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Copia de EPIFANÍAS

El documento explora la noción de epifanía como un momento de trascendencia y descubrimiento personal, destacando la importancia de la conciencia y la generosidad en la experiencia humana. A través de diversas reflexiones sobre el amor, la tristeza y la búsqueda de la verdad, se presenta una profunda conexión entre el individuo y sus emociones, así como la relación con los demás, especialmente con la figura materna. La obra culmina en una meditación sobre la luz y el conocimiento, sugiriendo que la comprensión y la belleza se encuentran en los momentos más simples de la vida.

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Copia de EPIFANÍAS

El documento explora la noción de epifanía como un momento de trascendencia y descubrimiento personal, destacando la importancia de la conciencia y la generosidad en la experiencia humana. A través de diversas reflexiones sobre el amor, la tristeza y la búsqueda de la verdad, se presenta una profunda conexión entre el individuo y sus emociones, así como la relación con los demás, especialmente con la figura materna. La obra culmina en una meditación sobre la luz y el conocimiento, sugiriendo que la comprensión y la belleza se encuentran en los momentos más simples de la vida.

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EPIFANÍAS

Una epifanía es un momento en el que se halla. Y en tanto que el hallazgo no añade nada
nuevo a lo existente sino a la conocido, la epifanía supone una trascendencia del
pensamiento. La epifanía es el momento en el que la luz de una conciencia se amplía gracias
a la casualidad de un momento glorioso. Es amplitud, es generosidad, pero también es
ruptura. No es necesariamente un término religioso que apela a la manifestación de algo que
se encuentra más allá de nuestro mundo; sino que nuestro mundo es siempre el de nuestra
conciencia y, por suerte, su terca perseveración es susceptible de acoger en su seno una
transformación. Por ello, vivientes, armad bien vuestros ojos, para lo que deberéis desarmar
entonces vuestros corazones. Teñidlos de la generosidad y de la estricta ternura propias del
amor, veréis como vuestros ojos acogerán una penetrancia inusitada. ¡Reparad vuestro
espíritu seco y entumecido y reparad en el escenario que el mundo nos brinda, en el que todo
se haya orquestado al son de la posibilidad del descubrimiento de su misterio! ¡Vivientes, el
sentido nos aguarda!
SALVACIÓN

A veces, en épocas que me acaecen amenazando mi libertad o


haciendo ebullir el hastío que guardo como cicatriz del desencanto, mi
corazón se pliega y me invade el angustioso temor de que las llamas de mis
preciadas pasiones se sofoquen y me mortifiquen entonces. En esos
momentos de pavor, destellos me sobrevienen para recordar el fervor de un
sentimiento opacado pero existente. Siento un enorme alivio ante el descarte
de la posibilidad de mi retorno a la nada porque tú, impulsada y elevada por
un recuerdo o idea, apareces en mi como una caricia.
UN PROFUNDO LLANTO

A través de los poros, como fugas de un bote que se hunde, se me


escapa un profundo llanto. Debo navegar con cuidado, pues cualquier ola es
capaz de despertarme mediante el vértigo de la vida. Mi pequeño bote se
hunde en un inmenso mar, y cada vez que transito la cresta de la ola,
alzándome sobre el pulso monótono de la vida común, un hermoso sol me
punza los ojos. Entonces coloco mis manos saladas sobre esos ojos dolidos,
dejando mi bote desprotegido. El agua vuelve a entrar. Cualquier nueva
intensidad revela el dolor tapado de mi alma, y entonces se me escapa un
profundo llanto.
Hoy, pertrechado de una vanidad absurda, decidí encararme al espejo
que tanto me aterra. En lugar de volver a encontrarme frente a la decepción
y el fracaso de un cuerpo maltratado por su propia insensibilidad -
insensibilidad nacida del gran suicidio espiritual que todos alguna vez
llevamos a cabo-, reparé en mis ojos verdes y profundos. Me sentí
falsamente halagado, pues volví a caer en esa estúpida trampa de creer que
la belleza y la inteligencia son suficientes para protegernos del fracaso y la
ignorancia. Seguí mirando ese espejo, y reparé en que se encontraba sucio y
repleto de rayaduras. La mezcolanza verdinegra que teñía la escena lo había
enmascarado. Mis colores eran los de la decadencia, a la cual me había
acostumbrado. Pero aquella vez mis ojos fueron optimistas. Seguí mirando
ese cuerpo, extrañado aún por no recibir reflexiones sobre su podredumbre.
Entonces algo pareció moverse tras de mí. El espejo lo delató. Un niño
como recién despertado, con un pijama roto que entonaba perfectamente con
el negro y el verde, frotaba sus legañas con una mezcla entre desconcierto y
enfado. En la otra mano sujetaba un cuchillo.
He llorado al ver a un chico ayudar a su compañero.
He llorado al contemplar un triunfo.
He llorado de solidaridad.
He llorado de propósito.
Mis lágrimas son agua que nutre ríos secos.
sobre la noche en la que nos vengamos y reivindicamos nuestra
libertad
la rigidez frente a la amplitud del niño
MADRE

Recuerdo una vez, que es todas, me miraste, madre, con la sinceridad


de un corazón que ama como late. Para ti, rutina. Pero en mi... No advertiste
el alineamiento y el baile de nuestros ojos. Saltaron chispas. Mas solo las vi
yo, pues el fuego para la madre es rutina. Recuerdo el atravesamiento,
sincero, tan sincero, a través de mi espíritu despistado, y caí en la cuenta,
tarde, de aquello que en ti vibraba. Comprendí mi valor, a los ojos de mi
madre, que me mira con una naturalidad abrasadora, emanada de unos ojos
celestes que dan a luz a sus niños. Recuerdo una vez, universal y única, me
miraste, madre, con la sinceridad del que ama; te comprendí; y sentí que
nacía de nuevo.
MADRE

Es tan obvio como triste pensar al espacio entre dos subjetividades


como intrazable. Dos que han aprendido a ser de manera distinta han de
vivir también mundos distintos. Una de esas realidades ajenas, pero común a
muchos en su lejanía, es el amor fraternal. Todos hemos sido hijos sin ser
padres, desconociendo así la pureza y la intensidad del amor de un padre o
de una madre. Sin embargo, tras la imposibilidad de franquear ciertos
decretos de realidad, existen siempre poros a través de los que todo lo oculto
es capaz de mostrarse. Las parcelas del ser, en tanto que hermanas
florecidas de una misma materia prima, pueden hallarse entrelazadas. Por
tales poros supuran realidades ignotas.

La intensidad juega un papel crucial en el juego del desborde y de la


catarsis, que es siempre trascendencia y ruptura; y los grandes y brillantes
ojos azules de mi madre resplandecían aquella noche con la noble tristeza de
un amor inconmensurable. En ese momento, aquella energía que emanaba
de sus poros se filtró por los míos, predispuestos desde antes a ser generosos
en su oquedad, con tal de honrar un amor condenado al silencio; silencio al
menos hasta que otro silencio similar rasgase mi corazón con la cruel firma
de la justicia.

Todos sabemos de ciertos momentos que se nos adhieren como


caprichosos infantes a las faldas de una madre. Los ojos de la mía brillaban
con ese resplandor propio de lo inolvidable, clavándose en mí para siempre,
y trazando por fin en una bellísima epifanía ese puente intrazable entre su
mundo y el mío.

Madre, siento que ni mis afectos ni mis palabras serán nunca


suficientes para retribuir todo lo que me has dado. Realmente, lo grandioso
de tu amor es su desinterés y, sin embargo, yo busco saldar tu herida. Oh,
Madre, mi ángel, mi luz, mis ojos. Fue tan grande el amor en tus ojos, que
llenaron de luz a los míos, dibujando en ellos un retrato perfecto de mi,
haciendo entender a este pobre y cegato para consigo, que puede llegar a ser
alguien preciado y visible. Tu amor cura mi miseria, y en tu amor existo y
me veo reflejado.
LA VERDAD DEL HOMBRE DE LA CASA SIN ESPEJOS

Á., conocido como el hombre de la casa sin espejos, entró presuroso al


cuarto de baño, bajó sus pantalones y posó aliviado su trasero sobre la taza.
Una vez en posición, la cual la cultura instintiva eleva a una santidad similar
a la del placer de una ducha caliente, se dedicó al noble ejercicio de la
reflexión. Para él, siempre trampa, pues su naturaleza melancólica y sombría
siempre tiraba violentamente de él hacia sus fosas. Quizás, en lugar de
manos poco amables, acaso tiran de él con la dulzura del que busca aliados
para una buena causa. Alguna cuestión abisal aguardaba a ser resuelta.
Puede que la tristeza sea una disposición activa después de todo. Sometido a
indómitas fuerzas, corrió escaleras abajo cogido de esa mano incierta. Una
vez tocado el fondo, se encontró ya participando de los ritos de la
rumiación. ¿Por qué? El por qué es la disposición esencial y tácita alrededor
de la que se congregan todas las inquietudes de los bajos fondos. La tristeza
es una nube gris, pero también un claro espacio. Un hedor de indigestión
que contrastaba con la pulcritud de su cuarto de baño le sacó de su trance,
aunque el trabajo ya estaba hecho, la pregunta se encontraba ya lanzada.
Cavilaba vagamente, -sabiendo sin decir, por no querer decir- mientras
posaba pausadamente su mirada sobre diferentes objetos del cuarto que
parecían servirle de distracción. Las verdades suelen estar, no gustan de
esconderse mucho, más bien gustan de salir, pero nadie les hace caso. La
verdad es aquello ante lo que uno cierra los ojos de la misma manera que lo
hace ante una película de terror. ¿Se sentirá sola la verdad? Él, yo, me siento
solo. Siguió navegando la mirada por el cuarto, cada vez más ansioso. Era
consciente de que sus fingidos distractores eran incapaces de sostenerle, de
aplacar la fuerza de su verdad. Como si de cualquier otra cosa se tratara,
reparó en el pestillo de la puerta. Él siempre solía echar el pestillo cada vez
que decidía pasar tiempo a solas en un cuarto. Más aún si en él se hacía algo
íntimo. Era bajo esa creencia -la de que nadie podía entrar- bajo la que él
podía permanecer tranquilo. Para él, cerrar el pestillo era un automatismo.
Aquella vez, sin embargo, el pestillo se encontraba dramáticamente abierto.
El corazón le dio un vuelco, el miedo rompió todas sus barreras y un intenso
rubor le delató. ¿Era ésta su verdad, la misma por la que en ninguno de los
cuartos de su casa existía espejo alguno? Una carcajada infantil ablandó la
rigidez de su rostro angustiado. La inevitabilidad de la verdad, capaz de
manifestarse en cualquier lugar, le pareció maravillosa. Efectivamente, la
del pestillo, esa era su verdad.
MIRADA HACIA ATRÁS

Retrospecto vuelvo a sentarme conmigo, en las sillas baratas y azules


de las terrazas donde antaño bebíamos leche con canela y limón,
acompañados de personas fugaces y de una vil inconsciencia.

Qué ha sido -qué eres- de nosotros, nos decimos. Bañados en el


sustrato onírico, no sabemos ya quien visita a quien, mas yo poso
paternalmente mi mano sobre el hombro de mi niño. De mis ojos tiernos
brotan palabras de entendimiento y de luz.

¿Qué eras, sin saber, tú, mi yo asustado, ignorante de su fuego?

No me miras, no sé por qué no me miras, pero estoy seguro de que te


aterraria tanto como te fascinaria mi presente.

Vengo a entregarte el consuelo silencioso de lo que nunca llegarás a


escuchar, quizás con un cálido gesto de complicidad que sólo habrá de
revelarse en el futuro, pues tu presente se evapora, y solo yo sabré aquello
que tu habrías de conocer. La verdad nos llega siempre tarde, amigo mío. Y
los momentos de verdadera reconciliación sólo llegan en sueños.

Es por eso que ahora te pienso, tarde, pero a tiempo y en el único


tiempo posible: el de la catarsis adulta, que culmina con el abrazo con su
niño. (TERMINARLO)
LA NOCHE DEL DÍA

Formen filas los vapores celestes, que las olas asoman sus crestas y
suenan ya las alarmas de las aves que anuncian la llegada del agua.
Nostalgia de la bruma púrpura de confines que súbitamente se cierran.
Arenas cada vez más pegajosas por la humedad. Los cuerpos van
caminando al refugio; otros, apuran tiritando el esplendor caduco. Colores
se atenúan por la borrasca, aproximándose al límite eléctrico y cenital a
partir del cual decusan hacia lo umbrío. Los hogares prenden sus luces,
advirtiéndonos de que el refugio se encuentra en la festividad y no en la
propiedad. Propio es todo, al menos todo lo que uno considere como tal. Y
la noche, tan triste, tan sola... Nadie la habita, solo caminantes grises, por
cabizbajos, ciegos a las estrellas, convirtiéndola en sayo para la angustia. Y
la noche, tan triste, tan sola y tan bella, poblada de virtudes tardías, tan
aterradoras como magníficas, inocula en aquellos que de ella reniegan el
desasosiego y la sospecha. Y sin embargo, impulsados por afanes de gracia
y filosofía, valientes hijos de las estrellas siempre atisban algo,
permaneciendo bajo el frío de la noche y bajo el de sus cortezas, carentes de
hoguera, pero al calor del estar honesto. Entonces, la noche escampa,
firmando la llegada al punto de partida, dibujando en su devenir el trayecto
de lo completo y de lo perfecto. Y qué sorpresa que ya era de día.
EL GATO Y LA POLILLA

Viven en mi hogar una polilla y un gato. La polilla, como es bien


sabido, busca la luz; y este gato en particular, la evita. A la noche, cuando el
estupor y la vigilancia provocadas por el hastío se entremezclan dando lugar
a estados demoníacos, una esperanza oculta de bienaventuranza me hace
encender una bombilla. La polilla, como un ente fantasmal y difunto que por
fin atisba una luz entre la espesura vacía de la nada, se apresura torpe a la
claridad. Me fascina lo súbito de su instinto. Sin embargo, ¡ay ese gato
negro, que se escapa a la par que la polilla se encamina! El gato: en lo
oscuro; la polilla: revoloteando alrededor de una lámpara; yo: a medio
camino, fascinado por ambos. El retraimiento y la apertura; la oscuridad y la
luz. La elegancia tranquila de unos jades centelleando muerte tras la
penumbra; y lo sublime de una fe capaz de elevar tanto a un pobre insecto.
PAISAJE

(...) una luz centelleante sobre la superficie calmada del agua petardea
sobre el gentil vaivén de esa masa azul que a la tierra colma. La
intermitencia de los reflejos traviesos imaginan en mi una lluvia plateada
cuyo caer suena brillante y fino. El mundo chisporrotea en cada fricción de
los dominios del ser, y mi alma se enciende con esa chispa de belleza
electrizante que convierte la sutileza de la conjunción en una inesperada
epifanía.
CONOCER

Postrado. Puedo ver gracias a la luz que entra por unos ventanales bien abiertos.
Una fina corriente de aire. Se de ella, invisible, por el errático tambaleo de unas
cortinas que juegan a esconder la oquedad de los ventanales bien abiertos.
Postrado. Mi teléfono junto a mi cara. Encuentro a esas cortinas delatoras en un
reflejo intermitente y que saluda sobre la pantalla de cristal limpio. Señas y
reflejos me inspiran. Conozco indirectamente, por señas y reflejos. El teléfono me
entrega mi reflejo en una llamarada de luz. Luz, eterna mediadora. Ojos,
receptáculos selectos de fantasmas imperfectos. Las palabras juegan al embargo y
sustraen de sí todo lo real. Los sentidos, alquimistas ingenuos que no conocen el
oro.

Conozco por medio de fantasmagorías y, por medio de fantasmagorías, conozco


nada. Las cosas son sus propios gritos y rebotes, que se me clavan en los ojos y en
el alma. Ellas juegan al despiste, cegando con su luz a todo aquél que las mira. Y
esos fantasmas... monumentos erigidos frente al tiempo, que impide la
inmutabilidad de las cosas.

Conocer es una suerte de poseer espiritual, pero, ¿llegamos a poseer realmente


algo si, encerrados en nosotros mismos, recibimos únicamente las migajas del ser
de unas cosas que pretenden -o parecen pretender- llevarnos por las sendas de la
ingenuidad del que únicamente cree saber? Y cuando caiga ese velo que permite
solamente atisbar, ¿quedará fuera de nosotros cosa alguna que poseer? ¿Puede
poseerse lo inconsistente, lo que es en eterna relación?

No conozco nada y, conociendo nada, conozco algo. Conozco los gritos y


conozco los rebotes de esa luz que me ciega y solo me entrega sombras. Poseo mi
frenética e incesante tentativa de conocer; más bien, yo soy poseído por ella. No
me conozco, estoy siendo conocido, mas pienso que me conozco, y por ello me
pierdo y me olvido.
Soy una impostura. Voy siempre tras de mí, pero nunca me alcanzo.
Si desistiesen mis pueriles intentos, quizás veríame arrastrado por mi
mismo, siendo poseído por mi; pero ya no poseería nada. No puedo ser el
sujeto del conocimiento. El conocimiento es la pasión.
SOL

Dorada la gran yema en el epicentro de la clara nube, gotea y riela su


luz sobre unos ojos inspirados por la modorra; confórmase el paisaje
revelado sobre la placa espiritual que se piensa propia y distinta. Por un
momento no soy más que una imagen, bellísima al menos, pero lo que es se
transforma en lo visto, sustrayendose y cediendo bajo el peso de una
creencia originaria. El agua tiembla conmigo, azotado por la sospecha de mi
propia irrealidad. Siento que cedo, o que me derrumbo, pero, ¿qué mal ha de
traerme la luz? Tras el miedo se oculta la grandeza, la del danzar de los
ángeles, a quienes el sol emblanqueció sus pupilas, adornando su mirada
con fuego. Cara a cara con el sol, aliado dorado alineado frente a mi, un
pobre iniciado por error, temblando de miedo ante lo sublime.

¿Qué temes perder, oh espíritu trémulo, ante la nobleza de semejante


artilugio perfecto? ¿Cómo es que aprecias tanto tu mentira? Y mientras, de
entre la enésima humareda de duda y pavor, siento tenderse hacia mí una
mano, por veraz, grácil y divina. Algo en mí se abandona a acompañarla.
Lástima no sentir mi cuerpo por el terror. Lástima que otra parte de mi se
asquee temerosa ante la ofrenda. Lástima y nostalgia por el sol que va
perdiéndose tras las montañas y ante el viajero tardío que malgasta de nuevo
su tren. Y que lástima contentarse con palabras desatinadas que quedarán en
nada. Y yo te pregunto a ti, que eres yo, espíritu hueco ¿a qué tacaña parcela
nos aferramos con tanto tesón, cuando el esplendor de la inmensidad que
ante nosotros se abre se nos ofrece a liberar con su abrazo a esta nuestra
silueta de sus gruesos y pesados contornos? Una vez más, termino sin
entender nada.
ARBÓREO SER

Tras el cristal de mi ventana, soy eterno escenario de eterna


representación. Veo aves de otoño que trazan espirales de ingravidez en el
hueco cielo. Sobre el vacío aéreo esbozan la danza del caos y de la muerte.
Cada una de esas aves se aventura al espacio desde un árbol infinitesimal,
de cuyo abandono firman un doble tránsito de vida y de muerte. El ave se
abandona al azul, abandonando a la vez a su árbol. Una ya no tiene sustrato;
el otro perdió ya aquello que sostenía. Las aves del otoño, en su éxodo libre,
condenan la abundancia del árbol. Sin embargo, como en los puertos, un
nuevo barco llega a la vez que otro parte. Y cada pérdida del árbol es un
nuevo espacio. De sus raíces arriba vida como barcos se acercan desde el
horizonte. La vida se juega en un punto infinitesimal entre la destrucción y
la creación. A medida que el árbol muere, nace de nuevo, de modo que
nunca existe ese u otro árbol, sino lo arbóreo. De no existir la muerte, todo
ser colapsaría al verse desbordado por el inexorable torrente de la creación.
Yo intuyo ese secreto cuando cada otoño miro tras esa ventana, siendo
consciente -cosa que no ocurre demasiado-, ahora, de que miro tras una
ventana que no deja pasar del todo bien la luz. Algún día me armaré de
valor y limpiaré esa ventana. Puede que, al intentar limpiarla, me de cuenta
de que la capa de suciedad que la cubre sea, en efecto, imborrable. O que
esa ventana no sea más que yo mismo. Puede que entonces deba de abrirla,
o romperla, y entonces, me sienta doblemente asustado. Puede que, una vez
libre del cristal de esa ventana, vea por fin ese torrente de creación dando
forma a una especie de silueta de árbol infinitesimal. Puede también que
reconozca a las aves del otoño en el movimiento serpenteante de partículas
que se separan de la silueta, no ya con la avaricia del que abandona para ser,
sino con la generosidad del que se marcha para ofrecer su sitio. Veré
entonces montones de siluetas borrosas en constante desintegración dejando
paso a su propia persistencia de ser. Puede que se me asemejen a ríos.
PANÓPTICO

Un gran ojo blanco me envuelve con su luz y me mira, desde arriba,


como un Dios. Mis ojillos, escasos y párvulos, obsequian de realidad a la
realidad que los vivifica. ¿Qué extraña relación se traza entre Mí y entre lo
Otro?; ¿quién gesta a quién? Dícese en el Zohar: que lo Superior es
conciencia de lo inferior, que es, a su vez, vestidura suya y conciencia
superior de otra cosa inferior. Y los ojos, para ser ojos, han de ver y de ser
vistos; de lo contrario, sólo serían Visión. Pura Visión. Mientras tanto, el
gran ojo sigue derramando sobre mí polvos plateados. Alunizaje mutuo de
dos de los tantísimos ojos que agujerean el mundo, como una colmena
esculpida al panóptico. Me conciencio del paisaje, ¿dónde está la sagrada
torre donde aguarda el carcelero, límite entre la reclusión y la Luz? ¿A
quién he de matar?, ¿hacia dónde huir? No veo nada y, sin embargo, lo veo
todo. Veo la infinidad de ojos que me miran tras la penumbra de los
cuerpos, como fieras de ojos rojos que se delatan tras la maleza. Veo la
Luna, veo las estrellas, veo las calles. Avanzo, dejando el mundo tras de mí,
pero éste me acompaña. Veo la Luna, veo las estrellas, veo las calles. Me
desplazo, mas no el mundo. Centro descentrado de su naturaleza, nublado
por quimeras concéntricas que me separan de la centritud mediante una
niebla cotidiana. Soy el centro. Soy el carcelero. Veo la Luna, veo las
estrellas, veo las calles, siento mi reclusión. Soy mi cárcel y la del otro, que
es su cárcel y la mía. Me vivifica, lo vivifico. Y ve la Luna, las estrellas y
las calles. Mil ojos, mil centros, ningún carcelero. Mil carceleros, mil
cárceles, nada ni nadie. Ojos, prisión. Visión, libertad. Soy el
descentramiento del Uno.
URÓBOROS: IMÁGENES DE UNA INTUICIÓN INTELECTUAL

Recuerdo, y es fácil, la primera vez que mi espíritu se hizo sensible a


lo infinito. Mucho de frío puede llegar a quemar. Mi cabeza imagina un
mágico termómetro que, al llegar el mercurio a su pico más bajo, rompe su
base y sigue bajando como una flecha de metal irrompible hasta penetrar en
el suelo. Luego, como en aquellas maravillosas escenas de dibujos animados
en los que un monigote cava tan profundo que llega hasta la China -
sugiriendo también fácilmente a los niños la esfericidad terrestre-, la flecha
de mercurio cae del cielo y vuelve a encontrarse con su termómetro. ¡De tan
baja la temperatura, ahora es alta! ¡Del frío se pasó al calor! Ahora, con
unos cuantos años y páginas de más, esa misma forma -porque las verdades
sólo son en la inmutabilidad de la forma- se me reaparece casi como con la
inminencia de un temor o de un presentimiento; más vago en imagen, pero
más rico en concepto. Tiendo a imaginarme como un arqueólogo o un
minero cósmico, de poderes alquímicos que me capacitan para tratar la
sustancia como materia onírica, y que busca en la totalidad del campo
universal su piedra filosofal. Tomo un grano de arena -quizás mi
subconsciente quiera rendir tributo a los versos de Blake-, y lo escruto con
mi ocular lupa, hasta que veo el átomo, tras el cuál sigo viendo infinitas
partículas elementales más. Lo curioso de esta elucubración de infantil
ciencia es que, entre una instancia y otra -entre partícula y partícula- existen
una infinidad de estados intersticiales, que son a su vez estados propios.
Podríamos decir, haciendo un guiño a los estadísticos, que el universo no es
para nada discreto. ¡Entre la arena y la molécula y el átomo existen espacios
infinitos que inoculan el vértigo! Os lo aseguro, se siente como caer; en este
caso, hacia una revelación. Al fondo de todo el inconmensurable asunto,
suele encontrarse el universo entero. En el polo opuesto, suelo encontrarme
con lo mismo. Pienso que, si fuese capaz de sobrevolar la tierra, los astros y
toda esa cantidad inescrutable de materia oscura que baña todo el espacio, si
fuese capaz de volar hasta el último límite de lo existente y contemplarlo
como el niño que observa curioso una bola de cristal de esas que encierran
paisajes navideños, pienso y siento que vería al universo como una sola
célula; como la unidad mínima de vida. Tanto como por arriba como por
abajo, la respuesta, lo visto, sigue siendo el mismo infinito. Dícese en el
Zohar: que lo superior se halla siempre en lo inferior, así como lo inferior en
lo superior. Igualmente, en el Kybalión se afirma que como es arriba es
abajo. Puede que yo sueñe universos de la misma manera que el universo
me sueña a mí. Puede que exista un nexo irreconocible entre mi latido y el
de todas las cosas. Conceptos como el Prana en el hinduismo pueden
revitalizarse mediante el ejercicio poético. Puede que no fuese tan errado
eso de que éramos hijos de las estrellas, con el añadido de que ellas también
lo serían de nosotros. Manly Hall, al igual que los herméticos, vislumbró la
afinidad oculta que revela la continuidad irrompible del mundo; por ello, la
infinita sustancia que es Dios. Con una precisión hermosa dijo que: “el
hombre está sujeto a su mundo por una simpatía de similitud”. Esa simpatía
de similitud de orden fractal es el principio ontológico que dota de
verdadera autoridad a Blake cuando habla de encontrar “el universo en un
grano de arena”. Quizás el universo sea un profundo abismo, sin comienzo y
sin fondo; que la vida sea la consecuencia lógica de lo infinito; o que
hayamos de guardar respeto ante Borges cuando, apelando a una ética
imposible, nos advierte dulcemente de que censurar o deplorar un solo
hecho real es blasfemar del universo entero.
PRIMERIDAD: INTUICIONES RELIGIOSAS DE IMÁGENES EVOCADAS

¿Acaso no recuerdo yo un primer instante, que es realmente una segundidad,


oscura, frente una verdadera e inmaculada primeridad? Ambos recuerdos danzan
dentro de mí como sierpes -una blanca, otra negra- que se enroscan hacia un cielo
en el que aguardo yo. Uno, lanzado; otro, introyectado. ¿Es la tristeza un
repliegue? Al menos un repliegue con sentido y consentido, aún doloroso, por su
utilidad. Busco ante la tristeza, dentro de mí una respuesta. Así evoco aquel
segundo recuerdo: sombrío. No es que mis ojos anduvieran empañados por
lágrimas o por la ansiedad sino que, como dentro de un coche de cristales
empañados por el vaho que generan las noches más gélidas, yo me encontraba -
más bien, me introduje-, dentro de mí, buscando un refugio y una respuesta. Sé de
lo sombrío de tal recuerdo por su contraste con la luminosidad casi ígnea del
primero; éste se asemejaba más bien a la humedad de una fosa o de un pantano.
¿Papá? ¿Por qué no está papá? - decía yo mientras clavaba mi mirada en el papá
de otro niño que caminaba como escoltado -tal vez, velado- por ambos
progenitores. De mi cintura se proyectaba un punto de fuga que llegaba hasta la
suya. Andábamos totalmente a la par y en frente. Esa simetría cruel facilitó que
yo, niño demasiado prematuro, tanto en desgracia -oh, ¡acaso no es cualquier
desgracia una injusta impertinencia para cualquier niño!- como en lucidez, tomara
aquella frontal escena como delator espejo. Como un vampirismo, sentí el hueco y
la ausencia, justamente a mi derecha: mano fría y vacía por la ausencia del calor
del padre. ¡Sombra! Sólo sombra. Pienso que fue aquél el primordial segundo
momento en el que comencé a ser yo: Apolo, torre de marfil -o de babel-,
construcción interna o yo que sé que cosa dura y áspera -como los árboles viejos
que crujen por las noches- que tanto contrasta con el fulgor y la alegría del
verdadero primordial momento, donde no se empieza a ser sino que uno se da
cuenta de que, sencillamente, es.

Más niño que antes, siendo ya, sin saberlo, perfecto; no obstante, en
plena formación. Para algunos, comenzando a ser yo, para otros, dejando de
serlo. Lo único que sé es que en aquel momento yo refulgía con la fuerza de
cien huracanes. Luz, frente a sombra; suave brisa, contra la pegajosa
humedad. Primerísimo recuerdo de ser perfecto. Salía del aula de la
guardería hacia el patio. La luz parecía quemar, pero era melodiosa y suave,
brillante hasta el paroxismo estético. Inofensiva y feroz, como el mundo.
¡Qué luz! Me recuerdo embelesado por la luz, y por la mera contemplación
de un tobogan azul oxidado. Sin embargo, como en todos los recuerdos que
merecen realmente la pena, no existe relato que lo atestigüe; me refiero, sólo
recuerdo una sensación, pues la gracia de la epifanía sólo puede ser
explicada al menos por el iniciado en cuestiones místicas; empero, ¿necesita
realmente ser explicado lo inefable, aquello que me trasciende? Esa
iluminación es el lugar donde reposa el puro ser, donde se es y se está con
todo; ¿acaso necesita Dios que yo rinda cuenta de él? Por el contrario:
quizás Dios necesita que yo sea su testigo, que afirme su existencia. Quizás
por eso me arroja al mundo de la individualidad, esperando que ya, con la
virtud del pensamiento, la certeza de la futilidad de mi propio ser y la
añoranza de la bendita inocencia -trinidad mística- yo, al fin culmine,
claudique y le encuentre, re-conociéndolo y fundiéndome con él, para así no
existir ya más ni Dios ni Yo. Sé de aquel primordial momento porque lo viví
antes de que el Pecado se consumara, y también sé de él porque lo perdí y,
en esta vida de apariencia, supe comprenderlo y quererlo. ¿Qué extraña y
dual relación se traza entre la lúcida inocencia y la futil sabiduría? ¿Acaso,
Padre, necesitaste abandonarme para que me encontrara?
FRUSTRACIÓN NOUMÉNICA

He vuelto a ver ese árbol. Hoy estaba en un parque distinto de una ciudad
distinta. Ese árbol de brazos maltratados y rígidos, adornados de plumas
mecidas por el viento, lo juro, me mira siempre desafiante con sus ojos de
serpiente tallados en piel de madera. Me mira y me sonríe, como sabiendo
algo que yo no sé; como aquel que posee un mal secreto. Tintinean sus
plumas de pájaro de tierra, y parece que se saben unidas al viento. ¡El árbol
me mira diabólico como si verdaderamente se creyera uno con el universo y
con el viento! Ese árbol -¡maldito árbol, aún enraizado ha llegado más lejos
que yo!- amenaza siempre con destruirme. Veo esos brazos, esos ojos, el
aire que los embalsama en un líquido amniótico de verdad absoluta... y es
como si quisiera revelarme ese mal secreto. Algo en mí busca saberlo, pero
la mayor parte de mí se complace mediante un placer estético menor
y, casi instintivamente, huye de él hacia otra cosa -nunca se puede dejar de
mirar algo Muchas veces hacia el cielo. Temo el día en el que lo encuentre
en él, y en la tierra, y en los rostros de la gente. Sé que lo encontraré.
SILENCIO

Ante la amarga lucidez y la sospecha de sí de mi espíritu, parece que me


cuesta respirar y que el Silencio me pesa, pues el Silencio es la pura y única
constatación del ser. Vivo como si fuera el único, y en el Silencio no soy nada.
Como al niño al que el viento le arrebata su globo, pasando a ser parte de la
vastedad, de la que solo le separa una materia tensa, yo me niego parcialmente
ante lo que es. Llueve, cae sobre mí, purifícame, lluvia plateada, resbala sobre mi
carne corrompida por el miedo y rasga, rasga hasta arrancar suavemente mi costra,
que yo solo soy herida, y estoy aquí para perderlo todo.
MORRO INMADURO

De súbito, y sin explicación alguna, me doy cuenta de que respiro:


latido unísono. Perplejo por la virtud de lo inefable; el milagro reside en el
color indescifrable de la dicha de existir. ¿Cómo es que tanto y tan bello?
¿Qué clase de Mal es el que nos seduce y nos mece al son de lo cotidiano,
alejándonos de la conciencia de ser? Soy incapaz de acampar por siempre a
orillas de la Vida. Sólo puedo gozar de epifanías dosificadas, de las que
bebo a morro, como un carroñero espiritual que aguarda a poder saborear las
pocas gotas que se escapan de la abundancia de Dios. Y esa inconsciencia
que ni siquiera depende de mí, oh Dios mío, me trae, antes y después de
cada revelación, la incontestable y contundente realidad de mi ingrata
ceguera.
MEDITACIÓN -¡QUIÉN DIJO!-

Querido lector.

Estas líneas son una invitación. Una invitación a dejarte poseer por mi voz, a
convertirte en poesía. Suelta, por favor, tus amarras de escritorio, y vuelve a
depositar tu cabeza sobre tu cuerpo. No sueñes, baila. No pienses, mejor canta.

Comienza por una respiración que armonice tu frenético ritmo. Conviértete en


latido.

Acaricia tu cara lentamente, con el tacto curioso y fino propio de los primeros
encuentros. Haz que tus dedos pasen por tu ojo, como acariciando un
arrepentimiento a ritmo de defensa de la propia dignidad, de tu intimidad tapada.

Saborea el aire fresco y punzante en tus fosas, a las cuales hace que no bajas, por
oscuras y profundas, por aterradoras y por inhóspitas. Siente como el aire las
recorre como luz que ilumina, como explorador de antorcha resuelta. Estás
contigo.

¡Levántate! Deja tu silla, tu sillón o tu butaca. Si estás de pie, da un primer paso.


Ya vas por delante. Recorre tu espacio más próximo. Busca un reflejo: el espejo
del baño, un escaparate o un charco de agua. Mírate con sospecha; sospecha que
abre un espacio a la duda, duda de ti, quizás tu corazón acoja una visión más
amplia. No dudes, siente tu vigencia, tu plena presencia, tu rostro desconcertado
que poco a poco va acumulando un valor propio de santo o de guerrero.

Encuentra tu mirada. Inúndate de ti. ¿Acaso algo encuentra por primera vez su
espacio? Mírate con el poder y la virtud de tu mismidad, toma ventaja de ella,
pues estás más cerca de ti que del aire que respiras. No sirven las palabras. La
baza de tu conocimiento es la pasión.

Di tu nombre. ¿Es esa tu voz? Tu particular vibración. Tu sonido. Tu seña. La voz


de las personas es como el color de las cosas: propia. Atiende tu voz y di tu
nombre. Moldea en tu pensamiento el hilo de sonido que emana de tu boca y
envuélvete con él como un abrazo.
Levanta un brazo en diagonal como si quisieses asir el cielo, luego repudia tus
intenciones. Encontrarás tu brazo como el de una bailarina. En tu mismidad nada
te falta. Tu danza y tu música son suficientes. Haz lo mismo con el otro brazo y
con todo tu cuerpo. ¡Interpreta, baila! Crea un ballet propio, como tu voz. Una
danza de la constatación, de presencia y de cuerpo.

¡Quién dijo que la poesía era un repudio del cuerpo! ¡Quién dijo que nunca
crearíamos un instante poético, o que llegaríamos a conmover tanto el cuerpo
como una canción o una danza; si todo descubrimiento encierra la oculta belleza
de una mismidad que trasciende las apariencias y que nos conecta con el corazón
de las cosas; si la vida, con los ojos curtidos y bien abiertos es ya de por sí un
poema! La magia de las auroras, las tinturas púrpuras de atardeceres vespertinos,
el encuentro con uno mismo o el secreto cosquilleo de un beso son el tema de la
vida y de la poesía, que como foto las captura y convierte la epifanía de uno en un
tesoro universal.

¡Quién dijo que la poesía fuera un arte selecto, cuyo bagaje y penetrancia se
encontraban fuera del alcance del vulgo, si hoy he acariciado mi cara como
acaricié por primera vez la de mi amada; sentí mi cuerpo sin condiciones, sin
repudios; me miré a los ojos como una madre que vivifica a su hijo en cada tierna
mirada; y así, secretamente y sin quererlo, danzando, intuí el secreto de la
mismidad del mundo!
BENDITA CASUALIDAD
Relato de una epifanía

“Quizás la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”. Así abría Borges sus
inquisiciones sobre el eterno retorno de la tesis sobre la esfericidad de Dios, con el fin de
ilustrar la anterior sentencia. Platón, Heráclito, Hermes, Bruno y Pascal. Cada uno en su
momento. Pero todos ellos proclamaron, de una u otra manera, que el universo era una esfera
cuyo centro estaba en todas partes. En un sentido más poético, que me será también
poéticamente conveniente, podemos decir: todos somos uno; más precisamente: no estamos
solos.

Yo desconocía su bellísimo ensayo cuando comencé a leer, con una avidez de sentido
propiciada por una pesada tristeza, a un George Steiner que se había propuesto indagar sobre
algunas razones para la tristeza del pensamiento. Fue esa 'tristeza del pensamiento' la que
sedujo mi atención, como un martirio o como una afinidad sombría. El ensayo comienza
aludiendo a una cita de Schelling sobre la tristeza esencial a la condición humana y su razón
de ser también esencial para con la “alegría de la superación” de todas las cosas; es decir,
como Schopenhauer, que el sufrimiento es el motor del hombre. Otro ejemplo más de que las
ideas se repiten, inspiran y enroscan como el gran telar fractálico que es la historia. En su
ensayo, Steiner hablaba del pensamiento como Borges lo hacía de la historia universal. Al
igual que la historia pasa, los pensamientos están siempre siendo pensados, circunscritos
siempre también a una matriz cultural tan necesaria como pegajosa. No existe la originalidad
absoluta, y aquéllo que se piensa ha sido ya, con certeza, antes pensado. Sólo existen
variaciones de forma. El pensar, como la historia, es algo absolutamente nuestro y, a su vez,
“lo más común y manido del universo”.

Repito, yo desconocía el texto borgiano cuando leía a Steiner. Y tras concluir su ensayo,
acudí al texto de Borges -que hasta entonces permanecía latente en mi destino y en mi
biblioteca- con la misma avidez con la que comencé y terminé mi anterior lectura. Éste
ensayo cae bajo el nombre ‘La esfera de Pascal’ -lo digo porque no lo había dicho hasta
ahora-, y culmina con la siguiente cita, que complementa a la primera y aúna aún más con
Steiner: “Quizás la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas
metáforas”. Súbitamente pensé que al texto de Steiner le había faltado terminar así para
convertirse en aquéllo que mi alma demandaba silenciosamente. Luego añadí que: quizás
también -para que me iluminase de la misma manera que lo había hecho el de Borges-
debería haberlo leído después del de Borges. Sentí lástima por él. Pobre Steiner, de no ser por
un simplísimo orden temporal, habría sido él el merecedor de mi estima. Sonreí. Pues me
pareció irrisoria la probabilidad de leer tan de seguido dos textos tan independientes y que, a
su vez, pudieran caer bajo la misma sentencia. No debía estimar a Borges, sino a la
casualidad. Rápidamente vino a mi otra idea. Carl Gustav Jung creó, junto al eminentísimo
físico Wolfgang Pauli, otra ficción notable, inspirada ahora en mí por lo acontecido con los
textos de Borges y Steiner. El fenómeno de la sincronicidad quedaba estipulado como una
“coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no
causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”, añado -me permito añadir por ser
conocedor de la obra de Jung-: y que posee o se le es otorgado un significado relevante para
con el proceso de madurez psicológica de la persona. En este sentido, la madurez o, en
palabras de Jung, individuación, había de ser considerada como irrevocable destino. Y, en
este caso, no un destino convencional advenido únicamente por vicisitudes externas, sino
además puesto en juego por el deseo de individuación inherente a cada cual.

Que la historia universal sea la historia de unas cuantas metáforas, entrelazadas y reiteradas,
nunca únicas, quiere hablar -al menos para mí- de la levedad -en este caso, principio de
fuerza, no ya algo insoportable, por aludir al título de Kundera- del pensamiento del ser. Yo
me hallaba angustiado por una pesada tristeza. Luego aprendí leyendo -fruto de una
casualidad iluminadora- que no existe pensamiento lo suficientemente original como para
pesar lo suficiente por sí solo. La historia universal es la historia del pensamiento entendido
como cualidad humana, y ésta siempre se repite. Y, si se repite, el peso se reparte y entiendo
que ya no estoy solo. Quizás yo -por haber vivido estos hechos objetivos de una manera y no
de otra-, ya estaba predestinado a pensar de esta manera. Como todos, he creado una
particular ficción que pasará a formar parte del patrimonio del universo y que será repetida
por aquéllos a quienes les sea justa. Porque es justa, y aunque la ficción siempre es
malversada a través de las cualidades anticientíficas de lo fantasmal y lo etéreo, es lo que
ahora tengo, y me es fructífera; y acaso sea lo único que tenemos y lo único de lo que pueda
extraerse algún valor.

Quisiera ahora -para terminar-, entregar como tributo a esta historia de sucesos que se
encadenan, una cita propia, a modo de agradecimiento y de sentimiento de pertenencia; y es
que: “si la humanidad cantase sus penas -conduciendo ésto a la constatación de que éstas son
universales-, el peso -el sufrimiento- de la Tierra se reduciría a la mitad”. Éste canto, como
mis lecturas, nos ungen con el poder comulgador de la universalización de las cosas (arte
hindu). Al igual que yo fui visitado por un destino gestado en las almas de otros, espero yo
gestar en la mía el destino de algún otro, al que llegará suave y lento, a su debido tiempo,
como una promesa o una hoja mecida por el viento.

Nada es tan pesado. Nadie está solo. Nuestro destino es esperanzador.

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