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IMPERIALISMO

Durante la era del imperialismo, la economía mundial se expandió significativamente, con un aumento en el comercio internacional de materias primas y una concentración de la producción industrial en países como Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido. La revolución tecnológica y la transformación del mercado de consumo también marcaron esta época, mientras que la división del mundo en colonias y esferas de influencia se intensificó, especialmente en África y el Pacífico. El imperialismo se convirtió en un fenómeno central en la política y economía global, influyendo en las relaciones entre países desarrollados y subdesarrollados y sentando las bases para futuras rivalidades y conflictos.

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IMPERIALISMO

Durante la era del imperialismo, la economía mundial se expandió significativamente, con un aumento en el comercio internacional de materias primas y una concentración de la producción industrial en países como Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido. La revolución tecnológica y la transformación del mercado de consumo también marcaron esta época, mientras que la división del mundo en colonias y esferas de influencia se intensificó, especialmente en África y el Pacífico. El imperialismo se convirtió en un fenómeno central en la política y economía global, influyendo en las relaciones entre países desarrollados y subdesarrollados y sentando las bases para futuras rivalidades y conflictos.

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El Imperialismo

¿Cómo resumir en unos cuantos rasgos lo que fue la economía mundial durante la era del imperio?

En primer lugar, su base geográfica era mucho más amplia que antes. El sector industrial y en proceso
de industrialización se amplió, en Europa mediante la revolución industrial.

El mercado internacional de materias primas se amplió extraordinariamente -entre 1880 y 1913 se


triplicó el comercio internacional de esos productos-, lo cual implicó también el desarrollo de las zonas
dedicadas a su producción y su integración en el mercado mundial. Canadá se unió a los grandes
productores de trigo del mundo a partir de 1900. Argentina se convirtió en un gran exportador de trigo
en la misma época.

Si consideramos en conjunto la producción industrial y minera (incluyendo la industria de la


construcción) de las cuatro economías nacionales más importantes, en 1913 los Estados Unidos
aportaban el 46% del total de la producción; Alemania, el 23,5%; el Reino Unido, el 19,5%; y Francia, el
11%.

La era del imperio se caracterizó por la rivalidad entre los diferentes Estados. Además, las relaciones
entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado eran también más variadas y complejas que en 1860.
En 1900 las exportaciones del tercer mundo a otros países de Europa occidental eran ya más importantes
que las que confluían en el Reino Unido (el 31%).

La enorme importancia de las inversiones británicas en el extranjero y su marina mercante reforzaban


aún más la posición central del país en una economía mundial focalizada en Londres. En 1914, Francia,
Alemania, los Estados Unidos, Bélgica, los Países Bajos, Suiza y los demás países acumulaban, en
conjunto, el 56% de las inversiones mundiales en ultramar, mientras que la participación del Reino Unido
ascendía al 44%.

Ese pluralismo reforzó la posición central del Reino Unido.


Era el Reino Unido el país que restablecía el equilibrio global importando mayor cantidad de productos
manufacturados de sus rivales

La tercera característica de la economía mundial es la revolución tecnológica. Fue en este período cuando
se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos, el fonógrafo y el cine, el automóvil
y el aeroplano, y cuando se aplicaron a la vida doméstica la ciencia y la alta tecnología mediante artículos
tales como la aspiradora (1908) y el único medicamento universal que se ha inventado, la aspirina (1899).

Una "segunda revolución industrial", no olvidemos que esto sólo es así cuando se considera el proceso
de forma retrospectiva. Para los contemporáneos, la gran innovación consistió en actualizar la primera
revolución industrial mediante una serie de perfeccionamientos en la tecnología del vapor y del hierro
por medio del acero y las turbinas. Una serie de industrias revolucionarias basadas en la electricidad, la
química y el motor de combustión, comenzaron a desempeñar un papel estelar.
La cuarta característica es una doble transformación en la estructura y modus operandi de la empresa
capitalista. Por una parte, se produjo la concentración de capital, el crecimiento en escala que llevó a
distinguir entre "empresa" y "gran empresa. Por otra parte, se llevó a cabo el intento sistemático de
racionalizar la producción y la gestión de la empresa, aplicando "métodos científicos" no sólo a la
tecnología, sino a la organización y a los cálculos.

La quinta característica es que se produjo una extraordinaria transformación del mercado de los bienes
de consumo. Con el incremento de la población, de la urbanización y de los ingresos reales, el mercado
de masas, limitado hasta entonces a los productos alimenticios y al vestido, es decir, a los productos
básicos de subsistencia, comenzó a dominar las industrias productoras de bienes de consumo.
Al mismo tiempo, una tecnología revolucionaria y el imperialismo contribuyeron a la aparición de una
serie de productos y servicios nuevos para el mercado de masas. "producción masiva".

La sexta característica de la economía: el importante crecimiento del sector terciario de la economía y el


aumento de puestos de trabajo en las oficinas, tiendas y otros servicios.

La última característica de la economía es la convergencia creciente entre la política y la economía, es


decir, el papel cada vez más importante del Gobierno y del sector público.
A partir de 1875 comenzó a extenderse el escepticismo sobre la eficacia de la economía de mercado
autónoma y auto correctora, la famosa "mano oculta" de Adam Smith.
La democratización de la política impulsó a los gobiernos, muchas veces renuentes, a aplicar políticas de
reforma y bienestar social, así como a iniciar una acción política para la defensa de los intereses
económicos de determinados grupos de votantes.

La Era del Imperio


Un mundo en el que el ritmo de la economía estaba determinado por los países capitalistas
desarrollados, o en proceso de desarrollo, tenía grandes probabilidades de convertirse en un mundo en
el que los países “avanzados” dominaran a los “atrasados”: en definitiva, en un mundo imperialista.

El imperio colonial. Entre 1880 y 1914 la mayor parte del mundo ajeno a Europa y al continente
americano fue dividido formalmente en territorios que quedaron bajo el gobierno formal o bajo el
dominio político informal de una serie de Estados.

La mayor parte de los grandes imperios tradicionales de Asia se mantuvieron independientes, aunque
las potencias occidentales establecieron en ellos “zonas de influencia”.
Si conservaron su independencia fue bien porque resultaban convenientes como Estados- almohadilla.
El único Estado no europeo que resistió con éxito la conquista colonial formal fue Etiopía.

Dos grandes zonas del mundo fueron totalmente divididas por razones prácticas: África y el Pacífico.
No quedó ningún Estado independiente en el Pacífico, este fue totalmente dividido entre británicos,
franceses, alemanes, neerlandeses, norteamericanos y -todavía en una escala modesta- japoneses. En
1914, África pertenecía en su totalidad a los imperios británico, francés, alemán, belga, portugués, y,
de forma más marginal, español, con la excepción de Etiopía, de la insignificante república de Liberia
en el África occidental y de una parte de Marruecos.
En Asia existía una zona amplia nominalmente independiente, aunque los imperios europeos más
antiguos ampliaron sus extensas posesiones.
Se crearon dos imperios prácticamente nuevos: el primero, por la conquista francesa de indochina
iniciada en el reinado de Napoleón III, el segundo, por parte de los japoneses a expensas de China en
Corea y Taiwány, más tarde, a expensas de Rusia, si bien a escala más modesta.

En 1914, el continente americano era un conjunto de repúblicas soberanas, salvo Canadá, las islas del
Caribe, y algunas zonas del litoral caribeño.
Nadie dudaba de que desde el punto de vista económico eran dependencias del mundo desarrollado.
Ni siquiera Estados Unidos, que afirmaron cada vez más su hegemonía política y militar en esta amplia
zona, intentaron seriamente conquistarla y administrarla. Sus únicas anexiones directas fueron Puerto
Rico (Cuba consiguió una independencia nominal) y una estrecha franja que discurría a lo largo del canal
de Panamá, que formaba parte de otra pequeño República.
En Latinoamérica, la dominación económica y las presiones políticas necesarias se realizaban sin una
conquista formal.

Este reparto del mundo entre un número reducido de Estado será la expresión más espectacular de la
progresiva división del globo en fuertes y débiles.
Entre 1876 y 1915, aproximadamente una cuarta parte de la superficie del planeta fue distribuida o
redistribuida en forma de colonias entre media docena de Estados. El Reino Unido incrementó sus
posesiones a unos diez millones de kilómetros cuadrados, Francia en nueve millones, Alemania adquirió
más de dos millones y medio y Bélgica e Italia algo menos. Los Estados Unidos obtuvieron unos 250. 000
km2 de nuevos territorios, Japón con sus anexiones a costa de China, Rusia y Corea. Las antiguas colonias
africanas de Portugal se ampliaron en unos 750. 000 km2.
Sólo los Países Bajos no pudieron, o no quisieron, anexionarse nuevos territorios.

Cuando los observadores del panorama mundial a finales del decenio de 1890 comenzaron a analizar lo
que, sin duda alguna, parecía ser una nueva fase en el modelo de desarrollo nacional e internacional,
totalmente distinta de la fase liberal de mediados de la centuria, consideraron que la creación de
imperios coloniales era simplemente uno de sus aspectos. Para los observadores ortodoxos se abría, en
términos generales, una nueva era de expansión nacional en la que era imposible separar con claridad
los elementos políticos y económicos y en la que el Estado desempeñaba un papel cada vez más activo
y fundamental tanto en los asuntos domésticos como en el exterior. Los observadores heterodoxos
analizaban más específicamente esa nueva era como una nueva fase de desarrollo capitalista.

El término imperialismo se incorporó al vocabulario político y periodístico durante los años de 1890. El
término se incorporó a la política británica en los años de 1870 y a finales de ese decenio era considerado
todavía como un neologismo. Fue en los años de 1890 cuando la utilización del término se generalizó.
El liberal británico J. A. Hobson, “en los labios de todo el mundo […] y se utiliza para indicar el movimiento
más poderoso del panorama político actual del mundo occidental”.

La mayor parte de los debates se ha centrado no en lo que sucedió en el mundo entre 1875 y 1914, sin
en el marxismo. El análisis del imperialismo, fuertemente crítico, realizado por Lenin se convertiría en
un elemento central del marxismo revolucionario de los movimientos comunistas a partir de 1917 y
también en los movimientos revolucionarios del “tercer mundo”.
El punto esencial del análisis leninista era que el nuevo imperialismo tenía sus raíces económicas en una
nueva fase específica del capitalismo, que, entre otras cosas, conducía a “la división territorial del mundo
entre las grandes potencias capitalistas” en una serie de colonias formales e informales y de esferas de
influencia. Las rivalidades existentes entre los capitalistas que fueron causa de esa división engendraron
también la primera guerra mundial.

Los análisis no marxistas del imperialismo establecían conclusiones opuestas a las de los marxistas.
Negaban la conexión específica entre el imperialismo de finales del siglo XIX y del siglo XX con el
capitalismo general y con la fase concreta del capitalismo que pareció surgir a finales del siglo XIX.
Negaban que el imperialismo tuviera raíces económicas importantes, que beneficiara económicamente
a los países imperialistas y, asimismo, que la explotación de las zonas atrasadas fuera fundamental para
el capitalismo.
Afirmaban que el imperialismo no desembocó en rivalidades insuperables entre las potencias
imperialistas y que no había tenido consecuencias decisivas sobre el origen de la primera guerra mundial.

Se concentraban en los aspectos psicológicos, ideológicos, culturales y políticos.


Pero el inconveniente de los escritos antiimperialistas es que no explican la conjunción de procesos
económicos y políticos, nacionales e internacionales.

Nadie habría negado en 1890 que la división del globo tenía una dimensión económica, la cual no era
inmune a los impulsos políticos, emocionales, ideológicos, patrióticos e incluso raciales tan claramente
asociados con la expansión imperialista.

El acontecimiento más importante en el siglo XIX es la creación de una economía global, que penetró de
forma progresiva en los rincones más remotos del mundo, con un tejido cada vez más denso de
transacciones económicas, comunicaciones y movimiento de productos, dinero y seres humanos que
vinculaba a los países desarrollados entre sí y con el mundo subdesarrollado.
Continuó incrementándose de forma más masiva, en cuanto a volumen y cifras, entre 1875 y 1914. La
red mundial de ferrocarriles, se amplió de poco más de 200.000 Km. en 1870 hasta más de un millón de
kilómetros inmediatamente antes de la primera guerra mundial.

Esta red de transportes posibilitó que incluso las zonas más atrasadas se incorporaran a la economía
mundial. Muchas de esas regiones parecían a primera vista simples extensiones potenciales del mundo
desarrollado, que estaban siendo ya colonizadas y desarrolladas por hombres y mujeres de origen
europeo, que expulsaban o hacían retroceder a los habitantes nativos, creando ciudades y, sin duda, a
su debido tiempo, la civilización industrial.

El desarrollo tecnológico dependía de materias primas se encontraban exclusiva o muy abundantemente


en lugares remotos.
El petróleo procedía casi en su totalidad de los Estados Unidos y de Europa, pero los pozos petrolíferos
del Oriente Medio eran ya objeto de un intenso enfrentamiento y negociación diplomáticos. El caucho
era un producto exclusivamente tropical, que se extraía mediante la terrible explotación de los nativos
en las selvas del Congo y del Amazonas. El estaño procedía de Asia y Sudamérica. Una serie de metales
no férricos que antes carecían de importancia, comenzaron a ser fundamentales para las aleaciones de
acero que exigía la tecnología de alta velocidad.
Las nuevas industrias del automóvil y eléctricas necesitaban imperiosamente uno de los metales más
antiguos, el cobre.
Existía una constante y nunca satisfecha demanda de metales preciosos que en este período convirtió a
Sudáfrica en el mayor productor de oro del mundo. Las minas fueron grandes pioneras que abrieron el
mundo al imperialismo.

El crecimiento del consumo de masas en los países metropolitanos significó la rápida expansión del
mercado de productos alimenticios.
El mercado estaba dominado por los productos básicos de la zona templada, cereales y carne que se
producían a muy bajo costo y en grandes cantidades de diferentes zonas
Transformó el mercado de productos conocidos desde hacía mucho tiempo (al menos en Alemania)
como “productos coloniales”: azúcar, té, café, cacao, y sus derivados. Gracias a la rapidez del transporte
y a la conservación, comenzaron a afluir frutas tropicales y subtropicales: “repúblicas bananeras”.

Estos acontecimientos convirtieron al mundo en un complejo de territorios coloniales y semicoloniales


que progresivamente se convirtieron en productores especializados
Malaya se identificó cada vez más con el caucho y el estaño; el de Brasil, con el café; el de Chile, con los
nitratos; el de Uruguay, con la carne, y el de Cuba, con el azúcar y los cigarros puros.
Si exceptuamos a los Estados Unidos, ni siquiera las colonias de población blanca se industrializaron (en
esta etapa).
Estos países eran complementos de la economía industrial europea (fundamentalmente la británica), no
les convenía a los intereses abocados a la exportación de materias primas- sufrir un proceso de
industrialización.
La función de las colonias y de las dependencias no formales era la de complementar las economías de
las metrópolis y no la de competir con ellas.

Los territorios dependientes que no pertenecían a lo que se ha llamado capitalismo colonizador (blanco)
no tuvieron tanto éxito.
Las oligarquías de terratenientes y comerciantes -locales, importados de Europa o ambas cosas a un
tiempo, sus gobiernos se beneficiaron del dilatado período de expansión secular de los productos de
exportación de su región.
La era imperialista, que comenzó a finales del siglo XIX, se prolongó hasta la gran crisis de 1929 - 1933.
De cualquier forma, se mostraron cada vez más vulnerables.
Pero hasta la caída vertical de los precios de materias primas durante el crash de 1929, esa vulnerabilidad
no parecía tener mucha importancia a largo plazo.

La importancia económica creciente de esas zonas para la economía mundial no explica por qué los
principales Estados industriales iniciaron una rápida carrera para dividir el mundo en colonias y esferas
de influencia.

Dado que las exportaciones británicas de capital se incrementaron vertiginosamente en el último tercio
de la centuria y que los ingresos procedentes de esas inversiones tenían una importancia capital para la
balanza de pagos británica, era totalmente natural relacionar el “nuevo imperialismo” con las
exportaciones de capital
La mayor parte de las inversiones británicas en el exterior se dirigían a las colonias en rápida expansión
y por lo general de población blanca, que pronto serían reconocidas como territorios virtualmente
independientes (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Suráfrica) y a los que podríamos llamar territorios
coloniales “honoríficos”.
Una parte importante de esas inversiones (el 76 % en 1913) se realizaba en forma de préstamos públicos
a compañías de ferrocarriles y servicios públicos.

Un argumento general de más peso para la expansión colonial era la búsqueda de mercados. Los
hombres de negocios, dirigían su mirada, naturalmente, a las zonas sin explotar.

El factor fundamental de la situación económica general era el hecho de que una serie de economías
desarrolladas experimentaban, de forma simultánea, la misma necesidad de encontrar nuevos
mercados. Cuando eran lo suficientemente fuertes, su ideal era el de “puertas abiertas” en los mercados
del mundo subdesarrollado.
La consecuencia lógica fue el reparto de las zonas no ocupadas del tercer mundo. En cierta forma, esto
fue una ampliación del proteccionismo.
El “imperialismo” era la consecuencia natural de una economía internacional basada en la rivalidad de
varias economías industriales competidoras.

Resulta difícil separar los motivos económicos para adquirir territorios coloniales de la acción política
necesaria para conseguirlo, por cuanto el proteccionismo de cualquier tipo no es otra cosa que la
operación de la economía con la ayuda de la política.

Una vez que las potencias rivales comenzaron a dividirse el mapa de África u Oceanía, cada una de ellas
intentó evitar que una porción excesiva (un fragmento especialmente atractivo) pudiera ir a parar a
manos de los demás.
La adquisición de colonias se convirtió en un símbolo de status, con independencia de su valor real. Hacia
1900, incluso los Estados Unidos.
Se sintieron obligados a seguir la moda del momento. Por su parte, Alemania se sintió profundamente
ofendida por el hecho de que una nación tan poderosa y dinámica poseyera muchas menos posesiones
coloniales que los británicos y los franceses.
Italia insistió en ocupar extensiones muy poco atractivas del desierto y de las montañas africanas para
reforzar su posición de gran potencia, y su fracaso en la conquista de Etiopía en 1896 debilitó, sin duda,
esa posición.

Si las grandes potencias eran Estados que tenían colonias, los pequeños países, por así decirlo, “no tenían
derecho a ellas”.
Se discutieron seriamente diversos planes para repartirse los restos del imperio africano de Portugal
Sólo los holandeses conservaron discretamente sus ricas y antiguas colonias.
Hubo grandes zonas de Asia y del continente americano donde, por razones políticas, era imposible que
las potencias europeas pudieran repartirse zonas extensas de territorio.
Desde un punto de vista global, la India era el núcleo central de la estrategia británica, y que esa
estrategia exigía un control no sólo sobre las rutas marítimas cortas hacia el subcontinente (Egipto,
Oriente Medio, el Mar Rojo, el Golfo Pérsico, y el sur de Arabia) y las rutas marítimas largas (el cabo de
Buena Esperanza y Singapur), sino también sobre todo el Océano Indico.
La desintegración del poder local en algunas zonas esenciales para conseguir esos objetivos, como Egipto
(incluyendo Sudán), impulsaron a los británicos a protagonizar una presencia política directa mucho
mayor.

Subestiman el incentivo económico presente en la ocupación de algunos territorios africanos.

Ignoran el hecho de que la India era la “joya más radiante de la corona imperial” y la pieza esencial de la
estrategia británica global.

En tercer lugar, la desintegración de gobiernos indígenas locales, que en ocasiones llevó a los europeos
a establecer el control directo sobre unas zonas que anteriormente no se había ocupado de administrar,
se debió al hecho de que las estructuras locales se habían visto socavadas por la penetración económica.

La aparición de los movimientos obreros tuvo una clara influencia sobre el desarrollo del “nuevo
imperialismo”. Cecil Rhodes afirmara en 1895 que si se quiere evitar la guerra civil hay que convertirse
en imperialista.
En algunos casos, ante todo en Alemania, se han apuntado como razón fundamental para el desarrollo
del imperialismo “la primacía de la política interior”.

No poseemos pruebas de que la conquista colonial tuviera una gran influencia sobre el empleo o sobre
los salarios reales de la mayor parte de los trabajadores en los países metropolitanos, y la idea de que la
emigración a las colonias podía ser una válvula de seguridad en los países superpoblados era poco más
que una fantasía demagógica. (De hecho, nunca fue más fácil encontrar un lugar para emigrar que en el
período 1880-1914,

Mucho más relevante nos parece la práctica habitual de ofrecer a los votantes gloria en lugar de reformas
costosas.
El imperialismo estimuló a las masas, y en especial a los elementos potencialmente descontentos, a
identificarse con el Estado y la nación imperial, dando así, de forma inconsciente, justificación y
legitimidad al sistema social y político representado por ese Estado.

Es difícil precisar hasta qué punto era efectiva esta variante específica de exaltación patriótica, sobre
todo en aquellos países donde el liberalismo y la izquierda más radical habían desarrollado fuertes
sentimientos antiimperialistas, antimilitaristas, anticoloniales o, de forma más general, anti
aristocráticos. Sin duda, en algunos países el imperialismo alcanzó una gran popularidad entre las nuevas
clases medias y de trabajadores administrativos.

No se puede negar que la idea de superioridad y de dominio sobre un mundo poblado por gentes de piel
oscura en remotos lugares tenía arraigo popular y que, benefició a la política imperialista.

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