Cuentos
Cuentos
Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes al despertar cada día decían: -¡Ah, si al menos tuviéramos
un hijo! Pero el hijo nunca llegaba. Un día, mientras la reina se bañaba, una rana saltó del agua a la tierra, y le
dijo: –Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija. Poco tiempo después, lo que dijo la rana se
hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran alegría, y pidió que se
hiciera una fiesta. El rey no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a las hadas,
para que ellas fueran amables y generosas con la niña. En el reino vivían trece hadas, pero solamente tenía en
el palacio doce platos de oro para servir la comida en la cena, así que decidió no invitar a una de ellas. 6 Fue
una fiesta hermosa, y cuando llegó a su fin, las hadas se acercaron con sus mejores y poderosos regalos a la
niña: una le regaló la Virtud; otra, la Belleza; la siguiente, Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que
cualquier persona pudiera desear en el mundo. Cuando la decimoprimera de ellas había dado sus obsequios,
entró de pronto la decimotercera, la que no había sido invitada. Ella quería vengarse por haber sido ignorada,
y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: “¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince
años, se pinchará el dedo con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!”. Y sin mucho más que decir,
dio media vuelta y abandonó el salón. Todos quedaron sorprendidos, con la boca abierta, pero la duodécima,
la que aún no se había acercado a dar su regalo, se puso al frente, y aunque no podía evitar el malvado regalo
del hada enojada, sí podía disminuirlo, y dijo: “¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cien
años!”.
Desde ese momento, el rey trató por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes
para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruido. Mientras tanto, el resto de los regalos
de las otras doce hadas se cumplían completamente en aquella joven. Así, ella era hermosa, modesta, de
buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, llegaba a quererla profundamente. 12 Así pasó, que el
mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la joven estaba sola
en el palacio. Curiosa, fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como
ella quería, y al final llegó a una vieja torre. La joven subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a
una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta rápidamente se abrió.
En el cuarto había una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino. –Buen día, señora –
dijo la hija del rey –¿Qué haces con eso?
–Estoy hilando –respondió la anciana, y movió su cabeza. –¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo?
–dijo la joven. Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando el
malvado regalo se cumplió, y la joven se pinchó el dedo. En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama
que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño llegó a todo el territorio del palacio. El rey y la
reina, quienes estaban llegando a casa y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y todos los que
vivían en el palacio con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el jardín, las
palomas en el borde del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que seguía prendido
quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a retar
al joven ayudante por haber olvidado algo, quedó dormido mostrando su cara de enojo. El viento se detuvo,
y en los árboles cercanos al castillo, no se movía ni una hoja.
Alrededor del castillo comenzó a crecer una planta espinosa, que cada año se hacía más y más grande, tanto
que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modo que nada del castillo podía verse, ni siquiera una bandera
que estaba sobre el techo. Pero la historia de la Bella Durmiente “Preciosa Rosa”, que así la habían llamado,
se difundió por toda la región, por eso de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar la
inmensa planta espinosa queriendo alcanzar el castillo. Pero era imposible, pues las ramas de la planta se
unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellas, sin poderse liberar.
Y pasados muchos años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la planta
espinosa, decía que detrás de sus ramas, de sus grandes y espinosas ramas, se escondía una bellísima princesa.
La joven se llamaba Preciosa Rosa, y estaba dormida desde hacía cien años, y que también el rey, la reina y
todos los habitantes estaban dormidos. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían
venido y tratado de atravesar la inmensa planta espinosa, pero quedaban pegados entre las ramas. Entonces
el joven príncipe dijo: –No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa. El buen anciano trató de disuadirlo
lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias.
Pero en esa fecha se cumplían los cien años del malvado regalo, ya se había cumplido el tiempo, y había
llegado el día en que Preciosa Rosa despertaría. Cuando el príncipe se acercó a donde estaba la inmensa planta
llena de espinas, no había ahora otra cosa más que bellísimas flores, que se corrían de lugar y dejaban pasar
al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando un muro. En el establo del
castillo el príncipe vio a los caballos y en los jardines a los perros dormidos, en los bordes del techo estaban
las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las
paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendido su dedo para regañar al ayudante, y la criada estaba
sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar.
Él siguió avanzando, y en el gran salón vio a todos los habitantes de la corte dormidos, y en el trono estaban
el rey y la reina. Miró a todos lados y avanzó aún más, todo estaba tan silencioso que podía oír su respiración.
Por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí
estaba tan hermosa que no podía mirar para otro lado, entonces se quedó quieto, se puso de rodillas y la besó.
Tan pronto sintió el beso en la mejilla, Preciosa Rosa abrió sus ojos y lo miró muy dulcemente.
Ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y todos los habitantes de palacio, y se miraban unos a
otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros saltaron y
movieron sus colas, las palomas en el borde del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron
alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus
llamas y cocinó la carne, y el cocinero sacudió su dedo al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada
desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.
Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta
el fin de sus vidas.
Caperucita Roja
Había una vez una niña, chiquita y dulce, todo el mundo la quería con solo verla, aunque quien más la quería
era su abuela. En cierta ocasión, su abuelita le regaló una caperucita de terciopelo rojo y como a la niña le
gustaba tanto ya no quiso ponerse otra cosa. Fue por eso que comenzaron a llamarla Caperucita Roja. Una
mañana, su madre le dijo: —Ven, Caperucita Roja. Aquí tienes una porción de tarta y una botella con leche.
Llévaselo a la abuela, que está enferma y decaída, y le va a hacer bien. Ponte en camino antes de que haga
más calor y no te distraigas ni te desvíes del camino, se puede romper la botella o la tarta y la abuela no tendrá
nada para comer. Cuando llegues, no olvides decir “buenos días”. —Sí madre, quiero hacerlo todo bien —dijo
Caperucita Roja y luego le dio la mano. La abuela vivía lejos en el bosque, a media hora de camino del pueblo.
Tan pronto como Caperucita Roja llegó al bosque, se encontró con el lobo. Caperucita no tenía idea de la clase
de animal malvado que era ese y no le dio miedo. —¡Buenos días, Caperucita Roja! —dijo el lobo. 6 —¡Muchas
gracias, lobo! —dijo ella. —¿Adónde vas tan temprano, Caperucita Roja? —A casa de mi abuela. —¿Qué llevas
bajo el delantal? —Tarta y leche: ayer cocinamos y le llevo algo a la abuela, que está enferma y decaída, para
que se ponga bien y recupere sus fuerzas. —¿Dónde vive tu abuela Caperucita? —Allí, más adelante, en el
bosque, a un poco más de un cuarto de camino, bajo los tres robles. Allí está su casa y, debajo de la colina
están los avellanos que seguro que los conoces —dijo Caperucita Roja. El lobo pensó para sí: «Esta cosa joven
y tierna será un alimento exquisito, será mucho más rico que la vieja. Tienes que andar atento para agarrarlas
a las dos». El lobo acompañó a Caperucita Roja durante un rato, y luego le dijo: —Caperucita Roja, fíjate en
todas las bellas flores que hay alrededor. ¿Por qué no vas a verlas? Creo que tampoco estás oyendo lo
maravillosamente que cantan los pájaros. Vas andando como si estuvieras yendo a la escuela, con lo divertido
que es pasear por el bosque.
Caperucita Roja abrió los ojos y cuando vio cómo los rayos del sol bailaban entre los árboles y que todo estaba
lleno de las más bellas flores, pensó: «Si le llevo a la abuela un ramo de flores frescas, también le hará bien a
su salud porque se pondrá contenta. Todavía es muy temprano y me da tiempo de sobra de llegar a la hora
indicada». Así que se salió del camino, se metió en el bosque y se puso a buscar flores. Resultó que cuando
había cortado una, le pareció que un poco más allá había otra aún más bonita y siguió andando, adentrándose
en el bosque. Mientras tanto, el lobo fue todo recto a la casa de la abuela y golpeó en la puerta. 10 11 —
¿Quién llama a la puerta? —Caperucita Roja, que te trae tarta y leche. ¡Ábreme! —Solo tienes que tirar del
picaporte —gritó la abuelita—, estoy muy débil y no me puedo levantar. El lobo tiró del picaporte, la puerta
se abrió y fue, sin decir una palabra, derecho a la cama de la abuela y se la comió. Luego se puso sus ropas y
su gorro de dormir, se metió en la cama y cerró las cortinas. Entre tanto, Caperucita Roja se había entretenido
juntando flores y cuando había cortado tantas que no sabía dónde ponerlas, recordó a la abuela y volvió al
camino para ir a su casa. Le sorprendió que la puerta estuviera abierta y cuando entró en el cuarto, tuvo una
sensación tan extraña que pensó: «Dios mío, cómo me siento extraña aquí, ¡con lo que me gusta venir a ver a
la abuela!». Entonces gritó «¡Buenos días!», pero no obtuvo respuesta. Entonces fue hasta la cama y descorrió
las cortinas. Allí estaba la abuela, con la cofia que le caía por la cara y con un aspecto verdaderamente raro.
—¡Ay, abuela, qué orejas más grandes tienes! —¡Son para oírte mejor! —¡Ay, abuela, qué ojos más grandes
tienes! —¡Son para verte mejo
—¡Ay, abuela, qué manos más grandes tienes! —¡Son para agarrarte mejor! —¡Ay abuela, qué boca tan
terriblemente grande tienes! —¡Es para comerte mejor! Tan pronto como el lobo dijo esto, saltó de la cama
y se tragó a la pobre Caperucita Roja. Una vez que el lobo había comido hasta hartarse, volvió a echarse en la
cama, se quedó dormido y comenzó a roncar de forma muy sonora. Dio la casualidad de que pasaba junto a
la casa un cazador, justo en ese momento, y al pasar pensó: «Hay que ver cómo ronca la vieja señora. Deberías
ver si le hace falta algo». Así que entró en el cuarto y cuando llegó a la cama, vio que el lobo estaba echado
en ella. —¡Te encontré, malvado lobo! —dijo él— ¡Hace mucho que te buscaba! El cazador apuntó con su
escopeta, pero pensó que el lobo podría haberse comido a la abuela y que aún podría salvarla. Así que, en
lugar de disparar, tomó unas tijeras y comenzó a abrir la barriga del lobo. Nada más hacer un par de cortes,
vio resplandecer la caperucita roja. —¡Huy, que miedo tenía! En la barriga del lobo estaba todo muy oscuro.
14 Con otros dos cortes también salió la abuela viva. Caperucita roja tomó rápidamente unas piedras, con las
que llenaron la barriga del lobo. Cuando despertó, quiso irse saltando, pero las piedras eran tan pesadas que
se cayó y se murió. Los tres quedaron muy satisfechos. La abuela comió la tarta y bebió la leche que le había
traído Caperucita Roja y se recuperó. Caperucita Roja pensó: «nunca más, en toda tu vida, te desviarás de tu
camino y te meterás en el bosque si tu madre te lo ha prohibido». Y colorín colorado, este cuento ha sido
contado.
Blancanieves
Había una vez, en mitad del invierno, cuando los copos de nieve caían como plumas desde el cielo, una reina
cosiendo sentada junto a una ventana con un marco de madera de ébano. Y como estaba cosiendo y miraba
a la nieve, de distraída se pinchó con la aguja en un dedo. Cayeron en la nieve tres gotas de sangre. Era tan
hermoso el rojo en la nieve que la reina pensó así: «¡Ojalá tuviera una hija tan blanca como la nieve, tan roja
como la sangre y tan negra como la madera del ébano!». Poco después, nació una niñita tan blanca como la
nieve, tan roja como la sangre y de pelo tan negro como el ébano, y por eso la llamaron Blancanieves. Pero
cuando la niñita nació la reina, su madre, murió. Un año más tarde, el rey volvió a casarse y tuvo otra reina.
Era una bella mujer, pero tan orgullosa y vanidosa que no podía aguantar que alguien pudiera superarla en
belleza. La reina tenía un espejo mágico y cuando se miraba en él decía: —Espejito, espejito dime una cosa,
¿quién es por estos lugares la mujer más hermosa? Y el espejo contestaba así: —Reina mía y señora, de estos
lugares usted es la más hermosa. 6 Entonces, se quedaba contenta, porque sabía que el espejo decía la verdad.
Blancanieves fue creciendo y se volvió cada vez más hermosa; más hermosa que la reina. Cuando tuvo siete
años era tan, pero tan bella como una mañana de primavera. Llegó un día en que la reina preguntó al espejo:
—Espejito, espejito dime una cosa, ¿quién es por estos lugares la mujer más hermosa? Y el espejo contestó:
—Reina mía y señora, de estos lugares era usted la más bella. Ahora Blancanieves es mucho más hermosa. La
reina se asustó y se puso amarilla y verde de envidia. A partir de ese momento, cada vez que veía a
Blancanieves, le dolía la panza de lo mucho que la odiaba. Y la envidia y la soberbia crecían como yuyo malo
en su corazón, tanto que no tenía descanso ni de día ni de noche. Entonces, buscó a un cazador y le dijo;
«Llévate a la niña al bosque. No quiero volver a verla nunca más. Mátala y como prueba de su muerte tráeme
los pulmones y el hígado». El cazador obedeció y se llevó a la niña y cuando sacó su cuchillo con la intención
de atravesar el inocente corazón de Blancanieves, ella comenzó a llorar y le dijo: —Ay, querido cazador, ¡no
me mates! Me iré corriendo al profundo bosque y no regresaré nunca más.
Era tan bella que el cazador se apiadó y le dijo: —¡Pues vete niña, corre ya! «Los animales salvajes del bosque
pronto se la comerán», pensó el cazador y se sintió como si se le hubiera quitado una gran piedra de su corazón
por no tener que matarla. En ese momento, pasó por allí un jabalí joven, lo mató, le sacó los pulmones y el
hígado y se los llevó a la reina como prueba de que había matado a la niña. El cocinero del reino los cocinó
con sal y la malvada reina se los comió, pensando que había comido los pulmones y el hígado de Blancanieves.
La pobre niñita se encontraba ahora sola, absolutamente sola en medio del bosque y tenía tanto miedo, que
se quedaba mirando las hojas de los árboles sin saber que hacer. Entonces comenzó a correr. Corrió por
piedras puntiagudas y entre espinas, y los animales salvajes pasaban a su lado, pero no le hacían daño. Corrió
tanto como sus piernas pudieron, hasta que pronto se hizo de noche; en ese momento vio una casita pequeña
y entró en ella a descansar. En la casita, todo era pequeño, pero tan gracioso y limpio que maravillaba. Había
una mesita con un mantel blanco y siete platitos, cada platito con su cucharita, además de siete cuchillitos,
siete tenedorcitos, y siete vasitos. Contra la pared había siete camitas colocadas ...EN ESE MOMENTO VIO
UNA CASITA PEQUEÑA Y ENTRÓ EN ELLA A DESCANSAR. 10 una al lado de otra, cubiertas con siete sábanas
blancas como la nieve. Blancanieves tenía tanta hambre y tanta sed, que comió de todos los platitos un poco
de verdura y de pan, y bebió de cada vasito una gota de vino, pues no quería dejar vacío solamente un plato.
Luego, como estaba tan cansada, se acostó en una camita, pero ninguna le servía: una era demasiado larga,
la otra demasiado corta, hasta que, por fin, la séptima estuvo bien. Allí se acostó, se encomendó a dios y se
durmió. Cuando se hizo noche profunda, llegaron los señores de la casita; eran siete enanos que picaban y
cavaban las montañas buscando minerales. Entraron y encendieron sus siete lamparitas y, al iluminarse la
casita, vieron que alguien había estado allí, pues no estaba todo en el orden que ellos lo habían dejado.
lancanieves cuidaba el orden de la casita todos los días. Los enanitos salían por la mañana hacia las montañas
y buscaban cobre y oro, por la tarde regresaban y tenían lista la cena. Durante el día Blancanieves estaba sola,
por lo que los buenos enanos siempre le decían: —¡Ten cuidado de tu madrastra, que pronto sabrá que estás
aquí! No dejes entrar a nadie a la casa. Pero la reina, después de haberse comido los pulmones y el hígado,
no pensaba en otra cosa que en ser la primera y la más bella de todas las mujeres. Por eso, se puso frente al
espejo y preguntó: —Espejito, espejito dime una cosa, ¿quién es por estos lugares la mujer más hermosa? A
lo que el espejo respondió: Reina mía y señora, de estos lugares usted es la más bella, pero en las montañas
Blancanieves es más hermosa. Con siete enanitos vive allí, cuidando la casita, siendo feliz. La reina se asustó,
porque sabía que el espejo no decía mentiras, se dio cuenta que el cazador la había traicionado y que
Blancanieves seguía con vida. Y pensó y volvió a pensar cómo podría matarla, pues en tanto ella no fuera la
más bella de todo el lugar, su envidia no la dejaría en paz. Y cuando por fin decidió se pintó la cara, se vistió
como una vieja vendedora y quedo irre —ESPEJITO, ESPEJITO DIME UNA COSA, ¿QUIÉN ES POR ESTOS
LUGARES LA MUJER MÁS HERMOSA? 19 ASÍ DISFRAZADA, FUE ATRAVESANDO SIETE MONTAÑAS HASTA
LLEGAR A LA CASITA DE LOS SIETE ENANOS. conocible. Así disfrazada, fue atravesando siete montañas hasta
llegar a la casita de los siete enanos. Llamó a la puerta y gritó: —¡Vendo de todo y todo barato! Blancanieves
miró por la ventana y dijo: —¡Buenos días, buena señora, ¿qué es lo que usted vende? —De todo y todo barato
—respondió ella—. Cintas de todos los colores —y sacó unas cintas que estaba hechas de una tela brillante
multicolor. «A esta buena señora, puedo dejarla pasar».— pensó la pobre Blancanieves. Abrió la puerta y
compró las brillantes cintas de colores. —Niña —dijo la anciana—, ¡qué hermosa eres! Ven aquí que te voy a
probar las cintas alrededor del pecho. Blancanieves sin sospechar nada, se colocó junto a la anciana y se dejó
poner las cintas nuevas. La vieja las ató y apretó tan fuerte, que Blancanieves perdió la respiración y cayó al
piso como muerta. —Ahora ya has dejado de ser la más hermosa —dijo la anciana y se marchó a toda prisa.
Al caer la tarde, los siete enanitos llegaron a la casita y se asustaron al ver a su amada Blancanieves en el suelo
inmóvil, como muerta. La levantaron y como vieron
que tenía unas cintas atadas con tanta fuerza, las cor taron en dos. Entonces, volvió a respirar y poco a poco
volvió a la vida. Cuando los enanitos escucharon lo que había pasado, dijeron: —La vieja vendedora no era
otra que tu madrastra. Tie nes que tener cuidado y no dejar que nadie entre en la casita cuando no estamos
contigo. La malvada reina, cuando llegó a su casa, se puso fren te el espejo y preguntó: —Espejito, espejito
dime una cosa, ¿quién es por estos lugares la mujer más hermosa? A lo que el espejo respondió igual que
antes: —Reina mía y señora, de estos lugares usted es la más bella, pero en las montañas Blancanieves es más
her mosa. Con siete enanitos vive allí, cuidando la casita, siendo feliz. Cuando oyó esto, le subió la sangre a la
cabeza. Se que dó horrorizada pues veía con toda claridad que Blanca nieves seguía con vida. —Pues ahora
—dijo la reina—, voy a pensar algo que acabe contigo. Y con las artes de brujería que sabía hizo un peine
envenenado. Se disfrazó y tomó la apariencia de otra anciana. Volvió a cruzar las siete montañas hasta llegar
a la casita de los siete enanos. Llamó a la puerta y gritó: —¡Vendo de todo y todo barato! Blancanieves se
asomó y dijo: —Márchese, no me dejan abrirle a nadie. —Pero al menos mirar te estará permitido —dijo la
an ciana y sacó el peine envenenado y lo mantuvo en alto. A Blancanieves le gustó tanto el peine, que se
quedó como fascinada y abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo en un precio, la anciana dijo—: ¡Y
ahora te voy a peinar! La pobre niña no sospechaba nada y dejó a la anciana hacer lo que quisiera, pero apenas
puso el peine en su pelo, el veneno se activó y la muchacha cayó como muerta al suelo. —Ya ves, hermosa —
dijo la malvada reina—, ahora ya estás muerta —y se marchó. Por suerte, ya se hacía de noche y los siete
enanitos volvieron a casa. Cuando vieron a Blancanieves sobre el suelo, como muerta, sospecharon de nuevo
de la madrastra. Empezaron a revisar todo y descubrieron el peine envenenado. Apenas se lo quitaron,
Blancanieves volvió a la vida y contó lo que había pasado. Entonces, volvieron a pedirle que no abriera la
puerta a nadie mientras ellos no estuvieran en casa. La reina en su cuarto volvió a ponerse frente al espejo y
dijo: 22 —Espejito, espejito dime una cosa, ¿quién es por estos lugares la mujer más hermosa? A lo que el
espejo respondió igual que antes: —Reina mía y señora, de estos lugares usted es la más bella, pero en las
montañas Blancanieves es más hermosa. Con siete enanitos vive allí, cuidando la casita, siendo feliz. Cuando
oyó al espejo decir esas cosas, se puso a temblar de odio. «Blancanieves debe morir» dijo, «aunque me cueste
la vida». La reina se fue a un cuarto oculto y solitario, a donde nadie iba, y preparó una manzana envenenada.
Por fuera era una manzana preciosa, con una parte blanca y otra roja, de tal manera que quien la viera estaría
tentado a morder un trozo, pero tan pronto comiera un pedacito moriría. Cuando la manzana estuvo lista, la
reina se pintó la cara y se disfrazó de mujer campesina. Cruzó las siete montañas hasta llegar a la casita de los
siete enanos. Llamó a la puerta y Blancanieves sacó la cabeza por la ventana y dijo: —No puedo dejar pasar a
nadie, los siete enanitos me lo han prohibido. —Me parece muy bien —respondió la campesina—, pero yo
quiero quitarme de encima estas manzanas. Te voy a regalar una.
—No —dijo Blancanieves—. No puedo aceptar nada. —¿Tienes miedo de que esté envenenada? —dijo la
anciana—. Mira. Voy a cortar la manzana en dos pedazos: tú te comes la parte roja y yo comeré la parte blanca.
La manzana estaba tan bien preparada que solamente la parte roja era la envenenada. A Blancanieves le dio
antojo esa bella manzana y, en cuanto vio que la campesina comía el trozo blanco, no pudo resistir más, estiró
la mano por la ventana y cogió la roja mitad envenenada. Cuanto dio un mordisco, cayó muerta al suelo. La
reina la observó con una mirada aterradora y se rio en voz alta diciendo: «¡Blanca como la nieve, roja como la
sangre, negra como el ébano! Esta vez los enanos no van a poder despertarte». Al volver a su casa, le preguntó
al espejo: —Espejito, espejito dime una cosa, ¿quién es por estos lugares la mujer más hermosa? Y el espejo
contestaba así: —Reina mía y señora, de estos lugares usted es la más hermosa. Fue así como su envidioso
corazón encontró la calma, en la medida que puede alcanzar la calma un corazón envidioso. Los enanitos, al
volver a casa por la tarde, se encontraron a Blancanieves tirada en el suelo, sin aliento, ...SE ENCONTRARON
A BLANCANIEVES TIRADA EN EL SUELO... 26 muerta. La levantaron y buscaron algo venenoso. Le quitaron los
lazos, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y con vino, pero nada dio resultado. La querida niña estaba
muerta y seguía muerta. La depositaron en un féretro, se pusieron los siete a su alrededor, y lloraron y lloraron
durante tres días. Querían enterrarla, pero parecía una persona viva, hasta seguía teniendo rojas sus bellas
mejillas. Los enanitos dijeron: «No podemos enterrarla en la fría tierra». Construyeron un ataúd de cristal
transparente y con letras doradas escribieron su nombre y que era una princesa. Llevaron el ataúd a una
montaña y uno de ellos permanecía siempre a su lado de guardia. También los animales se acercaron y lloraron
a Blancanieves. Primero, una lechuza, luego un cuervo y, por último, una palomita. Paso mucho tiempo
Blancanieves en el ataúd, siempre igual, como dormida, siempre tan blanca como la nieve, tan roja como la
sangre y de pelo tan negro como el ébano. Sucedió que un príncipe fue a parar al bosque y llegó a la casita de
los enanos para pasar allí la noche. Vio el ataúd en la montaña y a la hermosa Blancanieves dentro de él, y
leyó las letras doradas. Entonces, les dijo a los enanos: —Si me dejáis el ataúd, os daré lo que me pidáis.
Pero los enanos respondieron: —No te dejaremos el ataúd ni por todo el oro del mundo. Entonces dijo él: —
Pues regaládmelo, pues no puedo vivir sin ver a Blancanieves. Quiero honrarla y respetarla como lo más
querido en el mundo. Los enanitos se llenaron de compasión y le dieron el ataúd. El príncipe lo hizo llevar a
hombros de sus ayudantes. Entonces ocurrió que se tropezaron con un arbusto y, con el golpe, el pedacito de
manzana envenenado que había tragado Blancanieves saltó de su garganta. Y no tardó mucho en abrir los
ojos. Luego levantó la tapa del ataúd y se incorporó. —¡Ay, Dios! ¿Dónde estoy? —gritó. El príncipe dijo lleno
de alegría: —Estás conmigo —y le contó lo que le había pasado. Después agregó —: Te quiero por encima de
todas las cosas del mundo; ven conmigo al castillo de mi padre. Tienes que ser mi esposa. A Blancanieves, le
pareció bien y fue con él y su boda se celebró con gran esplendor. A la fiesta fue invitada la malvada madrastra.
Se puso sus mejores galas, fue delante del espejo y dijo: —Espejito, espejito dime una cosa, ¿quién es por
estos lugares la mujer más hermosa? 30 El espejo respondió: —Reina mía y señora, de estos lugares quizás
usted es la más bella. Pero allí en el castillo, la joven reina es mil veces más hermosa. La malvada reina gritó
una maldición y tuvo tanto, tanto miedo que no supo que hacer. No quiso ir a la boda, pero no lograba estar
tranquila, por lo que decidió ir a conocer a la joven reina. Nada más entrar, reconoció a Blancanieves. Quedó
inmóvil de miedo y espanto. Pero ya habían colocado unas zapatillas de hierro sobre brasas calientes, que
sacaron con pinzas del fuego y se las pusieron en los pies. La malvada madrastra tuvo que bailar con los
zapatos de hierro al rojo vivo, hasta que cayó al suelo muerta Colorín colorado, este cuento ha terminado