¿Te acuerdas de tal cosa? -murmuraban una tras otra-. ¿Y de tal otra?
-Y le recordaban
tantas, que al pobre le manaba el sudor de la frente.
-¡Yo no lo sabía! -se excusaba el Emperador-. ¡Música, música! ¡Que suene el gran
tambor chino -gritó- para no oír todo eso que dicen!
Pero las cabezas seguían hablando y la Muerte asentía con la cabeza, al modo chino,
a todo lo que decían.
-¡Música, música! -gritaba el Emperador-. ¡Oh tú, pajarillo de oro, canta, canta! Te di
oro y objetos preciosos, con mi mano te colgué del cuello mi chinela dorada. ¡Canta,
canta ya!
Mas el pájaro seguía mudo, pues no había nadie para darle cuerda, y la Muerte seguía
mirando al Emperador con sus grandes órbitas vacías; y el silencio era lúgubre.
De pronto resonó, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el pequeño
ruiseñor vivo, posado en una rama. Enterado de la desesperada situación del
Emperador, había acudido a traerle consuelo y esperanza; y cuanto más cantaba,
más palidecían y se esfumaban aquellos fantasmas, la sangre afluía con más fuerza a
los debilitados miembros del enfermo, e incluso la Muerte prestó oídos y dijo:
-Sigue, lindo ruiseñor, sigue.
-Sí, pero, ¿me darás el magnífico sable de oro? ¿Me darás la rica bandera? ¿Me darás
la corona imperial?
Y la Muerte le fue dando aquellos tesoros a cambio de otras tantas canciones, y el
ruiseñor siguió cantando, cantando del silencioso camposanto donde crecen las
rosas blancas, donde las lilas exhalan su aroma y donde la hierba lozana es
humedecida por las lágrimas de los supervivientes. La Muerte sintió entonces
nostalgia de su jardín y salió por la ventana, flotando como una niebla blanca y fría.
-¡Gracias, gracias! -dijo el Emperador-. ¡Bien te conozco, avecilla celestial! Te desterré
de mi reino; sin embargo, con tus cantos has alejado de mi lecho los malos espíritus,
has ahuyentado de mi corazón la Muerte. ¿Cómo podré recompensarte?
-Ya me has recompensado -dijo el ruiseñor-. Arranqué lágrimas a tus ojos la primera
vez que canté para ti; esto no lo olvidaré nunca, pues son las joyas que contentan al
corazón de un cantor. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo seguiré
cantando.
Así lo hizo, y el Soberano quedó sumido en un dulce sueño; ¡qué sueño tan dulce y
tan reparador!
El sol entraba por la ventana cuando el Emperador se despertó, sano y fuerte.
Ninguno de sus criados había vuelto aún, pues todos lo creían muerto. Sólo el
ruiseñor seguía cantando en la rama.
-¡Nunca te separarás de mi lado! -le dijo el Emperador-. Cantarás cuando te apetezca;
y en cuanto al pájaro mecánico, lo romperé en mil pedazos.
-No lo hagas -suplicó el ruiseñor-. Él cumplió su misión mientras pudo; guárdalo
como hasta ahora. Yo no puedo anidar ni vivir en palacio, pero permíteme que venga
cuando se me ocurra; entonces me posaré junto a la ventana y te cantaré para que
estés contento y reflexiones. Te cantaré de los felices y también de los que sufren; y
del mal y del bien que se hace a tu alrededor sin tú saberlo. Tu pajarillo cantor debe
volar a lo lejos, hasta la cabaña del pobre pescador, hasta el tejado del campesino,
hacia todos los que residen apartados de ti y de tu Corte. Prefiero tu corazón a tu
corona… aunque la corona exhala cierto olor a cosa santa. Volveré a cantar para ti.
Pero debes prometerme una cosa.
-¡Lo que quieras! -dijo el Emperador, incorporándose en su ropaje imperial, que ya se
había puesto, y oprimiendo contra su corazón el pesado sable de oro.
-Una cosa te pido: que no digas a nadie que tienes un pajarito que te cuenta todas las
cosas. ¡Saldrás ganando!
Y se echó a volar.
Entraron los criados a ver a su difunto Emperador. Entraron, sí, y el Emperador les
dijo: ¡Buenos días!
El escritor danés Hans Christian Andersen (1805 - 1875) es uno de los autores de
narrativa infantil más famosos de la historia. Es quien instauró clásicos como "El
patito feo", "La vendedora de cerillas" y "La reina de las nieves". Sus cuentos han sido
traducidos a más de 125 idiomas y han inspirado un sinfín de producciones como
ballets, obras de teatro y películas.
Llegó a escribir 168 cuentos, basados en tradiciones populares, en la mitología griega
y experiencias personales. En su obra, reinaba la fantasía, ya que le dio vida humana
a animales y objetos, así como presentó seres fantásticos y héroes improbables.
"El ruiseñor" es un cuento que se basa en el atractivo de lo exótico al mostrar como
protagonista a un emperador chino. Así, se presenta un hombre que vive ajeno a la
realidad de lo que sucede en su propio reino y al que todos intentan consentir. De
este modo, su relación con el ruiseñor es la primera signada por la honestidad y la
verdadera amistad.
4. El Zar Saltán - Aleksandr Pushkin
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