Carrera: Lic. en psicología, comisión 4.
Asignatura: Lectura y escritura académica.
Docente a cargo: Galetto Antonella.
Fecha de entrega: 23/03/2023
Nombre: D’Alessandro Sebastián.
DNI: 42533871
Resumen Capítulo 2 de Albarello: “Historia de la lectura,
en busca del tiempo perdido”:
Para comenzar con un entendimiento retrospectivo y presente de la historia de la escritura,
Albarello propone posicionarse en el problema, este es, el rol que asumimos como tales
lectores. Entender e investigar la historia de la lectura nos permite sacar a la luz el brutal
cambio y evolución creado por la tecnología, que comienza en los antiguos manuscritos,
hasta la actualidad con los smartphones. Pero estos cambios, no nos deberían llevar tan
lejos y hacernos creer que no existen similitudes con el pasado, ya que como el autor
presenta más adelante, existen muchas e importantes continuidades en los formatos.
Toca comenzar revisando el pasado para identificar cuáles fueron las prácticas sociales que
permitieron estos cambios, y que fueron dando lugar a los distintos formatos de lectura.
Albarello cuenta que desde el salto del rollo, del que hacían uso los griegos, al códice (el
libro en páginas cosidas en cuadernillos), que da su comienzo en el siglo II de la era
cristiana hasta consolidarse en el siglo V, significó un importante cambio de ambiente para
el lector, ya que a diferencia del rollo, que era más incómodo de leer, el códice permitía un
tipo de lectura más cómoda en donde se podía agregar más información dado su no
linealidad, y también se le permitía al lector dejar una mano libre para las anotaciones, que
dado su importancia, iba a tener unas consecuencias muy grandes en el futuro.
Entender el contexto de la lectura y escritura de hoy precisa percibir el similar periodo
previo a la imprenta de Gutenberg, en donde los copistas de los libros, no se limitaban a
copiarlos sistemáticamente, sino que agregaban sus propias conclusiones o producciones a
los mismos. ¿Pero esto como coincide con nuestra realidad? Poco a poco y luego de la
llegada de la imprenta que promulgó el texto cerrado y definitivo, de un único autor, volvió
a reivindicarse los textos abiertos, claro está, con la llegada de la tecnología, en donde
prácticas tales como el remix, páginas webs colaborativas y de crowdfunding permite ver
una clara sociedad envuelta en una cultura descentralizada con la producción de textos que
se ha vuelto a instalar hace años.
De los formatos de libros a la multiplicación de las pantallas.
Tal y como se pregunta Albarello: ¿Qué ocurriría si un mismo texto apareciera en un objeto
nuevo, en un tipo de libro cuya forma y tamaño han cambiado? Debemos tener en cuenta
como el formato de lectura y la naturaleza de la misma, condiciona el consumo del
contenido de cada texto, pero el hecho más trascendente relacionado a esta pregunta nos
posiciona como ya se ha dicho, antes de la imprenta de Gutenberg, y esto nos dicen Cavallo
y Chartier al respecto:
En los últimos siglos del libro copiado a mano se instauro una jerarquización
duradera de los formatos, que distinguía entre el gran en folio, el libro da banco,
que tenía que ser apoyado para ser leído y que era el libro universitario y de estudio,
el libro humanista, más manejable en su formato mediano y que permitía leer los
textos clásicos y las novedades; por último, el libellus, el libro portátil, de bolsillo o
de cabecera, de uso múltiple y de lectores más numerosos o menos pudientes. El
libro impreso fue heredero directo de esa división en la que iban asociados el
formato del libro, el género del texto, el momento y el modo de lectura. (2001:47)
Esto explica que antes del libro impreso, ya había quedado instalada la relación directa
entre tamaño, género y la función de la lectura y que no era inusual que hubiera ediciones
de distintos tamaños para satisfacer distintos públicos. Esta diferenciación, la podemos ver
aún más en las computadoras, la de escritorio o la notebook, todas de uso compartido, pero
a su vez con distinta usabilidad, ya que la notebook, por ejemplo, sirve para leer mientras
uno esta recostado, a comparación de la de escritorio, ubicada en un lugar fijo y estable en
el hogar, que permite también el uso compartido con todos los integrantes del mismo.
Teniendo en cuenta estos usos diversos, Albarello nos dice que no hace falta afirmar que,
en la actualidad, esta asociación entre tamaño y género, nos vuelve a posicionar mediante
este ecosistema de pantallas en el que estamos inmersos hoy en día, ya que utilizamos a
diario tanto los smartphone, tablets o notebooks para distintas situaciones y usos diversos,
como claramente también sucedía en el pasado con el formato de libro.
De la lectura extensiva a internet.
En este apartado el autor nos presenta la visión de Cavallo y Chartier nuevamente, teniendo
en cuenta las distintas revoluciones de la lectura, la primera, en la Edad Moderna,
promoviendo el paso de la lectura oralizada a la silenciosa, y la segunda revolución, que
tiene que ver con la transición de la lectura “intensiva” a la “extensiva”, que tuvo lugar en
la segunda mitad del siglo XVIII. Mientras que el lector intensivo leía pocos libros muchas
veces (hasta memorizarlos), el lector extensivo, leía muchos libros con rapidez y avidez,
dando lugar a una lectura irreverente. En este caso, la imprenta, permitió dado su modo de
producción, una mayor circulación de los textos e hizo que los libros fueran de uso común
y se dejen de lado luego de su lectura, y esta disponibilidad al acceso de tener un libro,
generó una gran transformación en el hábito de leer, ya que la abundancia de estos, dio la
necesidad de prácticas de lectura extensiva para lidiar con semejante caudal de textos.
Está claro que internet nos lleva a este tipo de lectura extensiva ya que conlleva un
consumo fragmentado y superficial con las pantallas, pero esto no debería confundirnos con
que este tipo de lectura fue creada por la aparición de internet, porque esto ya sucedía en la
edad media, y esta distinción de adjetivos entre “extensiva” y “superficial”, no debería
hacernos creer tampoco, que tal práctica es irreverente, porque estas herramientas de lectura
como buscar palabras clave, referencias paratextuales o leer varios libros a la vez como
hacían los medievales, nos permite la necesaria habilidad de amoldarnos al contexto actual
de la superabundancia de textos e información.
Lectura intersticial y lectura ubicua.
Antes de llegar a lo que el autor denomina “el cuerpo en la lectura” al final del capítulo,
Albarello introduce dos conceptos importantes: la lectura intersticial, y la lectura ubicua.
Para entender la lectura intersticial, el término acuñado por Jeanette Gilfedder, cuando
estudiaba las evoluciones de las editoriales en Italia en los 90, es necesario comprender el
contexto en el que se ve envuelto el lector, por ejemplo y como explica Martyn Lyons en su
Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental, los pequeños libros de 64
páginas, se pensaron para los que viajaban en tren de su casa al trabajo, de tal modo que la
lectura pueda terminarse en ese mismo trayecto, permitiendo el nacimiento del romance
entre los libros y los viajes. Tal práctica se fue generalizando hacia distintos espacios de
tiempo en la vida cotidiana de hoy, como, por ejemplo, esos espacios que dejan libre las
intensas jornadas laborales en las ciudades grandes, las esperas en los consultorios, o los
tiempos libres en el hogar. Estos pequeños espacios de tiempo en off, o definido por
Roberto Izarga, “burbujas de ocio” acompañados de estos “minilibros”, es lo que se llama
lectura intersticial, que ahora lo podemos observar en las pantallas nómadas del teléfono
móvil.
Por el lado de la lectura ubicua, palabra que significa la presencia de algo en todas partes al
mismo tiempo, Albarello parte de los principales efectos que tuvo la expansión del libro
impreso en occidente, indicando que este concepto no nace con los dispositivos móviles
conectados en red, sino que tiene su antecedente en la rápida multiplicación de los libros
iguales estando al alcance de todo el mundo para un público más vasto, gracias a la
disponibilidad del acceso a la compra o presencia del mismo.
El autor presenta una distinción entre los efectos que causa esta ubicuidad en la gente entre
la novela y la pantalla móvil, y toma como protagonista a la primera, que, como género
literario, fue muy criticada por autores de la época, ya que se la condenaba por la obsesión
que causaba en los lectores, logrando que se separaran del mundo real porque era leída en
silencio y a solas, intensificándose esta conexión del lector con la misma aún más a
mediados del siglo XVIII cuando se comenzó a leer en la cama, a partir de la creación de la
lámpara de Argand. Pero en la actualidad, y no muy lejos de la misma realidad, nos
encontramos como lectores, ante cambios significativos en relación con los formatos
textuales, ya que así como la novela permitía al lector esa separación con la realidad, hoy
las pantallas móviles extienden esa ubicuidad, pero con un diferente tipo de texto, este es,
“la conversación o el chat”, que implica un tipo de conexión activa con un otro, integrando
a dos o más personas en este mundo olvidado del entorno, a diferencia de la novela, que
implicaba dos actores, el lector y los personajes de la misma.
Este tipo de sobrestimulación y ubicuidad que señala Albarello con la llegada de los
teléfonos móviles, nos dice que aumenta con la multiplicidad de funciones y demanda de la
pantalla a través de las diversas notificaciones (conversaciones, correos, promos, etc.), y
deja en claro su preocupación, señalando que a diferencia de esa supuesta obsesión que
causaba la novela, que permitía volver al mundo “real” cuando se cerraba el libro, ahora
este frio texto de conversación y conectividad del cual estamos pegados con el smartphone,
nos acompaña en todo momento y en todo lugar.
El cuerpo de la lectura.
En el último título del capítulo, Albarello dice que leer no es una actividad que se realiza
solamente con los ojos, sino que implica todo el cuerpo. Este tipo de relación entre el
cuerpo y el libro, estuvo regido por cierto canon de lectura, que no solo indicaba qué hay
que leer, sino también cómo se debía llevar adelante la lectura. Armando Petrucci, en su
artículo Historia de la lectura en el mundo occidental, cuenta que este canon prescribía, por
ejemplo, que se debía leer sentado y manteniendo la espalda recta, con el libro apoyado en
la mesa, en silencio y respetando página por página, como si de un ritual se tratara, que
llegaba a su máxima expresión con libros de religión.
Fácil es imaginarse que este tipo de canon, fue echado por tierra con la generalización del
libro impreso del tipo códice y su ubicuidad, que hoy solo tiene lugar en ciertas bibliotecas,
y que dado esta multiplicación de momentos de lectura se generó también, distintos modos
de comportamiento con el cuerpo en relación con la lectura, y es interesante destacar para el
autor, que esta libertad de movimientos que habilito el libro portátil, se ha visto reducida
por la lectura en la pantalla de la computadora de escritorio, que implicaba, como los textos
medievales, tener ambas manos ocupadas, el texto expuesto en forma vertical y obligados a
sentarnos con la espalda rígida.
¿Qué sucede hoy por hoy con el nuevo mundo entre pantallas? Sin dudas, para Albarello
recuperamos la movilidad perdida por la computadora de escritorio, ya que tanto los
smartphones como las tablets, por ejemplo, se parecen más al códice porque nos permite
una lectura adaptativa a cualquier situación y contexto. A la vez, las pantallas digitales
permiten escribir sobre la pantalla misma, presentando una fuerte relación y conexión táctil
con el texto, a diferencia de la computadora de escritorio, que establecía una diferencia
entre el teclado y la pantalla, como una herencia de la máquina de escribir.
La “acción” táctil con la pantalla, implica una relación directa entre ver y tocar, en donde
ya no hay tanta concentración en el texto, sino acción, que nos aleja cada vez más de la
lectura reflexiva y de respeto hacia el texto que el autor describía antes, llegando a decirse
en los últimos años mediante varios autores, que estamos en un “momento táctil”, ya que
vivimos inmersos en tecnologías que implican el sentido del tacto, tales como la tablet, los
videojuegos, etc., que nos propone como dice Albarello, no solo a leer con los ojos, sino
también con los dedos.