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L Demausse. La infancia a través de la historia

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Cuando hablamos de Friedrich Nietzsche nos situamos en uno de los momentos más críticos de

la historia de la filosofía: la segunda mitad del siglo XIX, un período marcado por el auge del
positivismo, el prestigio de la ciencia moderna y al mismo tiempo por una profunda crisis de
sentido en la cultura occidental. Nietzsche, nacido en 1844, se definió a sí mismo como un
filósofo intempestivo, alguien que no venía a confirmar las creencias de su época sino a
dinamitarlas. No por nada en Ecce Homo llega a afirmar: “Yo no soy un hombre, soy dinamita”
(Nietzsche, 1888/2001, p. 77).

Esa dinamita tenía un blanco muy claro: la tradición filosófica y religiosa de Occidente que,
desde Platón hasta el cristianismo, desde la Edad Media hasta la modernidad racionalista y
moral, había construido un sistema de valores que él considera negadores de la vida. Su
diagnóstico más famoso aparece en La gaya ciencia: “¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y
nosotros lo hemos matado!” (Nietzsche, 1882/2003, §125). Con esta expresión, Nietzsche no se
limita a negar a Dios en un sentido religioso, sino que señala la crisis de los valores
trascendentes: ya no hay un fundamento absoluto que garantice el sentido de la existencia. Y
esa muerte abre las puertas al nihilismo, entendido como la experiencia de vacío, de falta de
sentido, de pérdida de referencias.

Si vinculamos esto con el Eje I de Introducción a la Filosofía, vemos que Nietzsche asume de
forma radical la función contra-dogmática de la filosofía. Así como los primeros filósofos
griegos pasaron del mito al logos, él denuncia que gran parte de ese logos se convirtió en un
mito aún más dañino: el mito del “mundo verdadero”, del “más allá” platónico-cristiano. En
lugar de explicar la vida desde la vida, se inventó un mundo ideal que desvaloriza lo terrenal.
En este sentido, Nietzsche retoma la pregunta filosófica por la verdad pero la reformula: ya no
se trata de buscar la esencia última de la “cosa”, sino de preguntarse qué efectos tienen
nuestras creencias sobre la vida. En Sobre verdad y mentira en sentido extramoral llega a
decir: “La verdad es un ejército móvil de metáforas, metonimias y antropomorfismos”
(Nietzsche, 1873/1997). Es decir, la verdad no es un espejo de la realidad, sino una
construcción humana, una convención que hemos olvidado que lo es.

Este giro nos conduce al Eje II, Filosofía y Ciencia. El empirismo, el racionalismo y el
positivismo buscaban fundamentos firmes: la experiencia, la razón pura, la verificación
científica. Nietzsche pone en cuestión esa pretensión de fundamento y afirma: “No hay
hechos, solo interpretaciones” (Nietzsche, 1886/1999, p. 267). La ciencia, entonces, no queda
fuera de la crítica: no es un acceso privilegiado a lo real, sino una forma más de interpretación,
valiosa en la medida en que sirve para afirmar y potenciar la vida. De ahí que en La gaya
ciencia escriba: “La ciencia no tiene valor alguno si no sirve para afirmar la vida” (Nietzsche,
1882/2003, §373). Es una perspectiva que dialoga con la noción de discontinuidad en la
ciencia desarrollada después por autores como Bachelard o Kuhn, quienes también mostrarán
que el conocimiento científico no avanza linealmente, sino con rupturas y cambios de
paradigmas.

Ahora bien, si Dios ha muerto y las verdades absolutas se desmoronan, ¿qué queda? Nietzsche
responde con una propuesta radical: crear nuevos valores. Y aquí aparecen algunos de sus
conceptos más potentes. En primer lugar, la voluntad de poder: la vida misma no se reduce a
la mera conservación (como diría Darwin), sino que es un impulso de expansión, de
crecimiento, de creación. En sus Fragmentos póstumos dice: “Este mundo es la voluntad de
poder – y nada más” (Nietzsche, 1885/1999, p. 311). Todo ser vivo, toda cultura, todo sujeto,
se define por cómo afirma o reprime esa voluntad de poder.
El segundo concepto clave es el eterno retorno. Imaginemos, dice Nietzsche en Así habló
Zaratustra, que un demonio nos anunciara que deberíamos vivir nuestra vida una y otra vez,
infinitamente, exactamente igual. ¿Lo viviríamos como una maldición o como una bendición?
El eterno retorno funciona como una prueba existencial: solo quien afirma su vida sin reservas
puede querer su repetición eterna.

El tercer concepto fundamental es el Übermensch, el superhombre o transhombre. No es un


ser biológico superior, como malinterpretó el nazismo, sino una figura simbólica del ser
humano que logra superar el nihilismo y crear sus propios valores. “El hombre es una cuerda
tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo” (Nietzsche, 1883/2004,
p. 13). El Übermensch es el que, tras la muerte de Dios, tiene el coraje de inventar y afirmar
sentidos.

Todo esto tiene implicaciones directas para el Eje III, la cuestión del sujeto. Nietzsche rechaza
de raíz el sujeto cartesiano, esa sustancia pensante, transparente a sí misma. En Más allá del
bien y del mal sostiene: “El sujeto no es nada dado, sino algo añadido, algo inventado y
proyectado” (Nietzsche, 1886/2007, §17). El yo no es dueño en su casa, sino un efecto tardío
de fuerzas, pulsiones y discursos. De hecho, en muchos pasajes Nietzsche anticipa intuiciones
que luego Freud desarrollará en el psicoanálisis: la conciencia es superficial, lo que realmente
nos mueve son las fuerzas inconscientes, las pasiones, el resentimiento. También anticipa a
Foucault en su análisis de cómo el poder y la moral producen sujetos obedientes.

Podemos vincular esto con las tres nociones filosóficas de individuo, persona y sujeto. El
individuo, para Nietzsche, no es un átomo aislado, sino una configuración de fuerzas en pugna.
La persona es proyecto y estilo, en sintonía con la filosofía existencialista posterior. El sujeto,
lejos de ser fundamento, es un resultado: un producto de la moral, del lenguaje y del poder.

Llegamos así al Eje IV, la ética. Nietzsche polemiza con las grandes tradiciones éticas. Con
Aristóteles comparte la idea de virtud como excelencia, pero sin la teleología de un fin último
fijo. Con Kant discrepa radicalmente: el deber universal le parece una forma de moral de
esclavos, que somete la vida concreta a reglas abstractas. Con la ética humanista comparte la
autonomía y la auto-creación, pero discute la centralidad de la compasión, porque puede
convertirse en un mecanismo de igualación hacia abajo. Y con la ética postmoderna se conecta
como precursor, al mostrar que los valores no son eternos, sino construcciones históricas. En
La genealogía de la moral afirma: “La moral es la mejor de todas las tiranías, porque penetra
en las almas” (Nietzsche, 1887/2005, II, §2).

Estas reflexiones tienen consecuencias prácticas para la Psicología, tanto en Argentina como en
el MERCOSUR y el mundo. Nietzsche nos invita a desconfiar de diagnósticos presentados como
neutrales, porque detrás de ellos siempre hay valores. Nos insta a evitar moralismos
dogmáticos en la práctica profesional, a no imponer modelos universales de normalidad, sino a
acompañar a cada sujeto en la creación de su propio sentido vital. Por ejemplo, frente a
problemáticas actuales como el burnout, Nietzsche preguntaría: ¿qué valores de rendimiento,
de sacrificio, de culpa están detrás de esta experiencia de agotamiento? Y propondría pensar
alternativas que devuelvan potencia y afirmación a la vida de los individuos.

En conclusión, Nietzsche no es solo un destructor, sino también un creador. Derriba los ídolos
de la metafísica, de la religión y de la moral universal, pero lo hace para liberar la vida, para
abrir el espacio a la auto-creación, a la afirmación del mundo tal cual es, incluso en su tragedia.
Es una filosofía profundamente ética, aunque no en el sentido normativo, sino en el sentido
vital: preguntarse en cada caso si lo que hacemos, lo que pensamos, lo que creemos, afirma la
vida o la empobrece.

Filosofía, Ciencia, Subjetividad y Ética

Introducción

La historia de la filosofía puede comprenderse como una incesante interrogación en torno a los
fundamentos del ser, del conocimiento y de la acción. Desde el surgimiento del logos en la
Grecia clásica hasta las derivas posmodernas, la filosofía ha sido la matriz en la cual se
constituyeron las ciencias y desde la cual se han problematizado tanto la noción de sujeto
como los criterios éticos de la acción. Este ensayo busca articular cuatro grandes ejes: el núcleo
básico de la filosofía y su surgimiento histórico; la relación entre filosofía y ciencia; el proceso
de constitución y crítica de la subjetividad en la modernidad y la contemporaneidad; y
finalmente, el campo de las ciencias morales y la ética profesional.

Lejos de ser compartimentos aislados, estos ejes se presentan como dimensiones


interdependientes. La filosofía no solo funda el pensamiento científico, sino que también lo
critica y lo sitúa; la reflexión sobre el sujeto atraviesa tanto a la teoría del conocimiento como a
la ética; y la crisis de fundamentos de la posmodernidad se refleja en la práctica profesional
concreta, donde los códigos de ética se vuelven brújula en un mundo sin certezas absolutas.

Nociones principales sobre el campo de la Filosofía

El término filosofía proviene de philo-sophia, “amor a la sabiduría”. Ya en Platón y Aristóteles


aparece vinculada al asombro y la admiración: el filosofar surge cuando el hombre se detiene a
cuestionar lo evidente (Aristóteles, Metafísica, A.2). Según Braunstein (2008), la filosofía puede
entenderse como un saber de segundo orden, en tanto reflexiona sobre los supuestos de otros
saberes y sobre la experiencia humana en su conjunto.

El paso del mito al logos constituye un momento inaugural: mientras el mito ofrecía
explicaciones simbólicas y narrativas, el logos introduce la argumentación racional y la
búsqueda de causas naturales. Sin embargo, ambos discursos convivieron; Platón recurre al
mito de la caverna para ilustrar una teoría epistemológica. En palabras de Díaz (2007), mito y
logos no son mentalidades excluyentes, sino modos distintos de racionalidad.

La filosofía se apoya en principios lógicos y ontológicos básicos, sistematizados por Aristóteles:


identidad, no contradicción y tercero excluido. Estos principios muestran la imbricación entre
pensamiento y ser: lo que vale como regla del discurso también expresa una intuición
ontológica.

Históricamente, el pensamiento filosófico puede periodizarse en: Antigüedad (ser y virtud),


Edad Media (síntesis fe–razón), Modernidad (problema del conocimiento) y Contemporaneidad
(crisis de fundamentos, giro lingüístico, posmodernidad). Esta evolución revela que la filosofía
es siempre hija de su tiempo, pero también fuerza crítica de transformación.

Filosofía y Ciencia

La ciencia surge de la matriz filosófica y mantiene con ella una relación de doble dependencia:
por un lado, la filosofía funda los criterios de cientificidad; por otro, las ciencias particulares
retroalimentan a la filosofía con nuevos problemas.

Según Bachelard (2004), la ciencia progresa a través de rupturas epistemológicas que rompen
con el sentido común. Su legitimidad se establece en torno a tres dimensiones: objeto, método
y estatuto. El objeto delimita qué se estudia, el método cómo se estudia y el estatuto bajo qué
criterios se justifica como ciencia.

La lógica ha sido desde Aristóteles la herramienta de la ciencia: términos, proposiciones y


razonamientos constituyen la base de la inferencia válida. En la modernidad, Frege y Russell
desarrollan la lógica simbólica, ampliando la capacidad de formalización.

Los siglos XVII y XVIII vieron el enfrentamiento entre empirismo y racionalismo. Para Locke y
Hume, el conocimiento se funda en la experiencia sensible; Hume incluso cuestiona la
causalidad como mera costumbre mental. Para Descartes y Leibniz, la razón es fuente de
verdades necesarias, independientes de la experiencia. En el siglo XIX, el positivismo de Comte
consolidó la idea de una ciencia objetiva y acumulativa, orientada a la utilidad social.

El siglo XX relativizó esta visión. Kuhn (1962) mostró que la ciencia progresa mediante
revoluciones y cambios de paradigma; Bachelard habló de obstáculos epistemológicos que
deben superarse. La ciencia ya no es lineal ni homogénea, sino plural y discontinua.

La Psicología constituye un ejemplo paradigmático. Nacida como reflexión filosófica sobre el


alma, se institucionaliza como ciencia experimental con Wundt y se radicaliza en el
conductismo. Pero pronto surgen el psicoanálisis, la fenomenología y el cognitivismo,
mostrando que la psicología oscila entre ciencia empírica y saber filosófico.

Filosofías de la conciencia y descentramiento del sujeto

La modernidad elevó al sujeto a categoría central. Con el cogito de Descartes, la certeza


indubitable se funda en la conciencia. Kant radicaliza este giro: el sujeto no solo conoce, sino
que constituye la experiencia mediante categorías a priori; en ética, lo concibe como legislador
autónomo de la moral.

Hegel lleva la filosofía de la conciencia a una síntesis dialéctica. El sujeto es momento del
espíritu, que se despliega históricamente hacia lo absoluto. La dialéctica amo–esclavo muestra
que la autoconciencia se constituye en relación con el otro.

Marx invierte a Hegel: el sujeto no es espíritu, sino praxis material. La alienación en el trabajo
revela que la subjetividad está condicionada por estructuras socioeconómicas. La
emancipación se logra transformando esas condiciones.
Nietzsche dinamita los fundamentos de la verdad: toda verdad es interpretación y voluntad de
poder. La genealogía revela la historicidad de los valores. Con la “muerte de Dios” se derrumba
la idea de un fundamento trascendente.

Freud produce otro descentramiento: el yo no es dueño en su propia casa, sino efecto de


pulsiones inconscientes. La cultura genera un malestar estructural al reprimir dichas pulsiones
(El malestar en la cultura, 1930).

En el siglo XX, Heidegger critica la metafísica de la subjetividad: el hombre es Dasein, ser-en-el-


mundo, arrojado y finito. Sartre, desde el existencialismo, afirma que el hombre está
condenado a la libertad: no tiene esencia previa, sino que se define por sus elecciones.

El estructuralismo y la posmodernidad profundizan el descentramiento. Para Foucault, el sujeto


es efecto de relaciones de saber y poder; para Deleuze, es flujo y devenir; Lyotard anuncia el fin
de los metarrelatos; y Bauman describe la modernidad líquida, donde las identidades y los
valores se tornan frágiles e inestables.

Ciencias morales y ética profesional

La ética, como parte de las ciencias morales, reflexiona sobre la acción. A lo largo de la historia
se han desarrollado distintas corrientes:

 La eudaimonología de Aristóteles concibe el fin último como felicidad lograda


mediante la virtud.

 El hedonismo, en Epicuro, define el bien como placer entendido como serenidad y


ausencia de dolor.

 El utilitarismo de Bentham y Mill sostiene que lo correcto es lo que genera la mayor


felicidad para el mayor número.

 El deontologismo kantiano plantea que la moralidad se funda en el deber y en el


respeto incondicional por la dignidad humana.

La posmodernidad cuestiona estos paradigmas universales. Según Lyotard, los metarrelatos


que legitimaban la ética se han derrumbado; la moral se fragmenta en microdiscursos y se
vuelve contextual. Bauman señala que vivimos en una modernidad líquida donde los vínculos y
valores se flexibilizan, generando incertidumbre.

En este marco, los códigos profesionales cumplen una función reguladora. El Código de Ética de
la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FEPRA) establece principios como la
confidencialidad, el respeto por la dignidad y autonomía del paciente, la responsabilidad
profesional y el compromiso social. Estos códigos representan un intento de ofrecer brújulas
normativas en un contexto de pluralidad y crisis de fundamentos.

Conclusión

El recorrido realizado muestra un triple movimiento en la historia del pensamiento occidental:


la constitución de la filosofía como saber racional frente al mito; la institucionalización de la
ciencia como conocimiento objetivo; y la centralidad de la subjetividad en la modernidad. Sin
embargo, también revela un segundo movimiento: la crisis de estos fundamentos. Marx,
Nietzsche y Freud mostraron que el sujeto no es autónomo ni soberano; Heidegger, Sartre y los
estructuralistas lo descentraron aún más, hasta llegar a la posmodernidad, donde el sujeto se
vuelve múltiple, fragmentado y precario.

Finalmente, en el campo de la ética, la crisis de los paradigmas tradicionales no significa el fin


de la moral, sino su reformulación en clave situada, contextual y profesional. En un mundo de
incertidumbres, los códigos éticos —como el de FEPRA— se vuelven guías concretas que
buscan garantizar la dignidad y el respeto en la práctica.

La filosofía, lejos de clausurar preguntas, mantiene abiertas las cuestiones fundamentales:


¿qué podemos conocer?, ¿qué debemos hacer?, ¿qué nos es permitido esperar?, ¿qué es el
ser humano? (Kant, 1781/1998). Estas preguntas siguen siendo vigentes, y son las que
sostienen el ejercicio crítico del pensamiento.

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