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Cuché

El documento explora la complejidad del relativismo cultural y el etnocentrismo en la antropología, destacando su utilidad y la necesidad de un enfoque crítico en su aplicación. Se argumenta que, aunque el relativismo cultural debe ser relativizado, sigue siendo una herramienta metodológica esencial para comprender las culturas sin prejuicios. Además, se plantea que el etnocentrismo, si se utiliza de manera controlada, puede complementar el relativismo cultural en la investigación social.
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El documento explora la complejidad del relativismo cultural y el etnocentrismo en la antropología, destacando su utilidad y la necesidad de un enfoque crítico en su aplicación. Se argumenta que, aunque el relativismo cultural debe ser relativizado, sigue siendo una herramienta metodológica esencial para comprender las culturas sin prejuicios. Además, se plantea que el etnocentrismo, si se utiliza de manera controlada, puede complementar el relativismo cultural en la investigación social.
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Conclusión a la manera de una paradoja: sobre el buen uso del relativismo

cultural y del etnocentrismo.

- Cuché

¿Cómo escribir la cultura, las culturas? ¿Cómo transcribir otra cultura, otra experiencia de la vida
humana? ¿Se puede dar cuenta de una cultura mediante la escritura sin traicionarla? Estas
preguntas están hoy en el centro de la reflexión de los antropólogos que denuncian la ilusión
positivista de las ciencias sociales.
Geertz y otros, piensan que el estudio de las culturas es necesariamente es interpretativo y
expresivo, el antropólogo es un experto y un escritor y en sus obras entrega una parte de su
autobiografía.
Actualmente nos enfrentamos a una paradoja: mientras el concepto de cultura es reexaminado de
manera crítica en las ciencias sociales, experimenta una difusión notable en los medios sociales y
profesionales más diversos. Como esta difusión no se produce sin un desprecio por la definición
científica de la palabra, los que ya tenían reservas en cuanto a su uso consideran que los riesgos de
confusión relacionados con su uso común los hacen sentir más tranquilos con su intención de no
recurrir más a este concepto.
Otros se muestran reticentes porque, en cierto uso común del concepto de cultura y sobre todo
ideológico, funciona cada vez más como un eufemismo de la palabra “raza”. Otros llegan a decir que
esta sinonimia (discutible) de ambos términos ya estaba inscripta en la idea de cultura que influyó en
la elaboración del concepto antropológico. El concepto de cultura estaría manchado de manera casi
indeleble por la marca de un pecado original del pensamiento. Razonar de este modo es ignorar
todo el trabajo de critica conceptual dentro de la antropología, que permitió un enriquecimiento del
concepto.
El concepto de cultura conserva hoy toda su utilidad para las ciencias sociales. La desconstrucción de
la idea de cultura subyacente a los primeros usos del concepto fue una etapa necesaria y permitió
un avance epistemológico. La dimensión relacional de todas las culturas pudo ponerse en evidencia
de este modo.
Tomar en cuenta la situación relacional en la que se elabora una cultura no debe llevar a dejar de
lado el interés por el contenido de esta cultura, por lo que ella misma significa. Reconocer que toda
cultura es un lugar de luchas sociales, no debe llevar al investigador a estudiar solamente las luchas
sociales. No existe cultura que no tenga significación para los que se reconozcan como parte de ella.
Los significados, como los significantes, deben examinarse con la mayor atención.
Admitir esto lleva a reconsiderar la cuestión de RELATIVISMO CULTURAL, no se critica al mismo como
principio absoluto, pero si se lo relativiza. El RELATIVISMO CULTURAL ES una herramienta indispensable
para las ciencias sociales.
Hay 3 concepciones diferentes del relativismo cultural que pueden confundirse y crear
ambigüedades. Designa en:
Primer término una teoría según la cual las diferentes culturas forman entidades separadas, con
limites fácilmente identificables y, por lo tanto, entidades distintas unas de otras, incomparables e
inconmensurables entre sí.
Segundo término es comprendido como un principio ético que pregona la neutralidad con respecto
a las diferentes culturas, se trata de afirmar el valor intrínseco de cada cultura. Pero se produjo un
desplazamiento imperceptible desde la neutralidad ética hacia el juicio de valor: “todas las culturas
son lo mismo”
Tercer término puede corresponderse con la actitud reivindicadora de los defensores de las culturas
minoritarias que, oponiéndose a las jerarquías de hecho, defienden el valor igualitario de estas
últimas en relación con las culturas dominantes. Pero parece una actitud elegante del fuerte frente
débil, del que puede darse el lujo de cierta apertura condescendiente con la alteridad.
Una neutralidad ética se presenta como reconocimiento de la diferencia puede no ser más que la
ocultación del desprecio. También puede servir como garantía para cierta posición ideológica
opuesta a toda definición universal de los derechos del hombre. La exaltación de la diferencia llegaría
a la justificación de los regímenes segregacionistas, porque se pervierte el derecho a la diferencia y
se lo convierte en asignación de la diferencia.
Por lo tanto, se impone relativizar el relativismo cultural. Hay que volver a su uso original que puede
concebirse desde un punto de vista científico que hacía de él un principio metodológico que sigue
siendo operatorio. Desde esta perspectiva, recurrir al relativismo cultural es postular que todo
conjunto cultural tiende hacia la coherencia y cierta autonomía simbólica que le confiere su carácter
original singular y es posible analizar un rasgo cultural independientemente del sistema cultural al
que pertenece, el único que puede otorgarle sentido. Esto remite a estudiar toda cultura sin a priori,
sin compararla y mucho menos “medirla” prematuramente según otras culturas; privilegiar el
enfoque comprensivo, hipotetizar que una cultura siempre funciona como una cultura, nunca es
totalmente dependiente, nunca es totalmente autónoma.
La profundización de la idea antropológica de cultura conduce a reexaminar la noción de
etnocentrismo. Se produjo un abuso lingüístico, se convirtió en sinónimo de racismo. El etnocentrismo
fue condenado con la misma fuerza que el racismo. El racismo es una ideología basada en
presupuestos seudo científicos, cuyo origen tiene una fecha histórica, no es universal. El racismo es
una forma de perversión social, el etnocentrismo comprendido en el sentido original del término es
un fenómeno sociológicamente normal.
Admitir el carácter inevitable y necesario del etnocentrismo como fenómeno social no le quita
validez a la regla metodológica que le impone al investigador desprenderse de todo etnocentrismo.
Sin embargo, si se quiere considerar que no hay diferencia esencial que el otro no es nunca otro de
manera absoluta, que hay algo de mismo en el otro, porque la humanidad es una, lo que hace que la
cultura esté en el centro de las culturas o que “lo universal está en el centro de lo particular” es
posible concebir en ciertos momentos de la investigación un uso metodológico del etnocentrismo.
El etnólogo debe apostar a la identidad para encontrar las verdaderas diferencias. Una cierta forma
de etnocentrismo puede ser la condición de que esta referencia sea consciente y esté controlada. Si
dejamos de ser proyecciones más o menos complacientes, la etnología y la sociología llevan a un
descubrimiento de uno mismo en y por la objetivación de uno que exige el conocimiento del otro.
Tomado como principio metodológico el relativismo cultural y el etnocentrismo no se contradicen,
sino que son complementarios. Su utilización combinada permite que el investigador aprehenda la
dialéctica de lo mismo y del otro, de la identidad y de la diferencia., de la cultura de las culturas,
fundamento de la dinámica social.

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