistosos, Haywood cometió un error fatal. Un amigo de
Beverly Hills le habló de un nuevo método para consumir cocaína
sin tener que esnifarla. Se reconvertía en una sustancia llamada
«cristal» y bastaba con fumarla. Haywood vio como varios
conocidos la probaban y le picó la curiosidad. «No se puede conocer
el mundo sin correr algunos riesgos —escribiría después—. Mi
principal problema con la cocaína era la mierda con la que la
cortaban y el daño que me hacía en la nariz… de esta manera,
eliminaba ambas cuestiones». Haywood le pidió a su amigo que
cociera la cocaína y le dejara una pipa.

«¡Más fuerte!», gritó su amigo.

Haywood inhaló lo más profundo que pudo.


«¡No! ¡Más fuerte!», le insistió.

Haywood volvió a inspirar con más fuerza aún.

«Eso es —dijo su amigo—. Ahora, traga».

Los ojos de Haywood casi se salieron de las órbitas, sus piernas se


llenaron de electricidad. «Aquello fue como follar, ganar la lotería y
meter cincuenta puntos a la vez —recuerda—. No podía dejar de
sonreír».

Haywood se pasó el resto de la temporada de colocón en colocón.


Como Iman se pasaba el día viajando —una semana en Milán, la
siguiente en París…—, Haywood se encontró con todo el tiempo
libre del mundo y muchísimo dinero para gastar. Los Lakers le
pagaban quinientos mil dólares… y cada semana él se gastaba
trescientos en droga. «Pero ten en cuenta que la mayor parte de la
cocaína que fumaba me la daban gratis. Estaba rodeado de gente
que me pasaba toda la droga que quisiera a cambio de poder ser mi
amigo y formar parte de un mundo lleno de glamur».

«Spencer —afirma Landsberger— fue el primer adicto al crac que


conocí».

Antes del subidón de la coca, Haywood necesitaba algo que le


bajara un poco, para magnificar el contraste, así que se acostumbró
a tomar un par de chupitos de ron Bacardi 151 como calentamiento.
Luego, «para volver a bajar», se tomaba unos cuantos somníferos.
Una noche, se metió más de la cuenta y acabó dormido en el suelo
de su cuarto de baño. Cuando se despertó, cinco horas después, su
amigo se estaba fumando el crac sobrante.

Una vez, los Lakers organizaron un torneo amistoso en el Forum


con cuatro equipos, y una docena de jugadores acabaron en casa
de Haywood para una sesión nocturna de crac. Mientras cocían la
piedra, la pipa explotó y los cristales se clavaron en las caras y los
brazos de algunos de los mejores jugadores de la NBA. «Nos
quedamos tan sorprendidos que tardamos un buen tiempo en seguir
con la fiesta —escribió Haywood—. Por lo menos, diez minutos».

Cuando los periodistas preguntaban a los jugadores de los Lakers,


estos hablaban de la cocaína como algo ajeno, que no tenía cabida
en un lugar donde el trabajo duro lo era todo. Mentira podrida.
Landsberger admite que «el estilo de vida de Hollywood se apoderó
de mí» y reconoce abiertamente haberse drogado junto a Haywood.
También lo hace el base Ron Carter («Spence me convenció para
que lo hiciera y me convirtió en un paranoico —recuerda Carter—.
Cuando me iba de su casa, le pedía a Dios que me dejara “bajar” y
le prometía que no volvería a hacerlo más»). También Michael
Cooper, el escolta de segundo año, participaba en aquellas fiestas:
«Fumé cocaína con Wood un par de veces —confiesa—. Me
gustaba. Pero cuando la cosa se salía de madre —o, más bien,
cuando yo veía que me iba a salir de madre—, paraba y le decía:
“Spencer, tío, que tengo que jugar al baloncesto”».

«Creo que el principal problema de Spencer era que estaba


demasiado solo. Iman siempre estaba fuera de casa con la niña, y él
se quedaba en el piso sin nada que hacer, buscando maneras de
pasar el tiempo. Yo intentaba decirle: “Wood, vete de esa casa.
Vente aquí a pasar unos días. Aléjate de esa mierda”. Vivíamos a
unos metros el uno del otro, en la misma calle, y mi esposa, Wanda,
cocinaba de maravilla, pero él siempre decía: “No, no, no, estoy
bien. Tengo que llamar a mi esposa”. Esa era su frase favorita:
“Tengo que llamar a mi esposa… estoy bien”. Pero no estaba bien.
Y todos lo sabíamos».

«Siempre estaba ausente —explica el escolta de primer año, Ollie


Mack—. Ese equipo estaba muy unido, especialmente cuando
jugábamos fuera de casa. Cenábamos juntos, veíamos películas
juntos… pero Spencer nunca se unía a nosotros».

Johnson y Abdul-Jabbar eran dos de los jugadores que no


consumían ningún tipo de droga. Ambos veían a Haywood como un
obstáculo entre los Lakers y el anillo de la NBA. «Buf, Kareem no
podía con Spencer —afirma Landsberger—. Le tenía una manía
horrible».

Consciente de su condición de interino (hasta el 13 de marzo no se


anunció que McKinney, aún con problemas en su recuperación,
estaría ausente el resto de la temporada), Westhead prefirió ir con
cuidado. En la cancha, dejó a Johnson y a Nixon manejar el balón,
intentó involucrar lo máximo posible a Abdul-Jabbar y dio un amplio
margen de libertad a Wilkes y a Chones. Ahora bien, en lo tocante a
Haywood, su objetivo era marginar a un jugador que, en su opinión,
estaba acabado y solo podía afectar negativamente al grupo. Sus
minutos de juego fueron reduciéndose aún más y cuando acabó la
temporada regular, con un magnífico 60-22 para los Lakers, el ala-
pívot se sentía un proscrito. Estaba dolido y rabioso, incapaz de
reconocer que todo se debía a su problema con las drogas. La
noche en que los Lakers ganaron 101-96 a los Jazz en casa, todos
celebraron con champán su primer éxito: ganar la División Pacífico.
Brindaron y festejaron. «¡Así se hace, chicos! —gritó Nixon— ¡Y
esto es solo el primer paso!».

Sentado en su taquilla, rodeado de periodistas, Haywood observaba


la escena, sonreía y dejaba titulares para los medios. Cuando le
preguntaron si su tiro de media distancia volvía a funcionar (venía
de anotar diez puntos contra Utah), Haywood sonrió burlonamente:
«Nunca ha dejado de funcionar —afirmó—. Solo necesito minutos y
confianza. Ese tiro de media distancia se ha pasado media
temporada en la nevera, como el buen vino».

Cuando le fueron a Westhead con el comentario, este soltó un


bufido y se fue sin contestar. Spencer Haywood ya no existía para
él. Era un molesto grano en el culo. «Tenía la mayor oportunidad de
mi carrera delante de mis narices —reconocería Haywood años
después— y la cagué. La cagué yo solito».

***
Los Lakers comenzaron los playoffs como los grandes favoritos. En
primera ronda, ganaron cuatro a uno a los Suns, un equipo muy
inferior. John MacLeod, el entrenador de los Suns, declaró después
del quinto partido: «Llevo siete años en la liga y nunca he visto a
Kareem jugar tan bien». Abdul-Jabbar había anotado treinta y cinco
puntos y capturado dieciséis rebotes.

Tras Phoenix, a los Lakers les esperaban los Seattle Supersonics,


vigentes campeones de la NBA.

Aunque aquellos Lakers eran un equipo sin demasiada mala baba,


los Sonics sacaban lo peor de ellos. Los dos equipos habían
luchado todo el año por la supremacía en la División Pacífico y, al
final, Seattle había terminado 56-26, cuatro partidos por detrás de
los Lakers. Si los Lakers eran fluidez y estilo, los Sonics eran
cemento puro. Sikma, el joven pívot, era un bregador de 2.11 que no
tenía problemas en utilizar los codos y las rodillas para incomodar a
Abdul-Jabbar. El escolta Dennis Johnson también se sabía todos los
trucos (la mayoría, sucios) para descentrar al rival.

A los Sonics les gustaba provocar y vacilar, y Chones decidió


contestarles en rueda de prensa antes de uno de sus
enfrentamientos de liga regular, a finales de febrero: «Creo que
somos mejores —afirmó—. Todo el mundo sigue dándole vueltas a
lo que hicieron el año pasado, pero, este año, los mejores somos
nosotros».

Las series empezaron el 22 de abril, en el Forum, y no pudieron


hacerlo peor para los Lakers. Después de una eliminatoria a cara de
perro contra Milwaukee que duró siete partidos, los Sonics deberían
estar agotados y con las piernas cansadas… Sin embargo, Fred
(Downtown) Brown, el tercer base del equipo, se salió con treinta y
cuatro puntos y Sikma anotó un tiro libre a falta de dos segundos
para dar la sorpresa: 107-108.
«No nos intimidaban para nada —recuerda Sikma—.
Probablemente, los Lakers tuvieran más talento, pero no nos daban
miedo. Todos pensábamos que ganaríamos esa serie y repetiríamos
título».

Los Lakers se recuperaron en el segundo partido (108-99) y la serie


se trasladó a la costa norte del Océano Pacífico. Seattle jugaba sus
encuentros en el Kingdome, que también era el pabellón de los
Seahawks, de la NFL, y de los Mariners, de la Major League
Baseball. Era un edificio gigantesco con aforo para cuarenta mil
aficionados, lo que hacía que los Sonics siempre fueran el equipo
con mayor asistencia de público de la liga. Sin embargo, el tercer
partido estaba programado para el 25 de abril y los Mariners ya
habían reservado el pabellón para su serie contra los California
Angels. El Center Coliseum, usado normalmente como segunda
opción, tampoco estaba disponible, debido a una exhibición de
patinaje sobre hielo para niños.

El resultado fue que los Lakers y los Sonics tendrían que jugar el
partido más importante de la temporada en el Clarence S. «Hec»
Edmunson Pavilion, un pabellón situado en el interior del campus de
la Universidad de Washington, con aforo para solo 8.524
aficionados. Aquello rozaba el ridículo. Westhead le echó un vistazo
al pabellón y no salió muy convencido: «Es como comparar el
Forum con el pabellón del Instituto Inglewood». Y estaba siendo
generoso. El Hec estaba bien para algún partido universitario entre
equipos de segunda fila, pero poco más. El parqué estaba lleno de
zonas donde el balón no botaba y las gradas parecían a punto de
venirse abajo. El edificio había sido construido en 1927 y aún se
podían ver algunos arcos de ladrillo en el interior. Los muros
exteriores estaban cubiertos de yedra y en los pasillos había fotos
de antiguos jugadores de la Universidad de Washington como Bruno
Boin. Cuando los Sonics fueron a entrenar, el alero Wally Walker se
coló por debajo de las gradas y preguntó con una sonrisa: «¿Alguien
sabe si por aquí se va al baño?».
Los Sonics empezaron el tercer partido dispuestos a aprovecharse
del cambio: el Hec era una porquería de sitio, pero el ruido era
infernal y el público estaba muy encima de los jugadores. Sin
embargo, los Lakers respondieron con su propio «factor X»: un pívot
de 2.18 con un gancho demoledor. Abdul-Jabbar anotó treinta y tres
puntos, trece de ellos en el último cuarto, y los Lakers ganaron 100-
104. Dos noches después, Los Ángeles volvió a batir a Seattle,
remontando una diferencia máxima de veintiún puntos en el tercer
cuarto para acabar venciendo 93-98. Abdul-Jabbar volvió a liderar el
parcial de 2-24 y, con veinticinco puntos, se convirtió en el máximo
anotador del partido. Los Sonics regresaron abatidos a su
cochambroso vestuario, donde los jugadores se miraron en silencio
durante un buen rato. «Ha sido bochornoso —declaró el alero
Johnny Johnson—. No hay otra manera de definirlo».

Aunque nadie quería decirlo abiertamente, la eliminatoria estaba


vista para sentencia. En un alarde poco habitual de ingenio, Abdul-
Jabbar bromeó: «Dicen que les gusta jugar en el alambre, pero
alguien debería advertirles de que esta vez no hay red». El 30 de
abril, Abdul-Jabbar anotó treinta y ocho puntos y los Lakers
eliminaron en el Forum a los Sonics, 111-105. Esta vez el pívot no
regañó a Johnson cuando saltó a abrazarle al sonar la bocina: los
Lakers se habían clasificado para la final de la NBA por primera vez
en siete años.

Qué menos que celebrarlo.

***

En general, los deportistas profesionales afrontan los momentos


más importantes de sus vidas con una intensidad a prueba de
bombas.

Nada de televisión.
Nada de llamadas telefónicas.

Los niños, con sus madres. Las facturas, en manos del gestor. El
césped, que lo corte el jardinero.

El deportista solo debe centrarse en cumplir con su tarea.

Y la tarea de los jugadores de los Lakers era derrotar a los


Philadelphia 76ers, los nuevos campeones de la Conferencia Este,
ganadores de cincuenta y nueve partidos en la liga regular.

Philadelphia era justo lo contrario de lo que simbolizaban los Lakers.


Un equipo duro, físico, pendenciero. Aunque su mejor jugador,
Julius Erving, desafiaba elegantemente la gravedad, promediando
29,6 puntos por partido, el resto de sus compañeros parecían
sacados de una fábrica del Medio Oeste americano: siempre fuertes
en los bloqueos, siempre duros en la defensa... La imagen de los
76ers era la de Bobby Jones lanzándose al suelo a por un balón
dividido, la del pívot Darryl Dawkins haciendo temblar el tablero tras
un mate estruendoso, la de Maurice Cheeks acosando por todo el
campo al base rival… Aunque los Lakers habían ganado más
partidos en la liga regular, una encuesta entre dieciocho
entrenadores de la NBA daba a los Sixers como favoritos. «No nos
amedrantábamos ante nada —afirma Steve Mix, un alero peleón
que salía desde el banquillo—. Luchábamos los cuarenta y ocho
minutos, presionábamos los cuarenta y ocho minutos. Éramos más
duros que los Lakers».

A diferencia de los Lakers, entre cuyos aficionados estaban muchos


de los chicos guapos de Hollywood y unas cuantas aspirantes a
modelos de pechos operados, la afición de los 76ers estaba
compuesta por trabajadores de clase media-baja que se dejaban la
garganta en los partidos y mostraban una actitud claramente hostil
hacia el equipo contrario. El Los Angeles Times acertó al definir el
enfrentamiento como «la mejor final en años». Tanto que el primer
partido se retransmitiría en directo por televisión y no en diferido,
como había sucedido la temporada anterior.
«Sabíamos lo que nos íbamos a encontrar —asegura Michael
Cooper—. Philly iba muy en serio. Había sido nuestro rival más duro
a lo largo de la temporada. Teníamos que jugar al cien por cien si
queríamos tener alguna opción».

Conscientes del reto, los jugadores de los Lakers afrontaron la serie


concentrados al máximo, sin concederse el más mínimo despiste.
Todos menos uno, claro. El primer partido se disputaba un domingo
en el Forum, así que Westhead organizó dos duros entrenamientos
el jueves y el viernes, para bajar un poco la intensidad el sábado.
Haywood, que había jugado algunos minutos clave contra los Sonics
(y que, pese a todos sus problemas, había promediado 9,7 puntos y
4,6 rebotes en setenta y seis partidos de temporada regular) se hizo
la promesa a sí mismo de que no iba a probar droga alguna hasta
que no acabara la final. «Había esperado una oportunidad así
durante once años —afirma—. Echar a perder la posibilidad de
ganar un anillo de la NBA era impensable. Nadie podía ser tan
estúpido».

Cuando Haywood salió del complejo de la universidad de Loyola


Marymount después del entrenamiento del jueves, vio como se le
acercaba uno de sus compañeros de juergas. «Venía a ver si te
apetecía pasarte por casa de Mike un rato», le comentó, en
referencia a otro de sus clientes habituales. El cerebro de Haywood
dijo no. Su corazón dijo no. Cada poro de su cuerpo le repetía
lárgate de aquí… huye de este tipo.

En cambio, se fue a fumar crac. A las tres de la madrugada aún no


había conseguido dormir nada, y las piernas y los brazos le
temblaban sin control. A cinco horas del inicio del siguiente
entrenamiento, decidió tomarse dos somníferos para calmar los
nervios. Haywood se quedó dormido al instante y, cuando se
despertó, cogió el coche y se fue corriendo de casa de Mike.
Aunque apenas podía sentir su propio cuerpo, logró sacar el coche
del garaje sin problemas. Parecía increíble, pero todo estaba
saliendo bien. Estaba despierto. Estaba al mando de la situación.
Maldita sea, se iba a librar de esta.
Entonces, se detuvo en un semáforo y se quedó dormido.

Haywood se despertó sobresaltado al oír los primeros bocinazos.


Aún tuvo tiempo de quedarse traspuesto otro par de veces antes de
llegar por fin al entrenamiento. Al entrar en el edificio, hizo todo lo
que pudo por aparentar normalidad. Saludó a sus compañeros, se
puso el uniforme, entró en la sala de vídeo y, cuando Westhead
apagó las luces, zzzzzz. «Estaba oscuro y tenía a Spencer en la
silla de al lado —recuerda Norm Nixon—. Se había quedado
completamente dormido. Le tuve que dar con el codo para
despertarle». Cuando los Lakers saltaron a la pista para estirar,
Haywood volvió a cerrar los ojos y volvió a quedarse sopa.
«Estábamos tumbados boca arriba y hasta ese parqué duro y frío
me parecía una cama de plumas —escribiría posteriormente
Haywood—. Todo se volvió borroso, también los demás jugadores.
Me sentía flotar sobre la pista, como dicen que pasa cuando te
mueres. Podía oír un zumbido parecido al de un avión y entonces…
bum, se me apagó la luz».

Los demás jugadores de los Lakers sabían exactamente lo que


estaba pasando. Muchos habían tomado cocaína y algunos lo
habían hecho con Haywood. Pero una cosa era tomar cocaína y otra
entregarse a la cocaína. En algún momento, Haywood se había
rendido ante la droga. «Hacía conmigo lo que quería», reconocería
años más tarde.

Cooper trató de sacar a Haywood de su sueño, moviéndole


suavemente con la mano, pero no había manera. Cuando por fin
despertó, Westhead le mandó a casa. «Traté de ser comprensivo
con él —afirma Westhead—. No pretendía señalar a Spencer o
hacerle sentirse aparte, pero ¿qué se supone que tiene que hacer
un entrenador ante este tipo de conductas? ¿Qué otra opción me
quedaba?».

Haywood no se lo tomó a bien, precisamente. «Que te jodan —


murmuró mientras salía del gimnasio—. Que os jodan a todos».
***

A las 12.31 del domingo 4 de mayo, Abdul-Jabbar y Caldwell Jones


saltaron por el primer balón de una eliminatoria que pasaría a la
historia de la liga. Los Lakers vestían sus uniformes dorados. Los
Sixers iban de rojo.

El Forum estaba hasta arriba, con sus 17.505 localidades vendidas,


y Jerry Buss sonreía satisfecho desde su asiento. Estaba en la
gloria, y más aún cuando Abdul-Jabbar terminó su exhibición (treinta
y tres puntos, catorce rebotes, cinco asistencias y seis tapones) y
los Lakers pudieron celebrar su primera victoria, 109-102. Todo
parecía de color de rosa en la tierra de los ricos y famosos.

Sin embargo, Haywood refunfuñaba en el banquillo, aún medio


grogui por efecto de las drogas. En una de las noches más exitosas
de la historia reciente de los Lakers —habían conseguido dejar a
Erving en veinte puntos a base de dos contra uno constantes y
habían anulado completamente a Dawkins—, Haywood solo podía
pensar en sí mismo y en que su lugar estaba en la cancha, jugando
los minutos clave (disputó tres en todo el partido). Todo aquello tenía
que ser culpa de alguien y ese alguien era Westhead. Si McKinney
no se hubiera caído de la bici, él seguiría siendo titular. En cambio,
aquí estaba, echando un pulso con un entrenador aficionado.

Tres noches después, los 76ers empataron la serie con una victoria
por 107 a 104. Haywood jugó dos minutos y cuando entró en el
vestuario estaba furioso. Su taquilla estaba al lado de la de Brad
Holland, el escolta rookie cuya palidez y comportamiento algo
estrafalario le valieron entre sus compañeros el apodo de «Potsie
Weber», un personaje algo friki de la serie de televisión Días felices.
Los dos estaban uno junto al otro en medio de un silencio absoluto
cuando Haywood miró a Holland y le dijo: «Dame tus tijeras, que me
quiero cortar los vendajes».
Holland se había criado en California. Había jugado en el cercano
instituto de Crescenta Valley y estaba considerado uno de los
mejores deportistas de la historia del estado. (Notre Dame y USC,
entre otros, le tantearon muy seriamente para que jugara con ellos
como quarterback de fútbol americano). Aunque su rendimiento
como novato (2,8 puntos de media en los treinta y ocho partidos que
había disputado) estaba lejísimos del que había mostrado en UCLA,
Holland no se arrugaba ante nadie. Curiosamente, uno de sus
mejores amigos en el vestuario era Abdul-Jabbar, que siempre le
reservaba un asiento en el autobús para hablar de política, literatura
y religión. Se tomaba muy en serio los entrenamientos y se
calentaba con facilidad. «Siempre había soñado con jugar en los
Lakers —afirma—. Crecí viendo a este equipo y escuchando a
Chick Hearn en mi porche, así que, obviamente, no estaba
dispuesto a desaprovechar esta oportunidad».

Holland habría dado cualquier cosa por una porción del enorme
talento natural de Spencer Haywood. Le desesperaba ver cómo lo
desperdiciaba así…

—¿Qué tal si me lo pides por favor? —respondió, cortante.

—Si te lo tengo que pedir por favor, ya puedes quedarte tus putas
tijeras —le gritó Haywood.

—Muy bien —continuó Holland—. Entonces, me las quedo.

Los dos hombres se hablaban a gritos. Haywood se levantó. Holland


se levantó.

—¿Sabes una cosa, Spencer? ¡Algunos estamos intentando ganar


un campeonato! —le soltó Holland—. ¿Qué coño te pasa?

—¿Quieres pelea, Potsie? ¿Eso es lo que quieres? —contestó


Haywood.

El veterano esperaba que sus compañeros vinieran en su ayuda y


pusieran al recién llegado en su sitio.
—¿Estás pirado, Wood? —dijo Chones—. Tío, no es el momento.

—¿Qué?

—Corta el rollo —dijo Nixon—. Deja de hacer el idiota.

Minutos después, Buss, Westhead y Haywood se reunieron en


privado. El hombre contratado para llenar el vacío del puesto de ala-
pívot quedaba suspendido para el resto de la temporada. Sus días
como jugador de los Lakers se habían acabado. Para rematar la
faena, sus compañeros se negaron a compartir el dinero de los
playoffs con él. Solo le darían un cuarto de lo que le correspondería
de haber jugado.14

«Es más de lo que se merece», afirmó Abdul-Jabbar.

Sin esperanza ni sueños a los que aferrarse, Haywood se sumió en


una espiral de drogas, autocompasión y planes insensatos. Solo un
compañero, Jamaal Wilkes, le llamó para ver qué tal estaba
después de la sanción.

El resto pasaban a ser sus enemigos: Abdul-Jabbar, por su frialdad.


Holland, por sus gritos. Chones, por no apoyarle. Johnson, por su
cara de felicidad constante. Y, por encima de todos, Westhead, el
entrenador que había arruinado su carrera. «Me marché del Forum
en mi Rolls, pensando tan solo en cómo matar a Westhead»,
asegura Haywood. Llamó a un amigo —Gregory, de Detroit—, con
contactos en el crimen organizado y lo planearon todo: se colarían
en el garaje de Westhead por la noche y le dejarían el coche sin
frenos. La próxima vez que el entrenador intentara conducir por la
larga y sinuosa carretera que sale de su casa en Palos Verdes,
Haywood y sus amigos le empujarían por un barranco. «Spencer
llegó a contratar a dos tipos para hacerlo —recuerda Westhead—.
Era algo más que una ocurrencia del momento».

«Lo iban a hacer gratis —matiza Haywood—. Porque éramos


amigos y por el prestigio que suponía echarle una mano al viejo
Spencer».
Justo antes del intento de asesinato, Haywood habló con su madre,
que detectó algo siniestro en el tono de voz de su hijo. «Estás
tramando algo malo, ¿verdad, Spencer?», le dijo. Eunice Haywood
amenazó con llamar a la policía si hacía alguna tontería. «Te
entregaré yo misma —le dijo—. Yo no te he criado para que acabes
como un delincuente». La operación se canceló de inmediato.

«Lo increíble —afirma Westhead— es que, ocho años después,


cuando entrenaba a Loyola Marymount, Spencer Haywood entró en
el gimnasio. Estaba en rehabilitación y venía a pedirme perdón».

«Por supuesto que te perdono —le contestó Westhead—.


Demonios, me alegro un montón de verte, porque, si tu plan hubiera
funcionado, ninguno de los dos estaría aquí».

***

Los Lakers volaron a Philadelphia la mañana posterior a la debacle


del segundo partido. Para Westhead, el viaje suponía retroceder
varios años en el tiempo: aunque su pachorra y su pelo desaliñado
podían invitar a pensar que se había criado en la costa oeste, lo
cierto es que Westhead era un orgulloso nativo de Philadelphia.

Había ido al Instituto West Catholic y, si alguien le hubiera dicho a


cualquiera de sus compañeros que estaría un día a un paso de
ganar la NBA, se habrían reído en su cara. Pese a medir solo 1.50,
intentó meterse en el equipo del instituto, pero le rechazaron. En su
segundo año, creció hasta el 1.60 y volvió a intentarlo, pero
volvieron a rechazarle.

«Fue horrible —explica—. Por las noches, me tumbaba en la cama y


mi hermano Pete me tiraba de las piernas. Me colgaba de la puerta
durante diez o veinte minutos seguidos para alargar los brazos. Del
tercer al cuarto año de instituto pasé de medir 1.66 a medir 1.85. Por
fin estaba preparado para jugar en el primer equipo de West
Catholic. ¡Había llegado mi momento!».

De nuevo, lo intentó… y, de nuevo, fue rechazado.

Cy Westhead, el padre de Paul, trabajaba como comercial de


jabones. Su madre, Jane, era telefonista. No tenían mucho dinero,
pero pidieron un préstamo para mandar a su hijo pequeño a Malvern
Prep, una escuela privada a unos cuarenta kilómetros de la capital.
Aunque era la primera vez que jugaba al baloncesto a ese nivel,
Westhead fue el máximo anotador de la liga intercolegial, con 23,7
puntos por partido, lo que llamó la atención de Jack Ramsay, el
entrenador de Saint Joseph’s, quien le ofreció una beca. El
ayudante de Ramsay era un recién llegado llamado Jack McKinney.
Durante su último año de universidad, los Hawks estaban jugando
en el Madison Square Garden cuando Westhead forzó una falta en
ataque. El golpe fue tan duro que una de sus zapatillas salió
volando. «Me había roto la muñeca al principio de la temporada, así
que no podía ponerme otra vez la zapatilla —recuerda—. ¿Y quién
apareció entonces corriendo para colocármela de nuevo y atarme
los cordones? Nuestro segundo entrenador, Jack McKinney».

Para alcanzar la élite, a Westhead le faltaba fiabilidad en el tiro y


más velocidad en sus movimientos. Sin embargo, estudiar se le
daba de maravilla. «¿Sabes una cosa? —le dijo Ramsay—. Serías
un excelente profesor. No sé si alguna vez llegarás a entrenar algún
equipo, pero en el aula, explicando lo que sabes, marcarías
diferencias». Westhead completó un Máster en Literatura Inglesa
por la Universidad de Vilanova, donde escribió su tesis dedicada a
Tito Andrónico, una de las obras menos conocidas de William
Shakespeare.

Después de graduarse, aceptó un trabajo de profesor de lengua en


la Universidad de Dayton. Les dijo a los responsables que, si era
posible, le gustaría echar una mano en el equipo de baloncesto,
pero no había ningún puesto disponible. Tan solo un mes después, a
Tom Blackburn, el entrenador del primer equipo, le diagnosticaron
un cáncer terminal de pulmón. Le sustituyó Don Donaher, el
entrenador del equipo de primer año, lo que dejó a su vez un hueco
libre para Westhead. «No me lo pensé dos veces. Ese fue mi primer
trabajo como entrenador: el equipo de primer año. Y me encantó».

A continuación, Westhead entrenó cinco años en el Instituto


Cheltenham, en Wyncote, Pensilvania. El equipo había acabado 2-
18 la temporada anterior y acabó 26-0 bajo su mandato, antes de
caer en la final del estado. Fueron los mejores días de su vida. «Era
joven, acababa de nacer mi primera hija, me apasionaba dar clases
de literatura a chicos de diecisiete años... Todo iba sobre ruedas,
pero, de vez en cuando, pensaba que quizá podría aspirar a algo
más». Se fue a Saint Joseph’s a trabajar como ayudante de
McKinney durante dos años y en 1970 le contrataron en La Salle
College como primer entrenador. Pasó allí nueve años, siempre en
contacto con McKinney, que trabajaba en la otra punta de la ciudad.
Los dos compartían sus anotaciones, intercambiaban historias, se
iban de vacaciones juntos… e incluso entrenaban algunos veranos
en las ligas profesionales de Puerto Rico.

«Cuando los Lakers contrataron a Jack y me llamó para que fuera


su ayudante, no me lo pensé dos veces —afirma Westhead—. No
es algo que pase muy a menudo, que venga alguien y te diga: “Oye,
me han fichado los Lakers, ¿quieres ser mi ayudante?”».

Era normal, por tanto, que la nostalgia invadiera a Westhead


mientras sus chicos se preparaban para el tercer partido contra los
Sixers en el Spectrum. ¿Cuántos grandes partidos había visto en
ese pabellón? ¿Cuántos había entrenado allí? Aquellas paredes
conocían todos los secretos de su andadura profesional. «Ni te
imaginas lo emotivo que fue para mí. Era, literalmente, como volver
a casa».

Por mucha simpatía que sintieran los jugadores de los Lakers por su
joven entrenador, era imposible que compartieran su nostalgia.
Philadelphia era un sitio horrible y la agresividad de los fans y de los
propios Sixers no mejoraba las cosas. «No éramos un equipo que
pusiera la otra mejilla —resume Dawkins—. Si buscabas problemas
con nosotros, era fácil encontrarlos».
Solo que, en el tercer partido, el problema fueron los Lakers.
Liberados del factor Haywood, los de Los Ángeles batieron a
Philadelphia 101-111, con Abdul-Jabbar (treinta y tres puntos y
catorce rebotes) marcando el camino. Aunque Johnson había sido la
gran estrella de la temporada regular, los playoffs eran cosa del
pívot de los Lakers. Dawkins era un jugador joven (veintitrés años),
fuerte y robusto (2.10 metros y 113 kilos), que solía secar en
defensa a los mejores pívots de la liga. Ahora bien, Abdul-Jabbar
era otro rollo. «Kareem se me acercó después de uno de los
partidos y me dijo “No me lo estás poniendo nada fácil ahí fuera” —
recuerda Dawkins—. Me lo tomé como un enorme cumplido porque,
si yo no se lo estaba poniendo fácil a él, imagina cómo me lo estaba
poniendo él a mí. Quiero decir, yo intentaba utilizar mi peso para
ganar la posición y echarle del poste, pero daba igual porque podía
sacar su gancho a pasear desde donde le diera la gana. Y era
mucho más fuerte de lo que aparentaba. Eso es algo que apenas se
menciona: Kareem no tenía nada de flojo».

Los Sixers estaban tan preocupados por el impacto de Abdul-Jabbar


que decidieron algo tremendamente inusual en aquella época:
calcular su efectividad en ataque. En los dos primeros partidos de la
serie, los Lakers habían anotado en el sesenta por ciento de las
posesiones en las que Abdul-Jabbar había tocado el balón. En el
tercer partido, esa cifra se disparó al setenta y uno por ciento. «Yo
estaba cumpliendo —afirma Dawkins— pero no podía parar a
Kareem uno contra uno. Necesitaba ayuda».

***

Mientras, los Lakers tenían otros asuntos de los que ocuparse.

La noche del 13 de mayo, dos días después de que los Sixers se


recompusieran con una victoria (105-102) en el cuarto partido,
empatando así la serie, Jerry Buss anunció que Jack McKinney no
sería el entrenador del equipo la siguiente temporada. «No creo que
haya hueco para él ahora mismo en nuestro organigrama —
comentó Buss a la prensa—. Pero no dudaría en recomendar a Jack
como general manager o entrenador de cualquier otro equipo NBA».

Cuando le preguntaron a Westhead por la decisión de Buss, mostró


su pesar por McKinney, aunque, a esas alturas, todo el mundo sabía
que, en cuanto acabara la temporada, Buss iba a hacer oficial el
nombramiento de Westhead para el puesto que, en principio, aún
ocupaba su viejo amigo.

Algo que, por otro lado, tenía todo el sentido del mundo, y que tal
vez el propio McKinney habría entendido… si alguien se hubiera
molestado en comentárselo.

Nada más hacerse pública la noticia del cese, John McKinney, el


tercer hijo de Jack y Claire, recibió una llamada de Frank Brady,
periodista del Philadelphia Inquirer.

—¿Está tu padre en casa? —preguntó Brady.

—No —dijo John—. ¿Quiere dejarle un mensaje?

Brady le explicó quién era y pronunció unas palabras que John no


olvidaría nunca.

—Dile que ha llamado Frank Brady, del Inquirer, y que quería saber
su opinión sobre la rueda de prensa de Jerry Buss.

—¿Qué rueda de prensa? —contestó John.

Jack y Claire McKinney estaban volviendo a su casa de Los Ángeles


tras unos días en Portland. Como siempre, estaban de charla,
escuchando la radio, disfrutando de su tiempo juntos, cuando
decidieron parar en un hotel de Santa Rosa para pasar la noche.
Jack llamó por teléfono a casa para ver si todo iba bien. Lo cogió
John. Aquel fatídico día, Jack se había montado en su bicicleta.
—Papá, ¿has oído las noticias? —preguntó.

—¿Qué noticias? —contestó McKinney.

—Papá —dijo John—, te han despedido de los Lakers.

El dolor que sintió Jack McKinney fue tremendo, mayor que el del
golpe contra el asfalto, como una herida que se volvía a abrir.
¿Despedido? Que el Los Angeles Times hubiera dejado de hablar
de él no quería decir que él no hubiese seguido luchando por
sobrevivir y recuperarse.

Había pasado tres días en coma y otras tres semanas en estado


semicomatoso. Más del cuarenta por ciento de quienes pasan por
esa situación nunca vuelven a llevar una vida normal… y el sesenta
por ciento no consigue volver al trabajo durante el primer año.
Desde el día del accidente hasta su despido por la espalda,
McKinney había pasado por meses de durísima terapia física y
cognitiva. «La caída me dejó muchísimas secuelas —recuerda
McKinney—. Necesité cirugía plástica en la boca y en los labios, me
rompí un hueso del oído que controla el sentido del equilibrio, perdí
la sensibilidad de un lado del cuerpo… Si me inclinaba para recoger
algo, me iba directo al suelo». Dennis McKinney, el hijo pequeño de
Jack y Claire, recuerda que un día su padre se ofreció a acercarle al
instituto en coche. «No era consciente de su estado real —recuerda
Dennis—. Pasé un miedo horrible en aquel viaje. Se iba a la
izquierda, luego a la derecha, luego otra vez a la izquierda. Había
perdido por completo el sentido del equilibrio». Llegado diciembre,
los doctores consideraron que McKinney ya podía asistir a un
partido de los Lakers, aunque fuera como espectador. Buss le
recibió con cariño y le preguntó cómo iba la rehabilitación. McKinney
se quedó en silencio. No por nada especial: simplemente, no
recordaba quién era aquel hombre.

«Aun así, mi padre tenía una actitud tan positiva —afirma Susan
McKinney-DeOrtega, su hija mayor—, que incluso en sus momentos
más bajos, muerto de dolor, con problemas muy serios de memoria,
no dejaba de decirnos que iba a recuperarse por completo. Y lo
creía de verdad». Desde su fichaje por los Lakers, once meses
atrás, McKinney tenía a Buss por un hombre amable y leal. A lo
largo de este tiempo de agónica rehabilitación, McKinney podía
sentir el apoyo del propietario y estaba convencido de que pronto
volvería al banquillo. Incluso le pidieron que hiciera algunos informes
sobre sus rivales en playoffs y se reunió con Westhead y Riley para
explicarles cada detalle con entusiasmo.

Y ahora, después de todo, ¿resulta que tenía que enterarse por su


hijo de que le habían despedido? «En ese momento, fui consciente
de lo miserables que pueden llegar a ser algunas personas».

El caso es que, pese a la torpeza y la mezquindad de toda la


operación, la decisión de Buss no dejaba de ser la correcta. A
mediados de marzo, Jack McKinney ya había pedido volver a los
Lakers citando los informes de unos cuantos médicos que
consideraban que estaba listo para ello. Buss no lo veía así.
«Probablemente, ese fue uno de los dilemas más complicados a los
que se enfrentó mi padre —afirma Jeanie Buss, su hija—. Tiene un
fuerte sentido de la justicia. Siempre quiere hacer lo correcto,
incluso cuando no es fácil acertar. Estoy segura de que no le quedó
más remedio que hacer lo que hizo».

«En aquel momento, no era consciente de ello —afirma McKinney


—, pero el Dr. Buss tenía razón: no estaba preparado».

Y, así, como si nada, le habían puesto de patitas en la calle.

***

Aunque no era un tipo precisamente popular en la liga, la mayoría


de los jugadores envidiaban a Kareem Abdul-Jabbar por su dureza.
Como su físico recordaba más a una jirafa que a un elefante,
muchos intentaban intimidarle exagerando su agresividad. Ver a
Abdul-Jabbar en el vestuario después de un partido era ver a un
hombre lleno de golpes y moratones. «La única manera de intentar
pararle era desgastarle físicamente —admite Dennis Awtrey, un
veterano pívot que se enfrentó contra Jabbar varias veces a lo largo
de los años—. Kareem lo hacía todo bonito, iba sobrado de talento.
Era la perfección personificada. El único recurso para defenderle era
jugar un poco sucio».

Eso hacían incluso los mejores pivots de la liga: Dawkins, Bob


Lanier, de los Pistons, o Dave Cowens, de los Celtics. Todos
utilizaban los mismos recursos que Awtrey: dureza en forma de
codazos, arañazos y golpes de todo tipo. Una vez, a principios de
los setenta, cuando Awtrey jugaba en los Sixers, Abdul-Jabbar le dio
un codazo en la barbilla y un manotazo en la cara. «Le perseguí por
toda la cancha, le agarré y le metí un puñetazo debajo del ojo
izquierdo —recuerda Awtrey—. Básicamente, esa era nuestra
relación».15

Y, pese a todo, como una especie de ciborg llegado del futuro,


Abdul-Jabbar siempre volvía a por más. De vez en cuando perdía
los nervios (como cuando dejó seco de un puñetazo a Kent Benson,
de los Bucks, en el primer partido de la 1977/78), pero,
normalmente, se limitaba a soportar los golpes mientras anotaba
sus treinta puntos y cogía sus catorce rebotes. «Hay jugadores que
se pasan el partido quejándose por todo —afirma Michael Cooper—.
Kareem era justo lo contrario».

Después de dos días libres, los Lakers y los Sixers volvieron a


enfrentarse en el Forum para el quinto partido de la serie. A falta de
cuatro minutos y medio del tercer cuarto y con el marcador
empatado a sesenta y cinco, Abdul-Jabbar dejó una bandeja fácil y,
al caer, pisó mal, torciéndose el tobillo izquierdo. El dolor le subió
por toda la pierna, pero Abdul-Jabbar aún se las apañó para
aguantar medio cojo las dos siguientes posesiones hasta que pidió
el cambio. Robert Kerlan, el médico del equipo, se dio cuenta de
inmediato de que la lesión era grave y le preguntó a Abdul-Jabbar si
quería marcharse directamente al hospital o si prefería ver el resto
del partido desde el banquillo.

—¿Puedo seguir? —preguntó Abdul-Jabbar, con una mueca de


dolor—. ¿Eso empeoraría la lesión?

—Si hacemos un buen vendaje, no —contestó Karlan—. Pero te va


a doler muchísimo.

—Lo intentaré. Quiero seguir jugando.

Los dos se fueron al vestuario y Kerlan cubrió con cinta adhesiva el


tobillo dañado para inmovilizarlo. Abdul-Jabbar se puso de pie,
volvió a esbozar un gesto de dolor y, cojeando, volvió al pabellón
para empezar el último cuarto. Los 17.505 espectadores lo
recibieron con una ovación atronadora. Aquel era el momento más
épico de su gloriosa carrera: ahora, tenía que vencer al dolor.

Aunque no podía levantar el pie izquierdo del suelo, Abdul-Jabbar


acabó con cuarenta puntos, quince rebotes y cuatro tapones
(incluyendo catorce puntos y seis rebotes en el último cuarto). Con
empate a 103 y solo treinta y tres segundos en el marcador,
consiguió una canasta más tiro libre adicional que desequilibró
definitivamente el partido. «Me ponía malo verle así —recuerda
Kerlan—. Podía intuir perfectamente por lo que estaba pasando, el
dolor que estaba soportando. Los 76ers no le dieron ni un respiro
cuando volvió a la cancha, siguieron pegándole igual de duro. Era
como si hubiera entrado en un estado de hipnosis para evitar sentir
el dolor. Cuando se lo comenté, él mismo me dijo: “Sí, supongo que
fue eso”».

Mientras sus compañeros aún celebraban en el vestuario la victoria


que ponía el 3-2 en la serie, Abdul-Jabbar —acompañado de Kerlan
y de Steve Lombardo, otro de los médicos del equipo— entraba en
muletas en las urgencias del Centinela Hospital Medical Center. En
un principio, Kerlan pensó que Abdul-Jabbar se había roto el
peroné, pero las radiografías lo dejaron en un esguince grave. Le
inyectaron una mezcla de hidrocortisona y lidocaína en el tobillo y lo
mandaron a su casa de Bel-Air.

A la mañana siguiente, no podía ni andar.

***

«Y una mierda».

Esa fue la primera reacción de Darryl Dawkins cuando le dijeron que


Abdul-Jabbar no viajaría con el equipo para disputar en Philadelphia
el sexto partido de la final de la NBA.

«No me lo creía», recuerda.

«Yo tampoco —afirma Mix, el alero suplente—. Kareem acabaría


apareciendo por ahí, no teníamos ninguna duda…».

Intentar engañar al contrario es algo habitual en el deporte de élite.


Entre el quinto y el sexto partido había un día libre, suficiente tiempo
para recuperar a alguien que venía de meter cuarenta puntos. Nadie
dudaba de que se subiría a un avión, cerraría los ojos, se pondría
algo de hielo en el tobillo y acabaría jugando, aunque fueran unos
minutos.

«En Philadelphia, todos creían que estábamos exagerando la


importancia de la lesión de Kareem —recuerda Westhead—. Ojalá
hubiera sido así».

La mañana del 15 de mayo, los Lakers se reunieron sin Kareem en


la terminal de American Airlines en el Aeropuerto Internacional de
Los Ángeles. Todos eran conscientes de la importancia de la baja
del pívot, que había promediado 33,4 puntos en los primeros cinco
partidos. De hecho, Buss llegó a considerar la posibilidad de volver
a fichar a Haywood para cubrir su baja, pero Westhead fue claro al
respecto: «Ni de broma». Nixon, por su parte, se había torcido el
dedo índice de la mano izquierda en una lucha por el balón y llevaba
la mano envuelta en una gruesa malla de protección. (Más de treinta
años después, el dedo de Nixon todavía presenta un ángulo muy
poco natural). «Había un hueco enorme donde debería estar mi
dedo —recuerda Nixon—. Al menos, podía utilizar la otra mano».

Por entonces, los equipos de la NBA aún viajaban en vuelos


comerciales, así que los jugadores de los Lakers tuvieron que
retirarse a un rincón de la sala de espera. Su altura, su estatus y
unas etiquetas de equipaje moradas y amarillas eran lo único que
les distinguía del resto de los mortales. Mientras esperaban para
embarcar, Westhead fue hablando uno a uno con todos sus
jugadores, explicándoles que, con la ausencia de Abdul-Jabbar,
todos tenían que dar un poco más en la cancha. Incluso con la
mano dolorida, Nixon era consciente de que tendría que jugar
mucho más tiempo de base. Incluso con las piernas fatigadas,
Wilkes —que había disputado doscientos catorce minutos en los
cinco partidos de la eliminatoria— tendría que tomar más
responsabilidades en ataque. Landsberger, el pívot leñero que
habían fichado de Chicago, necesitaría repartir mucho más en
defensa y no arrugarse ante nadie. Holland, el duodécimo hombre,
que se había pasado sentado en el banquillo casi todos los playoffs,
tendría a su vez que jugar minutos decisivos. Chones, el pivot
suplente que había empezado la temporada en los mediocres
Cleveland Cavaliers y ahora estaba a un paso del título, entendió
que le tocaría cubrir la vacante de Kareem en la lucha bajo el aro.
«Sustituir a Kareem era imposible —reconoce Chones—. Era tan
bueno que, cuando entrenábamos, no participaba en los partidillos.
Todo lo que tenía que hacer el base de su equipo era subir la pelota
y pasársela diez veces. Yo no llegaba a tanto».

Cuando llegó el momento de embarcar, los Lakers subieron al avión


y se sentaron en sus asientos habituales. Buss quería que sus
jugadores viajaran a cuerpo de rey16 y le encargó a Mary Lou
Liebich, la secretaria responsable del equipo de baloncesto, que
comprara billetes de primera clase siempre que fuera posible. A los
jugadores que presentaban algún tipo de lesión normalmente se les
colocaba junto a un asiento vacío (también pagado por el club). La
colocación dependía de una combinación algo arbitraria de
veteranía, estatus y minutos en la cancha. Por ejemplo, Abdul-
Jabbar siempre se sentaba en la primera fila de la primera clase,
junto al pasillo, para poder estirar sus larguísimas piernas. Mientras
Chones, Wilkes, Holland y compañía buscaban su asiento, se
empezó a oír una voz que cantaba cada vez más alto «Golden Time
of Day», el éxito de Maze y Frankie Beverly.

People let me tell you

There’s a time in your life when you find out who you are

That’s the golden time of day…17

Se trataba de Magic Johnson. El rookie entró en el avión con una


sonrisa enorme en la cara. Normalmente, se sentaba en la segunda
fila, junto a Cooper. En esta ocasión, se paró junto al asiento libre de
Abdul-Jabbar.

«¡No tengáis miedo! —gritó—. ¡El puto Magic Johnson está aquí!».

Se sentó y siguió cantando.

«En ese momento, supe que íbamos a ganar —recuerda Cooper—.


Lo supe, sin más».

«Era un tipo excepcional —confirma Chones—. Magic era un tipo


creativo que no se rendía jamás. Esa fuerza de voluntad y esa
creatividad le convertían en el líder del equipo. Era solo un rookie,
pero todos confiábamos en ese chico».

Con el avión ya en el aire, Westhead y Johnson se reunieron a


solas. El entrenador tenía una idea algo loca que estaba seguro de
que al novato no le iba a gustar en absoluto. «Estoy pensando en
ponerte de pívot —le dijo—. Sé que parece una locura y que
prefieres jugar como base, pero escúchame: creo que es lo mejor
para…».

—¡De lujo! —interrumpió Johnson, entusiasmado.

—¿De verdad? —contestó Westhead.

—Claro que sí. ¡Me encanta! ¡Vamos allá! —concluyó Johnson.

Tres años antes, Johnson había tenido que jugar unos partidos
como pívot en Everett. La idea tenía algo de círculo cerrado, un
regreso a los fundamentos del juego. La siguiente mañana,
Westhead aprovechó la breve charla táctica en el Spectrum para
exponer el plan a los demás jugadores. «No me acabó de quedar
clara cuál era la intención de Westhead —recuerda Wilkes—.
Supongo que lo que quería decir es: “Hemos perdido a nuestro
mejor jugador, pero no os preocupéis: tenemos a este joven
fenómeno que se va a encargar de todo”».

Mientras Westhead y Johnson afinaban su plan, en la ciudad de


Philadephia se vivía un estado de paranoia constante: todo el
mundo parecía haber visto a Kareem Abdul-Jabbar en un sitio o en
otro. Un taxista llamó a una radio local para asegurar que acababa
de dejar al pívot en el Spectrum. «Me creeré que no ha viajado
cuando termine el partido y no lo haya visto —dijo Billy Cunningham,
el entrenador de los Sixers—. Podrían fletar un jet privado para
traerlo en cualquier momento».

Inmediatamente antes de empezar el partido, Westhead repitió a


sus jugadores cuál era la estrategia: «Todo el mundo espera que
hoy tiremos de épica —explicó Westhead—. Pero la épica nos tiene
que dar igual, lo único que cuenta es la victoria». Cooper, que
normalmente hacía las veces de sexto hombre, ocupó la posición de
escolta titular, acompañando a Norm Nixon. Wilkes, que
normalmente tenía libertad para desentenderse del rebote y correr
siempre que pudiera, tendría esta vez que luchar bajo los tableros.
Johnson, en la posición de pívot, estaba encargado de… todo. «Esa
era su tarea —explica Westhead—. Hacer todo lo que necesitara el
equipo en el momento en el que lo necesitara. En teoría, su posición
era la de pívot, pero la idea era que jugara con total libertad». Antes
de salir del vestuario, Johnson cogió de una percha la camiseta de
Abdul-Jabbar con el número treinta y tres y la tiró a una bolsa. «El
treinta y tres no está aquí —gritó—. ¡Pero tenéis al treinta y dos!
¡Ahora, vamos ahí fuera a matar a esos cabrones!».

A unos cinco mil kilómetros de distancia, Abdul-Jabbar se preparaba


para ver el partido en casa con su novia, Cheryl Pistono18. Decidido
a ocupar su lugar en cada aspecto del juego, Johnson llamó aparte
a Westhead justo antes de entrar a la cancha. «Entrenador, voy a
encargarme del salto entre dos», le dijo. No era una petición, no era
una orden. Era un hecho. Westhead sonrió y asintió con la cabeza.
«Eso descolocó por completo a los Sixers —afirma Cooper—. No
les cuadraba, no acababan de creérselo. Caldwell Jones miraba a
Magic en plan “¿Qué coño haces tú aquí?”».

La realidad y la leyenda se suelen mezclar en el deporte. Cuando se


recuerda el sexto partido de la final entre los Sixers y los Lakers, a
menudo se opta por una narrativa propia de Hollywood. Johnson no
solo habría participado en el salto inicial, sino que lo habría ganado,
habría driblado a todos sus rivales, habría hecho un giro de
trescientos sesenta grados en el aire y habría machacado por
encima de Julius Erving… con los ojos cerrados y mientras se comía
una porción de tarta de queso.

No fue exactamente así.

Jones, con sus brazos enormes y su 2.15 de altura, se acercó al


centro del campo, donde el árbitro Jack Madden se preparaba para
lanzar el balón y Johnson se dio cuenta de inmediato de que no
tenía ninguna opción. «Decidí hacer un poco el paripé —reconoce
Johnson— y centrarme en el resto del partido».

«Daba igual que ganara o no el salto —explica Westhead—. Era


una manera de decir “estoy aquí”. Necesitaba hacer algo así. No era
cuestión de ponerle de pívot para pasarle el balón al poste bajo,
como si de verdad fuera Kareem, sino de demostrarle al equipo
contrario que quería ganar y que, para ello, haría lo que hiciera
falta».

Durante los cuatro siguientes cuartos, Johnson jugó el mejor partido


de su carrera. Los Lakers se pusieron por delante 7-0 y llegaron a
estar 11-4 sin que ningún jugador interior de Philadelphia anotara un
solo punto. Los Sixers no sabían qué hacer: ni cómo bajar el ritmo ni
cómo detener a Magic en el poste ni cómo superar a Cooper en
defensa. Aun así, consiguieron remontar e irse al descanso con
empate a 60 a base de lucha y entrega. En el descanso, Westhead
le echó la bronca a Johnson, pidiéndole más intensidad en la
defensa interior. Después de la charla, Johnson juntó a sus
compañeros y les dijo: «Vamos a ganar este partido. Tenéis que
creéroslo. Vamos a ser campeones hoy mismo».

Sentado en la cama, Abdul-Jabbar apenas podía mirar. «Lo pasé


muy mal, estaba muy nervioso —afirma—. No paraba de sudar.
Hasta tuve que quitar el sonido».

Los Lakers anotaron los primeros catorce puntos del tercer cuarto,
pero Cunningham insistió de nuevo a sus jugadores en que
cargaran el juego interior y atacaran a los falsos pívots de los
Lakers, más bajos y más cansados. A falta de cinco minutos y doce
segundos para acabar el partido, los Lakers ganaban 103-101.
Westhead pidió tiempo muerto, miró a los ojos a Johnson y le pidió
un esfuerzo más: «Este es tu momento —le dijo—. Es tu momento».

A pesar de su juventud, Johnson estaba agotado. Dawkins y Jones


le habían dado por todos lados. Había jugado en las cinco
posiciones, defendido a distintos jugadores de los Sixers, luchado
por cada rebote y cada bola dividida… «Fue la mejor actuación
individual de la historia —asegura Westhead—. Ni se ha visto ni se
verá nada igual». Nada más volver a la cancha después del tiempo
muerto, Johnson palmeó un error de Wilkes y a continuación el
propio Wilkes —que anotó treinta y siete puntos sin hacer
demasiado ruido— forzó un dos más uno con otra penetración,
anotando el tiro libre. Como si nada, en menos de un minuto y
medio, la ventaja de los Lakers había crecido hasta los siete puntos.

«Después de la jugada de tres puntos de Jamaal, salí al jardín y me


puse a gritar —afirma Abdul-Jabbar—. Luego volví y me puse a
morder la almohada».

Johnson anotó nueve puntos en los últimos dos minutos y veintidós


segundos para sentenciar lo que había sido un partido a cara de
perro durante los anteriores cuarenta y cinco minutos. El resultado
final (107-123) parecía indicar una superioridad que no había sido
tal sobre el campo. Los Lakers ganaron, pero tuvieron que dejarse la
piel en el intento. Cuando sonó la bocina final, anunciando también
el final del campeonato, Johnson y sus compañeros corrieron al
vestuario a celebrar. Erving, el nueve veces All-Star de los Sixers,
entró poco después y fue felicitando uno a uno a todos los jugadores
de los Lakers.

«Eso es tener clase —afirma Holland —. Se sabía incluso quién era


yo». Antes del partido, la mayoría de los jugadores estaban
convencidos de que se tendrían que jugar el título en un séptimo
partido en Los Ángeles. De hecho, los Lakers ni siquiera se habían
traído champán y tuvieron que pedirlo al servicio de catering del
Spectrum. Butch Lee, el base reserva, abrió la primera botella y el
resto se encargó de que no fuera la última.

«Magic nació para jugar al baloncesto y para ganar —asegura


Holland, quien anotó ocho puntos que acabaron siendo clave—. Es
complicado imaginarse a Magic Johnson perdiendo a algo».

Rick Barry, colaborador de la CBS, le preguntó a Johnson por qué,


después del triunfo, había tanto silencio en el vestuario. El rookie
acababa de sumar cuarenta y dos puntos, quince rebotes y siete
asistencias para ganar el premio al MVP de la final que otorgaba la
revista Sport.

«Porque todavía no nos lo acabamos de creer», dijo Johnson,


sonriendo.
CAPÍTULO SEIS

La caída de Westhead

POR LO GENERAL, UN GENIO NECESITA TIEMPO.

Desde luego, hay excepciones notables: Wolfgang Amadeus Mozart


tenía seis años la primera vez que actuó en público para la Corte de
Baviera, en Munich. Jonas Salk empezó a trabajar en la vacuna
contra la gripe cuando ni siquiera había acabado la carrera. Stephen
Hawking construyó un ordenador a los dieciséis años utilizando
partes de un reloj, un viejo conmutador telefónico y otros
componentes reciclados.

Ahora bien, lo habitual es que el genio se perfile, se forme y se


desarrolle a lo largo de los años. Antes de confirmarse como el gran
pensador del siglo XX, Albert Einstein fue un estudiante mediocre de
primaria con dificultades de aprendizaje.

El triunfo de Los Ángeles Lakers había elevado a Paul Westhead —


el desconocido entrenador de LaSalle, en la Conferencia Este
universitaria— a la categoría de genio, según muchos analistas. La
palabra no se utilizó demasiado en su forma literal, pero una vez
que se agotaron los artículos sobre la grandeza de Magic Johnson,
el sexto MVP de Abdul-Jabbar y las idas y venidas del caso Spencer
Haywood, los medios se centraron con admiración en este
profesional de cuarenta y un años que se cruzó con la oportunidad
de su vida y tuvo la visión suficiente para hacer suya la filosofía de
su predecesor sin modificarla sustantivamente.
Ahora bien, con McKinney fuera del equipo, rumbo al banquillo de
los Indiana Pacers, Paul Westhead se sintió libre para implantar sus
propias ideas y estrategias.

«Cuando Paul empezó a creerse un genio —afirma Jamaal Wilkes


—, las cosas se empezaron a complicar».

El 12 de septiembre de 1980, los recientes campeones de la NBA


acudieron a Palm Desert para iniciar la pretemporada. En
apariencia, nada había cambiado demasiado: más allá de la
ausencia de Haywood, que pasaría los dos años siguientes en Italia
intentando desintoxicarse y reencontrarse a sí mismo como jugador
y como persona, los ocho miembros del núcleo central de los Lakers
estaban de vuelta. Jugar al baloncesto en Los Ángeles se había
convertido en algo de lo más lucrativo: los patrocinadores llovían del
cielo, los abonos de temporada se vendían como churros y cada vez
era más obvio que toda la ciudad, con su agitación, su glamur y su
algarabía constante, cambiaba sus preferencias deportivas de los
Dodgers a los Lakers.

Todo iba de maravilla hasta que llegó el primer entrenamiento, en el


gimnasio del Colegio Universitario de Desert. Ahí, Westhead
cometió lo que se puede considerar el mayor error de su carrera
como entrenador. Presentó a sus jugadores lo que él llamaba «El
Sistema». «Estamos en una nueva temporada y este es un nuevo
equipo —explicó— y hay que cambiar muchas cosas. Vamos a
variar los sistemas de ataque y necesitaré que confiéis en mí… os
aseguro que sé perfectamente lo que estoy haciendo».

La temporada 1979/80 había sido, en muchos aspectos, un


homenaje a la capacidad estratégica y a la visión de juego de Jack
McKinney. Sacaban de banda a toda velocidad, elevaban el ritmo de
juego siempre que podían, salían al contraataque y rozaban la
excelencia a través de un caos organizado. «Corríamos y corríamos
hasta agotar al rival —recuerda Nixon—. No hacíamos otra cosa,
era divertidísimo».
Ahora que el equipo era completamente suyo y había firmado un
nuevo contrato por cuatro temporadas y un millón cien mil dólares,
Westhead quería imponer sus propias ideas. Se acabó eso de la
libertad individual, de tomar cada uno sus propias decisiones y
guiarse por el instinto. Los Lakers seguirían corriendo, pero siempre
con un cierto nivel de control y según el momento del partido. Los
jugadores escuchaban en silencio.

La reflexión sustituía a la imaginación. La evaluación programada


acababa con la respuesta inmediata. Se añadieron más de veinte
nuevas jugadas en ataque, la mayoría de ellas diseñadas para que
Abdul-Jabbar se la jugara en el poste bajo. Nixon, al que McKinney
había desplazado al puesto de escolta, recuperaría parte de sus
funciones como director de juego, dejando a Johnson en una
posición de base-alero-pívot algo difusa.

Westhead quería hacer de los Lakers, vigentes campeones de la


NBA, un sucedáneo del LaSalle College, su equipo universitario.

«Está todo muy definido —enfatizó Westhead en la charla—. Cada


jugador tiene una función muy concreta y no puede desviarse de su
misión. Lo que hace de este sistema algo único es su exigencia y su
precisión».

Pese a la sorpresa inicial, los jugadores respondieron con optimismo


a las peticiones de Westhead. Le consideraban un tipo simpático y
de fiar. Se había ganado al vestuario con el manejo de la situación
con Haywood y estaba claro que nadie podría haberlo hecho mejor
después del accidente de McKinney.

A los jugadores incluso les hacía gracia que mencionara a


Shakespeare todo el rato. En una ocasión, en los minutos finales de
un partido apretado de la temporada 1979/80, Westhead miró a
Johnson en medio de un tiempo muerto y citó una frase de Macbeth:
«Si hay que actuar y no queda alternativa, mejor será hacerlo sin
dilación alguna». Johnson se quedó desconcertado, luego esbozó
una sonrisa y preguntó: «Quieres que me meta hasta la cocina e
intente una bandeja, ¿es eso?».
«Exacto», contestó Westhead.

Durante los playoffs contra Seattle, los periodistas le preguntaron


qué le había dicho Johnson durante un tiempo muerto. «¿Que qué
me dijo? —respondió Westhead— “¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino
por un caballo!”».

«Paul, como persona, merecía mucho la pena —afirma Michael


Cooper—. No tenía ni un pelo de tonto».

Y, aun así…

«Algo estaba empezando a fallar», matiza Norm Nixon.

Probablemente, el más beneficiado (aparte de Abdul-Jabbar) por los


cambios de Westhead era el propio Nixon, que se veía como un
director de juego capaz de asumir el liderazgo del equipo y decidir
los partidos… y no como un escolta, esperando a que alguien se la
pasara para tirar a canasta. Aunque había disfrutado como el que
más con el triunfo de 1980, Nixon nunca llegó a aceptar del todo su
rol de segundo espada de Johnson. Todavía le dolía algo que había
pasado el año anterior, cuando los Lakers tenían que coger un
autobús para su sesión de tiro antes de un partido en Philadelphia.
A las 10.55, todos los miembros del equipo estaban a bordo salvo
Nixon, que a menudo llegaba uno o dos minutos tarde. «¡Vámonos
de una vez! —empezó a gritar Johnson—. ¿Por qué siempre
tenemos que esperar a Norm?». Cuando Nixon por fin llegó y subió
los escalones, un compañero de equipo le soltó en voz alta: «Norm,
el rookie está intentando echarte».

«Bueno —contestó Nixon—, es joven e idiota, ¿qué le vamos a


hacer?».

Ahora, Westhead parecía dispuesto a repartir las tareas de base y


dejar que Nixon se pudiera lucir un poco.

«Puede que esa fuera la intención —explica Nixon—. Pero estaba


clarísimo que el sistema de Paul no iba a funcionar en nuestro
equipo. Era demasiado restrictivo. Tenías que ocupar tu posición en
el campo y no podías salirte del plan. Tuvo problemas de inmediato
con todos nosotros porque éramos jugadores profesionales que
sabíamos de qué iba el juego. No queríamos quedarnos quietos en
nuestra posición, viendo cómo los demás se pasaban el balón.
Estábamos acostumbrados a un baloncesto participativo en el que
compartíamos la pelota todo el rato».

«Por ejemplo, Paul quería que subiera el balón siempre por el lado
derecho de la pista. Todo el rato. Eso no es realista. “Bota hasta
este punto exacto de la cancha y pásala cuando llegues ahí”. Lo
mismo eso funciona en el baloncesto universitario, y tengo mis
dudas, pero no es factible en la NBA. Era muy frustrante».

Otro miembro de ese equipo, que pide guardar el anonimato, añade:


«Paul pasó de ser un excelente entrenador el primer año a ser un
entrenador mediocre al año siguiente. Ya, desde la primera reunión,
cuando explicó los cambios, todo el mundo se quedó en plan:
“¿Perdona? ¿De qué estás hablando? ¿Qué estás haciendo?
Acabamos de ganar el anillo”. No hubo sintonía desde el primer
momento. Fue como si el poder se le hubiera subido a la cabeza al
firmar su nuevo contrato. Por ejemplo, la idea de que hubiera dos
bases puros, con Magic y Norm compartiendo funciones, estaba
claro que iba a ser un desastre. Adoro a Norm, pero no había color:
Magic era el mejor base del planeta. Y, de repente, solo porque Paul
quería demostrar que ahí mandaba él, nos encontramos con esta
pelea de bases que enrareció mucho el ambiente».

Los Lakers empezaron la temporada 1980/81 remontando


diecinueve puntos a los Sonics en Seattle para lograr una trabajada
victoria por 98-99. Su segundo partido, en casa, fue más sencillo:
114-103 ante los Houston Rockets. Esa noche tuvo dos momentos
señalados: el primero, cuando Rudy Tomjanovich, alero de los
Rockets, le metió sin querer el dedo en el ojo a Abdul-Jabbar y le
provocó una abrasión en la córnea que le dejaría dos partidos en el
dique seco y le haría volver a usar las aparatosas gafas que había
dejado de utilizar dos años antes. El segundo, cuando Larry O’Brien,
el comisionado de la NBA, entregó a los jugadores sus anillos de
campeones, un motivo de nostalgia para un grupo que estaba
convencido de que sería imposible repetir éxito bajo este sistema.

Incluso sin Abdul-Jabbar, los Lakers ganaron sus cinco primeros


partidos, pero algo no iba bien. Los Kansas City Kings los llevaron a
la prórroga antes de caer 112-10719, y los Phoenix Suns, con un
equipo mediocre, llegaron al último cuarto por delante para acabar
cayendo en los últimos minutos 116-109. La mayoría de los
periodistas y los aficionados no veían nada raro. Al fin y al cabo,
estaban ganando, ¿no?

«Pero las cosas seguían sin funcionar —recuerda el alero rookie


Alan Hardy—. Teníamos demasiados problemas y había que
solucionarlos cuanto antes».

Hasta mediados de noviembre, los Lakers siguieron un patrón


constante: ganaban dos o tres partidos y luego perdían otro. Así
todo el rato. Los momentos de mayor brillo (el 25 de octubre,
Johnson anotó treinta y tres puntos en treinta y dos minutos contra
Utah, y tres días después los Lakers aplastaron a los Clippers por
treinta puntos de diferencia) se alternaban con los más
decepcionantes (el 26 de octubre, los Lakers perdieron en casa con
los Spurs 102-108 con dieciséis puntos del infame Dave Corzine).

La primera señal de cara al exterior de que había un problema real


en el equipo llegó la noche del 12 de noviembre, cuando los Lakers
viajaron a Houston. Durante tres cuartos, el equipo jugó a toda
velocidad y dominó a placer el partido. Entonces, a Westhead le dio
un ataque de entrenador: los Lakers ganaban por diecinueve puntos
cuando el técnico decidió jugar lento, apurar las posesiones y
pasársela a Kareem para que resolviera en los últimos ocho
segundos de cada ataque. En vez de atacar para divertirse, los
Lakers pasaron a atacar para defender su ventaja… y el resultado
no pudo ser peor. Houston era un equipo muy limitado. La única
verdadera estrella del cuadro entrenado por Del Harris era Moses
Malone, el pívot de 2.08 metros y noventa y siete kilos, considerado
por muchos el único capaz de parar a Abdul-Jabbar.
Malone era más fuerte, más duro y defendía mejor que Kareem.
«Nadie podía con Moses bajo el aro —en palabras de Major Jones,
ala-pívot de los Rockets—. Los Lakers tenían mucha más calidad
que nosotros, así que, para tener alguna opción, Moses debía
emplearse a fondo con Kareem». En los últimos cuatro minutos y
medio de partido, Abdul-Jabbar recibió una y otra vez la pelota en el
poste. Con Malone bien pegado en defensa, la estrella de los Lakers
falló sus cuatro últimos lanzamientos, incluyendo un skyhook en la
pintura a falta de catorce segundos. Los Rockets ganaron 107-104.
«Lo que más nos dolió fue que podíamos haberlo evitado —
recuerda Jim Chones—. Nos pasamos todo el cuarto repitiendo la
misma jugada».

Cuando acabó el partido, los jugadores de los Lakers se retiraron al


vestuario del equipo visitante del Summit, donde empezó a gestarse
un motín inevitable. Salvo algún rookie que no sabía muy bien de
qué iba la cosa, o Abdul-Jabbar, que estaba encantado de ser el
centro de todas las jugadas, el resto del equipo no se aguantaba el
enfado. «Dejamos de movernos —dijo Johnson a la prensa, con
semblante serio—. Nos dedicamos a repetir una misma jugada sin
que la mayoría del equipo realmente participara en el juego».

Johnson creía que la derrota contra los Rockets les serviría al


menos como punto de inflexión. Se equivocaba. Seis días después,
durante el segundo cuarto de un partido en casa contra los Kings,
Johnson chocó con Hawkeye Whitney en un corte hacia canasta,
escuchó un crujido y se echó al suelo. En cuanto Kerlan, el médico
del equipo, le vio ahí tirado, supo que era algo grave. Johnson se
había roto el cartílago de la rodilla izquierda.

Estimación: Baja para las siguientes tres semanas.

Realidad: Se perdería ciento un días.20

«No es fácil de explicar hasta qué punto nos afectó —recuerda


Butch Carter, otro novato incorporado aquel año—. Magic no solo
era un gran jugador que hacía de todo en la cancha. Era nuestra
referencia como grupo. Antes de empezar la pretemporada, nos
invitó a todos a cenar por ahí. Cada día se preocupaba de que
comiéramos bien y contrató a una cocinera para que nos hiciera la
cena a Alan Hardy y a mí. Pasábamos mucho tiempo con él en su
apartamento».

«Magic era especial. El segundo día de concentración, hicimos una


carrera de una milla. Yo venía de la segunda ronda del draft, sin un
contrato garantizado, y él era el MVP de las anteriores finales…
pero no había manera de seguirle el ritmo. No tenía por qué acabar
primero en esa carrera, pero era superior a sus fuerzas. Necesitaba
ganar en todo. No solo era nuestro líder, es que era el mejor,
punto».

Cuando Paul Westhead supo que su equipo no podría contar con


Johnson durante bastante tiempo, decidió darle todo el control del
ataque a Norm Nixon. De repente, sin aviso ni ensayo previo, las
llaves del futuro de los Lakers estaban en manos de un jugador al
que los pesos pesados de la directiva veían con recelo. «Norm era
un tipo complicado —reconoce Westhead—. Con mucho talento,
tremendamente rápido y ágil… pero muy particular y muy
cabezota».

Las palabras de Westhead son más que generosas en comparación


con lo que pensaban de Nixon los altos ejecutivos del Forum.
Aunque a menudo los aficionados y los periodistas tendemos a ver a
los Lakers como a otras franquicias multimillonarias del estilo de los
New York Yankees o los Dallas Cowboys, en aquel momento las
diferencias eran notables.

Junto a Buss, los encargados de dirigir la franquicia eran Lou


Baumeister, presidente de California Sports (la empresa propietaria
de los Lakers, los Kings y el Forum); Frank Mariani, el socio
empresarial de Buss desde sus inicios en el mundo inmobiliario; Bill
Sharman, el general manager; Jerry West, el anterior entrenador
que aún ejercía de consejero áulico de Buss, y Chick Hearn, el
carismático comentarista que también hacía las veces de ayudante
del GM. En sus despachos del Forum, estos hombres consultaban a
su vez con aproximadamente otra decena de empleados, desde
Mary Lou Liebich, la secretaria de baloncesto, a Claire Rothman, la
vicepresidenta de contrataciones, o Bruce Jolesch, el director de
relaciones públicas. «Formábamos una familia —afirma Rothman—.
Lo hacíamos todo juntos. Es difícil imaginar un núcleo de trabajo
más estrecho».

Aunque tenían opiniones distintas sobre diversos asuntos, la


mayoría de estos altos ejecutivos coincidían en su amor por
Johnson y su acritud hacia Nixon. «Norm siempre tenía segundas
intenciones —explica Steve Springer, que cubría la actualidad del
equipo para el Orange County Register—. Me llevaba bien con
Norm, pero siempre parecía estar rumiando algo».

Al igual que Abdul-Jabbar, Nixon se pasó buena parte de su vida


intentando ajustar cuentas pendientes con su pasado. Creció en los
proyectos habitacionales de Macon, Georgia, junto a sus dos
hermanos mayores y su madre, recién divorciada. Aunque
destacaba en fútbol americano y en baloncesto, siempre estuvo a la
sombra de Joe Everett en el Southwest Macon High. Everett era un
base de enorme talento al que todos auguraban una carrera estelar
en la NBA (en realidad, cuando dejó el instituto se marchó al
cercano Mercer College y no se volvió a saber de él). «Norm era
muy bueno —recuerda Walter Daniels, compañero de instituto, que
llegaría a ser elegido en tercera ronda del draft de 1979 por los
Lakers—, pero, como todo el mundo estaba como loco con Joe,
pasaba más desapercibido».

Don Richardson, su entrenador en Southwest, le daba mucha


importancia al físico. En los entrenamientos, utilizaba chalecos
lastrados, guantes con palma recubierta y gorros con anteojeras. El
equipo ahogaba a sus rivales con una zona 2-1-2 en todo el campo
que obligaba a no parar de correr ni un segundo. «La mayoría de los
entrenadores exigen a sus jugadores que completen “un ruso”21 en
unos treinta segundos —explica Nixon—. Don Richardson nos
obligaba a hacerlo dos veces en cincuenta y cinco. Aquel era un
equipo con una capacidad de trabajo y una inteligencia sobre la
cancha fuera de lo común».
La aspiración de Nixon era llegar a jugar en alguna universidad de la
Conferencia Southeastern, pero en 1973 los equipos aún se
pensaban mucho lo de elegir a jugadores negros, así que tuvo que
aceptar una beca para jugar en Duquesne. «Era una universidad de
Pittsburgh, lo que al principio me sorprendió —recuerda—. Pero
parecían muy interesados en mí».

El 4 de marzo de 1975, Duquesne se enfrentó a Cincinnati con la


clasificación para el Torneo Nacional de la NCAA en juego. Con el
cronómetro a cero y los Dukes un punto por debajo, Nixon se dirigió
a la línea para lanzar dos tiros libres. Miró de reojo a John Cinicola,
el entrenador, y le guiñó el ojo. «Era su manera de decirme: “No se
preocupe, entrenador, esto está hecho” —afirma Cinicola—. El caso
es que falló los dos tiros y nos eliminaron. Pero, dos años después,
contra Villanova, en la final del Eastern 8, Norm volvió a guiñarme el
ojo, esta vez metió los dos tiros y nos clasificamos para la siguiente
ronda, contra Virginia Military Institute, en Raleigh». Después de
cuatro años con el primer equipo, Nixon se graduó con los récords
individuales de tiros anotados y asistencias, tanto en una sola
temporada como en el acumulado histórico.

Al jugar en una universidad de segunda fila, Nixon apenas llamaba


la atención a nivel nacional. No le invitaron a participar en las
pruebas de selección para los Juegos Panamericanos o para los
Juegos Olímpicos de 1976. Aunque su talento era notable, nadie se
atrevía a asegurarle una carrera en la NBA. De hecho, los Lakers le
seleccionaron con su tercera elección de primera ronda, lo que
disgustó bastante a Nixon: ¿Por qué habían esperado a la vigésimo
segunda (y última) elección de la primera ronda? ¿Y por qué habían
preferido los Lakers a otros dos jugadores (el alero Kenny Carr, de
North Carolina State, y el base Brad Davis, de Maryland) antes que
a él? «Me draftearon en primera ronda, pero mucha gente aún no
sabía ni quién era ni en qué posición jugaba —recuerda Nixon—.
Nadie veía los partidos de Duquesne».

Nixon llegó a su primera concentración de pretemporada


refunfuñando por lo que él consideraba una falta de respeto. Los
Lakers habían conseguido cincuenta y tres victorias la temporada
anterior, y el entrenador, Jerry West, apenas se fijó en aquel chico
bajito (1.86 metros, setenta y siete kilos) que le habían traído de
aquella universidad desconocida. En principio, el candidato para
quedarse con el puesto de base era Davis, tres centímetros más alto
y que había jugado en una universidad más conocida y fiable. Nixon
tardó cuatro días en darle la vuelta a la situación.

«Norm era mucho mejor que Brad, no había punto de comparación


—asegura el alero Adrian Dantley—. Pero, en vez de tomarla con
Brad, Jerry se cabreaba todo el rato con Norm. Siempre le estaba
reprochando algo, siempre había algo que podía mejorar: tenía que
aprovechar mejor el bloqueo directo, tenía que encontrar antes al
hombre abierto… Era algo ridículo».

Nixon fue titular en ochenta y un partidos, promediando 13,7 puntos


y 6,8 asistencias, pero aquello casi acaba con él. La presión de
West se acabó convirtiendo en una tortura psicológica. Nunca había
tiempo para los elogios. Todo eran insultos: Nixon era un
blandengue, Nixon era un inepto, Nixon no podía soportar la
presión, Nixon —un chico tremendamente guapo, con un vestuario
que parecía sacado de las páginas de la revista GQ— solo era una
cara bonita, Nixon no estaba comprometido con el juego, Nixon era
un quejica, Nixon era una lacra para el equipo…

«Se llevaban a matar —recuerda el escolta Ron Carter—. West nos


llamaba por nuestros apodos, y, como Norm no tenía, le puso “Big”,
para burlarse de él porque era el más bajo de todo el equipo. Ahora
bien, también era el tipo con más ego de la plantilla y se convirtió en
nuestro líder en el campo. Como entrenador, Jerry también quería
ser el líder, así que era normal que Norm y él estuvieran discutiendo
todo el rato. Norm conseguía sacar a Jerry de sus casillas con sus
comentarios agudos… y, al final, Jack Kent Cooke le ofreció un
contrato garantizado. A partir de ese mismo momento, Jerry West
dejó de ser tan importante para Norm porque ya tenía asegurado el
dinero aunque decidiera echarle».
«A menudo, Jerry pedía tiempo muerto, diseñaba una jugada y en
cuanto salíamos a la cancha, Norm la cambiaba. Parecía que su
único objetivo era llevarle todo el rato la contraria».

West era de esa clase de entrenadores que no tenían ningún


problema en ponerse unos pantalones cortos y una camiseta y
echar un partidillo contra alguno de sus jugadores. Contra Nixon, los
duelos eran a cara de perro. «Nunca vi a Norm jugar mejor —
asegura el base Lou Hudson— que en aquellos partidos contra
Jerry».

El 20 de enero de 1978, en un partido contra los Bullets, Nixon se


marcó un pase por la espalda que acabó en las gradas en vez de en
las manos de Dantley. West se puso como un basilisco. Saltó del
banquillo, metió a Hudson en el campo y le echó una bronca
descomunal a Nixon: «¡La próxima vez que intentes esa puta mierda
ya te puedes asegurar de que llega a las putas manos de alguien!»,
le dijo a gritos delante de todo el equipo.

En otra ocasión, esta vez ante los Nuggets, faltaban siete segundos,
Nixon estaba atrapado entre dos defensores y consiguió pasarle el
balón a Abdul-Jabbar. El pívot lanzó una pedrada y el rebote fue
para un jugador de Denver, que acabó anotando sobre la bocina.
West no pudo ver bien la jugada y dio por hecho que la culpa había
sido de su base. Cuando entró en el vestuario, miró fijamente a
Nixon y empezó a gritar: «¡Me cago en la leche! ¿Quién demonios
ha sido el que ha tirado ese ladrillo?».

«He sido yo», dijo Abdul-Jabbar.

West se quedó en blanco, pero la confesión de Jabbar no le impidió


seguir gritando a Nixon: «Norm, ¿cómo se te ocurre pasársela a
falta de siete segundos?».

«Probablemente, Norm nunca se diera cuenta de que en realidad


era uno de mis favoritos —explica West—. Tenía mucho talento y
era muy competitivo. Pero era demasiado alocado y cometía
algunos errores estúpidos. Si me metía más con él que con los
demás era porque sabía de lo que era capaz. Estoy convencido de
que, incluso a día de hoy, para Norm sigo siendo una especie de
anticristo».

Los Lakers cortaron a Davis al principio de su segundo año, dejando


claro que el manejo de la pelota era cosa de Nixon. En la temporada
1978/79, promedió 17,1 puntos y nueve asistencias y se convirtió en
uno de los mejores bases de la liga.

Cuando llegó Johnson, Nixon se tenía por una estrella consolidada.


Ahora bien, en cuanto el rookie empezó a demostrar de lo que era
capaz, el veterano se tuvo que resignar a un segundo plano. Jugó
de maravilla en la 1979/80, promediando 17,6 puntos por partido (la
mejor cifra de su carrera) con un porcentaje del cincuenta y dos por
ciento en tiros de campo. Sin embargo, nadie se fijaba en él. Todo
Los Ángeles estaba pendiente de Magic y gritando su nombre.
Nixon empezó a tomárselo cada vez peor y a estar más descontento
con su nueva posición de escolta. «Norm la cagó —explica Michael
Cooper—. La cagó por completo. Vale, había sido su equipo durante
un par de años y había cumplido de maravilla. Lo que el entrenador
le estaba pidiendo ahora era que tirara veinticinco o treinta veces
por partido. Joder, ¿dónde está el problema? ¿Quién se enfadaría
por algo así? Norm. Para Norm lo importante era tener la pelota en
sus manos y decidir. Joder, tío, déjale a Magic que haga lo suyo, si
al final te la va a pasar y vas a estar solo. Pero no, él quería el balón
desde el principio».

«Eso es lo bueno y lo malo de la NBA. Los jugadores son muy


competitivos… pero se puede ser competitivo sin enfrentarse a los
compañeros. Magic no competía nunca con Norm. Pero Norm no lo
veía de la misma manera».

La lesión de Johnson sirvió para que su adversario ocupara su


puesto en el campo. Con Nixon de base, el equipo perdió cinco de
los siguientes ocho partidos, incluyendo una patética derrota en
casa contra los horribles Bulls (108-122). «Estamos pasando una
mala racha —reconoció Westhead—. Tendremos que aprender de
estas derrotas». La prensa empezó a señalar a Nixon y se
intensificaron los rumores sobre un posible traspaso. Se dijo que lo
iban a mandar a Chicago a cambio de Reggie Theus, a Seattle por
Gus Williams o a Cleveland por Mike Bratz. Los Lakers negaron
todos estos rumores, pero tanta especulación tenía una base sólida:
a Westhead no le gustaba la actitud de Nixon… y a West no le
gustaba Nixon, punto. Había que echarlo.

«Sabía lo que estaba pasando —afirma Nixon—. Y sabía quién


estaba detrás de todo eso».

Ya estaban los columnistas de Los Ángeles listos para escribir el


obituario baloncestístico de Norm Nixon cuando, de repente, el
equipo empezó a funcionar. Después de un pobre 11-11 sin
Johnson, los Lakers entraron en racha y ganaron diecisiete de los
siguientes veintitrés partidos. Al fin y al cabo, seguían siendo un
buen equipo y estaban volviendo a entenderse en la pista. Abdul-
Jabbar y Wilkes tiraron del carro con unas actuaciones memorables,
y Sharman le «robó» a los Nets a Eddie Jordan, un muy buen base
suplente, a cambio de una elección en el draft.

El 19 de diciembre, Scott Ostler, del Los Angeles Times, escribió un


artículo titulado LOS LAKERS ESTÁN DESCUBRIENDO POR QUÉ
NINGÚN CAMPEÓN REPITE TÍTULO. El artículo era un análisis
despiadado de la situación de los Lakers. Según Ostler, los
jugadores empezaban a estar hartos de Abdul-Jabbar (un agujero
negro en ataque) y a desconfiar de Westhead. En concreto, se hacía
referencia a la decisión del entrenador de mandar al banquillo a
Chones y a Cooper para poner en su lugar a un veterano de medio
pelo como Jim Brewer y al rookie de Indiana, Butch Carter.
Westhead justificó así su decisión: «Necesitamos encontrar un
mejor equilibrio competitivo».

Según Ostler: «Las malas vibraciones están por todos lados y se


empieza a especular con que los Lakers han contraído la “titulitis”,
una temida enfermedad que puede impedirles repetir victoria».

Sharman, West y Westhead toleraban bien las críticas de la prensa,


incluso las de los aficionados. Lo que no soportaban era la cantidad
de declaraciones anónimas que empezaban a salir del vestuario.
Aunque los periodistas protegían a sus fuentes, todo el mundo sabía
la identidad de ese jugador bocazas y con mentalidad siempre
negativa. «Si Norm Nixon no se calla de una vez —afirmó un alto
ejecutivo del equipo—, ya puede ir preparando las maletas».

«Si llamabas a Norm, sabías que te iba a dar alguna información de


valor —recuerda Springer—. Nunca daba la cara frente a las
cámaras, pero en privado te contaba de todo».

***

Poco después de lesionarse, Magic Johnson le comentó a Malcolm


Moran del New York Times que quizá aquello había sido un regalo
del cielo. «Empezaba a creer que todo me iba a ir siempre bien en
mi carrera —reflexionó Magic—. Quizá esto haya sido una especie
de bendición para recordarme que todo puede acabarse tan rápido
como empezó. De un plumazo. Me ha ayudado a ser más humilde,
a no dar nada por hecho y a aprender que lo bueno no dura
siempre».

Johnson pasó esas semanas de recuperación en una burbuja de


tristeza. Su vida se convirtió en una oda a la mediocridad: a las dos
de la tarde, encendía la tele para ver Ironside. Una hora más tarde,
empezaba El mundo salvaje de los animales. Luego, Barnaby
Jones, M*A*S*H, Scooby-Doo! (sí, Scooby-Doo!), Todo queda en
casa, el informativo regional y, por último, un segundo episodio de
M*A*S*H. A veces, algún compañero se pasaba a visitarle con una
bolsa del McDonald’s. Otras veces, se tiraba todo el día solo.

La constatación de que las cosas no iban a ser siempre «así»


(campeonatos, diversión, patrocinios jugosos, amor incondicional) le
llegó la mañana del 27 de febrero, la fecha señalada para su
regreso a los Lakers. La vuelta de Johnson se celebró en California
con la pompa y circunstancia reservada a un general que vuelve de
la guerra. Las chapas con la frase «¡Magic vuelve!» arrasaban en
las inmediaciones del Forum y la prensa vigilaba todos sus
movimientos y especulaba con su estado de forma.

Nada más abrir la sección de deportes del Los Angeles Times, como
hacía siempre a la hora de desayunar, Johnson se encontró con el
titular LOS LAKERS VUELVEN A SENTIR LA MAGIA. Escrito por
Alan Greenberg, el artículo destacaba sobre todo el entusiasmo de
la dirección del equipo y del equipo técnico por el regreso del
jugador. Sin embargo, incluía también una declaración algo
disonante. Preguntado por cómo se sentía al dejar de ser el director
de juego, Nixon no se anduvo con ambages: «No es lo que a mí me
gustaría —señaló—. Pero no quiero mostrarme negativo al respecto.
Magic es un jugador más inteligente que el año pasado. Es
consciente de que no pasa nada por tener dos bases alternándose
en la dirección. Es un tipo con un enorme talento. Por mucho que
me duela, tengo que reconocer que el chico siempre da el máximo y
que puede hacer cosas increíbles».

Cualquiera que conociera a Nixon sabía que aquellas palabras se


quedaban cortas. Sí, el chico le caía bien, como le caía bien a todos
los demás jugadores. Sin embargo, detrás de esta afirmación, bullía
el resentimiento de varios jugadores por el trato que la prensa y los
aficionados otorgaban a Johnson, como si la franquicia fuera suya.
Como si fuera su dueño y guía moral. Aunque las buenas
vibraciones del campeonato habían tapado algunas grietas, estas
seguían bajo la pintura, y habían estado ahí desde el primer
momento. Desde que Johnson llegara a Los Ángeles para firmar con
los Lakers, había recibido por parte de Jerry Buss un trato
demasiado exclusivo. Buss veía en aquel joven a su estrella de
presente y de futuro, un imán para el éxito. Esa sonrisa. Esa manera
de andar. Esa facilidad de palabra. Todo el mundo quería a Magic y,
más que nadie, las mujeres.

Buss —uno de los mayores fiesteros del sur de California— hizo de


Johnson su compañero habitual de juergas nocturnas. No podía
enseñarle a romper una presión en todo el campo, pero sí sabía
algo de cómo aguantar el ritmo durmiendo tres horas y media al día
sin dejar de hacer las delicias de las bellezas californianas. «Mi
padre tenía la energía de un chico de veinte años —afirma Jeanie
Buss—. Eso era lo que le hacía especial. La mayoría de la gente
evoluciona conforme pasan los años y se instala en unos
determinados patrones de vida. Él no era así. Él quería estar de
juerga hasta las cuatro de la madrugada. Yo solía irme de fiesta con
él, pero cuando cumplí los veinticinco me di cuenta de que ya no
podía seguirle el ritmo. No tenía su energía».

En 1980, el Los Angeles Times publicó un artículo con las siguientes


declaraciones de Johnson: «Hay que controlarse un poco. No puedo
tener la vida social que me gustaría tener y compaginarla con la
cantidad de partidos que jugamos al año. Hago lo que me gusta,
pero intento cortarme todo lo que puedo». Al leerlo, sus compañeros
casi se mueren de la risa. Gracias a Buss, Johnson estaba en todos
lados. El fenómeno de los Lakers estaba a la vez en la pista de baile
del Club Soda, en la barra del Odyssey o escuchando música en
The Palace, en Xenon West y en otra docena de clubes nocturnos.
«Jerry Buss era un clon de Hugh Hefner —afirma John Papanek,
experto en baloncesto de Sports Illustrated—. Siempre iba
acompañado de cinco o seis tías buenas que se le colgaban de los
brazos». De hecho, Buss era más que un clon. Hefner y él eran
amigos íntimos y el propietario de los Lakers se convirtió en un
habitual de la Mansión Playboy, con sus piscinas, su caviar y sus
pechos turgentes.

¿Hasta dónde podía llegar Jerry Buss? «Durante mi segundo año


con los Lakers, me escapé una noche con Norm Nixon de la
concentración —explica el base Ron Carter—. Stevie Nicks había
organizado una fiesta en un club, así que conseguimos colarnos,
nos lo pasamos genial y, cuando ya nos marchábamos, a las doce
menos veinte de la noche, vimos que entraba ni más ni menos que
Jerry Buss. Nos metimos corriendo en el cuarto de baño, pero el Dr.
Buss mandó a uno de sus hombres para que nos sacara de ahí y
nos invitara a tomar una copa con él. Aquel hombre era increíble. Es
el único propietario que conozco capaz de bajar al vestuario
después de un partido solo para hacer las siguientes preguntas:
«¿Por dónde vais a salir luego, chicos?» y «¿Puedo ir con
vosotros?».

Buss convirtió a Johnson en un habitual de la Mansión y vio con


orgullo como se convertía en uno de los solteros más codiciados de
Los Ángeles. Durante este tiempo, los compañeros le pusieron el
apodo de «Buck» y siempre se ha dicho que era porque jugaba con
la intensidad y la entrega de un joven ciervo («buck», en inglés).
«Pero eso es mentira —revela Ron Carter—. La gente no tiene ni
idea. Le llamábamos Buck porque, durante los días de la esclavitud,
los dueños de las plantaciones siempre utilizaban al macho («buck»,
en jerga americana) más fuerte para que dejara preñadas a todas
las hembras. Earvin era una máquina sexual, así que le pusimos
ese apodo. La prensa nunca se enteró de qué iba la historia».

«Lo de Magic era de locos —afirma el pívot suplente Mark


Landsberger—. Una vez salí por ahí con Wilt Chamberlain, a la
inauguración de algún club, y se le acercaron unas quince o veinte
chicas blancas. Magic superaba eso con creces».

Johnson era una rareza dentro del estrellato de Hollywood: su éxito


había llegado de la noche a la mañana. No era el típico actor que se
había pasado años limpiando mesas antes de aprovechar su gran
oportunidad. No, Magic se convirtió en Cary Grant al instante, con
todos los focos sobre él y un trato vip que le abría todas las puertas
de la ciudad. En poco tiempo, empezaron a lloverle patrocinadores,
muy por encima del mismísimo Abdul-Jabbar, hasta entonces el más
famoso de los Lakers. Si encendías la tele, podías verle anunciando
7-Up, Spalding, una empresa de fotocopiadoras y una marca de
ropa especializada en calzoncillos. Incluso tenía su propia galleta de
chocolate con su nombre.

Por el contrario, Nixon era solo Nixon. Buss también se lo llevaba de


juerga de vez en cuando, pero no con tanta frecuencia. Apareció en
la película Basket Music, pero apenas contaba con un par de
patrocinadores. Era más guapo que Johnson, pero no tenía su
carisma ni su sonrisa de dieciocho kilates. Tampoco es que le fuera
mal en determinados sentidos. Como publicó en su momento
Springer, redactor del Orange County Register, «Nadie puede
igualar la racha histórica de Nixon: dos años seguidos pasando la
noche con una mujer distinta en cada partido fuera de casa».

«Conocía bien a Norm —recuerda Springer—. Éramos buenos


amigos. Una vez, estábamos en Richfield, Ohio, en mitad de la
nada, un lunes por la noche, el día antes de un partido. Nuestro
hotel era el Holidome, un Holiday Inn que en realidad parecía una
prisión, pero sin seguridad en las puertas. No había dónde ir.
Estábamos en medio de una tormenta espantosa y enfrente
teníamos un Dairy Queen. Como mucho, haría tres grados bajo
cero, y nosotros éramos los únicos huéspedes de ese hotel porque
habíamos llegado antes que el resto de la expedición. No había
nadie más. Nos pusimos a jugar al ping-pong y entonces le dije:
«Bueno, Norm, parece que la racha llega a su fin…», y él me dice:
«Eso habrá que verlo». A las nueve, un Jaguar aparca en la puerta y
sale una mujer con un abrigo de piel hasta los tobillos. Se nos
acerca y Norm le suelta: “Ve subiendo a la habitación, ahora estoy
jugando al ping-pong. Estaré en unos veinte minutos”. Increíble,
aquello fue increíble».

«El enfrentamiento entre Earvin y Norm iba mucho más allá del
baloncesto —reconoce Cooper, quien se llevaba muy bien con los
dos bases—. El pique lo llevaban a la vida nocturna. Se follaban a
las mismas chicas, y eso acabó siendo un problema. El Dr. Buss era
amigo de Hugh Hefner y le abrió esa puerta a Magic. Eso tampoco
le gustó a Nixon, que hasta entonces estaba considerado el soltero
más deseado de Los Ángeles, el hombre que nunca decía que no a
nada. Fue una situación extraña».

«Los Lakers eran su equipo, vale, pero no había conseguido ganar


nada hasta que no llegó Magic. Y, encima, ahí andaban chocando
las cornamentas para impresionar a las chicas con las que ambos
se acostaban. No discutían al respecto, pero sí podías oírlos
reprochándose cosas, en plan: “Tío, mejor que te alejes de Peggy” y
tal. Eran amigos. Buenos amigos. Pero entraron en una absurda
competición, tanto dentro de la pista como con las chicas, que no les
hizo ningún bien. Solíamos hacernos llamar Los Tres Mosqueteros,
porque íbamos juntos a todos lados, y de repente fue como tener
que elegir bando en una guerra».

Ron Carter abunda en lo dicho por Cooper: «Norm era mi amigo,


pero se daba unos humos tremendos. Tenía una confianza en sí
mismo arrolladora. Dentro y fuera de la pista. Todo lo que hacía
Magic lo entendía en términos competitivos. Tenía que luchar con él
por la pelota, por los minutos de juego, por las mujeres… ¿Quién es
el más guay? ¿Quién es el más guapo? Coop y yo nos echábamos
a un lado y nos limitábamos a ver el espectáculo. Se respetaban el
uno al otro, pero la tensión era enorme».

Como era de esperar, el primer partido de Johnson tras la lesión se


vivió en Los Ángeles como una fiesta por todo lo alto. Dos horas
antes del salto inicial, una multitud de periodistas y fotógrafos ya
estaban merodeando por el vestuario de los Lakers, registrando
cada paso de la estrella. Cuando Johnson se metió en el cuarto del
fisioterapeuta para que le vendara los tobillos, todos los chicos de la
prensa entraron detrás de él. El Los Angeles Times lo resumió así:
«Ni los senadores de los Estados Unidos tienen tanta comitiva», a lo
que el New York Times añadió: «Más que un jugador de baloncesto,
parecía que fuera un astronauta a punto de volar al espacio».

Cuando le preguntaron por el revuelo que se había montado con el


regreso del base a las pistas de juego, Westhead no supo bien qué
contestar: «En muchas ocasiones, llegué a plantearme si Magic era
humano. Estaba empezando a dudarlo cuando llegó la lesión y
luego la operación y pensé: “Vaya, le van a operar, como a
cualquiera de nosotros”. La operación estaba programada a las
ocho de la mañana y quería hacerle una visita. Decidí no ir
demasiado pronto porque aún estaría bajo los efectos de la
anestesia, así que me planté allí a eso de las seis de la tarde para
ver qué tal estaba. Cuando llegué a la puerta, vi que estaba cerrada
y lo entendí como una señal de humanidad: seguro que estaba
llorando y lamentándose. Cuando abrí la puerta y asomé la cabeza,
Magic estaba sentado en la cama, con una gorra de los Dodgers
hacia atrás, comiéndose un trozo de pastel mientras veía un partido
de fútbol americano en la tele y les gritaba a su padre y a un grupo
de amigos que andaban jugando a las cartas que no hablaran tan
alto. No me lo podía creer. Cuando me fui a casa aquella noche, no
podía dejar de pensar: “¿Qué tiene este chico que le hace distinto a
todos los demás?”. Supongo que es humano, sí, pero es solo una
suposición».

Los 17.505 aficionados que llenaban el Forum aquel día se


levantaron de sus asientos y aplaudieron durante cuarenta y cinco
segundos cuando Larry McKay, el speaker, presentó a Johnson. El
base sonrió, asintió con la cabeza e hizo un gesto con las palmas de
las manos hacia arriba como diciendo —en palabras de Sports
Illustrated—: «¿Por qué me tratáis así? Solo soy un jugador de
baloncesto y esto no es más que un partido de la NBA. Contra los
New Jersey Nets, para más inri». Se quedó formando con sus
compañeros en la línea de tiros libres, esperando a que aquel
ejército de fotógrafos y cámaras de televisión se fueran de una vez.
«Es algo que nunca olvidaré», afirmó.

Antes del partido, Westhead hizo un aparte con Johnson y le


explicó: «Hay una palabra en español para lo que quiero que sea tu
actitud hoy: “Suave, suave”. Hoy te lo vas a tomar con calma, ¿de
acuerdo?». Aunque el partido de Johnson dejó mucho que desear
(doce puntos, once rebotes y cuatro asistencias para ayudar en la
victoria de los Lakers por 107 a 103), verlo de nuevo con el uniforme
de los Lakers era toda una garantía. A falta de diez segundos y dos
puntos arriba, Johnson cogió el rebote en ataque tras tiro de Cooper,
salió botando para apurar el tiempo y finalmente se la pasó a Abdul-
Jabbar, que recibió falta y anotó los dos tiros libres. La grada casi se
viene abajo.

Después del partido, cuando ya todos los compañeros de Johnson y


los miembros de la prensa se habían ido, un chico del State News,
el periódico de los estudiantes de la Universidad de Michigan State,
consiguió acercarse a Magic para preguntarle si tenía algún
mensaje para sus antiguos compañeros. «Diles que he vuelto —
contestó—. Que el Magic de siempre ya está aquí de nuevo».

Solo que no era del todo cierto. Bajo la égida de Johnson, los Lakers
mejoraron un poco su baloncesto y ganaron once de los últimos
diecisiete partidos de la temporada regular para terminar segundos
en la División Pacífico, con 54 victorias y 28 derrotas, por detrás de
los Phoenix Suns. Con todo, se seguía notando que el equipo no
estaba rodado y que faltaba motivación. Además, la situación entre
Nixon y Magic no hacía más que empeorar. «Norm estaba
empeñado en demostrarle a todo el mundo que era mejor que Magic
—afirma Clay Johnson, quien se uniera al equipo la temporada
siguiente—. Tenía mentalidad de pez pequeño. Eres el pez
pequeño, pero te quieres comer al pez grande. Bueno, pues no te
vas a comer a Magic porque eso es imposible».

La tensión entre Nixon y Johnson no hacía sino ir en aumento.


Dentro del vestuario, silenciosamente, se fueron formando
facciones: los que adoraban a Magic y los que tenían buen trato con
él pero le consideraban demasiado engreído. «A mí me caían bien
los dos —confiesa Eddie Jordan—. De verdad. Eran muy distintos,
pero los dos tenían cosas buenas».

«Cuando Magic volvió de su lesión, aquello pareció un estreno de


Hollywood —recuerda el entrenador ayudante Mike Thibault—. Se
podía notar que parte del vestuario estaba celoso, no les gustaba
que se le tratara como si fuera el salvador del equipo. No se lo
tomaron nada bien».

Los Lakers concluyeron la temporada regular con una derrota el


último día ante Denver (148-146). Era un partido intrascendente y
Westhead aprovechó para dar descanso a Abdul-Jabbar y a Wilkes.
Nada del otro mundo, vaya. Ahora bien, cuando la prensa entró en
el vestuario después del partido y empezaron a llover las preguntas
sobre los Houston Rockets, el rival en primera ronda de playoffs, el
propio Wilkes se mostró pesimista: «No somos tan buenos como el
año pasado —dijo el elegante alero—. Así que habrá que ir poco a
poco: primero, centrarnos en vencer a Houston, y, luego, ya habrá
tiempo para pensar en San Antonio o Phoenix, que serán rivales
muy duros».

El resto de los jugadores de los Lakers no veían cómo los Rockets


(40-42 en temporada regular) podían causarles el más mínimo
problema. El equipo contaba con un pívot dominante (Moses
Malone), un base veterano (Calvin Murphy, de treinta y dos años) y
muy poco más. «Era imposible que perdiéramos contra los Houston
Rockets —recuerda el ala-pívot suplente Jim Brewer—. Éramos
mucho mejores que ellos».

La mañana del 31 de marzo, los lectores del Los Angeles Times se


encontraron en la sección de deportes con un polémico artículo
titulado EL OTRO BASE DE LOS LAKERS. Estaba escrito por Mike
Littwin, un joven reportero en su segundo año en el periódico. En
principio, parecía el típico perfil amable de cara a los playoffs
centrado en la figura de Nixon, lleno de elogios a la velocidad del
base, su habilidad y su capacidad de liderazgo. «Mi intención era
escribir un artículo que fuera generoso con Norm —afirma Littwin—.
Era un muy buen jugador que había tenido la desgracia de competir
en su puesto con una superestrella. Magic Johnson era un jugador
para la historia, de los que se hablaría toda la vida… mientras que
Nixon era simplemente un All-Star. Me daba un poco de pena».

Los primeros párrafos del artículo no eran mucho más que una
colección de obviedades acerca del valor del base. Sin embargo, la
cosa cambiaba según ibas avanzando en la lectura, sobre todo
cuando el propio Nixon tomaba la palabra. Aquí, algunas de sus
declaraciones:

Sobre la llegada de Johnson el primer año: «Di por hecho que


sería Magic el que tendría que adaptarse a nuestra forma de
jugar, pero fue al revés: nosotros nos adaptamos a la suya. Lo
primero que nos dijeron en la pretemporada fue que Kareem y
yo pasábamos demasiado tiempo con la pelota en las manos».
Sobre jugar junto a Johnson: «Soy un base puro, un director de
juego. Al llegar Johnson, me he tenido que reconvertir a la
posición de escolta, y yo no soy un escolta. No es lo que mejor
se me da. Eso me coloca en una situación muy delicada porque
sé que, jugando de base, puedo llegar a ser de los mejores de
la liga… y que muchos equipos estarían encantados de darme
esa responsabilidad».

Sobre su situación en la franquicia: «No soy uno de los


elegidos».

Cuando Johnson leyó el artículo, se llevó un disgusto tremendo. No


es solo que fueran compañeros de equipo, es que se suponía que
Nixon y él —tensiones aparte— eran amigos. Eran los bases
titulares de los Lakers, los hombres que habían guiado al equipo al
anillo. Juntos. «Cuando jugábamos fuera de casa —recuerda
Johnson—, Norm y yo salíamos siempre juntos, daba igual dónde
estuviéramos. A Norm le encantaba salir de juerga y yo era una
cabra loca y lo acompañaba a todos lados. Nos lo pasábamos
genial».

El día que apareció publicado el artículo, Nixon se preocupó de


cruzar las líneas del vestuario para tranquilizar a Johnson: habían
sacado sus palabras de contexto. «Escucha bien —le dijo—. Espero
que no dejes que este artículo afecte a tu juego, porque sabes bien
cómo soy, lo que diría a la prensa y lo que no diría nunca».

En realidad, Littwin había entrevistado a Nixon más de un mes antes


de publicar el artículo: una práctica bastante habitual entre los
periodistas pero que enfureció a los Lakers. Buss, que nunca se
metía con la prensa, criticó con saña al Times, acusando al
periódico de querer crear mal ambiente justo antes de los
playoffs22. Años después, Nixon es de la misma opinión: «Littwin
hizo con mis palabras lo que le dio la gana —afirma—. Habló
conmigo cuando Magic estaba de baja y me preguntó si notaba
alguna diferencia. Le dije la verdad: que tenía más tiempo el balón
en las manos, y que eso era lo que mejor se me daba. Pero no era
un ataque contra Earvin en ningún sentido. Yo mismo se lo expliqué
a Magic, pero él era más joven y no sé si supo manejarlo
correctamente en el plano mental. Creo que le molestó, y una vez
tienes la cabeza en otra cosa, es complicado centrarte en lo que
realmente importa. Solo le puedes dar vueltas a eso. Es injusto y
erróneo, pero es lo que pasó».

Por primera vez desde que llegara a la NBA, Johnson estaba


cabreado de verdad. Con Nixon… y con Cooper, por intentar hacer
de puente entre los dos. Johnson también era muy amigo de
Chones y le chocó leer en el artículo de Littwin lo que él interpretaba
como una pequeña pulla por parte del veterano reboteador.

«El ambiente era horrible —reconoce Nixon—. La peor manera


posible de empezar unos playoffs».

La serie, al mejor de tres partidos, empezó en Los Ángeles el 1 de


abril con una humillación inesperada para los Lakers. Johnson y
Nixon fueron titulares y jugaron de maravilla, anotando cuarenta y
ocho puntos entre los dos. El problema fue que los jugadores, que
ya habían mostrado sus dudas durante la liga regular respecto al
sistema de ataque de Westhead, estaban de los nervios con el
tema. El plan de juego de Houston era muy básico: subir la bola muy
lentamente y, en cuanto hubiera opción, pasársela a Malone al poste
bajo. «Hacían bien —admite Landsberger—. Porque Kareem no
podía con Moses. Era demasiado fuerte… una bestia bajo el aro».
Malone acabó el partido con treinta y ocho puntos y veintitrés
rebotes, ante lo cual Westhead decidió relevar de su marca a un
agotado Abdul-Jabbar. Pero ¿a quién poner? ¿A Landsberger? ¿A
Chones? ¿A Brewer? «No sabían cómo defenderle —afirma Billy
Paultz, quien anotó quince puntos para los Rockets—. Y cuando
Moses podía jugar a sus anchas, era imposible ganarnos».

Lo que cabreó definitivamente a los Lakers fue la decisión de


Westhead de contrarrestar el sistema ofensivo de los Rockets
imitándolo. Johnson y Nixon estaban deseando atacar a los
mediocres jugadores exteriores de los Rockets, pero su entrenador
se empeñó en que jugaran lento, apuraran la posesión y le pasaran
la bola a Kareem una vez tras otra. Este sistema podía funcionar
ante pívots del montón como Sam Lacey, de Kansas City, o Kim
Hughes, de Denver… pero Malone era a Abdul-Jabbar lo que
George Foreman era a Ted Gullick. Lo destrozaba físicamente. A los
pocos minutos de la segunda parte, Abdul-Jabbar estaba ya
agotado… lo que culminó en el momento clave de las series, al
menos para los jugadores de los Rockets.

Houston ganaba 102-91 a mitad del último cuarto, cuando Abdul-


Jabbar recibió la pelota en el poste y se dio la vuelta para tirar. El
pívot alargó el brazo, superó la oposición de Malone y empujó el
balón con los dedos hacia la canasta cuando…

¡Zasca!

Desde la nada, el ala-pívot suplente Bill Willoughby, abandonó la


marca de su defendido, voló en el aire y taponó el tiro. Superman
estaba herido. «Se hizo un silencio absoluto —recuerda el base de
los Rockets, Robert Reid—. Bastaba con ver su lenguaje corporal
para darse cuenta de que no les quedaba nada dentro. Era
imposible taponar el gancho de Kareem… pero Bill lo consiguió con
un salto descomunal».

En los doce años que llevaba en la NBA, muy pocos habían


conseguido taponar a Abdul-Jabbar. «Ni siquiera le estaba
defendiendo —recuerda Willoughby, un trotamundos conocido por
haber llegado a la liga directamente desde el instituto—. Fui a la
ayuda de Moses, me impulsé con los dos pies y desvié la pelota».

«Le supliqué al entrenador (Del Harris) que me dejara intentarlo más


veces. Yo medía 2.06 y él, 2.18. Pero, te lo juro, podría haber
taponado ese tiro una y otra vez. Sabía exactamente lo que había
que hacer. Cuando veías venir el gancho, lo único que tenías que
hacer era dejar la marca de tu hombre y saltar como un loco. Porque
cuando le defendías directamente, se protegía muy bien con la
mano izquierda. Necesitabas venir desde otro lado para poder
taponarle».
Los Lakers lucharon hasta el final, pero no se recuperaron del
impacto causado por la acción de Willoughby. (La noche siguiente,
durante el entrenamiento, Johnson le aconsejó a Abdul-Jabbar que
le «rompiera» el brazo a Willoughby la próxima vez que intentara
taponarle). Los aficionados del Forum se quedaron de piedra
cuando comprobaron el marcador final: 107-111 para Houston, lo
que dejaba a los Lakers a un partido de la eliminación. «Ellos
jugaron más duro que nosotros —dijo Johnson después del partido
—. Me ha sorprendido, la verdad. Sorprendido y decepcionado. No
podemos dejar que nos distraigan otras cuestiones: tenemos que
salir ahí y jugar al máximo». Esa noche, un abatido Magic Johnson
se pasó hasta las cinco de la mañana dando vueltas en la cama.
«Intento que el balón les llegue a todos, que estén felices… pero se
ve que no es suficiente —declaró a la prensa—. Nunca me había
encontrado con esta situación en un equipo que aspira a ganar
títulos. No todo el mundo puede brillar al mismo tiempo».

«El mal rollo nos mató —añade Brewer—. Pensamos que Houston
no sería un problema para nosotros y le prestamos más atención al
enorme mal rollo que arrastrábamos. Cavamos nuestra propia
fosa».

La noche siguiente, los Lakers viajaron a Houston para derrotar a


los Rockets por 106-111, en otro partido infame. Los Lakers dejaron
escapar una ventaja inicial de 5-18, no consiguieron parar las
penetraciones de Murphy, que anotó veintinueve puntos, y dieron
una imagen confusa y, en ocasiones, caótica. ¿Eran el equipo de
Johnson, el equipo de Nixon, el equipo de Abdul-Jabbar…?
¿Deberían hacerle caso a Westhead y jugar a un ritmo lento o
ignorarle y volver a correr como locos, tal y como les enseñó Jack
McKinney? Antes del partido, Johnson reconoció que la franquicia
atravesaba un muy mal momento. Había intentado convencer a sus
compañeros en el viaje en autobús al pabellón de que lo único que
le importaba era ganar («No he venido aquí a hacer anuncios ni
historias —explicó—. Eso pasó, sin más, pero no porque yo lo
forzara»), pero sus palabras cayeron en saco roto. «Las cosas han
cambiado —dijo, una hora antes del partido—. No voy a decir que
sea una cuestión de celos, porque puedo estar equivocado.
Simplemente, me siento mal, deprimido. Es la primera vez que me
veo involucrado en una situación así». Para aumentar la
incomodidad, Westhead llamó la atención a Johnson y a Nixon
delante de todo el equipo y les pidió por favor que arreglaran sus
problemas.

«Es el peor momento para estas historias —les explicó—. Estamos


intentando ganar un anillo».

El 5 de abril, una temporada de lo más extraña llegó a su patético


final. Los Rockets volvieron a Los Ángeles y se impusieron a unos
ausentes Lakers por 86 a 89. A falta de diez segundos, con los
Rockets un punto por delante, Johnson quiso entrar a canasta, se
lanzó contra su defensor y soltó un tiro desde unos tres metros que
no tocó ni aro y acabó en las manos de Malone. A continuación, el
pívot de los Rockets anotó dos tiros libres y finiquitó las esperanzas
del equipo local. Los Lakers abandonaron el campo en silencio,
atónitos, y se pasaron los siguientes veinte minutos intentando
explicarse qué demonios había pasado. Los Rockets, mientras
tanto, acabarían llegando a la Final de la NBA, donde perderían
contra los Celtics.

«Esto no debería haber pasado jamás», afirmó Chones.

Después del partido, Johnson miraba al vacío, sentado junto a su


taquilla. El año más doloroso y complicado de su vida había
terminado de la peor manera posible. Su equipo había perdido y él
había sido el que había naufragado en los minutos decisivos.
Johnson sumó nueve asistencias y doce rebotes, pero solo anotó
dos de sus catorce tiros de campo.

«La he cagado —repetía mientras negaba con la cabeza—. La he


cagado yo solito».

Dos días después, cuando la prensa ya había centrado su atención


de nuevo en los Dodgers y los Angels, Buss y Johnson se reunieron
en Palm Springs para comer juntos. La conversación duró seis
horas. El dueño estaba desconsolado: «Después del partido, me
quedé bloqueado, entumecido, incapaz de sentir nada… era como
un robot, como una de esas neveras que emite un zumbido
constante que no se apaga nunca», explicó a Johnson. Entre
bocadillos y bebidas, los dos trataron todos los puntos calientes:
desde los comentarios de Nixon a la selección de tiro de Abdul-
Jabbar; desde la importancia de la defensa de Cooper a los cambios
que había que hacer para la siguiente temporada. Buss había
calculado que, al caer en primera ronda, su equipo había perdido
unos tres millones de dólares en ingresos. No estaba contento.

—Una de las cosas que más me preocupan —dijo Johnson— es el


entrenador.

—¿Y eso? —preguntó Buss.

—Paul me cae bien —contestó la estrella—. Pero hay algo ahí que
no funciona.
CAPÍTULO SIETE

La maldita foto

LA PRIMERA SEMANA DE OCTUBRE DE 1981, antes incluso de


que los jugadores de los Lakers empezaran la pretemporada, Larry
Keith, jefe de la sección de baloncesto de Sports Illustrated, se puso
en contacto con Bruce Jolesch, el director de relaciones públicas de
los Lakers. La idea era organizar una sesión de fotos con algunos
de los jugadores para el siguiente número de la revista, una guía de
la temporada 1981/82.

«No debería haber problema alguno», comentó Jolesch.

Un par de días más tarde, apareció por ahí Lane Stewart, un


neoyorquino de treinta y siete años. Aunque su retrato de Larry Bird
con el uniforme de Indiana State había aparecido en la portada de
SI entre una multitud de elogios, lo cierto es que Stewart apenas
sabía nada de deporte si le sacabas de Babe Ruth y del Wilt ese tan
alto. Apenas veía partidos de baloncesto y desde luego no era de
los que se leía el periódico a ver quién había fichado por qué
equipo. «Tenía mala fama en la revista —recuerda—. Sabían que
los deportes no me importaban un pimiento y además no lo
ocultaba. Pero sí me encantaba trabajar con deportistas porque
siempre está bien compartir tiempo con gente agraciada por el
éxito».

A Stewart le pusieron al día de la actualidad de los Lakers y le


dijeron que la foto —pensada para la portada— tenía que reflejar la
idea de que el baloncesto era cada vez un juego más complejo, con
unos esquemas defensivos y ofensivos más sofisticados. También le
hicieron referencia al pasado de Paul Westhead como experto en
Shakespeare y profesor enamorado de literatura. «Se me ocurrió la
idea de ponerlos a todos en un aula en el que el entrenador hiciera
de profesor y los jugadores, de estudiantes —recuerda Stewart—.
Se lo dije al que se encargaba de aquello y no me planteó ni una
sola objeción. Nadie puso ninguna pega».

Si había algo que unía de verdad a los jugadores de los Lakers a su


llegada al College of the Desert para el inicio de la pretemporada,
era precisamente su rechazo a Westhead. Johnson y Nixon se
esforzaron en mejorar su relación a lo largo del verano y, en buena
parte, lo consiguieron. En ello, influyó un viaje con Buss a Las Vegas
para disfrutar de un fin de semana de mujeres, whisky y póker (todo
pagado por el jefe). En lo que tocaba a su entrenador, ambos
jugadores sabían que la cosa no podía acabar bien. «Había algo
irónico en el hecho de que él presentara su sistema como algo
realmente complejo e intrincado cuando, en realidad, siendo
sinceros, era terriblemente simple. Ocupar posiciones en el campo.
Eso era todo. Ocupar tal posición y quedarte ahí. No era una
cuestión personal: creo que Paul nos caía bien a todos, pero en
términos baloncestísticos, el barco hacía aguas», afirma Nixon.

Aun así, los Lakers se portaron como unos profesionales. Durante


seis días, Stewart se paseó por el Ocotillo Lodge y construyó una
clase dentro de uno de los salones del hotel. Compró maderas para
el suelo, alquiló unos pupitres y unas sillas de segunda mano, hizo
unas pintadas en las paredes y colocó una pizarra con sus tizas.
«Recuerdo que a Westhead le encantaba la idea —asegura Stewart
—. Pero no solo a él: todo el mundo colaboró a su manera».

La mañana llegó y seis jugadores de los Lakers —Nixon, Johnson,


Cooper, Abdul-Jabbar, Wilkes y la nueva adquisición, el ala-pívot
Mitch Kupchak— se unieron a Westhead para completar veinticinco
minutos de sesión fotográfica. «Kareem se presentó con unos
zapatos rojo intenso y tenía los pies tan grandes que no pudimos
comprarle unos azules o blancos de su talla —recuerda Andrew
Bernstein, uno de los fotógrafos que colaboró en el encargo—. A
Lane le sentó fatal, pero se limitó a hacer la foto y dejarse de
historias».

Tampoco se quejaron los jugadores, aunque tres de ellos (Nixon,


Johnson y Cooper) tenían ya a Westhead en su punto de mira;
Wilkes le consideraba un caso perdido; Abdul-Jabbar pasaba de
todo y Kupchak suficiente tenía con haber logrado salir de
Washington DC, lejos por fin de los desastrosos Bullets. Aunque
optaron por no decir nada durante la sesión, a Nixon y a Johnson les
disgustaba la puesta en escena (al final, la foto no salió en portada,
sino en páginas interiores) porque hacía parecer a Westhead
(vestido de director de escuela) más listo y competente de lo que en
realidad era. Ya empezaban a estar hartos de que todo el mundo
recordara lo de sus estudios y su conocimiento de la obra de
Shakespeare. «Aquella foto fue una pésima idea —afirma un
directivo de los Lakers que prefiere guardar el anonimato—. Reforzó
los sentimientos negativos hacia Paul y consiguió cabrear más a
algunos de los chicos. Fue un enorme —insisto, enorme— error de
cálculo».

El verano después de la debacle contra los Rockets en los playoffs


fue duro para la franquicia, que encadenó un error tras otro en su
preparación de la siguiente temporada. Mike Thibault, entrenador
ayudante pero también encargado de ojeadores del equipo, envió
con semanas de antelación sus recomendaciones a Bill Sharman y
Jerry West de cara al draft del 8 de junio. Los Lakers tenían la
decimonovena elección, lo que implicaba que la élite de la élite
(Mark Aguirre, Isiah Thomas, Buck Williams, Al Wood…) estaría
fuera de su alcance. Sin embargo, Thibault se enamoró de un ala-
pívot de Clemson University al que nadie parecía prestar atención.
Su nombre era Larry Nance. Con sus 2.08 metros y noventa y tres
kilos, Nance lograba mezclar potencia y explosividad, una versión
universitaria de David Thompson.

El problema era que su juego aún estaba por pulir y que —criado en
la pequeña ciudad de Anderson, en Carolina del Sur—, las
relaciones públicas no eran su fuerte. Solo había promediado 11,5
puntos y 6,7 rebotes en sus cuatro años en la universidad. «En mi
opinión, Larry Nance podía convertirse en el nuevo prototipo de
alero alto en la NBA —explica Thibault—. Aquí teníamos a un tipo
que era alto y atlético y que podía alternar las posiciones de tres y
de cuatro. Podía pasarse días corriendo, era un atleta fabuloso. No
solo era alto, además era muy largo y podía ayudar al equipo en
muchos aspectos». West, que poco a poco iba asumiendo buena
parte de las funciones de Sharman, estaba de acuerdo. Él también
imaginaba a Nance corriendo el contraataque y culminando con
mates los alley-oops que le mandaran Johnson y Nixon. Los Lakers
lo trajeron a Los Ángeles para un entrenamiento privado y un
encuentro informal. Encajaba a la perfección. «Joder, me encantaba
Larry Nance —recuerda West—. Era un jugador especial».

Sin embargo, con Buss como propietario, la última palabra sobre la


plantilla la tenía siempre el entrenador… y aunque Westhead
compartía ese entusiasmo por Nance, tenía la promesa de Buss de
que el equipo iba a hacerse con los servicios de Kupchak, otro ala-
pívot de 2.08 metros y 104 kilos. «El Dr. Buss no era de los que se
entrometía mucho en los asuntos internos del vestuario, pero una
semana antes del draft se reunió conmigo y me preguntó: “¿Qué
andamos buscando?” —recuerda Westhead—. Por entonces, el
draft era algo bastante primitivo: no había vídeos ni reuniones ni
personal encargado solo de eso. Le dije que podíamos optar por dos
posiciones: elegir un alero alto o un escolta. Me insistió en que el
fichaje de Kupchak estaba cerrado, así que…».

A pesar de las protestas de Sharman, West y Thibault, justo


después de que los New Jersey Nets se llevaran a Ray Tolbert, ala-
pívot de Indiana, con el número dieciocho, los Lakers anunciaron la
elección de Mike (Geeter) McGee, un escolta de 1.96 metros y 86
kilos de la Universidad de Michigan. «No me fui a la cama
demasiado contento aquella noche —afirma West—. Por decirlo de
alguna manera».
A Westhead le encantaba McGee, el primer jugador de la historia en
liderar a los Wolverines en anotación durante cuatro temporadas
consecutivas. Lo veía como un revulsivo desde el banquillo cuando
tuviera que dar descanso a Cooper o a Nixon, alguien que podía
aportar en ataque desde el primer instante. «McGee es demasiado
bueno, no podíamos dejarlo pasar —explicó Westhead en su
momento—. Probablemente, sea el jugador más apasionante de
esta promoción. La gente se levantará de sus asientos cuando
empiece a verlo correr sin parar».

Había un problema: Mike McGee —un chico encantador, con un


físico privilegiado— era uno de los jugadores menos versátiles que
los Lakers hubieran drafteado jamás. Lo único que sabía hacer era
tirar. Rara vez pasaba la pelota, apenas luchaba por el rebote y la
defensa no iba con él. «Mike era bueno, me gustaba —recuerda
Alan Hardy, compañero de equipo en Michigan—, pero a veces era
demasiado egoísta en la cancha. Se le olvidaba que había otros
cuatro tíos jugando en su equipo».

«Siempre había soñado con jugar en Michigan —afirma Tim


McCormick, pívot de primer año durante el último de McGee en la
universidad—. En el calentamiento del primer partido, con la banda
tocando en las gradas, mi familia presente… se me acercó Mike y
me dijo: “Estoy en mi último año y quiero batir el récord de anotación
de la Big Ten. Si te llega la pelota, ni se te ocurra tirar a canasta”».

Después de que los Lakers eligieran a McGee, los Phoenix Suns,


sus rivales en la División Pacífico, no dudaron en quedarse con
Nance. A lo largo de su carrera, acabó jugando en tres All-Stars, fue
elegido tres veces en el mejor quinteto defensivo de la liga y, de
paso, ganó el primer concurso de mates, en 1984. McGee, mientras
tanto, pasó cuatro temporadas y media en Los Ángeles sin pena ni
gloria. «Ese error todavía me duele, por muchos años que hayan
pasado», admite West.

Diez días después de llevarse a McGee en el draft, los Lakers


hicieron oficial su oferta por Kupchak: siete años a razón de
ochocientos mil dólares por temporada. Como Kupchak era un
agente libre restringido, los Bullets podían igualar la oferta o
negociar un traspaso. Westhead había sido fan de Kupchak desde
sus tiempos en la Universidad de North Carolina, donde fue
nombrado All-American dos veces y formó parte del equipo
estadounidense que ganó la medalla de oro en los Juegos
Olímpicos de 1976. De primeras, Kupchak parecía el típico pívot
blanco que tanto abundaba en la NBA de los años setenta: grande,
duro, con pinta de leñador… pero, a esas características, añadía un
toque de calidad cerca de la canasta. «Era un ganador —afirma Bob
Ferry, el general manager de los Bullets—. Mitch se tomaba el juego
muy en serio. Se lanzaba por cualquier balón dividido, defendía a
quien hiciera falta. Era un tipo atlético, dinámico y activo. De todos
los jugadores que tuve en Washington, probablemente Mitch fuera
mi favorito». Al igual que Westhead, Kupchak tenía fama de
excéntrico. Casi siempre comía en Denny’s y en IHOP23, le volvían
loco los burritos congelados del 7-Eleven y creía que el teléfono
automático era el mayor invento de la humanidad. Después de que
los Bullets se impusieran a los Supersonics en 1978 para ganar el
anillo de campeones de la NBA, la Casa Blanca invitó a jugadores y
entrenadores a la habitual reunión con el presidente Jimmy Carter.
En la invitación se especificaba que todos debían llevar chaqueta y
corbata. Kupchak apareció en vaqueros y zapatillas… sin calcetines.

Sharman y West no veían con malos ojos el fichaje de Kupchak,


pero no por ochocientos mil dólares al año. No solo era un contrato
desproporcionado para un jugador secundario (Kupchak venía de
promediar 12,5 puntos y 7 rebotes por partido saliendo desde el
banquillo la temporada anterior) sino que abría la puerta a que un
montón de jugadores más importantes se quejaran y pidieran
renegociar sus contratos. Westhead, sin embargo, estaba
convencido de que Kupchak era la pareja ideal de Abdul-Jabbar e
insistió a Buss en que cerrara el traspaso cuanto antes. Los Lakers
mandaron a Jim Chones, Brad Holland («un chico genial —afirma
Butch Carter—, pero que no jugaba una mierda») y dos futuras
elecciones del draft a Washington… lo que provocó una oleada de
críticas completamente justificadas. El 6 de agosto de 1981, el Los
Angeles Times abrió su sección de deportes con un artículo titulado:
LOS LAKERS FICHAN A KUPCHAK, ¿HA SIDO UN TIMO?…
donde la mayoría de los gurús de la NBA no dudaban en contestar
un rotundo «sí».

¿Podía justificarse de alguna manera el salario de Kupchak?

«No», contestaba Jerry Colangelo, el general manager de los Suns.

«No», respondía Carl Scheer, el presidente de los Nuggets.

«No me parece de recibo pagar ochocientos mil dólares por un


suplente», afirmaba Donald Sterling, propietario de los San Diego
Clippers (y cuando Donald Sterling cuestiona una decisión
económica, es que esa decisión es muy cuestionable).

«¿Me estoy perdiendo algo? —se preguntaba Pat Williams, el


general manager de los 76ers—. Este tipo de cosas me asustan. No
puedes tirar el dinero a lo loco. Madre mía…».

Si Kupchak hubiera sido un jugador normal y se le hubiera juzgado


solo por su talento y su pasado en la liga, todo el mundo habría
criticado igualmente ese contrato. El problema era que Kupchak no
era un jugador normal. Era un guerrero al que ya habían tenido que
operar de una hernia discal en la universidad y llevaba dos
operaciones de espalda en cinco años en la NBA… sin que todo eso
le hiciera modificar un estilo de juego que le condenaba a ser un fijo
en las listas de lesionados. En un partido de los Bullets contra los
Kings, Kupchak se lanzó al suelo catorce veces en busca de
balones divididos. Probablemente, Abdul-Jabbar no se lanzara
catorce veces en el total de esa temporada. «Mitch era inagotable —
asegura Ferry—. No pensaba en su salud ni en cuidar su cuerpo».

Kupchak cobraba un pastón en los Lakers… pero no era el único.


Alarmado por la derrota ante los Rockets, Buss sintió la necesidad
de gastar dinero de manera irracional, a lo grande. Intentó fichar a
dos estrellas con enormes salarios (Marques Johnson, de
Milwaukee, y Kiki Vandeweghe, de Denver) en sendos traspasos y
aunque no consiguió a ninguno de los dos, la liga captó el mensaje:
los Lakers estaban desesperados. «¿Es Westhead de verdad un
genio? —se preguntaba Buss en una entrevista—. Habrá que
descubrirlo. Me pidió que le trajera buenos jugadores. Eso es lo que
él quería. Ahora, habrá que ver cómo maneja la plantilla».

Aunque los fichajes de McGee y Kupchak ya indicaban una


tendencia, todo estalló con la renovación de Johnson. Poco después
del traspaso con Washington, Buss renegoció el contrato de Magic,
que pasó a cobrar veinticinco millones de dólares por veinticinco
temporadas, un acuerdo que se prolongaría hasta mucho después
de su retirada. Tanto propietario como jugador coincidieron en que lo
mejor era mantener las cifras en secreto, pero la propia liga las filtró
a la prensa. «Magic lo va a tener complicado en ese vestuario —
declaró el expívot de los Lakers, Wilt Chamberlain—. No solo se
lleva todos los halagos, sino que, ahora, también se lleva el dinero».

Abdul-Jabbar, el jugador con más años en la franquicia, reaccionó a


la noticia con una contundencia poco habitual en él. La mañana
posterior a su anuncio, se preguntaba en el Los Angeles Times:
«Johnson, ¿qué es? ¿Un jugador más o un protegido de la
directiva? Nadie lo sabe». Ponía así el dedo en la llaga, señalando
lo excesivo de la relación personal entre el base y Buss. Durante su
año de rookie, Johnson cenaba con Buss después de casi todos los
partidos en casa. Jugaban al billar juntos, se iban a ver casas para
invertir, hablaban durante horas de comida, mujeres y deporte.
Aunque Abdul-Jabbar no era el único que veía un conflicto de
intereses en esa relación, fue él quien dio la cara mediática,
refiriéndose a Magic con desprecio como «el niño mimado» de Buss
y afirmando que la moral del equipo estaba por los suelos después
de lo sucedido. «Le dan todo ese dinero con un mensaje claro:
“Coge la bola y entretennos” —afirmó—. No lo dicen en voz alta,
pero parece que lo importante aquí es dar espectáculo, no ganar».
Después del fracaso ante Houston, Buss había sugerido que le
encantaría fichar a Moses Malone, el pívot de los Rockets. Abdul-
Jabbar se preguntó abiertamente si de verdad querían que siguiera
en los Lakers e insinuó que lo mejor era que le traspasaran a los
New York Knicks, el equipo de su ciudad. «En muchos sentidos, un
equipo de baloncesto es como una familia —explicó—. Si coges a
una persona, la colocas frente a todos los demás y dices: “Este es
mi hijo favorito”, los demás miembros de la familia no se lo van a
tomar a bien. Nadie sabe qué está sucediendo. Algunos miembros
del equipo se preguntan si su valor depende de lo bien que se lleven
con el dueño en vez de lo que hagan sobre la cancha. Siempre he
pensado que la gente en Nueva York sabe valorar el buen
baloncesto y que yo aún puedo jugar al nivel que esperan de mí».
(Buss, por supuesto, no tenía ninguna intención de traspasar a un
seis veces MVP).

Si Nixon ya estaba celoso de Johnson antes de saber lo de los


veinticinco millones, ahora estaba furioso. Había intentado
convencerse por todos los medios de que los dos estaban a la
misma altura tanto en la cancha como en las conquistas sexuales,
que formaban una gran pareja y podían ser amigos. ¿Y ahora, esto?
Nixon se cruzó con Johnson en un pasillo del Ocotillo Lodge. Un
gesto de dolor se dibujó en su cara.

—Buck, ¿qué pasa? —le preguntó—. Los chicos están hablando.


Dicen que te pasas el día de fiesta con Buss. En este negocio, esa
es una línea que no se puede cruzar.

—No sé de qué me hablas —contestó Johnson—. El Dr. Buss es mi


amigo.

Para Nixon, los jugadores y los propietarios eran como demócratas


y republicanos, pitchers y bateadores. No, no hacía falta que se
pelearan entre sí… pero, desde luego, no era normal que se
pasearan cada noche por el Studio 54 hombro con hombro.

—Los jugadores y los directivos no salen de fiesta juntos—dijo


Nixon.

—Hace tiempo que salgo de fiesta con el Dr. Buss —contestó


Johnson—. ¿A qué viene sacar eso ahora?
—Bueno, solo te digo que no sabemos de qué lado estás —continuó
Nixon—. No sabemos si vas a ir contando por ahí lo que decimos en
el vestuario.

—¿De qué estás hablando, Norm? —gritó Johnson—. Llevo dos


años ya en este vestuario. ¿Le he contado algo de lo que decimos
ahí al Dr. Buss?

Nixon se encogió de hombros y se marchó sin decir una palabra


más.

***

Los Lakers empezaron una nueva pretemporada en Palm Desert en


medio de una situación caótica. Westhead recibió a sus hombres
con una frase sacada de las memorias de Viktor Frankl, un
superviviente de un campo de concentración nazi: «Lo que no me
mata, me hace más fuerte».

A los jugadores les daba igual todo. Lo que dijera Frankl. Lo que
dijera el entrenador. Lo que dijeran sus demás compañeros…

Los dos bases estrella apenas podían mirarse a los ojos. Johnson,
aún convaleciente de la lesión en la rodilla, estaba, según
Westhead, «al nivel de los chicos de cuarta y quinta ronda del
draft». Cada vez que West veía a McGee intentar uno de sus tiros
desde siete metros, desequilibrado y a una mano, maldecía a
Westhead en voz baja. Kupchak era un interior del montón, limitado
por sus problemas en la espalda y con un cartel imaginario colgado
del cuello con las palabras «No valgo lo que me pagan y todo el
mundo en esta franquicia lo sabe». Los otros dos recién llegados
que más llamaban la atención de Westhead —los ala-pívots Kurt
Rambis, de Santa Clara, y Kevin McKenna, de Creighton— no
conseguían ganarse el respeto de la plantilla, que los veían como
los típicos grandullones blancos con más prensa que juego. Abdul-
Jabbar, con un aire demasiado preocupado incluso para alguien que
siempre estaba dándole vueltas a algo, se preguntaba si no hubiera
sido mejor pedir oficialmente su traspaso a los Knicks. Estaba
jugando tan mal en Ocotillo que, un día, en un partidillo, un pívot de
tercera fila llamado Bob Elliott (que venía de promediar 7,5 puntos
en setenta y tres partidos con los Nets) le metió cuarenta puntos sin
esfuerzo. «Aquello fue algo increíble —recuerda Rambis, que
estaba ahí como agente libre—. Bob se comió a Kareem con
patatas. Y a continuación, lo cortaron».

Los Lakers eran el equipo de Hollywood. El equipo del contraataque


y los mates y la diversión constante, pero pasaban por su momento
más bajo.

Menos mal que andaba por ahí Michael Cooper.

A lo largo de la historia del deporte, todos los equipos ganadores


han necesitado de al menos un hombre que pudiera mediar entre
los distintos estratos de calidad, clase y estatus dentro del vestuario.
Cuando Babe Ruth y Lou Gehrig empezaron a tener sus problemas
de ego en los New York Yankees, el pitcher Lefty Gómez se encargó
de mediar entre ellos. Cuando los Chicago Bears se enfrentaron a
unos serios problemas de división racial a finales de los setenta,
Walter Payton se ocupó de calmar ánimos y acercar posiciones.

La imagen que se tenía de Cooper en los periódicos y en la


televisión era la de un jugador complementario con una gran
capacidad defensiva pero poco talento en ataque. Sin embargo, su
papel en el equipo era mucho más importante de lo que se veía en
la cancha.

«Michael Cooper —afirma McKenna— era nuestro pegamento».

A diferencia de la mayoría de sus compañeros, Cooper nunca soñó


con llegar ahí. Criado en Pasadena, al lado del Forum, el joven
Michael era aún un niño cuando sus padres, Marshall y Jean, se
divorciaron. Su abuela, Ardessie Butler, se encargó de cuidarlo junto
a su hermano Mickey en una casa de siete dormitorios siempre
ocupada por todo tipo de primos, tías y tíos (Ardessie tenía diez
hijos). Su gusto por la competición venía de uno de sus tíos, Tom
Butler, un antiguo jugador de la Negro League, que animó a su
sobrino a meterse en algún equipo del deporte que fuera.

«Michael siempre fue un chico muy duro mentalmente —recordaba


Tom Butler—. Parecía mejor que los demás porque siempre
conseguía urdir un plan para alcanzar su objetivo».

Aun así, por mucho que Cooper siempre estuviera entre los mejores
deportistas de la zona, su físico no le hacía ningún favor. Comiera lo
que comiera —tarta con helado, puré de patatas con bacon
grasiento…—, no había manera de que Cooper ganara peso.
Tampoco le importaba demasiado. Como su héroe Paul Warfield, el
sensacional receptor de los Cleveland Browns, Cooper se veía a sí
mismo en la NFL, volando sobre los rivales. Un día, jugando con
unos amigos en Madison Park, un chico llamado Herman Bluefur lo
dejó inconsciente de un golpe en la cabeza. Tenía ocho años. «Ahí
se acabó el fútbol para mí», recuerda Cooper. Le dio una
oportunidad al béisbol, pero casi le rompen la pierna de un bolazo
en la Little League, «y ahí dejé el béisbol también. La verdad es que
el baloncesto se me daba mejor, pero solamente porque podía
correr y correr sin cansarme —admite—. Tenía mucho fondo y podía
defender bien porque sabía mover los pies. Nunca me preocupé
mucho por trabajar mis fundamentos, pero era obvio que tenía cierto
talento».

Su gran oportunidad en el mundo del baloncesto le llegó con catorce


años, cuando ganó una beca de la YMCA para asistir al campus de
Jerry West en el cercano Occidental College. West, que aún era
jugador de los Lakers, estaba explicando a los chicos cómo lanzar
tiros libres cuando eligió a Cooper de entre el público para ver qué
tal se le daba. Se levantó, se acercó nervioso a la línea y anotó sus
cuatro intentos. «Esa fue la primera vez que me dije a mí mismo:
“Vale, esto es lo que quiero hacer” —explica—. Me picó el
gusanillo».
Cooper jugó en el segundo equipo del Pasadena High School
durante sus dos primeros años de instituto: entrenaba duro,
trabajaba como el que más, pero nadie le prestaba atención.
Llegado el tercer año, Cooper estaba de nuevo intentando entrar en
el primer equipo cuando el entrenador, George Terzian, se fijó en él.
El chico tenía muchos problemas en ataque, botaba muy mal el
balón y daba lástima verle luchar por los rebotes con ese cuerpo.
Pero, caramba, era más largo que un día sin pan. Y rápido. Y no se
rendía nunca. «Coop —le dijo—, lo mejor que puedes hacer si
quieres dedicarte al baloncesto es aprender a defender. Necesitas
defender con los pies. Deja de usar las manos y acostúmbrate a
deslizarte». Cada vez que Cooper utilizaba las manos en defensa en
los entrenamientos, lo obligaban a dar cinco vueltas al gimnasio.
Terzian colocaba un balón en lo alto de un poste y le enseñaba a
taponar con las dos manos. «Situaba el poste a distintas alturas y
distintos ángulos —recuerda Cooper—, y yo tenía que saltar y
taponar. Así, aprendí que no se trataba de darle muy fuerte y
mandar la pelota a la grada, sino de intentar desviarla hacia algún
compañero».

Antes de que especialista defensivo fuera un término habitual en la


jerga deportiva, Cooper era el especialista defensivo de Terzian. Se
encargaba siempre del mejor jugador del equipo contrario y
conseguía que estrellas que promediaban veinticinco puntos por
partido se quedaran a menudo en seis.

«A los chicos les enseñábamos catorce principios básicos en


defensa —afirma Terzian—. Y Michael dominaba los catorce.
Forzaba faltas en ataque ya de adolescente y nunca le importó
jugarse el físico».

«Defender se convirtió en mi auténtica pasión», admite Cooper.

Era un método muy poco habitual de llamar la atención de los


ojeadores de las universidades, que casi siempre andaban
buscando a gigantes de 2.10 o a tiradores letales. Con todo, Cooper
consiguió atraer algunas miradas. La Pacific University se interesó
en él, como se interesaron también Seattle y Occidental College.
Marv Harshman, el entrenador de la Universidad de Washington, fue
a verlo jugar varias veces. «A Marv le gustaba cómo jugaba, su
manera de entender el juego —recuerda Terzian—. El único
problema eran sus notas».

Como era un estudiante de aprobado muy raspado, Cooper acabó


en el Pasadena City Community College. Promedió diecinueve
puntos en su primer año con los Lancers y volvió el siguiente otoño
convencido de que había llegado su momento de saltar a la fama.

Sin embargo, recién empezada la temporada, el profesor de biología


avisó a Joe Barnes, el entrenador, de que Cooper (quien
promediaba en aquel momento treinta puntos por partido) se estaba
saltando las clases y, por lo tanto, se quedaría sin calificar ese
semestre. Lo apartaron del equipo inmediatamente. Aquel día,
Barnes llamó a Cooper a su despacho y le dijo algo que le cambiaría
la vida. «Michael, ahora mismo, tienes dos opciones: no puedes
jugar con nosotros, pero sí puedes venir a entrenar y a trabajar en el
gimnasio. En el Victory Park (unas canchas pegadas al campus) se
juega mucho y muy bien al baloncesto, ahí puedes mantenerte en
forma. Pero lo que necesitas hacer —más que ninguna otra cosa—
es hincar los codos y conseguir buenas notas. Te ayudaré en todo lo
que pueda, pero es importante que salga de ti. Esto no es solo
baloncesto. Es encontrar la manera de saber quién quieres ser,
hasta dónde quieres llegar y convertirte en alguien de provecho».

El diablillo en la cabeza de Cooper le susurró: «Mándalo todo a la


mierda: encuentra un trabajo y juega al baloncesto en tus ratos
libres», pero las palabras de Barnes resonaban con mayor firmeza y
se hacían oír con más claridad. A duras penas, y con mucho
esfuerzo, Cooper consiguió subir sus notas y llegar al notable de
media. Cuando John Whisenant, segundo entrenador de la
Universidad de Nuevo México, se interesó por Cooper, Barnes le
explicó al detalle cómo aquel chaval había encontrado por fin su
camino. Lo que no sabía Cooper en aquel momento era que la
universidad estaba en medio de un apocalipsis baloncestístico. La
temporada anterior, seis jugadores negros habían abandonado el
equipo de los Lobos, acusando al entrenador Norman Ellenberger
de racismo. «Norman me lo vendió de la siguiente manera: “Mira,
tengo todos estos huecos en la plantilla que tengo que rellenar —
explica Cooper—. Así que ando detrás de estrellas jóvenes que
puedan ser titulares desde el primer momento”».

Aun con ciertas reservas («Mejor no jugar para un racista si puedes


evitarlo», bromea Cooper), Michael no dejó pasar la oportunidad.
Llegó a Alburquerque con miedo de encontrarse a uno de los jefes
del KKK y, en cambio, acabó conociendo al otro entrenador que
cambiaría su vida para siempre. Si Terzian y Barnes habían hecho
de Cooper un experto en defensa, Ellenberger lo convirtió en un
maestro con todas las letras. Los Lobos sorprendieron a todos con
un fantástico 19-11 en la primera temporada de Cooper y
Ellenberger dejó en sus manos toda la responsabilidad en defensa.
«El entrenador Terzian me enseñó a contener al rival: empujarlo,
frenarlo, intentar llevarlo hacia donde estaban los compañeros… —
recuerda Cooper—. Ellenberger era más de “Joder, Cooper,
encárgate de que nadie anote una puta canasta más”. Y me
encantaba. Lo disfrutaba un huevo».

En su última temporada, la 1977/78, Cooper promedió 16,1 puntos


por partido y los Lobos —que llegaron a ser el cuarto mejor equipo
de Estados Unidos en un momento dado— acabaron 24-4 y
anotaron más puntos que ninguna otra universidad del país. Aunque
el escuálido físico de Cooper y su limitado repertorio ofensivo
ahuyentaban a la mayoría de los ojeadores de la NBA
(«Sinceramente, nunca pensé que llegaría a jugar en la NBA —
reconoce Mark Felix, compañero de equipo en los Lobos—. Era un
chico muy frágil con un enorme corazón»), tuvo la gran suerte de
jugar para un entrenador (Ellenberger) que a su vez era amigo de
Jerry West, con quien solía jugar al golf. El entrenador de los Lakers
asistió a cinco partidos de los Lobos durante el último año de
Cooper y convenció a la franquicia para elegirlo en el draft con el
número sesenta.
«Me fui al gimnasio, porque sabía que nadie me iba a elegir en el
draft —recuerda Cooper—. Estaba jugando un partidillo cuando vi
que mi primo Brad venía corriendo y empezaba a gritar: “¡Tienes
que venir a casa! ¡Tienes que venir a casa! ¡Te han elegido en el
draft, tío! ¡Jerry West acaba de llamar a casa! ¡Te han elegido los
Lakers!”».

A las pocas semanas, Cooper ya estaba con su nuevo equipo en la


liga de verano de Loyola Marymount. Aún recuerda el momento en
el que entró en el gimnasio y se encontró a Kareem Abdul-Jabbar,
Norm Nixon, Jamaal Wilkes, Ron Boone y Lou Hudson. Jack Curran,
el preparador físico, se encargó de sacarle de su ensimismamiento.

—¿Tú eres Cooper? — le preguntó.

—El mismo.

—Muy bien —añadió Curran—, deja en el suelo tus cosas y sube el


culo a la camilla para que pueda vendarte.

Los veteranos fueron desapareciendo a lo largo del día, pero


Cooper, como los demás jóvenes que intentaban desesperadamente
impresionar a West y ganarse una invitación a la concentración de
pretemporada, aguantó hasta la noche. Todo estaba yendo bien
hasta el tercer partido, contra Phoenix, cuando Andrew Wakefield,
de los Suns, se tropezó y cayó sobre la rodilla izquierda de Cooper.
«Se hinchó hasta el triple de su tamaño normal —recuerda el
escolta—. ¿Qué pensé en aquel momento? Es fácil: “¡Mierda,
mierda, mierda!”».

Mientras lo sacaban de la cancha, Cooper pudo ver en la grada a un


amigo, Morris Davis. «Volveré —susurró— y me convertiré en una
estrella». Se había roto el ligamento medio de la rodilla, un tipo de
lesión que, en aquella época, requería de al menos ocho meses de
baja. Esa noche, Cooper lloró hasta quedarse dormido,
preguntándose qué había hecho para merecer algo así. Sin
embargo, cuando pasó la primera semana empezó a darse cuenta
de que, en el fondo, era lo mejor que le podía haber pasado a su
carrera. Si se hubiera mantenido sano, los Lakers —sin huecos en
la plantilla— lo habrían cortado casi seguro. Por el contrario, al estar
lesionado, el equipo lo podía colocar en la lista de jugadores
inactivos sin apenas obligaciones contractuales. «Mike —le explicó
West—, lo que quiero es que te recuperes tranquilamente y
fortalezcas esa rodilla». Seis meses después le dieron el visto
bueno para volver a la cancha.

El 22 de diciembre de 1978, a falta de dos minutos del final de un


partido en el Forum contra los Washington Bullets, West metió en el
campo a un desconocido escolta llamado Michael Cooper en
sustitución de Ron Boone. Nadie se levantó a aplaudir. De hecho,
nadie sabía quién era aquel flacucho procedente de Nuevo México,
pero Cooper estaba fuera de sí: «Lo había conseguido. Por fin.
Jugué aquellos dos últimos minutos como si fueran los dos
primeros. El partido estaba decidido, pero me dio igual. Era mi
momento».

Cooper apareció en otros dos partidos de esa temporada,


promediando una canasta y un tercio de asistencia. Aun así, los
Lakers vieron algo en él que les hizo invitarle a continuar el año
siguiente. Se quedó con el último hueco disponible en la plantilla,
superando a Boone, y se consolidó no solo como un jugador muy
útil en el campo (Cooper promedió 8,8 puntos en ochenta y dos
partidos, veintitrés de ellos como titular) sino como una figura muy
importante dentro del vestuario. Cooper se hizo muy amigo tanto de
Johnson como de Nixon, en parte porque era divertido y
carismático… y en parte porque ninguno de los dos lo veía como
una amenaza, ni dentro ni fuera de las pistas. «Hice muy buenas
migas con Magic durante la pretemporada de su primer año —
recuerda Cooper—. Siempre llamaba a la puerta por la mañana para
bajar juntos a desayunar. Así, establecimos una rutina: bajar cada
día a Denny’s para pillar algo de comida juntos. Yo compraba el
periódico y él me decía: “¡Coop, pásame los deportes!”.
Establecimos un vínculo forjado en la confianza. Lo mismo me pasó
con Norm. Un vínculo especial, como si fuéramos hermanos».
A diferencia de las dos estrellas, Cooper no tenía ningún interés en
subir la bola en ataque.

A diferencia de las dos estrellas, también, Cooper se acababa de


casar con su novia de la universidad, Wanda Juzang, y no andaba
follándose a medio Los Ángeles. «Michael era un chico muy tímido
—recuerda Wanda—. Era callado y muy dulce. Imposible que le
cayera mal a nadie».

***

Al inicio de su cuarta temporada en los Lakers, Cooper y su dulzura


se habían hecho más necesarios que nunca. Johnson no podía ni
ver a Nixon. Nixon no podía ni ver a Johnson. Kupchak estaba
decepcionando a todos y Abdul-Jabbar estaba, como siempre, a su
bola. Aunque el equipo acabó 6-1 la pretemporada, las decisiones
cada vez más dogmáticas de Westhead no convencían a nadie. «No
me gustaba el Paul Westhead entrenador y estoy bastante seguro
de que no era el único —confiesa el base Clay Johnson—. Su estilo,
su actitud… no tenían ningún sentido y no nos hacían ir a ningún
lado. No era un entrenador de nivel NBA».

Los Lakers empezaron la liga regular el 30 de octubre con un


enfrentamiento por todo lo alto contra los Houston Rockets en el
Forum. Los jugadores no dejaban de repetir en voz alta que había
que estar juntos y trabajar como un equipo para conseguir un nuevo
título, pero en su interior nadie confiaba en nadie. En los días
previos, Westhead había presentado un nuevo cambio de sistema
en ataque. Lo llamó el «sistema de opciones», porque en principio
permitía que cada jugador tuviera varias opciones disponibles en
cada momento del ataque. «Westhead ha diseñado hasta cincuenta
jugadas distintas en ataque —escribió Scott Ostler en el Los
Angeles Times—. Tanta variedad es de agradecer en un buen
restaurante o en una tienda de ropa, pero no está nada claro que
sea lo ideal en una cancha de baloncesto».

Randy Harvey, también en el Times, añadió: «Todo el mundo se


moverá más excepto Magic Johnson, que tendrá que quedarse un
buen rato botando la bola y esperando a que los demás se coloquen
de una vez. Norm Nixon se queja de que, en este sistema, su rol es
el de alero. No es exactamente así, pero es cierto que tendrá que
jugar más pegado a la línea de fondo que nunca. Los jugadores
reconocen que este cambio los ha sorprendido y que tardarán un
tiempo en acostumbrarse, pero, al final, acabarán recurriendo a la
jugada más sencilla de la historia de la NBA: puño arriba y balón a
Abdul-Jabbar».

Pasados los años, ¿qué opinan los jugadores de los Lakers de ese
nuevo enfoque de Westhead?

NIXON: «Espantoso».

COOPER: «Confuso».

KUPCHAK: «Dejémoslo en… diferente».

MARK LANDSBERGER: «Aún no he conseguido entenderlo del


todo».

JAMAAL WILKES: «En perspectiva, claramente mejorable».

EDDIE JORDAN: «Paul entendía que el juego posicional nos


ayudaría a controlar mejor los partidos. Y así hubiera sido en la
mayoría de los equipos, pero no en los Lakers del Showtime».

JOHNSON: «En la práctica, cuando cruzábamos el medio campo,


teníamos a cuatro tíos alrededor de la línea de tres puntos y a
Kareem moviéndose según quién tuviera la pelota. Jamaal, quieto.
Norm, quieto. Yo, quieto, también. Nada de arriesgar. Nada de
intentar descolocar a la defensa. Éramos completamente
predecibles. Cuando por fin le llegaba la bola a Kareem, se la
jugaba con unos cinco segundos en el reloj de posesión. Aquello era
muy frustrante para todos los demás».

Incluso Pat Riley, segundo entrenador de Westhead y un hombre de


una lealtad a prueba de bombas, no acababa de entender a qué se
debían estos cambios. Aunque nunca lo dijo en público, en privado
sí que reconocía cierta confusión respecto a un sistema que
prescindía de la principal virtud de los Lakers: sus dos bases, que
podían correr a toda velocidad sin que se resintiera su visión de
juego. Johnson encontró en Riley a alguien en quien confiar y a
quien contarle sus penas, recordando los gloriosos tiempos en los
que el ataque diseñado por Jack McKinney los había llevado al
título, antes de que Westhead se lo cargara todo.

Los Lakers tenían mucho más talento que los Rockets, que habían
fichado a un veteranísimo Elvin Hayes para el puesto de ala-pívot y
que tal vez presentaban el peor banquillo de la Conferencia Oeste.
Aun así, el sistema de Westhead, lento y previsible en vez de veloz
e indescifrable, encajaba a la perfección con lo que los Rockets
necesitaban. Les bastaba con darle la bola una y otra vez a Moses
Malone, que anotó treinta y seis puntos para dar la victoria a su
equipo después de dos prórrogas (112-113). Desde su palco en lo
alto del Forum, Buss no se podía creer lo que estaba viendo: «¿Qué
es esto? —se preguntaba en voz alta—. ¿Qué demonios es esto?».

Cuando acabó el partido, bajó al vestuario, donde se encontró con


un silencio deprimente. Cogió por banda a Nixon, que solo había
anotado doce puntos. «¿Por qué juegas así? —le preguntó Buss—.
¿Por qué no entras a canasta como antes? ¿Qué está pasando?».

«Bueno —contestó Nixon—. Es lo que nos pide ahora el


entrenador». Le intentó explicar el nuevo sistema a Buss, pero solo
consiguió enfurecer aún más al propietario. Al multimillonario gestor
de propiedades inmobiliarias eso no le parecía propio de un equipo
que pretendía ser una máquina de anotar. Más bien parecía la
táctica de un equipo de instituto. «En teoría, aquello estaba pensado
para correr de manera más equilibrada —explicaría Buss tiempo
más tarde—, pero en realidad nadie se atrevía a correr. Hablara con
quien hablara, me venían con lo del nuevo sistema… La gente había
criticado mucho a Paul, o esa era su sensación, por copiar sin más
el esquema de McKinney para ganar el título, lo que, a su vez, le
había valido para seguir como entrenador. Ahora quería dejar claro
que las decisiones tácticas eran suyas, completamente suyas. Me
dio la sensación de que estaba intentando reivindicarse utilizando a
mi equipo para ello. Parecía estar intentando ajustar cuentas
pendientes… como si dijera: “Voy a utilizar a este equipo para
demostrar lo bueno que soy”, pero sin consultarme antes. Yo no
quería eso. Había contratado a McKinney específicamente porque
quería que mi equipo jugara de esa manera».

El siguiente partido supuso una nueva derrota: 102-100 contra los


inferiores Portland Trail Blazers. Antes del partido, Westhead llamó
aparte a Johnson y le pidió que fuera más agresivo en el rebote.
«Sí, muy bien, lo que usted quiera… —replicó el base—. Pero se
supone que tengo que jugar a nueve metros de la canasta para
parar el contraataque del equipo rival». Westhead no pilló la
indirecta e insistió en que había que atacar más el rebote.
«Entrenador —lo paró Johnson—, no puedo adelantar mi posición
nueve metros para intentar coger un rebote en ataque y a la vez
retrasarla nueve metros para intentar parar el contraataque rival».
«Está bien —dijo Westhead—, mejor dejémoslo aquí».

Esa misma noche, en el lobby del Portland Mariott, Chick Hearn, el


veterano comentarista, conocedor de primera mano de todo lo que
rodeaba a los Lakers, se acercó a un grupo de periodistas. «A este
paso, preparaos para una noticia bomba en muy pocas semanas»,
les dijo.

«Todos sabíamos lo que estaba pasando —afirma Steve Springer,


uno de los periodistas que acompañaban al equipo—. La relación
con Paul tenía que romperse tarde o temprano. No podía durar
mucho».

Los Lakers ganaron dos de los tres siguientes partidos, pero ya


daba igual. La química entre el entrenador y los jugadores era
inexistente… y con uno de los jugadores en concreto rozaba la mala
educación.

«Magic acabó odiando a Paul —asegura Cooper. Odiándolo de


verdad. Magic es esa clase de persona que, cuando se sube al
autobús, saluda a todo el mundo: «¿Qué pasa? ¿Cómo estás?
¿Todo bien?». Ahora, cuando subía al autobús se iba directo a su
asiento y no hablaba con nadie. A Westhead, ni lo miraba. Magic
pasaba de largo cuando se cruzaba con él, como si no existiera».

«En los entrenamientos, Magic solía colocarse en lo alto de la zona,


pidiendo la bola y corriendo de un lado a otro, lleno de energía.
Ahora se limitaba a estar ahí, sin moverse. Yo pensé: “Esto no va a
acabar bien”. Westhead hablaba, daba instrucciones, como todos
los entrenadores, pero Magic ni lo miraba. Westhead le explicaba lo
que quería de él y Magic le contestaba con frialdad: «Quieres que
vaya ahí y haga eso, ¿no?» y se limitaba a hacerlo al pie de la letra.
Magic estaba acostumbrado a botar y a correr y a jugar con energía.
Pero con Westhead… la situación era muy incómoda: el entrenador
estaba intentando llamar la atención de la estrella y la estrella
básicamente estaba en plan: “Que te jodan. No creo en nada de lo
que me estás contando”».

La noche del 10 de noviembre de 1981, los Lakers sufrieron su


cuarta derrota en seis partidos: una paliza deshonrosa ante los San
Antonio Spurs, que jugaban sin George Gervin, uno de los mejores
anotadores de la liga. Los Lakers del primer año de Westhead
habrían corrido el contraataque después de cada fallo rival. Los del
segundo año, le habrían pasado la pelota a Abdul-Jabbar, a ver qué
pasaba. Este tercer año, se limitaban a quedarse quietos y mirarse
los unos a los otros. En el último cuarto, los Spurs llegaron a
dominar por treinta puntos de ventaja mientras los aficionados del
HemisFair cantaban todos juntos «Another One Bites the Dust», el
éxito de Queen. Más que un partido fue una humillación pública y,
tras la derrota, varios jugadores se limitaron a responder a los
medios encogiéndose de hombros y repitiendo: «Pregúntale al
entrenador».
Y al entrenador le preguntaron. «No sé qué contestar —admitió
Westhead—. Si supiera cuál es el problema, habría intentado
solucionarlo antes del partido».

Johnson, pese a sus veinticuatro puntos, estaba abatido. Echó un


vistazo a la hoja de las estadísticas y la estrujó hasta hacerla una
bola. «Hoy me he tenido que buscar la vida a base de contraataques
y palmeos —señaló—. Todos insistíais en lo mal que estaba jugando
en los cuatro primeros partidos porque solo anotaba doce o catorce
puntos. Todo el rato estabais con el “¿Qué le pasa a Magic?”, y a
Magic no le pasaba nada. Solo tiré siete veces contra Phoenix
(derrota por 101-99 cuatro días atrás) porque fueron los únicos tiros
que me correspondían. Así es el sistema de Westhead y él tiene
muy claro que es lo que funciona. No puedo saltármelo, sin más».

¿Creía Magic en el sistema?

«Mi trabajo es jugar —contestó Johnson— y hacer lo que me dicen


que haga».

***

En cuanto terminó el partido contra los Spurs, una vez los


encargados del material lo recogieron todo y cargaron los
autobuses, el equipo marchó al aeropuerto para tomar el vuelo a
Houston. El viaje fue más silencioso que de costumbre. Los
jugadores podían dar mucho más de sí. Ellos mismos sabían que
podían jugar mucho mejor si les dejaban. Pero el sistema de Paul
Westhead…

Llegaron al Aeropuerto Intercontinental de Houston en la madrugada


del miércoles 11 de noviembre, recogieron sus equipajes y se
dirigieron al autobús. Sin decir una palabra, Johnson —que llevaba
puestos unos cascos enormes mientras cantaba Earth, Wind & Fire
a todo trapo— se dirigió a la mediana que separaba los dos carriles
y subió aún más la música. «A veces —les dijo a los periodistas—,
necesito sentarme al sol y pensar». Solo que no había ningún sol al
que sentarse. Todo eran nubes alrededor de los Lakers.

«Me subí al autobús —recuerda Cooper—. Estaba comiendo algo y


miré por la ventana. Ahí estaba Magic, en el suelo, apoyado en una
farola».

Cooper se acercó a su amigo por la espalda y le dio un toque en el


hombro.

—Earvin, ¿qué te pasa? —le preguntó.

—Que ya no me divierto, Coop —contestó Johnson.

—¿De qué estás hablando? —dijo Cooper—. Es solo una mala


racha, eso es todo.

—No, Coop. Esto no va a ir a mejor —replicó Johnson—. Sé de lo


que hablo: no va a ir a mejor.

Cooper sabía que Johnson era un hombre de altibajos. Sabía que el


mismo tipo que ahora parecía triste y deprimido podía estar
bromeando tan solo veinticinco segundos después.

—Venga, E, subamos al autobús…

—¿Para qué, Coop? Esto ya no tiene ningún sentido —contestó


Johnson—. Hoy mismo voy a llamar al Dr. Buss.

—¿Y qué puede hacer él en todo esto? —preguntó Cooper en un


alarde de inocencia.

—El doctor me escucha —aclaró Johnson—. El doctor me escucha


cuando le hablo.

Y tanto.
«Ahí fue cuando me di cuenta —reconoce Cooper años después—
de que Magic tenía más poder que nadie en el equipo. Tal vez,
“poder” no sea la palabra, pero sí una línea más directa con el Dr.
Buss. Lo llamó esa noche y esa llamada cambió la historia de Los
Ángeles Lakers».

***

Lo curioso es que a partir de ahí los Lakers empezaron a ganar


partidos. Sin parar. Fue quejarse Magic a Buss y los Lakers
empezaron su mejor racha de toda la temporada, ganando a tres
buenos equipos (Houston, Portland y Phoenix) y a los frágiles
Pacers, entrenados por Jack McKinney. Nixon, el soplón por
excelencia, filtró anónimamente a la prensa el sentir del vestuario:
«Lo único malo de ganar es que estamos manteniendo a Westhead
con vida».

En medio de esta racha, Buss llamó a su despacho a Bill Sharman y


a Jerry West para una reunión de urgencia. Aunque, en principio,
ellos eran los responsables exclusivos del área deportiva, lo cierto
es que Buss cada vez hacía más caso a Magic Johnson. Desde la
derrota en playoffs del año anterior contra Houston, Buss se había
ido convenciendo de que Westhead era un testarudo con aires de
grandeza, poco dispuesto a escuchar a los demás. Ahora que
Johnson volvía a pedirle la cabeza de Westhead, el propietario
sentía que era el momento de actuar.

«Empecemos la reunión dejando las cosas claras: he tomado la


decisión de despedir a Paul Westhead —anunció Buss a sus dos
empleados—. Ahora bien, aquí tomamos las decisiones entre los
tres y, si conseguís convencerme de lo contrario, haré lo que
vosotros digáis…».
Sharman y West habían entrenado a los Lakers en distintas etapas
y sabían que no era un trabajo fácil. La presión de los medios y del
público de Los Ángeles era en ocasiones insoportable. También
sabían lo que era lidiar con una superestrella descontenta. Sharman
entrenó al temperamental Wilt Chamberlain durante dos
temporadas, y West nunca supo muy bien qué pasaba por la cabeza
de Abdul-Jabbar durante los tres años que pasaron juntos. En otras
palabras, aunque reconocían que Westhead estaba cometiendo
errores, creían que era justo concederle algo más de tiempo para
corregirlos. «Paul se merece al menos otra semana para ver si
puede enderezar el rumbo», le dijo West a Buss.

Sharman asintió: «Jerry tiene razón —dijo—. No deberíamos olvidar


lo que Paul hizo por nosotros en 1980».

Buss los escuchó y se unió al consenso. Tal vez las cosas podían
arreglarse solas.

***

Ya estaba bien de tonterías.

Paul Westhead llevaba tiempo con la mosca detrás de la oreja. En


su opinión, Johnson —de cara al público, un chico impoluto, todo
sonrisas, abrazos y carcajadas— no se estaba comportando como
un líder sino como un cizañero. A menudo, los entrenadores
prefieren no enterarse de lo que está pasando en su vestuario…
pero eso no quiere decir que no sepan, o al menos intuyan, cuándo
se está cociendo algo gordo. Westhead no había estado presente
en las charlas de Johnson con Buss, Nixon o Cooper, pero no era
idiota: sabía que el buen rollo del año del campeonato se había roto
y que el jugador más importante de la NBA ya no lo quería en el
equipo.
«Teníamos nuestros más y nuestros menos —reconoce Westhead
—. Todo el mundo lo sabía».

Si Westhead hubiera sido entrenador en otra época, con un equipo


de cinco o seis ayudantes, tal vez alguno podría haber cogido a
Johnson, Nixon y los demás y haber intentado hacerles entrar en
razón. Al fin y al cabo, la marca de victorias y derrotas de Westhead
como entrenador (110-50) era una de las mejores de la historia de la
NBA.

Pero, con la excepción de Riley, que prefería hacer su trabajo sin


meterse en demasiados líos, Westhead estaba solo.

La noche del miércoles 18 de noviembre, los Lakers y los Utah Jazz


se enfrentaron en el Salt Palace. En principio, el partido no debería
haber tenido color. Los Jazz eran un equipo raro, que dependía
demasiado de sus dos anotadores (el alero Adrian Dantley,
demasiado bajo para su puesto, y el joven escolta Darrell Griffith).
Aun así, como el sistema de ataque de Westhead seguía
confundiendo a todos, los Jazz se las apañaron para mantener el
partido apretado. Poco antes del descanso, los Lakers pidieron un
tiempo muerto. Westhead diseñó una jugada y miró hacia Johnson,
que estaba pidiéndole un vaso de agua a Jack Curran, el preparador
físico.

—¡Earvin! —gritó Westhead—. ¡Cierra el pico, métete en el corrillo y


presta atención!

—Estoy prestando atención —contestó Magic.

—Pues al menos mírame cuando te hablo —respondió Westhead.

Una hora después, volvió a pasar. Los Lakers ganaban 110-113 con
cuatro segundos por jugar. El entrenador de los Jazz, Tom Nissalke,
pidió tiempo muerto para diseñar una última jugada. Los Lakers
rodearon a Westhead, que se puso a explicar cómo lo más probable
era que Griffith lo intentara a la salida de un bloqueo, pero que
tampoco había que descuidarse con Ricky Green en el…
—¡Magic!

Johnson estaba sentado al final del banquillo, enfurruñado y


mirando hacia otro lado a ver si Westhead se daba cuenta.

—Maldita sea —exclamó Westhead—. ¿Por qué no estás aquí en el


corrillo con los demás?

—Me estoy enterando —replicó Johnson malhumorado—. Eso es lo


que cuenta, ¿no?

—Olvídalo —contestó Westhead—. Está claro que te da


absolutamente igual lo que estoy explicando.

Nadie habría culpado al entrenador si en ese momento hubiera


metido a Eddie Jordan en el campo y hubiera dejado a Johnson en
el banquillo delante de 10.802 espectadores. Dejarlo en evidencia
delante de todos, como tantos entrenadores habían hecho con sus
jugadores a lo largo de los años, «habría sido lo lógico —reconoce
Cooper—. Earvin le estaba faltando al respeto abiertamente».

En cambio, Westhead lo metió de nuevo en la cancha, vio como su


equipo conseguía aguantar los tres puntos de ventaja y solo
entonces empezó a darle vueltas a qué podía hacer con Johnson.
«No podía esperar al siguiente entrenamiento para hablar con él —
afirma Westhead—. Era algo urgente. Necesitaba recuperarlo para
la causa, no podía alejarlo aún más».

Una vez los jugadores entraron en el diminuto vestuario del equipo


visitante, Westhead le pidió a Johnson hablar un momento a solas.
Entraron en una habitación anexa, una especie de almacén.
Johnson se apoyó en una mesa. Westhead se quedó de pie.

—Estoy cansado de tu actitud de mierda —le dijo el entrenador—. Y


no voy a tolerarla ni un minuto más. O empiezas a escucharme o no
vuelves a pisar la pista.
Desde que Johnson empezara a jugar al baloncesto en primaria,
nunca, ni una sola vez, le había faltado el respeto a un entrenador.
Le habían educado en la obediencia a la autoridad, pero él ya no
veía a Westhead como una figura de autoridad, sino como un
ignorante.

—Para lo que me utiliza, entrenador, mejor es que me deje en el


banquillo —contestó Johnson—. Siénteme, y ya está.

—Ya estamos otra vez con lo mismo —se lamentó Westhead.

—¿Alguna otra cosa? —preguntó Johnson.

—No —concluyó Westhead la conversación.

Johnson salió del cuarto, volvió a su taquilla y empezó a enumerar


en su cabeza todos los equipos de la NBA que estarían encantados
de contar con sus servicios: A los Knicks les encanta Magic
Johnson. También a los Detroit Pistons, en su Michigan natal. Como
los New Jersey Nets, los Golden State Warriors, los Washington
Bullets, los… los…

Se giró hacia Jordan, en la taquilla de al lado: «Tengo que irme de


aquí —le dijo—. Ha estado genial y tal, pero le voy a pedir al Dr.
Buss que me traspase…».

¿Perdón?

«Quiero marcharme. No pinto nada aquí».

Como después de cada partido, los periodistas esperaban fuera del


vestuario a que terminaran los quince minutos de pausa reservados
a la intimidad de los jugadores. Cuando entraron los medios de Los
Ángeles, un chaval de mantenimiento les contó que Johnson y
Westhead habían estado reunidos en un cuarto aparte.

Lo primero que les sorprendió fue la tranquilidad que se respiraba


en el vestuario. Todo estaba como siempre. Algunos jugadores
seguían junto a sus taquillas, otros estaban en las duchas… En
general, todos parecían contentos y felices tras un triunfo muy
reñido. Cuando uno de los periodistas le preguntó a Westhead por
su reunión con Johnson, este se limitó a contestar: «A veces, el
silencio da más frutos que el molesto ruido».

La frase no era de Shakespeare, sino del propio Westhead.

El primero en hablar con Johnson fue Dave Blackwell, redactor del


Desert News, de Salt Lake. Como no seguía de cerca a los Lakers,
no sabía nada de las tensiones internas. Le hizo un par de
preguntas rutinarias y se fue con Wilkes, que había anotado
veintiséis puntos.

Una vez Blackwell hubo despejado el camino, le tocó el turno a Rich


Levin, el redactor que seguía a los Lakers para el Los Angeles
Herald-Examiner. Hasta ese momento, Levin era conocido por dos
cosas: había jugado como alero en UCLA a las órdenes de John
Wooden y Abdul-Jabbar lo había criticado en público por el tono de
sus artículos. A partir de ahora, sería conocido para siempre como
el hombre que abrió todos los diques.

—Magic —comenzó Levin—, tengo que preguntarte por tu situación


con Westhead…

Los demás periodistas de Los Ángeles se juntaron alrededor. Por un


momento, se hizo un silencio extraño, la calma que precede a una
tormenta sin precedentes.

—No puedo seguir jugando en este equipo —soltó Johnson—.


Quiero irme de aquí. Quiero un traspaso. No puedo soportarlo más.
Tengo que pedirle a Buss que me traspase cuanto antes.

—¿Estás de broma? —reaccionó Levin.

—En absoluto —continuó Johnson—. No me he sentido a gusto en


toda la temporada. Tengo que irme de aquí. Las cosas no han… no
sé explicarlo… He visto cómo se iban desarrollando algunas cosas y
he preferido callarme la boca, pero ya no puedo seguir aquí. No
tiene nada que ver con los chicos. Los quiero a todos. Pero no estoy
a gusto, no soy feliz. Me limito a aparecer el día del partido y jugar.
No dejo de darlo todo en cada partido, pero no soy feliz. No me
divierto jugando así. Necesito marcharme.

—¿Todo esto es por Paul? —preguntó Randy Harvey, del Times.

—Sí —contestó Johnson—. Así es.

De nuevo, silencio.

—Espero poder hablar mañana mismo con Buss para pedirle que
me traspase.

Jordan era el compañero de habitación de Johnson en los partidos


fuera de casa. No podía creerse lo que estaba oyendo y le comentó
a Nixon: «Norm, me da que el próximo partido nos va a tocar dirigir
el equipo a nosotros».

«Ni caso —contestó Nixon—. Earvin está vacilándolos. Seguro que


está de coña».

«Se produjo una reacción en cadena por todo el vestuario conforme


nos fuimos enterando de las palabras de Earvin —recuerda Kurt
Rambis—. Fue algo muy extraño, podías ver como la gente se
quedaba de piedra en cuanto le llegaba la noticia, como si les
hubiera caído un rayo encima».

La mañana siguiente, cuando los periodistas se reunieron en el


aeropuerto para coger su vuelo de vuelta a Los Ángeles, Mitch
Chortkoff, del Herald-Examiner, se acercó al grupo con un gesto
serio en la cara.

—Chicos, creo que la aerolínea se ha equivocado en una cosa.

—¿A qué te refieres?—preguntó uno de los presentes.


—Cuando han preguntado por el entrenador, han dejado que
embarcara Westhead.

Ese día, el Los Angeles Times tituló en portada: LA BOMBA DE


MAGIC: PIDE EL TRASPASO. Literalmente, era cierto, y desde
luego era una bomba informativa. Ahora bien, estaba claro que esa
no era la intención de Magic, que no quería ningún traspaso y que,
pese a su insistencia, no pretendía abandonar el equipo. Aunque
tuviera solo veintiún años, no era ningún crío. No hay ningún
propietario que renueve a un jugador por veinticinco años y que a
los dos meses le mande a Cleveland a cambio de Kevin Restani,
Paul Mokeski y dos elecciones del draft.

«A ver, Magic sabía perfectamente que no lo iban a traspasar de


ninguna manera —afirma el pívot Mark Landsberger—. Se comportó
como un niñato. Estábamos en el autobús y empezó: “No sé si irme
a Chicago o a Nueva York. ¡Que le jodan a este tío!”. Buss y él eran
íntimos, no se iba a deshacer de él bajo ningún concepto. Lo manejó
como el culo. Lo único que quería era que despidieran al entrenador.
Punto».

A Johnson no le preocupaba lo que dijeran los medios, pero sí echó


en falta algo de apoyo por parte del vestuario. Abdul-Jabbar dejó
claro que los trapos sucios había que lavarlos en casa… pero luego
se fue al New York Times y declaró por su cuenta: «Las cosas se
podrían hacer mucho mejor para que todo el mundo estuviera a
gusto». El siempre callado Wilkes señaló (acertadamente) que
«Magic es un chico con mucho talento, pero tiene un problema en el
trato humano». Cooper permaneció en silencio, y Nixon —el jugador
que más odiaba a Westhead— prefirió no dar la cara. En cuanto
escucharon las declaraciones de Johnson en el vestuario del Salt
Palace, todos los periodistas fueron corriendo a por Nixon, dando
por hecho que apoyaría a su compañero por haberse atrevido por fin
a contar la verdad.

«Norm, ¿qué opinas del traspaso de Magic?».

Nixon negó con la cabeza.


«Norm, ¿crees que van a despedir a Paul?».

Nixón negó con la cabeza.

«Norm, ¿crees que el equipo necesita un nuevo entrenador?».

Nixon negó con la cabeza por tercera vez.

«Por la espalda, era el mayor crítico de Westhead —afirma Randy


Harvey, periodista del Times—. No dejaba de hablar de él. Estaba
obsesionado. Pero se cuidaba muy mucho de hacer públicos esos
pensamientos».

«Norm siempre andaba criticando a Westhead, pero al final la mala


fama se la ha llevado Magic —apunta Butch Carter—. Westhead
estaba superado: no entendía cómo funcionaba la NBA a ese nivel.
Así que Magic se limitó a decir lo que pensaba. No se merecía la
que le cayó encima».

Springer, del Orange County Register, no se podia creer lo que


estaba viendo: Nixon siempre despellejaba a Westhead. Y, ahora,
¿iba a dejar a Johnson solo en sus críticas, expuesto y vulnerable
ante la afición y los medios? «Norm, le habéis dejado solo —le dijo
—. Le va a caer toda la mierda encima. ¿Por qué no sales a
defenderlo?».

Nixon no lo veía así. «Es Magic —contestó—, puede decir lo que le


dé la gana y no le pasará nada. Si yo salgo a decir lo mismo, me
traspasan al día siguiente».

Era un razonamiento un poco egoísta pero totalmente acertado.


West ya tenía a Nixon entre ceja y ceja cuando entrenaba y ahora
que eran suyos los mandos de la franquicia, no parecía que sus
sentimientos hubieran cambiado. «No ganaba nada saliendo en la
prensa a animar el fuego —recuerda Nixon—. Ni yo ni nadie».

El único que confiaba en que Westhead pudiera salvar su trabajo


era el propio Westhead. La noche de la rajada de Johnson, habló
por teléfono con Buss y los dos se citaron para el día siguiente en el
Forum. «Supongo que la cosa puede salvarse aún, si…», dijo
Westhead.

Pero no.

Buss le recibió con una gran amabilidad, le agradeció los dos años y
medio de servicio leal y le dijo que sus días en los Lakers se habían
acabado. Le aclaró que su decisión no tenía nada que ver con los
comentarios de Johnson, que el base no era más que un jugador y
que los jugadores no toman las decisiones. «De eso me encargo yo
—explicó Buss— y creo que esto es lo mejor para todos. El ataque
hace aguas por todos lados. Sé que no estás de acuerdo conmigo,
pero así es como lo veo yo».

Westhead no quiso poner malas caras. Agradeció a Buss la


oportunidad concedida, una oportunidad única en la vida, le dio la
mano y salió del Forum, devastado. «Menos mal que mi familia
estuvo a mi lado en ese momento —recuerda Westhead—, porque
fue de los peores de toda mi carrera. Probablemente, sea el único
entrenador al que lo despiden tras ganar cinco partidos seguidos».

Paul Westhead no dijo nada entonces y prefiere no decirlo ahora.


Sin embargo, los hechos son los hechos.

Lo despidió Magic Johnson.


SEGUNDA PARTE

Dominación
CAPÍTULO OCHO

El talento de Mr. Riley

CUANDO DIRIGES UN EQUIPO PROFESIONAL, hay determinadas


reglas que conviene tener siempre en cuenta. Una de ellas es que,
si vas a echar a tu entrenador, más te vale tener un sustituto
preparado.

Aunque Jerry Buss era un empresario de enorme éxito, no se le


daba bien lo de echar a la gente. No era lo que se conoce por «un
tiburón», e intentaba a toda costa evitar la típica charla de «Lo
siento, pero…». Buss era todo lo contrario de Jack Kent Cooke, su
predecesor en el cargo, que disfrutaba al ver las cabezas de sus
empleados rodar. Nada le hacía más feliz que ver triunfar a los
demás y solo cambiaba algo cuando consideraba que era
absolutamente necesario. El hecho de que Magic le hubiera puesto
en un compromiso con su ultimátum en Utah hizo que Buss tuviera
que actuar sin tener un plan alternativo. Echó a Westhead sin saber
quién debía sustituirlo. De ahí que, la tarde del jueves 19 de
noviembre, medios de todo el estado asistieran a la rueda de prensa
más estrambótica de la historia reciente del mundo del deporte.
Cincuenta minutos que dejaron a los periodistas completamente
anonadados.

Y eso que, al principio, la cosa fue relativamente bien: Buss


agradeció a Westhead (que no estaba presente) los servicios
prestados y reconoció que no había sido una decisión fácil. Insistió
en que el despido no tenía nada que ver con las palabras de
Johnson y se comprometió a que los Lakers volverían a ganar el
anillo más pronto que tarde.

A partir de ahí, el asunto empezó a complicarse.

Antes de la reunión con la prensa, después de reunirse a la una y


media con Westhead, Buss había invitado a Jerry West y a Bill
Sharman a su casa, la mansión Pickfair, para diseñar un plan
conjunto de cara al futuro inmediato. En el curso de la conversación,
le pidió a West que volviera a entrenar al equipo. Lo que contestó la
leyenda varía según quién cuente la historia:

A) «Como mucho, uno o dos partidos».

B) «Sí, claro, encantado».

C) «¡¡¡Ni en un millón de años!!!».

«Teniendo en cuenta lo mucho que Jerry odiaba entrenar, no creo


que estuviera interesado en el puesto —afirma Norm Nixon—. Ni se
le daba bien ni le apetecía».

No se sabe cómo, Buss entendió que West no solo aceptaba el


encargo, sino que lo hacía con entusiasmo. Cerró el acuerdo con un
apretón de manos y pidió a sus dos interlocutores que se reunieran
con Riley para explicarle la situación. A las tres de la tarde, más o
menos, Riley llegó a la casa de West en Bel Air, donde este le
explicó, sin margen para la interpretación, que habían decidido que
él se hiciera cargo del equipo. «Te puedo ayudar como segundo
entrenador el tiempo que necesites, pero esperemos que no te haga
demasiada falta —le aseguró West, quien había jugado junto a Riley
durante cuatro temporadas y lo consideraba un buen amigo—. Estoy
convencido de que vas a hacer historia».

Como le sucedió a Westhead cuando le tocó reemplazar a


McKinney, Riley tenía sentimientos encontrados al respecto: la
felicidad por la oportunidad que tenía delante se mezclaba con la
culpa, al considerar que estaba siendo desleal a un entrenador que
merecía todo su respeto. La noche que Johnson exigió el traspaso,
Riley se acodó en la barra del Salt Lake Hilton Inn y se quejó a la
prensa de los nuevos tiempos: «Todo ha cambiado demasiado —les
dijo a los periodistas—. Antes, los jugadores solo se preocupaban
de jugar y no se metían en lo que decidía el entrenador. Al menos,
no en público».

Riley tenía asumido que, si echaban a Westhead, él iría detrás.


Ahora, de repente, le ofrecían ser el primer entrenador. Era algo
raro, triste y excitante a la vez.

Buss seguía explicándose ante los medios y una vez terminada la


parte que afectaba a Westhead, comenzó a delinear su plan de
futuro. A Riley se le salía el corazón por la boca. Se imaginó a todos
sus amigos de la infancia en Shenectady, Nueva York, viendo en la
tele el traspaso de poderes y gritando: «¡Eh, ese de ahí arriba es
Pat! ¡Es Pat Riley!». Tenía treinta y seis años y había llegado a lo
más alto del mundo del baloncesto.

Pat Riley se sentía un hombre orgulloso.

Pat Riley se sentía un hombre poderoso.

Pat Riley se sentía un hombre… confuso.

Buss anunció que West haría las veces de entrenador en ataque


mientras Riley sería el entrenador en defensa. Una especie de
capitán. O algo así.

BUSS (desde el estrado): Hemos nombrado a Jerry West el capitán


en ataque de los Lakers con efecto inmediato. Pat Riley también
seguirá entrenando al equipo.

PREGUNTA: Doctor, ¿qué quiere decir con capitán en ataque, eso


lo convierte en el primer entrenador?

Buss hizo una pausa para darle una buena calada a su cigarrillo.
Por un momento, no estaba claro si aquel hombre era el dueño de
Los Ángeles Lakers o de Los Ángeles Rams. Buss era un conocido
fanático de la USC. ¿Entrenador en ataque? ¿Entrenador en
defensa? ¿Iba a nombrar también un entrenador para las unidades
especiales?24

«En mi vida había cubierto una rueda de prensa tan rara —confiesa
Mitch Chortkoff, del Herald Examiner—. Lo normal es que sepas lo
que vas a anunciar antes de convocar a los medios».

«Dimos una clase magistral —afirma Bruce Jolesch, el director de


relaciones públicas del equipo— de cómo no se debe actuar ante la
prensa».

Aquello parecía un sketch del Saturday Night Live…

BUSS: No quise nombrar un primer entrenador y un segundo


entrenador a propósito. Creo que así funcionará mejor y por eso lo
he anunciado de esta manera. No ha sido por casualidad. Creo que
Pat está más que capacitado para dirigir a los Lakers, pero también
creo que necesitamos a un nuevo entrenador que se encargue
específicamente del ataque. Le pedí a Jerry que se ocupara de esa
tarea y, afortunadamente, teniendo en cuenta su estrecha relación
con Pat, creo que ambos podrán entrenar juntos, solo que Jerry se
encargará más de lo que es el ataque.

PREGUNTA: Doctor Buss, mañana hay partido. Cuando acabe,


¿saldrán los dos entrenadores a dar la rueda de prensa? ¿O van a ir
turnándose según el día?

BUSS: Eso es algo que hemos estado discutiendo. En realidad,


todos estos cambios tienen que ver con el ataque, y puesto que
Jerry se va a encargar del ataque, lo lógico es que sea él quien
conteste vuestras preguntas. De todos modos, ya sabéis que Pat
siempre está a vuestra disposición.

PREGUNTA: Pero, disculpe, ¿quién elegirá el quinteto inicial?


BUSS: ¿Quién elegirá el quinteto inicial? Bueno, en baloncesto, eso
suele hacerlo el entrenador…

PREGUNTA: Ya, pero ¿cuál de los dos?

BUSS: ¿Cuál de los dos? (busca con la mirada a West y a Riley).


Bueno, aún hay cosas que tenemos que ir viendo. No solo los
quintetos iniciales sino otras cuestiones como… posibles traspasos
y tal. Pat y Jerry tendrán que sentarse y decidir cómo se reparten las
responsabilidades. Afortunadamente, ambos han trabajado juntos
durante años, codo con codo, y por eso prefiero que sean ellos los
que decidan quién se encarga de qué.

PREGUNTA: ¿Qué cambios va a introducir Jerry en el ataque?

Buss empezó a contestar esta pregunta, pero Springer lo


interrumpió, pidiendo que respondiera West. El nuevo «entrenador
en ataque» parecía incómodo, como si quisiera estar en cualquier
otro lugar. Hacía tan solo diez minutos estaba convencido de…
bueno, ya no sabía de qué. Ayudaría a Riley, le daría algunos
consejos. Poco más. Y, ahora, ¿era el capitán?, ¿cómo habíamos
llegado a este punto?

WEST: Antes que nada, me gustaría aclarar una cosa. Mi


responsabilidad será trabajar para Pat Riley.

PREGUNTA: ¿«Para» o «con», Jerry?

WEST: Para Pat Riley y con Pat Riley. En lo que a mí respecta,


estoy a sus órdenes porque siento que él debe ser el primer
entrenador. Confío en que no me necesite durante demasiado
tiempo.

PREGUNTA: Pat, ¿aceptas preguntas?

RILEY: Por supuesto.


PREGUNTA: Pat, nos gustaría saber cuál es tu opinión sobre todo
esto.

RILEY: Bueno, en realidad no he tenido mucho tiempo para pensar


y, en el terreno personal, es un día complicado porque no ha sido un
día fácil para mí ni lo ha sido para Paul. Así que, hasta que no nos
sentemos tranquilamente Jerry y yo, y podamos discutir qué es lo
que hay que hacer para mejorar la moral del equipo, creo que no
tiene sentido adelantar demasiado ahora mismo.

PREGUNTA: ¿Tienes pensado contar con algún otro asistente?

RILEY (Risas): ¿Algún otro asistente? Lo que tengo pensado es


acabar con esto cuanto antes e irme a comer.

Para culminar el ridículo, cuando un periodista le preguntó si había


hablado ya con Johnson, Buss contestó: «Sí, la verdad es que sí…
pero no sobre esto, sino sobre la fiesta de cumpleaños que estoy
preparando. Quería asegurarme de que Norm Nixon y él llegaban
puntuales».

El periodista en cuestión le deseó un feliz y próspero cumpleaños.


«No —contestó Buss—, no es mi cumpleaños».

Cuando la maldita rueda de prensa terminó, West —acostumbrado a


soltar tacos siempre que podía— se llevó a Riley aparte y le dijo:
«Tú eres el entrenador de este equipo. El único puto entrenador».

***

El único puto entrenador tenía una idea en mente. Dos, para ser
exactos.

En primer lugar, iba a cargarse el sistema de ataque posicional de


Westhead y volver a una versión reformada del sistema de Jack
McKinney.

En segundo lugar, iba a cuidar especialmente a Magic Johnson.

Puede que esto suene demasiado simplista, pero no lo es. En


cuanto se anunció el despido de Westhead, Johnson cayó del
Olimpo de Los Ángeles para convertirse en un despojo humano al
que todo el mundo despreciaba. En unos tiempos en los que
aficionados y periodistas coincidían en sus críticas a los egos y los
salarios de las estrellas del deporte, la operación de Johnson lo hizo
caer en popularidad hasta los niveles de Pat Haden, el mediocre
quarterback de los Rams, o de Jerry Brown, el denostado
gobernador de California.

Los días que siguieron a la confusa rueda de prensa vieron como


los buzones de las oficinas del Los Ángeles Times se llenaban de
cartas. Centenares de apasionados del baloncesto veían en el base
de los Lakers a una reencarnación de Satán. Johnson intentó
sortear esas críticas como pudo, emitiendo un comunicado en el que
venía a decir: «Me alegro de estar en L.A. No era feliz y no era el
único en el vestuario. Ahora bien, yo no cambié nada: fue todo
cuestión del Dr. Buss, que es el que manda». No convenció a nadie.
El periódico publicó todas esas cartas llenas de odio, reflejando un
sentimiento compartido por toda la comunidad Laker: ese niño
consentido no merecía seguir vistiendo el uniforme púrpura y oro.
Jim Murray, el columnista estrella de la sección de deportes del
Times, fue aún más lejos: «Trajeron a un chico que parecía una
mezcla del Oso Yogui y Bambi… y ha resultado ser la bruja de
Blancanieves —escribió—. Ahora sabemos por qué le llaman Magic:
ha hecho desaparecer a su entrenador».

Por toda la liga, surgieron voces que calificaban a Johnson de


manipulador e inmaduro. Larry Brown, entrenador de los New
Jersey Nets, dejó claro que él jamás contaría con alguien así en su
plantilla… y eso que los bases de aquellos Nets eran los mediocres
Darwin Cook, Phil Ford y Foots Walker. «Pueden quedárselo —
afirmó Brown—. Ya hemos visto el daño que le ha hecho a ese
equipo». Bob Mazza, el encargado de llevar las relaciones públicas
de Magic Johnson, aseguró desde Beverly Hills al Los Angeles
Times que todo lo sucedido no afectaría a su cliente. «Tengo la
sensación de que esto se olvidará fácilmente», declaró, horas antes
de que varias empresas decidieran prescindir de Johnson para sus
campañas de publicidad.

Lo cierto es que Johnson era a la vez héroe y villano. Westhead


estaba perdiendo las riendas del equipo y Johnson no era sino uno
de los muchos jugadores hundidos en el pesimismo. Hacía falta
valor para salir a decirlo en público, un valor que otros compañeros,
como Nixon y Cooper, no encontraron. Por otro lado, el suyo fue un
acto egoísta que acabó con el despido de un hombre honrado.
Randy Harvey, del Los Angeles Times, lo definió a la perfección:
«Puede que ahora todo el mundo piense que es un niño mimado y
una prima donna… pero eso está tan alejado de la verdad como
cuando se pensaba que era el yerno ideal. En realidad, ni era tan
maravilloso como parecía en los anuncios de 7-Up ni tan mezquino
como algunos críticos se empeñan en repetir ahora».

Riley se reunió con Johnson el día después de asumir el puesto y le


explicó que las cosas iban a cambiar. Los Lakers iban a correr de
nuevo. Abdul-Jabbar seguiría siendo una de las referencias en
ataque… pero no la única referencia. Quería que Johnson volviera a
ser el base que se dejaba guiar por el instinto y que no se lo
pensaba a la hora de disfrutar del juego. El que llevó a los Lakers al
anillo en 1980. En resumidas palabras, quería volver al Showtime. El
Showtime. Así se referían algunos al estilo de juego que había
impuesto McKinney: correr todo el rato, tirar en cuanto hubiera
posibilidad y contagiar ese entusiasmo a los aficionados. El término,
además, le encantaba a Buss: le recordaba a un club del Wilshire
Boulevard, en Santa Mónica, llamado The Horn, que solía frecuentar
mucho antes de hacerse con los Lakers.

Era un lugar pequeño, lleno de humo, conocido por su buena


música, sus generosas bebidas y sus camareras de largas piernas.
The Horn vio crecer a talentos como Jim Nabors o Guy Hovis y en
su interior se grabó el disco de Dick Curtis, Live at The Horn. Justo
antes de que empezara la actuación de cada noche, las luces se
apagaban y el presentador, sentado en una de las pequeñas mesas
del club, se ponía de pie y empezaba a cantar en voz grave: «It’s
shoooooowwwwwwttttttime!», mientras un coro se unía haciendo
armonías: «Shoooooowwwwwwttttttimmmmmme». Buss nunca
olvidó aquella energía, desprendida por una sola frase, que ponía en
pie a todo el público. Quería que su equipo de baloncesto fuera
exactamente eso, que antes de cada partido, todo el mundo sintiera
que empezaba el espectáculo, que era su momento.

Cuando Riley tomó las riendas del equipo, Buss volvió a sacar el
tema del Showtime, como si se tratara de verdad de un estilo de
juego. Le contó a todo el mundo que su equipo iba a volver al
Showtime, que el Forum sería el lugar donde el Showtime triunfaría.
Para Buss, el Showtime era una manera de entender el baloncesto y
de llenar el pabellón. El Showtime eran las Laker Girls con sus
minifaldas. El Showtime era Jack Nicholson, sentado junto a Dyan
Cannon a pie de pista. El Showtime era la música a todo volumen,
los pechos operados, los gritos de entusiasmo y los aficionados
vistiendo sus mejores galas. «Mi padre siempre lo explicaba de la
siguiente manera —apunta Jeanie Buss—: si un amigo tuyo viene a
Los Ángeles de visita, lo normal es que quiera ir a Disneyland, tomar
el sol en la playa y ver a algún famoso. ¿Y dónde es más fácil ver a
un famoso de cerca en Los Ángeles? En un partido de los Lakers.
Convirtió el Forum en el hogar de las estrellas».

En palabras de Pat O’Brien, el comentarista de la CBS: «El Forum


fue la primera cancha de baloncesto en la que vi a aficionados con
prismáticos. Sucedían tantas cosas a la vez que nadie quería
perderse ninguna».

Buss sabía delegar. Quería que el Forum se convirtiera en un lugar


de moda y confiaba por completo en sus empleados para
conseguirlo. Incluso aceptó a regañadientes pagarle cinco dólares
por partido a un aficionado llamado Barry Richards para que bailara
en los tiempos muertos para entretener al público vestido con un
traje blanco. Le pusieron el mote de «Dancing Barry» [Barry el
bailarín].

Solo hubo dos momentos en los que Buss tuvo que llamar a su
gente al orden. El primero fue cuando Lon Rosen, encargado del
departamento de promoción, decidió que las Laker Girls salieran a la
cancha acompañadas por un hombre que daba vueltas a un bastón.
«Si vuelves a hacer algo así —le dijo Buss—, date por despedido».
El segundo tuvo que ver con una idea de Jeanie Buss y Linda
Rambis respecto a la primera mascota de los Lakers, el llamado
«Slam Duck». «Era un pato que vestía a la última, con una cresta en
medio de la cabeza y un piercing —explica Rambis—. Contratamos
a un dibujante para darle forma y pensamos que podíamos utilizarlo
para ir a colegios y tal en vez de mandar a los jugadores. El Dr.
Buss le echó un vistazo y dijo: “Ni de broma. Ni se os ocurra”. En
perspectiva, puede que tuviera razón, pero el pato era tan mono…».

Riley hizo todo lo posible por caer bien: decía todo lo políticamente
correcto, sonreía siempre que había ocasión, se mostraba cercano
con todo el mundo… Dirigió su primer entrenamiento la tarde del
viernes 20 de noviembre, con West sentado en una silla en uno de
los laterales y Buss —que aún no tenía muy claro exactamente
quién dirigía a su equipo— vigilando desde las gradas. Riley tenía
treinta y seis años, con lo que los jugadores lo veían más como a un
compañero que como a un jefe. Aun así, cuando juntó al equipo a su
alrededor para la primera charla táctica, todo el mundo guardó
silencio. «Estoy cansado de vuestras excusas —explicó—. Somos
demasiado buenos para andar con tantas chorradas…».

Por primera vez en varias semanas, Earvin Johnson volvió a ser


Magic. Subía la bola con velocidad y con entusiasmo, bromeaba con
sus compañeros, hacía caso a todo lo que Riley le iba indicando...
Sus pases eran precisos; su concentración, absoluta. Justo cuando
los compañeros empezaban a tener dudas sobre su rendimiento,
aquí estaba el base del primer año, con sus giros por la línea de
fondo, sus pases sin mirar o por detrás de la espalda… «Earvin
necesitaba un cambio —reconoce Cooper—. Las cosas no podían
seguir así durante más tiempo».

Los nuevos Lakers debutaron ese mismo viernes por la noche,


enfrentándose a los Spurs, el mismo equipo que los había dejado en
ridículo diez días antes. Liderados por el excepcional George
Gervin, San Antonio llegó al Forum con el mejor registro de la NBA:
9-1. «Los Lakers tenían muchas estrellas —recuerda el ala-pívot
Paul Griffin—. Pero su juego nos venía bien como equipo y
sentíamos que, si conseguíamos cansarlos, teníamos opciones
contra ellos».

El Forum estaba abarrotado aquella noche. Muchos aficionados


habían acudido para dejarle claro a Johnson que ya no era
bienvenido en ese lugar. El momento de la presentación de los
equipos se hizo muy extraño: normalmente, Johnson era el primero
en ser presentado y la gente se volvía loca en las gradas. Era
pronunciar su nombre y llovían los aplausos y los gritos histéricos.
Esta vez, cuando el speaker Lawrence Tanter empezó a pronunciar
«Earv…», el pabellón entero se llenó de abucheos. Esta era la clase
de recibimiento que el Forum solía reservar para Gervin, Moses
Malone o Bernard King, rivales que habitualmente destrozaban al
equipo local con su juego. Cuando Johnson entró en la cancha, se
mordió el labio e hizo como si la cosa no fuera con él. «Tienes que
pasar por ello y no dejar que te desconcentre —le había aconsejado
Riley antes del partido—. Juega como sabes y el público se pondrá
de tu parte».

Todo el mundo daba por hecho que la relación entre Magic y los
aficionados tardaría tiempo en volver a ser como antes. Unos
cuantos partidos, unas cuantas semanas. Tal vez incluso unos
cuantos meses.

Sin embargo, veinte minutos bastaron. Con Riley en un inteligente


segundo plano, Johnson dirigió a los Lakers a la perfección,
sumando veinte puntos, dieciséis asistencias, diez rebotes y tres
robos para llevarse por delante a los Spurs (136-116). A mitad del
segundo cuarto, el Forum ya había hecho las paces con Johnson.
Subió la pelota por el lado izquierdo de la cancha, cruzó la línea del
medio del campo y le lanzó un alley-oop a Cooper. Menos de treinta
segundos después, anotó un gancho. A continuación, asistió a
Abdul-Jabbar. Por último, dejó atrás a Johnny Moore, el base de los
Spurs, para dejar una bandeja sin oposición. Levantó el puño y
sonrió liberado, como el Magic de los viejos tiempos. «Lo único que
quiero es divertirme y, de paso, ganar unos cuantos partidos»,
declaró después del encuentro. Tras conseguir una ventaja de seis
puntos, Johnson anotó o asistió en dieciocho de los siguientes
veintiún puntos de su equipo. Abdul-Jabbar acabó con treinta,
Wilkes añadió dieciocho y tanto Cooper como Nixon llegaron a los
doce. Al finalizar el partido, Anthony Cotton, de Sports Illustrated, le
preguntó a Johnson si por fin era feliz de nuevo. «Sí, soy muy feliz…
y también lo es ese de ahí y ese y ese… —contestó, señalando las
taquillas de sus compañeros—. Así jugamos hace dos años,
buscando anotar canastas fáciles. ¿Has visto cómo nos movíamos
hoy? Tac-tac-tac…».

«Este es el baloncesto que me gusta ver —añadió Buss—. Creo que


hoy era un día especialmente emotivo. Vamos a esperar diez o doce
partidos más antes de sacar conclusiones».

Como era de esperar, Riley fue considerado inmediatamente el gran


salvador de los Lakers. El equipo ganó once de los trece primeros
partidos con su nuevo entrenador, jugando con mayor libertad y
velocidad y sacando el máximo partido a su talento individual.
Rápidamente, se extendió la idea —alentada por la prensa— de que
Riley había conseguido darle la vuelta al ataque con una serie de
recetas mágicas. Estaríamos ante la unión de un genio del ataque
en el banquillo y un genio del ataque en la cancha. Por mucho que
Riley insistiera en quitarse de encima tanto elogio («No ha cambiado
nada —dijo—. Absolutamente nada. Paul era un excelente
entrenador. Yo no he hecho nada aún»), pocos estaban dispuestos
a reconocer la verdad: el responsable del cambio había sido el
propio Johnson.
La afición, en masa, se enamoró de Pat Riley y vio en él un líder a
seguir. Casi un ídolo.

***

Entrenador.

Pat Riley odiaba la palabra. Incluso se negaba a aceptarla.

Durante sus primeros días, semanas, incluso meses como director


de los Lakers, pidió a todo el mundo que le llamara Pat, sin más, el
tipo con gafas y pelo castaño largo que, con un poco de suerte, igual
enderezaba el rumbo del barco. Para Riley, entrenador no era solo
una palabra o un puesto. Era un honor que correspondía a aquellos
que se lo habían ganado de verdad, alcanzando la gloria y un
estatus por encima del resto de los mortales.

Riley había jugado en la Universidad de Kentucky bajo la dirección


del reverenciado Adolph Rupp. Él sí que era un entrenador. Cuando
llegó a la liga, su primer técnico en los San Diego Rockets fue el
reputado gurú Pete Newell. Él sí que era un entrenador. Al llegar a
los Lakers, se encontró con Bill Sharman, cuatro veces campeón
con los Boston Celtics y ocho veces All-Star. Él sí que era un
entrenador.

«Dignidad, respeto y orgullo —afirmó Riley—. Eso es lo que ser


entrenador significa para mí».

Criado en Schenectady, estado de Nueva York, Pat se había


aficionado a los deportes gracias al ejemplo de su padre, Leon
Francis Riley, outfielder y jugador de primera base durante muchos
años en las ligas menores de béisbol. En 1944, Lee Riley llegó a
jugar con los Philadelphia Phillies: fueron cuatro partidos y acertó
una vez en doce bateos, para ganar dos bases. «Después de
veintidós años como jugador, le dieron una taza y la promesa de que
contarían con él como entrenador en cuanto quedara un hueco libre
en las grandes ligas —recuerda Riley—. Pero cuando vio que se
olvidaban de él, decidió abandonarlo todo. Se fue a casa y quemó
todo lo que tuviera que ver con su carrera en el béisbol».

Patrick Riley nació el 20 de marzo de 1945, once meses después


del debut de su padre con los Phillies. Para el menor de los seis
hijos de Lee y Mary Riley, el deporte siempre fue su gran
entretenimiento. Pasó buena parte de su infancia en una furgoneta,
viajando de ciudad en ciudad conforme su padre iba consiguiendo
contratos en distintos equipos de las ligas menores. «Siempre
estábamos en algún hotel —recuerda Riley—. Mis primeros
recuerdos son aquellas oscuras habitaciones en las que jugábamos
al escondite mientras la lluvia golpeaba las ventanas».

Se podría pensar que, como hijo de un deportista, Riley estaba


condenado a seguir los pasos de su padre, pero a Pat no le gustaba
nada el lado oscuro de la profesión. Su padre fue un buen bateador
que llegó a liderar la Can-Am League en home runs y que en 1937 y
1938 consiguió los más altos porcentajes de acierto (37,2% y 36,5%
respectivamente) en la Nebraska State League, pero se retiró con
un sentimiento no ya de frustración sino de rechazo. Esos doce
intentos con los Phillies le dejaron el sabor amargo de lo que podría
haber sido, pero nunca llegó a ser. En consecuencia, cuando dejó el
deporte por completo tras intentarlo como entrenador, Lee se
entregó a la bebida para olvidar su pena y su enfado, tanto con el
béisbol como con los distintos negocios que no acababan de
funcionar como a él le gustaría. Compró un pequeño bar-
restaurante, pero en seguida se deshizo de él; a continuación, abrió
su propio supermercado de barrio, llamado Riley’s Variety. No tardó
en cerrar. Lee era un hombre tremendamente atractivo, que
caminaba como un modelo por la pasarela. Medía 1.85 metros y
pesaba ochenta y un kilos. Siempre llevaba traje y corbata. De
puertas para afuera, era la viva imagen de la confianza en uno
mismo. Por dentro, la depresión lo consumía. A menudo, aparecía
borracho en los partidos de sus hijos. Los que conocían a los Riley
le describen como un hombre violento.

«Años después de su retirada, aún se le veía decepcionado con el


béisbol —afirma Riley—. Estaba amargado por no haber podido
cumplir el sueño de su vida. Nunca se quejaba de lo que había
pasado o de lo que le habían hecho, ni siquiera madre hablaba
mucho de ello. Pero debió de ser un final muy traumático que lo
acompañó durante mucho tiempo».

Lee era demasiado duro con sus hijos y consideraba que la crianza
era cosa de mujeres. «Supongo que en aquellos tiempos no se
mimaba a los niños como hacemos ahora —apunta Dennis Riley, el
hermano mayor de Pat—. Era un hombre muy estricto. Te atizaba en
cuanto le llevabas la contraria».

Los hijos de Lee Riley tenían que ser fuertes, duros y resistentes…
aunque fuera por las malas. La familia se asentó en Schenectady y
Lee consiguió un trabajo como entrenador de los Blue Jays, un
equipo vinculado a los Phillies. Era una ciudad de clase media-baja
de unos cincuenta mil habitantes, un lugar conocido por el humo
negro que salía de lo alto de las fábricas. «Un sitio perfecto para un
niño —afirma Mike Meola, amigo de la infancia de Pat—. Apenas
había violencia y siempre tenías algo que hacer para no aburrirte.
Muchos parques, un autocine, un circuito para coches… Me
encantaba. A mí y a todos».

A los nueve años, el padre de Pat se lo encontró sentado en el


garaje, llorando porque unos abusones le habían pegado una paliza.
Lee le exigió a Pat que volviera al parque a enfrentarse a los niños.
Le dieron otra paliza. «Una vez un chico me persiguió hasta casa
con un cuchillo de cocina —recuerda Riley—. Cobraba de lo lindo».

Como resultado de todas esas peleas, Pat Riley se convirtió en el


típico chico con el que no querías problemas. No exactamente un
matón, pero sí un chico peligroso. De vez en cuando, se saltaba las
clases en la St. Joseph’s Academy y se iba a alguna esquina, con
un paquete de cigarrillos enrollado en las mangas de la camiseta.
Se metió en líos en más de una ocasión: cosas como robar en
tiendas y algunos actos de vandalismo. Aún estaba en sexto cuando
se coló con unos amigos en una escuela y robó todo el helado de la
cafetería. La policía los detuvo de inmediato. «Mi padre me recogió
en la comisaría y se acabaron las bromas. Aprendí a comportarme».

Curiosamente, ese mismo día los chicos de sexto del St. Joseph’s
tenían partido de baloncesto contra los de noveno. Era un ejercicio
sin mayor importancia competitiva, con el objetivo de que los chicos
más jóvenes pudieran ver cómo trabajaban juntos los mayores y
aprendieran a funcionar como un equipo. Riley anotó diecinueve
puntos y, contra todo pronóstico, los de sexto ganaron. Aquello no
tenía ningún sentido. «La gente me miraba desde las gradas,
preguntándose: “¿Quién es ese chico?” —recuerda Riley—. Al día
siguiente, entré en clase y, por primera vez en todo el curso, la
profesora (la hermana Mary Samuel) me puso por las nubes. Podía
ver que los chicos de clase también me miraban de distinta manera,
así que me dije a mí mismo: “¿Esto es todo lo que tengo que
hacer?”. Mi vida cambió ahí mismo».

A partir de ese día, Pat Riley empezó a vivir para el deporte. En el


instituto Linton High School se destapó como un sólido cátcher en
béisbol, además del quarterback titular del equipo de fútbol
americano y un ala-pívot dominante en el de baloncesto. Riley
disfrutaba en el gimnasio, era feliz reconociendo cada sonido, cada
movimiento: el ruido de las zapatillas en el parqué, la magia del
balón besando la red. Su entrenador, Walt Przybylo, veía el deporte
como algo más que una competición: era una oportunidad para
aprender lo que era la vida. Cada día, antes del entrenamiento,
sentaba a sus jugadores en las gradas para darles una charla. «Un
día podía criticar a la gente demasiado arrogante; al siguiente,
quejarse porque lo habían multado injustamente… —afirma Riley—.
Una noche nos llevó a nuestro capitán, Howie Lorch, y a mí a casa
en coche y de camino paró en Flavorland para pillar unas cervezas.
Estaba nevando y la carretera estaba rodeada de montañas de
nieve apilada. No se podía ver nada y mientras lo esperábamos,
Howie dijo: “Vamos a esconder el coche”. Se puso al volante,
condujo el coche hasta una acera y lo dejó junto a una boca de
incendios. Al día siguiente, la charla de Walt Przybylo iba sobre los
idiotas que se dedican a amargarle la noche a los demás. Solo
ahora, muchos años más tarde, entiendo lo que pretendía. Esas
voces, esas charlas, siguen ahí, en el subconsciente, esperando su
momento para aflorar».

Riley promedió veintiocho puntos por partido en su último año, lo


suficiente como para que unas setenta o setenta y cinco
universidades se interesaran por él. De hecho, destacaba incluso
más en fútbol americano y por eso visitó los campus de Penn State,
Michigan, Michigan State, Syracuse y Alabama. «Lanzaba el balón
de maravilla», asegura Riley. Sin embargo, al final, se decidió por el
baloncesto cuando el carismático entrenador de la Universidad de
Kentucky, Rupp, le ofreció una beca.

«A Adolph no se le podía decir que no —recuerda—. Voló a Nueva


York para hacer la propuesta en persona y habló con mi madre. Ni
siquiera se dirigió a mí, pero el detalle ya era suficiente. No me
gustaban los entrenadores gritones y que necesitaban demostrarte
lo mucho que mandaban. Me descentraban. Prefería la tranquilidad
del entorno creado por Rupp, su énfasis absoluto en el baloncesto,
su trabajo constante, pero sin estridencias ni distracciones».

Riley no acababa de encajar del todo en Lexington, Kentucky, tierra


de acentos sureños y segregación racial. Para un chico con una
formación relativamente multicultural, aquella estrechez de miras
resultaba agobiante. Los compañeros se burlaban de él por lo rápido
que hablaba y la precisión en su uso del lenguaje. Louie Dampier,
otro jugador de primer año, compartía habitación con Riley. El
neoyorquino le causó una primera impresión que no olvidaría nunca:
gafas de sol, jersey de cuello vuelto, americana plisada, pantalones
ajustados azul claro y mocasines de punta afilada. «Vaya
personaje», se dijo Dampier nada más verlo.

Aunque no era tan agresivo como en su primera juventud, Riley


seguía siendo alguien con quien era mejor no meterse. Bebía
demasiado y salía por las noches hasta las tantas, rompiendo
continuamente los toques de queda de Rupp. Era un excelente
jugador de billar americano. «Venía de Nueva York y tardé unas seis
semanas en enterarme de qué demonios quería decir cuando me
hablaba —afirma Larry Conley, compañero suyo en Kentucky—.
Tenía ese inconfundible acento neoyorquino y la gente no se
enteraba de nada. A veces decía algo y yo me reía en su cara. Él se
me quedaba mirando como si estuviera loco. A menudo, le decía:
“Pat, eres un pretencioso. ¿Crees de verdad que la gente va a
seguirte el rollo?”. Él sonreía y decía: “Bueno, hay gente para
todo”».

Riley jugó tres temporadas con los Wildcats, promediando 18,3


puntos y 8,4 rebotes, pese a sus desencuentros con el concienzudo
Rupp. El entrenador de Kentucky era un tipo arrogante que no tenía
mucho interés en la opinión de sus jugadores. No veía a los
miembros de los Wildcats como a seres humanos sino como piezas
de un engranaje que podía colocar aquí o allá. Era un racista de
tomo y lomo: una vez llegó a quejarse de que el presidente de la
universidad lo estaba presionando para «traer a unos cuantos
negratas».

Ni Riley ni sus compañeros encajaban bien con Rupp. Los


jugadores solo podían hablarle si él les había dirigido antes la
palabra. Si Rupp hacía un chiste, nadie podía reírse. Sin embargo,
también reconocían su valor como entrenador. «Era algo así como
el general Norman Schwarzkopf —bromea Riley—. Un tipo
imponente. Aprendí mucho de él como entrenador. Fue el
equivalente a cuatro años de servicio militar».

Riley llegó al primer equipo en su segundo año en la universidad,


1964, y la temporada fue un desastre absoluto para lo habitual en
Kentucky. Los Wildcats acabaron 15-10 y todas las esperanzas se
pusieron en el año siguiente. Antes de empezar la temporada contra
Hardin-Simmons, Rupp organizó un partidillo entre el quinteto titular
y los suplentes. El partido terminó con victoria de los titulares por
dos puntos y Rupp casi se vuelve loco. Aunque era uno de los
mejores ojeadores de la NCAA, a su equipo le faltaba altura. Ningún
titular medía más de 1.96 y Riley —un jugador de tercer año que,
con zapatillas de suela alta, alcanzaba el 1.90— tuvo que jugar de
pívot varios partidos. «Compensaba la falta de altura con un salto
descomunal que sorprendía a sus rivales —afirma Conley—. Nadie
esperaba que un tipo bajito como Pat fuera tan duro físicamente».

Aquella temporada marcó un antes y un después para Riley, que


promedió 22 puntos y 8,9 rebotes por partido, además de ser
elegido en el tercer mejor equipo del país. Los Wildcats no perdieron
ni un solo partido en toda la temporada regular. Al igual que su
estrella, eran un equipo duro y resistente, casi imposible de batir. Se
pasearon por el torneo nacional de la NCAA y acabaron
enfrentándose en la final con Texas Western, cabeza de serie
número tres, el primer equipo con una plantilla formada
íntegramente por jugadores negros que luchaba por el título. El
enfrentamiento entre un equipo de blancos y otro de negros llamó la
atención en todo el país y no solo entre los aficionados al deporte.
Era un duelo entre lo antiguo y lo moderno, entre la segregación y la
diversidad. «En realidad, para nosotros no era más que un partido
de baloncesto y lo que queríamos era ganar —afirma Conley—. No
creo que ninguno de nosotros estuviera pensando en razas o
historias».

La mayoría de los periodistas pensaban que el contraataque y la


velocidad de Kentucky acabaría imponiéndose a los Miners, más
fuertes, pero también más lentos. En cambio, Texas Western obligó
a los Wildcats a hacer demasiados tiros forzados. Tampoco ayudó
que los Miners anotaran veintiséis de veintisiete tiros libres. «Se
podía sentir la intensidad en la cancha —recuerda Riley—. Nos
decíamos de todo. No hubo muchos mates, pero David Lattin sí que
machacó por encima de mí, rasgó la red y me dijo algo que voy a
omitir para dejar muy claro lo mucho que se jugaban en ese partido.
Demostraron una gran concentración y un gran juego en equipo
combinado con un enorme talento individual». Cuando sonó la
bocina y se confirmó la sorpresa (72-65 para Texas Western), Riley
volvió al vestuario y empezó a soltar de todo por esa boquita. Había
anotado diecinueve puntos, más que nadie en su equipo, y tardó
años en reconocer que Kentucky había perdido contra un equipo
superior. «Aquella fue la mayor decepción de toda mi vida», afirma.

El último año de Riley en Kentucky fue un desastre de principio a fin.


Después de dañarse una vértebra haciendo esquí acuático durante
el verano, no consiguió volver a ser el mismo. Su media anotadora
bajó a diecisiete puntos por partido; del cincuenta y dos por ciento
de acierto en tiro pasó al cuarenta y cuatro… Poco antes del partido
contra la Universidad de Georgia, el gran rival de Kentucky, Rupp le
contó a Larry Boeck en Sports Illustrated que estaba planteándose
pedirle a Riley que abandonara el equipo. «Si Pat no lo hace bien
esta noche, se acabó, está fuera… —declaró—. Tendrá que colgar
ahí mismo el uniforme». Riley rindió lo suficiente en ese partido (diez
puntos y seis rebotes en la derrota por 49-40 frente a los Bulldogs)
como para quedarse, pero la temporada no tenía arreglo. Los
Wildcats acabaron 13-13.

Aunque tenía la espalda destrozada, le faltaba altura y su último año


había sido horrible, Riley fue elegido en séptimo lugar en el draft de
1967. Los San Diego Rockets, un equipo nuevo en la liga, valoraron
su tenacidad e intensidad. Al fin y al cabo, un jugador entrenado por
Rupp no podía tener problemas para pasar de jugar en la
universidad a hacerlo con los profesionales. Lo firmaron por cuatro
años y cien mil dólares. «El entrenador Jack McMahon me eligió
porque le habían operado de lo mismo que a mí —recuerda Riley—.
Si a pesar de tener una vértebra desplazada podía jugar al
baloncesto es que valía para ello».

Riley condujo su Corvette amarillo descapotable de 1967 de


Lexington a San Diego. Hizo casi todo el viaje con la capota bajada
y la música a todo volumen. Los veteranos de los Rockets flipaban
con aquel chico. Riley vestía como una estrella del cine y tenía el
mismo porte.

Como los Dallas Cowboys también lo habían seleccionado en la


undécima ronda del draft, Riley voló a Texas para reunirse con Tom
Landry, el entrenador del equipo. No tenía ninguna intención de
jugar en la NFL, pero aquello le disparó el ego. Riley llegó a
California algo crecido y despreocupado… pero aun así causó una
gran impresión. «Era algo fanfarrón —explica Jon McGlocklin, base
de los Rockets—, pero no en el mal sentido. Sabía que era bueno y
le gustaba demostrárnoslo». El paso de la universidad a la NBA no
fue fácil para Riley. Todos esos jugadores bajitos a los que
dominaba en Kentucky trabajaban ahora de farmacéuticos,
oficinistas o libreros. McMahon le echó un vistazo a Riley —que
parecía más bajo en persona que en televisión— y decidió que
jugara de escolta. «Jamás olvidaré mi primer día en el equipo —
afirma Riley—. A los cinco minutos, Jack McMahon me echó a un
lado y me dijo: “Fui yo quien decidió ficharte y quien se jugó el
puesto por ti… y estos cinco minutos han sido los peores que le he
visto a nadie en una cancha de baloncesto”».

«Jack —contestó Riley —, es que nunca he jugado de escolta».

«Pues más te vale aprender —concluyó McMahon—. Y rápido».

Como era de esperar, los Rockets completaron una temporada


horrible: ganaron solo quince partidos y acabaron últimos de la
División Western. Riley promedió 7,9 puntos por partido y nunca
estuvo a la altura de las expectativas. Era demasiado lento para
defender a los escoltas contrarios… pero demasiado bajo para
incordiar a los aleros. No sabía botar bien la pelota y no tiraba bien a
canasta (Riley acabó con un treinta y ocho por ciento en tiros de
campo). «En la universidad destacaba por su potente salto —afirma
McGlocklin—. En la NBA eso no le servía de nada».

Riley pasó tres temporadas sin pena ni gloria en San Diego. En


1970, Portland lo reclamó en el draft de expansión y, cinco meses
más tarde, lo vendieron a los Lakers. Chick Hearn, el famoso
comentarista, le sugirió a la directiva que Riley podía aportar algo de
lucha a una plantilla demasiado blanda. Tenía razón. Durante los
siguientes seis años, Riley siempre llegó a la pretemporada en plena
forma. Mientras sus compañeros se lo pasaban en grande jugando
al golf y comiendo hamburguesas, Riley se comportaba como un
soldado a la espera de ser llamado a filas. «No quería que me
quitaran el puesto —confiesa—. Hacía cualquier cosa con tal de
seguir en el equipo. Aquellos Lakers de Wilt Chamberlain y Jerry
West eran el equipo ideal para un jugador de complemento como
yo».

Como pieza prescindible en uno de los grandes equipos de la


historia de la NBA, el trabajo de Riley estaba muy claro: siéntate en
el banquillo, defiende como un perro y en los entrenamientos,
complícale la vida todo lo que puedas a Jerry West. «Su principal
tarea era molerme a palos —recuerda West—. Se supone que no
tenía que matarme, pero a veces se le olvidaba».

En 1971, Bill Sharman reemplazó a Joe Mullaney como entrenador


de los Lakers y se reunió con Riley.

—¿Quieres seguir jugando aquí? —le dijo.

—¡Pues claro!

—Muy bien, entonces encárgate de mantener a West en forma.

Esa misma temporada, los Lakers ganaron treinta y tres partidos


seguidos, el récord histórico de la liga, y se llevaron el campeonato.
Riley promedió 6,7 puntos en 13,8 minutos.

Aunque el título no compensaba la derrota ante Texas Western,


Riley le encontró un sentido a su carrera. Sabía lo que era ser la
estrella de un equipo perdedor y había aprendido a ser uno más
entre los reyes del baloncesto. «Cuando me di cuenta de que no
podía ser un jugador de primer nivel, fue cuando realmente tuve
claro que quería dedicarme a esto, que quería quedarme en la NBA
como fuera», afirma.

Riley promedió once puntos por partido tres temporadas después, el


máximo de su carrera, pero ya no volvería a acercarse a esos
números. Con una rodilla lesionada y un rol cada vez más
disminuido, el 3 de noviembre de 1975, los Lakers mandaron a Riley
a Phoenix a cambio del base John Roche y una elección en el draft.
En Phoenix, jugó sesenta partidos sin llegar nunca a brillar. «Me
inyectaba lidocaína y cortisona para aliviar la tendinitis en el
cuádriceps —admite—. Fue un error: después de dos inyecciones,
ya tenía las piernas cubiertas de sangre. No sentía nada por debajo
del muslo. Pero esa era mi mentalidad: hacer lo que hiciera falta».

Cuando los Suns despidieron a Riley, tenía treinta y un años y


estaba completamente perdido. Volvió con el rabo entre las piernas
a Los Ángeles y construyó una verja de dos metros y medio
alrededor de su casa. «Fue un año de luto —afirma—. El baloncesto
había sido mi razón de ser durante toda mi vida. Cuando se acabó,
dejó un enorme y doloroso vacío».

Riley escribió un libro de cuatrocientas páginas sobre baloncesto


que prefirió no enseñarle a nadie, pasó mucho tiempo en la playa,
fue una vez a ver a los Lakers (el famoso partido en el que el
guardia de seguridad no lo dejó entrar a la zona vip) y, de repente,
una mañana, Hearn lo llamó para ofrecerle el puesto de
comentarista…

Y como si nada, en poco más de dos años, se había convertido en


el entrenador del equipo al que adoraba. Bajo las órdenes de
Westhead, los Lakers vivían entre la oscuridad y la penumbra;
ahora, con Riley en el banquillo, cada día salía el arcoíris. Un buen
ejemplo fue el partido contra los Rockets del 29 de noviembre, que
acabó con una de las victorias más contundentes de la incipiente
temporada. Los Lakers ya no tenían ningún interés en darle una y
otra vez la bola a Abdul-Jabbar para ver cómo Moses Malone lo
masacraba. No, esta vez, Johnson y Nixon corrieron y corrieron
hasta volver loca a la desconcertada defensa de los Rockets.
Cuando Malone intentaba acudir a alguna ayuda, Johnson y Nixon
doblaban el balón a Wilkes (dieciocho puntos) en la esquina o a
Cooper (catorce puntos) para que remontara la línea de fondo. Los
Lakers corrieron cuarenta y ocho veces el contraataque y anotaron
cincuenta y dos puntos, cifras que casi doblaban el máximo
registrado con Westhead.

El resultado final: 122-104.


«Parece tan fácil —escribió Randy Harvey en el Los Angeles Times
— que uno se pregunta por qué los Lakers no lo intentaron antes».

Aunque Buss había insistido en que se encargaría del ataque, West


se limitó a hacerse a un lado. Básicamente, se sentaba en el
banquillo, susurraba alguna sugerencia de vez en cuando y bebía
agua de un vaso de plástico. Tampoco Riley era ningún innovador.
Modificó algún detalle del sistema de McKinney y le dio más
responsabilidad a Johnson en la dirección. «Si tienes un Magic
Johnson en el equipo, le tienes que dar toda la cuerda que necesite
—asegura el ala-pívot Jim Brewer—. Es normal que tengas algunas
jugadas diseñadas para momentos concretos, pero algunos
jugadores necesitan correr con libertad y actuar por su cuenta.
Magic era así y Pat fue lo suficientemente listo como para darse
cuenta y dejarlo hacer».

Tanto en el deporte universitario como en el profesional, los


entrenadores tienden a encerrarse en su propio sistema, encaje o
no en las necesidades de la plantilla. Riley no era así. «Pat era un
tipo inteligente —insiste Nixon—. Heredó un equipo que venía de
ganar hacía poco un campeonato. Lo único que hizo fue sentarse en
el caballo y dejarlo galopar. Aprendió enseguida que los equipos
campeones funcionan solos. No hace falta pedirle a un equipo
campeón que juegue duro, no hace falta pedirle que baje el ritmo.
Pat no tenía que explicarnos la importancia de tal entrenamiento o
de tal partido decisivo. En realidad, al menos al principio, bastaba
con que organizara mínimamente las cosas y nos dejara jugar. No
hay que ser un genio para eso, pero tampoco es tan fácil como
parece».

La mañana del 2 de diciembre, Sharman anunció que Riley


abandonaba la condición de «interino» y, un par de días después,
West regresó definitivamente a su despacho. Bill Bertka, un antiguo
ojeador de los Lakers que venía de trabajar como segundo
entrenador en los Jazz junto a Tom Nissalke, fue elegido mano
derecha de Riley en el banquillo. «El trabajo soñado por cualquiera
—afirma Bertka, quien dejó Salt Lake City en medio de una
temporada que acabaría con los Jazz en 25-57—. Me encontré con
un joven entrenador dispuesto a aprender y a escuchar, una plantilla
asombrosa y una gran organización. ¿Qué más se puede pedir?».

Por primera vez en meses, los Lakers parecían felices. Estaban


superando a todos sus rivales por una media de 10,5 puntos por
partido, anotando diez puntos más que con Westhead. Ganar lo
curó todo. Johnson y Nixon dejaron de pelearse, Cooper se convirtió
en uno de los penetradores más explosivos de la liga, Wilkes estaba
más en forma que nunca y un Kupchak sano daba para doce puntos
y once rebotes la mayoría de las noches. Incluso Abdul-Jabbar, con
menos responsabilidad ofensiva, tenía motivos para sonreír: estaba
promediando 23,9 puntos y 8,7 rebotes… a la vez que
protagonizaba una nueva campaña publicitaria de Pioneer Fish’N
Chips —«¡Una Gran Comida al Precio Más Bajo!»— que provocaba
todo tipo de burlas en el vestuario.

Cuando Johnson hablaba del pívot, siempre empleaba términos


elogiosos como «jugador clave», «referencia del equipo» y «piedra
angular». «Earvin era muy bueno dirigiendo al equipo —recuerda
Bertka—. Sabía qué hacer dentro de la cancha y qué hacer fuera y
valoraba ambas cosas por igual. Se preocupó de que Kareem
siguiera sintiéndose importante, que supiera lo necesario que era
para el equipo. ¿Eran grandes amigos? No, probablemente no, pero
Earvin quería dejar claro el respeto que le tenía como profesional».

La relación entre Abdul-Jabbar y Johnson era a la vez simple y


compleja. Por un lado, los Lakers contaban con dos de los mejores
jugadores de la historia de la NBA, dos talentos únicos (Johnson
como director de juego, Abdul-Jabbar como anotador) que se
compenetraban a la perfección. No se peleaban por el último tiro:
estaba claro quién decidía cuál era la última jugada y quién tenía
que irse al poste bajo. Como los Lakers corrían tan a menudo —sus
jugadas normalmente duraban unos siete segundos— no era fácil
darse cuenta de la facilidad y la belleza con la que los dos jugadores
interactuaban sobre la cancha.
Aun así, los egos son los egos, y las superestrellas de la NBA saben
mucho de eso. Abdul-Jabbar tenía envidia del contrato de Johnson,
de su relación de colegas con Buss y de su estrellato mediático. Su
caso no era el de Nixon, un tipo extrovertido que sentía que de
repente le habían robado los focos. No, Abdul-Jabbar —un hombre
distinto, huraño, con problemas en la gestión de sus emociones—
no acababa de saber exactamente lo que quería. Buscaba la
atención mediática, pero odiaba la atención mediática. Quería que le
repitieran lo bueno que era, pero le molestaba que le repitieran lo
bueno que era. ¿Por qué no se le acercaban más fans? ¿Por qué
tenía que firmar autógrafos? Necesitaba el cariño de sus
compañeros y a la vez ni se dignaba a hablar con muchos de ellos.
Por bien que te cayera Abdul-Jabbar, había que reconocer que era
más raro que un perro verde.

Cuando Johnson llegó a Los Ángeles en 1979, lo primero que buscó


fue la aprobación de Abdul-Jabbar. Se imaginaba su relación como
la de dos estrellas en una película de colegas: el veterano que
acoge al novato bajo sus alas y le enseña lo que es el mundo
mientras comparten hamburguesas y Coca-Colas.
Desgraciadamente, la cosa no fue así. Abdul-Jabbar nunca expresó
ningún sentimiento, positivo o negativo, hacia Johnson. Coexistían,
como en cualquier trabajo. Pocas bromas y nada de hamburguesas.
«No eran amigos —reconoce Cooper—. Pero se llevaban bien».

Desde el principio, Abdul-Jabbar aceptó que era Johnson el que


mandaba en el ataque y también tuvo que admitir que, pese a su
admiración por Westhead (Abdul-Jabbar fue el único jugador que
llamó al entrenador cuando lo despidieron), el cambio había sido
para mejor. Este no solo era el mejor equipo en el que Abdul-Jabbar
había jugado desde que llegó a los Lakers… estaba empezando a
pensar que era el mejor equipo en el que había jugado jamás,
incluyendo a los Milwaukee Bucks de 1971, que ganaron sesenta y
seis partidos y el anillo de la NBA. «Estábamos construyendo algo
especial —recuerda Kupchak—. Nunca había estado en un equipo
con tanto talento. Ni de lejos».
Todo iba como la seda hasta que llegó la noche del 19 de diciembre,
cuando los Lakers viajaron a San Diego, a una hora y media de
distancia, para enfrentarse a los Clippers. Entrenados por Paul
Silas, San Diego era un chiste de equipo. El equipo iba 6-16, jugaba
en el infame San Diego Sports Arena y, con todo merecimiento,
tenían la peor asistencia de espectadores de la liga. «Éramos una
porquería», reconoce Swen Nater, su pívot titular.

Para los Lakers, desplazarse a San Diego era algo así como unas
mini-vacaciones. Un viaje fácil y un rival sencillo. Incluso sin Abdul-
Jabbar, descansando por una lesión en el tobillo derecho, los Lakers
eran muy superiores. Riley puso a Kupchak —que venía
promediando 14,3 puntos y 8,3 rebotes— de pívot y los Lakers
acabaron el primer cuarto un punto por delante (27-28). «Todo
pintaba de maravilla —afirma Kupchak—. Mis padres estaban en las
gradas, se habían venido desde Nueva York. Mis tíos vivían en San
Diego, así que también se pasaron a verme. Y además salía de
titular, que no era muy habitual».

Nada más empezar el segundo cuarto, Kupchak estaba corriendo el


contraataque cuando Johnson, a su derecha, le dio el balón. Joe
Bryant25, de los Clippers, se fue hacia él para parar la jugada y
Kupchak giró sobre la rodilla izquierda para evitar el choque.
«Inmediatamente, noté algo raro —recuerda Kupchak—. Caí al
suelo con un dolor insoportable». Los compañeros acudieron
inmediatamente a ver qué pasaba mientras Kupchak se sujetaba la
rodilla y gritaba. Los médicos establecieron de entrada que se
trataba de una lesión grave pero no demasiado: una rotura de un
hueso que tardaría unas ocho semanas en curarse. Sin embargo,
unos días más tarde, se le hizo un análisis más completo que
determinó que se había roto los ligamentos y que el cartílago estaba
dañado. «La lesión más dura de mi carrera», afirma Kupchak.

Los Lakers consiguieron ganar 100-106, pero la victoria en el partido


no compensaba la pérdida de Kupchak para el resto de la
temporada. Los Lakers necesitaban otro hombre alto.
Sharman cogió el teléfono y empezó a llamar: pidió precio a
Houston por el mediocre Billy Paultz. Llamó a los Clippers para
interesarse por Nater; sondeó a Cleveland para ver qué pasaba con
Bill Laimbeer; negoció con Atlanta por Steve Hayes, y con Utah por
Danny Schayes… todos ellos jugadores de segunda fila con
limitaciones obvias.26

Finalmente, cuando todos empezaban a desesperarse (Riley incluso


probó con Kurt Rambis de cinco), Sharman contactó con los New
Jersey Nets para interesarse por una antigua superestrella en
decadencia: Bob McAdoo. A principios de los setenta, McAdoo
había sido uno de los mejores jugadores de la liga. Entre 1973 y
1976 lideró la NBA en anotación con los Buffalo Braves durante tres
años consecutivos, promediando respectivamente 30,6, 34,5 y 31,1
puntos por partido. En 1975, fue nombrado MVP de la liga. «Bob era
letal, tío, letal —recuerda George McGinnis, estrella de los Indiana
Pacers—. Desde cinco metros era infalible. El mejor pívot tirador
que he visto nunca». El problema fue que la dureza de la NBA y un
lógico bajón en sus prestaciones fueron acabando con la magia y el
entusiasmo inicial. Los Braves lo traspasaron a los Knicks en 1976,
dando inicio a un periplo de cuatro años que lo llevó de Nueva York
a Boston, de Boston a Detroit y de Detroit a Nueva Jersey. ¿Era el
mismo McAdoo en los Celtics que el que había sido en los Braves?
Probablemente, no. Pero en los años setenta, cualquier deportista
negro que se atreviera a quejarse de su sueldo o de sus minutos en
cancha era tildado inmediatamente de problemático y se veía
abocado a ir rodando de equipo en equipo. Aunque seguía
promediando veinte puntos y ocho rebotes por partido, McAdoo no
podía hacer nada contra su reputación. Los propietarios de Buffalo
le habían tachado de «conflictivo», y con esa fama se quedó.

Los Pistons se negaron a devolverlo al cinco inicial después de


recuperarse de una lesión y su aficionado más conflictivo —el
impresentable Leon the Barber— se pasaba los partidos burlándose
de él y repitiéndole: «¡McAdoo, inútil, estás acabado!». Los
periódicos de las distintas ciudades por las que pasaba coincidían
en un mismo titular: MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES27. «Tuve
que aguantar mucha mierda —afirma McAdoo—. Demasiada».

McAdoo solo había jugado diez partidos con los Nets en la 1980/81
y era ahora un agente libre cuyos derechos aún dependían de
Nueva Jersey a falta de una oferta que le permitiera desligarse de la
franquicia. «La gente cree que en Nueva Jersey no queríamos a
Bob —asegura Charlie Theokas, el general manager—. Eso no es
verdad. Lo que pasa es que cada vez iba a menos y no entraba en
nuestros planes». Sharman sí que quería a McAdoo… pero no se
fiaba del todo. Hizo algo que iba en contra de las reglas de la NBA:
mandó a Mike Thibault, su ayudante, a Nueva Jersey a pasar tres
días con McAdoo. Se llevaron bien desde el inicio, charlaron un
montón, comieron de todo y jugaron un rato al baloncesto. «Me
gustó desde el principio, era un tipo de lo más agradable —recuerda
Thibault—. No hacía más que repetirme que quería venirse a Los
Ángeles, que haría lo que hiciera falta para ayudar al equipo y que
quería demostrar a todo el mundo que era un ganador. Cuando
volví, le dije a Jerry West que merecía la pena arriesgarse».

McAdoo era un fichaje de categoría: un ala-pívot de 2.06 y noventa


y cinco kilos con un pasado envidiable. Ahora bien, McAdoo también
era algo… peculiar. Cambiaba de humor con facilidad y, en
ocasiones, parecía ausente. Algunas noches no estaba por la labor
y se le notaba demasiado. Aparte, era un anotador en un equipo que
ya tenía a cuatro jugadores (Abdul-Jabbar, Wilkes, Nixon y Johnson)
que podían meter veinte puntos en cualquier partido. «Los puntos
llaman mucho la atención —apunta Rambis—, pero lo que
necesitábamos era a alguien que defendiera, que cerrara el rebote,
que fuera a por los balones divididos y que además corriera el
contraataque como un loco. Ya estaban los demás para tirar. En ese
puesto, necesitábamos a alguien que hiciera el trabajo sucio».

El 14 de diciembre de 1981, los Nets mandaron a McAdoo a Los


Ángeles a cambio de una elección en la segunda ronda del draft y
una suma de dinero. Aquel fue uno de los días más felices de la vida
de McAdoo. Por fin formaba parte de un equipo aspirante al anillo.
«Estaba como loco por llegar ahí, ponerme en forma y ganarme el
puesto como titular —afirma McAdoo—. Me moría de ganas».

Lo que no sabía McAdoo —ni él ni nadie— era que, aprovechando


su llegada, Pat Riley estaba a punto de tomar la decisión más sabia
de su corta carrera como entrenador. Un cambio en la rotación que
nadie se esperaba.
CAPÍTULO NUEVE

Clark Kent

EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SHOWTIME, cuando la gloria


apenas costaba esfuerzo y la vida era un sueño maravilloso, la
mayoría de los Lakers vivía en un edificio de apartamentos de tres
plantas en Green Valley Circle, propiedad de Jerry Buss. Era el
alojamiento perfecto: como muestra de aprecio a sus jugadores,
Buss les ofrecía —por la modesta cantidad mensual de quinientos
cincuenta dólares— pisos de lujo de un solo dormitorio con cocinas
reformadas, cuartos de baño con todo incorporado, unas vistas
espectaculares a la ciudad y un acceso rápido y cómodo al Forum.

En poco tiempo, fuera de la cancha, los Lakers empezaron a


parecerse más a una fraternidad universitaria que a un equipo de
baloncesto. Magic Johnson, Michael Cooper, Mike McGee, Eddie
Jordan, Mark Landsberger, Ron Carter, Alan Hardy, Jim Brewer…
todos jugaban en los Lakers y vivían en Fox Hills. Las noches
después de los partidos, la mayoría se juntaba en la casa de alguno
de ellos para escuchar música, beber algo de vino, tomarse unas
Fatburgers (hamburguesas cubiertas por un huevo frito, la gran
sensación de la época), hablar de baloncesto, invitar a unas cuantas
bellezas de piernas interminables y discutir a qué club o a qué bar o
a qué local de striptease iban a ir esa madrugada… «Estaba
bastante bien, la verdad —afirma el alero Larry Spriggs, que ficharía
por los Lakers en 1983—. Pasábamos casi todo el tiempo juntos».

Ahora bien, no todos estaban en la misma onda.


Mientras sus compañeros se daban la gran vida, Kurt Rambis —en
su primer año en la NBA tras una temporada en el extranjero—
tiraba con lo justo. Cuando salía del Forum después de una larga
noche de trabajo (consistente en estar sentado en el banquillo y salir
a la cancha un ratillo durante los minutos de la basura), Rambis no
se iba a casa en un Mercedes ni en un Bentley. No sacaba las llaves
de un BMW ni de un Jaguar. ¡Ni siquiera de un Opel Kadett del 65!
«Kurt no tenía coche —apunta Rich Brown—. Lo tenía que llevar yo
a todos lados. Si necesitaba ir a algún sitio, me pegaba un toque. A
veces le alquilaba mi propio coche (un Toyota Corolla blanco),
aunque no era lo habitual. Dormía en un colchón en el suelo del
comedor de mi casa».

Esto último no es una broma de Brown, el mejor amigo de Rambis y


su compañero de clase en la Universidad de Santa Clara. No se
trata de un chiste, una burla o un intento de vacilar a un viejo amigo.
No, en 1982, Kurt Rambis de Los Ángeles Lakers vivía en
Huntington Beach sobre un viejo colchón tirado en el suelo de
madera del comedor de una casa en las afueras, propiedad de Rich
y Carlee Brown (y sus dos hijos).

Era una circunstancia extraña, lo reconoce el propio Rambis… pero


no tan extraña como el hombre que la protagonizaba. Desde que
consiguiera agarrarse con uñas y dientes a un puesto en la plantilla
durante la pretemporada, Rambis —un agente libre desconocido
que había pasado un año jugando en Grecia— se había convertido
en uno de los mayores excéntricos de la NBA. «Kurt era el Magic del
caos», bromea Michael Cooper.

Hay que insistir en que no se trata de algo peyorativo. Son los


hechos, sin más. Rambis se negaba a irse de la casa de los Brown
porque, en fin, en ese colchón ya le iba bien. ¿Para qué quería una
cama? Rambis solo tenía un traje (de color marrón fecal, que había
llevado para su graduación en el instituto) y solo dos camisas,
porque las camisas le parecían feas e incómodas. «Si por él fuera,
no tendría ni una —apunta Brown—, pero su madre, Becky, les
compró un par a su hermano Randy y a él. Como la de Randy no le
quedaba bien, se quedó Kurt las dos».

Después de cada partido, la mayoría de los jugadores se


marchaban del Forum con una bolsa de gimnasio en la que llevaban
lo justo: un par de calcetines, una camiseta, puede que unos
pantalones de deporte… «Todos menos Kurt —recuerda Brown—.
Kurt arramblaba con todo». El petate de Rambis, que pesaba entre
quince y veinte kilos, llevaba latas de refresco, botellas de cerveza,
barras de jabón, cordones para las zapatillas, palillos para las
orejas, tazas, discos de Hall & Oates…

«Kurt era raro de cojones, estaba loco de atar —afirma Frank


Brickowski, quien coincidiría con él en los Lakers años después—.
Un pack de seis latas de refresco, ¿cuánto cuesta? ¿Dos dólares
cincuenta? Pues él se las llevaba del vestuario para no tener que
pagar por ellas. Tenía un armario en su casa lleno de latas que se
había ido llevando después de los partidos. Y eso que tengo la
impresión de que a Kurt ni siquiera le gustaban los refrescos».

Durante la primera mitad de la temporada, Kurt Rambis pintaba más


bien poco en los Lakers. Era un blanquito con pinta de pringado con
un corte de pelo horrible, que no sabía vestir, siempre con sus gafas
de pasta, su bolsa hasta arriba de cosas y el repertorio
baloncestístico más limitado desde los tiempos de Garry Witts. A
principios de los ochenta, todas las franquicias intentaban tener a
uno o dos jugadores blancos en el banquillo. Era la manera habitual
(aunque moralmente dudosa) de mantener la atención de los
aficionados blancos y evitar que la liga se convirtiera en una cosa
exclusivamente de negros. No se trataba de ningún secreto. Los
jugadores negros lo sabían y lo aceptaban a regañadientes. Los
jugadores blancos también sabían por qué estaban ahí y le daban
gracias a Dios.

Sin embargo, Kurt Rambis no se había enterado de qué iba el


negocio. Cuando los Knicks lo eligieron en la tercera ronda del draft
de 1980, lo hicieron con la idea de completar con él el cupo de
jugadores blancos. Punto. Sin embargo, se presentó a la
concentración de pretemporada en plena forma, empezó a luchar
por todos los balones, a exigir a los pívots titulares, a coger todos
los rebotes y hasta se quedaba en el gimnasio haciendo pesas
después del entrenamiento… ¿Quién demonios se creía que era
este chiquito blanco? Cuando Red Holzman cortó a Rambis y lo dejó
fuera del equipo («Tiene un gran corazón —explicó Holzman— pero
necesita pulir muchas cosas»), nadie lloró su marcha.

«Estaba acostumbrado a jugar en equipo —afirma Rambis—. Y allí


todo el mundo iba a lo suyo, intentando quedar por encima de los
demás. No me fue fácil».

El año que pasó en Grecia —a doscientos metros de la costa


mediterránea, en un apartamento que compartía con dos jóvenes
camareras, titular indiscutible en el AEK de Atenas— fue
inmejorable. El equipo de Rambis ganó la liga y el joven
estadounidense se convirtió en algo parecido a una celebridad.
«Aquello estaba lleno de pequeños restaurantes y todos los dueños
me conocían —recuerda—. En vez de darme una carta con el menú,
me llevaban a la cocina y me dejaban comer lo que quisiera. No hay
palabras para definir lo maravilloso que fue aquel año». La idea de
Rambis era seguir jugando en Grecia el tiempo que hiciera falta para
poder costearse la carrera de medicina y convertirse en uno de los
doctores más altos de la historia.

Sin embargo, por mucho que le gustaran los aceituneros y los


chaniotiko boureki28, Rambis sentía que se le estaba escapando el
tren. Su experiencia en los Knicks le había demostrado que tenía un
sitio en la liga: «Me esforcé demasiado en demostrarles que valía —
explica—. Me empeñaba en: subir la bola, pasar, tirar, defender… y
al final me acababa quedando corto en todo».

A su vuelta de Grecia, Rambis estaba participando en una liga de


verano en San Francisco cuando se cruzó con Mike Thibault, el
asistente de los Lakers que fuera su rival como entrenador en el
instituto. «Por entonces destacaba por su facilidad para finalizar las
jugadas cerca del aro —recuerda Thibault—. Tenía un talento
natural para conseguir que la pelota acabara en la canasta». Los
Lakers le ofrecieron a Rambis una invitación para la concentración
de pretemporada, pero Rambis la rechazó. «Tenían un equipo brutal
—afirma Rambis—. ¿Qué pintaba allí un tío como yo?».

Sin embargo, Paul Westhead insistió. El ala-pívot le recordaba a los


bregadores que tanto aportaban al equipo cuando entrenaba en La
Salle. Convenció a Rambis de que, desde la implosión de Spencer
Haywood, producto de las drogas, el equipo venía buscando a
alguien que aportara fuerza y mala leche. «No puedo prometerte un
puesto —le dijo—, pero te daremos una oportunidad de verdad. No
dejas que nadie te intimide, y eso me gusta». Desde el punto de
vista táctico, lo último que necesitaba el equipo era otro pívot
leñador. Mitch Kupchak acababa de unirse al equipo, Mark
Landsberger era alto y fuerte como pocos, el veterano Jim Brewer
se sabía todos los trucos debajo del aro… pero Kurt Rambis era
distinto. «Todos los blancos a los que me había enfrentado les
tenían miedo a los negros —afirma el base Ron Carter—, pero
Rambis no. Le daba igual todo. Kenny Carr era un animal, Jim
Chones era otro animal y Jim Brewer era uno de los tipos más duros
de la liga, pero Kurt les plantó cara a todos». Para los que no
entendían mucho de baloncesto, puede que Rambis no llamara en
absoluto la atención. Sin embargo, si conseguías vencer esa
primera impresión, descubrías a un tipo con un olfato especial para
este deporte. Tenía manos firmes, pies rápidos y una enorme
intuición en el campo. En su último año en Santa Clara, había
promediado 19,6 puntos por partido. «En la universidad ya era un
luchador —explica Ron Cornelius, quien jugó contra Rambis en la
Universidad del Pacífico—, pero era un luchador que además te
anotaba diecisiete puntos». ¿Era bonito de ver? No mucho.
¿Delicado? En absoluto. ¿Se rendía o se dejaba llevar? Jamás.

«Recuerdo un día que estaba desesperado, en plan: “¿Quién es


este tipo con gafas que no deja de ponerme tapones?” —recuerda
Magic Johnson—. Cuando lo localicé con la mirada, estaba
pegándose en la zona, incluso se enzarzó un par de veces con
Abdul-Jabbar. Ahí fue cuando pensé: “Pues sí, este chico sabe lo
que hace”».
«Esa concentración fue bestial —afirma Rambis—. Una batalla sin
tregua, día tras día. Nos lanzábamos a por cada pelota, incluso a
por las que ya habían botado dos veces fuera del campo. Todo el
día tirados por el suelo, luchando. Mi idea cuando llegué allí era
demostrarles que no se equivocaban confiando en mí. Si tenían
alguna duda de si merecía estar en el equipo, se la iba a despejar…
y si me habían llevado solo para animar los entrenamientos, ya
podían prepararse porque iba a machacarlos. No iba a dejar que
nadie me tocara las narices. Si tenía que atizar a alguien, le atizaba.
Cada vez que venía alguno de los bases a hacer una bandejita, lo
tiraba al suelo. Y con ganas».

Westhead estaba indeciso respecto a Rambis. ¿Daría la talla


cuando jugara contra la élite del baloncesto mundial? ¿Podría
ayudar al equipo? Durante un entrenamiento, Jerry West se le
acercó, miró a Rambis y soltó: «¿Quién ha invitado al tipo ese de
pelo largo? ¿Qué demonios hace aquí?».

Westhead se puso hecho una furia. ¿Cómo se atrevía a dudar de su


capacidad para elegir a su propia plantilla? En ese mismo instante,
Rambis se aseguró un lugar en el equipo. «Años después, Paul me
dijo que esas palabras de Jerry me habían salvado. No tenía ni
idea», recuerda Rambis.

Ahora bien, su lugar era el banquillo. Un animador privilegiado con


gafas y pantalones cortos. Cuando Riley se hizo cargo del equipo,
empezó a prestar más atención al chico nuevo. A Bill Bertka, el
segundo entrenador, le gustaba la entrega de aquel novato. Riley lo
intentó con Brewer y con Landsberger como ala-pívots titulares,
pero ninguno era suficientemente rápido para ese puesto. Brewer ya
estaba en plena decadencia y a Landsberger le costaba entender el
baloncesto y no supo adaptarse al nuevo rol. Bob McAdoo debutó
contra los Jazz el 29 de diciembre, pero se le notaba lento y algo
oxidado. «Las dos primeras semanas que Bob estuvo con nosotros
no metía ni una», confirma Thibault.

«Estaba falto de forma, algo gordo, muy fallón. La gente me decía:


“¿En qué demonios estabas pensando cuando recomendaste su
fichaje?”».

El 15 de enero, en un partido contra Indiana, Rambis tuvo más


minutos que nunca y aunque anotó solo dos puntos, capturó catorce
rebotes en veinticinco productivos minutos de juego. «Herb Williams
nos estaba matando —comenta Rambis en referencia a la estrella
de los Pacers—. Riley me señaló y me dijo que saltara a la cancha.
Tengo la sensación de que no le quedó más remedio porque
Landsberger estaba jugando fatal, pero el caso es que lo hice
bastante bien contra Herb y acabamos ganando».

Dos días después, seis horas antes del salto inicial contra los
Kansas City Kings en el Kemper Arena, Riley le comentó en privado
a Rambis que iba a jugar de titular. «Muy bien, entrenador —
contestó—. Estaré preparado».

«Fue como hacer realidad un sueño, un sueño maravilloso —


confesaría Rambis años más tarde—. Pero no podía mostrar mis
emociones. Era un profesional. O al menos eso intentaba
aparentar».

Aquella noche, Johnny Dolan, el speaker de los Kings, se dispuso a


nombrar a los cinco integrantes del quinteto inicial de los Lakers.
Para los 9.879 aficionados presentes, todos eran nombres más que
conocidos (Wilkes, Abdul-Jabbar, Nixon, Johnson…) salvo uno.
Cuando Rambis se colocó en el centro del campo para disputar el
salto inicial, parecía un afortunado que había ganado algún tipo de
concurso para ser «Laker por un día». ¿Esto era lo mejor que
podían ofrecer los Lakers en el puesto de ala-pívot? Pese a todos
los prejuicios, los Lakers ganaron 97-109, con veintinueve puntos de
Johnson y una gran actuación de Rambis: solo anotó cuatro puntos
y cogió nueve rebotes… pero Riley y Bertka percibieron que en
aquel quinteto había algo que Rambis —y solo Rambis— podía
aportar.

Cada vez que los Kings anotaban una canasta, Rambis se


teletransportaba de alguna manera desde cualquier lugar de la pista
hasta debajo del aro. El movimiento era tan natural como el de un
delfín deslizándose por una ola y llamaba mucho la atención.
Rambis, en un chascar de dedos, recogía el balón, daba un paso
atrás para sacar de fondo e inmediatamente se lo pasaba a Nixon o
a Johnson para que iniciaran el contraataque. «Kurt se convirtió en
el mejor pasador después de rebote o canasta de la historia del
juego —afirma Thibault—. Son esas pequeñas cosas que a menudo
pasan desapercibidas en la NBA porque solo nos fijamos en
determinadas estadísticas, pero lo que hacía Kurt con la pelota para
acelerar el ritmo de juego era increíble».

No tardó mucho Rambis en convertirse en un héroe de culto para


los aficionados del Forum. Muchos se presentaban con bigotes
postizos, camisetas con el número 31 y réplicas de las famosas
gafas de pasta de Rambis («No eran exactamente de pasta —
matiza Rambis —. Eran unas gafas especiales con un marco de
goma para que no se pudieran romper»). Lo llamaron para un par de
anuncios y se convirtió en una especie de ídolo friki. Incluso
consiguió el teléfono de su futura mujer, una empleada del equipo
llamada Linda Zafrani («Nuestra primera cita no fue demasiado bien
—recuerda Linda—. Le pareció raro que me gustaran los
videojuegos. Que a Kurt le pareciera algo raro tenía un punto
irónico»).

Esto no habría servido de nada si los Lakers no hubieran ganado


siete de los once primeros partidos de Rambis como titular y, justo
después de una inusual racha de tres derrotas a mediados de
febrero, encadenaran otras siete victorias consecutivas. Los Lakers
tenían fama de suaves y quejicas. Si les buscabas un poco las
cosquillas a Abdul-Jabbar o a Nixon, se desconcentraban y se iban
del partido. Rambis era todo lo contrario. Sus codos parecían
afilados; sus dedos —torcidos de tantos balonazos— se movían en
ángulos imposibles. No era un tipo que te pudiera anotar veinticinco
puntos, pero sí podía aportar seis mientras secaba al mejor interior
del equipo contrario. «Rambis era el menos dotado físicamente de la
plantilla —asegura el ala-pívot Jim Chones—. Todos los demás
podían hacer más cosas. Pero lo necesitaban a él para hacer lo que
los demás no querían hacer. No le importaba meter pocos puntos.
Lo suyo era la intendencia, el trabajo sucio. Le pagaban por eso y le
pagaban bien. Era la única manera de estar en un equipo campeón.
Eso es lo que le vendieron a él y lo que me vendieron a mí y a
tantos otros: al final, ves que eres el único que se está pegando, el
único que acaba con brechas por todo el cuerpo. Al cabo de ochenta
y dos partidos, estás fundido. Es un encargo durísimo, pero en Los
Ángeles siempre andaban buscando a alguien así y al final lo
encontraron en Kurt».

A lo largo de la temporada, numerosas voces se levantaron para


pedir la titularidad de McAdoo, que se tuvo que conformar con salir
desde el banquillo. Se trataba de una estrella reputada con un
amplio historial de canastas decisivas; noventa y nueve de cada
cien entrenadores habrían cedido a la presión. En el vestuario,
además, McAdoo cada vez estaba más integrado. Johnson le
andaba picando todo el rato con el tema físico. «Bob era un hombre
con mucho orgullo —afirma Gary Vitti, el preparador físico de los
Lakers—. Magic se le acercaba y le retaba: “Eh, Doo, seguro que no
le puedes ganar a tal tío en un sprint de cuarenta metros” y Bob le
decía: “Joder, en cuarenta metros les pateo el culo a todos. Puede
que sea más lento en la arrancada, pero al final le ganaría a
cualquiera de estos. En cuarenta metros y en cien metros.
Corriendo, jugando al tenis, al ping-pong o al billar”. Una vez,
estábamos estirando en círculo y McAdoo dijo: “No me gustan los
bolos”, a lo que Magic le contestó al instante “¿A Doo no le gustan
los bolos?” y entonces Bob le miró fijamente y con voz muy seria le
dijo: “Dame dos semanas para practicar y haré un pleno tras otro”.
Todo el mundo se partió de risa. Bob McAdoo era así. Pensaba que
podía hacer cualquier cosa que se propusiera». (McAdoo aún
recuerda aquella historia: «Nunca conseguí llegar a trescientos
puntos, pero si hubiera practicado un poco más, seguro que lo
habría logrado», confiesa entre risas).

Riley no hizo ni caso a las voces pro-McAdoo. Poco a poco, tras


unas primeras semanas de tanteo, iba haciéndose al cargo y
demostrando quién mandaba ahí. El 12 de marzo, después de una
sufrida victoria en casa ante los esperpénticos Chicago Bulls, Riley
entró en el vestuario, cerró la puerta con llave, cogió la hoja de las
estadísticas (con el resultado, BULLS 116 LAKERS 123, en lo alto) y
echó al equipo su primera bronca de verdad. Que Reggie Theus
anotara trece puntos tenía un pase. Que Artis Gilmore metiera
veinticinco, bueno, también, pero… «¿¡Cómo demonios puede
Ronnie Lester, el puto Ronnie Lester, meternos siete de doce!? —
exclamó a gritos—. ¿Qué clase de defensa es esa?».

Aquel momento fue clave para el futuro de Riley. Más de lo que él


mismo pudiera haber imaginado entonces. Un entrenador que se
limita a mirar cómo juegan sus jugadores no dura demasiado tiempo
en el puesto. «Era parte de mi trabajo —afirma—. Ellos sabían que
se merecían esa bronca». La decisión de mantener a Rambis de
titular reforzó su ascendencia sobre el equipo. La rotación ideal de
Riley mezclaba elegancia y dureza, velocidad y músculo. Los
jugadores que no cumplían ninguno de estos requisitos (Mike
McGee o Jim Brewer) eran carne de banquillo. Si alguno, como
Nixon, no tenía bien claro cuál era su rol, él mismo se encargaba de
hablar con él antes de que la bola de nieve se hiciera más grande.
Cuando se dio cuenta de que McAdoo no estaba contento como
sexto hombre, se sentó con él y le explicó todo paso por paso. «Pat
era un tipo directo y profesional —admite McAdoo—. Y de eso se
trata en este negocio».

«Todos podíamos ver como Pat progresaba a lo largo de la


temporada —recuerda Rambis—. Fue algo impresionante». En el
siguiente entrenamiento, Riley hizo formar en línea a sus jugadores,
de espaldas a la pared. Delante de todos, y en un lenguaje muy
explícito, Riley fue diciéndoles uno a uno lo que pensaba de ellos.
«Fue una exhibición de liderazgo —afirma Thibault—. Les fue
diciendo lo que le gustaba de cada uno, lo que no le gustaba, lo que
esperaba de ellos… No se cortó ni un pelo y algunos se lo tomaron
a mal, pero a partir de aquel momento quedó claro quién mandaba
en ese vestuario. Muchos seguían viéndolo como el tipo de la radio
que Paul se había traído de ayudante. A partir de este momento, se
convirtió en el entrenador, punto».
Los jugadores se sentían cómodos con Riley. Después de nueve
años como jugador profesional, sabía perfectamente de lo que
hablaba. Riley sabía lo que era jugar tres partidos en cuatro noches
y sentir que no puedes con las piernas. Sabía lo que se siente
cuando tu propio público te abuchea o cuando fallas un tiro libre
decisivo. Sabía lo que era la presión de la prensa y hasta qué punto
le pueden afectar a uno las críticas. Cuando los periodistas le
preguntaban si se consideraba un buen entrenador, Riley negaba
con la cabeza. No era bueno ni malo, solo estaba aprendiendo.

«Tiene algo de filósofo porque es capaz de ir más allá del juego y


entender las cosas que te afectan —afirma Wilkes—. Entiende el
cansancio de los viajes, los rigores del calendario y los problemas
personales. Se supone que, como profesionales, no podemos dejar
que esas cosas nos afecten… pero claro que lo hacen. Y él lo
entendía y nos apoyaba». En un primer momento, Riley le sugirió a
Abdul-Jabbar que se centrara más en defender y cerrar el rebote
que en anotar. El pívot se pasó los siguientes seis partidos
refunfuñando. El entrenador se dio cuenta de que había sido una
mala idea y dio el experimento por cancelado. Acabando ya la
temporada, en una derrota contra Golden State, Riley agotó sus
tiempos muertos en una jugada intrascendente y no pudo pedir uno
cuando realmente lo necesitaba. Los periodistas le preguntaron
después del partido por ese fallo y Riley no puso excusas: «A los
jugadores les caen todo tipo de críticas cuando se equivocan —
explicó—. Pero esta vez el culpable de la derrota he sido yo».

La temporada regular acabó con los Lakers en primera posición de


la Conferencia Oeste (57-25). Habían quedado los segundos en
anotación, con 114,6 puntos por partido, y los primeros en
asistencias, con un total de 2.356. «Cuando te tocaba jugar en Los
Ángeles —reconoce el ala-pívot de Utah, Danny Schayes—, sabías
que te esperaba una noche muy larga».

¿Qué había sido de Paul Westhead? ¿Alguien se acordaba de Paul


Westhead? «Riley no está recibiendo ni la mitad del reconocimiento
que se merece —afirmó públicamente Stan Albeck, el entrenador de
los Spurs—. Llegó al banquillo en medio del caos, aquello era un
sálvese quien pueda. Pat sabe que cuenta con unos jugadores de
un enorme talento y ha encontrado la manera de que jueguen como
saben».

Después de haber recibido tantísimas críticas por privilegiar a su


gran estrella en su lucha contra el entrenador, Buss se sentía hasta
cierto punto reivindicado. El Forum volvía a ser el lugar de moda de
Los Ángeles. Famosos de todo tipo pasaban por los tornos, desde
Joe Namath y Jane Fonda a Michael Douglas y Don Rickles. Cada
noche había un lleno absoluto, cada partido era un evento social.
Riley, un hombre acostumbrado a vestir con trajes de Giorgio
Armani valorados en miles de dólares y camisas hechas a medida
(los jugadores, de broma, lo apodaban «GQ») paseaba por la línea
de banda como si se tratara de una alfombra roja. «Era una fantasía
de hombre —recuerda Joan McLaughlin, la directora de recursos
humanos—. Las chicas siempre le tenían el ojo encima». Dirigidas
por una coreógrafa visionaria llamada Paula Abdul, las sexy Laker
Girls bailaban y se exhibían. La palabra «Showtime» alcanzaba en
el Forum todo su esplendor. Una declaración de intenciones. Los
Lakers eran un espectáculo. Rápidos. Intensos. Irreductibles.

Después de terminar la temporada con tres victorias consecutivas,


Sports Illustrated incluyó en portada un artículo sobre el dominio de
los Lakers con el titular NO SON BUENOS, SON PERFECTOS. Aun
así, pese a que los Lakers eran los grandes favoritos para volver a
la final, muchos en la liga cuestionaban su fortaleza. Después de
todo, Riley era un novato, Abdul-Jabbar estaba ya viejo y el
banquillo —pese a la presencia de McAdoo— tenía muy poco nivel.
Aunque Rambis había cumplido con creces las expectativas de
Riley, sus números (4,6 puntos; 5,4 rebotes; 1,2 tapones) eran muy
pobres. Mitch Kupchak, el ala-pívot ideal para estos Lakers, seguía
con la pierna escayolada mientras se intentaba sacar la carrera de
empresariales en UCLA. «Los Lakers no pueden ganar el anillo con
Kurt Rambis en el puesto de Mitch Kupchak —afirmó Cotton
Fitzsimmons, el entrenador de los Kings—. Basta con diseñar
ataques muy largos y cerrarse en defensa contra Abdul-Jabbar
cuando reciba en la pintura. Jugando a media cancha, cortando a
tiempo el contraataque, como suele hacerse en los playoffs, se les
puede ganar».

El razonamiento de Fitzsimmons tenía sentido: los playoffs no tienen


nada que ver con la temporada regular. Son dos deportes distintos.
Correr es casi imposible y las defensas aprietan de lo lindo.
Cualquier punto débil que se haya mostrado durante los ochenta y
dos partidos anteriores se examina y se intenta explotar con saña.
Aun así, estos Lakers estaban en racha y contaban con un arma
decisiva: eran una familia. Un año antes, cuando se enfrentaron a
los Rockets, la mayoría de los jugadores no hacía ni caso al
entrenador y miraba con recelo a su joven base. Había problemas
de celos, inseguridades, cuentas pendientes… Ahora todos
funcionaban a una.

La noche del 23 de abril, cuatro días después del partido que abría
en el Forum la serie contra los Phoenix Suns, los Lakers invitaron a
sus aficionados a asistir a un entrenamiento especial. Era una
velada pensada para la diversión y los autógrafos. Una especie de
baño de masas para destensar la situación. El año anterior, a los
jugadores les habría encantado la idea y se habrían dejado llevar,
pero los tiempos habían cambiado y el baloncesto volvía a ser lo
primero. De cara a ese primer partido contra los Suns, Riley se
reunió con sus jugadores para hablar específicamente sobre el
fracaso de 1981. El dolor seguía ahí. El impacto de aquella
eliminación aún podía sentirse. «Los jugadores todavía recuerdan
aquel 5 de abril —explicó Riley en rueda de prensa—. Fue una
experiencia muy dolorosa. Si de verdad están dispuestos a
transformar ese dolor en una fuerza de motivación, creo que
habremos ganado mucho de cara a este año».

John MacLeod, el veterano entrenador de los Suns, había guiado a


su equipo a un sorprendente registro de cuarenta y seis victorias y
treinta y seis derrotas. Aunque los Suns carecían del talento de los
Lakers, sí tenían suficientes jugadores interesantes como para
plantarles cara. El base Dennis Johnson seguía siendo uno de los
mejores de la liga, como lo era el pívot Truck Robinson, que había
promediado 19,1 puntos y 9,7 rebotes. «Los Lakers tenían muchas
más armas que nosotros —reconoce el alero Craig Dykema—, así
que teníamos que probar algo distinto si queríamos tener alguna
opción».

Ese «algo distinto» que preparó MacLeod resultó ser un desastre.


Decidió que Alvan Adams, su ala-pívot All-Star, se olvidara de
Rambis y acudiera una vez tras otra a la ayuda del pívot Rich Kelley
para frenar a Abdul-Jabbar en el poste.

«No vamos a permitir que Kareem nos derrote —aseguró MacLeod


—. Ya ha derrotado a demasiados equipos él solo».

La buena noticia fue que los Suns dejaron a Abdul-Jabbar en tan


solo once puntos.

La mala fue que los Lakers ganaron 115-96.

Los Lakers se impusieron en cuatro cómodos partidos y se


plantaron en la final de la Conferencia Oeste, contra San Antonio, un
equipo con un registro de 48-34 en la liga regular que contaba con el
combo anotador de George Gervin (32,3 puntos por partido) y Mike
Mitchell (21 puntos por partido) como estrellas.

Con todo, los Spurs no eran la única preocupación de los Lakers. Al


mismo tiempo que Riley y sus jugadores se preparaban para la dura
batalla, Buss y sus ejecutivos se disponían a completar una
operación llamada a cambiar tanto la dinámica del equipo como la
de la NBA en su conjunto.

«Digamos que, si aquello llega a salir adelante, la historia habría


sido completamente distinta», afirma Michael Cooper.

***
Más de dos años atrás, el 15 de febrero de 1980, los Lakers y los
Cleveland Cavaliers acordaron un traspaso que en principio no
llamó la atención de nadie. Paul Westhead buscaba un hombre
exterior que pudiera presionar a los bases contrarios, y los Lakers
se fijaron en Butch Lee, una antigua estrella de la universidad de
Marquette, que medía 1.80 y pesaba ochenta y dos kilos. Lee no
había demostrado gran cosa desde que fuera seleccionado en la
décima posición del draft de 1978, pero Bill Sharman aceptó incluir
en el traspaso a Don Ford, un alero corajudo que le encantaba a
Ron Hrovat, el general manager de los Cavs. Ford había sido un
buen jugador de rotación en los Lakers durante cuatro años y medio,
pero desde la llegada de Westhead apenas jugaba. «Parecía un
buen traspaso —afirma Lee—. Los dos íbamos a equipos en los que
podíamos tener minutos».

Como condición para deshacerse de Ford, Sharman exigió un


intercambio de elecciones del draft. Los Lakers estaban dispuestos
a dar su primera elección en el draft de ese mismo verano, pero solo
si Cleveland les daba a cambio la primera elección que tuvieran en
1981 o 1982. A Hrovat no le hizo mucha gracia esta petición, pero
con dos estrellas prometedoras en la plantilla (Kenny Carr y Mike
Mitchell), dio por hecho que esa elección no sería en un puesto muy
alto. Sin pensárselo demasiado, le dio a Sharman su elección de
1982. «Son cosas que pasan todo el rato —afirma Lee—. Como
jugador, te limitas a sobrevivir, no piensas en qué puede pasar a
largo plazo».

Sin embargo, a finales de la temporada 1981/82, los Lakers se


encontraron de repente con un ticket dorado de Willy Wonka entre
las manos. La elección que habían cedido en 1980 acabó siendo la
vigésimo segunda, con la que los Cavs se decidieron por Chad
Kinch, un alero de la UNC-Charlotte que promedió 2,9 puntos en
cuarenta y un partidos de carrera en la NBA. Mientras tanto, los
Cavs, pese a Mitchell y a Carr, siguieron siendo un desastre y
terminaron la temporada 1981/82 con un registro de 15-67… lo que,
a falta del correspondiente sorteo, les daba a los Lakers la primera o
la segunda elección del draft. «Es increíble todo lo que se tuvo que
dar para que los Lakers acabaran con tantos gallos en ese corral —
afirma Frank Layden, el entrenador de los Utah Jazz—. Era
desesperante e injusto. Consiguieron a Magic Johnson cuando ya
eran un equipazo… y, ahora, ¿otro número uno? Aquello era
ridículo. Pero, bueno, hay que reconocer que eran los que mejor
negociaban ese tipo de condiciones».

Los Lakers y los Spurs ya estaban listos para la acción, pero Buss
no podía apartar la vista de Ralph Sampson, el pívot de 2.23 metros
de la Universidad de Virginia. Sampson había promediado 15,8
puntos y 11,4 rebotes por partido en su tercer año universitario y los
expertos hablaban de él como una futura leyenda de la NBA.

Sampson tenía hasta el 15 de mayo para declararse elegible en el


siguiente draft. Aunque no había dado indicaciones públicas en un
sentido o en otro, los más cercanos de su entorno dejaron caer que,
si los Lakers conseguían hacerse con sus servicios, no dudaría en
dar el salto al profesionalismo. Por eso, la noche del 12 de mayo,
Buss invitó a su mansión a cenar a Donald Sterling, propietario de
los San Diego Clippers.

Los siempre malditos Clippers habían acabado la temporada 17-65,


lo que quería decir que se jugarían con los Lakers la primera
elección del draft a cara o cruz. Aunque también estaban
interesados en Sampson, los Clippers estaban muy lejos de los
Lakers en términos baloncestísticos. Jugaban en un pabellón
cochambroso, su uniforme era horroroso y la plantilla hacía aguas.
Si Cleveland era el infierno para un jugador de baloncesto, San
Diego era el mismo infierno, pero con mejor tiempo. «Nunca me
habría planteado adelantar mi marcha de la universidad para jugar
en los Clippers —asegura Sampson—. El dinero no era lo más
importante. Lo que no quería era pasarme toda mi carrera perdiendo
partidos». Algunos meses antes, en una gira de los Lakers por la
Costa Este, Abdul-Jabbar había invitado a Sampson a desayunar en
el Hyatt Arlington, en Key Bridge. Los dos pasaron una hora juntos,
charlando sobre la presión, sus respectivos skyhooks, lo divino y lo
humano. «Como persona, era un tipo sensacional —afirma
Sampson—. La gente nunca le supo entender, pero yo me sentía
muy cercano a él. Era educado y amable. Habría sido maravilloso
poder jugar a su lado».

Buss estaba dispuesto a cualquier cosa por Sampson, así que


decidió zanjar la cuestión antes del cara o cruz del 20 de mayo de
1982 para asegurarse de que el número uno correspondía —pasara
lo que pasara— a su franquicia. Como solo puede suceder en Los
Ángeles, a Buss y a Sterling se les unió (inexplicablemente) el actor
Gabe Kaplan, famoso por su bigote y por haber interpretado al Sr.
Kotter en la serie Bienvenido de nuevo, Kotter.

Mientras se tomaban unos filetes con patatas, el propietario de los


Lakers le insinuó al de los Clippers que estaba dispuesto a
prácticamente cualquier cosa con tal de cerrar el fichaje de
Sampson. El propietario de los Clippers le dijo a su vez al de los
Lakers que él también quería a Sampson… o, en su defecto, dinero,
jugadores y elecciones del draft suficientes como para renunciar a
su posible fichaje. «A ver, Don —le dijo Buss—, sabes que no va a
dejar la universidad para jugar en tu equipo». Kaplan sugirió que lo
echaran a cara o cruz: si Buss ganaba, Sterling tendría que
negociar; si Sterling ganaba, Buss tendría que convencer a
Sampson para que fichara por los Clippers. A Buss le pareció bien,
pero Sterling frunció el ceño y desestimó la propuesta. Kaplan dijo
que, de todos modos, echaría la moneda al aire a ver qué pasaba.

«Elige», le dijo a Buss.

Buss gritó: «¡Cara!».

Salió cruz.

«Eh, Don, ganaste —bromeó Buss—. Podrías haberte quedado con


el chico».
Buss ofreció seis millones de dólares a cambio de garantizarse el
número uno. Sterling los rechazó. Buss ofreció seis millones de
dólares más su elección con el número dos, si es que perdía el cara
o cruz. Sterling rechazó la oferta. A continuación, Buss ofreció seis
millones de dólares, más la segunda elección del draft, más la
primera elección de su equipo en 1984, pero Sterling no quiso saber
nada del asunto. Por último, Buss insinuó que, tal vez, podría
conseguir que Moses Malone dejara Houston y fichara por los
Clippers. Ahí Sterling sí mostró cierto interés, pero pidió también a
dos jugadores de los Lakers: Norm Nixon y Michael Cooper. Buss le
dijo que se lo pensaría.

Sharman estaba en San Antonio mientras esta conversación tenía


lugar. Cuando se enteró de lo que estaba ofreciendo Buss, casi se
atraganta. ¡Pero si lo mismo ni siquiera necesitaban el acuerdo con
los Clippers para llevarse el número uno! Era una locura.

Las noticias de la cena entre Buss y Sterling llegaron a las


redacciones de los periódicos de California. Aquí estaban los Lakers
luchando por ganar el anillo y, de repente, cuatro de sus jugadores
se veían involucrados en una operación absurda. En el caso de
Cooper y Nixon, la perspectiva (por favor, Dios, no) de acabar en los
Clippers los horrorizaba. En el de Rambis, la llegada de Sampson le
llevaría de vuelta al banquillo. En el de Abdul-Jabbar, era inevitable
pensar que Sampson podía acabar sustituyéndolo en el puesto de
pívot. Aunque Buss había dejado bien claro que su objetivo era
juntar a las dos torres, nadie acababa de verlo viable. Los dos eran
altos, delgados, jugaban al poste bajo y tenían un juego demasiado
similar. Sin duda, en caso de llegar Sampson, lo normal sería
traspasar a Abdul-Jabbar.

¿Cómo reaccionaron los jugadores a estos rumores? No


reaccionaron. Ni un solo jugador hizo declaración alguna (ni en
público ni en privado) a la prensa acerca de Sampson. A lo largo de
su carrera, Riley usaría a menudo el término «distracciones
tangenciales» para referirse a las distracciones continuas a las que
se enfrentan los deportistas profesionales: viajes, mujeres, hijos,
padres, suegros, groupies, compromisos públicos, la prensa… todas
eran distracciones tangenciales. Los mejores, las grandes estrellas,
se distinguían por su capacidad para agrupar todas esas
distracciones, meterlas en una pequeña caja de cartón y guardarla
debajo de la cama hasta que la temporada acabara. «Somos doce
más dos más uno —solía decir Riley en referencia a los doce
jugadores, los dos entrenadores y el preparador físico— y todo lo
demás no existe».

El año anterior, los Lakers se habían condenado a una eliminación


temprana al centrarse en los defectos de Westhead y en el ego de
Johnson en vez de en los Rockets. Esta vez, el equipo estaba
totalmente concentrado. ¿Sampson? ¿Quién era ese tal Sampson?
Había un campeonato en juego.

Aunque los Spurs eran un equipo potente, los Lakers jugaron a un


nivel superior. Abrieron la serie en casa con una victoria por 128 a
117 en la que mucho tuvieron que ver los trece puntos, catorce
asistencias y dieciséis rebotes de Johnson. Una lección gratuita de
cómo hacer de todo en una cancha y además hacerlo bien.
Volvieron a ganar dos días después (110-101) y después viajaron a
San Antonio, donde desmantelaron a los Spurs por tercera ocasión
consecutiva (108-118).

Un par de horas antes del inicio del tercer partido, Sampson —


incómodo con todo el follón que se estaba armando a su alrededor
— emitió un comunicado grabado en una cinta de vídeo en el que
declaraba su intención de seguir un año más en Virginia y acabar
así su ciclo universitario. Buss mostró públicamente su decepción y
de paso intentó limitar los daños causados. «En cuanto Sterling
mencionó a uno de mis jugadores, le dije que eso era innegociable.
No los cambio por nadie», afirmó.

Era una mentira como un piano, pero al menos la intención era


buena.

¿Tuvo algún impacto la decisión de Sampson en el rendimiento de


los jugadores de los Lakers? No está nada claro. Abdul-Jabbar jugó
su mejor partido de las series, liderando al equipo con veintiséis
puntos y parando en seco al pívot de los Spurs, George Johnson,
que acabó con cero puntos y cero rebotes. Nixon añadió veintidós
puntos, superando con facilidad a Johnny Moore, el base rival. El
partido fue un ejemplo de la diferencia entre tener un buen equipo
con una estrella y tener un gran equipo con varias estrellas. Como
Abdul-Jabbar se hizo fuerte en la zona, el ataque de los Spurs se
redujo a George Gervin y sus tiros desequilibrados desde cualquier
lugar del campo. Anotó treinta y nueve puntos, una cifra que
quedaba muy bien en la hoja de estadísticas, pero acabó el partido
completamente vacío. «Salió al campo con una actitud de ahora o
nunca», recuerda Wilkes.

Y nunca conseguiría un anillo de la NBA.

Menos de veinticuatro horas después, los Lakers dieron la puntilla a


los Spurs, 123-128. Era la undécima victoria consecutiva del equipo,
la vigésimo tercera en veintisiete partidos. La estrella del partido fue
esta vez Nixon, quien anotó treinta puntos y silenció a la afición del
HemisFair Arena. Después del partido, sus compañeros lo bañaron
en champán barato para celebrar el pase a la final y Buss, con una
sonrisa de oreja a oreja, prometió a todos unas botellas de Dom
Perignon si conseguían ganar el anillo. «Quedan aún cuatro
partidos», dijo. En un rincón del vestuario, sentado en silencio junto
a su taquilla, un jugador intentaba aguantarse las lágrimas de
emoción. Cuánta alegría —una alegría increíble, apabullante,
inconmensurable— y a la vez… cuánto dolor.

***

La pérdida de un hijo no se olvida nunca: siempre está ahí, en la


memoria, como una pesadilla que no se acaba jamás. Hay
momentos en los que uno puede intentar esquivar el recuerdo,
distraerse con un chiste o una película emocionante. Pero, al
acabar, ahí sigue la tristeza, acechante.

Jamaal Wilkes sabe de lo que estamos hablando. En el otoño de


1981, poco antes empezar la pretemporada, su hija recién nacida,
Arainni Julise Wilkes, murió tras unas complicaciones sin
determinar. Era el segundo bebé que Jamaal Wilkes perdía (el
primero, con su exmujer Joycelyn, murió por problemas cardíacos
en 1977) y el dolor no se parecía a nada que hubiera sufrido
anteriormente. Aunque apenas se hablaba del tema, fueron meses
horribles para la familia Wilkes. En 1952, antes de que Jamaal
viniera al mundo, su madre, Thelma Wilkes, había perdido a su
primer hijo, Leonard Bruce Wilkes, cuando este tenía trece meses.
«Era un niño completamente sano —recuerda Thelma Wilkes—.
Murió mientras dormía. Lo llamaron “muerte súbita”. Estaba
embarazada de cuatro meses y recé por que fuera otro chico. Poco
después, llegó Jamaal».

En la cancha de baloncesto, Wilkes era un alero alto de 2.05 y


ochenta y seis kilos cuyo apodo, Silk [seda], describía a la
perfección a uno de los más elegantes estilistas del juego. Wilkes
podía anotar desde cualquier distancia y hacerlo con clase. «A
mucha gente se le olvida, pero Jamaal era un jugador portentoso —
afirma Nixon—. Era imparable con el balón en las manos». Pese a
que era un tipo extrovertido y amable, siempre sonriente de cara al
mundo, la temporada 1981/82 había sido particularmente
complicada para Wilkes. Como la mayoría de sus compañeros, no
entendía el sistema de Westhead. Incluso se había rumoreado un
posible traspaso a Milwaukee a cambio de Marques Johnson, y a las
tres semanas de empezar la liga su porcentaje de tiro no pasaba del
treinta y nueve por ciento, casi diez puntos por debajo de la media
de su carrera. Después de anotar solo dos puntos en una derrota
ante los Spurs el 10 de noviembre, insinuó la posibilidad de tomarse
un descanso para aclarar las ideas. «Tenía muchas expectativas
puestas en esa temporada, especialmente después de la
eliminación tan temprana en los playoffs del año anterior —recuerda
—. Pero la muerte de mi hija, tan a finales del verano, me desbarató
todos los planes de cara a la pretemporada. No puedo poner en
palabras hasta qué punto… en fin… tuve que pasar por ello y
punto».

Sus compañeros lo convencieron de que la rutina de la cancha de


baloncesto le resultaría más tranquilizadora que estar sentado en el
sofá de casa, dándole vueltas a lo sucedido. «La vida le iba mal —
afirma Riley—, el equipo era un desastre… cuando dijo “necesito
algo de tiempo”, todos lo entendimos. Es una persona muy sensible,
muy conectada a sus sentimientos. Más que la mayoría de los
jugadores. Escucha lo que le dicta el corazón y actúa en
consecuencia».

El corazón de Wilkes le pedía jugar… una decisión que, sentado en


su rincón del vestuario de San Antonio, se confirmaba como la
correcta. Después de todo, Jamaal Wilkes se había enamorado del
baloncesto por esto: por la sensación de formar parte de un equipo.
La felicidad después de cada canasta. La emoción de la victoria. De
chico, en Ventura, California, Jackson Keith Wilkes (su nombre fue
Keith hasta 1975, cuando dejó la iglesia baptista, se convirtió al
islam y lo cambió a Jamaal) se pasaba el día en las distintas
canchas de la ciudad. Jugaba por la mañana, por la noche, los fines
de semana… Tan pronto estaba echando un partido en la
Washington Elementary School como estaba practicando el
contraataque en West Park. Si no, podías encontrarlo en el Boys
Club. «A los once años, ya medía 1.80, así que siempre fui de los
más altos —explica—. Era muy rápido y destacaba mucho para mi
edad. Empecé a jugar contra chicos más grandes y la cosa se
complicó. No me dejaban tirar cómodo, me superaban físicamente,
acababa agotado… tuve que cambiar mi estilo de juego».

Y vaya si lo cambió. Con un solo gesto técnico pasó de ser un buen


jugador local a un futuro All-Star de la NBA. «Modifiqué por
completo mi mecánica de tiro y eso lo cambió todo», afirma.

A partir de ese momento, Keith Wilkes empezó a tirar por encima de


la cabeza, como si estuviera arrojando un balón medicinal,
empujándolo con todas sus fuerzas. El resultado era una mezcla de
fealdad y belleza: un tiro que podía parecer a la vez forzado (al salir
el balón de sus manos) y elegante (al entrar limpio por el aro). «Su
tiro —declaró en una ocasión Westhead— me recuerda a la nieve
cayendo suavemente de una hoja de bambú».

Aunque Keith se pasaba las horas en las canchas del barrio, no era
de los que se dejaba llevar por los malos hábitos: las burlas, el
egoísmo, la arrogancia… no iban con él. Eso se debió a que sus
padres, Leander (un antiguo empleado de la base naval de Oakland
que se hizo ministro de la iglesia tras perder a su hijo) y Thelma
(dependienta de la librería de la Universidad de California en Santa
Bárbara) siempre estuvieron encima de él. Por supuesto, los
deportes eran algo importante… pero no tan importante como la
integridad personal y la disciplina. Mientras otros chicos
coleccionaban cromos de béisbol, Keith Wilkes acumulaba cirios.
Mientras otros chicos escuchaban a los Rolling Stones, él
escuchaba a John Coltrane.

«A Jamaal lo criamos y lo apoyamos desde un entorno familiar


donde todos intentábamos ser racionales y razonables —afirmó en
una ocasión Leander a Sports Illustrated—. Los valores que se
enseñaban en las canchas de la calle eran a menudo otros, pero
Jamaal siempre supo confiar en sí mismo. Los jugadores que no
confían en sí mismos se derrumban en los momentos de estrés,
manifestando ira o frustración. Jamaal no es así».

Keith ponía buenos bloqueos y luego hacía la continuación a


canasta. Se empeñaba como el que más en defensa. Empezó a
jugar en ligas locales a los ocho años y hasta que llegó a la
universidad solo tuvo una temporada con más derrotas que
victorias: en tercero de primaria. Como pívot titular de Ventura High,
Wilkes fue elegido en el mejor equipo de la CIF (Federación
Interescolástica de California) y nombrado presidente del consejo de
estudiantes. Sin embargo, a su padre lo enviaron a la Iglesia
Baptista del Segundo Advenimiento en Santa Bárbara y toda la
familia tuvo que marcharse con él. «Mi idea era acabar mi último
año en Ventura y graduarme ahí —explica Wilkes—, pero echaba
demasiado de menos la comida de mi madre».

En lo que respecta al baloncesto, la adaptación fue complicada. Ya


en el primer entrenamiento, el entrenador Jack Trigueiro lo vio tirar y
paró el partidillo. «Lo obligó a cuadrarse, elevar los hombros y
lanzar el balón desde adelante —recuerda el base Bob Thompson
—.Aquello no tenía sentido: no era capaz ni de tocar el aro. Parecía
un inútil. Después del entrenamiento, jugó un dos contra dos con los
entrenadores y volvió a su tiro de siempre. Trigueiro dijo: “A este lo
defiendo yo” y Jamaal hizo con él lo que le dio la gana. Al acabar, el
entrenador se rindió: “Mira, Keith, a partir de ahora tira como te
salga de las narices”».

En su último año en el instituto Santa Bárbara, temporada 1969/70,


Wilkes guio a los Dons a veintiséis victorias consecutivas y llegaron
a las semifinales de los playoffs. Era el sueño de cualquier
entrenador de la División I. Wilkes podía jugar dentro y fuera, pasar
y coger rebotes, anotar desde la línea de tiros libres y desde ocho
metros. Era un estudiante modelo con una vida familiar ejemplar.
«Siempre cenábamos juntos a las seis de la tarde —explica Thelma
—. Todo el mundo tenía voz y voto en la mesa. Los escuchábamos
e intentábamos no juzgarlos. Queríamos lo mejor para ellos, pero no
queríamos que pensaran en términos de “yo, yo, yo” todo el rato».
Su hermana mayor, Lucy, se saltó dos cursos y entró en la
Universidad de Stanford a los dieciséis. Keith también se saltó un
curso. Era un chico tranquilo, pero no un soso. Cuando Wilkes
hablaba, la gente escuchaba. «Me aficioné rápidamente al sabor de
la victoria —explica, al recordar sus años de instituto— y decidí
dedicarme a hacer solamente aquello que me pudiera llevar al
triunfo final, aunque yo no destacara en absoluto».

Keith se decantó por UCLA porque John Wooden, el entrenador, no


le vendía ninguna moto a nadie ni hacía promesas que luego no
podía cumplir. «Iba al grano —recuerda Wilkes—. Mucha de la
gente con la que hablé me prometió el oro y el moro. Wooden nunca
me prometió que sería una estrella. Agradecí su sinceridad».
A lo largo de sus cuatro años en Westwood, Wilkes se convirtió en
uno de los mejores jugadores del país. Fue elegido dos veces en el
mejor equipo universitario. Además, para suerte de sus
compañeros, entrenadores y aficionados de los Bruins, nunca dejó
de ser aquel chico humilde y encantador que siempre había sido.
Después de un partido contra la USC, en su último año, Wilkes se
puso la ropa de calle, salió del vestuario del Pauley Pavilion y se
subió a las gradas a ver un partido de los playoffs de la categoría
juvenil. Fue, en palabras de Dwight Chapin, del Los Angeles Times,
«como ver a Dylan pasear entre el público al final de un concierto».

«¡Ahí está!», exclamó una chica.

«¡Eh, Keith! —gritó un chico desde algún lado—. ¿Cómo te va?»

«¡Sigue así, chaval!», le dijo un tercero.

«¿Hay alguien que no te conozca?», le acabó preguntando Chapin.

Sin hacer mucho ruido, Wilkes promedió quince puntos y 7,4 rebotes
a lo largo de su estancia en UCLA, haciendo cualquier cosa que le
pidiera Wooden. «Si de Wilkes dependiera, —escribió Cliff Gewecke
en The Christian Science Monitor—, elegiría pasar siempre
desapercibido». Su momento de mayor fama fue cuando Leonard
Lamensdorf, un joven productor cinematográfico, lo eligió para el
papel de Nathaniel Cornbread Hamilton, el personaje protagonista
de la película Cornbread, Earl y yo sobre un silencioso jugador de
baloncesto al que disparan y matan por error unos agentes de
policía. «Keith lo ha hecho de maravilla —aseguró en su momento
Lamensdorf respecto a su actuación, elogiada también en el Los
Angeles Times—. Es capaz de hacer lo que le dé la gana y ser lo
que le apetezca en la vida: médico, abogado, actor, lo que
quiera…».

Wilkes fue elegido por los Golden State Warriors en la undécima


posición del draft de 1974 y, en su primer año, ganó el anillo como
segundo espada de la superestrella Rick Barry. Sus compañeros se
burlaban a menudo de él, tanto por su juventud (tenía veintiún años
cuando debutó) como por su técnica (Barry: «Debe de ser la peor
mecánica de tiro que he visto en mi vida. Me pone de los nervios. Lo
hace todo al revés»), pero Wilkes siempre respondía con una
sonrisa. «A él solo le preocupaba trabajar duro y aportar al equipo
—recuerda Al Attles, su entrenador en Golden State—. Todo
entrenador sueña con un equipo así y con un jugador como
Jamaal».

Al acabar esa temporada, sin grandes titulares ni reivindicaciones,


anunció que su nuevo nombre era Jamaal Abul-Lateef Wilkes, algo
que no afectó en absoluto a su reputación ni a su imagen. Llevaba
desde su primer año en la universidad estudiando el Islam, y su
énfasis en la meditación y la paz interior lo fascinaban. Se convirtió
oficialmente durante su último año, para disgusto de sus devotos
padres baptistas. En aquella época, muchos vinculaban
erróneamente Islam con ira y violencia. «¿Quiere eso decir que
odias a los blancos?», le preguntó su madre. Jamaal soltó una
carcajada: «No, en absoluto», le contestó.

Poco después de firmar con los Warriors, Wilkes le explicó a Dick


Vertlieb, el general manager, que: A) Se había convertido al Islam, y
B) En pocos días, se cambiaría el nombre. ¿Jamaal Abul-Lateef?
¿Cómo demonios se suponía que tenía que reaccionar la franquicia
ante eso? «Ni de broma —contestó Vertlieb—. Te fichamos como
Keith Wilkes y como Keith Wilkes jugarás».

Así lo hizo durante un año, y cuando volvió a sacar el tema del


cambio de nombre —con el campeonato ya bajo el brazo—, nadie
se atrevió a llevarle la contraria. Era un jugador que se dejaba la piel
aunque estuviera lesionado, que siempre daba el máximo y que
rendía a un altísimo nivel. Si Keith Wilkes quería que lo llamaran
Benji Bear o Paulie Olkowski III, adelante con ello. «Era buenísimo
—sentencia Attles—. Una pieza clave en el engranaje del equipo».

Wilkes disfrutó de lo lindo en sus tres temporadas con los Warriors.


Sin embargo, las cosas empezaron a torcerse hacia el final del
tercer año. Franklin Mieuli, el propietario del equipo, le había
prometido un nuevo contrato si rendía al mismo nivel en su segundo
año. El alero promedió 17,8 puntos y 8,8 rebotes, preguntó por el
aumento prometido y recibió la callada por respuesta. Todo esto
coincidió, además, con el proceso de divorcio con Joycelyn. «Tal
como se estaban poniendo las cosas, empecé a pensar que tal vez
lo mejor era comenzar de cero en algún otro lugar —explica Wilkes
—. La idea de jugar cerca de UCLA y cerca de mis padres me atraía
mucho. Y, por supuesto, los Lakers eran los Lakers. Una franquicia
ejemplar».

Wilkes firmó como agente libre por cuatro años y ochocientos mil
dólares, pero pronto descubrió que no todo iba a ser tan sencillo.
Nunca es fácil ser profeta en tu tierra, pero es que, además, a
Wilkes se le torció todo. Mermado por un dedo roto y un puñado de
lesiones menores, solo pudo jugar cincuenta y un partidos en su
primer año, en el que promedió 12,9 puntos, la cifra más baja de su
carrera. La prensa de Los Ángeles no mostró ninguna empatía y
calificó a Wilkes de «decepcionante» y «sobrevalorado». Aunque
podría haber puesto mil excusas, Wilkes prefirió no decir nada.
«Jamaal no es de los que echan balones fuera —afirma Nixon—.
Prefiere asumir él toda la responsabilidad».

Una vez recuperado (tanto en el plano físico como en el mental),


Wilkes dio lo mejor de sí mismo en la 1978/79, promediando 18,6
puntos por partido… la cifra más alta de su carrera. Cuando al año
siguiente llegó Johnson, encontró a su media naranja sobre la pista.
Formaban una pareja ideal: el mejor pasador de la liga y el mejor
jugador de contraataque. Wilkes aprendió pronto a entender los
pases de Johnson para que no le dieran en la cabeza o en la
espalda o en el culo. «Tenías que estar preparado —afirma—.
Siempre con la cabeza bien erguida y con un ojo en lo que estuviera
haciendo Earvin».

La noche que Wilkes anotó treinta y siete puntos en Philadelphia


para ayudar a los Lakers a llevarse el sexto partido de las finales de
1980, en Santa Bárbara se celebró por todo lo alto. Leander y
Thelma se echaron a llorar y se abrazaron, los dos orgullosos del
hijo maravilloso que habían criado. Para ellos, que Johnson hubiera
jugado de pívot era un asunto menor, como lo eran el éxito del joven
Westhead o la lesión de Abdul-Jabbar.

Este era el momento de Wilkes y querían saborear cada segundo.

***

Dos años más tarde, los Lakers se enfrentaban de nuevo a los


Philadelphia 76ers en la serie final de los playoffs de la NBA. De
nuevo, a Wilkes no solo se le exigía ser una referencia en ataque,
sino que frenara a Julius Erving, una de las grandes superestrellas
de la liga.

Entre los ejecutivos de la NBA, las televisiones y la mayoría de los


aficionados, se podía percibir una lógica decepción. A lo largo de la
temporada regular, el mejor equipo de la liga habían sido los Boston
Celtics, que ganaron sesenta y tres partidos y se llevaron la División
Atlántico. Conforme Celtics y Lakers iban avanzando por sus
cuadros se empezó a formar un enorme revuelo anticipando una
final entre Johnson y Larry Bird, su rival universitario y el mejor
jugador de los Celtics. La rivalidad Johnson-Bird databa de la final
de la NCAA de 1979, cuando Michigan State derrotó a Indiana State
en el partido con mayor audiencia de la historia del baloncesto de
aquel entonces.

El país entero hizo una mueca de resignación al ver que


Philadelphia sorprendía a los Celtics en el séptimo partido en el
Boston Garden. Probablemente nadie se quedara con más ganas de
aquel duelo soñado que McAdoo, el sexto hombre de los Lakers,
quien tres años atrás había jugado tan solo veinte partidos con los
Celtics, completando una temporada penosa. McAdoo no podía con
Boston, con su plantilla mayoritariamente caucásica, con su
arrogante entrenador (Bill Fitch, quien, después de perder el séptimo
partido, quiso dejar claro: «Si nos hubiéramos clasificado para la
final, habríamos ganado a los Lakers») ni con sus aficionados
racistas. No es que quisiera justicia: quería venganza. «Solo
pensaba en destrozarlos —confiesa—. Yo y todo el equipo. Nos
ardía la sangre».

En cambio, tocaba enfrentarse con (perdón por el bostezo) los


Sixers. Erving y el escolta Andrew Toney, sus dos mejores
jugadores, formaban una pareja sobria y con clase. Billy
Cunningham, el entrenador, era un chico de clase trabajadora de
Brooklyn que pasaba más horas en el gimnasio que sus propios
jugadores. El pívot Darryl Dawkins tenía sus limitaciones, pero era
muy parlanchín y muy divertido. Por último, el base Maurice Cheeks
sabía cuál era su rol en el equipo y lo dejaba todo en el campo. Era
un equipo que basaba su juego en el físico para ganar los partidos.
«A ver, no era lo mismo que jugar contra los Celtics —admite
Cooper—. No odiábamos a Philly. Ni siquiera nos caían mal. Eran
buenos tipos, buenos jugadores. Una final de la NBA siempre va a
tener sus piques, pero…»

…Pero no era lo mismo que un Lakers-Celtics, vaya. «No, qué le


vamos a hacer», concede Cooper.

Las series empezaron el 27 de mayo en Philadelphia, después de


doce días de descanso para los Lakers. Aunque la historia de Riley
con Philadelphia no era tan mediática como la de Westhead dos
años atrás, muchos se preguntaban cómo manejaría la presión en
los momentos decisivos. Con su cinco inicial de lujo y el imponente
8-0 en los playoffs, los Lakers no solo partían como favoritos para
barrer a los Sixers sino que aspiraban a pasar a la historia. Para
muchos, el único punto débil era el propio Riley. Dos días antes del
primer partido, Scott Ostler, del Los Angeles Times, escribió una
columna titulada HA NACIDO UNA ESTRELLA en la que repasaba
la trayectoria de Riley hasta la cima. A principios de temporada,
nadie sabía quién era aquel hombre. Ahora todo el mundo lo paraba
en la calle: para felicitarlo, para insultarlo, para darle consejos, para
pedirle un autógrafo… «Hace apenas dos años era un don nadie —
señalaba Ostler—. Ahora es como ese pasajero que se ve obligado
a aterrizar un avión porque el piloto y el copiloto se han puesto
malos durante el viaje. Solo que a Riley no hace falta explicarle
cuándo hay que bajar los alerones o cómo leer un radar».

Los Lakers saltaron a la pista del Spectrum para el habitual


calentamiento entre los abucheos de la afición de Philadelphia. El
ruido continuó a tope durante la primera mitad, en la que los locales
llegaron a ponerse 61-50. El partido de los Lakers estaba siendo
desastroso. Riley había avisado a sus jugadores de la exigencia
física de Philadelphia, pero sin resultado alguno: Dawkins se
imponía a Jabbar bajo el aro, y Erving —remontando continuamente
la línea de fondo sin oposición alguna— no veía rival en Wilkes
(catorce puntos y cinco asistencias al descanso). «Wilkes estaba tan
oxidado que habría necesitado algo más que un poco de aceite para
desengrasar su maquinaria —escribió Mike Littwin en el Times—. Le
habría hecho falta un pozo de petróleo entero».

Poco amigo de las charlas motivacionales y los discursos cara a la


galería, Wilkes entró en el vestuario durante el descanso y se
encerró en sí mismo. Había dejado que Erving se impusiera en su
terreno —los tiros a media distancia, las penetraciones a canasta—
y por su culpa los Lakers estaban en un buen lío. Ahora bien, en
cuanto empezó el tercer cuarto Wilkes despertó de su letargo. Anotó
dieciséis de sus veinticuatro puntos en los siguientes doce minutos,
liderando un parcial de 40-9 que dio la vuelta al partido. Apoyado
por Johnson y Nixon, que no dejaban de correr a la más mínima
oportunidad, Wilkes se mostró indefendible a la hora de atacar el
aro. En estático, ni Erving ni Bobby Jones eran capaces de defender
sus suspensiones. Los Lakers acabaron ganando con cierta
comodidad (117-124). «Jamaal podía hacer de todo, pero lo hacía
sin armar mucho follón, así que mucha gente lo subestimaba —
recuerda Cooper—. Cuando lo veías jugar, te dabas cuenta de que
era uno de los mejores jugadores de la liga».

Después del partido, para deleite de Riley, los jugadores de los


Lakers fantasearon con otro 4-0 que les hiciera terminar invictos los
playoffs. «Es algo que comentamos entre nosotros, sin más —
confesó Johnson—. Nos hace gracia, eso es todo».

La fantasía no duró mucho: Philadelphia se recompuso para ganar


el segundo partido (110-94). Después del encuentro, Erving cometió
un error tan grave como poco habitual en él. Cuando Dave
Anderson, del New York Times, le preguntó por sus conclusiones del
partido, el mítico Doctor no se anduvo con rodeos: «Hemos
entrenado mucho estos días la manera de vencer a los Lakers —
afirmó Erving—. En la primera parte, nos pusimos en zona para
descolocarlos, les hicimos pagar cada riesgo que tomaron y
atacamos con fuerza el rebote ofensivo para conseguir segundas
oportunidades. Nosotros ya sabemos qué hacer, ahora son ellos los
que tienen que buscar la manera de vencernos».

Aunque Riley todavía estaba verde en eso de los juegos


motivacionales, estaba claro que no podía dejar pasar esta
oportunidad ante sus jugadores. ¿Ya sabemos qué hacer para ganar
a los Lakers? ¿Son ellos los que tienen que buscar la manera de
vencernos? No es que los Sixers hubieran encontrado ningún
antídoto mágico para frenar a los Lakers. Simplemente, los Lakers
habían jugado un partido muy por debajo de su nivel. En la siguiente
charla, Riley recordó a sus jugadores las palabras de Erving. «Dicen
que ya saben qué hacer para pararos. Están convencidos de que
van a ganar la final. ¿No tenéis nada que decir al respecto? ¿No
vais a responder de ninguna manera?».

Cuando las series volvieron a Los Ángeles, los Lakers no tardaron


en retomar el mando. La rotación de Riley se había reducido a siete
hombres: Nixon, Johnson, Abdul-Jabbar, Wilkes, Rambis, McAdoo y
Cooper (Los Angeles Times empezó a llamarlos Los Siete
Magníficos). Se compenetraban a la perfección. Por su parte,
Cunningham prefería utilizar a toda su plantilla, lo que, por un lado,
daba más descanso a sus titulares, pero, por el otro, hacía casi
imposible que sus jugadores mantuvieran siempre el nivel
necesario. Erving y Cheeks daban miedo. Steve Mix y Earl Cureton,
no.
En el tercer partido, Nixon y Johnson decidieron atacar sin piedad
los puntos débiles de la defensa de los Sixers. Como era un tipo
locuaz, divertido y grandote, Dawkins —a quien apodaban
Chocolate Thunder [El Trueno de Chocolate]— se había convertido
sin esfuerzo en uno de los favoritos de la prensa. Ahora bien, su
defensa bajo el aro dejaba mucho que desear: ¿UN TRUENO DE
CHOCOLATE O UN SUFLÉ DE CHOCOLATE?, se preguntaba Los
Angeles Times en un titular. La única manera que tenía de detener a
los bases de los Lakers era haciéndoles falta. Nixon, en concreto, se
cebó especialmente, anotando veintinueve puntos para consolidar
una nueva victoria: 129-108. Aunque Cooper anotó solo doce
puntos, se pasó buena parte del encuentro llamando de todo a los
jugadores rivales. Le gustaba Erving y lo respetaba. Sin embargo,
no le tenía ningún miedo. «¿Qué te parece lo que estás viendo, eh?
¿Creíais que ya nos habíais tomado la medida? Mira el marcador,
cabronazo».

Tras el partido, Riley se deshizo en halagos hacia Bill Bertka, su


segundo entrenador y un reputado gurú defensivo. Años atrás,
Bertka había colaborado con Clair Bee, el legendario entrenador
universitario famoso por su defensa en zona 1-3-1. «Bee tenía una
confianza ciega en esa defensa, así que utilizamos su zona 1-3-1 en
todo el campo para vencer a los Sixers. No tenían ni idea de cómo
atacarla. Clair Bee habría estado orgulloso de nosotros», afirmó.

Dos días más tarde, los Lakers volvieron a ganar (111-101) y la idea
de una serie apretada quedó relegada a un rincón de la imaginación.
Aunque Erving se pasó la rueda de prensa posterior al partido
intentando convencer a todo el mundo de que su equipo no estaba
muerto, el caso es que su equipo estaba muerto. «Éramos
conscientes de que no bastaba con jugar al cien por cien —admite
Dawkins—. Los Lakers eran mejor equipo. Me cuesta reconocerlo,
pero es así. Eran demasiado para nosotros».

Los Sixers consiguieron ganar el quinto partido, pero el 8 de junio,


con el Forum lleno hasta la bandera, los Lakers conquistaron su
segundo anillo en tres temporadas (114-104). Aunque todo el mundo
hablaba de Riley y de Johnson (quien fue nombrado MVP de las
finales tras promediar 16,2 puntos, 8 asistencias y 10,8 rebotes), el
jugador clave fue Wilkes. Lideró al equipo en anotación (veintisiete
puntos) en el último partido, tomando la responsabilidad cada vez
que los Sixers se acercaban en el marcador.

Cuando acabó el encuentro, Wilkes entró en el vestuario, cogió una


botella de champán y se la echó por encima. El frío líquido le cayó
por los ojos hasta llegarle a los labios. Tal y como había prometido
Buss, no se trataba de cualquier champán, sino de Dom Perignon:
noventa dólares por botella… y bien merecidos.

Lo que había empezado como la peor temporada de la vida de


Wilkes, acababa de la forma más dulce posible.

«Solo pensaba en descansar por fin y asimilar todo lo que había


pasado».
CAPÍTULO DIEZ

Vida de club

LOS LAKERS DE LOS AÑOS OCHENTA siguen siendo objeto de


intensos debates de difícil solución:

¿Quién fue más importante, Magic Johnson o Kareem Abdul-


Jabbar?

¿Quién aportaba más al equipo, Michael Cooper o Jamaal Wilkes?

¿Habría sido mejor poner de titular a Bob McAdoo o a Kurt Rambis?

Sin embargo, hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo: de


entre los sesenta y nueve hombres que vistieron de púrpura y oro de
1979 a 1991, no hubo nadie tan limitado, intelectualmente hablando,
como Mark Landsberger.

Con «limitado» no nos referimos solo a su nula inteligencia sobre la


cancha o a su escasa comprensión del mundo. Ni siquiera a su
incapacidad para entender los conceptos más básicos de cualquier
materia.

No. Mark Landsberger tenía la inteligencia de una ameba. Tenía un


cerebro con sus neuronas y sus dendritas, como el resto de los
humanos… pero tanto sus compañeros como los demás empleados
de los Lakers no podían dejar de preguntarse si aquel hombre tenía
un cociente intelectual digno de ese nombre o si directamente le
salía negativo.
«Mark Landsberger era un buen chico —afirma Claire Rothman, la
vicepresidenta de contrataciones—. Pero era muy tonto. No creo
que fuera capaz de andar y mascar chicle a la vez, lo digo en serio».

«Madre mía, Mark es el tipo más bobo que he conocido nunca —


coincide Michael Coper—. Un tipo encantador, pero tontísimo».

Landsberger llegó traspasado a los Lakers en febrero de 1980


desde Chicago e impresionó a todo el mundo por su capacidad para
el rebote y su enorme tamaño. Medía 2.03 metros, pesaba noventa
y dos kilos y era duro como una piedra. Una vez cogió veintinueve
rebotes en un partido contra Denver. Cuando iba a por el rebote,
Landsberger siempre conseguía imponerse a sus rivales. «Era
impresionante, porque lo hacía sin saltar —afirma el base Ron
Carter—. Mark siempre se comía dos o tres tapones por partido,
pero en los rebotes era un fuera de serie».

De todas las (pequeñas) cosas que Landsberger aportó a los dos


títulos de los Lakers, la más importante fue su capacidad para hacer
reír a sus compañeros incluso sin pretenderlo. Mark Landsberger —
un hombre que no se enfadaba nunca por nada— conseguía que los
demás jugadores se partieran de risa con él todo el rato. A los pocos
días de llegar a los Lakers, Landsberger se reunió con Riley para
echar un vistazo a los sistemas del equipo. Durante dos horas, el
por entonces segundo entrenador fue repasando las distintas
jugadas y sus variantes. Landsberger había jugado en las
universidades de Minnesota y de Arizona State y llevaba dos años y
medio en la NBA, con los Bulls. En otras palabras, era un hombre
experimentado y Riley dio por hecho que entendía todo lo que le
estaba enseñando sin necesidad de entrar en demasiados detalles.
Se quedó a cuadros cuando, totalmente serio, Landsberger le
preguntó: «¿Y no tenéis jugadas para coger rebotes?».

«Sí, esa historia es real», confirma Steve Springer, el veterano


periodista, encargado de seguir a los Lakers.

«Pero es solo la punta del iceberg».


«Una vez le pregunté a la mujer de Mark qué tal había ido el verano
—recuerda Lon Rosen, empleado de la franquicia—. Me dijo que
genial: “Mark ha empezado a comer con tenedor y cuchillo”».

Hay todo tipo de historias sobre Landsberger. Una vez, por ejemplo,
el departamento de promoción mandó a Landsberger a un
encuentro con los aficionados en un supermercado. Un chico se
acercó con un póster del equipo.

—¿Me lo puedes firmar con tu número? —le pidió.

—¿Para qué quieres mi número? —le contestó Landsberger.

—Bueno, todos los jugadores lo ponen cuando firman —explicó el


chaval.

—De acuerdo —dijo Landsberger, resignado, y empezó a escribir M-


A-R-K L-A-N-D-S-B-E-R-G-E-R en el póster, para después añadir 3-
1-0-7-5-0-6-7-2-8.

«Limitado —coincide Josh Rosenfeld, director de relaciones con la


prensa—. Muy, muy limitado».

«Invité a Mark a dar una charla en mi campus de verano —re-


cuerda el asistente Mike Thibault—. La idea era que hablara a los
chicos durante una hora sobre las claves para cargar el rebote. A los
siete minutos ya no sabía qué decir».

Una vez, los Lakers jugaron un partido amistoso contra los Clippers
en Palm Springs. Varias horas antes del salto inicial, Landsberger
estaba en el lobby del hotel con su uniforme ya puesto, bebiendo un
batido de chocolate enorme que se había comprado en un
McDonald’s. Jack Curran, el preparador físico, le sugirió que se
cambiara de camiseta o al menos se pusiera una servilleta para
cubrirse.

«No pasa nada —dijo Landsberger—. No te preocup…» ¡PLOF! El


batido se derramó por todo el uniforme. Landsberger se puso de pie
y empezó a maldecir mientras todos los demás se partían de risa.
«Puto Landsberger —protestó Curran—. Esa es la única camiseta
que hemos traído con ese número».

Esa noche, Landsberger entró a cancha con el uniforme lleno de


manchas marrones, como si fuera mierda de perro. «En el
momento, puede tener mucha gracia, pero ese tipo de cosas no
ayudan a largo plazo».

Si Landsberger se hubiera tomado más en serio su trabajo, podría


haber aportado mucho más al equipo. Sin embargo, su estupidez
iba de la mano de un amor incondicional por la vida nocturna y, en
ocasiones, por la cocaína. Aunque los jugadores siempre negaron
ningún tipo de consumo de la sustancia en el seno del equipo, el
polvo blanco estaba tan presente en el vestuario de los Lakers como
lo estaba en cualquier otra franquicia de cualquier otra gran ciudad.
Según una persona que solía viajar con los Lakers, en los vuelos
era muy habitual ver a los jugadores meterse en el baño para esnifar
cocaína. «Empeñarse en que en los Lakers no había nadie que se
metiera coca es ridículo —afirma—. Era una presencia constante en
el vestuario». Cooper, quien también consumió puntualmente,
recuerda perfectamente a Landsberger «de paseo, tan tranquilo, con
su bolsa de cocaína en la mano».

Los compañeros se lo pasaban pipa contando historias sobre


Landsberger y, en concreto, historias sobre «Mark Landsberger y las
mujeres negras poco agraciadas». Lo apodaron Jig, diminutivo de
Jigaboo [negrata] y se lo pasaban pipa viéndolo en los clubes
negros de Detroit o de Oakland o de Chicago intentando ligar con
chicas de ciento treinta y cinco kilos. Era el hombre blanco más
extraño que hubiera pisado jamás esos locales. «A Mark le
encantaban las negras, probablemente más de lo que nos gustaban
a nosotros —bromea Cooper—. También le gustaban los clubes de
striptease. Siempre andaba liándome: “¡Vamos, Coop, vamos a un
club de striptease, vamos ahora mismo!”».

¿Era Mark Landsberger el mayor fiestero de los Lakers? Puede que


sí y puede que no. Desde luego, no se acostaba con tantas mujeres
como Johnson y Nixon, y nunca tomó tanta cocaína como Spencer
Haywood. Aun así, había algo que lo hacía distinto a cualquier otro
compañero e incluso a cualquier otro jugador de la NBA: la relación
con su esposa.

Para incredulidad del resto del vestuario, Mark y Marianne


Landsberger se contaban prácticamente todo. Según el acuerdo que
tenían, lo que pasaba en los viajes no tenía por qué quedarse en los
viajes. «Era algo poco habitual —afirma Cooper—, pero los
Landsberger no eran la típica pareja convencional».

Esto no había supuesto problema alguno hasta las primeras


semanas de la temporada 1982/83, cuando Landsberger —con
quien Riley apenas contaba por su torpeza y su poca inteligencia
sobre la cancha— cometió el mayor de los pecados que puede
cometer un profesional de la NBA. Por entonces, los Lakers estaban
en la cumbre del mundo del baloncesto. No solo eran los defensores
del título, sino que se habían reforzado respecto al año anterior.
Después de que Ralph Sampson decidiera volver un año más a la
Universidad de Virginia, los Lakers ganaron el cara o cruz por el
número uno del draft y eligieron a James Worthy, el alero All-
American de la Universidad de North Carolina. Worthy era un talento
único, con sus 2.06 metros y sus ciento dos kilos de peso. De
hecho, su carrera en la NBA acabaría siendo mucho más notable
que la de Sampson.

En su segunda temporada, Riley había dejado las dudas a un lado y


ya ejercía el mando con total seguridad, implantando una táctica en
ataque muy parecida a la de McKinney, con muchos contraataques
y tiros rápidos, lo que agotaba a los equipos rivales y deleitaba a los
aficionados. Después de perder contra Golden State en el primer
partido de la temporada, los Lakers encadenaron siete victorias
consecutivas y doce en catorce partidos. Eran divertidos, excitantes,
únicos, trepidantes. Y estaban muy calientes.

Al menos, eso es lo que Mark Landsberger le contó a su esposa,


con la misma precisión en el detalle que Chick Hearn intentaba dar a
sus retransmisiones. Según Mark, ese estaba haciendo esto; este
estaba haciendo lo otro… y estos dos estaban haciéndoselo con
esta, esta y aquella.

Tenía material de sobra para extenderse. Cuando los deportistas


profesionales vienen a Los Ángeles, saben que las conquistas
sexuales son casi un complemento del sueldo. Si además ganan
partidos y se hacen famosos, aquello es un no parar. La vida para
estos Lakers campeones de la NBA era parecida a un circo
ambulante afrodisíaco. Con sus minifaldas o sus pantalones de
cuero ajustados, las groupies se amontonaban en los hoteles a
decenas. «Nunca olvidaré una vez que llegamos a Houston en mitad
de la noche y nos encontramos con cinco pibones espectaculares
en el lobby del hotel, esperándonos —recuerda Rosenfeld—. Los
chicos empezaron a subir a sus habitaciones y ellas fueron una a
una a las cabinas de teléfono a concretar citas». Fueran donde
fueran, les esperaban notas bañadas en perfume: una o dos para
los Mike McGee o Mark Landsberger; treinta o cuarenta para
estrellas de la magnitud de Johnson o Nixon.

En todos los hoteles se encontraban con las mismas caras, los


mismos nombres y las mismas miradas. El Hyatt Regency en
Atlanta. El Camelback Sahara en Phoenix. El Crown Center en
Kansas City. El Holiday Inn-Coliseum en Cleveland. «Eran como un
grupo de rock —explica Linda Rambis, la mujer de Kurt Rambis y
encargada de ventas y marketing—. En cuanto llegaban a una
ciudad, las groupies se les echaban encima».

«Era una cosa de locos —asegura Ron Carter, el escolta que luego
trabajaría como ayudante de Buss—. En aquel equipo, estaban
todos salidos, pero Magic jugaba en otra liga. Era el mayor salido
que haya visto nunca. Le encantaban las mujeres: dos o tres a la
vez. Un día, jugábamos fuera de casa y le pregunté: “¿Dónde
demonios has dormido? ¿Por qué no pruebas a dormir alguna
noche?”. Cuando llegábamos a un hotel en una nueva ciudad, tenía
a dos o tres chicas esperándolo específicamente a él. Se acostaba
con ellas y luego las echaba. Después de la sesión de tiro,
aparecían otras dos o tres chicas. Se acostaba con ellas. Y cuando
acababa el partido, dos o tres chicas más. Earvin no bebía y no
fumaba y ni siquiera se acercaba a las drogas. Su vicio eran las
mujeres».

«Una vez salí con Magic y tenía unas treinta o cuarenta chicas
colgadas del brazo —recuerda Landsberger—. La tentación era
enorme: vas a un club y una decena de chicas quieren algo contigo.
¿Qué se supone que tienes que hacer? ¿Decirles que no a todas?».

Al menos Johnson era joven, soltero y podía vivir la vida como le


diera la gana. Estaba en la misma situación que Nixon, el otro
semental del equipo (el apodo de Nixon era Savoir Faire, que, según
el diccionario, indica la capacidad para decir o hacer lo correcto en
cada momento). Si se quedaban con ganas de más, era habitual ver
a cinco, seis, siete o incluso ocho jugadores coger un taxi al club de
striptease más famoso de la ciudad. Una vez ahí, les invitaban a un
lap dance (y a veces a más). Tener a Magic, a Coop, a Norm o a
Worthy como clientes era una publicidad que valía su precio en oro,
y las estrellas de los Lakers lo sabían.

El problema era que Landsberger también lo sabía. Estaba ahí con


ellos. En los hoteles. En los clubes de striptease. Comprando
cocaína, esnifándola, bailando con mujeres despampanantes. El
mundo se rendía a los pies de los jugadores de los Lakers y Mark
Landsberger tenía que compartir todas estas aventuras con la
persona a la que más amaba: su esposa.

«Una noche de 1982, pasé por la sala vip del Forum y vi a unas
siete esposas y novias de jugadores sentadas en una mesa —
recuerda Carter—. Por entonces, ya trabajaba para el Dr. Buss y
tenía prisa por algún encargo, pero en cuanto las vi ahí y me di
cuenta de cómo me miraban, pensé: “Oh-oh, algo va mal. Algo va
horriblemente mal”». La primera en hablar fue Wanda Cooper, la
esposa de Michael durante cuatro años. Líder no oficial de las Laker
Wives [Esposas de los Lakers], Wanda era una mujer inteligente e
ingeniosa que se manejaba con la confianza de un tigre hambriento.
Mark Landsberger le había contado a Marianne que Michael Cooper
estaba haciendo el tonto por ahí. «Y mi mujer se lo contó a Wanda
—explica Landsberger—. Le dije que era todo confidencial, pero
Wanda hizo trampa: le contó a mi mujer que yo le estaba poniendo
los cuernos y por despecho Marianne le contó a ella lo que yo le
había contado. No le hizo ninguna gracia».

Los jugadores de los Lakers podían perdonar un mal pase o una


bandeja errada. Johnson se pasaba la temporada enfadándose y
congraciándose con Nixon… y Nixon con Johnson. Lo que ninguno
estaba dispuesto a permitir era la deslealtad. Al contarle a su mujer
los secretos del vestuario, Landsberger había roto el código no
escrito del deportista profesional: lo que pasa en las fiestas se
queda en las fiestas. «Nunca he visto a Kareem tan enfadado —
recuerda Butch Carter—. Mark era tan estúpido que metió en un lío
a Kareem, metió en un lío a Coop… era tonto de remate».

La noche del 15 de noviembre, los Lakers llegaron al Camelback


Sahara, el hotel en el que solían quedarse cuando viajaban a
Phoenix. Riley organizó una reunión a media mañana entre
jugadores, entrenadores, equipo técnico y periodistas para celebrar
Acción de Gracias con unos días de adelanto. «Todos los jugadores
estaban en una mesa —recuerda Randy Harvey, encargado de
seguir a los Lakers para el Los Angeles Times—, los periodistas
estaban en otra mesa… y Mark Landsberger estaba solo en la
suya… exiliado. Ese fue su castigo por andar contando historias por
ahí. Se quedó completamente solo».

Aunque al principio sí mostraron cierto enfado, lo cierto es que la


mayoría de las esposas ya eran conscientes de las actividades
extramaritales de sus esposos. Harvey habló con una de ellas para
preguntarle si le preocupaba que su marido estuviera por ahí
haciendo el tonto con las chicas. «Qué va, me da bastante igual —le
dijo la mujer—. Así no le tengo que chupar la polla esa noche».

Tampoco hubo mucho interés por parte de la franquicia en esconder


las andanzas de sus jugadores. Al fin y al cabo, el propietario, Buss
—de cincuenta años, pero con la libido de un conejo— era el
primero en pasearse por la ciudad con mujeres que apenas tenían
edad para sacarse el carné de conducir. «A Jerry le daba muchísimo
morbo —explica Rothman— y todas esas chicas pensaban que
podría conseguirles algún papel en el cine». Para quien no
conociera a Buss, la imagen era chocante. Aunque era un hombre
bastante atractivo, parecía el abuelo de las chicas con las que se
acostaba. Buss iba a novia por semana y —antes de pasar a la
siguiente belleza despampanante— le sacaba una foto y la colocaba
en uno de sus muchísimos álbumes de recuerdos. De vez en
cuando, si se lo pedían, sacaba uno de estos álbumes y se ponía a
contar historias pasadas. Se acordaba de algunos nombres… y
otros los había olvidado. «Jerry me contó una vez algo que se me
ha quedado grabado en la cabeza —afirma Lance Davis, su amigo
de toda la vida—. Me dijo: “Lance, la gente me critica mucho por
salir con esas chicas, pero ¿por qué tendría que acostarme con
mujeres mayores cuando puedo hacerlo con una más joven y con
un cuerpo más sensual? ¿Por qué no puedo salir con una Playmate
de veintiséis años?”. Jerry decía que eso lo mantenía joven y vivo…
y no se equivocaba. Él era el rey, y el Forum, su palacio».

Cuando Jack Kent Cooke construyó el pabellón, se aseguró de que


hubiera un rincón específico para acomodar a la inevitable lista de
celebridades y peces gordos que quisieran reunirse con él o
conocerlo personalmente. El resultado fue el Forum Club, que —en
tiempos de Cooke— era una sala agradable pero algo sosa con una
cocina, una barra, un comedor y una mesa de reuniones. Cooke
solía seguir los partidos desde allí, normalmente en escasa
compañía. Arte Johnson, un cómico famoso por su aparición en el
programa Rowan & Martin’s Laugh-In era de los pocos habituales.
«Teníamos que llevar siempre traje y corbata —recuerda Harold
Zoubul, el encargado de hostelería del Forum—. Había un pianista y
el ambiente era agradable, pero muy tranquilo. Mr. Cooke nunca
invitaba a más de ocho o diez personas. Se creía demasiado
importante como para andar invitando a más gente. Era un
gilipollas».

Cuando Buss asumió el control de la franquicia, se fijó en el Forum


Club y vio de inmediato un mundo de posibilidades. El hombre que
había despedido al organista para reemplazarlo por la banda de
música de la USC; que había dado el visto bueno a las Laker Girls y
a sus minivestidos y que, por último, había llenado el Forum de
famosos, necesitaba un lugar especial donde toda esta gente se lo
pasara en grande. Le encargó a Rothman que transformara aquel
rincón, que a veces parecía una biblioteca, en un lugar que, una
década más tarde, el ala-pívot de los Detroit Pistons, John Salley,
calificaría como «el más sexy de toda la liga». Empezó por encargar
un enorme toldo que pusiera FORUM CLUB en letras enormes de
color rojo. En un viaje reciente a Las Vegas, Rothman había visitado
un centro comercial donde le habían echado un compuesto al suelo
para que brillara como un arcoíris, «y me di cuenta de que eso
quedaría genial en la entrada del Forum Club —explica—.
Cambiamos la moqueta, le dimos unos retoques a todo, nos
gastamos un dinero aquí y allá… y quedó una cosa espectacular».

En poco tiempo, el Forum Club se convirtió en algo más que un bar


dentro de un pabellón. Era uno de los lugares de moda de Los
Ángeles. Antes de cada partido, unas doscientas cincuenta
personas podían sentarse a degustar los platos más exclusivos.
Buss siempre celebraba una cena especial para amigos y famosos
en su mesa privada. Los empleados se preguntaban cada noche
quién aparecería por la puerta… ¿Rob Lowe? ¿Charlie Sheen?
¿Tony Danza? ¿John Candy? ¿Dyan Cannon? ¿Jack Nicholson?
¿Ali Mc-Graw? ¿Luther Vandross? ¿John Travolta? Con un cigarrillo
siempre entre los dedos y una candidata a Playmate del Año cogida
del talle, Buss se regodeaba en la felicidad del éxito. Este era su
espacio dentro de su edificio y todo el mundo estaba ahí para ver a
su equipo. Cuando empezaba el partido, Buss se sentaba lejos de la
pista, en un palco privado casi en lo alto del edificio. No necesitaba
estar cerca de los jugadores para sentir la emoción. Para eso ya
tenía el Forum Club. «Papá era muy feliz —recuerda Jeanie Buss—.
Era consciente de la suerte que tenía».

Si el Forum Club ya parecía un lugar animado antes de los partidos,


después de los mismos se convertía en un espacio salvaje, exótico
y arrebatador. Jugar en los Lakers en los años ochenta conllevaba
muchas ventajas, pero ninguna como el acceso constante a un
mundo que parecía sacado de la revista Penthouse. En cuanto
terminaba el último cuarto y los aficionados del montón se subían a
sus coches, el Forum Club encendía todas sus luces y hacía brillar
sus neones. «Íbamos corriendo al vestuario, nos cambiábamos y
subíamos al Forum Club —afirma el escolta suplente Clay Johnson
—. Nosotros, los reservas, teníamos que llegar antes que Magic y
Norm porque con ellos allí no teníamos ninguna opción. Teníamos
que entrarles a las chicas antes». Algunos abonados, previamente
seleccionados de entre los más ricos y famosos, podían comprar
pases para el Forum Club por un módico precio: trescientos dólares.
Una vez dentro, podían mezclarse con deportistas, actores,
bailarinas y cantantes…

«En cierto modo, los equipos visitantes se lo pasaban mejor en el


Forum Club que nuestros chicos —reflexiona Linda Rambis—. Para
ellos era una vía de escape. Un respiro respecto a su vida en
Milwaukee o Detroit o dondequiera que jugaran. “Vale, ya nos
habéis pateado el culo, ¿podemos ir al Forum Club de una vez?”».

Detrás de la barra, Donna Grinnel mezclaba Destornilladores,


Bloody Marys y Martinis mientras la gente rebuscaba en sus
carteras para dejar propinas de cien dólares. «Jerry West me
enseñó a beber en el Forum Club —recuerda el escolta Ron Carter
—. Estaba de pie en la barra y me dijo: “Eh, chico, no puedes venir a
un sitio como este, acodarte en la barra y ponerte a beber como un
loco. Pide unos cuantos chupitos nada más llegar y luego, zumo de
naranja, sin más. La gente se quedará impresionada al ver que solo
tomas zumo de naranja… cuando en realidad ya vas hasta arriba de
tequila”».

Toshio Funaki, el chef del local, preparaba ensaladas de marisco a


veintidós dólares y solomillos a sesenta. «Iba siempre que podía —
afirma Pat O’Brien, el presentador de la CBS—. El Forum Club era
como el Studio 54 o incluso mejor. Todo lo que podías pedirle a un
club nocturno lo tenías al alcance de la mano».

Efectivamente. Estos eran algunos de sus atractivos:


• Mujeres despampanantes: «Cielo Santo —exclama el alero Larry
Spriggs, que jugó en los Lakers de 1983 a 1986—. Era como meter
a un tiburón en un acuario lleno de atunes. En el Forum Club te
encontrabas a las mujeres más guapas de Los Ángeles».

Buss se movía con un séquito de amigos a los que la prensa local


apodaba Los Siete Enanitos. Lo seguían a todos lados. En ese
séquito estaba el actor John Rockwell y los hermanos Wilder, Dave
y Ron. El más carismático del grupo era Miguel Núñez, un chico de
diecinueve años que quería forjarse una carrera en Hollywood y que
había aparecido en un par de películas de terror de bajo
presupuesto. Durante los partidos, Núñez se encargaba de vigilar
las gradas y localizar a las mujeres más espectaculares para
regalarles pases de acceso al Club. Algunas mujeres acudían a los
partidos solo para ver si llamaban la atención de Núñez y las elegía.
«Luego, todas se plantaban ahí y era un espectáculo —recuerda
Cooper—. Tías buenas por todos lados. En la vida normal, son los
tíos los que van a los bares para conocer a chicas. En el Forum
Club, las chicas venían a conocerte».

A las bailarinas de las Laker Girls se les pagaba treinta dólares por
partido. Aparte, podían comer gratis, coquetear con la fama, ser el
foco de atención durante cuarenta y una noches… y entrar cuando
quisieran en el Forum Club. Cuando acababan los partidos, muchas
de las chicas (todas jóvenes, todas preciosas) se quitaban sus
uniformes y se ponían ropa de calle igualmente sugerente. «Si
molabas, podías entrar en el Club —sentencia Aurorah Allain, una
veterana de las Laker Girls—. Y nosotras molábamos más que
nadie».

«¿El Forum Club? Increíble, increíble, increíble… —repite fascinado


Wes Matthews, quien ya estuviera de visita como rival y después
como miembro de los Lakers a finales de los ochenta—. Magic tenía
su propio reservado al fondo del todo donde lo esperaban
veinticinco o treinta mujeres. ¿Cómo no íbamos a ir a un sitio así?
Era el lugar ideal para ligar. Si ibas ahí, pillabas seguro. Todas eran
guapísimas. Muchos jugadores no podían ni concentrarse en el
partido: querían que acabara cuanto antes para poder ir arriba. Todo
dios quería entrar allí y codearse con las Laker Girls. El sitio habría
sido un exitazo aunque no hubiera estado en el mismo Forum».

«Si no ligabas en el Forum Club —concluye Jeannie Buss—, el


problema era tuyo».

• Drogas: Según uno de los habituales del Forum Club, muchos


de los camareros ejercían también de traficantes de cocaína o
te ponían en contacto con un traficante de cocaína.
«Prácticamente todo el mundo tenía su camello allí —afirma—.
Era un lugar genial si querías conseguir drogas porque todo el
mundo hacía la vista gorda, los de seguridad más que nadie».

En rigor, las drogas no estaban permitidas en el Forum Club, claro


que, en rigor, los baños tampoco estaban pensados como
expendedores de cocaína. «¿Te acuerdas de la escena de Scarface
con todo ese montón de coca? —pregunta Zoubul—. Bueno, yo viví
algo parecido en el Forum Club. Alguien puso una pila enorme de
cocaína en la mesa y se la tuve que tirar al suelo de un palmotazo.
Había un camello muy conocido que quería entrar como fuera.
Intentó sobornarme varias veces. Le dije: “Sé a lo que te dedicas…
y sé lo que quieres hacer ahí dentro”. Pero, bueno, en realidad,
daba igual. Eran los años ochenta. Me era imposible controlar la
cocaína que entraba en el Forum Club. Imposible».

• Acceso exclusivo: Para los jugadores de los Lakers, lo mejor


del Forum Club no era quién podía entrar… sino quién no
podía. A las esposas, en concreto, rara vez se les permitía el
acceso. Las noches en las que la familia venía a ver el partido,
los jugadores se iban a casa sin pisar el Forum Club. Las
noches en las que la mujer y los niños estaban de viaje, el
Forum Club era el paraíso. «La verdad es que nunca tuve la
sensación de que no pudiéramos entrar —afirma Wanda Cooper
—. Probablemente fuera porque, de todos modos, casi nunca
iba. Pero es verdad que te daba un subidón estar ahí, mirar
alrededor y ser consciente de quién eras tú y quiénes eran
ellas. Yo era la señora de Michael Cooper y ellas eran unas
advenedizas. Era la madre de sus hijos, tenía su anillo en la
mano y su palabra de compromiso. Era mi chico. Cuando
entraba en un lugar así, no iba con ganas de guerra ni nada por
el estilo. Entraba, me tomaba un vaso de vino y les dejaba bien
claro a todas que más les valía alejarse de mi marido».

Michael Cooper matiza: «El Forum Club era el mejor sitio del puto
mundo, pero, tío, Wanda lo odiaba. Lo odiaba. Mi mujer quería que
lo cerraran. Era peor que Las Vegas. Era la verdadera capital del
pecado. Si le decía a mi mujer que me iba a pasar por el Forum
Club, inmediatamente preguntaba: “¿Por qué?, ¿por qué te subes
ahí? ¿Para qué? ¿Quieres una cerveza? Pararemos por el camino a
comprar una”. Wanda sabía lo que era la vida en la NBA, pero si
quería subir ahí, tenía que subir con ella».

Kareem Abdul-Jabbar, el pívot tranquilo, rara vez salía de marcha


con sus compañeros. Tenía cuatro hijos y una novia estable con la
que vivía, llamada Cheryl Pistono. Aun así, el Forum Club tenía ese
campo magnético invisible, dentro del cual todo parecía valer. «Se
solía ver con un par de gemelas en el Club», apunta Zoubul.

«Kareem estuvo con una de las Laker Girls durante años —asegura
Suzy Hardy, animadora durante cuatro temporadas—. Liarse con los
jugadores era una mierda porque todas sabíamos que no nos iban a
ser fieles. Pero pasaba todo el rato. Especialmente en el Forum
Club». Una de las mejores historias de aquella época del Forum
Club tiene que ver con Nixon, que salía con Diane Day, una showgirl
de Las Vegas que se hizo famosa por formar parte del grupo de
bailarinas del programa de televisión Dance Fever [La fiebre del
baile]. Una noche, Carter y Nixon entraron en el Forum Club
después de un partido particularmente reñido. Se acercaron a la
barra a pedir sus bebidas y escucharon desde lo lejos la armónica
voz de Jeffrey Osborne, el cantante de soul que había interpretado
esa noche el himno nacional. Osborne estaba sentado a horcajadas
en una silla, con la camisa desabrochada, mientras le dedicaba su
éxito «Love Ballad» a una embelesada Day.
«Norman se quedó a cuadros —recuerda Carter entre risas—.
Cooper y yo nos pusimos a reír como locos. Nos resultó muy
gracioso. Al fin y al cabo, así era el Forum Club. Nunca sabías lo
que iba a pasar. Era un lugar donde cualquier cosa era posible».

Algunos aficionados consideraban que los Lakers de la 1981/82,


campeonato incluido, eran imposibles de mejorar. No sabían lo que
les esperaba al año siguiente. En primer lugar, los Lakers podían
disfrutar por fin de una temporada entera de McAdoo, que
normalmente sustituía a Rambis a mediados del primer cuarto. En
segundo lugar, aunque Rambis solo promediaba 7,5 puntos por
partido, seguía jugando con una intensidad que se echaba a faltar
en la mayoría de los equipos del Oeste. Los expertos insistían en
ver a Rambis como el «punto débil» de los Lakers: dos palabras que
le hacían esforzarse aún más si cabe. «Kurt podía matarte si te
entrometías entre él y el balón —asegura Mitch Kupchak—. Y sin
pensárselo dos veces».

Con todo, el refuerzo más importante respecto al año anterior era


James Worthy. Cuando los Lakers lo escogieron en primer lugar del
draft, los ejecutivos de las franquicias rivales protestaron y
protestaron por la injusticia que suponía que el mejor equipo de la
liga se quedara con uno de los mejores jugadores universitarios. Sin
embargo, a pesar de los méritos demostrados en la universidad,
Worthy llegó a la concentración de pretemporada y no dio una a
derechas. Criado en Gastonia, Carolina del Norte, una ciudad de
apenas cincuenta mil habitantes, Worthy se sentía fuera de lugar en
Hollywood. Kupchak describió en su momento a Worthy como
«alguien que podría ganarse la vida como enterrador»: el chico
siempre se guardaba las emociones y rara vez exteriorizaba ningún
sentimiento. En la Universidad de North Carolina, Worthy —gracias
a sus larguísimos brazos y a un primer paso que dejaba atrás a
todos sus defensores— había dominado la ACC jugando de ala-
pívot. Todo el mundo pensaba que, al llegar a los Lakers, dejaría en
ridículo al torpe Rambis y al abuelo McAdoo y se ganaría un puesto
en el quinteto titular. «Yo también lo pensaba —confiesa Worthy—.
Sabía que era más rápido que Kurt, así que estaba convencido de
que le quitaría el puesto fácilmente. Pero fue Kurt el que me puso a
mí en mi sitio. Era un jugador muy sólido y mucho más capaz de lo
que todos —y aquí me incluyo— pensábamos. Se sabía todos los
trucos, todas las tretas. No me dio ni una opción».

Riley no podía ocultar su decepción con Worthy. Antes del primer


partido de la temporada, lo llevó aparte y le dijo que necesitaba
mejorar los aspectos básicos del juego. Worthy no era un gran
reboteador y tenía que esforzarse más en defensa. Su tiro de lejos
era demasiado irregular. Trabajaba duro, pero la mayoría de sus
compañeros trabajaban más duro que él. «El talento natural de
James era evidente —apunta Rambis—. Le faltaba aprender lo que
era jugar en la NBA. Es otro universo». Durante las primeras
semanas de la temporada, Worthy jugó relativamente poco. Como
no quería quitarle minutos a Jamaal Wilkes, Riley lo probó de
entrada como ala-pívot, pero los resultados no fueron los esperados.
Fue entonces cuando, poco a poco, Riley empezó a ponerlo en la
posición de alero. Unos pocos minutos aquí, otros pocos minutos
allá. Sin armar demasiado ruido, con calma. Mientras al número dos
del draft, Terry Cummings, le pedían que reflotara desde la nada una
franquicia como los Clippers, Worthy tenía margen para ir
acoplándose. «Worthy tiene suerte —declaró Dick Motta, el
entrenador de los Dallas Mavericks—. Cuando te eligen número
uno, normalmente te toca vivir de inmediato en una burbuja de
exigencias en la que todo se magnifica. Tienes poco espacio para
mejorar tu juego».

A lo largo de las semanas, Worthy fue adquiriendo más confianza en


sí mismo y Riley también empezó a creer más en él. El entrenador
fue dándole más minutos (para enero, ya promediaba veintisiete por
partido) y los resultados fueron inmejorables. El 29 de diciembre, en
un encuentro contra Golden State, Worthy dio una exhibición de tiro
—seis de seis en tiros de dos y cinco de cinco en tiros libres— y se
deshizo del alero Larry Smith con un espectacular giro en el aire que
dejó al propio Magic Johnson con la boca abierta. A pesar de sus
múltiples defectos, Worthy tenía una explosividad que ni siquiera
Nixon —tal vez el jugador más rápido de la liga— podía igualar. «Su
velocidad llamaba la atención —admite Cooper—. Los tíos tan altos
no suelen moverse con tanta agilidad».

Para finales de enero, los Lakers ya parecían los dueños definitivos


de la División Pacífico. Con treinta y cuatro victorias y diez derrotas,
tenían de lejos el mejor registro. Acababan de machacar a los
Atlanta Hawks (109-85) en lo que había sido su séptima victoria
consecutiva y llegaban a Boston para enfrentarse a los Celtics
rodeados de un aura de imbatibilidad. Riley se reunió con los
jugadores antes del partido y les suplicó que no se limitaran a ganar
a Boston, sino que intentaran arrasar a los Celtics. «Demostradles
quién manda aquí —les dijo—. Que se acuerden de esta paliza».

En su peor momento de la temporada, los Celtics se impusieron a


los Lakers, 110-95. Larry Bird anotó veintiún puntos y Cedric
Maxwell, dieciséis, pero la estrella fue el pívot Robert Parish, que
hizo lo que quiso con Abdul-Jabbar y acabó con veinticuatro puntos
y dieciocho rebotes. Aquel fue un ejemplo más de la intensidad
física con la que los pívots rivales se empleaban cuando tenían
enfrente a Abdul-Jabbar. Moses Malone había sentado las bases y
Parish —con menos talento que Malone, pero con la misma fuerza
— las siguió al pie de la letra. Abdul-Jabbar anotó ocho de sus
quince lanzamientos en la primera parte, pero apenas pudo sumar
siete puntos más en la segunda. «Los Celtics no hacían nada del
otro mundo —recuerda Wilkes—, pero lo que hacían, lo hacían
dejándose la piel».

Si el partido ya había sido un desastre, lo que vino después fue mil


veces peor. Esa misma noche, la mansión de 1,7 millones de
dólares que Abdul-Jabbar tenía en Bel-Air quedó destruida por un
incendio provocado por un cortocircuito. Su novia, Cheryl, y su hijo,
Amir, se despertaron rodeados de llamas, pero consiguieron
escapar. «Me llamaron de Associated Press y llegué allí a las cuatro
de la mañana —afirma Josh Rosenfeld, el director de relaciones con
los medios—. Estaba todo hecho cenizas. Era sobrecogedor». La
destrucción de aquel palacio afectó a Kareem, pero lo que lo
destrozó por completo fue la pérdida de sus tres colecciones más
apreciadas: la de alfombras orientales, la de ejemplares medievales
del Corán y los más de tres mil discos de jazz que había acumulado
con los años. «Probablemente, mi colección de discos fue lo que
más me dolió perder», afirma.

«Todas las obras de arte y las piezas de cristal de distintos colores


que había comprado y juntado con los años desparecieron con el
fuego, como mis trofeos de baloncesto, mis fotos de la infancia y
toda mi ropa».

Abdul-Jabbar abandonó el equipo para regresar a Los Ángeles y los


Lakers encadenaron su peor racha del año: perdieron en casa por
veintiún puntos contra los Spurs y tres días después rozaron el
ridículo contra los frágiles Kansas City Kings. El 23 de febrero, los
Celtics se plantaron en Los Ángeles para ofrecer la revancha y
volvieron a ganar, esta vez 104-113. «No es que los Lakers estén en
crisis —escribió Mike Littwin en Los Angeles Times—, es que
atraviesan una depresión con todas las letras».

Jerry West, recién ascendido a general manager, seguía la situación


de cerca. Como entrenador, la antigua leyenda de los Lakers había
sufrido en exceso los altibajos propios de una temporada NBA. Era
un hombre volátil, tenso y al que el trabajo le venía muy grande.
Ahora que ejercía de GM, su nivel de ansiedad —aumentado por la
incapacidad de intervenir directamente en el juego— andaba por las
nubes. West solía pasar los partidos sentado en su despacho
mientras escuchaba a Chick Hearn en la radio o se iba con el coche
a dar vueltas por la ciudad. No soportaba ver a su equipo en directo.
«Los Lakers eran mi vida y probablemente me lo tomaba demasiado
en serio —admite West—. Me encantaba. Me encantaba el juego y
me encantaba el trabajo, pero no lo disfrutaba como debía. Un típico
ejemplo de autoexigencia llevada al extremo».

West examinó cuidadosamente lo que estaba pasando y llegó a una


serie de conclusiones: en primer lugar, con Kupchak fuera para el
resto del año, los Lakers no podían fiar el puesto de pívot suplente
al mediocre Landsberger. Pidió precio por Caldwell Jones, de los
Rockets, y por James Edwards, de los Cavs, pero al final acabó
fichando a una medianía como Dwight Jones, ya veterano después
de diez años en la liga, a cambio de una segunda ronda del draft
que envió a Chicago. En segundo lugar, Mike McGee, que apenas
jugaba, no podía seguir en el equipo y había que traspasarlo (solo
que no encontró adónde). Y en tercer lugar, Norm Nixon empezaba
a ser un problema para el equipo.

Por supuesto, esto último no era nada nuevo para West, quien había
entrenado a Nixon durante sus dos primeros años en la liga. Para el
general manager, Nixon siempre había sido un jugador prescindible:
con talento, de acuerdo, pero demasiado engreído y egoísta.
Cuando jugaba bien y ayudaba a la franquicia a ganar, estos
defectos se podían tolerar. Sin embargo, ahora Nixon pasaba por su
peor momento en la liga. Promediaba 15,1 puntos por partido con un
porcentaje del 47,5%, el más bajo de toda su carrera. También
había bajado su media de asistencias y de robos. Lo más
importante: parecía haber perdido su arrolladora confianza en sí
mismo. Nixon venía todo el año arrastrando problemas en la rodilla y
siempre achacaba al dolor todos sus problemas.

West no lo tenía tan claro. Desde que llegara a los Lakers, corría el
rumor de que Nixon consumía cocaína con demasiada frecuencia.
No era una idea disparatada. Al fin y al cabo, Nixon era uno de los
grandes fiesteros de la NBA, un hombre cuyas andanzas en la
noche angelina y cuyas conquistas sexuales eran la comidilla del
vestuario. West era muy consciente de la reputación de Nixon y de
su amor por el Forum Club. «Una vez que te cuelgan el cartel de
drogadicto, es muy difícil quitártelo —afirma Nixon—. Salieron
artículos que decían que consumía cocaína y metacualona
(Quaaludes). Era todo mentira. Mira, me encanta L.A. y era amigo
de varios actores y famosos. Llegué a abrir una tienda de ropa, así
que siempre vestía a la última porque lo compraba todo al por
mayor. Todo eso dio una imagen incorrecta de quién era y lo que
hacía».

West era bastante tolerante con la vida nocturna de sus jugadores.


Conocido mujeriego durante sus días de jugador, sabía que los
jugadores de los Lakers bebían, que fumaban y que se acostaban
con las groupies. Así era la vida en la NBA. Sin embargo, la cocaína
era más que una droga. Te chupaba la energía, te apartaba de tus
objetivos, acababa con tu carrera. De ahí que el general manager de
la franquicia más conocida del mundo del baloncesto diera un paso
que acabaría rematando su ya tóxica relación con Nixon. En una
combinación de pragmatismo y paranoia, West contrató a una
agencia de detectives privados para seguir a Nixon y hacer un
informe detallado de su comportamiento. Aquello parecía sacado de
una serie cutre de televisión. Nunca en la historia de la franquicia se
había hecho algo así. Durante la segunda parte de la temporada, a
Nixon lo siguieron en coche, lo vigilaron en casa y rastrearon cada
uno de sus movimientos sin que jamás llegara a enterarse. «No
tenía ni idea de lo que estaba pasando —explica—. Cuando me
enteré, me quedé flipado».

Un día, mientras estaba en su casa de Beverly Hills, se le acercó un


crío del vecindario.

—Eh, Norm —le dijo—, creo que alguien está preparando un robo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Nixon

—Hace días que veo coches aparcados en las dos aceras de


nuestra calle con telescopios —contestó el chico—. Eso es que
están tramando algo.

Varios días después, Nixon llegó a casa en su coche después de


una larga noche de fiesta. Estaba caminando hacia el porche de
entrada cuando alguien apareció entre los arbustos. «Eh, tío —dijo
el extraño—, necesito hablar contigo». Nixon se pensó que lo iban a
atracar y reaccionó a la defensiva, pero pronto se calmó.

Según Nixon, el hombre se pasó los siguientes veinte minutos


explicándole cómo los Lakers lo habían contratado para investigarlo.
«Llevo dos semanas siguiéndote», confesó. Nixon no se lo podía
creer. ¿Lo estaban siguiendo? ¿Lo estaba siguiendo su propio
equipo? Imposible. Sin embargo, aquel hombre le detalló todo lo que
había hecho en las dos últimas semanas: había ido al banco, luego
al supermercado, luego a una farmacia, luego a un restaurante,
luego…

«Si aún no me crees —le dijo el hombre—, puedo decirte dónde


estamos aparcados. Nos colocamos en los dos extremos de la
manzana, fíjate bien. Este es mi trabajo, pero me caes bien y
necesitaba contártelo. Ahora, tengo que volver al curro».

La mañana siguiente, Nixon se subió a su Mercedes-Benz, miró por


el espejo retrovisor y pudo comprobar que había dos coches negros
siguiéndolo.

Hasta aquí habíamos llegado. Lo había dado todo por los Lakers.
Siempre jugaba duro, se esforzaba al máximo, había ganado dos
campeonatos… Cuando Johnson llegó, se había tragado su orgullo
y aceptado la posición de escolta. ¿Y todo esto para esto?

Al día siguiente, Nixon se enfrentó a West en su despacho. «¿Estás


haciendo que me sigan? —le preguntó—. ¿Estás de coña?».

West no dio muestras de arrepentimiento:

—Tienes demasiados amigos traficantes —contestó—. Y sabemos


que tomas demasiadas drogas.

—Jerry, eso no es de tu incumbencia —dijo Nixon—. Me da igual


dónde te han dicho que me vieron o lo que según tú me estoy
metiendo. No te voy a dar el gustazo de venir aquí a confesar que
tomo cosas que no tomo.

—Eso es lo primero que hacen los drogadictos: negarlo todo —


contraatacó West—. Lo primero que hacen siempre.

Nixon no se podía creer lo que estaba sucediendo. Cuando se lo


contó a sus amigos y a sus compañeros, se quedaron estupefactos.
La mayoría creía que el espionaje no tenía que ver con las drogas
sino con los rumores de que Nixon se estaba acostando con la hija
(casada) de un propietario de la NBA. Sea como fuere, si West
estaba dispuesto a hacer seguir a Nixon, ¿quién les aseguraba a los
demás que no los iban a seguir a ellos? Cooper (de quien también
se rumoreaba que tenía problemas con las drogas) descubrió más
tarde que a él también lo habían seguido detectives privados. El
escolta Ron Carter, amigo de Nixon desde la infancia, se lo tomó
especialmente mal. «Pasaba mucho tiempo con Norm y te puedo
asegurar que no tomábamos drogas —afirma—. ¿Estaba la cocaína
por todas partes? Desde luego. Así era Los Ángeles en los setenta y
en los ochenta. La encontrabas en cada esquina. En cada esquina.
Pero es imposible jugar a un alto nivel y tomar cocaína. Le arruinó la
carrera a Spencer Haywood. Norm me enseñó a vivir en ese mundo
sin formar parte de él». Carter recuerda un incidente concreto junto
a Nixon y Phyllis Hyman, una conocida cantante de R&B.
«Estábamos en una discoteca —explica— y Hyman sacó un vial de
cocaína y se metió una raya en la mesa, delante de nosotros.
Cuando Norm vio lo que hacía, me dio un toque con la pierna debajo
de la mesa y me dijo: “Nos vamos”. Una vez fuera, me explicó: “Ron,
no se nos puede ver en público con gente que se mete esa mierda”.
Nunca lo olvidaré. Era la primera vez que veía a alguien tomar
cocaína».

Consumidor o no, lo que estaba claro es que el tiempo de Norm


Nixon en los Lakers empezaba a agotarse.

***

Los Lakers consiguieron recuperarse de su mala racha.

Con Pat Riley al mando, los Lakers casi siempre conseguían salir de
cualquier crisis. Era uno de sus puntos fuertes como entrenador. La
capacidad de resistencia. Riley rara vez entraba en pánico y si lo
hacía, sabía esconder a la perfección sus emociones. Incluso con la
que había liado Landsberger, o con la que le habían liado a Nixon.
Ahora bien, el 10 de abril una serie de casualidades pareció dañar
irremediablemente las esperanzas del equipo de repetir título. A falta
de diez segundos del tercer cuarto de un partido contra Phoenix,
Worthy saltó para palmear un fallo, cayó mal sobre la pierna
izquierda y pisó a Maurice Lucas, el ala-pívot de los Suns. Worthy
acabó en el suelo, agarrándose la rodilla. Lo sacaron de la cancha
con ayuda y lo llevaron corriendo al Hospital Centinela para hacerle
unas radiografías. El diagnóstico fue demoledor: Worthy se había
roto el tibial lateral de la rodilla izquierda. Se acabababa la
temporada para él.

En los últimos partidos, Worthy se había consolidado como uno de


los jugadores más importantes de los Lakers. McAdoo había estado
de baja por un esguince en un dedo del pie y el rookie había
ocupado su lugar con éxito: un cincuenta y siete por ciento en tiros
de campo y más de diez puntos anotados en diecisiete de
diecinueve partidos.

«No sé ni qué decir», declaró un Riley compungido.

En público, West y Riley cumplieron con el protocolo habitual: La


lesión no afectará a los Lakers. McAdoo está listo para volver en
seguida. Ya hemos superado antes este tipo de obstáculos. El
coraje de los hombres hay que juzgarlo en los malos momentos…

En realidad, el gran favorito al título había pasado, de la noche a la


mañana, a ser un candidato más. Los Lakers reaccionaron rápido a
la baja de Worthy con el fichaje de un temporero llamado Billy Ray
Bates. Antigua estrella de la Universidad de Kentucky State, Bates
había tenido problemas con las drogas y estaba a punto de fichar
por un equipo de la liga de Filipinas cuando sonó el teléfono. Jack
Ramsay, el mítico entrenador de los Blazers, describió en una
ocasión a Bates como «un volcán en continua agitación: hay algo
esperando siempre a salir de su interior y no hay manera de prever
las consecuencias». Tenía razón: Bates llegó, entrenó, ocupó su
lugar en el banquillo y no dejó de sorprender a todos con sus
ocurrencias y salidas de tono. «A los chicos no les gustaba jugar
con Billy —recuerda el empleado Lon Rosen— porque se rizaba el
pelo echándole mucho acondicionador y el balón acababa
empapado y resbalando». Cuando pisaba la cancha, las cosas no
mejoraban demasiado. Bates tiró dieciséis veces a canasta durante
su estancia en los Lakers y solo anotó dos. Cuatro de sus
lanzamientos no tocaron ni el aro.

«Billy estaba un poco loco. No sabías por dónde te iba a salir —


confirma el pívot suplente Joe Cooper—. Era imprevisible».

Pocas veces se había visto a un equipo campeón iniciar los playoffs


en medio de una dinámica tan negativa. El equipo echó a Bates
(quien, tiempo más tarde, sería condenado a siete años de cárcel
por un intento de robo en una gasolinera), dio de alta a McAdoo y
fichó a Steve Mix, un ala-pívot con experiencia, no demasiado
conocido, pero, a diferencia de Bates, perfectamente cuerdo. Al
principio, costó convencerlo («Era mi decimotercera temporada y ya
me sentía un poco acabado», afirma), pero le prometieron una prima
doble: la franquicia le doblaría el sueldo durante los playoffs. «Eso
acabó con todas mis dudas», bromea.

Pese a terminar primeros en la Conferencia Oeste, los Lakers


llegaron a los playoffs en un estado muy vulnerable. El equipo había
perdido cinco de sus últimos diez partidos, dos de ellos ante los
Portland Trail Blazers, su rival en la primera ronda. Randy Harvey,
redactor del Los Angeles Times se había pasado toda la temporada
contando de primera mano los altos y bajos del equipo. En la edición
del 19 de abril, indignó a sus lectores al elegir a los San Antonio
Spurs como favoritos para llegar a la final de la NBA. «San Antonio
—explicó— está a otro nivel físico, muy superior al de los actuales
Lakers».

Se dice que las palabras se las lleva el viento, pero no fue así con
las de Harvey. Riley recortó el artículo del Times y lo colgó en el
vestuario. Era consciente de que, en realidad, Harvey tenía razón en
lo que decía; los Spurs habían fichado al pívot Artis Gilmore,
procedente de Chicago, y ese tipo de jugador tan fuerte no se le
solía dar bien a Abdul-Jabbar. Con todo, los Lakers seguían
contando en sus filas a dos de los cinco mejores jugadores de la liga
(Johnson y Abdul-Jabbar) además de Nixon, Wilkes y McAdoo, tres
hombres que podrían ser la estrella de cualquier otra franquicia.
¿Tenían un banquillo especialmente profundo? No. ¿Eran tan
explosivos como en años pasados? Tampoco. Pero seguían siendo
los Lakers.

El 23 de abril, un día antes de empezar en casa la serie contra


Portland, Riley les leyó a sus jugadores un discurso motivacional de
tres páginas que había escrito la noche anterior. Lo tituló «Hora de
volver a ganar».

«No os olvidéis nunca de lo que sentimos aquel 8 de junio —


empezaba el discurso—. Acordaos…».

De todos los jugadores, Abdul-Jabbar fue el que más se emocionó


con la charla de Riley. Tenía treinta y seis años y estaba jugando al
peor nivel de su vida adulta. Los promedios en puntos (21,7),
rebotes (7,5) y tapones (2,2) eran los más bajos de toda su carrera.
«Pero Kareem tenía mucho orgullo —afirma Cooper—. Más orgullo
que nadie con quien haya jugado nunca». Poco a poco, además,
estaba empezando a abrirse al exterior. Durante años, Abdul-Jabbar
había mirado a los aficionados con desconfianza. Se fiaba de muy
pocas personas y tenía motivos para ello. «No es fácil saber que
eres diferente», dijo una vez Mark Eaton, el pívot de 2.23 de los
Utah Jazz. Sin embargo, después del incendio de su casa, Abdul-
Jabbar sintió por primera vez el cariño real de la gente. Poco a poco,
empezaron a llegar a las oficinas del club paquetes con algún disco
de jazz, luego con dos o tres, y, pronto, fueron decenas y decenas
los discos dirigidos a Abdul-Jabbar. Cuando el equipo llegaba a un
hotel, los recepcionistas solían recibirlo con un «Mr. Jabbar, hay un
paquete para usted…».

«Recuerdo una vez que estábamos en una ciudad del Medio Oeste,
puede que fuera Dallas —afirma Rosenfeld, el director de relaciones
con los medios— y había una pareja sureña, muy de campo, los dos
blancos, con su hijo… y cuando Kareem bajó del autobús, el niño le
entregó tres discos muy, muy antiguos de jazz. Kareem se paró, los
miró a los tres y se podía ver que estaba emocionado. En vez de
pasar de largo, les dio las gracias. Esas cosas lo tocaban de
verdad».

Los Blazers no fueron rivales para los Lakers y Abdul-Jabbar ofreció


su mejor imagen. En vez de treinta y seis parecía que tuviera
veintitrés años, aunque sin su característico peinado afro. Cada vez
tenía menos pelo y más arrugas, pero su juego seguía recordando
al de antaño. Defendido por Wayne Cooper, un pívot del montón,
disputó una de las mejores series de su carrera, machacando a los
Blazers con 30,8 puntos de media en los cinco partidos que duró la
eliminatoria. Portland lo intentó todo: durante el tercer partido, un
micrófono captó a Jim Lynam, el segundo entrenador de los Blazers,
pidiéndole al ala-pívot Kenny Carr que «le diera una hostia bien
fuerte».

«O tírale contra el soporte de la canasta —añadió el escolta Jim


Paxson—. ¿A quién le va a importar a estas alturas?».

Los Lakers avanzaron a la final de la Conferencia Oeste, donde,


como estaba previsto, les esperaban los Spurs. Desde su llegada al
banquillo de San Antonio, el entrenador Stan Albeck había trabajado
duro en la construcción de un equipo que fuera capaz de plantarle
cara al de Riley. El antiguo asistente de los Lakers lo llamaba «El
proceso»: un plan específico jugador por jugador, año por año,
pensado para derrocar a la gran franquicia de la NBA. Por eso,
aquel verano de 1982, los Spurs habían mandado a Dave Corzine,
Mark Olberding y un montón de pasta a Chicago a cambio de Artis
Gilmore, un pívot All-Star de 2.18 metros y ciento nueve kilos. «La
manera de ganarlos (si es que existe) es siendo más duros que ellos
—pensaba Albeck—. Y tenemos un equipo muy atlético que les
puede causar muchos problemas». En los cinco enfrentamientos
directos durante la temporada regular de ese año, Gilmore promedió
21,6 puntos y 12,2 rebotes ante Abdul-Jabbar.

Sin embargo, cuando la eliminatoria dio comienzo el 8 de mayo en


el Forum ante 15.063 aficionados, los planes de Albeck se vinieron
abajo de inmediato. Abdul-Jabbar anotó treinta puntos por siete de
Gilmore, alejándose del aro con un recital de skyhooks y tiros de
media distancia. Gilmore, a su vez, pasó de intentar castigar al pívot
de los Lakers a intentar que este no lo pasara por encima. A
principios del tercer cuarto ya había cometido su cuarta falta
personal. Los Lakers ganaron fácilmente (119-107). «Vamos a tener
que reconsiderar nuestro plan —dijo Gilmore tras el partido—. Tengo
que ser capaz de parar a Kareem, intentar frenarlo como sea».

Aunque San Antonio consiguió llevarse dos partidos, los sueños de


Albeck volvieron a estrellarse contra la dura realidad. Su idea al
principio de la eliminatoria era que, al tener que trabajar mucho en
defensa para parar a Gilmore, Abdul-Jabbar acabaría la serie
agotado, pero no fue así. A Kareem lo motivaba oír todo el rato
como Gilmore iba a poder con él. Tampoco ayudó la actitud de los
Baseline Bums, un grupo de aficionados groseros de los Spurs que
agitaban discos medio rotos cada vez que Abdul-Jabbar lanzaba
tiros libres. «Kareem —aseguró Riley— ha cambiado por completo
su mentalidad en estos playoffs». Abdul-Jabbar acabó con los Spurs
en el tercer partido gracias a sus veinticinco puntos (110-113) y
añadió otros veintiséis para la victoria de los Lakers en el cuarto
(121-129). La serie acabó con un emocionantísimo 100-101 en San
Antonio en el sexto partido. Para entonces, no quedaba ni rastro del
gran Gilmore. Abdul-Jabbar fue de nuevo el máximo anotador del
partido, con veintiocho puntos, y los Lakers se clasificaron para una
nueva final. En el total de los seis partidos, promedió 26,5 puntos,
casi siete más que Gilmore.

Una vez más, los Philadelphia 76ers los esperaban en el último


peldaño.

***

Como los Spurs, los Sixers —que venían de perder dos finales
contra los Lakers— tenían un plan.
Un plan sensacional, sin fisuras.

San Antonio fichó a Gilmore pensando que —si todo iba bien—
podía servirles para frenar a Abdul-Jabbar.

Los Sixers, a su vez, llevaron la idea aún más lejos. El 2 de


septiembre de 1982, el equipo anunció el fichaje como agente libre
del pívot Moses Malone, el vigente MVP de la liga después de una
campaña en la que había promediado 31,1 puntos y 14,7 rebotes
(más que nadie en toda la competición) con los Rockets. Durante
sus seis temporadas en Houston, Malone había sido el mejor
reboteador de la liga en tres ocasiones y cada año había mejorado
su promedio anotador. Malone no era bueno. Ni siquiera era muy
bueno. Malone, directamente, era un dominador: el tipo de jugador
que podía cambiar él solo el curso de un partido. Firmó un contrato
por seis temporadas y un total de 13,2 millones de dólares, cifra
récord en aquel momento. Probablemente, mereciera más.

Por si fuera poco, Malone odiaba a los Lakers con todas sus
fuerzas.

Todo había empezado el 31 de enero de 1982, cuando lo eligieron


parte del equipo All-Star de la Conferencia Oeste. Malone jugó tres
cuartos espectaculares en el Brendan Byrne Arena de Nueva
Jersey, en los que sumó doce puntos y once rebotes en tan solo
veinte minutos. Entonces, sin mediar explicación, Riley lo dejó en el
banquillo y se jugó los minutos decisivos con Abdul-Jabbar. El Este
ganó 120-118 y Malone estaba que trinaba. «Se pilló un cabreo
tremendo», confirma Robert Reid, compañero de Moses en
Houston.

Y cuando Malone se cabreaba, podía llegar a dar miedo. A los trece


años, acompañó a sus padres a Nueva York para unas vacaciones
en familia, lejos de su hogar en Petersburg, estado de Virginia.
«Estaban jugando un partidillo en una cancha a la altura de la calle
ciento sesenta y cinco con la Avenida Amsterdam —recuerda
Malone—, y había tres chulitos que les estaban dando para el pelo a
todos con sus pases por la espalda y sus botes entre las piernas. Mi
primo los miró y les dijo: “Eh, conozco a un tipo que os puede ganar
él solito”. Ellos contestaron: “¿Quién?” y él me señaló a mí». Todo el
mundo se partió de risa. Malone medía ya más de dos metros, pero
era demasiado espigado y de apariencia frágil. El cachondeo lo
cabreó. «Encontré a dos tíos que no sabían ni jugar —explica
Malone— y jugamos un partido a treinta y dos puntos. Mi equipo
ganó treinta y dos a treinta. Treinta puntos los metí yo».

En 1974, Malone saltó directamente desde el instituto a la liga


profesional. Combinaba una potencia física descomunal con una
capacidad de sacrificio tremenda. Con Darryl Dawkins y Caldwell
Jones como pívots, Philadephia había sido durante años un
excelente equipo con problemas en su juego interior. Al llegar
Malone, todo cambió. Los Sixers de la 1982/83 se reivindicaron
como uno de los mejores equipos de la historia de la liga. Sus
sesenta y cinco victorias les sirvieron para liderar la liga regular y
Malone volvió a ganar el MVP, con medias de 24,5 puntos y 15,3
rebotes. Cuando le pidieron que describiera su juego, se limitó a
decir: «Siempre voy al límite». Con Malone en el poste, las estrellas
exteriores de los Sixers —Julius Erving, Andrew Toney, Maurice
Cheeks y Bobby Jones— podían cortar, penetrar y tirar a gusto.
«Los llevó a un nivel que nadie había visto antes», afirma el escolta
de los Nets Otis Birdsong. Cuando le preguntaron por sus
expectativas en los playoffs, Malone, con su voz profunda y su
acento sureño, respondió: «Cuatro, cuatro y cuatro», es decir, que
no iban a perder ni un solo partido. Así fue contra los Knicks y pudo
haberlo sido ante los Milwaukee Bucks, pero se les escapó el cuarto
partido. En el quinto, sentenciaron la eliminatoria para buscar la
revancha contra los Lakers. «Si tuviera una granja, me la jugaría a
favor de Philly —dijo Don Nelson, el entrenador de los Bucks—. Es
el mejor equipo que he visto en los últimos diez años. Van a ganar el
anillo sin problemas».

Aunque odiaba reconocerlo, Riley sabía que los Lakers lo tenían


muy cuesta arriba. Los Sixers eran mejores y tenían más armas.
Abdul-Jabbar había jugado muy bien contra Gilmore, pero Malone
era otra historia. Por eso, ideó un plan desesperado: intentar parar a
Malone con Rambis, Landsberger y McAdoo. Como eso no
funcionó, volvió a intentarlo con Abdul-Jabbar. Luego probó con un
dos contra uno constante. Tres contra uno. El equipo entero, si
hacía falta. Daba igual. Era imposible pararlo.

En lo que Sports Illustrated calificó como «una fascinante


demostración de físico y determinación, dos cualidades que siempre
parecían faltarle a los Sixers», los Lakers perdieron cuatro a cero
una serie en la que nunca tuvieron oportunidad alguna de victoria.
Malone promedió 25,8 puntos y dieciocho rebotes por partido y se
llevó el MVP. A su alrededor yacían los cadáveres esparcidos de los
jugadores interiores de los Lakers. «Ninguno de nosotros podría
haberlo frenado —admite Rambis—. Sería ridículo afirmar lo
contrario».

Tampoco ayudó el hecho de que Nixon se lesionara el hombro


izquierdo nada más empezar el primer partido, resultado de un
fuerte choque con Toney. (Al salir de la cancha, Riley le preguntó a
Nixon si quería descansar un rato. «Descansar, no —contestó Nixon
—. Lo que quiero es morirme»). Los Lakers intentaron esconder la
gravedad de la lesión para no darle pistas a los Sixers, pero entre el
tercer y el cuarto partido, Buss, como si nada, le contestó a un
periodista: «¿Qué quieres que hagamos? Nixon tiene el hombro
destrozado desde el primer partido».

Ya daba lo mismo. El mejor equipo ganó con facilidad. «Hemos


hecho lo que hemos querido, lo que nos ha dado la real gana —dijo
Billy Cunningham, el entrenador de los Sixers, después de la victoria
de su equipo, 108-115, en el cuarto partido—. Ha sido una
exhibición». Después de la final, Buss, West y Riley se reunieron
varias veces para planificar la siguiente temporada. En la NBA, tan
pronto estás jugando finales como pasas a ser un equipo del
montón. Si los Lakers no empezaban a hacer algunos cambios
importantes, corrían el riesgo de caer en el pelotón de los
mediocres. La edad y el statu quo nunca perdonan.

«Los buenos equipos se van adaptando a las circunstancias —


afirma Cooper—. Los malos esperan a que suene la flauta sin
necesidad de hacer ajustes. Nosotros éramos los Lakers. No
podíamos permitirnos el lujo de no hacer nada».
CAPÍTULO ONCE

A mejor vida

EL 16 DE JUNIO DE 1983, un titular publicado en el Los Angeles


Times daba inicio a uno de los peores momentos de la vida de Norm
Nixon. En el mismo, se podían leer las nueve palabras más temidas
por cualquier deportista profesional.

NIXON PREPARA LA APELACIÓN EN SU JUICIO POR


PATERNIDAD

Aunque los análisis de sangre indicaban al 98,95 por ciento que


Nixon había tenido un hijo con una azafata de Oakland llamada
Elizabeth M. Fuller —y a pesar de los explícitos detalles revelados
en el juicio por la demandante—, Nixon se negaba a dar su brazo a
torcer. «Hay dos cosas que sabes que tarde o temprano te van a
llegar si eres deportista y estás soltero —declaró a United Press
International—: una es una demanda por paternidad y la otra es una
oferta de traspaso».

Los altos ejecutivos de los Lakers que leyeron el artículo se pararon


en esta última palabra:

Traspaso.
Traspaso.

Traspaso.

Nixon nunca había formado parte de ningún traspaso. Solo rumores.


Por supuesto, Jerry West fantaseaba a menudo con quitárselo de
encima y dejar de soportar sus quejas, sus reivindicaciones y sus
aires de mejor jugador de la historia del baloncesto, pero, haciendo
balance, Nixon ayudaba a los Lakers a ganar y eso era lo que
contaba. Si Magic Johnson era el mejor base puro de la NBA, Nixon
no le andaba demasiado lejos.

Sin embargo, después del baño que les habían dado los Sixers, las
cosas habían cambiado en el Forum. Por primera vez desde el
despido de Paul Westhead, el pánico parecía apoderarse de la
franquicia. Si al menos los Lakers hubieran aguantado siete
partidos, podrían plantearse seguir con el mismo equipo, pero el
resultado rozó el ridículo y sirvió para exponer las carencias
evidentes de una plantilla envejecida. «Necesitábamos reevaluar la
situación —afirma West—. Y hacer los cambios necesarios».

Los Lakers no se iban a deshacer de Abdul-Jabbar (acababa


contrato, pero firmó una extensión por otros dos años más y un total
de tres millones de dólares), de Johnson ni de Worthy. A los treinta
años, el bajón de Jamaal Wilkes era obvio en la cancha… pero
también en su valor de mercado. No había nadie interesado en Kurt
Rambis, así que «tenía sentido traspasar a Norman —explica West
—. Era un jugador sensacional. Nunca he dicho que no lo fuera. Lo
que pasa es que necesitábamos más equilibrio, alguien que pudiera
jugar por fuera y no necesitara todo el rato el balón, que tirara mejor
y defendiera más duro».

En otras palabras: a sus casi veintiocho años, Nixon era un grano en


el culo con tendinitis en ambas rodillas y sin la explosividad de sus
mejores años. Además, Johnson ya no lo soportaba.

Los Lakers llegaron a la concentración de Palm Desert el último día


de septiembre con la atención puesta en la pierna de Worthy
(«Worthy tiene la pierna izquierda tan llena de cicatrices que parece
un veterano de Vietnam», escribió Richard Hoffer en el Los Angeles
Times) y en el futuro de Nixon. El base se las apañó para irritar de
inmediato a West y compañía al llegar un día tarde, sin excusa ni
explicación alguna. Apareció un viernes por la noche, salió como si
nada de su Mercedes blanco y saludó a los periodistas que
esperaban en el lobby con un «¿Cómo os va?» de lo más
despreocupado.

La mañana siguiente, Nixon se paró a charlar un rato con los chicos


de la prensa, que lo pusieron al tanto de los rumores de traspaso. Le
iban a mandar a Golden State a cambio de Joe Barry Carroll. A
Boston, por Kevin McHale. A Nueva Jersey, por Albert King… West
incluso podría haber ofrecido a Nixon y a Eddie Jordan a Indiana a
cambio del pívot de Missouri, Steve Stipanovich, número dos del
draft de aquel año. El base se encogió de hombros. «Así es la vida
—dijo—. ¿Cuántos jugadores pasan toda su carrera en un mismo
equipo? Eso no quiere decir que no me quiera quedar. Ojalá pudiera
pasar toda mi carrera en L.A., pero esto es lo que hay: a todo el
mundo lo traspasan tarde o temprano».

Conforme fue pasando el día, el humor de Nixon se fue agriando.


Estaba en su habitación del Ocotillo Lodge, dándole vueltas a los
rumores, cuando decidió llamar a Lon Rosen, el director de
promociones.

—Tenemos que hablar —dijo Nixon—. Dile al jefe que me quiero


pirar de aquí.

—¿A qué te refieres? —preguntó Rosen.

—No puedo más —contestó Nixon—. No quiero seguir aquí.

«Muy bien —dijo West al oír las noticias—. Vamos a buscarle un


traspaso».

Al día siguiente, West le pidió un favor a Josh Rosenfeld, el director


de relaciones con los medios: «Necesito que hagas una cosa —le
explicó—. Los Clippers están entrenando en San Diego y quiero que
vayas allí y grabes la sesión». Rosenfeld estaba encantado. ¡Un
encargo secreto! Había quedado para cenar con varios periodistas
que seguían a los Lakers, pero tuvo que llamarlos para cancelar la
reunión.

«Como nunca cancelaba nada —explica Rosenfeld—, Mitch


Chortkoff (del Herald-Examiner) empezó a sospechar que pasaba
algo y se acabó enterando de que me había ido a San Diego».

Entretanto, Nixon volvió a llamar a Rosen. Él había pensado en


Houston como destino, donde podía coincidir con Ralph Sampson,
el número uno del draft. De repente, estaba empezando a oír hablar
de San Diego, el lugar donde los buenos baloncestistas acaban
pudriéndose del asco.

—No le dirías a Jerry lo que te dije, ¿no? —le preguntó.

—Sí —contestó Rosen.

—Bueno, estaba de mala leche —dijo Nixon—. En realidad, quiero


quedarme.

Era demasiado tarde.

El 10 de octubre, los Lakers y los Clippers anunciaron uno de los


mayores traspasos en la historia de ambas franquicias. Los Ángeles
mandaron a Nixon, a Jordan y una segunda ronda del draft a cambio
del pívot Swen Nater y los derechos del escolta Byron Scott, la más
reciente elección de San Diego en el draft, procedente de Arizona
State. Los ejecutivos de los Clippers no veían nada claro el
traspaso, pero Donald Sterling, el excéntrico dueño de la franquicia,
acabó imponiendo su voluntad.

Cuando Paul Phipps, el general manager, adquirió a Scott con la


cuarta elección de la primera ronda, sintió que había encontrado una
pieza clave a partir de la cual construir la franquicia junto al ala-pívot
Terry Cummings. Los Clippers habían acabado 25-57 la temporada
1982/83, treinta y tres partidos por detrás de los Lakers.
Necesitaban gente joven. «Byron nos habría venido de perlas, pero
Don no quería pagarle —afirma Phipps, en referencia a la petición
de Scott de 1,75 millones de dólares por cuatro temporadas—.
Byron no estaba pidiendo nada fuera de lo normal. Simplemente,
Don no quería pagar ese dinero. No hay mucho más que explicar».

«Bueno, algo más hay… —matiza Pete Babcock, el ejecutivo


responsable de la plantilla—. En la franquicia había dudas sobre la
elección de Byron, decían que lo habíamos elegido demasiado
pronto. Don nunca nos decía a quién teníamos que elegir, pero le
preguntaba su opinión a demasiada gente: al chófer de su limusina,
a alguien que había conocido en una fiesta… Y, después de
escuchar a toda esa gente, tengo la sensación de que concluyó que
la elección había sido un error». Sterling y Buss eran amigos y el
propietario de los Clippers sabía que su colega quería vender a
Nixon. San Diego tenía un cierto sentimiento de inferioridad respecto
a los Lakers: Sterling quería su propio Showtime, pero sin gastarse
tanto dinero. Llamó a Buss sin consultar a Phipps o a Babcock y
cerró el acuerdo. «Don, estamos cometiendo un error —le dijo
Babcock—. Norm está en la recta final de su carrera y Byron va a
ser un muy buen jugador. Nuestros informes señalan que Byron
Scott es muy buen chico, con una gran personalidad y un potencial
fuera de serie. Con él podemos construir una franquicia joven y
fuerte. Con Norm Nixon, imposible».

Sterling no le hizo ni caso a Babcock. El acuerdo estaba cerrado y


mientras los ejecutivos de los Clippers se lamentaban resignados
(«Teníamos las manos atadas», afirma Phipps), los de los Lakers
celebraban eufóricos, por mucho que al principio la llegada de Scott
pasara desapercibida entre el ruido provocado por la marcha de
Nixon y el fichaje de Swen Nater. Sí, de Swen Nater.

West llevaba ya demasiados años quejándose de la falta de


profundidad del juego interior de los Lakers. La lista de pívots que
habían ido fichando para darle descanso a Abdul-Jabbar era
larguísima y no contenía un solo nombre destacado: Jim McDaniels,
Cornell Warner, Dave Robisch, Mark Landsberger… Desde que
dejara UCLA en 1973 para fichar por los Virginia Squires, de la ABA,
Nater había formado parte de la élite de reboteadores de la liga, con
un promedio de 12,6 por partido. Incluso llegó a aparecer en la
portada de Sporting News el 25 de enero de 1975 junto al titular
DON REBOTE.

Nater tenía una historia detrás. Una historia que ayudaba a entender
la determinación que había llevado a este torpe pívot holandés de
2.10 metros y ciento nueve kilos a ser convocado dos veces para el
All-Star de la ABA después de pasar desapercibido en su periplo
universitario. Nacido y criado en Den Helder, Países Bajos, Nater
tenía tres años cuando sus padres se divorciaron. Poco después, su
madre y su padrastro se marcharon sin él a los Estados Unidos. A
los siete años, Swen y su hermana, Rene, fueron abandonados por
su padre e ingresaron en un orfanato holandés. De los sesenta
niños del orfanato, Swen y Rene eran los únicos cuyos padres
seguían vivos. «Antes de llevarnos al orfanato, nos mandaron a tres
casas de acogida —recuerda Nater—. Durante ese tiempo, mi
padrastro y mi hermano pequeño nos dijeron que se iban a América
a ganar dinero y que luego volverían a por nosotros, pero nunca lo
hicieron».

Cuando Nater tenía nueve años, sucedió algo que le cambió la vida.
El productor del programa It Could Be You [Podrías ser tú] se enteró
de la historia de su familia e invitó a Swen y a Rene a California
como invitados. «Era una especie de Sorpresa, sorpresa —explica
Nater—. Mi madre y mi padrastro estaban invitados como
espectadores. Sin ellos saberlo, mi hermana y yo nos teníamos que
esconder en un molino de viento y salir cuando no se lo esperaran.
Se quedaron sin saber qué decir». Aun así, supieron reaccionar a
tiempo y fingir una euforia ante las cámaras que, con el tiempo, se
demostró impostada. Esa misma noche, conduciendo de vuelta a
casa, el padrastro de Swen, Charles, echó una mirada al asiento de
atrás y dijo en un perfecto neerlandés: «Ahora tenemos dos bocas
más que alimentar».
«Era mala persona —recuerda Nater—. Nos pegaba todo el rato,
incluso con el cinturón; no supe lo que era un dentista hasta que no
entré en la universidad. Estaba tan ilusionado con vivir en América
que me tomé mi primer helado en el vuelo a Los Ángeles. No sabía
que las cosas aquí nos iban a ir tan mal».

Nater no tenía ni idea de jugar al baloncesto antes de llegar a los


Estados Unidos y, una vez allí, solo lo practicaba de vez en cuando
en las canchas de Long Beach. Así hasta que empezó el instituto.
Fue al Cypress College, un pequeño centro de secundaria; un día,
estaba comiendo cuando se le acercó Tim Tynum, un miembro del
equipo de baloncesto. «Me preguntó si me apetecía intentarlo con
ellos —explica Nater—. Medía 2.06 metros y pesaba ochenta y dos
kilos, pero no podía saltar ni tocar el aro dos veces seguidas». Nater
se unió a los Chargers y, en su primer año, jugó muy pocos minutos,
pero aprovechó para entrenar como un animal. En cada sesión,
intentaba de seiscientos a ochocientos ganchos con Tom Lubin, el
segundo entrenador y profesor de química en Cypress. En su
segundo año, gracias a su gancho y a su instinto para el rebote,
logró que lo nombraran para el primer equipo de la NJCAA a nivel
nacional. Los treinta y nueve rebotes que atrapó en un partido
contra Antelope Valley siguen siendo un récord del baloncesto
colegial. «Me encontré a mí mismo —afirma—. Prestaba atención,
me fijaba en los matices e intentaba buscar soluciones».

Nater disfrutaba con un juego que parecía hecho a su medida.


Después de que su padrastro se hubiera pasado años diciéndole
que no valía para nada, resultaba que sí que valía para algo: coger
rebotes. Hasta ciento cincuenta universidades de primer nivel le
ofrecieron un sitio en sus programas, y eligió UCLA por su larga
tradición de éxitos. Sin embargo, una vez ahí, no consiguió ser
titular ni una sola vez, siempre a la sombra de Bill Walton, uno de los
grandes de la historia de este deporte. En dos temporadas en
Westwood, solo consiguió promediar 4,9 puntos por partido… pero
aprendió y disfrutó más que nadie. «¿Cómo culpar a John por
preferir a Walton? —reflexiona—. Es uno de los grandes. Además,
el entrenador nunca se olvidaba de mí y gracias a su dedicación,
aprendí todos los trucos de la posición de pívot».

Los ojeadores de la NBA que iban al campus a ver jugar a Walton


también se fijaban en el chico de apellido raro que lo defendía.
Wooden se preocupó de contarle a quien quisiera escucharle que
Swen Nater habría sido titular en cualquier otra universidad. Una
sensación que el propio jugador se encargó de confirmar con una
carrera de diez años en seis equipos distintos, entre ellos, justo
hasta ese momento, los Clippers (como suplente, curiosamente, de
Walton), donde había pasado cinco temporadas maravillosas. «Me
encantaba jugar en los Clippers —afirma—. Me encantaba San
Diego, a mi familia le encantaba San Diego y quería que la ciudad y
los aficionados pudieran luchar de una vez por el anillo. Cuando me
enteré del traspaso, me disgusté. Me tuvieron que convencer de que
era algo positivo para mi carrera. No tardé en darme cuenta de que
era una oportunidad preciosa para ganar un título de la NBA. Era
absurdo quejarse por algo así».

Tampoco podía quejarse Scott. En aquellos tiempos, jugar en los


Clippers era un castigo. En cuanto se enteró de que San Diego lo
había elegido en el draft, Scott intentó que Milwaukee lo rescatara.
O Cleveland. O Kuwait. Ahora, de repente, sus derechos
pertenecían a un equipo que había disputado tres de las últimas
cuatro finales de la NBA y que jugaba a doce manzanas de su casa
en Inglewood. «Comparar a los Lakers con los Clippers —declaró
Bob McDonald, su agente— es como comparar el día con la
noche».

Era un sueño hecho realidad… aunque al principio fue más bien una
pesadilla. Poco después del draft, un reportero de la televisión le
pidió que se definiera como jugador. Su respuesta no pudo ser más
torpe: «Creo que soy como Magic Johnson, pero más bajo —dijo—.
Soy más rápido que Magic y puedo tirar mejor. Me gusta entretener
a la grada. Soy un gran tirador y doy espectáculo».

Después del traspaso, Jim Dunlap, el director de relaciones con los


medios de los Clippers, llamó a Rosenfeld para explicarle que esas
declaraciones se habían sacado de contexto. «Me dijo que, aunque
los periodistas se lo habían pedido dos o tres veces, Byron se había
negado a compararse con nadie —asegura Rosenfeld—. Al final,
surgió lo de la comparación con Magic, pero como una broma. Lo
malo fue que en nuestro equipo no todo el mundo pilló el chiste».

A pesar de los defectos de Nixon, a muchos de los jugadores de los


Lakers les dolió el traspaso, especialmente a Michael Cooper. En
cuanto se enteró, llamó a Nixon y se despidió de él entre lágrimas.
Riley editó un vídeo con las mejores jugadas de Norm y se lo
enseñó al equipo en el televisor del vestuario. «Parecía que se
hubiera muerto», recuerda Ron Carter. Esa misma noche, Nixon
celebró su vigésimo octavo cumpleaños con una cena muy especial
en Mr. Chow’s, el restaurante de moda. Asistieron cinco jugadores
de los Lakers, entre ellos Johnson y Cooper, y también famosos
como Jack Nicholson, Lou Adler, Burt Bacharach o Carole Bayer
Sager. Se brindó con alcohol y se lloró con ganas. En medio de la
conversación, surgió el tema de las declaraciones de Scott. Cooper
echaba humo: «No le vamos a regalar nada —afirmó—. No me ha
importado salir del banquillo todos estos años porque tenía delante
a dos bases de élite. Ahora que uno de ellos se ha ido, no voy a
dejar que ese chico me quite el puesto».

El 15 de octubre, Scott firmó un contrato por cuatro años y, dos días


después, acudió a la concentración del equipo. Era un chico callado,
con un pelo afro no demasiado largo y una mirada de acero. Sus
compañeros lo recibieron con desconfianza, y Scott hizo lo propio
con ellos. Aunque se había comparado con Johnson, no podían ser
más distintos. No había nada atractivo ni espectacular en Scott.
Había crecido junto a su madre en un barrio lleno de bandas
urbanas, donde los Crips y los Families manejaban el cotarro y el
color de tu camiseta podía marcar la diferencia entre la vida y la
muerte. «Admiraban a los deportistas —explicó Scott en una
ocasión—. Nunca se metían en líos con los deportistas. Nunca me
presionaron para que me uniera a ninguna de las bandas, aunque si
se lo hubiera pedido a alguno de los líderes —y los conocía a todos
—, me habrían aceptado de inmediato». Jeff, el hermano pequeño
de Scott, estaba en una cárcel de Utah por allanamiento de morada.
Uno de sus amigos de la infancia, un chico conocido como Little G,
había muerto a puñaladas en una pelea entre bandas. Otro de sus
amigos del barrio acabó enganchado al crac. Un día, le pidió dinero
a Scott para devolverle lo que le debía a un camello y Scott se negó.
Ese mismo día, dispararon a su amigo y lo mataron. «Byron tenía
esa inteligencia del barrio, de las calles… —afirma Jay Humphries,
amigo de la infancia que también acabaría jugando en la NBA—. En
Inglewood, no todo eran fiestas y juegos, precisamente».

Si los veteranos de los Lakers querían tratar a Scott como si fuera


un montón de basura, allá ellos. Él no había decidido traspasar a
Nixon. Y, desde luego, no había pretendido faltarle al respeto a
Johnson. Le hicieron una pregunta y contestó. Punto. Ese primer
día, a Scott lo recibieron con un silencio sepulcral. Se presentó a
sus compañeros y nadie contestó. Durante una pausa, se echó algo
de agua en un vaso. «¿Quieres?», le preguntó a Abdul-Jabbar. El
pívot ni lo miró.

Durante la primera semana, Scott fue el saco de todos los golpes.


Cada vez que entraba a canasta, alguien —Cooper, Rambis, Wilkes,
Johnson…— lo tiraba al suelo. «Era como una fraternidad —explica
Riley—, los Laker Alpha Mega, y le estaban intentando dar una
lección al novato. No lo ataron a un árbol y lo dejaron en medio de la
nada, pero le obligaron a demostrar lo que valía en la cancha».
Scott nunca protestó. Ni una sola vez. «Intentamos minar su
resistencia —afirma Bob McAdoo—. Pero era imposible. No había
venido al equipo para hacer amigos ni para hacerse fotos con
Kareem, Magic y el resto de los fabulosos Lakers. Había venido a
jugar al baloncesto».

«Siempre nos vi a Norm, a Magic y a mí como a Los Tres


Mosqueteros, y el traspaso de Byron se lo cargó todo —afirma
Cooper—. Así que había que ir a por él. No le hablábamos, le
pegábamos en los entrenamientos, le hacíamos de todo para joderle
la vida. Había visto jugar a Byron en la universidad y no me parecía
nada del otro mundo. Así que, cuando llegó al equipo, tuvo que
demostrarnos lo que valía. Y lo hizo. Aguantó todo como un
hombre».

Johnson fue el primero en romper lo que Scott llamaba «la barrera


del sonido». Invitó al rookie a comer y le habló sobre las
expectativas, la vida en la NBA y cómo sobrevivir a todo ello con
éxito. A punto de empezar su quinta temporada en la liga, Johnson
era el líder indiscutible de los Lakers. Poco después del gran
traspaso, Riley puso a Ron Carter —al que los Lakers habían
repescado momentáneamente— como base para defender a
Johnson en los partidillos. Tras una discusión particularmente
intensa, Johnson le cruzó la cara a Carter de un bofetón. Carter,
graduado por la Academia Militar de Virginia, le gritó: «¿Qué
cojones estás haciendo?» y le pegó un empujón. Johnson le lanzó
un puñetazo y Carter lo tiró al suelo con una llave… «Tardé cinco
segundos en inmovilizarlo», recuerda Carter. Cuando separaron a
los jugadores, Johnson miró a Carter, sonrió y le dijo: «Hasta
nunca».

«A las tres horas me llamaron de arriba para decirme que estaba


fuera —explica Carter—. Fue cosa de Magic, quería que me
echaran… y me echaron. Quería que echaran a Norm… y también
lo echaron».

Se acababa así la polémica de los bases y el debate acerca de


quién debía subir la bola. Abdul-Jabbar ya había delegado todos sus
poderes hacía tiempo y, además, Johnson seguía siendo el que más
trabajaba de todo el equipo. Llegó a la pretemporada en un estado
de forma sensacional y no tardó en demostrar a sus compañeros
que aún podía correr más que ellos. Aunque a los demás Lakers les
molestaba la chulería de Scott, a Johnson le daba absolutamente
igual. Ni se sentía amenazado ni mínimamente molesto. Si el chico
podía jugar a un buen nivel, era bienvenido.

***
Ahora bien, había un pequeño problema: el chico no podía jugar a
un buen nivel. O no al nivel que se esperaba de él. Scott había
impresionado a sus compañeros desde el primer día con su
soberbio tiro de larga distancia, algo que los Lakers llevaban
echando de menos desde los días de Jerry West. El tiro de Scott era
una maravilla: el lanzamiento, el vuelo de la pelota en el aire y el
inevitable sonido de la red al aterrizar.

Sin embargo, tirar bien era solo una parte del juego. Se movía con
torpeza y apenas podía botar con la izquierda. Pronto se descartó la
idea de que Scott formara parte del quinteto titular. De momento,
saldría desde el banquillo.

El primer partido de la temporada enfrentó el 28 de octubre, en el


Forum, a los Lakers contra los Kansas City Kings. Habían pasado
muy pocos meses, pero el aficionado podía sentir que todo había
cambiado, como si estuviera ante una obra distinta, con actores de
reemplazo sustituyendo a los originales. Johnson y Abdul-Jabbar
estaban ahí, vale, pero… ¿qué hacía Mike McGee jugando de
titular? ¿De verdad nuestro nuevo interior era Swen Nater? ¿Y
quiénes eran esos Calvin Garrett y Larry Spriggs? (respuesta: un
agente libre proveniente de Houston y un alero novato salido de la
Universidad de Howard, respectivamente). Los Lakers ganaron 117-
107 con veinticinco puntos de Abdul-Jabbar y Wilkes. A
continuación, se impusieron en un partido ajustado en Utah (115-
120) y se pusieron 2-0 para empezar el año.

Por lo general, los equipos como los Lakers tienen pocos partidos
«de la máxima» al inicio de la temporada regular. Los
departamentos de relaciones públicas hacen lo posible por crear
algo de expectación, los jugadores intentan calentar los partidos en
la prensa y puede que al entrenador le dé por soltar algún cliché del
tipo «esta noche tenemos que dejarlo todo en la cancha», pero lo
cierto es que cuando un equipo alcanza tres finales de las últimas
cuatro, los partidos de noviembre tienen una importancia muy
limitada.
Una excepción sería el partido que, el 2 de noviembre, los Lakers
jugaron en San Diego contra los Clippers… y Norm Nixon. En
general, los partidos contra los Clippers seguían un guion más
previsible que una secuela de Rocky: el primer cuarto solía estar
ajustado y, como a mitad del segundo, los Lakers empezaban a
apretar y a coger una distancia de unos quince o veinte puntos.
Cuando el partido se jugaba en Los Ángeles, el treinta por ciento de
los espectadores ya se había ido a casa al inicio del último cuarto.
Cuando se jugaba en San Diego, solo se podía escuchar a los
aficionados de los Lakers.

Por primera vez, el partido había levantado una expectación real.


Después de recuperarse de la tristeza inicial de haber perdido a
Nixon, muchos de los jugadores sentían algo parecido al enfado.
Aunque habían perdido las finales de 1983, los Lakers parecían
estar de camino de convertirse en una dinastía, un equipo con
talento para ganar la Conferencia Oeste durante una década. «Creo
que Norm nos jodió con su egoísmo —apunta Cooper—. De verdad
que lo creo. Me sentía mal por Norm porque nadie en su sano juicio
querría estar en los Clippers, pero también me pareció que había
hecho el idiota. Se había pasado todos esos años quejándose por
todo y, ahora, pues nada, felicidades, estás en los San Diego
Clippers».

Aquella noche, el San Diego Sports Arena estaba lleno hasta la


bandera, con 11.629 espectadores, y Nixon no necesitaba ningún
tipo de motivación extra. Desde que lo traspasaron, vivía en la
habitación 239 del Sports Arena Travel Lodge… nada que ver con
su casa de Beverly Hills. ¿Dónde estaban las Laker Girls? ¿Y
Dancing Barry? ¿Y los famosos a pie de pista?

Los jugadores de ambos equipos coincidieron en el calentamiento y


McAdoo le dio a Nixon un trozo arrugado de papel. Era una copia
del artículo del Los Angeles Times en el que se explicaba que a los
Lakers les iría mejor sin su antiguo base. Era una manera como
cualquier otra de decir «que te jodan». «Queríamos patearle el culo
—re-cuerda McAdoo—, desde el pitido inicial hasta el último
segundo».

Cooper y Johnson abrazaron a Nixon antes del partido y luego se


pasaron toda la noche persiguiéndolo sin éxito. En los treinta y ocho
minutos que disputó, Nixon se portó como un pequeño demonio
rojiblanco. San Diego se adelantó 32-18 en el primer cuarto, con
quince puntos de su nuevo base. «Salió con todo —afirma Cooper—
y no hubo manera de frenarlo».

Al acabar el partido, el marcador señalaba un sorprendente


CLIPPERS 110 LAKERS 106. Nixon fue el máximo anotador, con
veinticinco puntos, además de doce asistencias. (Scott, por su parte,
apenas brilló, anotando ocho puntos desde el banquillo). Estaba
eufórico. «Esta noche toca celebrar mi primera victoria ante mi
antiguo equipo —declaró—, pero en esta liga no hay tiempo para
dormirse en los laureles. No hay lugar para la complacencia». Los
compañeros lo felicitaron efusivamente, convencidos de que los San
Diego Clippers habían comenzado una nueva era. Con la
colaboración del ala-pívot Terry Cummings y del pívot Bill Walton,
Nixon confiaba en luchar por el título de la División Pacífico.

«Todo es posible —apuntó Walton—. Con Norm, todo es posible».

Los Clippers acabaron el año 32-50.

***

Por su parte, los Lakers olvidaron pronto la derrota y siguieron


brillando, como siempre. No importó que Johnson se perdiera
quince partidos por una lesión en un dedo o que McGee nunca
cumpliera las expectativas como sustituto de Nixon en la posición de
escolta (fue titular en cuarenta y cinco partidos, promedió 9,8 puntos
y cabreó a sus compañeros con su pésima selección de tiro).
Tampoco importó que Kupchak no consiguiera volver de su lesión en
condiciones (promedió 3,1 puntos en veintinueve partidos) o que
Nater se uniera a la larga lista de mediocres suplentes de Abdul-
Jabbar (en la que sería su última temporada en activo, promedió 4,5
puntos y 3,8 rebotes en sesenta y nueve partidos). Ni siquiera
importó el hecho de que Scott no maravillara a nadie con sus 10,6
puntos por partido, o que las lesiones se cebaran con el equipo
(hasta ciento tres partidos se perdieron entre todos los jugadores de
los Lakers, más que ningún otro equipo), la sensación era que
estábamos a punto de ver algo realmente grande.

Por primera vez en quince años, los Lakers y los Boston Celtics
parecían destinados a enfrentarse en la final de la NBA.

Un año más, los Lakers fueron los mejores del Oeste, llevándose la
División Pacífico y consiguiendo el mejor registro de la conferencia
(54-28). Por su parte, en el Este, los Celtics habían firmado una de
las mejores campañas en la historia reciente de la NBA. Al igual que
los Sixers el año anterior, los Celtics (62-20) parecían invencibles.
Hasta seis jugadores promediaron más de diez puntos por partido,
habían fichado a Dennis Johnson, probablemente el segundo mejor
base de la NBA, y tenían en Kevin McHale y Robert Parish a dos
jugadores estrella, grandes y con suficientes recursos como para
complicarle mucho la vida a Abdul-Jabbar.

También tenían a un chico de Indiana que se llamaba Bird.

«El puto Larry Bird», en palabras de Michael Cooper.

Así es como veían la mayoría de los jugadores de los Lakers al


alero todoterreno de los Celtics. Nadie le llamaba Larry Bird. Era el
puto Larry Bird, o el hijoputa de Larry Bird. Desde que llegara a la
liga junto a Johnson en 1979, Bird había hecho lo que había querido
con todos los aleros de todos los equipos, quienes —en un
momento u otro— habían considerado que este blanquito con pinta
de paleto era poco menos que un invento de la prensa. ¡Si ni
siquiera podía saltar!
Defender a Bird suponía pasar siempre por un mismo infierno: al
principio, todos daban por hecho que, con su físico y su talento, iban
a darle una lección a la estrella de los Celtics; eso, hasta que
empezaba el partido, Bird tocaba el balón por primera vez, amagaba
un par de veces y anotaba sin problemas. Dos puntos. Y luego,
otros dos. Y dos más. Y otra canasta. Y otra. Llegados a este punto,
empezaba la humillación pública: Bird te iba a llamar de todo, iba a
burlarse de tu defensa, de los diez tiros que habías fallado, de los
quince puntos que te sacaba en el marcador… No contento con eso,
además, Bird iba a defenderte en serio. Muy en serio. Iba a robarte
el balón de las manos o iba a obligarte a tirar desequilibrado.

Todo lo cual se acababa reflejando en las estadísticas, claro:

BIRD: treinta y dos puntos

TÚ: ocho puntos

«Hacía lo que hiciera falta con tal de ganarte —afirma Rambis—.


Eso era lo único que le importaba a Larry: ganarte. Y si de paso te
dejaba en ridículo, mejor que mejor».

«Larry era una amenaza desde cualquier sitio —recuerda Johnson


—. A Larry había que defenderlo a nueve metros de la canasta. Si lo
esperabas a ocho, te la clavaba de tres. Recuerdo un partido en el
que estaba lesionado y me tuve que quedar en el banquillo. Larry
estaba calentando y en una de esas se acerca a mi asiento y me
dice: “No te preocupes, Earvin. Tú disfruta del espectáculo”. Creo
que metió cuarenta puntos esa noche y que solo falló dos tiros. En
cuanto veías ese andar desgarbado y ese pelo rubio al aire, sabías
que te esperaba una noche muy, muy larga».

Rambis odiaba a Bird. Cooper lo detestaba. Worthy lo aborrecía. Si


eras uno de sus rivales, era imposible sentir el más mínimo aprecio
por Larry Bird. Ni por su juego ni por sus calcetines (feos y blancos)
ni por su cerveza favorita (Budweiser). Ni siquiera por su forma
pausada de hablar ni por su acento de Indiana. Nada de nada. De
todos los jugadores de los Lakers, nadie le tenía tanta manía como
Magic Johnson. Bird y él habían llevado vidas paralelas durante un
buen tiempo, primero como compañeros (que no amigos)
despreciados por el entrenador en el World Invitational Tournament
de 197829 y luego, por supuesto, como rivales en la mítica final de
la NCAA de 1979 entre Indiana State y Michigan State. Ese
encuentro sirvió para cimentar una rivalidad de época, parecida a la
de Joe Frazier y Muhammad Ali o a la de Chris Evert y Martina
Navratilova.

Como era un tipo callado y huraño, Bird normalmente contestaba a


los intentos de Magic de establecer conversación con un gesto de
indiferencia y ventilando el asunto con un par de palabras. «Tal y
como yo lo entiendo, si sois rivales, no podéis ser amigos —
afirmaría Bird—. Siempre quieres mantener una distancia. Earvin es
un tipo extrovertido. Todo el mundo es su amigo, siempre quiere
chocar la mano con todos. Y, además, tiene esa sonrisa tan
especial. Mi objetivo en cada partido era intentar llevarme a casa
tres o cuatro de esos dientes tan bonitos». Bird ni regalaba elogios a
Magic ni entraba a criticarlo por nada. Se limitaba a no hablar de él.
«No salimos a cenar juntos —declaró una vez, en un raro ejercicio
de franqueza—. Solo lo conozco de la cancha de baloncesto y eso
es lo que me importa. Si cree que voy a apartarme cuando intente
penetrar a canasta, está loco. Estoy ahí para impedirlo». Por el
contrario, Johnson no escatimaba en halagos hacia su rival: Bird era
el mejor, Bird era increíble, Bird era maravilloso, Bird era el gran
dominador de la liga…

Por dentro, sin embargo, sentía una envidia hacia Bird que no sentía
hacia nadie más. Aunque jugaban en puntas distintas del país,
Johnson seguía todo lo que hacía Bird. Se fijaba en cada una de sus
estadísticas, pedía silencio a sus compañeros cuando su nombre o
su imagen aparecían en el telediario… Cuando Bird le ganó por
paliza en la lucha por el premio a Rookie del Año de 1980, Johnson
no podía creérselo. Cuando los Celtics ganaron a los Rockets el
título de 1981, se quedó sin palabras. Como Bird jugaba de alero y
Johnson de base, era raro que se defendieran el uno al otro en la
cancha, pero de cara al público eran como Caín y Abel (quién era
cada uno dependía de cuál fuera tu equipo favorito). «Si metieras a
cincuenta expertos en una habitación y tuvieran que elegir a un
jugador sobre el que construir una franquicia —explicaba David
Stern—, veinticinco se quedarían con Magic y veinticinco con
Larry».

«Insistían en que esto no era un deporte individual y que ni siquiera


se defendían el uno al otro —afirma Pete Newell, una leyenda como
jugador que también trabajaba por entonces como asesor en los
Golden State Warriors—. Pero si eres Raquel Welch y vives enfrente
de Marilyn Monroe, seguro que quieres ponerte guapa hasta para
recoger el correo».

Johnson estaba como loco por llevarse un campeonato en la cara


de Bird. Así demostraría que era el mejor de la liga. Sería como
clavarle a su rival una estaca en el corazón. Bird estaba como loco
por llevarse un campeonato en la cara de Magic. Así le devolvería lo
que pasó en la final Michigan State-Indiana State. «Simplemente,
son dos de los mejores de la historia —afirmó K.C. Jones, el
entrenador de los Celtics—. Son tan parecidos y a la vez tan
diferentes… Earvin es negro, así que los que quieran identificarse
con él, lo tienen fácil, y lo mismo pasa con Bird y los blancos. Earvin
es un gran pasador, reboteador y anotador. Larry es todo eso y
además puede tirar mejor que cualquier alero que haya visto nunca.
El punto fuerte de Magic es el contraataque. Cuando consigue
correr, no hay nadie como él. Son tan creativos e imaginativos en la
cancha… la gente solo tiene que sentarse y disfrutar de todo lo que
son capaces de hacer».

Los Celtics superaron todos los obstáculos en los playoffs. Sufrieron


contra los Knicks en semifinales de conferencia (siete partidos) pero
no encontraron rival ni en Washington ni en Milwaukee en la final de
la Conferencia Este. Mientras tanto, los Lakers derrotaron a Kings,
Mavericks y Suns para llegar a su cuarta final en los cinco años de
Johnson en la liga.

Cuando los Lakers eliminaron a Phoenix con una ajustada victoria


(97-99) en el sexto partido, el vestuario dejó a un lado la euforia de
otros años. Antes, ganar la Conferencia Oeste ya se consideraba un
éxito. Ahora, sin embargo, había que centrarse en la rivalidad que
los esperaba. Ganar la conferencia no significaba nada sin acabar
después con los Celtics. Para los aficionados más jóvenes, la
cuestión se limitaba a Johnson y Bird, pero para los que llevaban
animando a los Lakers desde la llegada del equipo a Los Ángeles en
1960, la final tenía una connotación especial.

De las catorce banderas de campeón que colgaban por entonces


del techo del Boston Garden, siete habían tenido a los Lakers como
rivales en la final. El primer triunfo llegó en 1959, cuando los Celtics
humillaron cuatro a cero a Minneapolis. Las otras seis pertenecían a
la época de California, con unos Lakers llenos de estrellas,
convencidos cada año de que su momento por fin había llegado. El
odio hacia los Celtics crecía con cada derrota: de moderado a
fuerte, de fuerte a intenso, y así hasta límites insospechados. En
1962, Frank Selvy falló un tiro de cuatro metros a pocos segundos
del final del séptimo partido. En 1968, los Lakers pasaron ocho
minutos y medio sin anotar en el séptimo partido… y aun así
perdieron por solo dos puntos. En 1969, la última vez que los dos
equipos se habían enfrentado por el trono, Jack Kent Cooke estaba
tan seguro de que esta vez el séptimo partido iba a caer de su lado
que hizo colgar cientos de globos del techo del Forum para lanzarlos
al final del partido. También contrató a la banda de la USC para que
tocara «Happy Days Are Here Again» [Han vuelto los tiempos
felices] en la ceremonia de celebración del título. «Supongo que va
a preguntarme por esos malditos globos —comentaría Cooke, años
después, en una entrevista—. Los mandé todos a un hospital infantil
donde los niños se lo pasaron en grande. Desde luego, mucho
mejor de lo que yo lo pasé ese día». «Soy un nostálgico
empedernido —manifestó Riley—. Los fantasmas de Sam Jones,
Jerry West, Bill Russell, Elgin Baylor y todos los demás estarán
pululando entre nosotros, observando de cerca a las nuevas
generaciones».

Los Lakers empezaron las finales con la atención puesta en Bird,


pero con la esperanza de que Cooper, el mejor defensor exterior de
la liga, pudiera al menos frenarlo. Más les preocupaba la mística
Celtic o, en palabras de Cooper, «todas esas mierdas de Red
Auerbach». Auerbach, una figura reverenciada en el mundo del
baloncesto, entrenador de los Celtics durante dieciséis temporadas
antes de pasar al puesto de general manager en 1966, se
comportaba como un sádico en lo referente a las condiciones del
equipo visitante en el Boston Garden. Abierto por primera vez en
1928, el pabellón se había quedado viejo y presentaba muchos
problemas de mantenimiento: por los grifos y las duchas caía un
agua marrón que indicaba hasta qué punto estaban oxidadas las
tuberías. Cuando los Lakers jugaban en Boston en primavera, su
vestuario siempre parecía estar a cincuenta grados; cuando jugaban
en invierno, el frío era atroz. «De Red Auerbach siempre se han
dicho muchas cosas… y la mayoría eran ciertas —afirma Lon
Rosen, director de promociones —. El vestuario olía fatal, estaba
sucio, daba asco. Pagaba a la gente para que llamaran a las
habitaciones de los jugadores en mitad de la noche y no pudieran
dormir bien antes de los partidos. Tenía una mente formidable para
el baloncesto, pero a veces podía ser muy infantil».

«Todo lo que decían de él era cierto —corrobora el alero de los


Celtics, M.L. Carr—. Cuando hacía mucho calor, puede que no
encendiera la calefacción, pero desde luego cortaba el agua fría».

Aunque Riley intentaba no darle demasiada importancia a Auerbach,


lo consideraba a la altura de una cucaracha. Había una manera
correcta de hacer las cosas y una manera incorrecta de hacer las
cosas, y para Riley, los Celtics siempre elegían la segunda. En el
partido de temporada regular que enfrentó a ambos equipos en
Boston, Riley se mosqueó al ver un dispensador de agua en una
mesa junto a la pista. «Lo habían colocado ahí para nosotros —
recuerda Dave Wohl, asistente del equipo—. Para que bebiéramos
durante el calentamiento». Riley ordenó que vaciaran el
dispensador, lo limpiaran y lo volvieran a llenar. «Quién sabe lo que
habrán puesto ahí los Celtics para envenenarnos», dijo.
Como los Celtics habían acabado la temporada regular con el mejor
registro de la liga, a los Lakers les tocó viajar a Boston para jugar los
dos primeros partidos. Recién acabada la serie contra los Suns, los
Lakers volaron directamente desde Phoenix. Tras aterrizar en el
aeropuerto Logan el 26 de mayo, los jugadores fueron saliendo del
avión, aún agotados y con sueño. La final de la Conferencia Oeste
había sido durísima, y los jugadores estaban llenos de arañazos y
moratones por todo el cuerpo. «Es difícil recuperar en la NBA —
afirma Wohl—. Se tarda un tiempo». ¿Y cómo pasaron los Lakers su
primera hora en Boston? De pie, junto a la cinta transportadora,
esperando durante cuarenta y cinco minutos a que salieran sus
maletas. Cuando por fin aparecieron las bolsas púrpura y oro, la
mitad de ellas estaban abiertas. «Nos estaban mandando un
mensaje muy claro —afirma Johnson—. No éramos bienvenidos».

El aeropuerto estaba abarrotado de aficionados de los Celtics


vestidos de verde y blanco. Cuando Johnson recogió por fin su
maleta, vio como se le acercaba un adolescente con una camiseta
verde. El base de los Lakers supuso que querría un autógrafo. «¡Eh,
Magic —le dijo el chaval—. Larry te va a hacer desaparecer!».

«Luego se me acerca un viejecito, encorvado, se me pone delante y


me dice entre dientes: “Larry va a acabar contigo” —recuerda
Johnson—. Cuando ya tenemos todas las maletas y nos podemos
subir al autobús, resulta que nuestro conductor lleva una gorra de
los Celtics. Lo primero que pensé fue: “¿Llegaremos sanos y salvos
al hotel?”. Una vez ahí, la cosa fue a peor: todo el mundo —¡todo el
mundo!— llevaba camisetas de Larry y de los Celtics y nos trataron
de pena. Fueron muy desagradables. Llegué a recepción, la chica
me miró muy fijamente y me dijo, también entre dientes, “¡toma tu
llave!”».

Los jugadores de los Lakers se lo tomaron a broma, pero sabían


perfectamente qué había detrás de toda esta historia. Todos los
aficionados del aeropuerto y los del hotel eran blancos. No
hablamos del noventa y cinco por ciento ni del noventa y nueve por
ciento. El cien por cien eran blancos. McAdoo, el único jugador de
los Lakers que había jugado en Boston, se pasó un buen rato
contando a sus compañeros cómo la ciudad y el propio club se
portaban con las minorías. «Cuando llegué a Boston, ya me
avisaron de que era un sitio horrible para los negros —afirma—. No
era solo cosa mía. Esa franquicia era un infierno para los jugadores
de color».

***

Los Lakers pasaron la noche previa al primer partido en el Copley


Marriott, un hotel de lujo con servicio de habitaciones veinticuatro
horas, una piscina azul cristal y camas enormes en cada habitación.
Riley insistió en que sus jugadores se registraran con nombres
falsos para que Auerbach y compañía no pudieran despistarlos con
sus trucos de siempre.

La buena noticia fue que, efectivamente, los teléfonos estuvieron


tranquilos toda la noche.

La mala fue que el Boston Globe se enteró de dónde estaban


concentrados y decidió publicar la dirección en su sección de
deportes. La alarma antincendios sonó tres veces a lo largo de la
noche. Tres veces. «Te acabas acostumbrando —asegura Josh
Rosenfeld, el director de relaciones con los medios—, pero sigue
siendo una mierda».

Para once de los jugadores, estos inconvenientes no eran más que


una molestia irritante. Tenían que levantarse de la cama, encontrar
sus pantuflas o sus zapatillas y bajar nueve pisos por las escaleras
de incendios, bajo el cielo oscuro, al lado de Jim, el contable de
Cleveland, o de Nancy, la ama de casa de Urbana. Sin embargo,
para Abdul-Jabbar, a sus treinta y siete años, todo esto era una
tortura. Veintitrés años atrás, durante una visita a un familiar en
Carolina del Norte, empezó a sentir un dolor intenso, como si le
estuvieran taladrando la cabeza. «Me empezó a doler una
barbaridad, tenía ganas de vomitar y la luz me molestaba
muchísimo —recuerda Abdul-Jabbar—. Solo podía pensar en el
dolor y en cuándo desaparecería. Me senté en una habitación
oscura durante una hora y se pasó». Era una migraña.

En UCLA, Abdul-Jabbar llegó a pasar días enteros en la cama,


paralizado por el dolor. Una vez, en 1975, de visita en Alemania,
sufrió una migraña que duró dos semanas sin interrupción. Lo probó
todo —acupuntura, yoga, electroterapia…— para suavizar una
sensación que él mismo definía como «un alien que intenta salir de
tu cabeza por las cuencas de los ojos». Por fin, a principios de los
ochenta, consiguió una cita con el Dr. David Bresler, antiguo director
de la unidad del dolor de UCLA. Bresler consideró que la
enfermedad de Abdul-Jabbar tenía que ver con la alimentación y
que un cambio de dieta (menos marisco y glutamato sódico; más
zanahorias y tomates) podía beneficiarlo muchísimo. «Y así fue —
explica Bresler—. Cuando un periodista del Los Angeles Times le
preguntó por qué había dejado de perderse tantos partidos, Kareem
nos mencionó. De la noche a la mañana, tuvimos quince mil
peticiones de cita».

Aunque Abdul-Jabbar sufría cada vez menos migrañas, aún tenía


que lidiar con brotes ocasionales. Ahí fuera, en medio de la noche
fría, mientras su cabeza parecía estallar de dolor, empezó a
plantearse si estaría en condiciones para el primer partido. La
mañana siguiente, se ausentó de la charla de equipo y del desayuno
en el hotel. Tampoco se subió al autobús rumbo al Garden. Los ojos
le ardían. El dolor que le invadía toda la cabeza resultaba
insoportable. ¿Tendrían que empezar los Lakers las finales con
Swen Nater como pívot titular?

Una hora antes de empezar el partido, Abdul-Jabbar salió de un taxi


y entró en el vestuario visitante, con la cabeza entre las manos. El
calor era sofocante («llevaba un traje informal, marrón claro, y
podría perfectamente haberme quitado los pantalones llenos de
sudor y haberlos estrujado ahí mismo», recuerda Bertka), pero
Kareem ni siquiera se quejó y fue directo a por Jack Curran, el
veterano preparador físico que se sabía todos los trucos para
solucionar cualquier problema. En sus siete años con los Lakers,
Curran se había convertido en una especie de chico para todo:
uniformes, equipamiento… cuando algo iba mal, lo mejor era recurrir
a él. Le dijo a Abdul-Jabbar que se tumbara en una camilla, le
agarró el cuello con sus manos carnosas y ¡crac, crac! le ajustó las
vértebras. El siempre serio Abdul-Jabbar sonrió de alivio. El dolor
había desaparecido.

Aquella tarde, el pívot de los Lakers recordó a los telespectadores


de todo el país que, pese a sus treinta y siete años, seguía siendo el
Kareem Abdul-Jabbar de siempre. En los últimos años, su cetro se
había visto amenazado por pívots más jóvenes como Robert Parish,
Moses Malone o Ralph Sampson. Le ponía de los nervios.
«Conforme cumplo años, todo el mundo da por hecho que mi nivel
va a bajar —protestó, con gesto agrio—. Pero ahí sigo, que nadie
me dé por muerto».

Boston, que había ganado nueve partidos consecutivos en casa


durante los playoffs, no tuvo respuesta a la exhibición de los Lakers.
Bird abrió el marcador con una bandeja para poner el 2-0 a favor de
los Celtics e, inmediatamente, Abdul-Jabbar corrió como loco hacia
la canasta contraria, como en sus tiempos de UCLA, recibió un pase
bombeado de Johnson, dio un paso hacia el aro y anotó un
semigancho por encima de Parish, al que además le sacó la falta.
«¡Corre para que ese dolor de cabeza no lo atrape! —bromeó
Tommy Heinsohn, comentarista del partido para la CBS—. ¡No está
nada mal para un veterano como Kareem!».

La ventaja siguió creciendo ante la sorprendente pasividad de los


Celtics. «Tal vez pensamos que con llegar ahí ya habíamos hecho
nuestro trabajo —apuntó K.C. Jones, el entrenador de los Celtics—
y por eso salimos tan fríos». Mientras, Abdul-Jabbar anotaba sus
siete primeros lanzamientos y acababa con treinta y dos puntos,
ocho rebotes y cinco asistencias. A mediados del tercer cuarto, los
Lakers dominaban 62-81 y el Boston Garden —con sus 14.890
espectadores— parecía un velatorio. Parish se fue al banquillo
eliminado por faltas con solo doce puntos.

La victoria de los Lakers (109-115) hizo pensar a muchos


aficionados de Los Ángeles en un camino plácido hacia el título.
Riley le había pedido a Cooper que se pegara a Bird como una lapa
y eso fue exactamente lo que hizo, dejando a la estrella local en
veinticuatro puntos, con una serie de siete tiros anotados de
diecisiete intentados. Puso a Worthy, con sus 2.06 metros, sobre
Dennis Johnson, y el base de los Celtics apenas pudo penetrar a
canasta. «Éramos mejores que ellos —recuerda Cooper—. Eso es
lo que pensé en aquel momento, que éramos mejores, punto».

Cuatro días más tarde, los Lakers se dispusieron a demostrarlo de


nuevo. Bajo la lluvia que caía aquella tarde sobre Boston, los Lakers
tenían la oportunidad de ponerse 2-0 y prácticamente sentenciar la
eliminatoria. Antes del salto inicial, Riley explicó a sus hombres por
qué la victoria era tan importante: «Para ellos, sería como una
puñalada mortal —explicó—. No esperaban perder ni un solo partido
en casa, así que imaginaos si pierden los dos. Sería devastador
para ellos. Devastador. No podemos dejar pasar esta oportunidad».

Justo antes del inicio del encuentro, mientras los dos equipos
acababan sus calentamientos, Johnson departía en directo con Pat
O’Brien, de la CBS. Embutido en su chándal púrpura y oro, Johnson
transmitía la serenidad de un monje budista. Su expresión era
relajada y distante a la vez. Los brazos le colgaban dulcemente a
ambos lados del cuerpo. No sentía presión alguna, ni mucho menos
miedo hacia los Celtics. El base tenía veinticuatro años y estaba
disfrutando de un sueño.

O’BRIEN: Hoy no va a ser un día de muchos aplausos para Magic


Johnson en el Garden. ¿Cómo te afecta eso? ¿Cómo afecta al
equipo? ¿Os motiva de alguna manera?

JOHNSON: Sí, claro. Te motiva y te hace querer jugar aún mejor.

O’BRIEN: ¿Preferirías estar en otro lugar ahora mismo?


JOHNSON: Bueno, no me importaría estar en L.A., y tampoco me
importaría estar en Lansing, para saludar a mi padre y a mi madre.

O’BRIEN: Gracias por atendernos, Magic.

Durante los cuarenta y ocho siguientes minutos, Johnson dio la


mayor exhibición de baloncesto en unos playoffs desde aquel sexto
partido de la final de 1980. Anotó veintisiete puntos, con diez
rebotes, nueve asistencias y cinco robos. Abdul-Jabbar solo
convirtió nueve de sus veintidós tiros, Cooper falló nueve de sus
trece lanzamientos y Scott no pudo hacer nada ante el escolta
Danny Ainge, que parecía imparable aquella noche. Sin embargo,
Johnson mantuvo a los Lakers en el partido. Al descanso, los Celtics
solo ganaban 61-59 y, tras tres cuartos, 90-87. Durante el último
cuarto, Boston se mantuvo por delante en el marcador con
pequeñas ventajas, pero dos tiros libres de Johnson a falta de
treinta y cinco segundos colocaron a los Lakers por delante, 111-113
y, a continuación, Kevin McHale falló dos tiros libres. Quedaban
dieciocho segundos y los Lakers parecían tener el partido ganado:
iban por delante y tenían el balón.

Pero no todo podía ser tan fácil.

Riley le había indicado a Johnson que pidiera tiempo muerto solo en


caso de que McHale anotara los dos tiros libres. Johnson no se
enteró bien y después del segundo fallo, pidió tiempo de todas
maneras. Riley se llevó las manos a la cabeza: ahora Boston podía
preparar bien su defensa. A la salida del tiempo muerto, Worthy se
dispuso a sacar de fondo en campo propio, justo al lado de una de
las esquinas. El árbitro, Jake O’Donnell, le dio la pelota y el alero
buscó con la mirada a sus cuatro compañeros de equipo: Johnson,
Abdul-Jabbar, Scott y McAdoo. En los últimos años, ningún equipo
de la NBA se había manejado mejor en este tipo de situaciones. Los
Lakers habían sido la única franquicia con dos superestrellas en el
puesto de base y tanto Johnson como Norm Nixon sabían conservar
la pelota y pasarla con precisión.
McHale empezó a agitar los brazos delante de Worthy y este
encontró a Johnson tras un bloqueo. Al ver venir a Bird en la ayuda,
Johnson inmediatamente le devolvió el balón a Worthy, quien, en
vez de salir botando, prefirió buscar otro pase, esta vez a Scott,
desmarcado, pero en el otro lado de la cancha. El pase fue un
desastre: horizontal, flojo, demasiado bombeado… en cuanto el
balón salió de sus manos, Worthy fue consciente de que había
cometido un error imperdonable. Gerald Henderson, el veloz escolta
de los Celtics, corrió hacia el balón, lo interceptó en el aire, se lanzó
a por el aro y anotó la bandeja delante del propio Worthy. El Boston
Garden se vino abajo. Heinsohn, leyenda de los Celtics, empezó a
gritar: «¡Esto debe de ser cosa del leprechaun, siempre haciendo de
las suyas en el Boston Garden!».

«En todos los partidos se cometen errores: algunos más grandes y


otros más pequeños —asegura Worthy—. Pero ese no lo olvidaré
jamás. No he sido capaz de borrarlo de mi memoria».

Irónicamente, Worthy sabía perfectamente hasta qué punto podía


ser importante un error en el pase. En su tercer año en North
Carolina, en 1982, selló el triunfo de los Tar Heels en el torneo de la
NCAA al cortar un pase de Freddie Brown, el escolta de
Georgetown, a falta de ocho segundos y con su equipo uno arriba.
La jugada se convirtió en un clásico televisivo del baloncesto
universitario. Ahora, a Worthy —que había anotado veintinueve
puntos para los Lakers, su mejor registro en un partido de playoffs—
le tocaba ponerse en la piel de Brown. «Esta vez me tocó a mí estar
del otro lado —explica—. Y fue horroroso».

A falta de trece segundos para la finalización del tiempo


reglamentario, con el marcador empatado a 113, Riley pidió un
tiempo muerto entre gritos de «¡Beat L.A.! ¡Beat L.A.!» [Ganad a los
Lakers] , jaleados desde el videomarcador. Cuando se reanudó el
juego, Worthy fue el encargado de nuevo de sacar de banda, esta
vez desde el medio del campo. Encontró (con éxito) a Scott, quien
se la pasó a su vez a Johnson.

Quedaban once segundos para el final del partido.


Diez…

Johnson empezó a botar el balón frente a Cedric Maxwell.

Nueve…

Ocho…

Siete…

Johnson seguía botando, Maxwell siempre delante de él.

Seis…

Cinco…

Cuatro…

Bota que te bota.

Tres…

Johnson seguía sin avanzar.

Dos…

Uno…

A falta de un segundo y con los jugadores y entrenadores del


banquillo de los Lakers gritando como locos, Johnson se la pasó a
McAdoo, cuyo lanzamiento llegó fuera de tiempo. En aquella época,
los relojes de posesión se colocaban en el suelo, cerca de la base
de la canasta. Una multitud de reporteros gráficos colocados en esa
zona tapaban el cronómetro. Johnson no podía ver nada.

«¡Los Lakers ni siquiera consiguen tirar! —exclamó el comentarista


Dick Stockton, en una mezcla de excitación y desconcierto—. Han
usado quince segundos cuando les quedaban solo trece».
«Nunca olvidaré la cara de Magic —afirma Quinn Buckner, jugador
de los Celtics—. No podía creérselo. Ese error no era propio de él».

Por dos veces, los Lakers habían tenido a los Celtics justo donde
querían. Por dos veces, los habían dejado con vida. Los Celtics
acabaron ganando en la prórroga (124-121), y después del partido,
el sobrecalentado vestuario visitante parecía una tumba. Worthy
tenía lágrimas en los ojos. Johnson se pasó veinte minutos en la
ducha, él solo, intentando averiguar, maldita sea, en qué demonios
había estado pensando.

«Teníamos la presa a tiro y nos disparamos en el pie —afirmó el


siempre certero Abdul-Jabbar—. Es de esas cosas que cuesta
asimilar».

***

Los equipos dispusieron de dos días libres antes de saltar de nuevo


a la cancha el domingo por la tarde en Los Ángeles. Tiempo más
que suficiente para darle vueltas a lo que había pasado en el
segundo partido. De no ser por el pase de Worthy, los Celtics
estarían acabados y los Lakers a un paso de exorcizar todos los
demonios de los pasados Celtics-Lakers. En cambio, la iniciativa
estaba ahora del lado de los visitantes. Los Celtics se habían
enfrentado a la mejor versión de Johnson y compañía y habían
sobrevivido. «Los Lakers son un equipo perfectamente batible en su
campo —dijo Henderson en la víspera del tercer partido—. Lo creo
de verdad. Tenemos una buena oportunidad de ganar un partido,
incluso los dos».

En una actuación sensacional, que dejaba en el olvido momentáneo


todos los errores del segundo partido, los Lakers destrozaron a los
Celtics (137-104). Riley le pidió a su equipo que dejara de jugar al
ritmo lento que le interesaba a los Celtics y Johnson tomó buena
nota. Sus veintiuna asistencias supusieron un nuevo récord en unas
finales, dirigiendo la mayoría de los cincuenta y un contraataques de
su equipo. «El plan era dejarlos correr hasta que fueran muriendo
uno a uno de agotamiento —bromeó Maxwell, el alero de los Celtics
—. Por lo que sea, no ha funcionado del todo bien».

Tras el partido, los miembros de la prensa se apiñaron, como


siempre, a la salida del vestuario de los Lakers. Scott Ostler, del Los
Angeles Times se preguntó en voz alta por qué estaban tardando
tanto en abrir.

«Les están repartiendo los anillos», soltó algún compañero.

En la edición del día siguiente, Ostler escribía: «La serie no se


puede dar por terminada. Puede que los Celtics se recuperen.
Puede que los Lakers peguen un bajón. Puede que mañana nieve
en Laguna Beach…».

Los jugadores de Boston nunca se habían sentido tan humillados.


Después de ocho meses triturando a sus rivales de la Conferencia
Este, los Celtics tenían un concepto de sí mismos demasiado
elevado. Algunos de sus jugadores creían que la final era un mero
trámite, que podrían haberles dado el anillo en febrero y así todos
estarían ya de vacaciones. Y de repente, aquí estaban los Lakers,
pasándoles por encima. «Puede que eso fuera lo que los despertara
—apunta el alero suplente Larry Spriggs—. Tal vez se vieron tan
superados que no les quedó más remedio que espabilar y
demostrarnos que el espectáculo se había terminado, que no iban a
tolerar ni una canasta fácil más».

En lo esencial, el juego de los Celtics consistía en intimidar al


contrario. Jugaban duro, ralentizaban el ritmo del partido, lanzaban
el codo siempre que podían… Que los Lakers los dominaran de esa
manera en los tres primeros partidos no solo era un fastidio. Era una
ofensa. «Ya nos habéis dado por muertos —dijo un enfadado
Dennis Johnson en rueda de prensa—. ¿Para qué seguir con las
series? ¿Qué sentido tiene?».
Incluso antes del salto inicial, se podía sentir que el cuarto partido
iba a ser… diferente. Aunque se jugara en Los Ángeles, ante una
multitud de aspirantes a modelos y estrellas con gafas de sol, la
tensión en el ambiente era más propia de Boston. Bird había
llamado mariquitas a sus compañeros, una manera de recordarles
que había que ponerse las pilas. El día anterior al partido, West le
dijo a un periodista que, de momento, el MVP de la final estaba
siendo James Worthy (quien, pese a la liada del segundo partido,
estaba promediando 20,7 puntos por partido). Cuando los Celtics se
enteraron, se pusieron como fieras. ¿MVP? ¿Con solo tres partidos
jugados? «Me tomó seis partidos ganar el MVP —respondió
Maxwell, haciendo referencia al galardón de 1981—, ¿y quieren que
lo gane Worthy porque ha jugado tres buenos partidos?».

A lo largo de los dos primeros cuartos y la mitad del tercero, los


Lakers fueron los Lakers. Corrieron sin parar; cada rebote de Abdul-
Jabbar o de Rambis se convertía en una oportunidad de
contraataque. Cualquiera que estuviera viendo el partido y no
conociera la historia entre estos dos equipos, daría por hecho que
los Lakers jugaban en otra liga, tanto en términos de talento como
de ejecución.

Y, de repente, todo cambió.

A falta de seis minutos y cincuenta y tres segundos para el final del


tercer cuarto, Dennis Johnson lanzó desde cinco metros y el balón
golpeó en el aro. Abdul-Jabbar cogió el rebote y le pasó la pelota a
una mano a Worthy, quien ya había salido disparado por el lado
izquierdo de la cancha. En cuanto recibió el balón, Worthy —
defendido por Henderson— se lo pasó a Rambis, que acompañaba
el contraataque por el lado derecho. Aquello era Showtime en
estado puro: velocidad en la salida del balón y cuatro jugadores de
púrpura y oro desatados hacia el aro contrario.

Sin embargo, justo cuando iba a culminar con una bandeja, Rambis
se encontró en su camino a McHale, que lo tiró al suelo sin
contemplaciones. Sacó el brazo izquierdo y se lo quitó de encima
sin más. Rambis, inmediatamente, se levantó y fue a por McHale.
Worthy, en su intento de calmar los ánimos, se interpuso entre los
dos hombres y, sin querer, empujó a su compañero, que tropezó con
un operador de cámara y dio de nuevo con sus huesos en el suelo.
Los dos banquillos saltaron a la pista; Cooper, el primero, a ver si
podía atizarle a cualquiera que vistiera de verde. «Estaba claro que
esto iba a pasar —afirmaba Stockton en directo—. Se veía venir
desde hacía un buen rato».

Lo increíble es que los árbitros no expulsaron a nadie. Le pitaron


falta flagrante a McHale y Rambis anotó uno de los dos tiros libres.
Sin embargo, en ese preciso instante, todo cambió. No ya en el
partido, sino en la serie. El día previo al encuentro, McHale le había
dicho a Ainge: «Tenemos que darle una buena hostia a alguien».
Ainge no le hizo mucho caso, entendió que era la típica barbaridad
fruto de la frustración. Al fin y al cabo, su amigo no era de los más
duros de los Celtics. Sin embargo, ahora McHale estaba en medio
de todo el mogollón. «Riley nos reunió en el banquillo y nos dijo: “¡Ni
una bandeja más! ¡No vamos a permitirles ni una bandeja más! ¡Si
intentan entrar a canasta, dadles duro!” —recuerda Spriggs—. Pat
venía de Nueva York. Era un tipo duro. Un jugador de fútbol
americano. Nos dijo que si veíamos que intentaban una bandeja, los
mandáramos a la línea de tiros libres. “Si ellos nos tiran al suelo,
nosotros vamos a tirarlos al suelo a ellos”».

Sin embargo, ese juego no se le daba especialmente bien a los


Lakers. Les gustaba hacerse los duros, pero, en realidad, hay algo
en Los Ángeles que te relaja involuntariamente: la playa, el buen
tiempo, la fama, los halagos de Jack Nicholson y Penny Marshall…
Los Lakers eran más rápidos que los Celtics, tenían más talento y
estaban mejor entrenados. Pero si la serie se iba a decidir a golpes,
los de Boston tenían ventaja.

Los Celtics mantuvieron el tono físico y agresivo durante el resto del


partido. Criticado durante los tres primeros partidos por jugar
demasiado blando, Parish por fin le plantó cara a Abdul-Jabbar,
anotando veinticinco puntos y sumando doce rebotes. Bird fue la
otra pieza clave, con veintinueve puntos y veintiún rebotes. A falta
de dieciséis segundos, anotó con tranquilidad los dos tiros libres que
empataban el partido a 113. Riley pidió el último tiempo muerto que
le quedaba y diseñó una jugada para que Johnson buscara a
Worthy y este lanzara el último tiro. Tal y como sucediera en el
segundo partido, Johnson se comió el balón. Los aficionados
empezaron a ponerse nerviosos cuando quedaban diez segundos y
no dejaron de avisar con gritos conforme acababa la cuenta atrás.
Inexplicablemente, Johnson no dejó de botar. Ni siquiera intentaba
moverse, se limitaba a botar y botar.

Al final, a falta de tres segundos, le pasó el balón a Worthy, que


estaba defendido por Parish en el poste. El pase iba sin fuerza, y el
pívot de los Celtics se anticipó y robó la pelota. Otro partido a la
prórroga. «Era imposible que ganaran —apunta Carr—. Estaba
claro. Si no ganas cuando tienes que ganar, es muy difícil hacerlo
luego en la prórroga».

En términos baloncestísticos, Carr era un personaje irrelevante en la


rivalidad Celtics-Lakers. Uno de los cuatro únicos jugadores del
Guilford College en llegar a la NBA, Carr entró en la liga con buen
pie, llegando a promediar 18,7 puntos por partido con los Detroit
Pistons en la temporada 1978/79. Sin embargo, ahora, a sus treinta
y tres años, no hacía mucho más que agitar la toalla, animar a sus
compañeros, calentar a los aficionados y decir todo tipo de
barbaridades a los rivales desde el banquillo.

La mayoría de los jugadores de los Lakers ignoraban a Carr. El resto


directamente lo odiaban. En una liga de provocadores profesionales,
él conseguía sobresalir por méritos propios. Si pasabas cerca del
banquillo de los Celtics, ya te podías preparar para que te llamara
de todo. Durante la serie, intentó poner nervioso a Johnson
gritándole «patata», por su sonrisa constante30. Sin embargo, no se
cebaba con nadie como con Worthy. Al llegar a la NBA, el jugador
de los Lakers había firmado un jugoso contrato con New Balance…
gracias a la recomendación de Carr. «Yo estaba con New Balance y
les dije que Worthy iba a ser espectacular y que merecía la pena
darle lo que les pidiera —explica Carr—. Así que, piense lo que
piense de mí, considero a James mi amigo… y ya puede darme las
gracias por los ocho años de contrato y el millón doscientos mil
dólares que le pagaron».

Los cinco minutos de prórroga fueron un constante toma y daca


entre ambos equipos. A falta de treinta y cinco segundos y empate a
123, Johnson fue a la línea de tiros libres. En el banquillo, Scott y
McGee, que no había jugado ni un minuto, no se atrevían ni a mirar.
Johnson, que promediaba un ochenta y un por ciento en tiros libres,
se tomó su tiempo para lanzar. Falló el primero. Falló el segundo.
Poco después, Bird anotó a la media vuelta defendido por el propio
Johnson. Faltaban dieciséis segundos y Boston se adelantaba 123-
125.

Los Lakers tenían una última oportunidad. Cooper sacó de banda y


Worthy falló una bandeja, aunque consiguió sacarle la falta a
McHale. Quedaban diez segundos, y de camino a la línea de tiros
libres, Worthy se cruzó con Carr, que había entrado en el partido
para esa defensa. El eterno suplente de los Celtics le tendió la
mano, miró fijamente a su amigo y le dijo: «A ver si va a resultar que
eres un cagón…».

Hasta aquel momento, Worthy había sido el mejor jugador del


partido. Había anotado doce de sus últimos trece lanzamientos y
nueve de los diez puntos de los Lakers en la prórroga. «Era el
hombre ideal para ese momento —asegura Rambis—. Por algo lo
llamábamos Big Game James [el decisivo James]. Podías fiarte de
él en los momentos clave». Worthy botó el balón cinco veces, dobló
las rodillas, se cuadró, lanzó… y la pelota se estampó contra la
parte frontal del aro. Maxwell levantó los brazos en señal de triunfo,
se acercó a Worthy y se llevó las manos al cuello, como para
indicarle que no le llegaba el oxígeno, que se había venido abajo
con los nervios. Worthy anotó el segundo, pero no fue suficiente.
Los Celtics acabaron llevándose la victoria por 125 a 129.

Las series habían cambiado de nuevo.


«No creo que ninguno de nosotros pensara que Worthy fuera un
cagón; no más que cualquier otro jugador, al menos —afirma Carr
—. Le habría dicho lo mismo a Kareem, a Coop, a Magic… Quiero
decir, era mi manera de ponerlo nervioso. Si llega a anotar los dos
tiros libres, estábamos fastidiados».

Riley llegó a la rueda de prensa desatado. Acusó a los Celtics de


todo menos de prenderle fuego al pabellón. Eran unos criminales.
Unos bandidos. Una panda de matones. Unos gilipollas. «Lo que ha
hecho Boston es como cuando dos bandas se reúnen antes de una
pelea y deciden qué armas van a utilizar —explicó—. Acuerdan
pelear a puñetazos… pero los miembros de una de las bandas se
presentan con pistolas». Riley señaló específicamente a McHale, un
tipo normalmente de lo más agradable. A diferencia del siempre
serio Bird, McHale era un tipo divertido, que reía a menudo, hacía
chistes, vacilaba a sus compañeros… En cuanto se dio cuenta de lo
que le había hecho a Rambis, intentó disculparse, pero Rambis no
quiso saber nada de él.

«No vamos a caer tan bajo como Kevin McHale ni vamos a utilizar
sus tácticas —aseguró Riley—. Pero os voy a decir lo que sí vamos
a hacer. Vamos a estar preparados para cualquier cosa. Ellos han
decidido entrar en nuestro territorio con pistolas. Armas que no
pensábamos utilizar porque esto es baloncesto. Entendemos que es
un juego físico y que quieren ganar y nosotros queremos ganar
también, pero lo que ha hecho McHale lo cambia todo. Ahora es un
sálvese quien pueda. Así va a ser durante los próximos tres
partidos. La cosa va a ponerse muy fea».

Riley tenía treinta y nueve años; aún era joven y estaba intentando
encontrar su propio camino. En aquel momento, en las entrañas del
Forum, el entrenador de los Lakers aprendió algo que no iba a
olvidar jamás: no le des a tu rival lo que está pidiendo a gritos.

Cuando los jugadores de los Celtics leyeron las palabras de Riley,


entendieron que habían ganado la serie. «Les hemos comido el
coco —afirmó Carr—. Eso era exactamente lo que pretendíamos».
«Antes, los Lakers corrían cada vez que podían, cruzaban sin mirar,
por así decirlo —explicó Maxwell—. Ahora, se paran en el semáforo,
pulsan el botón, esperan a que se ponga en verde y miran a los dos
lados».

Seis días más tarde, una temporada sensacional acababa para los
Lakers. Después de repartirse el quinto y el sexto partido, perdieron
el decisivo séptimo partido (111-102) a la vieja usanza. Los Celtics
fueron muy superiores en el rebote (52-33) y en el juego
subterráneo. «A base de músculo, golpes y lucha, los Celtics se las
han apañado para lograr otro título de la NBA», escribió Mike Littwin
en el Los Angeles Times. Al acabar el partido, los aficionados de
Boston invadieron la pista, tumbaron las canastas, agarraron a los
jugadores por la camiseta, le robaron a Abdul-Jabbar las gafas
cuando aún las llevaba puestas... «No te imaginas lo horrible que
fue —recuerda Spriggs—. Mi peor momento con diferencia». En
privado, Riley le confesó lo siguiente a Nater, el pívot suplente:
«Anoche, soñé que perdíamos este partido. Me dio muy mala
espina: mis sueños casi siempre se cumplen».

Como el partido terminó tarde, el equipo tuvo que volar de vuelta la


mañana siguiente. Esa noche, en el autobús del Garden al hotel, los
Lakers fueron acosados por cientos de aficionados. Movieron el
vehículo hasta casi tirarlo, lanzaron latas de cerveza y piedras
contra las ventanas. «Llegamos a pasar bastante miedo —recuerda
Johnson—. Para empezar, ya veníamos tocados del partido… y de
repente, nos vemos rodeados por una masa sin control ni salida
posible».

La policía dispersó a los aficionados y los Lakers pasaron la noche


sin poderse creer lo que había pasado. Johnson, más que nadie, se
tomó la derrota como algo personal. Sus errores habían acabado
con todo: el reloj de posesión, los pases flojos, la incapacidad de
aportar más al equipo. Había soñado con volver a ganar a Bird para
mirarle a los ojos cuando se marchara derrotado.

En cambio, ahora, el que estaba llorando en la cama era él.


CAPÍTULO DOCE

Earl

ES MÁS PROBABLE QUE UNA FRANQUICIA busque un cambio


drástico cuando se queda a un partido de ganar el anillo que cuando
acaba la temporada, digamos, 22-60. El dolor es tan grande que a
menudo los ejecutivos se pasan el verano buscando ese gran
fichaje que pueda marcar la diferencia. La pieza que falta en el puzle
y que hará al equipo imbatible al año siguiente.

Sin embargo, tras la decepcionante derrota contra los Celtics, Jerry


West, el experto general manager de los Lakers, prefirió no entrar
en pánico. Por un lado, los Celtics habían demostrado que su
equipo era aún un poco blando y se habían puesto en evidencia sus
carencias en el juego lento a media pista. Por otro lado, se habían
quedado a e-s-t-o de ganar un tercer anillo en cinco años y la
plantilla seguía teniendo un altísimo nivel. Por lo tanto, en vez de
intentar buscar traspasos altisonantes, West centró sus expectativas
en la tarde del 19 de junio de 1984, el día que los veintitrés equipos
de la liga estaban llamados a juntarse en el Madison Square Garden
para el draft de la NBA.

West tenía un ojo especial para evaluar el talento y preparaba el


evento como pocos. Elegir bien se convertía en una obsesión y,
junto a su equipo, repasaba una y otra vez las opciones disponibles.
Un par de días antes del draft, le pasaba a Josh Rosenfeld, el
director de relaciones con los medios, una lista con cuatro o cinco
nombres de jugadores. «Si conoces a algún redactor local o al
director de algún medio deportivo, llámalos —pedía West—.
Averigua lo que puedas sobre estos chicos».

Si en la Universidad de Delaware jugaba un base de un solo brazo


que promediaba veintidós puntos por partido, West quería saberlo
todo sobre él. Si había un pastor de ovejas en Yibuti que medía
2.45, pedía inmediatamente un informe a sus ojeadores. «Jerry era
exquisito en el trato con sus empleados —afirma Gene Tormohlen,
ojeador del equipo durante muchos años—. Pero también era muy
exigente y con razón. Cada detalle podía suponer la diferencia entre
ganar otro anillo o quedarse a las puertas».

Como los Lakers habían llegado a la final, les correspondía la


vigésimo tercera elección del draft, un puesto donde ya no era
posible encontrar ningún Akeem Olajuwon (el pívot de la
Universidad de Houston, elegido en primer lugar por los Rockets) ni
ningún Michael Jordan (el escolta de North Carolina, elegido en
tercer lugar por los Bulls). Sin embargo, entre el montón de
jugadores de segundo nivel que probablemente estuvieran
disponibles para cuando los Lakers pudieran elegir, había un
nombre que llamaba la atención en las oficinas del Forum, un
nombre que sobresalía entre tantas medianías como Cory Blackwell,
Tony Costner o Steve Burtt.

«Earl Jones —recordaría West, años más tarde—. El puto Earl


Jones».

Exacto, el puto Earl Jones. De lejos, el mejor pívot de la segunda


división universitaria, con sus 2.13 metros de altura y sus ochenta y
seis kilos de peso. West solía decirle a la gente: «Si alguna vez me
equivoco en el draft, al menos que sea una equivocación a lo
grande». Y Jones era grande, eso estaba claro. A los catorce años,
cuando entró en el instituto en Mount Hope, estado de Virginia,
Jones medía 1.90. Tres años más tarde, ya rozaba los 2.10. En su
último año en Spingarn High (Washington D.C.), justo antes de
entrar en la universidad, alcanzó los siete pies (2.13 metros). «Me
gusta ser alto —decía—. Excepto cuando tengo que agacharme».
Durante ese último año, se rumoreó que Jones podría saltarse la
universidad y entrar directamente en la NBA. Había sido dos veces
All-American y había liderado a Mount Hope durante tres
temporadas, ganando sesenta y tres de setenta y dos partidos, e
imponiéndose a Patrick Ewing en una liga de verano. Cuando el
entrenador de UCLA, Larry Brown, fue a verlo, una de las primeras
cosas que Jones le dijo fue: «Jones 29, Ewing 6». Era una frase que
usaba a menudo. «Supongo que pretendía impresionarme, pero no
hacía falta —afirma Brown—. Ya se le consideraba el mejor jugador
del país». El problema con Jones era su timidez, sus problemas
emocionales y su rendimiento académico. Lo mandaron a Spingarn
High porque en su último año de instituto llegó a acumular sesenta y
tres ausencias sin justificar en un solo semestre y faltó a
prácticamente todas las clases.

Sin embargo, en la cancha era una estrella, el remedio americano


para cualquier problema adolescente. La mañana posterior a su
debut con Spingarn frente a Chevrus High, en Portland, estado de
Maine, el Portland Press Herald abrió con el siguiente titular (largo,
pero revelador): UN MATE DE LOCOS DE EARL JONES EN LA
PRIMERA PARTE RESUME EL PARTIDO DE LA NOCHE DEL
LUNES. Los ojeadores profesionales empezaron a acudir en masa a
los partidos para ver sus exhibiciones, y el veredicto fue casi
unánime: muchísimo talento… pero muy lejos del nivel físico o
mental que exigía la NBA.

Aunque varias universidades de la División I se interesaron por él


(sus notas mejoraron en Spingarn y consiguió el mínimo exigido
mientras promediaba 20,2 puntos, siete rebotes y siete tapones por
partido), Jones decidió enrolarse en la Universidad del Distrito de
Columbia, una escuela universitaria del centro de Washington sin
residencias para estudiantes ni un campus como tal. La decisión,
comentada incluso en el New York Times, fue recibida con
perplejidad. ¿La Universidad del Distrito de Columbia? «No quería
irme a una gran universidad, me generaba demasiada presión —
explicó—. Me dijeron que si venía a la UDC podía ayudar a darle
relevancia al equipo. El entrenador Will Jones me dijo que podía
mejorar la universidad, mejorar el entorno, cambiar las cosas, en
definitiva. Me gustó la idea».

Will Jones tenía razón. Con Earl Jones en el medio de la zona, la


UDC se convirtió de la noche a la mañana en uno de los mejores
equipos de la División II; ganaron el título nacional en 1982 y
compitieron de tú a tú con equipos de la División I como Western
Kentucky o Wichita State. «Nos gustaría haber jugado contra
Georgetown o Maryland —afirma el base Greg Carson—. Pero no
quisieron saber nada de nosotros».

A pesar de promediar 21,7 puntos en sus cuatro años de


universidad, Jones seguía siendo un enigma. Bob Ferry, el general
manager de los Washington Bullets, fue a verlo jugar y se marchó
entusiasmado. «Tenemos aquí a un posible número uno del draft».
El asunto era que al jugar en la División II, rara vez se podía
enfrentar con pívots de su supuesto nivel, como Ewing, Olajuwon o
Ralph Sampson. También había dudas sobre su peso y sobre su
actitud. Más que correr, Jones trotaba por la cancha, a veces le
costaba hasta cruzar al otro campo. Se daba por hecho que al jugar
ante rivales muy inferiores en la División II, su juego se había
estancado. En conversación con Betty Cuniberti, del Washington
Star, afirmó: «Lo que quiero es pasar a profesionales y viajar a
ciudades como Utah». Todo el mundo se llevó las manos a la
cabeza. Marty Blake, que llevaba el servicio de ojeadores de la liga,
resumía así los puntos fuertes y los débiles del jugador: «Es
imposible saber dónde va a acabar en el draft (…) es un misterio
absoluto (…) Lleva dos años sin jugar a su máximo nivel (…) A
pesar de su escasa corpulencia, es capaz de hacer cualquier cosa
en la cancha: correr, pasar, tirar, taponar, etc. (…) Bota muy bien el
balón para tratarse de un hombre tan alto (…) No sé si será capaz
de ganar peso».

En realidad, los Lakers no querían a Jones. Había decenas de


jugadores por encima de él en las preferencias de la franquicia; por
ejemplo, George Singleton, un alero de Furman al que acabarían
seleccionando en la tercera ronda. «Creo que Earl Jones era un
falso —asegura Tormohlen—. Uno de esos que te dicen todo el rato
lo que quieres oír». Con todo, no siempre se cruza en tu camino un
pívot de 2.13. Abdul-Jabbar, a sus casi treinta y ocho años, había
insinuado que esa sería su última temporada; Mitch Kupchak seguía
teniendo las rodillas destrozadas y Swen Nater se había marchado a
Italia, después de que los Lakers prefirieran no renovarlo. West no
podía hacer otra cosa. Cuando los 76ers gastaron la vigésimo
segunda elección en Tom Sewell, el escolta de la Universidad de
Lamar, los Lakers se quedaron con Jones.

Y empezaron las risas.

En los últimos años, el draft había dejado varios momentos cómicos,


pero nada comparado con lo que estaba a punto de ocurrir. Por
ejemplo, en 1980 los Lakers utilizaron su elección de sexta ronda
para escoger a un base de North Alabama llamado Otis Boddie,
pero le cambiaron su nombre por O-D-I-S en todos los comunicados
oficiales. «Supongo —recuerda Boddie— que nunca se preocuparon
en comprobar cómo se escribía mi nombre». Dos temporadas
después, en la novena ronda, los Lakers eligieron a Tim Byrne, de la
Universidad de Rutger, un escolta cuyo nombre no le sonaba a
nadie. «Básicamente porque nunca había jugado al baloncesto —
explica Byrne—. Mi vecino era amigo de Jerry Buss. Me eligieron
para hacer la gracia».

Sin embargo, Jones llevó involuntariamente el esperpento a nuevos


niveles. Su llegada pretendía ser un soplo de aire fresco para una
organización que aún se lamía las heridas tras la pesadilla de junio.
Firmó su contrato por setenta y cinco mil dólares el 15 de agosto y
se unió a la concentración de rookies en Loyola Marymount cuatro
días más tarde. Los Lakers le dieron un uniforme con el número
uno, la cifra que mejor representaba su escuálida figura.

«El chico tenía mucho potencial —reconoce Singleton—. Pero, en


fin…».

«No era un jugador de baloncesto, así de claro —sentencia Lance


Berwald, elegido en la quinta ronda, procedente de North Dakota
State—. Un chico estupendo, que conste, pero demasiado blando».

«Dios mío, era horroroso —recuerda Richard Haenisch, elegido en


la séptima ronda—. Acababa mareado cada vez que teníamos que
correr de un lado al otro de la cancha. Cuando le pedían que se
comparara con alguien, él siempre mencionaba a Ralph Sampson.
Sería verdad si Ralph Sampson fuera medio tonto y no aguantara
dos carreras».

Si no lo hubieran elegido en primera ronda, los Lakers habrían


dejado que Jones jugara un par de partidos en la liga de verano y lo
habrían mandado de vuelta a Mount Hope para que iniciara una
apasionante carrera como vendedor de coches de segunda mano
(algo que hizo años después). Sin embargo, el ridículo que suponía
admitir un error de tal tamaño era aún mayor que el de verlo
deambular por los entrenamientos junto a Johnson, Abdul-Jabbar,
Worthy y los demás Lakers, así que se quedó.

En Earl Jones, los Lakers encontraron a un jugador que combinaba


la inteligencia de Mark Landsberger con un sentido del juego propio
de un insecto y una capacidad para manejarse en el día a día de un
niño de tres años. Una mañana, durante la pretemporada, faltó a un
entrenamiento y Dave Wohl, uno de los asistentes de Riley, lo llamó
por teléfono para ver qué le pasaba.

—¿Dónde estás? —preguntó Wohl cuando Jones cogió el teléfono.

—Me he quedado dormido —contestó Jones.

—Bueno, pues coge un taxi y vente para aquí ahora mismo.

—¿Un taxi? ¡Pero eso me va a costar cincuenta dólares!

—A ver, Earl —contestó Wohl—. Si no apareces por aquí, te van a


multar con cien dólares.

Jones se quedó en silencio. «Estaría haciendo sus cálculos»,


bromea Wohl. Al final, se quedó en casa.
Jones era distinto a cualquier otro Laker… de cualquier otra época.
Tenía los dientes amarillos, a punto de pudrirse, y Riley le pidió a
Josh Rosenfeld, el director de relaciones con los medios, que lo
llevara al dentista. «En cada diente, había algo que reparar —
recuerda Rosenfeld—. Creo que era la primera vez que iba». Como
era un chico muy callado y hablaba con un fuerte acento de Virginia
Occidental, los compañeros pensaban que era retrasado. Sin
embargo, de vez en cuando soltaba algún chiste que los dejaba a
todos por los suelos de la risa. En una ocasión, sentado junto al
preparador físico Gary Vitti, Jones asistió en primera persona a una
de las broncas llenas de tacos tan habituales en West. «Cuando
Jerry se fue y todo el mundo estaba aún asimilando la reprimenda
—recuerda Vitti—, Earl se giró hacia mí como si nada y me soltó:
“Este tal Jerry West está como un cencerro”».

En otra ocasión, el siempre excéntrico Kurt Rambis entró en el


vestuario, se quitó la ropa de entrenamiento y se anudó una toalla
alrededor de la cintura. Recogió su suspensorio del suelo, se lo
acercó a la nariz, miró fijamente a Jones, respiró profundamente y le
dijo: «Esto es vida».

Jones esperó a que Rambis no pudiera escucharlo y dijo, negando


con la cabeza: «A ese chiquito blanco le falta un tornillo».

Por divertido e involuntariamente gracioso que fuera en un banquillo,


Jones era un auténtico peligro en la cancha. A punto de empezar su
sexta temporada, Johnson llegó a la concentración de pretemporada
con un humor de perros y sin ganas de andar cuidando de ningún
rookie. En Jones, detectó inmediatamente todo lo que no le gustaba
ver en un compañero de equipo: justo de talento, sin ninguna
voluntad de esfuerzo e incapaz de entender el juego. En
consecuencia, se cebó con él.

No pasó un día en toda la pretemporada sin que Johnson mandara


un pase que —¡PAM!— acabara —¡PAM!— golpeando —¡PAM!— a
Jones —¡PAM!— en la cabeza. Fuera en un contraataque —¡PAM!
—, en una jugada al poste bajo —¡PAM! — o entre varios
defensores —¡PAM!—, no es que Johnson golpeara a Jones a
propósito, es que le sabía incapaz de enterarse de por dónde iba a
venir el balón. «Todos recibíamos balonazos de Earvin de vez en
cuando porque no siempre estábamos listos —explica Worthy—,
pero Earl estaba siempre en su mundo y Magic lo buscaba a
propósito para dejarlo en ridículo. A Earl no le interesaba nada este
deporte».

Contar los chichones en la cabeza de Jones se convirtió en un


pasatiempo habitual después de cada entrenamiento. Los jugadores
de los Lakers se partían de risa cada vez que —¡PAM!— se llevaba
un balonazo. «Era gracioso, pero también muy cruel —afirma
Spriggs—. Earl no estaba al nivel, eso era todo».

«No sabía lo que era el esfuerzo —recuerda West—. Un talento


completamente desperdiciado y la elección del draft más
decepcionante de mi vida». Años más tarde, Jones —siempre en su
mundo de fantasía— seguía defendiendo lo contrario: si le hubieran
dado la oportunidad, podría haber sido una mezcla de Wilt
Chamberlain, Bill Russell y Jesucristo. «Una vez dentro de la
cancha, nadie podía pararme —explicaba en una entrevista—.
Kareem no podía defenderme, era demasiado rápido para él. Si me
daban la pelota lejos del aro, podía irme de cualquiera. Lo digo en
serio: de cualquiera».

Jones aguantó toda la temporada con los Lakers (raro es que un


equipo corte a su elección de primera ronda), pero pasó la mayor
parte del tiempo en la lista de lesionados con una sesamoiditis, una
inflamación debajo del dedo gordo del pie, la excusa perfecta para
ocultar la verdad: «el chico es tan malo que no sabemos qué hacer
con él». Apareció en dos partidos, falló el único tiro que intentó y lo
echaron en cuanto llegó el verano. Aunque puso de los nervios a
West, Riley y Johnson (quien, durante la pretemporada, eligió a
Jones para que le trajera cada mañana su zumo de naranja recién
exprimido y un ejemplar del USA Today), Rosenfeld y Lon Rosen, el
director de promociones, aprovecharon su presencia al máximo.

Los Lakers multaban a Jones con ciento cincuenta dólares por cada
sesión de rehabilitación y fisioterapia que se saltaba… y Jones no
apareció durante tres meses seguidos. «Como Josh y yo no
ganábamos mucho, Pat reunía todo el dinero de las multas a fin de
mes y nos lo regalaba a modo de prima —recuerda Rosen—. A Earl
Jones lo multaron tantas veces que casi nos hace ricos».

«Que Dios bendiga a Earl Jones —sentencia Rosenfeld—. Que Dios


lo bendiga».

***

Con todo, Jones no fue precisamente el gigante que más llamó la


atención a lo largo de esa temporada. En Houston, el entrenador Bill
Fitch se atrevió a juntar a Ralph Sampson, elegido rookie del año la
temporada anterior con sus 2.24 metros de altura, y a Akeem
Olajuwon, el pívot de 2.13, número uno del draft de ese año, salido
de la Universidad de Houston. Todo el mundo les llamaba «Las
Torres Gemelas».

En Los Ángeles, veían ese movimiento con especial inquietud y


pronto intentaron buscar soluciones.

Como probablemente aquel fuera el último año de Abdul-Jabbar


como profesional, West movió Roma con Santiago para buscar un
sustituto a su altura. Por eso habían fichado a Nater el año anterior y
habían drafteado a Jones. Y, por eso, el 22 de agosto, firmaron a un
bigardo de 2.26 metros y casi cien kilos llamado Charles «Chuck»
Goodrich Nevitt, sin ningún talento para ningún aspecto del juego.

Elegido en la tercera ronda del draft de 1982 por los Rockets, Nevitt
jugó cuatro temporadas en North Carolina State, promediando (no,
no es ninguna errata) tres puntos, 2,4 rebotes y 0,2 asistencias a lo
largo de noventa partidos. Los seis partidos que jugó con los
Rockets aquella temporada lo convirtieron en el jugador más alto de
la historia de la NBA. Durante los dos años siguientes, deambuló de
equipo en equipo y de concentración en concentración. «La gente
siempre me pregunta si juego al baloncesto y yo les digo que sí —
bromeó en una ocasión—. Luego quieren saber en qué equipo
estoy, y yo les contesto: “¿Esta semana o la siguiente?”».

Los Lakers se fijaron en Nevitt en una liga de verano de Los


Ángeles. Era largo y desgarbado y blanco como la leche, con
calcetines altos y un bigote muy poblado que hacía aún más
peculiar su aspecto. A diferencia de Jones, Nevitt sí era un
trabajador nato y un tipo muy inteligente, licenciado en ingeniería
eléctrica. Todo el talento que le faltaba lo suplía con una enorme
simpatía. «Es uno de los tipos más agradables que han pasado por
aquí —afirma Rosenfeld—. El problema es que siempre andaba
lesionando a sus compañeros, con esa altura y esos codos
huesudos. Recuerdo el día que Mitch Kupchak por fin volvió a
entrenar después de su lesión de rodilla y Nevitt se lo llevó por
delante de un codazo. Necesitó cuarenta puntos en la ceja. Chuck
se sintió fatal».

Lo normal es que tras la prueba de rigor, un equipo de la NBA


decida si se queda con un jugador… o si lo despide, sin más. Sin
embargo, Nevitt fue un caso especial. Aunque jugó mucho mejor
que Jones, Nevitt fue el último en ser cortado en la pretemporada.
Ahora bien, en vez de dejarlo ir, los Lakers lo contrataron para
ayudar a Rosen con eventos y promociones. «Me pasaba casi todo
el día en el gimnasio, haciendo pesas, ejercicios, manteniéndome
en forma con un preparador físico de UCLA —recuerda Nevitt—. Y
cuando había un acto especial para el que necesitaban a un
jugador, me mandaban a mí».

Esto, a su vez, derivaba en la siguiente escena, repetida una y otra


vez:

1) Un grupo de aficionados llega a la inauguración de un


supermercado, como locos porque van a ver de cerca a un jugador
de los Lakers.
2) Ese mismo grupo sueña con que abran las puertas y aparezca
Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar, James Worthy o incluso
Larry Spriggs.

3) De repente, suena la megafonía: «Damas y caballeros, nos


complace anunciar la presencia de ¡Clark Mivett!»... y

4) El grupo se sume en un silencio incómodo y empieza a


dispersarse.

«Fue una circunstancia muy curiosa —explica Rosen—. Chuck era


un gran tipo, pero un mal jugador de baloncesto. Jerry West quería
que se mantuviera en forma, por si acaso, así que me pidió que me
lo llevara a jugar conmigo y con mis amigos. Se venía con nosotros
y te puedo asegurar que ni siquiera era el mejor del grupo. Era muy
alto y realmente encantador, pero al igual que nosotros, era un
jugador del montón».

Nevitt acabó apareciendo en once partidos de los Lakers durante la


temporada 1984/85, los suficientes para ganarse un dinero y para
que West se convenciera de que no quedaba otra que renovar a su
pívot estrella al menos un año más.

El 14 de octubre, Abdul-Jabbar aseguró en el Los Angeles Herald


Examiner que las apuestas estaban «cincuenta a uno» contra su
renovación.

El 22 de octubre, firmó una extensión del contrato hasta el final de la


temporada 1987/88.

***

A los treinta y siete años, Wilt Chamberlain llevaba un año retirado.

A los treinta y siete años, Bill Russell llevaba tres años retirado.
A los treinta y siete años, Willis Reed llevaba seis años retirado.

A los treinta y siete años, Kareem seguía siendo uno de los mejores
jugadores de la liga.

Por supuesto, no era el Kareem de antaño, el que promediaba


treinta puntos y dieciséis rebotes mientras se echaba el equipo a la
espalda, pero su nivel seguía siendo muy alto entre tanto pívot
recién llegado, todos «llamados a cambiar la forma de entender el
juego» y pertenecientes a «una nueva ola». Contra todo pronóstico,
promedió veintidós puntos y 7,9 rebotes en la temporada 1984/85,
liderando a los Lakers en ambas categorías y mejorando sus cifras
de las anteriores dos temporadas. También se convirtió en el
máximo anotador de la historia de la NBA, superando a
Chamberlain, al anotar el 5 de abril de 1984 su punto número
31.420 en Utah. «Siempre me tocaba defenderlo en los
entrenamientos y seguía siendo un jugador descomunal —asegura
Nevitt—. A todos les gusta lo de machacar a lo bruto y arrasar con
todo. Genial. Pero cuando te empiezan a fallar las rodillas, ¿qué
puedes aportar al equipo? Kareem, por muchos años que fuera
cumpliendo, siempre podía recurrir a ese maldito gancho. Iba
ajustando su juego a sus condiciones físicas y daba igual lo que
intentaras en defensa, era sencillamente imparable».

El problema era que, debido a su edad, los compañeros también


tuvieron que ajustar su juego a Kareem. En pista, Abdul-Jabbar era
un freno para las transiciones rápidas, dificultando el Showtime y, en
ocasiones, haciéndolo imposible. Earl Jones era horrible, pero podía
(cuando le daba la gana) cruzar la pista como una flecha. Abdul-
Jabbar, por el contrario, estaba demasiado mayor para eso.
Johnson, Worthy y Scott solo querían correr. Abdul-Jabbar los
frenaba. Ese ritmo ya no era el suyo. «Una vez, Earvin llegó a
decirme: “Tío, me muero de ganas de que se vaya ya ese tío; así
podremos ver por fin el auténtico Magic Show” —recuerda el
periodista Steve Springer—. Algunos jugadores incluso tenían cajas
de cerillas personalizadas con el lema “traspasad a Kareem” a la
vista. No tenía demasiados amigos en el vestuario y bien se puede
decir que, en parte, se lo había ganado».

Fuera de la pista, Abdul-Jabbar seguía tan distante como siempre.


Antes de los grandes partidos, los jugadores se animaban los unos
a los otros, intentando motivarse y hacer piña. Abdul-Jabbar,
mientras tanto, permanecía sentado, tranquilo, leyendo un libro y
con cara de desprecio hacia sus compañeros. «Era la clase de
hombre que siempre veía el vaso medio vacío —afirma Springer—.
Era muy grosero con gente que no se lo merecía en absoluto».
Después del incendio de 1983 que destruyó su casa, hubo un breve
período durante el cual se pudo ver a un hombre más amable, más
atento, más feliz. No duró mucho. Abdul-Jabbar volvía locos a sus
compañeros con sus cambios de humor constantes. Lo mismo
estaba de risas en el vestuario como pasaba a tu lado sin saludarte.
A sus compañeros les desconcertaba que siempre esperara a que
se hubieran duchado todos para a continuación poner las doce
duchas funcionando a la vez y pasear de una en una antes de
secarse.

Josh Rosenfeld, el director de relaciones con los medios, recuerda


al Abdul-Jabbar que cortaba a un periodista tras otro… pero luego
podía pasarse casi una hora con dos reporteros desconocidos de
una radio finlandesa. «Ese día había pasado olímpicamente de CBS
Sports —explica Rosenfeld—. Y con los finlandeses se enrolló de
maravilla. ¿Por qué? Porque le preguntaron por jazz, no por
baloncesto». Abdul-Jabbar mantenía desde hacía tiempo un
enfrentamiento a cara de perro con Rich Levin, el veterano reportero
del Herald-Examiner, quien también había jugado al baloncesto en
UCLA. En 1978, Levin escribió un artículo en el que criticaba a
Abdul-Jabbar por asistir a un evento de caridad a cambio de cinco
mil dólares. «No voy a volver a hablar contigo —le dijo Abdul-Jabbar
— y mantuvo su palabra. Si Levin entraba en el ascensor, Abdul-
Jabbar se salía. Si Levin esperaba junto a la taquilla del pívot para
unas declaraciones, Abdul-Jabbar no abría la boca hasta que no se
fuera. «No creo que Kareem sea un mal tipo —afirma Levin—. Pero
sí demasiado complicado y voluble. Todo el mundo lo ve como
alguien muy racional, pero yo no estoy tan seguro…».

Sus compañeros se habían cansado ya de ver cómo Abdul-Jabbar


despreciaba públicamente a los aficionados. Podían entender la
manera en la que trataba a la prensa (en su libro, describe a los
periodistas como «pequeños zalameros que disfrutan de tirarle de
los bigotes al tigre»), incluso cuando sobrepasaba determinados
límites de educación, sobre todo dentro del vestuario (solía girarse
en medio de las entrevistas para enseñarles «accidentalmente» el
culo a todos), pero, en general, consideraban que su personaje
público era demasiado desagradable. El 29 de septiembre de 1984,
Abdul-Jabbar estaba conduciendo su Mercedes-Benz 500 SEC
negro por una callejuela entre Junior’s Deli y Midvale Avenue
cuando chocó con una bicicleta Motobecane de diez velocidades. El
conductor, un colaborador de una revista de televisión de treinta y
dos años llamado Andy Meisler, acabó empotrado contra la capota
del coche, con una herida en la pierna. «De repente, se baja un tipo
enorme —recuerda Meisler— con un cabreo de narices. Me eché
unos metros atrás y le dije: “Vale, vale, es culpa mía… yo me
encargo de todos los gastos, no hay problema”».

Ahora bien, cuando recibió la estimación (quinientos dólares),


Meisler se lo pensó dos veces, así que Abdul-Jabbar tuvo que
demandar a un hombre que ganaba aproximadamente una
centésima parte de su salario. El juez le acabó dando la razón y le
tuvieron que pagar 571,67 dólares, pero el daño ya estaba hecho.
La gente de la calle reaccionó a la noticia con estupor: ¿Qué clase
de millonario lleva a juicio a un ciclista por poco más de quinientos
dólares? «Solo porque vaya en bicicleta no es motivo para
atropellarlo —afirmó Barbara Pond, la agente de seguros de Meisler
—. Es increíble que le quiera sacar hasta el último centavo».

Pero así era Abdul-Jabbar. Aunque colaboraba en distintas causas


benéficas, leía con fruición y era, junto con Nevitt, el más inteligente
de los Lakers, tenía la capacidad emocional de un niño de cinco
años. Justo mientras estaba de pleitos con Meisler, Abdul-Jabbar y
su novia, Cheryl Postino, alquilaron una casa en Brentwood,
propiedad de una mujer llamada Barbara Bergen. Pagaban tres mil
ochocientos dólares al mes por quedarse en la casa donde Bergen,
divorciada, había criado a sus dos hijos. «Tenía novecientos catorce
metros cuadrados y, una vez mis hijos se fueron de casa, no me
hacía falta tanto espacio —recuerda Bergen—. La destrozaron.
Hacían fiestas y dejaban que sus amigos aparcaran en mi jardín.
Cambiaron el baño principal, pintaron las paredes, reformaron el
estudio…». Cuando Bergen les llamó la atención, la pareja la mandó
a paseo, así que tuvo que denunciarlos y pedirles veinte mil dólares.
Lo que más la sorprendió fue que John Gaims, el abogado de
Abdul-Jabbar, la presentara como una pesetera. «Estamos ante un
caso muy habitual —explicó Gaims ante el juez—. La casera se
dedica a hacer sus propias reformas a lo grande y luego intenta
cobrarle los gastos al inquilino, culpándole de cualquier daño
causado».

Las dos partes acabaron llegando a un acuerdo, pero Bergen nunca


consiguió entender la postura de Abdul-Jabbar. «¿Qué clase de
persona destroza la casa de otro y no se hace responsable de las
consecuencias? —se pregunta—. ¿Qué se puede esperar de
alguien así?».31

Todos estos líos judiciales volvieron a poner en tela de juicio la


estatura moral de Abdul-Jabbar y es inevitable preguntarse —en
perspectiva— si merecía la pena arruinar su reputación de esa
manera. A sus espaldas, sus propios compañeros empezaban a
criticarlo por su forma de ser y de comportarse. Los Lakers
presumían de ser un equipo con clase, conectado con sus
aficionados y, sobre todo, profesional. Abdul-Jabbar no era nada de
lo anterior.

Aunque los Lakers de la 1984/85 no eran tan distintos de los de la


1983/84, tres factores —además del excelente nivel de Abdul-
Jabbar— los llevaron a pasearse por la Conferencia Oeste, con un
registro de 62-20 (ganaron la División Pacífico por veinte partidos de
diferencia) y los hizo un equipo más peligroso de cara a los playoffs.
BYRON SCOTT: En su año de rookie, Scott no solo tuvo que
acostumbrarse a lo que era la NBA sino al desapego que le
mostraron sus compañeros, que lo culpaban de la marcha de Norm
Nixon. «El año pasado fue muy complicado para Byron —declaró
West—. La gente esperaba que, nada más llegar, jugara al nivel de
Norm Nixon. Eso es imposible. La situación emocional del equipo
tampoco era la mejor». En su segundo año, sin embargo, Scott se
mostró mucho más maduro, seguro de sí mismo y demoledor desde
la larga distancia. Promedió dieciséis puntos por partido y fue el
mejor triplista de la liga, con un porcentaje del cuarenta y tres por
ciento. Aunque Johnson siempre miraba primero a Abdul-Jabbar y
después a Worthy, Scott se convirtió en la tercera opción del base.
Cuando todas las demás se complicaban, sabía que podría
encontrar a Scott desmarcado en algún lugar de la pista. «Creo que
es el mejor tirador de la liga —afirmó Riley—. De cuatro a seis
metros, no hay nadie que anote con tanta regularidad». Scott
también trabajaba duro en defensa, lo que permitía a Johnson
ocuparse del rival más flojo. «Byron puede defender a los mejores
bases contrarios y a la vez anotar cuando le toca —destacó
Johnson—. Siempre está preparado, tranquilo y seguro de sí
mismo». Scott empezó de titular en sesenta y cinco partidos durante
la temporada 1984/85, mostrando algunos defectos de juventud (su
incapacidad para botar con la izquierda le supuso más de un
problema) pero confirmándose como un factor decisivo. El 25 de
enero de 1985, los Lakers —29-14 en aquel momento— recibieron a
los Philadelphia 76ers en el Forum. Todavía con el pívot Moses
Malone y el alero Julius Erving en sus filas (además de un ala-pívot
novato y regordete llamado Charles Barkley), los 76ers iban 34-7 y
todo el mundo los consideraba favoritos para volver a las finales de
la NBA. Scott se encargó él solo de desarbolar a los Sixers
anotando once de sus dieciséis lanzamientos y dejando en
constante evidencia a Andrew Toney, uno de los mejores defensores
exteriores de la liga. «Esto ha sido tan solo el aperitivo de lo que
está por llegar», afirmó Johnson.

Como ya sabían los que habían jugado con él en Arizona State,


Scott no era solo un tirador. En su tercer partido como novato, en
cancha de los San Diego Clippers, todo el pabellón le silbó cuando
entró al campo. Bob McAdoo se giró hacia él y le dijo: «Chico, te
han abucheado. Ahora tienes que machacar en la cara de alguno de
esos». La primera vez que tocó la pelota, Scott renunció a un tiro
abierto, remontó la línea de fondo y machacó en la cara del alero
Michael Brooks, con sus dos metros de altura y sus más de noventa
kilos de peso. La escena se convirtió en habitual a lo largo de su
segunda temporada. «Era un atleta sensacional —afirma el escolta
suplente Ronnie Lester—. Creo que la mayoría de la gente pasaba
eso por alto. No era solo un tirador. Era un todoterreno».

¿Cómo explicar esta transformación de un año al otro? La


integración. Conforme los otros jugadores se empezaron a dar
cuenta de que Scott tenía el nivel de Nixon, pero sin su
egocentrismo, lo aceptaron como a uno más del grupo. Nunca pedía
la pelota, nunca se quejaba de si jugaba mucho o poco, nunca sintió
a Mike McGee como una verdadera amenaza. Una noche, fuera de
casa, llamó a la puerta de la habitación de Johnson para darle las
gracias por haberlo ayudado. «No tenía por qué haberlo hecho —
afirma Scott—, pero lo hizo. Me explicó pequeños trucos para ser
más efectivo y contundente a la hora de entrar a canasta y no
conformarme con lo que ya me valía en la universidad». Poco a
poco, él también se fue abriendo a los demás. En el vestuario, se
mostró como un excelente imitador (Mr. T y Eddie Murphy eran sus
favoritos) con un fino sentido del humor (en una de las visitas a la
Casa Blanca, echó un vistazo a los retratos presidenciales y le
preguntó al guía: «¿Por qué solo ponéis a blancos en la pared?»32).
También era un devoto hombre de familia (conoció a su mujer, Anita,
durante esa misma temporada y menos de un año después ya
estaban casados) y un competidor feroz. La mayoría de los
entrenamientos terminaban con un concurso de tiro en el que el
ganador se llevaba veinte dólares: los triples valían tres puntos, los
tiros desde fuera del campo valían cuatro y si la metías desde las
gradas del Forum, te daban cinco puntos. Scott no dejaba pasar ni
una oportunidad de marcharse con algo de efectivo en el bolsillo.
«El resto nos limitábamos a tirarla hacia arriba a ver dónde caía —
asegura Johnson—. Para Byron, era como lanzar tiros libres».
En poco tiempo, Scott, Cooper y Johnson se hicieron inseparables.
Iban juntos al cine cuando les tocaba jugar fuera de casa, se
pasaban horas hablando de táctica antes de los partidos y cenaban
juntos hasta altas horas de la madrugada en la habitación de hotel
de cualquiera de los tres.

«Nos costó un poco después de lo que pasó con Norm, pero al final
Byron se convirtió en uno de los mosqueteros —concede Cooper—.
Uno más de la familia».

JAMES WORTHY: Durante sus dos primeras temporadas en la liga,


hubo un serio debate sobre si los Lakers se habían equivocado al
elegir a Worthy con el número uno del draft. El hombre elegido justo
después de él, el ala-pívot de los Clippers, Terry Cummings, era un
jugador tremendamente activo, experto en el poste bajo, que
promediaba más de veinte puntos y diez rebotes por partido. El
número tres había sido el alero de los Hawks, Dominique Wilkins, un
acróbata capaz de suspenderse en el aire para machacar sin piedad
la canasta rival y que revitalizó una franquicia en coma desde hacía
años. Worthy, por su parte, era impecable en su juego, pero poco
vistoso. Tenía brazos largos y pies ágiles, pero al principio no podía
ni competir con Kurt Rambis por un puesto de titular. «Es normal
que muchos se plantearan si habíamos cometido un error —admite
el entrenador asistente Mike Thibault—. Cummings era sensacional.
Dominique era sensacional. Pero al final de lo que se trataba era de
encontrar la pieza que encajaba con lo que estábamos creando.
Dominique tenía un talento enorme… pero necesitaba tener el balón
todo el rato. Si ya tienes a Magic y a Kareem, ¿para qué quieres una
tercera estrella? A James le tomó un tiempo encajar, pero, madre
mía, cuando lo consiguió…».

McAdoo ya tenía treinta y tres años y Wilkes, treinta y uno, además


de una lesión en los ligamentos de la rodilla izquierda que lo
mantuvo fuera de combate casi toda la temporada. El momento de
Worthy había llegado por fin. En los ochenta partidos que jugó
(setenta y seis como titular), promedió 17,6 puntos, 6,4 rebotes y 2,5
asistencias con una elegancia en su juego que dejaba maravillado
incluso a Riley, uno de sus mayores críticos cuando cometía algún
error. De Worthy siempre se habían destacado sus movimientos al
poste bajo, pero se le daba aún mejor el contraataque. Cuando
Scott y Worthy rendían al cien por cien, el Showtime funcionaba
como nunca lo había hecho antes: Rambis cogía el rebote, le
pasaba la pelota a Johnson a toda velocidad, Worthy y Scott salían
escopetados por sus respectivos carriles… mientras Abdul-Jabbar
intentaba llegar desde atrás. «Joder, James corría más rápido que el
viento —recuerda McAdoo—. Si te sacaba medio metro, podías
darte por muerto. Verle jugar era fascinante».

PAT RILEY: Ya en su tercera temporada completa como entrenador


jefe, Riley se manejaba a la perfección como motivador y estratega.
Al principio, cada vez que Johnson tenía una idea, Riley se sentía
obligado a hacerle caso. Si Johnson quería que algo se hiciera de
determinada manera, Riley se encargaba de buscar un encaje.
«Magic era el que mandaba —reconoce Cooper—. Se hacía lo que
él decía». Sin embargo, conforme la plantilla fue cambiando de
caras y menos jugadores lo veían como el sustituto de Westhead,
Riley empezó a sentirse más cómodo al mando de las operaciones.
Este era su equipo y él tomaba las decisiones. «Cuando empezó,
todo era en plan: “A ver, esto es lo que a mí me parece, pero… ¿qué
os parece a vosotros?” —explica Rambis—. Parecía un jugador
más, intentando llevarse bien con todo el mundo. Conforme fue
pasando el tiempo, fue descubriendo su propia filosofía. El cambio
fue muy evidente».

«Pat era un experto del contraataque y lo explicaba a la perfección


—afirma Bertka—. Prestaba una enorme importancia a las líneas
que cada uno ocupaba: en cuanto teníamos la pelota en nuestras
manos, lo importante era atacar por el medio cuanto antes con los
dos carriles exteriores ocupados. Con Pat, apenas teníamos
jugadas. Solo recuerdo una —“Puño”—, que consistía en mover la
bola al lado izquierdo del ataque y pasársela a Kareem al poste.
Riley creía en el contraataque, pero en un contraataque con sentido
y con inteligencia. Si tienes a Magic subiendo el balón, a Byron por
la derecha, a James corriendo por la izquierda y a Kurt al rebote,
bueno, ¿qué más puedes pedir? Aquello era el paraíso sobre la
tierra».

Bertka llevaba más de treinta años en el mundo del baloncesto y


nunca había visto a un equipo entrenar tan duro como aquellos
Lakers. Cada partidillo era una guerra, sobrecargada de
testosterona y retos verbales. En el lugar de Riley, muchos
entrenadores habrían intervenido, separado a los jugadores y
advertido acerca de la necesidad de «ser profesionales». Pat nunca
lo hizo. Quería que sus jugadores sintieran la batalla, las heridas, las
cicatrices. Quería que se hicieran más fuertes, más duros, más
crueles. Si estaban dispuestos a matarse entre ellos, imagínate
cuando pillaran a los Celtics en la final. «Nos convirtió en unos
macarras —afirma Rambis—. Eso sí que tiene mérito».

Con todo, el gran talento de Riley residía en su capacidad de


comunicación. Al empezar cada temporada, las familias de los
jugadores de los Lakers se juntaban para una gran cena en la casa
de uno de ellos. Riley siempre daba un discurso que, aunque en
principio iba dirigido a todos, en realidad era un mensaje a las
mujeres y las novias de los jugadores. En términos que sonaban a la
vez apasionados y tranquilizadores, explicaba como, durante los
siguientes ocho meses, todos tendrían que aprender a lidiar con lo
que pasara dentro y fuera de la cancha. «Vuestros chicos necesitan
centrarse solo en el baloncesto —decía—. Es la única manera de
ganar el campeonato». O, en otras palabras, Dejad que vuestros
maridos duerman todo lo que necesiten. No esperéis que os ayuden
a cambiar pañales, cortar el césped, hacer la comida o que os lleven
de cena por ahí. No preguntéis demasiado. De hecho, mejor si no
preguntáis y punto. Apoyadnos en nuestro camino y a cambio
recibiréis un montón de dinero y un anillo precioso. Bueno, en
realidad el anillo será para vuestro marido. Pero os dejaremos que
vengáis con nosotros al desfile. Si os portáis bien.

«Entiendo que, en perspectiva, a la gente le parezca que aquello era


una secta o algo así —explica Wanda Cooper, la mujer de Michael
—. Y no puedo decir que no supiéramos —más o menos— lo que
pasaba cuando jugaban fuera de casa. Pero también sabíamos que
éramos piezas importantes y que todos teníamos que remar juntos.
Pat hacía que todos nos sintiéramos parte de un mismo proyecto.
Era muy bueno en eso».

***

Los Lakers y los Celtics estaban destinados a cruzarse de nuevo.

Todo el mundo en Los Ángeles lo sabía.

Todo el mundo en Boston, también.

Ya habíamos visto tres finales entre los Lakers y los Sixers y la


gente estaba harta de esa rivalidad.

Con un Celtics-Rockets en 1981 ya habíamos tenido suficiente.

Otro Celtics-Lakers era un sueño para la NBA. Los dos equipos


acabaron la temporada con los dos mejores registros (Boston con
63-19, un partido por encima de Los Ángeles) y el duelo Magic-Bird
se reavivó en los medios. Ambos equipos llegaron a la final sin
demasiado esfuerzo: los Celtics se ventilaron a los Cavaliers, los
Pistons y los Sixers. Los Lakers hicieron pedazos a los Suns, los
Blazers y los Nuggets. Ahora, por fin, llegaba la hora de la verdad.

Había mucho en juego. Los Celtics querían confirmar su dominio.


No les bastaba con ser uno de los mejores equipos de su época,
sino que querían convertirse en la mejor franquicia de la década. A
sus veintiocho años, Bird acababa de ganar su segundo MVP
consecutivo y se había convertido en un icono global. Por su parte,
los Lakers tenían cuentas pendientes que saldar: aunque la final de
1984 se había ido a siete partidos, se habían sentido humillados por
sus rivales. Una cosa es perder. Otra cosa es que se rían de ti y
jueguen sucio contigo. Lo que recordaban de aquella eliminatoria
final no eran las canastas de Bird ni los rebotes de Parish, sino las
burlas de M.L. Carr.

En esta ocasión, Worthy estaba decidido a demostrar que los pases


erráticos y los tiros libres fallados eran cosa del pasado. Scott se
moría de ganas de callar algunas bocas (Paul Attner, de Sporting
News, se había referido a él de manera algo despectiva como «un
jugador marginal») y coronarse como el sustituto legítimo de Nixon
en los momentos calientes del partido. Abdul-Jabbar estaba
decidido a desafiar al Padre Tiempo… y, por supuesto, Johnson no
veía la hora de acabar de una vez con los meses más duros de toda
su carrera profesional.

Inmediatamente después de perder contra Boston, un abatido


Johnson se largó lo más lejos que pudo. Voló a Bahamas, buscando
el calor, las olas azules y las dulces bebidas de coco con un
pequeño paraguas asomando de los vasos. Tan solo quería olvidar
todas las torpezas y las meteduras de pata que habían rodeado sus
últimas semanas con los Lakers.

Al entrar en el lobby del hotel, Johnson pudo sentir por fin la paz en
su interior. «Y entonces voy y me cruzo con Cedric Maxwell, el
escolta de los Celtics —recuerda—. Había huido a este rincón del
mundo para alejarme de todo y ahí estaba él, de luna de miel».

Aunque no tardó en superar este encuentro casual, lo cierto es que


la herida aún no estaba cerrada. Se pasó el verano en un estado de
estupor, buscando desesperadamente respuestas que no llegaban
nunca. ¿De verdad tenía él la culpa? ¿Habría cometido Nixon los
mismos errores? ¿Estaba sobrevalorado? ¿Se lo tenía demasiado
creído? ¿Era más ruido que nueces? «Cuando todo acabó, intenté
poner algo de distancia —afirma— y pensé: “Joder, hemos perdido
una de las mejores eliminatorias de la historia de la liga, ¿no?”.
Había sido una final épica, llamada a recordarse durante años… y la
gente solo se quedaba con mis errores y con lo malo que era».
Cuando McHale se refirió a él entre risas como Tragic Johnson,
sintió un dolor enorme. Cuando los aficionados de los Lakers le
recordaban lo cerca que habían estado de la gloria, Magic casi se
echaba a llorar. (Curiosamente, la enemistad entre Johnson y Bird
había ido a menos. Después de la final de 1984, grabaron un par de
anuncios juntos y pasaron un buen rato charlando entre toma y
toma. Aunque aún no se consideraban amigos, al menos habían
dejado atrás la hostilidad de los primeros años). Algunos se
preguntaban si no estaría dedicando demasiado tiempo al sexo y
demasiado poco al deporte. Su reputación como semental estaba
más que establecida. Se acostaba con mujeres todos los días y en
ocasiones con dos o tres al día. Sus compañeros lo sabían y los
ejecutivos de la franquicia lo sabían. «Un día, llevé el coche al taller
—cuenta Rosen— y mientras me lo arreglaban, Earvin me dejó su
Mercedes. Me fui por ahí a dar una vuelta y de repente algo bajo el
capó hizo un ruido muy extraño, como una explosión. Lo llamé y le
dije: “Earvin, tengo malas noticias. Tu coche acaba de romperse”»
¿La respuesta de Johnson? «Vale, pero ¿el número de teléfono que
guardé en la guantera sigue ahí?».

Rosen no podía creérselo: «Le dije: “Earvin, escúchame bien. Tu


coche de cuarenta mil dólares está parado en mitad de la calle. No
funciona”. Me dijo que me olvidara del coche, que ya mandaría a
alguien a recogerlo. No hacía más que preguntarme por el número,
que dónde estaba el número».

La prensa de Los Ángeles se cebó con Magic. ¿Se le podía


comparar siquiera con Bird? El Los Angeles Times tituló uno de sus
artículos: EARVIN, ¿QUÉ PASÓ CON MAGIC? Un columnista del
Los Angeles Herald-Examiner se refirió a él como «superestrella
acabada» y «culpable de la derrota», enfatizando como «había
fracasado ante su archirrival, Larry Bird».

¿Fracasado?

«Las heridas de junio han seguido abiertas todo el verano —


reconoció Riley al inicio de la siguiente temporada—. Nunca
terminas de olvidar lo que pasó. Magic es muy sensible respecto a
lo que la gente piensa de él y creo que le ha estado dándole vueltas
y vueltas a todas estas críticas hasta el punto de que ha conseguido
aprender de ellas y darse cuenta de que se tiene que concentrar
más. Creo que toda esta experiencia le ha hecho crecer en muchos
sentidos».

La temporada regular de Johnson fue excepcional, con unos


promedios de 18,3 puntos y 12,6 asistencias… pero eso no eran
más que números. Siempre había estado pendiente de las
estadísticas para medir su impacto en el juego. Siempre le había
gustado verse en las repeticiones, deleitarse con sus mejores pases
por la espalda o sin mirar hacia Worthy, Scott o Cooper. «¡¿Has
visto eso, chico?! ¡Toma ya!», solía gritar. Ahora, sin embargo, cada
partido era simplemente un paso necesario para hacer realidad su
sueño. ¿Estadísticas? ¿A quién le importaban? ¿Repeticiones? ¿A
quién le importaban? Lo único que quería era volver a cruzarse con
los Celtics, eso era lo único que tenía en la cabeza. El verdadero
remedio contra el dolor que seguía ahí presente.

Cuando los Lakers acabaron con los Nuggets (153-109) en el quinto


y último partido de la final de la Conferencia Oeste, Johnson se
desahogó con un grito de alegría y rabia. Horas antes, Boston había
eliminado a Philadelphia, con lo que el duelo estaba servido.
«¿Pueden los Celtics frenar el ritmo de los Lakers, que han
promediado 131,2 puntos por partido durante estos playoffs y han
ganado once de los trece partidos? —se preguntaba Sam Goldaper
en las páginas del New York Times—. ¿Pueden a su vez los Lakers
frenar el juego interior de los Celtics, con Kevin McHale, Larry Bird y
Robert Parish?».

«Había muchas preguntas en el aire —admite Cooper—, pero en lo


que a mí respecta, estaba seguro de una cosa: les íbamos a dar a
los Celtics para el pelo».

***
Las cintas VHS descansaban sobre el televisor de su despacho,
cada una de ellas marcada con un rotulador.

BOSTON VS. LAKERS. QUINTO PARTIDO

BOSTON VS LAKERS. SÉPTIMO PARTIDO

SEGUNDO PARTIDO. LAKERS VS CELTICS

En los días anteriores al primer partido de la final de la NBA, Pat


Riley se las vio todas. Pasó un buen rato y a la vez pasó un mal
rato. Sintió alegría y sintió pena. «Nadie puede negar que lo del año
pasado nos ha hecho más fuertes —explicó Riley—. Pero, en fin,
eso forma parte del pasado. No creo que lo que pasó entonces se
parezca en nada a lo que va a pasar este año. Esto es el presente.
Vamos a disfrutar de cada momento».

Los Lakers solo disfrutaron de los tres primeros minutos del primer
partido de la serie, una paliza de los Celtics (148-114) en el Boston
Garden que pasaría a la historia como la Masacre del Memorial Day.
Los treinta y cuatro puntos de diferencia suponían la segunda
ventaja más amplia de la historia de las finales, solo por detrás del
117-82 que lograron los Washington Bullets ante los Seattle
Supersonics en 1978. Fue un partido, en general, de récords… al
menos para los Celtics: mayor número de puntos, mayor número de
puntos al descanso (79), mayor ventaja al descanso (treinta puntos,
79-49) y mejor porcentaje de acierto (sesenta y uno por ciento).
«Nunca he visto a ningún equipo —salvo al nuestro, en ocasiones—
tirar así de bien —declaró Riley—. Han salido a todo gas desde el
salto inicial». Scott Wedman, un suplente desconocido, anotó sus
once lanzamientos. («¿Quién coño es Scott Wedman?», se puso a
gritar Riley al día siguiente en la sesión de vídeo). McHale metió
veintiséis puntos en una serie de diez de dieciséis. «Después de
aquello, no era fácil imaginar la manera de meterle mano a Boston
—reconoce el preparador físico Gary Vitti—. Así de superiores se
habían mostrado».
Acabado el partido, los Lakers se marcharon al vestuario aún en
estado de shock, destrozados, heridos, humillados. Lo normal en
estas circunstancias habría sido que Riley o Johnson hubieran
tomado la palabra para intentar animar al equipo. Sin embargo, fue
Abdul-Jabbar, la camiseta llena de sudor, las gafas en la frente,
quien se aclaró la garganta para hablar. Acababa de completar uno
de los peores partidos de su carrera: doce puntos y tres rebotes
ante la mofa generalizada del público. Aunque no se lo había
contado a nadie, la cabeza le volvía a estallar. «Quiero pediros
perdón a todos —dijo, mirando al suelo—. He estado con migrañas
y he jugado como una mierda. Pero no va a volver a suceder y
vamos a ganarles a esos tíos».

«Os lo prometo —afirmó—. Vamos a ganarles a esos tíos».

Sus compañeros lo miraron sorprendidos.

«Nadie dijo una palabra —recuerda Spriggs —. Oír a Cap hablar así
fue impactante. No era un tipo que dijera esas cosas normalmente».

Aunque los aficionados de los Celtics ya se estaban preparando


para repetir título y repartían camisetas celebrando el segundo anillo
consecutivo, los jugadores no se acababan de fiar. Sí, había sido
una gran victoria… pero los Lakers eran demasiado buenos como
para rendirse sin más. «No es el momento de vaciles ni de coñas —
dijo Maxwell—. Esto no es como el backgammon o el cribbage. Aquí
no te dan más puntos por jugar muy bien un partido».

El segundo encuentro estaba programado para tres días más tarde.


Cuando los jugadores de los Lakers se subieron al autobús que los
llevaba del Marriott Copley Place al Garden, no se podían creer lo
que veían sus ojos: Abdul-Jabbar se montó acompañado de su
padre, Ferdinand Lewis Alcindor Sr. Las normas de Riley eran muy
estrictas en ese sentido: los familiares no podían viajar con el
equipo. Sin excepciones. Aun así, cuando el entrenador vio a
Alcindor, lo saludó con un cordial apretón de manos. «El padre de
Kareem era agente de seguridad en el metro de Nueva York —
explica Vitti—. Una vez, se metió en el túnel, corriendo entre las vías
del tren, para perseguir a un hombre armado. Se metió ahí dentro él
solo. Hace falta tenerlos bien puestos para hacer algo así. Solo con
pensar en las ratas, yo ya me echaría atrás… imagínate si además
anda por ahí un sospechoso con una pistola. Nadie dijo nada. Ni
una palabra. El padre de Kareem tampoco abrió la boca. Su sola
presencia ya mandaba un mensaje suficientemente poderoso».

Cuando los Lakers llegaron al pabellón, Riley se saltó la charla


táctica y prefirió apelar a los sentimientos. Inspirado por Abdul-
Jabbar, el entrenador habló de su propio padre, Leon Francis Riley,
y de cómo resonaban aún en su cabeza las últimas palabras que
cruzaron antes de su muerte. Era un 26 de junio de 1970, el día de
la boda de Pat. Leon se marchaba de la fiesta cuando se volvió
hacia su hijo: «Me dijo que llegaría la ocasión en la que tendría que
mantenerme firme, defender mi terreno y no dejar que nadie me
avasallara —explicó Riley a sus jugadores—. Tenía razón». (Leon
murió menos de tres meses después).

«En cuanto terminó de hablar de su padre y de como aún podía


escuchar su voz —recuerda Cooper—, todos sentimos que ese
partido no se nos podía escapar. Fue un discurso perfecto: sutil,
emotivo, sincero…».

Después de soportar el año anterior el calor asfixiante del vestuario


visitante, Vitti encargó esta vez dos ventiladores especiales,
llamados MovinCool, que Los Ángeles Raiders utilizaban en los
banquillos durante algunos partidos especialmente calurosos.
«George Anderson, el preparador físico de los Raiders, me dio el
número de la fábrica y resultó que eran fanáticos de los Lakers —
explica Vitti—. Aceptaron traer los ventiladores gigantes a Boston a
cambio de dos entradas». En cuanto Vitti enchufó los MovinCools, la
mitad de la electricidad del pabellón se vino abajo por un
cortocircuito. «El cochambroso Boston Garden —recuerda Vitti—.
Aquella pocilga probablemente aún funcionara con fusibles en vez
de con interruptores automáticos. Se quejaron de que estábamos
utilizando demasiada luz y les dije que se fueran a la mierda. Me
sentí genial. Y por primera vez en la historia, se podía estar a gusto
en ese vestuario».

En una de las resurrecciones más sonadas de la temporada, Abdul-


Jabbar —desaparecido tres días antes— acabó con treinta puntos,
diecisiete rebotes, ocho asistencias y tres tapones para ayudar a la
victoria de los Lakers (102-109). Por primera vez en muchos años,
Abdul-Jabbar había sostenido emocionalmente al equipo. Desde el
banquillo, Spriggs, McGee y Kupchak no se lo podían creer: «No
dejaba de tirar ganchos, desde la izquierda, desde la derecha, cada
vez más lejos… —recuerda Spriggs—. Era todo intensidad. Una
obra de arte. Desde el banquillo, lo animábamos y él nos gritaba de
vuelta: “¿Lo veis? ¡Os lo dije!”. Estaba eufórico. Fuera de sí. Ver
todas esas emociones salir de Cap fue algo que nos marcó. Porque,
normalmente, Earvin se encargaba de liderar al equipo, pero Cap
nos sorprendió: dijo que lo iba a hacer y lo hizo».

Cuando acabó el partido, Rosenfeld se llevó a Abdul-Jabbar del


vestuario a la pista para una entrevista con la televisión. Mientras
esperaba, los fans de los Celtics le gritaban: «¡Lew! ¡Lew!». «Se
ponía furioso cuando lo llamaban por su antiguo nombre —afirma
Rosenfeld—. Lo odiaba». Al terminar el partido, Rambis le había
dado a Rosenfeld una toalla húmeda. En el calor del momento, la
arrojó contra el público. «No iba dirigida contra nadie en concreto —
explica—. Fue un acto impulsivo». Cuando volvió al vestuario,
Johnson, Cooper y Worthy le recibieron con entusiasmo, chocando
los cinco.

—¡Bien hecho! —gritó Cooper—. ¡Te has ganado el sueldo!

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —preguntó Rosenfeld, sorprendido.

—Le diste con la toalla en toda la cara a la mujer de Robert Parish


—le explicó Cooper—. M.L. Carr tenía un cabreo de cojones. Bien
hecho, tío. Muy bien hecho.

Los Celtics estaban que se subían por las paredes y también lo


estaba Riley, que odiaba las distracciones extradeportivas. «Ya
puedes inventarte algo para arreglarlo», le dijo, visiblemente
molesto.

Rosenfeld escribió en el momento una carta para Parish


disculpándose, con la idea de dejársela en su taquilla. Sin embargo,
antes del tercer partido, ambos coincidieron en el Forum y decidió
encargarse del asunto en primera persona. Al ver a Parish,
Rosenfeld se acercó tranquilamente, le dio un toque en el hombro y
le preguntó: «Robert, ¿podemos hablar un momento?».
Inmediatamente, se vieron rodeados de cámaras, así que tuvieron
que subirse a las gradas para tener algo de intimidad. «Mira, Robert
—le explicó—, te he escrito esta carta porque quiero disculparme
contigo. No sabía que era tu mujer y no es mi estilo hacer este tipo
de cosas». Rosenfeld se pasó tres o cuatro minutos explicando lo
mal que se sentía, lo dispuesto que estaba a disculparse a Nancy en
persona, empeñado en que era el peor momento de su carrera… La
voz parecía a punto de quebrársele. Las manos le temblaban.
Parish, apodado «Chief» [Jefe] por el personaje del silencioso nativo
americano de Alguien voló sobre el nido del cuco, no dijo ni mu.

«¿Estás muy enfadado conmigo?», le preguntó Rosenfeld.

Parish sonrió y, por fin, respondió: «Para nada —bromeó—. Llevo


diez años diciéndole que se calle la boca y tú por fin lo has
conseguido».

Se despidieron con un apretón de manos.

***

Los Lakers dominaron el tercer partido (136-111), pero los Celtics


empataron la serie días después gracias a ocho puntos
consecutivos de Bird en el último cuarto y una asistencia para que
Dennis Johnson anotara el tiro decisivo casi sobre la bocina (105-
107). Por un momento, parecía que a la mejor serie de la historia de
la NBA le sucedía otra aún mejor, tan solo un año más tarde. Aquí
estaban estos dos equipos, tal para cual, completamente igualados
y renunciando a rendirse, como dos púgiles en el centro de un ring.
K.C. Jones, el entrenador de los Celtics, comparó a su equipo y a
los Lakers con los pesos medios Marvin Hagler y Tommy Hearns,
que acababan de disputar uno de los combates más memorables de
la historia del boxeo.

Cualquiera podía ganar la final, o eso parecía.

Hasta que, de repente, empezó a parecer lo contrario.

David Stern, el comisionado de la NBA, avisó a ambos equipos de la


necesidad de bajar el nivel físico y verbal de la contienda, pero solo
Boston le hizo caso. Riley lanzó a sus dos balas perdidas —Rambis
y Mitch Kupchak— contra los Celtics, convencido de que podían
cambiar el rumbo de la serie sin necesidad de anotar un solo punto.
En el quinto partido (victoria de los Lakers, 120-111), jugaron treinta
y ocho minutos entre los dos, y sumaron once puntos, trece rebotes
y tres faltas. Kupchak no era ni una sombra de lo que había sido:
tenía la rodilla destrozada, apenas podía moverse ni saltar… pero
seguía siendo un luchador infatigable. «Teníamos que marcar
nuestro territorio —afirma Rambis—. Ese era nuestro trabajo».

«Nada de miedos, nada de rendirse —añade Kupchak—. Solo


trabajo y más trabajo».

Thomas Bonk escribió lo siguiente en el Los Angeles Times:

En general, en los círculos afines a los Lakers, a Rambis se le ve


como una especie de Clark Kent, pero a ojos de Johnny Most, el
comentarista de los Celtics, es poco más que una rata con gafas.
Tanto si Rambis salió de una cabina o de una alcantarilla, como
sugiere Most, el ala-pívot de los Lakers se las apañó igualmente
para coger nueve rebotes en veintisiete minutos y transmitir su
espíritu de lucha al resto del equipo.

Dos días después, en el viejo parqué del Boston Garden, ante


14.890 agitados espectadores, los Lakers remataron la faena con
una victoria (100-111), imponiéndose así a su gran némesis y
exorcizando los fantasmas del pasado. «Ese fue el mejor día de mi
vida profesional —asegura el segundo entrenador, Bertka—. Me
senté en el banquillo y me puse a rezar: “Dios, por favor, haz algo
para que ganemos este partido; haz algo para poder ganar a estos
tíos de una vez…”».

Abdul-Jabbar anotó veintinueve puntos y fue considerado de forma


unánime el MVP de las finales. Su juego versátil y sin fisuras
redondeó la que se puede considerar como su mejor serie con la
camiseta de los Lakers. Sin embargo, la victoria tuvo más de regalo
de los Celtics que otra cosa. Aunque los titulares de Boston vestían
los colores verde y blanco de siempre, no hubo rastro en ese último
partido de su habitual juego disciplinado ni de su tradicional acierto
en los momentos clave. Los bases Dennis Johnson y Danny Ainge
metieron, entre los dos, seis de sus treinta y un lanzamientos, y Bird
—mermado por una fisura en el codo derecho y una torcedura en el
dedo índice de la mano derecha— falló diecisiete de sus veintinueve
intentos, pese a lo cual se fue a los veintiocho puntos. Muchos de
esos tiros los tuvo que hacer con la mano izquierda (Bird es diestro)
ante una grada resignada a lo que acabaría pasando. «Creí que
podría liderar a este equipo a la victoria, pero hoy no he estado a la
altura —dijo tras el partido—. Se supone que soy el que tiene que
decidir los partidos y hoy fracasé en el intento. Toda derrota es un
fracaso. Si tu objetivo es ganar el anillo y no lo ganas, has
fracasado. Punto. Hoy hemos jugado como una panda de
fracasados». Justo al acabar la rueda de prensa, un auxiliar de los
Celtics se ofreció a acercarle a Bird el coche.

«Conduzco un Jeep —suspiró—. Es todo lo que te puedes permitir


cuando eres un perdedor».
Mientras, en el vestuario de los Lakers, el champán corría por todos
lados, dejando una capa dulce y pegajosa sobre el suelo de
cemento. Cuatro miembros de los Lakers (Abdul-Jabbar, Cooper,
Johnson y Wilkes) habían formado parte de las dos victorias contra
Philadelphia, pensando que aquello era lo más grande que iban a
vivir en sus carreras. Sin embargo, esto, celebrar en el espantoso
vestuario del Boston Garden, era aún más grande. «Mucho más
grande —confirma Cooper—. Una cosa es ganar y otra cosa es
ganar a los Celtics por primera vez y acabar así con todos los
fantasmas. Eso fue lo mejor de todo. No se trataba solo de nosotros,
sino de la historia de la franquicia».

El base suplente Ronnie Lester, reservado y tranquilo, se sentó en


un taburete y observó de lejos la celebración. Mirando las caras de
sus compañeros, le hizo gracia que no transmitieran una euforia
desatada. Por supuesto, estaban contentos y agradecidos, señala.
«Pero, sobre todo, sus caras mostraban alivio —afirma—. Al menos,
Earvin, Kareem y James transmitían esa sensación».

«Un alivio, eso sí, lleno de felicidad».


CAPÍTULO TRECE

El virgen

CONSEGUIDO EL TÍTULO DE 1985, el entorno de los Lakers ya


podía disfrutar a gusto de dos de los lugares más calientes de
Estados Unidos:

La mansión de Jerry Buss y la mansión de Magic Johnson.

Las dos, separadas por pocos kilómetros, incluían piscina, jacuzzi,


bar, cine en casa, cocina de lujo, muchísimos metros cuadrados y
dos propietarios encantados de recibir a veinteañeras con grandes
pechos, largas piernas y (no necesariamente en este orden) una
lujuriosa pasión por el sexo.

Buss vivía en Pickfair, la mansión de Beverly Hills que Mary Pickford


y Douglas Fairbanks eligieron como hogar después de que los dos
ídolos de la pantalla se casaran en 1920. Había sido la primera
propiedad privada de Los Ángeles en incluir una piscina. Durante los
años veinte, las cenas en Pickfair se convirtieron en un clásico del
mundo de Hollywood. A ellas acudían estrellas como Amelia
Earhart, Charlie Chaplin, Rudolf Valentino o George Bernard Shaw.
Sin embargo, cuando Fairbanks (cuya aventura con Lady Sylvia
Ashley destrozó el matrimonio) y Pickford se divorciaron en 1936, la
magia desapareció del lugar. Pickford se quedó con la mansión,
pero se perdió en un mundo de alcohol y antidepresivos. Hasta su
muerte en 1979, la casa fue descomponiéndose hasta parecer un
vertedero.
Como Buss era un enamorado de la mística del Antiguo Hollywood,
en septiembre de 1980 pagó 5.362.500 dólares por la finca y poco
después llevó a su hija, Jeanie, a que le echara un vistazo a aquella
casa situada en el 1143 de Summit Drive, en el Cañón de San
Ysidro. «No tenía buena pinta —recuerda—. Pensé que solo
estábamos de visita, así que hice una fotografía de cada habitación.
No sabía que ya la había comprado, pero así era mi padre: vivía en
un mundo de fantasía. Le encantaban las estrellas del cine y el
entretenimiento y Pickfair era para él un lugar de ensueño».

En poco tiempo, Buss transformó la casa de veintidós habitaciones


en una mezcla grandiosa de decoración clásica y aventurismo de los
ochenta. Sus cenas empezaron a hacerse muy populares. Sus
invitados eran los más famosos del momento. Buss quería hacer de
Pickfair una especie de Mansión Playboy. «Jerry era un animal
nocturno —afirma John Rockwell, actor y amigo del propietario de
los Lakers—. Pasaba mucho tiempo en Pickfair por las noches
jugando al póker y bebiendo ron con Coca-Cola. Una vez tuve que
arrastrarlo de Pickfair para llevarlo al Forum porque había partido.
Le costaba mucho salir de esa casa».

«No soy fácil de impresionar, pero lo de Jerry y Pickfair era


espectacular: tenía cincuenta y pico años y seguía tirándose a
veinteañeras —recuerda Scott Carmichael, quien trabajaba para Los
Ángeles Kings por entonces—. El sitio estaba lleno de Playmates y
cada día nos presentaba a una de sus novias despampanantes de
veinticinco años. Le encantaba rodearse de glamur y belleza».

Además, Buss era un culo inquieto. En una ocasión, Charline


Kenney, su asistente personal, lo llamó a las nueve de la mañana y
Buss respondió medio dormido: «Charline, llamarme a mí a las
nueve es como llamar a cualquier otro a las tres de la madrugada».
Fletaba aviones a Las Vegas constantemente junto a su pandilla.
Cada verano, su amigo Lance Davis y él viajaban a San Diego,
cruzaban la frontera mexicana y se iban a ver una corrida de toros
en Tijuana. «Solía decirme: “Lance, luego cogen al toro y lo trocean
en tacos” —recuerda Davis—. Así que, cada vez que nos
tomábamos unos tacos, se reía y decía: “¡Nos estamos comiendo al
toro, nos estamos comiendo al toro!”».

Pickfair hacía de Buss una mejor persona. Cada mes, organizaba un


rastrillo benéfico en el jardín para recaudar fondos y repartirlos entre
distintas asociaciones. Aunque su filantropía partía de las mejores
intenciones, lo cierto es que a menudo estos eventos acababan de
madrugada, envueltos en alcohol, sexo y —en ocasiones— cocaína.
«Cuando me retiré (en 1983), empecé a trabajar para Jerry, así que
a veces iba a Pickfair a alguna fiesta —afirma Ron Carter—. Aprendí
muy pronto que no podía seguir su ritmo por la noche y después
rendir en la oficina por la mañana. Me casé para alejarme de Jerry.
Aquello no era vida».

Si las fiestas en Pickfair eran salvajes, las que organizaba Johnson


no se quedaban cortas. El base estrella había vivido en uno de los
complejos de apartamentos de Buss hasta 1984, cuando compró su
propia mansión de ochocientos treinta y seis metros cuadrados en
Bel Air. Aunque no tenía el pedigrí de Pickfair, la mansión estilo
Tudor de Johnson había sido en su momento propiedad del cónsul
francés y contenía (entre otras cosas) una pista de baloncesto
cubierta que se podía utilizar como frontón, una sauna, un baño con
hidromasaje y una discoteca completa, con luces de neón y miles de
discos. Junto al dormitorio principal había un cuarto más pequeño
con un jacuzzi y vistas al cañón más cercano. La casa también
incluía uno de sus juguetes favoritos: el equipo de música más
grande que nadie hubiera visto. Los altavoces tenían el tamaño de
un Cadillac, de manera que la música de Michael Jackson, Earth,
Wind & Fire o Marvin Gaye pudiera inundar cada una de las
dieciocho habitaciones.

Aunque Johnson no organizaba tantas fiestas como Buss, cuando


se ponía, se ponía de verdad. El base de los Lakers no bebía
alcohol ni tomaba drogas, pero sus fiestas eran una oda al exceso y
la extravagancia. Las mujeres que invitaba eran, para muchos, las
más bellas del universo. Había modelos, strippers, actrices,
bailarinas exóticas… Todo el mundo se pegaba por conseguir una
invitación, pero —aunque los jugadores de los Lakers y sus rivales
tenían acceso casi ilimitado— las mujeres tenían que cumplir
determinados criterios. En primer lugar, tenían que estar muy
buenas. En segundo lugar, tenían que llevar ropa provocativa. En
tercer lugar, tenían que estar dispuestas a… hacer cosas.

Johnson no se consideraba un simple anfitrión, sino un maestro de


ceremonias. «Si mueres y vas al cielo, aquello debe de ser muy
parecido a una fiesta en la casa de Magic —afirma Frank
Brickowski, compañero suyo en 1986—. Iban las chicas más guapas
de Los Ángeles. Lo más de lo más. Y a medianoche, si no se habían
liado con nadie, las mandaban a su puta casa. Así que si eras un
hombre y veías que llegaba la medianoche, te ibas acercando a la
mujer que más te gustara a ver qué pasaba. Magic se paseaba por
todos lados, vigilando. Daba una vuelta por la casa, por la piscina.
Le decía a la gente que empezara a hacer cosas. Todo lo que tenías
que hacer era estar cerca de una chica. A veces, algunos se ponían
a gritar: «¡Magic, esa no se quiere liar con nadie, échala de aquí!».
Y Magic se encargaba de buscarle a alguien con quien liarse. La
fama es afrodisíaca en Los Ángeles. Las chicas van a por los
famosos como polillas a la luz. Es triste, pero cuando eres joven y
soltero, la fama te da un plus con las chicas».

Ser un miembro de los Lakers no te aseguraba siempre sexo fácil.


Otra cosa era ser Johnson, que no solo era el soltero más deseado
de Los Ángeles, sino el más deseado de California. Una vez escribió
al respecto: «Algunas eran secretarias. Otras eran abogadas.
Bastantes eran actrices o modelos. También hubo profesoras,
editoras, contables o empresarias. También me acosté con alguna
prostituta, pero no muchas. La mayoría de esas mujeres tenían una
formación universitaria. Algunas eran blancas, otras negras, otras
hispanas o asiáticas… Algunas salían corriendo a contarlo y otras
preferían mantenerlo en secreto. Había quien iba por ahí fardando
de todos los jugadores con los que se había acostado. Para la
mayoría, sin embargo, era parte de su vida íntima».
»Casi todas tenían veintipico años. De vez en cuando te
encontrabas con alguna adolescente, pero si tenías dos dedos de
frente, te alejabas de ellas. Esas chicas eran demasiado jóvenes, no
solo en términos legales sino en el terreno sentimental».

Y en este mundo de Sodoma y Gomorra, aterrizó A.C. Green.

Era la elección de primera ronda de ese año: un ala-pívot de


veintiún años salido de Oregon State, que destacaba por su garra y
su lucha… algo que, en principio, le hacía encajar a la perfección
con las necesidades del equipo. Después de haber desperdiciado su
anterior elección con Earl Jones, West estaba decidido a encontrar
en el puesto veintitrés a alguien que pudiera convertirse en un
jugador importante para los Lakers. De cara al draft del 18 de junio
de 1985, la mayoría de los ojeadores y ejecutivos del equipo tenían
como favorito a Terry Porter, un base de 1.87 de la Universidad de
Wisconsin-Stevens Point. Porter había promediado 19,7 puntos y
5,2 rebotes en su último año, y Gene Tormohlen, el jefe de
ojeadores de los Lakers, le veía potencial de estrella. «Me pareció
que podía llegar a ser un excelente jugador —explica Tormohlen—.
Le quitaría presión a Earvin, como hacía Norman al principio. Pero
Jerry estaba enamorado de A.C. y cuando Jerry se encapricha con
alguien…».

A West le gustaba que Green pusiera las necesidades del equipo


por delante de las suyas propias. Cuando los Beavers necesitaban
que anotara, anotaba. Cuando necesitaban que cogiera rebotes,
cogía rebotes. En ninguna de las cintas con partidos de Oregon
State que pululaban por el Forum se podía ver a Green quejarse,
rendirse o meterse con un contrario. Era un ala-pívot de lo más
tradicional: iba a por todos los rebotes, buscaba siempre el tapón,
entraba en la zona con todo y trabajaba hasta la extenuación. «No
se daba aires de ningún tipo —afirma Roger Levasa, jugador de
fútbol americano en Oregon State y amigo íntimo de Green—. A.C.
no era arrogante ni pensaba que ser deportista lo convirtiera en
alguien especial. Solo quería hacer las cosas bien en la pista y fuera
de ella».
Ahora bien, A.C. Green tenía un pequeño problema: era virgen.

Al decir «problema», no pretendo afirmar que evitar las relaciones


sexuales antes del matrimonio sea algo malo. No, me refiero a que
en el universo de los Lakers la virginidad no solo era motivo de
mofa… es que simplemente era inconcebible. Desde Johnson a
Abdul-Jabbar; desde Michael Cooper a James Worthy, los jugadores
de los Lakers disfrutaban al máximo de las ventajas sexuales de ser
un jugador de élite. Todo era sexo y más sexo: clubes de striptease,
prostitutas a domicilio, groupies desesperadas…

¿Virginidad? La virginidad era para los curas.

Antes incluso de que Green se uniera al equipo, entre los jugadores


ya se había filtrado el informe de sus actividades fuera de la pista:

Nunca dice palabrotas.

Le encanta echarle acondicionador a su rizado pelo afro.

Se sabe cada página de la Biblia de memoria.

Probablemente, nunca haya besado a una chica (que no fuera de su


familia).

A los jugadores les hacía especial gracia una cosa que le pasó en
su segundo año en Oregon State, cuando Green entró en la librería
de estudiantes y se escandalizó porque vendían la revista Playboy
junto a Time y Sports Illustrated. Cuando el dueño se negó a
cambiar las revistas de lugar, Green llamó a los demás estudiantes
a boicotear la librería y comprar sus revistas en el Circle K más
cercano. «Lo que pasa es que entonces me acerqué al Circle K y vi
que vendían la misma clase de pornografía —recuerda—, así que
les incluí en el boicot». Cuando el equipo de Oregon State empezó a
llamar la atención a nivel nacional, Green no tuvo problemas en
reconocer públicamente su decisión de permanecer célibe hasta el
matrimonio. Cada vez que los Beavers jugaban contra Arizona
State, los aficionados detrás de la canasta agitaban pósteres
gigantes de chicas en bikini cuando Green iba a lanzar tiros libres.
«Tenía su gracia —reconoce Green—. Tampoco fueron mucho más
allá».

En los Lakers, en cambio, sí que fueron más allá. Cada año, los
rookies tenían que participar en un ritual consistente en cantar y
actuar delante de los veteranos, los entrenadores y los ejecutivos.
Cuando le llegó el turno a Green, Johnson le gritó: «¡Canta el himno
de animación de tu universidad!».

Pero Green no se sabía la letra del «Hail to Old OSU».

—Bueno, vamos a probar con «Billie Jean» —insistió Johnson.

—«Billie… ¿qué?» —contestó Green.

—«Billie Jean», de Michael Jackson —explicó Johnson, incrédulo.

—Esa tampoco me la sé —contestó Green, su voz ahogada por las


carcajadas de la sala.

Johnson probó con toda clase de cantantes: Prince, Phil Collins,


Aretha Franklin, James Brown, New Edition, Chicago…

Nada.

—Mira, rookie, vas a cantar, quieras o no —sentenció Johnson.

—Muy bien —dijo Green—, ¿qué canción de góspel quieres que


cante?

Silencio.

Más silencio.
Aún más silencio.

Al final, James Worthy, el jugador más callado de los Lakers, gritó


desde el fondo del improvisado auditorio: «¡Canta “Swing Low,
Sweet Chariot”!».

—Emmm —dudó Green.

—¡Que la cante, que la cante!

«Y la canté —explica Green—. No fue una exhibición, pero les


bastó. Eso hizo que rompiera el hielo con el resto del equipo y
conectáramos por primera vez. No me lo pusieron demasiado fácil,
la verdad».

En lo que había sido uno de los veranos más agitados de la historia


reciente del equipo, West había dejado marchar a Jamaal Wilkes y a
Bob McAdoo. Aunque ambos estaban lejos de su mejor momento, al
resto de compañeros no les sentó nada bien su marcha, lo que dejó
a Green como blanco de todas las críticas al ser el encargado de
sustituir a las dos leyendas. ¿Era culpa suya? Tanto como lo había
sido de Scott cuando lo traspasaron por Norm Nixon, pero las vacas
sagradas de los Lakers estaban enfadadas por haber perdido a dos
piezas de confianza. A cambio, les habían traído a un virgen.
«Sabían que no era el típico rookie —recuerda Green—, así que me
pusieron a prueba desde el principio».

El equipo empezó la temporada con una minigira por Texas,


visitando San Antonio y Dallas. Johnson y compañía no perdieron el
tiempo: mientras esperaban el autobús que los llevaba del
Aeropuerto Internacional de San Antonio al hotel, la estrella de los
Lakers le gritó a Green: «Novato, aún no estamos muy seguros de
qué vas, pero nos la vamos a jugar contigo».

—Os la vais a jugar… ¿a qué? —contestó el rookie.

—A que en cuanto empieces a ver qué clase de chicas se mueven


por la NBA —contestó Johnson— te vas a olvidar de todo ese rollo
de Dios y la iglesia.

—¿De verdad? ¿Eso creéis?

A Johnson le gustaba la confianza en sí mismo del recién llegado…


y a la vez le hacía gracia. La NBA era la tierra de las piernas
interminables y los polvos rápidos. Pocos podían resistirse a sus
encantos. «En dos meses, como mucho, habrás caído en la
tentación —le dijo—. Dos meses». Johnson se quitó la gorra de
béisbol que llevaba puesta y la pasó por entre sus compañeros,
para que pusieran algo de dinero. Cuando la gorra regresó a su
dueño, estaba llena de billetes arrugados por valor de trescientos
dólares. «Si no te acuestas con nadie en dos meses, el dinero es
tuyo —le aseguró Johnson—. Pero que sepas que es
completamente imposible».

Menos de un mes después, los Lakers llegaron a Portland para


enfrentarse a los Blazers. Green, que se había criado allí, anotó
once puntos en veintisiete minutos de juego («Jugué de pena»,
recuerda) y, al acabar, se quedó un rato charlando con una joven
muy atractiva. «Podía ver al resto de los chicos cotilleando,
intentando ver qué pasaba —explica Green—. Después de un rato,
por fin, uno se acercó y me dijo: «Eh, rookie, ¿quién es esa piba?».
Green sonrió. “Oh, perdonad, os presento a Vanessa… mi
hermana”».

Los jugadores de los Lakers acabaron cogiéndole cariño a Green,


aunque les tomó un tiempo. Desde que había salido de la
universidad, Green consideraba que parte de su trabajo (su
obligación, en realidad) era guiar a las demás almas hacia
Jesucristo. La NBA era importante, pero la salvación eterna lo era
aún más. Cualquier conversación con el rookie acerca de
baloncesto, películas o arroz con pollo derivaba inevitablemente en
Cristo y la salvación y el Espíritu Santo. Resultaba agotador, no solo
porque sus compañeros estuvieran viviendo permanentemente en el
pecado sino porque Green parecía un disco rayado. «Tenían razón,
les daba demasiado la paliza con el tema —afirma Green—.
Algunos de los chicos vinieron a hablar conmigo. Me dijeron que
admiraban mi fe, pero que no necesitaban oírme hablar de ello todo
el rato. Tenía sentido. Aprendí a callarme».

Tras sumar otro campeonato, Jerry West también aprendió aquel


verano alguna que otra lección de cara al futuro. Desde la llegada
de Kurt Rambis en 1981, aficionados y prensa habían insistido
repetidas veces en que no servía como titular. Rambis era
demasiado lento, demasiado enclenque, demasiado torpe,
demasiado mecánico en sus movimientos… Cuando los Lakers
eligieron a Worthy, todo el mundo dio por hecho que Rambis
acabaría en el banquillo. No fue así. Cuando Green llegó al equipo,
todo el mundo lo vio como el nuevo ala-pívot titular. Tampoco fue
así. West entendía lo mucho que aportaba Rambis: sus rebotes, su
dureza, su velocidad para sacar de fondo. Ahora bien, él también
sentía que había que reforzar ese puesto. De ahí, el interés por
Maurice Lucas.

El 19 de agosto de 1985, dos meses antes del inicio de la


temporada, West envió dos futuras segundas rondas del draft a
Phoenix a cambio de Lucas, un ala-pívot de treinta y tres años con
uno de los mejores (y más acertados) apodos: El Ejecutor. En la
NBA, había tipos duros y tipos realmente duros… pero ninguno
estaba a la altura de Lucas, famoso por haber tumbado a Artis
Gilmore, pese a sus 2.18 metros, con una combinación de
puñetazos, y por darle otro puñetazo por la espalda a Darryl
Dawkins, el pívot de los Sixers, en el segundo partido de las finales
de 1977. Lucas era una bendición si estabas en su mismo equipo,
pues ejercía a la vez de ala-pívot y de guardaespaldas. Otra cosa
era si estabas en el equipo contrario. «Se mentalizó de que esa era
su función: el tipo duro que se encargaba de hacer lo que los demás
no querían —explica Lionel Hollins, compañero de equipo en
Portland—. Siempre cuidaba de mí. Cuando estaba en la cancha, no
tenía que preocuparme de si alguien intentaba hacerme daño
porque sabía que Lucas me protegería».

Los Lakers recibieron a Lucas con algo de desconfianza: en primer


lugar, porque sus duelos con Abdul-Jabbar no habían sido
precisamente limpios, y, en segundo lugar, porque sabían que
estaba ahí para suplir a su querido Rambis. «Fue una mala idea
desde el principio —afirma Gary Vitti, el preparador físico—. Había
una química genial en nuestro equipo y ese tipo se la cargó por
completo». Los miembros de los Lakers esperaban de los recién
llegados que fueran con cuidado y tantearan el ambiente antes de
hacerse notar. Sin embargo, Lucas llegó ahí arrasando, como si
fuera un miembro del Hall of Fame. Durante una reunión de
jugadores a principios de temporada, Johnson lanzó una pregunta a
sus compañeros. Abdul-Jabbar contestó, luego contestó Cooper y a
continuación empezó a contestar Lucas. «No, no, tú cierra el puto
pico —le dijo Johnson—. Nadie te ha preguntado nada aún».

El vestuario se quedó en silencio y Lucas se largó dando un portazo.


Poco después, esperando en la terminal de American Airlines, Vitti,
que también hacía de encargado en los viajes, le dio a Lucas su
tarjeta de embarque (el equipo aún viajaba en vuelos comerciales).
El ala-pívot se fue hacia la puerta, pero volvió a los cinco minutos.
«Te has equivocado de asiento», le dijo. Vitti miró el billete…

—Emmm… no. El asiento está bien —contestó.

—Pero es de clase turista —dijo Lucas.

—Ya —respondió Vitti—. Es que hoy te toca ir en clase turista.

—Pero yo soy un veterano —protestó Lucas—. ¡Soy un veterano!

Según el acuerdo negociado por el sindicato de jugadores, la


prioridad en los asientos se determinaba por los años de experiencia
en la liga. Scott, Cooper y Johnson siempre iban en primera clase
pese a tener mucha menos experiencia que Lucas. «Bueno,
depende de qué tipo de veterano seas —le explicó Vitti—. En los
Lakers, tenemos nuestros propios veteranos».

¿Nuestros propios veteranos? Lucas se fue a por Riley, que estaba


ahí al lado. Aunque normalmente coincidía con West en todas las
decisiones sobre la plantilla, Riley no acababa de ver claro el fichaje
de Lucas. No lo quería, no lo necesitaba y no era alguien que le
cayera especialmente bien. Y ahora lo tenía pegado a la cara
pidiéndole un asiento de primera clase. «¿Estás de coña? —le dijo
Riley—. Súbete al puto avión».

«¡Pero tengo derecho a primera clase! —insistió Lucas—. ¡Tengo


derecho!».

Pronto se formó un corrillo de viajeros atentos a los insultos y


acusaciones que se estaban cruzando Riley y Lucas.

—Maurice, tenemos una gran química en este equipo —le explicó


Riley—. ¿Has venido aquí a cargártela?

—Pero tengo derecho… —insistió Lucas.

—Maurice —le explicó Riley—. En este equipo, todo el mundo se


sacrifica por los demás. Te lo pregunto otra vez: ¿Has venido aquí a
cargarte nuestra química?

—Pero… tengo derecho… —repitió Lucas.

«Pat empezó a ponerse furioso —recuerda Vitti—. La cara roja y la


vena a punto de salírsele del cuello. Seguían enzarzados y cada vez
más cabreados. Una y otra vez con la misma historia». Al final,
después de cinco minutos de bronca, Lucas cogió la tarjeta de
embarque y le gritó a Vitti y a Riley: «¡Esto no va a quedar así!».
Presentó una queja ante el sindicato y un representante llamó a
Riley para advertirle formalmente.

«Claro, claro —contestó Riley—. Como si no tuviera otra cosa de la


que ocuparme».

Lucas quedó marginado casi desde su llegada. Tenía una


concepción de su juego que no se ajustaba a la realidad. En los
Lakers, la primera opción en ataque era Abdul-Jabbar; la segunda,
Worthy; la tercera, Johnson, y la cuarta, Scott. «No había jugadas
diseñadas para Kurt o para A.C. y los dos lo aceptaban sin
problemas —explica Vitti—. Pero Maurice Lucas, no. Él creía que
tenía que ser la segunda o la tercera opción, así que cada vez que
le llegaba el balón, tiraba a canasta. No era la mejor manera de
hacer amigos».

Lucas había promediado 14,6 puntos por partido a lo largo de su


carrera, incluyendo 20,4 en la 1978/79, con los Blazers. El problema
era que no metía una desde más de dos metros y eso limitaba
mucho un repertorio ofensivo ya disminuido con los años. En un
partido contra Phoenix, el 12 de diciembre, Lucas tuvo uno de sus
raros días buenos en ataque, anotando diecisiete puntos en
veintidós minutos ante su exequipo. Sin embargo, a mediados del
tercer cuarto, Johnson lo miró con cara de enfado y pidió un tiempo
muerto de veinte segundos.

«¿Qué ha pasado? —preguntó Riley a Vitti— ¿Se ha lesionado


alguien?». Vitti se encogió de hombros. Los jugadores se acercaron
al banco y Johnson miró fijamente a Riley. «No puedo jugar con este
hijo de puta —dijo señalando a Lucas—. Sácale del puto partido».

Obviamente, Riley lo cambió. «Esa fue la gota que colmó el vaso


para Maurice —afirma Vitti—. La última falta de respeto».

Insinuar que los Lakers fracasaron en su intento de repetir título por


culpa de Lucas sería ir demasiado lejos. Ahora bien, tampoco sería
un disparate. Aunque el equipo terminó la temporada regular 62-20,
la química se había visto dañada. Rambis se sintió menospreciado
por el fichaje de Lucas, y Green aún no estaba preparado para
asumir un rol principal. Se echaba muchísimo de menos a McAdoo:
su confianza en sí mismo, su sentido del humor, su cercanía… «Con
McAdoo en el vestuario, el equipo era una piña —recuerda Johnson
—. Teníamos una actitud fantástica, muy ambiciosa. Cuando íbamos
de gira, mirábamos cuántos partidos teníamos que jugar seguidos.
Si eran seis, por ejemplo, decíamos: “Vamos a ganar los seis”. Y,
luego, íbamos y ganábamos los seis. Nos llevábamos siempre al
límite los unos a los otros para asegurarnos de que la cosa iba a
funcionar. Coop me apretaba y yo apretaba a Coop. Nos decíamos
las cosas a la cara siempre. Así era el respeto que nos teníamos.
Así es como funciona un auténtico equipo campeón».

Aparte de lo de Lucas, estaba lo de Riley. Cuando el entrenador


sustituyó a Westhead, su perfil era el de un humilde observador que
buscaba continuamente la aprobación de la plantilla. Sin embargo,
en 1986, se había convertido en una máquina de hacer dinero con
actividades extradeportivas. Riley cobraba diez mil dólares por
charla motivacional y tenía a las marcas de ropa llamando a la
puerta para ofrecerle patrocinios de todo tipo. Casi nunca lo
nombraban Entrenador del Mes, pero no porque no se lo mereciera.
El premio estaba patrocinado por Farah, una marca de pantalones, y
Riley se negaba a posar con una ropa tan vulgar (como se exigía al
ganador). Era deslumbrante, guapo, dulce e inteligente… y estaba
encantadísimo de haberse conocido.

Como le sucedió a Westhead en su momento, Riley empezó a verse


a sí mismo como un genio, lo cual no deja de ser curioso teniendo
en cuenta que el setenta por ciento de su estrategia estaba sacado
del libreto de Jack McKinney. Aunque en un principio dio una
imagen de hombre agradable y abierto, poco a poco se fue
convirtiendo en un personaje gruñón y suspicaz. Riley solía ser el
mejor amigo del periodista, se sentaba sin problema a tomar unas
cervezas y unas alitas de pollo para hablar sobre táctica, jugadores,
estrategias… Ahora, sin embargo, veía a la prensa como un
enemigo del que sus propios jugadores debían huir. Todo aquel que
no fuera jugador o entrenador era un intruso sospechoso en el
vestuario. Exigía, además, una lealtad insana. «O estabas con Pat o
estabas contra él —afirma un empleado—. Así veía él las cosas».

Riley era particularmente cruel con Josh Rosenfeld, el tímido


director de relaciones con los medios. En su cuarta temporada en la
franquicia, era habitual ver a Rosenfeld solo en su despacho a
cualquier hora de la mañana y de la noche. Era la definición de un
adicto al trabajo. «Mi vida eran los Lakers —asegura—, y nada
más». Aun así, Riley parecía disfrutar humillándolo. «Me
consideraba un enemigo —continúa Rosenfeld—. Una vez me dijo:
“Si el autobús tiene que salir a las once, más te vale estar ahí a
menos cuarto porque no voy a hacer que esperen por ti. Si los doce
jugadores están arriba, nos vamos”. Lo importante era que Riley
estaba consiguiendo que el equipo funcionara, y por eso yo estaba
dispuesto a hacer lo que él quisiera, aunque no entendiera por qué».

Riley le exigía muchísimo a Rosenfeld, incluso en temas que no


tenían nada que ver con la prensa. Por lo general, si alguien con un
puesto como el de Rosenfeld se pasaba por el entrenamiento de su
equipo era para pasar el rato, sin prestar demasiada atención a lo
que pasaba en la cancha. «Pat no me dejaba ni leer el periódico en
el entrenamiento —afirma—. Me decía: “Si vas a estar ahí, tienes
que estar atento a todo lo que pase”». A veces, cuando Johnson no
participaba en un ejercicio, se sentaba junto a Rosenfeld para
charlar un rato. «Y Pat se enfadaba como un mono —explica
Rosenfeld—. Pero nunca con Magic, solo conmigo».

El 20 de febrero de 1986, los Lakers estaban en Nueva Jersey,


donde tenían que jugar contra los Nets. Worthy estaba lesionado y
para la sesión matinal, Bill Bertka, el segundo entrenador,
necesitaba a alguien para jugar un tres contra tres. «¡Josh! —gritó
—. ¡Ven para acá!». No se sabe cómo, Rosenfeld, Rambis y
Kupchak consiguieron ganar a Abdul-Jabbar, Lucas y Larry Spriggs.
«Fue brutal —recuerda Rosenfeld—. Probablemente, mi mayor éxito
deportivo, incluso anoté un par de canastas». Cinco días después,
esta vez en Dallas, se repitió la situación. «Me pongo con ellos,
estamos un poco de coña, Spriggs me intenta poner un tapón… —
explica Rosenfeld—. Y entonces, llega Riley, detiene el
entrenamiento y se pone a gritar: “¿Qué demonios haces tú aquí?”.
Miro a Bertka, pero veo que ya se ha vuelto y se ha puesto a andar
en otra dirección. No quiere saber nada de este asunto. Le explico:
“Pat, necesitabais a alguien para poder jugar…”. Me dice: “Vete
echando hostias de aquí”. Me voy de la pista, y sigue: “No te quiero
ni ver en el banquillo”, así que me subo a la segunda o tercera fila y,
aun así, Pat no se da por satisfecho: “Sal del gimnasio ahora
mismo”, me dice delante de los periodistas, que estaban ahí
esperando para las entrevistas. Fue un momento muy
embarazoso».

«A veces, Pat era un tipo genial, y, a veces, podía ser un capullo


integral —asegura Richard Crasnik, el director de promociones del
club—. En una ocasión, los Lakers estaban entrenando y Pat me
hizo correr las cortinas para que el otro equipo —los Mavericks— no
pudieran ver lo que estaban ensayando. Las corrí lo mejor que
pude, pero, al parecer, no era suficiente. «¿Por qué demonios
siguen abiertas?», empezó a gritar. Tuve, literalmente, que pegarlas
con cinta aislante para que no quedara ni una rendija por donde ver
nada. Dick Motta era el entrenador de los Mavs en ese momento y
cuando vio las cortinas cerradas, dijo: “¿Qué cojones es esto?”. Pat
me miró a mí como si fuera cosa mía».

La mujer de Riley también se había convertido en un problema.


Chris, psicóloga de profesión, se dejaba ver a menudo con las
esposas de los jugadores. Cada vez que Wanda Cooper, Linda
Rambis, Angela Worthy o cualquiera de las otras mujeres se
juntaban para algún evento, Chris se apuntaba de inmediato y, en
ocasiones, incluso se ponía a organizar. La mayoría la recuerda
como alguien amable… pero no dejaba de ser una infiltrada que
repetía el mensaje de su marido: la mejor manera de ayudar a los
Lakers a ganar el título era hacer todo lo que sus maridos les
pidieran sin darle demasiadas vueltas. Era inútil resistirse.

«Nos acabó convenciendo —afirma Linda Rambis—. Hicimos un


pacto entre todas para ayudar en lo que pudiéramos al equipo. Kurt
nunca se levantaba a cuidar a los niños en medio de la noche
porque necesitaba dormir y a mí me parecía bien: teníamos un
objetivo común». Si ese objetivo suponía no dejarse ver por el
Forum, preparar la cena y esperar durante horas junto a la mesa
mientras su marido ligaba con las azafatas… en fin, que así fuera.
No había ni un solo jugador de los Lakers que no engañara a su
esposa de alguna manera. «Bueno, probablemente uno, A.C. Green
—bromea una de ellas—. Y no porque estuviera casado, sino
porque era virgen…».
Había un punto sectario en todo aquello, una adhesión irracional a
las reglas y normas establecidas por los Riley. «Me costó bastante
entender de qué iban —asegura Claire Rothman, la vicepresidenta
de contrataciones—. Hasta que me quedó claro: Pat iba de
simpático y luego mandaba a Chris para decirte lo que quería en
realidad. No lo soportaba. Venía a las oficinas y decía: “Si pusieras
otra música durante los partidos, no perderíamos nunca”, y yo le
tenía que explicar: “Mira, Chris, yo no tengo nada que ver con la
música. De eso se encarga otra persona”, pero no le valía esa
respuesta, nunca le valía ninguna respuesta. “Bueno —decía—,
alguien tendrá que hacer algo”. En realidad, el que estaba hablando
por su boca era Pat. Jugaban en equipo».

Chris Riley acabó entregando a Richard Krasnik, el director de


promociones del equipo, una lista de canciones que había que
poner durante los tiempos muertos. Krasnick no le hizo ni caso.
Entonces, Chris Riley le dio otra lista… pero Krasnick volvió a no
hacerle ni caso. Ahora bien, cuando Chris Riley le dio una tercera
lista, Krasnick ya le preguntó a Jerry West qué debía hacer.
Organizaron una reunión, se discutió el problema y, una semana
más tarde, West le hizo llegar a Krasnick la decisión: «Ignórala —le
dijo—. Limítate a ignorarla».

Lo que salvaba a Pat Riley era que se había convertido en uno de


los técnicos más importantes de la NBA. Incluso con la indeseable
presencia de Lucas, con los problemas de Abdul-Jabbar en el rebote
a sus treinta y ocho años (6,1 por partido) y recurriendo a algunas
soluciones desesperadas (Petur Gudmundsson, un pívot de medio
pelo procedente de Reykjavik, Islandia, llegó a formar parte de la
rotación), los Lakers ganaron la División Pacífico con veintidós
partidos de ventaja sobre Portland.

Curiosamente, Riley mostró su mejor versión coincidiendo con la


peor del equipo: el 15 de enero, McAdoo —en su condición de
agente libre restringido— hizo llegar al club el interés de los
Philadelphia 76ers. Dos semanas más tarde, se unió oficialmente al
equipo. La noticia frustró las esperanzas de muchos de los
jugadores, que aún confiaban en que, entre el desastre de Lucas y
el pobre juego del equipo, West rectificara y recuperara a McAdoo.
A partir de ese día, los Lakers comenzaron (por casualidad… o no)
una racha horrible que les hizo perder nueve de los diecinueve
siguientes partidos. Parecieron tocar fondo la noche del 24 de
enero, cuando los Clippers —en su segunda temporada en Los
Ángeles, después de trasladarse desde San Diego— los humillaron
(120-109) en el Sports Arena. En defensa del equipo, hay que decir
que Johnson y Rambis fueron baja con pequeñas molestias, pero…
¿los Clippers? Desde su reubicación, los Lakers no habían perdido
ninguno de los nueve enfrentamientos contra sus vecinos. «Siempre
nos motivaba jugar contra los Lakers, aunque probablemente a ellos
les importáramos un pimiento —afirma el ala-pívot Kurt Nimphius,
que anotó diecinueve puntos para los Clippers aquella noche—. Las
pocas veces que los ganábamos, lo celebrábamos como si fuera
Nochevieja».

La noche siguiente, los Lakers volvieron a caer ante un equipo


inferior, los Denver Nuggets, y siguieron la mala racha con derrotas
ante los Knicks y los Warriors, equipos horribles con registros muy
pobres33. Al final, después de que los Lakers viajaran a East
Rutherford, en Nueva Jersey, para sufrir otra paliza (121-106) a
manos de los mediocres Nets, Riley acabó perdiendo la paciencia.
Después del partido, se saltó la rueda de prensa, echó del vestuario
a los periodistas y se dio una ducha. Los jugadores y el cuerpo
técnico subieron al autobús para viajar durante dos horas y media a
Philadelphia. Riley no abrió la boca en todo el trayecto. Nadie dijo ni
una palabra.

El mensaje estaba claro: Estoy cabreado. Lo sabéis. Ahora dejad de


jugar como si fuerais la sección femenina del Manhattanville
College. Por si eso fuera poco, decidió sentar a Scott, el mejor
jugador exterior de los Lakers, durante los siguientes doce partidos.
El escolta de tercer año estaba jugando bastante bien, promediando
15,4 puntos con un cincuenta y uno por ciento de acierto en el tiro,
pero enfureció a Riley al casarse con su novia, Anita, el 8 de
febrero, en Las Vegas, aprovechando el parón del All-Star. Casarse
formaba parte, junto a periodistas y amigotes, de las «distracciones
tangenciales» a las que tanto se refería Riley. En vez de regalarle a
Scott una bonita cubertería o una panificadora, lo castigó poniendo a
McGee como titular. «Pat era muy listo, pero un poco paranoico —
afirma Anita Scott—. Bueno, no exactamente paranoico, dejémoslo
en sobreprotector. No quería que los jugadores se distrajeran con
nada».

El castigo a Scott marcó el inicio oficial de una nueva relación de


amor-odio entre Riley y sus jugadores. Cuando lo contrataron, Riley
se comportaba como un amigo más de los chicos. Sin embargo,
acabó dándose cuenta de que los grandes entrenadores no eran
amigos de nadie. Vince Lombardi no se iba de chupitos con Bart
Starr. Joe McCarthy y Joe DiMaggio no se iban juntos a ningún
espectáculo de Broadway. Riley siempre había criticado la dureza
de Adolph Rupp en Kentucky, pero ahora lo entendía perfectamente.
A veces, uno tenía que ser frío. Se trataba de ganar, no de llevarse
bien.

Así que si hacía falta cambiar a Scott por McGee para mandar un
mensaje a los demás jugadores, que así fuera. «Pat era muy listo;
muy, muy listo —advierte Spriggs—. Entendía las dinámicas de
grupo y cómo la gente reaccionaba a determinadas situaciones.
Sabía qué botones pulsar. No hacía nada por casualidad».

Scott volvió al quinteto titular a finales de febrero y, a partir de ahí, el


equipo se vino arriba. Empezando por una victoria contra Golden
State el 3 de marzo (127-117), los Lakers encadenaron nueve
triunfos consecutivos y trece en catorce partidos. «Hay que empezar
a coger carrerilla para los playoffs —dijo Riley después del partido
ante los Warriors—. Quedan veinte partidos, cinco semanas. El año
pasado quedamos 36-6 en la segunda mitad de la temporada.
Teníamos un objetivo claro en mente. Veníamos de perder una final
en el séptimo partido. Nuestro objetivo se nutría de la rabia y la
frustración que nos había producido esa derrota. Ahora tenemos
que alcanzar de nuevo ese nivel de concentración. Nuestro objetivo
es repetir. Nuestros jugadores no pueden darse por satisfechos con
el título del año pasado.

»En el último mes solo hemos podido entrenar en condiciones dos


veces entre viajes e historias. Pero ese es nuestro trabajo: viajar y
entrenar. No puedes esperar a que empiecen los playoffs para
tomártelo en serio. Si te reservas para los playoffs, lo mismo ni
pasas de la primera ronda. Hemos tenido demasiadas lesiones. No
habríamos sido tan irregulares sin la sucesión de lesiones de las
últimas cinco semanas. Pero eso ahora da igual: hay que subir el
nivel y prepararse para la gran cita».

El 8 de abril, los Lakers derrotaron 120-114 a Portland para lograr su


victoria número sesenta de la temporada regular y soñar con otro
posible campeonato. Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de
Riley por mantener al equipo motivado, algo no funcionaba. Los
Lakers parecían anestesiados.

En palabras del escolta de los Blazers, Clyde Drexler, tras el partido:


«Parece que están muertos de aburrimiento». A lo que Rambis
añadió: «Somos como uno de esos caballos que solo se ponen a
correr cuando tienen a alguien a quien perseguir».

No parecía la mejor manera de iniciar unos playoffs. El equipo cerró


la temporada con una contundente derrota (127-104) contra los
Dallas Mavericks. En su defensa hay que decir que Gudmundsson
jugó de titular y que Michael Cooper hizo de base puro en lugar de
Magic. A falta de tres días para empezar las eliminatorias, Riley les
dejó claras las cosas: «O mejoráis drásticamente vuestro nivel de
juego o este verano va a haber cambios importantes en el equipo».

Los Lakers abrieron los playoffs barriendo a los Spurs en tres


partidos y a continuación se impusieron cómodamente a los
Mavericks, cuatro a dos, en las semifinales de la Conferencia Oeste.
En cualquier caso, la principal preocupación de Riley eran los
Houston Rockets, segundos clasificados en la liga regular, y con
talento para dar y tomar. Los dos equipos se habían enfrentado
cinco veces y los Lakers solo habían perdido uno de esos
enfrentamientos. Ahora bien, Riley tenía la mosca detrás de la oreja
con Houston y, sobre todo, con la amenaza que suponían sus dos
torres: Akeem Olajuwon y Ralph Sampson.

West y Riley llevaban muchos años en la liga, pero nunca habían


visto nada parecido a las Torres Gemelas de los Rockets. Olajuwon,
de solo veintitrés años y en su segunda temporada en la liga, venía
de promediar 23,5 puntos, 11,5 rebotes y 3,4 tapones como pívot,
mientras que Sampson, a los veinticinco, había sumado 18,9
puntos, 11,1 rebotes y 1,6 tapones jugando de cuatro. Era como si
Bill Fitch, el entrenador, dispusiera de dos Bill Russells. Eran
poderosos, rápidos, dominantes… Contra los Lakers, Fitch decidió
que Sampson, con sus 2.23 metros, defendiera a Abdul-Jabbar y el
alero Rodney McCray —un especialista defensivo— se encargara
de Worthy. Así, Olajuwon se podía dedicar a proteger la zona y
acudir a las distintas ayudas. «El sistema de Bill optimizaba nuestros
recursos y nos hacía encajar a la perfección —recuerda Sampson
—. No era sencillo, y no se había hecho nunca antes».

A lo largo de la temporada, Riley había mostrado repetidas veces su


decepción por la marcha de McAdoo. Ahora, con Olajuwon y
Sampson en lontananza, habría donado su propio salario con tal de
que McAdoo volviera a vestir de púrpura y oro. Era un hombre con
largos brazos y una experiencia brutal sobre una pista de
baloncesto. La suficiente como para (al menos a ratos) buscarles las
cosquillas a esos dos críos. Aunque Riley no era muy partidario de
juntar a Abdul-Jabbar y a McAdoo en la cancha, lo cierto es que
habrían sido un antídoto ideal para las Torres Gemelas. «¿Nos
habría venido bien Mac? —se pregunta Cooper—. Desde luego. Lo
echamos muchísimo de menos».

Durante casi toda la década, salvo en 1981, los Rockets habían sido
los segundones del Oeste, siempre por detrás de los Lakers. Eran
una franquicia modélica, con estrellas de altísimo nivel, una rotación
fiable y un pabellón siempre lleno, pero solo habían logrado llegar a
una final. «Siempre eran un poquito mejores que nosotros —
recuerda el escolta Robert Reid—. Estábamos muy igualados,
mucho más igualados de lo que la gente cree. Pero al final ellos nos
ganaban por algún detalle mínimo».

A mitad de temporada, Sampson empezó a quejarse de su poca


participación en el juego de ataque. Ray Patterson, el general
manager de los Rockets, le preguntó directamente si prefería que lo
traspasaran. Patterson hizo público el desencuentro, pero añadió:
«Nunca, jamás, le dejaremos irse a los putos L.A. Lakers. En la puta
vida». Patterson, como tantos otros altos ejecutivos de distintas
franquicias, consideraba un escándalo que el mejor equipo de la
Conferencia Oeste dispusiera siempre de las mejores elecciones del
draft y pudiera fichar a las estrellas con más talento. De acuerdo, los
Rockets habían conseguido a Sampson y a Olajuwon, pero no
mediante traspasos rocambolescos sino tras dos temporadas
espantosas.

Cuando el 10 de mayo las finales de la Conferencia Oeste dieron


comienzo en el Forum, todo pareció ir según el guion establecido:
los Lakers ganaron 119-107, con un gran Abdul-Jabbar, que hizo lo
que quiso con Sampson y anotó treinta y un puntos. Johnson jugó
su mejor partido de la temporada, con veintiséis puntos y una
exhibición continua de pases precisos (llegó hasta las dieciocho
asistencias). En un momento dado, los 17.505 espectadores se
pasaron dos minutos de pie aplaudiendo un pase picado sin mirar
para un Worthy a la carrera. Johnson agradeció los aplausos con un
gesto y siguió a lo suyo.

Al final del partido, el vestuario de los Rockets parecía una tumba y


los medios dieron la eliminatoria por acabada. «Una victoria
contundente —escribió Chris Jenkins en el San Diego Union-Tribune
—, con la sensación de que Houston no va a durar mucho en estos
playoffs».

«Lo cierto —explica Reid— es que los teníamos exactamente donde


queríamos». Los Lakers habían jugado maravillosamente ese primer
partido, los Rockets habían jugado de pena… y, aun así, la
diferencia había sido de solo doce puntos. ¿Iban McCray y Lewis
Lloyd, los bases titulares de Houston, a meter seis de diecisiete
intentos todos los días? ¿Iba Sampson a perder el balón otras cinco
veces? «Solo podíamos mejorar —afirma Reid—. Era imposible
hacerlo peor…».

Como Sampson medía 2.23 y se enfrentaba en duelo directo con


Abdul-Jabbar, la gente se olvidaba a veces de que el bueno era en
realidad Olajuwon, el musulmán nacido en Nigeria. Salvo en altura y
popularidad, superaba a Sampson en todas las demás facetas.
Olajuwon era un tipo encantador con sonrisa de niño y una
carcajada siempre en la boca. Ahora bien, en la pista no hacía
prisioneros. En 1982, Abdul-Jabbar ya le había preguntado a
Lynden Rose, la elección de sexta ronda de los Lakers, procedente
de la Universidad de Houston, si «el chico africano» era tan bueno
como decían. «Es buenísimo —contestó Rose—, tanto que va a ser
tu sucesor cuando te retires».

Los Rockets sorprendieron a los Lakers con una victoria (102-112)


en el segundo partido jugado en el Forum y a partir de ahí las tornas
cambiaron por completo. Fitch había pedido a su equipo que atacara
a los Lakers desde la defensa: había que impedir que Abdul-Jabbar
recibiera cómodo en el poste bajo, que Scott tirara solo de tres
puntos y cerrarse cada vez que Johnson, Worthy o Cooper
intentaran entrar a canasta. Los Lakers eran un equipo que
intimidaba a cualquiera antes incluso de pisar la pista gracias a su
talento y a sus cuatro finales consecutivas. «¡Id a por ellos! —exigió
Fitch—. ¡Pelead por lo que es vuestro!».

Liderados por Olajuwon, con seis tapones, y por Sampson, con


cinco, los Rockets se negaron a rendirse. Dejaron a los Lakers en
cuatro puntos en los cuatro primeros minutos. «Solo les faltó bajar a
alguien del techo para defenderme —declaró Abdul-Jabbar, que solo
metió nueve de sus veintiséis tiros y acabó con veintiún puntos—.
Ha sido una noche muy dura». Incluso Lucas, el «ejecutor» de los
Lakers, parecía un niño pequeño al lado de las Torres Gemelas.
Riley lo metió en el partido para que dominara la pintura, pero no
funcionó. «Esta victoria nos da mucha confianza de cara a los
partidos en Houston. No podemos perder ahí —dijo Olajuwon—.
Haremos lo que haga falta para ganar».

Durante los tres siguientes partidos, Olajuwon pasó de ser una de


las mayores promesas de la NBA a comerse a los Lakers con
patatas. Era absurdo seguir poniéndolo a la altura de Sampson. Ni
siquiera Abdul-Jabbar o Patrick Ewing, de los New York Knicks,
resistían la comparación. No, Akeem Olajuwon era harina de otro
costal. Anotó cuarenta y treinta y cinco puntos en las dos victorias
de su equipo en el Houston Summit y, por último, otros treinta en el
triunfo decisivo en el quinto partido (112-114), dejando muda a la
afición del Forum.

Aunque la última canasta fue un palmeo a la desesperada de


Sampson (después de que Olajuwon hubiera sido expulsado por
pelearse con Kupchak en los minutos finales del último cuarto), la
eliminatoria solo había tenido un dueño: Akeem Olajuwon. Abdul-
Jabbar intentó defenderlo, Rambis intentó defenderlo, Lucas intentó
defenderlo. Incluso Gudmunsson tuvo su oportunidad. El único que
se quedó sin probar fue Cooper, el mejor defensor del equipo
(aunque demasiado enclenque para esa tarea). «Jugó demasiado
bien —admite Rambis—. Nunca sabíamos hacia qué lado iba a
girarse. Podía moverse a la perfección en todas las direcciones,
bailaba sobre la pista. Era alto, tenía unos brazos larguísimos y
podía tirar echándose hacia atrás. Además, en defensa, se hinchaba
a tapones. Demasiado bueno».

No hacía tanto tiempo que la prensa al completo hablaba de los


Lakers como de una de las posibles grandes dinastías en la historia
de la NBA. Habían ganado más de sesenta partidos en temporadas
consecutivas y habían jugado cinco de las últimas siete finales y
ganado tres de ellas: tenían la plantilla más completa y con más
estrellas de la liga, con un base estratosférico y un pívot de leyenda.

Ahora, por primera vez en mucho tiempo, Buss y West se


planteaban si no estarían yendo por el camino equivocado.

Si, quizá, solo quizá, habría que plantearse un gran cambio.


CAPÍTULO CATORCE

Worthy superstar

DESPUÉS DE CUATRO AÑOS EN LOS ÁNGELES, a James


Worthy le seguía costando encontrar buenas palabras para una
ciudad que no acababa de gustarle. Solía insistir en que tarde o
temprano, en cuanto pudiera, volvería a Carolina del Norte, donde la
hierba crecía salvaje, el aire era más puro y la gente presumía de
ser normal y humilde. «En Los Ángeles, hay mayor libertad en las
costumbres —decía—. La gente es buena, pero es distinta a la que
tengo por costumbre frecuntar». Todo el mundo insistía en que
James Worthy no encajaba bien en Hollywood y ni siquiera él mismo
se hubiera atrevido a negarlo. Con una hamaca, una agradable brisa
y una limonada con hielo, aquel hombre era feliz. O casi.

Tras completar la mejor temporada de su carrera profesional,


Worthy ya podía considerarse parte de la élite NBA por derecho
propio. Había promediado veinte puntos y 5,2 rebotes por partido y
lo habían votado como titular en su primer All-Star. Cada vez más
empresas solicitaban su presencia en eventos, le llovían los
patrocinadores y los aficionados se volvían locos cuando se lo
encontraban en algún lugar.

Aunque todo el mundo sabía que estaba felizmente casado con


Angela Wilder, su novia de la universidad y antigua animadora en la
Universidad de North Carolina, Worthy se estaba empezando a
ganar fama de mujeriego en el Forum. «James no hacía ruido, pero
—como casi todos nosotros— tenía su lado oscuro —afirma Mark
Landsberger—. Le gustaban las mujeres y los bares de striptease».
Worthy tenía veinticinco años y se podía considerar una
superestrella… aunque no una superestrella al uso. Había algo
misterioso en James Worthy. Algo que lo diferenciaba de los demás
Lakers. Le faltaba el magnetismo de Magic Johnson y la grandeza
de Abdul-Jabbar. Era un tipo agradable y simpático, pero no
demasiado agradable ni demasiado simpático. Bruce Newman,
redactor de Sports Illustrated, dio en el clavo cuando escribió que
Worthy «suele tener un aspecto triste, con un aire de preocupación,
como un ladrón sorprendido saltando la verja de una casa. Worthy
tiene el rostro que uno espera de un actor en una película de Ingmar
Bergman, con ese gesto que indica que algo va mal, que un
problema acecha. El tipo de rostro que, cuando uno se gira de
repente durante un funeral, se suele encontrar al fondo de la iglesia,
observando todo desde cierta distancia».

En resumen, Worthy era indescifrable. ¿Estaba feliz o estaba triste?


¿Satisfecho o insatisfecho? ¿Era un líder o un gregario? Nadie —ni
siquiera sus compañeros— podía afirmarlo con seguridad. Lo que sí
podía afirmar Jerry Buss después del fiasco de los playoffs es que
había que cambiar algo en el equipo. Aunque no hacía sangre de
los errores ajenos, sí es verdad que Buss exigía siempre el máximo
a los demás. Y cuando por un motivo o por otro ese máximo no se
alcanzaba, pedía explicaciones y buscaba responsables.

En favor del propietario, hay que decir que rara vez se metía en las
decisiones técnicas. Uno de esos raros momentos se dio en 1979,
cuando —para agradar a los aficionados locales y pensando que así
venderían más abonos— le pidió a Jack Kent Cooke que utilizara la
segunda elección de primera ronda (después de Johnson) en Brad
Holland, el escolta bajito de UCLA. ¿Cómo funcionó la cosa?
Holland —un tipo no especialmente rápido para su puesto—
promedió 2,9 puntos en setenta y nueve partidos con los Lakers.
Inmediatamente después, los Pistons eligieron a Phil Hubbard, de
Michigan, quien disfrutó de una productiva carrera de diez años en
la NBA. «Jerry es un genio —afirma Lon Rosen—, pero esa vez la
cagó».
Ahora, Buss parecía a punto de volver a cagarla. Desde que
eliminaran a los Lakers, Johnson no dejaba de insistirle en las
virtudes de Mark Aguirre, el alero estrella de Dallas y amigo suyo de
toda la vida. Elegido en primera posición del draft de 1981, Aguirre
tenía largos brazos, una gran fortaleza física y una enorme variedad
de movimientos bajo el aro. Al igual que Johnson, Aguirre era un
chico del Medio Oeste (Chicago, en su caso) con una determinación
de acero bajo su sonrisa amable. Cuando los Lakers perdieron
contra Boston el partido decisivo de las finales de 1984, Aguirre
(junto a Isiah Thomas, de los Pistons) acudió inmediatamente a la
habitación de hotel de Magic para consolarlo. Magic y él eran más
que amigos. Eran íntimos.

Así pues, justo antes del draft de 1986, previsto para el 17 de junio,
Buss se puso en contacto con Donald Carter, propietario de los
Mavericks, para tantear la posible incorporación de Aguirre.
Hablaron largo y tendido y se comprometieron a un inicio de
acuerdo por el cual Worthy sería la moneda de cambio.
Sorprendentemente (o quizá no tanto), Buss prefirió mantener al
margen de la operación a Jerry West, el mejor general manager de
la historia de la NBA. ¿Por qué? Porque si a Johnson le parecía bien
fichar a Aguirre, no había más que hablar. Confiaba en el juicio del
base más que en el de ninguna otra persona, incluyendo al GM.
¿Para qué pedirle opinión a Jerry West cuando no iba a alterar para
nada lo que ya estaba decidido? «Earvin, como portavoz de la
plantilla, me sugería nombres todo el rato y yo lo escuchaba —
escribió West en su libro—. Pero nunca me dijo nada de Aguirre. En
cualquier caso, quien me decepcionó fue Buss. Debería haberme
avisado de lo que estaba haciendo y de sus reuniones con Carter».

El día del draft, Buss y Carter confirmaron de palabra que su


acuerdo seguía en pie: Worthy a los Mavericks a cambio de Aguirre
y la séptima elección de ese año, el ala-pívot de Michigan, Roy
Tarpley. Cuando, inevitablemente, West se enteró de la operación,
se volvió completamente loco. Llamó a Buss y le dijo que el acuerdo
era un tremendo error y que Aguirre, por talentoso que fuera, era un
jugador egoísta que destrozaría la química de los Lakers. De hecho,
West acababa de despedir a Maurice Lucas por esa misma razón.
Worthy, le explicó, podía ayudar al equipo de veinte maneras
distintas. Si Aguirre no tenía el balón y no podía anotar, no sabía
hacer nada más. «Jerry y yo hemos ido desarrollando una serie de
reglas —diría Buss posteriormente—. Me deja decirle lo que pienso:
con quién jugar, a quién draftear, cuál sería nuestro mejor
entrenador, qué tipo de baloncesto es el que me gusta… con la
condición de que luego él pueda hacer lo que le dé la gana».

Buss le explicó a West que ya había cerrado el acuerdo con Carter.


¿Había firmado algún contrato? No. ¿Lo sabían los jugadores? No.
¿Los medios de comunicación? No. «Entonces —dijo West—, no
está cerrado». El general manager le lanzó el siguiente ultimátum al
propietario: Si esto sale adelante, yo dimito.

Buss tuvo que ceder.

West llamó a Carter y le explicó que se echaban atrás. El propietario


de los Mavericks se enfadó, como es lógico, pero entendió que no
había nada que hacer. Se quedaría con Aguirre y con Tarpley.34

Worthy estaba en un hotel en Chapel Hill, Carolina del Norte, sin


prestar atención a la retransmisión del draft, cuando, de repente,
empezaron a llamarle amigos y familiares: los comentaristas
acababan de decir que los Lakers y los Mavericks habían llegado a
un acuerdo «con la aprobación de Magic Johnson».

«Vaya, tiene pinta de que vamos a traspasar a alguien», pensó


Worthy sin darle demasiada importancia… hasta que se enteró de
los detalles, claro. «Es imposible describir lo que me dolió todo
aquello —afirma Worthy—. Sentía que por fin empezaba a encajar
en el equipo y a ser una parte importante del mismo». A los pocos
minutos, Frank Brady, periodista del Los Angeles Herald-Examiner
lo llamó para pedirle unas palabras al respecto. Para un periodista
no hay nada mejor que pillar a su entrevistado con la guardia baja…
y en este caso, Worthy estaba dispuesto a no callarse nada. Aquello
fue un regalo de los dioses para Brady, porque Worthy solía ser un
pésimo entrevistado: reservado, distante, pasota… «James era un
buen tipo —afirma John Black, el director de relaciones con los
medios a partir de 1989—. Pero era una tortura trabajar con él». De
hecho, en una ocasión, los dos estaban jugando al golf en el North
Ranch Country Club, en Westlake Village (California), y Black tenía
ante sí un putt de unos quince metros con una caída de metro y
medio.

—Si metes esta —le dijo Worthy, entre risas—, haré todas las
entrevistas que me pidas el próximo año.

—¿En serio? —dijo Black.

—En serio —contestó Worthy.

Black sacó su putter, golpeó la pelota y vio como se acercaba poco


a poco al hoyo en la dirección correcta hasta que… ¡entró! «Me tiré
al suelo, muerto de la risa —recuerda Black—. Un par de meses
después, le pedí a James que hiciera una entrevista y me dijo: “No,
paso”.

«El putt…», le recordó Black.

Silencio.

«Maldita sea, el puto putt —contestó Worthy—. Ese puto putt».

«Cumplió su palabra e hizo todo lo que le pedí durante un año —


admite Black—, pero siempre haciendo de tripas corazón».

Recién enterado del posible traspaso, Worthy estaba deseando


rajar. Le soltó un rollo de diez minutos a Brady acerca del respeto y
la lealtad y que la franquicia no lo valoraba como la estrella que era.
Estaba más que dispuesto a irse a Dallas y vengarse de los Lakers.
A ver cómo le defiende Aguirre en el poste bajo, a ver cómo se las
apaña…

«Era joven y estaba muy cabreado —recuerda Worthy—. A las


cuarenta y ocho horas, ya me había dado cuenta de que las cosas
en la liga eran así. Los Lakers no tenían por qué llamarme. Podían
hacer lo que les diera la gana. Me faltó madurez en la reacción. No
tenía experiencia y los nervios me hicieron reaccionar antes de
tiempo». Además, cuanto más pensaba en Dallas, más se iba
haciendo a la idea de jugar en los Mavericks. El hermano de Worthy,
Danny, vivía allí. Su amigo y compañero de universidad, Sam
Perkins, formaba parte del equipo y también contaban con uno de
los mejores jóvenes de la liga, el escolta Rolando Blackman. Dallas
había ganado cuarenta y cuatro partidos la temporada anterior sin
él. «Habríamos sido muy buenos —admite—, pero…».

Nunca sucedió.

Johnson se pasó las siguientes semanas intentando limitar los


daños. Cinco años antes, le había insistido a Buss para que
despidiera a Paul Westhead y luego negó tener nada que ver en la
decisión de echarlo. Ahora, después de decirle a Buss que cambiar
a Worthy por Aguirre era un negocio redondo, se puso a contarle a
todo el mundo que aquello habría sido un desastre. «Earvin era muy
amigo de Mark Aguirre, pero admiraba a James como jugador —
explica Rosen—. Ganar era lo más importante para él, no me puedo
creer que estuviera detrás de ese traspaso».

Pero lo estaba.

Como Johnson era el rostro visible de los Lakers, ninguno de sus


compañeros salió a criticarlo. Sin embargo, cuando el equipo se
reunió en octubre para la concentración de pretemporada, Worthy y
él tuvieron una muy necesaria charla en la que Johnson reconoció
que no se habría opuesto al traspaso… pero solo porque Dallas
ofrecía mucho a cambio. «Además, eran íntimos amigos —añade
Worthy—. Era lógico que prefiriera jugar con Mark». A su vez,
Worthy se disculpó por haberse precipitado en la reacción. «Me
sentí traicionado —le explicó a Magic—. Pero eso no es excusa».
Preguntado en rueda de prensa, Worthy expresó un gran alivio por
seguir vistiendo de púrpura y oro. Pero también mandó un mensaje
de resignación: «Si traspasaron a Wilt Chamberlain —dijo— y
traspasaron también a Kareem, ¿por qué no me iban a traspasar a
mí? Siempre he sido consciente de que, tarde o temprano, habría
rumores que me afectarían. Lo que me ha desconcertado es que
haya sido en este momento, cuando aún soy joven y vengo de un
año bastante bueno. Ni siquiera estaban pidiendo un pívot a
cambio».

Aunque Johnson y Worthy eran dos de las tres superestrellas del


equipo, apenas tenían relación fuera de la pista. Se llevaban bien,
pero tenían personalidades diferentes con opiniones diferentes y
estilos de vida muy distintos. Cuando Johnson organizaba una de
sus famosas fiestas, Worthy no siempre estaba invitado.

«Se podía sentir una cierta tensión entre ellos —afirma Frank
Brickowski—. Magic se llevaba todos los focos y James también
quería su parte de reconocimiento. De alguna manera, ambos
luchaban por ser el líder de la manada». «Conectábamos bien como
compañeros —asegura Worthy—. Yo era un chico callado, pero
también podía ser testarudo y cabezota. Tuve que acostumbrarme a
que Magic mandaba ahí y había que hacer lo que él dijera. No me
parecía mal, ojo, se lo había ganado. Pero me costó un tiempo».

El conflicto entre el base y el alero era el principal dilema al que se


enfrentaba Riley en su intento de equilibrar de nuevo al equipo y
recuperar el anillo perdido. Toda su filosofía como entrenador se
basaba en la concentración absoluta. No podía haber focos de
distracción. Si dos jugadores secundarios hubieran tenido un
problema entre ellos, Riley se habría cargado a uno de ellos y punto.
Eso no podía hacerlo con Johnson y Worthy, tenía que confiar en
que actuaran como profesionales, cosa que hicieron. «Lo realmente
importante era ganar —afirma Worthy—. Luchar otra vez por otro
título».

Aunque el traspaso Worthy-Aguirre no salió adelante, sí que hubo


varios cambios significativos en el plantel de los Lakers para la
temporada 1986/87. Lucas dejó el equipo, como lo dejaron también
otros dos jugadores con tendencia a las lesiones: Larry Spriggs (que
acababa contrato) y Mitch Kupchak (que dio el salto a los
despachos). Cansado desde hacía ya tiempo de las limitaciones de
su juego, West consiguió por fin deshacerse de Mike McGee, a
quien mandó a Atlanta a cambio de los derechos de Billy Thompson,
el alero de Louisville que los Hawks acababan de seleccionar en
primera ronda del draft.

El cambio más extraño, sin embargo, se hizo público el 13 de


octubre, cuando los Lakers confirmaron el fichaje del base Wes
Matthews, agente libre que había jugado cuarenta y seis partidos en
San Antonio la temporada anterior.

Desde la marcha de Norm Nixon, West andaba buscando un base


fiable que pudiera manejar el balón cuando Johnson tuviera que
descansar. Ronnie Lester, la estrella de la Universidad de Iowa,
había decepcionado a todos, al igual que Eddie Jordan, el chico de
Rutgers al que habían repescado durante algunas semanas en
1984.

Cuando los jugadores de los Lakers se enteraron del fichaje de


Matthews, no pudieron evitar un gesto de sorpresa. Desde que lo
draftearan los Bullets en la primera ronda de 1980, no había
conseguido asentarse en ninguna franquicia: de Washington había
pasado a Atlanta, luego a San Diego, de nuevo a Atlanta, de ahí a
Philadelphia, a Chicago y a San Antonio. Todos los ejecutivos
coincidían en lo mismo: tenía un gran talento… y una personalidad
desconcertante. Matthews era un chico duro de Bridgeport,
Connecticut, que (ojo al cliché) consiguió salir de la calle gracias a
las actividades extraescolares del North End Boys Club y del Father
Panik Village. Aunque ahora viajaba en primera clase de una ciudad
a otra, seguía siendo ese mocoso que se negaba a rendirse ante
nadie. Matthews era muy directo y soltaba lo primero que se le venía
a la cabeza sin pensar en las consecuencias. «Cada vez que iba a
negociar con el general manager de turno, me preguntaban si Wes
iba a ser un buen chico fuera de la cancha y no iba a meter la nariz
donde no debía —recuerda Robert Ezor, su agente—. Tampoco es
que Wes fuera por ahí matando a nadie, solo le faltaba un poco de
autocontrol».
La mayoría de sus nuevos compañeros recordaban perfectamente a
Matthews de la primera ronda de playoffs de la temporada anterior.
Los Lakers se habían paseado ante los Spurs en tres partidos, con
una diferencia media de treinta y un puntos. Al final del tercer
partido, con su equipo perdiendo otra vez de paliza, Matthews pasó
junto al banquillo de los Lakers y Johnson lo vaciló: «¿Has
reservado ya las vacaciones?». Matthews contestó: «¡Solo cuando
acabe esta obra maestra!». Matthews había anotado treinta puntos
con una serie de trece de veintiún intentos.

Sin perder ni un segundo, Johnson sonrió y le gritó: «Claro, de eso


se trata este juego, ¿no? Vaya gilipollas de mierda».

Todos los Lakers —los jugadores y los entrenadores— empezaron a


partirse de risa. Sin embargo, a West, que siempre andaba
quejándose de la falta de dureza de su equipo, le gustó cómo
Matthews había plantado cara a Magic (irónicamente, Matthews
odiaba a West: «Ese hijo de puta era demasiado arrogante —explica
—. Entiendo que tenía sus motivos: había sido un gran jugador, una
leyenda… pero, joder, arrogante como pocos»). Cuando el nuevo
base llegó a la concentración, todos se quedaron de piedra. «Estaba
loco —asegura el preparador físico, Gary Vitti—. Hoy en día, alguien
le habría diagnosticado un TDA o un TDH, pero, en aquel momento,
nos pareció que era un pirado, sin más. Recuerdo una vez que iban
a jugar un partidillo a media pista y Riley estaba dando algunas
instrucciones. Wes no podía concentrarse durante mucho tiempo,
así que dejó a Riley con la palabra en la boca, se dio la vuelta y
empezó a botar el balón durante unos treinta segundos. Después
volvió a unirse al corrillo. Necesitaba esos treinta segundos para
desconectar».

«Wes era un tipo raro —afirma Josh Rosenfeld, el director de


relaciones con los medios—. Recuerdo un partido en el Madison
Square Garden, contra los Knicks, para el que me pidió unas
entradas. Yo le dije: “Emm, Wes, estamos ya en el segundo
cuarto…”. Se había olvidado de que su madre estaba fuera
esperando o algo por el estilo. Siempre le pasaban cosas así».
Fuera de casa, Matthews solo comía en McDonald’s, Burger King o
Wendy’s. Los compañeros lo apodaron Wild Wild Wes. «Se pasaba
la noche entera de juerga —recuerda uno de los jugadores—, venía
al entrenamiento, se ponía a correr como un loco, hacía todo lo que
le decían y luego se iba de juerga otra vez».

Aunque no estaba tan loco como Matthews, el otro nuevo fichaje de


los Lakers tampoco le andaba demasiado a la zaga. En su empeño
por juntar la plantilla perfecta, West no dejaba de probar, mezclar,
encajar, sumar y restar. En definitiva, no dejaba de tomar riesgos. Al
deshacerse de McGee, acabó fichando a Thompson, un ala-pívot de
2.01 salido de Camden, en Nueva Jersey. «Joder, era un enorme,
enorme, enorme, enorme, enorme, enorme atleta —afirma Matthews
—. Nunca había visto nada parecido. Pero tenía la cabeza a
pájaros…».

Hay un viejo dicho en Los Ángeles: cuando Wes Matthews dice que
tienes la cabeza a pájaros, háztelo mirar. Durante sus cuatro años
en Louisville, Thompson destacó por su enorme talento y por sus
coqueteos con la cocaína. Para cuando se unió a los Lakers ya se
había alejado de las drogas para abrazar a Jesucristo como
salvador de los hombres. La buena noticia era que Thompson
estaba por fin limpio. La mala era que ni siquiera Jesucristo podía
hacer milagros con su capacidad de organización. Con la posible
excepción de Earl Jones, nadie sacó tanto de quicio a Pat Riley
como Billy Thompson. Llegaba tarde a los entrenamientos, llegaba
tarde a los partidos, llegaba tarde a las sesiones de recuperación,
llegaba tarde a los actos públicos y llegaba tarde al autobús.
Durante un entrenamiento en Richfield, Ohio, a mediados de
diciembre, sacó de su bolsa dos zapatillas del pie izquierdo. «No
fastidies, ¿y esto?», dijo, con una media sonrisa. En abril, se olvidó
de adelantar la hora por el solsticio de primavera y llegó cuarenta y
cinco minutos tarde al pabellón. «Se lo explicamos a todos: hay que
adelantar el reloj una hora en primavera y retrasarlo en otoño —
recuerda, desesperado, Riley—, pero con él no había manera…».
«Mi mejor recuerdo de Billy puede ser también uno de mis mejores
recuerdos como jugador de los Lakers —relata Kurt Rambis—: Pat
estaba hablando al equipo y Billy estaba mirando a todos lados, con
la mirada perdida, sin prestar atención. De repente, estornudó a lo
bestia y le salieron volando los dientes. (Thompson se había roto los
dientes frontales en Louisville y le habían tenido que colocar un
puente en la boca). No podíamos parar de reírnos, Billy tampoco
podía parar de reírse… pero Riley nos miraba todo serio, sin mover
ni un músculo de la cara. No le hizo mucha gracia».

En otra ocasión, mientras los Lakers estaban esperando para


embarcar en un avión, Thompson se puso a charlar tranquilamente
con un hombre en el aeropuerto. «Estaban hablando de Dios y de la
Biblia y encajaron de maravilla —explica John Black, ayudante en
aquel momento de Josh Rosenfeld—, así que Billy le ofreció al tipo
sus entradas para el siguiente partido y le dijo que se las dejaría en
la taquilla a su nombre. Bueno, cuando llegó la noche, por supuesto,
Billy ya se había olvidado del nombre de aquel tipo, así que metió
las entradas en un sobre y escribió PARA EL TIPO DEL
AEROPUERTO encima».

Al contrario que Matthews, un buen director de juego con un gran


manejo del balón, Thompson nunca aportó nada de valor.
Físicamente era una bestia, pero no entendía el juego. Cometía
errores absurdos, defendía mal y le costaba entender incluso lo que
era un bloqueo y continuación. «Podría haber sido un gran jugador
—afirma Mike Smrek, el nuevo pívot suplente—. Pero vivía en otro
mundo. Recuerdo una vez que estábamos sentados en el autobús,
listos para ir a un partido y Billy no aparecía por ningún lado.
Llamaron a su habitación, pero no contestaba nadie. Golpearon la
puerta con insistencia, pero nada. No había rastro de Billy. Al final
consiguieron que el gerente del hotel les abriera la puerta, porque ya
estaban preocupados, y se encontraron a Billy sentado en la cama.
Estaba sentado, sin más. Igual te imaginas que en ese momento
saldría escopetado al autobús, pero no. Salió de la habitación
tranquilamente y a su ritmo. Así era Billy Thompson».
***

Incluso con un Worthy dolido en su orgullo y un buen montón de


jóvenes novedades, los Lakers seguían siendo los máximos
favoritos de la Conferencia Oeste. El núcleo era básicamente el
mismo, aunque la filosofía había cambiado. Por fin, Riley tomó la
decisión de reducir drásticamente el papel de Abdul-Jabbar como
referente ofensivo. Cerca de su cuadragésimo cumpleaños y en lo
que iba a ser su decimoctava temporada en la liga, el pívot seguía
siendo un excelente jugador… pero ya no era la estrella decisiva
que había sido durante años. Cada temporada era un poco más
lento que la anterior y su defensa dejaba más que desear.

En su momento, solo los mejores pívots de la liga como Moses


Malone o Akeem Olajuwon le ganaban la partida, pero ahora incluso
los Jack Sikmas y los Mike Gminskis hacían lo que querían con él
en ataque. Riley quería recortar los minutos de Abdul-Jabbar en
pista, pero para eso necesitaba un suplente y no había manera de
conseguir uno fiable. West lo intentó con el pívot de los Bulls,
Jawann Oldham, pero al final no hubo acuerdo y se tuvo que
conformar con Smrek, un tipo enorme (2.13 metros y ciento trece
kilos) pero aún por pulir baloncestísticamente hablando. Un año
más, Riley se veía obligado a mantener a Kareem en pista incluso
con la luz del depósito encendida; siempre, eso sí, de segundo
espada de Magic Johnson, el líder indiscutible del equipo.

«¿Sabes cuándo me di cuenta de que el que mandaba era Magic,


mucho más que Kareem? —pregunta Brickowski, uno de los nuevos
fichajes de ese año—. Mira, firmé el contrato y llegué a Chicago
para mi primer entrenamiento, antes de un partido de pretemporada
contra los Bulls. Todo el mundo me da la bienvenida, Pat me
presenta al resto del equipo, nos ponemos en corrillo a su alrededor,
todo el mundo junta las manos y Pat dice: “Vamos a hacer esto y
luego esto otro y en dos horas y cuarto, habremos acabado”. Y
Magic le contesta: “Querrás decir una hora y cuarto…”. Pat insiste:
“No, no… dos horas y cuarto” y Magic le corrige: “A ver, me pareció
entender que como veníamos de jugar ayer mismo, el
entrenamiento de hoy sería de una hora y cuarto…”. Se hace el
silencio durante unos tres segundos, hasta que Pat dice: “Exacto,
una hora y cuarto”. Magic se marcha tranquilamente, me sonríe y
dice en voz alta: “Eso es lo que creí entender desde el principio”».

Los Lakers empezaron la temporada con un 11-2 en noviembre,


llegando a encadenar nueve victorias consecutivas. Johnson
arrancó mejor que nunca, promediando 20,5 puntos y 11,5
asistencias. Cualquier posible hostilidad hacia Worthy quedó
aparcada, y entre los dos y Byron Scott consiguieron llenar el vacío
en ataque que iba dejando un decadente Abdul-Jabbar. «Esos tíos
eran como máquinas —explica Brickowski respecto a Johnson,
Worthy y Scott—. Rápidos, ágiles, fuertes y letales. Nunca había
estado en un equipo con jugadores de ese nivel».

Después de años y años escuchando a los medios y a los


aficionados que Rambis no podía ser titular, Riley por fin lo mandó al
banquillo. Aunque A.C. Green aún tenía mucho por mejorar, al
entrenador le gustaban su resistencia física y su entrega. En sus
primeros cuatro partidos como titular, Green promedió 15,7 puntos y
nueve rebotes, unos números con los que Rambis no podía
competir. «Probablemente, A.C. nos sea de mayor ayuda de titular
—afirmó Riley—. Va cogiendo el ritmo y, cuando los demás
empiezan a estar ya cansados, él sigue yendo a más». Green
también se benefició de la presencia de Thompson, cuyos sermones
constantes acerca de la Biblia distrajeron la atención de sus
compañeros respecto a la virginidad de A.C. Green. Ahora, al
menos, los chistes estaban más repartidos. «Billy estaba loco —
afirma Matthews—. Se hacían más bromas sobre eso que sobre la
virginidad».

Aunque no mostró públicamente su enfado, a Rambis le sentó mal


perder su condición de titular… y lo mismo se puede decir de su
legión de seguidores. A lo largo de los años, tras pasar de jugador
marginal a pieza importante en los distintos campeonatos de los
Lakers, Rambis había visto como cada vez más aficionados
llegaban al Forum con gafas de pasta, bigotes falsos y camisetas
doradas con el número 31 (su dorsal) serigrafiado. «Al principio,
pensé que se estaban burlando de mí —explica Rambis—. Yo
odiaba esas gafas horribles, lo que pasa es que las normales se
rompían con facilidad y tuve que buscar unas que fueran
indestructibles. Al ver a esos aficionados con unas gafas parecidas,
lo primero que pensé era que se estaban riendo de mí. Los invité al
Forum Club para charlar con ellos y pedirles explicaciones. Cuando
entré por la puerta, parecía que había entrado Jesucristo o Elvis.
Estaban en plan “¡Oh, nos encanta cómo juegas! ¡Eres el mejor!”, y,
claro, yo me quedé ahí cortado, sin saber cómo reaccionar…».

Aunque su héroe había sido relegado al banquillo, los miembros de


las Rambis Youth [Las Juventudes de Rambis] pudieron seguir
disfrutando de un espectáculo sin igual en la NBA. El 12 de
diciembre, los chicos de Riley viajaron a Boston para retomar la
rivalidad de años atrás. Después de derrotar a los Houston Rockets
en seis partidos en las finales del año anterior, los Celtics eran de
nuevo los defensores del título. Solo que este año eran más débiles.
Bill Walton, el extraordinario pívot, arrastraba en esta su segunda
temporada de verde y blanco una inflamación en el tobillo que
apenas lo dejaba jugar. Además, Larry Bird y Robert Parish también
estaban con molestias. Los Celtics habían ganado los últimos
cuarenta y ocho partidos en casa, pero incluso Red Auerbach, el
presidente del club y ferviente amante de los puros, parecía intuir
que la racha podía acabarse en cualquier momento. «No estamos al
cien por cien», afirmó con cierta resignación.

El día antes del partido, la prensa cogió a Bird y a Johnson y le


preguntaron al uno por el otro. Era algo ya habitual en la prensa de
Boston y en la de Los Ángeles. Normalmente, ninguno de los dos se
explayaba demasiado: Bird soltaba un gruñido y Johnson se limitaba
a sonreír. Lo importante era el partido. Sin embargo, esta vez, todo
fue distinto. El tiempo, la experiencia, los campeonatos, los All-Stars
y un par de anuncios rodados juntos habían acercado mucho a
estos dos antagonistas. No es que se fueran a cenar después del
partido, pero Bird empezó a reconocer públicamente que le caía
bien Johnson y Johnson empezó a reconocer que le caía bien Bird.
Un par de años antes, apenas se habrían mirado a los ojos en la
cancha. «Ahora, al menos nos echamos una mirada —explicó
Johnson—. No nos hace falta decir nada, solo nos miramos y es
nuestra manera de mostrarle respeto al otro. Creo que la prensa ha
hecho mucho por distanciarnos, todo ese rollo Magic vs Bird… y
nosotros, a su vez, interiorizamos esa rivalidad. No es que nos
odiáramos, pero no nos gustábamos. Yo no quería que él ganara
nunca y él no quería que ganara yo». Para sorpresa de muchos (y
gran enfado de Riley), Johnson incluso asistió a uno de los partidos
entre los Celtics y los Rockets y animó a los de Boston.
«Sinceramente, creo que Earvin siempre necesitó la aprobación de
Larry —afirma Michael Cooper—. No sé por qué, pero en esa
relación era él el que buscaba al otro».

¿Quería eso decir que Johnson iba a tomárselo con más calma
contra los Celtics? Ni de broma. Los Lakers remontaron ocho puntos
en el último cuarto para tomar el Boston Garden (110-117). Johnson
metió treinta y un puntos, y acabó como máximo anotador de su
equipo, pero eso no fue todo. Cuando vio que la defensa de Boston
se centraba por completo en él, Johnson empezó a penetrar a
canasta con la única intención de buscar a Abdul-Jabbar. El pívot
anotó catorce de sus veintiséis puntos en los últimos diez minutos y
Cooper anuló a Bird, dejándolo en solo seis puntos en el último
cuarto. «Jugamos un último cuarto horrible… y ellos lo hicieron muy,
muy bien», reconoció K.C. Jones, el entrenador de los Celtics.

Los Lakers estaban en racha. Menos de un mes después de sus


nueve victorias consecutivas, encadenaron otra serie de ocho
victorias, incluyendo dos contra los Rockets (Johnson anotó treinta y
ocho puntos sin Abdul-Jabbar para ganar 103-98 y luego anotó
treinta para volver a ganar 134-111), una paliza a los Philadelphia
76ers (otros veintiocho puntos de Johnson) y un espectacular paseo
(155-118) contra Phoenix.
La paliza a los Suns le procuró a Riley una especial satisfacción. Su
equipo no solo empató un récord de la NBA al anotar ochenta y
nueve puntos en la primera mitad, sino que les plantaron cara a sus
rivales cuando quisieron pasarse de listos. Phoenix era un equipo
vulgar que acabaría con treinta y seis victorias, pero compensaba su
escaso talento con una desagradable tendencia al juego sucio. A
falta de cuatro minutos y cuarenta y un segundos para el final del
partido, Grant Gondrezick, un base novato proveniente de
Pepperdine, le dio un codazo a Brickowski. The Brick [El Ladrillo,
como lo conocían sus compañeros] respondió liándose a puñetazos.
Los árbitros se metieron para detener la pelea y Matthews se puso a
insultar como loco a Al Bianchi, el segundo entrenador de los Suns.
Bianchi tenía cincuenta y cuatro años y rondaba los ochenta kilos.
Iba vestido con traje y corbata y parecía que no había matado una
mosca en su vida. Aun así, Matthews se fue a por él, Bianchi se fue
a por Matthews y empezaron a cruzarse mamporros. Los dos fueron
expulsados y William Bedford, el pívot de 2.15 de los Suns tuvo que
llevarse a Bianchi al vestuario. «Me da igual si mide 1.60 o 2.20, no
voy a dejar que nadie me insulte de esa manera —gritaba Bianchi—.
Especialmente ese cabeza de chorlito».

Cuando se enteró del comentario de Bianchi, Matthews le respondió


ante la prensa: «Si quiere que nos veamos en la calle, no tengo
ningún problema —dijo—. Lo que pasa es que es demasiado viejo.
Yo nunca sería tan idiota como él, no me metería así con un chico
mucho más joven».

Riley estaba encantado con la que se había liado. Brickowski y


Matthews habían reaccionado a las provocaciones como había que
hacerlo. A lo largo de los años, el entrenador había visto a muchos
equipos potentes volverse comodones. Ni te das cuenta: ganas un
partido, luego dos, luego cuatro… Te empiezan a pesar las piernas,
te cuesta concentrarte, el partido se te pone de cara y empiezas a
vaguear. «Es inevitable —dijo Matthews a la prensa—. La
temporada es muy larga. Es muy difícil estar al cien por cien cada
noche».
Un mes exacto tardaron las palabras de Matthews en hacerse
realidad. El 2 de febrero de 1987, los Lakers cayeron en casa ante
los Mavericks (99-103). Era la tercera derrota de los Lakers en cinco
partidos. No es que fuera un partido especialmente malo: Dallas
ganó la lucha bajo los tableros (cincuenta y un rebotes por treinta y
tres de los Lakers) frente a un Jabbar demasiado lento y cansado.
Aun así, los Lakers llegaron a los últimos doce segundos con
opciones de victoria. El problema fue de intensidad. O, más bien, de
falta de intensidad. Johnson anotó dieciocho puntos; Worthy, quince,
y Scott, veintiuno, pero los Lakers jugaron sin convencimiento
alguno. «La verdad es que me sorprende —dijo Riley—. Jugamos
sin energía, parecíamos dormidos. Cualquiera habría pensado que
éramos nosotros los que estábamos jugando nuestro cuarto partido
en cinco noches».

En el San Diego Union-Tribune del día siguiente, el redactor Barry


Bloom insinuaba que los Lakers —34-11 y liderando cómodamente
la División Pacífico un año más— tenían un serio problema. En un
artículo titulado EL BARCO DE LOS LAKERS EMPIEZA A HACER
AGUAS, escribió:

«Los Lakers (…) son un equipo con demasiadas carencias (…)


Necesitan desesperadamente a un hombre alto que los ayude en el
rebote. Cuando no pueden correr el contraataque, se convierten en
un equipo vulgar. Aún más vulgar cuando Magic Johnson tiene una
mala noche. Ayer, ante el mejor equipo de la División Medio Oeste
en su cuarto partido en cinco noches, la combinación de estos tres
elementos llevó a los Lakers a una derrota decisiva».

Lo que no venía en el artículo de Bloom y nadie más tuvo en cuenta


fue que Johnson —en medio de una temporada que el propio Bird
había definido como «merecedora del MVP»— estaba atravesando
uno de los peores baches emocionales de sus ocho años como
profesional. En la pista, seguía sonriendo e inventándose pases
imposibles. Incluso con un Abdul-Jabbar a un nivel bajísimo y con
un banquillo demasiado corto, Johnson sostenía al equipo con 23,3
puntos de media. Otra cosa era la vida real. Magic estaba sufriendo
como nunca. El 23 de enero, su hermanastra Mary, algo mayor que
él, había muerto de leucemia dejando cuatro hijos de los que se
ocuparían el padre y la madre de Johnson en Lansing, Michigan.

Con tanto debate sobre el Johnson jugador de baloncesto y el


Johnson de las fiestas y la fama, se nos olvidaba que, en su fuero
interno, seguía siendo un chico de barrio de una pequeña ciudad de
Michigan. Aunque tenía su residencia fijada en Los Ángeles,
Johnson regresaba a Lansing cada verano y se quedaba una buena
temporada. Llamaba a sus viejos vecinos, jugaba al softbol en los
parques con sus amigos de toda la vida, comía en los viejos
restaurantes de la zona y se quedaba hasta altas horas de la noche
charlando de los viejos tiempos. La relación con sus padres y sus
nueve hermanos era de una calidez poco habitual. Hablaban a
menudo y se visitaban todo lo que podían. Johnson solía citar a su
padre como fuente de sabiduría. Su frase favorita remitía a un día
de su adolescencia en el que había acompañado a su padre, Earvin
Sr., a la desinfección de un edificio. Hacía tanto frío que el joven
Earvin procuraba hacerlo todo rápido para poder meterse en el
camión cuanto antes, al calorcito del motor. Su padre lo miró
fijamente y le dijo: «Si haces este trabajo a medias, jugarás al
baloncesto a medias y estudiarás a medias. Las cosas hay que
hacerlas siempre bien hechas».

Mary Johnson había hecho suya esta filosofía de vida. Trabaja duro.
Entrégate al máximo. Siéntete orgullosa de ti misma. La noche que
murió, Johnson llamó a su madre, Christine. Lo estaba llevando
bastante bien, pero su marido se había derrumbado por completo.
Los Lakers tenían partido en Dallas al día siguiente. «¿Qué debería
hacer? —preguntó Johnson—. ¿Volver a casa para estar con papá o
jugar el partido?». «Quédate y juega ese partido —contestó
Christine—. Así tu padre tendrá algo que hacer. Creo que es la
mejor manera de ayudarlo».

Johnson sumó veinticinco puntos y doce asistencias contra los


Mavericks, pero los Lakers perdieron: no conseguía centrarse por
completo en el partido y nadie podía reprocharle nada. Esa misma
noche, Johnson volvió a casa para asistir al funeral. Le dedicó el
resto de la temporada a Mary y empezó a notarse en su juego una
tristeza poco habitual. Se había acostumbrado a las derrotas, a las
malas noches en el tiro, a las críticas de la prensa… Sin embargo, la
muerte de una hermana le resultaba algo insoportable.

Tampoco ayudó el hecho de que su vida en Los Ángeles se


estuviera viniendo abajo. Se habla mucho del lujo y el exceso que
rodea a los deportistas profesionales, pero poco se comenta la
soledad intrínseca a su profesión. Sí, duermen en suites de
trescientos cincuenta dólares la noche, pero, generalmente,
duermen solos. Johnson tenía dieciocho habitaciones en su
deslumbrante mansión… pero diecisiete estaban siempre vacías.

Todo el mundo en Los Ángeles sabía que Johnson tenía novia


desde hacía mucho tiempo, Earleatha «Cookie» Kelly. Los dos se
habían conocido en 1977, en Michigan State, y ella se graduó cuatro
años después en la especialidad de textiles, ropa y venta al por
menor por el Colegio Universitario de Ecología Humana de Cornell.
Cuando le preguntaban, Johnson hablaba con cariño de su belleza y
de su entusiasmo. «En el instituto, salía con muchas chicas. Aquello
era una locura, lo típico cuando eres conocido por el baloncesto —
afirmaba—. Entonces conocí a esta fabulosa jovencita, una chica
deslumbrante… y me olvidé de todas las demás». De vez en
cuando, Kelly y Johnson salían juntos por ahí y los periódicos de
Los Ángeles recogían la noticia con alguna mención a su larga
historia de amor. Para sorpresa de miles de californianas, antes de
empezar la temporada 1985/86, Johnson anunció que por fin le
había propuesto matrimonio a Earleatha.

Menos de un año después, canceló la boda con la siguiente


explicación: «El baloncesto me ocupa tanto tiempo que creo que lo
mejor será casarme cuando me retire. Tal vez entonces podré ser
tan buen marido como ahora jugador de baloncesto. No sería buena
idea hacerle pasar a mi mujer por lo que estoy pasando ahora
mismo. No sería justo. Por ejemplo, durante los playoffs, me
transformo por completo. Me convierto en alguien demasiado
intenso y estoy siempre de mal humor. Necesito estar solo… si ya
es difícil ser la novia de alguien así, imagínate ser su mujer. A mí me
sacaría de mis casillas y no quiero que eso suceda».

Lo cierto —como sospechaban muchos miembros de los Lakers—


era que Johnson no había roto su compromiso nupcial por una
cuestión moral, sino porque quería seguir acostándose con otras
chicas. Cuando le dijo a Kelly que no pensaba casarse, le rompió el
corazón.

Esto no quiere decir que, a su vez, Johnson no lo pasara mal. Todas


esas mujeres estaban buenísimas y podía hacer lo que quisiera con
ellas, pero no eran más que objetos para pasar el rato. Iban y
venían. Jerry Buss hacía más o menos lo mismo, pero le gustaba
proteger a sus jovencitas, conseguirles oportunidades, darles
consejos. Con muchas, incluso seguía hablando durante años.
Johnson se limitaba a acostarse con ellas y punto. Si veía a una
chica guapa en las gradas, le hacía llegar una nota, quedaba con
ella en el cuarto de baño, se «veían» y luego cada uno seguía su
camino. ¿Era divertido? Por supuesto. ¿Excitante? Desde luego.
¿Enriquecedor en términos vitales? No.

«Creo que el ambiente de Los Ángeles en aquellos años, todo lo


que rodeaba a los Lakers, al hecho de ser famoso, complicaba
mucho que las cosas fueran de otra manera —apunta Brickowski—.
Recuerdo que un día estaba de visita por las oficinas, entré en uno
de los despachos para hacer una llamada y me encontré a Mike
Tyson tirándose a una chica en el escritorio. Me mira y me dice:
“Espera un momento” y sigue follándosela. No lo digo como burla a
Mike Tyson, es lo que se respiraba en el Forum, sin más».

Puede ser. El caso es que, cuando su hermana murió, Johnson no


tenía a nadie a su lado, nadie a quien abrazar. Y eso le dolió. Era el
hombre más popular de Los Ángeles y estaba completamente solo.
«Hablo con mis padres todos los días —comentó Johnson en el San
Diego Union-Tribune— y estuve saliendo muchos años con una
chica. Ya no nos vemos. Quería casarse. Supongo que aún no estoy
preparado para eso».
***

Por muy inconsistentes que fueran en ocasiones los Lakers, cuando


rendían al cien por cien seguían siendo imparables. El 4 de febrero,
los lamentables Sacramento Kings, con un registro de 14-31,
visitaron el Forum. Era un partido prescindible, el típico que podías
saltarte tranquilamente si tenías de visita a alguien que quisiera ver
un partido de los Lakers y necesitara tu abono. Salvo que fueras un
poco sádico y te gustara ver cómo una grúa hace pedazos una
chabola.

Los Lakers empezaron el partido 29-0.

Al final del primer cuarto, ganaban 40-4.

Los Kings —que venían de veintiuna derrotas consecutivas contra


los Lakers— fallaron sus veintiún primeros tiros.

«Nunca he visto nada parecido —afirma Michael Cooper al recordar


la paliza (128-92) —. La verdad es que me alegro de haber estado
ahí».

Pese a la apabullante victoria, Jerry West era consciente de las


carencias de su equipo. Llevaba años intentando fichar otro pívot de
calidad, pero no había manera: Earl Jones, Chuck Nevitt, Petur
Gudmundsson, Jerome Henderson, Mike Smrek… el listado de
fracasos era larguísimo y doloroso. En un momento dado, llegó a
intentarlo con Bill Walton, cuando jugaba en los Clippers, pero el
pívot no superó el examen médico. (Para mayor desesperación de
los Lakers, Walton acabó fichando por los Celtics, a los que ayudó a
ganar el anillo en 1986).

A finales de enero, los Lakers se embarcaron en una cruzada (sin


escatimar dinero ni esfuerzo) para conseguir por fin al hombre alto
que tanto necesitaban. En aquel momento, Riley estaba utilizando a
Rambis, con sus 2.03 metros pelados, como suplente de Abdul-
Jabbar, una idea ridícula y muy poco efectiva. Después de un
tiempo, West por fin consiguió cerrar un acuerdo para traer a un
suplente de verdad para Abdul-Jabbar. Los Lakers mandaron a San
Antonio a Gudmundsson, Brickowski, dos elecciones del draft y
dinero en efectivo… y, a cambio, se llevaron a Mychal Thompson.

Thompson había sido el número uno del draft de 1978, elegido por
los Portland Trail Blazers. Era un pívot de 2.08, fuerte y de gran
envergadura, salido de la Universidad de Minnesota. La elección no
sorprendió a nadie: Thompson era un All-American que había
promediado veintidós puntos y 10,9 rebotes en su última temporada
con los Gophers. «No tenemos a nadie que pueda frenar a Mychal
Thompson —había dicho ese mismo año Lute Olson, el entrenador
de Iowa—. Nadie tiene a nadie que pueda frenar a Mychal
Thompson».

Aunque no se podía considerar un fracaso, su carrera no había


estado a la altura de las expectativas. Era un buen jugador de
equipo perseguido por el peor de los halagos: «Mychal —en
palabras del veterano base Otis Birdsong— era un tipo encantador.
Tal vez, demasiado».

Thompson había nacido en Bahamas y, de niño, era más de fútbol


que de baloncesto. De hecho, no tocó una pelota de básket hasta
los dieciséis años, cuando empezó a jugar en una liga organizada
por su parroquia, la Central Gospel Chapel, en Nassau. Con su
altura (ya medía 2.05 a los diecisiete años) y un físico fuera de lo
normal, los partidos rozaban lo absurdo. En uno de ellos, atrapó
sesenta y un rebotes; en otro, colocó veintidós tapones. Su hermano
mayor, Colin Thompson, lo animó a que intentara jugar en los
Estados Unidos. Dos años antes, Colin había probado como
receptor en las ligas menores con el filial de Los Ángeles Dodgers.
Sin embargo, tras su primera pretemporada con el primer equipo,
sintió que no estaba al nivel y decidió volverse a casa. Siempre se
arrepentiría de esa decisión. Colin le insistió a su hermano pequeño
en la necesidad de atreverse con los retos y aprovechar las
oportunidades. «Todo el mundo estaba empeñado en que me fuera
de la isla y me buscara la vida en Estados Unidos —explica
Thompson—. Yo no sabía muy bien qué hacer, solo que me
encantaba jugar».

La familia Thompson solía pasar sus vacaciones en Miami y cuando


su hijo cumplió los diecisiete, Dewitt Thompson lo mandó a vivir allí,
con una amiga de la familia llamada Maude Tappan. A cambio de
cincuenta dólares al mes, podía disfrutar de una cama, comida y, en
el Jackson High School, de una competición digna de ese nombre.
«Estaba aún por hacer como jugador —reconoce Thompson—.
Nunca había jugado con público en mi vida y, aunque solo estaba a
media hora en avión de Nassau, aquello me parecía otro mundo. Me
puse tan nervioso antes de mi primer partido que casi me
desmayo».

Con su nuevo pívot como estrella, Jackson acabó la temporada 33-0


y ganó el campeonato estatal. De ahí, Thompson se fue a la
Universidad de Minnesota, donde formó, junto al ala-pívot Kevin
McHale, una de las mejores parejas de interiores de todo el país.
Aun así, Thompson, tanto en el instituto como en la universidad
como en la NBA, siempre tuvo fama de excéntrico. Cuando aún
estaba en Jackson, jugaba con unos pequeños pompones y unas
campanillas atadas a los cordones de sus zapatillas. «Así fue como
me gané el apodo de Bells [Campanillas] —recuerda—, que luego
pasó a ser Sweet Bells por la elegancia con la que me movía en la
cancha».

Para llamar la atención de la prensa, en la universidad decidió


cambiar la manera de escribir su nombre, pasando de Michael a
Mychal. Jugaba con un colgante, su «colgante de vudú», según
explicaba a todo el mundo. Se presentó ante los medios como el
primo de David Thompson, la estrella de los Denver Nuggets,
aunque no lo era. En su famoso libro The Breaks of the Game, [Los
imprevistos del juego] David Halberstam describe cómo Thompson
coló a dos mujeres en el autobús del equipo después de una derrota
de los Blazers. Era un hombre feliz, alegre y amable que prefería
llevarse bien con sus rivales en vez de pegarse con ellos. Jack
Ramsay, su entrenador en los Trail Blazers, solía quejarse de su
falta de seriedad. «No era de los que montaban un drama después
de una derrota… y Ramsay la tomaba conmigo por eso —recuerda
Thompson—. No es que me pusiera a contar chistes en el vestuario
si habíamos perdido, pero al día siguiente ya me había olvidado de
la derrota y hacía como si nada en el entrenamiento. Tal vez no
fuera la actitud correcta, no lo sé…».

Los Blazers se acabaron hartando de Thompson y en junio de 1986


lo traspasaron a San Antonio a cambio de Steve Johnson, un pívot
del montón. Aquello fue un auténtico chasco y Thompson llegó a
plantearse si su carrera en la NBA estaba tocando ya a su fin. La
tarde del 13 de febrero, Thompson condujo su coche hasta el
HemisFair Arena, donde su equipo tenía que enfrentarse a los
Clippers. Los Spurs iban 18-31 y Thompson promediaba 12,3
puntos como reserva de Artis Gilmore. Entró en el vestuario, saludó
a su compañero Alvin Robertson, se puso el uniforme y ya iba
rumbo a la cancha para el calentamiento cuando lo paró John
Henderson, el preparador físico de los Spurs: «¿Qué estás haciendo
aquí? —le dijo— Te han traspasado a los Lakers». Como Henderson
era un bromista, Thompson nunca le tomaba en serio, así que se
echó a reír.

«De verdad, te han traspasado a los Lakers».

Claro, claro.

«Mychal, no estoy de broma, ya no juegas en este equipo».

Thompson seguía teniendo sus dudas. Cuando vivía en Bahamas,


echaban algún partido de vez en cuando y los Lakers eran su
equipo favorito. «Wilt, Jerry, Goodrich… me sabía la plantilla de los
Lakers del derecho y del revés —recuerda—. Llegar a jugar en Los
Ángeles siempre había sido mi sueño».
Cuando otro empleado de los Spurs le confirmó la noticia,
Thompson estalló de alegría: «¡Era un Laker! —recuerda Thompson
—. ¡Un Laker! Era como pasar del cuarto de invitados al dormitorio
principal».

Mientras tanto, Mitch Kupchak, ascendido a ayudante del general


manager, intentaba localizar a Brickowski. Al final lo consiguió:
estaba en casa del actor Charlie Sheen. «Charlie y yo éramos
buenos amigos, así que pasaba mucho tiempo en su casa —explica
Brickowski—. El traspaso me sentó como una patada en los huevos,
por mucho que me permitiera jugar más minutos en otro lado. Era
joven, estaba soltero y vivía en L.A. De repente, tenía que mudarme
a Texas».

Thompson voló a Los Ángeles la noche del sábado 14 de febrero. Al


día siguiente, los Lakers recibían a los Celtics, quienes dominaban
un año más la Conferencia Este con un registro de 37-12 (el mismo
que llevaban los Lakers). Boston había ganado diez de sus últimos
once partidos y veinticuatro de veintinueve desde la derrota en casa
contra los Lakers del 12 de diciembre. «Nos ganaron en el Garden,
así que parten como favoritos —explicó K.C. Jones, el entrenador
de los Celtics—. Ahora querrán ganar también en L.A. para
demostrar que son el mejor equipo de la liga. Sí, es un partido
importante. Va a ser como un duelo de pistoleros en el salvaje
Oeste, pero con canastas y en el Forum. Van a ir a por todas. Y
nosotros, también».

Veinticuatro horas antes del salto inicial, le preguntaron a Thompson


cuánto tiempo necesitaría para adaptarse a los Lakers. Thompson
contestó: «Dadme un partido. Creo que después de un partido y un
entrenamiento, ya estaré preparado».

Mientras se ataba los cordones en el vestuario, Thompson miró a un


lado y vio a Johnson; luego miró al otro lado y ahí estaba Abdul-
Jabbar. Se acercó a A.C. Green y le dijo: «Es como estar con Mick
Jagger y Keith Richards». Green asintió, pero no sabía de qué le
estaban hablando. Además, no era momento para andar con
historias. «¿Por qué está todo el mundo tan serio?», le preguntó a
Scott. «Porque odiamos a los Celtics», le contestó el escolta.

En el partido cumbre de la temporada, los Lakers se impusieron


106-103 a los Celtics. La estrella, como de costumbre, fue Johnson,
quien anotó treinta y nueve puntos en cuarenta y cinco minutos,
incluyendo un tiro a una mano a la desesperada desde medio
campo al final del tercer cuarto. Thompson entró en pista a falta de
un minuto y trece segundos para acabar el primer cuarto y el público
lo recibió con una ovación. Aunque en el marcador del Forum su
nombre estaba mal escrito (Michael), su juego recordó al Mychal de
siempre. Su primer tiro, un gancho en suspensión sobre el pívot
Robert Parish, besó la red. Poco después, asistió a Worthy con un
pase picado perfecto para una bandeja fácil. Thompson anotó diez
puntos en veintinueve minutos, pero destacó especialmente en
defensa. El jugador más en forma de los Celtics venía siendo Kevin
McHale, quien promediaba 26,7 puntos y diez rebotes con el mejor
porcentaje de acierto de la liga: un sesenta y uno por ciento.
Thompson podía tener sus cosas, pero era un experto en defensa y
su antiguo compañero de universidad se le daba de maravilla. Los
dos eran muy parecidos físicamente: tenían un cuerpo muy similar,
con un torso muy largo y unos brazos gigantescos que les caían
hasta las rodillas. Thompson se sabía el juego de McHale de
memoria y, aunque Larry Bird había declarado a los medios de Los
Ángeles que «no hay nadie en la liga que pueda parar ahora mismo
a Kevin McHale», en realidad Thompson podía pegarse a McHale y
seguirle a todos lados como si fuera su sombra.

Riley se jugó casi todo el último cuarto con A.C. Green en el


banquillo y Thompson sobre la cancha. Allá donde iba McHale, ahí
se encontraba a su clon. La táctica funcionó. McHale anotó dieciséis
puntos en la primera parte, defendido por Green. En la segunda,
solo anotó siete. Después del partido, Bird no se lo podía creer:
«¿En qué estaban pensando los San Antonio Spurs? Si necesitaban
dinero, nosotros les podíamos haber ofrecido más. Tal vez ahora
nos cedan a Artis Gilmore para compensar…».
No coló.

***

A lo largo de sus veintitrés años de carrera como general manager


en la NBA, Jerry West ha cerrado multitud de traspasos
importantísimos. Sin embargo, pocos han provocado el impacto
inmediato que provocó la llegada de Thompson a los Lakers. El
pívot no era un gran anotador ni un magnífico reboteador ni un líder
en el vestuario… pero su presencia ayudó a hacer el declive de
Abdul-Jabbar algo más llevadero.

Aunque sus números todavía eran aceptables (17,5 puntos y 6,7


rebotes por partido), Jabbar, a punto de cumplir los cuarenta, se
había convertido en una rémora para los Lakers. Si se hubiera
apellidado Smith o Jones y no hubiera disputado diecisiete All-Stars,
hacía tiempo que Riley hubiera sentado a Abdul-Jabbar en el
banquillo. De hecho, antes incluso de la llegada de Thompson,
había quien creía que Mike Smrek, torpe pero atlético, sería de más
ayuda para el equipo. En una conversación off-the-record con el
columnista del New York Post, Peter Vecsey, el propio West atacaba
sin piedad a Abdul-Jabbar: «En la mayoría de los partidos —
aseguraba West—, ni lucha, ni muestra ningún tipo de motivación o
ganas de liderar al equipo».

Las palabras de West acabaron publicadas tal cual, causando un


enorme revuelo y provocando que el general manager las negara
con rotundidad, aunque nadie se creyera el desmentido. Todos los
que seguían al equipo sabían que West hablaba demasiado con los
periodistas, por mucho que lo negara después. En este caso, West
ya había mostrado antes sus dudas hacia Kareem en privado.
Además, llevaba toda la razón: Abdul-Jabbar se había vuelto
perezoso, su defensa era horrible y su actitud dejaba mucho que
desear. En el vestuario, apenas tenía relación con nadie (excepto
con Matthews, que veía a Abdul-Jabbar como a una especie de gurú
espiritual). «Recuerdo una vez que se negó a firmarle un autógrafo a
un niño en un aeropuerto —afirma Billy Thompson—. El chico le
dijo: “Mr. Kareem, ¿puede firmarme aquí?” y Kareem le dijo que no.
Le pregunté a Magic: “¿Siempre reacciona de esta manera?” y me
dijo: “Sí. Kareem da por hecho que, a estas alturas, todo el mundo
tiene ya un autógrafo suyo”».

En su defensa, hay que decir que Abdul-Jabbar tenía muchas otras


cosas en la cabeza aparte del baloncesto. Pese a estar considerado
uno de los jugadores más inteligentes de la liga, el capitán de los
Lakers no había sabido invertir su dinero con buen juicio. El anterior
verano había demandado a su antiguo agente, Tom Collins, por
haberlo engañado. Le pedía cincuenta y cinco millones de dólares
en daños y perjuicios. Ese mismo 1987, había puesto a la venta su
mansión de Bel-Air de cuatro dormitorios y tres baños y medio, por
4,3 millones de dólares. Abdul-Jabbar negó que la venta tuviera que
ver con sus problemas económicos, pero resultaba difícil de creer.
En su demanda judicial contra Collins, Abdul-Jabbar afirmaba que
había tenido que «pedirle dinero prestado» a Collins para sus
necesidades más básicas. (Cuando el redactor Gordon Edes
informó de su mala situación financiera en el Los Angeles Times,
Abdul-Jabbar se negó a volver a concederle una entrevista).

Fue durante esta época cuando Alex English, el alero estrella de los
Denver Nuggets, demandó a Abdul-Jabbar, exigiéndole los ciento
cincuenta y cinco mil dólares de un préstamo que se había negado a
devolver. Abdul-Jabbar contraatacó incluyendo a English en su
demanda contra Collins, representante de ambos jugadores.
Cuando los Nuggets y los Lakers se enfrentaron el 10 de marzo,
Johnson tuvo que sustituir a Abdul-Jabbar en la reunión de los
capitanes con los árbitros. El pívot de los Lakers se negaba a darle
la mano a English.

Pese a estos problemas, el 26 de marzo los Lakers se aseguraron


matemáticamente su sexto título consecutivo de la División Pacífico
al batir 128-111 a los Pistons en el Forum. Después del partido,
apenas hubo celebraciones. «El champán queda reservado para el
premio final —explicó Riley—. Somos conscientes del mérito de
ganar la división y no queremos que se vea como algo sencillo…
pero nuestras metas están mucho más altas que en años anteriores.
Esto es solo un primer paso. La última vez que celebramos a lo
grande tras ganar la División Pacífico fue en la temporada 1981/82,
mi primer año como entrenador jefe, pero ese año estábamos
sedientos».

Aunque nadie podía cuestionar los resultados de Riley, algunos


jugadores de los Lakers se preguntaban si este nivel de exigencia
era sano. Byron Scott quería que su mujer, Anita, se uniera a la
celebración. La respuesta fue «no». Worthy propuso al menos hacer
algún tipo de fiesta. «No». «En ocasiones, Pat era demasiado
controlador —reflexiona Matthews—. Si juegas duro, te mereces
una alegría de vez en cuando». Puede que Paul Westhead no fuera
el mejor entrenador de la NBA, pero entendía que sus jugadores
eran seres humanos y lo aceptaba. Cuando ganaban, celebraban
juntos. Cuando perdían, dejaba que expresaran su rabia. Riley, en
cambio, no solo pretendía controlar la faceta deportiva de sus
jugadores… sino también la emocional. El equipo no podía celebrar
nada hasta que él considerara que había algo que celebrar. Los
pequeños logros del día a día no merecían ni un aplauso, y el éxito
o el fracaso se determinaba tan solo por el resultado del último
partido de la temporada. Riley repetía todo el rato que había que
rendir al máximo. No se cansaba de insistir en ello. Solo le valían los
jugadores que rendían siempre al máximo. Si eso servía para que
los Lakers ganaran el anillo, la temporada era un éxito rotundo. Si
no, todo el esfuerzo no había servido para absolutamente nada.

«Riley era un tipo intenso… por decirlo de alguna manera —afirma


Rambis—. El baloncesto era mi trabajo y me lo tomaba en serio.
Para Pat, era más que eso. Era su vida».

Después de la devastadora derrota ante Houston en los playoffs de


1986, los jugadores de los Lakers afrontaron las eliminatorias de
1987 como una oportunidad para redimirse. Formaban, según
algunos expertos, el mejor equipo de la historia de la franquicia.
Consiguieron su segunda mejor marca de todos los tiempos (65-17)
y se llevaron la División Pacífico con dieciséis partidos de ventaja.
De alguna manera, el declive de Abdul-Jabbar había provocado que
otros tuvieran que dar un paso adelante. A sus veintisiete años, la
temporada de Johnson había sido la mejor de su carrera, lo que le
valió su primer MVP, con promedios de 23,9 puntos, 12,2
asistencias, 6,3 rebotes y 1,7 robos. Por su parte, Worthy añadió
19,4 puntos por partido y otros cinco jugadores (Abdul-Jabbar, Scott,
Green, Cooper y Mychal Thompson) superaron los diez puntos por
encuentro. Ya no hacía falta parar el contraataque para esperar a
Jabbar. Los Lakers corrían como galgos y si no llegabas a tiempo,
era asunto tuyo.

Como era de esperar, los playoffs fueron un paseo. Los Lakers


barrieron a los Nuggets en tres partidos, dominaron a los Warriors
en cinco y no dieron ni una sola opción a los Seattle Supersonics en
las finales de conferencia, ganando los cuatro partidos. «Esos
partidos, esos rivales… nos daban absolutamente igual —apunta
Matthews—. Lo único que nos importaba era demostrar otra vez que
éramos el mejor equipo de la NBA. Y para eso necesitábamos
ganarles a los Boston Celtics».
CAPÍTULO QUINCE

Atrévete

MICHAEL COOPER AÚN SE ACUERDA de la primera vez que le


pidieron que defendiera a Larry Bird.

Era un 18 de enero de 1981 y los Lakers habían viajado al Boston


Garden para enfrentarse a sus odiados Celtics. Cooper pasaba por
un momento sensacional, lleno de confianza. Magic aún estaba
recuperándose de su lesión y eso le había asegurado un puesto en
el quinteto inicial, junto a estrellas como Kareem Abdul-Jabbar,
Jamaal Wilkes o Norm Nixon. Cooper se había convertido en una
pieza clave dentro del mejor equipo de baloncesto del mundo y
según explica hoy en día: «Tenía una fe exagerada en mi juego: una
mezcla de confianza y, directamente, chulería».

Para Cooper, Larry Bird no era más que larry bird (así, en
minúsculas): un jugador sobrevalorado por el color de su piel que
había llegado adonde había llegado por una cuestión de
pigmentación y no de talento. Cooper había visto antes a otros como
él: Doug Collins, Mike Dunleavy, Tom McMillen, Mike O’Koren…
blancos que llegaban a la liga como estrellas y desaparecían
inmediatamente del mapa. ¿Larry Bird? ¿Quién demonios le iba a
tener miedo a Lar…?

«Voy a patearte el puto culo hasta dejártelo del derecho».

Las palabras sonaron en el oído de Cooper como un suspiro.


¿Había sido el blanquito? ¿De verdad le había hablado así a
Michael Cooper? ¿A qué venía todo eso? No habían pasado ni dos
minutos del primer cuarto y Bird ya estaba soltando mierda por la
boca.

«Atrévete, hijo de puta —contestó Cooper, que no era un prodigio


lingüístico—. Atrévete».

Y Larry Bird se atrevió.

Nate Archibald, el base de los Celtics subió la pelota a campo


contrario. Cooper siguió a Bird hasta lo alto de la bombilla —«Larry
se quedó quieto ahí sin dejar de llamarme de todo, no paraba ni un
momento»— y luego lo persiguió por la línea de fondo, esquivando
un bloqueo de Robert Parish. «Prepara tu culo, amigo —soltó Bird
—. Prepara… tu… culo». Bird intentó deshacerse de Cooper con un
empujón, Cooper se lo devolvió de inmediato. «Atrévete —insistió el
jugador de los Lakers—. Vamos, cabronazo, atrévete». Bird se dio la
vuelta y recibió un pase de Johnson. «Sigo aquí, hijo de puta —le
dijo Cooper mientras le sujetaba la camiseta con la mano—. Y no te
voy a soltar». Abdul-Jabbar, que marcaba a Parish, salió en su
ayuda. Bird se elevó en suspensión y Cooper se tiró hacia él,
convencido de que iba a taponar el lanzamiento. Entonces,
suspendido en el aire, Bird consiguió esconder el balón y pasárselo
a Parish, que estaba completamente solo. «Aún no sé cómo lo hizo
—admite Cooper—. Me tenía a mí encima y a Kareem tapando el
posible pase… la única manera de hacerle llegar el balón a Parish
habría sido bombeándolo… pero no lo bombeó. Aún no sé cómo lo
hizo». Cooper se giró, justo a tiempo de ver el mate de Parish sin
oposición alguna.

Cuando se dio la vuelta de nuevo, Bird estaba mirándolo. «No he


acabado con tu culo, hijo de puta —le dijo—. Prepárate para la
siguiente».

Las palabras de Bird se quedaron clavadas en la mente de Michael


Cooper. No conseguiría olvidar aquel momento. A lo largo de sus
más de ocho temporadas en la NBA, había tenido que defender a
jugadores de todo tipo. Una noche le tocaba frenar a Rickey Green,
de los Jazz, el base más rápido de la liga; la siguiente podía tocarle
Dan Issel, el pívot de los Nuggets, el alero de los Bucks, Junior
Bridgeman, o el escolta tirador de los Knicks, Michael Ray
Richardson… «Podría haber ganado el premio al mejor defensor del
año cada temporada —afirma Greg Ballard, el alero de los Warriors
—. Tenía unos brazos larguísimos, era rápido, más fuerte de lo que
aparentaba… Coop era el defensor ideal».

Aunque todo el mundo hablaba del pique Magic Johnson-Larry Bird,


a quien le tocaba parar a la estrella de los Celtics era a Cooper.
Analizaba cada movimiento de Bird, cada decisión, buscaba
patrones y tendencias en su juego… Si televisaban un partido de los
Celtics, Cooper solo tenía ojos para el número treinta y tres. Cada
partido contra Boston era un reto. Su momento de la temporada.

«Defender a Larry era lo que le daba sentido al año —afirma—. La


gente decía que estaba sobrevalorado… joder, ni de coña. Como
mucho que estuviera infravalorado. Lo que le hacía tan bueno era
que no podías preocuparte solo por que no anotara. Tenías que
estar atento a sus pases, su lucha, su defensa, su capacidad para
poner buenos bloqueos y dejar solos a sus compañeros… Larry
podía acabar contigo de mil maneras distintas. Era el jugador al que
más me costaba defender porque controlaba todas las facetas del
juego. La mayoría de los jugadores hacen bien una o dos cosas.
Larry lo hacía bien todo».

Cuando la gente alaba la defensa de Cooper, se olvidan de un factor


importantísimo: más allá de la velocidad de pies, la agilidad y la
inteligencia, la paranoia era lo que lo hacía funcionar al límite.

Michael Cooper era el jugador más paranoico de la NBA.

La paranoia te puede llevar a sospechas injustificadas, a


preocupaciones constantes, a temer que alguien más grande, más
fuerte o mejor que tú te vaya a arruinar la carrera… Sin embargo, en
el caso de Cooper, la paranoia lo definía como jugador. Desde el
primer día que se unió a los Lakers, Cooper vivía con un ojo puesto
en la competencia. «Era un personaje brutal, muy paranoico, muy
inseguro, siempre convencido de que lo podían traspasar en
cualquier momento —recuerda el periodista Steve Springer—. Una
vez, estábamos en el Medio Oeste de gira y Coop se torció el tobillo
a lo bestia. Riley le recomendó descansar un par de partidos para
poder curárselo del todo. En esas, Coop se me acerca durante el
siguiente partido y se sienta a mi lado. Va en ropa de calle y me
dice: “Me has tratado bien, así que quiero decirte que dejo el
equipo”».

Springer no se lo podía creer. Solía estar al tanto de todo lo que se


movía en los Lakers, pero no sabía nada de ningún traspaso a la
vista. «Coop —le dijo—, ¿de qué estás hablando?». «Se acabó. Me
marcho —contestó—. No soy estúpido, joder. ¿Crees que no me he
dado cuenta de que se quieren deshacer de mí? Se acabó. Tienen
algo cerrado, seguro. Bueno, pues que les jodan. Que les jodan a
los Lakers. Ya volveré con otro equipo y les patearé el culo. Estoy
cansado de esta mierda. Llevan un huevo de tiempo intentando
deshacerse de mí. Que les jodan».

Cuando acabó el partido, Springer se acercó a Cooper en el


vestuario y, con más calma, le dijo: «Coop, ¿seguro que quieres que
publique lo que me has dicho antes?». El escolta de los Lakers se
rio y dijo: «Nah, ya me conoces, soy… —Cooper se giró hacia Jack
Curran, el preparador físico, que pasaba por ahí—. Jack —le dijo—,
¿cómo me definirías?».

«Un paranoico —le soltó Curran—. Eres un puto paranoico».

Magic Johnson —que, desde luego, no era un paranoico— a veces


se tomaba unas buenas vacaciones en defensa. Abdul-Jabbar —
que, desde luego, no era un paranoico— pasaba millas de los Joe
Barry Carroll de turno y no le importaba si le metían veinticinco
puntos y le cogían diez rebotes (como de hecho sucedió el 4 de
diciembre en la victoria de los Warriors). Sin embargo, Cooper
afrontaba cada posesión como si su carrera estuviera en juego.

Cuando alguien anotaba en su cara, no solo le sentaba mal, sino


que se lo tomaba como algo personal y daba por hecho que lo iban
a mandar al banquillo en cuanto el juego se detuviera. «Nunca me
relajaba —afirma Cooper—. Nunca. Ni una sola vez. En una
ocasión, mi agente me dijo que los demás equipos siempre
preguntaban por mí cuando los Lakers querían negociar un
traspaso. Me cagué de miedo. Yo quería jugar en los Lakers y solo
en los Lakers». Cada vez que se cruzaba con Jerry West, Cooper
acababa sacando lo peor de su tradicional mal humor.

COOPER: Jerry, solo quería saber si me vais a traspasar.

WEST: Cierra el puto pico. Nadie va a traspasarte.

COOPER: Pero he oído que…

WEST: Que cierres el pico, joder.

COOPER: ¿Estás seg…?

WEST: Vale. Ahora sí. Estás traspasado.

COOPER: Mierda, ¿por qué habré preguntado?

«Coop sentía siempre que estaba a un paso de la cola del paro —


explica Lon Rosen—. Se pasó toda su carrera pensando que lo iban
a echar».

A punto de empezar la tercera final Celtics-Lakers en cuatro


temporadas, Cooper pasaba por otro de sus ataques de paranoia.
Venía de la mejor temporada de su carrera, en la que no solo había
sido elegido por séptima vez en el mejor equipo defensivo de la liga,
sino que había anotado ochenta y nueve triples, segundo de toda la
NBA, solo por detrás, cómo no, de Larry Bird. Ante la evidente
decadencia de Abdul-Jabbar, la amenaza exterior de Cooper había
permitido a Scott (diecisiete puntos por partido) recibir más abierto y
a Worthy (19,4 puntos por partido) encontrar más huecos por los
que penetrar hacia el aro. Coop era, por fin, uno de los pilares
ofensivos de los Lakers.
Aun así, no conseguía que sus miedos lo abandonaran. Por primera
vez desde los días de West como jugador, los Lakers eran los
grandes favoritos para ganarle a los Celtics. «Este es su año —dijo
Doug Moe, el entrenador de los Nuggets, después de perder 3-0 en
primera ronda de la Conferencia Oeste—. Todo los acompaña, todo
les sonríe: no han tenido lesiones graves, no se han encontrado con
ningún problema. Están más unidos que nunca. Es una de esas
temporadas soñadas que se dan muy de vez en cuando». A
diferencia de los Lakers, los Celtics —envejecidos y agotados—
habían sufrido de lo lindo para ganar la Conferencia Este. Se
impusieron a los Detroit Pistons en una eliminatoria a siete partidos
llamada a pasar a la historia, con una victoria agónica (117-114) en
un séptimo partido que vio trece empates y veintidós cambios de
ventaja en el marcador.

Aunque habían ganado cincuenta y nueve partidos en la liga regular,


el equipo de K.C. Jones parecía una sombra de sí mismo.
Jugadores marginales como Jerry Sichting, Fred Roberts, Greg Kite,
Darren Daye o Conner Henry se veían obligados a jugar minutos
importantes. Parish, a sus treinta y tres años, el tercer jugador de
mayor edad de los Celtics, apenas podía moverse y se pasó la serie
contra los Pistons trotando de un lado a otro de la cancha. McHale,
por su parte, aún estaba convaleciente de una lesión en el pie
derecho. La espalda de Bird —su gran punto débil— no dejaba de
darle problemas. Bill Walton, a sus treinta y cuatro años, ya no era el
gran salvador que había sido la temporada anterior: sus continuas
lesiones le habían dejado jugar solo diez partidos en la liga regular.
«Desde el punto de vista físico, llegamos destrozados después de
tantos partidos —recuerda Henry, que creció en Claremont,
California, animando a los Lakers—. Los titulares tuvieron que jugar
muchísimos minutos y estaban muy cansados».

Cooper estaba convencido de que si ganaban los Lakers, todo el


reconocimiento se lo llevaría Johnson, el unánime MVP de la liga;
también se hablarían maravillas de Abdul-Jabbar, Worthy, Scott,
A.C. Green, Mychal Thompson, Wes Matthews, Billy Thompson… e
incluso del chico de las toallas. Si fracasaban, en cambio, pasarían
a la historia las imágenes de Bird haciendo diabluras mientras él
intentaba frenarlo sin éxito. Tendría que exiliarse a Ucrania o, peor
aún, a los Clippers. «Coop se comía demasiado la cabeza —afirma
Josh Rosenfeld—. Hay una historia que lo resume todo a la
perfección: un día, estábamos en el aeropuerto y Rich Levin
(redactor del Herald-Examiner) se encontró un tornillo en el suelo, lo
recogió y le dijo a Coop: “Mike, lo he encontrado”».

—¿Qué has encontrado? —le preguntó Cooper.

—El tornillo que te falta —contestó Levin.

Al cien por cien, los Celtics podían —si tenían un buen día —
competir de tú a tú con los Lakers. Sin embargo, con tantas
lesiones, poco podían esperar de la eliminatoria. Bob Rubin escribió
en el Miami Herald: «Los tréboles, los leprechauns, el parqué y la
mística que han permitido a los Celtics llegar hasta aquí no van a
impresionar a un equipo como los Lakers, lleno de veteranos con
experiencia, que claramente ha sido el mejor de la liga este año. Los
Lakers están descansados, sanos y pueden confiar en su banquillo.
Todo lo contrario de los Celtics. Después de ocho días de descanso,
van a salir hoy a mil por hora en el primer partido a disputarse en el
Forum».

Todo el mundo parecía saber esto, incluso Bird, quien, en privado,


expresaba serias dudas acerca de la posibilidad de repetir título. Si
los Celtics querían tener alguna oportunidad, tendrían que jugar al
límite del reglamento, incomodar todo lo posible a los Lakers e
intentar exponer sus carencias en el aspecto mental. «Somos
conscientes de que nos tocará dejarnos la piel sin guardarnos nada
—dijo Mychal Thompson tras ver cómo los Celtics se libraban in
extremis de los Pistons en una eliminatoria durísima—. Creo que las
dos primeras elecciones del draft de este año van a ser Mike Tyson
y Hulk Hogan».

La serie empezó en el Forum el 2 de junio con un partido tan poco


igualado como muchos habían pronosticado. Los Lakers empezaron
el partido con un 9-0 a favor, dejando a los Celtics a cero durante
casi tres minutos, hasta que McHale anotó una suspensión en
posición forzada. Los Lakers anotaron treinta y nueve puntos al
contraataque por ocho de los Celtics y disfrutaron de cuatro
parciales de al menos ocho puntos sin que el rival anotara. Los
Lakers jugaban a otra velocidad: pase, pase, pase, bandeja, robo,
pase, bandeja. Los Celtics parecían un equipo de ancianos. «Si esto
fuera boxeo —afirmó Dick Stockton, comentarista de la CBS—,
pararían ahora mismo el combate». Worthy fue el máximo anotador
del partido con treinta y tres puntos (además de diez asistencias y
nueve rebotes), Johnson sumó veintinueve puntos, trece asistencias
y ocho rebotes, y Scott anotó veinte puntos. «Para ellos, ha sido
como un entrenamiento más en Santa Barbara —concluyó K.C.
Jones tras el partido, haciendo referencia a las sesiones
preparatorias de los Lakers mientras esperaban al ganador del
Celtics-Pistons—. Nos han pasado por encima. Ha sido un auténtico
espectáculo. Los dos equipos empezamos algo fríos, pero en cuanto
Magic y James han dicho: “Ya está bien, vamos a empezar a correr
y acabemos con esta historia”, no hemos podido seguir su ritmo».

Sin embargo, no todos los jugadores de los Lakers estaban


satisfechos. De regreso al vestuario tras el triunfo (126-113), Cooper
ignoró a Bruce Willis y Don Johnson (ambos actores estaban de
visita como invitados), echó un vistazo a las estadísticas y soltó un
exabrupto. McHale se había quedado en quince puntos, Parish en
dieciséis, y Danny Ainge, el fastidioso escolta, en once. Ahora bien,
los números de Larry Bird eran para enmarcar: treinta y dos puntos,
en una serie de catorce de veinticinco lanzamientos.

«Mi trabajo era secar a la estrella contraria —explica Cooper, quien


anotó diez puntos en veintitrés minutos—. Cuando no lo conseguía,
aunque acabáramos ganando, me lo tomaba muy a pecho. Era un
reto para el siguiente partido».

Si el primer encuentro había sido duro para los Celtics, el siguiente


lo sería aún más. Esta vez, Boston consiguió adelantarse 14-19 a
mitad del primer cuarto. A partir de ahí, los Lakers pusieron una
marcha más y no se les volvió a ver. En el segundo cuarto, se
impusieron 37-22 con una exhibición de bandejas, suspensiones y
mates. Cooper, todavía molesto, jugó el partido de su vida, anotando
veintiún puntos con seis de siete en triples. Bird, a su vez, parecía
agotado: sumó veintitrés puntos en una serie de nueve de diecisiete,
pero no sirvió para nada. Como siempre, Cooper se pasó el partido
dándole a la lengua, pero esta vez Bird no consiguió callarlo. El
marcador final de 141-122 daba a los Lakers una nueva victoria y
les colocaba 2-0 en la serie.

«Tenemos un montón de tíos duros de pelar en este equipo y no nos


podemos rendir como si nada —afirmó Bird—. Tenemos que hacer
ajustes importantes y creo que lo conseguiremos. Ahora mismo, lo
más importante es mejorar la defensa, cargar bien el rebote y no
dejarse avasallar. Nunca, jamás, nos deis por muertos».

Era un discurso vacío.

«Estaban acabados —recuerda Matthews—. No era su año. Era el


nuestro».

La serie se trasladó a Boston, lo que siempre ponía a Riley de los


nervios. El equipo se quedó en el Boston Sheraton y la primera
noche, a las tres de la mañana, como era de esperar, saltaron las
alarmas antincendio. Cuando el equipo se juntó en el Boston
Garden para entrenar, se encontraron con un vestuario en un estado
lamentable: el monitor de vídeo estaba roto, no había toallas, no
había bebidas, no había ni una pizarra para explicar las jugadas.
«Así era el Boston Garden —afirma Gary Vitti, el preparador físico
—. Te tenías que buscar siempre la vida. No tenían clase ninguna».

Los Celtics habían ganado ochenta y cuatro de sus últimos ochenta


y seis partidos en casa y consiguieron llevarse el tercer partido por
los pelos (109-103). Esa misma noche, Riley y Bill Bertka, el
segundo entrenador, se quedaron despiertos hasta las tres de la
madrugada viendo el vídeo del partido. Cuando el equipo se reunió
a la mañana siguiente en el Garden para el entrenamiento, Riley les
explicó que el mayor problema no había sido la mala selección de
tiro o los errores en los pases o que los Celtics hubieran tenido una
buena noche.

No, todo era culpa de… las mujeres.

Insistiendo en su filosofía respecto a las «distracciones


tangenciales» (cualquier cosa que no tuviera que ver con el
baloncesto era una lacra innecesaria que solo podía torpedear la
victoria), Riley abroncó a sus jugadores por dejar que algunas de
sus mujeres viajaran a Boston. Entre los espectadores del tercer
partido estaban Wanda Cooper y Anita Scott, que se habían pagado
por su cuenta el viaje en un avión comercial. Riley localizó a las dos
mujeres en las gradas (entre una multitud de blancos de Boston, no
era difícil ubicar a dos mujeres afroamericanas que apoyaban a los
Lakers) y maldijo para sus adentros. «La semana pasada llegamos
a un acuerdo —le dijo al equipo—. Hasta el lunes, nada de novias ni
de esposas. Todos estábamos de acuerdo en que había que
centrarse en llegar a Boston, entrenar y llevarnos el tercer partido.
Nadie dijo nada en contra. El equipo es el equipo y no íbamos a
dejar que nadie de fuera nos descentrara. Ahora me entero de que
varias de vuestras mujeres cogieron un vuelo por su cuenta el
viernes. Se supone que teníais que relajaros, descansar y preparar
el partido sin distracciones. No voy a multaros esta vez, no voy a
sentaros en el banquillo ni a mandaros a casa ni me voy a poner a
gritaros. Y, desde luego, no voy a permitir que ahora os vayáis a
vuestras habitaciones a montarles el pollo a vuestras mujeres por
haberos metido en un lío… pero sí quiero que penséis en lo que ha
pasado. Nos hemos engañado a nosotros mismos y hemos
engañado a nuestros compañeros».

Riley lo decía en serio.

Los Lakers estaban desconcertados.

Acababan de perder con los Boston Celtics en su casa en un partido


verdaderamente apretado. ¿Y la culpa era de las mujeres? ¿Magic
Johnson podía follarse a todo lo que se movía y no pasaba nada,
pero las esposas no podían pagarse con su propio dinero un viaje
para animar a sus maridos? ¿Eso sí estaba mal?

La Secta de Pat Riley no dejaba de sorprender.

Volviendo al baloncesto, la gran esperanza para los Celtics era la


ventaja campo y un juego aguerrido que les permitiera abusar
físicamente de sus rivales, los débiles y sensibles Lakers… pero esa
esperanza no duró demasiado tiempo. En un cuarto partido a la
altura de los clásicos Lakers-Celtics de toda la vida, los dos equipos
se entregaron a vida o muerte, intercambiando puñetazos y codazos
sin echarse atrás en ningún momento. Cooper, transformado en una
especie de André El Gigante, fue el primero en exigir a sus
compañeros que no se vinieran abajo ante una multitud hostil y unos
rivales más agresivos de la cuenta. «Van a intentar hacer de esto
una guerra —dijo antes del partido—. Que les jodan. Si van a por
nosotros, nosotros iremos a por ellos. No os dejéis intimidar».

En el segundo cuarto, Worthy —el blanco favorito de los Celtics


desde los tiempos de M.L. Carr y Cedric Maxwell— buscaba una
bandeja fácil cuando entre Dennis Johnson y Greg Kite lo
desequilibraron en el aire. Cayó al suelo, se levantó de inmediato y
se fue a por Kite, soltando puñetazos. Ambos se ganaron sendas
técnicas. «No pretendía hacerle ningún daño a James —aclaró Kite
—. Simplemente, el partido se había puesto tenso y reaccioné con
dureza, pero James Worthy tiene todo mi respeto». En el tercer
cuarto, Cooper y McHale se enzarzaron en una pelea y poco
después otra vez McHale casi se pega con Scott. «Cuando un
equipo empieza a jugar sucio, es aún más fácil centrarte en lo que
tienes que hacer —explicó Scott—. Su actitud nos ayudó como
equipo».

Los Celtics ganaban 85-78 después de tres cuartos y a falta de un


minuto y cuarenta segundos, aún tenían una cómoda ventaja (103-
97). Entonces, en una inusual sucesión de errores, Boston se vino
abajo: Parish perdió la pelota ante Abdul-Jabbar y Cooper anotó un
triple para reducir la ventaja a tres puntos. En la siguiente posesión,
Bird —uno de los jugadores más inteligentes de la historia de este
deporte— mandó fuera un pase a McHale. Cuando Worthy anotó
una suspensión a falta de cincuenta y nueve segundos, la ventaja
de los Celtics ya era de solo un punto. «Se lo hemos regalado, está
claro —afirmaría después del partido Bird—. Es algo que llevamos
haciendo dos meses: perder ventajas que nunca deberíamos haber
desperdiciado».

A continuación, Bird falló un tiro sencillo, los Lakers cogieron el


rebote y se lanzaron hacia el campo contrario, donde Abdul-Jabbar
machacó un alley-oop de Johnson. A falta de veintinueve segundos,
los Lakers ganaban 103-104. El Boston Garden, la cancha más
pendenciera de la NBA, se había quedado en silencio. Los Celtics
pidieron tiempo muerto y Bird fue a sacar de banda con un gesto de
desánimo, desconcertado por todo lo que estaba pasando.
Defendido por Cooper y Worthy durante casi todo el partido, apenas
había podido anotar seis de sus diecisiete lanzamientos. Los Celtics
estaban acabados. Muertos. Sin opciones.

O eso parecía…

En la siguiente posesión, Dennis Johnson encontró a Danny Ainge


desmarcado en la línea de tres puntos. James Worthy tuvo que salir
a la ayuda y Ainge dobló el balón a la esquina, donde estaba Bird,
completamente solo. Bird recibió la pelota y, con catorce segundos
aún en el marcador, lanzó un triple que pasó justo por encima de la
punta de los dedos de la mano izquierda de Thompson. La pelota
rodó y rodó y rodó y rodó y rodó en el aire, hasta que…

Chof.

«Una pena —afirma Thompson—. Me faltó esto».

El Garden se vino abajo. Los Celtics volvían a ponerse por delante


106-104.

«Lo vi mejor que nadie —recuerda Magic Johnson—. Estaba bajo la


canasta y sabía que iba a entrar. Simplemente, pensé: “Otra vez.
Típico de Larry”».
Riley pidió tiempo muerto y diseñó una jugada para Abdul-Jabbar,
quien recibió de Worthy y, a falta de ocho segundos, forzó la falta de
Parish cuando intentaba el gancho con la izquierda. Anotó el primer
tiro libre, pero falló el segundo. La pelota salió por la línea de fondo
y Ainge, pensando que sacaban los Celtics, se puso a celebrar
como loco. Sin embargo, los árbitros decidieron que el último en
tocar había sido McHale. A falta de siete segundos, los Lakers
tenían una última oportunidad.

Riley pidió su último tiempo muerto. Tenía un plan. Cooper se


encargó de sacar de banda y pasársela a Johnson, fuera de la línea
de tres puntos. Worthy se fue al otro lado, Abdul-Jabbar se colocó
en el poste bajo y luego se alejó del aro un par de pasos para dejar
un hueco a Johnson, que se fue de McHale, se deshizo de la ayuda
de Ainge y, con tres segundos en el marcador, lanzó un medio
gancho ante la oposición de Robert Parish. Al igual que había
sucedido con el lanzamiento de Bird unos minutos antes, el balón
pareció quedarse suspendido en el aire, sostenido por la tensión
que se respiraba en ese momento en el Boston Garden. Finalmente,
acabó entrando y Abdul-Jabbar se puso a pegar saltos de alegría.
«Un pequeño, pequeño, pequeño skyhook», como definiría Magic su
tiro después del partido.

El último lanzamiento de Bird llegó a tocar el aro, pero se salió. Los


Lakers habían ganado 107-106. Después del partido, James Brown,
de la CBS, le preguntó a Magic si creía que los Celtics se habían
mostrado más duros en este partido. Johnson sonrió, como siempre,
y dijo: «Bueno, nosotros tampoco nos hemos quedado cortos».

***

Y ahí se acabó la serie. Los Celtics aún consiguieron otra victoria en


Boston, en lo que sería su último aliento de vida. Bird, tras afirmar
que Johnson era el mejor jugador que había visto en su vida,
reconoció que su equipo no tenía ninguna opción de ganar dos
partidos seguidos en el Forum.

Cuando los Lakers cerraron la serie con una fácil victoria (106-93)
en el sexto partido, el siempre agobiado Cooper pudo por fin respirar
tranquilo. Las finales acababan ahí como acababa también la mayor
rivalidad que la NBA hubiera conocido jamás. Los Celtics parecían
un coche viejo, con el capó roto y trozos de chatarra cayendo por
todos lados. La espalda de Bird estaba destrozada. Parish ya no era
el mismo. Dennis Johnson cada año era un poco más lento… Los
suplentes —en su momento, uno de los puntos fuertes de los Celtics
— no habrían sido titulares en la mayoría de los equipos de la CBA.
El año anterior, la franquicia había utilizado el número dos del draft
de la NBA para elegir a un muy talentoso alero de Maryland llamado
Len Bias. Cuando, dos días después, Bias apareció muerto a causa
de una sobredosis de cocaína, el futuro de las batallas Celtics-
Lakers pasó también a mejor vida.

«La gente me pregunta si odio a los Boston Celtics —reflexiona Kurt


Rambis—. Esa no es la palabra. Más bien es amor, un amor que
nace de la competición. El odio consigue que desees jugar contra
ellos al máximo nivel. Si de verdad te gusta competir, quieres ganar
a los mejores en su mejor momento y en el entorno más hostil
posible. Eso es lo que hace que el baloncesto merezca la pena.
Miraba a Larry, a Kevin y a Robert y pensaba: “Tengo que hacer lo
que sea para ganaros”. Eso no es odio. Ni siquiera se le parece.
¿Sabes lo que es? Es amor».
CAPÍTULO DIECISÉIS

Cristales rotos

POR PRIMERA VEZ DESDE 1983, los Lakers afrontaban el draft sin
ninguna elección en primera ronda. Llegaba el momento de que
Jerry West hiciera su magia.

El general manager de los Lakers se estaba convirtiendo en uno de


los mayores expertos de la historia del baloncesto, aunque a
veces… En fin, dejemos que hablen los que lo conocieron en esa
época:

- Mike Downey, columnista del Los Angeles Times: «Era un tipo


bastante raro. Había algo poco claro en su forma de ser».

- Keith Erickson, comentarista de los Lakers: «Siempre estaba de


los nervios».

- Don Greenberg, redactor del Orange County Register: «El tipo más
tenso que he conocido nunca».

- Randy Harvey, redactor del Los Angeles Times: «Jerry West


estaba loco. Loco de verdad. Todos lo sabíamos, pero no nos
poníamos de acuerdo en calibrar hasta qué punto. No tenía filtro,
soltaba de todo por la boca y al día siguiente se cabreaba porque lo
habíamos publicado en el periódico. Nunca me llamó para negar
algo que había dicho, pero es que decía cosas muy raras, cosas
como “Kareem es un perro”. Lo sacaba en el periódico y al día
siguiente me decía: “¿Por qué lo has publicado?”. Bueno, en ningún
momento me dijiste que no lo publicara. “¡Ya sé que no lo dije, pero
tampoco te dije que tuvieras que publicarlo!”. Loco de atar».

Dentro de los Lakers, West era un hombre muy querido… y eso no


tenía nada que ver con su estatus como una de las mayores
superestrellas de la historia de la liga. West había jugado en el
equipo durante catorce temporadas, promediando veintisiete puntos
por partido, apareciendo en catorce All-Stars y ayudando a la
franquicia a ganar el título de 1972. «Pero eso no era lo que hacía
grande a Jerry —afirma Joan McLaughlin, quien trabajara en el
departamento de recursos humanos durante más de treinta años—.
Se podía hablar con él. Hablar de verdad. Podías entrar en su
despacho y decirle: “Mira, Jerry, creo que voy a matar a alguien” y te
escuchaba atentamente antes de disuadirte. Odiaba que lo trataran
como a una leyenda. No le interesaba la fama ni ser un vip. Quería
hacer bien su trabajo y punto».

«Cuando estaba de becario, alguien me llamó para ver si a Jerry le


interesaba dar una charla —recuerda Richard Crasnick, quien
después llegaría a ser director de promociones—. Le expliqué a
Jerry cuánto pagaban y le pareció bien. Meses después, recibí por
correo un cheque firmado por Jerry. Era una comisión por la charla.
¿Cuántos habrían hecho algo así en su lugar? ¿Cuántos lo habrían
pensado siquiera? Era un tipo especial».

Detrás de su aspecto de muñeco Ken y su apariencia arrogante,


había un alma en pena. Algo que justificaba su excentricidad y su
irracionalidad. Nadie supo nada de sus batallas personales hasta
2011, cuando publicó su autobiografía, con el subtítulo Mi
atormentada vida de ensueño, en la que hablaba de su lucha
durante décadas contra la depresión. La historia de West se solía
vender como la de un pardillo de Virginia Occidental que había
conseguido esquivar las minas de carbón para vivir la gloria de la
NBA. Elgin Baylor lo apodó «el Zeke de Cabin Creek»35 y, aunque
West hacía el esfuerzo de sonreír cuando oía esas palabras, lo
cierto es que odiaba el apodo y todo lo que implicaba. Creció en
Chelyan, Virginia Occidental, con un padre maltratador que lo
hundió en la miseria. Su hermano mayor, David, murió en la guerra
de Corea cuando Jerry tenía doce años, lo que aumentó su
depresión. De adolescente, dormía con una escopeta debajo de la
cama, preparado para utilizarla si su padre se atrevía a darle otra
paliza. «Me acostaba sin ganas de seguir vivo —confiesa West—.
Había veces que me sentía horriblemente mal, incluso cuando a mi
alrededor todo el mundo era feliz. Simplemente, no me aceptaba a
mí mismo».

El amor por el baloncesto fue lo que lo ayudó a salir adelante y, al


cabo de los años, dirigir un equipo como los Lakers… pero el
pasado siempre estaba ahí, como una pesadilla que nunca acaba.
«Creo que mucha gente estará de acuerdo conmigo: hay
determinados sucesos que son importantes en tu vida y que te
pueden dañar para siempre. Momentos que te cambian la vida —
escribió West—. Y, desgraciadamente, yo he pasado por varios de
esos momentos cuando era un crío. Ahora bien, quizá esos
momentos son los que me han hecho tal y como soy ahora, y desde
luego me convirtieron en el competidor feroz y decidido que siempre
he sido. Una figura atormentada, desafiante, que siempre está
insatisfecha y tiene un hueco en su corazón imposible de llenar».

En un esfuerzo por esconder —incluso sanar— las cicatrices de


toda una vida, West se entregó en cuerpo y alma a su trabajo. Las
derrotas lo machacaban, pero las victorias también. Siempre había
en los partidos algo que lo cabreaba: un despiste, un error del
entrenador, un mal pase… Cuando el equipo selló el campeonato
contra Boston, West lo celebró durante unos cuatro segundos e,
inmediatamente, se puso a pensar en todo lo que había que
mejorar. Cada fracaso y cada error se lo tomaba como algo
personal. «El éxito le daba la vida y se la quitaba —afirma
McLaughlin—. Creo que Jerry pensaba que todo era culpa suya, lo
bueno y lo malo».

En los drafts, esta sensación se acentuaba. Aunque la franquicia


consiguió a Magic Johnson y a James Worthy en extrañas
combinaciones, lo normal era que, al competir cada año por el título,
los Lakers tuvieran después elecciones muy bajas. El reto motivaba
a West y a sus ayudantes, que intentaban repetir, por ejemplo, algo
como lo que sucedió en 1985, cuando los demás equipos fueron
eligiendo a gente como Kenny Green (Washington Bullets),
Aldrederick Hughes (San Antonio Spurs) o Uwe Blab (Dallas
Mavericks) mientras los Lakers esperaban y esperaban a que un
futuro All-Star como A.C. Green estuviera disponible para su
vigésimo tercera elección. Por supuesto, los Lakers a menudo se
equivocaban (West nunca se perdonaría lo de Earl Jones), pero
acertaban más de lo que fallaban.

En esta ocasión, sin embargo, la tarea era especialmente


complicada. Después de haber traspasado sus elecciones de
primera y segunda ronda, los Lakers tenían que esperar a la
sexagésimo novena elección, en la tercera ronda, para escoger a
alguien. Para un hombre que necesitaba acción continua, esperar
tanto tiempo era una tortura. West sabía que no iban a draftear al
pívot David Robinson, de Navy [la Marina, literalmente; Robinson
estaba haciendo su servicio militar], ni al ala-pívot Armen Gilliam, de
la UNLV, las dos grandes estrellas de esa generación… pero
tampoco imaginaba que la cosa se iba a poner tan negra conforme
las rondas iban pasando y todo lo que merecía mínimamente la
pena lo iban eligiendo los demás equipos. Con el número 56, los
Bulls eligieron a John Fox, de Millerville, y con el número 57, los
Sixers se llevaron a Hansi Gnad, de Alaska Anchorage. Eran los
últimos con el potencial mínimo exigible a un jugador NBA. Ya no
quedaba disponible ni un Earl Jones que llevarse a la boca.

«Así que decidimos jugárnosla con Willie Glass», recuerda Josh


Rosenfeld, el director de relaciones con los medios.

Cuando West no podía draftear a alguien de calidad, su recurso era


elegir a alguien con una gran capacidad atlética. Con una altura de
2.02 metros y noventa y cinco kilos de peso, Glass era la estrella de
los vídeos de la Universidad de St. John’s, con sus mates a una y a
dos manos y sus pases por la espalda que dejaban a los rivales sin
respuesta. Su primer mate lo hizo con doce años, en el instituto
Central Junior High de Atlantic City, en el estado de Nueva Jersey.
Solo promedió 16,6 puntos por partido en su último año con los
Redmen, pero parecía que tenía muelles en las piernas. Cuando
Earl Bloom, del Orange County Register, le preguntó a West por su
nuevo rookie, el general manager se mostró extrañamente
entusiasmado. «Puede correr y saltar como el que más —explicó—.
Cuando le veáis en pretemporada, os daréis cuenta de que aún está
un poco verde, pero que, atléticamente, es un espectáculo de
jugador». A West le atraía la idea de añadir otro diamante en bruto a
su lista de conquistas del draft. Al menos, hasta que Glass se
presentó en la liga de verano de los Lakers y se dio cuenta de la
realidad… Saint John’s aseguraba en su guía oficial que Glass
medía 2.02 metros, pero a los Lakers les parecía más bajo, así que,
de cara a la prensa, lo dejaron en dos metros pelados.

«Cuando apareció por ahí, resultó que era aún más bajo —recuerda
Rosenfeld—. Mucho más bajo». Aunque la organización decidió
mantener los dos metros como altura oficial, Glass medía unos diez
centímetros menos. Cuando empezaron los entrenamientos, no era
capaz de defender a nadie. «¿Me intimidaba estar allí? —se
pregunta el exjugador—. Desde luego. En la universidad, el pívot
titular era Bill Wennington. De repente, tienes que jugar con Kareem
Abdul-Jabbar, Magic Johnson o James Worthy… Creo que no lo
hice tan mal, pero, claro, es otro nivel». Riley declararía años
después que nunca había entrenado a nadie con menos sentido del
juego que Glass. West coincide. Glass no conseguía entender las
rotaciones defensivas ni los sistemas de ataque. Corría mucho y
muy deprisa, pero en direcciones equivocadas. A veteranos como
Johnson o Scott les cayó bien, pero no tanto como para considerarlo
apto para vestir los colores de los Lakers. Al menos, se fue de Los
Ángeles con una gran historia que contar…

Jerry Buss siempre se encargaba de dar la bienvenida a la principal


elección del draft de cada año con una buena cena. Ese año, le
encargó a Rosenfeld que convenciera a algún otro jugador y que se
fueran los tres por ahí a enseñarle la ciudad a Glass. «Llamé a
Michael Cooper —recuerda Rosenfeld— y me preguntó si podía
elegir él el restaurante. No vi por qué no». Cooper insistió en ir a Mr.
Chow, uno de los lugares de moda en Beverly Hills y le pidió a
Rosenfeld que alquilara una limusina para la ocasión. «Michael se
encargó de pedir para los tres —continúa Rosenfeld—. Pedimos
cinco platos de langosta distintos, tres botellas de champán
rosado… Nos gastamos miles de dólares». Cuando dieron la noche
por concluida, Rosenfeld devolvió a Glass a su hotel sano y salvo.
«Habíamos cenado como animales, habíamos bebido el mejor
champán de la ciudad —explica Rosenfeld— y Willie aún estaba
hambriento: le pidió al conductor de la limusina que parara en un
McDonald’s para pedirse dos Big Macs, dos raciones grandes de
patatas fritas, dos pasteles de manzana y dos batidos».

El 21 de octubre, los Lakers cortaron a Willie Glass, quien solo


anotó dos puntos en un partido de exhibición. Poco después,
consiguió un hueco en los Youngstown Pride, de la incipiente World
Basketball League.

Para participar, había que medir menos de 1.95.

***

Aunque Glass no había estado a la altura, West contemplaba con


entusiasmo cómo se abría una nueva puerta de cara al futuro:
Kareem Abdul-Jabbar estaba contemplando la retirada.

Para muchos jugadores y ejecutivos de los Lakers, la decisión ya


llegaba tarde.

A sus cuarenta años y cada vez más delgado, Abdul-Jabbar era aún
un pívot fiable, pero poco más. «Kareem era un buen tipo —afirma
Lon Rosen—. Pero no encajaba con los demás miembros del
equipo. Creo que era algo generacional. Él pertenecía a otra
generación y se notaba».
«Menos mal que Kareem estaba en mi equipo, porque daba miedo
ver cómo trataba a los demás —recuerda Johnson—. Hay maneras
de decir que no a alguien. Puedes decir: “Lo siento, estoy muy
ocupado ahora mismo” o “Perdona, pero hoy me es imposible”, pero
Kareem no era así. Kareem era tan agresivo en sus negativas que la
gente se quedaba sin saber qué decir, al borde de las lágrimas».

Conforme iba cumpliendo años, a Abdul-Jabbar se le hacían eternas


las concentraciones de pretemporada y los entrenamientos. Desde
el primer día, Riley insistió en que su objetivo era repetir título… y no
se iba a conformar con menos. Al empezar cada temporada, Riley
medía el índice de grasa corporal de cada jugador y les hacía pasar
por una prueba de resistencia: tenían que correr a toda velocidad en
un rodillo, con electrodos enganchados por todo el cuerpo. «A
veces, te querías morir ahí mismo —admite un jugador—. Sentías
que los pulmones te iban a explotar en cualquier momento y
acababas empapado de sudor. Riley quería ponernos a prueba
desde el inicio». Los entrenamientos de los Lakers ya eran famosos
por su dureza, pero Riley le dio un nuevo giro a la tuerca. «Nunca he
visto nada parecido —afirma Jeff Lamp, el escolta de cuarto año que
se quedó con la última plaza en el equipo por delante de Glass—.
Fui al instituto en Louisville, Kentucky, donde el baloncesto lo es
todo y puedes tirarte jugando horas y horas, pero los Lakers… joder,
Pat era tan exigente. O lo hacías perfecto o era mejor que ni te
molestaras en intentarlo. Además, Magic marcaba el ritmo a seguir,
con su intensidad inagotable: sprints, ejercicios, partidillos… todo lo
que se hacía en ese equipo se hacía para ganar. Me pusieron en el
segundo equipo y siempre jugábamos contra los titulares en los
entrenamientos. En los otros lugares donde había jugado, no era tan
raro que los suplentes les ganaran a los titulares, al fin y al cabo,
todos éramos jugadores de nivel NBA. Pero en los Lakers no pasó
ni una sola vez. No les ganamos ni un partido. Había ahí una serie
de jugadores que directamente se negaban a perder. Por eso
llegaron adonde llegaron».

En su momento, Abdul-Jabbar había sido uno de esos jugadores.


Ahora, apenas podía aguantar el ritmo de sus compañeros. Se
saltaba partidillos y, en ocasiones, entrenos enteros. Mychal
Thompson o Mike Smrek jugaban en su lugar y el equipo a menudo
lo agradecía. Muchos jugadores pensaban (era bastante obvio) que
Thompson debería ser el pívot titular. Abdul-Jabbar era demasiado
lento para el Showtime. Pero hay decisiones que incluso hombres
tan poderosos como Riley no son capaces de tomar. Los Lakers
tendrían que ganar con Abdul-Jabbar y, a menudo, a pesar de
Abdul-Jabbar. «Los mejores partidillos eran los que Kareem se
saltaba —recuerda Johnson—. Corríamos de abajo arriba y de
arriba abajo sin nadie a quien esperar todo el rato». Johnson
animaba al pívot a tomárselo con calma y descansar… en parte
porque de verdad creía que era lo mejor para Abdul-Jabbar… y en
parte porque jugar a este tipo de baloncesto con Thompson era una
delicia.

Afortunadamente, los Lakers tenían una nueva arma letal en su


plantilla. No es que Byron Scott fuera nuevo de por sí, pero a sus
veintiséis años y en su quinta temporada en la NBA, el escolta se
había convertido en una pieza esencial del engranaje. Algo había
hecho clic en Scott, algo que los Lakers llevaban esperando desde
que lo incluyeran como parte del polémico traspaso de Norm Nixon.
El cambio se había empezado a gestar en las finales del año
anterior, después de que Scott desapareciera por completo en los
tres partidos del Boston Garden. Anotó dos de sus nueve
lanzamientos en el tercer partido y tres de diez en el cuarto.
Después de sumar tan solo siete puntos en el quinto partido, con
otra serie de tres de diez, Scott se derrumbó. En el vuelo de vuelta a
California, se vino abajo entre la autocompasión y el convencimiento
de que nunca podría rendir en ambientes hostiles. «La mística de
los Celtics, los aficionados, lo que decían los medios… me dejé
influenciar tanto que llegó un momento en el que no sabía si sería
capaz de hacer lo que se esperaba de mí —confiesa Scott—. No
dejaba de darle vueltas a los tiros que fallaba y a los tiros que
dejaba de hacer por miedo a fallar. Me vine abajo por completo. No
dejaba de escuchar críticas por todos lados. Pensé que quizá mis
compañeros ya no me veían igual, y eso me dolió más que nada en
el mundo, que mis dos mejores amigos en el equipo —Magic y Coop
— pudieran dejar de confiar en mí».

Aunque Johnson y Cooper le repetían que eso eran tonterías, Scott


no podía quitarse la idea de la cabeza. Johnson le pidió a Riley que
se reuniera en su despacho a solas con Scott. La intención de Magic
era que Riley animara al escolta con una de sus charlas de
motivación, recalcando el valor de Scott y su talento. En cambio, el
entrenador le echó en cara cómo estaba afrontando la situación.
«Utilicé a Kareem, James y Magic como ejemplos —recuerda Riley
—. Si quieres ser como ellos, tienes que aprender a aceptar las
críticas y que no te afecten en tu rendimiento».

Aquellas palabras le llegaron de lleno a Scott, que estaba cansado


de que se lo considerara el punto débil del Showtime. Había sido
una estrella en el instituto y una estrella en Arizona State. Los
Lakers se habían deshecho de uno de sus mejores jugadores para
ficharlo y los resultados aún dejaban que desear. De acuerdo, había
promediado diecisiete puntos en la temporada 1986/87, pero no
aparecía nunca en los momentos clave. «Cuando llegaban los
finales de partido, Scott no estaba entre nuestras opciones»,
reconoce Riley.

Mientras los Lakers pasaban el verano con la cabeza en mil sitios


distintos (Jerry Buss estaba luchando en los tribunales para evitar
tenerle que pasar una pensión de veinticinco millones de dólares a
una mujer llamada Puppi; Cooper y su mujer se fueron de
vacaciones al trópico; Johnson asistió a un campus para jóvenes
con problemas en Michigan, apareció en otro campus en Kentucky y
estuvo entre los invitados a la boda del pívot de los Pacers, Herb
Williams, en Indiana… además de organizar unos clinics en
Thousand Oaks y San Diego), Scott se centró en el baloncesto. Se
pasaba las mañanas, las tardes y las noches en el gimnasio,
levantando pesas, lanzando a canasta, corriendo y esprintando. El
resto del tiempo lo pasaba con su mujer y sus hijos. «Byron es un
hombre muy concienzudo —afirma Anita Scott, su esposa—.
Cuando decide hacer algo, tiene que hacerlo lo mejor posible. Da
siempre el cien por cien y se deja la piel en el reto».

El Byron Scott que llegó a la concentración de pretemporada era


una versión mejorada de sí mismo. En vez de limitarse a tirar de
lejos, no dejaba de penetrar a canasta. Hasta ese año, cuando
Cooper defendía a Scott, sabía que, en el noventa y cinco por ciento
de las ocasiones, optaría por botar hacia su derecha. Ahora,
intentaba ser menos previsible. En defensa, la intensidad de Scott
no tenía nada que ver con la de años anteriores. Siempre había
admirado a Cooper por su empeño en la tarea. De repente, él
también se convirtió en un defensor de élite. «A quien le toque
defenderme, va a tener que estar preparado para una noche
complicada; ya puede dar lo mejor de sí durante los cuarenta y ocho
minutos —afirmó Scott—, porque yo, desde luego, voy a dar lo
mejor de mí en defensa y en ataque. Más le vale que se ponga las
pilas».

Con un Scott en racha, los Lakers no parecían tener rival. Nada más
acabar las finales, Riley había sorprendido a los jugadores al
prometer públicamente que los Lakers iban a ser el primer equipo en
repetir título en diecinueve años. Era una presión excesiva e
innecesaria. «Justo cuando pensábamos que podíamos relajarnos,
que habíamos dado todo lo que se podía pedir de nosotros, va Riles
y suelta eso —recuerda Scott—. Pensé que estaba loco, pero
garantizar públicamente el título del año siguiente fue lo mejor que
pudo hacer. Nos hizo centrarnos de inmediato en la tarea. Trabajar
más duro, ser aún mejores. Esa era la única forma de tener
opciones de repetir. Cuando llegamos de vacaciones, todos
estábamos obsesionados con ganar otro anillo».

Los Lakers batieron un récord de la franquicia al ganar los primeros


ocho partidos de la temporada, con un Scott que —salvo en el
primero, en el que acabó con uno de nueve en tiros— parecía un
jugador totalmente distinto. En el segundo partido de la temporada,
una victoria ante los Rockets (101-92) anotó cinco de sus seis
primeros lanzamientos y fue el máximo anotador de su equipo con
veintitrés puntos. Seis días después, frente a Golden State, se fue a
los veintisiete con una serie de doce de veinte lanzamientos. Scott
no era el escolta más fuerte ni el más rápido, pero su tiro era
imposible de defender y cada vez iba ganando más y más
confianza.

«Es fácil pasar desapercibido en un equipo de superestrellas y,


probablemente, eso es lo que le pasó a Byron —afirma Lamp, el
suplente de Scott—. Pero lo hacía todo bien. Podía correr el
contraataque a toda velocidad, pararse en seco y meterla desde
cualquier distancia; eso es algo muy difícil de hacer. También
defendía a los bases contrarios y lo hacía realmente bien. Los
dejaba a cero».

Un año más, los Lakers eran la comidilla de la liga. Y la liga —


representada en esta ocasión por los Seattle SuperSonics— decidió
plantarles cara. El 24 de noviembre, los dos equipos de la División
Pacífico se enfrentaron en el Seattle Center Coliseum. Bajo la
dirección de Bernie Bickerstaff, su combativo entrenador de tercer
año, los Sonics se tenían por legítimos contendientes al trono de los
Lakers. El alero Tom Chambers y el escolta Dale Ellis formaban una
de las parejas anotadoras más explosivas de la liga. Aún más
importante: a pesar de sus uniformes horteras en verde y amarillo,
los Sonics eran un equipo duro. Contaban con el veterano pívot
Anton Lister, una mole de acero de 2.13 metros y ciento nueve kilos
de peso, con el rookie Olden Polynice, que parecía una estatua de
Zeus, y con Xavier McDaniel, el alero de segundo año de Wichita
State, con sus 2.01 metros y noventa y tres kilos. Con la cabeza
rapada y un ceño siempre fruncido a lo Charles Manson, era como
uno de esos locos que tanto abundaban en el hockey sobre hielo. Si
alguien se metía con los Sonics, sabía que se las tendría que ver
con X-Man.

Era su tercer partido en cinco días y los Lakers salieron algo fríos.
Seattle ganó el primer cuarto (25-22) y consiguió una buena ventaja
al descanso (55-40). Los Lakers venían de perder su primer partido
de la temporada ante Milwaukee apenas dos días antes y Riley no
estaba contento. Durante el descanso, cuestionó la masculinidad del
equipo y se preguntó si iban a dejar sin más que los Sonics se
llevaran el partido y demostraran al resto de la liga que no eran el
equipo invencible que muchos creían. La mayoría de los jugadores
pasaban de estas charlas de Riley. Lo habían oído todo mil veces
antes. Sin embargo, un jugador sí que interiorizó las palabras del
entrenador.

A mitad del tercer cuarto, poco después de entrar en el campo en


sustitución de Johnson, Wes Matthews recibió un bloqueo
innecesariamente duro por parte de Xavier McDaniel. En la siguiente
posesión de los Sonics, Matthews le robó el balón al base Nate
McMillan, pero se lo botó en el pie al intentar salir en contraataque.
Matthews se lanzó a por la pelota y cuando vio que McDaniel
también estaba en la lucha, le dio a propósito una patada en la cara.
Sin mediar palabra, McDaniel se lanzó a por Matthews, agarrándolo
por el cuello con sus gruesas manos. «Fue una reacción instintiva —
aseguró McDaniel—. No iba a dejar que la cosa quedara así».

Cooper se puso en el medio para separarlos, pero el lío ya estaba


montado. Después del partido, Riley alabó la dureza de Matthews.
Su equipo se había mostrado demasiado blando en la derrota (103-
85), pero el diminuto base había entendido su mensaje. Tras el
altercado, los Lakers iniciaron un parcial a favor de 22-4.
Preguntado al respecto, Riley fue directo en su respuesta:
«Deberíamos haberlo hecho antes».

Los periodistas se acercaron a pedirle su opinión a Matthews, dando


por hecho que la pelea ya era agua pasada. Aunque estaba un poco
pirado, Matthews era un personaje afable y simpático que disfrutaba
firmando autógrafos y charlando con los aficionados más jóvenes.
Era un tipo sonriente y sus compañeros lo adoraban. Gordon Edes,
del Los Angeles Times, le preguntó si seguía enfadado por la pelea.

«No tengo nada que decir a eso», contestó Matthews.

Muy bien, entonces…


«Salvo —continuó de repente Matthews— que ese tío es un maricón
de mierda y que le voy a patear el culo cuando venga a L.A.».

En fin, Wes… Mide unos veinte centímetros más que tú y pesa unos
quince kilos más.

«Le tendrían que haber expulsado por haberme cogido del cuello —
explicó Matthews—. Cuento los días que faltan para que volvamos a
jugar porque a ese calvorota le voy a dar lo suyo y lo del resto».

Matthews no estaba de broma. Aquello no era ningún farol.


Matthews solo podía pensar en cómo machacarle la cabeza a
Xavier McDaniel con un ladrillo. «Era un imbécil —afirma Matthews
varios años más tarde—. Era un imbécil por entonces y lo sigue
siendo ahora. Si entrara aquí ahora mismo le partiría la cara. Lo
mataría a hostias».

David Stern, el comisionado de la NBA, repasó el vídeo del


altercado y no estimó oportuno sancionar a nadie. Contaba con que
los participantes sabrían dejar sus diferencias atrás y se olvidarían
del asunto. No sabía quién era Wes Matthews.

Una semana después del partido contra los Lakers, los Sonics
viajaron a Nueva York para jugar contra los Knicks. Según
Matthews, dos amigos de Bridgeport, Connecticut, le hicieron una
visita a McDaniel en el Madison Square Garden para «charlar» con
él. Lo pararon en el túnel de acceso a los vestuarios tras la sesión
de tiro y, según Matthews, le dijeron que, si jugaba, le darían una
paliza después del partido. En el mismo pabellón o en el hotel del
equipo. «Me llamaron más tarde —afirma Matthews— y me dijeron:
“Tronco, no hace falta que te preocupes más por X”».

—¿Qué habéis hecho? —dice Matthews que preguntó.

—No te preocupes —le dijeron—. Es muy probable que X no juegue


esta noche.
Varios días después, la NBA llamó a Matthews. «Me multaron con
diez mil dólares por amenazar a otro jugador —afirma—. Yo les dije:
“¿De qué estáis hablando? Estoy en L.A. Yo no he amenazado a
nadie”, pero no me creyeron».

¿Dice Matthews la verdad? Es difícil saberlo. McDaniel nunca quiso


hablar sobre el tema. Era un jugador resistente que jugó todos los
partidos de aquella temporada salvo cuatro. Uno de ellos, en el
Madison contra los Knicks.

***

Mientras los Lakers volvían a pasearse por la temporada regular,


una nueva amenaza emergía en el Este. Aunque nadie se atreviera
a decirlo, estaba claro que los Boston Celtics ya no estaban al
mismo nivel que los Lakers. Larry Bird y compañía aún ganarían
aquel año cincuenta y siete partidos y llegarían a la final de
Conferencia, pero su tiempo había pasado. Ya se vio en la manera
en la que perdieron la final del 87 contra los Lakers y más claro
quedó cuando tuvieron que enfrentarse a los nuevos aspirantes.

Los Detroit Pistons, después de varios años creciendo poco a poco,


habían llegado por fin a la élite. Para algunos, eran un excelente
equipo. Para otros, eran poco más que una panda de matones. Bajo
la dirección de Jack McCloskey, su muy respetado general
manager… y antiguo asistente de los Lakers, los Pistons habían
construido un equipo talentoso y con profundidad de banquillo.
Detroit se especializó en recuperar a jugadores perdidos de otras
franquicias y formar una unidad cohesionada gracias al trabajo del
entrenador Chuck Daly. El pívot titular, Bill Laimbeer (a quien Tony
Kornheiser, del Washington Post, una vez apodó Bill «No-te-
importará-que-te-dé-un-puñetazo-en-los-riñones-en-la-primera-
posesión-del-partido-¿verdad?» Laimbeer) no pasaba de ser un
jugador del montón en los Cleveland Cavaliers antes de que los
Pistons lo ficharan a cambio de una serie de jugadores y elecciones
en el draft. El ala-pívot Rick Mahorn había pasado de puntillas por
los Washington Bullets durante los cuatro años que jugó en el
equipo antes de que los Bullets se deshicieran de él a cambio de un
tal Dan Roundfield. Desde el escolta Vinnie Johnson (proveniente de
Seattle a cambio de Greg Kelser) al pívot suplente James Edwards
(fichado a los Suns por el ala-pívot Ron Moore y una elección en el
draft) pasando por Joe Dumars, el escolta de McNeese State que
habían elegido en primera ronda dos años antes y que aún tenía
que hacerse un sitio en la liga, los Pistons eran una colección de
desconocidos que habían conseguido encajar de manera
completamente inesperada.

Con una notable excepción. Cuando los Pistons utilizaron la


segunda elección del draft de 1981 en el base de segundo año de
Indiana University, Isiah Thomas, no solo ficharon a un organizador
de juego rápido y con instinto, salido de lo más duro del West Side
de Chicago. No, al fichar a Thomas, los Pistons adquirieron a la
mayor mosca cojonera de la liga. Si Thomas estaba en tu equipo, lo
adorabas. Si lo tenías en el equipo contrario, lo querías matar.
Además de tener el primer paso más rápido de todos los tiempos, el
manejo de balón de Thomas no tenía nada que envidiar al de Pete
Maravich. Al salir de la universidad, William F. Reed, de Sports
Illustrated, comparó a Thomas con un conocido jugador de los
Lakers, enfatizando que «Cuando Isiah Thomas sonríe, se le
iluminan los ojos, los dientes le brillan y aparecen esos enormes
hoyuelos que tanto recuerdan al último base de segundo año que
llevó a un equipo de la Big Ten al campeonato de la NCAA: Earvin
(Magic) Johnson».

Durante sus seis primeras temporadas, Thomas compaginó la


excelencia sobre la cancha (20,7 puntos y 10,2 asistencias por
partido) con una reputación ganada a pulso de falso, arrogante y
egoísta; alguien que sonreía a los aficionados y a las cámaras, pero
que te robaría la cartera o te rompería el corazón si le beneficiara en
algo. Se sabía todos los trucos y era el rey del juego sucio: golpes
en las costillas, pisotones en los tobillos, agarrones en los rebotes.
En público, parecía un adorable osito de peluche. En la pista, era el
mismísimo demonio.

Igual que los Lakers tenían a Johnson como líder, los Pistons
dependían totalmente de Thomas. Lo que les faltaba era alguien con
el talento diferencial de un James Worthy o un Byron Scott, así que
recurrieron a un estilo de juego que rozaba lo criminal. Mahorn, un
fornido ala-pívot de 2.08 y ciento nueve kilos, declaró en una
ocasión que para los Pistons un partido «físico» era aquel en el que
todos los rivales acababan sangrando. «Yo nos veía como una
especie de Oakland Raiders36 —escribió en su momento Isiah
Thomas—. Ellos también tenían unos personajes de cuidado en su
equipo, eran una colección de inadaptados que, juntos, resultaban
imparables. Eso era lo que se decía de nosotros: una panda de
pirados a los que les había dado por jugar al baloncesto, como si
nuestro vestuario fuera una celda acolchada y Chuck Daly estuviera
entrenando en un manicomio».

Juntos, Thomas y sus compañeros tomaron una frase de Scarface,


la maravillosa película de Al Pacino, y la hicieron suya: «Díganle
buenas noches al malo, ¡vamos!, ¡abran paso al malo!, hay un chico
malo [bad boy] entre nosotros…». Tanto se lo creyeron que sus
partidos oscilaban a menudo entre la agresividad y la violencia
gratuita. «Eran el equipo más duro que he visto nunca —afirma
Chuck Nevitt, el pívot de los Lakers que jugara durante un breve
período de tiempo con los Pistons—. No hacían prisioneros.
Nunca».

Aunque Thomas era uno de los jugadores más odiados de la NBA,


se llevaba genial con Johnson. Los dos se conocieron en 1979 por
mediación de Mark Aguirre, un amigo común que, en aquel
momento, jugaba en DePaul University. El baloncesto y su deseo
por dar siempre el máximo fue lo que los unió desde el principio.
Cuando Thomas se declaró elegible para el draft de la NBA,
Johnson lo invitó a su casa en Lansing, Michigan, para entrenar con
él. A lo largo de los años, siempre que visitaba Los Ángeles,
Thomas se quedaba en casa de Johnson, en una habitación
reservada exclusivamente para él (cuando la gente le preguntaba
por ese dormitorio casi siempre vacío, Johnson explicaba: «Ah, es el
de Isiah»). Ambas estrellas solían cenar la noche antes de los
partidos, recordando los viejos tiempos. En verano, Thomas,
Johnson y Aguirre iban dos veces de vacaciones a Hawái: una, de
relax, con sus parejas; la otra, para entrenar en las playas llenas de
arena. Los tres también solían alquilar cada año un autobús en
Detroit para visitar el parque de atracciones de Cedar Point, en
Sansusky, Ohio. «Cuando eliminaban a Detroit en el Este, Isiah se
venía a Los Ángeles —explica Gary Vitti, el preparador físico de los
Lakers—. Y Magic dejaba que entrara en el vestuario y en el
gimnasio y le enseñaba todo lo que había que hacer para lograr el
éxito. Isiah absorbía todo lo que decía su amigo como una esponja».
Johnson era consciente de la mala reputación de Isiah y no dudaba
en defender a su amigo siempre que tenía ocasión. «No le
entendéis —repetía, una y otra vez—. Por dentro, es un tipo
maravilloso. No conseguís entenderle».

La dinámica cambió, sin embargo, tras la derrota de los Pistons


contra los Celtics en las finales de la Conferencia Este de 1987.
Thomas fue uno de los grandes responsables de esa derrota al
perder un balón decisivo en un saque de banda: quiso pasársela a
Laimbeer, la cortó Larry Bird, que asistió a Dennis Johnson… y los
Celtics se llevaron así el quinto encuentro de la serie. Cuando, dos
partidos después, Boston eliminó definitivamente a Detroit, los
Pistons —con Thomas a la cabeza— se comportaron como niños
pequeños. Dennis Rodman, en su primer año en la liga, sugirió que
Bird estaba sobrevalorado. A continuación, en unas declaraciones
que dañarían aún más su reputación y lo perseguirían toda su
carrera, Thomas añadió: «Larry Bird es muy buen jugador. Tiene un
talento excepcional. Pero estoy de acuerdo con Rodman: si fuera
negro, sería solo uno más».

Posteriormente, Thomas insistiría en que estaba de broma y les


pidió encarecidamente a sus detractores que escucharan bien la
cinta… donde al acabar sus palabras, se puede escuchar una ligera
carcajada. «Cualquiera que me conozca bien —le dijo a Brent
Musburger—, sabe que me gusta mucho vacilar». Johnson conocía
bien a Thomas. Johnson sabía que a Thomas le gustaba mucho
vacilar… pero a Johnson no le hizo ninguna gracia la frase. El día
después del comentario de Isiah, en medio de una estruendosa
reacción mediática, John Black, que trabajaba en la oficina de
relaciones con la prensa de los Lakers, llamó a Johnson: «Tu amigo
Isiah la ha liado —le dijo Black—. ¿Qué quieres que le diga a la
gente?».

«Nada. No quiero saber nada de ese tema», contestó Johnson.

A lo largo de sus respectivas carreras, Johnson y Thomas siempre


habían estado ahí el uno para el otro. Cuando Johnson lloraba sin
parar en una habitación de hotel de Boston después de las finales
de 1984, Thomas estaba ahí para consolarlo. Cuando el pase de
Thomas cayó en manos de Bird, Johnson fue el primero en llamar
por teléfono para animarlo. Aun así, aunque se consideraban
amigos íntimos, lo que Johnson sentía por Bird era más profundo.
No eran grandes amigos, solo hablaban de vez en cuando… pero
había una especie de hermandad entre ellos. En vez de llamar a
Thomas, Johnson decidió marcar el número de Bird.

—Lo que diga Isiah no tiene nada que ver con lo que yo piense —le
dijo al jugador de los Celtics.

—Me da absolutamente igual —contestó Bird—. En serio, no podría


importarme menos todo este asunto.

Sin embargo, para Johnson, el comportamiento de Isiah había


supuesto un antes y un después en su relación. Ya no podía estar al
cien por cien seguro de qué iba ese tipo. Era como si al escuchar las
palabras: «Si fuera negro…», se hubiera desactivado un hechizo y
Johnson de repente pudiera ver al auténtico Isiah Thomas.

El 8 de enero de 1988, los Lakers viajaron a Detroit en medio de una


racha de doce victorias consecutivas y con el mejor registro de la
liga (23-6). Los Pistons (19-8) iban segundos de la División Central.
En la previa, Johnson insistió en que su amistad con Thomas
permanecía intacta. No, hacía cuatro meses que no se veían y no,
ya no hablaban tan a menudo, pero, bueno, en fin, ya sabes. Antes
del partido, Riley les recordó a sus jugadores que los Pistons eran
parecidos a los Celtics… solo que aún más sucios. Los aficionados
llenaron los 40.278 asientos del Pontiac Silverdome, la mayor
entrada del año en la NBA, con la esperanza de ser testigos en
primera persona de un cambio de guardia en la élite de la liga. «Este
partido —afirmaría Mychal Thompson al final del mismo— nos
puede servir para hacernos a una idea de cómo sería una Tercera
Guerra Mundial».

Gracias a los treinta y cinco puntos de Scott y a un fallo de Laimbeer


a falta de dos segundos, los Lakers —que perdían por once puntos
al descanso— consiguieron llevarse una agónica victoria (104-106).
Fue un partido lleno de técnicas y de insultos. Nada comparado, sin
embargo, con lo que se vivió quince minutos después del final del
partido. Riley estaba contestando a la prensa cuando apareció un
miembro de la mesa de anotadores para preguntarle si había
amenazado en el descanso a los árbitros para que pitaran a su favor
en la segunda parte. Aunque Riley nunca perdía la compostura
delante de las cámaras, aquí no pudo evitarlo. Igual que
despreciaba los juegos sucios de Red Auerbach en el Boston
Garden, tampoco se fiaba un pelo de los Pistons. «¡En mi puta vida
he ido al vestuario de los árbitros a pedirles nada! —gritó, indignado,
antes de acercarse aún más al tipo—. ¿De dónde has sacado algo
así? Ya te lo digo yo: del puto culo. Punto. Ganamos este partido en
buena lid, con justicia. Es un insulto que vengas aquí a insinuar esas
cosas». Riley se giró y cerró el vestuario de un portazo.

La pregunta había hecho estallar a Riley, pero la tensión venía de


antes: el entrenador de los Lakers temía a los Pistons. No solo eran
realmente buenos, sino que sabían cómo jugarles a los Lakers.
Demasiado a menudo, los Celtics mordían el anzuelo y acababan
corriendo de un lado al otro de la pista para imitar el Showtime. Bird
se tiraba de los pelos cuando eso pasaba y les pedía a sus
compañeros que se calmaran. Detroit, sin embargo, jugaba siempre
al mismo ritmo. La plantilla estaba confeccionada para un tipo de
juego físico y lento, y no se salían nunca del guion.

Cinco semanas más tarde, los Pistons aterrizaron en Los Ángeles


en busca de venganza, en medio de otra racha de los Lakers, que
habían ganado seis partidos seguidos en ocho días agotadores.
Entre sus víctimas, rivales de la entidad de los Celtics (115-106), los
Rockets (111-96) y los Atlanta Hawks, en la prórroga (119-126). «Es
imposible jugar siempre así de bien —bromeó Scott Ostler en el Los
Angeles Times—. Hay mil cosas que podrían pasarle al equipo y
cambiar su dinámica. Por ejemplo, Pat Riley podría presentarse a
presidente, como sugirió el otro día la actriz Teri Garr en el programa
de David Letterman. Eso podría distraer a Riley y afectar
negativamente a la química de los Lakers».

Al igual que en Michigan, los Pistons empezaron mejor y llegaron al


descanso con una ventaja de doce puntos. Fue otro partido brutal.
Tan solo unos días antes, Al Davis, propietario de Los Ángeles
Raiders, había mandado a los Pistons una caja llena de camisetas
de su equipo, un hermanamiento simbólico entre dos franquicias
que no hacían prisioneros. Mark Heisler, del Times, definió al equipo
de Daly como «una estampida de rinocerontes en medio de una
cancha de baloncesto». Estaba en lo cierto. «Hacía tiempo que
nadie nos ponía en tantos apuros —afirmaba un sudoroso Riley
después de la remontada de los Lakers para imponerse 117-110—.
Mucho tiempo».

En la primera parte, se vivió un momento que puede servirnos de


ejemplo para explicar la nueva rivalidad: Abdul-Jabbar anotó un
gancho en el poste bajo mientras Laimbeer le golpeaba con el
antebrazo debajo de la oreja. El capitán de los Lakers se fue a por él
y le gritó: «No me des en la cabeza».

«Quítate de en medio —le dijo Laimbeer—, y sigue jugando».

Aunque Thomas sumó cuarenta y dos puntos y diez asistencias, los


Lakers seguían estando medio escalón por encima. Worthy anotó
veinticuatro puntos; Scott, veintitrés; Abdul-Jabar, veinte, y Johnson
aportó diecinueve puntos y trece asistencias. Riley también recurrió
al único miembro del equipo acostumbrado a jugar como si le fuera
la vida en ello. A Wes Matthews lo comparaban habitualmente con
Thomas cuando jugaba en Wisconsin… y eso le ponía de los
nervios. «Mierda, yo era mejor que él —afirma Matthews—. Cuando
jugábamos el uno contra el otro en la universidad, no me daba
ningún problema. No podía pararme». En los últimos compases del
partido, Riley llamó a Matthews para que defendiera a Thomas. A
falta de treinta y ocho segundos y con los Lakers por delante (112-
110), la estrella de Detroit penetró a canasta, donde lo esperaban
Thompson, Johnson y Abdul-Jabbar. El balón salió rebotado y acabó
en manos de Matthews, que recibió una falta. Tranquilamente, anotó
los dos tiros libres para acabar con catorce puntos y sentenciar a los
Pistons.

«Todos sabíamos que volveríamos a vernos —afirma Matthews—.


Estaba más claro que el agua».

***

Puede que fuera la mala influencia de Wes Matthews.

Puede que fuera la mala influencia de los Detroit Pistons.

Puede que fuera la mala influencia de un género musical cada vez


más popular llamado «gangsta rap».

Puede que fueran los Raiders, las películas de violencia, los


programas de televisión llevados al extremo o un entrenador que no
dejaba de gritar a todas horas. Fuera como fuere, a la vez que los
Lakers completaban una de las mejores temporadas de la historia,
la tensión empezaba a dispararse dentro y fuera del equipo.
Todo empezó con la pelea entre Wes Matthews y Xavier McDaniel y
ya no hubo manera de frenarlo. El 22 de enero, en el Forum, los
banquillos de los Knicks y los Lakers se enfrentaron en mitad de la
cancha: Pat Cummings, el veterano ala-pívot de los Knicks,
abofeteó a A.C. Green en la cara, tras lo cual, Michael Cooper le
metió un puñetazo. Ambos se enzarzaron en una batalla que acabó
con los dos jugadores en el suelo, repartiéndose todo tipo de golpes
entre los asientos a pie de pista. «Sabía que tenía que mantener la
cabeza baja —recordaría Cummings años más tarde— porque en
una pelea con Michael tenía todas las de perder».

«Hay que mandar un mensaje muy claro a todos los que piensan
que la manera de vencer a los Lakers es ir con los puños por
delante —afirmó Cooper—. Es una mala táctica y estamos
dispuestos a demostrárselo».

El incidente más sonado sucedió en la tarde del 21 de abril y tuvo


como protagonistas a Abdul-Jabbar, un turista italiano, un centro
comercial de Phoenix y una vídeo cámara excesivamente grande.

La temporada estaba yéndole sorprendentemente bien al pívot de


los Lakers, que promediaba menos de treinta minutos por partido
por primera vez en su carrera y, en consecuencia, se sentía más
fresco que nunca. Decidió, tras pensarlo mucho, posponer de nuevo
su retirada, lo que quería decir que Johnson, Cooper, Scott y
compañía aún tendrían que esperar un poco más para imponer su
juego de contraataques continuos. «Mucha gente se olvida de que
incluso a los cuarenta o cuarenta y un años, Kareem seguía siendo
mejor que la mayoría de los demás pívots —asegura Bill Bertka, el
segundo entrenador—. Vale, su nivel no era el de cuando tenía
veinticinco años. Pero seguía siendo muy bueno».

Los Lakers estaban en Phoenix para enfrentarse a los Suns en el


penúltimo partido de la temporada regular y Abdul-Jabbar se dirigió
al Metrocenter, un centro comercial que quedaba al lado del hotel
del equipo. Mientras entraba y salía de las distintas tiendas, se dio
cuenta de que lo estaban enfocando con una cámara gigante.
Abdul-Jabbar dice que le pidió al hombre que dejara de grabar y —
cuando este se negó— apartó la cámara para poder pasar. «Ni lo
toqué —asegura Abdul-Jabbar—. Todo lo que hice fue quitarme la
cámara de en medio. Si no me la hubiera puesto tan cerca,
probablemente ni me hubiera enterado. Iba con prisas y no me
apetecía que nadie me persiguiera con una cámara».

Fernando Nicola, de cuarenta años, propietario de una cadena de


colegios bilingües en Frosinone, Italia, tenía otra versión muy
distinta. Estaba en Phoenix para visitar a su hermano, Christian, y le
dijo a la policía que se había limitado a grabar el centro comercial.
«Le pareció un lugar fabuloso, en Italia no hay nada parecido —
afirmó Stephen Leshner, su abogado—. Si uno ve detenidamente la
grabación, cuando Kareem pasa frente a la cámara, a lo lejos, se
puede oír a Nicola decir en italiano: “Mira qué negro más alto”.
Según Nicola, en ese momento, Abdul-Jabbar se lanzó hacia él, lo
empujó y arrojó la cámara al suelo». Años más tarde, Leshner sigue
dando por buena su versión de los hechos: «Ya no me va nada en
este asunto y hace años que sucedió, pero tengo claro que fue
Kareem el que se pasó de la raya».

Abdul-Jabbar y Nicola acabaron llegando a un acuerdo extrajudicial,


pero lo que a Leshner le llamó la atención no fue el dinero pactado:
«Leí la declaración de Kareem ante el juez y me pareció un gilipollas
integral —recuerda—. Trabajaba en unas oficinas en L.A. y Kareem
dejó claro que nadie en todo el edificio podía hablar con él o mirarlo
siquiera. Fue muy claro al respecto: nadie podía establecer contacto
visual. En ningún momento».

Abdul-Jabbar apenas jugó ocho minutos entre los dos últimos


partidos de liga regular (ambos con triunfo para los Lakers) y el
equipo completó una temporada de 62-20 que suponía la cuarta
consecutiva para la franquicia por encima de las sesenta victorias.
Habían superado una campaña llena de lesiones, durante la cual
tanto Cooper como Johnson se habían perdido numerosos partidos.
Habían superado la presión de la promesa de Riley y la
inevitabilidad del declive de Abdul-Jabbar. Cuando Sports Illustrated
colocó en su portada una foto con la plantilla entera de los Lakers, la
pregunta del titular (¿CÓMO SON DE BUENOS?) se contestaba
sola: eran buenísimos.

Los playoffs de la Conferencia Oeste apuntaban a un paseo para el


mejor equipo del mundo, pero nada más lejos de la realidad. Los
Lakers barrieron a los Spurs en la primera ronda, pero las pasaron
canutas contra Utah y Dallas, y necesitaron un séptimo partido en
ambas eliminatorias. Cuando, por fin, su equipo se impuso a los
Mavericks (117-102) en el séptimo partido jugado en el Forum, un
aliviado Riley respiró profundamente, miró a la multitud de
micrófonos que lo apuntaban y se expresó con la modestia propia
de un Napoleón.

«Tenemos la oportunidad de convertirnos en el mejor equipo de


todos los tiempos —declaró—. De verdad lo pienso. La gente puede
creerme o no. Habrá quien piense que estoy loco, pero tenemos la
oportunidad de conseguir algo realmente especial».

A cuatro mil kilómetros de distancia, los jugadores de los Detroit


Pistons se habían juntado para ver el partido en las instalaciones del
equipo y descubrir quién sería su rival en la final de la NBA. El día
anterior, habían eliminado a los Celtics en un disputadísimo sexto
partido y su confianza estaba en todo lo alto.

«Ha llegado nuestro momento», afirmó Thomas.


CAPÍTULO DIECISIETE

Motown

A PRINCIPIOS DE 1988, TONY CAMPBELL ERA —con mucho— el


jugador profesional más feliz sin contrato con ninguna franquicia de
la NBA. Durante tres años, había jugado de base en los Detroit
Pistons, el equipo que lo había elegido en la vigésima posición en el
draft de 1984. Todo pintaba de color de rosa para este chico de
Teaneck, Nueva Jersey, hijo de una madre soltera, que soñaba con
convertirse algún día en un jugador de élite. Sin embargo, la vida en
la NBA no lo había tratado tan bien como él esperaba. Campbell
llegó a la liga tras haber promediado 18,6 puntos por partido en su
último año con Ohio State y la misma noche del draft, Lou
Carnesecca, el entrenador de Saint John’s que estaba comentando
el evento para la televisión americana, lanzó la siguiente profecía:
«Creo que Detroit va a ser el equipo del futuro. Tony Campbell es un
excelente anotador: es agresivo, puede tirar bien, corre bien el
contraataque, ayuda en el rebote…».

Sin embargo, no dispuso de suficientes oportunidades. Chuck Daly,


el entrenador de los Pistons, no se fiaba de su defensa ni de su
selección de tiro y Campbell acabó relegado al final del banquillo.
Cuando jugaba, no lo hacía del todo mal, pero el problema era que
no jugaba casi nunca. «Era frustrante —recuerda—. Un sapo difícil
de tragar».

En consecuencia, cuando los Pistons lo dejaron libre después de


acabar la temporada 1986/87, a Campbell le invadió un extraño
sentimiento de alivio. Jugó seis partidos de pretemporada con los
Washington Bullets, se rompió la nariz y no consiguió entrar en el
equipo. A continuación, firmó por los Albany Patroons, de la CBA.
Pese a todas sus reticencias, allí fue donde Tony Cambell recuperó
la confianza en sí mismo. «Creí que iba a ser una experiencia
horrible —afirma—, pero resultó ser todo lo contrario».
Sorprendentemente, Campbell acabó disfrutando de cada minuto en
Albany. Los Patroons jugaban en el Washington Avenue Armory y
casi siempre llenaban las tres mil quinientas localidades. Aunque el
equipo no estaba a la altura de los mejores de la NBA, la plantilla
estaba formada por jugadores de gran nivel y con un nombre en la
liga, como el propio Campbell, Sidney Lowe, Rick Carlisle, Tod
Murphy o Scott Brooks. «Formábamos una familia —afirma Murphy
—. Tony era nuestro máximo anotador y el equipo no tenía rival en
la CBA. Probablemente, fuera el mejor jugador de toda la liga.
Además, resultó ser un tipo fabuloso».

Campbell estaba tan a gusto en Albany que rechazó todas las


ofertas que le llegaban de distintos equipos de la NBA. No quería
perder lo que ya tenía (Campbell ganaba cuatro mil dólares al mes
en Albany, más alojamiento gratis en un hotel donde solo tenía que
pagarse la comida) a cambio de un contrato de diez días en
Cleveland o en Atlanta. Incluso cuando Mitch Kupchak, el ayudante
del general manager de los Lakers, se puso en contacto con él en
marzo, Campbell se mostró inaccesible.

—Queríamos ofrecerte un contrato de diez días —propuso Kupchak.

—Lo siento —contestó Campbell—. Prefiero quedarme como estoy.

La siguiente semana, Kupchak lo volvió a intentar.

—Estamos luchando por otro anillo y tú estás en la CBA —le dijo—.


¿Por qué no aceptas un contrato de diez días y vamos viendo?

—Lo siento —volvió a contestar Campbell—. No creo que me


compense.
Al final, a mediados de marzo, fue Jerry West el que llamó en
primera persona, esta vez con una oferta que Campbell no podía
rechazar. Billy Thompson, el excéntrico ala-pívot, estaba lesionado
con un problema en la rodilla y el equipo necesitaba cubrir su plaza.
Si Campbell aceptaba la oferta, le garantizaban un contrato para el
resto del año y el siguiente. «Cuando Jerry West te llama —afirma
Campbell—, lo escuchas. Yo, al menos, lo escuché con atención».

El 30 de marzo, Campbell se convirtió oficialmente en jugador de los


Lakers. Cuando llegó a su primer día de entrenamiento, imaginaba
que todo sería tan frío y hostil como había sido en los Pistons. «En
cambio, todo el mundo me trató como si llevara ahí toda la vida —
recuerda—. Me sorprendió muchísimo porque no era lo que había
vivido durante años». Campbell no era una pieza clave en el equipo.
Apenas jugó trece partidos de liga regular, fue una vez titular y anotó
veintiocho puntos en un partido sin nada en juego contra los
Warriors. La mayor parte del tiempo lo pasaba en el banquillo junto a
Mike Smrek, Milt Wagner y Wes Matthews, aplaudiendo a sus
compañeros y bebiendo agua. «No jugaba demasiado —admite —,
pero era feliz allí».

Cuando se confirmó que los Lakers y los Pistons se cruzarían en la


final, Campbell abandonó su etiqueta de jugador prescindible para
convertirse en una especie de confidente de la CIA. Aunque
Johnson conocía a Thomas como persona, Campbell lo conocía
como jugador. Lo había defendido en los entrenamientos durante
tres años, entendía todos sus puntos fuertes y sus flaquezas, cómo
leía el juego y qué le molestaba más. Lo mismo se podía decir de
Joe Dumars, el joven escolta de los Pistons. Y de Adrian Dantley, el
veterano alero. Campbell podía escribir una tesis doctoral de
quinientas páginas sobre los Pistons. «Todo giraba en torno a la
defensa —asegura—. Chuck estableció un sistema que hacía
especial énfasis en la dureza de la defensa por encima de cualquier
otro aspecto del juego. Un sistema que yo conocía y entendía a la
perfección. Esa información privilegiada podía ayudarnos a ganar,
aunque yo no aportara demasiado».
En los tres días que pasaron entre la victoria contra Dallas y el
primer partido contra los Pistons, el 7 de junio, en el Forum,
Campbell hizo más de entrenador que de jugador. Le explicó a
Cooper los movimientos de cada jugador y aconsejó a Abdul-Jabbar
acerca de los trucos y jugarretas que solía practicar Laimbeer. Hizo
mención especial de Mahorn y Rodman, probablemente los dos
jugadores más sucios. Para cuando los dos equipos entraron en
pista para el salto inicial, los Lakers —claros favoritos según todas
las apuestas— se sentían más preparados que nunca a la hora de
enfrentar una final.

Solo que…

Tal vez Riley tendría que haberla visto venir. Como Jack McCallum
había señalado en Sports Illustrated, los Lakers «llevan semanas sin
ofrecer su mejor juego. Parecen una versión más apagada de sí
mismos, como si la lavandería hubiera quitado brillo al púrpura y oro
de sus uniformes». Las habían pasado canutas contra los Jazz y
luego contra los Mavericks. Muchos de sus jugadores más
importantes (Johnson, Cooper, Worthy…) estaban con molestias
físicas y Johnson tenía síntomas gripales: un poco de fiebre y
mucha debilidad. Por supuesto, nadie comentó a la prensa nada al
respecto: no había necesidad de motivar aún más a los Pistons para
que endurecieran el juego sobre Magic.

Mientras tanto, los Pistons iniciaron las series en un estado de


euforia. Era la primera aparición de la franquicia en unas finales de
la NBA desde que llegaran a Detroit y dejaran atrás Fort Wayne,
Indiana, en 1957, y no había rastro de posibles nervios o de una
presión exagerada. Sentados en el vestuario del equipo visitante del
Forum antes del primer partido, Thomas y Dumars charlaban sobre
cómo se sentían:

—¿No estás ni un poco nervioso? —le preguntó Thomas a Dumars.

—No —contestó Dumars—. ¿Y tú?

—Ni un poquito —respondió Thomas—. Nada.


«Le comenté a Isaiah: “No sé cómo debería sentirme” —recuerda
Dumars—. Tal vez era mejor no saberlo».

Por primera vez en unas finales de la NBA, además de los


tradicionales apretones de manos, vimos un beso. Johnson y
Thomas se acercaron antes del salto inicial, se inclinaron levemente
y se besaron en la mejilla. Tal muestra de cariño resultaba a la vez
extraña, entrañable y confusa. A Bird, que estaba viendo el partido
en su casa de Indiana, se lo llevaban los demonios. Sabía que lo
hacían para las cámaras, que esos dos jugadores se matarían el
uno al otro si hiciera falta con tal de levantar el trofeo. Cuando le
preguntaron si él también habría besado a Johnson, Dennis
Rodman contestó con su sarcasmo habitual: «Solo después de la
boda».

En los entrenamientos, Riley había puesto el foco en la manera de


parar a Thomas y Dumars, una de las parejas exteriores más
explosivas de la NBA. No era mala estrategia, pero dejaba de lado a
Dantley, el alero que jugara en los años setenta en los Lakers y que
venía de promediar veinte puntos por partido en la temporada
regular. Con su 1.93 de estatura real (algo menos que el 1.96 que
aparecía en todas las guías) y sus noventa y cuatro kilos, Dantley
era un jugador único en la liga. Aunque no era especialmente alto ni
especialmente rápido, sabía moverse como nadie bajo el aro y tenía
un instinto especial para colocarse siempre en el lugar preciso. Los
compañeros le llamaban Teach [Profe] por todos los trucos que les
enseñaba. Wilt Chamberlain llegó a decir de él que era el mejor
jugador de la historia al poste bajo. «Movía los pies de maravilla y
era muy listo —explica Frank Layden, entrenador de Dantley en
Utah durante cinco temporadas—. En los finales de partido, lo mejor
era darle el balón a Adrian porque nunca se ponía nervioso y
siempre metía los tiros libres. Era un jugador decisivo».

Dantley les tenía manía a los Lakers desde que lo traspasaran por
Spencer Haywood en 1979, y por fin tenía la oportunidad de
vengarse. En el primer partido, se aprovechó del débil juego interior
de los locales para anotar treinta y cuatro puntos con una serie de
catorce de dieciséis intentos frente a un A.C. Green que no sabía
por dónde le venían. «Cada vez que me despistaba en defensa,
eran dos puntos suyos —aseguró Green tras el partido—. Pero es
que tenía que estar pendiente de los jugadores exteriores. Ese era
el plan». Dantley llegó a anotar doce puntos consecutivos en un
momento del partido. Cuando Riley empezó a mandar ayudas para
parar a Dantley, este supo doblar la pelota a Thomas y al base
Vinnie Johnson, que sumaron treinta y cinco puntos entre los dos.

Quedaban seis minutos de partido cuando Dantley anotó una nueva


bandeja y colocó a los Pistons diecisiete puntos arriba (75-92). A
partir de ahí, todo fue un desfilar de espectadores rumbo a sus
coches antes de tiempo. La derrota (93-105) fue una de las más
duras en playoffs de la era Riley. Por si eso fuera poco, a la mañana
siguiente, cuando se despertó y leyó la prensa, vio que muchos le
consideraban el gran culpable por haber limitado la rotación a siete
hombres, dejando en el banquillo a Wes Matthews (el anti-Isiah), a
Campbell (el gran gurú anti-Pistons), a Kurt Rambis y a Mike Smrek
(tipos duros sin miedo a nada ni a nadie). Daly le había dado una
lección táctica y su equipo había sido un pelele en manos del equipo
más fuerte de la liga. «Recuerdo que todos llegaron al vestuario
agotados y machacados —afirma Smrek—. Los Pistons te obligaban
a darlo todo».

Los dos equipos volvieron a enfrentarse dos noches más tarde y


Riley se ciñó de nuevo a una rotación de siete jugadores. El
vestuario no estaba demasiado convencido de que ese fuera el
mejor camino, sobre todo teniendo en cuenta que Johnson, a quien
la gripe ya había golpeado de lleno, apenas podía aguantar un
puñado de minutos. «No le deseo esto a nadie —declaró a la prensa
—. El otro día estaba con temblores, no podía parar de sudar y tenía
todo el rato ganas de ir al baño. Ya no tengo temblores ni fiebre,
pero sigo yendo al baño sin parar».

El base dio una de las mayores demostraciones de coraje de toda


su carrera, al sumar veintitrés puntos y once asistencias. Sin
embargo, aunque todos los ojos estaban puestos en él, fue James
Worthy el que salvó a los Lakers del desastre. Desde que los Celtics
le pusieran el sambenito de «cagón» cuatro años antes, la
capacidad de Worthy para responder en los momentos clave seguía
bajo sospecha. Su apodo —Big Game James— se usaba con
orgullo o con ironía, según de quién se tratara. Era un anotador
espectacular en el poste bajo (al estilo de Adrian Dantley, solo que
quince centímetros más alto y con brazos más largos), pero parte de
la prensa aún tenía dudas sobre si podría liderar al equipo en los
momentos más decisivos.

A finales del tercer cuarto, los Pistons perdían por doce puntos de
diferencia, pero un parcial de 17-5 les permitió empatar el partido a
ochenta con ocho minutos y diecisiete segundos del último cuarto
aún por disputarse. Con el Forum en silencio y el banquillo de los
Pistons puesto en pie, Riley pidió tiempo muerto y metió de nuevo
en la cancha a Worthy, que estaba tomándose un respiro, por
Mychal Thompson. «Me encantaba la presión y la dureza de esas
situaciones —explica Worthy—. Los entrenamientos me servían
para prepararme para momentos así. Tipos como Mike McGee,
Larry Spriggs, Mitch Kupchak o Kurt Rambis no me dieron nunca ni
un respiro, me amargaban la vida en cada sesión. Por eso, cuando
me encontraba en una situación parecida en los partidos me sentía
preparado». En los siguientes tres minutos y medio, Worthy
encabezó un parcial de 11-2 para los Lakers, anotando seis puntos
en una sucesión de jugadas electrizantes: primero, cogió el rebote
tras un tiro horrible de Johnson y anotó una bandeja; a continuación,
Worthy se jugó un uno contra uno frente a John Salley, falló, cogió
su propio rebote y —en un solo movimiento—, palmeó la pelota con
la mano izquierda sobre el gigante de 2.10. «¿Quién está con
Worthy? —se oía gritar a Laimbeer—. ¿Quién está con Worthy?».
Por último, Johnson estaba atrapado en un dos contra uno junto a la
línea de fondo cuando vio que Worthy cortaba hacia el aro y le dio
un pase sin mirar por la espalda para una nueva bandeja (en
realidad, fue un tapón, pero la pelota estaba en trayectoria
descendente). En un visto y no visto, los Pistons perdían 91-82.
Volvieron a remontar, pero solo para morir en la orilla. Los veintiséis
puntos, diez rebotes y seis asistencias de Worthy fueron demasiado
incluso para ellos. Los Lakers ganaron (108-96). «James era un tipo
muy silencioso, muy tranquilo —recuerda Green—. Quizá la gente
creía que en la pista era igual, pero no, con el balón en las manos
era un auténtico torbellino».

La eliminatoria se desplazó a Detroit y los Lakers siguieron


corriendo sin tregua, lo que les sirvió para llevarse por delante a los
Pistons en el tercer partido (86-99). Aquello fue Showtime en estado
puro: los Lakers anotaron veintidós puntos al contraataque en el
tercer cuarto. Johnson había perdido cinco kilos por la gripe y
todavía se podían ver las marcas de las vías de suero en el
antebrazo derecho. Parecía agotado… pero hizo un partidazo
(dieciocho puntos, catorce asistencias, siete de ocho tiros
anotados). Después del encuentro, se sentía un poco aturdido. Su
padre, Earvin Sr., que le tenía un miedo atroz a los aviones, había
viajado junto a su esposa para ver por primera vez a su hijo de
cerca en unas finales. Los Lakers aprovecharon la circunstancia
para comer como reyes: pollo, pastel de batata y pan de maíz,
cortesía de Christine Johnson, la madre de Magic. De nuevo, todo
iba sobre ruedas.

«Creo que en el fondo la gripe ha sido una bendición para Earvin —


dijo Riley, eufórico—. Perder cinco kilos de líquido le ha hecho ganar
rapidez sobre la cancha». Los Pistons, en cambio, parecían cada
vez más lentos, incómodos y claramente inferiores. «Nos estamos
centrando tanto en buscar soluciones para el ataque —afirmaría
Laimbeer— que nos hemos olvidado de bajar el culo en defensa».
«Estamos jugando como adolescentes —añadiría Salley—. Igual
que pollos sin cabeza».

***

«¿Qué coño estamos haciendo?».


Esa era la pregunta de Bill Laimbeer al acabar el tercer partido,
dirigida a Rick Mahorn, John Salley, Dennis Rodman, Isiah Thomas
y sus demás compañeros. Los Lakers habían pasado por encima de
los Pistons como si fueran muñecos de cartón azules y rojos. Así no
se jugaba al baloncesto en Detroit. Estaban dejando que los Lakers
jugaran a otra cosa. Basta ya de ver cómo Worthy penetra a canasta
sin oposición, basta ya de ver a Scott tirar solo todo el rato… basta
ya de pases sin mirar de Johnson. Alguien tenía que encargarse de
parar eso y tenía que hacerlo cuanto antes. Los Pistons habían
llegado hasta ahí por su dureza física y mental. «Éramos un equipo
duro —recuerda Dantley—. Era nuestra seña de identidad. Pero, de
repente…».

Algo había cambiado. Aunque los jugadores de los Pistons no


estaban nerviosos ni lo parecían, el caso es que estaban jugando
especialmente tensos. Parecía que los Bad Boys le tuvieran un
respeto especial a los Lakers, y eso no podía seguir así.

Los Pistons utilizaron el cuarto partido para recordar a Estados


Unidos que las finales aún eran cosa de dos. No solo dominaron a
los Lakers (111-86) sino que mandaron un mensaje muy claro.
Menos de una hora después de haberse besado de nuevo al inicio
del partido, Thomas y Johnson ya se habían calentado en un par de
ocasiones. Primero, el base de los Pistons le dio un codazo a su
rival en el pecho. Poco después, Johnson hizo lo propio con Thomas
en los riñones. Thomas se levantó de inmediato, le lanzó el balón a
Johnson y se fue directo a por él.

«¡Esta es tu medicina! —le gritó Johnson—. ¿Qué pasa, que no te


gusta cuando te la dan a ti?».

Al final, los tuvieron que separar. «Magic dijo el otro día que si tenía
que darme una torta, me la daría —dijo Thomas—. Bueno, pues se
ve que hoy tenía que darme esa torta y me la ha dado».

Johnson quiso dejar claro que no se trataba de nada personal con


su viejo amigo. Años más tarde, sin embargo, cambiaría su versión:
«Claro que fui a por Isiah —escribió—. Pat Riley puso en duda
delante de mis compañeros mi relación con él. Necesitaba
demostrarles que podía ser tan duro con Isiah como con cualquier
otro».

La noche siguiente, a eso de las siete, Thomas estaba en el Hospital


St. Joseph Mercy de Pontiac viendo cómo su esposa, Lynn, daba a
luz a su primer hijo, Joshua Isiah Thomas. Thomas estaba tan hasta
arriba de analgésicos que tuvo que ser Sondra Nevitt, la mujer de
Chuck, la que llevara a Lynn al hospital. El niño se había adelantado
dos semanas y, al nacer, pesaba algo menos de tres kilos y medía
unos cincuenta centímetros.

Cuando llegó al Silverdome para el quinto partido, Thomas parecía


un zombie. No había dormido, apenas había comido y tenía la
espalda tan dolorida que andaba como un robot. En el vestuario lo
esperaban doce globos de felicitación azules y blancos, atados a su
taquilla. Cuando un periodista le preguntó por Joshua, Thomas le
mandó callar. Los Lakers, advirtió, no le iban a felicitar ni le iban a
regalar nada.

De hecho, los jugadores de los Lakers habían utilizado el día de


descanso para ver otra vez el vídeo del cuarto partido. Estaban
fuera de sus casillas. Thomas, Laimbeer, Rodman… no eran más
que una panda de matones y provocadores. Ninguno, sin embargo,
a la altura de Mahorn, cuyo único objetivo era sembrar el pánico
entre sus rivales. Los Lakers lo veían como al típico matón medio
tonto de instituto que les saca una cabeza a todos sus compañeros.
Con la pelota en las manos, apenas tenía recursos: en el instituto
Weaver High, en Hartford, Connecticut, se había dedicado al fútbol
americano. No había jugado un partido de baloncesto de verdad
hasta los diecisiete años. «Había echado algún tiro y tal, pero nunca
me lo había planteado en serio hasta mi último año de instituto —
afirma Mahorn—. Era un chico gordo al que le gustaba el fútbol
americano, hasta que de repente di el estirón».

Gracias a su enorme altura, Mahorn se ganó una beca para estudiar


en el Hampton Institute, donde batió hasta dieciocho récords del
equipo, en buena parte por su actitud salvaje y competitiva. Cuando
el balón pasaba cerca de su zona, Mahorn se lanzaba como un
jaguar a por su presa. O cogía el rebote o decapitaba a un rival en el
intento.

A los Washington Bullets les llamó la atención lo suficiente como


para elegirlo en la segunda ronda del draft de 1980. Cuando llegó a
la concentración de pretemporada, provocó una mezcla de
incredulidad y terror. Su tiro era espantoso y se movía con
muchísima torpeza. Sin embargo, nadie ponía los bloqueos como él.
«Es un tipo duro —comentó Gene Shue, su entrenador en los
Bullets—. Por supuesto, hay muy pocos jugadores dispuestos a
enfrentarse a alguien así. Cuando tienes el cuerpo y la fuerza que
tiene Rick, hay que aprovecharlo al máximo».

Los rivales veían en Mahorn a un Lucifer con pantalones cortos. Su


gesto sobre la cancha (ceño fruncido, mirada intensa, una sonrisa
siniestra que dejaba ver un pequeño hueco entre los dientes) servía
de aviso para todos los rivales: mejor no acercarse. «Uno ve a
Mahorn y piensa que es un pendenciero que te va a romper los
dientes como te atrevas a mirarlo —explica Tom McMillen, un
antiguo compañero de equipo—. Pero, obviamente, las apariencias
engañan. Es un tipo divertido fuera de la cancha, como un tigre
juguetón. Me cae bien».

A los Lakers, no. Las cintas del cuarto partido revelaban un golpe
bajo y un puñetazo tras otro. Aparte de las cuatro o cinco
infracciones más evidentes que saltaban a la vista durante el
partido, había docenas de las que nadie se daba cuenta. «Es muy
bueno pegando a los demás, pero ¿cómo lleva que lo peguen a él?
—se preguntó Johnson—. Está todo el rato jugando sucio, pero si se
lo haces a él, protesta. Bueno, si esto se repite en el quinto partido,
yo al menos pienso devolvérselas».

Eso es lo que los Pistons querían oír. No era fácil sacar de sus
casillas a los Lakers. M.L. Carr y Cedric Maxwell lo habían
conseguido en las finales de 1984, pero los hombres de Riley, por lo
general, sabían mantener la calma y no perder el control. El
problema era que Detroit sacaba lo peor de ellos mismos. Ante
41.732 aficionados —la entrada más alta en la historia de los
playoffs—, los Lakers empezaron el quinto partido con un parcial de
15-2, pero no pudieron contener la reacción de Dantley (veinticinco
puntos y siete rebotes) y compañía. Los Pistons cogieron cincuenta
y tres rebotes por treinta y uno de los Lakers y Rodman —
desapercibido en un equipo con nombres tan conocidos— jugó el
partido de su vida, dejando a Johnson en un cuatro de quince en
tiros de campo.

Worthy tuvo problemas con las faltas durante toda la noche y solo
pudo anotar catorce puntos en veintiséis minutos. Los Pistons se
llevaron la victoria (104-94) y se pusieron por delante en la
eliminatoria (3-2). No solo eso, sino que tenían a sus rivales donde
querían. Nadie daba un duro por los Pistons (excepto ellos mismos),
pero ahí estaban, a un partido de la victoria.

«No me lo podía creer —recuerda Tony Campbell, quien jugó cinco


minutos en ese quinto partido—. Algo no cuadraba ahí. Se suponía
que no podíamos perder. No podíamos, ¿verdad?».

***

Vaya si podían.

Los Lakers no sabían muy bien qué hacer y Riley, tampoco. Había
tratado de ganar a los Pistons al contraataque, pero le habían
pillado el truco. Lo había intentado tirando de físico, pero era
ridículo: «Hemos leído en los periódicos que los Lakers van a ir de
duros con nosotros —comentó Rodman—. No es lo más inteligente
de su parte». En sus charlas prepartido, Riley apelaba a la ira, se
ponía emotivo, exigía concentración o directamente suplicaba a sus
jugadores que hicieran lo que fuera. Nada funcionaba. Mike Downey
se preguntaba lo siguiente en el Los Angeles Times: ¿Podría ser,
simplemente, que los Pistons tuvieran más hambre de gloria tras
tantos años de fracasos? «¿Quién estuvo dispuesto a sufrir más
para conseguir la victoria? —escribió tras el quinto partido—. Los
Pistons. No aceptaron la derrota como opción y acabaron ganando».

¿Qué podían hacer los Lakers?

Respuesta: Irse a Italia.

En la rueda de prensa anterior al sexto partido, Riley dijo que estaba


harto y que se iría dos semanas a Italia en cuanto acabaran las
series. «A una pequeña villa en el sur de Italia —dijo—. Mientras
Jerry West se prepara para el draft, yo estaré…».

«¡Preparando una buena!», gritó alguien.

«¡Tú lo has dicho!», contestó Riley.

El mensaje estaba claro: el entrenador estaba tan seguro de que los


Lakers iban a ganar los dos partidos en el Forum que ya soñaba con
una botella de Rosso di Montalcino acompañando a un plato de
ravioli caprese. «Lo veo muy claro —aseguró—. Lo tenemos al
alcance de nuestras manos. Respetamos muchísimo a los Pistons,
pero el caso es que tuvieron la oportunidad de cerrar la eliminatoria
en Detroit y no lo consiguieron».

Las palabras de Riley sonaban bien sobre el papel. Luego había que
confirmarlas sobre la cancha. Los Lakers se fueron al descanso del
sexto partido siete puntos arriba, impulsados por otro enorme
partido de Worthy, que anotó diecinueve puntos en esos dos
primeros cuartos. Con todo, la defensa de ayudas de Riley no
conseguía contener a Thomas, que no dejaba de penetrar, driblar,
tirar y asistir. Los Lakers ganaban 56-48 a principios del tercer
cuarto cuando el base de Detroit se puso manos a la obra, anotando
los dieciséis siguientes puntos de los Pistons: dos tiros libres, un tiro
corto tras rebote ofensivo, cuatro suspensiones de cinco o seis
metros, un tiro a tablero y una bandeja. «Estaba desatado —
recuerda Johnson—. En trance».
Sin embargo, a falta de tres minutos para el final del tercer cuarto,
Thomas salió al contraataque, dobló el balón a Dumars y, al caer,
pisó el pie izquierdo de Cooper y se retorció de dolor en el suelo. El
tobillo —hinchado y ennegrecido— tenía una pinta horrible. «No me
podía creer lo que me estaba pasando —diría más tarde—. ¿Por
qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a quince minutos de ganar el
título de la NBA?». Tenía una herida en la mejilla de la que no
dejaba de gotear sangre. Se había dislocado un dedo. No podía ver
bien por un golpe en un ojo… y ahora tenía que salir de la cancha
apoyado en sus compañeros, probablemente para el resto del
partido.

O eso creía todo el mundo: treinta y cinco segundos después, ante


los gritos de admiración de los 17.505 aficionados de los Lakers,
Thomas pedía de nuevo el cambio y volvía a la pista. En total, acabó
anotando veinticinco puntos en ese tercer cuarto, con once de trece
en tiros de campo, el récord histórico en un solo período. De
repente, los Pistons se habían puesto por delante: 79-81. «Detroit
vino aquí y se dejó todo lo que tenía», reconoció Riley.

El último cuarto fue un toma y daca constante entre ambos equipos.


Fueron los mejores doce minutos de la serie: sin violencia, sin
peleas, sin chorradas. Tan solo el mejor baloncesto posible con tres
estrellas (Thomas, Johnson y Worthy) jugando a niveles propios de
Oscar Robertson. A falta de un minuto, los Pistons ganaban 99-102
y parecía que la promesa de Riley se iba a ir al garete. La CBS, que
tenía los derechos de la serie, no dejaba de repetir que la NBA
estaba transportando el trofeo al vestuario de los Pistons para que
no hubiera problemas en la celebración. Cuando Bill Davidson, el
CEO de Guardian Industries y, a la sazón, propietario de los Pistons,
entró allí, vio que en cada taquilla habían colocado unas gorras y
unas camisetas. El champán ya estaba preparado. «Estábamos
cerca —afirmaría Daly—. Podíamos tocar el campeonato».

Ocho segundos tardó Scott en buscar a Thomas en el uno contra


uno y anotar un tiro de cuatro metros que dejaba la ventaja de los
Pistons en un solo punto. En la siguiente posesión de Detroit,
Thomas, que acabaría el partido con cuarenta y tres puntos, ocho
asistencias y seis robos de balón, buscó un tiro forzado desde una
esquina que llegó a tocar el aro, pero cayó en las manos de Worthy.
Faltaban veintisiete segundos y los Lakers pidieron tiempo muerto.

Johnson se encargó de subir el balón. No encontró el camino a la


canasta. Tampoco vio claro el pase a Worthy o a Scott… así que la
pelota acabó en manos de Abdul-Jabbar, el hombre olvidado. Se
giró para lanzar su skyhook desde el lado derecho de la zona y
Laimbeer lo golpeó en el tiro. No fue canasta, pero consiguió anotar
los dos tiros libres. Lakers 103- Pistons 102.

Daly diseñó una última jugada: un pase a Thomas para que el base
decidiera por su cuenta. Sin embargo, al intentar desmarcarse,
chocó con Dantley. Dumars se encontró sin saber muy bien qué
hacer y su tiro a tabla con rectificado en el aire ni siquiera tocó el
aro. Scott cogió el rebote y recibió la falta. Falló los dos tiros libres y
aún tuvo que contener el aliento mientras los Pistons intentaban un
último lanzamiento, que llegó fuera de tiempo. Los Lakers seguían
vivos.

«Probablemente, este haya sido el partido más interesante y


emocionante que haya jugado nunca —dijo Johnson—. Aún mejor
que el cuarto partido en Boston del año pasado… y eso es mucho
decir».

Cuando acabó el sexto partido, todo el mundo daba por hecho que
Thomas no podría jugar el séptimo. Su tobillo parecía un tomate
gigante. Todo el mundo daba por hecho, también, que los Lakers
ganarían. Habían resistido el golpe más letal de los Pistons, ¿qué
más podía quedarles en la recámara a los de Detroit? Su estrella
estaba lesionada y jugaban fuera de casa contra un rival
experimentado y con la confianza por las nubes.

Sin embargo, Detroit recibió una ayuda inesperada. Aunque Al


Davis, el combativo propietario de Los Ángeles Raiders, era de los
habituales del Forum, no podía evitar sentir una cierta empatía hacia
la forma de hacer las cosas y la actitud de los Pistons. ¿Ayudar al
vecino? Al diablo con eso. Durante los siguientes dos días, ordenó
que todo su equipo de preparadores físicos ayudaran en lo
necesario a Thomas y a los Pistons. Todo lo que habían ofrecido los
Lakers era un cubo de hielo. Los Raiders, por su parte, le abrieron
sus instalaciones y los preparadores físicos le pusieron la temida
«Bota», un zapato gigante de plástico, lleno de hielo y agua, que
unía compresión y frío. Cuando Thomas no estaba en su habitación
del Airport Marriott con la bota puesta, estaba con los preparadores
de fútbol americano… «Nunca olvidaré la ayuda que me prestaron
—escribiría Thomas años más tarde—. Sus preparadores intentaron
todo lo posible para aliviar el dolor y la hinchazón».

La noche antes del séptimo partido, Thomas dio una rueda de


prensa en el hotel para anunciar a los setenta y cinco periodistas allí
congregados que tenía el tobillo destrozado y listo para el desguace.
Llegó en muletas y contestó a la primera pregunta con un «Estoy
bien jodido, eso es así». Hubo quien, dada la reputación de
mentiroso de Thomas, vio en la rueda de prensa una
representación. A lo largo de los años, Thomas había dado
suficientes muestras de poca deportividad como para creerlo ahora.
Tal vez no estaba tan lesionado como parecía. Tal vez podría jugar
con la misma explosividad a la que se habían tenido que
acostumbrar los Lakers.

O tal vez no. Todas las miradas del séptimo partido estaban puestas
en Thomas, quien entró en la cancha con una enorme
determinación, pero con el cuerpo hecho trizas. El dolor, admitiría
después, no podía compararse con nada que hubiera sentido
anteriormente. Le dolía al andar. Le dolía al ponerse de pie. Que
consiguiera, no se sabe cómo, aguantar veintiocho minutos en la
cancha sigue siendo uno de los logros más impresionantes de la
historia de la NBA. Que, totalmente cojo, sumara diez puntos y siete
asistencias, resulta aún más increíble.

Los Pistons ganaban 47-52 al descanso, cuando Thomas cometió


un grave error: se quitó la zapatilla derecha y el tobillo volvió a
hincharse a lo bestia. Los Pistons perdieron el tercer cuarto 36-21 y
en el Forum podía sentirse la emoción de una nueva corona. Sin
embargo, los Pistons no sabían rendirse y volvieron a remontar. Con
Thomas ya sentado en el banquillo, Dumars anotó a falta de un
minuto y dieciocho segundos para recortar a dos puntos la ventaja
de los Lakers (102-100). Inmediatamente (y sin ninguna necesidad),
Rodman le hizo falta a Johnson, pero solo anotó uno de los dos tiros
libres, lo que colocaba a los Lakers tres puntos arriba. Daly pidió
tiempo muerto a falta de un minuto y catorce segundos. En la
siguiente posesión, Laimbeer —uno de los mejores pívots tiradores
de la liga— se encontró completamente solo en la línea de tres
puntos. Recibió de Vinnie Johnson y lanzó. La pelota se elevó sobre
todos los jugadores y acabó chocando contra el aro. Tras una
tremenda lucha por el rebote, el balón salió por la línea de fondo.

Aún hubo tiempo para que Worthy cometiera una nueva pérdida, y
para que Rodman, un horrible tirador, decidiera asumir la
responsabilidad con un tiro de media distancia que rebotó en el aro
y cayó en las manos de Scott. (Todo el país pudo leer perfectamente
los labios de Daly: «¿Qué cojones hace Rodman?»). El escolta de
los Lakers anotó los dos tiros libres a falta de treinta segundos,
asegurando así la victoria.

LOS ÁNGELES LAKERS 108

DETROIT PISTONS 105

«Ha sido una pesadilla hasta el mismísimo final —declararía Riley


tras el partido—. No dejaba de repetir: “Por favor, que esta pesadilla
acabe cuanto antes”. Hicimos un gran trabajo resistiendo los envites
de un gran equipo».

Worthy, nombrado MVP de la final, consiguió el primer triple doble


de su carrera, acabando con treinta y seis puntos, dieciséis rebotes
y diez asistencias. Aunque Campbell solo jugó dos partidos, en los
que sumó un total de catorce minutos, podía sentirse satisfecho. Su
información había ayudado al equipo. De esta manera, se convertía
en el primer jugador de la historia en ganar el título de la CBA y el
de la NBA el mismo año. «Está bien ser el único en poder presumir
de ello —confiesa—. Es gratificante».

Tras el partido, mientras los jugadores de los Lakers se bañaban en


champán, los agotados Pistons volvían a su vestuario en silencio.
Algunos jugadores se echaron a llorar. El resto estaban demasiado
cansados para eso. El dolor era indescriptible. Tras unos diez
minutos, alguien llamó suavemente a la puerta. Como nadie
contestaba, Abdul-Jabbar, que había promediado 13,1 puntos por
partido en la serie, asomó con cautela la cabeza y se decidió a
entrar. Venía de soportar los golpes de Laimbeer, Mahorn, Edwards
y Rodman durante siete largos encuentros. Ahora, ahí estaba,
apretando la mano, uno a uno, de todos sus rivales.

La mayor demostración de clase que los Pistons hubieran visto


nunca.
CAPÍTULO DIECIOCHO

Adiós, Cap

EN LA HISTORIA MODERNA DE LA NBA, no ha habido una


superestrella más torpe que Kareem Abdul-Jabbar.

Sé que puede parecer duro, pero, admitámoslo, así es. Su historial


de desencuentros con todo tipo de gente es tremendo, aunque no
siempre se le pueda achacar mala fe. Hay algo tipo Asperger en el
exjugador de los Lakers, una incapacidad para entender a la gente
con la que se encuentra o las situaciones por las que está pasando.
Eso no hace de Kareem Abdul-Jabbar una mala persona.
Simplemente, lo convierte en un bicho raro.

A su vez, esa misma falta de empatía puede provocar momentos


verdaderamente cómicos. Por ejemplo, el 30 de junio de 1988, los
Ángeles Lakers visitaron la Casa Blanca para reunirse con el
presidente Ronald Reagan. La mayoría de los veteranos lo veían ya
como un trámite y no se dejaban impresionar por el Despacho Oval
o el Rose Garden. Sin embargo, a Abdul-Jabbar le fascinaba todo
aquello. Josh Rosenfeld, el director de relaciones públicas del
equipo, le puso a Abdul-Jabbar el mote de «Cliff», por el famoso
personaje sabelotodo de la serie Cheers. «Solo que, a diferencia de
Cliff —apunta Rosenfeld—, Kareem sí que sabía muy bien de qué
estaba hablando».

Durante la visita guiada por la Casa Blanca, Abdul-Jabbar no paró


de hacer preguntas. A la cuarta o quinta estancia, el guía empezó a
mirarlo solo a él cada vez que soltaba su rutinario: «¿Alguien tiene
alguna duda?». En un momento dado, varios jugadores de los
Lakers se fijaron en que Abdul-Jabbar estaba mirando con especial
atención uno de los cuadros. Byron Scott se acercó a un compañero
y le susurró al oído: «Esta va a ser buena».

—Disculpe —dijo Abdul-Jabbar.

—¿Sí? —contestó el guía con cierto hartazgo.

—Ha dicho antes que este cuadro era del siglo XIX, ¿verdad?

—Exacto, así es.

Abdul-Jabbar volvió a mirar al cuadro.

—¿Está usted seguro? —preguntó.

—Esto… sí, creo que sí —contestó el guía.

—No lo tengo yo tan claro —dijo Abdul-Jabbar, señalando una


pequeña parte del cuadro—, porque estos zapatos no se hicieron
populares hasta 1908.

Los jugadores de los Lakers se partían de risa.

—Bueno, luego se lo confirmo —dio por respuesta el guía—. Ahora,


vayamos a la siguiente sala…

Abdul-Jabbar concluyó su visita a la Casa Blanca dándole la mano a


Reagan y diciéndole sin rodeos que no estaba de acuerdo con sus
políticas ni con su forma de pensar. El presidente sonrió
amablemente, pero seguro que no le importó ver como ese progre
de 2.18 se iba por donde había venido.

Lo mismo que estaba deseando gran parte de la franquicia de los


Lakers, por otro lado.

Por fin, el viaje de Kareem Abdul-Jabbar, con sus altos, sus bajos y
sus peculiaridades, llegaba a su destino final. La temporada 1988/89
sería la de su despedida y los jugadores de los Lakers lo
agradecieron abiertamente. En sus catorce años con el equipo,
Abdul-Jabbar había ganado cinco anillos y tres premios de MVP. Era
el máximo anotador de la historia de la liga y quizá la figura más
reconocible de todo el país. Aun así, intentar entender sus cambios
de humor y sus melancolías era una tarea imposible.

Desde la misma llegada a la concentración de pretemporada en el


campus de la Universidad de Hawái, en Honolulu (el lugar de
vacaciones durante años de Buss, que aspiraba a que se convirtiese
en la base de operaciones del equipo), la principal preocupación
para todos —de Johnson a Riley pasando por Rosenfeld, Jerry West
y Jerry Buss— era convertir esta última temporada de Abdul-Jabbar
en algo deportivamente viable, que no distrajera al equipo y que no
causara problemas. No era fácil en absoluto: hablamos de un
hombre de cuarenta y un años y sin plan alguno de futuro.
Supuestamente, su anterior agente, Tom Collins, le había robado
gran parte de su fortuna, dejándolo en un estado de constante
ansiedad y preocupación por el dinero. Además, la relación con su
novia de toda la vida, Cheryl Pistono, acababa de irse a pique.

Movido por el entusiasmo que provocó su cameo en la película de


1980 Aterriza como puedas, Abdul-Jabbar se planteó iniciar una
carrera como actor, ignorando que tal vez su incapacidad para
mostrar ninguna clase de emoción acabaría siendo un problema.
Podría haber invertido su dinero en decenas de negocios
(concesionarios de coches, restaurantes, etc.), pero ninguno le
llamaba la atención.

Solo contaba con los tres millones de dólares que Buss le iba a
pagar por la temporada 88/89. Después de eso… bueno, Abdul-
Jabbar prefería no hablar del tema.

«Ha empezado la pretemporada con malas sensaciones —escribió


George Vecsey en el New York Times—. Un poco más lento que el
año anterior y con problemas para desarrollar los aspectos más
básicos de su juego». Jerry Buss confiaba en que, de algún modo,
la brisa cálida de Hawái y un par de noches tropicales revitalizaran
al grandullón. Para el resto de los Lakers, entrenar en Hawái era
como vivir en un sueño. Cuando estaban en el Klum Gym, el
pequeño gimnasio a los pies del Koolau Range, en Oahu, tenían
que trabajar tan duro como siempre: esprints, más esprints,
partidillos… Riley no hacía concesiones y siempre exigía el cien por
cien durante las cuatro horas de entrenamiento. «Nunca olvidaré mi
primer día con los Lakers —afirma Mark McNamara, el último pívot a
sumar a la larga lista de suplentes de Abdul-Jabbar—. No había aire
acondicionado, probablemente porque Riley no quería que lo
hubiera. El entrenamiento empezó con algo que llamaban “ejercicios
de carrera continua”. No tenían nada de especial: simplemente,
había que correr alrededor de la cancha, al ritmo que iba poniendo
Magic, con las manos por encima de la cabeza. Atraviesas el largo
de la cancha, luego giras por la línea de fondo dando la espalda a la
pista, luego haces otra vez el largo de la cancha, pero de espaldas,
vuelves a girar, etcétera. El ritmo, poco a poco, fue aumentando. Bill
Bertka se colocó bajo una de las canastas y, cuando pasabas, te
tiraba un balón medicinal. Todo esto, mientras Magic seguía
subiendo el ritmo. Duro, pero aceptable. Otra cosa fue el siguiente
ejercicio: había tres líneas y nos teníamos que ir pasando el balón
mientras pasábamos de una a otra, cubriendo casi todo el campo y
a toda velocidad. Era brutal. Más que brutal. Y aquello no acababa
nunca. Me tuve que decir a mí mismo: “Nunca has abandonado un
ejercicio de entrenamiento y este no va a ser el primero”, pero te
juro que no había sudado tanto en toda mi vida».

Ahora bien, cuando acababan los entrenamientos, Hawái quedaba a


disposición de los jugadores. La comida. Las mujeres. El tiempo.
Los Lakers se iban a la playa o a la piscina y pasaban las noches en
los bares y clubes de moda. Incluso aquí, a cuatro mil kilómetros de
Los Ángeles, a los jugadores los trataban como reyes. «Hawái era
increíble —recuerda Tony Campbell—. Te sentías una estrella.
Cenábamos todos juntos, hacíamos turismo, íbamos a la playa,
alquilábamos un barquito o una lancha a motor… Todas esas
pequeñas cosas te recordaban en qué equipo estabas y qué clase
de franquicia eran los Lakers».
Sin embargo, Abdul-Jabbar prefería mantenerse al margen. Cuando
firmó su último contrato, poco antes de la temporada 1987/88, dejó
claro por escrito que, en pretemporada, solo tendría que hacer una
de las dos sesiones de entrenamiento diarias. A Riley no le hizo
ninguna gracia e insistió en que el pívot se presentara a la segunda
sesión, aunque solo fuera para sentarse y mirar a sus compañeros.
Abdul-Jabbar se lo tomó a mal. Su rutina en Hawái no era
demasiado apasionante: entrenaba, comía en un restaurante
tailandés, iba al hotel a leer El escritor gonzo, de Hunter S.
Thompson, volvía al entrenamiento y así sucesivamente. Se llevaba
casi dos décadas con algunos de sus compañeros y le costaba
relacionarse con ellos. «Todos los que estaban en la liga cuando yo
llegué ya se han retirado —escribió en un diario que llevó durante
aquella última temporada—. Recuerdo con cariño los días en los
que yo era el rookie y me preguntaba qué hacían los demás cuando
dejaban el baloncesto profesional».

La primera noche que pasaron en Hawái, los miembros de los


Lakers se juntaron en una sala privada del hotel para la cena oficial
de bienvenida. Aunque el núcleo de estrellas seguía intacto, se
echaban a faltar tres caras conocidas: Billy Thompson, el caótico
jugador que fuera elegido en primera ronda dos años antes, se
había ido a los Miami Heat en el draft de expansión. (Imposible
olvidar las míticas palabras de Thompson años después: «Sin mí,
era imposible que siguieran ganando»). Kurt Rambis, el idolatrado
ala-pívot cuyos minutos había copado A.C. Green, estaba en los
Charlotte Hornets. Por último, Wes Matthews, la locura
personificada, no recibió oferta alguna de renovación y se fue a la
CBA, en concreto a los Tulsa Fast Breakers. Una vez todo el mundo
estuvo sentado en sus mesas, West se puso de pie, golpeó su vaso
con un tenedor y pidió un momento de atención.

«Este es el último año de Cap», dijo, y la voz se le quebró. West se


recompuso y soltó un discurso que rendía homenaje a una carrera
inigualable en la historia de la NBA, a un jugador que había
cambiado la liga; que no tenía miedo a la hora de luchar por lo que
creía justo y que había hecho de los Lakers lo que eran ahora. Fue
un momento precioso: tanto si a sus compañeros les caía bien como
si no lo soportaban, no podían negar que estaban sentados junto a
una leyenda. A principio de cada temporada, Riley elegía una
canción como himno para el equipo. Ese año tocó «Dedicated to the
One I Love» [Dedicado a la persona que amo], de las Shirelles, en
homenaje a Abdul-Jabbar.

Dicho esto, la situación no era fácil para los Lakers. Dos años antes,
durante la última temporada de Julius Erving en los Philadelphia
76ers, la NBA y los restantes veintitrés equipos no escatimaron en
gastos para honrar al hombre conocido como Dr. J. Su llegada a las
ciudades rivales se celebraba como si un rey visitara sus dominios…
y con razón. Pocos jugadores habían sido tan populares en la
historia de la liga.

Abdul-Jabbar, en cambio, no era popular en absoluto. En cada


ciudad, había dejado un buen montón de aficionados molestos por
su negativa a firmar autógrafos; rara vez concedía entrevistas a
periodistas de otros equipos; no había pívot rival al que no hubiera
golpeado en la tráquea con el codo.

«Nadie lo quería porque era un gilipollas —afirma Danny Schayes,


el pívot de los Denver Nuggets—. Hizo su gira de retirada justo
después de la de Dr. J. Cuando llegó a Denver, Julius no pudo ser
más amable: habló sobre los tiempos en la ABA, sus recuerdos en
esta gran ciudad, lo mucho que le habría gustado jugar en nuestro
equipo… Cuando vino Kareem, ninguno queríamos formar parte de
ese circo. Ni uno. Le regalamos un viaje a Vail para esquiar con la
esperanza de que se rompiera una pierna.

»Kareem sacaba lo peor de la gente. No era alguien que te resultara


indiferente: lo odiabas con todas tus fuerzas. Una vez escribió un
libro y cuando pasó por Denver para promocionarlo ni un periodista
le concedió un segundo de su tiempo. Fue su manera de decirle:
“Que te jodan. No nos has echado ni un cable en quince años, ¿y
ahora quieres que te la chupemos? Ni de coña”».
Jabbar era una superestrella en decadencia con un enorme ego que
demandaba su homenaje mientras el público y la liga pasaban
olímpicamente de él. Con esa situación tenían que lidiar los Lakers.
Salvo Nueva York (donde Abdul-Jabbar había nacido y crecido) y
Los Ángeles, Kareem no provocaba más que bostezos en el resto
del país. Sí, había sido un jugador descomunal y cuando venían los
Lakers, la gente seguía yendo al pabellón a verlo. Aun así, era
extraño que un hombre que se había pasado su carrera exigiendo
privacidad ahora quisiera un homenaje público en cada ciudad.
Firmó como imagen de una empresa de ropa deportiva de segunda
fila llamada LA Gear, acordó con Warner Books la escritura de un
diario a lo largo de la temporada y le dijo a Rosenfeld que daría una
rueda de prensa allá donde fuera el equipo. «Claro que le hace
ilusión ver un pabellón tras otro lleno de gente rindiéndole homenaje
—comentó en su momento Lorin Pullman, la asistente personal de
Abdul-Jabbar—. Conociéndolo, está claro que esto es algo que él
nunca ha buscado, pero que lo emociona de verdad… o al menos
esa es mi impresión. Cada vez que le comento que van a hacer otra
ceremonia en su honor o le van a rendir otro homenaje, se queda
sin palabras».

Los Lakers y la NBA pasaron buena parte de la pretemporada


tratando de convencer a los demás equipos de que el homenaje era
necesario. Sería horrible que la mitad de los equipos le regalaran
coches y vacaciones pagadas… y la otra mitad lo trataran como
basura. El gobernador de Nueva Jersey, Thomas Kean, aceptó la
propuesta de dedicarle un día en su honor; Nueva York organizó
una ceremonia con antiguos compañeros de su equipo del instituto;
los Washington Bullets le regalaron una gramola; los Milwaukee
Bucks, una Harley-Davidson; los Dallas Mavericks, una escultura de
un elefante en piedra preciosa de verdita, y los Spurs, un retrato y
un cheque de diez mil dólares a donar a las dos organizaciones
benéficas de su elección. Todo resultaba entrañable, conmovedor…
y tremendamente forzado. El St. Louis-Dispatch lo resumía en el
siguiente editorial: «Todo el mundo está intentando estar a la altura
en la despedida de Jabbar, pero hay algo que no termina de
cuadrar, como si la gente no terminara de saber quién es
exactamente ese hombre que lleva veinte años en la NBA, ha sido
nombrado seis veces MVP y ha anotado más de treinta y ocho mil
puntos. “En Texas siempre habéis sido hospitalarios y generosos —
dijo Abdul-Jabbar en la ceremonia—. No os guardáis vuestros
sentimientos, os mostráis tal como sois”. Ojalá pudiéramos haber
dicho lo mismo de Abdul-Jabbar a lo largo de todos estos años».

Lo peor de todo era que Abdul-Jabbar no estaba jugando bien. En la


temporada 1987/88 había ofrecido una imagen impropia de su
leyenda, pero ahora su nivel había bajado aún más. Los Lakers ya
lo pudieron ver en la concentración de Hawái: demasiado tiempo
sentado durante los ejercicios y los partidillos, esperando a que
McNamara le sirviera la comida.

Una vez empezó la temporada regular, el bajón se hizo más


acusado. Su récord de setecientos ochenta y siete partidos
anotando más de diez puntos había tocado a su fin en la temporada
1987/88 y ahora apenas era capaz de anotar una canasta. El
momento más embarazoso llegó cuando en medio de un partido
Johnson le hizo gestos para que se apartara del poste bajo, la
primera vez que lo hacía en sus diez años juntos. Inmediatamente,
Riley pidió tiempo muerto, miró fijamente a su base y le dijo: «Ni se
te ocurra volver a hacer algo así». Esto no quiere decir que Riley no
estuviera frustrado también o que no le pidiera continuamente a
Rosenfeld —su enlace con Jerry West— que ficharan de una vez a
otro pívot. En los ocho primeros partidos de los Lakers, Abdul-
Jabbar anotó más de diez puntos solo una vez. Después de una
derrota en Sacramento ante los espantosos Kings, en la que sumó
cuatro puntos y tres rebotes en diecisiete minutos, Abdul-Jabbar se
acercó a Johnson en la ducha y le preguntó: «Buck, ¿qué me
pasa?».

«Cap —contestó Johnson—, no estás siendo agresivo. Ya no tienes


hambre como antes. No atacas. No vas a por la pelota. No buscas
hueco para soltar tu gancho. No eres tú».

La prensa lo atacó con dureza. Bill Conlin, el famoso columnista del


Philadelphia Daily News, dijo de Abdul-Jabbar: «No aporta nada,
absolutamente nada… es un cero en defensa, como un fantasma en
la zona». Mike Lupica del neoyorquino Daily News se expresó en
términos parecidos: «Este tipo —escribió— hace tiempo que debería
haberse marchado del baile». Con todo, lo peor fue la reacción del
público. Abdul-Jabbar estaba acostumbrado a que lo abuchearan
continuamente cuando jugaba fuera de casa, pero ahora la afición
del Forum también estaba empezando a perder la paciencia. No
solo lo silbaban cada tres por cuatro, sino que aplaudían cuando se
iba al banquillo. El 16 de enero, Abdul-Jabbar anotó un skyhook
sobre Akeem Olajuwon para empezar el partido contra los Houston
Rockets. Poco después, Olajuwon recibió en el poste bajo y dejó
atrás a Abdul-Jabbar para anotar una bandeja. «¡Ríndete ahora que
aún vais empate!», gritó alguien desde las primeras filas.

En público, Riley expresaba todo su apoyo a Jabbar. En privado, no


sabía cómo lidiar con el peso de un ancla de 2.18 tirando de su
equipo hacia el fondo del Océano Pacífico. Los Lakers lideraron su
división durante casi toda la temporada, pero aquello no fue ningún
camino de rosas. Después de treinta y tres partidos, los Lakers iban
13-0 en casa y 9-11 fuera del Forum. Riley se vio obligado a reunir a
sus jugadores para que dejaran de protestar acerca de quién
debería y quién no debería ser el pívot titular. «Quiero dejar esto
bien claro de una vez por todas —les explicó Riley—. Este es
nuestro equipo y Kareem forma parte de él. Está aquí con nosotros
y va a seguir aquí con nosotros. Todavía puede marcar diferencias y
tiene toda mi confianza. Nos ha guiado durante catorce años.
¡Catorce años! Si todos llevamos estos anillos tan bonitos, es en
buena parte por su culpa. Tal y como yo lo veo, ahora es nuestra
responsabilidad ayudarlo. Se lo debemos. Le debemos todo el
respeto del mundo». Eso sí, poco después, durante una sesión de
tiro anterior a un partido contra los Cavaliers, Riley le dijo a Abdul-
Jabbar que si seguía jugando tan mal, no le quedaría más remedio
que mandarlo al banquillo en plena gira de despedida. En aquel
momento, había anotado más de diez puntos en solo diez de
veintisiete partidos y había veintidós pívots en la liga con mejor
promedio de rebotes. «Necesitamos algo más», le dijo Riley.
«Muy bien, daré todo lo que tengo», contestó Abdul-Jabbar.

Riley le reconoció a Mike Downey del Los Angeles Times que Abdul-
Jabbar se había «quedado atrás». El pívot estaba de acuerdo. «El
pasado verano, en fin, entrené, claro que entrené… pero el fuego ya
no estaba ahí —admitió—. Supongo que me estaba tomando un
respiro tras tantos años tan intensos».

Como era alto, irascible y famoso, Abdul-Jabbar era un blanco fácil.


Sin embargo, no era el único responsable del mal momento del
equipo. Desde que Johnson llegara al equipo en 1979, la directiva
había hecho siempre el máximo por reforzar la plantilla cada verano.
Su historial de éxitos hablaba por sí mismo: el fichaje de Kurt
Rambis, las elecciones de Byron Scott y A.C. Green, el traspaso por
Mychal Thompson… Jerry West se había ganado una justa fama de
mago de las negociaciones. Sin embargo, ahora, los Lakers como
equipo también se habían quedado atrás. Cansado de su carácter
impredecible (y de su excesiva fama de fiestero), West decidió no
renovar a Matthews y en su lugar eligió con el número veinticinco
del draft a David Rivers, un base anotador de 1.83 metros y setenta
y siete kilos.

Si su talento hubiera estado a la altura de su historia personal,


Rivers habría sido número uno de ese draft, por delante de Danny
Manning, de la Universidad de Kansas. El verano de 1986, justo
antes de su tercer año en la universidad, Rivers encontró trabajo en
Porta-Pit Barbecue, una empresa de catering de Elkhart, en el
estado de Indiana. Una noche, después de acabar su turno, estaba
sentado en el asiento del copiloto de una furgoneta Chevy
conducida por Kenny Barlow, la estrella recién graduada de Notre
Dame (que casualmente acababa de ser elegido por los Lakers en
primera ronda, aunque luego lo traspasaran a Atlanta), cuando
sucedió algo que le cambiaría la vida. Iban por la Route 30 cuando
un coche en dirección contraria invadió su carril. Barlow giró el
volante bruscamente hacia la derecha y el vehículo se salió de la
carretera, voló por el aire, cayó por un terraplén, dio varias vueltas
de campana y acabó deteniéndose a más de veinticinco metros de
la calzada. Rivers, que no llevaba puesto el cinturón de seguridad,
salió volando por el parabrisas y aterrizó a más de seis metros, en
medio de un maizal. Tenía una herida de cuarenta centímetros en el
estómago por donde se le salían las entrañas.

«El cuerpo es algo asombroso —afirma Rivers—. Asombroso de


verdad. No sentía ningún dolor y cuando Kenny me encontró tirado
en el suelo, me puse a hablar con él igual que estoy hablando ahora
contigo. Sabía que tenía un corte descomunal y sabía que las tripas
se me estaban saliendo por ese corte. Solo pensaba en intentar
cerrarlo con mis propias manos».

Barlow solo sufrió algunos cortes sin importancia en las piernas.


Cubrió el torso ensangrentado de su amigo con una camisa y corrió
a la casa más cercana para pedir ayuda. Rivers se quedó solo
durante veinte minutos. «No tenía miedo a morir —recuerda—. Ni
siquiera estaba preocupado. Me sentía en paz».

El corte no afectó al corazón por apenas siete centímetros y perdió


más de un litro de sangre. Sin embargo, Rivers sobrevivió. «Les
pregunté a los doctores cuántos puntos iban a darme —comenta
Rivers—, pero me dijeron que eran demasiados para andar
contándolos». Pasó ocho días en el Hospital General de Elkhart
antes de empezar una durísima rehabilitación. Sus días como
jugador de baloncesto de élite parecían cosa del pasado, pero
Rivers, conocido por su determinación y su cabezonería, volvió a
South Bend y promedió 15,7 puntos en su penúltimo año y veintidós
en el último. Lo que había perdido en rapidez, lo había ganado en
dureza. «Era un jugador que merecía mucho la pena —explica West
—. Aportaba algo que nosotros no teníamos. Pero, siendo sinceros,
llegó a la liga en un momento en el que los jugadores de su estatura
ya empezaban a ser una excepción. Todos los demás bases eran
más altos que él».

Rivers impresionó a todos en los entrenamientos: incordiaba en


defensa a Johnson, penetraba ante Cooper, se iba de Scott, de
Worthy y de quien hiciera falta… «Era un jugador impresionante —
recuerda Mychal Thompson—. Botaba la pelota tan bajo que no
había manera de seguirlo cuando cambiaba de ritmo». Sin embargo,
una cosa eran los entrenamientos y otra cosa eran los partidos
importantes. A Rivers le faltaba la intensidad y el instinto defensivo
de Matthews y la estatura necesaria para incordiar a la mayoría de
los bases. Sin presión, podía anotar una suspensión tras otra. Con
Gerald Wilkins o Michael Jordan defendiéndolo, la cosa cambiaba.
Jugó cuarenta y siete partidos de liga regular, promediando 2,9
puntos. «Era un pequeño diablillo —asegura Worthy—. Quizá,
demasiado pequeño».

El otro fichaje de West provocó una pequeña conmoción en la liga.


Con raras excepciones, cuando los Lakers fichaban a un veterano,
se aseguraban de que el recién llegado encajara en la filosofía del
equipo y las necesidades de la plantilla. Antes de otorgarle un
uniforme púrpura y oro a Mychal Thompson, la franquicia había
preguntado doscientas veces por su carácter a distintos compañeros
y entrenadores que habían coincidido con él. Querían saber si
estaba preparado para aceptar un puesto como suplente. «La
franquicia era muy meticulosa en sus decisiones —afirma Ronnie
Lester, el antiguo base de los Lakers, reconvertido a ojeador—. No
se hacía nada que no se hubiera analizado antes mil veces».

De ahí que nadie saliera de su asombro cuando, el 10 de agosto de


1988 se anunció el fichaje del alero Orlando Woolridge (salido de
Notre Dame, como Rivers) por cuatro temporadas y 2,9 millones de
dólares. Sports Illustrated definió a Woolridge como «un jugador
egoísta, que necesita el balón en sus manos y solo piensa en
anotar… el número de su dorsal —el cero— refleja su compromiso
con el equipo». Era cierto. Woolridge era un jugador egoísta, que
solo pensaba en anotar y con una nula capacidad defensiva. Sin
embargo, eso no era lo peor: fuera de la cancha, sus problemas con
la cocaína le habían costado más de un disgusto. Woolridge probó
la coca por primera vez en 1981, durante su primer año en los Bulls,
y pronto adquirió una peligrosa dependencia. Jugó cinco años en
Chicago antes de fichar por los New Jersey Nets como agente libre
en 1986. Su nuevo entrenador, Dave Wohl, había trabajado como
ayudante en los Lakers y estaba emocionado con el fichaje de
alguien tan talentoso como Woolridge. Era una fuerza de la
naturaleza de 2.06 metros y noventa y siete kilos que podía correr
como un base y atacar el aro como un ala-pívot.

«Su talento estaba fuera de toda duda —confiesa Wohl—. Pero


tenía un lado oscuro».

Los Nets se concentraron para iniciar la pretemporada en Princeton,


estado de Nueva Jersey, y un día Wohl recibió la llamada del
gerente del hotel Scanticon Princeton, donde se alojaba el equipo.
«Me pidió que subiera a la habitación de Orlando —recuerda Wohl
— y, cuando entré, aquello parecía la Tercera Guerra Mundial.
Había todo tipo de drogas, la habitación estaba patas arriba y había
dinero y tarjetas de crédito tiradas por todas partes. Orlando entra y
le pregunto: “O, ¿qué es todo esto?”, y me dice: “Bueno, estaba con
una chica y de repente, sacó…”. Lo interrumpí: “O, no me mientas,
por favor, no quiero que me mientas”. Al final, lo reconoció todo, así
que llamé al general manager (Harry Weltman) y le dije que Orlando
tenía un problema con las drogas y que teníamos que hacer algo al
respecto. Le acabaron echando una bronquita de nada, le dijeron
que fuera bueno y no lo volviera a hacer y ya está. Me hicieron
quedar en ridículo».

Woolridge aguantó dos temporadas en Nueva Jersey, pero sus


problemas con las drogas no remitieron. Solo jugó diecinueve
partidos en la 1987/88 antes de ingresar en un centro de
rehabilitación en Van Nuys, California. Pasó casi dos meses allí y
salió —según sus propias palabras— limpio y sobrio.

Ahora bien, no era la primera vez que Woolridge decía algo así. De
joven, con los Bulls, llegó a dar charlas en institutos de Chicago
acerca de los problemas de la adicción a las drogas. Cuando
acababa su discurso, iba al baño y se metía una raya. «Si las cosas
le iban bien a Orlando, no había nada de lo que preocuparse —
afirma Wohl—, pero como le fueran mal…».

«Orlando podía competir con los mejores sobre la cancha y


demostrar que formaba parte de la élite de la liga, pero fuera de la
pista no sabía controlarse —explica Pat Jackson, su esposa—. Se
tomaba cualquier cosa que le hiciera sentir bien y le ayudara a pasar
el día».

La vida de un jugador de los Lakers estaba llena de estrés. Había


muchas expectativas puestas en el equipo y las gradas de todos los
campos se llenaban siempre para ver al equipo. Las prisas eran
constantes y siempre había alguien pidiéndote algo. ¿Por qué puso
West en riesgo la armonía del vestuario trayendo a un drogadicto
reconocido, sobre todo después de haber sido testigo de lo que
había pasado con Spencer Haywood nueve años atrás?

«Creía que había personalidades en ese vestuario lo


suficientemente fuertes como para ayudarle a triunfar —afirma West
—. Te convences de que, en un gran equipo, con una gran
franquicia detrás, el chico puede salir adelante y demostrar lo que
vale. Me creí todo ese cuento. Tal vez fui demasiado inocente.
Orlando era un jugador fantástico… pero era un puto drogata. Y
ante eso no se puede hacer nada».

Woolridge llegó a la concentración de pretemporada en un estado


de forma tremendo y, según su esposa, completamente limpio.
Aunque era el séptimo u octavo jugador en la rotación, Woolridge
parecía satisfecho. Promedió menos puntos (9,7) y menos minutos
(20,1) que en toda su carrera, pero se sentía querido y valorado.
«En L.A. estaba encantado —recuerda Jackson—. Una vez,
estábamos en un restaurante de Santa Mónica y se acercó Michael
Keaton a nuestra mesa para hablar con Orlando. Yo pensaba:
“¿Quieres hablar con mi marido? ¡Pues yo quiero hablar contigo!”.
Aquello era vida. A Orlando le encantaba lo amable que era la
gente. No le importaba ser titular o meter muchos puntos… eso ya lo
había hecho antes. Quería formar parte del Showtime».
Desgraciadamente, al igual que Rivers, Woolridge no terminó nunca
de encajar en el equipo. «Orlando no era lo que necesitábamos —
admite Bill Bertka—. Era un jugador descomunal, pero nunca
encontró su sitio en nuestro sistema».
Aunque lo fácil era culpar a Abdul-Jabbar de todos los problemas,
esos Lakers tenían muchas carencias y probablemente estuvieran
viviendo el inicio de un lento declive. Riley dependía de sus tres
estrellas: Johnson, Worthy y Scott, que promediaron cada uno más
de diecinueve puntos por partido. Luego estaba A.C. Green, un ala-
pívot por encima de la media, y ya el siguiente peldaño del
escalafón lo ocupaban Michael Cooper, a sus treinta y dos años, y
Thompson, a sus treinta y cuatro, ambos en la cuesta abajo de su
carrera. Tony Campbell era un jugador residual, al que Riley solo
daba minutos cuando era estrictamente necesario. «Las cosas
cambiaron —explica Cooper—. En deporte, las cosas siempre
cambian. No puedes envejecer y pretender ser el mismo de antes.
No es tan fácil como eso».

Por primera vez en la era Riley, los Lakers tuvieron que luchar de
verdad por el título de la División Pacífico. Liderados por un par de
jóvenes estrellas —el base Kevin Johnson y el ala-pívot Armen
Gilliam—, los Phoenix Suns eran todo lo que ya no eran los Lakers.
El 26 de diciembre, los dos equipos se enfrentaron en el Arizona
Veterans Memorial Coliseum, y aquello pareció una entrega de
testigo en toda regla. Los Suns no solo destrozaron a los Lakers
(111-96) sino que lo hicieron con la misma fórmula de velocidad y
presión defensiva que los Lakers habían perfeccionado a lo largo de
una década. Muestra de esta inferioridad fue la actitud de Magic
Johnson cuando en el último cuarto se negó a darle el balón al
árbitro Billy Oakes después de una decisión discutible. Johnson
mandó el balón a la grada y Oakes mandó a Johnson al vestuario,
su segunda expulsión en diez años como profesional.

«Me frustra perder —explicó Johnson—. No estoy acostumbrado.


Quizá era algo que tenía que hacer para desahogarme. Siento que
el equipo haya tenido que pagar por ello, pero cuando no has
pasado nunca por una situación así, es difícil saber cómo tienes que
reaccionar». Tras la derrota, los Lakers (17-10) quedaban dos
partidos por encima de los Suns, con la sensación de que Phoenix
estaba dispuesto a luchar hasta el último partido. West y Riley
intentaron de todo para encender de nuevo la llama de otros años,
pero no hubo manera. Después de la victoria del 16 de enero contra
los Houston Rockets, que dejaba a los Lakers 15-0 en casa, Riley se
tiró el farol de que su equipo sería el primero en la historia de la
NBA en acabar la temporada imbatido en su campo. Cuando le
preguntaron si lo decía en serio, Riley ni se inmutó: «Me limito a
contestar a tu pregunta —añadió—. Y no veo por qué no iba a ser
así». A los jugadores no les sentó nada bien. ¿Acaso eran unos
críos? ¿Necesitaban motivación extra todo el rato? Las palabras de
Riley solo servirían para enfadar y motivar a los demás equipos.
Ocho noches después, los Knicks jugaron en Los Ángeles y, gracias
a los veinticinco puntos de Ewing, rompieron la racha de los Lakers.
Para los jugadores fue un alivio más que otra cosa. Lo que tenía que
hacer el entrenador era callarse y trabajar.

Parecía fácil, pero no para Riley. Cada vez era más insoportable.
Cuando llegó al puesto, Riley insistía en que su éxito solo era
consecuencia de la calidad de Johnson, Abdul-Jabbar y las demás
estrellas. Ahora, aunque de vez en cuando insinuaba algo parecido,
lo hacía a regañadientes. «Pat está teniendo problemas con su ego
que antes no tenía —afirmó Johnson—. Quiere que lo reconozcan
como un buen entrenador. No es una cuestión de arrogancia,
simplemente necesita ese reconocimiento».

Riley apareció en la portada de enero de 1989 de la revista


Gentleman’s Quarterly, a la que concedió una entrevista bastante
reveladora. Cuando Riley no estaba hablando de lo bueno que era,
estaba hablando de lo bueno que era o, en ocasiones, de lo bueno
que era. Las negociaciones para renovar su contrato le habían
parecido una falta de respeto y había amenazado a Buss con dimitir.
Estaba realmente enfadado por no haber sido nombrado Entrenador
del Año en ninguna de sus siete temporadas en la liga. Una vez se
acercó a Gary Vitti, el preparador físico durante una racha de
victorias para quejarse de que la tiza que le habían dado para
escribir en la pizarra era «demasiado dura». (Vitti le contestó: «Pat,
¿qué cojones quieres decir con eso?»). Ya en la concentración de
Hawái, había exigido que pintaran los aros de las canastas de
naranja brillante y que cambiaran los tableros.
En su día, un artículo como el de GQ habría avergonzado a Riley.
Era una exhibición de narcisismo autoindulgente por parte de un
entrenador que siempre estaba hablando de la importancia de la
palabra equipo. Si un jugador hubiera hablado de sí mismo en esos
términos, se habría reído de él o lo habría multado (o las dos cosas).
Pero Riley, pensaban los jugadores, estaba empezando a creerse
que había inventado el baloncesto. «La situación empezó a volverse
un poco incómoda», reconoce Cooper. La noche del 28 de marzo, la
relación entre el entrenador y los jugadores pasó por otro momento
delicado. Los Lakers habían vuelto a perder contra los Suns en
Phoenix y de forma contundente (127-104). Abdul-Jabbar se quedó
en seis puntos y un indolente Johnson en diez. Los Suns ya
ganaban 58-47 al descanso y aumentaron su ventaja con un parcial
de 36-27 en el tercer cuarto. Riley estaba furioso. Podía aceptar la
derrota, pero no esta mediocridad. En la rueda de prensa posterior,
dijo que el partido había sido «una humillación» y exigió un cambio
de actitud. «Nos rendimos desde el salto inicial —soltó Riley antes
incluso de la primera pregunta—. Obviamente, no he conseguido
transmitir el mensaje adecuado a los jugadores. Ellos creen que
pueden arreglar las cosas cuando quieran. He fracasado
miserablemente en mi intento de explicar lo importante que era este
partido. Cada uno tendrá que analizar de forma individual de qué
manera está aportando o no al equipo. Lo que ha pasado hoy es
inadmisible en un equipo que está intentando ganar un anillo. Ha
sido humillante».

La derrota dejaba a los Lakers 47-21, una buena marca, pero


engañosa. Una de las características del Showtime era la capacidad
para dominar al contrario por completo. Eso ya no estaba pasando.
«Lo que más le molesta a Riley es que los Lakers estén jugando con
desgana —escribió Sam McManis en el Los Angeles Times—. En
vez de ponerse en forma para los playoffs parece que estén
atascados y sin poder avanzar. Los Lakers han ganado cuatro de
sus últimos siete partidos, pero tres de esas victorias han llegado en
los últimos segundos».
West buscó todo tipo de soluciones, pero sin éxito alguno. Llamó a
los Indiana Pacers para cambiar a Woolridge por Herb Williams,
pero no le hicieron ni caso. Elgin Baylor, la leyenda de los Lakers y
amigo íntimo de West, era ahora el general manager de Los
Ángeles Clippers. Andaba ofreciendo a Benoit Benjamin, un
talentoso pero atolondrado pívot por toda la liga, pero cuando West
pidió precio, Baylor le dejó claro que no lo iba a vender a los Lakers.
Mientras tanto, Abdul-Jabbar seguía coleccionando regalos (un
velero por aquí, un cuadro por allá) sin por ello dejar de jugar a
cámara lenta.

La tarde del 23 de abril, la interminable gira de despedida de Abdul-


Jabbar llegó a su fin en el Forum. Dos días antes, los Lakers habían
conseguido su victoria número cincuenta y seis tras ganar a los Trail
Blazers (121-114) y consolidaron una ventaja de dos partidos con
respecto a los Phoenix Suns para conseguir un nuevo título de
División. Antes del último partido de temporada regular, Abdul-
Jabbar se encontró en el centro del campo con su último regalo: una
mecedora gigante que sus compañeros se encargaron de mover
mientras en la megafonía sonaba la canción «That’s What Friends
Are For» [«Para eso están los amigos»]. «Disfruta de tu nueva vida
durante muchos, muchos años —le dijo Buss—. Pero, por favor,
espérate hasta finales de junio».

Los siguientes cuarenta y cinco minutos fueron un homenaje a


Abdul-Jabbar, pero también una muestra de hasta qué punto el
deporte profesional podía llegar a ser excesivo y peculiar. Los
Lakers jugaban en un edificio colosal que estaba situado en uno de
los barrios más pobres de toda la ciudad. Más del veinte por ciento
de las familias de Inglewood vivían por debajo del umbral de la
pobreza y menos del quince por ciento de los vecinos mayores de
dieciocho años habían completado su formación universitaria. Era
un barrio de licorerías, casas de empeño y grupos de hombres
reunidos en las esquinas, fumando Camel y bebiendo Piels de una
bolsa de papel marrón. Mientras, dentro del edificio, las caras que
llenaban las gradas eran casi todas blancas, una multitud de pechos
operados y sonrisas de cien mil dólares. Inglewood era la casa de
los Lakers, pero los Lakers no querían saber nada de la realidad de
Inglewood.

Amir, el hijo de ocho años de Abdul-Jabbar, fue el encargado de


cantar el himno nacional ante la mirada orgullosa de su padre. El
máximo anotador de la historia de la NBA recibió también un par de
regalos para sus padres, Cora y Al: sendos viajes a Hawái y a
Orlando. El presidente George Bush envió un telegrama y la afición
se puso de pie un par de veces para dar al pívot una ovación
cerrada. Una de las calles adyacentes al Forum recibió el nombre de
Kareem Court. Por último, Johnson cogió el micrófono: «Ya que nos
has llevado a hombros durante tantos años, aquí tienes algo que te
puede llevar a ti adonde quieras —explicó—. Por supuesto, es solo
un pequeño detalle. Te mereces mucho más. Cuando llegué aquí
como novato, era poco más que un mocoso. No solo me enseñaste
a limpiarme la nariz, sino que me enseñaste el camino para llegar a
ser el jugador y la persona que siempre aspiré a ser».

El regalo para Abdul-Jabbar era un Rolls-Royce blanco de 1989.


Con lágrimas en los ojos, Kareem se dirigió al público que
abarrotaba las gradas: «No nos ha ido nada mal aquí —dijo—. Se
puede ver en esas cinco banderas que están ahí colgadas.
Esperemos que cuando empiecen los playoffs, podamos demostrar
que nos merecemos una sexta».

La voz de Abdul-Jabbar se quebraba constantemente. «Solo quiero


deciros —apenas pudo susurrar— que os quiero a todos».

Los Lakers ganaron (121-117).

Abdul-Jabbar anotó diez puntos. Después del partido, se retiró


camino a los vestuarios, donde encontró sus vaqueros de marca
agujereados y colgados de una percha. «Era una broma de sus
compañeros —recuerda Lon Rosen—. Un intento de marcarse unas
últimas risas juntos». Abdul-Jabbar se largó del pabellón con cara
de pocos amigos y sin decir ni una sola palabra.
***

Esto no podía acabar bien.

Todo el mundo lo tenía claro: los Lakers estaban condenados a la


derrota, preparados para derrumbarse en cualquier momento como
el equipo mediocre en el que se habían convertido. Vale, Johnson
había promediado 22,5 puntos y 12,8 asistencias, camino de otra
nominación como MVP, pero el equipo de Riley nunca se había
mostrado tan vulnerable en todos estos años. Cuando el The Palm
Beach Post le preguntó a Ron Rothstein, entrenador de los Miami
Heat, por sus favoritos para los playoffs, descartó de inmediato a los
Lakers: «Ya no defienden como el año pasado; cuando jugamos
contra ellos hace dos semanas en L.A., nos dejaron meter hasta
trece bandejas. Son un equipo sin hambre —sentenció—. Tal vez se
han acabado aburriendo. No lo sé».

Sí que lo sabía. Los Lakers eran un equipo plano, agotado, sin


inspiración y con poco banquillo.

Cualquiera que conociera el juego como lo conocía Rothstein podía


reconocer a una franquicia en ruinas cuando la tenía delante.

Los Lakers, estaba claro, eran un equipo en caída libre y los playoffs
iban a poner su decadencia negro sobre blanco.

Solo que…

La primera ronda fue un paseo. Los Lakers barrieron a Portland en


tres partidos relativamente sencillos. Bueno, vale, tampoco había
nada de lo que presumir… los Blazers eran un equipo mediocre con
un registro negativo (39-43). Habían perdido los cinco partidos de la
liga regular contra los Lakers y tenían a Kevin Duckworth, un
hombre más preocupado por la báscula que por frenar a los pívots
rivales. Cuando las series terminaron, los jugadores de los Lakers
optaron por un perfil bajo y tranquilo. El día de antes, los Knicks
habían barrido a los Philadelphia 76ers y se habían comportado
como unos niñatos al, literalmente, sacar una escoba para barrer el
campo. «Hay equipos que se ponen a saltar como si hubieran
ganado el título después de ganar solo una serie —dijo Mychal
Thompson—. Nosotros lo vemos de otra manera: nos quedan doce
victorias más. No hay nada que celebrar ahora mismo. Ya vi lo de
los Knicks y la escoba. Creo que demostraron muy poca clase».

La segunda ronda fue un paseo. Los Seattle Supersonics eran un


equipo potente con un registro de 47-35 y dos jugadores de nivel All-
Star (el escolta Dale Ellis y el alero Xavier McDaniel). Antes del
primer partido, Bernie Bickerstaff, el joven entrenador de los Sonics,
dejó caer que su equipo no estaba a la altura de los Lakers. «No
creo que tengamos ninguna oportunidad frente a ellos —declaró,
después de batir a los Rockets en cuatro partidos—. Están jugando
bien y son el mejor equipo del mundo». Claramente, Bickerstaff
estaba probando la táctica de la psicología inversa: en realidad,
pensaba que los Lakers eran cosa del pasado y que los Sonics
estaban a punto de llegar a su primera final de conferencia desde
1987. En cambio, su equipo perdió los cuatro partidos. Después del
cuarto encuentro, sentado en un vestuario en silencio, Ellis no se lo
explicaba: «Queríamos ganar uno —dijo—. Salimos con mucha
fuerza y anotamos los primeros tiros. Cogimos una pequeña ventaja,
pero no supimos defenderla. Están jugando muy bien al baloncesto
y no veo quién puede ganarlos ahora mismo. No se han relajado ni
un momento en toda la eliminatoria». Riley echó un vistazo a los
periodistas congregados en rueda de prensa, muchos de los cuales
habían vaticinado el desastre de los Lakers y afirmó: «Ha sido una
gran victoria. Hay muchos equipos que se supone que iban a estar
aquí, como Utah, Dallas o Portland. Pero al final somos nosotros los
que estamos entre los cuatro mejores».

La final de la Conferencia Oeste fue un paseo. Un momento. ¿Cómo


es posible? ¿Otra paliza en cuatro partidos? Los Phoenix Suns
estaban llamados a ser los herederos de los Lakers. Eran más
jóvenes, más fuertes, más completos, ¿no? Pues no. «Los Phoenix
Suns nunca habían jugado contra los Lakers en playoffs. Ahora ya
saben de qué va el rollo —sentenció Magic Johnson tras sumar
veinte puntos y veintiuna asistencias en el cuarto partido en Phoenix
(117-122 para los Lakers)—. No somos el mismo equipo que en
temporada regular». Johnson, quien había promediado 18,5 puntos
en estas tres primeras rondas, parecía de nuevo tan enganchado y
comprometido como siempre. Scott y Worthy, que sumaron
cincuenta y cinco puntos entre los dos en el cuarto partido, corrían el
contraataque como dos jovenzuelos. Cooper, condenado al
banquillo durante buena parte de la temporada regular, volvía a ser
la referencia en defensa y un tirador certero en ataque. «Nunca he
visto a un equipo jugar mejor que estos Lakers —afirmó el ala-pívot
Tom Chambers, quien anotó cuarenta y un puntos en el cuarto
partido—. Ha sido una exhibición, sin errores de ningún tipo. Cada
vez que necesitaban algo, cada vez que tenían que anotar, lo
conseguían. Teníamos la ilusión de que se despistaran y nos
dejaran ganar un partido, pero incluso han subido el nivel de
intensidad respecto a los otros tres encuentros. Realmente
increíble».

La gran sorpresa de ese último partido fue Woolridge, quien anotó


catorce puntos y bajó el culo en defensa. Un pequeño consuelo para
este hombre cuya fama de drogadicto lo había condenado al
banquillo. Cuando jugaba en los Bulls, no perdía ojo a lo que pasaba
en el Oeste, donde los Lakers siempre emergían victoriosos. Ahora
era parte del equipo. «El cuerpo de Orlando es como un misil,
taponando e intimidando a los contrarios —afirmó Riley—. Con una
ventaja de tres partidos, hoy podríamos habernos borrado
tranquilamente. En cambio, jugamos mejor que nunca. Una vez
más, eso es lo que separa a los buenos de los mejores».

Las tres palizas acabaron con todas las críticas. Los Lakers llevaban
dieciséis victorias consecutivas y llegaban a la final con una inercia
que los hacía favoritos para un nuevo título. Mark Zeigler escribió en
el San Diego-Tribune: «Increíbles, extraordinarios, estupendos,
alucinantes… ninguno de estos adjetivos hace justicia a los Lakers.
De hecho, ahora mismo, están por encima de cualquier adjetivo».
Mientras celebraban la clasificación para su octava final en diez
años, los jugadores de los Lakers soñaban con un nuevo e
inesperado momento de gloria. En el este, los Pistons —el equipo
con más victorias en la liga regular: sesenta y tres— luchaban a
cara de perro con los Chicago Bulls y su superestrella de veintiséis
años, Michael Jordan. Como tardaron seis partidos en acabar con
sus rivales de la División Central, los Lakers tuvieron nueve días
para recuperar. Tratándose de una plantilla de cierta edad, aquello
era todo un regalo que veinticuatro de los veinticinco entrenadores
NBA habrían recibido con entusiasmo.

Sin embargo, Pat Riley no era amigo de las convenciones.

Su ego había ido creciendo con cada victoria y era ya del tamaño de
la mismísima California.
TERCERA PARTE

El final de una dinastía


CAPÍTULO DIECINUEVE

Desatado

PAT RILEY PODRÍA HABER ESPERADO. UN DÍA. Dos, quizá.


Podría haberse tomado un tiempo para pensar en sus jugadores y
su equipo: tal vez les convendría un poco de paz y soledad,
combinadas con una ligera carga de trabajo; tal vez su veterano
base, con 2.886 minutos de temporada regular a sus espaldas, su
pívot de cuarenta y dos años, y una plantilla castigada por la
sucesión de esfuerzos agradecerían un poco de tiempo fuera de las
pistas, tumbados en la playa, en el cine o en casa con la mujer y los
hijos.

Podría haberlo hecho, sí.

Pero prefirió no hacerlo.

Después de cerrar la eliminatoria contra Phoenix, Mark Zeigler del


San Diego Union-Tribune le preguntó a Riley si los chicos podrían
tomarse unos días de descanso y relax. El entrenador ni se lo
pensó: «Los jugadores van a acabar deseando que la eliminatoria
hubiera sido más larga. Va a ser una semana muy dura para ellos.
Los entrenamientos van a ser salvajes. No es el momento de
andarse con relajaciones».

La mañana del 31 de mayo de 1989, los Lakers viajaron ciento


cincuenta kilómetros en dirección norte, rumbo a Santa Bárbara,
donde pasarían los tres siguientes días casi enteros encerrados
dentro del gimnasio del Westmount College (también conocido como
«el infierno del baloncestista profesional»). Tres horas antes de su
primer entrenamiento a las dos de la tarde, el autobús del equipo
paró en el Biltmore, un lujoso hotel de Montecito que costaba
quinientos dólares por habitación y noche. Fue decisión de Riley: la
zanahoria que colgaba del palo. A los millonarios jugadores de
baloncesto les gustan los hoteles de lujo y probablemente el
entrenador pensó que sus hombres caerían rendidos ante las
sábanas de seda y el exclusivo menú del servicio de habitaciones.
Se equivocaba.

Los jugadores de los Lakers estaban demasiado cabreados para


apreciar nada de eso.

«Le dije a Pat que era una mala idea —recuerda Bill Bertka, el
segundo entrenador—. Pat estaba obsesionado con el triplete y no
veía las cosas con claridad. Los chicos necesitaban descansar.
Cuando íbamos a Santa Bárbara, le dije: “Pat, si sigues dándole
vueltas a la tuerca, se va a acabar rompiendo”. Se enfadó
muchísimo y me dijo que los jugadores estaban en su mejor
momento de forma y que no podíamos desaprovecharlo. Creo que
había perdido un poco el juicio».

A lo largo de su carrera como entrenador, Riley siempre había


exigido la perfección.

Los jugadores tenían que comprometer cada segundo de su vida a


la tarea de ganar otro anillo.

Sus esposas tenían que comprometer cada segundo de su vida a la


tarea de ayudarlos a que ganaran otro anillo. Eran esclavos (muy
bien remunerados, eso sí) de un sistema en el que Riley no exigía
consenso sino sumisión. Sí, entrenador. Por supuesto, entrenador.
Lo que usted diga, entrenador. Esta adhesión inquebrantable a los
mandatos de un solo hombre incomodaba a muchos de los
jugadores… y a ninguno más que a Abdul-Jabbar, el librepensador
por excelencia.
Los trucos mentales de Riley, más propios de un Jedi, funcionaban
con la mayoría de los Lakers, que tampoco es que fueran Einstein
precisamente, pero el pívot consideraba los métodos de su
entrenador artificiosos y simplistas. Psicología barata. En esta última
temporada, Abdul-Jabbar viajaba con una publicista, Lorin Pullman,
que se llevaba bien con todo el mundo y era ya parte del equipo.
Una vez, cuando los Lakers viajaron a Cleveland para enfrentarse a
los Cavaliers, la dejaron tirada en el Sheraton de Cuyahoga Falls, en
el estado de Ohio. Riley se negó a dejarla subir en el autobús rumbo
al aeropuerto incluso cuando otros jugadores se lo pidieron. ¿Por
qué? Porque sí. Cuando Abdul-Jabbar se enteró, se puso como
loco. ¿Qué había sido de su antiguo entrenador? ¿Dónde estaba
aquel hombre comprensivo y dialogante? ¿Qué habían hecho con
él? En el vestuario, llegó a correr el rumor de que Riley —sin
contárselo a nadie— se había hecho con los derechos legales de la
expresión three-peat [tripitir, ganar tres veces seguidas].

El primero en utilizar el término había sido Wes Matthews, quien el


año anterior se había acercado a Riley en el vestuario en plena
celebración del título y le había dicho: «No te cargues el equipo,
¡vamos a tripitir!».

«Riley se quedó en plan: “¿tripitir? Me gusta esa palabra” —re-


cuerda Matthews— y luego va el bastardo y la registra. Me tocó las
narices. Me tocó muchísimo las narices».

Abdul-Jabbar estaba harto. Suficiente tenía con aguantar tanto ego,


¿a qué venía esta concentración antes de las finales? «Riley cree
que nos está haciendo un favor al llevarnos a Santa Bárbara y
alejarnos de posibles distracciones —escribió Abdul-Jabbar en su
diario de la temporada—, pero no veo qué distracciones puedo tener
en casa; al contrario, ahí es donde más cómodo me siento. Para mí,
la distracción es estar lejos de casa. Estar aquí me supone todo un
sacrificio».

Si el objetivo de Riley era unir a los Lakers, funcionó. Solo que no se


unieron contra los Detroit Pistons, el equipo al que se iban a
enfrentar en el primer partido de la final, el martes 6 de junio, en el
Palace de Auburn Hills. No, se unieron contra Riley. El entrenador
que no tantos años atrás se llevaba bien con toda la plantilla era
visto ahora como un aprendiz de dictador inflexible en sus
decisiones, aunque estas no siguieran ninguna lógica ni sentido
común. Nadie —ni Johnson ni Bertka ni Cooper— iba a convencer al
entrenador de que esta miniconcentración era una idea horrible.
«Vamos ahí a trabajar duro, como lo hicimos en el 82 y en el 87.
Creo que, si los jugadores van con la mentalidad adecuada,
podemos aprovechar esta oportunidad para ponernos a punto y
recargar las pilas».

Los siguientes tres días fueron una sucesión de entrenamientos


brutales sin descanso de una intensidad desproporcionada que
hacían parecer las sesiones en Hawái un juego de niños. Mañana y
tarde, los jugadores se enfrentaban cinco contra cinco en todo el
campo, sus cuerpos empapados en sudor.

«Aquello era el infierno», recuerda Cooper.

«Lo que más nos molestó fue la intensidad de los entrenamientos —


insiste Scott—. Era como volver a la pretemporada. No era
exactamente lo que necesitábamos…».

«Me pareció excsivo —admite Gary Vitti, el preparador físico—. Fue


un error, pero no me atreví a decirle nada. Mira su palmarés. Se
suponía que sabía lo que estaba haciendo. Casi siempre acertaba
en sus decisiones».

Riley gritaba y aullaba como un hombre poseído. Ya no era


solamente un entrenador de baloncesto en busca de la victoria. Era
un zombi, un devorador de carne humana que quería acabar con los
Pistons para continuar con la dinastía de su equipo. Dormía
pensando en los Pistons, comía pensando en los Pistons, paseaba
pensando en los Pistons y todas sus conversaciones tenían a los
Pistons como protagonistas. «Están convencidos de que se van a
tomar la revancha —afirmó —. Decididos a ganarnos de una vez. Es
un reto mayor que ninguno al que nos hayamos enfrentado antes.
Tenemos que estar más preparados que ellos, tenerles más ganas
de las que ellos nos tienen a nosotros. No basta con salir a decir
que queremos “tripitir” y que le vamos a dedicar uno más a Kareem.
Esa no es la actitud suficiente para competir. Tenemos que estimular
a los jugadores por completo, recordarles todo lo que pasó el año
pasado, ver de nuevo esas cintas, esos golpes, esas cuentas
pendientes… Hay que volver a pasar por todo eso para no olvidarlo.
Con ver uno o dos de aquellos partidos les bastará para recordar
todo por lo que tuvimos que pasar».

Al volver de Santa Bárbara, los Lakers eran un equipo preparado


pero agotado físicamente. Los de Riley llegaron a Detroit la mañana
del lunes, se registraron en el Marriott y se fueron de nuevo a
entrenar a puerta cerrada en el Palace de Auburn Hills.
Normalmente, los equipos en la situación de los Lakers (finalistas
que juegan fuera de casa) utilizan la sesión del día de antes del
partido para relajarse, repasar algunos aspectos del contrario y
adaptarse al entorno. «Algo fácil y sencillo —explica Vitti—. Nada
que sea demasiado duro».

Riley no quería ni oír hablar de algo así. Como en Santa Bárbara, el


entrenamiento fue salvaje. Ya habría tiempo para descansar,
insistía, cuando hubieran conseguido el tercer anillo consecutivo. El
ejercicio de ese día era atacar y cerrar el rebote. «Pat estaba
exigiendo el máximo en el entrenamiento y lo puedo entender —
recuerda Vitti—, pero lo cierto es que si no se te da bien cerrar bien
el rebote o no encuentras la motivación para entregarte al máximo el
día antes del primer partido de unas finales, no vas a convertirte en
un experto en un par de horas. Así que estábamos ahí, repitiendo
una y otra vez este ejercicio, que visto en perspectiva era algo
bastante inútil, cuando…».

¡PAM!

Byron Scott cayó al suelo. No como si lo hubieran disparado. No,


más bien como un árbol recién talado por un leñador. El escolta de
los Lakers estaba luchando por la posición con David Rivers cuando
perdió el equilibrio, cayó mal y se rompió el tendón de la corva de la
pierna izquierda. A los dos minutos, Vitti ya tenía claro que Scott se
perdería como poco los dos primeros partidos de las finales. Al final,
de hecho, no jugaría ni un minuto. «Fue devastador —recuerda Vitti
—. Para el equipo, para Byron… devastador».

«Habría bastado con una sesión de tiro tranquila y sin exigencias —


lamenta Bertka—. Pero a Pat se le ocurrió hacer un entrenamiento
salvaje y Byron acabó lesionándose. Cojonudo».

Scott era, a estas alturas, mucho más que uno de los mejores
tiradores de la liga. Era un jugador de nivel All-Star que venía de
promediar 19,6 puntos durante la temporada regular y había hecho
lo que había querido con los Phoenix Suns en las finales de la
Conferencia Oeste. «No hay manera de exagerar lo importante que
era para el equipo —explica Rivers—. Hacía todo lo que se le podía
pedir a un escolta. Cuando Magic necesitaba ayuda, sabía que
podía contar con Byron».

Riley hizo todo lo que pudo por ocultar su decepción. Cooper,


después de once años en la liga, ya no era tan explosivo como
antes, pero seguía siendo una opción más que decente como
reemplazo de Scott. Se trataba de una excelente oportunidad, según
el entrenador, de que otros jugadores dieran un paso adelante. Tony
Campbell, el ex de los Pistons, estaba llamado a disputar un buen
montón de minutos. Lo mismo podía decirse de Jeff Lamp, el escolta
de la Universidad de Virginia, al que apenas se le había visto en
todo el año. Incluso Rivers, con su 1.83, podría tener su
oportunidad. «No es el fin del mundo —afirmó Riley—. Podemos y
debemos sobreponernos». Los jugadores de los Lakers lo veían de
igual manera: Scott era importante, pero no al nivel de Johnson o de
Worthy. Aun así, aunque pudiera tener razón en lo que decía, Riley
tenía muchas explicaciones que dar. ¿Por qué les había exigido
tanto? ¿Durante tanto tiempo? ¿Con tanta dureza? ¿Qué demonios
hacía Scott bloqueando rebotes el día antes del partido más
importante de la temporada? «No fue una genialidad, precisamente
—recuerda Campbell—. Me encantaba jugar para Pat, pero ahí no
estuvo fino».
Los Pistons abrieron la serie con una victoria (109-97) en la que se
notó muchísimo la ausencia de Scott. Los Lakers solo anotaron un
triple de seis intentos y los Pistons se desentendieron en defensa de
Cooper y Campbell, como si no los consideraran una amenaza.
Worthy metió seis de sus dieciocho lanzamientos, anotando
diecisiete puntos. «Lo echamos de menos —dijo Johnson acerca de
Scott—, pero no podemos seguir dándole vueltas. No hicimos lo que
tendríamos que haber hecho. No defendimos un pimiento, y cuando
no defiendes bien ante un equipo tan bueno, lo normal es perder».

Incluso con los dos equipos al cien por cien, los Lakers habrían
tenido pocas opciones. Los Pistons eran mejores, tenían más armas
y estaban más motivados. También parecían un equipo más
cohesionado. Mientras que los jugadores de los Lakers estaban ya
hartos y cansados de Riley, los de los Pistons veían en Chuck Daly
a un líder. Era un hombre amable con una palabra de ánimo siempre
en la boca.

Antes del segundo partido, Riley dejó claro a sus jugadores que,
incluso sin Scott, había que ganar sí o sí. Los Lakers jugaron como
si les fuera la vida en ello y, liderados por los diecinueve puntos y
nueve asistencias de Johnson, se fueron al descanso con una
pequeña ventaja (56-62). Había prometido «liarse la manta a la
cabeza» en Detroit y estaba cumpliendo de sobra… solo que, a falta
de cuatro minutos y cuarenta y ocho segundos para acabar el tercer
cuarto, lo impensable volvió a ocurrir. Los Lakers seguían por
delante en el marcador (73-75), cuando John Salley taponó un tiro
de Mychal Thompson y Isiah Thomas cogió el rechazo para salir
cuatro contra dos al contraataque. Al pasar la pelota, Thomas se
giró y vio a Johnson en el suelo, tocándose el aductor de la pierna
izquierda. Había sentido un pequeño pinchazo unos minutos antes,
pero no le había dado ninguna importancia. Sin embargo, esta vez
no era un pinchazo, sino un tirón, y el dolor era insoportable. Una
lesión parecida le había hecho perderse cinco partidos durante la
liga regular, además del All-Star Game. Riley pidió tiempo muerto y
Johnson se acercó al banquillo cojeando, como intentando suavizar
el dolor.
«Cuando me contó lo que le había pasado —afirma Vitti—, le dije de
inmediato: “Este partido se acabó para ti, pero puede que aún te
recuperes para el resto de las series”». Johnson se quitó de encima
a Vitti con un empujón, pero pronto se hizo a la idea de que,
efectivamente, le resultaba imposible volver a la cancha.

Incluso sin Johnson, los Lakers siguieron dando guerra, pero


perdieron en los últimos minutos (108-105). «Todas las victorias
contra este equipo saben igual de bien —afirmó Joe Dumars tras el
partido—. Si la gente quiere decir que tuvimos suerte, estupendo. El
caso es que vamos 2-0 arriba».

El tercer partido se jugaba en el Forum el 11 de junio. Esto le daba a


Vitti dos días enteros para recuperar el aductor de Johnson. De la
mañana a la noche, los dos lo intentaron todo: hielo, calor,
estiramientos, tecnología, plegarias… Johnson les dijo a sus
compañeros que jugaría seguro. Luego les dijo que era imposible
que jugara. La frustración era tremenda. Aún se llevaba bien con
Thomas, pero las cicatrices de lo sucedido el año anterior se podían
notar entre los dos. A Johnson le repelía la idea de que Thomas y
sus Pistons se llevaran el título. Más aún en Los Ángeles. «La noche
del partido fuimos al Forum y nos metimos en el gimnasio para que
nadie pudiera vernos —recuerda Vitti—. Le hice un vendaje
fortísimo alrededor del muslo y él intentó hacer unos ejercicios a ver
cómo respondía. No queríamos que los Pistons supieran si podía
jugar o no. Me acuerdo de cuando tuve que decirle a Pat que al final
Magic no aguantaba el dolor. Recuerdo la sensación de impotencia,
de haber decepcionado a Pat, haber decepcionado al equipo y
haber decepcionado a Magic».

Y aun así, cuando Lawrence Tanter, el speaker del Forum, anunció


por megafonía los cincos iniciales, ahí estaba Johnson correteando
por la pista mientras el público se ponía de pie y aplaudía
enfervorecido. Tal vez, solo tal vez, todo iría bien. Tal vez, solo tal
vez, los Lakers podrían sortear el abismo y…

Johnson duró en cancha cuatro minutos y cuarenta y seis segundos.


Verlo arrastrándose por el campo arriba y abajo era un espectáculo
penoso. Al ver cómo se marchaba cojeando, los 17.505 aficionados
se quedaron callados, asumiendo que cualquier esperanza de tripitir
se iba al garete. Aunque los Lakers volvieron a luchar hasta el final,
el trío exterior formado por Cooper, Campbell y Rivers no pasaba de
mediocre, y eso en un buen día. Dumars y Vinnie Johnson, los dos
escoltas de los Pistons, dominaron a los suplentes de los Lakers,
anotando veinte de sus treinta y dos lanzamientos y sumando
cuarenta y ocho puntos. Los Pistons ganaron, 110-114. «Siempre
soy optimista —declaró Worthy, después de anotar veintiséis puntos
—. Siempre intento buscar la manera de ganar, de luchar por la
victoria… pero, hoy, en el fondo, no podía dejar de pensar: “Mierda,
¿cómo vamos a ganar esto sin Magic?”. Éramos como un avión que
se queda sin motor. Aún puedes aterrizar con éxito, pero no te va a
ser fácil».

«Sabíamos que necesitábamos un milagro —afirma Thompson—.


Los milagros se pueden dar en un partido, pero no en siete, y menos
contra un equipo como aquellos Pistons. Es como que te toque el
Gordo de la lotería. Puede pasarte… pero con Tony Campbell y
David Rivers jugando casi todo el partido no es lo más probable».

Los Lakers reaccionaron con la típica palabrería de estas ocasiones.


Ya hemos remontado antes. Nunca subestimes el corazón de un
campeón. Hay que creer. En Los Ángeles —como en cualquier otra
ciudad de la NBA—, todos se ciñeron al cliché y dijeron lo que había
que decir. Así, cuando le preguntaron a Campbell, el base explicó lo
mucho que sentía lo que le había pasado a Johnson y como
confiaba en que pudiera volver al quinteto titular y guiar al equipo
rumbo a un nuevo campeonato. Solo que no era verdad. O no del
todo.

«La verdad es que estaba contento de contar por fin para el


entrenador —admite Campbell—, porque sentía que estaba a la
altura y que podía darle al equipo lo que necesitaba para ganar el
anillo. Quiero decir, Magic era imprescindible… pero tenía la
sensación de que también podíamos ganar conmigo de titular. Eso
es lo que sentía de verdad: era mi oportunidad de brillar».

En el tercer partido, Campbell anotó once puntos en veintitrés


minutos. En el cuarto, otros seis, como titular… pero los Pistons
cerraron la serie con una nueva victoria (97-105). Gracias, en buena
parte, a su demostración de orgullo y de determinación en
momentos tan complicados, los Minnesota Timberwolves se fijaron
en él y le ofrecieron un contrato como agente libre aquel verano. Allí,
acabaría promediando más de veintiún puntos por partido durante
las dos siguientes temporadas. «No es que me alegre de que
aquellos tipos se lesionaran y, desde luego, habría preferido ganar
otro anillo —afirma Campbell—. Pero está claro que a largo plazo
me vino de maravilla».

Cooper también dio el paso adelante que se le pedía. Relegado al


banquillo durante gran parte de la temporada, jugó de titular en los
cuatro partidos y perdió solo dos veces el balón. «Cuando acabaron
las series, le regalé a Michael unos suspensorios con dos bolas de
metal dentro —recuerda Bertka—. Le dije: “Toma, Michael, esto es
para ti, tienes las bolas de acero”».

Rivers, por el contrario, solo anotó uno de sus cinco lanzamientos


en los doce minutos que disputó en el cuarto partido. Las
expectativas lo habían superado. El mismo hombre que destacaba
en los entrenamientos, entendió por las malas que cuando hay
millones de personas mirando, las cosas cambian. «Aquello
destrozó su carrera —afirma Mark McNamara—. Me sentí fatal por
el chico. Pasó de no jugar nunca a jugar los minutos decisivos
contra un equipazo en las finales. Estaba vendido».

Rivers jugaría un total de sesenta y siete partidos más en la NBA,


todos con los Clippers, antes de cruzar el charco y convertirse en
una de las grandes estrellas del baloncesto europeo. «No tengo
quejas —asegura—. Todo fue a pedir de boca».

No para los Lakers. A falta de diecinueve segundos para acabar el


cuarto partido y con su equipo siete puntos por debajo, Riley tiró la
toalla. Se dirigió a Orlando Woolridge y le ordenó que entrara en la
cancha. Tanter se inclinó sobre el micrófono en la mesa de
anotadores y, con voz solemne, anunció: «Entra Orlando Woolrdige,
por el Capitán…». La afición se volvió loca por última vez: «¡Ka-
reem! ¡Ka-reem! ¡Ka-reem!».

Después del partido, en un vestuario lleno de dolor por la derrota y


de enfado hacia un entrenador que se había excedido con creces, le
preguntaron a Abdul-Jabbar cómo se sentía al retirarse después de
veinte años. El máximo anotador de la historia de la NBA, que había
promediado 12,5 puntos por partido en la final, hizo una pausa para
buscar las palabras adecuadas. Esta era su última rueda de prensa
como jugador de los Lakers, la última vez que vestía un uniforme de
la NBA. «Aún no me he hecho a la idea de lo que realmente supone
—afirmó—. Solo puedo dar las gracias por haber podido jugar tantos
años. Me siento muy afortunado».

A cuatro mil kilómetros de allí, en Bridgeport, estado de Connecticut,


Wes Matthews era el hombre más feliz del mundo. Nunca entendió
por qué el equipo le había dejado ir para quedarse con Rivers, un
jugador inferior, y su cabreo solo aumentó cuando Riley le robó la
palabra tripitir sin siquiera mencionarle.

Ahora, mientras los Pistons celebraban y los Lakers abandonaban


taciturnos el campo (Riley dijo a sus jugadores: «No hay ninguna
lección que aprender de estas series: absolutamente ninguna»),
Matthews disfrutaba de la ironía del destino. Dos meses antes,
había anotado un triple sobre la bocina para darle la victoria (114-
111) a los Tulsa Fast Breakers sobre los Rockford Lightning, en el
cuarto y último partido de las finales de la CBA. Matthews jugó de
maravilla, anotando veintinueve puntos esa noche y enchufando
siete triples. «Igual no te lo crees, pero, para mí, ganar la CBA fue
tan importante como ganar la NBA —asegura—. Lo televisó la
ESPN, me dieron un anillo precioso, jugué muchísimos minutos…».

«Lo mejor de todo es que Pat me robó la palabra “tripitir” y al final el


único que tripitió fui yo. Sí, yo, el puto Wes Matthews».
CAPÍTULO VEINTE

Bates

UNA DE LAS RELACIONES MÁS EXTRAÑAS DE LA HISTORIA de


los Lakers empezó —como tantas otras relaciones extrañas— en
Hawái.

Tres meses y medio después de ser apalizado en las finales de


1989, Pat Riley regresaba al maravilloso Sheraton Waikiki, de
Honolulu. Después de un largo verano de remordimientos, lamentos
e inseguridades, por fin podía disfrutar de verdad en medio de aquel
paraíso, con sus piñas dulces, su cálida brisa, sus preciosas
mujeres y su arena, fina y tentadora.

El entrenador de los Lakers, de cuarenta y cuatro años ya, no


estaba solo. Junto a los habituales de cada concentración de
pretemporada, Riley se alegraba de ver a su nueva adquisición, el
agente libre Quintin Dailey.

Para aquellos que conocían bien la NBA, Dailey era uno de los
nueve o diez jugadores con mayor talento de la liga. Con sus 1.91
metros, Dailey era un escolta de Baltimore que podía —cuando se lo
proponía— hacer lo que le diera la gana con la pelota. Botaba igual
de bien con la mano izquierda que con la derecha. Podía dirigir al
equipo como base o refugiarse en la posición de escolta y hacerles
la vida imposible a sus defensores, normalmente más altos que él.
Aunque no era especialmente fuerte, sabía colocarse bien bajo los
tableros. Como jugador de la Universidad de San Francisco a
principios de los ochenta, Dailey fue nombrado dos veces Jugador
del Año en la Conferencia West Coast. En su penúltimo año,
promedió 25,2 puntos por partido y llegó a superar los quince de
media en cinco de sus siete años en la NBA —primero en los Bulls y
luego en los Clippers—. «Quintin era un jugador increíble —afirma
Norm Nixon, quien coincidiera con Dailey en los Clippers—. Tenía
tanto talento para hacer tantas cosas que podría haber pasado a la
historia como uno de los mejores».

Desgraciadamente, Quintin Dailey tenía un pasado tormentoso… En


la madrugada del 21 de diciembre de 1981, cuando aún estaba en la
universidad, supuestamente entró en la habitación de una
estudiante de enfermería de veintiún años en Phelan Hall y la retuvo
contra su voluntad. Según el informe policial, Dailey quería que la
mujer «le hiciera una felación» y la obligó a masturbarlo. Cuando la
chica intentó coger el teléfono para llamar a la policía, Dailey la
agarró del cuello. La investigación derivó en tres acusaciones
(incluido intento de violación) que al final fueron desestimadas a
cambio de tres años de libertad condicional. Durante el juicio,
también se supo que Dailey recibía mil dólares al mes de la
universidad por un trabajo al que no tenía que asistir.

Poco después, bajo la presión del rectorado y de la NCAA, la


Universidad de San Francisco cerró su programa de baloncesto.
Ese mismo verano, los Chicago Bulls utilizaron la séptima elección
del draft de 1982 para elegir a Dailey.

La reacción fue tremenda. En su primer partido en casa, una


organización contra la violencia doméstica, Take Back the Night
[Recupera la Noche], se manifestó en las inmediaciones del Chicago
Stadium. Varios grupos de mujeres amenazaron con boicotear a los
Bulls e incluso el pívot Wallace Bryant, antiguo compañero suyo de
equipo en la universidad y jugador de los Bulls, sugirió que Dailey
«podría volver a hacerlo». Los aficionados acudían a los partidos
vestidos de enfermeras. Dailey pidió comprensión a los aficionados
de la Ciudad del Viento, pero no recibió nada parecido.

En el Chicago Sun-Times, John Schulian escribió: «Si de verdad


quieren saber hasta qué punto se han distorsionado los valores del
deporte, basta con examinar la presencia de Quintin Dailey en la
NBA (…) No puedo evitar pensar que si Dailey no fuera un jugador
de baloncesto, si fuera cualquier otro hombre de la calle, aún estaría
sufriendo los rigores de los tribunales de justicia».

A partir de ahí, todo fue cuesta abajo para Dailey, que se convirtió
en una víctima más de los problemas de los jugadores de la NBA
con las drogas. La liga lo suspendió dos veces por su adicción a la
cocaína y tuvo que ingresar tres veces en distintos centros de
rehabilitación. A menudo, ni siquiera se presentaba a los partidos y
su peso aumentaba a lo bestia en un espacio absurdo de tiempo.
Cuando jugaba, jugaba duro… pero solo a veces. Otras veces,
parecía que le daba igual todo. Era el jugador más vago de su
equipo y consideraba un honor que lo llamaran «perro». «Antes de
Quintin, nunca había tenido que lidiar con un jugador consumido por
las drogas —afirma Don Casey, su entrenador en los Clippers—.
Era un tirador letal, pero su actitud era espantosa».

Jerry West y los Lakers siempre se habían mostrado reacios a


recurrir a jugadores como Quintin Dailey. En los dominios de Magic
Johnson, no se toleraba a nadie que pudiera amenazar la unidad del
equipo. En los Lakers, o jugabas duro o no jugabas.

Sin embargo, Riley parecía haber cambiado de idea en los últimos


años y había llegado a creer que, bajo sus poderes mágicos, incluso
el jugador más disfuncional podría acabar triunfando. Con Orlando
Woolridge, otro famoso exdrogadicto, había funcionado
moderadamente bien y se había consolidado como un ciudadano
modelo y un buen suplente. ¿Por qué preocuparse por Quintin
Dailey, un adicto a las drogas al que los Clippers ya suspendieron
en la temporada 1988/89 por pesar ciento dos kilos, doce más del
máximo establecido por contrato? ¿Qué más daba si el tipo era
menos fiable que una moneda de tres euros? El talento era el
talento.

Los Lakers ficharon a Dailey por un año garantizado y cuatrocientos


mil dólares y le dieron una cálida bienvenida. «Es un honor jugar
para un equipo que puede ganar el título —declaró Dailey tras la
firma de su contrato—. No estoy aquí para brillar, sino para
ayudarlos a ganar. Quiero que se me reconozca como un ganador.
Siempre he tenido esa idea de mí, pero esta es la oportunidad ideal
para convencer a los demás».

Todos los miembros de los Lakers tenían que estar en Hawái, sin
excusas, la noche del jueves 6 de octubre para la primera charla de
equipo. Sin embargo, Dailey, que había perdido su vuelo desde Los
Ángeles, estaba en paradero desconocido. Llegó de madrugada y
se presentó la mañana del viernes al entrenamiento con un aspecto
algo desmejorado. Entró en el gimnasio, saludó a algunos
jugadores, trató de mostrar su mejor cara… y apenas duró una hora
sobre la cancha, alegando dolor de estómago y mareo. «Estábamos
en el primer entrenamiento y, de repente, “¿dónde está Dailey?” —
recuerda Bertka—. Ah, que está fuera vomitando». Cuando le
pidieron explicaciones, Dailey dijo que estaba tan emocionado por
estar ahí que no había comido nada sólido en dos días. «Aquel
gimnasio era un horno, estábamos empezando a hacer uno de los
ejercicios, Dailey se puso malo y se tuvo que ir —explica el base
Larry Drew, que llegó ese verano como agente libre y que había
jugado con Dailey en los Clippers—. Salió un momento para respirar
un poco de aire fresco y lo mandaron de inmediato de vuelta al
Sheraton Waikiki. Fue un primer aviso: si quieres jugar en los
Lakers, tienes que ponerte en forma».

A los pocos días, Dailey se quedó dormido y no se presentó al


entrenamiento matinal. Los Lakers lo echaron, sin más. Se tragaron
los cuatrocientos mil dólares y lo mandaron a la calle.

«No ha venido preparado ni mental ni físicamente —afirmó un


enfadadísimo Riley—. Tenemos a muchos jugadores jóvenes en
este equipo y no podemos tolerar conductas así. De alguna manera,
me sabe mal por el tipo. Le dan la oportunidad de jugar en los
Lakers, de seguir jugando en esta liga, y se comporta así: pierde el
primer vuelo, se pierde la primera charla, se marcha antes del
primer entrenamiento y, para arreglarlo, hoy se queda dormido. Esa
clase de comportamientos son intolerables en un jugador
profesional. Y en los demás entrenamientos, prácticamente se ha
arrastrado. Entendemos que hay cosas más importantes que jugar
en los Lakers, pero también hay cosas que nosotros no estamos
dispuestos a permitir».

Al mes de empezar la temporada, Josh Rosenfeld, el director de


relaciones con los medios, dimitió después de una pelea con Bob
Steiner, su jefe. Uno o dos días después, sonó el teléfono de su
casa. «Era Quintin Dailey, que estaba sin equipo; me llamaba para
ver qué tal estaba —recuerda Rosenfeld—. Me dijo: “Sé lo
importante que era para ti ese trabajo… solo quería comprobar que
estabas bien”. Me llegó al corazón. Qué hombre más enigmático…».

Tal vez, si Dailey hubiera llegado en un momento distinto, al


principio de cualquier otro año, se habría quedado en el equipo. Sin
embargo, llegó en el peor momento posible para alguien que
requería paciencia y cariño para encajar en los Lakers.

Pat Riley había perdido por completo el juicio.

No fue nada repentino. Con cada éxito, con cada artículo en una
nueva revista, cada nuevo patrocinador y cada nueva charla
remunerada, podía verse cómo el ego de Riley crecía como crece
una planta al regarla todos los días. El Pat Riley de antaño podía
reírse de sí mismo y contar una historia tras otra hasta que el bar
quedaba vacío y habían recogido todas las mesas. Sin embargo, el
Pat Riley actual carecía de cualquier sentido del humor y de
perspectiva alguna sobre lo que estaba pasando. Los que lo
defendían dentro de la franquicia repetían que Riley estaba
obsesionado con ganar y que no quería decepcionar a nadie. Los
que lo conocían bien y eran realmente sinceros, tenían otra versión:
Riley se había olvidado de que, al fin y al cabo, no era más que un
entrenador y los Lakers no eran más que un equipo de baloncesto.
Ganar o perder se había convertido en una cuestión de vida o
muerte, cada partido era un acontecimiento bíblico, una lucha épica
entre el bien y el mal…

«Llegó a rozar lo ridículo», admite John Black.


A principios de la temporada 1989/90, Black sustituyó a Rosenfeld
como director de relaciones con los medios. Estaba como loco por
colaborar de cerca con uno de los grandes entrenadores de la
historia de la NBA. Un día, Riley le dijo que, como parte de su
trabajo, tendría que pasarle regularmente informes con las
estadísticas de los jugadores. «Eran unas dos horas al día de
sumas y multiplicaciones, sacando estadísticas, buscando
tendencias y porcentajes e historias —recuerda Black—. Odio esa
mierda. Josh era un numeritos: le encantaba encerrarse en su
despacho y ponerse a escudriñar cada hoja de resultados. Yo no».
Black prefirió no contestar en el momento y le preguntó a West si
era algo que realmente formaba parte de su trabajo. «Desde luego
que no —le dijo el general manager—. No tienes por qué andar
haciendo eso». Unos días después, Riley volvió a acorralar a Black.
«Entonces —le dijo—, ¿me vas a ayudar o no?».

«Pues la verdad es que no», contestó Black. Tenía treinta años y, a


los ojos de Riley, su trabajo consistía exactamente en hacer todo lo
que él le dijera. Si le pedía que cogiera estadísticas o que pasara la
mopa o que cantara alguna balada de Amy Grant, tenía que hacerlo.
«¿Qué quieres decir con eso?», insistió Riley.

«Quiero decir que no voy a andar cogiendo estadísticas —contestó


Black—. No es mi trabajo. Sé que Josh lo hacía como favor personal
porque a Josh le gustaban las estadísticas, pero a mí no me
gustan».

Riley se largó enfurecido. Durante dos semanas se negó a dirigirle


la palabra a Black, el encargado de hacer de puente entre el
entrenador y el inmenso contingente de prensa que rodeaba a los
Lakers. «Cada día me llegaban media docena de peticiones de
entrevista con Pat… cosas que tenía que hacer cada día después
de los entrenamientos —recuerda Black—. Tenía que trabajar con él
y el tipo ni siquiera me hablaba. Era tan poco profesional. Se había
convertido en un auténtico miserable, un puto bastardo».

En apariencia, el equipo era muy similar al del año anterior. Aunque


Kareem Abdul-Jabbar no formaba parte de la plantilla por primera
vez desde 1975, se presentó de todas maneras a la concentración
para echar una mano. Magic Johnson seguía dando unos pases
prodigiosos, Worthy seguía imparable al contraataque, Byron Scott
seguía enchufando una tras otra… Todo seguía como siempre, con
una pequeña diferencia: todos intentaban no meterse en líos con
Riley. No me refiero solo a los trabajadores de a pie o a directivos
como Black. Me refiero a todos. Como escribió Mark Heisler en su
libro Las vidas de Riley: «Después de cada derrota, los empleados
de los Lakers se acabaron acostumbrando a ver a Riley en su
despacho a primera hora de la mañana, sin afeitar, demacrado, la
sombra del dandi que se paseaba por el banquillo cada noche de
partido. Les pedía de todo. Cambiaba sus propias instrucciones en
el último momento y se cabreaba si no se hacía todo como él quería
y al instante».

Ni siquiera los que siempre habían apoyado a Riley podían seguir


defendiéndolo. Cooper, uno de sus incondicionales, tenía ya treinta
y tres años y afrontaba su última temporada en el equipo. En su
momento, cuando Riley le pedía algo, Cooper lo hacía sin rechistar.
Ahora ya no. «Nada dura para siempre —afirma—. El tiempo lo
erosiona todo». Scott se comportaba de igual manera. Cuando Riley
hablaba, él se encogía de hombros. O bostezaba. Abdul-Jabbar, que
odiaba a Riley hasta el punto de que apenas se hablaba con él,
empezó a llamarle «Norman Bates», como el protagonista de
Psicosis.

Incluso su relación con West se deterioró de manera irreversible.

No solo eran antiguos compañeros de equipo, sino que habían sido


amigos durante más de dos décadas. No obstante, West no podía
soportar ver en qué se estaba convirtiendo Riley. West era un
hombre que huía de la fama, que se alejaba de las masas, que era
feliz pudiendo llevar una camisa y unos vaqueros para pasar
desapercibido. Había jugado al baloncesto porque le encantaba el
deporte y ahora estaba en la directiva porque creía que así podía
ayudar a otros jugadores a rendir al máximo. Hay muchas
anécdotas que reflejan lo adorable que podía ser West. Una de ellas
se dio aquel año en Hawái, una noche que se llevó a diez
empleados del equipo a cenar. Los chicos querían ir al Ruth’s Chris
Steak House, pero West lo odiaba. «¡No me jodáis con el Ruth’s
Chris! —les dijo West—. Esos hijos de puta no saben hacer un filete
en condiciones».

Sin embargo, como West fue el único en oponerse, acabaron yendo


al restaurante, se sentaron y pidieron su comida. Cuando el filete de
West llegó, estaba poco hecho. «Este filete no está bien —le dijo al
camarero—. ¿Puedes llevártelo y que lo hagan un poco más?». El
camarero retiró el plato y West pidió a los demás que empezaran a
comer. Su filete volvió cinco minutos después, esta vez demasiado
hecho. «¿Está bien así, Sr. West?», preguntó el camarero.

—Maldita sea —dijo West—. Está demasiado hecho. ¡Demasiado


hecho!

—Vaya por Dios —contestó el camarero—. Permítame que le pida


otro.

—No, no, no —replicó West—. No quiero otro filete.

—Por favor, Sr. West…

—No, en serio —dijo—. No quiero otro. Ya ni siquiera tengo hambre.

Al instante, apareció el encargado.

—Sr. West, lo siento de veras —se disculpó—. Por favor, deje que le
hagamos otro filete. Invita la casa.

West estaba ya harto.

—Le he dicho al camarero que no quiero otro —contestó—. No


quiero otro y no quiero que la casa me invite a nada.

—Pero, Sr. West, nunca podríamos cobrarle por…


—He dicho que quiero pagarlo —insistió West—. Ponedlo en la
cuenta.

Los demás invitados se estaban partiendo de risa, preguntándose


unos a otros qué tal estaban sus filetes: «El mío está genial, ¿y el
tuyo?», «Qué rico está esto, ¿qué tal tu filete?», «¡Qué maravilla! ¡El
mejor filete que he tomado en mi vida!».

«Acabamos de comer y nos traen la cuenta —recuerda Black—. Y


Jerry siempre se encargaba de pagar siempre. Estábamos ahí
esperando a que nos trajeran el coche y Jerry le echa un vistazo a la
cuenta y suelta: “¿Os podéis creer lo que han hecho estos hijos de
puta? ¡Me han cobrado el puto filete!”. Si te digo que casi me hago
pis de la risa, no te exagero… Pero así era Jerry. Era duro y
exigente, pero generoso y divertido. Sabe que es famoso, pero no
quiere que se lo recuerden. Quiere ser uno más del grupo. De vez
en cuando, la gente se le acercaba para pedirle autógrafos y él
siempre decía: “¿Por qué? Si yo no soy nadie especial”. No era falsa
modestia. Él se sentía así. Un tipo normal».

Justo después de que los Lakers cortaran a Jamaal Wilkes en 1985,


West se vino abajo durante una entrevista en televisión y tuvo que
excusarse. Josh Rosenfeld lo encontró en el lavabo de caballeros,
llorando. «Supongo —le dijo West— que estás viendo una parte de
mí que poca gente llega a ver. Mi mujer trabaja con la de Jamaal y
me imagino al pobre chico yendo a casa esta noche a explicarle que
se ha quedado sin trabajo». Cuando Kurt Rambis se fue a Charlotte
en 1988, West se quedó destrozado. Cuando Abdul-Jabbar se retiró
por fin, él se sintió como si también se hubiera vuelto a retirar. Una
vez que Rosenfeld estaba estresado y sentía que no llegaba a
tantas responsabilidades durante su último verano en la franquicia,
West entró en su despacho con una orden: «Te vas a Hawái una
semana —le dijo—. Dile a Jerry Buss que vas a preparar algo para
la concentración de pretemporada. Vete, relájate, diviértete, folla
mucho. Yo ya me he encargado de arreglarlo todo».

West quería que su entrenador fuera capaz de mostrar esa misma


empatía, que recordara lo que era ser un jugador y dejara de pisar
tanto el acelerador. Pero Riley se negaba. O, tal vez simplemente ya
no podía hacerlo. «El ego mató al viejo Pat —explica Scott
Carmichael, que dirigía la oficina de conferenciantes de los Lakers
—. El tipo que solía reír y bromear, ahora se cruzaba contigo en el
pasillo y ya ni te saludaba. En demasiadas ocasiones, lo llegué a
odiar». Riley estaba obsesionado con ganar a cualquier precio y, tal
vez, obsesionado con demostrar que podía ganar sin depender de
ningún pívot legendario de 2.18. En poco tiempo, sus gritos, sus
insultos y su manera de tratar a la gente terminó por agotar a todo el
equipo, incluyendo al último partidario que le quedaba en la plantilla:
«Riles cambió —reflexiona Johnson—. Todo el éxito que tuvo dentro
y fuera de la cancha le acabó cambiando. Él cambió y nosotros
también cambiamos. Se convirtió en un entrenador. Así de sencillo.
Se convirtió en un entrenador y se convenció de que las cosas solo
se podían hacer a su manera».

»Se tomaba demasiado a pecho cada derrota. Yo era más tranquilo.


Intentaba calmar los ánimos mientras él perdía los nervios. Sabías
que en cualquier momento iba a estallar. Algunas mañanas, en el
aeropuerto, no hablaba con nadie. Creo que no era capaz de decir
una sola palabra… y todos sabíamos que el entrenamiento iba a ser
un auténtico infierno».

Riley y sus jugadores ya no caminaban juntos. La hostilidad era


manifiesta y la confianza, cada vez menor. Si el equipo quería optar
a algo esa temporada, necesitaba un revulsivo que sirviera de
distracción, que cambiara la dinámica, que les recordara que esto
era un juego.

En otras palabras, necesitaba a Vlade Divac.

***
Divac fue toda una sorpresa como elección del draft y como jugador
de los Lakers. Por primera vez en sus siete años como general
manager, West dio el visto bueno a la elección de un jugador de
primera ronda al que nunca antes había visto en persona. Por
supuesto, esto le generaba una cierta intranquilidad. West era un
animal de costumbres y un esclavo del orden. Utilizar la vigésimo
sexta elección del draft de 1989 —y el dinero que eso suponía— en
una figura difusa que aparecía en un montón de cintas de vídeo
borrosas no era lo que más le entusiasmaba del mundo.
Especialmente, cuando lo que él necesitaba era a alguien sólido que
lo ayudara a reflotar el juego interior.

Gary Leonard era un pívot de último año de la Universidad de


Missouri que parecía ideal para las necesidades del equipo. Medía
2.15 y tenía todo el arsenal necesario para convertirse, no en una
estrella, pero sí en un apañado pívot suplente para al menos los
siguientes cinco años. Cuando West les preguntó a los ojeadores
jefe —Ronnie Lester y Gene Tormohlen— si el equipo debería ir a
por Leonard o a por el yugoslavo este, el tal Divac, los dos tiraron
por lo seguro y recomendaron al americano. Mitch Kupchak, el
ayudante del general manager, estaba de acuerdo. «Le dije a Jerry
que había algo que no me cuadraba —recuerda Tormohlen—. Si
todos los demás equipos sabían lo bueno que era Vlade Divac, ¿por
qué seguía libre al final de la primera ronda?».

El asunto era si West podía permitirse dejar pasar esta oportunidad.


Los Lakers tenían un hueco abismal en la pintura: Abdul-Jabbar se
había retirado, Mychal Thompson ya estaba mayor y Mark
McNamara no daba el nivel. No era fácil encontrar a gente alta y
atlética con el talento suficiente para jugar en la NBA; mucho menos
a alguien de 2.13 con buena mano y un juego de pies propio de un
bailarín (y que, por cierto, venía de ganar la plata olímpica con el
equipo yugoslavo). Por otro lado, ninguno de los miembros de la
franquicia había visto jugar a Divac en directo… y, desde luego, era
alarmante ver cómo un jugador al que se esperaba entre los quince
primeros del draft iba cayendo y cayendo por detrás de jugadores
tan mediocres como Jeff Sanders o Anthony Cook. Ah, y también
tenía pendiente el servicio militar en su país…

Cinco minutos antes de que los Lakers tuvieran que oficializar su


elección, West llamó a Jerry Buss, que estaba de vacaciones en
Hawái. «Nada más llegar a los Lakers, me empeñé en un jugador
concreto para la primera ronda del draft —explicó Jerry Buss,
refiriéndose al desastre de Brad Holland—. Fue la última vez que
me metí donde no me llamaban. Así que cuando Jerry me habló de
este yugoslavo de 2.13 y me dijo: “¿Qué te parece?”, yo le contesté:
“Adelante. En nuestra situación, no nos queda otra que jugárnosla”».

Y los Lakers se la jugaron.

Embutido en su único traje («Llegué a este país en vaqueros, una


camiseta y unas zapatillas —recuerda Divac—. Fui a comprarme un
traje, pero no es fácil entrar sin más en una tienda y comprarse un
traje para alguien de 2.13, con lo que pillé lo primero que encontré
que no me quedara demasiado mal»), el yugoslavo esperaba
sentado en el Madison Square Garden a que alguien pronunciara su
nombre. «Me dijeron que me elegirían de los primeros —afirma—.
Así que aquello estaba siendo una enorme decepción… hasta que,
de repente, los Lakers me eligieron y me quedé en plan: “¡Genial,
mejor imposible!”».

Nacido en Belgrado y criado en la pequeña ciudad serbia de


Prijepolje, Divac se fue de casa de sus padres a los doce años para
jugar en el equipo cadete del KK Partizán, a unos doscientos
kilómetros, en Kraljevo. Cuatro años más tarde, medía 2.06 metros y
ya brillaba al más alto nivel profesional en su país. A los diecisiete
años, había liderado al equipo yugoslavo hasta el oro en los Juegos
Mundiales Universitarios de 1985. A los veinte, ya era parte del
equipo olímpico y el orgullo de un país que vivía por y para el
deporte. El 1 de julio de 1989, su boda se televisó para todo el país.

Con todo, a lo largo de estos años de camino a la gloria, Divac


siempre había temido por el futuro de Yugoslavia, al borde de la
guerra civil. No sabía en quién confiar y en quién no, qué era seguro
y qué no. Jugaba al baloncesto defendiendo con orgullo su bandera,
pero no tenía muy claro si esa bandera era la suya. Yugoslavia
estaba a punto de romperse en mil pedazos y ahí estaba él, un
serbio, jugando junto a sus mejores amigos, croatas, que pronto
pasarían a ser sus supuestos enemigos. «Todo era muy confuso y
muy difícil para mí —explica—. Y en esas, me tocó vivir este
sueño…».

West negoció con el gobierno yugoslavo para que las obligaciones


militares de Divac se aplazaran, le pagó a su anterior club (el
Partizán de Belgrado) un traspaso por sus derechos y —así, sin más
—, se lo llevó a los Lakers. El 7 de agosto, firmó un contrato de tres
años y junto a su nueva esposa, Snezana, empezó unos cursos
diarios de inglés de dos horas y media para aprender un idioma que
ni hablaba ni entendía. Al llegar, los Lakers le consiguieron una casa
en Marina del Rey, un coche y un intérprete de sesenta y nueve
años llamado Alex Omalaev (antiguo entrenador jefe en Cal State
Fullerton y coordinador de traductores en las pruebas de baloncesto
de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984) para que supiera
al menos cómo pedir un corte de pelo decente en una peluquería.
Cuando eligió el dorsal número doce, la prensa le preguntó si era un
homenaje a Riley, quien había llevado ese mismo número durante
toda su carrera. Divac contestó que sí y los medios se volvieron
locos con la historia. «En realidad, no tenía ni idea de lo que me
estaban hablando —explicaría años después—. Llevo ese número
desde que era un niño».

Los periódicos de Los Ángeles se empeñaban en recordar a sus


lectores cómo pronunciar el nombre de VLA-de DI-vach y tanto West
como el resto de responsables de los Lakers hicieron todo lo posible
por rebajar las expectativas. Divac, quisieron dejar claro desde el
principio, no estaba ahí para sustituir a Abdul-Jabbar o para
competir con Thompson por el puesto de titular. Ni siquiera se
esperaba que aportara demasiado. Era joven, le faltaba experiencia
y —con suerte— algún día se convertiría en un jugador decente.
El 8 de agosto, se unió al equipo de los Lakers en la Summer Pro
League.

Era un pedazo de jugador.

Pese a llevar sin competir desde el Eurobasket de junio, Divac pasó


por encima de un combinado de jugadores de Denver y
Sacramento, sumando veinte puntos, dieciocho rebotes y tres
tapones para llevarse la victoria (125-121) en el gimnasio de Loyola
Marymount. Sentado en la grada, Riley no podía creerse lo que
estaba viendo: Divac, como si llevara el número 32 a la espalda,
cogía el rebote, ignoraba a los bases, subía el balón botando y
anotaba bandejas o repartía asistencias a sus compañeros. Delante
de unos quinientos aficionados perplejos, Divac culminó su
exhibición con un perfecto pase sin mirar al rookie Eric McLaughlin,
de la Universidad de Akron, que anotó sin problemas. Tras el
partido, Riley bajó a saludar a Divac y le llamó «Big Magic». «Su
facilidad para el pase me ha sorprendido —afirmó Riley—. El hecho
de que pueda botar tan bien el balón hace que tengamos que
cambiar algunas cosas. Tenemos que aprovechar al máximo sus
condiciones».

Cuando se reunió con sus nuevos compañeros en Hawái, Divac no


había cambiado demasiado: su inglés seguía siendo horrible (Riley
guardaba en su bolsillo una lista de treinta términos en serbocroata
relacionados con el baloncesto) y su preocupación por lo que estaba
pasando en su país seguía causándole el mismo dolor. Las
expectativas eran mínimas: en la época anterior a la explosión
europea, a los jugadores extranjeros se les tenía por demasiado
blandos. Los veteranos de los Lakers apenas pudieron reprimir una
carcajada cuando vieron a Divac por primera vez, con su aspecto
desgarbado y pálido y su ligera cojera al andar. La poblada barba
oscura y las cejas arqueadas recordaban a una mezcla de Yakov
Smirnoff, el cómico ruso, y Raffi, el cantante canadiense de
canciones infantiles, nacido en Egipto. Encadenaba un cigarrillo tras
otro y bebía latas de Coca-Cola como si fueran vasos de agua. En
los restaurantes, siempre pedía hamburguesa, la primera palabra
que se aprendió de memoria.

«Todos dejaron de reírse de él en cuanto lo vieron jugar —afirma


Jim Even, que debutaba aquel año como entrenador asistente—.
Creo que a los chicos les sorprendió lo bueno que era. Medía 2.13 y
jugaba como un base. Botaba con las dos manos. Algunos pívots
con buena mano y talento exterior luego tienen problemas para
jugar bajo el aro, pero Vlade podía defender abajo sin ceder ni un
centímetro. Combinaba una gran fuerza con una movilidad
envidiable». Divac podía tirar con ambas manos y sus movimientos
al poste bajo eran parecidos a los de James Worthy, incluso a los de
A.C. Green. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero resultaba
obvio que Divac era mejor jugador que Thompson.

Para los jugadores de los Lakers, Divac fue un regalo. En primer


lugar, se convirtió en el blanco perfecto para Riley. Cada vez que
corría donde no debía o paraba una jugaba o decidía no pasársela
al base, el entrenador se volvía loco… y si el entrenador estaba
ocupado echándole la bronca al rookie, no tenía tiempo para
echársela a los demás. En segundo lugar, era muy torpe y muy
divertido. Divac mezclaba palabras y frases y párrafos, pero no
parecía importarle en absoluto. Explicaba a sus compañeros
películas como Campo de sueños o El club de los poetas muertos y
todos se caían al suelo de la risa. «Hay un tío… y tiene un
sombrero…».

En una ocasión, alguien le pidió a Divac que intentara contar un


chiste en inglés. «¿Os sabéis el del niño de Belgrado que nació con
más ojos que dientes?». Obviamente, nadie se lo sabía. Y nadie
puso mucho interés en recordarlo…

«Durante la pretemporada, estábamos volando a algún sitio —


recuerda McNamara, el pívot suplente— cuando, de repente, Bill
Bertka empieza a gritarme: “¡Despierta, despierta!”. Olía a tabaco.
Era Vlade, que se había metido en el baño a fumar. Eso es un delito
a nivel federal. Todo el mundo se echó a reír».
«Como preparador físico, me sorprendió lo mucho que fumaba —
afirma Gary Vitti—. Le dije que aquello era un error enorme. Una
vez, incluso nos multaron en un hotel por fumar en una habitación.
Le grité con todas mis fuerzas: “¡Vlade, doscientos cincuenta
dólares por fumar en una habitación!”. Me dijo que era culpa mía».

—¿Cómo que es culpa mía? —preguntó Vitti.

—¿Por qué me pusiste en una habitación para no fumadores? —


contestó Divac.

Como había pasado un tiempo jugando en Italia, McNamara se


comunicaba con Divac chapurreando algo parecido al italiano. Se
hicieron amigos y Riley no tardó en recurrir a McNamara para
explicarle los conceptos a su nuevo compañero de equipo. «Cuando
me confirmaron que seguía en el equipo, Riley me dijo: “No creas
que no hemos tenido en cuenta cuánto has ayudado a un tipo que
podía quitarte el puesto” —recuerda McNamara—. Fue algo muy
bonito».

Curiosamente, Divac siempre entendía los elogios, pero se hacía el


loco con las críticas. Sonreía durante el noventa y cinco por ciento
del tiempo, dando una imagen despreocupada que irritaba a
Johnson. El veterano base la tomó con Divac, convirtiéndolo en el
centro de sus críticas… aunque no dejara de buscarlo en la cancha.
Las manos firmes de Divac eran ideales para los pases de Johnson,
pero su forma de trotar por el campo le ponía de los nervios. El
yugoslavo nunca llegaba impuntual a las citas, pero siempre
apuraba al máximo. Johnson aprovechaba cualquier oportunidad
para gritarle, chillarle delante de todo el mundo, insultarle o hacerle
de menos. «Earvin le exigía muchísimo a Vlade —recuerda Vitti—.
Muchísimo». Era el mismo trato que había recibido en su momento
Earl Jones… solo que a Divac rara vez le golpeaban los pases en la
cabeza y nunca parecía molesto. Si Johnson le gritaba por algo,
Divac respondía con un gesto amistoso. «Creo que Vlade es un
buen jugador, pero es un poco perezoso —declaró Johnson durante
la concentración—. Quizá allí (en Europa), le bastaba con su talento
y podía permitirse ir un poquito más lento, pero con Riley todo es
distinto: quiere que vayas a toda mecha porque jugamos a toda
mecha. Así que va a tener que acostumbrarse a eso. En cualquier
caso, es un jugador que puede hacer de todo en la cancha: puede
correr y recibir un pase mejor que la mayoría de los pívots. Sabe
jugar a esto, vaya».

***

Después de la paliza recibida en las finales del año anterior y de


haber perdido a Abdul-Jabbar, todo el mundo esperaba que los
Lakers ofrecieran una versión menor, inferior al menos a la de otros
equipos emergentes.

Sin embargo, fue justo al contrario. Por primera vez en la historia de


la franquicia, los Lakers no perdieron ni uno solo de sus ocho
encuentros de pretemporada y empezaron la temporada regular con
diez victorias en once partidos. Todo iba como la seda: Thompson y
Divac promediaban entre los dos dieciocho puntos y doce rebotes
por partido; Johnson, Scott y Worthy estaban (como siempre) a nivel
All-Star, y A.C. Green seguía creciendo, convertido ya en uno de los
tres o cuatro mejores ala-pívots de la liga. El banquillo —
encabezado por Divac, Drew y Cooper— era el más profundo en
años. «Formábamos un equipo increíble —explica Drew, el suplente
de Johnson—. Desde el primer día, se podía sentir una
concentración y una determinación que no había sentido antes.
Nunca olvidaré cuando llegué allí y Magic me explicó cómo tratar a
cada jugador: dónde querían la pelota, cómo aprovechar al máximo
sus condiciones, quién era la primera opción y quién era la cuarta…
Todo el equipo trabajaba tan duro en los entrenamientos y en el
gimnasio que, cuando empezaban los partidos, era casi un alivio».

El problema era que demasiados jugadores ya no conseguían


divertirse. Dejando a un lado las peculiaridades de Divac y sus
momentos cómicos, entre Riley y Johnson estaban cargándose todo
el buen rollo de la franquicia. El base estrella ganaría esa temporada
su tercer MVP en cuatro años, pero se pasó todo el año gritando y
quejándose. Después de jugar tanto tiempo para Riley, al final se
había convertido en Riley. Sus comentarios en los entrenamientos
ya no tenían filtro alguno. La marcha de Abdul-Jabbar le supuso una
especie de liberación. El dictador que había dentro de Johnson
empezó a emerger sin que nadie le pusiera freno. Aquello no podía
acabar bien. «Era un coñazo en los entrenamientos. Se pasaba el
día diciéndonos: “Eh, tienes que hacer mejor esto, tienes que hacer
mejor lo otro…”», afirma Cooper, su mejor amigo en el equipo.

Riley era aún peor. «Las sesiones de tiro pasaron de durar cuarenta
minutos a una hora y media con vídeo incluido —recuerda Cooper
—. Mentalmente, era lo más agotador de todo. Riley había
cambiado como entrenador. Ya no era tan abierto como antes. Si le
sugerías algo, no se lo tomaba a mal. Simplemente, te ignoraba. Te
escuchaba, pero luego no hacía ningún caso de la sugerencia y todo
se hacía como él decía. En años anteriores, sí habría hecho caso de
algunas cosas, aunque fuera para hacerte sentir importante. Lo
rodeaba una especie de aura que en realidad era como una barrera.
Nadie quería acercarse a él, todos tenían miedo de molestarlo.
Pensábamos: “No es el mejor momento”, antes de comentarle
nada… pero es que nunca era el mejor momento. No sabíamos bien
qué hacer. Nos culpábamos los unos a los otros en la pista. Por
primera vez, los jugadores miraban de refilón al banquillo después
de cometer un error. Nunca había pasado antes».

La infelicidad y la incomodidad le ganaron terreno a la paz y la


tranquilidad de años anteriores. Riley se portaba más como un
director de colegio que como un entrenador. Los pequeños detalles
sin importancia ahora cobraban una relevancia descomunal. A Riley
no le gustaba que en el último cuarto de los partidos del Forum la
grada estuviera más pendiente de las Laker Girls que del resultado,
así que ordenó que las chicas se quedaran quietas durante todo ese
período. Gracias a la generosidad de Buss, los Lakers viajaban en el
lujoso avión MGM Grand, que incluía compartimentos individuales.
Riley, por motivos que ninguno de los jugadores alcanzaba a
entender, insistía en que todo el mundo se quedara en los asientos
que él había asignado. «Riles es así —le reconoció Johnson a Mark
Heisler, del Los Angeles Times—. Quería controlar todo lo que
pasaba… Intentaba controlar todo lo que pasaba en el pabellón, en
el vestuario… quería decidir qué tocaba la banda, cuándo bailaban
las Laker Girls. Tanto intentaba abarcar que al final dejó de hacer lo
que se suponía que era su trabajo».

Cooper, una mala copia del jugador que había llegado a ser, solo
jugaba veintitrés minutos por partido y maldecía a Riley entre
dientes. Scott, un hombre con una enorme confianza en sí mismo,
apenas tiraba trece veces por partido, muy por debajo de lo habitual
en un jugador de su calidad. A Worthy le consumían las malas
vibraciones. Divac tenía que soportar las críticas constantes de
Johnson. En enero, Cooper, Worthy y Johnson —los tres capitanes
— se reunieron con West para protestar por el trato abusivo de Riley
y algunas de sus decisiones sobre la cancha. Según Johnson, había
un problema de comunicación que necesitaban resolver. Poco
después, West organizó una reunión para que todo el mundo
pudiera expresarse libremente. Le dijo a la prensa que era «algo
rutinario». Ni mucho menos.

A Riley no le gustaba lo que veía. Creía que los jugadores ya no lo


escuchaban y ya no buscaban su aprobación. «Siempre andaba con
eso —recuerda Bertka—. Me insistía en que estaban cansados de
él». A Riley tampoco le gustaban los excesos asociados al enorme
éxito que había vivido la franquicia. Worthy se gastó 2.675.000
dólares en una mansión vallada en Pacific Palisades. La CBS
contrató a una productora llamada Renée Valente para rodar una
(horrorosa) película para televisión llamada Laker Girls y
protagonizada por Tina Yothers. Johnson aceptó una oferta de un
millón de dólares para disputar un uno contra uno ante Michael
Jordan, de los Bulls, en pay-per-view (Al final, hubo que cancelarlo
porque la NBA se negó a dar el visto bueno). Divac era un imán
para los patrocinadores. Para un entrenador siempre pendiente de
evitar las «distracciones tangenciales», de repente, todo a su
alrededor se convirtió en una enorme distracción tangencial. Se
acabó el control. Incluso se especuló con que, al final de temporada,
la NBC le haría una oferta para comentar algunos partidos. «Los
chicos se cansaron de Pat —reconoce Vitti—. Su manera de
entender el juego puede quemar a cualquiera. Te exprime más y
más y más hasta dejarte completamente vacío».

A pesar de todos los problemas, los Lakers acabaron ganando


sesenta y tres partidos, el segundo mejor registro de Riley como
entrenador. Es verdad que la inclusión de cuatro nuevos equipos
(Charlotte, Miami, Minnesota y Orlando) en los últimos dos años
había bajado el nivel de la liga, pero el caso era que los Lakers
habían conseguido ganar más partidos que nadie y eso les valió
para empezar los playoffs como primer cabeza de serie, un éxito
inesperado. «Hay motivos para sentirse orgulloso —afirmó Divac—.
Hemos conseguido algo muy, muy complicado».

Los Lakers se cruzaron en primera ronda con los Houston Rockets,


un enfrentamiento que carecía de la emoción de años pasados, con
aquellos duelos entre Kareem y Moses Malone o Ralph Sampson.
Los Rockets eran un equipo del montón y los Lakers se llevaron la
serie en cuatro partidos.

Aunque es muy probable que la mayoría de los aficionados al


Showtime no recuerden casi nada de lo que sucedió en aquella
eliminatoria, John Black, el jefe de relaciones con los medios, nunca
olvidará lo que vivió poco después de que el equipo llegara al
Stouffer Renaissance Hotel, el lunes 30 de abril, para preparar el
tercer partido. «Todo el mundo estaba volviendo de cenar y se
abrieron las puertas del ascensor —recuerda Black—. Ahí estaban
Earvin, Cooper, Byron, Orlando Woolridge y otro tipo…».

Black buscó un hueco, pero el ascensor iba tan lleno que prefirió
esperar al siguiente. De repente, un enorme brazo le cogió por la
camisa y le metió dentro. «John —le dijo Johnson—, vamos a
ponerte al día».

Todos se fueron a una suite y dedicaron la siguiente hora a


despellejar al carcelero conocido como Patrick James Riley.
«Habían tenido una reunión de equipo y le estaban poniendo a
caldo —explica Black—. No se les caían de la boca las palabras
“hijo de puta” cuando querían referirse a Pat. No sabía que la cosa
estaba tan mal. Me quedé en plan “Hostia puta”. Todo se estaba
viniendo abajo».

En segunda ronda, los Lakers tenían que jugar contra los Phoenix
Suns y nadie (literalmente nadie, en ningún periódico) se atrevió a
predecir un triunfo de los Suns. El equipo de Cotton Fitzsimmons
había conseguido ganar cincuenta y cuatro partidos de temporada
regular y el dúo Kevin Johnson-Jeff Hornacek era uno de los
mejores de la NBA. El asunto era que Phoenix —pese a tener como
titular a un tal Kurt Rambis en la posición de ala-pívot— había
perdido tres de los cuatro partidos contra los Lakers en la temporada
regular y, aunque sorprendieron a los de Riley en el primer partido
en el Forum (102-104), pocos esperaban que la historia tuviera
continuidad. Los Lakers consiguieron empatar la serie en el segundo
partido y la rebelión quedó sofocada.

O no.

Las series se trasladaron a Arizona y los Suns se llevaron el tercer


partido sin problema alguno (117-103). Kevin Johnson se hartó de
penetrar hasta la cocina, dejando atrás a Magic Johnson y a Scott, y
anotó veintidós puntos, mientras Hornacek, el tirador letal, convirtió
diez de sus dieciséis lanzamientos para sumar veintinueve puntos.
Los Suns eran más jóvenes, más fuertes y tenían más ganas.
«Claro que confío en la remontada —declaró Riley tras el partido—.
Básicamente, porque hemos estado antes en situaciones parecidas
y lo hemos logrado».

Sí, los Lakers habían conseguido salir de agujeros tan profundos


como este en el pasado, pero nunca en tal estado de división, de ira,
de odio hacia su entrenador. Querían ganar, pero ¿lo necesitaban?
¿Les consumía la derrota? No. Los discursos motivacionales de
Riley —siempre a gritos, siempre abusando de un tono dramático—
ya no servían de nada. Todos los viejos recursos (la familia, la
unidad, las distracciones tangenciales) eran ya agua pasada.
Jugadores como Johnson, Worthy, Scott o Thompson ya no eran
chicos hambrientos en busca de un líder. Eran veteranos curtidos en
mil batallas. No necesitaban que nadie les soltara un rollo barato.

La mañana posterior al tercer partido, Black recibió una llamada de


la liga: Riley había sido nombrado Entrenador del Año. Era la
primera vez que ganaba el premio y el desprecio de todos los años
anteriores llevaba tiempo consumiéndolo por dentro. Sabía que era
el mejor entrenador de la NBA y aun así no dejaban de ignorarlo.
Black se encontró a Riley tumbado en la piscina del Ritz-Carlton, sin
camisa, tomando el sol. «Eh, Pat, felicidades —le dijo, fingiendo una
sonrisa—. Me acaban de anunciar que has ganado el premio de
Entrenador del Año. Necesitamos programar una rueda de prensa».
Black esperó una respuesta, pero no la hubo. Riley, una vez más, le
estaba ignorando. Porque sí. «Una cosa de locos —explica Black—.
Le estoy diciendo que ha ganado el premio de Entrenador del Año,
que necesitamos programar el acto público y, como mucho, consigo
sacarle un par de monosílabos». Al final, harto, Black fue de nuevo
al grano:

—Pat, ¿cuándo te viene bien hacerlo?

—Que les jodan —contestó Riley—. No voy a hacer nada.

—¿Qué quieres decir con eso? —replicó Black.

—Pues que no voy a hacer nada por el premio ese —repitió Riley—.
Diles a los de la liga que se vayan a tomar por culo. No voy a darles
ese gusto.

—Pat, ¿ni siquiera vas a dar una rueda de prensa? —preguntó


Black, elevando el tono de voz. Estaba enfadado.— ¡Acabas de
ganar el premio al Entrenador del Año!

—Exacto, tú lo has dicho —concluyó Riley.

Black se marchó.
«Por supuesto, al final hizo la rueda de prensa —afirma Black—.
Pero esa discusión resume lo que fue todo el año. Todos los días
tenía que reunirme con él para hablar de las distintas peticiones de
entrevista y siempre se portaba como un capullo miserable. Ni de
coña me habría quedado un año más en los Lakers si eso hubiera
supuesto seguir trabajando con Pat».

Riley aceptó a regañadientes el Trofeo Red Auerbach en una rueda


de prensa celebrada la mañana del martes 15 de mayo… dos días
después de que los Lakers hubieran desaprovechado los cuarenta y
tres puntos de Johnson y hubieran perdido (114-101) el cuarto
partido contra los Suns. Dijo lo que tenía que decir («Este premio es
solo la consecuencia de las victorias del equipo y por eso querría
agradecer a los jugadores…»), pero ya era demasiado tarde. Justo
antes del cuarto partido, Riley se marcó un sermón en el vestuario
que dejó a todos alucinados. Una auténtica locura. Riley iba y venía
por la habitación culpando a todos menos a Johnson: Scott no
estaba defendiendo y no podía meter un tiro; Thompson parecía una
viejecita; Worthy, que estaba promediando veintitrés puntos por
partido en la eliminatoria, se empeñaba en forzar las acciones en
ataque; Woolridge era un perdedor y no pintaba nada en un equipo
como los Lakers… «A mí me mencionó solo para bien… y eso fue la
gota que colmó el vaso —recuerda Johnson—. Empezó: “¡El único
que está jugando bien de todo el equipo es Buck!” y yo pensé:
“Madre mía”. Esa charla destrozó al vestuario, nadie quería saber
nada de él… era imposible que pudiéramos ganar a los Suns en ese
estado».

El cuarto partido había sido un desastre. Scott, que pedía más tiros,
falló los cuatro primeros y Riley utilizó un tiempo muerto solamente
para humillarlo. «Muy bien, Buck, ¡olvídate de todo lo que hemos
hablado! —empezó a gritar Riley—. Si no quieren jugar, no pasa
nada: ¡Me dedicaré a marcar la misma jugada todo el partido!».
Efectivamente, Riley se pasó el resto del encuentro marcando
jugadas para Johnson. Solo Worthy y él tiraron más de diez veces a
canasta. «Una vez cambié una jugada… ¡y me montó una
tremenda! —recuerda, aún incrédulo, Johnson—. “¡Te dije que te la
jugaras tú!”».

Las series volvieron a Los Ángeles, donde se disputaba un quinto


partido a vida o muerte para los Lakers. Esa mañana, durante la
sesión de tiro, Johnson y Cooper —hermanos de Showtime durante
más de una década— casi se lían a puñetazos. Cooper acusó a su
amigo de criticar al equipo ante la prensa… aunque sus palabras
exactas al Los Angeles Times tampoco parecían para tanto:
«Necesitamos más jugadores dispuestos a dar un paso al frente».

«Has ido a la prensa a decir que tenemos que jugar mejor —le dijo
Cooper—. ¡Nos estás señalando como culpables!».

Johnson se quedó atónito. «Michael —contestó—, ¿he dicho acaso


que Michael Cooper tiene que jugar mejor? ¿He dicho que Byron
Scott tiene que jugar mejor? ¿He dicho que Orlando Woolridge tiene
que jugar mejor?».

Aquella misma noche, la peor temporada de sesenta y tres victorias


que se recuerde llegó a su fin. Los Suns ganaron (103-106) sin que
nadie derramara ni una lágrima en el vestuario.

Al revés, todos parecían felices: el suplicio se había terminado por


fin.
CAPÍTULO VEINTIUNO

Aire fresco

LA TARDE DEL 17 DE MAYO DE 1990, Pat Riley dio su última


charla de la temporada ante un equipo que no le podía ni ver. En
ella, transmitió su más profunda decepción por lo sucedido ante
Phoenix.

Después, se reunió en un túnel del Forum con la prensa que solía


acompañar a los Lakers y que, en su gran mayoría, también lo
odiaban a muerte. En un tono calmado y reflexivo, explicó que no
estaba seguro de si quería volver para la que sería su décima
temporada como entrenador. «Llevo en los Lakers veinte años
(como jugador, comentarista, segundo entrenador y entrenador jefe)
y, sinceramente, no puedo comprometerme ahora mismo a un año
más —dijo Riley—. Eso es todo. Aún no he tomado una decisión.
Tengo que sentarme y pensar en qué le conviene más al equipo. Me
encanta entrenar. Sé lo importante de la decisión, pero no puedo
tomarla alegremente».

La prensa empezó a especular. Riley desapareció de la escena.


Jerry Buss no sabía a qué atenerse, Jerry West se subía por las
paredes… «Venimos de ganar sesenta y tres partidos, ¿y ahora se
supone que tenemos que empezar de cero?». Ahora bien, pasados
unos días de la eliminación contra los Suns, los ejecutivos de los
Lakers empezaron a tener claro que había que despedir a Pat Riley.

«Él quería seguir —afirma John Black, el director de relaciones con


los medios— y, si hubiera dependido de él, habría vuelto al año
siguiente».

Black participó en varias reuniones con West y Buss para decidir


cómo manejar mediáticamente todo este follón. Aunque Riley ya no
le caía bien a nadie, tampoco había la más mínima intención de
humillarlo. Era tan responsable como cualquiera del mayor éxito en
la historia de la franquicia. Su 73,3 por ciento de victorias era el
mejor en la historia de la liga, así como sus ciento dos victorias en
playoffs. Además, Jerry Buss no quería malos rollos. Formaba parte
de su filosofía. «Al final, tuvimos una nueva reunión con Pat —
recuerda Black—. Estábamos nosotros tres y él. No había ninguna
animosidad en el ambiente ni se trataba de ajustar cuentas.
Simplemente, teníamos que decidir cómo íbamos a proceder y cómo
íbamos a vender la separación ante la prensa».

El 11 de junio de 1990, se convocó a los medios a una rueda de


prensa en el Forum que recordaba a la que había tenido lugar casi
nueve años antes. Riley se había subido a un estrado similar y —en
medio de una gran confusión— había sido nombrado coentrenador
de Los Ángeles Lakers. Ahora, en medio de una confusión aún
mayor, había que anunciar su despido. Bueno, su despido, no. Su
sustitución. En fin, algo parecido a una sustitución, aunque no
exactamente una dimisión. Que se iba, vaya.

«El mayor miedo del hombre es el miedo a la muerte, pero casi a la


altura está el temor a la insignificancia —declaró Riley ante una sala
abarrotada, la voz rota de la emoción—. No hay nada malo en ser
especial. Ellos (los Lakers) eran especiales… en todos los aspectos.
La presión y el deseo por ganar en esta liga no tienen límite…
Sabemos en qué nos estamos metiendo cuando nos contratan. No
estoy quemado ni estoy harto de entrenar. A mis cuarenta y cinco
años, tengo la misma energía de siempre».

Es difícil exagerar lo raro que fue todo aquello. Para empezar,


prácticamente todos los que seguían la actualidad de los Lakers
sabían que a Riley lo habían despedido. De hecho, la mayoría de
los periodistas que asistieron a la rueda de prensa estaban
convencidos de que se iba a anunciar el despido como tal. Tampoco
ayudó que Magic Johnson, lo más cercano a un hijo que tenía Pat
Riley en el mundo del baloncesto, estuviera en paradero
desconocido. (Johnson hizo público un comunicado en el que decía:
«Cuando sea mayor y oiga la palabra Showtime, la primera persona
en la que pensaré será en Pat Riley»).

No era difícil deducir que los Lakers ya habían decidido cuál sería su
sustituto. Después de todo, estaba sentado junto a Riley. Mike
Dunleavy no se sentía incómodo ni extraño. De hecho, no sentía
nada en absoluto. En aquel momento, estaba entumecido por la
felicidad: a los treinta y seis años, este yonqui del baloncesto se
ponía al frente de la mayor franquicia de la NBA. «Se trataba —
recuerda— del momento más importante de mi carrera».

Todo el evento transmitía la extraña sensación de estar


presenciando un cambio de guardia a regañadientes, pero la
felicidad de Dunleavy compensaba la tristeza de Riley. En cuanto el
nuevo entrenador de los Lakers empezó a hablar, fue como si Riley
hubiera desaparecido del escenario y una brisa cálida, refrescante,
llenó la sala. ¿De verdad el equipo volvía a estar en manos de
alguien que no era condescendiente y desagradable? ¿Que no
pensaba que Dios lo había puesto en un banquillo para enseñar a
los hombres cómo se entrenaba al baloncesto? ¿Que estaba
dispuesto a escuchar a sus jugadores en vez de humillarlos? «¡Soy
un hombre feliz! —exclamó Dunleavy, explicando a continuación por
qué había conseguido el puesto—. He sido un tipo con suerte toda
mi vida y este es un ejemplo más».

Dunleavy apenas podía contener su entusiasmo y tenía motivos


para ello. ¿Qué pintaba ahí, para empezar? Tan solo un año antes,
estaba trabajando como segundo asistente en los Milwaukee Bucks
cuando se cruzó con West en la Summer League de Los Ángeles.
«Jerry era el hombre más respetado de la liga —recuerda Dunleavy
—. Lo conocía lo bastante como para saludarlo, pero nunca
habíamos hablado en profundidad». En esta ocasión, Dunleavy
respiró hondo y se atrevió a preguntarle al general manager de los
Lakers si tenía un segundo para consultarle un par de cosas.
West lo invitó a sentarse y Dunleavy —un trotamundos que había
jugado de escolta nueve años en la NBA— se abrió en canal: se
estaba dejando los cuernos en Milwaukee, pero no tenía claro que
estuviera sirviendo de nada. «Hay dos equipos que me ofrecen ser
el segundo entrenador —le explicó—, pero ¿necesito pasar por eso
para llegar al puesto de entrenador jefe?».

«En absoluto —contestó West—. De hecho, si Pat Riley dimitiera


hoy mismo, tú serías uno de los primeros a los que llamaría».

Dunleavy se quedó sin palabras. ¿Uno de los primeros? ¿Después


de una carrera tan mediocre como jugador? ¿Después de haber
sido elegido en la sexta ronda del draft y haberse ganado la vida a
base de luchar duro y no rendirse nunca? ¿Después de promediar
ocho puntos por partido? Incluso su carrera como técnico no tenía
aún nada de lustre. Trece años atrás, cuando los Philadelphia 76ers
lo cortaron y se quedó sin trabajo, Dunleavy aceptó el puesto de
jugador-entrenador de los Carolina Lightning, en la All-American
Basketball Alliance. Tenía veintitrés años. Su equipo ganó siete
partidos de ocho antes de que la empresa decidiera abandonar el
baloncesto. «Mike hizo un buen trabajo, supongo —recuerda Norton
Barnhill, el base de los Lightning—, la verdad es que no recuerdo
nada especialmente destacable».

El 1 de diciembre de 1984, cuando jugaba en los Milwaukee Bucks,


Dunleavy estaba sentado en el vuelo que los llevaba a Baltimore
cuando, de camino a la pista de despegue, el avión frenó en seco
para evitar el choque con una furgoneta. El frenazo le afectó a la
espalda y nunca terminaría de recuperarse. Su carrera como
jugador podía darse por acabada. «Me sentía como si me hubieran
robado algo —afirma Dunleavy, que llegó a un acuerdo con la
aerolínea por una jugosa cantidad de dinero—. Mi idea era jugar
mucho más tiempo». Se metió en Wall Street a trabajar como
bróker, pero no valía para el puesto. «Wall Street era un trabajo —
asegura—. El baloncesto no me suponía trabajo alguno, no podía
verlo de la misma manera». Regresó a la NBA después del crac de
1987 y no quiso saber nada más de acciones ni de plazos fijos.
Y, de repente, resulta que estaba en la lista de candidatos de Jerry
West.

—¿Por qué me tienes en tan alta estima? —le preguntó Dunleavy—.


Si aún no he hecho nada…

—Bueno —dijo West—. ¿Te conoce Don Nelson?

El legendario ex entrenador de los Bucks siempre hablaba


maravillas de Dunleavy.

—¿Y te conoce Del Harris?

Harris era el entrenador de los Bucks. Él también tenía una


confianza total en Dunleavy, en todos los aspectos del juego.

—Los dos son muy buenos amigos míos y solo tienen buenas
palabras para ti. Te he visto entrenar en las ligas de verano y creo
que tienes un gran talento.

Dunleavy no tenía ni idea de que estuviera tan bien valorado en la


liga. Era un experto de la táctica… pero con un toque humano.
Dunleavy tenía la rara habilidad de llevarse bien con todos sus
jugadores: blancos, negros, rookies, veteranos… Era
suficientemente joven como para haber pasado por lo mismo que
ellos hacía poco tiempo (cuando los Bucks necesitaron un refuerzo
de urgencia durante la temporada 1989/90, Dunleavy se volvió a
vestir de corto y anotó diecisiete puntos en cinco partidos), pero a la
vez tenía suficiente experiencia como para exigir respeto por parte
de toda la plantilla. «Tener un entrenador que sabe de qué va la
historia —que, de verdad, sabe de qué va la historia— supone una
ventaja tremenda —afirma Tony Smith, el base novato de los
Lakers, que había coincidido con Dunleavy en algunos partidillos en
el gimnasio de la Universidad de Marquette—. Y Mike sabía
perfectamente de qué iba la historia».

Tras la charla con West, Dunleavy volvió a Milwaukee y ayudó a los


Bucks a acabar la temporada regular con un sólido 44-38. Cuando
acabaron los playoffs, viajó junto a su esposa Emily a Los Ángeles
de vacaciones. Llamó a Mitch Kupchak, un viejo amigo, y le
preguntó si le apetecía que quedaran para cenar algo. Esto fue en
medio de la eliminatoria entre los Lakers y los Suns, y Kupchak —el
ayudante del general manager en los Lakers— invitó a los Dunleavy
a asistir al quinto partido. La mañana siguiente, Mike estaba
desayunando en la cafetería Brighton, en Beverly Hills, hojeando sin
mucho interés el The National, un diario deportivo, cuando leyó el
siguiente comentario: «Si Pat Riley pierde esta noche, preparaos
para ver a Mike Dunleavy o a Doug Collins dirigiendo a esta banda
en Hawái la próxima pretemporada».

A Dunleavy, aquello le pareció ridículo. Una estupidez. Aunque no


era amigo de Riley, ambos habían crecido en Nueva York (Dunleavy
nació y se crio en Brooklyn) y eso, de alguna manera, establecía un
vínculo especial entre ellos. Aparte, los dos habían sido jugadores
duros, especialistas en defensa, y compartían el mismo entusiasmo
por la táctica y la estrategia. Riley había sufrido la dureza de un
padre infatigable que siempre exigía la perfección. Dunleavy había
tenido que lidiar con la ley de la calle en las pistas de asfalto de
Bedford-Stuyvesant. «De niño, vi cosas que ningún niño debería
haber visto», afirma. Dunleavy llamó a Kupchak y le dijo que
probablemente no fuera buena idea aparecer por el Forum. El
ayudante del general manager lo entendió perfectamente. Esa
misma noche, los Lakers quedaron eliminados y Emily bromeó:
«Deberíamos haber alargado el viaje para empezar a buscar una
casa».

Volvieron a Milwaukee y a los pocos días, Dunleavy recibió dos


ofertas, de los Bucks y de los Pistons, para ser el entrenador jefe.
West también llamó, pero, en principio, solo para mostrar interés,
nada más. «Jerry, es todo un honor, y sabes que me encantaría
entrenar a los Lakers —le dijo—, pero no puedo rechazar dos
ofertas firmes por un simple interés». De hecho, Dunleavy acababa
de cenar con Herbert Kohl, el senador de Wisconsin que había
comprado los Bucks.
«Está bien —dijo West—, hagámoslo formal: el puesto es tuyo si lo
quieres».

Dunleavy estaba como loco, pero, como buen neoyorquino, quería


garantías de que no iba a salir trasquilado de toda esta historia.
Aceptó la oferta por cuatro años y quinientos mil dólares, pero exigió
una cláusula por la cual, si los Lakers lo echaban, se comprometían
al pago íntegro de su nueva casa. West llamó a Buss, que no puso
ninguna pega. Aunque le habían dicho que Riley no iba a seguir,
Dunleavy no sabía exactamente qué había pasado. ¿Lo habían
echado? ¿Había dimitido? Qué más daba. Los dos hablaron un rato
antes de la rueda de prensa, se dieron la mano, intercambiaron sus
números de teléfono y ya pudo empezar la ceremonia. Horas más
tarde, mientras Dunleavy descansaba en su habitación de hotel,
sonó el teléfono. «Hola, Mike; soy Pat». Sorpresa, sorpresa…

«Mike —dijo Riley—. Quería ver si podías hacerme un favor».

Randy Pfund, uno de los ayudantes de Riley, había pasado también


por el proceso de selección para el puesto de entrenador jefe y se
había quedado destrozado al ver que se lo daban a otro. «Mike, me
gustaría que contaras con Randy en tu equipo —le pidió Riley—.
Significaría muchísimo para mí».

Esta era la primera prueba de fuego para Dunleavy como


entrenador de los Lakers: le podía decir a Riley que se metiera en
sus propios asuntos y reafirmar su independencia o podía contratar
a Pfund y arriesgarse a que estuviera aún resentido por la situación.
«Me reuní con Randy y me cayó genial —recuerda Dunleavy—,
pero todo el mundo me insistía en que no contratara a alguien que
había sido ayudante del entrenador anterior… Me decían: “tiene
vínculos ya establecidos con los jugadores y los puede poner en tu
contra… seguro que acaba mal”». Dunleavy se sentó con Pfund y le
hizo la siguiente oferta: «Si te contrato, y luego resulta que haces o
dices algo en mi contra, te vas a la calle. Solo con que a mí me
parezca que estás haciendo algo a mis espaldas, te vas a la calle.
Sé que no es justo, pero es lo que hay. ¿Te parece aceptable?».
Randy Pfund se convirtió en uno de los confidentes más cercanos a
Dunleavy en su etapa en Los Ángeles.

***

Poco tardó el nuevo entrenador en confirmarse como el sustituto


perfecto de Riley. Mucho antes de que el equipo se concentrara en
Hawái por tercer año consecutivo, Dunleavy se puso en contacto
con todos los jugadores, prometiéndoles que los escucharía y que
tendría la mente abierta a sus sugerencias. Los prejuicios habían
terminado. A todos se les trataría con el mismo respeto.

Aunque los Lakers venían de ganar sesenta y tres partidos, lo que


habría dejado satisfecho a cualquier otro propietario y a su general
manager, Buss y West aprovecharon el verano para reevaluar,
reconsiderar y rehacer el equipo. El mayor cambio —aunque quizá
el menos sorprendente de todos— fue la despedida de Michael
Cooper, que llevaba en los Lakers desde 1978. Tanto la directiva
como los compañeros y los aficionados estaban de acuerdo en que
el especialista defensivo estaba ya, a sus treinta y cuatro años, en
plena cuesta abajo y sin frenos. Durante años, Cooper había
maravillado a los habituales del Forum con sus mates al
contraataque muy por encima del aro (de hecho, esos pases de
Johnson a un Cooper desatado en carrera se empezaron a conocer
como Coop-aloops). Sin embargo, ahora, Cooper, que había
promediado solo 6,4 puntos en la 1989/90, ya no estaba al nivel de
una plantilla campeona. Poco después de contratar a Dunleavy,
Buss se llevó a Cooper de cena. «Tienes dos opciones, Coop —le
dijo—. Podemos despedirte o traspasarte y así puedes intentarlo en
otro equipo el tiempo que te quede… o puedes quedarte con
nosotros cinco años más en los despachos. Jerry (West) te
conseguirá un puesto y así podrás seguir ayudando a la franquicia.
No quiero traspasarte. Eres uno de los nuestros. Haré lo que tú me
digas».
A Cooper le emocionó la oferta. Le habían dicho mil veces que el
baloncesto profesional era un negocio y nada más que un negocio.
Que las franquicias veían a sus jugadores como piezas en un
tablero. «Pero el Dr. Buss se preocupaba de verdad por nosotros —
afirma Cooper—. Era una persona maravillosa».

Como todavía le picaba el gusanillo del baloncesto, firmó por tres


años y cinco millones de dólares con Il Messagero di Roma, de la
liga italiana. La familia entera se mudó a Europa y, durante trece
meses, se lo pasaron en grande. «Pero, allí, el baloncesto se
convirtió en un trabajo —explica—, así que volví a casa, llamé al Dr.
Buss y le pregunté si la oferta seguía en pie. Me dijo que me
presentara inmediatamente en su despacho. El Dr. Buss era un gran
propietario, un gran hombre, un gran amigo… y una persona muy
generosa. No dejaba que nos faltara de nada».

Junto a Cooper, los Lakers se deshicieron de Orlando Woolridge y


de Mark McNamara, pusieron a Divac de titular y ficharon como
agente libre a Sam Perkins, el ala-pívot procedente de los Dallas
Mavericks que había sido compañero en North Carolina de James
Worthy. West estuvo a punto de traspasar a Byron Scott y a A.C.
Green a Cleveland a cambio del escolta Craig Ehlo y el ala-pívot
John Williams, pero al final se lo pensó dos veces. Hizo bien.

Al igual que Riley y Westhead en su momento, Dunleavy tuvo la


suficiente inteligencia como para dejar que las cosas fluyeran con
naturalidad. Ya le habían explicado hasta qué punto Riley había
agotado a todos con su exceso de control y lo último que querían
ver los jugadores era a otro entrenador sobreexcitado. En la
concentración de pretemporada, mientras los chicos entrenaban en
el Gimnasio Otto Klum de Honolulu, Dunleavy estaba más
preocupado por observar que por dar órdenes. Apostó por un
enfoque minimalista: tocar lo menos posible aquello que ya había
funcionado.

Su prioridad era no repetir los errores de Pat Riley. «Mike cambió el


ambiente del grupo desde el inicio, aquello no tenía nada que ver
con lo del año anterior —explica Divac—. Si llegabas tarde al
entrenamiento, Mike te decía: “Muy bien, juguémonosla al doble o
nada: si metes tres triples seguidos, estás perdonado. Si los fallas, a
correr”. Era muy divertido. Con Riley, si llegabas un minuto tarde,
sabías que te habías metido en un buen lío».

«Te retaba a jugar al B-U-R-R-O con él —recuerda Jason Matthews,


el base novato de Pittsburgh que acudió como invitado a la
concentración—. Seguía siendo un tirador prodigioso. Si perdías con
él, tenías que hacer cinco “rusos”. Si le ganabas, te daba la mano y
punto. Era gracioso. Era el tipo de entrenador en el que podías
confiar. Nunca me olvidaré de cuando Mike me anunció que no
seguía en el equipo: se veía que estaba pasando un mal trago. Me
dijo: “Puedes jugar en el extranjero, pero no sé si es la mejor opción.
Vas a tener más éxito en los negocios que en el deporte. Y eso es
bueno, significa que eres inteligente”».

Dunleavy les dijo a sus jugadores que no había ningún problema si


sus mujeres viajaban con el equipo, un enorme cambio respecto a la
era Riley. Les explicó que no solo aceptaba sugerencias, sino que
las necesitaba… otro enorme cambio. Un día, sentado en el
banquillo, se giró hacia Pfund y Bill Bertka, los asistentes de Riley, y
les dijo: «¿No tenéis absolutamente nada que decir?».

Pfund no sabía muy bien qué contestar. «¿Qué hostias os pasa?»,


insistió Dunleavy.

—Bueno —intentó explicar Pfund—, es que a Pat no le gustaba que


habláramos durante los partidos.

—¿Y esa chorrada? —contestó Dunleavy—. Entonces, ¿para qué


se supone que estáis aquí?

—Para entrenar —dijo Pfund.

—Pues ya podéis empezar a poneros a ello —concluyó Dunleavy.

«Entendía muy bien el juego, pero también entendía a la gente —


afirma Jim Eyen, otro de sus ayudantes—. Parecía un tipo normal al
que le encantaba el juego y que habría preferido ponerse el
uniforme y salir ahí a jugar. Desafortunadamente, estaba condenado
al traje y la pizarra. Solíamos bromear con que llevaba una camiseta
debajo de la chaqueta. Por si acaso».

El asunto más delicado de aquella pretemporada era ver cómo


congeniaban Magic Johnson y Mike Dunleavy. Aunque hubiera
acabado fatal con Riley, Johnson sabía que debía buena parte de su
estatus como superestrella de la NBA a su anterior entrenador. Riley
confiaba en Johnson y le veía como su confidente, su extensión
sobre la cancha. Durante los últimos meses, Riley se había portado
como si hubiera dos varas de medir en los Lakers: una para los
jugadores normales y otra para su base estrella.

Con todo, el Johnson que llegó a Hawái para empezar la


pretemporada no era el Johnson de diez años (o incluso cinco años)
atrás. Era más grande y más fuerte… pero también más lento y
menos ágil. A sus treinta y un años, era el tercer base titular más
viejo de la liga. Tiraba más de intuición y de experiencia que de
recursos físicos. «Mi objetivo era que los jugadores no se resignaran
a hacerse mayores —explica Dunleavy—. No se trataba de correr
menos… sino de correr con mayor eficacia y combinar la velocidad
con una mejoría en defensa. Earvin seguía siendo un enorme
jugador, parte de la élite. Simplemente, había que elegir cuándo
merecía la pena correr y cuándo no. Lo hablamos y lo entendió».

Dunleavy tenía que andar con cuidado y lo sabía. No hay camino


más rápido hacia el despido que enfrentarte a tu mejor jugador. En
lugar de empezar a hablar de un nuevo ataque o una nueva defensa
o sacar pecho en plan «Aquí soy yo el que manda», se limitó a dejar
que los jugadores fueran encontrando su sitio. A lo largo de la
pretemporada, Johnson tuvo libertad absoluta para dirigir al equipo
como siempre lo había hecho, sin apenas interferencias por parte de
su entrenador. «La verdad es que, desde el primer día, el verdadero
entrenador de aquel equipo fue Magic —afirma Tony Smith—. Mike
señalaba una jugada, pero si a Magic no le gustaba, la ignoraba y
señalaba otra. Eso pasaba como el cincuenta por ciento de las
veces, pero no resultaba violento ni extraño. De hecho, para un
nuevo entrenador, creo que era una ayuda. Tenía a alguien en quien
delegar».

Los Lakers disputaron su primer partido de pretemporada contra los


Portland Trail Blazers (también instalados en Hawái) el 12 de
octubre, en el Blaisdell Arena de la Universidad de Hawái. Dunleavy
llegó al partido con una de esas camisetas hawaianas de color lima
y verde con flores por todos lados, y una sonrisa que le cubría la
cara, reflejando toda su felicidad. En las horas previas al salto inicial,
Dunleavy les explicó a sus jugadores que no se trataba de un
partido más de exhibición. Los Lakers se habían pasado la década
dominando la División Pacífico, pero en la 1989/90, Portland se
había quedado a solo cuatro partidos y luego se habían metido en la
final de la NBA (donde perdieron contra los Pistons). Los Blazers se
pasaron el verano metiendo mierda contra los Lakers, diciéndole a
todo el mundo que había llegado su hora. Mychal Thompson, que
había empezado su carrera en Portland, solía pasar los veranos ahí,
entrenando con varios jugadores de los Blazers en el Mittleman
Jewish Community Center. Por primera vez, ninguna de las estrellas
del equipo —ni Clyde Drexler ni Jerome Kersey ni Terry Porter ni
Kevin Duckworth…— se pusieron en contacto con él. «Nadie me
invitó —dijo Thompson—. No les culpo. Se ve que no entraba en
sus planes».

El mensaje estaba claro: Búscate la vida, ahora eres el enemigo.

Dunleavy se lo tomó a pecho. «Decidí que aquello no iba a ser un


partido de exhibición, sino de reivindicación —explica—. Solo
quitaría a los titulares cuando Rick Adelman quitara a los suyos.
Solo pararía cuando él parara. Quería transmitir a mis jugadores
que, por mucho que hablaran, los Blazers seguían siendo inferiores.
Éramos mejores que ellos. Éramos más listos que ellos. Puede que
ellos fueran más fuertes o más rápidos, pero nosotros teníamos más
experiencia».

La intensidad de aquel partido recordaba a unas finales de la NBA.


Los Blazers se pusieron once arriba al principio del tercer cuarto
cuando Johnson —que jugó unos agotadores cuarenta y tres
minutos— decidió dar un paso adelante: anotó diecinueve puntos en
la segunda parte, sin darles un respiro a Kersey ni a Porter. Sus
números al final del partido —veintiocho puntos, diez asistencias,
ocho rebotes y seis robos de balón— demostraban que había
entendido la importancia de aquel partido insignificante. Los Lakers
ganaron (119-115) y los jugadores acabaron agotados. «Hoy no
había nadie de paseo —soltó Thompson en el vestuario—. No
recuerdo un partido de pretemporada con esta atmósfera de
playoffs».

Los jugadores de los Lakers aprendieron pronto a adorar a


Dunleavy. Aunque el equipo empezó la temporada perdiendo cuatro
de sus primeros cinco partidos (el peor inicio de la franquicia en
doce años), supo mantener un sentido de la calma del que Riley
carecía. Había que ajustar algunas cosas y mejorar otras. Los
nuevos compañeros tenían que aprender a conocerse los unos a los
otros. «Se podía palpar la tensión en el vestuario —recuerda
Dunleavy—. Les dije que tuvieran paciencia, que confiaba al cien
por cien en su talento y que acabaríamos enderezando el rumbo. No
estábamos tan lejos, solo necesitábamos perfilar mejor algunos
detalles. Que nos acompañara un poco la suerte…».

El problema con la suerte es que te puede acompañar para bien o


para mal. La tarde del 15 de noviembre le deparó a los Lakers un
ejemplo perfecto de lo segundo. Según los informes policiales,
James Worthy, el hombre tranquilo por excelencia, había sido
arrestado a las tres de la tarde en el Stouffer Hotel de Houston
acusado de «solicitar servicios sexuales». El oficial de policía Ralph
Gonzales informó a la prensa de que Worthy se había puesto en
contacto con un servicio de chicas de compañía y había pedido que
le mandaran dos mujeres a su habitación de hotel. Lo que no sabía
el cinco veces All-Star era que el negocio —cerrado hacía mucho
tiempo— estaba ahora en manos del departamento de policía y que
las prostitutas enviadas a su habitación eran en realidad agentes de
paisano. Worthy fue arrestado después de explicitar lo que quería
(una mamada) y cuánto estaba dispuesto a pagar (ciento cincuenta
dólares). Fue liberado bajo fianza de quinientos dólares y, de hecho,
jugó buena parte del partido contra los Rockets, una victoria (103-
108) en la prórroga.

Los siguientes días fueron horribles para Worthy, pero abrieron los
ojos de muchas mujeres y novias de los jugadores de la NBA. A la
semana del arresto, la Associated Press publicó que el nombre de
Worthy aparecía en el registro de un servicio de chicas de compañía
de Portland, Allstar Model and Escorts, que estaba vinculado a la
prostitución. La policía confirmó con el Marriott de la ciudad que el
día de una de las transacciones Worthy había hecho noche en el
hotel indicado en dicho registro. Aunque los deportistas
profesionales podían ligar casi con quien les diera la gana, muchos
de ellos preferían a prostitutas y a chicas de compañía. De alguna
manera, les hacía sentirse menos infieles, como si fuera solo un
negocio. Esa, al menos, era la idea.

En el vestuario de los Lakers, Worthy era un enigma. Todo el mundo


lo apreciaba, pero era callado y distante. Mientras que para Johnson
sus compañeros de equipo eran su familia, para Worthy eran
compañeros de trabajo, sin más. Daba la impresión de que Worthy
estaba a otro nivel mental, que tenía una fortaleza psicológica y una
personalidad que a menudo se echaba a faltar en la mayoría de
deportistas. A.C. Green, el virginal ala-pívot, tenía a Worthy por un
hermano, pues ambos habían crecido en familias donde la religión
era muy importante. «Teníamos un sentido parecido de la moral —
afirma Green—. Era algo que nos unía». Solo siete meses atrás, la
mujer de Worthy, Angela, había dado a luz al primer hijo de la
pareja, una niña llamada Sable. El nuevo padre estaba eufórico.

La detención de Worthy fue como la caída de un telón protector. Si


James Worthy se estaba acostando con putas, quién sabe cuántos
más estaban haciendo lo mismo. La noticia le sentó a Angela, la
novia de James desde la universidad, como un puñetazo en la boca
del estómago. Una auténtica preciosidad, con piel de coco y mejillas
marcadas, Angela había mantenido una relación a distancia con
James durante tres años antes de que —mientras comían en un
T.G.I. Friday’s de Los Ángeles, en 1983— este se pusiera de rodillas
y le dijera: «Creo que ha llegado el momento de que compremos un
bonito vestido para este anillo».

El suyo era un matrimonio que, en apariencia, parecía sacado de un


cuento de hadas, pero que descansaba sobre clichés y cesiones
continuas. Como la mayoría de las esposas de los jugadores de los
Lakers, Angela seguía las indicaciones de Pat Riley y se dedicaba
en cuerpo y alma a ser la mujer perfecta del deportista perfecto.
Cuando el 15 de agosto de 1984, James le pasó un acuerdo
prenupcial escrito a máquina por una cara, Angela se sintió dolida,
pero se tragó el orgullo y lo firmó. Incluso compró una matrícula para
su Mercedes-Benz que ponía: «Me merezco a James».37 Como ella
misma escribiría tiempo más tarde: «Visto lo que sucedió después,
mis votos de matrimonio bien podrían haber sido: “Yo, Angela, te
tomo a ti, James, como legítimo amo. Prometo apoyarte en todos
tus sueños y metas. Estaré a tu lado en las buenas y en las malas.
Te molestaré lo menos posible, renunciaré a mis propios sueños y a
mis propias metas, miraré hacia otro lado cuando vea algo que no
me guste y mantendré la pantomima del ‘felices para siempre’ hasta
que la muerte nos separe”».

Estas habían sido las obligaciones de las esposas de los Lakers


durante los años ochenta: No hagáis demasiadas preguntas.
Aseguraos de que la cena está recién hecha y de que habéis
cambiado los pañales al niño. Llegad puntuales al Forum y poneos
bien guapas. De repente, todo había cambiado de la noche a la
mañana: Pat Riley ya no era el entrenador, James Worthy estaba en
la cárcel y Magic Johnson estaba prometido de nuevo con su novia
de toda la vida, Cookie Kelly. El comportamiento de Worthy ya no
era excusable y no había una Chris Riley —autoerigida madre
protectora de las esposas Lakers— que animara a Angela a poner la
otra mejilla y recibir de nuevo a su marido. «Ya no quiero a mi
esposo como antes, ya no quiero más hijos con él —escribió Angela
en su diario—. Siempre vi a James como el amor de mi vida. Ser
consciente de que hay una parte de nuestra relación que se ha
venido abajo es de lo más deprimente. Parece que, excepto en lo
económico, nuestro matrimonio ha sido una sucesión de fracasos y
derrotas».

Poco después de la detención de su marido, Angela se fue de casa.


Le dejó claro a todo el mundo que no quería que su hija pensara
que era normal quedarse junto a un marido que le había sido infiel.
«Siempre la he admirado por eso —afirma Wanda Cooper, la mujer
de Michael—. Angela no era una ovejita sumisa. Cuando James la
puso en ridículo delante de todo el mundo, se fue de casa y no
volvió. Eso es empoderamiento».

Seguramente este no era el principio de temporada con el que había


soñado Dunleavy: las derrotas se acumulaban, una de sus estrellas
era víctima del escarnio público y los aficionados no tardaron en
darle la espalda, nostálgicos de los tiempos de Riley y de Westhead.
Los Lakers se pusieron 2-5 y Dunleavy no dejaba de oír cuchicheos
en el vestuario acerca de los problemas de Divac para parar a los
pívots contrarios. «Hay algo que he aprendido en el mes que llevo
aquí —confesó Dunleavy a Mark Heisler, del Los Angeles Times—.
Y es que Riley era un genio de la defensa». Dunleavy se pasó horas
en casa frente al televisor del salón, pasando la cinta de cada
partido hacia adelante y hacia atrás, buscando soluciones. Insistía a
sus jugadores en que no podían desanimarse y en una apasionada
charla de vestuario, les rogó que siguieran con el rumbo establecido.
«Mirad, si creéis que no me estoy dejando los huevos en esto, si
creéis que no tengo ni idea de baloncesto, si no creéis en lo que os
digo… podéis rajar a gusto en la prensa —les dijo—. “Claro, con un
entrenador tan joven, además en su primer año…”. Lo que queráis.
Hacedlo. En serio. Si eso es lo que creéis, salid ahí y decidlo. Pero
confío en que vosotros confiéis en mí, que confiéis en que sí sé lo
que estoy haciendo y, de esa manera, estoy convencido de que
saldremos adelante».

Poco después de acabar la charla, un recogepelotas se acercó a


Dunleavy para decirle que Jerry Buss quería verlo de inmediato. El
entrenador se quedó a cuadros: ¿Iban a despedirlo? «No estaba
demasiado preocupado, porque si me hubiera echado, le habría
dicho: “La estáis cagando” —explica Dunleavy—, porque yo estaba
convencido de que íbamos por el buen camino. Totalmente
convencido». Dunleavy llamó a la puerta del despacho de Buss,
entró y se sentó ante su enorme escritorio. Aunque no era una figura
especialmente imponente, Buss tenía un aura de confianza en sí
mismo que le hacía especial. Sin llegar a intimidarte, te hacía sentir
su presencia. «Mira, Mike, el primer día de pretemporada, hace
cinco semanas, estuve viendo el entrenamiento y pensé: “Joder,
hemos contratado a un entrenador bueno de cojones” —dijo Buss—.
Estábamos muy contentos con nuestra decisión. Muy, muy
contentos… pero el caso es que las cosas no están saliendo bien.
¿Quieres saber lo que pienso ahora?».

—No —contestó Dunleavy—, pero me temo que tendré que


escucharlo.

—Pienso —continuó Buss— que hemos contratado a un entrenador


bueno de cojones. Y solo quiero que sepas que confiamos en ti. Es
solo un mal comienzo. Eso no debería hacerte cambiar nada.

Dunleavy le dio la mano a Buss y se dirigió de vuelta al vestuario.


No podía controlar la vida sexual de sus jugadores y no podía
controlar lo que los aficionados pensaran de él. Lo que sí podía
hacer era entrenar a su equipo lo mejor que sabía. Los Lakers le
ganaron a los Rockets la noche de la detención de Worthy,
perdieron en Dallas al día siguiente y luego ganaron ocho partidos
seguidos, para un total de doce victorias en catorce encuentros.

En palabras de Johnson: «Creo que cuando íbamos 2-5, actuó de la


manera más inteligente posible. Nos dijo: “Mirad, tenemos un buen
equipo. Nos va a ir bien. Que nadie se baje del barco ni empiece a
señalar a nadie. Tarde o temprano, se va a notar el cambio”. Se
ocupó de cada uno de nosotros y de nuestros problemas».

Este ya no era el equipo mágico de mediados de los ochenta, con


todas esas estrellas listas para arrasar a quien se pusiera por
delante. Los Lakers eran un buen equipo, pero ya no eran
excepcionales. Tenían dos supercracks (Johnson y Worthy), cuatro
jugadores por encima de la media (Scott, Green, Perkins y Divac) y
lo demás era una colección de luchadores y trotamundos. Fue una
temporada con sus altos (Johnson anotó su punto número dieciséis
mil, la NBA los eligió para representar a la liga en el Open
McDonald’s de 1991, a celebrarse en París) y con sus bajos (la
sensación de que Portland era mucho mejor equipo). El 2 de enero,
un día antes de que los Blazers y los Lakers se enfrentaran en el
Memorial Coliseum de Portland, Johnson dio por perdida la lucha
por la División Pacífico. Su equipo estaba a siete partidos y medio
de los Blazers (27-4). «Cuando un equipo se pone 27-4 y arrasa
fuera de casa como están arrasando estos Blazers, no queda otra
que elogiarlos como se merecen —ex-plicó Johnson—. Van en serio
y creo que ya no van a parar en lo que queda de año… Creo que
van a acabar con el mejor registro de la liga».

Aunque los Lakers le ganaron ese partido a los Blazers (104-108)


acabaron la temporada a cinco partidos (58-24). Aun así, juzgar la
capacidad de Dunleavy solo por eso habría sido injusto. Dunleavy
había apostado desde el principio por que los Lakers —los Lakers
del contraataque y el despliegue físico— se convirtieran en un
equipo defensivo. Exigió que los jugadores se comprometieran en
ambos lados de la cancha y no dudaba en sustituir a cualquiera que
se mostrara perezoso o sin ganas en defensa.

En consecuencia, los Lakers dejaron a sus rivales en una media de


99,6 puntos por partido, el segundo mejor promedio de la NBA. Al
equipo le faltaba un base suplente de garantías y Divac, pese a
promediar 11,2 puntos como pívot titular, no mostró su mejor versión
en todo el año. (Johnson le seguía haciendo la vida imposible, hasta
el punto de que Divac se planteó volver a Europa a final de
temporada). Scott tuvo la segunda peor temporada de su carrera en
porcentaje de tiro (cuarenta y siete por ciento) y Worthy
directamente la peor (cuarenta y nueve por ciento). Green acabó en
el banquillo, sustituido en el cinco inicial por Perkins, y eso afectó
muchísimo a su confianza. Terry Teagle, proveniente de los Golden
State Warriors para aportar puntos desde el banquillo, se mostró
como un nuevo Brad Holland. «Ya no éramos un gran equipo —
recuerda Worthy—. Seguíamos siendo buenos, pero ya no era lo
mismo».

Sin embargo, los playoffs siempre sacaban lo mejor de los Lakers.


Su primer rival fueron los Houston Rockets, un equipo convencido
de que su destino era acabar de una vez por todas con la dinastía
angelina. Los Rockets habían ganado cincuenta y dos partidos, el
récord de la franquicia, con una racha de veintinueve victorias en
treinta y cuatro partidos. Con Hakeem Olajuwon (y no Akeem, como
cuando llegó a la liga) en la zona y Vernon Maxwell y Kenny Smith
dirigiendo el juego, los de Houston presumían del mejor equipo de
los veinticuatro años de historia de la franquicia. «El año pasado nos
enfrentamos a los Lakers sabiéndonos perdedores —ex-plicó
Maxwell—. Este año es distinto».

El primer partido entre Lakers y Rockets fue apasionante: idas y


venidas en el marcador, exhibiciones de Olajuwon (veintidós puntos
y dieciséis rebotes) y de Johnson (diecisiete puntos y diez
asistencias) y la expulsión de Teagle tras golpear a un alero de los
Rockets llamado Dave Jamerson. A falta de 28,8 segundos para el
final del partido, Maxwell culminó un contraataque con una bandeja,
pero Divac metió la mano por debajo de la red para sacar la pelota.
Frank Brady resumió a la perfección la jugada en el San Diego
Union-Tribune: «Es ilegal. Punto. Aquí y en Prijepolje, Yugoslavia».
Los árbitros se dieron cuenta y dieron por buena la canasta, lo que
dejaba la ventaja de los Lakers en un punto (91-90). Johnson jugó
con el cronómetro, botando la pelota sin prisa mientras veía como
iban pasando los segundos. A falta de seis, se la pasó a Scott, quien
botó, se levantó y anotó un triple… justo después de que hubiera
sonado la bocina de posesión. Los Rockets tendrían una última
opción, con tres segundos y medio por disputarse.

En ese momento, los tres árbitros del partido, Bruce Alexander, Jack
Madden y Dick Bavetta, formaron un corrillo. El Forum permaneció
en silencio durante unos segundos hasta que los tres hombres de
gris anunciaron su decisión: el tiro había sido válido y el triple debía
subir al marcador. El entrenador de los Rockets, Don Chaney, saltó
al campo, gritando como loco. «Fue algo ridículo», diría después del
partido… y con razón. La decisión no había por dónde cogerla.

Los Rockets acabaron perdiendo el partido (94-92) y la eliminatoria.


Los Lakers barrieron a sus rivales y se clasificaron para las
semifinales de conferencia, donde esperaban los sorprendentes
Golden State Warriors. El equipo del entrenador Don Nelson estaba
liderado por tres de los jóvenes más talentosos de la liga (Tim
Hardaway, Chris Mullin y Mitch Richmond) y no era raro verlos jugar
con un quinteto lleno de bases y escoltas cuyo jugador más alto,
Sarunas Marciulionis, no pasaba del 1.96. «Es lo más raro que he
visto en mi vida —confesó Dunleavy—, pero a estas alturas no me
sorprende nada de lo que haga Nelson».

Los Lakers se llevaron la eliminatoria en cinco partidos,


aprovechándose de su superioridad bajo el aro y centrando su juego
en Perkins (2.06 metros), Divac (2.13), Worthy (2.06) y Johnson
(2.06) para volver locos a los bajitos de los Warriors. El toque genial
de Dunleavy llegó en el quinto partido, cuando sacó a Elden
Campbell, el novato de 2.10 de la Universidad de Clemson, para
marcar a Marciulionis. Campbell era un chico muy divertido, alto y
atlético, pero con problemas para mantener la atención y la
disciplina. Durante la temporada regular, se le llegó a ver comiendo
patatas con salsa agridulce y ponche hawaiano noventa minutos
antes de un partido… mientras leía con la otra mano un libro
llamado La guía de alimentación para el hombre inteligente.

«Me gustaba mucho Elden —afirma Dunleavy—. Corría como un


pato, con lo que la gente creía que era un vago. Pero sabía jugar a
esto. Contra los Warriors, le dije: “Elden, eres como una puta mantis
religiosa. Este tío se pasa el partido fintando para que la gente salte
y forzarles la falta, normalmente con canasta. Cuando esté en la
línea de tres puntos, solo quiero que le pongas la mano lo más alta
posible para que no pueda ver bien la canasta… y cuando empiece
a botar, no quiero que saltes hasta que él haya saltado. No te comas
sus fintas. Así conseguirás pararlo”».
Marciulionis acabó con un cero de cinco en tiros y los Lakers
ganaron 124-119.

Tras este triunfo, los Lakers se enfrentaban en la siguiente ronda al


rival que todos esperaban desde principios de año. Los Portland
Trail Blazers —considerados unánimemente el mejor equipo de la
liga— se clasificaron para la final de Conferencia después de
derrotar en cinco partidos a los Utah Jazz. Los Blazers estaban
jugando al tran-tran (habían perdido tres de sus cuatro partidos de
playoffs fuera de casa), pero todo sería distinto contra los Lakers,
que seguían siendo la referencia de éxito para cualquier franquicia.
Portland había superado a los de Dunleavy en tres de sus cinco
partidos de temporada regular y una simulación vía ordenador de la
eliminatoria —cortesía de Basketball: The Pro Game from Lance
Haffner Games— había dado a los Blazers como ganadores en seis
partidos. En Las Vegas, su pase a la final de la NBA se pagaba
nueve a cinco. «Los Lakers se nos dan bien porque tenemos una
plantilla muy amplia —afirmó el alero suplente Cliff Robinson—.
Podemos ir cambiando de jugadores y de sistemas y seguir siendo
superiores a ellos».

Por primera vez en más de una década, los Lakers partían como
perdedores en todos los pronósticos, sin excepción. Sin embargo,
los jugadores no lo veían así. Johnson prometió a sus compañeros
que iban a ganar y a luchar por otro anillo… y todo el mundo le
creyó. Los dos equipos se repartieron los dos primeros partidos en
Portland y luego viajaron al Forum, donde los Lakers arrasaron
(106-92) a los Blazers en el tercer partido. El factor diferencial fue
Divac, que se había pasado los dos primeros partidos sufriendo ante
la inmensidad física de Kevin Duckworth. En los primeros seis
minutos del tercer cuarto, el pívot de los Lakers anotó diez puntos,
puso tres tapones y robó un balón para liderar un parcial de 18-7.
Acabó con dieciséis puntos y siete rebotes y dejó a Duckworth en
cinco puntos, cinco faltas y cinco pérdidas de balón. «¿Cuánto vale
Duckworth? —se preguntaba Zander Hollander—. No mucho».38
Johnson llevaba casi dos años portándose con Divac como un padre
autoritario con un hijo díscolo y desobediente. Sabía que el pívot
podía llegar a ser uno de los mejores de la liga, pero había que
quitarle de encima toda esa tontería europea. Cuando Divac se
ponía a hacerlo bonito, con esos movimientos de pies que le
caracterizaban, Johnson se volvía loco: «¡Vlade, déjate ya de
historias! —le gritaba— ¡Juega de una puta vez como un hombre!».

«Era tan competitivo… —recuerda Divac—. Tenía que ganar a todo.


Sus insultos me daban igual porque sabía que lo hacía por mi bien».

Dos días después, una tarde de domingo, los Lakers pusieron


sorprendentemente la eliminatoria un poco más de su lado,
arrollando de nuevo a los Blazers (116-95) en un homenaje al
Showtime que acabó con Jack Nicholson y Dyan Cannon bailando
junto a la línea de banda. Los Lakers anotaron el cincuenta y uno
por ciento de sus tiros de campo, forzaron diecinueve pérdidas de
balón y no dejaron de correr a cada oportunidad que les brindaron
los Blazers. Johnson parecía el niño que había llegado doce años
antes al Forum; anotó veintidós puntos y sumó nueve rebotes y
nueve asistencias. Su equipo se puso por delante en el primer
cuarto (32-23) y ya no permitió que Portland se acercara. «Mucha
gente dice que el Showtime ha muerto —diría después del partido
—. Pero no, simplemente hemos tardado más de la cuenta en
reanimarlo».

Portland se rehízo y consiguió llevarse el quinto partido (95-84),


aunque ese no fue el mayor problema para los Lakers. Aún en el
primer cuarto, Worthy se torció el tobillo izquierdo y, aunque pudo
volver a la pista unos minutos en el tercer cuarto, ni un fuerte
vendaje ni una sesión de electroestimulación le ayudaron a
recuperar la movilidad.

De cara al sexto partido, en el Forum, todo eran dudas: sin un


Worthy al cien por cien, los Lakers tendrían que depender más de
Green (inconsistente toda la temporada) y de Thompson (que
apenas había jugado y estaba dando sus últimas bocanadas en la
liga). Era la oportunidad que los Blazers estaban esperando. «Los
playoffs son así, un reto constante —aseguró Terry Porter—. Si
Worthy puede ponerse de pie, estoy convencido de que va a intentar
jugar el partido».

Efectivamente, Worthy saltó a pista desde el inicio del partido, pero


su nivel fue pésimo, anotando tres tiros de doce intentos en treinta y
ocho minutos. Sin embargo, Johnson, en su 181º partido de playoffs,
un récord en la franquicia, sacó lo mejor de sí mismo para brindar
una de las mayores exhibiciones de su carrera. Durante los cuarenta
y siete minutos que estuvo en la cancha, Johnson (veinticinco
puntos, ocho asistencias y once rebotes) hizo todo lo que había que
hacer como había que hacerlo. A falta de 1.48 para el final del
partido, encontró a Divac bajo el aro, que anotó una bandeja para
poner a los Lakers por delante 87-85. A continuación, anotó dos
tiros libres que aumentaban la ventaja a cuatro puntos. Los Blazers
consiguieron ponerse a un punto, pero Divac (después de otro
maravilloso pase de Johnson) anotó dos tiros libres tras recibir falta.
El resultado era 91-88 y faltaban cuarenta y tres segundos.

Los Blazers renunciaron a rendirse: Porter anotó una suspensión


justo por encima de Perkins y, a falta de 12.5 segundos, Divac
recibió un tapón cuando iba a dejar otra bandeja, agotando la
posesión y dejando a Portland (que perdía 91-90) una última
oportunidad para llevarse el partido.

Después de un tiempo muerto, los Blazers sacaron desde el centro


del campo. La bola llegó a Porter, que se la devolvió a Drexler, el
máximo anotador del equipo. Drexler intentó penetrar a canasta y
cuando llegó la ayuda defensiva dobló el balón de nuevo a Porter,
que estaba solo, a unos cinco metros de la canasta. Se cuadró y a
falta de seis segundos, lanzó el balón ante la desesperación de
Green, que había saltado como loco al tapón. La pelota golpeó en el
aro, salió despedida hacia arriba y acabó en las manos de Johnson
bajo el tablero.

En una de las jugadas más inteligentes que nunca se hayan visto, el


base de los Lakers lanzó inmediatamente la pelota hacia el otro
campo, con suficiente efecto para que, en vez de marcharse por la
línea de fondo, se quedara botando y botando y botando y botando
hasta que sonó la bocina, certificando el final del partido y de la
eliminatoria. «Sabía que iban a hacerme falta, así que me quité la
pelota de encima», explicó Johnson.

Los Ángeles Lakers estaban de nuevo en una final.

El sueño de los responsables de marketing de la NBA se había


hecho realidad.

***

Antes de las finales de conferencia, la NBA tenía ante sí cuatro


escenarios distintos para dilucidar quién se llevaba el anillo:

Los Detroit Pistons podían enfrentarse a los Portland Trail Blazers.

Los Detroit Pistons podían enfrentarse a Los Ángeles Lakers.

Los Chicago Bulls podían enfrentarse a los Portland Trail Blazers.

Los Chicago Bulls podían enfrentarse a Los Ángeles Lakers.

Desde un punto de vista puramente comercial, ninguna de las cuatro


opciones era mala. Si en el peor de los casos, los Pistons y los
Blazers repetían la final del año anterior, se podía vender como una
revancha, como el intento de establecer una dinastía frente a un
grupo de aspirantes en busca de la redención. Los Pistons y los
Lakers ofrecían un Isiah contra Magic: viejos amigos cuya relación
se había deteriorado; los Bulls y los Blazers prometían un duelo por
todo lo alto entre Michael Jordan y Clyde Drexler, los dos mejores
escoltas de la liga.

Sin embargo, ninguna de estas tres opciones emocionaba tanto a


los ejecutivos de la NBA como un posible Chicago-Los Ángeles.
O, para ser más claros, un Michael Jordan-Magic Johnson.

«Madre mía, madre mía, madre mía, madre mía… —se podía leer
en el editorial del St. Louis Post-Dispatch— Magic y Michael.
Michael y Magic. El corazón y el alma de los Lakers contra el rodillo
de los Chicago Bulls. El Jugador Más Valioso contra el Jugador Más
Increíble. Los mejores jugando a su mejor nivel, el uno contra el
otro».

En aquel momento, Jordan tenía veintiocho años y, aunque


maravillaba a propios y ajenos, se seguía dudando sobre su
capacidad de llevar a su equipo hasta el título más allá de sus
exhibiciones anotadoras (promedió 31,5 puntos en la temporada
regular, suficientes para ganar por quinta vez consecutiva el título de
máximo anotador). En sus primeras seis temporadas en la NBA,
Jordan nunca había jugado una final con los Bulls. Era el deportista
que más publicidad generaba de la historia: el rostro y la voz de
Nike, McDonald’s, Spalding y decenas de otros productos… pero
¿era un ganador? Nadie lo sabía con certeza.

Varios de los análisis de la eliminatoria cayeron en el tópico de


enfrentar a las dos superestrellas. Todo se reducía a Michael contra
Magic y Magic contra Michael. En los tres días que pasaron desde
que acabaron las finales del Oeste y empezó la lucha por el anillo,
era imposible ver la televisión o escuchar la radio durante más de
seis minutos sin oír una referencia a alguno de los dos jugadores.
«Michael y Magic, Magic y Michael —escribió Mark Heisler en el Los
Angeles Times—. Sus nombres están en todas partes, tanto que
uno se pregunta si son hermanos siameses o si la NBC ha creado
un monstruo de dos cabezas para promocionar la final de la NBA».

Cuando los Lakers abrieron la serie en Chicago con una victoria (91-
93) conseguida gracias a un triple de Perkins a falta de catorce
segundos, los medios de todo el país se frotaron las manos con lo
que tenían delante. Johnson estuvo maravilloso, sumando
diecinueve puntos, diez rebotes y once asistencias, mientras que
Jordan —máximo anotador con treinta y seis puntos (más doce
asistencias y ocho rebotes)— daba la razón a los que veían en él a
un jugador egoísta sin gen ganador. «Ha sido baloncesto en estado
puro —declararía Johnson tras el partido—. Da gusto formar parte
de un partido así».

«Ganamos el primer partido —recuerda Scott, que anotó nueve


puntos— y pensamos: “¡Eh, podemos ganar a estos tíos!”».

Estaba claro que la serie se iba a ir como mínimo a seis partidos,


puede que a siete.

Estaba claro que el duelo entre Magic y Michael iba a ser histórico.

Estaba claro que…

Pfff

Con tanta tontería en torno a Michael y Magic y el brillo de las


estrellas, se había pasado por alto el hecho objetivo de que los
Bulls, que habían acabado 61-21, eran mucho mejor equipo.

Los Lakers jugaron de maravilla en el primer partido… y aun así


ganaron por los pelos. Los Bulls eran un equipo sólido y bien
construido: Jordan era un jugador único, el alero Scottie Pippen se
había consolidado como una estrella, Bill Cartwright era un pívot de
garantías y tanto Horace Grant como B.J. Armstrong, John Paxson,
Craig Hodges o Will Perdue aportaban su granito de arena. Aunque
el entrenador Phil Jackson se llevaba casi todos los elogios, el
cerebro detrás del éxito de los Bulls era el poco conocido ayudante
de sesenta y nueve años, Tex Winter, inventor de lo que se dio en
llamar el Triángulo Ofensivo. Por primera vez en mucho tiempo, los
Lakers no podían centrarse en parar unos sistemas concretos del
rival porque el Triángulo consistía simplemente en generar espacios
sobre la cancha y reaccionar a los movimientos de la defensa
contraria. Con una estrella capaz de cualquier cosa como Jordan
liderando la carga, los Bulls lo aplicaban con una eficacia
demoledora. «Tex Winter es un genio —solía decir Jerry Krause, el
general manager de los Bulls—. No hay nadie que sepa más de
baloncesto que él. La gente debería venir a escucharlo y aprender
de todas sus historias».

Los Bulls se recompusieron tres días más tarde con una fácil victoria
(107-86) en el Chicago Stadium y se llevaron el tercer partido en la
prórroga en el Forum (96-104). Si el único problema hubiera sido el
joven, espectacular y atlético Jordan, los Lakers podrían haberse
rebelado contra su destino… lo que dificultaba aún más las cosas
era que Worthy no conseguía recuperarse del esguince de tobillo
que había sufrido contra Portland. Aunque fue titular en los cuatro
primeros partidos contra los Bulls, nunca pudo jugar al cien por cien.
«Los médicos llegaron a plantearme la posibilidad de no jugar en
toda la eliminatoria, pero no les hice ni caso —recuerda Worthy—.
Ya había jugado lesionado antes, sabía cómo lidiar con el dolor. El
asunto era que no conseguía moverme como quería y jugar al nivel
que necesitaba el equipo».

«Estaba convencido de que éramos mejores que los Bulls… lo digo


en serio —afirma el alero suplente Irving Thomas—, pero si no
cuentas con todas tus armas y te vas a enfrentar a Michael Jordan
en su mejor versión, la cosa se empieza a poner imposible».

Como Worthy solo podía apoyar bien sobre un pie, hubo que
abandonar el plan de Dunleavy de defender en individual a Jordan.
Como un castillo de naipes, el resto de la estrategia defensiva de los
Lakers se vino abajo. En ataque, Worthy tampoco estaba a su nivel,
con lo que los Bulls apenas tuvieron que prestarle atención. Jackson
centró la defensa sobre Johnson, obligando a los demás Lakers a
tomar responsabilidades que no les correspondían. Al final, Johnson
—el máximo anotador del equipo con 18,6 puntos por partido—
apenas anotó el cuarenta y tres por ciento de sus tiros de campo y
solo Divac (18,2 puntos y 8,8 rebotes) estuvo a la altura entre el
resto del equipo. «James Worthy era nuestro perro de presa —
recuerda Dunleavy— y, a la vez, nuestra pieza clave en ataque para
romper su presión en todo el campo. Adoro a Byron Scott: era un
gran defensor, un tirador excepcional… pero Byron no sabía utilizar
la mano izquierda, así que, con James lesionado, los Bulls
empezaron a presionar a Magic en toda la cancha, sin dejarle
respirar, turnándose para defenderle: Jordan, Pippen, el que fuera…
Acabaron con él físicamente. Tuvimos otras lesiones importantes,
claro, pero la clave fue no poder contar con James al cien por cien.
No supimos recuperarnos».

Cuando se hizo obvia la superioridad de los Bulls, toda la


expectación anterior a las series desapareció y la narrativa Magic-
Michael se centró, simplemente, en Michael. «Te sientes inútil,
frustrado… Te haces a la idea de que va a ser una eliminatoria
histórica y han acabado haciendo con nosotros lo que han querido
—declaró Johnson—. Pero no puedo hacerme mala sangre… han
sido muy superiores y punto». Los Bulls ganaron tres partidos
seguidos en el Forum (Worthy se resintió de su lesión de tobillo en
el cuarto partido y se perdió el quinto, al igual que Scott, con el
hombro derecho dolorido), culminando con un 101-108 en el quinto
partido que sellaba el estatus de Jordan como nuevo rey de la NBA.
Anotó treinta puntos para terminar la serie y, obviamente, fue
elegido el MVP de las finales. Más tarde, abrazado al trofeo en el
vestuario visitante, no podía contener las lágrimas: «No sé si volveré
a sentir algo parecido —afirmó—. Supongo que todo esto es
producto de tantos años de trabajo al límite».

Veinte minutos después, sin llamar demasiado la atención, un


sonriente Johnson entró en el vestuario de Chicago. Fue jugador por
jugador, felicitando y abrazando a cada miembro del equipo. Cuando
llegó a Jordan, miró a su gran rival con una mezcla de tristeza y
felicidad. Johnson no era en absoluto egoísta: le gustaba la idea de
que Jordan se uniera al club que habían fundado Bird y él… pero no
podía evitar pensar que ese trofeo era suyo.

«Cuando fui a felicitarlo después del partido —comentó Johnson—,


tenía los ojos llenos de lágrimas… Sé por lo que está pasando. Es lo
mejor del mundo. Increíble. Irreal».

Unos días antes, Johnson había insinuado que este podía ser su
último año en la liga. Su duodécima temporada en la NBA había
sido agotadora, llena de altos y bajos y de una exigencia
descomunal. Era un hombre cansado que sabía que sus mejores
días ya quedaban atrás. Sin embargo, ver a Jordan acariciar el
trofeo removió algo en su interior. Los Lakers habían llegado a la
final de la NBA con un entrenador novato y una plantilla renovada.

¿No sería más sensato volver a intentarlo?

«Volveré el año que viene. Seguro —confirmó a la prensa—.


Siempre que acabas una temporada con mal sabor de boca, lo
único que quieres hacer es luchar para que giren las tornas. Con
suerte, el año que viene nos tocará ganar a nosotros».

Con esas palabras, Earvin (Magic) Johnson abandonó el Forum.

Y, con Magic, la era del Showtime en Los Ángeles.


CAPÍTULO VEINTIDÓS

Shock

EL 12 DE JULIO DE 1991, MAGIC JOHNSON sufrió un golpe de


calor. Le sucedió mientras estaba en Hawái grabando un programa
para la televisión y le obligó a perderse el campus de Michael
Cooper, programado para dos días después. El 8 de agosto de
1991, Magic Johnson comentó en el Daily Breeze, de Torrance, que
su idea era jugar tres temporadas más en la NBA, una en Europa…
y luego ya retirarse e intentar comprar una franquicia. También se
mostró ilusionado con la idea de formar parte del equipo de
baloncesto de Estados Unidos para los Juegos Olímpicos de 1992.

El 18 de agosto de 1991, Magic Johnson visitó la capital del país


para dar una charla ante doscientos jóvenes reunidos en el Club de
la Policía Metropolitana de Washington. «Me divierte ver sus caras
de asombro. Me gustaría demostrarles que soy algo más que un
jugador de baloncesto, porque hay veces que la gente se olvida de
que somos seres humanos. Quiero que no lo olviden: “Eh, yo
también pasé por esto, también fui un adolescente, y si conseguí
algo en la vida fue con empeño y dedicación, igual que os puede
pasar a vosotros”».

El 14 de septiembre de 1991, Magic Johhnson y Earleatha «Cookie»


Kelly por fin se casaron en la Iglesia Baptista Union Missionary de
Lansing, Michigan. Magic llevaba una chaqueta blanca abotonada y
pantalones negros. Cookie llevaba el vestido que había comprado el
año anterior… cuando tuvieron que aplazar la boda. Durante el
servicio, el reverendo Rick Hunter vio como lo interrumpían cada
tres por cuatro con gritos de «¡Amén!».

«Todo el mundo estaba tan contento de que por fin se casaran…»,


asegura Kathy Staudt, amiga de la familia.

La fiesta tuvo lugar en el Kellogg Center, dentro del campus de la


Universidad de Michigan State. Años más tarde, Cookie escribiría:
«Tenía la sensación de que Dios me estaba diciendo: “Chica, has
tenido que aguantar tantas cosas por este hombre, que voy a darte
la mejor boda posible”».

El 20 de septiembre de 1991, la Federación estadounidense de


baloncesto (USA Basketball) anunció la formación de un «equipo de
ensueño» compuesto por Magic Johnson, Michael Jordan y otras
ocho superestrellas de la NBA, con el objetivo de participar en los
Juegos Olímpicos de Barcelona del año siguiente. «Teniendo en
cuenta el poco tiempo que vamos a tener para entrenar —afirmó
Johnson—, tendremos que trabajar duro desde el primer momento».

El 25 de septiembre de 1991, Magic Johnson emitió un comunicado


solicitando la dimisión de un miembro del consejo escolar de
Lansing, Michigan, que se había referido a Johnson como «un chico
negro, grande y bastante idiota» cuando estudiaba en el instituto. El
hombre, William Carter, había hecho estos comentarios durante una
reunión del consejo. Dijo que se arrepentía, pero se negó a dimitir.
«Fue algo estúpido por mi parte —afirmó—. No elegí las palabras
adecuadas».

El 30 de septiembre de 1991, Magic apareció como la nueva imagen


del producto estrella de la Nestle Chocolate and Confection
Company. «Nestle Crunch es el alimento de los ganadores —
aseguró Johnson—. Y me enorgullece representar el espíritu de la
marca en esta nueva temporada de la NBA».

El 13 de octubre de 1991, los Lakers volaron a París para participar


en el Open McDonald’s, un torneo internacional de cuatro equipos.
El viaje también hizo las veces de luna de miel para Magic y Cookie.
Dieron largos paseos, cenaron en restaurantes románticos y
pasaron tiempo juntos como recién casados. Con todo, la fama lo
perseguía incluso en Europa. Durante una excursión para ver la
Torre Eiffel, Johnson —que llevaba el uniforme de los Lakers para
una sesión de fotos— se vio rodeado de prensa y aficionados. «La
cosa se puso fea —recuerda John Black, el director de relaciones
con los medios—. Estuve a punto de golpear a dos fotógrafos
franceses. No había manera de controlar a aquella turba». Johnson
disfrutó de aquella semana también sobre la cancha (dio veintiuna
asistencias en la victoria contra el Limoges), pero acabó agotado.
No se sentía bien y el ajetreo acabó siendo excesivo, todo el rato de
un lado para otro. Las catorce horas de vuelo de vuelta a California
tampoco fueron de mucha ayuda.

«Cuando volvamos —dijo—, voy a necesitar algo de descanso».

La tarde del viernes 25 de octubre de 1991, Magic Johnson estaba


sentado en su habitación del Salt Lake Hilton. Los Lakers estaban
en Utah para disputar un partido de exhibición contra los Jazz…
pero a Johnson no le entusiasmaba la idea. Estaba agotado y
necesitaba un día de descanso. Le contó cómo se sentía a Gary
Vitti, el preparador físico. «Me dijo: “Necesito saltarme estos últimos
partidos, estoy muy cansado” —relató Vitti a la ESPN—. Si me
queréis en forma para el primer partido de la temporada regular,
necesito tomarme estos días libres». Aún estaba bajo los efectos del
jet-lag. Los Lakers, sin embargo, insistieron a Johnson para que
jugara. Los aficionados habían pagado mucho dinero para ver a
Magic, era una pieza clave de la franquicia, etc., etc.

El teléfono de la habitación sonó a las dos y cuarto de la tarde. Era


el doctor Michael Mellman, uno de los médicos del equipo y hombre
de confianza de Johnson. El seguro había rechazado a Johnson
como beneficiario de una póliza de salud que había solicitado días
atrás. «¿Puedes pasarte por aquí?», le pidió Mellman.

—De acuerdo —contestó un preocupado Johnson—. Juego el


partido y mañana me paso por tu casa.
—No —replicó Mellman—. Tienes que volver ahora mismo.

Johnson cogió un taxi al Aeropuerto Internacional de Salt Lake City


y se subió al vuelo de Delta Airlines de las cuatro y veintiocho de la
tarde, con llegada al aeropuerto de Los Ángeles a las cinco y cuarto.
Sus compañeros dieron por hecho que Johnson se estaba
escaqueando de un partido sin la más mínima importancia. «Supuse
que estaba tirando de galones», recuerda Worthy.

Sin embargo, Vitti no las tenía todas consigo. «No dejaba de darle
vueltas a la cabeza pensando en qué podría tratarse —comentó en
ESPN—. Apenas pude concentrarme durante el partido, porque
sabía que pasaba algo».

Johnson no estaba especialmente preocupado. Tenía treinta y dos


años, corría entre cinco y siete kilómetros cada día y levantaba
pesas durante media hora o tres cuartos de hora. «De hecho, nunca
había estado tan en forma en toda mi carrera», contó en Sports
Illustrated. A Johnson lo recogió en el aeropuerto Lon Rosen, el
antiguo empleado de los Lakers que ahora era su agente.
Estuvieron hablando sobre si podía ser algo relacionado con la
tensión —el padre de Johnson, Earvin Sr., había tenido que
vigilársela durante toda su vida adulta— o con posibles problemas
cardíacos: un año antes, Hank Gathers, estrella de Loyola
Marymount, se había derrumbado en la pista antes de fallecer por
una enfermedad coronaria, una cardiomiopatía hipertrófica.

Al llegar al despacho de su médico, Johnson entró en una sala de


espera vacía. Tomó asiento y echó un vistazo al último número de la
revista Ebony. Michael Jordan estaba en la portada, junto a su
esposa, Juanita. «¿Sabes? —le dijo a Rosen—. Sería genial que
Cookie y yo pudiéramos estar también en portada alguna vez».
Después de cinco minutos, le hicieron entrar en la consulta. Era una
habitación pequeña de paredes blancas y la mirada de Mellman no
anunciaba nada bueno. Hizo un gesto señalando una silla vacía y le
dijo: «Siéntate», completamente serio. Se dio la vuelta y abrió un
sobre de FedEx que guardaba en su escritorio. «Earvin —le dijo
Mellman—, tengo algo que contarte…».
La noche del viernes 25 de octubre de 1991, Magic Johnson llamó a
su esposa, que no esperaba oír su voz. Se suponía que estaba
jugando al baloncesto en Utah.

—¿Qué haces? ¿Por qué me llamas? —le preguntó.

—Te lo diré cuando llegue a casa —contestó.

Oh, no, pensó, ¿querrá divorciarse?

La noche del 1 de noviembre de 1991, los Lakers abrieron la


temporada regular con un partido en Houston. Por primera vez
desde 1978, Earvin no era el base titular. «Fue extraño —recuerda
Sedale Threatt, quien ocupó su lugar y anotó siete puntos en la
derrota (126-121) tras dos prórrogas—. Earvin debería haber estado
ahí. ¿Qué hacía yo ocupando su puesto?».

La tarde del 6 de noviembre de 1991, Lon Rosen se presentó —sin


avisar antes— en casa de Mike Dunleavy. Johnson se había perdido
los tres primeros partidos de la temporada regular con supuestos
«síntomas de gripe». ¿Síntomas de gripe? Al igual que Johnson,
Dunleavy había sido de esos jugadores que tenían que estar cojos
para perderse un partido. No tenía ningún sentido. «Mike —dijo
Rosen—, Earvin quiere que te cuente algo importante para él.
Estamos intentando encontrar la mejor manera de hacerlo público,
pero…».

La noche del miércoles 6 de noviembre de 1991, sonó el teléfono de


John Black. Y sonó. Y volvió a sonar. El encargado de relaciones
públicas de los Lakers estaba cenando con una chica, así que no
podía atender la llamada de Lon Rosen. Para cuando escuchó el
mensaje, ya eran las diez de la noche. «Hola, John, soy Lon.
Escucha, tienes que estar en mi casa a las ocho de la tarde sin
falta».

Bueno, pensó Black, ya me ocuparé de ello mañana.


Cuando llegó a la oficina temprano la siguiente mañana, le dijeron
que fuera inmediatamente al despacho de Lou Baumeister, el
presidente del equipo. No le sentó nada bien: tenía que escribir
varios comunicados de prensa, devolver la llamada a unos cuantos
periodistas. ¿A qué venía esta pérdida de tiempo? «Recorro unos
treinta metros de pasillo y entro en el despacho de Lou. Lo primero
que veo es a Jerry West llorando en una silla. No entendía nada:
“¿Por qué demonios está llorando Jerry West?”.

»Pocos minutos después, de vuelta a mi despacho, las rodillas me


temblaban. Apenas me sostenía en pie».

La mañana del jueves 7 de noviembre, John Black —de vuelta en su


despacho— recibió una llamada de Randy Kerdoon, de la KFWB
Radio. Eran aproximadamente las diez y media. «Nos acaba de
llegar el rumor de que Magic va a retirarse —explicó Kerdoon—.
¿Qué hay de cierto?».

Silencio…

«Mi primera reacción fue: “Hostia puta… ¿cómo se ha filtrado esto?


—recuerda Black—. Hostia puta”».

Black pidió un par de horas de paciencia. Kerdoon se las concedió.


Los Lakers estaban planeando la rueda de prensa para el viernes
por la tarde, pero eso ya no tenía sentido. Black llamó a Johnson:
«Earvin, la noticia va a salir en todos lados —le dijo—. No podemos
esperar a mañana».

«OK —dijo Johnson—. Hagámoslo hoy a las tres».

Inmediatamente, Black escribió un comunicado y lo envió a los


medios: RUEDA DE PRENSA DE MAGIC JOHNSON EN EL
FORUM…

Esa misma mañana, Johnson y Rosen confeccionaron una lista de


todos los que debían ser avisados. Uno a uno, Rosen marcó los
números.
Michael Jordan se echó a llorar. «No puede ser —dijo—. Esto no
puede estar pasando…».

Pat Riley, ya a los mandos de los Knicks, no fue capaz de decir ni


una sola palabra.

Isiah Thomas aparcó el coche y llamó desde una cabina de


teléfonos. «Dime que no es verdad…».

Larry Bird estaba saliendo de casa en ese momento. «Oh, Dios mío
—exclamó—. ¡No puede ser verdad!».

Arsenio Hall, el presentador de televisión y uno de los mejores


amigos de Johnson, le dijo a Rosen que tenía pensado cancelar el
programa de esa noche. «Earvin te mataría —replicó Rosen—.
Necesita que todos sigamos con nuestras vidas».

Kareem Abdul-Jabbar confirmó su presencia en la rueda de prensa.


Kurt Rambis, jugador de los Phoenix Suns, se marchó del
entrenamiento y cogió el primer vuelo a Los Ángeles. «Me tengo que
ir —le dijo a Cotton Fitzsimmons, su entrenador en Phoenix—. No te
puedo decir por qué, vas a tener que fiarte de mí».

A última hora de la mañana del jueves 7 de noviembre de 1991,


Mike Dunleavy paró el entrenamiento de los Lakers en la
Universidad de Loyola antes de lo previsto. Juntó a sus jugadores
en un corrillo. «Os quiero a todos a la una en el Forum —dijo—. Sin
excepciones. Si tenéis algún plan, canceladlo».

«Nadie abrió la boca —recuerda Keith Owens, el alero novato salido


de UCLA—, pero todos nos temíamos lo peor».

Cuarenta minutos más tarde, Owens estaba duchándose en casa de


sus padres. Mientras se vestía, su abuelo, Sidney Allen, señaló al
televisor. Estaban mostrando una fotografía de Johnson. «¿Sabes
algo de esto?», le preguntó Sidney.
A primera hora de la tarde del jueves 7 de noviembre de 1991,
Johnson entró en el vestuario del Forum. Era la una y media. Todos
los jugadores estaban esperándolo, sentados junto a sus taquillas,
vestidos con ropa de calle. «Chicos —explicó Dunleavy—, Magic
quiere dirigirse a vosotros…».

«Entró y nos contó lo que pasaba —recuerda Owens—. Fue por


todo el vestuario abrazándonos uno a uno. La gente se echó a llorar.
Luego, se fue a la sala de prensa».

Sus compañeros de los Lakers lo siguieron. Parecía una procesión


funeraria.

La tarde del jueves 7 de noviembre de 1991, Johnson se dirigió


irónicamente al Forum Club. Antes de entrar, Rosen se acercó a él.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Estoy bien —contestó Johnson.

Y, con esas palabras, abrió la puerta, encabezando una comitiva


que incluía a su nueva esposa, Cookie, a Jerry West, a Abdul-
Jabbar, a Mellman y a Rosen. El Forum Club estaba hasta arriba.
Había cientos de fotógrafos. Cientos de periodistas. David Stern, el
comisionado de la NBA, estaba sentado en la mesa presidencial,
justo a su izquierda. A su derecha, se sentó Cookie.

Johnson llevaba un traje azul oscuro con una corbata roja y blanca.
Se subió al estrado y esperó unos diez segundos a que todo el
mundo se sentara. Echó un vistazo alrededor, se mojó los labios y
se sacó las manos de los bolsillos de la chaqueta. Los chicos de la
prensa seguían emitiendo un murmullo molesto. Johnson cogió el
micrófono por el soporte y lo golpeó suavemente para que todo el
mundo callara. La sala quedó en silencio. Johnson se inclinó para
empezar a hablar. Parecía tranquilo. No había rastro de su sonrisa
habitual.
Ese edificio había sido su casa durante doce espléndidas
temporadas. Se conocía el Forum al dedillo: cada esquina, cada
armario… Los conserjes, los limpiadores, los de seguridad… todos
lo consideraban uno de los suyos. Era mucho más que un jugador
de baloncesto. Era un Laker. Un icono. Otros habían pasado por el
equipo antes que él y otros pasarían en el futuro. Sin embargo, solo
habría un maestro. Solo habría un Magic. Sin él, los Lakers nunca
habrían ganado cinco anillos, nunca habrían maravillado al mundo
con esos contraataques imparables, esos pases precisos y esa
fiesta continua. Magic ya estaba en el equipo cuando Spencer
Haywood se volvió loco; estaba ahí cuando Kareem Abdul-Jabbar
aún era el gran dominador de la liga. Vio cómo la llegada de Bob
McAdoo revitalizaba el equipo y cómo la testarudez de Norm Nixon
lo dejaba en la calle. Decenas de compañeros habían jugado con él
durante estos años, desde Rambis, Jamaal Wilkes o Byron Scott
hasta Earl Jones, Ronnie Lester o Swen Nater. Temporada tras
temporada, él había sido la pieza clave, la referencia de todos.

Él representaba como nadie la esencia del Showtime.

«Antes que nada, buenas tardes y perdón por el retraso —dijo—.


Emm, debido al… —aquí hizo una pausa más larga de lo habitual—
al VIH que he contraído, hoy debo anunciar mi retirada de los
Lakers…».
EPÍLOGO

EL VERANO DE 2012, JEANIE BUSS Y LINDA RAMBIS volvieron


al Forum.

Los Lakers habían jugado su último partido en ese pabellón trece


años atrás, antes de mudarse al moderno y espectacular Staples
Center, en el centro de Los Ángeles. La NBA había cambiado
drásticamente desde los tiempos del Showtime y el Forum era una
reliquia de ocho pistas en los tiempos del iTunes. La liga que antes
emitía sus finales en diferido era ahora una industria que movía
miles de millones de dólares. Los pabellones eran centros
comerciales; seguía habiendo asientos, claro está, pero lo suyo era
reservar un carísimo box de lujo. Los perritos calientes y los
refrescos de soda seguían a la orden del día, pero ahora la gente
también podía comprar rollitos de sushi y té Tazo Chai con leche.
Cuando Jerry Buss le compró el equipo a Jack Kent Cooke, soñaba
con convertir este deporte en algo más que un deporte. Se volcó en
que cada partido fuera una experiencia para los sentidos, llena de
bailarinas y música a todo volumen y camisetas lanzadas a las
gradas. «Mi padre quería que fuera un acontecimiento —afirma
Jeanie— y lo consiguió».

Al conseguirlo, sin embargo, se perdió parte de la pureza del juego.


En cierto sentido, en el pecado, Buss llevó también la penitencia.
Los Lakers se hicieron más y más grandes. Más espectaculares.
Más importantes. Más relevantes. Lo que en su momento parecía
una empresa familiar (con Jerry Buss haciendo de padre y de
madre) ahora era un emporio con todas las letras. Jeanie y Linda
podían pasear por el Forum y se sabían los nombres de los
porteros, los proveedores y los conserjes. («De todos y cada uno de
ellos», insiste Jeanie). En el Staples Center, eso ya no era posible.
Aquello era un trasiego de gente que trabajaba para el club durante
el tiempo que fuera y era rápidamente sustituida. No eran más que
empleados con una chapa con su nombre puesto. «Me gusta el
nuevo pabellón —matiza Jeanie—. Me gusta mucho. Pero no es el
Forum».

Estas dos chicas que se hicieron mujeres en el viejo pabellón


volvían así al lugar donde descubrieron la emoción del baloncesto y
donde presenciaron cómo Magic se hacía un hombre, Riley se
convertía en el mejor entrenador de la década, Kareem refunfuñaba,
Spencer Haywood bufaba, Norm Nixon conspiraba y James Worthy,
Michael Cooper, Kurt Rambis y decenas de otros jugadores se
encontraban a sí mismos y encontraban de camino la gloria del
triunfo. Paseando por los amplios pasillos, la cancha a oscuras
delante de ellas, su memoria las llevaba a los tiempos en los que el
confeti cubría la pista tras cada uno de los cinco campeonatos, los
mejores años de su vida. «Hacía años que no volvíamos —explica
Jeanie—. Pero necesitábamos recoger unas viejas fotos que no nos
habíamos llevado en su momento. Fue todo muy emotivo…».

El Forum, obviamente, ya no es el Forum. Todo está oscuro y frío. El


pabellón que en su día fue un palacio es ahora una cripta que
recuerda la excelencia pasada. La pintura de las paredes se cae a
trozos y los grafitis llenan cada columna: ALEX + ALEXIS junto a
explícitas ilustraciones de penes, entre otras cosas. Las señales
azules de plástico del exterior están ya rotas y las letras apenas se
pueden leer. Siguen algunos de los verdes arbustos que rodeaban al
recinto, pero la basura los está devorando: bolsas vacías de algún
McDonald’s, un paquete de pañuelos sin pañuelos… Aunque las
letras rojas del Forum Club siguen en su sitio, ya no anuncian un
mundo de maravillas y cotilleos. Nadie entra ya en esa enorme
habitación abandonada.

Aunque, técnicamente, los Lakers abandonaron el Forum al final de


la temporada 1998/99, se podría decir que la retirada de Johnson
hizo que aquel pabellón perdiera su alma y que el Showtime
desapareciera del recinto. Sedale Threatt, un jugador sólido aunque
poco brillante, asumió las funciones de base y el equipo acabó 43-
39 la temporada 1991/92 antes de perder, sin oponer demasiada
resistencia, con los Portland Trail Blazers en primera ronda de los
playoffs. Los años posteriores —cargados de jugadores arrogantes
y autocomplacientes— fueron sombríos. Incluso la vuelta de
Johnson en 1996, para unos pocos partidos, se vivió desde la
desidia. «Ya nada volvió a ser lo mismo —afirma Worthy, que se
retiró en 1994—. Los chicos que íbamos fichando no tenían la
misma ética de trabajo ni entrenaban con la misma intensidad. Ya
no había la misma pasión, la misma entrega de antes. Esa época
fue muy especial, pero cuando acabó, acabó de golpe… y no
regresó jamás».

***

Aunque no sé si eso es del todo cierto.

Los Lakers del Showtime aún están vivos: en vídeos, libros,


anécdotas, imágenes de YouTube, artículos de periódicos ya
amarillos… en LeBron James o Kevin Durant o Chris Paul o
cualquiera de los jugadores actuales que aspiren a ese nivel de
excelencia.

Y, lo que es más importante, en los hombres que lo protagonizaron.

Cuando Johnson anunció que tenía el VIH, todos dimos por hecho
que la muerte de uno de los deportistas más icónicos de Estados
Unidos era cuestión de tiempo. Era lo habitual en los portadores del
VIH: pérdida de peso, infección, distintas enfermedades, debilidad
extrema y muerte. Ron Carter, el antiguo base de los Lakers, estaba
sentado en su cama del Deeerfield Inn, en Deerfield Beach, estado
de Florida, cuando encendió el televisor y se encontró con la rueda
de prensa de Johnson.
«Llamé a Norm Nixon y Norm llamó a Michael Cooper —re-cuerda
—. Estuvimos intentando recordar todas las tías con las que nos
habíamos acostado. Todas las que habíamos compartido con Magic.
Porque el sida era el beso de la muerte. Magic estaba condenado a
morir y nosotros no queríamos morir también. Estábamos
acojonados».

De eso han pasado veintidós años.

A sus cincuenta y cuatro, Johnson no solo ha sobrevivido a muchos


de los que lo dieron por muerto, sino que es el protagonista de una
de las historias de éxito más improbables de los Estados Unidos. El
hombre que dirigía el ataque de los Lakers ahora dirige Magic
Johnson Enterprises, una empresa con un valor neto de setecientos
millones de dólares. También es copropietario de Los Ángeles
Dodgers, por los que pagó junto a sus socios la barbaridad de dos
mil millones de dólares en 2012. El hombre que fuera la cara
reconocible de los Lakers, luego de la NBA y luego del VIH, es
ahora la imagen de la felicidad. «Es uno de los grandes de todos los
tiempos —sentencia Dyan Cannon, la actriz y fanática de los Lakers
—. Su forma de ser, su generosidad, su humildad, su espíritu, su
gusto por el espectáculo… Es nuestro Muhammad Ali. Por supuesto
que le ha ganado la partida al VIH. Es Magic. Siempre se sale con la
suya».

De todas las versiones de Johnson, la que ha quedado en el


imaginario colectivo ha sido la del número 32 que sube la bola a
toda velocidad, mira a la izquierda y pasa a la derecha a un Worthy
en carrera o a un Abdul-Jabbar bajo el aro. Sigue siendo su sello
distintivo, la imagen que lo une a millones y millones de personas. Y
no es el único al que le pasa. A sus sesenta y nueve años, Pat Riley
es el presidente de los Miami Heat. Desde que lo echaran de los
Lakers después de la temporada 1989/90, ha encadenado éxitos.
Llevó a los siempre decepcionantes New York Knicks a las finales
de 1994 y fue el entrenador que lideró a los Miami Heat al primer
título de la franquicia, en 2006. Al igual que Johnson, es uno de los
rostros más reconocibles de este deporte y ha acumulado una
pequeña fortuna gracias a la publicidad y a las charlas
motivacionales. Con todo, siempre se le recordará como el
entrenador de los Lakers del Showtime. «Fueron los mejores años
de mi vida —afirma—. Con diferencia».

Lo mismo han repetido —con estas palabras o muy parecidas—


prácticamente todos los participantes en aquellos equipos. Abdul-
Jabbar, reconvertido en historiador y escritor prolífico, califica sus
años en Los Ángeles como «claves y definitorios». Byron Scott fue
el entrenador de aquellos New Jersey Nets que jugaron dos finales
seguidas de la NBA… «pero siempre será un Laker —asegura Anita
Scott, su esposa—. Siempre». Worthy nunca cumplió su promesa
de volver a la paz y la tranquilidad de Carolina del Norte y trabaja de
analista desde Los Ángeles para Time Warner Cable SportsNet y
Time Warner Cable Deportes. «El Showtime fue una etapa
maravillosa de mi vida —admite—. Me la cambió por completo».
Bob McAdoo es el segundo entrenador de los Heat. Sus cuatro
temporadas en los Lakers fueron, desde el punto de vista
estadístico, las peores de su carrera. «Pero en realidad fueron las
mejores —comenta—. Sin ningún lugar a dudas». Después de ser
traspasado, Norm Nixon jugó cuatro años más que decentes en los
Clippers. «Soy un Laker —asegura—. Y estoy orgulloso de ello».
Kurt Rambis llegó a entrenar a los Lakers y a los Minnesota
Timberwolves y hace poco que ha vuelto a Los Ángeles como
asistente. «Creo que la mayoría de nosotros aún no ha dejado atrás
aquellos años —explica—. Sigues adelante con tu vida, pero aquello
sigue contigo, sabes que no podrás olvidarlo jamás». Michael
Cooper llevó a Los Ángeles Sparks a dos títulos de la WNBA como
entrenador y luego pasó cuatro años entrenando al equipo femenino
de la Universidad del Sur de California. «Trabajos importantes, sin
duda… —reconoce—, pero al final la gente me recuerda por mi
etapa en los Lakers. Probablemente hasta el día de mi muerte».

Incluso para los jugadores que vivieron en los vértices del


Showtime, los recuerdos sirven de guía entre las tinieblas de la vida.
Wes Matthews sigue pensando que sus días en los Lakers fueron
«la cumbre de mi existencia». Earl Jones recuerda con orgullo como
«jugó con los mejores de los mejores». Billy Thompson, pastor en la
Jesus People Proclaim International Ministries Church de Miami,
tiene en su corazón al Señor, su salvador… y el recuerdo de los días
que pasó vestido de púrpura y oro. «Jugar en los Lakers es algo
mágico y hermoso», afirma. Los que fueron llamados a la
concentración de pretemporada pero no consiguieron ganarse un
puesto recurren a menudo a la nostalgia para evitar el dolor de
aquel rechazo. Jay Triano, elegido en la octava ronda del draft de
1981, aún guarda sus pantalones de entrenamiento. Rick Ravio,
elegido en la quinta ronda en 1980, no se separa de su camiseta.
«La tengo en algún lugar de la casa —afirma—. Es el recuerdo de
aquellos días increíbles».

«La misma tarde que me cortaron, conseguí que todos los jugadores
me firmaran un autógrafo —recuerda Ron Vanderschaaf, elegido en
la séptima ronda en 1987—. Todavía los guardo. James Worthy
escribió: “Ha sido un placer conocerte”, aunque en realidad no llegó
a conocerme nunca. Magic Johnson escribió: “Espero que se
cumplan todos tus sueños”… y, de alguna manera, así fue. Formé
parte de los Lakers. Durante unos días. Muy de pasada. Pero formé
parte de los Lakers».

Un frío día de abril de 2012, visité a Mike Smrek en el granero de su


casa en Port Robinson, Canadá. En muchos aspectos, había sido el
miembro más improbable de los Lakers del Showtime. «Al crecer en
una granja familiar, mi vida había sido siempre trabajo y más trabajo
—explica—. Había que ordeñar a las vacas y dar de comer a los
animales. En mi tiempo libre, era un flipado de los coches y las
motos. Ni siquiera me acerqué a una pelota de baloncesto hasta que
cumplí los dieciséis». Uno de sus profesores le pidió que probara y
jugó una temporada para el equipo del instituto Eastdale. Era
malísimo. Ahora bien, era malísimo… y altísimo. Atraído por sus
2.13 de altura y sus ciento trece kilos de peso, el Canisius College le
ofreció una beca. Pasó de promediar 2,5 puntos en su primer año a
15,8 en el último. Se graduó en 1985 y un año más tarde ya era el
suplente de Abdul-Jabbar en Los Ángeles. En los últimos días de su
primera temporada, Smrek y los Lakers se concentraron para los
playoffs en Santa Bárbara, como cada año. El equipo descansaba
en el Fess Parker’s Red Lion Inn y una mañana, Smrek se propuso
ser el primero en subir al autobús aparcado a la salida del hotel.
«Llegué quince minutos antes que el resto —recuerda— porque
quería demostrarles hasta qué punto estaba comprometido con la
causa».

Poco a poco, los demás jugadores fueron llegando: Scott, Worthy,


Rambis, A.C. Green… Cuando Johnson subió los escalones, miró a
Smrek y le señaló la puerta. «Bájate —le dijo— y espera al siguiente
autobús».

—¿Por qué? —preguntó Smrek—. Llevo aquí sentado quince


minutos.

—Porque aún no eres un Laker —le contestó Johnson.

Un humillado Smrek se levantó de su asiento y, cabizbajo, bajó del


autobús. Ninguno de sus compañeros abrió la boca. Había jugado
en treinta y cinco partidos, incluso había sido titular en tres.
Entrenaba duro y a menudo se quedaba más tiempo del debido para
trabajar con los asistentes. ¿No bastaba? ¿Qué más tenía que
hacer Mike Smrek para pertenecer al grupo?

Dos semanas más tarde, el 14 de junio de 1987, los Lakers ganaban


a los Celtics en el Forum para llevarse el anillo de campeones de la
NBA. Smrek solo había jugado nueve minutos en los seis partidos
de la serie, sumando dos puntos, cinco rebotes y cuatro faltas
personales. Entre el champán y la música a todo volumen, Smrek
era el hombre más feliz de la tierra. Ya había conseguido olvidar el
incidente del autobús, un momento a dejar atrás en lo que había
sido un año prodigioso.

En medio de la celebración, Smrek sintió un toque en el hombro. Se


dio la vuelta y ahí estaba Johnson, quien abrió los brazos de par en
par y envolvió al pívot suplente en un larguísimo abrazo.

—Mike —susurró—, enhorabuena.


El que probablemente haya sido el mejor base de la historia de la
NBA sonreía de oreja a oreja. El que probablemente haya sido el
peor pívot suplente de la historia de la NBA tampoco podía dejar de
sonreír.

—Ahora sí —le dijo Johnson—, ahora ya eres un Laker.


AGRADECIMIENTOS

La tarde del 29 de marzo de 2012, inundé el cuarto de baño de


Spencer Haywood.

No es broma.

Llevaba más o menos una hora y media con el exjugador de los


Lakers en su casa de Las Vegas. Habíamos hablado de baloncesto,
de terapia (lleva treinta años limpio), de nuestras familias (es padre
de cuatro niñas) y de antiguos compañeros de viaje que ya no están
con nosotros. El tiempo volaba y yo estaba eufórico: otra entrevista
maravillosa con otro protagonista de los años del Showtime. Antes
de irme, le pregunté si podía utilizar su cuarto de baño. Haywood me
señaló dónde estaba, así que entré, cerré la puerta y me puse a
mear. En serio, eso… es… todo… lo… que… hice. Mear. Y tampoco
es que me tirara ahí la vida. Fue una meada de lo más normal;
vulgar, incluso.

En cuanto tiré de la cadena, sin embargo, aquello se salió de madre.


El agua subía y subía desde las profundidades de aquel retrete de
porcelana. Hiciera lo que hiciera, no había manera de que parara.
En poco tiempo, el suelo parecía el Lago Mahopac y el líquido
empezó a filtrarse bajo la puerta y a empapar la moqueta del
dormitorio contiguo.

Cuando reuní el valor suficiente para informar a Haywood —2.03


metros, ciento trece kilos— de la que había liado en su lavabo
(«¡Spencer, he inundado tu cuarto de baño! ¡Te lo juro, lo único que
he hecho es mear!»), se me quedó mirando como si no hubiera
pasado nada, como si fuera lo más normal del mundo. «No te
preocupes —me dijo—. Estas cosas pasan».
***

Siempre he repetido que escribir un libro es una pesadilla y, desde


luego, lo es casi siempre. Las noches se hacen largas, las horas se
amontonan, el camino es solitario (aunque hay que reconocer que
pasar el invierno en Los Ángeles no es lo peor que te puede pasar)
y te puedes volver loco intentando cuadrar entrevistas. Sin embargo,
nada puede resumir mejor esa angustia que inundar el cuarto de
baño de Spencer Haywood… y tener que contárselo. Solo entonces
la pesadilla toma su forma definitiva.

Por eso mismo, me gustaría empezar agradeciendo a Spencer su


testimonio, su desatascador (aprovecho de paso para recomendar el
infalible PlumbCraft Plastic Stow-Away Plunger II) y su amabilidad.
Aunque solo jugó en los Lakers una temporada, el largo camino de
Spencer en su lucha contra la adicción daría para veinte libros. Es
un hombre de fuertes convicciones y fue un honor pasar con él ese
día. Asimismo, querría dar las gracias a todos los miembros de los
Lakers de la época del Showtime que han contribuido a este
proyecto, especialmente a Bill Bertka, Frank Brickowski, Tony
Campbell, Michael Cooper, Mike Dunleavy, A.C. Green, Brad
Holland, Earl Jones, Mitch Kupchak, Mark Landsberger, Ronnie
Lester, Wes Matthews, Jack McKinney, Norm Nixon, Kurt Rambis,
Lon Rosen, Mike Smrek, Larry Spriggs, Billy Thompson, Mychal
Thompson, Jerry West, Paul Westhead, Jamaal Wilkes y James
Worthy. Agradecimientos que se hacen extensivos a los periodistas
que cubrieron la actualidad de los Lakers durante ese período de
tiempo, especialmente a Mitch Chortkoff, Scott Ostler, Steve
Springer, Earl Bloom, Don Greenberg, Mark Heisler, Randy Harvey,
Roy Johnson, Mike Littwin, Joe McDonnell, Pat O’Brien y John
Papanek.

A lo largo de los años del Showtime, hubo dos hombres —Josh


Rosenfeld y John Black— que tuvieron que ocuparse de mediar
entre un equipo campeón y una prensa hambrienta de noticias.
Ambos poseen una enorme calidad humana y representaron a los
Lakers a las mil maravillas. Ambos, también, tuvieron la paciencia
de responder a mis numerosas preguntas. Gary Vitti sigue siendo el
mejor preparador físico del mundo, así como un conversador nato.
Sus testimonios fueron de enorme valor.

Durante mi investigación del Showtime, Jerry Buss, el brillante


propietario de los Lakers, falleció. Aunque no pude entrevistarlo
antes de su muerte, sí pude departir con su hija, Jeanie Buss. En el
mundo del deporte, hay gente decente, gente buena y gente
maravillosa. Jeanie —imposible tener más clase— ocupa un lugar
aparte. Lo mismo puede decirse de Linda Rambis, que se conoce la
franquicia mejor que nadie. Linda es una enciclopedia de historias y
de contactos y se ha ganado (el que avisa no es traidor) una tarjeta
de felicitación anual de Janucá de parte de la familia Pearlman para
el resto de su vida.

Al poco de empezar mi investigación, Michael Cooper me insistió en


que contactara (curiosamente) con su exmujer, Wanda. «Es muy
sincera y muy auténtica —me dijo Michael—, y tiene una gran
memoria». Menos mal que le hice caso. Showtime es mi sexto libro
y, en los cinco anteriores, siempre desarrollé una profunda conexión
con una persona en la que confiar a la hora de confirmar un dato o
compartir una teoría. En este caso, ha sido Wanda. No solo estuvo
presente durante el noventa y ocho por ciento del tiempo que cubre
el libro, sino que habla desde una perspectiva y una autoridad
únicas. Showtime no sería el mismo libro sin ella.

Llevo ya diez años escribiendo libros y aunque es mi nombre el que


aparece en la portada, detrás de mí hay un equipo literario de
ensueño. David Black, el agente de las estrellas, sigue siendo el
mejor en su campo. Michael Lewis, mi amigo de tantos años y
responsable del mejor postre de boda de la historia (¡una
especialidad de crema de huevo!), tiene un ojo privilegiado dentro
de la industria, y Casey Angle es el Eddie Lee Wilkins del fact-
checking (la verdad es que esta comparación no tiene ningún
sentido, pero me apetecía comparar a Casey con Eddie Lee
Wilkins). Paul Duer, antiguo directivo de Christiana Towers, sigue
siendo una fuente inagotable de sabiduría, y no hay palabras para
agradecer la ayuda de Stanley Herz, uno de los cincuenta mejores
contables de Palm Beach Garden ni la de Gary Miller, propietario del
único emporio de tazas para café kosher especializadas en Josh
Hamilton. No hay lugar en la tierra donde uno pueda ser más feliz
que en la biblioteca de Sports Illustrated ni mejores personas que
sus responsables, Joy Birdsong y Susan Szeliga. Ah, y gracias
también a Elizabeth Newman y a B.J. Schechter por dejar entrar a
pordioseros como yo. Showtime es mi segunda colaboración con
Gotham y me honra tener la confianza del gran William Shinker.
Charlie Conrad es la clase de editor con el que cualquier escritor
querría trabajar siempre y el equipo de RRPP formado por Lisa
Johnson y Anne Kosmoski no tiene parangón en la industria. El
mayor de los aplausos para Stephen Brayda por el fabuloso diseño
de la portada en la edición estadounidense.

Es imposible nombrar a todos los que de alguna manera me han


ayudado en este proceso, pero querría mencionar al menos a Liz
Monaghan, Anita Scott, Mark Kriegel, Mike Mingione, Victor Ugolyn,
Franco Miele, Laura Fasbach, J.A. Adande, Beverly Oden, Angela
Taylor, Elizabeth Camp, Rob Easterla, Chris Wittyngham, Andy
Dallos, Matt Zimmerman, Michelle Herbert, Marlo Norma, Daniel
Monaghan, Orli Moscowitz-Urbas, Jack McCallum, Jon Wertheim,
MC White Owl, Steve Cannella, Jeff Bens, John LaQuatra, Marina
Adese, Kopal Goonetileke, Schmoopie Monaghan, Lisa Joseph,
Matthew Walker, Larry Luftig, Frank Zaccheo, Dyan Cannon y el
inagotable Steve English.

Criado en las peligrosas calles de Mahopac, estado de Nueva York,


donde cada día es una lucha por no caer en las garras del crac o en
la venta ambulante de productos Amway, siempre estaré agradecido
a mis padres, Joan y Stan Pearlman, por llevarme por el buen
camino. Cada vez que pido otro Espresso Affogato en el Swirl
Coffee and Tea Shop y me cobran 4,25 dólares, pienso en el futuro
que me podría haber esperado de no ser por ellos. Del mismo
modo, gracias al Dr. David Pearlman, a Daniel y Naya Pearlman, al
Dr. Martin Pearlman, a Laura y Rodney Cole, a Jessica
Guggenheimer, a Chris (Buckeye) Berman, a Richard
Guggenheimer, a Leah Guggenheimer, a DJ Norma Shapiro y a la
gestoría Jordan y Isaiah Williams, Inc. Un recuerdo también a la
encantadora Chantay Steptoe-Buford, cuya vida fue un ejemplo para
todos.

Por último, quería dedicar un especial agradecimiento a mi familia.


Supongo que no hay nada peor que estar casada con un escritor
freelance consumido por la ansiedad que insiste en subir a su blog
cómo le fue las últimas doce veces que fue al baño. Aun así,
Catherine Pearlman —joya entre las joyas, editora de lujo y
coleccionista de enseres de todo tipo— sigue queriéndome y
apoyándome. No solo me casé, sino que me casé con la reina
absoluta de la bondad (además de una inmejorable correctora de
pruebas). Mis hijos, Casey y Emmett, son dos pequeñas criaturitas
que —mientras escribía Showtime— me enseñaron las bondades de
la revista Bop, las cigarras salvajes, los cielos color de arándano, las
versiones en flauta de MC Hammer, los yogures cremosos, las
palomitas de los viernes, los batidos de vainilla, los récords del
mundo más raros de los distintos deportes y (como siempre) me
regalaron su amor incondicional. Que mis dos milagros se sepan la
letra entera del «Christmas in Hollis» de Run DMC solo les hace aún
más especiales. Esperemos que todos sigamos de fiesta, como un
muñeco de nieve en invierno.
IMÁGENES

Aunque la historia de la NBA está llena de parejas ilustres de bases y


pívots, pocas —o ninguna— están a la altura de Kareem Abdul-
Jabbar y Earvin (Magic) Johnson, tanto por su efectividad en el
campo como por su sentido del espectáculo.

Lipofsky [Link]
James Worthy, número uno del draft de 1982, superó los problemas
iniciales para convertirse en una de las piezas clave de la dinastía
del Showtime. Sus largos brazos y su juego al poste bajo le hacían
prácticamente imposible de defender.

Lipofsky [Link]
Norm Nixon era el jugador ideal para el ritmo que necesitaban los
Lakers, pero su reticencia a la hora de cederle el mando del equipo a
Magic Johnson le llevó a los Clippers a cambio de Byron Scott.

Dick Raphael/Getty Images


Scott, un chico duro criado en Inglewood (en la foto, pasándole el
balón a Magic Johnson contra los Celtics), hizo de su tiro exterior la
mejor baza para abrir el campo al resto de sus compañeros.

Lipofsky [Link]
Michael Cooper, un chico casi desconocido de la Universidad de
Nuevo México (en la foto, junto al segundo entrenador, Bill Bertka),
se convirtió en el gran especialista defensivo de los Lakers y en un
triplista letal.
Kurt Rambis.

Lipofsky [Link]
Aunque Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar se llevaban todos los
elogios, los Lakers no habrían dominado los ochenta sin las
contribuciones en el juego interior de Kurt Rambis (página anterior),
Bob McAdoo (en esta imagen) y A.C. Green (página siguiente).
Rambis era un especialista a la hora de llevarse cualquier cosa del
vestuario a casa, Green se convirtió en el virgen más famoso de
Estados Unidos y McAdoo estaba convencido de que podía ganarle
a cualquiera en lo que fuera.

Lipofsky [Link]
A.C. Green.

Lipofsky [Link]
Olvidado por la gran mayoría de los aficionados de los Lakers, Jack
McKinney fue el impulsor de un modo de jugar que haría del
Showtime lo que fue.

Cortesía de Saint Joseph’s University


Paul Westhead tomó el relevo tras el accidente de bicicleta de
McKinney y llevó a los Lakers al título en 1980.

Lipofsky [Link]
Pat Riley fue un genio de los banquillos y un icono de la moda
durante su etapa en el Forum.

Lipofsky [Link]
Wes Matthews llegó a los Lakers como base suplente sin mucho
prestigio… pero se ganó el respeto de sus compañeros con su juego
duro y su lucha constante.

Lipofsky [Link]
Fichado por los Lakers para la temporada 1979/80, Spencer
Haywood llegó como la gran solución a los problemas del equipo en
el puesto de ala-pívot. Sin embargo, su adicción a las drogas acabó
con su carrera en la NBA.

Richard Mackson/Sports Illustrated/Getty Images


Mark Landsberger era un pívot apañado que enfureció a sus
compañeros al contarle a su mujer los detalles de las actividades de
los Lakers fuera de la cancha cuando no estaban en Los Ángeles.

Ron Koch/NBAE vía Getty Images


La vida era un sueño para los jugadores de los Lakers, que celebran
aquí el campeonato de 1985 tras imponerse a los Celtics en el sexto
partido, jugado en el Boston Garden.

Lipofsky [Link]
La vida no siempre era un sueño para las esposas de los jugadores
de los Lakers, encargadas de limpiar, cocinar, criar a los niños y
hacer la vista gorda ante las infidelidades de sus maridos. En la foto,
de izquierda a derecha, Angela Worthy, Christine Vitti, Anita Scott,
Wanda Cooper, Linda Rambis y Chris Riley (abajo) pasan el rato
juntas.
Los Lakers se despidieron de Kareem Abdul-Jabbar regalándole una
mecedora (entre otras muchas cosas) antes del último partido de
temporada regular contra Seattle, el 23 de abril de 1989. Abdul-
Jabbar se retiró en cabeza de la lista histórica de máximos
anotadores, pero aquella temporada no fue más que una sombra de
sí mismo.
NOTAS

1.

Recreando la figura del «flagpole sitter», generalmente espontánea


en los campos de béisbol norteamericanos. [N. del T.]

2.

El famoso «skyhook», como lo llamaremos a partir de ahora. [N. del


T.]

3.

Durante tan solo un mes, lo que tardaron los Boston Celtics en


ofrecerle quinientos sesenta mil dólares anuales a Larry Bird.

4.

Una excepción llamativa a esta regla era Franklin Mieuli, el


excéntrico propietario de los Golden State Warriors, que llevaba una
larga barba y casi siempre usaba una bicicleta como medio de
transporte.

5.
Con diecinueve y veintiocho años respectivamente, Johnson y Kiffin
formaban la pareja de rookies con mayor diferencia de edad de la
liga.

6.

«Hacer líneas» es una práctica habitual del entrenamiento clásico


en baloncesto. Los jugadores esprintan hasta la otra punta del
campo, tocan la línea de fondo y corren de vuelta, repitiendo la
rutina tantas veces como el entrenador considere oportuno. [N. del
T.]

7.

Hablé con Boone para este libro y charlamos un buen rato. Un tipo
encantador. Sin embargo, cuando le pregunté por la pelea, dijo,
literalmente: «No quiero entrar en eso».

8.

Alcindor fue un caso muy singular. Cuando acabó séptimo, medía


1.88; en septiembre ya había crecido otros cinco centímetros y
cuando acabó octavo, su altura era de 2.04 metros. Al año siguiente,
con quince, ya medía 2.08.

9.

Catholic Youth Organization. Organización católica centrada en las


actividades deportivas. [N. del T.]
10.

Para hacerse una idea de las facultades atléticas de Alcindor, en


secundaria se encaprichó con el patinaje sobre hielo y se enteró de
que uno de los periódicos locales patrocinaba un concurso de
velocidad. El premio para todos los semifinalistas era un par de
patines. El joven Lew no había corrido nunca sobre patines, así que
se puso a practicar como loco, ganó sus carreras y consiguió los
patines nuevos. Ni siquiera se molestó en presentarse a la fase final.

11.

No hay más dios que Alá y creo en Mahoma, su profeta. [N. del T.]

12.

El cambio de nombre no fue oficial hasta la primavera de 1971.


«Esperé a estar seguro de que realmente quería ser esa nueva
persona —explicó en Sports Illustrated—. Cuando llegó el momento,
lo hice público y quedó así. No es que fuera un secreto hasta
entonces; simplemente, los demás preferían ignorarlo».

13.

Las declaraciones le costaron a Haywood tres partidos de sanción.

14.

A principios de los 2000, en entrevista con Alan Paul, de Slam


Magazine, Haywood afirmó: «Años después, coincidí con Magic,
Kareem, Jamaal Wilkes y Norm Nixon y me dijeron que estaba
tomando tanta coca que pensaron que igual me mataba si me daban
mi parte del dinero. Fraccionar el pago era su manera de salvarme
la vida. No digo que no tuviera sentido: estaba muy enfermo en
aquel momento».

15.

En su autobiografía, Pasos de gigante, Abdul-Jabbar escribió lo


siguiente: «El único jugador realmente sucio contra el que me
enfrenté a lo largo de mi carrera, un hombre que disfrutaba haciendo
daño a los demás, fue Dennis Awtrey (…). Ponía unos bloqueos
indirectos salvajes, nunca intentaba nada con el balón. Era un
jugador mediocre y esa única habilidad le mantuvo en la liga durante
años y años».

16.

En palabras de Butch Lee, fichado de Cleveland antes de empezar


la temporada: «Los Lakers eran un equipo con clase. En Cleveland,
nos daban un refresco en el vestuario después de los partidos. En
los Lakers, nos daban zumos, fruta y un montón de cosas por el
estilo. Era otra mentalidad. Una mentalidad ganadora».

17.

Dejadme deciros / Que en toda vida hay un momento en el que


descubres quién eres / Ese es el mejor momento del día… [N. del T.]

18.
Aunque el partido se retransmitía en directo para California, la CBS
lo emitió en diferido en la mayor parte del país, para no tener que
retrasar las reposiciones de sus dos series de mayor éxito, Los
duques de Hazzard y Dallas. La NBA había avanzado mucho en
esta primera temporada de Johnson… pero aún tenía mucho trabajo
por delante.

19.

En el partido ante los Kings se vio uno de los mejores pases de la


carrera de Magic: un misil sin mirar entre tres defensas que acabó
en las manos de Jamaal Wilkes, solo, debajo del aro. Todavía hoy
en día los jugadores que lo vieron en directo siguen hablando de
ello.

20.

En realidad, la lesión se produjo el 11 de noviembre, cuando Tom


Burleson, de los Hawks, cayó encima de la rodilla de Johnson. El
choque con Whitney solo sirvió para empeorar las cosas.

21.

Ejercicio de aceleración y desaceleración consistente en, desde la


línea de fondo, tocar la línea de tiros libres propia, volver, tocar la
línea del medio del campo, volver, tocar la línea de tiros libres del
campo contrario, volver… y, por último, tocar la línea de fondo
contraria y volver. [N. del T.]

22.
Los lectores del Times se manifestaron en la misma línea y las
oficinas del periódico se llenaron de cartas contra Littwin, incluyendo
una de Kelvin D. Filer, de Compton, que decía: «¿Por qué han
perdido los Lakers contra Houston? Por Mike Littwin».

23.

Cadenas estadounidenses de comida rápida [N. del T.]

24.

Los términos offensive coach y defensive coach, que, obviamente,


no existen en baloncesto, son propios del fútbol americano, donde sí
hay un entrenador especializado en cada aspecto del juego,
incluyendo los llamados special teams, de ahí la referencia a Los
Ángeles Rams. [N. del T.]

25.

Efectivamente, Joe (Jellybean) Bryant, el padre de Kobe Bryant.

26.

Aunque en el caso de Laimbeer, sus limitaciones no eran tantas


como los Lakers pensaban. Se lo encontrarían más tarde como
pieza clave de los Detroit Pistons que jugaron dos finales
consecutivas contra los Lakers.

27.
«McAdoo about nothing», que viene de la expresión «Much ado
about nothing». El juego de palabras se pierde en la traducción. [N.
del T.]

28.

Pastel de verduras de origen cretense [N. del T.]

29.

Como ya hemos explicado antes, el entrenador era Joe B. Hall, de


Kentucky, y el cinco inicial del equipo estadounidense estaba
formado, entre otros, por Rick Robey, Kyle Macy y Jack Givens,
todos del equipo de Hall. Futuras estrellas como Joe Barry Carroll,
Darrell Griffith, Sidney Moncrief, Bird o Johnson calentaron banquillo
de lo lindo. «Probablemente, esa fuera la primera vez en nuestras
vidas que alguien nos dejaba en el banco —le explicó Johnson a
David Letterman en 2012— y no creo que a ninguno de los dos nos
gustara ni un pelo».

30.

Antes del séptimo partido, Carr salió a la cancha a calentar con


gafas, para burlarse de Abdul-Jabbar. A los aficionados de los
Celtics les encantó el detalle.

31.

En 1985, Abdul-Jabbar también demandó a North American Bear


Co. por vender un osito de peluche con gafas llamado Kareem
Abdul-Jabear. Las dos partes llegaron a un acuerdo extrajudicial y la
empresa tuvo que entregarle todo el excedente de ositos a la
estrella de baloncesto. «Todos hemos salido ganando —afirmó
Barbara Isenberg, la propietaria de la compañía—. A nosotros nos
ha dado algo de publicidad y él se ha llevado unos cuantos peluches
gratis».

32.

Aunque el texto no lo explicite, probablemente sea una referencia a


la película Haz lo que debas, de Spike Lee, una de cuyas tramas
tiene su origen en esa pregunta. [N. del T.]

33.

Ante los Warriors, el 11 de febrero, Riley fue expulsado por primera


vez en su carrera. «No hay palomitas en el vestuario, ni cerveza, ni
nada —diría tras el partido—. Vaya porquería».

34.

Si se hubiera llevado a cabo el traspaso, las consecuencias habrían


sido apocalípticas para los Lakers. Aguirre era Aguirre: un jugador
con mucho talento y demasiado ego. Sin embargo, Tarpley se
convirtió en una de las grandes decepciones de la liga. Jugó solo
doscientos ochenta partidos, entre continuas sanciones por abuso
de drogas.

35.
«Zeke» era el nombre que se usaba en broma para referirse a los
paletos de la América rural. «Cabin Creek» era el lugar donde creció
Jerry West. [N. del T.]

36.

Los Oakland Raiders fueron un equipo de fútbol americano (en la


actualidad, Las Vegas Raiders) famoso por su violencia en el campo
en los años setenta y sus duros enfrentamientos contra los Kansas
City Chiefs. [N. del T.]

37.

«I’m worthy of James» en el original. Juego de palabras


absolutamente intraducible. [N. del T.]

38.

«How much is a Duck worth?» [¿cuánto vale un pato?] en el original.


Imposible de traducir el juego de palabras. [N. del T.]
SOBRE EL AUTOR

Jeff Pearlman (1972) es un prestigioso y exitoso periodista y escritor


estadounidense. Es autor de tres libros sobre béisbol, cuatro sobre
fútbol americano y dos sobre baloncesto, y escribe o ha escrito para
medios como Sports Illustrated, ESPN, Newsday, Bleacher Report o
CNN. Showtime está considerado un clásico de la literatura
deportiva contemporánea. Creador del pódcast «Two Writers
Slinging Yang», en el que mantiene apasionadas charlas con otros
escritores, Pearlman vive en Carolina del Sur con su esposa y sus
dos hijos.

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