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Cap 6

El capítulo aborda la Revolución Copernicana, que transformó la comprensión del sistema solar al proponer que la Tierra gira alrededor del Sol, desafiando la visión geocéntrica establecida. Nicolás Copérnico, a través de observaciones y teorías, sentó las bases para un nuevo enfoque que, aunque no resolvía todos los problemas, estimuló la investigación científica posterior. Esta revolución no solo impactó la astronomía, sino que también cuestionó la posición del ser humano en el universo, promoviendo un cambio en la filosofía y el pensamiento crítico de la época.

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Cap 6

El capítulo aborda la Revolución Copernicana, que transformó la comprensión del sistema solar al proponer que la Tierra gira alrededor del Sol, desafiando la visión geocéntrica establecida. Nicolás Copérnico, a través de observaciones y teorías, sentó las bases para un nuevo enfoque que, aunque no resolvía todos los problemas, estimuló la investigación científica posterior. Esta revolución no solo impactó la astronomía, sino que también cuestionó la posición del ser humano en el universo, promoviendo un cambio en la filosofía y el pensamiento crítico de la época.

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Parte II

LAS REVOLUCIONES
CIENTIFICAS

Capítulo 6

El Mundo Físico

6.1 La Revolución Copernicana

La imagen del sistema solar con sus nueve planetas que orbitan
alrededor del Sol, sus asteroides y sus satélites planetarios, es hoy
inmensamente familiar. Cualquier niño la aprende en sus primeros
años de escolaridad, todos la aceptamos sin mayor reflexión y quien
osara controvertirla pasaría inmediatamente por loco o por bromista.
Todos sabemos, casi como artículo de fe, que la Tierra gira alrededor
del Sol, a pesar de la irrefutable experiencia que nos proporcionan
nuestros sentidos. Tenemos firmemente aceptado un conocimiento
que contradice nuestras más elementales percepciones. Por eso cabe
la pregunta: ¿cómo sabemos que esto es así? ¿Sobre qué bases se ha
llegado a afirmar tal conocimiento? Cuando se hace efectivamente una
interrogación semejante, lo hemos experimentado muchas veces, el
desconcierto y la confusión surgen en vez de una respuesta. La falta
de información precisa al respecto, la aceptación pasiva de la
información recibida, se suelen encubrir con vagas frases que aluden a
los científicos, la experimentación, las pruebas...

Si tanto cuesta examinar críticamente un conocimiento


ampliamente difundido, aunque contradiga nuestra experiencia, se
podrá comprender fácilmente lo que habrá costado hacer que se
aceptase inicialmente una proposición semejante, ante la resistencia
de lo establecido y del propio sentido común que apuntaban en sentido
contrario. Porque hasta bien entrado el siglo XVI se daba por sentado
que las cosas ocurrían al revés: nuestro planeta aparecía como el firme
y sólido centro de un sistema de esferas en las que se desplazaban los
demás astros, comenzando por la Luna y terminando por las
imperturbables estrellas "fijas". No tenía nada de sorprendente que se
pensara de tal manera, dado que así se presentaban los hechos a los
sentidos y que se había elaborado, sobre datos recogidos e integrados
pacientemente a lo largo de milenios, un cuerpo de teoría capaz de
interpretar ajustadamente casi todas las informaciones conocidas. Es
cierto que ya mucho antes, en la Grecia clásica, Aristarco de Samos y
Heráclides Póntico habían sostenido la hipótesis que luego se asociaría
permanentemente al nombre de Copérnico; pero es cierto también que
sus propuestas se habían desestimado, no sólo por el peso evidente
del sentido común y del pensamiento religioso, sino también porque no
respondían muy adecuadamente a los datos disponibles.

La teoría prevaleciente era la que Ptolomeo había hecho conocer en


el siglo II, en su Almagesto, aunque el sistema había sido anticipado ya
por Eudoxo de Cnido y casi completamente elaborado trescientos años
antes gracias a la labor de Hiparco de Samos. Consistía en una
sucesión de esferas concéntricas a la Tierra, por lo que se denominaba
sistema geocéntrico, en cada una de las cuales se situaban los
planetas conocidos, la Luna, el Sol, y finalmente las estrellas fijas. A
este modelo básico se le añadían algunos elementos secundarios,
destinados a explicar de algún modo las irregularidades que presenta
el movimiento de ciertos planetas, como Mercurio y Venus. Quedaban,
por cierto, muchas otras cosas sin explicar: lo relativo a la naturaleza,
distancia y movimientos de dichas esferas; la constitución misma de
los astros; la razón por la cual, si todas las cosas caían hacia abajo, no
lo hacían también los cuerpos celestes; por qué se producía el ciclo
anual y, particularmente, la extraña conducta de los planetas
exteriores (Marte, Júpiter y Saturno), consistente en las llamadas
"retrogesiones". Ellas eran irregularidades en el movimiento particular
de tales cuerpos, según las cuales la posición de los mismos no
avanzaba, a veces, noche a noche, como las demás estrellas, sino que
retrocedía en su posición relativa.

Por cierto que muchos de estos problemas hubieran podido explicarse


fácilmente de adoptarse un punto de vista heliocéntrico. [Es decir,
concibiendo un sistema que tuviese por centro al Sol, Helios en
griego.] Los cambios de brillo planetarios podrían haberse entendido
así como alejamientos o acercamientos de esos cuerpos, puesto que
los mismos no se mantenían a distancia constante de la Tierra,
mientras que las retrogresiones hubieran podido entenderse como
efectos de las particulares posiciones relativas de los cuerpos en sus
diferentes órbitas con respecto a la posición de la Tierra. Pero, no
obstante estas ventajas, un modelo hiliocéntrico basado en
trayectorias circulares era incapaz de responder con exactitud a las
observaciones conocidas, puesto que obviamente no podía dar cuenta
de las irregularidades debidas a la excentricidades de órbitas elípticas.
Entre ambas posibilidades de la ciencia antigua y medieval se había
decidido sin dubitar por la postura geocéntrica porque, como
decíamos, concordaba con muchos datos y no levantaba resistencias
mentales, aun cuando no respondiera a una cantidad de preguntas
importantes.

La situación para la astronomía, pues, no era enteramente


satisfactoria. En una época en que se había asentado la convicción en
la esferidad de la Tierra, y en que muchos espíritus cultivados se
negaban a aceptar pasivamente todos los postulados del pensamiento
escolástico, cabía la posibilidad, al menos, de explorar la hipótesis
siempre desechada que colocaba al Sol en el centro del sistema,
aunque ésta pareciera negar la palabra bíblica, el sentido común, y
hasta algunos datos. Nicolás Copérnico, nacido en Torún, Polonia,
decidió hacerlo, y parece que en fecha tan temprana como 1514
comprendió la validez del modelo heliocéntrico.

Tenía a la sazón cuarenta y un años, habiendo estudiado, en su país


y en Italia, matemáticas, astronomía, griego y filosofía. Habiendo sido
designado canónigo se dedicó casi exclusivamente a la investigación
astronómica, realizando por sí mismo gran cantidad de observaciones
y emprendiendo una labor teórica incansable. Recalculó las órbitas de
la Luna y el Sol, en un esfuerzo paciente, dados los rudimentarios
medios de la época, e hizo además estudios minuciosos sobre el
calendario, que en su tiempo era sometido a una revisión para lograr
su más exacta correspondencia con los fenómenos celestes. Poco a
poco, examinando las debilidades del sistema ptolemaico y leyendo a
los griegos que habían sostenido el enfoque heliocéntrico, Copérnico
fue comprendiendo las insuficiencias de las opiniones vigentes,
dedicándose a explorar las ventajas que ofrecía la hipótesis contraria.
Entre 1510 y 1514, o tal vez más tarde (esto no se sabe bien) redactó
un breve manuscrito donde ya postulaba dos movimientos
fundamentales para nuestro planeta, los mismos que hoy conocemos
como rotación y traslación. El ensayo circuló entre muy pocos, pues
Copérnico no ansiaba una amplia difusión de sus puntos de vista hasta
tanto no estuviese completamente seguro de ellos. Hubo que esperar
casi treinta años para que su obra capital De Revolutionibus Orbium
Cœlesium fuese finalmente publicada: apareció en 1543, casi
coincidiendo con la muerte del autor.

La teoría copernicana insistía en proponer órbitas perfectamente


circulares, por lo cual no podía explicar los fenómenos debidos a las
excentricidades de las mismas. Salvo a este respecto concordaba
ajustadamente con las observaciones conocidas y podía explicar, por
primera vez, las retrogresiones y los cambios de brillo mencionados
más arriba, así como los restantes hechos peculiares al sistema solar.
Algunas de sus interesantes conclusiones concordaban con la tradición
del pensamiento astronómico, como cuando afirmaba que las estrellas
"fijas" deberían estar a enorme distancia, pues de otro modo veríamos
cómo ellas cambian su posición relativa a medida que la Tierra se
traslada anualmente alrededor del Sol. En cambio, otras preguntas
inquietantes se derivaban de su análisis: si todos los cuerpos parecían
caer hacia la Tierra, pero ésta no era ya el centro del universo, ¿hacia
dónde caía la misma Tierra? ¿Que fuerza la retenía alrededor del Sol,
manteniéndola establemente en órbita como los demás planetas?
Tales preguntas desafiaban a una ciencia física todavía incipiente,
planteando problemas que no era posible resolver, en principio,
mediante nuevas observaciones, pues imponían un esfuerzo teórico
capaz de llevar al conocimiento de las leyes que regulan el sistema
solar. La teoría copernicana se presentaba como una propuesta capaz
de abrir nuevos caminos a la indagación, como una nueva perspectiva
que estimulaba líneas de pensamiento hasta allí no exploradas. Su
fecundidad, por eso, no era su menos importante mérito.

Pero el aporte de Copérnico, esto es lo que nos interesa, sobrepasa


con mucho estas consideraciones relativas a las ciencias físicas. Si se
lo considera una auténtica revolución científica [V. Kant, última nota
del capítulo anterior, pág 76.] no es solamente porque cambió
radicalmente los puntos de vista dominantes en la astronomía, sino
porque revolucionó además todo el pensar de su época, influenciando
gradualmente a campos cada vez más vastos del conocimiento y de la
reflexión filosófica en general. Porque si la Tierra no era el centro del
universo, sino un simple planeta entre otros de los que giraban en
torno al centro del sistema, se quebraban bruscamente muchas de las
ideas más firmes que habían sido sostenidas por toda la humanidad.
No sólo se ponía en tela de juicio la supuesta verdad revelada de la
Biblia -y de otros textos sagrados- lo cual no dejó de preocupar
seriamente a los teólogos y a las iglesias cristianas, sino que se
cuestionaba el mismo papel del hombre, como entidad privilegiada en
el cosmos.

Hablamos, pues, de una revolución mental, no sólo científica. El fin


de la visión geocéntrica supone una ruptura con el ingenuo sentir, con
la inmediata percepción de que nosotros, como humanos, estamos en
el centro de todo lo creado, tal como psicológicamente nos
autopercibimos. Ya no somos entonces los habitantes del único
mundo, del eje alrededor del cual todo se organiza, sino los moradores
de un cuerpo como otros, lo cual obliga, implícitamente, a una
reconsideración de toda la filosofía y teología anteriores, pues ellas no
incorporan tan fundamental hecho. No tenemos así ningún privilegio
universal, pues nuestro planeta está sujeto a las mismas leyes que
rigen el movimiento de todos los otros, aun cuando esas leyes, en
aquel momento, no fueran conocidas y sólo fuera dado imaginar su
existencia. El mundo, a partir de Copérnico, se agranda súbitamente,
se alejan sus confines, a la par que se reduce de un modo proporcional
nuestra importancia.

Un principio de relativismo se incorpora, además, al pensamiento


occidental. El movimiento del Sol queda reducido a un desplazamiento
aparente, al cambiar el punto de referencia del sistema, y nuestra
aparente inmovilidad queda trocada en una traslación y en una
rotación continuas. La percepción se revela engañosa y sólo el análisis
paciente de múltiples observaciones permite descubrir la verdad,
reinterprentando bajo una nueva perspectiva -en principio
sorprendente- los datos familiares de la experiencia. Esto se consigue
sin que medie ningún tipo de trabajo experimental ya que, como
resulta evidente, éste resultaba imposible en materia astronómica. [V.
supra, 4.2.]. Se logra gracias al sólo concurso del razonamiento libre,
aunque apoyado cuidadosamente, sin duda, sobre numerosos datos.

La revolución copernicana no sólo produce, pues, una revisión de la


teoría astronómica aceptada como cierta, sino que lleva al replanteo
de una infinidad del problema científicos y filosóficos previamente
existentes. La investigación post-copernicana será, por ello, más audaz
en sus hipótesis pero más recelosa de la experiencia inmediata, de las
apariencias que pueden ser falaces; menos proclive a dejarse llevar
irreflexivamente por las impresiones, analítica y cauta. Un saludable
sentido de crítica, de duda sistemática y escepticismo racional frente
al pensamiento heredado, comenzarán a imponerse, especialmente
entre los investigadores más lúcidos, en el marco de una cierta
relativización de los conceptos. Todo esto, como enseguida veremos,
irá dando prontamente sus frutos.

6.2 Los Frutos Teóricos de la Revolución

La teoría copernicana, dijimos, resolvía elegantemente algunos


problemas preexistentes (retrogresiones, cambio de brillo de los astros
etc.), pero dejaba otros sin explicar: el de la caída de los cuerpos, o el
de las inexactitudes de las órbitas, que no se ajustaban
completamente a la propuesta de Copérnico. En realidad, la revolución
científica copernicana no proporcionaba una nueva teoría demostrada
y sólidamente concluida, sino más bien un nuevo punto de vista, un
reenfoque capaz de hacer fecundas nuevas exploraciones teóricas.
Newton sería el encargado de llevar a su necesario remate esta
siguiente aventura, aunque basándose en los aportes decisivos de
otros dos hombres: Galileo Galilei y Johannes Kepler, casi coetáneos.

Deteniéndose en el estudio de la órbita de Marte, la que menos se


ajustaba al modelo copernicano, Kepler, mediante fatigosísimos
cálculos, llegó a comprender la verdad de una hipótesis singular. Si las
observaciones empíricas discrepaban con las inferencias derivables del
sistema de Copérnico era porque la teoría estaba errada en un punto
particular: las órbitas que describían los planetas no eran circulares
sino ligeramente elípticas. Todos, hasta allí, y por cierto también el
mismo Kepler, habían supuesto que el movimiento de las esferas
celestes no podía ser otro que el circular, puesto que esa era la curva
perfecta, metafísicamente hablando, ya desde los tiempos de
Pitágoras. El examen paciente y sistemático de los datos llevó a este
científico a ensayar otros modelos teóricos, puesto que el circular no
concordaba bien con los hechos: con asombro comprobó la trayectoria
elíptica de los cuerpos del sistema, perfeccionando entonces la
proposición anterior. El Sol, en este caso, quedaba situado en uno de
los focos de cada elipse, lo que hacía del sistema ya no una
construcción heliocéntrica, estrictamente hablando, sino en realidad
heliostática. El astro principal quedaba así ligeramente desplazado del
centro del sistema, pero se mantenía fijo mientras a su alrededor
giraba todo el resto de los cuerpos celestes.

Si de este modo un esfuerzo teórico-matemático superaba una de


las debilidades mayores achacadas a Copérnico, irían a surgir, por otra
parte, nuevas pruebas empírica de sus afirmaciones. Galileo (V. supra,
4.2), confió entusiastamente en el telescopio, una novedad de su
tiempo, aplicándolo por primera vez a la observación sistemática de
los cielos. Con eso consiguió trasponer las fronteras de información
que el poder del ojo descubierto podía alcanzar, encontrándose con
datos que probaban la similar constitución de los cuerpos del sistema
solar. Con sus primeros y rudimentarios aparatos el sabio italiano
descubrió que no era sólo la Tierra la que poseía satélites, pues Júpiter
también tenía cuatro. Vio igualmente los anillos de Saturno, que no
interpretó ni pudo explicar, así como la faz de la Luna, cubierta de
cráteres e irregularidades que señalaban una constitución física similar
a la terrestre. Estos y otros datos ayudaban a sostener la propuesta
copernicana.

Un siglo después de la muerte de Copérnico sus continuadores ya


habían desarrollado convenientemente sus ideas, aportando nuevas
observaciones que las confirmaban y dándoles un afinamiento teórico
que las hacía mucho más precisas y congruentes con la observación.
Kepler había logrado demostrar que la distancia y el tiempo de
recorrido orbital de cada planeta podían vincularse sistemáticamente
por medio de ecuaciones cuadráticas sencillas. Galileo había
experimentado y razonado profundamente sobre el problema de la
caída de los cuerpos, encontrando que todos gravitaban hacia la Tierra
con una misma aceleración constante; había propuesto también,
aunque en una forma aún algo rudimentaria, el llamado Principio de
Inercia. Faltaba, sin embargo, realizar una obra teórica que ligara de
un modo preciso los conocimientos empíricos sobre el Sistema Solar
con los principios generales que parecían regir al mundo físico, que
encontrara una unidad entre los fenómenos que ocurrían en nuestro
entorno directo con los que acontecían más allá de la Tierra.

Cupo a Isaac Newton, un hombre de prodigiosa inteligencia, el logro


de vincular coherentemente todos estos problemas. Sobre la base de
los aportes mencionados, y de otros que se habían producido a lo largo
de los siglos XVI y XVII, Newton pudo elaborar unas pocas leyes
generales, muy simples en su formulación, que permitían englobar
bajo la luz de un mismo modelo conceptual todos los fenómenos arriba
descritos. Estas son las tres leyes sobre el movimiento de los cuerpos y
la Ley de Gravitación Universal, que aparecen en su Philosophiæ
Naturalis Principia Mathematica, escrita en 1686 y publicada un año
mas tarde, aunque algunas de sus ideas principales -se supone- habían
sido desarrolladas por Newton veinte años atrás. Conviene
transcribirlas aquí porque enseguida se perciben su simplicidad y su
elevado grado de abstracción, características que les han otorgado un
justificado valor paradigmático.

La primera ley del movimiento formula el llamado Principio de


Inercia, [Hemos consultado a Newton, Isaac, Selección (Textos
Escogidos), Ed. Espasa Calpe, Madrid 1972, así como el artículo
"Newton" de la Encyclopædia Britannica, in 30 volumes, 14th Ed.,
1974, para mayor exactitud. Estas referencias son las que también
utilizamos en la exposición que sigue.] y establece que todo cuerpo
permanece en su estado de reposo o movimiento uniforme a menos
que obre sobre él una fuerza que modifique su estado. Se trata pues
de una proposición simple y comprensible, que sirve como una
indicación elemental de que, tras todo cambio en el estado de un
cuerpo, debemos suponer la existencia de una fuerza responsable de
tal cambio. La segunda ley dice que el cambio del movimiento de un
cuerpo es directamente proporcional al valor de la fuerza que actúa
sobre él, efectuándose según la línea recta en dirección de la cual se
imprime el movimiento. Se expresa matemáticamente mediante la
ecuación: F = m . a, donde F es la fuerza aplicada, m la masa del
cuerpo y a la aceleración que éste adquiere cuando sobre él actúa F. Ni
esta ley, ni la siguiente que veremos, contradicen el sentido común, ya
que resulta lógico que a mayores fuerzas se obtengan más grandes
aceleraciones pero que, a igualdad de fuerzas, los cuerpos de mayor
masa operen en sentido inverso resistiéndose, por así decir, al cambio
de su estado de movimiento o reposo. De allí se comprende enseguida
la necesidad de una tercera ley: ésta dice que a cada acción se opone
siempre una reacción contraria e igual, dirigida en sentido contrario.

Sobre estos tres pilares, fundamentos generales de una física del


movimiento, Newton fue capaz de elaborar otra ley, que describe el
comportamiento de los astros. Aplicándolas a las leyes de su
movimiento, deducidas anteriormente por Kepler, Newton pudo
establecer que los cuerpos se atraen con una fuerza directamente
proporcional a sus masas respectivas, e inversamente proporcional al
cuadrado de la distancia que los separa. Encontró, haciendo los
cálculos correspondientes, que a tal ley se ajustaba el comportamiento
de todos los objetos conocidos del sistema solar, infiriendo de ello que
era completamente general, no sujeta a restricción alguna. De allí su
nombre de Ley de Gravitación Universal.

La vasta obra de Newton, que también incursionó con éxito en


muchos otros campos de la física y de las matemáticas, no tiene
idéntico sentido revolucionario que la de Copérnico. No hay en ella la
proposición de un cambio radical de paradigma, lo que suele llamarse
un -giro copernicano-, sino una voluntad de teorización general capaz
de llevar a la comprensión, por medio de pocos principios o leyes
universales, de todo el variado espectáculo de hechos que se ofrecen a
la observación. Los hallazgos de Newton son el fruto de un esfuerzo de
abstracción, en el recto sentido del término, que opera sobre el camino
abierto por las generalizaciones anteriores. Ellos nos proponen una
visión armónica y global de la naturaleza que se constituye en un hito
decisivo para el pensamiento, dando a la humanidad, por primera vez,
la posibilidad de comprender de un modo sistemático la estructura del
cosmos a partir de unos pocos conceptos elementales vinculados de
un modo racional.

La visión antropocéntrica, ingenua, firmemente cuestionada por la


anterior revolución copernicana, quedaba así prácticamente eliminada
del mundo físico. Si Copérnico había abatido esa perspectiva primaria,
las aportaciones teóricas posteriores no sólo confirmaban los fructífero
y valioso de su punto de vista, sino que ampliaban coherentemente el
campo del entendimiento humano. La hipótesis se afirmaba sobre
nuevas pruebas y, sobre ellas, se construía un modelo sistemático que
permitiría seguir ensanchando el camino de los descubrimientos,
profundizando en la estructura del universo, extendiendo las fronteras
de aquello que el hombre podía decir, de algún modo, que entendía.

6.3 El Universo después de Newton


Mucho espacio nos llevaría la simple enumeración de los
conocimientos astronómicos y astrofísicos actuales, la descripción de
la ruta histórica que nos ha permitido llegar hasta ellos y los desafíos y
problemas que hoy se plantean en este terreno. No es nuestra
intención abundar en un tema que no es esencial para nuestra
exposición; interesa, no obstante, sin pretender desarrollar tales
materias, dar algunas pocas indicaciones del curso posterior seguido
por la física y la astronomía, porque mostrarán tanto la fecundidad de
los aportes mencionados como el sucesivo ensanchamiento de la
perspectiva que hoy tenemos sobre el universo.

Aceptadas las leyes newtonianas expuestas más arriba, los


científicos se encontraron con un sólido referente para la observación,
con un marco teórico capaz de facilitar la incorporación de nuevos
datos y su interpretación dentro de un modelo coherente. No extrañará
entonces que la búsqueda se dirigiera hacia las fronteras del universo
conocido hasta entonces, trasponiendo los límites de nuestro familiar
sistema. Esta labor requería, sin duda, de más adecuados instrumentos
que los conocidos para la época, pues implicaba una enorme
multiplicación de la distancia. El nombre de Frederick W. Herschel,
nacido en Hannover en 1738, debe ser destacado en esta nueva fase
de la investigación. Músico de profesión, y sin ninguna formación
científica académica, se interesó apasionadamente por la astronomía
después de cumplir los 40 años, en Inglaterra, donde se había exilado
por razones políticas. Su pericia en la manipulación de metales y lentes
lo llevó a construir excelentes telescopios con los que pronto halló un
nuevo planeta, Urano, en 1781, cuyo movimiento también respondía a
las leyes físicas conocidas. Encaminó luego sus grandes instrumentos
hacia la observación de lo que había más allá del sistema solar, dando
un paso lógico y necesario para tratar de situarlo en una totalidad más
vasta.

Herschel, dotado de una aguda intuición y de un espíritu a la vez


preciso e incansable, se dedicó a estudiar las nebulosas, manchas
brumosas e imprecisas que aparecían en determinados sitios del
firmamento. Logró pacientemente resolverlas -es decir, distinguir las
estrellas particulares que las componían- y comenzó a organizar un
catálogo de sus observaciones. Teniendo presente que percibía objetos
situados a enormes distancias, y dirigiendo el telescopio en todas
direcciones, detectó que el Sol también se desplazaba entre las
estrellas y que la Vía Láctea era un inmenso conjunto de astros dentro
del cual se encontraba todo nuestro sistema particular. Comprobó
entonces lo que había sido una intuición feliz de Demócrito,
Anaxágoras y Aristarco, y una hipótesis deducida ya por Christian
Huygens y otros renacentistas: que el Sol era simplemente una estrella
como las demás, que nos calentaban y alumbraba poderosamente sólo
gracias a su proximidad relativa, y que habitábamos una
inconmensurable aglomeración de estrellas -nuestra galaxia, o Vía
Láctea- formada por millones y millones de soles. Se equivocó al
suponer que nos encontrábamos en el centro, o muy próximo al
centro, de este gigantesco universo-isla, según la poética y precisa
definición dada luego por Kant. Fue un error bien comprensible, dadas
las limitaciones que se le imponía como observador, pero que recuerda
la tendencia que parecemos tener a colocarnos siempre en el centro
del universo que conocemos.

Con esto se dio un paso más, indudablemente, en la continuación


del pensamiento copernicano. Ya no sólo la Tierra no era un cuerpo
peculiar y diferente dentro del vasto universo sino que tampoco lo era
el Sol, reducido ahora al papel de ser una estrella cualquiera. Hubo que
esperar hasta 1915 para que Shapley descubriera que el sistema solar,
se hallaba en uno de los "brazos" o ramas exteriores de la Galaxia, y
dos años más para que el mismo astrónomo lograra medir el
descomunal diámetro que ésta tiene.

Hoy parece haberse completado esta continuación de la revolución


iniciada hace más de cuatro siglos por Copérnico. En 1924 otro
investigador, Edwin P. Hubble, confirmó la sospecha de Kant, más
tarde formulada matemáticamente por Eddington, de que no existe un
único universo-isla, el nuestro, sino una gran cantidad de ellos
esparcidos más allá de sus fronteras. Hubble encontró las primeras
confirmaciones empíricas de que algunas nebulosas eran en verdad
galaxias exteriores a la nuestra, comprobó que existían millares de
ellas, y comenzó la tarea, que aún hoy prosigue, de su descripción y
clasificación. La llamada anteriormente nebulosa espiral de
Andrómeda, así como las dos Nubes de Magallanes, son galaxias
relativamente próximas a la nuestra, pero hay miles de millones de
ellas, constituidas cada una por miles de millones de estrellas.

Los avances de la ciencia astronómica que hemos venido


presentando -una pequeña, muy pequeña parte de todos los
descubrimientos del siglo XX- apuntan todos en una misma dirección,
como indicando un camino que lleva a la progresiva desmixtifación de
nuestro universo. La misma noción de "centro", de una especie de
punto de referencia absoluto, ha ido erosionándose continuamente,
paso a paso, para construirse en su lugar una noción del espacio más
objetiva y menos apegada a nuestras sensaciones primarias. Se trata
de revoluciones científicas consecutivas y complementarais, que en
realidad han sido cada vez más fáciles de realizar, pues las anteriores
han abierto el camino a estas nuevas proposiciones más generales.
Las características de esta obra nos prohíben siquiera resumir las
aportaciones y las perspectivas de la física, la química y la astronomía
contemporáneas, pues sólo podríamos sintetizar apretadamente lo que
se encuentra expuesto con claridad en cualquier obra de divulgación.
[Sólo para señalar algunas obras que nos han resultado
particularmente interesantes y útiles mencionaremos a Eddington, Sir
Arthur S., La Naturaleza del Mundo Físico, Ed. Sudamericana, Buenos
Aires, 1945; Sagan, Carl, Cosmos, Ed. Planeta, Barcelona, 1982;
Asimov, Isaac, El Universo, Ed. Alianza, Madrid, 1982, y Casti, John L.,
Paradigms Lost, Avon Books, New York, 1989.] Sin embargo, y dado
que no podemos dejar de mencionar las grandes revoluciones del
pensamiento científico, habremos de detenernos, siquiera por un
momento, el sentido y la importancia de otro aporte fundamental.
Estamos pensando, desde luego, en la renovación teórica que produjo
Albert Einstein a partir de 1905 con su Teoría de la Relatividad, la cual
puede considerarse como una revisión y generalización de la hasta allí
incuestionada obra de Isaac Newton.

Hacia fines del siglo pasado la física, que se había desarrollado


vertiginosamente después de Newton, atravesaba una etapa de crisis.
Muchos descubrimientos se habían ido acumulando, particularmente
en indagaciones sobre la electricidad y el magnetismo, que arrojaban
nuevos conocimientos sobre la luz, la natulareza íntima de la materia y
las ondas electromagnéticas en general. Los nombres de Maxwell y de
Planck, entre otros, destacaban en estas fructíferas líneas de trabajo,
asociadas con nuevos conceptos como los de campo electromagnético
y quanta de energía. Pero había una dificultad: los recientes
descubrimientos no parecían poder incorporarse con sencillez a los
fundamentos de la mecánica clásica (la que se derivaba de las leyes
de Newton), puesto que se producían incompatibilidades teóricas
manifiestas al hacerlo. Esto se podía resolver, en alguna medida,
resucitando un concepto que había ya propuesto el mismo Newton, el
de éter, una sustancia sutilísima que se extendería entre los astros
permitiendo el pasaje de las ondas luminosas sin producir ninguna
perturbación. La nota discordante, sin embargo, residía en que ese
misterioso éter se comportaba de modo incomprensible: debía estar,
en ocasiones, a la vez en movimiento y en reposo, lo cual implicaba
una obvia contradicción que podía poner en entredicho todo el edificio
teórico de la física. Por otra parte, ni los más ingeniosos y complejos
experimentos habían podido detectar ninguna característica física de
tan singular sustancia, con lo que ésta, al carecer de todo referente
empírico, creaba una notable anomalía tanto teórica como
epistemológica. Dos caminos, entonces, parecían abrirse: o se
conservaba el supuesto de la existencia del éter, agregando cada vez
nuevas características a este paradójico y prodigioso elemento, con lo
cual la simplicidad de las leyes fundamentales se erosionaba de un
modo lamentable o, por el contrario, se pasaba a negar algunos de los
supuestos de la mecánica de Newton y Galileo, lo cual era fuertemente
resistido por la comunidad científica.

Ya hacia comienzos de nuestro siglo, sin embargo, tal resistencia


había comenzado a debilitarse. Ernst Mach, físico y filósofo a la vez,
había apuntado unos años antes:

"Ante nosotros tenemos un caso dado que podemos interpretar de un


modo u otro. Ahora bien, si al interpretarlo llegamos a conclusiones
contrarias a la experiencia, podemos estar seguros de que dicha
interpretación es errónea". [Mach, Ernst, La Ciencia de la Mecánica, tomado de
Eisntein et al., La Teoría de la Relatividad, selección de los textos de L. Pearce
Williams, Ed. Alianza, Madrid, 1977, página 31.]

Mach no decía, aclarémoslo bien, que una prueba en favor de una


teoría debía considerarse como una confirmación de la misma sino que
bastaba una prueba en contra para ponerla en tela de juicio, obligando
a su revisión. [Esta proposición anticipa el llamado "falsacionismo" de
Popper, Op. Cit., pp. 75 a 88, al que ya nos hemos referido de pasada
en el capítulo anterior.] De eso se trataba, precisamente, y por tal
razón Mach se aventuró a negar la existencia de movimientos y masas
absolutos, propios de la mecánica vigente, sosteniendo en
consecuencia que la suposición de un espacio o un tiempo absolutos
era simples proposiciones metafísicas, incompatibles con el
razonamiento científico.

Un año antes de la publicación del artículo de Einstein en que éste


propondría la nueva teoría, Henry Poincaré, brillante matemático,
había comprendido también que los problemas planteados, que
exigían "apilar hipótesis sobre hipótesis", sólo podrían ser resueltos
radicalmente, construyendo una nueva mecánica donde se
estableciese que ningún móvil podía superar la velocidad de la luz. [V.
Einstein et, al., Op. Cit. id., pp. 59 a 61. El lector medio no encontrará
realmente grandes dificultades para comprender este texto, que
recomendamos calurosamente.] Ni Mach, ni Poincaré, ni otros
investigadores que se enfrentaban a estas paradojas -como Lorentz-
llegaron a desarrollar esta nueva rama de la física pero, podríamos
decir, había ya en el ambiente la percepción de que una nueva etapa
teórica debía abrirse para organizar intelectualmente el conjunto de
leyes que iban apareciendo continuamente.

Fue Einstein quien, a la edad de sólo 26 años, recogió los hilos


dispersos y propuso, en un breve artículo, la que luego sería llamada
Teoría de la Relatividad Especial (para distinguirla de la Teoría de la
Relatividad General, elaborada once años más tarde, que daba un
contenido universal a sus proposiciones). El artículo tenía por título
"Sobre la Electrodinámica de los Cuerpos en Movimiento", y en él se
asimilaban y desarrollaban ordenadamente las aproximaciones
anteriores: si las leyes de la electrodinámica y la óptica son válidas
para cualquier punto de referencia en que también sean válidas las
leyes de la mecánica -decía Einstein- y si la luz se propaga en el vacío
siempre a la misma velocidad, no es necesario suponer la existencia
de un éter cargado de propiedades paradójicas sino, por el contrario,
revisar los mismos conceptos que están en la base de la mecánica
newtoniana, las nociones de espacio y de tiempo. Para hacerlo se
interrogaba lúcidamente respecto al significado de la noción de
simultaneidad, por medio de suposiciones o -experimentos mentales-,
que consistían en imaginar determinadas situaciones, extrayendo
luego de ellas las consecuencias lógicas necesarias. Arribó así a una
conclusión perfectamente compatible con los supuestos que enunciaba
y que conservaba la validez de todas las leyes físicas conocidas,
aunque se oponía brutalmente al sentido común: no se puede asignar
una significación absoluta al concepto de simultaneidad por lo que el
tiempo, por así decir, discurre de un modo diferente según el sistema
de referencia en que nos hallemos. No hay un tiempo absoluto ni
tampoco, en correspondencia, un espacio o sistema de referencia
absoluto, sino que éstos son diferentes según el punto de vista que
adoptemos. Una vez aceptada esta relatividad del espacio y del tiempo
es posible conservar, sin embargo, la invariancia de las leyes de la
óptica y de la electrodinámica. Tiempo después aclararía:

"Antes de la teoría de la relatividad, la física supuso siempre


tácitamente que el significado de los datos temporales era absoluto, es
decir, independiente del estado de movimiento del cuerpo de
referencia."

A partir de la nueva teoría, en cambio, no sólo el reposo o el


movimiento pasaban a ser categorías siempre relativas, sino que
también el tiempo resultaba un elemento asociado a cada sistema de
referencia y, por lo tanto, variable como éstos. [Einstein, A., "Sobre la
Teoría Especial y la Teoría General de la Relatividad", en ídem, Op. Cit.,
pág. 80.]

La breve explicación precedente no pretende, claro está, resumir la


teoría de la relatividad einsteniana, ni puede sustituir la esclarecedora
lectura de las obras en que ésta se expone, entre las que destacan las
del mismo Einstein. Pero nos sirve de apoyo para analizar, con algún
fundamento, el sentido y las repercusiones de lo que podríamos llamar
la revolución relativista. Veamos, en primer lugar, que Einstein parte
de la constatación de las incongruencias que acosan a la física de un
momento determinado, caracterizado por la crisis de los modelos
teóricos vigentes; que intenta superar dicha encrucijada suponiendo
que existen leyes simples y generales capaces de explicar la multitud
de aportes parciales producidos hasta allí, pasando enseguida a
formular nuevos principios capaces de integrar la información y la
teoría preexistente; y que, para hacerlo, no vacila en contraponer a las
impresiones del sentido común -a la evidencia inmediata y
espontánea- un nuevo modelo explicativo, ajustado a los datos
disponibles e internamente no contradictorio. Con eso, de algún modo,
repite el tipo de trabajo intelectual que había realizado ya Copérnico, y
que parece característico de todas las profundas revoluciones
científicas conocidas. Como diría años después Eddington:

"Einstein, ha sido llamado a proseguir la revolución iniciada por


Copérnico: liberar a nuestra concepción de la naturaleza del sesgo
terrestre injertado en ella por las limitaciones de nuestra experiencia,
intrínsecamente ligada como está a la Tierra." [Eddington, A. S., "La
teoría de la Relatividad y su Influencia sobre el Pensamiento Científico" (1922), en
ídem, pág. 138.]

y añadiríamos nosotros, que lo ha hecho no ya revisado la perspectiva


espacial, como en el caso del sistema solar, sino el punto de vista
temporal, llevándonos a reconocer que no sólo no estamos en el centro
del universo, sino que tampoco nuestro tiempo es, de por sí, algo
absoluto. Esto implica, pues, en palabras del mismo autor citado, que:

"...la distancia y la duración -y todas las magnitudes físicas derivadas


de ellas- no tienen relación (como hasta ahora se suponía) con algo
absoluto del mundo externo, sino que son magnitudes relativas que
varían al pasar de un observador a otro con un movimiento distinto."
[Ibid., pág. 140.]

Ingeniosos experimentos ideados para comprobar si eran ciertas las


consecuencias que se podían extraer de la teoría de la relatividad han
indicado, hasta ahora, la validez de sus proposiciones. Quizás interese
saber al lector que los relojes atrasan efectivamente, en la proporción
prevista, cuando se los sitúa en móviles que se desplazaba a gran
velocidad respecto a la Tierra, y que suceden otras muchas cosas
extrañas en el universo, coincidentes con las aparentemente
inverosímiles ideas de Einstein. Ideas que han sido aceptadas por la
ciencia física en general, pero que han trascendido muy poco allende
sus fronteras, incorporándose escasamente al resto de la ciencia
contemporánea y menos aún a nuestro modo corriente de pensar. Tal
vez esto se explique porque la física einsteniana sólo tiene especial
interés cuando se refiere a fenómenos que ocurren a velocidades
próximas a las de la luz, lo cual no sucede por cierto en nuestro mundo
cotidiano, para el cual son perfectamente aplicables las sencillas leyes
de Newton. Tal vez no ha transcurrido aún el tiempo suficiente para
que sus ideas se generalicen o difundan, incorporándose a nuestro
lenguaje y a nuestro modo de ver el universo, desplegando todas sus
posibilidades en diferentes campos del saber. El hecho es que todavía,
podemos decir, la revolución de la física relativista no ha agotado sus
posibilidades, tan vastas y desconcertantes que, probablemente, algún
día lleguen hasta a modificar lo que espontáneamente nos dicta eso
que vagamente llamamos "sentido común".

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