El papel de las mujeres en el mundo empresarial
español (siglos XIX y XX)
El papel de las mujeres en el mundo empresarial español durante los siglos XIX y XX es un
tema transversal clave para comprender la evolución económica y social de España.
Durante mucho tiempo, la historiografía se ha centrado en las mujeres como trabajadoras
asalariadas, mientras que el estudio de las empresarias ha sido mucho más limitado, lo que
ha generado una importante laguna historiográfica. A pesar de ello, las mujeres
contribuyeron de forma decisiva al desarrollo del tejido productivo español, aunque lo
hicieron en un contexto marcado por el patriarcado, la discriminación legal y la desigualdad
social.
En el siglo XIX, España se consolidó como una sociedad profundamente patriarcal, en la
que los hombres monopolizaban el espacio público, económico y político, mientras que las
mujeres quedaban relegadas al ámbito doméstico. El liberalismo económico no supuso una
mejora sustancial para su situación, ya que el ideal burgués reforzó el modelo de mujer
como esposa y madre. Esta concepción chocó con la realidad de las clases trabajadoras,
donde muchas mujeres se vieron obligadas a incorporarse al trabajo asalariado ante la
insuficiencia del salario masculino. Como consecuencia, el acceso femenino al
empresariado fue extremadamente limitado y las trabajadoras se convirtieron en una mano
de obra barata, con salarios más bajos y peores condiciones laborales. Además, tras la
industrialización, el trabajo femenino fue progresivamente invisibilizado en los registros
estadísticos.
Las barreras educativas y legales reforzaron esta exclusión. La Ley Moyano de 1857
estableció una educación segregada por sexos, orientando la formación femenina a las
labores domésticas. A comienzos del siglo XX, alrededor del 70 % de las mujeres eran
analfabetas y su acceso a la universidad era residual. Aunque no existía una prohibición
legal expresa, la primera mujer universitaria española, María Elena Maseras, tuvo que
solicitar permiso al rey en 1872. El marco legal, a través del Código de Comercio de 1885 y
del Código Civil de 1889, limitó gravemente la autonomía femenina, imponiendo el permiso
marital y equiparando jurídicamente a las mujeres a menores de edad o incapaces.
En este contexto, las mujeres empresarias del siglo XIX constituyeron una excepción. Su
acceso al mundo empresarial se produjo fundamentalmente por herencia o viudedad,
cuando no existían varones que asumieran la gestión del negocio. Su presencia se
concentró en sectores considerados socialmente aceptables, como el comercio, el textil y la
alimentación. En 1895, aproximadamente el 20 % del empresariado español estaba
formado por mujeres, aunque mayoritariamente en actividades comerciales. Destacan
figuras como Pilar Lana, fundadora en 1875 de la primera fábrica de corsés, o Cesárea
Garbuno, que asumió la dirección de una empresa petrolera tras la muerte de su marido. En
el ámbito rural, la gestión femenina fue más frecuente y socialmente mejor aceptada.
A comienzos del siglo XX, la urbanización, la modernización social y los cambios culturales
favorecieron una mayor visibilidad femenina. Durante las primeras décadas del siglo, las
mujeres comenzaron a acceder a sectores emergentes vinculados al consumo de masas,
como la moda, el turismo y los servicios, así como a nuevas formas de organización
empresarial, como el cooperativismo. Sin embargo, persistieron importantes obstáculos,
como la dificultad de acceso a la financiación y la desconfianza social hacia la capacidad
empresarial de las mujeres.
La Segunda República supuso un avance decisivo en los derechos femeninos. Se
reconocieron derechos civiles y políticos fundamentales, como el sufragio femenino,
defendido por Clara Campoamor, así como el acceso a la educación y al empleo en mejores
condiciones. Se derogaron leyes discriminatorias, como el despido por matrimonio o
maternidad, y se aprobó el divorcio. En 1933, las mujeres españolas votaron por primera
vez. Durante la Guerra Civil, la incorporación femenina a la producción fue masiva debido a
la movilización masculina, especialmente en el bando republicano, aunque el machismo
siguió siendo transversal a ambos bandos. En Asturias, las mujeres organizaron talleres de
confección para abastecer al frente.
El franquismo supuso un claro retroceso en la situación femenina. El régimen reinstauró el
modelo tradicional de mujer subordinada al varón, recuperando el permiso marital y
relegando a las mujeres al ámbito doméstico. La Sección Femenina de la Falange reforzó
una imagen de mujer sumisa, sacrificada y dedicada a la maternidad. No obstante, la
realidad económica obligó a muchas mujeres a trabajar, especialmente a partir de los años
sesenta, cuando el desarrollo industrial y el auge del turismo generaron nuevas
oportunidades laborales, aunque sin eliminar la discriminación.
Paralelamente, las mujeres trabajadoras desempeñaron un papel esencial desde el siglo
XIX. Se incorporaron a sectores como el textil, la agricultura, el servicio doméstico y el
comercio en condiciones extremadamente duras, caracterizadas por largas jornadas, bajos
salarios, acoso laboral y escasa protección legal. Una de sus principales características fue
la doble jornada, al combinar el trabajo asalariado con las tareas domésticas. A lo largo del
siglo XX se produjeron avances, como el descanso dominical y algunas mejoras legislativas
durante la Segunda República, aunque la brecha salarial y la falta de conciliación
persistieron.
Las mujeres participaron en el movimiento sindical desde sus orígenes, aunque con una
representación muy limitada en los puestos de liderazgo. Protagonizaron importantes luchas
laborales, especialmente en sectores feminizados, como las fábricas de confección de Gijón
en 1987, donde las trabajadoras ocuparon las fábricas y lideraron movilizaciones muy
visibles.
El caso asturiano ejemplifica bien estas dinámicas. Las mujeres desempeñaron un papel
relevante como empresarias en la agricultura, la ganadería, el pequeño comercio y las
cooperativas agrarias, y como trabajadoras en sectores clave como la minería, la siderurgia
y el textil. Figuras como Cristina Masaveu, Elena Fernández, Carmen Díaz o Asunción “la
Guapita” reflejan la diversidad y relevancia del protagonismo femenino en la economía
asturiana.
En conclusión, entre los siglos XIX y XX las mujeres pasaron de una situación de
invisibilización y exclusión a una participación creciente en el mundo laboral y empresarial.
Aunque se produjeron avances significativos en derechos y oportunidades, las
desigualdades de género persistieron durante todo el período. A pesar de ello, las mujeres
contribuyeron de manera decisiva al desarrollo económico y social de España, por lo que su
reconocimiento histórico resulta imprescindible para comprender plenamente la historia
contemporánea del país.