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SCAPIN

En 'Las picardías de Scapin', Octavio se encuentra angustiado porque su padre ha regresado y planea casarlo con la hija de Géronte, mientras él está enamorado de Jacinta. Scapin, el astuto sirviente, se ofrece a ayudar a Octavio y Leandro a salir de sus problemas amorosos mediante sus ingeniosas tretas. A medida que la trama se desarrolla, se revelan los enredos y malentendidos que complican las relaciones entre los personajes.

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SCAPIN

En 'Las picardías de Scapin', Octavio se encuentra angustiado porque su padre ha regresado y planea casarlo con la hija de Géronte, mientras él está enamorado de Jacinta. Scapin, el astuto sirviente, se ofrece a ayudar a Octavio y Leandro a salir de sus problemas amorosos mediante sus ingeniosas tretas. A medida que la trama se desarrolla, se revelan los enredos y malentendidos que complican las relaciones entre los personajes.

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Las picardías de Scapin


De Molière
Adaptación: Martín Barreiro

Personajes:
Scapin, sirviente de Leandro
Silvestre, sirviente de Octavio
Octavio, hijo de Argante y enamorado de Jacinta
Leandro, hijo de Geronte y enamorado de Zerbinette
Argante, padre de Octavio y de Zerbinette
Geronte, padre de Leandro y de Jacinta

Acto 1 ESCENA PRIMERA OCTAVIO, SILVESTRE.


OCTAVIO. ¡Ah malas nuevas para un corazón enamorado! Silvestre, ¿acaban de decirte
que mi padre ha llegado esta misma mañana?
SILVESTRE. - Esta misma mañana.
OCTAVIO. ¿- Y que vuelve con la resolución de casarme con la hija del señor Géronte?
SILVESTRE. - Del señor Géronte.
OCTAVIO. ¿Y que esta muchacha viene de Tarento sólo para eso?
SILVESTRE. - Sí.
OCTAVIO. – ¡Habla de una vez y no te hagas arrancar las palabras de la boca!
SILVESTRE. ¡Pero que decir, señor, si usted lo dice todo, es más, ha dicho las cosas tal
cual son.
OCTAVIO. - Aconséjame al menos, dime lo que debo hacer en estas crueles
circunstancias.
SILVESTRE. Es que yo me encuentro tan desconcertado como usted, y tengo necesidad
de que se me aconseje a mí también.
OCTAVIO. Me asesina este maldito regreso.
SILVESTRE. No se preocupe. Me asesina a mí también,..
OCTAVIO. - Cuando mi padre se entere de las cosas, caerá sobre mí una tormenta de
impetuosas reprimendas.
SILVESTRE. - ¡Rogaría al Cielo que ese fuera el precio! Las reprimendas no son nada;
tengo bien en claro que yo pagaré más caro sus locuras.
OCTAVIO.- ¿Qué debo hacer? ¿Qué resolución tomar? ¿A qué remedio recurrir?
ESCENA II SCAPIN, OCTAVIO, SILVESTRE.
SCAPIN. ¿Qué le pasa, Señor Octavio? ¿Qué tiene? Lo veo muy perturbado.
OCTAVIO. - Mi buen Scapin, mi padre llega con el señor Géronte, y quiere casarme.
SCAPIN. ¿Y es eso algo tan desastroso?
OCTAVIO. Desgraciadamente no sabes la causa de mi inquietud.
SCAPIN. - No; pero sólo tendrá que contármela; soy un hombre interesado en los
asuntos de la gente, muy consolativo.
OCTAVIO. ¡Scapin, Scapin! Si pudieras encontrar alguna invención para extraerme el
dolor que siento, estaría endeudado contigo toda la vida.
SCAPIN. – Pero señor mío, hay pocas cosas que son imposibles cuando decido
mezclarme. Recibí, seguramente del Cielo, un genio bastante brillante para todas estas
maquinaciones a las que el vulgo ignorante da el nombre de picardías. Puedo decir, sin
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vanidad, que nunca se vio un trabajador de resortes e intrigas con más gloria que yo.
Pero basta. No deje que este comentario lo prive de contarme su aventura.
OCTAVIO. – Sabes bien, Scapin, que hace dos meses que el señor Géronte y mi padre
se embarcaron juntos para un viaje de negocios donde sus intereses están mezclados.
SCAPIN.- Correcto. Yo sé eso.
OCTAVIO. - Y que fuimos confiados por nuestros padres: yo, bajo el cuidado de
Silvestre; y Leandro bajo tu dirección.
SCAPIN. – Así es, y muy bien cuidé de mi carga.
OCTAVIO. - Algún tiempo después Leandro se encontró con una joven gitana de la que
se enamoró perdidamente.
SCAPIN.- Sí, ahora que lo dice, también me enteré de eso.
OCTAVIO. - Un día que lo acompañaba para visitar al objeto de sus deseos, oímos en
una pequeña casa de una calle apartada, unos lamentos mezclados con muchos
sollozos. La curiosidad me hizo presionar a Leandro para que me acompañara a ver
qué sucedía. Entramos a esa casita, donde vimos a una mujer que se moría, asistida
por una sirvienta y por una joven muchacha deshecha en copiosas lágrimas, las más
bonitas lágrimas que se hayan visto jamás.
SCAPIN. - ¡Ah, ah, ah!
OCTAVIO. - Otra habría parecido espantosa en estas condiciones; ya que sólo tenía
puesto una camisita hecha de esas telas baratas y una pequeña falda… ¡Y qué colita!...
Su peinado, era una colita levantada en la cumbre de su cabeza, que dejaba caer en
desorden su cabello sobre los hombros; pero aun así, brillaba de mil atractivos y hacía
encantadora toda su persona.
SCAPIN.-Veo venir la cosa.
OCTAVIO. - Si la hubieras visto, Scapin, en esas condiciones que digo, la habrías
encontrado admirable.
SCAPIN. - ¡Oh no dudo! Y sin haberla visto, la imagino totalmente encantadora.
OCTAVIO. - Sus lágrimas no eran de esas lágrimas desagradables, que desfiguran una
cara; tenía al llorar, una gracia indiscutible; y su dolor era el más bonito del mundo.
SCAPIN.-Sí, sí, veo todo eso también.
OCTAVIO. - Ella se deshacía en lágrimas, echándose amorosamente sobre el cuerpo de
la moribunda, a la que llamaba… mamá; y no había nadie que no tuviera el alma
perforada de ver un ser tan bueno. ¡Y esas lágrimas, Scapin, esas lágrimas!
SILVESTRE. - Si no abrevia el relato estaremos aquí hasta mañana. Déjeme a mí decirlo
en dos palabras. Su corazón se incendia a partir de ese momento. Ya no puede vivir
más sin consolar a su agradable llorona. Este infeliz consulta a su cabeza, se agita,
razona, y al fin toma una decisión… Se casó con ella hace tres días.
SCAPIN. - ¡Ah! Comprendo.
SILVESTRE. – Añade ahora a esto la vuelta imprevista del padre, que esperábamos
recién en dos meses; el descubrimiento de nuestro casamiento secreto, y el otro
casamiento que se quiere hacer con él y con la hija que el señor Géronte tuvo de una
segunda mujer con la que según dicen se habría casado en Tarento.
OCTAVIO. - Y sobre todo eso, remarca la indigencia en que se encuentra esta agradable
personita, y la impotencia que siento al no poder ayudarla.
SCAPIN. ¿Y eso es todo? ¿Están ambos tan desconcertados por una bagatela? No hay
por qué alarmarse tanto. ¡Querría que me diesen a mí dos ancianos para engañarlos!
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Los tendría a ambos comiendo de mi mano. No era yo más grande que esto y ya me
destacaba por cientos de engaños y tretas magistrales.
SILVESTRE. - Reconozco que el Cielo no me dio tus talentos, y que no tengo el espíritu
de enfrentarme con la justicia.
OCTAVIO. – ¡Oh, es como si escuchara el llanto de mi amable Jacinta.
SILVESTRE. – Jacinta es la llorona.
Las picardías de Scapin " Acto 1 " ESCENA III OCTAVIO, SCAPIN, SILVESTRE.
OCTAVIO. – ¡Hoy, ni bien me vio, me preguntó si era verdad que mi padre estaba de
vuelta y con intenciones de casarme. Le dije… (Se arrodilla frente a Silvestre.)¿Pero
qué veo? ¡Lloras! ¿Por qué estas lágrimas? ¿Sospechas de mi fidelidad? ¿No estás
segura del amor que siento por ti?
SILVESTRE. – Sí, Octavio, respondió ella llorando, estoy segura de que me quieres;
pero no estoy segura de que siempre me querrás. ¡¡Buaaa!!
OCTAVIO. ¡Oh! mi querida Jacinta, mi corazón no es como el de otros hombres, y
siento que te amaré hasta la tumba.
SILVESTRE. – ¿Hasta la tumba? ¡Buaaa! Pero dependes de un padre, que quiere
casarte con otra; y estoy segura de que moriré, moriré si esa desgracia me llega.
¡Buaaa!
OCTAVIO. - No, amada Jacinta, no hay padre que pueda forzarme a eso, y estoy
resuelto a abandonar este país antes que a dejarte. No llores más, te lo ruego, porque
tus lágrimas me matan, y no las puedo ver sin sentir que me perforan el corazón. ¿No
son hermosas?
SCAPIN . ¡Bellísimas!
OCTAVIO. - He aquí a un hombre que podría, si él quisiera, ser un socorro maravilloso
para nuestros problemas.
SCAPIN. - Hice grandes juramentos de no mezclarme más en estas cosas mundanas;
pero si ustedes me ruegan un poco, tal vez...
OCTAVIO. - Oh, si sólo depende de rogarte para obtener tu ayuda, te conjuro con todo
mi corazón, querido Scapin, sé tú el que conduzca nuestra barca.
SCAPIN. No está nada mal. ¿Y tú, no dices nada?
SILVESTRE. – Si puedes ayudarlo, ayúdalo.
SCAPIN. Mmm, flojito…
SILVESTRE. – Te suplico, por todo lo que es más caro para ti en este mundo, de servir a
nuestro amor.
SCAPIN. – Bien. Hay que dejarse convencer con humildad. Señores, voy a ayudarlos.
OCTAVIO. – Mi querido Scapin…
SCAPIN. – Silencio. Y ahora prepárese a resistir con firmeza el acceso de su padre.
OCTAVIO. - Reconozco que ese acceso me hace temblar de antemano, y tengo una
timidez natural que no sé si podré vencer.
SCAPIN. - Probemos un poco, así se acostumbra. Ensayemos su papel y veamos si lo
hará bien. Hay que parecer firme en el primer choque, y evitar que por su debilidad, lo
arrastre como a un niño.
OCTAVIO. - Haré lo que pueda.
SCAPIN. - “Haré lo que pueda”… Un poco de audacia, señor, coraje, y responda
resueltamente sobre todo lo que pueda decirle. Atención. La mirada resuelta, la
cabeza alta, la mirada segura.
OCTAVIO. ¿Así?
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SCAPIN. – Más, mucho más.


OCTAVIO. ¿Así?
SCAPIN. - Perfecto. Ahora imagínese que soy su padre que llega. Responda firmemente
como si esto sucediera. "¿Ah, malcriado, infame, hijo indigno de un padre como yo, te
atreves a apresentarte delante de mí después de la treta cobarde y sucia que me
jugaste durante mi ausencia? ¿Cómo tienes la insolencia de contraer un matrimonio
clandestino? Respóndeme, miserable, granuja, sinvergüenza. "
SILVESTRE. ¡Oh! ¡Que diablo! ¡Se quedó duro! ¡Sr. Octavio! ¡Sr. Octavio!
OCTAVIO. - Es que me imagino que es a mi padre a quien oigo.
SCAPIN. - Y sí. Es por esa misma razón por lo que no hay que quedarse duro.
OCTAVIO. - Voy tomar más resolución, te lo prometo.
SCAPIN. ¿De verás?
OCTAVIO. – De verás. Responderé firmemente.
SILVESTRE. - He aquí su padre que viene.
OCTAVIO. ¡Oh, dios! ¡Estoy perdido!
SCAPIN. - He ahí alguien que sabe correr. ¡Qué pobre especie de hombre! No hagamos
esperar al viejo.
SILVESTRE. ¿Qué le diré?
SCAPIN. - Déjame hablar a mí. Tú sólo sígueme.
Las picardías de Scapin" Acto 1 ESCENA IV ARGANTE, SCAPIN, SILVESTRE.
ARGANTE. ¿Se ha oído hablar alguna vez de una acción semejante?
SCAPIN. - Ya sabe del asunto, y está tan enojado que vocifera en voz alta.
ARGANTE. - Querría saber lo que van a decirme ahora sobre este bello matrimonio.
SCAPIN. - Soñamos con eso.
ARGANTE. - Sabré poner al bribón de mi hijo en su lugar.
SCAPIN. - Nos ocuparemos de eso.
ARGANTE. - Y al sinvergüenza de Silvestre, lo moleré a palos.
SILVESTRE. - Estaría bien asombrado si él me olvidaba.
ARGANTE. - Ah, ah, estás ahí, buen gobernador de familia, bello director de jóvenes.
SCAPIN. - Señor, estoy encantado de verlo de vuelta.
ARGANTE. - Buenos días, Scapin. (A Silvestre.) Veo que el señor siguió mis órdenes a las
mil maravillas y que mi hijo se ha portado muy prudentemente durante mi ausencia.
SCAPIN. Se encuentra muy saludable, por lo que veo.
ARGANTE. - Bastante bien. (A Silvestre.) ¿No dices ni una palabra, pillo, ni una palabra?
SCAPIN. ¿Qué tal el viaje?
ARGANTE. - Mi Dios, muy bueno. Pero déjame reñir tranquilo.
SCAPIN. ¿Quiere reñir?
ARGANTE. - Sí, quiero reñir.
SCAPIN. ¿Y con quién, Señor?
ARGANTE. – Con ese desgraciado que esta ahí.
SCAPIN. ¿Pero por qué?
ARGANTE. ¿No oíste hablar de lo que pasó en mi ausencia?
SCAPIN. - Oí hablar de una pequeñez.
ARGANTE. ¡Cómo una pequeñez! ¡Un hijo que se casa sin el consentimiento de su
padre!
SCAPIN. - Sí, hay mucho que decir sobre eso. Pero soy de la opinión, señor, que no hay
que armar tanto escándalo
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ARGANTE. – Pues yo no tengo esa opinión y voy a armar todo el escándalo que quiera.
¿Acaso no crees que tengo todo el derecho del mundo para estar enfadado?
SCAPIN. – Desde luego. Yo mismo me enfadé tanto cuando me enteré del asunto pero
después entre en razón, y consideré que en el fondo, no tenía tanta culpa como podría
creerse.
ARGANTE. ¿Qué me estas contando? ¿Qué no tiene culpa de haberse casado de
buenas a primeras con una desconocida?
SCAPIN. - Lo que quiero decir es que se encontró fatalmente comprometido en este
asunto.
ARGANTE. ¿Y por qué diablos se comprometió?
SCAPIN. ¿Pretende que su hijo sea tan juicioso como usted? Los jóvenes son jóvenes.
Ejemplo de esto es mi Leandro, que a pesar de todas mis lecciones, hizo algo peor que
su hijo. Ya querría saber yo si usted mismo, cuando era joven, no hizo estragos peores.
Oí decir que en otro tiempo usted era como un gato con las mujeres, que le gustaban
especialmente las más voluptuosas; y que si una le interesaba no se detenía hasta
conseguirla.
ARGANTE. - Eso es verdad. Estoy de acuerdo; pero siempre me limité a la mera
galantería, y no fui tan tonto como para hacer lo que él hizo.
SCAPIN. ¿Pero qué quería que hiciese? Ha heredado de usted eso de ser deseado por
las mujeres. Imagínese. Ve a la joven. La enamora. La encuentra encantadora. La visita.
Ella se deja conquistar, él emprende la persecución. Ella se abre, él aprovecha y…. Es
sorprendido por los padres de la muchacha, que lo fuerzan a casarse con ella.
SILVESTRE. ¡Qué fabulador más hábil!
SCAPIN. Vale más estar casado, que estar muerto, señor.
ARGANTE. - No me dijeron que el asunto había pasado así.
SCAPIN. – Pregúntele a este. No le dirá lo contrario.
ARGANTE. ¿Lo han casado a la fuerza?
SILVESTRE. - Sí, Señor. ¿Por qué habríamos de mentirle?
ARGANTE. - Debió ir en seguida a protestar por esta violencia a un notario.
SCAPIN. – Es exactamente eso lo que no quiso hacer.
ARGANTE. - Eso me habría dado más facilidad para romper el matrimonio.
SCAPIN. ¡Romper el matrimonio!
ARGANTE. - Sí.
SCAPIN. - Él no estará de acuerdo.
ARGANTE. ¿Qué no estará de acuerdo?
SCAPIN. - No.
ARGANTE. ¿Mi hijo?
SCAPIN. - Su hijo. ¿Quiere que confiese que ha tenido miedo y que se ha casado a la
fuerza? Jamás haría eso. Sería mostrarse indigno de un padre como usted.
ARGANTE. - Me rio de eso.
SCAPIN. – Es necesario, por su honor y por el suyo, que su hijo diga a todo el mundo
que se casó con ella de buen grado.
ARGANTE. - Y yo quiero, por mi honor y por el suyo, que diga lo contrario.
SCAPIN. - No, estoy seguro de que él no lo hará.
ARGANTE. - Lo forzaré a ello.
SCAPIN. – Le digo que no lo hará.
ARGANTE. - Lo hará, o le desheredaré.
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SCAPIN. ¿Usted?
ARGANTE. - Yo.
SCAPIN. - Bueno.
ARGANTE. ¿Cómo, bueno?
SCAPIN. - No tendrá valor.
ARGANTE. - Lo tendré.
SCAPIN. - Usted se burla.
ARGANTE. - No me burlo.
SCAPIN. - La ternura paternal hará su trabajo.
ARGANTE. - Ella no hará nada.
SCAPIN. - Mi Dios, lo conozco, usted es bueno por naturaleza.
ARGANTE. - No soy bueno en absoluto, y soy malo cuando quiero. Acabemos este
discurso que me calienta la sangre. Y tú, perro traidor, ve a buscar al bribón de mi hijo,
mientras que yo voy a reunirme con el señor Géronte, para contarle mi desgracia.
SCAPIN. - Señor, si le puedo ser útil en algo, no tiene más que llamarme.
ARGANTE. - Te agradezco. ¡Oh por qué será hijo único! ¡Por qué no tengo en esta hora
la hija a quien el Cielo me quitó, para hacerla mi heredera!
Las picardías de Scapin " Acto 1 " ESCENA V SCAPIN, SILVESTRE.
SILVESTRE. - Reconozco que eres muy hábil y el asunto está en marcha; pero
necesitamos dinero para nuestra subsistencia, y hay en todas partes acreedores que
nos ladran, persiguiéndonos.
SCAPIN. - Déjame hacer. Estoy buscando en mi cabeza a un hombre que sea nuestro
confidente para jugar un personaje que necesito. Espera. Yérguete un poco.
Acomódate el gorro como un chico malo. Plántate sobre un pie. Pon la mano a un
costado y lanza miradas furibundas. Camina como un rey de teatro. Eso está muy bien.
Tú eres el hombre. Tengo secretos para disfrazar tu cara y tu voz.
SILVESTRE. - Te conjuro, por lo menos, a no mezclarme con la justicia.
SCAPIN. - ¡Bah! Compartiremos los peligros como hermanos. Tres años de prisión, más
o menos, no son suficientes para detener a un noble corazón.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " PRIMERA ESCENA - GÉRONTE, ARGANTE.
GÉRONTE. - Sí, sin duda, por el tiempo que hace, tendremos hoy aquí a nuestra gente.
Un marinero que viene de Tarento, me aseguró que había visto a mi hombre a punto
de embarcar. Mas la llegada de mi hija encontrará las cosas mal dispuestas para lo que
nos proponíamos; y lo que usted se acaba de enterar de su hijo, rompe de manera
extraña las medidas que habíamos tomado.
ARGANTE. - No se preocupe; le aseguro que voy a derribar todo obstáculo.
GÉRONTE. A fe mía, señor Argante, ¿quiere que le sea franco? La educación de los
hijos es algo que no hay que tomarse a la ligera.
ARGANTE. - Sin duda. ¿Y a qué viene eso?
GÉRONTE. Lo que quiero decir es que si usted como padre hubiera educado bien a su
hijo, su hijo no habría hecho lo que hizo.
ARGANTE. - Muy bien. ¿Y usted cree que ha educado mejor al suyo, verdad?
¡Padre valiente! Y si ese hijo que tiene, tan bien educado, hubiese hecho algo peor
que el mío; ¿qué diría, eh?
GÉRONTE. ¿Cómo?
ARGANTE. ¿Cómo?
GÉRONTE. - ¿Acaso ha oído decir algo sobre mi hijo?
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ARGANTE. - Scapin me contó algo sólo en líneas generales. Si está interesado podrá
saber por él, o por algún otro, mayores detalles. Por mi parte voy a consultar a un
abogado para solucionar los hechos. Hasta luego.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " ESCENA II LEANDRO, GÉRONTE.
GÉRONTE. ¿Qué será ese asunto? ¡Peor que el suyo, dijo! Para mí, no hay nada que
pueda ser peor que casarse sin consentimiento de un padre. Oh usted aquí.
LEANDRO.- ¡Padre, que alegría tengo de verlo de vuelta!
GÉRONTE. - Despacio. Hablemos de un asunto, primero.
LEANDRO. - Deje que lo abrace, y que...
GÉRONTE. - Despacio, le digo.
LEANDRO. ¿Cómo? ¿Me niega, padre mío, que le exprese mi afecto con un abrazo?
GÉRONTE. - Sí, tenemos algo que aclarar antes.
LEANDRO. ¿Y qué es?
GÉRONTE. - ¿Qué hizo durante mi ausencia?
LEANDRO. - Yo no hice nada de lo que usted pueda quejarse.
GÉRONTE. ¿Nada?
LEANDRO. - Nada.
GÉRONTE. - ¿Está seguro?
LEANDRO. - Estoy seguro de mi inocencia.
GÉRONTE. – Scapin, sin embargo, dice lo contrario.
LEANDRO. - ¡Scapin!
GÉRONTE. – Ah, ese nombre te pica, ¿no es cierto?
LEANDRO. ¿Scapin le dijo algo de mí?
GÉRONTE. - Este lugar no es el indicado para tratar este asunto. Vamos a examinarlo
en otra parte. Vete a casa. Yo iré dentro de un rato. Oh, traidor, si me deshonras, te
repudio como hijo, y puedes salir de mi vista para siempre.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " SCÈNE III OCTAVIO, SCAPIN, LEANDRO.
LEANDRO. ¡Traicionarme de esta manera! Un bandido, que debe ser el primero en
guardar las cosas que le confío, es el primero que se las descubre a mi padre. ¡Oh! Juro
al cielo que esta traición no permanecerá impune.
OCTAVIO. ¡Mi querido Scapin, cuánto le debo a tus cuidados! ¡Eres un hombre
admirable! ¡El Cielo me es favorable, pues te ha enviado en mi auxilio!
SCAPIN. - Es demasiado honor el que me hace.
LEANDRO. – Ah, estas ahí. Encantado de verlo, Señor traidor.
SCAPIN. - Su seguro servidor.
LEANDRO. - ¿Te burlas? ¡Oh! Yo te enseñaré...
SCAPIN. - ¡Señor!
OCTAVIO. – Por Dios, Leandro.
LEANDRO. - No, Octavio, no me detengas, te lo ruego.
SCAPIN. – Pero señor.
OCTAVIO. – ¡Por favor!
LEANDRO. - Deja que libere mi rabia.
OCTAVIO. - En nombre de la amistad, Leandro, no lo maltrates.
SCAPIN. Señor, ¿qué le hice?
LEANDRO.- ¿Lo qué me hiciste, traidor?
OCTAVIO. - ¡Cuidado con eso!
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LEANDRO. - No, Octavio, quiero que él mismo me confiese ahora la perfidia que me
hizo.¿Creías que no me iba a enterar? O tengo la confesión de tu propia boca, o te
atravieso una bala de lado a lado.
SCAPIN. ¡Ay! ¿Tendría tan mal corazón?
LEANDRO. - Habla pues.
SCAPIN. – Está bien, Señor, ya que lo quiere, lo confieso. Fui yo quien se bebió ese vino
de España que le regalaron hace unos días; y también fui yo quien perforó el barril y
vertió agua alrededor, para hacerle creer que el vino se había derramado.
LEANDRO. ¿Fuiste tú, pícaro, quién se bebió mi exquisito vino de España?
SCAPIN. - Sí, Señor, muy exquisito, y le pido perdón.
LEANDRO. - Oh, me entero de cosas muy bonitas. Eres un servidor muy fiel
verdaderamente. Pero no es eso lo que me irrita.
SCAPIN. ¿No es eso?
LEANDRO. - No, infame, es otra cosa.
SCAPIN. ¡Diablos!
LEANDRO. - Habla rápido que tengo prisa.
SCAPIN. - Señor, he aquí todo lo que hice.
LEANDRO.- ¿He aquí todo?
OCTAVIO. – ¡Cuidado!
SCAPIN. - Muy bien, señor. ¿Se acuerda del lobizón que hace seis meses le dio tantos
golpes que casi le rompe el cuello y luego huyó en la oscuridad de la noche?
LEANDRO. ¿Y que hay con eso?
SCAPIN. - Era yo.
LEANDRO. ¿Tú, maldito traidor?
SCAPIN. - Sí, Señor, quise darle miedo, y quitarle las ganas de hacerme correr cada
noche con sus trasnochadas.
LEANDRO. – Me acordaré muy bien de todo lo que acabo de enterarme. Pero quiero
volver al hecho, y que me confieses lo que le dijiste a mi padre.
SCAPIN. ¿A su padre?
LEANDRO. - Sí, bribón, a mi padre.
SCAPIN. – Pero señor, no lo he visto desde su vuelta.
LEANDRO. ¿No lo viste?
SCAPIN. - No, Señor.
LEANDRO. ¿De veras?
SCAPIN. – De veras. Él mismo se lo dirá.
LEANDRO. – Sin embargo, él mismo me lo ha dicho.
SCAPIN. - Con su permiso, él no dijo la verdad.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " SCÈNE IV SILVESTRE, SCAPIN, LEANDRO, OCTAVIO.
SILVESTRE. - Señor, traigo una noticia un poco desagradable.
LEANDRO. ¿Cómo?
SILVESTRE. – Esos gansters están a punto de quitarle a Zerbinette; y ella misma me
encargó de venir prontamente para decirle que si dentro de dos horas no les lleva el
dinero que ellos le pidieron por ella, la habrá perdido para siempre.
LEANDRO. ¿Dentro de dos horas?
SILVESTRE. - Dentro de dos horas.
LEANDRO. ¡Oh! Mi pobre Scapin, imploro tu socorro.
SCAPIN.-"Oh! mi pobre Scapin. " Soy " mi pobre Scapin" cuando me necesita.
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LEANDRO. - Te pido perdón por todo; y si quieres que me arrodille ante ti, acá me
tienes Scapin, para implorarte una vez más que no me abandones.
OCTAVIO. ¡Oh! Scapin, hay que rendirse ante esto.
SCAPIN. - Levántese. Y otra vez no sea tan impulsivo.
LEANDRO. ¿Me prometes trabajar para mí?
SCAPIN. – Haré lo que pueda.
LEANDRO. - Pero sabes que el tiempo urge.
SCAPIN. - ¿Cuánto le hace falta?
LEANDRO. - Quinientos escudos.
SCAPIN. ¿Y a usted?
OCTAVIO. - Doscientas pistolas.
SCAPIN. – Bien. Voy obtener ese dinero de sus padres. En cuanto al suyo, la trampa
está preparada; y en lo que respecta al suyo, aunque avaro hasta el límite como es,
habré de gastar menos ingenio, pues ya sabe que en cuanto a inteligencia su padre no
le debe a Dios una gran provisión y creerá todo cuanto le diga. Esto no debe ofenderlo
en absoluto, pues no hay parecido alguno entre él y usted.
LEANDRO. - Muy bello, Scapin.
SCAPIN. - Pero veo venir al padre de Octavio. Comencemos con el más lúcido, ya que
se presenta. Ustedes salgan y adviertan a Silvestre que este pronto a representar su
papel.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " SCÈNE V ARGANTE, SCAPIN.
SCAPIN. – Ya está aquí rumiando.
ARGANTE. ¡Tener tan poca conducta y consideración! ¡Meterse en un compromiso
como ése! ¡Oh, juventud impertinente!
SCAPIN. - Señor, su servidor.
ARGANTE. - Buenos días, Scapin.
SCAPIN. – Aun piensa en el asunto de su hijo.
ARGANTE. - Te confieso que me da una pena furiosa.
SCAPIN. - Señor, la vida está llena de contrariedades. Es bueno estar siempre
preparado.
ARGANTE. - Eso está bien; pero este matrimonio impertinente enturbia el que yo
quería hacer, y eso es una cosa que no puedo tolerar. Acabo de consultar a los
abogados para que lo anulen.
SCAPIN. – Si usted me cree, tratará de arreglar el asunto de otro modo. ¿Sabe lo que
son los procesos en este país? Va a hundirse en una maraña de espinas.
ARGANTE. - Tienes razón, lo veo bien. ¿Pero qué otra modo?
SCAPIN. - Creo que encontré uno. La compasión que me provocó su pena, me obligó a
buscar en mi cabeza un medio para aliviarla. Y bien sabe que siento por usted una
inclinación muy particular.
ARGANTE. – Y yo te lo agradezco.
SCAPIN. – Por tal motivo fui al encuentro del hermano de la joven con la que su hijo se
ha casado. ¡Un forajido de aquellos! Matón profesional la bestia, solo habla de romper
huesos. Lo puse al tanto sobre este matrimonio y le mostré claramente el motivo de
anulación que había por la violencia ejercida sobre su hijo. Lo acorralé por todos lados,
hasta que finalmente prestó oído a las propuestas que le hice. Él dará su
consentimiento para que se anule el matrimonio, si usted le da una determinada
cantidad de dinero.
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ARGANTE. ¿Dinero? ¿Y cuánto pidió?


SCAPIN. - Primero se fue por las nubes.
ARGANTE. ¿Cuánto?
SCAPIN. - Cosas extravagantes.
ARGANTE. ¿Pero cuánto?
SCAPIN. - No quería menos que de 600 pistolas.
ARGANTE. - ¡Seiscientas! ¡Qué clase de fiebre lo domina! ¿Se burla de la gente?
SCAPIN. - Es lo que le dije. Rechacé esa exigencia y le dejé bien en claro que usted no
era ningún tonto como para darle seiscientas pistolas. Después de arduas tratativas le
resumo a grandes rasgos su discurso. "He aquí que llegó el tiempo, me dijo, de irme al
ejército. Por lo tanto, debo equiparme; y la necesidad que tengo de un poco de dinero,
me hace consentir en lo que me propones. Me hace falta un caballo de servicio, y no
podré conseguirlo por menos de sesenta pistolas."
ARGANTE. – Bueno, si son sesenta pistolas, se las doy.
SCAPIN.-"Me hace falta, también, una mula para que..."
ARGANTE. - Oh que se vaya al diablo con su mula; es demasiado. Iremos delante de los
jueces.
SCAPIN. – Pero señor...
ARGANTE. - No le daré nada.
SCAPIN. – Es una pequeña mulita.
ARGANTE. – No le daré ni para un asno.
SCAPIN. - Considere...
ARGANTE. - No, voy a pleitear mejor.
SCAPIN. ¿Pero, señor, de que habla? Eche una mirada sobre la justicia. Vea cuántas
fieras por cuyas garras deberá pasar, alguaciles, procuradores, abogados, escribanos,
jueces y forenses. Y si usted logra, con las precauciones más grandes del mundo,
sortear todo esto, se quedará asombrado al ver que los jueces ya han sido puestos en
su contra. Ay, Señor, si puede, sálvese de este infierno. Pleitear es ser condenado en
este mundo y el solo pensar en un proceso judicial le dan fuerzas a uno para huir
corriendo hasta la India.
ARGANTE. ¿Cuánto dices que cuesta la mulita?
SCAPIN. - Señor, por la mula, su caballo, y el del criado, los arreos y las armas, y para
pagar alguna pequeñez más, él pide un total de doscientas pistolas.
ARGANTE. ¿Do… do.. doscientas pistolas? Pleitearé.
SCAPIN. - Reflexione...
ARGANTE. – Pleitearé, te digo.
SCAPIN. - No vaya a echar...
ARGANTE. - Quiero pleitear.
SCAPIN. - Pero para pleitear hará falta dinero. Hará falta para las notificaciones, los
consejos y los alegatos de los abogados; para el derecho “in vitro”. Sin hablar de todas
las coimas que deberá hacer. Dele ese dinero a este hombre y cerrado el caso.
ARGANTE. - No le daré doscientas pistolas.
SCAPIN. - ¡Ay! He aquí a nuestro hombre.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " SCÈNE VI SILVESTRE, ARGANTE, SCAPIN.
SILVESTRE. - Scapin, hazme conocer a este tal Argante, padre de Octavio.
SCAPIN. ¿Pero para qué, Señor?
11

SILVESTRE. - Acabo de saber que quiere hacerme un proceso y romper en la justicia el


matrimonio de mi hermana.
SCAPIN. - No sé si tiene ese pensamiento; lo que sí sé es que no quiere consentir en
darle las 200 pistolas que usted quiere. Dice que es demasiado.
SILVESTRE. -¡Por su muerte y por mi cabeza! Si estuviera aquí ahora le enterraría esta
espada en el vientre! ¿Quién es este hombre?
SCAPIN. - No es él, Señor, no lo es.
SILVESTRE. ¿No será alguno de sus amigos?
SCAPIN. - No, Señor, al contrario, es su enemigo capital.
SILVESTRE. ¿Su enemigo capital?
SCAPIN. - Sí.
SILVESTRE. - Oh, qué arrebatado soy. ¿El señor es enemigo de ese mono a cuerda de
Argante?
SCAPIN. - Sí, sí, le respondo por él.
SILVESTRE. - Toque aquí. Toque. Le doy mi palabra y le juro por mi honor, por la
espada que llevo y por todos los juramentos que podría hacer, que antes que termine
el día lo libraré de ese mono a cuerda de Argante. Descanse en mí.
SCAPIN. - Señor, la violencia en este país no es tolerada.
SILVESTRE. - Me burlo de todo, y no tengo nada que perder.
SCAPIN. - Él se protegerá con sus guardias ciertamente; y tiene padres, amigos,
criados, que le brindarán socorro contra su resentimiento.
SILVESTRE. – Eso es lo que pido, diablos, eso es lo que quiero. Piña, palo y huesos
rotos. ¡A volar cabezas! ¡A sangrar, vientres verdes!¡Cómo querría verlo venir sobre mí
con las armas en la mano! ¿Cómo, basurita… tienes la audacia de atacarme así?
Vayamos por parte, saco de estiércol, muere ahora. Fuera pie, fuera ojo. Oh canalla, lo
quieres por ahí; pues te la doy por ahí.¿Cómo, retrocede? Firme, vientres verdes,
firme.
SCAPIN. - Eh, eh, eh, Señor, no se trata de eso.
SILVESTRE. – Yo le ensañaré a no burlarse de mí.
SCAPIN. – Por Dios, señor, cuántas personas muertas por 200 pistolas. Bueno, me voy.
Le deseo mucha suerte.
ARGANTE. - Scapin.
SCAPIN. ¿Señor?
ARGANTE. – He resuelto darle las doscientas pistolas.
SCAPIN. – Me alegro por la estima que le tengo.
ARGANTE. - Vayamos a buscarlo. Aquí tengo el dinero.
SCAPIN. – No tiene más que dármelos. No hace falta que usted aparezca, y menos
después de haber pasado por otro. Además, a esa bestia se le podría ocurrir pedir más.
ARGANTE. - Sí; pero estaría más a gusto si te veo darle mi dinero.
SCAPIN. ¿Acaso desconfía de mí?
ARGANTE. - No, pero...
SCAPIN. – Por Dios, señor, soy un sinvergüenza o soy un hombre honrado.
ARGANTE. – Toma, pues.
SCAPIN. - No, Señor, no me confíe su dinero. Estaré bien a gusto si usted se sirve de
otro.
ARGANTE. - Mi Dios, toma.
SCAPIN. - No, le digo, no se fie de mí. ¿Y si quiero quedarme con su dinero?
12

ARGANTE. – Toma de una vez, no quiero discutir más. Pero extrema las precauciones.
SCAPIN. – Déjelo por mi cuenta. No soy ningún tonto.
ARGANTE. - Voy a esperarte en mi casa.
SCAPIN. - No dejaré de ir, señor. Uno en la bolsa. Ahora solo resta buscar al otro. Oh, a
fe mía, ahí viene. Parece que el Cielo, uno tras otro, los trae a mis redes.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " SCÈNE VII GÉRONTE, SCAPIN.
SCAPIN. ¡Oh, cielo! ¡Oh, desgracia imprevista! ¡Oh, padre miserable! ¿Pobre Géronte,
que hará ahora?
GÉRONTE. ¿Qué dices de mí, por qué tienes esa cara tan afligida? ¿Qué es lo que pasa?
SCAPIN. - Señor...
GÉRONTE. ¿Qué?
SCAPIN. - Su hijo...
GÉRONTE. Y qué con mi hijo...
SCAPIN. - Cayó en la desgracia más extraña del mundo.
GÉRONTE. ¿Qué le ocurrió?
SCAPIN. - Lo encontré por la tarde, muy triste por cosas que usted le dijo. Buscando
divertirlo un poco nos fuimos a pasear al puerto. Allí, nos quedamos mirando un
barquito bastante bien equipado. Un joven marinero nos invitó a subir y así lo hicimos.
Nos hizo mil cortesías, nos dio de comer los frutos más excelentes y nos sirvió el mejor
vino que pueda encontrarse.
GÉRONTE. ¿Y qué hay tan afligente en eso?
SCAPIN. - Espere, Señor. Mientras que comíamos, el barquito se hizo a la mar, y una
vez bien alejado del puerto, el muy traidor me hizo poner en un bote, y me mandó
para que le dijera que si no le envía por mí quinientos escudos se llevará a su hijo a
Argel.
GÉRONTE. ¿Cómo? ¿Quinientos escudos?
SCAPIN. - Sí, Señor; y además, me dio sólo dos horas de plazo para que le lleve el
dinero.
GÉRONTE. ¡Oh, maldito pirata, asesinarme de este modo!
SCAPIN. – Le corresponde a usted, Señor, dar los medios para salvar del cautiverio al
hijo a quien tanto ama.
GÉRONTE. ¿Y qué diablos fue a hacer a ese barquito?
SCAPIN. – No quiero ni pensar en lo que pueda llegar a ocurrir.
GÉRONTE. - Ve allí, Scapin, ve a decirle a ese pirata que voy a enviarle a la justicia.
SCAPIN. ¡La justicia en alta mar! ¿Se burla de la gente?
GÉRONTE. ¿Y qué diablos fue a hacer a ese barquito?
SCAPIN. - Un mal destino conduce algunas veces a las personas…
GÉRONTE. - Hace falta, Scapin, hace falta que en esta hora aciaga tengas valor y te
portes como un fiel servidor.
SCAPIN. ¿Qué, Señor?
GÉRONTE. – Ve a decirle a ese pirata, que me devuelva a mi hijo, y que tú te pones en
su lugar hasta que yo haya juntado la suma que me pide.
SCAPIN. ¡Eh, Señor, piense mejor lo que me dice! ¿Cree que el pirata va a tener tan
poco sentido como para recibir a un miserable como yo en lugar de su hijo?
GÉRONTE. ¿Y qué diablos fue a hacer a ese barquito?
SCAPIN. – Jamás podíamos adivinar tanta desgracia. Vamos, Señor, recuerde que me
dio sólo dos horas.
13

GÉRONTE. - Toma, he aquí la llave de mi armario.


SCAPIN. – Bien.
GÉRONTE. - Lo abrirás.
SCAPIN. - Muy bien.
GÉRONTE. - Encontrarás una gruesa llave del lado izquierdo, que es la de mi granero.
SCAPIN. – Excelente.
GÉRONTE. – Una vez en el granero tomarás todas mis ropas viejas que están en un
cesto y se las venderás al ropavejero para juntar el rescate de mi hijo.
SCAPIN-. (Devolviéndole la llave.) ¿Eh, Señor, sueña? No obtendríamos ni cien
francos. ¡El tiempo apremia!
GÉRONTE. - ¿Y qué diablos fue a hacer a ese barquito?
SCAPIN. ¡Oh que de palabras perdidas! Deje en paz el barquito, y piense que el tiempo
urge, y que usted corre riesgo de perder a su hijo. ¡Qué desgracia! ¡Oh, pobre amito,
ya no te veré en toda mi vida! ¡Mientras digo esto te llevan de esclavo a Argel! Pero el
Cielo es testigo que hice por ti todo lo que pude; y que si fallo al rescatarte hay que
acusar sólo a la falta de amor de un padre.
GÉRONTE. - Espera, Scapin, voy a buscar esa suma.
SCAPIN. – Bien. ¡Despache rápidamente pues!
GÉRONTE. - ¿Eh?
SCAPIN-. ¡Tiemblo que la hora suene!
GÉRONTE. ¿Cuatrocientos escudos dijiste?
SCAPIN. - No, quinientos.
GÉRONTE. ¿Quinientos escudos?
SCAPIN. - Sí.
GÉRONTE. ¿Y qué diablos fue a hacer a ese barquito?
SCAPIN. - Usted tiene razón, pero apresúrese.
GÉRONTE. ¿No había otro paseo?
SCAPIN. - Eso es verdad. Pero muévase más rápido.
GÉRONTE. ¡Oh maldito barquito!
SCAPIN. – ¡Y dale con el barquito! Se le quedó atragantado.
GÉRONTE. - Toma, Scapin, no me acordaba que acabo de recibir esa suma en oro.
Jamás pensé que se me esfumaría tan pronto. (Le muestra su Bolsa.) Toma. Ve a
rescatar a mi hijo.
SCAPIN. – (Tendiendo la mano.) Sí, Señor.
GÉRONTE. – (Reteniendo la bolsa.) Pero dile a ese maldito pirata que es un malvado.
SCAPIN. - Sí.
GÉRONTE. - Un infame.
SCAPIN. - Sí.
GÉRONTE. - Un hombre sin fe, un ladrón.
SCAPIN. - Déjeme hacer.
GÉRONTE. - Que me saca quinientos escudos contra toda clase de derecho.
SCAPIN. - Sí.
GÉRONTE. - Que yo no le daría un céntimo ni vivo ni muerto.
SCAPIN. - Muy bien.
GÉRONTE. - Y que si alguna vez lo atrapo, sabré vengarme de él.
SCAPIN. - Sí.
14

GÉRONTE-. (Vuelve a poner la Bolsa en su bolsillo y se va.) Ve, ve rápido a rescatar a mi


hijo.
SCAPIN-. Eh, Señor.
GÉRONTE. ¿Qué?
SCAPIN. ¿Y el dinero?
GÉRONTE. ¿No te lo di?
SCAPIN. – No, lo volvió a poner en su bolsillo.
GÉRONTE. - Oh, es el dolor que me enturbia el espíritu.
SCAPIN. – Sin dudas.
GÉRONTE. ¿Y qué diablos fue a hacer a ese barquito?¡Oh barquito maldito! ¡Pirata
traidor, que te lleven todos los diablos!
SCAPIN. - No puede digerir los quinientos escudos que acabo de arrancarle; pero aun
no estamos iguales y quiero que me pague con otra moneda la mentira que le contó a
su hijo.
Las picardías de Scapin " Acto 2 " SCÈNE VIII OCTAVIO, LEANDRO, SCAPIN.
OCTAVIO. ¿Y bien, Scapin, tuviste éxito en arreglar nuestros asuntos?
LEANDRO. ¿Hiciste algo para sacar a mi amor de la pena donde está?
SCAPIN. - He aquí doscientos pistolas que saqué a su padre.
OCTAVIO. ¡Oh que alegría me das!
SCAPIN. - Por usted no pude hacer nada.
LEANDRO. – Entonces, moriré… No quiero la vida si no tengo a Zerbinette.
SCAPIN. – ¡Eh, Eh! ¿A dónde va tan de prisa?
LEANDRO-. ¿Qué quieres que haga?
SCAPIN. – Venga. Aquí tengo el remedio para sus males.
LEANDRO-. Oh, me devuelves la vida.
SCAPIN. - Pero con la condición de que usted me permita una pequeña venganza
contra su padre, por la mentira que le contó.
LEANDRO. - Todo lo que quieras.
SCAPIN. - Me lo promete delante de testigo.
LEANDRO. - Sí.
SCAPIN. – Muy bien. He aquí los quinientos escudos.
LEANDRO. – Ahora, voy a rescatar a la mujer que adoro.
Las picardías de Scapin " Acto 3 " SCÈNE II GÉRONTE, SCAPIN.
GÉRONTE. ¿Y bien, Scapin, cómo va el asunto de mi hijo?
SCAPIN. - Su hijo, Señor, está en lugar seguro; pero es usted quien ahora corre el
peligro más grande del mundo.
GÉRONTE. ¿Qué dices?
SCAPIN. – En este mismo momento lo están buscando por todas partes para matarlo.
GÉRONTE. ¿A mí?
SCAPIN. - Sí.
GÉRONTE. ¿Y quién?
SCAPIN. - El hermano de esta señorita con quien Octavio se ha casado. Él cree que su
intención es colocar a su hija en el lugar de su hermana. Por este motivo está decidido
a descargar su desesperación sobre usted, y quitarle la vida para vengar su honor.
GÉRONTE. ¿Qué haré, mi pobre Scapin?
SCAPIN. - No sé, Señor, tiemblo por usted desde los pies hasta la cabeza, y... Espere.
GÉRONTE.- ¿Eh?
15

SCAPIN. - No, no, no es nada.


GÉRONTE. ¿No podrías encontrar un medio para quitarme esta pena?
SCAPIN. - Imagino uno; pero…
GÉRONTE. - Scapin, muéstrate un servidor celoso. No me abandones, te lo ruego.
SCAPIN. - Hace falta que se meta dentro de esta bolsa y no se mueva por ningún
motivo. Lo cargaré sobre mi espalda, como un paquete de algo, y cruzaré así a través
de sus enemigos, hasta llegar a su casa, donde podremos parapetarnos.
GÉRONTE. - La invención es buena.
SCAPIN. - La mejor del mundo. (Aparte.) Me pagarás la mentira.
GÉRONTE. ¿Eh?
SCAPIN. - Digo que sus enemigos serán engañados. Métase bien hasta el fondo, y
sobre todo tenga cuidado de no mostrarse en absoluto, pase lo que pase.
GÉRONTE. - Déjame hacer. Sabré estarme tieso...
SCAPIN. - Escóndase. He aquí al pendenciero que lo busca. (Imitando una voz.) “¿Qué?
¿No tendré el gusto de matar a Geronte? ¿No hay alguien que por caridad me diga
dónde está? "(A Géronte con su voz.) No se mueva. (Sigue imitando.) "Demonios, lo
encontraré así se esconda en el centro de la tierra." (A Géronte con su tono natural.)
No se muestre. (Todo el diálogo es alternado por la voz que imita y la suya.) "¡Tú,
hombre de la bolsa!" Señor". Te doy un Luis si me dices donde está, Géronte." ¿Busca
al señor Géronte? "¡Sí, desgracia, lo busco." ¿Y por qué asunto, Señor? "¿Por qué
asunto? "Sí". ¡Quiero matarlo a palos! " ¡Oh! Señor, los bastonazos no fueron hechos
para gente como él, y no es un hombre que pueda ser tratado de ese modo. "¿Quién,
ese desgraciado?" El señor Géronte, no es ningún desgraciado. Usted debería hablar
de otro modo. "¿Cómo, me ordenas a mí como debo hablar?" Defiendo, como debo,
a un hombre de honor a quien se ofende. "¿Eres amigos de Geronte? "Sí, Señor, lo
soy. "¡Oh! Demonios, eres su amigo, cabeza cortada. "(Da varios bastonazos sobre el
saco.) "Toma esto. Esto es lo que te doy para él. "¡Oh, Señor! ¡Despacio, oh, oh, oh!
"Ve, llévale esto de mi parte. Adiós. "¡Oh! ¡Al diablo con él!
GÉRONTE. - Oh, Scapin, no puedo más. Estoy molido.
SCAPIN. - Oh, Señor, estoy molido yo también.
GÉRONTE. - ¿Tú molido? Es a mí a quien ha dado los golpes.
SCAPIN. - No, Señor, es mi espalda lo que ha golpeado.
GÉRONTE. ¿Qué dices? Sentí muy bien los golpes, y los siento todavía.
SCAPIN. - No, es sólo el final del palo lo que golpeo sus hombros.
GÉRONTE. - Debías pues retirarte un poco más lejos, para ahorrarme...
SCAPIN. - Tenga cuidado, que ahí vuelve. "¿Dónde diablos está esa basura de
Geronte?" Escóndase bien. "¿Dime desgracia dónde está si quieres conservar la
cabeza? " Señor, no sé en absoluto dónde está Géronte. " Me parece que algo se
queja en esta bolsa" Perdón. "Muéstrame un poco lo que hay ahí dentro. " No, señor,
no le mostraré en absoluto. “Muéstrame, te digo." No verá nada. (Géronte pone la
cabeza fuera del saco, y percibe la picardía de Scapin.) "Tienes ganas de palos, ¿no es
así?" No traicionaré a mi Geronte. "Entonces, ¡aquí tienes…! (Géronte sale del saco y
Scapin huye.)
GÉRONTE. ¡Oh infame! ¡Traidor! Así es como me asesinas.
Las picardías de Scapin " Acto 3 " SCÈNE III
SILVESTRE, GÉRONTE.
SILVESTRE.- Ah, esto sí que es divertido.
16

GÉRONTE. – Me las pagarás, te lo juro.


SILVESTRE. – ¡Qué historia más graciosa y qué tonto el viejo al creérsela! La mejor
burla que un hijo le hizo a su padre para sacarle dinero. No piense señor que me rio de
usted, aunque está muy gracioso con eso en la cabeza. Me rio del cuento más
divertido que nadie podrá imaginar jamás. Y no se tome el trabajo de preguntarme
nada pues estoy muy dispuesto a contárselo. Espere un momento, ¿usted es de aquí?
¿Sí? Entonces tiene que conocerlo. A ver, ¿puede nombrarme alguna persona de esta
ciudad conocida por todos por ser un viejo tacaño? ¿Quiere una ayudita? Bien, su
nombre suena a Ronte… o Ron Ronte… Más cercano es Oronte… ¿Lo adivina? No
piense más, el nombre es Geronte. Y para sacarle los quinientos escudos el buen hijo
busco ayuda en un astuto servidor Scapin. Ese sí es un hombre incomparable, y
merece todas las alabanzas que se le puedan dar… Pero me parece que no le causa
mucha gracia…
GÉRONTE. - Ese joven es un desgraciado, que será castigado muy pronto por su padre
y el criado es un bandido a quien Géronte enviará a la horca antes de que llegue la
mañana.
ESCENA V ARGANTE, SILVESTRE.
ARGANTE. – Ah, Silvestre. ¿Se han puesto de acuerdo tú, mi hijo y Scapin para
engañarme y creen que yo voy a tragarme la farsa?
SILVESTRE. - Señor, si Scapin es un farsante yo me lavo las manos y le garantizo que no
metí mano, en absoluto.
ARGANTE. – Ya lo veremos, traidor. Pues nadie se ríe de mí en mis narices.
Las picardías de Scapin” Acto 3” ESCENA VI GÉRONTE, ARGANTE, SILVESTRE.
GÉRONTE. - Ah, señor Argante, estoy abrumado por tanta desgracia.
ARGANTE. – Pues me ve a mí también en un abatimiento horrible.
GÉRONTE. – Ese embaucador de Scapin, con un vil engaño, me robó quinientos
escudos.
ARGANTE. - El mismo Scapin, con un engaño igual, me sacó doscientas pistolas.
GÉRONTE. – Y no satisfecho con quitarme los quinientos escudos me trató de una
manera que me avergüenza contarlo. Pero me las pagará.
ARGANTE. - Quiero que me dé toda clase de detalles sobre esta mala jugada.
GÉRONTE. - Y yo pretendo hacerlo objeto de una venganza ejemplar.
SILVESTRE. – ¡Quiera el Cielo que en todo esto no tenga mi parte!
GÉRONTE. - Pero eso no es todo, señor Argante, y una desdicha tira de la otra. Me
alegraba hoy con la esperanza de recuperar a mi hija, en la que depositaba todo mi
consuelo; y vengo a enterarme por mi hombre que mi hija se fue hace mucho tiempo
de Tarento, y que perdió a su madre en esta ciudad.
ARGANTE.- ¿En esta ciudad?
SILVESTRE. - Ah, señor Geronte… Si no me equivoco su hija…
GÉRONTE. ¿Mi hija? ¿Qué sabes de mi hija?
SILVESTRE. – Creo que no está lejos de aquí. ¿Acaso no es esa agradable señorita, que
está entrando a esa casa, envuelta en llantos?
GÉRONTE. Sí, es mi hija. ¡Mi hija!
SILVESTRE. - Pero antes de verla es preciso que sepa que se ha casado, debido al
abandono en que se encontraba ante su ausencia.
GÉRONTE. ¡Mi hija casada!
SILVESTRE. - Sí, Sr.
17

GÉRONTE. ¿Y con quién?


SILVESTRE. - Con un joven hombre llamado Octavio, el hijo del señor Argante.
GÉRONTE. ¡Oh, Cielo!
ARGANTE. ¡Qué encuentro!
GÉRONTE. – Llévanos, llévanos pronto a donde está.
SILVESTRE. – No tienen más que entrar en esa casa
GÉRONTE. – Sígame, sígame, señor Argante.
Las picardías de Scapin” Acto 3” ESCENA VIII SCAPIN, SILVESTRE.
SCAPIN. ¿Y bien, Silvestre, qué hace a nuestra gente?
SILVESTRE. – Tengo que darte dos noticias. Una, que el asunto Octavio está arreglado.
Nuestra Jacinta, la llorona, ha resultado ser la hija del señor Geronte y el azar ha hecho
lo que la prudencia de los padres tenía pensado. Y la otra noticia es que los dos viejos
lanzan contra ti furiosas amenazas, sobre todo el señor Geronte.
SCAPIN. – Bah, no es nada. Las amenazas nunca me han hecho mal; y son nubes que
pasan bien lejos de mi cabeza.
SILVESTRE. – Ten cuidado, los hijos se podrían arreglar con los padres y tú atrapado en
la red.
SCAPIN. – Ya encontraré el medio de aliviar su ira, y…
SILVESTRE. – Vete, que ahí salen.
Las picardías de Scapin” Acto 3” ESCENA IX GÉRONTE, ARGANTE, SILVESTRE,
SILVESTRE.
GÉRONTE. – Dejemos que la pobre descanse. Este reencuentro la ha emocionado
mucho. Mi alegría habría sido perfecta si también hubiera recuperado a su madre.
ARGANTE. - Ahí viene mi hijo Octavio.
Las picardías de Scapin” Acto 3” ESCENA X OCTAVIO, ARGANTE, GÉRONTE, SILVESTRE.
ARGANTE. – Ven aquí, hijo, ven y alégrate con nosotros de la feliz aventura de tu
matrimonio. El Cielo…
OCTAVIO. - No, padre, todas sus propuestas de matrimonio no servirán de nada. Debo
quitarme la máscara con usted y hablarle de mi compromiso.
ARGANTE. - Sí; pero no sabes…
OCTAVIO. - Sé todo lo que necesito saber.
ARGANTE. - Quiero decirte que la hija del señor Géronte…
OCTAVIO. - La hija del señor Géronte no será nunca nada.
GÉRONTE. – Pero es…
OCTAVIO. - No, Sr., le pido perdón, pero he tomado una decisión.
SILVESTRE. - Escuche…
OCTAVIO. – No escucho nada.
ARGANTE. - Tu mujer…
OCTAVIO. - No, le digo que no padre, moriré antes que dejar a mi agradable Jacinta.
Sí, ya puede hacer lo que quiera, esa es la mujer con la que estoy comprometido. La
amaré durante toda mi vida y no quiero otra mujer.
ARGANTE. - Pues bien, es ella la que te doy. Pero qué diablo de aturdido, nunca
escucha nada.
SILVESTRE. - Sí, señor Octavio, he aquí al padre de su Jacinta que la ha vuelto a
encontrar. Se acabaron todas sus preocupaciones.
GÉRONTE. – Sí, vayamos a donde está ella.
18

OCTAVIO. - Ah, Sr. Geronte, le pido por gracia, que no separé de la agradable compañía
de su hija a una mujer que está con ella y que es el amor de su hijo. Está sin hogar y sin
familia y sólo vive por él.
GÉRONTE. - ¿Quieres que tenga en mi casa a una mujer desconocida que pretende a
mi hijo y que tiene el oficio de vagabunda?
Las picardías de Scapin” Acto 3” ESCENA XI LEANDRO, OCTAVIO, ARGANTE, GÉRONTE,
SILVESTRE.
LEANDRO. - Padre, no se lamente porque yo ame a una desconocida sin familia
reconocida ni bienes. Los que acaban de liberarla me han confesado que es de esta
ciudad y de honrada familia, y que este brazalete que me han dado podría ayudarnos a
encontrar a sus padres.
ARGANTE. ¡Ah, quiero ver esa pulsera! ¡Sí! Es el brazalete de la hija que perdí hace ya
tantos años.
GÉRONTE. ¿Su hija? ¡Milagroso!
ARGANTE. - Sí, este brazalete lo confirma… ¡quiero verla!
Las picardías de Scapin” Acto 3” ESCENA XII LEANDRO, OCTAVIO, GÉRONTE, ARGANTE.
SILVESTRE. - Ah, Señores, acaba de suceder un tremendo accidente.
GÉRONTE. ¿Qué?
SILVESTRE. - El pobre Scapin…
GÉRONTE. – Es un pícaro a quien quiero hacer colgar.
SILVESTRE. ¡Desgraciadamente no tendrá que tomarse ese trabajo! Al pasar junto a
un edificio, se le cayó encima un martillo de cantero, que le rompió la cabeza. Está
agonizando y ha rogado que lo trajesen hasta aquí para poder hablarles antes de su
último suspiro, es decir, morir.
ARGANTE. ¿Dónde está?
SILVESTRE. – Ya lo traigo.
Las picardías de Scapin” Acto 3” ÚLTIMO ESCENA SCAPIN, SILVESTRE, GÉRONTE,
ARGANTE, ETC.
SCAPIN. - Ah, ah. Señores, aquí me ven… me ven en un extraño estado. No quisiera
morirme sin pedir perdón a todas las personas a quienes pude haber ofendido.
Principalmente al señor Argante, y al señor Géronte.
ARGANTE. – Por mi parte, te perdono; muere en paz, nomás.
SCAPIN. – Y usted, señor Geronte, el más ofendido por aquellos golpecitos que…
GÉRONTE. - No hablemos más, te perdono también.
SCAPIN. - Fue una temeridad muy grande por mi parte esos palazos que yo…
GÉRONTE. - Deja eso. Silencio.
SCAPIN. – Siento en este último momento, un dolor inconcebible por los golpes de
palos que…
GÉRONTE. - Mi Dios, cállate de una vez. Está todo olvidado.
SCAPIN. Es de buen corazón, el Sr. Geronte, que me perdona esos garrotazos que…
GÉRONTE. - No hablemos más de nada, dije; te perdono todo, quédate en paz.
SCAPIN. - Ah, Sr., me siento muy aliviado al escuchar esas palabras.
GÉRONTE. - Sí; pero te perdono, con la condición de que te mueras. Retiro mi palabra,
si escapas de nuevo.
SCAPIN. - Ah, ah. He aquí que mis debilidades se reanudan.
ARGANTE. - Señor Géronte, en favor de nuestra alegría, es necesario perdonarlo sin
condición.
19

GÉRONTE. – Muy bien, sea.


ARGANTE. - Vayamos ahora a cenar todos juntos para gozar mejor nuestro placer.
(Salen todos menos Scapin y Silvestre.)
SILVESTRE. – ¡Ah! ¡Que dulce cosa es amar cuando nada se opone a las amables
cadenas que atan a dos corazones!
SCAPIN. - ¿Te burlas? La paz en el amor es una calma desagradable. La felicidad sin
tropiezos es aburrida. En la vida son necesarios los altibajos y las dificultades; pues, al
mezclarse, despiertan los ardores y aumentan los placeres.
SILVESTRE. – ¿Por qué te buscas, con tanta frecuencia, disgustos?
SCAPIN. – Esa clase de peligros, amigo mío, nunca me detuvieron. Ni nunca me
detendrán. Odio los corazones pusilánimes que por pensar demasiado en las
consecuencias de todo, no emprenden nunca nada. Ahora llévame al borde de la
mesa, quiero degustar algo sabroso mientras agonizo.

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