En El laberinto de la soledad, Octavio Paz se propone indagar buscar las causas que
han llevado al mexicano a la situación de estancamiento que, todavía en los años 50,
sufre. Por ello, va a tratar de desentrañar aquellos estereotipos y creencias que
operan subterráneamente en la cultura mexicana analizando las conductas y
expresiones cotidianas de los mexicanos. Lo que desprende de su análisis es que el
hombre mexicano es un ser cerrado e impenetrable. El miedo a ser descubierta su
intimidad, su identidad, es decir, el miedo a ser abierto y penetrado por el otro le lleva
a adoptar una postura defensiva y desconfiada frente al resto. Así, los seres que se
abren, que se “rajan” (“rajarse” como expresión del habla cotidiana), son individuos
inferiores y cobardes. Es entonces cuando entra la figura femenina, considerada como
“lo otro” del hombre: lo abierto. Ser que se abre, que está en disposición de ser
penetrado, violentado por el ser cerrado. Así, en el imaginario colectivo, la mujer es
entendida como inferior. Podemos observar ya en este punto cómo el sistema de
creencias colectivo se constituye en una dicotomía asimétrica: individuos abiertos y
cerrados, siendo los segundos superiores a los primeros. Dicha creencia, que
concierne a las mujeres, no es construida desde su perspectiva, ellas no tienen opción
a construir su concepción sobre sí mismas, pues son entendidas como pasivas y, por
tanto, sólo tienen el papel de asunción y absorción de aquello que se las imponga. Si
volcamos la mirada al artículo “A las damas de México”, en la revista “Seminario
patriótico de América”, periódico creado en la independencia mexicana (1812-1813),
vemos que la tesis de Octavio se comprueba en evidencias históricas: en el manifiesto
de creencias de la sociedad de una época, donde el propio autor del artículo,
evidentemente varón, contrapone los estereotipos masculino y femenino para
perpetuar el poder de uno sobre otro. Mientras que el ideal masculino se basa en la
actividad y la violencia, CITA 1, el estereotipo femenino se basa en la pura pasividad:
belleza, dulzura y sumisión. Cito: CITA 2.
Ilustra Paz esta situación de desigual intervención en la construcción del ideario
colectivo, tomando ciertas reglas sociales que imperan en las relaciones sociales. El
hombre, en pos de su hermetismo que así dicta su estereotipo, se guía por la reserva
y el pudor. Pues bien, a la mujer se le imponen las mismas actitudes, consideradas
como virtudes. Se refleja, así, cómo la mujer no es más que mera ““depositaria” de
valores”, sobre los que ella no tiene ni voz ni voto. CITA 3. Se alude en esta cita a la
función femenina en una sociedad cuya cultura ha sido construida por hombres, que
conciben la feminidad como pura pasividad y abertura: la mujer como depósito de
normas sociales y morales, pero no como un fin en sí mismo. En el artículo
seleccionado se muestra también como se otorga a la mujer la labor de mantener el
saco de valores nacionalistas elaborados por hombres, es decir, se muestra la buena
labor de la mujer, donde ella no es más que el medio para sostener los ideales
construidos por hombres: CITA 4
La propuesta teórica de Paz sobre el papel de la mexicana en la sociedad se puede
reforzar con la tesis feminista de la filósofa existencialista Simón de Beauvior. Su obra
El segundo sexo fue publicada casi a la vez que El laberinto de la soledad, y en ella
encontramos tesis muy parecidas a la de Paz, pero sin limitarse a la mujer mexicana:
CITA 5. Sin embargo, comparar ambas obras en lo que concierne a la mujer, permite
que nos demos cuenta de que Paz, lejos de querer construir un análisis y crítica
feminista sobre el sistema de creencias mexicano, tan sólo usa a la mujer en tanto
que Alteridad para aclarar el concepto de mexicano. Es decir, expone las creencias de
la cultura mexicana que, si bien reconoce como misóginas, sólo son empleadas para
demostrar por qué el hombre es cerrado y la mujer es abierta. Así, su pretensión no
consiste en impugnarlas, sino en usarlas como argumento.
Hasta ahora he presentado la teoría de Paz según la cual la mexicana es tomada
como instrumento público (depositaria de valores), pero el autor también resalta su
función en tanto que instrumento privado del varón. La exigencia de resignación no
significa otra cosa que la concepción de la mujer también como instrumento usado
por el varón en su vida privada, especialmente, en términos sexuales. La mujer carece
de libertad para decidir sobre su sexualidad, sino que ha de asumir las decisiones
masculinas que se tomen sobre ellas. Es por ello que ha de cultivar las virtudes de la
resignación y el estoicismo, entendiendo estas virtudes como acatamiento y sumisión
ante los deseos del varón. Ahora bien, no ha de someterse a cualquier hombre, por
eso se espera también de ella decencia y pudor ante aquellos que no sean
inadecuados. Tendrá que mantener su pudor y pureza para servir a aquel varón más
mexicano, aquel que cumpla mejor con el ideal del imaginario mexicano. Se menciona
en el articulo: CITA 6
Hilando con lo anterior, Paz encuentra el origen último de la conducta ocultadora del
mexicano, de su máscara, en la soledad que les constituye ontológicamente. Una
soledad que, de nuevo, se entiende por culpa de una figura femenina: La Malinche.
Apunta el autor que dicha figura es la representación mexicana de aquellas mujeres
indígenas, abiertas y violadas por los españoles conquistadores; símbolo, por tanto,
de la pasividad de México ante el ataque europeo CITA 7. Considero de importancia
reforzar esta tesis mostrando que, si salimos del espacio y tiempo concretos sobre los
que habla Paz, encontramos otra figura similar a la Malinche en la religión cristiana:
Eva. Igual que Eva es el símbolo del pecado humano, la Malinche es el símbolo de la
vergüenza y humillación de los mexicanos, que se entregaron a los colonizadores con
completa pasividad. Estos símbolos de la traición, femeninos, se enfrentan a las
figuras masculinas de Adán y Cuauhtémoc, que representan a los hombres, ya bien
mexicanos, ya bien europeos, que supieron mantenerse impasibles y cerrados, ante el
pecado en el caso de Adán, y ante la violencia colonizadora en el caso de
Cuauhtémoc. La Malinche es la Chingada de México que, de tan pasiva, “no ofrece
resistencia a la violencia” y es violada por el español, dando lugar así al mexicano. De
alguna forma, el mexicano rechaza a su Madre por haber sido víctima de la violación
española, por la pasividad que en ella ha regido hasta el punto de dar a luz a una
patria manchada por la vergüenza y la humillación que sienten a causa de su propia
Madre. CITA 8
Con el paralelismo entre Eva y La Malinche, vemos que el texto de Paz no sólo
consiste en una verdad mexicana irreductible a otras culturas en el mundo, sino que
es posible apoyar su hipótesis al demostrar que existen representaciones similares en
otros tiempos y espacios del mundo. Él mismo lo dice: el mexicano está solo, al igual
que el resto de los hombres.
No siendo suficientes las figuras femeninas de la traición, el pecado y la mancha,
aparece, en el imaginario mexicano católico una figura cristiana: la Virgen de
Guadalupe, que no deja de ser la Virgen María. Representa a la Madre de los
huérfanos, estos son, los mexicanos, que se vieron abandonados y humillados por una
madre que se dejó violentar por el hombre equivocado, que se entregó como
consecuencia de la más pura pasividad. No obstante, esta Virgen mantiene su
pasividad, pero orientada a la receptividad pura: CITA 9 La Virgen María, en la
religión cristiana, y la Virgen de Guadalupe, en el caso concreto de México, conforman
la imagen femenina que mantiene su pureza, virginidad y bondad de la Madre que
concibió a su hijo sin ser siquiera penetrada. Construye el ideal de mujer que ha de
redimir el pecado de Eva y la mancha mexicana. La misión redentora otorgada a las
mujeres también se aprecia en el artículo “A las damas mexicanas”: CITA 10. La
mujer ha de cumplir con la redención, por ser la culpable de que los mexicanos se
hayan quedado solos. La mancha mexicana es la soledad del mexicano que apareció
cuando la Madre impersonal, encarnada en la Malinche, se entregó a Hernán Cortés y,
en la medida en que concibió a su pueblo, lo dejó huérfano.
Una vez recogido todo lo dicho, cabe concluir que la concepción de lo femenino que
Paz describe en sus páginas no le pertenece, en contra de lo que muchos de sus
lectores han interpretado. Todo lo contrario, Paz tan sólo expone aquellos sesgos – que
podemos apreciar misóginos – que operan subterráneamente en el sistema de
creencias de la comunidad mexicana. Unas creencias que se manifiestan en el estar
cotidiano del mexicano y, en consecuencia, en su lenguaje: “Viva México, hijos de la
Chingada”. Y es que, en El laberinto de la soledad, Octavio Paz tan sólo tiene la
pretensión de sacar a la luz el estereotipo, el ideal de mexicano que ellos mismos han
construido y que les ha lastrado a lo largo de su historia. Como todo sistema de
creencias propio de una comunidad, este es construido, modificado y/o mantenido por
los propios componentes que la conforman. El problema que concierne a la mujer, en
este sentido, sale a la luz cuando se aprecia que el imaginario colectivo mexicano ha
sido construido sólo por uno de los géneros, quedando el otro simple y llanamente
para asumir lo que de ellas se diga, se conciba y se piense. Considero que Paz ha sido
capaz de visibilizar la difícil situación de la mujer mexicana, pudiéndose extender a la
mujer en general, quien a lo largo de la historia ha quedado al margen de la toma de
decisiones y ha asumido el concepto que de ella han construido. Un concepto
construido, evidentemente, en pos de la perpetuación de la supremacía masculina.
Sin embargo, cabe recriminar a Paz la ausencia de una crítica explícita a dicha
concepción patriarcal y machista de la mujer mexicana, pues sólo se ha parado en
ella para tomarla como “lo otro” del hombre mexicano, sobre el que sí se centra el
conjunto de su tesis. No elabora ninguna propuesta de liberación de lo femenino.
Considero, además, que Paz, entre las líneas de su obra esconde una tesis esencialista
en cuanto a los géneros masculino y femenino y, con ella, la perpetuación del dominio
masculino sobre lo femenino. CITA 11. Creo que esta idea es la más criticable desde
una perspectiva feminista porque, además de afirmarla como correcta y objetiva y no
como perteneciente al mito cultural mexicano, supone argumentar la imposibilidad de
que la mujer tome un papel activo como sujeto. Con dicho argumento biológico,
justifica la inferioridad de la mujer, su pasividad y una disposición (natural) a ser
entregada al hombre. A día de hoy, los argumentos naturalistas que aparentan
justificar las proposiciones machistas y patriarcales han quedado obsoletos. De hecho,
ya Beauvoir, en 1949, lo expone en El segundo sexo: sin dejar de negar las diferencias
y desigualdades evidentes del ámbito biológico, niega que estos predeterminen el
papel social de la mujer. CITA 12. Los argumentos que se apoyan en las diferencias
biológicas tienden a ser peligrosos pues, inconscientemente, tendemos a pensar que
son inamovibles porque no dependen más que de la ley de la Naturaleza. Si la mujer
es abierta y, por tanto, inferior, sufrida, violentada, herida, es porque la naturaleza así
lo ha dictado y, ante esto, no hay cambio posible. De esta forma, es fácil justificar
todo el constructo cultural elaborado a partir de lo que parece ser un fundamento
sólido. No obstante, el problema no radica en la diferencia biológica entre hombres y
mujeres, la cual es evidente y, efectivamente, inevitable; sino en el sesgo que ya de
antes atraviesa la mirada del científico que observa la naturaleza: por qué centrarnos
en la abertura de la mujer en contraposición a lo cerrado del hombre.
En su obra, Paz tan sólo quiere destapar aquello que queda detrás de la máscara
mexicana, detrás de sus conductas que buscan ocultar, cerrar, la soledad íntima del
mexicano que, abandonado por la Madre impersonal, ha quedado en una plena
soledad. No obstante, aunque dedica dos capítulos, principalmente, a la figura
femenina mexicana, no la toma como objeto de estudio, sino como efecto de
desentrañar lo oculto tras la mascara del mexicano. Considero que hay intentos
conscientes de reivindicar cierta libertad femenina, sobre todo al tomarla como
condición de posibilidad de la existencia del amor. Sostiene que la mujer, al ser
tomada como lo otro del hombre, es tomada como lo otro de sujeto activo, es decir,
como objeto, objeto construido, moldeado y concebido a ojos e interés del varón. La
mujer, en esta tesitura, no puede realizarse a sí misma, su ser no es libre, pues se
concibe a sí misma como objeto, como “lo otro” a disposición del varón. Si el amor
sólo se entiende como la creación, como algo que “se hace”, son necesarios dos
sujetos comprendidos como tal que tomen un papel activo.
Si bien Paz parece afirmar que la inferioridad de la mujer tiene su fundamento último
en una cuestión biológica incuestionable e inamovible, también visibiliza las cadenas
sociales construidas por los hombres que la condenan a ser “lo otro”, el objeto, el
instrumento del varón y, por tanto, inferior a él. Sin embargo, no debemos olvidar que
el objetivo principal de la obra es destapar aquello que queda oculto tras la máscara
del mexicano y las razones por las que dicha máscara existe. Y es sólo en esta medida
que la mujer aparece en este discurso como aquello concebido por el varón como “lo
otro”. No hay intento ninguno por buscar salida a la situación, ni una propuesta para
la liberación de la mujer, ya sea por no considerarla posible o por no ser este su
objetivo.