Nomenclátor
Nomenclátor
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INTRODUCCIÓN
El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha efectuado los trabajos técnicos preparatorios para la realización
del nuevo censo de población, los cuales han culminado con la edición de un documento1 en el que se estable-
cen los criterios para su elaboración, cuya puesta en marcha se inicia con la promulgación del Real Decreto
1336/1999, por el que se dispone la formación de los censos de edificios, locales, viviendas y población.
El uso combinado de estas fuentes permite una aproximación adecuada para el análisis territorial; sin embargo,
el Nomenclátor no ofrece referencia cartográfica alguna en cuanto a la base territorial de las entidades y se
desconocen los criterios empleados para su delimitación; y en cuanto a los núcleos de población, aunque los
criterios cuantitativos que sirven para su delimitación son claros no lo son tanto los resultados obtenidos en la
práctica, resultando a veces francamente contradictorios con la realidad territorial analizada a través de los otros
medios citados.
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Instituto Nacional de Estadística (1998)
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La adecuada delimitación de los ámbitos territoriales de referencia tiene implicaciones de gran alcance, ya que
el conocimiento de los atributos de los núcleos se convierte en una cuestión esencial al objeto de dotarles de
equipamientos, infraestructuras y servicios públicos, y para la asignación de recursos financieros, por lo que se
requiere una correcta fuente de información estadística que hoy sólo puede proporcionar el Nomenclátor de
población.
Por este motivo, la presente nota tiene por objeto proporcionar un mejor conocimiento de esta fuente estadística
y contribuir, en lo posible, a mejorar la elaboración del próximo Nomenclátor, de cuya información derivan
decisiones de actuación política de gran incidencia en la calidad de vida de los ciudadanos.
El Nomenclátor de población aparece de forma paralela al Censo de población en la era de la estadística mo-
derna, a partir de 1857, como una parte más de la operación censal.
Aunque con un contenido cambiante, tanto en los conceptos como en las rúbricas que lo componen, éste man-
tiene una estructura basada en dos referencias territoriales por debajo de la escala municipal: la entidad y el
núcleo de población.
Debe señalarse que estas dos referencias territoriales no siempre han estado presentes, a la vez, en el Nomen-
clátor y, por otra parte, la denominación de entidad ha tenido tres significados distintos: unas veces con la de-
nominación de entidad se ha hecho referencia a edificios y albergues, estuviesen o no agrupados; otras, a lo que
hoy denominamos núcleo de población, esto es, una agrupación de edificaciones y; a partir de 1940, el concep-
to hace referencia a un área.
Si nos situamos en el último Nomenclátor (1991), la información que proporciona está referenciada a entidades
y núcleos de población. Las entidades pueden ser, por otra parte, singulares y colectivas. Veamos estos concep-
tos2.
Se entiende por entidad singular cualquier parte habitable del municipio, habitada o excepcionalmente des-
habitada, claramente diferenciada del mismo, y que es conocida por denominación específica. Las entidades
singulares son ámbitos territoriales de los cuales forman parte los núcleos de población; esto es, una entidad
puede estar integrada, según el caso, por uno o más núcleos de población y por la población diseminada, o sólo
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Instituto Nacional de Estadística (1990)
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por la población diseminada. Por otra parte, la entidad colectiva consiste en una agrupación de entidades sin-
gulares con personalidad propia.
En relación con los conceptos de entidad singular y núcleo hemos señalado que ha sufrido variaciones desde
1857, tanto terminológicas como de contenido; de este modo, en este primer Nomenclátor se denominarán
"poblaciones" y se censarán para toda España 48.220; tres años más tarde, en 1860 se denominarán "entidades"
y su número será de 478.038; en el siguiente de 1876 sólo se censarán 21.000 "poblaciones"; mientras que el de
1887 constará de 10.6951 "entidades". En definitiva, los términos resultan engañosos, ya que en todos los casos
nos estamos refiriendo a edificaciones y albergues, agrupados o no.
A partir de 1900 parece que el concepto y los criterios de delimitación se estabilizan hasta 19403, aunque el
número de entidades oscilará en España entre los 44.431 de 1900, a los 86.329 de 1940, lo que es causa no sólo
de cambios poblacionales sino de diferencias de criterio en la delimitación.
En 1940 se asentará el concepto de entidad singular, para hacer referencia a un área, y su definición, con ligeras
variaciones, predomina en la actualidad, desapareciendo por el contrario la información individualizada de las
edificaciones o núcleos en el cuerpo del Nomenclátor, los cuales no vuelven a aparecer hasta 1991.
En suma, variaciones en los términos y variaciones en los contenidos que obligan a ser cuidadosos en caso de
realizar un análisis histórico de la evolución del sistema de asentamientos.
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Melón A. (1958)
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Recuérdese que en el Nomenclátor de 1970 se establecía que "Forman parte del núcleo las edificaciones aisladas que
disten menos de 500 metros de los límites exteriores..." Nomenclátor de 1970
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LAS DEFICIENCIAS DE LA BASE TERRITORIAL DEL NOMENCLÁTOR
El problema fundamental para el tratamiento del Nomenclátor, como fuente estadística con objeto de conocer
la disposición en el territorio del sistema de asentamientos y su evolución (número y tamaño), es la limitación
que implica unas definiciones de entidad singular y núcleo tan generales a la hora de aplicarlas a un territorio
con formas de asentamiento diversas, lo que supone, a veces, forzar la realidad territorial para ajustarla a los
criterios establecidos, o bien incluso dejar de lado estos criterios.
Independientemente de lo anterior, la definición del concepto de entidad es tan abierto que posibilita cualquier
delimitación, ya que a partir de una denominación toponímica de cualquier elemento conocido del territorio,
núcleo, cortijada, etc., éste se hace extensible a un área, que será todo lo amplia o reducida que se considere, sin
que exista ninguna norma o criterio adicional que sirva como guía, a no ser aquella establecida en la propia
definición de entidad singular, que señala que la misma sea conocida por una denominación específica que la
identifica sin posibilidad de confusión, lo cual no sirve de gran ayuda para lo que venimos señalando.
Lo habitual es que a partir de tan singular definición se siga, en la práctica, la división tradicional del término
municipal en entidades, de acuerdo con anteriores censos y, si se producen alteraciones, como consecuencia de
cambios significativos habidos en el territorio (gran incremento o decremento de población, barreras físicas
producidas por infraestructuras, etc.), las modificaciones obedezcan a criterios organizativos que faciliten las
labores del censo (definición de los itinerarios de los agentes censales, tamaño de población de la sección, etc.)
Por otra parte, si se han producido cambios en el territorio poco sabemos si estos cambios se reflejan con clari-
dad en el Nomenclátor; de hecho, para el caso de los municipios que a lo largo de los años mantienen las mis-
mas denominaciones de las entidades singulares, no sabemos si éstas tienen los mismos límites que en 1940, o
si se han producido cambios en los límites internos entre ellas. Lo más que nos permite conocer el Nomenclátor
es la persistencia o no de las denominaciones de las entidades, pero de ello no se puede deducir que sus ámbitos
territoriales sean los mismos.
Más aún, en el caso en que de un Nomenclátor a otro se produzca en un municipio un aumento del número de
las entidades, no es posible conocer, a través de la información publicada, que superficie territorial disminuye
de las otras entidades del término municipal para incorporarse a las nuevas entidades; y al contrario, si se redu-
cen, no sabemos que entidad o entidades incorporan el territorio de la entidad que desaparece.
Las entidades hacen referencia a una singularidad del territorio, al menos esto fue lo que en un principio se
pretendía, y puede ser que en determinadas zonas siga respondiendo a una singularidad territorial, pero la reali-
dad es que constituye, más que nada, una división administrativa, a efectos censales internos, y es este aspecto
el que realmente prima en su delimitación.
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De hecho, su valor es a veces más filológico e histórico que estadístico ya que las entidades toman el nombre
de un topónimo reconocido en el municipio y a través del análisis de la toponimia es posible detectar determi-
nados usos, actividades, construcciones, etc. que tuvieron lugar o existen en la actualidad, pero habría que plan-
tearse si la entidad singular es un referente territorial adecuado.
Por lo que se refiere a la delimitación de núcleo, que para nosotros tiene mayor interés, podemos decir que la
definición es clara pero la misma puede dar lugar a situaciones disparatadas. En efecto, en aglomeraciones
urbanas, en litorales densamente urbanizados o en áreas rurales de alta densidad de asentamientos, no es difícil
encontrar núcleos cuya distancia entre ellos no sea superior a 200 metros (o más metros si de por medio hay
infraestructuras y servicios) y, por tanto, aparecerán agrupados como uno sólo en el Nomenclátor, y ello aun-
que la existencia de una infraestructura o un obstáculo natural fuera una barrera que impidiese, de hecho, rela-
ciones funcionales entre los mismos. Curiosamente, pero también lógicamente y en consonancia con la división
en términos municipales, un núcleo situado entre dos términos municipales se contabilizaría doblemente.
De todo lo anterior, se deduce la escasa fiabilidad que presenta la base territorial del Nomenclátor y, por tanto,
cabe preguntarse si no es conveniente abordar su elaboración con una metodología distinta.
De las apreciaciones realizadas destacamos que no se obtienen buenos resultados al aplicar los dos conceptos
básicos establecidos por el INE a los distintos territorios, lo que hace que se fuercen, en la práctica, los criterios
para adaptarlos a cada caso concreto.
Probablemente no es posible proporcionar unas definiciones que sean generalizables a todo el Estado para la
delimitación de la base territorial de referencia, pero sí sería posible, respetando unos criterios generales y co-
munes, establecer una metodología de trabajo que permitiese concretar, en cada caso, de acuerdo con las carac-
terísticas del territorio.
Podría argumentarse que, en realidad, esto ya se hace y ocurre a escala de cada municipio, pero no estaría de
más traer aquí un ejemplo de las decisiones que se toman, una a una, a esta escala municipal. En Sanlúcar de
Barrameda (Cádiz) se llegan a contabilizar en el Nomenclátor de 1991 hasta 16 núcleos, cuando la realidad
geográfica es la existencia de un continuo periurbano en torno al casco histórico de Sanlúcar y otros dos nú-
cleos espacialmente bien diferenciados (Bonanza y La Algaida).
En este caso, la información proporcionada por el Nomenclátor es totalmente opuesta de la que se obtendría de
una correcta aplicación de los criterios generales establecidos por el INE y, en ello, tiene mucho que ver la
metodología de organización de la recogida de información, en la que se establece que un funcionario munici-
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pal, normalmente el Secretario del Ayuntamiento, instituido como Asesor Local del INE, sea encargado de la
dirección de los trabajos censales, siguiendo, y de qué manera en el caso del ejemplo, las directrices facilitadas
por este Organismo. No resultaría extraño que criterios de carácter administrativo, que se nos escapan desde
una perspectiva geográfica, se introduzcan en el proceso y den lugar a resultados como el que exponemos.
A nuestro juicio, es necesario plantear que en el Nomenclátor la base de referencia sea realizada con criterios
exclusivamente geográficos y la delimitación de núcleos le venga tan dada a los municipios como el propio
contenido de los cuestionarios censales. Es conveniente que previamente a la determinación de los núcleos de
población se produzca una consulta a los municipios con el objeto de evitar errores, resolver dudas y, en todo
caso, aceptar las alegaciones razonables, pero no parece aceptable que, a partir del criterio general, se adopte en
cada municipio una decisión particular para efectuar las delimitaciones de entidades y núcleos. Debe ser el
INE, y las Comunidades Autónomas en colaboración con éste organismo, el que establezca la adaptación de los
criterios generales al territorio concreto.
Los medios para conocer las características del territorio, a los efectos que estamos señalando, están hoy dispo-
nibles y no presenta mucha dificultad establecer una zonificación, de acuerdo con la morfoestructura de los
sistemas de asentamientos, a la que sea posible aplicar criterios operativos comunes que permita definir los
núcleos y las entidades singulares. En todo caso, los criterios serán los mismos para todo el territorio seleccio-
nado y no intervendrían, en primera instancia, la impronta de factores administrativos locales.
El Nomenclátor, además, no debe ser, como lo es hoy, un documento al que le repela la cartografía. Todo lo
contrario, ésta debe ser el soporte que lo complemente y que lo haga comprensible, que refleje la localización
de los núcleos y las divisiones de las entidades singulares y colectivas, para saber sobre que zonas y lugares se
está referenciando la información proporcionada.
En una situación en la que ya es posible disponer de información de cada metro cuadrado del territorio extraña
que sean los datos de población de los núcleos los que tengan una referencia territorial más imprecisa ,y ello a
pesar de su recogida sistemática cada diez años.
Las cuestiones que estamos planteando no son, en parte, nada innovadoras, basta con volver la vista atrás, al
extraordinario ejemplo del Nomenclátor de 1860, que recogió para cada municipio y así se incluyó en el cuerpo
del Nomenclátor, cada una de las "entidades topográficas" existentes en el territorio con su toponimia; esto es,
cada albergue, cada edificio y/o cada grupo de edificios, estuviesen estos habitados o no.
Con dicha metodología tendríamos una información que, georeferenciada, podríamos organizarla a la carta. De
este modo cambiaría plenamente el concepto de Nomenclátor y su utilización que, a sabiendas de su impreci-
sión en cuanto al territorio al que hace referencia, utilizamos siempre con prevención.
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En suma, ¿se imaginan la aplicación del concepto de Nomenclátor de 1860 con las capacidades técnicas actua-
les?
BIBLIOGRAFIA
INE (1998): Anteproyecto de los censos demográficos del 2001. 103 pp.
INE (1990): Censo de población y vivienda 1991. Proyecto
INE (1973): Nomenclátor de población 1970, Tomo IV, p. 7
Melón, A (1958): "Los modernos nomenclátores de España (1857-1959)." Discurso de ingreso en la Real Aca-
demia de la Historia.