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Noticia. Informatica

La reina Isabel II de Inglaterra falleció a los 96 años el 8 de septiembre de 2022, tras siete décadas de reinado, siendo un símbolo de estabilidad y unidad en el Reino Unido. Su reinado estuvo marcado por la adaptación de la monarquía a los cambios sociales y políticos, así como por la gestión de crisis familiares y nacionales. A pesar de los desafíos, Isabel II mantuvo una popularidad notable y su figura fue fundamental para la continuidad de la monarquía británica.

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La reina Isabel II de Inglaterra falleció a los 96 años el 8 de septiembre de 2022, tras siete décadas de reinado, siendo un símbolo de estabilidad y unidad en el Reino Unido. Su reinado estuvo marcado por la adaptación de la monarquía a los cambios sociales y políticos, así como por la gestión de crisis familiares y nacionales. A pesar de los desafíos, Isabel II mantuvo una popularidad notable y su figura fue fundamental para la continuidad de la monarquía británica.

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EL PAÍS CODIGO NEGRO EN LA MONARQUIA

BRITANICA 8 DE SEPTIEMBRE DE 2022

Muere la reina Isabel II de Inglaterra,


referente de la monarquía europea
La soberana fallece a los 96 años, tras siete décadas al frente de la
corona británica

Isabel II ha fallecido este jueves a los 96 años, en su residencia


de Balmoral y rodeada por toda su familia, según ha anunciado
el palacio de Buckingham. “La Reina ha muerto en paz en
Balmoral esta tarde. El Rey [Carlos de Inglaterra] y la Reina
Consorte [Camilla Parker-Bowles] permanecerán en Balmoral
esta tarde y regresarán mañana a Londres. Jueves. 8 de
septiembre de 2022″, ha señalado un sobrio comunicado sobre
fondo negro en la página oficial del palacio.
“La muerte de mi querida madre, Su Majestad la Reina, es un
momento de enorme tristeza para mí y para todos los miembros
de mi familia. Lamentamos profundamente la muerte de una
Soberana querida y una madre muy amada”, ha dicho Carlos III
en su primer comunicado oficial como monarca.

Coronación de la reina Isabel II el 2 de junio de 1953


La salud de la reina más longeva y popular del Reino Unido comenzó a
declinar desde que muriera, en abril de 2021, su esposo, Felipe de
Edimburgo. La monarca pudo presenciar en primera persona las
celebraciones en todo el país en julio por sus 70 años de reinado —el
Jubileo de Platino—, e incluso estuvo en condiciones, esta misma semana,
de recibir en su residencia escocesa al primer ministro saliente, Boris
Johnson, y de encargar a su sucesora, Liz Truss, la formación de un nuevo
Gobierno en su nombre. Era el decimoquinto primer ministro que recibía
una monarca que ha sido parte fundamental de la historia británica de la
segunda mitad del siglo XX y de las dos primeras décadas del XXI. A
pesar de las tormentas y contratiempos vividos por la Casa de los
Windsor durante este tiempo, la popularidad de Isabel II se mantuvo
robusta hasta el final de lo que los historiadores definen ya como la
“segunda era isabelina”.

Fueron necesarias décadas de templanza, moderación, aprendizaje,


torpezas corregidas y un anacrónico pero necesario sentido del deber
para que Isabel II fuera la parte indispensable del paisaje de la que
ningún británico estaba dispuesto a prescindir. Ella fue la razón de que
una artista tan gamberra y provocadora como Tracey Emin, cuya obra de
arte más conocida es una cama revuelta con las sábanas manchadas, se
declarara una “monárquica secreta”. O de que Vivienne Westwood, la
diseñadora británica de moda asociada a la estética del punk y de la new
wave, declarara, como millones de mujeres en todo el mundo, ser “muy
fan” de la reina.
Isabel II, el símbolo universal de lo que representa una casa real europea,
fue la demostración más evidente de que la supervivencia de la
institución monárquica depende siempre de la personalidad de quien
ostenta la corona. Y la suya fue una combinación perfecta de
tradicionalismo, invisibilidad, liturgia, modernidad en pequeños sorbos y
una delicada neutralidad constitucional que logró el respeto de los 15
primeros ministros, conservadores y laboristas, que gobernaron en su
nombre.
Clement Attlee, el socialdemócrata que construyó el Estado del bienestar
en el Reino Unido y quitó a los suyos las ganas de flirtear con los
sentimientos republicanos, escribió que “todos los monarcas, si están
preparados para escuchar, adquieren a lo largo de los años un
considerable inventario de conocimiento sobre los hombres, y sobre los
asuntos humanos. Y si tienen además buen juicio, son capaces de ofrecer
buenos consejos”. Setenta años de reinado proporcionaron a Isabel
Alejandra María, la primogénita de Jorge VI e Isabel Bowes-Lyon, nacida
en Londres el 21 de abril de 1926, la experiencia suficiente para seducir y
granjearse el respeto de egos descomunales como Winston Churchill,
Margaret Thatcher, Tony Blair o Boris Johnson.

Isabel, duquesa de York, con su hija, la futura reina Isabel II, nacida el 21 de abril
de 1926.

El tiempo jugó a favor de Isabel II, porque a medida que fueron pasando
las décadas de su reinado, la monarquía británica fue perdiendo sus
poderes discrecionales para convertirse en una institución más reglada y
limitada. Heredó un imperio y se convirtió a los 25 años en la clave de
bóveda de su arquitectura constitucional. Acabó siendo la representación
visible y el anhelo de estabilidad y unidad de un país fragmentado. Con
sus poderes ampliamente reducidos, pero con una influencia sobre el
devenir de los británicos difícilmente alcanzable por cualquier figura
política. En 1956, con la dimisión del primer ministro Anthony Eden; o en
1963, con la dimisión de Harold Mcmillan, la reina pudo ejercer su poder
de designar un sucesor. En 1965, al imponer el Partido Conservador su
propio método de elección interna de líder, quitó a la monarca esa
prerrogativa. Afortunadamente, sugirieron los historiadores. “La
monarquía se benefició de todas estas restricciones en los poderes de la
reina, porque todo ejercicio de discreción tiende forzosamente a ser
polémico”, defendía el profesor Vernon Bogdanor, el constitucionalista
británico más prestigioso, en la conferencia que impartió en el Gresham
College en 2016 para celebrar los 90 años de Isabel II.
El 6 de febrero de 1952, Jorge VI murió en la cama, a los 56 años. El
hombre cuya tartamudez y ataques de ira le prefiguraban como un rey
imposible; el joven que lloró en los hombros de su madre cuando el
destino le impuso una responsabilidad inesperada; el monarca que se
granjeó el respeto de los británicos al sufrir junto a ellos, en Londres, el
bombardeo alemán de la II Guerra Mundial, había dispuesto que su
primogénita, Isabel, tuviera la preparación constitucional para ser la reina
que él nunca pudo tener. No solo aprendió de tutores particulares como
el rector del prestigioso y elitista colegio de Eton, Henry Marten, los usos
y costumbres parlamentarios de Gran Bretaña —como comprobaron con
asombro varios de los primeros ministros con quienes despachó—, sino
que memorizó de principio a fin la biblia a la que también se aferraron su
abuelo, Jorge V, y su padre, para entender el difuso pero trascendental
papel de la corona británica: The English Constitution (La Constitución
Inglesa), el ensayo escrito por Walter Bagehot, legendario director del
semanario The Economist. Defendía Bagehot que la Constitución —no
escrita— de Inglaterra (en 1860 todo lo británico era inglés, y todo lo
inglés, británico) tenía dos ramas: la solemne y la eficaz. Al Gobierno, al
Parlamento y a la Administración correspondía la segunda. A la
monarquía, “que simbolizaba al Estado a través de la pompa y la
ceremonia”, le correspondía la primera.

Isabel II accedió al trono lejos del Reino Unido. Se enteró en Kenia de la


muerte de su padre. Realizaba la primera etapa de una larga gira junto a
su esposo, el duque de Edimburgo, por varios países de la
Commonwealth. En la noche anterior, dormían ambos sobre la copa de
una gigantesca higuera en el Parque Nacional de Aberdare. “Por primera
vez en la historia de la humanidad, una joven subió a un árbol como
princesa y bajó al día siguiente como reina”, escribió el naturalista
británico Jim Corbett, que se hospedaba por entonces en el mismo hotel.
La noticia cambió su vida, pero, a diferencia de Jorge VI, ella ya estaba
preparada para su destino. “Ante todos vosotros declaro que mi vida
entera, sea larga o corta, estará dedicada a vuestro servicio, y al servicio
de la gran familia imperial a la que todos pertenecemos”, había dicho la
princesa por radio desde Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, un 21 de abril de
1947, al cumplir 21 años. Esa “familia imperial” se ha ido disolviendo
durante los años más en una comunidad cultural y sentimental de
naciones que en una organización internacional con voz y peso propio.
Pero ha sido sobre todo la figura de Isabel II la razón última para que
países como Canadá o Australia, de naturaleza republicana, mantuvieran
a la reina como su jefa de Estado.

El peso de la familia
- La Casa de los Windsor ha tenido sus abundantes raciones de drama. Y
entraba dentro de lo normal que el drama familiar se convirtiera en
nacional. Como la abdicación de Eduardo VIII, más tarde el duque de
Windsor, por su amor a la divorciada estadounidense Wallis Simpson. O el
romance imposible de la princesa Margarita, hermana de la reina, con el
capitán Peter Towsend, héroe de guerra. En ambos casos, Isabel II pudo
poner orden de acuerdo con las rígidas reglas heredadas de la institución
monárquica.
El terremoto de Lady Di empujó a la reina y al palacio de Buckingham a
una dimensión desconocida: el drama ya era global, y la monarca se vio
obligada a lidiar con un concepto hasta entonces desconocido para ella:
la cultura popular. Fue el 24 de noviembre de 1992, en un discurso en el
que celebraba los 40 años de su ascensión al trono, cuando Isabel II
definió aquel año como annus horribilis. Vistas en perspectiva, las
desgracias de aquellos meses casi despiertan un sentimiento de ternura,
comparadas con lo que vendría años después.
En 1992, se divorció el príncipe Andrés de su esposa, Sarah Ferguson.
Treinta años después, su madre se vería obligada a pagar de su bolsillo
parte de los más de 14 millones de euros que el duque de York tuvo que
desembolsar para poner fin al oprobio de una acusación de abusar
sexualmente de una menor. En 1992 también se airearon a través de
libros o filtraciones a la prensa las infidelidades de Diana de Gales y de
Carlos de Inglaterra. Cinco años después, la muerte de Lady Di puso en
jaque todo el mundo construido alrededor de Isabel II. La isla de Mauricio
eligió en 1992 abandonar la Commonwealth y convertirse en
República. Veintidós años después, Escocia llevó hasta el precipicio, con
un referéndum de independencia, al Reino Unido. Y dos años más tarde,
el Brexit hundió al país en una crisis de identidad de la que apenas ha
comenzado a recuperarse.
La reina Isabel II, junto a su esposo, Felipe de Edimburgo, durante la celebración
del 40º aniversario de su ascensión al trono.

Isabel II estuvo presente en todos esos momentos. Discreta, a la hora de


afrontar las desgracias familiares. Neutral, frente a la amenaza de
fragmentación de su reino. “Espero que los votantes piensen
cuidadosamente en su futuro”, se limitó a decir antes de que los
escoceses se pronunciaran. Dice mucho sobre el respeto a su figura el
hecho de que la propuesta de independencia del Partido Nacional Escocés
de Nicola Sturgeon contemplara desde el primer momento que Isabel II
continuara siendo la reina del nuevo país.
Su verdadera prueba de fuego no fueron ni las sucesivas crisis
económicas que le tocó afrontar, desde su papel institucional, ni las
guerras, ni el malestar social de los años setenta, ni el terrorismo del
conflicto norirlandés. Su momento más delicado fue la muerte de Lady Di,
cuando la voluntad de mantener en la esfera privada el duelo familiar —y
su evidente escaso apego hacia la “princesa del pueblo”— chocó de
bruces con un sentimiento popular de dolor que rozó la histeria, y culpó
sin matices al palacio de Buckingham del desdichado final de quien
hubiera podido ser ella misma reina.
El proceso de despertar y de redención de Isabel II quedó inmortalizado
en la memoria de todos los que vieron The Queen (La Reina), la magistral
película de Stephen Frears con la también magistral interpretación de
Helen Mirren. Aquel momento en que la reina decidió finalmente regresar
desde Balmoral (Escocia) a Londres, y recorrer a pie el manto de flores
que miles de ciudadanos habían dejado frente a la verja del palacio de
Buckingham, ha permanecido en la historia como el instante en que
Isabel II se reconcilió con un pueblo que no renegaba de ella, sino que
esperaba un mínimo gesto para perdonarla.
La Reina Isabel II y su esposo, Felipe de Edimburgo, observan los miles de ramos de
flores depositados por ciudadanos en el exterior del palacio de Buckingham, en
memoria de Diana de Gales, fallecida en accidente de tráfico, en una imagen del 5
de septiembre de 1997.

Lo contó Robert Lacey en su libro Monarquía: La Vida y Reinado de Isabel


II: “Vestida de negro, mientras recorría la larga fila de ciudadanos
dolientes, una niña de 11 años le ofreció cinco rosas rojas. ‘¿Quieres que
las coloque junto a las otras?’, preguntó la reina. ‘No, majestad. Son para
usted”, replicó la pequeña. “Escuchamos cómo la gente comenzaba
tímidamente a aplaudir’, recordó uno de los ayudantes de palacio. ‘Y
recuerdo que pensé: ¡buuf!, todo sigue en orden”.
Isabel II tuvo la virtud, a medida que avanzaba su reinado, de transmitir a
los británicos, con su mera presencia, con su cumplimiento estricto del
papel que le correspondía, esa sensación de que “todo estaba bien”.
Aunque no lo estuviera. Sobre todo, porque no siempre supo gestionar
correctamente los desmanes de los miembros de su familia. O no siempre
le correspondieron sus descendientes con el respeto debido.
Aguantó hasta que resultó inaguantable la sórdida amistad de su hijo
Andrés —el favorito, según han afirmado durante décadas los medios
británicos— con el millonario pederasta estadounidense Jeffrey Epstein. Y
solo decidió despojarle de títulos y honores, y apartarlo de la vida pública,
cuando su proximidad se convirtió en un peligro para la institución. O
decidió también despojar de rango y privilegios a su nieto Enrique cuando
desde la distancia estadounidense emprendió una campaña de
acusaciones de abuso y de supuesto racismo contra su esposa, Meghan
Markle.
Ni una palabra de la reina en uno u otro caso. No existe ni una entrevista
de la monarca durante 70 años de reinado. Las concedió su esposo, el
príncipe Felipe de Edimburgo, fallecido el 9 de abril de 2021. Las dieron
sus hijos Carlos o Andrés. Las han dado sus nietos, Guillermo o Enrique.
Isabel II fue a la vez un libro abierto y un misterio. Simple en sus
aficiones: la naturaleza, la caza, y sobre todo los caballos. Simple en sus
rutinas: terminó cada día de su vida con una breve anotación en un diario
de lo realizado durante la jornada, pero, salvo que la historia arroje una
sorpresa, sin grandes reflexiones ni juicios de valor sobre aquello de lo
que escribía.
Fue uno de los actores principales del gran teatro del mundo,
representando el papel que de ella esperaban miles de millones de
espectadores. Recibió a 12 presidentes de Estados Unidos, a centenares
de dignatarios internacionales, y se reunió con cuatro Papas. La cabeza
de la Iglesia anglicana, que rezaba cada noche antes de acostarse y era
una creyente devota, vio evolucionar con los tiempos la doctrina que
comandaba al aceptar divorcios, o consagrar mujeres y homosexuales.
La reina y sus primeros ministros
La primera vez que Isabel II encargó la formación de un Gobierno en su
nombre a un primer ministro más joven que ella fue en 1990. Era el
conservador John Major. Le seguiría Tony Blair, 27 años menor que la
monarca. Cuando accedió al trono, en 1952, no habían nacido ni la recién
nombrada primera ministra Liz Truss, ni Boris Johnson, ni David Cameron
ni el propio Blair.
Si la joven reina admiró y escuchó con humildad los consejos de Winston
Churchill, con los años, fue ella la que pudo aconsejar desde su propia
experiencia a muchos políticos víctimas de ese mal tan propio de la
profesión, el adanismo. La creencia de que la historia comienza con ellos.
Aunque la mayoría de ellos dieron a la monarca el papel que le
correspondía. Anthony Eden compartió con ella los planes secretos de
aquella catástrofe que supuso en 1956 la invasión del canal de Suez. Y
Margaret Thatcher la mantuvo al tanto de la guerra de las Malvinas
contra Argentina.
El papel de la reina fue en todo momento el de expresar sus dudas o
preocupaciones a través de preguntas, y para la historia ha quedado la
convicción generalizada de que a Blair, en alguna de las audiencias
previas a la invasión de Irak, le preguntaría si no merecía la pena dar algo
más de tiempo a la iniciativa y buscar el respaldo de la ONU que nunca se
obtuvo.
La pandemia y la muerte de Felipe
El reinado de Isabel II fue la imagen constante de una pareja cómplice e
inseparable. Felipe de Edimburgo fue la única persona capaz de cantar a
la reina las verdades del barquero, y de arrancarle en público la mayor de
las sonrisas. “Ha sido, simplemente, mi fuerza y mi apoyo durante todos
estos años (…) y tengo con él una deuda mucho mayor de la que nunca
me reclamará, o de la que nunca nadie sabrá”, dijo de su esposo en 1997,
al cumplir sus bodas de oro.
Cuando el 17 de abril de 2021 los británicos vieron a su reina sola, de
negro, embozada en una mascarilla, velando el féretro del duque de
Edimburgo en la capilla del castillo de Windsor, muchos percibieron el fin
de una era. Por entonces, Isabel II llevaba más de un año confinada en
ese castillo, junto a su esposo. Su agenda pública se había reducido
drásticamente, y la incrementada presencia en primera línea de Carlos de
Inglaterra, su hijo y heredero, o del príncipe Guillermo (segundo en la
línea de sucesión) y su esposa, Kate Middleton, hacía pensar que la
monarca iba entregando poco a poco el testigo a otra generación.
Pero la pandemia concluyó, e Isabel II fue incrementando su actividad
oficial a medida que se acercaba la gran celebración del Jubileo de
Platino, en 2022. La promesa de servicio a sus ciudadanos hasta el final
de sus días, que realizó en su 21º cumpleaños, llevaba implícita la idea de
que un monarca británico solo abandona el trono cuando fallece. Los
últimos años de la reina estuvieron plagados de rumores sobre su
retirada de la vida pública y la decisión de dar vía libre al reinado de su
hijo Carlos. Nunca se confirmaron.
La descripción más cariñosa, y probablemente la más cercana al
sentimiento y percepción general de su reina que tuvieron muchos
británicos, la escribió el profesor de Política e Historia, Ben Pimlott, el
autor de la biografía más equilibrada y honesta de Isabel II: “Siempre fue
la niña pequeña en el palacio enorme, con su nariz aplastada contra el
cristal de la ventana. Le gustaba pensar, y quizá acertó, que muchos de
sus súbditos veían en ella a alguien muy parecido a ellos: prosaica, nada
pretenciosa, la clase de persona que, en palabras de uno de sus
admiradores, recorre la casa para ir apagando las luces que los niños se
dejaron encendidas”.
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