Había una vez, en un rincón del mundo donde los mapas se
desdibujaban y las brújulas olvidaban su norte, un valle al que nadie
llegaba por casualidad. Lo llamaban el Valle de las Horas
Perdidas, porque allí el tiempo no avanzaba en línea recta, sino que
se enroscaba sobre sí mismo como una serpiente dormida.
I. El valle donde el tiempo respiraba
El valle estaba rodeado por montañas de piedra azulada que al
amanecer parecían transparentes. Entre sus laderas crecían bosques
de árboles plateados cuyas hojas tintineaban como campanas cuando
soplaba el viento. Los ríos fluían hacia arriba algunos días, y hacia
abajo otros, según el humor del cielo.
En el centro del valle había un pueblo diminuto llamado Nerel,
compuesto por casas de madera oscura, tejados cubiertos de musgo
y ventanas redondas que reflejaban estrellas incluso de día. Sus
habitantes no medían su edad en años, sino en recuerdos. Cuando
alguien decía “tengo cuarenta inviernos”, en realidad quería decir “he
amado cuarenta veces”.
Allí vivía Elías, un muchacho que tenía la rara costumbre de escuchar
el silencio.
Mientras los demás oían el canto de los pájaros, el murmullo del agua
o las conversaciones en la plaza, Elías se quedaba quieto intentando
percibir lo que existía entre los sonidos: esa pausa invisible donde,
según él, el mundo revelaba sus secretos.
Desde pequeño decía que el silencio tenía voz.
Y nadie lo creía.
II. El reloj enterrado
Una tarde de otoño, mientras ayudaba a su abuelo a recoger raíces
medicinales cerca del bosque más antiguo del valle, Elías encontró
algo extraño: un objeto metálico enterrado bajo la tierra húmeda.
Era un reloj enorme, tan grande como una rueda de molino, cubierto
de símbolos desconocidos. No tenía números, sino pequeñas
imágenes: un ojo cerrado, una semilla, una luna rota, un pájaro en
pleno vuelo.
Pero lo más extraño era que el reloj no marcaba horas.
Marcaba recuerdos.
Cuando Elías lo tocó, el aire se estremeció y escuchó un susurro:
—El tiempo no se mide. Se cultiva.
El muchacho retiró la mano, temblando.
—¿Quién habla?
—El tiempo que olvidaste.
Aquella noche no durmió.
El reloj apareció en sus sueños, enterrado en el corazón del mundo,
latiendo como un animal antiguo.
III. La biblioteca de lo que nunca ocurrió
El abuelo de Elías, un hombre de mirada cansada y sonrisa tranquila,
escuchó la historia sin sorprenderse.
—Sabía que lo encontrarías —dijo.
—¿Qué es?
—La puerta.
—¿La puerta a dónde?
El anciano señaló hacia las montañas.
—A la Biblioteca de lo que nunca ocurrió.
Elías creyó que era una broma.
Pero su abuelo le explicó que, según las historias antiguas del valle,
existía un lugar donde se guardaban todos los caminos que las
personas no habían tomado: palabras que no se dijeron, decisiones
que se evitaron, sueños abandonados.
—Cada posibilidad vive allí —dijo el abuelo—. Y algunas desean ser
recordadas.
Esa noche, Elías decidió buscarla.
IV. El viaje hacia la montaña inmóvil
El muchacho partió antes del amanecer con una mochila, pan seco y
el extraño reloj envuelto en tela.
El bosque que debía atravesar no era un bosque común. Los árboles
cambiaban de lugar cuando nadie los miraba. Los senderos se
bifurcaban en direcciones imposibles. A veces caminaba durante
horas para descubrir que había regresado al mismo sitio.
Entonces recordó algo que su abuelo decía:
“Cuando el mundo te confunda, escucha el silencio.”
Elías cerró los ojos.
Entre el viento, los insectos y el crujido de las ramas, percibió un
vacío delicado, una especie de pausa. Siguió esa pausa.
Y el bosque se abrió.
V. El guardián sin rostro
En el límite del bosque encontró una puerta solitaria de piedra sin
muro que la sostuviera. Frente a ella había una figura alta cubierta
con un manto gris.
No tenía rostro.
Solo un espacio vacío donde debería haber ojos.
—¿Por qué buscas lo que no sucedió? —preguntó la figura.
—Porque lo escucho llamarme —respondió Elías.
El guardián extendió una mano.
—Entrar cuesta algo que no podrás recuperar.
—¿Qué?
—La certeza.
Elías pensó en su vida tranquila, en el pueblo, en su abuelo. Pensó en
el reloj, en la voz, en el silencio que hablaba.
Aceptó.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
VI. La ciudad de los posibles
Al otro lado había una ciudad infinita de estanterías que se perdían en
la niebla. Millones de libros flotaban en el aire, encadenados a
recuerdos que brillaban como luciérnagas.
Cada libro contenía una vida distinta.
Elías abrió uno al azar.
Vio su propia historia… pero en ella nunca había salido del valle. En
otra versión era marinero. En otra, había muerto siendo niño. En otra,
era rey de una tierra desierta.
Sintió vértigo.
—¿Cuál es real? —preguntó.
Una voz respondió desde todas partes:
—Todas lo son mientras alguien las recuerde.
VII. La mujer que tejía futuros
En el centro de la biblioteca encontró a una mujer anciana tejiendo
hilos de luz.
—Soy la Archivista —dijo ella sin mirarlo—. Conservo las posibilidades
que el mundo descarta.
—¿Por qué me llamaron?
—Porque escuchas lo que otros ignoran.
Le explicó que el valle estaba cambiando. El tiempo comenzaba a
romperse. Los recuerdos desaparecían, los futuros se marchitaban
antes de nacer.
—Alguien está robando posibilidades.
—¿Quién?
—El Olvido.
VIII. El Olvido
No era una criatura, sino una fuerza.
Donde pasaba, las personas olvidaban quiénes eran, qué amaban,
qué soñaban. Los caminos se borraban, las historias se disolvían.
—Si el Olvido consume todas las posibilidades —dijo la Archivista—, el
tiempo se detendrá.
—¿Qué puedo hacer yo?
Ella le entregó una aguja hecha de luz.
—Debes coser la memoria del mundo.
Elías no entendió, pero aceptó.
IX. El mar de los recuerdos rotos
Para encontrar al Olvido debía cruzar el Mar de los Recuerdos Rotos,
un océano formado por fragmentos de memorias perdidas.
El agua mostraba escenas: risas olvidadas, despedidas nunca dichas,
sueños abandonados.
Cada ola intentaba arrastrarlo hacia una vida distinta.
Para no perderse, Elías escuchó el silencio.
Y el silencio lo guio.
X. El corazón del Olvido
En el centro del mar encontró una isla negra donde el tiempo no
existía. Allí habitaba el Olvido: una sombra inmensa que devoraba
recuerdos como fuego consume papel.
—¿Por qué destruyes el mundo? —preguntó Elías.
La sombra respondió:
—Yo no destruyo. Libero. Sin memoria no hay dolor.
Elías comprendió que la sombra decía la verdad… pero solo una
parte.
Sin memoria tampoco había amor.
XI. La costura del tiempo
El muchacho utilizó la aguja de luz.
No atacó al Olvido.
En cambio, comenzó a coser los recuerdos rotos del mar, uno por uno:
una canción, una promesa, una risa, una mirada.
Cada recuerdo restaurado debilitaba a la sombra.
Porque el Olvido solo crecía donde nadie recordaba.
Cuando el último recuerdo fue cosido, la sombra se disolvió como
niebla al amanecer.
XII. El precio de recordar
Pero salvar el mundo exigía un sacrificio.
La aguja debía sellarse con un recuerdo propio.
Elías eligió el más valioso: el rostro de su abuelo.
Lo olvidó.
Salvó el tiempo.
XIII. El regreso
Volvió al valle.
Nadie sabía quién era su abuelo.
Nadie recordaba su sacrificio.
Solo quedaba el silencio… y en él, una sensación cálida, como un
amor cuyo origen no podía nombrarse.
El reloj enterrado dejó de hablar.
El tiempo volvió a fluir.
XIV. Años después
Elías envejeció.
Se convirtió en el nuevo guardián del valle, enseñando a los niños a
escuchar el silencio, a recordar, a cuidar sus posibilidades.
Nunca supo por qué, al mirar las montañas al atardecer, sentía una
nostalgia inmensa.
Pero sonreía.
Porque aunque había olvidado el recuerdo, el amor permanecía.
Y el tiempo seguía respirando.
Había una vez, en un rincón del mundo donde los mapas se
desdibujaban y las brújulas olvidaban su norte, un valle al que nadie
llegaba por casualidad. Lo llamaban el Valle de las Horas
Perdidas, porque allí el tiempo no avanzaba en línea recta, sino que
se enroscaba sobre sí mismo como una serpiente dormida.
I. El valle donde el tiempo respiraba
El valle estaba rodeado por montañas de piedra azulada que al
amanecer parecían transparentes. Entre sus laderas crecían bosques
de árboles plateados cuyas hojas tintineaban como campanas cuando
soplaba el viento. Los ríos fluían hacia arriba algunos días, y hacia
abajo otros, según el humor del cielo.
En el centro del valle había un pueblo diminuto llamado Nerel,
compuesto por casas de madera oscura, tejados cubiertos de musgo
y ventanas redondas que reflejaban estrellas incluso de día. Sus
habitantes no medían su edad en años, sino en recuerdos. Cuando
alguien decía “tengo cuarenta inviernos”, en realidad quería decir “he
amado cuarenta veces”.
Allí vivía Elías, un muchacho que tenía la rara costumbre de escuchar
el silencio.
Mientras los demás oían el canto de los pájaros, el murmullo del agua
o las conversaciones en la plaza, Elías se quedaba quieto intentando
percibir lo que existía entre los sonidos: esa pausa invisible donde,
según él, el mundo revelaba sus secretos.
Desde pequeño decía que el silencio tenía voz.
Y nadie lo creía.
II. El reloj enterrado
Una tarde de otoño, mientras ayudaba a su abuelo a recoger raíces
medicinales cerca del bosque más antiguo del valle, Elías encontró
algo extraño: un objeto metálico enterrado bajo la tierra húmeda.
Era un reloj enorme, tan grande como una rueda de molino, cubierto
de símbolos desconocidos. No tenía números, sino pequeñas
imágenes: un ojo cerrado, una semilla, una luna rota, un pájaro en
pleno vuelo.
Pero lo más extraño era que el reloj no marcaba horas.
Marcaba recuerdos.
Cuando Elías lo tocó, el aire se estremeció y escuchó un susurro:
—El tiempo no se mide. Se cultiva.
El muchacho retiró la mano, temblando.
—¿Quién habla?
—El tiempo que olvidaste.
Aquella noche no durmió.
El reloj apareció en sus sueños, enterrado en el corazón del mundo,
latiendo como un animal antiguo.
III. La biblioteca de lo que nunca ocurrió
El abuelo de Elías, un hombre de mirada cansada y sonrisa tranquila,
escuchó la historia sin sorprenderse.
—Sabía que lo encontrarías —dijo.
—¿Qué es?
—La puerta.
—¿La puerta a dónde?
El anciano señaló hacia las montañas.
—A la Biblioteca de lo que nunca ocurrió.
Elías creyó que era una broma.
Pero su abuelo le explicó que, según las historias antiguas del valle,
existía un lugar donde se guardaban todos los caminos que las
personas no habían tomado: palabras que no se dijeron, decisiones
que se evitaron, sueños abandonados.
—Cada posibilidad vive allí —dijo el abuelo—. Y algunas desean ser
recordadas.
Esa noche, Elías decidió buscarla.
IV. El viaje hacia la montaña inmóvil
El muchacho partió antes del amanecer con una mochila, pan seco y
el extraño reloj envuelto en tela.
El bosque que debía atravesar no era un bosque común. Los árboles
cambiaban de lugar cuando nadie los miraba. Los senderos se
bifurcaban en direcciones imposibles. A veces caminaba durante
horas para descubrir que había regresado al mismo sitio.
Entonces recordó algo que su abuelo decía:
“Cuando el mundo te confunda, escucha el silencio.”
Elías cerró los ojos.
Entre el viento, los insectos y el crujido de las ramas, percibió un
vacío delicado, una especie de pausa. Siguió esa pausa.
Y el bosque se abrió.
V. El guardián sin rostro
En el límite del bosque encontró una puerta solitaria de piedra sin
muro que la sostuviera. Frente a ella había una figura alta cubierta
con un manto gris.
No tenía rostro.
Solo un espacio vacío donde debería haber ojos.
—¿Por qué buscas lo que no sucedió? —preguntó la figura.
—Porque lo escucho llamarme —respondió Elías.
El guardián extendió una mano.
—Entrar cuesta algo que no podrás recuperar.
—¿Qué?
—La certeza.
Elías pensó en su vida tranquila, en el pueblo, en su abuelo. Pensó en
el reloj, en la voz, en el silencio que hablaba.
Aceptó.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
VI. La ciudad de los posibles
Al otro lado había una ciudad infinita de estanterías que se perdían en
la niebla. Millones de libros flotaban en el aire, encadenados a
recuerdos que brillaban como luciérnagas.
Cada libro contenía una vida distinta.
Elías abrió uno al azar.
Vio su propia historia… pero en ella nunca había salido del valle. En
otra versión era marinero. En otra, había muerto siendo niño. En otra,
era rey de una tierra desierta.
Sintió vértigo.
—¿Cuál es real? —preguntó.
Una voz respondió desde todas partes:
—Todas lo son mientras alguien las recuerde.
VII. La mujer que tejía futuros
En el centro de la biblioteca encontró a una mujer anciana tejiendo
hilos de luz.
—Soy la Archivista —dijo ella sin mirarlo—. Conservo las posibilidades
que el mundo descarta.
—¿Por qué me llamaron?
—Porque escuchas lo que otros ignoran.
Le explicó que el valle estaba cambiando. El tiempo comenzaba a
romperse. Los recuerdos desaparecían, los futuros se marchitaban
antes de nacer.
—Alguien está robando posibilidades.
—¿Quién?
—El Olvido.
VIII. El Olvido
No era una criatura, sino una fuerza.
Donde pasaba, las personas olvidaban quiénes eran, qué amaban,
qué soñaban. Los caminos se borraban, las historias se disolvían.
—Si el Olvido consume todas las posibilidades —dijo la Archivista—, el
tiempo se detendrá.
—¿Qué puedo hacer yo?
Ella le entregó una aguja hecha de luz.
—Debes coser la memoria del mundo.
Elías no entendió, pero aceptó.
IX. El mar de los recuerdos rotos
Para encontrar al Olvido debía cruzar el Mar de los Recuerdos Rotos,
un océano formado por fragmentos de memorias perdidas.
El agua mostraba escenas: risas olvidadas, despedidas nunca dichas,
sueños abandonados.
Cada ola intentaba arrastrarlo hacia una vida distinta.
Para no perderse, Elías escuchó el silencio.
Y el silencio lo guio.
X. El corazón del Olvido
En el centro del mar encontró una isla negra donde el tiempo no
existía. Allí habitaba el Olvido: una sombra inmensa que devoraba
recuerdos como fuego consume papel.
—¿Por qué destruyes el mundo? —preguntó Elías.
La sombra respondió:
—Yo no destruyo. Libero. Sin memoria no hay dolor.
Elías comprendió que la sombra decía la verdad… pero solo una
parte.
Sin memoria tampoco había amor.
XI. La costura del tiempo
El muchacho utilizó la aguja de luz.
No atacó al Olvido.
En cambio, comenzó a coser los recuerdos rotos del mar, uno por uno:
una canción, una promesa, una risa, una mirada.
Cada recuerdo restaurado debilitaba a la sombra.
Porque el Olvido solo crecía donde nadie recordaba.
Cuando el último recuerdo fue cosido, la sombra se disolvió como
niebla al amanecer.
XII. El precio de recordar
Pero salvar el mundo exigía un sacrificio.
La aguja debía sellarse con un recuerdo propio.
Elías eligió el más valioso: el rostro de su abuelo.
Lo olvidó.
Salvó el tiempo.
XIII. El regreso
Volvió al valle.
Nadie sabía quién era su abuelo.
Nadie recordaba su sacrificio.
Solo quedaba el silencio… y en él, una sensación cálida, como un
amor cuyo origen no podía nombrarse.
El reloj enterrado dejó de hablar.
El tiempo volvió a fluir.
XIV. Años después
Elías envejeció.
Se convirtió en el nuevo guardián del valle, enseñando a los niños a
escuchar el silencio, a recordar, a cuidar sus posibilidades.
Nunca supo por qué, al mirar las montañas al atardecer, sentía una
nostalgia inmensa.
Pero sonreía.
Porque aunque había olvidado el recuerdo, el amor permanecía.
Y el tiempo seguía respirando.
Había una vez, en un rincón del mundo donde los mapas se
desdibujaban y las brújulas olvidaban su norte, un valle al que nadie
llegaba por casualidad. Lo llamaban el Valle de las Horas
Perdidas, porque allí el tiempo no avanzaba en línea recta, sino que
se enroscaba sobre sí mismo como una serpiente dormida.
I. El valle donde el tiempo respiraba
El valle estaba rodeado por montañas de piedra azulada que al
amanecer parecían transparentes. Entre sus laderas crecían bosques
de árboles plateados cuyas hojas tintineaban como campanas cuando
soplaba el viento. Los ríos fluían hacia arriba algunos días, y hacia
abajo otros, según el humor del cielo.
En el centro del valle había un pueblo diminuto llamado Nerel,
compuesto por casas de madera oscura, tejados cubiertos de musgo
y ventanas redondas que reflejaban estrellas incluso de día. Sus
habitantes no medían su edad en años, sino en recuerdos. Cuando
alguien decía “tengo cuarenta inviernos”, en realidad quería decir “he
amado cuarenta veces”.
Allí vivía Elías, un muchacho que tenía la rara costumbre de escuchar
el silencio.
Mientras los demás oían el canto de los pájaros, el murmullo del agua
o las conversaciones en la plaza, Elías se quedaba quieto intentando
percibir lo que existía entre los sonidos: esa pausa invisible donde,
según él, el mundo revelaba sus secretos.
Desde pequeño decía que el silencio tenía voz.
Y nadie lo creía.
II. El reloj enterrado
Una tarde de otoño, mientras ayudaba a su abuelo a recoger raíces
medicinales cerca del bosque más antiguo del valle, Elías encontró
algo extraño: un objeto metálico enterrado bajo la tierra húmeda.
Era un reloj enorme, tan grande como una rueda de molino, cubierto
de símbolos desconocidos. No tenía números, sino pequeñas
imágenes: un ojo cerrado, una semilla, una luna rota, un pájaro en
pleno vuelo.
Pero lo más extraño era que el reloj no marcaba horas.
Marcaba recuerdos.
Cuando Elías lo tocó, el aire se estremeció y escuchó un susurro:
—El tiempo no se mide. Se cultiva.
El muchacho retiró la mano, temblando.
—¿Quién habla?
—El tiempo que olvidaste.
Aquella noche no durmió.
El reloj apareció en sus sueños, enterrado en el corazón del mundo,
latiendo como un animal antiguo.
III. La biblioteca de lo que nunca ocurrió
El abuelo de Elías, un hombre de mirada cansada y sonrisa tranquila,
escuchó la historia sin sorprenderse.
—Sabía que lo encontrarías —dijo.
—¿Qué es?
—La puerta.
—¿La puerta a dónde?
El anciano señaló hacia las montañas.
—A la Biblioteca de lo que nunca ocurrió.
Elías creyó que era una broma.
Pero su abuelo le explicó que, según las historias antiguas del valle,
existía un lugar donde se guardaban todos los caminos que las
personas no habían tomado: palabras que no se dijeron, decisiones
que se evitaron, sueños abandonados.
—Cada posibilidad vive allí —dijo el abuelo—. Y algunas desean ser
recordadas.
Esa noche, Elías decidió buscarla.
IV. El viaje hacia la montaña inmóvil
El muchacho partió antes del amanecer con una mochila, pan seco y
el extraño reloj envuelto en tela.
El bosque que debía atravesar no era un bosque común. Los árboles
cambiaban de lugar cuando nadie los miraba. Los senderos se
bifurcaban en direcciones imposibles. A veces caminaba durante
horas para descubrir que había regresado al mismo sitio.
Entonces recordó algo que su abuelo decía:
“Cuando el mundo te confunda, escucha el silencio.”
Elías cerró los ojos.
Entre el viento, los insectos y el crujido de las ramas, percibió un
vacío delicado, una especie de pausa. Siguió esa pausa.
Y el bosque se abrió.
V. El guardián sin rostro
En el límite del bosque encontró una puerta solitaria de piedra sin
muro que la sostuviera. Frente a ella había una figura alta cubierta
con un manto gris.
No tenía rostro.
Solo un espacio vacío donde debería haber ojos.
—¿Por qué buscas lo que no sucedió? —preguntó la figura.
—Porque lo escucho llamarme —respondió Elías.
El guardián extendió una mano.
—Entrar cuesta algo que no podrás recuperar.
—¿Qué?
—La certeza.
Elías pensó en su vida tranquila, en el pueblo, en su abuelo. Pensó en
el reloj, en la voz, en el silencio que hablaba.
Aceptó.
La puerta se abrió sin hacer ruido.
VI. La ciudad de los posibles
Al otro lado había una ciudad infinita de estanterías que se perdían en
la niebla. Millones de libros flotaban en el aire, encadenados a
recuerdos que brillaban como luciérnagas.
Cada libro contenía una vida distinta.
Elías abrió uno al azar.
Vio su propia historia… pero en ella nunca había salido del valle. En
otra versión era marinero. En otra, había muerto siendo niño. En otra,
era rey de una tierra desierta.
Sintió vértigo.
—¿Cuál es real? —preguntó.
Una voz respondió desde todas partes:
—Todas lo son mientras alguien las recuerde.
VII. La mujer que tejía futuros
En el centro de la biblioteca encontró a una mujer anciana tejiendo
hilos de luz.
—Soy la Archivista —dijo ella sin mirarlo—. Conservo las posibilidades
que el mundo descarta.
—¿Por qué me llamaron?
—Porque escuchas lo que otros ignoran.
Le explicó que el valle estaba cambiando. El tiempo comenzaba a
romperse. Los recuerdos desaparecían, los futuros se marchitaban
antes de nacer.
—Alguien está robando posibilidades.
—¿Quién?
—El Olvido.
VIII. El Olvido
No era una criatura, sino una fuerza.
Donde pasaba, las personas olvidaban quiénes eran, qué amaban,
qué soñaban. Los caminos se borraban, las historias se disolvían.
—Si el Olvido consume todas las posibilidades —dijo la Archivista—, el
tiempo se detendrá.
—¿Qué puedo hacer yo?
Ella le entregó una aguja hecha de luz.
—Debes coser la memoria del mundo.
Elías no entendió, pero aceptó.
IX. El mar de los recuerdos rotos
Para encontrar al Olvido debía cruzar el Mar de los Recuerdos Rotos,
un océano formado por fragmentos de memorias perdidas.
El agua mostraba escenas: risas olvidadas, despedidas nunca dichas,
sueños abandonados.
Cada ola intentaba arrastrarlo hacia una vida distinta.
Para no perderse, Elías escuchó el silencio.
Y el silencio lo guio.
X. El corazón del Olvido
En el centro del mar encontró una isla negra donde el tiempo no
existía. Allí habitaba el Olvido: una sombra inmensa que devoraba
recuerdos como fuego consume papel.
—¿Por qué destruyes el mundo? —preguntó Elías.
La sombra respondió:
—Yo no destruyo. Libero. Sin memoria no hay dolor.
Elías comprendió que la sombra decía la verdad… pero solo una
parte.
Sin memoria tampoco había amor.
XI. La costura del tiempo
El muchacho utilizó la aguja de luz.
No atacó al Olvido.
En cambio, comenzó a coser los recuerdos rotos del mar, uno por uno:
una canción, una promesa, una risa, una mirada.
Cada recuerdo restaurado debilitaba a la sombra.
Porque el Olvido solo crecía donde nadie recordaba.
Cuando el último recuerdo fue cosido, la sombra se disolvió como
niebla al amanecer.
XII. El precio de recordar
Pero salvar el mundo exigía un sacrificio.
La aguja debía sellarse con un recuerdo propio.
Elías eligió el más valioso: el rostro de su abuelo.
Lo olvidó.
Salvó el tiempo.
XIII. El regreso
Volvió al valle.
Nadie sabía quién era su abuelo.
Nadie recordaba su sacrificio.
Solo quedaba el silencio… y en él, una sensación cálida, como un
amor cuyo origen no podía nombrarse.
El reloj enterrado dejó de hablar.
El tiempo volvió a fluir.
XIV. Años después
Elías envejeció.
Se convirtió en el nuevo guardián del valle, enseñando a los niños a
escuchar el silencio, a recordar, a cuidar sus posibilidades.
Nunca supo por qué, al mirar las montañas al atardecer, sentía una
nostalgia inmensa.
Pero sonreía.
Porque aunque había olvidado el recuerdo, el amor permanecía.
Y el tiempo seguía respirando.