0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas212 páginas

Roca

El documento es un prólogo escrito por Octavio R. Amadeo para una obra sobre Julio A. Roca, que fue encargada a Leopoldo Lugones antes de su muerte. Amadeo analiza la personalidad literaria de Lugones, su estilo y su impacto en la literatura argentina, así como la figura de Roca en la historia. Se destaca la complejidad de Lugones como escritor y su legado en la poesía y prosa nacional.

Cargado por

ema Romero
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas212 páginas

Roca

El documento es un prólogo escrito por Octavio R. Amadeo para una obra sobre Julio A. Roca, que fue encargada a Leopoldo Lugones antes de su muerte. Amadeo analiza la personalidad literaria de Lugones, su estilo y su impacto en la literatura argentina, así como la figura de Roca en la historia. Se destaca la complejidad de Lugones como escritor y su legado en la poesía y prosa nacional.

Cargado por

ema Romero
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ROCA

cap. 9: la campaña del desierto


Edición de la Comisión Nacional Monumento
al Tenionte General Julio A. Roca.
Es prohibida la venta.

Imprenta y Cua editora t: Conl _, Perú 684, Bueno! Aires


COMISIÓN ACIONA L
MONUMENTO AL T ENI ENT E GENERAL J ULIO A. ROCA

LEOPOLDO LUGONES

ROCA
PRÓLOGO

DE.

OCTAVIO R. AMADEO

BUENOS A I RES

19 38

BIBLIOTECA NACIONAL
Dl! MAESTROS
DE ESTA OBRA SE HAN IMPRESO 4900 EJE>lPLARES EN PAPEL

AISTIQUE y 100 EJEMPLAIlES EN Pll'EL TIPO HOLANDA, MARCA

CON!, QUE CONSTITUYEN LA TOTALIDAD DEL T1RAJE


COMISION NACIONAL MONUMENTO AL TENIENTE GENERAL JULIO A. ROCA

Presiden/es honorarios
Doctor FELIPE JOFRE
General AGUSTíN P . JUSTO

Presidente
Almirante MANUEL DOMEcQ GARcfA

Vicepresidentes .
General FRANCISCO M. VÉLEZ
Doctor ERNESTO PADILLA

Secretarios
Doctor CLODOMIRO ZAvALÍA
Don BARTOLOMÉ GALíNDEZ

Tesorero
Don JUAN B. MIGNAQUY
Pro tesorero
Doclor JOAQUÍN S. DE ANCHORE1U

Vocales
Doctor RAMÓN S. CASTILLO
General JUAN E. VACAREZZA
Doctor CARLOS Rlsso DOMfNGUEZ
Almiranle JUAN A. MARTíN
Vicealmirante ISMAEL F. GALÍNDEZ
Doclor ERNESTO AGUIliRE
General CAMILO IDOATE
Doclor ADRIÁN C. ESCOBAR
General NICOLÁS C. ACCAME
Doctor OCTAVIO R. AMADEO
Doctor ENRIQUF. LARRETA
Conlraalmirante FRANCISCO STEWART
Doctor LUJs MARíA CAMPOS URQUIZA
Doctor TITO L. ARATA
Doctor EDUARDO CRESPO
Don SATURNINO J. UNZUÉ
Doctor ENRIQUE NAVARRO VIOLA
COMISION ESPECIAL ENCARGADA DE LA PUBLICACrON DE ESTA OBRA

Doctor CLODO~lIRO ZAVALÍA

Doctor OCTAVIO R. AMADEO

Don BARTOLOMÉ GALÍNDEZ


TEN IENTE GENERAL JU Ll O A. nOCA
PRÓLOGO

La Comisi6n Nacional del monumento al teniente


general don Julio A. Roca.) presidida por el señor almi-
rante don Manuel Domecq García.) me ha hecho el honor
de confiarme la redacci6n del pr6logo a la obra sobre
tan ilustre pr6cer que fuera encargada al .malogrado
escritor don Leopoldo Lugones.) cuyo libro.) interrum-
pido por la muerte.) result6 de tal suerte p6stumo.
He dividido mi pr61ogo en tres partes: en la primera
estudio la personalidad literaria del autor de la obra;
en la segunda doy una noticia o resumen del libro J' y en
la tercera hago una síntesis de la personalidad del gene-
ral Roca.) en la época no alcanzada por Lugones.

C6rdoba di6 al país su primer jurisconsulto.) V élez J'


el mejor táctico., Paz J' su sacerdote de mayor genio polí-
tico.) el deán Funes J' y su más excelso poeta.) Lugones.
C6rdoba ha cumplido con la Naci6n.
- lO -'-

Yo debo decir la verdad sospechada sobre esta vida


ilustre. la verdad estética del claroscuro. LU9ones" el
I09rado artista" ya no pertenece a su familia ni a sus
ami90s; está tendido en la mesa de autopsia de los 9ran-
des hombres" ante el dia9nóstico de la posteridad.
En la Córdoba del 91" este rebelde de diez y siete
años era el enemi90 número uno de la tradición. Pasaba
por la calle de Caseros disfrazado de levita 9ris sobre
chaleco blanco y melena apenas oculta por un quitasol
ne9ro. Las señoras" que iban a la novena de San Fran-
cisco" decían al pasar: «¿ De dónde habrá sacado « la
Custodia» este hijo tan mandin9a?».
Córdoba se sintió aliviada con la partida del hijo pró-
di90" y pudo decir: « Vate '" vete'» El tren de Cór-
doba desembarcó en el Retiro a este búfalo de las prade-
ras americanas" con las pupilas rojas de curiosidad y de
fuerza.
Lle9ó con el oro de sus Montañas en los bolsillos
vacíos" y una carta de Carlos Roma9osa para Mariano
de Vedia" carta presa9io de rara exactitud. Rubén Da-
río lo halló parecido a Poe y lo proclamó « leader» de
la juventud literaria. Con este espaldarazo" LU90nes
quedó triunfante en los cenáculos.
Ya está en marcha. El motor es sorprendente; pero
tiene sus fallas. Es la sombra inevitable; la sombra es
donde descansa la luz.
Su estilo es febril y lujoso" pero beligerante y d09-
- II-

mático como de fiscal del Parnaso" con esa gravedad sin


ironía y sin humour, que viene de la raza madre y tam-
bién de la aborigen. Compulsivo con el lector" parecía
decirle: Credi o ti tronco la testa. Además, es de la
joven América" que tiene la paradoja de sus jóvenes vie-
jos" frente a los viejos jóvenes de la Europa vieja. Su
beligerancia perpetua le crea antipatías" que al final lo
cercan con alambres de púas. Pero él depura y corta
sin asco con su daga criolla. Es realmente una fiesta de
gala. Las fogatas de Lugones alumbran la noche ameri-
cana.
Ha llegado de Córdoba con cajones llenos de palabras
eléctricas" de todos colores" que revientan en el aire y
sueltan chorros de luz. Además tiene la belleza del com-
bate. El tanque cordobés hace fuego" caiga quien caiga"
por sus cuatro costados. Es el consabido insurgente. La
consigna continental es que el hombre muy hombre ha
de ser rebelde" y el jefe muy jefe debe ser absoluto.
Ha sufrido el satanismo inicial de las « misas rojas »"
máscara ingenua de asustar al burgués. Todo eso pasó;
ahora está seguro de sí mismo y no necesita de sustitutivos
del talento.
Su curiosidad urgente quiere morder toda la man-
zana de una vez. Su mal es el de América" la extensión"
en perjuicio de la intensidad. Por eso" mete su nariz en
vitrinas ajenas" donde asoma de repente una calva de
sabio miope que le hace una rectificación brutal. De esas
- 12 -

excursiones por las afueras vuelve con algunos chascos ..


pero siempre con riquezas ignoradas.
Su esqueleto filos6fico es débil.. casi invertebrado ..·
porque él no es fi16sofo, sino artista. El relativo fracaso
del primero daña al segundo. Le falta temperamento de
«pensador»). Además.. está un poco intOJJicado por su
impaciente sobrealimentaci6n espiritual.
Tiene el talento verbalista y el culto de la forma. Así,
las palabras no nacen de sus ideas.. sino al revés. No
preconcibe.. concibe escribiendo.
No deja escuela.. no hay estilo lugoniano ..· pero hay
un fen6meno .. un espectáculo lugoniano. Ha enseñado
con su ejemplo a no ser insulso. Es enemigo personal del
lugar común.. en la expresi6n y también en la concep-
ci6n. El lugar común tiene la comodidad de los zapatos
viejos.. pero éstos no sirven para la fiesta. Después de
Lugones.. se escribe de otro modo.. aunque no se escriba
como él. Porque hay algo de Lugones en lo mejor de
todos nosotros.. yeso es lo mejor que hubo en él.
Suprimi6 la grasa del estilo ..· lo hizo todo nervio y
músculo. Tuvo taller de belleza, diríamos sanatorio de
ideas .. ortopedia de palabras. Ha curado muchas ideas
y palabras apolilladas en el desván.. les ha dado brillo y
engarce nuevo con brujería gitanesca. Esto es obra de
gran artista.
Su máquina de acuñar palabras.. su modo tan nuevo
de adjetivar.. le permitieron el derroche verbal ... pero su
- 13-

buen gusto falló a veces. Hacía sonar sus monedas con


cierta jactancia de rajah.
No ha escrito un libro completo como el Facundo. .
Las Bases o Martín Fierro. . que llegue al siglo XXI.
Pero ha dejado un cofre repleto de gemas de fuego . . dia-
mantes de la corona. . oro en polvo. . pedrería suficiente
para enjoyar a la sultana~· sin embargo. . no existe una
alhaja concluída para el escaparate. Su obra de frag-
mentario es como riqueza de lavadero. . dispersa en todos
sus libros. . que se debe juntar porque es de valor fantás-
tico. Quedará de él una antología de trecientas páginas. .
que será « su libro » ; y - eso sí - ha de perdurar.
Para conmemorar el Centenario . . produjo tres obras:
Piedras liminares, El payador y Odas seculares.
Antes había escrito su Imperio jesuítico y Guerra gau-
cha. En Guerra gaucha, a pesar del mesianismo victor-
J
huguesco y de la influencia de Georges d Esparbés. . hay
una comprensión genial de la cosa épica. Es un Güemes
que escribe. . como Güemes es Lugones a caballo. Después
vendrían su Historia de Sarmiento y los Poemas so-
lariegos. Todo típicamente argentino. El imperio jesuí-
tico fué su culminación de prosista. El estilo. . macizo y
varonil. . llegó a la perfección. . sin rellenos ni cojines.
En su prosa hay varias maneras~· la grandilocuencia
juvenil de Guerra gaucha; la madurez serena Y magis-
tral del Imperio jesuítico y la levedad profunda de
Filosofícula.
- 14-

Lugones pudo ser un gran orador" y lo fué; pero no


cultiv6 esta aptitud en su madurez. Parado con aplomo"
de voz autoritaria y gesto categ6rico" producía el escalo-
frío del orador. Rígido" los brazos colgantes como
barras" llevaba el compás con el pie J' toda la vida vibraba
en su voz. Mordía la palabra más dura y la arrojaba
como bala. De repente su emoci6n se hinchaba cual agua
hirviente. Tenía un verbo cortante y viril. En un mitin
obrero del Retiro la multitud ululaba a sus pies" bajo
la sugesti6n de su palabra" y hubiera corrido a las armas
bajo sus 6rdenes.
Quienes lo oyeron no olvidan c6mo este hombre
pequeño se agrandaba en su rigidez" e infundía en los
auditorios trémulos su propia violencia" nacida de tor-
mentas cerebrales.

La vaslísima cuenca literaria de Lugones no lo satis-


facía. Su deseo íntimo era mandar. Sospecha mía" com-
partida por otros. Tan hostil a los políticos" tenía en el
fondo" sin saberlo" fa nostalgia política.
Los literatos integrales suelen no comprender a los
políticos" por antípodas. El político comprende mejor al
hombre de letrasJ aunque sin valorarlo bien. En el fondo"
medidos ambos con cartab6n ético" son del mismo barro
original. Unos tienen más frecuentes ocasioftes de pecar"
yeso es todo.
No sé si Lugones hubiera sido un gran político.
- 15-

Tenía~ sí~ algunas calidades~ sobre todo las del caudillo


americano~ la fuerza y el absolutismo. Buscaba al jefe;
esperaba con ansiedad « la hora de la espada ». Pero le
fallaban la persistencia y disciplina~ y tal vez por eso
Roca~ que debió conocerlo ~ lo ayudó, pero no lo « lanzó » .
Fué una suerte~ porque de lo contrario Lugones se
habría malogrado para el arte.
El más grande Lugones~ el que llegará más lejos~ es
el poeta. Poeta divino~ como todo gran poeta~ aunque
pretenda ser diabólico. Pero poeta cerebrat para decirlo
de algún modo. No mojó la pluma en su sangre~ ni fué
el pelícano de su raza. Tal vez el escritor no sobreviva a
la improvisación; pero el poeta durará~ porque no es
polemista ni doctrinario.
Quizá no dió tanta importancia a su poesía como a su
prosa. Pero es el poeta nacional. En el Libro de los
paisajes hay 33 composiciones dedicadas a las aves.
Entró a todos los nidos. Cantó las cosas más típicas y
gentiles de la tierra~ los burritos de Córdoba~ los gallos
de las chacras~ a Juan Rojas y al melón. Cantó los gran-
des ríos con voz tan fresca que hizo olvidar las viejas
odas insípidas. Cantó a los gauchos de Güemes~ a los
granaderos de América y a los corsarios de Buchardo~
cuando pintaban la bandera con la espuma blanca de la
quilla y las aguas azules partidas en dos.
Era físicamenLe un clásico~ un homérida~ sin inLimis-
mo~ de emoción cutánea. No era lírico~ sino épico y des-
- 16-

criptivo. Sus lá9rimas sobrias de estoico parecían esta-


lactitas.
Poeta de los sentidos., visual y auditivo sobre todo; de
riqueza sensorial ina9otable., pintaba musicalmente., con
esa voluptuosidad del pintor veneciano que terminaba sus
desnudos con las yemas de los dedos sobre la tela como
acariciando y encendiendo.
Vive todo él en sus poemas porque no intent6 demos-
trar nada., dejándose llevar por la corriente má9ica;
olvidado de sí mismo; y sobre la soledad y el silencio.,
canl6 para cantar. Esa fué su misi6n ya eso vino. El
prosista era un poco intruso en él., aficionado a la tesis.,
escollo del artista. Quería ser cicerone del universo y
perdi6 en ello su ilusi6n y su tiempo. Entonces., el poeta
abría su abanico de faisán; y todos., deslumbrados.,
olvidaban al versátil predicador.
Montañas del Oro, su primer libro, nebulosa del
astro futuro., contiene en 9randes masas í9neas su deve-
nir. Más tarde todo se aquieta y aparece la riqueza sur-
9ida del cataclismo. La sinfonía wa9neriana ha con-
cluído. LU9ones., desafiebrado., toma asiento entre los
cofrades nocturnos de Rubén.
Él ha cantado las cosas nuestras., no las abstractas.,
los árboles de aquí., los ríos., los ganados y las mieses y
todo lo demás, son de aquí. Y él es de aquí.
Su amistad ínlima con la luna tiene su raz6n; la luz
de LU90nes no era de sol., sino de luna. Al claro de luna
-17-

peregrin6 por la Mancha con su tizona endecasílaba y su


lanza alejandrina. Todavía encontr6 viejos molinos y
pudo arremeter los sin eficacia.
Las mujeres no lo leyeron porque tenía la emoci6n
J

sobria de los homéridas; ellas preferían el copetín lírico J

tan agradable de Amado Nervo. Tampoco los nirios


J

recitaban sus versos en las fiestas escolares. Este aban-


dono de los corazones debi6 herirlo a fondo. Y sin em-
bargo ha embellecido su tierra. Las rosas son más rosas
J

desde que él las lustr6 J' los burritos de los escolares serra-
nos tienen ahora un sentido casi humano. Sorprendi6 el
secreto de los animalitos de Dios con simpleza angélica y
amor franciscano de las cosas humildes.

Tenía salud y alegría. Dejándose vivir como hombre


hubiera sido feliz. Poseía lo esencial y pod6 los deseos
superfluos. Pero el otro hombre el trascendente no se
J J

resign6 a vivir ni a morir como cualquiera. Era drwnático


y busc6 tres pies al gato. Cansado de la felicidad barata J

prefería la cosa heroica la tragedia y aun el dolor; pero


J

no « el pan nuestro de cada día » que los hombres de la


J

tierra pedimos a Dios.


Su vida fué limpia y de gran decoro sin quejas esté-
J

riles. No hacía más ruido que el de sus alas. Pasaba en


sus días finales con tacos de goma entre gentes bullicio-
sas ). se diría ya un ausente)' andaba como de paso; tal
vez supo que debe vivirse como en casa de alquiler. Su
- 18-

filoso fía está sintetizada en los versos tan suyos de El


espejo de Eufrosina, consejos de un Viejo Vizcacha
refinado.
Su absoluta honradez le ved6 todo « metequismo »
literario. Era aplomado y elástico~ con cierta agachada
de hombros del serrano que elude la rama. Bromista y
resignado; pero no sometido. Su vida externa fué la del
burgués virtuoso que se levanta a las seis y se acuesta a
las diez~ sin tapete. ni juerga. Empleado sin deudas~ y
por jubilarse. Pero eso era lo exterior~ la vida del fan-
tasma. El hombre interior bajaba del Olimpo~ tomaba
unos mates y se iba otra vez.
Su individualidad fuerte e hirsuta le vedaba el viaje
en « colectivo ». Por eso la calle lo ignoraba; su público
era de mesa redonda. El sabía que los grandes no tienen
éxito de feria ~. pero esto sobrepasaba lo previsto. ¿ No
estará ahí la fuente de su encono contra esa «plebe »
que no lo había leído? Pues en la calle nadie reconocía a
este transeúnte mediocre~ de paso militar~ sin estampa
decorativa~ con esa mirada ansiosa que tienen en el mon-
t6n los miopes y los sordos. No fué popular~ ni él hacía
por serlo~ y como no llevaba boya luminosa~ porque
toda su luz era interna~ los peatones no se daban vuelta.
Él no buscaba notoriedad~ pero debía sentirse herido por
ese anonimato; y devolvía el presunto desdén con un des-
precio mal contenido hacia la «plebe ultramarina» o
« ralea mayoritaria». Ésta~ no s6lo ignoraba su exis-
- 19-

tencia~ sino también su desprecio. Y este desconocido en


su casa era nuestro embajador permanente en todas las
naciones de la hispanidad.
A pesar de sus doctrinas~ puramente « cerebrales »~
su sangre era de la tierra criolla y provinciana de Cór-
doba~ casi de Santiago~ de la tierra vieja~ caliente y
dura~ bajo cuya cáscara se ha descubierto una civilización
parecida a la de Troya. ¿ No vendría él de algún Aqui-
les americano?
Córdoba lo nutrió bien y cuando llegó a Buenos
Aires~ a los veintidós años~ a pesar de su falsa corteza~
ya estaba formado el tronco definitivo~ dispuesto a flo-
recer americanamente. Las flores inútiles prendidas en
sus ramas eran parasitarias. Las malezas iniciales pro-
venían de la gordura de su tierra nueva~ arada por pri-
mera vez. Además, crecieron plantas exóticas sembradas
por él mismo j pero pronto esas influencias extrañas se
alejaron como fantasmas entrometidos. Quedó Lugones
solo con su genio nativo y dió esas obras tan nuestras
como son las Odas seculares y Los poemas solariegos.
El cordobés se había hecho argentino y éste americano.
El patriotismo de Lugones.> nada carnavalesco.> no era
fruto de voluntad o educación. Parecía una orden que
venía de muy lejos.> una planta que subía de muy abajo.>
un rocío que bajaba de muy arriba.
Su inquietud mentaC impresa en su rostro.> casi ma-
nía ambulatoria.> lo llevó por todos los climas donde
respira el espíritu. Su afán de viajero ensayó todas las
rutas. Buscaba la vía de su alma" rectificando frecuen-
tes pistas falsas. Es que" poeta por arriba de todo" hacía
la gimnasia de sus alas en brillantes vuelos de colibre
siempre desinteresados. Porfía del poeta, nunca con-
cluída" que consiste en convertir el recuerdo en reminis-
cenCla.
Pero los cambios de opinión deben tener la humildad
del error confesado" sin encono contra el ídolo de la vís-
pera" para que no se dude de nuestra buena fe anterior.
Esos cambios" tal vez explicables en ét agotaban a sus
satélites. El desandaba con rapidez ). pero ellos quedaban
exhaustos y desencantados.

Lafidelidad a su tierrafaé perfecta" sin exagerar lo


vernáculo" porque el pericón es un poco la gavota; ya
Martín Fierro él lo resucitó para entroncarlo en la
llíada.
Su espíritu de capitán y conspirador disonó en el am-
biente de paz y pacifismo) de prohibición de portar
armas. Él se contentaba con esgrimir el sable en la
pedana) y cargar revólver) donde las balas se aburrían"
hasta la noche del año nuevo) en que hacía cinco disparos
en la azotea para cumplir con su conciencia y sus ante-
pasados.
Capitán de tercios de Flandes) poeta del Languedoc)
hijo de la quimera americana" llegó retardado en tres
- 21 -

siglos~ con la conquista terminada~ los poetas sin melena


y apagadas las luces de la fiesta. Pero el poeta siempre
es así: un hombre que llega con mucho retardo y. enton-
ces se sienta a cantar~ como el viajero que pierde el tren
se pone a silbar. Le tocó mal tiempo para él: « j azz »~
(( ranchos» de paja y ((fuerzas vivas ». Sus grandes
empresas contra molinos de viento~ que ocuparon casi
toda su vida~ eran un derivativo del soldado en potencia.
Sus castillos en el aire durarán~ tal vez~ más que los de
piedra. Llegó en actitud de riña con la cresta roja y ver-
licae y cantó para que amaneciera; es la frecuente em-
briaguez del poeta~ su anticipación de luz; pero el alba
llega cuando debe llegar.
Sucede que estos hombres de gran ímpetu suelen ser
en privado mansos y austeros~ como eraLugones~ casi un
monje. Y sin embargo~ fué noconformista definitivo~
insatisfecho~ condición de luchador y creador. En sus
calmas~ entre dos huracanes~ nacían las flores delicadas
de su jardín.
Artista cien por ciento~ se ocupó cíclicamente de todas
las artes; ninguna le fué extraña. Su cultura musical fué
también obra de autodidacto. Su alma sintonizaba con
Wagner al principio~ después con Beethoven~ tal vez
con Bach. Con el primero~ cuando lo sacudían sus
tempestades de primavera~ y toda su alma se orquestaba
en la síntesis wagneriana. Después se refugió en la cal-
ma lanar y el éxtasis de Beethoven.
- 2:1-

La pintura fué otra de sus pasiones artísticas. Era


impresionista y trabajaba con superposici6n de colores
cuando escribía en pintor. Comprendi6 la pintura.>
como las otras artes.> un poco intelectualmente. Así la
escultura y arquitectura.> que le dieron ocasiones para
disertar con su habitual erudici6n y osadía.
Era de la marca de Sarmiento. La misma montaña
lanz6 los dos bloques en la misma erupci6n. Pero no son
iguales. Sarmiento tiene el genio político y la continui-
dad. Por eso se canaliz6 y reg6. Lugones se dispers6.>
salido de madre.> por tierras no siempre fértiles. Pudo
ser un Nilo.> fué un Amazonas. Pues era poeta y no
político. y.> además.> porque no conocía a los hombres y
veía las cosas con irrealismo de poeta e ingenuidad retar-
dada de carbonario .
Aunque no parezca.> raspándolo.> era temperamental-
mente un romántico. Fué su primer amor y no pudo
olvidarlo del todo. No romántico literario.> sino espíritu
romántico. El escritor había dejado de serlo.> el hombre
lo era todavía.
En el reparto de los bienes.> en esta « t6mbola» de la
vida.> a unos toca en suerte el oro.> a otros las dignidades.>
a pocos la buenaventura ya muchos nada. A Lugones le
toc6 un espíritu de gran lujo. Había doce millones de
almas en el país que podrían envidiarlo.
Cierto « yoísmo» consustanciat tal vez ignorado por
él y camuflado por su modestia.> le impidi6 entrar de
-:13 -

lleno en la paz cristiana. Él no gritaba su « yO» como


Sarmiento~ pero lo respiraba profundamente. Contri-
buyó a fomentarlo la vida monocorde del escritor inte-
gral que concluye por imprimir en el espíritu una defor-
mación profesional. El filósofo debiera tener un tendu-
cho~ como el « boliche» de Ameghino~ para enchufar
con la tierra~ oír las voces de las cosas y descansar del
monólogo fatal del alma solitaria. Al abrir su picada se
llenó de espinas. Bajó a la aguada como un puma man-
so. Era el agua de su juventud~ que bebía en los cenácu-
los y que aguaba las veladas de sus cofrades absinlistas.
Pero esta vez el puma~ ya domesticado~ no quiso que su
piel vaciada de carnes se tendiera como abrigo bajo
los pies de algún idiota; y prefirió volverse~ como un
león entero~ a su selva americana.

Lo encontré dos veces~ poco antes de su fin~ en casa


de Luis Berisso~ su fiel y noble amigo. Me pareció fon-
deado en el puerto definitivo~ y que su ancla tenía la
forma de una cruz. Pero la idea cristiana~ por lo visto~
iluminaba su cerebro~· pero aún no calentaba su corazón.
Todas sus viejas construcciones se desmoronaban y la
nueva no estaba lista todavía. De pronto se halló a la
intemperie~ viendo la muerte de sus dioses~ que lo aplas-
taron al caer.
¿ Estaría hastiado por su papel secundario~ a la zaga
de la mediocridad? Pero él sabía que ése es el destino
- 24-

histórico del gran artista, y no podía ignorar la alcurnia


de su nombre en la hispanidad.
- Lugones es una síntesis difícil., en él que hay de todo.
Pero es solo " una soledad de isla abrupta, con un arre-
cife y un faro.
Era estoico " su muerte lo confirma. El cristiano
habría vivido. Su drama es la consecuencia de su para-
doja íntima; y fué la bancarrota del intelectualismo
puro. Pero, ¿quién puede arrojar la primera piedra?
El fallo, sobre este misterio en que se hundió el gran
hombre, nos está especialmente vedado. Él tiene su juez.
Murió así de paladín y trovador. A los 64 años, mi-
raba como a los 20, con ojos todavía ilusos, la línea de
oro del horizonte, como si fuera la aurora. ¿ Será tan
fácil confundir el ruiseñor con la alondra?
La muerte de Lugones no puede explicarse con el sim-
plismo de la causas circunstanciales. Eso es andarse por
las ramas. Pudo ser la gota del desborde y nada más.
La causa grande de ese infortunio es más compleja y
está en lo más hondo de su espíritu dramático.
Marino de todos los mares y todas las tormentas, vió
por fin la luz ansiada, y cuando iba con su proa hacia
ella naufragó en el puerto, tocando con sus manos heri-
das las vigas del muelle iluminado. Aquel a quien él bus-
caba, tal vez le haya dicho al oído en el último instante:
« Si me buscas es porque me has encontrado ».
Le falló un paso más en el sendero difícil de los
- 25-

humildes. La humildad es la suprema elegancia., si esta


palabra frívola y profanada pudiera usarse para tan alta
distinci6n. Es poco transitado el camino hacia ella., por
unos personajes raros., « los pocos sabios que en el mundo
han sido ». Este hombre, que había buscado su destino
por tantas rutas., regresaba en la hora de la tarde al
lugar solariego de partida., como si volviera a pie., lleno
de espinas., a su casita de Villa de María del Río Seco.,
al pie del cerro del Romero., donde naci6.
Dos días antes de su fin., Lugones s6lo pensaba en
cosas triviales de la vida. Su resoluci6n fué improvisada.,
de acuerdo con su mecanismo mental qe motor a explo-
si6n.
A día siguiente de su muerte., había el mismo tráfico
en la ciudad. Cruzaba el gentío y los vehículos de siem-
pre. Los rostros estaban llenos de sonrisas y las vidrieras
de flores. No había sucedido nada. El pueblo que había
ignorado su presencia., ignor6 también su partida. No
siguieron su ataúd las multitudes que dos años antes iban
llorosos detrás del féretro de un cantor de guitarra.
Esto estaba ya previsto por Lugones., y era tal vez su
argumento p6stumo.
La generaci6n que lo dej6 morir se lavará las manos.,
poniendo su nombre a una calle ya un bronce J' porque
las estatuas son rectificaciones. Pero esta torre de alta
altanería es ya superior e indiferente a la curiosidad y
al homenaje.
Il

Su obra sobre Roca qued6 trunca y fuera irreveren-


cia sustituirlo.. ya que no se puede reemplazarlo. Será la
columna rota de los símbolos. Falla el Roca político y
hombre de Estado. Es lástima que Lugones no haya
podido presentárnoslo en la cúspide lograda. Pero deja
el pedestal s6lido y el esbozo de la estatua fuerte.
Son nueve c(pítulos.. que llegan hasta la Conquista
del desierto. El último termina con la sílaba Na .. dejando
inconclusa la palabra Naci6n; así acaba el libro con el
nombre del diario que fué su hogar periodístico. Esta
parte ha sido dijfcil de copiar por lo confuso de su escri-
tura y las abtmdantes correcciones. Se advierte la inmi-
nencia del drama .. como el temblor del sism6grafo anun-
cia el terremoto.
Lugones ha reproducido el esfuerzo de su Historia
de Sarmiento, magnífica joyería enterrada en los z6ta-
nos y casi perdida para el arte. El ROGa de Lugones será
la réplica de su Sarmiento. Presenta a lo Taine el
ambiente de gran gala; despliega en abanico el paisaje
circundante; y en el momento elegido se presenta el per-
sonaje. Pero .. cuando sn acci6n debe cambiar de escena-
rio por raz6n de lugar o tiempo.. Lugones baja el tel6n)'
prepara con lujo el nuevo decorado y aprovecha la oca-
si6n para exhibir como soci6logo-filósofo desde sn cáte-
,

dra~ con la magia de la elocuencia lugoniana~ toda su


ideología renovada. El personaje sufre un poco por ello~
porque debe responder con algún esfuerzo al nuevo
ambiente"
No creo que el retrato~ propiamente taC sea una espe
cialidad de Lugones; pero aquello de Rodin.' Je le vais
comme ya, le permite darnos su interpretación de Roca~
que siempre tendrá el valor superior de ser un Roca
d'apres Lugones. Con esta obra de arte~ la magnífica
estatua de Zorrilla de San Martín y los dos volúmenes
del general Francisco M. Vélez~ además de los monu-
mentos de Choele-Choel y Bariloche~ la comisión nacio-
nal presidida por el almirante don Manuel Domeq Gar-
cía habrá cumplido con amplitud la tarea honrosa que
le confió hace dos años el gobierno de la nación.
En la introducción~ que llama Limen, hace Lugones
en cinco líneas el resumen de esta Vida~ con palabras de
bronce que parecen esculpidas para la estatua.
Los tres primeros capítulos~ de los nueve que ha
escrito~ son preparatorios del personaje central; de his-
toria~ paisaje y ambiente histórico y geográfico. En el
primero~ Los Constructores, explica la tarea del con-
ductor ~ la misión de la latinidad y de la España Católica~
y dice que el estadista completo ha de ser militar~ como lo
fué hasta el mismo Pericles. En el segundo~ El hogar
hidalgo, demuestra que el hogar colonial recibió la doble
influencia religiosa y militar de la conquista bajo la
influencia preponderante de las madres.. casadas muy
jóvenes, de lenguaje pulcro y carácter entero; que suplían
a sus maridos en sus largas ausencias. De un tal hogar
surgió Roca. El genio nace dondequiera, pero no
como quiera, y éste ce como» lo da el hogar. En el ter-
cero.. La cepa, busca el origen y blasones de esta fami-
lia catalana y condal; y arranca del capitán español
Pedro Roca (mitad del siglo XVIII) .. que casó en Tucu-
mán con María Antonia Tejerina, de donde nació José
Segundo, padre del general. Estudia la vida de éste en
el Tucumán de entonces, de industrias patriarcales; su
casamiento con Agustina Paz que salvó a su novio de
una condena a muerte en 1836. Hace un poético recuerdo
de aquellas morenas del Tucumán de hace un siglo.. tos-
tadas por el saz.. la miel y la ,fiebre, y en especial de
aquella madre abnegada de siete varones y una mujer.
En el capítulo cuarto.. El vástago, habla ya de Julio
A. Roca.. llegado a la vida en un tiempo de tristezas
colectivas.. prisiones.. terremotos y miserias; de su
ambiente infantil.. su amor al estudio.. travesuras, de su
curiosidad.. talento y predestinación; del sistema educa-
cional de la época.. de los sucesos coetáneos, como la gue-
rra civil.. enconada por la intervención extranjera; y
en este punto defiende la actitud de Rosas. Ataca más
tarde la Constitución del 53, por su inadecuación.. según
él, su exotismo y su culto de la riqueza a todo trance.
Hace la crítica del liberalismo antirosista; y muestra
cómo esa ideología actuó sobre el espíritu del adolescente .
Éste va al colegio del Uruguay., pedido por Urquiza a su
padre. El ambiente del colegio., dirigido por Mr. Larro-
que es el que va a predominar en el país derrumbando
J J

a Rosas. Es elde la Constitución Las Bases, elprogreso


J

liberal la inmigración la libertad de rÍos la prospe-


J J J

ridad económica y ese optimismo formidable que ha sido


J

la fuerza y al mismo tiempo el opio de los argentinos .


Estudia la disciplina de la casa y muestra al niño desco-
J

lIante sobre todo en gramática y latín lleno de audacia


J J J

simpatía y jovialidad. Aquí empieza ya el retrato de


Roca con pincel de maestro.
J

En el capítulo quinto Primeras armas, muestra cuán


J

militar es la base de la personalidad de Roca y cómo laJ

vida ruda de sus comienzos lo forma hombre de acción,


desde su ingreso en marzo 1° de 1858 de voluntario en
el ejército antes de cumplir 15 años. Corta sus estudios
J

y convalesciente de la fiebre corre a Cepeda donde tam-


J J

bién está su padre. La batalla se ha perdido; él dispara


el último cañonazo y conduce su pieza hasta el Rosario a J

través de 45 kilómetros de malos caminos. Termina sus


tres años de estudios en el colegio y vuelve al ejército. Su
vida de campamento es rudaJ debe domesticar a muchos
presidiarios destinados a Stt batallón. La intemperie las J

necesidades la doma de aquellos bandidos. endurecen su


J

carácter.
Así lo presenta ya Lugones en el capítulo sexto
J J
- 30-

Formación del jefe, dirigiéndose a Pavón. El tiene un


sue/i0 en esta época,' la unidad nacional. Vuelve Lugones
a sus divagaciones sobre la libertad racionalista y la
Constitución que llama « extranjera » del 53. Estudia la
acción moderadora del ejército; la influencia de lo mili-
tar en nuestra organización política; la campaña contra
el Chacha y la interuención de Roca en ella. Después
trata de explicar la guerra del Paraguay. El coronel
José Segundo Roca parle a ella con cuatro de sus hijos.
El y uno de ellos mueren allí de la peste. El teniente
Julio A. Roca entra en la guerra con un ímpetu homé-
rico. A lardea con su poncho blanco y su dormán vistoso,
prodigándose y provocando a la muerte. Esta no tiene
interés para él. A los 22 años asciende a capitán sobre
los campos de batalla de Yatay y Uruguayana y a mayor
en Tuyuty. En Curupaytí corre al asalto con su batallón
de salte/ios, que es destruído; él se mete a caballo en los
abatíes paraguayos y se retiraJ cuando le llega la ordenJ
con su amigo el capitán Solier herido J a la grupa del caba-
1l0J y es ascendido allí mismo a teniente coronel; pero no
recibe el despacho porque su tío el doctor Marcos Paz J
que ejerce la presidencia en ausencia de Mitre J no quiere
favorecer asu sobrino. Cosas de la época. Sólo tres mios
después J Sarmiento le entrega su diploma. A la hora en
que la tropa duerme J él lee. Una noche lo sorprende su
jefe el general Mitre J con Tito Livio o César. Cuán agra-
dable sería el asombro del visitante en ronda. Roca sale
- 31 -

para Buenos Aires con el parte de Curupaytí. El presi-


dente Sarmiento lo envía a Salta el/. 1868 para solucio-
nar un conflicto. Fué un gran éxito diplomático de Roca.
Después de este episodio feliz., se le traslada a la guarni-
ción de Tucumán. El descanso es merecido.,' es la ciudad
natal que lo regalonea con vanidad materna. Además., es
tierra de laureles. Pero el guerrero debe estar siempre
pronto a partir. Sarmiento., que al principio lo mir6 con
desconfianza., al verlo tanfino y « cajetilla)), ha sido con-
quistado por él., después del éxito de Salta., y le ordena
marchar contra López Jordán. «1 Quiero que vaya
Roca! ))., ha rugido con algúl/.]terno. Roca se despereza
de Tucumán y parte con sus soldados. Al atravesar los
bosques de naranjos cree oír la voz de las brujas que
murmuran: « I Tu serás Rey!)) « I Allons., enfants de
r
la Patrie! )). Los adversarios chocan en Ñaembé. Las
tropas del coronel Baibiene., gobernador de Corrientes.,
se traban en formidable lucha con el rebelde; el éxito no
se decide. Entonces el teniente coronel Roca., al frente del
7 de infantería., se lanza chapaleando sobre dos kil6me-
tros de anegadizos y carga a la bayoneta. L6pez Jordán
es vencido y la guerra ha terminado. Es el 26 de enero
de 1871. Sarmiento lo asciende a coronel sobre el campo
de batalla. ~ Tiene 27 años.
En el capítulo séptimo., El país que iba a mandar,
Lugones vuelve a estudiar el medio., o sea la nueva deco-
ración en que debe moverse la figura central de su libro.,
y estudia la formación del país.. que es la creación de
seis guerras. Exhibe a Roca en Río Cuarto como jefe
de la frontera central que la nación presenta contra
los indios. Hace una admirable descripción del terri-
torio.. de los salvajes.. resume la historia de la conquista..
habla con erudición de ganados.. fronteras, malones y
caciques " de Rosas.. los ranqueles.. de Baigorria y los
araucanos.. de los tributos y subvenciones. Y de nuevo
vuelve a su leit-motiv: la Constitución liberal y ajena "
de la misión de Buenos Aires.. y del contrapeso histórico
de Córdoba. y .. por último.. de Río Cuarto y de su situa-
ción estratégica.
En el capítulo octavo.. El jefe, muestra a Roca con
un pie entre Río Cuarto y Córdoba.. echando las raíces
en esta ciudad.. que era esencial en la política argentina;
con el otro pie adelantado en dirección hacia San Luis;
dominando así el centro del país.. viviendo práctica-
mente sus dos problemas fundamentales.. el de la unión
nacional y el del indio.. curtiéndose a la intemperie..
aprendiendo el manejo de los hombres y de las pequeñas
sociedades " y todo esto a los 30 años. Es sin duda una
perspicacia de Sarmiento haber descubierto a Roca y
haberlo « lanzado )). La guarnición de Río Cuarto fué
para él su mejor escuela de soldado y gobernante, lo que
para César fueron las Galias. Lugones exhibe en este
capítulo las cualidades militares del joven coronel.. su
tipo físico .. su bravura y al mismo tiempo su jovialidad,
- 33-

equivalente a la risa de los héroes homéricos. Su vincu-


laci6n con la ciudad de C6rdoba se afirma cada vez más.
C6rdoba sería para Avellaneda y para éC el centro de
gravedad política. Habla de su correspondencia y estudia
su escritura sacando deducciones de graf6logo con esa
osadía de intruso en las ciencias que le daba a Lugones su
genio intuitivo. Roca concluy6~ pues~ desde Río Cuarto.,
por vincularse estrechamente con la clase gobernante de
C6rdoba. Le sirvieron paM eso su inclinaci6n allibera-
lismo en boga~ su jefatura militar de Río Cuarto~ sus
laureles de Cepeda y de Pavón; del Paraguay y de
Ñaembé; su parentesco con el doctor Marcos Paz~ que
había sido vicepresidente de la República en ejercicio de
la presidencia~ y también gobernador de C6rdoba y de
Tucumán~ y por fin su casamiento con la señorita Clara
Funes~ de la mejor cepa cordobesa. Así elguerrero~ al
formar un hogar honesto y respetado., echaba cables s6li-
dos en la sociedad más auténtica y se hacía un represen-
tativo de ella. Lugones describe la C6rdoba de entonces,
con amor de hijo del terruño. Después hace el relato pin-
toresco de la revoluci6n de 1874. Cuenta c6mo venci6
Arias en La Verde; la sublevaci6n de Arredondo y la
muerte de Ivanowski~ que él cree asesinato~ en l() que yo
difiero. Lugones describe admirablemente las marchas y
contramarchas de Arredondo~ la ocupaci6n de C6rdoba~
la hostilidad de ésta para con él., la retirada de Arre-
dando a Río Cuarto~ despllés a Villa l'rlercedes~ San Luis
3
- 34-

y Mendoza. Roca, después de varias estratagemas as tu-


tas~ pasa de Río Cuarto a Villa María ya Fraile Muerto,
sobre el nuevo ferrocarriC para recibir refuerzos de
Buenos Aires y mantener su contacto con Córdoba y
el interior. Y ocurre entonces la célebre marcha histórica
desde allí hasta Mendoza~ sin ferrocarriles~ sobre cami-
nos ásperos. Arredondo se atrinchera en el campo de
Santa Rosa~ con el río Tunuyán a un lado y grandes
defensas a su frente . Llega Roca con fuerzas inferiores~
estudia la posición~ enciende fogatas por la noche sobre
el frente; y marchando en la tiniebla~ envuelve el cam-
pamento enemigo y aparece al alba por su retaguardia~
sin darle tiempo a invertir su posición. Arredondo se
encuentra vencido sin combatir. Roca tropieza con él y
le dice cortesmente: « Mi compadre~ es usted mi prisio-
nero »~ pues era padrino del hijo de Roca. Es el 7 de
diciembre de 1874~ Avellaneda~ ya presidente, consa-
gra a Roca general sobre el campo de batalla de Santa
Rosa. Las brujas empiezan a tener razón.
En el capítulo noveno~ La Campaña del Desierto~
vuelve a hacer una recapitulación del problema del indio y'
cuenta la importancia que tuvo la muerte delgeneralí-
simo Cafulcurá en 1873~ la colaboración del ex cacique-
Baigorria a las órdenes de Rocay la sublevación de
Catriel y la del nuevo generalísimo Namuncurá y. la gran
invasión de indios~ como consecuencia de la desguarni-
ción de la frontera por la revolución; la formidable.
- 35-

ofensiva araucana; la beligerancia que el gobierno argen-


tino se veía obligado con frecuencia a conceder a los caci-
ques~ con subvenciones~ grados y sueldos militares~
suministro de mercaderías~ tr~tados y fronteras. Explica
con claridad el plan de Alsina con su defensiva~ el foso
y los fortines; la disidencia de Roca, partidario de la
ofensiva~ que defiende su plan cuando el ministro Alsina
lo consulta sobre el suyo.
A pesar del foso y los forlines~ lleg6 la diab6lica
invasi6n. Alsina sale a campaña~ corre a los indios~
pero cae enfermo y muere en diciembre de 1877. El
problema queda en pie. La salida de Alsina confirma la
tesis de Roca; la superioridad de la ofensiva sobre la
defensiva~ la inutilidad relativa de la zanja; la infe-
rioridad numérica militar de los indios que s6lo pueden
oponer 3.000 lanzas contra los 6.000 hombres bien
armados y montados del ejército de línea. Entre tanto~
Roca está en Río Cuarto~ con su frontera tranquila.
Espera su destino. En 1878 Avellaneda lo nombra minis-
tro de la Guerra en reemplazo de Alsina. Roca todavía
convalesciente~ asume la cartera el 12 de junio y ordena
la ofensiva inmediata. Se pide al Congreso un mill6n y
medio de pesos fuertes para la campaña~ en un n:ensaje
hist6rico~ escrito en colaboraci6n~' allí está la síntesis
técnica de Roca y la brillante elocuencia del presidente.
Se produce un gran debate en ambas cámaras~ se hace
la cuesti6n federal.- el derecho de las provincias a una
- 36-

parte de los territorios reivindicados~ etc. En el fondo~ es


un conflicto político. Pero ahí está Mitre~ que se levanta
de su sector para defender los intereses de la naci6n; lo
mismo que Sarmiento . Ellos no creen que pueda acabarse
tanpronto con los indios; pero sí que es un deber inten-
tarlo. En el debate~ la actitud de Roca ha sido mesurada;
sólo abre la boca cuando ya es urgente su palabra . Así
será siempre.
La ley se aprueba. El momento es solemne; se está
jugando no s6loelproblema del indio sino también el de la
frontera con Chile que es correlativo; porque~ si nos-
otros no poseemos el terreno adyacente~ tampoco podremo.s
sostener~ sino débilmente, que somos fronterizos . Sólo
cuando tengamos nuestra bandera alpic de los Andes dis-
cutiremos a fondo la frontera. La expedición se orga-
niza inmediatamente por cinco divisiones~ con un plan
parecido al de Rosas~ desde la cordillera hasta la zanja~
sólo que esta vez sin la colaboración chilena. En cambio~
contamos con dos faclores decisivos; el remington y el
telégrafo. Ahí salenLevalle~ Racedo~ Vinttery Villegas.
Roca parte del Azul el16 de abril de 1879. La escua-
dra también participa~ con una división de barcos. Roca
llega a Choele-Choel sobre el Río Negro. El problema
del indio ha concluído. Roca tiene 36 años; y está listo.
Tiene derecho a ser presidente de la nación.
Aquí se interrumpe la obra de Lugones~ cuyo resu-
men acabo de hacer~ lo más sintéticamente posible. El
gran hombre de letras ha escrito unas páginas brillantes
sobre el gran estadista y militar que fué Roca. El monu-
mento que habría sido en el orden literario e histórico.,
tan admirable como será el de Zorrilla de San Martín
en el orden escultórico., está inconcluso., pero las partes
acabadas son suficientes para « ver » a Roca. Queda., es
claro> el deseo de saber cómo hubiera sido lo que no pode-
mos ver; el mismo deseo insatisfecho que sufre el visi-
tante del Museo del Louvre frente a la Victoria de Samo-
tracia. Pero en tales casoS., parece que la mutilación
acrecienta el valor de lo que se ha salvado.
Hay sin duda en esta obra ese afán que persiguió a
Lugones en sus últimos tiempos., de polemizar en favor
de sus nuevas doctrinas políticas y sociológicas. Pero en
este caso lo hace con bastante discreción . En síntesis, yo
diría que en esta obra no está Roca todo entero; pero lo
que asoma es ciertamente Roca.
La iniciativa de confiar a Lugones este trabajo sobre
Roca pertenece al miembro de la Comisión doctor Enri-
que Larreta. Aquélla aceptó la feliz iniciativa con entu-
siasmo. Se reservó la parte militar para que la estudiara
el general Francisco M. Vélez., quien la terminó con el
mayor éxito en dos volúmenes. Es tal vez lo más com-
pleto que se ha escrito sobre la vida militar del general
Roca.
A Lugones le faltaban, cuando murió., algunos capítu-
los; y también el último retoque. Pero., con todo., es una
- 38-

obra fuerte J con el valor suplementario de ser su libro


p6stumo.
Lugones había conocido a RocaJ sobre quien escribiera
algún ensayo de gran interés. RocaJ a su vezJ con su
segura perspicaciaJ lo había descubierto J desde que el
primero lleg6 a Buenos Aires. Porque Roca era un des-
cubridor de almas nuevas y selectas. Como otros hallan
y exploran tierras desconocidasJ él descubría el porvenir
de las almas superiores en los ojos juveniles.
La muerte detuvo la mano de Lugones antes de termi-
nar esta obra. Es probable que hubiera dedicado el resto
a la personalidad política del general. Esta parte de la
vida de Roca debi6 ser la más difícil de tratar para
LugonesJ que en sus últimos tiempos se había entregado
con lada su sinceridad y vehemencia al culto de las doc-
trinas totalitarias en cuanto al régimen del Estado.
Muchos años antes había anunciado en Lima ce la hora
de la espada»J y había arrojado la peligrosa semilla de
la dictaduraJ con su potente mano de sembrador a todos
los vientos de la América latinaJ sobre tierras propicias
y ávidas de semejante semilla. Y Roca había sido lo con-
trario de todo eso; un soldado del ordenJ un estadista
delordenJ tan alejado de las libertades anárquicasJ como
de la prepotencia cesarista. Defendi6J jugando su vida
muchas vecesJ no el orden medroso de la tiraníaJ sino el
de las instituciones consagradas y democráticas. Es ver-
dad que su realismo político lo oblig6 a veces a cerrar los
- 39-

ojos sobre ciertas flaquezas criollas J' pero esto mismo era
la válvula de escape para que la máquina demasiado apre-
tada no reventase.
Lugones hubiese hecho el elogio de Roca como esta-
dista, no lo dudo; pero en estos últimos capítulos que le
fallaron ~tabría sentido el ligero embarazo de sus nuevas
maneras de ver las cosas del Estado. De todos modos, basta
lo escrito y concluído para que esta obra tenga una uni-
dad concreta y toda la dignidad de una creación artística.
El ciclo lugoniano se cierra así con una obra de arte,
cortada por la muerte. Lugones fué impresionado en su
juventud rebelde, al llegar de Córdoba, por la grandeza
maciza de Roca, y sus últimas líneas de escritor fueron
para Roca. En ese gran intervalo, Lugones habíapasado
por todas las vicisitudes y las contradicciones de una vida
trabajada, y volvía al punto de partida, como vuelven
muchos, a modo de pájaros asustados que, después de
vagar por los vientos contradictorios, se cobijan de nuevo
en el árbol donde amanecieron. En ese úllimo vuelo de
regreso, el huracán lo destrozó.
La Comisión Nacional del monumento al general
Roca, tributa al eminente escritor el homenaje que Roca
le habría discernido, el más grato para el artista, la
publicación de su obra magistral. La espada tan cívica
del general era digna de la pluma tan militar del escri-
tor, y si Roca supo prever el porvenir de Lugones, éste
supo avalorar el pasado de Roca.
- 40-

III

Lugones interrumpe su obra en el momento en que


Roca termina la conquista del desierto. Haciendo la sín-
tesis de lo que vino después - )'a que sería irreverencia
pretender llenar el vacío dejado por el gran escritor -
diré que en 1880 Roca entró casi como extranjero en la
« ciudad santa »~ todavía de luto por su sangre azul~
vertida en Puente Alsina )' los Corrales. Tenía que
hacerse perdonar el pecado que no había cometido. No le
costó mucho~ porque en realidad él no era un producto
de estufa oficial. Las medallas que cubrían su pecho fue-
ron ganadas a la intemperie de una vida peligrosamente
vivida.
Fué uno de los constr!lctores de esa difícil obra de
arte que es la patria~ tan grata de verla )'a formada~
pero de gestación dura)' de parto brutal.
Esa patria le debía algo a Roca. A él también le tocó
hacerla con su espada de soldado que nunca se desnudó
sin decoro. La defendió~)'a hecha~ en los campos dantes-
cos del Paragua)'; )' fué paladín del orden para sofocar
la anarquía. Terminó la conquista de América~ después
de tres siglos., iluminando la doble noche del desierto )'
del indio. Llegaba~ pues~ a Buenos Aires con títulos per-
fectos para ser~ no un condotiero, pero síunconducior.
Lugones ha visto todo eso con lucidez., )' es lamentable
-41-

que no haya podido mostrarnos al Roca de la federaliza-


ci6n de Buenos Aires.) al de las dos grandes presidencias
y al político de raza que llen6 la vida pública argentina.)
y fué colaborador de Mitre desde 1891 a 1906, en una
paralela hist6rica de quince años.
Tomándolo.) pues.) donde lo dej6 Lugones, diré que la
federalizaci6n fué cruenta.) y no era posible de otro modo.
Por ser amputaci6n.) era inevitable la sangre y el dolor.
Durante cincuenta años se había intentado realizarla « a
las buenas» y no se pudo.' La Provincia por antonoma-
sia no podía resignarse a perder su cabeza, y « las pro-
vincias» no podían vivir sin ella. La Provincia-Naci6n
se encontr6 frente a la Naci6n-Provincia en este conflicto
que no podía curarse con precedentes americanos ni con
fallos de ,Salom6n. En realidad.) la receta de Salom6n
se había practicado ya.) pero sin éxito; consistía en que la
Provincia era la dueña y la Nación.) la huésped.) o de otro
modo.) las dos madres pretendientes. Pero así como del
astuto fallo salomónico resultó el hallazgo de la verdad.)
así también.) de esta convivencia tan antinatural de la hija
con dos madres, resultó la crisis y con ella su solución
definitiva.
En realidad.) Buenos Aires había sido capital nacio-
nal antes de que existiera la provincia de su nombre. Su
título nacional era anterior y prevalente al título provin-
cial. Era.) además.) el zaguán por donde desembocaba
toda la casa.) o si se quiere.) la salida del embudo geográ-
- 4:l-

fico que era la República Argentina., descontando la


Patagonia despoblada . La vieja capital del Virreinato
debía., pues, volver a su categoría primitiva y ser la capi-
tal de la nación.
Este asunto de Buenos Aires había puesto en peligro
la integridad y la existencia misma de la República. Los
hombres de Entre Ríos pensaron alguna vez en una
República mesopotámica., con esa provincia y la de
Corrientes., y tal vez el Paraguay y Uruguay J. los hom-
bres de Buenos Aires., en horas de desaliento, tal vez
como amenaza., hablaron de una República del Plata.
Porque., además., Buenos Aires era la Aduana., o sea
la bolsa / y la espada que se fabrica con esa bolsa. La
cuestión capital fué el punto neurálgico de la política
argentina durante cincuenta afíos. Todas las soluciones
propuestas habían fracasado. El nudo se hacía cada vez
más cerrado y dnro. Sólo la espada podía cortarlo. Y
asífué.
En esto Roca vió claro . Avellaneda bnscó solncionar
el conflicto por la conciliación. Cedió a su, temperamento
cordiat a sn fe en la persnasi6n., explicable por los éxi-
tos repetidos de sn palabra mágica., y también a sn con-
vivencia de casi nn cnarto de siglo con los hombres y
cosas de Bnenos Aires., donde se había forjado sn perso-
nalidad política. Roca., por el contrario, habitnado a las
solnciones de fnerza., por más qne sn temperamento le
permitió despnés adaptarse a las necesidades políticas,
- 43-

estaba nervioso con las aparentes vacilaciones de Avella-


neda. Pero con astucia ya zorruna de candidato~ más
hábil en esto que Sarmiento~ no quiso gastarse en el fro-
tamiento áspero de la lucha enconada ~. y estuvo así ausente
de la batalla fratricida. Ausente~ pero no indiferente~ ni
neutral~ ni inactivo espectador. Él dirigía los hilos con
su habitual pericia~ y cuando llegó el momento propicio
se presentó en Buenos Aires.
La ciudad regalona aceptó por fin al petit-caporal
un poco intruso~ a regañadientes primero~ con resigna-
ción después~' y al último con simpatía y respeto. Sería
excesivo decir que llegó a considerarlo un hijo. El siem-
pre trató de ganársela; y se la ganó a medias~ porque
supo ser hombre de gobierno y hombre de mundo. Sabía
llevar la banda de presidente con autoridad y la levita de
señor con distinción imperceptible. El ganó la ciudad~
pero no en la calle sino en los salones; se acercó a sus
hombres más interesantes; y llegó a vivir en ella como si
fuera su cuna.
No haré el análisis del largo período de actuación del
general Roca~ que Lugones no tuvo tiempo de tratar, y
que abarca de 1879 a 1914~ osea~ 35 años~ es decir~ el
período más largo y fecundo de su vida pública. Yo no
puedo reemplazarlo en esta ardua tarea. La mía~ de pro-
loguista~ debe consistir en llenar apenas la superficie de
ese vacío haciendo una somera y rápida síntesis de lo que
representó Roca para el país~ de lo que significó en su
- 44-

historia., del tipo de hombre público que fué., repitién-


dome tal vez porque mi síntesis de Roca la hice antes y no
ha variado.
Roca f ué la realización de A lberdi; un A lberdi logra-
do. Lo que éste predicaba., Roca lo hizo. Dicen que del
dicho al hecho media un gran trecho; pero sobre este tre-
cho formidable se colocaron Las Bases., es decir., los
cimientos., la obra muerta., que es la que más vive. Y
pudo hacerlo porque conocía su tierra, sus hombres y
« los bueyes con que araba»; se conocía a sí misnw
en lo posible. Y no exigía demasiado de los hombres.,
porque no creía much? en ellos; pero esto no le amar-
gaba la vida,' era escéptico, pero no decepcionado.
Por eso no apuraba a su gente para ir entre ella, pues
no le gustaba situarse demasiado adelante ni tampoco
atrás.
Gobernó con los hechos, acatándolos " aprovechó el
viento, como el buen marino, utilizándolo en sus velas.
Ese oportunismo fecundo le permitió hacer lo bueno,
aunque no fuese lo mejor. Estaba contento con su país y
con su tiempo . Esto da mucha fuerza al poUtico que
gobierna. Estar contento es la mitad del éxito.
No filosofó hasta después de haber vivido. El gran
peligro es hacerlo al revés. Leía siempre, llevaba libros
en sus bagajes, y alguna vez sustituyó en su mochila el
frasco de caña paraguaya con las Vidas Paralelas,'
leía en tierras de indios a la luz de las fogatas, como un
- 45-

general romano conductor de legiones en el Quersonero.


Pero no gobernaba con lecturas ni con silogismos., sino
con su buen sentido providencial. No hacía planes muy
anticipados j improvisaba un poco según se presentaba la
batalla. Tenía el don de la medida en su palabra., en su
gesto yen su silencio.
Conquistó el desierto., hizo la paz, tuvo hijos, plant6
árboles y escribi6 la historia con su espada de soldado y
con su bast6n de presidente.
El 12 de octubre de 1904., al terminar su segun-
do gobierno., el general Mitre fué a saludarlo: « Yo
recibí su juramento j vengo a decirle que lo ha cum-
plido ». Fué un fallo inapelable. Mitre era ya la his-
toria.
Sus gobiernos fueron fuertes porque la Constituci6n
argentina ha organizado un ejecutivo ultrapotente., pre-
ventivo de la anarquía que había de curarse. Pero no res-
bal6 a los excesos. Varias veces vencedor en las batallas.,
nunca fué tentado de dictadura ni tenía el temperamento.
El militar fué muy militar j pero el hombre político fué
civil. Sigui6 así la tradici6n del Gran Capitán que echó
su semilla fecunda en la tierra argentina. Y el ejemplo
de Mitre., que., ~iendo militar., fué siempre un político
civil. Y también el de Urquiza., libertador de hombres.
Por eso, entre nosotros., la teoría de los gobiernos desp6-
ticos no tiene precedentes en los grandes conductores., ni
siquiera en los militares. Al contrario., el único gobierno
- 46-

absoluto con sede en Buenos Aires~ desde 1810 hasta la


fecha~ ha sido el de Rosas~ que fué hombre civiC y s610
militar a ratos perdidos. Ésa es la tradici6n del país; lo
demás es ex6tico.
Roca fué el orden y la paz J. era bastante. No fué paci-
fista sentimental y afeminado; era un pacifista cerebral
y viril. Amaba la paz porque conocía la guerra. Rompi6
el témpano que nos separaba de Chile~ y sell6 nuestra
amistad en la conferencia del Estrecho~ yen los pactos
de nwyo de 1902~ que también son una cosa definitiva~
con una prueba de 36 años.
Roca nos acerc6 al Brasil en su segunda presidencia,
con su visita a Río y la retribuci6n del presidente Campos
Salles J. y de ahí naci6 el tratado sin cláusulas~ que está
vigente hasta ahora~ y que ya es una especie de romanza
sin palabras .
Dej6 así la Argentina en paz con los de afuera~ todos
sus asuntos de límites concluídos y respetada como nunca.
Porque este pacifista no había olvidado las armas; las
había preparado con toda eficacia para obtener la paz.
La conocida frase de Si vis pacem para bellum tiene
generalmente una reserva hip6crita. Se prepara la guerra
y se quiere la guerra. Roca~ no. ~n ét esa frase
fué una verdad íntima J. siempre quizo la paz; la obtuvo
y disfrut6 de ella.
El último servicio fué su nueva embajada a Río~ a
pedido del presidente Roque Sáenz Peña~ su adversario
- 47-

antiguo. Acept6 esta colaboraci6n en homenaje al país.


Su objeto fué obtenido con creces. Él aquiet6 las aguas
que algún Neptuno criollo había revuelto con su tridente
inquieto. Porque su misi6n política fué siempre la de
aquietar y lubrificar.
Cmninaba despacio y miraba de soslayo, en su andar
y en su pensar; y escuchaba con avidez) C01no si oyera
con los ojos. Era de pocas palabras y muchas obras. Pro-
vocaba la confidencia y sabía utilizarla. No sabía hablar
en público; pero sabía callar en público y en privado.
Hay dos grandes silencios heroicos en la historia argen-
tina: el silencio de San Martín sobre Guayaquil y el
silencio de Mitre sobre Humaitá. Roca a su vez tuvo
abundancia de pequeños silencios esforzados. Le repug-
naba el énfasis y la jactancia) como corbatas provocati-
vas.
Tuvo) como el soC grandes satélites) con pasta de pre-
sidentes todos ellos. Eso lo agrand6. Es que sabía encon-
trar al hombre id6neo) porque lo buscaba. Instintivo o
intuitivo) baqueano en la pampa yen el gobierno. Sin.
éxito de calle) pero no indiferente a la calle. Desconfiado)
pero sin amargura) porque no había exagerado su espe- .
ranza. Sabía la vida) antes de teorizarla. Eso lo había
hecho analítico; pero le falt6 la síntesis) el penacho. Su
camino fué áspero; pero se tuvo fe ; y creía como un
fatalista en su estrella. Así pudo ser alegre y bromista y
ésa fué su dicha: poder reír en su retiro versallesco de
- 48-

La Paz) a la edad en que los hombres han olvidado la


rzsa.
Roca) como político y militar, fué un aro de engarce
entre lo nuevo y lo viejo)· el nexo entre los soldados de
fog6n y los de escuela) entre los caudillos practicones de
viejo cuño y los universitarios un poco te6ricos. Roca los
entendi6 a todos y púsolos de acuerdo. Su finura) su
excepticismo) su moderaci6n) dieron a su tipo de gober-
nante una marca original. Comprendi6 el tiempo nuevo
que llegaba y foment6 las escuelas y también las cosas
materiales) las grandes obras urgentes de la instalaci6n.
Pero no se dej6 embriagar por la riqueza que se desbor-
daba y su muñeca de gobernante llevaba el tim6n con
setenta pulsaciones.
No despert6 entusiasmos líricos) ni existi6 « el misti-
cismo Roca ») ni tuvo raptos de esos ensueños que enno-
blecen la vida J. porque nunca perdi6 contacto con la tie-
rra) que es grosera pero es verdadera) ni lleg6 a embar-
carse en las naves del aire. Cada paso qt~e daba era
después de asentar bien el pie) seguro de no hundirse) y
así condujo a su pueblo) sin hacerle concebir esperanzas
quiméricas) ni acobardarlo con presagios sombríos. Fué
político y hombre de Estado, de buen sentido sobre todo)
rumbeador de gran estilo) seguro y de crédito) que lleg6
adonde prometi6.
Conquista del des ierlo) federalizaci6 n de Buenos A ire s)
paz ex terna) obra escolar) ferrocarriles) colonizaci6n)
- 49-

pacificaci6n de los espíritus; fueron sus siete trabajos de


Hércules~ bastante y de sobra para inmortalizar a cual-
qu~era.

Por eso~ este muerto vive aún y cada día vive más.
Parece que a medida que escasea la grandeza entre los
vivos~ se anticipara la resurrecci6n de los grandes muer-
tos.
OCTA VIO R. AMADEO .
LIMEN

EL GENERAL DON JULIO ARGENTINO ROCA NACIÓ EN TU-

CUMÁN EL 17 DE JULIO DE 1843, y FALLECIÓ EN BUENOS


AIRES, EL 19 DE OCTUBRE DE 1914. FUÉ DOS VECES

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, MANDÓ EN JEFE SUS EJÉR-

CITOS, COMPLETÓ SU DOMINIO TERRITORIAL POR LAS

ARMAS, LO ASEGURÓ EN EL DERECHO, Y DÁNDOLE TODA-

VÍA PROSPERIDAD, ORDEN, PAZ Y JUSTICIA, MERECIÓ CON

ELLO EL TÍTULO DE CONSTRUCTOR DE LA NACIÓN ENTRE

LOS GRANDES QUE Así VENERA LA PATRIA


ROCA

1
LOS CONSTRUCTORES

Toda nación, como entidad viviente y política


según su sentido propio, vale decir, racionalmente
dispuesta, es una construcción determinada por la
necesidad de instalarse los hombres que la forman,
el método con que procuran realizarla en satisfacto-
rias condiciones de seguridad y bienestar, los medios
de que a este efecto disponen, y la aspiración de me-
jorarla que abrigan; pues tratándose de un organis-
mo humano, al estar compuesto de elementos así,
dicha tendencia progresiva le es inherente como tal.
Esta noción de adelanto, al excluir la fatalidad
biológica, diferencia radicalmente el crecimiento
animal del humano; con lo que, siendo el pueblo
quien forma la nación, resulta de la mayor impor-
tancia indagar en su servicio aquel cuádruple fenó-
meno material y moral que dicha obra resume, para
darle así el concepto de su ser y la conciencia de su
destino. El objeto de la historia es, entonces, averi-
guar cómo se formó la nación, para saber de qué
- 54-

modo hay que seguir construyéndola. Cuanto más


hondo arraigue ella en la entraña de la civilización
a que pertenezca, mayormente fortificará su vitali-
dad y su carácter. La continuidad histórica es garan-
tía de solidez.
No vive el hombre por vivir, como la planta o el
animal que, con hacerlo, se consumen; sino para
algo superior que da al patriotismo su significación
de virtud, transformando el apego instintivo en fuer-
za consciente. Esta noción espiritual de superiori-
dad, conceptúa el honor de la patria, que es una
constante afirmación de dicha excelencia. La histo-
ria puramente narrativa frustraría aquella su eleva-
da misión, aunque la lleve implícita, toda vez que
reducida la nación a cosa geográfica, biológica y
económica, sólo sería una tribu. Al afirmar que la
nación no es obra del pueblo, sino y mejor que ella
misma, definimos una entidad humana que practi-
cando el arte de gobernar, reconoce categoría supe-
rior a la inteligencia. Más aun: que ejerce esta facul-
tad en su triple acepción formativa de orden moral,
racional y estético; por donde se dijo con verdad
que el gobierno es una obra de arte.
Bajo este concepto, el constructor, según llama-
mos por antonomasia al que organiza los elementos
de la obra y la dirige, adquiere un descuello tal que
la sintetiza en su persona aplicada de esta suerte:¡tl
- 55-

bien común; con lo cual la define, dando su nom-


bre a la época correspondiente. Los nombres de esos
grandes servidores del pueblo, resultan, como se
ve, expresiones significativas de la historia, y tanto,
que ésta deja de existir con su olvido, o tiene que
inventarlos para no acabarse, imaginando los núme-
nes epónimos; pues así es de indispensable el jefe
a cualquier organización humana . La unidad de la
acción colectiva tiene que manifestarse encarnando
en un director; y para atenerme nada más que a
nuestra filiación latina, tal fué durante el paganismo
la formación del Imperio Romano, lograda al cabo
de una experiencia multisecular como el mejor resul-
tado político que se conozca, y tal es, enla continui-
dad histórica, la Cristiandad o « cuerpo de Cristo »,
según se la define a consecuencia ae la encarnación
redentora; por donde vemos realmente que, cuanto
más espiritual, mayor eficacia congregante posee la
susodicha dirección.
De este modo, pues, no hay civilización completa
sin latinidad; o mejor dicho, la civilización es cosa
romana como la ciudadanía de idéntico sentido esen-
cial ( 1 ); y por lo mismo, también, el cristianismo
perfecto es el católico romano.

(1) Civilitas: política o arte de gobernar; urbanidad, amabilidad, cor-


tesía. Civilis: político, popular, sociable. Civis: ciudadano. Civitas: ciu-
dad, nación, política, ciudadanía.
- 56-

Cobra, así, una trascendencia evidente el hecho


de que fuese España, campeón del catolicismo, quien
conquistara estos países para incorporarlos a la Cris-
tiandad, formándolos por consiguiente en el heroís-
mo y en la fe de su inspiración militante. Categoría
histórica más alta aun, según lo dicho, si se consi-
dera que siendo España, por la sangre, tan arábiga
y hebrea a la vez, era completamente latina por la fe
y el idioma que constituyen los valores esenciales del
alma; pues, con ello, vuelve a vers~ que es el espi-
rítu lo que forma al hombre y al pueblo, y no la
raza o materia biológica, y menos, la territorial o
climatérica. Pero, más todavía, ninguna de las nacio-
nes pertenecientes a la latinidad fué tan romana co-
mo aquélla, y bastan para comprobarlo, tres elemen-
tos fundamentales de su índole: el idioma, superior
en la prosa, con temple y decoro análogos a los de
aquel verbo imperial, también mejor, por lo más
genuino, que los metros de la retórica helenizante;
el derecho precristianizado, diré así, en la noción
estoica del «género humano», que, al soplo ya pro-
videncial del Evangelio, inspiraría con santo amor
de justicia la legislación promovida por Vitoria y
Las Casas; y el heroísmo caracterizado por la estu-
penda constancia, zócalo de granito con que, en su
propia cordura, daba apoyo la empresa al arrebato
quimérico que no era sino la negación de lo impo-
sible, como hachón precursor descabellado en lla-
maradas. Pues lo asombroso de la Conquista estuvo
en que excedió los modelos ya sobrehumanos de su
propósito: romances caballerescos y leyendas de
santidad. Así con Alvar Núñez, Pizarra, Cortés,
Francisco Solano, Ruiz de Montoya ...
Todo ello que da ganas de ponerlo en latín recio
y flamígero como bronce de combate . Parcere sub-
jectis el debellare superbos (1) - fórmula del Sena-
do. ¡ Qué cosa, también, más de paladín y após-
tal! 1Qué obra tan romana, pues, la Conquista de
que salimos I
Pero todavía más ardua fué en la tierra argentina
por la escasez de recursos, que afligiéndola con sin-
gular pobreza entre todas las de América, impuso
al hombre mayor es fuerzo y sobriedad, y por lo indó-
mito de sus indios, que prolongaría la guerra de
ocupación, concluída hacia 1600 para el resto del
Continente, hasta el último quinto del siglo décimo-
nono. Austeridad que prepararía, como el ayuno
precedente a la toma de armas del paladín, para la
empresa libertadora de nuestros padres.
De acuerdo, pues, con su historia, el pueblo argen-
tino, predestinado a la espada, como se verá, no obs-
tante las apariencias y errores de un falso liberalis-
mo, debe tener por constructores a individuos de

tI) Respetar a los oprimidos y abatir a los soberbios.


- 58-

formación cristiana y militar, según acontece hasta


hoy, lo que es ya una prueba; y por esto su más
grande obra, o sea la emancipación, iniciáronla,
adecuáronla y consumáronla el 9 ,de julio de 1816,
soldados y sacerdotes. Así, el éxito inicial de la Revo-
lución, lo aseguró Saavedra con su espada; la liber-
tad ganáronla con las suyas Belgrano, Güemes y San
Martín; el régimen federal y la forma republicana
de gobierno, única organización viable, fueron sen-
das iniciativas del deán Funes y del padre Oro; em-
presa tan nacional, que cada uno de todos ellos per-
teneció a distinta provincia.
Constituye, entonces, el más alto interés nacional
la conservación de las virtudes cristianas y marcia-
les, que siendo las mismas del hogar, dan a la patria
su fundamento mejor en la familia bien formada.
De hogares así procedieron los constructores; pero
hay todavía algo más característico.
En concepto romano, y por esto no menos signi-
ficativo para la presente latinidad, el estadista com-
pleto también ha de ser general; como que empera-
dor quiere decir comandante en jefe. Tal fuéronlo,
y excelentes, Marco Aurelio el filósofo, Justiniano el
codificador, y asimismo lo entendía Sarmiento para
quien, como latinos, <<formamos parte integrante
del Imperio Romano », cuando apreciaba con tanto
celo sus galones.
- 59-

Pues de más lejos viene, siendo esencial en la Ín-


dole grecolatina, y baste recordar, a propósito, que
Pericles fué brillante general, con lo que, al inte-
grarse aquélla en la civilización cristiana, gloria del
mundo, su esclarecimiento resulta un verdadero
título de nobleza para las naciones de tan ilustre
prosapIa.
11
EL HOGAR HIDALGO

Si la Conquista, o dicho con mejor criterio histó-


rico, la incorporación de estas tierras a la Cristian-
dad, fué obra conjunta de la espada y la cruz, yen
el Río de la Plata más evangélica que militar todavía,
según lo vamos a ver, su formación estable se efectuó
sobre el hogar hidalgo; epíteto que empleo porque
la ocupación inicial, o Conquista, propiamente ha-
blando, ejecutóse con gran mayoría de gente de
aquella clase, cuya condición trasmitieron desde el
principio los padres, en su afecto natural, a la des-
cendencia ilegítima de los primeros accesos.
Adviértase, sin embargo, que siendo de carácter
militar dicha condición, por su origen habitual-
mente guerrero, el condigno pundonor sobrepúsose
luego al sentimiento con severo decoro, aunque la
familia criolla nunca perdió, tampoco, aquella índo-
le cariñosa y democrática inherente a las exigencias
del medio: uniones, que dije, inevitables ellas; aisla-
miento peligroso que acentuaba la intimidad; nece-
sidad de bastarse y ayudarse entre pocos, lo cual
igualábalos en el mérito del esfuerzo común, tal
como a su tiempo la hidalguía originaria.
La religión, tan poderosa entonces, como que el
objeto superior de la Conquista fué su propagación,
primer deber del cristiano, quien ejerciendo así, a
un tiempo, la caridad y el amor a Dios, practica las
dos mayores virtudes, influyó, a su vez, con doble
motivo: la moral obligatoria y la fraternidad en el
divino linaje, que igualando a los hombres por la
Redención, y protegiendo en consecuencia a indios
y criollos contra la iniquidad frecuente del privilegio
peninsular, hizo de ellos sus más fervientes devotos.
Así, mediante empresas asombrosas como las misio-
nes jesuíticas, y creaciones como la Universidad de
Córdoba, con todo el esplendor de su doctorado in
utroque, sobre la miserable ranchería que era enton-
ces la ciudad.
Por otra parte, la hidalguía del conquistador,
ganada principalmente en la guerra de reconquista
contra el musulmán, llevaba ínsito el fervor reli-
gioso, y habíase formado sobre el concepto medieval
de la identidad entre patria y religión, más vigoroso
por aquel motivo en España. Aplicó así ambos ele-
mentos a la formación del hogar que constituía y de
la patria que se dió después en el ej ercicio de la liber-
tad cristiana; pues bajo tal signo se realizó aquella
- 63-

empresa de nuestra gloria. Por esto no cometieron


felonía los espafioles que nos ayudaron a consu-
marla, y fueron tan buenos cristianos, a la vez, sus
sacerdotes y sus soldados.
Al propio tiempo, como salvo en la pampa, des-
deñada entonces por estéril, - el indígena ofreció
poca resistencia o quedó pronto exterminado - la
obra civilizadora de estas comarcas fué, según dije,
más evangélica que militar, hasta la guerra de la
independencia, cuando la familia criolla estaba ya
de antiguo constituída con la sólida honestidad que
forjaron por decirlo así, la robusta fe y la digna
pobreza.
Poco antes de la Revolución, el incremento de los
malones, renovando el peligro de la instalación ini-
cial, exaltó la energía bélica, nunca extinta, además,
por la amenazadora repercusión que siempre tuvie-
ron las guerras metropolitanas. Así, las invasiones
inglesas requirieron la organización de los elemen-
tos militares con que hubo de iniciarse el movi-
miento emancipador.
Entonces, con las prolongadas campañas de la
independencia y la guerra civil, que pusieron a casi
todos los varones sobre las armas, quedó el hogar hi-
dalgo bajo la dirección poco menos que exclusiva de
la mujer, cuya categoría cristiana dábale ya grande
influencia. Plegarias y promesas por los ausentes,
- 64-

consejos más solicitados al confesor, autoridad mo-


ral más necesaria en razón de la femenina delicadez,
acentuaron la devoción familiar. Esas madres fue-
ron, pues, y con preponderancia cada vez mayor,
las autoras de las tres generaciones que construye-
ron principalmente la patria. Y nada enseña mejor
cuánto más importante para la mujer es la cultura
moral- no la intelectual, y menos la intelectualis-
ta, - que la instrucción de aquéllas, reducida a lo
elemental, cuando no hasta nula como en la madre
de Sarmiento, que fué analfabeta, sin perjuicio de
ejercer el gobierno del hogar con predominio y
acierto por él mismo alabados.
Casadas muy jóvenes, además, entre los trece y
los dieciocho años, sólo una formación moral y una
disciplina social firmísimas, pudieron darles la se-
guridad que manifestaron en tan ardua labor como
vino a corresponderles, sin perder candor ni gracia
bajo la tempestad. Así, en su propia endeblez, resiste
mejor al huracán la azucena que la encina.
Las monjas, a veces alguna señora necesitada que
« ponía escuela» para ganarse la vida, o la propia
familia con más generalidad, enseñaban el modesto
cuadrivio: lectura suficiente, escritura más perfilada
que ortográfica, pocos números, mucho catecismo
y rezos: pero quien haya oído conversar a esas da-
mas, tal cual yo las alcancé, guardará vivo, sin duda,
- 65-

el encanto de una discreción armOnIosa que con


noble pulcritud no exenta del genuino grano de sal,
complacíase en la elegancia de aquella expresión
cuyo secreto parece haberse perdido.
y como la eficacia del lenguaje consiste en su her-
mosura, y ésta le viene de su claridad y exactitud,
que significan pureza veraz - con todo lo cual es pe-
cado la palabra ociosa, según cristiano precepto -
dicha expresión revelaba por sí sola una efectiva cul-
tura, según llamamos a la civilización cuando flo-
rece en el espíritu. Así constituyen la verdad y la
virtud estados de belleza, reintegrando con ésta su
unidad esencial. Ética y estética son una y la misma
cosa; y por esto Horacio, en texto que me parece de
oportuna recordación, llama decentes a las Gra-
cias (1).
Hubo, entonces, tanta grandeza en la patria, sien-
do la gente tan poca, a causa de que hombres y mu-
jeres realizaron al grado heroico su respectiva mi-
sión, que es la defensa por el coraj e y la conservación
por la virtud; obra ésta cuyos méritos asignan pre-
eminencia, quizás, al elogio de nuestras madres. Es
que si carecieron ellas de escuela, tuvieron hogar,
que educa mejor; y éste, por los motivos antedichos,
cultivaba como primordiales virtudes la prudencia,

( 1) Libro 1, Oda IV, verso 6.


- 66-

la fortaleza, la modestia, la concordia y el desinterés


que, constituyendo el carácter, daban al patriotismo
firmeza y temple.
En hogar así nació Roca y lo criaron, lo cual no
intenta explicar su eminencia propia, sino armoni-
zarla debidamente con su origen; pues, si al hombre
común lo hacen de consuno familia y sociedad, el
grande hombre se forma y realiza él mismo. Sólo
que cuando para ello encuentra elementos favora-
bles allá, como a éste le sucedió, lo efectúa mej or ,
y de igual modo lo compensa con su obra, toda vez
que construcción es armonía realizada. Escrito está
que el espíritu sopla dondequiera; y nada lo escla-
rece tanto como la personalidad singular del grande
hombre; pero la planta humana tiene su clima natal,
y cuando es de las superiores, redunda ello en mé-
rito de aquél, porque acredita su potencia excelente.
Dícese bien, con esto, que glorificando al grande
hombre se enaltece el país, fuera de que la justicia
es, asimismo, obra gloriosa.
Sopla, pues, dondequiera el espíritu, pero no
como quiera, sino de acuerdo a la razón natural que
presume la cepa en el racimo; consideración que
excluye de la historia la apelación arbitraria al pro-
digio y la fatalidad determinista a la vez.
III
LA CEPA

El capitán español don Pedro Roca, que vino a


Buenos Aires hacia la mitad del siglo XVIII, fué aquí el
tronco paterno del cual habremos de partir, no por
desdén inmerecido para su noble alcurnia peninsu-
lar, sino porque la misma indiferencia con que
solían desprenderse de la suya quienes como él tras-
ladáhanse a estas tierras, indica el escaso interés
que en las mismas despertaba.
Hijos de sus obras, los conquistadores, cuando
aristócratas, fueron rara vez mayorazgos, dado que
esta condición ventajosa arraigaba naturalmente al
suelo natal con halagos de posición y fortuna; doble
motivo de igualdad entre ellos y de apego al país
donde se instalaban. Su diferencia con los nativos
fué, así, gentilicia o nacional, más que nobiliaria;
y cuando la inherente a la vez que odiosa superiori-
dad, tornóse insostenible ante el aumento de los
últimos, aquel doble motivo concurrió también a
estimular el movimiento emancipador y republi-
cano.
- 68-

Fijado esto, y que lo sea para recordar, por su


grande importancia, que la armonía con el medio
infunde al sujeto eficacia mucho mayor, pongamos
que el referido capitán pertenecía a la familia con-
dal de los Roca, de marcial origen catalán que
remontaba a la guerra contra los mulsumanes, en
la cual otro de su mismo nombre había ya portado,
como blasón, el roque de oro sobre gules.
Nada más difícil que la investigación de estos an-
tecedentes familiares, en el enredo antojadizo y ve-
nal efectuado ya de antiguo por reyes de armas y tru-
chimanes heráldicos; si no revela mayor acierto, a la
vez, dejar tales cosas en una vaguedad, por decirlo
así, de artístico claroscuro, puesto que siendo arte
la historia, lleva consigo la aversión a todo exceso,
como el de prolijidad, que es fastidiosa insignifican-
CIa.
Puede, con todo, permitirse uno añadir, por lo
bello de los símbolos y su perfecta adecuación al
personaje, que el roque expresa - como en el alu-
sivo ajedrez,juego militar, ciertamente, -fortaleza
o torre de combate, y « roca », según la etimología
más exacta, a fe, en el blasón que en el Dicciona-
rio (1) ; el oro de su materia, entre otras cosas mag-

(1) El libro académico desacierta en las etimologías de roque y roca,


antonomasia aquélla de esta voz, es decir, la misma cosa. La primera
procedería, según él, de un socorrido « persa roj, carro de guerra n,
- 69-

níficas, el león del Zodíaco, el mes de julio, la mag-


nanimidad, el esplendor y el poder; y de los gules
de su campo, Marte entre los planetas, entre las vir-
tudes el valor y el honor, entre las excelencias la
lealtad y la victoria. Añadamos que el escudo de un
solo cuartel, como el que nos ocupa, es propio del
apellido puramente (1). Documento histórico equi-
valente a un despacho militar, asume significación
muy superior en su síntesis gloriosa.
Si esto, por lo demás, valiese tan sólo para los
creyentes en la predestinación, es el caso que nues-
tro héroe supo ganarse tan cumplidamente sus
armas, que nadie mereció como él aquellas de su
linaje; y en cuanto a lo que este último significa,
básteme recordar que entre la herencia y el me-
dio ambiente, los biólogos atribuyen a la primera
más importancia cada vez como elemento consti-
tutivo.
Desposado el capitán Roca en Tucumán con Ma-

pasado al árabe erudito con la acepción de torre de ajedrez, aunque los


mulsumanes, introductores de dicho juego en Europa, llaman común-
mente a la pieza en cuestión, al-/cálaat : la fortaleza. En cuanto a roca,
voz que el léxico se limita a relacionar con las francesas roe y rache, y
con la italiana rocca, procede del griego rosch (transcripción fonética)
rogós : pedazo de cosa rota, y grieta, rajadura, que emparienta con el
término latino ruga: arruga, aspereza, rugosidad.
(1) VICENTE CASTAÑEDA y ALCOVER, Arte del Blasón, capítulo IV.
(Madrid, 1916) y GREGORIO GARCfA CIPRÉS, Diccionario Heráldico, pági-
nas 25 y 136 (Huesca, 1916).
- 7°-

ría Antonia Tejerina, de precipua clase allí, fué uno


de sus hijos con ella, José Segundo, padre del gene-
ral, en quien comenzó a tornarse gloria patria la
claridad de la estirpe.
Tucumán figuraba desde entonces entre los prin-
cipales miembros de la entidad argentina, propia-
mente dicho, pues sabido es que, antes de advenir
a nación, definíamosla el Plata; y su formación
histórica, bicentenaria ya, su situación geográfica,
central en el Virreinato, su feracidad como de opu-
lenta vega, al recuesto de la montaña frondosa,
caracterizaban la hidalguía local con un triple rasgo
de genuina combinación entre la recia forj a del
triunfo alcanzado en lucha secular contra las más
porfiadas tribus del interior, que fueron las chiri-
guanas y calchaquíes; el patriotismo, como quien
dijese focal, mas, así también, radiante, y la prove-
chosa actividad fabril que, en el recíproco influjo de
los elementos formativos, imprimía a la personali-
dad reposada benevolencia.
Merece especial recuerdo aquella industria, por
decirlo aSÍ, solariega, en virtud del progreso que
fomentaba; mientras el consiguiente bienestar, fa-
voreciendo la instrucción de los libros y los viajes,
daba de consuno ventajosa singularidad al consa-
bido empresario. Actividad semicasera y explota-
ción completamente local de los productos nativos
- 71 -

mediante la tenería, el maderamen de construcción


y rodado, el trapiche de las melazas y aguardientes,
acentuaban todavía el rasgo criollo de aquel señorío
ya más burgués que aris tocrático.
Así fué patriarcal, pero firme como de brida po-
trera, su dominio sobre la plebe bravía con la san-
gre del indio antecesor que exaltaban a porfía el
alcohol barato y el sol violento; si bien la índole
profundamente amorosa con el clima, a la vez que
el abandono peculiar del mestizo, predisponían el
afecto popular a la entrega apasionada bajo el pres-
tigio de yoluntades poderosas.
Casta y naturaleza embellecíanse en la mujer, afa-
mada por los ojos que diríamos propiamente de ga-
cela, a la letra de un madrigal andaluz, si no los lu-
ciera más dulces la corza comarcana o « corzuela »,
según su cariñoso diminutivo, como para enterne-
cerlos con mayor suavidad en la fragante palidez de
diamela. Y a esto, una correspondiente gentileza
afinada en el donaire cimbreño; sutilizada por el
rebujo entre picaresco y fatal del mantón, al amparo
de su sombra de seda; agraciada por el dejo can-
tante y, al propio tiempo, la viva mordacidad que
escondía la pimienta de su clavel en la delicia del
roído alfeñique. No, a fe mía, sin que la rivalidad
tnujeril o el encono político, insolentaran tal cllal
vez en linda boca el agresivo remoquete con que se
-7'J-

vocearan de puerta a puerta aquesas damas de pro,


desahogando el vehemente genio ...
Devotas ellas, no obstante, al paso que pulidas
por la buena crianza, su encanto y su hermosura
resaltaban con particular atracción, explicándose
así que se le rindiese tanto forastero en andanza, o
de guarnición, como el dicho don Pedro Roca.
Clara aparición de doncella en el zaguán pro-
fundo sobre el patio morisco del aljibe y el arrayán,
o de recatada feligresa en la nave sonora bajo su
escarpín, - ay del galán, ay del pasajero al aca-
so : - que todo fué verla, diría mi capitán, y caer
mal ferido el corazón indefenso, ante aquella pre-
ciosa cuanto bien nombrada María Antonia Teje-
rina y Medina.
La posición central, además de sus méritos ante la
Patria, como aquella prístina victoria de 1812 que,
confirmando la proclama del vencedor, renombróla
« Sepulcro de los Tiranos», para erigirla dos años
después en capital de la provincia - que así fué
su engendro heroico (8 de octubre de 18 16.) (1), -
atrajo sobre la ciudad el galardón insigne de que allí
se declarase la Independencia, con que ganó la otra
mitad de su corona, al titulársela por ello « Cuna

(1) Así el condigno decreto del Supremo Director de las Provincias


Unidas, considera el propósito « de distinguir en algún modo el glorioso
Pueblo de Tucumán que ha rendido tan sefialados servicios a la Patria».
de la Libertad» ; y sucedió que ese mismo año de
1 8 1 6, sen tó plaza de cabo primero de Cívicos de

Tucumán, por supuesto que en ofrenda a la Nación,


según lo estilaban las principales familias con lo
mejor de su sangre, José Segundo Roca a la edad
de dieciséis años.
Cincuenta de actividad militar, sostenida en una
de las más largas carreras del escalafón, hasta caer
durante la última campaña a la cual había concu-
rrido con cuatro de sus hijos: uno, Celedonio,
muerto también allá; otros dos, Rudecindo y Julio,
sendos futuros generales; -medio siglo, pues,
sobre las armas, dió a soldado tan completo como
lo fué, meritísima participación en cuatro guerras:
la de emancipación, para él consumada con los lau-
reles de Junín; la del Brasil, su complemento,
donde ganó las charreteras de teniente coronel al
lado de Alvear; la civil, si no está mejor llamarla
constituyente, que hizo con La Madrid y Lavalle;
y la del Paraguay, que aseguró a la nación los ci-
mientos de su dominio imprescriptible con la san-
ción de la victoria.
Insistamos un poco más, que vale la pena.
A los catorce años de su ingreso en las tropas,
alcanzaba el guerrero la efectividad de coronel,
habiendo mostrado cumplidamente su calidad na-
tiva y su cultura militar formada -letras inclusi-
- 74-

ve - al pie del cañón, con servicios tan señalados


como el que prestó a las órdenes del magnífico Are-
nales en aquella primera Campaña de la Sierra-
lamás ardua que efectuó, acaso, el ejército libertador
del Perú; - ya que no sólo puso en ella su espada,
sino que dejó, bajo el modesto título de « apuntes»,
el mejor relato personal de la misma: brazo y ca-
beza a cual mejor para aquella asombrosa andanza
de ocho años que lo llevó de triunfo en triunfo desde
su Tucumán de los Cívicos hasta los campos del
Ecuador con Sucre por jefe l ...
Siete hijos varones y una mujer, como en los
antiguos romances de la leyenda - y de la histo-
ria - glorificaron la unión que contrajo con Agus-
tina Paz, también de ilustre ascendencia, pues era
hija del doctor don Juan Bautista Paz y Figueroa,
presidente del Cabildo tucumano que en 1810 se
declaró por la Libertad. Así, la esposa asociaba con
su linaje la palma cívica al bélico laurel.
Un episodio de dramática belleza había enalte-
cido aquel amor al grado heroico.
En 1836, el general unitario don Javier López,
alzado contra el de su clase don Alejandro Heredia,
gobernador federal de Tucumán, invadió esta pro-
vincia, desde Salta, al frente de algunas fuerzas
entre cuyos jefes se hallaba Roca. Vencidos y pre-
sos por Heredia en Famaillá (23 de enero) y conde-
nados todos a muerte, fué ejecutado López dos días
después, tal cual procediera él mismo con los gene-
rales don Martín Bustos y don Bernabé Aráoz en
1823 y 1824, según el implacable rigor militar de
la época. Entonces Agustina "Paz impetró <le 1\ere<lia
el indulto para su novio ya en capilla, pues solía
perdonarse al reo cuando una mujer lo pedía para
marido; piadosa costumbre, realzada seguramente
en el caso, por los méritos y calidad de los prota-
gonistás, tanto como por el motivo de la petición,
cuya doble influencia es de inferir sobre aquel culto
soldado.
Ya veremos con qué patriótica sencillez concep-
tuaba ella la responsabilidad de su origen y su des-
tino. Consideremos ahora la importancia de su
gobierno familiar, casi permanente con las prolon-
gadas ausencias del esposo, orá en la guerra, ora en
la emigración, o detenido, por último, desde 1839
a 1842, en Buenos Aires, a disposición de Rosas:
desempeño que por difícil asombra, entre las visi-
citudes sin cuento de una época desgarrada hasta la
ferocidad con que la suerte pareció templarla a por-
fía, hasta resultar, así, de su hechura el molde como
para bronce en que había de lograrse con tamaño
acierto la personalidad prócer que nos ocupa, aun-
que ésta ofrecería tanta dificultad, a fuer de su
mismo carácter extraordinario. Nada más impor-
tante, en efecto, que el cuidado de la tierna planta,
por eminente que haya de ser su adultez, y aun con
mayor motivo si se considera lo que así ha de resal-
tar su temprana torcedura.
Amable señora de los ojos tranquilos, la frente
ancha y tersa baj o la doble ala del sencillo peinado
cuyo toque « virginal» acentúa la pureza de la boca
en que la maternidad no abatió aún las comisuras
ascendentes de la doncella. Boca grande por gene-
rosa; expresión de nobleza fiel; manos en que con-
cede su aristocrática suavidad la azucena que diji-
mos.
IV
EL VÁSTAGO

La predestinación del grande hombre manifiésta-


se como un hecho natural que asume a veces carác-
ter de prodigio, pero que, con más generalidad,
hállase visiblemente determinado por la concurren-
cia de sus elementos formativos. Su interpretación
histórica es, así, caso de lógica racional en el que,
desde luego, va constituyendo prueba la correspon-
dencia de la biología con la fe que asevera la crea-
ción providencial de las almas con un fin del mismo
género; a cuya virtud tiene la vida humana un obje-
to trascendental como la propia obra del individuo
superior, que lo torna más visible por su propIa
. .
emInenCia.
Si la personalidad del que estudiamos se explica
ya bastante por su prosapia, merece análoga consi-
deración el voto profético que lo dedicó a la Patria
en la misma participación de su nacimiento, cuando
la animosa madre la escribía con el regocijo de ha-
ber tenido aquel varón « a quien llamaremos Julio,
por ser el mes glorioso, y Argentino porque confia-
mos que será como su padre un diligente servidor
de la Patria ». eNo está eso de bien puesto que pare-
ce un epígrafe romano, inclusive la coincidencia ce-
sárea en la advocación del mes imperial (1), y el con-
cepto del patriótico deber referido al modelo pater-
no, como por definición - patria deriva de pater..
tris: padre, - hasta parecer todo ello intencional de
tan exacto? Pues no provenía sino de la buena casta y
de su cultivo familiar, como lo dije, y puede ahora
verse a las claras, con que así debió expedirse natu-
ralmente aquella hija, esposa y madre de próceres,
ganando sitio correspondiente en la historia . Mas,
el temple de su heroica alegría - « alegre» fué,
asimismo, para romanos y paladines el epíteto de la
espada desnuda (2) - habrá de apreciarse mejor si
recordamos que corrían entonces los peores tiempos
del desastre unitario, consumado por las derrotas
del terrible año 41 ; poco menos que fresca aun la
sangre de Avellaneda (3 de octubre) y con la terro-
rífica exposición de su cabeza en la plaza mayor, por
añadidura, mientras casi de inmediato (24 de enero
de 1 8,b ), a sólo dieciocho meses de la celebración
natalicia, alzábase en el mismo sitio la pirámide que
para perpetua glorificación de Rosas y Oribe mandó

(1) Sabido es que el mes de julio fué así llamado en honor de César.
reformador del calendario.
(2) Alacris-ensis. Joyosa del bel cortar.
- ']9-

erigir el gobierno ; recién acabada la durísima repre-


sión, de la cual había sufrido cárcel y destierro el
consorte ilustre, y apenas extinto allá, bajo rauda-
les de sangre, el fuego, remaneciente en el litoral
con gravedad y consecuencias mucho mayores. Sin
embargo, y hasta durante lo peor de aquel septenio
(I8111-1848), al que no faltó para siniestro ni el
terremoto del año 44, gravemente destructor en
Tucumán, la antedicha cultura de su sociedad redu-
jo asaz los excesos. El implacable rigor fué, por lo
común, demasía de forasteros. El federalismo local
tenía una respetable tradición cívica que remontan-
do de inmediato al dominio del general Heredia,
doctor, por cierto, y protector de Alberdi - enton-
ces al comienzo de su apostolado liberal, - conti-
nuábase ahora con el moderado gobierno del gene-
ral Gutiérrez, quien, entre otras pacíficas obras de
administración, mandó levantar en 1845, literal-
mente sobre los escombros del terremoto que cité,
el censo de la provincia. Y era asimismo de tradi-
ción federal, a empezar por Rosas, lo que acrecen-
taba su prestigio, la consideración a los guerreros
de la Independencia, sobre todo cuando habían mili-
tado en el Ejército de los Andes. Así se explica la
amnistía que el año 42 acordó el tirano al coronel
Roca, quien, correspondiendo a ella, abstúvose ya
de la política hasta la caída de aquél.
- 80-

Respetable y respetado, pues, en la decorosa pru-


dencia de su retraimiento, el hogar del adversario
caído pero glorioso, tal fué, en dos palabras, el am-
biente infantil del hijo nacido al regreso de aquella
dura ausencia, un año después, dilecto fruto del re-
cobrado amor en bendición de fidelidad y esperanza.
Había sacado el niño la finura del rostro materno
en la suave firmeza de su largor, destacada por la
boca grande que la virilidad relevaría con malicia
sensual, y los ojos garzos del padre, soslayados como
de filo bajo su prominente encapotadura en caracte-
rístico rasgo de acerada intrepidez, hasta definirse
aquel semblante por una expresión de astuta delica-
deza cuya distinción, un tanto irónica, acentuaba a
su vez la cabeza chica, pero frentona, bajo el blondo
cabello. La travesura ingénita que lo animaba, en
la agilidad d~l cuerpo menudo, ganáronle desde la
escuela, donde entró a los cinco años, el apodo de
zorrito, que le caía bien, y también por cierta seme-
j anza fisonómica; con lo cual hubo de verse ya la
agudeza de su ingenio, manifiesta como alumno en
su poco infantil afición a las matemáticas.
Su curiosidad estudiosa, indicio de talento que
asimismo define su índole por la predilección elec-
tiva, indújolo simultáneamente a la geografía ya la
historia, que amplificó temprano con cuanto libro
pudo, lector aplicado desde la infancia, y hasta du-
- 81-

rante las más rudas campañas de su milicia, cuan-


do, a usanza romana, que por cierto conocía bien,
aprovechaba sobre la página de tal cual clásico,
traído de bagaje, sus vísperas de batalla. Así, en su
vejez ilustre, nada extraño era oírle comentar, por
ejemplo, una reciente lectura del Viaje de Nansen,
o el Carlos XlI de Voltaire ...
Aquellas primeras letras del tiempo, que entra-
ban con sangre según la fórmula, o por lo menos ari-
gor de palmeta, no andaban, pues, tan remisas como
alguien pudiera creer en la formación instructiva,
ni siquiera en la edad escolar, según acaba de verse;
siendo digno de advertir que dicha enseñanza, con
su disciplina penal más conforme a la vida - en
cuanto ésta integra el carácter incluyendo las reac-
ciones del dolor tan efectivas como las placente-
ras - lej os de dañar, dió mayor energía y solidez
que ahora a la entereza, la veracidad y el pundonor.
Dijérase que más completa con aquéllo, formaba
más pronto y mejor también el criterio personal; y
así se explica la responsabilidad, la capacidad, la
serenidad de esos alféreces de quince años. Es que
la educación, inculcada desde el principio como
doctrina religiosa, hacía del deber prescripto la pie-
dra fundamental que según su objeto propio se pone
~n bloque, armonizando, lo que es decir robuste-
ciendo, la obra hoy dislocada del hogar y la escue-
- 82-

la; con lo cual, a la menor aptitud consciente, co-


rresponde otro fruto no menos contradictorio del
racionalismo laico, que es la apreciación de las
antedichas virtudes como « prejuicios burgueses»,
y del deber como aborrecible carga.
No que el tiempo pasado fuese mej or porque pasó r
que en muchas cosas era peor, ciertamente, sino que
los hechos enunciados revelan el temple superior de
sus hombres; y esto a causa de que su educación,
según el concepto cristiano, tenía por objeto la for-
mación del héroe, o sea: el que cumple con su deber
sin subordinarlo a posibilidades ni consecuencias.
porque Dios manda. Noción total del orden bajo su
triple aspecto prescriptivo, jerárquico y constructor.
Mientras tanto, la guerra civil, perdida por los.
unitarios en el Norte durante los años 36 y .ir, con-
tinuaba en el Litoral, desde que, el de 39, concer-
t.óse la alianza contra el gobierno de Rosas entre la
provincia de Corrientes, dominada por aquéllos, y
la República del Uruguay, con adhesión efectiva de
Francia que desde el año anterior y bajo una preten-
sión tan arbitraria como ultrajante, bloqueaba los.
puertos de la Nación Argentina cuyas relaciones.
exteriores desempeñaba el dictador.
La duda, enconada por la intervención extran-
jera con saña atroz que la posterior y aun más inicua
adhesión de Inglaterra al bloqueo (1845) agravó,.
- 83-

naturalmente, había producido ya, el mismo año


del nacimiento de Roca, una verdadera declaración
de exterminio entre el gobierno unitario de Monte-
video y el ejército federal, que mandado por Oribe
sitiaba dicha plaza, al decretar el primero, en repre-
salia, la ejecución de los oficiales prisioneros, mien-
tras el otro continuase matando los que consideraba,
a su vez, traidores y piratas: entre estos últimos,
por ejemplo, los corsarios de Garibaldi que la alian-
za incorporó, aumentando el rencor de los federales.
De esta suerte, la oposición a Rosas exageró su
extranjerismo, manifiesto ya cuando las tentativas
monárquicas cuyo más señalado promotor fué Riva-
davia, y profesado con la doctrina liberal hasta el
menosprecio de la ascendencia española que conte-
nía, sin embargo, la fecunda posibilidad de nuestra
organización republicana, acabando por cometer
errores tan graves como la declaración constitucional
de la libertad de los ríos (1), cuya historia es franca-
mente lamentable, y - para reducirme a dos, tan
sólo -la irresponsabilidad de la prensa. Pero, si
ochenta años de irremediable transgresión permiten

(1) Para imponer a favor de sus naturales el mismo tratamiento acor-


dado a los ingleses por el tratado de 1825; concesión que siendo de
incumbencia soberana, negábase Rosas a negociar con agentes consula-
res y marinos sin representación diplomática. El objeto inmediato del
conflicto, era una ley del gobierno unitario de 182 [, que Francia consi-
deró intolerable sólo quince atlos después ...
- 84-

apreciar ahora la impropiedad de la copia norteame-


ricana, inexacta como traducción, por un lado, y
empeorada, por el otro, con aditamentos corno los
que acabo de citar, túvose entonces por primordial
deber la introducción de cuanto invento extranjero
hubiese, bajo el concepto paradójico de que, siendo
tan criollo Rosas, todo lo criollo resultaría tan funes-
to corno él...
Según pasó con la libertad franco-inglesa corno
la intervención que los unitarios justificaron con su
alianza aunque sólo fuese para los autores un asunto
de prepotencia comercial semej ante a la coetánea
guerra en China (1) - 18~0-6o - sucedió lo mis-
mo con la prosperidad o culto de la riqueza a todo
trance, en imitación de los Estados Unidos, dima-
nando de ahí un acentuado racionalismo que, decla-
rándose laico, era realmente anticatólico, y, a poco
andar, el consiguiente materialismo que reduce el
objeto de la existencia a la conquista de la fortuna.
Hubo, aSÍ, de reconocerse todas las desmembracio-
nes que durante las guerras emancipadora y civil
había sufrido la Nación, en otras tantas entidades
insuficientes y absurdas, pues la sinonimia entre

(1) La llamada del opio, con sus varias interyenciones para imponer
el uso de dicho tósigo, y a la cual no faltó, para mayor semejanza, ni
la apertura a cañonazos del río Yangsé, como aquí el Paraná, y por
idénticos moLiyos mercantiles.
- 85-

progreso y extranjerismo, impuesta al país, com-


portaba su auto negación pesimista; y la democracia
que, de acuerdo con nuestra índole, será argentina
o nunca existirá, convirtió se hasta el día de hoy en
la vana tentativa de aplicar un sistema ajeno.
La crítica liberal que minó a Basas hasta provo-
car su caída, mediante la coalición internacional
hecha y rehecha durante catorce años, no sólo con-
cibió así la teoría y la práctica, sino que tuvo decisi-
vamente a su favor el éxito económico que consumó
en el mundo entero la victoria del liberalismo, polí-
tica cuya experiencia, hoy agotada, permite definir-
la como una expresión comercial. Su fórmula gené-
rica: « dej ar hacer, dej ar pasar », era, en efecto, un
verdadero marchamo de los fisiócratas de Manches-
ter. El triunfo liberal fué, así, completo; y Alberdi,
su filósofo más influyente, reflejaba en legítimo
orgullo tucumano su nombradía nacional.
A la acción del ambiente, que hubo de ser eficaz
sobre el niño, entonces en sus diez años ya notables
de agudeza precoz, iba a agregarse una determina-
ción mucho más profunda; antes de cumplir los
catorce ingresaba en el Colegio del Uruguay, según
oferta de Urquiza, quien había pedido al coronel
Roca uno de sus hijos para que completara allá estu-
dios; pues el vencedor de Caseros proponíase que,
como prenda de unión nacional, cada ciudad pro-
- 86 -

vinciana enviara por lo menos un pensionista, gene-


ralmente con beca, a ese instituto fundado por él
dos años antes de su pronunciamiento contra Rosas.
Así llegó a contar aquella casa más de cuatrocientos
internos procedentes de toda la Confederación, rea-
lizando con ello una obra de trascendencia tal, que
influyó durante medio siglo sobre las direcciones
gubernativas del país.
Limitado primeramente el plan de estudios al
latín, la filosofía, las matemáticas y el francés, ha-
bíase reorganizado bajo la direcciónj del doctor
Alberto Larroque, al ingresar nuestro flamante
alumno, adoptando un tipo mixto de liceo, escuela
comercial y facultad de derecho, en el cual predo-
minó la influencia francesa, como lo era la naciona-
lidad del propio director y de los catedráticos más
notables: Peyret, de la Vergue y Pasquier. Luego,
no más, f ué definiéndose aquélla en racionalismo
liberal, llamado entonces Progreso por fervorosa
antonomasia, aunque el plan reformado (1855) con-
tuviese como primera asignatura la «enseñanza reli-
giosa » y moral impartida por el mismo Larroque,
quien había sido seminarista en su juventud; mien-
tras para los cursos elementales, desempeñaba la
cátedra el presbítero don Vicente Martínez.
Triunfó, con todo, el Progreso liberal que lleva-
ha en su idealismo agnóstico, y cumplió, como es
lUsto reconocerlo, la promesa de poner el atrasado
país a tono con la civilización así rotulada. En esto
consistieron su norma y su tarea, que la presente
generación debe concluir o rectificar con idéntico
patriotismo, es decir, sacando con imparcialidad las
consecuencias históricas y morales.
De esta suerte, concluiremos que la enseñanza
laica, la inmigración y la prosperidad económica,
fueron, sintéticamente hablando, los tres elementos
fundamentales de pacificación y bienestar, supre-
mas aspiraciones del país en aquella época, pero
también causas del materialismo egoísta, que es
efectiva inmoralidad como ahora se ve, y como no
lo previeron los autores del sistema, creyendo tan
sólo en su bondad inmediata y consiguiente. El opti-
mismo liberal cuya expresión es el progreso infini-
to, recóndita autoidolatría del hombre, dominaba
entonces, conformando la conciencia patriótica de la
clase dirigente, poco menos que sin excepción, yel
Colegio del Uruguay lo profesó con sinceridad no-
bilísima. Todo, decía el benemérito Larroque en el
prospecto al plan de 1855, todo cuanto fuese trabajo,
entusiasmo, responsabilidad, debía ofrecerse « en
obsequio del país », como « sincera y leal coopera-
ción a la grande obra de la regeneración argentina ».
Fué, así, recia la disciplina de la casa, a empezar
por los ejercicios militares, entonces de rigor en las
- 88-

enseñanzas secundaria y normal, como siempre de-


bieran serlo, hasta hacer un modelo deljuvenil bata-
llón que mandaba el coronel Fontes. Los estudios
ocupaban, literalmente, el día entero, sin excluir ni
la mañana del domingo, comenzando antes del alba
en el salón de repaso, a la luz de velas de sebo. La
cátedra era exigente sin ambages; severa la respon-
sabilidad ante el deber y el honor. Enseñábase y
aprendíase bien, inclusive maneras y sociabilidad,
a la francesa, lo que es decir con suficiencia veraz;
de modo que cuando al hoj ear las clasificaciones del
alumno Roca, lo hallamos por lo común sobresa-
liente o bueno con voto de tal en todos los ramos,
sabemos a ciencia cierta que fué sólida la base de su
instrucción. Así, sobre todo, en la gramática y el la-
tín que tanto prueban la voluntad como el discurso.
Talento y aplicación distinguíanlo, en efecto,
hasta darle fama entre el selecto plantel que forma-
ban aquellos estudiantes designados ya como mejo-
res para el ingreso, según la honrosa invitación, en
la respectiva localidad de procedencia; mientras le
ganaban voluntades con prestigio que en muchos
casos no menguaría jamás, su simpatía, su joviali-
dad y su audacia.
Yen eso estaba, cuando al empezar su segundo
año de aprendizaje, el eco del clarín llamaríalo a su
gloriosa vocación.
v
PRIMERAS ARMAS

La personalidad de Roca defínese, y se explica,


por su condición militar. Es, así, fácil de entender
y difícil de manejar como la espada; pero esto últi-
mo consíguelo el historiador, según creo que habrá
de verse, a condición de interpretar en dicho con-
cepto su vasta acción civil, determinada hasta carac-
terizarse lo mismo que al arma del símil su tem-
plada parejura, por el culto del orden, que con el
nombre de disciplina constituye la virtud especí-
fica del soldado . Bajo aquella doble cualidad de
temple y línea, la eficacia y la sencillez integran
la estética de la espada; y estas mismas condiciones
singularizaban la maestría del político, tornándola
con frecuencia inadvertida en su naturalidad, como
a veces las estocadas profundas.
Acción, dije, y es la palabra. Hombre de acción
significa, en efecto, el militar, y Roca fué esto ante
todo. Su parte de constructor ha de juzgarse, pues,
por lo que hizo y describirse conforme lo realizó,
- 9°-

para que resulte directa y honradamente el autor de


sí mismo, como lo es, por lo demás, todo grande
hombre .
De esta suerte, su acción pública empieza con el
voluntario ingreso al ejército nacional ello de mar-
zo de 1858, es decir, antes de cumplidos los quince
años y al iniciarse el segundo de sus estudios en el
colegio del Uruguay, para la campaña que concluyó
con el triunfo de Cepeda .
Influiría, sin duda, en su determinación, tan de-
cidida, que la tomó convalesciente aun de tal cual
fiebre palúdica o tifoidea, la incorporación de su
padre a las mismas tropas, con la efectividad que
Urquiza habíale honrosamente reconocido; pero la
coincidencia de su predisposición natural, según los
antecedentes ya dados, con la ocasión ofrecida por
el suceso histórico, asigna al mero destino categoría
de predestinación, si la entidad humada es otra cosa
que el accidente de una fortuita concurrencia, y la
casualidad algo más que una expresión de insufi-
ciencia filosófica. Último eslabón de una cadena que
representa la continuidad de las generaciones, cada
individuo es el más joven y el más viejo, a la vez,
de los seres que la formaron. En la primer condi-
ción entra a la vida como si fuese único, para actuar
según las posibilidades que ella le ofrezca; pero en
la segunda, trae consigo la índole o entidad sobre-
- 91 -

viviente de los antecesores, cuya importancia apre-


ciaremos con recordar que, sobre la tierra, sólo el
hombre es capaz de constituir la síntesis de memo-
ria, sentimiento y razón, denominada conciencia.
Por esto cobra tanto interés la indagación genealó-
gica, transcendente, como se ve, sobre la fatalidad
hereditaria, y explícase que la coincidencia histórica
y personal en grado eminente, señale la predestina-
ción de los grandes hombres. Así suelen éstos tener
la fe recóndita en su estrella; porque si todos veni-
mos para algo al mundo, siendo con ello desde
nuestro origen colaboradores en el plan de la Crea-
ción unos nacerán jefes y otros no, sin mengua,
pues, del común destino. El don natural revélase en
aquella fe como una manifestación del temperamen-
to. Sentirse jefe es presentir la victoria.
Incorporóse, pues, Roca al ejército de la Confe-
deración, antes, repito, de cumplir sus quince años
y sin abandonar los estudios con que ganó excelen-
tes clasificaciones, graduado de subteniente como
solía pasar, por el triple motivo de su ascendencia
prócer que amaba la educación distinguida, su con-
dición de estudiante y su preparación militar en el
lucido batallón del colegio. Procurábase imponer,
así, mando ejemplar a la ruda tropa de la leva toda-
vía gaucha, donde no escaseaban el aventurero del
enganche, facineroso con frecuencia, y el malhechor
« destinado ») por la justicia; aprovechamiento dig-
nificante de la hez social, que no era la obra menor
entre las muchas útiles del ejército. El 6° de infan-
tería, al cual pasó Roca después de Pavón, formá-
base por entonces sobre un plantel de presidiarios.
Pero si eso constituía una tradición perenne desde
el comienzo de la Patria, y Urquiza la mantuvo,
prefiriendo para la formación de la oficialidad a
los alumnos de su colegio, es de inferir la respon-
sabilidad y las condiciones que exigía en aque-
llos adolescentes la asignación de semejante come-
tido.
Debía imponerse el muchacho por la fuerza bruta
cuanto más culto fuera para evitar el apodo de ma-
rica, si no pegaba, venciendo asimismo la ojeriza
de los colegas graduados a puro coraje y maña que
los ensoberbecían con chocante desdén, y aplicando
el rigor, atroz muchas veces, de una ordenanza que
fuera de la penalidad vigente aun, a despecho de la
abolición constitucional- estacas, azotes y hasta
ejecución a lanza - confería, por ejemplo, al oficial
más joven el mando del pelotón que ajusticiaba. El
episodio era corriente, y retemplaba, por decirlo así,
con épica barbarie la educación militar:
El alférez Soto, de quince años, va a mandar la
-primera elecución ~ue de acuerdo con lo antedicho,
le toca; y por más que sea un futuro valiente de
- 93 -

Ci\lYU.~'<). .'j\'\. \."\.) 1 ~'a.\1.ü.~~~ 'a.\\\.~ \'a. ~1:()ñ"ID.\.ü.'a.ü. ü.~\ 'Q.(';\.()


tremendo. Entonces el reo, un desertor, asesino por
añadidura, que amarrado ya al banquillo, rehusó la
venda final, lo increpa:
- j Qué se está poniendo pálido, como si Vd
fuese el que va a morir I j Dé pronto la voz de fuego l.
Explicase, así, que para oficiales salidos de seme-
jante tropa, como había muchos aún, cultura y ur-
banidad fueran indicios de cobardía, tan propalados
a veces, que motivaron fatales actos de arrojo, cau-
sando al ejército pérdidas irreparables.
Más de un duelo costaron a Roca sus estudios de
colegial, proseguidos en el cuartel y el campamen-
to, y continuados por cuenta propia, después, bajo
la tienda de campañaJ con pretendido desaire de tal
cual invitación a la parranda o el juego donde no
faltaba el militarote que alardease su beodez o se
desplumara con sus propios soldados. Y hete aquí,
todavía, ese oficial que, sobre la marcha, pedía venia
para bolear un avestruz o gama a la vista, cuando
no se le adelantaha, más gaucho aun, el propio jefe
del regimiento, o para trabarse en comhate singular
ante las líneas tendidas, con el otro que tal avanza-

(1) Don José Clementino Soto, autor de un estudio sobre dicha bata-
lla en la cual fué ayudante del coronel Vedia, que mandó la artillería
argentina: guerrero y escritor, literariamente afamado por su novela
militar El Capitán Morillo.
- 94-

do provocador del bando opuesto, resplandecientes


de plata los pingos y de entorchados los jinetes;
pues los ejércitos, por gallarda ostentación, vestían-
se de gala para dar la batalla.
La de Cepeda, veinte meses después, dió al sub-
teniente la ocasión de estrenarse con particular va-
lentía, mereciendo el ascenso al grado inmediato)
con felicitación personal del generalísimo; primera
distinción entre las que realzaron, desde entonces)
su foja a cada combate, hasta la gloriosa singulari-
dad de ganarse espada en mano todos los ascensos.
de su carrera.
No le impidió la consiguiente ufanía rendir sus
exámenes a los dos meses, no más, con aquellas
excelentes clasificaciones que obtuvo también en los
de 1859, tercero y último año del plan cuya termi-
nación señaló su ingreso definitivo a las armas ;
siendo interesante, por lo menos, consignar que el
mejor resultado de sus estudios correspondió al
latín, o sea la asignatura más ardua, durante todo el
trienio. De ahí, a no dudarlo, la predilección que·
siempre manifestó por Plutarco y por Virgilio .
Entre tanto, la guerra civil habíale dado con la
milicia y el triunfo su primera triple noción de la
política, la disciplina y la gloria : escuela ruda pero
eficaz de la vida más noble que es, por cierto, la
peligrosa del varón. Empezó, aSÍ, a familiarizarse -
- 95 -

en el manejo de hombres, yel más difícil, que es


afrontarlos con la muerte; a civilizar la fuerza con el
arte táctica; a hacer historia por su cuenta en la con-
quista del austero laurel. Yesa primera batalla mos-
tróle ya la intervención bélica del indio en la caballe-
ría de los ranqueles de Coliqueo, mandada por el
cuasi romancesco Baigorria que veinte años después
concurriría con tal cual información de su experien-
cia a los preparativos de la conquista del desierto.
Tampoco influyó en su vocación el prestigio del
arma montada, que era hasta entonces la principal,
con lo que se explica la importancia militar de aquel
auxilio de la indiada cuyo vuelco a favor de Buenos
Aires contó entre los recursos valiosos de la campa-
ña de Pavón. Artillero como el propio jefe, que
ganó a su vez esta tercera batalla, y la decisiva de la
era constitucional (1), allá iba a destacarse con un
acto de heroica belleza, característico, si los hay, el
teniente de dieciocho años.
Deshecha la infantería y copada la artillería del
ejército nacional, hasta no quedarle sino tres de las
cuarenta piezas que la formaban (2), una de aqué-

(1) Puesto que la de Caseros se dió y ganó con el objeto de constituir


la Nación, precisamente.
(2) Martín Ruiz Moreno, La presidencia del doctor Santiago Derqui y
la batalla de Pav6n, Buenos Aires, t. 1, págs. 358-59, 1913 dice que
el general Francia salvó catorce piezas del ejército nacional. Mi afirma--
ción corresponde al parte de Mitre .
- 96 -

Has, la única restante a su vez de la última batería


que, destruída y todo, se retiraba peleando, soste-
nía con su fuego la aislada operación, personalmente
disparada por el joven oficial bajo el tiro convergen-
te de los contrarios. Suerte que arrollada también
la caballería de Buenos Aires, su dispersión en sen-
tido opuesto favorecía con la doble confusión sobre-
viniente, la retirada de aquel grupo cuya entereza
eficaz mantenÍase de recio.
En eso, rompiendo la polvareda y el humo que
ya espesaban las sombras del anochecer, sujeta su
caballo sobre la diezmada batería un provecto jefe
cuya faz destácase al rasgón del fogonazo entre la
enorme barba gris redondeada con leonina encres-
padura. Es el coronel Roca, que presente como
siempre en la lid, acude por el hijo a quien presintió
su instinto en ese artillero de solitaria bravura. Con
lo que, representándole la consumada perdición de
la derrota que al no admitir ninguna esperanza tor-
na insensato el sacrificio, lo invita a ponerse en
salvo. Al fin es lucha fratricida que no glorifica ni
deshonra ... y entonces, la respuesta espartana que
es de inferir con qué orgullo remozaría en el cora-
zón del guerrero, desde la raíz a la flor, todo el ár-
bol de su sangre:
-No puedo, mi coronel, sin que lo ordene mi
jefe.
- 97-

-E~ C\.ue el co-ronel Santa Cruz ha caído 1lrisio-


nero.
-Entonces, mi coronel, tengo que contraerme a
salvar la pieza.
Así llegó con ella y su puñado de hombres al
Rosario, esa misma noche, haciéndose de un tirón
los cuarenta y cinco kilómetros que de allá lo sepa-
raban.

7
VI
FORMACIÓN DEL JE FE

No sólo rué la batalla de Pavón definitiva para la


unidad nacional, sino para la guerra consuetudina-
ria, al haberse obtenido el triunfo con la infantería,
arma predilecta del vencedor, mientras la caballería
contraria derrotaba a la suya. Esta doble faz del com-
bate, simbolizó, así, dos épocas cuyo conflicto pro-
longaríase mucho tiempo aun en la resistencia pro-
vinciana de montoneras y gobiernos (1) que el de
la Nación debió reprimir con verdaderas expedicio-
nes punitivas; pues nuestra realidad histórica es de
carácter militar, ya directamente, ya por consecuen-
cia de medidas como el armamento y la táctica. Así
la conquista del desierto, última etapa fundamental
realizada mediante dos novedades en la materia: la
ofensiva y el remington.
La formación de Roca iba a efectuarse bajo ese
imperioso concepto de unidad nacional que la orga-

(1) Propiamente, hasta la rebelión de Buenos Aires en 1880, con gran


concurso de caballería gaucha que reapareció, así, por última vez.
- 100-

nización federativa requiere como ninguna, VIgOrI-


zado todavía por la disciplina y la práctica, sendos
agentes de convicción; pues al integrarse el gobier-
no de la República con la presidencia de Mitre, el
ejército hízolo también, empezando acto continuo,
baj o su jefatura constitucional, la campaña represora
de los alzamientos locales que continuaron acá y allá,
según dije.
El artificio rudimentario que es de suyo la fede-
ración, deformado por graves deficiencias de cultura
y de recursos, precisaba asimismo una política mu-
cho más militar que civil para mantener el orden
indispensable a cualquier progreso, con mayormo-
tivo si necesita urgente impulso. Así ocurría, en
efecto, y la misma Constitución, instrumento extran-
jero adoptado con fervorosa premura, llevaba en su
inadecuación una intrínseca violencia. El designio
de imponerla al pueblo cuya soberanía declaraba,
era ya una paradoja de la fuerza, vicio natal que
resultaría incurable.
Violaba desde entonces para poder gobernar, ya
que el gobierno es eficacia y no lógica, la transgre-
sión oficial justificaba la oposición rebelde que, en
llegando a vencer hacía lo propio por ley de necesi-
dad, hubiese triunfado mediante el rifle o el voto.
La confusión de libertad con rebeldía, que en con-
secuencia sobreviene, fomenta el pesimismo anár-
BIBLIOTECA NACIONAL
DE MAESTROS
- 101 -

quico, ora transformándolo en agresión permanente,


como entonces sucedía, ora en abandono descreído,
como ahora pasa, porque el sistema ajeno que se
adoptó, padece - si se admite el retruécano - de
impropiedad constitucional. Pero el error de buena
fe que ochenta y tantos años de experiencia paten-
tizan al presente aunque no sin controversia todavía,
determinaba, con todo, el sostén del orden indispen-
sable. A este elemento de organización sumábase
otro igualmente contradictorio y eficaz.
La libertad racionalista, deidad del siglo pasado,
entonces en su meridiano esplendor, es negativa:
facultad de no hacer, y con esto opuesta al deber,
que es prescripción de obrar. Bajo sujusto concepto,
que la define como aceptación del deber, resulta
militar de suyo, por cuanto su práctica racional
ha de estribar en la disciplina. Tan cierto es que
al tenor de la ley vital todo hombre nace sol-
dado.
Así, aquella acción decisiva del ejército moderaba
por sí sola el exotismo, mantenía un elemento fun-
damental de nuestra formación histórica, y contenía
la perversión doctrinaria que pretende reducirlo a
instrumento del poder civil, cuando es también un
poder político, según lo veremos en su debido lugar.
Pero hay algo más importante.
El concepto general de la historia cae bajo la ley
- IO:l-

universal de la periodicidad descrita sintéticamente


por el vaivén del péndulo cuyo excesivo desplaza-
miento, en uno y otro sentido motiva las perturba-
ciones desorganizadoras y los consiguientes estados
de recomposición, u orden, según su acepción ge-
nérica que tiene por expresión, a la vez moral y
social, la equidad y la disciplina. La narración in-
terpretada, que llamamos historia, proviene de que,
humanamente hablando, aquellas demasía s pertur-
badoras son fenómenos de voluntad y de concien-
cia, no reacciones automáticas; con lo cual resulta
indispensable su apreciación al estudio de las perso-
nalidades históricas por su eminencia.
La campaña del ej ército enviado a pacificar el inte-
rior, deponiendo los gobiernos locales que conser-
vaban su efectividad autonómica en el territorio de
la disuelta Confederación, requirió dos años de ope-
raciones activísimas, principalmente sobre el área
de quinientas leguas donde llegó a comprender cinco
provincias, cuando menos, la zona de influencia del
general Peñaloza, apodado el Chacho (1); extraordi-
naria figura de guerrillero en cuyas hazañas asom-
brosas con relación a sus medios. . sobrevivía la índole
gaucha tan vigorosa aun que la derrota definitiva

(1 ) Las tres de Cuyo, Córdoba y La Rioja, pero con fu ertes ramifi-


caciones en Catamarca y Tucumán : verdadero bloque cenlroandino for-
tificado aún por la distancia que lo aislaba.
- 103 -

del caudillo fué también la última acción importante


de caballería (1).
Tanto en este combate como en el anterior, no
menos sangriento, que terminaron la campaña, tuvo
Roca lucido desempeño; mientras el recorrido mi-
nucioso de la región a marcha y contramarcha sobre
los estratégicos repentes de la montonera, propor-
cionábanle de suyo un conocimiento metodizado.
La vida militar había de darle, así, el de la nación
entera y aun más, al cumplir los treinta y seis años.
Por otra parte, el objeto de la operación iba con-
ceptuando su criterio político de acuerdo con la rea-
lidad que sólo admite lo mejor en lo posible, al
tratarse de imponer efectivamente un sistema, si-
quiera fuese inadecuado; ya que el otro término del
dilema formábalo la encarnación, por decirlo así,
pasional, de la autonomía en un caudillo noble y
desinteresado, pero tan ignorante, que llegó a excu-
sarse su primer alzamiento con la carencia de infor-
mación escrita, pues no sabía leer. Fué aquello el
primer conflicto entre la letra constitucional, que
reconoce las autonomías provinciales, y la necesidad
de conformadas al concepto efectivo de la Nación,
que exige la unidad ante todo y sobre todo.

(1) El combate de Las Playas en los suburbios de C6rdoba (28 de


junio de 1863). El precedente de Lomas Blancas en la Rioja (20 de
mayo) fué asimismo un choque de caballerías.
- 104-

Es lo que explica, aun cuando no justifique su


implacable rigor, la atroz energía con que Sarmien-
to, director de la guerra en la cual fué beligerante
como gobernador de San Juan, fulminó el exter-
minio de la montonera. No entra en mi plan, ni con-
cierne a la acción todavía subalterna de Roca, o sea
puramente formativa de su personalidad, la discu-
sión de esa política cuya sentencia histórica confir-
man la razón de estado y el éxito; pero ello ratifica
una vez más el carácter militar de' todo cuanto es
definitivo en nuestra historia. Así la misma Consti-
tución, fruto logrado de tres batallas (1).
Casi acto continuo, la guerra del Paraguay acen-
tuaríalo con trascendencia y determinación mucho
más profundas.
Sobrevenida en plena organización interior que
estorbaban a cada paso trastornos residuales, pero
susceptibles de agravarse, comprometiéndolo todo,
al persistir el atraso y la incomunicación, sendas
causas de prepotencia rebelde, aquella amenaza
contenía la fatalidad de un conflicto tremendo. Con-
secuencia histórica realmente vital para la Nación,
según va a verse, el promotor del drama había ele-
gido su oportunidad en la extenuación de aquélla,

(1) Caseros, Cepeda y Pavón: dos victorias de Urquiza, y una de


Mitre, quienes resultaron con ello los verdaderos autores de la definitiva
organización. .
- 105-

tras doce años de guerra civil mal acabada todavía;


pero, como todo pueblo viril bajo el mando de un
hombre superior, tal cual fué el caso, el argentino
iba a alcanzar con el triunfo, y de esta vez para siem-
pre, su definitiva unidad en el antedicho desenlace
histórico; pues el sacrificio de sangre, no sólo es
remedio heroico, literalmente hablando, sino me-
nester esencial en la integración de la Patria. Orga-
nismo viviente, lo cual significa triunfante en la
lucha por la existencia, la patria es una expresión
de victoria; y la unidad de su pueblo sólo se con-
suma en el peligro así dominado. La guerra nacio-
nal completaría, pues, con elementos tan superiores,
y más aun, insuperables en su antedicha trascenden-
cia, aquella formación del jefe empezada bajo la
contienda intestina.
La determinación histórica del conflicto permi-
tirá ver más adelante hasta qué punto.
. Geográfica, económica y políticamente hablando,
el virreinato de Buenos Aires fué un resultado expe-
rimental de la civilización practicada durante tres
siglos por la conquista española en la cuenca del Río
de la Plata, continente natural de la entidad forma-
da así antes de que el gobierno peninsular la cons-
tituyera, no sin resistencia conjunta de intereses,
inercia y rutina igualmente seculares; es decir, im-
puesta por aquella condición territorial. Preparada,
- 106-

entretanto, por los bocetos parciales y respectiva-


mente complementarios que audiencias, obispados
e intendencias vinieron a resultar, la creación salió
de mano maestra en todo cuanto pudiera asegurarle
la prosperidad indispensable a su propia categoría,
desde su jurisdicción terrestre, marítima y fluvial,
hasta la capital que le daba nombre; y tal fué el do-
minio que la Revolución de Mayo transformó en
Nación Argentina. Por esto el ati possidetis jari de
1810 conforma y confirma su derecho.
Ahora bien, constituye asimismo otro hecho natu-
ral tan eminente como la unidad de las cuencas, que
el gobierno de las fluviales corresponde al dueño de
la boca, sobre todo cuando lo es también de una
ciudad metropolitana; pues ambas condiciones de-
terminan la gestión de los intereses comunes que la
población de aquellos territorios procura concertar
con el máximo provecho. La boca es el órgano de
comunicación con el mundo, y la metrópoli el prin-
cipal centro consumidor, industrial y cultural. Esto
explica la importancia decisiva que el pronuncia-
miento de Buenos Aires tuvo para la emancipación,
aunque otros hubiéranlo antecedido en el Alto Perú
y hasta en ciudades más renombradas entonces.
Independencia y organización con sus bélicos
trastornos, motivaron la separación de provincias
que, consentidas a ello por debilidad o interés, cuan-
- 1 °7-

do no estimuladas por pasiones de partido y doctri-


nas insensatas, erigiéronse en naciones cuya efecti-
tividad no quita el consiguiente absurdo; siendo así
que hasta el día de hoy, no han podido vivir sin ha-
cer y suscitar guerras en las cuales se echa de ver su
irremediable desacomodo. Es que el sistema del
Plata, al cual pertenecen, determina y requiere una
política común, insustituíble, según se ve y seguirá
viéndose, con meras expresiones de fraternidad,
americanismo, pacifismo, tan repetidas como inú-
tiles.
La guerra que nos ocupa fué el más característico
quizá, de esos episodios, ya que tuvo como causa un
desatinado propósito de predominio paraguayo so-
bre aquel sistema, con violenta inversión de sus con-
diciones naturales y políticas; mientras al reconoci-
miento implícito de dicha preponderancia por la
ayuda que pidió y obtuvo del Paraguay un gobierno
uruguayo en simultáneo conflicto con la rebelión in-
terna y con el Brasil, hizo crisis toda la cuestión del
Plata.
País de la cuenca, y además uno de los dos prin-
cipales, el Brasil tiene forzosamente que contar en
el equilibro del sistema. La anárquica ruptura de
nuestra unidad territorial, había ya motivado entre
ambos, cuarenta años atrás, una guerra incondu-
cente y paradójica, cuando todo lo lleva, por el con-
- 108-

trario, a una alianza tuitiva de esa política regional,


con lo que, al asumir el gobierno paraguayo la pro-
tección pedida, lanzando al imperio un verdadero
ultimátum en el cual invocaba precisamente el equi-
librio de las naciones del Plata, la guerra sobrevi-
niente puso en nuestras manos aquel desenlace, que
además de natural es el definitivo, gracias al genio
de Mitre.
Obedecieran o no a compromisos previos las acti-
tudes visibles, según sostúvose entonces por ambas
partes bajo recíproca imputación de mala fe, ello no
modifica el designio promotor consistente en el im-
perialismo fluvial que el gobierno paraguayo preten-
día sin otro motivo ni razón que la fuerza organi-
zada al efecto, justificando con esto, por lo demás,
la unión preventiva de los así amenazados. La libre
navegación de los ríos y el reconocimiento de la
independencia del Paraguay por la República Argen-
tina, eran además cláusula y consecuencia del trata-
do celebrado con el Brasil para derrocar a Rosas,
contrario de ambas medidas hasta el casas belli decla-
rado y efectivo.
Fundada en la alianza con el Brasil para organi-
zar el concierto del Plata, así tuvimos por primera
vez política internacional, propiamente dicho.
No sólo, pues, defendieron nuestras armas el ho-
nor nacional ultrajado con exigencias, invasión y
- 109 -

declaración formal de guerra, así que el provocador


consideró llegada la hora popicia (1), sino las con-
diciones vitales de un sistema cuya dirección efectiva
para el bien común nos concierne como se ha visto,
y cuya administración tomaremos por la misma do-
ble causa, cuando las exigencias del desarrollo natu-
ral impongan la reintegración de la unidad dislocada.
El mando enjefe de Mitre como autor de la empresa,
simbolizó su futuro coronamiento.
Pero el conflicto fué tremendo, repito, no sólo
por el interés vital que en él se jugaba y que más de
una vez estuvieron a punto de asegurarse para sí la
mejor preparación militar y el heroísmo del pueblo
paraguayo, sino por los inmensos obstáculos del
terreno, que en gran parte se defendía de suyo, las
enfermedades propias del clima tropical y hasta la

(t) J\gosto ue 18fl~ '. so\[Link] ue a1uua formulada al Paraf6ua1 ?or el


gobierno uruguayo contra el cual habíase alzado el general Flores apo-
yado por el Brasil. Setiembre de 1864: ruptura de relaciones del Brasil
con el Uruguay por dicha causa. Octubre de 1864: protesta amenazadora
del Paraguay ante el Brasil que la desoyó. Noviembre de 1864: inicia-
ción de las hostilidades del Paraguay contra el Brasil y consiguiente
declaración de guerra de este último contra aquél. Diciembre de 1864 :
ofensiva paraguaya contra el Brasil cuyo territorio invade. Enero de 1865;
pedido del Paraguaya la República Argentina para atravesar su territo-
torio con tropas en guerra contra el Brasil y negativa del permiso por
aquélla en nombre y salvaguardia de su neutralidad. Abril de 1865; inva-
sión del Paraguaya Corrientes sin previa declaración de guerra. Mayo
de 1865 : declaración de guerra del Paraguaya la República Argentina,
y tratado de alianza de esta nación con el Brasil y el Uruguay contra
aquél.
- 110-

epidemia del cólera que azotó al ejército, propagán-


dose sobre nuestro país con daño gravísimo. Calcú-
lese el que sufrirían las tropas a la intemperie y con
la pobre sanidad de una época en que la supuración
de las heridas era, por decirlo así, de rigor, y la
gangrena clásico morbo de hospital.
Recuérdese que presente en la guerra con cuatro
de sus hijos, el coronel Roca y uno de ellos rindie-
ron allá la vida a dichos contagios. Jugando cien
veces la suya en las habituales proezas de aquella
oficialidad cuyo arreo de batalla provocante el peli-
gro con alardes como el vistoso dormán y el poncho
blanco, prodigaba en ese esplendor fatal el hijo de
la bravura, habíase ganado nuestro teniente, a los
veintidós años, su ascenso de capitán con mención
honorífica, sobre los campos triunfales del Yatay y
de Uruguayana, para hacer lo propio con el de ma-
yor, a los veintitrés, sobre el de Tuyuty, la victoria
más importante de la guerra.
La derrota más sangrienta, que fué la de Curu-
paytí, señalaríalo con hazaña relevante.
A su tienda estudiosa, donde el jefe del Estado
Mayor habíalo encontrado una vez, Tito Livio, si no
fué César, en mano, llególe la designación de segun-
do jefe del batallón Salta en plantel, propuesta por
aquel superior al generalísimo, para quien, letrado
como era, no hubo mejor recomendación que el re-
- TII -

cuerdo oportuno de ese episodio ejemplar. Auto-


didacto él, y entroncada a la misma cepa de bronce
su erudición asombrosa, el sabor clásico viene solo
en esta anécdota de varones de Plutarco.
Es el caso de advertir que recién por entonces, al
año de comenzada la guerra,iban acudiendo contin-
gentes provinciales como el salteño, que Roca debía
disciplinar, ya los retardaran obstáculos materiales
de conducción o pertrecho, ya, y con más frecuen-
cia, disensiones políticas que en ciertos casos llega-
ron a la traición armada o doctrinaria: tan defec-
tuosa era todavía la unión, y de consiguiente tan
oportuno el conflicto que había de consumarla en su
doble trascendencia nacional.
Tres meses después, transformado el batallón
Salta por su joven mayor, de bisoña milicia en sóli-
da tropa, figuraba al mando de aquél entre las me-
jores que atacaron la fortaleza de Curupaytí, sufrien-
do en cuatro horas de frustráneo asalto, nueve mil
bajas sobre veintidós mil hombres. Es de mencionar
que, entre aquéllas, perdió Roca a su primo Fran-
cisco Paz, caído en heroica flor de juventud y de
esperanza.
Miembro de la columna que inició el ataque, so-
portando así el mayor estrago junto con los otros-
diez cuerpos de la formación, el Salta, completa-
mente deshecho cuando se ordenó e] repliegue, fué
- 112 -

el único cuyo jefe salió ileso, aunque permaneciera


montado durante toda la acción, sobre el foso delan-
tero donde más que pelear caían barridos en masa
por sesenta cañones y tres mil rifles que tiraban de
mampuesto (1) ante las infranqueables abatidas de
la escarpa; pero, encabezando el trágico pelotón en
retirada, si no es mejor dicho terrón de lodo san-
griento, el jefe, a la grupa el mal herido subteniente
Solier, salvaba también, por mano propia, la ban-
dera desgarrada que sahumaron las rachas de me-
tralla a quemarropa.
Ganado con tal motivo su ascenso a teniente coro-
nel, tardaría tres años en recibir la graduación, por-
que hallándose en ejercicio del Poder Ejecutivo el
vicepresidente de la República que debía, así, con-
ferírsela, consideró impedimento moral para efec-
tuarlo, el parentesco que los unía: escrúpulo habi-
tual, entonces, a la conciencia republicana. Era
Roca quien habíale traído a Buenos Aires el parte
de Curupaytí, acto que debía incluir, según costum-
bre, el condigno ascenso (2).
Entre tanto, Sarmiento, presidente de la Nación
desde octubre de 1868, hallábase de nuevo ante la
(1) El ejército paraguayo tuvo únicamente doscientos ciencuenta sol-
<lados y dos oficiales muertos.
e ~) Doctor en derecho y coronel, don Marcos Paz era justamente
famoso por la integridad de su carácter y su acrisolado patriotismo. El
prime;¡ de Roca, Francisco Paz, caído en Curupaytí, era hijo suyo.
- 1I3-

rebelión de caudillos y gobiernos provinciales, que


ya para noviembre, suscitaba en Salta riesgosa desa-
venencia entre el jefe de la guarnición y el goberna-
dor legítimo a quien jaqueaba, por otra parte, desde
la campaña sublevada al efecto, el temible monto-
nero Varela. Urgía la represión inmediata; no cun-
diese aquello otra vez como el asaz próximo levan-
tamiento cuyano que apenas veinte meses antes,
requirió una división de las mejores tropas comba-
tientes en el Paraguay para destruir el ejército rebel-
de mediante una batalla donde hasta se hubo de
emplear la suprema carga a la bayoneta (1); pero
la complicación local exigía asimismo, maña y no
fuerza que excediera lo preciso para resolverla por
-conciliación de todos los elementos útiles a la causa
nacional, necesitándose de consiguiente un militar
tan decidido como cauto en el desempeño de la di-
fícil comisión.
Con ingrato asombro del presidente, que según
recordaríalo años después, había supuesto al hipo-
tético candidato una recia marcialidad de pelo en
pecho, el ministro de guerra presentóle aquel mayor
de veintiséis años, demasiado joven, demasiado fino
en su menuda delgadez, y hasta demasiado hermoso
para no parecerle, como lo dijo al rechazar la pro-

(1) En San Ignacio, sobre el Río Quinto, el l° de abril de 1867 -


8
- II4-

puesta, un pisaverde que no elleonazo de su misma


estampa imaginado por soldadesca conjetura; pero
el ministro, oficial culto y probo hasta ser modelo
de virtud militar (1) insistió representándole la bri-
llante foja del propuesto, inclusive el retardado as-
censo cuya promoción correspondía con oportuna
equidad, su educada mesura, sus vínculos tradicio-
nales en la comarca natal y aquel mando del bata-
llón Salta que habíale creado con la provincia de su
nombre la intimidad de la gloria.
Hubo, pues, que ceder; firmó Sarmiento los des-
pachos de teniente corone], según procedía, y en
ejecución del designio presidencial, partió Roca a
mediados de diciembre con cincuenta hombres que
debían bastar por acción de presencia, ratificando
así el prestigio del ejército. Esto no obstaba para que,
entre sus instrucciones, llevase la de prender al jefe
de la guarnición, si era menester, procediendo «mi-
litar y sumariamente» si resistía.
El comisionado satisfizo por completo los propó-
sitos del formidable presidente. Todo fué llegar, en
efecto, a la frontera de Tucumán con Salta, para que,
puestas bajo su dirección las milicias provinciales

(1) El general don Martín de Gainza. Cabe decir exactamente lo mis-


mo del jefe del Estado Mayor del ejército en el Paraguay, general don
\""'6,'-' (?,~\\: (J~<t: ~~ h~ ~\.~'-' ~'t<:l~""<;'<:I '6, R<:II:,'6, ~G.n. <;,~~,,",-,d.<:I \~\~d.~\
batall6n Salta.
- 1I5-

movilizadas contra la invasión de Varela, un desta-


camento en operación de vanguardia, desbaratase
las fuerzas del caudillo quince días después. Ocho
más, y el pique entre el gobernador de la provincia
con el j efe de la guarnición quedaba arreglado sin
violencias ni resquemores. Poco menos queinadver-
tida para la misma ciudad entre los deberes sociales
a que parecía entregado de preferencia el gallardo
jefe, inclusive hasta el rumorcillo de un noviazgo
eventual, la concordia así obtenida revelaba ya la
mano maestra. Característica suya fué, por cierto,
aquella suavidad cuya eficacia genuinamente sutil
enguanta la garra como al disimulo del mismo arte
con que la aterciopela. Así vengaba, mas que lo igno-
rase aun, aquel injusto menosprecio de Sarmiento,
quien habría de reconocerlo prontamente y mejor,
si bien con su magnanimidad característica.
Trasladado a la guarnición de Tucumán, en mere-
cido cuanto escaso recobro de la vida familiar, siem-
pre tan cara al soldado, la gravísima rebelión entre-
rriana que encabezada por López Jordán empezó
con el asesinato simultáneo del general Urquiza y
dos hijos suyos el I I de abril de 1870, iba a darle
la nueva ocasión con creces.
Es así que invadida Corrientes por el mencionado
caudillo, al empezar el siguiente año, el gobernador
de la provincia, coronel Baibiene, tuvo que afron-
- Il6-

tarlo con una fuerza inferior por mitad en número


y escasa de pertrechos, dándole batalla sobre el es-
tero de Ñaembé (26 de enero). Sarmiento, que había
cobrado fe al lucido mozo de la expedición salteña,
acababa de enviarlo allá con perentoria decisión:
«Quiero que vaya Roca».
Comprometida, en efecto, la suerte del desigual
combate, es él quien al frente del séptimo de infan-
tería, ejecuta inesperado envolvimiento, atravesan-
do a la carrera dos kilómetros de bravísimo espinar;
rehace bajo el fuego enemigo la formación peligro-
samente desordenada por ese mismo avance, carga
sin tomar aliento, copa la artillería de los contrarios
y decide la victoria. Coronel sobre el campo de bata-
lla, por inmediata resolución de Sarmiento, es, así,
a los veintisiete años, el jefe que se impone solo, es-
pada en mano, conforme a su fiel destino.
Veremos, si Dios quiere, la soberbia proyección
de su remonte.
VII
EL PAÍS QUE IBA A MANDAR

Creación de seis guerras: la de independencia;


la de organización o civil; las tres internacionales
con el Brasil, la coalición franco-inglesa y el Para-
guay, que afirmaron su predominio en el Plata; y la
de integración territorial por el sometimiento de los
indios hostiles, la Nación Argentina, así formada
durante los primeros setenta años de su existen-
cia (1), preparábase en la personalidad de Roca un
jefe completo. La índole profundamente militar
del país requería - va a verse con qué irresistible
determinación de fuerzas concurrentes - el general
de sus victorias decisivas en todo caso y terreno .
...~.Vinculado a las tres grandes campañas: de la
emancipación, de la organización y del Brasil, por la
descollante acción paterna que tanto influyó en su
destino; militante casi desde la infancia en la prolon-

(1) Primera, de 18ro a 1820. Segunda, de 18.:.10 a 1861. Tercera, de


1825 a 1828, aunque había empezado realmente en 1815 con la invasión
de Lecor a la Provincia Oriental. Cuarta, de J 865 a 1848. Quinta, de
1865 a 1870' Sexta, de 1878 a 1883.
- 1I8 -

gada lucha por el orden indispensable a la existen-


cia de la Nación, yen la guerra exterior más impor-
tante que sostuvimos después de la Independencia,
iba a ser él, en efecto, quien consumara la integridad
de la República por el dominio territorial, con la
conquista del desierto, y por la posesión definitiva
de su capital histórica. Igual, pues, entre los más
grandes de los nuestros; vencedor si los hubo, así
vino a lograrse en él este fruto de la experiencia
romana: que el mej or guerrero es el mej or cons-
tructor.
Nombrado jefe de la que correspondía al Interior
en la « línea de fronteras» de entonces, con asiento
de comandancia en la villa del Río Cuarto, al sur
de Córdoba, la importancia de aquel destino y la
influencia que tuvo sobre su carrera de militar y
estadista, habrá de inferirse por lo que esa demar-
cación significaba.
Confín con el territorio reconocido implícita-
mente como dominio de las tribus salvajes, separaba
así de la Nación, dentro de ella misma, un área de
más de un millón de kilómetros, que era el Desierto
por antonomasia, dilatado desde el lejano sur o Pata-
gonia, vagas denominaciones de geografía aventu-
rera, hasta el corazón del país, según acaba de verse.
Dentro de esa superficie, la sección directamente en
contacto con las fronteras del sur, interior y oeste,
- 1I9-

formaba una zona de guerra de cien mil kilómetros


donde las tribus, nómadas y todo como eran, habían
concluído por sistematizar en verdadera industria
predatoria el saqueo de la ganadería.
Virtualmente confederadas por aquella aceptación
de su poderío que les resultaba ventajosa prepoten-
cia, organizáronse al fin en una rudimentaria mo-
narquía militar u horda combatiente cuya influencia
amplificó se de tres modos: el negocio con ciertos
hacendados de Chile a quienes vendían el botín de
sus malones, incluso algunos cautivos; la relación
con espías y agentes secretos en las poblaciones cris-
tianas, donde solían servirles de tales, mercaderes
rapaces y gauchos bandoleros; y el concierto con la
indiada del Chaco para la invasión simultánea, me-
diante embajadores que cruzaban la pampa inter-
pro;incial de Santa Fe, Santiago y Córdoba. Hubo
que confinar, pues, al norte, otros doscientos mil
kilómetros de dominio salvaje, con lo cual el país
civilizado, propiamente dicho, venía a quedar rodea-
do por la barbarie hostil, y reducida en más de un
tercio la posesión efectiva del territorio nacional.
Es a saber, en efecto, que los indios, no sólo co-
merciaban con Chile el producto de sus rapiñas, tal
cual si practicaran un tráfico regular, sino que al
doble aliciente de aquel negocio y de la paz que de
tanto en tanto les compraba nuestro gobierno bajo
- 120 -

la forma de un disimulado tributo, procedieron tam-


bién de allá los más bravíos como auxiliares, pri-
mero, como aliados residentes, después, y por fin
como dominadores al mando del famoso Calfucurá,
quien implató sobre todos un señorío de verdadero
rey de las pampas. Por esto Rosas, primer vencedor
eficaz de las tribus hostiles, mencionó y diferenció
siempre en sus documentos a « los indios chilenos
enemigos » (1), designación de mucho alcance como
va a verse.
La conquista, que por infausta singularidad había
empezado aquí con una derrota cuyo efecto retardó
más de cuarenta años la fundación de Buenos Aires,
y redujo casi a los términos de un ejido el reparto
de la tierra circunvecina, fracasó, así, en la pampa,
donde su dominio estable al sur y al oeste de dicha
ciudad, comprendía unos cien kilómetros por tér-
mino medio hacia el primer tercio del siglo XVIII.
Sostenido, si cabe decirlo así, por inermes villorrios
o «pagos» de avanzada, y una que otra estancia de
situación excepcional entre veinte y cincuenta kiló-
metros más afuera, la paz con los indios estribaba
en una recíproca aceptación de posesiones ya secu-

(1) Calfucurá entr6 el año de 1834, uno después del descalabro inl1i-
gido por Rosas a la indiada, aprovechando juntamente la facilidad que
sobre los vencidos le daba aquella derrota y la inl1uencia que ganaba con
su socorro.
- 121 -

lares; mientras por el norte, la defensa natural;


comunicación y auxilio que el Paraná ofrecía, atrajo
a su margen y territorio ribereño, la mayoría de la
población rural, agrupada acá y allá en parajes como
El Pergamino y Los Arroyos (San Nicolás) distantes
más de doscientos kilómetros . Tal fué, pues, el área
del dominio en cuestión, y hasta anduvo de trámite
un pacto formal con los indios para fijarlo dentro de
ella : defensiva sistemática que revelaba, tan sólo, el
pesimismo de la impotencia .
El multiplicio espontáneo del ganado mayor cu-
brió, entretanto, el territorio así compartido, permi-
tiendo a los cristianos la formación de estancias cada
vez más extensas y la organización de correrías cada
vez más fructuosas con la creciente demanda de co-
rambre para exportar, mientras suministraba a los
indios mejor caballada, o sea su principal elemento
de andanza, combate y alimentación, y abundante
vaquería para su ya entablado negocio eventual con
Chile.
Por la misma antedicha época, la oposición de
intereses naturalmente suscitada, aSÍ, entre indios y
cristianos, hizo crisis bajo el estímulo de dos hechos
concomitantes: la acentuación del prestigio arau-
cano sobre las tribus, y la declaración de que la
hacienda alzada era propiedad comunal, según la
real cédula de 17°8. El arreo libre por parte de los
- 122 -

indios, transformó se legalmente en depredación que


aumentando al propio tiempo con aquel ascendiente,
motivó expediciones punitivas y protestas de los así
escarmentados para quienes significaban una rup-
tura de tregua . Era, en verdad, la prosecución de
la Conquista; y al cabo de varias represiones infruc-
tuosas, la entrada del maestre de campo don Juan
de San Martín, en 1738, motivó con el sangriento
castigo que impuso sin excepción a tribus belicosas
y pacíficas, el alzamiento general para la guerra
contra el cristiano (1). Así hubo de crearse espon-
táneamente la frontera con los indios, aunque sólo
se dotó de guarnición militar alas poblaciones men-
cionadas, catorce años después; y fomentado el in-
terés de Chile por el botín creciente de los malo-
nes, vendido a bajo precio como es de colegir, pre-
figuró se ya lo que, andando el tiempo y ayudando
nuestro faccioso desorden, sería la prolongada cues-
tión de límites con dicho país, hasta engendrar bajo
el gobierno de Rosas una tirantez rayana en el casas
belli. Ello aunque la expedición de 1833, mencio-
nada más abajo, efectuóla aquél de acuerdo con la
misma nación cuyo cambio de política tuvo el motivo
que verá el lector también .
Mas, la guerra resultó victoriosa para los indios,

(1) Era estanciero de los fronterizos, y esto explica su excesivo cuanto


desacertado rigor.
- 123-

quienes lejos de retroceder, trajéronla con sus incur-


siones hasta cuarenta kilómetros de la capital, y aun
menos, con lo que hubo al fin de crearse, como guar-
dias permanentes de fronteras, tres compañías de
lanceros rurales denominados ce blandengues », una
de las cuales, La Valerosa> cubrió el punto extremo
de Luján (hoy Mercedes) a cien kilómetros (1). Esta
distancia, diametral por largo tiempo, correspon-
día, más o menos, a la jornada regular de un cuerpo
medianamente montado; y dada la índole de aque-
lla guerra, su explicación es visible.
El avance de las fronteras constituyó desde enton-
ces asunto principalísimo ; pero sólo en 1772, prac-
ticóse con tal fin un reconocimiento a fondo, que
llevado hasta la Sierra del Volcán, quedó, sin em-
bargo, en eso.
Así las cosas, el primer virrey, general Ceballos,
apenas en posesión de su gobierno (1777) ideó el
único plan concluyente para resolver la cuestión,
que por cierto dominaba, decidiendo ocupar al frente
de diez mil hombres el territorio de su jurisdicción
austral, con definitivo aplastamiento del poderío sal-
vaje. Casi dos siglos antes, las sendas entradas de

( 1) Vale la pena recordar el nombre de las otras dos, no menos bélico


y bien sostenido, a fe : La Invencible y La Conquistadora, por ser las pri-
meras fuerzas permanentes de aquella guerra pampeana que debía durar
más de ciento cuarenta años.
- 124-

Rernando Arias de Saavedra, quien las efectuó en


son de ataque, avanzando mil kilómetros al sur,
habían mostrado ya que el éxito era de la ofensiva;
pero al dejar Cevallos el gobierno un año después,
su proyecto caducó .
Vértiz, su reemplazante, buen conocedor también
del asunto, acabó, sin embargo, por decidir un ligero
avance, o mejor dicho rectificación de la frontera con
nueve guarniciones de campaña y de fortín que, al
fin de cuentas, sólo importó un incremento defen-
sivo (1780). Era la resignación al azote de los malo-
nes que, no obstante, aumentaba sin cesar; pues al
ir mermando la hacienda alzada con el arreo y el
consumo, los indios dedicábanse cada vez más al
saqueo de las estancias. Estas continuaban práctica-
mente reducidas al « estrecho y vergonzoso recinto
en que las fijó Garay en 1580)), según la exacta frase
del «proyecto de traslación de las fronteras de Bue-
nos Aires a los ríos Negro y Colorado )), que en 1 804
presentó al rey don Sebastián de Mudiano y Gas-
telú, capitán del regimiento de milicias voluntarias
de Mendoza.
Este notable documento cuyos cálculos y descrip-
ciones contenían todo el problema dominado sobre
el terreno, casi diría que con geométrico rigor, deli-
neó las campañas que habían de resolverlo. Así, de
Angelis, en las pocas líneas con que precedió su
- 125-

publicación (1), pudo decir que quien «prescindiese


de la fecha, creería que esta memoria fuese un co-
mentario apologético de la última campaña del Sr.
General Rosas» ; y es del caso recordar para que se
vea mejor lo natural de la línea proyectada, que las
susodichas expediciones de Arias de Saavedra, alcan-
zaron a su vez el mismo límite. Es que arrojados los
indios más allá, obstáculo y distancia reduciríanlos
a la incapacidad de ofender.
No obstante, persistióse en la defensiva, nego-
ciando al efecto una colaboración con tribus auxilia-
res entre las más vecinas y sedentarias, hasta con-
seguir al cabo la paz o tregua estable, hacia 1790,
con el río Salado como límite natural, entre doscien-
tos cincuenta kilómetros al oeste y ciento cincuenta
al sur de Buenos Aires, en números redondos; o sea
desde el nacimiento de aquél en la laguna del Cha-
ñar, hasta su desembocadura en la ensenada de San
Borombón. La patria naciente encontró así las cosas
y las mantuvo en principio, reconociendo a los indios
como (maturales de América») derecho de ocupar
tierras propias, si bien la Primera Junta ordenó ya
un nuevo reconocimiento para avanzar la frontera;
hasta que la guerra civil iniciada en 1815) junta-
mente con la invasión brasileña de la Provincia

(1) Colección de Obras y Documentos, etc., lomo 1, séptima parte, Bue-


nos Aires, 1836.
- 126-

Oriental, causó el descuido casi completo de la línea.


La consiguiente preponderancia que los indios toma-
ron, creció todavía con la alianza militar que les
propusieron los caudillos rivales, introduciéndolos
en la política bajo condiciones fáciles de suponer;
de suerte que a los cinco años, no más, su dominio
sobre la campaña cobró las proporciones de un azote
aterrador.
Aunque en marzo de 1820, estipulóse un tratado
formal de amistad y límites entre la provincia de
Buenos Aires y las tribus fronterizas del sur, el
estado de la campaña, nada mejor con eso, motivó
tres expediciones sucesivas del gobernador de aqué-
lla, general Rodríguez, en diciembre de dicho año,
en marzo de 1823 y enero de 1824; pero, si logró
adelantar la frontera unos cien kilómetros, estable-
ciendo como avanzada extrema el fortín Independen-
cia (hoy ciudad del Tandil) a trescientos treinta de
de Buenos Aires, los malones continuaron con más
vigor aún, en desquite y consecuencia natural de esas
operaciones insuficientes.
Frustáneas ellas, al fin más que todo por falta de
plan orgánico, el general Las Heras, sucesor de Ro-
dríguez, designó en octubre de 1825 una comisión
formada por Rosas, colaborador activo de este últi-
mo, aun cuando había desaprobado sus campañas
cuyo fracaso predijo, el general Lavalle y el inge-
- 12 7 -

niero militar Senillosa, para que proyectasen sobre


el terreno una nueva línea. Once meses después, Ri-
vadavia, que además de .la presidencia asumía el
gobierno provincial de Buenos Aires, aprobó el in-
forme de aquéllos, en ejecución del cual y simultá-
neo castigo de otra terrible invasión, salió a cam-
paña el coronel Rauch con setecientos cuarenta
hombres, quinientos de ellos de línea . Militar de
escuela, había sabido dar a su tropa la eficacia pecu-
liar que requería el triunfo completo sobre la india-
da, aun cuando ésta, muy superior en número y
agilidad, maniobrara dirigida por desertores chile-
nos que la apoyaban con fuego de carabina; pero si
su acción, decisiva como ninguna hasta entonces,
permitió avanzar la línea en 1827-28, desde Junín,
por los fuertes Veinticinco de Mayo y Tapalqué, hasta
Bahía Blanca, fundada a la sazón, la guerra civil
malogró trágicamente éxito y jefe sólo dos años des-
pués (1).
Resuelto a afrontar la lucha con alcance definitivo
esta vez, Rosas, que apenas recibido de su primer
gobierno, había procedido a reorganizar la policía
de campaña y avanzar, ello mediante, la frontera a

(1) La campaña, iniciada a fines de setiembro de I8~6, concluyó en


enero del siguiente al'ío, tras una serie de combates victoriosos. El coro-
nel Rauch fué vencido y muerto en Las Viscacheras el ~8 de marzo de
182 9.
- I28-

viva fuerza (1830) planeó durante los dos años suce-


sivos, de acuerdo con Chile, que debía operar simul-
táneamente en su territorio, y con las provincias de
Córdoba y de Mendoza, la entrada de tres divisiones
argentinas que por la falda de los Andes, el centro
pampeano y el sudoeste bonaerense, convergirían al
Río Negro, barriendo completamente la indiada más
allá de ambas sus márgenes; de suerte que como los
preparativos de dicha campaña estuviesen muyade-
lantados ya, al sucederle en la gobernación el gene-
ral Balcarce, éste confióle el mando de la división de
Buenos Aires en enero de 1833 ; pues el co mandante
en jefe de la triple expedición era el general Juan
Facundo Quiroga.
Equipada aquélla por Rosas de su peculio parti-
cular y con la ayuda de estancieros amigos suyos,
dado que el gobierno apenas le envió recursos tar-
díos, púsose en marcha el 23 de marzo siguiente.
Chile cumplió lo convenido, enviando contra sus
araucanos una expedición mandada por el general
Bulnes, quien les impuso la sumisión al promediar
el mismo año; pero las divisiones argentinas del
centro y de la derecha, que hacia la mitad de febrero
habían iniciado la campaña con un ataque eficaz con-
tra los ranqueles de temido renombre, interrum-
pían la a principios de abril, para no reanudarla más,
por falta de caballos, principalmente.
- 12 9 -

La división de Rosas, fuerte de dos mil hombres,


continuó ·p or su sola cuenla la entrada, hasta lograr
en nueve meses de operaciones tan duras como efi-
caces, el completo descalabro de las tribus que im-
puso a todo rigor, concluyendo con algunas, some-
tiendo otras, y dejando guarnecidos hasta 1852 los
ríos Colorado y Negro.
Mas, el abandono de la campaña por las otras dos,
dejó incompleta la derrota de los ranqueles, facili-
tándoles con esto el recobro de su antigua domina-
ción sobre aquella zona nor-noroeste del desierto
que lo dilataba, como sabemos, hasta el corazón del
país.
Es así que en marzo del siguiente año, no más,
invadían el Río Cuarto, exterminando casi su guar-
nición; desquite que castigado con decisiva pronti-
tud por las fuerzas de Buenos Aires, iniciaba, sin
embargo, una modificación radical en el mando de
las tribus.
Aquel malón formaba parte, en efceto, de un vasto
plan de los araucanos de Chile, quienes , traicionan-
do el pacto de sumisión contraído con el general
Bulnes, habían motivado otra campaña del mismo,
que consumada con entereza hacia fines de 183ft,
puso a los más rebeldes en el trance de pasar la Cor-
dillera. Aprovechando el recienle desastre infligido
por Rosas a la indiada pampeana, para imponerle su
- 130-

preponderancia so pretexto de socorro fraternal, en-


traron en los territorios de nuestro sur, mandados
por Calfucurá, que era uno de sus caciques . Con
maña, primero, ala fuerza después, y ayudado siem-
pre por el vínculo troncal de todas aquellas tribus,
fué estableciendo dicho jefe su prepotencia; y así
que ella se afianzaba, no sin lentitud, dada la índole
dispersiva de los nómades y los reveses sufridos más
de una vez, iba modificándose la política fronteriza
de Chile a nuestro respecto .
Con todo, la autonomía de los ranqueles fué siem-
pre completa por causa de su mayor poderío entre
las tribus confederadas, que habíale permitido servir
de base al antedicho movimiento araucano. Aunque
dirigidos, desde entonces, por caciques chilenos,
tuvieron su política propia en la guerra comarcan a
y los tratados que la sucedían, ratificando práctica-
mente sus éxitos; a todo lo cual añadió la contienda
entre cristianos un elemento de importancia.
Deshecho en 1831 el ejército del general Paz, el
teniente Antonio Baigorria que a él había pertene-
cido, refugió se entre los ranqueles para evitar las
sangrientas represalias de los vencedores; y pasado
el período de la probatoria observación que los indios
aplicaban a esos prófugos, nada escasos entonces,
formó con los que allí andaban, tomándolos de plan-
\~\l ~"\l~'& \0'& má'& ~;ral\. d.e e-r\m~e\l, una e\l,\>ccie de
- 131 -

regimiento que disciplinando a los guerreros de la


tribu hospitalaria, impuso su predominio en malo-
nes y querellas con los rivales.
Ascendido, así, a cacique, tomó parte en el malón
de 1844 sobre la frontera de Buenos Aires y Santa
Fe, primera reacción de importancia que efectuaban
aquellos indios desde su escarmiento de diez años
atrás; pero batidos de nuevo por las fuerzas bonae-
renses que al mando del coronel don Vicente Gon-
zález infiriéronles un completo revés, permanecie-
ron casi inactivos en us depredaciones, lo propio
que los del sur, cuando el retiro de las guarniciones,
dispuesto por Rosas para reforzar el ejército vencido
en Caseros, así como esta derrota, suscitaron el
avance de la indiada, iniciado por Calfucurá y gene-
ralizado con creciente empuje a favor de la sucesiva
guerra civil de diez años.
El asunto era tan grave, que la Constitución dedi-
cóle un inciso especial - el 15° - entre los del
artículo 67 que establecen las atribuciones del Con-
greso, reconociendo las fronteras y el trato con los
indios, pacífico y evangélico por añadidura; vale
decir, sancionando la jurisdicción de las hordas (1).
La ejecución de dicho estatuto, y la inmediata
guerra con el Paraguay lo empeoraron todo, según
( 1) « Proveer a la seguridad de las fronleras, conservar el tralo pací-
fico con los indios y promover la conversión de ellos al calolicismo.»
- 132 -

era consiguiente. Así, la ley del 13 de agosto de


1867, que resolvió la ocupación ribereña de los ríos
Neuquén y Negro hasta el mar, no sólo insistió en la
celebración de tratados con los indios, ad referendum
del Congreso, sino que dispuso su propia posterga-
ción hasta el final de la guerra; pero lejos de ponerla
en vigor, sistematizóse la política de los convenios
en que el gobierno nacional se obligaba al raciona-
miento de las tribus, siempre descontentadizas para
exigir más, el respeto de su territorio que no podía
recorrer sin aviso, y hasta la concesión de sueldos
militares a capitanejas y caciques, con el uso del
uniforme correspondiente a la graduación (1).
Este vergonzoso tributo, no hizo más que aumen-
tar el poderío de la horda, reforzado aún por nuevos
contingentes araucanos que acudían de Chile a la
provechosa participación; mientras el servicio de
fronteras, deprimente para el ejército al constituir
una beligerancia con salvajes, facinerosos y deserto-
res, insuficientes de recursos, ocasionado a los des-
manes de la leva con que se lo remontaba, ni supri-
mía el malón violatorio de las tratados bajo cualquier
pretexto, ni promovía la reducción de la indiada.
Ahora bien; Baigorria, al conocer el triunfo de

(1) Sólo el subsidio anual a los ranquelcs, oxcedía de cien mil pesos
fuertes; es decir, tanto como lo que costaba el sostén de la guarnición
fronteriza.
- 133 -

Urquiza, habíasele presentado para ofrecerle sus


servicios, que el general aceptó, connriénclole el gra-
do de coronel por antigüedad y el mando de la fron-
tera con los ranqueles: perspicaz acierto al cual se
debió una paz de diez afios sobre la misma. En ese
carácter concurrió aquél, como dije, a la batalla de
Cepeda; y enajenada su voluntad por un desacierto
político que lo indispuso con el gobierno nacional, a
la de Pavón bajo las órdenes de Mitre. Su regimiento
de indios, pues conservaba entre éstos prestigio de
cacicazgo, llegó a ser famoso entre la caballería.
La importancia así acordada a la frontera del Inte-
rior fué creciendo junto con la potencia salvaje, de
tal modo, que apenas aliviada la preocupación de la
guerrá del Paraguay, reemplazaron a Baigorriajefes
tan distinguidos en ella como Arredondo y Mansilla.
Tratábase, sin duda, de la mejor situación para estu-
diar el asunto a fondo; yel segundo de aquéllos, ha-
ciéndolo directamente en las tolderías que al efecto
visitó, aunque con preferencia descriptiva por lo
pintore~co, dió a nuestra literatura una obra nota-
ble. Posición y eficacia bélica, daban a los ranqueles
tanto poder que durante los veinticinco años poste-
riores a la caída de Rosas, hubo de emprenderse
contra ellos tres expediciones, todas infortunadas,
mientras sólo se efectuó una, también infausta, con-
tra los indios del sur.
- 134-

El relevo del coronel-cacique no había significado


la desconsideración de sus servicios, que continuó
prestando allá, siempre al frente de su regimiento;
sino que la comandancia de aquella frontera, centro
geográfico de la Nación, era también estratégica, po-
líticamente hablando, pues hallábase en contacto con
el litoral por la llanura santafesina, y con Cuyo por
la puntana, lo cual asumía grande interés, dado que
sólo se contaba con el caballo como elemento de mo-
vilidad para reprimir las frecuentísimas sediciones
en nombre de la autonomía provincial y del sufragio
« conculcados». Guarnición cordobesa a la vez, re-
sultaba un foco de influencia nacional sobre tan vasta
zona, ya que Córdoba, por sí misma, ejercía la suya
con trascendencia y calegoría históricas que en su
punto recordaré; de suerte que el jefe situado allá,
requería muchas condiciones fuera de la pericia para
guerrear contra los indios. Nadie las reunió como
Roca, según va a verse; y de consiguiente, ninguno
sacó de su posición en esa villa de frontera conse-
cuencias de tanto alcance.
La parte política del programa liberal que] a Cons-
titución formulaba literalmente, seguía estorbando
con su inadecuación al país el desarrollo del progreso
material cuya expresión es el propio liberalismo,
escuela económica en su prístina realidad; toda Y8Z
que el susodicho defecto, germen constante de abuso
- 135-

y de rebelión, malograba con la frecuencia de esta


última acción, recursos y garantías indispensables
al fomento de la prosperidad.
Cada nueva elección de las que el sistema repre-
sentativo federal exige casi continuamente, motiva
hasta hoy, con análoga frecuencia, la declaración
previa o posterior de que faltan las condiciones elec-
torales garantidas por la ley o de que se violó la liber-
tad del sufragio. Cierto o no, y más lo primero que
lo segundo, la insurrección en nombre de la libertad
es, ya lo he dicho, la consecuencia. El propio ma-
nual de instrucción cívica en que yo estudié, consi-
derábala « un derecho y hasta un deber del buen ciu-
dadano».
El conflicto pertinaz de nuestra política, que frus-
trando así su objeto esencial, en vez de armonizar
divide, estriba en el vano empeño de realizar un sis-
lema impracticable por lo extranjero. El fraude está
en él, más que en el oficialismo, que viene a ser su
fruto; y todo ello resultaba entonces mucho peor con
la abundancia de elementos des uiciadores, a empe-
zar por la incomunicación y la pobreza. Las entida-
des locales, más poderosas con aquélla ante la fuerza
propia de la nación, tenían en estotra un incentivo
de aventura. Según se ha dicho con acierto, conser-
vador es quien tiene algo que perder; y el botín
sedicioso consistía principalmente en los empleos
- 136-

públicos adquiridos por conquista o transacción.


Así, pues, resuelta la guerra exterior, los principales
asuntos de estado eran el dominio territorial com-
prometido por la aceptación del poderío salvaje, y la
organización política definitiva que no podía existir
sin el imperio estable de la autoridad nacional.
Pero la misma capital de la nación funcionaba de
prestado en la capital efectiva de la provincia de Bue-
nos Aires; y esta doble entidad mantenía de suyo
una perturbación tanto más grave, cuanto que los
mayores recursos y prestigio de la segunda, indu-
cíanla a ejercer la inherente preponderancia, no sin
vinculación naturalmente buscada por las rebeliones
autonomistas del interior para la acción concor-
dante. Su prensa, libre hasta la arrogancia, era el
popularísimo campeón de las instituciones, doquier
se las transgrediese; pero, al defender teóricamente
como le es propio, la perfección insostenible de la
doctrina agregaba sin quererlo otro elemento pertur-
bador. La dictadura racionalista, consecuencia natu-
ral de la paradoja que es el libre examen, tiene su
instrumento más eficaz en la prensa irresponsable
de la Constitución (1) .
Con todo ello, Córdoba, el segundo centro urbano

(1) Sarmiento, que fué uno de los actores de la enmienda incorporada


como artículo 32, consideróla después {( un sabio error» en cuya yirtud
la prensa {( no tiene juez competente, aun para sus delitos».
de entonces, y el primero por su categoría federal,
históricamente hablando, según se la asignaban su
iniciativa y su acclón desde los primeros días de la
Patria (1), resultaba el contrapeso natural que las
provincias tomaban por núcleo para dar gobierno a
la nación con Buenos Aires, ciertamente pero no
bajo su hegemonía; y tal fué en sustancia la famosa
cuestión entre porteños y provincianos . Creábala,
como se ve, la acefalía de la nación, que no podía
resolverse sino declarando su capital a Buenos Aires
con este exclusivo fin; toda vez que si continuaba
siéndolo también de la provincia, volvíase intermi-
nable el dualismo, causa de la contienda, y si se lle-
vaba la capital a otra parte, el conflicto habríase pro-
longado por sí solo con la presencia de una metró-
poli rival.
Así era, repito, doblemente estratégica aquella
comandancia de la frontera del Interior en cuyo
aislamiento aldeano formaba el futuro estadista su
concepto exacto de la obra por realizar. El desierto,
empequeñeciendo física, económica, y moralmente
al país, y la acefalía, perpetuando su anárquica para-
doja, condicionábanse entre sí como las dos princi-
pales causas de pobreza y desorden; vale decir, de ya

(1) A propuesta de su diputado el deán Funes, la Junta Grande san-


cion6 el ro de febrero de ¡811 el reconocimiento de la autonomía pro-
vincial como base de la Constituci6n que « los pueblos» iban a darse.
- 138-

intolerable atraso. Baste saber, en efecto, que la na-


ción reducías e a millón y medio de habitantes, con
catorce millones de pesos fuertes de renta consumi-
dos por mitad entre el malón y la sedición. Eran,
pues, problemas complementarios, yen consecuen-
cia de solución correlativa.
VIII
EL JEFE

El acierto político y militar con que Sarmiento ha-


bía confiado a su ya predilecto coronel de veintinueve
años aquella frontera del Interior, según pronto se
vería, tuvo asimismo la eficacia que tan justamente
sabe aprovechar la genuina capacidad del grande
hombre .
Allá, en efecto, donde por ser la guarnición más
peligrosa, un mili lar de carrera, puramente, habría-
se limitado a perfeccionarse como tal, haciendo con
ello el debido mérito, iba él a formar también el
gobernante que completara su personalidad de esta-
disla. La observación de la'política lugareña, más
de una vez sometida a su juicio por confidencias e
intercesiones locales que su categoría militar, su
prestigioso desempeño, su prudente agudeza, sus-
citaban naturalmente, enseñóle con la rapidez pro-
pia del ingenio, así bien llamado chispa, el manejo
de los resortes humanos que según le oí una vez son
los mismos de gobernar, ya se trate de un puñado
o de un millón de hombres; por donde todo estriba,
- 140-

agregaba, en saber tocarlos a tiempo. Sólo que como


dicha oportunidad constituye un don nativo, el arte
de aplicarlo desarrolla la facultad, pero no la crea,
y ésta es la predestinación de quienes, nacidos para
el mando, han de mandar, a despecho y a favor de
las circunstancias adversas o propicias.
De esta manera existe, pues, la suerte en cuya
virtud parece no faltarle ninguna cualidad al privi-
legiado; según lo cual hemos de contar para el caso
aquel atractivo que asociaba con afable sencillez la
benevolencia de la superioridad y el comedimiento
de la modestia; la firmeza, a un tiempo moderada
y cortés; la afectuosa distinción y la perspicaz reser-
va con que predisponía a la confianza sin entregarse
nunca, lo que era, asimismo, condición de respe-
to ; y todo ello como refundido a la cautelosa pene-
tración de la mirada, más tranquila por azul, en una
autoridad tan propia, que jamás necesitó confir-
marse insistiendo ni sostenerse castigando.
Esa naturalidad del dominio es la hermosura de
la fuerza que tampoco faltaba, materialmente dicho,
en aquel oficial de elegancia casi cenceña, donde
por lo mismo resaltaba la intrepidez con sutilidad
incisiva y consiguiente acentuación del rasgo origi-
nal, tan importante en la formación de la persona-
lidad pública. Ya por esos años de 71 a 7'2, puede
afirmarse que estaba hecha.
- 141 -

. La aristocrática expresión del rostro cuya delica-


da palidez afinaba todavía la pera rubia, peinada
juntamente con el bigote, a usanza del tiempo,
retraías e bajo la visera militar en la oblicuidad
de un escorzo característico; mas, al propio tiem-
po, la pensativa esquivez de los ojos garzos atraía
con cierto encanto fatal que magnetizaba entre
dulce)' cruel la aceración de la pupila. Casi suave
de serena, su energía conquistaba con aquella no-
ble dignidad en que se embellece la altivez del
señorío.
Al prestigio de su bravura reunía la jovialidad,
otra excelente condición de soldado para esa guerra
de privaciones durísimas; retozo de vitalidad juve-
nil que solía arriesgar tal cual vez hasta lo indiscre-
to la travesura criolla de su epíteto cuando lo susci-
taba la ridiculez vanidosa. Nada alteraba, quizá,
más prontamente su paciencia, bien que siempre de
manifiesto en dicha espontánea reacción del buen
gusto; pues era grande su imperio sobre la vehe-
mencia natural, y así agregábale otra prenda supe-
rior esa represión de la cólera con que los fuertes
mitigan el zarpazo mortal, apiadándola en ironía.
De ahí que ésta suele parecer menosprecio y acaso
lo contenga también, siendo el gobierno dtllos hom-
bres, sabido está, escuela de pesimismo. Mas, la
excelencia nativa es magnanimidad por definición,
con lo que así perdona en lo mlsmo que aJus-
ticia.
Militar y políticamente, la guarnición cordobesa
del Río Cuarto vinculábalo con la capital de la pro-
vincia donde fué ganándose el condigno ascendiente
mantenido, asimismo, sobre las otras de su anterior
conocimiento, a empezar por la natal, según es
obvio, mediante una correspondencia entre cuyos
mej ores destinatarios contó algunos condiscípulos
del Uruguay que también iniciaban su vida pública.
La proximidad a San Luis, pues Villa Mercedes era
el centro militar más importante de la zona, permi-
tíale ejercer sobre esa provincia una influencia di-
recta que veremos resaltar en el estudio de su for-
mación política.
Aquellas cartas cuya letra aguda y fina perfilaba
el acierto de la sagacidad en la cordura del racioci-
nio, imponían con decisión la firmeza de su con-
cepto . Manifestación de ideas formadas sobre los
asuntos capitales del país, su franqueza crítica hasta
lo audaz, no era sino la precisión con que les seña-
laba soluciones definitivas. Este mismo acierto
determinaba la eficacia de su previsión, facultad de
tanto alcance en la guerra y en la política; pero
todo ello sin resonancia, como si fuera el resultado
de una sencilla operación que se impusiera por cer-
tidumbre y no por fe, aunque de ningún modo nace
- 143-

ésta mejor que al prestigio de la llaneza. Yasimis-


mo pintábase su carácter con tal nitidez en el rasgo
de la letra, que esto exige dos palabras todavía. Al
antedicho aspecto de su fina agudeza, había, pues,
de añadirse la peculiar desligadura que revela intui-
ción, o sea (( percepción clara, íntima, instantánea
de una idea o una verdad», según el léxico, y la
proporcionada sobriedad que enuncia sencillez y
modestia; quedando sólo por advertir la fortaleza
de la índole y la salud, manifiesta en la regularidad
típica que le conservó hasta el fin.
Estaba, así, hecho para la estimación de aquella
clase gobernante de Córdoba que se conservaba tal
por merecimiento de su hidalguía, repartida esta
dignidad del linaje y de la cultura que lo ilustraba
con doscientos cincuenta años de universidad, entre
próceres católicos de solemnidad un tanto aperga-
minada, dijérasc que a estilo de instituta o de bula-
rio, y caballeros liberales de chapa cartesiana, bajo
la cual escocía, sin embargo, su puntita de enciclo-
pedismo anticlerical y aun de entusiasmo anglicano
a través del frecuentado Federalist; no sin que entre
ambos tipos, como entre dos citas opuestas de Dono-
so Cortés y de Larnennais, hubiera nacido el in-
termedio católico liberal o liberal cristiano, según
concíliase, por ejemplo, la creencia profesada o
acepta, con el clasicismo constitucional de su Madi-
- 144-

on o la política biológica de su flamante Bage-


hot ( 1 ). Pues lo cierto es que un noble afán remozaba
la erudición y la cátedra. Precisamente el año 7'2
fundó Sarmiento, allá, la Academia Nacional de
Ciencias.
Bien que algo de aquello fuese, tal vez, acomodo
promediado de conveniencia y poquedad, dicha
posición estribaba principalmente en la sinceridad
republicana que a todos era común desde los pri-
meros días de la Patria, empezando por su clero
democrático, y explicándose con ello la infaltable
notabilidad cordobense en las arduas tareas de cons-
tituir la nación. Veníales del abolengo conquis tador,
fortificando aún la consabida simpatía el espíritu
marcial que ensalzaba en Paz su dechado selecto,
pero también la mano ligera para las armas de diri-
mil' por cuenta propia; carácter muy sensible de
suyo al prestigio bélico. La valentía, en efecto, a
fuer de virtud, acepta francamente lo superior; y
por lo mismo que el brío favorece la dirección del
corcel, sólo es difícil mandar cobardes . Oficiales
cordobeses de brillante foja, que habían sido sus

(1) Sabido es que Madison, redactor del Federalista, juntamente con


Hamilton y Jay, fué mediante su famosa refutación al bill de lo sueldos
-eclesiásticos, el verdadero autor de la neutralidad religiosa en la Consti-
tución de los Estados Unidos. Walter Bagehot inició con su Physics and
Polilics, en 1869, la aplicación sistemática de la teoría de la evolución
natural a las colectividades humanas.
- 145-

compañeros de armas en la guerra civil y nacional,


abonaban su discreción y su mérito.
La índole comunicativa de la juventud y la for-
mación colegial en el Uruguay de sus letras secun-
darias, inclinábanlo al liberalismo profesado gene-
ralmente por la mocedad de cepa unitaria como la
suya. . según venía viéndose con creciente decisión
al ir aquélla tomando la delantera. El programa
liberat que exigía con acierto la integridad de la
Nación, ante todo, conforme a la aspiración provin-
ciana de la capital de Buenos Aires, si proclamaba
también la neutralidad laica del Estado, era por
espíritu más progresista que irreligioso; y poco
después, la presidencia de Avellaneda, católico acti-
vo, demócrata sincero, hijo de víctima unitaria,
provinciano integralista, si se permite la definición,
universitario de Córdoba y joven de treinta y siete
años, no más, sería la expresión conjunta de cuanto
he dicho.
Una circunstancia tradicional creaba a Roca otro
vínculo con la sociedad y la política locales: su tío
don Marcos Paz había sido allá personaje de tanto
fuste que, encarcelado en 1861 por rigurosa orden
del presidente Derqui, una comisión de damas cor-
dobesas solicitó a este último su libertad con buen
éxito; y no más que al fin del mismo año, hete aquí
que el agraciado era ya gobernador interino de la
10
- 146 -

provincia. Hasta había quién, aludiendo al vence-


dor de la Tablada, en las tertulias donde era habi-
tualla plática, por decirlo así, expurgatoria 'de los
linajes, reputara como de una misma cepa todos los
Paces históricos.
En eso, el joven coronel encontró nueva afección
que lo uniera, y dulcísima y mejor, con haber halla-
do la esposa de su destino .
«Acontecimiento social» de la época « el fausto
enlace », quién más digna para elegida de la suerte
que la Clarita Funes, dijera el cariñoso diminutivo
local con que, engreída de tanta donosura juvenil,
« toda Córdoba, sí señor, se miraba en ella».
Clara, sin duda, por el nombre y la sangre, éralo
también con aquella gentileza de su estirpe, como
iluminada de inteligente simpatía que reuniendo la
delicada jovialidad al noble candor, agraciaba el
. lindo rostro donde en el pétalo aun pueril de la son-
risa y en el ojo rasgado ya de belleza, parece inte-
rrogar, atónito de sí mismo, el encanto de la don-
cella . Y también como la mejor, supo·ser la señora
de nuestro hogar patricio, joya de su intimidad así
acendrada en el decoro de la perla profunda; mas,
no por esto cautiva de su rango, sino con la serena
cuanto difícil virtud de acompañar al grande hom-
bre en su vida gloriosa y seguramente tan acechada
por la tentación.
Pero aquí corresponde una advertencia.
La historia del individuo superior ha de limitar-
se al estudio de la prendas y defectos peculiares que
constituyen su entidad de tal. Lo que tenga él de
común, no vale el tiempo que se emplearía en na-
rrarlo. Basta, al efecto, con decir que fué un hom-
bre. La exhibición de vulgaridad en que lo contrario
redundaría, es pedantesca o demagógica. Si, preci-
samente por aquéllo, « no hay grande hombre para
su ayuda de cámara », rebaj ará la historia quien la
escriba con criterio de lacayo. La historia es un arte
y el arte un señorío. Nunca hay belleza en la vulga-
ridad, con lo que es de necio su consideración esté-
tica. Tanto vale aplicar la orfebrería a la hechura de
una sartén, y esto explica la insignificancia fatal de
las odas a la democracia o a la vacuna ...
Así como el silencio es la mitad de la música, la
discreción es la mitad de la historia. El grande hom-
bre, como hombre que es, tiene vida privada. Su
eminencia no exime de respeto al historiador, así
sea en nombre de la ciencia o del arte. El rigor del
análisis puede resultar impío como la calumnia,
toda vez que el hecho forma tan sólo una parte de la
verdad; y por artística que sea, la desnudez arries-
ga siempre desvergonzarse en impudor.
Recordando, por otra parte, lo que está dicho de
la mujer honrada, el hogar honesto no tiene histo-
- 148-

ria. La virtud materna de que subsiste, es invisible


como la sal en la sazón; y para el caso que nos ocu-
pa, su ejercicio valeroso empezó con el destierro a
la guarnición de la villa fronteriza donde la pampa
bravía hasta lo feroz bajo la aridez de la barbarie, el
consiguiente rigor del clima y el azote de las hordas
que cuatro años antes, no más, saquearon y cauti-
varon, asolándolo todo (1) amontonaba sus méda-
nos de bulto sepulcral como cadáveres tapados,
contra el pequeño oasis de las acequias industriosas,
el plantío frutal, el tablón de alfalfa cuidado enton-
ces con mimo jardinero, y la media docena de sau-
ces del riacho, desde cuya ribera sería dulcemente
melancólico evocar, tal cual tarde veraniega, al
toque de la retreta, el Paseo famoso de la capital, con
su lago y su alameda desbordante de elegancia ajus-
tada - sépanlo ustedes - sobre los últimos figuri-
nes de París.
Es propio de la civilización maquinal, o mejor
dicho, maquinista, que nos arrastra, el exceso de
publicidad y la consiguiente importancia que atri-
buye a los detalles de rebusca, con presumible com-
placencia del tinterillo zurcidor. Viruta noticiera o
secreto de trasalcoba, claro está que no he de redu-

(1) El !! de marzo de 1868, un malón de dos mil ranqueles invadió


el Río Cuarto, llevándose numerosos cautivos y un inm enso arreo de
ganado.
- 149-

Clrme a ese chismoso regodeo. Baste saber, pues,


que Roca fué de genio vivo y de temperamento
amoroso sin demasía; quedando lo que de esto pue-
da sobrar, a beneficio del supradicho buscón.
Dos años después, sólo dieciocho días antes de
terminar la presidencia de Sarmiento, una revolu-
ción gravísima, dada la categoría de sus jefes y la
importancia de sus elementos de acción, estallaba
en las provincias de Buenos Aires y San Luis al
mando de dos generales con veteranas fuerzas de
línea aumentadas por contigentes civiles, para im-
pedir la trasmisión del gobierno al electo, doctor
Avellaneda (1). Baste decir que el general Mitre asu-
mió la dirección del movimiento al frente de su pode-
roso partido, mientras losjefes del pronunciamiento
militar eran Rivas y Arredondo, ambos generales so-
bre el campo de batalla, y aunque uruguayos los dos,
de adopción completamente argentina. Contaban
entre los mejores oficiales de la guerra con el Para-
guay, poco antes concluída, así como el elemento
civil reunía a su vez lo más granado de la juventud
porteña. Agravaban la ya imponente amenaza, la
sublevación de dos cañoneras en el mismo puerto
(1) La revolución debía estallar el 12 de octubre, fecha constitucional
de dicho acto; pero sorprendidos los trabajos por el gobierno la noche
del 23 de septiembre, fracasó en la capital, donde nada pudo hacer, pre-
cipitándose el pronunciamiento al siguiente día en las provincias antes
nombradas.
- I50 -

de Buenos Aires, el amago de una nueva invasión


de López Jordán a Entre Ríos, y dos alzamientos
simultáneos: uno en Jujuy, que abortó luego, aun-
que no sin sangre (ciento ochenta muertos en el
combate de Quera) y otro en Corrientes donde llegó
a congregar numerosos voluntarios de la campaña.
Era uno de los tantos conflictos motivados por la
impropiedad de la Constitución extranjera adoptada
en 1853, según quedó dicho (cap. VI) y que como
todos ellos hasta hoy, procedía de dos deformacio-
nes inevitables: la adulteración del sufragio univer-
sal y la liga de gobernadores para imponer presi-
dente.
Incompatible aquél con nuestro carácter, según
nos lo enseña una experiencia ya más que secular,
en esotra consistió siempre, también, la posibili-
dad de toda organización gubernativa. Así, para no
recordar sino las más importantes, el Tratado Cua-
drilátero y la unión de las nuevas provincias bajo la
dictadura del general Paz, ambas de iniciativa uni-
taria, el Pacto del Litoral y el Acuerdo de San Nico-
lás, bases de la federación que [Link] ; y por
supuesto, además, todas las presidencias viables
hasta el presente (1). La causa está en que, confor-

(1) El artículo [0 del acuerdo de los gobernadores, definíalo así:


« Siendo la ley fundamental de la República el tratado celebrado el {¡
de enero de 1831 entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y
- ¡51 -

me a la índole latina, el gobierno representativo es


para nosotros encarnación individual y ejecutiva,
no principalmente parlamentaria como lo prescribe
la Constitución, copiándolo de un país anglosaj ón y
protes tan te. Tal, en Roma, el emperador, que como
dice Mommsen con propiedad, era « el hombre de
confianza del pueblo» ; su representante por anto-
nomasia (1).
La candidatura derrotada del general Mitre había
carecido de aquella condición inconstitucional pero
indispensable que tuvo la de Avellaneda, empezan-
do por la misma provincia de Buenos Aires cuyo
gobernador resultó electo vicepresidente de la com-
binación victoriosa, aunque sin el voto de la mayoría
bonaerense; política legalmente irregular, pero
nada sórdida, como que, para honra suya, el princi-
pal mérito de su candidato consistía en haber sido
un gran ministro de instrucción pública (2). Postizo,

Entre Ríos , por haberse adherido a él lodas las demás provincias de la


Confederación, será reli giosamente observado, en todas sus cláusulas y
para mayor firmeza)' garantía queda facultado el exce lentísimo selior
enca rgado de Relaciones Exteriores para ponerlo en ej ecución en todo
el territorio de la República. »
(1) Aunque el gobierno nacional está formad o por los tres poderes,
constitucionalmente bablando, sobreentendemos que se trata del ejecu-
tivo, o sea del presidente, cuando usamos aquella expresión.
(~) El viceprpsidente, don Mari ano Acosta, era asimi~mo un esclare-
cido ciudadano de vida pública tan activa como loabl e. Vale la pena
recordar que babía sido miembro de la convención constitucional revi-
sora de 1860.
152

lo que es decir ajeno a la índole nacional el sistema


violado, la consiguiente indiferencia explica por qué
esa transgresión no mancha aquí a quien la comete.
Social y prácticamente hablando, el delito electoral
no existe.
Es así que los sublevados invocaban con razón y
sinceridad la pureza de una doctrina impracticable
cuyo imperio, al rigor de la dura lex, no podían elu-
dir sus adversarios sin la desventaja moral del sub-
terfugio; pero éstos tenían por suya la eficacia cons-
tructiva que es todo el arte del gobierno, y así se
habrá de ver cuando al estudiar el programa del
liberalismo provinciano, aparezca en su alta signi-
ficación la presidencia de Avellaneda.
Por otra parte, fué característica ilusión del siglo
XIX, persistente hasta hoy bajo la acertada designa-

ción de principismo que acá le damos, la virtualidad


supersticiosa atribuída al tenor de la ley, cuando este
instrumento es de carácter interpretativo según su
objeto social, que consiste en la adopción de lo con-
veniente cuantas veces se requiera; o sea en cada
uno de los imprevisibles y por lo tanto innumera-
bles casos que pueden presentarse. Así el magistra-
do vivifica la ley, cuerpo sin alma en su mero texto;
con lo cual dijo ya la Suprema Voz, que la letra
mata.
La trascendencia del episodio es, pues, evidente,
- 153-

y realza todavía la descollante actuación que a Roca


le cupo en él.
Empezando por este éxito significativo : la victo-
ria bélica y legal fué de los jóvenes . La primera,
además, de dos oficiales argentinos que representa-
ban al ejército exclusivamente militar, invencible
desde entonces: el teniente coronel Arias, triunfan-
te sobre los generales Mitre y Rivas en La Verde
(26 de noviembre) y el coronel Roca en Santa Rosa
(7 de diciembre) sobre el general Arredondo. Sin
mengua ninguna de aquella victoria, ésta fué mucho
más difícil .
La insurrección de Buenos Aires, efectuada casi
enteramente por la guarnición fronteriza de cuatro-
cientos hombres que sublevó el general Rivas en El
Azul, pues la capital no se movió, invirtiéndose así
totalmente el plan convenido, pudo frustrarla en
gran parte con su prestigio personal el doctor Alsina,
jefe del partido gobernante en la provincia: el auto-
nomista, numeroso entre los elementos más popu-
lares de la ciudad y campaña ; mientras el propio
gobernador, substituto de Acosta, coronel don Al-
varo Barros, había sido cuatro años antes, no más,
prestigioso jefe de aquella misma frontera donde
fundó la actual ciudad de Olavarría. Así se explica
que, aun incorporados luego mil quinientos indio&
del cacique Cipriano Catriel al ejército revoluciona-
- 154 -

rio, éste no pasara de tres mil quinientos hombres.


Bien que su ataque contra los ochocientos de
Arias parapetados en los corrales de la estancia que
{lió su nombre a la acción: La Verde, hubiera de
malograrse convirtiéndose en retirada, la actitud de
Mitre al capitular en Junín seis días después, parece
más bien una desistencia que una derrota. Aunque
fuese el candidato vencido, su ardor revolucionario
estuvo atenuado desde la preparación del movimien-
to, por la idea de evitar en lo posible la efusión de
sangre. Habría querido que un alzamiento exclusi-
vamente militar decidiese la cuestión sin combatir,
por simple preponderancia numérica; de modo que
al suceder lo contrario - pues ni el ejército ni la ar-
mada respondieron como se presumía, fracasando el
concurso de esta última en un conato episódico-
todo induce a creer que aprovechó la ocasión de
hacer la paz con su habitual superioridad estoica.
Siendo quien era ya, el abandono de una lucha fra-
tricida, antes aumentaba que oscurecía su gloria.
Completamente distinto el caso de la otra comar-
·c a trastornada por la rebelión militar, el triunfo
requirió allá dos meses de estrategia y una batalla
decisiva .
So pretexto de una grave dolencia, el general
Arredondo había conseguido permiso de Sarmiento
para residir, buscando así mej or clima, en la guar-
- 155-

nición de Villa Mercedes cuyo jefe, el generallva-


nowski, de quien fué predecedor allí mismo, era,
iuntamente con Rivas, su fiador moral ante el pre-
sidente que le desconfiaba. A favor de aquella hospi-
talidad, tramó Arredondo la sublevación que, llega-
do el momento, puso en obra, haciendo matar a
Ivanowski por sorpresa y tomando la jefatura de
sus tropas: 30 de infantería y 40 de caballería de
línea. Es a saber que el sublevado conocía el pre-
maturo estallido de la rebelión por su propia vícti-
ma, pues habiendo recibido Ivanowski el 23 de sep-
tiembre una advertencia telegráfica de Sarmiento
para que vigilase con lal motivo a su huésped, tuvo
la imprudente caballerosidad de mostrársela; de
modo que cuando al siguiente día, un nuevo despa-
cho mandábale ya prenderlo por su averiguada par-
ticipación en el motín, Anedondo, apoderado secre-
tamente del telégrafo, fué quien recibió tal orden,
asumiendo de consiguiente la mencionada actitud.
Con todo, Roca enteróse de ello el mismo día en el
Río Cuarto, merced a una confidencia telegráfica,
siendo él quien hubo de comunicarlo al presidente
de la República.
El pronunciamiento asumía, pues, gravedad ex-
trema, no sólo por la calidad de la tropa con su
armamento modernísimo entonces, y la colabora-
ción entusiasta del gobernador de San Luis, simul-
- 156-

tánea y expresamente rebeldísimo, ante todo, por


su jefe militar, quien al iniciarlo, como se ha visto,
sin reparar en medios, correría el albur de lo que a
sabiendas jugaba, extremando sus condiciones de
formidable osadía, experiencia veterana y dominio
de aquel terreno donde siete años atrás habíase gana-
do en San Ignacio el generalato sobre el campo de
batalla .
Conforme al plan revolucionario, debía encami-
narse acto continuo a Buenos Aires, movilizando
cuantas fuerzas pudiese, lo que hizo con la mitad
del tercer regimiento de guardias nacionales, hasta
reunir por todo algo más de ochocientos hombres.
Así marchó sin tardanza en busca de la vía férrea,
única entonces, que era la del Central Argentino
entre Rosario y Córdoba, tomando el camino recto
que pasa por el Río Cuarto donde esperaba incorpo-
rar sobre la marcha al regimiento 7° de caballería
destacado en la frontera, y contaba con seducir o
derrotar fácilmente al 10° de la misma arma, único
que guarnecía la mencionada población.
Descubiertas sus fuerzas y sus intenciones me-
diante un ardid consistente en que el jefe de este
último regimiento, teniente coronel Racedo, fin-
giéndose rebelde, mandara pedirle órdenes desde
allá (26 de setiembre) movióse Roca el 27 con el
mencionado cuerpo hacia Villa María, estación im-
portante del ferrocarril, para ocuparla el 29, cor-
tando así el camino que Arredondo debía tomar; a
cuyo efecto recibió el 28 su designación telegráfica
de Comandante General del Ejército del norte, im-
provisado en su persona, por decirlo así, y los esca-
sos refuerzos que el gobierno nacional podía enviar-
le a la sazón: dos piquetes de infantería de marina
y gendarmes del Rosario con dos piezas de artillería
de campaña. Pero la misma noche de su arribo, el
presidente le anunciaba que do un momento a otro
iban a incorporársele dos baLallones de infantería y
un regimiento de caballería con dos cañones Krupp
y quinientos fusiles Remil1glon, mientras de Cór-
doba y Santa Fe seguirían llegando más tropas
sobre la marcha. Con esto, decidió continuar reple-
gándose sobre la misma vía férrea, es decir, cor-
tando siempre el camino al jefe insurrecto, hasta
lograr aquella incorporación, según se efectuó el 2
de octubre en la inmediata estación de Bell-Ville,
más conocida entonces como el Fraile Muer lo , nom-
bre antiguo del lugar .
Sarmiento habíase mostrado, como le era habi-
tual, prodigioso de eficacia y energía. Puede afir-
marse que cuarenLa y ocho horas después de preci-
pitar su estallido, había desbaratado la revolución a
fuerza de cartas, despachos y decretos, como ese
que creaba casi sobre el papel el Ejército del norte.
- 158-

Su conferencia telegráfica con Roca la noche del 29,


Y sus telegramas expedidos desde el 25 a los gober-
nadores de Córdoba y del Litoral, manifestaban su
confianza en aquél, tan decidida como respetuosa,
hasta no insistir, bien que esto mismo a título de
mera colaboración: sino sobre un detalle realmente
obsesor para él, y que constituía, por cierto, el ner-
vio de la guerra contra la montonera y el indio: la
necesidad de conseguir caballos a toda costa, pues
no disponiéndose sino de la indicada vía férrea, era
ése el único elemento de movilidad en las operacio-
nes distantes de ella. Así, el ejército nacional cons-
taba entonces de doce regimientos de caballería por
once de infantería y dos de artillería solamente.
Sugería, en consecuencia, la requisición lisa y llana
que Roca, sin embargo, no ejecutó (1). Otro era su
concepto de la guerra como va a verse, por más que
su experiencia militar hubiérale ya enseñado lo mis-
mo, según también lo veremos con motivo de la
expedición al desierto y de su política gubernativa
en materia vial.
A su modo, pues, replegó se hacia el Fraile Muer-
to, según dije, llevándose la dotación ferroviaria

(1) Así desde su primer despacho a Roca el ~5 de setiembre: « ... E~­


propie caballos. No hay más punto oscuro que ese ... Pero coronel Roca,
no se pagan los caballos a nadie, se quitan. Se procede como el enemigo
procede. Estas son las leyes de la guerra. » etc.
- 159 -

utilizable, pero dejando en la oficina telegráfica


como al descuido o por premura, las bandas de su
conferencia con Sarmiento, para que la noticia del
auxilio que iba a recibir causara sobre Arredondo la
impresión que efectivamente produjo.
Dicho jefe había llegado e127 al Río Cuarto don-
de sólo quedaba una patrulla de observación de
Roca, la cual retiró se tras un breve tiroteo, y allá
t
esperó hasta el 29 la incorporación del de caba-
llería sublevado por su jefe en la frontera, dirigién-
dose entonces a Villa María, que ocupó el 2 de octu-
bre. Enterado, como sabemos, de las fuerzas que
incorporáronse a Roca en el Fraile Muerto ese mis-
mo día, según díjelo también, resolvió marchar
sobre Córdoba a cuya ocupación atribuía grande
importancia y efecto en la opinión regional del Cen-
tro y del Norte, tomándola el 3 sin resistencia, im-
posible, por lo demás, de la guardia vecinal que la
defendía.
Pero el éxito no correspondió a su esperanza. La
ciudad capitulada opúsole, desde luego, el aisla-
miento de la dispersión. La guardia de vecinos se
disolvió, alzándose al campo en gran parte; y la
resistencia pasiva fué tal, que como nadie quisiera
ocupar el gobierno acéfalo, hubo que reponer al
mandatario destituído la víspera.
Más impopular aun la revolución en las provin-
- 160-

cias interiores que en la de Buenos Aires, donde por


igual motivo era ya un previsible fracaso, su descré-
dito aumentaba allá, todavía, con el asesinato del ge-
nerallvanowski cuyas circunstancias echábanle un
borrón fatal, el abandono de la frontera a los indios
más audaces, y la estrategia de Roca que impedía
toda coordinación de sus fuerzas . Por otra parte, la
.desmoralización empezaba a cundir, con esto últi-
mo, entre las tropas sublevadas mediante aquel
odioso golpe de mano cuyos móviles éranles, sin
duda, ajenos; el gobierno de Santiago no se movió
como Arredondo esperaba, contenido, si pensó real-
mente hacerlo, ante una situación que Roca podía
.decidir de inmediato con un ataque cada vez más
temible, y cuatro días despues, veíase el jefe rebelde
obligado, así, a contramarchar sobre Villa Merce-
.des, llegando el 9 al Río Cuarto .
Pero, al día siguiente, mientras continuaba la
marcha, destacado el 7" de caballería contra una
fuerza enemiga que se avistó en actitud de observa-
ción, dispersóse sin combatir abandonando a su
jefe.
Con bastante lentitud, debido a la postración de
su caballada, llegó el general revolucionario a Villa
Mercedes sólo tres días después, encontrando allá
dos regimientos de guardias nacionales movilizados
por el gobierno provincial. Buena falta le hacían,
- 16r -

pues la desmoralización creciente en la tropa, estu-


vo a punto de inutilizarle el 3° de infantería con un
motín que hubo de evitar mediante la ejecución
de varios cabos y sargentos. Otro contingente de
guardias nacionales esperábalo en la capital de la
provincia hacia la cual marchó el 16, decidido a
someter todo Cuyo para asegurarse así una vasta
zona de poderío y resistencia. Triunfante, a su vez,
la revolución en el suroeste de Buenos Aires, po-
drían reunir sus fuerzas por la intermedia pampa
ranquelina, conforme a una certera previsión de
Sarmiento (1) ; pero antes de emprenderlo, ya que
Roca le cortaba definitivamente el acceso ferrovia-
rio, necesitaba consumar su dominación, deponien-
do a los gobiernos adversos de Mendoza y de San
Juan.
En eso, la transmisión del mando presidencial
efectuóse puntualmente el 12 de octubre; y desig-
nado Alsina ministro de guerra por Avellaneda,
este nombramiento ratificaba en su persona la polí-
tica del liberalismo provinciano que comprendía a
los autonomistas de Buenos Aires, según sabémoslo
ya. En cuanto a Roca, comprovinciano del nuevo
presidente, y amigo y admirador suyo, además, la
posición consolidábase, si cabía.
(1 ) Carta de Sarmiento al coronel Borges que se hallaba de guarni-
ción en Rojas, el 26 de setiembre .
11
- 162 -

La entidad más importante de aquella política en


Cuyo, era Mendoza, donde el gobierno había movi-
lizado alrededor de mil quinientos hombres con una
pieza de artillería de campaña, que mandados por
el teniente coronel Catalán, intentarían cortar el
paso a Arredondo. Llegado éste a San Luis el !l2 r
pasaba el 24 la frontera de Mendoza, tomando la
Villa de La Paz al frente de unos dos mil quinientos
hombres que se avistaron con las fuerzas provincia-
les e12 8 al anochecer, sobre los campos de la estan-
cia Santa Rosa donde ocupaban una posición defen-
siva, cubiertos ambos sus flancos por los cercos de
rama espinosa que formaban abatidas naturales, y
el río Tunuyán, vadeable tan sólo a trechos precisos.
Rechazada por Catalán la intimación de rendirse,
la superioridad de tropa y armamento decidieron al
otro día el fácil triunfo del ejército rebelde consu-
mado en dos horas con la muerte de aquel jefe.
Arredondo entró el l ° de noviembre en Mendoza
cuyo gobernador habíase retirado a la campaila,
puso allá uno de su hechura y marchó sobre San
Juan, que ocupó el 3, haciendo lo propio y remon-
tando sus fuerzas con un batallón provincial de tres-
cientas cincuenta plazas.
Siete días después regresaba a Mendoza, centro
natural de su predominio cuyano, donde levantó
asimismo alguna milicia, y el 13 dirigías e nueva-
- 163-

mente al campo de Santa Rosa que había elegido


para esperar, fortificándose allí, al ejército con que
Roca marchaba ya contra él. En veintidós días de
que dispuso, reclutó el suyo con empeño hasta
ponerlo sobre los cuatro mil hombres, combinando
simultáneamente un sistema protector formado al
frente por un foso con parapeto y abatida de expug-
nación muy difícil, al flanco derecho por el Tunu-
yán, yal izquierdo por los cercados de rama espi-
nosa, que mediante acequias derivadas de aquél,
inundaría oportunamente. Así compensaba a la vez
su escasa artillería de cinco piezas.
Mientras tanto, Roca, desde su estratégica situa-
ción sobre la vía férrea, que frustraba la junción de
los rebeldes, había aprovechado los primeros cin-
cuenta días de aquel bimestre para formar su peque-
ño ejército, sin arriesgarlo con intempestivo arrojo,
pero reocupando lentamente las posiciones que el
enemigo dejaba sobre el único camino a Cuyo, es
decir, aislándolo cada vez más, al propio tiempo que
aguerría por la maniobra y el espíritu la tropa esca-
sa de cohesión y plantel. Acababan, así, como de
forjarla, el mismo rigor del verano implacable sobre
aquellos doscientos y más kilómetros de médano
desolado hasta la maldición, y las penurias de todo
género, tan grandes, que la caballería debió mar-
char a mula por no quedar más ganado servible,
- 164-

sin conlar la frecuencia con que faltaba el de comer


- y lo demás que se colige.
Hacia fines de noviembre, al pasar de San Luis,
las fuerzas, sólidas ya, contaban cerca de dos mil
ochocientos hombres, entre ellas tres batallones de
infantería de aquella misma Córdoba tan remisa con
el jefe insurrecto, y otro batallón y un regimiento
del Río Cuado, no menos esquivo hacia él. La infe-
rioridad numérica era, sin embargo, muy grande
aun respecto del adversario cuya fortificación, que
conocían, acentuaba su ventaja; de suerte que la
marcba continuó con lentitud en espera de un im-
portante refuerzo que por momentos debía llegar al
mando del coronel Nelson, nombrado segundo jefe
del ejército el 11 del mismo mes.
Cuando poco más allá de San Luis, en El Balde,
incorporóse dicho jefe con mil setecientos hombres
y algún suplemento de artillería, que elevó la dota-
ción a nueve piezas, Roca, puesto así al frente de
fuerzas ligeramente superiores, decidió abreviar en
lo posible la restante travesía de ciento cincuenta
kilómetros que lo separaba de su adversario; con
lo que, el4 de diciembre, hallábase a la vista del
campo fortificado cuyo reconocimiento personal
efectuó en seguida, mediante las adecuadas escara-
muzas de rigor. Tenía, al fin, su batalla como dora-
da de sol glorioso entre las primeras colinas del
- 165 -

suelo montañés que perfilaba la alameda ribereña


del Tunuyán sobre la mole de los Andes al fondo.
Durante los días transcurridos, habían ido lle-
gándole por la posta y el telégrafo noticias del triun-
fo de Arias en La Verde y la rendición de los suble-
vados el 2 de diciembre en J unín. El 5, pues,
previas algunas operaciones de exploración y des-
pejo sobre el flanco izquierdo de los rebeldes, inun-
dado ya por ellos, ofició a Arredondo, comunicán-
dole aquel completo fracaso de la revolución, para
inducirlo, en consecuencia, a abandonar la lucha ya
inútil. Rechazada al principio su información como
una añagaza, rel mismo jefe sublevado propúsole,
horas después, capitular en condiciones tales, que
comunicadas al Presidente de la República, tuvie-
ron por inmediata respuesta la exigencia de rendirse
a discreción (1). Ellas evidenciaban, por lo demás,
la indudable superioridad que Arredondo se atri-
buía.
En esos trámites pasó el tiempo hasta promediar
la tarde del 6, cuando el ejército de la Nación rom-
pió las hostilidades con el caiíoneo preparatorio de
un simulado ataque frontal, cuyo amago sostenido

(1) Dichas condiciones eran tres: l' Repliegue del ejército nacional a
la Villa de La Paz; 2' Reconocimiento de los gastos de guerra y grados
militares del ejército rebelde por el gobierno nacional; 3' Reposición
de los gobernadores revolucionarios depuestos.
- 166-

en la sombra bajo el consiguiente recelo de lo invi-


sible, permitióle correrse a medianoche por el flan-
co izquierdo de los sublevados, evitando el lodazal,
y tomándoles la retaguardia sin ser sentido, pero
con tal precisión, que al rayar el alba, amanecía
formado en batalla cuatro kilómetros detrás. Era el
envolvimiento clásico y total que atrapaba al ene-
migo en su propia fortificación, imponiéndole la
derrota sin esperanza. Para eso y así había formado
sus tropas el vencedor en diez semanas de maestría.
Batalla tácticamente ganada-y tanto, que la ca-
ballería, mitad del ejército (1), no llegó a combatir,
impedida por los obstáculos naturales y la extenua-
ción de la mulas que montaba - dos horas de intenso
fuego bastaron para consumar el triunfo sobre un
adversario tan sorprendido, que el infortunio de su
bravura fué sólo el precio de su tardanza en com-
prender . Desordenado por el brusco cambio de
frente que hubo de constituir su infructuoso arbi-
trio, el desenlace sobrevino ante la increíble estu-
pefacción del jefe rebelde, cuando Roca, ala cabeza
de su escolta, lo afrontó diciéndole mientras le tendía
la mano con caballeresca sencillez:
- General, es Ud. mi prisionero.

(1) Este hallábase formado por nueve batallones de infantería, nue-


ve regimien los de caballería, uno de artillería y la escolta del coman-
dante en jefe.
Sometido Arredondo a consejo de guerra sobre
~l tambor, como procedía y estaba ordenado, su
ejecución era segura. Así opinaba el presidente con
innegable rectitud y aconsej aba el tenaz rigor de
Sarmiento. Pero Roca profesaba por índole, más
aun que a designio, el principio romano de no
extremar la victoria. Arredondo, al fin, habíasele
rendido, y la generosidad del perdón nunca des-
honra los laureles. Facilitóle, pues, la evasión, pre-
parándosela en persona y hasta auxiliándolo con
algún dinero al partir. eNo era esto como de reli-
gión familiar, desde que, según sabemos (cap. III)
su propio padre debió la vida a un acto análogo, en
tal cual episodio de guerra civil también? Por otra
parte, la fuga aceptada es siempre fatal a los gue-
rreros, y la experiencia tampoco erró aquella vez.
La destrucción del enemigo, objeto de la guerra,
no requiere forzosamente su exterminio: pero toda
victoria, sí, constituye una obra de arte.
General sobre el campo de batalla el mismo día,
Roca supo embellecer así la suya. l-Iabíala como em-
banderado allá, ante los Andes de su aurora, la ga-
llardía del improvisado estandarte con que reani-
mara el ímpetu de aquese batallón titubeante bajo el
fuego, enarbolando en una lanza su poncho a listas
blancas y azules, obsequio alusivo de no se qué
mano gentil, por lo argentino, del bien merecido
- I68-

nombre ; y cuando cincuenta días después en


nuestra histórica Buenos Aires de plata animada
por los festejos triunfales que coronó el banquete
del palacio presidencial, estrenaba para el caso sus
charreteras entre Avellaneda y Sarmiento, aclararía
su frente ya ensanchada de arduo, valeroso afán
- certidumbre, que no ilusión -la sonrisa de la
gloria.
IX
LA CAMPAÑA DEL DESIERTO

El movimiento revolucionario efectuado prmcI-


palmente por las guarniciones más importantes en
las fronteras del sur y del interior causó el abando-
no de las mismas y el deterioro a veces total de sus
fortificaciones y pertrechos, que hubo de empezarse
a reparar acto continuo con empeño bajo la enér-
gica dirección de Alsina, notable ministro de Gue-
rra, como, en efecto, se mostró.
Felizmente, la rapidez con que pudo sofocarse la
revuelta cuando las hordas pampeanas hallábanse
aún bajo el desconcierto causado por la muerte de
Calfucurá, jefe de la confederación que formaban
(1873), no les dió tiempo de aprovechar la coyun-
tura. Perduraba, asimismo, entre ellas, la impresión
del duro escarmiento que dos años an Les (1872)
habíales infligido el general Rivas en el combate de
Pichi Carhué o San Carlos~ y sobre todo el temor
que iba infundiéndoles el uso más frecuente cada
vez del fusil Reminglon, tan superior al de fulmi-
- 17°-

nante bajo todo concepto. Así, los mismos ranque-


les mantuviéronse quietos sobre la línea, donde sólo
quedó alguna guardia nacional movilizada al mando
de Baigorria, aunque el renombre del antiguo caci-
que entró en ello por mitad, seguramente.
Subalterno, ahora, de Roca, su residencia de vein-
tidós años en la tribu donde tal grado alcanzó, cons-
tituía para aquél valiosa fuente de información y
~oncepto ; mas lo que ellos le reportaron completólo
personalmente, prosiguiendo, apenas de regreso en
su comando, la exploración sistemática de lo que
llamaba con propiedad el oasis ranquelino, áspero
bosque de unos tres mil kilómetros, rodeado por
arenales cuya desolación obstruía el acceso de esa
guarida silvestre. Seguía amplificando, pues, su
conocimiento del país metro por metro, como la
andanza a caballo lo efectúa de suyo, y aquella expe-
riencia adquirida en diez y ocho años de incansable
empeño iba a contar entre los elementos más efica-
~es de su acción gubernativa.
Ahora bien; si los indios no aprovecharon la
revolución para invadir inmediatamente, una vez
resuelta la controversia dinástica que la muerte de
Calfucurá suscitó entre ellos por entonces, con la
transmisión efectiva del cacicazgo a Namuncurá, su
hijo, emprendió éste acto continuo la obra de reha-
cer la confederación pampeana y reanudar la gue-
- 17 1 -

rra ofensiva. Impulsábanlo a ello de consuno el éxito


siempre ventajoso del malón tradicional asímetodi-
zado por el difunto cacique y la amenaza de un nue-
vo avance de fronteras que, estudiado desde 1872-
73, tuvo comienzo de ej ecución en las leyes propues-
tas por el P. E. con extensos mensajes y votadas el
4 y 5 de octubre de 1875. La nueva línea debía co-
rrer desde Bahía Blanca, al noroeste, por el extremo
occidental de la Sierra de la Ventana, y las lagunas
de Carhué, Guaminí y Trenquelauquén, hasta el
desagüe del río Quinto, en La Amarga; compren-
diendo las posiciones de Puán e Italó, cuya impor-
tancia estratégica era capital para los pampas y los
ranqueles.
La documentación oficial, así como los periódi-
cos donde apareció su referencia, llegaron a cono-
cimiento de Namuncurá con tal rapidez que a prin-
cipios de noviembre puso en movimiento la grande
invasión por él preparada en su toldería de las Sali-
nas Grandes, campamento central de las tribus, lan-
zando sucesivos malones sobre distintos puntos a la
vez, con tremendo estrago y pillaje inmenso.
Dos meses después, un suceso de singular grave-
dad consumaba su plan unificador de las hordas. La
tribu de Juan José Catriel, establecida cerca del
Azul, rompía su alianza de un lustro con los cristia-
nos para incorporarse a aquéllas, mientras la de Pin-
cén, que era la más aguerrida y la más próxima a la
Cordillera, recibía desde Chile dos mil araucanos
de r efuerzo. La intervención de dicho país, comen-
tada y discutida allá mismo, por lo demás, era tan
notoria que lo propio hacían nuestra prensa y docu-
mentos oficiales, señalando así el verdadero foco de
aquella permanente hostilidad, sistematizada en
inmensa depredación. Promediaba las cuarenta mil
cabezas vacunas el tráfico regular del botín negocia-
do allá por los indios anualmente, sin contar el arreo
no menos copioso de caballos, el producto del saqueo
y el rescate de los cautivos, que conseguían escapar
así a la más horrenda servidumbre .
Reproducíase la contraofensiva araucana que su-
cedió al avance de la frontera por el general Rodrí-
guez en 1823, ya la expedición de Rosas, diez años
más tarde; pues, efectivamente, los principales caci-
ques y sus mejores tropas eran oriundos de la Arau-
cania chilena, no faltando alguno a sueldo del go-
bierno de Chile; chilenos fueron también los secre-
tarios de Calfucurá y Namuncurá, verdaderos
cancilleres de la indiada, ~ y chilenos los traficantes
con el producto del malón. Las sublevaciones de la
tribu de los Catrieles, síntoma característico de las
grandes invasiones durante aquel medio siglo, reve-
laban la tendencia, por decirlo aSÍ, troncal de las
hordas, tanto como la inseguridad de esas alianzas
- 173 -

y pactos con el salvaje. Tan costosos eran éstos, sin


embargo, que sólo Baigorrita, uno de los tres gran-
des caciques ranqueles, recibía anualmente mil va-
cas, mil quinientas arrobas de harina, mil de azúcar,
cuatrocientas de jabón y cuatro pipas de aguar-
diente.
Persistíase, no obstante, en el doble error de reco-
nocerle, según fuese su actitud, derecho y belige-
rancia, sometiéndose de consiguiente a su iniciativa,
ora por la consideración sentimental de que el ori-
gen autóctono le asignaba una especie de conciuda-
da nía , cuando en realidad se trataba de un agente
extranjero, ora por la persistencia rutinaria del sis-
tema intrafronterizo, que el propio Alsina, a pesar
de sus notables condiciones de organizador, incu-
rría en la paradoja de consolidar con el propósito de
abolirlo, sin embargo .. .
No fué otra cosa, en efecto, la decisión de trazar
la frontera recién avanzada con un foso defensivo de
igual extensión que eslabonara los fortines, lo que,
además de su costo, duplicado por lo menos a cada
nuevo avance, resultaría inútil como sucedió, en
pampa abierta y terreno deleznable que era menester
afirmar con céspedes y arboleda; mas, la preferen-
cia de Alsina por aquel método cuya ineficacia predij o
Roca en cuatro palabras definitivas, según lo vamos
a ver, dimanaba de que todos, salvo éste, en ton-
- 174-

ces, consideraban imposible la ocupación del Río


Negro, que era la etapa final. El ministro estaba re-
suelto a concluir su zanja sin contar tiempo ni coste.
En vano la misma invasión y el reiterado triunfo
de las guarniciones fronterizas cada vez que logra-
ban alcanzar a los indios, seiíalábanle sin duda la
iniciativa; en vano reconocía expresamente, no sólo
que la acción más eficaz había sido la así efectuada
por Rosas, sino que todo estribaba, al fin de cuentas,
en operar tan bien montado como aquéllos: la ruti-
na defensiva, al par que el desconocimiento del
territorio salvaje causado de consuno por el aban-
dono y el desorden de la guerra civil, eran tales que
el mismo genio promotor de Sarmiento aceptaba la
inveterada pasividad.
Apenas sancionadas las antedichas leyes sobre
extensión de fronteras, Alsina había escrito detalla-
damente a Roca para enterarlo del plan, pues sólo
faltaba, decíale, su opinión en lo concerniente a
aquella línea. El destinatario expuso en una larga
carta la cuestión como él la entendía, planteándola
sobre una completa descripción del terreno de su
incumbencia y un concepto no menos acabado del
carácter indígena, para prever el efecto contrapro-
ducente del avance gradual, la inminencia de los
malones que, lejos de contener, suscitaría, y pro-
poner en consecuencia con terminante decisión,
- 17 5 -

hasta asumir toda la responsabilidad del caso, la


solución definitiva.
« A mi juicio - escribía - el mejor~ sistema de
concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos ().
arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la
guerra ofensiva, que es el mismo seguido por Rosas,
que casi concluyó con ellos. »
y más abajo:
« Ganar zonas al desierto, alejándonos más de las.
poblaciones, tiene para mí todos los inconvenientes
de la guerra defensiva, acrecentados por el enemigo.
que deja a la espalda el desierto que quedaría entre
las nuevas líneas y las poblaciones. )
Luego esta sintética condenación del fortín, anti-
cipada tres años antes, no más, por la sátira gaucha
de Martín Fierro:
« Los puestos fijos en medio del desierto, matan
la disciplina, diezman las tropas y poco o ningún
espacio dominan. »
Por último:
« Yo me comprometería, Señor Ministro, ante el
gobierno y ante el país, a dejar realizado esto que
dejo expuesto, en dos años: uno para prepararme y
otro para efectuarlo ... »
Pero la firmeza de su convicción, la claridad de
su juicio, la exactitud de su apreciación histórica e
inmediata sobre la causa y el efecto determinantes t
- 17 6 -

-eran mucho más profundas lodavía. Así, exento de


los reparos que la correspondencia con el superior
jerárquico imponían a ]a expresión de su propia
entereza, consignaba en su libreta personal de apun-
tes:
« I Qué disparate la zanja de Alsina ! Y Avellane-
da lo dej a hacer.
« Es lo que se le ocurre a un pueblo débil y en la
infancia: atajar con murallas a sus enemlgos.
« Así pensaron los chinos y no se libraron de ser
conquistados por un puñado de tártaros, insignifi-
cante, comparado con la población china. »

ce Si no se ocupa la pampa, previa destrucción de


los nidos de indios, es inútil toda precaución y plan
para impedir las invasiones. »
Cuando siete meses después de su corresponden-
cia con Alsina, sobrevino destructora como nunca
la prevista invasión que abarcó una zona de 1600
kilómetros a través de la nueva línea ocupada per-
sonalmente por el ministro desde el centro estraté-
gico de Carhué, publicaba en La República, reno-
vando el mismo lema, pero con más extensión, una
de aquellas cartas suyas a las cuales dieron entonces
sobresaliente autoridad ante pueblo, gobierno y
prensa, no sólo la nombradía militar y los hechos
confirmatorios, sino la circunstancia de haberlo ele-
- 177-

gido Sarmiento, el año anterior, para cambiar con


él, en esas mismas columnas, media docena de epís-
tolas sobre la acción de su gobierno cuando las rebe-
liones de Arredondo y López Jordán, lo que asig-
naba de suyo al joven general una elevada categoría
política. Y en aquella exposición, argumentaba,
.sosteniendo la ofensiva:
« No solamente ofrecerá esta operación grandes
beneficios para el país, por los riquísimos campos
regados por los numerosos ríos y arroyos que se
desprenden de la cordillera, y que se ganarían para
la provincia de Mendoza o para la Nación, sino por
las ventajas que reportaría para la seguridad de
nuestras fronteras actuales, el hecho de interceptar
J cortar para siempre el comercio ilícito, que desde
tiempo inmemorial hacen, con las haciendas roba-
.das por los indios, las provincias del sur de Chile,
TaLca, Maule, Linares, Ñuble, Concepción, Arauco
J Valdivia.
« En épocas normales, en que no se tienen en
.cuenta las grandes invasiones como las realizadas
últimamente, que aumentan considerablemente la
exportación de ganados a Chile, se calcula la cifra
del ganado de nuestras provincias en cuarenta mil
cabezas al año, cuya mayor parte las venden los
Pehuenches, que viven en perfecta paz y armonía
.con la República Chilena, recibiendo en cambio, en
I
- 17 8 -

especies, un valor de dos a tres pesos fuertes por


cabeza.
ce Algunas personas que han vivido en las fronte-
ras chilenas me han asegurado que algunos de los
prohombres de aquel país, que tienen o han tenido
establecimientos de campo en aquellas provincias,
no han sido extraños a este comercio y deben a él
sus pingües fortunas o el considerable aumento de
ellas.
ce Abrigo la convicción de que, suprimido este
mercado, que hace subir o bajar la hacienda en Chi-
le, en proporción a la importancia de los malones
dados a Buenos Aires y otras provincias argentinas,
se quitaría a los indios el más poderoso de los incen-
tivos que les impulsaba a vivir constantemente en
acecho de nuestra riqueza, al mismo tiempo que se
impediría a Namuncurá y a Catriel recibir de sus
aliados de la cordillera refuerzos tan considerables
como el que les ha traído el cacique Renque, que ha
venido con dos mil de los suyos y ha tomado parte
en las invasiones de los Tres Arroyos y Juárez, sien-
do él, según noticias que he tenido, por conducto de
Mariano Rosas, el que presentó combate a Maldo-
nado. Casi todos los caciques de estas tribus acuden
al llamado de las autoridades chilenas, y el princi-
pal de ellos, Feliciano Purrán, que tiene su residen-
cia en Campanario, doce leguas al sur del Neuquén,.
- 179-

que se titula gobernador y general y, además, muy


rico, recibe sueldo del gobierno chileno, para hacer
respetar los intereses y las vidas de sus ciudadanos . O tras
veces arriendan sus tierras, y los ganados chilenos
suelen vivir largas temporadas entre ellas, sin que
sufran sus intereses . Se calcula que sólo en esta
parte se invernan en los potreros naturales que for-
ma la Cordillera, de 20 a 30.000 cabezas anual-
mente.
« Termino aquí, señor redactor, dejando otras
consideraciones de detalle para ser incluídas en la
memoria general que sobre esta materia preparo
para el Gobierno, y espero que estos ligeros apuntes
serán para que la prensa ilustrada de esta ciudad
tome una opinión exacta sobre la parte verdadera que
esta ardua cuestión corresponde a la frontera de mi
mando » (1).

Entre tanto, la persecución de la indiada invaso-


ra por las guarniciones que contra ella se movían
después de cada malón, confirmaba la superioridad
militar, como siempre y más que nunca, al triple
poder del armamento, irresistible para la horda, la
recia tropa, en gran parte veterana del Paraguay, y

(1) El autor transcribe íntegramente la frase de forma del final de la


carta y la firma de Julio A. Roca. La comisión encargada de la publi-
cación se ha permitido suprimirlas.
- 180-

sobre todo la oficialidad magnífica que de fortín en


fortín presentaba soberbios tipos de jefe. La Guar-
dia Nacional de la campaña, aguerrida en tantos
años de lucha, colaboraba con empeño eficaz, bajo
el mando de oficiales suyos como el comandante
don Ataliva Roca, a quien los indios apodaban
Toro Bayo por su valentía y su pelo rubio; mención
que me induce a recordar, pues bien lo merece, la
acción de los otros Rocas: el citado y don Agustín,
ambos estancieros de la frontera recién desocupada,
donde fundaron, a doce kilómetros de Junín, el
pueblo que hoy lleva el nombre del segundo; y don
Rudecindo, militar de línea ascendido a teniente
coronel por su distinguido comportamiento en San-
ta Rosa. Todos honraban debidamente su tradición,
como se ve.
Pero, la superioridad hasta numérica del ejército
fronterizo: seis mil hombres contra tres mil qui-
nientos o cuatro mil indios de lanza, frustrábase con
aquel sistema de represiones parciales y guarnición
de fortín cuya pasividad mantenía la ventaja de las
hordas, así como el terrorismo inherente a la sor-
presa de sus ataques y el misterio de sus guaridas.
De tal modo, entre agosto y diciembre de 1876,
efectuáronse tres grandes malones sucesivos por el
sur, oeste y norte, es decir, a través de toda la línea,
aunque desde principios del mismo año sufriesen
- 181 -

los indios revés sobre revés, pues cuando se lograba


alcanzarlos, eludían el combate con abandono del
botín.
Las proporciones de este último, revelaban, no
obstante, el estrago causado ya. Así, Vintter y Frey-
re rescataron docientas veinticinco mil cabezas de
ganado, entre ellas ciento sesenta mil vacunos, cin-
cuenta mil de éstas D6novan; dieciséis mil Garmen-
dia, para no recordar sino los mayores arreos que
pudo coparse, ni contar caballos y ovejas que suma-
ban a su vez decenas de miles: todo ello acompaña-
do por el saqueo de las poblaciones, el incendio yel
cautiverio, más feroces que nunca, pues la ofensiva
salvaje proponíase imponer, como tantas veces, la
paz, malogrando con un supremo esfuerzo los pro-
p6sitos del cristiano. Para agravar todavía aquella
invasi6n, la mayor de todas hasta entonces, Manuel
Grande, el último cacique pampa que continuaba
sometido, se alz6 en octubre, plegándose a la inva-
si6n de ese mes. Y tan seguro estaba el cacique de
su victoria final, que ensoberbecido con ello, exigía
por condiciones de paz el abandono de la nueva línea
fronteriza o una indemnizaci6n de docientos millo-
nes de pesos moneda corriente, seis mil cabezas de
ganado cada dos meses, gran cantidad de equipos y
prendas de oro y plata, y sueldos de general para él
y sus jefes.
- 182 -

Todo el año 77 combatióse bajo condiciones aná-


logas: los indios en sistemática fuga, para postrar
la caballada del ejército que a cada descuido subs-
traían o dispersaban con ardid, y la tropa efectuan-
do operaciones parciales contra el malón eventual o
las tribus más próximas a la línea, sin otro objeto
que alejarlas de ella, según el erróneo plan; hasta
que el 29 de diciembre, fallecía el tenaz ministro,
víctima de una afección contraída en sus campañas
de frontera. Pues corresponde recordar aquí, por
justo elogio de su empeño y sinceridad, que, coro-
nel de la Guardia Nacional él mismo, entre los bue-
nos y aun excelentes de entonces, no sólo dirigió
personalmente la ocupación de la línea, sino su de-
fensa en casi constante acción duranLe aquellos dos
años de recia lucha . Mientras tanto, con excepción
de algún movimiento de indios en el sur de Mendo-
za, vinculado al que nos ocupa, aunque prontamente
reprimido, solamente Roca mantenía quieta la re-
gión de su comando; pues como solía ocurrir cuan-
do las grandes invasiones, aquella de la pampa ha-
bía repercutido hasta en el Chaco, donde si bien fra-
casó un intento de alianza general de las tribus, por
abril de 1876, precisamente la más belicosa, que
era la de los tobas, llevó tres malones en noviembre
del mismo año.
Al clamor de las poblaciones asoladas y la inequí-
- 183-

voca preferencia del ejército por la ofensiva que


Roca preconizaba, Avellaneda, cuya simpatía hacia
€l no era dudosa, tenía el candidato hecho para la
vacante ministerial.
Pero, tanto por las graves complicaciones políti-
'cas que a poco de haber fallecido Alsina motivaron
una crisis total del gabinete, como por hallarse
Roca enfermo entonces de algún c1¡idado, retardóse
su designación hasta mayo de 1878, cuando hubo
de renovarse por completo el ministerio, pudiendo
asumir la cartera sólo el 12 de junio, apenas conva-
lesciente todavía. Grande era su postración corporal;
mas su temple animó al acto la ofensiva de las guar-
niciones de frontera que por chasque y por telégra-
fo recibieron la orden de ir atacando sin tardanza
cada cual, como inminente preparación de la entra-
da conjunta y definitiva.
Dos meses después, en efecto, el 14 de agosto,
pedía el P. E. al Congreso los fondos necesarios
para el cumplimiento de aquella ley de 1867 que
ordenaba la ocupación del Río Negro, indefinida-
mente relegada por el pesimismo oficial: millón y
medio de pesos fuertes, o sea menos de lo que cos-
taban por año el sostén de la línea y los subsidios a
la indiada, sobre una renta nacional presupuesta en
diez y ocho y medio millones: sin contar, natural-
mente, los dos o tres más que representaba el arreo
- 184-

anual de hacienda efectuado por los malones y el


progresivo valor de los setenta y cinco mil kilóme-
tros de tierra que iba a ocuparse. Esta última consi-
deración revestía capital importancia, dada la penu-
ria económica que soportaba el país desde 1874, y
Alsina habíala formulado también al proyectar el
avance de la frontera.
El mensaje enviado al Congreso, documento real-
mente histórico por su valor intrínseco y la podero-
sa síntesis de su argumentación, es quizá la mejor
página de Roca. Resumen de su correspondencia,
apuntes privados y exposiciones públicas, afirmó
todavía su sólida madurez el discurso con que lo sos-
tuvo ante la Cámara de Senadores en el debate per-
tinente. Reproducía, por lo demás, aquella mesura
ejemplar del parte de Santa Rosa donde no sobró
una palabra en lo que debía exponerse, pero sí fal-
taron todas las que el triunfo pudo inspirar sin re-
serva: virtud que, según veremos, llegaría sencilla-
mente a la abnegación. Y digo página de Roca, por-
que si es probable que el texto hubiera sufrido la
atildada revisión del presidente, materia y ordena-
ción no admiten duda. El resumen histórico de la
cuestión; su aspecto pohtico; su decisiva trascen-
dencia internacional, una vez resuelta por comple-
to ; sus consecuencias económicas y sociales; y sobre
todo el criterio militar cuya aplicación resultaría lo
- 185-

más módico y fácil, constituyen una exposición de-


mano maestra.
Su texto es tan cabal que no hay cómo resumirlo-
y apenas permite una adecuada citación de fragmen-
tos. Heaquíalgunos que reputo indispensables: entre·
otros motivos que habrá de verse, para advertir al
lector cómo Roca fué a la vez quien resolvió la cues-
tión y mejor la expuso, mostrando así lo bien que la-
dominaba. Su hábito de no hacer sino lo que sabífu
determinaba el acierto de su expresión y su conducta:
« El Poder Ejecutivo viene hoy, simplemente, a:.
pediros los recursos necesarios para el cumplimien-
to de esta ley, votada en medio de la guerra que sos-
tenía la Nación contra el gobierno del Paraguay, de
las dificultades consiguientes de su situación, por-
que el Congreso comprendía ya que ése era el único-
medio de cortar de raíz los graves males de la inse-
guridad de la frontera.

« Hoy la Nación dispone de medios poderosos.


comparados con los que disponía el Virreinato, j
aun con los mismos que contaba el Congreso de-
1867 al dictar la ley. El ejército se encuentra en,
Carhué y en Guaminí, en el corazón del desierto, a
media jornada del Río Negro; la población civilizada·
se extiende por millares de leguas más allá de la>
línea de fronteras que nos legó el Virreinato, y la>
- 186-

riqueza pública y privada que la Nación se halla en


el deber de garantir se han centuplicado.
ce é Podría vacilarse, con estos elementos y facilida-
.des, en realizar hoy una reparación que estuvieron
,d ispuestos a llevar a cabo los virreyes, varios gobier-
nos patrios y el Congreso de 1 867 ~
ce Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril
nos obliga a someter cuanto antes, por la razón o
por la fuerza, a un puñado de salvajes que destruyen
nuestra principal riqueza y nos impiden ocupar defi-
nitivamente, en nombre de la ley, del progreso y de
nuestra propia seguridad, los territorios más ricos y
fértiles de la República .
ce No es menester entrar en mayores consideracio-
nes para dejar evidenciadas, no sólo las ventajas,
.sino las necesidades de adoptar sin demora esta so-
lución .
ce Aunque sólo fuese mirado bajo el aspecto de la
-economía que representará para la Nación, en diez
años, un capital de diez y seis a diez y siete millones
de duros que puede ser empleado en obras repro-
ductivas de progreso, no se deberá trepidar un solo
instante en llevarla a término. Pero hay, además,
sobre esta misma economía el incremento conside-
rable que tomaría la riqueza pública y el aumento
de todos los valores en la extensión dilatada que
abraza la actual línea como efecto inmediato de la
seguridad y de la garantía perfectas, que serán la
consecuencia de la ocupación del Río Negro; la po-
blación podrá extenderse sobre vastas planicies y los
criaderos multiplicarse considerablemente, bajo la
protección eficaz de la Nación, que sólo entonces
podrá llamarse con verdad dueña absoluta de las
Pampas Argentinas.
ce y aun quedará al país, como capital valioso, las
quince mil leguas cuadradas que se ganarían para
la civilización y el trabajo, productos cuyo precio
irá creciendo con la población, hasta alcanzar pro-
porciones incalculables.
ce En la superficie de quince mil leguas que se tra-
ta de conquistar, comprendidas entre los límites del
Río Negro, Los Andes y la actual línea de fronteras,
la población indígena que la ocupa puede estimarse
en veinte mil almas, cuyo número alcanzarán a con-
tarse de mil ochocientos veintidós hombres de lanza,
que se dediquen instintivamente a la guerra y al
robo, que para ellos son sinónimos de trabajo. Por
otra parte, la ocupación del Río Negro, su navega-
ción hasta Nahuel Huapí, por el Limay, la de algu-
nos de sus afluentes, como el Chume Chum, y el
Catapuliche, explorados por Villarino, facilitarán la
colonización y la conquista pacífica de la parte com-
prendida entre el Limay y el Neuquén, riquísima
comarca fecundada por numerosos arroyuelos, de
- 188-

suelo feracísimo, y cubierta en parte de bosques que


alcanzan considerable altura. Sus cerros tienen me-
tales de todas clases, principalmente el cobre aurí-
fero y el carbón de piedra.
« Las tribus que la habitan son poco numerosas,
y según informes fidedignos, su población total no
alcanza a veinte mil almas. Miembros de la gran
familia araucana pasaron a la falda oriental de Los
Andes con el nombre de Aucas, y se dividen, según
los nombres de los lugares que ocupan, en : Huili-
ches (índios del sur), Pehuenches (indios de los
Pinales), etc. Han alcanzado un grado de civiliza-
ción bastante elevado, respecto de las otras razas
indígenas de la América del Sur, y su transforma-
ción se opera, como estamos viendo todos los días,
de una generación a otra, cuando poderes previsores
dedican un poco de atención. Su contacto perma-
nente con Chile y la mezcla con la raza europea han
hecho tanto camino, que estos indios casi no se dife-
rencian de nuestros gauchos y pronto tendrán que
desaparecer por absorción.
« Los Ranqueles, famosos en la Pampa por ser
los más valientes, se han reducido en la actualidad a
menos de seiscientas lanzas, a consecuencia de ha-
berse presentado grupos numerosos a los jefes de
fronteras de San Luis y Córdoba, prefiriendo vivir
al abrigo o protección inmediata de la Nación antes
- 18 9 -

que en el desierto. Sus tolderías están diseminadas


por familias, en una extensión de 600 leguas cua-
dradas próximamente, en medio de bosques espe-
sos, cortados a intervalos regulares por grandes
abras. Empiezan los primeros en Chocha a los 36°6'
de latitud y 7°36' de longitud, yen el Médano Colo-
rado, a los 35°52' de latitud y 7° de longitud, 60
leguas directamente al sur del Tres de Febrero, y
van a concluir en Traru-Lauquén, a treinta leguas
al sur de Patagones, asiento del cacique Baigorrita,
veinte leguas al oeste de esta línea de toldos, y para-
lelamente a ella corre el río Chadi-Leuvu, en direc-
ción Norte-Sur, y este espacio intermedio se halla
cubierto de un bosque muy elevado, que carece de
agua y es, por lo tanLo, inhabitable. El ministro
actual de la Guerra ha recorrido personalmente es-
tos lugares y puede asegurarse que son inmejorables
para la ganadería y aun para la colonización. Abun-
.dan en pastos de varias clases, el agua dulce y clara
se encuentra en grandes lagunas, al pie de los méda-
nos de arena, y donde no se la ve en la superficie se
oculta tan de cerca que basta levantar algunas pala-
das de arena para que surja en abundancia del seno
de la tierra.
« El otro grupo araucano que habita esta región,
J que es el más considerable, es la tribu de Namun-
.curá, bastante disminuída a consecuencia de con-
- 19°-

trastes y derrotas últimamente sufridas, con motivo


de las expediciones realizadas y del avance de la
línea de fronteras de Buenos Aires hasta Carhué,
llevado a cabo con tanta firmeza por el malogrado
doctor Alsina. Se sabe que su antigua residencia era
Chel-Hue, leguas más o menos, al oeste de Carhué,
y que, al contrario de los Ranqueles, ocupaba un
espacio reducido a lo largo de una cañada, forman-
do algo parecido a un gran campamento árabe, a
través del desierto.
« Se encuentra ahora Namuncurá con 100 gue-
rreros, la flor de la tribu y de su familia en Huacacó
Grande, veinte leguas próximamente al S . O. de
Chileme, hacia El Colorado. El resto se ha disper-
sado entre los montes, en precaución de nuevas per-
seCUCIOnes.
« El cacique Pincén, el más atrevido y el más,
aventurero de los salvajes, montonero intrépido,
que no obedece otra ley ni señor que sus propios
instintos de rapiña, ha sufrido en dos golpes que
lo han desmoralizado completamente.
« Su residencia es la laguna Malalicó, diez leguas
al oeste de Trenque-Lauquén, y el número de sus
indios alcanzará apenas a cien.
(( Quedan aún otras agrupaciones de esta raza, la
más viril de toda la América del Sur y una de las
más avanzadas después de los Incas, en los valles.
andinos, al oriente de la cordillera, entre el río
Grande y el Neuquén, pero son de poca considera-
ción y se someterán fácilmente, a condición de que
se les deje en posesión de sus tierras, que son de
las más fértiles de la República, favorecidas por un
clima benigno.
« Como se ve, la Pampa está muy lejos de hallar-
se cubierta de tribus salvajes, y éstas ocupan luga-
res determinados y precisos . Su número es insigni-
ficante, en relación al poder y a los medios de que
dispone la Nación. Tenemos 6000 soldados arma-
dos con los últimos inventos modernos de la guerra r
para oponerlos a dos mil indios, que no tienen otra
defensa que la dispersión y otras armas que la lanza
primitiva, y, sin embargo, les abandonamos toda la
iniciativa de la guerra, permaneciendo nosotros en
la más absoluta defensiva, como si fuéramos un
pueblo pusilánime , contra un puñado de bárbaros.
La importancia política de esta operación se halla al
alcance de todo el mundo. No hay argentino que no
comprende en estos momentos, en que somos agre-
didos por las pretensiones chilenas, que debemos
tomar posesión real y efectiva de la Patagonia, em-
pezando por llevar la población al Río Negro, que
puede sustentar en sus márgenes numerosos pue-
blos, capaces de ser en poco tiempo la salvaguardia
de nuestros intereses y el centro de un nuevo y pode-
(l'oso estado federal, en posesión de un camino inter-
oceánico, fácil y barato, a través de las cordilleras,
,por Villa Roca, paso accesible en todo tiempo. Una
vez expuestos ligeramente los principales fundamen-
.t os del proyecto que el Poder Ejecutivo presenta al
Honorable Congreso, y sin entrar en mayores deta-
lles que fatigarían la atención de V. H., debe des-
·cender a la exposición de la materia; como piensa
·.el Ejecutivo realizar tan importante operación. La
.ocupación del Río Negro no ofrece en sí misma nin-
guna dificultad, pero antes de llevarla a cabo es ne-
-cesario desalojar a los indios del desierto que se tra-
ta de conquistar, para no dejar un solo enemigo a
;retaguardia, sometiéndolo por la persuasión o por la
fuerza, o arrojándolo al sur de aquella barrera. Esta
-es la principal dificultad.
« El Poder Ejecutivo tiene ya hecho y meditado
.el plan de operaciones que estima prudente no reve-
lar por ahora, para asegurar mejor su éxito, y cree
firmemente que vencerá los obstáculos que se opo-
nen al desalojo previo de los indios.
« Ante la magnitud de la empresa que se acomete,
podría parecer insuficiente la suma que el proyecto
fija, pero el Poder Ejecutivo estima que ella bastará
para llevar a cabo una obra que tantos y tan gran-
des bienes ha de producir y a la que tan valiosos
intereses se hallan vinculados.
- 19 3 -

«Hemos sido pródigos de nuestro dinero y de nues-


tra sangre en las luchas sostenidas para constituir-
nos, y no se explica cómo hemos permanecido tanto
tiempo en perpetua alarma y zozobra, viendo arra-
sar nuestra campaña, destruir nuestra riqueza, in-
cendiar poblaciones y hasta sitiar ciudades en ~oda
la parte sur de la República, sin apresurarnos a extir-
par el mal de raíz y destruir estos nidos de bandole-
ros que incuba y mantiene el desierto.
« Ni se explica satisfactoriamente esta eterna de-
fensiva, en presencia del indio, dado el carácter
nacional.
« S.e trata de sofocar una revuelta y todas las fuer-
zas vivas del país concurren a vencerla, y sólo López
Jordán cuesta al tesoro nacional catorce millones de
duros y otros tantos, o más, a la fortuna particular.
(( Hoy, con la cantidad que el proyecto fija, la
Nación va a asegurar la vida y la propiedad de millo-
nes de argentinos y a conquistar quince mil leguas
de territorio; a disminuir el gasto anual de la gue-
rra en pesos fuertes: un millón seiscientos sesenta y
seis mil ochocientos cuatro, y por fin a cauterizar
esta llaga que se extiende por todo un costado de la
República y que tanto debilita su existencia.
(( Enunciados así los grandes propósitos de este
pensamiento y los medios más indispensables que
requiere su realización, el Poder Ejecutivo debe
13
194 -

agregar, para concluir, que cree justo y conveniente


destinar oportunamente a los primitivos poseedores
del suelo una parte de los territorios que quedarán
dentro de la línea de ocupación. Responde a este
objeto el artículo 19 del proyecto por el cual se dis-
pone reservar para los indios amigos y los que en
adelante se sometan, una área de cincuenta leguas
sobre la frontera de Buenos Aires, otra de la misma
extensión sobre la de Córdoba y una de treinta le-
guas sobre Mendoza, donde se podrán concentrar
después en poblaciones agrícolas las distintas tribus,
Ranqueles y Pehuenches, que ocupan esta zona
desde el Atlántico a los Andes (1).

Lo principal, en suma, era que la supresión de


esa frontera con la barbarie, no sólo daba al país
efectiva posesión de la suya con Chile, sino base
definitiva al arreglo de nuestra más importante cues-
tión internacional resuelta por el mismo Roca vein-
tidós años después; resultado que explica, como
ninguno entre tantos de su vasta obra, la eficacia del
constructor y la patriótica necesidad de sus dos pre-
sidencias dentro de aquélla.
Sucede, en efecto, que la guerra civil, frustrando

(1) El autor transcribe textualmente la frase de forma del final del


mensaje y las firmas del presidente Avellaneda y del ministro Roca. La
comisión encargada de la publicación se ha permitido suprimirlas.
por una parte el sometimiento definitivo de la india-
da, posible más de una vez, y facilitándole otras tan-
tas el recobro de lo ya perdido, no sólo desbarató
sin remedio la acción conjunta con Chile, lograda
por Rosas cuando su campaña combinada con las de
Bulnes allá, sino que al arrojar estas últimas hacia
nuestro lado los salvajes más indómitos, que así se
instalaron y dominaron en la Pampa, la cuestión
cambió enteramente para el vecino país, favorecido
desde entonces por la doble ventaja de la sumisión
impuesta a los dóciles, y el vasallaje clandestino de
los otros mediante el negocio sistematizado del
malón. Si este resultado tuvo por causa inmediata
la inacción de las divisiones argentinas que al man-
do de Aldao y Ruiz Huidobro debieron faldear los
Andes y dominar la zona ranquelina central para
evitarlo, precisamente, consumando la operación,
el buen éxito de Rosas bastó al escarmiento de la
barbarie hasta 1852, cuando, después de Caseros,
recomenzaron las invasiones que al cabo de cinco
años reducirían en más de sesenta mil kilómetros el
área de la provincia de Buenos Aires solamente.
y desde entonces, también, fué disputándonos
Chile, cada vez más, la línea justa y natural de la
Cordillera. El propio Rosas había tenido que resis-
tir ya enérgicamenle el primer efecto del antedicho
cambio, y hemos visto por los términos del mensaje
- 196 -

con que Roca iniciaba su campaña, que la cuestión


hal1ábase en uno de sus momentos críticos. Es que
Chile aprovechaba por entonces dos coyunturas
favorables: la crisis económica a cuyo prolongado
rigor pasaban apenas de diez y ocho millones de
pesos fuertes anuales las entradas de la Nación que
gastaba casi veinticinco, y la creciente amenaza de
guerra civil con motivo de la próxima renovación
del Congreso Nacional y del gobierno provincial de
Buenos Aires, antecedentes de la presidencial que
debía efectuarse velnte meses después; ya que, a
pesar de la tregua lograda poco anles por Avellane-
da bajo el nombre de conciliación de los parlidos, y
la consiguiente amnistía de los rebeldes de 1874, la
oposición porteña veía, precisamente, en el minis-
terio de Guerra una gerencia de la consabida liga de
gobernadores formada para « obstruir el libre ejer-
cicio de la voluntad popular », con simpatía, si no
apoyo, del ejército.
Aunque Mitre era el jefe de dicha oposición, vin-
culada en el resto del país con la que sobrevivía a la
derrota de 1874, su sereno patriotismo manifestóse
una vez más en la defensa del proyecto de Roca,
como miembro de la comisión especial que designó
para estudiarlo la Cámara de Diputados, a la cual
pertenecía; pues transformado por aquélla en una
completa ley de veintiún artículos la sucinta pro-
- 197-

puesta del Poder Ejecutivo, que sólo tenía cuatro,


motivaron prolija controversia las nuevas cláusulas
que resolvían el costo de su operación mediante un
empréstito popular sobre las tierras por ocuparse, y
reglaban la limitación distributiva de estas últimas
entre nación y provincias.
El consiguiente debate sobre derecho federal,
complicado por un mensaje del gobernador de Bue-
nos Aires en anticipada reivindicación histórica del
territorio austral hasta el Cabo de Hornos, dió mo-
tivo a Mitre para desautorizar con clara firmeza
aquel concepto de dominio, cuya adopción por otras
provincias, según se vería luego, no más, en el Sena-
do, anulaba prácticamente la soberanía de la Nación.
Era el viejo conflicto que surgía, una vez más, siem-
pre inminente en su absurda pertinacia.
Asistente a las tres laboriosas sesiones con su
colega de Hacienda, tuvo Roca el buen sentido de no
intervenir sino para manifestar que el P. E. no se
proponía extermtnar a los indios, cuya reducción
buscaba, por el contrario, reservando en su breve
proyecto de ley tierras apropiadas con este objeto.
Militar y jurídicamente, la alta autoridad de Mitre
bastaba, y cualquier intervención suya habría resul-
tado contraproducente por excesiva o presuntuosa:
sentido de la justa proporción que le era especial-
mente característico. Pero en el Senado, adonde
- 19 8 -

pasó la ley votada por gran mayoría, el disenso del


senador por Corrientes, Torrent, dióle la buena
ocasión.
Pudo atenerse también allá a la favorable opinión
de Sarmiento, miembro informante más decidido
aún que Mi tre ; pero la inconsistente y confusa opo-
sición del correntino ofreCÍale la coyuntura del de-
bate. Su sintética reexposición del asunto alcanzó la
triple eficacia de la precisión, la modestia y la sin-
ceridad. Reconoció sin ambages el mérito de Alsina
hasta dar por mera continuación de su obra la expe-
dición proyectada. Atúvose estrictamente al criterio
de necesidad pública para argumentar con la más
sobria llaneza. La misma imperfección de algunas
cláusulas en su réplica improvisada resultaba un
detalle simpático ante tanto orador de campanillas
como albergaba el recinto. Era, sobre todo, seguro
que sabia lo que iba a hacer.
Ciertamente, reapareció allá la cuestión de las
jurisdicciones históricas, enunciada por el señor
Lucero, senador de San Luis, quien recordó el dere-
cho de las provincias de Cuyo, bien que sin preten-
derlo, al mismo territorio austral hasLa el estrecho
de Magallanes. Mas para este caso estaba Sarmien-
to, cuyo vehemente nacionalismo encaró la contro-
versia hasta excederse en detrimento de las provin-
cias, inclusive; dijo « mi San Juan» que podría
- 199-

pretender lo análogo, motivando ambos oradores


una rectificación moderada de Cortés, senador por
Córdoba, que, partidario del proyecto, y roquista
deciffido además, hubo, sin embargo, de enderezar
magistralmente la doctrina.
El caso es que, con gran mayoría también, salió
votada la ley el L~ de octubre. Había tenido por sos-
tenedores a dos padres de la Constitución y los dos
más grandes presidentes que hasta entonces gober-
naron la Nación bajo ella integrada; siendo de ad-
vertir aún que ninguno de ambos creía en la pronta
eficacia de su ejecución, mérito exclusivo de Roca,
por consiguiente. Así Sarmiento en el propio deba-
te : « ¿En cuánto tiempo van a ser desalojados los
indios de los territorios que ocupan? Se cree que
este plan se ejecutará en dos años, es decir, se esta-
blecerá la línea de frontera; pero para desalojar por
completo a los indios de donde están, tal vez será
necesario emplear diez o veinte años en persecucio-
nes continuas contra ellos ». Así Mitre, en el artículo
con que cinco meses después despidió al ministro
que partía en campaña sobre el Río Negro y que
más abajo reproduzco enteramente: « Podemos pen-
sar que la campaña preliminar de la Pampa Central
para arrojar a los indios del otro lado del Colorado,
no ha sido metódicamente llevada, y haya todavía
bastante que hacer para conseguirlo » •
- :l00-

Mas, no habría tal, y los hechos lo comproba-


ron.
La ofensiva iniciada por Roca desde su llegada al
ministerio, y decidida a fondo desde la sanción de
la ley, iba contando cada vez más triunfos y sumi-
siones ; pues combinados hábilmente la política y el
rigor, ofrecíase siempre a los indios la reducción
previa en tierras de buen cultivo y pastoreo. Emplean-
do, así, ambos recursos, el coronel Racedo, suce-
sor de Roca en el comando fronterizo, fué precisa-
mente quien alcanzó el mejor éxito de la campaña
preliminar sobre el centro pampeano; pues desba-
rató por completo a los ranqueles, sometidos unos,
con el cacique Ramón, prisioneros otros, con el
temido Epumer, o sea dos de sus tres principales
jefes, y fugitivos los restantes al mando de Baigo-
rrita, para caer casi exterminados un año después,
inclusive él mismo, que prefirió morir peleando. La
doble operación ordenada y estimulada por Roca
desde el ministerio a fines de noviembre de 1878,
contaba entre los mejores jefes a su propio herma-
no, el teniente coronel don Rudecindo, Racedo, que
fuera a sucederle allá, había sido su jefe de Estado
Mayor en Santa Rosa y quizá el más experimentado
oficial de aquella frontera donde mandaba desde el
tiempo de Mansilla, halláhase identificado como
ninguno con él.
- 201 -

Pero bajo la misma dirección animadora hasta el


entusiasmo desempeñábanse los jefes de las otras
fronteras, no menos eficaces y decididos en ver-
dad.
Levalle, veterano ya con Alsina, bajo cuyo minis-
terio había ocupado Carhué (abril de 1876) vencien-
do en durísima campaña las penurias del desierto,
donde casi perecieron de hambre y frío, y la bravu-
ra de la indiada que le libró dos sangrientos comba-
tes, consumaba el descalabro de Namuncurá, deshe-
cho el año anterior por él (10 de enero de 1877)
mediante una expedición que, estimulada vivamente
por Roca, recorría en una quincena (25 de no-
viembre a 10 de diciembre de 1878) mil trescien-
tos kilómetros de territorio entre Guaminí y Bahía
Blanca, hasta poder afirmar en la parte correspon-
diente:
« Señor ministro: El poder de Namuncurá está
destruído : ha huído casi solo en dirección al Colo-
rado, con ánimo, según parece, de alojarse en las
faldas de los Andes. En el territorio que formaba lo
que él llamaba su patrimonio y que está domina-
do por las fuerzas nacionales desde Salinas Gran-
des hasta Chadi-Leuvú, no queda una sola tolde-
ría. »
Vintter, no menOi5 resuelto y capaz, iniciaba el 2
de octubre de 1878 una expedición de igual género
- :lO:l-

que cubrió quinientos kilómetros entre Bahía Blan-


ca y el Colorado, obteniendo a los pocos días la su-
misión de la tribu de Marcelino Catriel 1 después de
batido y tomarlo prisionero; en noviembre, la de
su hermano Juan José con éste a la cabeza, y a me-
diados de enero de 1879, la derrota y' prisión del
caciq ue Cuyul con toda la suya; o sea, como resul-
tado general, la captura de cinco caciques, veinti-
siete capitanejos, quinientos cuarenta y seis indios
de lanza y setecientos seis de chusma.
EL intrépido ViLlegas atacaba el 6 de noviembre
de 1878 la toldería de Pincén, quien habíasele esca-
pado justamente un año antes, no sin perder ochenta
indios de lanza, cien de chusma y todo el ganado,
desbaratando por completo su gente y capturando
en su persona al cacique más temible y audaz. Doce
cautivos rescatados y la tribu entera exterminada
por la muerte o la rehdición, consumaron el éxito
de esla entrada decisiva.
Quedaba, así, despejado el campo de la ocupación
final que Roca emprendió personalmente, partiendo
de Buenos Aires para el Azul el 16 de abril de 1879,
diez meses después de asumir el ministerio, lo cual
reducla a menos de la mitad, como se ve, aquella su
primera cauta promesa de dos años. Consistente
la operación en el avance de cinco divisiones que
marchando de consuno por la falda de la cordillera,
- !103 -

desde San Rafael hasta Chos-Malal, y por el centro


y el oriente pampeanos hasta los ríos Colorado y
Negro frente a Choele-Choel, tomaría el mando de
la primera, formando con las fuerzas de Puán y
Trenque-Lauquén, para barrer la indiada al múlti-
ple empuje de la estratégica combinaciór., más allá
de los mencionados ríos que, comprendidos el Neu-
quén y el Limay confluencia, encierran la vasta zona
cuya ocupación, definitiva esta vez, iba a consumar
la extirpación de la barbarie. De tal modo, la escua-
drilla que debía remontar asimismo el Negro, for-
mado por dicha confluencia, desde Viedma hasta
Choele-Choel, o sea desde el océano, completábala
todavía con el dominio naval.
Fué efectivamente, y así se llamó por esto, que
no por jactancia ni halago, la conquista del desierto
o última etapa de la civilización posesora sobre el
país, que la Nación Argentina, en ella formada, po-
nía al fin bajo su ley. La Conquista que incorporó
estas tierras a la cristiandad, es decir a la civiliza-
ción, acabó así de realizarse . .
Paseo militar, y hasta mañosa usurpación del
esfuerzo ajeno, dijo luego la envidia, denigrando,
como siempre, lo más meritorio, por ser también lo
que más la mortifica. Así, la segura facilidad con
que se efectuó la campaña, provino de su prepara-
ción excelente, como ésta de la pericia y la acertada
- l04-

decisión del autor. El mismo había reducido con


exagerada probidad las dificultades de la operación
en el mensaje al Congreso:
« El ejército se encuentra en Carhué y en Gua-
miní, en el corazón del desierto, a media lomada
del río Negro ... Nuestro propio decoro nos obliga a
someter cuanto antes por la fuerza un puñado de
salvajes», etc. « .. .la pampa está muy lejos de
hallarse cubierta de tribus ... Su número es insigni-
ficante en relación al poder J a los medios de que
dispone la Nación ».
Pero el mérito estaba en que nadie supo verlo ni
realizarlo como él, porque esto era de su índole
superior. Había nacido tal por decisión de la Provi-
dencia, y esto es todo. Ni él ni yo tenemos culpa de
su grandeza.
Oigámoslo decir, sin embargo, a sus dos contem-
poráneos más eminentes y capaces de apreciarlo a
la vez.
Sarmiento, cuya opinión previa conocemos, escri-
bía en El Nacional del 17 de julio, cuando ya Roca
oficiaba desde la confluencia del Neuquén y el Limay :
« El general Roca lo ha visto y a él se le debe en
mucha parte el descubrimiento de una verdad que
ocultaban los mirajes de la pampa: no había tales
indios... y hoy, meditándolo bien, da vergüenza
pensar que se haya necesitado un poderoso estable-
- :105 -

cimiento militar, y a veces ocho mil hombres, para


acabar con dos mil lanzas ... La obra final, merito-
ria, digna de un general, es la que ha emprendido
el general Roca con todo el poder militar de la
Nación. »
Pero nada tan concluyente como el saludo con
que Mitre, díjelo ya, despidió a aquél en La Na ...

BIBLIOTECA NACIONAL
DE MAESTROS
BIBLIOTECA N ClONAl
DE ESTR
----==:=!

INDICE

PRÓLOGO.. • •• • • • • • • •• • •• •• • ••• • • • • • . • • • • •• •• • • • • • • • • •• • • 9
LUtEN. • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • . . • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • 51

1. Los constructores. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
lI. El hogar hidalgo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61
IU. La cepa.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67
IV. El vástago. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 77
V. Primeras armas.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89
VI. Formación del jefe. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99
VII. El país que iba a mandar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 117
VIII. El jefe. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. 139
IX. La campaña del desierto.. . . .. .. . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . 169
ESTA OBRA ACABÓSE DE IMPRIMIR EL DIA I7 DE DICIEMBRE DE T938
EN LA IMPRENTA Y CASA EDITORA « CONI ))

CALLE PERÚ 684, BUENOS AIRES

También podría gustarte