Nacido en el seno de una humilde familia, el pequeño Joseph Haydn recibió sus primeras
lecciones de su padre, quien, después de la jornada laboral, cantaba acompañándose al arpa.
Dotado de una hermosa voz, en 1738 Haydn fue enviado a Hainburg, y dos años más tarde a
Viena, donde ingresó en el coro de la catedral de San Esteban y tuvo oportunidad de
perfeccionar sus conocimientos musicales.
Allí permaneció Haydn hasta el cambio de voz, momento en que, tras un breve período como
asistente del compositor Nicola Porpora, pasó a servir como maestro de capilla en la residencia
del conde Morzin, para quien compuso sus primeras sinfonías y divertimentos.
El año 1761 se produciría un giro decisivo en la carrera del joven músico: fue entonces cuando
los príncipes de Esterházy -primero Paul Anton y poco después, a la muerte de éste, su
hermano Nikolaus- lo tomaron a su servicio. Haydn tenía a su disposición una de las mejores
orquestas de Europa, para la que escribió la mayor parte de sus obras orquestales, operísticas
y religiosas.
El fallecimiento en 1790 del príncipe Nikolaus y la decisión de su sucesor, Anton, de disolver la
orquesta de la corte motivó que Joseph Haydn, aun sin abandonar su cargo de maestro de
capilla, instalara su residencia en Viena. Ese año, y por mediación del empresario Johann Peter
Salomon, el músico realizó su primer viaje a Londres, al que siguió en 1794 un segundo. En la
capital británica, además de dar a conocer sus doce últimas sinfonías, tuvo ocasión de
escuchar los oratorios de Händel, cuya impronta es perceptible en su propia aproximación al
género con La Creación y Las estaciones.
Fallecido Paul Anton ese mismo año de 1794, el nuevo príncipe de Esterházy, Nikolaus, lo
reclamó de nuevo a su servicio, y para él escribió sus seis últimas misas, entre las cuales
destacan las conocidas como Misa Nelson y Misa María Teresa. Los últimos años de su
existencia vivió en Viena, entre el reconocimiento y el respeto de todo el mundo musical.
La aportación de Haydn fue trascendental en un momento en que se asistía a la aparición y
consolidación de las grandes formas instrumentales. Precisamente gracias a él, dos de esas
formas más importantes, la sinfonía y el cuarteto de cuerda, adoptaron el esquema en cuatro
movimientos que hasta el siglo XX las ha caracterizado y definido, con uno primero
estructurado según una forma sonata basada en la exposición y el desarrollo de dos temas
melódicos, al que seguían otro lento en forma de aria, un minueto y un rondó conclusivo.
No es, pues, de extrañar que Haydn haya sido considerado el padre de la sinfonía y del
cuarteto de cuerda: aunque ambas formas existían como tales con anterioridad, por ejemplo
entre los músicos de la llamada Escuela de Mannheim, fue él quien les dio una coherencia y un
sentido que superaban el puro divertimento galante del período anterior. Si trascendental fue
su papel en este sentido, no menor fue el que tuvo en el campo de la instrumentación, donde
sus numerosos hallazgos contribuyeron decisivamente a ampliar las posibilidades técnicas de
la orquesta sinfónica moderna.