Una serie policiaca más y reviento
HBO lanza series que están diseñadas en despachos, donde el melodrama solo se le
puede contar si va acompañado de los clichés más ridículos del género policiaco.
Recuerdo cuando le comenté al director de El Planeta Imaginario que por una
diferencia de edad de apenas un año, había espectadores que amaban su programa y
otros que lo detestaban. Me contestó que eso era porque los más pequeños, entonces de
unos 6 años, todavía no tenían el gusto “construido” y podían sumergirse sin normas en
un espacio casi surrealista.
Hoy, el fenómeno se parece. El gusto del público está tan construido, que no es que solo
acepte un par de lenguajes cinematográficos nada más y tirando por lo alto, es que ha
llegado un momento en el que solo ve un género: el policiaco. De esta manera, se
repiten una y otra vez los mismos esquemas ante sus ojos, pero tras los clichés hay que
rellenar con algo y ahí le cuentan historias cotidianas, melodramas, que de otra manera
no aceptaría.
Es el caso de Task, la última octava maravilla del mundo de HBO que hay que ver
porque es arte y alta cultura, etc, etc… No voy a mentir, lo he pasado bien viéndola, no
me he cansado en ningún momento y me he entretenido, que es el servicio que se espera
de la televisión. Sin embargo, no he podido evitar reírme. Cuando los estadounidenses
tratan de epatar al gran público acaban siempre cayendo en la comedia involuntaria.
El personaje que interpreta Mark Ruffalo me ha recordado a los planteamientos del
Clint Eastwood director. Hombres con una historia de tremendismo detrás, -¿para
cuándo celebrar a Camilo José Cela?- solo que aquí también son superhéroes en su
faceta laboral. Así, se juega con los contrastes. Un pasado en el que han ocurrido
sucesos brutales, en un hombre bueno (Tom Brandis), gran profesional, pero que tiene
que darse a la botella para no venirse abajo; un tío enrollado, buena gente, pero que por
un suceso tremebundo del pasado, se ve obligado a dar palos a la mafia local (Robbie
Prendergrast) y un peligro implacable, una mafia de moteros que no hace concesiones.
Podríamos decir que la presentación tan poco sutil de los personajes es lo de menos por
un guión que es un prodigio del suspense y la intriga, pero la trama policial avanza con
filtraciones y tiritos, sin mucha elaboración. Porque la serie no es más que una sucesión
de escenas sin más sentido o significado que mantener al público sentado hasta el final,
que tampoco es poca cosa, pero que no nos pidan que lo elogiemos tirando confeti.
Y lo más gracioso es que para lograr ese fin, para el relleno, se recurre al melodrama. La
historia del protagonista, cura que colgó los hábitos, tuvo una hija y decidió adoptar dos
críos más, con la mala fortuna de que uno de ellos, esquizofrénico, mató a su mujer ¿No
da para serie? ¿No se puede hacer una ficción sobre todo lo que supone adoptar hijos,
sobre el egoísmo genético y la generosidad humana en conflicto? Se conoce que no, que
para poder darle esto al público, que en realidad le gusta, el padre que adopta tiene que
ser policía y pegar unos tiritos.
Es lo mismo para Maeve, la sobrina de Robbie, que a los 21 años tiene que hacerse
cargo de los hijos de sus parientes mayores porque, entre muertes y huidas al anochecer,
solo queda ella para hacerlo. Seguro que hay muchas historias de este tipo en las zonas
degradadas de clase trabajadora de Delaware County, pero parece que sin la inminencia
de que una tribu de moteros asesinos la pueda destripar en cualquier momento a nadie le
interesaría esa movida ¿o es al revés?
En realidad, el espectador es víctima de las ensaladas que se elaboran en despachos. En
este caso hay un telón de fondo de género policiaco, pero podrían ser perfectamente
zombis, premisas sin las cuales no se acercan las masas al producto. Ya no vale con que
guste o sea bueno, tienen que acudir las masas. Y para ello tiene que haber de todo.
Policiaco para la estrategia take-it-all y melodrama para que los críticos digan “¡Dios,
qué calidad, además de tiritos, al mismo tiempo hay historias cotidianas!”. En la
aclamada Mare of Easttown, la miniserie anterior de Brad Ingelsby, también creada y
escrita por él, la fórmula era exactamente la misma.
Yo, al final, lo único que he sacado en claro es la profunda crisis que debe haber en
Estados Unidos en las relaciones de pareja con aspiración a ser duraderas. El
protagonista es viudo, su hija acaba de divorciarse; al ladrón le han abandonado y entra
en webs de búsqueda de pareja, y su cómplice ya se ha acostumbrado a vivir solo, dice;
la sobrina intenta ligar, pero su situación familiar se lo impide; una policía acaba de
divorciarse, su compañero va a acostarse con ella pero no puede hacerlo en la misma
cama donde durmió con su marido; uno que está en libertad condicional y entra en los
últimos capítulos maltrata a su mujer, y los moteros también son ejemplos de maltrato a
la pareja, hasta el punto de que el desenlace de la serie pasa por las tormentosas
relaciones sentimentales del capo con su mujer. Solo hay una pareja que parece
quererse, van a casarse, pero a él le meten rápido cuatro tiros. Si no es deliberado, si es
el subconsciente, no me extraña el retorno tradicionalista que están sufriendo en ese país
por un mero ejercicio de compensación.
Vista la serie, de usar y tirar, pero con buena fotografía y grandes actuaciones, al
cambiar de plataforma buscando otra cosa, pues volvemos a caer en lo mismo. Las
series mejor votadas por el público son policiacas. Así que confiando en el criterio de la
masa –siempre lo hago, aunque le ponga tantas enmiendas- me trago El caso del
Sambre.
Esta mini trata un caso real, la investigación de las policías francesa y belga para atrapar
a uno de los mayores violadores de la historia. Con orgullo europeo tengo que decir que
aquí el género policiaco cobra verdadero sentido. No está para aportar tiritos y
emociones con héroes que se la juegan y redenciones emocionalmente pajilleras, todo lo
contrario, aquí nos sumergimos en las entrañas de la policía y la justicia para comprobar
cómo, en algunas situaciones, puede ser escandalosamente inútil.
La vagancia, el desdén y el machismo de los representantes del Estado permitieron que
un sujeto violara en serie durante tres décadas en la misma región sin moverse apenas
de su trabajo o de su casa. Es una historia escalofriante y la presencia de jueces y
policías tiene sentido ¡para ponerles a parir! Mientras que el melodrama se centra en las
víctimas, en unos retratos psicológicos de gran profundidad que resultan inolvidables y
crudísimos. Jean-Xavier de Lestrade, su autor, lleva también años trabajando el
género, pero su obra es el negativo del formulismo americano que vanagloriamos de
forma acrítica porque el seguidismo que le hacemos a todo lo que venga de ese país raya
lo patológico.