Redención
Cayeron desde las estrellas hasta la tierra, hace miles de años ya de esta historia. Un ser
cayó con gran estruendo destruyéndolo todo a su paso, dejando un gran cráter con su
llegada, el otro ser iluminó el cielo como un rayo, aún así, al tocar tierra fue tan suave
como una brisa primaveral, acarició la tierra, de esa forma pronto todos los animales se
acercaron a dialogar con él.
Del otro lado del mundo reinaba con vara de hierro el rey de la destrucción como se
hizo llamar el primer ser del que les hablé, llegaban a sus pies todo tipo de seres vivos,
que si no cumplían con sus expectativas eran decapitados sin dudarlo. Sus súbditos
vivían con miedo, prestarle servidumbre a ese rey era pactar con la mismísima muerte,
jugar con el destino. Su risa aterradora resonaba en su trono desde la salida del sol, hasta
la llegada de la aterradora noche.
Muy lejos de allí reinaba la paz, los animales, y todo tipo de criaturas se reunían en
torno a un ser de luz, tanto era así que desde que se levantaba hasta que se ponían el sol,
recorría su tierra infinita conociendo a cada uno de los seres, con su sonrisa
característica conquistaba hasta a los árboles, que al pasar le regalaban sus frutos, y las
plantas sus flores, incluso las rosas le advertían de sus espinas para que no se lastimara,
y el ser con una sonrisita los saludaba, consiguiendo así la lealtad de todos ellos.
Los días pasaron así, convirtiéndose pronto en semanas, en meses, en años, décadas,
siglos, milenios y pronto en eones. Un día el rey malvado, hastiado de gobernar, se posó
como siempre en su trono sin decir una palabra, todos los que venían ese día para una
audiencia, eran ejecutados con un simple gesto de su mano. Entre ellos llegó capturado
un ser con forma de árbol en sus extremidades. Este le dijo que a cambio de que
perdonara su vida, y que lo dejara volver, le ofrecería su fruto más preciado, a lo que el
rey contestó “Insolente, podría arrebatarlo de tu cadáver” el prisionero con una risita
dijo “en tu reino no hay nada parecido a lo que puedo ofrecerte, y si lo tomas de mi
cadáver solo será igual de agrio que cualquier alimento que crece en tu tierra” el rey
chistó. Nunca había oído hablar de algo que sepa de otra forma que no sea agria “¿Qué
te garantiza la vida luego de entregarme ese fruto?” el prisionero guardó silencio unos
segundos y luego dijo “Una vez que lo pruebes querrás más”. El rey comenzó a reír a
carcajadas “te garantizo que saldrás de aquí con vida”. Pronto el prisionero fue liberado
y luego de un momento hurgó entré su ser sacando de su centro con sus extremidades
como ramas un fruto rojizo y ovalado, pronto se lo entregó al rey. El rey lo tomó con
desconfianza, lo olfateó, y le dijo a uno de sus súbditos que lo pruebe primero cortando
un pedazo con su espada, logrando que el jugo del fruto saliera, el súbdito no tardó en
obedecer. El rey pudo observar algo que casi nunca veía en su reino; una sonrisa enorme
se dibujó en su esclavo y este volvió a comer acabándose rápidamente la porción
entregada por el rey. Los sollozos de felicidad no tardaron en salir del pequeño esclavo;
el fruto jamás probado en ese reino, dulce, jugoso, delicioso en su totalidad. El rey al
verlo solo sintió celos, y se enojó, sintiéndose humillado por sentir celos de un esclavo.
“creo que simplemente te mataré, haces que algo en mí esté inquieto” balanceó su
espada, y vio como su prisionero simplemente se arrodillaba y cerraba los ojos
rindiéndose a la muerte, escuchando un susurro “si tan solo viera esa sonrisa una vez”.
El caprichoso rey detuvo su espada justo antes de que separara la cabeza del reo de su
cuerpo, dio un mordisco al fruto. Sus pupilas se dilataron, una sonrisa nunca vista
apareció en su rostro, volvió a comer, y comió sin detenerse, soltó su espada y comió
con desesperación hasta que sus manos quedaron completamente vacías, y solo el jugo
que se había derramado del fruto quedaba en sus dedos, haciendo que este pase su
lengua negra y retorcida por ellos. Su mirada cambió otra vez por su hastío habitual
pero en el fondo había un nuevo brillo
—Quiero más de ese fruto, quédate conmigo, te prometo riqueza infinita, todos los
súbditos que quieras están a tu disposición, mi reino entero se enterará que eres el
segundo al mando.
—Nunca podría quedarme aquí Rey, tus tierras áridas y cubiertas de sangre hacen que
mi corazón entristezca, y el amor escape de mí, eso haría imposible que pudiera volver a
ofrecerte un fruto tan dulce, es fruto fue producto de eterno amor que tengo hacia el rey
de tierras lejanas.
— ¿Hay otro rey en el mundo? —Por un instante olvidó el fruto—Yo soy el único y
verdadero rey de reyes, si existe alguien más que se haga llamar rey, yo mismo lo
mataré. Este mundo me pertenece, y también tu fruto, si no quieres quedarte por las
buenas, te encarcelaré y luego buscaré a tu rey para humillarlo ante mí, ya lo verás.
—Ese ser al que llamo rey, no se proclamó como tal, solo lo es porque todos lo
llamamos así, no conseguirá nada más de mí, solo le pido que cumpla su promesa y que
me deje ir.
El rey no cumplió su promesa, lo encadenó junto a su trono para tenerlo a diario con él,
esperando que volviera a ofrecerle otro fruto igual. Cuando los días pasaron el rey se
impacientó, y le reclamó que cediera.
—Aunque lo intente no hay nada que pueda hacer—le ofreció otro fruto que se veía
igual que todo lo que crecía en las tierras muertas.
El rey al probarlo escupió y enojado gritó mientras desenvainaba su espada.
—Dime hacia donde tengo que ir, llévame con tu rey.
El reo lo miró y sus ojos se iluminaron, su corazón volvió a latir con fuerza. El rey tomó
su espada, y llevando al reo con una cadena como si fuera un perro partió de su castillo.
Todos a su paso se arrodillaban y rogaban clemencia. El reo observaba como el rey se
jactaba del comportamiento que todo ser en su reino tenía hacia él.
—Así es un rey, este es el fruto que como todos los días.
—Yo conozco un fruto mucho más dulce, incluso más dulce que aquel que probaste, es
un fruto que hasta este mismo momento sigue alimentándome.
—¿Qué es ese fruto? dímelo, no, no me digas, yo mismo lo veré, será mío para siempre.
—Si realmente quieres que sea tuyo, espero que pueda lograrlo, ese es mi deseo más
grande.
Luego de caminar durante meses por tierras áridas, con un cielo nublado y rojizo desde
el amanecer hasta el anochecer sin descansar más que para alimentarse, el rey
arrastrando al reo llegó hasta un lugar que nunca había visto.
—He caminado mucho tiempo, he recorrido miles y miles de kilómetros de mi reino,
todo a mi paso lo conquisté, aún así, no recuerdo nada como este sitio.
—Esto es solo la frontera, la frontera que lamento haber cruzado solo por curiosidad.
— ¿Frontera dices?-se ríe profundamente—No hay frontera, todo es parte de mi reino
que es único e inigualable.
Solo consiguió que el reo guarde silencio, sin importarle demasiado el rey dijo
—Dormiremos un poco, luego pasaremos al otro lado. Solo recuerdo ese tipo de terreno
cuando llegué al mundo—sacándose la armadura y acomodándose.
—Rey, ¿usted llegó al mundo? ¿No es de aquí? —dijo curioso el reo, casi olvidando
que hablaba con un monarca que podría matarlo en cualquier momento.
—Tienes un poco de suerte, tengo ganas de hablar antes de dormirme. Te contaré de
dónde vengo. Aunque no puedan verse por el humo y las nubes, muy alto en el cielo hay
luces inmóviles llamadas cuerpos estelares, dentro de la inmensidad y cantidad de
mundos que existen yo era uno de esos cuerpos estelares. Cuando mi ciclo llegó a su fin,
caí de mi posición sempiterna, y mi conciencia celestial se volvió vana, vil, y
asquerosamente inferior, llegando a este mundo absurdo y aburrido; lo único que pude
hacer es conquistar todo para intentar recuperar un poco de la gloria que poseía, y
pronto el humo de la batalla cubrió los cielos aliviando un poco la melancolía que me
producía ver los cuerpos estelares por las noches. A veces extraño un poco ver a mis
antiguos semejantes.
—Claro que conozco, una noche en la que esos cuerpos que mi rey llama estrellas
brillaban iluminando todo el inmenso cielo, él me encontró y pude ver como en sus ojos
habitaba el mismo brillo, o incluso más que en todos esos cuerpos. La noche al mirar
sus ojos fue agradable, y se quedó junto a mí y a muchos otros que se reunieron
mirando las estrellas, contándonos miles de historias de miles de mundos, luego nos dijo
que se tomaría toda la eternidad para conocernos a cada uno de nosotros. Recuerdo que,
en su cuerpo de múltiples formas, lo único que no cambiaban eran sus ojos grandes y su
hermosa sonrisa, aunque en su piel gris agrietada por la cual se filtra un resplandor azul,
también encuentro belleza. Diría que sus grietas se parecen, si me permite la ofensa, un
poco a las suyas Rey.
—Estrellas, ese nombre no lo escucho hace millones de años, incluso antes de llegar
aquí era extraño oírlo.
Luego de decir esas palabras el Rey no dijo más y cerrando sus ojos se quedó dormido.
El reo ni siquiera intentó escapar, estaba seguro de lo que ocurriría pronto.
Al despertarse sin saber cuánto habían dormido el Rey se puso su armadura y comenzó
a practicar sus artes de guerra, agitaba su espada y las rocas se cortaban, golpeaba el aire
y este desaparecía creando un pequeño vacío que lo absorbía todo. Era un ser fuera de
este mundo extremadamente poderoso, sin embargo, el reo pensaba que no era más
poderoso que su rey.
Al final cruzaron una línea que separaba el cielo repleto de humo de guerra, de cielo
celeste totalmente limpio, en el que se veía a especies aladas viajando. Comenzaron a
hacer su aparición seres que no veía el rey, desde su caída, agitó su espada y mató
animales curiosos que se asomaron a conocerlo, cuando la sangre de estos tocó el suelo,
la tierra repleta de vida se pudrió al instante, volviéndose árida como la de su reino.
—Detente, por favor, si acabas con todo, esta tierra quedará igual que la tuya.
—No puedo detenerme—de los ojos del rey comenzó a brotar un liquido rojo—¿Cómo
estas bestias pueden tener esa mirada, esa tranquilidad, esa plenitud? Asquerosos seres
inferiores, tienen eso que quiero, y no puedo tener. Entonces prefiero que no lo tengan,
malditas alimañas.
El reo sintió compasión por las lágrimas del rey, y también por todas las vidas que iba
tomando mientras avanzaba durante semanas. Todo a su paso era asesinado.
—¿Cuándo dejarás todo esto?
—Nunca, ya no me importa tu fruto, lo destruiré todo.
—Entonces mátame.
—No lo haré, no te mataré hasta que tenga de rodillas a tu rey frente a mí, y puedas
verlo morir.
Justo a tiempo, como si del destino se tratase a lo lejos el rey observó como muchos
seres se acercaban y entre ellos uno resaltaba. Con grietas en su cuerpo que dejaban
escapar resplandor azul, venía entre ellos, al que todos llamaban “El Rey”. Al verlo a lo
lejos el reo que todo el tiempo tuvo un temple sin igual, perdió su tranquilidad y gritó.
— ¡ESTRELLA DEL NORTE! —Gritó con toda su alma—tenga cuidado mi Rey
No pasó un solo segundo desde que el ser de piel agrietada se moviera hasta al lado del
reo, con una de sus extremidades partió sus cadenas, y con una sonrisita le dijo.
—Yggdra siempre tu curiosidad te mete en problemas. Haces amigos muy raros, como
aquella vez con la bestia gigante de la cueva-riéndose con alegría.
Yggdra solo se río un poco, y recuperó toda la felicidad que había perdido durante el
viaje. El Rey malvado al ver al ser de piel agrietada sintió nostalgia, se vio reflejado en
él, eran de la misma especie. Pronto lo atacó, este ni siquiera se movió solo recibió sus
ataques con una sonrisa. De su carne solo se derramaba un líquido azul como su
resplandor interno, y cuando caía en la tierra brotaban todo tipo de criaturas, plantas y
árboles.
—¿Cómo puedes vivir rodeado de estas bestias inmundas? ¿No te duele como a mí la
caída? ¿No quieres ver que borren esas sonrisas de sus rostros mientras pierden todo?
Mientras lo miraba con compasión el ser de piel agrietada “la estrella del norte” solo se
dejaba cortar por los ataques del Rey.
—Cuando llegué a este mundo, usé mucho de mi fuerza para que mi caída no dañara a
nadie, y nada más llegar me vi rodeado por todo tipo de criaturas. Criaturas que en casi
toda la eternidad entre los cuerpos celestes no conocí, entonces mi existencia, aunque
lastimada por la caída a este mundo, solo pudo pensar que sería hermoso en este ciclo
compartir todo lo que viví y mi conocimiento con quién me cruzara, y no como algo que
hubiera perdido, y anhelara recuperar, simplemente como un ciclo que viví y que quiero
compartir con otros seres con los que viviré de ahora en más. Luego de un tiempo de
muchos años, me comenzaron a llamar Rey. A cada lugar que iba me recibían y
vivíamos juntos un tiempo, conocí bestias, arboles, flores, montañas, monstruos, todo
tipo de seres que habitan este lugar, algunos viven entre hermosos campos de colores,
algunos en oscuras cuevas que me dieron mucho miedo, algunos muchos otros se juntan
a vivir sobre árboles, y otros viven en soledad. Luego de mis viajes comencé a sentir
que algo dentro de mí sonaba con fuerza, y lo único que podía hacer era sonreír.
—Basura, solo dices basura, ellos sonríen por su existencia vulgar, y yo no puedo
hacerlo, no puedo sentir eso. Todos los frutos que crecen en mi tierra son agrios, y todos
cuando me ven se arrodillan a temblar, los pequeños lloran cuando los miro, la tierra
incluso llora cuando la piso. Nadie osa levantarme la voz siquiera o mentirme, y aún así,
cuando me doy vuelta, cuando estoy lejos sé que sonríen, se que se abrazan, sé que
están llenos de sueños, de miles de emociones que no comprendo, y que envidio. No
puedo entender, porque siendo así de inferiores siguen viviendo, no puedo vivir como
ellos, no puedo, quiero volver al cielo, quiero vol…
Antes de que terminara de hablar detuvo su espada y en ese momento, la estrella del
norte se acercó a él, y le dijo
—Me recuerdas a la Estrella del sur, su orgullo era sin igual, y su resplandor fue fuerte
hasta el final —Mientras lo tocaba casi a la altura de sus ojos—En lo profundo de tus
ojos, aún veo ese resplandor. Sé un poco como te sientes, eso que tienes dentro debe
quemar, incluso más que el núcleo que perdimos al caer.
—Toda esa eternidad que pasé alumbrando, guiando a todo aquel que me viera,
iluminando el universo, siendo visto y apreciado por miles de millones, ahora en mi
recuerdo parece haber sido solo un segundo, y la nostalgia de esos momentos me
carcome hasta el fondo, se mete por mis huesos que no puedo derramar nada más que
amargura que pudre todo lo que toca. Entonces veo a estos seres, con ansias de vivir y
solo deseo matarlos, aunque eso no me represente ningún alivio.
Cuando hubo dicho esto su armadura de un dorado brillantes se partió y dejó ver las
grietas de su cuerpo, símbolo de su caída, y de ella un resplandor negro, se derramaba
por sus extremidades llegando a la tierra, y pudriendo todo a su paso. Al ver esto, los
seres que brotaban del líquido derramado por la “estrella del norte” huían despavoridos.
El olor nauseabundo del malvado rey ahora “estrella del sur” los asustaba a todos. El
único que no se apartó fue la “estrella del norte” dejando que sus grietas toquen las del
malvado, y su sangre se mezcle. Mientras miraba con compasión a su semejante, y este
lo miraba con furia, luego con tristeza, y finalmente con nostalgia. Poco a poco el fluido
negro putrefacto, dejó de fluir.
—Recuerdo que eras un gran astro blanco, enorme, poderoso, orgulloso. Y aún lo sigues
siendo, nada de ti se apagó. En tus ojos puedo verlo, en tu interior duerme ese
resplandor inigualable —puso esa sonrisa que volvía los frutos dulces, mostrando esa
mansedumbre que provocaba con solo una mirada, y también esa calma que trajo desde
lo alto del cosmos—Limpiemos el cielo, y observemos el universo juntos. Veamos las
estrellas cada noche, y hablemos de tiempos pasados. Traigamos un poco de la gracia
que alguna vez tuvimos y sigamos iluminando en esta vida como en la anterior. Porque
no importa dónde nos encontremos, no importa el pasado, no importa nada, solo
importa que mostremos el brillo que habita en nosotros, y con él, podamos ver el brillo
de todos los demás seres. Como ese fruto que seguramente te obsequió Yggdra y te trajo
hasta aquí.
—No puedo hacerlo. He destruido todo a mi paso, no hay dulzura a mi lado, nadie
confiaría en mí.
—No dije que sería fácil. Tienes toda esta vida para lograrlo, y yo estaré contigo. A mi
aún me queda mucho de este mundo por explorar, seres que conocer, historias que
contar, y también escuchar.
Yggdra que veía la escena se acercó mientras dialogaban, el liquido negro había dejado
de fluir, y abriéndose el pecho frente a ambos reyes, les ofreció un fruto que crecía
dentro de él, luego se alejó con una sonrisa. La estrella del norte lo partió a la mitad,
dándole la otra mitad a la estrella del sur. Mordieron a la vez, y el resplandor de ambos,
el azul y el blanco brotaron de sus grietas haciendo que una sonrisa se dibujara en
ambos rostros. El malvado rey dejó caer su espada, entonces, caminó junto a su
semejante.
Esa noche miraron las estrellas, rodeados de todos los seres, mientras contaban viejas
historias del universo.
La redención comenzará cuando vuelva el día, el malvado rey, tiene mucho que hacer.