0% encontró este documento útil (0 votos)
4 vistas9 páginas

Silenciana: Melancolía Efímero Añoranza

La historia narra la existencia de dos lugares mágicos: Silenciana, una ciudad submarina donde habitan palabras olvidadas, y La Biblioteca de los Caminos Perdidos, un espacio infinito que alberga vidas no elegidas. El guardián Octavio ayuda a una nueva palabra, 'cuidamor', a encontrar su significado, mientras que Elías, el bibliotecario, descubre un libro que revela su vida alternativa y decide abandonar la biblioteca para vivir su propia elección. Ambos relatos exploran la importancia de las palabras y las decisiones en la vida, destacando que siempre hay oportunidades para elegir de nuevo.

Cargado por

-xxDaViDxx-
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
4 vistas9 páginas

Silenciana: Melancolía Efímero Añoranza

La historia narra la existencia de dos lugares mágicos: Silenciana, una ciudad submarina donde habitan palabras olvidadas, y La Biblioteca de los Caminos Perdidos, un espacio infinito que alberga vidas no elegidas. El guardián Octavio ayuda a una nueva palabra, 'cuidamor', a encontrar su significado, mientras que Elías, el bibliotecario, descubre un libro que revela su vida alternativa y decide abandonar la biblioteca para vivir su propia elección. Ambos relatos exploran la importancia de las palabras y las decisiones en la vida, destacando que siempre hay oportunidades para elegir de nuevo.

Cargado por

-xxDaViDxx-
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

En lo más profundo del océano existía una ciudad donde vivían las palabras

que los humanos olvidaban.


Allí, entre edificios de coral y calles de arena brillante, vagaban términos
antiguos como melancolía, efímero y añoranza, junto con palabras que solo
se habían dicho una vez y nunca más. La ciudad se llamaba Silenciana.
El guardián de aquel lugar era un pulpo gigante llamado Octavio, que tenía
ocho tinteros en lugar de tentáculos. Su tarea consistía en cuidar las
palabras hasta que alguien en la superficie volviera a necesitarlas.
Un día llegó una palabra nueva.
Era pequeña, temblorosa y apenas podía pronunciarse a sí misma.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Octavio.
—No lo sé —respondió—. Alguien iba a decirme… pero decidió callar.
La palabra sin nombre estaba triste. No tener nombre significaba no tener
significado, y sin significado las palabras se volvían transparentes hasta
desaparecer.
Octavio decidió ayudarla. La llevó a recorrer la ciudad para ver si
encontraba su propósito.
Pasaron por el barrio de las palabras alegres, que saltaban como burbujas
luminosas. Luego visitaron el distrito de las palabras olvidadas por el
tiempo, que susurraban historias antiguas al agua. Pero la pequeña palabra
no encajaba en ningún lugar.
Cansados, se sentaron junto a una grieta del océano desde donde podían oír
vagamente las voces humanas.
Entonces escucharon a un niño en la superficie decir:
—No sé cómo explicarlo… es como cuando quieres mucho a alguien, pero
también te da miedo perderlo.
En ese instante, la pequeña palabra brilló con intensidad.
Había encontrado su significado.
Se volvió sólida, luminosa, llena de fuerza. Su nombre apareció grabado en
el agua: “cuidamor”.
Octavio sonrió. La palabra ascendió lentamente hacia la superficie, donde
alguien la pronunciaría por primera vez.
Y desde entonces, cuando las personas sienten ese amor lleno de cuidado y
temor por perder lo que quieren, aunque no sepan describirlo… una
pequeña burbuja del océano susurra:
—Cuidamor.
Y una nueva palabra vive en el mundo.
Fin.
En el borde del mundo conocido existía un lugar que no aparecía en los
mapas. No porque nadie lo hubiera descubierto, sino porque el propio lugar
decidía cuándo quería ser encontrado.
Se llamaba La Biblioteca de los Caminos Perdidos.
Nadie sabía quién la había construido. Algunos decían que era obra del
tiempo; otros, que había sido soñada por alguien que nunca despertó. El
edificio era infinito hacia dentro, con pasillos que se curvaban como
espirales, escaleras que subían hacia salas subterráneas y puertas que solo
aparecían cuando alguien necesitaba cruzarlas.
Allí trabajaba Elías, el único bibliotecario.
Elías no recordaba cómo había llegado. No recordaba su infancia, su familia
ni su nombre anterior. Solo sabía dos cosas: que debía cuidar la biblioteca y
que cada libro contenía un camino que alguien había abandonado.
No eran historias comunes.
Cada volumen guardaba la vida que una persona no había elegido.
El libro del músico que decidió ser contable.
El de la viajera que nunca salió de su ciudad.
El del inventor que abandonó su idea por miedo.
El de quienes se rindieron justo antes de lograr algo extraordinario.
Todas esas posibilidades vivían allí, respirando entre páginas.
Cada noche, Elías recorría los pasillos comprobando que los libros siguieran
en sus estantes. Algunos lloraban suavemente. Otros susurraban lo que
podrían haber sido. A veces, cuando el silencio era muy profundo, se oían
risas lejanas: vidas alternativas donde las cosas habían salido bien.
Una madrugada, mientras ordenaba la sección de Decisiones Irreversibles,
Elías encontró un libro que no estaba catalogado.
No tenía título.
Solo llevaba su nombre grabado en la cubierta.
Temblando, lo abrió.
En la primera página vio su reflejo, más joven, parado frente a dos puertas:
una conducía a la biblioteca; la otra, a una vida desconocida llena de luz,
voces y rostros que despertaban en él una extraña nostalgia.
Pasó las páginas con el corazón acelerado.
En aquel otro camino, Elías había sido maestro de niños. Reía con facilidad,
viajaba, tenía una familia, envejecía rodeado de historias. Había conocido el
dolor, sí, pero también una alegría profunda que nunca había
experimentado en la biblioteca.
Elías cerró el libro.
Por primera vez sintió el peso de su propia elección.
Durante días, la idea lo persiguió. Mientras clasificaba destinos
abandonados o reparaba páginas rotas por el arrepentimiento, su mente
regresaba a aquella vida alternativa. Comenzó a notar algo inquietante: la
biblioteca estaba llena de caminos que nadie había retomado jamás.
Hasta que descubrió algo aún más extraño.
Al final del pasillo más antiguo había una puerta que nunca había visto. No
tenía manija ni cerradura, solo una inscripción:
"Todo camino perdido puede volver a andarse, si se acepta su precio."
Elías llevó su libro hasta allí. Al acercarlo, la puerta se abrió con un suspiro
largo, como si hubiera esperado siglos.
Al otro lado no había una habitación, sino un sendero que se extendía hacia
un amanecer dorado.
Dudó.
Si cruzaba, la biblioteca quedaría sin guardián. Los caminos olvidados
permanecerían para siempre en silencio. Pero si se quedaba, jamás sabría
quién podría haber sido.
Entonces comprendió algo que ningún libro decía explícitamente: la
biblioteca no era una prisión, sino un refugio para quienes temían elegir.
Y él había tenido miedo.
Respiró hondo, dejó las llaves sobre el suelo y dio un paso hacia el sendero.
En ese instante, la biblioteca entera tembló suavemente. Los libros
comenzaron a brillar, y de sus páginas surgieron miles de luces que se
dispersaron por el mundo. Cada una llevaba consigo una segunda
oportunidad, un impulso de valentía, una decisión postergada.
Por primera vez en su existencia, los caminos perdidos empezaban a ser
recorridos.
La puerta se cerró tras Elías.
Dicen que la biblioteca sigue existiendo, pero ahora aparece con más
frecuencia. Algunos viajeros aseguran haber visto sus torres entre la niebla,
y quienes entran regresan con una extraña sensación: la certeza de que aún
están a tiempo de elegir de nuevo.
Porque el mundo guarda muchos destinos.
Pero solo viven aquellos que nos atrevemos a caminar.
En el borde del mundo conocido existía un lugar que no aparecía en los
mapas. No porque nadie lo hubiera descubierto, sino porque el propio lugar
decidía cuándo quería ser encontrado.
Se llamaba La Biblioteca de los Caminos Perdidos.
Nadie sabía quién la había construido. Algunos decían que era obra del
tiempo; otros, que había sido soñada por alguien que nunca despertó. El
edificio era infinito hacia dentro, con pasillos que se curvaban como
espirales, escaleras que subían hacia salas subterráneas y puertas que solo
aparecían cuando alguien necesitaba cruzarlas.
Allí trabajaba Elías, el único bibliotecario.
Elías no recordaba cómo había llegado. No recordaba su infancia, su familia
ni su nombre anterior. Solo sabía dos cosas: que debía cuidar la biblioteca y
que cada libro contenía un camino que alguien había abandonado.
No eran historias comunes.
Cada volumen guardaba la vida que una persona no había elegido.
El libro del músico que decidió ser contable.
El de la viajera que nunca salió de su ciudad.
El del inventor que abandonó su idea por miedo.
El de quienes se rindieron justo antes de lograr algo extraordinario.
Todas esas posibilidades vivían allí, respirando entre páginas.
Cada noche, Elías recorría los pasillos comprobando que los libros siguieran
en sus estantes. Algunos lloraban suavemente. Otros susurraban lo que
podrían haber sido. A veces, cuando el silencio era muy profundo, se oían
risas lejanas: vidas alternativas donde las cosas habían salido bien.
Una madrugada, mientras ordenaba la sección de Decisiones Irreversibles,
Elías encontró un libro que no estaba catalogado.
No tenía título.
Solo llevaba su nombre grabado en la cubierta.
Temblando, lo abrió.
En la primera página vio su reflejo, más joven, parado frente a dos puertas:
una conducía a la biblioteca; la otra, a una vida desconocida llena de luz,
voces y rostros que despertaban en él una extraña nostalgia.
Pasó las páginas con el corazón acelerado.
En aquel otro camino, Elías había sido maestro de niños. Reía con facilidad,
viajaba, tenía una familia, envejecía rodeado de historias. Había conocido el
dolor, sí, pero también una alegría profunda que nunca había
experimentado en la biblioteca.
Elías cerró el libro.
Por primera vez sintió el peso de su propia elección.
Durante días, la idea lo persiguió. Mientras clasificaba destinos
abandonados o reparaba páginas rotas por el arrepentimiento, su mente
regresaba a aquella vida alternativa. Comenzó a notar algo inquietante: la
biblioteca estaba llena de caminos que nadie había retomado jamás.
Hasta que descubrió algo aún más extraño.
Al final del pasillo más antiguo había una puerta que nunca había visto. No
tenía manija ni cerradura, solo una inscripción:
"Todo camino perdido puede volver a andarse, si se acepta su precio."
Elías llevó su libro hasta allí. Al acercarlo, la puerta se abrió con un suspiro
largo, como si hubiera esperado siglos.
Al otro lado no había una habitación, sino un sendero que se extendía hacia
un amanecer dorado.
Dudó.
Si cruzaba, la biblioteca quedaría sin guardián. Los caminos olvidados
permanecerían para siempre en silencio. Pero si se quedaba, jamás sabría
quién podría haber sido.
Entonces comprendió algo que ningún libro decía explícitamente: la
biblioteca no era una prisión, sino un refugio para quienes temían elegir.
Y él había tenido miedo.
Respiró hondo, dejó las llaves sobre el suelo y dio un paso hacia el sendero.
En ese instante, la biblioteca entera tembló suavemente. Los libros
comenzaron a brillar, y de sus páginas surgieron miles de luces que se
dispersaron por el mundo. Cada una llevaba consigo una segunda
oportunidad, un impulso de valentía, una decisión postergada.
Por primera vez en su existencia, los caminos perdidos empezaban a ser
recorridos.
La puerta se cerró tras Elías.
Dicen que la biblioteca sigue existiendo, pero ahora aparece con más
frecuencia. Algunos viajeros aseguran haber visto sus torres entre la niebla,
y quienes entran regresan con una extraña sensación: la certeza de que aún
están a tiempo de elegir de nuevo.
Porque el mundo guarda muchos destinos.
Pero solo viven aquellos que nos atrevemos a caminar.
En el borde del mundo conocido existía un lugar que no aparecía en los
mapas. No porque nadie lo hubiera descubierto, sino porque el propio lugar
decidía cuándo quería ser encontrado.
Se llamaba La Biblioteca de los Caminos Perdidos.
Nadie sabía quién la había construido. Algunos decían que era obra del
tiempo; otros, que había sido soñada por alguien que nunca despertó. El
edificio era infinito hacia dentro, con pasillos que se curvaban como
espirales, escaleras que subían hacia salas subterráneas y puertas que solo
aparecían cuando alguien necesitaba cruzarlas.
Allí trabajaba Elías, el único bibliotecario.
Elías no recordaba cómo había llegado. No recordaba su infancia, su familia
ni su nombre anterior. Solo sabía dos cosas: que debía cuidar la biblioteca y
que cada libro contenía un camino que alguien había abandonado.
No eran historias comunes.
Cada volumen guardaba la vida que una persona no había elegido.
El libro del músico que decidió ser contable.
El de la viajera que nunca salió de su ciudad.
El del inventor que abandonó su idea por miedo.
El de quienes se rindieron justo antes de lograr algo extraordinario.
Todas esas posibilidades vivían allí, respirando entre páginas.
Cada noche, Elías recorría los pasillos comprobando que los libros siguieran
en sus estantes. Algunos lloraban suavemente. Otros susurraban lo que
podrían haber sido. A veces, cuando el silencio era muy profundo, se oían
risas lejanas: vidas alternativas donde las cosas habían salido bien.
Una madrugada, mientras ordenaba la sección de Decisiones Irreversibles,
Elías encontró un libro que no estaba catalogado.
No tenía título.
Solo llevaba su nombre grabado en la cubierta.
Temblando, lo abrió.
En la primera página vio su reflejo, más joven, parado frente a dos puertas:
una conducía a la biblioteca; la otra, a una vida desconocida llena de luz,
voces y rostros que despertaban en él una extraña nostalgia.
Pasó las páginas con el corazón acelerado.
En aquel otro camino, Elías había sido maestro de niños. Reía con facilidad,
viajaba, tenía una familia, envejecía rodeado de historias. Había conocido el
dolor, sí, pero también una alegría profunda que nunca había
experimentado en la biblioteca.
Elías cerró el libro.
Por primera vez sintió el peso de su propia elección.
Durante días, la idea lo persiguió. Mientras clasificaba destinos
abandonados o reparaba páginas rotas por el arrepentimiento, su mente
regresaba a aquella vida alternativa. Comenzó a notar algo inquietante: la
biblioteca estaba llena de caminos que nadie había retomado jamás.
Hasta que descubrió algo aún más extraño.
Al final del pasillo más antiguo había una puerta que nunca había visto. No
tenía manija ni cerradura, solo una inscripción:
"Todo camino perdido puede volver a andarse, si se acepta su precio."
Elías llevó su libro hasta allí. Al acercarlo, la puerta se abrió con un suspiro
largo, como si hubiera esperado siglos.
Al otro lado no había una habitación, sino un sendero que se extendía hacia
un amanecer dorado.
Dudó.
Si cruzaba, la biblioteca quedaría sin guardián. Los caminos olvidados
permanecerían para siempre en silencio. Pero si se quedaba, jamás sabría
quién podría haber sido.
Entonces comprendió algo que ningún libro decía explícitamente: la
biblioteca no era una prisión, sino un refugio para quienes temían elegir.
Y él había tenido miedo.
Respiró hondo, dejó las llaves sobre el suelo y dio un paso hacia el sendero.
En ese instante, la biblioteca entera tembló suavemente. Los libros
comenzaron a brillar, y de sus páginas surgieron miles de luces que se
dispersaron por el mundo. Cada una llevaba consigo una segunda
oportunidad, un impulso de valentía, una decisión postergada.
Por primera vez en su existencia, los caminos perdidos empezaban a ser
recorridos.
La puerta se cerró tras Elías.
Dicen que la biblioteca sigue existiendo, pero ahora aparece con más
frecuencia. Algunos viajeros aseguran haber visto sus torres entre la niebla,
y quienes entran regresan con una extraña sensación: la certeza de que aún
están a tiempo de elegir de nuevo.
Porque el mundo guarda muchos destinos.
Pero solo viven aquellos que nos atrevemos a caminar.
En el borde del mundo conocido existía un lugar que no aparecía en los
mapas. No porque nadie lo hubiera descubierto, sino porque el propio lugar
decidía cuándo quería ser encontrado.
Se llamaba La Biblioteca de los Caminos Perdidos.
Nadie sabía quién la había construido. Algunos decían que era obra del
tiempo; otros, que había sido soñada por alguien que nunca despertó. El
edificio era infinito hacia dentro, con pasillos que se curvaban como
espirales, escaleras que subían hacia salas subterráneas y puertas que solo
aparecían cuando alguien necesitaba cruzarlas.
Allí trabajaba Elías, el único bibliotecario.
Elías no recordaba cómo había llegado. No recordaba su infancia, su familia
ni su nombre anterior. Solo sabía dos cosas: que debía cuidar la biblioteca y
que cada libro contenía un camino que alguien había abandonado.
No eran historias comunes.
Cada volumen guardaba la vida que una persona no había elegido.
El libro del músico que decidió ser contable.
El de la viajera que nunca salió de su ciudad.
El del inventor que abandonó su idea por miedo.
El de quienes se rindieron justo antes de lograr algo extraordinario.
Todas esas posibilidades vivían allí, respirando entre páginas.
Cada noche, Elías recorría los pasillos comprobando que los libros siguieran
en sus estantes. Algunos lloraban suavemente. Otros susurraban lo que
podrían haber sido. A veces, cuando el silencio era muy profundo, se oían
risas lejanas: vidas alternativas donde las cosas habían salido bien.
Una madrugada, mientras ordenaba la sección de Decisiones Irreversibles,
Elías encontró un libro que no estaba catalogado.
No tenía título.
Solo llevaba su nombre grabado en la cubierta.
Temblando, lo abrió.
En la primera página vio su reflejo, más joven, parado frente a dos puertas:
una conducía a la biblioteca; la otra, a una vida desconocida llena de luz,
voces y rostros que despertaban en él una extraña nostalgia.
Pasó las páginas con el corazón acelerado.
En aquel otro camino, Elías había sido maestro de niños. Reía con facilidad,
viajaba, tenía una familia, envejecía rodeado de historias. Había conocido el
dolor, sí, pero también una alegría profunda que nunca había
experimentado en la biblioteca.
Elías cerró el libro.
Por primera vez sintió el peso de su propia elección.
Durante días, la idea lo persiguió. Mientras clasificaba destinos
abandonados o reparaba páginas rotas por el arrepentimiento, su mente
regresaba a aquella vida alternativa. Comenzó a notar algo inquietante: la
biblioteca estaba llena de caminos que nadie había retomado jamás.
Hasta que descubrió algo aún más extraño.
Al final del pasillo más antiguo había una puerta que nunca había visto. No
tenía manija ni cerradura, solo una inscripción:
"Todo camino perdido puede volver a andarse, si se acepta su precio."
Elías llevó su libro hasta allí. Al acercarlo, la puerta se abrió con un suspiro
largo, como si hubiera esperado siglos.
Al otro lado no había una habitación, sino un sendero que se extendía hacia
un amanecer dorado.
Dudó.
Si cruzaba, la biblioteca quedaría sin guardián. Los caminos olvidados
permanecerían para siempre en silencio. Pero si se quedaba, jamás sabría
quién podría haber sido.
Entonces comprendió algo que ningún libro decía explícitamente: la
biblioteca no era una prisión, sino un refugio para quienes temían elegir.
Y él había tenido miedo.
Respiró hondo, dejó las llaves sobre el suelo y dio un paso hacia el sendero.
En ese instante, la biblioteca entera tembló suavemente. Los libros
comenzaron a brillar, y de sus páginas surgieron miles de luces que se
dispersaron por el mundo. Cada una llevaba consigo una segunda
oportunidad, un impulso de valentía, una decisión postergada.
Por primera vez en su existencia, los caminos perdidos empezaban a ser
recorridos.
La puerta se cerró tras Elías.
Dicen que la biblioteca sigue existiendo, pero ahora aparece con más
frecuencia. Algunos viajeros aseguran haber visto sus torres entre la niebla,
y quienes entran regresan con una extraña sensación: la certeza de que aún
están a tiempo de elegir de nuevo.
Porque el mundo guarda muchos destinos.
Pero solo viven aquellos que nos atrevemos a caminar.

También podría gustarte