Onomatopeyas
Música
Loquendo
“Capitulo XI”
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Por el lúgubre ambiente, desconocía la hora. “Esto ya tiene que parar” repetía mi
conciencia. Duncan se mantenía en alerta. Me recordó cuando oía al organillero.
(Habitación oscura y Duncan)
Un recuerdo tonto de mi parte, pero era un detalle que me hacía anhelar la cotidianidad. Yo,
mi madre, Sebastián. Volver a aquellas preocupaciones del día a día. Pero, ello ya no
dependía de mí. (Cuadro de Banus)
Ni siquiera sabía en manos de quien estaba mi destino. Con lo que había visto, solo sabia
que ni los demonios decidían que hacer conmigo. (Habitación oscura)
¿Me querían muerto?, ¿era un macabro juego que solo ellos entendían? ¿Quién orquestaba
todo esto? ¿La pelinegra?, ¿Daniela?, ¿el hombre del periódico?
No pude hacer mas preguntas, el DVD continuo. (Video)
FastPlay comenzará en breve…
La pantalla se puso en negro. Hice un intento de oración donde solo pude decir: “Protégeme
a mí y mis seres queridos señor”. Tome una bocanada de aire y dije: “Supongo que estamos
listos”. El CD arranco.
El video se estaba trabando con una estática más propia de los VHS. Apareció una casa en
la noche. Al apreciarla con detalle, recordé que ya la había visto.
Lo más inquietante de la imagen era que desde una ventana, una sombra parecía estar
vigilando el panorama. Las luces tras de ella se encendían y apagaban constantemente.
La cámara iba bajando. Eran las tres rockeras. Con un aspecto normal hasta que….
La pelinegra me veía directamente. Movía la boca. Al no entenderla, active subtítulos. Su
mensaje era: “Acaba con esto”.
Mi perro hizo unos chillidos. Algo se estremeció dentro de mí.
De golpe, la escena cambio. Una puerta cerrada en un cuarto rosado. La imagen se había
quedado estática. No obstante, sonaba una siniestra canción.
La escena se fue cambiando. Saltando de uno a otro espacio que no reconocía hasta que…
Mi casa apareció en el video.
A lo lejos, escuche un golpeteo que me hizo retroceder del televisor. Duncan no se movió.
Empezó a gruñir.
En la pantalla, salían los subtítulos de la canción, en diversos idiomas.
What if I’m selfish?
Tout le monde est
Sen Tanrı’nın bir ürünü değilsin, kendine bunu söylemeyi bırak
しかし、それは予想通りだ
Porque siempre vuelves una y otra vez
La temperatura en la sala fue bajando. Bajo mis pies sentí una vibración, como la de un
temblor. Duncan ladraba con ira.
Tome el martillo como si fuese un salvavidas. Las puertas de toda la casa rechinaban con el
frenesí de la canción.
Mi cabeza iba a estallar.
Pero el CD se quedó en un limbo. La imagen volvió. Estaban las chicas recogiendo sus
cosas. Al avanzar y desaparecer de la toma, quede abrumado por lo que vi.
Yeah, what you gonna say when you’re choking on my name?
La tregua termino. Los focos se encendían y apagaban a cada segundo. Las puertas de toda
la casa se abrían y cerraban por un atroz viento. Varios objetos empezaron a volar por la
sala.
El perro continuaba con su intento de “intimidación”. Viendo el riesgo que corría, decidí ir
por él. Entré al torbellino.
Una vez di con él, lo lleve a mi cuarto. Debí ir agachado, pues cuchillos y otros objetos
surcaban sobre mi cabeza. Con mucha suerte, yo y Duncan salimos ilesos.
Ya en zona segura, volví mis ojos a la tele. Lo que vi, me dejo al borde de la locura.
Una figura humanoide estaba saliendo de la pantalla. Un ser sin fisuras, relieves o algún
rasgo que lo dotase de identidad. Solo luz.
Le lance el martillo, pero el ente ni se inmuto.
Aunque no tenía ojos o boca, por la manera en que estaba erguida intuía que me estaba
viendo.
El demonio confirmo mis sospechas. Empezó a moverse entre el huracán en dirección
nuestra.
Cerré la puerta para impedir su paso.
De manera perturbadora, sus rayos se colaban por los contornos del portón. Además, de que
susurraba un extraño mensaje.
Viendo que no había escapatoria, solo quedaba aguantar. Ya sea que se fuese, desapareciese
o me matase, no teníamos más.
Los minutos pasaron. Mis brazos se iban cansando. El tumulto de ruidos fue disminuyendo.
La luz fue desvaneciéndose.
“¿Se habrá terminado?” apenas pude pensar. Me asomé con precaución a la sala. El lugar
estaba sereno. Un soplido, casi de ultratumba, se oía a lo lejos.
Entendía que cualquier movimiento podía costarme la vida, sin embargo, una corazonada
me hacía creer que el terreno era seguro.
Me animé a salir.
Abrí la puerta del cuarto. Efectivamente todo estaba en paz. Incluso, la televisión se había
apagado. No obstante, no me fiaba del aparato. “¿Acaso será este el momento para
destruirla?” considere.
Mientras veía el infernal artefacto, un cosquilleo en los pies me desequilibro.
¡Mierda! ¡Duncan!, grite
El perrito salió huyendo del lugar. No dude en ir tras él. Entre jadeos y ladridos corrió hasta
quedarse parado en la entrada principal. Al levantarlo me percate que la puerta estaba
abierta. Me acerque con precaución para observar la calle.
Esta estaba sumida en las tinieblas. Tan oscuro como el espacio exterior, aunque al menos
aquel tenía estrellas.
Agridulce sensación. Por un lado, me alegraba saber que tenía una vía de escape. Era una
cuestión fácil: “Tomar al perro e irme”. No obstante, el rapto de mi familia me persuadía a
quedarme. “¿Y si los secuestradores se comunican?” pensé en esa posibilidad.
Volví a dar un vistazo a la calle.
Una chispa, como la de un cerillo casi apagado, surgió a lo lejos. Junto a ella otra, y otra. Y
la intensidad de las mismas fue subiendo.
Esto lo vi con cierto escepticismo.
La hilera de postes empezó a regresarle vida al vecindario. La luz iba avanzando hasta
llegar a mi domicilio.
Al no saber si lo que pasaba era un sueño o un hecho divino, me quede quieto. “Las cosas
no pueden ser tan buenas”.
Viendo que tenía la iluminación de mi parte, una nueva opción apareció entre mis
posibilidades: la policía. Lo sé, tal vez no era el mejor aliado, pero: ¿Qué más tenía?
Decidido, arrastre una maseta de piedra hasta la puerta, a manera de tope. “No fuera a ser
que los seres buscasen anticiparse a mi plan”, reflexioné.
Entre a la casa. ¡Increíble! La sala estaba iluminada. Mire el reloj, eran las 11:30 de la
noche. Corrí a mi cuarto en busca de dinero. La estación quedaba a una hora del barrio.
Debía caminar, no obstante, no descartaba encontrar un taxi a esas horas.
Abrí las puertas de la habitación.
La imagen que tenía enfrente me dejo desconcertado.
Una joven durmiendo con un oso de peluche.
Por instinto, voltee a mis espaldas. La tele estaba apagada. Duncan, que siempre iba delante
de mí, no quiso actuar. Se quedo parado en la sala.
Mire nuevamente a la chica. Me observaba. Quise correr, pero, era imposible. Algo había
en su mirada, en esos ojos furiosos, una especie de fuerza oculta, que impedían a mi cuerpo
actuar.
Busque salir del transe. Cerré los ojos por unos segundos. Al abrirlos la chica había
cambiado de ropa y pose.
Ya no me veía. Su atención estaba en un punto desconocido. Con un mirar perdido, triste,
indiferente. No sé qué sentimiento me causo su semblante. ¿Compasión?
Empecé a verla con más atención. Creí que era una aparición desconocida, pero, al ver su
cabellera roja, recordé de quien se trataba. “¿Escapo de la película?”, me cuestioné. Mi
mente se calentó al intentar recordar, hasta que di con su nombre.
Con titubeos, lo dije:
-Pau… Pau… Paulina.
La joven volteo de inmediato y se puso de pie. Empezó a caminar hacia mí. Por instinto, di
unos pasos atrás. Sin que abriera la boca, hizo un chillido que me hizo caerme.
En un movimiento rápido vi a la sala. La escena que vi me genero horror. La hija del
vendedor, el ser de pesadillas, tenia a Duncan en sus manos.
Las expresiones de miedo en el canino me generaron coraje. La quimera hizo una
espeluznante sonrisa y salió corriendo de la casa.
Me puse de pie, mire nuevamente a Paulina. Al ver que estaba consumida por el mal, no
perdí tiempo con ella y salí tras la bestia.