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SEMINARIO JyDDHH Clase 3 Ricciardi-Perez RAbasa 2026

El documento aborda la relación compleja entre derechos humanos y ciudadanía, analizando cómo la pertenencia a una comunidad política no siempre garantiza el cumplimiento de los derechos. Se exploran las transformaciones históricas desde la noción de súbditos a ciudadanos, así como la evolución de los derechos humanos a través de generaciones, incluyendo derechos civiles, económicos y sociales. Finalmente, se discuten los mecanismos internacionales establecidos para la protección de estos derechos tras la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

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SEMINARIO JyDDHH Clase 3 Ricciardi-Perez RAbasa 2026

El documento aborda la relación compleja entre derechos humanos y ciudadanía, analizando cómo la pertenencia a una comunidad política no siempre garantiza el cumplimiento de los derechos. Se exploran las transformaciones históricas desde la noción de súbditos a ciudadanos, así como la evolución de los derechos humanos a través de generaciones, incluyendo derechos civiles, económicos y sociales. Finalmente, se discuten los mecanismos internacionales establecidos para la protección de estos derechos tras la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

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CA MP U S VIR T U AL UN La _ SE M IN A RI O _ J U S TI CI A Y DE RE CH O S H UM AN OS _ G UI ÓN CL ASE 3

SEMINARIO TRANSVERSAL OBLIGATORIO

Justicia y Derechos Humanos


1
Docentes: María Isabel Ricciardi y Jeremías Pérez Rabasa

Guion Clase 3
Introducción
Derechos Humanos y ciudadanía. Una relación compleja
En las clases anteriores abordamos el contexto en el cual surgió la Declaración Universal de los Derechos
Humanos. Nos hemos referido a la noción de genocidio y hablamos sobre los Sistemas de Protección de
DDHH. También nos referimos a la distancia que se manifiesta en cada rincón del planeta entre aquello
que establecen los distintos acuerdos internacionales sobre el respeto a los derechos humanos y lo que
cotidianamente observamos en cuanto a su cumplimiento efectivo.
Uno de los motivos por los cuales se produce ese distanciamiento entre la normativa y la realidad concreta
está relacionado con la cuestión de la ciudadanía y en este sentido, las siguientes preguntas iniciales nos
permitirán abordar estas cuestiones:
¿Qué significa ser ciudadano?; ¿Todas las personas son ciudadanas por haber nacido en algún lugar?;
¿Quién es responsable por hacer efectivos los derechos humanos?; ¿Los derechos humanos nos ofrecen
protección porque somos seres humanos o porque somos ciudadanos?

Son objetivos para esta clase:


- Conocer el concepto de ciudadanía y relacionarlo con el de derechos humanos.
- Analizar las transformaciones que ha sufrido el Estado en los últimos años.
- Indagar los modos en que fue y es pensada la igualdad.
- Abordar la responsabilidad internacional de los Estados frente al cumplimiento de los DDHH

Sobre los conceptos para esta clase van a encontrar una clara explicación en el texto de lectura
obligatoria: Florencia Beltrame, Jazmín Castaño, Victoria Kandel Los derechos humanos y el
Estado: una relación necesaria y compleja, UNLA.

Desarrollo de los contenidos

Hanna Arendt llama la atención sobre la cuestión de que la


Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de
1789, elaborada y proclamada en los primeros momentos de la
Revolución Francesa, considera como sujetos de tales derechos,
simultáneamente, al “Hombre” y al “Ciudadano”.

Hanna Arendt (1906-1975)


Fue una filósofa alemana perseguida por el nazismo
por su condición judía, motivo por el que se radicó
en los Estados Unidos. Es considerada una de las
filósofas más importantes e influyentes del siglo XX.

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El primer artículo de tal declaración hace referencia a la condición de hombre como portador de derechos
inalienables y a continuación, el segundo artículo hace referencia a la pertenencia a una comunidad
política, como garantía para el cumplimiento de esos derechos.
Sin embargo, la historia de los siglos XIX y XX ha permitido verificar que incluso la pertenencia a una
comunidad política no siempre garantiza el real cumplimiento de los derechos. Efectivamente, esta
dualidad, esto es, la pertenencia a la humanidad o la pertenencia a la comunidad política, permite
identificar un problema central a la hora de pensar en los derechos humanos: ¿Quién los garantiza? ¿Qué
es una comunidad política y qué un ciudadano?

De la desigualdad a la igualdad de derechos de las personas


Desde la antigüedad hasta el siglo XVII, las sociedades consideraban que los hombres no eran iguales
entre sí, sino que se diferenciaban por la condición social y el prestigio de la familia en la que habían
nacido. Por esta razón, en ellas tampoco existía la igualdad de derechos entre las personas

Las sociedades antiguas pensaban que si los hombres eran desiguales, la justicia consistía en dar a cada
uno lo que le correspondía, que era diferente según su rango o posición en la jerarquía social
establecida. En estas sociedades, no existía todavía la noción de “derechos de las personas.”

De súbditos a ciudadanos
Durante miles de años, los gobernados fueron considerados súbditos, es decir, miembros de la sociedad
que no tenían derechos, pero sí deberes. En esta situación, el respeto de su dignidad humana dependía
de la voluntad de los gobernantes. Hasta entonces, el bienestar de la población era el resultado de la
autolimitación voluntaria y de las prerrogativas de las personas que tenían el poder y ejercían la autoridad.
Lo que aquí se plantea es la idea de desigualdad “natural” entre las personas, que estuvo vigente durante
largos siglos y con el fin de que puedan reflexionar sobre ella les proponemos que:
Ahora bien… a partir del Siglo XI d.C., en las sociedades feudales de Europa occidental, grupos de
comerciantes y artesanos se asentaron en las ciudades, que eran llamadas burgos, y comenzaron a
reclamar a los señores feudales -laicos y religiosos- y a los reyes, el derecho de ejercer su libertad. Cuando
los burgueses triunfaban en sus luchas, obtenían "cartas" firmadas por los poderosos en las que éstos les
concedían "libertades".
Durante los siglos XVII y XVIII, pensadores y filósofos ingleses y franceses fueron dando forma a la doctrina
de los derechos del hombre. Según esta doctrina, "el hombre, todos los hombres indistintamente tienen
por naturaleza, y por lo tanto sin importar su voluntad, y mucho menos la voluntad de unos cuantos o de
uno solo, algunos derechos fundamentales, como el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad y a la
felicidad".
Estas afirmaciones significaron un cambio fundamental en el pensamiento acerca de cómo estaba
organizada una sociedad: según la doctrina filosófica del liberalismo, todos los hombres son iguales en
derechos. Esta era una idea revolucionaria, pues surgía en una época en la que todavía la mayoría de la
población aceptaba como "natural" que las personas se diferenciaran por su nacimiento y no todas
tuvieran los mismos derechos.
El Estado de derecho y los ciudadanos
En los siglos XVII y XVIII, los burgueses de Inglaterra y Francia, aliados con otros grupos sociales,
protagonizaron revoluciones políticas y sociales que, entre otros objetivos, se propusieron poner límites
al poder absoluto de los reyes. La "Gloriosa Revolución" inglesa de 1688 y la "Revolución Francesa" que
se desarrolló entre 1789 y 1814, establecieron nuevas constituciones que limitaron y dividieron los
poderes del Estado.
Las "declaraciones de derechos" que proclamaron esas revoluciones crearon un nuevo marco jurídico
que sentó las bases para el reconocimiento y la garantía de los derechos de los gobernados. Desde
entonces, en esas sociedades, los gobernados comenzaron a ser considerados ciudadanos. Esta
denominación indicaba, además de su origen urbano, que cada ciudadano era un sujeto de derecho, es
decir, con derechos que las autoridades que ejercían el gobierno del Estado debían reconocer y respetar.
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Las leyes como límites al poder del Estado


Según la doctrina liberal, los hombres organizaron la sociedad y el Estado para estar en mejores
condiciones de satisfacer sus necesidades y proteger sus derechos. Esta afirmación se opone a la idea del
origen divino de la autoridad, que estaba vigente en la Europa del siglo XVII.
Para los pensadores liberales son los hombres mismos, viviendo en sociedad, quienes delegan la autoridad
en algunos de ellos con el objetivo de que esa autoridad asegure la plena vigencia de los derechos
individuales. Desde este punto de vista, los problemas y conflictos propios de la vida en sociedad habrían
provocado el surgimiento del poder político mediante la realización de un "pacto" o "contrato social", a
partir del cual los integrantes habrían cedido al Estado sus derechos.
Sin embargo, para la mayoría de los pensadores liberales de los siglos XVII, XVIII y XIX, los gobernados se
reservaban algunos derechos inalienables, como la vida, la libertad y la propiedad, sin los cuales,
afirmaban, las personas pierden su condición humana. Por esta razón, para el liberalismo político, la
autoridad del Estado tiene límites impuestos por las leyes, que garantizan los derechos y establecen las
obligaciones de las personas, que el Estado debe cumplir.
La otra característica fundamental de un Estado de derecho es la división de los poderes de gobierno.
Estos son tres: legislativo, ejecutivo y judicial.
- El poder legislativo es el encargado de la elaboración de las leyes;
- el poder ejecutivo, el encargado de hacerlas cumplir y de la administración general del país, y
- el poder judicial es el que juzga y castiga a quienes no cumplen las leyes.
En la actualidad, juristas y filósofos consideran que el Estado de derecho está consolidado cuando existe
una independencia real entre los tres poderes y cuando los poderes locales tienen una relativa
autonomía con respecto al gobierno central.

¿Qué son las leyes?


Las leyes son normas generales que establecen los derechos y obligaciones que son fijos e iguales para
todos los miembros de la sociedad y también, los jueces autorizados para aplicarlas. En la actualidad, los
filósofos y juristas consideran que el origen de las leyes es la voluntad general de los miembros de la
sociedad.
En los Estados de derecho democráticos, los ciudadanos eligen representantes en quienes delegan el
poder de hacer las leyes (poder legislativo). Todas las sociedades se dan una constitución. Esta es la ley
fundamental en la que se definen expresamente los derechos de los ciudadanos de un país, así como las
garantías necesarias para su ejercicio, y la forma de organización del Estado. En la mayoría de las
sociedades, estos principios están reunidos en un único texto.
El derecho de un país es el conjunto de leyes y códigos sancionados por el poder legislativo a lo largo de
su historia. Es decir que el derecho reúne el conjunto de las normas que reglamentan las relaciones
fundamentales para la convivencia y la supervivencia del grupo social. Estas son: las relaciones
familiares, las relaciones económicas y las relaciones políticas (entre el poder político y los ciudadanos).
Además, con el objetivo de mantener el orden y la paz social, el derecho también reglamenta las sanciones
que recibirán quienes violen las leyes.

Las luchas sociales y políticas de los siglos XIX y XX: de la primera a la segunda y la tercera
generación de derechos humanos
Para la filosofía política del liberalismo burgués de los siglos XVIII y XIX, los "derechos del hombre" eran
casi exclusivamente los que hoy se llaman los derechos civiles y políticos: libertad de pensamiento,
opinión, reunión, asociación, participación política, integridad personal, garantías judiciales.
Con la excepción de la propiedad, que era considerada "sagrada e inviolable", las necesidades
materiales de los miembros de la sociedad no eran considerados derechos que merecieran ser
protegidos por las leyes.

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Para los pensadores que sostenían este punto de vista y para los gobernantes que fundamentaban sus
acciones en estas ideas, el Estado debía actuar como un "juez y gendarme". Esto significaba encargarse
exclusivamente de la vigilancia del orden interno y de la protección de la agresión externa y abstenerse
de otras acciones que pudieran atentar contra las libertades de los individuos. Pensaban que si estaba
garantizada la igualdad de todos ante la ley, estaba asegurado el bienestar social y económico de los
individuos, a condición de que éstos fueran "sujetos emprendedores, aptos para proveerse con ingenio y
trabajo de los medios necesarios para su subsistencia".
Sin duda, los principios del liberalismo político que se impusieron a partir de las revoluciones burguesas,
significaron un importante avance en la construcción de la noción actual de la dignidad humana.
No era, ni es poca cosa, que la ley obligue por igual a todas las personas, sin distinción de origen o
condición. Pero en la mayoría de las sociedades europeas de fines del siglo XIX y principios del XX, como
todavía sucede en algunas sociedades contemporáneas, muchas de las libertades proclamadas tenían un
carácter abstracto.
La igualdad ante la ley no aseguraba, como tampoco asegura actualmente, la igualdad de oportunidades
para acceder al bienestar material necesario para el desarrollo de una vida digna.
La gran mayoría de los miembros de las sociedades europeas que estaban protagonizando el desarrollo
de la industrialización y la consolidación del capitalismo como modo de organizar el trabajo y las
relaciones sociales eran trabajadores pobres que, junto con su familia, vivían en la miseria y pasaban
hambre.
Pero como la historia nunca se detiene, en los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del siglo
XX, la organización y las luchas de los obreros y de otros sectores sociales afectados por la pobreza y la
miseria dieron origen a una nueva categoría
de derechos humanos: los derechos
económicos, sociales y culturales.
Progresivamente, el trabajo, el salario digno,
el descanso, la sindicalización, la huelga, la
previsión social, la vivienda, la alimentación,
la salud, la educación, la cultura comenzaron
a ser reconocidos por los Estados como
derechos de las personas y los gobiernos
elaboraron leyes con la finalidad de
protegerlos y garantizar su goce al conjunto
de la población.
A partir de los graves problemas y conflictos que afectaron a la mayoría de las sociedades del mundo
durante la primera mitad del siglo XX y las consecuencias que se derivaron de ellos, durante la segunda
mitad de ese siglo, fue creciendo lentamente, el consenso sobre la necesidad de incluir entre los
derechos humanos algunos nuevos.
Estos derechos, que para numerosos juristas, filósofos y políticos y también para una gran parte de la
población mundial, son los derechos de los pueblos constituyen la tercera generación de derechos
humanos: el derecho a la libre autodeterminación de los pueblos, el derecho a la paz y el derecho a vivir
en un ambiente sano. A diferencia de los incluidos en las generaciones anteriores de derechos, son
derechos colectivos y no individuales.

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El sistema internacional de derechos humanos


Luego de ser aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) fue necesario elaborar
una serie de mecanismos que describieran con mayor claridad y especificidad qué significaba la protección
de las personas por el simple hecho de serlo. De este modo, en 1966 se establecieron dos pactos de suma
importancia a nivel internacional, que reflejan la dinámica de los derechos que hemos descripto
anteriormente:
• Pacto internacional de derechos civiles y políticos. Obliga a los estados a no cometer abusos en
materia de discriminación, tortura, respeto a la integridad. Los derechos civiles y políticos afectan
a los individuos, y les garantizan entre otros el derecho al voto, a la participación, a la expresión,
a la elección de una religión, a la vida, a la propiedad, entre otros. Son conocidos como derechos
negativos, pues evitan acciones abusivas por parte del estado.

• Pacto internacional de derechos económicos, sociales y culturales. El reconocimiento de estos


derechos supone una actitud afirmativa y positiva por parte del estado, ya que a partir de ellos
los estados están convocados a actuar e intervenir para garantizar el cumplimiento de estos
derechos. El Pacto establece además, que estos derechos son exigibles y que deben establecerse
mecanismos al interior de los estados para que los ciudadanos vean garantizados sus derechos a
la alimentación, a la vivienda, a la salud, a la educación, entre otros.

La discusión sobre las funciones del Estado


Para los fundadores del liberalismo, el poder del Estado había nacido para garantizar la libertad y la
propiedad de los individuos que se asocian para autogobernarse.
A partir de este principio, los pensadores liberales sostuvieron, en general, que las funciones del Estado
debían ser mínimas. El Estado no debía intervenir en la esfera de los asuntos privados de los ciudadanos
salvo que estos asuntos se convirtieran en una ofensa al derecho de uno por parte de otro. Incluso, todavía
en las primeras décadas del siglo XXI, los pensadores, investigadores y políticos que sostienen este punto
de vista, consideran que la función mínima del Estado es asegurar que cada individuo pueda gozar de la
más completa libertad para desarrollar sus facultades singulares.
Para los liberales, el Estado tampoco tenía que intervenir en las actividades económicas que los hombres
organizaban para satisfacer sus necesidades básicas. La riqueza y la pobreza de los hombres eran
explicadas como resultado de los esfuerzos individuales para desarrollar al máximo las capacidades
individuales y obtener los mayores beneficios.
Hacia fines del siglo XIX, algunas sociedades europeas comenzaron a revisar la idea de que el Estado no
debía intervenir en la economía ni en la distribución de la riqueza producida por la sociedad.
Por un lado, los problemas cada vez más complejos que enfrentaba la economía capitalista internacional
justificaron, para los economistas liberales, la intervención del Estado en la regulación de algunos
aspectos del sistema económico. Por ejemplo, la conquista militar de regiones del planeta para asegurar
mercados y fuentes de materias primas y la protección de sus propias industrias a través de impuestos
que tenían que pagar los productos importados.
Por otro lado, las malas condiciones de trabajo y de vida que sufría la mayoría de la población en cada
país donde se desarrollaba la industrialización originaba numerosos conflictos impulsados por el
movimiento obrero organizado, que ponían en peligro la estabilidad de los gobiernos.
Algunos pensadores liberales comenzaron a plantear que, para garantizar el orden social, los Estados no
debían responder a la pobreza solo con represión. Pensadores, economistas y políticos estuvieron de
acuerdo con que el Estado impulsara algunas leyes sociales y asumiera nuevas funciones para asegurar
un bienestar mínimo a todos los ciudadanos. Desde entonces, cada vez más Estados comenzaron a
intervenir en la organización de la economía y la sociedad a través de algunas medidas como las
siguientes:

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- la expansión progresiva de la educación, la vivienda y la asistencia médica como servicios públicos


a cargo del Estado;
- el establecimiento de derechos para los trabajadores relacionados con las condiciones de trabajo;
- el establecimiento de un sistema de aportes jubilatorios para asegurar a todos los trabajadores
un ingreso que les permita satisfacer sus necesidades básicas cuando, por su edad o a causa de
alguna enfermedad o accidente, ya no puedan trabajar más.
Estas medidas se fueron generalizando muy lentamente y no en todas las sociedades al mismo tiempo.
Durante el siglo XX, las propuestas de solución para las crisis que enfrentó la economía capitalista
reforzaron cada vez más la intervención del Estado.

Después de la crisis económica mundial de 1930 y de la Segunda Guerra Mundial se generalizaron las
ideas del economista liberal inglés John M. Keynes.
Los gobiernos de las sociedades capitalistas comenzaron a impulsar el pleno empleo como solución para
reactivar la economía. Esta política tenía como objetivo asegurar ganancias para los capitalistas pero, al
mismo tiempo, permitía que todos los habitantes del país en condiciones de trabajar pudieran hacerlo y
obtuvieran un ingreso suficiente para satisfacer sus necesidades básicas. Las políticas keynesianas
permitieron al Estado utilizar más recursos para financiar más servicios públicos y sociales.
El Estado de bienestar keynesiano
El economista John Maynard Keynes (1883-1946) revolucionó la teoría económica de su época cuando
afirmó que los capitalistas no debían considerar el pago de salarios como un gasto sino como uno de los
pasos necesarios para obtener futuras ganancias.
Explicó que los asalariados gastan la mayor parte de sus ingresos en comprar los bienes que necesitan
para su subsistencia y que son las mismas empresas que pagan los salarios las que producen esos bienes.
Por lo tanto, si el Estado y cada vez mayor número de habitantes tienen ingresos suficientes para gastar
en la compra de productos, los capitalistas tienen asegurada la realización de ganancias crecientes. Sobre
la base de estas ideas, Keynes propuso el pleno empleo como una de las condiciones para lograr el
crecimiento económico, aun cuando para lograrlo, inicialmente, el Estado tuviera que realizar inversiones
y aumentar el déficit y el gasto público.
Sin embargo, a mediados de la década de 1970, inspiradas en el neoliberalismo económico, las propuestas
de solución para las nuevas crisis económicas sostuvieron, entre otros aspectos, que el Estado debía
abandonar la mayoría de las numerosas funciones que venía desempeñando desde mediados del siglo XX.
El neoliberalismo, que comenzó a imponer en gran parte del mundo su ideología a partir de la década del
setenta, planteaba la necesidad de revisar y revertir el avance del estado en materia de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales. Es por ello que en las décadas siguientes se produjo una reforma de los
estados, no sólo en la Argentina sino también en muchos otros países de nuestro continente y del mundo,
que proponía nuevamente funciones acotadas para el accionar del estado.

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El Estado como garante de los derechos humanos para el Derecho Internacional


Nos interesa detenernos en uno de los puntos clave que caracterizan al derecho internacional de los
derechos humanos. La obligación que tienen los estados frente a su respeto, garantía y cumplimiento.
La noción de derechos humanos, conforme al derecho internacional, conlleva ínsita la relación estado-
individuo. La persona es la titular de los derechos protegidos, el estado es quien debe garantizar los
límites a su propio poder.
Obligaciones generales
Los instrumentos internacionales, que vimos en clases anteriores, receptaron un elenco de derechos y
garantías y además reconocieron que las personas humanas son las titulares de esos derechos y
establecieron también que son los estados los que están obligados a respetar y garantizar esos derechos
humanos.
Ello significa que un estado está obligado a respetar, garantizar y proteger esos derechos humanos. Es
importante poder entender estas nociones de respeto, garantía y protección.
Por un lado, la obligación de los estados de respetar los derechos opera como un límite frente a los
estados: si tengo derecho a la libertad se debe a que está reconocido en los instrumentos internacionales
de derechos humanos y por ello el Estado no puede afectarla con sus acciones u omisiones. Ello quiere
decir que no puede privarme de libertad, excepto que lo haga bajo ciertas condiciones por ejemplo
cuando un juez competente ordena la detención porque estoy procesada por algún tipo de delito que así
lo prevé.
Por otro lado, la noción de garantizar los derechos significa que el Estado debe generar las condiciones
para que las personas puedan hacer un ejercicio efectivo del derecho del que son titulares. La Corte IDH
explicó que consiste en el deber de “organizar todo el aparato gubernamental y, en general, todas las
estructuras a través de las cuales se manifiesta el ejercicio del poder público, de manera tal que sean
capaces de asegurar jurídicamente el libre y pleno ejercicio de los derechos humanos”1.
Cuando la Corte IDH habla de “todo el aparato gubernamental (...) todas las estructuras a través de las
cuales se manifiesta el ejercicio del poder público” se refiere a que el Estado debe organizar toda su
estructura, esto es los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), en todos sus niveles (local
o municipal, provincial y nacional) de manera tal que sean capaces de asegurar el libre y pleno ejercicio
de los derechos a todas las personas que habitan en su territorio.
Podemos mencionar como ejemplo que las personas tenemos reconocidos los derechos políticos y en
función de esos derechos políticos podemos votar, sin embargo, si el Estado no organiza las elecciones o
no las convoca o no asigna presupuestos para que existan las mesas donde se puede votar y no organiza
urnas para que podamos depositar el voto, aunque tengamos el derecho no podremos ejercerlo.
Asimismo, de las obligaciones generales de respeto y garantía surge el deber del Estado de prevenir,
investigar y sancionar toda violación de los derechos humanos y procurar, además, el restablecimiento,
si es posible, del derecho conculcado y, en su caso, la reparación de los daños producidos por la violación
de los derechos humanos2.
Finalmente, la obligación de proteger los derechos, implica que el Estado no puede tolerar, permitir, ni
dejar que las personas particulares cometan vulneraciones graves a los derechos de terceras personas;
frente a situaciones de riesgo debe prevenir y evitar que sucedan violaciones a los derechos humanos.
El Estado no puede desentenderse de situaciones donde hay un riesgo que conoce o debió conocer para
los derechos de una persona o grupos de personas que están en esas situaciones, debe tomar medidas
para prevenir que las vulneraciones sucedan y proteger los derechos de las personas.
De esa forma el Estado es el responsable de respetar y garantizar todos los derechos humanos y, en
sentido estricto, solo él puede violarlos.
¿Qué significa esto último?

1 Corte IDH en el Caso Velásquez Rodríguez Vs. Honduras. Sentencia del 29 de julio de 1988. Serie C N°4, párr. 166, disponible
en [Link]
2 Corte IDH en el Caso Velásquez Rodríguez. Sentencia de 29 de julio de 1988, op. cit., párr. 166. En este

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Como señalamos en los párrafos anteriores los derechos humanos implican obligaciones a cargo del
Estado y para que ocurra una violación de derechos humanos, los hechos u omisiones tienen que ser
responsabilidad del Estado.
De ello se desprende que los agentes públicos tienen una responsabilidad diferente del resto de las
personas, ya que son los que deben garantizar, proteger y respetar los derechos fundamentales de todos
los habitantes. Los derechos humanos son derechos que se afirman frente al poder público. Los/las
agentes públicos/as son todos los/as funcionarios/as y empleados/as del Estado que llevan adelante la
gestión pública.
En consecuencia, la característica principal de las violaciones a los derechos humanos es que se producen
mediante actos,(un agente de seguridad que tortura a una persona, la discriminación a los extranjeros
realizada por un médico de un hospital, un maestro de escuela pública, un empleado administrativo) u
omisiones del Estado (no admitir a un niño con discapacidad en una escuela pública regular y/o no
adaptar las condiciones escolares a las necesidades educativas del niño o cuando el Estado no hizo nada
ante la comisión de un delito, como podría ser ante un homicidio y la justicia deja impune el mismo, a
pesar de que tenía toda la evidencia para poder juzgar y castigar a la persona responsable de ese
homicidio) en ambos casos cometidas directamente por un/a funcionario/a público/a. También cuando
esa acción u omisión es cometida por una persona o grupo de personas que cuentan con la protección,
consentimiento o anuencia de un funcionario público.
Dicho de otra forma, al Estado le es atribuible todo acto de un órgano o funcionario suyo, cualquiera sea
su posición superior o subordinada, en el marco de la organización del Estado y es indiferente la
pertenencia del órgano o funcionario a cualquiera de los tres poderes (legislativo, ejecutivo o judicial).
Una médica de un hospital público, un maestro de una escuela pública, un/a policía, un juez o el/la
Presidente de la Nación, en tanto agentes o funcionarios del Estado, son quienes pueden, a través de sus
acciones u omisiones, cometer violaciones a los derechos humanos.
Dado que los gobiernos recurren cada vez más y en mayor medida a entidades no estatales (compañías
de seguros médicos, agencias de seguridad privada, etc.) para que asuman sus funciones y
responsabilidades, es preciso que los gobiernos se encarguen de que estas entidades actúen de
conformidad con las normas de derechos humanos en el marco de sus competencias. Los gobiernos tienen
el deber de controlar que esas entidades cumplan con las normas de derechos humanos cuando prestan
ese servicio público.
Delitos y violaciones de derechos humanos
Desde el punto de vista del derecho internacional de los derechos humanos, para que exista una violación
a los mismos tiene que constituirse un acto u omisión que viole un derecho fundamental reconocido en
un instrumento internacional de derechos humanos y que esa acción u omisión comprometa la
responsabilidad del Estado.
Un hecho ilícito puede constituir tanto un delito como una violación a los derechos humanos. De esta
manera un homicidio puede configurar un delito reprimido por el Código Penal y, a su vez, una violación
al derecho humano a la vida consagrado en la Convención Americana sobre Derechos Humanos o Pacto
de San José de Costa Rica. Por lo tanto, el homicidio cometido por un particular es un delito reprimido
penalmente y si el Estado no cumple con su deber de investigar y sancionar a los culpables se configura
una violación de derechos humanos. Si el homicidio es realizado por un funcionario policial en un caso de
“gatillo fácil” además de ser un delito estamos frente a una violación de derechos humanos.

Conceptualmente es importante distinguir que no toda violación de los derechos humanos


es delito, y a su vez no todo delito es una violación de los derechos humanos.

En este sentido, hay delitos gravísimos como el trabajo forzado, la trata de personas, la producción y
tráfico de drogas que no son propiamente violaciones a los derechos humanos, en la medida en que sean
cometidos por particulares. En estos casos, sin embargo, el Estado debe garantizar un sistema de justicia
que ampare a los ciudadanos contra esos delitos. Por el contrario, si esos mismos hechos son realizados
por agentes del Estado directamente o por particulares con la aquiescencia, apoyo o inducción de un
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funcionario público, ese delito constituirá técnicamente una violación a los derechos humanos que hará
pasible de responsabilidad al Estado.
Tipos de violaciones a los derechos humanos
La plena vigencia de cada uno de los derechos humanos será imposible si no existe un Estado de derecho
y una estructura política que permita garantizarlos.
La detención arbitraria, el maltrato sufrido por un detenido, la desaparición forzada, el impedir el acceso
a la justicia son algunos casos de violación por acción, particularmente frecuentes en lo que concierne a
los derechos civiles. También existen acciones violatorias contra otros derechos: por ejemplo, la sanción
de normas que entrañan el cierre de fuentes de trabajo, la imposibilidad de acceso a la educación o a los
servicios de salud de vastos sectores de la sociedad.
Cuando los poderes públicos o sus agentes se muestran indiferentes frente a situaciones que reclaman su
intervención se produce una violación por omisión. Este tipo de violaciones se pueden producir a través
de la pasividad con que se toleran, por ejemplo, la persecución sufrida por algunos sectores de la sociedad,
como los jóvenes pobres. Nos hallamos ante graves violaciones por omisión cada vez que las políticas
económicas no garantizan el derecho al trabajo o a la educación.
Transformaciones que ha sufrido el Estado en los últimos años.
El modelo neoliberal busca continuar con la demolición del Estado de Bienestar que tenía como elemento
central la cobertura universal en materia de políticas sociales. Por otro lado, el Estado “ideal” promovido
desde los organismos internacionales de crédito es un Estado “mínimo”, que equivale también a un
Estado “mercantilizado”, es decir atrapado por la lógica del mercado, que delega muchas de sus funciones
en el campo de lo privado y cuya palabra clave es el arancelamiento de la salud, de la educación, de la
seguridad, etc.
Principalmente el Estado neoliberal coloca a los sujetos de derecho como meros “beneficiarios” de
programas que discrecionalmente otorga, convirtiendo la asistencia en una dádiva y otorgando
legitimidad a las relaciones clientelares y por lo tanto asimétricas. Estas relaciones promueven la
fragmentación social, el individualismo, y fundamentalmente la pasividad de quienes deben reclamar por
sus derechos.
En nuestro país durante la década del 90´ se llevó adelante la estrategia de políticas sociales focalizadas,
como excusa para prevenir un aumento de situaciones de conflictividad social, o por lo menos atenuarlas,
y no asegurar el contenido mínimo de los derechos económicos, sociales y culturales, con el consecuente
debilitamiento de las instituciones que deberían garantizar políticas sociales universales.
Estas políticas focalizadas se caracterizaron principalmente por achicar el gasto público social y tuvieron
como objetivo la selección y reducción de los destinatarios.
Modelo de estado y tipos de igualdad
La demanda de una protección efectiva de los DDHH implica en cierta medida un modelo de Estado.
En ese sentido, como vimos más arriba, el modelo de Estado liberal clásico, planteaba un Estado neutral
frente a la desigualdad, la igualdad ante la ley. Se erige como un Estado que debía ser ciego a las
diferencias e intervenir sólo para evitar las desigualdades de nacimiento.
La consideración de los seres humanos como iguales ha sido una aspiración y una lucha por miles de años.
Pudimos comprobar que la emergencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los pactos
posteriores establecen un principio de igualdad y no discriminación, que obliga a personas y Estados a
tratar a todos los seres humanos por igual. El trato igual y no discriminatorio se ha ido materializando
sobre todo en lo que refiere a los derechos civiles y políticos, y en ese sentido se habla de la expansión de
una idea de igualdad formal.
Al mismo tiempo, con la aparición del Estado social de Derechos y sobre todo en los últimos decenios, se
ha puesto de manifiesto que en reiteradas oportunidades el tratamiento igual oculta e invisibiliza ciertas
prácticas discriminatorias. Diversos grupos como los pueblos indígenas, las personas con discapacidad, o
también el movimiento feminista han demostrado que es necesario que ciertos colectivos o grupos de
personas reciban un tratamiento especial y diferenciado para poder acceder a una vida digna.

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Es por esta razón que, en los últimos años, los derechos humanos atienden a las necesidades particulares
que requieren grupos específicos de personas. Tal es el caso de las reivindicaciones llevadas a cabo por
los feminismos, que reclama no ya un trato igualitario, sino una protección especial para las mujeres y los
grupos LGBTTQ+. En este sentido, se hace imprescindible reconocer las diferencias y las identidades
particulares de los grupos y actuar en función de esa particularidad. Llamaremos a esta forma de
tratamiento especial: igualdad material o real.
Abramovich plantea que la noción de igualdad sustantiva o material parte del reconocimiento de que
ciertos sectores de la población están en desventaja en el ejercicio de sus derechos por obstáculos legales
o fácticos y requieren, por consiguiente, la adopción de medidas especiales de equiparación. Ello implica
la necesidad de trato diferenciado, cuando debido a las circunstancias que afectan a un grupo
desaventajado, la identidad de trato suponga coartar o empeorar el acceso a un servicio o bien el ejercicio
de un derecho. También conduce a examinar la trayectoria social de la supuesta víctima, el contexto social
de aplicación de las normas o las políticas cuestionadas, así como la situación de subordinación o
desventaja del grupo social al cual pertenecen los potenciales afectados.
La igualdad material se fundamenta en la constatación de que en la sociedad existen ciertos grupos que
han sido sistemáticamente excluidos del goce y ejercicio de sus derechos, y que es deber del Estado evitar
que esta situación se siga profundizando, así como revertir los efectos de esta marginación histórica. De
esa manera, el empleo de la noción de igualdad material conlleva una definición sobre el rol del Estado
como garante activo de los derechos, en escenarios sociales de desigualdad estructural. Es, además, una
herramienta útil para examinar las normas jurídicas, las políticas públicas y las prácticas estatales, tanto
su formulación como sus efectos.
Además, la noción de igualdad material se proyecta sobre el deber del Estado de proteger a grupos
sociales discriminados frente a ciertas prácticas y patrones de violencia que los afectan. Estas prácticas
son el resultado de patrones de discriminación y relaciones asimétricas de poder en la sociedad, y suelen
contribuir a reproducir y reforzar las desigualdades en el ámbito social, cultural y político. 3
Entre las practicas que llevan adelante los Estados en este sentido se pueden mencionar la imposición de
acciones afirmativas, el cupo en la educación o en la política. No sólo el estado viola cuando interfiere
sino también cuando no protege. Cuando no protege en el caso de violencia familiar, cuando no protege
a pueblos indígenas frente prácticas de violencia de actores no estatales.
A veces se trata de deberes de prestación, otras veces deberes de organización de servicios e
institucionalidad, o bien de funciones de regulación de los actores no estatales, como las empresas y las
relaciones de mercado. De alguna manera los principios y estándares de derechos humanos contribuyen
a reforzar la idea de un Estado obligado a la realización de ciertos derechos civiles, políticos y sociales,
que asume además deberes diferenciados respecto de aquellos sectores en situación de mayor
desventaja para el ejercicio de la ciudadanía.

El enfoque de derechos en las políticas públicas. La influencia del DIDH


A principios del siglo XX, la mayoría de las constituciones políticas de los Estados de América Latina fueron
reformadas o sustituidas integralmente. En general, esta nueva ola de constituciones amplía el espectro
de derechos protegidos e incorpora con jerarquía privilegiada a los tratados internacionales de derechos
humanos. En este nuevo escenario, el enfoque de derechos considera los principios y reglas de derechos
humanos, provenientes tanto de las constituciones políticas de los Estados como del derecho
internacional, como un marco conceptual aplicable al ámbito del desarrollo y al proceso de formulación,
implementación y monitoreo de políticas públicas.
Este conjunto de principios constituye un marco político que promueve centralmente el fortalecimiento
del papel del Estado como garante de los derechos y el posicionamiento de los sujetos (individuos o
colectivos sociales) como titulares de derechos con la capacidad de reclamar y participar, y no como meros

3Abramovich, V. (2010). Responsabilidad estatal por violencia de género: comentarios sobre el caso “Campo Algodonero” en la
Corte Interamericana de Derechos Humanos. Anuario de Derechos Humanos, (6), pág. 167-182. doi:10.5354/0718-
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beneficiarios de una política, un programa o un plan. Coloca a las personas y a los grupos en una situación
de poder frente a los agentes institucionales y otros actores obligados.
Las políticas públicas son las acciones y omisiones del Estado en relación con un tema que genera la
atención, interés o movilización de la sociedad. Es el comportamiento del Estado frente a los problemas
sociales. Se expresan en leyes, asignación presupuestaria, definición y ejecución de planes, programas y
proyectos de todo tipo.
Es imprescindible, entonces, considerar a las políticas públicas como parte ineludible de las obligaciones
estatales para el cumplimiento efectivo de los derechos humanos, alejándonos de cualquier tipo de
reduccionismo economicista o asistencialista, que reduzca a la categoría de “beneficiarios” a aquellos que
son titulares de derechos. Esto implicaría producir una ruptura epistemológica entre la concepción de
objeto (pasivo) a sujeto (activo y protagonista).
Las políticas sociales no pueden pensarse disociadas de lo económico y del marco de derechos vigentes
en un contexto histórico social y cultural determinado. En otros términos, se trata de dejar en claro que
aún en el caso de que se consolide un proceso de crecimiento económico y una ampliación de derechos
y garantías, no existe posibilidad de “combatir” la pobreza únicamente con crecimiento económico y ese
marco de derechos.
Las políticas públicas con enfoque de derechos implican procesos de articulación de acciones y omisiones
del Estado, y sus resultados deberían basarse en las obligaciones contraídas voluntariamente por los
Estados a través de distintos instrumentos de derechos humanos. Y fundamentalmente, en el
involucramiento activo de la sociedad en el diseño y control de las políticas públicas.4
Una política pública con enfoque de derechos se basa en obligaciones estatales en materia de derechos
humanos consagradas, entre otros, en: Tratados internacionales de Derechos Humanos, leyes,
jurisprudencia o interpretaciones autorizadas. En este sentido el derecho internacional de los derechos
humanos no formula políticas, sino que establece estándares que sirven de marco a las políticas que cada
Estado define.
Por ejemplo respecto del derecho a la vivienda implica: abstenerse de ejecutar desalojos forzosos
arbitrarios; diseñar participativamente, ejecutar, monitorear y evaluar una estrategia nacional
encaminada a la realización progresiva del derecho a la vivienda; asignar montos adecuados en el
presupuesto nacional a los efectos de cumplir con la estrategia nacional de vivienda y regular los mercados
de terrenos e inmuebles a efectos de democratizar el acceso al derecho.
Toda política pública basada en derechos deberá considerar como principios rectores los estándares de
derechos humanos, entre ellos: la universalidad, la igualdad y no discriminación, exigibilidad de derechos
(acceso a la justicia en sentido amplio); obligaciones inmediatas y progresivas; principio de no
regresividad;• protección especial y prioritaria a grupos en situación de vulnerabilidad y acceso a la
información y participación.

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