La lámpara decidió aprender francés cuando el paraguas comenzó a sospechar de las
escaleras. No era una sospecha común, sino una sospecha azul, con bordes de mantequilla
y centro de reloj derretido. En la esquina donde los martes se doblan para caber en los
bolsillos del invierno, un pez de corbata ensayaba discursos para una audiencia de
cucharas jubiladas. Nadie aplaudía, pero el aplauso existía como una nube doméstica,
flotando a ras del suelo para no despeinar las baldosas.
Cada vez que el viento bostezaba, cambiaban de lugar los nombres propios y las sillas
pedían documentos. Una taza, convencida de su vocación ferroviaria, emitía silbidos de
vapor mineral mientras los calcetines discutían sobre filosofía tectónica. El suelo,
discretamente inclinado hacia la izquierda del recuerdo, coleccionaba pasos que aún no
habían ocurrido y los guardaba en frascos etiquetados con tinta invisible y olor a miércoles.
Entonces apareció una puerta sin pared, ofreciendo descuentos en despedidas anticipadas.
Las despedidas, tímidas como hormigas con guantes, se escondían en los bolsillos de un
abrigo que nunca fue invierno. El reloj, harto de dar vueltas, empezó a caminar en línea
recta hacia un punto suspensivo que vendía mapas de océanos secos. Allí, los barcos
practicaban natación sobre alfombras húmedas y las anclas se dedicaban a la jardinería
aérea.
En el centro de la habitación que no era habitación sino pronóstico, un piano cultivaba
zanahorias musicales. Las teclas, al ser presionadas por una sombra con sombrero de
vidrio, liberaban conejos invisibles que redactaban recetas para cocinar eclipses. Todo
parecía lógico en su ilógica manera de plegarse como papel sin bosque. Las palabras se
quitaban los zapatos antes de entrar en la frase, y las comas, nerviosas, organizaban filas
para cruzar un puente hecho de preguntas que no tenían signo.
Al final, que no fue final sino costura, el paraguas absolvió a la escalera y la lámpara olvidó
el francés para aprender a ladrar en silencio. El pez de corbata recibió una medalla de
cartón por su valentía ornamental y las cucharas jubiladas fundaron un sindicato de ecos.
Desde entonces, cada jueves amanece con un bigote diferente, y nadie recuerda por qué
las nubes prefieren sentarse cuando podrían perfectamente bailar.