Immanuel Kant nació en 1724 y murió en 1804 en Königsberg, ciudad en la que pasó toda su vida
personal y académica. Fue educado en los valores morales del pietismo, lo que influyó claramente
en su pensamiento ético. Llevó una vida muy ordenada y rutinaria, y llegó a ser primero profesor
titular y después catedrático en la Universidad de Königsberg. Kant fue una de las figuras más
importantes de la Ilustración del siglo XVIII y su pensamiento supuso una auténtica revolución
filosófica, marcando un antes y un después en la historia de la filosofía.
La obra de Kant se divide en dos grandes etapas: el período precrítico, influido por el racionalismo,
y el período crítico, que corresponde a la madurez de su pensamiento. A este último pertenece su
obra más importante, la Crítica de la razón pura, cuyo objetivo principal es analizar las posibilidades
y los límites del conocimiento humano. Kant en esta obra defiende que, aunque todo conocimiento
comienza con la experiencia, no todo procede de ella, lo que lleva a la pregunta fundamental de su
filosofía: ¿qué podemos conocer?
Este planteamiento da lugar a lo que Kant llamó el giro copernicano. Según este giro, ya no es el
sujeto quien se adapta al objeto, sino que es el sujeto cognoscente quien determina activamente
que realidad ha de ser conocida. Los objetos afectan a nuestros sentidos, pero el conocimiento no
surge solo de lo que recibimos del exterior, sino de la unión entre lo que nos dan los sentidos,
llamado materia, y lo que pone el sujeto, llamado forma. Para explicar este proceso, Kant distingue
tres facultades del conocimiento: sensibilidad, entendimiento y razón, que estudia
respectivamente en la Estética trascendental, la Analítica trascendental y la Dialéctica
trascendental.
La sensibilidad es la facultad mediante la cual recibimos las impresiones del mundo exterior y
formamos intuiciones sensibles. Las sensaciones que recibimos son múltiples y desordenadas
(materia). Para que estas sensaciones puedan ser comprendidas, la mente les aplica una forma,
que son el espacio y el tiempo. El espacio y el tiempo son formas puras a priori, lo que significa
que no proceden de la experiencia, sino que son condiciones necesarias para que la experiencia
sea posible. Al ser estructuras propias del sujeto y no características de las cosas en sí, permiten
que la matemática se constituya como ciencia mediante juicios sintéticos a priori.
Como consecuencia de esta estructura del conocimiento, Kant afirma que solo podemos conocer
los fenómenos, es decir, los objetos tal como se nos aparecen una vez organizados por nuestra
sensibilidad. En cambio, la realidad tal como es en sí misma, independiente del sujeto, recibe el
nombre de noúmeno o “cosa en sí”, y es incognoscible. Aunque Kant no niega su existencia,
sostiene que nunca podemos conocerla, ya que todo lo que percibimos pasa necesariamente por
nuestras formas y estructuras mentales.
El conocimiento humano, por tanto, se limita a los fenómenos, que siempre aparecen bajo las
condiciones del espacio y el tiempo. La validez universal y necesaria de este conocimiento no
procede de la experiencia, sino del propio sujeto cognoscente, cuyas estructuras mentales son
iguales en todos los seres humanos.
La sensibilidad, sin embargo, no produce conocimiento por sí sola, sino que necesita del
entendimiento, que es la facultad de pensar las intuiciones sensibles mediante conceptos y
categorías. De ahí la famosa afirmación de Kant: «Los pensamientos sin contenidos son vacíos; las
intuiciones sin conceptos son ciegas». El entendimiento unifica y ordena los fenómenos aplicando
conceptos, lo que permite formular juicios como “esto es una tiza”. Gracias a la colaboración entre
sensibilidad y entendimiento se hacen posibles los juicios sintéticos a priori y se establecen, al
mismo tiempo, los límites del conocimiento, ya que no podemos conocer la cosa en sí ni realidades
que no sean fenómenos.
La razón, estudiada en la Dialéctica trascendental, es definida por Kant como la facultad de los
principios. Mientras que el entendimiento unifica los fenómenos, la razón intenta unificar los juicios
del entendimiento en principios últimos. La metafísica tradicional ha intentado conocer a Dios, el
alma y el mundo aplicando de forma incorrecta categorías como sustancia, causa o totalidad. Este
uso es ilegítimo porque las categorías solo pueden aplicarse a los fenómenos, es decir, a los datos
de la experiencia. Por ello, Kant concluye que la metafísica no puede constituirse como una ciencia.
En conclusión, Kant establece con precisión las posibilidades y los límites del conocimiento
humano, afirmando que solo podemos conocer lo fenoménico y nunca el noúmeno. Su
pensamiento supuso una revolución filosófica que influyó decisivamente en el idealismo alemán y
en autores posteriores como Hegel, siendo fundamental para comprender la filosofía
contemporánea.