Capítulo 3 — Designio
Ichiro se movió con cuidado para no despertar a Lisa. Su cabeza seguía apoyada en su
hombro. Él la sostuvo unos segundos más de lo necesario. Después deslizó su brazo con
suavidad, acomodó su espalda contra en la camilla y la recostó despacio. La observó en
silencio.
Se puso de pie. El dolor en el costado continuaba, él respondió de inmediato.
Cuando salió al pasillo, Haruto ya estaba caminando. Alto, delgado, espalda recta como
si tuviera una varilla de acero incrustada en la columna. El cabello blanco, liso y
perfectamente peinado hacia atrás, contrastaba con la frialdad de su personalidad.
Llevaba una bata blanca impecable, sin una sola arruga, cayendo hasta las rodillas,
debajo un traje oscuro perfectamente ajustado. Las gafas rectangulares de marco fino
reflejaban la luz del techo, ocultando parcialmente sus ojos grises, siempre calculando,
siempre distantes. No miró atrás para comprobar si lo seguía. Asumía que lo haría.
Ichiro lo siguió unos pasos detrás. Vestía una bata hospitalaria blanca, abierta por detrás
y ajustada torpemente al frente, demasiado ligera para el frío artificial del lugar. Las
vendas rodeaban su torso y parte del hombro, asomando bajo la tela fina. Sus piernas
estaban descubiertas hasta la rodilla, con moretones oscuros y cortes mal cerrados.
Caminaba erguido por orgullo más que por estabilidad.
El corredor subterráneo era largo, de paredes blancas inmaculadas, iluminación fría y
constante que borraba casi todas las sombras. No había ventanas. Solo puertas, camillas
móviles estacionadas a los lados.
En cada habitación, varios soldados de la ACHD estaban sentados o recostado.
Hombres y mujeres de cuerpos entrenados, musculatura marcada incluso bajo los
vendajes y las camisetas tácticas rasgadas. Hombros anchos, brazos gruesos, manos
callosas acostumbradas al arma. Ahora cubiertos de gasas, suturas visibles, férulas
improvisadas. Algunos tenían el rostro hinchado, otros puntos recientes cruzando cejas
o pómulos. Uno sostenía su propio antebrazo entablillado con la mandíbula apretada,
intentando no mostrar dolor. Otro respiraba con dificultad, el pecho vendado con
compresión firme, manchas oscuras filtrándose bajo la tela.
A pesar de las heridas, ninguno se quejaba en voz alta. Sus miradas eran duras,
disciplinadas. Pero cuando los ojos de algunos se cruzaron con los de Ichiro, hubo algo
distinto allí. No desprecio. No miedo. Sino algo de esperanza.
El sonido de los pasos de Haruto seguía siendo seco, medido, firme sobre el suelo
pulido. El de Ichiro era más irregular.
En esa atmosfera, ambos caminaron varios metros antes de hablar.
—¿Que soy…?
Haruto no respondió.
—¿Soy humano? —insistió Ichiro, con un pequeño tartamudeo—. ¿Tengo una madre
real? ¿O fui… fabricado?
Silencio.
—¿De dónde vienen mis poderes?
Haruto siguió caminando.
La mandíbula de Ichiro se tensó.
—¡Respóndeme!
Haruto se detuvo de golpe.
Ichiro casi chocó contra él.
El golpe fue seco.
Haruto giró el torso y le lanzó un puñetazo directo al rostro, sin advertencia. Impactó en
la nariz. El sonido fue claro. Cartílago contra hueso.
Ichiro retrocedió un paso, desorientado. La sangre comenzó a fluir sin desmedida.
—¿Te dolió? —preguntó Haruto con voz plana.
Ichiro lo miró con incredulidad, llevándose la mano a la nariz.
—¿Qué te pasa? ¡Claro que dolió!
La sangre le corría por el labio superior. El sabor metálico llenó su boca.
Haruto dio un paso hacia él. No había ira descontrolada en su rostro. Había presión
contenida.
—Ese dolor —dijo, señalando la sangre— es insignificante comparado con lo que está
ocurriendo afuera.
Ichiro respiraba agitado, entre rabia y desconcierto.
—¿Eso justifica pegarme?
—Justifica que entiendas proporciones.
Haruto se acercó más, obligándolo a sostenerle la mirada.
—Ciudades costeras enteras han sido evacuadas. Familias enteras devoradas por
criaturas que antes eran personas. Niños transformándose frente a sus padres. Gobiernos
colapsando. Economías destruidas. El índice de infección del brote Leviatán aumenta un
3,7% mensual. Eso significa millones de víctimas al mes.
Ichiro apretó los dientes.
—No es mi culpa.
—No —respondió Haruto sin dudar—. Pero sí es tu responsabilidad.
Silencio denso.
—¿Responsabilidad de qué? —escupió Ichiro—. ¡Ni siquiera sé qué soy!
Haruto lo observó largo rato.
—No sé exactamente qué eres. Pero sí sé cómo naciste. Sé qué ocurrió en aquel
laboratorio hace dieciséis años. Sé que algo respondió cuando intenté forzar una
respuesta. Pero no sé si eres humano, si eres una anomalía, o si eres la intervención de
aquello que llamamos Dios.
El nombre quedó suspendido entre ellos.
—¿Entonces soy un error…?
—No —dijo Haruto con firmeza—. Eres una posibilidad.
Ichiro rio sin humor.
—Me encerraste dieciséis años en una mentira.
—Te protegí y te estudié —corrigió Haruto—. Necesitaba datos. Necesitaba confirmar
si eras estable. Si eras viable. Si podías sobrevivir.
—¿Y ahora sí soy viable?
Haruto dio otro paso hacia él.
—Despertaste bajo estrés extremo. Manipulaste la gravedad local. Alteraste vectores de
presión con precisión instintiva. Suspendiste masa en pleno salto. Eso apenas es una
pequeña fracción de lo que en verdad eres capaz Ichiro.
Ichiro bajó la mirada un segundo. Recordó el momento. El peso cambiando de
dirección, pero no veía monstruos en su visión del pasado, veía a amigos, compañeros,
vidas inocentes, veía a Ko.
—No quiero ser un arma… —murmuró.
Haruto endureció la expresión.
—Deja de hablar como un típico adolescente confundido y/o enamorado.
Ichiro alzó la vista con rabia.
—¡ENTONCES DIME ¿QUE PASA SI ME NIEGO A SER EL HEROE, ¡¿A SER EL
SALVADOR?! —Reclamo con ira.
—Bien llegamos a un punto de oposición… Interesante.
La voz de Haruto se volvió más baja.
—Dios, condenó a la humanidad a un proceso de selección brutal. Los heraldos no son
castigo simbólico. Son mecanismos de presión evolutiva. O nos adaptamos… o
desaparecemos. Si te niegas a tu destino, todo lo que conoces perecerá. Lisa incluida.
Haruto lo notó.
—¿Lo sientes? —preguntó su padre en voz baja—. Esa reacción. Tu cuerpo responde a
tu estado emocional. Si pierdes el control en un entorno, puedes colapsar una estructura
completa.
Ichiro respiró hondo, forzando estabilidad. Y el cambio ambiental incompresible se
detuvo.
—No te traje a este mundo por voluntad… —dijo—. No sé qué eres. No sé de dónde
vienes exactamente. Pero estoy seguro de algo, eres la única variable que ha demostrado
oponerse a ellos de forma efectiva. Aunque, si en teoría nosotros también somos sus
hijos… eso contradice mi afirmación de cierta manera, pero me explico a donde voy
con todo esto. Si sobrevives… si vencemos… puede existir la posibilidad de una vida
normal. Tal vez con Lisa. Tal vez con quien tú elijas. Pero primero debes impedir la
extinción.
Ichiro lo miró largo rato. Encontró cansancio. Encontró determinación y esperanza.
—¿Te arrepientes… de tu búsqueda? —preguntó Ichiro.
Haruto tardó en responder.
—No lo sé… solo quiero que este infierno se termine de una buena vez.
Haruto en ese instante recordó brevemente a su madre y esposa, con una pisca de
melancolía.
Ichiro se limpió la sangre con el dorso de la mano. Enderezó la espalda a pesar del
dolor.
La sensación de injusticia no desapareció. La rabia tampoco. Pero ya sabía el camino
que debía tomar.
—No lo hago por ti —dijo finalmente—. Ni por tu experimento. Lo hago porque si
alguien decidió que la humanidad debe ser eliminada… quiero saber su posición, y
enfrentarlo si es necesario, no sé si sea Dios, Buda, Cristo o lo que sea que haya del otro
lado, no me quedare de brazos cruzados, padre.
Haruto lo miro con algo de satisfacción y una pequeña sonrisa pícara se formó en su
rostro.
—Eso es suficiente.
Ichiro siguió, adelantándolo en el pasillo.
La decisión ya estaba tomada. Ambos se dirigieron al exterior.
La isla, denominada como Querubín, tenía algunos árboles altos, y un par de edificios
muy visibles desde el cielo, además de algo de roca volcánica, viento constante y un
océano gris que golpeaba con una cadencia pesada, su silueta vista desde el aire
recordaba a Bora Bora, un anillo irregular de tierra rodeando una laguna interior de agua
turquesa artificial, protegida por arrecifes afilados que funcionaban también como
barrera natural y militar. Parecía un paraíso aislado en medio del océano infinito, pero
bajo esa imagen casi tropical se ocultaba acero, hormigón y kilómetros de instalaciones
subterráneas. Todo el lugar, había sido originado debido al ingenio de Aiko, para resistir
presión oceánica y ataques de clase colosal.
El primer mes fue humillante.
En el campo exterior, con el mar rugiendo a pocos metros, Aiko lo observaba desde una
plataforma elevada, tablet en mano, cabello rubio recogido, traje negro ceñido bajo una
bata corta técnica, gafas finas reflejando los datos biométricos que corrían en tiempo
real. Ichiro vestía el prototipo cero de su traje, fibra sintética negra mate con refuerzos
en articulaciones, líneas discretas de conducción energética recorriendo clavículas,
abdomen y muslos. No era armadura pesada, era una segunda piel diseñada para
amplificar microvariaciones gravitacionales emitidas por su sistema nervioso. La
máscara, aún en pruebas, cubría nariz y boca, filtros sellados, visor oscuro segmentado,
no para gas convencional sino para esporas del Brote Leviatán.
—Concéntrate en el vector Ichiro—dijo Aiko sin levantar la voz—. No empujes el aire,
no empujes el suelo. Empuja la masa.
Ichiro, con mucho sudor recorriendo su cuello, respiró con dificultad. Frente a él, un
bloque de acero de quinientos kilos. Extendió la mano. Pero no pasó nada.
—Otra vez —ordenó Aiko.
Lo intentó. El bloque vibró apenas.
Kenji, de brazos cruzados, uniforme táctico gris, cicatriz en la ceja izquierda, ex
miembro de la ACHD y ahora instructor de combate, negó con la cabeza.
—Tu poder no es una pistola niña, es presión.
Ichiro escupió sangre leve por la comisura.
—Es fácil hablarlo detrás de las pantallas ¿no creen?
Aiko bajó de la plataforma, se colocó frente a él, mirándolo directo, pupilas frías, pero
no indiferentes.
—Entonces peleemos. Pero si fallas, mueres. Y Lisa muere. Y todos los que estén detrás
de ti mueren. ¿Te parece?
Él jadeo con dolor y dirigió una mirada determinada a su mentora.
—Sí, entiendo…
Las semanas siguientes fueron repetición y dolor, Kenji y Aiko lo obligaron a entrenar
cuerpo a cuerpo con soldados veteranos, hombres y mujeres musculosos, algunos
sobrevivientes de brotes costeros. Ichiro terminó más de una vez contra el suelo,
costillas rotas, visión borrosa. Pero cada vez que uno de ellos lo sujetaba con demasiada
fuerza, algo invisible aumentaba la densidad a su alrededor y el oponente era empujado
hacia atrás como si su propio peso se multiplicara diez veces.
Aiko registraba todo.
—Hay un pico cuando tu ritmo cardíaco supera las ciento ochenta pulsaciones, genera
una nueva gravedad y aumenta la constante local de interacción. Es como si el espacio
obedeciera impulsos emocionales.
Haruto, bata blanca impecable, se hallaba en su laboratorio personal alado de Kaede,
estudiando y observando los logros y fallos de su hijo a través de grabaciones o correos
que le dejaban en su laptop.
—Está evolucionando de a poco...
En sus descansos, Ichiro estaba con Lisa en la superficie, caminando por la costa
artificial de la isla, sin traje, solo ropa simple y vendajes aún visibles en su torso, el mar
parecía más tranquilo. Ella llevaba una chaqueta ligera que el viento inflaba
suavemente, cabello rojo moviéndose con la brisa salina, completamente limpia y con
una piel suave y blanca.
—¿Te duele? —preguntó ella una tarde, tocando con cuidado una cicatriz en su cuello.
—Solo cuando entreno —respondió él, intentando sonreír.
Lisa lo miró de lado, ojos brillantes.
—No te sobre exijas
Él desvió la vista hacia el horizonte.
—tranquila, no voy a morir.
—No me respondas como un héroe invencible—replicó ella, frunciendo el ceño—.
Respóndeme como Ichiro.
Una ola choca junto a otra fuertemente mientras el sol caía en el fondo.
—Está bien… si, puedo morir, hasta a veces pienso que puedo morir en los
entrenamientos —admitió finalmente—. Pero si no hago esto… todo lo que conocimos
fue para nada.
Ella tomó su mano, dedos fríos entrelazándose.
—Eres lo único que me queda Ichiro, mi madre y padre, mis hermanos y nuestros
amigos… todos ellos… ya no están. —Aludió mientras rompía en llanto
Esa noche, en su habitación, Ichiro observó su máscara sobre la mesa. Negra, estilizada,
con líneas angulares inspiradas en filtros industriales, pero personalizada con un diseño
que Aiko añadió, un patrón sutil alrededor de los ojos que parecía una grieta contenida.
Se la colocó frente al espejo, como recuerdo de su misión.
Semanas después, la alarma estratégica interrumpió el entrenamiento. En la sala
principal, pantallas gigantes mostraban transmisión en vivo desde Australia. Kaede
aparecía en el centro de mando móvil del Escuadrón S, traje táctico blanco y negro de
última generación —modelo Seraphim Mk-IV— placas ligeras, propulsores dorsales
compactos, rifle fotónico de largo alcance acoplado al brazo y Sables de distorsión
molecular, lo último en tecnología de defensa.
Su voz era firme, pero sus manos temblaban levemente sobre la consola.
—Confirmamos actividad masiva en costa occidental. Entidades de ocho a quince
metros emergiendo en oleadas. Morfología mixta, crustáceos gigantes, apéndices
cortantes, estructuras óseas externas. Son… son más densos que los registros anteriores.
En la transmisión, un monstruo era atravesado por un haz azul concentrado. El tejido se
carbonizaba, pero tardaba segundos en desintegrarse.
—Kaede, mantén distancia —ordenó Kenji desde la sala.
Ella tragó saliva.
—Hay algo más… —dijo, cambiando el ángulo satelital.
La imagen se amplió. La línea costera entera vibraba.
No era un terremoto.
El continente mismo… se movía.
Ondulaciones lentas, casi imperceptibles al principio, pero ahora claras. Placas
tectónicas alteradas, masas oceánicas desplazándose con patrón orgánico.
Haruto dio un paso al frente, rostro inexpresivo.
—No es deriva continental —murmuró—. Es contracción muscular.
Kaede susurró:
—Australia, como sospechábamos es el origen… y al mismo tiempo es el cuerpo.
En ese instante, un recuerdo irrumpió en Haruto, nítido, infantil. Tenía cinco años,
estaba en una cama pequeña, una mujer inclinada sobre él, voz suave contándole:
“¿Puedes sacar con anzuelo al Leviatán…? ¿Quién abrirá las puertas de su rostro? Sus
dientes son terror alrededor. Cuando se levanta, los poderosos tiemblan…”
Él había preguntado qué era eso.
“Una bestia del mar creada por Dios”, le había dicho su madre.
La transmisión mostró una elevación masiva en el centro del continente, como una
espalda emergiendo bajo la corteza.
Haruto dio un paso atrás, con una respiración acelerándose.
—Es el Leviatán de la Biblia.
Todos quedaran atónitos ante sus palabras.
Ichiro cerró los ojos un segundo, luego habló con una calma que no coincidía con la
magnitud del horror.
En la pantalla, uno de los colosos abrió una estructura similar a una mandíbula
secundaria y trituró a varios soldados del Escuadrón S antes de que el fuego fotónico lo
partiera en dos. La sangre y fragmentos orgánicos cayeron al mar.
Kaede gritó órdenes, pero con una voz quebrándose en impacto.
Ichiro, miró a Haruto.
—Envíame.
Su padre giró bruscamente.
—Aún no estás listo.
Ichiro apretó los puños. A su alrededor, el aire vibró apenas, imperceptible para casi
todos excepto para Aiko, que lo miró con los ojos muy abiertos al ver los sensores
dispararse sin que él tocara nada.
—Si esa cosa despierta completamente —continuó Ichiro— no habrá entrenamiento
suficiente. TIENE EL TAMAÑO DE UN CONTIENTE.
Haruto lo observó en silencio largo, evaluando no al hijo, sino al fenómeno.
—Eres nuestro as bajo la manga, si te perdemos es el fin, no tenemos muchas opciones
más que seguir con tu entrenamiento.
Ichiro recordó la mano de Lisa aferrándose a la suya en el colegio, el olor a polvo y
sangre, la sensación de que todo terminaba allí. Sintió el mismo vacío ahora, solo que
multiplicado por millones de vidas.
En la transmisión, la masa continental comenzó a hundirse. Fue lento,
insoportablemente lento. La costa occidental desapareció primero, engullida. Satélites
mostraban grietas gigantescas atravesando el interior, líneas de colapso que no seguían
placas tectónicas sino patrones orgánicos. Luego, en cuestión de minutos, el centro
entero descendió varios metros.
—Altura promedio cayendo a menos quinientos metros sobre nivel del mar —informó
Kaede desde el frente, respiración agitada pero controlada—. Es como si algo estuviera
plegándose hacia adentro.
En paralelo, en otras pantallas comenzaron a aparecer transmisiones globales.
Presidentes, ministros de defensa, mandos militares. Rostros pálidos.
“Estamos ante una amenaza de escala planetaria.”
“Recomendamos refugio inmediato.”
“El evento australiano supera cualquier categoría conocida.”
Un noticiero europeo mostró imágenes en directo de maremotos secundarios
impactando puertos en Asia. Otro en Estados Unidos hablaba abiertamente de “posible
escenario de extinción”.
Ichiro tragó saliva.
La superficie australiana se inclinó de forma antinatural, luego la señal satelital
comenzó a perder definición. En menos de una hora, el radar mostró solo océano
turbulento.
Australia dejó de existir.
No explotó. No se fragmentó.
Se hundió.
Las lecturas gravitacionales volvieron lentamente a parámetros cercanos a lo normal. El
mar tardó en estabilizarse.
Kaede reapareció en pantalla, rostro sucio, traje dañado en el hombro izquierdo.
—Escuadrón S con bajas severas… pero operativos —dijo con voz ronca—.
Helicópteros de extracción confirmados. Nos retiramos.
Ichiro con un alivio culpable le recorrió el pecho al verla viva.
Pero los otros monitores no mostraban calma. En múltiples puntos del planeta, brotes
activos continuaban, ciudades costeras evacuadas, criaturas menores emergiendo en
oleadas. Lo que parecía ser el Leviatán original había desaparecido, pero los brotes
seguían allí.
Kenji tomo la palabra.
—Esto no terminó —dijo mirando directamente a Ichiro—. Prepárate. Tu primera
misión será en París. Es el punto más afectado ahora mismo.
Haruto giró lentamente.
—Cuantas veces tengo que repetirlo, aún no está listo.
—Nadie está listo para esto —respondió Kenji alzando la voz—. Pero si esperamos
más, perderemos Europa, luego áfrica, Asia, América y el mundo entero.
Ichiro sintió un nudo en el estómago. Miedo. Claro que había miedo. Pero también algo
más.
—Envíenme —dijo.
—Muy bien —respondió su abuelo.
Los días siguientes pasaron en preparación táctica. Fue entonces cuando conoció a la
líder del Escuadrón A.
Se presentó como Valéria Duvall.
Alta, figura estilizada, traje negro ajustado con detalles violetas, botas largas reforzadas,
cabello negro largo cayendo en ondas perfectamente controladas, ojos amarillos y
emitían calor y alegría. Fuera del campo de combate sonreía demasiado, hablaba rápido,
hacía bromas incluso en salas de planificación.
—¿Tú eres el famoso mesías? —dijo inclinándose hacia Ichiro con una sonrisa amplia
—. Pensé que serías más… intimidante.
Ichiro parpadeó tontamente varias veces, avergonzado.
—Yo…
—Relájate—rio ella, tocándole el hombro con naturalidad exagerada.
Sin embargo, su personalidad alegre y libre cambio drásticamente durante el simulacro
táctico. Ojos afilados, voz fría, movimientos precisos. Dirigía escuadrones con frases
cortas y exactas.
—Flanco izquierdo, tres segundos. Fuego concentrado en articulaciones.
No había rastro de ligereza en combate.
Ichiro la observó en silencio.
Parecían dos personas opuestas en un mismo cuerpo.
Finalmente, llegó el día del despliegue. París ardía en varios sectores, columnas de
humo elevándose donde antes había monumentos históricos. Criaturas anfibias
avanzaban por avenidas inundadas, algunas de seis metros, otras del tamaño de edificios
pequeños, con mandíbulas múltiples y extremidades que perforaban concreto.
Dentro del helicóptero, el ruido era ensordecedor. Ichiro vestía su traje definitivo,
versión ajustada del prototipo, negro con líneas energéticas rojas activas, recorriendo su
torso y máscara.
Kenji lo miró desde el asiento opuesto.
—Cuando estés abajo, tu visión cambiara, talvez te paralices, talvez te traumes, pero
debes pensar en lo que más quieres proteger en ese momento, aférrate a tus
sentimientos, abrázalos y mantente firme niño.
Ichiro asintió.
Haruto, desde la base, habló por el comunicador.
—Recuerda. No sabemos aún el límite de tu campo gravitacional. Si lo expandes
demasiado, puedes colapsar estructuras completas, dañando a los demás escuadrones.
Mantén el control antes que potencia.
La compuerta se abrió. El viento nocturno entró con violencia. Abajo, París era una
pesadilla viva, agua, fuego, gritos, sombras gigantes moviéndose entre edificios
históricos destruidos.
Valéria se colocó al borde, sonrisa ligera regresando un segundo.
—Bienvenido a tu bautismo, Ichiro.
Saltó.
Uno a uno, los miembros del Escuadrón A descendieron con propulsores activados.
Ichiro dio un paso al frente, sintió el vacío bajo sus botas.
Pensó en Lisa.
Pensó en Aiko.
Pensó en su padre.
Y se lanzó.
Su figura cayendo hacia una ciudad en ruinas, rodeado de helicópteros y fuego
antiaéreo, mientras abajo, en las calles inundadas de París, decenas de bestias
levantaban la cabeza al sentir un peligro acercarse, apuntando todas y cada una de sus
miradas a Ichiro.