Había una vez, en un pueblo donde siempre llovía hacia arriba, un relojero
llamado Tomás que arreglaba recuerdos en lugar de relojes.
Su pequeña tienda estaba escondida entre una panadería que vendía pan
con sabor a nostalgia y una librería donde los libros cambiaban de historia
cada vez que se abrían. Sobre la puerta del local de Tomás colgaba un
letrero que decía: “Se reparan momentos rotos.”
Una tarde entró una niña con un frasco vacío.
—Perdí el día en que mi abuela me enseñó a reír —dijo con voz temblorosa
—. Solo recuerdo que era amarillo.
Tomás asintió con calma. Sacó de un cajón un destornillador diminuto, un
hilo plateado y una lupa con marco de luna creciente. Le pidió a la niña que
describiera todo lo que pudiera: el olor del aire, el sonido del viento, el calor
del sol en sus manos.
Mientras la niña hablaba, pequeñas chispas doradas comenzaron a formarse
en el aire. Tomás las cosió con el hilo plateado, ajustó sus bordes con
precisión infinosa y las colocó dentro del frasco.
El recipiente se llenó de una luz cálida que reía suavemente.
La niña sonrió. Había recuperado su recuerdo.
Pero cuando estaba a punto de irse, vio algo extraño: detrás del mostrador
había miles de frascos, todos etiquetados con nombres como “Primer amor
de Tomás”, “La voz de mi padre”, “El día que dejé de tener miedo”… todos
vacíos.
—¿Por qué los tuyos están vacíos? —preguntó.
Tomás dudó.
—Porque para arreglar los recuerdos de otros —respondió— uso los míos
como piezas de repuesto.
La niña pensó un momento, abrió su frasco y dejó escapar una pequeña
chispa amarilla que flotó hasta el pecho del relojero. La luz se transformó en
una risa suave que llenó la tienda.
Desde ese día, Tomás continuó reparando recuerdos… pero ahora, cada vez
que ayudaba a alguien, una nueva chispa volvía también a él.
Y así el pueblo donde la lluvia caía hacia arriba aprendió algo curioso:
Que los recuerdos, como la felicidad, crecen más cuando se comparten.
Fin.