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Tema 1. Las Invasiones Germánicas Los Anglosajones.: 1. Incursiones. 2. Creación de Núcleos

El documento aborda las invasiones germánicas en las Islas Británicas, destacando la llegada de anglos, sajones y jutos, así como la transformación social y política que resultó en la creación de varios reinos. Se menciona la hegemonía de Northumbria y Mercia, con figuras clave como Oswy y Offa, quienes impulsaron el cristianismo y la unificación política, además de reformas económicas y culturales. La obra de Beda el Venerable es citada como una fuente principal para entender este periodo de inestabilidad y cambio en la Alta Edad Media.
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Tema 1. Las Invasiones Germánicas Los Anglosajones.: 1. Incursiones. 2. Creación de Núcleos

El documento aborda las invasiones germánicas en las Islas Británicas, destacando la llegada de anglos, sajones y jutos, así como la transformación social y política que resultó en la creación de varios reinos. Se menciona la hegemonía de Northumbria y Mercia, con figuras clave como Oswy y Offa, quienes impulsaron el cristianismo y la unificación política, además de reformas económicas y culturales. La obra de Beda el Venerable es citada como una fuente principal para entender este periodo de inestabilidad y cambio en la Alta Edad Media.
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TEMA 1.

LAS INVASIONES GERMÁNICAS


Los Anglosajones.
En la historia de las Islas Británicas en los primeros siglos de la Edad Media hay una
mezcla de realidad y leyenda. Hay una gran confusión porque los autores del
continente tuvieron un conocimiento muy pobre de los hechos que ahí ocurrieron y,
además muchos testimonios procedentes de la propia Gran Bretaña se mezclan con
mitos y leyendas de muy escaso crédito, aunque algunas potenciasen temas como el
ciclo del Rey Arturo y la resistencia heroica bretona frente a los sajones.
De hecho, germano de la Antigua Britania se conoce más a partir de sus finales que de
sus débiles comienzos
Para la reconstrucción, muchas veces aproximada, de los sucesos históricos
acaecidos en la Alta Edad Media contamos con la obra de Beda el Venerable
(672-735), un monje benedictino que escribió la Historia Eclesiástica del pueblo de los
Anglos (731), que es junto a la crónica Anglosajona la principal fuente para el
conocimiento de los primeros siglos de la Edad Media en Inglaterra.
Desde el 403 la diócesis de Britania vivía sumergida en una gran inestabilidad militar y
social en la que los propios soldados y provincianos animaron a la rebelión y el
alzamiento de los antiemperadores, pues se sentían abandonados por el gobierno
imperial, sobre todo a partir del 406, cuando Estilicón redujo la presencia militar, pues
necesitaba los destacamentos de las islas para enviarlos a la frontera del Rin, donde eran
muy necesarios. Este hecho favoreció la llegada de nuevos pueblos, germanos y no
germanos.
1. Desde el norte de Britania llegaron los pictos, una confederación de tribus celtas que
habitaban el centro y norte de Escocia, que rebasarían las murallas de Adriano y de
Antonino.
2. Los germanos entraron en Britania en el 410 en tres grandes bloques: anglos, sajones
y jutos.
3. Los habitantes de la isla, los bretones, fueorn arrinconados en las
zonas norte y oeste, y muchos emigraron a la Península de Armórica, Bretaña.
4. La isla fue arrasada y casi todas las ciudades desaparecerán, salvo Canterbury,
Londres o York y algunas pocas más.
5. Desaparecieron el latín, el derecho y las instituciones romanas, a la vez que el hábitat
rural en villas se sustituyó por aldeas de tradición celta, todo ello muestra la poco
profunda romanización del territorio.
El asentamiento de los germanos se produjo en tres etapas:
1. Incursiones. La mera interrupción sin que se produzcan asentamientos estables.
2. Creación de núcleos: Fase en la que se asientan en un territorio determinado y se
aprecia una incipiente demarcación territorial.
3. Colonización: Delimitación de espacios ocupados e incipiente organización
territorial. Anglos, sajones y jutos se asentaron a través de grupos tribales en los que
casi seguro se mezclaban los distintos elementos, hubo tres niveles sucesivos:
3. Reinos regionales de número variado, entre 6 y 9, de cuya existencia dedujo Veda el
Venerable la noción de heptarquía, lo que llamó la historiografía heptarquía
anglosajona. Se desarrollaron entre mediados del siglo VI y finales del siglo VII,
diferenciándose de las zonas de asentamiento.
Sajones: Essex, Sussex, Wessex.
Anglos: Mercia, East Anglia y Northumbria.
Jutos: Kent, al que se le podían añadir Hampshire y la isla de Wight.
En el siglo VII, los reinos más importantes eran, al norte del río Humber, el de Deira y
el de Bernicia, cuyo rey abrió el país al cristianismo irlandés. Entre los ríos Wash y
Humber, el reino de Lindsey, sería absorbido por Mercia, emplazado en el centro en el
centro de la isla y el más extenso.
Importante también era el territorio de Wessex, mientras que los demás tenían
menor entidad, entre ellos East Anglia, Essex, Middlessex, en la cuenca del Támesis,
Suthbrisge, Sussex y Kent uno de los pocos que conservaban una vida
urbana centrada en el núcelo de Canterbury, su capital, así como alguna relación con la
Francia Merovingia.
En este mosaico de reinos se experimentaron dos factores muy relacionados: Lograda
por un dirigente que impone su autoridad. Impulsada por este mismo dirigente. De la
conjunción de ambos factores surge la hegemonía de un caudillo que gobernaba alguno
de los reinos sobre los demás, el bretwalda, que estaba al frente de una confederación de
reinos sometidos a su autoridad.

1. La hegemonía de Northumbria
Este proceso comienza con Penda (626-655) fundador del reino de Mercia (632), por
entonces el rey más poderoso, y lo mismo ocurría en otros territorios, como Bernicia,
cuyo rey Oswy (642-670), anexionó Deira y fundó el reino de Northumbria del que fue
el primer rey (655-675). Las expresiones de Mercia y Northumbria provocaron su
enfrentamiento, en el que había una fuerte carga religiosa, pues el primero era baluarte
del paganismo y el segundo del catolicismo, Oswy derrotó a Penda en la batalla de
Winwaed (15-IX-665).
Mercia se incorporó a Northumbria y Oswy se convirtió en el rey más poderoso de
Britania, por eso la crónica anglosajona dice que era el Bretwalda, es decir, el jefe que
ejercía la hegemonía militar sobre el resto de territorios. Oswy fundó el monasterio de
Whitby en donde se celebró el llamado Sínodo de Whitby (664) en el cual el rey aceptó
la implicación de los ritos de la Iglesia Católica Romana, así como presionar a los
paganos, caso del rey de Essex, único rey pagano cuyo rey Saebbi (664-683) se
convirtió poco después e Inglaterra pasó a ser casi totalmente católica, pues todavía
quedaban muchos núcleos paganos.
2. La Hegemonía de Mercia.
A la muerte de Oswy (670) Northumbria entró en crisis y Mercia inició
su ascenso hacia la hegemonía que alcanzaría bajo el reinado de Offa
(757-796) quien poseyó en Gran Bretaña una indiscutida supremacía.
La contemporaneidad con Carlomagno hace que Offa consiga una
evolución política con relaciones fluidas entre ambos reinos. Siguió el
proceso paralelo al de los carolingios y trabajó por la unificación de
Britania bajo una sola dinastía, considerado el primer rey de
Inglaterra.
Offa consigue la supremacía política a base de guerras, no de
conquista, sino de demostración de fuerza, pues Mercia no se
expande; como la guerra contra el rey de Wessex Cynewulfo, a
quien venció en el 770 y 776 en Oxford, tras lo cual se declaró vasallo
de Offa, y en el 779 se rebeló de nuevo y Offa lo venció en la batalla
de Bensington. Tras el asesinato de Cynewulfo (786) la rebelión fue
dirigida por Egberto, vencido y exiliado a la corte de Carlomagno.
Será Egberto, casado con una familiar de Carlomagno, el que consiga
la hegemonía de Wessex y así el nacimiento de Inglaterra.
Finalmente, el rey de Wessex Beorhtric (786-802) se sometió al
rey de Mercia. Tras dos campañas, en 771 y 772, Offa anexionó el
reino de Sussex; en el 774 Egberto II de Kent aceptó la hegemonía de
Offa; en el 784 tras el asesinato de Aethelbert II, sometió East Anglia;
y en el 792 el rey Ethelredo I de Northumbria acepta la sumisión.
Además, empleó la diplomacia con enlaces matrimoniales de sus
rivales con miembros de su familia, como con Cynewulfo de Wessex
que, después de Bensington, se casó con una de sus hijas; o
Ethelredo I de Northumbria en el 792. Todo lo que hace Offa
supera ya por mucho la hegemonía de Northumbria.
1. La política interior. Se basó principalmente en la defensa del
reino. Los vikingos se fijaron en Gran Bretaña, pues eran zonas más
despobladas y dispersas. Asaltaban zonas en defensa y saqueaban lo
que podían. Con Offa se inició la Primera Era Vikinga con el asalto a la
abadía de Lindisfarne, en Northumbria, destruida por los vikingos
el 8 de junio del 793. Se organizó la defensa mediante la repoblación
con la construcción de puntos fortificados como Bedford, Hereford,
Northampton, Oxford y Stamford; centros defensivos y núcleos
administrativos de comercio regional que atraían pobladores. Por
primera vez se conoce que el comercio fluye por el Canal de la
Mancha, llegando mercancías e ideas.
También guerreó contra los galeses a los que venció en Hereford
(760), nuevas campañas en 778, 784 y 796. Asser le atribuye la
Muralla de Offa (777) en la frontera con Gales, una referencia de
delimitación fronteriza. Gales será siempre un problema para la
monarquía de Inglaterra hasta Eduardo I, dejando que Gales se
vinculase a la corona. Por otro lado, sobre el desarrollo urbano, se
construyeron torres de vigilancia desde las que hacían torres de
humo. Se creó una importante red, destacando el monasterio de San
Albans, que será muy poblado.
2. Su impulso económico. Fue uno de los más grandes de la Alta
Edad Media, junto con el de los carolingios. Hay mayor complejidad
en las estructuras de gobierno y se necesitan novedades comerciales,
económicas y monetarias, abandonado el trueque. Offa patrocinó una
política económica de influencia carolingia basada en el desarrollo del
comercio y una economía monetaria.
Se dan las primeras noticias en Inglaterra de un comercio monetario
basado en la compraventa de recursos en el interior y exterior,
basado en relaciones anteriores. Se potencia la actividad mercantil y
comercial, con un esfuerzo por garantizar la seguridad y la paz en las
rutas comerciales. Esto hace que vengan mercaderes de cualquier
lugar.
Proporciona seguridad jurídica para mercaderes y mercancías, locales
y continentales con libertad de tránsito. Se preocupó por crear
infraestructuras para el descanso de viajeros y depósito de
mercancías. Y muy posiblemente comenzaron a celebrarse mercados
a nivel local y regional, una reunión de mercaderes a donde acude la
gente para mercancías excepcionales.
Por primera vez podemos decir que Inglaterra forma parte del sistema
mercantil monetario, el trueque ya no es operativo. Es un reino
evolucionado insertado en la economía occidental. Introdujo una
nueva moneda, el penique (penny) de plata, un hecho muy
importante pues era la segunda vez que el rey en Inglaterra acuñaba
moneda, tras el precedente del reino de Kent. También acuñó una
moneda de oro fuera del sistema carolingio, con patrón del solidus
aureus bizantino, la moneda comercial europea por excelencia. Su
moneda de oro copió al dinar musulmán del califa Al-Mansur del 774:
en el anverso se puede leer Offa Rex, pero en el reverso, como el
monedero no sabía árabe, está posiblemente inventado. La moneda
de Offa quiere transmitir el poder de este.
Estas directrices económicas son producto de la madurez de Mercia y
muestra del comercio con los francos, el emirato de Córdoba y el
califato Abasí. No se han encontrado monedas bizantinas, aunque si
hay muestras de relación con los judíos (estrella de David), pues los
cristianos no podían prestar dinero, solo podían los judíos (inicios de
la banca).
Por otro lado, su intervención en la esfera eclesiástica, como católico
convencido, fue abundante, siendo dueño del reino (súbditos), con
algunas parcelas que se le escapen; y de la Iglesia (fieles). Offa era
un rey que ejerció todas sus prerrogativas como protector y defensor
de la fe y de la Iglesia de su reino, muestra del fortalecimiento y de la
madurez de la monarquía del rey merciano.
Para ello, intervino en el nombramiento de prelados de las diócesis,
un modo de reforzar su poder en el reino; pero dando casos de
sacerdotes sin saber latín y sin formación eclesiástica. Además, creó
nuevas diócesis como la del arzobispo de Lichfield, donde el
arzobispado de Canterbury, en Mercia. Esto provocó las protestas de
Jaenberht, arzobispo de Canterbury, ante el papa Adriano I, quien
prohibió la acción del rey y le amenazó con la excomunión.
Carlomagno intervino en su favor, por su buena relación con Adriano
I; y así este le autorizó para la erección de la nueva diócesis.
También impulsó la celebración de concilios, siendo el más
importante el de Chelsea (787); patrocinó la fundación de iglesias y
parroquias; y fue un gran impulsor del monacato, siendo su gran
fundación la abadía benedictina de Saint Albans, cuyas obras
empezaron en el 793, aprovechando las piedras de la ciudad romana
de Verulamium.
Incluso, la transición hacia una monarquía hereditaria fue influencia
de la Iglesia, paradójico, pues la Iglesia es realmente una monarquía
electiva. Este proyecto de monarquía hereditaria encaja dentro de la
Europa del momento, pero no está ligada a la primogenitura, el reino
se divide en tantos reinos como hijos haya; aunque con Offa sí, pues
sólo tenía un hijo.
La monarquía merciana era electiva, de tradición germánica, pero con
Offa se plantea un cambio radical debido a: la unidad territorial del
mando lograda, todos acatan sus órdenes; la maduración política, las
transformaciones del Estado; y la muy posible influencia carolingia,
que siguieron el mismo esquema que Clodoveo. Por ello, Offa planteó
la creación de una monarquía hereditaria en su familia.
Trazó un procedimiento basado en que el principio electivo era
contrario a la unidad y fortaleza institucional de Offa, pues la lucha
nobiliaria por el trono convertiría al rey en un títere y la crisis sería
total. El rey estaría inclinado a favorecer a quienes lo han votado y
obligado a mostrar recelo por los que no, generando hostilidad. Esto
no sucedería si fuese hereditaria, pues el trono tendría una sucesión
conocida.
Para ello Offa fortaleció su posición eliminando a los rivales que
tuviera su hijo o usando la diplomacia. También redujo el poder de los
nobles, a los que sometió a su autoridad, reduciendo su capacidad de
maniobra y el tiempo de su cargo de 5 a 2 años. Las tierras que
recibieron estaban dispersas para no poder formar un patrimonio
unido. Finalmente asoció a su hijo Ecgfrith al trono (787) para
asegurar la pacífica sucesión y su futura hegemonía. No se habla de
oposición en las fuentes, pero no significa que no la hubiera.
No obstante, no pudo materializar su plan ya que tras la muerte de
Offa el 27 de julio del 796, su hijo tan solo le sobrevivió 141 días. Esto
dio paso al inicio de una crisis y decadencia de Mercia, favorecida por
las luchas de los nobles por alcanzar el poder.
3. El impulso cultural. Por influjo carolingio y para fortalecer su
reino, Offa puso en marcha un proyecto similar al del reino franco.
Gracias a sus contactos con Alcuino de York se crearon escuelas,
sobre todo en las catedrales, para la formación de clérigos y legos,
dirigidas por los más sabios del momento, estudiando el Trivium y el
Quadrivium. Offa quiso instruir a su pueblo en la doctrina de Dios;
necesitaba gente culturizada, que, aunque no se necesitara para
cultivar la tierra o pescar; para constructores y otros empleos, sí.
Este esfuerzo cultural facilitó el trasiego de intelectuales
continentales hacia las islas británicas y con ello de ideas y
novedades que repercutieron positivamente. Ideas como el
panteísmo emanatista de Juan Escoto Erígena. Van a acudir a la
biblioteca del monasterio sabios de toda Europa, se dice incluso que
musulmanes.
4. La política exterior. En el reinado de Offa termina el aislamiento
anterior.
1. Relaciones con Carlomagno. Por proximidad e importancia las
relaciones con Carlomagno fueron más decisivas e importantes,
gracias a Alcuino de York, colaborador del rey franco y amigo de Offa.
En el 789 las relaciones entre ambos eran muy estrechas y se planteó
una alianza franco-merciana, con un impulso de las relaciones
comerciales y económicas, y un enlace entre Carlos, hijo de
Carlomagno, y Aelfflaed, hija de Offa. Quería consolidar sus relaciones
con los carolingios y la monarquía hereditaria que planteaba. Sin
embargo, esto no pasó, pues Offa propuso el matrimonio de su hijo
Ecgfrith con Bertha, hija de Carlomagno; lo cual molestó a este. Se
rompió el acuerdo y Carlomagno prohibió que naves inglesas
atracasen en los puertos francos. Tal vez la ruptura se debiese a
exigencias de Offa sobre Egberto de Wessex, refugiado en la corte
franca. En el 792 el comercio y las relaciones se restablecieron, pero
no hubo ningún matrimonio. Pese a estas buenas relaciones
Carlomagno acogía a los exiliados ingleses, muchos enemigos de
Offa, como Egberto.
2. Relaciones con la Iglesia. Durante su reinado Offa fue
contemporáneo de los pontificados de Pablo I, Esteban III, Adriano I,
centrados en la crisis iconoclasta iniciada por el emperador León III en
el 726, que terminó con el VII Concilio Ecuménico de Nicea (787)
convocado por Irene, madre de Constantino VI, que restableció el
culto a las imágenes; y León III. Las relaciones de Offa con Adriano I
fueron buenas y en el 786 envió una legación ante Offa para
colaborar en su empeño por terminar la evangelización de los focos
paganos, regularizar el cobro de diezmos y reforzar la fé católica.
Los historiadores relacionan el compromiso del rey (790) de enviar a
Roma 365 mancusos de plata anuales (mancuso = 30 peniques),
como agradecimiento del apoyo pontificio a la erección del
arzobispado de Lichfield.
3. Relaciones con el emirato de Córdoba y el Califato Abbasí. La
arqueología nos habla de relaciones comerciales, testimoniadas por
hallazgos de productos andalusíes y de lujo de Oriente. Fruto de esas
relaciones fue la acuñación de la moneda de oro de Offa que imitaba
el dinar del califa Al-Mansur. Con los datos que tenemos no es posible
precisar contactos a otros niveles, pero se puede pensar que Offa
mantuvo contactos con el mundo abbasí.
Para el Canal de la Mancha se usaban barcos como los veleros
mediterráneos, lo que indica movimiento desde el estrecho de
Gibraltar hasta el Mediterráneo. Además, la llegada de los vikingos
provocó la unidad territorial, lo que sirvió para solventar sus
diferencias. Esta unidad conseguirá derrotar a los vikingos.
Estos surgieron en la Península Escandinava en el [Link], con una fase
de expansión sobre el [Link]. El mundo vikingo tiende a orientarse hacia
el Mar Negro, la zona oriental, en torno al Principado de Kiev. Aunque
muchos espacios fueron influenciados por los vikingos, en ningún
momento indicó permanencia. Por ejemplo, en Al Andalus fueron
desalojados por Abderramán II.

3. La Hegemonía definitiva de Wessex. El reino de


Inglaterra.
La evolución política es consecuencia de lo iniciado en Northumbria y
lo avanzado por Offa de Mercia. Poco después de la muerte de Offa y
su hijo Ecgfrith en el 796 regresó a Inglaterra Egberto, quien fue
expulsado de Wessex en el 789, viviendo en la corte carolingia por
13 años y allí, se casó con una princesa familiar de Carlomagno y
adquirió nociones de gobierno y estructura política y territorial que le
fueron útiles en su gobierno. Cuando Carlomagno fue coronado
emperador en la navidad del 800 por León III, Egberto estaba en su
corte. Cuando regresó a Wessex recabó apoyos suficientes entre la
nobleza y logró someter a los nobles que se le oponían e iniciar una
lucha para alcanzar el trono y la hegemonía, primero en Wessex y
después en Inglaterra. Con facilidad, aunque con enfrentamientos,
Egberto fue reconocido como bretwalda y hegemónico.

3.1. El reinado de Egberto (802-839).


Puso en ejercicio todo lo aprendido en la corte carolingia y sentó las
bases para la continuidad política. En el 825 venció a Beornwulf de
Mercia, en la batalla de Ellandun, que consolidó totalmente la
hegemonía de Wessex. Poco después, Kent, Surrey, Sussex y
Essex aceptaron la hegemonía del rey de Wessex. En el 829 acababa
definitivamente con la independencia de Mercia deponiendo al rey
Wiglaf. Egberto conquistó el reino de Mercia y todo lo que estaba al
sur del Humber, y fue el octavo rey bretwalda. También recibió la
sumisión voluntaria de Northumbria.
Así, se fundaba el reino de Inglaterra, una entidad política única e
integrada por diferentes reinos unidos bajo una misma cabeza,
siguiendo el modelo carolingio, aunque falta mucho para la unidad
total. Realizó una organización territorial que perfilaba el condado que
sería instaurado por su nieto Alfredo el Grande; acuñó moneda propia
en Rochester y Canterbury e incluso emitió monedas como rey de
Mercia. Reafirmó su autoridad, apoyó y fue apoyado por la Iglesia y
dominó a la nobleza, sin tener que conspirar con ellos.
Tuvo que hacer frente al problema vikingo, siendo derrotado en el
836 en Carhampton, aunque en el 838 logró detener la amenaza
vikinga al vencerlos en Hingston Down, en Cornualles, un año antes
de su muerte. Se consolidó la hereditariedad, pues tras su muerte le
sigue su hijo, sin asociación al trono y sin oposición. Con todo, el reino
de Egberto engloba ya todo el territorio de Inglaterra.

3.2. El reinado de Alfredo I el Grande.


Alfredo I nieto de Egberto I de Wessex, fue el último de los cuatro
hijos de Ethelwulfo y Osburga, que se sucedieron al frente del
reino, estando en Wessex totalmente implementado el principio
hereditario. Su reinado se caracteriza por dos grandes aspectos: la
defensa del reino frente a los vikingos y el desarrollo institucional y
unitario. Se autoproclamó rey de Inglaterra, como su abuelo,
avanzando en el proceso de unidad. Sus súbditos lo siguen y se
identifican con él.
Sabemos muchas cosas de la vida de Alfredo I el Grande (871-899),
gracias a Asser, un monje galés que desarrolló su vida en la corte del
rey de Wessex dedicado a la traducción de libros. En el 893 escribió
“Vida del Rey Alfredo”, una de las mejores fuentes de información
sobre un rey de esa época. Alfredo, con cuatro años fue enviado por
su padre a Roma (853) y allí permaneció por diez años.
En la corte pontificia recibió una formación diferente a la inglesa, con
un conocimiento profundo de la realidad política del Imperio, en
decadencia tras el Tratado de Verdún (843), y de la Iglesia que veía el
desmoronamiento del Imperio que había intentado restaurar en el
800 debido al reparto de los territorios entre los hijos de Luis el
Piadoso.
Dio a Alfredo un ideal europeísta, lo que le llevó a relacionarse con
Carlos II el Calvo, de la Francia Occidentalis. Su regreso a
Inglaterra coincidió con el inicio del reinado de su hermano
Ethelredo I, con gran presencia vikinga, lo que explica que el rey
hiciera a Alfredo secundario o co-rey, para que le ayudara frente a los
vikingos y a reorganizar el reino con el fin de mantener la
organización, unidad y estabilidad en su reinado.
1. La amenaza vikinga. Alfredo I sucedió a su hermano el 23 de
abril del 871 y tuvo que enfrentarse a la Primera Era Vikinga, iniciada
a finales del [Link] y hasta comienzos del S.X. En mayo fue derrotado
en Wilton, y consciente de que carecía de medios para contener el
avance vikingo, Alfredo negoció un acuerdo con ellos y, desde junio,
comenzaron cinco años de paz. Usó ese tiempo para reorganizar la
defensa y construir puntos fortificados, ampliando el modelo de Offa.
Los vikingos aprovecharon para consolidar su dominio en el
Danelaw, desde el 874, cuya capital era York, conformado por los
territorios de Northumbria, Mercia, East Anglia y núcleos
importantes como Leicester, Nottingham, Lincoln y Londres. No
es un Estado danés, sino un territorio de ocupación transitoria.
La llegada de Guthrum el Viejo a la jefatura vikinga supuso un
cambio radical, pues quiere cambiar el modo de operar de los
vikingos, buscando conquistar Inglaterra. Como no tenían fuerza
suficiente para apoderarse del territorio, buscaron hacerse con el rey.
Tras la tregua se reanuda la guerra y su objetivo era apresar a Alfredo
y no realizar una guerra larga atacando Chippenham, donde se
encontraba el rey inglés, quien escapó. Alfredo se refugió en los
pantanos de Athelney, pues los vikingos no se atrevían a entrar,
pues había genios del mal.
Así, Alfredo organizó un ejército y venció a Guthrum en Edington, el
6-12 de mayo del 878, sometiendo a Guthrum con el Tratado de
Wedmore. Con este se devolvieron prisioneros y Guthrum aceptó
convertirse y bautizarse con otros 29 dirigentes en el fuerte de
Athelney, siendo Alfredo el padrino. Se fijó la frontera entre el
dominio vikingo e inglés en la línea Londres-Chester; Guthrum
devolvió parte de Mercia a Alfredo y se retiró a East Anglia (879)
donde murió en el 890. La paz duró hasta el 884, con el ataque
vikingo a Kent y la rebelión contra Guthrum, en la que intervino
Alfredo, que acabó con la rebelión, se adueñó de Londres y logró una
rectificación de fronteras. Los vikingos se retiraron y la paz fue
restablecida.
2. Reanudación de la Guerra. Sin embargo, aunque Alfredo había
logrado restablecer la situación, la amenaza vikinga no desaparecía.
En el 893, dos ejércitos vikingos llegaban a Inglaterra: una flota de
250 naves desembarcó en la costa sur de Kent; y otra de 80 naves al
norte del estuario del Támesis.
No se trataba solo de tropas, sino que los soldados traían a mujeres e
hijos en los drakkares. Había un objetivo de instalación, no solo
ataque, botín y retirada. Eduardo, primogénito de Alfredo, logró
vencer al primer ejército en Farnham (893), y el propio Alfredo
venció al segundo en Shoebury (894). A finales del [Link] se da la
última fase de ataques vikingos contra la Inglaterra de Alfredo I. En el
896, una flota vikinga de 300 naves, remontó el Támesis y se asentó
cerca de Londres, desde donde atacaban. Alfredo ordenó una guerra
de guerrillas a base del hostigamiento constante sin presentar batalla
y a la vez obstruir el cauce del río. Sin posibilidad de recibir ayuda y
sin suministros, los vikingos se rindieron.
Sin embargo, no se marcharon, pues grupos de ellos se fueron con
autorización del rey a Northumbria, otros se asentaron en East Anglia
y solo unos pocos regresaron. Mucho después, Esteban I encontró
junto a los escoceses ciertos núcleos con un esquema vikingo.
Terminó la larga campaña contra los vikingos, la principal
consecuencia es que Alfredo logró la unidad de todos frente al peligro
común, siendo la amenaza exterior la plataforma de unidad definitiva
de Inglaterra. Sus sucesores, Eduardo y su nieto Athelstan
completaron su obra, quienes recuperaron el dominio del Danelaw. Se
derrotó al último ejército vikingo que atacó Inglaterra en Brunanburgh
(937), sometiendo a todos los vikingos instalados en la isla.
3. La organización del reino. Gran parte del régimen institucional,
económico y administrativo de la Europa medieval vendrán de
Alfredo I. Durante la guerra y tras ella, Alfredo I atendió a la
organización y gobierno de su reino.
A) Mejora de los medios de defensa: Alfredo I era consciente de
que las incursiones vikingas proseguirían en el futuro, por lo que
impulsó una amplia labor defensiva en varios extremos. Para ello
creó una marina potente, construida en los astilleros que el
monarca mandó, para patrullar y defender la costa; amplió la red
de torres y atalayas de comunicación, capaces de proporcionar
un aviso rápido ante la llegada de normandos con señales de humo;
reorganizó el ejército, con una reglamentación de nuevas
unidades, acuartelamientos, para agilizar la participación en la
milicia, con mejoras en el entrenamiento y equipamiento de las
unidades (influencias del ejército de Carlomagno, como la
importancia de la caballería y el uso de estribo).
No existía un ejército permanente, eran los propios ciudadanos, entre
16 y 60 años, quienes lo formaban cuando era necesario, con su
propio armamento según su nivel socio-económico: los ricos a caballo
y el resto en infantería con arcos y lanza. Se va prefigurando una
distinción social del armamento que cada uno estaba obligado a
llevar, cada arma tenía sus atribuciones fiscales. Alfredo I logró que
todos sus súbditos participasen en la defensa de su territorio.
B) La repoblación y organización del territorio: Como medio de
defensa impulsó la repoblación siguiendo a Offa. Se construyeron
burgos amurallados como Wareham, Cricklade o Lydford; y sus
moradores además de sus oficios se ocupaban de su defensa,
como guarniciones estables (tienen idea de propiedad del territorio,
por lo que querrán defenderlo). Estos centros atraían nuevos
pobladores, llevando al incremento del dominio y defensa,
convirtiéndose en la red más importante de Europa. Algunos de ellos
serán ciudades populosas, refugio seguro frente a los vikingos y
que pagarán impuestos al [Link]ó la unidad social y de mando
del mundo inglés.
En la reorganización territorial se planificó una nueva
compartimentación territorial en la que el núcleo era el condado
(shire), nueva unidad administrativa potenciada por sus sucesores,
convertida en el eje de la administración por Enrique I, alcanzando su
apogeo con Enrique II. A su cabeza hay un conde impuesto por el rey,
pero el dueño del territorio sigue siendo el rey.
4. La tarea legislativa. Es una muestra de la maduración que la
monarquía va adquiriendo, pues responde a los problemas del reino.
Alfredo ordenó la redacción del código Libro de Leyes (Book of
Dooms), en el 893, que recoge normas celtas y tres códigos
anglosajones anteriores y preceptos del cristianismo, nutriéndose de
tres códigos de reyes cristianos: el de Aethelberto de Kent, del
602, el más antiguo de los conocidos, un código juto muy
romanizado; el de Ine de Wessex, del 694, el segundo en
importancia, que recoge tradiciones ligadas al dominio de los sajones;
y el de Offa de Mercia, del 786, conocido porque Alfredo lo nombra,
su labor jurídica fue inmensa.
También textos del Antiguo Testamento como los Diez
Mandamientos y leyes mosaicas y éticas de los Padres de la Iglesia.
Alfredo era un combatiente católico y quería expandirlo, y la
importancia de su código fue tan grande que Canuto II de
Dinamarca ordenó su traducción al latín y su incorporación a la
Instituta Cnuti, cuerpo legal del rey danés. Más tarde, el rey inglés
Enrique I, hizo lo propio con el Quadripartitus que mandó realizar. El
código respondía al esquema carolingio y es uno de los códigos más
importantes de Europa Occidental.
5. El desarrollo monástico. Es uno de los aspectos más
importantes de Alfredo I, que sigue las directrices de Offa, siendo el
monacato un gran instrumento de avance en el poblamiento y
defensa del territorio, así como conservador de la cultura (biblioteca,
miniaturas…). Trató de paliar los graves daños causados por los
vikingos en los monasterios, ordenando la reconstrucción cuando
fuera necesario, aunque lo importante era recuperar el elemento
humano. Construyó nuevos monasterios como el de Saint David,
visitados por Asser por encargo del rey, que atrajeron monjes
extranjeros, muchos irlandeses.
Los monjes se convirtieron en los mejores agentes del rey, y
Alfredo enviaba monjes irlandeses a los monasterios europeos para
que le informasen de las novedades y organización que habían
conocido. De su economía se sabe poco, pues ni Asser habla de ello,
pero se han encontrado monedas de plata y se sabe de su contacto
con el continente. Las excavaciones muestran relaciones lejanas.
6. El impulso cultural. Alfredo siguió el ejemplo de Offa y
Carlomagno y encabezó un proyecto cultural con la escuela
palatina, a la que acudieron gentes británicas y extranjeras: Asser, el
benedictino San Grimbald y el teólogo irlandés Juan Scoto
Erígena, instalados en la corte de Alfredo e impartiendo docencia en
la escuela, supervisando las tareas desarrolladas en otras escuelas
del reino. Además, dan un impulso monástico y los benedictinos
empezarán a abrir los monasterios hacia la sociedad, aunque Juan
Scoto tendrá problemas con la Santa Sede por su visión panteísta. El
impulso se dio principalmente en los centros catedralicios, creando
una serie de funcionarios clérigos.
Destacan las traducciones para mejorar la instrucción de los clérigos
y el pueblo, como la Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés de
Beda el Venerable y la Consolidación de la Filosofía de Boecio,
ministro del ostrogodo Teodorico. En ambas intervino Alfredo, que
añadía datos al relato. Son famosos los Proverbios de Alfredo, tal
vez obra suya, con frases que se le atribuyen, como Nunca creas lo
que dicen todos los hombres ni todo lo que oyes cantar; un intento de
recoger las tradiciones populares.
7. Las relaciones exteriores. Si con Offa se rompe el aislamiento
de Inglaterra con Europa, Alfredo el Grande consolida las relaciones
exteriores, en las que usó la diplomacia, con resultados excelentes.
Alfredo fue reconocido en Gales Central y del Norte, mientras el Sur
se vio más reticente; tuvo relaciones con el califa abbasí Al-
Mutamid, con tres embajadas; con la Francia Occidentalis de
Carlos II y sus sucesores; y correspondencia con Elias III, Patriarca
de Jerusalén, que antes de la coronación de Carlomagno le envió las
llaves del Santo Sepulcro, diciéndole que era el director máximo de la
Cristiandad. Además, es posible que enviara una embajada a la India.
Pero sobre todo se producían muchos contactos con Roma, quería
contactos con el Papa mientras se desintegraba el Imperio Carolingio,
influyendo en el acceso de Marino I al papado, que fue legado papal
en Inglaterra y envió embajadores ante Esteban V; relaciones que
puede que nacieran con Offa y Adriano.
El 26 de octubre del 899, murió Alfredo el Grande en Winchester y
fue sepultado en la abadía de Hyde, venerado como santo por la
Iglesia Católica, aunque nunca fue canonizado, y para la anglicana es
un héroe del cristianismo.
Le sucedió su hijo Eduardo el Viejo, con quien se daría la unión
definitiva de todos los territorios bajo su soberanía; el elemento
hereditario por primogenitura era ya casi definitivo. Inglaterra era un
reino unido y cohesionado, la obra de Alfredo y sus antecesores se
consolidó y se mantuvo pese a enormes dificultades futuras, siendo la
base de la institución inglesa. No obstante, poco después de Eduardo
perderá su autonomía y quedará bajo dominio danés.
TEMA 2. EL IMPERIO OCCIDENTAL
La evolución política del reino franco: Carlos Martel y Pipino el Breve
Tras la muerte de Dagoberto I (629-639) y la división del reino entre Sigeberto I (639-
656), rey de Austrasia y Clodoveo II (639-657), que lo era de Neustria, ambos menores
de diez años se inició la definitiva decadencia de la monarquía merovingia, que vuelve
al principio electivo y que supone el crecimiento de la poderosa aristocracia
terrateniente que se incorporó a la monarquía, que controlará el gobierno, factores que
hacen que hacen propicio el carácter electivo, porque el monarca está sometido a
quienes lo eligieron.
En el seno de esta aristocracia sobresalen los mayordomos de palacio que eran los
auténticos gobernantes gracias a la influencia que tenían sobre los reyes, y esa
proximidad al monarca les hace acaparar cada vez más poder tanto en Neustria como en
Austrasia. Su ascensión dentro del reino no cesaría de crecer.
En Austrasia destacó Pipino de Landen (580-640) cabeza de una importante familia de
terratenientes que como vimos fue nombrado mayordomo de palacio por Clotario II en
el 615 y, aunque fue cesado por Dagoberto I, volvió a recuperar el cargo y el poder bajo
Clodoveo II, logrando consolidar la hegemonía a Austrasia sobre todo el territorio
franco. De él arrancará la dinastía de mayordomos que terminaran conquistando el trono
merovingio.
Su nieto Pipino de Heristal (680-714) mayordomo de palacio de Austrasia trató de
afianzar su posición hegemónica sobre la aristocracia y sobre el territorio franco y por
ello intervino en la guerra por alcanzar el poder entre los clanes nobiliarios en Neustria,
en ayuda de un sector de la nobleza neustriana que le había pedido ayuda. En el 687,
Pipino de Heristal y sus aliados neustrianos vencieron en Terty al ejército de Neustria y
el mayordomo austrasiano en el dueño absoluto del territorio franco, en el que gobernó
como dux et principeps francorum hasta su muerte (714) nombrando a los reyes
Clodoveo III (690-694), Childeberto III (694-711) y Dagoberto III (711-715).
Pipino desplegó una política interior basada en una aproximación a la alta nobleza
austrasiana y la Iglesia, que se convirtió en su firme aliada, pues el mayordomo nombró
como titulares de abadías y sedes episcopales a hombres de su circuito más próximo,
sobre todo en Neustria, territorio que quería controlar. Pero a su muerte todo pareció
desvanecerse, porque al frente de la mayordomía de Austrasia quedaba a una mujer,
Plectruda, viuda de Pipino en nombre de su nieto Thibaut, a quien Pipino había dejado
como dueño.
Esta situación de debilidad facilitó la rebelión de los nobles de Neustria que eligieron
como mayordomo a uno de ellos Regenfredo (715-717), quien derrotó a Piecurdia en
Compiegne (715), tras lo cual desató una persecución de todos los partidarios de Pipinio
en Neustria, que fueron desalojados de los cargos que ocupaban. Austrasia estaba contra
las cuerdas a punto de ser dominada por el mayordomo neustrasiano.

Carlos Martel
Austrasia, presionada y a punto de ser dominada por el mayordomo
neustrasiano, fue salvada por Carlos Martel, bastardo de Heristal. Fue
liberado de prisión, acusado de robo; compareció ante Plectruda y
recibió plenos poderes de ella. Reunió un ejército y venció a
Regenfredo en Venchy (717), tras lo que Plectruda le entregó la
mayordomía de Austrasia y se retiró.

Las bases de la hegemonía de Carlos Martel


1. El ejercicio absoluto del poder. Desde su triunfo sobre
Neustria, su dominio sobre el reino fue total. Prueba de ello es que
nombró a Clotario IV, Chilperico II y Teodorico IV; siguiendo la
costumbre de que el mayordomo elige a los reyes. No designó
sucesor tras morir el último, pues no lo necesitaba para gobernar.
Pero no eliminó la monarquía y mantuvo la ficción de que el trono
estaba vacante, porque no podía prescindir del rey, quien le daba
legitimidad. Además, necesitaba la conexión con la Iglesia.
2. Uno de los aspectos que destacan de su obra es la
intervención en las fronteras orientales, con guerra y
evangelización, buscando la conversión. Entre el 719-738 realizó
expediciones de castigo contra los sajones, con gente que buscaba
conquistar la Germania; incorporó al reino el territorio de los
alamanes; sometió a los frisones (733) y les impuso un tributo anual
como reconocimiento señorío.
Además, reforzó las posiciones fronterizas mediante la repoblación y
construcción de fortalezas de piedra para garantizar la seguridad e
impenetrabilidad. Estas se convierten en zonas de repobladores y
puntos de partida para avanzar al este. Con ello impulsó la
evangelización que dirigía San Bonifacio, que facilitaba la
comprensión de los principales dogmas católicos; explicaba la
doctrina en sajón a los sajones. Para Martel la evangelización era un
medio eficaz para integrar a los conversos. San Bonifacio cortó la
encina sagrada de Goslar dedicada a Thor (723), demostrando la
fuerza del cristianismo frente a su religión, al no haber ninguna
reacción de los dioses paganos
3. Venció a los musulmanes en Aquitania en la batalla de
Poitiers. El éxito en Guadalete hizo que los musulmanes se confiaran
y avanzaron al norte, con dos posibilidades: entrar por el paso de la
Junquera o por Pamplona. Las tropas del valí cordobés Abderramán al
Gafequí cercan Burdeos e invaden Aquitania, gobernada por el duque
Eudes, rival de Martel. Este fue derrotado y pidió ayuda a Carlos,
quien vio la oportunidad para controlar Aquitania.
Los francos vencen el 10 de octubre de 732 en Poitiers, una de las
batallas más decisivas de la historia, frenando la expansión
musulmana en Europa continental; y engrandeciendo la imagen de
Martel, Defensor de la Cristiandad. Impuso su control en Aquitania y
consolidó su liderazgo del reino franco. Tras la batalla de Poitiers los
musulmanes serán contenidos y permanecerán allí hasta que los eche
Pipino el Breve. Se salva el reino de los francos de la amenaza
musulmana, y con ello Europa, el triunfo de la Cristiandad.
4. Desarrollo político. Carlos Martel continuó las líneas de su padre
y basó su dirección en:
- Las estrechas relaciones con la nobleza, instrumento esencial del
régimen, pues cuando la monarquía es débil, la nobleza es fuerte.
Protagonizaba las campañas militares, combatiendo junto a Carlos
Martel; proporcionaba cuadros de mando en las demarcaciones
territoriales; y recibía amplias donaciones de tierras que aumentaban
su poder económico-social.
- Alianza con la Iglesia franca y el Papado, un poder espiritual que
necesita respaldo en Occidente, consciente del recelo del Imperio
Bizantino. Las relaciones de Martel con la Iglesia y el clero franco se
basan en intereses mutuos. Aunque no era rey, lo representaba y
como heredero de Clodoveo debía defender a la Iglesia.
El apoyo del clero era fundamental para el mantenimiento de la
jefatura del mayordomo; y el reino franco da cobertura al clero. Sin
embargo, nombraba a personas fieles a Martel para obispados y
arzobispados; y confiscaba tierras de la Iglesia para premiar a la
nobleza. Esto provocó protestas del clero y San Bonifacio ante el
papa. Martel situaba frente a las diócesis a gentes iletradas, sin
formación ni vocación; se apropiaba de tierras de la Iglesia, donadas
por los fieles en testamentos. Pero Gregorio III no intervino,
necesitaba a Martel, pues no tenía la ayuda de Bizancio al
excomulgar a León III por la iconoclasia, contra los lombardos.
5. La cuestión de Italia. En época de Martel creció la presión de los
lombardos sobre el Ducado de Roma, gobernado por el pontífice tras
la salida de los bizantinos (580), formado por Roma y alrededores. Era
una situación delicada para Martel, pues el rey lombardo Liutprando
era un firme aliado. Mantuvo relación con el Papado y firmó un
acuerdo con Gregorio II. La situación cambió cuando Gregorio III
apoyó al duque de Spoleto opositor al rey. Por ello, atacó el territorio
romano sembrando el temor.
Gregorio III envió una embajada a Martel para pedir su intervención
armada en nombre de San Pedro. El mayordomo franco envió unos
embajadores a Pavía y trató con Liutprando, pues no interesaba abrir
un frente en Italia. Los embajadores lograron que Liutprando dejara
sus ataques a cambio de Rávena. El pontífice recibió garantías de
Martel de que la integridad de Roma no sería alterada. La paz llegó
con el acuerdo (741) entre el rey lombardo y el papa Zacarías, una
tregua de 20 años que zanjaba por entonces el problema, pero
volvería.
6. La sucesión en la mayordomía y en el reino. Carlos Martel era
el dueño absoluto del reino franco y poseía un concepto patrimonial,
repartiendo el reino entre sus hijos antes de morir en Quierzy el 22 de
octubre del 741. Carlomán, el mayor, hereda la mayordomía y
gobierno de Austrasia, Alamania y Turingia; Pipino, segundo, la
mayordomía y gobierno de Neustria, Borgoña y Provenza; y Grifón,
hijo de una princesa bávara, territorios dispersos. La división, de
tradición franca, duró poco pues Grifón fue encerrado en un
monasterio por sus hermanos que se repartieron su herencia.
Quedaba prefigurada una doble dirección en el reino cuya viabilidad
era dudosa porque el reparto lo había hecho Carlos Martel motu
proprio sin apoyo legal de nadie; y el trono franco estaba vacante
desde Teodorico IV (737). En ese ambiente creció la hostilidad de la
nobleza hacia los mayordomos ilegítimos, intentando ascender ellos a
la mayordomía. Nombraron a Childerico III, último merovingio,
restaurando su legitimidad; y pactaron con los nobles nuevas
alianzas, conquistas y recompensas. De inmediato pasaron a la
acción en varios frentes: la rebelión de Odilon, duque de Baviera,
relacionada con el despojo de Grifón; la rebelión de Hunaldo I, duque
de Aquitania, que quería quitarse la tutela franca; y rebelión de los
alamanes que habían roto los acuerdos y salteaban en las zonas
fronterizas. En todos los mayordomos vencieron, aunque la rebelión
aquitana resurgirá.
La situación parecía estable. Apoyaron la reforma de la iglesia franca
y la evangelización de los sajones de Bonifacio; propiciaron la
construcción de monasterios como la abadía de Fulda reunieron
concilios como el germánico del 742, con normas para la moral del
clero, respeto a los bienes eclesiásticos y que las sedes episcopales
fueran ocupadas por personas adecuadas.
Pipino el Breve: de mayordomo a rey de los francos
Pipino III
La situación del reino franco cambió cuando Carlomán se retiró a la
vida religiosa en Montecassino (747), queriendo que le sucediera su
hijo Drogo, pero Pipino lo despojó de su herencia y quedó gobernante
único del reino sobre el que había gobernado su padre. Pronto se
plantean grandes cambios ante que Pipino maduraba la idea de
convertirse en rey, un golpe de estado contra un rey legítimo y
católico. Pipino estaba por encima del rey y la nobleza, pero si podía
quitar al rey, estaba por ver.
El mayordomo lo preparó todo con detalle, pero sólo sería posible con
dos apoyos básicos: el de la nobleza del reino; y el de la iglesia
franca, para que el pontificado no pusiera obstáculos Para ello se
basó en que el episcopado estaba sometido al mayordomo; y muchos
debían su cargo al mayordomo. Obteniendo el apoyo de los grandes
nobles y eclesiásticos, Pipino envió una embajada a Roma para hablar
con el Papa, presidida por: Burgardo, obispo de Wurzburgo y Fulrado,
abad de Saint Denis y capellán real.
No se trataba de debatir con el papa ni pedirle que autorizarse lo que
era una ilegalidad, sino pedirle que se pronunciara ante la cuestión de
si el rey de los francos debía serlo el que lo era nominalmente
(Childerico III) o quien tenía y ejercía el poder (Pipino). La respuesta
de Zacarias fue clara, y siguiendo la doctrina de San Agustín, dijo “El
orden de las cosas de este mundo reclama, conforme a la voluntad
divina, que el título de rey lo ostente quien haya sabido hacerse con
el poder antes que el que no haya sido capaz de conservarlo”. Esto se
debió a que la Iglesia no tenía ejército para su defensa, permitiendo a
Pipino ser rey para garantizar su defensa ante amenazas exteriores.
Los embajadores partieron a Soissons, donde se encontraba Pipino
quien nada más recibirlos convocó una asamblea en Soissons (751).
Childerico III fue depuesto, tonsurado y encerrado en el monasterio
de Saint Bertin donde murió (755). San Bonifacio en nombre del Papa
ungió con el óleo santo, como a Clodoveo, al nuevo rey. El nuevo rey
ungido era el elegido de Dios para guiar a su pueblo, inviolable, y
recibía la gracia divina que superaba el prestigio de los merovingios.
Nace así una monarquía sin ideología propia, sino creada tomando
conceptos e ideas del catolicismo sustentadas por la Iglesia, la
dinastía Carolingia.
La nueva dinastía se caracterizaba porque el rey era sagrado, una
especie de vicario de Dios. Pero, aunque el rey franco tuviera alta
posición sobre sus súbditos, quedaba subordinado al Papa, el único
que podía conferir tal cargo. El Papado salió muy fortalecido al
convertirse en la primera personalidad de Occidente, señor de reyes y
del mismo emperador.

El reinado de Pipino III (751-768).


Se produce un cambio tan radical que era impensable para la época.
La política del nuevo monarca se asienta sobre dos pilares: la
estrecha alianza con la nobleza y el episcopado en el interior; y la
defensa del pontificado y la Iglesia en el exterior. Pipino III mantuvo
una incesable actividad en las fronteras orientales y en el interior del
reino para consolidar su posición y la de la dinastía que, aunque
gozaba de amplios apoyos contaba con opositores como su hermano
Grifón y los duques de Aquitania. Para lograr su objetivo se aseguró la
fidelidad de los nobles, a los que premiaba, como Martel, y exigió un
juramento de fidelidad que los ligaba al rey; y logró que el episcopado
franco cerrara filas en torno al rey.
El rey realizó un trabajo enorme para afianzar una dinastía nacida de
una ilegalidad, lo que obligaba a estar en permanente atención y
actividad. Para ello quitó el título de mayordomo de palacio, pues
debía demostrar que la ilegalidad era necesaria.
La intervención en Italia: nacimiento de los Estados
Pontificados. Pipino tuvo que poner en marcha su defensa de la
Iglesia y del pontificado porque la llegada del rey lombardo Astolfo
desestabilizó la situación en Italia, quien quería que Roma fuera la
capital del reino lombardo. Ocupó el Exarcado de Rávena (753) a
cuyo dominio aspiraba el papa Esteban II, que por temor a perder sus
dominios pidió ayuda al rey franco, yendo él mismo para una
entrevista en Quierzy el 6 de enero del 754, cuyo resultado fue que la
Iglesia franca adoptó oficialmente el rito romano; Pipino es nombrado
Defensor de San Pedro y ratificó su deber de defender al Papa y a
Roma. Ambos firmaron el Tratado de Quierzy el 14 de abril del 754.
Pipino organizó la expedición contra Astolfo, pero tuvo que vencer dos
problemas: la alta nobleza se negaba a seguir al rey si no se recibían
nuevos territorios en Italia; y la reticencia del pueblo franco a iniciar
una guerra de interés personal del rey. Ante ello se da una segunda
entrevista en Saint Denis, en la que el Papa renovó la consagración
de Pipino y la extendió a sus hijos, Carlomán y Carlomagno; prohibió,
so pena de excomunión, que no hubiera rey franco que no fuera de su
descendencia directa por haber sido elegido por Dios; extendió sus
bendiciones a los grandes del reino y a la reina Bertrada; y nombró a
Pipino Patricio de los romanos, vinculándolo al del imperio romano.
Pipino derrotó en el Monte Cenisio a Astolfo (754), pero cuando Pipino
abandonó Italia, renovó los ataques y forzó otra intervención del rey
franco, que volvió con dos ejércitos y sitio Pavía. Astolfo se rindió de
verdad en mayo del 756; y Pipino hizo la “Donación de Pipino” al
pontífice, entregando el Exarcado de Rávena y la Pentápolis (formado
por Rímini, Pesaro, Fano, Senigallia y Ancona), unidos al ducado de
Roma por el corredor de Perugia. Nacían así los Estados pontificios, a
cuyo frente el papa agudizaba su faceta como titular de un dominio
cuya defensa interesaba a los católicos y especialmente a los francos.
El pontífice pasará a ser visto en Europa como un jefe de Estado más,
contradiciendo muchas veces la función pastoral del papa.
Abandonando Constantinopla como cobertura del mundo cristiano.
La intervención en Baviera. Baviera era un ducado independiente,
vinculado tradicionalmente al reino franco que, desde Carlos Martel,
lo consideraba defensa de la marca oriental. Pero Pipino tuvo que
combatir contra Baviera porque sus consejeros le piden que no se
conforme con un compromiso vago. Su hermano Griffon huyó de su
cautiverio y se refugió en Baviera y tras la muerte del duque Odilón
se hizo duque de Baviera. La rebelión de su hermano ponía en peligro
la seguridad del reino franco y Pipino ocupó Baviera. Griffón fue
enviado como margrave a la Marca del Main; pero siguió su hostilidad
a Pipino hasta morir (753). Baviera fue asociada al reino franco y
Pipino nombró duque a Tasilón III (749-794), hijo de Odilón.
Expulsión de los musulmanes. Los musulmanes derrotados por
Martel se mantenían en la Septimania, desde donde realizaban
incursiones fronterizas sin ánimo de conquista. Libre de
preocupaciones en el este, Pipino invadió Septimania y entre 752-759
llevó a cabo, con ayuda de los visigodos, la expulsión de los
musulmanes y la anexión al reino franco.
La guerra contra Aquitania. Aquitania, aunque pertenecía al reino
franco, estaba gobernada por duques y poblada por herederos de la
tradición romana, todos unánimes en rechazar el dominio franco.
Martel aprovechó su victoria sobre los musulmanes para imponer su
dominio a Eudes. Pero Waifre mantuvo una violenta oposición que
terminó en una guerra (761-768) etapa en la que Pipino, junto a su
hijo Carlos, realizó ataques desde el Loira al Garona.
El asesinato de Waifre por unos traidores instigado por Pipino,
terminó la guerra. Aquitania quedó arrasada, pero, aunque Pipino la
declaró anexionada, el duque Hunaldo II continuó la lucha hasta ser
derrotado por Carlomagno y depuesto. El ducado fue entonces
anexionado al reino franco, pero con las capitulares de Saintes (768),
reconocían su personalidad jurídica y serían juzgados por su ley
romana, no por la franca. Elementos de la frontera oriental:
- Ducado de Baviera: No es belicoso, un territorio en el que va a ir
calando el mundo franco. Los francos que llegan son todos de
Austrasia, pues Neustria queda al interior. Representa una ampliación
pacífica en lo que es la proyección lógica de Austrasia en el marco
oriental. El hecho de que Tassilon III sea duque es una garantía, pero
sólo mientras vive Pipino, pues a su muerte se rompen los lazos de
unión y dará problemas a Carlomagno.
- Ducado de Sajonia: Con Carlomagno será uno de sus principales
problemas en más de 30 años. Un conjunto de tribus cada una con
sus jefes y Pipino III no podía contra ellos.
La reforma monetaria. Pipino abordó la cuestión económica de su
reino y trató de impulsarla mediante una importante reforma
monetaria. El Edicto de Ver (755) tenía como objetivo la unidad
monetaria, por primera vez con su propia moneda franca. Acuñó y
emitió el denario de plata, moneda de referencia. Pero el éxito fue
escaso, por su poca circulación monetaria y actividad mercantil. El
cambio no será real hasta la reforma de Carlomagno del 793. Instauró
el pago del diezmo al fisco real (756), inicio de la reforma fiscal que
seguirá Carlomagno. Esto se debe a que la monarquía necesitaba
dinero para cubrir unas necesidades económicas.
La sucesión de Pipino III. El 24 de septiembre del 768 moría Pipino
III en Saint Denis y el reino quedó dividido entre sus hijos: Carlos, el
mayor, recibió Aquitania marítima, Norte de Neustria y Austrasia y
zonas fronterizas de Frisia; y Carlomán, el Sur de Austrasia y Neustria
Alamania, Alsacia, Borgoña, Aquitania Interior, Septimania y
Provenza. El reparto prueba de nuevo el mismo concepto patrimonial
que los merovingios. Al dar a cada hijo campos de acción separados
Pipino quería evitar enfrentamientos entre ambos.
La ruptura entre Carlos y Carlomán provocó: el fin de la estabilidad
del reino; la rebelión de Aquitania para quitarse el dominio franco por
Pipino; y la insumisión de los lombardos que rompen el vasallaje de
Astolfo, aprovechando el rey Desiderio la rivalidad entre hermanos
para sacar ventajas políticas. Bertrada de Laon, viuda de Pipino, trató
con Desiderio el enlace de Desiderata, su hija, con su hijo Carlos, en
el 770, una alianza frente a Carlomán. Pero dejó las manos libres a
Desiderio para intervenir en Roma, pensando que ninguno defendería
al Papa y a los Estados Pontificios. En la frontera oriental, Baviera
daba muestras de inquietud. El proyecto de Pipino fracasó y la
inestabilidad se generalizó hasta el 771, cuando la muerte natural de
Carlomán lo cambió todo inesperadamente.

2. Carlomagno y la restauración del Imperio Romano.


El nuevo orden europeo.
La sucesión de Pipino III, pese a sus intenciones, fue conflictiva, tanto Carlos como
Carloman tenían grandes diferencias que ya se pusieron en relieve cuando Carlos tuvo
que hacer frente, solo a la rebelión del duque Hunaldo II, porque Carloman que había
acudido también en un principio para sofocar la revuelta, se retiró después de una
discusión y decidió marcharse a Borgoña.
Las desavenencias con su hermano, también provocaron la alianza de Carlos con el rey
lombardo Desiderio como vimos, pero el repudio de Desiderata, devuelta a su padre,
rompió la alianza y el rey lombardo se mostró en adelante firme aliado de Carlomán
contra Carlos y el papa Esteban III (768-772).
En julio de 769 Carlomagno marchó hacia la región de Burdeos y mandó construir un
importante fuerte cerca del río Dordoña, hoy Fronsac, y desde allí realizó ataques, sin
presentar batalla, pero obligando al duque a huir a Vasconia en donde fue apresado por
el duque Lupo II y entregado a Carlos a quien Hunaldo se sometió y el rey franco
obtenía su primera victoria y consolidaba su dominio sobre Aquitania como duque.
Según Eginardo, la guerra entre los hermanos era inminente cuando, el 4 de diciembre
de 771, murió inesperadamente Carlomán, lo que hizo que circularan todo tipo de
rumores sobre la posibilidad de que se tratase de un asesinato instigado por el propio
Carlos, pero la muerte de Carlomán finalmente se estableció por los físicos que
atendieron que se produjo por causas naturales, cuya muestra más importante fue una
hemorragia nasal severa, secundaria a un proceso infeccioso realmente grave y
fulminante. Carlomagno accedió a entrevistarse con Gerberga, viuda de su hermano que
le propuso que su hijo mayor Pipino, nacido en el 770, se convirtiese en rey y ella en
regente hasta su mayoría de edad. Pero sus peticiones no fueron atendidas y Carlos
anexionó los dominios de su hermano fallecido.
Gerberga, finalmente, decidió abandonar el reino y se dirigió a Pavía, donde estaba la
corte de Desiderio, que se vive en ella la oportunidad de utilizarla como medio de
presión al pontífice y al propio rey franco, no sabía entonces Desiderio que esas
maniobras terminarían por costarle el trono. En el último cuarto del siglo VIII, estaba
muy desarrollada la idea de restaurar el imperio en occidente, y el hecho de que
Carlomagno quedase como rey único de los francos, y se convirtiese en el monarca
más poderoso de lo que fue la parte occidental del Imperio Romano contribuyó a que se
le pusiera en el centro del proyecto por varios factores internos:
Grandes pensadores como Teodulfo de Orleans, Arno de Salzburgo y Alcuino de
York, que defendían una teoría que Rechazaba la hegemonía del emperador y de
Constantinopla como sede del gobierno en Occidente, exaltaba la supremacía política
del rey franco en Occidente, pues era Carlos quien gobernaba y en Aquisgrán residía el
auténtico poder que unía a lo que fue la parte occidental del Imperio. Defendían un
poder que representaba el verdadero “Imperium Christianorum”, es decir, el espacio
geopolítico en donde residía la Cristiandad, que era totalmente ajeno al imperio
Bizantino, cuando hablemos de cristiandad europea nos referiremos a la parte occidental
de lo que fue el Imperio Romano.
Carlos era el rey hegemónico y, como tal, se le representaba como nexo de unión entre
el cielo y la tierra y máximo representante político de Dios en el reino que gobernaba,
Carlos estaba llamado a representar la unidad del poder político y religioso en la misma
persona. Tal y como explicaba Alcuino de York: “Al igual que en el cielo solo reina
uno, Dios, es natural que reine en la tierra uno solo, tras él, que sea ejemplo para
todos los hombres” Pero es meramente propagandístico para que los súbditos
entiendan que los hechos del poder de Carlomagno no son casualidad, sino que es por
designio divino, buscan que, si a la derecha de Dios está Jesucristo, detrás está
Carlomagno.
A esas opiniones se sumó el papa Adriano I (772-795), gran amigo de Carlomagno,
para quien Carlos era la única cabeza de la cristiandad occidental por su capacidad
organizativa y afán combativo, además, era convencido impulsor de la evangelización y
protector de la iglesia y el Papado. La persecución de herejes, es labor del rey de los
francos, y esto Carlomagno lo tenía muy asumido, sin duda era la persona adecuada
para culminar “Renovatio Imperii Romanorum” Estamos en el S VIII, estas ideas
eran un eufemismo, lo que en realidad se buscaba era seguridad y estabilidad.
También hubo factores externos que contribuyeron a engrandecer la figura de Carlos:
La inoperancia del Imperio Bizantino, sacudido por la crisis iconoclasta, el rechazo que
allí se producía a acatar la autoridad del papa en beneficio de la del Basileus y de la
igualdad con respecto al Patriarca de Constantinopla, todo acabará provocando el
“Cisma Focio” (866). La entronización de Irene (797), lo que hizo que en Occidente el
imperio se considerara vacante, por todo ello, Carlomagno era el verdadero dirigente
del Imperio Cristiano que debería ser restaurado en Occidente para dar cohesión y
unidad a toda la Cristiandad defendida y protegida por él.
Carlomagno desde el mismo instante en que quedó como rey único de los francos,
siguió las líneas trazadas por su padre y basó su poder en: el apoyo de la aristocracia
franca y la alianza con el papado, uno y otro fueron los principales instrumentos para
culminar las iniciativas políticas y militares que caracterizaron la “Renovatio Imperii
Romanorum”, hecha realidad en la Navidad del año 800.
El 25 de diciembre del año 795 murió Adriano I y poco después se reunió con un
cónclave muy breve en el que resultó elegido León III por una mayoría de cardenales y
representantes de la nobleza romana, pero que no fue bien recibido por un importante
sector de la Curia, que defendían la continuidad en la obra de Adriano I y, por el bloque
nobiliario opositor al que había apoyado el pontífice. Los hechos se precipitan:
León III fue acusado de ilegítimo, simoníaco y sacrílego, el 25 de abril de 799 durante
una procesión sufrió un atentado, fue herido y apresado, tras ser encerrado en el
monasterio de San Erasmo, fue depuesto y convocado un nuevo cónclave. Un año
después León III logró huir de sus captores y llegar a Paderborn para pedir ayuda a
Carlomagno, recordándole sus deberes como rey franco y como “patricio de los
romanos”, pese a ello Carlos recibió una embajada de los rebeldes y juzgó falsas las
acusaciones contra León III, finalmente, no reconoció la deposición y ordenó su
regreso a Roma acompañado de un ejército, en agradecimiento creó la diócesis de
Paderborn.
León III fue reintegrado merced a la fuerza militar que lo acompañaba y esperó en
Roma la llegada de Carlomagno que se produjo el 24 de noviembre del año 800, de
inmediato abrió un proceso contra los que habían atentado contra León, a los que
castigó de manera ejemplarmente dura. Respecto al pontífice explicó que nadie en la
tierra podía juzgarlo, pues era vicario de Cristo y designado por Dios que era juez
supremo, para gobernar la Iglesia, por ello, un juramento público de León declarándose
inocente, fue suficiente para quedarse libre de cualquier cargo, el 23 de diciembre del
año 800.
En ese mismo día llegaron a Roma los enviados del Patriarca de Jerusalén y
entregaron a Carlos las llaves del Santo Sepulcro, obsequio que significaba la jefatura
de la cristiandad, en ese ambiente de exaltación religiosa, León III quiso agradecer a
Carlos su apoyo y, a la vez, magnificar la dignidad papal.
El día de Navidad del año 800, en la Misa del Gallo en la iglesia de San Pedro, le
impuso la corona de Emperador mientras que los nobles romanos aclamaban,
Carlomagno se convirtió en el Emperador Carlos I (800-814) y en ese instante
quedaba fundada la primera construcción política de la Edad Media Europea.
Pero como ya sucedió con Pipino ahora la acción de León III implicaba algo más: Ya
que, si política y religiosamente el rey franco era superior al papa, no hay que olvidar
que era éste quién otorgaba la corona imperial, lo que suponía una cierta subordinación
del emperador respecto al pontífice. Sobre este punto habrá grandes problemas futuros.
Desde entonces quedan patentes las esferas de acción que Carlos expresó en la carta de
felicitación que envió a León III (795) con motivo de su elección:
“Me pertenece, con ayuda de la divina piedad, defender todos los lugares de la
Santa Iglesia de Cristo por las armas: fuera de las fronteras, contra las incursiones
de los paganos, dentro de ellas protegiéndola por la difusión de la fe católica, A
vos, Santísimo Padre, pertenece, elevando las manos a Dios con Moisés, ayudar con
vuestras oraciones al triunfo de nuestras armas.”
Las cancillerías emplearán la siguiente intitulación: “Carlos serenisimo Augusto
coronado por Dios, grande y pacífico emperador, gobernante del Imperio Romano
y, por la misericordia de Dios, rey de los Francos y de los Lombardos”, pero no lo
olvidemos Carlos era un germano que entendía el imperio como una ampliación de su
reino por ello valoraba mucho más ser rey de los francos y los lombardos que eran más
efectivos que el recibido aquel día de navidad del 800.
Carlomagno como cabeza de la Cristiandad, como rey en lo temporal y sacerdote en lo
espiritual, actuó con un cesaropapismo con una constante intervención del rey en la
esfera eclesiástica que nadie discutió, nombró obispos, intervino en la reforma del clero,
combinó guerra y evangelización, legisló en materia religiosa y protegió al papa.
La coronación, es cierto, confirmaba a Carlomagno al frente de la “Renovatio Imperii
Romanorum”, pero, ¿llegó a comprender el rey franco la verdadera dimensión del
significado de ser emperador?, ante todo, hay que decir que Carlos no era un romano,
sino un franco para quien el título imperial e incluso el imperio solamente era una
ampliación de su reino, por ello valoraba mucho más ser rey de los francos y lombardos,
que eran efectivos y tangibles que el recibido aquel día de Navidad del 800, cuya
materialización era más compleja. En realidad, Carlos no dejó de vestir como un franco
y solo usaba la túnica romana cuando estaba en Roma y siempre a petición del pontífice,
era el “Patricio de los Romanos”, pero sólo de título, nunca se sintió romano.
Carlos no fue un emperador romano ni en un ningún momento se condujo como tal, lo
cual demostraba que, pese a los esfuerzos por evocar la Roma de los césares, en el siglo
VIII lograr que desde el rey hasta el último súbdito se sintiesen “romanos” era una
quimera imposible de realizar, además, la asunción del título imperial y del Imperio no
cambió el concepto patrimonial del Estado tan ligado a los francos, de manera que, en
este aspecto, tampoco hubo grandes novedades.
No obstante, si percibió que no se trataba de un hecho intrascendente, no era solo un
título sin más, sino que afectaba a su posición en Occidente y por ello quiso ser
reconocido por el emperador bizantino, de manera que no quería ser considerado como
un usurpador del título y los derechos de otro, sino que su título y el ejército de la
potestad imperial fuese legal. Por ello empleó medios bélicos y diplomáticos para
conseguirlo, pero no pudo doblegar la voluntad del emperador Nicéforo I quien
defendía que sólo podía haber un único emperador, heredero antiguo del Imperio
Romano y ese era el emperador bizantino.
Carlomagno apoyó militarmente la sublevación de los duques de Dalmacia y Véneto
contra Nicéforo, cuya armada consiguió frenar los avances francos y someter de nuevo a
los sublevados. Pero el éxito sería efímero y los francos de Carlomagno conquistaron
la costa dálmata y el Véneto en el año 809, pese a las pérdidas territoriales y el aumento
de la presión carolingia Nicéforo no se movió de su posición y murió el 26 de julio del
811 sin reconocer a Carlomagno, pero su sucesor Miguel I Rangabé mucho menos
combativo que el difunto, si accedió a reconocer a Carlomagno como “emperador y
augusto” en Occidente a cambió de la devolución de las provincias adriáticas.

2.1. Expansión franca.


La expansión franca de Carlomagno es uno de lo más relevante de su
reinado, consecuencia de una permanente actividad manifestada en
dos factores: la consolidación de la unidad y fortaleza interior,
”Consolidatio regni”, respetando la diversidad y costumbres, pero
bajo la misma ley y religión; y la “Dilatatio Regni” o “Dilatatio
Christianitatis”, consecuencia de la anterior. Ambos se conjugan en la
defensa del reino y la expansión de la fe.
Es un proyecto heredado de Pipino III que abarca todo el reinado de
Carlomagno, que los 46 años que gobernó estuvo en permanente
actividad bélica en el exterior y en la organización del imperio. El
enorme esfuerzo político, militar, social y económico que exigía ha
hecho que preguntarse si había un plan preconcebido, y la respuesta
es que no, porque hay algunas ideas motrices comunes, las
características, causas, alcance de las medidas e incluso la actitud del
rey franco respecto a la evolución era diferente en cada caso.
Además, unos hechos son consecuencia de otros. La necesidad de
defender las fronteras de los sajones explica la intervención en
Sajonia, y la guerra contra los Avaros es consecuencia de la anexión
de Baviera. La guerra también fue importante económicamente, se
convirtió en uno de los puntales socio-económicos del reino, pues los
botines obtenidos y los tributos impuestos a los sometidos supusieron
grandes ingresos al Tesoro real, y las conquistas proporcionaban
tierras y bienes para premiar la fidelidad de la aristocracia que
participaba. Cuando Baviera se incorpora, la frontera llega al reino de
los avaros; con el ducado de Spoleto, la frontera se fija ahí; cuando la
P. Ibérica, se crea la marca hispánica.

Italia.
Dominada por los lombardos, donde la situación política se complicó
desde que
Carlomagno, en el 771, repudió a Desiderata y la devolvió a su padre,
que se volvió enemigo de su antiguo yerno y paladín de la defensa de
los hijos de Carlomán. Comenzó a presionar al papa Adriano I para
que los reconociese como herederos, los ungiese y obligase al rey
franco a aceptarlo. Además, Desiderio ocupó Ferrara y Faenza y puso
cerco Rávena, amenazando invadir Roma. çAdriano I pidió ayuda a
Carlos enviando una embajada y en el verano del 773,
dos ejércitos, unos 30.000 soldados, partieron hacia Italia por el
Monte Cenisio y el gran San Bernardo, derrotando a Desiderio en
Mortara y obligándolo a levantar el cerco sobre Roma.
En la primavera de 774, mientras se estrechaba el cerco sobre Pavía,
Carlomagno acudió a Roma y se entrevistó con el papa Adriano I,
creando una alianza entre ambos, pues Carlos ratificó la “Donación de
Pipino” y los compromisos de su padre con la Santa Sede, mientras
que el pontífice le confirmó el título de “Patricio de los romanos”,
reforzando la relación del reino franco y el papado. Carlos volvió a
Pavía y, en junio de 774, Desiderio se rendía tras que el rey franco
garantizara su vida. Pero Carlos no actuó como su padre con Astolfo,
pues depuso a Desiderio, ordenó su deportación y la de su familia al
reino franco y su encierro en el monasterio de Corbie, donde murió
(778). Carlomagno se coronó con la corona de hierro, y se convertía
“Rey de los lombardos”.
Casi toda Italia lombarda fue anexionada, excepto Benevento, Apulia
y Calabria, por lo que la frontera se fijó en el ducado de Spoleto. Italia
se integró en el dominio de Carlos quien, el 781, nombró rey a su hijo
Pipino, ungido por el propio Adriano I. Ahora Roma se encuentra
dentro del reino de los francos, se consigue el objetivo de que Roma
estuviera vinculada al reino de los francos y al poder de Carlomagno,
franquizando el territorio italiano, aunque no totalmente. Los estados
pontificios no pertenecen al gobierno franco, pero son protegidos por
él. Se engrandece la figura de Carlomagno como protector de Roma.

Sajonia.
Dice Eginardo que el pueblo franco nunca emprendió una guerra más
larga y atroz que la sajona, 33 años de luchas, con mayores pérdidas
para los sajones que para los francos. Los sajones eran una sociedad
tribal de pastores diseminados en pequeñas aldeas, aferrados a su
independencia y fieles al paganismo. Aunque pagaban un tributo
anual a los francos en ganado, no dejaban de ser vecinos incómodos,
sobre todo por los sanguinarios pillajes que efectuaban contra los
asentamientos francos de las riberas del Rin. La reiteración de esto
llevó a que Carlomagno, en el 772, penetrara en Sajonia y destruyera
el santuario de Irminsul, cerca de Paderborn, ocupada y varias aldeas
fortificadas. Pero Italia reclamaba la atención del rey franco, quien
negoció con los dirigentes sajones el fin de las hostilidades con la
entrega de rehenes, y marchó en auxilio del Papa amenazado por los
lombardos.
La guerra se reinició en el 775, pero esta vez conquistando el
territorio y evangelizando a los sajones. Tras su victoria el rey franco
situó guarniciones en puntos fortificados y estratégicos y logró
controlar casi todo el territorio, y en el 777, proclamó en la asamblea
de Paderborn que Sajonia era dominio franco. Pero, si bien recibió el
homenaje de varios jefes sajones y la evangelización avanzaba, los
sajones volvieron a rebelarse dirigidos por Widukind cuando Carlos
estaba en España (778) y saquearon y masacraron aldeas, iglesias y
abadías francas en la orilla derecha del Rin.
En el 779-780 Carlomagno llegó al Elba y restableció la situación,
pero en el 782 un ejército franco fue destruido en Süntelgeburbe. Su
rápida intervención desde Aquisgrán, hizo huir a Widukind y
Carlomagno ejecutó a 4.500 prisioneros sajones en Verden, crueldad
condenada incluso por Alcuino de York. La resistencia de los sajones
se debilitó conforme disminuían sus efectivos, de modo que no podían
cubrir las bajas. Widukind regresó de Dinamarca donde se había
refugiado en el 782 y dirigió a los sajones en las campañas del 783,
784 y 785.
Finalmente, Widukind, sin apoyos ni efectivos, acabó rindiéndose tras
la garantía de la vida de los sajones. Él y varios jefes sajones se
bautizaron en Attigny y el propio Carlomagno fue su padrino. Todavía
quedaban rescoldos de rebeldía en Westfalia del 792-794, que
terminaron dominados. La última rebelión se produjo en el 804,
cortada con la deportación de 10.000 sajones a Neustria y la masiva
ocupación del territorio por colonos y evangelizadores francos.
Tras la rendición de los sajones la evangelización avanzó con rapidez
gracias al trabajo de los misioneros, sobre todo monjes, que crearon
una importante red de centros que impulsaban a la cristianización y el
desalojo del paganismo. Al frente del esfuerzo evangelizador
destacan la sede de Paderborn, fundada en el 799 por León III, o la de
Hamburgo, en el 804, desde la que llegaría la religión católica a los
ámbitos escandinavo y eslavo.
Del 797-803 Carlomagno dio una serie de disposiciones para la
pacificación e integración de los sajones en el sistema institucional y
social franco, las Capitulares Sajonas, según las cuales sajones
ocuparon cargos en la administración. En el 802, promulgó una
codificación del derecho nacional de los sajones, la Lex Saxonum que
trataba de conjugar elementos del derecho franco-romano con las
costumbres sajonas y facilitó su asimilación, incompleta.

España.
La llegada de los francos fue consecuencia de la situación en al-
Ándalus debido a la ruptura entre los gobernadores de Barcelona,
Sulayman, y Zaragoza, Husayn, que, incapaces de oponerse a las
fuerzas del emir Abderramán I enviaron una embajada a Paderborn
donde Carlomagno anunciaba la anexión de Sajonia. Ante el
ofrecimiento de los emisarios, a los que se sumaron los de los
gobernadores de Huesca y Gerona, Carlos aceptó intervenir a cambio
de la entrega de Zaragoza y Barcelona, expandiendo su reino y la
cristiandad hasta el Ebro, donde estaban los Muladíes, cristianos
convertidos al islam. Un ejército franco cruzó los Pirineos y se
presentó ante Zaragoza, pero el gobernador, que había llegado a un
acuerdo con el emir cordobés que aceptaba conceder amplia
autonomía al valle del Ebro, no le recibió. Carlos cercó la ciudad, pero
ordenó la retirada por la situación
de Sajonia y los ataques del duque de Benevento contra los Estados
Pontificios.
En la retirada los francos arrasaron Pamplona y provocaron que los
vascones atacaran la retaguardia del ejército franco en Roncesvalles,
causando la muerte de sus principales jefes, como Roldán, margrave
de la Marca de Bretaña, protagonista del “Cantar de Roldán”, del [Link].
Carlomagno no olvidó su frontera sur y a su vuelta de las campañas
sajonas, para controlar las tierras al sur del Loira, en el 781, creó el
reino de Aquitania a cuyo frente situó a su hijo Luis, nombrando altos
funcionarios y obispos leales. Luis aseguró la frontera con al-Ándalus
con campañas en las destacaron los <hispanii=, descendientes de los
cristianos huidos de la invasión islámica refugiados al otro lado de los
Pirineos, ocupando Urgel, Cerdaña, Gerona y Barcelona. Nacía la
<marca hispánica", frontera sur del reino franco por Cataluña y
Navarra.

Baviera.
Tasilón III, vasallo de Pipino desde 757, dirigía una política cada vez
más autónoma, por lo que Carlos lo citó en Worms renovando su
juramento de fidelidad. Pronto fue acusado de traición por su apoyo a
los lombardos y Carlos lo depuso e integró Baviera en el reino franco,
aunque conservó sus leyes y su unidad
La campaña contra los Avaros. Los avaros eran un pueblo pagano
asentado desde el [Link] en la cuenca del Danubio, actual Hungría,
desde donde amenazan a los francos, sobre todo desde la anexión de
Baviera, el Friul. Carlomagno emprendió una expedición contra ellos
en el 791 y encargó a su hijo Pipino, rey de Italia, la resolución del
problema. Saquearon el territorio ávaro capturando prisioneros y
botín, pero no fue suficiente y nuevas expediciones en 795 y 796 le
permitieron llegar al recinto circular fortificado o <ring= en el que
acumulaban grandes cantidades de oro, tejidos, etc; producto de sus
robos y tributos pagados por Bizancio.
El tesoro fue enviado a Aquisgrán donde parte fue repartido por
Carlos entre sus nobles y guerreros, las iglesias y el Papa. Se inició la
evangelización que, con la experiencia obtenida con los sajones no
fue impositiva, sino explicativa, y los avances tuvieron éxito gracias al
esfuerzo de evangelizadores como Arno, arzobispo de Salzburgo y
Paulino, patriarca de Aquilea. Los avaros desaparecieron como nación
y su territorio fue germanizado por colonos bávaros, y la tierra
danubiana se convirtió en la Marca oriental de Baviera
Los vikingos.
La anexión de Sajonia hizo que el reino franco se convirtiese en
fronterizo conlos daneses, cuyo rey, Godofredo I inició la construcción
del Dannevirke (808), una muralla defensiva, ampliada por sus
sucesores, que se extendía desde Jutlandia hacia el Schleswig. Hubo
enfrentamientos fronterizos que terminaron con el asesinato del rey
danés y la política conciliadora de sus sucesores, como Harald Klak,
aliado de Carlomagno y de su hijo Luis I. Pese a todo, las fronteras
francas serían desoladas tras morir Carlomagno por los vikingos.
TEMA 3. ORÍGENES Y DESARROLLO DEL FEUDALISMO
1. El régimen señorial
El régimen señorial se da sobre todo en Europa, y va a derivar hacia
el feudalismo. En la Alta Edad Media la sociedad y la condición de las
personas estaba en relación con la tierra, quien tenía tierra poseía
libertad y poder, lo que explica el desarrollo de la gran propiedad en
manos de los poderosos. El origen del gran dominio medieval se
encuentra en la crisis del Imperio Romano desde finales del [Link] y
durante el [Link], caracterizada por una enorme presión fiscal y la ruina
económica que afectó a artesanos de las ciudades y campesinos de
las zonas rurales y sobre todo a pequeños propietarios que carecían
de reservas para superar malas cosechas, saqueos y destrucciones.
Estos factores y otros favorecieron el crecimiento de la propiedad o
Señorio en tierra y
habitantes, porque: los artesanos y menestrales de las ciudades se
acogerán a la protección de los poderosos para evitar problemas
económicos, aunque esto implica la renuncia a muy gran parte de su
libertad. Los campesinos, de situación variada harán lo mismo pero:
- Los campesinos que tenían tierra la entregaban al señor y este se
las daba para que las
siguiese cultivando y vivir como usufructuario, obligado al pago de
censos anuales sobre la producción y cultivos.
- Los campesinos sin tierras recibían una parcela del señor a la que
quedaban adscritos y
mediante su cultivo pagaban las rentas señoriales y obtenían lo
necesario para vivir
Quienes no eran artesanos ni campesinos, caso de nobles de segunda
fila, mercaderes y
comerciantes arruinados, con nulas posibilidades económicas, se
sometían a la protección de los señores, quienes les proporcionaban
alimentos, vestidos y defensa, a cambio de servicios personales,
como el servicio doméstico, administración del dominio, etc.
Entre ellos destacan los dispuestos a empuñar las armas al servicio
de los señores, quienes pactaron la prestación del servicio militar a
cambio del usufructo de una tierra del señorío, conocido como feudo,
que les serviría de sustento y que seguiría cultivada y trabajada por
los antiguos cultivadores del señorío. Pero este campesino no es
vasallo, es colono
SEÑORÍO TERRITORIAL.
Entre los [Link] y X creció la gran propiedad rural en perjuicio de los
medios y pequeños propietarios libres, cuyo número descendió hasta
casi desaparecer en algunas zonas de Europa. Aunque no tenemos
información completa, conocemos cifras que nos permiten acercarnos
a las dimensiones que tenían las grandes propiedades:
- Laicas, como la de los carolingios entre el Sena y Escalda, sobre
unas 100.000 Ha.
- Eclesiásticas, las que más crecen, a mediados del [Link] un 40% de la
tierra cultivable en el N de la Galia y Alemania era propiedad del clero
secular, y sobre todo, regular, con monasterios como San Vicente que
tenían 400.000 ha. La gran propiedad eclesiástica crecerá por las
donaciones por la salvación del alma y legados testamentarios, lo
cual perjudica gravemente al realengo.
Los componentes del señorío carolingio son los mismos que los del
Bajo Imperio y están recogidos por la Capitular de Villis:
- Terra dominicata o reserva señorial. La porción de tierra del dominio
que el señor retiene para su explotación directa y cuya extensión
podía llegar hasta la cuarta parte de la tierra cultivable del señorío.
En ella se encuentran la residencia del señor y las mejores tierras del
cultivo; los establecimientos principales del señorío (cocina, fragua,
horno, molino, establos, telares,) cuya utilización era obligatoria para
todos los habitantes del dominio que tenían que pagar un canon por
ello; y las tierras de la reserva, cultivadas por los siervos del señor
aunque todos los colonos del señorío estaban obligados a prestar una
serie de servicios en épocas de siembra, recolección, trilla etc...
La Terra Dominicata incluía las tierras de explotación comunal como
los bosques y pastos para el ganado, aunque el señor terminará por
establecer un monopolio sobre ellas de modo que los habitantes del
señorío no podían acceder sin permiso del señor y pagar un canon.
- Terra indominicata o terra mansuaria. Parte del dominio integrada
por el resto de tierras de labor explotadas por colonos, en teoría
libres, aunque adscritos hereditariamente a la tierra y tenían que
pagar rentas casi siempre en especie. La unidad básica era el manso,
la cantidad de tierra necesaria para mantener a una familia y cuya
extensión variaba según la calidad del suelo, tipo de explotación,
instrumentos de labor, etc. Heredero del fundus.
Los avances tecnológicos del [Link] y el aumento de población
permitieron reducir una cuarta parte la extensión del manso, pues se
obtenían mayores rendimientos en menor superficie, y se podía
entregar la tierra resultante a nuevos colonos. Los habitantes de
estos, mansuarios, soportaban las cargas más importantes del
señorío como pago de rentas y prestación de servicios en la reserva
señorial.
Cada manso proporcionaba de dos a tres días por semana un obrero
que realizaba las tareas propias de la estación (cosecha, recolección,
siembra y trilla) y una vez al año podía quedar en la reserva quince
días seguidos. Debía de asegurar en un año la explotación completa
del lote de reserva adjudicado. Además, habían de efectuar otras
acciones como reparar caminos, casas, fortalezas… El transporte de
los productos de la Terra Dominicata, dentro o fuera de la propiedad,
quedaba a cargo de los tenentes de los mansos, <ingenuos=, con
más ganado de tiro que los serviles. Todas las prestaciones
personales eran muy gravosas y los habitantes del señorío tratarán
de evitarlas mediante el pago de tasas en especie, unidas a las
pagadas por el usufructo del manso, la utilización de los servicios del
dominio (molino, fragua, horno) y la explotación de las tierras
comunes (pastos, bosques y aguas).
Aquí la agricultura era pobre en sus rendimientos, con escaso avance
tecnológico y expuesta a avatares climáticos y humanos. En las zonas
húmedas se da la rotación trienal, con cereales de invierno y
primavera, y en otras más secas y calurosas, predominaba la bienal,
cereal de invierno o primavera y barbecho.
La economía señorial era fundamentalmente agrícola que
proporcionaba la alimentación de sus habitantes y permitía cierta
actividad mercantil con los excedentes, en la que tenía preferencia el
señor.
El comercio era escaso y solo había actividad ocasional derivada del
suministro de materias de producción localizada, como hierro o sal y
abastecimiento de alimentos en momentos de hambre. El intercambio
entre diferentes dominios apenas existía pues estaba más vinculado a
las posesiones alejadas unas de otras de un mismo señor. Se puede
decir que el gran dominio tenía una economía cerrada, era productor
y consumidor de sus propios productos, fabricando dentro del gran
dominio todo lo necesario (ropa y calzado, aperos del campo,
mobiliario de la casa, etc), en tanto que la producción se reduce a las
necesidades de consumo del dominio, dejando un remanente para
intercambiar con otro dominio productos poco accesibles.
SEÑORÍO JURISDICCIONAL.
Desde finales del [Link] el señorío evolucionó y pasó de territorial a
jurisdiccional, pues el señor adquiere derechos sobre los habitantes
de su dominio
- Las Banalidades, obligaciones impuestas por el señor en su señorío:
monopolios señoriales como el horno, molino y fragua; prohibición de
vender el vino antes de fecha determinada; prestaciones que tenían
que efectuar los campesinos; percepción de rentas, en especie o
metálico; derechos fiscales por la circulación y venta de productos en
el mercado, sucesión hereditaria, derechos de pasto, etc. El principal
problema era la arbitrariedad con la que se imponían y percibían
según la voluntad indiscutible del dueño del dominio.
- La Inmunidad, facultad que confería autonomía a un territorio y
permitía que el señor
disfrutase de las rentas públicas, la administración y el ejercicio pleno
de jurisdicción.
El señor adquiere sobre la gente de su dominio privilegios que hasta
entonces pertenecían al rey, como convocar al ejército y dirigirlo,
imponer y recaudar impuestos, multas, acuñación de moneda, etc.
Aunque era contraria a los intereses del Estado, los carolingios
concedieron inmunidades en principio solo a eclesiásticos, pero en el
S.X, los grandes nobles aplican en beneficio propio esta inmunidad y
constituyen señoríos independientes del poder regio.
- La justicia, facultad del señor que juzga procesos civiles, criminales
y administrativos
dentro de su dominio y a todos sus habitantes, incluidos transeúntes.
Podían imponer penas desde la simple multa, castigos corporales y
muerte y confiscación de las propiedades del reo.

TEMA 4. EVOLUCIÓN POLÍTICA EUROPEA EN LOS


SIGLOS XI-XIII
1. Alemania
Tras el tratado de Verdún (843) segregó a la Francia Orientalis, la parte más oriental del
reino franco y su vida política se caracterizó por los territorios de Sajonia, Franconia,
Baviera, Suabia y Lorena, en los que existía una nobleza muy poderosa formada por
familias rivales que se enfrentaban entre sí y que ostentaban el poder de un monarca
débil que no podía hacer frente a las invasiones de magiares y eslavos, cuyas invasiones
devastaban el territorio durante los primeros años del siglo X.
Este peligro hizo tomar conciencia a la nobleza de que en ellos recaía la responsabilidad
de defender sus dominios y que no podían esperar inciativa por parte del rey. Estos
nobles formaron alianzas, lo que favoreció una paz interior y el fin de las luchas
nobiliarias.

El Imperio Otónida
Conrado I (911-918)
A la muerte de Luis IV, la monarquía de la Francia Orientalis vuelve al principio
electivo y se empezó a buscar un sucesor, período que no estuvo exento de violencia
hasta que nombraron sucesor a Conrado I (911-918), duque de Franconia, que se puso al
frente de la lucha contra los magiares, a los que derrotó en el río Eno, aunque no
definitivamente y siguieron asolando las tierras fronterizas.
Conrado no pudo hacer frente a los problemas internos de su reino, enfrentándose a los
territorios de Baviera, Suabia, Sajonia y Lorena por la rebelión de sus nobles frente al
intento de monarquía hereditaria de Conrado. Para frenar a sus nobles se alió con la
Iglesia, pero no logró someter a sus nobles ni implantar una monarquía hereditaria y
conociendo que el único modo de resistir la invasión magiar era la unidad interna,
nombró como sucesor a su principal rival, Enrique de Sajonia.

Enrique I (919-936)
Accedió al poder gracias a los votos de los duques de Lorena y Franconia y en contra de
los de Suabia y Baviera, que accedieron tras recibir privilegios como los de acuñar
moneda, nombrar obispos y control de las tierras reales. Enrique I fue ante todo un jefe
militar y se dedicó a restaurar la autoridad real. Mediante campañas de conquista,
incorporando Lotaringia y Aquisgrán. Reformó su ejército y para contener a los
magiares, que venció en Lenzen y sometió a tributo, fortificó ciudades y construyó
fortalezas.
Sin embargo, los magiares lo vencieron en Puchen y lo sometieron a un fuerte tributo en
el año 919, que pagó hasta el año 932 y venció a sus enemigos en Meseburgo, tras lo
cual se dedicó a evangelizar a los magiares. El gran éxito de su reinado fue unir a los
nobles y a las fuerzas reales, convirtiéndolos en colaboradores de la Corona. Una vez
que los nobles estuvieron bajo su control pudo establecer una monarquía electiva en su
hijo, Otón I.

Otón I (936-972)
Otón I fue la figura política más importante de su período, tanto por su política interna
como externa. Fue coronado en Aquisgrán en el 936 y desde el primer momento de su
reinado combatió las rebeliones de sus hermanos Enrique y Thankmar y de su propio
hijo Liudolfo. Aplacar estas rebeliones dió poder a la monarquía y dominó a la nobleza
anulando o limitando la hederitariedad de sus cargos y otorgándolos a gente afín.
Tuvo estrechas relaciones con la Iglesia, protegiendo a las Iglesias episcopales y les
otorgó privilegios, regalías y derechos sobre los mercados, peajes e incluso acuñación
de moneda. El episcopado se convirtió en un firme soporte de la Corona.
Su política exterior se dirigió contra los magiares, que fueron decisivamente derrotados
en Lechfeld. También venció a los eslavos y se expandió hacia los ríos Elba y Saale,
creando sedes episcopales en territorio eslavo, como Magdeburgo. Esta expansión le
llevó a la frontera con Polonia y su rey Meszco I se bautizó para evitar un ataque
germano. Intervino en Francia Occidentalis en apoyo de su cuñado Hugo el Grande.
Este apoyo será de gran importancia, pues a la muerte de Luis V, el último rey de la
dinastía carolingia, el hijo de Hugo el Grande, Hugo Capeto sería rey de Francia.
El aspecto más importante de su política exterior fue Italia. Berengario II ascendió al
trono lombardo tras el asesinato de Lotario II, lo que provocó que sus partidarios se
reunieran en torno a su viuda, Adelaida de Borgoña, y pidiesen ayuda a Otón I, que
conquistó Pavía, se ciñió la corona de hierro de los lombardos y se casó con Adelaida de
Borgoña, que fue beatificada por la Iglesia durante el pontificado de Urbano II. La
intervención en Italia de Otón no fue bien vista por el papa Agapito II, que se negó a
coronarlo emperador.
Otón tuvo que volver a Alemania para sofocar las rebeliones, pero no sin antes suscribir
un pacto en el que Berengario se sometía como vasallo del rey alemán y a cambio
recuperaba el trono. Sin embargo, mientras que Otón sofocaba rebeliones y derrotaba a
magiares Berengario invadía los ducados de Spoleto, lo que llevó al Papa Juan XII a
pedir ayuda a Otón, ofreciéndole la corona imperial. En el año 962 Berengario era
completamente derrotado, Otón se ceñía la corona de hierro lombarda y era coronado
emperador en Roma y confirmaba los Estados Pontificios.
A pesar de todo, la paz no duró, pues Otón buscaba ejercer su poder en Italia y no estaba
dispuesto a aceptar la autoridad del Papa. Así promulgó el Privilegium Ottonianum.
Este privilegio recogía que el Papa, después de ser elegido y consagrado, debía de jurar
lealtad al emperador y recibir el beneplácito de este, mientras que Otón se reservaba el
derecho de vigilancia de los Estados Pontificios.
Esto provocó que Juan XII no quisiera someterse a Otón, que respondió convocando un
sínodo, que depuso a Juan XII por León VIII, provocando una lucha entre los dos que
terminaría con la muerte de Juan XII, a la que siguió una rebelión que obligó a León
VIII a huir a Alemania mientras que las facciones romanas elegían como pontífice a
Benedicto V, que fue depuesto cuando regresó León VIII junto a Otón. Benedicto fue
encerrado y una vez muerto León VIII, Otón nombró pontífice a Juan XIII, que tuvo
que huir por una rebelión, que terminó cuando regresó con Otón y un gran ejército, que
castigó a los cabecillas e impuso como duque de Roma a Cresencio, hermano del
pontífice y permaneció en la Ciudad Eterna hasta el verano del 972.
Durante su estancia en Roma Otón buscó acercarse a los nobles romanos para pactar
una doble alianza, contra los bizantinos asentados en Apulia y Calabria, y contra los
musulmanes de Sicilia. Ambos objetivos fallaron e incluso provocaron una reacción
bizantina encarnada en la negativa de Nicéforo Focas a reconocer el título imperial de
Otón. Otón buscó acercarse a Bizancio suscribiendo un pacto y casándose con la
princesa bizantina Teófano en Roma. Poco después regresó a Alemania, donde murió y
fue enterrado allí donde derrotó a los eslavos, en Magdeburgo.

Otón II (973-983)
Otón II consolidó la hereditariedad del reino, pero no cesaron las revueltas que
solamente cesaron tras varios años de lucha. También se enfrentó al rey francés Lotario,
que invadió Aquisgrán y Otón II defendió e incluso llegó a las puertas de París, donde
firmó un pacto con Hugo Capeto, a quien apoyó en sus pretensiones al trono a cambio
de que éste cediera la totalidad de Lorena.
Una vez pacificado el interior y las fronteras dedicó su atención a Italia, llegando a
Roma, donde restableció su autoridad con ayuda del clero. Una vez en Roma buscó
expandirse hacia el sur de la Península Itálica y Bizancio esgrimiendo los derechos que
le otorgaba su esposa Teófano, pero fracasó en sus ataques a Tarento y Sicila. Estos
ataques fallidos se vieron agravados por las incursiones de los magiares en el Elba que
destruyeron toda la obra evngelizadora de Otón I. Otón delegó la defensa de Alemania
en sus colaboradores mientras que él seguía en Italia, donde le sorprendió la muerte.

Otón III (982-1002)


Otón III era un niño de 3 años cuando recibió el trono y se formó un consejo de regencia
formado las emperatrices Adelaida y Teófano, que eran respectivamente su madre y su
abuela, y contaron con el apoyo de la Iglesia durante su regencia hasta que el rey
cumplió 14 años. El monarca recibió la corona imperial en el año 996 y su reinado se
centró en restaurar el imperio romano, pues se consideraba heredero de los carolingios y
de los romanos, trasladando su palacio y corte a Roma, en el palacio del Aventino junto
al Tíber, resucitando usos y costumbres romanas.
La estancia de Otón III en Roma facilitó la elección de Gregorio V como el primer papa
alemán de la historia, pero fue depuesto por una rebelión y usurpó el trono de San Pedro
un antipapa, Juan XVI, que hizo reaccionar rápidamente a Otón, que castigó a los
cabecillas de la rebelión y a Juan XVI e impuso a su procurador, Gerberto de Aurillac,
que gobernó como pontífice con el nombre de Silvestre II.
Ambos buscaron una nueva forma de mantener relaciones rebajando las tensiones
provocadas por las mutuas interferencias, convirtiéndose el emperador en siervo de
Jesucristo o de los apóstoles" y como "advocatus Ecclesiae y se encargaría de los
asuntos temporales de la Iglesia, mientras que el Papa se encargaría de los asuntos
espirituales como Vicario de San Pedro. Este proyecto fracasó por las muertes de Otón
III (1002) y del Papa Silvestre II (1003).

Enrique II (1002-1024)
Fue el último monarca de la casa Sajonia. Fue coronado emperador en la Basílica de
San Pedro por Benedicto VIII. La Iglesia fue su principal apoyo e ingresó como
canónigo honorario en muchos cabildos, permitiéndole influir en la institución de
manera más eficiente. Enrique II tuvo que estabilizar las fronteras combatiendo contra
el reino de Polonia del rey Boleslao I tuvo que ceder Bohemia. También tuvo que
combatir en Italia contra Arduino de Ivrea, que se había nombrado rey. Fue derrotado y
Enrique II se coronó rey de Italia en Pavía. Enrique II se interesó en asuntos
eclesiásticos como el celibato o el dominio del papado de los linajes romanos, lo que le
haría ser beatificado por Eugenio III.

1.3 Los Stauffen y el Dominium Mundi


Pese a que la Cuestión de las Investiduras terminaba, el Concordato de Worms no
cerraba el conflicto entre poder sacerdotal e imperial, porque, aunque terminó con la
cuestión de la investidura laica, no resolvió cuál de los dos poderes gobernaba la
comunidad cristiana y debía tener la primacía. Así nacería un nuevo enfrentamiento por
el Dominium Mundi, cuestión que repercutirá en Alemania donde un sector rechazaba
el acuerdo de Worms, pues no satisfacía a los más radicales reformadores que pensaban
que limitar la intromisión del poder político en las elecciones eclesiásticas era
inaceptable.
Y así como pensaban, al morir sin hijos Enrique V el 23 de mayo del 1125, al volver al
principio electivo, la nobleza se escindió en dos bloques antagónicos, identificados con
el güelfismo o gibelinismo, según si apoyaban al candidato pontificio o imperial, la
Dieta de Maguncia para elegir un nuevo rey de Alemania, presidida por el arzobispo
Adalberto, rechazó de Enrique V de que le sucedería su sobrino Federico II, duque de
Suabia, de la familia de los Hohenstauffen o Stauffen, con el apoyo del duque de
Franconia y otras casas. Pues la mayoría de electores dio sus votos a Lotario de
Supplimburgo, duque de Sajonia, Lotario II, mayor y sin hijos varones, coronado en
Aquisgrán el 13 de septiembre de 1125.
En su política respecto a la Iglesia no defraudó al clero que lo apoyó, ya que ratificó su
voluntad de no intervenir y garantizar la libertad de las elecciones canónicas, y recibir el
juramento de fidelidad de los elegidos para las sedes pontificia, episcopal o arzobispal.
Los gibelinos mostraban su enojo porque Lotario estaba subordinado al papa Inocencio
II y se rebelaron cuando reclamó a Federico de Suabia que devolviese feudos de
Enrique V, pues pertenecían al Imperio, aunque pretendía minorar el poder de los
Staufen. Federico y sus partidarios le negaron obediencia y proclamaron como Rey de
Romanos a Conrado, hermano de Federico, en diciembre de 1127. Pero la falta de los
apoyos para sus objetivos, como apoderarse de Roma, prolongaban el conflicto sin
solución hasta que la mediación de Bernardo de Claraval propició un acuerdo de paz.
Alemania se dividió gran parte de la sociedad en dos grupos antagónicos que, desde
1140 tendrán una rivalidad violenta: los Welf (güelfos), con Enrique X de Baviera,
yerno de Lotario II; y los Waiblingen (gibelinos), con los Hohenstauffen, Federico II de
Suabia. De esos dos derivaron los de guelfi y gibelini, defensores de la política
pontificia y de la imperial.
No son partidos políticos, sino grupos de opinión cuya adscripción variaba. Varias
ciudades italianas y alemanas identificarán a los <güelfos= con los adinerados, y a los
gibelinos con los pobres. La alta burguesía apoyaba a la realeza y el pueblo llano a la
Iglesia. Dependía de que las ciudades fueran de señorío eclesiástico o real y de los
intereses que allí tuvieran la Iglesia o el Emperador.
Pero esa escisión afectaba también a Roma y al papado, tal y como pasó al morir
Honorio II Los cardenales reformistas, con los Frangipani, importante familia romana,
proclamaron a Inocencio II que recibió el apoyo de los güelfos; mientras que los
Pierleoni, elevaron a Anacleto II, que buscó la protección de los gibelinos. Ante esto
Lotario II se dirigió a Italia en 1132 para imponer a Inocencio II, someter a las ciudades
del norte de Italia y castigar a los partidarios de Anacleto.
Sus éxitos fueron escasos, aunque pudo imponer a Inocencio y ser coronado por éste,
pero tuvo que regresar a Alemania en 1133. Su segunda expedición a Italia (1135-1136)
fracasó porque no contó con el apoyo pontificio, quien mantuvo la idea de que un único
poder controlase Italia. Cuando regresaba a Alemania, murió el emperador el 4 de
diciembre del 1137.
El principal candidato al trono era Enrique X de Baviera, duque de Sajonia y cabeza de
los güelfos, pero la nobleza laica alemana no quería la instauración dinástica que se
daría si Enrique fuese votado, y tampoco el alto clero germano, con la sospecha de que
llevaría la misma política italiana de su suegro. Los electores de la Dieta de Coblenza
se inclinaron por un noble menos poderoso y gibelino, Conrado III, elegido el 7 de
marzo del 1138 por mayoría, pero que tras su coronación en Aquisgrán por el legado
pontificio y los arzobispos de Tréveris y Colonia, fue reconocido por la mayoría de los
grandes electores de Alemania, y un miembro de la casa de Hohenstaufen llegaba al
trono imperial.
Conrado buscó mermar el poder de los güelfos apoyándose en una ley de la Dieta de
Wurzburgo (1138) que prohibía que alguna persona pudiese gobernar en dos ducados a
la vez, arrebatando a Enrique de Baviera el ducado de Sajonia y entregándolo a Alberto
I de Brandeburgo; y cuando el güelfo protestó, le confiscó el ducado de Baviera e
invistió a Leopoldo IV de Austria. Así estallaba la guerra civil, muy violenta por la
oposición de los güelfos, hasta que en 1142 se instaurase una paz frágil, lograda a base
de negociaciones y de reconocer a Enrique el León, hijo de Enrique X de Baviera,
duque de Sajonia, aunque no de Baviera, por lo que reclamó que le fuese devuelto el
dominio bávaro.
En Italia, desde 1137 comienzan agitaciones por las predicaciones del sacerdote
Arnaldo de Brescia que defendía la reforma de la Iglesia y el clero basada en la
renuncia a la riqueza y la vuelta a la austeridad, la renuncia a todo bien temporal y la
lucha contra la corrupción. Sus ideas fueron condenadas por Inocencio II y se exilió a
Francia, donde fue condenado, aunque perdonado por Eugenio III, pudo regresar a
Roma, donde pasó a dirigir la Comuna, expresión de sus radicales ideas sobre la
reforma. Conrado III participó con Luis VII de Francia en la Segunda Cruzada, que no
resolvió los problemas de Tierra Santa, y a su regreso debía ayudar al Papa, pero los
problemas de Alemania, donde la guerra con Enrique el León se reactivaba, se lo
impidieron.
Con esto el emperador murió en Bamberg el 15 de febrero del 1152, y la vacante en el
trono avivaba el enfrentamiento entre güelfos, con Enrique el León, duque de Sajonia; y
gibelinos, con el duque de Suabia, Federico III Barbarroja, sucesor de su padre
Federico II. La Dieta se reunió en Frankfurt para elegir nuevo rey de Alemania y
Federico, hijo de Federico II de Suabia y de Judith de Baviera, familiar del güelfo
Enrique el León, como podía poner fin al enfrentamiento entre güelfos y gibelinos al
tener las dos tendencias de güelfo por su madre y gibelino por su padre, y tenía
experiencia de gobierno de Suabia y Alemania al colaborar con Conrado III; fue elegido
rey de Alemania como Federico I Barbarroja el 4 de marzo de 1152 y coronado en
Aquisgrán como Rey de Romanos, heredero del título imperial. Federico I puso en
marcha una política para restablecer el poder monárquico en Alemania y devolver su
prestigio a la dignidad imperial en Alemania e Italia.
Esta política chocaría con Roma, porque Federico I reclamó el Dominium Mundi, cuyos
fundamentos ideológicos se basaban en que el imperio alemán recogía todas las
tradiciones y el prestigio de la concepción imperial, continuador de quien que
restableció el Imperio Romano, por lo que el control sobre Italia y Roma era heredado
de Carlomagno. A esa idea se suman las formulaciones de la Escuela de Bolonia,
estudiosos del Derecho Romano que afirmaban que el imperio derivaba de Dios y todo
lo relacionado al imperio y el emperador era sagrado. Este imperio se proyectaba en dos
espacios: uno sobre Alemania únicamente y otro sobre todos aquellos territorios sobre
los que gobernó Roma.
A Federico I pertenecía el Dominium Mundi que implicaba la subordinación de todos
los estados alrededor del Imperio Germánico, todos sus reyes eran inferiores. Según el
obispo Otto de Freising, cronista de Federico I, al emperador le correspondía ejercer
una autoridad de carácter universal, cuyo centro era Alemania, pero su origen Italia, de
manera que estaban indisolublemente ligadas al Imperio. Al principio combatió el
desorden en Alemania extendiendo su autoridad, para lo cual contó con agentes fieles
que cumplían sus instrucciones, restableciendo la autoridad monárquica en todo el
territorio germano. Se sentaron las bases de las relaciones con la Iglesia apuntadas en la
carta al papa Eugenio III en la comunicó su elección y expresó su apoyo frente a sus
enemigos, pero también su deseo de restaurar y ejercer la potestad imperial.
Eugenio III no se alarmó porque estaba acorralado por los normandos de Sicilia,
dirigidos por Roger II, expandidos por el sur de Italia y amenazando los Estados
Pontificios, y la actitud hostil del Senado romano y Arnaldo de Brescia. Así, en marzo
de 1153, firmó con Federico el Concordato de Constanza, estableciendo mutua
defensa y reconocimiento de las respectivas esferas de poder temporal y espiritual,
siendo el primero soporte del segundo, y una política común en Italia para apoyar al
pontífice frente a sus súbditos rebeldes y el compromiso de no llegar a ningún acuerdo
con el reino normando.a64b0469ff35958ef4ab887a898bd50bdfbbe91a-12253975
.
Solventados los problemas en Alemania, Federico I viajó a Italia y, en noviembre de
1154, en Roncaglia, convocó una Dieta que del 30 de noviembre al 5 de diciembre, que
dio la primera normativa sobre el nuevo orden que Federico pretendía imponer en Italia,
sobre todo en el norte. En la mente de los teóricos del Imperio, Italia debía proporcionar
recursos económicos que posibilitaran el Dominium Mundi frente a la Liga Lombarda,
dirigida por Milán. Pero el motivo fundamental del viaje era ser coronado por el papa
Adriano IV, quien recelaba del rey germano, pero necesitaba su apoyo para la rebelión
en Roma. Se refugió en Viterbo mientras Federico I se coronaba rey de Italia en Pavía,
en abril de 1155.
En junio Federico y Adriano en Sutri, planificaron la coronación imperial y la vuelta a
la normalidad tras ejecutar a Arnaldo de Brescia y disminuir el radicalismo del Senado
romano. Federico I fue coronado como Emperador Federico I Barbarroja en la
basílica de San Pedro el 18 de junio de 1155, regresando a Alemania y dejando en
Roma una situación muy complicada.
En Alemania acabó con la guerra entre güelfos y gibelinos tras la devolución de Baviera
a Enrique el León, e impulsó la reorganización territorial y administrativa. Federico se
casó con Beatriz de Borgoña, en Wurzburgo el 9 de junio de 1156, proporcionándole el
control sobre este condado. En Italia, Adriano IV instigó en Milán una rebelión contra la
presencia germana, negociando firmar el Concordato de Benevento, 1156 con el rey
normando Guillermo I, contrario a lo acordado por Eugenio III y Federico.
Federico acudió a Italia para reafirmar el control alemán sobre Roma y Milán, formando
un ejército imperial a cuyo frente entró en Italia en julio de 1158. Su objetivo era acabar
con la rebelión milanesa, logrado cuando Milán se rindió tras tres meses de cerco,
instaurando un férreo control sobre la ciudad, instituciones y habitantes.
Federico acometió la organización de todo el norte de Italia, convocando la Dieta en
Roncaglia, en octubre de 1158, en la que cuatro juristas de la Escuela de Bolonia y 28
representantes de catorce ciudades elaboraron decretos que fijaban la administración del
territorio gobernado por un archicanciller, un juez imperial por municipio y se prohíben
las ligas urbanas. Se establecen derechos imperiales para evitar las usurpaciones
(acuñación de moneda, impuestos sobre tráfico de mercancías, multas, bienes sin dueño,
monopolios, etc.) y normas que obligaban a su restitución.
Tales medidas se volvieron contra Federico I porque la mayoría de ciudades vieron un
sometimiento de Italia al Imperio y algunas, Milán, se rebelaron apoyadas por el
pontífice, quien exigió a Federico que liberase a los Estados Pontificios. Pero los
proyectos del rey alemán eran otros y su intervención tras morir Adriano IV el 1 de
septiembre de 1159 lo demostraría.
Un cónclave se reunió poco después, y su resolución no rebajó la tensión pues el
resultado fue una doble elección: la mayoría eligió a Alejandro III, reconocido por
Francia, Castilla, Aragón, Inglaterra y Sicilia, que reclamaba la preeminencia del poder
terrenal y rechazaba la autoridad espiritual; y la minoría a Víctor IV apoyado por
Federico I y sus territorios. Tras una asamblea en Pavía en enero/febrero de 1160, a la
que asistieron pocos prelados, consiguió la legalidad de Víctor IV a quien debía
defender, deponiendo a Alejandro III, refugiado en Francia. En lo sucesivo Federico
mantendría el cisma pues hizo elegir pontífices frente a Alejandro III, a Pascual III y a
Calixto III. Pero Federico I no pudo acabar con Alejandro III ni la Liga Lombarda, ya
definitivamente constituida en 1167. Las sucesivas entradas imperiales en Italia no
fueron importantes, hasta que, en primavera de 1176, Federico I reunió un ejército para
realizar su última campaña en Italia, para terminar con otra rebelión de Milán.
Pero Federico fue derrotado el 29 de mayo de 1176 en Legnano, forzado a entablar la
Paz de Venecia el 24 de julio de 1177, por la que Federico dejaba de apoyar a Calixto
III y reconocía a Alejandro III, quien lo desexcomulgó, admitiendo los derechos
temporales del Papa sobre los Estados Pontificios.
Con la Liga Lombarda se firmó una tregua por cinco años y finalmente la definitiva Paz
de Constanza (1183) por la cual el emperador reconocía a la Liga Lombarda y
renunciaba a sus derechos sobre el nombramiento de oficiales y percepción de
impuestos en las ciudades del norte italiano, y obtuvo un reconocimiento de su
soberanía nominal sobre esa área. Con ello se consiguió equilibrio entre pretensiones
imperiales y poder efectivo de las comunas urbanas. La política italiana del rey germano
y la pugna por el Dominium Mundi fracasó. En adelante Federico impulsaría la
expansión alemana hacia el este y tomaría parte en la III Cruzada en la que murió
ahogado en el río Saleph (1190). Antes casó a su hijo Enrique VI con Constanza de
Sicilia y lo coronaría en Milán como rey de Italia.

2. Francia
Durante el siglo VIII y la primera mitad del siglo IX el reino de Francia había alcanzado
gran prestigio entre los reinos europeos, pero tras la muerte de Carlomagno se aceleró la
decadencia del régimen carolingio y ocupó un lugar secundario, separada del Imperio
que la dinastía carolingia había restaurado con centro en Alemania. Tras la muerte de
Luis V sin descendencia termina la dinastía carolingia y la monarquía vuelve al
principio electivo, que mantendría durante un tiempo.

2.1 La dinastía Capeta


La asamblea se reunió en Senlis y eligieron a Hugo Capeto como rey, apoyado por
Otón II y el arzobispo Adalberón de Reims y el obispo Gerberto de Aurillac y terminó
convirtiéndose en el primer rey de Francia, el nuevo monarca fue coronado en Reims y
su dinastía se mantuvo en el trono francés hasta la muerte sin herederos de Carlos IV.
Hugo Capeto tenía una enorme tarea y recursos escasos, como enfrentarse al
feudalismo, defender los derechos de la Corona apoyándose en sus dominios de París y
Orleans. La dinastía capeta era débil y utilizó su imagen como símbolo de unidad moral
e histórica como poder indiscutible, pero Hugo había sido elegido por los grandes
señores y resultaba muy difícil imponer su autoridad a los que eran sus iguales y habían
acaparado la mayoría de poderes y regalías, por lo que se alzó como árbitro de las
disputas entre estos señores sin renunciar a sus poderes teóricos y obrando con gran
habilidad política y con una gran dosis de suerte.
También jugaron a su favor la situación central de los dominios de la monarquía, la
existencia de un heredero varón a quien poder asociar el trono y garantizar una sucesión
pacífica y, finalmente, su alianza con la Iglesia.
Hugo Capeto asoció al trono a su hijo, Roberto I, y este a su hijo, Enrique I. Todos
lucharon contra el poder de sus vasallos, pero se quedó paralizado por la muerte del rey.
Fue sucedido por Felipe I, que era menor de edad y su regente fue Balduino V, conde de
Flandes, que a base de concesiones mantuvo la paz hasta que el rey fue mayor de edad.
Cuando Felipe I subió al trono era vasallo del rey Guillermo I de Inglaterra por su
señorío de Normandía. Firmó un tratado con él al mismo tiempo que aprovechaba las
disputas entre Guillermo y su padre, consiguiendo algunas ganancias territoriales.
Durante su reinado tuvo lugar la I Cruzada, pero no asistió por las disputas con el Papa
Urbano II, que le había excomulgado por bigamia.

Luis VI
Luis VI sucedió a su padre y su reinado se centró en administrar y pacificar el reino.
Intentó imponer su poder sobre el de los señores feudales con la ayuda de sus hermanos,
consejeros y defensores como Ivo de Chartres y el Abad de Saint Denis Suger. Tuvo
éxito, derrotó a los rebeldes y destruyó los castillos en los que se refugiaban, acabando
con el bandidaje.
Esto le granjeó fama de justiciero y le permitió anexionarse territorios como Amiens o
Lyon. Aunque tuvo éxito contra los señores feudales no consiguió muchos éxitos en el
frente político inglés, caracterizado por una permanente hostilidad agudizada por la
derrota del hermano de Luis VI ante Enrique I en Tinchebray y la anexión del ducado de
Normandía a Inglaterra.
Tras la derrota Guillermo reforzó la frontera norte de Normandía y estacionó una
guarnición en el castillo de Gisors, lo que alertó a Luis Vi, que apoyó a algunos nobles
normandos descontentos y buscó una alianza con los condes de Flandes y Anjou, que le
permitieron tener fuerza suficiente para derrotar al rey inglés, pero la guerra le fue
desfavorable y tuvo que firmar la paz en Gisors en el año 1113, reconociendo la
posesión inglesa en Maine y Bretaña.
En 5 años después, Luis reunió un gran ejército con el que que atacó Normandía y fue
vencido en Brémula, pero sus derrotas ante el rey inglés no le impidieron seguir
ganando poder a costa de sus nobles, que le apoyaron cuando el emperador Enrique V
invadió Francia junto al rey inglés, en lo que algunos llaman la primera muestra de
sentimiento nacional francés. El emperador huyó ante el enorme ejército reclutado por
Luis VI.
Luis VI promovió a los municipios franceses sin perder ni un poco de su control sobre
las instituciones municipales, apoyando a los burgueses que acudían a él en busca del
desarrollo de la economía, al que contribuyó la Iglesia mediante ferias como la de
Lendit en Saint Denis, que contribuyó a aumentar los ingresos de las arcas reales, del
monasterio y engrandecer al propio burgo de Saint Denis. También contribuyó a
desarrollar las escuelas catedralicias de París y Orleans. Antes de morir consiguió el
matrimonio de su hijo con Leonor de Aquitania, la única hija de Guillermo X, por lo
que el ducado pasó a formar parte de la Corona, expandiendo mucho sus territorios.

Luis VII
En su reinado se pueden diferenciar dos etapas antes y después de 1152, cuando
disolvió su matrimonio con Leonor de Aquitania. En la primera fase su política estaba
muy influenciada por su esposa Leonor, que le hizo romper relaciones con la Iglesia y
aprovechó la difícil situación en Inglaterra para arrebatarle sus territorios en Francia. En
1141 rompió relaciones con el papa Inocencio II a causa de quién debía ocupar el
obispado de Langres y fue excomulgado. El problema fue solucionado cuando Luis
cedió y se comprometió a combatir en la II Cruzada. Luis y Leonor partieron a la
Cruzada y cuando volvieron y a la vuelta se agravaron las tensiones entre los dos por la
excesiva influencia de Suger según Leonor.
Las discordias fueron tan grandes que Luis pidió la nulidad matrimonial. La segunda
parte de su reinado se caracterizó por una vuelta a los parámetros de gobierno de su
predecesor; apoyando a las ciudades, que eran sus proveedoras de dinero, soldados y
apoyos y la vuelta a la colaboración con la Iglesia, tomando partido por el papa en su
conflicto contra Federico I rechazando las aspiraciones de dominio universal del
Stauffen. Declaró la independencia de Francia frente al Imperio al proclamar los Doce
Pares de Francia. Fue el primero en emplear la flor de lis.

2.2 Felipe II y Luis IX


El reforzamiento de la autoridad monárquica cristalizó durante el reinado de Felipe II
Augusto, hijo de Luis VII, que con una administración saneada, una popularidad y unos
instrumentos eficaces pudo interferir en la vida política del reino y consolidar que
permitirán la recuperación de la monarquía en el siglo XIII.
Felipe II ocupó el trono a la edad de quince años y aprovechó el feudalismo mediante
un sistema tributario que repercutieron en una mayor cantidad de ingresos para la
corona, que le serían muy útiles para hacer frente a los gastos que se le avecinaban.
Consiguió la sumisión del clero a la justicia civil.
Su principal objetivo fue el reforzamiento de su autoridad frente a la nobleza, buscando
apoyos entre esta y que le ayudaron contra el levantamiento de los condes de Champaña
y Flandes, a los que derrotó y obligó a devolver un condado usurpado. La guerra con
Inglaterra se hizo inevitable y durante la III Cruzada, a la que acudió junto Federico I y
Ricardo I se pusieron de manifiesto las profundas divisiones que les separaban. Felipe
II dejó la cruzada, volvió a su reino y aprovechó la ausencia del rey inglés para obtener
ventajas territoriales.
Durante el reinado de Juan I de Inglaterra creció la tensión y Felipe II se unió a una liga
franco germana para derrotarle en Bouvines y cuadriplicó las rentas de los Capeto e hizo
que la corona tuviera mayor poder económico y político entre sus vasallos. Felipe
administró estos amplios territorios mediante agentes reales permanentes, como los
senescales o los bayles, fieles al monarca que gobernaban los territorios, recaudaban
impuestos, impartían justicia en su nombre, reclutaban y mantenían a las tropas del
territorio.
Felipe II no asoció a su hijo al trono al estar ya muy establecida la monarquía
hereditaria. Cuando Felipe II murió, su hijo le sucedió Luis VIII sin ningún problema.
Luis VIII siguió la política de anexiones territoriales de su padre, arrebatando Poitou a
Enrique III de Inglaterra, recogiendo los frutos de la Cruzada Albigense, incorporó el
condado de Tolosa, conquistó Aviñón, donde murió y renovó el vasallaje de Flandes. La
muerte de Luis VIII dejó paso a la minoría de edad de Luis IX, en la que la regente fue
su madre Blanca de Castilla, que defendió el trono de su hijo frente a las rebeliones
nobiliarias originadas por el creciente poder de la monarquía apoyada por la Iglesia. Las
rebeliones fracasaron por la falta de apoyo del emperador y por su nula programación.
El día 5 de abril de 1234 Luís IX fue declarado mayor de edad, pero su madre gobernó
hasta su muerte, que resultó fundamental para la monarquía francesa. A la muerte de su
madre Luis contaba con unos amplios territorios que sumados a los impuestos
proporcionaban una amplia base económica. Su política exterior tendió al equilibrio,
acabando con uno de los últimos brotes de anarquía feudal protagonizado por una
coalición de nobles apoyada por Enrique III.
Luis IX perdonó a los nobles rebeldes y firmó con Enrique III un pacto en el que
reconocía sus derechos sobre Limoges y Cahors. Acabó con el conflicto franco-catalán
mediante el tratado de Corbeill, en el que ganancias eran superiores a las renuncias,
donde Luis IX renunciaba a sus derechos sobre Cataluña y Pedro II renunciaba a sus
ambiciones sobre Occitania. Su política interior supuso una completa reorganización del
estado y de las instituciones ampliando y adaptando los organismos heredados, como la
casa del rey o los grandes oficios, que para este entonces eran parte de una
administración confusa en la que no se distinguía bien que correspondía al entorno
privado y que a lo de los dominios del rey y su reino. Luis IX hizo desaparecer las
curias solemnes y plenas y fueron sustituidas por consejos compuestos por personas
requeridas por el monarca, de esta forma gana importancia el consejo real, integrado por
gentes del Parlamento y del Tribunal de Cuentas. En este momento en la administración
trabajará personal especializado.
Las transformaciones más importantes fueron las de la Curia y la Cancillería. La Curia
pasó de ser una reunión de vasallos para cumplir con sus obligaciones feudales a ser un
organismo con sesiones especializadas propiciaron la aparición del Parlamento con
sesiones en París tres o cuatro veces al año. La cancillería fue creada en torno a la figura
del canciller, que casi siempre era una figura eclesiástica de alto rango con la confianza
del monarca.
Luis IX era un hombre muy religioso que siempre buscó el equilibrio y la justicia en su
reino. Su celo religioso se materializó en la VII y VIII Cruzada, dirigidas contra Egipto
y Túnez. La VII conquistó Daimieta, pero fue apresado con el grueso de sus tropas y
obligado a pagar un enorme rescate. En la VIII murió de peste en Túnez y fue
canonizado 27 años después de su muerte.

2.3 Reinado de Felipe IV


El trono francés pasó a Felipe III, que era un hombre con escasas cualidades políticas y
militares que fue un instrumento de la política de su tío Carlos de Anjou, que consiguió
el regreso de los cruzados de Túnez. Su gobierno fue continuista con el de su padre,
pues mantuvo a todos sus colaboradores.
Felipe III incorporó a su reino Tolosa, Champaña y el reino de Navarra mediante un
hábil juego diplomático. Cuando el rey de Aragón Pedro III invadió Sicilia el Papa
Martín IV y Carlos de Anjou le empujaron a invadir Cataluña, avanzando hasta el
Rosellón con aires de Cruzada, llegando hasta Gerona, pero no pudo avanzar más por un
brote de peste, retirándose con muchas penalidades hasta Perpiñán, donde murió,
comienza entonces el reinado de Felipe IV.
El nuevo monarca llevó el poder de la monarquía a su máxima efetividad ayudado de
grandes legistas. Fue el primero en vislumbrar una idea de Francia como una comunidad
con fronteras naturales en el Rin y los Pirineos y se oponía férreamente al Imperio. Los
grandes puntos del reinado de Felipe IV son:

El conflicto con Inglaterra


Las posesiones inglesas en suelo francés y la rivalidad mercantil en el golfo de Vizcaya
entorpecían las relaciones diplomáticas. Hasta el año 1279 todas las diferencias entre
estos dos reinos se resolvían conforme a la ley, pero en 1279 se produjeron problemas a
causa de los secaderos de pescado en el golfo, en el que normandos y bretones
protagonizaron acciones violentas los unos contra los otros poniendo a estos dos países
al borde de la guerra. Felipe IV citó a Enrique en el Parlamento de París en el que
firmaron un trato en el que Felipe IV estaba autorizado a enviar oficiales a Aquitania
para investigar los actos de violencia, pero Felipe IV envió un ejército, por lo que
Enrique protestó y Felipe rompió el tratado y se anexionó Aquitania.
Se produjeron escaramuzas y Enrique se acercó a las ciudades rebeldes de Flandes
mientras que Felipe exigió su vasallaje, pero las autoridades flamencas se negaron
amparándose en el apoyo de Enrique. La guerra estaba a punto de estallar, pero los
legados pontificios evitaron un conflicto entre príncipes cristianos con la firma del
Tratado de Montreuil que incluía la devolución de Aquitania y el matrimonio del futuro
Eduardo II con Isabel, hija de Felipe IV.
Esto dejó las manos libres a Felipe para enviar un ejército que no tardó en dominar todo
Flandes, pero las arbitrariedades de los gobernantes trajeron problemas al monarca
mientras que la rebelión se adueñaba del territorio capitaneada por Jan Breydel y Peter
van Conninck, conocida como los Maitines de Brujas del 17 al 18 de marzo de 1302,
cuando la guarnición francesa de la ciudad fue eliminada junto a los colaboracionistas.
Un nuevo ejército francés fue enviado, pero fue totalmente derrotado por las milicias
flamencas sorprendentemente.
El rey encomendó la tarea de pacificar Flandes a Guillermo de Nogaret, que recurrió al
papa Benedicto XI, que excomulgó a los rebeldes y obligó al rey inglés Eduardo I a
ayudar a Felipe IV, que envió un ejército junto al del rey francés que derrotó a los
rebeldes y firmaron el Tratado de Athis, que dejaba a Flandes en la órbita francesa y
Felipe IV consiguió varias ciudades, pero la fidelidad flamenca no era fiable.

La cuestión pontificia
Fue un enfrentamiento entre la Iglesia nacional francesa y la Iglesia Universal que
pretendía Bonifacio VIII, defensor de la hegemonía de la Iglesia sobre los poderes
temporales. Felipe IV pidió que los clérigos contribuyeran económicamente al reino
para costear la guerra, lo que fue totalmente rechazado por el Papa, que prohibió a los
clérigos que contribuyeran en asuntos temporales sin autorización de la Santa Sede.
Esto fue tomado por el rey francés como un ataque personal, que dió órdenes de no
exportar a Roma productos como el oro y la plata, cortando el suministro de materiales
que necesitaba el Papa para aplacar la rebelión en Roma. El Papa se retractó y admitió
mediante una bula que había ocasiones en las que el rey podía pedir contribuciones
económicas al clero. Esto abrió un período de paz entre el Papa y el rey francés durante
el que se produjo la canonización de Luis IX.
Esta paz duró solamente unos años, hasta que Bonifacio se sintió lo suficientemente
fuerte tras su victoria sobre los rebeldes en Italia y el jubileo universal cuando Felipe IV
arrestó al obispo de Paimiers, que se oponía férreamente en su jurisdicción, por alta
traición. Fue juzgado por una asamblea de clérigos elegidos por el monarca francés, lo
que atentaba contra el Papa, pues solo él puede juzgar a los obispos.
Bonifacio respondió con una bula en la que se ponía por encima de los poderes
temporales, que Felipe IV quemó e hizo circular una falsa en la que mostraba que el
Papa se quería someter al rey. Para este momento las relaciones estaban rotas y Felipe
IV convocó una asamblea en París mientras que Bonifacio convocó un sínodo en Roma,
del que publicó una bula que era un ejemplo de la Plenitudo Potestatis por la cual
todos los poderes de la Tierra estaban sometidos al Papa y envió un prelado a Roma con
órdenes para Felipe IV de que respetara las libertades eclesiásticas.
Felipe rechazó la bula y se aprestó a terminar con el pontífice, encargando un texto que
desmintiera su bula al mismo tiempo que le acusaba de asesinar a su predecesor,
idolatría, simonía e inmoralidad que fueron apoyados por 5 arzobispos y veintinueve
obispos franceses, que aprobaron la deposición del Papa y su sustitución hasta encontrar
sucesor, Reclutaron un ejército de mercenarios que se dirigió hasta Anagni, donde
estaba el Bonifacio y varios miembros de la corte pontificia, donde se produjo el
Atentado de Anagni, donde el Papa fue apresado, maltratado y encerrado en una celda
sin comida ni agua durante tres días tras los cuales la reacción popular liberó al papa y
obligó al retiro de los franceses. Bonifacio regresó a Roma, pero murió de un ataque de
fiebre el 11 de octubre de 1303.
Fue sucedido por Benedicto XI, que permaneció junto a él cuando fue apresado. Su
postura fue más conciliadora que la de su antecesor, levantando la excomunión que
pesaba sobre el rey francés, pero mantuvo las de todos aquellos que participaron en los
sucesos de Anagni. Trasladó la corte pontificia a Peruggia, que era más segura que
Roma, donde murió entre rumores de envenenamiento. Felipe IV salió victorioso tras la
elección como pontífice de Bertrandt de Got con el nombre de Clemente V, arzobispo
de Burdeos que se había mantenido al margen del conflicto y que nisiqueira era
cardenal. Residió en Avión y nunca se opuso a los deseos del rey. Levantó la
excomunión a todos los implicados del suceso de Anagni y decretó la disolución de los
templarios.

El proceso contra los templarios


Durante el reinado de Felipe IV la Orden de los Templarios era una de las instituciones
más saneadas de Europa que incluso administraba el tesoro real francés. No están claras
las razones del monarca francés para acabar con la Orden, para unos se trata del
endeudamiento del rey con los templarios, otros opinan que la razón es el apoyo que
dispensaron los templarios a Bonifacio VIII. Seguramente, las extraordinarias riquezas
de la Orden tuvieron que ver. También circulaban todo tipo de rumores sobre los
templarios que los relacionaban con todo tipo de desórdenes.
El 17 de octubre de 1307 Felipe IV ordenó la detención de todos los templarios en suelo
francés acusados de sodomía, traición, sacrilegio, celebración de la misa sin la sagrada
forma e idolatría. 2.000 templarios fueron arrestados, entre ellos el gran maestre Jacques
de Molay y juzgados por Guillermo de Nogaret, lo que provocó las protestas de
Clemente V, pues eran juzgados sin autoridad del pontífice, pues la Orden estaba sujeta
únicamente a él. Los templarios torturados confesaron cosas increíbles, que Felipe IV
presentó al papa, que publicó una bula en la que ordenaba la detención de todos los
templarios que se encontraran en cualquier reino cristiano y autorizaba que las diócesis
los juzgaran. La Orden fue oficialmente disuelta en el Concilio de Vienne.
Dos años después moría en la hoguera Jacques de Molai tras retractarse de las
confesiones obtenidad por tortura, según la leyenda, emplazando a todos los que
injustamente atentaron contra la vida de la orden y sus miembros a que en el plazo de un
año y a Clemente V de cuarenta días. En el plazo de un año murieron Clemente V (20-
IV-1314), Felipe IV (20-XI-1314) y Guillermo Nogaret (11-X-1314). Entre 1314 y
1328 la monarquía francesa fue regida por tres hijos ineptos de Felipe IV, lo que
demuestra que era un régimen fuerte capaz de aguantar situaciones desfavorables.
Felipe IV fue sucedido por Luis X, que mantuvo a los colaboradores de su padre, pero
cedió ante la nobleza para emprender una campaña en Flandes, que terminó en fracaso.
Tras la muerte de Luis X su hermano Felipe fue el regente a la espera de que naciera el
heredero. Gobernó con prudencia, alcanzando una paz con Flandes para acabar con las
levas impopulares y los impuestos extraordinarios. El heredero Juan I murió después de
haber nacido y Felipe V fue nombrado rey. Aprobó la ley sálica, que impedía a las
mujeres heredar el trono. Su reinado supuso el apogeo de los Estados Generales, que
impulsaron grandes reformas. Los problemas en Flandes seguían en pie, pues los
artesanos no llevaban bien el regreso de los patricios al poder, sublevándose Brujas.
Tras la muerte de Felipe V su hermano, Carlos IV decidió intervenir, pero murió antes
de poder hacerlo, acabando así la dinastía capeta y empezando la Casa Valois.

3. Inglaterra
3.1. Normandos en Inglaterra. Guillermo I.
Durante los siglos IX a X se produce la instauración de la casa Normandía en territorio
inglés. Tras la muerte sin herederos del último rey anglosajón Ricardo el Confesor,
Guillermo, el duque de Normandía reclamó la corona frente al autoproclamado Haroldo,
que tuvo que hacer frente a los daneses que estaban invadiendo Inglaterra.
Guillermo buscó el apoyo del papa para invadir la isla, pero sus vasallos se negaron a
seguirle y solo con gentes de Flandes, Bretaña y Anjou invadió la isla al mismo tiempo
que el rey inglés luchaba contra los daneses de Harald Hardrada que fueron vencidos en
Stamford Bridge. Unos días antes Guillermo desembarcó en Hastings, donde el ejército
de Harold fue derrotado y murió el propio Harold. Guillermo se convirtió en rey de
Inglaterra independiente y dió origen a la dinastía normanda que gobernó en Inglaterra
hasta el 1154 y vinculó Normandía a Inglaterra.
Guillermo remodeló las estructuras políticas y sociales de Inglaterra mediante un férreo
control del territorio y amalgamando las estructuras inglesas y normandas, imponiendo
la asamblea de sus vasallos, respetando los condados y centenas sajonas, el sistema de
curias y sheriffs, todo esto recogido en el Doomsday Book, que nos da a conocer la
organización territorial, las rentas, la extensión de los señoríos etc.
Reorganizó la Iglesia de Inglaterra con ayuda del clero normando procedente del
continente, imponiendo la reforma moral al clero y los monasterios, erigiéndose en
defensor de la Iglesia y respetando sus privilegios como la prohibición de la entrada de
oficiales reales en señoríos eclesiásticos, pero interviniendo en el nombramiento de
obispos a favor de grandes figuras intelectuales, como el italiano Lanfranco,
arzobispo de Canterbury.
La conquista normanda de Inglaterra supuso grandes cambios, en el aspecto social se
instauró uno de los modelos feudales más desarrollados de Europa, repartiéndose toda la
tierra entre los conquistadores normandos, pero se respetaron los bienes de las iglesias y
los monasterios. Tuvo cuidado de que estos señoríos no fueran muy amplios ni sus
señores poderosos, pues se podrían convertir en enemigos de la corona.
Las propiedades de estos señoríos se ofrecían en nombre del monarca bajo el principio
de que toda tierra pertenecía al monarca, siendo este el primer señor feudal,
produciendo un feudalismo de carácter centralizado con unos monarcas con una gran
capacidad de maniobra, la jerarquía anglo normanda estaba formada por 180 varones
entre los que se encontraban sus hermanos y por debajo se encontraban los caballeros.
Guillermo I dividió sus territorios entre Guillermo II El Rojo, que heredó Inglaterra, su
primogénito Roberto que recibía el título de duque de Normandía y el hijo menor
Enrique solamente recibió una cantidad de dinero. Las relaciones entre los hermanos
mayores fueron difíciles, pues Roberto se consideraba perjudicado por el reparto y la
nobleza normanda estaba dividida en cuanto a este asunto y muchos nobles se oponían a
Guillermo, que los derrotó. Sus relaciones con la Iglesia fueron difíciles, pues la
constante falta de dinero le hizo apropiarse de rentas eclesiásticas que estaban vacantes.
Tras la muerte de Lanfranco la sede primada estuviera vacante por una grave
enfermedad y nombró a Anselmo de Beck, un monje italiano reformador conocido por
su vida santa pero que no era fácil de manejar y se negó a que el clero sufragara las
empresas militares del monarca y anunció un concilio para depurar las costumbres del
reino. En el 1097 el rey citó a Anselmo aduciendo que no había cumplido con sus
obligaciones feudales, pero huyó a Roma, donde presentó al papa su renuncia, que
amenazó a Guillermo con el anatema. Las relaciones con la Iglesia quedaron rotas.
Roberto no podía hacer valer sus derechos sobre Inglaterra, a los que renunció en el
1096 y dio temporalmente el ducado de Normandía a su hermano como préstamo para ir
a la Cruzada en Tierra Santa. Guillermo reclamó el Vexin a Felipe I de Francia para
defender Normandía en una guerra que le fue desfavorable y tras la que murió
misteriosamente en un accidente de caza. Enrique, el tercero de los hermanos alcanzó el
trono.

Enrique I
Enrique I En los primeros momentos de su reinado intentó arreglar los errores
cometidos por su hermano. Intentó borrar las diferencias entre normandos y sajones,
mostrándose conciliador en una carta que fue considerada la raíz de las libertades
inglesas. Su conflicto más difícil fue el que su hermano mantuvo con la Iglesia. Enrique
invitó a San Aselmo a regresar a Inglaterra y algunos clérigos pensaron que era el
momento de imponerse al rey. La Iglesia decidió que después de elecciones libres sin la
intervención del monarca este podría recibir juramento de los obispos al otorgarle los
feudos ligados a sus mitras. Enrique I cumplió mal.
En el año 1105 emprendió la conquista de Normandía de su hermano Roberto, que
había vuelto de las Cruzadas más pobre que nunca y se preparó para defender sus
derechos, pero la existencia de un partido favorable al rey en suelo normando decantó la
contienda del lado de Enrique, tras la victoria de Tinchebrai. La posesión de Normandía
sería fuente de tensiones con Francia, pues en torno al ducado de Normandía se
desarrollaron los acontecimientos políticos de uno y otro país. Enrique I reforzó el
castillo de Gisors, lo que hizo que Luis I tomara las armas, pero terminó siendo
derrotado frente a la fortaleza y firmando una paz en la que Enrique I recibía el
reconocimiento de sus derechos sobre Maine y Bretaña. Esta tregua fue aprovechada
por Enrique para fortalecerse y preparar Normandía para un ataque francés que se
produjo en el 1116 y Luis VI volvió a ser derrotado.
Los logros más importantes de Enrique I se encuentran en el terreno administrativo,
destacando tres aspectos: la justicia; estableciendo una unión entre los condados y la
curia, el tesoro; desarrollando una administración independiente, también instauró los
sheriffs funcionarios reales designados por los condados en donde representaban la
autoridad del monarca.
Guillermo fue el único hijo varón de Enrique y se ahogó en el Canal de la Mancha,
recayendo la regencia en su hija Matilde, viuda del emperador Enrique V y casada con
Godofredo Plantagenet, pero los barones normandos no querían ser gobernados por un
francés y una gran parte de la nobleza faltó al juramento de reconocer a Matilde y
apoyaron a Esteban de Blois, sobrino del difunto.
Esteban I fue coronado rey de Inglaterra y del ducado de Normandía y reconocido por
Luis VI, que reconoció a Esteban, pues no quería que el duque de Anjou ocupara el
trono, mientras que Matilde contaba con el apoyo de David I rey de Escocia, que
buscaba desencadenar una guerra civil en Inglaterra, que estalló sin un vencedor
absoluto. Esteban intentó afianzar su oposición mediante concesiones, ampliando los
privilegios de la Iglesia. Viajó a Francia para recibir de Luis VI la investidura de
Normandía y firmar una tregua con Godofredo Plantagenet. En su ausencia se produjo
una rebelión apoyada por David I, pero que fue sofocada en la batalla del estandarte.
Sin embargo, la autoridad de Esteban era puesta en entredicho constantemente, pues las
libertades que había otorgado se habían convertido en patentes de bandolerismo y se
enfrentó a la Iglesia cuando el legado papal y el obispo de Winchester negaron a que los
prelados fueran juzgados por sus excesos. En el 1139 Matilde desembarcó en Inglaterra
con un ejército que en la Batalla de Lincoln derrotó y apresó a Esteban, que Matilde
liberó tras una rebelión nobiliaria en Londres y huyó a Oxford. El conflicto fue
favorable a Esteban, pues Godofredo Plantagenet se retiró de la lucha y mandó a su
mujer a Francia.
Godofredo de Anjou buscaba construir un gran dominio en el Occidente de Francia
apoyándose en la guerra civil inglesa para arrebatar territorios ingleses, ocupando
Normandía, Maine y Bretaña. Cuando su hijo Enrique Plantagenet heredó estos
territorios era muy poderoso y reclamó los derechos de su madre para ocupar el trono
inglés y su matrimonio con Leonor de Aquitania le hizo obtener aún más territorios
desde el Sena hasta el Bidasoa.
Enrique acumuló los recursos necesarios para invadir Inglaterra en 1153, consiguiendo
que Esteban le nombrase heredero y a la muerte de Esteban en 1154 fue nombrado rey
de Inglaterra. Enrique obligó a los barones a jurar lealtad a su hija Matilde, algo sin
precedentes. A su muerte en 1135, su sobrino Esteban de Blois usurpó el trono,
desencadenando una guerra civil conocida como la Anarquía (1135–1153).

3.2. La dinastía Plantagenet. Enrique II.


Con su subida al trono empieza el Imperio Angevino, con una organización moderna
con un sistema de vasallaje, varios idiomas y fuertes intereses económicos en el Canal
de La Mancha y el Golfo de Vizcaya.
Fue coronado el 19 de septiembre de 1154 y restableció la paz en una carta en la que
prometía respetar las libertades del clero, de los nobles y de las ciudades, pero su
objetivo era llevar al reino a una unión jurídica dentro del Derecho Romano, que le
provocó enfrentamientos con la Iglesia. La obra interior de Enrique II convirtió a la
inglesa en la primera de las monarquías en un momento en el que el Imperio empieza a
verse desbordado y las monarquías se alzaban contra el Dominium Mundi. Enrique II,
aunque procedía del sistema feudal se oponía a él conservando la autoridad suprema,
pues él tenía vasallos y no era vasallo de nadie, aunque lo era del rey de Francia por sus
posesiones en suelo galo.
Su reforma de la administración fue favorable, pues el feudalismo no había calado
socialmente y los condados conservaban importantes asambleas de carácter judicial y
los campesinos no habían perdido su estatus de siervos del rey. Los barones y nobles
tenían relación directa con el monarca y tenían que prestarle ayuda militar con sus
huestes. Algunos títulos nobiliarios no implicaban territorio, sino honor, pues el sheriff
y el shire tenían la autoridad.
Al igual que en Francia hay dos procesos que contribuyeron al fortalecimiento de la
monarquía; el Derecho Canónico derivado de la reforma de la Iglesia y el
fortalecimiento de la burguesía propiciado por la nueva situación económica. Las
ciudades acudían al monarca en busca de defensa frente a los señores feudales y a
cambio proporcionaban al monarca funcionarios para su corte e impuestos.
El reinado de Enrique II se llevaron a cabo numerosas reformas, apareciendo una curia
restringida compuesta por oficiales nombrados por el rey convocados puntualmente para
deliberar sobre temas importantes. Los antiguos cargos se arrinconan, convirtiéndose en
títulos nobiliarios y surgen tres nuevos grandes cargos; canciller, tesorero y gran
justiciero, que se reúnen con el rey en la Cámara.
Los sheriffs fueron la institución más representativa del Imperio Angevino, obteniendo
bajo el reinado de Enrique II su mayor desarrollo, obteniendo este cargo gente de la
clase media, convirtiéndolos en representantes del monarca. Los pilares sobre los que se
sustentó el régimen de Enrique fueron ley e impuesto, que ejercía mediante wrist,
órdenes que llegaban a los sheriffs de todo el reino, que podían ser breves o tan largas
como las capitulares carolingias. Los ingresos eran escasos y los gastos iban en
aumento, por lo que necesitaban un completo sistema tributario, fijando el escudaje que
sustituía el servicio de armas, pero eran más lucrativas las aduanas y los derechos de
entrada de productos, por lo que los reyes protegieron el comercio, prestando atención
sobre todo a los puertos.
La Iglesia, fortalecida por la reforma, supuso un problema para Enrique oponiéndose a
los proyectos del monarca. En el año 1162, Enrique impuso a Tomás Bécket,
universitario formado en París y Bolonia como arzobispo de Canterbury, que
fuerecibido de manera hostil, pues se le percibía como un hombre adicto al rey.
Tomás renunció a sus rentas y vivió austeramente, chocando con el monarca cuando la
justicia eclesiástica se negó a que el monarca juzgara a un clérigo de Salum que había
violado a una muchacha y asesinado a su padre para evitar la venganza.
El culpable fue encerrado en un monasterio, lo que pareció un castigo muy pequeño.
Enrique publicó las constituciones de Clarendom, en las que prohibía las visitas ad
limina y entregaba a los clérigos a la justicia civil para implantar las normas del derecho
romano. Becket fue presionado por los obispos y aceptó las Constituciones, pero se
retractó cuando el papa Alejandro III solamente aceptó tres artículos. Becket fue citado
ante un tribunal, donde pronunció el anatema y luego abandonó Inglaterra. Enrique II
inició conversaciones de paz para el regreso del arzobispo, que mantuvo las
excomuniones contra todo aquel que le hubiera desobedecido.
El arzobispo fue asesinado en la catedral por algunos caballeros de la casa del rey.
Enrique II proclamó su inocencia haciendo penitencia, lo que disipó las dudas, pero la
jurisdicción independiente del clero quedó quebrantada. Los condes terminaron
coinvirtiéndose en aliados de Inglaterra, pues proveía de lana a Francia, lo que
desembocó en una guerra en la que Luis VII buscó aliados fuera de su reino y la política
de Enrique II buscaba entroncar con las grandes casas reales europeas, pero el
emperador sabía que la unidad del Imperio no podía ser mantenida y repartió a su hijo el
trono, Aquitania a Ricardo, Normandía a Godofredo e Irlanda a Juan.
En 1173 estalló una revuelta apoyada por Francia y Escocia que Enrique solventó
derrotando a Guillermo el León, rey de Escocia y sometió a este paós por vasallaje,
invocando la unidad de las islas, pero demostrando lo débil que era el Imperio, que no
pudo intervenir en Francia tras la muerte de Luis VII. Pocos años después murió
Enrique II, que fue sucedido por sus dos hijos, que a pesar de que combatieron contra su
padre continuaron su política, consiguiendo que a finales del siglo XII los reyes ingleses
fueran superiores a los de Francia.

Ricardo I
Sucedió a su padre con el que se había enfrentado en numerosas veces y una vez
ocupado el trono partió a la Cruzada junto a Felipe II, con el que se enemistó y a su
vuelta a Francia, Felipe II en Milán tuvo lugar un juego político que dejó a Ricardo
fuera de la ley en todo el territorio imperial y reconoció a Juan Plantagenet, el regente,
como rey de Inglaterra. La maniobra funcionó en un principio, pues en su vuelta por
mar una tormenta le obligó a desembarcar en Venecia e intentó cruzar los dominios
imperiales disfrazado, pero fue descubierto y entregado a Leopoldo de Austria quien lo
vendió al emperador Enrique VI por 50.000 monedas de oro, mientras que Enrique VI
recibía ofertas de Francia de Felipe II, 50.000 libras y de Juan Sin Tierra, 30.000 libras
para que retuviera al prisionero indefinidamente.
El escándalo conmovió a todo el mundo y el papa Celestino III excomulgó a Leopoldo
de Austria, y Enrique VI llegó a un acuerdo de vasallaje y un rescate de 100.000 marcos
y tropas para la campaña del emperador en Italia. Numerosos ingleses hicieron
donativos para liberar al rey, que lentamente volvió a Inglaterra. Ricardo no desempeñó
una gran labor de gobierno en Inglaterra al estar pendiente de Francia.
En Inglaterra llevó a cabo reformas para afianzar la monarquía, reintegró tierras
expropiadas al patrimonio real y reformó la hacienda. En Francia reforzó las defensas
construyendo castillos en Normandía para defender el territorio frente a los reyes de
Francia. Los años finales de su reinado fueron testigos de pequeñas pero continuas
acciones bélicas hasta la paz de Vernon.

3.3 Juan I y la Carta Magna


Juan I recibió un reino que conservaba su poder a pesar de las pérdidas bajo el reinado
de Ricardo I. Durante 15 años Juan presenció el hundimiento del Imperio Angevino, e
incluso fue expulsado de la capital y proscrito, todo esto fruto de un espectacular
conflicto. Juan I fue desafortunado en muchas empresas, por lo que tuvo que reconocer
en la Carta Magna los privilegios de la nobleza, que es punto de partida para limitar la
arbitrariedad real y defensa de las libertades. Este conflicto llegó hasta Enrique III,
sucesor de Juan I.
Felipe II buscaba acabar con la presencia Plantagenet en Francia. Aprovechó un
conflicto entre el rey francés y su vasallo Hugo de Lusignan. Felipe II citó a Juan en la
Corte, pero se negó a acudir y sus feudos en Francia fueron anexionados por las tropas
francesas hasta que el rey inglés solamente conservó Aquitania. Juan I buscó la ayuda
del emperador Otón IV de Alemania, internacionalizando un conflicto al que se sumó
Flandes en ayuda de Inglaterra. Felipe II planeó un desembarco en Inglaterra, pero
fracasó en Damme.
Juan I organizó una alianza con Flandes, Portugal y Otón IV para invadir Francia, el
monarca inglés se puso al frente de sus tropas para encontrarse con las tropas del rey
alemán, pero no pudieron encontrarse, pues los alemanes fueron derrotados y se
replegaron sobre Flandes. Felipe impidió la unión de los ejércitos inglés y alemán,
aunque no lo consiguió, venció a sus enemigos en Bouvines.
El Papa impuso una paz en la que Juan perdía todos sus territorios salvo Aquitania y
zonas costeras de Gascuña y Guyena, eliminando a los Plantagenet del Norte de Francia
y obligado a pagar una gran suma de dinero. La batalla de Bouvines supuso el fin de la
hegemonía del Imperio en Europa. La victoria francesa de Bouvines señala un giro en la
estructura política de Europa, cuyo centro se desplazaba ahora de Alemania a Francia.
Esta derrota es uno de los factores de la Carta Magna, sumada a las pérdidas
territoriales y al desastre militar provocaron una revuelta de los nobles. Todo comenzó
tras la muerte del arzobispo de Canterbury y ante la falta de acuerdo Inocencio III
exigió la elección de Esteban Langton, a quien consagró sin consultar al rey, que
rechazó el nombramiento y le prohibió la entrada en la diócesis.
Al año siguiente Inocencio III excomulgó a Juan I y en 1211 liberaba a los vasallos del
juramento de fidelidad. Los nobles encontraron en Langton a un líder y en la actitud del
rey un motivo para sublevarse y les apoyó Felipe II de Francia y acogió a los fugitivos
ingleses.
Juan I trató de resistir, pero antes de su campaña contra Francia se reconcilió con el
Papa Inocencio III, con una renta anual de 1.000 libras como vasallaje, pero los
varones y Esteban Langton no dejaron escapar la ocasión y tras una campaña que acabó
en fracaso Juan tuvo que negociar y aceptar la Carta Magna, cuya finalidad era dejar
claros los límites del poder real y las libertades feudales, pero en la práctica sirvió para
poner límites a la tiranía del rey. Destacan dos ideas de la Carta Magna:
1.- Supremacía de la ley sobre la voluntad del rey.
2.- La garantía individual, en función de la cual el monarca no podía proceder contra un
hombre libre dentro del reino, salvo por un proceso llevado a cabo de acuerdo con la
Common Law.
Los artículos no seguían un orden y confería una especial importancia a la
hereditariedad de los feudos y la protección a miembros femeninos y menores de edad.
Algunos artículos limitaban seriamente la autoridad del rey que se comprometía a
defender los privilegios de la Iglesia. Se confirmaron los privilegios de las ciudades, se
necesitaría el consentimiento de nobles y clérigos para recaudar ayudas extraordinarias,
los condes y los nobles sólo serían juzgados por sus pares.
Otros artículos se basaban en la Common Law garantizando las libertades de todos los
habitantes del reino y afirmando tajantemente que nadie podría ser hecho prisionero o
sufrir algún daño, sino era por un juicio conforme a las leyes vigentes. Juan Sin Tierra
buscó ayuda de Inocencio III, que desechó la Carta salvo algunos artículos y prohibió su
observancia. Juan recuperó el valor, suspendió en sus funciones a Esteban, reclutó un
ejército que acabó con los nobles enemigos, que se replegaron en Londres.

Enrique III
Tras la muerte de Juan I el trono fue a parar a su hijo menor de edad, Enrique, cuyos
regentes acataron la Carta para asegurar la paz interior. Destaca la labor de Humberto de
Burgh, que creó un cuerpo de funcionarios fieles a la Corona.
En 1227 Enrique fue nombrado mayor de edad, que pretendió regresar a la situación
anterior a 1214, produciendo una etapa de relativa tranquilidad durante la que Juan I
intentó recuperar el poder de la Corona con la colaboración de Roberto Bracton,
encargado de mantener el orden en toda la isla.
Sus reformas iban encaminadas a conseguir la especialización de funciones y la
separación de la Curia (organismo público) y la Cámara (organismo privado), pues las
tensiones entre estos dos organismos provocaron numerosos conflictos, pero en esos
momentos los intentos del rey no eran bien vistos. Dilapidó grandes cantidades de
dinero para conseguir el apoyo del papa en su guerra contra los Stauffen alemanes para
conseguir los tronos de Sicilia y del Imperio para sus hijos. Estas acciones del rey
produjeron mucho descontento y los nobles pensaron en formar un consejo del que
surgió un auténtico líder, Simón de Monfort.
Enrique III se dirigió a sus nobles para pedirles dinero en 1256, pero se negaron
amparándose en la Carta Magna. En 1258 llegó a Inglaterra un legado papal pidiéndole
que fuera a Italia con un ejército en un momento de hambruna ocasionado por los
desastres naturales. Enrique III convocó al Parlamento sin preocuparse demasiado por la
situación para pedirles un tercio de sus rentas para costear la expedición a Sicilia. Sus
peticiones provocaron una reacción violenta de los nobles, que se armaron y se
dirigieron a Winchester para imponer al rey una comisión formada por 24 miembros de
la que el rey podría nombrar a la mitad.
En una segunda reunión, el Parlamento loco, (11-VI-1258), celebrada en Oxford, se
elaboró un auténtico programa de gobierno, las denominadas Provisiones de Oxford,
mientras que surgía una nueva comisión de 15 miembros, con absoluto predominio de
los barones. El Parlamento fue disuelto, pero quedó encomendado a 12 nobles que lo
representasen de manera permanente. De esta manera comenzó una reforma a fondo.
La revolución apenas se mantuvo unida unos meses por las discrepancias entre los
nobles y por las discrepancias entre caballeros y barones con los señores que se negaban
a ampliar el régimen de libertades. Estas disputas facilitaron la intervención del príncipe
Eduardo, que atrajo a los moderados y con su apoyo disolvió la comisión de 24, anuló
las Provisiones de Oxford y las sustituyó por las Provisiones de Winchester, más
respetuosas para el monarca y atentas a las peticiones de los caballeros.
Enrique III durante sus últimos meses estuvo en Francia para firmar el Tratado de
París y recibió ánimos del rey francés. Regresó a Inglaterra con tropas mercenarias y
acusó a Simón de Monfort de sedición, disolvió las comisiones y trató de volver al
gobierno personal. No supo mantener su éxito. Buscó apoyos entre los nobles jóvenes y
las ciudades y consiguió disminuir la influencia del príncipe Eduardo, pero en el
Parlamento reaparecieron la Comisión de los 24 y Provisiones de Oxford, elevando la
tensión entre Enrique III y Simón de Monfort y recurrieron al arbitraje del rey de
Francia, que fue favorable al rey inglés, lo que provocó que los rebeldes se armaran y
apresaran al rey.
Simón de Monfort gobernó como un tirano apoyándose en Los Comunes, con dos
representantes de los condados, de las ciudades y de los cinco puertos, intentando
emular el sistema castellano. No pudo evitar el desgaste de sus instituciones y las
deserciones hacia el bando del príncipe, que terminaron derrocándolo en la batalla de
Evexham, donde murió. Sin embargo, todas las prerrogativas le fueron devueltas al rey
pero la Carta Magna acabó integrada al cuerpo jurídico inglés por la influencia del
príncipe Eduardo.

3.4. La consolidación del régimen parlamentario. Eduardo I


La muerte de Enrique III sorprendió al heredero en Tierra Santa, haciéndose cargo una
regencia mientras que el rey regresaba sin mucha prisa. Eduardo I fue coronado el 2 de
agosto de 1754 con 34 años de edad y estaba casado con Leonor de Castilla. Era un
cristiano íntegro y la imagen de caballero perfecto, además de contar con una gran
experiencia política. Era defensor del poder de la Corona, pero se mantuvo cauto con el
parlamento. Su gobierno centralizado no sufrió roces con la Cámara ni con la Curia,
pues los funcionarios escogidos por él formaban parte de los dos organismos. Durante
su reinado la monarquía consiguió una amplia base jurídica gracias a un equipo de
juristas formados en Oxford de los que destacan Francisco Accursi y Robert Burnel que
llevaron a cabo una revisión de la propiedad de los títulos de cada uno de los territorios.
Destacan el Primer Estatuto de Westminster, que fijó importantes cuestiones de
Derecho Civil; el Estatuto De Religionis, que institucionalizó las manos muertas
eclesiásticas por los que no se podían enajenar bienes eclesiásticos. El Acton Burnell
(1238) que garantizaba los créditos comerciales; y el Segundo Estatuto de
Westminster (1285), que establecía tribunales equitativos para la administración de
justicia. En el 1275 prohibió a los judíos la práctica de la usura, lo que les imposibilitaba
la única actividad económica, pues se les prohibía tener tierras y estaban en barrios
segregados. En 1278 fueron arrestados varios judíos bajo la acusación de falsificar
moneda y 300 de ellos ejecutados. Finalmente fueron expulsados en el año 1290 de
Inglaterra.
Su política exterior se basaba en el engrandecimiento del reino. Su larga estancia en
Gascuña le permitió reformar la administración y reclutar soldados con los que defender
Aquitania y Burdeos, imprescindibles para el comercio inglés. En el 1294 comenzó otra
guerra con Francia, que se basó en escaramuzas pues el rey estaba centrado en Escocia y
Gales. Gales era un país de pervivencia céltica organizado en tribus que resistió a
anglosajones y normandos, pero no había progresado políticamente.
En el 1218 los regentes de Enrique III reconocieron a Llewellyn la hegemonía sobre los
territorios que gobernaba hasta su muerte en el 1240, cuando fue sucedido por su nieto
de igual nombre que participó en la rebelión de 1258. Eduardo le impuso el vasallaje y
el pago de una renta anual, pero cuando Eduardo subió al trono se negó a seguir
pagando, por lo que su territorio fue invadido. El monarca galés se sometió en Tratado
de Aberconway, donde fue destituido y solo le quedaron unos pequeños territorios. El
país de Gales pasó a formar parte de Inglaterra, pero lo administró David, el hermano de
Llewellyn mientras que el arzobispo de Canterbury se encargaría de la anglificación del
reino.
En 1282 los hermanos se sublevaron en una guerra que duró dos años que terminó con
la muerte de los dos y la opresión de Gales que quedaría unido al trono inglés. La
influencia inglesa en Escocia fue en aumento desde el siglo XII, considerándolo un
reino vasallo, pero los reyes escoceses descuidaban sus deberes feudales.
En 1286 murió Alejandro, dejando como heredera a Margarita, hija del rey Erik de
Noruega, que instituyó una regencia llena de discordias hasta que el obispo de Saint
Andrews, Guillermo Fraser, solicitó y obtuvo la mediación de Eduardo I que impuso
los Acuerdos de Salisbury y Brigham y concertaba el matrimonio de Margarita con
Eduardo el príncipe de Gales. Este proyecto no se llevó a cabo por la muerte en el
naufragio de Margarita. Juan Baliol fue reconocido rey de Escocia y juró vasallaje a
Eduardo, quedando la situación aparentemente resuelta.
Al comenzar la guerra con Francia el rey convocó el Parlamento Perfecto para pedir
contribuciones extraordinarias en Escocia, a las que el rey Juan accedió. Esto fue visto
por la nobleza escocesa como un exceso y fue sometido a una comisión de 12 miembros
notables como obispos y barones. La primera decisión de la comisión fue expulsar a los
ingleses y firmar una alianza con Francia, lo que enfureció a Eduardo, que confiscó y
ocupó el feudo de Escocia por felonía. En 1296 las necesidades económicas se hicieron
presentes y el rey necesitaba más dinero para reconquistar Aquitania, pero el clero se
negó a aportar dinero. Eduardo fue excomulgado y los barones se revelaron, pero
Eduardo llegó a un acuerdo con el papa y obligó a los nobles a hacer levas generales.
Una revuelta en Escocia estalló sin previo aviso y los ingleses no podían hacer nada
frente a William Wallace, que derrotó a los ingleses y al propio rey en la batalla del
pueste de Stirling, que provocó que el rey convocara al Parlamento y concediera nuevas
concesiones. Eduardo finalmente derrotó a William Wallace en Falkirk.
La rebelión siguió en la persona de Robert de Bruce y los ingleses no podían hacer nada
salvo pedir la intercesión del papa, que redactó la bula Scimus filii, que Eduardo tomó
como un atentado contra la dignidad real. Finalmente, las tropas escocesas ocuparon
Escocia en el año 1301 y la dividieron en 4 distritos bajo el mando de Juan de Bretaña.
La paz duró unos años hasta que en el 1306 volvió Robert de Bruce al mismo tiempo
que murió Eduardo. Dejó un reino con disturbios en Escocia y Gales y con las arcas
vacías.
TEMA 5

La Guerra de los 100 años


Antes de 1337, tanto Inglaterra como Francia experimentaban procesos de
consolidación del poder monárquico y reorganización territorial. En Francia, la muerte
de Felipe IV en 1314 y la posterior sucesión problemática sentaron las bases de una
crisis dinástica. Mientras tanto, Inglaterra mantenía vastos territorios en el continente,
especialmente en Aquitania, lo que generaba tensiones permanentes con la monarquía
francesa (Allmand, 1988). Además, los conflictos comerciales, como la dependencia de
Flandes de la lana inglesa, provocaban fricciones económicas.

El debilitamiento de las estructuras feudales y el aumento del poder de la monarquía en


ambos países también contribuyó al conflicto. Francia buscaba centralizar el poder y
limitar la influencia inglesa, mientras Inglaterra intentaba proteger sus intereses
territoriales y comerciales en el continente. La combinación de factores políticos,
económicos y dinásticos preparó el terreno para un enfrentamiento prolongado que
marcaría la historia europea (Sumption, 1990).

Primera fase (1337-1360): Inicios y victorias inglesas

La Primera fase de la Guerra de los Cien Años, que se extiende desde 1337 hasta
1360, representa el periodo en el que Inglaterra tomó la iniciativa en el conflicto,
logrando importantes victorias que sorprendieron a Francia y demostraron la eficacia de
sus estrategias militares. Este periodo se inicia formalmente tras la muerte de Carlos IV
de Francia en 1328, quien falleció sin dejar un heredero varón directo.

La sucesión francesa se vio marcada por la aplicación de la ley sálica, que prohibía a las
mujeres transmitir derechos al trono, lo que llevó a los nobles franceses a elegir como
rey a Felipe VI de Valois, ignorando la reclamación de Eduardo III de Inglaterra,
nieto de Felipe IV de Francia por línea materna. La negativa de los franceses a
reconocer el derecho de Eduardo III se convirtió en el detonante de la guerra, ya que
Inglaterra se vio impulsada a defender sus reclamaciones dinásticas y sus intereses
territoriales en Francia.

Al inicio de este conflicto, la situación era aparentemente favorable a Francia, que


contaba con un ejército más numeroso y recursos económicos superiores. No obstante,
Inglaterra contaba con ventajas estratégicas importantes: un ejército más ágil y
disciplinado, formado por arqueros expertos en el uso del arco largo, y un liderazgo
militar experimentado que supo explotar la movilidad y las tácticas defensivas para
compensar la inferioridad numérica. La guerra no se limitó a enfrentamientos directos;
Inglaterra también buscó debilitar a Francia mediante incursiones rápidas y
devastadoras, conocidas como chevauchées, que consistían en arrasar territorios,
saquear poblaciones y destruir cultivos, reduciendo los recursos del enemigo y
desestabilizando su autoridad local.
La primera gran confrontación de esta fase fue la batalla naval de Sluys, en 1340, en la
que Inglaterra logró una victoria decisiva sobre la flota francesa. Este triunfo aseguró el
control inglés del Canal de la Mancha, bloqueando cualquier posibilidad de invasión
francesa a Inglaterra y garantizando las líneas de suministro para futuras campañas en el
continente. Posteriormente, la campaña continental llevó a Inglaterra a enfrentar a
Francia en tierra firme, culminando en la batalla de Crécy (1346).

En este enfrentamiento, las fuerzas inglesas, lideradas por Eduardo III y su hijo, el
Príncipe Eduardo, conocido como el Príncipe Negro, superaron a un ejército francés
numéricamente superior gracias a la combinación del terreno, la disciplina de los
soldados y el uso masivo del arco largo. La caballería francesa, tradicionalmente
considerada invencible, fue diezmada por las flechas inglesas, mostrando la efectividad
de las nuevas tácticas militares y el poder de la tecnología en la guerra medieval.

Tras Crécy, Inglaterra puso su atención en Calais, un puerto estratégico que


proporcionaba acceso directo al continente y servía como base para futuras operaciones
militares y comerciales. El asedio de Calais, que duró casi un año, concluyó con la
victoria inglesa en 1347, asegurando un enclave que permanecería bajo control inglés
durante más de dos siglos. La caída de Calais no solo consolidó la presencia inglesa en
Francia, sino que también debilitó la moral francesa y demostró la capacidad de
Inglaterra para proyectar poder en territorio enemigo.

Durante esta fase, la guerra mostró la habilidad inglesa para combinar acciones militares
directas con estrategias económicas y psicológicas. Las chevauchées no buscaban
ocupar permanentemente el territorio, sino desestabilizar al enemigo y forzar
concesiones, mientras que las victorias en batallas clave reforzaban la reputación de los
líderes ingleses y consolidaban la autoridad real. Por su parte, Francia enfrentó las
limitaciones de depender excesivamente de la caballería pesada y de un sistema feudal
rígido, lo que dificultaba la movilización rápida y eficaz de sus tropas frente a tácticas
más flexibles.

Las consecuencias inmediatas de la Primera fase fueron significativas. Inglaterra


consolidó su control sobre territorios clave como Calais, fortaleció la posición del
Príncipe Negro y demostró la efectividad de sus estrategias militares frente a un
adversario superior en recursos. Al mismo tiempo, Francia experimentó un
debilitamiento de su capacidad ofensiva y una pérdida temporal de prestigio, aunque
logró mantener la cohesión política interna y prepararse para una eventual recuperación
en las fases posteriores de la guerra.

Segunda fase (1369-1389): Reanudación y desgaste

Tras la firma del Tratado de Brétigny en 1360, que había otorgado amplios territorios
a Inglaterra y establecido un alto el fuego, se produjo un periodo de relativa calma. Sin
embargo, esta tregua no resolvió las tensiones subyacentes entre Inglaterra y Francia. La
disputa por la sucesión al trono francés, los intereses territoriales en Aquitania y
Gascuña, así como los conflictos comerciales en Flandes, mantenían latente el conflicto.

En 1369, con la llegada al trono francés de Carlos V, conocido como “el Sabio”, se
reanudaron las hostilidades, dando inicio a la Segunda fase de la Guerra de los Cien
Años. Carlos V adoptó un enfoque estratégico y más prudente, evitando confrontaciones
directas que pudieran resultar desastrosas, como las que habían sufrido los franceses en
Crécy y Poitiers durante la Primera fase. Durante esta etapa, Francia implementó
importantes reformas militares y tácticas innovadoras. El rey Carlos V reorganizó el
ejército y fomentó el uso de mercenarios conocidos como free companies, grupos de
soldados profesionales que actuaban como fuerza de choque y hostigamiento, aunque
difíciles de controlar.

Estas tropas realizaron incursiones, saqueos y ataques selectivos contra posiciones


inglesas, debilitando su presencia y minando la moral del enemigo. Además, Francia
fortaleció las defensas urbanas y construyó fortificaciones estratégicas, consolidando su
capacidad para resistir las incursiones inglesas y recuperar territorios perdidos.

En esta fase, la guerra se caracterizó por ser prolongada y de desgaste, en lugar de


depender exclusivamente de grandes batallas decisivas. Las escaramuzas, los asedios y
las incursiones sistemáticas marcaron la pauta del conflicto. La estrategia francesa
consistía en desgastar al adversario, evitando enfrentamientos abiertos que favorecieran
a los ingleses, mientras que Inglaterra mantenía su táctica de chevauchée, devastando
campos y saqueando pueblos para presionar al gobierno francés y obligarlo a negociar
(Sumption, 1990).

Uno de los elementos más notables de esta fase fue el impacto económico y social en la
población. Los campesinos y ciudades situados en zonas fronterizas entre los reinos
fueron los más afectados, sufriendo destrucción de cultivos, saqueos, desplazamientos
forzados y hambre. La guerra se convirtió en un conflicto que no solo enfrentaba a
ejércitos, sino que involucraba directamente a la población civil, generando un clima de
inseguridad y agotamiento generalizado.

La Segunda fase también mostró las limitaciones inglesas. Aunque todavía lograban
victorias tácticas y mantenían presencia en territorios estratégicos, Inglaterra comenzaba
a sentir los efectos del costo económico de sostener ejércitos profesionales y territorios
lejanos. Las finanzas inglesas se vieron tensionadas y surgieron críticas internas hacia la
gestión de la guerra, creando un ambiente de tensión política dentro del reino. Esto
demostró que la prolongación del conflicto exigía no solo superioridad militar, sino
también sostenibilidad económica y apoyo social.

A nivel militar, esta fase evidenció un cambio importante en la guerra medieval.


Mientras que la Primera fase había estado dominada por batallas espectaculares y la
caballería pesada, la Segunda fase mostró la eficacia de estrategias prolongadas, la
movilidad de mercenarios, el uso de fortalezas y la guerra de desgaste como forma de
consolidar avances sin arriesgar grandes enfrentamientos. Esta evolución marcó un
precedente en la forma de hacer la guerra, donde la logística, el control territorial y la
moral se volvieron tan decisivos como la capacidad combativa de los ejércitos.

Tercera fase (1415-1453): Apogeo inglés y triunfo francés

La Tercera fase de la Guerra de los Cien Años, que abarca desde 1415 hasta 1453, es
considerada el periodo más dramático e intenso del conflicto, marcado por la ofensiva
inglesa bajo Enrique V y la posterior recuperación francesa liderada por Juana de
Arco y el rey Carlos VII. Esta etapa reflejó no solo la evolución de la estrategia militar
medieval, sino también la interacción entre liderazgo, moral, propaganda y tecnología
bélica. El punto de partida de esta fase fue la invasión inglesa de 1415, comandada por
Enrique V, quien buscaba consolidar la supremacía inglesa en el continente y hacer
valer los derechos dinásticos sobre el trono francés.

Su campaña culminó en la célebre batalla de Agincourt, en la que un ejército inglés,


numéricamente inferior, logró derrotar a las fuerzas francesas gracias a la disciplina de
sus soldados, el uso estratégico del arco largo y la elección cuidadosa del terreno.
Agincourt no solo fue una victoria militar, sino también un golpe psicológico que
debilitó la moral francesa y reforzó la reputación de Enrique V como líder militar
excepcional (Keen, 2003). Tras Agincourt, Inglaterra consolidó importantes avances
territoriales, asegurando su influencia en el norte de Francia y obteniendo concesiones
políticas mediante acuerdos matrimoniales, incluyendo el matrimonio del heredero
inglés con la hija del rey francés. Esta situación parecía garantizar una unión de
coronas y el predominio inglés, pero la guerra estaba lejos de concluir. La resistencia
francesa, debilitada por derrotas previas, comenzaba a reorganizarse bajo nuevos
liderazgos.

Uno de los momentos decisivos de esta fase fue la aparición de Juana de Arco en
1429, una joven campesina que logró inspirar a los franceses mediante su carisma, fe y
liderazgo militar. Juana impulsó la liberación de Orleans, un punto estratégico crucial, y
promovió la coronación de Carlos VII en Reims, fortaleciendo la legitimidad de la
monarquía francesa y revitalizando la moral de sus tropas. La intervención de Juana
demostró que la guerra no dependía únicamente de la fuerza militar, sino también del
espíritu y la cohesión social, elementos que podían transformar el curso de un conflicto
prolongado (Sumption, 1990).

Durante esta etapa, Francia incorporó innovaciones estratégicas y tecnológicas que


resultaron decisivas. La utilización de artillería y fortificaciones mejoradas permitió
recuperar territorios ocupados por los ingleses y resistir incursiones de manera más
efectiva. Además, la guerra continuó siendo prolongada, marcada por campañas
intermitentes, escaramuzas, asedios y hostigamientos, en los que la logística y la moral
se volvieron factores tan importantes como la fuerza bruta. Inglaterra, por su parte,
comenzó a mostrar signos de desgaste: sus recursos financieros y humanos estaban al
límite, y las tensiones internas aumentaban debido al costo de mantener ejércitos
profesionales y territorios en el continente (Curry, 2003).

La dimensión social de la guerra también fue significativa. Las poblaciones rurales y


urbanas francesas sufrieron saqueos, desplazamientos y hambre, mientras que la guerra
fortaleció la identidad nacional y el sentimiento patriótico, particularmente en torno a
figuras como Juana de Arco. La prolongación del conflicto llevó a la consolidación de
ejércitos centralizados, financiados por el Estado y menos dependientes de la nobleza
feudal, anticipando la transición hacia las estructuras militares modernas (Allmand,
1988). Finalmente, en 1453, la guerra concluyó con la expulsión de Inglaterra de casi
todo el territorio francés, quedando únicamente Calais bajo control inglés. La victoria
francesa no solo significó la recuperación territorial, sino también la consolidación del
poder real de Carlos VII, la legitimación de la monarquía y el fin del predominio inglés
en Francia. Esta fase demostró que la combinación de estrategia, moral, liderazgo,
innovación militar y resistencia social podía revertir situaciones aparentemente
imposibles, consolidando así la idea del Estado moderno y sentando las bases para la
Europa centralizada de la Edad Moderna (Keen, 2003; Sumption, 1990).
La Peste Negra
A mediados del siglo XIV, entre 1346 y 1347, estalló la mayor epidemia de peste de la
historia de Europa, la peste negra se convirtió en una inseparable compañera de viaje de
la población europea, hasta su último brote a principios del siglo XVIII. Sin embargo, el
mal jamás se volvió a manifestar con la virulencia de 1346-1353, cuando impregnó la
conciencia y la conducta de las gentes, lo que no es de extrañar. Por entonces había
otras enfermedades endémicas que azotaban constantemente a la población, como la
disentería, la gripe, el sarampión y la lepra, la más temida.
Pero la peste tuvo un impacto pavoroso: por un lado, era un huésped inesperado,
desconocido y fatal, del cual se ignoraba tanto su origen como su terapia; por otro lado,
afectaba a todos, sin distinguir apenas entre pobres y ricos. Quizá por esto último,
porque afectaba a los mendigos, pero no se detenía ante los reyes, tuvo tanto eco en las
fuentes escritas, en las que encontramos descripciones tan exageradas
como apocalípticas. Desde los puertos a las zonas interiores, la terrible plaga
procedente de Asia se extendió por toda Europa en poco tiempo, ayudada por las
pésimas condiciones higiénicas, la mala alimentación y los elementales conocimientos
médicos.
La forma de la enfermedad más corriente era la peste bubónica primaria, pero había
otras variantes: la peste septicémica, en la cual el contagio pasaba a la sangre, lo que se
manifestaba en forma de visibles manchas oscuras en la piel –de ahí el nombre de
«muerte negra» que recibió la epidemia–, y la peste neumónica, que afectaba el aparato
respiratorio y provocaba una tos expectorante que podía dar lugar al contagio a través
del aire. La peste septicémica y la neumónica no dejaban supervivientes.
ORIGEN Y PROPAGACIÓN
La peste negra de mediados del siglo XIV se extendió rápidamente por las regiones de
la cuenca mediterránea y el resto de Europa en pocos años. El punto de partida se situó
en la ciudad comercial de Caffa (actual Feodosia), en la península de Crimea, a orillas
del mar Negro. En 1346, Caffa estaba asediada por el ejército mongol, en cuyas filas se
manifestó la enfermedad. Se dijo que fueron los mongoles quienes extendieron
el contagio a los sitiados arrojando sus muertos mediante catapultas al interior de los
muros, pero es más probable que la bacteria penetrara a través de ratas infectadas con
las pulgas a cuestas.
En todo caso, cuando tuvieron conocimiento de la epidemia, los mercaderes genoveses
que mantenían allí una colonia comercial huyeron despavoridos, llevando consigo los
bacilos hacia los puntos de destino, en Italia, desde donde se difundió por el resto del
continente.
Una de las grandes cuestiones que se plantean es la velocidad de propagación de la
peste negra. Algunos historiadores proponen que la modalidad mayoritaria fue la peste
neumónica o pulmonar, y que su transmisión a través del aire hizo que el contagio fuera
muy rápido. Sin embargo, cuando se afectaban los pulmones y la sangre la muerte se
producía de forma segura y en un plazo de horas, de un día como máximo, y a menudo
antes de que se desarrollara la tos expectorante, que era el vehículo de transmisión. Por
tanto, dada la rápida muerte de los portadores de la enfermedad, el contagio por esta
vía sólo podía producirse en un tiempo muy breve, y su expansión sería más lenta.
La transmisión se produjo a través de barcos y personas que transportaban los
fatídicos agentes, las ratas y las pulgas infectadas, entre las mercancías o en
sus propios cuerpos
La ciudad de Praga (de la que aquí vemos el puente de Carlos) era la capital del reino
de Bohemia, donde se cree que llegó el contagio a través de [Link] indicios
sugieren que la plaga fue, ante todo, de peste bubónica primaria. La transmisión se
produjo a través de barcos y personas que transportaban los fatídicos agentes, las ratas y
las pulgas infectadas, entre las mercancías o en sus propios cuerpos, y de este modo
propagaban la peste, sin darse cuenta, allí donde llegaban. Las grandes ciudades
comerciales eran los principales focos de recepción. Desde ellas, la plaga se transmitía a
los burgos y las villas cercanas, que, a su vez, irradiaban el mal hacia otros núcleos de
población próximos y hacia el campo circundante.
Al mismo tiempo, desde las grandes ciudades la epidemia se proyectaba hacia
otros centros mercantiles y manufactureros situados a gran distancia en lo que se
conoce como «saltos metastásicos», por los que la peste se propagaba a través de las
rutas marítimas, fluviales y terrestres del comercio internacional, así como por los
caminos de peregrinación.
Estas ciudades, a su vez, se convertían en nuevos epicentros de propagación a escala
regional e internacional. La propagación por vía marítima podía alcanzar unos 40
kilómetros diarios, mientras que por vía terrestre oscilaba entre 0,5 y 2 kilómetros, con
tendencia a aminorar la marcha en estaciones más frías o latitudes con temperaturas e
índices de humedad más bajos. Ello explica que muy pocas regiones se libraran de la
plaga; tal vez, sólo Islandia y Finlandia.
La estrecha red comercial que unía el Báltico y el mar del Norte llevó la peste a bordo
de los barcos hasta ciudades como Brujas. A pesar de que muchos contemporáneos
huían al campo cuando se detectaba la peste en las ciudades (lo mejor, se decía, era huir
pronto y volver tarde), en cierto modo las ciudades eran más seguras, dado que el
contagio era más lento porque las pulgas tenían más víctimas a las que atacar. En efecto,
se ha constatado que la progresión de las enfermedades infecciosas es más lenta cuanto
mayor es la densidad de población, y que la fuga contribuía a propagar el mal sin apenas
dejar zonas a salvo; y el campo no escapó de las garras de la epidemia.
En cuanto al número de muertes causadas por la peste negra, los estudios recientes
arrojan cifras espeluznantes. El índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 por ciento en
el conjunto de Europa, ya como consecuencia directa de la infección, ya por los efectos
indirectos de la desorganización social provocada por la enfermedad, desde las muertes
por hambre hasta el fallecimiento de niños y ancianos por abandono o falta de
cuidados.
LAS CIFRAS DE LA PESTE NEGRA
La península Ibérica, por ejemplo, pudo haber pasado de seis millones de habitantes a
dos o bien dos y medio, con lo que habría perecido entre el 60 y el 65 por ciento de la
población. Se ha calculado que ésta fue la mortalidad en Navarra, mientras que en
Cataluña se situó entre el 50 y el 70 por ciento. Más allá de los Pirineos, los datos
abundan en la idea de una catástrofe demográfica. En Perpiñán fallecieron del 58 al 68
por ciento de notarios y jurisperitos; tasas parecidas afectaron al clero de Inglaterra. La
Toscana, una región italiana caracterizada por su dinamismo económico, perdió entre el
50 y el 60 por ciento de la población: Siena y San Gimignano, alrededor del 60 por
ciento; Prato y Bolonia algo menos, sobre el 45 por ciento, y Florencia vio como de sus
92.000 habitantes quedaban poco más de 37.000. En términos absolutos, los 80 millones
de europeos quedaron reducidos a tan sólo 30 millones entre 1347 y 1353.
En vísperas de la epidemia, se pintó en el Camposanto de Pisa un fresco sobre el Juicio
Final cuyas dramáticas imágenes cobraron una relevancia imprevista al término de
pocos años.
Los brotes posteriores de la epidemia cortaron de raíz la recuperación demográfica de
Europa, que no se consolidó hasta casi una centuria más tarde, a mediados del siglo XV.
Para entonces eran perceptibles los efectos indirectos de aquella catástrofe. Durante los
decenios que siguieron a la gran epidemia de 1347-1353 se produjo un notorio
incremento de los salarios, a causa de la escasez de trabajadores.
Hubo, también, una fuerte emigración del campo a las ciudades, que recuperaron su
dinamismo. En el campo, un parte de los campesinos pobres pudieron acceder a tierras
abandonadas, por lo que creció el número de campesinos con propiedades medianas, lo
que dio un nuevo impulso a la economía rural. Así, algunos autores sostienen que la
mortandad provocada por la peste pudo haber acelerado el arranque del Renacimiento y
el inicio de la «modernización» de Europa.

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