Sobrevida
Sobrevida
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Cesare Pavéese
(El oficio de vivir)
Ítalo Calvino
(Las ciudades invisibles)
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SOBREVIDA
Carlos Costa
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CAPÍTULO 1
Mario pasa otra luz roja. Son las dos de la mañana, en la calle no hay un alma.
papá” si no fuera algo grave. Es rebelde el pendejo, jodido también, lo que sea, pero
nunca pide como pide un hijo. Ni lo llama papá, a lo sumo viejo o Mario. Puede
entonces que Clara tenga razón, que lo tienen secuestrado, que le quieren tender una
trampa a él, al padre. Un secuestro express, al boleo. Le pasó a Fernández que apenas es
hablar a Sergio, si no él no hubiera dicho papá. Seguro lo están apretando con una
importan ahora que todo está jodido pero más importa la vida de Sergio; el asunto es
que no lo aprieten a él cuando vaya a buscarlo y lo lleven a su casa para conseguir más,
sería terrible. En la billetera tiene dos mil, entre pesos y patacones, llegado el caso. A lo
mejor ni llega a eso, cuenta mentalmente. Puta carajo, tendría que haber llevado más
pero en su casa no tiene. Mejor así, si ven que anda con mucha plata por ahí es peor.
Tiene las dos lucas y lo que pueda sacar del cajero, eso y la camioneta si se la quieren
llevar.
—Llamar a la cana no, hasta no estar seguro —le dijo a Clara. Capaz que es otra
cosa, alguna cagada de Sergio pensó, pero no se lo dijo. Capaz que atropellaron a un
tipo o algo semejante. Con Sergio nunca se sabe. Además la cana es un peligro, puede
ocasionar un desastre.
—La concha de tu madre. —Se asoma por la ventanilla y grita—. ¡Hijo de puta,
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Cuánto hace que no maneja así, que no corre riesgos. Desde que largó la moto, cuando
era pibe, y se compró un auto, está achanchado, lo reconoce. Atrás del cementerio de los
ingleses. ¿Por qué ese lugar de mierda? ¿Qué hacen ahí a esta hora de la noche? Tiene
que ser un secuestro nomás. ¿Y entonces qué? Le aparece una idea. Agarra el celular,
—Recién estoy llegando, te llamo por otra cosa. — Habla rápido, tapando la voz
de Clara que está diciendo algo—. Voy a dejar el celular abierto, si escuchás que grito,
—Te escuché, estoy alerta —chilla ella y agrega—: Si te traen para acá no te
abro, ¿estamos?
—Te aviso que ya cierro por dentro y apago las luces —sigue ella—. Que la
casa parezca vacía. Vos los entretenés afuera hasta que venga la Policía.
cree que lo hagan, ni tiene miedo. Tiene bronca. Despecho también. Clara tiene razón:
es lo mejor, y lo mejor para ella era que ni siquiera hubiese ido, que mandara a la cana,
a una ambulancia, si pasó algo ¿qué otra cosa mejor se podía hacer? Y si no pasó nada,
si es una más de Sergio, entonces “que aprenda”, no se puede salir corriendo a las dos
de la mañana cada vez que el pendejo se manda una cagada. Clara tiene razón en todo
contra Sergio, como siempre, porque ella no lo quiere. No lo quiere ahora, porque
cuando era chico lo tenía como preferido. Carajo, para qué está pensando en Clara, tiene
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que pensar en la situación, ya está pasando el Cementerio de los Ingleses. Dobla, toma
la calle lateral.
cementerio, de este lado un baldío, a quién le puede importar la basura. Aunque tal vez
a alguno sí le importe porque siempre hay alguien que la prende fuego, y el fuego
quema lento, nauseabundo, dura días y se mezcla con la neblina, como esta noche,
opacando el camino que bifurca hacia la ruta. Ideal para que lo aprieten. Verifica que el
—Llegué, Clara —dice en voz alta para que ella escuche. Después avanza
despacio. Al fondo distingue un auto con las luces apagadas. Mejor detenerse a
distancia, tener tiempo para dar marcha atrás y rajar. Aunque no va a rajar, no vino a
eso. Son como cincuenta metros, tal vez más. Del lado contrario al conductor ve que
baja un tipo, abre la puerta de atrás, forcejea y saca el cuerpo de una persona. Lo deja
niebla, se encienden las luces. Él también cambia a luz alta, la neblina se vuelve blanca.
Se baja, avanza unos veinte metros, reconoce la campera en el cuerpo tendido sobre la
calle. Es su hijo.
—¿Qué te pasó?
Él obedece, corre al auto. Es la pierna nada más, por suerte, pero pierde sangre.
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accidentes. Adelanta el vehículo. Trata de poner la puerta de atrás a la altura del cuerpo,
sin pisarlo. La abre, lo tiene que llevar en andas. Está flaco, ¿no estará comiendo bien?
llegó a esto? Le cuesta meterlo, termina dejándolo boca abajo sobre el asiento. Le dobla
—¿Qué le pasó?
—¿Cómo fue?
—No sé, te dije que no sé, estoy manejando. Andá para allá.
—Tengo un balazo.
—Te balearon esos hijos de puta —afirma Mario, aunque ya sabe que algo está
mal, que nada es como es. Ya siente que se le escurre la fuerza que lo sostenía hasta
hace un segundo.
—Fue un chabón.
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—Nos cagamos a tiros con un tipo. Te juro que no fue culpa nuestra. Él empezó.
Mario vuelve a mirar hacia adelante, la calle oscura, vacía. El auto arranca,
—Vamos a entrar por abajo —dice cuando está llegando a su casa—. Te voy a
La chica está de vacaciones, puede llevarlo ahí, que se quede por un rato en su
cama, para que él pueda pensar qué se hace, qué se dice. No hay tiempo de contarle a
Clara, no hay tiempo de bancarle el ataque de nervios. Si entra por el garaje capaz que
ni se entera, para algo sirve que la casa sea tan grande, con la habitación en suite que da
al parquecito del fondo. Un delirio de Clara, noches enteras discutiendo el proyecto, una
pelotudez ponerse a pensar en eso ahora, tiene que fijar toda la atención en el manejo.
Después llamar a Bruzzone, es clínico, algo tiene que poder hacer. Hay que inventar una
historia, convencerlo de que venga, de que hubo un accidente doméstico, que el arma no
está declarada, que no quiere que nadie vaya preso. Eso, un accidente, que piense lo que
quiera, fue con su revólver. Un revólver que no tiene pero que sí tiene Sergio. Puede
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decir que estaba entrando, saltó por detrás porque se olvidó la llave y él, Mario, se
asustó y tiró. “Arreglemos entre nosotros, por favor”. Que salga lo que salga, él va a
algodones, toallas, alcohol. Clara tendría que estar ayudándolo pero es mejor que no, se
pondría loca, a los gritos, la conoce bien. Hace un torniquete con la manga de una
camisa que saca del lavadero. Aflojar ¿cada cuánto?, ¿cada cinco minutos, cada tres?
Sergio está blanco, serio, no ha vuelto a quejarse, aunque hace un gesto de dolor cuando
él aprieta de nuevo. ¿Por qué no prestó más atención en ese curso de primeros auxilios
que hizo la ART en la fábrica? Cada cinco, decide. El hijo de puta de Bruzzone no llega,
o no va a venir, le recomendó llamar a emergencias. “Te dije que no, que no quiero a
emergencias, si no, no te hubiera llamado a vos, carajo, por una vez podés hacerme un
favor, jugarte por un amigo”. Quizás haya estado demasiado duro, demasiado explícito
mano de Sergio, también de la suya, pero ninguno de los dos piensa en hacer nada con
Sergio está enrollado en la cama agarrándose la pierna, tiene los ojos cerrados,
puede que esté sufriendo o que solamente se esté refugiando en esa pose para no hablar.
Mejor, él tampoco tiene ganas de hablar. Tiene ganas de relajarse, de irse. El cuarto de
Ema está pintado de un verde clarito y suave, no recuerda haber mandado a pintar el
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cuarto de ese color, ha sido cosa de ella, como las repisitas con muñequitos de peluche o
Alguna explicación van a tener que darle, cuando vuelva, por esta invasión, las sábanas
manchadas.
de arriba. Tiene que pararlo a Bruzzone antes de que Clara se entere por boca de él para
qué viene y por qué ellos están abajo, en la habitación de Ema. ¿Por qué carajo no pensó
Baja atropelladamente para abrir el portón del garaje. Escucha que Clara viene
—¿Qué pasó? —Está mirando las manchas de sangre sobre la chomba de Mario.
Mario explica a medias que se le escapó el tiro, que el arma no está declarada.
sobre la mesa de luz, Sergio lo debe haber guardado. Clara aparece por atrás. Tiene
puesto nada más que el camisoncito, se le transparentan las tetas. A ella parece no
los pechos, después se da vuelta para seguir examinando al herido. Clara se lleva las
manos a la cara, Mario la toma del brazo y la saca un momento afuera de la habitación
Clara entra detrás de Mario. Bruzzone le está sacando el pantalón a Sergio. Mario se
acerca y lo ayuda. Sergio se queja pero aguanta. El médico pide gasas, no hay, Clara
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trae una sábana del lavadero y la rompe. Pide agua, ella trae agua en una botella vacía
de gaseosa. Es una herida limpia, menos grave de lo que Mario de lo que creía, la bala
llevarlo a la clínica.
rectifica—; en el medio de una guerra, mejor. —Dice guerra, podría haber dicho
catástrofe o naufragio pero dice guerra y probablemente acierta, porque es una herida de
guerra.
—No tengo ningún elemento —repite Bruzzone, abriendo las manos vacías.
Bruzzone lo mira. Mario no puede saber lo que piensa, no puede calcular hasta
dónde resiste el lazo de amistad que los une. El gordo Bruzzone, al que en la secundaria
ninguno le daba pelota, el que se convirtió en el médico clínico, a quien encontró veinte
años después por casualidad y con el que terminó jugando al tenis todos los jueves hasta
hace unos meses cuando se le hizo imposible seguir por los quilombos en el laburo.
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¿Qué otra cosa los une, además del tenis y un par de cervezas de vez en cuando? Ni las
mujeres se conocen. Mario no puede saber lo que puede haber pasado Armando
Bruzzone en esos treinta años que van desde el gordo boludo al médico tenista. Si lo
supiera, no tendría dudas de que Bruzzone sabe cómo actuar en medio de una guerra,
vez que lo hace. Solo está testeando el grado de compromiso de la familia porque él
la posta sanitaria, ni éste es un compañero herido. Pero le queda eso, de hacer lo que
tiene que hacer con lo que hay a mano, eso de decidir por encima de lo que dice el
—Voy a hacer lo que pueda pero si se complica hay que llevarlo a la clínica. En
cualquier caso, yo no estuve aquí. —Bruzzone le está hablando a los tres pero gira la
cabeza buscando en los ojos de Clara la confirmación. Ellos también tienen algo que
—Vamos a la farmacia, necesitamos comprar algunas cosas. Vos apretá acá —se
dirige a Clara y le mira de nuevo las tetas—, cada cinco minutos aflojá por un minuto y
habla, no quiere decir más sobre lo que pasó ni que Bruzzone le pregunte. Saca la
billetera antes de que lo atiendan. Detrás del ventanuco el empleado les toma el pedido,
va y viene con cada cosa. Es un imbécil, parece que le gustara hacerles perder tiempo.
Pero no se lo puede decir, Mario aprieta los dientes. Bruzzone agrega medicamentos y
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Con el calmante hay problemas, necesita receta especial de tres cuerpos, Bruzzone no
las tiene consigo. Lo sustituye por otro común; seguro que va a sufrir. Tampoco hay
—¿De coser?
arreglos en la ropa de los chicos. Hay una máquina de coser, ella hacía las cortinas. Pero
todo eso pasa en un segundo porque hace años que Clara no cose ni se ocupa de nada.
farmacia.
Mario llama, Clara atiende al séptimo timbre, justo antes de que comience el
contestador.
—Necesitamos agujas, las tenés que hervir, buscá el costurero —apura Mario.
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arriesgarse a que entre en shock. Clara tiene el frasco de suero y controla el goteo. Tuvo
tiempo para ponerse algo si hubiera querido hacerlo, pero sigue con el camisón
transparente, las tetas le quedaron muy bien después de la cirugía, le gusta mostrarlas,
más cuando se las miran. Cruza el brazo libre por delante, pegado al pecho, con el otro
sostiene el suero como si fuera una antorcha. Bruzzone ahora no la mira, se concentra
en lo que está haciendo: limpiar. Mejor sin anestesia, que se acostumbre al dolor, la
anestesia local será para cuando lo cosa, no lo va a cubrir todo, le va a doler, es mejor
aumentar la resistencia psicológica. El pibe aguanta bien, mejor que los tipos grandes.
—Sergio.
—Bueno Sergio, te estoy poniendo anestesia para que no te duela tanto, pero
aunque te duela tenés que aguantar porque no tengo los elementos adecuados, y si no te
—Entendido.
—Vos sostenele la pierna estirada, con toda la fuerza que tengas —le ordena
Bruzzone a Mario.
Mario obedece, aprieta con todo su peso. Y ve cómo los dedos de Bruzzone
hurgan la herida y estiran fibras, manosea, aprieta y cose con puntadas gruesas,
desprolijas, corta y ata, como si fuera carne muerta. Siente náuseas pero aguanta. Le han
dado ganas de mear, justo ahora. ¿O será para salir corriendo? Cierra los ojos, no puede
desmayarse, tiene que concentrarse en otra imagen. En cualquier cosa. Termina por
pensar en el trabajo, es lo más fácil, en las citas de mañana, a quién tiene que llamar
para cobrar, en los sueldos que no está pudiendo pagar, en cómo evitar lo peor. Debajo
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de sus manos, la pierna palpitante de su hijo. En sus oídos, los gemidos que emite,
Bruzzone pone unas gasas, termina el vendaje. Recomienda pierna estirada hasta
que vuelva a la noche siguiente y también comprar un sujetador para mantener la pierna
fija. Aplica un antibiótico inyectable y deja indicaciones para la toma de otro por vía
peor ha pasado para ellos. Para Bruzzone, recién empieza. Clara descuelga un crucifijo
que hay sobre la cama y engancha el sachet de suero en el clavo. Baja el brazo y lo
“No es un favor que te hago, boludo”, piensa Bruzzone cuando sube al auto.
“Quién sos vos, Mario Giunta, que te creés que por dos mangos conseguís cualquier
Ya empieza a salir el sol, todavía tiene tiempo de pasar por su casa a pegarse una
ducha y desayunar. Es el mejor momento del día, ese pedazo de tiempo que no ha
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entregado a las obligaciones. Ese tiempo que todavía puede vivir con la sensación de
La imagen de Clara sigue presente. No hay una razón que conozca para que una
indiferentes. Clara no tiene nada de especial pero sí algo que lo atrae. Busca
va a quedar como un fetiche más de sus pensamientos eróticos, a los que recurre cuando
Mario corre al baño de abajo. Por unos segundos solo piensa en el alivio de
poder orinar. Después se queda ahí, con la bragueta abierta, esperando descargar las
living.
—No vas a pretender que me quede con él. Quedate vos. Ya te dije, no lo banco
—Volvés con eso ahora. ¿No ves que le pegaron un tiro? ¿Querés que lo maten?
—Te dije que esto iba a pasar. Pero vos no hacés nada. Yo no puedo hacer de
padre y de madre.
—¿Pero de qué carajo me hablás? ¿Qué padre hacés vos si estás todo el día en
—Con esa excusa siempre te borraste. Me dejaste sola. Hacete cargo alguna vez.
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—¿Sos o te hacés la pelotuda?, ¿de dónde querés que salga la plata para todo
esto? —Hace un gesto con las manos, un gesto que abarca la casa, los autos y todo
Las manos de Clara van hasta la altura de la cara ahora, tiemblan, ruegan por sí
mismas.
—¿Te das cuenta que ni vos mismo lo aguantás y querés que yo lo siga teniendo
acá?
—¿De qué tenemos que salir? ¿Qué pasó, a ver? ¿Por qué no lo llevaste al
hospital?
—No sé bien qué pasó. Parece que se pelearon con otros pibes y uno le pegó un
tiro.
—Parece que hubo un quilombo y hay otros heridos, no quiero que lo metan en
problemas.
—¿Qué problemas?
—¡Qué sé yo, Clara! Viste que siempre tienen que acusar a alguno. —Es lo
mejor que pudo decir para no entrar en detalle. Clara no está en condiciones de soportar
la verdad.
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—Y pobrecito, él no tiene nada que ver. Pero no seas imbécil, todavía le creés.
—Ya está hecho. Ahora salgamos de esto, después vemos qué hacemos.
—¿Y qué le decimos a todos?¿Que tengo un hijo con una bala en la pierna? Sos
—Decí que se cayó de la moto. Sin más explicaciones, cuanto menos se diga
mejor.
—¿Le podés conseguir los remedios, por lo menos? Yo tengo que ir a la fábrica
—Te pido que le consigas el calmante, nada más, yo voy, vengo y me ocupo de
todo.
—Tu hermano tuvo un accidente —se apura a decir Mario en un tono casi
normal, sin saber si Javier hace mucho que está escuchando. Pero Clara ya ha hablado y
Son dos respuestas, dos caminos a seguir. Clara mira a Mario, él sacude
—Sergio se cayó de una moto y se jodió la pierna, no hay que molestarlo ahora
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enciende uno. Va hacia la ventana, el jardín comienza a tomar colores. Todavía pasa un
rato más antes de que lo escuche bajar a Javier al garaje a buscar la bicicleta. Se irá
pedaleando despacio, naturalmente, sin esfuerzo, como todo lo que hace, como si la
vida fuera fácil. Tal vez lo sea para él, es el mas chico, el que vino sin que lo esperaran,
sin expectativas para cumplir. A veces le provoca ternura verlo con dieciocho años,
apenas un nene grande, desgarbado y tan independiente. Pero tiene miedo de acercarse,
como si el encanto se fuera a romper como una copa fina tratada con torpeza. Algo
funciona mal con los hijos. Se apegó a Nora, la primera, pero a medida que fue
creciendo empezaron los conflictos. Después Sergio, el varón tan deseado, tan
necesitado de apoyo, tan frustrante. Ser madre es un sacrificio, una condena. Clara
enciende otro cigarrillo, desearía tomar un café pero no quiere bajar a la cocina, no
quiere encontrarse con Mario. Ojalá se vaya pronto, antes de las diez, para no cruzarse
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CAPÍTULO 2
Acaba de repetirle al hombre que titubea con el sobre que lleva en la mano, la
extiende. Armando Bruzzone toma los estudios, el paciente se sienta. El sobre está
abierto. Casi todos los traen así, no pueden esperar, aunque no entiendan nada o
malentiendan, lo que a veces es peor. Lee el informe del radiólogo y después verifica en
las imágenes el diagnóstico. Más que verificar, busca una alternativa viable o una
delgada esperanza para lo que va a decir. Tiene apenas unos minutos, quince si pretende
cumplir con el tiempo asignado por la obra social para acompañarlo en este primer paso.
Ojalá el tipo hubiese venido con alguien, eso aliviaría la tensión y le quitaría un poco la
responsabilidad.
—Según estos estudios hay una patología hepática, un tumor sobre el lóbulo
izquierdo. Tiene aproximadamente unos cinco centímetros. Habría que hacer una
perteneciera al cincuentón bien vestido que tiene adelante. Se ha quitado los lentes.
Tiene ojos castaños, anónimos, que lo miran buscando algún gesto traicionero en su
—No sabría decirle, no son todos los casos iguales. Hay buenos tratamientos.
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Vacila, es muy poco tiempo, casi nada. Con quimioterapia seis meses, debería
—No tengo antecedentes. Tal vez dos o tres meses —dice, tratando de que los
Bruzzone la toma en un acto reflejo, toca esa piel fría, sudorosa y terminal.
Durante un momento piensa en retenerlo, podría sugerirle alguna terapia para el dolor o
pequeños huecos para resolver los temas que no están contemplados en el nomenclador,
puede que le solicite un certificado, que le pida que firme alguna receta o que aproveche
—¿Yo?
Ninguna paciente con ese nombre. ¿Quién es Clara Altuna? La mejor forma de
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Altuna. Ni sabía que se llamaba así la mujer de Mario Giunta. Ella se desliza por
la puerta entreabierta que le deja la secretaria. Debe haber usado el apellido de soltera.
La noche anterior no hubo sociales, solo urgencias. Le fastidia un poco que exponga de
sospechar.
Clara se sienta. Tiene buen gusto para vestirse. Usa la pollera corta y un perfume
provocador. Se ve más interesante a la luz del día. Desvestirla, deslizarle la ropa sobre
la piel sedosa, invadir sus sabores, sería fantástico. Pero qué carajo está pensando.
—Bien, es una buena señal. De todos modos hay que mitigarle el dolor, en esa
todas las farmacias lo trabajan. En la avenida —señala hacia algún lugar hipotético que
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—Los pibes son impredecibles. Afrontemos esto ahora, tratemos de que no pase
—Ese es el problema, que nunca sé con qué va a salir. Fijate si lo viene a buscar
—Mirá Clara, estamos haciendo lo que se puede. Yo creo que Mario tampoco
debe saber qué hacer. Lo importante es controlar la situación hasta que se cure. Pensá
La luz del día transparenta el falso velo de protección que otorga la noche. Se
arrepiente de haberse dejado llevar por el impulso, los Giunta no son militantes, son
No siempre sabe lo que hace, normalmente se controla pero cada tanto pasa lo
—¡Eso! —está diciendo Clara en voz demasiado alta—. Estamos todos en riesgo
por culpa de él. Imaginate lo que nos puede pasar si esto se ventila.
amargura.
—Yo no sé cómo Mario te metió en esto —dice Clara—. Le dije que lo llevara
Bruzzone se irrita. Clara no está para agradecerle, para reconocerlo entre los
hombres, sino para igualarlo con Mario. Para marcarlo en su estupidez. Tiene ganas de
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—Mirá, yo les hice un favor, no tengo nada que ganar con esto ni me quiero
meter en la interna de tu familia. Solo les pido que me cuiden. ¿Está claro?
—No, sí, tenés razón. Disculpame, no sé para qué te cuento, no tengo derecho,
—Calmate o vas a meter la pata. Te voy a recetar algo más. Un sedante, podés
tomar uno por día, a la noche. Y también le das uno a Sergio, es mejor que esté relajado.
Bruzzone retira varias cajitas de un mueble, muestras gratis. Las pone sobre el
—¿Desde cuándo?
—Es una barbaridad. No se puede tomar por tanto tiempo, es adictivo. ¿Quién te
lo recetó?
Por su expresión Bruzzone sabe que siempre son dos. Apoya los codos sobre el
escritorio y se sostiene la cara mirando a Clara. En silencio. Ella tiene un gesto que no
llega a ser una sonrisa, más bien una espera. Los ojos almendrados lo miran, lo
—¿Y qué querés que haga? —dice Clara levantando un poco los hombros y
—Está bien, seguí con eso. Dale una a Sergio, o mejor dos por día. Cualquier
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húmedos.
Hay sol en la calle. Es casi mediodía. Clara camina tres cuadras hasta la avenida.
que se estableció de inmediato, como si fueran amigos de toda la vida. Está mejor que
Mario, por lo menos tiene todo el pelo y no está gordo. Es una cara distinta, poco
común, tiene manos grandes, suaves. Si decide meterle los cuernos a su marido va a ser
con un tipo como este, un tipo que la caliente. Que le ponga los puntos. Siente un
pequeño cosquilleo, una señal entre las piernas, hacía rato que no le pasaba. La
Gracias a Dios que Sergio no atendió. No hubiera podido subir un piso con la
—No llegó. Me llamó José Luis para decirme que no había llegado y que a él
tampoco le atiende los llamados. Tienen una reunión con los abogados.
—Para allá salió hace rato. A lo mejor tuvo que hacer algo en el camino. Más no
te puedo decir.
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—La empresa se va a la mierda y ustedes no hacen nada. José Luis está como
loco.
A Clara se le sube la sangre a la cabeza. ¿Quién carajo es José Luis para ponerse
loco? Mario lo llevó a la empresa porque era el marido de su hija. Un inútil, ni siquiera
tiene un título. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué no lo pondrá en su lugar esta pendeja o
lo mantiene ella sacando muelas?, piensa decirle, pero no lo hace. Desde la última pelea
pudiera sacar a Sergio de encima hasta podría ser feliz. Todo lo malo quedaría afuera y
Mierda. Todo es una mierda, tiene que salirse de esa. Retira un número y espera. Estaba
empezando a sentirse bien y la tuvo que llamar. No quiere pensar lo que ocurriría si se
más los fines de semana. Ema, el lunes vuelve Ema de las vacaciones. Tiene que pensar
cómo mantener a Sergio oculto. Si Nora llama y habla con Ema, se pudre todo.
Los remedios están en una bolsita de nylon sobre el asiento del acompañante. Ha
tenido que pagar con la tarjeta por falta de efectivo. Mario no le deja suficiente, como si
ella no tuviera gastos. Le cuesta volver a su casa, desde hace tiempo que la siente como
un encierro. Antes pensaba que era un refugio, una isla, ahora es una condena de
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paredes tristes donde se apaga la luz mucho antes del atardecer. Cuando sale todo
parece animarse, hasta que se acaban las misiones que se propuso. Comprar algo, la
nadie. Volver es lo único que puede hacer. Esta vez es más difícil: está Sergio ocupando
la casa y obligándola a que lo atienda. Siente una molestia en el pecho cuando entra el
coche en el garaje. “Aprehensión”, piensa. Nunca usa esa palabra pero es la única que
define lo que le pasa. No puede seguir esquivándolo, tiene que ir a la habitación de Ema
a ver a Sergio. Apenas pasa la puerta se pone rígida, no sabe cómo empezar. Cuando
está enojada puede gritar, no hay problema, pero ahora es su deber atenderlo,
—Te traje los calmantes —dice en un tono tan despojado de tensión que le
—Recién me tuve que levantar al baño, fui saltando en una pierna. De eso te
hablo.
—Llamalo a tu padre para que te las traiga cuando venga. El tono ha vuelto a ser
el de siempre.
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—¿Dónde lo perdiste? —chilla. Clara sabe que no es bueno que Sergio, baleado,
haya perdido el celular. No se anima a decirlo pero anticipa que se les viene una
marcado.
Clara recoge la ropa manchada de sangre que ha quedado oculta detrás de una
silla. No sabe cómo la va a lavar antes de que llegue Ema y empiece a preguntar. El
pantalón no se salva, está agujereado. La voz de Sergio suena dulce a sus espaldas.
Quien lo escuchara sin saber nada de lo que está pasando diría que es un chico
encantador.
Clara toma el celular y vacila un segundo, después tira la cabeza para atrás y se
—Ya le dije pero tiene que ir al baño. Además habría que llevarlo a la habitación
—Te traigo agua, tomás los calmantes y después te aguantás hasta que venga tu
padre.
—No hay comida, si querés te hago un sándwich y la parás ahí, porque no te voy
a seguir atendiendo.
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sobre las rodajas de pan integral, después retira unas fetas de jamón y le agrega
mayonesa. Sergio está callado, sabe que no le conviene hablar. Ella preferiría que la
insultara, que la mandara a la mierda, así no le tendría que preparar nada. Pero el hijo de
puta se calla, se aprovecha. ¿Hasta cuándo va a seguir en esta casa? Se tiene que ir. Él o
encasqueta con un vaso, recoge unas servilletas y baja las escaleras con las dos manos
ocupadas y titubeando sobre los tacos finitos. Lo único que falta es que se caiga y se
rompa el alma. Especula con esa posibilidad y todo lo que le puede ocurrir después. Su
propia imagen caída, rota al pie de la escalera y Mario entrando desesperado. Arreglá
esto imbécil, le diría. Arreglame, a ver si podés, vos que arreglás todo. Por culpa de ese,
por culpa tuya, ves lo que me pasó. La escena en su mente dura sólo un instante,
después le da vergüenza mostrarse destrozada ante ese hijo de puta. Eso nunca. Nunca.
espalda para subir con las pisadas seguras de alguien que sabe lo que hace.
aire tibio llena sus pulmones. Aprieta el botón del control, la imagen se ilumina sobre la
pantalla. Pasa los canales sin prestar demasiada atención hasta que llega al programa de
chismes. Un rato de distracción con alguna tontería, eso es lo que necesita. Funciona.
Suena el teléfono fijo. Apenas logra desconectarse alguien la acosa. Está tentada
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—No. Me acaba de llamar José Luis que se enteró que andaban buscando
—¿Qué le pasó?
Clara escucha cómo su hija busca palabras para insultarla. Escucha voces. Sí,
hágalo pasar.
Clara siente que los latidos del corazón se le han acelerado. ¿Por qué no se
pusieron de acuerdo en lo que iban a decirle? Casi mete la pata. Sube el volumen del
televisor como si eso pudiera evitar cualquier otra llamada. Trata de engancharse con el
programa de chimentos, lo logra a medias. Salta de canal varias veces y vuelve, no hay
nada mejor. El programa se corta, están pasando los adelantos de noticias. Un policía
diciendo que fueron cuatro delincuentes, que su novio alcanzó a herir a uno. La Policía
busca a los sospechosos. “¿Dónde lo hirieron?”, piensa Clara. Pero el avance no lo dice.
Sergio pero no va a hacerlo. No puede ser cierto. Sintoniza otro canal, busca otra
versión, Crónica TV. Hay muchas noticias que se van pasando una y otra vez, ahora
vuelve la ronda. Es más o menos lo mismo, apenas con algo más de detalle; la novia del
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policía llorando desconsolada, el auto del policía con los vidrios rotos por los balazos.
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CAPÍTULO 3
Mario entra la Hilux y cierra el portón, saca las muletas del asiento de atrás. Va
estirada; sobre la mesa de luz hay un plato vacío. Le pregunta como está. Responde que
—Te traje las muletas —dice apoyándose sobre una de ellas, como si Sergio
—Dejalas ahí —señala la mesa de luz. Un lugar a todas luces imposible para
ubicarlas, sin contar con que la pequeña superficie está llena de cosas: el plato, algunos
remedios, un vaso, los cigarrillos y el cenicero lleno de puchos. Mario termina por
ponerlas entre la cama y la mesita para que no se caigan. Sergio no pronuncia palabra,
solo estira la mano en busca de los cigarrillos. Mario siente el cansancio de una noche
sin dormir, más un día agotador con abogados, reclamos, cheques incobrables y el
imbécil de José Luis rompiéndole las pelotas. Gracias, eso es lo que no ha dicho Sergio,
lo que no dice ninguno, como si fuera obligación hacer lo que está haciendo por todos
ellos, como si él tuviera que saber resolver cada cuestión, solucionarles la existencia.
—Voy para arriba —anuncia con una voz cargada de resentimiento. Sabe que
—¿Y el tuyo?
—Lo perdí.
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—¿Dónde? —es lo único que le sale—. ¿Vos siempre sabés dónde perdés las
cosas?
—Vamos a empezar otra vez. Contame qué pasó. —Ha cambiado el tono, hace
Sergio.
—Me lo tenés que decir. Tengo que saber qué pasó para poder ayudarte.
—¿Pero sos pelotudo o qué te pasa! ¿Cómo carajo querés que te ayude? —le
grita.
Siente la mirada de odio que Sergio le está dedicando. ¿De dónde puede venir
ese odio contra él que no hace más que ayudarlo? El silencio se vuelve opresivo.
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verlo así, con esa necedad. Tendría que haber hablado de otra manera pero se le fueron
Se va para arriba enojado, harto, sabe que terminará como siempre peleándose a
los gritos con Clara. Va a mandar todo a la mierda si esto sigue así.
—¿Te contó?
—No. Lo vi en la tele.
—Mató a un policía.
El piso parece moverse debajo de los pies de Mario. Había pensado cualquier
cosa. Tenía la ilusión de que fuera como le dijo. Una pelea de barras. Pero no esto. La
marea de mierda crece, amenaza con taparlo, necesita sacar la cabeza afuera.
—¿Cómo?
tristeza y agrega—, este y las compañías que tiene asaltaron a un policía y lo mataron.
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—Y, mirá —dice con suficiencia, señalando la pantalla con el control remoto—
se dan todas. Fue anoche, en Ezeiza, se escaparon en un auto igual al que tiene ese
gordo amigo de Sergio. Uno de los chorros salió herido. Dos más dos, cuatro.
—¿Querés?
Clara lo mira. Hace rato que no quiere compartir nada con él pero termina
aceptando.
Mario va a buscar el hielo. Una operación sencilla que ahora le cuesta. Está
torpe, se le caen algunos cubitos y tiene que limpiar. Hacer cosas domésticas, crear un
paréntesis. Un tiempo de nada que pide el cuerpo antes de continuar la lucha. Cuando
conoce otra manera. Hacer. Dejar correr no es un mérito. Esperar, algo insoportable.
—Joderse —dice Clara—. Hay que joderse —dice con voz grave, casi gozosa.
Siempre dispuesta a hundir el barco, a llevarlos a los dos hacia el fondo como si
esa fuera la solución. La única solución para salir de esta mierda. El whisky pasa por la
—Consultá.
—Si por lo menos éste nos dijera lo que pasó. Pero es un pelotudo.
gravedad del asunto. No le importa el futuro. Hija de puta. Carga en el vaso una medida
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generosa. Pero algo de razón tiene, un reflejo de cordura se filtra entre la nube de odio.
minuciosamente mierda. Todo. Tiene que haber una razón, una maldita razón para que
sea así. Necesita un psicólogo, alguien que lo enderece. Otra vez algo que hacer. Y la
turra de la madre que no lo ayuda, que lo único que sabe es joder. Ni siquiera ahora
puede ayudar a un hijo, no tiene instinto maternal, piensa nada más que en ella. Otra vez
se encuentra solo, como siempre. Toma el último trago, se incorpora. Baja las escaleras
Sergio lo mira. Algún impacto han tenido las palabras porque se ha puesto
pálido. Apaga el cigarrillo sobre la enormidad de colillas, con fuerza, volcando parte de
—Ah, sí. Asunto tuyo pero después te tengo que traer acá, arriesgarme a ir en
—¿No ves que sos un boludo? ¿Te das cuenta que estás solo, que soy el único
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—Pendejo de mierda, ¿adónde carajo vas? Tenés que tener la pierna quieta.
Volvé.
—¡Pará, carajo!
Sergio se apura a subir. Una de las muletas resbala, pierde el equilibrio. Grita y
cae sentado, se desliza por los escalones hacia abajo. Mario se acerca. Sin preguntar lo
toma de donde puede y lo levanta. Sergio se agarra de él. Despacio vuelven hacia la
Mario puede ver cómo Sergio se agarra el tobillo de la pierna sana. El dolor le
—¿Me van a decir que pasó? —la voz agria de Clara viene de arriba, del vano
de la escalera.
—Nada, ¿no viste que se cayó? Quedate tranquila, haceme el favor —grita
cama.
—Sos un boludo, hijo, sos un boludo. Por qué será que no me hacés caso.
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—Traeme hielo.
El velador que apunta a la pared es ahora la única fuente de luz. Sergio parece
más joven, casi aniñado en ese claroscuro que los rodea. Mario está sentado en la cama.
Una bolsa de nylon con hielo envuelta en una servilleta rodea el tobillo flaco. Mario
prefiere no imaginar lo que significa el tatuaje que se asoma por debajo de la servilleta.
La navaja atravesada sobre un dibujo incomprensible. ¿Dónde quedó el pibe que hasta
no hace mucho llevaba al rugby? Ese mechón de pelos rubios movedizo de la infancia.
El que recibió el título secundario tan trabajosamente logrado. El que se trajo a los
quince años la primera chica a casa. Roxana. La piba parecía una mosquita muerta hasta
que los encontró una madrugada fifando en el quincho. Ellos no lo vieron. “Mejor que
vayamos, papá?”. “Tratá de que no se entere tu madre y usá forro”, dijo al fin. Sergio
tenía razón. ¿Qué otro padre le hablaría así a un hijo en esas circunstancias? ¿Cómo
llegó a esto? ¿Dónde dejaron de conectarse? “No sabíamos que era poli. Lo quisimos
apretar y sacó la pistola”, está diciendo Sergio. Es la misma voz con la que había dicho
“adónde querés que vayamos, papá”. Se sobrecoge. Fue en defensa propia. Sergio no es
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Mario va hacia el garaje, abre las puertas de la Hilux y busca en el piso, entre los
asientos. El celular no aparece. Tiene que estar en el auto de Beto. Se le ocurre llamar,
Cuando llega al distribuidor de arriba, ve luz en el cuarto de Javier. ¿Por dónde entró?
Este pibe es un fantasma, nadie lo escucha, nadie lo ve. Mario va hasta el cuarto de
Javier, necesita asegurarse de que todo está normal, que todavía tiene el control.
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correcta.
darse cuenta, él no va a poner nada en duda, él no es ortiba pero Ema puede serlo, ni
hablar de Nora y José Luis. Tiene que sacar la moto de circulación antes de que eso
pase. El asunto es cómo. La fábrica no es una opción. Tiene que pensar. Un rápido
paneo de lugares posibles lo enfoca hacia la casa de su madre. Se la va a dejar ahí, irá
mañana o tal vez el domingo. Su madre es la única aliada fiel que le queda. Puede
confiar en ella.
Hay algo entre necesidad y afecto, algo que no puede manejar por separado. ¿Con Clara
habrá ocurrido lo mismo? Las ideas se extinguen en su cabeza tan rápidamente como le
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CAPÍTULO 4
—Armando —la voz de Raquel llega puntualmente cada vez que sale de la
casa y de perderse por un rato. Es demasiado amable. Está casi seguro de que si alguien
fuera a contarle que él está con otra mina, ella diría “y pobre, trabaja tanto”, o algo por
el estilo. Raquel lo ama, si a eso que hace puede definírselo de esta manera. ¿Por qué?
—Te dejo todo en la cocina, calentátelo, no comas frío que te cae mal.
lo de Giunta. Qué pibe ese Sergio, ¿en qué andará metido?, ¿cómo puede hacerle eso al
viejo? Va a tener que hacerle un seguimiento, si algo sale mal no tiene adónde derivarlo
sin meterse en un problema. El coche avanza por la avenida, hay poco tránsito, “la crisis
se nota”, piensa. Cuanto peor mejor, así pensaba antes, pero la realidad viene mostrando
que cuanto peor, peor. Siempre peor y nada más que peor. No hay nada como una luz al
final del túnel. Todos acuden a él para curarse, para mejorarse, creen en él y lo
necesitan. Darles esa luz es el único cable que lo ata a la vida. Pero y él, ¿qué? No ve
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nada, nada que pueda devolverle las ganas. Esa es la derrota. La de los días insulsos del
porvenir. Ni siquiera tiene la dignidad que tuvo el paciente de la mañana. Tal vez si
supiera que sólo le quedan sesenta días, los viviría con intensidad..
falleció. Porque en vida jamás le permitió tocarlo, aunque pasara años juntando polvo
prestan. Ni siquiera al único hijo. “Ese malcriado de la madre, de las tías. Joder, que
trabaje y se compre el suyo”. Pero ahora ya no puede decir nada, ahora es suyo, todo
suyo, aunque no sea nada más que un coche viejo, grande y un poco incómodo.
La casa de Giunta tiene las luces de afuera apagadas, unas pocas hebras se
escapan desde la ventana del living. Por un momento Armando Bruzzone teme que haya
pasado algo. Deja el coche estacionado cerca de la esquina y vuelve caminando hasta la
segundo la puerta se abre. Clara saluda con la mano y baja las escaleras con pasos
flexibles, como si al apoyarse sobre los escalones estuviera comprobando que pueden
cuenta Clara.
Qué pibe más idiota. Le había dicho bien claro que no podía levantarse. Y los
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—Al que tengo que ver es a Sergio. Que Mario se quede tranquilo.
Clara baja primero las escaleras que van al subsuelo, Armando la sigue con los
Sergio está sentado en la cama, las piernas abiertas, los brazos sobre el respaldo.
Hay un gesto de pesadumbre, de llanto reprimido. Pero Armando no siente piedad, hay
enfermos así que se destruyen todo el tiempo, para los que su medicina no sirve. Son los
que desafían su deseo de curar. En estos casos solo resta hacer lo que corresponde sin
pensamiento, sólo ve una pierna, una herida, las vendas, los objetos que calzan unos con
otros. Actuar con pericia es el último recurso para no mandar a un paciente a la mierda.
Sergio se calla. Armando ya sabe que esto va durar más de lo necesario. Solo
resta esperar que no quiera subir las escaleras. Volverá mañana y también pasado. Es lo
que prescribe el protocolo. Se dice a sí mismo que siempre es mejor estar cerca del
—Dale.
Clara va en busca del café. El ruido del trajín delatan que lo está preparando.
Mientras tanto, él observa el living: un enorme espacio al que seguramente tuvieron que
llenar con muebles y adornos. No hay armonía ni buen gusto. Plata, nada más que plata,
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acumulada en rincones y cosas. Qué mierda. Si en su casa tuviera este espacio lo dejaría
libre. Nunca pudo entender esa obsesión por los objetos. Él disfruta de la austeridad y el
desprendimiento. Hasta la ropa le molesta. Sería feliz con un short y unas sandalias.
Debería haberse ido a algún país tropical, tal vez con Médicos sin fronteras. A veces
fantasea con hacerlo. Estar allí rodeado de gente que de verdad lo necesite. Un lugar
donde sería alguien para los demás y también para sí mismo. ¿Qué otra cosa le queda a
un tipo como él? Pudo acariciar un futuro distinto, sentirse parte de una revolución, pero
esa revolución fue derrotada. A algunos les tocó sobrevivir, sabiendo que lo hacían a
costa de otros que se dejaron masacrar sin delatarlos. Esos compañeros que morían
torturados pensando que, por cada nombre no dicho, salvaban a otro para que continuara
la lucha, para que los redimiera en la victoria. Pero el instinto los llevó a preservar la
Después una cosa siguió a la otra y terminó en esto. Ese personaje construido para
ocultarse que se volvió lo único real; los lazos entre los sobrevivientes se fueron
diluyendo, hasta que todo pareció casi normal, todo, hasta esto de ponerse a imaginar
boludeces que jamás llevará a cabo porque están Raquel y Lecticia. Y también por su
Clara ha vuelto con una pequeña bandeja. Lo sirve con ademanes coquetos, le
—Ya sé. —Clara hace una pausa y extiende su mano para apoyarla sobre la de
Armando, que tiene la suya en el brazo del sillón—. Te estamos muy agradecidos por lo
que hacés. No creas que no me doy cuenta del compromiso en el que te metimos.
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La mano es tibia. Armando dejaría la suya toda la noche. ¿Toda la noche? Eso
haría.
—Ahora somos amigos. Hasta ayer ni te había visto. Pero sí, es como si te
conociera de siempre.
—De alguna otra vida —lo ha dicho con sorna, pero él siente que es así.
—Puede ser. Viste que hay gente que dice que vivimos otras vidas.
“Ella tampoco debe creer en esas cosas”, piensa Armando, debió haber otras
—Viste cómo es. Me fue a buscar y me trajo —dice haciendo un gesto con la
—Ni loca. Yo me quería quedar. Fue Mario el que insistió y como una boluda
me vine.
Mar del Plata, una razón geográfica suficiente para el error. Raquel nació en la
realidad. Armando toma el último trago de café. El teléfono suena. Es momento de irse.
hablando Clara pero después saca la conclusión de que habla con su hija.
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—Ya te dije que no pasa nada. No sé por qué se te dio por preocuparte —dice
con un tono irritado y sigue. Mientras, Armando la mira. Que no, que no le puede dar
con el padre, que recién se acostó, que estaba muy cansado. Si José Luis quiere hablar
con él, el lunes lo verá en la fábrica, no es motivo para despertarlo ahora. Tiene que
descansar. ¿Qué está pasando que es tan terrible? Por qué traerle más problemas.
Mañana, mañana hablan. Está con gente. Qué le importa o acaso tiene que rendirle
—¿Tenés dos?
—Tres, ¿vos?
—¿Lecticia?
—Qué bien.
Cuando ella cierra la puerta Armando piensa que la actitud de esa mujer lo
perturba. Están sus hijos en algún lado de la casa, su marido y ella lo coquetea. ¿Será
Clara peregrina por los ambientes apagando luces, cerrando puertas. Se obliga a
bajar para asegurarse de que Sergio haya tomado los remedios. Está dormido, lo
despierta y se los hace tomar. Después apaga la luz y se va. Arriba, en el cuarto, ve a
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Mario desnudo atravesado en la cama. Si no fuera por los ronquidos que emite podría
pensar que un infarto lo fulminó al salir de baño. Pero solo está dormido, ocupando el
lugar de ella. Lo llama con voz fuerte pero es inútil, su inmensa humanidad sigue
devorado al muchacho que conoció hace años. Ahora la repelen esos vellos pegados al
pecho, el vientre fofo, desmesurado, la calva que cubre casi toda la cabeza. Es una
bestia.
pieza de Nora. Necesita dormir. Mira a su marido una vez más. “Se va a enfermar así
desnudo”, piensa. Toma la colcha que se ha caído al piso y lo tapa. Ahora está mejor, se
Clara escucha después los pasos apresurados. La luz del sol resplandece en las
cortinas de voile. Once de la mañana. Clara devuelve el reloj pulsera a la mesa de luz, se
sienta en la cama y se tapa con las sábanas antes de que él aparezca en la puerta y la
mire con gesto asombrado porque está durmiendo allí, en lo de su hija. Recién se ha
slip diminuto.
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—Que se queden en el living y que no bajen. Ya no vive acá. No tiene por qué
Mario abre la puerta. Nora hace apenas un ademán de besarlo y entra. José Luis
le palmea el brazo. Clara está en el medio del living bloqueando cualquier movimiento.
Mario da por seguro que los obligará a sentarse. Cierra la puerta. Hay un momento en
—¿Y a vos qué carajo te importa a qué hora dormimos o a qué hora cogemos?
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—Tengo una madre liberal. Que habla de coger y todo —dice con voz
joder?
—¿A qué vienen? —Mario eleva la voz, mirando especialmente a José Luis.
—Tu mujer tiene que saber —dice mirando a Clara—. ¿Te dijo lo que piensa
hacer?
—Es una idea, entre otras. No hay nada decidido —se apura a decir Mario.
—¿De qué están hablando? —Clara se dirige a los dos. Hay estado de alerta en
—Quiere presentar la quiebra y rajarse. —José Luis señala a Mario con un gesto
—¿Es cierto eso? —Clara lo mira a los ojos, esperando alguna verdad oculta.
—No. Es una idea de un abogado que consulté para tener alternativas por si las
—¿Lleguemos a qué? ¿Qué es lo que puede empeorar? —Clara está al borde del
grito. Aprieta las manos como si quisiera agarrarse de algo antes de que la ciénaga la
trague.
Los males del mundo llegan a su casa en oleadas. Ahora tiene que dar
que tiene miedo de que él presente la quiebra. Porque claro, ¿a dónde va a ir a trabajar si
la fábrica se cierra?¿Qué carajo sabe hacer? El pelotudo no entiende que esta es una
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maniobra para calmar a la gente y frenar a los acreedores. No es una decisión tomada, es
un grito de auxilio, un pedido de apoyo, para que le saquen la pata de encima. De alguna
forma tiene que hacerles entender que él no es Dios y que no puede hacer milagros. No
pudo prever que este pelotudo iría a contarle a Clara. Ahora hay que darles un baño de
realidad.
—Las cosas están jodidas. No sé si vamos a poder seguir. Hay que prever
alternativas.
—¿Cómo no me dijiste? —dice Clara agitando los brazos—. ¿Qué soy yo para
Ya le llenó la cabeza a Clara, logró el objetivo, ahora solo tiene que sentarse a
esperar.
Nora trajo café y ahora escucha sentada en el sillón largo de los invitados. Clara
y él ocupan los sillones dispuestos a cada extremo. A nadie le interesan las cifras, los
problemas, solo saber qué hizo mal o qué dejó de hacer; si la situación era tan grave
¿por qué no les dijo antes? No hay ánimo de ayudar. Ninguna defensa posible, su
—La casa.
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—Por eso mismo. Es lo único que nos queda si queremos salir de ésta.
Clara no se lo va a permitir, Mario lo sabe, pero podrían vender y con eso taparían
agujeros importantes.
—Mi casa —Clara se golpea el pecho con el índice—, para pagar las deudas de
—El departamento no tiene nada que ver con la fábrica. Yo soy un empleado.
—¿Y qué estás haciendo aquí? Si sos un empleado a vos qué te puede importar
rompió el culo por la empresa, tiene todo el derecho del mundo a opinar. Vos sos la que
Haberlo dicho antes. Mario siente alivio y satisfacción. Vinieron por lana y se
van esquilados. Ahora sólo le queda esperar que éstos se vayan dando un portazo, que
después Clara suba a la habitación como siempre, y él, tal vez, pueda llevar la moto a lo
—¡Váyanse a la mierda! —Son las últimas palabras de Clara antes de subir las
escaleras.
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Nora y José Luis se miran, no dicen qué hacemos porque él está presente. Pero
está claro que tampoco tienen lo que vinieron a buscar, el apoyo de Clara. ¿Para qué?
esperaban estos que sucediera? “José Luis se rompió el culo por la empresa”, acaba de
decir Nora. ¿Cuándo? Hace cinco años que trabaja, boludeces administrativas que se le
mano derecha. Un desubicado, lo primero que les dijo a los empleados cuando entró —
él se ha venido a enterar con el tiempo— fue “yo no soy un negrero como mi suegro”.
Algunas veces lo encontró juntándose con otros, hablando con el contador, dando
opiniones contrarias a sus disposiciones. ¿Puede ser que este pelotudo quiera ocupar su
Nora está diciendo algo que él no ha estado escuchando, se trata de Sergio, del
accidente. Sabe que ha contestado con un par de monosílabos, espera que hayan sido los
acertados.
—Tu mamá se estuvo ocupando. Por eso estuvimos hasta tarde. —No es
inadecuadas.
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escaleras hacia el dormitorio de su hermano antes de que Mario pueda hacer algo para
acompaño.
entrar primero y hablar de modo que Sergio confirme el accidente. Se cayó de la moto.
Se lastimó las dos piernas, no es grave, piensa decir. El otro, todo vendado, no va a
necesitar decir nada. ¿Y si preguntan por la moto? Está en el mecánico. Al garaje no van
a entrar.
Mario abre la puerta, ve a Sergio durmiendo y se corre para que lo vean. Nora no
está conforme. Habla fuerte, seguramente con la idea de despertarlo. José Luis pregunta
detalles. Pregunta por la moto. Sergio se despierta. Pide que le alcancen algo para
tomar.
—Cuando se vayan.
—¿Pero no ves que está muerto de sed? —reprocha Nora elevando la voz.
—¿Me dejás de dar órdenes? ¡Ya bastante tengo con tu vieja! —grita.
—¿Pero qué les pasa a todos en esta casa? Se ponen histéricos por cualquier
cosa. Gracias a Dios que no vivo más aquí, porque no los aguanto.
—Se dejan de gritar que me están dando dolor de cabeza —chilla Sergio.
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Nora debe presentir algo o alguien le dijo, por eso insiste. Mario mira la cara de
José Luis. Inquisidor. El hijo de puta lo escuchó hablar con Clara, escuchó cuando le
pidió a su secretaria que buscara unas muletas. Sabe que Sergio hizo alguna cagada.
solo tirón de la habitación y la lleva hacia las escaleras. José Luis se le viene encima y
lo agarra del otro brazo. Mario se da vuelta y le da una trompada en la cara. El golpe
suena seco, preciso. José Luis cae pero se levanta enseguida. Le pega de nuevo, él
también le pega. Los golpes no duelen, lo enfurecen. Siente sal en la boca. Tiene la bata
desprendida y se le debe estar viendo el sexo. José Luis se mueve, esquiva los golpes, es
más joven. Mario siente odio. Se arroja sobre el otro y lo toma del cuello, una embestida
rápida, José Luis no puede zafar. Mario aprieta. Son manos de matricero aunque ya no
haga ese trabajo. Corta el paso de la sangre y del aire, José Luis deja de golpear, trata de
separar las manos de su cuello, empalidece. Nora grita. Los ojos de José Luis imploran.
—¡Lo vas a matar! —Mario sabe que sí, que lo quiere matar, que lo puede
matar. Lo suelta. José Luis se agarra el cuello, no puede hablar. Nora lo arrastra hacia la
escalera, se deja llevar para arriba. Mario da un paso hacia atrás. Sergio mira impotente
desde la cama.
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—Cagón hijo de puta —grita Mario—. Llevátelo. No quiero verlo más. —Sigue
gritando sin odio, con la satisfacción de haberle puesto las manos en el cuello. De casi
matarlo.
—Te voy a hacer mierda —pretende gritar José Luis y tose, retrocediendo
—¡Estás loco, terminala! —le grita Nora—. ¡Y vos, José Luis, andá para arriba!
pecho. Va a tener un ataque. Sigue respirando, el aire no llena los pulmones, entra y sale
pero no los llena. Se sienta en el suelo. Esto es la muerte. Así. No puede ser. Tiene que
relajarse. Respirar más despacio. El corazón empieza a aflojar. Un susto nada más.
—¿Estás bien papá? —la voz de Sergio le llega como si estuviera lejos, aunque
piensa Mario. Le dice que sí con la cabeza y con la palma abierta de la mano le hace
seña que vuelva la cama. Sergio se queda de pie, apoyado en una muleta. Mario piensa
que tiene que levantarse ahora, mostrar que está bien. Es apenas un esfuerzo. Se siente
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—Sí, ahora voy. —Mario dice que va pero se acerca a la cama de Sergio y se
—Es una hija de puta esta pendeja —dice Sergio—. Y al tarado ese lo voy a
matar.
casa.
—¿Qué hacés vos acá? —“llegás siempre al final, cuando nadie te necesita”,
piensa Mario, pero no lo dice y busca la respuesta adecuada—: un quilombo con Nora y
—¿Estuviste escuchando?
sábado.
—¿Hay algo en que yo pueda ayudar? —ofrece, abriendo las manos como si
Mario siente que algo está mal en lo que dijo pero ya está. Sergio lo mira. Él
cae y hace un ruido de caño hueco. Javier la levanta. Las palabras se han ido. Mario
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busca la campera de cuero negro. Sabe que no la necesita para llevar la moto a la casa
de su madre pero tiene ganas de usarla. Tal vez sea un reflejo de juventud, de los
tiempos en que estaba todo bien, cuando salían con Luis, el Cholo y los muchachos a la
ruta. La encuentra colgada en el extremo izquierdo del vestidor. Una capa de polvillo
cubre los hombros y el cuello. La cepilla antes de sacarla de la percha, se la pone. Tiene
que comprimir el abdomen para poder correr el cierre que solo sube hasta la mitad. Mira
al espejo, parece un globo. Tira del cierre de la campera hacia abajo, es inútil, está
gordo. Tendría que hacer dieta, caminar más, promete hacerlo aunque sabe que se está
mintiendo, baja el cierre, no hace tanto frío, puede llevarla abierta. Va hacia el garaje.
La moto está casi sin nafta. Tiene que ir a buscar con un bidón a la estación de servicio.
Por suerte hay carga en la batería, no regula bien, si hubiera tenido que patearla quizás
no hubiera arrancado con tantos días parada. Acelera y se lanza a trepar la rampa de su
garaje. Ni loco intentaría subirla a pulso. La moto sube liberando la potencia entre sus
Gira levemente y aprieta el control para cerrar la reja y el portón, después avanza lento
Siente un placer especial en ese poder controlado, en ese avanzar libre contra el
viento. Una sensación desconocida. Algo como estar lleno, bien. Satisfecho. Satisfecho
de lo que pasó con José Luis. Del despelote que se armó. Descargado. La campera de
conduce la moto entre las calles baldías para llegar a lo de su madre. Un tiempo sin
plazos. Podría pasar a buscar a Luis, “dale vamos, salgamos a la ruta, en cuatro horas
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estamos en Mar del Plata, o tal vez en Rosario, hay mejores minas en Rosario”. El
—¿Viniste en moto?
verdad.
—La tiene prohibida. No quiero que esté en casa porque la va a usar. La guardo
No está seguro de haberla convencido pero ella acepta la moto, como aceptaría
—¿Ya comiste?
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parque descuidado y más atrás el cuartito de trastos, el garaje de la moto cuando era
joven. La casa está siempre igual. “Tenemos que poner rejas”, le dijo muchas veces a
su madre. “Yo no voy a vivir encerrada. Mamá, las cosas cambiaron, te van a robar.
Quién me va robar, no tengo nada.” No hay pero que valga, ella no quiere ver que vive
sola y está vieja; él tampoco, porque si no ya le hubiera puesto las rejas sin consultarla.
Que nada cambie si todo cambia. Hay un punto, un momento en la vida de cada uno al
que uno trata de quedar atado. Un punto que sobresale como una roca en el medio del
río, de la correntada que la bordea, que se lleva todo, y él, que va arrastrado por esa
corriente casi sin darse cuenta, necesita agarrar la roca y treparse al pedazo de granito,
para sentir el suelo firme, para mirar aunque sea por un momento el panorama desde
—Hice guiso carrero —dice su madre llenándole el plato con el cucharón que
saca cargado de la olla negra de hierro. Es una olla con patas, para usar con carbón. Le
Quién puede venir. No hay parientes cercanos, su hija está en España. Clara hace
años que no pisa esta casa. Los nietos la tienen olvidada. Solo él. Su madre cocina para
dos, es una forma de no sentirse sola. No pide que la visite, solo lo espera,
indefinidamente.
—¿Seguro?
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¿Necesitás algo?
—Tengo todo.
—Vino el martes pasado. Me dijo que se atrasó un poco porque las cobranzas
andaban mal.
a hablar con ella. Su mamá merece ese dinero, lo necesite o no. A fin de cuentas él pudo
montar la fábrica con lo que le prestó el padre. Todos sus ahorros. No llegó a
devolvérselo, su padre ya había muerto. Entonces su madre dijo: “mientras tenga para
vivir”. La devolución se convirtió en pensión. Más de lo que ella gasta pero menos de lo
—España queda lejos. Que vengan ellos, yo no estoy para trotar por el mundo.
—Son unas horas. Miriam te va a buscar, hay gente mucho más grande que vos
—Si no vienen es porque están muy ocupados ¿no? ¿Te parece que puedo ir allá
para que me tengan que atender? No, hijo. Cuando ellos puedan venir, van a venir, yo
de las malas noticias. No hay forma de no hacerse cargo, de dejar de ser el único
responsable de su mamá, aunque no pueda evitar que esté sola y cocine todos los días
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sobre el mantel bordado del comedor. Se está haciendo la noche. Hora de volver. Le
duele el cuerpo. Su madre trae el té en la vajilla fina. Ha decidido usar todo antes de
morirse, se lo dice. “No tiene sentido dejarles nada, ustedes tienen las suyas”. A sus
padres les costó comprarla. Inglesa, con florcitas. Las tazas tienen pequeñas arañas del
habrá tomado los remedios? ¿Clara le habrá dado de comer? Su casa es un caos. Tiene
—¿Ya te vas?
—Está pegado en la heladera. Llama al que dice Platinum, es mejor que el otro.
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CAPÍTULO 5
Armando finge dormir. Su cuerpo sigue abandonado por la voluntad y por todo
deseo. Entregado a los mínimos requisitos de la vida. Un sábado sin guardia, sin
urgencia ni motivo. ¿Para qué levantarse, cuando uno ya tiene la certeza de que no hay
nada que hacer afuera? Se derrumba en sí mismo buscando algún sueño que le sea
benigno.
Siente una mano que le acaricia suavemente la cara, un mimo. Apenas entreabre
los ojos. Raquel ha vuelto, tiene puesto el babydoll pero se ha sacado la tanguita. Huele
a hembra, es algo sutil que casi siempre lo excita. Ella lo está buscando, corre las
sábanas, le baja el slip. Siente que le toma el sexo que ya está erecto y se endurece más.
Cierra los ojos para no ver esa piel cetrina. Raquel lo está montando, lo cabalga rápido y
con fuerza. La deja hacer. Es bueno esto de entregarse sin dar, no tener que ver en el
asunto. Raquel empieza a perder el control, gime y él sigue inerme; ella explota y queda
tirada sobre su pecho. La abraza, la pone debajo de su cuerpo, empuja, empuja, ahora
tiene los ojos abiertos mirando el respaldo de la cama, los cierra, se concentra en las
tetas blanquísimas de Clara, en los pezones duros debajo del camisolín y acaba. Su
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Armando espera que Raquel salga del baño para entrar. Abre la ducha, siente el
agua caliente que lo activa, el cuerpo necesita de ese masaje. El agua corre. Ahora
tendrá que secarse, vestirse, desayunar. ¿Por qué siente que la vida lo obliga? ¿Y si no,
qué? El abandono, se responde y una imagen confusa de si mismo tirado sobre una
—¿A dónde?
—¿Probaste llamarla?
—¿Adónde fue?
lo sabrían. Las malas noticias llegan rápido. Entonces está con algún tipo o tal vez
—Pero vive con nosotros y mientras viva aquí me tiene que avisar.
—Decíselo, es tu hija.
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—¿Así cómo?
—Así. Si tanto te jode vivir con nosotras, andate, hacenos un favor. —La mano
hacer —dice mientras trata de secar con una servilleta el jugo derramado.
—Si estás histérica no es mi culpa. —La bronca le corre por la venas, ahora está
despierto.
anticipa Armando. ¿Por qué? ¿Por qué no agradece todo el amor que ella le da, todo lo
que hizo por él? ¿Por qué no está satisfecho? No debería haberla recibido el día que
amantes por unos meses, una aventura, ella estaba casada, y él, pedazo de pelotudo, se
sintió obligado a protegerla. Estaba solo, como siempre, conmovedoramente solo, toda
una tentación para una mina como Raquel, con un matrimonio conflictivo, que no podía
de ninguna manera saber que él era así. Pero tampoco tuvo huevos para decírselo, ni
para cambiar o aceptar simplemente lo que se daba. Dejó ir para adelante. En el medio
el embarazo de Lecticia, tan oportuno como dudoso. Y aquí están varados, con una hija
que no termina de aceptar como algo propio. No tiene ganas de soportar un día de
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mantenerse aislado. Ahora tiene que decidir la mejor manera de pasar el día en la calle.
Hacer algo. ¿Qué? Nunca tiene nada para hacer. Algo que valga la pena, que le guste.
Tal vez llamarlo a Mario para jugar al tenis; pero con el quilombo en que anda y sin
el bolso delante de Raquel. Sigue caminando. Tendría que haberse puesto zapatillas.
padre venía a tomar el vermú los domingos. Todas las mesas están vacías. Se sienta.
Hay un único hombre junto al mostrador. El tipo se da vuelta, lo mira, baja del taburete
—Un café —dice Armando antes que buen día o alguna otra zoncera. El otro
—No, espere —lo llama—, ¿tiene vermú? —El tipo gira la manivela en el
—¿Grande o chica?
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—Grande.
vermú. Mira la calle a través de la vidriera. Es un día húmedo, el asfalto está mojado, el
cielo nuboso. Hace calor. Ayer todavía hacía frío. En unos días llega septiembre, el año
se va. Está varado en la vida sintiendo el susurro del tiempo que pasa. Hay poca gente
en la calle para ser sábado. Poca gente en todos lados, últimamente. Mira al mozo que
trajina, gracias a él tiene cómo distraerse del murmullo insoportable. Es como el desfile
siempre hay un final”, se le ocurre pensar sin saber por qué y además están los
presagios, los abandonos. Ese desgano que lo invade. El vermú llega acompañado de la
picada y un sifón. Las manos hábiles del mozo van distribuyendo los platitos y la
panera.
Armando mira el salame cortado fino, los dados de mortadela, las lonjas de
queso gruyere, unas sardinas en aceite, las papas fritas. No se le ocurre que falte nada.
Los bocados le van cambiando el humor. Agrega soda en el vaso y toma un poco. El
gusto del vermú invade su paladar, activa el apetito. Repite el procedimiento entre
bocado y bocado, el sabor se va haciendo cada vez más suave . Al final será pura soda
inunda todo, como en una pecera. Todos peces, nadando de aquí para allá. La tarde
boludeces. No. Él tenía amigos, tenía con quién hablar, jugar a las cartas. Armando no
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tiene, los que tuvo ya no están, muchos desaparecieron, otros se exiliaron. No pudo
Entran tres tipos. Los mira, quizás esperando que alguno sea un superviviente de
los tiempos de su padre pero rápidamente se da cuenta de que no. Tampoco los hubiera
reconocido. La única imagen que le queda de entonces es una larga fila de hombres
volvieron, nunca tuvieron la intención de hacerlo, solo eran palabras, “estamos para lo
que necesites”. Él y su madre se arreglaron. Después ella se fue casi sin que se dieran
paces, toma el celular. Piensa en Clara, siente una pequeña tensión, un deseo que no está
dispuesto a dejar escapar. Busca el número y llama. La luz del sol se ha sobrepuesto a la
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enmendarlo:
—En media hora. —La voz de Clara es insulsa, casi una concesión—. Te espero
Armando va hasta la parada del colectivo, no trajo las llaves del auto y no tiene
ganas de volver a buscarlas. Mira el reloj, va a llegar justo, tal vez ella lo haga primero.
Deja pasar algunos colectivos antes de parar a uno. Mientras sube piensa que, después
de todo, es solo una charla o un apoyo moral. La mejor manera de pasar la tarde.
¿Curiosidad? Otra mujer, otro mundo para conocer, esa es la tentación. En la clínica
pasan los pacientes cada uno con su historia a cuestas, la mayoría predecibles y otras
huesos, el secreto escondido en la sangre pero eso es apenas sustrato, por arriba está eso
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Clara está sentada en la última mesa de la izquierda. Toma una gaseosa y mira
insistente la calle por el ventanal. Él lamenta haber llegado tarde, qué descortesía para
una cita. Una falla que pretende enmendar. Percibe el cuello lánguido descubierto que
emerge del vestido. Clara lleva siempre ropa de mujer. Puede quitársela con placer,
levantarla sin miramientos o ver cómo ondea suavemente alrededor de sus muslos. A
Raquel le gustan los joggings. Cómodos, dice. Raquel es activa, decidida. Clara se
—¿Y tu mujer? —pregunta Clara—. ¿No estás con ella los sábados?
—No te quiero mentir, hoy discutí con Raquel y me fui para ventilarme.
—Me di cuenta de que andabas perdido —dice, mirándolo con una media
Clara lo mira de frente, directo a los ojos. Sin pestañar ni mover un músculo.
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—Sabés que no te creo. Con los hombres siempre se trata de eso, después de que
—No te digo que no me gustás pero yo también tengo códigos —acaba de decir
mientras, como sin pretenderlo, empuja su cuerpo unos centímetros para atrás.
—Y aclarando un poco más —sigue—, Mario no tiene que enterarse, las cosas
aunque no exista.
Demasiado transparente y legal para una mujer tan atractiva sentada en un café
con un desconocido. Pero qué desafío, seguir hablando después de eso, en una tarde
Mario baja del remís. Las luces de su casa están apagadas. Activa el control y
entra por el garaje. Va directamente a la habitación donde está Sergio. Javier lo está
Sergio se queja.
—Lo voy a llamar a Bruzzone para ver si te puede dar algo que te alivie.
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mensaje.
le pregunta a Javier.
acompañándolo pero no puede decirlo, no después de que Javier se quedó todo el día
con él. Sube a su habitación, aprovecha para ir al baño. Deja pasar un rato. Decide bajar,
mirar un rato de televisión. Debería haberle dicho a Javier que no es necesario estar con
el hermano todo el tiempo, que puede quedarse solo. Se promete que lo hará no bien
vuelva. Y Clara… Ella no va a hacer nada, por lo visto. Mejor. Está más cómodo solo
que con ella rompiendo las bolas. ¿Adónde habrá ido? No importa. En este caso, no
importa.
Mario hace zapping, cada nuevo canal le interesa sólo un momento: el tiempo
que le lleva saber de qué se trata. Después pierde interés y busca algo mejor. Cuando
termina vuelve a repasar los canales, como si la programación hubiera podido cambiar
en tan poco tiempo. Escucha el portón que se abre, es Clara que está entrando el coche.
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Ya no está tranquilo. El ruido de los tacos llega a la planta alta, la precede con su modo
arrogante. Ahora se detuvo delante de la puerta de Sergio. Debe estar mirando sin
entrar. Los tacos siguen, está subiendo las escaleras. Ya está en el living, a tres o cuatro
metros. Silencio. Lo debe estar mirando. No dice nada. La escucha girar sobre sus tacos,
dos pasos y ahora sube la escalera de madera. Los tacos desaparecen en la alfombra de
la habitación.
Mario aprieta la tecla una vez más. Un partido de tenis. Es placentero ver cómo
le pegan. Uno, dos, tres reveses y al cuarto el jugador gira el hombro, la muñeca, y
devuelve un paralelo sobre el fleje, al fondo. Bello, genial. Suena el timbre. Mario mira
“Podrías habérselo dado antes”, piensa Mario. Los médicos son así, no les
calienta prever, remiendan. Sergio está bien, según dice Bruzzone, escribe la receta en
cualquier papel.
—Es venta libre —aclara y aconseja dieta de zapallo hervido y pollo sin piel.
Sergio pone cara de asco, él la ignora, repite que todo va bien. Se va, Mario sale
con él.
—Vine en colectivo.
—Se me descompuso.
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la puerta estará Raquel y también Leti; caso contrario, ya lo habrían llamado. El aire se
va a cortar con tijera cuando entre. Tiene hambre. Fuera de eso se siente bien, algo ha
cambiado, no puede saber qué, solo tiene hambre y no teme enfrentar a su mujer.
Tampoco le importan demasiado los problemas de Mario. Es una reacción que tiene
algunas veces, casi siempre cuando sale de una guardia de terapia intensiva. Se sube al
coche y al carajo todo. Ahora le está pasando lo mismo pero está fuera de la clínica. Es
mejor es normal sentirse así, tal vez debería preguntarle a sus colegas pero no tiene
confianza, apenas trato cordial. Los médicos son mala gente, no es bueno mezclarse.
Mario detiene el coche en la puerta del edificio, pasan unos segundos antes de
que Armando se dé cuenta de que está esperando a que baje. Se despide, le da la mano
floja, nunca pudo entrar en eso de los besos entre hombres. Sería mejor hacer como los
japoneses, una inclinación de respeto y distancia. Acá está obligado aunque sea a dar la
mano. Cierra la puerta con cuidado y se queda sobre la vereda viendo cómo Mario se
casa de comidas de siempre, se acordó de pedir zapallo hervido, el pollo sin piel. Clara
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Ajuste, una ley para que la gente deje la guita en los bancos, diferir las deudas, como
simples también. No tengo para pagar los sueldos, no vendo, no cobro, no pago. Nadie
vende, nadie cobra, nadie paga. No hay nada que a él, ni a Plásticos Giumex, los ayude
a salir de ésta. El lunes tendrá que ir a la empresa a hacer lo mismo que el ministro,
mentir, sentarse impotente en su escritorio viendo cómo hace para durar una semana
más. Ya no piensa en cómo salir sino en durar. Las cosas que ha hecho para seguir
cabeza. Hay que sobrevivir, se dice. La televisión sigue encendida pero ya no sabe lo
que está viendo; cuando le cae la ficha del laburo todo se borra. Trata de pensar adónde
va esto, adónde va su vida y todo le parece una ficción. Su familia, la pelea con Clara —
que lleva años—, esta casa. Él sostiene la ficción, oculta, provee. Es estúpido pero no
puede largar. ¿Por qué? ¿A cambio de qué? Piensa en sus amigos; el Cholo no se
calentó nunca por progresar, se quedó en el lugar donde empezó, arreglando motos. Luis
le puso garra, venía creciendo pero en cuanto la cosa se puso difícil vendió todo y se fue
a España con la familia, la tuvo clara, todavía había tiempo. Pero en ese momento a él le
Todavía llegaba a la fábrica con ganas, resolvía, tenía una familia normal, una hija
recibida a la que le podía montar el consultorio, un yerno simpático, una mujer bella,
con clase. ¿Cómo se iba a ir a un lugar donde era nadie? Luis sí, él apenas tenía el
tallercito de torneado. “A vos porque te va bien” le dijo más de una vez y ahora sabe lo
que Luis omitió decirle, seguramente porque no querría pelearse (y tuvo razón, porque
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Hay una pared delante de sus pensamientos, una pared oscura, un más allá que
no puede pensar. ¿Será así la muerte? ¿Será eso lo que no se puede pensar? Nadie
piensa que se va a morir. Puede pensar en matarse para terminar con todo, pero es como
querer borrara el mundo, no como que él se fuera a morir. Se levanta y se sirve otro
whisky, vuelve al sillón y cambia el canal, busca, hasta que encuentra una película de
los años cincuenta en blanco y negro. La deja. El argumento es previsible, lento. Qué
buena era la vida en esa época. No hace falta prestar atención, basta con mirar y
Lo despierta una molestia en el cuello, lo sacude hasta hacer crujir algo adentro,
apaga la televisión. Sube despacio las escaleras. Entra al cuarto sin hacer ruido para no
despertar a Clara. La luz de la luna llega por el ventanal, la cama está intacta, Clara debe
despertarla, decirle que es una jodida, que él no merece eso. Pero el sueño lo vence. Se
acuesta vestido.
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CAPÍTULO 6
La luz del sol tras las cortinas se desliza hacia la cara de Mario. Se da vuelta, se
resiste a perder el sueño donde tal vez haya algo dulce, indefinible, que se escapa y
desaparece. Hay silencio en la casa. Se sienta en la cama, mira alrededor, hubiera sido
techos, el follaje de algunos árboles y zorzales aplacados por la luz. Alguien podría
pintarlo a él desde afuera, así como está, asomado a la ventana y titularlo: “Hombre en
tipo sentado en el murallón de un puerto. Nadie sabía cómo había llegado a la pared del
comedor. Ahora que lo piensa, no recuerda haberlo visto la tarde anterior. ¿Qué habrá
mirando. No tenía título, apenas se leía un garabato, Bosio, Borsio, o algo así. Él le
pondría “hombre mirando el mar”, suponiendo que ese puerto bordeaba un mar aunque
bien podría ser un río grande o un lago, porque el pintor solamente había pintado al tipo
sentado, un pedazo de agua y algunos barquitos. También gaviotas, pero las gaviotas
—Hoy tenemos que trasladar a Sergio —dice en voz alta. Va a tener que pedirle
ayuda a Javier, pueden hacer una sillita con las manos y subirlo. Javier es un poco chico
todavía pero tiene fuerza. Habrá que esperar a que se despierte. ¿Quién? Se pregunta
como si lo dijera un tercero y afirma: Los dos, Javier y Sergio, hay tiempo.
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“Hablo solo, cada vez estoy más loco”, piensa y decide ir a pegarse un baño.
Cuando está tomando mates en la cocina, Clara viene bajando. Él ceba otro
mate.
Ella se para delante, lo mira seria. El mate queda a mitad de camino entre los
dos. Ahora viene el metete el mate en el culo, piensa él. Pero Clara extiende la mano y
recoge la calabaza.
da estar parada.
—Ahí lo tenés. —Mario estira una mano que no llega a tocar las páginas
desparramadas.
Ella toma una parte del diario y se sienta. Él endereza la otra, sigue leyendo. Ella
abre la bolsa de bizcochitos y los pone en un plato, acabando la maniobra que Mario
—¿Qué cosa? —el chorrito de agua hace una pausa y no alcanza a llenar el
mate.
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de casa y vos también. Y esta noche te llevás todas tus cosas al cuarto de Nora y me
Irse. No, ser echado. La cara de Clara no muestra odio, es una decisión tomada.
Hay un gesto imperceptible: los hombros levemente alzados, algo que Mario no
puede explicar, pero que vuelve absurda la opción sugerida. Si alguien tiene que dormir
—Entonces andate. Tenés tiempo para buscarte un lugar. Pero está claro que se
Mario toma el mate y ceba otro, Clara lo recoge, flota un cierto alivio entre los
dos, como si haber dicho todo hubiese aniquilado las motivaciones y ahora los
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Sergio escucha el ruido que viene de arriba, las voces. Tiene hambre. Debería
gritar para que alguien venga pero se niega, como si le gustara sentirse así, olvidado,
como un hijo que incomoda. Así puede odiar un poco más a esa hija de puta de madre
que le tocó. Clara no lo quiere desde que él cumplió los trece, desde que lo encontró
pajeándose. Pero qué le podía importar, él estaba en su cuarto con la puerta cerrada,
¿por qué tenía que entrar? Fue en ese momento que se pudrió todo. Ni siquiera lo cagó a
pedos, hubiera sido mejor. Se quedó ahí petrificada, mirándolo como si él fuera un
bicho, una cosa horrible. Después no entró nunca más, ni lo besó, ni lo quiso.
Ahora tiene hambre y ellos tendrían que saberlo pero siguen arriba boludeando.
Trata de pensar en otra cosa, se le ocurre que Yanina no lo ha llamado, que no sabe nada
de Fabián, que está aislado y sin poder moverse, como si estuviera preso. Un escalofrío
lo recorre. Preso, encerrado como ahora, por años. Tiene miedo pero no está dispuesto a
mostrarlo. Necesita hablar con alguien. Yanina debe estar con bronca porque no fue a
verla el jueves. Estaba yendo, podría decirle, te juro que estaba yendo, pero en eso lo
encontré a Fabián con Martín y el Oveja en el auto y salimos, nos fuimos a joder. Si
salía con la moto seguro que no me subía con ellos, pero la moto no tenía nafta y el
viejo no me afloja una moneda. La culpa fue del Oveja, el fierro era de él. Parecía fácil,
sacábamos unos mangos. Pero el hijo de puta se bajó y sacó la pistola. Era él o yo. La
mina se puso a los gritos. Él tiró primero, creo. Pero es un rati, así que no importa.
Fabián y Martín me aguantaron hasta que vino mi viejo. El Oveja se rajó. No te llamé
porque se me perdió el celular. Casi como que me acuerdo que se me cayó en el auto
Mario.
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—Hola Pa.
—Maso.
—¿Adónde fuiste?
—No, había una banda amiga de Gonza que tocaba, nos invitaron.
La sillita de oro no fue una buena idea, no caben los tres en la escalera y además,
tal como lo pensó, Javier es más bajo y desequilibra al trío. Mejor usar la colcha y hacer
una hamaca, él atrás, Javier por delante, la fuerza la hace él que va último. Llegan a la
—¿Por qué no aprovechan y lo dejan acá para que almuerce y después lo suben?
ahora que todo está mal? Desde la cocina llega olor a comida, ha estado cocinando, esto
estuvo planeado.
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Son unos fideos con tuco comprado y un poco de salamín y queso que él mismo
corta como picada. Nada del otro mundo, ninguna conversación más allá de lo
tienen que ir. ¿Qué otra forma de interpretar a esta mujer que, sentada a la cabecera de
la mesa, sirve los platos, agradece el vino, acepta después —cuando todos han
comido— el café que Javier se ofrece a preparar y las galletitas dulces que él sirve como
improvisado postre?
Sea lo que sea hay que sobrellevarlo; un hijo problema, una mujer que se ha
vuelto una extraña, una hija dominada por un pelotudo. Es lo que hay, lo que le queda y
Enciende el televisor de la sala después llevan ahí a Sergio, Clara ocupa el sillón
más alejado. Es Javier el que toma el control, pasa los canales y pregunta si vieron tal o
cual película o qué les parece, todos lo dejan hacer, como si estuviera bien que alguien
se ocupe de eso.
—¿Quién le habla?
—Un amigo.
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—¿Quién?
—Martín.
—Traémelo acá —dice Sergio, cuando ya Mario ha dado el primer paso para
entregar el inalámbrico.
Sergio habla poco, dice monosílabos. Todos escuchan, pero solamente Mario lo
Mario es el único que lo escucha. Ya sabe todo, piensa, y se lo hace saber con
—¿Quién más estaba con vos esa noche? —sigue interrogando Mario.
—Martín y Oveja.
—Martín me acaba de llamar. Está rajado de la casa. Del Oveja no sabe nada.
—Y sí viejo. Seguro.
—¿Fabián no te va a cubrir?
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Clara se agarra de los brazos del sillón, el cuerpo tenso, los ojos fijos en la
—¿Adónde lo llevo?
Mario hace la pregunta sabiendo que lo único que tiene es la casa de su madre.
consigue los remedios, Mario busca una campera. Pone el auto en marcha, Javier es el
último en subirse. Antes de salir, Mario le pide a Clara que elimine todo lo que pueda
—¿El revólver? —dice una Clara desesperada corriendo a la camioneta que sube
—Lo tengo yo —dice Mario asomado por la ventanilla—. Sacá las sábanas, la
Clara asiente. Tal vez, piensa Mario, ha logrado lo que quiere. O al menos una
parte porque él tiene que volver. Aunque sea hasta que la cosa se calme. Hay que llamar
—¿No estará en el auto de Fabián tu celular, no? —dice, como si Sergio fuera
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Sergio no contesta. Hay un silencio que pesa. Mario avanza por las calles
agarran no queda nadie para ayudar, para seguir con la fábrica, para nada.
—Estamos cagados —dice Mario y cuando lo dice siente alivio, como si por fin
sentarse. Es difícil explicarle, Mario empieza por el accidente y termina por una historia
madre se ve inescrutable pero algo tiene Mario por seguro: no le está creyendo.
está a punto de seguirla pero ella cierra la puerta. Los tres Giunta se quedan
petrificados, se miran. Dejan por un momento a Sergio sobre el sillón del living y van a
la cocina.
pedido de tregua.
Al rato su madre sale del baño con un gesto resuelto, comienza a dar
indicaciones, a moverse. Es su nieto, su hijo, su familia. Lo que haya hecho, hecho está,
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esto. —Una lucidez que no esperaba, vieja como está—. Dejame el teléfono del médico
por si pasa algo y avisale dónde está mi nieto para que lo venga a ver.
Imposible pedir más. Imposible. Mario besa a su madre dos veces, agradece y
también dice te quiero y esas cosas que nunca hubiera dicho. Está emocionado, de no
ser así, no tendría explicación para el par de lágrimas que se deslizan por su mejilla.
revólver está ahí, no hay cómo hacerlo desaparecer. Tirarlo al Riachuelo, quizá. Pero
ahora tienen que volver, Clara está sola, si cae la Policía pueden confundirla. Aunque
andar por la calle con el arma en la guantera es un suicidio. Vuelve a entrar a la casa de
su madre. Va hacia el fondo, toma una pala, hace un pozo pequeño lo más lejos posible,
limpia el revólver con un trapo para borrar la huellas y lo arroja. En algún momento
—Nada viejita, estuve acomodando la moto para que no se joda ahora que va a
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¿De qué costumbre de mentir le habla su madre? Él no miente, solo protege a los
suyos. Le molesta que lo esté tratando como a un chico, que no entienda la situación.
Pero no quiere discutir, menos con ella que es lo único que le queda.
—¿Sacaste todo?
—No podemos tirarlas por ahí. Si las encuentran va a ser peor. Voy a quemarlas
Javier lo ayuda, él saca un poco de combustible con una manguera del tanque de
la camioneta, lo pone en un bidón, llevan todo al fondo. Las telas producen humo, el
gasoil también deja su olor en el aire, quizás no fue una buena idea. Después prenderán
un poco de carbón para que queden algunas brasas. Los vecinos pensarán que es un mal
asador, de los que inician el fuego con gasoil. Lo deja a Javier que termine con la tarea,
le explica, sabe que lo hará bien, él hace todo bien. Va hacia la casa, debe encontrar un
hizo la cama a Ema con sábanas que eran de Nora y un acolchado que tenía descartado
hace tiempo. Cuando venga mañana le dirá que se lo cambió porque el otro estaba viejo,
aunque este tampoco esté mejor. La casa está llena de olores, de mugre, son como
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vándalos: desordenan todo y ensucian. Ema tendrá que ocuparse mañana de toda la
porquería pero ella no puede esperar, por lo menos repasar los lugares por donde
anduvo Sergio. ¿Si pregunta por las cosas del señor? Ahora duerme en ese cuarto y se
acabó, no hay más explicaciones. ¿Si pregunta por Sergio? Tendrían que hablar algo
con Mario, una respuesta consistente que les sirva a todos. Nora sabe lo del accidente
pero no se le puede decir a Ema, si viene la Policía le estarían dando todo en bandeja.
Mario tiene que hablar con el abogado, que encuentre una solución, que esto se termine
de una vez. ¿Qué hizo para tener que estar así? ¿Cómo dejó Mario que todo esto pasara,
cómo no protegió a su familia? Ahora resulta que además están en quiebra. Podría
echarla a Ema, hacerse cargo de la casa por un tiempo, que Javier y Mario ayuden. Un
sueldo menos y además no tendría que dar explicaciones. No soporta eso, se siente
espiada, obligada a mantener una imagen delante de la sirvienta. Podría tomar una
mujer por hora, con que venga dos veces a la semana a hacer lo más pesado alcanza, en
vez de esta paraguayita a la que hay que darle de comer, además de pagarle. ¿Y adónde
va a ir? Que se las arregle, no es asunto de ella. Tiene unos hermanos por ahí, que los
busque. Ya lo ha decidido, el lunes le dice que está todo mal y que se vaya. Mejor el
martes o el miércoles, que primero le deje la casa limpia, ya hace una semana que nadie
hace nada porque ella no es la sirvienta. Que agradezcan que hoy les cocinó, que
entiendan que no es su obligación. Ahí viene Mario del fondo. Hasta aquí llega el olor a
puerta de la cocina.
—Ahora se va, le dije a Javier que después queme un poco del carbón con hojas
del eucalipto para que saque el olor —dice Mario limpiándose las manos con un trapo.
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—¿Qué perdés?
teléfono.
—No podemos tener a una mina que nos espíe en la casa. Además, si andás
corto de guita, es un gasto menos. Por unos días me voy a arreglar yo sola, después
podemos tomar una mujer por horas. Eso sí, vas a tener que colaborar porque la casa es
Lo repite pausadamente. El teléfono llama varias veces, hasta que llega a la casilla de
mensajes. Intenta nuevamente, suena. Seguramente no debe tenerlo consigo, a esta hora
—¿Quién es?
—Mario Giunta, Doctor, discúlpeme pero necesito hacerle una consulta urgente.
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Mario no sabe cómo explicar pero dice lo esencial: que Sergio está metido en un
quilombo y que cree que lo busca la Policía, que necesita un abogado penalista.
mañana. ¿Le parece bien a las diez? —la voz de Suarez es cortante.
Mario busca a Clara que ahora está en la habitación cambiándose. Ella se cubre
—Ojo con lo que hacés, que esto nos puede costar todo lo que tenemos —dice
—Sos un pelotudo.
par de cachetazos. Se va sin contestar, las manos le tiemblan cuando se sirve el primer
Ema baja del colectivo. Lleva el bolso en la mano derecha y arrastra la valija con
la otra. Está cansada, hace dieciocho horas que viaja trasladando ese enorme equipaje de
anís quedan ahora tan lejos como Asunción. Es bueno que esté lejos para no tentarse
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con volver, para extrañar con amor. Zulema, Ema para todos, aquí y allá, paladea con
llegada y la rodeen como si quisieran rescatarla de su otro mundo, deseado por todas las
que aún están allí, comiendo naranjas al sol en las siestas de invierno, aprovechando el
dulzor que las heladas produjeron en la montaña de frutos lustrosos que mamá dispuso
invadidas por glicinas. Un pretexto para el chismerío inacabable del tiempo que no pasa,
o que sí lo hace, pero lindo, sobre el cuerpo, sobre los hombros dorados por el sol.
La vereda está sin barrer, la señora no trajo a nadie para que lo hiciera. Habrá
mucho trabajo pero es bueno eso de que no haya nadie más que se ocupe de lo suyo. Es
su lugar, su segunda casa, no conoció otra desde que su hermano mayor la presentó con
la señora. “No sabe hacer nada, pero tiene voluntad”, escuchó que él le dijo. Lo hubiera
matado porque ella sí sabía hacer cosas pero claro, cuando su hermano vino para
Buenos Aires ella era una nena, aunque con dieciséis ya sabía hacer de todo. Ahora
dijeron cuando volvió a Asunción. Igual no se arrepiente, no queda bien hablar como
allá, se piensan que es bruta; en cambio si habla bien, si se arregla bien, es otra cosa.
Ema entra por el garaje, Clara le ha abierto desde arriba con el control. Va hacia
su cuarto. Le han cambiado la colcha, es la colcha vieja del cuarto de Nora. ¿Por qué
hizo eso, si la otra estaba impecable? Pone la valija sobre la cama, la abre. Le trajo un
regalo para la señora Clara, un bolsito de cuero clarito repujado, le va a gustar. No había
otra cosa, la señora tiene de todo. Para el señor Mario un mate de guampa, a lo mejor no
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lo usa pero le gustan las cosas criollas. Para Javier tiene un paquetito aparte, es tan
dulce, tan rubiecito, se lo merece. Sergio, casi se olvida de comprarle algo pero al final
cumplida.
y en seguida se descargó con una montaña de órdenes, como si fuera culpa suya que
todo estuviera sucio. Eran sus vacaciones, las primeras después de dos años. El señor
Mario se lo impuso. Ojalá pudiera trabajar en la fábrica con él y no aquí, que tiene que
estar todo el tiempo disponible. Sergio no está. Es raro, a esta hora siempre duerme.
almohada, como le contó su prima que hace en los hoteles de lujo donde trabaja.
Camarera, ese puesto está bueno, pagan mejor y es otro mundo, casi como ser azafata.
No sabe por qué está siempre pensando en otro trabajo, si no se quiere ir de esta casa.
mejilla como ha hecho para su cumpleaños, para las navidades. La señora está hablando
con alguien por teléfono, dice cosas raras, habla con medias palabras. Voy para la
le dijo qué hacer de comida, después que no se queje si ella no hace nada, adivina no es.
Mario llega temprano a la fábrica, entra por el galpón, camina entre las
máquinas hasta llegar a su oficina. Apenas una inyectora está trabajando, el resto del
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personal hace inútiles tareas de mantenimiento. Hay que tenerlos ocupados para que no
desesperen, piensa, o tal vez sería mejor que desesperen y se busquen otra cosa. Casi no
Azucena le trae un té, se debe haber acabado el café. Se queda parada delante de
—Dígale eso. Y otra cosa: el señor Repetto no trabaja más aquí, no le permita el
acceso —ordena, mirando unos papeles que tiene sobre el escritorio, como si le quisiera
—¿José Luis?
Ve que la cara de Azucena empalidece. En veinte años con él nunca pasaron una
situación así, ni siquiera en la hiperinflación del ochenta y nueve. O tal vez sí pero era
una empresa más chica, más familiar. Él era más joven, vital, y no tenía un yerno hijo
noticia se va a desparramar por toda la empresa. Mejor así, que vean que no le tiembla
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el pulso. Se impone hacer rápido las tareas desagradables, hay que disponer
Son las diez y Suárez no llega. Lo ha llamado dos veces pero nadie atiende. No
entiende qué pasa con el abogado. No soporta esperar, la pasividad lo mata, maldito
abogado.
—El doctor Suárez pregunta por usted. —La voz de Azucena en el interno lo
sacude.
—Hágalo pasar.
Mario no le ofrece nada para tomar, sabe que no hay café pero además es tarde
—¡No diga! —una pequeña puntadita sube desde la vejiga, es la señal de que
charla.
—Depende la gravedad del caso. Por un tema menor no, pero si es importante es
—No me cuente. Cuánta menos gente sepa, mejor. Hable con el Doctor Angelini
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—Según mi experiencia, los empresarios siempre creen que van a superar los
problemas y eso empeora las cosas. Hay que saber decir hasta acá, Giunta. No hay
tiene razón, pero no puede evitarlo. Tal vez en seis meses, si esto no repunta, o en tres.
Pero no ahora que tiene que enfrentar el asunto de Sergio. Suárez se va como vino, con
Mario toma el celular. Hay que avisarle a Bruzzone que no vaya a su casa. Se
detiene. Su celular puede estar intervenido. También el de su casa. Tiene que avisarle a
Clara que no lo use, que no diga nada comprometedor. Cuelga. Casi no hay tiempo para
la cita con Angelini, no puede pasar por su casa. Tiene que haber una forma. Tiene que
ser ahora, antes de que algo pase. Piensa esto mientras corre al baño; la puta que lo
—Clara —dice Mario antes de que ella hable—. Necesito que vayas a la
farmacia a buscarme las pastillas del homeópata, las dejé encargadas para hoy a la
mañana.
Clara.
digo” —remarca—. Andá a la farmacia de Casanova y te llamo cuando estés allí para
explicarte.
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—¿El farmacéutico sabe lo que me tiene que dar? —dice pausada, distante.
recubre las paredes es oscura, los anaqueles tienen libros de tapas mugrosas, hay
para confiar.
de los hechos. Durante tres días corrió, resolvió, bien o mal, pero no se detuvo a pensar.
—Si yo fuera un abogado chanta le diría que mucho, pero no lo quiero engañar,
desde el punto de vista legal es poco lo que se puede hacer. Lo primero es que la Policía
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—Hay que sacarlo de ahí. Lo van a buscar en los lugares habituales. Los
parientes, la novia, los amigos. Hay que llevarlo a un lugar neutral. Que no conozca
nadie del entorno. Tampoco tienen que mantener ningún tipo de contacto personal o
telefónico. La Policía nunca busca, espera. Espera en los lugares a los que puede volver.
—Suárez me lo advirtió pero ¿no tienen que tener una orden judicial?
—A veces con orden judicial. Otras, no. Lo que hacen son tareas de inteligencia.
No lo usan para el juicio, siempre dicen que hubo informantes anónimos o cosas así. La
verdad es que hacen escuchas. Usted tiene que comprar dos teléfonos celulares a
nombre de otra persona, darle uno a su hijo y otro tenerlo usted. ¡Ah! Y también me
—Eso lo tiene que solucionar, porque si lo agarran la va a pasar mal. Hasta hace
unos años el que mataba a un policía era hombre muerto. Ahora ya no, pero lo va a
pasar muy mal si lo agarran. Lo pueden poner con otros presos que lo violen, lo maten a
—Tenemos que esperar a que la Policía se contacte con usted. Ahí les tiene que
decir que hace mucho que no ve a su hijo. Dígale que tuvo una discusión y lo echó de su
casa. Esa es buena porque lo despega un poco. Que no tiene la menor idea de dónde
usted dice que sabe que la Policía busca a su hijo y que designa a un abogado defensor
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presento ante los tribunales y me interiorizo en la causa. Yo tendría que hablar a solas
con su hijo antes, para tener la verdad, porque es posible que a usted no le haya contado
todo.
tengo que seguir un protocolo. Es importante que el paciente también lo respete para
—Depende de las pruebas que reúnan. A priori le puedo decir que está herido,
que tienen el celular de su hijo, donde aparecen los números de los cómplices, y si ya
tienen a uno, que debe haber hablado hasta por los codos, creo que no hay mucho por
—Homicidio en situación de robo es prisión perpetua, que en este país son entre
—Pero algo se tiene que poder hacer. —Mario tiene la boca seca y los ojos
—Hay que ver lo que tienen en la causa, antes no le puedo asegurar nada. Puede
la novia del policía estaba nerviosa, si le ponen cinco tipos parecidos después de seis
meses, en una de esas se equivoca. Hay que ver lo que declara el amigo ese que ya está
—La enterré.
—¿Dónde?
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—La tiene que sacar de ahí ya mismo —la voz del abogado es dura,
reprobatoria.
—Eso está bien. Haga eso, pero hágalo rápido. Si la encuentran en su poder sería
terminante.
—Hay que mantenerse calmado, los nervios pueden arruinarlo todo —agrega el
abogado.
acusación que pesa. Los jueces saben qué les espera a los que matan a un policía. Sergio
—Si las cosas salen mal, siempre se puede profugar. Va a perder la fianza pero
salga. Pero para sacarlo del país necesita el pasaporte, si va a sacarlo lo detienen allí
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—Es lo mismo, se tiene que mantener prófugo hasta que pasen los años de la
pena que le podría tocar. El plazo corre a partir de la última acción que ordene el
Mario cae en la cuenta de lo que está escuchando: no hay defensa legal posible.
familia, su casa, la fábrica, todo lo conocido, pasa por su cabeza como un barco a punto
chocar contra los arrecifes. Él está ahí sentado, indefenso, ante un abogado que lo mira
sin lástima.
—Cuatro mil pesos ahora. Si me tengo que hacer cargo de la defensa serían
veinte mil más y dos mil por mes en la primera etapa; si hay apelación es aparte.
—No tengo aquí cuatro mil pesos, le puedo dejar mil y mañana le traigo el resto.
trasladarlo.
Mario saca la billetera, la retiene entre sus manos a la altura de sus rodillas, lejos
de la vista de Angelini, retira los billetes y los cuenta, los pone sobre el escritorio. El
abogado los mira sin tocarlos, como si temiera ensuciarse las manos.
El abogado se pone de pie, extiende la mano, ha terminado todo, tiene que irse.
—Piense en un lugar que esté totalmente fuera del círculo familiar o de los
amigos, allí es donde primero lo van a buscar —le aconseja y suelta su mano.
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café. Apenas toma un poco siente la acidez que le sube por el esófago, debió pedir un té.
Deja la tacita sobre la mesa, necesita pensar. Parar el mundo que se lo lleva puesto.
bar, en una mesa, lejos de todo, puede volver a la fábrica, ignorar la situación. La acidez
insiste en subir hasta su boca, toma un poco de agua del vasito que acompaña al café. El
cuerpo frágil de Sergio está tendido en la cama, delante de sus ojos, lo mira, le está
una sensación fría que le corre por la espalda. No puede dejarlo. Algo tiene que hacer.
todo está bien, por suerte. Clara ya le debe haber avisado a Bruzzone y a su madre que
no tienen que llamar, salvo que todo esté perdido. “Da varias vueltas, asegurate que no
trayecto a la Capital cuando estaba yendo a ver al abogado. Está usando una de las
camionetas de la empresa y salió por la planta, dejó la suya estacionada al frente; una
maniobra ingeniosa. Por lo que observa no lo han seguido, las precauciones están dando
resultado.
Pide que le traigan un té, para bajar la acidez. Tiene que darse tiempo para
encontrar un refugio para Sergio. Prefiere ser positivo, pensar que quizás no hayan
hecho muchas tareas de inteligencia porque cuando lo detuvieron a Fabián era domingo.
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Si fue el sábado, ya pasaron más de cuarenta y ocho horas, es mucho tiempo. Adónde lo
puede llevar. No puede pensar, no se le ocurre nada. Cada vez que inicia un listado
mental de lugares posibles da vuelta sobre los mismos. Su casa, no, la fábrica no, la casa
de su madre no, amigos casi no tiene y tampoco sería un buen lugar, amigos de Sergio,
peor el remedio que la enfermedad. ¿Un hotel? Podría ser, una pensión de cuarta, de
esas en las que se alojan los negros que vienen del interior, las putas y los delincuentes.
puede denunciar. No, ese tampoco es el lugar. El problema no es dónde sino quién
dejar solo. Una familia sustituta, transitoria. Una persona de confianza. Alguien que le
deba un favor, que se sienta obligado a ayudarlo. Azucena aparece como única opción.
Vive sola. Es por una noche, un día, algunos días. Es una empleada fiel, no va a
traicionarlo. Le debe muchos favores. Paga la consumición. No tiene más remedio que
actuar, no puede prevenirla. De ahora en más todo será así. Clandestino. La palabra
significado.
Ema, subida a una silla, friega el vidrio con papel de diario humedecido en
casa, después retrocede hasta quedar junto a la puerta. Detrás un Peugeot gris oscuro
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bajan del móvil y dos hombres de traje, del auto que los sigue. Uno de los trajeados
oprime el portero. Un timbre cortito que repica por toda la casa rebotando de teléfono en
teléfono. Urgente, urgente, parece decir a los oídos de Ema, que no tiene ganas de
atenderlos.
Ema baja hasta la reja de entrada, abre la puerta. Es una orden del juzgado,
perfectamente.
No hay nada que pueda hacer, la señora debería haber vuelto. Nunca está cuando
hace falta. Tiene que abrir. ¿Que habrá hecho este estúpido?
Los hombres de traje van adelante, dos policías los siguen, el tercero se queda en
la puerta. “Como en las películas”, piensa Ema, que va mostrando la casa. Preguntan
por la habitación de Sergio. Los lleva. Miran todo, revuelven, preguntan si durmió
—¿Vivís acá?
—No. Así.
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—Un regalo.
—¿De quién?
—Mío.
—¿Qué?
Los hombres hablan entre ellos, recorren la casa, revuelven, preguntan quién
más vive con ellos, qué horarios tienen. Muchas preguntas, pocas respuestas. Ema no
sabe, no ve, no escucha, es tonta, extranjera, no conoce. Se da cuenta de que los tipos se
molestan pero se la tienen que aguantar, Ema cada vez dice menos, entiende menos, que
se vayan lo antes posible, antes de que vuelva Javier y que a lo mejor lo lleven a él por
Se van. No le dejan una tarjeta como hacen en las películas, no le dejan nada. Si
ella quiere no le cuenta a nadie y esto no pasó. Pero no lo va a ocultar, en cuanto venga
la señora le dice todo. Tiene que ordenar, han hecho un desastre, encima hoy. Va a
empezar por la habitación de Sergio, es donde más revolvieron. Cuando entra mira la
—¿Cuándo vinieron?
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Ema lo lamenta, le hubiera gustado recibir algo, dárselo, ella está para ayudar.
—¿Y si eran ladrones vestidos de policía? Cuando yo te digo que no dejes pasar
Siempre lo mismo. Ahora la culpa es de ella. Esta mujer es una ingrata. Una
desgraciada.
—¿Y si le tiraban la puerta abajo? ¿Me iba a decir que por qué no les abrí?
—No seas insolente. Y andá a hacer lo que tenés que hacer que después vamos a
hablar.
¿Quién se cree que es? Todavía que no abrió la boca. Tiene ganas de llorar pero
no le va a dar el gusto de que la vea llorar. En la valija está el regalo que le compró. Se
lo va a quedar para ella, para usarlo cuando tenga el día libre y pueda salir. Que lo vea,
lo desee y que se joda. Entra en la cocina, sobre la mesa está la canasta con frutas, saca
Clara da vueltas. Adónde ir. La enloquece no poder usar los teléfonos. Aislada y
sola. Y el imbécil de Mario que cada vez la complica más. Que lo entregue de una vez y
Armando tiene razón, ya han llegado demasiado lejos, esto tiene que terminar. Se sintió
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segura cuando él la despidió con un abrazo. Si pudiera ser así, estar con alguien sin
problemas, sin locuras. Que se ocupe de ella, que quiera estar con ella para pasarla bien.
El tiempo pasa, ¿cuándo va a vivir? Mario siempre está atrás de algo, todo es más
importante que ella y eso no va a cambiar, ni ella tiene ganas de que cambie. Ser
importante para alguien que no sea Mario es lo que quiere. Para Armando, por ejemplo.
¿Cómo puede estar pensando cosas así en este momento? Nunca es el momento de ella,
ni lo será, lo sabe, por eso se permite pensar cualquier cosa, lo que no se permite es
hacer. Es cobarde, pelotuda, algo de eso, pero ya se va a terminar. ¿Cuándo? Podría ser
Alicia tendrá charla para rato, siempre que la llama es para rato, pero esta vez no la
disgusta que sea así. De alguna manera Alicia consigue traerla a lo cotidiano, al mundo
que sigue existiendo fuera de la locura de estas cuatro paredes. Hablar de Florencia, de
que tuvieron que vender por nada la casa del country porque desde que la aseguradora
lo echó al marido hace dos años que no tiene trabajo, “por lo menos a Mario le va bien
—Más o menos, vos viste cómo está el país, que querés que te diga. Esto es un
infierno, gorda.
Quejarse a dúo de lo mal que están las cosas, mirarse con ventaja en el espejo de
los otros es hasta cierto punto tranquilizador y placentero. En la otra planta se escucha el
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platos en el lavavajillas. Él no ha hecho ruido, tiene pasos de gato; ella sigue con lo
suyo, lo hace todo con movimientos ágiles, él la mira. El cuerpo caliente, con su
acomoda el cabello. Él avanza, la saluda con un beso en la mejilla, como hubiera hecho
con una hermanita o una compañera de colegio. Ema le agarra la mano y le dice:
sigue dócil, como los chicos siguen a cualquier piba que les indique adónde ir.
colores brillantes. Ema lo tiene ahora en la mano, se lo da, lo mira, seguramente está
esperando que lo abra, que se lo apruebe y tal vez que la bese de nuevo. Javier hace todo
lo que sabe que ella espera. Todo hasta ahí, hasta donde un hermano haría bajo el
mismo techo. El pelo negro de Ema cae sobre los hombros, le sonríen los labios
pintados del mismo rojo que la remera, Javier no puede dejar de mirarla. Cuando ella le
coloca la cadenita, él siente el olor a champú mezclado con el sudor dulzón. Tiene ganas
Se tira en la cama. En el plafón cuelga, como una rayita de lápiz, una tela de
araña; a Ema le falta limpiar ahí. La fanática de su madre no ha entrado a su cuarto, sino
la hubiera hecho sacar. Ella odia las arañas, no entiende que son necesarias para
comerse los mosquitos. Entrecierra los ojos hasta que solo queda una ranurita por la que
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ver la tela, tiene ganas de quedarse allí tirado el resto del día esperando que la araña
preguntarle si sabe algo porque cualquier cosa que pase puede joderlos a todos. Se
levanta y va en busca de su madre y apenas sale del cuarto la escucha, está hablando por
teléfono.
—Tengo hambre —le dice cuando está cerca. Ella sigue como si no lo viera. Él
se acerca más y le hace la seña de llevarse algo a la boca, con movimientos rápidos y
hacer señas pero no se mueve. La mano de su madre vuelve a sacudirse: salí de acá.
Una vez más debe hacerse cargo. Va a la cocina que está limpia, impecable.
Ema está por arriba, se escucha cómo canta desde el pasillo. Él piensa en comer. Arroz
con huevos fritos para los tres. Es rápido, fácil. Pone el agua a hervir en la pava. Rehoga
el arroz con un poco de aceite en otra olla revolviendo con la cuchara de madera.
Agrega el agua hirviendo al arroz, lo regula a fuego mínimo. Cuando se cumplan los
diecisiete minutos el arroz estará listo, hora de cascar los huevos y freírlos.
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—Nada. No hizo falta. Ya vino la Policía a buscarlo, los atendió ella —señala
con la cabeza.
—¿Papá sabe?
—Llamalo.
Javier piensa en Sergio, en Mario, en el arroz que se debe estar secando. Que
Pone un poco de aceite a calentar, rompe los huevos. Eleva la voz llamando a Ema.
—Vos, mamá y yo. Dale que ya van a estar los huevos, dejá los platos aquí así
Mario llega a la casa de su madre. Saluda a una vecina que se asoma a la puerta.
Le debe haber llamado la atención que venga tan seguido. Los vecinos se fijan. El
abogado tiene razón, no es un buen lugar para esconderlo. Su madre tarda en abrir.
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Mario insiste con el timbre. Los ojos de ella aparecen por la ventanita de la puerta.
Siente alivio, por un segundo pensó que se lo habían llevado y a su madre también.
—Sos vos —dice ella con un tono grave que indica molestia, Mario lo sabe.
—Hace un rato estuvo Clara —dice mientras abre—, me dijo que no le abriera a
—Sí. Si vienen les decís que no sabés nada, que hace mucho que no lo ves.
—¿Y con el médico que vas a hacer? —dice su madre que lo sigue.
—Ya lo voy a arreglar. Ahora lo tengo que sacar de acá. No hay más tiempo.
Sergio está mejor del pie, al menos se puede apoyar. Eso ayuda para el traslado a
la camioneta, pero lo que no ayuda es la actitud desconfiada que tiene y que pregunte a
cada rato qué está pasando. Mario contesta a medias mientras recoge todo en una
segunda vuelta. No quiere dejar rastros, ni olvidar nada que pueda necesitar; de ahora en
Arranca.
dirección del sur pero necesita perder el rastro de un imaginario perseguidor. Retoma en
muy seguro de cómo llegar a lo de Azucena. Sólo fue una vez en veinte años. Podría
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haberse mudado, estar viviendo con alguien. Se da cuenta de que tiene congelada la vida
de Azucena en su cabeza, como si no tuviera historia propia, como si fuera una parte
Apenas algún comentario, algún rasgo personal que se filtra de vez en cuando. Algún
gesto suyo que produce agradecimiento o enojo. Pero debe ser así. Son un equipo, un
ejército en guerra con el mundo. Él es el jefe, lo quiera o no; el resto, la tropa. Una
pobre tropa para luchar contra un enemigo poderoso, extenso, invisible. Las bajas, una
cuestión inevitable; los sacrificios, también. Él caerá al frente de sus hombres más tarde
o más temprano. ¿De qué guerra está hablando? Qué estupidez. Se corrige y se contesta
que sí, que este país está en guerra, unos contra otros, con armas o sin armas. En la
Ezeiza. No está mal pensar así, le da lógica al asunto, pone las cosas en su lugar.
Azucena le debe lealtad. Porque le dio trabajo y más de una vez le prestó plata. Le paga
bien. Aunque ahora no tanto pero en su momento sí, el doble de lo que hubiera ganado
—A la casa de Azucena.
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Sergio se calla. Mario no sabe en qué puede estar pensando y teme preguntarle;
deben seguir, no es seguro andar por la calle con Sergio en la camioneta. Después de un
rato cruza la ruta y llega a los monoblocks. Es el tercero de los cuerpos, tercer piso,
departamento tres. Trescientos treinta y tres. Imposible de olvidar. Hay pibes jugando al
fútbol sobre un pasto raleado y una banda de muchachos tomando cerveza en la puerta
del edificio. Los tachos de basura rebalsan, hay cosas tiradas. Todo parece húmedo,
sucio, deteriorado. Tierra de nadie, no cuidan un carajo. Del otro lado de la calle es
peor, en una depresión del terreno hay una villa miseria y su chapería brillando al sol.
Esto no estaba cuando vino la primera vez, lo han ocupado hace poco. Un lugar sórdido
Estaciona. Hay que esperar hasta que Azucena vuelva. Tiene coraje, o a lo mejor
Recorre con la vista la zona en busca de un teléfono público. Hasta donde alcanza a ver
no hay ninguno. No se anima a bajar y alejarse, no es un lugar seguro. Decide hablar por
el celular. Tiene que ser cauteloso con lo que dice, debe parecer una conversación
normal. Debería conseguirse dos celulares para establecer una línea de emergencia con
—Azucena.
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El tono le parece que fue natural, si lo están escuchando no van a pensar que él
—Que había ido a hacer una entrega, que volvía tarde —por suerte no agregó
—Bue... Ya veré qué necesitan. La llamo para avisarle que no voy a volver. Se
me hizo tarde. Usted se puede ir antes, total no hay nada para hacer.
—Pero tengo que esperar que se vayan todos para cerrar la oficina.
—Hoy los autorizo a retirarse antes, una hora menos. Es un compensatorio por
el atraso en los pagos. La gente de planta que siga. O mejor que lo decida el encargado,
Ya deben saber que tiene la camioneta de la fábrica, no les dio más información.
Lo suyo estuvo bien. Hubiera sido un exceso que le dijera a Azucena que se tome un
—Llevame a un bar.
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La que faltaba. Ir hasta la ruta, buscar un bar, que se baje con las muletas. No
puede llamar la atención, no vaya a ser que tengan la mala suerte de cruzarse con la
cana. Pendejo boludo. ¿Qué otra cosa se le va a ocurrir? Mira por el espejo retrovisor
para ver si puede hacerlo mear contra los tachos de residuos, algo que no haría en otra
parte pero acá todo es válido. Los tachos rebalsan de bolsas rotas con basura, botellas de
—Esperá.
inspeccionara las cubiertas, después se acerca al basurero, se agacha, recoge una botella,
—Meate.
Sergio aprieta la botella, que cruje y se achata, lo mira con bronca. ¿Qué carajo
quiere? Es un nene de mamá. Mario pone la radio, busca una FM y la deja. Música para
calmarse.
—¿Qué?
Mario se baja. Aprovecha para echar un vistazo. Todo está tranquilo. Los pibes
trabaja a esta hora? ¿De qué viven? Afanan. Y por qué todavía no lo vinieron a apretar.
A lo mejor piensan que él también anda en algo raro, nadie viene aquí con una Trafic y
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se estaciona. Salvo que venga con merca robada y esté esperando a alguien. Alguien
importante. Le habrán ido a avisar a ese tipo. Ha visto demasiadas películas, no se tiene
que dejar llevar. Vuelve a la camioneta, Sergio está con la botella en la mano esperando
que él la retire.
baño.
El sol está fuera del campo visual y aún así incendia el cielo de nubes
blanquecinas con toques rojizos. Hay gente entrando a los edificios, alguna madre
retrasada con un pibe vestido con delantal, los pendejos ya dejaron el fulbito. Falta
Azucena. Ya debería haber vuelto. ¿Qué le hizo suponer que vendría directo a su casa?
En ese tiempo extra que le otorgó, ella podría estar visitando amigos, haciendo compras,
o cualquier otra cosa. ¿Hasta cuándo va a tener que seguir estacionado en este lugar? Lo
único que falta es que los asalten. Lo mira a Sergio que señala a alguien con la cabeza.
Una mujer menudita de verde desciende el terraplén desde la ruta. Tiene el pelo corto,
es Azucena, viene con unas bolsas de supermercado. Mario se baja y va hacia la entrada
del edificio.
Ella se da vuelta. Está lejos para decirlo con certeza pero a Mario le parece que
—¿Qué pasó?
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—Le tengo que pedir un favor, es la única persona a quien puedo recurrir.
Le resulta difícil explicar. Elude la razón precisa, lo reduce a la palabra “lío” que
el abogado va a aclarar. Pero imagínese con todo lo que está pasando, si lo detienen le
pueden hacer cualquier cosa. Hasta me lo pueden matar. Se tranquiliza cuando ve que
Azucena asiente en lo referido a sus presagios. Ella, piensa él, no puede permitir que
esto pase con Sergio y por lo tanto, accederá a tenerlo por unos días.
—Dígale que no sabe nada, que yo le pedí que lo tenga, que me está haciendo un
favor.
Lo único que la mujer quería era una respuesta. No estaba temiendo por ella, por
una eventual acusación de complicidad, solo necesitaba tener una respuesta lógica. Era
eso. Evidentemente, como tenía por seguro, vive sola, porque de otro modo, con el
mismo criterio, le hubiera comentado algo, no podría meter a Sergio en la casa sin dar
una explicación. Mario ayuda a su hijo a bajar de la camioneta. Camina bastante bien
Azucena pregunta:
— ¿Qué le pasó?
razonable y lógica.
—No funciona.
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Tres pisos por escaleras. Todo lo que hizo fue al pedo, es imposible cargarlo
hasta el tercer piso, el físico no le da. Mario mira impotente el ascensor con el cartelito
entreabierta.
escalón e inicia un trabajoso ejercicio de subir los escalones de a uno, apoyando las
manos y el culo. Mario se pone su lado y lo ayuda. Azucena recoge las muletas y se
adelanta, tendrá tiempo de arreglar algo, de desempacar las bolsas. “Eso hacen las
mujeres”, piensa Mario, mientras lucha junto a su hijo por llegar al tercer piso.
Javier deja el libro con las carpetas sobre la mesa, ha estado leyendo sin poder
haber tomado una pastilla para dormir. Ema tiene que estar en su cuarto dos plantas más
abajo, durmiendo, o a lo mejor está igual que él, mirando el techo. No hay noticias de
Sergio ni de su padre. Ya son como las dos de la mañana, calcula, no hay nada que él
pueda hacer, solo espantar los malos pensamientos. Zafó bien con Yanina en FB.
Aunque antes ella no le daba bola, ahora le aceptó la amistad sólo para preguntarle por
su hermano. Hace días que no lo veo, escribió él, no sé dónde anda ese boludo. De algo
debería estar enterada porque no insistió, se desconectó enseguida. Qué pelotudo este
Sergio, una piba con onda y casi no le da cabida. Le interesan las minas para coger. Él
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no puede dejar de amigarse con las pibas que se le acercan. El tema es que si se amiga,
lo toman por boludo. O son de las fáciles, que les cabe cualquier pibe, un toco y me
voy. Se aprovechan. Los rubios blanquitos les gustan a casi todas, especialmente a las
morochas, así dicen, pero hay algunas que son complicadas, eso también pasa, sobre
todo les pasa a los que, como él, no quieren lastimar a nadie. A Sergio nada le calienta,
le caben todas. Si se pudiera elegir ser como Sergio, para las minas por lo menos… Pero
no se puede elegir, cada cual es como es. A lo mejor Sergio tampoco puede elegir, no
puede dejar de bardear. Su papá no puede dejar de trabajar como un esclavo y su mamá,
bien clarita, está tejida por dentro del plafón, el hilo que cae es un hilo que no llegó a
formar parte de la tela. La trampa se mueve de a ratos. Hay un bichito atrapado que se
sacude cada tanto. Está perdido, no va a escaparse, solamente tiene que esperar a que la
araña vuelva y se lo coma. Tiene la tentación de liberarlo pero no lo hace, ¿para qué?, la
araña va a volver a tejer la tela y el bichito, a caer en la trampa. Podría no prender la luz
de arriba así el bichito no iría a la trampa de la araña. Podría también no hacer nada,
dejar las cosas como están, pensar en él y para él. Mejor baja y se hace un té. Nadie
cenó en la casa, el arroz con huevos fue una buena solución para el mediodía pero ahora
no tiene ganas de cocinar. En el freezer hay helado, un poco de helado va a estar mejor
que el té.
Azucena los hace pasar. Son nada más que dos ambientes chicos, apretados.
Mario mira a su alrededor, ella corre una silla, Sergio se sienta. No hay un sofá, ¿en
dónde va a dormir?
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Ella va hasta la cocinita y abre la heladera, vuelve con una botella de jugo
barato, de los que se preparan con agua, y dos vasos. Pone los vasos sobre la mesa y
—Es por unos días nada más —aclara él, asegurándole de alguna manera que la
Mario mira hacia el pasillo que conduce al cuarto, solo alcanza a ver la puerta
cerrada. Prefiere no preguntar más, no tiene opciones. Lleva la mano a la billetera y deja
un dinero sobre la mesa. Ve cómo Azucena lo agarra sin decir nada. Se le ocurre que en
un celular seguro con ella y se despide. Cuando sube a la camioneta ya las luces de la
calle se han encendido. En el piso está la botella con el orín de Sergio, lo único que le
ha quedado de su hijo.
Adrogué venden, a esta hora es el único lugar que conoce que pueda estar abierto. Tiene
que pagar en efectivo. No sabe cuánto le costará, lleva poco dinero encima, tiene que
pasar por la fábrica a buscar más. De paso deja la Trafic y sigue con su camioneta. Hay
que apurarse.
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Armando supo que estaba todo mal cuando Clara llamó diciendo “te voy a ver”.
ahora si las cosas están peor o mejor de lo que se imaginó. Finalmente ella agota los
gestos y las palabras que traía, pasa unos segundos mirándolo como si estuviera
una urgencia que no se molesta en explicar. Él la deja ir, la clínica está llena de
pacientes. Vuelve a su escritorio, trata de repasar los hechos y ver más claro dónde está
parado.
para que lo agarren. Mario es un imbécil, ¿para qué carajo tuvo que buscarlo a él?, en
algún momento sin duda vendrán a preguntarle algo y todo lo que hizo le jugará en
contra. Cómplice, esa es la palabra que define su situación. Sin embargo, tiene una
incomprensible sensación de alivio. Si todo se va a la mierda será por una causa mayor,
por culpa de Mario, por meterse a salvar a un pendejo pelotudo, por lo que sea, de
ninguna manera por una decisión suya. Clara lo excita, se la quiere coger ya, es la única
idea que le viene a la cabeza. El resto puede irse al diablo. Así como están las cosas, no
ahora después quién sabe. No va a llamarla por teléfono, ella se lo prohibió. “Por las
escuchas”, dijo. Tendrá que ir a verla. Podría llegar de sorpresa, sacarla de la casa,
llevarla a un lugar donde sea vulnerable a su propuesta. Tiene que ser pronto, antes de
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que todo se complique. Su mano aprieta el botón para que pase el siguiente paciente. La
puerta se abre, es una mujer grande y obesa, tiene los ojos irritados.
la galería y la empleada lo está cerrando. Mario la detiene con un pare, pare. Necesita
dos celulares con tarjeta. La chica lo mira, por suerte no pregunta para qué los quiere.
Mario aclara que los necesita con la línea habilitada. Ella dice que sí, que entendió, y él
—Lucas Gramajo —dice Mario, podría haber dicho Rodríguez o Gómez, pero
—No lo traje.
—4.824.335
Ella escribe. Luego le cobra, casi no lo mira. Tal vez no quiera recordarlo.
Mario vuelve al auto. Está cansado. Tiene hambre. No quiere regresar a su casa.
No hay una razón ni tiene ganas de encontrar una, simplemente no quiere. Mejor dejar
todo en la fábrica y esperar al otro día. Antes comer algo, eso sí, no ha comido nada
desde el desayuno. Detiene el coche frente a una pizzería, grande, mitad cebolla, mitad
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Comida para chicos, sabía que era lo más seguro, además es lo que ha
comprado, por suerte trajo dos paquetes. El dinero que dejó el señor Mario no es
mucho, tendrá que administrarlo así le queda algo, aunque sea un poco, para ella. Este
chico siempre le trae problemas al jefe, no cambia. Es lindo, una lástima. Lo va a cuidar
mesa. Un sacrificio, un servicio más. Azucena pela las papas con placer mientras avisa
desde la cocina:
—Dejá, yo puedo.
—No te levantes, no hace falta —dice y se limpia las manos con el repasador.
siquiera tiene cable”, piensa Sergio. Se queda con Tinelli, vuelve a la silla. Mario
tendría que haberle conseguido algo mejor. El abogado está loco si se piensa que él va a
vivir todo el tiempo así. Prefiere que lo vengan a buscar y cagarse a tiros. Tendría que
Sergio mira la ventana. Puede saltar. Va a saltar y se acabó. Mario dijo: Unos días,
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hacele caso a Azucena. Como si él fuera un chico. No dijo cuántos días ni cuándo va a
tener un teléfono aunque sea para hablar con él. Ninguna precisión, ninguna seguridad.
Mario enciende únicamente la lámpara que tiene sobre el escritorio. Piensa que
pueden estar vigilando desde la calle. Tal vez sí, tal vez no, en todo caso es preferible
que nadie vea luz en su oficina a esa hora. Pone los celulares a cargar, súbitamente
siente que tiene que orinar, es imperioso, hace rato que viene postergando ir al baño,
ahora es sí o sí. Llega al inodoro con la bragueta abierta y el pene en la mano. La orina
tarda en salir. Carajo, eso le pasa por aguantarse; hace fuerza, es inútil, tiene que
relajarse. Pasa un minuto, unas gotas se deslizan, ya viene, ahora sí, el chorro es
contundente. Sale del baño aliviado, va al escritorio, abre la caja de cartón. La pizza está
fría. Recurre al cortapapeles para destapar la cerveza. Al fin puede sentarse a comer y
relajarse un poco. No hay televisión ni ruido. Ni Clara, ni hijos, ni obreros. Está solo,
cómodo y solo, en la fábrica vacía. Puede recorrer mentalmente cada espacio, cada
inyectora, enumerar los detalles: él la construyó, la hizo con esfuerzo. Es imposible que
Pero algo se ha alterado, éstas son cosas concretas, el dinero es papel y ahora
resulta que esos papeles determinan si la fábrica puede funcionar, si la gente tiene
envases por combustible, por ropa, podría ser. O si no estos “patacones”, manejemos
todo con patacones, o con lecops, no entiende por qué tiene que haber dos cuasi
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funcionaría. Son los bancos los que no quieren esos billetes porque no son convertibles
a dólar. Viven en el mundo del dólar, de los bonos, ese es su negocio; el de los tipos
vicio, no debería haberla comido, ahora está pesado, tiene sueño. Se recuesta en el
sillón, deja que el sueño progrese, esta noche no volverá a su casa, es la primera vez que
La cuchara de helado está colmada, Javier le pasa la lengua una vez, dos,
después se la introduce en la boca y deja que se derrita. Se puede comer todo el kilo si
quiere, es algo raro esto de asaltar la heladera y comerse el helado de todos. Vuelve a
llenar otra cuchara. La casa está en silencio, la única luz prendida es la de la cocina, el
único que está despierto está comiendo helado y está decidido a liquidarlo. Nora se casó
y se fue, ahora Sergio y su padre no han vuelto, solo queda Clara arriba, seguramente
después... Lo único seguro del después es quedarse solo. La noche puede ser larga si no
duerme rápido. En cuanto acabe con el helado apaga la luz y se tira en el sofá del living,
decide. En la cama es más difícil, empieza a dar vueltas y vueltas, a pensar boludeces,
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cara, en unos minutos su gente comenzará a llegar, el tiempo corre pero él se niega a
comenzar un nuevo día. Está despierto, lúcido, pero su cuerpo no, sigue relajado, como
con los ojos cerrados, las manos sobre el abdomen. A esta hora no hay urgencia. De
aquí en adelante hará lo que tiene para hacer. Basta de carreras y locura. Azucena se
llevará los celulares y tendrá línea directa con Sergio. Él volverá a la casa de su madre a
lo sigan. Dentro de un rato la va llamar a Clara para decirle que se quedó trabajando en
la fábrica pero que esta noche sí vuelve a la casa. Todo deberá parecer normal para que
se vea y lo crean. Habrá que inventar una historia coherente sobre la pelea con Sergio,
algo que habilite a decir que lo echó. Atenerse a la historia. ¿Qué hacer con la herida?
No le puede pedir a Bruzzone que vaya a lo de Azucena, es demasiado. Tendrá que ser
ella la que le cambie las vendas y se asegure de que toma los remedios. Si hay algo raro
o se complica, entonces sí, no va a quedar más remedio que buscarlo a Bruzzone. A esta
Alguien abre el portón que da a la calle y lo cierra con fuerza, la chapa hace un
estruendo que rebota por el galpón vacío; debe ser el encargado. Mario abre los ojos,
mira su reloj, las ocho. Recoge los restos de la cena y los mete en el cesto de papeles, no
es necesario que sepan que durmió allí, dirá que vino temprano para estar tranquilo y
poder adelantar su trabajo. O no dirá nada pero deberán pensar eso. Lo más importante
es juntar dinero para afrontar los gastos inmediatos. Hay unas cuantas cosas que pagar
con pesos y otras que pueden saldarse con patacones o lecops. El boga no quiere
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patacones. Hace mentalmente un repaso de recursos, tiene veinte mil dólares en la caja
de seguridad, su reserva secreta, quizás sea la hora de gastarla, aunque se resiste, hoy tal
vez pueda conseguir que Gadó le pague y vender el cheque, lo que le den en pesos
intereses del prestamista: el tano Grimaldi lo está matando pero los bancos le han
cerrado el crédito. Con lo que obtenga puede pagar algo de los sueldos, total en los
supermercados se los aceptan. De la reserva cambiar cinco mil, con eso pagar al
abogado y quedarse con algo para gastos. O mejor esperar, Angelini le dijo que se los
diera cuando pudiera ver a Sergio. No es momento de llevarlo, mejor esperar unos días,
conveniente tenerlos a mano por cualquier cosa. No debería andar con tanta plata en la
billetera pero no hay más remedio, él tiene la caja chica de la empresa en el bolsillo.
Los pasos del encargado suben las escaleras, es claro que ya se ha dado cuenta
habitación, tomando su café, mordisqueando las tostadas, con el diario abierto sobre la
cama. ¿No vino anoche? No pudo notarlo, ella tomó el Rivotril y se durmió. A esto
hemos llegado. Es difícil responder sabiendo que la pueden estar escuchando. No sería
normal que pasara por alto la visita que les hizo la Policía, en cualquier pareja normal
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eso sería así, y ella ya se hubiera comunicado y Mario no se hubiese quedado a dormir
—¿Qué te dijeron?
—¿Cuándo fue?—Esto era lo primero que tendría que haber preguntado, ¡qué
hablamos.
menos ella ya está al margen de la cuestión, solo falta que Mario haga lo suyo. Tendrán
que seguir con esto un tiempo hasta que el tema de Sergio se acabe, después van a
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información, el contacto está hecho. Clara estuvo bien. Él tiene mucho más que hacer
cosas, ninguna mención a Sergio. “Está bien”, dice cuando le pregunta, y recibe el
teléfono con su cargador. Le explica que sólo tiene que comunicarse con el suyo, le
Ella asiente a todo, con naturalidad. Después siguen con otros temas. No sólo él se ha
extraordinario.
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CAPÍTULO 7
—Hola viejita —dice Mario mientras su madre abre con dificultad la puerta.
Esta en camisón, arrastra las pantuflas. Apenas son las nueve y media de la
Han transcurrido casi dos semanas de silencio. Su madre cumplió con el pedido
que le hiciera: no ha llamado. Pero ellos tampoco la llamaron, él no lo hizo. Ella quedó
hablaron del asunto, las dos se sometieron al secreto. Apenas su madre se atrevió a
preguntar ¿están todos bien por allá?, para recibir una respuesta convencional de que sí,
de parte de Azucena. Ella dijo, como dice ahora, que también estaba bien. No habló de
las piernas hinchadas, los dolores del cuerpo, el aire que a veces no llega a sus
pulmones, porque a su edad eso no es sentirse mal, es la vejez y para eso no hay cura.
Por unos días todos los achaques pasaron desapercibidos, estuvo activa,
motivada, Sergio estaba primero. Pero cuando Mario se lo llevó, todo volvió a ser como
antes o peor aún, porque ahora está preocupada por los suyos. Mario no la ve bien, pero
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No debería haber venido tan temprano pero ¿qué otra opción tenía? ¿Ir por la
noche, sin avisar, asustarla? La mañana era la mejor opción, nadie lo estaría siguiendo a
revólver y tirarlo al Riachuelo. Todo a plena luz del día, dentro de sus movimientos
—Lo tiene el abogado, viejita, no te preocupes, por ahora hay que esperar.
Mario sintetiza, se defiende de tener que dar una explicación que lo angustia.
libertad. El amigo ese, Fabián López, lo enterró hasta las manos para mejorar su
—Apenas lo conozco por el nombre. —Se imagina que, dada esta circunstancia,
—Por ahora nada. Que siga escondido. Cuando se ponga en marcha el juicio
voy a ver si recusamos al juez por la relación con el padre. Si logramos que desestimen
contradicción, ahora dice que se confundió, que pudieron ser solamente dos. López dijo
que solo manejaba, que estaban paseando, que no sabía que Sergio tenía un arma, que
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juzgado. Por eso tengo que hablar con su hijo, me tiene que dar elementos para que lo
pueda defender.
para recibirlo, se justificó para sí mismo en ese momento, pero en realidad no sabía por
qué no pudo aceptar esa reunión. Es como si en el fondo hubiera pensado que se le
escapaba todo de su control si dejaba de ser el intermediario, o algo así. Fuera de eso, le
quedó la impresión de que no queda nada por hacer. Tal vez Sergio le hubiera mentido y
los hechos no fueron de la manera que los contó, el abogado tiene razón, él es su padre.
Después de todo, tampoco él le está diciendo toda la verdad a su madre. Ahora entiende,
—¿A qué viniste? —pregunta su madre, cruzando los brazos como si quisiera
abrazarse a sí misma.
—Me imagino.
—¿Te molestaron?
—¿Qué le dijiste?
—Que no, ¿qué le iba a decir? Entonces se puso a sacarme conversación pero no
Aprovecha que su madre levanta las tazas y las lleva a la cocina para ir hacia el
fondo. Es un día hermoso, el pasto está húmedo y recién cortado, a los costados florecen
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las azaleas y las matas de alegría del hogar. Un pequeño rincón íntimo que su mamá
tiene detrás de la casa y cuida con la ayuda de un chico del barrio. A ella le gusta mirar
el verde, la vida, los zorzales revoloteando, aunque sea por la ventana. Las ramas del
limonero están inclinadas por el peso de los frutos que nadie se ocupa de cosechar. “En
casa los compramos”, piensa, otro día vendrá a recoger unos cuantos. Las ciruelas
también se caen de maduras en el verano y se pudren. Los árboles no pueden saber que
su padre, el que los plantó, está muerto hace años, que la familia se ha desarmado, la
hija en España, el hijo en su propia casa. Nadie podría comer tantas ciruelas, el esfuerzo
examina buscando algo que lo lleve a la verdad. Es un 38; revisa el tambor, faltan dos
balas. El primer disparo pudo haber sido por una reacción irreflexiva: en el segundo
hubo decisión de matar. Sergio siempre tuvo esas explosiones, ese irse a las manos, pero
él nunca pensó que fuera capaz de matar. ¿Por qué no? ¿Acaso él no lo hubiera matado
a José Luis? La diferencia es el arma. A mano limpia es más difícil, se siente el cuerpo,
el aliento, la mirada, uno puede detenerse justo en el límite cuando el otro está
derrotado.
Limpia el revólver con un trapo, lo mete en una bolsa de nylon, ata la bolsa
sobre sí misma. El paquetito parece inofensivo, un residuo cualquiera que alguien arroja
desde la ventanilla de un auto al Riachuelo. Irá por el puente viejo, hay menos tránsito y
la baranda es baja. Cuánta porquería habrá en el fondo. Siempre hace falta un río así,
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Mario le da un beso y se va, antes de subir al auto se da vuelta y la mira, ella está parada
Nueva York, todos los informativos lo repiten. Arde una de las torres gemelas, un avión
se estrelló contra ellas. No hay mucho más, un accidente monstruoso. “Que se jodan”,
piensa y cambia a FM para escuchar música. Si nadie se ocupa de nosotros, por qué
Cuando llega a la fábrica evita pasar por el galpón, no quiere que se le acerquen
a preguntarle por el sueldo o lo que sea. Lo sorprende el silencio que llega desde el
taller, se detiene, duda en ir primero a ver qué pasa pero mantiene la decisión y va a su
—Estuve con mi mamá, estaba un poco agitada, tendría que llevarla al médico,
¿usted le podría sacar un turno? —Ha dicho todo esto sin pensarlo o lo ha pensado
mientras lo dice, pero está bien que lo haga, debería haberlo hecho antes.
—Pídalo en la clínica Juncal, como paciente privado, después en todo caso los
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—Ya no le pongo vendas, está cicatrizada. Le están tirando los puntos, habría
que sacárselos.
—¿Se anima?
—Sáqueselos.
—Ya lo hago.
ha puesto entre las prioridades, hay algo más fuerte que él que le impide comunicarse
con Sergio y con su madre. Está ocupado, luchando por el trabajo, corriendo, pero no es
eso. Es como si no pudiera cargar con más, como si temiera que lo contagiaran de algo.
Posterga todo lo que no sea urgente. Tal vez, piensa, si me contacto me aflojo, me
derrumbo. Necesitaría ayuda. ¿De quién? No hay nadie que pueda ayudarlo o que lo
proteja, está solo y eso no tiene remedio. Tiene ganas de escapar, de irse lejos, de basta,
basta con todo esto. ¿Pero qué está haciendo? Quieto, con la birome en la mano,
pensando boludeces, con todo lo que tiene para hacer. Agarra el celular nuevo, busca en
—¿Cómo estás?
—Bien.
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—¿Necesitás algo?
—Nada.
—Para verte.
—¿Cuál es la diferencia?
¿Cómo explicarle a este boludo lo que son las palizas, las violaciones, el
hambre? ¿Cómo hacer para que valore lo que él está haciendo para que eso no le pase?
No encuentra las palabras, ni Sergio las suyas. El silencio dura unos segundos. Después
“Andá a la mierda” escucha que dice Sergio antes de cortar. No vale la pena volver a
llamar, sabe que en estos casos hay que dejarla pasar. Esperar que el tiempo lo ablande,
lo madure, hasta que se caiga al suelo por sí solo. ¿Y se pudra como las ciruelas? Habría
que recogerlas antes, cuando están a punto. El problema es estar en ese momento,
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puerta. Ella entra, un poco más temprano hoy, saluda, él contesta sin abandonar el
televisor, donde las torres gemelas humean y caen una y otra vez.
—¿Viste? Qué increíble —dice ella, dejando la bolsa de las compras sobre la
mesa
Deja la puerta abierta. Sergio la mira. Se está lavando las manos con jabón, se
enjuaga, vuelve a enjabonarse, se enjuaga, levanta las manos, va hacia la toalla nueva
sin tocar nada y se seca cuidadosamente. Abre el botiquín y saca un frasco, después
busca algo en un cajoncito del mueble, resulta ser una tijerita de uñas, cierra la puerta
del baño, pasa un segundo y abre, ahora está con un paquete de algodón en la mano.
Sergio la mira parada en el pasillo con todos los elementos en la mano, parece
Sergio se para y va, ya no usa las muletas, solamente renguea un poco porque si
flexiona le tiran los puntos, si no fuera por eso, ya está bien. Bruzzone exageró, quiso
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mano. Le acomoda las piernas, se las estira, le pasa alcohol suavemente en la zona de la
rodilla, después corta los puntos de a uno y tira de los hilos con la pinza de depilar. Un
trabajo delicado. Sergio siente el roce de la yema del dedo con que le recorre la cicatriz,
la piel que se ha vuelto sensible. El pene le crece, Sergio intenta taparse con una mano.
Azucena sonríe, le toma la mano y se la corre, deja la pincita sobre la mesa de luz y le
acabar. Después toma el algodón, limpia todo, acomoda y se va. Ahora él está relajado,
hacia la cocina, Azucena está picando cebollas, tiene puesto el delantal de cocinera, el
pelo recogido, atado con un elástico. Él vuelve la vista al televisor, las torres se caen
Los días pasan sin que ocurra nada. Armando espera y posterga. Aunque Clara
le contó que había echado a Mario de la casa, también dijo que todavía seguía viviendo
Entra a la clínica, mira el reloj, son las ocho de la mañana y ha llegado tarde otra
vez. Apenas saluda y se pone el guardapolvo para hacer la recorrida, su mente se aleja
de toda otra cuestión. Cuando termina la ronda va al estar de los médicos. Discute con
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sus colegas un par de casos complicados, son decisiones frías, sobre los pacientes
aplicar, resignar, sobre los cuerpos ajenos. A las diez se levanta de la silla, debe ir a la
consulta. Odia esa parte del trabajo: el desfile de gente demandando atención. Primero
hablan a sus espaldas. Un avión se estrelló contra las torres. Sacude el pene y se apura a
No hay mucho más, todo está en las noticias. Un ataque, lo imposible está
allí hay un televisor. Pasan los minutos, Armando estira el mirar las noticias para no ir a
la consulta. Tiene ganas de llamar a Clara, de preguntarle si ella está al tanto de lo que
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CAPÍTULO 8
La carta documento está sobre el escritorio: es una demanda laboral. José Luis
no se anduvo con vueltas. Mario siente alivio, una demanda laboral es un asunto
manejable, si hubiera hecho una denuncia a la AFIP le habría traído más problemas. Ni
instancia sería como si le donara un dinero a su hija. De todos modos ahora no tiene esa
plata. Además es mejor estirar los plazos, una vez que le haya pagado ya nada podrá
impedir que lo cague. Se siente mal por llevar adelante esta pulseada, sabe
perfectamente que le va a hacer sufrir penurias a Nora. Piensa por un momento en darle
plata a ella por izquierda pero lo descarta enseguida, es demasiado orgullosa. Tal vez
debería hablarle, sincerarse, pero es imposible, ella tiene la cabeza tomada por ese hijo
de puta.
Levanta el teléfono y llama al abogado que atiende los juicios laborales. Hay un
guarda la carta, hay que ser ordenado. Mientras coloca la carpeta en el fichero se
sorprende pensando en Nora como parte del problema con José Luis. Como si no se
tratara de dos cosas distintas. Se da cuenta de que casi nunca piensa en sus hijos como
eso: hijos. Javier está en casa y lo ve todos los días pero nunca sabe nada de él. Todo
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este último tiempo ha estado preocupado por Sergio y por el trabajo. Siempre
atendiendo la urgencia, los problemas. ¿Cómo sería su vida si tuviese guita? Guita sin
laburar, inversiones, rentas. No lo puede imaginar. Tal vez si fuera como al comienzo,
un tallercito, él y tres obreros más trabajando para un solo cliente, cuando Clara
solamente era su novia de Mar del Plata... Cuando los viernes por la tarde se escapaba
en la moto a verla. A veces con el Negro Ruiz y el Cholo, otras en grupo, con los de la
barra, pero la mayoría de las veces se iba sin amigos porque los muchachos se iban por
otras rutas, a ellos nadie los esperaba. Cuatrocientos kilómetros contra el viento,
zigzagueando entre los camiones, adrenalina y sexo el fin de semana, trabajo duro los
otros días. ¿Qué cambió? ¿Que lo embretó en este quilombo? Tal vez si no hubiera
Aguantar, una extraña medida del éxito, pero es así. ¿Qué pasó en este país? Pasó de
todo y pasaron todos, milicos, políticos, una manga de chorros hijos de puta. ¿Cómo
peluquería. Cuidar a Sergio le ha dado otro estatus, piensa Mario, es mejor que lo tome
Hola doctor ¿cómo está? Lo estaba buscando porque José Luis me mandó una
carta documento. Sí, sí, es mi yerno. ¿Mi mano derecha? ¿Usted también se creyó eso?
Figura como gerente pero era un “ñoqui”. Por supuesto, tiene toda la información que
necesita para hacerme mierda. No, con mi hija no puedo hablar. No, ahora no tengo un
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“¿Cómo puede ser que vaya a juicio y su hija no lo pare?”, le ha dicho el doctor
¿Qué le hizo a Nora? Nada. Nora y su madre siempre se llevaron mal pero con él nunca
tuvo un problema. Y sin embargo no lo sorprende. Desde que conoció a este imbécil
está dominada. Tendría que haber salido con otros tipos, comparar y no engancharse
ahí en más la tiene de pichi. La idea de José Luis sobre el cuerpo de Nora no se le forma
en la cabeza, no puede pensar en su hija cogiendo. Pero algo tiene que tener ese hijo de
puta, o a lo mejor no tiene nada y la culpa fue de ellos, de Clara en realidad, por
mandarla a una escuela religiosa. Las monjas le deben haber metido la monogamia en la
El sol cae vertical. No hay nadie en la calle, Armando estaciona el Chevy dos
casas antes de los Giunta. Camina hasta la puerta y toca el timbre. Tardan en responder.
La casa es grande. Vuelve a llamar, no puede ser que no haya nadie. La voz de Clara en
Clara está sola. Ema fue a hacer unas compras, vuelve en cualquier momento.
Ella se demoró porque se estaba bañando, dice, pero no tiene el cabello mojado.
Armando no anda con vueltas, si se ha arriesgado a venir hasta aquí es porque quiere ir
a la cama con ella. Lo dice sentado en el sillón del living a tres metros de distancia. ¿Se
puede seducir a alguien a tres metros? ¿Dónde quedó el plan de llevarla a otro lugar, de
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quitarle sus defensas? Todo se reduce ahora a una pregunta, que solo admite una
respuesta: sí o no.
Es más probable que sea no, ha metido definitivamente la pata. Está haciendo el
ridículo. Bueno, al menos se saca los ratones de la cabeza. Clara demora la respuesta y a
él se le van acabando las palabras, siente que ya está eligiendo las que pronunciará
—Es un riesgo.
Clara sigue estando a tres metros. El tono de sus palabras no aporta nada, ni hay
en su cara gesto alguno que afirme cualquier suposición, más bien un reproche a su
—A las cinco.
—¿Dónde?
—¿En la París?
Clara sigue con las manos sobre la falda. Como si la cita se redujera a otra ronda
hacia la salida pero antes de llegar a la puerta del living se detiene y se vuelve hacia él,
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están ahora muy cerca, Armando duda sobre si debe darle un beso en la boca pero
torpe. La toma por la cintura, vuelve a besarla, ella lo rodea con los brazos y entrega su
boca, su lengua y sus ganas. Dura unos segundos, los brazos de Clara lo sueltan, le pone
Armando tiene deseo en la boca, ganas del cuerpo de Clara que se fuga. Está a
Clara abre la puerta para que él pueda irse. Se da vuelta y cierra rápido.
—¿Qué pasa?
patrullero frente a la puerta de rejas y tres policías en la vereda. No han tocado timbre,
El segundo coche llega en ese momento. Baja un tipo de traje y una mujer con
un portafolio. Se dirigen a la puerta. Suena el timbre. Clara lo mira a Armando, los dos
están quietos, duros. El timbre vuelve a sonar y el campanilleo recorre la casa. Armando
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le hace señas con la mano a Clara de que se tranquilice, ella parece estar dispuesta a
hacer algo, salir corriendo o abrir la puerta. El timbre suena por tercera vez, Armando
mira a través de la cortina. Los policías y los civiles hablan entre ellos. “Se están por ir”,
piensa. Ya se van, le dice a Clara. Ya. Una joven morocha con bolsas de supermercado
—¿Qué?
cerradura.
—A un vecino.
—Tiene perros.
—Carajo.
buen equipo”, les había dicho el primer día, haciéndose la simpática, como para que
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ellos bajaran la guardia, para que se deslizaran sin oposición al mundo de los logaritmos
y las derivadas. Ahora los tiene ahí, frente a ese pizarrón lleno de formulaciones
matemáticas que tienen que descifrar en sus carpetas. Javier las mira, ¿para qué sirve
todo eso? Es como un juego, si se cambia una letra de lugar, un signo, otros signos y
otras letras cambian y todo puede terminar en un valor = X a la “n”, algo que ya se sabe
que tiene que pasar porque responde a las reglas que se establecieron en un comienzo.
Nada nuevo, ningún efecto especial sobre las cosas. Es un juego fácil y mientras se
Javier termina antes que el resto la serie de ejercicios que constituyen el examen,
mira a sus compañeros silenciosos, concentrados en las hojas. Tal vez en el futuro
extrañe esa paz, cuando seguramente no pueda disfrutar de su inteligencia sin angustias
miope. Ella se quedó en esto, en jugar con los números, ¿podría también él buscar un
refugio en los números? La profesora parece distendida, tiene la cara blanca, ya con
algunas arrugas, manchitas sin maquillar, sin nada. No usa anillo, ni tampoco él cree
que tenga pareja. Dentro de un rato se va a ir con los papeles de todos a ponerles cruces
y notas, después tal vez irá a algún otro colegio, a repetir los exámenes, a dar más horas
para completar un sueldo. Elena parece ser eso, las matemáticas, el resultado previsible.
Demasiado aburrido. Él necesita algo más, una caricia, un beso, un trabajo que le
demande inteligencia, algo para hacer. El timbre suena, los de siempre se apuran a
garabatear lo último, a suerte y verdad, peor sería dejar espacios en blanco. Javier se
acerca al escritorio, entrega sus hojas, Elena las toma automáticamente, sin mirarlo.
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el hombre de traje.
evidente de molestia.
—Sí.
—No.
—No.
El tipo hace un gesto con los labios, como si amasara algo dentro de la boca,
antes de decir:
—¿Tiene armas?
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Clara titubea. Iba a decir “mi hijo no mató a nadie”. Pero se detiene a tiempo.
—Tiene que decirme dónde está, señora, es mejor que lo encuentre la fiscalía y
—No me amenace.
—No recuerdo.
—Aquí está.
—Para buscar a Sergio Abel Giunta y todo lo que pueda aportar para la causa
cualquiera. Por más que ya no lo soporte, no puede imaginarse a Sergio con el arma en
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—Respóndame lo que le pregunto. ¿Dónde dice que le tengo que contestar sus
preguntas?
—Es una testigo. La vamos a citar para que aporte en sede judicial.
—Tenemos que revisar, le acabo de mostrar la orden del juez –dice el fiscal y
hace una seña. Los policías se desplazan uno hacia el fondo y dos van a la planta alta.
—Revisen lo que tengan que revisar y se van. Le voy a avisar a mi marido para
—¿Angelini?
—A mi abogado.
—¿Usted lo conoce?
Clara no contesta y aprieta los botones para llamar a Mario. Los policías siguen
dando vueltas por la casa, golpean las puertas, abren y cierran cajones con violencia.
—Mario. Tengo la casa llena de policías, están buscando a Sergio. ¿Qué pasa?
¿Qué hago?
visita profesional.
—Venite para acá. Hacé algo —ordena. Sostiene el teléfono contra la cara, le
amante. O va a serlo. ¿Y qué? Que se imaginen por qué no los atendí. Eso. Esa es la
respuesta que les voy a dar. ¿Su marido sabe? No me pueden preguntar eso. Es un
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asunto nuestro, a ustedes qué les importa. Lo buscan a Sergio, no a ella. Baja el teléfono
sienta, los demás siguen parados, son los extraños, los invasores, ninguna cortesía, que
se vayan lo antes posible. Se escuchan ruidos extraños, tiene ganas de ir, de ver qué
pasar, se les van a agotar las ganas de joder, se irán frustrados, sin el placer de haberla
jodido.
Los policías bajan las escaleras, se acercan al Fiscal. Hablan en voz baja.
Llaman al que se fue para el fondo, que parece que está en el quincho. Después abren la
puerta de calle y se van. El último en salir es el Fiscal que le dice amablemente a Ema.
Mario está viniendo como un loco para acá, Armando está en algún lado de la casa y
Ema pregunta:
—¿Qué hago?
—Andá, llevá eso a la cocina y empezá con la comida. Yo voy para arriba.
Sube las escaleras. Armando se tiene que ir. Recorre la planta superior.
Armando no aparece. Vuelve a recorrer. ¿Dónde está? No pudo haberse ido, desde el
piso de arriba no hay por dónde salir. La cortina de voile de su habitación está
levemente mordida por la ventana. Clara se acerca, se asoma al balcón. Está vacío. No
pudo haber saltado a ningún lado desde allí, se vuelve. Un pequeño ruido en el techo de
tejas la sobresalta.
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El ruido se intensifica.
—Bajá. Se fueron.
El ruido ahora es más fuerte y hay un resoplido. Cuando ella mira hacia las casas
de la cuadra para ver que no haya nadie espiando la situación, unas piernas aparecen
Ella corre y lo sostiene. Él se suelta y cae sobre el balcón. Armando tiene la cara
roja, el pelo revuelto y una sonrisa encantadora. Clara lo hace entrar rápido a la
habitación y después vuelve a mirar los patios y ventanas de las casas que dan a su
—Tenés que irte ahora — dice, agitada—. Mario está viniendo para acá.
Bajan juntos las escaleras. Clara abre la puerta, mira para afuera y lo deja ir. En
el porche, Armando la besa nuevamente. Es un beso intenso, definitivo. Ella baja hasta
la reja y le abre la puerta con la llave. El Chevy de Armando dobla en la esquina cuando
la camioneta de Mario ingresa a la calle. Clara entra al living. Ema está plantificada en
Clara le abre la puerta antes de que Mario accione la llave. Mario entra, ella le
cierra la puerta detrás y lo encara. Tiene que terminar con todo esto.
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termina por decir Clara, impermeable a toda la explicación que le ha venido dando
Mario.
—Tiene al juzgado en contra. El otro pibe es el hijo de un juez así que los están
Sabe que Mario no va a hacer nada. No es capaz de hacer nada. Lo tiene claro
terriblemente claro.
Mario no se queda a comer. Solo se toma el tiempo necesario para hablar con
Angelini, para ponerlo al tanto de las novedades. Después se va. Volverá a la noche
cuando todos duerman. Ella ahora va a almorzar sola, que Ema coma con Javier cuando
Clara está desnuda como una diosa, esperándolo en el centro de esa cama extra
cama, su pene aún cuelga flácido, indefenso. Se siente extraño tocando ese cuerpo bello
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preocupes.
Separados, quedan sentados sobre la cama. Ella le pide un cigarrillo, los dos
fuman. Prenden la televisión. Armando saltea los canales porno, busca uno de aire. Las
torres gemelas todavía son noticia. Por enésima vez el avión se estrella contra la mole
vidriada, el impacto abre una cicatriz humeante, la herida es mortal, pero el derrumbe
hotel, de que están desnudos. Se entusiasma con el apocalipsis de lo que supone será el
mundo. Ella lo mira, de alguna manera él siente que lo está admirando. Parece más piba,
más inocente. Ella le toma la mano. La sangre vuelve a su pene. Armando empieza a
recorrer con los labios la piel de Clara, llega a la intimidad sabrosa, con la que ha
fantaseado desde el día en que balearon a Sergio. Ahora está seguro de lo que quiere y
necesita.
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CAPITULO 9
aparece ante los ojos de Mario. Algunas palomas picotean algo en la vereda, en un
teléfono vibra en su bolsillo, la musiquita veneciana comienza a tocar antes de que logre
sacarlo del bolsillo. Una voz desconocida es la que pregunta por él.
—Le hablo por su mamá. Quiero saber cómo está. Soy la vecina.
a la clínica Espora.
¿Cómo pudo ser que su madre no lo llamara? Mira el celular. Tiene un mensaje
de voz. Lo rescata, es la misma vecina que le avisa que “está descompuesta, que no se
precaución”. Mira la hora del mensaje. Las cuatro de la mañana. Tenía el teléfono
mamá nunca llama a la casa, recuerda, y menos a las cuatro de la mañana. Su madre no
para que lo jodiera a él, ella sabe que las cosas no están bien con su mujer. Trató de que
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le avisaran a él, lo necesitaba. Por suerte no es grave, sólo precaución. De aquí en más
pudiera descontar parte de las cuatro horas de atraso que le debe a su madre.
Hay un puesto de flores en la esquina, vuelve dos pasos para atrás y compra un
perfumando el aire, solía ser la señal de que algo bueno había pasado entre ella y su
En la guardia le dicen que vaya por la esquina, que ahí tiene el sector de
cartel de informes hay una chica sentada en un escritorio, hablando por teléfono. Es una
—Por favor. ¿Me puede atender? —ha elevado la voz, más de lo que se propuso.
Mario.
llama?
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—Tiene que ir a la administración, por esa escalera, en el primer piso–. Los ojos
coche fúnebre: solo dos autos de la cochería y el viejo Chevy de Armando, que quién
sabe cómo se enteró. El primero los lleva a ellos, en el segundo van la vecina, amiga de
No hubo velorio, apenas inhumación, nadie estaba preparado para esto. Cuando
murió su padre la que organizó todo fue su mamá, él apenas corrió de aquí para allá
haciendo lo que ella pedía. Fue en octubre también. Un mes largo, peligroso.
auto, bajar el cajón. Ocho manijas, dos quedan libres. A Sergio no se le dijo nada. ¿Para
qué? En una de esas se le ocurre escaparse y venir al entierro de su abuela. El cura hace
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tiene su mamá. Las palabras concluyen con un rezo apagado. Vuelven a subir a los
El carrito que porta el féretro avanza por un estrecho sendero de cemento, las
manos tiran de las manijas sin esfuerzo, Mario tiene la impresión de que si lo soltara
continuaría andando. Ve que más allá hay algunas personas que merodean por las
tumbas. Tal vez limpiando placas, cambiando flores. Gente inclinada sobre la tierra, en
con los colores de River. Toman cerveza, fuman porros. Algunos levantan las botellas
hacia ellos en señal de saludo. Mario agradece con una inclinación de cabeza.
Llegan a una galería, allí está el nicho de su padre, el personal del cementerio lo
ha abierto. La urna con los huesos reducidos ha sido corrida al fondo para dejar lugar a
su madre. Mario no siente que esos huesos sean ya su padre. Su madre sí, estará intacta
dentro de la caja de madera. Empujan el cajón hacia el interior. Todos se corren un paso
hacia atrás y esperan. Él es el hijo, el que debe decidir cuándo es suficiente, cuándo
pueden retomar la cotidianeidad. Mira el nicho, tiene ganas de llorar, se acerca al cajón
y da unos golpecitos. No sabe por qué lo hace. Tal vez el sonido pueda llegarle en la
oscuridad de esa caja lustrosa donde la está dejando. Un adiós, un no te olvido. No sabe,
nadie sabe.
Vuelven sobre el mismo sendero hasta donde han estacionado los autos. Al
despedirse, Armando lo abraza. Un apretón intenso que le estruja las costillas. Nora sólo
devuelve las llaves de la casa, ni sabía que tuviera un juego. Mario las mete en el
bolsillo.
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Están los tres sentados en el living de la casa. La televisión, como pocas veces,
permanece apagada. No hay voluntad para hablar ni para ninguna otra cosa. Javier
ofrece café a la hora del almuerzo, Clara acepta, a él tiene que insistirle. Le dice que sí y
—¿De qué? —pregunta, tan bajo que no es seguro que Clara lo haya escuchado.
¿En qué momento él y Nora dejaron de tener algo en común? ¿En qué momento
Nora se volvió arisca, huraña? Recuerda aquellos días en que la dejaba en el jardín antes
de ir al trabajo, cuando jugaba con ella los fines de semana. Era una criatura mimosa.
¿Cuándo cambió? El año que ingresó a la primaria hubo algo. Pasó a ser una nena
malhumorada, molesta. Desde que ingresó a esa maldita escuela de monjas nunca le
mostró los deberes, mucho menos el boletín. Y fue empeorando durante la secundaria.
¿Qué le hicieron? ¿Qué no hizo él? Es absurdo estar pensando en esto hoy que se ha
muerto su madre. En realidad, su mamá murió ayer. En el bolsillo tiene las llaves que le
dio la vecina, tendrá que ir a cerrar la casa, consultar con su hermana los pasos a seguir.
Miriam llamó dos veces, primero para decir que la dejaran en depósito que iba a venir,
después que no, que no podía viajar, que vendría en unos días, allá parece que también
tienen problemas. Total, ya nada se podía hacer, solo ayudarlo con la casa y eso puede
esperar. Es mejor quedarse lejos, pensando que nada ha cambiado, que todavía se tiene
una madre, que se es una hija. O un hijo, como él. Aunque hoy haya dejado de serlo. No
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es un hijo pero tampoco se siente padre, por lo menos no padre con hijos. Apenas unos
—Nora sabe todo. Y ése, también —dice Clara rompiendo de nuevo el silencio y
—Lo que te conté. Que saben todo. Que te cuides, que te podés arrepentir.
—Ese hijo de puta de José Luis usa cualquier cosa para cagarme.
—Te lo tenía que decir, para que veas lo que hacés. Yo te aconsejo que hables
con Nora.
Son unos hijos de puta, ni en este día se van a dejar de joder. Clara la mandó a
ese colegio, le inculcó el odio, su propio odio. Qué familia de mierda tiene. Qué vida de
mierda.
Javier entra con los cafés. Las tres tacitas repartidas sobre la bandeja, en el
medio la azucarera y una pequeña lecherita para el cortado de Mario. Tiene gracia la
Sergio mira desde el cuarto cómo Azucena se prepara la cama en el sillón del
living. Hace rato que ella dejó la bolsa de dormir para pasar al sofá-cama que consiguió,
hizo traer el televisor al dormitorio, lo tiene encendido casi todo el tiempo, aunque
ahora no lo mira ni lo va a mirar, toda la atención está puesta en el culo de la mujer que
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se agacha estirando las sábanas. No hubo otra situación, ella actúa como si no hubiera
ocurrido nada. Él está caliente. No quiere otra paja, la quiere poner. No entiende qué lo
está frenando. Cómo decirle. Se levanta y se acerca, la agarra por atrás, Azucena lo deja
hacer, Sergio la abraza, le agarra las tetas, la empuja sobre el sofá-cama, le baja la
carne cede complaciente. Él la penetra como si quisiera romper algo, ella emite un
Dos minutos después Azucena vuelve del baño y le indica que se lave porque no
quiere que le ensucie las sábanas y cuando Sergio sale del baño ella le dice que vaya a
su cuarto. Él obedece.
Mario toma el café de un golpe, amargo, sin agregar la leche, casi un castigo
jardín. Siente la potencia del sol sobre la cabeza. Un sol maligno que irrita la piel y
agobia las plantas. Al fondo está la galería del quincho, podría sacar una silla y sentarse
a la sombra pero se queda ahí parado, mirando nada, sin poder escapar de ese cuerpo
—Preguntale a tu padre.
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—¿Pero qué? ¿No lo vas a ir a ver? —dice, indicando el jardín con la cabeza.
—Ya se le va a pasar.
Clara sube las escaleras, el escote de atrás del vestido negro deja ver la espalda
más que se haya puesto un saquito en el cementerio. ¿Para qué va a pedirle a Ema que
prepare algo, para reunir a estos dos en una mesa como si fuera una casa normal? Si a
Busca a Ema en la cocina. Puede decirle que prepare la comida y que cada uno
coma donde se le dé la gana. Mira hacia el jardín, allí sigue Mario, solo, parado como
un pobre boludo al sol. Si la abuela lo viera le diría: Pero hijo, sos un hombre grande
para hacer el ridículo, no podés dejarte superar de esta manera por lo que sea que
haya pasado.
lavadero o hablando con alguien por teléfono. ¿Tendrá novio? El lavadero está vacío,
solo queda ver en el cuarto de servicio. La puerta está cerrada. Golpea despacio.
Nadie responde. No puede haberse ido a la calle, siempre avisa cuando sale.
—Ema —insiste sin convicción—, mamá dice que hagas algo de comer.
sin llave. La abre. Ve el cuerpo moreno sobre la cama. Acurrucada, parece dormida. Se
—Nada.
Ema se sienta en la cama. Con los pies busca torpemente los zapatos. Por la
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No sabe qué decirle, cómo consolarla. Repite lo que cualquiera hubiera dicho:
fue rápido, no sufrió, ya era viejita. Nada de eso parece servirle a Ema. Se sienta al lado
de ella, le acaricia la cabeza, le seca las lágrimas con la palma de su mano. La mano
roza los labios pintados de Ema, los bordes rojos se desdibujan alrededor de la boca
entreabierta. Ella le toma la mano. Tiene manos tibias. El olor del pelo de Ema es dulce,
apenas un poco de claridad se filtra por la ventana, no llegan ruidos desde el resto de la
ese cuerpo gordo, mórbido, que ya no es la persona que una vez amó, la ha frenado.
¿Qué podría haberle dicho? Es espantoso sentirse así pero es lo que siente. ¿Cómo se lo
hubiera podido explicar al impertinente de Javier? Ojalá pudiera rajarse. No estar cerca
desordenada. Ema no hizo ni la cama, desapareció desde que volvieron del cementerio.
Las cortinas están corridas y el sol invade un pedazo de la alfombra. Demasiada luz para
tirarse en la cama y tratar de dormir. Él está todavía allí, parado, quieto bajo el sol.
Clara corre las cortinas, va hacia la cama y se recuesta. ¿Cómo sigue esto? No hay
forma de pararlo. Él no debería estar en casa, ella ya no lo quiere pero sin embargo está
y ella tuvo que ir al entierro de su suegra, que bastante daño le hizo con su lengua
viperina. Qué más. Mario tendría que morirse, entonces ella sería viuda, podría disponer
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departamento. Están los hijos, la fábrica. Se la puede vender, ahora o más adelante. Los
hijos son grandes, ya se las van a arreglar. Ella no va hacer como Mario, no quiere ser
Mario, quiere vivir. Piensa en Armando, en un abrazo, en sentir algo. Sentir que la
aman, dejar de estar muerta. Busca su celular, lo dejó abajo. Va hacia el teléfono de
línea que está sobre la mesa de luz. Titubea un momento, lo único que recuerda es que
Le arde la calva, va hasta el borde de la piscina y se arrodilla. Con las dos manos
se tira agua sobre la cabeza, siente cómo el líquido le moja la camisa, corre por el
cuerpo y atempera el dolor de la piel. Va hacia la galería, toma una reposera y se sienta.
La sombra es un alivio, un rincón para mirar la casa desde afuera. Su madre ha muerto
en la noche de ayer, ¿o anteayer? Hoy la inhumaron y todo sigue igual. Podría ir hasta la
casa de la vieja y nada le diría que ella ha muerto, podría hacer como que no. Cada cosa
estará en su lugar, la heladera andando, las plantas, sus adoradas plantas, esperando el
riego. El lugar espera a su dueña y seguirá esperando, así hasta que solo haya polvo,
hasta que sea tarde para cualquier retorno. Tendría que pasar todos los días, o cada dos,
mantener un poco, mandarla a Ema para que se haga cargo. Hasta que venga Miriam
por lo menos, hasta que se venda. Si no estuvieran tan mal las cosas, podría comprarle
cuenta de que de ese lugar no va a quedar nada, como de este otro, que le costó tanto
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Ahora que no está su madre podría instalarse en la otra casa, ya no sería un disgusto
Más tarde va a armar la valija. Más tarde. Por ahora solo lo sabe él, es una
decisión que quiere paladear. Piensa en Sergio. Tiene que avisarle que murió la abuela
contar? Azucena sabe guardar un secreto. No se está comunicando con nadie. Pero no
puede tenerlo toda la vida encerrado en la casa de Azucena. Aislado. Tiene que hacer
algo, quizá mandarlo a España con la tía. ¿Cómo sacarlo del país ahora que lo están
hermana la situación? ¿De qué va a trabajar si no sabe hacer nada? Debería buscar una
solución legal, Angelini tiene que ayudar. Pero eso será después, ahora lo importante es
más seguro. Cuando caiga el sol va a hacer las valijas, las dejará en la otra casa y
después se irá a lo de Azucena. Se afloja, se hunde en la reposera, cierra los ojos, deja
que el murmullo del agua que corre en la pileta lo arrulle, lo lleve con su madre que
ceba unos mates mientras él repara la moto en la galería de la casa vieja. Sabe que sueña
¿y qué? El aire es denso, tal vez llueva. Una tormenta de verano. La vieja parece estar
Ella anda por ahí, caminando dentro de su casa o una casa parecida, que está a
medio construir, con andamios y huecos en las paredes. Ella no ha muerto, apenas se
ha mudado, todo fue tan rápido que falta terminar la nueva casa pero no importa, a
ella le gusta, se lo dice: es una nueva vida, todo será para mejor. El calor agobia, su
madre ha salido de escena. La busca, en algún lado está la moto de Sergio, tiene ganas
peligroso“, le diría.
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Mira de vuelta la fachada trasera, se ha quedado dormido tal vez un rato o quizás
unas horas, la ventana de Clara tiene las cortinas corridas, la puerta de la cocina está
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CAPÍTULO 10
—Yo soy la segunda, pero no soy cualquiera —acaba de decir Clara—. Tengo
—Quiero que lo sepas. No soy una aventura. Una más de todas las que
seguramente tenés.
—No sos una aventura, no hay otra. Te quiero mucho, Clara. Pero los dos
estamos casados.
—Vos estás casado y lo entiendo. Pero Mario y yo, ya no. Nos estamos
separando.
—Sabelo. No tiene nada que ver con lo nuestro. Esto venía de antes. Si no
hubiera estado separándome, no te habría dado bolilla. Soy una mina fiel. Por eso te
aclaro que me banco a tu mujer pero no me voy a bancar que tengas otras mujeres por
ahí.
La voz de Clara suena diferente por teléfono y ahora que está hablando a
borbotones se nota mucho más. Armando tiene la impresión de que es más vieja la que
habla.
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—Quería decírtelo. Estoy muy sensible por todo lo que pasó hoy. Me siento sola
aquí encerrada. Necesito seguridad. Si un día la cortás, está todo bien, pero me lo decís.
se aparece con este planteo absurdo. Él no tiene ganas de separarse de Raquel, no está
dispuesto a recibir presiones. Tal vez la quiere, después de todo; con Raquel hay
historia, sociedad, tiene buen culo. Clara es una cuestión de piel. Y lo pone en un lugar
que Raquel le viene negando hace tiempo. Puede tener a las dos, eso es lo que quiere,
pero con reglas, sin despelotes. Puede que funcione si Clara se contiene. ¿Por qué no?
Estarían todos bien. Amores clandestinos, citas programadas, códigos, lugares ocultos.
Suena interesante. Joven. Solo tiene que controlar los desbordes de Clara, ubicarla para
Le resulta extraño pero siente que está volviendo al hogar del que quizá no se
fue nunca. Todo parece un mal sueño. Hace apenas un rato dejó a su familia sin decir
nada, ni siquiera lo vieron cargar las valijas en la camioneta. Estuvo tentado de pasar
por el cuarto de Clara y decirle en la cara “me voy”, pero se contuvo. No se hubiera
bancado verla subiendo los hombros y diciendo algo así como “que estés bien”. Le
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puta. Fue mejor haberse ido así, por el bien de todos. Dejar que se entere sola.
Manejó despacio, con precaución, la forma de conducir que adopta cuando está
pensando en otra cosa. Pensar es lo que intenta, porque no logra armar ninguna idea en
conciencia de la libertad. Era libre, podía y puede hacer lo que quiera, si hay algo que
Tiene la garganta seca y tensa, ya nadie está en la casa para recibirlo, darle un
beso. Revisa la heladera. Hay algunos tomates, dos paquetes de espinacas que ya están
manteca, dos frascos con mermelada casera. Abandona el inventario. Tal vez cene algo
estrecha, el roperito minúsculo. Sale y entra de cada habitación con la valija. La deja en
Todavía no sabe qué cuarto utilizará, cómo se va a manejar. Todo es suyo por
ahora pero le da pudor disponer de las cosas de su madre. Piensa en Miriam. Ojalá su
hermana demore en venir de España. La sentiría como una intrusa. Hace tanto que se
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cuando toca la camisa de seda que su mamá usaba en las grandes ocasiones. Casi todo
tiene años, está pasado de moda, como si en algún momento hubiera decidido que no
quería cambiar más, que esa ropa era ella, como la casa, las plantas y los adornos.
Abre otra puerta del ropero, hay dos estantes con sábanas bordadas, debajo hay
cajones. Abre el primero, toca los pañuelos, las medias, la ropa interior. En el siguiente
hay algunas cajas de perfume con frascos casi vacíos y otras que guardan las pocas
joyas o baratijas que su madre conservó. En el último cajón están los documentos, el
carnet de jubilada, un sobre con la escritura de la propiedad, una carpeta con las facturas
de los servicios y los impuestos de los últimos años. Sobre el ropero hay una enorme
caja morada, siempre estuvo allí, desde que él tuvo uso de razón la vio en el mismo
lugar. La baja, sacude un poco el polvo antes de abrirla. El vestido de novia, opacado y
amarillento, con unas flores secas en un sobre de papel celofán. Levanta el vestido y lo
mira frente al espejo de la cómoda, no puede creer lo delgada que debió ser su madre
Lo dobla con cuidado para guardarlo, en la caja hay unas cartas atadas con una
cinta amarilla que estuvieron sin duda ocultas debajo del vestido. Deja el vestido sobre
la cama y las toma, las abre: son cartas escritas por su padre, notitas, cosas íntimas que
lo hacen llorar cuando empieza a leerlas. Vuelve a guardar todo, necesita salir al fondo a
del fondo. Ni siquiera lo llamaron desde su casa para comer. Tiene hambre. Vuelve a la
heladera, mira, piensa en sacar la fiambrera, armarse un sándwich. No hay pan. Busca
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en el armario de la cocina, nada. Dentro del horno encuentra una olla, sin pensarlo la
destapa, está llena hasta el borde con un guiso carrero. Levanta la tapa y lo huele:
todavía está bueno. Llora mientras enciende la hornalla para calentarlo. El guiso se
Coloca el mantel, los platos finos, la copa alta para el vino que sacó de la
alacena. Dobla con cuidado la servilleta, como a su madre le hubiera gustado; después
La levanta.
—Por vos, viejita —dice, después pasa el vino por la garganta. Algo sucede
mientras lo hace. Algo como una presencia, sabe que no es verdad pero lo siente, ahora
puede estar bien. Sobre la mesa hay una frutera con dos manzanas, se come una. El
vino lo relaja, todo está en su lugar, dan ganas de quedarse así, oculto, aislado en esa
Viernes, la gente vuelve a su casa, como él, después del trabajo, la oficina, los
negocios, los hospitales. Le gustan los viernes tanto como detesta el languidecer de los
domingos. El viernes es un día bisagra, lo que se hizo ya está y lo que no, queda para la
otra semana. Es el único día para vivir en tiempo presente. Este, además, tuvo el plus de
lo inusual: se lo había pedido libre en la clínica y lo había disfrutado entero con Clara.
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una presencia en su piel. Cierra el ascensor y avanza por el pasillo, las voces de la
televisión se filtran desde su departamento. A esa hora Lecticia todavía no debe haber
vuelto, será Raquel la que está delante del aparato. Una sensación de incomodidad le
corre por el cuerpo. Su mujer lo mira sonriendo cuando entra. Si al menos se pusiera
agria o le diera un motivo de discusión, pero no, tiene un gesto dulce, casi
condescendiente.
Por unos segundos vacila entre retirarse y volver a besarla. Finalmente repite el
beso.
Esto es lo más difícil. Es mentira que los hombres estén hechos para amar a más
de una mujer, tal vez sí para cogerse a varias pero no se pueden tener sentimientos por
dos buenas minas al mismo tiempo y sentirse bien. Ahora se ha cargado con un
Abre la ducha, el agua cae tibia sobre su espalda, mete la cabeza bajo la lluvia,
fin y al cabo son seres únicos, dueños de sus propios cuerpos, el sexo no los desgastaría,
exclusividad es una rémora de la prehistoria, de cuando los hijos y las mujeres eran
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propiedad del hombre, junto con la hacienda y la tierra. Necesarios para la cosecha, las
labores domésticas. Los hijos varones, además, servían para la guerra. Ahora la gente es
civilizada, nadie es dueño de nadie, cada cual puede hacer lo que se le antoje. ¿Entonces
funcionar, nunca funcionó, la naturaleza humana es posesiva, viene del instinto animal,
alternativa que bancarse la situación si quiere seguir teniendo a las dos. Se seca con
Están comiendo tranquilos, sin apuro. Raquel hizo bifes a la criolla, un plato
sencillo que sabe que a él le gusta. Hablan de Lecticia: está saliendo con alguien,
suavemente maquillada, casi que tiene ganas de hacer algo esta noche, lo haría
la puerta, Lecticia está llegando, en unos momentos se sentará a la mesa con ellos,
ahí, presente. Ella es joven, vital, algo maravilloso que ocurrió en su vida sin que él
haya tenido que hacer nada para que sea así. Lecticia existe pero no para él. Algo
invisible los separa, eso fue siempre igual, desde que era chiquita. Se equivocó tal vez
en dejar que Raquel se ocupara de todo y de alguna manera se la apropiara. Por lo que
sea que haya hecho, éste es el resultado: el amor de Lecticia no está disponible y ya es
tarde para recuperarlo, hay alguien más. Pero esta noche se anima a intervenir en la
conversación de sus dos mujeres, preguntar alguna tontería, hacer alguna broma, y eso
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es bueno; ellas sonríen, son una familia normal, lo que necesita. Tal vez no sea tan tarde
Mario va manejando despacio. Las calles están vacías, son las tres de la mañana.
resguarda en sus casas. Hasta en el barrio de Azucena todo es silencio. El silencio que
precede a la tempestad. No sabe de dónde salió esa frase, quizás la escuchó en alguna
dicho marino, de navegantes, una repetición estúpida de lo que siempre se dice, pero es
lo que él vibra y presiente. Silencio sordo en las calles, de gente oculta masticando
bronca.
¿Qué le importa? Ahora que no está su madre, si la cosa tiene que explotar, que
explote. Ya no necesita protegerla a la viejita de los desastres de la vida, del vacío que
le hacía su familia, de las ausencias. Solo le queda ocuparse de Sergio, después se puede
ir todo bien al carajo. Casi es como que desea que pase, que todo se vaya a la puta que
Estaciona. Camina por el descampado que hace de patio al edificio. Solo hay dos
ventanas con luz. Una, está casi seguro, es la de Azucena. Deben estar despiertos,
—Ya bajo.
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—Bien, sí, pero desesperado por salir. No se aguanta más, hace dos meses que
está encerrado.
cabeza y las manos como si la preocupación la obligara a agitarse—. Ayer cuando volví
del trabajo había bajado a sacar la basura. No es que me haya querido ayudar, lo hizo
para salir.
—Aquí nadie le da importancia a nada. Pero si va a salir tengo que tener una
Desde algún lugar no muy lejano se escucha una sirena, hay una frenada, suenan
disparos.
—Había pensado que puedo hacerlo pasar por un sobrino que se quedó sin
trabajo y ahora está conmigo. O un novio. Aunque es un poco chico para mí.
Azucena hamaca un poco los hombros, con coquetería, como negando lo que
acaba de decir. Es una empleada, no es una parienta ni la novia de su hijo. ¿Qué está
diciendo?
—Es muy peligroso —dice él—, sobre todo si habla con los vecinos. No tiene
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—Si usted me deja, yo hablo con él y le armo una historia, le enseño qué decir.
Pero tiene que estar convencido, cortar con toda la vida anterior. Dejar de estar
pendiente de ustedes. Porque él se cree que todo va a ser como antes, que va a volver a
su casa, con los amigos, con la novia, que usted puede solucionar todo y aquí no ha
pasado nada.
buscarse una solución así. Su hijo tampoco es como el resto de la familia, no estudia, no
trabaja, mató a un policía. Lo de Azucena no es una locura. Ella conoce este mundo, en
estos edificios y en la villa de al lado debe haber cantidad de tipos escondidos. Sergio
podría empezar otra vida, una vida clandestina. Cambiar su aspecto, los modos, la
andan buscando sería un peligro. Bueno, tiene la suerte de que está él para mantenerlo,
si no tendría que salir a robar. Eso tal vez podría hacerlo bien, después de todo.
contra el suyo. Es difícil contar lo que viene a decir, por eso da vueltas, habla pavadas,
Azucena se queda ahí parada esperando, lo mira. Finalmente Mario toma coraje, cuenta,
lo hace como puede. Sergio se para de golpe, abre las manos como si quisiera atrapar
algo.
—¿Cuándo fue?
—El martes.
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que son? Pega un golpe sobre la mesa, el pequeño centro de mesa rueda al piso y los
puño dolorido y grita. Se atropella con las palabras. Cuesta entenderlo. Repite, ahora
más claro, que está harto de estar entre esas cuatro paredes mientras ellos siguen su
—¿A quién?
—A Yanina.
—Sí, hablé del teléfono que está en la esquina —dice con voz amarga,
Azucena da un paso atrás, parece que ella fuera a gritar pero se traga las
palabras.
—¿Pero vos te creés que lo único que tienen para hacer es ocuparse de mí? ¿No
viste los quilombos que hay por todos lados? Prendé la tele y mirá.
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—Ya está con otro. Se acabó, así que parala con los consejos. Pero igual me
—¡Al carajo! No sé, pero yo no me quedo más —hace un gesto como de irse,
—El abogado dice que tenés que seguir escondido, que si te agarran te hacen
dice:
—¿Hasta cuándo?
gesto. Finalmente se sienta con las piernas tensas, listo para saltar.
siempre y te tiran de por vida en una cárcel para que los presos hagan de vos lo que
quieran. Mataste a un policía. No tengo adónde llevarte. No puedo protegerte más. ¿Qué
trata de retenerlo.
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—Hay una posibilidad —dice Mario subiendo la voz. Sergio lo mira. Mario
suelta:
—¿Qué?
—Te quedás aquí. Cambiás el aspecto físico, el nombre. Te podés teñir el pelo,
dejarte la barba, qué sé yo. Empezás una nueva vida. En algún momento te podemos
conseguir algún tipo de documento para que circules pero eso está por verse. Lo
importante es que te alejes de todo. De nosotros, de tus amigos, de tu novia. Tenés que
—¿Nosotros?
—Que al final resultaste un hijo de puta. ¿Cómo me decís eso después de todo lo
—Vos sabías que esto iba a pasar y me tuviste engañado. —Sergio se agacha
–¡Pensá, boludo! —Mario se para. Lo toma por los hombros. —¡Pensá! ¡El que
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cuenta de que no, se lo han roto. Falta el equipo de audio. Mira para todos lados, no hay
nadie. Abre la guantera, han dejado los documentos. No es tan grave, se la podrían
haber llevado. Con una gamuza retira los restos de vidrio del asiento. Sube, enciende el
motor y se va. En la ventana de Azucena se acaba de apagar la luz. Siente alivio de que
se hayan ido a la cama. Todavía le duele la mano, no tendría que haberse sacado,
pegarle una piña a la mesa no arregló nada pero no tuvo remedio, peor hubiera sido
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CAPÍTULO 11
desemboca en el hall del aeropuerto. La mirada de Mario salta de una cara a otra,
buscando a una mujer que se parezca a su hermana. Teme que no haya abordado el
avión o que sea otro el vuelo, otro día, tal vez entendió mal.
Miriam, su hermana, es ahora una señora regordeta, vestida con muchos colores
y teñida de rubio, que viene directamente hacia él. La última vez que la vio estaba
delgada, con el pelo negro largo colgando sobre los hombros. La voz chillona sigue
siendo la misma, la risa también. Miriam lo abraza, lo toca, se le cuelga del brazo para
salir del aeropuerto, mientras él arrastra el equipaje mínimo con el que viajó.
—Y no sabés todo lo demás —dice Mario en voz baja. Vuelve a levantar la voz
para preguntarle:
venir?
Miriam no le contesta, parece atenta a algo del otro lado de la autopista, señala.
—¿Qué es eso?
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Una larga fila de camiones blindados viaja rumbo al aeropuerto. El sol les da de
frente, las carrocerías brillan. Quizás sumen cuarenta, con patrulleros intercalados cada
—¿Qué decís?
—Pues que os están cagando, tío, que se les están llevando los fondos pa fuera.
¿O no lo estáis viendo?
“Esto todavía aquí”, “me acuerdo que”, son frases que repite a cada momento sin
esperar ninguna respuesta. Abre la cajonera del ropero, hay muchas cajitas, algunas
—¿Que le ocurrió?
—No.
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Miriam deja el sobre con la escritura en el cajón y lo cierra con más fuerza de lo
debido.
—Qué cosa esta mamá. Empeñada en arreglarse sola. Le tendrías que haber
—Nunca quiso.
Sabe que miente. Que jamás pensó que su madre pudiera necesitar a alguien. Ni
siquiera tenía una empleada para ayudar con la limpieza. Era todo tan natural. Solo el
chico para el jardín. Tendría que haberse dado cuenta, eso hacen los buenos hijos. Pero
años.
Bueno, qué tanto reclamo si después de todo también fue él quien la mantuvo
hasta el final y Miriam solo vino dos veces, la última hace diez años.
—¿Y por qué no hablamos de vos?¿No tendrías que haber venido a verla de vez
en cuando, eh? ¿Ahora me venís a echar en cara que cómo vivía, que si la atendí o no?
Está todo bien —. El gesto de las manos abiertas pidiendo paz resulta claro.
empieza a desarmar la valija y a colocar las cosas en el ropero; de entre la ropa saca un
paquetito, se lo da. Es una cadenita con una medalla. Mario se la queda mirando.
—Mi marido tiene una igual. Es para la buena suerte. Ya es hora de que la uses.
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Miriam sacude la cabeza, como si pensara en algo. ¿Por qué no contesta, qué se
—Vale, te lo cuento rápido. Roberto se fue con una de veinticinco que trabajaba
en el mismo hotel que trabajamos los dos. ¡Pues no me mires con esa cara, tío! Que
nada, que seguimos igual, nada más que se ha mudado con la chavala. Robertito y
María Luz, ya son grandes y andan por sí solos. Así que te digo, que en resumen me
quedé sola, fregando baños y viviendo en un piso de dos por dos. Pero estamos bien.
Comemos, follamos y algún gusto nos vamos dando. Bah, que son ellos los que follan,
porque lo que es yo, no he conseguido nada todavía. ¿Entiendes por qué no vine antes
—Pues ahora ya lo sabes, anda, dejemos el asunto, cuéntame lo tuyo, que seguro
es bastante heavy.
—¿Por qué no me llevas a algún lugar donde pueda comer carne? Sueño con un
buen asado.
La parrillita que en otros tiempos reventaba de clientes hoy está casi vacía. El
único mozo los atiende enseguida. Piden vino y asado para dos. Les avisa que tienen
que esperar un buen rato, la carne debe asarse. Mientras tanto beben y entretienen el
estómago con un poco de pan y unas rodajitas de salamín y queso. Miriam lo aventaja
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pelo.
de solapar, de quitarle importancia a las cosas. Salvo lo de Sergio, que es un poco más
—¿Cómo si se da?
—Es lo más natural con los chavales. Con Robertito tenemos ese problema.
Ahora que está solo no sé qué hará, pero le ha pegado fuerte. Con María Luz, no, pero
—Sergio no se droga —dice dudando—, hasta donde yo sé. Pero me parece que
no.
Tal vez lo haga alguna vez, pero no es un adicto. De alguna manera se siente
Miriam cambia de tema, está eufórica y quizá se deba al vino, a los salamines
caseros. Habla del pasado, de las costumbres de la casa cuando los padres estaban vivos.
—¿Te acordás? —dice ella en lugar del español te acuerdas, como si para hablar
del pasado necesitara volver a su castellano porteño. Sí, se acuerda. Su padre vivía, ellos
compartían la habitación lo hicieron hasta una edad en que ya fueron demasiado grandes
para eso. A los quince, Miriam tuvo su habitación y él pasó a dormir en el living. La
habitación que su padre construía para él fue destinada a ser su primer tallercito. Su
la forrajería de los Ledo. Los juegos en la calle. Los chicos de Correa. Horacio. Sí, fue
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mi primer novio. Reconoce Miriam. Que apenas nos besábamos. Fijate ahora. Éramos
niños hasta más tarde. Más tontos. Y más felices. Tal vez.
Tan fácil, tan comprensiva. Su hermana no vino a reclamar nada. Vino a verlo, a
recordar a su madre, su vida. Ella está sola como él pero de alguna manera tiene más
resto para manejar la soledad, para entender que la vida es algo que pasa y no algo que
se elige. Se pelea por ser alguien, por tener un lugar. En definitiva por tener una isla en
el mar de todos. Mientras se puede sostener el territorio todo está bien, cuando eso ya
parece haber aprendido a dejarse llevar, a flotar sin pretensiones. A él se le hace difícil.
Entran a la casa. Miriam está cansada. Quiere hacer una siesta. Mario se va al
jardín y enciende el celular: hay llamadas pendientes. Ignora las de la fábrica, aún no
tiene una respuesta para ellos. Hay una llamada de Nora. Duda un rato en responderla
—Hablemos.
—No, personalmente.
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Quizás haya una esperanza después de todo. Nora puede haber reflexionado.
Con la fábrica sin trabajo, con las deudas, hacer un juicio es una estupidez, José Luis
tiene que entender que las cosas se fueron totalmente de sus manos. Mientras avanza
hacia el Charly bar, los pensamientos de Mario dan vuelta sobre la llamada de Nora, él
fábrica adelante, cómo conseguir dinero para pagar las quincenas, hacer algo. Está
dejando que todo se desbarranque hasta que encuentre su piso, sin sentir la necesidad de
hacer o enmendar. Es como si todo le fuera ajeno. ¿Cuánto puede aguantar con los cinco
mil dólares que tiene en la caja de seguridad? Pensar que eran para renovar la inyectora.
Un mes, tal vez dos, sin pasarle nada a Clara. Que se arregle, que venda algo o mueva el
culo. Es buena para mover el culo. ¿Por qué no? Sería una puta fina. Siente satisfacción
tipos, chupándoles la pija. Total, él no tiene ya nada que ver, ya pagó demasiado por
El Charly bar está cerrado. Sin explicaciones. Las persianas bajas. Espera en la
puerta a que sean las ocho. Nora llega a las ocho y cuarto. Lo saluda con un gesto,
omitiendo el beso. Buscan otro bar y se sientan. Solo él pide un café, ella dice que se va
en seguida.
—Nada, ¿qué va a pasar? Falta trabajo, guita. Con ésta que viene, van a ser tres
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—No sé, te dije. Decretarán la quiebra. Qué sé yo. Tengo que hablar con el
abogado.
—Ya son todos grandes, se pueden arreglar solos. ¿Por qué los tengo que seguir
manteniendo?
—Ah, claro. ¡Nosotros somos grandes! Mirá: tu mujer, que nunca hizo nada en
su vida salvo aguantarte, bien, que se arregle, pero al hijo de puta de Sergio que no sirve
es en la cárcel. —Nora le clava los ojos, los músculos de la cara parecen tallados en
mármol.
Ella tarda en hablar, cuando lo hace, un odio de años, macerado, parece revivir:
tiempo, en vez de ocuparte de la fábrica, de nosotros? —La voz sale fuerte, agria, entre
los labios apretados—. Pero no, el señor se dedicó a esconder un delincuente. A gastar
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—No, no fue José Luis. Tengo otra fuente de información que no te pienso
revelar. Hay mucha gente que te odia, que le gustaría verte hundido.
Hasta en un momento pensó que el turro se la estaría volteando. Azucena le tiene que
—Si te guiás por lo que te puede haber dicho alguno de la fábrica, sos una
ingenua. Te están presionando para que me obligues a pagar lo que no puedo pagar.
—Pensá lo que quieras. Pero te aclaro que sé todo. Hasta sé dónde lo tenés
escondido.
Imposible decir nada. La maldad no admite palabras, sólo se puede sufrir, sentir
—Sé perfectamente dónde está y con quién — sigue ella—. Así que, o lo
—Decime histérica, hija de puta. Lo que quieras. Pero no soy una delincuente.
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pasa?
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CAPÍTULO 12
Angelini cuenta el dinero esta vez. No son dólares cómo él hubiera querido, ni
dice que esos pesos en billetes chicos no son estrictamente suyos, que los encontró
dentro de una polvera mientras revisaba las cosas de su madre, ahorros, canutos para
cuando viniera la mala; y bueno, la mala ya está aquí, su vieja se los hubiera prestado de
saber que los necesitaba. No le dijo nada a Miriam, no le pareció que los billetes
tuvieran el valor afectivo de las cosas de su madre, es solo plata, no hacía falta
compartirla. No le está entregando todo al abogado, se dejó algo para él, para gastos
conseguirlo, contesta Mario, y se mastica la bronca: no debió venir a pagarle, por más
que se haya comprometido. Este tipo no tiene idea de lo que representa ese dinero para
él. Fue un gesto de buena voluntad: cumplir, aunque sea en parte, con lo pactado. O tal
vez, lo que lo impulsó a venir fue la necesidad de contar con alguien que lo escuche y lo
aliente, pero no le está sirviendo de nada, se acaba de dar cuenta, a este cretino sólo le
interesan los mangos. Porque al fin y al cabo, ¿qué hizo? Palabras, consejos sin
ha puesto a hablarle con amabilidad. Ahora parece que las cosas no están tan mal, es lo
que dice, lo que intenta hacerle creer, que con tantas otras cosas que están jodidas en el
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país, la Policía no tiene tiempo de ocuparse de asuntos menores como éste, el mismo
—Su hijo está a salvo por ahora —dice Angelini—. Hay también algún amigo
en el juzgado, todos tenemos contactos, no solo el padre de Fabián los tiene, créame:
creyera, no gana nada con ofenderlo. Agradece y se despide, asegurándole que traerá el
perdido un poco de urgencia; tampoco lo de José Luis es un problema por ahora, en tres
meses tendrá una mediación y con todos los despidos que hay, los tribunales están
tapados, por lo menos tiene para un año antes de que se defina algo, después la
apelación, el tiempo corre a su favor. El único problema grave parece ser la fábrica, la
guita. En eso poco puede hacer, la solución está en otras manos, en las del gobierno. La
crisis es innegable: todo el mundo igual, desesperado, alguna solución le tienen que
el alivio que siente al no tener que soportarla que lo que puede haber perdido. Solo la
muerte de su madre lo angustia. Una tristeza lenta que lo invade, que lo separa de las
cosas. Reconoce ahora que la razón para ir a verlo a Angelini fue el obligarse salir a la
calle, para ver si se conectaba con el mundo, si algo podía llevarlo de vuelta a la
realidad. Pero está volviendo sin nada, o mejor dicho, con el convencimiento de que
nada es tan urgente ni tan importante, todo puede esperar. Lo que no puede esperar es
mear. Tendría que haber ido al baño en la playa de estacionamiento, por las dudas, pero
en ese momento no tenía ganas, ahora está desesperado. Abandona la avenida y se mete
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por una calle lateral, se estaciona en el primer hueco que encuentra, se baja. No hay
espalda casi cuando está terminando. Se da vuelta y ve a una mujer mayor mirándolo,
con una nena de cuatro o cinco años. ¿De dónde carajo salió esta vieja? Que se vaya a la
La hija de puta encima va para donde tiene la camioneta. Mejor esperar que se
aleje. Hoy no es su día de suerte. Va a encerrarse en la casa hasta que todo acabe.
Está en el fondo del jardín, sentado en el banco rústico que armó su padre con
algunas tablas y parte de un tronco de paraíso. Es el lugar qué más le gusta de la casa de
su madre, puede mirar los fondos, la intimidad. Esperar, tal vez, a que ella salga a tender
la ropa. Hoy tampoco va a ir a la fábrica, no tiene caso, no hay nada para hacer, solo
amargarse, esperar a que su hermana le diga que tiene la comida lista, sentarse con ella
en silencio, pasar el tiempo, tiene derecho a tomarse un par de días al menos. El celular
necesita, ahora vienen las fiestas, y él ni siquiera aparece por la empresa, se anima a
reprocharle, escondido detrás del teléfono. ¿Que se siente mal, que está descompuesto,
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de duelo? Todos lo entienden, pero hoy lo necesitan en la fábrica, tiene que hacer un
esfuerzo.
Debería mandarlos al carajo. Ya puso todo lo que tenía, no hay más. Antes de
ridículo pensar así, con eso no suma nada. Ahora tiene que ir y conseguirles algo,
empezar de cero. Termina prometiendo estar en una hora. Serán dos por lo menos, tiene
La fábrica está cerrada, pide que le abran. Lo dejan entrar por la puertita chica
de la persiana del taller, tiene que agacharse para poder hacerlo. Las máquinas están
asamblea. Necesitan cobrar. Mario está solo, rodeado de cuerpos tensos, de caras tiesas
que lo miran a los ojos, con desesperación o bronca. Hay olor a sudor y a algo rancio
—Cuando había plata, usted se la llevaba, ahora hágase cargo. Los patrones son
todos así: que la crisis la paguen los trabajadores —son las palabras del delegado de la
asamblea.
tendrían trabajo? Y este infeliz, que ahora está agrandado porque lo eligieron delegado
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El sol pasa entre los policarbonatos del techo y se asienta con fuerza sobre el
grupo. Hace calor. La garganta de Mario se seca, el corazón galopa. Son unos
—Voy a hablar con el banco para que me liberen el descubierto, con eso vamos
a pagar un adelanto.
—¡De aquí no nos movemos hasta que nos pague, compañeros! ¡Necesitamos
Mario trata de decir algo pero entiende que no lo van a escuchar. Empieza a
caminar hacia las oficinas, los obreros se van abriendo para dejarlo pasar. Es un camino
vuelta, violento. El agresor está siendo retenido por sus compañeros. Mario retoma el
Azucena pregunta:
—A ese hijo de puta mándele el telegrama. Despídalo con causa por agresión
física.
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ocupado. Insiste. Pasan los minutos. Estos turros han dejado el auricular descolgado.
Tiene que ir personalmente. Saldrá por adelante, no puede pasar entre la patota de
vuelta.
Azucena grita de nuevo. Juan se abre paso entre el grupo. Por un momento parece que
los que están arengando desde los primeros escalones de la escalera no lo van a dejar
subir, pero después los cuerpos se corren y Juan sube en el medio de los silbidos.
—Fueron los muchachos. ¿Yo qué puedo hacer? Vio cómo están —el cuerpo de
Juan se inclina levemente, se disculpa por él. Personalmente sigue siendo el mismo Juan
—El asunto es que tengo que salir para ir al banco. No me contestan el teléfono.
Así que si quieren cobrar, que abran la puerta. Yo por abajo no vuelvo a pasar.
Juan baja la escalera. Cuando llega abajo se hace un breve silencio. Después
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–¡De aquí no sale nadie! —es el grito que predomina. Juan discute un poco más.
—No quieren, Don Mario, no hay forma –dice agitado, cuando llega a la oficina.
Azucena teclea un número y espera. Nadie responde, ella sigue con el teléfono
pegado a su oreja. Abajo los gritos continúan. Para perseguirlo a Sergio la cana tiene
tiempo, para protegerlo de estos desaforados, no. Mario va hacia la caja fuerte. La abre,
entre los papeles está la caja de Partagás, la retira. La pone sobre el escritorio, la abre, el
olor del tabaco permanece a pesar de los años. Saca el revólver. Es un 38 corto, viejo,
era de su padre. Toma las balas que están sueltas y lo carga. Juan y las dos mujeres lo
policía que atiende su denuncia. Eso nada más, una respuesta técnica, fría, calculada.
—Pero me están secuestrando, tiene que mandar a los efectivos para acá.
—En cuanto pueda le voy a mandar un patrullero como prevención, pero no van
a intervenir hasta que no tengamos una orden del juez. Trate de negociar, de arreglar
algo.
—Usted es un empresario, sabe de qué hablo. Tiene que poder arreglar estas
Cuelga. Debería haberlo mandado a la puta que lo parió pero nunca se sabe
cuándo se la van a hacer pagar. Juan y las dos mujeres siguen parados, mirándolo.
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—Juan, llame a su sobrino, dígale que suba. Tengo que hablar con él.
Juan vuelve a bajar. Nuevamente hay silencio. Después sube seguido por
Mariscal. El tipo se mueve nervioso, como si no encontrara la forma de estar con los
—¿De qué quiere hablar? –dice duro, casi al borde de la falta de respeto.
La administrativa le acerca una silla. Por su cara corre una gota de sudor.
Mariscal parece dudar si sentarse o no, los mira, después se sienta y ellos quedan a sus
—Mirá —dice bajando el tono y haciendo una pausa entre cada frase—, hay una
rajar?
ustedes.
—No sé. Si consigo que me devuelvan el descubierto puedo pagar una quincena
completa. Si no, solamente tengo unos dólares en la caja de seguridad, cinco mil.
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—¿Nos está tomando por pelotudos? ¿Me va a decir que con toda la plata que
—¿Cómo querés que te explique? ¿Hace cuánto que venimos sin trabajo? ¿Te
das cuenta de que no llegamos ni al veinte por ciento de lo que producíamos antes y
—Vos sabés bien que no hubo laburo. ¿De dónde querés que salga la guita? La
—¿Pero vos sabés lo que me estás diciendo? ¿A quién querés que le venda la
camioneta? ¿Cuánto te creés que me pueden dar? Y mi casa no la voy a vender para
palabra, gesticulan, parecen chicos jugando a ser grandes. Deciden que los cinco de la
renunció, se volvió al interior a atender una chacrita de la familia y este se quedó solo.
Pero ahora anda con los trotskistas que le llenan la cabeza. Se cree dueño de la fábrica.
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Mariscal vuelve, la asamblea decidió que irían al banco, que él y cuatro más lo
acompañarían.
El día está húmedo, pegajoso, pero igual Mario se siente mejor estando afuera de
pone en marcha, los demás obreros salen a verla partir como si ellos fueran a traerles la
salvación.
seguridad deja entrar a los clientes de a uno. La gente protesta, se queja, pero obedece.
Mario se abre camino rodeado de sus obreros. La presencia de los muchachos vestidos
con ropa de trabajo intimida un poco a la gente que le abre una brecha para llegar a la
puerta.
una sonrisa a través de la puerta entreabierta que sostiene con su peso y las dos
—Las órdenes que tenemos de casa central son esas, discúlpeme —levanta
—Yo tengo que pagar la quincena, necesito hablar con el gerente. Si no me deja
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golpea las manos, los otros obreros lo siguen como si lo hubieran ensayado, el resto de
—Todas estas personas están antes que usted, —dice el guardia casi a los gritos,
—Pero están locos, ¿qué carajo les pasa? ¡Llamá al gerente! —vuelve a gritar
decididamente a la protesta. Son gente grande, más hombres que mujeres, están bien
vestidos, ellos no hacen cosas así pero hoy han roto toda clase de pudor. Los muchachos
tienen posibilidades de entrar en el tiempo que falta para el cierre. Mario se da vuelta y
le pone la mano en el hombro a Mariscal para que deje de saltar y le dice al oído.
—En cuanto abra para que salga uno, atropellamos y nos metemos.
El guardia deja salir a una mujer mayor acompañada de una jovencita, las
mujeres se deslizan como pueden entre los cuerpos apretados que las rozan, en un
segundo dos brazos de los muchachos traban el cierre de la puerta, el guardia empuja
pero no puede contener a Mario y los obreros, ni al resto que se precipita detrás de ellos.
se lo saca de encima de un empujón. El único policía que hay en el banco está encerrado
en la garita. La gente golpea los mostradores, los empleados piden calma, comprensión.
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quincena.
—¡Tienen una hipoteca de cien mil dólares sobre mi empresa para garantizar ese
—¿Y qué carajo hacen con la guita? Si no devuelven los plazos fijos y no
arriba de la mesa, hacerle abrir las cajas. Que toda esta gente cobre. ¿Y después? Todos
solo, con el revólver en la mano, apuntando a la cabeza del gerente. La sirena de los
uno entra solo pero hoy están todos juntos abriendo sus cajas mientras un empleado
finge controlar lo que ellos hacen, eso es todo. Mario saca los diez mil dólares que
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quedan. Cinco mil en cada bolsillo. Decide dejar el revólver en la caja de seguridad del
banco, no renovó los papeles, si pasa algo va a estar jodido como Sergio, cierra. El
camino de salida está lleno de apretujones, gritos. Cuatro policías están en la puerta,
solo dejan salir a los que el gerente autoriza. A algunos los palpan. Mario no es la
—Parece que al Gonza no lo dejan salir —dice Mariscal señalando hacia sus
espaldas.
—Andá a buscarlo.
Mariscal va con dos más que lo siguen. Los otros se quedan a custodiarlo. Se
vehículo desconfiados pero se abstienen de subir. Aprovecha y mete los cinco mil que
quiere guardarse debajo del asiento, el resto lo pone en la guantera. Mariscal vuelve con
—¿Qué le pasaba?
—¿Cómo lo sacaste?
—¿Y te creyeron?
las formalidades como una religión. No se dan por enterados de que el banco está
quebrado, que lo suyo no existe. Los van a rajar en cualquier momento, pobres tipos.
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—Ahora tenemos que ir a lo del ruso a cambiarlos por pesos —dice Mario.
—¿Por qué?
—Porque así te dan más. Entre pesos y patacones, podemos sacarle ocho mil.
Mariscal tarda en contestar, pero acepta. Ocho mil es más que cinco mil,
casi las cinco. Ofrece llevar a las mujeres a su casa. Tiene que esperar a que distribuyan
el dinero. La asamblea debe decidir cómo y cuánto a cada uno. Debería dar la cara y
Las mujeres son las primeras en salir. Tardaron casi una hora en decidir lo
maltrato que le dieron a él. La fábrica va a seguir tomada, se quedarán por turnos a
cuidarla. ¿Qué piensa él que va a pasar? ¿Tiene alguna solución? Ninguna. Pero ya va a
pensar algo. Ahora mejor no hacer ningún comentario delante de esta buchona. ¡Qué
hija de puta! la tendría que haber rajado hace rato, cuando empezó a faltar trabajo, le dio
lástima porque tiene hijos chicos, no hay que ser condescendiente con estos, están
Azucena.
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—Vaya. Así me tiene informado. Y una cosa más, con Delia no hable, no le
—Cuídese de que no la escuche, que no sepa nada, ella se lo cuenta todo a José
Luis.
—No puede ser que sea tan jodida —dice en voz baja, y después agrega
ir?
hacer nada.
—Les prometí que íbamos a hablar pero no de esta manera. En cuanto tenga
—Llámeme cuando esté sola. Vaya poniéndome al tanto de lo que ocurre pero
La mira.
La cara de Azucena se relaja. Es lógico que ella piense en sus necesidades pero
indignante que todos le exijan como si él no tuviera ningún problema. Por ahora que se
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maneje con lo que tiene, mañana o pasado los va ir a ver. Tampoco es cosa de andar
marrón de cuando era soltera. Sus ahorros, el último recurso. Unos pocos dólares y
también pesos, junto a algunas joyas que no usa. Tendrá que sacar algo para cubrir los
gastos de la casa, de Mario no puede esperar nada. Por ahora. Porque esto no va a seguir
Pone todo sobre la cama, cuenta, es más de lo que esperaba, siempre puso,
nunca sacó, para los gastos estaba Mario, la tarjeta. Ahora el límite está cubierto y el
muy turro no la pagó, ya han llamado para reclamar. Seguro que a los negros de la
fábrica sí les ha pagado mientras que a su familia la caga. Él es así, primero los otros.
Tiene que buscarse rápido un abogado, si no, la va a dejar pelada. No pensó que Mario
llegara a tanto. Ni calculó que pasara esto. ¿Cuánto tiempo tendrá que esperar para que
El estómago se le contrae, no hay una razón para que el hijo de puta se lo traiga.
Ella no va a pedir ni a rogar. El dinero es el arma de Mario, por ese lado la sometió
siempre, ese ha sido su poder sobre ella, sobre la fábrica, sobre todo.
Se sienta en la cama. Las mujeres son todas unas desgraciadas, sometidas por
no sólo el cuerpo sino también la dignidad. Si ella hubiera nacido con dinero, en una
familia acomodada, hubiera sido otra cosa; podría haber seguido soltera un tiempo más,
viajando, conociendo otros hombres. Pero no tuvo esa suerte. Su padre era nada más
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que un mozo en un restaurante de Mar del Plata, a ella y a su hermana no les quedó otra
que aceptar lo que se les presentó. Un sapo en lugar de un príncipe. Mario dentro de
todo era el menos sapo de los muchachos que conoció. A su hermana le fue peor: un
mozo, igual que su padre. Por lo menos Mario ya tenía un taller que después se
convirtió en fábrica, le hizo la casa. Pero ahora esto. Al borde de caer al nivel donde
empezó. No puede volverse a Mar del Plata, no está dispuesta; además, ¿a qué
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CAPÍTULO 13
Mario la mira a Miriam de reojo, que viaja callada. Volver no es fácil, sobre
todo si uno se vuelve con menos de lo que esperaba encontrar cuando vino. Ya no tiene
Solo se lleva un par de alhajas de la vieja, apenas algo más que una chafalonería. No se
pudo conectar con nadie, no vio a sus sobrinos, solo estuvo encerrada o caminando por
Mario sabe que no tiene nada que agregar, solo acompañarla hasta el aeropuerto y darle
El tiempo suficiente para volver a Lomas, pasar por su ex casa y retirar un traje,
bañarse allí mismo y salir para el colegio. Estas cosas siempre se atrasan, media hora
más o menos no le hace mal a nadie. Debería llamar a Clara, explicarle, no es cuestión
de caerse por ahí así nomás. Tal vez quiera que por esta noche vayan juntos. No es fácil
—Clara. Tengo que pasar por el traje, necesito bañarme. ¿Hay algún problema?
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El mensaje no alcanza para registrar el “llamame” pero no debe hacer falta. Ella
va a entender.
Mario mira el reloj. Ya casi está en el tiempo límite, debería irse. Clara no ha
—Me voy, no sé qué decirte. Que tengas un buen viaje. Te voy a tener al tanto
de todo.
promesa que se hayan hecho suena irrealizable. Todo termina así, como si un elástico
invisible atado a sus espaldas los arrastrara. Qué maldita cosa es la vida.
y salir corriendo a ver cómo su hijo más chico deja de ser un adolescente y se lanza a
profesor de historia avanza hacia el centro del escenario para dar el discurso. Hoy le
tocó a él. Un murmullo de cuerpos rozando las sillas acompaña al “pueden sentarse” del
jefe de preceptores. Javier gira la cabeza hacia atrás. Entre los padres que ocupan el
final del salón no logra ver a los suyos. Seguramente llegarán a lo último, como
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siempre. Tal vez no vengan juntos ahora que están separados. Pero Mario ya debería
haber llegado, él no puede hacerle esto. Clara sí, hasta es capaz de haberse olvidado
El profesor parece más viejo, más bien desencajado, diciendo algo sobre el
mundo que dejan y los valores morales. Sacude la mano libre, estruja el papel con la
Los aplausos suenan flojos, por obligación, ahora tiene que hablar Franco. Saca
un papelito que tiene preparado y empieza, pura sanata y agradecimiento. Todo lo que
el colegio ha hecho por ellos. “Nosotros” dice Franco, involucrándolos a todos sin
miramientos. ¿De qué otra manera iba a decirlo? Por algo Franco es el mejor alumno de
la promoción. Ninguno de los pibes hubiera escrito esa boludez pero tampoco sabrían
qué carajo escribir, así que bien por Franco, que por lo menos la hizo corta. Otra vez un
con los diplomas; uno se cae, lo recogen. Se suman dos profesoras más, dos alumnos de
cuarto acercan sillas para todos. El rector se pone delante de la mesa, el profesor de
—Álvarez.
El gordo pasa al frente, sube al escenario por el costado izquierdo, por el otro lo
hacen los viejos. El rector les da la mano, primero a la madre, en segundo lugar al
padre, después les entrega el diploma. Tienen cara de felicidad cuando miran al gordo,
lo abrazan. Está bien que sea así, han pagado durante años por ese papel enrollado con
el nombre de su hijo. El fotógrafo les hace más fotos, llaman a la hermana, que sube
moviendo el culo, tan buena le queda esa mini, terrible culo la hermanita. Se acerca al
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escenario y también dispara un flash con su cámara pocket, todos aplauden. La familia
baja, les toca a los Basualdo. Es difícil recordar todo el listado ahora que están
mezcladas las dos divisiones, pero no son más de quince antes de que lleguen a la G. Un
cuarto de hora, les da tiempo a llegar, a entrar con el paso apurado por el borde del
—Bernárdez.
Los pibes achican las piernas para dejar pasar a Bernárdez que está sentado en el
—Fernández.
zapatos que se puso, saludando con la manito en el aire como si fuera una modelo.
Tiene un vestido celeste, corto, perfecto para mostrar las gambas largas, blanquísimas.
—Herralde.
Siguen salteando los nombres. Le puede tocar a cualquiera. Los chicos se agitan.
inalcanzables a cualquier sanción, mayores de edad, dueños del futuro, parecen decir los
chiflidos.
—Giunta.
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quien llamaron. Se levanta y camina tranquilo, natural, por suerte estaba sentado en la
punta de la fila.
cívica. “Usted no está en condiciones de discutir conmigo. ¿Y sabe por qué? Porque
En la escalera, del otro lado del escenario no hay nadie. Porque ninguno de su
familia vino a ver cómo recibe su diploma. Son pocos pasos, ni se da cuenta de que
llega, el rector mira hacia el fondo esperanzado. En la platea se acaban los cantos. El
público espera, Javier espera, por favor hagan algo. El rector toma el diploma que le da
el preceptor. Le está ofreciendo la mano, es una mano grande, con la otra le entrega el
diploma. Dos actos, un solo gesto. Los aplausos se inician, son fuertes, prolongados,
como si buscaran compensar la ausencia de familia. Javier mira hacia la platea, baja, no
Hay un corte a la altura del Mercado Central. Piquete de empleados más un grupo de la
villa lindera. Otro más. La puta que lo parió. Mario desvía la camioneta por la colectora
hacia atrás y retoma por Boulogne Sur Mer. Es un atajo saturado pero avanza. A unos
kilómetros hay un cruce de vías en la Estación Tapiales, después debe seguir hasta
Camino de Cintura. No va a tener tiempo de bañarse. Mejor llamar a Clara para que le
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Repite el mensaje un par de veces. Clara tiene el celular apagado. Prueba con el
teléfono fijo. Inútil. No hay nadie. Nadie le acercará la ropa para presentarse en el acto,
ni siquiera una corbata. De todos modos pasará por su casa. Ya no es cuestión de llegar
Los padres y sus hijos invaden el salón de al lado, ocupan las mesas, seis padres
y tres alumnos, nueve sillas en cada una. En la de Javier, solo siete quedan ocupadas.
Comienzan a servir, por la puerta del salón aparece Clara, agitada y gesticulando,
aunque está elegante, con el vestido negro corto, el mismo del cementerio.
un beso.
durmió. O se fue al bingo o cualquier otra cosa. Últimamente desaparece a cada rato. Da
Los platos van pasando. Es comida simple para que a todos les guste, vino para
los grandes, gaseosa para todos ellos. Los padres comen, los pibes van dejando partes en
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Clara lo mira, ella debería saber pero también está esperando una respuesta.
—Abogacía.
—¿Qué empresa?
—La de tu padre.
Javier levanta los hombros y toma un sorbo de Coca. Está sorda y ciega, piensa,
sin mirar a su madre, ¿o no sabe que ya no tienen una empresa? Abogacía se puede dar
—Veterinaria.
boludo. Julio quiere curar perros, gatos, tortugas, cualquier cosa. O irse al campo. ¿Qué
carajo le importa?, si tal vez Julio nunca sea veterinario ni ninguna otra cosa.
Las nueve treinta. Hace una hora que debería haber llegado al colegio y recién
está en la puerta de su casa. Activa el control. La puerta del garaje se abre, la camioneta
ingresa. Se baja casi de un salto, avanza hasta la puerta interna que comunica con el
interior, empuja. Está cerrada con llave por dentro. Carajo. Vuelve a salir y se dirige a la
puerta principal, intenta entrar la llave, lo logra con dificultad, trata de girarla. No es la
—Hija de puta voy a buscar la llave, salí a la puerta del colegio y dámela.
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Javier se levanta, va al baño. Varios pibes van hacia la entrada del salón. No se
bancan a los viejos pero además están pendientes de los chicos que esperan afuera.
Novias, novios, amigos, en cuanto se termine el baile con los padres van a entrar. Ahí
la última con todo el grupo y la primera en situación de egresados. Tiene que haber
joda. Hacerse sentir. Que los adultos se la traguen, que dejen correr, total no pueden
hacer nada.
Javier sale. Llegó Ema y está hermosa con ese vestido verde ajustado. Le da un
beso cortito, le dice que ya están por entrar, que su mesa es la ocho en la esquina sur del
El disc-jockey pone el vals, hay que bailar, con el padre o la madre según
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En los quince de su prima y en todas las fiestas de quince pero con la piba del
—Dale, vení.
Más vale girar y hacerse el boludo. Será la última vez. Clara lo mira a los ojos, sonríe.
Se ve que disfruta.
—Yo no tomo.
Los ojos de su madre se clavan en él. Una mirada de mujer, como cualquier otra,
—¿Para qué?
—La invité.
—Porque quise.
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—Pero si tenés a todas las chicas que se te antojen. ¿Por qué tenés que traer a la
sirvienta?
Están abriendo la puerta del salón y van entrando los verdaderos invitados,
empieza la joda. Los padres se van a ir en un ratito, ya tuvieron bastante. Javier busca a
Ema entre la multitud. La toma de la mano, la lleva hasta la mesa. Que Clara haga lo
que quiera.
Bailar toda la noche, mostrarla con el vestido verde escotado, corto. Que todos
vean el cuerpo grandioso y la piel oscura de Ema antes de llevarla de vuelta a su casa,
antes de hacerla dormir con él en su habitación. Esa hubiera sido la respuesta de por qué
la trajo, lo que debería haberle dicho a Clara, a las otras flacas que lo buscan, a los
Los chicos la saludan, no todos saben quién es, tal vez lo envidien. Andrea
estuvo algunas veces en la casa, sí que la conoce a Ema. No pasa un minuto antes de
que lo comente, pronto todos saben que es la chica de la limpieza. Javier la lleva a la
pista. Ema baila estilo bailanta, entrega el cuerpo a la música, Javier juega con eso, la
atrae hacia sí, la aleja, ella menea el culo, mueve la cintura. Una forma de moverse que
los demás llamarán “grasa”. A él le gustaría ser grasa, negro, sensual. Esta es su noche,
la noche de su vida.
Hace diez minutos que da vueltas para estacionar. No hay dónde, todos llegaron
antes. Hay un lugar frente a un garaje que parece abandonado, el colegio está a cuatro
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cuadras, es lo que hay, Mario estaciona. Camina rápido, quizás sea mejor que no entre y
situación, darle un abrazo, felicitarlo. Ya no puede hacer otra cosa, la ceremonia debe
Hay una pequeña multitud en el hall del colegio, son los amigos y las amigas,
Mario se abre paso hacia la puerta que lo separa del salón, es un padre, alguien tendrá
que llamar a Javier, traerlo para que él pueda mostrarle que vino, aunque sea a darle un
abrazo. Pero así como está vestido no puede pasar, mejor esperar un momento.
pensarlo, la está siguiendo, tiene algo que decirle, que enrostrarle. ¿Qué? No le vienen
todavía las palabras pero le van a salir cuando la alcance. Clara cruza la calle, hay un
músculo dispuesto a hacer el esfuerzo. Algunos chicos van llegando y son más los
padres que salen, que abandonan el territorio a los jóvenes. El auto dobla en la segunda
esquina.
Mario se queda ahí, mirando hacia la calle, no siente nada, ni bronca, ni ganas de
felicitar a Javier, solo la necesidad de irse, de no estar más allí obstaculizando el paso.
Subir a la camioneta y tomárselas lo más lejos posible es el único objetivo. Mete las
manos en los bolsillos, saca la llave. Ya nada importa. Eso, no importa. La camioneta lo
espera, está sobre la esquina, un poco en diagonal, amarrada al cordón, se podría decir,
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Va hacia la casa de su madre, todavía le queda esa casa. Siente hambre y sed,
mucha sed, pero sobre todo ganas de mear. Pareciera que las situaciones de shock o los
nervios le activan la vejiga. Va a ir al baño antes que nada, después, en algún momento,
la hija de puta de Clara, qué? Nada, ya no es su mujer pero podría haber esperado un
Todos lo abandonan, se van, dan ganas de llorar. Qué estúpido, un tipo grande.
verse llorando.
Avanza guiado por los reflejos que filtran las luces de la calle. El chorro de pis
sale entrecortado, con dificultad. No como las lágrimas, que le enfrían la cara. Sale sin
lavarse. Se sienta en la cama, se acuesta. Imposible pensar, solo siente el puñal clavado
en el pecho, la respiración, el sudor y las lágrimas que se van enfriando. Eso es él, nada
Todo el esfuerzo para qué, para esto, para que la vida lo derrote. No le cuesta
darse cuenta de que se tiene lástima, que necesita tenerse lástima, que le gusta. La noche
caireles, los rincones que van perdiendo el misterio de la oscuridad profunda y solo son
eso: rincones de paredes y muebles. Al menos hay solidez en la materia, sea madera,
cemento, vidrio. Una solidez que la carne no tiene, se afloja y se hunde sobre el colchón
chiquito con sueño que ya no quiere pensar, que sólo quiere dormir. Todavía tiene sed
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pero no se va a levantar, tal vez sueñe con agua, con un arroyo que corre cerca, casi al
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CAPÍTULO 14
La voz y los gestos del presidente parecen una mala imitación de una película de
los cincuenta.
—¿Pero este tipo en qué país vive? ¡Está loco! —se enoja Raquel—. ¿Cómo va
—Flaca, bajá un cambio, tuve un día muy jodido, no quiero más pálidas. ¿Podés
La mano de Armando toma el aparatito, pasa rápido los canales. No hay nada
interesante pero es mejor ver cualquier cosa que quedarse en silencio, aunque sea un
documental estúpido.
—Ese lo vimos. Poné algo que valga la pena— dice Raquel, agresiva.
—Sos vos la que insiste en pagar el cable. Es lo que hay, siempre repiten lo
mismo.
Otra vez el control en las manos rabiosas de su mujer. Finalmente una serie
ocupa la pantalla. Armando cree haberla visto, de todos modos está en inglés, con no
prestarle atención alcanza para evitar la conversación, para irse a dormir temprano y
olvidar un día oscuro. No quiere volver a reiterarse a sí mismo, como un autómata, que
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la medicina no puede todo. No quiere recordar que hoy, justo hoy, se ha dado la
El chico andaba bien. Nadie se muere de neumonía si está tratado. Tiene que
haber habido algún problema con las defensas, algo encubierto o una bacteria
intrahospitalaria. El bocado llega al estómago como si fuera una piedra. Tendría que
haber dejado la orden, con eso no se jode, le están fallando los reflejos. Es por no
dormir bien, por haber ido a buscar a Clara ayer. Tenerla lo excita, lo hace volar, pero
ha vuelto: lo ocupa como nunca antes. Está ahí todo el tiempo, la química es perfecta,
un vicio que no puede cortar. Mañana hay que desinfectar todo. Por seguridad. Pero
siguiente y decir que uno no se dio cuenta porque estaba pensando en cogerse a Clara.
No puede mostrar el error, ninguno lo haría, mejor esperar y rezar, como decía su
madre. Aún siendo ateo, rogar que no pase. ¿A quién? Al azar, al vacío. El acto de rogar
se puede hacer perfectamente incluso sabiendo que nadie lo está escuchando, es como
un reemplazo.
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Desde el balcón abierto entra una ráfaga de golpeteo metálico. Raquel se inclina
Los vecinos se asoman a sus ventanas, una multitud camina por la calle, algunos
llevan cacerolas y las golpean. A cada momento se suma un golpeteo más con ese ritmo
desacompasado, rabioso.
—Te la dejo bajita, me voy a la cama –dice y deja el control sobre la mesa
ratona.
—Te dije que me tengo que levantar temprano, tengo que ir a la capital.
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—Todos los días hay quilombos. Me toca guardia y son los únicos que por lo
—¿Pero vos te das cuenta del despelote que hay? Mañana el centro va a ser una
locura.
—A ver, ¿qué crees que puede pasar? —dice ya harto de tanta histeria, tanto
impedir? Si no es este gobierno será el que viene. No hay alternativa. Los acreedores
quieren cobrar.
—Esa deuda no se va a poder pagar nunca. Tiene que haber una forma de
arreglar.
Raquel vuelve a subir el volumen, Armando se pasa la mano por la cara, está
transpirando, debería darse una ducha pero sigue ahí, mirando las imágenes:
—Esto es igual, —se explica él— pero aquí te sacan la libra de carne.
¿Cuántos años hace que no habla con Raquel de política? ¿Para qué lo harían
ahora si ya no van a arreglar el mundo? Están viejos, cansados. Ella habla desde los
sentimientos, no se puede discutir con eso, es al pedo. La razón es otra cosa, les guste o
no. ¿Cuál sería la alternativa? ¿Una revolución? ¿Quién la haría? ¿De dónde saldría el
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sujeto histórico que pudiera aprovechar una situación así? ¿De dónde surgiría la fuerza
media, pequeños burgueses, hasta los obreros están aburguesados. Acá lo que la gente
quiere es seguir con el sistema capitalista y vivir bien. Ya se pagó con sangre el error de
creer otra cosa. Esto va a seguir así. Quilombo, ajuste, algún afloje momentáneo y otra
—Estos mismos que hoy salen a la calle son los que votaron a Menem. Y vos
—Vos sí que vivís en una nube de pedos —lanza Raquel cuando él atraviesa el
—Por favor, decime que estás bien. —. —Nora está acelerada, sacada.
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verdad.
—Los negros de los fondos se vienen, están rompiendo todo, saqueando los
—Yo no escuché nada. Aquí está todo tranquilo. ¿De dónde sacaste eso?
—Yo volví hace un rato, tuve que ir a la farmacia y no pasaba nada. ¿De dónde
—¡Vos no seas estúpida, Clara! ¡Vivís en un Tupper! El portero les avisó a todos
en mi edificio: que no salieran, que se encerraran, que la Policía había pasado a avisar
que los negros del cuartel noveno se venían para el centro, que Lomas ya estaba tomada.
—Le dije, pero dicen que no lo ponen para que no haya pánico. Yo ya estoy
Tan bruscamente como empezó, Nora cortó la comunicación. Clara tarda unos
repartidor de soda está entregando unos sifones en la casa de enfrente. Abre una hoja de
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Es temprano, a media mañana el puente estará todo cortado por los piqueteros.
Hasta las diez de la noche seguro no lo levantan. Algunos grupos ya van marchando,
ocupan la mitad de la calle, el Chevy los pasa por el costado. Gente indefinida, con ropa
gastada, que avanza detrás de los carteles montados en tacuaras, bombos todavía sin
batir. Algunos vecinos salen de sus casas y les entregan botellas con agua; hasta la
semana pasada los puteaban. Hay negocios que cierran, la radio habla de saqueos, aquí
no se ve que eso esté ocurriendo. Los medios siempre agrandan la cosa. En el puente ya
hay algunos grupos pero el cruce todavía está habilitado, la Policía de la Provincia no se
centro. Los vagones salen vacíos, se nota que muchos se han tomado en serio el
pronóstico de un quilombo. No hay mal que por bien no venga, piensa Armando, viaja
sentado.
superficie hay grupos de protesta por todos lados, no llevan carteles, apenas uno que
otro del Partido Obrero levantado con bronca por unos pocos simpatizantes. La mayoría
son pendejos que gritan y putean, no deben ser los de anoche, da la impresión de que
vinieron ahora, a cada rato se suman más. Mezclada con los manifestantes, transita la
Policía tiene recursos, los manifestantes no. El cuerpo necesita energía, reposo, hay un
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tiempo para la adrenalina, después se agota, es una ley natural. Haría falta logística,
Una oleada inicia la marcha por la avenida, van hacia donde han puesto las
vallas, decididos a chocar con ellas, a tirarlas. Es un movimiento estúpido, no tienen con
ingenua. ¿Qué pueden lograr con eso? ¿Llamar la atención de quién? La Policía lanza
gases. Es mejor retomar por otra calle. En Mitre no hay manifestantes ni policías, la
también dispara. ¿Balas de goma? Hay heridos, detenidos. Atacan a un banco, la cámara
enfoca los vidrios rotos. Un custodio saca una pistola, apunta, la cámara no capta el
momento del disparo; ahora se centra unos metros adelante, hay un cuerpo caído, la
cámara gira, apunta al piso. Vuelven a repetir la escena, hay un salto en la imagen, un
grupo de gente atiende al caído. Hay otros grupos que se suman, le arrojan baldosas
rotas a la Policía y esta retrocede. Parece que todo pasara en otro país pero el Banco
queda a una cuadra de los disturbios. El ruido de las explosiones llega a destiempo, por
acción que ya vio otras veces. Explica su caso a la mujer que lo atiende.
—Ya lo hice, hace tres meses. En la delegación me dijeron que lo tenían ustedes.
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le estoy diciendo.
paguen.
—Está bien, usted es una empleada. ¿Con quién tengo que hablar?
—Vaya y llámela.
La mujer va hacia el escritorio del fondo y habla con otra mucho más joven que
ella. Debe ser un puesto político. La mujer mueve la cabeza en negación, la empleada
vuelve.
de Zamora.
—Yo no le pido que haga algo, quiero hablar con la supervisora. Dígale que me
atienda.
—Es lo que me dijo. Doctor, hay gente esperando que tengo que atender.
La mujer lo está ninguneando sin más. No puede irse, no hay una sola fibra suya
empleada lo mira, ni siquiera intenta detenerlo. La mujer joven lo enfrenta sin pararse.
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nadie hace nada. La mujer sigue a los gritos y camina para atrás cómo si él le fuera a
pegar.
La mujer se aleja. La gente espera que él haga algo. ¿Qué? Con las dos manos
toma el escritorio y lo vuelca. Eso es todo. Se va. Las empleadas continúan atendiendo,
La calle está abierta a sus pasos, al aire todavía templado que corre entre los
edificios y le trae los ecos distantes de la revuelta. Da pasos rápidos, tiene ganas de
correr, de hacer algo. Va hacia el ruido. Las sirenas se acercan. Hay un boliche que
vende equipos de audio a mitad de la cuadra siguiente, un grupo de gente entra y sale
llevándose cosas, los empleados los miran sin intervenir. En la vereda de enfrente hay
otra, un hombre está pagando algo en la caja. El hombre no mira la vereda de enfrente,
los apropiadores no miran el negocio de la otra vereda. Un tipo viene de frente, casi lo
choca con un carro en el que transporta una conservadora improvisada. Lleva latas de
gaseosas y le ofrece una, el precio está pegado en un cartel desprolijo sobre los laterales.
—Gracias, no quiero.
Debería haber aceptado, tiene sed pero la costumbre de decir que no fue más
fuerte. Mejor volver hasta el subte y salir del centro. Viene gente corriendo desde la
avenida, atrás queda un cuerpo en el piso. El hombre está tirado, tiene sangre en la
cabeza. Armando corre hacia él, se agacha a socorrerlo. Una herida en la cabeza, tal vez
un tiro, todavía respira. Saca un pañuelo para parar la hemorragia, no es solo sangre,
hay materia encefálica. Dos policías se le acercan. Desde el suelo los ve venir.
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Los policías se detienen a dos pasos, dudan, lo miran, apuntándolo con sus
escopetas.
—¡Soy médico, llame a una ambulancia! —le grita al policía más cercano—.
El policía se aleja, se atrinchera con los otros detrás del móvil, una pequeña
multitud se les viene encima, disparan a mansalva. La gente vuelve, les arrojan piedras,
rompen el parabrisas. Uno de los policías se sube al coche y lo pone en marcha, los
otros se meten como pueden, el coche arranca quemando el caucho sobre el asfalto.
ha empezado a tener temblores, duran unos segundos y pasan, está convulsionando. Dos
marcha atrás, un gordo inmenso con el torso desnudo se lanza sobre el capó, otros lo
siguen, obligan al conductor a detenerse, abren las puertas y cargan al herido entre
cuando llegan al auto lo tiene que soltar, un muchacho se metió por la puerta del otro
lado y lo acomoda en el asiento de atrás, otro lo sostiene por los hombros y se sube, no
hay más lugar. Armando abre la puerta del acompañante pero no alcanza a subir, el
gordo que paró el coche lo empuja y se mete, cierra de un golpe. El coche arranca, lo
corre unos pasos, no llega a alcanzarlo, deja de correr. La gente se mueve, putea, lanza
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estado corriendo, se marea. Ve la boca del subte a cincuenta metros. Piensa si puede
llegar hasta allá. Cientos de motos rugen en la calle y avanzan, abriéndose paso entre los
manifestantes. La gente se encolumna detrás, pasan delante de él, ocultan la boca del
subte, quieren atravesar la Avenida 9 de Julio y lanzarse una vez más sobre las vallas.
Las fuerzas se emparejan, los metales rugientes avanzan como tanques sobre la Policía
atrincherada. Empiezan los gases, las motos chocan violentamente contra la contención,
los uniformados tratan de sostenerla, una de las vallas cae. Los gases se intensifican y
afectan a todos incluido los defensores de las vallas, las motos titubean, retroceden,
qué hacer. El pequeño grupo de militantes que venía en la segunda fila se disgrega,
asfixiado por los gases. La ola humana retrocede una cuadra, lo envuelve, Armando no
edificio sale un portero con una manguera y los moja para atemperar los efectos de los
gases, pronto aparecen mangueras de otros edificios. La marea se reordena y sigue a los
más exaltados, avanzan hacia las vallas. Las piernas de Armando se mueven,
temblorosas, ajenas, no está pensando, está yendo hacia los otros. Un segundo después
se encuentra en el medio del quilombo, gritando, los ojos irritados lagrimean. Ahora es
multitud.
abraza, la besa, ella se recuesta contra la pared y sus manos lo cubren de caricias. Javier
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le mete la mano debajo de la remera y le aprieta los pechos. Tiene la pija dura, lista, la
—¿Y si me echa?
Javier sabe que Ema tiene razón, que su madre es la dueña de esta casa. Él
—Está bien, dejá —dice y se separa bruscamente—, andá a hacer lo que tenés
que hacer.
—No te enojes —dice Ema acercándose—, esta noche nos vemos. —Le da un
—Bueno, venite.
fuerte, con algo hay que llenar el tiempo. Jode tenerla a Ema en casa haciendo las cosas,
no poder estar con ella como podría hacerlo si fuera cualquier otra piba. Le jode Clara.
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Aunque no los espíe, basta sentir su voz o ver que le da órdenes, que la reta. Tendrían
temporada. Pero es difícil que consiga un trabajo, la cosa está muy complicada. Mejor ir
a Mar del Plata, el marido de la tía Angélica es mozo, les podría conseguir alguna
changa. Algún lugar en la casa deben tener para alojarlos por un tiempo. Está seguro de
que les gustaría tenerlos, hacerles un favor a los parientes ricos, que les deban una.
Clara reventaría de bronca, humillada por mostrar las miserias familiares a su hermana.
Es lindo y feo a la vez pensar en cosas que sabe que no va a hacer. Tiene claro que en el
le gusta esta casa, su cuarto y sobre todo la seguridad de tener una casa y un cuarto,
porque tal vez ni siquiera pueda conseguir un trabajo de mozo con el tío y está seguro
El timbre suena.
–Es Julio, atiendo yo —grita mientras corre al teléfono para accionar el portero
eléctrico.
—Abrime man. —Javier activa el portero y baja para abrir la puerta del living, al
Julio se vino con la moto a pesar de que está a dos cuadras, es un vago total, le
gusta esa forma de ser de su amigo, ese hacerla fácil, sin calentarse. Después de guardar
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rápido sin comprometer el resto del cuerpo, ni siquiera se concentra, habla como si no
estuviera haciendo nada. Él tiene que poner toda la atención en el juego si no quiere
perder.
—¿Así que salís con Ema? —tira Julio—. ¿Qué dice tu vieja?
—Es mi novia.
—Es raro.
—Los pibes, que estaba fuerte, que te pasaste. Las que no la bancan son las
chicas.
—Que sos un hijo de puta, que cómo llevas a una negra villera a la fiesta.
—Por suerte no las tengo que ver más —dice Javier con más bronca de la que le
gustaría.
—¿Qué despelote?
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Javier detiene el juego y prende la tele, sin darle lugar a que Julio opine.
atrás hay algunos a caballo. Los manifestantes aparecen después de un salto de imagen
—¿Para? —dice Julio, cortito, como si le hubiera pasado corriente por los
dos boludos.
Julio sube los hombros, pasa del televisor a la Play con el control.
Las piernas de Javier se niegan a ir hacia la cocina, ya casi se olvidó para qué se
había parado.
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—Dale flaco, aunque sea vamos a ver —ruega ahora, tapando la pantalla.
—¿Y en qué vamos? — El gordo lo mira como rogando que lo deje tranquilo.
—En tu moto.
esa tarde, hasta la noche, cuando pueda estar con Ema. El cuarto es chico, una jaula. Es
su lugar hasta el año que viene, hasta la facultad. No habrá vacaciones. No está Mario,
no hay guita. Los amigos están en la pavada. ¿Qué viene ahora? Una carrera, un trabajo,
y así todo el tiempo por seis o siete años, para terminar como el viejo. O a lo mejor ni
eso, ni carrera, ni trabajo, ni nada. ¿Cómo mierda salir de esto? Todo te agarra, te
encierra. Te dejan afuera. Los tipos esos, en la calle, la tienen clara. Hay que pelear una
como si no pasara nada, todos los días son iguales para ellos. Gente como el gordo, que
no se mete en nada, que prefiere volver a su casa, o dormir, o jugar a la Play antes que
Constitución. Si hubiera tomado el tren ya estaría llegando pero no quiso caminar las
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diez cuadras que separan su casa de la estación. Desde la terminal tiene el subte hasta
El subte no para, han cerrado la estación Diagonal Norte, tiene que seguir una
más. Se baja, sube a la calle. La mayoría de los negocios están cerrados; fuera de eso y
de que no hay mucho movimiento, no pasa nada. Camina hacia la plaza, allí está el
nudo. Hay un retén policial dos cuadras antes, vallas, no puede seguir. Está solo,
impotente. Intenta por otra calle, hay un grupo protestando delante de otra valla, se
acerca, empieza a gritar las consignas de la gente. Desde la fila de los policías disparan
una granada de gases, todos corren, se tapan la boca con un pañuelo. Empieza a
lagrimear, le da bronca, mucha bronca, ahora sí, por fin, tiene ganas de pelear, de
tirarles con una botella vacía por la cabeza. Ahora sí se siente vivo.
que esté?
—¿Te fijaste cómo está el baño de las visitas? ¿Cuánto hace que no lo limpiás?
—Sí, lo usamos. Ahora mismo acabo de ir y es una mugre, ni siquiera hay papel
higiénico.
—No le puse, usted no había comprado, usé los rollos que quedaban para los
otros baños.
—Me tenés que avisar, imaginate que venga alguien. ¿Cómo quedo yo?
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Para qué contestar, da igual, si no es esto es lo otro. Cada vez peor. Por suerte
Javier salió con Julio, sino capaz que escuchaba y venía a defenderla, se ponía a discutir
—Andá y estate atenta si te llamo —dice tarde, cuando Ema ya se alejó unos
pasos.
El atardecer se estira interminable sobre las calles tomadas, solo la plaza queda
en manos de la Policía. Armando está sudado pero apenas siente el cansancio, el cuerpo
repitiendo lo que otros aseguran que es una certeza. La imagen de un hombre grande
con la camisa rota en medio de los pendejos se refleja en una vidriera milagrosamente
intacta. Un tipo cualquiera, uno más, un pedazo de todos los que ahora están gozando de
Son casi las ocho, en el Alemán lo esperaban a las cuatro, tendrán que entender
que fue imposible. Aunque sea tiene que avisar, llamar ahora para mostrar interés en el
trabajo. Es nuevo, su puesto está prendido con alfileres. Tal vez no pase nada; la ciudad
está en llamas. En la pantallita hay dos llamados pendientes, Raquel y Clara. Su pulgar
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CAPÍTULO 15
cortinas y se convierte en una luz juguetona sobre el biselado del espejo. Es placentero
poder concentrarse en el reflejo y escuchar los pequeños ruidos de la casa. El del motor
Afuera se escuchan las calandrias y algún zorzal tardío. Tiene sed, ganas de tomar mate,
hacerlo. Va al baño, es urgente. Deja correr el agua mientras se lava la cara sin mirarse
al espejo.
ceba un mate. No hay como ese sabor amargo que apaga la sed y enciende los motores
del cuerpo.
piensa en Clara, en Armando, lo está consiguiendo. Camina un poco. El pasto está alto,
tendría que darle una pasada con la máquina. Algunas plantas se han secado, no
motor de la bomba.
El agua sale llena de potencia y dibuja una curva transparente en el aire. Pone el
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brilla. La imagen de sus padres se le cruza, no es una aparición, los ve ahí, vivos,
hablando. Se siente bien, como si todo estuviera en paz. Qué absurdo contar el tiempo si
todo está ahí, en el jardín, en su cabeza, en la vida. Qué estupidez correr, enloquecerse,
aprieta más la manguera para que el chorro llegue lejos. ¿Se habrá acordado Ema de
El día viene caluroso, como para tirarse a la pileta. Pero ya no tiene pileta. Que
boludo fue, todos estos años conformándose con veranos hechos de fines de semana
libres, regando las plantas en la casa, mientras su familia se trasladaba a Gesell con Ema
incluida, a pasar las vacaciones que pagaba él, y ahora él ni siquiera puede usar la pileta.
Tendrá un verano seco, en el fondo de la casa de su vieja. Injusto, con todo lo que luchó
este maldito año. Aunque pensándolo bien: ¿qué le impide irse a .la costa? Podría usar
el departamento y quedarse hasta el otro año. Carajo. El próximo año, dentro de unos
días.
Mejor irse, en este 2001 no tiene con quién pasar las fiestas. Javier seguro se
quedará con su madre, Nora la pasará seguramente con la familia de José Luis, Sergio
bien en ningún festejo de los últimos ¿diez años? Desde que los pibes eran chicos. En
Gesell también va a estar solo pero es distinto porque por lo menos estará lejos y no es
lo mismo excluido que lejos. De paso le podría encomendar al agente inmobiliario que
que llamarlo además para que lo espere y le tenga la llave, si logra que le haga dar una
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El tipo de la inmobiliaria dice que esta temporada no va a ser fácil alquilar, con
todo lo que está pasando. Está a punto de engancharse con las circunstancias políticas,
el caos, la crisis económica pero se contiene, no quiere amargarse. Las llaves estarán a
hace una listita, tiene que ir al almacén. Mejor si va caminando, son dos cuadras nada
más. De paso compra el diario, de todos modos hay que estar informado.
Va hasta la esquina, mira para todos lados, es algo estúpido pero podría ser que
confirmar el robo. Siente bronca. No le pueden estar pasando todas. Debería haber
No hay caso, desconectaron el cortacorriente, son hábiles los hijos de puta. Va a tener
No hay mal que por bien no venga. La guita del seguro le va a venir bien. Es un
gasto menos. Total, tiene la moto de Sergio. Abandona la búsqueda, vuelve a la casa.
camioneta. ¡Qué cagada! ¿Y ahora? Da vueltas como una fiera enjaulada hasta que ve la
antes, tomar la guía entre las manos y buscar a dedo una dirección. La vida simple, es lo
que necesita.
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Llama a Clara cuando está de regreso, el tren ya está corriendo sobre las vías.
Quiere verla, aunque sea un ratito, ella le dice que lo espera en su casa y Armando lo
encuentra casi natural. Ha sido un viernes duro en el Alemán, tuvo que aceptar
sobreturnos para atender a los pacientes que no pudieron llegar el miércoles y el jueves
por el quilombo. Merece una compensación, una cuota de afecto o de sexo. Después
volverá con Raquel, tarde, muy tarde, pero su mujer no dirá nada porque en estos
tiempos no hay certezas y no es importante la hora en que regrese, sino que pueda
amor.
—No sé, ¿te pone nervioso? — Clara sonríe mientras su mano le acaricia la
nuca.
Javier o Ema pueden estar por algún lado, Armando siente que algo no cuadra.
—Estoy separada, soy dueña de hacer lo que quiera. Pero quedate tranquilo, a mi
—No hace falta, pero si querés andá y ponele —las manos de Clara lo
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quererlo se imagina a Javier que entra, que ve desde atrás, por el culo, cómo él se coge a
su madre. Eso lo excita, su pene se endurece, Clara gime, ya está por llegar. Coinciden
en el orgasmo.
Apagó la luz, le gusta estar en la penumbra, apenas iluminados por la escasa luz
de afuera que se filtra por el ventanal. Clara fuma apoyada en el espaldar de la cama, él
sigue tirado sobre el colchón mirándola desde abajo. Le gusta contemplarla, percibir el
ángulo caprichoso de sus senos que caen dulces, como uvas, el cuello largo, suave.
Armando sabe que es una pregunta desatinada, que no le conviene ser parte de
esto, pero no puede evitarlo, necesita saber dónde está parado, si hay un problema en
puerta más vale prevenirlo. ¿Qué sabe Javier de lo suyo con Clara? ¿Sería capaz de
están separados, teme por Raquel, un llamado de un hijo resentido puede desatar el
—¿Qué querés saber? –dice Clara. Hay cierta sequedad, un límite marcado en el
tono de voz.
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—No me está pasando ni un mango. Me las arreglo con unos pesos que tenía
—Con el despelote que hay, creo que nadie las está pagando.
—Me las debitan de la cuenta donde me depositan los honorarios del hospital.
—Tenés suerte. El que tiene una profesión hoy en día se defiende mejor. Fijate
lo que me pasa a mí, tengo una empresa y no puedo ni pagar las tarjetas.
—No te creas que me alcanza, estoy ahí. A Raquel le están pagando con
relojito, y en pesos.
manejar bien”, los ahorros de los que habló no son muchos y están en manos de
Raquel, no se imagina cómo se los puede pedir en estas circunstancias. Rogaría a Dios,
si fuera creyente, para que no le hicieran falta. Mario es buen tipo y tiene muchos
—Sí, está bien, andá. —. —Clara lo dice con frialdad, su cuerpo todavía
Armando se viste rápido mientras Clara se calza un salto de cama. Bajan juntos
las escaleras, la casa está en silencio, tal vez realmente hayan estado solos. Se despide
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con un beso intrascendente antes de bajar las escaleras, ella utiliza el portero eléctrico
con el teléfono inalámbrico para abrirle. Cuando pasa por la puerta del garaje ve el
reflejo de luces prendidas a través de las ventanitas vidriadas del portón. No hace falta
menos de la sala de planchado. Se escuchan risas o algo que no puede definir, hasta que
cae en la cuenta. Entonces es cierto lo que Clara le contó el otro día, lo que parecía un
disparate. Javier está viendo a Ema. Clara y él no son los únicos amantes en esa casa.
Tiene que irse ya a la costa. Total acá, con el quilombo que hay, no puede hacer
nada. La fábrica está tomada, Azucena se lo ha dicho. Encima tuvo que soportar a Clara
rompiendo las pelotas con que fuera a pagar las tarjetas. Está convencida de que no las
plata, no importa si el mundo se viene abajo o él se está muriendo. Tendría que haberla
mandado al carajo, echarle en cara que lo está corneando con su mejor amigo, pero
prefirió cortar. Tal vez sea por vergüenza o por no darle un argumento más para que no
lo hiera en la discusión, que no le diga “al fin tengo a alguien que me coge bien y no a
Porque todavía es joven, ¿o no? Sería eso y no otra cosa. Además estaba el maltrato, la
bronca contenida, ¿quién se puede coger a una mina que lo jode todo el tiempo? Si no
fuera tan reventada lo hubieran podido hablar, si hubiera tenido ganas le hubiera
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Además está harto de los quilombos, de Sergio llamándolo todos los días con la
misma cantinela, “sacame de acá, no aguanto más”, de la loca de Nora que sigue
insistiendo en cagarlo.
Lo llamó hace un rato emplazándolo a que se ponga las pilas para resolver la
toma de la fábrica y lo reintegre a José Luis, caso contrario, ella denuncia el paradero de
Sergio.
—Está bien, decile que vamos a hablar, necesito unos días para juntar un dinero
para pagar las quincenas y después hablamos —es lo que acaba de contestarle.
venga todo abajo como se vino abajo el país. Es lo que debería haberle dicho. Pero está
el tema de Sergio, siempre hay un tema, por eso tuvo que mentir, ganar tiempo,
postergar el desastre. Necesita parar un poco. Se irá hasta que aclare, como decía el
tuviera más remedio que hacerlo, hoy les diría, entiéndanlo de una vez: me importa un
carajo.
Viajar en micro es un tema. Tendría que ir hasta Retiro, le llevaría como dos
horas más. Ya es grande para andar haciendo de mochilerito pobre. Está acostumbrado a
andar de acá para allá con autonomía. Carajo, lo bien que le vendría tener la camioneta.
Tal vez podría ir a la fábrica y sacar la Trafic. Es ridículo pensar así, la fábrica es suya
¿o no? Azucena le dijo ayer, en la última llamada, que los obreros hacían guardias
rotativas y habían armado una olla popular. Es imposible filtrarse y sacarla, demasiado
¿Y la moto de Sergio? No sólo le puede servir para andar por la ciudad, podría
irse a la costa con ella, estaría bueno. Sería como antes, cuando era un muchacho. Pero
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la batería no da para más. Debe solucionarlo. De aquí en más, esa es la única alternativa
barba le raspa la piel, el abdomen prominente le aprieta las costillas. ¿Puede ser que
lagrimee de lo contento que se pone? Cuando por fin lo larga, Mario respira.
El Cholo está solo en el tallercito, solo en la vida. Más solo que él, nunca armó
pareja ni tuvo hijos. En la barra, al principio, lo cargaban con el asunto de las minas,
después dejaron de hacerlo, era problema de él y ellos no eran nadie para meterse. El
Cholo se fue quedando en el camino. Cuando se fueron yendo cada uno por su lado, él
se quedó con las motos, con este tallercito insignificante. Seguro que vinieron otros
arrimaron quizás, pero no fue lo mismo. La moto es eso, adrenalina, libertad. NSU 48,
250 cilindradas, árbol de leva a la cabeza, freno a disco, 220 kilómetros por hora.
como la primera mina, la que te hizo macho. La moto te vuelve libre, único, podés
meterte en cualquier parte, deslizarte entre los autos, ir adonde quieras. Y están las
pibas, que siempre se quieren subir. Que se agarran de vos, se entregan. El que no se
subió a una moto no sabe lo que es, no sabe nada. No conoce la sensación del viento en
el pecho que te levanta como un barrilete burlando al asfalto mortalmente oscuro que
—¿Y qué hiciste con la NSU? —pregunta el Cholo mientras le pasa un mate
lavado.
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Fue después del accidente. El Negro Ruiz iba adelante, era de noche y llovía. El
Negro había amagado dos veces a pasar al camión de hacienda. A él se le hacía difícil
mandó. Apenas dos segundos y desapareció delante del camión. Él trató de pasar
también. Le tuvo que dar con todo para acercarse, después se abrió confiado: si Ruiz
camión todo lo que pudo. Por un momento el aire se comprimió entre los dos vehículos,
como una burbuja, se podría haber encendido un cigarrillo sin que se apagara el fósforo.
el control, cayó sobre la otra banquina, se deslizó varios metros por el asfalto. El
pantalón era de cuero, aguantó, pero la fricción igual le quemó la piel. De la quebradura
La sacó barata, apenas fue la pierna. Todo eso porque el Negro no veía bien de
noche, necesitaba la luz de los que venían de frente para cruzar, así que se mandaba con
Después viene la familia, tu vieja, te dice que no puede dormir cuando salís con
la moto y la vas dejando parada en el garaje, hasta que un día necesitás guita y la
entregás. Te arrepentís enseguida, hasta te levantás de noche y vas al garaje para ver que
ya no está. Es tarde, la perdiste. Tenés un auto y a las minas las llevás al telo, pero no es
lo mismo.
El Cholo también la vivió y no quiso dejar. Tal vez no vivió todo, eso de
levantar minas no fue lo suyo. Salvo aquella vez. Era una piba del barrio, Graciela.
Estaba buena, un par de veces salieron con ella a la ruta, el Cholo la llevaba montada
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Mario cree saber por qué. Es el único que una vez lo vio: la puerta del baño
había quedado mal cerrada, un descuido imperdonable del Cholo. Él se la vio apenas, se
hizo el boludo, ni siquiera tuvo ganas de contarlo. Ni el mismo Cholo debe estar seguro
de que lo vieran, fue todo muy rápido. Pero Mario lo tiene presente cada vez que se lo
encuentra. ¿Tendría que haberse olvidado, como se olvidó de tantas otras cosas? ¿Por
qué el pito raquítico del Cholo le quedó grabado en algún lugar del cerebro?
El Cholo ahora sigue ahí, a un metro, en medio de las motos desarmadas que
saturan el garaje, esperando que le explique su visita. Mario le pide una batería, le
comprado a Sergio una moto más grande. Una Honda CB con apenas 250 cilindradas,
como mucho da 150, no es lo mejor para la ruta, pero es lo que tiene. El Cholo lo
consuela, el también se bajó a una Custon 650 que no pasa los 200.
—Es un cacho más grande que la CB, más fachera también, todavía podríamos
Mario lo mira, duda, o hace como que duda nada más que para darle un poco de
La alegría estalla cuando Mario lo invita al departamento y ahí nomás hacen los
arreglos, que son casi nada: la hora y el morfi, ¿qué más? Le entrega la batería nueva, a
paga, ve que cuenta la plata y rebusca en el cajón vacío unas monedas, no le alcanza
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Mario se va con la batería en la mano, veinte pesos más, veinte menos, a quién
carajo le importa si pueden volver a la ruta. Desde la vereda lo ve. El Cholo lo está
Él también se siente un pibe. Feliz de irse, de tener un amigo con quien salir a la
—Estoy muy ocupado, tengo quilombos. ¿Necesitás algo? —por suerte esta vez
—Pasala.
Plata. En definitiva es eso. Ella podría haberlo llamado directamente como las
otras veces pero lo hizo llamar a Sergio. Le habrá dicho: pedile guita a tu viejo si querés
importancia tiene, les va a dejar algo para que aguanten mientras está afuera, no queda
otra, después Dios dirá. Azucena le quiere contar algo más, algo sobre la fábrica, sobre
la toma.
—Déjelo para cuando vuelva —dice y le corta. Basta de pálidas, basta por este
año. Basta.
Se arma un bolso chico con lo elemental, agrega algunos alimentos para no tener
que comprar en la Villa que debe estar más caro. Cierra la casa y sale. El Cholo ya está
que encuentran. Le pide al Cholo que se desvíen hasta lo de Azucena, que lo acompañe.
Le va a pedir a ella, por el celular, que baje: con su amigo adelante no le puede romper
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las pelotas con ningún tema de la fábrica ni de Sergio. No le cuenta nada al Cholo de lo
que está pasando, que piense lo que quiera, tal vez se le ocurra que es su mina, se
tendría que dar cuenta de que no, pero mejor no hablar, está harto de mentir.
Azucena parece contrariada cuando le deja el dinero y le dice que vuelve los
primeros días de enero. Como pensó, la presencia del Cholo la intimida y se queda en la
puerta del edificio viéndolo irse, con el sobre apretado en las manos.
Mario mira la hora, son las seis y media de la tarde, a las nueve y media, diez a
más tardar, yendo tranquilos, van a estar en Villa Gesell. El de la inmobiliaria lo espera
Hay poco tránsito, pueden ir tranquilos, como si fuera un paseo, nada de correr,
no se siente seguro. Es una suerte que el Cholo haya venido, que vaya a la par. La tarde
el cuello y las muñecas por el esfuerzo. Mira el reloj, ya pasaron las ocho y no hicieron
ni la mitad del trayecto. La CUSTON se aleja de a ratos pero después baja la velocidad
y se deja alcanzar. El Cholo viaja tirado para atrás, tieso como un robot, insensible al
Que sea un paseo, sin adrenalina, sin esfuerzo, se repite, pero para qué mentirse,
no lo está disfrutando. ¿Cómo puede sentir miedo él, que anduvo toda la vida en moto?
Al principio del viaje es natural tener miedo, pero después de un rato la sangre se
calienta y el miedo desaparece, vienen las ganas de correr y es como si nada importara,
como si pudiera llevarse cualquier cosa por delante y partirla al medio sin que pase
nada. Pero no es eso lo que le está ocurriendo, sigue con la molesta sensación del riesgo.
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No lo puede entender, aprieta las piernas hasta sentir que el metal hunde la carne, mete
el cuello para adentro. Siente ganas de orinar, duda en parar al borde de la ruta o esperar
que aparezca una estación de servicio. Decide esperar la estación de servicio. De paso,
La estación aparece a lo lejos. Por fin, tiene la vejiga dura de aguantar. Le hace
señas al Cholo, juego de luces, pero el otro no lo ve. Entra igual en la estación de
servicio, ya se va a dar cuenta. Detiene la moto. La estación está vacía, las oficinas
tienen las luces apagadas a pesar de que casi es de noche. Sobre la ruta, el Cholo está
pegando la vuelta. Un tipo de overol sale de algún lado y va hacia los surtidores. Él le
indica de lejos por seña que no necesita combustible, se dirige a los sanitarios, el otro lo
Tiene el pene dormido, le cuesta arrancar con el meo. Cuando lo hace logra el
alivio, suspira.
Camina un poco para que la sangre le vuelva a las bolas. El Cholo lo espera
junto a las motos, no dice nada, solamente está ahí, parado con el casco debajo del brazo
y la barba levantada. Debe estar harto de ir tan despacio pero que lo aguante, su moto no
da para más y él tampoco. El bar está cerrado, no van a poder tomar café. Se sube a la
CB, son casi las nueve, el último tramo lo van a hacer de noche.
todo está oscuro. Baja más la velocidad, un reflejo involuntario, no hace una hora que se
pusieron de vuelta en marcha y otra vez tiene deseos de orinar. No hay nada a la vista.
Muy poco tránsito. Desearía lo contrario, encolumnarse detrás de una hilera de coches
con las luces prendidas, una caravana interminable acompañándolos en lugar de esta
soledad de espacio abierto, con autos esporádicos que los pasan a los pedos.
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metros”. Busca con la vista, solo hay una casa iluminada con unas pocas lámparas
amarillas, retirada de la ruta. Es una chacra. Otro cartel, tiene una flecha señalando la
salida de la ruta. Debe ser en esa casa nomás. Desvía la moto por la huella de tierra, el
Cholo lo sigue haciendo luces, como si le preguntara ¿y ahora qué? Mario sigue hasta la
casa sin hacerle caso. A la entrada hay otro cartel con la oferta del día. La necesidad
—¿Se puede saber qué estamos haciendo? —dice el Cholo cuando para la moto
a su lado.
en realidad, le está rogando. Tengo que mear, debería decirle, pero le da vergüenza.
—Ya es de noche.
Un salón bastante grande, con baldosas rojas, algunas están rotas y en el centro
hay depresiones. Una línea de cemento en el piso delata que han unido dos habitaciones.
—Buenas noches —se anticipa Mario—. ¿Me puede indicar el sanitario por
favor?
Ella camina delante, Mario la sigue, cruzan una puerta, entran a una sala grande
con piso de ladrillo, hay un fogón, una cocina a leña de hierro y una de gas, una al lado
de la otra. Sobre las mesas hay ollas y sartenes, las paredes están negras de humo,
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inmediatamente pasan por otra puerta y salen a una galería. Una solitaria lamparita flota
en una nube de bichos por la mitad de la galería; el campo llega hasta el borde mismo de
los mosaicos. La mujer se para debajo de la lámpara y señala una de las tres puertas que
dan a ese lado de la casa. Es el baño. Mario entra y cierra. Va hacia el inodoro.
Le cuesta empezar. ¿Otra vez? ¿Qué carajo le está pasando? ¿Será la próstata?
No, es muy joven para eso, tiene que ser la moto, hace mucho que no anda.
Se lava las manos y la cara antes de salir. La mujer está en la puerta esperando
para guiarlo nuevamente al salón. Mario la sigue. El Cholo apenas ha dado un paso
No hay menú, todo es verbal, casero y sencillo. Descartan tomar vino porque
hay que seguir, pero unas milanesas con fritas les van a venir bien. Piden una soda. La
mujer se va, de pronto hay movimiento en la cocina y gente que habla, seguramente la
familia.
Pasa un rato, demasiado para unas simples milanesas, la comida no llega y ellos
están callados, algo no funciona. El Cholo se come los dos pancitos de la panera.
Finalmente aparece una chica trayendo las milanesas en dos platos y una fuente con las
papas fritas. Mario le pide un poco más de pan. El olor de la comida le abrió el apetito.
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Al fondo del salón hay un mueble raro que ocupa toda la pared. Tiene forma de
piano y escenario a la vez, en el centro hay una pareja de muñecos vestidos de gala
costado. Es difícil entender de qué se trata. Mario come lentamente, el Cholo se apura,
La chica que los sirve les trae dos panes más. Es viejo, lo han recalentado, está
bueno igual. Deberían haber pedido huevos fritos. La chica está preparando la mesa
grande. Va poniendo con cuidado cinco juegos de cada cosa. Apenas termina, aparecen
dos pibes veinteañeros y un hombre rubio, canoso, con bombachas batarazas y pañuelo
al cuello. Saludan desde lejos y se van sentando. Después entra la cocinera con una
fuente llena. Entre ella y la chica sirven los platos, después también se sientan a comer.
cabeza.
no prestarle atención a nada, como si ejercer el silencio le diera algún poder. De joven,
—Es una caja de música —le dice la chica cuando viene a tomar un segundo
pedido de fritas—. Una caja de música gigante. Se le ponen unos rollos de papel y toca
como una orquesta, los muñecos bailan —detalla con sonrisas y ademanes.
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—¿Funciona?
—¿Le podríamos decir que la ponga en marcha? Me gustaría ver cómo funciona.
acerca al hombre sentado a la mesa y le habla al oído. El tipo se rasca un poco la frente
seguramente más años de lo que parecía, en lugar de padre podría ser el abuelo.
—Sí, mi abuelo se la hizo traer de Hungría. Era de su familia —los ojos azules,
lavados, quedan presos de los párpados, como si Hungría quedara en algún lugar que
—No, entonces, déjelo. Fue una idea nada más —dice Mario, levantando la
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—No se preocupe.
El tipo ha tomado impulso, quizás para evitar que Mario se pare y tal vez se
vayan sin consumir algo más, o tal vez considera que ha llegado el momento de
El Cholo lo mira pasar, y vuelve la cara hacia Mario y con los dedos juntos
pregunta:
—¿Qué hace?
parte de atrás de lo que puede ser el piano y le coloca un rollo grande de papel que saca
de otro recoveco del mismo mueble, después agarra una manija enorme y comienza a
darle cuerda lentamente. Hay un sonido seco cuando la cuerda llega a su máximo.
Cierra la tapa de atrás y acciona una palanca. Las teclas se mueven solas, los muñecos
dos pibes y la chica están ahora de pie. Serios, tensos, pendientes de la caja que tiene
vida.
Un ruido sordo, ajeno a cualquier nota posible, preanuncia que algo está mal. La
esperando un milagro que vuelva a activarla, pero el mueble permanece quieto. El viejo
avanza hacia la pianola, abre la tapa y mira adentro, le da unos golpes a la madera. No
ocurre nada, salvo un sonido metálico, una nota aguda de una tecla que faltaba caer o
algo así.
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romper el rollo.
Por toda respuesta el hombre aplica otro golpe sobre la caja y esta vez no hay ni
El Cholo se levanta, se acerca. Habla con el viejo en voz baja, que mira el
interior del aparato por la tapa levantada, lo detiene justo cuando el viejo intenta
viejo le debe ser difícil negarse cuando no supo hacerlo antes, cuando arriesgó todo para
complacer a las visitas. Ahora sería mejor permitir que lo arregle, no hay nada que
perder con dejar que ese hombre lo intente. Tal vez alguna mano oculta del destino o de
Dios puede haberlo traído hasta aquí, en esta noche, para arreglar la caja.
El viejo hace una seña y uno de los hijos trae las herramientas. El Cholo corre el
mantel de una mesa y pone la caja de herramientas sobre ella. Selecciona las más
apropiadas y las lleva con él. Descarta la idea de meter sus manos por la tapa abierta de
la pianola y busca entre el escenario algún lugar de acceso. Da varios golpes hasta que
un panel se suelta. Lo desplaza, una serie de engranajes aparecen a la vista de todos los
presentes que ahora forman un círculo compacto a su espalda. El Cholo mueve los
Con una pico de loro hace algunos ajustes, vuelve a moverlos, ahora están
maquinaria comienza a rodar, primero hay un tecleo rápido de notas superpuestas y casi
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la familia.
—Hay que limpiar y aceitar de vez en cuando. Con aceite de máquina de coser
—recomienda el Cholo.
mesa.
—Mecánica y mecanismo, todo tiene una lógica. Este aparato necesita una
jode y éstos lo único que han hecho en cien años es darle a la manija.
Es inútil argumentar que tienen que seguir, que no pueden tomar. La botella se
queda. Mario llena los vasos. Levantan las copas y brindan a la distancia con la familia
reunida en la otra mesa. El vino está bueno, es cosecha 95, Cabernet Sauvignon.
Después del primer trago ya resulta inevitable seguir tomando, el cuerpo lo pide y lo
merece.
están yendo en las fiestas, es obvio que algo pasa, si no le preguntó antes fue por
discreción, por no arruinar el viaje con una pregunta como esa, pero el tipo no es de
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sobre la mesa.
—Me separé.
todo así porque ya no pasaba nada con ella. ¿O no pasaba nada porque ella andaba con
Armando? Al Cholo le brillan los ojos. La puta, es como si le gustara. Falta que le
cuente que fue con un amigo para hacerlo feliz. Y se lo dice, porque tiene ganas de
—Es una lástima — dice el Cholo detrás de los ojos chiquitos y achinados que
tiene.
¿Una lástima qué? ¿Perder la familia, que le hayan metido los cuernos o todo lo
demás que no le contó?. Y él, con su pito chiquito, solo como un perro, ¿no tiene nada
que lamentar?
bancarse a una mujer que te rompe las pelotas todo el tiempo y al final mirá como
El cholo mueve la cabeza. Sí y no, parece decir con el bamboleo, pero se niega a
ponerlo en palabras. Mario siente que el otro solo está dispuesto a escuchar las mierdas
—¿Quién?
—Graciela, la morochita esa que estaba caliente con vos, ¿qué pasó?
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—Pero estaba remetida con vos, te seguía a todos lados, la subiste a la moto un
—No pasó nada —la voz del Cholo es cortante—. Una lástima. Estaba buena, al
final se la terminó cogiendo el negro Ruiz. Después no sé, le perdí el rastro. ¿Nos
podemos ir?
—¿Por qué me va a joder? —se corre para atrás en la silla y apoya una mano en
—¿Cómo te la perdiste?
Va camino hacia la cocina. Pasa cerca de la mesa grande. La señora le indica, sin
levantarse, con un gesto amplio del brazo y la mano, “aquí dando la vuelta”. Mario se
queda con las ganas de seguirlo, de entrar con él, total mientras el otro mea él se puede
Hace una seña y pide la cuenta. Cuando el Cholo vuelve ya está todo pago y
ahora es él quien necesita mear antes de volver a la ruta. Está saliendo del baño cuando
escucha que la música recomienza, el viejo debe haber activado de nuevo el mecanismo.
Vuelve al salón, el tipo está bailando con su mujer, la hija lo ha sacado al Cholo y las
dos parejas giran en el medio del lugar. El vals se acaba. Comienzan los saludos, las
risas, los agradecimientos. La familia en pleno los sigue hasta la puerta, Mario es el
primero en salir.
La noche está fresca y estrellada, se está mejor afuera, piensa, después se pone la
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delante hacia el terraplén. Cuando Mario sube, ya de la moto del Cholo apenas alcanza a
verse una lucecita roja que se va achicando segundo a segundo. Quedó solo pero ya no
tiene miedo, tampoco se va a apurar, en algún momento el Cholo se tiene que detener a
boludo.
Pasa a un camión, alcanza a ver las luces traseras de un micro, acelera al mango, no
puede tolerar tener a nadie adelante. La CB no da para más. La potencia del motor le
alguna parte. Ahí está. Montado sobre la moto, cincuenta metros antes del giro. Se
detiene.
La moto arranca violenta bajo la presión del acelerador, el Cholo queda atrás.
brazo, gira, el camino es de tierra a través del bosque. En el espejo ve cómo la luz del
Cholo ilumina la polvareda que deja la CB. Va hacia un borde y otro del camino para
evitar algunos montículos de arena. El Cholo imita los giros y baila en la nube, lo debe
Las motos saltan en los lomos de burro, las luces se entrecruzan cuando
derrapan en las curvas, el ruido de los escapes se expande entre los árboles. No hay
nada como esto. Nada. Esquiva un montículo, atrás hay otro, es grande carajo, salta, se
afirma en los talones, la moto está en el aire, la rueda quedó torcida, se está ladeando,
costado, se acabó.
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Pero no. Está vivo. El Cholo viene corriendo, ha dejado la moto más allá. Pone
El Cholo se para, forcejea con la moto, la pone vertical, acciona el pie y apaga el
motor. El dolor es como un puño hundido en el costado del pecho, se agudiza cuando
respira.
—Ayudame.
insoportable.
—¿Dónde te golpeaste?
—Aquí —señala el costado derecho—. Me quebré una costilla con una piedra,
seguro.
Desde abajo ve cómo el culo del Cholo se aleja, se monta en la moto y sale
arando. El dolor se queda, es insoportable cada vez que respira. Tiene que serenarse,
respirar despacito. El corazón late rápido, el aire no alcanza. Se pone la mano sobre el
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mentalmente el resto del cuerpo. Está todo bien, después le va a doler, siempre es así,
pero ahora no, solo le duele el costado, pero respirando despacio se aguanta.
Con la mano izquierda se desabrocha el casco y se lo saca. Tiene más aire. ¡Qué
mierda venir a arruinarse así las vacaciones! ¿Y cómo van a hacer para volver? En
micro, no hay otro remedio. La moto se va a tener que quedar en Gesell. ¡Cuántas
complicaciones! Tendría que haber entrado por la otra, que estaba asfaltada. Le pasa por
boludo, por hacerse el pendejo. Con todos los quilombos que tiene, ahora se suma esto.
Mejor no pensar.
Duele. El Cholo apagó el motor pero le dejó la luz prendida: mejor, así lo ven y
no lo atropella alguno boludo que pase. Es lo único que falta, que lo revienten como a
un sapo. Por aquí no viene nadie, por suerte. Recuesta la cabeza, tenerla levantada
agudiza el dolor. ¿Hay algo más que pueda estar roto? No, tiene que ser la costilla, por
eso duele cuando respira. Mira el cielo entre las ramas, está profundamente oscuro, hay
una enormidad de estrellas brillando. Silencio total entre los pinos, la tierra pegada a su
espalda, segura, cómoda, si no fuera por el dolor, qué bueno dejarse llevar, dormirse.
Hay ruido a motor en alguna parte. Podría correrse un poco para estar más
seguro. Apoya la pierna izquierda y el brazo del mismo lado, empuja. El dolor lo
mano con el casco para que lo vean. Se afloja. Está fresco, siente que se enfría, le
¿Cuánto puede tardar una ambulancia? ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Media hora? En el
bolsillo está el celular. Despacito, despacito. Lo saca. 12:34. Ahora puede controlar el
tiempo. También llamar. No tiene el número del Cholo. ¿Tendrá celular? Capaz no
tiene. ¿A quién podría llamar? Miriam aparece en imagen, con su cuerpo ensanchado,
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capaz de abrazarlo, de darle calor. Imposible, ¿cómo se le ocurre pensar en ella?, tiene
que haber otra persona que lo pueda ayudar. Todos están por lo menos a trescientos
kilómetros. Igual, si logra comunicarse con alguno, podría decirle que llame al hospital,
a la Policía. Tienen que venir a ayudarlo. Hay un ruido de auto. Es nítido. Se acerca.
Deja el celular y levanta el casco, le cuesta, lo baja. Lo va a levantar cuando estén más
cerca, cuando vea los faros. Es una camioneta, viene ligero, se eriza, tiene que verlo.
Tiene que parar. La camioneta esquiva la moto. Se viene encima. Encoje las piernas. El
dolor es intenso. Siguió de largo. El polvo se mete en la garganta, en los pulmones, tose,
—Me caí.
—Pero no puede quedarse aquí tirado, don, casi le pasamos por encima.
Los tipos se miran. Parecen peones o algo así, la camioneta es muy vieja, no
tienen baliza.
—Quédese tranquilo, nos vamos a quedar con usté —dice uno de ellos.
—Traele algo para la cabeza. —. —Uno de los tipos le pone una manta o algo
Lo tapan. La manta ayuda pero sigue teniendo frío, debe haber refrescado. O
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—¿Hace mucho?
—Una y cinco.
¿Cómo una hora? ¿Qué pasó en el medio? Algo anda mal. Que venga por favor,
—No sé.
sobre la caja, que la camioneta lo sacuda. El dolor anula todo pensamiento. Escucha sus
quejidos. Son involuntarios, ajenos. Las luces pasan sobre su cabeza, una sirena se
acerca. La camioneta frena, hay voces, luces, le falta el aire. Su cuerpo es movido,
trasladado hasta la ambulancia, le ponen una máscara de oxígeno. Tal vez una
inyección.
Abre los ojos. Está en una camilla, en la sala de un hospital. Le duele menos, o
—¿Dónde vivís?
—Lomas de Zamora.
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—¿Qué tengo?
—Te diste un golpe, te vamos a hacer unas placas para ver que pasó.
han puesto. Del costado salen dos tubos que van a dos bolsas; uno es para sacar los
—¿Cómo te sentís?
—Bien, bastante bien. Fue una piedra, tengo una costilla quebrada. Yo tenía
razón.
—¿Te duele?
—Sí, pero ahora, hasta que pueda salir de aquí, ¿qué hacés vos?
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Detrás de la cortina hay otro internado que se queja y pide la chata, quiere
—No seas boludo, aquí me están atendiendo bien. Anda y dormí un poco.
enfermera, avisarle del borracho e insistir que hagan algo por Mario.
—Mirá lo que hiciste, ¿por qué no pedís la chata? —le reprocha casi en un grito.
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—No sé para qué los traen aquí. ¿Para que se los cuidemos mientras se les pasa
la mona? ¿Para que les limpiemos la mierda? No hay que ingresarlos más, que se hagan
mujer?
—Me dieron tus celulares. Si querés lo llamo a Sergio. Es posible que de todos
modos tenga que venirse para retirar la moto, si es que está a nombre de él.
Mario lo dice con energía, levantando un poco la cabeza y después la deja caer
En el cubículo de al lado entra alguien, está trapeando el piso. El olor ácido del
vómito mezclado con el desinfectante, o lo que sea que está usando para limpiar, invade
el aire, dan ganas de vomitar, no es lugar para tener a un herido. Lo bueno es que si lo
tienen acá es porque no debe ser tan grave. Se escuchan pasos en los pasillos y el
—Te veo en un rato —dice el Cholo y sale sin saber si Mario lo escuchó.
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—Tenemos que operarlo —dice el médico nuevo, y antes de que Mario pueda
—Es serio, pero con la operación lo vamos a arreglar. Necesito que firme aquí la
autorización.
El papel está adelante, sobre una tablita, le están poniendo la birome en la mano.
dolor casi no cuenta, tiene frío, mucho frío. ¿Por qué carajo no lo tapan con una manta
más? No dan bola, son unos desgraciados. ¿Qué pasó con el hígado? La costilla le dañó
el pulmón o algo así, sale líquido del cuerpo, sangre, entra sangre, líquido. Puede que
esté saliendo más de lo que entra. ¿Cómo estoy doctor? “Estamos haciendo todo lo
posible”. Nadie dijo eso, ¿o sí?, lo está pensando. ¿Me puedo morir por un golpe así?
No. Si lo atienden bien, no. Es un accidente nada más. Ya va a pasar. Tiene que pasar.
Hay muchas cosas por hacer. La fábrica, la casa, Sergio. A lo mejor no se puede hacer
nada, ya no. Pero todavía hay mucho que vivir. Cierra los ojos. En unos días va a estar
caminando por la playa, tal vez no se pueda bañar por la herida. Está temblando.
puesta, es un murmullo nada más. Se corre la máscara. Los tipos están ahí, lo auscultan.
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Asiente.
—¿El Cholo?
—Está bien. Quédese tranquilo. Después lo hago pasar —dice, más conciliador.
—¿Cómo estás?
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Se va a poner bien, no pensó que estaba tan mal, pero se va a poner bien.
—Ya es mediodía.
—¿Fuiste al departamento?
—¿Les avisaste?
Una pequeña presión en los ojos le anticipa que hay lágrimas en camino.
—¿Quién llamó?
—Sergio.
—¿Qué te dijo?
—¿Todos?
Todos vienen para acá. Clara, Javier, seguramente Nora y Sergio, arriesgándose.
La familia, vienen por él. No está solo, no fue al pedo. Se va a poner bien, le va poner
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logrado.
esfuerzo. La tipa está parada adelante, le señala la máscara. Ella se acerca al tubo, gira
la perilla. No alcanza. Se está agitando. ¿Por qué se va? Aire, le falta el aire.
calor. El corazón se agita. Aire. Hagan algo. Se hunde, se hunde. Ve entrar a Miriam
que le besa la mano, se la acaricia. ¿Pero cómo es que llegó tan rápido, o no se fue? ¿Es
Miriam, no? ¿O es su madre? Es su madre, que tiene la piel joven, como hace muchos
años. ¿Mamá?
Se va, se aleja.
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CAPÍTULO 16
¿Esto qué? Se pregunta Armando, y la observa. Ella mira fijo por el parabrisas
hacia adelante, ausente, no está hablando con él, lo ha dicho sin querer, es solo una
conclusión pronunciada en voz alta. Tal vez tenga que ver con la tensión, con el traslado
del cuerpo a Lomas. Puede ser cualquier cosa. Él la acompañó a la costa, la trajo y ahora
de la situación ni el quilombo que se le puede armar con Raquel. ¿Hasta dónde su mujer
puede estar dispuesta a aceptar este exceso de preocupación por la viuda de un amigo al
La casa velatorio parece vacía, nadie se muere entre Navidad y Año Nuevo. O es
posible que ese vacío tenga que ver con la incertidumbre social, lo que se está viviendo
más allá de esa muerte que los ha sorprendido. ¿Qué carajo va a pasar con este país, que
va a pasar con los vivos? ¿Estarán tocando fondo? En los setenta por mucho menos ya
habría estallado una guerra civil, pero ahora todo es light, inconsecuente. Casi un
Cuánto ha padecido Mario todo esto, perdió la fábrica, la familia. No era mal
tipo, demasiado terco tal vez, por eso se quedó atrapado en el sistema. Entre Clara y él
ya se había acabado todo antes de que comenzaran esta relación, no habría pasado nada
si no fuera así. Ella lo dijo de entrada. De todos modos no deja de pensar en que
también pudo haber sido el tiro de gracia. La imagen patética de Mario parado en la
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vereda del colegio con los brazos caídos viendo cómo Clara se subía a su auto no se le
va a borrar nunca. No dijo nada entonces, Clara estaba alterada y él esa noche quería
coger.
Tampoco habló con Mario. Podría haberlo llamado después, encontrarse. Pero
decidió no hacer nada, era más fácil dejar que las cosas siguieran su curso. Nunca pensó
que Mario pudiera matarse, era un tipo grande, sólido, capaz de aguantar cualquier cosa.
De todos modos, mejor pensar que no tuvo que ver, que nunca se enteró, que fue un
pasado a él.
En el medio del salón están Nora y José Luis sentados en un sofá. Enfrente, la
chica que limpia y Javier, en sillones individuales. Sergio da vueltas por el fondo con
una mujer que lo sigue como si fuera una sombra. No debería arriesgarse tanto. Que
haya ido hasta la costa pudo ser tolerable, ¿quién no se movería para ver a su padre
accidentado? Pero ahora que está muerto, con toda la gente que va a venir, que va a
verlo, es una inconsciencia. Debería advertírselo a Clara, es una locura que se quede
acá. Como es una locura también velarlo en estas circunstancias, en vez de cremarlo y a
—¿No ves que no? —dice el pibe, mirando alrededor como si mostrara
evidencia.
La voz de Javier es cortante. Omite saludar, es claro que no se traga que él sea
solamente un buen samaritano. No le debe caer bien que su madre haya venido con el
—Me dijeron que ya estaba llegando, llamé hace media hora —insiste Clara.
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—Te dije, no había que velarlo. ¿Para qué es todo esto? ¿A quién le importa?
—¿Pero te das cuenta que se mató por hacerse el pendejo con una moto?
—No te voy a permitir que hables así de tu padre ahora que está muerto. —
.Clara no solo eleva la voz sino que levanta la mano para un golpe que no ejecuta.
—Nora, pará, calmate. —. —José Luis se acerca y la toma por los hombros
tratando de llevársela.
Tiene los ojos llorosos, la cara crispada. Sí, claro, ¿quién no se daría cuenta? A
esa piba algo le pasa, está enferma. En su caso el rencor no es más que una máscara para
la locura. Pero ¿cómo decir públicamente que necesita un psiquiatra? Menos siendo
médico y el amante de la viuda. ¿Qué decir entonces? Está nerviosa, dejala, o mejor, no
Llegó bastante gente, el tipo que estaba con él, el Cholo, fue de los primeros. El
piquete sigue demorando la llegada, la gente viene, da sus pésames y se queda por ahí.
centro. Compactos, como si con su presencia pretendieran confirmar que tienen un lugar
en todo esto o una herencia por quedarse. Los amigos de Mario ocupan un rincón chico
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cerca de la capilla, son todos tipos grandes, gastados, están en su mundo, ajenos a
razón que los trajo. Los amigos de Javier lo rodean como para protegerlo. Hay otros que
no se sabe, por aquí y por allí, muchos más de lo esperado. “Siempre es así cuando se
No puede tomarse demasiado en serio lo que este tipo diga pero tiene algo de
pésames. El vestido negro le queda bien, tiene el gesto justo entre dolor y dignidad que
hace falta. Un estilo de viuda atractiva. La que cualquiera quisiera tener si fuera
necesario morirse.
dice a él, como si de alguna manera lo hiciera responsable de la marcha del velorio.
—El vehículo está entrando por la puerta lateral —dice—. Necesitan media hora
Todo muy formal, organizado. La muerte no es una novedad, ocurre todos los
días, o casi. Se los ve apagarse, irse, y el protocolo indica claramente cómo redactar un
que por fin se esté libre del muerto para seguir viviendo. Pensando, eso sí, que a
frescura y el deseo de vivir. Ojalá estuviera sola en la casa, ojalá no estuviera Raquel
esperando en el departamento.
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Las puertas de la sala se abren, los familiares “pueden pasar”. Seis, incluida
Ema. El resto espera, no hay apuro y quizás tampoco deseo de ver la cara de Mario con
los ojos cerrados y los moretones apenas disimulados bajo el maquillaje. Nadie va a
están aferradas a los bordes del cajón. Clara llora a su lado, en silencio. La gente
escucha como hipnotizada. No hay reglas para sufrir, todo está permitido. ¿Por qué el
que parece indiferente? Hay un solo llorón en la familia. Los representa a todos, y apaga
en los demás la posibilidad de sufrir. En algún momento tendrá que parar, dejar que el
Un rato después hay un cambio, José Luis toma a Sergio de un brazo, Javier del
otro, lo sacan de la sala contra su voluntad. La mujer que estaba con él se le acerca y lo
acaricia como amansándolo. Debe ser la novia, aunque es muy grande para él.
Nora sale de la capilla ardiente. Clara deja pasar unos minutos y atraviesa la
puerta, buscando con los ojos un lugar adónde ir. Unos brazos que la contengan, un
pañuelo que le seque las lágrimas, sin temer los dimes y diretes de la gente. Pero
todavía no puede ser, no de ese modo, salvo cuando se quiebra en un llanto que justifica
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Sergio vuelve una y otra vez junto al cajón y besa la frente de Mario. Llora
incómodo estar aquí, expuesto a las miradas. ¿Cómo irse, cómo abandonar a Clara?
Clara lo mira un segundo y después a la gente que los rodea. Asiente con la
La calle está agobiante pero por lo menos el aire no tiene ese desagradable olor a
flores y muertos. Hay varios que salieron a fumar, hablan de la situación política, de su
propia desesperación. Está pesado, las nubes parecen cargadas de plomo, con reflejos
rojizos que suben desde el suelo, estallan relámpagos lejanos. Desearía fumar, es un
Nora pasa delante, la sigue José Luis que le dice algo, trata de detenerla
pecho a su marido.
José Luis se queda impotente. Nora toma su celular y marca un número. Demora
Nora agita la cabeza, parece dar explicaciones a alguien, el viento aleja las palabras pero
habla de Sergio. Caen las primeras gotas. Gotones enormes que marcan lo que tocan.
José Luis se apuran a entrar, Armando los sigue, todos escapan hacia adentro, el cielo se
desploma.
Habrá que esperar. Hay inquietud por irse, justo ahora que llueve a baldes. Tal vez se
inunden las calles, o algo pase, nadie quiere quedarse mientras sucedan esas
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eso.
fin el drenaje de gente se impone y prácticamente sólo queda la familia y unos pocos.
Difícil contarle a Clara lo que vio, porque no puede decir que escuchó, tal vez pueda
hacer algo sin acusar. No debería importarle pero no puede dejar las cosas así, de alguna
—¿Son pareja?
—¿Te parece que con el lío que hay tienen tiempo de ocuparse de él?
tu padre, tu médico. No hay una razón, solo un consejo, fijate, no corras riesgos.
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Azucena resulta un apoyo impensado, ella también cree que tienen que irse, que ya se
despidió del padre. Que ahora está solo, que tiene que cuidarse.
—¿Qué ganás yendo en cana? ¿Tu papá hizo de todo para ayudarte a zafar y vos
—Ahora, mañana, el mes que viene. Me van a agarrar igual. Por lo menos
su padre no está? Mario hubiera hecho algo. Los demás apenas pueden con su vida.
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24 DE DICIEMBRE
Clara sostiene el inalámbrico con una mano mientras mueve inquieta la otra
haciendo orden sobre la mesada de la cocina. ¿Qué tiene de importante esa conversación
que lo mantiene pendiente? Ella está hablando con Ema. Voy más temprano y te ayudo,
—No, no hace falta, con Armando nos arreglamos. Traé las ensaladas, Nora se
Clara está contando con una ayuda que sinceramente él no tiene ningunas ganas
de darle, pero eso es lo de menos, lo que cuesta creer es que estén hablando de este
modo. Cada vez que sucede, a él le resulta extraño. Que Clara haya aceptado a Ema
como la mujer de Javier. Tuvo que esperar a que se fueran a vivir juntos, que nacieran
las dos nenas y que Javier llegara al cargo que llegó para aceptar con naturalidad que su
sirvienta era ahora su nuera. ¿Qué hubiera pensado Mario de la situación? Doce años
desde que murió. Es un tiempo más que suficiente para que bajen las pasiones, para
poder reunir a la familia en la Nochebuena, para brindar por cada uno y por todos, al
Lo intentó dos años atrás. Terminó mal, no llegaron a los postres, hubo insultos,
portazos y una bronca que, como la comida sobrante, duró casi una semana. Pero ella es
la razón, simplemente lo quiere. Son su familia, sus nietos, dice. Nunca cedió en nada a
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Lecticia.
de Mario, Clara estaba muy demandante, lo suficiente como para que él tuviera un
descuido y Raquel terminara por descubrirlo. A partir de ahí fue imposible recomponer
nada, Raquel le podía aguantar sus bajones, el mal humor, cualquier cosa menos que
tuviera otra mujer. “¡Andate, andate ya!”, le gritó en la cara hecha una furia, y él no
¿Podría haberle dicho la verdad, que fue un error, que realmente solo era una
calentura pasajera, sin humillarse? No, no estaba dispuesto a rebajarse, a decir “me
equivoqué, te necesito”, hasta incluso decirle lo que nunca supo decir, “te quiero,
Raquel”, o alguna otra razón importante para quedarse. Lo superó el enojo, el orgullo o
Después todo siguió según la lógica involuntaria de las pequeñas cosas. Primero
un hotel de cuarta, aunque la mayor parte de las noches se quedaba en la casa de Clara.
Pasado un tiempo les pareció lógico que él se mudara ahí y ahorrara esa plata y de paso
podía ayudarla económicamente ahora que ella no tenía ningún ingreso de la fábrica.
Cuando la casa se pudo vender años después y Clara puso su parte para pagar un
diferencia haciéndose cargo de las cuotas. ¿Qué opción tenía? Volver con Raquel no
hubiera sido posible, ella estaba saliendo con un compañero de trabajo que terminó
tener a los suyos sentados alrededor de su mesa, cocinarles, que puedan apreciar cuánto
sabe ahora de artes culinarias. Recibirlos, mostrarles que en definitiva tiene otra vida,
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que es feliz con su nuevo marido, aunque no se hayan casado. Solo le faltan ellos para
que todo sea normal, perfecto. Es un deseo egoísta de mostrar lo que no es ni va a ser
nunca, aunque lo proclame a quien quiera escucharla: una buena madre, una abuela
cariñosa. Armando sabe que ha repetido el mismo error al elegir una mujer que lo quiere
para ella, no que lo ame. No ha tenido suerte, no se ha cruzado con una capaz de amarlo,
—Llamó Sergio —está diciendo Clara con la misma naturalidad con la que
hablaría de un hijo que vive en otro país—. Está cambiado, con unas ganas locas de
volver.
Llamó, es verdad, pero hablo con él, no con ella. No es como se lo está contando
ahora a Ema, no fue así como él se lo contó. Sergio apenas había preguntado cómo están
y esas cosas, y al final dijo “dale saludos a Clara”, sin énfasis alguno.
Él está bien, o un poco menos mal que hasta hace un tiempo. Desde que lo
ayuda, está preparando el terreno. Hace poco la mandó a Azucena para que fuera
abriendo el camino. Ella se presentó sin avisar, corrió el riesgo de que Clara le cerrara la
puerta en la cara; es una gran mina, le podría haber salido mal. Por suerte Clara la
escuchó y aceptó deponer las armas por un rato. Entendió de alguna manera que lo que
ocurrió con la fábrica no fue culpa de ella, que Azucena tiene que vivir de algo. Si esa
cooperativa le da de comer ¿qué se le puede decir? Y por otra parte, no caben dudas de
que Clara mínimamente debería estar agradecida con ella por lo que hizo y hace por
Sergio.
por el futuro, ahora que su compañero iba a salir. En prisión era como una mascota,
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alguien obligado a la dependencia, pero afuera será otra cosa. Lo de menos, así lo dijo,
es el riesgo de perderlo. Ella acaba de cumplir los cincuenta, él tiene treinta y siete. Lo
“Con todos estos años que le hizo el aguante sería muy cretino si la dejara”. Fue
el único comentario que aportó Clara como una declaración. Y además tiene que haber
madurado, supone. El asunto es que todos saben que la lógica no aplica bien en la
realidad y eso Azucena también lo entiende. Treinta y siete años. Se arruinó la vida por
padre”. Eso es lo que piensa Clara y pregona desde entonces, una forma sencilla de no
Armando sabe que hay más de una causa posible, pero de nada serviría decirlo.
Clara se llena la boca diciendo que puede perdonar a Sergio porque no es una mala
madre, pero eso no cambia nada a la hora de repartir culpas. “Si hubiera sido un chico
normal, un chico como Javier, si hubiera estudiado o por lo menos trabajado con el
padre, toda esa locura no hubiera pasado”. Ella no puede demostrarlo, no hay forma de
hacerlo, pero dice que es así. Armando no tiene nada para agregar, Sergio no es su hijo.
abuela, los autos y todo lo que se vendió, de lo que Sergio no recibió nada pero que
ahora necesitaría para poder reiniciar su vida. Clara no tenía respuesta para Azucena.
¿Qué podría decirle?, no era solo su problema, era el de todos y todos tendrían que
ayudar a resolverlo.
Clara no se molesta en bajar la voz cuando habla de Armando con Ema. Nunca
—Y ahí anda, medio desorientado ahora que no tiene consultorio. Nunca pensó
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fantástico, gana mucho más sin todo el sacrificio que hacía antes. La medicina fue otra
mala elección en su vida. Nunca tuvo una auténtica motivación por curar, proteger, la
que sin duda hace falta. Tardó demasiado en entender que el protagonismo del médico,
el poder, tenía una contrapartida, un precio que no estaba dispuesto a pagar. Podría
haber sido un héroe de Médicos sin fronteras, un personaje épico, eso lo tenía
—Ahora tenemos tiempo para vivir un poco. Antes estaba pendiente de los
pacientes.
Tenemos. Clara se apropia de sus méritos, ella es la medida de todas las cosas.
¿Qué significa vivir? Cumplir los deseos de ella. Darle los gustos, dedicarle el tiempo
tan arduamente ganado, ahora, que cada vez le queda menos vida para gastar. Tiene que
aprovechar de alguna manera esta sobrevida que ha logrado. Mario no pudo, el sí. Ganó
un tiempo para hacer algo con su rutina que vaya más allá de pelear la supervivencia.
Disfrutar la vida es lo único que vale. Porque no hay que engañarse, no existe cura para
existencia que se consiga, algo que siempre se les promete a los pacientes a sabiendas
de que eso también es una mentira, porque estirarle la vida a un tipo, atemperarle el
dolor, no es calidad de vida. La calidad de vida se tiene que dar en tiempos de salud y es
Primero a Francia a visitar a Lecticia. Quiere pasar unos días con ella, hace años
que no la ve, desde que ella se autoexilió para escapar de este país, del nuevo
matrimonio de su madre, de él. Hablar. Un deseo enorme de hablar con ella, y un miedo
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no menos grande al fracaso, a encontrarse con una hija distante. Trata de convencerse de
desde hace algún tiempo, pero no está seguro, no se puede decir “te quiero, te amo,
contame tu vida, me pasa esto o aquello” a través de un e-mail. Resulta frustrante esa
tiene.
La mesa queda chica. Seis adultos y tres chicos son demasiados comensales,
pero tampoco se puede tener una mesa más grande en un departamento de tres
ambientes. Ema está cada vez más gorda, desde que tuvo a la segunda nena entró en la
carrera de ganar kilos. Javier no ha cambiado mucho, salvo por ese aire ejecutivo, ese
estilo de funcionario militante, que va más allá de lo físico. ¿Demasiado joven para el
repetirse. Los jóvenes vuelven al protagonismo. Lo que cambia son las formas, el estilo.
Nora está deslumbrante y amargada. El odio contra Sergio, el rencor contra el padre que
todos estos años. Es un rencor incompresible, exagerado, que solo puede ser sostenido
por la enorme necesidad que tiene de sentirse víctima de una injusticia, de tener un
motivo para odiar. Pero los años pasan y todos parecen olvidar esos asuntos, en especial
Clara y Javier, como si se empeñaran en derrumbar los temas en que han fundamentado
crítica política, esa materia con la que su hermano ha construido una carrera.
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José Luis es apenas una sombra desencajada. Sus únicas tareas en estos años han
sido llevar adelante una acción inútil por recuperar la fábrica convertida en cooperativa
los chicos, parecen una familia normal. Por ahora hay paz, será así hasta que Nora se la
agarre con Javier y tal vez se vaya a las puteadas como hace dos años. Una discreta
Clara establece una activa vigilancia sobre lo que se habla. Hay un puñado de temas que
más, difícil de recordar todos. Sería mucho más fácil establecer de qué se puede hablar.
—El tío Sergio —es la respuesta de Ema a una de sus hijas que ha estado
jugando con su primo en la habitación donde encontraron una caja con fotos.
Sí, el muchacho que está montado sobre la moto recién comprada es Sergio. Eso
sin duda es cierto, pero le falta decir, que fue tomada antes, cuando vivían en la casa
grande, esa que se ve al fondo. Cuando ella era la sirvienta, cuando el abuelo Mario, el
que está en el cementerio, era un empresario exitoso y el abuelo Armando tenía otra
familia.
—Vive lejos, algún día lo vas a conocer —es la respuesta de Clara, que corta el
tema.
Lejos, en otro mundo. Hacinado, golpeado, tal vez violado, muerto de calor o de
frío, viendo pasar los meses y los años, todos iguales. Es imposible imaginarse cómo se
vive así, o más bien cómo se sobrevive, ninguno en esta mesa es capaz de imaginarlo.
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Así como él tampoco debe poder imaginar cómo es ahora vivir afuera. Es el mundo de
los otros, siempre es el mundo de los otros, lejano y distinto. Cuando los mundos se
juntan vienen los choques. Es la ley de las diferencias, de los hechos y las cosas, por
—¿Por qué no le decís la verdad? —la voz de Nora suena pausada, ronca—.
Decile que está preso por asesino. Que sepan quién es ese hijo de puta.
—No empieces otra vez Nora, es Navidad y estamos cenando tranquilos —dice
—Pero decime, ¿a vos qué te hizo para que lo odies tanto? —dice Javier
fastidiado.
—Hija, vos ya tenías tu familia, tu casa, tu trabajo, ¿en qué te puede haber
—Fuera de que José Luis se quedó en la calle, de que nos quedamos sin la
—Papá tuvo un accidente. No mezcles las cosas —dice Javier—. Tenemos que
dejarnos de joder con toda esta historia que no tiene nada que ver con la realidad.
—Tiene razón —dice Javier y se da vuelta hacia la nena que está como
paralizada con la foto en la mano—. Ese es tu tío Sergio, hace muchos años, cuando
todavía no habías nacido, mató a un policía sin querer y lo metieron preso, ya está
hacia Nora y cambiando el tono a una amabilidad exagerada pregunta: — ¿Está bien así,
tía Nora?
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—No —dice ella levantando el tenedor, sacudiéndolo un poquito, con una media
—¿Qué me pasa, querés que te diga qué me pasa? Odio que lo vivan
tiene cura, va a salir a hacer más daño todavía. Yo te aconsejo que no lo dejes cerca de
—A mí.
— A mí me pasó.
Nora pone los puños apretados sobre el borde de la mesa y los mira a la cara
como si esperara una respuesta. Ellos se callan y esperan. Ema agarra a los chicos y se
—Fue una noche que volvía de bailar, estaba medio borracha y me acosté, me
—¡Pero qué? ¿Qué? No puede ser. —. —Clara niega con la cabeza y agita las
manos hacia adelante cómo si sostuviera una evidencia invisible que quisiera mostrar.
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—Te dije —dice Nora violenta girando la cara hacia ella— estaba dormida, no
—¡Ves! Es por eso que no les conté. —Nora se dirige a todos en la mesa,
abriendo las manos casi con desesperación—. Sabía que me iban a decir que se lo
—Qué hijo de puta —murmura Javier apretando las palabras con impotencia—.
—No. Pero además no tuvo oportunidad, siempre dormí con la llave puesta.
—¡Acabo de decir que me daba mucha vergüenza! —grita Nora. José Luis trata
de agarrarla pero ella se suelta. Vuelve a mirarlos a todos, acusándolos. Tiene los ojos
enrojecidos.
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—¿Y además qué hubiera pasado, a ver? Era la mi palabra contra la de él. Papá
siempre lo protegió, siempre fue el preferido. “¿Cómo Sergio te va a hacer eso, no ves
Nora se cubre la cara, se larga a llorar. José Luis pasa el brazo por los hombros
Armando toma la botella de vino y completa las copas, solamente Clara bebe un
—Bueno, querida. Eso pasó hace más de veinte años y todavía lo seguís
madre.
ese hijo de puta. Ustedes tengan cuidado por las nenas porque además de delincuente es
—Está bien, pero paremos acá, esta no es una conversación para que escuchen
los chicos.
Es un poco tarde para acordarse de los nietos, que se oyen en la otra habitación,
cantando algo que Ema les está haciendo repetir, como para tapar las voces que llegan
desde el comedor, pero Clara ha dado con un buen argumento para terminar con el
tema. Tal vez ahora que el asunto se ventiló, puedan seguir cenando con tranquilidad.
Nora se lleva la mano a la boca y se separa de los brazos de José Luis, se levanta y corre
al baño.
—Mamá. ¿Cómo lo podes tomar así? ¿Vos te das cuenta lo que pasó? —le
reprocha Javier.
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culpa tenemos nosotros? ¿Pasó? Bueno, pasó. No se puede vivir siempre revolviendo
mierda.
—Ahora entiendo por qué Nora no pudo hablar con ustedes, esta es una familia
—¿Quién sos vos para venir a callarme en mi propia casa? Ni siquiera sos de la
familia.
lo va a tener, no lo merece.
una inclinación de cabeza, un gesto elocuente de reproche. José Luis va hacia el baño.
Desde ahí puede escucharse el ruido de las arcadas de Nora y los susurros de José Luis
mejilla. Después saluda a Ema, las nenas, José Luis recoge a Ramiro.
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El reflejo de los fuegos artificiales penetra a través del ventanal. Las luces
aparecen sorpresivas, aquí, allá, entre las casas tranquilas. Son fuegos anónimos que
algunos ponen en el cielo por unos segundos. La mesa ha quedado abandonada con los
restos de la comida. Nadie tocó los platos dulces, Javier y los suyos se fueron un rato
después que Nora. Solo quedan Armando y Clara frente al televisor con una botella en
la frapera a medio vaciar. Ninguno se ocupa de servirlo para brindar cuando llegan las
doce.
necesidad de orden, de hagamos todo juntos. Es molesto que actúe así, muy molesto.
Mucho más que los veinte kilos de grasa que incorporó en pocos años, o la
inconsistencia de su culo caído. Clara rebalsó la copa esta noche, algo parecido al
Ciertamente no hay nada para ver pero la imagen del televisor es un buen
Se corta la luz. Venían teniendo suerte, zafando de los apagones. El living queda
acerca al ventanal, se asoma, las primeras luces del alumbrado público están a unas
cinco cuadras, marcando los límites del apagón. ¿Cuánto va durar? ¿Algunas horas, un
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frapera, tantea, saca la botella empezada antes de que se caliente y toma del pico.
Podría devolver el pasaje de Clara, ir solo, pasar todo el mes con Lecticia, huir
de los apagones, de esta casa, de esta familia. Pensarlo está bueno, aún sabiendo que no
ocurrirá, que hace falta tener la ilusión de que una vida mejor es posible para poder
juntar coraje y hacerlo, que todo esto no es más que un divague, pero por lo menos
ayuda a pasar lo que resta de esta noche, hasta que venga el día, implacable.
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