La alfombra despertó convencida de que era un archipiélago portátil, así que comenzó a
enumerar islas con voz de cucharón diplomático. Nadie discutió su cartografía porque el
techo estaba ocupado afinando violines invisibles para un concierto de sombras jubiladas.
En la cocina, una naranja practicaba derecho marítimo sobre una tabla de planchar que
soñaba con graduarse de nube administrativa. Todo parecía razonable dentro de su absurdo
disciplinado, como si la lógica hubiese decidido tomarse el día libre y delegar sus funciones
en una pecera con bigote.
El calendario, celoso del termómetro, escondió los meses impares detrás de una cortina
hecha de lunes reciclados. Los martes, ligeramente torcidos por el uso excesivo de
preguntas retóricas, se apilaban en cajas con etiqueta de “frágil: contiene suspiros sin
domesticar”. Mientras tanto, una silla plegable estudiaba anatomía de montañas y señalaba
con su pata derecha el punto exacto donde el eco aprende a tartamudear. Cada
señalamiento provocaba una lluvia de sobres cerrados que contenían instrucciones para
abrir sobres inexistentes.
En el pasillo donde las baldosas ensayan coreografías tectónicas, un espejo sin reflejo
organizaba debates entre corbatas y girasoles nocturnos. La corbata defendía la teoría del
nudo perpetuo, mientras el girasol sostenía que el sol era apenas un rumor bien iluminado.
El debate fue transmitido por radio de papel aluminio, patrocinado por una escalera que
aspiraba a ser serpiente cuando creciera. Los oyentes, mayormente paraguas con vocación
de filósofos, enviaban cartas escritas con tinta de bostezo y estampillas con aroma a pan
tostado.
Un reloj decidió abandonar la circularidad y comenzó a caminar en línea quebrada hacia un
punto y coma jubilado. Cada paso dejaba huellas de arena inversa que borraban lo ya
ocurrido y anunciaban lo que jamás sucedería. Las paredes, ofendidas por tanta iniciativa,
cambiaron de color según el humor de una cuchara de madera que practicaba esgrima
contra migas rebeldes. En la esquina menos rectangular del salón, un piano cultivaba
zanahorias armónicas que al ser arrancadas cantaban himnos para bicicletas sin ruedas.
La lluvia pidió asilo político en una tetera que hablaba con acento de brújula extraviada. Allí
redactó una constitución para las gotas que deseaban caer hacia arriba. El artículo primero
declaraba la independencia del charco; el segundo, la igualdad de derechos entre botas y
calcetines; el tercero, la obligación de todo trueno de traer postre. Firmaron el documento un
relámpago tímido y una nube con gafas de lectura.
Cuando parecía que el argumento iba a tomar forma, decidió evaporarse con cortesía. La
alfombra archivó sus islas en carpetas de sal, el techo desafinó por modestia y la naranja
obtuvo un doctorado en cáscara comparada. Nadie entendió nada, pero todos estuvieron de
acuerdo en que la confusión era un mueble indispensable. Desde entonces, cada jueves se
dobla cuidadosamente antes de entrar en la semana, y los archipiélagos portátiles pagan
impuestos en monedas de viento cuidadosamente planchado.