LA ALIANZA
En un bosque lleno de árboles altos y flores junto con la luna, vivían tres
amigos Lina, la ardilla que era muy curiosa timo, un búho que era muy
mayor y era sabio un sordo que es travieso.
Un día, una sombra oscura comenzó a recorrer el bosque, las hojas se
marchitaban y los animales se escondían con miedo.
-Tenemos que hacer algo dijo Lira con nerviosismo
-la oscuridad viene de alguien triste dijo timo tenemos que ver de dónde
viene la oscuridad dijo Aru.
Los tres siguieron el rastro hasta hallar a Naira la cueva que lloraba junto
a un árbol seco, ella era la que había liberado la sombra, Ya que perdió a
su familia los amigos se acercaron lentamente Lira ofreció frutas dulces,
aru le contó historias alegres, y timo le canta una melodía tratando de
alegrarla y poco a poco naira dejó de llorar y la sombra se desvaneció.
El bosque volvió a brillar y los animales celebraron desde entonces los
cuatro no volvieron a separarse formando una alianza que protegerían la
vida y recordaba que la amistad podía curar hasta las heridas más
oscuras.
Pasaron los meses y el bosque volvió en calma Lira, timo, Aru, y naira
cuidaban el bosque aunque también hacían que los animales volvieran
en armonía. Pero una noche cuando la luna estaba cubierta de nubes
timo El búho percibí algo extraño la sombra no desapareció del todo solo
cambió de forma al día siguiente encontraron huellas y cuando llegaron
al final encontraron a un jabalí gigante hecho de humo y hojas.
Al enfrentarlo entienden que la única solución qué es luchando juntos y
poco a poco dejaron débil al jabalí y devolvieron la paz al bosque.
EL SECRETO DE LA CASA
En las afueras del pequeño pueblo de San se levantaron una casona
antigua abandonada desde hacía más de 20 años. Nadie quería
acercarse demasiado a ella: los vecinos decían que por las noches se
podían ver luces encendidas por la ventana, aunque no había
electricidad y que un murmullo extraño de cordial los pasillos, como si
alguien hablara desde detrás de las paredes punto la llamaban la casa
de los espejos Por qué, según los más viejos todos sus habitaciones
estaban llenas de cristales enormes que devolvían reflejos
distorsionados Lucia, una estudiante de periodismo de 18 años llevaba
semanas obsesionada con aquel lugar había leído los archivos del
municipio que le pertenecía a un tal doctor Aristóteles Morales, un
investigador en óptica que desapareció sin dejar rastro. Nadie supo si
había huido o muerto, pero desde entonces la casa quedó abandonada.
La joven pensó que aquella historia podría convertirse en un gran
reportaje para la revista escolar. Una tarde armada con su grabadora,
linterna y una libreta, Lucía decidió entrar; el sol empezó a ocultarse y el
viento soplaba los árboles del jardín, que parecían manos alargadas
intentando detenerla. La puerta estaba oxidada y se abrió con un
chirrido que se escuchó en todo el barrio.
Al poner un pie dentro de la casa le dio un escalofrío que les recogió
toda la espalda. El aire era más frío Y olía a polvo y madera; pero la
linterna alumbró algo que la dejaría sin aliento un espejo enorme del
suelo al techo que le reflejaba una apariencia distorsionada; más alta
con ojos oscuros y una expresión que no tenía rostro real Lucía
retrocedió un poco creyendo que era un truco de la luz sin embargo al
levantar la mano sus reflejo tardó un segundo en imitarla.
-debe ser por la suciedad del cristal murmuró avanzó por el pasillo,
encontrando espejo tras espejo y cada una de las imágenes parecía
moverse con un rostro inquietante, como sí otra versión de ella la
observara desde el otro lado del espejo.
En la biblioteca descubrió un cuaderno con la tapa empolvada sobre una
mesa cubierta de polvo. Las páginas estaban llenas de escritura
jeroglífica y notas. En el último cuarto descubrió un laboratorio lleno de
espejos conectados con cables. De la nada los espejos comenzaron a
brillar y comenzaron a romperse uno por uno rápidamente, Lucía corrió
hacia la salida, después de unos minutos logró escapar.
Al día siguiente, escribió su reporte para el periódico: “El misterio de la
casa del fin del pueblo”.
Contó todo lo que vio y escuchó, pero nunca mencionó la figura del
espejo.
Entregó su trabajo al profesor y, aunque su artículo fue el más leído del
mes, Laura jamás volvió a escribir sobre sueños ni misterios.
Desde aquella noche, cada vez que cerraba los ojos, veía la casa… y a
alguien mirándola desde la ventana.
EL RELOJ DE LAS HORAS PERDIDAS
En una ciudad antigua donde las calles estaban hechas de piedras
y las campanas marcaban el sismo de la vida punto vivía un joven
llamado Adrián era aprendiz de un viejo relojero, el señor Baltazar,
quién tenía la tienda más peculiar del lugar: en sus vitrinas no
había relojes comunes, sino piezas que brillaban con un resplandor
misterioso, como si cada uno guardara un secreto.
Baltasar siempre repetía:
-el tiempo no se mide solo en segundos también se mide en
recuerdos, en risas y en sueños.
Adrián lo escuchaba, aunque no entendía del todo. Un día de
lluvia, mientras limpiaban el taller Adrián encontró un reloj
guardado en un cajón polvoriento. Era diferente a todos: era de
oro era medio opaco con agujas que giraban hacia atrás.
Intrigado, Adrián le mostró el hallazgo a Baltasar, pero el anciano
al verlo, dijo;
-Ese reloj No debiste encontrarlo dijo con voz temblorosa; ese reloj
marca horas perdidas fue creado para quienes deseaban volver a
vivir un instante, pero su poder era peligroso.
Baltazar intentó guardarlo de nuevo coma pero la curiosidad de
Adrián ya estaba encendida. Esa misma noche, cuando el pueblo
dormía, tomó el reloj en sus manos y giró sus agujas hacia atrás.
De pronto sintió que todo giraba a su alrededor punto al abrir los
ojos, se encontró en el pasado: estaba en la casa del pueblo coma
en el día exacto en que había perdido a sus mejor amiga Clara,
quien se había mudado a otra ciudad Adrián entendió que el reloj
podía devolver momentos perdidos. Pasó la tarde con ella,
nuevamente como en los viejos tiempos, pero cuando el sol
comenzó a caer, el reloj vibró en su bolsillo y lo arrastró de vuelta
al presente.
Después de aquella experiencia, Adrián no pudo dejar de pensar
en el reloj. Empezó a usarlo cada noche: regresaba su cumpleaños
de infancia, al día en que su padre le enseñó a montar la bicicleta,
a momentos en que su madre le cantaba antes de dormir. Cada
viaje le llenaba de alegría, pero también de melancolía, porque al
volver al presente sintió que algo se le escapaba de las manos.
Adrián notó que era de verdad: cada mañana despertaba más
cambiado, como si hubiese vivido dos vidas a la vez pero aún así,
no podía resistirse a la tentación de girar las agujas y volver atrás.
Una noche, Adrián decidió usar el reloj por última vez para cambiar
algo que lo atormentaba: el día
Reconciliante antes de que este muriera giró las agujas con fuerza
y volvió a ese momento esta vez no gritó, no se enojó punto
abrazo a su padre y le dijo cuánto le quería, su padre confundido
Lo miró con ternura y le devolvió el abrazo.
—He estado en muchos lugares, papá —dijo con lágrimas en los
ojos; buscando tiempo… y ahora sé que el tiempo estaba aquí,
contigo.
El padre no entendía del todo, pero lo sostuvo en silencio, como
temiendo que desapareciera otra vez.
En ese instante, el reloj de las horas perdidas, que Adrián aún
tenía en la mano, se iluminó suavemente… y luego se detuvo.
Las agujas marcaron la hora exacta en que Adrián había decidido
volver.
Desde entonces, ya no volvió a preocuparse por el tiempo que
pasaba, sino por el valor de cada momento compartido.
EL GUARDIÁN
Había una vez un niño llamado Mateo, que vivía en un pequeño
pueblo donde todos los días parecían iguales. El sol salía a la
misma hora, las campanas de la iglesia sonaban puntualmente y
hasta los pájaros cantaban siempre las mismas melodías. A Mateo
le aburría la rutina, porque sentía que nada emocionante pasaba
en su vida.
Un día mientras jugaba en el el desván de su abuelo, encontró un
objeto muy antiguo cubierto de polvo, era muy grande de color
oscuro, y tenía una inscripción en la parte de atrás que decía
“descubrimos tu destino si manejas este objeto”, Mateo intrigado
le dio cuerda y de pronto, las agujas comenzaron a moverse al
revés al instante, la habitación desapareció y Mateo apareció en
medio de un bosque iluminado por miles de luciérnagas. Allí
conoció a un anciano de barba blanca y ojos brillantes, que se
presentó como El guardián.
-has activado el reloj, Mateo- dijo el anciano. Eso significó que
tiene el poder de viajar a través de las horas y los días.
Mateo emocionado aceptó la aventura. Su primer viaje lo llevó a
un pueblo congelado en el tiempo, donde la gente estaba inmóvil
como estatuas. Descubrió que para volverlos a la vida debería
tocar las campanas de la torre pero estaban custodiadas por un
enorme cuervo así comenzó su nueva aventura aunque tenía
miedo, Mateo recordó que el valor no significaba no sentir temor,
si no enfrentarlos.
Corrió; esquivo al cuervo y logró hacer sonar las campanas.
Entonces el pueblo volvió a la normalidad y todos le aplaudieron y
agradecieron.
El guardián apareció de nuevo y sonrió.
- Cada vez que usas el reloj para ayudar el mundo recupera su
equilibrio. Algún día deberás decidir si devolver el reloj o te lo
quedarás para siempre.
Mateo pensó un momento, aunque las aventuras eran
emocionantes también comprendió que el tiempo no era su
juguete, si no un regalo punto con una sonrisa devolvió reloj al
guardián.
Cuando volvió al desván de su abuelo, el reloj se encontraba
apagado sobre la mesa, pero en el corazón de Mateo había
quedado una certeza.
Después de devolver el reloj al guardián Mateo volvió a su vida en
el pueblo. Aunque estaba feliz de haber vivido una gran aventura a
veces miraba al cielo y se preguntaba si el guardián lo necesitaría
otra vez.
Esa noche, cuando Mateo intentaba dormir, escuchó un ruido
suave que venía del desván. Tomó su linterna y subió despacio.
La caja estaba abierta, y el reloj brillaba con una luz
impactante.
Entonces escuchó una voz tranquila que dijo:
—No tengas miedo, Mateo. Yo soy el guardián. Cuido lo que tu
familia ama.
El niño no sintió miedo, sino una gran calma. Desde ese día,
cada vez que subía al desván, saludaba al guardián en voz baja
y jugaba feliz, sabiendo que alguien invisible protegía los
recuerdos de su familia.
LA PUERTA QUE RESPIRABA
En mi casa hay una puerta al fondo del pasillo que nadie usa. Está toda
vieja, con pintura descascarada y una manija que chirría cuando uno la
toca. Mamá dice que lleva al sótano, pero yo nunca vi a nadie entrar ahí.
Siempre está cerrada con llave.
A veces, cuando me levanto a tomar agua de noche, escucho un sonido
raro que viene de esa puerta. No son pasos, ni viento. Es como si algo
respirara despacio.
Al principio pensé que era mi imaginación, pero una noche me acerqué
para escuchar mejor. Pegué la oreja a la madera y sentí un aire tibio salir
por una rendija.
—¿Hola? —dije bajito. Y juro que escuché mi nombre: “Leo”
Me quedé congelado. Después corrí a mi cuarto y me tapé hasta la
cabeza.
A la mañana siguiente, fui a ver. La puerta estaba entreabierta, aunque
mamá dice que nadie tiene la llave. Le conté lo que escuché y me dijo
que seguro soñé. Pero esa misma noche volvió a pasar. Solo que ahora
la voz dijo: “Ya casi salgo.”
Me temblaron las manos. Puse cinta en toda la orilla de la puerta para
que no se moviera.
Cuando desperté al otro día, la cinta estaba rota y la puerta abierta otra
vez.
Adentro no había nada, solo el piso lleno de huellas pequeñas y mojadas
que iban directo hacia mi habitación.
Desde esa noche duermo con la luz encendida… pero anoche escuché
otra vez ese sonido, más cerca que nunca.
Y esta vez no vino de la puerta. Vino de debajo de mi cama.
LA VENTANA DEL AULA 7
En mi escuela hay un aula cerrada desde hace años. Todos la llaman “el
aula 7”.
Tiene las ventanas rotas, la pintura descascarada y un candado oxidado
en la puerta. Dicen que hace mucho tiempo estudiaba ahí una niña que
desapareció durante una tormenta. Desde entonces nadie volvió a
usarla.
Siempre tuve curiosidad. Un día me quedé más tarde porque tenía que
limpiar el pizarrón. Cuando terminé, pasé por el pasillo y vi una luz
encendida en el aula 7.
Pensé que el profesor de mantenimiento estaba adentro, pero cuando
me acerqué no escuché nada. Solo un silencio raro.
Me subí a una silla para mirar por la ventana. Estaba tan sucia que
apenas se veía algo, pero entonces vi una forma moverse adentro. Era
una niña con trenzas, como de mi edad. Tenía un uniforme igual al de mi
escuela, pero más viejo.
Pensé que era mi reflejo, pero ella levantó la mano primero y sonrió.
Yo me asusté tanto que me caí de la silla. Corrí hasta la dirección, pero
cuando volví con la portera, la luz estaba apagada y no había nadie.
La portera me dijo: “Esa aula está cerrada con candado desde hace
quince años, niño. Nadie entra ahí.”
Cuando miré al pizarrón, había algo escrito con tiza blanca: “Gracias por
visitarme. Al otro día fui temprano y la ventana estaba limpia. Muy
limpia, como si alguien la hubiera lavado por dentro. Desde ese día,
cada vez que paso por ahí, el vidrio se empaña… y aparece dibujado un
corazón con dos trenzas al costado.
LA LLAMADA DEL NÚMERO DESCONOCIDO
Eran las dos de la mañana cuando sonó mi celular. Al principio no lo
atendí porque pensé que era un error, pero el número volvió a llamar.
Era un número raro, con muchos ceros.
Contesté medio dormido y escuché una voz igual a la mía que dijo:
—No salgas de tu cuarto. Soy tú, pero del futuro.
Me reí pensando que era una broma de mi primo. Le dije que no era
gracioso y colgué. Me dio sed, así que fui a la cocina a buscar agua.
Cuando volví, la ventana del cuarto estaba abierta y las cortinas se
movían como si alguien hubiera pasado por ahí.
El celular volvió a sonar.
—Te advertí —dijo la voz, con tono enojado.
Miré la pantalla, y había un mensaje nuevo con una foto. Era yo,
durmiendo en mi cama.
Solo que no recordaba haberla tomado.
En la foto, detrás de mí, se veía una sombra parada junto a la ventana.
Apagué el celular del susto, pero a los pocos segundos volvió a
prenderse solo y empezó a sonar de nuevo.
Contesté llorando, y la voz dijo despacio:
—Te dije que no salgas… ya estoy adentro.
La llamada se cortó.
No dormí esa noche. Al amanecer, fui a mirar mi celular.
En la galería había otra foto, tomada a las 3:00 a.m.
Yo estaba durmiendo, y la sombra ahora estaba más cerca, justo al lado
de mi almohada.
EL OSO DE PELUCHE ROTO
Mi hermana Sofi tenía un oso de peluche que se llamaba Bruno. Era
viejito, con una oreja medio rota y un ojo cosido con hilo azul. Ella
dormía abrazada a él todas las noches. Pero un día, de repente, lo tiró a
la basura. Me dijo que ya no lo quería porque “la miraba raro”. Yo me reí,
porque era un juguete, ¿cómo iba a mirarla?
A la noche, cuando todos dormían, fui al basurero y lo saqué. Me dio
pena dejarlo ahí, así que lo lavé y lo puse en la repisa de mi cuarto.
Esa noche soñé que alguien caminaba alrededor de mi cama, con pasos
suaves. Cuando abrí los ojos, no había nadie, pero Bruno estaba en el
piso, justo al lado de mis pies. Lo recogí, lo volví a poner en la repisa y
seguí durmiendo.
Al día siguiente, cuando me desperté, el oso estaba sentado en mi
escritorio, mirando hacia mi cama. Pensé que Sofi me lo había movido,
pero ella juró que no lo había tocado. Por la noche, lo dejé otra vez en la
repisa y cerré la puerta con seguro.
A las tres de la madrugada escuché un ruido, como si algo hubiera caído.
Encendí la luz… y Bruno estaba en el suelo, pero esta vez tenía los
brazos abiertos, como esperándome. Me asusté tanto que lo metí en una
caja y lo dejé en el patio.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, Bruno estaba en mi cama,
al lado mío, todo sucio de tierra. Desde entonces, cada vez que lo dejo
en otro lugar, vuelve solo.
Y lo peor fue anoche: amanecí con un hilo azul enredado en mi dedo…
igual al del ojo que él tenía cosido.
EL ESPEJO DEL PASILLO
En la casa de mi tía hay un espejo grandísimo en el pasillo. Tiene un
marco dorado y está tan limpio que se ve todo clarito. A mí nunca me
gustó pasar por ahí porque siempre sentía que el espejo me miraba,
aunque yo no me mirara a él.
Una vez me quedé solo en su casa mientras ella iba al mercado. Me dio
curiosidad y fui a ver el espejo de cerca. Cuando me paré frente a él, me
di cuenta de algo raro: no me [Link] veía el pasillo, las paredes, la
lámpara… pero no yo. Me acerqué un poco más y dije en voz baja:¿Por
qué no me veo?
Entonces apareció mi reflejo, pero no se movía igual. Yo levanté la mano,
y él no lo hizo. Solo me miraba fijo y sonrió. Fue una sonrisa rara, muy
distinta a la mía.
Di un paso atrás, y mi reflejo dio un paso hacia adelante. Corrí a mi
cuarto y cerré la puerta. Esperé a que mi tía volviera. Cuando regresó, le
conté lo que pasó, pero se rió y me dijo que el espejo “a veces refleja
mal por la luz”. Esa noche soñé que mi reflejo salía del espejo y se
sentaba en mi cama.
Al despertar, pensé que solo era una pesadilla, pero cuando pasé por el
pasillo para ir al baño, noté algo espantoso: El espejo estaba sucio, lleno
de marcas de manos por dentro.Y justo en el centro, había escrita una
palabra con mi misma letra:
“CAMBIEMOS.”
EL CUADERNO NEGRO
En el colegio encontré un cuaderno negro tirado en el pasillo. Tenía la
tapa dura, sin nombre, y una nota pegada que decía: “NO ABRIR.”
Obviamente, lo abrí. En la primera hoja estaba escrito mi nombre y la
fecha de ese día. En la segunda página, una palabra escrita con letra
pequeña: “AUSENTE.”
Me pareció raro, pero pensé que alguien estaba jugando una broma.
Guardé el cuaderno en mi mochila.
Cuando llegué a clase, la maestra pasó lista. Al decir mi nombre, miró
extrañada mi pupitre y dijo: Qué extraño… aquí dice que hoy no viniste.
Todos se rieron, pero yo sentí un escalofrío. Esa tarde, cuando abrí de
nuevo el cuaderno, apareció una hoja nueva, escrita sola: “HOY SÍ TE
VI.”
Cada día encontraba una frase diferente. Algunas me advertían, otras
simplemente me miraban.
Un día abrí el cuaderno y estaba vacío… hasta que escuché una voz
detrás de mí: No ignores lo que escribo. Desde entonces, cada vez que
lo veo, siento que alguien me observa, y que el cuaderno sabe cosas
que nadie debería saber.
EL AGUJERO DEL PATIO
Un día, en el patio de mi casa, apareció un agujero pequeño, como si
alguien hubiera cavado con las manos.
Al principio pensé que era obra de mi perro, pero cuando lancé una
piedra, no se escuchó caer.
Metí un palo, una pelota… nada desapareció. El agujero parecía no tener
fondo.
Por la noche escuché un golpe desde afuera. Fui con una linterna y vi
que el agujero había crecido.
Me asomé y algo me hizo retroceder de inmediato: mi propia cara estaba
dentro del agujero, pero con ojos completamente negros.
De repente, escuché una voz igual a la mía que dijo:
—Ahora te toca a ti venir.
Corrí adentro de la casa y cerré la puerta, temblando.
Al día siguiente, el agujero había desaparecido, como si nunca hubiera
existido.
Pero todavía encuentro marcas circulares en el patio que coinciden con
mis pies.
Desde entonces no juego cerca de ese lugar, aunque a veces, cuando
nadie me ve, siento que algo me está observando desde debajo del
suelo.
LA CÁMARA DEL DESVÁN
En el desván de mi abuela encontré una cámara vieja, de esas de rollo
que revelan las fotos después. Tenía un rollo dentro, así que lo saqué con
cuidado.
Decidí probarla. Tomé una foto de mi gato, que estaba durmiendo en la
mesa. La cámara hizo un clic y la foto salió al instante. Para mi sorpresa,
mostraba al gato exactamente donde estaba… pero un minuto después,
el gato saltó justo al lugar que estaba en la foto.
Emocionado, tomé otra foto, esta vez de mi papá trabajando en la
escalera del garaje. La foto mostró que iba a caerse. No le dije nada,
pensando que era casualidad. Pero dos horas después, papá resbaló y
casi se cae de verdad.
La última foto la tomé de mi cama, solo por curiosidad. Cuando la revelé,
vi algo que me heló la sangre: yo estaba durmiendo… y alguien más
estaba parado detrás de mí.
Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la figura
detrás de mi cama.
Al amanecer revisé la cámara. Había una foto nueva que yo no había
tomado. Mostraba mi cama vacía y la puerta del cuarto abierta, como si
alguien hubiera entrado mientras dormía.
Ahora tengo miedo de volver a usar la cámara… pero no puedo dejar de
mirar las fotos que aparecen solas.
LOS PASOS DEL PASILLO
Cada noche, después de que apagan las luces, escucho pasos en el
pasillo. Al principio pensé que era mi perro, pero él duerme en su cama,
y los pasos no suenan como los de un animal.
Al principio eran suaves, lentos… pero con los días se fueron acercando
cada vez más a mi puerta.
Una noche decidí grabar con mi celular. Puse la cámara frente a la
puerta y me escondí debajo de las sábanas.
En el video se veía la puerta abrirse sola, y una sombra entrar en mi
habitación. Se sentó al borde de mi cama y permaneció quieta. No tenía
cara, solo un contorno oscuro.
Lo peor fue al final del video. Se escuchó una voz, suave pero firme, que
decía:
—Te toca caminar tú esta noche.
Desde esa noche, cada vez que escucho los pasos, no quiero salir de mi
cama.
A veces creo que los pasos se han detenido porque ahora soy yo quien
los hace, aunque nunca salgo del cuarto.
Y cada mañana encuentro pequeñas huellas que no recuerdo haber
dejado.