Categorías propuestas por Rafael Argullol en “La atracción del
abismo: Un itinerario por el paisaje romántico”
1. El paisaje como desposesión
2. Ruinas
3. Laberintos
4. Paisajes de la nostalgia
5. Encuadres de la escisión
6. Contemplación de la contemplación
7. Nocturnos
8. Fuga sin fin
9. La atracción del abismo
10. El triunfo de la muerte
11. Niebla y tiniebla
Friedrich Hölderlin
Como cuando en día de fiesta…
(1800)
Como cuando, en día de fiesta, a ver los campos
un campesino al alba sale, cuando
tras noche de bochorno refrescantes relámpagos cayeran
sin cesar y aún retumba el trueno a lo lejos,
a su cauce regresa ya el torrente,
y fresco reluce el verde suelo,
y de la bienhechora lluvia del cielo
la viña gotea y resplandecientes
bajo un sol en calma se alzan los árboles de la floresta:
así, también se hallan bajo un clima favorable
aquellos a quienes no un maestro, sino la maravillosamente
omnipresente educa con su ligero abrazo:
la poderosa, la divinamente hermosa naturaleza.
Por eso, cuando parece dormir en algunas estaciones del año,
en el cielo o entre las plantas o en los pueblos
también se apena el rostro de los poetas.
Parece que están solos, pero siempre presienten,
pues ella misma presiente mientras reposa.
¡Mas al fin nace el día! Esperé y lo vi venir.
Y lo que vi, lo sagrado, sea ahora mi palabra.
Pues ella, ella misma, que es más antigua que los tiempos
y reina sobre los dioses del poniente y el oriente,
la naturaleza, ha despertado ahora con fragor de armas,
y desde el alto éter hasta el profundo abismo,
siguiendo leyes inmutables, como antaño, cuando nació del sagrado caos,
siente renovado el entusiasmo,
de nuevo, la que todo lo crea.
Y del mismo modo que brilla un fuego en los ojos del hombre
cuando concibe algo sublime, así,
nuevamente una llama prendida en los signos y hazañas del mundo
enciende hoy un fuego en el alma de los poetas.
Y lo que antes sucediera, pero apenas fue sentido,
sólo ahora es revelado.
Y por fin reconocemos, bajo su figura de siervas,
a las que sonriendo nos labraban los campos:
a las fuerzas siempre vivas de los dioses.
¿Preguntas por ellas? En el canto sopla su espíritu,
que también del sol, como las flores y la oscura tierra,
nace, y los temporales, los del aire, y esos otros
preparados más atrás, en los abismos del tiempo,
y más llenos de sentido y más perceptibles por nosotros,
flotando suspendidos entre el cielo y la tierra y entre los pueblos:
los pensamientos del espíritu común son,
esos que culminan callados en el alma del poeta,
para que pronto conmovida, familiarizada
desde antiguo al infinito, estremecida
por el recuerdo y abrasada por el rayo sagrado,
su fruto, nacido en el amor, obra de los dioses y los hombres,
el canto –a fin de que de ambos dé testimonio- logre.
Y así fue como, según cuentan los poetas, cuando con sus ojos
ver al dios pretendió, su rayo cayó en la casa de Semele,
y la ceniza de la mortalmente golpeada
al fruto de la tormenta concibió, al sagrado Baco.
Y por eso beben ahora fuego celeste
los hijos de la tierra sin peligro.
Pero a nosotros nos toca ¡a vosotros, poetas!,
permanecer bajo la tormenta de dios con la cabeza desnuda,
apresar con nuestra propia mano el rayo del Padre
y alcanzarle al pueblo, envuelto en canto,
el don celestial.
Pues sólo nosotros tenemos el corazón puro
como los niños, y nuestras manos están limpias de culpa.
El rayo del Padre, el puro, no le consume,
y, conmovido en lo más hondo, compartiendo los sufrimientos
del más fuerte, permanece en medio de las tormentas del dios que hasta aquí
de lo alto se abalanzan, cuando él se acerca, firme el corazón.
Mas, ¡ay de mí! cuando…
[…]
Y ya digo enseguida…
Me he acercado, a contemplar a los celestiales;
ellos mismos, ellos hondo a mi me arrojan, entre los vivos,
al falso sacerdote, a las tinieblas, para que yo
la canción de aviso al letrado le cante.
Allí
[…]
Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis
Himnos a la noche
¿Qué ser vivo, dotado de sentidos, no ama,
por encima de todas las maravillas del espacio que lo envuelve,
a la que todo lo alegra, la Luz
–con sus colores, sus rayos y sus ondas; su dulce omnipresencia–,
cuando ella es el alba que despunta?
Como el más profundo aliento de la vida
la respira el mundo gigantesco de los astros,
que flotan, en danza sin reposo, por sus mares azules,
la respira la piedra, centelleante y en eterno reposo,
la respira la planta, meditativa, sorbiendo la vida de la Tierra,
y el salvaje y ardiente animal multiforme,
pero, más que todos ellos, la respira el egregio Extranjero,
de ojos pensativos y andar flotante,
de labios dulcemente cerrados y llenos de música.
Lo mismo que un rey de la Naturaleza terrestre,
la Luz concita todas las fuerzas a cambios innúmeros,
ata y desata vínculos sin fin, envuelve todo ser de la Tierra con su imagen celeste.
Su sola presencia abre la maravilla de los imperios del mundo.
Pero me vuelvo hacia el valle,
a la sacra, indecible, misteriosa Noche.
Lejos yace el mundo –sumido en una profunda gruta–
desierta y solitaria es su estancia.
Por las cuerdas del pecho sopla profunda tristeza.
En gotas de rocío quiero hundirme y mezclarme con la ceniza.
–Lejanías del recuerdo, deseos de la juventud, sueños de la niñez,
breves alegrías de una larga vida,
vanas esperanzas se acercan en grises ropajes,
como niebla del atardecer tras la puesta del Sol–.
En otros espacios abrió la Luz sus bulliciosas tiendas.
¿No tenía que volver con sus hijos,
con los que esperaban su retorno con la fe de la inocencia?
¿Qué es lo que, de repente, tan lleno de presagios, brota
en el fondo del corazón y sorbe la brisa suave de la melancolía?
¿Te complaces también en nosotros, Noche obscura?
¿Qué es lo que ocultas bajo tu manto, que, con fuerza invisible, toca mi alma?
Un bálsamo precioso destila de tu mano,
como de un haz de adormideras.
Por ti levantan el vuelo las pesadas alas del espíritu.
Obscuramente, inefablemente nos sentimos movidos
–alegre y asustado, veo ante mí un rostro grave,
un rostro que dulce y piadoso se inclina hacia mí,
y, entre la infinita maraña de sus rizos,
reconozco la dulce juventud de la Madre–.
¡Qué pobre y pequeña me parece ahora la Luz!
¡Qué alegre y bendita la despedida del día!
Así, sólo porque la Noche aleja de ti a tus servidores,
por esto sólo sembraste en las inmensidades del espacio las esferas luminosas,
para que pregonaran tu omnipotencia –tu regreso– durante el tiempo de tu ausencia.
Más celestes que aquellas centelleantes estrellas
nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.
Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos
–sin necesitar la Luz,
ellos penetran las honduras de un espíritu que ama–
y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.
Gloria a la Reina del mundo,
a la gran anunciadora de Universos sagrados,
a la tuteladora del Amor dichoso
–ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable Sol de la Noche–
ahora permanezco despierto
–porque soy Tuyo y soy Mío *–
tú me has anunciado la Noche: ella es ahora mi vida
–tú me has hecho hombre–
que el ardor del espíritu devore mi cuerpo,
que, convertido en aire, me una y me disuelva contigo íntimamente
y así va a ser eterna nuestra Noche de bodas.
VICTOR HUGO
LA POBRE GENTE
Es de noche. La choza es pobre, aunque segura.
Sombrío es su interior, mas algo se percibe
que irradia entre las sombras de su oscuro crepúsculo.
Redes de pescador cuelgan de sus paredes.
Y al fondo, en un rincón, una vajilla humilde,
encima de un arcón, destella vagamente,
y una gran cama adviértese, echadas sus cortinas.
Cerca, un colchón se extiende sobre unos viejos bancos,
y cinco niños sueñan en él como en un nido
de almas. El hogar donde unas llamas velan
alumbra el techo oscuro, y una mujer, de hinojos,
la frente sobre el lecho, reza y piensa, agitada.
Es su madre. Está sola. Blanco de espuma, afuera,
contra el viento, las rocas, las sombras y la bruma,
el torvo Océano lanza sus oscuros sollozos.
II
Su hombre está en el mar. Marino desde niño,
contra el siniestro azar libra una gran batalla.
Llueva o truene, sin falta ha de salir él siempre,
pues las criaturas tienen hambre. Al atardecer
parte cuando las aguas profundas van subiendo,
del dique, los peldaños.
La mujer quedó en casa cosiendo viejas telas,
remendando las redes, cuidando los anzuelos,
ante el hogar velando la sopa de pescado,
y a Dios luego rezando cuando los niños duermen.
Él, solo, combatido del mar, cambiante siempre,
se adentra en sus abismos y se pierde en la noche.
¡Qué esfuerzo! Todo es negro y frío, nada luce.
En los rompientes, entre las delirantes olas,
el buen banco de pesca y, sobre el mar inmenso,
el lugar móvil, negro, cambiante y caprichoso,
tan querido a los peces de aletas plateadas,
no es más que un punto sólo, grande como dos chozas.
Mas, de noche, en diciembre, con niebla y aguacero,
para encontrar tal punto sobre el desierto inquieto
¡cómo hay que calcular el viento y la marea,
y combinar con tino todas las maniobras!
Bordéanlo las olas como culebras verdes;
el mar tuerce y se encrespa sus pliegues desmedidos,
y hace gemir de horror los pobres aparejos.
Sueña él con su Jeannie, solo en el mar helado,
y ésta, llorando, llámalo, y entrambos pensamientos
se cruzan en la noche cual dos divinos pájaros.
III
Ella reza, y la alondra con su burlón graznido
importúnale, y entre escollos derruidos
le aterra el Océano, y mil distintas sombras
su espíritu atraviesan, de mar y marineros
llevados por la cólera furiosa de las olas;
y mientras, en su caja, cual sangre en las arterias,
el frío reloj late, vertiendo en el misterio
el tiempo gota a gota, inviernos, primaveras,
las varias estaciones; y estas palpitaciones
abren para las almas, y a modo de bandadas
de azores y palomas, por un lado, las cunas;
(las tumbas por el otro.
Ella medita y sueña: —“¡Oh Dios, cuánta pobreza!”
Sus hijos van descalzos en invierno y verano.
No comen pan de trigo, sólo pan de cebada.
¡Oh Dios, el viento ruge como un fuelle de fragua!
El mar bate en la costa como si fuera un yunque,
y las estrellas huyen entre el negro huracán
como un turbión de chispas por una chimenea.
Es ya la medianoche, la hora en la que ésta
como jovial danzante ríe y juguetea
bajo antifaz de raso que iluminan sus ojos;
la hora en que medianoche, bandido misterioso,
de sombra y lluvia lleno y su frente en el cierzo,
toma a un pobre marino tembloroso y lo estrella
contra espantosas rocas que aparecen de pronto.
¡Qué horror!, el hombre cuyos gritos el mar sofoca,
siente ceder y hundirse la barca en que naufraga,
y mientras siente abrirse las sombras y el abismo
bajo sus pies, ¡aún sueña con esa vieja argolla
de hierro, de su muelle, bañado por el sol!
Estas tristes visiones su corazón conturban,
negro como la noche. Y ella tiembla y solloza.
IV
¡Oh la pobre mujer del pescador! Qué horrible
es tener que decirse: —“Todo cuanto yo tengo,
hermano, padre, amante, mis hijos más queridos,
el alma de mi alma, están en ese caos
perdidos, mi corazón, la carne de mi carne.”
¡Ser presa de las olas es serlo de las bestias!
Pensar —¡Cielos!— que el agua juegue con sus cabezas,
desde el hijo, grumete, al marido, patrón,
y que el viento soplando por sus trompas horribles
sobre ellos desate su larga y loca trenza,
y tal vez a esta hora se encuentren en peligro,
sin que saber podamos lo que están ahora haciendo
más que para enfrentarse a ese abismo sin fondo,
a esas oscuras simas donde no hay ni una estrella,
¡tienen sólo una plancha con un poco de tela!
¡Terrible angustia! Corren todas sobre las rocas.
Las olas suben; háblanles, grítanles: —“Devolvédnoslos”.
Mas ¡ay! qué es lo que puede decirse al pensamiento
del mar, siempre sombrío, y siempre trastornado!
Jeannie está aún más triste. ¡Su esposo está allá solo!,
en esta áspera noche, bajo el frío sudario,
sin ayuda. Sus hijos son aún pequeños. Madre,
dices: “¡Si fueran grandes! ¡Qué solo está!” ¡Quimeras!
Mañana, cuando partan ya acompañando al padre
dirás entre sollozos: “¡Oh, si aún pequeños fueran!”
Toma ella su linterna y su capote. Es la hora
de ir a ver si regresa y si la mar mejora,
si ya es de día y el mástil muestra su gallardete.
¡Vamos! De casa sale. La brisa matutina
no sopla aún. No hay nada. No está esa línea blanca
en el confín en donde se aclaran las tinieblas.
Llueve. Oh, qué siniestra la lluvia, de mañana.
Parece que el día tiembla, que está incierto y dudoso,
y que al igual que un niño, llora al nacer el alba.
Sale. No hay luz alguna en ninguna ventana.
De repente, a sus ojos que buscan el camino,
con una rara mezcla de lúgubre y de humana
una pobre casucha, decrépita, aparece,
sin luz ni fuego alguno; su puerta bate el viento;
sobre sus viejos muros hay un techo oscilante,
y el cierzo en él retuerce repugnantes rastrojos,
sucios y amarillentos como un río revuelto.
“¡Vaya!”, no me acordaba de esta pobre viuda
—se dice—; mi marido la encontró el otro día
enferma y solitaria; voy a ver cómo anda”.
Golpea ella la puerta; escucha, no hay respuesta,
y Jeannie bajo el viento del mar tirita y tiembla.
“¡Enferma! ¡Y sus hijos andan tan mal nutridos!...
No tiene más que dos, pero está sin marido”.
Golpea otra vez la puerta. “¡Eh, vecina, vecina!”
Pero la casa calla. “Oh Dios —se dice inquieta—,
¡cómo duerme que no oye ni aun tras llamar tanto!”
Pero esta vez la puerta, como si de repente
los objetos sintieran una piedad suprema,
triste, giró en la sombra y abrióse por sí misma.
VI
Entró, y su linterna iluminó la negra
estancia muda al borde de las rugientes olas.
Como por un cedazo caía agua del techo.
Yacía al fondo echada una terrible forma;
una mujer inmóvil, descalza y boca arriba,
con la mirada oscura y un espantoso aspecto,
un cadáver; —un tiempo madre jovial y fuerte—;
el desgreñado aspecto de la miseria muerta;
los despojos del pobre tras su tenaz combate.
Pender dejaba ella un frío y yerto brazo
con su mano ya verde, en medio de la paja,
y brotaba el horror de aquella boca abierta
por la que alma, huyendo, siniestra, había lanzado
¡el grito de la muerte que oye la eternidad!
Cerca donde yacía la madre de familia,
dos niños muy pequeños, un varón y una hembra,
en una misma cuna sonreían en sueños.
Sintiéndose morir, su madre habíales puesto
sobre sus pies su manto, sus ropas sobre el cuerpo,
para que en esa sombra que nos deja la muerte,
no hubieran de sentir perderse la tibieza,
y así calor tuvieran en tanto que frío ella.
VII
¡Cómo duermen los dos en esa pobre cuna!
Su aliento es apacible y sus frentes serenas,
cual si no hubiera nada capaz de despertarlos,
ni siquiera las trompas del Juïcio Final,
pues que, inocentes siendo, a juez ninguno temen.
La lluvia ruge afuera cual si fuera un diluvio.
Del techo, a veces, cae con las rachas del viento
una gota de lluvia sobre esa frente yerta
y corre por su rostro cual si fuera una lágrima.
Las olas suenan como la campana de alarma.
La muerta oye la sombra con expresión absorta.
VIII
Pero Jeannie ¿qué ha hecho en casa de la muerta?
Bajo su amplia capa ¿qué es lo que ella se lleva?
¿Qué es lo que transporta al salir de la puerta?
¿Por qué su pecho late? ¿Por qué apresura el paso?
¿Por qué así, vacilante, entre las callejuelas
corre sin atreverse a volver la cabeza?
¿Qué es, pues, lo que ella oculta con un aire turbado
entre su lecho en sombras? ¿Qué puede haber robado?
IX
Cuando ella entró en su casa, las rocas de la costa
blanqueaban ya. Una silla puso junto a su cama,
y se sentó muy pálida, cual si un remordimiento
la abatiese. Su frente puso en la cabecera
y, por unos instantes, con voz entrecortada
habló mientras que lejos, ronca, la mar bramaba.
“—¡Pobre hombre, Dios mío! ¿Qué va a decir? ¡Ya tiene
tantas preocupaciones! ¿Cómo pudo ocurrírseme?
¡Cinco niños a cuestas! ¡Y trabajando tanto!...
¿No habían bastantes penas, y ahora voy a darle
otra más?... —Oh, ¿es él? No, aún no. Hice mal.
Diré, si me golpea: Tienes razón. ¿Es él?
Aún no. Mejor. La puerta tiembla como si alguien
entrara. Pero no. ¡Pobre hombre!, oír
que regresa él ahora ¿es que va a darme miedo?”
Luego Jeannie quedóse temblando y pensativa,
cada vez más hundiéndose en una angustia íntima,
perdida entre sus cuitas igual que en un abismo,
sin escuchar siquiera los ruidos exteriores,
los negros cormoranes volando vocingleros,
las olas, la marea, la cólera del viento.
Ruidosa y clara abrióse la puerta de repente,
dejando un blanco rayo entrar en la cabaña,
y el pescador, alegre, con sus chorreantes redes
en el umbral mostróse, y “Así es la mar”, le dice.
Jeannie gritó: “¡Eres tú!”, y fuerte contra el pecho
estrechó a su marido cual si fuera un amante,
y besó su chaqueta arrebatadamente
en tanto que él decía: “¡Aquí estoy ya, mujer!”,
y mostraba en su frente, que el fuego esclarecía,
su alma franca y buena que Jeannie iluminaba.
“—Me han robado —le dice—; el mar es una selva.”
“—¿Qué tiempo ha hecho? —Duro. —¿Y la pesca? —Muy mala.
Pero mira: te abrazo, y ya me siento a gusto.
No pude pescar nada, y destrocé las redes.
El diablo andaba oculto en el viento que aullaba.
¡Qué noche! Hubo un momento que creí entre el estruendo
que el barco se volcaba, y se rompió la amarra.
Pero dime, ¿qué has hecho tú durante este tiempo?”
Ella sintió en la sombra un estremecimiento.
“—¿Quién, yo? ¡Dios mío!, nada, lo que suelo hacer siempre.
Coser y oír rugir el mar como un gran trueno.
Tuve miedo”. “—El invierno es duro, mas da igual”.
Luego, temblando como quien se ha portado mal,
“—A propósito... —dijo—, nuestra vecina ha muerto.
Ayer debió morir, en fin, ya poco importa,
al caer el sol, después que partiérais vosotros.
Dos niños deja ella, muy pequeños aún.
Se llama uno Guillaume, y la otra Madelaine;
él todavía no anda, la niña apenas habla.
Esa buena mujer vivía en la miseria”.
Cobró él un grave aspecto, y echando en un rincón
su gorro de forzado, mojado por las olas,
“—¡Diablos! —dijo— rascándose, absorto, la cabeza.
Teníamos cinco niños, con éstos serán siete.
Ya alguna noche, a veces, sin cenar nos quedábamos
los meses del invierno. ¿Cómo haremos ahora?
Bueno, no es culpa mía. Eso es tan sólo asunto
de Dios. Aun así, es un grave accidente.
¿Por qué habría de llevarse a esa pobre mujer?
¡Qué cuestión tan difícil! ¡Mucho mayor que un puño!
Para entender todo esto, hay que tener estudios.
¡Criaturas!, tan pequeños no podrán trabajar.
Mujer, vete a buscarles, pues si se han despertado,
estarán asustados de estar junto a un cadáver.
Es su madre ¿no ves?, que llama a nuestra puerta;
abrámosla a esos niños. Vivirán con los nuestros.
A todos los tendremos, de noche, en las rodillas.
Vivirán como hermanos de nuestros cinco hijos.
Cuando vea el Señor que hay que buscar comida
para esos nuevos niños junto a los que tenemos,
para esa pequeñina y para su hermanito,
Él hará que cojamos más abundante pesca.
Beberé sólo agua y haré doble trabajo.
He dicho. Ve a buscarles. Mas, ¿qué tienes? ¿Qué pasa?
Tú sueles hacer siempre las cosas más deprisa.
“—Mira, aquí están”, le dice, abriendo las cortinas.
De la antología inédita de Carlos Clementson Las Rosas de la vida (Grandes Siglos
de la Poesía Francesa).
William Wordsworth
La abadía de Tintern
Cinco años han pasado; cinco estíos
con cinco inviernos largos y otra vez
oigo caer, desde las cimas, estas
aguas de hondo murmullo leve; y otra
vez observo las cimas escarpadas,
que muestran en violenta reclusión
pensamientos de enorme soledad
y un paisaje prendido por el cielo.
Llegó de nuevo el día en que descanso
bajo este oscuro sicomoro y veo
estas parcelas y estos huertos solos,
que en este tiempo de tempranos frutos
rebrotan y se pierden entre sotos
y espesas frondas; y otra vez contemplo
estas filas de setos juguetones,
estos cortijos de pastores, verdes
hasta en la puerta y con volutas de humo,
¡entre el silencio frío de los árboles!
Vago aviso podría parecer
de gente vagabunda sin hogar,
de un antro donde el ermitaño yace
junto a la hoguera.
Estas bellas formas,
tras larga ausencia, nunca fueron para
mí lo que es un paisaje en ojos ciegos:
en cuarto solo o en ciudad ruidosa,
a menudo las he sentido cerca,
en la inquietud o en la emoción tranquila,
dentro, en la sangre, o sobre el corazón;
en mis razonamientos más genuinos,
en una nueva paz y en sentimientos
de placer olvidado; tal vez, estas
carecen de poder, vanas o débiles,
en lo mejor de la vida de un hombre,
en las pequeñas cosas y en los actos
de bondad y de amor. Y sé, asimismo,
que a ellas puedo deber otro regalo,
de aspecto más sublime; el santo humor
en que la carga del misterio, el peso
difícil de este mundo incomprensible
se aligera —ese humor sereno y santo
que los afectos traen dócilmente—,
hasta que la pujanza de este cuerpo,
incluso el ritmo de la sangre humana,
casi pare y nosotros con el cuerpo
dormido nos volvemos alma viva:
así en calma, en el haz del equilibrio
y del hondo poder del entusiasmo,
vemos dentro en la vida de las cosas.
Si esto es
convencimiento vano, cuántas
veces en la negrura, en muchas formas
de la luz sin deleite, cuando el cambio
inquieto y roto y la fiebre del mundo
dependían del son del corazón,
cuántas veces mi espíritu te vio,
¡Oh Wye selvático, andando en los bosques,
cuántas veces mi espíritu te vio!
Y hoy en el brillo de un pensar agónico,
con muchas añoranzas tenues, débiles,
y algo de una infeliz perplejidad,
la imagen de la mente se restaura;
aquí me hallo no sólo con la idea
del placer sino en la certeza amable
de que ahora hay vida y alimento
para el mañana. Así me atrevo, pese
a que soy otro del joven que vino
a estas colinas, cuando como un corzo
brinqué sobre los montes, por el lado
del hondo río y sus corrientes íntimas,
hacia cualquier camino; como un hombre
que huyó del miedo más que andar buscando
lo que amó. Por naturaleza, entonces,
(los placeres más toscos y animales
de mis días de niño habían huido)
todo era en todo. No puedo pintar
cómo fui. La sonora catarata,
como pasión, me ataba: la alta piedra
y el insondable y más sombrío bosque,
su forma y visos, eran para mí
un hambre; un sentimiento y un amor,
que no necesitaba más encanto,
que el entregado por el pensamiento
o por los ojos. Ese tiempo es ido
y toda su alegría dolorosa
y sus cambios feroces. No por ello
peno, murmuro o lloro. Otros dones
me han dado. Por tal pérdida, me siento
bien compensado, porque he aprendido
a ver el mundo no como los jóvenes
lo miran, sino oyendo con frecuencia
la inmóvil, triste música del hombre,
ni dura ni ardua, mas sí con poder
de sanción y dominio. Y he sentido
un vivir que me turba con su gozo
y eleva el pensamiento, una sublime
noción de algo ligado en lo recóndito,
cuyo hogar es la luz del sol poniente
y el mar redondo y el viento impetuoso
y el cielo azul y la razón del hombre,
un movimiento y espíritu que alzan
todas las cosas, todo lo pensado,
y obran por medio de ellas. Así, aún,
soy un amante de praderas, bosques
y montes y de todo lo que siento
en esta tierra verde y mundo vigoroso,
tanto del ojo como del oído,
mitad creados, mitad no creados;
y agradezco poder reconocer
a la naturaleza y al sentido,
las anclas de mis pensamientos puros,
la guía y el guardián del corazón
y el alma de mi ser moral.
Acaso,
si no hubiera sufrido, debería
aguantar el declive de mi espíritu:
porque tú estás conmigo aquí en los márgenes
de este caudal, tú, mi más cara amiga,
y en tu voz guardo, mi querida hermana,
la voz arcaica de mi corazón
y hallo el viejo placer del rayo efímero
en tus ojos salvajes. Mas que yo
vea en ti apenas lo que fui una vez
y oiga mi rezo, hermana mía, ocurre
porque esta tierra nunca abandonó
el corazón que amaba; tiene el fuero,
en nuestra vida, para ir de alegría
en alegría; porque ella conforma
la mente que está dentro de nosotros
con quietud y hermosura y nos sustenta
con altos pensamientos, que ni malas
lenguas, ni juicios de hombres egoístas,
ni saludos fingidos, ni el cansado
tráfico de la vida cotidiana,
se enseñorearán o turbarán
nuestra fe alegre de que todo abunda
en la gracia. Así, deja que la luna
alumbre tu paseo solitario;
y deja que el turbión de la montaña
sople contra tu rostro, y cuando pasen
los años, estos éxtasis indómitos
serán placeres sobrios; y tu mente,
una mansión de toda la hermosura;
y tu memoria, una morada para
el sonido risueño y la armonía.
Y, entonces, soledad, temor y angustia
serán tu hogar y con qué pensamientos
de salud y ternura evocarás
mi exhortación. Acaso, no estaremos
juntos y yo no podré oír tu voz
ni ver en tus salvajes ojos esta
luz de vida pasada; quizá olvides
que a orillas de este delicioso arroyo
caminábamos juntos y que yo,
admirador de la naturaleza,
vine aquí diligente en este culto
y con pasión suave y afán más hondo
que santo amor. No olvidarás, después
de muchos viajes y años de abandono,
que estos abruptos bosques y altas cimas,
que estos verdes paisajes en mí fueron
tan queridos por ellos y por ti.
Víctor Manuel Mendiola
TRADUCCIONES
OSCURIDAD
por George Gordon Byron, conocido como lord Byron
traducción de Daniel Rabal Davidov
Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se había extinguido, y las estrellas
Vagaban oscurecidas en el espacio eterno,
Sin destello, y sin camino, y la tierra helada
Oscilaba ciega y oscurecedora en el aire sin luna;
La mañana vino y se fue- y vino, y no trajo día alguno
Y los hombres olvidaron sus pasiones en el horror
De ésta su desolación; y todos los corazones
Fueron enfriados a una egoísta plegaria por luz:
Y vivieron junto a las hogueras vigilantes- y los tronos,
Los palacios de reyes coronados- las cabañas,
Las habitaciones de todas las cosas que habitan,
Fueron quemadas por fogatas; ciudades fueron consumidas,
Y los hombres estaban reunidos alrededor de sus flamantes hogares
Para mirar una vez más en el rostro de cada uno;
Felices eran aquellos que habitaban en el ojo
De los volcanes, y su montaña-antorcha:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Los bosques fueron prendidos de fuego-pero hora a hora
Cayeron y se difuminaron-y los crepitantes troncos
Fueron extinguidos con un golpe-y todo quedó negro.
Las frentes de los hombres junto a la luz desesperanzada
Vestían un aspecto sobrenatural, mientras a instantes
Los destellos se posaban sobre ellos; algunos se tendían
Y escondían sus ojos y lloraban; y algunos descansaban
Sus barbillas sobre sus manos cerradas, y sonreían:
Y otros se apresuraban de aquí a allí, y alimentaban
Sus piras funerarias con combustible, y miraban arriba
Con loco desasosiego en el cielo opaco,
El sudario de un mundo pasado; y entonces otra vez
Con maldiciones las echaban abajo sobre el polvo,
Y rechinaban sus dientes y aullaban: los pájaros salvajes chillaban
Y, aterrados, aleteaban en el suelo,
Y batían sus inútiles alas; los más salvajes brutos
Se volvieron mansos y trémulos; y las víboras se arrastraron
Y se enroscaron entre la multitud,
Silbantes, pero sin aguijón-fueron asesinadas para comida.
Y la Guerra, que por un momento fue no más,
Se encumbró a sí mismo de nuevo: un almuerzo fue comprado
Con sangre, y cada cual se sació sombríamente aparte
Atiborrándose en la penumbra: ningún amor permaneció;
Toda la tierra era nada más que un pensamiento-y ese era la muerte
Inmediata y sin gloria; y la angustia
De la hambruna se alimentó de todas las entrañas-hombres
Murieron, y sus huesos eran sin tumba así como su carne;
Los pobres por los pobres fueron devorados,
Hasta los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno
Y él era fiel a un cadáver, y mantenía
A los pájaros y bestias y hombres famélicos a raya,
Hasta que el hambre los tomó, o los muertos que caían
Atrajeron sus largas mandíbulas; él no buscó comida alguna,
Sino que con un lamentoso y perpetuo gemido,
Y un rápido llanto desolado, lamiendo la mano
Que respondió sin siquiera una caricia-murió.
La multitud moría de hambre gradualmente; pero dos
De una enorme ciudad sobrevivieron,
Y eran enemigos: se encontraron junto
A las moribundas ascuas de un altar
Donde se había amontonado una masa de cosas sagradas
Para un uso impío; hurgaron,
Y temblando rasparon con sus frías manos de esqueletos
Las débiles cenizas, y sus débiles alientos
Soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
Que era una burla; luego alzaron
Sus ojos mientras se volvía más clara, y advirtieron
El aspecto de cada cual-vieron, y chillaron, y murieron-
Incluso de su mutua aberración murieron,
Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
La hambruna había escrito Amigo. El mundo era vacío,
Lo populoso y poderoso era una masa,
Sin estaciones, sin hierbas, sin árboles, sin hombres, sin vida-
Una masa de muerte-un caos de arcilla dura.
Los ríos, lagos y océano se mantenían todos quietos,
Y nada se movía por sus silenciosas profundidades;
Barcos sin navegantes yacían pudriéndose en el mar,
Y sus mástiles caían poco a poco: al caer
Dormían en el abismo sin agitación alguna-
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en su tumba,
La luna, su amante, había muerto antes;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no tenía necesidad
De su ayuda-Ella era el Universo.
Gustavo Adolfo Bécquer
RIMA I
Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirlo, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
capaz de encerrarlo, y apenas ¡oh, hermosa!
si, teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera, al oído, contártelo a solas.
RIMA II
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde a caer volverá;
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y no sabe
qué playas buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla, próxima a expirar,
ignorándose cuál de ellos
el último brillará;
eso soy yo, que al acaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
RIMA IV
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas;
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad, siempre avanzando
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran;
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa
¡habrá poesía!
José de Espronceda
El estudiante de Salamanca
Sus fueros, sus bríos,
sus premáticas, su voluntad.
Quijote.- Parte primera.
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, 5
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas, 10
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas:
En que tal vez la campana 15
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta. 20
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban 25
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela. 30
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río, 35
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias. 40
Súbito rumor de espadas
cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela 45
y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
El ruido
cesó, 50
un hombre
pasó
embozado,
y el sombrero
recatado 55
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro 60
de una iglesia
y en la sombra
se perdió.
Una calle estrecha y alta,
la calle del Ataúd 65
cual si de negro crespón
lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura
y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra 70
una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado
la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo
al pasar frente a la cruz. 75
Cual suele la luna tras lóbrega nube
con franjas de plata bordarla en redor,
y luego si el viento la agita, la sube
disuelta a los aires en blanco vapor:
Así vaga sombra de luz y de nieblas, 80
mística y aérea dudosa visión,
ya brilla, o la esconden las densas tinieblas
cual dulce esperanza, cual vana ilusión.
La calle sombría, la noche ya entrada,
la lámpara triste ya pronta a expirar, 85
que a veces alumbra la imagen sagrada
y a veces se esconde la sombra a aumentar.
El vago fantasma que acaso aparece,
y acaso se acerca con rápido pie,
y acaso en las sombras tal vez desparece, 90
cual ánima en pena del hombre que fue,
al más temerario corazón de acero
recelo inspirara, pusiera pavor;
al más maldiciente feroz bandolero
el rezo a los labios trajera el temor. 95
Mas no al embozado, que aún sangre su espada
destila, el fantasma terror infundió,
y, el arma en la mano con fuerza empuñada,
osado a su encuentro despacio avanzó.
Segundo don Juan Tenorio, 100
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor:
Siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía, 105
nada teme y toda fía
de su espada y su valor.
Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y, hoy despreciándola, deja 110
la que ayer se le rindió.
Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió. 115
Ni vio el fantasma entre sueños
del que mató en desafío,
ni turbó jamás su brío
recelosa previsión.
Siempre en lances y en amores, 120
siempre en báquicas orgías,
mezcla en palabras impías
un chiste y una maldición.
En Salamanca famoso
por su vida y buen talante, 125
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
fuero le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza, 130
su hermosura varonil.
Que en su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar: 135
Que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar.
Bella y más segura que el azul del cielo 140
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos, 145
ángel puro de amor que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira.
Elvira, amor del estudiante un día,
tierna y feliz y de su amante ufana,
cuando al placer su corazón se abría, 150
como el rayo del sol rosa temprana;
del fingido amador que la mentía,
la miel falaz que de sus labios mana
bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno
de que oculto en la miel hierve el veneno. 155
Que no descansa de su madre en brazos
más descuidado el candoroso infante,
que ella en los falsos lisonjeros lazos
que teje astuto el seductor amante:
Dulces caricias, lánguidos abrazos, 160
placeres ¡ay! que duran un instante,
que habrán de ser eternos imagina
la triste Elvira en su ilusión divina.
Que el alma virgen que halagó un encanto
con nacarado sueño en su pureza, 165
todo lo juzga verdadero y santo,
presta a todo virtud, presta belleza.
Del cielo azul al tachonado manto,
del sol radiante a la inmortal riqueza,
al aire, al campo, a las fragantes flores, 170
ella añade esplendor, vida y colores.
Cifró en don Félix la infeliz doncella
toda su dicha, de su amor perdida;
fueron sus ojos a los ojos de ella
astros de gloria, manantial de vida. 175
Cuando sus labios con sus labios sella
cuando su voz escucha embebida,
embriagada del dios que la enamora,
dulce le mira, extática le adora.
John Keats
Oda a un ruiseñor
Me duele el corazón, y un entumecimiento somnoliento me duele
Mi sentido, como si hubiera bebido cicuta,
O vació algún opiáceo soso en el desagüe
Pasó un minuto y Lethe-wards se había hundido:
No es por envidia de tu feliz suerte,
Pero siendo demasiado feliz en tu felicidad,
Que tú, dríade de alas ligeras de los árboles,
En alguna trama melodiosa
De verde haya y sombras innumerables,
El canto del verano con toda facilidad.
2.
¡Oh, por un trago de vino! Que ha sido
Enfriado durante mucho tiempo en las profundidades de la tierra,
Degustación de Flora y el verde del campo,
¡Baile, canción provenzal y alegría quemada por el sol!
¡Oh, por un vaso lleno del cálido Sur,
Llena de la verdadera y ruborizada Hipocrene,
Con burbujas de cuentas guiñando el ojo en el borde,
Y la boca teñida de púrpura;
Para poder beber y dejar el mundo sin ser visto,
Y contigo me desvaneceré en la oscuridad del bosque:
3.
Desvanécete, disuélvete y olvida por completo
Lo que tú entre las hojas nunca has conocido,
El cansancio, la fiebre y la inquietud
Aquí, donde los hombres se sientan y se oyen gemir unos a otros;
Donde la parálisis sacude unas cuantas, tristes, últimas canas,
Donde la juventud palidece, se vuelve espectral y muere;
¿Dónde sino pensar es estar lleno de tristeza?
Y desesperaciones con ojos plomizos,
Donde la Belleza no puede mantener sus brillantes ojos,
O el nuevo Amor los persigue hasta el día de mañana.
4.
¡Fuera! ¡Fuera! ¡Porque volaré hacia ti!
No en carro de Baco y sus compañeros,
Pero en las alas invisibles de la poesía,
Aunque el cerebro embotado confunde y retarda:
¡Ya contigo! Tierna es la noche,
Y tal vez la Reina-Luna esté en su trono,
Agrupada a su alrededor por todas sus hadas estrelladas;
Pero aquí no hay luz,
Salva lo que del cielo viene con las brisas.
A través de verdes penumbras y tortuosos caminos cubiertos de musgo.
5.
No puedo ver qué flores hay a mis pies,
Ni qué suave incienso cuelga de las ramas,
Pero, en la oscuridad embalsamada, adivina cada dulce
Con lo cual el mes oportuno dota
La hierba, la espesura y el árbol frutal silvestre;
Espino blanco y eglantina pastoral;
Violetas que se marchitan rápidamente cubiertas por hojas;
Y el hijo mayor de mediados de mayo,
La rosa almizclera que viene, llena de vino húmedo,
El murmullo guarida de las moscas en las tardes de verano.
6.
Oscurecedor, escucho; y, durante mucho tiempo
He estado medio enamorado de la tranquila Muerte,
Lo llamaban con nombres suaves en muchas rimas meditadas,
Para tomar en el aire mi aliento tranquilo;
Ahora más que nunca parece rico morir,
Cesar a medianoche sin dolor,
Mientras estás derramando tu alma al exterior
¡En tal éxtasis!
Aún quieres cantar, y yo tengo oídos en vano.
Conviértete en un terrón para tu alto réquiem.
7.
¡No naciste para la muerte, pájaro inmortal!
Ninguna generación hambrienta te pisoteará;
La voz que oigo esta noche que pasa fue escuchada
En la antigüedad por el emperador y el payaso:
Quizás la misma canción que encontró un camino
A través del triste corazón de Rut, cuando, enferma y sin poder volver a casa,
Ella se quedó llorando en medio del maíz extraño;
El mismo que a menudo ha
Ventanas mágicas encantadas, que se abren a la espuma
De mares peligrosos, en tierras de hadas desoladas.
8.
¡Desconsolado! La sola palabra es como una campana
¡Para llamarme de vuelta a mí mismo, lejos de ti!
¡Adiós! La fantasía no puede engañar tan bien.
Como es famosa por hacer, engañando a los elfos.
¡Adiós! ¡Adiós! Tu lastimero himno se desvanece.
Más allá de los prados cercanos, sobre el arroyo tranquilo,
Subiendo la ladera de la colina; y ahora está enterrado profundamente
En los claros del valle que están al lado:
¿Fue una visión o un sueño despierto?
Ha huido esa música: ¿Estoy despierto o duermo?
Walt Whitman
«Canto a mí mismo»
Yo me celebro y me canto,
y de lo que me apropie te debes apropiar,
pues cada átomo mío te pertenece.
Ando vagabundo e invito a mi alma a que también lo haga,
ando vagabundo y me tiendo a mis anchas a mirar un tallo
de hierba estival.
Mi lengua, cada átomo de mi sangre, se formaron de este
suelo, de este aire.
Nacido aquí, de padres cuyos padres aquí también nacieron,
al igual que sus padres.
A mis treinta y siete años, con una salud perfecta,
he empezado a vivir, y sólo espero no dejar ya de hacerlo
hasta mi muerte.
Que se callen ahora las escuelas y los credos,
me sirvieron y nunca he de olvidarlo,
acojo el bien o el mal, dejo que todo hable sin importarme
el riesgo,
a la naturaleza sin frenos con su energía originaria.
***
16
Soy por igual del viejo y del joven, del necio y del sabio,
indiferente y atento a un tiempo con los demás,
maternal y paternal a la vez, niño y hombre,
formado de una materia tosca y de una materia delicada,
ciudadano de la Nación de muchas naciones, no menos
de las grandes que de las pequeñas;
soy del norte y del sur, soy un ranchero indolente y
hospitalario de orillas del Oconi,
un yanqui que se abre camino comerciando, con las
articulaciones más flexibles y rígidas del mundo,
un kentukiano que vaga por el valle de Elkon con polainas
de piel de reno, un hombre de Luisiana o de Georgia;
un lanchero que navega por lagos, por bahías o a lo largo de
costas, un nativo de Indiana, de Wisconsin, de Ohio.
Me siento a mis anchas entra las nieves canadienses, en
los bosques de los llanos altos y entre los pescadores de Terranova;
me encuentro a mi gusto en la flotilla rompehielos,
navegando con todos;
las colinas de Vermont, los bosques del Maine
y los ranchos de Texas me parecen mi casa;
compañero de gentes de California, compañero de los
hombres libres del noroeste (sus altas estaturas me encantan);
compañero de barqueros y de mineros, compañero de
todos los que se dan la mano: como y bebo con ellos;
***
27
¿Qué significa ser, en sus múltiples formas?
(Damos vueltas y vueltas rondando el mismo punto.)
Bastaría la almeja de valva endurecida, si no hubiera otros
seres más evolucionados.
Los hilos conductores que recorren mi cuerpo al punto
me detienen o me ponen en marcha,
recogen todo objeto y lo llevan indemne a través de mi
alma.
Con sólo remover o apretar con mis dedos, ya me siento dichoso,
y apenas si resisto el roce de mi cuerpo en contacto con otro.
***
37
¡Alerta holgazanes! ¡A las armas!
El pueblo amotinado va a derribar las puertas. Me siento
enloquecido.
Me encarno en todos los que sufren, los que son acosados,
me veo encarcelado, con un cuerpo distinto,
y siento su dolor sordo y constante.
Me vigilan los rudos carceleros, carabinas al hombro,
como a un reo,
o me dejan salir por la mañana para encerrarme luego
por la noche.
No hay un rebelde que lleven esposado a quien yo no acompañe,
esposado también y marchando a su lado
(más que el vivaz y alegre, soy el otro, el que aprieta sus
labios temblorosos entre un sudor de muerte).
No hay un muchacho acusado de robo al que yo no acompañe
en el banquillo, para que se me juzgue y me
condene.
Ni hay un enfermo de cólera que dé el último suspiro sin
que agonice con él,
mi rostro es ceniciento, mis músculos se tensan, y no hay
nadie que venga a consolarme;
los mendigos se encarnan en mi cuerpo y yo entro en los
suyos,
extiendo mi sombrero para pedir limosna con rostro avergonzado.
***
50
Todo está en mí. No sé qué es, pero sé que está en mí.
Retorcido y sudando, mi cuerpo queda luego tranquilo y
despejado,
y duermo, duermo mucho…
No lo conozco; no tiene nombre, es sólo una palabra que
nadie ha dicho nunca,
no está en un diccionario, y nadie lo ha expresado ni
captado en un símbolo.
Y gira sobre algo que es mayor que la tierra donde yo me
sostengo,
la creación es para eso como el amigo que me despierta
alegre con su abrazo.
Quizá pueda decir alguna cosa más… Bosquejos… Imploro
por todos mis hermanos y hermanas.
¿Lo veis, hermanos y hermanas míos muy queridos?
No es el caos ni la muerte… Es la forma, es la unidad, el
orden…
Es vida eterna… ¡Es la alegría!
El cuervo
[Poema - Texto completo.]
Edgar Allan Poe
Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”
¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente -me dije-, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.
no serás un cobarde.
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”
Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda -pensé-, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de “Nunca, nunca más.”
Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más,”
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”
“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: Nunca más.”
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!
Traducción de Julio Cortázar
William Blake
El Tigre
Tigre, tigre, brillo ardiente
en las selvas de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo forjar tu terrible simetría?
¿En qué distantes abismos o cielos
ardió el fuego de tus ojos?
¿En qué alas atrevidas te elevaste?
¿Qué atrevida mano apresó el fuego?
¿Y qué hombro y qué arte
pudo torcer las fibras de tu corazón?
¿Y cuando tu corazón comenzaba a latir,
con qué mano temerosa y con qué pie?
¿Qué martillo, qué cadena,
en qué horno fue tu mente?
¿En qué yunque? ¿Qué medrada opresión
osa estrechar el terror más implacable?
Cuando arrojaron sus lanzas las estrellas
y las aguas del cielo con sus lágrimas,
al mirar Su trabajo, ¿Él se sonrió?
Él, que hizo al Cordero, ¿te hizo a ti?
Tigre, tigre, brillo ardiente
en las selvas de la noche,
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó forjar tu terrible simetría?
William Blake
Canciones de experiencia 1794 / 1826
traducción de Mario Bojórquez
Recuerdo
[Poema - Texto completo.]
Emily Brontë
Frío en la tierra, y la nieve apilada sobre ti,
Lejos, muy lejos, el frío en la tumba triste.
¿Me he olvidado de amarte, mi único amor,
Cortada al fin por la implacable ruptura del Tiempo?
Ahora, en soledad, ¿mis pensamientos ya no flotan
Sobre los montes, en esa orilla del norte,
Descansando sus alas en las hojas de helecho
Que cubren tu noble corazón eternamente?
Frío en la tierra, y quince diciembres salvajes
Desde los cerros marrones se han derretido en primavera;
¡Fiel, de hecho, es el espíritu que recuerda
Después de esos años de cambio y sufrimiento!
Dulce amor de la juventud, perdonad, si me olvido de ti,
Mientras la marea del mundo me arrastra hacia adelante;
Otros deseos y esperanzas me atormentan,
¡Las esperanzas que oscurecen, pero no pueden borrarte!
Ninguna luz tardía ha iluminado mi cielo,
Ninguna mañana ha vuelto a resplandecer para mí;
Toda mi felicidad vino de tu vida,
Toda mi felicidad yace en la tumba contigo.
Pero cuando los días de sueños dorados perecieron,
E incluso la desesperación fue impotente para destruir,
Aprendí como la existencia podía ser apreciada,
Fortalecida, alimentada sin la ayuda del placer.
Entonces probé las lágrimas de una pasión inútil;
Destetada mi joven alma de tu anhelo póstumo;
Severamente negó su ardiente deseo de acelerar
El descenso hacia esa tumba que será mía.
Y, aún así, no me atrevo a dejarlo languidecer,
No me atrevo a caer en el dolor entusiasta de la memoria;
Una vez bebida profundamente la divina angustia,
¿Cómo podría anhelar el mundo vacío otra vez?
LA VISION DEL CASTILLO
ISAACS FERRER, JORGE
Vuelve a mi lado tan risueña y pura
como otras veces te miré o fingí,
como vagabas en la selva obscura
lujosa con las flores del pensil.
Ya no te pueda amar, pero la historia
de mil noches de amor te contaré,
en que, amando tu ideal, amé la gloria,
y presentí en tus besos la mujer.
¡Oh! muy más bella que radiante cielo
que tiñe el arrebol en mi país,
más perfumada que su verde suelo,
te tuve, te adoré, te comprendí.
Te hallaba retozando con las brumas
que iba en las cumbres deshaciendo el sol,
o cubierta de cándidas espumas,
dormida sobre el musgo del peñón.
De la cascada el iracundo acento
arrullándote, oí languidecer:
sus nubes de oro sujetaba el viento,
velando en el arcángel la mujer.
La noche con su falda vagarosa
y su turbante de argentado azul,
no tuvo tu belleza misteriosa,
tus galas, tus perfumes, ni tu luz.
La luna iluminaba por instantes
el soto de naranjos del jardín,
y orlada de topacios y diamantes,
en la alta noche te esperaba allí.
Sobre el gramal cubierto de azahares,
en horas de impaciencia dormité,
y soñaba contigo cruzar mares,
ciudades y hombres de otro mundo ver.
Pasado el sueño te encontraba bella,
mi sien de tu regazo al levantar...
tanto amor y misterio... ¡no eres ella!
Emanación de mi alma ¿dónde estás?
¡Oh! basta de tinieblas y porvenir sin nombre;
si tantos han vencido luchando, ¡lucharé!
yo quiero que a los genios mi voluntad asombre,
dejar un sol por faro donde el escollo hallé.
Parásito ya seco de un tronco envejecido,
lanzado por los vientos a un piélago sin fin,
a sus melenas canas en la tormenta asido
quemándome sus rayos la tempestad seguí.
¡Oh, diosa de mis sueños de juventud! En vano
ya exánime y sin rumbo de nuevo te invoqué,
y errante en las tinieblas, buscándote mi mano,
creí besar la tuya, y alzóme una mujer.
Tan bella, tan amante, brindóme su pureza;
dichoso fui su esclavo, pagué su compasión,
la di mi hogar por trono; por lujo mi pobreza;
¡calmó mi sed de Lázaro su inagotable amor!
¿Me olvidarás por siempre, visión de mis encantos,
celosa de mi dicha, de tan mundano bien?
¡Oh! ¡Vuelve y dicta al vate los inmortales cantos!
Tus versos con mis lágrimas y sangre escribiré.
Canto XXVII: Amor y muerte
[Poema - Texto completo.]
Giacomo Leopardi
El amado del cielo muere joven.
-Menandro
Hermanos a la vez creó la suerte
al amor y a la muerte.
Otras cosas tan bellas
en el mundo no habrá ni en las estrellas.
Nacen de aquél los bienes,
los placeres mayores
que en el mar de la vida el hombre halla;
y todos los colores,
todo mal borra ella.
Bellísima doncella,
de dulce ver, no como
se la imagina la cobarde gente,
al tierno Amor le hace
compañía frecuente,
y el camino mortal juntos recorren
y a todo corazón más sabio
que el herido de amor, ni que la vida
infausta más desprecie,
ni que por otro dueño
como por éste los peligros busque;
donde tu llama prende,
amor, nace el aliento
o se despierta; y su saber en obras,
no, como suele, en pensamiento vano,
muestra el linaje humano.
Cuando encendidamente
nace dentro del alma
un afecto amoroso,
juntamente con él un misterioso
lánguido anhelo de morir se siente;
cómo, no sé; mas ésta es la primera
señal del verdadero amor potente.
Quizás a la vista entonces
espanta este desierto; acaso espera
el mortal que ha de hallar inhabitable
la tierra sin aquella
nueva, sola, infinita
felicidad que su pensar figura;
mas presintiendo el corazón por ella
terrible tempestad, quietud ansía
y refugio apetece,
ante el fiero deseo
que en torno ruge y todo lo oscurece.
Cuando lo envuelve todo
la formidable fuerza
y fulmina en el alma afán constante,
¡cuántas veces te implora
con intenso deseo,
oh dulce muerte, el dolorido amante!
¡Cuántas veces, oh, cuántas a la noche
o al alba abandonándose rendido
juzgó gran dicha que jamás pudiera
despertar de su sueño
ni ver la luz amarga nuevamente!
Y al son a veces de la triste esquila,
del canto que conduce
a los que mueren al eterno olvido,
con suspiros ardientes
de lo íntimo del pecho envidia tuvo
de aquel que bajo tierra a habitar iba.
Hasta la tosca plebe,
el labriego, que ignora
toda virtud que del saber deriva,
hasta la joven tímida y esquiva,
que de la muerte al nombre
sentía sus cabellos erizarse,
contemplan ya la tumba y el sudario
con un mirar de fortaleza lleno,
y en hierro y en veneno
meditan largamente,
y aun en su indocta mente
la gentileza del morir comprenden.
Tanto a la muerte inclina
de amor la disciplina. Y es frecuente
que la interna pasión llegue a tal punto
que la fuerza vital no se sostenga,
y ceda el cuerpo frágil
a la terrible lucha, y de esta suerte
por fraterno poder triunfe la muerte,
o tanto instigue amor en lo profundo
del corazón que el tosco campesino
y la tierna doncella
con mano violenta
su carne juvenil den a la tierra.
Ríe entonces el mundo,
al que el cielo vejez y paz consienta.
Al ferviente, al dichoso,
al animoso ingenio
conceda el hado alguno de vosotros,
dulces dueños, amigos
del humano linaje,
cuyo poder no hay quien aventaje
en el mundo, pues sólo la potencia
del hado es superior a vuestra esencia.
y tú, a quien ya desde mis verdes años
honrando siempre invoco,
bella muerte, piadosa
tan sólo tú de la aflicción terrena,
si celebrada fuiste
alguna vez por mí, si del mezquino
vulgo la ofensa a tu esplendor divino
enmendar un día quise,
no tardes más, mis ruegos
vehementes escucha,
¡cierra mis ojos tristes
para siempre a la luz, reina del tiempo!
Me hallarás ciertamente, a cualquier hora
en que tus alas hacia mí despliegues,
levantada la frente, apercibido,
resistiendo al destino;
la mano que al herirme se colora
con mi sangre inocente
no he de colmar de elogios
ni bendecir, cual hace
por antigua ruindad la humana gente;
toda vana esperanza en que se engañan
como niños los hombres,
todo necio consuelo
desecharé, y a nadie en tiempo alguno,
¡oh muerte!, he de aguardar sino a ti sola;
tan sólo el día esperaré sereno
en que decline adormecido el rostro
en tu virgíneo seno.