Obsesiones Textuales: Laboratorio de Escritura
Obsesiones Textuales: Laboratorio de Escritura
OBSESIONES
TEXTUALES
Lecturas
CLAIRE LEGENDRE
El nenúfar y la araña
La ironía trágica
dias antiguas, a la ironía trágica: sí, hombre, al pobre Edipo que promete matar al asesino de
su padre... Los espectadores saben perfectamente que ha sido él quien ha matado a Layo. El
único desgraciado que no tiene ni idea es él. El hipocondríaco, como el aracnófobo, teme
sobre todo la trampa de la ironía trágica, la vejación última que sufre Edipo cuando la trampa
se cierra sobre él. Entonces, en vez de aprovechar los momentos de serenidad que le quedan
antes de que se le cuele una araña en la habitación, un rival en la pareja o un tumor en el pe-
cho, prefiere anticipar la presencia del parásito para no sorprenderse el día en que en efecto
esté allí. No hay nada que le dé más miedo al hipocondríaco que ser pillado por sorpresa. Ese
deseo irrefrenable de querer controlar su destino a toda costa y sortear los golpes venideros le
hace pagar incansablemente el pecado de orgullo. En sus momentos de lucidez, que también
los tiene, el hipocondríaco reconoce de buena gana que, si puede pasar el rato inspeccionan-
do las paredes –o el teléfono portátil de su consorte–, o palpándose las costillas, es porque no
tiene ningún problema aparte de la anticipación del problema futuro. La hipocondría sería,
por tanto, y de forma irónica, el síntoma probable de una quietud objetiva.
Lecturas Laboratorio de escritura Claire Legendre
La profecía
La fecha prevista para poner fin a mi vida era el 3 de julio de 2007. Llevaba mucho tiempo
decidido. Se había planeado varias veces; de forma meticulosa. Me parece que la idea surgió
en la infancia. En el colegio. Hacia los nueve o diez años. Tenía una compañera cuyo nombre
he olvidado, una gitanilla muy simpática que había llegado durante el curso y leía las líneas
de las manos. A mí me gustaba eso, porque mi abuela nos echaba las cartas y rezaba por
nosotros en la iglesia, hacía la novena, dejaba arder el cirio nueve días aun a riesgo de que
la casa saliese ardiendo, consultaba de vez en cuando a una vidente, me llevaba a la misa del
domingo en algunas ocasiones, una vez al año, en la fiesta de San Antonio, a Padua, y además
traía garrafas de agua de Lourdes, que teníamos que bebernos para mantener la salud y decir
nuestras oraciones, nuestros deseos, nuestras metas: cuántos sinónimos. Esa era la forma de
querer de nuestra abuela, que intercedía por nosotros con toda su benevolencia ante las fuer-
zas decisorias: dioses, santos, planetas, cartas, péndulos, gatos negros, sombreros colocados
de forma distraída e inoportuna encima de las camas, espejos trágicamente rotos, y lo peor,
lo peor de todo, la vecina, que no se arredraba a la hora de desearnos algunas mañanas un
«buenos días» gafado, y con quien nos apañábamos para cruzarnos lo menos posible, nada si
podíamos. Creo que un día acabó por pedirle que no le diese los buenos días, y habría dado
cualquier cosa por ver la cara que se le quedó a la vecina en ese momento, o, mejor todavía,
algunas semanas más tarde, cuando se le escapó la fórmula de cortesía. Buenos días perdón.
Bueno, en fin, que la gitanilla leía las manos, y yo no sé qué juego romántico, torpe o
perverso, la impulsó un día, en el patio del colegio, a anunciarme que moriría a los veintisie-
te años. La cosa no me perturbó demasiado: los veintisiete años quedan aún bastante lejos
cuando se tienen nueve o diez, y permite no tener que afrontar la vejez «marchita bajo los en-
cajes», como cantaba Barbara; resultaba casi halagador de lo rock star que quedaba. Me había
inscrito en el club de los veintisiete con Jim Morrison, Hendrix y Janis Joplin, antes incluso
de que ingresasen Cobain y Winehouse. Yo me apuntaba sin pensarlo, vamos.
No tenía nada de trágico, no le dije nada a mamá. Mi mente tenía clarísimo que a los
veintisiete no se muere de enfermedad. Y seguro que de la sobredosis me libraba, porque por
lo que vi en la presentación que nos hizo en clase el voluntario del centro de prevención, la
droga no era para mí. A los veintisiete se moría de accidente. Se moría en la carretera. Aquella
idea, nebulosa y muy precisa a la vez, echó raíces en mi interior: yo moriría a los veintisiete
años en un accidente de tráfico.
Nunca me saqué el carné de conducir.
Lecturas Laboratorio de escritura Claire Legendre
A los trece años, cuando la película de Oliver Stone dio comienzo a un revival de The Doors
muy eficaz y yo me pasaba los fines de semana en bares llenos de humo escuchando (mien-
tras fumaba) a bandas de blues que tocaban temas melancólicos y extáticos (lo uno, lo otro o
ambos a la vez), Lisa y yo perfeccionábamos el proyecto. Lisa era mi mejor amiga. Era rubia
también, con los ojos verdes también, pero más pequeña-guapa-graciosa que yo, cosa que
ponía de relieve mi torpeza, mi piel que nunca ha dejado de ser ingrata, y la curva de mis
muslos, que nunca ha dejado de engrosar. Su piel envejecería lisa, sus muslos se separarían
delgados. Los chicos me preguntaban si había sacado de paseo a mi hermana pequeña, lo cual
constituía mi única revancha y hacía rabiar a Lisa.
Para ser sinceros, no era mi única revancha. Lisa estaba probablemente más perdida que
yo. Dormía en mi casa siempre que podía. Me robaba al vuelo un pasador, un pintalabios, un
boli. Lisa había perdido a una hermana mayor en su infancia, una niña rubia y dulce que ha-
bía muerto de meningitis a los nueve años. Y se vengaba conmigo. Como auténtica hija úni-
ca, me gustaban los momentos exclusivos, las charlas a solas, los secretos, las conversaciones
infinitas, los sueños compartidos, pero en un momento dado del fin de semana me asfixiaba
y ponía amablemente a Lisa de patitas en la calle (¿se puede hacer algo así amablemente?).
Lisa y yo pasábamos largas tardes recorriendo la ciudad mientras soñábamos con en-
contrar el amor, que necesariamente tendría los rasgos de un chico malo, músico para más
señas, porque habíamos visto The Doors y queríamos sufrir como Pamela Courson siempre
que Jim fuese tan excitante como el original, siempre que tuviese una hermosa voz grave,
quizá el pelo largo, y numerosas desviaciones indómitas y entrañables. Nuestra réplica prefe-
rida, «¿Le has metido la polla a esta tía?», nos parecía la garantía de una vida llena. Veía My
Own Private Idaho soñando ser un joven efebo homosexual y desgraciado. Morir joven, vivir
rápido: la evidencia era más que nunca parte del sueño.
Recuerdo que nos pasamos un día arrancando meticulosamente los pósteres del Front
National delante de la escuela donde yo vivía. Soñábamos con nuestra vida futura mientras
nos estropeábamos las uñas despegando esquina a esquina las fotos ya bigotudas de Le Pen
y Mégret. Era la época pre-grunge, escuchábamos una y otra vez el Use Your Illusion sin
sospechar el daño que nos haría más tarde ese título (y que el disco nos daría un poco de
vergüenza). Lisa se imaginaba filtreando con Axl Rosa y yo me veía más con Slash, en un
descapotable rojo en pleno desierto de Arizona, deteniéndonos para follar en la cuneta, des-
truyendo con pasión nuestros bronquios y las habitaciones de motel. Las imágenes eran cla-
ras. Lo recuerdo perfectamente. Sólo había que encontrar un modo de ponerse en contacto
con ellos. Yo escribía, cosa que no sería suficiente, Lisa quería ser actriz, cosa que me parecía
pueril. Fumábamos pétalos de rosa y un montón de cigarrillos. Lisa le daba unas caladas a los
porros de los chicos, cuando había. Yo limpiaba su vómito. Nunca me emborrachaba. Bebía-
mos leche con Malibu. Decidimos morir a los veintisiete años, no recuerdo de dónde salió la
idea, seguramente de mí porque ya lo tenía metido entre ceja y ceja desde hacía varios años.
Queríamos morir el 3 de julio, como Jim Morrison. Al principio yo me quería morir a finales
de enero porque estaba enamorada de O., que cumplía añosa finales de enero, pero, claro,
para Lisa aquello no tenía ningún sentido, yo ni siquiera le había presentado a O. por miedo
a que lo usase, como mis pasadores, mis pintalabios y mis bolis, o de que se lo apropiase para
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ser un poco más yo. Cada vez me fiaba menos de Lisa. Habíamos visto juntas Mujer blanca
soltera busca y desde entonces la miraba con cautela. En fin, que abandoné la fecha de O., que
era cantante, tenía la voz grave y un movimiento de caderas magnético, por la historicidad
más universal del icono desaparecido: Morrison nos serviría de guía.
El 3 de julio de 2007 iríamos a Castellane, un bonito pueblo donde mi padre me había
llevado de vacaciones (y que era conocido —aunque no tenga nada que ver— por cobijar a
una secta de iluminados que levantaban espectaculares monumentos a la gloria de su gurú).
Íbamos a pasar la noche en el Hótel du Commerce con dos gigolós, camareros 0 turistas, nos
daríamos un festín infernal, montaríamos una orgía sexual extraordinaria, probaríamos todas
las drogas posibles y, al alba, doce kilómetros en descapotable rojo, Thelma y Louise, el acanti-
lado de Point Sublime, con un vestido blanco, medias de rejilla y muñequeras de cuero, muy a
lo Courtney Love, el salto del ángel, cuerpos estrellados contra las rocas. Fin de la toma.
Había hecho las fotos, visto los escenarios, probado el hotel, medido la altura de las gar-
gantas. Ya no quedaban más que trece o catorce añitos para inscribir nuestros nombres en el
panteón de los inolvidables. Presión máxima. Escribir. Vivir. Amar. Rápido rápido. Fumar y
follar. Nada que perder.
Dejamos de vernos a los quince años, cuando yo intentaba sobrevivir al matrimonio de
O. y Lisa se mudaba a otra ciudad para seguir unos estudios de teatro que le permitirían
realizar sus sueños. El principio de la vida joven que acaba pronto quedó anclado en lo
más profundo de mi espíritu, de manera más o menos elástica, más o menos romántica. A los
diecisiete decía que me suicidaría a los treinta y cinco sino había publicado nada, Mi primera
novela salió el año en que cumplía dieciocho. No era tan inolvidable como para salvarme del
olvido. Seguí intentando hacer algo que me permitiera morir en paz. Viví —no lo suficien-
te— y escribí —no lo suficiente—, Y luego, un día, cumplí veintisiete años.
Lecturas Laboratorio de escritura Claire Legendre
Deadline
Al comienzo de mis veintisiete años, algo se modifica. La duda que sobrevuela se acerca con
ansia. No tengo ninguna gana de morirme en el día previsto, pero soy supersticiosa y he ju-
gado con fuego. Algo me recuerda sin cesar lo volátil, lo precario. El amor que me da miedo
perder —pero un miedo enfermizo—. La vida que se escapa a toda velocidad de mi cuerpo.
Ya lo he visto alguna vez. Primero mis abuelas; ellas rápido, sin venir a cuento, dos abuelas
como dos puñetazos en la barriga. Mi abuelo, el único al que conocí, se dejó languidecer cua-
tro años antes de abandonarnos por completo. Vi sus cuerpos muertos, sus rostros que ya no
eran suyos, Después hice un voluntariado en un geriátrico, para mantener contacto con los
viejos, para no olvidar la Muerte, o quizás para habituarme a ella (aunque a lo que se habitúa
una en esos establecimientos es al olor a pis).
Tuve un encuentro intenso con una anciana, Delfina, una italiana desdentada que había
tenido una vida dura: había visto morir a su marido, a su hijo y a su nieto, y me quería como
a su última amiga. Llegué un cuarto de hora tarde y la vi muerta a ella también. No sé si me lo
he perdonado. Me acuerdo de su mirada vivaz, de su humor, y de que le parecía que yo tenía
los dientes bonitos.
A los veintisiete años comencé a tener miedo a la muerte. Era algo nuevo. Quizá fuese
entonces cuando comprendiese qué función había cumplido hasta entonces el 3 de julio de
2007. Aquel día, pronto para morir, estaremos de acuerdo, había sido un caparazón adoles-
cente que al menos me protegía de morir antes. ¿Quién se atrevería a amenazarme de una
muerte anticipada cuando yo misma me proponía sacrificar porque sí dos tercios de mi espe-
ranza de vida a la gloria, al imaginario romántico más inocente y trasnochado?
En enero de 2007, el miedo comenzó a cercarme con suavidad. Primero fue la carretera.
Como no tenía carné, siempre ocupaba «el asiento del muerto» (así se apodaba en Francia al
asiento del copiloto). Mis padres habían aprendido tarde a conducir. Mi madre seguía tensa
al volante y yo absorbía su estrés por empatía, por rizoma, casi por placenta. Mi novio, por su
parte, conducía con tranquilidad pero con aburrimiento, porque se veía obligado a recorrer casi
ochenta kilómetros diarios para ir y volver del trabajo por una autopista plagada de gilipollas y
de camiones. Aquello me impresionaba mucho, y me levantaba todos los días las 06:30, por pura
superstición, para darle un beso a Jérôme antes de su partida, segura de que el día en que no lo
hiciese, un accidente podría llevárselo y señalarme como culpable simbólica por no haberlo
querido bastante, por no haberlo protegido bastante, por haberlo dejado en manos del azar.
Lecturas Laboratorio de escritura Claire Legendre
Aquel año empecé a no soportar los trayectos largos en coche ni las autopistas de tres carri-
les: se me hacía un nudo tan fuerte en el estómago que al llegar me dolía todo por ir hecha
un cuatro en el asiento, lo más abajo posible para librarme, llegado el caso, del parabrisas, e
intentando dormir porque era la situación más cómoda, también para el conductor.
Ese mismo año, cuando las campañas antitabaco alcanzaban su culmen, yo, que me ven-
tilaba un paquete de tabaco al día desde los catorce años, empecé a asfixiarme. A sentir que
me latía el corazón, a revivir en mi mente el proceso del infarto que se había llevado a mi
abuela, a imaginar el de la embolia pulmonar que por poco acaba con Josiane, una amiga
de mamá que, como yo, había combinado el tabaco y la píldora hasta que, una noche, a los
treinta y un años, su sangre se puso a hacer burbujas; advertía con claridad los síntomas en
mi interior hasta el punto de experimentarlos con toda la precisión posible, con una agudeza
tal que se volvían creíbles. La primavera de 2007 me hice mi primer electrocardiograma, que
estaba perfecto, y mi primera radiografía pulmonar. También impecable. Casi increíble.
El 3 de julio de 2007 no pasó nada. Brindamos. La vida siguió milagrosamente, sin inci-
dentes. Es decir, con los incidentes habituales. Sin embargo, se produjo un cambio irreversi-
ble: a partir de entonces podía morir en cualquier momento.
bell hooks
Prólogo
De niña, tenía muy claro que la vida no valía la pena si el amor brillaba por su ausencia.
Ojalá pudiera decir que llegué a ese convencimiento gracias al amor que recibí. Sin embargo,
fue precisamente la falta de amor lo que me llevó a comprender lo importante que era. Fui
la primera hija de mi padre. Desde que nací, me trataron con cariño, me mimaron y me hi-
cieron sentir querida en el mundo y en mi hogar. Aún no recuerdo cuándo dejé de sentirme
amada. Sólo sé que un día me di cuenta de que ya no era importante. Los mismos que antes
me habían amado me dieron la espalda. El desinterés hacia mi persona y la falta de estima me
rompieron el corazón y mi desconsuelo fue tan grande que me sentí muy desgraciada.
El dolor y la tristeza me abrumaban. No sabía dónde había fallado, y todos mis intentos por
cambiar las cosas eran en vano. Ninguna otra relación curó la herida de aquel primer abando-
no, aquel viejo destierro del paraíso del amor. Durante años, viví como en suspenso, atrapada
por el pasado, incapaz de avanzar hacia el futuro. Como cualquier niño herido, sólo quería re-
troceder en el tiempo y volver a aquel paraíso, a aquel momento de éxtasis que conservaba en el
recuerdo, un lugar donde me sentía amada, donde experimentaba la sensación de pertenencia.
No se puede volver atrás. Ahora lo sé. Sin embargo, podemos ir hacia adelante. Podemos
encontrar el amor que anhelan nuestros corazones, pero no hasta que hayamos dejado atrás
la pena por el amor perdido tiempo antes, cuando éramos pequeños y no sabíamos expresar
los anhelos del corazón. Si miro hacia atrás, me doy cuenta de que durante muchos años creí
estar buscando el amor cuando en realidad sólo intentaba recuperar lo que había perdido,
volver al primer hogar, regresar al arrebato del primer amor. En realidad, no estaba prepa-
rada para amar ni para ser amada. Seguía afligida, inmersa en el desconsuelo de la infancia,
aferrada a los vínculos quebrados. Cuando dejé de lamentarme, fui capaz de volver a amar.
Desperté del trance y me quedé pasmada al descubrir que el mundo donde vivía, el
mundo del presente, ya no era un lugar abierto al amor. A mi alrededor, todo testimoniaba
que el desamor se había convertido en el pan nuestro de cada día. Advertí con toda claridad
cómo la gente le daba la espalda al amor lo que resultó una experiencia tan dura como el
abandono sufrido en mi infancia. Si le damos la espalda al amor, corremos el riesgo de caer
en un vacío espiritual tan grande que tal vez nunca volvamos a ser capaces de encontrar el
camino a casa. Escribo sobre el amor tanto para advertir del peligro de esta tendencia como
para clamar por el regreso del amor. Redimido y actualizado, el amor nos devuelve la prome-
sa de una vida eterna. Cuando amamos, podemos dejar que hable nuestro corazón.
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Introducción
GRACIA:
QUE EL AMOR VENGA A NOSOTROS
JACK KORNFIELD
En la pared de la cocina tengo colgadas cuatro instantáneas de la pintada artística que vi hace
años por primera vez en la pared de un edificio en construcción cuando iba andando a dar
clase en la Universidad de Yale. La declaración, pintada en colores vivos, decía: “La búsqueda
del amor prosigue contra viento y marea”. En aquella época, recién separada de mi pareja, que
lo había sido casi cinco años, a menudo me abrumaba una pena tan grande que sentía como
si una ola de dolor inmensa me arrancase el alma y el corazón. Embargada por la sensación
de que me hundía sin remedio, de que me ahogaba, buscaba sin cesar tablas de salvación que
me mantuviesen a flote, que me arrastraran hacia la orilla. Aquella declaración en los muros
de la obra, con sus dibujos infantiles de animales irreconocibles, siempre me animaba. Cada
vez que pasaba por allí y aparecía ante mí, escrita en letras enormes, la afirmación de que el
amor aún era posible, sentía renacer la esperanza.
Firmadas con el nombre de pila de un artista de por allí, aquellas palabras me llegaban
directas al corazón. Al leerlas, sentía la convicción de que el autor estaba atravesando una cri-
sis existencial, ya fuera una pérdida o la posibilidad de sufrirla. Me enzarzaba mentalmente
en conversaciones imaginarias con él acerca del significado del amor. Le contaba cómo aquel
alegre graffiti me daba fuerzas y me ayudaba a recuperar la fe en el amor. Le explicaba que
aquella afirmación, con su promesa de amor en el horizonte, un amor al que yo aún podía
aspirar, me sacaba del abismo en el que había caído. Mi dolor nacía de la desolación que sen-
tía por haberme separado de un compañero de muchos años, sobre todo, también de la des-
esperación provocada por el temor a que el amor no existiese, a ser incapaz de encontrarlo.
Aunque me aguardase agazapado en alguna parte, tal vez yo nunca llegase a descubrirlo. Me
costaba seguir creyendo en la promesa del amor cuando, mirara adonde mirase, la fascina-
ción del poder o el miedo ensombrecían la voluntad de amar.
Un día, camino del trabajo, mientras aguardaba ilusionada la meditación diaria sobre el
amor que la pintada generaba, me quedé atónita al descubrir que la empresa de construcción
había tapado la frase con una pintura de un blanco tan deslumbrante que aún se podían distin-
guir debajo débiles trazos de la obra original. Disgustada por el hecho de que aquellas palabras,
que para mí se habían convertido en una confirmación ritual de la gracia del amor, ya no estu-
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viesen allí para recibirme, le conté a todo el mundo lo sucedido. Al final, alguien me dijo que,
según rumores, habían tapado el graffiti porque la frase hacía referencia a los portadores del
VIH y el artista podía ser gay. Quizá. También es posible que los hombres que taparon la pin-
tada se sintiesen amenazados por aquella confesión pública de necesidad de amor: una necesi-
dad tan intensa que no basta con expresarla sino que se busca satisfacerla por todos los medios.
Tras mucho indagar, localicé al artista y hablé con él en persona sobre el significado del
amor. Conversamos acerca del arte público como vehículo para difundir un pensamiento po-
sitivo y ambos expresamos lo mal que nos había sentado que la constructora hubiera borrado
sin ningún reparo un mensaje de amor cargado de sentido. Para que yo tuviese un recuerdo
del muro, me dio unas instantáneas del graffiti. Desde entonces, siempre que me cambio de
casa coloco las fotografías en la pared del fregadero. Cada día, cuando bebo agua o saco un
plato del aparador, esas palabras me recuerdan que anhelamos amor —que lo buscamos—
aunque hayamos perdido la esperanza de llegar a encontrarlo.
En la actualidad, los medios de difusión cultural no tratan muy a menudo el tema del
amor. En el mejor de los casos, podemos recurrir a la cultura popular, el único ámbito donde
se refleja nuestra necesidad de amor. El cine, la música, las revistas y los libros son los medios
a los cuales acudimos para ver reflejadas nuestras ansias amorosas. Sin embargo, se ha per-
dido el discurso viral de los sesenta y los setenta, que nos apremiaba a creer que “todo lo que
necesitas es amor”. Hoy en día, los mensajes más frecuentes son aquellos que se refieren al
sinsentido del amor, a su futilidad. Un claro ejemplo de esta tendencia sería el tremendo éxito
que tuvo una canción de Tina Turner, cuyo título habla por sí solo: “¿Qué tiene que ver el
amor con eso?”. Me quedé horrorizada cuando entrevisté a una cantante de rap muy famosa,
al menos veinte años más joven que yo; al preguntarle por el amor, respondió con sarcasmo:
“¿El amor? ¿Eso qué es? No he conocido el amor en toda mi vida”.
La cultura juvenil actual se muestra escéptica respecto del amor. Ese escepticismo pro-
cede de la sensación generalizada de que es imposible encontrarlo. Expresando su preocupa-
ción por este hecho, Harold Kushner escribe en When All You’ve Ever Wanted, Isn’t Enough
[Cuando todo lo que siempre has querido no basta]: “Me temo que estamos educando a una
generación de jóvenes que crecerá con miedo al amor, temiendo entregarse por completo a
otra persona, porque han visto lo mucho que lastima arriesgarse a amar y salir malparado.
Sospecho que, de mayores buscarán una intimidad sin riesgos, un placer sin inversión emo-
cional significativa. Tendrán tanto miedo a sufrir por culpa de un desengaño que renunciarán
a las posibilidades del amor y la dicha”. Los jóvenes se toman el amor con escepticismo. En
última instancia, éste es la gran máscara del corazón desengañado.
Cuando viajo por los Estados Unidos dando conferencias sobre la necesidad de aca-
bar con el racismo y el sexismo, el público, sobre todo los más jóvenes, se siente incómodo
cuando hablo del lugar que ocupa el amor en cualquier movimiento de justicia social. En
realidad, todos los grandes movimientos sociales han hecho gran hincapié en la necesidad
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de establecer una ética del amor. Sin embargo, los más jóvenes siguen mostrándose reacios a
aceptar la idea del amor como fuerza transformadora. En su opinión, el amor es para los in-
genuos, los débiles, los románticos empedernidos. Los adultos a los que recurren en busca de
explicaciones comparten la misma actitud. Como portavoz de una generación desilusionada,
Elizabeth Wurzel afirma en Bitch: In Praise of Difficult Women (Bruja: Elogio de las mujeres
difíciles): “Ninguna de nosotras está mejorando en el arte de amar: cada vez nos asusta más.
No nos proporcionaron buenos recursos de principio, y las decisiones que tomamos tienden
a incrementar la sensación de que es inútil e imposible”. Esas palabras reflejan todo lo que,
por lo general, oigo decir a la generación anterior acerca del amor.
Cuando hablo del amor con la gente de mi generación, me encuentro con que todo el
mundo se asusta o se pone nervioso, sobre todo cuando me refiero al desamor. Muchas ve-
ces, cuando hablaba del tema con mis amigos, me decían que debería ir a ver a un psicólogo.
Aceptaba que unos cuantos amigos simplemente estuvieran hartos del asunto y pensasen que
si hacía psicoterapia los dejaría en paz. Sin embargo, a la mayoría les asustaba lo que pudiera
salir a la luz si nos poníamos a explorar el sentido del amor en nuestra vida.
No obstante, al mismo tiempo, cada vez que una mujer soltera de más de cuarenta años
saca a colación el tema del amor, se da por supuesto, sin excepción, que está “desesperada por
encontrar un hombre”, suposición fundada en un pensamiento sexista. Nadie piensa que el
tema en cuestión pueda despertar en ella un gran interés intelectual. Nadie cree que se haya
embarcado en una empresa filosófica, que esté tratando de comprender por todos los medios
el sentido metafísico del amor en la vida cotidiana. No, la contemplan como alguien que va
de cabeza hacia la “atracción fatal”.
La decepción y un terrible desconsuelo me llevaron a ponerme a reflexionar con mayor
rigor sobre el sentido del amor en nuestra cultura. Mi deseo de encontrar el amor no me hizo
perder la razón ni la perspectiva; fue un acicate para que pensara más, para que hablara del
amor y estudiara la literatura popular y otras obras más serias sobre el tema. Conforme fui
leyendo ensayos, me sorprendió descubrir que la gran mayoría de los libros “reverenciados”,
aquellos que se citaban como obras de referencia, y también los de autoayuda, más populares,
habían sido escritos por hombres. Toda la vida había creído que las mujeres abordaban el
tema del amor con mayor interés y vehemencia que nadie. Todavía lo pienso, aunque aún está
por llegar el día en que las ideas femeninas más lúcidas al respecto sean tomadas tan en serio
como las reflexiones y los escritos de los hombres. Los hombres teorizan sobre el amor, pero
son las mujeres quienes más a menudo lo ponen en práctica. Casi todos los hombres tienen
la sensación de que reciben amor y de que, por lo tanto, saben cómo se siente uno cuando es
amado; las mujeres tenemos con frecuencia la impresión de vivir sumidas en un ansia cons-
tante, anhelando amor y sin recibirlo.
En el manual del filósofo Jacob Needleman A Little Book About Love (Pequeño tratado
sobre el amor), prácticamente todos los libros que se citan han sido escritos por hombres. En
su lista de obras de referencia no aparecen libros escritos por mujeres. Por lo que recuerdo
durante mis estudios de posgrado para doctorarme en literatura sólo se ensalzaba a una poe-
tisa, que era considerada la gran sacerdotisa del amor: Elizabeth Barrett Browning, aunque
no pasaba de ser un poeta menor. Sin embargo, incluso los estudiantes menos leídos de mi
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clase conocían el primer verso de su soneto más famoso: “¿Cómo te amo? Deja que cuente
las maneras”. Eran los tiempos anteriores al feminismo. Con la llegadas del movimiento fe-
minista contemporáneo, la poetisa griega Safo quedó consagrada como otra diosa del amor.
En aquella época, en cualquier curso de escritura creativa siempre eran hombres los que
se dedicaban al poema amoroso. Incluso el hombre del que me separé tras muchos años de
relación me había cortejado al principio con un poema de amor. Siempre había sido inacce-
sible emocionalmente y nunca había mostrado el menor interés ni por hablar de amor ni por
ponerlo en práctica en la vida cotidiana, pero estaba absolutamente seguro de que tenía algo
importante que decir al respecto. Yo, por otra parte, ya de mayor, pensaba que todos mis in-
tentos de escribir poemas de amor eran sensibleros y patéticos. Cuando me ponía a escribir,
no me salían las palabras. Mis ideas me parecían cursis, tontas y superficiales. De niña, en
cambio, había experimentado la seguridad que, en la edad adulta, sólo observaría en poetas
varones. Cuando empecé a escribir poesía en mi infancia, creía que el amor era el único tema
que merecía ser considerado, la pasión más importante. La verdad es que el primer poema
que publiqué, a la edad de doce años, se llamaba “Una mirada al amor”. En algún momento
del tránsito de la infancia a la edad adulta, aprendí que las mujeres, en realidad, no tenían
nada interesante que decir acerca del amor.
La muerte se convirtió en mi tema favorito. Nadie de mi entorno, ni profesores ni estu-
diantes, dudaba de la capacidad de una mujer para ponerse a pensar y a escribir con cono-
cimiento de causa acerca de la muerte. Todos los poemas de mi primer libro trataban de la
muerte y la agonía. Aun así, el primer poema del libro, “Canto fúnebre de una mujer”, hablaba
de la pérdida de un amor y de la resistencia a dejar que la muerte destruyese su recuerdo.
Cuando medito sobre la muerte, siempre acabo volviendo al tema del amor. Resulta signi-
ficativo que empezara a prestarle más atención cuando perdí a varios amigos, compañeros
y conocidos, muchos de los cuales fallecieron jóvenes y de manera inesperada. Cerca ya de
los cuarenta años tuve un susto relacionado con el cáncer, algo tan corriente en la vida de las
mujeres que prácticamente ya es rutina; en esos momentos mi primer pensamiento, mientras
esperaba los resultados de la prueba, fue que no estaba preparada para morir porque aún no
había encontrado el amor que mi corazón estaba buscando.
Poco después de aquella crisis, sufrí una grave enfermedad que amenazó mi vida. En-
frentada a la posibilidad de la muerte, me obsesioné con el significado del amor en mi vida
y en la cultura contemporánea. Mi trabajo como crítico cultural me permitía seguir de cerca
todo lo que los medios de comunicación de masas, sobre todo el cine y las revistas, comen-
taban al respecto. Básicamente, nos dicen que todo el mundo busca el amor pero que nadie
tiene ni idea de cómo ponerlo en práctica en la vida cotidiana. En la cultura popular, el amor
es siempre la esencia de la fantasía. Quizá suceda así porque han sido los hombres quienes
más han teorizado sobre él. La fantasía, básicamente, es competencia de los hombres, tanto
en el ámbito de la producción cultural como en la vida diaria. La fantasía masculina se con-
sidera algo capaz de crear una realidad; la fantasía femenina, mera evasión. De ahí que la
novela romántica sea el único campo donde la mujer habla del amor con cierta autoridad. Sin
embargo, cuando los hombres abordan el género romántico, su trabajo recibe más aplausos
que las obras de las mujeres. Un libro como Los puentes de Madison constituye un ejemplo
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excelente. Si una mujer hubiera escrito esa historia de amor sentimental y vacía (que, pese a
todo, tiene sus momentos buenos), es poco probable que el libro hubiera gozado de un éxito
semejante, tan grande que rebasó todas las fronteras del género.
Desde luego, los consumidores de libros sobre el amor son mayoritariamente del sexo
femenino. Sin embargo, el sexismo masculino no basta para explicar la escasez de títulos
escritos por mujeres. Al parecer, éstas quieren y necesitan oír lo que los hombres puedan
contarles sobre el amor. Un pensamiento sexista femenino tal vez lleve a las mujeres a pensar
que ya saben lo que dirá otra mujer. Esa clase de lectoras tal vez tengan la sensación de que
sacarán más provecho leyendo lo que piensa un hombre.
Cuando era más joven, leía libros sobre el amor y nunca pensaba si el autor era hombre
o mujer. Ansiosa por comprender a qué nos referíamos en realidad cuando hablábamos del
amor, no tenía en cuenta hasta qué punto el género influye en la perspectiva del escritor. Sólo
cuando tomé el amor como tema de reflexión y empecé a escribir al respecto, me paré a con-
siderar si el modo de hablar de las mujeres era distinto del de los hombres.
Revisando la literatura sobre el tema, me di cuenta de que muy pocos escritores, hombres
o mujeres, hablaban de la influencia del patriarcado, de cómo la dominación masculina sobre
mujeres y niños dificulta el contacto amoroso. Crear amor, de John Bradshaw, es uno de mis
libros favoritos sobre el tema. Con valentía, este autor trata de establecer la relación entre la do-
minación masculina (la institucionalización del patriarcado) y la falta de amor en las familias.
Famoso por una obra que nos exhorta a prestar atención al “niño interior”, Bradshaw cree que
la destrucción del patriarcado es un paso que nos acerca al amor. Sin embargo, su trabajo nun-
ca ha gozado del merecido reconocimiento. Jamás ha recibido tanta atención como las obras
de hombres que escriben sobre el amor reforzando roles de corte sexista.
Si queremos crear una cultura del amor, nuestro pensamiento y nuestra manera de ac-
tuar deben experimentar grandes cambios. Los hombres que escriben sobre el tema siempre
manifiestan que ellos sí lo han conocido, Hablan partiendo de esa posición, que les propor-
ciona loque ellos llaman autoridad. Las mujeres, en su mayoría, hablamos partiendo de la
carencia, de la falta de ese amor que anhelamos.
Las mujeres que hablan del amor siguen despertando recelos. Quizás esa desconfianza
se deba a que todo lo que una mujer inteligente pueda decir del tema desafiará abiertamente
los puntos de vista que los hombres nos han inculcado. Me gusta leer palabras de amor escri-
tas por hombres. Aprecio a Rumi y a Rilke, poetas masculinos que con sus palabras provocan
un revuelo en el corazón. Para hablar de amor, los hombres a menudo recurren a la fantasía,
a lo que imaginan y no a lo que han vivido. Sabemos ahora que Rilke no escribía sobre su
vida, que muchas de las palabras de amor que grandes hombres nos han legado son inútiles
cuando nos enfrentamos cara a cara con la realidad. Confieso haber leído y releído la obra
de John Gray Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus, pese a que me preocupa y me
enfurece. No obstante, al igual que muchos hombres y mujeres, quiero saber qué significa el
amor más allá del ámbito de la fantasía, más allá de lo que imaginamos posible. Quiero cono-
cer las verdades del amor en la vida diaria.
Casi todas las obras de autoayuda referidas al amor escritas recientemente por hombres,
desde libros como Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus hasta Love and Awakening
Lecturas Laboratorio de escritura bell hooks
[Amor y despertar] de John Welwood, se basan en perspectivas feministas sobre los roles
sexuales. Sin embargo, en última instancia, permanecen fieles a un sistema de creencias se-
gún el cual existen diferencias básicas consustanciales entre hombres y mujeres. En realidad,
todas las pruebas concretas indican que, aunque las perspectivas de unos y otras difieren a
menudo, esas diferencias son atributos aprendidos, no innatos, no características “naturales”.
Si fuera verdad la idea de que hombres y mujeres son del todo opuestos y habitan universos
emocionales absolutamente distintos, los hombres nunca se habrían convertido en la máxi-
ma autoridad sobre el amor. De ser ciertos los estereotipos sexuales que definen a la mujer
como emocional y al hombre como racional y no emocional, los “hombres de verdad” rehui-
rían cualquier discurso sobre el amor.
Pese a que se les considera las “autoridades” en la materia, muy pocos hombres hablan
del tema con libertad diciéndole al mundo lo que piensan del amor. En la vida cotidiana,
hombres y mujeres por igual guardan un relativo silencio al respecto. Nuestro silencio nos
protege de la incertidumbre. Queremos conocer el amor, pero tememos que ese deseo nos
vaya acercando al abismo del desamor. En los Estados Unidos, la gran mayoría de los ciuda-
danos profesa una fe religiosa que proclama el poder transformador del amor y, sin embargo,
a mucha gente le parece que no tiene la menor idea de cómo amar, y prácticamente todo el
mundo sufre una crisis de fe cuando llega la hora de poner en práctica en la vida cotidiana
las teorías bíblicas sobre el amor. Es mucho más fácil hablar de una pérdida que del amor. Es
más fácil expresar el dolor por la carencia de amor que describir la presencia y el significado
de éste en nuestra vida.
Acostumbrados a creer que es en la mente, y no en el corazón, donde reside el aprendiza-
je, muchos de nosotros pensamos que, si hablamos de amor con cierta intensidad emocional,
los demás nos tomarán por personas débiles e irracionales. Además, resulta aún más difícil
hablar de amor cuando lo que decimos hace hincapié en que su falta es más frecuente que su
presencia, que muchos de nosotros no sabemos muy bien a qué nos referimos cuando habla-
mos de amor o de cómo expresar amor.
Todo el mundo quiere saber más del amor. Queremos saber qué significa amar, qué
podemos hacer en nuestra vida cotidiana para amar y ser amados. Queremos saber cómo se-
ducir a quienes se aferran al desamor y cómo abrir la puerta de su corazón. La intensidad del
deseo no altera la magnitud de nuestra ignorancia cultural. En todas partes se nos dice que el
sin embargo, lo vemos fracasar una y otra vez. En el ámbito de la política, en el religioso, en
las familias y en las relaciones de pareja vemos pocos indicios de que el amor guíe nuestras
decisiones, consolide la unión de las comunidades o nos mantenga unidos. Esta triste pers-
pectiva no altera en absoluto la fuerza de nuestro anhelo. Seguimos manteniendo la esperan-
za de que el amor acabará por triunfar. Aún creemos en la promesa del amor.
Tal como proclamaba la pintada, la esperanza radica en que muchos de nosotros segui-
mos creyendo en su poder. Pensamos que es importante experimentarlo. Creemos que se
deben buscar las verdades del amor. En muchísimos diálogos públicos y conversaciones pri-
vadas, he sido testigo del creciente desamor que padece nuestra cultura y del miedo que ello
infunde a todo el mundo. Nuestra desesperación al respecto se refleja en un escepticismo in-
sensible que frunce el ceño ante la menor insinuación de que el amor es tan importante como
Lecturas Laboratorio de escritura bell hooks
el trabajo, tan crucial para nuestra supervivencia como nación como el deseo de triunfar.
Sorprendentemente, el motor que impulsa la cultura de los Estados Unidos más que ninguna
otra, es la búsqueda del amor (no en vano constituye el tema favorito de películas, música y
literatura), pese a las pocas oportunidades que aquélla nos ofrece de comprender su sentido
o de averiguar cómo expresarlo de palabra y obra.
También la obsesión sexual impulsa nuestra cultura. No hay ningún aspecto de la sexua-
lidad que no sea estudiado, comentado o demostrado. Existen clases prácticas de todos los as-
pectos de la sexualidad, incluso de masturbación. Sin embargo, no hay escuelas de amor. Todo
el mundo da por supuesto que sabremos amar por instinto. Pese a la gran cantidad de pruebas
que demuestran lo contrario, seguimos aceptando que la familia es la escuela primaria del
amor; y aquellos que no aprendan a amar en su hogar, experimentarán el amor en las relacio-
nes de pareja. No obstante, pocas veces llegamos a vivir ese amor. Nos pasamos la vida desha-
ciendo el daño causado por la crueldad, la negligencia y todas las clases de desamor padecidas
en nuestra familia de origen y en relaciones donde, simplemente, no sabíamos qué hacer.
Sólo el amor puede curar las heridas del pasado. Sin embargo, la intensidad del dolor a
menudo nos lleva a cerrar el corazón, lo cual nos impide dar amor o recibirlo cuando nos
lo dan. Para abrir nuestro corazón al poder y a la gracia del amor debemos ser valientes y
reconocer nuestra ignorancia al respecto, tanto en la teoría como en la práctica. Debemos
pasar por la confusión y el desengaño que nos produce aceptar que casi nada de lo que nos
enseñaron sobre la naturaleza del amor tiene ni pies ni cabeza cuando lo aplicamos a la vida
cotidiana. Cavilando sobre cómo poner en práctica el amor en el día a día, pensando en cómo
amamos y en cuáles son los elementos necesarios para hacer de nuestra sociedad un lugar
donde la presencia sagrada del amor se deje sentir por todas partes, escribí esta reflexión.
Como el título Todo sobre el amor: nuevas perspectivas indica, queremos vivir en una
sociedad donde el amor pueda prosperar. Ansiamos acabar con el desamor, tan presente en
nuestra cultura. Este libro nos explica cómo volver al amor. Todo sobre el amor: nuevas pers-
pectivas proporciona ideas totalmente nuevas sobre el arte de amar al tiempo que ofrece una
visión alegre y llena de esperanza del poder transformador del amor. Nos enseña lo que debe-
mos hacer para volver a amar. Recopilando la sabiduría del amor, nos ayuda a saber con qué
herramientas contamos para que la gracia del amor venga a nosotros.
ISABEL ZAPATA
1.
Mi perra no es abstracta.
Su cuerpo fluye y se revuelve.
Por dentro mi perra es un planeta tibio.
Por fuera es toda pelo negro.
Canis lupus familiaris nigrum:
pura materia oscura.
Busco el ángulo, la luz, el enfoque
pero siempre hay una mancha oscura
en donde debería estar ella.
2.
Algunas frustraciones de mi perra:
un juguete atorado detrás del sillón
que se haga tarde para salir de paseo
cuando la interrumpo mientras duerme
una palomilla en el foco que no alcanza.
No le importa salir como una mancha en las fotos.
3.
Álbum de fotografías familiares:
aquí estoy yo caminando junto a un hoyo negro en Ciudad Universitaria
una pelusa gigante me llena la cara de lengüetazos (su lengua: breve tira de carne rosa en
movimiento)
¡mira este monstruo acuático!
un recuerdo de la primera vez que nadamos en los Dinamos
acá un pedazo de obsidiana enjabonado en el patio.
Esa tinta derramada en el suelo es ella tomando una siesta.
¿Ves el humo que corre detrás de esos árboles?
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
Doma y desbrave de potros, equitación de adorno y fantasía. Caballos para espectáculos. Alta
escuela. Estabulación en boxes o libertad en fincas con cobertizo.
Cómo domar un caballo:
El método infalible de los indios de la Pampa para domar caballos: un video muestra cómo
las caricias son más eficaces que la fusta para amansar a los purasangre.
Domar un caballo es conseguir que te acepte
respetando su condición de animal salvaje.
Haz que el caballo se acostumbre a los estribos.
No pierdas los estribos.
Rómpelos.
El trato amistoso, las caricias y una buena dosis de paciencia son argumentos irresistibles
para un caballo. Con esas armas, el criadero bogotano Chicamocha le está dando un vuelco
al amansamiento de ejemplares de paso fino colombiano.
Los caballos no tienen recuerdos, tienen memoria.
Tengo un potro PRE de 28 meses y quería saber cuándo podría empezar a domarlo por
derecho. Ya le he puesto un cabezal con filete, una montura hecha por mí sin peso pero con el
cinchuelo apretado, también las riendas largas y lo ha admitido todo bien. Durante todo este
año, la higiene y cuidados del caballo han sido más que continuos.
Respuesta del experto: Puede empezar ya a montarlo y domarlo sin ningún problema.
Los potrillos recién nacidos aprenden rápido lo que será normal en sus vidas. La técnica de
la impronta se lleva a cabo desde el nacimiento y consiste en practicarle abundantes caricias
siempre prodigándoles un buen trato y afecto que impregna en la mente del equino que el
ser humano es su amigo y no un predador. Al tercer día ya lo puede montar, pero la doma no
termina nunca.
Se piensa que los caballos son animales de tierra.
Habitan la tierra, pero son de fuego.
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
Pulpos
1.
Nuestro ancestro común vivió hace 600 millones de años. Era un gusano aplanado con una
concha parecida al sombrero de una bruja. Tal vez nadaba o se arrastraba en el fondo del mar,
tenía dos parches sensibles a la luz en la cabeza y una maraña de nervios esparcida en el cuer-
po, pero no sabemos más. Qué comían, cómo se reproducían, cómo vivían: no sabemos más.
2.
La forma del pulpo es perder su forma. Eso sabemos.
Puede levantar su manto por detrás de la cabeza: ser Nosferatu.
Inventarse unos cuernos de carne por encima de los ojos: ser elegante.
Moldear los tentáculos en espiral: ser la voluta de un violín.
O ser un pulpo y escapar por una grieta de la cañería.
3.
Los pulpos, invertebrados, hasta hace poco quedaban fuera de las normas regulatorias contra
la crueldad animal. En nombre de la ciencia, podían ser operados sin anestesia y sometidos a
shocks eléctricos o mutilaciones cerebrales. Hoy son vertebrados de honor.
4.
No les gusta estar encerrados. No les gusta la luz intensa, aborrecen estar adentro cuando po-
drían estar afuera: por eso escapan de sus tanques, le escupen a los focos hasta causar cortos
circuitos o le quitan el tapón a sus peceras.
5.
Nuestro cerebro es una cosa contenida en una larga cuerda con un nudo en la punta.
Los pulpos en cambio lo tienen extendido en diez mil neuronas por tentáculo.
Tres corazones en la cabeza y neuronas en los tentáculos:
por eso sienten con el cerebro y piensan con los pies.
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
6.
Llevan una pantalla pegada al cuerpo.
Están cubiertos de pantalla.
Son una pantalla dividida en:
DERMIS
CROMATÓFOROS
CÉLULAS REFLECTORAS DE LUZ
De pronto, en lugar de pulpo es un lenguado
mediano, una serpiente rayada, un camarón mantis o
un pedazo de coral.
Un cuerpo de pura posibilidad: sin distancia,
ángulos, esquinas, huesos, recovecos.
Carne libre de empalmes y articulaciones:
hongos, pasteles, asteroides,
manojos de lenguas afelpadas,
tupidos jardines submarinos,
tréboles de amor vegetal.
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
Espermaceti
Para Lelé
1.
Una ballena es un país de fronteras difusas,
un país que no aparece en los mapas,
que bien podría estar inscrito
en la Breve guía de lugares imaginarios
entre Balnibarbi (tierra de hombres distraídos)
y Barataria (la ínsula que el Quijote encomendó a Sancho Panza).
Vista desde arriba una ballena es una isla de piedra
flotando a la mitad del océano.
2.
En el agua los cachalotes son fantasmas grises,
afuera son negros casi púrpuras con pecas amarillas.
Las ballenas tienen la barriga llena de bichos,
una ballena puede hospedar a más de siete mil.
Las ballenas también son una casa.
3.
Hay al menos dos ballenas blancas.
La primera navegó los océanos reales de 1820,
provocó el hundimiento del barco ballenero Essex.
Según el explorador Jeremiah Reynolds
esta ballena respiraba diferente al resto,
su chorro de agua se elevaba en otro ángulo
y llevaba una corona de percebes en la cabeza.
La segunda navega los mares imaginarios de 1851,
navega las páginas de un libro,
navega la furia de un capitán cojo,
loco, vengativo, un capitán del silencio.
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
4.
Dicen los libros que un cachalote pesa cuarenta toneladas.
Eso no puede ser cierto:
un cachalote es ligero y blando
como todo lo que no sabe tener dueño.
Una ballena es un país:
no pesa porque no tiene anatomía, tiene geografía.
5.
Ballena azul ballena gris ballena de Groenlandia
ballena minke ballena
piloto ballena franca
ballena jorobada
beluga
cachalote enano
pigmeo ballena
narval ballena.
Las nombramos pero no sabemos cómo son.
Las ballenas siempre están en otra parte.
6.
Nadie sabe por qué los cachalotes tienen en la cabeza una sustancia parecida al esperma.
Los científicos adivinan que la voluminosa cavidad en su frente es un balastro biológico, un
contendor de aceite que cambia de densidad según la temperatura. Tal vez es el centro del
sistema de sonido que usan para navegar y comunicarse. O el aceite sirve a los machos para
amortiguar los golpes que se dan en la cabeza unos a otros o contra los barcos balleneros.
¿Es la cabeza de las ballenas un mecanismo de flotación?
Sí.
Y es una bocina.
Y es un tope.
7.
¡Apretar, apretar, apretar, durante toda la mañana! Apreté aquel aceite de esperma hasta que
casi me fundí en él, hasta que me invadió una extraña suerte de locura y me encontré, sin
darme cuenta, apretando en él las manos de los que trabajaban conmigo, confundiéndolas
con suaves glóbulos.
Las ballenas también son suaves glóbulos.
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
8.
En 1989 los hidrófonos de la marina estadounidense
detectaron un sonido en las profundidades:
una ballena que canta a 52 hercios,
mucho más alto que otras ballenas,
un poco más alto que la nota más baja de una tuba.
Nadie responde, nadie sabe quién es.
Esta ballena está deforme,
es un híbrido, está sorda,
su canción está rota,
es una tuba.
La última ballena de su especie, ballena tuba.
No sabemos qué cosa aman las ballenas, pero sabemos
que el corazón de un cachalote es del tamaño de un coche pequeño.
9.
Las ballenas se parecen a nosotros.
Lloran cuando secuestran a sus hijos,
son 97% agua,
cada familia habla su propio lenguaje,
tiene caries, son polígamas,
permanecen horas suspendidas en diagonal,
acurrucadas unas sobre otras.
Cuando sueñan las ballenas
son delicadas flores de pétalos de carne.
10.
Hay una escultura ecuestre de Teddy Roosevelt a la
entrada del Museo Americano de Historia Natural.
Cazador conservacionista, dice la placa.
¿Qué dice de nosotros que asesinemos lo que deseamos conservar?
11.
Las ballenas fueron animales terrestres,
caminaron en tierra firme en forma de pakicétidos:
zorritos peludos con pezuñas y cola gruesa
que podían escuchar debajo del agua.
Lecturas Laboratorio de escritura Isabel Zapata
12.
No todas las ballenas tienen dientes.
Las ballenas azules no comen,
absorben, filtran,
tienen dos filas de barbas de queratina,
dos peines paralelos de cuatro metros.
Abren la boca y entra el mundo.
Rompen el mundo.
Así como nosotros tenemos muelas del juicio,
tenemos apéndice, se nos pone la carne de gallina,
ellas tienen un hueso donde estuvo alguna vez
la pelvis de sus peludos antepasados.
El esqueleto de la ballena no se parece a la ballena.
Pero la diferencia no le estorba.
13.
Así como las frutas se bastan a sí mismas
las ballenas no necesitan nada que no contengan.
14.
Las ballenas no se parecen a nosotros.
Cada familia habla su propio lenguaje,
pero no cantan para lastimar.
Son polígamas, pero no saben mentir.
Sus dientes son troncos:
si cortas uno a la mitad puedes leer en él la edad de la ballena.
Las ballenas se parecen más a las secuoyas de California que a nosotros.