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Control Fiscal

La reforma de la Ley de la Contraloría General de la República es urgente para modernizar el control fiscal y enfocarlo en la verdad y la eficiencia, en lugar de en formalismos burocráticos. Se propone un cambio hacia un control que priorice resultados, agilidad y sentido común, utilizando tecnología para detectar anomalías en tiempo real. Esta transformación es esencial para que la contraloría cumpla su función de proteger el patrimonio público y combatir la corrupción de manera efectiva.

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La reforma de la Ley de la Contraloría General de la República es urgente para modernizar el control fiscal y enfocarlo en la verdad y la eficiencia, en lugar de en formalismos burocráticos. Se propone un cambio hacia un control que priorice resultados, agilidad y sentido común, utilizando tecnología para detectar anomalías en tiempo real. Esta transformación es esencial para que la contraloría cumpla su función de proteger el patrimonio público y combatir la corrupción de manera efectiva.

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Por un Control Fiscal al servicio de la verdad: Es Hora de

Reformar la Ley de la Contraloría General de la República

por ANTONIO BERMÚDEZ


Doctor en Derecho Procesal Constitucional
Ex Contralor Municipal de Maracaibo

En un país que busca distinguirse sobre las bases de la transparencia y la eficiencia,


sigue pendiente una tarea fundamental: modernizar la maquinaria del Estado para que
sirva al pueblo, no a intereses burocráticos. En este sentido, la reforma de la Ley de la
Contraloría General de la República no es una opción, es una necesidad urgente.
Necesitamos pasar de un control fiscal obsesionado con el formalismo legal a uno
comprometido con la verdad llana y verdadera.
Durante demasiado tiempo, hemos sido testigos de cómo el espíritu de la contraloría,
que no es otro que proteger el patrimonio público, se ve ahogado en un mar de
papeles, informes, procedimientos interminables y tecnicismos legales. Se ha creado
una cultura donde lo importante parece ser que el expediente esté en orden, aunque la
realidad grite lo contrario. Mientras un auditor se pierde en el laberinto de un
requerimiento mal formulado, los recursos del pueblo se desvían, las obras se paralizan
y la corrupción encuentra sus grietas por donde colarse.
El exceso de legalismos no es sinónimo de rigor; a menudo es el mejor aliado de la
inoperancia. Actualmente un proceso de fiscalización puede tardar años en emitir
finalmente un dictamen, porque cada coma debe ser consultada y cada paso debe
seguir un protocolo arcaico, es un proceso que ha fracasado. Según la vigente Ley, una
vez finalizada una auditoría, el proceso administrativo hasta la decisión final, sin
interrupciones, dura doce meses y medio. La burocracia se convierte en un fin en sí
misma, y el objetivo último —descubrir si se manejaron bien o mal los fondos— se
difumina.
Estos formalismos ofrecen una cobertura perfecta. El funcionario negligente o corrupto
puede escudarse en un vicio de procedimiento para anular una investigación, mientras
el daño al patrimonio público permanece impune. ¿De qué nos sirve una contraloría
técnicamente impecable si no es eficaz para detener la corrupción? Necesitamos un
control ágil, que priorice el fondo sobre la forma.
La propuesta de un control fiscal que vaya a la “verdad llana y verdadera” significa
darle un giro copernicano a la institución. Implica:
1. Enfoque en los Resultados: La pregunta central debe cambiar. Ya no será solo
“¿se siguió el procedimiento?”, sino “¿se cumplió el objetivo? ¿Se entregó el
servicio? ¿Se benefició realmente a la ciudadanía?”. Una obra pública no se
juzga por las toneladas de cemento presupuestadas o las toneladas de asfalto
colocadas, sino por su calidad y por haber sido terminada a tiempo.
2. Agilidad y Pragmatismo: Debemos dotar a la Contraloría de herramientas
modernas y procedimientos expeditos. Usar la tecnología. Dejar de acumular
papeles. El big data y la inteligencia artificial pueden analizar grandes volúmenes
de datos para detectar anomalías en tiempo real, no años después. Un control
preventivo y en tiempo real vale más que mil actos de fiscalización posteriores.
3. Auditorías con Sentido Común: Es necesario empoderar a los auditores para
que usen su criterio profesional y su sentido común, enfocándose en lo
materialmente significativo. Que un documento no tenga el sello en el lugar
exacto, o que una firma no esté estampada, no pueden tener más peso que la
evidencia de un sobreprecio de millones.
Algunos dirán que relajar los formalismos abre la puerta a la arbitrariedad. Por el
contrario, un sistema ágil y centrado en la verdad es más transparente. Sus resultados
son claros y comprensibles para todos: se actuó bien o se actuó mal. La transparencia
no reside en la complejidad de los informes, sino en la claridad de sus conclusiones y
en la celeridad con que se actúa sobre ellas.
La reforma de la Ley de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional
de Control Fiscal es una oportunidad histórica para convertirla en el verdadero
termómetro de la gestión pública. Es una cuestión de sentido común y de voluntad
política. Exijamos una Contraloría que no se pierda en los papeles, sino que hable el
lenguaje de la realidad: claro, directo y contundente. Una contraloría que no tema
nombrar la verdad, por cruda que sea, y que esté al servicio no de la norma por la
norma, sino del pueblo al que se debe.
Es hora de que el control fiscal deje de ser un ritual y se convierta en una herramienta
poderosa para la honestidad y el desarrollo de la Nación. La verdad, por llana que sea,
siempre será el camino más corto hacia la justicia. Por un Control Fiscal al Servicio de
la Verdad: Es Hora de Reformar la Ley de la Contraloría General de la República.
¡Venceremos!

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