ERIK ERIKSON (1902-1994)
MODELO EGOSOCIAL
Erikson estudió grupos de niños
indígenas de Estados Unidos para la
formulación de sus teorías, estudios
que le permitieron relacionar el
crecimiento de la personalidad con los
valores sociales y familiares.
Desarrolló el concepto de "crisis de
identidad", conflicto inevitable que
acompaña al fortalecimiento del
sentido de la identidad a finales de la
adolescencia.
Biografía
Erik Homburger Erikson nace el 15 de junio de 1902 en Frankfurt, Alemania. Sus
padres se separaron antes de que él naciera. Su madre, Karla Abrahamsen, era
una joven judía que tuvo que criar a su hijo sola por tres años (Boeree, 1997),
hasta que se casa con un médico pediatra judío, Theodor Homburger y en pareja
criaron a Erik bajo el manto de la fe judía en Karlsruhe, al sur de Alemania.
Durante su infancia y en su edad adulta temprana, sus padres mantuvieron en
secreto los detalles de su nacimiento. Él era alto, rubio y de ojos azules. Sus
compañeros de clases lo veían como judío, pero en el templo no lo aceptaban
como tal gracias a su apariencia (Dushkin, 2000). Enfrentó su propia crisis de
identidad a una temprana edad.
A pesar de que su familia lo encamina para que estudie medicina al igual que su
padrastro, él prefiere desarrollar sus talentos como artista.
Después de graduarse de la escuela y de haber viajado sin rumbo por Europa,
Erikson enseña en una escuela privada en Viena. Posteriormente, un compañero
de escuela, Peter Blos, lo invita a estudiar en el Instituto Psicoanalítico de Viena
(DiCaprio, 1997), especializándose en psicoanálisis del niño. Fue un artista y
maestro a finales de los 20’s cuando conoció a Anna Freud e impulsado por ella
comenzó a estudiar el psicoanálisis infantil en el Instituto Psicoanalítico de Viena.
Allí también es psicoanalizado por la misma Anna Freud en 1927. Durante este
periodo de su vida conoce a Joan Serson, una profesora de danza canadiense,
con la que tuvo tres hijos (Boeree, 1997).
Intentó ejercer como psicoanalista en Dinamarca, pero no tuvo éxito alguno y con
el poderío Nazi tomando auge se fue de Viena, primero a Coppenhage y luego a
Boston en 1933; una vez que llegó a los Estados Unidos se cambió el nombre al
obtener la ciudadanía en 1939 de Homburger a Erikson. Igualmente trabaja en la
Universidad de Harvard entre los años de 1934 a 1935 y posteriormente retorna
por diez años más en 1960 como profesor de desarrollo humano hasta su
jubilación en 1970 (Dushkin, 2000).
En 1936, trabaja en la Universidad de Yale por sólo tres años, dedicándose en
este periodo a estudiar la influencia de la cultura y la sociedad sobre el desarrollo
del niño, teoría que extrajo de sus estudios sobre grupos de los indios americanos
(Funk & Wagnalls, 2000). Luego, se va a trabajar en la Universidad de California
en Berkelye y San Francisco, entre los años de 1939 y 1951.
En este avance de su vida se interesó en el estudio de la influencia de la sociedad
y la cultura sobre el desarrollo infantil. Para satisfacer esta curiosidad, estudió a
varios grupos indio-americanos, que le ayudaron a formular su teoría, pudiendo
establecer correlaciones entre el desarrollo de la personalidad y los valores
sociales y parentales.
Su primer libro fue publicado en 1950 bajo el título de Infancia y sociedad. Este
libro se convirtió en un clásico en el campo del psicoanálisis. Su continuo trabajo
clínico con niños le permitió desarrollar el concepto de “crisis de identidad”. La
crisis de identidad es un conflicto inevitable que acompaña el crecimiento de un
sentido de identidad. Su teoría de ocho estados psicosociales del desarrollo fue lo
que lo hizo famoso. Otros libros escritos por Erikson fueron: El joven Luther (1958)
que escribe ocho años después de su clásico Infancia y sociedad, Insight y
responsabilidad (1964) e Identidad: juventud y crisis (1968) un año más tarde
publica La verdad de Gandhi .
Durante sus años como profesor jubilado, en 1977 lleva a la luz pública Juguetes y
razones; El ciclo completo de la vida en 1982 y la Implicación vital de la tercera
edad en 1986 (Kannel, 2000).
Desde su jubilación, escribe y hace investigación junto con su esposa hasta el
último de sus días, el 12 de mayo de 1994 (Boeree, 1997).
Cronología de la vida de Erikson
AÑO EVENTO
1902 Nace en Frankfurt, Alemania
1920 finales Conoce a Anna Freud,
1927 Anna Freud psicoanaliza a Erikson
1933 Llega a Estados Unidos
1934 Trabaja en la Universidad de Harvard
1936 Trabaja en la Universidad de Yale y se ocupa del estudio de la
influencia de la cultura y la sociedad sobre el desarrollo del niño
1939 Cambia su ciudadanía, así como su apellido de Homburger a
Erikson; se va a trabajar a la Universidad de California
1950 Publica Infancia y sociedad
1958 Publica El joven Luther
1960 Regresa a trabajar a la Universidad de Harvard como profesor de
desarrollo humano hasta su jubilación
1964 Publica Insight y responsabilidad
1968 Publica Juventud: juventud y crisis
1969 Publica La verdad de Gandhi
1970 Se jubila de la Universidad de Harvard
1977 Publica Juguetes y razones
1982 Publica El ciclo completo de la vida
1986 Publica Implicación vital de la tercera edad
1994 Muere tras de haber trabajado incesantemente junto con su
esposa
La personalidad según Erikson
La personalidad humana se desarrolla en principio de acuerdo con pasos
predeterminados en la disposición de la persona en crecimiento a dejarse llevar
hacia un radio social cada vez más amplio, a tomar conciencia de él y a interactuar
con él; donde la sociedad tiende en principio a estar constituida de tal modo que
satisface y provoca esta sucesión de potencialidades para la interacción y de
intentos para salvaguardar y fomentar el ritmo y la secuencia adecuados de su
desenvolvimiento. Éste es el “mantenimiento del mundo humano” (Erikson, 1993).
Tesis central de la teoría
El devenir de la vida de todo individuo implica el cruce de distintas crisis que se
hacen presentes en las diferentes etapas de la vida desde que se nace hasta que
se es adulto mayor (vejez), que involucran la mezcla de la propia historia, del
pasado, del futuro, de la cultura y la sociedad, las que habiéndolas superado
favorablemente lo hará poseedor de la virtud consecuente de la crisis recién
atravesada.
Desarrollo de la teoría
Erikson (1991), presenta una concepción teórica del desarrollo Psicológico que
evoluciona en forma epigenética, con una secuencia y vulnerabilidad
predeterminadas, desarrollo que se va contrapunteando con la influencia ejercida
por la realidad social sobre el individuo.
Su punto de partida es el desarrollo del yo, que recorre las clásicas vicisitudes de
la libido señaladas por Freud, pero que continúa más allá de éstas y abarca la
totalidad de la vida humana.
Enuncia su teoría neofreudiana que se diferenció de la de Freud por que:
El yo es creativo y surge genética, cultural e históricamente
Amplía las etapas freudianas, incluyendo la parte social
Abarca hasta la ancianidad
Resalta la importancia de la cultura, la sociedad y la historia en la
personalidad.
Para Erikson, el yo es consciente e inconsciente y funciona manteniendo el
desempeño efectivo y evitando la ansiedad. Para él, el yo es una estructura
fuerte, vital, positiva, que puede sobreponerse y que ayuda a la formación de la
identidad, para enfrentar la tensión emocional y los conflictos vitales. Es el yo una
capacidad organizadora. El yo tiene fuerzas o virtudes básicas, que establece
reglas éticas basadas en ideales y por las que se puede luchar.
La teoría psicosocial de Erik Erikson sobre el desarrollo social es una
aproximación a la personalidad más allá del planteamiento psicosexual freudiano.
La teoría de Erikson es única en tanto que comprende el ciclo de vida completo y
reconoce el impacto de la sociedad, la historia y la cultura sobre la personalidad.
Erikson es mejor conocido por su concepto crisis de identidad. Esta idea pudo
haber sido generada por él por la crisis de identidad que sufrió cuando era joven,
en una ocasión escribió que sus mejores amigos no dudaron en insistir que
nombrara de alguna forma a esta crisis, viéndola en cada uno y que tiene que ver
con el sí mismo.
Decir entonces que la crisis de identidad es psico y social significa, en un enfoque
psicoanalítico, que su aspecto “psico” (Erikson, 1991):
1. Es parcialmente consciente y parcialmente inconsciente. Es un sentido de
continuidad e igualdad personal, pero es también una cualidad del vivir no-
consciente-de-sí-mismo, como puede ser tan espléndidamente manifiesto en un
joven que se ha encontrado a sí mismo a medida que ha encontrado su dimensión
comunitaria.
2. Está acosado por la dinámica del conflicto, y especialmente en su clímax
puede conducir a estados mentales contradictorios tales como un sentido de
vulnerabilidad exacerbado y alternativamente otro de grandes perspectivas
individuales.
3. Posee su propio período evolutivo antes del cual no podría llegarse a una
crisis, ya que las precondiciones somáticas, cognoscitivas y sociales no están aún
dadas, lo que significa que la crisis de identidad depende parcialmente de factores
psico-biológicos.
4. Se extiende tanto al pasado como al futuro; está enraizado en las etapas de
la infancia y dependerá para su preservación y renovación de cada una de las
etapas evolutivas subsecuentes.
El aspecto social de la identidad por otra parte, debe ser explicado dentro de esa
dimensión comunitaria en la que un individuo debe encontrarse a sí mismo.
Ningún yo constituye una isla para sí mismo. A lo largo de la vida el
establecimiento y mantenimiento de esa fuerza que puede reconciliar
discontinuidades y ambigüedades depende del apoyo, primero de modelos
parentales y después de modelos comunitarios. La juventud en particular,
depende de la coherencia ideológica del mundo del que se supone debe hacerse
cargo y en consecuencia se da perfecta cuenta de si el sistema es lo
suficientemente fuerte en su forma tradicional como para ser “confirmado” por el
proceso de identidad o está lo suficientemente debilitado como para sugerir su
renovación, reforma o revolución. La identidad psicosocial entonces, posee
también un aspecto psicohistórico y las biografías están inextricablemente
entretejidas con la historia.
Dentro de las complejidades inconscientes de las crisis de identidad se advierten
las siguientes características:
1. La crisis en ocasiones es escasamente perceptible y en ocasiones lo es
muy marcadamente (se presenta sin ningún ruido) en otras personas, clases y
períodos; la crisis estará claramente señalada como un período crítico, una
especie de “segundo nacimiento”, institucionalizado mediante ceremonias o
intensificado mediante la disputa colectiva o el conflicto individual.
2. La formación de la identidad, por norma, posee un aspecto negativo que, a
lo largo de la vida, puede permanecer como un aspecto rebelde de la identidad
total. La identidad negativa es la suma de todas aquellas identificaciones y
fragmentos de identidad que el individuo tuvo que sumergir en su interior como
indeseables o irreconciliables o mediante los cuales se hace sentir como
“diferentes” a individuos atípicos o a ciertas minorías específicas. Puede
despertarse una ira específica ahí donde el desarrollo de la identidad pierda la
perspectiva de una integridad tradicionalmente garantizada.
3. La naturaleza del conflicto de identidad depende a menudo del pánico
latente infiltrado dentro de un período histórico. Algunos períodos en la historia se
vuelven vacíos de identidad a causa de tres formas básicas de la aprensión
humana: miedos despertados por hechos nuevos tales como descubrimientos e
inventos (incluyendo armas), que cambian y expanden en forma radical la totalidad
de la imagen del mundo; ansiedades despertadas por peligros simbólicos
percibidos vagamente como una consecuencia de la desintegración de las
ideologías existentes; y el temor de un abismo existencial desprovisto de
significado espiritual.
En nuestro tiempo, de acuerdo con Erikson, un estado de confusión en la
identidad, no anormal en sí mismo, parece a menudo estar acompañado por todos
los síntomas neuróticos o casi psicóticos a los que la persona es propensa con
base en su constitución, experiencias tempranas y circunstancias malignas. Los
individuos jóvenes que pasan por tal confusión están sujetos a un padecimiento
más maligno del que pudiera haberse manifestado durante el resto de sus vidas,
debido a que es una característica del proceso adolescente que el individuo ceda
semideliberadamente a algunas de sus tendencias más regresivas o reprimidas
para por así decirlo, poder llegar de ese modo hasta el fondo y recobrar algunas
de sus fortalezas infantiles aún sin desarrollar. Esto es lo que resulta ser el anclaje
clínico para el concepto de crisis de identidad.
Como se podrá observar en su propuesta teórica, la dimensión social cobra más
importancia a diferencia de la propuesta formulada por Freud, quien enuncia sus
etapas psicosexuales; a diferencia de este último, Erikson enuncia etapas
psicosociales. Sus etapas son polares y en ellas hay un conflicto y existe un
componente emocional, donde lo positivo o lo negativo dependen de cómo se
soluciona ese conflicto (si se soluciona satisfactoriamente, no se resuelve o éste
persiste).
En cada uno de los ocho estadios o etapas, el yo debe resolver tareas específicas,
con repercusiones psicológicas universales, debiendo ser resueltas dentro de una
polaridad determinada, desarrollando o bloqueando una virtud en específico, tal y
como se verá más adelante.
Las primeras cuatro etapas corresponden a las primeras 4 etapas de Freud y las
cuatro siguientes incluyen la etapa genital. Cada etapa contempla su crisis vital en
la cual la persona decide en un sentido positivo u otro (negativo) y en las que
pueden desarrollarse virtudes básicas o fuerzas del yo.
PRIMERA ETAPA. CONFIANZA VS. DESCONFIANZA.
De los 0 a los 2 años
Se da una frustración o indulgencia para adquirir o no la noción de poder confiar
en el mundo. La virtud básica que se espera se alcance en esta etapa es la
ESPERANZA.
La primera demostración de confianza social en el niño pequeño es la facilidad de
su alimentación, la profundidad de su sueño y la relación de sus intestinos. La
experiencia de una regulación mutua entre sus capacidades cada vez más
receptivas y las técnicas maternales de abastecimiento, lo ayudan gradualmente a
contrarrestar el malestar provocado por la inmadurez de la homeostasis con que
ha nacido (Erikson, 1993). En sus horas de vigilia, cuyo número va en aumento,
comprueba que aventuras cada vez más frecuentes de los sentidos despiertan
una sensación de familiaridad, de coincidencia con un sentimiento de bondad
interior. Las formas del bienestar y las personas asociadas a ellas se vuelven tan
familiares como el corrosivo malestar intestinal. El primer logro social del niño es
su disposición por permitir que la madre se aleje de su lado, sin experimentar
indebida ansiedad o rabia, porque aquélla se ha convertido en una certeza interior
así como en algo exterior previsible.
Erikson prefiere la palabra confianza porque hay según él más ingenuidad y
mutualidad, ya que afirmar que experimenta seguridad sería ir demasiado lejos.
El estado general de confianza implica no sólo que uno ha aprendido a confiar en
la mismidad y continuidad de los proveedores externos, sino también que uno
puede confiar en uno mismo y en la capacidad de los propios órganos para
enfrentar las urgencias, siendo uno capaz de considerarse suficientemente digno
de confianza como para que los proveedores no necesiten estar en guardia para
evitar una mordida.
En psicopatología, la mejor manera de estudiar la ausencia de confianza básica
consiste en observarla en la esquizofrenia infantil, mientras que en los adultos la
falta o debilidad de confianza se revela por un retraimiento hacia estados
esquizoides y depresivos. En tales casos desde la experiencia de Erikson, el
restablecimiento de la confianza constituye un requisito básico para la terapia,
debiendo entender cada uno de los cuadros psicopatológicos como un intento por
recuperar la mutualidad social.
Erikson señala que la cantidad de confianza derivada de la más temprana
experiencia infantil no parece depender de cantidades absolutas de alimento o
demostraciones de amor, sino más bien de la cualidad de la relación materna. Las
madres crean en sus hijos un sentimiento de confianza mediante ese tipo de
manejo que en su cualidad combina el cuidado sensible de las necesidades
individuales del niño y un firme sentido de confiabilidad personal dentro del marco
seguro del estilo de vida de su cultura. Esto crea en el niño la base para un
sentimiento de identidad que más tarde combinará un sentimiento de ser
“aceptable”, de ser uno mismo y de convertirse en lo que la otra gente confía en
que uno llegará a ser.
Los padres no sólo deben contar con ciertas maneras de guiar a través de la
prohibición y el permiso, sino que también deben estar en condiciones de
representar para el niño una convicción profunda, casi somática, de que todo lo
que hacen tiene un significado. En última instancia, los niños no se vuelven
neuróticos a causa de frustraciones, sino de la falta o la pérdida de significado
social en esas frustraciones.
SEGUNDA ETAPA. AUTONOMÍA VS. VERGÜENZA Y DUDA.
De los 2 a los 3 años
Existe un intento por establecer la individualidad y si esto no surge, el niño siente
vergüenza y duda. La virtud básica es la VOLUNTAD.
La maduración muscular prepara el escenario para la experimentación con dos
series simultáneas de modalidades sociales: aferrar y soltar. Como ocurre con
todas esas modalidades, sus conflictos básicos pueden llevar en última instancia a
expectativas y actitudes hostiles o bien, bondadosas. Así, aferrar puede llegar a
significar retener o restringir en forma destructiva y cruel y puede convertirse en un
patrón de cuidado: tener y conservar. Asimismo, soltar puede convertirse en una
liberación hostil de fuerzas destructivas o bien, en un afable “dejar pasar” y “dejar
vivir”.
Al tiempo que su medio ambiente lo alienta al niño “a pararse sobre sus propios
pies” (Erikson, 1993), debe protegerlo también contra las experiencias arbitrarias y
carentes de sentido de la vergüenza y la temprana duda.
Si acaso se niega al niño la experiencia gradual y bien guiada de la autonomía de
la libre elección (o si se la debilita mediante una pérdida inicial de la confianza)
aquél volverá contra sí mismo toda su urgencia de discriminar y manipular. Se
sobremanipulará a sí mismo, desarrollará una consciencia precoz. En lugar de
tomar posesión de las cosas, a fin de ponerlas a prueba mediante una repetición
intencional, llegará a obsesionarse con su propia repetitividad. Mediante tal
obsesión desde luego, aprende entonces a reposeer el medio ambiente y a
adquirir poder mediante un control empecinado y detallado, donde le resulta
imposible encontrar una regulación mutua en gran escala. Esa falsa victoria es el
modelo infantil para una neurosis compulsiva. También constituye la fuente infantil
de intentos posteriores en la vida adulta por gobernar según la letra y no según el
espíritu.
La vergüenza es una emoción insuficientemente estudiada, porque en nuestra
civilización se ve muy temprana y fácilmente absorbida por la culpa. La vergüenza
supone que uno está completamente expuesto y consciente de ser mirado: en una
palabra consciente de uno mismo, uno es visible y no está preparado para ello. La
vergüenza se expresa desde muy temprano en un impulso a ocultar el rostro, a
hundirse, en ese preciso instante en el suelo. Erikson (1993) cree que se trata en
esencia de rabia vuelta contra el sí mismo. Quien se siente avergonzado quisiera
obligar al mundo a no mirarlo, a no observar su desnudez. Quisiera destruir los
ojos del mundo. En cambio, lo único que puede desear es su propia invisibilidad.
Esta potencialidad se utiliza abundantemente en el método educativo que consiste
en “avergonzar”. La vergüenza visual precede a la culpa auditiva, que es un
sentimiento de maldad que uno experimenta en total soledad, cuando nadie
observa y cuando todo está en silencio, excepto la voz del superyó. Esa
vergüenza explota un creciente sentimiento de pequeñez, que puede desarrollarse
sólo cuando el niño es capaz de ponerse de pie y percibir las medidas relativas de
tamaño y poder.
Hay un límite para la capacidad del niño y el adulto para soportar la exigencia de
que se considere a sí mismo, su cuerpo y sus deseos, como malos y sucios, y
para su creencia en la infalibilidad de quienes emiten ese juicio. Puede mostrarse
propenso a dar vuelta a las cosas, a considerar como malo sólo el hecho de que
esas personas existen: su oportunidad llegará cuando se hayan ido o cuando él se
haya alejado.
La duda es hermana de la vergüenza. Cuando la vergüenza depende de la
conciencia de estar vertical y expuesto, la duda según Erikson con base en su
observación clínica, tiene mucho que ver con la conciencia de tener un reverso y
un anvers, y sobre todo un “detrás”. Esta última área del cuerpo, con su foco
agresivo y libidinal en los esfínteres y en las nalgas, queda fuera del alcance de
los ojos del niño y en cambio puede estar dominada por la voluntad de los otros. El
“atrás” es el continente oscuro del pequeño ser, un área del cuerpo que puede ser
mágicamente dominada y efectivamente invadida por quienes se muestran
dispuestos a atacar el propio poder de autonomía y quienes califican en términos
duros esos productos de los intestinos que el niño sintió como buenos al
expulsarlos. Este sentimiento básico de duda con respecto a todo lo que uno ha
dejado atrás, constituye un sustrato para formas posteriores y más verbales de
duda compulsiva; encuentra su expresión adulta en temores paranoicos
concernientes a perseguidores ocultos y a persecuciones secretas que amenazan
desde atrás (y desde adentro de ese atrás).
Esta etapa, por lo tanto, se vuelve decisiva para la proporción de amor y odio,
cooperación y terquedad, libertad de autoexpresión y su supresión. Un sentimiento
de autocontrol sin la pérdida de la autoestimación da origen a un sentimiento
perdurable de buena voluntad y orgullo; un sentimiento de pérdida del autocontrol
y de un sobrecontrol foráneo da origen a una propensión perdurable a la duda y la
vergüenza (Erikson ,1993).
TERCERA ETAPA. INICIATIVA VS. CULPA.
De los 3 años a los 5
El niño está en actividad y dominando habilidades y tareas nuevas. El niño tiene
objetivos y logros específicos. El castigo o reprobación constantes producen un
sentimiento de culpa. Participa en proyectos y está abierto a adquirir
conocimientos y a hacer proyectos. La virtud que se espera el niño adquiera en
esta etapa es la DETERMINACIÓN.
El niños parece “más él mismo”, más cariñoso, relajado y brillante en su juicio,
más activo y activador. Está en libre posesión de un excedente de energía que le
permite olvidar rápidamente los fracasos y encarar lo que parece deseable
(aunque también parezca incierto e incluso peligroso), con un sentido direccional
íntegro y más preciso. La iniciativa agrega a la autonomía la cualidad de la
empresa, el planeamiento y el “ataque” de una tarea por el mero hecho de estar
activo y en movimiento, cuando anteriormente el empecinamiento inspiraba las
más de las veces a actos de desafío o por lo menos, protestas de independencia.
La iniciativa es una parte necesaria de todo acto y el hombre necesita un sentido
de la iniciativa para todo lo que aprende y hace, desde recoger fruta hasta un
sistema empresario.
Mientras que la autonomía tiene como fin mantener alejados a los rivales
potenciales y por lo tanto puede llevar a una rabia llena de celos dirigida, la
mayoría de las veces contra los hermanos menores, la iniciativa trae aparejada la
rivalidad anticipatoria con los que han llegado primero y pueden por lo tanto,
ocupar con su equipo superior el campo hacia el que está dirigida la propia
iniciativa. Los celos y la rivalidad infantiles, esos intentos a menudo amargos y no
obstante esencialmente inútiles por delimitar una esfera de privilegio indiscutido,
alcanzan ahora su culminación en una lucha final por una posición de privilegio
frente a la madre; el habitual fracaso lleva a la resignación, la culpa y la ansiedad.
El niño tiene fantasías de ser un gigante y un tigre, pero en sus sueños huye
aterrorizado en defensa de su vida. Ésta es entonces, la etapa del “complejo de
castración”, el temor intensificado de comprobar que los genitales ahora
enérgicamente erotizados han sufrido un daño como castigo por las fantasías
relacionadas con su excitación.
La sexualidad infantil y el tabú del incesto, el complejo de castración y el superyó,
se unen aquí para provocar esa crisis específicamente humana durante la cual el
niño debe dejar atrás su apego exclusivo y pregenital a los padres e iniciar el lento
proceso de convertirse en un progenitor y en un portador de la tradición.
Una vez más se trata de un problema de regulación mutua. Cuando el niño, tan
dispuesto ahora a sobremanipularse, puede desarrollar gradualmente un sentido
de responsabilidad moral, cuando puede alcanzar cierta comprensión de las
instituciones, las funciones y los roles que permiten su participación responsable,
encuentra un logro placentero en el manejo de herramientas y armas, de juguetes
significativos y en el cuidado de los niños más pequeños.
La sensación de “virtud” resultante –a menudo la principal recompensa para la
bondad- más tarde puede volcarse intolerantemente contra los demás bajo la
forma de una supervisión moralista permanente, de modo que el empeño
predominante llega a ser la prohibición y no la orientación de la iniciativa (Erikson,
1993).
El niño no está en ningún otro momento tan dispuesto a aprender rápida y
ávidamente, a hacerse más grande en el sentido de compartir la obligación y la
actividad, que durante este período de su desarrollo.
La etapa “edípica” trae apareada no sólo el establecimiento opresivo de un sentido
moral que limita el horizonte de lo permisible, sino que también determina la
dirección hacia lo posible y lo tangible que permite que los sueños de la temprana
infancia se vinculen a las metas de una vida adulta activa. Por lo tanto, las
instituciones sociales ofrecen a los niños formas de adultos ideales a los que es
posible reconocer por sus uniformes y sus funciones y que resultan lo
suficientemente fascinantes como para reemplazar a los héroes y a los cuentos de
hada.
CUARTA ETAPA. LABORIOSIDAD VS. INFERIORIDAD.
De los 5-6 años a los 12
El niño se apacigua sexualmente y se concentra en el aprendizaje como una
forma de luchar, de descargar su propia energía. La virtud que se desarrolla es la
COMPETENCIA. La laboriosidad le ayuda al niño a mantenerse ocupado, con
algo que aprender bien. Si se le compara desfavorablemente, surge la inferioridad
y puede desarrollar un sentimiento de inadecuación y de inferioridad.
Con el período de latencia que se inicia, el niño de desarrollo normal olvida o más
bien, sublima la necesidad de conquistar a las personas mediante el ataque
directo o de convertirse en papá y mamá en forma apresurada: ahora aprende a
obtener reconocimiento mediante la producción de cosas. Ha experimentado un
sentimiento de finalidad con respecto al hecho de que no hay un futuro practicable
dentro del vientre de su familia y así está dispuesto a aplicarse a nuevas
habilidades y tareas, que van mucho más allá de la mera expresión juguetona de
sus modos orgánicos o el placer que le produce el funcionamiento de sus
miembros. Desarrolla un sentido de la industria, esto es, se adapta a las leyes
inorgánicas del mundo de las herramientas.
El peligro del niño en esta etapa radica en un sentimiento de inadecuación e
inferioridad. Si se desespera de sus herramientas y habilidades o de su estatus
entre sus compañeros, puede renunciar a la identificación con ellos y con un
sector del mundo de las herramientas.
El niño se desespera de sus dotes en el mundo de las herramientas y en la
anatomía y se considera condenado a la mediocridad o a la inadecuación. Se trata
de una etapa muy decisiva desde el punto de vista social; puesto que la industria
implica hacer cosas junto a los demás y con ellos, en esta época se desarrolla un
primer sentido de la división del trabajo y de la oportunidad diferencial (Erikson,
1993).
QUINTA ETAPA. IDENTIDAD DEL YO VS. CONFUSIÓN DE ROLES.
De los 12-13 años a los 18
Requiere que la persona se compare en su autopercepción y la de otros. Así, la
persona puede ver lo que otros esperan de él. La identidad permite un sentido de
individualidad y permite no caer en la confusión de roles. La confusión de roles en
el adolescente suele darse porque no puede visualizarse como alguien productivo
laboralmente. Si no hay el apoyo de los otros significativos, puede sobrevenir una
crisis de identidad o bien, una identidad negativa, desafiando valores
predominantes y produciendo una personalidad antisocial, criminal. En esta
etapa, la virtud que se espera desarrollar es la FIDELIDAD, sosteniendo lealtades
juradas con libertad a pensar de las contradicciones inevitables de los sistemas de
valores. Si no hay esta fidelidad, puede sufrirse de una crisis de valores.
De acuerdo con Erikson (1993) con el establecimiento de una buena relación
inicial con el mundo de las habilidades y las herramientas y con el advenimiento
de la pubertad, la infancia propiamente dicha llega a su fin y la juventud comienza.
Los jóvenes que crecen y se desarrollan, enfrentados con esta revolución
fisiológica en su interior y con tareas adultas tangibles que los aguardan, se
preocupan ahora fundamentalmente por lo que parecen ser ante los ojos de los
demás en comparación con lo que ellos mismos sienten que son, y por el
problema relativo a relacionar los roles y las aptitudes cultivadas previamente con
los prototipos ocupacionales del momento. Están siempre dispuestos a establecer
ídolos e ideales perdurables como guardianes de una identidad final.
El sentimiento de identidad yoica, entonces es la confianza acumulada en que la
mismidad y la continuidad interiores preparadas en el pasado encuentren su
equivalente en la mismidad y la continuidad del significado que uno tiene para los
demás, tal como se evidencia en la promesa tangible de una “carrera”.
El peligro de esta etapa es la confusión de rol. Cuando ésta se basa en una
marcada duda previa en cuanto a la propia identidad sexual, los episodios
delincuentes y abiertamente psicóticos no son raros.
Lo que perturba a la gente joven es la incapacidad para decidirse por una
identidad ocupacional. Para evitar la confusión, se sobreidentifican
temporariamente, hasta el punto de una aparente pérdida completa de la
identidad, con los héroes de las camarillas y las multitudes. Esto inicia la etapa del
“enamoramiento”, que no es en modo alguno total o siquiera primariamente
sexual, salvo cuando las costumbres así lo exigen. En grado considerable, el amor
adolescente constituye un intento por llegar a una definición de la propia identidad
proyectando la propia imagen yoica difusa en otra persona y logrando así que se
refleje y se aclare gradualmente. A ello se debe que una parte tan considerable del
amor juvenil consista en conversación.
La gente joven también puede ser notablemente exclusivista, y cruel con todos los
que son “distintos”, en el color de la piel o en la formación cultural, en los gustos y
las dotes y a menudo en detalles insignificantes de la vestimenta y los gestos que
han sido temporariamente seleccionados como los signos que caracterizan al que
pertenece al grupo y al que es ajeno a él. Resulta importante comprender (lo cual
no significa perdonar o compartir) tal intolerancia como una defensa contra una
confusión en el sentimiento de identidad. Los adolescentes no sólo se ayudan
temporariamente unos a otros a soportar muchas dificultades formando pandillas,
convirtiéndose en estereotipos y haciendo lo mismo con sus ideales y sus
enemigos, sino que también ponen a prueba perversamente la mutua capacidad
para la fidelidad. La facilidad con que se aceptan tales pruebas explica asimismo,
la atracción que las doctrinas totalitarias simples y crueles ejercen sobre la mente
de los jóvenes en los países y las clases que han perdido o están perdiendo sus
identidades grupales (feudal, agraria, tribal, nacional) y enfrentan la
industrialización mundial, la emancipación y la amplia comunicación.
SEXTA ETAPA. INTIMIDAD VS. AISLAMIENTO.
De los 18 a los 30-35 años
Existe una capacidad para desarrollar relaciones cercanas y significativas con
otros. El aislamiento es una autoabsorción, incapacidad para desarrollar
relaciones que impliquen un compromiso profundo. No hay temor a perder el yo al
fusionarse con el otro. La virtud predominante es el AMOR como una fuerza del
yo, como una devoción mutua y un deseo de cuidar a otros.
El adulto joven, que surge de la búsqueda de identidad y la insistencia en ella,
está ansioso y dispuesto a fundir su identidad con la de otros. Está preparado para
la intimidad, es decir, la capacidad de entregarse a afiliaciones y asociaciones
concretas y de desarrollar la fuerza ética necesaria para cumplir con tales
compromisos, aun cuando éstos pueden exigir sacrificios significativos. Ahora el
cuerpo y el yo deben ser los amos de los modos orgánicos y de los conflictos
nucleares, a fin de poder enfrentar el temor a la pérdida yoica en situaciones que
exigen autoabandono, como por ejemplo en afiliaciones estrechas, en los
orgasmos y las uniones sexuales. La evitación de tales experiencias debido a un
temor a la pérdida del yo puede llevar a un profundo sentido de aislamiento y a
una consiguiente autoabsorción.
La contraparte de la intimidad es el distanciamiento: la disposición a aislar y de ser
ello necesario, a destruir aquellas fuerzas y personas cuya esencia parece
peligrosa para la propia y cuyo “territorio” parece rebasar los límites de las propias
relaciones íntimas. Los prejuicios así desarrollados (y utilizados y explotados en la
política y en la guerra) constituyen un producto más maduro de las repudiaciones
más ciegas que durante la lucha por la identidad establecen una diferencia neta y
cruel entre lo familiar y lo foráneo.
La genitalidad a través del torbellino culminante del orgasmo, una experiencia
suprema de la regulación mutua de dos seres, de alguna manera anula las
hostilidades y la rabia potenciales provocadas por la oposición entre masculino y
femenino, realidad y fantasía, amor y odio. Así las relaciones sexuales
satisfactorias hacen el sexo menos obsesivo, la sobrecompensación menos
necesaria y los controles sádicos, superfluos.
Un ser humano debe ser potencialmente capaz de lograr la mutualidad del
orgasmo genital, pero también estar constituido de tal modo que pueda soportar
un cierto monto de frustración sin una indebida regresión, toda vez que la
preferencia emocional o consideraciones relativas al deber y la lealtad la hagan
imperativa.
A fin de encerrar una significación social perdurable, la utopía de la genitalidad
debería incluir:
1. Mutualidad del orgasmo;
2. Con un compañero amado;
3. Del otro sexo;
4. Con quien uno puede y quiere compartir una confianza mutua;
5. Y con el que uno puede y quiere regular los ciclos de
El trabajo;
La procreación;
La recreación;
6. A fin de asegurar también a la descendencia todas las etapas de un
desarrollo satisfactorio.
Semejante logro utópico es parte integral del estilo que una cultura tiene para la
selección, la cooperación y la competencia sexuales (Erikson, 1993).
El peligro de esta etapa es el aislamiento, que en psicopatología puede llevar a
serios “problemas de carácter”.
SÉPTIMA ETAPA. GENERATIVIDAD VS. ESTANCAMIENTO.
De los 30-35 años a los 50
Generatividad implica productividad y creatividad en diversas áreas, sobre todo
para las generaciones futuras, en el mantenimiento y acrecentamiento de la
cultura. El estancamiento conlleva empobrecimiento, aburrimiento. CUIDADO es
la fuerza del yo que surge, que implica hacer algo por alguien y es por tanto, la
virtud que se espera se desarrolle en estos años.
La insistencia muy de moda en dramatizar la dependencia de los niños con
respecto a los adultos, a menudo hace pasar por alto la dependencia que la
generación más vieja tiene con respecto a la más joven. El hombre maduro
necesita sentirse necesitado y la madurez necesita la guía y el aliento de aquello
que ha producido y que debe cuidar.
La generatividad, es en esencia la preocupación por establecer y guiar a la nueva
generación, aunque hay individuos que por alguna desgracia o debido a dotes
especiales y genuinas en otros sentidos, no aplican este impulso a su propia
descendencia.
Cuando tal enriquecimiento falta por completo, tiene lugar una regresión a una
necesidad obsesiva de pseudointimidad, a menudo con un sentimiento general de
estancamiento y empobrecimiento personal. Los individuos entonces, comienzan a
tratarse a sí mismos como si fueran su propio y único hijo y cuando las
condiciones los favorecen, la temprana invalidez física o psicológica se convierte
en el vehículo de esa autopreocupación. El mero hecho de tener o incluso de
desear tener hijos sin embargo, no basta para alcanzar la generatividad.
En cuanto a las instituciones señala Erikson (1993) que protegen y refuerzan la
generatividad, sólo cabe decir que todas las instituciones codifican la ética de la
sucesión generativa; es decir, estiman de manera universal el legado de valores y
costumbres de los adultos a la nueva generación.
OCTAVA ETAPA. INTEGRIDAD DEL YO VS. DESESPERACIÓN.
De los 50 años hasta el cierre de la vida
La integridad implica la reflexión sobre la propia vida con la satisfacción de lo
logrado, aunque no todo se haya cumplido. La muerte se acepta sin problemas.
La desesperación implica arrepentimiento por lo no hecho, por lo perdido. La
primera es el fruto de las siete etapas anteriores y la SABIDURÍA es considerada
como darle a la vida un cierre apropiado, permite a la persona ver hacia atrás y
reflexionar sobre su vida y su muerte próxima.
Sólo en el individuo que en alguna forma ha cuidado de cosas y personas y se ha
adaptado a los triunfos y las desilusiones inherentes al hecho de ser el generador
de otros seres humanos o el generador de productos e ideas, puede madurar
gradualmente el fruto de estas siete etapas (Erikson, 1993).
Es la seguridad acumulada del yo con respecto a su tendencia al orden y el
significado. Es un amor postnarcisista del yo humano –no el sí mismo- como una
experiencia que transmite un cierto orden del mundo y sentido espiritual, por
mucho que se haya debido pagar por ella. Es la aceptación del propio y único ciclo
de vida como algo que debía ser y que necesariamente no permitía sustitución
alguna: significa así un amor nuevo y distinto hacia los propios padres. Es una
camaradería con las formas organizadoras de épocas remotas y con actividades
distintas, tal como se expresan en los productos y en los dichos simples de tales
tiempos y actividades.
El estilo de integridad desarrollado por su cultura o su civilización se convierte así
en el “patrimonio de su alma”, el sello de su paternidad moral de sí mismo. En esa
consolidación final, la muerte pierde carácter atormentador.
La falta o la pérdida de esta integración yoica acumulada se expresa en el temor a
la muerte: no se acepta el único ciclo de vida como lo esencial de la vida. La
desesperación expresa el sentimiento de que ahora el tiempo que queda es corto,
demasiado corto para intentar otra vida y para probar caminos alternativos hacia la
integridad.
La integridad yoica implica una integración emocional que permite la participación
por consentimiento, así como la aceptación de la responsabilidad del liderazgo.
Confianza (el primero de nuestros valores yoicos) se define aquí como “la
seguridad con respecto a la integridad del otro”, el último de nuestros valores, los
niños sanos no temerán a la vida si sus mayores tienen la integridad necesaria
como para no temer a la muerte.
Con el afán de hacer más ilustrativa la teoría de Erikson a continuación se
presenta lo que este mismo autor denomina cuadro de la epigénesis (Erikson,
1993):
Etapa Crisis
Sensorio Confianza
oral vs
desconfianz
Muscular Autonomía
anal vs
vergüenza,
duda
Locomotora Iniciativa
genital vs culpa
Latencia Industria vs
inferioridad
Pubertad y Identidad
adolescenci vs difusión
a del rol
Adultez Intimidad
joven vs
aislamiento
Adultez Generativ
idad vs
estancam
iento
Madurez Integrid
ad vs
disgust
o y
desper
ación
Las virtudes básicas de resultado perdurable a cada paso psicosocial son
(Erikson, 1993):
Crisis Virtud
Confianza básica vs desconfianza Impulso y esperanza
básica
Autonomía vs vergüenza y duda Autocontrol y fuerza de voluntad
Iniciativa vs culpa Dirección y propósito
Industria vs inferioridad Método y capacidad
Identidad vs confusión de rol Devoción y fidelidad
Intimidad vs aislamiento Afiliación y amor
Generatividad vs estancamiento Producción y cuidado
Integridad del yo vs desesperación Renunciamiento y sabiduría
Conceptos clave
Identidad Crisis Formación de Identidad Miedos
identidad negativa
Ansiedades Temor Confianza Desconfianza Autonomía
Duda Iniciativa Culpa Laboriosidad
Vergüenza
Inferioridad Identidad del Confusión de Intimidad Aislamiento
yo roles
Generatividad Estancamiento Integridad Desesperación Ciclo vital
Esperanza Voluntad Determinación Competencia Fidelidad
Amor Cuidado Sabiduría Crisis de
identidad
Para aprender más
Erikson, E. (1993). Infancia y sociedad. México: Lumen-Hormé
Erikson, E. (1982). El ciclo vital completado. México: Paidós
Erikson, E. (1991). Sociedad y adolescencia. México: Siglo XXI