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Sobrevida

Mario recibe una angustiante llamada de su hijo Sergio, quien le pide ayuda en medio de una situación peligrosa. Al llegar, descubre que Sergio ha sido herido de bala y se enfrenta a la decisión de llevarlo al hospital o ocultar la verdad. La tensión aumenta mientras Mario intenta manejar la crisis familiar y proteger a su hijo de las consecuencias legales.

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Sobrevida

Mario recibe una angustiante llamada de su hijo Sergio, quien le pide ayuda en medio de una situación peligrosa. Al llegar, descubre que Sergio ha sido herido de bala y se enfrenta a la decisión de llevarlo al hospital o ocultar la verdad. La tensión aumenta mientras Mario intenta manejar la crisis familiar y proteger a su hijo de las consecuencias legales.

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Toda historia es una infinita


catástrofe de la cual intentamos salir lo
mejor posible.

Cesare Pavéese
(El oficio de vivir)

Existen dos maneras de no sufrir...aceptar el


infierno y tornarse parte de él hasta no
percibirlo...o intentar reconocer qué o quién
no pertenece al infierno y en el medio del
infierno abrir un espacio...

Ítalo Calvino
(Las ciudades invisibles)

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SOBREVIDA

Carlos Costa

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CAPÍTULO 1

Mario pasa otra luz roja. Son las dos de la mañana, en la calle no hay un alma.

La llamada de su hijo lo ha angustiado. Sergio nunca hubiera dicho “vení a buscarme,

papá” si no fuera algo grave. Es rebelde el pendejo, jodido también, lo que sea, pero

nunca pide como pide un hijo. Ni lo llama papá, a lo sumo viejo o Mario. Puede

entonces que Clara tenga razón, que lo tienen secuestrado, que le quieren tender una

trampa a él, al padre. Un secuestro express, al boleo. Le pasó a Fernández que apenas es

un operario de la fábrica, le puede pasar a cualquiera. Pero no pidieron nada, no dijeron,

como en el caso de Fernández, “traé tanto o te lo reventamos”. Estos lo han hecho

hablar a Sergio, si no él no hubiera dicho papá. Seguro lo están apretando con una

pistola en la cabeza. La plata no importa, unos mangos más o menos no importan. Sí

importan ahora que todo está jodido pero más importa la vida de Sergio; el asunto es

que no lo aprieten a él cuando vaya a buscarlo y lo lleven a su casa para conseguir más,

sería terrible. En la billetera tiene dos mil, entre pesos y patacones, llegado el caso. A lo

mejor ni llega a eso, cuenta mentalmente. Puta carajo, tendría que haber llevado más

pero en su casa no tiene. Mejor así, si ven que anda con mucha plata por ahí es peor.

Tiene las dos lucas y lo que pueda sacar del cajero, eso y la camioneta si se la quieren

llevar.

—Llamar a la cana no, hasta no estar seguro —le dijo a Clara. Capaz que es otra

cosa, alguna cagada de Sergio pensó, pero no se lo dijo. Capaz que atropellaron a un

tipo o algo semejante. Con Sergio nunca se sabe. Además la cana es un peligro, puede

ocasionar un desastre.

—La concha de tu madre. —Se asoma por la ventanilla y grita—. ¡Hijo de puta,

qué hacés? ¿Venís a contramano?

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Siente la adrenalina de haber estado a punto de comerse una furgoneta. Acelera.

Cuánto hace que no maneja así, que no corre riesgos. Desde que largó la moto, cuando

era pibe, y se compró un auto, está achanchado, lo reconoce. Atrás del cementerio de los

ingleses. ¿Por qué ese lugar de mierda? ¿Qué hacen ahí a esta hora de la noche? Tiene

que ser un secuestro nomás. ¿Y entonces qué? Le aparece una idea. Agarra el celular,

marca al tanteo la memoria.

—¿Qué pasó? —atiende Clara antes de que él pueda decir nada.

—Recién estoy llegando, te llamo por otra cosa. — Habla rápido, tapando la voz

de Clara que está diciendo algo—. Voy a dejar el celular abierto, si escuchás que grito,

llamá a la Policía —dice y repite las instrucciones, alzando un poco la voz.

—Te escuché, estoy alerta —chilla ella y agrega—: Si te traen para acá no te

abro, ¿estamos?

Mario se resigna a la decisión de su mujer, qué otra le queda.

—Te aviso que ya cierro por dentro y apago las luces —sigue ella—. Que la

casa parezca vacía. Vos los entretenés afuera hasta que venga la Policía.

—Está bien. Hacé eso —responde, y deja el celular en el asiento.

Ha comprendido: no tienen que entrar a la casa aunque lo caguen de un tiro. No

cree que lo hagan, ni tiene miedo. Tiene bronca. Despecho también. Clara tiene razón:

es lo mejor, y lo mejor para ella era que ni siquiera hubiese ido, que mandara a la cana,

a una ambulancia, si pasó algo ¿qué otra cosa mejor se podía hacer? Y si no pasó nada,

si es una más de Sergio, entonces “que aprenda”, no se puede salir corriendo a las dos

de la mañana cada vez que el pendejo se manda una cagada. Clara tiene razón en todo

contra Sergio, como siempre, porque ella no lo quiere. No lo quiere ahora, porque

cuando era chico lo tenía como preferido. Carajo, para qué está pensando en Clara, tiene

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que pensar en la situación, ya está pasando el Cementerio de los Ingleses. Dobla, toma

la calle lateral.

Un descampado donde todo el mundo va a tirar basura. De un lado el

cementerio, de este lado un baldío, a quién le puede importar la basura. Aunque tal vez

a alguno sí le importe porque siempre hay alguien que la prende fuego, y el fuego

quema lento, nauseabundo, dura días y se mezcla con la neblina, como esta noche,

opacando el camino que bifurca hacia la ruta. Ideal para que lo aprieten. Verifica que el

celular siga activado sobre el asiento.

—Llegué, Clara —dice en voz alta para que ella escuche. Después avanza

despacio. Al fondo distingue un auto con las luces apagadas. Mejor detenerse a

distancia, tener tiempo para dar marcha atrás y rajar. Aunque no va a rajar, no vino a

eso. Son como cincuenta metros, tal vez más. Del lado contrario al conductor ve que

baja un tipo, abre la puerta de atrás, forcejea y saca el cuerpo de una persona. Lo deja

tirado en el suelo, cierra la puerta y en un segundo ya está de nuevo en el auto. El

vehículo arranca quemando caucho y se va hacia la ruta. Cuando ya casi no lo ve por la

niebla, se encienden las luces. Él también cambia a luz alta, la neblina se vuelve blanca.

Se baja, avanza unos veinte metros, reconoce la campera en el cuerpo tendido sobre la

calle. Es su hijo.

—¿Qué te hicieron? —jadea, el corazón desbocado. Ve que Sergio se agarra la

pierna con las dos manos, que no termina de sentarse.

—Traé el auto —dice. El pantalón está manchado de sangre.

—¿Qué te pasó?

—¡Traé el auto, la concha de tu madre!

Él obedece, corre al auto. Es la pierna nada más, por suerte, pero pierde sangre.

Piensa en llevarlo rápido al Gandulfo, aunque es público tienen experiencia en

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accidentes. Adelanta el vehículo. Trata de poner la puerta de atrás a la altura del cuerpo,

sin pisarlo. La abre, lo tiene que llevar en andas. Está flaco, ¿no estará comiendo bien?

Clara no se ocupa. El cuerpo tiembla, es un asco de olores, cigarrillo, mugre. ¿Cómo

llegó a esto? Le cuesta meterlo, termina dejándolo boca abajo sobre el asiento. Le dobla

un poco la pierna para cerrar, Sergio grita de dolor.

La voz de Clara murmura desde el celular sobre el asiento. Él lo levanta

mientras da arranque y pisa el acelerador.

—Está bien, tiene la pierna lastimada, nada más. Lo llevo al Gandulfo.

—¡Al Gandulfo no! —grita Sergio desde atrás.

—¿Qué le pasó?

—No sé, un accidente.

—¿Cómo fue?

—No sé, te dije que no sé, estoy manejando. Andá para allá.

—Hacete cargo vos, yo no salgo a esta hora —corta.

Mejor, que no venga. Que no rompa las pelotas.

—¡Vamos a casa! —grita Sergio.

—No seas pelotudo. Te vas a morir desangrado.

—Llevame a casa, no puedo ir al hospital.

—¿Por qué no querés ir! —grita él.

—Tengo un balazo.

—Te balearon esos hijos de puta —afirma Mario, aunque ya sabe que algo está

mal, que nada es como es. Ya siente que se le escurre la fuerza que lo sostenía hasta

hace un segundo.

—Fue un chabón.

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El auto sigue andando rumbo al hospital. La vida de Sergio está primero,

después todo se va a aclarar.

—Vamos para casa, papá. Si me agarran voy en cana.

Otra vez esa palabra que lo puede. Sergio casi lloriquea.

—Te vas a desangrar, hijo.

—Si me llevás al hospital me mato. — Sergio se ha incorporado un poco. Algo

duro, como el caño de un revólver, toca el hombro de Mario. Frena el auto y se da

vuelta. El caño está ahora en el pómulo de Sergio.

—¿Qué hiciste? —pregunta Mario, débilmente.

—Nos cagamos a tiros con un tipo. Te juro que no fue culpa nuestra. Él empezó.

Mario vuelve a mirar hacia adelante, la calle oscura, vacía. El auto arranca,

después dobla en la esquina. Aunque quiere ir más rápido, ha bajado la velocidad.

—Vamos a entrar por abajo —dice cuando está llegando a su casa—. Te voy a

dejar en la habitación de Ema.

La chica está de vacaciones, puede llevarlo ahí, que se quede por un rato en su

cama, para que él pueda pensar qué se hace, qué se dice. No hay tiempo de contarle a

Clara, no hay tiempo de bancarle el ataque de nervios. Si entra por el garaje capaz que

ni se entera, para algo sirve que la casa sea tan grande, con la habitación en suite que da

al parquecito del fondo. Un delirio de Clara, noches enteras discutiendo el proyecto, una

fortuna que no tenía, invertida en ladrillos, en un palacio para la princesa. Es una

pelotudez ponerse a pensar en eso ahora, tiene que fijar toda la atención en el manejo.

Después llamar a Bruzzone, es clínico, algo tiene que poder hacer. Hay que inventar una

historia, convencerlo de que venga, de que hubo un accidente doméstico, que el arma no

está declarada, que no quiere que nadie vaya preso. Eso, un accidente, que piense lo que

quiera, fue con su revólver. Un revólver que no tiene pero que sí tiene Sergio. Puede

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decir que estaba entrando, saltó por detrás porque se olvidó la llave y él, Mario, se

asustó y tiró. “Arreglemos entre nosotros, por favor”. Que salga lo que salga, él va a

pagar y toma toda la responsabilidad. Ha pensado rápido, ha llamado rápido, ha

cambiado un poco la historia al decirle a Bruzzone que hubo un accidente y que lo

necesita sí o sí, sin hablar del tiro.

Pasa el tiempo, un tiempo infinitamente largo en el que solo atina a buscar

algodones, toallas, alcohol. Clara tendría que estar ayudándolo pero es mejor que no, se

pondría loca, a los gritos, la conoce bien. Hace un torniquete con la manga de una

camisa que saca del lavadero. Aflojar ¿cada cuánto?, ¿cada cinco minutos, cada tres?

Sergio está blanco, serio, no ha vuelto a quejarse, aunque hace un gesto de dolor cuando

él aprieta de nuevo. ¿Por qué no prestó más atención en ese curso de primeros auxilios

que hizo la ART en la fábrica? Cada cinco, decide. El hijo de puta de Bruzzone no llega,

o no va a venir, le recomendó llamar a emergencias. “Te dije que no, que no quiero a

emergencias, si no, no te hubiera llamado a vos, carajo, por una vez podés hacerme un

favor, jugarte por un amigo”. Quizás haya estado demasiado duro, demasiado explícito

o desesperado. Ajusta de nuevo. El revólver quedó en la mesa de luz, al alcance de la

mano de Sergio, también de la suya, pero ninguno de los dos piensa en hacer nada con

él. Es un objeto nada más. Como una herramienta, un velador, un justificativo.

Sergio está enrollado en la cama agarrándose la pierna, tiene los ojos cerrados,

puede que esté sufriendo o que solamente se esté refugiando en esa pose para no hablar.

Mejor, él tampoco tiene ganas de hablar. Tiene ganas de relajarse, de irse. El cuarto de

Ema está pintado de un verde clarito y suave, no recuerda haber mandado a pintar el

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cuarto de ese color, ha sido cosa de ella, como las repisitas con muñequitos de peluche o

el cuadro de la Virgen llena de colores. Una madonna paraguaya para protegerla.

Alguna explicación van a tener que darle, cuando vuelva, por esta invasión, las sábanas

manchadas.

Suena el timbre. Sube las escaleras de servicio corriendo hacia el

intercomunicador de la cocina. Llega tarde, Clara atiende primero desde el contestador

de arriba. Tiene que pararlo a Bruzzone antes de que Clara se entere por boca de él para

qué viene y por qué ellos están abajo, en la habitación de Ema. ¿Por qué carajo no pensó

en eso? Corre al living, abre la ventana, lo chista a Bruzzone:

—Pasá por abajo.

Baja atropelladamente para abrir el portón del garaje. Escucha que Clara viene

bajando por la escalera desde el primer piso. Bruzzone entra al garaje.

—¿Qué pasó? —Está mirando las manchas de sangre sobre la chomba de Mario.

Mario explica a medias que se le escapó el tiro, que el arma no está declarada.

Entran a la habitación de Ema. Bruzzone va hacia la cama, el revólver no está

sobre la mesa de luz, Sergio lo debe haber guardado. Clara aparece por atrás. Tiene

puesto nada más que el camisoncito, se le transparentan las tetas. A ella parece no

importarle su desnudez y a él tampoco, pero Bruzzone levanta la vista y la mira, le mira

los pechos, después se da vuelta para seguir examinando al herido. Clara se lleva las

manos a la cara, Mario la toma del brazo y la saca un momento afuera de la habitación

para decirle al oído:

—Callate, después hablamos. Sigue apretando el brazo un momento hasta estar

seguro de que no va a gritar, de que no lo va a complicar. Vuelven a la pieza de Ema.

Clara entra detrás de Mario. Bruzzone le está sacando el pantalón a Sergio. Mario se

acerca y lo ayuda. Sergio se queja pero aguanta. El médico pide gasas, no hay, Clara

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trae una sábana del lavadero y la rompe. Pide agua, ella trae agua en una botella vacía

de gaseosa. Es una herida limpia, menos grave de lo que Mario de lo que creía, la bala

pasó de largo pero ha dañado el tríceps y todavía sigue sangrando.

—Hay que desinfectar y suturar. Necesitamos un quirófano, tenemos que

llevarlo a la clínica.

Clara se pone a dar golpecitos a la pared.

—Papá —dice Sergio, y lo mira.

—Tenés que poder hacer algo acá —ruega Mario.

Clara empieza a hablar pero lo hace tan bajo que no se entiende.

—¿Qué decís? —Mario la mira como si la quisiera traspasar.

—Que tiene razón, que lo lleven al hospital.

—Mejor callate, ¿querés?

—Entendeme, Mario. —Bruzzone habla mirando un poco a Clara, un poco a

él—, acá no tengo condiciones de asepsia, no tengo elementos.

—Pensá qué harías si estuvieras en el medio del campo —dice Mario, y

rectifica—; en el medio de una guerra, mejor. —Dice guerra, podría haber dicho

catástrofe o naufragio pero dice guerra y probablemente acierta, porque es una herida de

guerra.

—No tengo ningún elemento —repite Bruzzone, abriendo las manos vacías.

—Yo te consigo lo que me pidas.

Bruzzone lo mira. Mario no puede saber lo que piensa, no puede calcular hasta

dónde resiste el lazo de amistad que los une. El gordo Bruzzone, al que en la secundaria

ninguno le daba pelota, el que se convirtió en el médico clínico, a quien encontró veinte

años después por casualidad y con el que terminó jugando al tenis todos los jueves hasta

hace unos meses cuando se le hizo imposible seguir por los quilombos en el laburo.

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¿Qué otra cosa los une, además del tenis y un par de cervezas de vez en cuando? Ni las

mujeres se conocen. Mario no puede saber lo que puede haber pasado Armando

Bruzzone en esos treinta años que van desde el gordo boludo al médico tenista. Si lo

supiera, no tendría dudas de que Bruzzone sabe cómo actuar en medio de una guerra,

cómo curar un herido en las condiciones precarias de la clandestinidad, no es la primera

vez que lo hace. Solo está testeando el grado de compromiso de la familia porque él

también tiene una familia. Ya no tiene la inconsciencia ni la causa, ya no es el mismo de

la posta sanitaria, ni éste es un compañero herido. Pero le queda eso, de hacer lo que

tiene que hacer con lo que hay a mano, eso de decidir por encima de lo que dice el

manual, de cagarse por un rato en los protocolos.

—Tenés claro el riesgo que corro.

—Ya te dije que asumo la responsabilidad.

—Voy a hacer lo que pueda pero si se complica hay que llevarlo a la clínica. En

cualquier caso, yo no estuve aquí. —Bruzzone le está hablando a los tres pero gira la

cabeza buscando en los ojos de Clara la confirmación. Ellos también tienen algo que

perder, solo la desesperación puede hacer que cometan un error.

—Vamos a la farmacia, necesitamos comprar algunas cosas. Vos apretá acá —se

dirige a Clara y le mira de nuevo las tetas—, cada cinco minutos aflojá por un minuto y

volvés a apretar, no importa si le duele, apretá con fuerza.

Van en el auto de Bruzzone. Son cuatro cuadras hasta la 24 horas. Mario no

habla, no quiere decir más sobre lo que pasó ni que Bruzzone le pregunte. Saca la

billetera antes de que lo atiendan. Detrás del ventanuco el empleado les toma el pedido,

va y viene con cada cosa. Es un imbécil, parece que le gustara hacerles perder tiempo.

Pero no se lo puede decir, Mario aprieta los dientes. Bruzzone agrega medicamentos y

aprueba sustituciones. Antibióticos, catgut, suero, calmantes, anestésico local, jeringas.

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Con el calmante hay problemas, necesita receta especial de tres cuerpos, Bruzzone no

las tiene consigo. Lo sustituye por otro común; seguro que va a sufrir. Tampoco hay

agujas, eso es grave, habrá que improvisar.

—¿Tendrá agujas tu mujer?

—¿De coser?

—¿De qué va a ser? Sí.

Mario recuerda un costurero, Clara cosiendo botones de la camisa, pequeños

arreglos en la ropa de los chicos. Hay una máquina de coser, ella hacía las cortinas. Pero

todo eso pasa en un segundo porque hace años que Clara no cose ni se ocupa de nada.

—Tiene —asegura, suponiendo e al menos el costurero permanece en su lugar.

—¿De qué tamaño? —pregunta Bruzzone, alejándose de la ventanilla de la

farmacia.

—Qué sé yo, de todos, creo.

—Decile que las ponga a hervir.

Mario llama, Clara atiende al séptimo timbre, justo antes de que comience el

contestador.

—Necesitamos agujas, las tenés que hervir, buscá el costurero —apura Mario.

—¿Con el torniquete qué hago? —dice Clara, serena.

—¿Qué hiciste ahora?

—Lo dejé que se lo tuviera él.

—Que lo siga teniendo.

—Pero hay que aflojarlo y ajustarlo.

—Que se lo tenga él mismo y listo, ya llegamos —dice mirando a Bruzzone que

asiente con la cabeza.

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Bruzzone le pone el suero y dentro del suero, el calmante. No hay que

arriesgarse a que entre en shock. Clara tiene el frasco de suero y controla el goteo. Tuvo

tiempo para ponerse algo si hubiera querido hacerlo, pero sigue con el camisón

transparente, las tetas le quedaron muy bien después de la cirugía, le gusta mostrarlas,

más cuando se las miran. Cruza el brazo libre por delante, pegado al pecho, con el otro

sostiene el suero como si fuera una antorcha. Bruzzone ahora no la mira, se concentra

en lo que está haciendo: limpiar. Mejor sin anestesia, que se acostumbre al dolor, la

anestesia local será para cuando lo cosa, no lo va a cubrir todo, le va a doler, es mejor

aumentar la resistencia psicológica. El pibe aguanta bien, mejor que los tipos grandes.

—¿Cómo te llamás? —pregunta mientras le aplica, ahora sí, la anestesia.

—Sergio.

—Bueno Sergio, te estoy poniendo anestesia para que no te duela tanto, pero

aunque te duela tenés que aguantar porque no tengo los elementos adecuados, y si no te

coso, no vas a volver a caminar. ¿Entendiste?

Sergio asiente con la cabeza y después dice:

—Entendido.

—Vos sostenele la pierna estirada, con toda la fuerza que tengas —le ordena

Bruzzone a Mario.

Mario obedece, aprieta con todo su peso. Y ve cómo los dedos de Bruzzone

hurgan la herida y estiran fibras, manosea, aprieta y cose con puntadas gruesas,

desprolijas, corta y ata, como si fuera carne muerta. Siente náuseas pero aguanta. Le han

dado ganas de mear, justo ahora. ¿O será para salir corriendo? Cierra los ojos, no puede

desmayarse, tiene que concentrarse en otra imagen. En cualquier cosa. Termina por

pensar en el trabajo, es lo más fácil, en las citas de mañana, a quién tiene que llamar

para cobrar, en los sueldos que no está pudiendo pagar, en cómo evitar lo peor. Debajo

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de sus manos, la pierna palpitante de su hijo. En sus oídos, los gemidos que emite,

mordiendo el pañuelo que le dieron.

Bruzzone pone unas gasas, termina el vendaje. Recomienda pierna estirada hasta

que vuelva a la noche siguiente y también comprar un sujetador para mantener la pierna

fija. Aplica un antibiótico inyectable y deja indicaciones para la toma de otro por vía

oral. La primera ahora mismo. Amplísimo espectro, no es cuestión de correr riesgos. Lo

peor ha pasado para ellos. Para Bruzzone, recién empieza. Clara descuelga un crucifijo

que hay sobre la cama y engancha el sachet de suero en el clavo. Baja el brazo y lo

sacude. Le debe haber quedado dolorido por sostenerlo.

—Pasen a buscar por la clínica la receta para el calmante, se la dejo a la

secretaria —dice Bruzzone.

—¿A qué hora? —pregunta Clara.

—Después de las diez—Vuelve a mirar a Sergio—. Dénselo no bien puedan,

esto es muy doloroso.

Mario despide a Bruzzone en la vereda, intenta pagarle por el servicio.

—No me debés nada. Yo no estuve acá, acordate.

“No es un favor que te hago, boludo”, piensa Bruzzone cuando sube al auto.

“Quién sos vos, Mario Giunta, que te creés que por dos mangos conseguís cualquier

cosa. Es un asunto mío, un desquite. Cobrar sería arruinarlo todo”.

Ya empieza a salir el sol, todavía tiene tiempo de pasar por su casa a pegarse una

ducha y desayunar. Es el mejor momento del día, ese pedazo de tiempo que no ha

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entregado a las obligaciones. Ese tiempo que todavía puede vivir con la sensación de

una promesa matutina, que el día irá incumpliendo.

La imagen de Clara sigue presente. No hay una razón que conozca para que una

mujer le guste. La belleza, el trato o la inteligencia generalmente le resultan

indiferentes. Clara no tiene nada de especial pero sí algo que lo atrae. Busca

obsesivamente precisar la causa, sabiendo de antemano que no la encontrará y que todo

va a quedar como un fetiche más de sus pensamientos eróticos, a los que recurre cuando

lo azota el insomnio. O más a menudo: cuando Raquel se pone cachonda y él no se

inspira. Un recurso más para soportar la rutina.

Mario corre al baño de abajo. Por unos segundos solo piensa en el alivio de

poder orinar. Después se queda ahí, con la bragueta abierta, esperando descargar las

últimas gotas y también demorando el encuentro con Clara. Cuando sale la ve en el

living.

—¿Lo dejaste solo? —le reprocha.

—No vas a pretender que me quede con él. Quedate vos. Ya te dije, no lo banco

más. Esta es la última que nos hace. Que se vaya de casa.

—Volvés con eso ahora. ¿No ves que le pegaron un tiro? ¿Querés que lo maten?

—Te dije que esto iba a pasar. Pero vos no hacés nada. Yo no puedo hacer de

padre y de madre.

—¿Pero de qué carajo me hablás? ¿Qué padre hacés vos si estás todo el día en

casa rascándote? Yo tengo que salir a laburar.

—Con esa excusa siempre te borraste. Me dejaste sola. Hacete cargo alguna vez.

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—¿Sos o te hacés la pelotuda?, ¿de dónde querés que salga la plata para todo

esto? —Hace un gesto con las manos, un gesto que abarca la casa, los autos y todo

aquello que forma parte de sus vidas.

—Llevátelo entonces a la fábrica, sacámelo de acá.

Mario se queda mirándola.

Las manos de Clara van hasta la altura de la cara ahora, tiemblan, ruegan por sí

mismas.

—¡Por favor, tiene veinticuatro años!

—Ya probé y sabés lo que pasó.

—¿Te das cuenta que ni vos mismo lo aguantás y querés que yo lo siga teniendo

acá?

Mario resopla y mira la por ventana, ha empezado a clarear.

—¿Lo podemos hablar después? Ahora tenemos que salir de esto.

—¿De qué tenemos que salir? ¿Qué pasó, a ver? ¿Por qué no lo llevaste al

hospital?

—No sé bien qué pasó. Parece que se pelearon con otros pibes y uno le pegó un

tiro.

—¿Y con eso qué? ¿Por qué no lo llevaste al hospital?

—Parece que hubo un quilombo y hay otros heridos, no quiero que lo metan en

problemas.

—¿Qué problemas?

Las manos de Clara se abren como un violento signo de interrogación.

—¡Qué sé yo, Clara! Viste que siempre tienen que acusar a alguno. —Es lo

mejor que pudo decir para no entrar en detalle. Clara no está en condiciones de soportar

la verdad.

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—Y pobrecito, él no tiene nada que ver. Pero no seas imbécil, todavía le creés.

—Ya está hecho. Ahora salgamos de esto, después vemos qué hacemos.

—¿Y qué le decimos a todos?¿Que tengo un hijo con una bala en la pierna? Sos

un inconsciente, nos vas a meter en un quilombo.

—Decí que se cayó de la moto. Sin más explicaciones, cuanto menos se diga

mejor.

—Hacé lo que quieras, no me pidas que me ocupe. —Clara se sacude cuando

habla, cómo si no le alcanzara con las palabras, el camisón se le ha corrido un poco, la

teta izquierda muestra el pezón. Es pequeño, lujurioso.

—¿Le podés conseguir los remedios, por lo menos? Yo tengo que ir a la fábrica

a ver cómo pago los sueldos.

—Como siempre. Me lo largás a mí.

—Te pido que le consigas el calmante, nada más, yo voy, vengo y me ocupo de

todo.

—¿Qué pasa? —dice la voz de Javier detrás de ellos.

—Tu hermano tuvo un accidente —se apura a decir Mario en un tono casi

normal, sin saber si Javier hace mucho que está escuchando. Pero Clara ya ha hablado y

su explicación fue distinta:

—A Sergio le dispararon —ha dicho.

Son dos respuestas, dos caminos a seguir. Clara mira a Mario, él sacude

levemente la cabeza, ella lo deja seguir con la explicación:

—Sergio se cayó de una moto y se jodió la pierna, no hay que molestarlo ahora

porque está muy dolorido, ya habrá tiempo.

—¿Me vas a llevar al colegio o me voy solo? —pregunta Javier.

—Andá solo —responde Mario.

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Clara sube a su habitación. Ya se le fue el sueño. Busca los cigarrillos y

enciende uno. Va hacia la ventana, el jardín comienza a tomar colores. Todavía pasa un

rato más antes de que lo escuche bajar a Javier al garaje a buscar la bicicleta. Se irá

pedaleando despacio, naturalmente, sin esfuerzo, como todo lo que hace, como si la

vida fuera fácil. Tal vez lo sea para él, es el mas chico, el que vino sin que lo esperaran,

sin expectativas para cumplir. A veces le provoca ternura verlo con dieciocho años,

apenas un nene grande, desgarbado y tan independiente. Pero tiene miedo de acercarse,

como si el encanto se fuera a romper como una copa fina tratada con torpeza. Algo

funciona mal con los hijos. Se apegó a Nora, la primera, pero a medida que fue

creciendo empezaron los conflictos. Después Sergio, el varón tan deseado, tan

necesitado de apoyo, tan frustrante. Ser madre es un sacrificio, una condena. Clara

enciende otro cigarrillo, desearía tomar un café pero no quiere bajar a la cocina, no

quiere encontrarse con Mario. Ojalá se vaya pronto, antes de las diez, para no cruzarse

con él y poder estar sola.

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CAPÍTULO 2

—Siéntese por favor.

Acaba de repetirle al hombre que titubea con el sobre que lleva en la mano, la

extiende. Armando Bruzzone toma los estudios, el paciente se sienta. El sobre está

abierto. Casi todos los traen así, no pueden esperar, aunque no entiendan nada o

malentiendan, lo que a veces es peor. Lee el informe del radiólogo y después verifica en

las imágenes el diagnóstico. Más que verificar, busca una alternativa viable o una

delgada esperanza para lo que va a decir. Tiene apenas unos minutos, quince si pretende

cumplir con el tiempo asignado por la obra social para acompañarlo en este primer paso.

Ojalá el tipo hubiese venido con alguien, eso aliviaría la tensión y le quitaría un poco la

responsabilidad.

—Según estos estudios hay una patología hepática, un tumor sobre el lóbulo

izquierdo. Tiene aproximadamente unos cinco centímetros. Habría que hacer una

resonancia para ver si se puede extirpar.

—¿Cuánto tiempo me queda doctor? —la voz llega indeterminada, como si no

perteneciera al cincuentón bien vestido que tiene adelante. Se ha quitado los lentes.

Tiene ojos castaños, anónimos, que lo miran buscando algún gesto traicionero en su

cara. Neoplasia, hoy cualquiera sabe lo que significa.

—No sabría decirle, no son todos los casos iguales. Hay buenos tratamientos.

—¿Cuánto tiempo sin tratamiento?

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Vacila, es muy poco tiempo, casi nada. Con quimioterapia seis meses, debería

haberle aclarado. La operación, algo absolutamente improbable; ya hay claras señales

de metástasis. ¿Dos meses? Menos, según su experiencia.

—No tengo antecedentes. Tal vez dos o tres meses —dice, tratando de que los

músculos de su cara se mantengan relajados.

El hombre espera, parece que va a decir algo, que se va a arrepentir, que va a

preguntar por el tratamiento pero se para y dice:

—Gracias doctor —y le extiende la mano.

Bruzzone la toma en un acto reflejo, toca esa piel fría, sudorosa y terminal.

Durante un momento piensa en retenerlo, podría sugerirle alguna terapia para el dolor o

hablarle de la quimioterapia pero la mano se desliza entre los dedos y el hombre va

hacia la puerta. Lo ve salir, ni siquiera se da vuelta para cerrar. Bruzzone se siente

abandonado, a la deriva en la corriente de los hechos. Vuelve al escritorio, mira el reloj,

aún sobran siete minutos para la próxima consulta.

Escucha unos golpecitos en la puerta, la secretaria de la clínica aprovecha estos

pequeños huecos para resolver los temas que no están contemplados en el nomenclador,

puede que le solicite un certificado, que le pida que firme alguna receta o que aproveche

para introducir una urgencia.

—Doctor, hay una señora que dice que usted la citó.

—¿Yo?

—La señora Clara Altuna.

Ninguna paciente con ese nombre. ¿Quién es Clara Altuna? La mejor forma de

saberlo es hacerla pasar y distraerse de la pesadez que se le instaló en el pecho con el

paciente anterior. Le hace un gesto a la secretaria y ve como ella sale y dice:

—Pase por favor.

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Altuna. Ni sabía que se llamaba así la mujer de Mario Giunta. Ella se desliza por

la puerta entreabierta que le deja la secretaria. Debe haber usado el apellido de soltera.

La noche anterior no hubo sociales, solo urgencias. Le fastidia un poco que exponga de

esta manera el vínculo con lo de anoche pero si la despacha rápido, nadie va a

sospechar.

Clara se sienta. Tiene buen gusto para vestirse. Usa la pollera corta y un perfume

provocador. Se ve más interesante a la luz del día. Desvestirla, deslizarle la ropa sobre

la piel sedosa, invadir sus sabores, sería fantástico. Pero qué carajo está pensando.

Viene por la receta. Es un asunto médico.

La mano de Clara busca la suya, está caliente, casi afiebrada.

—¿Cómo está Sergio? —dice mirándola a los ojos.

—Lo dejé durmiendo.

—Bien, es una buena señal. De todos modos hay que mitigarle el dolor, en esa

zona es muy complicada la cicatrización, por la movilidad.

—Por eso vine. Por el calmante.

Bruzzone busca el recetario adecuado y comienza a garabatear.

—Una pastilla cada doce horas. Si a pesar de todo le duele, no se le puede

aumentar la dosis. Es un derivado de la morfina, hay que suministrarlo con cuidado. No

todas las farmacias lo trabajan. En la avenida —señala hacia algún lugar hipotético que

Clara tendrá que descifrar—, hay una que siempre lo tiene.

—¿Vas a venir a verlo esta noche? —pregunta Clara, acercándose un poco.

¿Vas a venir? Esa forma de decirlo. Claro que va a ir.

—A eso de las diez paso por tu casa.

—En qué problema nos metió, Dios mío. Ya no sé qué hacer.

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—Los pibes son impredecibles. Afrontemos esto ahora, tratemos de que no pase

a mayores —dice Bruzzone, confirmando lo que ya presumía sobre la inverosímil

historia que le contó Mario Giunta.

—Ese es el problema, que nunca sé con qué va a salir. Fijate si lo viene a buscar

la Policía, ¿qué hago yo? Decime. Mario no entiende, no se da cuenta.

—Mirá Clara, estamos haciendo lo que se puede. Yo creo que Mario tampoco

debe saber qué hacer. Lo importante es controlar la situación hasta que se cure. Pensá

que estamos todos en riesgo.

La luz del día transparenta el falso velo de protección que otorga la noche. Se

arrepiente de haberse dejado llevar por el impulso, los Giunta no son militantes, son

inconscientes, en cualquier momento se delatan a sí mismos de puro torpes y a él lo

terminan procesando por cómplice.

No siempre sabe lo que hace, normalmente se controla pero cada tanto pasa lo

mismo, se manda una cagada. La imagen confusa de su hija Lecticia, un departamento

con cuotas pendientes y Raquel reprochándole su falta de compromiso, se superponen

como un flash angustiante.

—¡Eso! —está diciendo Clara en voz demasiado alta—. Estamos todos en riesgo

por culpa de él. Imaginate lo que nos puede pasar si esto se ventila.

—Al que peor le va a ir es a mí. Me puede costar la licencia —remata con

amargura.

—Yo no sé cómo Mario te metió en esto —dice Clara—. Le dije que lo llevara

al Gandulfo. ¿Te das cuenta que es un inconsciente?

Bruzzone se irrita. Clara no está para agradecerle, para reconocerlo entre los

hombres, sino para igualarlo con Mario. Para marcarlo en su estupidez. Tiene ganas de

apretar ese cuello lánguido de mina fina.

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—Mirá, yo les hice un favor, no tengo nada que ganar con esto ni me quiero

meter en la interna de tu familia. Solo les pido que me cuiden. ¿Está claro?

—No, sí, tenés razón. Disculpame, no sé para qué te cuento, no tengo derecho,

recién te conozco. Pero estoy desbordada.

—Calmate o vas a meter la pata. Te voy a recetar algo más. Un sedante, podés

tomar uno por día, a la noche. Y también le das uno a Sergio, es mejor que esté relajado.

—¿Qué me vas a dar?

Bruzzone retira varias cajitas de un mueble, muestras gratis. Las pone sobre el

escritorio delante de Clara.

—Esto ya lo estoy tomando —dice ella desencantada.

—¿Desde cuándo?

—Hace como dos años.

—Es una barbaridad. No se puede tomar por tanto tiempo, es adictivo. ¿Quién te

lo recetó?

—No me lo recetó nadie. Lo compré por consejo de una amiga.

—¿Cuántas estás tomando?

—A veces dos por día.

Por su expresión Bruzzone sabe que siempre son dos. Apoya los codos sobre el

escritorio y se sostiene la cara mirando a Clara. En silencio. Ella tiene un gesto que no

llega a ser una sonrisa, más bien una espera. Los ojos almendrados lo miran, lo

interrogan, tiene el pelo castaño y la piel blanca, suave, tentadora.

—¿Y qué querés que haga? —dice Clara levantando un poco los hombros y

liberando la sonrisa contenida.

—Está bien, seguí con eso. Dale una a Sergio, o mejor dos por día. Cualquier

cosa que pase, llamame. Te anoto el celular.

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Clara se despide con un beso en la mejilla. Un roce de labios suaves, apenas

húmedos.

Hay sol en la calle. Es casi mediodía. Clara camina tres cuadras hasta la avenida.

Los plátanos ya anticipan la primavera. Piensa en Bruzzone. En el puente de intimidad

que se estableció de inmediato, como si fueran amigos de toda la vida. Está mejor que

Mario, por lo menos tiene todo el pelo y no está gordo. Es una cara distinta, poco

común, tiene manos grandes, suaves. Si decide meterle los cuernos a su marido va a ser

con un tipo como este, un tipo que la caliente. Que le ponga los puntos. Siente un

pequeño cosquilleo, una señal entre las piernas, hacía rato que no le pasaba. La

musiquita viene de la cartera, se detiene, saca el celular, alcanza a presionar el botón.

—¿Qué te pasa, nena?

—¿Dónde estás? Te estuve llamando a casa y no contesta nadie.

Gracias a Dios que Sergio no atendió. No hubiera podido subir un piso con la

pierna como la tiene.

—En la calle, estoy haciendo unas compras.

—¿Qué pasa con papá que no me atiende al celular?

—Qué sé yo, Nora, estará ocupado. ¿Llamaste a la fábrica?

—No llegó. Me llamó José Luis para decirme que no había llegado y que a él

tampoco le atiende los llamados. Tienen una reunión con los abogados.

—Para allá salió hace rato. A lo mejor tuvo que hacer algo en el camino. Más no

te puedo decir.

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—La empresa se va a la mierda y ustedes no hacen nada. José Luis está como

loco.

A Clara se le sube la sangre a la cabeza. ¿Quién carajo es José Luis para ponerse

loco? Mario lo llevó a la empresa porque era el marido de su hija. Un inútil, ni siquiera

tiene un título. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué no lo pondrá en su lugar esta pendeja o

lo mantiene ella sacando muelas?, piensa decirle, pero no lo hace. Desde la última pelea

ha decidido correrse de los problemas entre ellos, de la fábrica, de cualquier cosa. Si se

pudiera sacar a Sergio de encima hasta podría ser feliz. Todo lo malo quedaría afuera y

ella podría vivir en paz.

—Volvé a llamarlo —dice con voz de nada—. Yo estoy en la calle. Te corto

porque tengo que entrar a la farmacia.

Nora le gana de mano y corta primero. Clara guarda el celular en la cartera.

Mierda. Todo es una mierda, tiene que salirse de esa. Retira un número y espera. Estaba

empezando a sentirse bien y la tuvo que llamar. No quiere pensar lo que ocurriría si se

enterara de lo de Sergio. ¿Quién la va a soportar? Por suerte está ofendida y no vienen

más los fines de semana. Ema, el lunes vuelve Ema de las vacaciones. Tiene que pensar

cómo mantener a Sergio oculto. Si Nora llama y habla con Ema, se pudre todo.

—Veinticinco. ¿Quién sigue? —escucha y se acerca al mostrador.

Los remedios están en una bolsita de nylon sobre el asiento del acompañante. Ha

tenido que pagar con la tarjeta por falta de efectivo. Mario no le deja suficiente, como si

ella no tuviera gastos. Le cuesta volver a su casa, desde hace tiempo que la siente como

un encierro. Antes pensaba que era un refugio, una isla, ahora es una condena de

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paredes tristes donde se apaga la luz mucho antes del atardecer. Cuando sale todo

parece animarse, hasta que se acaban las misiones que se propuso. Comprar algo, la

peluquería o una reunión con amigas. Entonces sobreviene el desconcierto, la tierra de

nadie. Volver es lo único que puede hacer. Esta vez es más difícil: está Sergio ocupando

la casa y obligándola a que lo atienda. Siente una molestia en el pecho cuando entra el

coche en el garaje. “Aprehensión”, piensa. Nunca usa esa palabra pero es la única que

define lo que le pasa. No puede seguir esquivándolo, tiene que ir a la habitación de Ema

a ver a Sergio. Apenas pasa la puerta se pone rígida, no sabe cómo empezar. Cuando

está enojada puede gritar, no hay problema, pero ahora es su deber atenderlo,

mínimamente, sin que eso se confunda con aceptación o algo parecido.

—Te traje los calmantes —dice en un tono tan despojado de tensión que le

resulta extraño escucharse.

Sergio está despierto sentado en la cama.

—Sonó el teléfono pero no pude atender. Necesito unas muletas.

—Te tenés que quedar quieto en la cama para que te cicatrice.

—Recién me tuve que levantar al baño, fui saltando en una pierna. De eso te

hablo.

—Cuando venga el médico a la noche se las pedís.

—Las necesito ahora, conseguímelas.

—Llamalo a tu padre para que te las traiga cuando venga. El tono ha vuelto a ser

el de siempre.

—Llamalo vos, yo no tengo celular.

—¿Cómo que no tenés?

—Se me cayó, lo perdí.

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—¿Dónde lo perdiste? —chilla. Clara sabe que no es bueno que Sergio, baleado,

haya perdido el celular. No se anima a decirlo pero anticipa que se les viene una

desgracia. Ella no quiere saber más ni hacer macanas.

—Tomá —dice mientras le acerca su celular con el número de Mario ya

marcado.

—Pa, soy yo. Mamá me trajo los calmantes.

Clara recoge la ropa manchada de sangre que ha quedado oculta detrás de una

silla. No sabe cómo la va a lavar antes de que llegue Ema y empiece a preguntar. El

pantalón no se salva, está agujereado. La voz de Sergio suena dulce a sus espaldas.

Quien lo escuchara sin saber nada de lo que está pasando diría que es un chico

encantador.

—¿Me podés conseguir unas muletas para ir al baño nada más?

Clara detiene bruscamente sus movimientos cuando escucha a Sergio decir.

—Ya te doy con ella. —La mano de Sergio le extiende el celular.

Clara toma el celular y vacila un segundo, después tira la cabeza para atrás y se

lo pone al oído y escucha a su marido. Todo lo que él diga le resulta cansador.

—Ya le dije pero tiene que ir al baño. Además habría que llevarlo a la habitación

de arriba, el lunes viene Ema.

Mario sigue hablando estupideces, Clara corta, no tiene ganas de discutir.

—Te traigo agua, tomás los calmantes y después te aguantás hasta que venga tu

padre.

—Traeme algo de comer, estoy muerto de hambre.

—No hay comida, si querés te hago un sándwich y la parás ahí, porque no te voy

a seguir atendiendo.

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Clara retira el queso de la heladera, corta un pedazo, otro, y los va poniendo

sobre las rodajas de pan integral, después retira unas fetas de jamón y le agrega

mayonesa. Sergio está callado, sabe que no le conviene hablar. Ella preferiría que la

insultara, que la mandara a la mierda, así no le tendría que preparar nada. Pero el hijo de

puta se calla, se aprovecha. ¿Hasta cuándo va a seguir en esta casa? Se tiene que ir. Él o

ella. Y basta; basta.

Dos sándwiches ocupan el pequeño plato. Toma una botella de gaseosa, la

encasqueta con un vaso, recoge unas servilletas y baja las escaleras con las dos manos

ocupadas y titubeando sobre los tacos finitos. Lo único que falta es que se caiga y se

rompa el alma. Especula con esa posibilidad y todo lo que le puede ocurrir después. Su

propia imagen caída, rota al pie de la escalera y Mario entrando desesperado. Arreglá

esto imbécil, le diría. Arreglame, a ver si podés, vos que arreglás todo. Por culpa de ese,

por culpa tuya, ves lo que me pasó. La escena en su mente dura sólo un instante,

después le da vergüenza mostrarse destrozada ante ese hijo de puta. Eso nunca. Nunca.

Son pensamientos estúpidos que no debería tener.

—Dejá el plato sobre la mesa de luz, después vengo a recogerlo —dice y le da la

espalda para subir con las pisadas seguras de alguien que sabe lo que hace.

Se sienta en el living, enciende un cigarrillo, da una primera pitada profunda, el

aire tibio llena sus pulmones. Aprieta el botón del control, la imagen se ilumina sobre la

pantalla. Pasa los canales sin prestar demasiada atención hasta que llega al programa de

chismes. Un rato de distracción con alguna tontería, eso es lo que necesita. Funciona.

De a poco se va distendiendo, olvidando.

Suena el teléfono fijo. Apenas logra desconectarse alguien la acosa. Está tentada

de no contestar, pero no puede, es más fuerte la campanilla insistente.

Su hija otra vez.

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—¿Qué le pasó a Sergio?

—Nada. Tuvo un accidente. ¿No te contó tu padre?

—No. Me acaba de llamar José Luis que se enteró que andaban buscando

alquilar unas muletas. ¿Por qué no me dijiste nada cuando te llamé?

—Para que no te preocupes, si no es nada.

—¿Qué le pasó?

—Creo que se cayó de la moto. Tu papá sabe. Él lo trajo, yo estaba durmiendo.

—Papá le dijo a José Luis que había chocado.

—Habrá chocado, entonces. Se lastimó una pierna nada más.

—Son imposibles. Un infierno.

Clara escucha cómo su hija busca palabras para insultarla. Escucha voces. Sí,

hágalo pasar.

—Acaba de llegar un paciente. —Sin despedirse, Nora corta.

Clara siente que los latidos del corazón se le han acelerado. ¿Por qué no se

pusieron de acuerdo en lo que iban a decirle? Casi mete la pata. Sube el volumen del

televisor como si eso pudiera evitar cualquier otra llamada. Trata de engancharse con el

programa de chimentos, lo logra a medias. Salta de canal varias veces y vuelve, no hay

nada mejor. El programa se corta, están pasando los adelantos de noticias. Un policía

muerto en un intento de asalto en el partido de Ezeiza. La novia de la víctima, ilesa, está

diciendo que fueron cuatro delincuentes, que su novio alcanzó a herir a uno. La Policía

busca a los sospechosos. “¿Dónde lo hirieron?”, piensa Clara. Pero el avance no lo dice.

Siguen algunas publicidades y vuelve el programa. Tiene ganas de bajar y preguntarle a

Sergio pero no va a hacerlo. No puede ser cierto. Sintoniza otro canal, busca otra

versión, Crónica TV. Hay muchas noticias que se van pasando una y otra vez, ahora

vuelve la ronda. Es más o menos lo mismo, apenas con algo más de detalle; la novia del

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policía llorando desconsolada, el auto del policía con los vidrios rotos por los balazos.

Nada de Sergio. No debe ser el mismo caso, no puede ser.

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CAPÍTULO 3

Mario entra la Hilux y cierra el portón, saca las muletas del asiento de atrás. Va

directo a la habitación de Ema. Encuentra a su hijo sentado en la cama con la pierna

estirada; sobre la mesa de luz hay un plato vacío. Le pregunta como está. Responde que

bien, sin mucho ánimo.

—Te traje las muletas —dice apoyándose sobre una de ellas, como si Sergio

necesitara una demostración de uso.

—Dejalas ahí —señala la mesa de luz. Un lugar a todas luces imposible para

ubicarlas, sin contar con que la pequeña superficie está llena de cosas: el plato, algunos

remedios, un vaso, los cigarrillos y el cenicero lleno de puchos. Mario termina por

ponerlas entre la cama y la mesita para que no se caigan. Sergio no pronuncia palabra,

solo estira la mano en busca de los cigarrillos. Mario siente el cansancio de una noche

sin dormir, más un día agotador con abogados, reclamos, cheques incobrables y el

imbécil de José Luis rompiéndole las pelotas. Gracias, eso es lo que no ha dicho Sergio,

lo que no dice ninguno, como si fuera obligación hacer lo que está haciendo por todos

ellos, como si él tuviera que saber resolver cada cuestión, solucionarles la existencia.

—Voy para arriba —anuncia con una voz cargada de resentimiento. Sabe que

arriba está Clara lista para martirizarlo.

—¿Me conseguís un celular?

—¿Y el tuyo?

—Lo perdí.

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Mario se vuelve. No puede creer lo que escucha, Sergio no le da respiro.

—¿Dónde? —es lo único que le sale—. ¿Vos siempre sabés dónde perdés las

cosas?

—¿Hiciste la denuncia a la compañía?

—No, fue anoche, ¿cómo querés que lo hiciera?

—¿Y donde lo podés haber perdido?

—No me rompas las pelotas. Se me habrá caído por ahí.

Mario se sienta en la cama.

—Vamos a empezar otra vez. Contame qué pasó. —Ha cambiado el tono, hace

falta poner las cosas en claro.

—Ya te dije, nos agarramos a tiros con un tipo.

—¿Dónde y con quién? ¿De dónde sacaste el revólver?

Lo dice con excesiva suavidad, como si hundiera un bisturí en la carne blanca de

Sergio.

—No te voy a decir.

—Me lo tenés que decir. Tengo que saber qué pasó para poder ayudarte.

—No te voy a contar.

—¿Pero sos pelotudo o qué te pasa! ¿Cómo carajo querés que te ayude? —le

grita.

—No me ayudes, ¿quién te lo está pidiendo?

Mario agarra el brazo de su hijo y lo sacude. Tiene ganas de pegarle.

—O me decís o se acabó. Llamo ahora a la Policía y te mando al hospital.

Siente la mirada de odio que Sergio le está dedicando. ¿De dónde puede venir

ese odio contra él que no hace más que ayudarlo? El silencio se vuelve opresivo.

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—Hablá, carajo. —Mario suelta el brazo de Sergio y se incorpora. No soporta

verlo así, con esa necedad. Tendría que haber hablado de otra manera pero se le fueron

las palabras; ahora ha quedado atado a ellas.

Se va para arriba enojado, harto, sabe que terminará como siempre peleándose a

los gritos con Clara. Va a mandar todo a la mierda si esto sigue así.

—¿Qué hacés? —dice provocador cuando la encuentra en el living y se para en

el centro listo a empezar la pelea.

—Nada. —Clara no saca la vista del televisor. Esquiva el primer ataque.

Mario redobla la apuesta y se expone:

—Ya no sé que más hacer con Sergio. Es un pelotudo.

—Te lo dije, llevalo al Gandulfo y que se arregle. ¿Sabés lo que hizo?

—¿Te contó?

—No. Lo vi en la tele.

¿Qué puede haber visto en la tele esta piantada?

—¿Qué fue lo que hizo, según vos?

—Mató a un policía.

El piso parece moverse debajo de los pies de Mario. Había pensado cualquier

cosa. Tenía la ilusión de que fuera como le dijo. Una pelea de barras. Pero no esto. La

marea de mierda crece, amenaza con taparlo, necesita sacar la cabeza afuera.

—¿Cómo?

—¿Cómo qué? —Clara no aparta la mirada de la pantalla—. Así —repite con

tristeza y agrega—, este y las compañías que tiene asaltaron a un policía y lo mataron.

A Mario se le aflojan los brazos.

—No puede ser. ¿Estás segura?

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—Y, mirá —dice con suficiencia, señalando la pantalla con el control remoto—

se dan todas. Fue anoche, en Ezeiza, se escaparon en un auto igual al que tiene ese

gordo amigo de Sergio. Uno de los chorros salió herido. Dos más dos, cuatro.

Mario va hacia el bargueño, saca la botella de whisky. Se sirve. Cuando está

yendo para el sillón se le ocurre preguntar.

—¿Querés?

Clara lo mira. Hace rato que no quiere compartir nada con él pero termina

aceptando.

—Ponele hielo —ordena cuando se lo está sirviendo.

Mario va a buscar el hielo. Una operación sencilla que ahora le cuesta. Está

torpe, se le caen algunos cubitos y tiene que limpiar. Hacer cosas domésticas, crear un

paréntesis. Un tiempo de nada que pide el cuerpo antes de continuar la lucha. Cuando

vuelve al living pregunta.

—¿Qué hacemos ahora? —siempre piensa en hacer, no tiene otro recurso ni

conoce otra manera. Hacer. Dejar correr no es un mérito. Esperar, algo insoportable.

—Joderse —dice Clara—. Hay que joderse —dice con voz grave, casi gozosa.

Siempre dispuesta a hundir el barco, a llevarlos a los dos hacia el fondo como si

esa fuera la solución. La única solución para salir de esta mierda. El whisky pasa por la

garganta demasiado rápido para paladearlo.

—Tendríamos que consultar con un abogado.

—Consultá.

—Si por lo menos éste nos dijera lo que pasó. Pero es un pelotudo.

—¿Recién ahora te das cuenta? —Clara da otro trago a su whisky. El gesto es

amargo pero también satisfecho: está ganando. Es lo que quiere, no le importa la

gravedad del asunto. No le importa el futuro. Hija de puta. Carga en el vaso una medida

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generosa. Pero algo de razón tiene, un reflejo de cordura se filtra entre la nube de odio.

Mario se da cuenta de que a Sergio le ha dado todo y que todo se lo hizo

minuciosamente mierda. Todo. Tiene que haber una razón, una maldita razón para que

sea así. Necesita un psicólogo, alguien que lo enderece. Otra vez algo que hacer. Y la

turra de la madre que no lo ayuda, que lo único que sabe es joder. Ni siquiera ahora

puede ayudar a un hijo, no tiene instinto maternal, piensa nada más que en ella. Otra vez

se encuentra solo, como siempre. Toma el último trago, se incorpora. Baja las escaleras

despacio, nuevamente en la lucha.

—¿Lo mataste vos o fue alguno de los otros?

Sergio lo mira. Algún impacto han tenido las palabras porque se ha puesto

pálido. Apaga el cigarrillo sobre la enormidad de colillas, con fuerza, volcando parte de

las cenizas. Ya no le quedan puchos, se ha fumado todo.

—Es asunto mío.

—Ah, sí. Asunto tuyo pero después te tengo que traer acá, arriesgarme a ir en

cana, a perder lo que hice. Sos un vivo bárbaro.

—Llamá a la yuta. ¿No lo ibas a hacer?

—Vos me pediste venir a casa, imbécil.

—Me puedo ir, no tengo problema. Yo tengo amigos.

—Que te dejan tirado en un basural.

Sergio cierra los ojos y sacude la cabeza.

—No tendría que haberte llamado —dice mirando a un costado.

—¿No ves que sos un boludo? ¿Te das cuenta que estás solo, que soy el único

que te banca en este mundo?

—Andá a la concha de tu madre.

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Sergio se levanta, agarra las muletas y se va dando zancadas torpes hacia la

escalera. Mario lo sigue.

—Pendejo de mierda, ¿adónde carajo vas? Tenés que tener la pierna quieta.

Volvé.

Sergio empieza a subir las escaleras.

—Te vas a matar, bajá.

Sergio sube tres escalones más.

—¡Pará, carajo!

—¿Qué pasa? —la voz de Clara suena arriba, en la boca de la escalera.

Sergio se apura a subir. Una de las muletas resbala, pierde el equilibrio. Grita y

cae sentado, se desliza por los escalones hacia abajo. Mario se acerca. Sin preguntar lo

toma de donde puede y lo levanta. Sergio se agarra de él. Despacio vuelven hacia la

cama. Se queja de dolor.

—¿Te golpeaste la pierna?

—Es la otra. Mierda, el tobillo.

Mario puede ver cómo Sergio se agarra el tobillo de la pierna sana. El dolor le

retuerce la cara. Se le caen las lágrimas.

—¿Me van a decir que pasó? —la voz agria de Clara viene de arriba, del vano

de la escalera.

—Nada, ¿no viste que se cayó? Quedate tranquila, haceme el favor —grita

Mario fastidiado acercándose a la puerta de la habitación y después vuelve hasta la

cama.

—Sos un boludo, hijo, sos un boludo. Por qué será que no me hacés caso.

¿Cómo vas a subir con las muletas?

—Me lo torcí. No puedo pisar.

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—Ahora cuando venga Bruzzone vemos qué hacer.

—Traeme hielo.

—Ahora vengo. —Mario obedece insultando por lo bajo mientras sube.

—¿Se lastimó? —pregunta Clara cuando se cruza con ella.

—Se torció el tobillo de la otra.

—No te digo. —Clara sacude la cabeza y se va. Todo ha vuelto a la normalidad.

El velador que apunta a la pared es ahora la única fuente de luz. Sergio parece

más joven, casi aniñado en ese claroscuro que los rodea. Mario está sentado en la cama.

Una bolsa de nylon con hielo envuelta en una servilleta rodea el tobillo flaco. Mario

prefiere no imaginar lo que significa el tatuaje que se asoma por debajo de la servilleta.

La navaja atravesada sobre un dibujo incomprensible. ¿Dónde quedó el pibe que hasta

no hace mucho llevaba al rugby? Ese mechón de pelos rubios movedizo de la infancia.

El que recibió el título secundario tan trabajosamente logrado. El que se trajo a los

quince años la primera chica a casa. Roxana. La piba parecía una mosquita muerta hasta

que los encontró una madrugada fifando en el quincho. Ellos no lo vieron. “Mejor que

tu madre no se entere”, le reprochó cuando pudo hablarle. “¿Adónde querés que

vayamos, papá?”. “Tratá de que no se entere tu madre y usá forro”, dijo al fin. Sergio

tenía razón. ¿Qué otro padre le hablaría así a un hijo en esas circunstancias? ¿Cómo

llegó a esto? ¿Dónde dejaron de conectarse? “No sabíamos que era poli. Lo quisimos

apretar y sacó la pistola”, está diciendo Sergio. Es la misma voz con la que había dicho

“adónde querés que vayamos, papá”. Se sobrecoge. Fue en defensa propia. Sergio no es

un asesino. Fue un accidente.

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—¿Quién más estaba con vos?

—Fabián, Martín y el Oveja.

—¿De quién era el revólver?

—Lo trajo el Oveja.

—¿El celular se te puede haber caído en algún lugar?

—Lo tenía cuando te llamé.

—Tenés razón. —Se pasa la mano por la cabeza—. Estoy loco.

—Fijate si no está en la camioneta, sino debe haber quedado en el auto de Beto.

—¿Les tomaron la patente?

—No sé. Estaba oscuro.

—¿Cómo puedo ubicarlo a Beto para ver si te devuelve el celular?

—El teléfono lo tengo grabado, no me lo acuerdo. Fijate si no quedó en tu auto.

Mario va hacia el garaje, abre las puertas de la Hilux y busca en el piso, entre los

asientos. El celular no aparece. Tiene que estar en el auto de Beto. Se le ocurre llamar,

aprieta el discado rápido en su propio celular. De inmediato salta el contestador. Apaga.

Cierra la camioneta y sube a la planta alta. Necesita cambiarse, serenarse y pensar.

Cuando llega al distribuidor de arriba, ve luz en el cuarto de Javier. ¿Por dónde entró?

Este pibe es un fantasma, nadie lo escucha, nadie lo ve. Mario va hasta el cuarto de

Javier, necesita asegurarse de que todo está normal, que todavía tiene el control.

—¿Hace mucho que llegaste?

—A eso de las cinco de la tarde.

—Tu madre no me dijo nada.

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—Entré por abajo. Lo fui a ver a Sergio.

—¿Viste qué golpe se dio?

Javier lo mira. No es tonto, piensa Mario, entiende perfectamente su intención,

si demora en contestar debe ser solamente porque está pensando en la respuesta

correcta.

—Sí, fue un golpe grande. Por suerte a la moto no le pasó nada.

La moto está en el garaje, intacta. Javier se lo está advirtiendo, cualquiera podría

darse cuenta, él no va a poner nada en duda, él no es ortiba pero Ema puede serlo, ni

hablar de Nora y José Luis. Tiene que sacar la moto de circulación antes de que eso

pase. El asunto es cómo. La fábrica no es una opción. Tiene que pensar. Un rápido

paneo de lugares posibles lo enfoca hacia la casa de su madre. Se la va a dejar ahí, irá

mañana o tal vez el domingo. Su madre es la única aliada fiel que le queda. Puede

confiar en ella.

—No la vi. Me ocupé de tu hermano, para ocuparme de la moto tengo tiempo —

dice, agradeciendo indirectamente la advertencia. Si Sergio fuera como Javier, dócil,

comprensivo... En ese caso tampoco lo tendría en cuenta. Se sorprende pensando eso.

Hay algo entre necesidad y afecto, algo que no puede manejar por separado. ¿Con Clara

habrá ocurrido lo mismo? Las ideas se extinguen en su cabeza tan rápidamente como le

surgen, está cansado.

Ya en su habitación decide darse un baño. Un reguero de prendas va quedando

en el camino, como si desnudarse fuera un acto de liberación.

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CAPÍTULO 4

—Armando —la voz de Raquel llega puntualmente cada vez que sale de la

clínica —, ¿vas a venir a cenar?

Imposible enojarse, imposible decirle que a veces tiene ganas de no volver a su

casa y de perderse por un rato. Es demasiado amable. Está casi seguro de que si alguien

fuera a contarle que él está con otra mina, ella diría “y pobre, trabaja tanto”, o algo por

el estilo. Raquel lo ama, si a eso que hace puede definírselo de esta manera. ¿Por qué?

¿A cambio de qué? Alguna vez se lo preguntó pero ya no recuerda la respuesta.

—Todavía tengo que ver a un paciente. Comé vos si querés, yo me arreglo.

—Si no vas a tardar mucho, te espero.

—No me esperes, tengo para rato.

—Te dejo todo en la cocina, calentátelo, no comas frío que te cae mal.

—Te dejo que voy a sacar el auto.

Corta. Guarda el celular mientras trata de enfocarse en lo que sigue: hora de ir a

lo de Giunta. Qué pibe ese Sergio, ¿en qué andará metido?, ¿cómo puede hacerle eso al

viejo? Va a tener que hacerle un seguimiento, si algo sale mal no tiene adónde derivarlo

sin meterse en un problema. El coche avanza por la avenida, hay poco tránsito, “la crisis

se nota”, piensa. Cuanto peor mejor, así pensaba antes, pero la realidad viene mostrando

que cuanto peor, peor. Siempre peor y nada más que peor. No hay nada como una luz al

final del túnel. Todos acuden a él para curarse, para mejorarse, creen en él y lo

necesitan. Darles esa luz es el único cable que lo ata a la vida. Pero y él, ¿qué? No ve

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nada, nada que pueda devolverle las ganas. Esa es la derrota. La de los días insulsos del

porvenir. Ni siquiera tiene la dignidad que tuvo el paciente de la mañana. Tal vez si

supiera que sólo le quedan sesenta días, los viviría con intensidad..

Conduce cuidadosamente, como si comandara un barco en el medio de la noche

y no el viejo Chevy de su padre. Impecable, casi de colección. Único recuerdo

importante que le quedó de su padre. O lo único de lo que pudo apropiarse cuando él

falleció. Porque en vida jamás le permitió tocarlo, aunque pasara años juntando polvo

en el garaje. En eso el viejo había sido irreductible: el auto, como la mujer, no se

prestan. Ni siquiera al único hijo. “Ese malcriado de la madre, de las tías. Joder, que

trabaje y se compre el suyo”. Pero ahora ya no puede decir nada, ahora es suyo, todo

suyo, aunque no sea nada más que un coche viejo, grande y un poco incómodo.

La casa de Giunta tiene las luces de afuera apagadas, unas pocas hebras se

escapan desde la ventana del living. Por un momento Armando Bruzzone teme que haya

pasado algo. Deja el coche estacionado cerca de la esquina y vuelve caminando hasta la

reja. El timbre suena amortiguado en el interior. Se enciende la luz del porche y al

segundo la puerta se abre. Clara saluda con la mano y baja las escaleras con pasos

flexibles, como si al apoyarse sobre los escalones estuviera comprobando que pueden

sustentarla. Le abre la reja y lo besa en la mejilla antes de invitarlo a entrar.

—¿Cómo está? —dice él, esperando un “bien”, o un “mejor”, no lo que le

cuenta Clara.

Qué pibe más idiota. Le había dicho bien claro que no podía levantarse. Y los

padres incapaces de manejarlo. ¿Dónde carajo está Mario? Ahora se borra.

—Mario se quedó planchado en la cama. Si querés, lo llamo —dice Clara, como

si hubiera escuchado sus pensamientos.

—No, dejalo. Debe de estar muerto con la noche que pasó.

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—Lo despierto y viene enseguida.

—Al que tengo que ver es a Sergio. Que Mario se quede tranquilo.

Clara baja primero las escaleras que van al subsuelo, Armando la sigue con los

ojos puestos en el dejo sinuoso de sus caderas.

Sergio está sentado en la cama, las piernas abiertas, los brazos sobre el respaldo.

Hay un gesto de pesadumbre, de llanto reprimido. Pero Armando no siente piedad, hay

enfermos así que se destruyen todo el tiempo, para los que su medicina no sirve. Son los

que desafían su deseo de curar. En estos casos solo resta hacer lo que corresponde sin

esperar resultados. Cambiar vendas, inmovilizar el pie. Sus manos dominan el

pensamiento, sólo ve una pierna, una herida, las vendas, los objetos que calzan unos con

otros. Actuar con pericia es el último recurso para no mandar a un paciente a la mierda.

—¿Y cómo hago para ir al baño?

—Vas a necesitar una chata y un papagayo.

—Ni en joda. Yo me levanto.

—Vos elegís. Te quedás piola en la cama y en dos semanas estás bien. O te

levantás y tenés para tres meses.

Sergio se calla. Armando ya sabe que esto va durar más de lo necesario. Solo

resta esperar que no quiera subir las escaleras. Volverá mañana y también pasado. Es lo

que prescribe el protocolo. Se dice a sí mismo que siempre es mejor estar cerca del

problema para controlarlo.

—¿Querés un café? —dice Clara cuando Armando sube al living.

—Dale.

Clara va en busca del café. El ruido del trajín delatan que lo está preparando.

Mientras tanto, él observa el living: un enorme espacio al que seguramente tuvieron que

llenar con muebles y adornos. No hay armonía ni buen gusto. Plata, nada más que plata,

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acumulada en rincones y cosas. Qué mierda. Si en su casa tuviera este espacio lo dejaría

libre. Nunca pudo entender esa obsesión por los objetos. Él disfruta de la austeridad y el

desprendimiento. Hasta la ropa le molesta. Sería feliz con un short y unas sandalias.

Debería haberse ido a algún país tropical, tal vez con Médicos sin fronteras. A veces

fantasea con hacerlo. Estar allí rodeado de gente que de verdad lo necesite. Un lugar

donde sería alguien para los demás y también para sí mismo. ¿Qué otra cosa le queda a

un tipo como él? Pudo acariciar un futuro distinto, sentirse parte de una revolución, pero

esa revolución fue derrotada. A algunos les tocó sobrevivir, sabiendo que lo hacían a

costa de otros que se dejaron masacrar sin delatarlos. Esos compañeros que morían

torturados pensando que, por cada nombre no dicho, salvaban a otro para que continuara

la lucha, para que los redimiera en la victoria. Pero el instinto los llevó a preservar la

vida bajo cualquier circunstancia, a esconderse y aguantar como las cucarachas.

Después una cosa siguió a la otra y terminó en esto. Ese personaje construido para

ocultarse que se volvió lo único real; los lazos entre los sobrevivientes se fueron

diluyendo, hasta que todo pareció casi normal, todo, hasta esto de ponerse a imaginar

boludeces que jamás llevará a cabo porque están Raquel y Lecticia. Y también por su

desidia y descreimiento, debería reconocerlo.

Clara ha vuelto con una pequeña bandeja. Lo sirve con ademanes coquetos, le

insiste que pruebe las galletitas de limón.

—¿Mucho trabajo? Se te nota cansado —dice ya sentada en el sillón de la

izquierda con las piernas deliciosamente cruzadas.

—Estoy como Mario. Yo tampoco dormí anoche.

—Ya sé. —Clara hace una pausa y extiende su mano para apoyarla sobre la de

Armando, que tiene la suya en el brazo del sillón—. Te estamos muy agradecidos por lo

que hacés. No creas que no me doy cuenta del compromiso en el que te metimos.

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La mano es tibia. Armando dejaría la suya toda la noche. ¿Toda la noche? Eso

haría.

—Ustedes son mis amigos, es lo que corresponde.

—Ahora somos amigos. Hasta ayer ni te había visto. Pero sí, es como si te

conociera de siempre.

—De alguna otra vida —lo ha dicho con sorna, pero él siente que es así.

—Puede ser. Viste que hay gente que dice que vivimos otras vidas.

“Ella tampoco debe creer en esas cosas”, piensa Armando, debió haber otras

vidas posibles, donde él se encontrara con Clara y no con Raquel.

—¿Sos de Lomas también?

—No. De Mar del Plata.

—¿Y que hacés acá?

—Viste cómo es. Me fue a buscar y me trajo —dice haciendo un gesto con la

cabeza, como si señalara a Mario o a la habitación en donde duerme ahora.

—¿O vos lo enganchaste y te viniste?

—Ni loca. Yo me quería quedar. Fue Mario el que insistió y como una boluda

me vine.

Mar del Plata, una razón geográfica suficiente para el error. Raquel nació en la

Capital, tenía muchas más probabilidades a su favor y menos belleza física. Es la

realidad. Armando toma el último trago de café. El teléfono suena. Es momento de irse.

—Atendé. Conozco la salida.

—No, esperá, en seguida estoy con vos.

Armando vuelve a sentarse. La escucha. Al principio no sabe con quién está

hablando Clara pero después saca la conclusión de que habla con su hija.

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—Ya te dije que no pasa nada. No sé por qué se te dio por preocuparte —dice

con un tono irritado y sigue. Mientras, Armando la mira. Que no, que no le puede dar

con el padre, que recién se acostó, que estaba muy cansado. Si José Luis quiere hablar

con él, el lunes lo verá en la fábrica, no es motivo para despertarlo ahora. Tiene que

descansar. ¿Qué está pasando que es tan terrible? Por qué traerle más problemas.

Mañana, mañana hablan. Está con gente. Qué le importa o acaso tiene que rendirle

cuentas. Hablan mañana.

—Disculpá, era mi hija. A veces se pone insoportable.

—¿Tenés dos?

—Tres, ¿vos?

—Una sola. Lecticia.

—¿Lecticia?

— Con “c”, como su abuela. Se está por recibir de psicóloga.

—Qué bien.

Silencio. Ya no quedan excusas para que la charla continúe. Es hora de irse.

—Bueno, te dejo. Me están esperando para cenar.

Cuando ella cierra la puerta Armando piensa que la actitud de esa mujer lo

perturba. Están sus hijos en algún lado de la casa, su marido y ella lo coquetea. ¿Será

siempre así o es con él la cosa? Las pacientes suelen hacerlo.

Clara peregrina por los ambientes apagando luces, cerrando puertas. Se obliga a

bajar para asegurarse de que Sergio haya tomado los remedios. Está dormido, lo

despierta y se los hace tomar. Después apaga la luz y se va. Arriba, en el cuarto, ve a

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Mario desnudo atravesado en la cama. Si no fuera por los ronquidos que emite podría

pensar que un infarto lo fulminó al salir de baño. Pero solo está dormido, ocupando el

lugar de ella. Lo llama con voz fuerte pero es inútil, su inmensa humanidad sigue

despatarrada, insensible. Tendría que sacudirlo. Molestarlo de alguna manera. Pero no

quiere tocarlo. Su cuerpo es algo extraño, como un fenómeno que ha crecido y se ha

devorado al muchacho que conoció hace años. Ahora la repelen esos vellos pegados al

pecho, el vientre fofo, desmesurado, la calva que cubre casi toda la cabeza. Es una

bestia.

Retira su camisón. Una prenda suave de transparencias sugerentes. Algo inútil

en los momentos que está viviendo. Se lleva el camisón y unas chinelas y se va a la

pieza de Nora. Necesita dormir. Mira a su marido una vez más. “Se va a enfermar así

desnudo”, piensa. Toma la colcha que se ha caído al piso y lo tapa. Ahora está mejor, se

tranquiliza. No escuchará ronquidos esta noche.

El timbre suena insistente y va repicando de teléfono en teléfono por toda la

casa. La voz de Mario se escucha en la habitación principal, atendió primero:

—Esperá. Estamos durmiendo.

Clara escucha después los pasos apresurados. La luz del sol resplandece en las

cortinas de voile. Once de la mañana. Clara devuelve el reloj pulsera a la mesa de luz, se

sienta en la cama y se tapa con las sábanas antes de que él aparezca en la puerta y la

mire con gesto asombrado porque está durmiendo allí, en lo de su hija. Recién se ha

dado cuenta, parece. Pero no pregunta por qué.

—Nora está abajo con José Luis. ¿Qué hacemos?

Lo ve parado a dos metros de ella, la panza se sacude prepotente por sobre el

slip diminuto.

—¿No les dijiste que estábamos durmiendo?

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—Insisten en que quedaron con vos que venían a hablar.

—Le dije a la boluda de Nora que íbamos a hablar, no que se vinieran.

—Ya están. ¿Qué les decimos?

—Ponete la bata, los recibimos en el living.

—¿Con Sergio qué hacemos?

—Nada. Ya sabe que se cayó de la moto. Está durmiendo, que no lo moleste.

—La moto todavía está en el garaje.

—Que se queden en el living y que no bajen. Ya no vive acá. No tiene por qué

andar por la casa. Pongámonos firmes.

Mario abre la puerta. Nora hace apenas un ademán de besarlo y entra. José Luis

le palmea el brazo. Clara está en el medio del living bloqueando cualquier movimiento.

Mario da por seguro que los obligará a sentarse. Cierra la puerta. Hay un momento en

que Nora intenta ir a ver a Sergio pero Clara se impone.

—Te dije que me llamaras antes de venir —dice firme.

—¿Qué, ya no puedo venir a mi casa? —se señala con el índice.

—Aclaremos esto. Esta es mi casa. Vos ya te fuiste, tenés la tuya.

—Me olvidaba. Ya no soy tu hija.

Nora gira la cara y los hombros en un gesto exagerado.

—Sos una invasora. No respetás ni siquiera que estemos durmiendo —dice

Clara, echándose para adelante como si quisiera gritarle al oído.

—¿A esta hora?

—¿Y a vos qué carajo te importa a qué hora dormimos o a qué hora cogemos?

Nora abre los brazos y la boca en un fingido gesto de sorpresa.

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—Tengo una madre liberal. Que habla de coger y todo —dice con voz

decididamente empalagosa y remata en seguida con fuerza—. ¿Por qué no te dejás de

joder?

—¿A qué vienen? —Mario eleva la voz, mirando especialmente a José Luis.

—Es por la propuesta de Suárez, que yo no estoy dispuesto a avalar —dice, o

más bien declara, José Luis.

—¿Y para decirme eso venís a mi casa? —dice Mario enervado.

José Luis se endereza como si quisiera ganar altura.

—Tu mujer tiene que saber —dice mirando a Clara—. ¿Te dijo lo que piensa

hacer?

—Es una idea, entre otras. No hay nada decidido —se apura a decir Mario.

—¿De qué están hablando? —Clara se dirige a los dos. Hay estado de alerta en

su cara. El ataque puede venir de cualquier parte.

—Quiere presentar la quiebra y rajarse. —José Luis señala a Mario con un gesto

de la cabeza. Todas las miradas lo buscan.

—¿Es cierto eso? —Clara lo mira a los ojos, esperando alguna verdad oculta.

—No. Es una idea de un abogado que consulté para tener alternativas por si las

cosas empeoran. Pero no creo que lleguemos a eso.

—¿Lleguemos a qué? ¿Qué es lo que puede empeorar? —Clara está al borde del

grito. Aprieta las manos como si quisiera agarrarse de algo antes de que la ciénaga la

trague.

Los males del mundo llegan a su casa en oleadas. Ahora tiene que dar

explicaciones ante un tribunal compuesto por su mujer, su hija y el turro de su yerno,

que tiene miedo de que él presente la quiebra. Porque claro, ¿a dónde va a ir a trabajar si

la fábrica se cierra?¿Qué carajo sabe hacer? El pelotudo no entiende que esta es una

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maniobra para calmar a la gente y frenar a los acreedores. No es una decisión tomada, es

un grito de auxilio, un pedido de apoyo, para que le saquen la pata de encima. De alguna

forma tiene que hacerles entender que él no es Dios y que no puede hacer milagros. No

pudo prever que este pelotudo iría a contarle a Clara. Ahora hay que darles un baño de

realidad.

—Las cosas están jodidas. No sé si vamos a poder seguir. Hay que prever

alternativas.

—¿Cómo no me dijiste? —dice Clara agitando los brazos—. ¿Qué soy yo para

ser la última en enterarme?

—No quería preocuparte. Quería traerte el problema y la solución.

—¿La quiebra?¿Esa es la solución?

—Voy a preparar un café. ¿Puedo? —La voz de Nora es casi amable.

Ya le llenó la cabeza a Clara, logró el objetivo, ahora solo tiene que sentarse a

esperar.

Nora trajo café y ahora escucha sentada en el sillón largo de los invitados. Clara

y él ocupan los sillones dispuestos a cada extremo. A nadie le interesan las cifras, los

problemas, solo saber qué hizo mal o qué dejó de hacer; si la situación era tan grave

¿por qué no les dijo antes? No hay ánimo de ayudar. Ninguna defensa posible, su

familia es el enemigo, uno más. Mario dice sin pensar:

—También vamos a tener que vender esto.

—¿Esto qué? —dice Clara.

—La casa.

—Ni lo sueñes. Es lo único que tenemos.

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—Por eso mismo. Es lo único que nos queda si queremos salir de ésta.

La casa no. Es la conquista de Clara, el castillo desde donde mira el mundo.

Clara no se lo va a permitir, Mario lo sabe, pero podrían vender y con eso taparían

agujeros importantes.

—Mamá, a ver si entendés, si se vende la casa dejaríamos de pagar tantos

intereses —dice Nora.

—Mi casa —Clara se golpea el pecho con el índice—, para pagar las deudas de

esa fábrica de mierda. No. Ni muerta me sacan de aquí.

—Clara, tenemos que salvar la fábrica. Si no pagamos, no vamos a poder seguir

—dice José Luis.

—Vendé tu departamento, querido. Mi casa es mi casa, ¿entendés?

—El departamento no tiene nada que ver con la fábrica. Yo soy un empleado.

—¿Y qué estás haciendo aquí? Si sos un empleado a vos qué te puede importar

si nos fundimos, si vendemos, vos no sos nadie para opinar.

—¡Mamá! —Nora se incorpora de un salto y levanta los brazos—. José Luis se

rompió el culo por la empresa, tiene todo el derecho del mundo a opinar. Vos sos la que

no tiene ningún derecho, siempre fuiste una mantenida.

Haberlo dicho antes. Mario siente alivio y satisfacción. Vinieron por lana y se

van esquilados. Ahora sólo le queda esperar que éstos se vayan dando un portazo, que

después Clara suba a la habitación como siempre, y él, tal vez, pueda llevar la moto a lo

de su madre. La discusión sigue y se va poniendo violenta.

—¡Váyanse a la mierda! —Son las últimas palabras de Clara antes de subir las

escaleras.

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Nora y José Luis se miran, no dicen qué hacemos porque él está presente. Pero

está claro que tampoco tienen lo que vinieron a buscar, el apoyo de Clara. ¿Para qué?

Que podría pasar si su mujer se inmiscuyera en los asuntos de la fábrica. ¿Qué

esperaban estos que sucediera? “José Luis se rompió el culo por la empresa”, acaba de

decir Nora. ¿Cuándo? Hace cinco años que trabaja, boludeces administrativas que se le

asignan a un secretario. Aunque ande pregonando a todos que él es el subgerente, la

mano derecha. Un desubicado, lo primero que les dijo a los empleados cuando entró —

él se ha venido a enterar con el tiempo— fue “yo no soy un negrero como mi suegro”.

Algunas veces lo encontró juntándose con otros, hablando con el contador, dando

opiniones contrarias a sus disposiciones. ¿Puede ser que este pelotudo quiera ocupar su

lugar? El baño de realidad es para todos, piensa Mario, para él también.

Nora está diciendo algo que él no ha estado escuchando, se trata de Sergio, del

accidente. Sabe que ha contestado con un par de monosílabos, espera que hayan sido los

acertados.

—Voy a verlo —dice Nora y se para.

—Dejalo, está descansando.

—¿Qué, ahora tampoco puedo ver a mi hermano?

—Está muy dolorido, pasó muy mal la noche.

—¿Cómo sabés si recién te levantás?

—Tu mamá se estuvo ocupando. Por eso estuvimos hasta tarde. —No es

coherente, lo sabe, no siempre encuentra la respuesta correcta a las preguntas

inadecuadas.

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—Lo veo y si está dormido no lo despierto. —Nora comienza a subir las

escaleras hacia el dormitorio de su hermano antes de que Mario pueda hacer algo para

detenerla. Cuando ya casi la está perdiendo de vista, Mario alcanza a decir:

—No está en su cuarto.

—¿Cómo? —Nora se asoma por la baranda de la escalera.

—Está en el cuarto de Ema. No pudimos subirlo. Ya que lo querés ver, yo te

acompaño.

Mario se pone al frente, va bloqueando con su cuerpo las escaleras, pensando en

entrar primero y hablar de modo que Sergio confirme el accidente. Se cayó de la moto.

Se lastimó las dos piernas, no es grave, piensa decir. El otro, todo vendado, no va a

necesitar decir nada. ¿Y si preguntan por la moto? Está en el mecánico. Al garaje no van

a entrar.

Mario abre la puerta, ve a Sergio durmiendo y se corre para que lo vean. Nora no

está conforme. Habla fuerte, seguramente con la idea de despertarlo. José Luis pregunta

detalles. Pregunta por la moto. Sergio se despierta. Pide que le alcancen algo para

tomar.

—Ahora te traigo —dice Mario pero no se mueve, no piensa moverse mientras

Nora esté allí.

—Andá a traerle —ordena ella.

—Cuando se vayan.

—¿Pero no ves que está muerto de sed? —reprocha Nora elevando la voz.

—¿Me dejás de dar órdenes? ¡Ya bastante tengo con tu vieja! —grita.

—¿Pero qué les pasa a todos en esta casa? Se ponen histéricos por cualquier

cosa. Gracias a Dios que no vivo más aquí, porque no los aguanto.

—Se dejan de gritar que me están dando dolor de cabeza —chilla Sergio.

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—Ah, podés hablar. —Nora lo mira—. Decime, ¿qué carajo te pasó?

—¿No te contó papá?

—Quiero que me cuentes vos.

Nora debe presentir algo o alguien le dijo, por eso insiste. Mario mira la cara de

José Luis. Inquisidor. El hijo de puta lo escuchó hablar con Clara, escuchó cuando le

pidió a su secretaria que buscara unas muletas. Sabe que Sergio hizo alguna cagada.

Buscan y rebuscan cualquier cosa con tal de destruirlo.

Mario menea la cabeza suavemente hacia Sergio que lo mira fijo.

—¿Qué seña le estás haciendo? ¿Te crees que soy estúpida?

Mario ni se da cuenta cuando su mano va hacia el brazo de Nora. La saca de un

solo tirón de la habitación y la lleva hacia las escaleras. José Luis se le viene encima y

lo agarra del otro brazo. Mario se da vuelta y le da una trompada en la cara. El golpe

suena seco, preciso. José Luis cae pero se levanta enseguida. Le pega de nuevo, él

también le pega. Los golpes no duelen, lo enfurecen. Siente sal en la boca. Tiene la bata

desprendida y se le debe estar viendo el sexo. José Luis se mueve, esquiva los golpes, es

más joven. Mario siente odio. Se arroja sobre el otro y lo toma del cuello, una embestida

rápida, José Luis no puede zafar. Mario aprieta. Son manos de matricero aunque ya no

haga ese trabajo. Corta el paso de la sangre y del aire, José Luis deja de golpear, trata de

separar las manos de su cuello, empalidece. Nora grita. Los ojos de José Luis imploran.

Nora se cuelga del cuello de su padre.

—¡Lo vas a matar! —Mario sabe que sí, que lo quiere matar, que lo puede

matar. Lo suelta. José Luis se agarra el cuello, no puede hablar. Nora lo arrastra hacia la

escalera, se deja llevar para arriba. Mario da un paso hacia atrás. Sergio mira impotente

desde la cama.

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—Cagón hijo de puta —grita Mario—. Llevátelo. No quiero verlo más. —Sigue

gritando sin odio, con la satisfacción de haberle puesto las manos en el cuello. De casi

matarlo.

—Te voy a hacer mierda —pretende gritar José Luis y tose, retrocediendo

escalera arriba empujado por Nora.

—Andá a la concha de tu madre, cafisho.

—¡Estás loco, terminala! —le grita Nora—. ¡Y vos, José Luis, andá para arriba!

Dejalo a este enfermo. Ojalá se muera.

Ya José Luis debe estar en el living, desde donde sigue puteando:

—Me quiso matar, se la voy a hacer pagar.

—Que no se aparezca más por la fábrica —devuelve Mario desde abajo—.

Andate a la mierda, imbécil.

El “vamos, vamos” de Nora es lo último que escucha antes del portazo.

Repentinamente a Mario le falta el aire, las piernas se le doblan, le duele el

pecho. Va a tener un ataque. Sigue respirando, el aire no llena los pulmones, entra y sale

pero no los llena. Se sienta en el suelo. Esto es la muerte. Así. No puede ser. Tiene que

relajarse. Respirar más despacio. El corazón empieza a aflojar. Un susto nada más.

—¿Estás bien papá? —la voz de Sergio le llega como si estuviera lejos, aunque

está ahí, a su lado y desafina por la impotencia. Si pudiera lo ayudaría a levantarse,

piensa Mario. Le dice que sí con la cabeza y con la palma abierta de la mano le hace

seña que vuelva la cama. Sergio se queda de pie, apoyado en una muleta. Mario piensa

que tiene que levantarse ahora, mostrar que está bien. Es apenas un esfuerzo. Se siente

gordo. Torpe. Se levanta.

—Ya te traigo el vaso con agua —dice, abrochándose la bata.

—No, no hay apuro, viejo, descansá.

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—Sí, ahora voy. —Mario dice que va pero se acerca a la cama de Sergio y se

sienta. Necesita recuperarse.

—Es una hija de puta esta pendeja —dice Sergio—. Y al tarado ese lo voy a

matar.

—Con un muerto alcanza. —Mario se ríe de su propia ocurrencia. Sergio tarda

un poquito y después también suelta la risa. Por fin un momento de distensión en la

casa.

—¿Qué pasa? —la voz de Javier los interrumpe.

—¿Qué hacés vos acá? —“llegás siempre al final, cuando nadie te necesita”,

piensa Mario, pero no lo dice y busca la respuesta adecuada—: un quilombo con Nora y

el pelotudo ese. No pasa nada.

—¿Tenés problemas en la fábrica?

—¿Estuviste escuchando?

—Hablaban a los gritos —dice, encogiendo los hombros.

—Son cosas para hablar en la oficina y no en esta casa. Mucho menos un

sábado.

—¿Hay algo en que yo pueda ayudar? —ofrece, abriendo las manos como si

sostuviera un paquete—. Si querés voy a trabajar.

—No, seguí así, seguí estudiando. Sos el único que no me da problemas.

Mario siente que algo está mal en lo que dijo pero ya está. Sergio lo mira. Él

palmea la cama invitándolo a que se acueste.

—Dale, acostate que estar parado te hace mal.

Sergio se sienta en la cama, trata de apoyar la muleta contra la mesita pero se

cae y hace un ruido de caño hueco. Javier la levanta. Las palabras se han ido. Mario

necesita ir al baño, después traerá agua para su hijo.

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Clara no está en la habitación cuando sube a cambiarse. Termina de vestirse,

busca la campera de cuero negro. Sabe que no la necesita para llevar la moto a la casa

de su madre pero tiene ganas de usarla. Tal vez sea un reflejo de juventud, de los

tiempos en que estaba todo bien, cuando salían con Luis, el Cholo y los muchachos a la

ruta. La encuentra colgada en el extremo izquierdo del vestidor. Una capa de polvillo

cubre los hombros y el cuello. La cepilla antes de sacarla de la percha, se la pone. Tiene

que comprimir el abdomen para poder correr el cierre que solo sube hasta la mitad. Mira

al espejo, parece un globo. Tira del cierre de la campera hacia abajo, es inútil, está

gordo. Tendría que hacer dieta, caminar más, promete hacerlo aunque sabe que se está

mintiendo, baja el cierre, no hace tanto frío, puede llevarla abierta. Va hacia el garaje.

La moto está casi sin nafta. Tiene que ir a buscar con un bidón a la estación de servicio.

Por suerte hay carga en la batería, no regula bien, si hubiera tenido que patearla quizás

no hubiera arrancado con tantos días parada. Acelera y se lanza a trepar la rampa de su

garaje. Ni loco intentaría subirla a pulso. La moto sube liberando la potencia entre sus

piernas, un insignificante momento de ingravidez, y tiene que frenarla sobre la vereda.

Gira levemente y aprieta el control para cerrar la reja y el portón, después avanza lento

por la calle soleada.

Siente un placer especial en ese poder controlado, en ese avanzar libre contra el

viento. Una sensación desconocida. Algo como estar lleno, bien. Satisfecho. Satisfecho

de lo que pasó con José Luis. Del despelote que se armó. Descargado. La campera de

cuero lo protege del viento y de cualquier cosa. Nada lo va a lastimar. Ni la reventada

de Nora, ni el odio de su yerno, ni la incomprensión de Clara. Nada le importa mientras

conduce la moto entre las calles baldías para llegar a lo de su madre. Un tiempo sin

plazos. Podría pasar a buscar a Luis, “dale vamos, salgamos a la ruta, en cuatro horas

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estamos en Mar del Plata, o tal vez en Rosario, hay mejores minas en Rosario”. El

mundo es nada, está literalmente al alcance de la mano.

—¿Viniste en moto?

El gesto de preocupación le marca un poco más las arrugas del rostro.

—Sí, vieja, largué la camioneta y me compré la moto.

—Sos un inconsciente. Ya no estás en edad de andar en moto.

—Es un chiste, viejita. Es de Sergio. Te la vine a dejar por unos días.

—¿Por qué me vas a dejar la moto?

También su madre tiene la mala costumbre de mirarlo a los ojos, de exigir la

verdad.

—La tiene prohibida. No quiero que esté en casa porque la va a usar. La guardo

en el galpón del fondo. Que no sepa nadie que la tenés.

No está seguro de haberla convencido pero ella acepta la moto, como aceptaría

cualquier cosa que viniera de su parte.

—¿Ya comiste?

—No, pero no te hagas problema.

—Vení, haceme compañía. Recién estoy empezando.

—Son como las cuatro de la tarde. ¿A esta hora comés?

—Me levanto tarde, almuerzo tarde. ¿Para qué me voy a apurar?

Es cierto, ¿para qué? Es su vida, son sus tiempos.

—Guardo la moto y vengo.

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Mario atraviesa el pequeño jardín y se mete por el pasillo que da al fondo. Un

parque descuidado y más atrás el cuartito de trastos, el garaje de la moto cuando era

joven. La casa está siempre igual. “Tenemos que poner rejas”, le dijo muchas veces a

su madre. “Yo no voy a vivir encerrada. Mamá, las cosas cambiaron, te van a robar.

Quién me va robar, no tengo nada.” No hay pero que valga, ella no quiere ver que vive

sola y está vieja; él tampoco, porque si no ya le hubiera puesto las rejas sin consultarla.

Que nada cambie si todo cambia. Hay un punto, un momento en la vida de cada uno al

que uno trata de quedar atado. Un punto que sobresale como una roca en el medio del

río, de la correntada que la bordea, que se lleva todo, y él, que va arrastrado por esa

corriente casi sin darse cuenta, necesita agarrar la roca y treparse al pedazo de granito,

para sentir el suelo firme, para mirar aunque sea por un momento el panorama desde

arriba, antes de caer inevitablemente al agua turbia.

—Hice guiso carrero —dice su madre llenándole el plato con el cucharón que

saca cargado de la olla negra de hierro. Es una olla con patas, para usar con carbón. Le

puso una esterilla en la mesa para poder apoyarla.

—Ni que supieras que venía.

—Siempre hago comida de más, por si cae alguno.

Quién puede venir. No hay parientes cercanos, su hija está en España. Clara hace

años que no pisa esta casa. Los nietos la tienen olvidada. Solo él. Su madre cocina para

dos, es una forma de no sentirse sola. No pide que la visite, solo lo espera,

indefinidamente.

—¿Cómo anda todo? —dice su madre.

—Bien. Todo bien.

—¿Seguro?

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—No te preocupes, vieja —el guiso picantón se disuelve en la boca—.

¿Necesitás algo?

—Tengo todo.

—¿Te alcanzó Azucena la mensualidad? —pregunta, con la boca llena.

—Vino el martes pasado. Me dijo que se atrasó un poco porque las cobranzas

andaban mal.

Su secretaria habla demasiado. No tenía por qué preocupar a la vieja. El lunes va

a hablar con ella. Su mamá merece ese dinero, lo necesite o no. A fin de cuentas él pudo

montar la fábrica con lo que le prestó el padre. Todos sus ahorros. No llegó a

devolvérselo, su padre ya había muerto. Entonces su madre dijo: “mientras tenga para

vivir”. La devolución se convirtió en pensión. Más de lo que ella gasta pero menos de lo

que merece. ¿Si todo se va a la mierda, cómo podría mantenerla?

—¿Cuando vas a ir a visitar a Miriam? —le pregunta mirándola de frente.

—España queda lejos. Que vengan ellos, yo no estoy para trotar por el mundo.

—Son unas horas. Miriam te va a buscar, hay gente mucho más grande que vos

que viaja todo el tiempo.

—Que vengan ellos —repite como una cantinela.

—Ni siquiera conocés a tus nietos.

—Si no vienen es porque están muy ocupados ¿no? ¿Te parece que puedo ir allá

para que me tengan que atender? No, hijo. Cuando ellos puedan venir, van a venir, yo

voy a estar acá.

Imposible convencerla. Ella seguirá aquí y él tendrá que mantenerla y protegerla

de las malas noticias. No hay forma de no hacerse cargo, de dejar de ser el único

responsable de su mamá, aunque no pueda evitar que esté sola y cocine todos los días

para los dos.

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Ella pregunta, él responde como puede, después se callan, hablan de

intrascendencias, de algunas pequeñas cosas viejas. El tiempo se detiene suavemente

sobre el mantel bordado del comedor. Se está haciendo la noche. Hora de volver. Le

duele el cuerpo. Su madre trae el té en la vajilla fina. Ha decidido usar todo antes de

morirse, se lo dice. “No tiene sentido dejarles nada, ustedes tienen las suyas”. A sus

padres les costó comprarla. Inglesa, con florcitas. Las tazas tienen pequeñas arañas del

desgaste. Arañas de la vejez. Come una porción de bizcochuelo de naranja. ¿Sergio

habrá tomado los remedios? ¿Clara le habrá dado de comer? Su casa es un caos. Tiene

la sensación de que si se aleja todo se derrumba.

—¿Tenés el teléfono de un remís?

—¿Ya te vas?

—Es de noche. Tengo que volver.

—Está pegado en la heladera. Llama al que dice Platinum, es mejor que el otro.

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CAPÍTULO 5

Armando finge dormir. Su cuerpo sigue abandonado por la voluntad y por todo

deseo. Entregado a los mínimos requisitos de la vida. Un sábado sin guardia, sin

urgencia ni motivo. ¿Para qué levantarse, cuando uno ya tiene la certeza de que no hay

nada que hacer afuera? Se derrumba en sí mismo buscando algún sueño que le sea

benigno.

Siente una mano que le acaricia suavemente la cara, un mimo. Apenas entreabre

los ojos. Raquel ha vuelto, tiene puesto el babydoll pero se ha sacado la tanguita. Huele

a hembra, es algo sutil que casi siempre lo excita. Ella lo está buscando, corre las

sábanas, le baja el slip. Siente que le toma el sexo que ya está erecto y se endurece más.

Cierra los ojos para no ver esa piel cetrina. Raquel lo está montando, lo cabalga rápido y

con fuerza. La deja hacer. Es bueno esto de entregarse sin dar, no tener que ver en el

asunto. Raquel empieza a perder el control, gime y él sigue inerme; ella explota y queda

tirada sobre su pecho. La abraza, la pone debajo de su cuerpo, empuja, empuja, ahora

tiene los ojos abiertos mirando el respaldo de la cama, los cierra, se concentra en las

tetas blanquísimas de Clara, en los pezones duros debajo del camisolín y acaba. Su

humanidad tiembla, se derrumba.

Raquel le toma la mano, los dos miran hacia adelante.

—¿Te preparo café? —dice ella.

—Está bien, ya me levanto.

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Armando espera que Raquel salga del baño para entrar. Abre la ducha, siente el

agua caliente que lo activa, el cuerpo necesita de ese masaje. El agua corre. Ahora

tendrá que secarse, vestirse, desayunar. ¿Por qué siente que la vida lo obliga? ¿Y si no,

qué? El abandono, se responde y una imagen confusa de si mismo tirado sobre una

camilla lo asusta. Sale de la ducha, toma el toallón y se seca.

—Leti no volvió anoche —dice Raquel untando las tostadas.

—¿A dónde?

—A casa. ¿Adónde más?

Hay un sobresalto de molestia en la cara relajada de Raquel porque él ha

contestado cualquier cosa, no estaba escuchando.

—¿Te avisó que se quedaba en algún sitio?

—No. Por eso te lo estoy diciendo

¿Qué quiere ella que él haga? Es sábado, acaba de levantarse.

—¿Probaste llamarla?

—Lo tiene apagado.

—¿Adónde fue?

—Salía con unas amigas.

Armando hace un efímero cálculo de posibilidades. Si le hubiera pasado algo, ya

lo sabrían. Las malas noticias llegan rápido. Entonces está con algún tipo o tal vez

durmiendo en lo de una amiga.

—Ya es grande para que le andemos detrás.

—No le estoy atrás. Pero no avisó y eso me pone nerviosa.

—Si viviera sola ni te enterarías.

—Pero vive con nosotros y mientras viva aquí me tiene que avisar.

—Decíselo, es tu hija.

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Raquel lo mira. Él acepta la mirada.

—También es tu hija, ¿no? —Raquel endurece la voz.

—No empecemos con las pelotudeces.

—Estoy harta de verte así.

Hemos vuelto a la normalidad, las hormonas ya no hacen efecto.

—¿Así cómo?

—Así. Si tanto te jode vivir con nosotras, andate, hacenos un favor. —La mano

de Raquel empuja el mantelito y el vaso de jugo se vuelca—. Mirá lo que me hiciste

hacer —dice mientras trata de secar con una servilleta el jugo derramado.

—Si estás histérica no es mi culpa. —La bronca le corre por la venas, ahora está

despierto.

—Sos un jodido. No sé cómo me casé con vos.

—No estamos casados, si a eso te referís.

—¿Qué te hice, qué te hicimos para que nos trates así?

Las lágrimas comienzan a aparecer en los ojos achinados de Raquel, o eso

anticipa Armando. ¿Por qué? ¿Por qué no agradece todo el amor que ella le da, todo lo

que hizo por él? ¿Por qué no está satisfecho? No debería haberla recibido el día que

apareció con su valija en el departamento de Lavalle. Pobrecita, se dijo, habían sido

amantes por unos meses, una aventura, ella estaba casada, y él, pedazo de pelotudo, se

sintió obligado a protegerla. Estaba solo, como siempre, conmovedoramente solo, toda

una tentación para una mina como Raquel, con un matrimonio conflictivo, que no podía

de ninguna manera saber que él era así. Pero tampoco tuvo huevos para decírselo, ni

para cambiar o aceptar simplemente lo que se daba. Dejó ir para adelante. En el medio

el embarazo de Lecticia, tan oportuno como dudoso. Y aquí están varados, con una hija

que no termina de aceptar como algo propio. No tiene ganas de soportar un día de

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lágrimas y reproches, no tiene ganas de caer en la tentación de disculparse, de

presenciar la abnegación con que ella, a pesar de todo, le preparará el almuerzo, le

cederá el control de la tele en un aburrido sábado de encierro.

—Voy a salir, no me esperes para el almuerzo —dice rápido y se levanta.

No tendría que haberse ido. Pero el departamento es demasiado chico para

mantenerse aislado. Ahora tiene que decidir la mejor manera de pasar el día en la calle.

Hacer algo. ¿Qué? Nunca tiene nada para hacer. Algo que valga la pena, que le guste.

Tal vez llamarlo a Mario para jugar al tenis; pero con el quilombo en que anda y sin

reservar la cancha es imposible. Además no le da para volver a buscar el equipo y armar

el bolso delante de Raquel. Sigue caminando. Tendría que haberse puesto zapatillas.

Estos zapatos le aprietan.

El bolichón ocupa toda la esquina, es viejo, de principio de siglo tal vez. Su

padre venía a tomar el vermú los domingos. Todas las mesas están vacías. Se sienta.

Hay un único hombre junto al mostrador. El tipo se da vuelta, lo mira, baja del taburete

y viene hacia él.

—Un café —dice Armando antes que buen día o alguna otra zoncera. El otro

camina hacia atrás de la barra.

—No, espere —lo llama—, ¿tiene vermú? —El tipo gira la manivela en el

sentido contrario, el café queda a medio hacer.

—Tenemos —pluraliza—. ¿Qué le sirvo?

—Gancia, con bitter. Y si puede, una picada.

—¿Grande o chica?

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—Grande.

El mozo corta quesos y fiambres, el paladar de Armando anticipa el gusto del

vermú. Mira la calle a través de la vidriera. Es un día húmedo, el asfalto está mojado, el

cielo nuboso. Hace calor. Ayer todavía hacía frío. En unos días llega septiembre, el año

se va. Está varado en la vida sintiendo el susurro del tiempo que pasa. Hay poca gente

en la calle para ser sábado. Poca gente en todos lados, últimamente. Mira al mozo que

trajina, gracias a él tiene cómo distraerse del murmullo insoportable. Es como el desfile

de pacientes o el recetario, un paréntesis anestésico de cualquier angustia. “Hay un final,

siempre hay un final”, se le ocurre pensar sin saber por qué y además están los

presagios, los abandonos. Ese desgano que lo invade. El vermú llega acompañado de la

picada y un sifón. Las manos hábiles del mozo van distribuyendo los platitos y la

panera.

—Buen provecho —dice el hombre antes de irse.

Armando mira el salame cortado fino, los dados de mortadela, las lonjas de

queso gruyere, unas sardinas en aceite, las papas fritas. No se le ocurre que falte nada.

Los bocados le van cambiando el humor. Agrega soda en el vaso y toma un poco. El

gusto del vermú invade su paladar, activa el apetito. Repite el procedimiento entre

bocado y bocado, el sabor se va haciendo cada vez más suave . Al final será pura soda

con apenas un vestigio de Gancia. La imagen de Raquel obligándolo a tener sexo se le

presenta. ¿Por qué le molesta si también le gustó? ¿Qué está mal?

No termina con la picada, ya no tiene hambre. Es la humedad. El clima que lo

inunda todo, como en una pecera. Todos peces, nadando de aquí para allá. La tarde

comienza y el aburrimiento también. A esto vendría su padre al boliche. A pensar

boludeces. No. Él tenía amigos, tenía con quién hablar, jugar a las cartas. Armando no

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tiene, los que tuvo ya no están, muchos desaparecieron, otros se exiliaron. No pudo

hacer nuevos. ¿Por qué? Otra pregunta sin respuestas.

Entran tres tipos. Los mira, quizás esperando que alguno sea un superviviente de

los tiempos de su padre pero rápidamente se da cuenta de que no. Tampoco los hubiera

reconocido. La única imagen que le queda de entonces es una larga fila de hombres

grandes dándole la mano en el velorio, consolándolo por un dolor que no sentía. No

volvieron, nunca tuvieron la intención de hacerlo, solo eran palabras, “estamos para lo

que necesites”. Él y su madre se arreglaron. Después ella se fue casi sin que se dieran

cuenta y en esa ocasión no hubo condolencias. No hubo nada.

—La cuenta por favor —pide, escribiendo un falso garabato en el aire.

Paga, ya no tiene derecho a permanecer. Debería llamar a Raquel y hacer las

paces, toma el celular. Piensa en Clara, siente una pequeña tensión, un deseo que no está

dispuesto a dejar escapar. Busca el número y llama. La luz del sol se ha sobrepuesto a la

bruma y una claridad amarillenta resalta el color de las veredas.

—Soy Armando. Quería saber cómo está Sergio.

—Todavía no bajé, estuvo Mario con él.

—Te escucho rara.

—No pasa nada.

—¿Pero estás bien?

—Estoy, pero ya no me banco esta situación.

—¿Mario está con vos?

—Se fue a la casa de la madre.

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—Más tarde paso a ver a tu hijo.

—No sé si voy a estar. Pienso salir un rato.

—Ah, qué lástima.

—Está Javier, si venís, él te va atender.

—¿Adónde vas a ir?

—No sé. Necesito salir —repite.

—¿Te parece tomar un café, antes de que vaya a ver a Sergio?

Hay un silencio incómodo. Armando siente que ha metido la pata. Trata de

enmendarlo:

—Necesitamos estar todos tranquilos, si querés podemos hablar.

—En media hora. —La voz de Clara es insulsa, casi una concesión—. Te espero

en Café París. ¿Lo ubicás?

—Sí, por supuesto.

Armando va hasta la parada del colectivo, no trajo las llaves del auto y no tiene

ganas de volver a buscarlas. Mira el reloj, va a llegar justo, tal vez ella lo haga primero.

Deja pasar algunos colectivos antes de parar a uno. Mientras sube piensa que, después

de todo, es solo una charla o un apoyo moral. La mejor manera de pasar la tarde.

¿Curiosidad? Otra mujer, otro mundo para conocer, esa es la tentación. En la clínica

pasan los pacientes cada uno con su historia a cuestas, la mayoría predecibles y otras

inexplicables o poderosas. Lo atrapan. Él puede conocer la densidad corrompida de sus

huesos, el secreto escondido en la sangre pero eso es apenas sustrato, por arriba está eso

intangible que es la vida de los otros.

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Clara está sentada en la última mesa de la izquierda. Toma una gaseosa y mira

insistente la calle por el ventanal. Él lamenta haber llegado tarde, qué descortesía para

una cita. Una falla que pretende enmendar. Percibe el cuello lánguido descubierto que

emerge del vestido. Clara lleva siempre ropa de mujer. Puede quitársela con placer,

levantarla sin miramientos o ver cómo ondea suavemente alrededor de sus muslos. A

Raquel le gustan los joggings. Cómodos, dice. Raquel es activa, decidida. Clara se

desliza. Espera y se deja buscar. Eso la hace interesante.

—Hola —saluda él.

—Hola. —Hay una pequeña sonrisa circunstancial en su cara.

—Disculpame pero no quise sacar el coche y me demoré.

—No tiene importancia —dice subiendo los hombros—, ya estás aquí.

Armando piensa en algo para tomar, termina por pedir un café.

—¿Y tu mujer? —pregunta Clara—. ¿No estás con ella los sábados?

Armando se sorprende, ahora resulta que es él el interrogado.

—No te quiero mentir, hoy discutí con Raquel y me fui para ventilarme.

Después me acordé que tenía que ver a Sergio y te llamé.

—Me di cuenta de que andabas perdido —dice, mirándolo con una media

sonrisa—. Me viene bien, sabés, yo tampoco tenía qué hacer.

—Está bueno que lo tomes así, que no te moleste.

—Te aclaro una cosa: conmigo no va a pasar nada.

—Claro. Sos la mujer de Mario.

Clara lo mira de frente, directo a los ojos. Sin pestañar ni mover un músculo.

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—Sabés que no te creo. Con los hombres siempre se trata de eso, después de que

te conocen es otra cosa.

Fue directa, como un golpe en los testículos.

—No te digo que no me gustás pero yo también tengo códigos —acaba de decir

mientras, como sin pretenderlo, empuja su cuerpo unos centímetros para atrás.

—Y aclarando un poco más —sigue—, Mario no tiene que enterarse, las cosas

no están bien entre nosotros así que no quiero que lo sepa.

—A mí no me daría la cara para seguir siendo su amigo si él sospechara algo,

aunque no exista.

—Fenómeno, ¿y de qué vamos a hablar?

Demasiado transparente y legal para una mujer tan atractiva sentada en un café

con un desconocido. Pero qué desafío, seguir hablando después de eso, en una tarde

húmeda de sábado. Algo al fin tiene sentido.

Mario baja del remís. Las luces de su casa están apagadas. Activa el control y

entra por el garaje. Va directamente a la habitación donde está Sergio. Javier lo está

acompañando. Siente alivio, no todo se ha desmadrado en su ausencia.

—¿Tomaste los remedios?

—Sí, y le di de comer —se anticipa Javier.

Sergio se queja.

—Me duele el estómago y estoy con diarrea.

—Lo voy a llamar a Bruzzone para ver si te puede dar algo que te alivie.

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Bruzzone tarda en atender. La llamada entra al contestador. Mario deja un

mensaje.

—Ya le avisé —le dice a Sergio—, en un rato seguro me llama. ¿Y tu madre? —

le pregunta a Javier.

—No sé, salió.

—¿Te dijo cuándo volvía?

—Dijo que en un rato.

—Me voy para arriba, cualquier cosa me avisan.

—Yo tengo que salir —dice Javier.

—Cuando te vayas, me avisás y bajo.

—Ya me estoy yendo.

—Me cambio y bajo.

No había pensado en esto. No tiene ganas de quedarse al lado de Sergio

acompañándolo pero no puede decirlo, no después de que Javier se quedó todo el día

con él. Sube a su habitación, aprovecha para ir al baño. Deja pasar un rato. Decide bajar,

le va a decir a Sergio que se la banque, que lo llame si lo necesita y él se va a poner a

mirar un rato de televisión. Debería haberle dicho a Javier que no es necesario estar con

el hermano todo el tiempo, que puede quedarse solo. Se promete que lo hará no bien

vuelva. Y Clara… Ella no va a hacer nada, por lo visto. Mejor. Está más cómodo solo

que con ella rompiendo las bolas. ¿Adónde habrá ido? No importa. En este caso, no

importa.

Mario hace zapping, cada nuevo canal le interesa sólo un momento: el tiempo

que le lleva saber de qué se trata. Después pierde interés y busca algo mejor. Cuando

termina vuelve a repasar los canales, como si la programación hubiera podido cambiar

en tan poco tiempo. Escucha el portón que se abre, es Clara que está entrando el coche.

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Ya no está tranquilo. El ruido de los tacos llega a la planta alta, la precede con su modo

arrogante. Ahora se detuvo delante de la puerta de Sergio. Debe estar mirando sin

entrar. Los tacos siguen, está subiendo las escaleras. Ya está en el living, a tres o cuatro

metros. Silencio. Lo debe estar mirando. No dice nada. La escucha girar sobre sus tacos,

dos pasos y ahora sube la escalera de madera. Los tacos desaparecen en la alfombra de

la habitación.

Mario aprieta la tecla una vez más. Un partido de tenis. Es placentero ver cómo

le pegan. Uno, dos, tres reveses y al cuarto el jugador gira el hombro, la muñeca, y

devuelve un paralelo sobre el fleje, al fondo. Bello, genial. Suena el timbre. Mario mira

por la ventana, hay un hombre junto a la reja, es Bruzzone. Lo hace pasar.

—Te estuve llamando —dice—. A Sergio le duele el estómago y tiene diarrea.

—Son los antibióticos, no te preocupes. Le voy a dar algo para eso.

“Podrías habérselo dado antes”, piensa Mario. Los médicos son así, no les

calienta prever, remiendan. Sergio está bien, según dice Bruzzone, escribe la receta en

cualquier papel.

—Es venta libre —aclara y aconseja dieta de zapallo hervido y pollo sin piel.

Sergio pone cara de asco, él la ignora, repite que todo va bien. Se va, Mario sale

con él.

—¿Y el auto? —pregunta mirando la calle desolada.

—Vine en colectivo.

—¿A esta hora? Vos querés que te la den.

—Se me descompuso.

—Te hubieras tomado un remís.

—Son cuatro cuadras hasta la avenida.

—Esperá que te acerco. De paso le compro los remedios a Sergio.

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Clara lo trajo, lo dejó en la esquina, ahora Mario lo devuelve a su casa. Detrás de

la puerta estará Raquel y también Leti; caso contrario, ya lo habrían llamado. El aire se

va a cortar con tijera cuando entre. Tiene hambre. Fuera de eso se siente bien, algo ha

cambiado, no puede saber qué, solo tiene hambre y no teme enfrentar a su mujer.

Tampoco le importan demasiado los problemas de Mario. Es una reacción que tiene

algunas veces, casi siempre cuando sale de una guardia de terapia intensiva. Se sube al

coche y al carajo todo. Ahora le está pasando lo mismo pero está fuera de la clínica. Es

algo imparable y ni siquiera se siente culpable. ¿Es su derecho o su necesidad? A lo

mejor es normal sentirse así, tal vez debería preguntarle a sus colegas pero no tiene

confianza, apenas trato cordial. Los médicos son mala gente, no es bueno mezclarse.

Mario detiene el coche en la puerta del edificio, pasan unos segundos antes de

que Armando se dé cuenta de que está esperando a que baje. Se despide, le da la mano

floja, nunca pudo entrar en eso de los besos entre hombres. Sería mejor hacer como los

japoneses, una inclinación de respeto y distancia. Acá está obligado aunque sea a dar la

mano. Cierra la puerta con cuidado y se queda sobre la vereda viendo cómo Mario se

aleja, mientras él busca parsimonioso la llave en su bolsillo.

Mario ha cumplido con todo: se ocupó de los remedios, ha pedido la cena a la

casa de comidas de siempre, se acordó de pedir zapallo hervido, el pollo sin piel. Clara

no quiso cenar, ni siquiera bajó.

Ahora, con un whisky sin hielo, él ha vuelto al televisor. Tiene puesto el

programa de política, desde abril que han repuesto a Cavallo, el inventor de la

convertibilidad. Es una tabla de salvación. El tipo cuenta con la confianza del

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presidente, de la oposición, de los mercados. Ejecuta un plan simple, de sentido común.

Ajuste, una ley para que la gente deje la guita en los bancos, diferir las deudas, como

haría cualquiera. Es de sentido común, debería funcionar. Mario piensa en términos

simples también. No tengo para pagar los sueldos, no vendo, no cobro, no pago. Nadie

vende, nadie cobra, nadie paga. No hay nada que a él, ni a Plásticos Giumex, los ayude

a salir de ésta. El lunes tendrá que ir a la empresa a hacer lo mismo que el ministro,

mentir, sentarse impotente en su escritorio viendo cómo hace para durar una semana

más. Ya no piensa en cómo salir sino en durar. Las cosas que ha hecho para seguir

durando. La diferencia entre lo legal y lo ilegal se ha borrado definitivamente en su

cabeza. Hay que sobrevivir, se dice. La televisión sigue encendida pero ya no sabe lo

que está viendo; cuando le cae la ficha del laburo todo se borra. Trata de pensar adónde

va esto, adónde va su vida y todo le parece una ficción. Su familia, la pelea con Clara —

que lleva años—, esta casa. Él sostiene la ficción, oculta, provee. Es estúpido pero no

puede largar. ¿Por qué? ¿A cambio de qué? Piensa en sus amigos; el Cholo no se

calentó nunca por progresar, se quedó en el lugar donde empezó, arreglando motos. Luis

le puso garra, venía creciendo pero en cuanto la cosa se puso difícil vendió todo y se fue

a España con la familia, la tuvo clara, todavía había tiempo. Pero en ese momento a él le

iba bien, gracias a su creatividad en el diseño de algunos productos de buena salida.

Todavía llegaba a la fábrica con ganas, resolvía, tenía una familia normal, una hija

recibida a la que le podía montar el consultorio, un yerno simpático, una mujer bella,

con clase. ¿Cómo se iba a ir a un lugar donde era nadie? Luis sí, él apenas tenía el

tallercito de torneado. “A vos porque te va bien” le dijo más de una vez y ahora sabe lo

que Luis omitió decirle, seguramente porque no querría pelearse (y tuvo razón, porque

en ese momento lo hubiera mandado a la mierda): “pero se te va a acabar”.

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Hay una pared delante de sus pensamientos, una pared oscura, un más allá que

no puede pensar. ¿Será así la muerte? ¿Será eso lo que no se puede pensar? Nadie

piensa que se va a morir. Puede pensar en matarse para terminar con todo, pero es como

querer borrara el mundo, no como que él se fuera a morir. Se levanta y se sirve otro

whisky, vuelve al sillón y cambia el canal, busca, hasta que encuentra una película de

los años cincuenta en blanco y negro. La deja. El argumento es previsible, lento. Qué

buena era la vida en esa época. No hace falta prestar atención, basta con mirar y

relajarse, dejar de pensar en otra cosa hasta quedarse dormido.

Lo despierta una molestia en el cuello, lo sacude hasta hacer crujir algo adentro,

apaga la televisión. Sube despacio las escaleras. Entra al cuarto sin hacer ruido para no

despertar a Clara. La luz de la luna llega por el ventanal, la cama está intacta, Clara debe

estar en la habitación de Nora. Siente bronca, la hija de puta lo abandona. Debería ir a

despertarla, decirle que es una jodida, que él no merece eso. Pero el sueño lo vence. Se

acuesta vestido.

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CAPÍTULO 6

La luz del sol tras las cortinas se desliza hacia la cara de Mario. Se da vuelta, se

resiste a perder el sueño donde tal vez haya algo dulce, indefinible, que se escapa y

desaparece. Hay silencio en la casa. Se sienta en la cama, mira alrededor, hubiera sido

mejor seguir durmiendo. Se para, va hacia la ventana, corre levemente la cortina; ve

techos, el follaje de algunos árboles y zorzales aplacados por la luz. Alguien podría

pintarlo a él desde afuera, así como está, asomado a la ventana y titularlo: “Hombre en

el ventanal”. Quedaría bonito un título así. Había un cuadro en la casa de su madre, un

tipo sentado en el murallón de un puerto. Nadie sabía cómo había llegado a la pared del

comedor. Ahora que lo piensa, no recuerda haberlo visto la tarde anterior. ¿Qué habrá

hecho con la pintura su vieja? Se lo va a preguntar la próxima vez. En el cuadro se veían

barcos de todos colores, el agua, algunas gaviotas y el hombre de perfil, mirando y

mirando. No tenía título, apenas se leía un garabato, Bosio, Borsio, o algo así. Él le

pondría “hombre mirando el mar”, suponiendo que ese puerto bordeaba un mar aunque

bien podría ser un río grande o un lago, porque el pintor solamente había pintado al tipo

sentado, un pedazo de agua y algunos barquitos. También gaviotas, pero las gaviotas

andan por todos lados, eso no significa nada.

—Hoy tenemos que trasladar a Sergio —dice en voz alta. Va a tener que pedirle

ayuda a Javier, pueden hacer una sillita con las manos y subirlo. Javier es un poco chico

todavía pero tiene fuerza. Habrá que esperar a que se despierte. ¿Quién? Se pregunta

como si lo dijera un tercero y afirma: Los dos, Javier y Sergio, hay tiempo.

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“Hablo solo, cada vez estoy más loco”, piensa y decide ir a pegarse un baño.

Cuando está tomando mates en la cocina, Clara viene bajando. Él ceba otro

mate.

—Hola —dice ella cuando entra.

—Hola —repite Mario.

Clara da vueltas, parece buscar algo.

—¿Querés uno? —ofrece Mario.

Ella se para delante, lo mira seria. El mate queda a mitad de camino entre los

dos. Ahora viene el metete el mate en el culo, piensa él. Pero Clara extiende la mano y

recoge la calabaza.

—¿Terminaste con el diario? —pregunta, mirándolo desde la superioridad que le

da estar parada.

—Ahí lo tenés. —Mario estira una mano que no llega a tocar las páginas

desparramadas.

Ella toma una parte del diario y se sienta. Él endereza la otra, sigue leyendo. Ella

abre la bolsa de bizcochitos y los pone en un plato, acabando la maniobra que Mario

dejó a la mitad. “Hoy es domingo”, piensa Mario y ceba otro mate.

Clara habla sin levantar la vista de su lectura.

—No creas que terminó ahí.

—¿Qué cosa? —el chorrito de agua hace una pausa y no alcanza a llenar el

mate.

—Lo de la fábrica y lo de Sergio —dice, ahora sí mirándolo a la cara.

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—¿Vas a empezar de vuelta?

—No. No voy a discutir. Pero la terminamos acá. En cuanto esté bien, él se va

de casa y vos también. Y esta noche te llevás todas tus cosas al cuarto de Nora y me

dejás la habitación para mí.

Irse. No, ser echado. La cara de Clara no muestra odio, es una decisión tomada.

A Mario le cuesta entender que ya no es bienvenido en su propio hogar.

—¿Si no me voy qué pasa? —dice levantando la voz y la barbilla.

—¿Querés que me vaya yo?

Hay un gesto imperceptible: los hombros levemente alzados, algo que Mario no

puede explicar, pero que vuelve absurda la opción sugerida. Si alguien tiene que dormir

a la intemperie tendrá que ser él, porque es hombre.

—No. Me voy yo.

—Entonces andate. Tenés tiempo para buscarte un lugar. Pero está claro que se

van los dos. ¿Estamos de acuerdo?

—No te preocupes, me voy a arreglar.

—Es mejor que terminemos por las buenas y no a las patadas.

—Dejalo ahí. Ya dijiste demasiado. No quiero pelear…

—Y yo no quiero joder pero te lo tenía que decir.

Mario toma el mate y ceba otro, Clara lo recoge, flota un cierto alivio entre los

dos, como si haber dicho todo hubiese aniquilado las motivaciones y ahora los

bizcochitos de grasa fueran lo más importante de los treinta años de matrimonio.

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Sergio escucha el ruido que viene de arriba, las voces. Tiene hambre. Debería

gritar para que alguien venga pero se niega, como si le gustara sentirse así, olvidado,

como un hijo que incomoda. Así puede odiar un poco más a esa hija de puta de madre

que le tocó. Clara no lo quiere desde que él cumplió los trece, desde que lo encontró

pajeándose. Pero qué le podía importar, él estaba en su cuarto con la puerta cerrada,

¿por qué tenía que entrar? Fue en ese momento que se pudrió todo. Ni siquiera lo cagó a

pedos, hubiera sido mejor. Se quedó ahí petrificada, mirándolo como si él fuera un

bicho, una cosa horrible. Después no entró nunca más, ni lo besó, ni lo quiso.

Ahora tiene hambre y ellos tendrían que saberlo pero siguen arriba boludeando.

Trata de pensar en otra cosa, se le ocurre que Yanina no lo ha llamado, que no sabe nada

de Fabián, que está aislado y sin poder moverse, como si estuviera preso. Un escalofrío

lo recorre. Preso, encerrado como ahora, por años. Tiene miedo pero no está dispuesto a

mostrarlo. Necesita hablar con alguien. Yanina debe estar con bronca porque no fue a

verla el jueves. Estaba yendo, podría decirle, te juro que estaba yendo, pero en eso lo

encontré a Fabián con Martín y el Oveja en el auto y salimos, nos fuimos a joder. Si

salía con la moto seguro que no me subía con ellos, pero la moto no tenía nafta y el

viejo no me afloja una moneda. La culpa fue del Oveja, el fierro era de él. Parecía fácil,

los tipitos estaban cogiendo en el bosque. Le ponía el revólver en el culo y le

sacábamos unos mangos. Pero el hijo de puta se bajó y sacó la pistola. Era él o yo. La

mina se puso a los gritos. Él tiró primero, creo. Pero es un rati, así que no importa.

Fabián y Martín me aguantaron hasta que vino mi viejo. El Oveja se rajó. No te llamé

porque se me perdió el celular. Casi como que me acuerdo que se me cayó en el auto

cuando me bajé. Es una mierda esto de estar acá.

—Traeme agua —grita Sergio, sabiendo que traeme es un pedido directo a

Mario.

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—Ya se despertó —dice Mario y se incorpora de inmediato. Se ocupa de Sergio,

del desayuno, de los remedios, de retirar el revólver de la mesa de luz y llevarlo a la

camioneta, de pensar alternativas para deshacerse del arma y de trasladar lo

imprescindible a la habitación de Nora. Está en eso cuando Javier llega.

—Hola Pa.

—¿Qué tal estuvo?

—Maso.

—¿Adónde fuiste?

—Estuvimos en un pub, con Gonza y dos chicos más.

—¿No ibas a bailar?

—No, había una banda amiga de Gonza que tocaba, nos invitaron.

—Me vas a tener que ayudar a trasladar a tu hermano.

—Dale, me avisás y bajo.

—Mejor lo hacemos ahora, así te quedas libre.

La sillita de oro no fue una buena idea, no caben los tres en la escalera y además,

tal como lo pensó, Javier es más bajo y desequilibra al trío. Mejor usar la colcha y hacer

una hamaca, él atrás, Javier por delante, la fuerza la hace él que va último. Llegan a la

planta alta. Hacen una parada para recuperar el aliento.

Clara los ve llegar:

—¿Por qué no aprovechan y lo dejan acá para que almuerce y después lo suben?

Javier lo mira a Mario. Mario piensa un momento, es razonable. Lo que lo

sorprende es la propuesta de Clara. ¿Qué quiere, hacer un último almuerzo en familia,

ahora que todo está mal? Desde la cocina llega olor a comida, ha estado cocinando, esto

estuvo planeado.

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—Como quieras —dice y comienza a maniobrar para depositar a Sergio entre

dos sillas que acomodan enfrentadas.

Son unos fideos con tuco comprado y un poco de salamín y queso que él mismo

corta como picada. Nada del otro mundo, ninguna conversación más allá de lo

indispensable. Ni bueno ni malo, un gesto de urbanidad, un no soy una loca, pero se

tienen que ir. ¿Qué otra forma de interpretar a esta mujer que, sentada a la cabecera de

la mesa, sirve los platos, agradece el vino, acepta después —cuando todos han

comido— el café que Javier se ofrece a preparar y las galletitas dulces que él sirve como

improvisado postre?

Sea lo que sea hay que sobrellevarlo; un hijo problema, una mujer que se ha

vuelto una extraña, una hija dominada por un pelotudo. Es lo que hay, lo que le queda y

ya está perdiendo. Javier no entra en la cuenta porque se trata de quebrantos y no de

cosas buenas la suma que acaba de hacer.

Enciende el televisor de la sala después llevan ahí a Sergio, Clara ocupa el sillón

más alejado. Es Javier el que toma el control, pasa los canales y pregunta si vieron tal o

cual película o qué les parece, todos lo dejan hacer, como si estuviera bien que alguien

se ocupe de eso.

El teléfono suena cuatro veces y se corta. Mario espera un segundo y se vuelve a

sentar. El teléfono vuelve a sonar y él, a levantarse. Atiende rápido.

—¿Está Sergio? —pregunta una voz joven.

—¿Quién le habla?

—Un amigo.

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—¿Quién?

—Martín.

—Es Martín —dice Mario, enarbolando el teléfono.

—Traémelo acá —dice Sergio, cuando ya Mario ha dado el primer paso para

entregar el inalámbrico.

Sergio habla poco, dice monosílabos. Todos escuchan, pero solamente Mario lo

mira. Sergio empalidece de golpe. La comunicación termina.

—¿Qué pasa? —dice Mario.

—Lo agarraron a Fabián.

—¿Cómo? —La espalda de Mario se eriza.

—Tenía que pasar —sentencia Javier en voz baja, mirando el piso.

Mario es el único que lo escucha. Ya sabe todo, piensa, y se lo hace saber con

esta frase. Es un pendejo todavía pero no es inocente.

—¿Cómo? ¿Qué está pasando? —pregunta Clara.

La pregunta de Clara es decididamente ignorada por los varones.

—Lo buscaron en la casa, tenían la patente del coche —explica Sergio.

—¿Quién más estaba con vos esa noche? —sigue interrogando Mario.

—Martín y Oveja.

—¿Oveja? ¿Es una chica? —dice Clara.

—Un pibe, un amigo.

—¿Agarraron a algún otro?

—Martín me acaba de llamar. Está rajado de la casa. Del Oveja no sabe nada.

—¿A vos te pueden ubicar?

—Y sí viejo. Seguro.

—¿Fabián no te va a cubrir?

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—Qué sé yo. Si lo aprietan...

Clara se agarra de los brazos del sillón, el cuerpo tenso, los ojos fijos en la

escena como una gata a punto de saltar.

—Hay que sacarlo de acá —dice y la orden resuena inapelable.

—¿Adónde lo llevo?

Mario hace la pregunta sabiendo que lo único que tiene es la casa de su madre.

Está pensando si esa es la mejor opción, si su madre está en condiciones de recibirlo.

—Vamos a la casa de tu abuela. Ayudame a llevarlo a la camioneta. Vos —

dirigiéndose a Clara—, traele ropa y los remedios. Javier, dame la colcha.

En minutos Sergio está en la camioneta, Clara trae un bolso lleno, Javier

consigue los remedios, Mario busca una campera. Pone el auto en marcha, Javier es el

último en subirse. Antes de salir, Mario le pide a Clara que elimine todo lo que pueda

delatarlos. Ella asiente.

—¿El revólver? —dice una Clara desesperada corriendo a la camioneta que sube

marcha atrás hacia la calle.

—Lo tengo yo —dice Mario asomado por la ventanilla—. Sacá las sábanas, la

ropa con sangre —insiste.

Clara asiente. Tal vez, piensa Mario, ha logrado lo que quiere. O al menos una

parte porque él tiene que volver. Aunque sea hasta que la cosa se calme. Hay que llamar

a un abogado. ¿A quién? No tiene un Bruzzone abogado. Tendría que haberlo hecho

antes. Solamente a él se le pudo ocurrir que alcanzaba con esconderlo. Se llevaron el

auto de Fabián y si está el celular en el auto, la conexión es directa. ¿Cómo no lo pensó?

—¿No estará en el auto de Fabián tu celular, no? —dice, como si Sergio fuera

parte de sus pensamientos.

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Sergio no contesta. Hay un silencio que pesa. Mario avanza por las calles

secundarias eludiendo presuntos controles policiales, lleva un herido, un arma, un hijo

inocente convertido en cómplice, él mismo ahora está cometiendo un delito. Si lo

agarran no queda nadie para ayudar, para seguir con la fábrica, para nada.

—Estamos cagados —dice Mario y cuando lo dice siente alivio, como si por fin

estuviera tocando fondo.

La abuela casi desespera al ver a su nieto herido. Lo toca, lo acaricia, lo obliga a

sentarse. Es difícil explicarle, Mario empieza por el accidente y termina por una historia

de peleas entre bandas de muchachos, con un herido y algún muerto. El rostro de su

madre se ve inescrutable pero algo tiene Mario por seguro: no le está creyendo.

Cuando termina el relato, su madre les da la espalda y va hacia el baño, Mario

está a punto de seguirla pero ella cierra la puerta. Los tres Giunta se quedan

petrificados, se miran. Dejan por un momento a Sergio sobre el sillón del living y van a

la cocina.

—¿Qué hacemos? —dice Javier.

Mario no encuentra más respuesta que alzar la mano palmeando el aire: un

pedido de tregua.

Al rato su madre sale del baño con un gesto resuelto, comienza a dar

indicaciones, a moverse. Es su nieto, su hijo, su familia. Lo que haya hecho, hecho está,

dice. Mario se sorprende de lo práctica que es la vieja, no sólo en disponer el

alojamiento sino en asesorarse sobre los remedios y la comida, en echarlos:

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—Vayan, no la dejen sola a Clara y vos llamá a un abogado que se ocupe de

esto. —Una lucidez que no esperaba, vieja como está—. Dejame el teléfono del médico

por si pasa algo y avisale dónde está mi nieto para que lo venga a ver.

Imposible pedir más. Imposible. Mario besa a su madre dos veces, agradece y

también dice te quiero y esas cosas que nunca hubiera dicho. Está emocionado, de no

ser así, no tendría explicación para el par de lágrimas que se deslizan por su mejilla.

Javier se despide también y le da un beso pero de él la abuela no podría esperar otra

cosa, es su nieto bueno.

Suben al auto. Antes de arrancar piensa en el revólver que está en la guantera.

No puede tirarlo en cualquier lado, podrían encontrarlo y relacionarlo con Sergio.

¿Enterrarlo en su casa? Piensa en perros buscando. ¿En lo de su madre? Tampoco. El

revólver está ahí, no hay cómo hacerlo desaparecer. Tirarlo al Riachuelo, quizá. Pero

ahora tienen que volver, Clara está sola, si cae la Policía pueden confundirla. Aunque

andar por la calle con el arma en la guantera es un suicidio. Vuelve a entrar a la casa de

su madre. Va hacia el fondo, toma una pala, hace un pozo pequeño lo más lejos posible,

limpia el revólver con un trapo para borrar la huellas y lo arroja. En algún momento

volverá a desenterrarlo y lo arrojará al Riachuelo.

—¿Qué pasa ahora? —dice su madre al verlo venir desde el fondo.

—Nada viejita, estuve acomodando la moto para que no se joda ahora que va a

estar un tiempo parada.

—Decime la verdad, te vi que andabas con una pala.

Le pide perdón por comprometerla, le asegura que va a volver para llevárselo.

—Tenés esa mala costumbre de mentir. Después las mentiras te complican.

¿Cuándo vas a madurar? Ya tenés cincuenta años. Una familia.

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¿De qué costumbre de mentir le habla su madre? Él no miente, solo protege a los

suyos. Le molesta que lo esté tratando como a un chico, que no entienda la situación.

Pero no quiere discutir, menos con ella que es lo único que le queda.

Clara está con dos bolsas negras de consorcio esperándolo en el garaje.

—¿Qué hacemos con esto?

—¿Sacaste todo?

—Las sábanas, la ropa, ¿Qué otra cosa, decime?

—No podemos tirarlas por ahí. Si las encuentran va a ser peor. Voy a quemarlas

en la parrilla del quincho.

—Ahí las tenés, hace como quieras.

Javier lo ayuda, él saca un poco de combustible con una manguera del tanque de

la camioneta, lo pone en un bidón, llevan todo al fondo. Las telas producen humo, el

gasoil también deja su olor en el aire, quizás no fue una buena idea. Después prenderán

un poco de carbón para que queden algunas brasas. Los vecinos pensarán que es un mal

asador, de los que inician el fuego con gasoil. Lo deja a Javier que termine con la tarea,

le explica, sabe que lo hará bien, él hace todo bien. Va hacia la casa, debe encontrar un

abogado que atienda un domingo por la noche.

Clara está dando vueltas, se ha puesto a lavar la vajilla, a limpiar, a ordenar. Le

hizo la cama a Ema con sábanas que eran de Nora y un acolchado que tenía descartado

hace tiempo. Cuando venga mañana le dirá que se lo cambió porque el otro estaba viejo,

aunque este tampoco esté mejor. La casa está llena de olores, de mugre, son como

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vándalos: desordenan todo y ensucian. Ema tendrá que ocuparse mañana de toda la

porquería pero ella no puede esperar, por lo menos repasar los lugares por donde

anduvo Sergio. ¿Si pregunta por las cosas del señor? Ahora duerme en ese cuarto y se

acabó, no hay más explicaciones. ¿Si pregunta por Sergio? Tendrían que hablar algo

con Mario, una respuesta consistente que les sirva a todos. Nora sabe lo del accidente

pero no se le puede decir a Ema, si viene la Policía le estarían dando todo en bandeja.

Mario tiene que hablar con el abogado, que encuentre una solución, que esto se termine

de una vez. ¿Qué hizo para tener que estar así? ¿Cómo dejó Mario que todo esto pasara,

cómo no protegió a su familia? Ahora resulta que además están en quiebra. Podría

echarla a Ema, hacerse cargo de la casa por un tiempo, que Javier y Mario ayuden. Un

sueldo menos y además no tendría que dar explicaciones. No soporta eso, se siente

espiada, obligada a mantener una imagen delante de la sirvienta. Podría tomar una

mujer por hora, con que venga dos veces a la semana a hacer lo más pesado alcanza, en

vez de esta paraguayita a la que hay que darle de comer, además de pagarle. ¿Y adónde

va a ir? Que se las arregle, no es asunto de ella. Tiene unos hermanos por ahí, que los

busque. Ya lo ha decidido, el lunes le dice que está todo mal y que se vaya. Mejor el

martes o el miércoles, que primero le deje la casa limpia, ya hace una semana que nadie

hace nada porque ella no es la sirvienta. Que agradezcan que hoy les cocinó, que

entiendan que no es su obligación. Ahí viene Mario del fondo. Hasta aquí llega el olor a

quemado. Es un pelotudo, ¿qué van a decir los vecinos?

—¿Viste el humo que están haciendo? —dice asomándose al parquecito desde la

puerta de la cocina.

—Ahora se va, le dije a Javier que después queme un poco del carbón con hojas

del eucalipto para que saque el olor —dice Mario limpiándose las manos con un trapo.

—¿Vas a llamar a un abogado?

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—No sé a quién llamar y menos a esta hora.

—¿No es que tenés uno que te está asesorando?

—Suárez, pero es un tipo que se ocupa de comerciales.

—Llamalo y preguntale si conoce a un penalista. ¿Es eso lo que necesitamos?

—¿A esta hora, un domingo?

—¿Qué perdés?

—Voy a ver si lo encuentro en el celular —dice Mario y se aleja en busca de su

teléfono.

—Te quería decir que la voy a echar a Emma.

—¿Qué? –Mario vuelve sobre sus pasos.

—No podemos tener a una mina que nos espíe en la casa. Además, si andás

corto de guita, es un gasto menos. Por unos días me voy a arreglar yo sola, después

podemos tomar una mujer por horas. Eso sí, vas a tener que colaborar porque la casa es

grande y hay que mantenerla.

—Hacé lo que quieras.

Mario no tiene ganas ni forma de incorporar un tema más a la lista de

preocupaciones. Clara, como siempre, solo piensa en ella. Aunque prescindir de la

muchacha suena coherente. ¿Dónde carajo dejó su celular?

Marca el número de Suárez, se equivoca, vuelve a marcar y da con otro celular.

Lo repite pausadamente. El teléfono llama varias veces, hasta que llega a la casilla de

mensajes. Intenta nuevamente, suena. Seguramente no debe tenerlo consigo, a esta hora

del domingo es lógico.

—¿Quién es?

—Mario Giunta, Doctor, discúlpeme pero necesito hacerle una consulta urgente.

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Mario no sabe cómo explicar pero dice lo esencial: que Sergio está metido en un

quilombo y que cree que lo busca la Policía, que necesita un abogado penalista.

—No me cuente más. No necesito. El lunes voy a verlo en el transcurso de la

mañana. ¿Le parece bien a las diez? —la voz de Suarez es cortante.

—Está bien, doctor. Lo espero a las diez.

Mario busca a Clara que ahora está en la habitación cambiándose. Ella se cubre

cuando él entra, ya no tiene derecho a verla en ropa interior.

—Hablé con Suárez —dice, como si hubiera encontrado la solución.

—Ojo con lo que hacés, que esto nos puede costar todo lo que tenemos —dice

con absoluto desprecio por su esfuerzo.

—¿Vos solo pensás en la guita?

—Sos un pelotudo.

—No te pases de la raya —retruca, dando un paso hacia Clara.

—¿Qué, me vas a pegar?

Ganas no le faltan, pero no debe ni tampoco puede, aunque le vendrían bien un

par de cachetazos. Se va sin contestar, las manos le tiemblan cuando se sirve el primer

whisky, un par de cachetazos repite en su cabeza, como si algún mecanismo se hubiera

trabado y no pudiera pensar en otra cosa.

Ema baja del colectivo. Lleva el bolso en la mano derecha y arrastra la valija con

la otra. Está cansada, hace dieciocho horas que viaja trasladando ese enorme equipaje de

un micro a otro y le duele la cabeza. Su madre, su casa, el mate en la cama, el chipá de

anís quedan ahora tan lejos como Asunción. Es bueno que esté lejos para no tentarse

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con volver, para extrañar con amor. Zulema, Ema para todos, aquí y allá, paladea con

gusto esa sensación agridulce de pertenecer y no estar. De que todos se anoticien de su

llegada y la rodeen como si quisieran rescatarla de su otro mundo, deseado por todas las

que aún están allí, comiendo naranjas al sol en las siestas de invierno, aprovechando el

dulzor que las heladas produjeron en la montaña de frutos lustrosos que mamá dispuso

en una palangana. Abundantes, tentadores en el medio del patio rodeado de galerías

invadidas por glicinas. Un pretexto para el chismerío inacabable del tiempo que no pasa,

o que sí lo hace, pero lindo, sobre el cuerpo, sobre los hombros dorados por el sol.

La vereda está sin barrer, la señora no trajo a nadie para que lo hiciera. Habrá

mucho trabajo pero es bueno eso de que no haya nadie más que se ocupe de lo suyo. Es

su lugar, su segunda casa, no conoció otra desde que su hermano mayor la presentó con

la señora. “No sabe hacer nada, pero tiene voluntad”, escuchó que él le dijo. Lo hubiera

matado porque ella sí sabía hacer cosas pero claro, cuando su hermano vino para

Buenos Aires ella era una nena, aunque con dieciséis ya sabía hacer de todo. Ahora

tiene dieciocho y no es la misma pajuerana de antes. Hasta perdió el acento, así le

dijeron cuando volvió a Asunción. Igual no se arrepiente, no queda bien hablar como

allá, se piensan que es bruta; en cambio si habla bien, si se arregla bien, es otra cosa.

—Señora soy yo —le dice al portero eléctrico.

—Ya te abro —contesta la voz deformada de Clara.

Ema entra por el garaje, Clara le ha abierto desde arriba con el control. Va hacia

su cuarto. Le han cambiado la colcha, es la colcha vieja del cuarto de Nora. ¿Por qué

hizo eso, si la otra estaba impecable? Pone la valija sobre la cama, la abre. Le trajo un

regalo para la señora Clara, un bolsito de cuero clarito repujado, le va a gustar. No había

otra cosa, la señora tiene de todo. Para el señor Mario un mate de guampa, a lo mejor no

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lo usa pero le gustan las cosas criollas. Para Javier tiene un paquetito aparte, es tan

dulce, tan rubiecito, se lo merece. Sergio, casi se olvida de comprarle algo pero al final

se decidió por un paquete de dulce de maní; si no lo come no importa, igual ya está

cumplida.

La señora está de mal humor, apenas se molesto en contestarle cuando la saludo

y en seguida se descargó con una montaña de órdenes, como si fuera culpa suya que

todo estuviera sucio. Eran sus vacaciones, las primeras después de dos años. El señor

Mario se lo impuso. Ojalá pudiera trabajar en la fábrica con él y no aquí, que tiene que

estar todo el tiempo disponible. Sergio no está. Es raro, a esta hora siempre duerme.

Le asea el cuarto, le arma la cama y le pone el paquetito de dulce sobre la

almohada, como le contó su prima que hace en los hoteles de lujo donde trabaja.

Camarera, ese puesto está bueno, pagan mejor y es otro mundo, casi como ser azafata.

No sabe por qué está siempre pensando en otro trabajo, si no se quiere ir de esta casa.

No lo dice pero sabe bien por qué.

El regalito de Javier, ese no lo

va a poner en su almohada, se lo va a dar personalmente, él le va a dar un beso en la

mejilla como ha hecho para su cumpleaños, para las navidades. La señora está hablando

con alguien por teléfono, dice cosas raras, habla con medias palabras. Voy para la

farmacia, es lo último que dice, después baja corriendo y se va en el coche. Ni siquiera

le dijo qué hacer de comida, después que no se queje si ella no hace nada, adivina no es.

Mario llega temprano a la fábrica, entra por el galpón, camina entre las

máquinas hasta llegar a su oficina. Apenas una inyectora está trabajando, el resto del

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personal hace inútiles tareas de mantenimiento. Hay que tenerlos ocupados para que no

desesperen, piensa, o tal vez sería mejor que desesperen y se busquen otra cosa. Casi no

hay ausentismo, se aferran al trabajo como a la salvación.

Azucena le trae un té, se debe haber acabado el café. Se queda parada delante de

él como si esperara órdenes.

—Azu, hágame el favor, no la preocupe a mi madre con los problemas de la

empresa, no le cuente nada.

—Disculpe pero ella pregunta.

—Dígale que está todo bien.

—Es muy difícil.

—Dígale eso. Y otra cosa: el señor Repetto no trabaja más aquí, no le permita el

acceso —ordena, mirando unos papeles que tiene sobre el escritorio, como si le quisiera

quitar importancia a sus palabras.

—¿José Luis?

—¿Cuántos Repetto conoce? —ahora levanta la vista.

—¿Y cómo hago si viene? —tartamudea ella—. Él tiene llaves.

—Cambie las cerraduras e indíquele a los muchachos de la planta que no lo

dejen pasar si pretende ingresar por allí.

Ve que la cara de Azucena empalidece. En veinte años con él nunca pasaron una

situación así, ni siquiera en la hiperinflación del ochenta y nueve. O tal vez sí pero era

una empresa más chica, más familiar. Él era más joven, vital, y no tenía un yerno hijo

de puta. Azucena se aleja. A través de los vidrios opacados de su oficina la ve acercarse

a otra empleada. En pocos minutos, como si fueran bolas de billar, el impacto de la

noticia se va a desparramar por toda la empresa. Mejor así, que vean que no le tiembla

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el pulso. Se impone hacer rápido las tareas desagradables, hay que disponer

suspensiones, llamar al jefe de planta.

Son las diez y Suárez no llega. Lo ha llamado dos veces pero nadie atiende. No

entiende qué pasa con el abogado. No soporta esperar, la pasividad lo mata, maldito

abogado.

—El doctor Suárez pregunta por usted. —La voz de Azucena en el interno lo

sacude.

—Hágalo pasar.

Mario no le ofrece nada para tomar, sabe que no hay café pero además es tarde

y no quiere perder el tiempo.

—Le conseguí un penalista. —El abogado escribe algo en un talonario y luego

arranca el pedazo—. Fue mi jefe de la cátedra en la Universidad, aquí tiene la dirección.

Lo espera a la una, va a tener que apurarse.

—Gracias doctor —dice Mario tomando el papelito minúsculo.

—¿No tiene el teléfono? —agrega tras leer el nombre y la dirección.

—Estas cosas no se arreglan por teléfono. Si a su hijo lo anda buscando la

Policía es probable que le tengan intervenidos los teléfonos.

—¡No diga! —una pequeña puntadita sube desde la vejiga, es la señal de que

tiene que ir a orinar—, ¿Usted cree? —Posterga la urgencia, no es momento de cortar la

charla.

—Depende la gravedad del caso. Por un tema menor no, pero si es importante es

lo primero que hacen.

—Sergio se metió en un quilombo…

—No me cuente. Cuánta menos gente sepa, mejor. Hable con el Doctor Angelini

y haga lo que él le diga.

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Suárez es frío, distante, como si no quisiera contagiarse. Antes de irse lo

apremia con una decisión acerca de la convocatoria de acreedores. Negocios son

negocios. Mario toma distancia del asunto, ya verá que hace.

—Según mi experiencia, los empresarios siempre creen que van a superar los

problemas y eso empeora las cosas. Hay que saber decir hasta acá, Giunta. No hay

milagros, en los negocios no hay milagros —apostrofa con soberbia.

Mario no va a aceptar que el juego se terminó, que perdió, que es hora de

mandarse a mudar y llevarse lo que se pueda. Se da cuenta de que a lo mejor Suárez

tiene razón, pero no puede evitarlo. Tal vez en seis meses, si esto no repunta, o en tres.

Pero no ahora que tiene que enfrentar el asunto de Sergio. Suárez se va como vino, con

las manos vacías.

Mario toma el celular. Hay que avisarle a Bruzzone que no vaya a su casa. Se

detiene. Su celular puede estar intervenido. También el de su casa. Tiene que avisarle a

Clara que no lo use, que no diga nada comprometedor. Cuelga. Casi no hay tiempo para

la cita con Angelini, no puede pasar por su casa. Tiene que haber una forma. Tiene que

ser ahora, antes de que algo pase. Piensa esto mientras corre al baño; la puta que lo

parió, lo único que falta es que se orine encima.

—Clara —dice Mario antes de que ella hable—. Necesito que vayas a la

farmacia a buscarme las pastillas del homeópata, las dejé encargadas para hoy a la

mañana.

—¿Qué, de qué me estás hablando? —? —Hay sorpresa e irritación en la voz de

Clara.

—Ahora no te puedo explicar. Tengo gente escuchando, “entendés lo que te

digo” —remarca—. Andá a la farmacia de Casanova y te llamo cuando estés allí para

explicarte.

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Clara hace silencio. Está entendiendo.

—¿El farmacéutico sabe lo que me tiene que dar? —dice pausada, distante.

—Sí, ahora lo vuelvo a llamar para recordarle.

—Apurate que al mediodía cierra.

Resultó. La farmacia de Benito, en la esquina de la casa anterior. Usaban ese

teléfono en los comienzos, cuando el servicio era de Entel y no se conseguían líneas.

Clara tiene buena memoria.

Angelini atiende en una oficina vieja cerca de Tribunales. La madera que

recubre las paredes es oscura, los anaqueles tienen libros de tapas mugrosas, hay

sillones gastados rodeando un escritorio enorme cubierto de papeles. Lo contrario de la

oficina de Suárez: impecable, moderna, con secretarias y persianas americanas, plantas

y máquinas de café. Los clientes de Angelini seguramente no necesitan de esas cosas

para confiar.

—Cuénteme todo, no omita nada –ordena con voz precisa el abogado.

Mario cuenta, al principio en orden, después como le sale. Angelini repregunta

desconfiado. Mario ahonda en detalles. Se va dando cuenta por sí mismo de la gravedad

de los hechos. Durante tres días corrió, resolvió, bien o mal, pero no se detuvo a pensar.

Se consuela diciéndose que si hubiera tomado conciencia de la situación se habría

paralizado, y Sergio estaría preso. Le cuesta seguir hablando.

—¿Qué se puede hacer doctor? –pide mas que pregunta.

—Si yo fuera un abogado chanta le diría que mucho, pero no lo quiero engañar,

desde el punto de vista legal es poco lo que se puede hacer. Lo primero es que la Policía

no lo encuentre. ¿Dónde está ahora?

—En la casa de la abuela.

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—Hay que sacarlo de ahí. Lo van a buscar en los lugares habituales. Los

parientes, la novia, los amigos. Hay que llevarlo a un lugar neutral. Que no conozca

nadie del entorno. Tampoco tienen que mantener ningún tipo de contacto personal o

telefónico. La Policía nunca busca, espera. Espera en los lugares a los que puede volver.

Interviene los teléfonos.

Mario piensa si ya no es demasiado tarde, si en este momento no lo estarán

apresando en la casa de su madre.

—Suárez me lo advirtió pero ¿no tienen que tener una orden judicial?

—A veces con orden judicial. Otras, no. Lo que hacen son tareas de inteligencia.

No lo usan para el juicio, siempre dicen que hubo informantes anónimos o cosas así. La

verdad es que hacen escuchas. Usted tiene que comprar dos teléfonos celulares a

nombre de otra persona, darle uno a su hijo y otro tenerlo usted. ¡Ah! Y también me

tiene que llamar desde teléfonos seguros.

—No sé adónde lo puedo llevar. Está herido.

—Eso lo tiene que solucionar, porque si lo agarran la va a pasar mal. Hasta hace

unos años el que mataba a un policía era hombre muerto. Ahora ya no, pero lo va a

pasar muy mal si lo agarran. Lo pueden poner con otros presos que lo violen, lo maten a

palos, cualquier cosa.

—Suponiendo que lo pueda ocultar, ¿después qué?

—Tenemos que esperar a que la Policía se contacte con usted. Ahí les tiene que

decir que hace mucho que no ve a su hijo. Dígale que tuvo una discusión y lo echó de su

casa. Esa es buena porque lo despega un poco. Que no tiene la menor idea de dónde

está. Después me designa a mí como abogado defensor. Presentamos un escrito donde

usted dice que sabe que la Policía busca a su hijo y que designa a un abogado defensor

para garantizarle la defensa ante cualquier eventualidad. Con esa designación, yo me

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presento ante los tribunales y me interiorizo en la causa. Yo tendría que hablar a solas

con su hijo antes, para tener la verdad, porque es posible que a usted no le haya contado

todo.

—Sí me contó todo, cómo fue, él no miente.

—Usted es el padre, al padre nunca se le cuenta todo. Yo soy como el cirujano:

tengo que seguir un protocolo. Es importante que el paciente también lo respete para

que todo salga bien.

—¿Y qué puede pasar en un juicio?

—Depende de las pruebas que reúnan. A priori le puedo decir que está herido,

que tienen el celular de su hijo, donde aparecen los números de los cómplices, y si ya

tienen a uno, que debe haber hablado hasta por los codos, creo que no hay mucho por

hacer. Pero hay que ver.

—¿Qué pena le tocaría?

—Homicidio en situación de robo es prisión perpetua, que en este país son entre

veinte y veinticinco años.

—Pero algo se tiene que poder hacer. —Mario tiene la boca seca y los ojos

clavados en la cara insensible del abogado.

—Hay que ver lo que tienen en la causa, antes no le puedo asegurar nada. Puede

que en la rueda de reconocimiento no lo identifiquen; imagínese que estaba oscuro, que

la novia del policía estaba nerviosa, si le ponen cinco tipos parecidos después de seis

meses, en una de esas se equivoca. Hay que ver lo que declara el amigo ese que ya está

preso. Si tienen el arma o no. ¿Qué hizo con el arma?

—La enterré.

—¿Dónde?

—En la casa de mi mamá.

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—La tiene que sacar de ahí ya mismo —la voz del abogado es dura,

reprobatoria.

—La pensaba tirar al riachuelo.

—Eso está bien. Haga eso, pero hágalo rápido. Si la encuentran en su poder sería

terminante.

Mario se levanta casi involuntariamente. Tiene que ir a buscar el arma, salir

corriendo, llegar antes que la Policía.

—Siéntese, por favor, no terminé.

Mario obedece, tan automáticamente como cuando se paró.

—Hay que mantenerse calmado, los nervios pueden arruinarlo todo —agrega el

abogado.

Mario se le queda mirando sin decir nada. El abogado continúa:

—Desde el punto de vista legal se puede pedir la eximición de prisión por la

acusación que pesa. Los jueces saben qué les espera a los que matan a un policía. Sergio

podría presentarse y pasar todo el proceso en libertad.

—¿Y después? —dice Mario.

—Si las cosas salen mal, siempre se puede profugar. Va a perder la fianza pero

puede escapar. Si se mantiene en libertad por el período de la pena, la causa prescribe.

Lo mejor sería que se fuera del país.

Mario piensa en su hermana que está en España. La puede llamar en cuanto

salga. Pero para sacarlo del país necesita el pasaporte, si va a sacarlo lo detienen allí

mismo. Tiene que haber otra forma.

—¿Y si no lo puedo sacar del país?

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—Es lo mismo, se tiene que mantener prófugo hasta que pasen los años de la

pena que le podría tocar. El plazo corre a partir de la última acción que ordene el

juzgado. Que lo citen a declarar y no se presente, por ejemplo.

Mario cae en la cuenta de lo que está escuchando: no hay defensa legal posible.

Sergio será de ahora en más un fugitivo y él tendrá que ayudarlo. La imagen de su

familia, su casa, la fábrica, todo lo conocido, pasa por su cabeza como un barco a punto

chocar contra los arrecifes. Él está ahí sentado, indefenso, ante un abogado que lo mira

sin lástima.

—¿Cuánto le debo doctor?

—Cuatro mil pesos ahora. Si me tengo que hacer cargo de la defensa serían

veinte mil más y dos mil por mes en la primera etapa; si hay apelación es aparte.

Tendríamos que firmar un contrato y unos pagarés.

—No tengo aquí cuatro mil pesos, le puedo dejar mil y mañana le traigo el resto.

—Vamos hacer lo siguiente. Déjeme mil pesos ahora, y me da el resto cuando

nos encontremos con su hijo.

—¿Con Sergio? Está herido, no lo puedo traer, además me pueden seguir.

—Yo lo voy a ir a ver, pongamos pasado mañana, así le doy tiempo a

trasladarlo.

Mario saca la billetera, la retiene entre sus manos a la altura de sus rodillas, lejos

de la vista de Angelini, retira los billetes y los cuenta, los pone sobre el escritorio. El

abogado los mira sin tocarlos, como si temiera ensuciarse las manos.

—¿Dónde meto a mi hijo? —pregunta mientras guarda la billetera en el bolsillo.

El abogado se pone de pie, extiende la mano, ha terminado todo, tiene que irse.

—Piense en un lugar que esté totalmente fuera del círculo familiar o de los

amigos, allí es donde primero lo van a buscar —le aconseja y suelta su mano.

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Mario maneja despacio, antes de llegar a Lomas se detiene en un bar. Pide un

café. Apenas toma un poco siente la acidez que le sube por el esófago, debió pedir un té.

Deja la tacita sobre la mesa, necesita pensar. Parar el mundo que se lo lleva puesto.

Sergio es un fugitivo, él es el padre, el protector, el responsable. ¿Por qué? Está en un

bar, en una mesa, lejos de todo, puede volver a la fábrica, ignorar la situación. La acidez

insiste en subir hasta su boca, toma un poco de agua del vasito que acompaña al café. El

cuerpo frágil de Sergio está tendido en la cama, delante de sus ojos, lo mira, le está

preguntando de alguna manera si lo va a dejar que lo lleven, que lo destrocen. Siente

una sensación fría que le corre por la espalda. No puede dejarlo. Algo tiene que hacer.

No sabe adónde llevar a Sergio, no quiere llegar a la casa de su madre para

enterarse de que ya se lo llevaron. Su teléfono no ha sonado, es una indicación de que

todo está bien, por suerte. Clara ya le debe haber avisado a Bruzzone y a su madre que

no tienen que llamar, salvo que todo esté perdido. “Da varias vueltas, asegurate que no

te sigan”, la instruyó a Clara desde un teléfono público donde se detuvo a hablar en el

trayecto a la Capital cuando estaba yendo a ver al abogado. Está usando una de las

camionetas de la empresa y salió por la planta, dejó la suya estacionada al frente; una

maniobra ingeniosa. Por lo que observa no lo han seguido, las precauciones están dando

resultado.

Pide que le traigan un té, para bajar la acidez. Tiene que darse tiempo para

encontrar un refugio para Sergio. Prefiere ser positivo, pensar que quizás no hayan

hecho muchas tareas de inteligencia porque cuando lo detuvieron a Fabián era domingo.

¿Lo agarraron el domingo o el sábado? Si fue el domingo no tuvieron tiempo de nada.

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Si fue el sábado, ya pasaron más de cuarenta y ocho horas, es mucho tiempo. Adónde lo

puede llevar. No puede pensar, no se le ocurre nada. Cada vez que inicia un listado

mental de lugares posibles da vuelta sobre los mismos. Su casa, no, la fábrica no, la casa

de su madre no, amigos casi no tiene y tampoco sería un buen lugar, amigos de Sergio,

peor el remedio que la enfermedad. ¿Un hotel? Podría ser, una pensión de cuarta, de

esas en las que se alojan los negros que vienen del interior, las putas y los delincuentes.

La Policía hace razias constantemente, lo pueden identificar, cualquier alcahuete lo

puede denunciar. No, ese tampoco es el lugar. El problema no es dónde sino quién

puede albergarlo, cuidarlo, asegurarse de que no haga cagadas. A Sergio no se lo puede

dejar solo. Una familia sustituta, transitoria. Una persona de confianza. Alguien que le

deba un favor, que se sienta obligado a ayudarlo. Azucena aparece como única opción.

Vive sola. Es por una noche, un día, algunos días. Es una empleada fiel, no va a

traicionarlo. Le debe muchos favores. Paga la consumición. No tiene más remedio que

actuar, no puede prevenirla. De ahora en más todo será así. Clandestino. La palabra

rebota dentro de su cabeza, como el tintinear de una campana, despegada de cualquier

significado.

Ema, subida a una silla, friega el vidrio con papel de diario humedecido en

alcohol. Es un recurso que le enseñó su madre. La señora insiste en que utilice el

limpiavidrios pero siempre se olvida de comprarlo. Ema percibe el juego de luces y

reflejos en la ventana antes de ver cómo el patrullero casi se detiene en el frente de la

casa, después retrocede hasta quedar junto a la puerta. Detrás un Peugeot gris oscuro

estaciona rozando el paragolpes. Deja por un momento de fregar. Tres uniformados

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bajan del móvil y dos hombres de traje, del auto que los sigue. Uno de los trajeados

oprime el portero. Un timbre cortito que repica por toda la casa rebotando de teléfono en

teléfono. Urgente, urgente, parece decir a los oídos de Ema, que no tiene ganas de

atenderlos.

Ema baja hasta la reja de entrada, abre la puerta. Es una orden del juzgado,

allanamiento. El hombre tiene un papel que le muestra, el nombre de Sergio se lee

perfectamente.

—La señora no está, estoy sola —repite por enésima vez.

—Nos tiene que facilitar el acceso, es una orden del Juez.

No hay nada que pueda hacer, la señora debería haber vuelto. Nunca está cuando

hace falta. Tiene que abrir. ¿Que habrá hecho este estúpido?

Los hombres de traje van adelante, dos policías los siguen, el tercero se queda en

la puerta. “Como en las películas”, piensa Ema, que va mostrando la casa. Preguntan

por la habitación de Sergio. Los lleva. Miran todo, revuelven, preguntan si durmió

anoche. Ella dice:

—No sé, yo no estaba —y se sorprende a sí misma al escuchar el acento

paraguayo que se le ha colado en la pronunciación.

—¿Vivís acá?

—Vivo y trabajo en esta casa, sí señor.

—¿Y cómo que no sabés?

—No sé, yo no estuve.

El hombre la mira con desconfianza.

—Llegué hoy a la mañana, estaba de vacaciones.

—¿Encontraste la cama desarmada?

—No. Así.

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—¿El pendejo este se hace la cama?

—Cuando yo no estoy, a veces. Si la madre lo obliga.

—¿Qué es este paquete?

—Un regalo.

—¿De quién?

—Mío.

—¿Vos qué tenés que ver con este pibe?

—¿Qué?

—¿Tenés algo que ver?

—Yo trabajo. ¿Qué me quiere decir?

Los hombres hablan entre ellos, recorren la casa, revuelven, preguntan quién

más vive con ellos, qué horarios tienen. Muchas preguntas, pocas respuestas. Ema no

sabe, no ve, no escucha, es tonta, extranjera, no conoce. Se da cuenta de que los tipos se

molestan pero se la tienen que aguantar, Ema cada vez dice menos, entiende menos, que

se vayan lo antes posible, antes de que vuelva Javier y que a lo mejor lo lleven a él por

culpa del hermano.

Se van. No le dejan una tarjeta como hacen en las películas, no le dejan nada. Si

ella quiere no le cuenta a nadie y esto no pasó. Pero no lo va a ocultar, en cuanto venga

la señora le dice todo. Tiene que ordenar, han hecho un desastre, encima hoy. Va a

empezar por la habitación de Sergio, es donde más revolvieron. Cuando entra mira la

cama desarreglada, falta el paquetito de dulce.

—¿Cuándo vinieron?

La señora Clara está dura, preocupada. Algo grave está pasando.

—Hace media hora.

—¿Te dejaron algo, algún papel? ¿Dejaron algo dicho?

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—No señora, nada.

Ema lo lamenta, le hubiera gustado recibir algo, dárselo, ella está para ayudar.

—¿Por qué no me llamaste?

—No me dieron tiempo.

—No podés dejar a cualquiera que entre en la casa.

—Pero señora. Era la Policía…

—¿Y si eran ladrones vestidos de policía? Cuando yo te digo que no dejes pasar

a nadie, no dejás pasar a nadie.

Siempre lo mismo. Ahora la culpa es de ella. Esta mujer es una ingrata. Una

desgraciada.

—¿Y si le tiraban la puerta abajo? ¿Me iba a decir que por qué no les abrí?

—No seas insolente. Y andá a hacer lo que tenés que hacer que después vamos a

hablar.

¿Quién se cree que es? Todavía que no abrió la boca. Tiene ganas de llorar pero

no le va a dar el gusto de que la vea llorar. En la valija está el regalo que le compró. Se

lo va a quedar para ella, para usarlo cuando tenga el día libre y pueda salir. Que lo vea,

lo desee y que se joda. Entra en la cocina, sobre la mesa está la canasta con frutas, saca

una manzana y se va para el piso de arriba.

Clara da vueltas. Adónde ir. La enloquece no poder usar los teléfonos. Aislada y

sola. Y el imbécil de Mario que cada vez la complica más. Que lo entregue de una vez y

todo vuelva a la normalidad. ¿Qué quiere hacer? ¿Hasta cuándo lo va a proteger?

Armando tiene razón, ya han llegado demasiado lejos, esto tiene que terminar. Se sintió

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segura cuando él la despidió con un abrazo. Si pudiera ser así, estar con alguien sin

problemas, sin locuras. Que se ocupe de ella, que quiera estar con ella para pasarla bien.

El tiempo pasa, ¿cuándo va a vivir? Mario siempre está atrás de algo, todo es más

importante que ella y eso no va a cambiar, ni ella tiene ganas de que cambie. Ser

importante para alguien que no sea Mario es lo que quiere. Para Armando, por ejemplo.

¿Cómo puede estar pensando cosas así en este momento? Nunca es el momento de ella,

ni lo será, lo sabe, por eso se permite pensar cualquier cosa, lo que no se permite es

hacer. Es cobarde, pelotuda, algo de eso, pero ya se va a terminar. ¿Cuándo? Podría ser

ahora si lo entregaran a Sergio.

Suena el teléfono fijo. El sonido se replica en la casa. Se apura a atender para

aplacarlo o para hacerse cargo de lo que pueda ser.

–Oigo —dice molesta.

Es su amiga Alicia. El cuerpo de Clara se relaja. Busca una silla y se sienta.

Alicia tendrá charla para rato, siempre que la llama es para rato, pero esta vez no la

disgusta que sea así. De alguna manera Alicia consigue traerla a lo cotidiano, al mundo

que sigue existiendo fuera de la locura de estas cuatro paredes. Hablar de Florencia, de

que tuvieron que vender por nada la casa del country porque desde que la aseguradora

lo echó al marido hace dos años que no tiene trabajo, “por lo menos a Mario le va bien

con la fábrica”, dice Alicia.

—Más o menos, vos viste cómo está el país, que querés que te diga. Esto es un

infierno, gorda.

Quejarse a dúo de lo mal que están las cosas, mirarse con ventaja en el espejo de

los otros es hasta cierto punto tranquilizador y placentero. En la otra planta se escucha el

ronquido de la aspiradora, Ema está haciendo su trabajo, hay olores frescos, a

desinfectantes, la casa está en orden.

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Javier llega a la casa y se va derecho a la cocina, Ema está metiendo la pila de

platos en el lavavajillas. Él no ha hecho ruido, tiene pasos de gato; ella sigue con lo

suyo, lo hace todo con movimientos ágiles, él la mira. El cuerpo caliente, con su

musculosa desteñida, la piel sudada. Ella gira la cabeza, lo ve, se incorpora y se

acomoda el cabello. Él avanza, la saluda con un beso en la mejilla, como hubiera hecho

con una hermanita o una compañera de colegio. Ema le agarra la mano y le dice:

—Te traje un regalo de Asunción, vení.

Bajan rápido las escaleras, ya no lo lleva de la mano, no hace falta porque él la

sigue dócil, como los chicos siguen a cualquier piba que les indique adónde ir.

El regalo está sobre la mesa de luz. Es pequeño y está envuelto en papel de

colores brillantes. Ema lo tiene ahora en la mano, se lo da, lo mira, seguramente está

esperando que lo abra, que se lo apruebe y tal vez que la bese de nuevo. Javier hace todo

lo que sabe que ella espera. Todo hasta ahí, hasta donde un hermano haría bajo el

mismo techo. El pelo negro de Ema cae sobre los hombros, le sonríen los labios

pintados del mismo rojo que la remera, Javier no puede dejar de mirarla. Cuando ella le

coloca la cadenita, él siente el olor a champú mezclado con el sudor dulzón. Tiene ganas

de abrazarla pero se contiene. Agradece y se va para arriba.

Se tira en la cama. En el plafón cuelga, como una rayita de lápiz, una tela de

araña; a Ema le falta limpiar ahí. La fanática de su madre no ha entrado a su cuarto, sino

la hubiera hecho sacar. Ella odia las arañas, no entiende que son necesarias para

comerse los mosquitos. Entrecierra los ojos hasta que solo queda una ranurita por la que

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ver la tela, tiene ganas de quedarse allí tirado el resto del día esperando que la araña

salga de su escondite para completar la trampa de moscas tontas.

Se acuerda de Sergio. Piensa que no ha visto a su mamá, que debería ir a

preguntarle si sabe algo porque cualquier cosa que pase puede joderlos a todos. Se

levanta y va en busca de su madre y apenas sale del cuarto la escucha, está hablando por

teléfono.

—Tengo hambre —le dice cuando está cerca. Ella sigue como si no lo viera. Él

se acerca más y le hace la seña de llevarse algo a la boca, con movimientos rápidos y

cortitos. Clara levanta la mano y la sacude en un gesto agresivo: no molestes. Él deja de

hacer señas pero no se mueve. La mano de su madre vuelve a sacudirse: salí de acá.

—Nadie come en esta casa puta —protesta Javier mientras se va.

Una vez más debe hacerse cargo. Va a la cocina que está limpia, impecable.

Ema está por arriba, se escucha cómo canta desde el pasillo. Él piensa en comer. Arroz

con huevos fritos para los tres. Es rápido, fácil. Pone el agua a hervir en la pava. Rehoga

el arroz con un poco de aceite en otra olla revolviendo con la cuchara de madera.

Agrega el agua hirviendo al arroz, lo regula a fuego mínimo. Cuando se cumplan los

diecisiete minutos el arroz estará listo, hora de cascar los huevos y freírlos.

Clara ha dejado de hablar, es el momento de preguntarle.

—Estoy haciendo arroz con huevos fritos. ¿Vas a comer?

Ella tarda en contestar.

—Podés hacer unos bifes para acompañar.

—Ya me fijé, no hay carne.

—¿Te fijaste en el freezer?

—No hay nada.

—Comemos arroz y listo.

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Javier se acerca a Clara y en voz baja pregunta.

—¿Qué le dijiste de Sergio a Ema?

—Nada. No hizo falta. Ya vino la Policía a buscarlo, los atendió ella —señala

con la cabeza.

—¿Papá sabe?

—No le pude avisar todavía —murmura ella.

—Llamalo.

—No se puede hablar de esto por teléfono, están intervenidos.

—¿Y qué vamos a hacer?

—No sé. Tu padre fue a hablar con un abogado.

Javier piensa en Sergio, en Mario, en el arroz que se debe estar secando. Que

haya un abogado de por medio le da tranquilidad. Apaga el fuego y destapa el arroz.

Pone un poco de aceite a calentar, rompe los huevos. Eleva la voz llamando a Ema.

—Poné la mesa para los tres —ordena cuando la ve aparecer.

—¿Para qué tres?

—Vos, mamá y yo. Dale que ya van a estar los huevos, dejá los platos aquí así

los sirvo —dice señalando la mesada.

Si Ema atendió a la Policía, también puede comer con ellos.

Mario llega a la casa de su madre. Saluda a una vecina que se asoma a la puerta.

Le debe haber llamado la atención que venga tan seguido. Los vecinos se fijan. El

abogado tiene razón, no es un buen lugar para esconderlo. Su madre tarda en abrir.

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Mario insiste con el timbre. Los ojos de ella aparecen por la ventanita de la puerta.

Siente alivio, por un segundo pensó que se lo habían llevado y a su madre también.

—Sos vos —dice ella con un tono grave que indica molestia, Mario lo sabe.

—Abrí de una vez, viejita —dice con dulzura.

—Hace un rato estuvo Clara —dice mientras abre—, me dijo que no le abriera a

nadie y que no hablara por teléfono.

—Tenemos los teléfonos intervenidos. No podemos hablar. Me lo tengo que

llevar porque en cualquier momento vienen.

—¿Consultaste con un abogado?

—Sí. Si vienen les decís que no sabés nada, que hace mucho que no lo ves.

—¿Adónde te lo vas a llevar?

—No te puedo decir. —Mario entra al cuarto donde está Sergio.

—¿Y con el médico que vas a hacer? —dice su madre que lo sigue.

—Ya lo voy a arreglar. Ahora lo tengo que sacar de acá. No hay más tiempo.

Sergio está mejor del pie, al menos se puede apoyar. Eso ayuda para el traslado a

la camioneta, pero lo que no ayuda es la actitud desconfiada que tiene y que pregunte a

cada rato qué está pasando. Mario contesta a medias mientras recoge todo en una

segunda vuelta. No quiere dejar rastros, ni olvidar nada que pueda necesitar; de ahora en

más, cada cosa importa: es la supervivencia. Cuando sube a la camioneta ve que su

madre ya ha cerrado la puerta de calle. No hubo besos, esto también es sobrevivir.

Arranca.

Dobla en la esquina, una maniobra innecesaria. Debería haber seguido en

dirección del sur pero necesita perder el rastro de un imaginario perseguidor. Retoma en

la siguiente esquina, ya más tranquilo. No recuerda bien el nombre de la calle, ni está

muy seguro de cómo llegar a lo de Azucena. Sólo fue una vez en veinte años. Podría

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haberse mudado, estar viviendo con alguien. Se da cuenta de que tiene congelada la vida

de Azucena en su cabeza, como si no tuviera historia propia, como si fuera una parte

más de la empresa. Secretarias, obreros, capataces, encargados, funciones nada más.

Apenas algún comentario, algún rasgo personal que se filtra de vez en cuando. Algún

gesto suyo que produce agradecimiento o enojo. Pero debe ser así. Son un equipo, un

ejército en guerra con el mundo. Él es el jefe, lo quiera o no; el resto, la tropa. Una

pobre tropa para luchar contra un enemigo poderoso, extenso, invisible. Las bajas, una

cuestión inevitable; los sacrificios, también. Él caerá al frente de sus hombres más tarde

o más temprano. ¿De qué guerra está hablando? Qué estupidez. Se corrige y se contesta

que sí, que este país está en guerra, unos contra otros, con armas o sin armas. En la

guerra hay excesos, accidentes, hijos pelotudos, policías cogiendo en el bosque de

Ezeiza. No está mal pensar así, le da lógica al asunto, pone las cosas en su lugar.

Azucena le debe lealtad. Porque le dio trabajo y más de una vez le prestó plata. Le paga

bien. Aunque ahora no tanto pero en su momento sí, el doble de lo que hubiera ganado

en cualquier parte. Ella no puede negarse ni traicionarlo.

—¿Me vas a decir adónde carajo estamos yendo?

—A la casa de Azucena.

—¿Quién? ¿Por qué?

—¿Escuchaste lo que le dije a tu abuela?

—Sí. Pero explicame bien.

Mario explica. Enfatiza el peligro.

—¿Hasta cuándo voy a tener que escapar?

Mario no puede decirle siempre. Dice:

–Por ahora, el abogado nos va a avisar.

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Sergio se calla. Mario no sabe en qué puede estar pensando y teme preguntarle;

deben seguir, no es seguro andar por la calle con Sergio en la camioneta. Después de un

rato cruza la ruta y llega a los monoblocks. Es el tercero de los cuerpos, tercer piso,

departamento tres. Trescientos treinta y tres. Imposible de olvidar. Hay pibes jugando al

fútbol sobre un pasto raleado y una banda de muchachos tomando cerveza en la puerta

del edificio. Los tachos de basura rebalsan, hay cosas tiradas. Todo parece húmedo,

sucio, deteriorado. Tierra de nadie, no cuidan un carajo. Del otro lado de la calle es

peor, en una depresión del terreno hay una villa miseria y su chapería brillando al sol.

Esto no estaba cuando vino la primera vez, lo han ocupado hace poco. Un lugar sórdido

y miserable. ¿Quién puede venir a buscar a Sergio aquí?

Estaciona. Hay que esperar hasta que Azucena vuelva. Tiene coraje, o a lo mejor

como es del barrio, no la tocan. Pero él no es de aquí, la camioneta puede ser

considerada un objetivo. Toma el celular. Duda un momento si es seguro hablar.

Recorre con la vista la zona en busca de un teléfono público. Hasta donde alcanza a ver

no hay ninguno. No se anima a bajar y alejarse, no es un lugar seguro. Decide hablar por

el celular. Tiene que ser cauteloso con lo que dice, debe parecer una conversación

normal. Debería conseguirse dos celulares para establecer una línea de emergencia con

Sergio. El tema es dónde comprarlos.

—Azucena.

—Sí, qué tal señor Giunta.

—¿Me llamó alguien?

—De Policrom, por un pago, y vino la Policía preguntando por usted.

Hijos de puta. Ya llegaron a la fábrica.

—¿La Policía? ¿Sabe qué querían?

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El tono le parece que fue natural, si lo están escuchando no van a pensar que él

está con Sergio.

—No me dijeron. Me preguntaron dónde lo podían encontrar.

—¿A mí? ¿Y qué carajo quieren? ¿Qué les dijo?

—Que había ido a hacer una entrega, que volvía tarde —por suerte no agregó

“como usted me dijo” si alguien preguntaba.

—Bue... Ya veré qué necesitan. La llamo para avisarle que no voy a volver. Se

me hizo tarde. Usted se puede ir antes, total no hay nada para hacer.

—Pero tengo que esperar que se vayan todos para cerrar la oficina.

—Hoy los autorizo a retirarse antes, una hora menos. Es un compensatorio por

el atraso en los pagos. La gente de planta que siga. O mejor que lo decida el encargado,

él sabe cómo está la producción, que se haga cargo.

—¿Con su camioneta qué hago?

—Hágala entrar. Mañana la recojo.

Ya deben saber que tiene la camioneta de la fábrica, no les dio más información.

Lo suyo estuvo bien. Hubiera sido un exceso que le dijera a Azucena que se tome un

remís. Solo tiene que esperar, a lo sumo una hora o dos.

—Tengo ganas de mear —dice Sergio apenas corta.

—¿Por qué no hiciste antes de salir?

—No me diste tiempo.

—Acá no hay baño.

—Llevame a un bar.

—¡Será posible! ¿No te podés aguantar?

—Me estoy aguantando desde hoy.

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La que faltaba. Ir hasta la ruta, buscar un bar, que se baje con las muletas. No

puede llamar la atención, no vaya a ser que tengan la mala suerte de cruzarse con la

cana. Pendejo boludo. ¿Qué otra cosa se le va a ocurrir? Mira por el espejo retrovisor

para ver si puede hacerlo mear contra los tachos de residuos, algo que no haría en otra

parte pero acá todo es válido. Los tachos rebalsan de bolsas rotas con basura, botellas de

plástico que asoman, cartones de Tetrabrik.

—Esperá.

Mario baja de la camioneta. Patea los neumáticos, da vueltas como si

inspeccionara las cubiertas, después se acerca al basurero, se agacha, recoge una botella,

la trae hacia el vehículo, pegada a su pierna.

—Tomá, hacé en esto.

—Pero tiene el pico muy chico, me voy a mear los pantalones.

—No te mandes la parte. Te podés arreglar.

—No voy a hacer en la botella.

—Meate.

Sergio aprieta la botella, que cruje y se achata, lo mira con bronca. ¿Qué carajo

quiere? Es un nene de mamá. Mario pone la radio, busca una FM y la deja. Música para

calmarse.

—Bajate —le pide Sergio.

—¿Qué?

—Bajate que si no, no puedo.

Mario se baja. Aprovecha para echar un vistazo. Todo está tranquilo. Los pibes

siguen jugando al fútbol, los muchachos se desplazaron hacia la esquina. ¿Ninguno

trabaja a esta hora? ¿De qué viven? Afanan. Y por qué todavía no lo vinieron a apretar.

A lo mejor piensan que él también anda en algo raro, nadie viene aquí con una Trafic y

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se estaciona. Salvo que venga con merca robada y esté esperando a alguien. Alguien

importante. Le habrán ido a avisar a ese tipo. Ha visto demasiadas películas, no se tiene

que dejar llevar. Vuelve a la camioneta, Sergio está con la botella en la mano esperando

que él la retire.

—Tenela, por si la necesitás.

—No la voy a necesitar.

—Tenela igual, no voy a tirarla afuera. Cuando llegue Azucena la vaciás en el

baño.

—No voy a entrar con una botella de meo a la casa.

—La tenés y después vemos. No jodas más, haceme el favor.

El sol está fuera del campo visual y aún así incendia el cielo de nubes

blanquecinas con toques rojizos. Hay gente entrando a los edificios, alguna madre

retrasada con un pibe vestido con delantal, los pendejos ya dejaron el fulbito. Falta

Azucena. Ya debería haber vuelto. ¿Qué le hizo suponer que vendría directo a su casa?

En ese tiempo extra que le otorgó, ella podría estar visitando amigos, haciendo compras,

o cualquier otra cosa. ¿Hasta cuándo va a tener que seguir estacionado en este lugar? Lo

único que falta es que los asalten. Lo mira a Sergio que señala a alguien con la cabeza.

Una mujer menudita de verde desciende el terraplén desde la ruta. Tiene el pelo corto,

es Azucena, viene con unas bolsas de supermercado. Mario se baja y va hacia la entrada

del edificio.

—Azucena —le grita.

Ella se da vuelta. Está lejos para decirlo con certeza pero a Mario le parece que

hay un gesto de sorpresa o de tensión, tal vez de miedo. Se acerca.

—La estaba esperando. Disculpe que no le avisé.

—¿Qué pasó?

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—Le tengo que pedir un favor, es la única persona a quien puedo recurrir.

Le resulta difícil explicar. Elude la razón precisa, lo reduce a la palabra “lío” que

el abogado va a aclarar. Pero imagínese con todo lo que está pasando, si lo detienen le

pueden hacer cualquier cosa. Hasta me lo pueden matar. Se tranquiliza cuando ve que

Azucena asiente en lo referido a sus presagios. Ella, piensa él, no puede permitir que

esto pase con Sergio y por lo tanto, accederá a tenerlo por unos días.

—¿Y si lo vienen a buscar a aquí?

—No van a venir, solamente buscan en casas de familiares o amigos. Ni se les

va a ocurrir que está con usted.

—Pero si se les ocurriera. ¿Qué les digo?

—Dígale que no sabe nada, que yo le pedí que lo tenga, que me está haciendo un

favor.

Lo único que la mujer quería era una respuesta. No estaba temiendo por ella, por

una eventual acusación de complicidad, solo necesitaba tener una respuesta lógica. Era

eso. Evidentemente, como tenía por seguro, vive sola, porque de otro modo, con el

mismo criterio, le hubiera comentado algo, no podría meter a Sergio en la casa sin dar

una explicación. Mario ayuda a su hijo a bajar de la camioneta. Camina bastante bien

con las muletas. El pie del esguince parece no molestarle demasiado.

Azucena pregunta:

— ¿Qué le pasó?

Mario retoma la teoría del accidente. Quilombo, accidente, una mezcla

razonable y lógica.

—¿Cómo va a subir las escaleras?

—¿No hay ascensor?

—No funciona.

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Tres pisos por escaleras. Todo lo que hizo fue al pedo, es imposible cargarlo

hasta el tercer piso, el físico no le da. Mario mira impotente el ascensor con el cartelito

de “NO FUNCIONA” desde la puerta de entrada al edificio, que Azucena mantiene

entreabierta.

—Yo puedo —dice Sergio.

—Qué vas a poder, ya te caíste en casa.

—Te digo que puedo.

Sergio atraviesa la entrada, deja a un costado las muletas, se sienta en el primer

escalón e inicia un trabajoso ejercicio de subir los escalones de a uno, apoyando las

manos y el culo. Mario se pone su lado y lo ayuda. Azucena recoge las muletas y se

adelanta, tendrá tiempo de arreglar algo, de desempacar las bolsas. “Eso hacen las

mujeres”, piensa Mario, mientras lucha junto a su hijo por llegar al tercer piso.

Javier deja el libro con las carpetas sobre la mesa, ha estado leyendo sin poder

concentrarse. Vuelve a la computadora. La casa está en silencio. Su madre se debe

haber tomado una pastilla para dormir. Ema tiene que estar en su cuarto dos plantas más

abajo, durmiendo, o a lo mejor está igual que él, mirando el techo. No hay noticias de

Sergio ni de su padre. Ya son como las dos de la mañana, calcula, no hay nada que él

pueda hacer, solo espantar los malos pensamientos. Zafó bien con Yanina en FB.

Aunque antes ella no le daba bola, ahora le aceptó la amistad sólo para preguntarle por

su hermano. Hace días que no lo veo, escribió él, no sé dónde anda ese boludo. De algo

debería estar enterada porque no insistió, se desconectó enseguida. Qué pelotudo este

Sergio, una piba con onda y casi no le da cabida. Le interesan las minas para coger. Él

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no puede dejar de amigarse con las pibas que se le acercan. El tema es que si se amiga,

lo toman por boludo. O son de las fáciles, que les cabe cualquier pibe, un toco y me

voy. Se aprovechan. Los rubios blanquitos les gustan a casi todas, especialmente a las

morochas, así dicen, pero hay algunas que son complicadas, eso también pasa, sobre

todo les pasa a los que, como él, no quieren lastimar a nadie. A Sergio nada le calienta,

le caben todas. Si se pudiera elegir ser como Sergio, para las minas por lo menos… Pero

no se puede elegir, cada cual es como es. A lo mejor Sergio tampoco puede elegir, no

puede dejar de bardear. Su papá no puede dejar de trabajar como un esclavo y su mamá,

es su mamá, así como es, también.

Se tira en la cama mirando el techo. Con el foco prendido, la tela de araña se ve

bien clarita, está tejida por dentro del plafón, el hilo que cae es un hilo que no llegó a

formar parte de la tela. La trampa se mueve de a ratos. Hay un bichito atrapado que se

sacude cada tanto. Está perdido, no va a escaparse, solamente tiene que esperar a que la

araña vuelva y se lo coma. Tiene la tentación de liberarlo pero no lo hace, ¿para qué?, la

araña va a volver a tejer la tela y el bichito, a caer en la trampa. Podría no prender la luz

de arriba así el bichito no iría a la trampa de la araña. Podría también no hacer nada,

dejar las cosas como están, pensar en él y para él. Mejor baja y se hace un té. Nadie

cenó en la casa, el arroz con huevos fue una buena solución para el mediodía pero ahora

no tiene ganas de cocinar. En el freezer hay helado, un poco de helado va a estar mejor

que el té.

Azucena los hace pasar. Son nada más que dos ambientes chicos, apretados.

Mario mira a su alrededor, ella corre una silla, Sergio se sienta. No hay un sofá, ¿en

dónde va a dormir?

—¿Quieren tomar algo?

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—Un poco de agua —dice Mario.

Ella va hasta la cocinita y abre la heladera, vuelve con una botella de jugo

barato, de los que se preparan con agua, y dos vasos. Pone los vasos sobre la mesa y

sirve el jugo sin decir nada. Mario agradece.

—Es por unos días nada más —aclara él, asegurándole de alguna manera que la

incomodidad no va durar, aunque no tiene idea de dónde ni cómo va a ocultar a su hijo.

—No se haga problema, se lo voy a cuidar —dice Azucena.

—¿Dónde voy a dormir?

—No seas maleducado —salta él.

—En el cuarto —dice Azucena.

Mario mira hacia el pasillo que conduce al cuarto, solo alcanza a ver la puerta

cerrada. Prefiere no preguntar más, no tiene opciones. Lleva la mano a la billetera y deja

un dinero sobre la mesa. Ve cómo Azucena lo agarra sin decir nada. Se le ocurre que en

otro momento se hubiera negado a recibirlo, pero ahora todo ha cambiado. Le

recomienda a Sergio que se someta a las disposiciones de Azucena, le promete enviarle

un celular seguro con ella y se despide. Cuando sube a la camioneta ya las luces de la

calle se han encendido. En el piso está la botella con el orín de Sergio, lo único que le

ha quedado de su hijo.

La agarra y baja de la camioneta, va hasta el basurero y la deja a un costado.

Vuelve y arranca, se aleja, respira.

¿Adónde ir ahora? Tiene que conseguir los celulares. En el Shopping de

Adrogué venden, a esta hora es el único lugar que conoce que pueda estar abierto. Tiene

que pagar en efectivo. No sabe cuánto le costará, lleva poco dinero encima, tiene que

pasar por la fábrica a buscar más. De paso deja la Trafic y sigue con su camioneta. Hay

que apurarse.

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Armando supo que estaba todo mal cuando Clara llamó diciendo “te voy a ver”.

A la media hora ya estaba en el consultorio hablándole a borbotones. No puede saber

ahora si las cosas están peor o mejor de lo que se imaginó. Finalmente ella agota los

gestos y las palabras que traía, pasa unos segundos mirándolo como si estuviera

verificando su comprensión y repentinamente se para, se va casi sin despedirse, presa de

una urgencia que no se molesta en explicar. Él la deja ir, la clínica está llena de

pacientes. Vuelve a su escritorio, trata de repasar los hechos y ver más claro dónde está

parado.

Clara le ha dicho que lo andan buscando a Sergio, es solo cuestión de tiempo

para que lo agarren. Mario es un imbécil, ¿para qué carajo tuvo que buscarlo a él?, en

algún momento sin duda vendrán a preguntarle algo y todo lo que hizo le jugará en

contra. Cómplice, esa es la palabra que define su situación. Sin embargo, tiene una

incomprensible sensación de alivio. Si todo se va a la mierda será por una causa mayor,

por culpa de Mario, por meterse a salvar a un pendejo pelotudo, por lo que sea, de

ninguna manera por una decisión suya. Clara lo excita, se la quiere coger ya, es la única

idea que le viene a la cabeza. El resto puede irse al diablo. Así como están las cosas, no

va a comprometerse para ir a hacerle nuevas curaciones a Sergio. En el tiempo que le

quede de libertad no las va a necesitar. Puede concentrarse en Clara, si no la consigue

ahora después quién sabe. No va a llamarla por teléfono, ella se lo prohibió. “Por las

escuchas”, dijo. Tendrá que ir a verla. Podría llegar de sorpresa, sacarla de la casa,

llevarla a un lugar donde sea vulnerable a su propuesta. Tiene que ser pronto, antes de

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que todo se complique. Su mano aprieta el botón para que pase el siguiente paciente. La

puerta se abre, es una mujer grande y obesa, tiene los ojos irritados.

Ya casi son las once de la noche, el quiosquito de celulares está en el medio de

la galería y la empleada lo está cerrando. Mario la detiene con un pare, pare. Necesita

dos celulares con tarjeta. La chica lo mira, por suerte no pregunta para qué los quiere.

Mario aclara que los necesita con la línea habilitada. Ella dice que sí, que entendió, y él

se siente estúpido de haber dicho una obviedad.

—¿A nombre de quién la factura?

—Lucas Gramajo —dice Mario, podría haber dicho Rodríguez o Gómez, pero

son demasiado comunes, Gramajo es original.

—Documento —dice la chica mirando la factura.

—No lo traje.

—Dígame el número —dice ella sin alzar la vista.

—4.824.335

Ella escribe. Luego le cobra, casi no lo mira. Tal vez no quiera recordarlo.

Mario vuelve al auto. Está cansado. Tiene hambre. No quiere regresar a su casa.

No hay una razón ni tiene ganas de encontrar una, simplemente no quiere. Mejor dejar

todo en la fábrica y esperar al otro día. Antes comer algo, eso sí, no ha comido nada

desde el desayuno. Detiene el coche frente a una pizzería, grande, mitad cebolla, mitad

mozzarella pide, y una botella de cerveza.

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—¿Te gustan las salchichas con puré?

—Sí, cualquier cosa está bien —dice Sergio.

Comida para chicos, sabía que era lo más seguro, además es lo que ha

comprado, por suerte trajo dos paquetes. El dinero que dejó el señor Mario no es

mucho, tendrá que administrarlo así le queda algo, aunque sea un poco, para ella. Este

chico siempre le trae problemas al jefe, no cambia. Es lindo, una lástima. Lo va a cuidar

y atender. Él dormirá en la cama, ella con la bolsa de dormir en el piso, corriendo la

mesa. Un sacrificio, un servicio más. Azucena pela las papas con placer mientras avisa

desde la cocina:

—Lo que necesites, decime.

—¿Este televisor tiene control?

—No, se rompió. Ahora voy y te sintonizo lo que quieras ver.

—Dejá, yo puedo.

—No te levantes, no hace falta —dice y se limpia las manos con el repasador.

Azucena no llega a tiempo, Sergio ya está manipulando los botones

sosteniéndose con una pierna y las muletas. Ella trata de ayudar.

—Dejá, yo puedo —repite Sergio molesto.

Azucena baja las manos y vuelve dócil a la cocina.

La oferta de canales se agota en un instante, solo hay de aire. “Esta rata ni

siquiera tiene cable”, piensa Sergio. Se queda con Tinelli, vuelve a la silla. Mario

tendría que haberle conseguido algo mejor. El abogado está loco si se piensa que él va a

vivir todo el tiempo así. Prefiere que lo vengan a buscar y cagarse a tiros. Tendría que

haberse quedado en la casa de la abuela. ¿Y si vienen qué? Ni siquiera tiene el revólver.

Sergio mira la ventana. Puede saltar. Va a saltar y se acabó. Mario dijo: Unos días,

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hacele caso a Azucena. Como si él fuera un chico. No dijo cuántos días ni cuándo va a

tener un teléfono aunque sea para hablar con él. Ninguna precisión, ninguna seguridad.

Siempre lo tiran a un costado, una mierda todo esto.

Mario enciende únicamente la lámpara que tiene sobre el escritorio. Piensa que

pueden estar vigilando desde la calle. Tal vez sí, tal vez no, en todo caso es preferible

que nadie vea luz en su oficina a esa hora. Pone los celulares a cargar, súbitamente

siente que tiene que orinar, es imperioso, hace rato que viene postergando ir al baño,

ahora es sí o sí. Llega al inodoro con la bragueta abierta y el pene en la mano. La orina

tarda en salir. Carajo, eso le pasa por aguantarse; hace fuerza, es inútil, tiene que

relajarse. Pasa un minuto, unas gotas se deslizan, ya viene, ahora sí, el chorro es

contundente. Sale del baño aliviado, va al escritorio, abre la caja de cartón. La pizza está

fría. Recurre al cortapapeles para destapar la cerveza. Al fin puede sentarse a comer y

relajarse un poco. No hay televisión ni ruido. Ni Clara, ni hijos, ni obreros. Está solo,

cómodo y solo, en la fábrica vacía. Puede recorrer mentalmente cada espacio, cada

inyectora, enumerar los detalles: él la construyó, la hizo con esfuerzo. Es imposible que

desaparezca, es una estructura sólida, cemento, hierro, máquinas.

Pero algo se ha alterado, éstas son cosas concretas, el dinero es papel y ahora

resulta que esos papeles determinan si la fábrica puede funcionar, si la gente tiene

trabajo, si él es o no es un empresario. Debería volver el trueque, envases por comida,

envases por combustible, por ropa, podría ser. O si no estos “patacones”, manejemos

todo con patacones, o con lecops, no entiende por qué tiene que haber dos cuasi

monedas. Si le vendieran la materia prima en patacones, si fuera obligatorio, todo

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funcionaría. Son los bancos los que no quieren esos billetes porque no son convertibles

a dólar. Viven en el mundo del dólar, de los bonos, ese es su negocio; el de los tipos

como él es el de la producción, si se desenganchan se les acaba. Hijos de puta.

La pizza va desapareciendo y la cerveza también. La última porción fue por

vicio, no debería haberla comido, ahora está pesado, tiene sueño. Se recuesta en el

sillón, deja que el sueño progrese, esta noche no volverá a su casa, es la primera vez que

no lo hace en treinta años y se siente bien, al fin y al cabo ya no sabe si es su casa. La

fábrica sí es suya, aquí está mejor.

La cuchara de helado está colmada, Javier le pasa la lengua una vez, dos,

después se la introduce en la boca y deja que se derrita. Se puede comer todo el kilo si

quiere, es algo raro esto de asaltar la heladera y comerse el helado de todos. Vuelve a

llenar otra cuchara. La casa está en silencio, la única luz prendida es la de la cocina, el

único que está despierto está comiendo helado y está decidido a liquidarlo. Nora se casó

y se fue, ahora Sergio y su padre no han vuelto, solo queda Clara arriba, seguramente

empastillada. De repente es así, está solo, comiendo helado y mañana el colegio y

después... Lo único seguro del después es quedarse solo. La noche puede ser larga si no

logra dormir; o corta, si le viene sueño. Si va a la computadora o a ver la tele, seguro

que se desvela y mañana tendrá sueño en el colegio; si no hace nada a lo mejor se

duerme rápido. En cuanto acabe con el helado apaga la luz y se tira en el sofá del living,

decide. En la cama es más difícil, empieza a dar vueltas y vueltas, a pensar boludeces,

en el living se relaja mejor, ya lo hizo alguna vez.

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Antes de abrir los ojos Mario ya lo sabe, es hora de levantarse, de lavarse la

cara, en unos minutos su gente comenzará a llegar, el tiempo corre pero él se niega a

comenzar un nuevo día. Está despierto, lúcido, pero su cuerpo no, sigue relajado, como

muerto. Lo deja descansar, lo ha forzado mucho últimamente. Él puede seguir pensando

con los ojos cerrados, las manos sobre el abdomen. A esta hora no hay urgencia. De

aquí en adelante hará lo que tiene para hacer. Basta de carreras y locura. Azucena se

llevará los celulares y tendrá línea directa con Sergio. Él volverá a la casa de su madre a

desenterrar el revólver y lo tirará al Riachuelo. Deberá tomar precauciones para que no

lo sigan. Dentro de un rato la va llamar a Clara para decirle que se quedó trabajando en

la fábrica pero que esta noche sí vuelve a la casa. Todo deberá parecer normal para que

se vea y lo crean. Habrá que inventar una historia coherente sobre la pelea con Sergio,

algo que habilite a decir que lo echó. Atenerse a la historia. ¿Qué hacer con la herida?

No le puede pedir a Bruzzone que vaya a lo de Azucena, es demasiado. Tendrá que ser

ella la que le cambie las vendas y se asegure de que toma los remedios. Si hay algo raro

o se complica, entonces sí, no va a quedar más remedio que buscarlo a Bruzzone. A esta

piba se le puede pedir cualquier cosa, vale oro.

Alguien abre el portón que da a la calle y lo cierra con fuerza, la chapa hace un

estruendo que rebota por el galpón vacío; debe ser el encargado. Mario abre los ojos,

mira su reloj, las ocho. Recoge los restos de la cena y los mete en el cesto de papeles, no

es necesario que sepan que durmió allí, dirá que vino temprano para estar tranquilo y

poder adelantar su trabajo. O no dirá nada pero deberán pensar eso. Lo más importante

es juntar dinero para afrontar los gastos inmediatos. Hay unas cuantas cosas que pagar

con pesos y otras que pueden saldarse con patacones o lecops. El boga no quiere

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patacones. Hace mentalmente un repaso de recursos, tiene veinte mil dólares en la caja

de seguridad, su reserva secreta, quizás sea la hora de gastarla, aunque se resiste, hoy tal

vez pueda conseguir que Gadó le pague y vender el cheque, lo que le den en pesos

cambiarlo por patacones, la diferencia que saque le va a compensar un poco los

intereses del prestamista: el tano Grimaldi lo está matando pero los bancos le han

cerrado el crédito. Con lo que obtenga puede pagar algo de los sueldos, total en los

supermercados se los aceptan. De la reserva cambiar cinco mil, con eso pagar al

abogado y quedarse con algo para gastos. O mejor esperar, Angelini le dijo que se los

diera cuando pudiera ver a Sergio. No es momento de llevarlo, mejor esperar unos días,

esperar a que la Policía se contacte.

Hoy va ir al banco a buscar los dólares que tiene en la caja de seguridad. Es

conveniente tenerlos a mano por cualquier cosa. No debería andar con tanta plata en la

billetera pero no hay más remedio, él tiene la caja chica de la empresa en el bolsillo.

Los pasos del encargado suben las escaleras, es claro que ya se ha dado cuenta

de que hay alguien en el despacho, hora de ponerse en marcha.

—Señora, es su esposo. ¿Qué le digo?

—Pasámelo acá arriba.

Mario le ha interrumpido el desayuno. El momento de estar sola en su

habitación, tomando su café, mordisqueando las tostadas, con el diario abierto sobre la

cama. ¿No vino anoche? No pudo notarlo, ella tomó el Rivotril y se durmió. A esto

hemos llegado. Es difícil responder sabiendo que la pueden estar escuchando. No sería

normal que pasara por alto la visita que les hizo la Policía, en cualquier pareja normal

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eso sería así, y ella ya se hubiera comunicado y Mario no se hubiese quedado a dormir

afuera sin avisar. Tiene que inventar algo.

—Estuvo la Policía buscando a Sergio. ¿Sabés por qué puede ser?

—Ni idea, desde que lo rajé no sé nada de su vida.

—¿No tendrías que averiguar algo?

—¿Qué te dijeron?

—Nada, los atendió Ema.

—¿Cuándo fue?—Esto era lo primero que tendría que haber preguntado, ¡qué

pelotudo! Bueno, ya está.

—Ayer al mediodía, yo no estaba.

—¿Y qué le dijeron?

—Nada. Que lo necesitaban.

—¿No les preguntó por qué?

Clara se tranquiliza, Mario sabe cómo manejar la situación.

—Ya pedís demasiado, suficiente con que los atendió.

—Voy a averiguar en la seccional a ver si saben de qué se trata. Esta noche

hablamos.

Excelente representación. Si lo hubieran ensayado no habría salido mejor. Al

menos ella ya está al margen de la cuestión, solo falta que Mario haga lo suyo. Tendrán

que seguir con esto un tiempo hasta que el tema de Sergio se acabe, después van a

liquidar lo demás. Tiene la sensación de que lo peor va quedando atrás y no va a

arruinarla pensando en todo lo otro. ¿Para qué?

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Después del banco volverá a la Capital, que Angelini se encargue de buscar la

información, el contacto está hecho. Clara estuvo bien. Él tiene mucho más que hacer

ocupándose de la empresa. Las cosas empiezan a estar bajo control.

No entiende qué ha cambiado, si todo sigue yendo mal, desbarrancándose, pero

ahora a él no le importa. Azucena aparece en la puerta de la oficina, viene por otras

cosas, ninguna mención a Sergio. “Está bien”, dice cuando le pregunta, y recibe el

teléfono con su cargador. Le explica que sólo tiene que comunicarse con el suyo, le

anota el número en un papelito. Le da más dinero e instrucciones sobre los cuidados.

Ella asiente a todo, con naturalidad. Después siguen con otros temas. No sólo él se ha

vuelto impermeable, en alguna medida todos a su alrededor son ahora indiferentes a lo

extraordinario.

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CAPÍTULO 7

—Hola viejita —dice Mario mientras su madre abre con dificultad la puerta.

Esta en camisón, arrastra las pantuflas. Apenas son las nueve y media de la

mañana, es demasiado temprano para ella. La nota demacrada, un poco agitada.

—Te acordaste de venir. —La queja le sale de adentro, apagada, sibilante.

Han transcurrido casi dos semanas de silencio. Su madre cumplió con el pedido

que le hiciera: no ha llamado. Pero ellos tampoco la llamaron, él no lo hizo. Ella quedó

aislada, pendiente. Azucena vino a verla, a traerle la mensualidad, es cierto, pero no

hablaron del asunto, las dos se sometieron al secreto. Apenas su madre se atrevió a

preguntar ¿están todos bien por allá?, para recibir una respuesta convencional de que sí,

de parte de Azucena. Ella dijo, como dice ahora, que también estaba bien. No habló de

las piernas hinchadas, los dolores del cuerpo, el aire que a veces no llega a sus

pulmones, porque a su edad eso no es sentirse mal, es la vejez y para eso no hay cura.

Por unos días todos los achaques pasaron desapercibidos, estuvo activa,

motivada, Sergio estaba primero. Pero cuando Mario se lo llevó, todo volvió a ser como

antes o peor aún, porque ahora está preocupada por los suyos. Mario no la ve bien, pero

su madre insiste y lo convence.

—¿Querés un té? —pregunta para terminar con el tema.

—¿Puede ser un café?

—No tengo, no tomo, me produce acidez.

—Hacé un té, dale.

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No debería haber venido tan temprano pero ¿qué otra opción tenía? ¿Ir por la

noche, sin avisar, asustarla? La mañana era la mejor opción, nadie lo estaría siguiendo a

esa hora en su rutina de ir a la fábrica, era el mejor momento para desenterrar el

revólver y tirarlo al Riachuelo. Todo a plena luz del día, dentro de sus movimientos

habituales, sin despertar sospechas. Su madre tendrá que disculparlo.

—¿Cómo está Sergio? —pregunta ella.

—Bien, ya puede caminar.

—Y el asunto ese, ¿cómo va?

—Lo tiene el abogado, viejita, no te preocupes, por ahora hay que esperar.

Mario sintetiza, se defiende de tener que dar una explicación que lo angustia.

Desde el fondo de su memoria vuelve contra su voluntad la conversación con Angelini:

—Imposible que se presente, el juzgado no le aceptará esperar el juicio en

libertad. El amigo ese, Fabián López, lo enterró hasta las manos para mejorar su

posición. ¿Usted sabía que era hijo de un juez?

—Apenas lo conozco por el nombre. —Se imagina que, dada esta circunstancia,

toda la presunción está direccionada hacia Sergio.

—¿Y qué hacemos, doctor?

—Por ahora nada. Que siga escondido. Cuando se ponga en marcha el juicio

voy a ver si recusamos al juez por la relación con el padre. Si logramos que desestimen

el testimonio del amigo tenemos chance.

—¿Y los otros pibes qué dijeron?

—No existen, López no los mencionó. La novia del policía entró en

contradicción, ahora dice que se confundió, que pudieron ser solamente dos. López dijo

que solo manejaba, que estaban paseando, que no sabía que Sergio tenía un arma, que

de repente Sergio se baja y ataca. No es algo verosímil pero es lo que maneja el

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juzgado. Por eso tengo que hablar con su hijo, me tiene que dar elementos para que lo

pueda defender.

—Todavía no, donde está no es seguro.

El barrio no es seguro para llevar al abogado y tampoco Sergio está preparado

para recibirlo, se justificó para sí mismo en ese momento, pero en realidad no sabía por

qué no pudo aceptar esa reunión. Es como si en el fondo hubiera pensado que se le

escapaba todo de su control si dejaba de ser el intermediario, o algo así. Fuera de eso, le

quedó la impresión de que no queda nada por hacer. Tal vez Sergio le hubiera mentido y

los hechos no fueron de la manera que los contó, el abogado tiene razón, él es su padre.

Después de todo, tampoco él le está diciendo toda la verdad a su madre. Ahora entiende,

a los padres se les miente.

—¿A qué viniste? —pregunta su madre, cruzando los brazos como si quisiera

abrazarse a sí misma.

—A buscar algo que dejé.

—Me imagino.

—¿Te molestaron?

—Vino un policía a preguntar si había hecho una denuncia de robo. Me dio

rabia, me quiso tomar por tonta.

—¿Qué le dijiste?

—Que no, ¿qué le iba a decir? Entonces se puso a sacarme conversación pero no

le dije nada. Se fue como vino y no volvió.

Mario toma el té despacio, le cuesta dejar a su madre para ir por el revólver,

siente algo parecido a la vergüenza.

Aprovecha que su madre levanta las tazas y las lleva a la cocina para ir hacia el

fondo. Es un día hermoso, el pasto está húmedo y recién cortado, a los costados florecen

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las azaleas y las matas de alegría del hogar. Un pequeño rincón íntimo que su mamá

tiene detrás de la casa y cuida con la ayuda de un chico del barrio. A ella le gusta mirar

el verde, la vida, los zorzales revoloteando, aunque sea por la ventana. Las ramas del

limonero están inclinadas por el peso de los frutos que nadie se ocupa de cosechar. “En

casa los compramos”, piensa, otro día vendrá a recoger unos cuantos. Las ciruelas

también se caen de maduras en el verano y se pudren. Los árboles no pueden saber que

su padre, el que los plantó, está muerto hace años, que la familia se ha desarmado, la

hija en España, el hijo en su propia casa. Nadie podría comer tantas ciruelas, el esfuerzo

se desperdicia sobre el suelo.

Introduce la pala en la tierra, retira el revólver. Se mete bajo el cobertizo y lo

examina buscando algo que lo lleve a la verdad. Es un 38; revisa el tambor, faltan dos

balas. El primer disparo pudo haber sido por una reacción irreflexiva: en el segundo

hubo decisión de matar. Sergio siempre tuvo esas explosiones, ese irse a las manos, pero

él nunca pensó que fuera capaz de matar. ¿Por qué no? ¿Acaso él no lo hubiera matado

a José Luis? La diferencia es el arma. A mano limpia es más difícil, se siente el cuerpo,

el aliento, la mirada, uno puede detenerse justo en el límite cuando el otro está

derrotado.

Limpia el revólver con un trapo, lo mete en una bolsa de nylon, ata la bolsa

sobre sí misma. El paquetito parece inofensivo, un residuo cualquiera que alguien arroja

desde la ventanilla de un auto al Riachuelo. Irá por el puente viejo, hay menos tránsito y

la baranda es baja. Cuánta porquería habrá en el fondo. Siempre hace falta un río así,

sucio, negro, cloacal, para mantener la ciudad limpia y civilizada.

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Su madre se ha puesto un batón y se arregló un poco, ahora parece estar mejor.

Mario le da un beso y se va, antes de subir al auto se da vuelta y la mira, ella está parada

en la puerta viéndolo irse. Tiene ganas de volver. Deja la camioneta en marcha y se

baja, llega hasta ella y la abraza. Ella lo abraza también.

Mario vuelve a la camioneta y enciende la radio, algo grande acaba de ocurrir en

Nueva York, todos los informativos lo repiten. Arde una de las torres gemelas, un avión

se estrelló contra ellas. No hay mucho más, un accidente monstruoso. “Que se jodan”,

piensa y cambia a FM para escuchar música. Si nadie se ocupa de nosotros, por qué

carajo tenemos que preocuparnos por ellos.

Cuando llega a la fábrica evita pasar por el galpón, no quiere que se le acerquen

a preguntarle por el sueldo o lo que sea. Lo sorprende el silencio que llega desde el

taller, se detiene, duda en ir primero a ver qué pasa pero mantiene la decisión y va a su

oficina. La llama a Azucena, que se presente en el despacho.

—Estuve con mi mamá, estaba un poco agitada, tendría que llevarla al médico,

¿usted le podría sacar un turno? —Ha dicho todo esto sin pensarlo o lo ha pensado

mientras lo dice, pero está bien que lo haga, debería haberlo hecho antes.

—Sí, cómo no. ¿Se lo pido por PAMI?

—¿Cuánto puede tardar?

—Un mes, por lo menos.

—Pídalo en la clínica Juncal, como paciente privado, después en todo caso los

estudios se los hacemos por PAMI.

—¿Cómo está Sergio? —pregunta a continuación.

—Un poco aburrido, se ve que no es un chico de estar todo el tiempo encerrado.

—La herida ¿cómo va?

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—Ya no le pongo vendas, está cicatrizada. Le están tirando los puntos, habría

que sacárselos.

—¿Se anima?

Hay un gesto de satisfacción en la cara de Azucena.

—Le iba a decir. No creo que haya necesidad de llamar al médico.

—Sáqueselos.

—Tendría que ir a verlo.

—No puedo, me siguen —dice, asegurando algo que no puede comprobar.

—Llámelo, por lo menos, para tranquilizarlo.

—No me dijo que estuviera nervioso.

—Un poco sí, necesita hablar con alguien.

—Ya lo hago.

Azucena se va. Mario toma la agenda y empieza a garabatear las prioridades de

esa mañana. Cuando termina se da cuenta de que no ha llamado a Sergio ni tampoco lo

ha puesto entre las prioridades, hay algo más fuerte que él que le impide comunicarse

con Sergio y con su madre. Está ocupado, luchando por el trabajo, corriendo, pero no es

eso. Es como si no pudiera cargar con más, como si temiera que lo contagiaran de algo.

Posterga todo lo que no sea urgente. Tal vez, piensa, si me contacto me aflojo, me

derrumbo. Necesitaría ayuda. ¿De quién? No hay nadie que pueda ayudarlo o que lo

proteja, está solo y eso no tiene remedio. Tiene ganas de escapar, de irse lejos, de basta,

basta con todo esto. ¿Pero qué está haciendo? Quieto, con la birome en la mano,

pensando boludeces, con todo lo que tiene para hacer. Agarra el celular nuevo, busca en

la billetera un papelito donde tiene anotado el número de Sergio, lo teclea.

—¿Cómo estás?

—Bien.

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—¿Necesitás algo?

—Nada.

—En cuanto sea seguro te voy a ver.

—¿Para qué vas a venir?

—Para verte.

—Sacame de acá. Estoy harto de estar encerrado.

—¿Que querés? ¿Qué te metan preso?

—¿Cuál es la diferencia?

La mano izquierda de Mario atenaza la agenda. Se la tiraría por la cabeza.

—¿Vos tenés idea de lo que es una cárcel?

¿Cómo explicarle a este boludo lo que son las palizas, las violaciones, el

hambre? ¿Cómo hacer para que valore lo que él está haciendo para que eso no le pase?

No encuentra las palabras, ni Sergio las suyas. El silencio dura unos segundos. Después

Sergio vuelve a la carga.

—¿Me voy a tener que quedar acá para siempre?

—Tenés que tener paciencia. Ya se va a arreglar.

—Cómo se nota que no sos vos el que está encerrado.

—¡No soy yo porque el que mató a un cana fuiste vos! ¿O te olvidás?

Mario mira hacia la puerta de la oficina, arrepentido de haber levantado la voz.

“Andá a la mierda” escucha que dice Sergio antes de cortar. No vale la pena volver a

llamar, sabe que en estos casos hay que dejarla pasar. Esperar que el tiempo lo ablande,

lo madure, hasta que se caiga al suelo por sí solo. ¿Y se pudra como las ciruelas? Habría

que recogerlas antes, cuando están a punto. El problema es estar en ese momento,

cuando esté maduro.

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Sergio la escucha llegar, los pasos de Azucena en el corredor son la única

novedad del día, se ha acostumbrado a esperarlos, a anticipar el ruido de la llave en la

puerta. Ella entra, un poco más temprano hoy, saluda, él contesta sin abandonar el

televisor, donde las torres gemelas humean y caen una y otra vez.

—¿Viste? Qué increíble —dice ella, dejando la bolsa de las compras sobre la

mesa

Sergio se calla, es estúpido decir algo como, “sí, que increíble”.

—Te voy a sacar los puntos —dice ella y se mete al baño.

Deja la puerta abierta. Sergio la mira. Se está lavando las manos con jabón, se

enjuaga, vuelve a enjabonarse, se enjuaga, levanta las manos, va hacia la toalla nueva

sin tocar nada y se seca cuidadosamente. Abre el botiquín y saca un frasco, después

busca algo en un cajoncito del mueble, resulta ser una tijerita de uñas, cierra la puerta

del baño, pasa un segundo y abre, ahora está con un paquete de algodón en la mano.

—Vení a la cama que te voy a sacar los puntos.

Sergio la mira parada en el pasillo con todos los elementos en la mano, parece

una nena jugando al doctor.

—Dale, vení, no te va doler —asegura.

Sergio se para y va, ya no usa las muletas, solamente renguea un poco porque si

flexiona le tiran los puntos, si no fuera por eso, ya está bien. Bruzzone exageró, quiso

asustarlo, no era tan grave.

—Sacate los pantalones —dice Azucena.

Sergio se saca los pantalones y se sienta en la cama.

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—Acostate. —Azucena lo pone de espaldas empujándolo suavemente con la

mano. Le acomoda las piernas, se las estira, le pasa alcohol suavemente en la zona de la

rodilla, después corta los puntos de a uno y tira de los hilos con la pinza de depilar. Un

trabajo delicado. Sergio siente el roce de la yema del dedo con que le recorre la cicatriz,

la piel que se ha vuelto sensible. El pene le crece, Sergio intenta taparse con una mano.

Azucena sonríe, le toma la mano y se la corre, deja la pincita sobre la mesa de luz y le

pone su mano ahí.

Sergio se deja hacer. Azucena lo acaricia, le baja el slip, lo masturba, lo hace

acabar. Después toma el algodón, limpia todo, acomoda y se va. Ahora él está relajado,

sedado, puede encoger la pierna sin dolor.

Se pone los pantalones, va al baño y después vuelve al televisor. Gira la vista

hacia la cocina, Azucena está picando cebollas, tiene puesto el delantal de cocinera, el

pelo recogido, atado con un elástico. Él vuelve la vista al televisor, las torres se caen

una vez más.

Los días pasan sin que ocurra nada. Armando espera y posterga. Aunque Clara

le contó que había echado a Mario de la casa, también dijo que todavía seguía viviendo

ahí. Él quiere tener a Clara, no meterse en la interna de ese matrimonio. Le preocupa

además que la Policía lo investigue por su proximidad a la familia. Es como si un

perseguidor invisible los acosara.

Entra a la clínica, mira el reloj, son las ocho de la mañana y ha llegado tarde otra

vez. Apenas saluda y se pone el guardapolvo para hacer la recorrida, su mente se aleja

de toda otra cuestión. Cuando termina la ronda va al estar de los médicos. Discute con

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sus colegas un par de casos complicados, son decisiones frías, sobre los pacientes

internados. Después de un tiempo la profesión es eso, decisiones inapelables para cortar,

aplicar, resignar, sobre los cuerpos ajenos. A las diez se levanta de la silla, debe ir a la

consulta. Odia esa parte del trabajo: el desfile de gente demandando atención. Primero

pasará por el mingitorio.

La noticia lo sorprende con el pene en la mano, orinando. Dos enfermeros

hablan a sus espaldas. Un avión se estrelló contra las torres. Sacude el pene y se apura a

lavarse, los enfermeros todavía están allí.

—¿Qué pasó? —pregunta.

No hay mucho más, todo está en las noticias. Un ataque, lo imposible está

pasando, ya no son invulnerables. Armando vuelve rápidamente al estar de los médicos,

allí hay un televisor. Pasan los minutos, Armando estira el mirar las noticias para no ir a

la consulta. Tiene ganas de llamar a Clara, de preguntarle si ella está al tanto de lo que

pasa, de ir a verla, de cogérsela, ahora que se derrumba el mundo.

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CAPÍTULO 8

La carta documento está sobre el escritorio: es una demanda laboral. José Luis

no se anduvo con vueltas. Mario siente alivio, una demanda laboral es un asunto

manejable, si hubiera hecho una denuncia a la AFIP le habría traído más problemas. Ni

hablar de lo que armaría si le pasara información a la competencia. Claro que en

cualquiera de las dos posibilidades no se llevaría un peso porque la empresa iría a la

quiebra. El dinero manda. La cifra es monstruosa pero siempre se negocia, en última

instancia sería como si le donara un dinero a su hija. De todos modos ahora no tiene esa

plata. Además es mejor estirar los plazos, una vez que le haya pagado ya nada podrá

impedir que lo cague. Se siente mal por llevar adelante esta pulseada, sabe

perfectamente que le va a hacer sufrir penurias a Nora. Piensa por un momento en darle

plata a ella por izquierda pero lo descarta enseguida, es demasiado orgullosa. Tal vez

debería hablarle, sincerarse, pero es imposible, ella tiene la cabeza tomada por ese hijo

de puta.

Levanta el teléfono y llama al abogado que atiende los juicios laborales. Hay un

especialista para cada problema: civil, laboral, penal. A él no le falta ninguno.

El abogado no contesta. Mario deja un mensaje, después busca una carpeta y

guarda la carta, hay que ser ordenado. Mientras coloca la carpeta en el fichero se

sorprende pensando en Nora como parte del problema con José Luis. Como si no se

tratara de dos cosas distintas. Se da cuenta de que casi nunca piensa en sus hijos como

eso: hijos. Javier está en casa y lo ve todos los días pero nunca sabe nada de él. Todo

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este último tiempo ha estado preocupado por Sergio y por el trabajo. Siempre

atendiendo la urgencia, los problemas. ¿Cómo sería su vida si tuviese guita? Guita sin

laburar, inversiones, rentas. No lo puede imaginar. Tal vez si fuera como al comienzo,

un tallercito, él y tres obreros más trabajando para un solo cliente, cuando Clara

solamente era su novia de Mar del Plata... Cuando los viernes por la tarde se escapaba

en la moto a verla. A veces con el Negro Ruiz y el Cholo, otras en grupo, con los de la

barra, pero la mayoría de las veces se iba sin amigos porque los muchachos se iban por

otras rutas, a ellos nadie los esperaba. Cuatrocientos kilómetros contra el viento,

zigzagueando entre los camiones, adrenalina y sexo el fin de semana, trabajo duro los

otros días. ¿Qué cambió? ¿Que lo embretó en este quilombo? Tal vez si no hubiera

hecho nada, si hubiese seguido trabajando en pequeña escala… Se hubiera fundido

como Bocha, como tantos otros. Él es un sobreviviente, un luchador. Todavía aguanta.

Aguantar, una extraña medida del éxito, pero es así. ¿Qué pasó en este país? Pasó de

todo y pasaron todos, milicos, políticos, una manga de chorros hijos de puta. ¿Cómo

hacer para sacarse esta caterva de problemas de encima?

—Lo llama el doctor Alfonso —le avisa Azucena.

La voz de Azucena es dulce, casi la de una profesional. Se viste mejor, fue a la

peluquería. Cuidar a Sergio le ha dado otro estatus, piensa Mario, es mejor que lo tome

así y que no venga a hacerse la pobrecita.

Hola doctor ¿cómo está? Lo estaba buscando porque José Luis me mandó una

carta documento. Sí, sí, es mi yerno. ¿Mi mano derecha? ¿Usted también se creyó eso?

Figura como gerente pero era un “ñoqui”. Por supuesto, tiene toda la información que

necesita para hacerme mierda. No, con mi hija no puedo hablar. No, ahora no tengo un

mango para arreglar. Como siempre doctor, el adelanto está a su disposición.

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“¿Cómo puede ser que vaya a juicio y su hija no lo pare?”, le ha dicho el doctor

Alfonso y él ni siquiera lo había pensado. De su familia se puede esperar cualquier cosa.

¿Qué le hizo a Nora? Nada. Nora y su madre siempre se llevaron mal pero con él nunca

tuvo un problema. Y sin embargo no lo sorprende. Desde que conoció a este imbécil

está dominada. Tendría que haber salido con otros tipos, comparar y no engancharse

con un impresentable sin trabajo ni estudios. Además, un delirante. Pero se la cogió y de

ahí en más la tiene de pichi. La idea de José Luis sobre el cuerpo de Nora no se le forma

en la cabeza, no puede pensar en su hija cogiendo. Pero algo tiene que tener ese hijo de

puta, o a lo mejor no tiene nada y la culpa fue de ellos, de Clara en realidad, por

mandarla a una escuela religiosa. Las monjas le deben haber metido la monogamia en la

cabeza. Cogida y dominada. Qué pelotudez.

El sol cae vertical. No hay nadie en la calle, Armando estaciona el Chevy dos

casas antes de los Giunta. Camina hasta la puerta y toca el timbre. Tardan en responder.

La casa es grande. Vuelve a llamar, no puede ser que no haya nadie. La voz de Clara en

el portero eléctrico lo sorprende cuando ya está por irse.

—Soy yo, Armando —dice, como si temiera no ser reconocido.

—Te abro, empujá.

Clara está sola. Ema fue a hacer unas compras, vuelve en cualquier momento.

Ella se demoró porque se estaba bañando, dice, pero no tiene el cabello mojado.

Armando no anda con vueltas, si se ha arriesgado a venir hasta aquí es porque quiere ir

a la cama con ella. Lo dice sentado en el sillón del living a tres metros de distancia. ¿Se

puede seducir a alguien a tres metros? ¿Dónde quedó el plan de llevarla a otro lugar, de

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quitarle sus defensas? Todo se reduce ahora a una pregunta, que solo admite una

respuesta: sí o no.

Es más probable que sea no, ha metido definitivamente la pata. Está haciendo el

ridículo. Bueno, al menos se saca los ratones de la cabeza. Clara demora la respuesta y a

él se le van acabando las palabras, siente que ya está eligiendo las que pronunciará

como disculpa, está preparando el gesto solemne de pararse y huir.

—Te animaste a venir y decírmelo en la cara —dice ella.

—No podía llamarte, no sabía cómo hacer.

—Es un riesgo.

¿Es un riesgo que él haya venido o que vayan a la cama?

Clara sigue estando a tres metros. El tono de sus palabras no aporta nada, ni hay

en su cara gesto alguno que afirme cualquier suposición, más bien un reproche a su

impericia. Si hubiera dicho que no, sería más fácil seguir.

—¿Cuándo podríamos vernos? —dice él y lo que dice le suena desatinado, como

si se hubiera salteado algo en esta conversación incómoda.

—Tal vez mañana —dice ella con displicencia.

—¿A qué hora?

—A las cinco.

—¿Dónde?

—¿En la París?

Clara sigue con las manos sobre la falda. Como si la cita se redujera a otra ronda

de café. Armando se incorpora, el reflejo de huir ya se activó en su organismo, el sí de

Clara no le ha bajado la tensión, necesita salir. Clara se para también y lo acompaña

hacia la salida pero antes de llegar a la puerta del living se detiene y se vuelve hacia él,

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están ahora muy cerca, Armando duda sobre si debe darle un beso en la boca pero

entiende que un beso en la mejilla es una estupidez.

Le da un beso inseguro, corto, apenas en los labios. Se ha vuelto un adolescente

torpe. La toma por la cintura, vuelve a besarla, ella lo rodea con los brazos y entrega su

boca, su lengua y sus ganas. Dura unos segundos, los brazos de Clara lo sueltan, le pone

las manos sobre el pecho, da un paso hacia atrás.

—Paremos esto. Ema debe estar llegando.

Armando tiene deseo en la boca, ganas del cuerpo de Clara que se fuga. Está a

punto de insistir pero no quiere forzarla.

—Te espero a las cinco —dice asegurándose de que sólo es un paréntesis.

Clara abre la puerta para que él pueda irse. Se da vuelta y cierra rápido.

—No podés salir —dice, atropellada.

—¿Qué pasa?

—Está la Policía ahí afuera.

Armando se corre hasta el ventanal y espía detrás de las cortinas. Hay un

patrullero frente a la puerta de rejas y tres policías en la vereda. No han tocado timbre,

están esperando algo.

—¿Qué hacemos? —pregunta Armando.

—No sé, mejor lo llamo a Mario.

—No. A Mario no. ¿Qué le vas a decir?

—Que le avise al abogado.

—Esperá. No atiendas, esperemos que se vayan.

El segundo coche llega en ese momento. Baja un tipo de traje y una mujer con

un portafolio. Se dirigen a la puerta. Suena el timbre. Clara lo mira a Armando, los dos

están quietos, duros. El timbre vuelve a sonar y el campanilleo recorre la casa. Armando

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le hace señas con la mano a Clara de que se tranquilice, ella parece estar dispuesta a

hacer algo, salir corriendo o abrir la puerta. El timbre suena por tercera vez, Armando

mira a través de la cortina. Los policías y los civiles hablan entre ellos. “Se están por ir”,

piensa. Ya se van, le dice a Clara. Ya. Una joven morocha con bolsas de supermercado

se aproxima. Va hacia la puerta de rejas.

—Es Ema. Les va a abrir.

—¿Por dónde salgo?

—¿Qué?

—No me puedo quedar.

—No hay otra salida, todas dan al frente.

Los civiles hablan con la muchacha, un policía se aproxima a la reja. La

encierran prácticamente contra la puerta. La muchacha introduce la llave en la

cerradura.

—¿A dónde da el fondo?

—A un vecino.

—¿Se puede saltar?

—Tiene perros.

—Carajo.

—Andá para arriba, yo los voy a atender acá.

Ema avanza. Armando trepa los escalones de dos en dos.

“Soy Elena, la nueva profesora de matemáticas, espero que podamos hacer un

buen equipo”, les había dicho el primer día, haciéndose la simpática, como para que

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ellos bajaran la guardia, para que se deslizaran sin oposición al mundo de los logaritmos

y las derivadas. Ahora los tiene ahí, frente a ese pizarrón lleno de formulaciones

matemáticas que tienen que descifrar en sus carpetas. Javier las mira, ¿para qué sirve

todo eso? Es como un juego, si se cambia una letra de lugar, un signo, otros signos y

otras letras cambian y todo puede terminar en un valor = X a la “n”, algo que ya se sabe

que tiene que pasar porque responde a las reglas que se establecieron en un comienzo.

Nada nuevo, ningún efecto especial sobre las cosas. Es un juego fácil y mientras se

juega, no se piensa en nada más.

Javier termina antes que el resto la serie de ejercicios que constituyen el examen,

mira a sus compañeros silenciosos, concentrados en las hojas. Tal vez en el futuro

extrañe esa paz, cuando seguramente no pueda disfrutar de su inteligencia sin angustias

y tenga que ocuparla en lidiar con la realidad de un laburo.

Elena está sentada en su escritorio mirando la nada detrás de sus lentes de

miope. Ella se quedó en esto, en jugar con los números, ¿podría también él buscar un

refugio en los números? La profesora parece distendida, tiene la cara blanca, ya con

algunas arrugas, manchitas sin maquillar, sin nada. No usa anillo, ni tampoco él cree

que tenga pareja. Dentro de un rato se va a ir con los papeles de todos a ponerles cruces

y notas, después tal vez irá a algún otro colegio, a repetir los exámenes, a dar más horas

para completar un sueldo. Elena parece ser eso, las matemáticas, el resultado previsible.

Demasiado aburrido. Él necesita algo más, una caricia, un beso, un trabajo que le

demande inteligencia, algo para hacer. El timbre suena, los de siempre se apuran a

garabatear lo último, a suerte y verdad, peor sería dejar espacios en blanco. Javier se

acerca al escritorio, entrega sus hojas, Elena las toma automáticamente, sin mirarlo.

Definitivamente las matemáticas no son lo suyo.

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—¡Señora! —dice Ema, sorprendida de encontrar a Clara detrás de la puerta.

—¿Quiénes son estos?

—Fiscalía Tres de Lomas de Zamora. Tenemos orden de allanamiento —declara

el hombre de traje.

La mujer exhibe un papel, los demás entran.

—¿Por qué no atendió cuando le tocamos el timbre? —reprocha el hombre de

traje, con gesto severo.

—Estaba en el baño —dice Clara cortante, levantando la cara en un gesto

evidente de molestia.

—¿Sergio Abel Giunta es su hijo?

—Sí.

—¿Se encuentra en este domicilio?

—No.

—¿Sabe dónde está?

—No.

El tipo hace un gesto con los labios, como si amasara algo dentro de la boca,

antes de decir:

—Vamos a tener que revisar la vivienda.

—Ya vinieron y revisaron todo el otro día.

—¿Tiene armas?

—Pero cómo vamos a tener... No somos delincuentes.

—¿El treinta y ocho era del padre?

—¿De qué me está hablando?

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—Del arma que su hijo usó en el hecho que se le imputa.

Clara titubea. Iba a decir “mi hijo no mató a nadie”. Pero se detiene a tiempo.

—No sé qué quiere decir.

—Tiene que decirme dónde está, señora, es mejor que lo encuentre la fiscalía y

no que lo agarren en un procedimiento policial. Nunca se sabe lo que puede pasar.

—No me amenace.

—La estoy previniendo. ¿Cuánto hace que no lo ve?

—Más de un mes, no sé, no llevo la cuenta.

—¿Cuál fue el último día que lo vio?

—No recuerdo.

El tipo vuelve a masticar bronca.

—Está bien, señora. Usted sabrá lo que hace. Revisen muchachos.

—Quiero ver la orden.

Los policías se detienen.

—Aquí está.

El hombre de traje le entrega un papel y recita:

—Para buscar a Sergio Abel Giunta y todo lo que pueda aportar para la causa

“Cabo Rubén Ríos, muerte en ocasión de robo”.

Sergio Abel Giunta, no hablan de su hijo, están hablando de otro, de un

cualquiera. Por más que ya no lo soporte, no puede imaginarse a Sergio con el arma en

la mano disparándole a un policía. Quiere decirlo pero no encuentra las palabras.

—Dónde dice que tenía que contestar sus preguntas.

Los dos abogados se miran. La mujer del portafolio pontifica:

—Usted tiene la obligación de colaborar con la justicia.

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—Respóndame lo que le pregunto. ¿Dónde dice que le tengo que contestar sus

preguntas?

—Es una testigo. La vamos a citar para que aporte en sede judicial.

—Cíteme y voy a ir con un abogado. Ahora se van.

—Tenemos que revisar, le acabo de mostrar la orden del juez –dice el fiscal y

hace una seña. Los policías se desplazan uno hacia el fondo y dos van a la planta alta.

—Revisen lo que tengan que revisar y se van. Le voy a avisar a mi marido para

que llame al abogado.

—¿Angelini?

—A mi abogado.

—¿Por qué puso ese abogado?

—Lo buscó mi marido.

—¿Usted lo conoce?

Clara no contesta y aprieta los botones para llamar a Mario. Los policías siguen

dando vueltas por la casa, golpean las puertas, abren y cierran cajones con violencia.

Ema sigue petrificada a un costado.

—Mario. Tengo la casa llena de policías, están buscando a Sergio. ¿Qué pasa?

¿Qué hago?

—Sí, tienen orden de allanamiento. Llamá al abogado, por favor.

Piensa en Armando, ¿qué digo cuando lo encuentren arriba? Es un médico, una

visita profesional.

—Venite para acá. Hacé algo —ordena. Sostiene el teléfono contra la cara, le

tiemblan las manos. “El doctor es un amigo de la familia”, piensa. O mejor: es mi

amante. O va a serlo. ¿Y qué? Que se imaginen por qué no los atendí. Eso. Esa es la

respuesta que les voy a dar. ¿Su marido sabe? No me pueden preguntar eso. Es un

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asunto nuestro, a ustedes qué les importa. Lo buscan a Sergio, no a ella. Baja el teléfono

y corta, ha dejado de temblar.

Hagan lo que quieran, no es mi cuerpo lo que invaden, es solo la casa. Clara se

sienta, los demás siguen parados, son los extraños, los invasores, ninguna cortesía, que

se vayan lo antes posible. Se escuchan ruidos extraños, tiene ganas de ir, de ver qué

desastre le están haciendo, pero se contiene, es lo que quieren, molestarla. Ya va a

pasar, se les van a agotar las ganas de joder, se irán frustrados, sin el placer de haberla

jodido.

Los policías bajan las escaleras, se acercan al Fiscal. Hablan en voz baja.

Llaman al que se fue para el fondo, que parece que está en el quincho. Después abren la

puerta de calle y se van. El último en salir es el Fiscal que le dice amablemente a Ema.

—¿Me abrís la reja?

Nadie se despidió. No revisaron realmente nada. No buscaron nada. Ahora

Mario está viniendo como un loco para acá, Armando está en algún lado de la casa y

Ema pregunta:

—¿Qué hago?

—Andá, llevá eso a la cocina y empezá con la comida. Yo voy para arriba.

Sube las escaleras. Armando se tiene que ir. Recorre la planta superior.

Armando no aparece. Vuelve a recorrer. ¿Dónde está? No pudo haberse ido, desde el

piso de arriba no hay por dónde salir. La cortina de voile de su habitación está

levemente mordida por la ventana. Clara se acerca, se asoma al balcón. Está vacío. No

pudo haber saltado a ningún lado desde allí, se vuelve. Un pequeño ruido en el techo de

tejas la sobresalta.

—¿Estás arriba? —dice fuerte, como si hablara a un fantasma.

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El ruido se intensifica.

—Bajá. Se fueron.

El ruido ahora es más fuerte y hay un resoplido. Cuando ella mira hacia las casas

de la cuadra para ver que no haya nadie espiando la situación, unas piernas aparecen

colgando desde el techo.

—Agarrame las piernas —escucha decir a Armando.

Ella corre y lo sostiene. Él se suelta y cae sobre el balcón. Armando tiene la cara

roja, el pelo revuelto y una sonrisa encantadora. Clara lo hace entrar rápido a la

habitación y después vuelve a mirar los patios y ventanas de las casas que dan a su

fondo. No hay nadie por suerte, no han podido verlo.

—Tenés que irte ahora — dice, agitada—. Mario está viniendo para acá.

Bajan juntos las escaleras. Clara abre la puerta, mira para afuera y lo deja ir. En

el porche, Armando la besa nuevamente. Es un beso intenso, definitivo. Ella baja hasta

la reja y le abre la puerta con la llave. El Chevy de Armando dobla en la esquina cuando

la camioneta de Mario ingresa a la calle. Clara entra al living. Ema está plantificada en

la puerta de la cocina mirándola.

—¿Qué te pasa? —dice Clara, provocativa.

—Nada. ¿El señor Mario se va a quedar a comer también?

—Le preguntamos cuando llegue. Anda y seguí con lo tuyo.

Clara le abre la puerta antes de que Mario accione la llave. Mario entra, ella le

cierra la puerta detrás y lo encara. Tiene que terminar con todo esto.

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—Ese abogado que conseguiste te está sacando la guita y no hace nada—

termina por decir Clara, impermeable a toda la explicación que le ha venido dando

Mario.

—Tiene al juzgado en contra. El otro pibe es el hijo de un juez así que los están

presionando para que lo agarren a Sergio y le carguen toda la culpa.

—¿Y qué vas a hacer?

Sabe que Mario no va a hacer nada. No es capaz de hacer nada. Lo tiene claro

terriblemente claro.

Mario no se queda a comer. Solo se toma el tiempo necesario para hablar con

Angelini, para ponerlo al tanto de las novedades. Después se va. Volverá a la noche

cuando todos duerman. Ella ahora va a almorzar sola, que Ema coma con Javier cuando

vuelva del colegio, no tiene ganas de tenerla sentada a la mesa.

Clara está desnuda como una diosa, esperándolo en el centro de esa cama extra

large. Toda la escenografía de la habitación del albergue transitorio la enmarca en un

gesto de erotismo convencional. Se le está ofreciendo. Armando se saca la ropa. Va a la

cama, su pene aún cuelga flácido, indefenso. Se siente extraño tocando ese cuerpo bello

y distinto. En su imaginación la piel de Clara lo excitaba, las caricias sucedían de otra

manera, buscaba su intimidad debajo del vestido, la enardecía y se enardecía. Ella no

tiene la intensidad animal ni el cuerpo fibroso de Raquel. Armando se da cuenta de que

la cosa no viene bien. No va a poder. Detiene las caricias.

—No sé qué me pasa…—dice—. Creo que me puse nervioso.

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—Me di cuenta. —Clara se sienta, junta las piernas y se las abraza—. No te

preocupes.

Separados, quedan sentados sobre la cama. Ella le pide un cigarrillo, los dos

fuman. Prenden la televisión. Armando saltea los canales porno, busca uno de aire. Las

torres gemelas todavía son noticia. Por enésima vez el avión se estrella contra la mole

vidriada, el impacto abre una cicatriz humeante, la herida es mortal, pero el derrumbe

tarda, mientras el animal se desangra. Ahora viene la guerra.

Habla de política, de fanatismo, de la vida. De a poco Armando se olvida del

hotel, de que están desnudos. Se entusiasma con el apocalipsis de lo que supone será el

mundo. Ella lo mira, de alguna manera él siente que lo está admirando. Parece más piba,

más inocente. Ella le toma la mano. La sangre vuelve a su pene. Armando empieza a

recorrer con los labios la piel de Clara, llega a la intimidad sabrosa, con la que ha

fantaseado desde el día en que balearon a Sergio. Ahora está seguro de lo que quiere y

necesita.

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CAPITULO 9

A medida de que el portón del garaje se eleva, un día luminoso y húmedo

aparece ante los ojos de Mario. Algunas palomas picotean algo en la vereda, en un

segundo saldrán volando. Sería ideal ir a lo de su madre, sacar la moto de Sergio y

lanzarse a la ruta. Sentir el viento, perseguir el horizonte. Lo más parecido a volar. El

teléfono vibra en su bolsillo, la musiquita veneciana comienza a tocar antes de que logre

sacarlo del bolsillo. Una voz desconocida es la que pregunta por él.

—Soy yo —dice Mario.

—Le hablo por su mamá. Quiero saber cómo está. Soy la vecina.

—¿Qué? ¿Qué pasa con mi mamá?

—Yo lo llamé anoche. ¿No escuchó mi mensaje? No se sentía bien y la llevaron

a la clínica Espora.

—Voy para allá.

¿Cómo pudo ser que su madre no lo llamara? Mira el celular. Tiene un mensaje

de voz. Lo rescata, es la misma vecina que le avisa que “está descompuesta, que no se

preocupe, no es nada grave, la llevan a la clínica Espora de Lomas de Zamora por

precaución”. Mira la hora del mensaje. Las cuatro de la mañana. Tenía el teléfono

apagado o no lo escuchó por el cansancio. ¿Por qué la viejita no llamó a su casa? Su

mamá nunca llama a la casa, recuerda, y menos a las cuatro de la mañana. Su madre no

se hubiera permitido despertar a Clara en medio de la noche, no querría darle motivos

para que lo jodiera a él, ella sabe que las cosas no están bien con su mujer. Trató de que

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le avisaran a él, lo necesitaba. Por suerte no es grave, sólo precaución. De aquí en más

dejará el celular abierto.

Consigue estacionamiento a dos cuadras de la clínica, camina rápido como si

pudiera descontar parte de las cuatro horas de atraso que le debe a su madre.

Hay un puesto de flores en la esquina, vuelve dos pasos para atrás y compra un

ramo de fresias. A ella le gustan, un ramito en el medio de la mesa del comedor,

perfumando el aire, solía ser la señal de que algo bueno había pasado entre ella y su

padre. Una disculpa, un cariño.

En la guardia le dicen que vaya por la esquina, que ahí tiene el sector de

informes. Sale de la clínica y vuelve a entrar por la puerta de la esquina. Detrás de un

cartel de informes hay una chica sentada en un escritorio, hablando por teléfono. Es una

conversación privada. Mario espera, la piba lo ignora, Mario da unos golpecitos en el

mostrador, ella discute con alguien.

—Señorita, por favor —dice Mario.

—Ya estoy con usted —le responde levantando una mano.

La discusión sigue un minuto.

—Por favor. ¿Me puede atender? —ha elevado la voz, más de lo que se propuso.

La chica se queda un segundo con el teléfono en la mano sin cortar, mirando a

Mario.

—¿Qué necesita? —dice.

—Mi mamá está internada. Tengo que verla.

—Las visitas son de 11 a 12.

—Es una urgencia, necesito saber dónde está.

—Esperá —le dice la recepcionista al teléfono y toma un listado—. ¿Cómo se

llama?

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—Ángela Giunta, la trajo una ambulancia anoche.

La chica busca en el papel.

—¿Es el apellido de casada?

—Sí. Ella es Guardiola.

Se pone seria y le dice a su interlocutor en el teléfono: —Te llamo enseguida—

,cuelga. Se para, se acerca al mostrador con el listado en la mano.

—¿Quién le dijo que estaba internada?

—Me avisaron de acá, me acaban de llamar.

—Tiene que ir a la administración, por esa escalera, en el primer piso–. Los ojos

de la chica están clavados en el ramito de fresias.

Es un cortejo breve el que atraviesa las calles siguiendo al féretro montado en

coche fúnebre: solo dos autos de la cochería y el viejo Chevy de Armando, que quién

sabe cómo se enteró. El primero los lleva a ellos, en el segundo van la vecina, amiga de

su madre, y Ema. “Nora espera en el cementerio”, dijo Clara.

No hubo velorio, apenas inhumación, nadie estaba preparado para esto. Cuando

murió su padre la que organizó todo fue su mamá, él apenas corrió de aquí para allá

haciendo lo que ella pedía. Fue en octubre también. Un mes largo, peligroso.

Mario está gobernado por el pensamiento inmediato, abrir la puerta, subir al

auto, bajar el cajón. Ocho manijas, dos quedan libres. A Sergio no se le dijo nada. ¿Para

qué? En una de esas se le ocurre escaparse y venir al entierro de su abuela. El cura hace

el responso, es un rito más, un introito necesario a la condición de fallecida que ahora

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tiene su mamá. Las palabras concluyen con un rezo apagado. Vuelven a subir a los

autos y bajan cerca de los nichos.

El carrito que porta el féretro avanza por un estrecho sendero de cemento, las

manos tiran de las manijas sin esfuerzo, Mario tiene la impresión de que si lo soltara

continuaría andando. Ve que más allá hay algunas personas que merodean por las

tumbas. Tal vez limpiando placas, cambiando flores. Gente inclinada sobre la tierra, en

un campo sembrado de construcciones caprichosas, cruces torcidas, colores salpicados.

Ve un grupo de jóvenes motociclistas apostados alrededor de una tumba nueva, pintada

con los colores de River. Toman cerveza, fuman porros. Algunos levantan las botellas

hacia ellos en señal de saludo. Mario agradece con una inclinación de cabeza.

Llegan a una galería, allí está el nicho de su padre, el personal del cementerio lo

ha abierto. La urna con los huesos reducidos ha sido corrida al fondo para dejar lugar a

su madre. Mario no siente que esos huesos sean ya su padre. Su madre sí, estará intacta

dentro de la caja de madera. Empujan el cajón hacia el interior. Todos se corren un paso

hacia atrás y esperan. Él es el hijo, el que debe decidir cuándo es suficiente, cuándo

pueden retomar la cotidianeidad. Mira el nicho, tiene ganas de llorar, se acerca al cajón

y da unos golpecitos. No sabe por qué lo hace. Tal vez el sonido pueda llegarle en la

oscuridad de esa caja lustrosa donde la está dejando. Un adiós, un no te olvido. No sabe,

nadie sabe.

Vuelven sobre el mismo sendero hasta donde han estacionado los autos. Al

despedirse, Armando lo abraza. Un apretón intenso que le estruja las costillas. Nora sólo

se despide de Clara y de Javier. La amiga de su madre lo besa en la mejilla y le

devuelve las llaves de la casa, ni sabía que tuviera un juego. Mario las mete en el

bolsillo.

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Están los tres sentados en el living de la casa. La televisión, como pocas veces,

permanece apagada. No hay voluntad para hablar ni para ninguna otra cosa. Javier

ofrece café a la hora del almuerzo, Clara acepta, a él tiene que insistirle. Le dice que sí y

lo ve alejarse en procura del café.

—¿Me estás escuchando? —la voz de Clara lo sorprende.

—Sí, ¿qué? —alza la cabeza.

—Tenés que hablar con tu hija.

—¿De qué? —pregunta, tan bajo que no es seguro que Clara lo haya escuchado.

De qué. De su yerno, de un arreglo.

—Eso que lo maneje el abogado.

¿En qué momento él y Nora dejaron de tener algo en común? ¿En qué momento

Nora se volvió arisca, huraña? Recuerda aquellos días en que la dejaba en el jardín antes

de ir al trabajo, cuando jugaba con ella los fines de semana. Era una criatura mimosa.

¿Cuándo cambió? El año que ingresó a la primaria hubo algo. Pasó a ser una nena

malhumorada, molesta. Desde que ingresó a esa maldita escuela de monjas nunca le

mostró los deberes, mucho menos el boletín. Y fue empeorando durante la secundaria.

¿Qué le hicieron? ¿Qué no hizo él? Es absurdo estar pensando en esto hoy que se ha

muerto su madre. En realidad, su mamá murió ayer. En el bolsillo tiene las llaves que le

dio la vecina, tendrá que ir a cerrar la casa, consultar con su hermana los pasos a seguir.

Miriam llamó dos veces, primero para decir que la dejaran en depósito que iba a venir,

después que no, que no podía viajar, que vendría en unos días, allá parece que también

tienen problemas. Total, ya nada se podía hacer, solo ayudarlo con la casa y eso puede

esperar. Es mejor quedarse lejos, pensando que nada ha cambiado, que todavía se tiene

una madre, que se es una hija. O un hijo, como él. Aunque hoy haya dejado de serlo. No

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es un hijo pero tampoco se siente padre, por lo menos no padre con hijos. Apenas unos

jóvenes extraños que lo borraron de su corazón.

—Nora sabe todo. Y ése, también —dice Clara rompiendo de nuevo el silencio y

Mario sabe perfectamente a quién se está refiriendo.

—¿Te dijo algo de Sergio?

—Lo que te conté. Que saben todo. Que te cuides, que te podés arrepentir.

—Ese hijo de puta de José Luis usa cualquier cosa para cagarme.

—Te lo tenía que decir, para que veas lo que hacés. Yo te aconsejo que hables

con Nora.

—¿Que querés que le diga?

—No sé. El problema es con vos.

Son unos hijos de puta, ni en este día se van a dejar de joder. Clara la mandó a

ese colegio, le inculcó el odio, su propio odio. Qué familia de mierda tiene. Qué vida de

mierda.

Javier entra con los cafés. Las tres tacitas repartidas sobre la bandeja, en el

medio la azucarera y una pequeña lecherita para el cortado de Mario. Tiene gracia la

manera en que sirve, podría trabajar de mozo.

Sergio mira desde el cuarto cómo Azucena se prepara la cama en el sillón del

living. Hace rato que ella dejó la bolsa de dormir para pasar al sofá-cama que consiguió,

le dijo que se lo consiguió en un mercado de pulgas. Hace tiempo también que él se

hizo traer el televisor al dormitorio, lo tiene encendido casi todo el tiempo, aunque

ahora no lo mira ni lo va a mirar, toda la atención está puesta en el culo de la mujer que

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se agacha estirando las sábanas. No hubo otra situación, ella actúa como si no hubiera

ocurrido nada. Él está caliente. No quiere otra paja, la quiere poner. No entiende qué lo

está frenando. Cómo decirle. Se levanta y se acerca, la agarra por atrás, Azucena lo deja

hacer, Sergio la abraza, le agarra las tetas, la empuja sobre el sofá-cama, le baja la

bombacha, se la apoya. Azucena levanta la cola y comienza a tocarse. Sergio empuja, la

carne cede complaciente. Él la penetra como si quisiera romper algo, ella emite un

quejido placentero que va subiendo, Sergio pierde el control.

Dos minutos después Azucena vuelve del baño y le indica que se lave porque no

quiere que le ensucie las sábanas y cuando Sergio sale del baño ella le dice que vaya a

su cuarto. Él obedece.

Mario toma el café de un golpe, amargo, sin agregar la leche, casi un castigo

para su estómago vacío. Se levanta, la acidez no tardará en llegar. Camina hacia el

jardín. Siente la potencia del sol sobre la cabeza. Un sol maligno que irrita la piel y

agobia las plantas. Al fondo está la galería del quincho, podría sacar una silla y sentarse

a la sombra pero se queda ahí parado, mirando nada, sin poder escapar de ese cuerpo

que no le responde, que llora, con las manos caídas, abiertas.

—¿Qué hacemos ahora? —dice Javier.

—¿Que querés hacer? —contesta Clara.

—Vamos a comer, o algo.

—Preguntale a tu padre.

—¿Al viejo? ¿Así como está?

—Decile a Ema que prepare algo.

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—¿Pero qué? ¿No lo vas a ir a ver? —dice, indicando el jardín con la cabeza.

—Ya se le va a pasar.

Clara sube las escaleras, el escote de atrás del vestido negro deja ver la espalda

descubierta, tiene la piel tostada. No es un vestido para ir al entierro de la abuela, por

más que se haya puesto un saquito en el cementerio. ¿Para qué va a pedirle a Ema que

prepare algo, para reunir a estos dos en una mesa como si fuera una casa normal? Si a

nadie le importa nada.

Busca a Ema en la cocina. Puede decirle que prepare la comida y que cada uno

coma donde se le dé la gana. Mira hacia el jardín, allí sigue Mario, solo, parado como

un pobre boludo al sol. Si la abuela lo viera le diría: Pero hijo, sos un hombre grande

para hacer el ridículo, no podés dejarte superar de esta manera por lo que sea que

haya pasado.

Ema no está en la cocina, tampoco en la planta alta. Debe estar fumando en el

lavadero o hablando con alguien por teléfono. ¿Tendrá novio? El lavadero está vacío,

solo queda ver en el cuarto de servicio. La puerta está cerrada. Golpea despacio.

—¿Ema? Soy yo —dice, no muy alto.

Nadie responde. No puede haberse ido a la calle, siempre avisa cuando sale.

—Ema —insiste sin convicción—, mamá dice que hagas algo de comer.

Detrás de la puerta nadie contesta. Prueba el picaporte y empuja un poquito. Está

sin llave. La abre. Ve el cuerpo moreno sobre la cama. Acurrucada, parece dormida. Se

acerca, no está durmiendo sino llorando.

—¿Qué te pasa? —dice, acercándose más.

—Nada.

Ema se sienta en la cama. Con los pies busca torpemente los zapatos. Por la

mejilla le caen lágrimas redondas.

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—¿Por qué llorás?

—La abuela —la voz suena aflautada.

No sabe qué decirle, cómo consolarla. Repite lo que cualquiera hubiera dicho:

fue rápido, no sufrió, ya era viejita. Nada de eso parece servirle a Ema. Se sienta al lado

de ella, le acaricia la cabeza, le seca las lágrimas con la palma de su mano. La mano

roza los labios pintados de Ema, los bordes rojos se desdibujan alrededor de la boca

entreabierta. Ella le toma la mano. Tiene manos tibias. El olor del pelo de Ema es dulce,

apenas un poco de claridad se filtra por la ventana, no llegan ruidos desde el resto de la

casa, Javier cierra la puerta.

Por un momento sintió el impulso de ir a consolar a Mario. Pero la imagen de

ese cuerpo gordo, mórbido, que ya no es la persona que una vez amó, la ha frenado.

¿Qué podría haberle dicho? Es espantoso sentirse así pero es lo que siente. ¿Cómo se lo

hubiera podido explicar al impertinente de Javier? Ojalá pudiera rajarse. No estar cerca

de Mario. Su presencia la irrita y no la deja ser ella misma. La habitación está

desordenada. Ema no hizo ni la cama, desapareció desde que volvieron del cementerio.

Las cortinas están corridas y el sol invade un pedazo de la alfombra. Demasiada luz para

tirarse en la cama y tratar de dormir. Él está todavía allí, parado, quieto bajo el sol.

Clara corre las cortinas, va hacia la cama y se recuesta. ¿Cómo sigue esto? No hay

forma de pararlo. Él no debería estar en casa, ella ya no lo quiere pero sin embargo está

y ella tuvo que ir al entierro de su suegra, que bastante daño le hizo con su lengua

viperina. Qué más. Mario tendría que morirse, entonces ella sería viuda, podría disponer

de sí misma, de la casa, de todo. No le molesta pensarlo, vendería la casa, se iría a un

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departamento. Están los hijos, la fábrica. Se la puede vender, ahora o más adelante. Los

hijos son grandes, ya se las van a arreglar. Ella no va hacer como Mario, no quiere ser

Mario, quiere vivir. Piensa en Armando, en un abrazo, en sentir algo. Sentir que la

aman, dejar de estar muerta. Busca su celular, lo dejó abajo. Va hacia el teléfono de

línea que está sobre la mesa de luz. Titubea un momento, lo único que recuerda es que

el número de Armando termina igual que el de su casa, ¿antes es 4666? Finalmente

arma la serie de números y prueba. Armando responde. No se ha equivocado.

Le arde la calva, va hasta el borde de la piscina y se arrodilla. Con las dos manos

se tira agua sobre la cabeza, siente cómo el líquido le moja la camisa, corre por el

cuerpo y atempera el dolor de la piel. Va hacia la galería, toma una reposera y se sienta.

La sombra es un alivio, un rincón para mirar la casa desde afuera. Su madre ha muerto

en la noche de ayer, ¿o anteayer? Hoy la inhumaron y todo sigue igual. Podría ir hasta la

casa de la vieja y nada le diría que ella ha muerto, podría hacer como que no. Cada cosa

estará en su lugar, la heladera andando, las plantas, sus adoradas plantas, esperando el

riego. El lugar espera a su dueña y seguirá esperando, así hasta que solo haya polvo,

hasta que sea tarde para cualquier retorno. Tendría que pasar todos los días, o cada dos,

mantener un poco, mandarla a Ema para que se haga cargo. Hasta que venga Miriam

por lo menos, hasta que se venda. Si no estuvieran tan mal las cosas, podría comprarle

la parte a su hermana, conservarla como está, un lugar para el recuerdo. Pero se da

cuenta de que de ese lugar no va a quedar nada, como de este otro, que le costó tanto

esfuerzo y ahora ya no es suyo. Se tiene que ir de allí. Agarrar la ropa y tomárselas.

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Ahora que no está su madre podría instalarse en la otra casa, ya no sería un disgusto

para ella verlo llegar derrotado, de paso podría cuidarla.

Más tarde va a armar la valija. Más tarde. Por ahora solo lo sabe él, es una

decisión que quiere paladear. Piensa en Sergio. Tiene que avisarle que murió la abuela

¿Y si no le dice nada? En algún momento se va a enterar. ¿Cómo? ¿Quién le va a

contar? Azucena sabe guardar un secreto. No se está comunicando con nadie. Pero no

puede tenerlo toda la vida encerrado en la casa de Azucena. Aislado. Tiene que hacer

algo, quizá mandarlo a España con la tía. ¿Cómo sacarlo del país ahora que lo están

buscando? No tiene pasaporte. Aunque le consiga uno falso, ¿cómo explicarle a su

hermana la situación? ¿De qué va a trabajar si no sabe hacer nada? Debería buscar una

solución legal, Angelini tiene que ayudar. Pero eso será después, ahora lo importante es

ir a ver a Sergio, que no se sienta abandonado, contarle lo de la abuela. Por la noche es

más seguro. Cuando caiga el sol va a hacer las valijas, las dejará en la otra casa y

después se irá a lo de Azucena. Se afloja, se hunde en la reposera, cierra los ojos, deja

que el murmullo del agua que corre en la pileta lo arrulle, lo lleve con su madre que

ceba unos mates mientras él repara la moto en la galería de la casa vieja. Sabe que sueña

¿y qué? El aire es denso, tal vez llueva. Una tormenta de verano. La vieja parece estar

anunciándoselo con una voz melodiosa y frágil.

Ella anda por ahí, caminando dentro de su casa o una casa parecida, que está a

medio construir, con andamios y huecos en las paredes. Ella no ha muerto, apenas se

ha mudado, todo fue tan rápido que falta terminar la nueva casa pero no importa, a

ella le gusta, se lo dice: es una nueva vida, todo será para mejor. El calor agobia, su

madre ha salido de escena. La busca, en algún lado está la moto de Sergio, tiene ganas

de salir, de buscar el viento, su madre lo desaprobaría, “ya estás grande, es

peligroso“, le diría.

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Mira de vuelta la fachada trasera, se ha quedado dormido tal vez un rato o quizás

unas horas, la ventana de Clara tiene las cortinas corridas, la puerta de la cocina está

cerrada. No siente pena por dejarlos.

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CAPÍTULO 10

—Yo soy la segunda, pero no soy cualquiera —acaba de decir Clara—. Tengo

un lugar en tu corazón. Que te quede claro.

—¿Por qué me decís eso ahora? —pregunta Armando.

—Quiero que lo sepas. No soy una aventura. Una más de todas las que

seguramente tenés.

—No sos una aventura, no hay otra. Te quiero mucho, Clara. Pero los dos

estamos casados.

—Vos estás casado y lo entiendo. Pero Mario y yo, ya no. Nos estamos

separando.

—No sabía nada.

—Sabelo. No tiene nada que ver con lo nuestro. Esto venía de antes. Si no

hubiera estado separándome, no te habría dado bolilla. Soy una mina fiel. Por eso te

aclaro que me banco a tu mujer pero no me voy a bancar que tengas otras mujeres por

ahí.

La voz de Clara suena diferente por teléfono y ahora que está hablando a

borbotones se nota mucho más. Armando tiene la impresión de que es más vieja la que

habla.

—¿Por qué me planteás esto?

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—Quería decírtelo. Estoy muy sensible por todo lo que pasó hoy. Me siento sola

aquí encerrada. Necesito seguridad. Si un día la cortás, está todo bien, pero me lo decís.

Yo no te voy a joder. Pero mi lugar es mi lugar.

Algo se ha descontrolado en Clara. Todo estuvo bien desde el principio y ahora

se aparece con este planteo absurdo. Él no tiene ganas de separarse de Raquel, no está

dispuesto a recibir presiones. Tal vez la quiere, después de todo; con Raquel hay

historia, sociedad, tiene buen culo. Clara es una cuestión de piel. Y lo pone en un lugar

que Raquel le viene negando hace tiempo. Puede tener a las dos, eso es lo que quiere,

pero con reglas, sin despelotes. Puede que funcione si Clara se contiene. ¿Por qué no?

Estarían todos bien. Amores clandestinos, citas programadas, códigos, lugares ocultos.

Suena interesante. Joven. Solo tiene que controlar los desbordes de Clara, ubicarla para

que no termine arruinando todo.

—¿La seguimos personalmente, ¿te parece?

Mario baja de la camioneta, mete la mano en el bolsillo y saca la llave de la casa

de su madre. Si la vecina no se la hubiese dado, tendría que haber llamado a un

cerrajero: él nunca tuvo llaves, estaba su mamá para abrir la puerta.

Le resulta extraño pero siente que está volviendo al hogar del que quizá no se

fue nunca. Todo parece un mal sueño. Hace apenas un rato dejó a su familia sin decir

nada, ni siquiera lo vieron cargar las valijas en la camioneta. Estuvo tentado de pasar

por el cuarto de Clara y decirle en la cara “me voy”, pero se contuvo. No se hubiera

bancado verla subiendo los hombros y diciendo algo así como “que estés bien”. Le

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hubiese dado un sopapo, o aplastado de un golpe esa soberbia insoportable de hija de

puta. Fue mejor haberse ido así, por el bien de todos. Dejar que se entere sola.

Manejó despacio, con precaución, la forma de conducir que adopta cuando está

pensando en otra cosa. Pensar es lo que intenta, porque no logra armar ninguna idea en

su cabeza. Una mezcla rara de sentimientos —tristeza y alivio, y un nada me importa,

ni el trabajo, ni la familia, ni él mismo— lo dominaba. Como si hubiera aparecido la

conciencia de la libertad. Era libre, podía y puede hacer lo que quiera, si hay algo que

aún pueda querer.

Recién después de cerrar y escuchar el silencio nota la falta de su madre, sus

cosas siguen intactas, inmóviles.

Tiene la garganta seca y tensa, ya nadie está en la casa para recibirlo, darle un

beso. Revisa la heladera. Hay algunos tomates, dos paquetes de espinacas que ya están

un poco marchitas, media docena de huevos, un pedazo de queso de rallar, un pan de

manteca, dos frascos con mermelada casera. Abandona el inventario. Tal vez cene algo

de eso esta noche después de ver a Sergio.

Va hacia el cuarto de su madre. La cama está deshecha, el ataque la sorprendió

acostada o se recostó para soportarlo. Busca su cuarto de muchacho, la cama es

estrecha, el roperito minúsculo. Sale y entra de cada habitación con la valija. La deja en

el comedor, como un huésped que llega sin que lo esperen.

Todavía no sabe qué cuarto utilizará, cómo se va a manejar. Todo es suyo por

ahora pero le da pudor disponer de las cosas de su madre. Piensa en Miriam. Ojalá su

hermana demore en venir de España. La sentiría como una intrusa. Hace tanto que se

fue que a veces le parece que solo es un nombre.

Recorre la casa, siente que la ausencia de su madre le permite meterse en lugares

prohibidos, como su ropero. La ropa cuelga ordenada, prolija, el pecho se le cierra

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cuando toca la camisa de seda que su mamá usaba en las grandes ocasiones. Casi todo

tiene años, está pasado de moda, como si en algún momento hubiera decidido que no

quería cambiar más, que esa ropa era ella, como la casa, las plantas y los adornos.

Abre otra puerta del ropero, hay dos estantes con sábanas bordadas, debajo hay

cajones. Abre el primero, toca los pañuelos, las medias, la ropa interior. En el siguiente

hay algunas cajas de perfume con frascos casi vacíos y otras que guardan las pocas

joyas o baratijas que su madre conservó. En el último cajón están los documentos, el

carnet de jubilada, un sobre con la escritura de la propiedad, una carpeta con las facturas

de los servicios y los impuestos de los últimos años. Sobre el ropero hay una enorme

caja morada, siempre estuvo allí, desde que él tuvo uso de razón la vio en el mismo

lugar. La baja, sacude un poco el polvo antes de abrirla. El vestido de novia, opacado y

amarillento, con unas flores secas en un sobre de papel celofán. Levanta el vestido y lo

mira frente al espejo de la cómoda, no puede creer lo delgada que debió ser su madre

para poder usarlo.

Lo dobla con cuidado para guardarlo, en la caja hay unas cartas atadas con una

cinta amarilla que estuvieron sin duda ocultas debajo del vestido. Deja el vestido sobre

la cama y las toma, las abre: son cartas escritas por su padre, notitas, cosas íntimas que

lo hacen llorar cuando empieza a leerlas. Vuelve a guardar todo, necesita salir al fondo a

tomar aire, calmar esa emoción.

El día se va acabando sin que se dé cuenta. Se hizo de noche. Abandona el banco

del fondo. Ni siquiera lo llamaron desde su casa para comer. Tiene hambre. Vuelve a la

heladera, mira, piensa en sacar la fiambrera, armarse un sándwich. No hay pan. Busca

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en el armario de la cocina, nada. Dentro del horno encuentra una olla, sin pensarlo la

destapa, está llena hasta el borde con un guiso carrero. Levanta la tapa y lo huele:

todavía está bueno. Llora mientras enciende la hornalla para calentarlo. El guiso se

pegotea, busca la cuchara de madera en un cajón, lo revuelve. Debería haberlo puesto en

baño maría pero ya es tarde.

Coloca el mantel, los platos finos, la copa alta para el vino que sacó de la

alacena. Dobla con cuidado la servilleta, como a su madre le hubiera gustado; después

pone la olla sobre una carpeta de plástico y se sirve. Prueba un bocado.

—Está bueno— se escucha decir, luego llena la copa.

La levanta.

—Por vos, viejita —dice, después pasa el vino por la garganta. Algo sucede

mientras lo hace. Algo como una presencia, sabe que no es verdad pero lo siente, ahora

puede estar bien. Sobre la mesa hay una frutera con dos manzanas, se come una. El

vino lo relaja, todo está en su lugar, dan ganas de quedarse así, oculto, aislado en esa

casa y para siempre.

Viernes, la gente vuelve a su casa, como él, después del trabajo, la oficina, los

negocios, los hospitales. Le gustan los viernes tanto como detesta el languidecer de los

domingos. El viernes es un día bisagra, lo que se hizo ya está y lo que no, queda para la

otra semana. Es el único día para vivir en tiempo presente. Este, además, tuvo el plus de

lo inusual: se lo había pedido libre en la clínica y lo había disfrutado entero con Clara.

Y qué bien lo pasaron.

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Está entrando a su edificio en el horario de siempre. Todavía el cuerpo de ella es

una presencia en su piel. Cierra el ascensor y avanza por el pasillo, las voces de la

televisión se filtran desde su departamento. A esa hora Lecticia todavía no debe haber

vuelto, será Raquel la que está delante del aparato. Una sensación de incomodidad le

corre por el cuerpo. Su mujer lo mira sonriendo cuando entra. Si al menos se pusiera

agria o le diera un motivo de discusión, pero no, tiene un gesto dulce, casi

condescendiente.

—Hola —dice él y le da un beso en los labios.

Ella le pasa la mano por la nuca y lo retiene.

—¿Cómo fue tu día?

Por unos segundos vacila entre retirarse y volver a besarla. Finalmente repite el

beso.

—Como siempre —dice.

Esto es lo más difícil. Es mentira que los hombres estén hechos para amar a más

de una mujer, tal vez sí para cogerse a varias pero no se pueden tener sentimientos por

dos buenas minas al mismo tiempo y sentirse bien. Ahora se ha cargado con un

problema más, controlarse a sí mismo. Carajo.

—Me voy a bañar antes de cenar —anuncia y va a la habitación.

—No tardes que la comida está lista, tengo hambre.

Abre la ducha, el agua cae tibia sobre su espalda, mete la cabeza bajo la lluvia,

una cortina líquida y placentera lo envuelve.

Podría contárselo a Raquel, se acabaría la tensión. Todos podrían saber todo, al

fin y al cabo son seres únicos, dueños de sus propios cuerpos, el sexo no los desgastaría,

los tiempos no se superpondrían. Raquel entonces podría tener su amante si quisiera. La

exclusividad es una rémora de la prehistoria, de cuando los hijos y las mujeres eran

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propiedad del hombre, junto con la hacienda y la tierra. Necesarios para la cosecha, las

labores domésticas. Los hijos varones, además, servían para la guerra. Ahora la gente es

civilizada, nadie es dueño de nadie, cada cual puede hacer lo que se le antoje. ¿Entonces

por qué no permitir? Todos felices, tranquilos, libres. Cierra la canilla. No va a

funcionar, nunca funcionó, la naturaleza humana es posesiva, viene del instinto animal,

acaparar a las hembras, cuidar el territorio, asegurar la descendencia. No tiene otra

alternativa que bancarse la situación si quiere seguir teniendo a las dos. Se seca con

energía, necesita el ardor de la piel.

Están comiendo tranquilos, sin apuro. Raquel hizo bifes a la criolla, un plato

sencillo que sabe que a él le gusta. Hablan de Lecticia: está saliendo con alguien,

todavía no lo blanquea pero ya se lo dio a entender a la madre. Se siente cómodo,

relajado, la imagen de Clara ha desaparecido de su cabeza. Raquel le estuvo tocando el

brazo cariñosamente un par de veces y lo sintió bien, no le ha molestado, está

suavemente maquillada, casi que tiene ganas de hacer algo esta noche, lo haría

seguramente si no hubiese agotado el deseo en el cuerpo de Clara. Escucha el ruido de

la puerta, Lecticia está llegando, en unos momentos se sentará a la mesa con ellos,

hablarán de trivialidades, ella se dirigirá a su madre, no a él, pero no importa: él está

ahí, presente. Ella es joven, vital, algo maravilloso que ocurrió en su vida sin que él

haya tenido que hacer nada para que sea así. Lecticia existe pero no para él. Algo

invisible los separa, eso fue siempre igual, desde que era chiquita. Se equivocó tal vez

en dejar que Raquel se ocupara de todo y de alguna manera se la apropiara. Por lo que

sea que haya hecho, éste es el resultado: el amor de Lecticia no está disponible y ya es

tarde para recuperarlo, hay alguien más. Pero esta noche se anima a intervenir en la

conversación de sus dos mujeres, preguntar alguna tontería, hacer alguna broma, y eso

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es bueno; ellas sonríen, son una familia normal, lo que necesita. Tal vez no sea tan tarde

como cree para establecer un puente con Lecticia.

Mario va manejando despacio. Las calles están vacías, son las tres de la mañana.

Ni un auto, ni un peatón en cuadras y cuadras. No es sólo por la hora: la gente se

resguarda en sus casas. Hasta en el barrio de Azucena todo es silencio. El silencio que

precede a la tempestad. No sabe de dónde salió esa frase, quizás la escuchó en alguna

película, quizá en la radio, se hablan muchas boludeces todo el tiempo, a lo mejor es un

dicho marino, de navegantes, una repetición estúpida de lo que siempre se dice, pero es

lo que él vibra y presiente. Silencio sordo en las calles, de gente oculta masticando

bronca.

¿Qué le importa? Ahora que no está su madre, si la cosa tiene que explotar, que

explote. Ya no necesita protegerla a la viejita de los desastres de la vida, del vacío que

le hacía su familia, de las ausencias. Solo le queda ocuparse de Sergio, después se puede

ir todo bien al carajo. Casi es como que desea que pase, que todo se vaya a la puta que

lo parió. Tal vez así pueda ser libre.

Estaciona. Camina por el descampado que hace de patio al edificio. Solo hay dos

ventanas con luz. Una, está casi seguro, es la de Azucena. Deben estar despiertos,

mirando la televisión, mañana es sábado. Toca el portero. Azucena tarda en contestar,

vuelve a tocar. Entonces sí, dice:

—Ya bajo.

Azucena está despeinada, con un pantalón cualquiera y una remera arrugada,

como puesta de apuro.

—¿Le dijo algo? —pregunta Mario apenas le abre.

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Azucena se le planta adelante, niega con la cabeza.

—¿Cómo se lo iba a decir? No sabe nada —aclara, por si él dudase. Le hace

señas para que entre al palier.

Mario pregunta antes de decidirse a pasar: —¿Está bien?

—Bien, sí, pero desesperado por salir. No se aguanta más, hace dos meses que

está encerrado.

—Peor sería si estuviera preso —dice con fastidio.

—Tengo miedo de que uno de estos días se me escape. —Azucena mueve la

cabeza y las manos como si la preocupación la obligara a agitarse—. Ayer cuando volví

del trabajo había bajado a sacar la basura. No es que me haya querido ayudar, lo hizo

para salir.

—Es un inconsciente. Si algún vecino lo ve…

—Aquí nadie le da importancia a nada. Pero si va a salir tengo que tener una

explicación. —Azucena se ha quedado quieta, seria.

Desde algún lugar no muy lejano se escucha una sirena, hay una frenada, suenan

disparos.

—¿Y cómo sería eso?

—Había pensado que puedo hacerlo pasar por un sobrino que se quedó sin

trabajo y ahora está conmigo. O un novio. Aunque es un poco chico para mí.

Azucena hamaca un poco los hombros, con coquetería, como negando lo que

acaba de decir. Es una empleada, no es una parienta ni la novia de su hijo. ¿Qué está

diciendo?

—Es muy peligroso —dice él—, sobre todo si habla con los vecinos. No tiene

calle, en cualquier momento va a decir algo que no debe y se pudre todo.

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—Si usted me deja, yo hablo con él y le armo una historia, le enseño qué decir.

Pero tiene que estar convencido, cortar con toda la vida anterior. Dejar de estar

pendiente de ustedes. Porque él se cree que todo va a ser como antes, que va a volver a

su casa, con los amigos, con la novia, que usted puede solucionar todo y aquí no ha

pasado nada.

Sergio no es el único que no tiene calle. A él tampoco se le ocurrió que podría

buscarse una solución así. Su hijo tampoco es como el resto de la familia, no estudia, no

trabaja, mató a un policía. Lo de Azucena no es una locura. Ella conoce este mundo, en

estos edificios y en la villa de al lado debe haber cantidad de tipos escondidos. Sergio

podría empezar otra vida, una vida clandestina. Cambiar su aspecto, los modos, la

actitud. ¿Y de qué va a vivir? Trabajar no va a poder, aunque supiera hacer algo, si lo

andan buscando sería un peligro. Bueno, tiene la suerte de que está él para mantenerlo,

si no tendría que salir a robar. Eso tal vez podría hacerlo bien, después de todo.

Azucena camina hasta la pared y llama al ascensor. Algo se ha recompuesto, por

lo menos esto funciona.

Sergio lo abraza, le da un beso. Mario lo palmea, siente el cuerpo de su hijo

contra el suyo. Es difícil contar lo que viene a decir, por eso da vueltas, habla pavadas,

Azucena se queda ahí parada esperando, lo mira. Finalmente Mario toma coraje, cuenta,

lo hace como puede. Sergio se para de golpe, abre las manos como si quisiera atrapar

algo.

—¿Cuándo fue?

—El martes.

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—¿Por qué no me avisaste?

—Tenía miedo de que hicieras una cagada.

Sergio sigue parado, puteándolo.

La abuela se murió y a él no lo tuvieron en cuenta, grita. ¿Quién mierda se creen

que son? Pega un golpe sobre la mesa, el pequeño centro de mesa rueda al piso y los

restos de la cerámica se desparraman. Azucena intenta calmarlo. Sergio se agarra el

puño dolorido y grita. Se atropella con las palabras. Cuesta entenderlo. Repite, ahora

más claro, que está harto de estar entre esas cuatro paredes mientras ellos siguen su

vida, sus amigos se van de joda y Yanina sale con otro.

—¿Pero qué, la llamaste?

—¿A quién?

—A Yanina.

—Sí, hablé del teléfono que está en la esquina —dice con voz amarga,

pasándose la mano por la cara para secarse las lágrimas.

—¿Estás loco? ¡Pueden ubicar que estás en el barrio!

—Te dije que la llamé de un público.

Azucena da un paso atrás, parece que ella fuera a gritar pero se traga las

palabras.

—La llamé a lo de la hermana que vive al lado —dice Sergio mirándola a

Azucena—. Ese teléfono no lo tienen.

—¿Y vos qué sabes? —dice Mario.

—¿Pero vos te creés que lo único que tienen para hacer es ocuparse de mí? ¿No

viste los quilombos que hay por todos lados? Prendé la tele y mirá.

—Por favor, escuchá lo que te digo. Es peligroso.

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—Ya está con otro. Se acabó, así que parala con los consejos. Pero igual me

tenés que sacar de acá. Si no me sacás, me voy solo.

—¿Adónde? A casa no podés volver.

—¡Al carajo! No sé, pero yo no me quedo más —hace un gesto como de irse,

como si fuera a buscar sus cosas y salir.

—El abogado dice que tenés que seguir escondido, que si te agarran te hacen

percha, hay que esperar.

El cuerpo de Sergio se pone rígido, los músculos de la cara se marcan cuando

dice:

—¿Hasta cuándo?

Azucena sigue parada, mirándolos. Hay un pequeño cabeceo involuntario

dirigido a Mario, como si dijera: es ahora o nunca.

—Sentate, tenemos que hablar —dice Mario, pausado, conciliador.

—No me vengas con boludeces.

—Sentate, por favor.

Sergio mira la mano de su padre señalando la silla. Azucena se lo pide con un

gesto. Finalmente se sienta con las piernas tensas, listo para saltar.

—No tenés salida. Esa es la verdad. Si te agarran, te matan o te estropean para

siempre y te tiran de por vida en una cárcel para que los presos hagan de vos lo que

quieran. Mataste a un policía. No tengo adónde llevarte. No puedo protegerte más. ¿Qué

carajo querés que haga?

—Entonces me mato. Sabelo.

Se para nuevamente y empieza a caminar por dentro de la habitación. Azucena

trata de retenerlo.

–Soltame —dice Sergio, y le saca las manos de encima.

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—Hay una posibilidad —dice Mario subiendo la voz. Sergio lo mira. Mario

suelta:

—Que te cambies la identidad.

—¿Qué?

—Te quedás aquí. Cambiás el aspecto físico, el nombre. Te podés teñir el pelo,

dejarte la barba, qué sé yo. Empezás una nueva vida. En algún momento te podemos

conseguir algún tipo de documento para que circules pero eso está por verse. Lo

importante es que te alejes de todo. De nosotros, de tus amigos, de tu novia. Tenés que

hacerte una vida nueva.

Sergio se calla. Lo mira. La mira a Azucena.

—Al final me sacaron de encima, ¿no?

—¿De qué estás hablando?

—De vos y mamá, de Nora, de todos. Me sacaron de encima.

—¿Nosotros?

—¿No es lo que querían?

Mario cierra los puños y se muerde los labios.

—Decí algo. ¿Qué tenés para decir? —le grita Sergio.

—Que al final resultaste un hijo de puta. ¿Cómo me decís eso después de todo lo

que hice por vos?

—Vos sabías que esto iba a pasar y me tuviste engañado. —Sergio se agacha

aproximando la cara a la de Mario, que sigue sentado.

–¡Pensá, boludo! —Mario se para. Lo toma por los hombros. —¡Pensá! ¡El que

mató al cana fuiste vos! ¡No yo!

—Bajen la voz. —Azucena se desespera y trata de separar al padre del hijo—

.Nos van a escuchar.

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Cuando Mario camina hacia la camioneta ya empieza a clarear. Está molido, el

cuerpo apenas le responde. Ve que ha dejado el vidrio abierto. Casi de inmediato se da

cuenta de que no, se lo han roto. Falta el equipo de audio. Mira para todos lados, no hay

nadie. Abre la guantera, han dejado los documentos. No es tan grave, se la podrían

haber llevado. Con una gamuza retira los restos de vidrio del asiento. Sube, enciende el

motor y se va. En la ventana de Azucena se acaba de apagar la luz. Siente alivio de que

se hayan ido a la cama. Todavía le duele la mano, no tendría que haberse sacado,

pegarle una piña a la mesa no arregló nada pero no tuvo remedio, peor hubiera sido

dársela a Sergio. No le volverá a pasar.

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CAPÍTULO 11

La gente sale de a grupos, como vomitada por la puerta de arribos que

desemboca en el hall del aeropuerto. La mirada de Mario salta de una cara a otra,

buscando a una mujer que se parezca a su hermana. Teme que no haya abordado el

avión o que sea otro el vuelo, otro día, tal vez entendió mal.

—Mario, soy yo. ¿Ya no me conoces?

Miriam, su hermana, es ahora una señora regordeta, vestida con muchos colores

y teñida de rubio, que viene directamente hacia él. La última vez que la vio estaba

delgada, con el pelo negro largo colgando sobre los hombros. La voz chillona sigue

siendo la misma, la risa también. Miriam lo abraza, lo toca, se le cuelga del brazo para

salir del aeropuerto, mientras él arrastra el equipaje mínimo con el que viajó.

En la camioneta lo abruma con preguntas, se mueve inquieta en el asiento.

—Y dime, ¿cuánto hace que te has separado?

—Hace un mes, más o menos. Pero la cosa venía mal.

—Joder. Una detrás de otra, hermanito. Sí que la estáis pasando.

—Y no sabés todo lo demás —dice Mario en voz baja. Vuelve a levantar la voz

para preguntarle:

—Pero contame, ¿cómo están todos en Madrid? ¿Cómo es que te decidiste a

venir?

Miriam no le contesta, parece atenta a algo del otro lado de la autopista, señala.

—¿Qué es eso?

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Una larga fila de camiones blindados viaja rumbo al aeropuerto. El sol les da de

frente, las carrocerías brillan. Quizás sumen cuarenta, con patrulleros intercalados cada

tres o cuatro. Es un avance contundente.

—No sé, parecen algo importante.

—Se les están llevando la tela.

—¿Qué decís?

—Pues que os están cagando, tío, que se les están llevando los fondos pa fuera.

¿O no lo estáis viendo?

Hijos de puta. Su hermana tiene razón. Se están llevando todo. Tiene la

sensación de estar manejando sobre un camino inconsistente, incapaz de explicarle a su

hermana, de pensar siquiera en lo que está pasando.

Miriam se pone a recorrer la casa como si inventariara el mundo de su madre.

“Esto todavía aquí”, “me acuerdo que”, son frases que repite a cada momento sin

esperar ninguna respuesta. Abre la cajonera del ropero, hay muchas cajitas, algunas

contienen collares, alhajas sin demasiado valor, la mayoría pequeños objetos de

recuerdo. Ella saca la escritura.

—¿Que le ocurrió?

—Fue el corazón, como te dije. Se descompuso a la noche y la internaron de

urgencia, murió como a las cinco de la mañana.

—¿Estabas con ella?

—No.

—¿No? — Mario sabe que se ha puesto colorado, le indigna este interrogatorio.

—No me avisó. Recién me llamaron de la clínica a la mañana.

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Miriam deja el sobre con la escritura en el cajón y lo cierra con más fuerza de lo

debido.

—Qué cosa esta mamá. Empeñada en arreglarse sola. Le tendrías que haber

puesto a alguien que la acompañara.

—Nunca quiso.

Sabe que miente. Que jamás pensó que su madre pudiera necesitar a alguien. Ni

siquiera tenía una empleada para ayudar con la limpieza. Era todo tan natural. Solo el

chico para el jardín. Tendría que haberse dado cuenta, eso hacen los buenos hijos. Pero

él no, tenía demasiado para hacer con la fábrica, con su casa.

—Tendrías que habérselo impuesto, coño —murmura Miriam—. Tenía ochenta

años.

Bueno, qué tanto reclamo si después de todo también fue él quien la mantuvo

hasta el final y Miriam solo vino dos veces, la última hace diez años.

—¿Y por qué no hablamos de vos?¿No tendrías que haber venido a verla de vez

en cuando, eh? ¿Ahora me venís a echar en cara que cómo vivía, que si la atendí o no?

Miriam agacha la cabeza.

—Discúlpame. Tú has hecho lo que pudiste, yo tendría que haberla visitado.

Está todo bien —. El gesto de las manos abiertas pidiendo paz resulta claro.

Miriam dormirá en la habitación pequeña, él continuará en la de su madre. Ella

empieza a desarmar la valija y a colocar las cosas en el ropero; de entre la ropa saca un

paquetito, se lo da. Es una cadenita con una medalla. Mario se la queda mirando.

—Mi marido tiene una igual. Es para la buena suerte. Ya es hora de que la uses.

—¿Cómo está Roberto?

—Ya te dije, están todos bien.

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—Bien, pero contame algo más.

Miriam sacude la cabeza, como si pensara en algo. ¿Por qué no contesta, qué se

está guardando? Va a preguntarle pero ella habla:

—Vale, te lo cuento rápido. Roberto se fue con una de veinticinco que trabajaba

en el mismo hotel que trabajamos los dos. ¡Pues no me mires con esa cara, tío! Que

nada, que seguimos igual, nada más que se ha mudado con la chavala. Robertito y

María Luz, ya son grandes y andan por sí solos. Así que te digo, que en resumen me

quedé sola, fregando baños y viviendo en un piso de dos por dos. Pero estamos bien.

Comemos, follamos y algún gusto nos vamos dando. Bah, que son ellos los que follan,

porque lo que es yo, no he conseguido nada todavía. ¿Entiendes por qué no vine antes

aquí, a contar a mi madre qué era todo aquello?

—No me hubiera imaginado esto.

—Pues ahora ya lo sabes, anda, dejemos el asunto, cuéntame lo tuyo, que seguro

es bastante heavy.

—Te hago un café.

—¿Por qué no me llevas a algún lugar donde pueda comer carne? Sueño con un

buen asado.

La parrillita que en otros tiempos reventaba de clientes hoy está casi vacía. El

único mozo los atiende enseguida. Piden vino y asado para dos. Les avisa que tienen

que esperar un buen rato, la carne debe asarse. Mientras tanto beben y entretienen el

estómago con un poco de pan y unas rodajitas de salamín y queso. Miriam lo aventaja

sirviéndose otro vaso.

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—Aquí cualquier vino es bueno —dice al apreciar el sabor de un tinto de medio

pelo.

Mario habla pero se da cuenta de que también ha caído en la manía de resumir,

de solapar, de quitarle importancia a las cosas. Salvo lo de Sergio, que es un poco más

difícil de explicar, o eso cree.

—¿Este Sergio, se da con algo?

—¿Cómo si se da?

—Es lo más natural con los chavales. Con Robertito tenemos ese problema.

Ahora que está solo no sé qué hará, pero le ha pegado fuerte. Con María Luz, no, pero

tú sabes, las mujeres son otra cosa.

—Sergio no se droga —dice dudando—, hasta donde yo sé. Pero me parece que

no.

—Anda, es una suerte. Porque les come el cerebro.

Tal vez lo haga alguna vez, pero no es un adicto. De alguna manera se siente

bien. Sergio no se da con nada.

Miriam cambia de tema, está eufórica y quizá se deba al vino, a los salamines

caseros. Habla del pasado, de las costumbres de la casa cuando los padres estaban vivos.

—¿Te acordás? —dice ella en lugar del español te acuerdas, como si para hablar

del pasado necesitara volver a su castellano porteño. Sí, se acuerda. Su padre vivía, ellos

compartían la habitación lo hicieron hasta una edad en que ya fueron demasiado grandes

para eso. A los quince, Miriam tuvo su habitación y él pasó a dormir en el living. La

habitación que su padre construía para él fue destinada a ser su primer tallercito. Su

madre cocinaba, su padre trabajaba en la tornería de los Basualdo. En la esquina estaba

la forrajería de los Ledo. Los juegos en la calle. Los chicos de Correa. Horacio. Sí, fue

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mi primer novio. Reconoce Miriam. Que apenas nos besábamos. Fijate ahora. Éramos

niños hasta más tarde. Más tontos. Y más felices. Tal vez.

—¿Qué hacemos con la casa? —dice Mario sin pensarlo.

—Pues, no sé. Estás viviendo allí. ¿Qué quieres hacer?

—Me gustaría comprarte la parte pero no tengo un peso.

—Quédatela. Cuando puedas me pagas la parte y listo.

Tan fácil, tan comprensiva. Su hermana no vino a reclamar nada. Vino a verlo, a

recordar a su madre, su vida. Ella está sola como él pero de alguna manera tiene más

resto para manejar la soledad, para entender que la vida es algo que pasa y no algo que

se elige. Se pelea por ser alguien, por tener un lugar. En definitiva por tener una isla en

el mar de todos. Mientras se puede sostener el territorio todo está bien, cuando eso ya

no es posible se llega a la suerte de los náufragos, llevados por la corriente. Miriam

parece haber aprendido a dejarse llevar, a flotar sin pretensiones. A él se le hace difícil.

Entran a la casa. Miriam está cansada. Quiere hacer una siesta. Mario se va al

jardín y enciende el celular: hay llamadas pendientes. Ignora las de la fábrica, aún no

tiene una respuesta para ellos. Hay una llamada de Nora. Duda un rato en responderla

pero al final se decide, hablar puede ser el principio de una reconciliación.

—Hola —contesta Nora con parquedad, Mario se pone en guardia.

—Me llamaste, estoy devolviéndote el llamado.

—Necesito hablar con vos.

—Hablemos.

—No, personalmente.

—¿Dónde querés que nos veamos?

—En el Charly bar. A las ocho, yo dejo el consultorio y me cruzo.

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Quizás haya una esperanza después de todo. Nora puede haber reflexionado.

Con la fábrica sin trabajo, con las deudas, hacer un juicio es una estupidez, José Luis

tiene que entender que las cosas se fueron totalmente de sus manos. Mientras avanza

hacia el Charly bar, los pensamientos de Mario dan vuelta sobre la llamada de Nora, él

mismo no se entiende. No entiende por qué no se concentra en pensar cómo sacar la

fábrica adelante, cómo conseguir dinero para pagar las quincenas, hacer algo. Está

dejando que todo se desbarranque hasta que encuentre su piso, sin sentir la necesidad de

hacer o enmendar. Es como si todo le fuera ajeno. ¿Cuánto puede aguantar con los cinco

mil dólares que tiene en la caja de seguridad? Pensar que eran para renovar la inyectora.

Un mes, tal vez dos, sin pasarle nada a Clara. Que se arregle, que venda algo o mueva el

culo. Es buena para mover el culo. ¿Por qué no? Sería una puta fina. Siente satisfacción

de pensar a su mujer prostituyéndose, incluso la piensa en su propia casa, recibiendo

tipos, chupándoles la pija. Total, él no tiene ya nada que ver, ya pagó demasiado por

caricias mezquinas y dolores de cabeza. El matrimonio es una pelotudez.

El Charly bar está cerrado. Sin explicaciones. Las persianas bajas. Espera en la

puerta a que sean las ocho. Nora llega a las ocho y cuarto. Lo saluda con un gesto,

omitiendo el beso. Buscan otro bar y se sientan. Solo él pide un café, ella dice que se va

en seguida.

—¿Qué pasó con la fábrica? —dispara a continuación.

—Nada, ¿qué va a pasar? Falta trabajo, guita. Con ésta que viene, van a ser tres

quincenas que les debo.

—¿Les vas a pagar?

—No tengo cómo.

—¿Y qué va a pasar?

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—No sé, te dije. Decretarán la quiebra. Qué sé yo. Tengo que hablar con el

abogado.

La cara de Nora se contrae, parece a punto de saltar y morderlo mientras le grita:

—¿Pero vos sos consciente de que vamos a perder todo!

—¿Qué querés que haga?

—Cuando José Luis quiso hacer algo, lo rajaste, ahora la responsabilidad es

tuya. Hacete cargo.

—¿Qué me querés decir con hacete cargo?

—Que sos el responsable de hundir a esta familia.

—Ya son todos grandes, se pueden arreglar solos. ¿Por qué los tengo que seguir

manteniendo?

—Ah, claro. ¡Nosotros somos grandes! Mirá: tu mujer, que nunca hizo nada en

su vida salvo aguantarte, bien, que se arregle, pero al hijo de puta de Sergio que no sirve

para nada lo seguís manteniendo…

El mozo interrumpe. Mario espera a que deposite el café en la mesa y se vaya.

—¿Y vos qué sabés de tu hermano?

—Ya no es mi hermano. Es un delincuente, el único lugar donde tiene que estar

es en la cárcel. —Nora le clava los ojos, los músculos de la cara parecen tallados en

mármol.

—¿Qué te metés en la vida de tu hermano? ¿Qué te hizo?

Ella tarda en hablar, cuando lo hace, un odio de años, macerado, parece revivir:

—Cagó a toda la familia. ¿O no te das cuenta que le pusiste toda la guita y el

tiempo, en vez de ocuparte de la fábrica, de nosotros? —La voz sale fuerte, agria, entre

los labios apretados—. Pero no, el señor se dedicó a esconder un delincuente. A gastar

fortuna en eso y mientras tanto que todo se vaya a la mierda.

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—¿De dónde sacaste que gasté fortuna en esconder a tu hermano?

—Tengo información y sé lo que estás gastando.

—¿Quién te metió esa mierda en la cabeza? ¿José Luis?

—No, no fue José Luis. Tengo otra fuente de información que no te pienso

revelar. Hay mucha gente que te odia, que le gustaría verte hundido.

Un rápido repaso de Mario sobre la gente de la fábrica delimita el campo de la

sospecha al ámbito de la oficina. La administrativa. Era como la secretaria de José Luis.

Hasta en un momento pensó que el turro se la estaría volteando. Azucena le tiene que

haber contado, no puede ser de otra manera.

—Si te guiás por lo que te puede haber dicho alguno de la fábrica, sos una

ingenua. Te están presionando para que me obligues a pagar lo que no puedo pagar.

—Pensá lo que quieras. Pero te aclaro que sé todo. Hasta sé dónde lo tenés

escondido.

Imposible decir nada. La maldad no admite palabras, sólo se puede sufrir, sentir

asco donde antes había amor.

—Sé perfectamente dónde está y con quién — sigue ella—. Así que, o lo

entregás vos o lo denuncio yo.

—¿Y qué ganarías con eso?

—Hacer justicia. ¿Te parece poco?

Nora parece iluminada con el poder que brilla en sus ojos.

—Justicia. Cagar a tu hermano.

—Meter en cana a un delincuente hijo de puta.

—Vos estás llena de resentimiento. Siempre fuiste una resentida.

—Decime histérica, hija de puta. Lo que quieras. Pero no soy una delincuente.

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—¿Por qué tanto odio? No querés ni a tu hermano, ni a tu vieja, ni a mí. ¿Qué te

pasa?

—¿Te das cuenta la mierda que es esta familia?

—A vos nadie te hizo nada. Te pagamos los estudios. Te montamos tu

consultorio. ¿Qué hicimos mal?

—No te lo voy a decir. Averigualo por vos mismo.

Nora se para. Se aleja un paso. Y después insiste.

—Y a ese delincuente, si no lo entregás vos, lo voy a entregar yo.

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CAPÍTULO 12

Angelini cuenta el dinero esta vez. No son dólares cómo él hubiera querido, ni

es la cifra pactada, Mario ya se lo hizo saber antes de extenderle el fajo. Tampoco le

dice que esos pesos en billetes chicos no son estrictamente suyos, que los encontró

dentro de una polvera mientras revisaba las cosas de su madre, ahorros, canutos para

cuando viniera la mala; y bueno, la mala ya está aquí, su vieja se los hubiera prestado de

saber que los necesitaba. No le dijo nada a Miriam, no le pareció que los billetes

tuvieran el valor afectivo de las cosas de su madre, es solo plata, no hacía falta

compartirla. No le está entregando todo al abogado, se dejó algo para él, para gastos

menores, así y todo es casi la mitad de lo que encontró.

Angelini termina el conteo y pregunta por el resto. En unos días va a

conseguirlo, contesta Mario, y se mastica la bronca: no debió venir a pagarle, por más

que se haya comprometido. Este tipo no tiene idea de lo que representa ese dinero para

él. Fue un gesto de buena voluntad: cumplir, aunque sea en parte, con lo pactado. O tal

vez, lo que lo impulsó a venir fue la necesidad de contar con alguien que lo escuche y lo

aliente, pero no le está sirviendo de nada, se acaba de dar cuenta, a este cretino sólo le

interesan los mangos. Porque al fin y al cabo, ¿qué hizo? Palabras, consejos sin

compromiso, más palabras.

El tipo le está leyendo el pensamiento, o quizás nota algo en su cara, porque se

ha puesto a hablarle con amabilidad. Ahora parece que las cosas no están tan mal, es lo

que dice, lo que intenta hacerle creer, que con tantas otras cosas que están jodidas en el

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país, la Policía no tiene tiempo de ocuparse de asuntos menores como éste, el mismo

pensamiento de Sergio, como si se hubieran puesto de acuerdo.

—Su hijo está a salvo por ahora —dice Angelini—. Hay también algún amigo

en el juzgado, todos tenemos contactos, no solo el padre de Fabián los tiene, créame:

alguna trampita se puede hacer, hay que esperar.

¿Tiene que creerle o lo está empaquetando? Mario decide actuar como si le

creyera, no gana nada con ofenderlo. Agradece y se despide, asegurándole que traerá el

resto del dinero a la brevedad.

Algo es seguro, piensa mientras viaja hacia Lomas de Zamora, lo de Sergio ha

perdido un poco de urgencia; tampoco lo de José Luis es un problema por ahora, en tres

meses tendrá una mediación y con todos los despidos que hay, los tribunales están

tapados, por lo menos tiene para un año antes de que se defina algo, después la

apelación, el tiempo corre a su favor. El único problema grave parece ser la fábrica, la

guita. En eso poco puede hacer, la solución está en otras manos, en las del gobierno. La

crisis es innegable: todo el mundo igual, desesperado, alguna solución le tienen que

encontrar. No puede ser de otra manera, casi se convence.

¿Y el asunto de Clara, su casa, su familia? Realmente no la extraña a ella, es más

el alivio que siente al no tener que soportarla que lo que puede haber perdido. Solo la

muerte de su madre lo angustia. Una tristeza lenta que lo invade, que lo separa de las

cosas. Reconoce ahora que la razón para ir a verlo a Angelini fue el obligarse salir a la

calle, para ver si se conectaba con el mundo, si algo podía llevarlo de vuelta a la

realidad. Pero está volviendo sin nada, o mejor dicho, con el convencimiento de que

nada es tan urgente ni tan importante, todo puede esperar. Lo que no puede esperar es

mear. Tendría que haber ido al baño en la playa de estacionamiento, por las dudas, pero

en ese momento no tenía ganas, ahora está desesperado. Abandona la avenida y se mete

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por una calle lateral, se estaciona en el primer hueco que encuentra, se baja. No hay

gente en cincuenta metros a la redonda, se arrima a un árbol y mea con ganas.

—Un hombre grande, ¿no le da vergüenza?, hay criaturas —escucha a su

espalda casi cuando está terminando. Se da vuelta y ve a una mujer mayor mirándolo,

con una nena de cuatro o cinco años. ¿De dónde carajo salió esta vieja? Que se vaya a la

mierda, mejor no contestarle. Sacude, guarda.

—No mires — dice la vieja y tira de la mano de la nena.

La hija de puta encima va para donde tiene la camioneta. Mejor esperar que se

aleje. Hoy no es su día de suerte. Va a encerrarse en la casa hasta que todo acabe.

Está en el fondo del jardín, sentado en el banco rústico que armó su padre con

algunas tablas y parte de un tronco de paraíso. Es el lugar qué más le gusta de la casa de

su madre, puede mirar los fondos, la intimidad. Esperar, tal vez, a que ella salga a tender

la ropa. Hoy tampoco va a ir a la fábrica, no tiene caso, no hay nada para hacer, solo

amargarse, esperar a que su hermana le diga que tiene la comida lista, sentarse con ella

en silencio, pasar el tiempo, tiene derecho a tomarse un par de días al menos. El celular

llama de nuevo, Mario lo ha ignorado varias veces, pero alguien insiste.

—¿Quién es? —dice brusco.

—Azucena. El jefe de taller quiere hablar con usted.

La voz de Juan reemplaza a la de Azucena. Habla de corrido, como si no

necesitara respirar. La situación es insoportable, ya se deben tres quincenas. La gente

necesita, ahora vienen las fiestas, y él ni siquiera aparece por la empresa, se anima a

reprocharle, escondido detrás del teléfono. ¿Que se siente mal, que está descompuesto,

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de duelo? Todos lo entienden, pero hoy lo necesitan en la fábrica, tiene que hacer un

esfuerzo.

Debería mandarlos al carajo. Ya puso todo lo que tenía, no hay más. Antes de

ayer, para colmo, se equivocó y le pagó al abogado: no debería haberlo hecho. Es

ridículo pensar así, con eso no suma nada. Ahora tiene que ir y conseguirles algo,

empezar de cero. Termina prometiendo estar en una hora. Serán dos por lo menos, tiene

que bañarse, desayunar, pensar.

La fábrica está cerrada, pide que le abran. Lo dejan entrar por la puertita chica

de la persiana del taller, tiene que agacharse para poder hacerlo. Las máquinas están

detenidas, un murmullo de voces se interrumpe cuando él se acerca. Todo el personal

está reunido en el centro del galpón. El delegado lo encara, le habla en nombre de la

asamblea. Necesitan cobrar. Mario está solo, rodeado de cuerpos tensos, de caras tiesas

que lo miran a los ojos, con desesperación o bronca. Hay olor a sudor y a algo rancio

que lo envuelve. Trata de explicar que no se puede hacer más.

—Qué quieren que haga, ya no tengo un mango.

—Cuando había plata, usted se la llevaba, ahora hágase cargo. Los patrones son

todos así: que la crisis la paguen los trabajadores —son las palabras del delegado de la

asamblea.

¿Cómo discutirles? ¿Cómo explicarles a estos que sin él no habría fábrica, no

tendrían trabajo? Y este infeliz, que ahora está agrandado porque lo eligieron delegado

¿se acuerda de que todo lo que sabe lo aprendió con él?

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El sol pasa entre los policarbonatos del techo y se asienta con fuerza sobre el

grupo. Hace calor. La garganta de Mario se seca, el corazón galopa. Son unos

miserables. Solo lo respetan por el pago, el resto no les importa.

—Voy a hablar con el banco para que me liberen el descubierto, con eso vamos

a pagar un adelanto.

—¡De aquí no nos movemos hasta que nos pague, compañeros! ¡Necesitamos

cobrar todo, con un adelanto no hacemos nada! —proclama el delegado mirando al

grupo y hablando a los gritos.

—¡Queremos cobrar! ¡Queremos cobrar! ¡Queremos cobrar! —son treinta

gargantas enardecidas al unísono, como si ya hubieran ensayado la escena.

Mario trata de decir algo pero entiende que no lo van a escuchar. Empieza a

caminar hacia las oficinas, los obreros se van abriendo para dejarlo pasar. Es un camino

estrecho, los cuerpos se rozan, alguien le pega un puñetazo en la espalda. Mario se da

vuelta, violento. El agresor está siendo retenido por sus compañeros. Mario retoma el

camino a la oficina. Sube la escalera despacio a propósito: él no huye, va en busca de su

lugar. Entra, se sienta en su escritorio, Azucena y la otra administrativa se le acercan.

¿Qué hace la buchona en su oficina?

Azucena pregunta:

—¿Está bien, Don Mario?

—¿Le alcanzo un vaso de agua? —agrega la otra.

—¿Quién es el de pelo atado? —dice, señalando a través de la ventana de su

oficina al grupo de obreros que continúan cantando y silbando.

—Díaz, entró hace dos años.

—A ese hijo de puta mándele el telegrama. Despídalo con causa por agresión

física.

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Las manos le tiemblan cuando agarra el teléfono. En el banco están hablando, da

ocupado. Insiste. Pasan los minutos. Estos turros han dejado el auricular descolgado.

Tiene que ir personalmente. Saldrá por adelante, no puede pasar entre la patota de

vuelta.

—Azucena, voy a salir por adelante, ábrame la puerta.

—No puedo. Los muchachos sacaron la llave y la cerraron.

—¡Pero qué hijos de puta! Llame a Juan.

Azucena se asoma por la ventana y llama al encargado. El griterío le tapa la voz.

Azucena grita de nuevo. Juan se abre paso entre el grupo. Por un momento parece que

los que están arengando desde los primeros escalones de la escalera no lo van a dejar

subir, pero después los cuerpos se corren y Juan sube en el medio de los silbidos.

Atraviesa la puerta agitado, se abotona la camisa.

—¿Qué pasa que la entrada está cerrada? —dice Mario.

—Fueron los muchachos. ¿Yo qué puedo hacer? Vio cómo están —el cuerpo de

Juan se inclina levemente, se disculpa por él. Personalmente sigue siendo el mismo Juan

de siempre, manso, respetuoso, cumplidor.

—El delegado, ese Mariscal, es sobrino suyo, ¿no?

Juan asiente con la cabeza.

—Es un hijo de puta y me las va a pagar —dice Mario con fuerza.

—Ya sé. Me arrepiento de haberlo traído.

—El asunto es que tengo que salir para ir al banco. No me contestan el teléfono.

Así que si quieren cobrar, que abran la puerta. Yo por abajo no vuelvo a pasar.

—Está bien don Mario, ahora se los digo.

Juan baja la escalera. Cuando llega abajo se hace un breve silencio. Después

suben las voces, se escuchan los cantos.

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–¡De aquí no sale nadie! —es el grito que predomina. Juan discute un poco más.

Después vuelve a subir.

—No quieren, Don Mario, no hay forma –dice agitado, cuando llega a la oficina.

—Hay que llamar a la Policía. ¡Azucena!

Azucena teclea un número y espera. Nadie responde, ella sigue con el teléfono

pegado a su oreja. Abajo los gritos continúan. Para perseguirlo a Sergio la cana tiene

tiempo, para protegerlo de estos desaforados, no. Mario va hacia la caja fuerte. La abre,

entre los papeles está la caja de Partagás, la retira. La pone sobre el escritorio, la abre, el

olor del tabaco permanece a pesar de los años. Saca el revólver. Es un 38 corto, viejo,

era de su padre. Toma las balas que están sueltas y lo carga. Juan y las dos mujeres lo

miran, Mario se pone el revólver en la cintura y va hacia las escaleras.

—¡Me comuniqué! —grita Azucena enarbolando el teléfono.

—Es un conflicto laboral, tiene que intervenir la fiscalía — es la conclusión del

policía que atiende su denuncia. Eso nada más, una respuesta técnica, fría, calculada.

—Pero me están secuestrando, tiene que mandar a los efectivos para acá.

—Sé que es difícil, pero entiéndalo, tenemos orden de no reprimir.

—¿Entonces me tengo que joder?

—En cuanto pueda le voy a mandar un patrullero como prevención, pero no van

a intervenir hasta que no tengamos una orden del juez. Trate de negociar, de arreglar

algo.

—¿Con estos energúmenos?

—Usted es un empresario, sabe de qué hablo. Tiene que poder arreglar estas

cosas, no va a pretender que le pongamos a la Policía en la fábrica.

Cuelga. Debería haberlo mandado a la puta que lo parió pero nunca se sabe

cuándo se la van a hacer pagar. Juan y las dos mujeres siguen parados, mirándolo.

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—Juan, llame a su sobrino, dígale que suba. Tengo que hablar con él.

Juan vuelve a bajar. Nuevamente hay silencio. Después sube seguido por

Mariscal. El tipo se mueve nervioso, como si no encontrara la forma de estar con los

dos pies en el piso.

—¿De qué quiere hablar? –dice duro, casi al borde de la falta de respeto.

Es un pendejo soberbio, justo para meterle un chumbazo en la frente.

—Sentate —le dice.

La administrativa le acerca una silla. Por su cara corre una gota de sudor.

Mariscal parece dudar si sentarse o no, los mira, después se sienta y ellos quedan a sus

espaldas. Sentados, frente a frente, Mario se maneja mejor.

—Mirá —dice bajando el tono y haciendo una pausa entre cada frase—, hay una

realidad. El banco no me atiende por teléfono, tengo que ir personalmente. Si quieren

cobrar, tengo que ir.

—Mande a alguien a buscar la guita. De aquí no se va hasta que cobremos.

—Tengo que ir yo. Es un trámite personal.

—¿Qué garantía tenemos de que va a volver con la plata? ¿De que no se va a

rajar?

—Acompañame si querés. Yo no me voy a borrar. Estoy en esto igual que

ustedes.

—¿Y qué es lo que va a pagar?

—No sé. Si consigo que me devuelvan el descubierto puedo pagar una quincena

completa. Si no, solamente tengo unos dólares en la caja de seguridad, cinco mil.

—Eso no alcanza para nada.

—Es lo que hay. Lo quieren, lo agarran. Si no, lo dejan.

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—¿Nos está tomando por pelotudos? ¿Me va a decir que con toda la plata que

generó esta empresa, ahora solamente tiene cinco mil dólares?

—¿Cómo querés que te explique? ¿Hace cuánto que venimos sin trabajo? ¿Te

das cuenta de que no llegamos ni al veinte por ciento de lo que producíamos antes y

encima nadie nos está pagando?

—Ese es un problema suyo. Nosotros venimos a laburar, tenemos que cobrar.

—Vos sabés bien que no hubo laburo. ¿De dónde querés que salga la guita? La

que había guardado se acabó.

—¿Y yo en casa qué le digo a mi mujer? Ya no tenemos para comer. Los

compañeros tampoco. ¿Pensó en eso? Venda algo, la camioneta, el auto, su casa.

—¿Pero vos sabés lo que me estás diciendo? ¿A quién querés que le venda la

camioneta? ¿Cuánto te creés que me pueden dar? Y mi casa no la voy a vender para

pagarte el sueldo a vos, es lo único que me queda.

—Entonces aténgase a las consecuencias.—Mariscal se para.

—Esperá. Te propongo algo. Acompañame al banco a ver qué conseguimos, por

lo menos para hoy. Mañana continuamos la discusión.

—Yo no decido. La que decide es la asamblea. Tengo que consultar.

—Consultá pero hacelo rápido, en una hora cierra el banco.

Mariscal baja. Desde la ventana se los ve discutir. Son formales, piden la

palabra, gesticulan, parecen chicos jugando a ser grandes. Deciden que los cinco de la

comisión interna lo acompañen al banco. ¿Comisión interna? Nunca hubo comisión

interna. Ese es un invento de Mariscal. Estaban él y otro delegado. Ramírez. Ramírez

renunció, se volvió al interior a atender una chacrita de la familia y este se quedó solo.

Pero ahora anda con los trotskistas que le llenan la cabeza. Se cree dueño de la fábrica.

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Mariscal vuelve, la asamblea decidió que irían al banco, que él y cuatro más lo

acompañarían.

El día está húmedo, pegajoso, pero igual Mario se siente mejor estando afuera de

la fábrica. Mariscal se sube adelante, los otros se acomodan en la caja. La camioneta se

pone en marcha, los demás obreros salen a verla partir como si ellos fueran a traerles la

salvación.

El banco está cerrado. Hay una pequeña multitud en la puerta. El tipo de

seguridad deja entrar a los clientes de a uno. La gente protesta, se queja, pero obedece.

Mario se abre camino rodeado de sus obreros. La presencia de los muchachos vestidos

con ropa de trabajo intimida un poco a la gente que le abre una brecha para llegar a la

puerta.

—¿Qué pasa? ¿Por qué es todo esto, Miguelito?

—Todo el mundo quiere sacar plata —dice el guardia de seguridad, forzando

una sonrisa a través de la puerta entreabierta que sostiene con su peso y las dos

manos—. No damos abasto, señor Giunta.

—¿Pero por qué no nos dejan entrar, si adentro está vacío?

—Las órdenes que tenemos de casa central son esas, discúlpeme —levanta

levemente la mano como mostrando su buena disposición.

—Yo tengo que pagar la quincena, necesito hablar con el gerente. Si no me deja

entrar y me cierra el banco, se arma.

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Mariscal empieza a gritar, “queremos entrar, queremos entrar” al tiempo que

golpea las manos, los otros obreros lo siguen como si lo hubieran ensayado, el resto de

la gente se corre un poco, algunos se suman tímidamente a los cantos.

—Todas estas personas están antes que usted, —dice el guardia casi a los gritos,

abarcando a los cincuenta que se apretujan —tiene que esperar.

Mariscal se lleva los dedos a la boca y comienza la rechifla.

—Deje que entremos todos y esperamos adentro —grita Mario.

—No.—El guardia agarra la puerta con las dos manos.

—Pero están locos, ¿qué carajo les pasa? ¡Llamá al gerente! —vuelve a gritar

Mario para ser escuchado.

El guardia no se mueve. El gerente no viene. El resto de la gente se suma

decididamente a la protesta. Son gente grande, más hombres que mujeres, están bien

vestidos, ellos no hacen cosas así pero hoy han roto toda clase de pudor. Los muchachos

de la fábrica saltan y gritan alrededor de Mario como si estuvieran en la cancha. No

tienen posibilidades de entrar en el tiempo que falta para el cierre. Mario se da vuelta y

le pone la mano en el hombro a Mariscal para que deje de saltar y le dice al oído.

—En cuanto abra para que salga uno, atropellamos y nos metemos.

—Dele, estamos con usted —dice Mariscal y empieza a pasar la consigna.

El guardia deja salir a una mujer mayor acompañada de una jovencita, las

mujeres se deslizan como pueden entre los cuerpos apretados que las rozan, en un

segundo dos brazos de los muchachos traban el cierre de la puerta, el guardia empuja

pero no puede contener a Mario y los obreros, ni al resto que se precipita detrás de ellos.

El salón se llena. Mario va directo a la Gerencia. Un empleado trata de retenerlo pero él

se lo saca de encima de un empujón. El único policía que hay en el banco está encerrado

en la garita. La gente golpea los mostradores, los empleados piden calma, comprensión.

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El gerente sale de su oficina y se topa con Mario que lo mete adentro

agarrándolo de un brazo y cierra a sus espaldas la puerta.

—Tengo la fábrica tomada. Necesito girar en descubierto para pagar la

quincena.

—Los descubiertos están suspendidos.

—¡Tienen una hipoteca de cien mil dólares sobre mi empresa para garantizar ese

descubierto, no me lo puede negar!

—No estamos devolviendo los plazos fijos. Menos le vamos a prestar.

—¿Y qué carajo hacen con la guita? Si no devuelven los plazos fijos y no

prestan, ¿dónde está la plata?

—¿Lee los diarios, Giunta? ¿Sabe lo que está pasando?

—Leo pero no entiendo nada. No entiendo quién se la llevó. Y la verdad no me

importa, lo que necesito es pagar la quincena.

—No lo puedo ayudar. No tenemos fondos.

Todavía tiene el fierro en la cintura, debajo de la camisa. Puede sacarlo, ponerlo

arriba de la mesa, hacerle abrir las cajas. Que toda esta gente cobre. ¿Y después? Todos

arrebatando el dinero, corriendo con lo que consiguieran manotear. Escapando, y él

solo, con el revólver en la mano, apuntando a la cabeza del gerente. La sirena de los

patrulleros se escucha clara, distintiva. Han venido enseguida. El banco no es la fábrica

y él no le va a poner el revólver en la cabeza al gerente.

—Necesito sacar lo que tengo en la caja de seguridad.

—Eso sí. Venga que lo acompaño.

El gerente lo guía al sector. Hay tres personas haciendo lo mismo. Normalmente

uno entra solo pero hoy están todos juntos abriendo sus cajas mientras un empleado

finge controlar lo que ellos hacen, eso es todo. Mario saca los diez mil dólares que

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quedan. Cinco mil en cada bolsillo. Decide dejar el revólver en la caja de seguridad del

banco, no renovó los papeles, si pasa algo va a estar jodido como Sergio, cierra. El

camino de salida está lleno de apretujones, gritos. Cuatro policías están en la puerta,

solo dejan salir a los que el gerente autoriza. A algunos los palpan. Mario no es la

excepción. Hizo bien en dejar el arma.

—¿Están todos? —dice al llegar a la camioneta rodeada por los obreros.

—Parece que al Gonza no lo dejan salir —dice Mariscal señalando hacia sus

espaldas.

—Andá a buscarlo.

Mariscal va con dos más que lo siguen. Los otros se quedan a custodiarlo. Se

sube a la camioneta, enciende el motor y después el aire acondicionado. Ellos rodean el

vehículo desconfiados pero se abstienen de subir. Aprovecha y mete los cinco mil que

quiere guardarse debajo del asiento, el resto lo pone en la guantera. Mariscal vuelve con

el Gonza. Se suben. Mario arranca.

—¿Qué le pasaba?

—Le encontraron una navaja, se lo querían llevar detenido.

—¿Cómo lo sacaste?

—Le dije que veníamos con usted.

—¿Y te creyeron?

—A usted lo conocen, el Gerente dijo que lo suelten.

Todavía es un cliente importante que merece respeto. Son bancarios, se apegan a

las formalidades como una religión. No se dan por enterados de que el banco está

quebrado, que lo suyo no existe. Los van a rajar en cualquier momento, pobres tipos.

—Ahí tenés lo que pude conseguir —dice Mario señalando la guantera.

Mariscal abre y retira los fajos de dólares.

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—Ahora tenemos que ir a lo del ruso a cambiarlos por pesos —dice Mario.

—¿Por qué?

—Porque así te dan más. Entre pesos y patacones, podemos sacarle ocho mil.

—Pero después nos cobran más cuando pagamos con patacones.

—En los supermercados no. ¿Y esto es para comida, no?

Mariscal tarda en contestar, pero acepta. Ocho mil es más que cinco mil,

cualquiera lo sabe. Pero a éstos les cuesta, son duros.

Los deja en la puerta de la fábrica, no va a permitir que lo vuelvan a apretar. Son

casi las cinco. Ofrece llevar a las mujeres a su casa. Tiene que esperar a que distribuyan

el dinero. La asamblea debe decidir cómo y cuánto a cada uno. Debería dar la cara y

asegurar que mañana habrá más, es lo que le dijo a Mariscal. No va a bajar de la

camioneta por ninguna razón.

Las mujeres son las primeras en salir. Tardaron casi una hora en decidir lo

obvio: partes iguales. Azucena y la administrativa se apretujan en el asiento del

acompañante. Las dos están indignadas con el comportamiento de sus compañeros y el

maltrato que le dieron a él. La fábrica va a seguir tomada, se quedarán por turnos a

cuidarla. ¿Qué piensa él que va a pasar? ¿Tiene alguna solución? Ninguna. Pero ya va a

pensar algo. Ahora mejor no hacer ningún comentario delante de esta buchona. ¡Qué

hija de puta! la tendría que haber rajado hace rato, cuando empezó a faltar trabajo, le dio

lástima porque tiene hijos chicos, no hay que ser condescendiente con estos, están

agazapados para cagarlo. La administrativa se baja. Mario arranca rumbo a lo de

Azucena.

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—No le cuente a Sergio, no quiero que se preocupe —dice.

—No, no le cuento. ¿Qué hago mañana, voy a trabajar?

—Vaya. Así me tiene informado. Y una cosa más, con Delia no hable, no le

cuente nada, es una buchona.

—Yo no le cuento nada.

—Cuídese de que no la escuche, que no sepa nada, ella se lo cuenta todo a José

Luis.

—Pero si José Luis no viene más por la empresa.

—Estoy seguro de que se hablan por teléfono.

—No puede ser que sea tan jodida —dice en voz baja, y después agrega

convencida—. Quédese tranquilo, entendí,—y afirma con la cabeza—. ¿Usted no va a

ir?

—Tengo que buscar una solución y si me encierran en la fábrica no voy a poder

hacer nada.

—Pero usted les prometió.

—Les prometí que íbamos a hablar pero no de esta manera. En cuanto tenga

algo voy a ir.

—¿Qué hago, lo llamo al celular si me lo piden?

—Llámeme cuando esté sola. Vaya poniéndome al tanto de lo que ocurre pero

sin que la vean. Si se lo piden, haga como que llama y no contesto.

—¿Me va a seguir trayendo plata para mantener a Sergio?

La mira.

—No se preocupe, no le voy a hacer faltar nada.

La cara de Azucena se relaja. Es lógico que ella piense en sus necesidades pero

indignante que todos le exijan como si él no tuviera ningún problema. Por ahora que se

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maneje con lo que tiene, mañana o pasado los va ir a ver. Tampoco es cosa de andar

dilapidando lo único que le queda.

Clara busca en el vestidor detrás de unas cajas de zapatos. Saca un bolsito

marrón de cuando era soltera. Sus ahorros, el último recurso. Unos pocos dólares y

también pesos, junto a algunas joyas que no usa. Tendrá que sacar algo para cubrir los

gastos de la casa, de Mario no puede esperar nada. Por ahora. Porque esto no va a seguir

así; que él se haya ido no significa que no se ocupe de aportar lo necesario.

Pone todo sobre la cama, cuenta, es más de lo que esperaba, siempre puso,

nunca sacó, para los gastos estaba Mario, la tarjeta. Ahora el límite está cubierto y el

muy turro no la pagó, ya han llamado para reclamar. Seguro que a los negros de la

fábrica sí les ha pagado mientras que a su familia la caga. Él es así, primero los otros.

Tiene que buscarse rápido un abogado, si no, la va a dejar pelada. No pensó que Mario

llegara a tanto. Ni calculó que pasara esto. ¿Cuánto tiempo tendrá que esperar para que

le empiece a pasar dinero?

El estómago se le contrae, no hay una razón para que el hijo de puta se lo traiga.

Ella no va a pedir ni a rogar. El dinero es el arma de Mario, por ese lado la sometió

siempre, ese ha sido su poder sobre ella, sobre la fábrica, sobre todo.

Se sienta en la cama. Las mujeres son todas unas desgraciadas, sometidas por

pelotudos, siempre pendientes de que venga alguno y la salve a cambio de entregarles

no sólo el cuerpo sino también la dignidad. Si ella hubiera nacido con dinero, en una

familia acomodada, hubiera sido otra cosa; podría haber seguido soltera un tiempo más,

viajando, conociendo otros hombres. Pero no tuvo esa suerte. Su padre era nada más

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que un mozo en un restaurante de Mar del Plata, a ella y a su hermana no les quedó otra

que aceptar lo que se les presentó. Un sapo en lugar de un príncipe. Mario dentro de

todo era el menos sapo de los muchachos que conoció. A su hermana le fue peor: un

mozo, igual que su padre. Por lo menos Mario ya tenía un taller que después se

convirtió en fábrica, le hizo la casa. Pero ahora esto. Al borde de caer al nivel donde

empezó. No puede volverse a Mar del Plata, no está dispuesta; además, ¿a qué

volvería?, ¿a pasar vergüenza? Se tiene que buscar un abogado.

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CAPÍTULO 13

Mario la mira a Miriam de reojo, que viaja callada. Volver no es fácil, sobre

todo si uno se vuelve con menos de lo que esperaba encontrar cuando vino. Ya no tiene

a su madre, le ha dejado a él un poder para disponer de la casa, de los muebles, de todo.

Solo se lleva un par de alhajas de la vieja, apenas algo más que una chafalonería. No se

pudo conectar con nadie, no vio a sus sobrinos, solo estuvo encerrada o caminando por

el barrio, un par de veces fue al centro en colectivo, como en un viaje clandestino.

Mario sabe que no tiene nada que agregar, solo acompañarla hasta el aeropuerto y darle

el beso final a este viaje tardío, inútil.

—Vete que se te hace tarde —dice Miriam tomándole la mano.

—Espero que salga, tengo tiempo.

—¿Pero no es que tienes que ir al egreso de Javier?

—Falta un rato, llego bien.

El tiempo suficiente para volver a Lomas, pasar por su ex casa y retirar un traje,

bañarse allí mismo y salir para el colegio. Estas cosas siempre se atrasan, media hora

más o menos no le hace mal a nadie. Debería llamar a Clara, explicarle, no es cuestión

de caerse por ahí así nomás. Tal vez quiera que por esta noche vayan juntos. No es fácil

hablarle pero sí necesario. Saca el celular, salta el contestador:

—Clara. Tengo que pasar por el traje, necesito bañarme. ¿Hay algún problema?

Estoy en un par de horas. Si querés podemos ir juntos.

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El mensaje no alcanza para registrar el “llamame” pero no debe hacer falta. Ella

va a entender.

El vuelo está demorado. Miriam insiste:

—No es necesario que esperes.

Mario mira el reloj. Ya casi está en el tiempo límite, debería irse. Clara no ha

respondido a su mensaje. No importa, todavía tiene la llave y el control del portón,

puede entrar si quiere.

—Me voy, no sé qué decirte. Que tengas un buen viaje. Te voy a tener al tanto

de todo.

—Está bien, vete, ya has hecho mucho.

El cuerpo de Miriam se aprieta al suyo. Es una masa blanda, sudorosa. Su

hermana: el único resto de vida de su familia. Seguramente no se verán más, cualquier

promesa que se hayan hecho suena irrealizable. Todo termina así, como si un elástico

invisible atado a sus espaldas los arrastrara. Qué maldita cosa es la vida.

Apenas está dándose vuelta y ya va pensando en llegar a tiempo para cambiarse

y salir corriendo a ver cómo su hijo más chico deja de ser un adolescente y se lanza a

correr su propio tiempo.

El himno nacional se apaga en un silencio incómodo. La bandera se retira, el

profesor de historia avanza hacia el centro del escenario para dar el discurso. Hoy le

tocó a él. Un murmullo de cuerpos rozando las sillas acompaña al “pueden sentarse” del

jefe de preceptores. Javier gira la cabeza hacia atrás. Entre los padres que ocupan el

final del salón no logra ver a los suyos. Seguramente llegarán a lo último, como

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siempre. Tal vez no vengan juntos ahora que están separados. Pero Mario ya debería

haber llegado, él no puede hacerle esto. Clara sí, hasta es capaz de haberse olvidado

aunque se lo recordó veinte veces.

“Depositamos en estos jóvenes la esperanza de un futuro mejor…”

El profesor parece más viejo, más bien desencajado, diciendo algo sobre el

mundo que dejan y los valores morales. Sacude la mano libre, estruja el papel con la

otra, como hace siempre, el escenario le queda grande.

Los aplausos suenan flojos, por obligación, ahora tiene que hablar Franco. Saca

un papelito que tiene preparado y empieza, pura sanata y agradecimiento. Todo lo que

el colegio ha hecho por ellos. “Nosotros” dice Franco, involucrándolos a todos sin

miramientos. ¿De qué otra manera iba a decirlo? Por algo Franco es el mejor alumno de

la promoción. Ninguno de los pibes hubiera escrito esa boludez pero tampoco sabrían

qué carajo escribir, así que bien por Franco, que por lo menos la hizo corta. Otra vez un

vistazo, no llegó nadie.

El jefe de preceptores, junto con el profesor de matemáticas, acercan la mesa

con los diplomas; uno se cae, lo recogen. Se suman dos profesoras más, dos alumnos de

cuarto acercan sillas para todos. El rector se pone delante de la mesa, el profesor de

matemáticas levanta el micrófono, arranca.

—Álvarez.

El gordo pasa al frente, sube al escenario por el costado izquierdo, por el otro lo

hacen los viejos. El rector les da la mano, primero a la madre, en segundo lugar al

padre, después les entrega el diploma. Tienen cara de felicidad cuando miran al gordo,

lo abrazan. Está bien que sea así, han pagado durante años por ese papel enrollado con

el nombre de su hijo. El fotógrafo les hace más fotos, llaman a la hermana, que sube

moviendo el culo, tan buena le queda esa mini, terrible culo la hermanita. Se acerca al

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escenario y también dispara un flash con su cámara pocket, todos aplauden. La familia

baja, les toca a los Basualdo. Es difícil recordar todo el listado ahora que están

mezcladas las dos divisiones, pero no son más de quince antes de que lleguen a la G. Un

cuarto de hora, les da tiempo a llegar, a entrar con el paso apurado por el borde del

salón, subir por el costado y recibir su puto diploma.

—Bernárdez.

Los pibes achican las piernas para dejar pasar a Bernárdez que está sentado en el

medio de la segunda fila.

—¡Olé, Olé, Oleeé!¡Berna, Berna! —el coro lo acompaña cuando empieza a

subir. Aplausos, abrazos con sus padres, todos bajan.

—Fernández.

—¡Cabezón! ¡Cabezón!¡Cabezón! —el sobrenombre inunda la sala.

No están siguiendo la lista, los diplomas están puestos de cualquier manera,

ojalá el suyo quede para lo último. Llaman a Irusta.

La flaca se levanta sonriendo, camina intentando dominar la altura desde esos

zapatos que se puso, saludando con la manito en el aire como si fuera una modelo.

Tiene un vestido celeste, corto, perfecto para mostrar las gambas largas, blanquísimas.

—¡Popotito!¡ Popotito! — Un silbido la acompaña cuando sube la escalera. Los

padres la escoltan, abrazos y besos. Bajan.

—Herralde.

Siguen salteando los nombres. Le puede tocar a cualquiera. Los chicos se agitan.

El jefe de preceptores pide silencio un par de veces, lo silban. Somos egresados,

inalcanzables a cualquier sanción, mayores de edad, dueños del futuro, parecen decir los

chiflidos.

—Giunta.

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Su apellido disparado así lo sorprende, como si fuera de otro, pero es a él a

quien llamaron. Se levanta y camina tranquilo, natural, por suerte estaba sentado en la

punta de la fila.

—¡Pendejo, pendejoo! ¡Pendejoo!

Hijos de puta, se tenían que acordar de cuando le hizo frente a Morales de

cívica. “Usted no está en condiciones de discutir conmigo. ¿Y sabe por qué? Porque

todavía es un pendejo, Giunta”.

En la escalera, del otro lado del escenario no hay nadie. Porque ninguno de su

familia vino a ver cómo recibe su diploma. Son pocos pasos, ni se da cuenta de que

llega, el rector mira hacia el fondo esperanzado. En la platea se acaban los cantos. El

público espera, Javier espera, por favor hagan algo. El rector toma el diploma que le da

el preceptor. Le está ofreciendo la mano, es una mano grande, con la otra le entrega el

diploma. Dos actos, un solo gesto. Los aplausos se inician, son fuertes, prolongados,

como si buscaran compensar la ausencia de familia. Javier mira hacia la platea, baja, no

da para tener vergüenza, el diploma es suyo, su vida también.

El tránsito está pesado en la mano que vuelve a la Capital. Enciende la radio.

Hay un corte a la altura del Mercado Central. Piquete de empleados más un grupo de la

villa lindera. Otro más. La puta que lo parió. Mario desvía la camioneta por la colectora

hacia atrás y retoma por Boulogne Sur Mer. Es un atajo saturado pero avanza. A unos

kilómetros hay un cruce de vías en la Estación Tapiales, después debe seguir hasta

Camino de Cintura. No va a tener tiempo de bañarse. Mejor llamar a Clara para que le

lleve el traje y la corbata al colegio. No le cuesta nada.

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—Clara, por favor llamame.

Repite el mensaje un par de veces. Clara tiene el celular apagado. Prueba con el

teléfono fijo. Inútil. No hay nadie. Nadie le acercará la ropa para presentarse en el acto,

ni siquiera una corbata. De todos modos pasará por su casa. Ya no es cuestión de llegar

a tiempo, sólo de llegar.

Los padres y sus hijos invaden el salón de al lado, ocupan las mesas, seis padres

y tres alumnos, nueve sillas en cada una. En la de Javier, solo siete quedan ocupadas.

Comienzan a servir, por la puerta del salón aparece Clara, agitada y gesticulando,

aunque está elegante, con el vestido negro corto, el mismo del cementerio.

Saluda a los otros padres.

—Discúlpenme, se me quedó el auto —dice antes de sentarse a su lado y darle

un beso.

Mentira, todavía tiene los ojos hinchados. Se debe haber empastillado y se

durmió. O se fue al bingo o cualquier otra cosa. Últimamente desaparece a cada rato. Da

asco, no bronca, asco. Nadie pregunta por Mario, ni hace falta.

Los platos van pasando. Es comida simple para que a todos les guste, vino para

los grandes, gaseosa para todos ellos. Los padres comen, los pibes van dejando partes en

el plato. La música está a un volumen bajo, como en el consultorio del dentista.

—¿Qué vas a estudiar? —le pregunta el papá de Alfredo a Matías.

Al papá de Alfredo no le interesa la respuesta, lo hace para hablar de su hijito.

Dice que Alfredo va a seguir la carrera de ingeniería en sistemas, después pregunta:

—¿Y vos, Javier?

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Clara lo mira, ella debería saber pero también está esperando una respuesta.

—Abogacía.

—Cambiaste —–dice Clara—. Hasta el año pasado ibas a seguir administración,

para ocuparte de la empresa.

—¿Qué empresa?

—La de tu padre.

Javier levanta los hombros y toma un sorbo de Coca. Está sorda y ciega, piensa,

sin mirar a su madre, ¿o no sabe que ya no tienen una empresa? Abogacía se puede dar

libre y trabajar. Juicios siempre va a haber, quilombos también.

—¿Y vos, Julio? —sigue el papá de Alfredo.

—Veterinaria.

—¿Y qué vas a hacer cuando te recibas? Poner un consultorio no es fácil.

Es insoportable, si no seguís ingeniería en sistemas como Alfredito sos un

boludo. Julio quiere curar perros, gatos, tortugas, cualquier cosa. O irse al campo. ¿Qué

carajo le importa?, si tal vez Julio nunca sea veterinario ni ninguna otra cosa.

Las nueve treinta. Hace una hora que debería haber llegado al colegio y recién

está en la puerta de su casa. Activa el control. La puerta del garaje se abre, la camioneta

ingresa. Se baja casi de un salto, avanza hasta la puerta interna que comunica con el

interior, empuja. Está cerrada con llave por dentro. Carajo. Vuelve a salir y se dirige a la

puerta principal, intenta entrar la llave, lo logra con dificultad, trata de girarla. No es la

llave, no funciona. Clara ha cambiado la cerradura. Agarra el celular y la llama.

—Hija de puta voy a buscar la llave, salí a la puerta del colegio y dámela.

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El celular sigue apagado. Tiene que ir como sea.

Saca la camioneta del garaje. Se lanza a la calle. Extrañamente más sereno. Ya

no va a llegar a tiempo pero va a llegar.

Javier se levanta, va al baño. Varios pibes van hacia la entrada del salón. No se

bancan a los viejos pero además están pendientes de los chicos que esperan afuera.

Novias, novios, amigos, en cuanto se termine el baile con los padres van a entrar. Ahí

empieza de verdad la fiesta, después van a seguirla en un boliche, es “nuestra noche”,

la última con todo el grupo y la primera en situación de egresados. Tiene que haber

joda. Hacerse sentir. Que los adultos se la traguen, que dejen correr, total no pueden

hacer nada.

Javier sale. Llegó Ema y está hermosa con ese vestido verde ajustado. Le da un

beso cortito, le dice que ya están por entrar, que su mesa es la ocho en la esquina sur del

salón, que no se preocupe que la va a venir a buscar.

—¿Tu mamá sabe que me invitaste? —pregunta Ema.

—Por Clara no te preocupes, está todo bien.

—¿Pero sabe que vine? —insiste.

—Sí, quedate tranquila.

El disc-jockey pone el vals, hay que bailar, con el padre o la madre según

corresponda. Es un garrón tener que hacerlo con Clara vestida así.

—No sé bailar el vals —intenta frenarla Javier.

—Sí que sabés, bailaste en los quince de Alicia.

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En los quince de su prima y en todas las fiestas de quince pero con la piba del

cumple, no con su madre.

—Dale, vení.

Clara lo lleva de la mano a la pista. Lo toma, él le agarra la cintura, se deslizan.

Más vale girar y hacerse el boludo. Será la última vez. Clara lo mira a los ojos, sonríe.

Se ve que disfruta.

—Estás lindo —le dice.

—¿Por qué llegaste tarde?

—Se descompuso el auto, ya te dije.

—¿Papá te viene a buscar?

—Tu padre no vino. ¿No ves que no vino?

—¿En qué te volvés?

—Me tomo un remís. ¿Qué van a hacer ahora?

—Nada, bailar, tomar algo, después vamos a un boliche.

—Cuidate, no tomés mucho.

—Yo no tomo.

Los ojos de su madre se clavan en él. Una mirada de mujer, como cualquier otra,

pero más intensa, peligrosa.

—Va a venir Ema —dice Javier.

Clara se distancia de su cuerpo.

—¿Para qué?

—La invité.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque quise.

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—Pero si tenés a todas las chicas que se te antojen. ¿Por qué tenés que traer a la

sirvienta?

El vals termina, se separan. Clara va hacia la mesa, recoge su cartera y se

despide de los otros padres.

—La llevamos nosotros —ofrece la mamá de Alfredo.

—No, gracias, ya me está esperando el remís —miente, apurada.

Javier va hacia la entrada en busca de Ema sin despedirse de Clara.

Están abriendo la puerta del salón y van entrando los verdaderos invitados,

empieza la joda. Los padres se van a ir en un ratito, ya tuvieron bastante. Javier busca a

Ema entre la multitud. La toma de la mano, la lleva hasta la mesa. Que Clara haga lo

que quiera.

Bailar toda la noche, mostrarla con el vestido verde escotado, corto. Que todos

vean el cuerpo grandioso y la piel oscura de Ema antes de llevarla de vuelta a su casa,

antes de hacerla dormir con él en su habitación. Esa hubiera sido la respuesta de por qué

la trajo, lo que debería haberle dicho a Clara, a las otras flacas que lo buscan, a los

pendejos boludos. Ema es una mujer, mujer, su mujer.

Los chicos la saludan, no todos saben quién es, tal vez lo envidien. Andrea

estuvo algunas veces en la casa, sí que la conoce a Ema. No pasa un minuto antes de

que lo comente, pronto todos saben que es la chica de la limpieza. Javier la lleva a la

pista. Ema baila estilo bailanta, entrega el cuerpo a la música, Javier juega con eso, la

atrae hacia sí, la aleja, ella menea el culo, mueve la cintura. Una forma de moverse que

los demás llamarán “grasa”. A él le gustaría ser grasa, negro, sensual. Esta es su noche,

la noche de su vida.

Hace diez minutos que da vueltas para estacionar. No hay dónde, todos llegaron

antes. Hay un lugar frente a un garaje que parece abandonado, el colegio está a cuatro

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cuadras, es lo que hay, Mario estaciona. Camina rápido, quizás sea mejor que no entre y

que mande a buscar a Clara o directamente a Javier. Mejor a Javier, mostrarle su

situación, darle un abrazo, felicitarlo. Ya no puede hacer otra cosa, la ceremonia debe

haber terminado y la cena también.

Hay una pequeña multitud en el hall del colegio, son los amigos y las amigas,

Mario se abre paso hacia la puerta que lo separa del salón, es un padre, alguien tendrá

que llamar a Javier, traerlo para que él pueda mostrarle que vino, aunque sea a darle un

abrazo. Pero así como está vestido no puede pasar, mejor esperar un momento.

De pronto, de entre el grupito de chicas y chicos ve que emerge Clara. Camina

rápido, no le da tiempo a llamarla, no sabe si entrar o alcanzarla. No termina de

pensarlo, la está siguiendo, tiene algo que decirle, que enrostrarle. ¿Qué? No le vienen

todavía las palabras pero le van a salir cuando la alcance. Clara cruza la calle, hay un

auto esperándola con el motor encendido. Se detiene, se está subiendo a un Chevy.

Cierra la puerta, besa al conductor. Armando, cómo puede ser.

El auto se aleja despacio, podría correr, alcanzarlo, pero no tiene un solo

músculo dispuesto a hacer el esfuerzo. Algunos chicos van llegando y son más los

padres que salen, que abandonan el territorio a los jóvenes. El auto dobla en la segunda

esquina.

Mario se queda ahí, mirando hacia la calle, no siente nada, ni bronca, ni ganas de

felicitar a Javier, solo la necesidad de irse, de no estar más allí obstaculizando el paso.

Subir a la camioneta y tomárselas lo más lejos posible es el único objetivo. Mete las

manos en los bolsillos, saca la llave. Ya nada importa. Eso, no importa. La camioneta lo

espera, está sobre la esquina, un poco en diagonal, amarrada al cordón, se podría decir,

en una posición de apuro que no valía la pena.

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Va hacia la casa de su madre, todavía le queda esa casa. Siente hambre y sed,

mucha sed, pero sobre todo ganas de mear. Pareciera que las situaciones de shock o los

nervios le activan la vejiga. Va a ir al baño antes que nada, después, en algún momento,

lo llamará a Javier para explicarle. Es un buen chico, seguramente lo va a entender. ¿Y a

la hija de puta de Clara, qué? Nada, ya no es su mujer pero podría haber esperado un

poco. Con Armando, justo con él. ¿Qué carajo le vio?

Todos lo abandonan, se van, dan ganas de llorar. Qué estúpido, un tipo grande.

Deja la camioneta en la vereda de enfrente, cierra y activa la alarma, cruza y abre la

puerta. Manotea la luz y le yerra. No lo vuelve a intentar, la oscuridad lo protege de

verse llorando.

Avanza guiado por los reflejos que filtran las luces de la calle. El chorro de pis

sale entrecortado, con dificultad. No como las lágrimas, que le enfrían la cara. Sale sin

lavarse. Se sienta en la cama, se acuesta. Imposible pensar, solo siente el puñal clavado

en el pecho, la respiración, el sudor y las lágrimas que se van enfriando. Eso es él, nada

más que eso, carne abandonada.

Todo el esfuerzo para qué, para esto, para que la vida lo derrote. No le cuesta

darse cuenta de que se tiene lástima, que necesita tenerse lástima, que le gusta. La noche

sigue, avanza, el cielorraso ceniciento sobre su cabeza sosteniendo la vieja lámpara de

caireles, los rincones que van perdiendo el misterio de la oscuridad profunda y solo son

eso: rincones de paredes y muebles. Al menos hay solidez en la materia, sea madera,

cemento, vidrio. Una solidez que la carne no tiene, se afloja y se hunde sobre el colchón

de lana apelmazada. Y adentro está él, escondido en su cuerpo, olvidado y chiquito. Un

chiquito con sueño que ya no quiere pensar, que sólo quiere dormir. Todavía tiene sed

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pero no se va a levantar, tal vez sueñe con agua, con un arroyo que corre cerca, casi al

alcance de sus manos.

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CAPÍTULO 14

La voz y los gestos del presidente parecen una mala imitación de una película de

los cincuenta.

—¿Pero este tipo en qué país vive? ¡Está loco! —se enoja Raquel—. ¿Cómo va

a declarar el estado de sitio?

—¿No te diste cuenta todavía de que es un pelotudo? — Armando habla sin

ganas, intenta calmarla—:Haceme un favor, poné un canal de cable y cenemos en paz.

—Pero no puede ser lo que está pasando, esto va a explotar.

—Flaca, bajá un cambio, tuve un día muy jodido, no quiero más pálidas. ¿Podés

entender eso? Dame el control.

La mano de Armando toma el aparatito, pasa rápido los canales. No hay nada

interesante pero es mejor ver cualquier cosa que quedarse en silencio, aunque sea un

documental estúpido.

—Ese lo vimos. Poné algo que valga la pena— dice Raquel, agresiva.

—Sos vos la que insiste en pagar el cable. Es lo que hay, siempre repiten lo

mismo.

—Dejá que busco yo —dice ella.

Otra vez el control en las manos rabiosas de su mujer. Finalmente una serie

ocupa la pantalla. Armando cree haberla visto, de todos modos está en inglés, con no

prestarle atención alcanza para evitar la conversación, para irse a dormir temprano y

olvidar un día oscuro. No quiere volver a reiterarse a sí mismo, como un autómata, que

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la medicina no puede todo. No quiere recordar que hoy, justo hoy, se ha dado la

conjunción de que cuatro pacientes han fallecido.

El chico andaba bien. Nadie se muere de neumonía si está tratado. Tiene que

haber habido algún problema con las defensas, algo encubierto o una bacteria

intrahospitalaria. El bocado llega al estómago como si fuera una piedra. Tendría que

haber dejado la orden, con eso no se jode, le están fallando los reflejos. Es por no

dormir bien, por haber ido a buscar a Clara ayer. Tenerla lo excita, lo hace volar, pero

también lo distrae. El sexo ha vuelto a ocupar un lugar en su cerebro. No debería decir

ha vuelto: lo ocupa como nunca antes. Está ahí todo el tiempo, la química es perfecta,

un vicio que no puede cortar. Mañana hay que desinfectar todo. Por seguridad. Pero

mañana no va a estar el pibe.

Ante una sospecha la medida es inmediata, es injustificable llamar al día

siguiente y decir que uno no se dio cuenta porque estaba pensando en cogerse a Clara.

No puede mostrar el error, ninguno lo haría, mejor esperar y rezar, como decía su

madre. Aún siendo ateo, rogar que no pase. ¿A quién? Al azar, al vacío. El acto de rogar

se puede hacer perfectamente incluso sabiendo que nadie lo está escuchando, es como

una fórmula química que calma la ansiedad.

—Me voy a acostar —dice, dejando un resto de comida en el plato.

—¿Por qué tan temprano?

—Mañana tengo que ir a la obra social y después me quedo en el Alemán, tengo

un reemplazo.

—¿Te llevás comida?

Raquel lo sigue con los ojos cuando él se para.

—Como algo en cualquier lado.

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—¿Vas a gastar en un restaurante, pudiendo llevarte algo? —el tono es de

reproche, ella podría prepararle una vianda.

—Veo si me llevo un sándwich. Yo me lo preparo —su mano acompaña la

negativa como si quisiera borrar las palabras en un pizarrón.

—¿Qué es ese ruido?

Raquel ya no lo mira, su interés tiene un límite; se para, hay algo afuera.

—Deben ser los de alguna murga que está ensayando.

—No me parece —le contesta ella y va hacia el ventanal que da a la calle.

Desde el balcón abierto entra una ráfaga de golpeteo metálico. Raquel se inclina

sobre la baranda y lo llama.

—Vení, rápido, vení a ver esto.

Los vecinos se asoman a sus ventanas, una multitud camina por la calle, algunos

llevan cacerolas y las golpean. A cada momento se suma un golpeteo más con ese ritmo

desacompasado, rabioso.

—Poné el noticiero a ver qué dice —le indica Raquel, excitada.

Armando obedece, pasa canales. El ojo de la cámara está puesto en el centro de

la ciudad, la escena del barrio se repite, se multiplica, la Plaza de Mayo va llenándose.

La gente salió a la calle. No hay banderas, no hay agrupaciones políticas. Es

impresionante pero también efímero, Armando lo sabe. Esto se acaba en un rato, en

cuanto se cansen y se vayan a dormir.

—Te la dejo bajita, me voy a la cama –dice y deja el control sobre la mesa

ratona.

—¿No te quedás a verlo? –Raquel entra y sube el volumen.

—Te dije que me tengo que levantar temprano, tengo que ir a la capital.

—¿Con lo que está pasando?

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—Todos los días hay quilombos. Me toca guardia y son los únicos que por lo

menos me pagan. Además tengo que ir a la obra social por el reclamo.

—¿Pero vos te das cuenta del despelote que hay? Mañana el centro va a ser una

locura.

—A ver, ¿qué crees que puede pasar? —dice ya harto de tanta histeria, tanto

escándalo por nada.

—No sé, está todo el mundo en la calle.

—En un rato se van a ir a dormir.

—No, algo van a tener que hacer en el gobierno.

—¿Y qué pueden hacer? Seguir apretando, ajustando, ¿quién se lo puede

impedir? Si no es este gobierno será el que viene. No hay alternativa. Los acreedores

quieren cobrar.

—Esa deuda no se va a poder pagar nunca. Tiene que haber una forma de

arreglar.

Raquel vuelve a subir el volumen, Armando se pasa la mano por la cara, está

transpirando, debería darse una ducha pero sigue ahí, mirando las imágenes:

—A vos que te gusta la literatura ¿leíste el Mercader de Venecia?

Su mujer lo mira con cara de no entender a qué viene la pregunta.

—Esto es igual, —se explica él— pero aquí te sacan la libra de carne.

La voz de Raquel es ácida, impertinente:

—Te desconozco. Justo vos me hablas así, no te puedo creer.

¿Cuántos años hace que no habla con Raquel de política? ¿Para qué lo harían

ahora si ya no van a arreglar el mundo? Están viejos, cansados. Ella habla desde los

sentimientos, no se puede discutir con eso, es al pedo. La razón es otra cosa, les guste o

no. ¿Cuál sería la alternativa? ¿Una revolución? ¿Quién la haría? ¿De dónde saldría el

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sujeto histórico que pudiera aprovechar una situación así? ¿De dónde surgiría la fuerza

insurgente para tomar el poder y garantizar la revolución? Este es un país de clase

media, pequeños burgueses, hasta los obreros están aburguesados. Acá lo que la gente

quiere es seguir con el sistema capitalista y vivir bien. Ya se pagó con sangre el error de

creer otra cosa. Esto va a seguir así. Quilombo, ajuste, algún afloje momentáneo y otra

vuelta de tuerca. La era de la revolución pasó, el tren se fue, lo perdieron. La derecha

gobierna en todos lados.

—Soy realista, aquí no va a pasar nada.

—Aunque sea mirá la tele, date cuenta de lo que pasa.

—Estos mismos que hoy salen a la calle son los que votaron a Menem. Y vos

también lo votaste, así que ¿de qué me estás hablando?

—No, no lo voté, yo voté a la Alianza.

—Pero en las dos anteriores lo votaste.

—Anda si querés, pero te aviso que van a cortar el puente Pueyrredón y no sé

cómo vas a volver.

—Siempre me las arreglo, no te hagas problema.

—Vos sí que vivís en una nube de pedos —lanza Raquel cuando él atraviesa el

living hacia los dormitorios.

—Por favor, decime que estás bien. —. —Nora está acelerada, sacada.

—Estoy bien. ¿Qué te pasa a vos? —? —Clara hace un gesto innecesario de

sorpresa con el inalámbrico pegado a su oreja.

—¿No llegaron hasta ahí todavía?

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—¿De qué me estás hablando, Nora? —Ahora sí se empieza a preocupar de

verdad.

—Los negros de los fondos se vienen, están rompiendo todo, saqueando los

negocios, dicen que Lomas está tomada —chilla Nora, exaltada.

—Yo no escuché nada. Aquí está todo tranquilo. ¿De dónde sacaste eso?

—José Luis me llamó al consultorio desesperado para que suspendiera todo

porque me va a venir a buscar. Dijo que Lomas era un infierno.

—Yo volví hace un rato, tuve que ir a la farmacia y no pasaba nada. ¿De dónde

sacó todo eso? Decile que no diga estupideces.

—¡Vos no seas estúpida, Clara! ¡Vivís en un Tupper! El portero les avisó a todos

en mi edificio: que no salieran, que se encerraran, que la Policía había pasado a avisar

que los negros del cuartel noveno se venían para el centro, que Lomas ya estaba tomada.

—A ver, te repito: aquí no pasa nada, el problema es en la Capital, lo están

pasando por la televisión.

—Le dije, pero dicen que no lo ponen para que no haya pánico. Yo ya estoy

bajando, lo voy a esperar en la puerta, vos hacé lo que quieras.

—¿Y qué querés que haga?

—¡No sé, te estoy avisando! Encerrate, bajá las ventanas, es tu problema.

Tan bruscamente como empezó, Nora cortó la comunicación. Clara tarda unos

segundos en colgar el teléfono, después camina hacia el ventanal del living, un

repartidor de soda está entregando unos sifones en la casa de enfrente. Abre una hoja de

la ventana y trata de escuchar, no hay ningún ruido sospechoso. Vuelve al televisor y

pasa los canales, el lío en los alrededores de la Plaza de Mayo sigue.

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Es temprano, a media mañana el puente estará todo cortado por los piqueteros.

Hasta las diez de la noche seguro no lo levantan. Algunos grupos ya van marchando,

ocupan la mitad de la calle, el Chevy los pasa por el costado. Gente indefinida, con ropa

gastada, que avanza detrás de los carteles montados en tacuaras, bombos todavía sin

batir. Algunos vecinos salen de sus casas y les entregan botellas con agua; hasta la

semana pasada los puteaban. Hay negocios que cierran, la radio habla de saqueos, aquí

no se ve que eso esté ocurriendo. Los medios siempre agrandan la cosa. En el puente ya

hay algunos grupos pero el cruce todavía está habilitado, la Policía de la Provincia no se

ve por ningún lado. Empieza a hacer calor.

Es mejor dejar el auto en la playa de Constitución y tomar el subte para el

centro. Los vagones salen vacíos, se nota que muchos se han tomado en serio el

pronóstico de un quilombo. No hay mal que por bien no venga, piensa Armando, viaja

sentado.

El servicio se corta en Avenida de Mayo. Armando sube las escaleras, en la

superficie hay grupos de protesta por todos lados, no llevan carteles, apenas uno que

otro del Partido Obrero levantado con bronca por unos pocos simpatizantes. La mayoría

son pendejos que gritan y putean, no deben ser los de anoche, da la impresión de que

vinieron ahora, a cada rato se suman más. Mezclada con los manifestantes, transita la

gente que trabaja o hace su vida. Un mundo anárquico e irreverente. Se ve mucha

Policía desplegada, son de la Federal, en la vereda de enfrente hay un camión hidrante y

un pelotón de la guardia de infantería. Armando se tensa, apura el paso, va a ser un

despelote grande. Raquel tenía razón.

Pero esto es una lucha de desgaste, donde la que se va a agotar es la gente. La

Policía tiene recursos, los manifestantes no. El cuerpo necesita energía, reposo, hay un

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tiempo para la adrenalina, después se agota, es una ley natural. Haría falta logística,

organización, dirección política y armas para que esto diera resultado.

Una oleada inicia la marcha por la avenida, van hacia donde han puesto las

vallas, decididos a chocar con ellas, a tirarlas. Es un movimiento estúpido, no tienen con

qué, están buscando la represión. Tratan de victimizarse, una decisión políticamente

ingenua. ¿Qué pueden lograr con eso? ¿Llamar la atención de quién? La Policía lanza

gases. Es mejor retomar por otra calle. En Mitre no hay manifestantes ni policías, la

gente transita normalmente, a un par de cuadras está la obra social.

El aire en el salón de la recepción está climatizado: lo único bueno de esta

espera. Por la pantalla de la televisión pasan permanentemente los saqueos en los

suburbios, los enfrentamientos en la plaza, en el obelisco. La Policía lanza gases y

también dispara. ¿Balas de goma? Hay heridos, detenidos. Atacan a un banco, la cámara

enfoca los vidrios rotos. Un custodio saca una pistola, apunta, la cámara no capta el

momento del disparo; ahora se centra unos metros adelante, hay un cuerpo caído, la

cámara gira, apunta al piso. Vuelven a repetir la escena, hay un salto en la imagen, un

grupo de gente atiende al caído. Hay otros grupos que se suman, le arrojan baldosas

rotas a la Policía y esta retrocede. Parece que todo pasara en otro país pero el Banco

queda a una cuadra de los disturbios. El ruido de las explosiones llega a destiempo, por

el televisor y desde la calle.

—Doctor Armando Bruzzone.

Se levanta, se acerca al mostrador como quien deja de mirar una película de

acción que ya vio otras veces. Explica su caso a la mujer que lo atiende.

—El reclamo tiene que hacerlo en la delegación de Lomas, aquí no tomamos

reclamos —dice la empleada, sin miramientos.

—Ya lo hice, hace tres meses. En la delegación me dijeron que lo tenían ustedes.

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—Eso es un asunto interno. Usted tiene que dirigirse a la delegación de Lomas

le estoy diciendo.

—A ver si me entiende. Lo que yo quiero es cobrar. Dejen de dar vueltas y

paguen.

— Yo solo le puedo decir lo que es la normativa.

—Está bien, usted es una empleada. ¿Con quién tengo que hablar?

—Tengo a mi supervisora pero no le puedo asegurar que lo atienda.

—Vaya y llámela.

La mujer va hacia el escritorio del fondo y habla con otra mucho más joven que

ella. Debe ser un puesto político. La mujer mueve la cabeza en negación, la empleada

vuelve.

—Imposible, no se puede hacer nada. Tiene que dirigirse a la sucursal de Lomas

de Zamora.

—Yo no le pido que haga algo, quiero hablar con la supervisora. Dígale que me

atienda.

—En este momento no puede.

—¿Cómo que no puede? Si está sin hacer nada.

—Es lo que me dijo. Doctor, hay gente esperando que tengo que atender.

La mujer lo está ninguneando sin más. No puede irse, no hay una sola fibra suya

dispuesta a moverse. Va hasta la puertita de ingreso de las oficinas, la abre y entra. La

empleada lo mira, ni siquiera intenta detenerlo. La mujer joven lo enfrenta sin pararse.

—No puede pasar.

—¿Ah, no? ¿Por qué carajo no me querés atender?

—¡A mí no me habla así porque llamo a seguridad! —grita la mujer.

—¡Llamá a quien quieras, guacha de mierda!

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Golpea el escritorio, los empleados miran, el público mira, el de seguridad mira,

nadie hace nada. La mujer sigue a los gritos y camina para atrás cómo si él le fuera a

pegar.

—¿Por qué no me atendés, hija de puta? —le grita en la cara.

La mujer se aleja. La gente espera que él haga algo. ¿Qué? Con las dos manos

toma el escritorio y lo vuelca. Eso es todo. Se va. Las empleadas continúan atendiendo,

el de seguridad se acerca al escritorio y lo endereza.

La calle está abierta a sus pasos, al aire todavía templado que corre entre los

edificios y le trae los ecos distantes de la revuelta. Da pasos rápidos, tiene ganas de

correr, de hacer algo. Va hacia el ruido. Las sirenas se acercan. Hay un boliche que

vende equipos de audio a mitad de la cuadra siguiente, un grupo de gente entra y sale

llevándose cosas, los empleados los miran sin intervenir. En la vereda de enfrente hay

otra, un hombre está pagando algo en la caja. El hombre no mira la vereda de enfrente,

los apropiadores no miran el negocio de la otra vereda. Un tipo viene de frente, casi lo

choca con un carro en el que transporta una conservadora improvisada. Lleva latas de

gaseosas y le ofrece una, el precio está pegado en un cartel desprolijo sobre los laterales.

Armando trata de esquivarlo.

—¿Una Coca, Don?

—Gracias, no quiero.

Debería haber aceptado, tiene sed pero la costumbre de decir que no fue más

fuerte. Mejor volver hasta el subte y salir del centro. Viene gente corriendo desde la

avenida, atrás queda un cuerpo en el piso. El hombre está tirado, tiene sangre en la

cabeza. Armando corre hacia él, se agacha a socorrerlo. Una herida en la cabeza, tal vez

un tiro, todavía respira. Saca un pañuelo para parar la hemorragia, no es solo sangre,

hay materia encefálica. Dos policías se le acercan. Desde el suelo los ve venir.

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—¡Una ambulancia! —grita.

Los policías se detienen a dos pasos, dudan, lo miran, apuntándolo con sus

escopetas.

—¡Soy médico, llame a una ambulancia! —le grita al policía más cercano—.

Este hombre se muere.

El uniformado se aferra a la Ithaca y da un paso atrás.

—Déjelo ahí. Si no puede hacer nada, déjelo ahí y váyase.

—¡Hay que llamar a una ambulancia! —insiste, mirándolo desde abajo.

El policía se aleja, se atrinchera con los otros detrás del móvil, una pequeña

multitud se les viene encima, disparan a mansalva. La gente vuelve, les arrojan piedras,

rompen el parabrisas. Uno de los policías se sube al coche y lo pone en marcha, los

otros se meten como pueden, el coche arranca quemando el caucho sobre el asfalto.

La gente lo rodea, reclaman una ambulancia a gritos. El herido sigue respirando,

ha empezado a tener temblores, duran unos segundos y pasan, está convulsionando. Dos

muchachos lo quieren mover, Armando lo impide gritándoles que él es médico, que no

lo toquen. Un auto desemboca en el medio del despelote. El conductor trata de dar

marcha atrás, un gordo inmenso con el torso desnudo se lanza sobre el capó, otros lo

siguen, obligan al conductor a detenerse, abren las puertas y cargan al herido entre

varios, hay gritos, órdenes y contraórdenes, Armando alcanza a sostenerle un brazo y

cuando llegan al auto lo tiene que soltar, un muchacho se metió por la puerta del otro

lado y lo acomoda en el asiento de atrás, otro lo sostiene por los hombros y se sube, no

hay más lugar. Armando abre la puerta del acompañante pero no alcanza a subir, el

gordo que paró el coche lo empuja y se mete, cierra de un golpe. El coche arranca, lo

corre unos pasos, no llega a alcanzarlo, deja de correr. La gente se mueve, putea, lanza

piedras, corre para cualquier lado. Él está sólo ahí, paralizado.

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Se recuesta contra un edificio. Tiene el corazón acelerado como si hubiera

estado corriendo, se marea. Ve la boca del subte a cincuenta metros. Piensa si puede

llegar hasta allá. Cientos de motos rugen en la calle y avanzan, abriéndose paso entre los

manifestantes. La gente se encolumna detrás, pasan delante de él, ocultan la boca del

subte, quieren atravesar la Avenida 9 de Julio y lanzarse una vez más sobre las vallas.

Las fuerzas se emparejan, los metales rugientes avanzan como tanques sobre la Policía

atrincherada. Empiezan los gases, las motos chocan violentamente contra la contención,

los uniformados tratan de sostenerla, una de las vallas cae. Los gases se intensifican y

afectan a todos incluido los defensores de las vallas, las motos titubean, retroceden,

estuvieron a punto de lograrlo. El cuerpo no le responde, su cerebro no le está diciendo

qué hacer. El pequeño grupo de militantes que venía en la segunda fila se disgrega,

asfixiado por los gases. La ola humana retrocede una cuadra, lo envuelve, Armando no

logra recomponerse, necesitaría agarrarse de algo, atrincherarse. Del palier de un

edificio sale un portero con una manguera y los moja para atemperar los efectos de los

gases, pronto aparecen mangueras de otros edificios. La marea se reordena y sigue a los

más exaltados, avanzan hacia las vallas. Las piernas de Armando se mueven,

temblorosas, ajenas, no está pensando, está yendo hacia los otros. Un segundo después

se encuentra en el medio del quilombo, gritando, los ojos irritados lagrimean. Ahora es

multitud.

Ema golpea suavemente la puerta y después entra. Javier va hacia ella y la

abraza, la besa, ella se recuesta contra la pared y sus manos lo cubren de caricias. Javier

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le mete la mano debajo de la remera y le aprieta los pechos. Tiene la pija dura, lista, la

cama está a un paso, trata de llevarla.

—No, pará, tu mamá está levantada —dice ella.

—No me importa, vení.

—No. Ahora no. Mirá si nos encuentra.

—¿Y qué importa? Estamos en mi cuarto.

— A ver si se enoja. Estoy trabajando.

—Dale, vení, no seas tonta, yo te doy permiso.

—Tu mamá es la patrona. Ahora no podemos. Vení a la noche.

—Te digo que no se va a poner en mi contra, yo hago lo que quiero.

—¿Y si me echa?

Javier sabe que Ema tiene razón, que su madre es la dueña de esta casa. Él

todavía depende de ella. La puede echar a Ema y él no podrá protegerla.

—Está bien, dejá —dice y se separa bruscamente—, andá a hacer lo que tenés

que hacer.

—No te enojes —dice Ema acercándose—, esta noche nos vemos. —Le da un

beso rápido y se va.

—Tengo el WINI 4, si querés lo llevo —ofrece Julio por teléfono.

—No sé, pensaba salir.

—Dale boludo, hay un quilombo en la calle, ¿A dónde querés ir?

—Bueno, venite.

Julio es de los más pasables de sus compañeros. Y aunque la Play no es su

fuerte, con algo hay que llenar el tiempo. Jode tenerla a Ema en casa haciendo las cosas,

no poder estar con ella como podría hacerlo si fuera cualquier otra piba. Le jode Clara.

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Aunque no los espíe, basta sentir su voz o ver que le da órdenes, que la reta. Tendrían

que irse, fugarse.

Podrían viajar a Gesell, tienen el departamento de verano, laburar los dos en la

temporada. Pero es difícil que consiga un trabajo, la cosa está muy complicada. Mejor ir

a Mar del Plata, el marido de la tía Angélica es mozo, les podría conseguir alguna

changa. Algún lugar en la casa deben tener para alojarlos por un tiempo. Está seguro de

que les gustaría tenerlos, hacerles un favor a los parientes ricos, que les deban una.

Clara reventaría de bronca, humillada por mostrar las miserias familiares a su hermana.

Es lindo y feo a la vez pensar en cosas que sabe que no va a hacer. Tiene claro que en el

mejor de los casos la temporada se terminaría y después se cagarían de hambre. Además

le gusta esta casa, su cuarto y sobre todo la seguridad de tener una casa y un cuarto,

porque tal vez ni siquiera pueda conseguir un trabajo de mozo con el tío y está seguro

de que no quiere servir mesas ni lavar platos por el resto de su vida.

El timbre suena.

–Es Julio, atiendo yo —grita mientras corre al teléfono para accionar el portero

eléctrico.

Julio con entusiasmo dice por el intercomunicador:

—Abrime man. —Javier activa el portero y baja para abrir la puerta del living, al

pie de la escalera está Julio parado con la moto.

—Qué hacés —dice Julio levantando la mano en señal saludo.

—Esperá que te abro el garaje.

Julio se vino con la moto a pesar de que está a dos cuadras, es un vago total, le

gusta esa forma de ser de su amigo, ese hacerla fácil, sin calentarse. Después de guardar

la moto van al cuarto.

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El Winning Eleven 4 es apenas mejor que la versión anterior pero el gordo lo

recontramaneja, imposible ganarle. Lo ve recostarse en la silla; las manos se mueven

rápido sin comprometer el resto del cuerpo, ni siquiera se concentra, habla como si no

estuviera haciendo nada. Él tiene que poner toda la atención en el juego si no quiere

perder.

—¿Así que salís con Ema? —tira Julio—. ¿Qué dice tu vieja?

—Se hace la boluda.

Javier no quiere distraerse pero no puede dejar de contestar.

—Sos un genio, loco. ¿Cómo te animaste a llevarla a la fiesta?

—Es mi novia.

—Está rebuena, ¿ trabaja en tu casa posta?

—¿Cuál es el problema? —saca la vista de la pantalla y lo mira.

—Es raro.

—¿Qué dijeron? —pregunta, ahora mirando el juego.

—Los pibes, que estaba fuerte, que te pasaste. Las que no la bancan son las

chicas.

—¿Pero qué decían? —Javier detiene el juego.

—Que sos un hijo de puta, que cómo llevas a una negra villera a la fiesta.

Dice todo de corrido, mirándolo sin ningún gesto de expresión, como si lo de

negra villera no tuviese por qué molestarle.

—Por suerte no las tengo que ver más —dice Javier con más bronca de la que le

gustaría.

—Que se vayan a cagar —lo acompaña Julio mientras reinicia el juego—.

¿Viste el despelote que hay en el centro?

—¿Qué despelote?

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—Parece que hay como veinte muertos.

Julio parece satisfecho de la contundencia del número que soltó.

Javier detiene el juego y prende la tele, sin darle lugar a que Julio opine.

Las primeras imágenes solo muestran a la Policía avanzando y tirando gases,

atrás hay algunos a caballo. Los manifestantes aparecen después de un salto de imagen

en otro lugar, corriendo, pero ya no se ve a los policías. El despelote continúa y se

repite, ahora una ambulancia retira gente lastimada.

—¿Te animás y vamos? —pregunta Javier después de un rato.

—¿Para? —dice Julio, cortito, como si le hubiera pasado corriente por los

controles del juego que mantiene en las manos.

—Para ver qué pasa.

La incomprensión gana terreno en la cara mofletuda de Julio:

—Lo estamos viendo por la tele, man.

—Pero se está armando el quilombo y nosotros estamos acá encerrados como

dos boludos.

Julio lo mira callado por un momento.

—¿No tenés Coca o algo? —pide—. Me estoy cagando de sed.

Javier se para en busca de la bebida pero se detiene en la puerta de dormitorio:

—La gente ya no se la banca, loco, algo hay que hacer.

Julio sube los hombros, pasa del televisor a la Play con el control.

—Dejá, que hagan los viejos, para eso son grandes.

Las piernas de Javier se niegan a ir hacia la cocina, ya casi se olvidó para qué se

había parado.

—Vamos a ver qué pasa, boludo. Esto es grande— insiste, interponiéndose un

poco entre la pantalla y su amigo.

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La cabeza de Julio se hunde entre los hombros.

—¿Y? , dice un segundo después de terminar el gesto.

—Dale flaco, aunque sea vamos a ver —ruega ahora, tapando la pantalla.

—¿Y en qué vamos? — El gordo lo mira como rogando que lo deje tranquilo.

—En tu moto.

—Ni en pedo. A ver si me la afanan —se para de golpe.

Javier golpea suavemente el abdomen de Julio:

—No seas cagón, dale.

Julio le retiene la mano lejos de su abdomen, señala al televisor con la cabeza.

— Traé una Coca y sigamos con la Play.

Javier va a buscar la Coca, la saca de la heladera y vuelve. Piensa en lo que hará

esa tarde, hasta la noche, cuando pueda estar con Ema. El cuarto es chico, una jaula. Es

su lugar hasta el año que viene, hasta la facultad. No habrá vacaciones. No está Mario,

no hay guita. Los amigos están en la pavada. ¿Qué viene ahora? Una carrera, un trabajo,

y así todo el tiempo por seis o siete años, para terminar como el viejo. O a lo mejor ni

eso, ni carrera, ni trabajo, ni nada. ¿Cómo mierda salir de esto? Todo te agarra, te

encierra. Te dejan afuera. Los tipos esos, en la calle, la tienen clara. Hay que pelear una

salida. Se asienta firme sobre sus pies.

—O vamos con tu moto o me voy en bondi —dice ronco, decidido, desde la

puerta del dormitorio.

Hay pocos pasajeros viajando en el colectivo. Son gente que va a la Capital

como si no pasara nada, todos los días son iguales para ellos. Gente como el gordo, que

no se mete en nada, que prefiere volver a su casa, o dormir, o jugar a la Play antes que

acompañarlo. El colectivo va despacio, parece como si no tuviera apuro en llegar a

Constitución. Si hubiera tomado el tren ya estaría llegando pero no quiso caminar las

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diez cuadras que separan su casa de la estación. Desde la terminal tiene el subte hasta

Corrientes, el centro del quilombo.

El subte no para, han cerrado la estación Diagonal Norte, tiene que seguir una

más. Se baja, sube a la calle. La mayoría de los negocios están cerrados; fuera de eso y

de que no hay mucho movimiento, no pasa nada. Camina hacia la plaza, allí está el

nudo. Hay un retén policial dos cuadras antes, vallas, no puede seguir. Está solo,

impotente. Intenta por otra calle, hay un grupo protestando delante de otra valla, se

acerca, empieza a gritar las consignas de la gente. Desde la fila de los policías disparan

una granada de gases, todos corren, se tapan la boca con un pañuelo. Empieza a

lagrimear, le da bronca, mucha bronca, ahora sí, por fin, tiene ganas de pelear, de

tirarles con una botella vacía por la cabeza. Ahora sí se siente vivo.

—¡Ema! ¿Podés venir? ¿Dónde te metiste? —grita Clara desde la escalera.

—Ya voy, estoy subiendo.

¿Ahora qué quiere? Es su hora de descanso, estaba en su cuarto, ¿dónde quiere

que esté?

—¿Te fijaste cómo está el baño de las visitas? ¿Cuánto hace que no lo limpiás?

—Lo repasé la semana pasada, señora, nadie lo usó.

—Sí, lo usamos. Ahora mismo acabo de ir y es una mugre, ni siquiera hay papel

higiénico.

—No le puse, usted no había comprado, usé los rollos que quedaban para los

otros baños.

—Me tenés que avisar, imaginate que venga alguien. ¿Cómo quedo yo?

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Para qué contestar, da igual, si no es esto es lo otro. Cada vez peor. Por suerte

Javier salió con Julio, sino capaz que escuchaba y venía a defenderla, se ponía a discutir

con ella otra vez. Cualquier cosa menos discutir.

—¿Voy a comprar papel higiénico?

—No, ahora esperá. Mañana o pasado voy a ir al supermercado y compro.

—Si no necesita otra cosa me voy abajo a planchar.

—Andá y estate atenta si te llamo —dice tarde, cuando Ema ya se alejó unos

pasos.

El atardecer se estira interminable sobre las calles tomadas, solo la plaza queda

en manos de la Policía. Armando está sudado pero apenas siente el cansancio, el cuerpo

no se agota, aguanta, de alguna manera revive. Se fue, renunció, dicen algunos

repitiendo lo que otros aseguran que es una certeza. La imagen de un hombre grande

con la camisa rota en medio de los pendejos se refleja en una vidriera milagrosamente

intacta. Un tipo cualquiera, uno más, un pedazo de todos los que ahora están gozando de

esa transitoria libertad.

Son casi las ocho, en el Alemán lo esperaban a las cuatro, tendrán que entender

que fue imposible. Aunque sea tiene que avisar, llamar ahora para mostrar interés en el

trabajo. Es nuevo, su puesto está prendido con alfileres. Tal vez no pase nada; la ciudad

está en llamas. En la pantallita hay dos llamados pendientes, Raquel y Clara. Su pulgar

elige, se apoya en la tecla. La voz deliciosamente áspera de Clara le acaricia el corazón.

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CAPÍTULO 15

Mario, recostado en la cama, mira la cómoda de su madre. El día atraviesa las

cortinas y se convierte en una luz juguetona sobre el biselado del espejo. Es placentero

poder concentrarse en el reflejo y escuchar los pequeños ruidos de la casa. El del motor

de la heladera, el goteo de la canilla en la cocina o un crujido del piso de pinotea.

Afuera se escuchan las calandrias y algún zorzal tardío. Tiene sed, ganas de tomar mate,

se sienta en el borde de la cama. No va a pensar en Clara hoy, lo decide rápido y mata

de un solo golpe cualquier sentimiento. Puede hacerlo, lo viene haciendo. Desea

hacerlo. Va al baño, es urgente. Deja correr el agua mientras se lava la cara sin mirarse

al espejo.

La pava entrega su primer siseo, la apaga antes de que hierva, la levanta y se

ceba un mate. No hay como ese sabor amargo que apaga la sed y enciende los motores

del cuerpo.

Va hacia el fondo. Limpia la caca de los pájaros con un trapo y se sienta en el

banco de madera. Son acciones simples, no requieren esfuerzo ni preocupación. No

piensa en Clara, en Armando, lo está consiguiendo. Camina un poco. El pasto está alto,

tendría que darle una pasada con la máquina. Algunas plantas se han secado, no

aguantan la falta de riego, debería haberse ocupado. Conecta la manguera y arranca el

motor de la bomba.

El agua sale llena de potencia y dibuja una curva transparente en el aire. Pone el

dedo en la salida y el chorro se estira convertido en lluvia. La tierra huele, el pasto

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brilla. La imagen de sus padres se le cruza, no es una aparición, los ve ahí, vivos,

hablando. Se siente bien, como si todo estuviera en paz. Qué absurdo contar el tiempo si

todo está ahí, en el jardín, en su cabeza, en la vida. Qué estupidez correr, enloquecerse,

teniendo todo esto.

El sol comienza a calentarle la cabeza. Se refugia en la sombra de un ciruelo y

aprieta más la manguera para que el chorro llegue lejos. ¿Se habrá acordado Ema de

regar las plantas? Seguramente sí, no se le pasa nada.

El día viene caluroso, como para tirarse a la pileta. Pero ya no tiene pileta. Que

boludo fue, todos estos años conformándose con veranos hechos de fines de semana

libres, regando las plantas en la casa, mientras su familia se trasladaba a Gesell con Ema

incluida, a pasar las vacaciones que pagaba él, y ahora él ni siquiera puede usar la pileta.

Tendrá un verano seco, en el fondo de la casa de su vieja. Injusto, con todo lo que luchó

este maldito año. Aunque pensándolo bien: ¿qué le impide irse a .la costa? Podría usar

el departamento y quedarse hasta el otro año. Carajo. El próximo año, dentro de unos

días.

Mejor irse, en este 2001 no tiene con quién pasar las fiestas. Javier seguro se

quedará con su madre, Nora la pasará seguramente con la familia de José Luis, Sergio

con Azucena, es el único que no tiene a nadie. No es para lamentar, no lo ha pasado

bien en ningún festejo de los últimos ¿diez años? Desde que los pibes eran chicos. En

Gesell también va a estar solo pero es distinto porque por lo menos estará lejos y no es

lo mismo excluido que lejos. De paso le podría encomendar al agente inmobiliario que

alquile el departamento en la temporada, si total ellos no van a ir este verano. Tendría

que llamarlo además para que lo espere y le tenga la llave, si logra que le haga dar una

repasada mejor, no es cuestión de ir a limpiar. Bueno, ya tiene un plan para cuando

termine con el mate.

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El tipo de la inmobiliaria dice que esta temporada no va a ser fácil alquilar, con

todo lo que está pasando. Está a punto de engancharse con las circunstancias políticas,

el caos, la crisis económica pero se contiene, no quiere amargarse. Las llaves estarán a

su disposición en Gesell, eso es lo importante. Vuelve a la cocina, faltan algunas cosas,

hace una listita, tiene que ir al almacén. Mejor si va caminando, son dos cuadras nada

más. De paso compra el diario, de todos modos hay que estar informado.

Cierra la puerta de la casa. Algo falta en la vereda de enfrente. Se da vuelta

despacio. No está la camioneta. No puede ser. Sí puede ser, no está. Se la afanaron.

Va hasta la esquina, mira para todos lados, es algo estúpido pero podría ser que

la hubiesen dejado por ahí nomás, el cortacorriente de la alarma le da doscientos o

trescientos metros de autonomía, después se detiene. Da vueltas por el barrio, necesita

confirmar el robo. Siente bronca. No le pueden estar pasando todas. Debería haber

buscado un garaje donde guardarla.

Camina rápido, va, viene, da vueltas, la chomba se le empieza a pegar en la piel.

No hay caso, desconectaron el cortacorriente, son hábiles los hijos de puta. Va a tener

que llamar a la compañía de seguros. Trata de calmarse, de pensar para adelante.

No hay mal que por bien no venga. La guita del seguro le va a venir bien. Es un

gasto menos. Total, tiene la moto de Sergio. Abandona la búsqueda, vuelve a la casa.

Necesita el número de la compañía de seguro que se quedó con los documentos en la

camioneta. ¡Qué cagada! ¿Y ahora? Da vueltas como una fiera enjaulada hasta que ve la

guía telefónica que sobresale en el estante de la mesita del teléfono. Volver a lo de

antes, tomar la guía entre las manos y buscar a dedo una dirección. La vida simple, es lo

que necesita.

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Llama a Clara cuando está de regreso, el tren ya está corriendo sobre las vías.

Quiere verla, aunque sea un ratito, ella le dice que lo espera en su casa y Armando lo

encuentra casi natural. Ha sido un viernes duro en el Alemán, tuvo que aceptar

sobreturnos para atender a los pacientes que no pudieron llegar el miércoles y el jueves

por el quilombo. Merece una compensación, una cuota de afecto o de sexo. Después

volverá con Raquel, tarde, muy tarde, pero su mujer no dirá nada porque en estos

tiempos no hay certezas y no es importante la hora en que regrese, sino que pueda

llegar, que en el hospital estén conformes con él y le sigan pagando.

Clara no utiliza el portero eléctrico, lo viene a buscar hasta la puerta de reja, lo

besa no bien entran al living, lo abraza y lo aprieta. De la mano lo va guiando a su

habitación, a la cama gigante que ya no es de Mario, a su cuerpo caliente.

—¿Estás sola? —la pregunta llega a destiempo, cuando ya están haciendo el

amor.

—No sé, ¿te pone nervioso? — Clara sonríe mientras su mano le acaricia la

nuca.

—¿Cómo que no sabés? —se detiene un segundo.

—La casa es grande.

Javier o Ema pueden estar por algún lado, Armando siente que algo no cuadra.

—¿Qué pasa si nos ven?

—Estoy separada, soy dueña de hacer lo que quiera. Pero quedate tranquilo, a mi

habitación no van a venir.

—¿Le pusiste llave a la puerta?

—No hace falta, pero si querés andá y ponele —las manos de Clara lo

abandonan para darle permiso si quiere retirarse.

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Armando no puede salirse del cuerpo de Clara, vuelve al movimiento y sin

quererlo se imagina a Javier que entra, que ve desde atrás, por el culo, cómo él se coge a

su madre. Eso lo excita, su pene se endurece, Clara gime, ya está por llegar. Coinciden

en el orgasmo.

Apagó la luz, le gusta estar en la penumbra, apenas iluminados por la escasa luz

de afuera que se filtra por el ventanal. Clara fuma apoyada en el espaldar de la cama, él

sigue tirado sobre el colchón mirándola desde abajo. Le gusta contemplarla, percibir el

ángulo caprichoso de sus senos que caen dulces, como uvas, el cuello largo, suave.

—Tendría que despedirla a Ema —dice ella.

—¿Y Javier? ¿No te va armar quilombo?

—Ese es el problema. No sé cómo va a reaccionar. Pero no tengo cómo pagarle.

—¿Cómo es la cosa ahora que Mario se fue, te pasa guita?

Armando sabe que es una pregunta desatinada, que no le conviene ser parte de

esto, pero no puede evitarlo, necesita saber dónde está parado, si hay un problema en

puerta más vale prevenirlo. ¿Qué sabe Javier de lo suyo con Clara? ¿Sería capaz de

chantajear a su madre amenazándola con ventilar su amorío? No teme por Mario, ya

están separados, teme por Raquel, un llamado de un hijo resentido puede desatar el

infierno. ¿Tendrá en cuenta Clara esta posibilidad?

—¿Qué querés saber? –dice Clara. Hay cierta sequedad, un límite marcado en el

tono de voz.

—¿Necesitás algo, tenés algún problema? —dice, intencionalmente protector.

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—No me está pasando ni un mango. Me las arreglo con unos pesos que tenía

guardados. Con las tarjetas no puedo contar, Mario no las pagó.

—Con el despelote que hay, creo que nadie las está pagando.

—¿Vos las pagás?

—Me las debitan de la cuenta donde me depositan los honorarios del hospital.

—Tenés suerte. El que tiene una profesión hoy en día se defiende mejor. Fijate

lo que me pasa a mí, tengo una empresa y no puedo ni pagar las tarjetas.

—No te creas que me alcanza, estoy ahí. A Raquel le están pagando con

patacones. En la clínica me deben dos meses, me está salvando el Alemán. Son un

relojito, y en pesos.

—Es lo que te digo, un profesional se defiende mejor.

—Si necesitás plata decime, tengo algo ahorrado, te puedo ayudar.

—Por ahora zafo, pero si Mario no me pasa algo, te tengo en cuenta.

Armando es consciente de que esperaba un“ no es necesario, gracias, me puedo

manejar bien”, los ahorros de los que habló no son muchos y están en manos de

Raquel, no se imagina cómo se los puede pedir en estas circunstancias. Rogaría a Dios,

si fuera creyente, para que no le hicieran falta. Mario es buen tipo y tiene muchos

recursos, algo tiene que hacer.

—Se me hace tarde, tengo que volver —dice mirando el reloj.

—Ya vas a fichar.

—No quiero quilombos, ¿lo tenemos hablado, no?

—Sí, está bien, andá. —. —Clara lo dice con frialdad, su cuerpo todavía

desnudo se ha puesto tenso, ya no está disponible para él.

Armando se viste rápido mientras Clara se calza un salto de cama. Bajan juntos

las escaleras, la casa está en silencio, tal vez realmente hayan estado solos. Se despide

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con un beso intrascendente antes de bajar las escaleras, ella utiliza el portero eléctrico

con el teléfono inalámbrico para abrirle. Cuando pasa por la puerta del garaje ve el

reflejo de luces prendidas a través de las ventanitas vidriadas del portón. No hace falta

mucho, conociendo la casa, para saber que provienen de la habitación de Ema, o al

menos de la sala de planchado. Se escuchan risas o algo que no puede definir, hasta que

cae en la cuenta. Entonces es cierto lo que Clara le contó el otro día, lo que parecía un

disparate. Javier está viendo a Ema. Clara y él no son los únicos amantes en esa casa.

Tiene que irse ya a la costa. Total acá, con el quilombo que hay, no puede hacer

nada. La fábrica está tomada, Azucena se lo ha dicho. Encima tuvo que soportar a Clara

rompiendo las pelotas con que fuera a pagar las tarjetas. Está convencida de que no las

paga a propósito para joderla. Lo amenaza con un abogado, es su obligación pasarle

plata, no importa si el mundo se viene abajo o él se está muriendo. Tendría que haberla

mandado al carajo, echarle en cara que lo está corneando con su mejor amigo, pero

prefirió cortar. Tal vez sea por vergüenza o por no darle un argumento más para que no

lo hiera en la discusión, que no le diga “al fin tengo a alguien que me coge bien y no a

un impotente como vos”.

¿Y qué podía hacer si no se le paraba? Demasiado estrés, preocupaciones.

Porque todavía es joven, ¿o no? Sería eso y no otra cosa. Además estaba el maltrato, la

bronca contenida, ¿quién se puede coger a una mina que lo jode todo el tiempo? Si no

fuera tan reventada lo hubieran podido hablar, si hubiera tenido ganas le hubiera

encontrado una solución. Pero la verdad, no tenía ganas.

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Además está harto de los quilombos, de Sergio llamándolo todos los días con la

misma cantinela, “sacame de acá, no aguanto más”, de la loca de Nora que sigue

insistiendo en cagarlo.

Lo llamó hace un rato emplazándolo a que se ponga las pilas para resolver la

toma de la fábrica y lo reintegre a José Luis, caso contrario, ella denuncia el paradero de

Sergio.

—Está bien, decile que vamos a hablar, necesito unos días para juntar un dinero

para pagar las quincenas y después hablamos —es lo que acaba de contestarle.

Pero es mentira, ya no se calienta más, no sostiene, no arregla nada. Que se

venga todo abajo como se vino abajo el país. Es lo que debería haberle dicho. Pero está

el tema de Sergio, siempre hay un tema, por eso tuvo que mentir, ganar tiempo,

postergar el desastre. Necesita parar un poco. Se irá hasta que aclare, como decía el

general y repetía su viejo. Después verá. La idea de alejarse, de despegarse, le provoca

una enorme satisfacción. ¿Y después? No hay necesidad de contestar ahora. Si no

tuviera más remedio que hacerlo, hoy les diría, entiéndanlo de una vez: me importa un

carajo.

Viajar en micro es un tema. Tendría que ir hasta Retiro, le llevaría como dos

horas más. Ya es grande para andar haciendo de mochilerito pobre. Está acostumbrado a

andar de acá para allá con autonomía. Carajo, lo bien que le vendría tener la camioneta.

Tal vez podría ir a la fábrica y sacar la Trafic. Es ridículo pensar así, la fábrica es suya

¿o no? Azucena le dijo ayer, en la última llamada, que los obreros hacían guardias

rotativas y habían armado una olla popular. Es imposible filtrarse y sacarla, demasiado

riesgoso presentarse a reclamarla, lo pueden volver a tomar de rehén.

¿Y la moto de Sergio? No sólo le puede servir para andar por la ciudad, podría

irse a la costa con ella, estaría bueno. Sería como antes, cuando era un muchacho. Pero

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la batería no da para más. Debe solucionarlo. De aquí en más, esa es la única alternativa

de transporte. Está volviendo hacia atrás, al comienzo.

El Cholo se sorprende, después se le viene encima, lo abraza, le da un beso. La

barba le raspa la piel, el abdomen prominente le aprieta las costillas. ¿Puede ser que

lagrimee de lo contento que se pone? Cuando por fin lo larga, Mario respira.

El Cholo está solo en el tallercito, solo en la vida. Más solo que él, nunca armó

pareja ni tuvo hijos. En la barra, al principio, lo cargaban con el asunto de las minas,

después dejaron de hacerlo, era problema de él y ellos no eran nadie para meterse. El

Cholo se fue quedando en el camino. Cuando se fueron yendo cada uno por su lado, él

se quedó con las motos, con este tallercito insignificante. Seguro que vinieron otros

pibes, siempre pasa y pasará, que le van tomando el gustito a la adrenalina y se le

arrimaron quizás, pero no fue lo mismo. La moto es eso, adrenalina, libertad. NSU 48,

250 cilindradas, árbol de leva a la cabeza, freno a disco, 220 kilómetros por hora.

¿Te acordás? Ni hace falta que el Cholo se lo pregunte, Mario se acuerda, es

como la primera mina, la que te hizo macho. La moto te vuelve libre, único, podés

meterte en cualquier parte, deslizarte entre los autos, ir adonde quieras. Y están las

pibas, que siempre se quieren subir. Que se agarran de vos, se entregan. El que no se

subió a una moto no sabe lo que es, no sabe nada. No conoce la sensación del viento en

el pecho que te levanta como un barrilete burlando al asfalto mortalmente oscuro que

pasa por debajo.

—¿Y qué hiciste con la NSU? —pregunta el Cholo mientras le pasa un mate

lavado.

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Fue después del accidente. El Negro Ruiz iba adelante, era de noche y llovía. El

Negro había amagado dos veces a pasar al camión de hacienda. A él se le hacía difícil

seguirlo, le faltaba potencia, la NSU tenía jodido un cilindro. De repente el Negro se

mandó. Apenas dos segundos y desapareció delante del camión. Él trató de pasar

también. Le tuvo que dar con todo para acercarse, después se abrió confiado: si Ruiz

había pasado era porque no venía nadie en sentido contrario.

Los faros del micro lo enceguecieron. Ya no podía frenar, se recostó contra el

camión todo lo que pudo. Por un momento el aire se comprimió entre los dos vehículos,

como una burbuja, se podría haber encendido un cigarrillo sin que se apagara el fósforo.

Después, ¡bum!, la burbuja estalla y el remolino lo empuja a la mano contraria. Perdió

el control, cayó sobre la otra banquina, se deslizó varios metros por el asfalto. El

pantalón era de cuero, aguantó, pero la fricción igual le quemó la piel. De la quebradura

se dio cuenta recién cuando trató de pararse.

La sacó barata, apenas fue la pierna. Todo eso porque el Negro no veía bien de

noche, necesitaba la luz de los que venían de frente para cruzar, así que se mandaba con

lo justo. Una pelotudez.

Después viene la familia, tu vieja, te dice que no puede dormir cuando salís con

la moto y la vas dejando parada en el garaje, hasta que un día necesitás guita y la

entregás. Te arrepentís enseguida, hasta te levantás de noche y vas al garaje para ver que

ya no está. Es tarde, la perdiste. Tenés un auto y a las minas las llevás al telo, pero no es

lo mismo.

El Cholo también la vivió y no quiso dejar. Tal vez no vivió todo, eso de

levantar minas no fue lo suyo. Salvo aquella vez. Era una piba del barrio, Graciela.

Estaba buena, un par de veces salieron con ella a la ruta, el Cholo la llevaba montada

atrás. Pero no pasó nada.

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Mario cree saber por qué. Es el único que una vez lo vio: la puerta del baño

había quedado mal cerrada, un descuido imperdonable del Cholo. Él se la vio apenas, se

hizo el boludo, ni siquiera tuvo ganas de contarlo. Ni el mismo Cholo debe estar seguro

de que lo vieran, fue todo muy rápido. Pero Mario lo tiene presente cada vez que se lo

encuentra. ¿Tendría que haberse olvidado, como se olvidó de tantas otras cosas? ¿Por

qué el pito raquítico del Cholo le quedó grabado en algún lugar del cerebro?

El Cholo ahora sigue ahí, a un metro, en medio de las motos desarmadas que

saturan el garaje, esperando que le explique su visita. Mario le pide una batería, le

cuenta también de la camioneta, que sale para la costa. Se lamenta de no haberle

comprado a Sergio una moto más grande. Una Honda CB con apenas 250 cilindradas,

como mucho da 150, no es lo mejor para la ruta, pero es lo que tiene. El Cholo lo

consuela, el también se bajó a una Custon 650 que no pasa los 200.

—Es un cacho más grande que la CB, más fachera también, todavía podríamos

salir juntos —le dice el Cholo.

Mario lo mira, duda, o hace como que duda nada más que para darle un poco de

dramatismo al asunto. El Cholo tampoco debe tener dónde pasar la navidad.

La alegría estalla cuando Mario lo invita al departamento y ahí nomás hacen los

arreglos, que son casi nada: la hora y el morfi, ¿qué más? Le entrega la batería nueva, a

la tardecita se van a encontrar, el Cholo lo pasará a buscar por la casa de su madre. Le

paga, ve que cuenta la plata y rebusca en el cajón vacío unas monedas, no le alcanza

para darle el vuelto.

—¿Te puedo deber veinte pesos?

—No te hagas problema.

—¿Cuánto hace que no salís a la ruta? —dice el Cholo.

—Ni me acuerdo. Cinco, diez años.

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Fueron muchos más, nunca sacó la cuenta.

Mario se va con la batería en la mano, veinte pesos más, veinte menos, a quién

carajo le importa si pueden volver a la ruta. Desde la vereda lo ve. El Cholo lo está

mirando con los brazos apoyados en el mostrador. Contento como un chico.

Él también se siente un pibe. Feliz de irse, de tener un amigo con quien salir a la

ruta. El celular suena en su bolsillo. Es el de Sergio.

—¿Qué querés? —dice molesto.

—Hace una semana que no venís.

—Estoy muy ocupado, tengo quilombos. ¿Necesitás algo? —por suerte esta vez

no insiste con el sacame de acá.

—Azu quiere hablar con vos.

—Pasala.

Plata. En definitiva es eso. Ella podría haberlo llamado directamente como las

otras veces pero lo hizo llamar a Sergio. Le habrá dicho: pedile guita a tu viejo si querés

comer. Y el muy pelotudo no se animó y le pasó el teléfono. De todos modos qué

importancia tiene, les va a dejar algo para que aguanten mientras está afuera, no queda

otra, después Dios dirá. Azucena le quiere contar algo más, algo sobre la fábrica, sobre

la toma.

—Déjelo para cuando vuelva —dice y le corta. Basta de pálidas, basta por este

año. Basta.

Se arma un bolso chico con lo elemental, agrega algunos alimentos para no tener

que comprar en la Villa que debe estar más caro. Cierra la casa y sale. El Cholo ya está

en la puerta montado en la CUSTON. Cargan nafta en la primera estación de servicio

que encuentran. Le pide al Cholo que se desvíen hasta lo de Azucena, que lo acompañe.

Le va a pedir a ella, por el celular, que baje: con su amigo adelante no le puede romper

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las pelotas con ningún tema de la fábrica ni de Sergio. No le cuenta nada al Cholo de lo

que está pasando, que piense lo que quiera, tal vez se le ocurra que es su mina, se

tendría que dar cuenta de que no, pero mejor no hablar, está harto de mentir.

Azucena parece contrariada cuando le deja el dinero y le dice que vuelve los

primeros días de enero. Como pensó, la presencia del Cholo la intimida y se queda en la

puerta del edificio viéndolo irse, con el sobre apretado en las manos.

Mario mira la hora, son las seis y media de la tarde, a las nueve y media, diez a

más tardar, yendo tranquilos, van a estar en Villa Gesell. El de la inmobiliaria lo espera

en su casa para darle la llave. Lo va a atender en su casa, dijo, es un tipazo.

Hay poco tránsito, pueden ir tranquilos, como si fuera un paseo, nada de correr,

no se siente seguro. Es una suerte que el Cholo haya venido, que vaya a la par. La tarde

se escurre, monótona, cansadora. El viento no lo levanta, lo empuja para atrás, le duele

el cuello y las muñecas por el esfuerzo. Mira el reloj, ya pasaron las ocho y no hicieron

ni la mitad del trayecto. La CUSTON se aleja de a ratos pero después baja la velocidad

y se deja alcanzar. El Cholo viaja tirado para atrás, tieso como un robot, insensible al

viento que lo golpea.

Que sea un paseo, sin adrenalina, sin esfuerzo, se repite, pero para qué mentirse,

no lo está disfrutando. ¿Cómo puede sentir miedo él, que anduvo toda la vida en moto?

Al principio del viaje es natural tener miedo, pero después de un rato la sangre se

calienta y el miedo desaparece, vienen las ganas de correr y es como si nada importara,

como si pudiera llevarse cualquier cosa por delante y partirla al medio sin que pase

nada. Pero no es eso lo que le está ocurriendo, sigue con la molesta sensación del riesgo.

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No lo puede entender, aprieta las piernas hasta sentir que el metal hunde la carne, mete

el cuello para adentro. Siente ganas de orinar, duda en parar al borde de la ruta o esperar

que aparezca una estación de servicio. Decide esperar la estación de servicio. De paso,

se pueden tomar un café y desentumecerse.

La estación aparece a lo lejos. Por fin, tiene la vejiga dura de aguantar. Le hace

señas al Cholo, juego de luces, pero el otro no lo ve. Entra igual en la estación de

servicio, ya se va a dar cuenta. Detiene la moto. La estación está vacía, las oficinas

tienen las luces apagadas a pesar de que casi es de noche. Sobre la ruta, el Cholo está

pegando la vuelta. Un tipo de overol sale de algún lado y va hacia los surtidores. Él le

indica de lejos por seña que no necesita combustible, se dirige a los sanitarios, el otro lo

mira pasar como si le diera permiso.

Tiene el pene dormido, le cuesta arrancar con el meo. Cuando lo hace logra el

alivio, suspira.

Camina un poco para que la sangre le vuelva a las bolas. El Cholo lo espera

junto a las motos, no dice nada, solamente está ahí, parado con el casco debajo del brazo

y la barba levantada. Debe estar harto de ir tan despacio pero que lo aguante, su moto no

da para más y él tampoco. El bar está cerrado, no van a poder tomar café. Se sube a la

CB, son casi las nueve, el último tramo lo van a hacer de noche.

Queda apenas una franja de claridad a un costado, sobre el horizonte, adelante

todo está oscuro. Baja más la velocidad, un reflejo involuntario, no hace una hora que se

pusieron de vuelta en marcha y otra vez tiene deseos de orinar. No hay nada a la vista.

Muy poco tránsito. Desearía lo contrario, encolumnarse detrás de una hilera de coches

con las luces prendidas, una caravana interminable acompañándolos en lugar de esta

soledad de espacio abierto, con autos esporádicos que los pasan a los pedos.

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Aparece un cartel. Es un cartel improvisado: “comida casera a quinientos

metros”. Busca con la vista, solo hay una casa iluminada con unas pocas lámparas

amarillas, retirada de la ruta. Es una chacra. Otro cartel, tiene una flecha señalando la

salida de la ruta. Debe ser en esa casa nomás. Desvía la moto por la huella de tierra, el

Cholo lo sigue haciendo luces, como si le preguntara ¿y ahora qué? Mario sigue hasta la

casa sin hacerle caso. A la entrada hay otro cartel con la oferta del día. La necesidad

tiene cara de hereje, los chacareros se las rebuscan.

—¿Se puede saber qué estamos haciendo? —dice el Cholo cuando para la moto

a su lado.

—Tengo hambre ¿podemos comer y después seguimos? —No está preguntando

en realidad, le está rogando. Tengo que mear, debería decirle, pero le da vergüenza.

—Ya es de noche.

—Dale, aflojá. Yo te invito.

El Cholo se baja de la moto, lo ha convencido, puede entrar.

Un salón bastante grande, con baldosas rojas, algunas están rotas y en el centro

hay depresiones. Una línea de cemento en el piso delata que han unido dos habitaciones.

Ve un rejunte de mesas de diversos tamaños cubiertas con todo tipo de manteles y

ningún cliente. La mujer sale de lo que debe ser la cocina y lo encara.

—Buenas noches —se anticipa Mario—. ¿Me puede indicar el sanitario por

favor?

La mujer lo mira con desconfianza.

—Pase —dice después, dando una media vuelta.

Ella camina delante, Mario la sigue, cruzan una puerta, entran a una sala grande

con piso de ladrillo, hay un fogón, una cocina a leña de hierro y una de gas, una al lado

de la otra. Sobre las mesas hay ollas y sartenes, las paredes están negras de humo,

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inmediatamente pasan por otra puerta y salen a una galería. Una solitaria lamparita flota

en una nube de bichos por la mitad de la galería; el campo llega hasta el borde mismo de

los mosaicos. La mujer se para debajo de la lámpara y señala una de las tres puertas que

dan a ese lado de la casa. Es el baño. Mario entra y cierra. Va hacia el inodoro.

Le cuesta empezar. ¿Otra vez? ¿Qué carajo le está pasando? ¿Será la próstata?

No, es muy joven para eso, tiene que ser la moto, hace mucho que no anda.

Se lava las manos y la cara antes de salir. La mujer está en la puerta esperando

para guiarlo nuevamente al salón. Mario la sigue. El Cholo apenas ha dado un paso

dentro del salón, como si todavía dudara.

—Vení, dale —insiste Mario.

Se sientan a una mesa, eligen la más chica.

—¿Qué les traigo? –dice la mujer.

No hay menú, todo es verbal, casero y sencillo. Descartan tomar vino porque

hay que seguir, pero unas milanesas con fritas les van a venir bien. Piden una soda. La

mujer se va, de pronto hay movimiento en la cocina y gente que habla, seguramente la

familia.

Pasa un rato, demasiado para unas simples milanesas, la comida no llega y ellos

están callados, algo no funciona. El Cholo se come los dos pancitos de la panera.

Finalmente aparece una chica trayendo las milanesas en dos platos y una fuente con las

papas fritas. Mario le pide un poco más de pan. El olor de la comida le abrió el apetito.

—¿Le pongo sal a las papas? —pregunta Mario.

—Ponele, yo no tengo problema con la presión.

—Yo tampoco —dice Mario y derrama sal generosamente.

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Al fondo del salón hay un mueble raro que ocupa toda la pared. Tiene forma de

piano y escenario a la vez, en el centro hay una pareja de muñecos vestidos de gala

tomados entre sí como si bailaran. Hay tambores, platillos y timbales dispuestos a un

costado. Es difícil entender de qué se trata. Mario come lentamente, el Cholo se apura,

como si realmente quisiera irse.

La chica que los sirve les trae dos panes más. Es viejo, lo han recalentado, está

bueno igual. Deberían haber pedido huevos fritos. La chica está preparando la mesa

grande. Va poniendo con cuidado cinco juegos de cada cosa. Apenas termina, aparecen

dos pibes veinteañeros y un hombre rubio, canoso, con bombachas batarazas y pañuelo

al cuello. Saludan desde lejos y se van sentando. Después entra la cocinera con una

fuente llena. Entre ella y la chica sirven los platos, después también se sientan a comer.

Resulta imposible no mirarlos y también un poco incómodo hacerlo. Mario finge

estar concentrado en pinchar las últimas papas fritas.

—¿Que será eso? —dice señalando vagamente el fondo con un gesto de la

cabeza.

El Cholo se da vuelta, no le ha prestado atención al mueble, en realidad parece

no prestarle atención a nada, como si ejercer el silencio le diera algún poder. De joven,

¿hablaba o era callado? Mario no se acuerda. Eran varios, si se mantenía callado no se

notaba, pero ahora son solamente dos.

—Le voy a preguntar a la chica —anticipa Mario.

—Parece un órgano —dice el Cholo, en un intento por evitar que lo haga.

—Es una caja de música —le dice la chica cuando viene a tomar un segundo

pedido de fritas—. Una caja de música gigante. Se le ponen unos rollos de papel y toca

como una orquesta, los muñecos bailan —detalla con sonrisas y ademanes.

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—¿Funciona?

—Mi papá a veces la hace funcionar.

—¿Le podríamos decir que la ponga en marcha? Me gustaría ver cómo funciona.

La chica se pone seria, como si Mario le pidiera algo inapropiado.

—Si se puede —dice Mario bajando el tono.

—Le pregunto a mi papá —dice la chica y se da vuelta con súbito apuro. Se

acerca al hombre sentado a la mesa y le habla al oído. El tipo se rasca un poco la frente

y después se para y se aproxima parsimonioso. De cerca se le notan las arrugas, tiene

seguramente más años de lo que parecía, en lugar de padre podría ser el abuelo.

—¿De dónde son? —pregunta el viejo.

Mario se endereza un poco en la silla —De Buenos Aires –dice.

—¿A dónde van?

—A Villa Gesell —señala además con el dedo la dirección estimativa.

El tipo se queda callado.

—Me comentaba su hija de la caja de música –retoma Mario.

—Sí, mi abuelo se la hizo traer de Hungría. Era de su familia —los ojos azules,

lavados, quedan presos de los párpados, como si Hungría quedara en algún lugar que

demandara de ese esfuerzo para verla.

—¿Y todavía funciona? —A veces se traba.

—¿La puede hacer andar?

—Tengo un solo rollo. Los otros se fueron rompiendo. Se traban y se rompen.

—No, entonces, déjelo. Fue una idea nada más —dice Mario, levantando la

mano como alejando el tema. El viejo hamaca un poco la cabeza.

—A veces se enganchan, no sé qué pasa —se endereza un poco subiendo el

hombro izquierdo a modo de disculpa.

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—No se preocupe.

—Pero se lo voy a poner —dice con firmeza—. Espere.

El tipo ha tomado impulso, quizás para evitar que Mario se pare y tal vez se

vayan sin consumir algo más, o tal vez considera que ha llegado el momento de

mostrarle a alguien lo que esa caja puede hacer.

El Cholo lo mira pasar, y vuelve la cara hacia Mario y con los dedos juntos

pregunta:

—¿Qué hace?

—Nos va a mostrar cómo funciona.

El Cholo acomoda la silla y se da vuelta para mirar. El viejo está destapando la

parte de atrás de lo que puede ser el piano y le coloca un rollo grande de papel que saca

de otro recoveco del mismo mueble, después agarra una manija enorme y comienza a

darle cuerda lentamente. Hay un sonido seco cuando la cuerda llega a su máximo.

Cierra la tapa de atrás y acciona una palanca. Las teclas se mueven solas, los muñecos

arrancan a bailar de golpe en el pequeño círculo de la pista, los otros instrumentos

acompañan, un poco desacompasados, la interpretación del Danubio Azul. La mujer, los

dos pibes y la chica están ahora de pie. Serios, tensos, pendientes de la caja que tiene

vida.

Un ruido sordo, ajeno a cualquier nota posible, preanuncia que algo está mal. La

música sigue durante un minuto y de golpe el mecanismo se detiene, los bailarines

quedan tiesos en medio de un giro. Todos parecen petrificados, mirando la caja,

esperando un milagro que vuelva a activarla, pero el mueble permanece quieto. El viejo

avanza hacia la pianola, abre la tapa y mira adentro, le da unos golpes a la madera. No

ocurre nada, salvo un sonido metálico, una nota aguda de una tecla que faltaba caer o

algo así.

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—Dejalo, dice la mujer —cuando el marido empieza a toquetear— se va a

romper el rollo.

Por toda respuesta el hombre aplica otro golpe sobre la caja y esta vez no hay ni

siquiera una nota perdida.

El Cholo se levanta, se acerca. Habla con el viejo en voz baja, que mira el

interior del aparato por la tapa levantada, lo detiene justo cuando el viejo intenta

destrabar el rollo de papel amarillento. Después el Cholo pide algunas herramientas.

—Soy mecánico –asegura.

Hay un momento de duda por parte de la familia, miradas y cuchicheos, parece

lógico. El Cholo es apenas un desconocido que se dispone a salvar el último rollo. Al

viejo le debe ser difícil negarse cuando no supo hacerlo antes, cuando arriesgó todo para

complacer a las visitas. Ahora sería mejor permitir que lo arregle, no hay nada que

perder con dejar que ese hombre lo intente. Tal vez alguna mano oculta del destino o de

Dios puede haberlo traído hasta aquí, en esta noche, para arreglar la caja.

El viejo hace una seña y uno de los hijos trae las herramientas. El Cholo corre el

mantel de una mesa y pone la caja de herramientas sobre ella. Selecciona las más

apropiadas y las lleva con él. Descarta la idea de meter sus manos por la tapa abierta de

la pianola y busca entre el escenario algún lugar de acceso. Da varios golpes hasta que

un panel se suelta. Lo desplaza, una serie de engranajes aparecen a la vista de todos los

presentes que ahora forman un círculo compacto a su espalda. El Cholo mueve los

mecanismos, hay engranajes flojos, montados entre sí.

Con una pico de loro hace algunos ajustes, vuelve a moverlos, ahora están

firmes. Le pide al viejo que active la palanca de inicio. El hombre lo hace. La

maquinaria comienza a rodar, primero hay un tecleo rápido de notas superpuestas y casi

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de inmediato el Danubio azul retoma su melodía. Es imposible no sumarse al aplauso de

la familia.

—Hay que limpiar y aceitar de vez en cuando. Con aceite de máquina de coser

—recomienda el Cholo.

El viejo lo palmea, la caja sigue sonando.

—¿Cómo te diste cuenta de lo que pasaba? —dice Mario cuando están ya en la

mesa.

—Mecánica y mecanismo, todo tiene una lógica. Este aparato necesita una

trasmisión para mover los muñecos y los tambores, si no le hacen mantenimiento se

jode y éstos lo único que han hecho en cien años es darle a la manija.

—Se les va a joder de vuelta.

—Si no hacen lo que les dije, sí.

La chica trae una botella de vino.

—De parte de mi papá —dice.

Es inútil argumentar que tienen que seguir, que no pueden tomar. La botella se

queda. Mario llena los vasos. Levantan las copas y brindan a la distancia con la familia

reunida en la otra mesa. El vino está bueno, es cosecha 95, Cabernet Sauvignon.

Después del primer trago ya resulta inevitable seguir tomando, el cuerpo lo pide y lo

merece.

—¿Cómo está tu familia? —dice el Cholo de golpe.

Ya no le cabe el “bien” convencional que le dijo a la mañana en el taller. Se

están yendo en las fiestas, es obvio que algo pasa, si no le preguntó antes fue por

discreción, por no arruinar el viaje con una pregunta como esa, pero el tipo no es de

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madera, lo ha estado pensando y tiene curiosidad. Si quiere mierda, se la va a poner

sobre la mesa.

—Me separé.

—Es lo que me pareció.

—Clara me metió los cuernos.

De toda la mierda le cuenta eso, que en definitiva es lo de menos y que no es del

todo así porque ya no pasaba nada con ella. ¿O no pasaba nada porque ella andaba con

Armando? Al Cholo le brillan los ojos. La puta, es como si le gustara. Falta que le

cuente que fue con un amigo para hacerlo feliz. Y se lo dice, porque tiene ganas de

quejarse, de mostrarle sus miserias, de igualar para abajo.

—Es una lástima — dice el Cholo detrás de los ojos chiquitos y achinados que

tiene.

¿Una lástima qué? ¿Perder la familia, que le hayan metido los cuernos o todo lo

demás que no le contó?. Y él, con su pito chiquito, solo como un perro, ¿no tiene nada

que lamentar?

—Vos tuviste suerte, no te casaste, no sabés lo que es sostener una familia,

bancarse a una mujer que te rompe las pelotas todo el tiempo y al final mirá como

terminan las cosas.

El cholo mueve la cabeza. Sí y no, parece decir con el bamboleo, pero se niega a

ponerlo en palabras. Mario siente que el otro solo está dispuesto a escuchar las mierdas

suyas para gozarlo pero que le niega las propias. No es justo.

—¿Con Graciela que pasó?

—¿Quién?

—Graciela, la morochita esa que estaba caliente con vos, ¿qué pasó?

—Nada, era una amiga.

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—Pero estaba remetida con vos, te seguía a todos lados, la subiste a la moto un

par de veces. Te la habrás cogido, ¿no?

—No pasó nada —la voz del Cholo es cortante—. Una lástima. Estaba buena, al

final se la terminó cogiendo el negro Ruiz. Después no sé, le perdí el rastro. ¿Nos

podemos ir?

—Te jode hablar de Graciela.

—¿Por qué me va a joder? —se corre para atrás en la silla y apoya una mano en

la mesa, a punto de levantarse.

—¿Cómo te la perdiste?

—Te dije que era una amiga.

—Mirá que sos raro vos.

—Voy al baño —dice el Cholo, imparable.

Va camino hacia la cocina. Pasa cerca de la mesa grande. La señora le indica, sin

levantarse, con un gesto amplio del brazo y la mano, “aquí dando la vuelta”. Mario se

queda con las ganas de seguirlo, de entrar con él, total mientras el otro mea él se puede

lavar las manos. Pero sería demasiado.

Hace una seña y pide la cuenta. Cuando el Cholo vuelve ya está todo pago y

ahora es él quien necesita mear antes de volver a la ruta. Está saliendo del baño cuando

escucha que la música recomienza, el viejo debe haber activado de nuevo el mecanismo.

Vuelve al salón, el tipo está bailando con su mujer, la hija lo ha sacado al Cholo y las

dos parejas giran en el medio del lugar. El vals se acaba. Comienzan los saludos, las

risas, los agradecimientos. La familia en pleno los sigue hasta la puerta, Mario es el

primero en salir.

La noche está fresca y estrellada, se está mejor afuera, piensa, después se pone la

campera, sube a la moto y la arranca. El Cholo hace lo mismo, lo sobrepasa y pica

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delante hacia el terraplén. Cuando Mario sube, ya de la moto del Cholo apenas alcanza a

verse una lucecita roja que se va achicando segundo a segundo. Quedó solo pero ya no

tiene miedo, tampoco se va a apurar, en algún momento el Cholo se tiene que detener a

esperarlo, aunque sea a la entrada de Gesell, para que él lo guíe al departamento. Es un

boludo.

Ahora tiene ganas de correr, de atravesar la oscuridad como un bicho nocturno.

Pasa a un camión, alcanza a ver las luces traseras de un micro, acelera al mango, no

puede tolerar tener a nadie adelante. La CB no da para más. La potencia del motor le

sube entre las piernas al cuerpo, vuela.

La entrada a la Villa se aproxima, baja la velocidad, el Cholo debe estar por

alguna parte. Ahí está. Montado sobre la moto, cincuenta metros antes del giro. Se

detiene.

—Seguime —dice, es una orden—. Vamos por la entrada del bosque.

La moto arranca violenta bajo la presión del acelerador, el Cholo queda atrás.

Aparece la segunda entrada, el Cholo lo sigue a cincuenta metros, Mario levanta el

brazo, gira, el camino es de tierra a través del bosque. En el espejo ve cómo la luz del

Cholo ilumina la polvareda que deja la CB. Va hacia un borde y otro del camino para

evitar algunos montículos de arena. El Cholo imita los giros y baila en la nube, lo debe

estar disfrutando tanto como él.

Las motos saltan en los lomos de burro, las luces se entrecruzan cuando

derrapan en las curvas, el ruido de los escapes se expande entre los árboles. No hay

nada como esto. Nada. Esquiva un montículo, atrás hay otro, es grande carajo, salta, se

afirma en los talones, la moto está en el aire, la rueda quedó torcida, se está ladeando,

cae, encoje el cuerpo, se agarra, el piso le pega en la pierna, siente un golpe en el

costado, se acabó.

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Pero no. Está vivo. El Cholo viene corriendo, ha dejado la moto más allá. Pone

la cara sobre la suya.

—¿Estás bien, Mario?

—Sí, sacame la moto.

El Cholo se para, forcejea con la moto, la pone vertical, acciona el pie y apaga el

motor. El dolor es como un puño hundido en el costado del pecho, se agudiza cuando

respira.

—Ayudame.

El Cholo lo agarra de un brazo y de la nuca, intenta sentarlo, el dolor es

insoportable.

—Acostame, acostame, no puedo, me duele.

—¿Dónde te golpeaste?

—Aquí —señala el costado derecho—. Me quebré una costilla con una piedra,

seguro.

—Qué cagada, la puta madre. ¿Qué hacemos ahora?

—Andá al puesto de la Policía y pedí ayuda.

—¿Te voy a dejar solo?

—Sí, boludo. No tengo nada. Me duele, nada más. Andá.

—¿Seguro que estás bien?

—Andá de una vez, carajo, no ves que no puedo moverme.

—¿Donde está el puesto?

—Seguí el camino, vas a desembocar justo.

Desde abajo ve cómo el culo del Cholo se aleja, se monta en la moto y sale

arando. El dolor se queda, es insoportable cada vez que respira. Tiene que serenarse,

respirar despacito. El corazón late rápido, el aire no alcanza. Se pone la mano sobre el

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costado, apenas se toca. No es nada, ni siquiera perdió el conocimiento. Inspecciona

mentalmente el resto del cuerpo. Está todo bien, después le va a doler, siempre es así,

pero ahora no, solo le duele el costado, pero respirando despacio se aguanta.

Con la mano izquierda se desabrocha el casco y se lo saca. Tiene más aire. ¡Qué

mierda venir a arruinarse así las vacaciones! ¿Y cómo van a hacer para volver? En

micro, no hay otro remedio. La moto se va a tener que quedar en Gesell. ¡Cuántas

complicaciones! Tendría que haber entrado por la otra, que estaba asfaltada. Le pasa por

boludo, por hacerse el pendejo. Con todos los quilombos que tiene, ahora se suma esto.

Mejor no pensar.

Duele. El Cholo apagó el motor pero le dejó la luz prendida: mejor, así lo ven y

no lo atropella alguno boludo que pase. Es lo único que falta, que lo revienten como a

un sapo. Por aquí no viene nadie, por suerte. Recuesta la cabeza, tenerla levantada

agudiza el dolor. ¿Hay algo más que pueda estar roto? No, tiene que ser la costilla, por

eso duele cuando respira. Mira el cielo entre las ramas, está profundamente oscuro, hay

una enormidad de estrellas brillando. Silencio total entre los pinos, la tierra pegada a su

espalda, segura, cómoda, si no fuera por el dolor, qué bueno dejarse llevar, dormirse.

Hay ruido a motor en alguna parte. Podría correrse un poco para estar más

seguro. Apoya la pierna izquierda y el brazo del mismo lado, empuja. El dolor lo

detiene, no se movió casi nada. Abandona el intento. Si aparece un auto va a levantar la

mano con el casco para que lo vean. Se afloja. Está fresco, siente que se enfría, le

empieza a doler la espalda y la pierna. El Cholo ya debe haber llegado al destacamento.

¿Cuánto puede tardar una ambulancia? ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Media hora? En el

bolsillo está el celular. Despacito, despacito. Lo saca. 12:34. Ahora puede controlar el

tiempo. También llamar. No tiene el número del Cholo. ¿Tendrá celular? Capaz no

tiene. ¿A quién podría llamar? Miriam aparece en imagen, con su cuerpo ensanchado,

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capaz de abrazarlo, de darle calor. Imposible, ¿cómo se le ocurre pensar en ella?, tiene

que haber otra persona que lo pueda ayudar. Todos están por lo menos a trescientos

kilómetros. Igual, si logra comunicarse con alguno, podría decirle que llame al hospital,

a la Policía. Tienen que venir a ayudarlo. Hay un ruido de auto. Es nítido. Se acerca.

Deja el celular y levanta el casco, le cuesta, lo baja. Lo va a levantar cuando estén más

cerca, cuando vea los faros. Es una camioneta, viene ligero, se eriza, tiene que verlo.

Tiene que parar. La camioneta esquiva la moto. Se viene encima. Encoje las piernas. El

dolor es intenso. Siguió de largo. El polvo se mete en la garganta, en los pulmones, tose,

duele. La camioneta se detiene. Dos tipos se acercan:

—¿Qué le pasó? —escucha decir.

—Me caí.

—Pere que lo ayudamos.

—No, no, no me toquen, tengo una costilla quebrada. Ya viene la ambulancia.

—Pero no puede quedarse aquí tirado, don, casi le pasamos por encima.

—No me puedo mover. ¿Podés poner una baliza?

Los tipos se miran. Parecen peones o algo así, la camioneta es muy vieja, no

tienen baliza.

—Quédese tranquilo, nos vamos a quedar con usté —dice uno de ellos.

—Gracias, gracias —repite, aflojándose. Ahora le duele más.

—Traele algo para la cabeza. —. —Uno de los tipos le pone una manta o algo

enrollado abajo, tratan de levantarle la cabeza.

—No, mejor tapame, tengo frío.

Lo tapan. La manta ayuda pero sigue teniendo frío, debe haber refrescado. O

algo le pasa a él, porque los otros están en mangas de camisa.

—¿Va a venir la ambulancia?

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—Mi amigo la fue a buscar.

—¿Hace mucho?

—No sé. ¿Qué hora tenés?

—Una y cinco.

—Hace como una hora.

¿Cómo una hora? ¿Qué pasó en el medio? Algo anda mal. Que venga por favor,

ya no aguanta más, que le pongan un calmante, algo.

—¿Está seguro que no quiere que lo llevemos?

—No sé.

— Abrí la caja, lo vamos a llevar.

El dolor es agudo. Ya no importa que lo enrollen con la manta, que lo pongan

sobre la caja, que la camioneta lo sacuda. El dolor anula todo pensamiento. Escucha sus

quejidos. Son involuntarios, ajenos. Las luces pasan sobre su cabeza, una sirena se

acerca. La camioneta frena, hay voces, luces, le falta el aire. Su cuerpo es movido,

trasladado hasta la ambulancia, le ponen una máscara de oxígeno. Tal vez una

inyección.

Abre los ojos. Está en una camilla, en la sala de un hospital. Le duele menos, o

igual, pero ahora puede pensar. Hay gente atendiéndolo.

—¿Cómo te llamás? —dice el médico.

—Mario Alberto Giunta.

—¿Dónde vivís?

—Lomas de Zamora.

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—¿Sabés lo que te pasó?

—Me caí de la moto.

—Ahora estás en el hospital. Te estamos atendiendo. Quedate tranquilo.

—¿Qué tengo?

—Te diste un golpe, te vamos a hacer unas placas para ver que pasó.

—Tengo una costilla quebrada. Me duele aquí.

—Ahora vamos a verlo.

La camilla se mueve. Lo están llevando a la sala de rayos.

—Tengo frío, mucho frío —dice.

—Ahora te tapamos, primero hay que hacerte las placas.

El Cholo corre la cortina y se acerca. Mira la bolsa de sangre y el suero que le

han puesto. Del costado salen dos tubos que van a dos bolsas; uno es para sacar los

fluidos, le dijeron. El otro es para la orina.

—¿Cómo te sentís?

—Bien, bastante bien. Fue una piedra, tengo una costilla quebrada. Yo tenía

razón.

—¿Te duele?

—Ahora no tanto, me están poniendo calmante. ¡Qué cagada me mandé!

—Te caíste, loco, es todo.

—Sí, pero ahora, hasta que pueda salir de aquí, ¿qué hacés vos?

El Cholo aparta la vista. —No te calentés. Yo me arreglo —dice.

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Detrás de la cortina hay otro internado que se queja y pide la chata, quiere

vomitar. Un borracho, ¿cómo lo dejan solo? A Mario también, ¿dónde se metieron?

—Fijate, no sé dónde me dejaron la carterita, en el celular tengo el número del

tipo de la inmobiliaria, lo llamo y que te dé la llave a vos.

—No hace falta, yo me quedo acá con vos. Mañana vemos.

—No seas boludo, aquí me están atendiendo bien. Anda y dormí un poco.

—Flaco, me quedo con vos. Por ahí necesitás algo.

El borracho vomita, se escucha caer el líquido al piso. Tiene que llamar a la

enfermera, avisarle del borracho e insistir que hagan algo por Mario.

—¿Qué pasó con la moto? —dice Mario mirándolo fijo.

—La estaba yendo a buscar la cana.

—¿Y por qué?

—Como fue un accidente y hay un herido, la tienen que retener.

—Pero si me caí solo.

—Parece que es así.

—Espero que no me la desguacen estos hijos de puta.

Mario levanta la voz al principio de la frase y la desinfla antes de terminar.

—Mañana voy y le echo un vistazo.

—Andá a la comisaría, tratá de hablar con el comisario. Es lo único que tengo

para moverme —dice, medio en susurro.

La enfermera entra a atender al borracho.

—Mirá lo que hiciste, ¿por qué no pedís la chata? —le reprocha casi en un grito.

—Se la pedí —dice a media lengua el tipo.

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—No sé para qué los traen aquí. ¿Para que se los cuidemos mientras se les pasa

la mona? ¿Para que les limpiemos la mierda? No hay que ingresarlos más, que se hagan

cargo los familiares. La mujer se va y cierra la cortina con violencia.

—No te preocupes por la moto, yo me voy a encargar. ¿Querés que le avise a tu

mujer?

—No, dejá. Cuando me den el alta veo que hago.

—Me dieron tus celulares. Si querés lo llamo a Sergio. Es posible que de todos

modos tenga que venirse para retirar la moto, si es que está a nombre de él.

—No, a Sergio no lo llames. No llames a nadie. Esperá a que me den el alta.

Mario lo dice con energía, levantando un poco la cabeza y después la deja caer

mirando hacia la pared.

Mejor dejarlo descansar un rato, se nota que le duele.

En el cubículo de al lado entra alguien, está trapeando el piso. El olor ácido del

vómito mezclado con el desinfectante, o lo que sea que está usando para limpiar, invade

el aire, dan ganas de vomitar, no es lugar para tener a un herido. Lo bueno es que si lo

tienen acá es porque no debe ser tan grave. Se escuchan pasos en los pasillos y el

deambular de camillas, hay griterío en el hall de acceso, alguien está armando un

quilombo porque no atienden a su hijo.

—Por favor, si puede salir —la voz del enfermero es terminante.

—Te veo en un rato —dice el Cholo y sale sin saber si Mario lo escuchó.

Entran el médico y otro más, que trae un papel en la mano.

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—Tenemos que operarlo —dice el médico nuevo, y antes de que Mario pueda

reaccionar o preguntar algo, el tipo lo mira, como si le adivinara los pensamientos.

—Tiene un hematoma en el hígado y eso le provoca una hemorragia interna, la

tenemos que detener.

—¿Es grave? —la voz le sale aguardentosa.

—Es serio, pero con la operación lo vamos a arreglar. Necesito que firme aquí la

autorización.

El papel está adelante, sobre una tablita, le están poniendo la birome en la mano.

Le tienen el brazo, hace un garabato. Necesita que lo arreglen. Es un procedimiento. No

se va a morir, esta vez no.

La bolsa de sangre gotea rápido. Le volvieron a poner la máscara de oxígeno. El

dolor casi no cuenta, tiene frío, mucho frío. ¿Por qué carajo no lo tapan con una manta

más? No dan bola, son unos desgraciados. ¿Qué pasó con el hígado? La costilla le dañó

el pulmón o algo así, sale líquido del cuerpo, sangre, entra sangre, líquido. Puede que

esté saliendo más de lo que entra. ¿Cómo estoy doctor? “Estamos haciendo todo lo

posible”. Nadie dijo eso, ¿o sí?, lo está pensando. ¿Me puedo morir por un golpe así?

No. Si lo atienden bien, no. Es un accidente nada más. Ya va a pasar. Tiene que pasar.

Hay muchas cosas por hacer. La fábrica, la casa, Sergio. A lo mejor no se puede hacer

nada, ya no. Pero todavía hay mucho que vivir. Cierra los ojos. En unos días va a estar

caminando por la playa, tal vez no se pueda bañar por la herida. Está temblando.

“¡Enfermero!”, grita. “¡Enfermero, por favor!”. No está gritando, tiene la máscara

puesta, es un murmullo nada más. Se corre la máscara. Los tipos están ahí, lo auscultan.

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—Tapame —dice, pero nadie lo hace.

—Salió todo bien. ¿Me escucha? Salió todo bien.

Asiente.

—Se va a quedar en terapia cuarenta y ocho horas, después lo pasamos a la sala.

—¿Me voy a morir? —pregunta sin pensar.

El médico endurece la cara y lo reta.

—No. Ya le dije que salió todo bien.

—¿El Cholo?

—¿Quién? — El tipo frunce el seño realmente fastidiado.

—El amigo que estaba conmigo —suplica.

Una voz de mujer es la que contesta:

—Está afuera, doctor.

—Está bien. Quédese tranquilo. Después lo hago pasar —dice, más conciliador.

—¿Cómo estás?

—Estaba soñando con vos —dice al ver de pronto al Cholo, a un costado de la

cama, y lo repite, después de correrse la máscara de oxígeno.

—No me animaba a despertarte. ¿Cómo te sentís?

Piensa en su cuerpo. ¿Cómo está? Medio dolorido, dormido, destrozado.

—¿Qué querés que te diga? ¿A vos que te dijeron?

—Que saliste bien de la operación, que te vas a poner bien.

—¿No me estás mintiendo?

— Te juro, te digo la verdad.

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Se va a poner bien, no pensó que estaba tan mal, pero se va a poner bien.

—¿Cuánto tiempo pasó?

—Ya es mediodía.

—¿Fuiste al departamento?

—No, me quedé aquí.

—Gracias, estoy muy solo.

Tirado en una cama, impotente.

—Estoy con vos. A la tarde va a llegar tu familia.

—¿Les avisaste?

Una pequeña presión en los ojos le anticipa que hay lágrimas en camino.

—Me llamaron, atendí. No podía no decirles.

—¿Quién llamó?

—Sergio.

—Qué cagada. A ver si viene él.

La primera lágrima inicia el camino descendente.

—Después me llamó Clara.

—¿Qué te dijo?

—Que venían para acá

—¿Todos?

—Creo que sí.

Todos vienen para acá. Clara, Javier, seguramente Nora y Sergio, arriesgándose.

La familia, vienen por él. No está solo, no fue al pedo. Se va a poner bien, le va poner

garra a la fábrica, van a estar bien, las lágrimas se deslizan desbocadas.

—Por favor, si puede retirarse, se terminó la visita.

—A la tarde te veo, ¿no?

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—Voy a estar acá, no te preocupes. —. —Intenta sonreír, quizás lo haya

logrado.

Falta el aire. La máscara no tiene suficiente. “Enfermera”, levanta la mano con

esfuerzo. La tipa está parada adelante, le señala la máscara. Ella se acerca al tubo, gira

la perilla. No alcanza. Se está agitando. ¿Por qué se va? Aire, le falta el aire.

—Está haciendo una trombosis pulmonar. Pónganle Heparina. Súbanle el goteo.

No alcanza a ver al médico, no sabe si es el nuevo o el anterior. “Oxígeno”,

escucha, “vamos, apúrense”. Le están poniendo una inyección intramuscular. Siente

calor. El corazón se agita. Aire. Hagan algo. Se hunde, se hunde. Ve entrar a Miriam

que le besa la mano, se la acaricia. ¿Pero cómo es que llegó tan rápido, o no se fue? ¿Es

Miriam, no? ¿O es su madre? Es su madre, que tiene la piel joven, como hace muchos

años. ¿Mamá?

Se va, se aleja.

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CAPÍTULO 16

—No sé cómo manejar esto —dice Clara

¿Esto qué? Se pregunta Armando, y la observa. Ella mira fijo por el parabrisas

hacia adelante, ausente, no está hablando con él, lo ha dicho sin querer, es solo una

conclusión pronunciada en voz alta. Tal vez tenga que ver con la tensión, con el traslado

del cuerpo a Lomas. Puede ser cualquier cosa. Él la acompañó a la costa, la trajo y ahora

la está llevando en el Chevy al velorio. Clara ni siquiera debe percibir lo comprometido

de la situación ni el quilombo que se le puede armar con Raquel. ¿Hasta dónde su mujer

puede estar dispuesta a aceptar este exceso de preocupación por la viuda de un amigo al

que ella ni siquiera conoce?

La casa velatorio parece vacía, nadie se muere entre Navidad y Año Nuevo. O es

posible que ese vacío tenga que ver con la incertidumbre social, lo que se está viviendo

más allá de esa muerte que los ha sorprendido. ¿Qué carajo va a pasar con este país, que

va a pasar con los vivos? ¿Estarán tocando fondo? En los setenta por mucho menos ya

habría estallado una guerra civil, pero ahora todo es light, inconsecuente. Casi un

presidente por día. Se ríen del pueblo.

Cuánto ha padecido Mario todo esto, perdió la fábrica, la familia. No era mal

tipo, demasiado terco tal vez, por eso se quedó atrapado en el sistema. Entre Clara y él

ya se había acabado todo antes de que comenzaran esta relación, no habría pasado nada

si no fuera así. Ella lo dijo de entrada. De todos modos no deja de pensar en que

también pudo haber sido el tiro de gracia. La imagen patética de Mario parado en la

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vereda del colegio con los brazos caídos viendo cómo Clara se subía a su auto no se le

va a borrar nunca. No dijo nada entonces, Clara estaba alterada y él esa noche quería

coger.

Tampoco habló con Mario. Podría haberlo llamado después, encontrarse. Pero

decidió no hacer nada, era más fácil dejar que las cosas siguieran su curso. Nunca pensó

que Mario pudiera matarse, era un tipo grande, sólido, capaz de aguantar cualquier cosa.

De todos modos, mejor pensar que no tuvo que ver, que nunca se enteró, que fue un

accidente. El Cholo lo dijo: no fue un suicidio, se cayó de la moto, le podría haber

pasado a él.

En el medio del salón están Nora y José Luis sentados en un sofá. Enfrente, la

chica que limpia y Javier, en sillones individuales. Sergio da vueltas por el fondo con

una mujer que lo sigue como si fuera una sombra. No debería arriesgarse tanto. Que

haya ido hasta la costa pudo ser tolerable, ¿quién no se movería para ver a su padre

accidentado? Pero ahora que está muerto, con toda la gente que va a venir, que va a

verlo, es una inconsciencia. Debería advertírselo a Clara, es una locura que se quede

acá. Como es una locura también velarlo en estas circunstancias, en vez de cremarlo y a

la lona. ¿Pero qué puede hacer? Es la voluntad de ella.

—¿Todavía no llegó? — Clara se lo pregunta a Javier, como si fuera el único

responsable de algo que ni siquiera le encargaron.

—¿No ves que no? —dice el pibe, mirando alrededor como si mostrara

evidencia.

La voz de Javier es cortante. Omite saludar, es claro que no se traga que él sea

solamente un buen samaritano. No le debe caer bien que su madre haya venido con el

amante, aunque nada se haya dicho al respecto.

—Me dijeron que ya estaba llegando, llamé hace media hora —insiste Clara.

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—A mí también me dijeron lo mismo pero parece que hay un piquete a la altura

de Lezama —interviene José Luis desde el sofá.

Nora se levanta de un solo envión y la encara.

—Te dije, no había que velarlo. ¿Para qué es todo esto? ¿A quién le importa?

—A mí. —. —Clara da un paso hacia ella y casi la toca.

—¿Pero te das cuenta que se mató por hacerse el pendejo con una moto?

—No te voy a permitir que hables así de tu padre ahora que está muerto. —

.Clara no solo eleva la voz sino que levanta la mano para un golpe que no ejecuta.

Nora abre apenas los brazos y gira la cara, mirando a su marido.

—Claro, ahora es un santo.

—Nora, pará, calmate. —. —José Luis se acerca y la toma por los hombros

tratando de llevársela.

—¿Te das cuenta? —dice Clara dándose vuelta.

Tiene los ojos llorosos, la cara crispada. Sí, claro, ¿quién no se daría cuenta? A

esa piba algo le pasa, está enferma. En su caso el rencor no es más que una máscara para

la locura. Pero ¿cómo decir públicamente que necesita un psiquiatra? Menos siendo

médico y el amante de la viuda. ¿Qué decir entonces? Está nerviosa, dejala, o mejor, no

te preocupes, vos no te preocupes, omitir la palabra amor, no es tiempo ni lugar.

Llegó bastante gente, el tipo que estaba con él, el Cholo, fue de los primeros. El

piquete sigue demorando la llegada, la gente viene, da sus pésames y se queda por ahí.

Se han formado diferentes grupos, los de la fábrica, más numerosos, se ubicaron en el

centro. Compactos, como si con su presencia pretendieran confirmar que tienen un lugar

en todo esto o una herencia por quedarse. Los amigos de Mario ocupan un rincón chico

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cerca de la capilla, son todos tipos grandes, gastados, están en su mundo, ajenos a

cualquier otra gente.

Los vecinos permanecen cerca de la entrada, parecen inseguros acerca de la

razón que los trajo. Los amigos de Javier lo rodean como para protegerlo. Hay otros que

no se sabe, por aquí y por allí, muchos más de lo esperado. “Siempre es así cuando se

trata de un accidente”, dijo José Luis en algún momento.

No puede tomarse demasiado en serio lo que este tipo diga pero tiene algo de

lógica. Lo imprevisto atrae. Clara es el centro, la condoliente, el paso obligado de los

pésames. El vestido negro le queda bien, tiene el gesto justo entre dolor y dignidad que

hace falta. Un estilo de viuda atractiva. La que cualquiera quisiera tener si fuera

necesario morirse.

Un empleado de la casa atraviesa el salón y le avisa que el cuerpo ya llegó, se lo

dice a él, como si de alguna manera lo hiciera responsable de la marcha del velorio.

—El vehículo está entrando por la puerta lateral —dice—. Necesitan media hora

más para acondicionarlo antes de que pasen a la sala.

Todo muy formal, organizado. La muerte no es una novedad, ocurre todos los

días, o casi. Se los ve apagarse, irse, y el protocolo indica claramente cómo redactar un

certificado de defunción. Esto, el velorio, viene después, pompa y circunstancia, hasta

que por fin se esté libre del muerto para seguir viviendo. Pensando, eso sí, que a

ninguno de los presentes les va a tocar, al menos por ahora.

Clara necesitaría un consuelo, carnal, penetrante, esta noche, para devolverle la

frescura y el deseo de vivir. Ojalá estuviera sola en la casa, ojalá no estuviera Raquel

esperando en el departamento.

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Las puertas de la sala se abren, los familiares “pueden pasar”. Seis, incluida

Ema. El resto espera, no hay apuro y quizás tampoco deseo de ver la cara de Mario con

los ojos cerrados y los moretones apenas disimulados bajo el maquillaje. Nadie va a

llorarlo como llora Sergio abrazado al cajón gritando:

—¿Por qué te moriste? ¿Por qué? — Las lágrimas le bañan la cara, no se

molesta en quitarlas—. Sufrió como un hijo de puta. Pobrecito, viejo. Mi viejo.

Javier lo abraza, trata de consolarlo o apartarlo. Es inútil, las manos de Sergio

están aferradas a los bordes del cajón. Clara llora a su lado, en silencio. La gente

escucha como hipnotizada. No hay reglas para sufrir, todo está permitido. ¿Por qué el

llanto y la desesperación son de Sergio y no de Javier? ¿Qué hay de Clara? ¿O Nora,

que parece indiferente? Hay un solo llorón en la familia. Los representa a todos, y apaga

en los demás la posibilidad de sufrir. En algún momento tendrá que parar, dejar que el

resto haga lo suyo.

Un rato después hay un cambio, José Luis toma a Sergio de un brazo, Javier del

otro, lo sacan de la sala contra su voluntad. La mujer que estaba con él se le acerca y lo

acaricia como amansándolo. Debe ser la novia, aunque es muy grande para él.

Nora sale de la capilla ardiente. Clara deja pasar unos minutos y atraviesa la

puerta, buscando con los ojos un lugar adónde ir. Unos brazos que la contengan, un

pañuelo que le seque las lágrimas, sin temer los dimes y diretes de la gente. Pero

todavía no puede ser, no de ese modo, salvo cuando se quiebra en un llanto que justifica

el consuelo amistoso de un amigo de su marido. La gente comienza a entrar a la sala del

muerto y los ojos de muchos se clavan en la escena.

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Sergio vuelve una y otra vez junto al cajón y besa la frente de Mario. Llora

despacio mientras la mujer lo acaricia. La gente se mueve un poco, murmura. Resulta

incómodo estar aquí, expuesto a las miradas. ¿Cómo irse, cómo abandonar a Clara?

—Voy a tomar un poco de aire —dice Armando en voz baja.

Clara lo mira un segundo y después a la gente que los rodea. Asiente con la

cabeza y recupera la compostura.

La calle está agobiante pero por lo menos el aire no tiene ese desagradable olor a

flores y muertos. Hay varios que salieron a fumar, hablan de la situación política, de su

propia desesperación. Está pesado, las nubes parecen cargadas de plomo, con reflejos

rojizos que suben desde el suelo, estallan relámpagos lejanos. Desearía fumar, es un

buen justificativo para permanecer a un costado sin hacer nada.

Nora pasa delante, la sigue José Luis que le dice algo, trata de detenerla

agarrándola un brazo. Ella se aleja. Se detiene a pocos pasos. Le pone la mano en el

pecho a su marido.

—Es mi familia. No te metas.

José Luis se queda impotente. Nora toma su celular y marca un número. Demora

unos segundos y habla. El viento atraviesa bruscamente la plaza levantando el polvo.

Nora agita la cabeza, parece dar explicaciones a alguien, el viento aleja las palabras pero

habla de Sergio. Caen las primeras gotas. Gotones enormes que marcan lo que tocan.

Nora apaga el celular y lo guarda en la cartera. La lluvia se despliega furiosa. Nora y

José Luis se apuran a entrar, Armando los sigue, todos escapan hacia adentro, el cielo se

desploma.

Están atrapados en el salón. La humedad penetra desde afuera. Se veía venir.

Habrá que esperar. Hay inquietud por irse, justo ahora que llueve a baldes. Tal vez se

inunden las calles, o algo pase, nadie quiere quedarse mientras sucedan esas

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improbables cosas. Es momento de estar en casa, protegidos de la naturaleza, al menos

eso.

La lluvia mengua, algunos se arriesgan y corren, otros esperan un poco, pero al

fin el drenaje de gente se impone y prácticamente sólo queda la familia y unos pocos.

Difícil contarle a Clara lo que vio, porque no puede decir que escuchó, tal vez pueda

hacer algo sin acusar. No debería importarle pero no puede dejar las cosas así, de alguna

manera es responsable de lo que ocurre.

—¿Quién es esa que está con Sergio? —le pregunta a Clara.

—Azucena, una empleada de la fábrica.

—¿Qué pasa con Sergio?

—Sergio está viviendo en la casa de ella.

—¿Son pareja?

Clara levanta los hombros.

—No sé. ¿Ahora qué importa eso?

—¿No es riesgoso que Sergio esté aquí?

—¿Te parece que con el lío que hay tienen tiempo de ocuparse de él?

—Vino mucha gente. Alguno les puede avisar.

—¿A la gente qué le importa? Vinieron por Mario.

—Por lo menos que se vaya. Si lo vienen a buscar está jodido.

—Decíselo vos, a mí no me va a escuchar.

No es fácil hablar con Sergio. En carácter de qué lo puede aconsejar. Amigo de

tu padre, tu médico. No hay una razón, solo un consejo, fijate, no corras riesgos.

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Azucena resulta un apoyo impensado, ella también cree que tienen que irse, que ya se

despidió del padre. Que ahora está solo, que tiene que cuidarse.

—Mi viejo era todo. No me importa lo que me pase.

—¿Qué ganás yendo en cana? ¿Tu papá hizo de todo para ayudarte a zafar y vos

vas a dejar que te agarren ahora?

—Ahora, mañana, el mes que viene. Me van a agarrar igual. Por lo menos

dejame que lo acompañe, fue el único tipo que me quiso.

No es un inconsciente, está decidido. Honestamente, ¿tiene otra salida ahora que

su padre no está? Mario hubiera hecho algo. Los demás apenas pueden con su vida.

Sergio se queda, ya no llora, no hace falta.

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24 DE DICIEMBRE

Clara sostiene el inalámbrico con una mano mientras mueve inquieta la otra

haciendo orden sobre la mesada de la cocina. ¿Qué tiene de importante esa conversación

que lo mantiene pendiente? Ella está hablando con Ema. Voy más temprano y te ayudo,

debe haberle dicho Ema porque Clara contesta:

—No, no hace falta, con Armando nos arreglamos. Traé las ensaladas, Nora se

ocupa de la mesa dulce.

Clara está contando con una ayuda que sinceramente él no tiene ningunas ganas

de darle, pero eso es lo de menos, lo que cuesta creer es que estén hablando de este

modo. Cada vez que sucede, a él le resulta extraño. Que Clara haya aceptado a Ema

como la mujer de Javier. Tuvo que esperar a que se fueran a vivir juntos, que nacieran

las dos nenas y que Javier llegara al cargo que llegó para aceptar con naturalidad que su

sirvienta era ahora su nuera. ¿Qué hubiera pensado Mario de la situación? Doce años

desde que murió. Es un tiempo más que suficiente para que bajen las pasiones, para

poder reunir a la familia en la Nochebuena, para brindar por cada uno y por todos, al

menos eso es lo que procura Clara este año con empecinamiento.

Lo intentó dos años atrás. Terminó mal, no llegaron a los postres, hubo insultos,

portazos y una bronca que, como la comida sobrante, duró casi una semana. Pero ella es

así, no aprende de la experiencia y es incapaz de renunciar a algo que quiere, no importa

la razón, simplemente lo quiere. Son su familia, sus nietos, dice. Nunca cedió en nada a

lo largo de esta relación. Él sí, terminó separándose de Raquel, perdió el departamento

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de Avellaneda y en cierta medida, también dejó que se ahondara la distancia con

Lecticia.

No fue estrictamente su decisión, las cosas se precipitaron. Después de la muerte

de Mario, Clara estaba muy demandante, lo suficiente como para que él tuviera un

descuido y Raquel terminara por descubrirlo. A partir de ahí fue imposible recomponer

nada, Raquel le podía aguantar sus bajones, el mal humor, cualquier cosa menos que

tuviera otra mujer. “¡Andate, andate ya!”, le gritó en la cara hecha una furia, y él no

encontró una razón para no hacerlo.

¿Podría haberle dicho la verdad, que fue un error, que realmente solo era una

calentura pasajera, sin humillarse? No, no estaba dispuesto a rebajarse, a decir “me

equivoqué, te necesito”, hasta incluso decirle lo que nunca supo decir, “te quiero,

Raquel”, o alguna otra razón importante para quedarse. Lo superó el enojo, el orgullo o

simplemente no supo defender lo que quería. La cosa es que no lo dijo.

Después todo siguió según la lógica involuntaria de las pequeñas cosas. Primero

un hotel de cuarta, aunque la mayor parte de las noches se quedaba en la casa de Clara.

Pasado un tiempo les pareció lógico que él se mudara ahí y ahorrara esa plata y de paso

podía ayudarla económicamente ahora que ella no tenía ningún ingreso de la fábrica.

Cuando la casa se pudo vender años después y Clara puso su parte para pagar un

departamento, fue lógico también que él contribuyera económicamente a cubrir la

diferencia haciéndose cargo de las cuotas. ¿Qué opción tenía? Volver con Raquel no

hubiera sido posible, ella estaba saliendo con un compañero de trabajo que terminó

llevando a vivir al departamento que había sido de los dos.

Clara es tozuda y siempre logra lo que quiere: se ha propuesto esta Navidad

tener a los suyos sentados alrededor de su mesa, cocinarles, que puedan apreciar cuánto

sabe ahora de artes culinarias. Recibirlos, mostrarles que en definitiva tiene otra vida,

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que es feliz con su nuevo marido, aunque no se hayan casado. Solo le faltan ellos para

que todo sea normal, perfecto. Es un deseo egoísta de mostrar lo que no es ni va a ser

nunca, aunque lo proclame a quien quiera escucharla: una buena madre, una abuela

cariñosa. Armando sabe que ha repetido el mismo error al elegir una mujer que lo quiere

para ella, no que lo ame. No ha tenido suerte, no se ha cruzado con una capaz de amarlo,

o si lo hizo, no supo darse cuenta.

—Llamó Sergio —está diciendo Clara con la misma naturalidad con la que

hablaría de un hijo que vive en otro país—. Está cambiado, con unas ganas locas de

volver.

Llamó, es verdad, pero hablo con él, no con ella. No es como se lo está contando

ahora a Ema, no fue así como él se lo contó. Sergio apenas había preguntado cómo están

y esas cosas, y al final dijo “dale saludos a Clara”, sin énfasis alguno.

Él está bien, o un poco menos mal que hasta hace un tiempo. Desde que lo

trasladaron al pabellón de los evangélicos está más tranquilo, no lo joden. También

esperanzado, pronto le darán la condicional. Sabe que cuando salga va a necesitar

ayuda, está preparando el terreno. Hace poco la mandó a Azucena para que fuera

abriendo el camino. Ella se presentó sin avisar, corrió el riesgo de que Clara le cerrara la

puerta en la cara; es una gran mina, le podría haber salido mal. Por suerte Clara la

escuchó y aceptó deponer las armas por un rato. Entendió de alguna manera que lo que

ocurrió con la fábrica no fue culpa de ella, que Azucena tiene que vivir de algo. Si esa

cooperativa le da de comer ¿qué se le puede decir? Y por otra parte, no caben dudas de

que Clara mínimamente debería estar agradecida con ella por lo que hizo y hace por

Sergio.

Fue una conversación tensa, a Azucena se la veía cansada y también preocupada

por el futuro, ahora que su compañero iba a salir. En prisión era como una mascota,

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alguien obligado a la dependencia, pero afuera será otra cosa. Lo de menos, así lo dijo,

es el riesgo de perderlo. Ella acaba de cumplir los cincuenta, él tiene treinta y siete. Lo

más temido, la convivencia. Ella lo sabe.

“Con todos estos años que le hizo el aguante sería muy cretino si la dejara”. Fue

el único comentario que aportó Clara como una declaración. Y además tiene que haber

madurado, supone. El asunto es que todos saben que la lógica no aplica bien en la

realidad y eso Azucena también lo entiende. Treinta y siete años. Se arruinó la vida por

una estupidez, es lo único en lo que todos están de acuerdo. “Y le costó la vida al

padre”. Eso es lo que piensa Clara y pregona desde entonces, una forma sencilla de no

hacerse cargo de nada.

Armando sabe que hay más de una causa posible, pero de nada serviría decirlo.

Clara se llena la boca diciendo que puede perdonar a Sergio porque no es una mala

madre, pero eso no cambia nada a la hora de repartir culpas. “Si hubiera sido un chico

normal, un chico como Javier, si hubiera estudiado o por lo menos trabajado con el

padre, toda esa locura no hubiera pasado”. Ella no puede demostrarlo, no hay forma de

hacerlo, pero dice que es así. Armando no tiene nada para agregar, Sergio no es su hijo.

Y también está la cuestión de la casa, el departamento de Gesell, la casa de su

abuela, los autos y todo lo que se vendió, de lo que Sergio no recibió nada pero que

ahora necesitaría para poder reiniciar su vida. Clara no tenía respuesta para Azucena.

¿Qué podría decirle?, no era solo su problema, era el de todos y todos tendrían que

ayudar a resolverlo.

Clara no se molesta en bajar la voz cuando habla de Armando con Ema. Nunca

se le ocurriría que lo que diga sobre él puede molestarle.

—Y ahí anda, medio desorientado ahora que no tiene consultorio. Nunca pensó

que iba a terminar como auditor médico.

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Armando tiene claro que sí lo pensó y luchó para lograrlo. Es un trabajo

fantástico, gana mucho más sin todo el sacrificio que hacía antes. La medicina fue otra

mala elección en su vida. Nunca tuvo una auténtica motivación por curar, proteger, la

que sin duda hace falta. Tardó demasiado en entender que el protagonismo del médico,

el poder, tenía una contrapartida, un precio que no estaba dispuesto a pagar. Podría

haber sido un héroe de Médicos sin fronteras, un personaje épico, eso lo tenía

subyugado, pero nunca fue capaz de luchar por la recuperación de un canceroso o

ayudar a un diabético. Porque la enfermedad gana siempre y la muerte no paga.

—Ahora tenemos tiempo para vivir un poco. Antes estaba pendiente de los

pacientes.

Tenemos. Clara se apropia de sus méritos, ella es la medida de todas las cosas.

¿Qué significa vivir? Cumplir los deseos de ella. Darle los gustos, dedicarle el tiempo

tan arduamente ganado, ahora, que cada vez le queda menos vida para gastar. Tiene que

aprovechar de alguna manera esta sobrevida que ha logrado. Mario no pudo, el sí. Ganó

un tiempo para hacer algo con su rutina que vaya más allá de pelear la supervivencia.

Disfrutar la vida es lo único que vale. Porque no hay que engañarse, no existe cura para

la muerte, somos todos pacientes terminales. Lo que importa es la calidad de la

existencia que se consiga, algo que siempre se les promete a los pacientes a sabiendas

de que eso también es una mentira, porque estirarle la vida a un tipo, atemperarle el

dolor, no es calidad de vida. La calidad de vida se tiene que dar en tiempos de salud y es

un asunto personal lograrla, no de la medicina.

—Sí, nos vamos en abril, lo quiere anunciar a la noche.

Primero a Francia a visitar a Lecticia. Quiere pasar unos días con ella, hace años

que no la ve, desde que ella se autoexilió para escapar de este país, del nuevo

matrimonio de su madre, de él. Hablar. Un deseo enorme de hablar con ella, y un miedo

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no menos grande al fracaso, a encontrarse con una hija distante. Trata de convencerse de

que ha construido un hilo de esperanza en los e-mails que cuidadosamente intercambia

desde hace algún tiempo, pero no está seguro, no se puede decir “te quiero, te amo,

contame tu vida, me pasa esto o aquello” a través de un e-mail. Resulta frustrante esa

comunicación cuidadosa, con palabras despojadas de sustancia, pero es lo único que

tiene.

La mesa queda chica. Seis adultos y tres chicos son demasiados comensales,

pero tampoco se puede tener una mesa más grande en un departamento de tres

ambientes. Ema está cada vez más gorda, desde que tuvo a la segunda nena entró en la

carrera de ganar kilos. Javier no ha cambiado mucho, salvo por ese aire ejecutivo, ese

estilo de funcionario militante, que va más allá de lo físico. ¿Demasiado joven para el

cargo? ¿Y qué, cuántos años teníamos en los setenta? Es el capricho de la historia:

repetirse. Los jóvenes vuelven al protagonismo. Lo que cambia son las formas, el estilo.

Nora está deslumbrante y amargada. El odio contra Sergio, el rencor contra el padre que

dejó que la familia se desbarrancara y que perdieran la fábrica, la ha venido sosteniendo

todos estos años. Es un rencor incompresible, exagerado, que solo puede ser sostenido

por la enorme necesidad que tiene de sentirse víctima de una injusticia, de tener un

motivo para odiar. Pero los años pasan y todos parecen olvidar esos asuntos, en especial

Clara y Javier, como si se empeñaran en derrumbar los temas en que han fundamentado

su opción de vida. Entonces la energía de Nora se vuelca a otras cuestiones, como la

crítica política, esa materia con la que su hermano ha construido una carrera.

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José Luis es apenas una sombra desencajada. Sus únicas tareas en estos años han

sido llevar adelante una acción inútil por recuperar la fábrica convertida en cooperativa

obrera a la fuerza y soportar a Nora. Quizás también ocuparse de Ramiro, un pequeño

niño genio que Nora parió y él se encarga de criar.

Sentados a la mesa, descorchando botellas, pasándose los platos, atendiendo a

los chicos, parecen una familia normal. Por ahora hay paz, será así hasta que Nora se la

agarre con Javier y tal vez se vaya a las puteadas como hace dos años. Una discreta

tensión se esconde en los gestos amables, en la conversación liviana, escasa de humor.

Clara establece una activa vigilancia sobre lo que se habla. Hay un puñado de temas que

no se deben tocar: Sergio, Mario, la política, la fábrica, la inseguridad y unos cuantos

más, difícil de recordar todos. Sería mucho más fácil establecer de qué se puede hablar.

La comida, los chicos, las vacaciones. Cuando se agoten, la cosa explotará.

—El tío Sergio —es la respuesta de Ema a una de sus hijas que ha estado

jugando con su primo en la habitación donde encontraron una caja con fotos.

Sí, el muchacho que está montado sobre la moto recién comprada es Sergio. Eso

sin duda es cierto, pero le falta decir, que fue tomada antes, cuando vivían en la casa

grande, esa que se ve al fondo. Cuando ella era la sirvienta, cuando el abuelo Mario, el

que está en el cementerio, era un empresario exitoso y el abuelo Armando tenía otra

familia.

—¿Dónde está, se murió? —pregunta la nena.

—Vive lejos, algún día lo vas a conocer —es la respuesta de Clara, que corta el

tema.

Lejos, en otro mundo. Hacinado, golpeado, tal vez violado, muerto de calor o de

frío, viendo pasar los meses y los años, todos iguales. Es imposible imaginarse cómo se

vive así, o más bien cómo se sobrevive, ninguno en esta mesa es capaz de imaginarlo.

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Así como él tampoco debe poder imaginar cómo es ahora vivir afuera. Es el mundo de

los otros, siempre es el mundo de los otros, lejano y distinto. Cuando los mundos se

juntan vienen los choques. Es la ley de las diferencias, de los hechos y las cosas, por

sobre cualquier deseo o esperanza.

—¿Por qué no le decís la verdad? —la voz de Nora suena pausada, ronca—.

Decile que está preso por asesino. Que sepan quién es ese hijo de puta.

—No empieces otra vez Nora, es Navidad y estamos cenando tranquilos —dice

Clara, levantando el tono de su voz.

—Yo no empiezo. Solo te pido que no mientas.

—Pero decime, ¿a vos qué te hizo para que lo odies tanto? —dice Javier

fastidiado.

—Por culpa de él estamos como estamos ¿te parece poco?

—Hija, vos ya tenías tu familia, tu casa, tu trabajo, ¿en qué te puede haber

afectado la macana que se mandó Sergio?

—Fuera de que José Luis se quedó en la calle, de que nos quedamos sin la

fábrica. ¿Por qué crees que se mató papá?

—Papá tuvo un accidente. No mezcles las cosas —dice Javier—. Tenemos que

dejarnos de joder con toda esta historia que no tiene nada que ver con la realidad.

—Entonces decile a mamá que no mienta más. Que diga la verdad.

—Tiene razón —dice Javier y se da vuelta hacia la nena que está como

paralizada con la foto en la mano—. Ese es tu tío Sergio, hace muchos años, cuando

todavía no habías nacido, mató a un policía sin querer y lo metieron preso, ya está

terminando de cumplir su condena, en unos meses lo vas a conocer. —. —Se da vuelta

hacia Nora y cambiando el tono a una amabilidad exagerada pregunta: — ¿Está bien así,

tía Nora?

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—No —dice ella levantando el tenedor, sacudiéndolo un poquito, con una media

sonrisa—. Te faltó decirle que es un hijo de puta.

Javier abre los brazos y se tira para atrás en su silla.

—¿Pero qué te pasa?

—¿Qué me pasa, querés que te diga qué me pasa? Odio que lo vivan

perdonando. Ese tipo, que ya no es más mi hermano, está enfermo, es un violador, no

tiene cura, va a salir a hacer más daño todavía. Yo te aconsejo que no lo dejes cerca de

tus hijas porque es peligroso.

—¿Pero qué estás diciendo? Sergio no es un violador. ¿A quién violó?

—A mí.

Pasan diez segundos de un silencio estremecedor y Clara estalla:

—¿Qué te estás inventando, ahora? Eso nunca pasó.

— A mí me pasó.

—¿Cuándo? ¿Cómo decís que pasó? —insiste Clara.

—En las vacaciones del año que terminé la secundaria.

—¿Pero qué decís? Tu hermano no había cumplido quince.

—Y yo tenía dieciocho recién cumplidos. Fue en Villa Gesell.

Nora pone los puños apretados sobre el borde de la mesa y los mira a la cara

como si esperara una respuesta. Ellos se callan y esperan. Ema agarra a los chicos y se

los lleva discretamente hacia la habitación. Javier está pálido.

—Fue una noche que volvía de bailar, estaba medio borracha y me acosté, me

dormí enseguida —dice bajando la vista al plato—. Se metió en mi cama, cuando me

desperté me estaba violando.

—¡Pero qué? ¿Qué? No puede ser. —. —Clara niega con la cabeza y agita las

manos hacia adelante cómo si sostuviera una evidencia invisible que quisiera mostrar.

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—¿Cómo lo dejaste, no te pusiste a gritar, le partiste la cabeza con algo?

¡Dormíamos con tu padre en la habitación de al lado!

—Te dije —dice Nora violenta girando la cara hacia ella— estaba dormida, no

alcancé a hacer nada, fue muy rápido. Me quedé paralizada.

—¿Pero cómo no reaccionaste? —Clara es decididamente cruel.

—¡Ves! Es por eso que no les conté. —Nora se dirige a todos en la mesa,

abriendo las manos casi con desesperación—. Sabía que me iban a decir que se lo

permití. ¡No! —grita—. No se lo permití, estaba dormida, me agarró de sorpresa. Era mi

hermano. No tenía que hacerlo. —Termina al borde del llanto.

—Qué hijo de puta —murmura Javier apretando las palabras con impotencia—.

¿Te volvió a joder, lo volvió a intentar?

—No. Pero además no tuvo oportunidad, siempre dormí con la llave puesta.

Ustedes saben que fue así.

Es cierto, todos parecen otorgarle verdad con el silencio. Javier enciende un

cigarrillo, se pone de pie.

— ¿Pero cómo no lo encaraste, no le dijiste a papá? Lo que contás es terrible —

dice, como si una explicación pudiera servir para algo.

—¿Qué podía decir? Estaba muerta de vergüenza y él actuaba como si no

hubiera pasado nada. Se hacía el pelotudo.

—Lo hubieras tenido que hablar con nosotros —reprocha Clara.

—¡Acabo de decir que me daba mucha vergüenza! —grita Nora. José Luis trata

de agarrarla pero ella se suelta. Vuelve a mirarlos a todos, acusándolos. Tiene los ojos

enrojecidos.

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—¿Y además qué hubiera pasado, a ver? Era la mi palabra contra la de él. Papá

siempre lo protegió, siempre fue el preferido. “¿Cómo Sergio te va a hacer eso, no ves

que es un chico?”, hubiese dicho. ¿Y yo qué? Entiéndanme, no podía.

Nora se cubre la cara, se larga a llorar. José Luis pasa el brazo por los hombros

de Nora y mira al resto de la familia como midiéndolos. Él ya lo sabía, él está con su

mujer, parece decir con el gesto.

Armando toma la botella de vino y completa las copas, solamente Clara bebe un

trago y deja la suya con excesivo cuidado sobre la mesa.

—Bueno, querida. Eso pasó hace más de veinte años y todavía lo seguís

recordando. A mí me parece que es hora de olvidar algunas cosas. Por el bien de la

familia. —Habla severamente, desde la autoridad, del sentido común, de su lugar de

madre.

—Yo no me voy a olvidar, ni lo voy a perdonar, mucho menos lo voy a tratar a

ese hijo de puta. Ustedes tengan cuidado por las nenas porque además de delincuente es

un degenerado. Eso es todo lo que voy a decir.

—Está bien, pero paremos acá, esta no es una conversación para que escuchen

los chicos.

Es un poco tarde para acordarse de los nietos, que se oyen en la otra habitación,

cantando algo que Ema les está haciendo repetir, como para tapar las voces que llegan

desde el comedor, pero Clara ha dado con un buen argumento para terminar con el

tema. Tal vez ahora que el asunto se ventiló, puedan seguir cenando con tranquilidad.

Nora se lleva la mano a la boca y se separa de los brazos de José Luis, se levanta y corre

al baño.

—Mamá. ¿Cómo lo podes tomar así? ¿Vos te das cuenta lo que pasó? —le

reprocha Javier.

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—Lo que no se habló en su momento, no se puede hablar ahora. ¿Además qué

culpa tenemos nosotros? ¿Pasó? Bueno, pasó. No se puede vivir siempre revolviendo

mierda.

José Luis se para y la enfrenta a Clara.

—Ahora entiendo por qué Nora no pudo hablar con ustedes, esta es una familia

de hipócritas. Usted y su marido fueron siempre unos irresponsables. Hágame el favor

señora, cállese, no la joda más a Nora.

—¿Quién sos vos para venir a callarme en mi propia casa? Ni siquiera sos de la

familia.

—¡La parás, mamá?

El grito de Javier la sacude a Clara que mira desesperada en busca de apoyo. No

lo va a tener, no lo merece.

—Mejor no la sigas —dice Armando en voz relativamente baja, acompañada de

una inclinación de cabeza, un gesto elocuente de reproche. José Luis va hacia el baño.

Desde ahí puede escucharse el ruido de las arcadas de Nora y los susurros de José Luis

calmándola. Clara se ha quedado sola en medio de una mesa casi abandonada.

Ema llega desde el dormitorio con la caja de fotos.

—¿Dónde guardás esta caja, Clara?

—Ponela arriba del modular, yo después me encargo —dice ella.

Nora vuelve del baño.

—Nosotros nos vamos —dice.

Javier se para, se acerca, la abraza. Es un abrazo largo. Ella le da un beso en la

mejilla. Después saluda a Ema, las nenas, José Luis recoge a Ramiro.

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El reflejo de los fuegos artificiales penetra a través del ventanal. Las luces

aparecen sorpresivas, aquí, allá, entre las casas tranquilas. Son fuegos anónimos que

algunos ponen en el cielo por unos segundos. La mesa ha quedado abandonada con los

restos de la comida. Nadie tocó los platos dulces, Javier y los suyos se fueron un rato

después que Nora. Solo quedan Armando y Clara frente al televisor con una botella en

la frapera a medio vaciar. Ninguno se ocupa de servirlo para brindar cuando llegan las

doce.

—Vamos a la cama —dice Clara unos minutos después.

—Andá, yo me quedo un rato viendo la tele.

—Dale vení, no hay nada para ver.

No es una propuesta amorosa, ni siquiera solicitud de compañía, es solo

necesidad de orden, de hagamos todo juntos. Es molesto que actúe así, muy molesto.

Mucho más que los veinte kilos de grasa que incorporó en pocos años, o la

inconsistencia de su culo caído. Clara rebalsó la copa esta noche, algo parecido al

desprecio acaba de instalarse entre ellos.

—No tengo sueño, anda vos si querés.

—Chau, hasta mañana —dice ella con tono ácido.

Ciertamente no hay nada para ver pero la imagen del televisor es un buen

pretexto para no ir a la cama, para no pensar.

Se corta la luz. Venían teniendo suerte, zafando de los apagones. El living queda

absolutamente a oscuras, el ambiente se calienta rápido sin el aire acondicionado. Se

acerca al ventanal, se asoma, las primeras luces del alumbrado público están a unas

cinco cuadras, marcando los límites del apagón. ¿Cuánto va durar? ¿Algunas horas, un

día? ¿Varios? La incertidumbre es lo peor. La heladera, el aire acondicionado, el

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ascensor, la televisión, el agua, todo. La vida suspendida. Hace calor, va hasta la

frapera, tantea, saca la botella empezada antes de que se caliente y toma del pico.

Podría devolver el pasaje de Clara, ir solo, pasar todo el mes con Lecticia, huir

de los apagones, de esta casa, de esta familia. Pensarlo está bueno, aún sabiendo que no

ocurrirá, que hace falta tener la ilusión de que una vida mejor es posible para poder

juntar coraje y hacerlo, que todo esto no es más que un divague, pero por lo menos

ayuda a pasar lo que resta de esta noche, hasta que venga el día, implacable.

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ÍNDICE

Capítulo 1 …………………………….………………………………....Pág. 5

Capítulo 2 …………………………………………………………….. Pág. 23

Capítulo 3 ……………………………………………………………. Pág. 35

Capítulo 4 ……………………………………………………………. Pág. 45

Capítulo 5 ……………………………………………………………. Pág. 67

Capítulo 6 ……………………………………………………………. Pág. 81

Capítulo 7 ………………………………………………………..…. Pág. 135

Capítulo 8 ………………………………………………………..…. Pág. 145

Capítulo 9 …………………………………………….……….……. Pág. 159

Capítulo 10 …………………………………………………………. Pág. 171

Capítulo 11 …………………………………………………………. Pág. 185

Capítulo 12 …………………………………………………………. Pág. 195

Capítulo 13 …………………………………………………………. Pág. 213

Capítulo 14 …………………………………………………………. Pág. 226

Capítulo 15 …………………………………………………………. Pág. 246

Capítulo 16 …………………………………………………………. Pág. 282

NAVIDAD DEL AÑO 2013.…………………….……………..…. Pág. 291

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