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Erickson

Erik Erikson, psicólogo germano-estadounidense, desarrolló el modelo egosocial que relaciona el crecimiento de la personalidad con los valores sociales y familiares, destacando la 'crisis de identidad' como un conflicto crucial en la adolescencia. Su teoría abarca ocho etapas psicosociales del desarrollo humano, enfatizando la influencia de la cultura y la sociedad en la formación de la identidad. Erikson es conocido por su obra 'Infancia y sociedad' y su enfoque neofreudiano que amplía las ideas de Freud, integrando aspectos sociales y culturales en el desarrollo de la personalidad.

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Erickson

Erik Erikson, psicólogo germano-estadounidense, desarrolló el modelo egosocial que relaciona el crecimiento de la personalidad con los valores sociales y familiares, destacando la 'crisis de identidad' como un conflicto crucial en la adolescencia. Su teoría abarca ocho etapas psicosociales del desarrollo humano, enfatizando la influencia de la cultura y la sociedad en la formación de la identidad. Erikson es conocido por su obra 'Infancia y sociedad' y su enfoque neofreudiano que amplía las ideas de Freud, integrando aspectos sociales y culturales en el desarrollo de la personalidad.

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ERIK ERIKSON (1902-1994)

MODELO EGOSOCIAL
Erikson estudió grupos de niños

indígenas de Estados Unidos para la

formulación de sus teorías, estudios

que le permitieron relacionar el

crecimiento de la personalidad con los

valores sociales y familiares.

Desarrolló el concepto de "crisis de

identidad", conflicto inevitable que

acompaña al fortalecimiento del

sentido de la identidad a finales de la

adolescencia.

Biografía

Erik Homburger Erikson nace el 15 de junio de 1902 en Frankfurt, Alemania. Sus

padres se separaron antes de que él naciera. Su madre, Karla Abrahamsen, era

una joven judía que tuvo que criar a su hijo sola por tres años (Boeree, 1997),

hasta que se casa con un médico pediatra judío, Theodor Homburger y en pareja

criaron a Erik bajo el manto de la fe judía en Karlsruhe, al sur de Alemania.

Durante su infancia y en su edad adulta temprana, sus padres mantuvieron en

secreto los detalles de su nacimiento. Él era alto, rubio y de ojos azules. Sus

compañeros de clases lo veían como judío, pero en el templo no lo aceptaban


como tal gracias a su apariencia (Dushkin, 2000). Enfrentó su propia crisis de

identidad a una temprana edad.

A pesar de que su familia lo encamina para que estudie medicina al igual que su

padrastro, él prefiere desarrollar sus talentos como artista.

Después de graduarse de la escuela y de haber viajado sin rumbo por Europa,

Erikson enseña en una escuela privada en Viena. Posteriormente, un compañero

de escuela, Peter Blos, lo invita a estudiar en el Instituto Psicoanalítico de Viena

(DiCaprio, 1997), especializándose en psicoanálisis del niño. Fue un artista y

maestro a finales de los 20’s cuando conoció a Anna Freud e impulsado por ella

comenzó a estudiar el psicoanálisis infantil en el Instituto Psicoanalítico de Viena.

Allí también es psicoanalizado por la misma Anna Freud en 1927. Durante este

periodo de su vida conoce a Joan Serson, una profesora de danza canadiense,

con la que tuvo tres hijos (Boeree, 1997).

Intentó ejercer como psicoanalista en Dinamarca, pero no tuvo éxito alguno y con

el poderío Nazi tomando auge se fue de Viena, primero a Coppenhage y luego a

Boston en 1933; una vez que llegó a los Estados Unidos se cambió el nombre al

obtener la ciudadanía en 1939 de Homburger a Erikson. Igualmente trabaja en la

Universidad de Harvard entre los años de 1934 a 1935 y posteriormente retorna

por diez años más en 1960 como profesor de desarrollo humano hasta su

jubilación en 1970 (Dushkin, 2000).

En 1936, trabaja en la Universidad de Yale por sólo tres años, dedicándose en

este periodo a estudiar la influencia de la cultura y la sociedad sobre el desarrollo

del niño, teoría que extrajo de sus estudios sobre grupos de los indios americanos
(Funk & Wagnalls, 2000). Luego, se va a trabajar en la Universidad de California

en Berkelye y San Francisco, entre los años de 1939 y 1951.

En este avance de su vida se interesó en el estudio de la influencia de la sociedad

y la cultura sobre el desarrollo infantil. Para satisfacer esta curiosidad, estudió a

varios grupos indio-americanos, que le ayudaron a formular su teoría, pudiendo

establecer correlaciones entre el desarrollo de la personalidad y los valores

sociales y parentales.

Su primer libro fue publicado en 1950 bajo el título de Infancia y sociedad. Este

libro se convirtió en un clásico en el campo del psicoanálisis. Su continuo trabajo

clínico con niños le permitió desarrollar el concepto de “crisis de identidad”. La

crisis de identidad es un conflicto inevitable que acompaña el crecimiento de un

sentido de identidad. Su teoría de ocho estados psicosociales del desarrollo fue lo

que lo hizo famoso. Otros libros escritos por Erikson fueron: El joven Luther (1958)

que escribe ocho años después de su clásico Infancia y sociedad, Insight y

responsabilidad (1964) e Identidad: juventud y crisis (1968) un año más tarde

publica La verdad de Gandhi .

Durante sus años como profesor jubilado, en 1977 lleva a la luz pública Juguetes y

razones; El ciclo completo de la vida en 1982 y la Implicación vital de la tercera

edad en 1986 (Kannel, 2000).

Desde su jubilación, escribe y hace investigación junto con su esposa hasta el

último de sus días, el 12 de mayo de 1994 (Boeree, 1997).


Cronología de la vida de Erikson

AÑO EVENTO

1902 Nace en Frankfurt, Alemania

1920 finales Conoce a Anna Freud,

1927 Anna Freud psicoanaliza a Erikson

1933 Llega a Estados Unidos

1934 Trabaja en la Universidad de Harvard

1936 Trabaja en la Universidad de Yale y se ocupa del estudio de la

influencia de la cultura y la sociedad sobre el desarrollo del niño

1939 Cambia su ciudadanía, así como su apellido de Homburger a

Erikson; se va a trabajar a la Universidad de California

1950 Publica Infancia y sociedad

1958 Publica El joven Luther

1960 Regresa a trabajar a la Universidad de Harvard como profesor de

desarrollo humano hasta su jubilación

1964 Publica Insight y responsabilidad

1968 Publica Juventud: juventud y crisis

1969 Publica La verdad de Gandhi

1970 Se jubila de la Universidad de Harvard

1977 Publica Juguetes y razones

1982 Publica El ciclo completo de la vida

1986 Publica Implicación vital de la tercera edad

1994 Muere tras de haber trabajado incesantemente junto con su


esposa

La personalidad según Erikson

La personalidad humana se desarrolla en principio de acuerdo con pasos

predeterminados en la disposición de la persona en crecimiento a dejarse llevar

hacia un radio social cada vez más amplio, a tomar conciencia de él y a interactuar

con él; donde la sociedad tiende en principio a estar constituida de tal modo que

satisface y provoca esta sucesión de potencialidades para la interacción y de

intentos para salvaguardar y fomentar el ritmo y la secuencia adecuados de su

desenvolvimiento. Éste es el “mantenimiento del mundo humano” (Erikson, 1993).

Tesis central de la teoría

El devenir de la vida de todo individuo implica el cruce de distintas crisis que se

hacen presentes en las diferentes etapas de la vida desde que se nace hasta que

se es adulto mayor (vejez), que involucran la mezcla de la propia historia, del

pasado, del futuro, de la cultura y la sociedad, las que habiéndolas superado

favorablemente lo hará poseedor de la virtud consecuente de la crisis recién

atravesada.

Desarrollo de la teoría

Erikson (1991), presenta una concepción teórica del desarrollo Psicológico que

evoluciona en forma epigenética, con una secuencia y vulnerabilidad

predeterminadas, desarrollo que se va contrapunteando con la influencia ejercida

por la realidad social sobre el individuo.


Su punto de partida es el desarrollo del yo, que recorre las clásicas vicisitudes de

la libido señaladas por Freud, pero que continúa más allá de éstas y abarca la

totalidad de la vida humana.

Enuncia su teoría neofreudiana que se diferenció de la de Freud por que:

 El yo es creativo y surge genética, cultural e históricamente

 Amplía las etapas freudianas, incluyendo la parte social

 Abarca hasta la ancianidad

 Resalta la importancia de la cultura, la sociedad y la historia en la

personalidad.

Para Erikson, el yo es consciente e inconsciente y funciona manteniendo el

desempeño efectivo y evitando la ansiedad. Para él, el yo es una estructura

fuerte, vital, positiva, que puede sobreponerse y que ayuda a la formación de la

identidad, para enfrentar la tensión emocional y los conflictos vitales. Es el yo una

capacidad organizadora. El yo tiene fuerzas o virtudes básicas, que establece

reglas éticas basadas en ideales y por las que se puede luchar.

La teoría psicosocial de Erik Erikson sobre el desarrollo social es una

aproximación a la personalidad más allá del planteamiento psicosexual freudiano.

La teoría de Erikson es única en tanto que comprende el ciclo de vida completo y

reconoce el impacto de la sociedad, la historia y la cultura sobre la personalidad.

Erikson es mejor conocido por su concepto crisis de identidad. Esta idea pudo

haber sido generada por él por la crisis de identidad que sufrió cuando era joven,
en una ocasión escribió que sus mejores amigos no dudaron en insistir que

nombrara de alguna forma a esta crisis, viéndola en cada uno y que tiene que ver

con el sí mismo.

Decir entonces que la crisis de identidad es psico y social significa, en un enfoque

psicoanalítico, que su aspecto “psico” (Erikson, 1991):

1. Es parcialmente consciente y parcialmente inconsciente. Es un sentido de

continuidad e igualdad personal, pero es también una cualidad del vivir no-

consciente-de-sí-mismo, como puede ser tan espléndidamente manifiesto en un

joven que se ha encontrado a sí mismo a medida que ha encontrado su dimensión

comunitaria.

2. Está acosado por la dinámica del conflicto, y especialmente en su clímax

puede conducir a estados mentales contradictorios tales como un sentido de

vulnerabilidad exacerbado y alternativamente otro de grandes perspectivas

individuales.

3. Posee su propio período evolutivo antes del cual no podría llegarse a una

crisis, ya que las precondiciones somáticas, cognoscitivas y sociales no están aún

dadas, lo que significa que la crisis de identidad depende parcialmente de factores

psico-biológicos.
4. Se extiende tanto al pasado como al futuro; está enraizado en las etapas de

la infancia y dependerá para su preservación y renovación de cada una de las

etapas evolutivas subsecuentes.

El aspecto social de la identidad por otra parte, debe ser explicado dentro de esa

dimensión comunitaria en la que un individuo debe encontrarse a sí mismo.

Ningún yo constituye una isla para sí mismo. A lo largo de la vida el

establecimiento y mantenimiento de esa fuerza que puede reconciliar

discontinuidades y ambigüedades depende del apoyo, primero de modelos

parentales y después de modelos comunitarios. La juventud en particular,

depende de la coherencia ideológica del mundo del que se supone debe hacerse

cargo y en consecuencia se da perfecta cuenta de si el sistema es lo

suficientemente fuerte en su forma tradicional como para ser “confirmado” por el

proceso de identidad o está lo suficientemente debilitado como para sugerir su

renovación, reforma o revolución. La identidad psicosocial entonces, posee

también un aspecto psicohistórico y las biografías están inextricablemente

entretejidas con la historia.

Dentro de las complejidades inconscientes de las crisis de identidad se advierten

las siguientes características:

1. La crisis en ocasiones es escasamente perceptible y en ocasiones lo es

muy marcadamente (se presenta sin ningún ruido) en otras personas, clases y

períodos; la crisis estará claramente señalada como un período crítico, una


especie de “segundo nacimiento”, institucionalizado mediante ceremonias o

intensificado mediante la disputa colectiva o el conflicto individual.

2. La formación de la identidad, por norma, posee un aspecto negativo que, a

lo largo de la vida, puede permanecer como un aspecto rebelde de la identidad

total. La identidad negativa es la suma de todas aquellas identificaciones y

fragmentos de identidad que el individuo tuvo que sumergir en su interior como

indeseables o irreconciliables o mediante los cuales se hace sentir como

“diferentes” a individuos atípicos o a ciertas minorías específicas. Puede

despertarse una ira específica ahí donde el desarrollo de la identidad pierda la

perspectiva de una integridad tradicionalmente garantizada.

3. La naturaleza del conflicto de identidad depende a menudo del pánico

latente infiltrado dentro de un período histórico. Algunos períodos en la historia se

vuelven vacíos de identidad a causa de tres formas básicas de la aprensión

humana: miedos despertados por hechos nuevos tales como descubrimientos e

inventos (incluyendo armas), que cambian y expanden en forma radical la totalidad

de la imagen del mundo; ansiedades despertadas por peligros simbólicos

percibidos vagamente como una consecuencia de la desintegración de las

ideologías existentes; y el temor de un abismo existencial desprovisto de

significado espiritual.

En nuestro tiempo, de acuerdo con Erikson, un estado de confusión en la

identidad, no anormal en sí mismo, parece a menudo estar acompañado por todos


los síntomas neuróticos o casi psicóticos a los que la persona es propensa con

base en su constitución, experiencias tempranas y circunstancias malignas. Los

individuos jóvenes que pasan por tal confusión están sujetos a un padecimiento

más maligno del que pudiera haberse manifestado durante el resto de sus vidas,

debido a que es una característica del proceso adolescente que el individuo ceda

semideliberadamente a algunas de sus tendencias más regresivas o reprimidas

para por así decirlo, poder llegar de ese modo hasta el fondo y recobrar algunas

de sus fortalezas infantiles aún sin desarrollar. Esto es lo que resulta ser el anclaje

clínico para el concepto de crisis de identidad.

Como se podrá observar en su propuesta teórica, la dimensión social cobra más

importancia a diferencia de la propuesta formulada por Freud, quien enuncia sus

etapas psicosexuales; a diferencia de este último, Erikson enuncia etapas

psicosociales. Sus etapas son polares y en ellas hay un conflicto y existe un

componente emocional, donde lo positivo o lo negativo dependen de cómo se

soluciona ese conflicto (si se soluciona satisfactoriamente, no se resuelve o éste

persiste).

En cada uno de los ocho estadios o etapas, el yo debe resolver tareas específicas,

con repercusiones psicológicas universales, debiendo ser resueltas dentro de una

polaridad determinada, desarrollando o bloqueando una virtud en específico, tal y

como se verá más adelante.

Las primeras cuatro etapas corresponden a las primeras 4 etapas de Freud y las

cuatro siguientes incluyen la etapa genital. Cada etapa contempla su crisis vital en

la cual la persona decide en un sentido positivo u otro (negativo) y en las que

pueden desarrollarse virtudes básicas o fuerzas del yo.


PRIMERA ETAPA. CONFIANZA VS. DESCONFIANZA.

De los 0 a los 2 años

Se da una frustración o indulgencia para adquirir o no la noción de poder confiar

en el mundo. La virtud básica que se espera se alcance en esta etapa es la

ESPERANZA.

La primera demostración de confianza social en el niño pequeño es la facilidad de

su alimentación, la profundidad de su sueño y la relación de sus intestinos. La

experiencia de una regulación mutua entre sus capacidades cada vez más

receptivas y las técnicas maternales de abastecimiento, lo ayudan gradualmente a

contrarrestar el malestar provocado por la inmadurez de la homeostasis con que

ha nacido (Erikson, 1993). En sus horas de vigilia, cuyo número va en aumento,

comprueba que aventuras cada vez más frecuentes de los sentidos despiertan

una sensación de familiaridad, de coincidencia con un sentimiento de bondad

interior. Las formas del bienestar y las personas asociadas a ellas se vuelven tan

familiares como el corrosivo malestar intestinal. El primer logro social del niño es

su disposición por permitir que la madre se aleje de su lado, sin experimentar

indebida ansiedad o rabia, porque aquélla se ha convertido en una certeza interior

así como en algo exterior previsible.

Erikson prefiere la palabra confianza porque hay según él más ingenuidad y

mutualidad, ya que afirmar que experimenta seguridad sería ir demasiado lejos.


El estado general de confianza implica no sólo que uno ha aprendido a confiar en

la mismidad y continuidad de los proveedores externos, sino también que uno

puede confiar en uno mismo y en la capacidad de los propios órganos para

enfrentar las urgencias, siendo uno capaz de considerarse suficientemente digno

de confianza como para que los proveedores no necesiten estar en guardia para

evitar una mordida.

En psicopatología, la mejor manera de estudiar la ausencia de confianza básica

consiste en observarla en la esquizofrenia infantil, mientras que en los adultos la

falta o debilidad de confianza se revela por un retraimiento hacia estados

esquizoides y depresivos. En tales casos desde la experiencia de Erikson, el

restablecimiento de la confianza constituye un requisito básico para la terapia,

debiendo entender cada uno de los cuadros psicopatológicos como un intento por

recuperar la mutualidad social.

Erikson señala que la cantidad de confianza derivada de la más temprana

experiencia infantil no parece depender de cantidades absolutas de alimento o

demostraciones de amor, sino más bien de la cualidad de la relación materna. Las

madres crean en sus hijos un sentimiento de confianza mediante ese tipo de

manejo que en su cualidad combina el cuidado sensible de las necesidades

individuales del niño y un firme sentido de confiabilidad personal dentro del marco

seguro del estilo de vida de su cultura. Esto crea en el niño la base para un

sentimiento de identidad que más tarde combinará un sentimiento de ser

“aceptable”, de ser uno mismo y de convertirse en lo que la otra gente confía en

que uno llegará a ser.


Los padres no sólo deben contar con ciertas maneras de guiar a través de la

prohibición y el permiso, sino que también deben estar en condiciones de

representar para el niño una convicción profunda, casi somática, de que todo lo

que hacen tiene un significado. En última instancia, los niños no se vuelven

neuróticos a causa de frustraciones, sino de la falta o la pérdida de significado

social en esas frustraciones.

SEGUNDA ETAPA. AUTONOMÍA VS. VERGÜENZA Y DUDA.

De los 2 a los 3 años

Existe un intento por establecer la individualidad y si esto no surge, el niño siente

vergüenza y duda. La virtud básica es la VOLUNTAD.

La maduración muscular prepara el escenario para la experimentación con dos

series simultáneas de modalidades sociales: aferrar y soltar. Como ocurre con

todas esas modalidades, sus conflictos básicos pueden llevar en última instancia a

expectativas y actitudes hostiles o bien, bondadosas. Así, aferrar puede llegar a

significar retener o restringir en forma destructiva y cruel y puede convertirse en un

patrón de cuidado: tener y conservar. Asimismo, soltar puede convertirse en una

liberación hostil de fuerzas destructivas o bien, en un afable “dejar pasar” y “dejar

vivir”.

Al tiempo que su medio ambiente lo alienta al niño “a pararse sobre sus propios

pies” (Erikson, 1993), debe protegerlo también contra las experiencias arbitrarias y

carentes de sentido de la vergüenza y la temprana duda.


Si acaso se niega al niño la experiencia gradual y bien guiada de la autonomía de

la libre elección (o si se la debilita mediante una pérdida inicial de la confianza)

aquél volverá contra sí mismo toda su urgencia de discriminar y manipular. Se

sobremanipulará a sí mismo, desarrollará una consciencia precoz. En lugar de

tomar posesión de las cosas, a fin de ponerlas a prueba mediante una repetición

intencional, llegará a obsesionarse con su propia repetitividad. Mediante tal

obsesión desde luego, aprende entonces a reposeer el medio ambiente y a

adquirir poder mediante un control empecinado y detallado, donde le resulta

imposible encontrar una regulación mutua en gran escala. Esa falsa victoria es el

modelo infantil para una neurosis compulsiva. También constituye la fuente infantil

de intentos posteriores en la vida adulta por gobernar según la letra y no según el

espíritu.

La vergüenza es una emoción insuficientemente estudiada, porque en nuestra

civilización se ve muy temprana y fácilmente absorbida por la culpa. La vergüenza

supone que uno está completamente expuesto y consciente de ser mirado: en una

palabra consciente de uno mismo, uno es visible y no está preparado para ello. La

vergüenza se expresa desde muy temprano en un impulso a ocultar el rostro, a

hundirse, en ese preciso instante en el suelo. Erikson (1993) cree que se trata en

esencia de rabia vuelta contra el sí mismo. Quien se siente avergonzado quisiera

obligar al mundo a no mirarlo, a no observar su desnudez. Quisiera destruir los

ojos del mundo. En cambio, lo único que puede desear es su propia invisibilidad.

Esta potencialidad se utiliza abundantemente en el método educativo que consiste

en “avergonzar”. La vergüenza visual precede a la culpa auditiva, que es un

sentimiento de maldad que uno experimenta en total soledad, cuando nadie


observa y cuando todo está en silencio, excepto la voz del superyó. Esa

vergüenza explota un creciente sentimiento de pequeñez, que puede desarrollarse

sólo cuando el niño es capaz de ponerse de pie y percibir las medidas relativas de

tamaño y poder.

Hay un límite para la capacidad del niño y el adulto para soportar la exigencia de

que se considere a sí mismo, su cuerpo y sus deseos, como malos y sucios, y

para su creencia en la infalibilidad de quienes emiten ese juicio. Puede mostrarse

propenso a dar vuelta a las cosas, a considerar como malo sólo el hecho de que

esas personas existen: su oportunidad llegará cuando se hayan ido o cuando él se

haya alejado.

La duda es hermana de la vergüenza. Cuando la vergüenza depende de la

conciencia de estar vertical y expuesto, la duda según Erikson con base en su

observación clínica, tiene mucho que ver con la conciencia de tener un reverso y

un anvers, y sobre todo un “detrás”. Esta última área del cuerpo, con su foco

agresivo y libidinal en los esfínteres y en las nalgas, queda fuera del alcance de

los ojos del niño y en cambio puede estar dominada por la voluntad de los otros. El

“atrás” es el continente oscuro del pequeño ser, un área del cuerpo que puede ser

mágicamente dominada y efectivamente invadida por quienes se muestran

dispuestos a atacar el propio poder de autonomía y quienes califican en términos

duros esos productos de los intestinos que el niño sintió como buenos al

expulsarlos. Este sentimiento básico de duda con respecto a todo lo que uno ha

dejado atrás, constituye un sustrato para formas posteriores y más verbales de

duda compulsiva; encuentra su expresión adulta en temores paranoicos


concernientes a perseguidores ocultos y a persecuciones secretas que amenazan

desde atrás (y desde adentro de ese atrás).

Esta etapa, por lo tanto, se vuelve decisiva para la proporción de amor y odio,

cooperación y terquedad, libertad de autoexpresión y su supresión. Un sentimiento

de autocontrol sin la pérdida de la autoestimación da origen a un sentimiento

perdurable de buena voluntad y orgullo; un sentimiento de pérdida del autocontrol

y de un sobrecontrol foráneo da origen a una propensión perdurable a la duda y la

vergüenza (Erikson ,1993).

TERCERA ETAPA. INICIATIVA VS. CULPA.

De los 3 años a los 5

El niño está en actividad y dominando habilidades y tareas nuevas. El niño tiene

objetivos y logros específicos. El castigo o reprobación constantes producen un

sentimiento de culpa. Participa en proyectos y está abierto a adquirir

conocimientos y a hacer proyectos. La virtud que se espera el niño adquiera en

esta etapa es la DETERMINACIÓN.

El niños parece “más él mismo”, más cariñoso, relajado y brillante en su juicio,

más activo y activador. Está en libre posesión de un excedente de energía que le

permite olvidar rápidamente los fracasos y encarar lo que parece deseable

(aunque también parezca incierto e incluso peligroso), con un sentido direccional

íntegro y más preciso. La iniciativa agrega a la autonomía la cualidad de la

empresa, el planeamiento y el “ataque” de una tarea por el mero hecho de estar

activo y en movimiento, cuando anteriormente el empecinamiento inspiraba las

más de las veces a actos de desafío o por lo menos, protestas de independencia.


La iniciativa es una parte necesaria de todo acto y el hombre necesita un sentido

de la iniciativa para todo lo que aprende y hace, desde recoger fruta hasta un

sistema empresario.

Mientras que la autonomía tiene como fin mantener alejados a los rivales

potenciales y por lo tanto puede llevar a una rabia llena de celos dirigida, la

mayoría de las veces contra los hermanos menores, la iniciativa trae aparejada la

rivalidad anticipatoria con los que han llegado primero y pueden por lo tanto,

ocupar con su equipo superior el campo hacia el que está dirigida la propia

iniciativa. Los celos y la rivalidad infantiles, esos intentos a menudo amargos y no

obstante esencialmente inútiles por delimitar una esfera de privilegio indiscutido,

alcanzan ahora su culminación en una lucha final por una posición de privilegio

frente a la madre; el habitual fracaso lleva a la resignación, la culpa y la ansiedad.

El niño tiene fantasías de ser un gigante y un tigre, pero en sus sueños huye

aterrorizado en defensa de su vida. Ésta es entonces, la etapa del “complejo de

castración”, el temor intensificado de comprobar que los genitales ahora

enérgicamente erotizados han sufrido un daño como castigo por las fantasías

relacionadas con su excitación.

La sexualidad infantil y el tabú del incesto, el complejo de castración y el superyó,

se unen aquí para provocar esa crisis específicamente humana durante la cual el

niño debe dejar atrás su apego exclusivo y pregenital a los padres e iniciar el lento

proceso de convertirse en un progenitor y en un portador de la tradición.


Una vez más se trata de un problema de regulación mutua. Cuando el niño, tan

dispuesto ahora a sobremanipularse, puede desarrollar gradualmente un sentido

de responsabilidad moral, cuando puede alcanzar cierta comprensión de las

instituciones, las funciones y los roles que permiten su participación responsable,

encuentra un logro placentero en el manejo de herramientas y armas, de juguetes

significativos y en el cuidado de los niños más pequeños.

La sensación de “virtud” resultante –a menudo la principal recompensa para la

bondad- más tarde puede volcarse intolerantemente contra los demás bajo la

forma de una supervisión moralista permanente, de modo que el empeño

predominante llega a ser la prohibición y no la orientación de la iniciativa (Erikson,

1993).

El niño no está en ningún otro momento tan dispuesto a aprender rápida y

ávidamente, a hacerse más grande en el sentido de compartir la obligación y la

actividad, que durante este período de su desarrollo.

La etapa “edípica” trae apareada no sólo el establecimiento opresivo de un sentido

moral que limita el horizonte de lo permisible, sino que también determina la

dirección hacia lo posible y lo tangible que permite que los sueños de la temprana

infancia se vinculen a las metas de una vida adulta activa. Por lo tanto, las

instituciones sociales ofrecen a los niños formas de adultos ideales a los que es

posible reconocer por sus uniformes y sus funciones y que resultan lo

suficientemente fascinantes como para reemplazar a los héroes y a los cuentos de

hada.
CUARTA ETAPA. LABORIOSIDAD VS. INFERIORIDAD.

De los 5-6 años a los 12

El niño se apacigua sexualmente y se concentra en el aprendizaje como una

forma de luchar, de descargar su propia energía. La virtud que se desarrolla es la

COMPETENCIA. La laboriosidad le ayuda al niño a mantenerse ocupado, con

algo que aprender bien. Si se le compara desfavorablemente, surge la inferioridad

y puede desarrollar un sentimiento de inadecuación y de inferioridad.

Con el período de latencia que se inicia, el niño de desarrollo normal olvida o más

bien, sublima la necesidad de conquistar a las personas mediante el ataque

directo o de convertirse en papá y mamá en forma apresurada: ahora aprende a

obtener reconocimiento mediante la producción de cosas. Ha experimentado un

sentimiento de finalidad con respecto al hecho de que no hay un futuro practicable

dentro del vientre de su familia y así está dispuesto a aplicarse a nuevas

habilidades y tareas, que van mucho más allá de la mera expresión juguetona de

sus modos orgánicos o el placer que le produce el funcionamiento de sus

miembros. Desarrolla un sentido de la industria, esto es, se adapta a las leyes

inorgánicas del mundo de las herramientas.

El peligro del niño en esta etapa radica en un sentimiento de inadecuación e

inferioridad. Si se desespera de sus herramientas y habilidades o de su estatus

entre sus compañeros, puede renunciar a la identificación con ellos y con un

sector del mundo de las herramientas.

El niño se desespera de sus dotes en el mundo de las herramientas y en la

anatomía y se considera condenado a la mediocridad o a la inadecuación. Se trata

de una etapa muy decisiva desde el punto de vista social; puesto que la industria
implica hacer cosas junto a los demás y con ellos, en esta época se desarrolla un

primer sentido de la división del trabajo y de la oportunidad diferencial (Erikson,

1993).

QUINTA ETAPA. IDENTIDAD DEL YO VS. CONFUSIÓN DE ROLES.

De los 12-13 años a los 18

Requiere que la persona se compare en su autopercepción y la de otros. Así, la

persona puede ver lo que otros esperan de él. La identidad permite un sentido de

individualidad y permite no caer en la confusión de roles. La confusión de roles en

el adolescente suele darse porque no puede visualizarse como alguien productivo

laboralmente. Si no hay el apoyo de los otros significativos, puede sobrevenir una

crisis de identidad o bien, una identidad negativa, desafiando valores

predominantes y produciendo una personalidad antisocial, criminal. En esta

etapa, la virtud que se espera desarrollar es la FIDELIDAD, sosteniendo lealtades

juradas con libertad a pensar de las contradicciones inevitables de los sistemas de

valores. Si no hay esta fidelidad, puede sufrirse de una crisis de valores.

De acuerdo con Erikson (1993) con el establecimiento de una buena relación

inicial con el mundo de las habilidades y las herramientas y con el advenimiento

de la pubertad, la infancia propiamente dicha llega a su fin y la juventud comienza.

Los jóvenes que crecen y se desarrollan, enfrentados con esta revolución

fisiológica en su interior y con tareas adultas tangibles que los aguardan, se

preocupan ahora fundamentalmente por lo que parecen ser ante los ojos de los

demás en comparación con lo que ellos mismos sienten que son, y por el
problema relativo a relacionar los roles y las aptitudes cultivadas previamente con

los prototipos ocupacionales del momento. Están siempre dispuestos a establecer

ídolos e ideales perdurables como guardianes de una identidad final.

El sentimiento de identidad yoica, entonces es la confianza acumulada en que la

mismidad y la continuidad interiores preparadas en el pasado encuentren su

equivalente en la mismidad y la continuidad del significado que uno tiene para los

demás, tal como se evidencia en la promesa tangible de una “carrera”.

El peligro de esta etapa es la confusión de rol. Cuando ésta se basa en una

marcada duda previa en cuanto a la propia identidad sexual, los episodios

delincuentes y abiertamente psicóticos no son raros.

Lo que perturba a la gente joven es la incapacidad para decidirse por una

identidad ocupacional. Para evitar la confusión, se sobreidentifican

temporariamente, hasta el punto de una aparente pérdida completa de la

identidad, con los héroes de las camarillas y las multitudes. Esto inicia la etapa del

“enamoramiento”, que no es en modo alguno total o siquiera primariamente

sexual, salvo cuando las costumbres así lo exigen. En grado considerable, el amor

adolescente constituye un intento por llegar a una definición de la propia identidad

proyectando la propia imagen yoica difusa en otra persona y logrando así que se

refleje y se aclare gradualmente. A ello se debe que una parte tan considerable del

amor juvenil consista en conversación.

La gente joven también puede ser notablemente exclusivista, y cruel con todos los

que son “distintos”, en el color de la piel o en la formación cultural, en los gustos y

las dotes y a menudo en detalles insignificantes de la vestimenta y los gestos que

han sido temporariamente seleccionados como los signos que caracterizan al que
pertenece al grupo y al que es ajeno a él. Resulta importante comprender (lo cual

no significa perdonar o compartir) tal intolerancia como una defensa contra una

confusión en el sentimiento de identidad. Los adolescentes no sólo se ayudan

temporariamente unos a otros a soportar muchas dificultades formando pandillas,

convirtiéndose en estereotipos y haciendo lo mismo con sus ideales y sus

enemigos, sino que también ponen a prueba perversamente la mutua capacidad

para la fidelidad. La facilidad con que se aceptan tales pruebas explica asimismo,

la atracción que las doctrinas totalitarias simples y crueles ejercen sobre la mente

de los jóvenes en los países y las clases que han perdido o están perdiendo sus

identidades grupales (feudal, agraria, tribal, nacional) y enfrentan la

industrialización mundial, la emancipación y la amplia comunicación.

SEXTA ETAPA. INTIMIDAD VS. AISLAMIENTO.

De los 18 a los 30-35 años

Existe una capacidad para desarrollar relaciones cercanas y significativas con

otros. El aislamiento es una autoabsorción, incapacidad para desarrollar

relaciones que impliquen un compromiso profundo. No hay temor a perder el yo al

fusionarse con el otro. La virtud predominante es el AMOR como una fuerza del

yo, como una devoción mutua y un deseo de cuidar a otros.

El adulto joven, que surge de la búsqueda de identidad y la insistencia en ella,

está ansioso y dispuesto a fundir su identidad con la de otros. Está preparado para

la intimidad, es decir, la capacidad de entregarse a afiliaciones y asociaciones

concretas y de desarrollar la fuerza ética necesaria para cumplir con tales


compromisos, aun cuando éstos pueden exigir sacrificios significativos. Ahora el

cuerpo y el yo deben ser los amos de los modos orgánicos y de los conflictos

nucleares, a fin de poder enfrentar el temor a la pérdida yoica en situaciones que

exigen autoabandono, como por ejemplo en afiliaciones estrechas, en los

orgasmos y las uniones sexuales. La evitación de tales experiencias debido a un

temor a la pérdida del yo puede llevar a un profundo sentido de aislamiento y a

una consiguiente autoabsorción.

La contraparte de la intimidad es el distanciamiento: la disposición a aislar y de ser

ello necesario, a destruir aquellas fuerzas y personas cuya esencia parece

peligrosa para la propia y cuyo “territorio” parece rebasar los límites de las propias

relaciones íntimas. Los prejuicios así desarrollados (y utilizados y explotados en la

política y en la guerra) constituyen un producto más maduro de las repudiaciones

más ciegas que durante la lucha por la identidad establecen una diferencia neta y

cruel entre lo familiar y lo foráneo.

La genitalidad a través del torbellino culminante del orgasmo, una experiencia

suprema de la regulación mutua de dos seres, de alguna manera anula las

hostilidades y la rabia potenciales provocadas por la oposición entre masculino y

femenino, realidad y fantasía, amor y odio. Así las relaciones sexuales

satisfactorias hacen el sexo menos obsesivo, la sobrecompensación menos

necesaria y los controles sádicos, superfluos.

Un ser humano debe ser potencialmente capaz de lograr la mutualidad del

orgasmo genital, pero también estar constituido de tal modo que pueda soportar

un cierto monto de frustración sin una indebida regresión, toda vez que la
preferencia emocional o consideraciones relativas al deber y la lealtad la hagan

imperativa.

A fin de encerrar una significación social perdurable, la utopía de la genitalidad

debería incluir:

1. Mutualidad del orgasmo;

2. Con un compañero amado;

3. Del otro sexo;

4. Con quien uno puede y quiere compartir una confianza mutua;

5. Y con el que uno puede y quiere regular los ciclos de

 El trabajo;

 La procreación;

 La recreación;

6. A fin de asegurar también a la descendencia todas las etapas de un

desarrollo satisfactorio.

Semejante logro utópico es parte integral del estilo que una cultura tiene para la

selección, la cooperación y la competencia sexuales (Erikson, 1993).

El peligro de esta etapa es el aislamiento, que en psicopatología puede llevar a

serios “problemas de carácter”.

SÉPTIMA ETAPA. GENERATIVIDAD VS. ESTANCAMIENTO.

De los 30-35 años a los 50


Generatividad implica productividad y creatividad en diversas áreas, sobre todo

para las generaciones futuras, en el mantenimiento y acrecentamiento de la

cultura. El estancamiento conlleva empobrecimiento, aburrimiento. CUIDADO es

la fuerza del yo que surge, que implica hacer algo por alguien y es por tanto, la

virtud que se espera se desarrolle en estos años.

La insistencia muy de moda en dramatizar la dependencia de los niños con

respecto a los adultos, a menudo hace pasar por alto la dependencia que la

generación más vieja tiene con respecto a la más joven. El hombre maduro

necesita sentirse necesitado y la madurez necesita la guía y el aliento de aquello

que ha producido y que debe cuidar.

La generatividad, es en esencia la preocupación por establecer y guiar a la nueva

generación, aunque hay individuos que por alguna desgracia o debido a dotes

especiales y genuinas en otros sentidos, no aplican este impulso a su propia

descendencia.

Cuando tal enriquecimiento falta por completo, tiene lugar una regresión a una

necesidad obsesiva de pseudointimidad, a menudo con un sentimiento general de

estancamiento y empobrecimiento personal. Los individuos entonces, comienzan a

tratarse a sí mismos como si fueran su propio y único hijo y cuando las

condiciones los favorecen, la temprana invalidez física o psicológica se convierte

en el vehículo de esa autopreocupación. El mero hecho de tener o incluso de

desear tener hijos sin embargo, no basta para alcanzar la generatividad.

En cuanto a las instituciones señala Erikson (1993) que protegen y refuerzan la

generatividad, sólo cabe decir que todas las instituciones codifican la ética de la
sucesión generativa; es decir, estiman de manera universal el legado de valores y

costumbres de los adultos a la nueva generación.

OCTAVA ETAPA. INTEGRIDAD DEL YO VS. DESESPERACIÓN.

De los 50 años hasta el cierre de la vida

La integridad implica la reflexión sobre la propia vida con la satisfacción de lo

logrado, aunque no todo se haya cumplido. La muerte se acepta sin problemas.

La desesperación implica arrepentimiento por lo no hecho, por lo perdido. La

primera es el fruto de las siete etapas anteriores y la SABIDURÍA es considerada

como darle a la vida un cierre apropiado, permite a la persona ver hacia atrás y

reflexionar sobre su vida y su muerte próxima.

Sólo en el individuo que en alguna forma ha cuidado de cosas y personas y se ha

adaptado a los triunfos y las desilusiones inherentes al hecho de ser el generador

de otros seres humanos o el generador de productos e ideas, puede madurar

gradualmente el fruto de estas siete etapas (Erikson, 1993).

Es la seguridad acumulada del yo con respecto a su tendencia al orden y el

significado. Es un amor postnarcisista del yo humano –no el sí mismo- como una

experiencia que transmite un cierto orden del mundo y sentido espiritual, por

mucho que se haya debido pagar por ella. Es la aceptación del propio y único ciclo

de vida como algo que debía ser y que necesariamente no permitía sustitución

alguna: significa así un amor nuevo y distinto hacia los propios padres. Es una

camaradería con las formas organizadoras de épocas remotas y con actividades


distintas, tal como se expresan en los productos y en los dichos simples de tales

tiempos y actividades.

El estilo de integridad desarrollado por su cultura o su civilización se convierte así

en el “patrimonio de su alma”, el sello de su paternidad moral de sí mismo. En esa

consolidación final, la muerte pierde carácter atormentador.

La falta o la pérdida de esta integración yoica acumulada se expresa en el temor a

la muerte: no se acepta el único ciclo de vida como lo esencial de la vida. La

desesperación expresa el sentimiento de que ahora el tiempo que queda es corto,

demasiado corto para intentar otra vida y para probar caminos alternativos hacia la

integridad.

La integridad yoica implica una integración emocional que permite la participación

por consentimiento, así como la aceptación de la responsabilidad del liderazgo.

Confianza (el primero de nuestros valores yoicos) se define aquí como “la

seguridad con respecto a la integridad del otro”, el último de nuestros valores, los

niños sanos no temerán a la vida si sus mayores tienen la integridad necesaria

como para no temer a la muerte.

Con el afán de hacer más ilustrativa la teoría de Erikson a continuación se

presenta lo que este mismo autor denomina cuadro de la epigénesis (Erikson,

1993):
Etapa Crisis

Sensorio Confianza

oral vs

desconfianz

Muscular Autonomía

anal vs

vergüenza,

duda

Locomotora Iniciativa

genital vs culpa

Latencia Industria vs

inferioridad

Pubertad y Identidad

adolescenci vs difusión

a del rol

Adultez Intimidad

joven vs

aislamiento

Adultez Generativ

idad vs

estancam

iento

Madurez Integrid

ad vs

disgust

o y

desper

ación

Las virtudes básicas de resultado perdurable a cada paso psicosocial son

(Erikson, 1993):
Crisis Virtud

Confianza básica vs desconfianza Impulso y esperanza

básica

Autonomía vs vergüenza y duda Autocontrol y fuerza de voluntad

Iniciativa vs culpa Dirección y propósito

Industria vs inferioridad Método y capacidad

Identidad vs confusión de rol Devoción y fidelidad

Intimidad vs aislamiento Afiliación y amor

Generatividad vs estancamiento Producción y cuidado

Integridad del yo vs desesperación Renunciamiento y sabiduría


Conceptos clave

Identidad Crisis Formación de Identidad Miedos

identidad negativa

Ansiedades Temor Confianza Desconfianza Autonomía

Duda Iniciativa Culpa Laboriosidad


Vergüenza

Inferioridad Identidad del Confusión de Intimidad Aislamiento

yo roles

Generatividad Estancamiento Integridad Desesperación Ciclo vital

Esperanza Voluntad Determinación Competencia Fidelidad

Amor Cuidado Sabiduría Crisis de

identidad

Para aprender más

Erikson, E. (1993). Infancia y sociedad. México: Lumen-Hormé

Erikson, E. (1982). El ciclo vital completado. México: Paidós

Erikson, E. (1991). Sociedad y adolescencia. México: Siglo XXI

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