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Secretos Inconfesables

El caso de la muerte del fiscal Natalio Alberto Nisman está intrínsecamente ligado a la investigación del atentado a la AMIA y a las acusaciones de encubrimiento por parte del gobierno argentino. Nisman, quien había denunciado a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por supuesta complicidad en el encubrimiento de los responsables del atentado, fue encontrado muerto poco después de presentar su denuncia, lo que desató una serie de revelaciones sobre la manipulación de la verdad en torno a los ataques. Este documento explora las complejidades y secretos del caso AMIA, así como las implicaciones políticas y sociales que han surgido a lo largo de los años.
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Secretos Inconfesables

El caso de la muerte del fiscal Natalio Alberto Nisman está intrínsecamente ligado a la investigación del atentado a la AMIA y a las acusaciones de encubrimiento por parte del gobierno argentino. Nisman, quien había denunciado a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por supuesta complicidad en el encubrimiento de los responsables del atentado, fue encontrado muerto poco después de presentar su denuncia, lo que desató una serie de revelaciones sobre la manipulación de la verdad en torno a los ataques. Este documento explora las complejidades y secretos del caso AMIA, así como las implicaciones políticas y sociales que han surgido a lo largo de los años.
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Caso Nisman

Secretos inconfesables
La muerte de Nisman y la caída del velo que cubre el caso AMIA

1
A los compañeros de Télam S.E. y del Archivo Nacional de la Memoria.

A la memoria de dos L.A.S.: Luis Antonio Salinas y Luis Alberto Spinetta.

Con la colaboración de Gloria Beretervide y Luis Nicolás González.

2
El final de una larga travesía

(Introducción)

El disparo que mató al fiscal Natalio Alberto Nisman abrió una caja de Pandora. Fue apenas
cuatro días después de que presentase una tan resonante como vacua denuncia contra la
Presidenta de la Nación y su canciller, a quienes acusó de conspirar para librar de sus
responsabilidades a los altos funcionarios del gobierno de Irán a los que se acusaba de haber
instigado y ordenado el atentado a la AMIA. Ambos hechos, íntimamente relacionados, me
rescataron de una larga travesía del desierto en la que estuve raleado no solo de los medios
opositores a un gobierno que tuvo mi apoyo activo en todos los instantes cruciales, sino
también de los oficialistas, casi sin excepción en manos de operadores decididamente sionistas
o bien que no querían malquistarse con los autotitulados dirigentes de la comunidad judía y/o
con el gobierno racista de Israel. Habían pasado 17 años y medio desde la publicación de
AMIA. El atentado. Quiénes son los autores y por qué no están presos, y 15 desde que se me
ofreció el oro y el moro a condición de transigir con la Historia Oficial laboriosamente
pergeñada por el juez Juan José Galeano bajo la dirección, desde el tornavoz y sin dar la cara,
de Carlos Vladimiro Corach, primero secretario Legal y Técnico, luego ministro del Interior y
por fin Jefe de Gabinete del presidente Carlos Menem. Una Historia Oficial cuya médula (más
allá del truco de prestidigitación de cambiar a policías federales por bonaerenses) fue y sigue
siendo que hubo una camioneta Trafic conducida por un chofer suicida del Hezbolá libanés
teledirigido por protervos ayatolás iraníes que se estrelló contra la puerta de la mutual y
explotó. Mantra que, repetido miles de veces como una jaculatoria, se convirtió en un
indiscutible misterio de la fe, como el de la Santísima Trinidad.

Unas semanas después de la aparición de AMIA. El atentado… , en 1997, conocí a Carlos De


Nápoli, que investigaba el ataque por creer que en él estaban involucrados quienes lo habían
secuestrado, despojado y arruinado durante la dictadura. De Nápoli había descubierto que la
Trafic de la Historia Oficial no era una sino —al menos— dos, y que ninguna había servido de
vehículo-bomba, conclusión a la que también arribé yo tras una primera charla con él. En las
siguientes concluimos que las Trafic fantasmas habían existido como señuelo, para desviar la

3
atención. A la manera de los teros que en un lado pegan el grito y en otro esconden los
huevos.

Nos hicimos amigos, y producto de ello surgieron, entre otras cosas – como su participación en
el documental que hice con Cuatro Cabezas, AMIA. 9.53, y la mía en el documental que él hizo
luego con Ánima Films, AMIA. La causa, ver [Link] un libro en
común sobre una gran historia (Ultramar Sur. La última operación secreta del Tercer Reich) y su
vocación de escritor especializado en temas nazis.

No haber sucumbido a los cantos de sirena de los encubridores tuvo un alto precio: el de
quedar afuera de todo. Pero aunque los periodistas asalariados no siempre estamos en
condiciones de decir o escribir toda la verdad sobre asuntos que colisionan con los intereses de
nuestros empleadores, nada —al menos en democracia— nos obliga a mentir. Y a mi juicio, si
hay algo que equivale al juramento hipocrático de los médicos, algo sagrado para los
periodistas, eso es no traicionar el pacto —tácito pero no lábil— de buena fe con los lectores.

***

Ingresé a la Causa AMIA de carambola al servicio de la propia AMIA gracias a que a Pedro
Brieger —que tenía un vínculo con el presidente de la mutual y organizó un primer y efímero
equipo de investigación— le había gustado mi primer libro, Gorriarán, La Tablada y las
'guerras de inteligencia' en América latina, escrito en colaboración con Julio Villalonga.

Investigué durante tres años largos por cuenta de la AMIA y su abogado querellante el
atentado, e inevitablemente el que lo había precedido, contra la Embajada de Israel. Producto
de esta tarea, que desarrollé primero junto con un pequeño equipo y el entonces jefe de
Documentación del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Daniel Frontalini, y luego
individualmente, escribí el ya mencionado AMIA. El atentado…; luego hice una presentación en
Madrid ante el juez Baltasar Garzón para denunciar entre otras cosas que en él ataque habían
participado policías provenientes de los “grupos de tareas” de la dictadura, ejecutores del
exterminio de la crema y nata de una generación, e hice otras tres presentaciones ante el juez
Juan José Galeano, en las que le pedí sucesivamente la detención de quienes estacionaron la
camioneta supuestamente utilizada como vector de la explosión; la detención de los dueños
del volquete depositado frente a la puerta de la AMIA escasos minutos antes de su voladura (y
del chofer del camión que lo dejó), quienes habían comprado 10 toneladas de amonal, el
explosivo utilizado, y, por fin, que llamara a indagatoria al médico del presidente Menem,

4
Alejandro Tfeli, por haber sido él quien decidió quiénes entraban y salían de un terreno
supuestamente baldío donde todo indica que se armó y cargó el volquete relleno en el que se
produjo la primera de las dos explosiones que derrumbaron el edificio, mataron a 85 personas,
hirieron a unas doscientas y le estropearon la vida a miles.

Fui citado por Comisión Bicameral de Seguimiento de las Investigaciones de ambos atentados y
comparecí ante ella en una sesión a la que por desgracia no asistió Cristina Fernández de
Kirchner, que la integró primero como senadora y luego como diputada y que fue —junto a
Juan Pablo Cafiero— la más resistente a tragarse la Historia Oficial.

Después, hace ya una década, para esbozar una hipótesis sobre los motivos de los bombazos,
publiqué Narcos, banqueros y criminales, libro que pronto será reeditado.

***

Todo parecía quieto y el encubrimiento inconmovible hasta que a comienzos de 2013 y a


instancias de CFK se firmó un acuerdo con Irán, llamado “Memorándum de entendimiento”,
con el objetivo de hacer posible que Nisman y el juez Rodolfo Canicoba Corral viajaran a
Teherán y pudieran interrogar a los altos funcionarios iraníes acusados de haber instigado el
ataque, de modo de reactivar una causa paralizada desde hacía años.

La firma de ese memorándum fue considerada una declaración de guerra por los servicios de
Inteligencia de los Estados Unidos e Israel, y también por una Secretaría de Inteligencia por
ellos colonizada y solo formalmente supeditaba a la autoridad presidencial.

Desde ese mismo momento vaticiné que el fiscal Nisman no podía ir a Teherán a enfrentar a
los acusados porque no tenía ni una sola prueba digna de tal nombre contra ellos, y que antes
de hacerlo “se incineraría a lo bonzo”, pues de ninguna manera podía hacerlo sin hundirse en
el ridículo.

Lo dije frente a los escasos micrófonos y tribunas que se me ofrecían, y así como había dicho
públicamente a partir de comienzos del año 2000 que el juez Galeano era un delincuente
compulsivo (Samuel Chiche Gelblung puede dar fe de ello), dije a partir del año 2006 que
Nisman, su continuador, también lo era.

Fue un hasta ahora desconocido productor quien le acercó a Víctor Hugo Morales el video de
un programa de una pequeña FM en el que decía aquellas cosas un año antes de que Nisman

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interrumpiera su tour europeo junto a su hija quinceañera y regresara a Buenos Aires en plena
feria judicial para arrojar su bomba. Entonces —después de que Nisman hiciera su
presentación y antes de que muriera— Víctor Hugo me llamó, conversamos durante casi
veinte minutos y ahí cambio mi suerte.

El disparo que mató a Nisman inició el desvelamiento de la farsa que constituyó su pretendido
rol de fiscal de la República y también tira del velo que desde hace más de dos décadas oculta
a quienes encargaron las voladuras (de la AMIA y antes de la Embajada de Israel), quiénes las
ejecutaron materialmente y quiénes, mimetizándose con las víctimas, fueron en realidad
victimarios.

A la manera de Il Gatopardo, Nisman, ayudado por la SIDE de Jaime Stiuso y otros poderes
nacionales e internacionales, pudo garantizar durante casi toda una década que lo esencial de
lo celosamente ocultado por el juez Galeano en la década anterior, permaneciera opaco. Pero
ese empeño terminó costándole la vida.

Fue a fines de los años 90 cuando un monologuista que hacía stand-up en los clubes judíos dio
en la tecla al revelar lo que oía en ellos: que el costo de averiguar la verdad era mucho mayor
que el de ignorarla.1

Este libro quiere socializar lo que pude averiguar durante estos largos años de “travesía del
desierto” con los lectores a los que les repulse la idea de ser cómplices del silencio, por acción
u omisión. Los que quieran saber, aun teniendo la fundada sospecha de que, cuando sepan, ya
nada volverá a ser lo mismo.

Porque no se trata solo de perseguir la justicia, también hay que alcanzarla.

Juan José Salinas

Buenos Aires, agosto de 2015

1
“Existe el rumor de que el juez Galeano ya no investiga, o que nunca investigó, y la verdad es que
después de cinco años seguimos esperando saber. Existe el rumor que dice que el costo político de no
saber quién hizo el atentado es menos grave que el de averiguarlo, y la verdad es que debe ser así”, dijo
Roberto Moldavsky y publicó Nueva Sión (periódico con el que colaboré asiduamente) el 4 de octubre de
1999.

6
1. El Fiscal

“Me lo dijo mirándome a los ojos: ‘Fue Cristina (Fernández de Kirchner) la que ordenó
todo”. Diputada Laura Alonso, refiriéndose a la conversación que tuvo con el fiscal
Nisman el 14 de enero de 2015, luego de que este presentara su resonante denuncia
contra la Presidenta.

“Me dijo: ‘Cuando nos veamos personalmente, mirándote a los ojos, te voy a decir por
qué lo hice’ (presentar aquella denuncia). Y yo le respondí: ‘Nunca más me vas a mirar
a los ojos’”. Olga Dejtiar, madre de Cristian, de 21 años, asesinado en la AMIA.

Natalio Alberto Nisman no tenía los ojos azules. Lo descubrieron los familiares de las
víctimas de la AMIA cuando en pleno juicio, aquejado de conjuntivitis, se vio obligado a
prescindir de las lentes de contacto y a utilizar los anteojos que corregían su miopía.
Alguien lo recordó cuando Nisman no movió un dedo en defensa de sus compañeros,
los fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia, expulsados ignominiosamente del juicio
por el atentado a la mutual judía, arrastrados al fango por su complicidad con el inicuo
juez Juan José Galeano, ya apartado con anterioridad.

Dentro del grupo de Familiares y Amigos de las víctimas la más crítica de Nisman fue
Olga Dejtiar, madre de Cristian, uno de los muertos de la AMIA. Ella le enrostró a
Nisman su doblez, ya que al mismo tiempo había seguido manteniendo la acusación

7
pergeñada con los réprobos contra un grupo de policías bonaerenses, a sabiendas de
que no habían tenido nada que ver con el atentado. Familiares y Amigos de las
Víctimas, curiosamente la agrupación que era entonces más afín a las conducciones de
la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) y de la AMIA (Asociación
Mutual Israelita Argentina), y por ende a la Historia Oficial pergeñada por el juez
Galeano con su bendición. El otro grupo, mucho más crítico, Memoria Activa, que
durante años se había concentrado todos los lunes frente al Palacio de Tribunales (al
que muchos abogados llaman socarronamente El Palacio de Caifás) paradójicamente
acabaría siendo más funcional a la reconversión de aquella historia falsa a través de la
eliminación de sus aspectos más bochornosos, preservando lo esencial del
encubrimiento, el alma de la instrucción vituperada: la existencia de una camioneta-
bomba pilotada por un conductor suicida que la habría estrellado contra la puerta de
la mutual, un inconmovible dogma de fe más allá de las comprobaciones fácticas tal
como la existencia de tres personas y un solo Dios verdadero para los católicos
ortodoxos que siguen el catecismo al pie de la letra.

La desconfianza ante los manejos del abogado de Memoria Activa, Pablo Jacoby,
sospechado de tejer acuerdos por debajo de la mesa con los cuestionados dirigentes
de “la cole”, produjeron hace ya más de una década el alejamiento de la dirigente más
carismática e irreductible de la agrupación, Laura Alche de Ginsberg, quien con el
tiempo formaría un tercer grupo, la pequeña Agrupación por el Esclarecimiento de la
Masacre Impune de la AMIA (APEMIA), vinculada a la izquierda extraparlamentaria y
dedicada a señalar la complicidad de los estados de Israel y Argentina, entre otros, en
el encubrimiento de la mecánica y los autores de ambos ataques.

Familiares y Amigos de las Víctimas fue el grupo que quedó cautivo de aquellos
dirigentes y siguió defendiendo lo hecho por Galeano-Mullen-Barbaccia y los
secretarios del juzgado aun cuando ya el Tribunal Oral Federal Nº 3 de la Capital había
probado su carácter delictivo. Por pudor, es mejor no transcribir sus declaraciones de
entonces, no solo las de los Familiares, sino también las de las principales figuras de
Memoria Activa. A todos, el desplome de la causa parecía haberlos dejado tan

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confusos como Adán el Día de la Madre.

Galeano, Mullen y Barbaccia habían sido recusados luego de que se probara que en
1996 habían comprado el falso testimonio de Carlos Telleldín contra un grupo de
policías bonaerenses encabezados por el comisario Juan José Ribelli (el principal
“recaudador” de la fuerza) a quienes Telleldín dijo haber entregado la camioneta Trafic
(que supuestamente se habría utilizado ocho días después para embestir a la AMIA) a
cambio de 400 mil dólares en efectivo y 15 mensualidades de 5 mil dólares, dinero
proveniente de los fondos reservados de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE)
que le fue entregado a su mujer, Ana Boragni.

Contando con experiencia en juicios orales, Nisman había llegado en calidad de


refuerzo del ministerio público para tan importante ocasión: el juicio de la AMIA fue el
proceso penal más largo y complejo de la historia nacional, por encima del histórico
juicio a los comandantes de las juntas militares del período 1976-1982. El procurador
general Nicolás Becerra diría que había nombrado a Nisman en atención a “su gran
probidad, conocimiento y capacidad de trabajo” ocultando que su nombramiento le
había sido pedido por Rogelio Cichowolski, quien había sido el primer abogado de la
DAIA tras el atentado (18 de julio de 1994, 85 muertos y unos doscientos heridos de
consideración) de la que era entonces presidente el banquero Rubén Beraja.
Cichowolsky había luego sucedido a Beraja en la presidencia de esa entidad, creada
para combatir el fascismo y el racismo, pero que con los años había ido convirtiéndose
en el apéndice político de la Embajada de un estado de Israel crecientemente racista.
Embajada que había refrendado el pedido de Cichowolski.

Al Kassar, armas y DAIA

Para comprender mejor los hechos es necesario introducir tres digresiones. La


primera, para señalar que el procurador Becerra distaba de ser aséptico y neutral
respecto de los atentados (el de la AMIA pero también su antecedente directo, contra
la Embajada de Israel, cometido el 17 de marzo de 1992 con un saldo de 22 muertos…

9
aunque los medios todavía suelen decir, incomprensiblemente, que fueron 29). Entre
las múltiples denuncias por la presunta participación del mendocino Becerra en actos
de corrupción que se hicieron durante su larga gestión, destacan las contenidos en el
libro La delgada línea blanca, de los periodistas Juan Gasparini y Rodrigo de Castro
(Ediciones B, 2000). Gasparini lo acusó allí de haber sido el artífice de la naturalización
ilegal del traficante sirio de armas y drogas Monzer Al Kassar. Justamente, el principal
sospechoso de haber instigado aquellos ataques (lo que los medios suelen llamar “el
autor intelectual”) para la mayoría de los investigadores, incluidos —como se verá—
los juristas contratados por la DAIA y la AMIA.

Gasparini también acusó a Becerra de haber organizado detrás de bastidores la


defensa del ex presidente Carlos Menem en las causas en las que se lo acusó por el
contrabando ilegal de armas hacia Croacia, Bosnia y Ecuador, tráfico al que muchos
investigadores relacionan, precisamente, con esos atentados, nuevamente a través de
Al Kassar, quien todo indica que fue el intermediario de los envíos realizados a la costa
dálmata en momentos en que Croacia y su vecina mediterránea, Bosnia, estaban
empeñadas en una guerra de secesión de la Federación Yugoslava, para entonces
reducida a Bosnia y Montenegro.

La segunda digresión es para recordar que hasta el atentado, la DAIA tenía un bajísimo
perfil. Hasta el punto de que casi ningún periodista —para no hablar del público—
sabía que su sede estaba en los pisos 5º y 6º de la AMIA, institución que sí era muy
conocida, no solo por ser la mayor mutual judía del planeta fuera de Israel, sino
también por su eficiente bolsa de trabajo, abierta a los gentiles. Todos los indicios
apuntan a que la DAIA fue el principal objetivo del ataque, y sus directivos dijeron
estar seguros de ello cuando el autor los consultó en 1996, época en que investigaba el
atentado por cuenta de la querella de la AMIA. Razón por la cual es más preciso
referirse al segundo atentado como el llevado a cabo contra la DAIA-AMIA, como ya
comenzó a hacer el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

La tercera digresión es destacar la paradoja de que las expresiones de los familiares de


las víctimas que habían sido críticas de la infame instrucción centralizada por el juez

10
Juan José Galeano, vale decir Memoria Activa y la proto APEMIA (Laura Ginsberg)
prefirieran no opinar sobre la peripecia vital de Nisman y su final salto mortal. En
cambio, los Familiares… reconvertidos en Fundación 18-J, quienes al contrario que
aquellos habían tenido una relación muy próxima con Nisman en los primeros años de
existencia de la Unidad Fiscal AMIA, y que nunca dejaron de tenerla hasta su abrupto
final, no solo no tuvieron inconvenientes en hablar sino que hicieron catarsis.

Pour la galerie

Hechas estas salvedades, es preciso señalar que el hiperquinético Nisman resultó más
trabajador que Mullen y Barbaccia y fue el principal redactor de la elevación a juicio,
por lo que puede presumirse que debió conocer la causa de la A a la Z, incluidos los
inconfesables secretos que salieron a la luz durante el largo proceso oral. También fue,
de los tres, el que más asistió a las audiencias, a las que llevaba una carpeta con los
recortes periodísticos actualizados de todo lo publicado sobre el mismo.

Los jueces Gerardo Larrambebere, Miguel Pons y Guillermo Gordo ordenaron el 13 de


abril de 2003 que Barbaccia y Mullen fueran apartados de la causa. Dijeron que sabían
y ocultaron que Telleldín, acusado como “partícipe necesario”, había recibido dinero
para declarar contra policías bonaerenses. Barbaccia no estaba presente. Mullen se
levantó en silencio. Nisman permaneció sentado.

Al quedar como único fiscal, a Nisman se le presentó la disyuntiva de retirarse del


mismo en solidaridad con sus compañeros expulsados, provocando una crisis
institucional, o tragar saliva y continuar representando al ministerio público. Como ya
se adelantó, Nisman optó por lo segundo, limitándose a manifestar que su presencia
en la sala no debía entenderse como una aceptación de la decisión del Tribunal, la que,
dijo, iba a apelar ante la Cámara de Casación Penal y a pedir la suspensión de las
audiencias hasta que el contencioso fuera definitivamente resuelto. Palabras. Como
era de preverse, el Tribunal no le hizo caso. Al dar la noticia del pedido y su rechazo, el
cronista de La Nación puntualizó que “los fallos de esta naturaleza no son recurribles”,

11
dejando en claro que Nisman no había hecho nada práctico en favor de sus ya ex
compañeros echados.

Nisman no podía ignorar cómo se había conseguido que un grupo de bandidos con
uniforme, del todo ajenos al atentado, pasaran ocho años presos mientras los
verdaderos asesinos gozaban de total impunidad. Pero aun así, impertérrito, mantuvo
en pie la acusación, pidiendo las penas acordadas tanto para ellos como para Telleldín,
como si la culpabilidad de todos hubiera quedado plenamente demostrada. Pero
cuando el Tribunal falló que nada se había probado y dejó a todos libertad, Nisman no
apeló (excepto por la falta de sanción de otros delitos, ajenos al ataque, analizados en
el curso del proceso), dejando claro, por si todavía alguien no se hubiera enterado, que
a los réprobos Mullen y Barbaccia les había soltado la mano.

Su comportamiento puede atribuirse a varios factores concurrentes. El más evidente,


sus ansias de pelechar, de escalar peldaños en una carrera que aspiraba coronar como
juez federal. Menos conocidas eran las profundas relaciones que tenía con uno de los
jueces del tribunal, Gerardo Larrambebere, a quien había asistido hasta la complicidad
en la sesgadísima instrucción hecha a partir del frustrado intento de toma del cuartel
de La Tablada (23 de enero de 1989, 43 muertos: 32 atacantes, 9 defensores y 2
policías) y, por último, y todavía totalmente oculto para el público, la íntima relación
que lo unía al misterioso ingeniero Antonio Horacio Stiuso, más conocido como Jaime
(por James Bond, su ídolo desde la adolescencia), el segundo jefe del sector de
Contrainteligencia de la SIDE al cometerse el atentado, y en la práctica, ya desde
entonces y para muchas cosas, el primero.

Es una historia que merece la pena contarse desde el principio.

¿Yo? Argentino

Alberto Nisman se llamaba Natalio, pero no utilizaba este nombre porque le parecía
muy judío. Hijo de Sara Garfunkel, propietaria de una farmacia, y del empresario textil
Isaac Nisman, nunca pasó necesidades, pero aun así tardó en tener un automóvil.

12
Desde que tomaba el tren en Once para ir a Morón, donde había conseguido trabajo
en el Juzgado Penal 7 de Morón a cargo de Dr. Alfredo Luis Ruiz Paz, quiso desmarcarse
de la figura del Ruso (apodo que igualmente le endilgaron) porque no era una buena
carta de presentación para escalar posiciones dentro de una “familia judicial”
conservadora y tradicionalista que apenas se molestaba en disimular sus prejuicios
racistas en general y judeófobos en particular.

Su mimetización con el ambiente en el que deseaba progresar llegó al extremo de que


al ser dejado por una novia de ascendencia judía, la hostigó telefónicamente de mala
manera, con insultos soeces y hasta nazis, según ella denunció, lo que motivó la
apertura de una causa penal, según coincidieron en recordar dos ex compañeros de
trabajo.

“Alberto era un gran puteador. Sabía insultar largamente y disfrutaba haciéndolo”,


recordó Sergio Burstein, el más popular de los miembros de la Asociación 18-J (antes,
Familiares y Amigos de las Víctimas), quien tuvo una estrecha relación con el fiscal
durante muchos años, al punto de efectuar varias presentaciones judiciales por
indicación de Nisman.

Desde aquellos inicios moronenses, Nisman procuró llevarse bien, satisfacer a los
“taqueros” de la Policía Bonaerense, una relación que derivó en canonjías. Por ejemplo
que, a cambio de soslayar o minimizar tropelías menores de los uniformados,
dispusiera de un fluido acceso a las trabajadoras del sexo, rememoraron compañeros
de trabajo de entonces que pidieron conservar el anonimato, quienes también
puntualizaron que su introductor en la noche del Pinar de Rocha y otras discotecas y
piringundines de Ramos Mejía y San Justo fue otro empleado del juzgado, siempre
bronceado de lámpara solar, apodado Cartucho.

Uno de los secretarios de ese juzgado era Santiago Blanco Bermúdez, amigo y futuro
abogado de Antonio Stiuso. Este solía utilizar por entonces su más frecuente “nom de
guerre” —con el que cobraba sus haberes—, Aldo Stiles, mezclando así un nombre que
hacía honor a su ascendencia itálica con un apellido que parecía extraído de una

13
novela de John le Carré.

Uno de los prosecretarios del juzgado era Gerardo Pollicita, otro amigo de Stiuso,
quien en 2005 sería adjunto del fiscal y ex ministro de Seguridad bonaerense Carlos
Stornelli; dos años después iría de la mano de este a la Comisión de Asesoramiento de
Seguridad del Club Atlético Boca Juniors, presidido por Mauricio Macri, y al año
siguiente impulsaría una acusación de la diputada Elisa Carrió contra el ex presidente
Néstor Kirchner, los ministros Julio De Vido y Florencio Randazzo y otros altos
funcionarios del Gobierno por supuestamente haber constituido una asociación ilícita,
acusación que, como era de preverse, no prosperó, como tampoco prosperaría el
intento de Pollicita, con Nisman muerto, de reflotar su denuncia contra la Presidenta y
su canciller.

Pollicita se jactaba de no coimear. “Me dijo riéndose: ‘Yo no coimeo. Le digo vaya a
verlo al Dr. Mengano, y el Dr. Mengano me da luego un aparte de sus honorarios”,
recuerda, socarrón, un camarista.

Los tres pasarían pronto a trabajar en la Justicia Federal. Blanco Bermúdez como
adjunto y Pollicita como secretario del fiscal Raúl Pleé, y Nisman al Juzgado Federal de
Morón, que estaba a cargo de Juan Ramos Padilla. Se trataba de la jurisdicción más
grande y populosa y por ende también más conflictiva de todos los juzgados federales
del país. Ramos Padilla buscaba formar un equipo que se dedicase a faenas delicadas,
entre otras a la restitución de menores hijos de desaparecidos, tarea por entonces
muy artesanal ya que no se contaba con las técnicas que hoy permiten establecer el
parentesco a través del ADN. Les pidió a los jueces provinciales si le podía recomendar
empleados, y Ruiz Paz recomendó a Nisman.

Ramos Padilla, que era alfonsinista, tenía lugartenientes tanto por derecha como por
izquierda. Su mano derecha era el eficiente secretario Mariano Varela, hijo de
Florencio, quien había sido uno de los principales juristas de la dictadura y era
entonces abogado de los militares encausados por su participación en la “guerra
sucia”. Su mano izquierda reposaba en un trío: Francisco D’Atri, Daniel Osvaldo

14
Bonanno y una joven abogada, Vilma Ibarra.

En 1986, luego de encontrarse con unos 8.000 expedientes apilados en las oficinas y
pasillos y descubrir graves anomalías, sobre todo en la concesión irregular de la
libertad a detenidos que no calificaban para ello, Ramos Padilla dictó la prisión
preventiva de su predecesor, Miguel Gaynor, y de varios de sus colaboradores. Acto
seguido, le pidió a la Corte Suprema que interviniera el juzgado y que hiciera un
inventario de lo que había en ese lugar imposible, donde los expedientes se apilaban
en los pasillos. La Corte envió a uno de sus secretarios (lo había sido del ministro Carlos
Fayt, del que acabamos de enterarnos que nació con el apellido Moisés), con rango
equivalente al de un juez de instrucción: Gerardo Larrambebere, quien pasó tres
meses revisándolo todo al frente de un grupo de empleados.
Ramos Padilla renunció al juzgado el 1º de agosto de 1988. Lo había emprolijado y
pensaba dedicarse a la política. Dejó poco más de 2.000 causas en trámite luego de
haber entendido en muchos casos que conmovieron a la opinión pública. Había
logrado, por ejemplo, desbaratar una célula de ultraderecha encabezada por Patricio
Camps, hijo del coronel genocida que comandó la Policía Bonaerense durante la
dictadura; había encarcelado al jefe de Inteligencia de la División Narcóticos de la
policía provincial que se había pasado de la raya en sus relaciones con los traficantes, y
había protagonizado la restitución a sus familiares de cuatro hijos de desaparecidos.
Por último, había declarado inconstitucional a la Ley de Obediencia Debida, lo que
sería dejado sin efecto por instancias superiores en una época en que las
sublevaciones de los militares carapintadas arrinconaban a una democracia todavía
débil.

La Tablada
Luego de una subrogación, a fines de diciembre de 1988 Gerardo Larrambebere
asumió en reemplazo de Ramos Padilla. Aun mediatizado, el cambio produjo un
cimbronazo. Ramos Padilla había formado un equipo al que llamaba SAE (Secretaría de
Asuntos Especiales) dirigido por los secretarios D'Atri, Bonanno y Varela, todos

15
veinteañeros que se acercaban a la treintena. De movida, las relaciones entre
Larrambebere y D'Atri fueron difíciles. El 29 de diciembre, el juez designó como primer
secretario a Mariano Varela y comenzó a despedir empleados que habían secundado a
Ramos Padilla en la restitución de niños hijos de desaparecidos.
Apenas Larrambebere terminaba de acomodarse en su despacho, en la tórrida mañana
del lunes 23 de enero de 1989, un numeroso grupo de militantes del hasta entonces
pacífico Movimiento Todos por la Patria (MTP) intentó tomar el Regimiento 3 de
Infantería de La Tablada so pretexto de que allí se cocinaba una cuarta e inminente
sublevación carapintada. El jefe de los asaltantes era el prófugo Enrique Haroldo
Gorriarán Merlo, quien en los 70 había sido uno de los jefes del derrotado Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP). El insólito asalto (los incursores iban a cara
descubierta y a bordo de sus automóviles particulares y con elementos y provisiones
como para un picnic) fue bautizado por Gorriarán “Operación Tapir” y pretendía
encabezar una pueblada y una marcha a Plaza de Mayo. Pero la Dirección de
Inteligencia de la Policía Bonaerense (DIPBA) se había enterado horas antes y montado
un cerco del que los incursores, con una sola excepción, no pudieron escapar.
El asalto y la sangrienta recuperación del cuartel por las fuerzas legales dieron lugar a
causas que recayeron naturalmente en el juzgado de Larrambebere, quien nombró
secretario a Nisman y le encomendó que se ocupara de la desaparición de dos de los
asaltantes, los jóvenes Iván Ruiz y José Díaz. Era una gran oportunidad para El Ruso,
que por entonces llegaba al juzgado a bordo de un Dodge 1500 que había comprado
de tercera mano al que le ponía un candado en la tapa del tanque de nafta porque lo
estacionaba en la calle y estaba convencido de que le robaban el combustible. Nisman
la aprovechó para estrechar relaciones tanto con los batatas del Ejército (llamados así
por su pertenencia al siniestro Batallón 601 de Inteligencia, rebautizado en democracia
como Centro de Reunión de Inteligencia Militar, CRIM) como con Stiles, el subjefe de
Contrainteligencia de la SIDE que le presentó Blanco Bermúdez, su amigo de la
adolescencia.
El intento de copamiento del RIM-3 había convertido al juzgado en un caos. El fiscal
Pleé y su adjunto, Blanco Bermúdez, presionaban al juez que, abrumado, comenzó a

16
tomar un ansiolítico. Pleé y Blanco Bermúdez asistían a las reuniones que se realizaban
en la Dirección de Protección del Orden Constitucional (DPOC) de la Policía Federal, el
nombre que en democracia había adoptado lo que en la dictadura se había llamado
Superintendencia de Seguridad Federal (SSF) y antes y desde sus mismos orígenes en
los años 40, Coordinación Federal. En esas reuniones también participaban la SIDE y los
servicios de Inteligencia de la Gendarmería y la Prefectura. El Ministerio del Interior
envió al juzgado al subcomisario inspector Carlos Antonio Castañeda y a otros tres
policías —incluida una mujer—, que ocuparon un despacho. Larrambebere se apoyó
en ellos, dándoles carta blanca para actuar como quisieran (les firmaba las órdenes de
allanamiento en blanco, práctica ilegal pero frecuente en otros juzgados), lo que
degeneró en una serie de abusos, que provocaron divisiones en el personal del
juzgado: mientras D'Atri y Bonanno le manifestaron a Larrambebere su voluntad de
apartarse de la causa tan pronto se dictaran las prisiones preventivas de los incursores
(planteando que no debía dictársele a quienes no habían ingresado al cuartel, como el
fraile Antonio Puigjané, Cynthia Castro y Dora Molina, que a la postre serían
condenados como si hubieran entrado), Varela y Nisman apoyaron a Larrambebere en
todo.

Platitos
Nisman, ya se dijo, debía ocuparse de la desaparición de Iván Ruiz y José Díaz, dos de
los incursores que se habían rendido lanzándose por encima de los barrotes de los
calabozos del cuartel en llamas, escenas que habían sido registradas por la televisión
española (TVE) y reporteros gráficos del semanario Somos y otros medios. Estos
muchachos, uno de ellos herido, habían seguido siendo filmados y fotografiados
después, cuando un sargento, apuntándolos con su FAL, los obligó a tenderse en el
piso, y también cuando seguidamente los llevaba hacia los fondos del cuartel.
El autor escribió entonces varias notas sobre el tema en el mensuario cooperativo El
Porteño —algunas de ellas junto con Rolando Graña— y en el diario Nuevo Sur, donde
también lo hacía Julio Villalonga, con quien escribiría Gorriarán, La Tablada y las
'guerras de inteligencia' en América latina" (Mangin, 1993). Por haber publicado un

17
comunicado del MTP, Villalonga fue citado al juzgado por Nisman en marzo de 1990.
Pretendía obligarlo a decir cómo había llegado ese comunicado a su poder. Villalonga
se negó de plano a revelar sus fuentes, y a su regreso narró que el despacho de
Nisman estaba lleno de ceniceros, diplomas y cuadritos de distintas unidades del
Ejército, entre los que se destacaba uno de la CRIM, el antiguo Batallón 601 de
Inteligencia. La anécdota se consignó en el libro.
“Nisman tenía fascinación por los milicos. Su escritorio estaba decorado por souvenirs
del Ejército, banderines, ceniceros, diplomas, platitos conmemorativos. Acá, en los
tribunales, precisamente llamamos ‘de los platitos’ a los jueces y fiscales que
coleccionan este tipo de cosas. Como (el juez federal Norberto) Oyarbide, que tiene
decenas de artículos de la Policía Federal”, describió un camarista que conoció a
Nisman cuando era un “pinche” de la Justicia ordinaria de Morón.

“Nisman era un milico frustrado, alguien a quien le hubiera gustado tener uniforme y
también ser un agente de Inteligencia, un 007”, opinó en curiosa coincidencia y
espontáneamente (sin conocer aquellas anécdotas) desde Montevideo Iván Velázquez,
un curtido hacker que trabajó para tres servicios de Inteligencia de las Fuerzas
Armadas y de seguridad y está procesado por la jueza federal Sandra Arroyo —madre
de las dos hijas de Nisman—, que lo acusa de alimentar con información obtenida con
métodos delictivos a periodistas blindados como el ex secretario de Inteligencia Juan
Bautista El Tata Yofre y Carlos Pagni. Velázquez, que goza de refugio político por parte
de las autoridades uruguayas, niega esos cargos con vehemencia al tiempo que
asegura haber sido víctima de “una cama” tendida por Stiuso.

Vista gorda
En este contexto, puede comprenderse por qué Nisman no hizo nada para esclarecer
cómo habían sido asesinados Díaz y Ruiz, aunque haberlo hecho no era de ningún
modo imposible. De hecho, era la primera vez que unas desapariciones a manos del
Ejército eran fotografiadas y filmadas, un changüí irrepetible. “Según el relato oficial,
los dos guerrilleros salieron del edificio y fueron detenidos por el teniente Carlos
Alberto Naselli que se los entregó al cabo primero Hugo Stegmann (que) los condujo al

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Puesto Spinassi (sobre los fondos del cuartel, que daban a una tosquera) y allí los dejó
a cargo del mayor Jorge Varando, quien dijo haberlo puesto en custodia del sargento
ayudante Ricardo Esquivel”, describen Felipe Celesia y Pablo Waisberg en su libro La
Tablada. A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina (Aguilar, 2013).
El santafesino Esquivel había muerto en el combate. Game over.
A pesar de que los desaparecidos, el teniente Naselli y el sargento Stegmann aparecían
en videos y múltiples fotografías, Nisman convalidó la indigerible versión militar que
aseguraba que Ruiz y Díaz habían (¿después de matar a Esquivel?) conseguido escapar.
Hace dos años, Waisberg y Celesia fueron a entrevistarlo para preguntarle por qué
había hecho lo que había hecho. Nisman admitió que con el paso de los años se había
dado cuenta de que los militares le habían mentido y “a esos tipos los habían sacado
del cuartel con vida”, pero se disculpó diciendo que entonces “estaban los que
opinaban que evidentemente los sacaron y los mataron, y los que no creían para nada
en eso. Algunos, cotejando con otras declaraciones que los militares habían hecho con
anterioridad, decían que más o menos cerraba que hubieran muerto en el fragor del
combate… No te digo cincuenta y cincuenta, pero legalmente se llegaba a ese punto”,
dijo con mucho cinismo y soslayando la abundante prueba documental acerca de que
habían sido detenidos desarmados, semidesnudos y heridos.
“La duda pasaba por un tema de convicción, pero no basado en prueba del
expediente”, remató el fiscal, divorciando la realidad de la fría letra de las excusas
castrenses.
La impunidad por el asesinato de Díaz y Ruiz permitió que Varando siguiera libre. El 20
de diciembre de 2001, el día en que el presidente Fernando de la Rúa renunció y se fue
en helicóptero de la Casa Rosada, mientras agentes de civil del Departamento de
Asuntos Internos baleaban jóvenes, el teniente coronel retirado Jorge Varando, jefe de
la custodia de la casa central del Banco HSBC, en Avenida de Mayo y Maipú, baleó y
mató a un muchacho desarmado, Gustavo Benedetto.
Tres años más tarde, el sargento retirado José Almada, que el aciago 23 de enero de
1989 se había desempeñado como operador de radio, pagó una deuda con su alma y le
informó a sus superiores que había sido testigo de las “brutales torturas” infligidas a

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Díaz y Ruiz en los vestuarios de la cancha de paddle por dos oficiales de Inteligencia, y
cómo luego habían subido a ambos, muy maltrechos, a un Ford Falcon y sacado del
cuartel alrededor de las 15. Y agregó que cuatro horas después escuchó el siguiente
diálogo:
— Tengo conmigo a dos oponentes. Solicito temperamento a seguir.
— ¿Hay personal civil o periodistas?
— Negativo.
— OK. Póngalos fuera de combate.

Que el más que posible asesino de Ruiz y Díaz y el de Benedetto fueran una y la misma
persona pasó desapercibido hasta que lo hizo público Rolando Graña.
“Tanto Varando como (el general) Alfredo Arrillaga fueron procesados en 2009 por las
desapariciones de Ruiz y Díaz por el juez federal de Morón Germán Castelli, que las
consideró crímenes de lesa humanidad, y por lo tanto imprescriptibles. Las defensas
apelaron la condición de lesa humanidad. La Cámara Federal de Apelaciones entendió
que la desaparición de los militantes no reunía los requisitos para ser considerada
como de lesa humanidad, pero que los crímenes no estaban prescriptos. Los familiares
recurrieron a la instancia de Casación, que confirmó la resolución de la Cámara, y
finalmente fueron en queja a la Corte Suprema...”, informaron Waisberg y Celesia.
Sigue allí.
“De todos modos, Varando sigue preso por el asesinato de Benedetto” y Arrillaga está
detenido por su participación en “La noche de las corbatas”, informaron ambos
periodistas en referencia a la tortura y asesinato en Mar del Plata de un grupo de
abogados, entre los que se encontraban Norberto Centeno, el principal redactor de la
Ley de Contratos de Trabajo, y los padres del secretario de Derechos Humanos de la
Nación, Martín Fresneda.
Desde entonces, Stiuso fue una especie de tutor de un Nisman que admiraba hasta el
arrobamiento a los militares, y todavía más a los espías.

Revancha

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A causa de su negativa a secundar la falsa acusación contra los policías bonaerenses, y
a sus frustradas tentativas de acusar, también falsamente, a militares y ex militares
fascistas y ladrones de armamentos de los arsenales del Ejército, Stiuso había perdido
la confianza del juez Galeano. Este recurrió a quien había sido el “padrino” de su
designación, el secretario de Inteligencia Hugo Anzorreguy, quien a su vez relevó de la
investigación a Stiuso a comienzos de 1996, transfiriéndosela a sus favoritos de la
llamada “Sala Patria”, los principales rivales de Stiuso en la interna de “La Casa”, como
llamaban los espías a la disuelta SIDE y seguramente sigan llamando ahora a la nueva
Agencia Federal de Inteligencia (AFI).

Para enorme alegría de Stiuso, durante el extenso juicio —tal como ya se verá— quedó
probado que había sido la Sala Patria, precisamente, la que siguiendo instrucciones del
juez, del secretario Anzorreguy y con toda probabilidad de Carlos Corach (quien era al
cometerse el atentado ministro del Interior y, como tal, responsable de la Policía
Federal, y que fue luego jefe de Gabinete del segundo gobierno de Menem), y con
pleno conocimiento de Beraja (y por ende de la Embajada de Israel), había efectuado
los pagos ilegales a Telleldín, lo que provocaría su descabezamiento, decadencia y
desaparición.

El “Informe final”

El juicio supuso así un triunfo rotundo para Stiuso, a quien se le devolvió la


investigación de la AMIA en momentos en que ya había conseguido el monopolio de
las relaciones con los llamados “servicios colaterales”, particularmente con la CIA, el
Mossad y el BND (Bundesnachrichtendienst) alemán, lo que había ocurrido luego de la
catastrófica huida del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, a fines de
diciembre de 2001, mientras el juicio estaba aún en su primera fase. El presidente
provisional, Eduardo Duhalde, había nombrado secretario de Inteligencia a Miguel
Ángel Toma, sobre quien Stiuso tenía enorme ascendiente por razones que jamás se
hicieron públicas. De acuerdo a lo decidido por Stiuso, Toma viajó a Langley —el

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suburbio de Washington donde tiene su sede la CIA—, donde le dieron un informe
ultrasecreto en base al cual y completándolo con otros informes del FBI y de los
servicios secretos israelíes (ninguno de los cuales fue nunca puesto a disposición del
juez) las y los amanuenses de Stiuso refritaron el pomposamente llamado “Informe
final” con la pretensión de acusar de manera irreversible del ataque a la DAIA-AMIA al
Hezbolá (Partido de Dios) libanés y a la República Islámica de Irán. Documento que fue
redactado con tanta premura y descuido, tan evidentemente transcripto del inglés,
que en lugar de hablar de la Trafic o de la camioneta, se refería a “la van” missing.

El “Informe final” fue destripado por el abogado Juan Gabriel Labaké, defensor de uno
de los acusados, Alberto Jacinto Kanoore Edul. Descendiente de libaneses, Labaké es
un político peronista proveniente de la democracia cristiana que fue luego defensor de
la ex presidenta María Estela Martínez de Perón. Dijo Labaké que el citado informe,
que el autor nunca vio, “contiene todas las fantasías, falacias y malicias que luego se
han blandido para acusar a Irán, Siria, Líbano y Hezbolá”, y las detalló: “a) Que el
atentado fue planificado desde Teherán, y ejecutado por Hezbolá; b) que Siria y el
Líbano necesariamente debieron prestar su colaboración; c) que el atentado se
cometió con un coche-bomba: la meneada pero nunca vista ni demostrada Trafic; d)
que su conductor fue el libanés Ibrahim Husein Berro (o Borro, o Brro), perteneciente a
Hezbolá; e) que Berro viajó desde Beirut a la Triple Frontera, donde fue recibido y
escondido por 'células dormidas' de Hezbolá, y luego traído por ellas a Buenos Aires: f)
que en Buenos Aires fue recibido y protegido por más 'células' (no sabemos si
'dormidas' o 'despiertas') de Hezbolá (...) las cuales le proveyeron la Trafic adquirida a
Telleldín gracias a las gestiones de Edul y por encargo del agregado cultural de la
Embajada de Irán, Moshen Rabbani”.
“Para avalar tan temerarias afirmaciones, el informe de la SIDE solo menciona algunas
llamadas telefónicas efectuadas desde aparatos cercanos a la sede de la AMIA a
números de la Triple Frontera y Beirut. El número de teléfono de la capital libanesa al
cual se llamó, según afirma la SIDE, pertenece a Hezbolá (¡!), pero el gobierno libanés
respondió que ese número no existe” y a “la hora de dar las razones de sus dichos, la

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SIDE se limita a informar que sus fuentes fueron 'servicios de inteligencia extranjeros
amigos’”.
“Con esa increíblemente débil base de información, el juez Galeano se apresuró a
enviar un exhorto diplomático al Líbano y tres a Irán”, continuó Labaké, que ofreció
seguidamente la información contenida en la respuesta del Líbano, recibida a
mediados de diciembre de 2003 y silenciada por el juez:
“a) Berro murió en una operación contra los israelíes en el pueblo de Talusa (sur del
Líbano, invadido por Israel en esa época) el 8/9/1994” y “así consta en el Registro Civil
de esa zona”; b) el grupo ‘Ánsar Alah’, que en el informe de la CIA-SIDE aparecía
reivindicando el atentado, es en realidad ‘de origen palestino y no está registrado
legalmente en el Líbano, pues posee la adhesión de solo ‘algunos jóvenes cuyo número
no supera las cien personas, todas de nacionalidad palestina, no tiene presencia de
seguridad, son un simple símbolo político sin financiación, su estructura es débil y casi
ausente del escenario político de los grupos palestinos, no registra ninguna acción
militar o de seguridad en el Líbano, ni ha tenido ninguna aparición armada o
enfrentamiento’”; c) Ibrahim Husein Berro no registra ningún movimiento de salida del
Líbano durante toda su vida; d) Berro y sus hermanos (Assad, Mohamad y Yihad) no
tienen antecedentes penales; e) según la respuesta de la Dirección General del Estado
de las Personas, hay tres nombres Ibrahim Husein Berro, y ninguno de ellos nació el 26
de febrero de 1995, como consignaba el informe de la SIDE (...); g) sobre la Asociación
Al-Ishal Al Islamia, que la CIA-SIDE señaló como el grupo que ‘albergó’ en el Líbano a
Ibrahim Husein Berro en sus actividades ‘terroristas’, la respuesta del Líbano señala:
‘Fue fundada en virtud de un permiso del Ministerio del Interior bajo número 44/0, de
fecha 28/3/1978, su sede está en Abu Samra, Trípoli-norte, su presidente y fundador
es el sheij Mohamad Rashid Miqati, doctor y orador de la mezquita Abi Samra, tiene un
hijo doctor Raafat Miqati que es miembro de Concejo Municipal de la ciudad de Trípoli.
Sus objetivos son educativos dentro de la ley islámica y la ley libanesa, sin dimensiones
políticas, y se vinculan con la secta sunnita wahabí’”, que está en las antípodas
ideológicas del chiísmo de Hezbolá.

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Labaké consignó a continuación la información proporcionada por la República del
Líbano acerca de los teléfonos contenidos en el “Informe final”:
“El número desde el cual se afirma que se llamó desde la Argentina el 23-8-2001, no
existe; en la Guía de Abogados del Líbano no existe el nombre de Mufid, a quien el
informe sindica como ‘un brillante abogado libanés al servicio de Hezbolá’; El Líbano
informó a continuación sobre otros seis números telefónicos requeridos por Galeano:
el 961-88707-0786 no existe; el 961-164-3588 corresponde a una fábrica de cortinas
(se aportan todos los datos comerciales); al 961-837139…, le falta un número; al 961-
03286286707 le sobra un número…; al 961-8744… le faltan dos números; el 961-837-
0798 pertenece a una señora de Baalbeck, cuyo único antecedente policial es que tres
veces denunció que le entraron ladrones a su casa… Conclusión: nunca le pidas a la CIA
un número de teléfono porque te lo dará cambiado: o no sirven ni para eso, o mienten
hasta en eso”, se burló Labaké.

Gatopardismo

Si el juicio acabó demostrando que la causa había sido armada para apuntalar una falsa
historia con el ánimo de “satisfacer oscuros intereses de gobernantes inescrupulosos”,
tal como sostuvo el TOF 3 en su veredicto, los jueces, en una insólita pirueta,
resolvieron que ello habría ocurrido solo a partir de 1995, cuando se había sobornado
a Telleldín dejando en pie lo actuado antes, incluido el crucial apartamiento del juicio
de los dueños del volquete dejado frente a la puerta de la AMIA minutos antes de su
voladura, el libanés Nassib Haddad y su hijo Jorge, quienes habían sido detenidos a
pedido de los fiscales y liberados casi instantáneamente a instancias de la Casa Rosada
a pesar de no haber podido justificar la compra en los últimos meses de parte de diez
toneladas de amonal, el explosivo utilizado en el crimen. Del mismo modo, y
complementariamente, el Tribunal salvaguardó como hipótesis única la de la
camioneta-bomba piloteada por un suicida de Hezbolá teledirigido desde Teherán.

De este modo, lo que se presentó como una ruptura, un punto de inflexión, un


parteaguas, fue en realidad una acabada muestra de gatopardismo con el objetivo de

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preservar lo esencial del encubrimiento, tal cual lo acordado sobre los escombros
humeantes de la Mutual (si no de antes, como diría el presidente Kirchner) por los
servicios secretos y los gobiernos de la Argentina, Israel y los Estados Unidos, en torno
al interés común por mantener ocultas tanto las razones como la mecánica de los
atentados, y de ambos gobiernos extranjeros de torpedear las relaciones iraní-
argentinas, que no dejaban de crecer: lo habían hecho durante el último tramo de la
dictadura y en el gobierno de Raúl Alfonsín a partir de la compra de armamentos para
repeler la agresión del Irak de Saddam Hussein (que contaba con el respaldo de las
potencias occidentales) en la guerra de 1980 a 1988, que le costó a los iraníes
alrededor de un millón de muertos e innumerables mutilados. Y se habían consolidado
durante el gobierno de Menem gracias a las grandes y crecientes compras de granos
(Irán había reemplazado como principal comprador a la desaparecida Unión Soviética)
y a las perspectivas de reanudar la cooperación nuclear iniciada en tiempos de la
dictadura, cuando la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) era un coto de la
Armada e Irán estaba todavía gobernado por el Sha (rey) Reza Pahlevi y era el principal
aliado de Israel y de los Estados Unidos en la región.

Una estocada
Stiuso emergería como el gran vencedor del juicio oral y público por el atentado a la
DAIA-AMIA, arrastrando consigo hasta la cima a Nisman. Derrumbada la Historia Oficial
I, ellos iniciarían la segunda etapa, salvaguardando lo esencial del encubrimiento. Sin
embargo, ya entonces había recibido una herida que permanecería abierta e infectada
durante toda una década, hasta su caída. Sucedió el 25 de julio de 2004, cinco semanas
antes de que el TOF3 leyera la absolución de todos los acusados, cuando el ministro de
Justicia Gustavo Béliz, a punto de irse del gobierno y en Hora clave, por entonces el
programa político de mayor audiencia, sacó una foto borrosa de su rostro y la enseñó a
las cámaras.
“¿Quién maneja la SIDE?”, preguntó retóricamente. “La maneja un señor que debería
ser el hombre más público de la Argentina, al cual todo el mundo le tiene miedo.
Cuando se lo menciona en una reunión todo el mundo dice ‘¡Cuidado! No te metas con

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ese tipo. Es un tipo muy peligroso. Te puede mandar a matar, te puede meter en
situaciones muy complicadas, te puede armar todo tipo de operaciones’. Es este señor
(mostró la foto), ‘Jaime’ Stiuso. Uno de los que ha embarrado toda la causa AMIA es
este hombre. Él ha sido uno de los grandes responsables de que la causa AMIA se
frustrara”.
A Béliz, el desplante le costó caro. Creyendo o sabiendo positivamente que la foto de
Stiuso se la había proporcionado al ministro saliente el comisario Jorge El Fino Palacios
(ex titular del Departamento Unidad de Inteligencia Antiterrorista, DUIA, que había
sustituido al DPOC), Kirchner tomó partido en la disputa por la SIDE y por Stiuso, que a
través de un abogado periférico denunció a Béliz por violar la Ley Nacional de
Inteligencia. En este contexto, y temiendo razonablemente por su vida y la de los
suyos, Béliz se fue con su familia a Washington, donde el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID) le dio trabajo. Pasó allí cinco años y después otro tanto, siempre
trabajando para el BID, en Montevideo. En el 2011 fue absuelto por el Tribunal Oral
Federal 3, pero al año siguiente la Cámara Nacional de Casación, más sensible a los
requerimientos de la Secretaría de Inteligencia, anuló ese fallo, con lo que el
contencioso pasó a la Corte Suprema, donde sigue.
Pero la herida que Beliz le había causado a Jaime era profunda. Porque, al igual que
había sucedido con Alfredo Yabrán, su poder radicaba en gran medida en que su cara
no fuera conocida.

La idea fija

Quizá Kirchner ni siquiera haya podido elegir. Su preocupación casi excluyente —que él
mismo dijo apenas si lo dejaba dormir—, era reducir drásticamente la deuda externa y
renegociar su pago en plazos que no impidieran un rápido crecimiento de la economía,
para lo que juzgaba imprescindible contar con el apoyo del American Jewish
Committee y otros importantes “think tanks” de la comunidad judía de la Costa Este de
los Estados Unidos. Kirchner juzgaba que su peso en Wall Street era determinante y en
aquel contexto estaba decidido a ponerse la kipá, a tocar la campanita en el Nasdaq

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cuantas veces fuera necesario, a sostener en el Banco Central al neoliberal “golden
boy” Hernán Martín Pérez Redrado y a hacer casi cualquier monería en aras de ese
objetivo, y ni se le pasaba por la cabeza objetar aquel consenso, que por lo demás
gozaba de un apoyo sin fisuras por parte de los directivos de las entidades judías y de
los medios, incluidos los poco afines.

En este contexto, no estaba en condiciones de echarse en contra a la SIDE y a Stiuso,


de quien sabía que tras ardua pugna había conseguido monopolizar las relaciones con
la CIA, el Mossad y otros servicios secretos extranjeros. Por el contrario, puso a
disposición del elegido (Nisman) y de su padrino (Stiuso) todos los recursos del Estado,
lo que dio comienzo a una segunda etapa de la Historia Oficial y del encubrimiento que
habría de durar toda una década, superando por unos meses a la anterior, cuya cara
visible había sido Galeano.

Berro, Borro, Porro

La continuidad esencial entre ambas etapas queda ilustrada con una historia que sería
deliciosa si no hubiera tantos muertos de por medio. Resulta que poco antes de ser
apartado del juicio, a comienzos del 2003, el juez Galeano pidió que se investigara por
su posible complicidad en el atentado a Sebastián Borro, un héroe de la resistencia
peronista, a la sazón de 82 años, quien también había sido, entre otras muchas cosas y
en épocas recientes, legislador de la ciudad de Buenos Aires por el Frente Grande.

Borro, hijo de un libanés, era en 1959 el delegado general del Frigorífico estatal
Lisandro De la Torre y encabezó la larga huelga insurreccional que resistió su
privatización movilizando a todo el barrio de Mataderos. Fue además diputado
nacional electo en las elecciones anuladas por el presidente Arturo Frondizi bajo
presión militar (1962), dirigente de la CGT de los Argentinos (1968), participante del
chárter que trajo a Perón definitivamente a la Argentina (1973), dirigente del Partido
Peronista Auténtico (1975) y uno de los testimoniantes del film documental Cazadores
de utopías, de David Blaustein.

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Pero, evidentemente, Galeano no tenía la más remota idea de quién se trataba. El
“Informe final” de la SIDE afirmaba —en base a “información” proporcionada por un
informante de Ciudad del Este, posiblemente un doble agente israelí, al FBI, que a su
vez se lo había pasado a la Sala Patria—, que el supuesto chofer de la supuesta Trafic-
bomba había sido un tal Ibrahim Husein Berro. Entonces, cruzando con otros “papers”
de similar calidad y consistencia, a Galeano se le ocurrió que tal vez Berro y Borro
fueran originalmente un mismo apellido (lo que tenía como base que en el informe
original del FBI se admitía que también el infortunado Ibrahim podía haberse inmolado
—esto no se ponía en duda— en el Líbano y no en Buenos Aires, y que su apellido
también podía ser Bru, Brru, Birru o Burru) y como tenía en carpeta a un sospechoso
llamado Mahmoud Borro… se hizo un matete. Explicó Galeano que este último estaría
vinculado con “el clan de los Saleh”, a su vez vinculado con “los Assad” (en referencia,
es de suponer, al presidente de Siria, el oftalmólogo Bashar al Assad y a su fallecido
padre, Hafez al Assad) y con un supuesto militante de Hezbolá, Nidal Bazoun, quien
habría estado en Buenos Aires…
En cuanto a Sebastián Borro, el juez sostenía que había asistido “en marzo de 1994 al
acto que por Palestina y la masacre del Hebrón se realizó en el anfiteatro de la
Asociación de Trabajadores del Estado”. ¿Y? Aunque el escrito no lo dice, a ese acto
habría asistido también el agregado cultural de la Embajada de Irán, Moshen Rabbani,
a quien Galeano acusaba de haber organizado el ataque a la DAIA-AMIA. Lo que
hablaría de por sí de la peligrosidad de Borro.
Casi todo el escrito de Galeano tenía la misma sustancia. Las incoherencias,
argumentaciones traídas de los pelos y boutades del escrito proliferaban de tal modo
que era una tarea ímproba y agotadora compilarlas y catalogarlas. Todo lo cual abría
serias dudas sobre la capacidad intelectual, equilibrio emocional y estado mental
general del magistrado, que admitía sentirse en medio de “una guerra cósmica, que
expresa la batalla entre los hijos de la luz contra los representantes de las tinieblas (...)
declarada a partir de fundamentos religiosos y que se corporiza a través de aparatos
paramilitares”.
El autor se puso entonces en contacto con Sebastián Borro, que se enteró así,

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risueñamente, de que lo estaban investigando. Dijo que el sospechoso Mahmoud (es
posible que el nombre tampoco fuera correcto, cito de memoria) debía ser un pariente
libanés que había estado parando unos meses en su casa, buscando trabajo. Y que al
no encontrarlo, había regresado a su país.

Un papelón monumental

Pues bien, en 2005 Nisman, Martínez Burgos y Stiuso fueron a Detroit a presenciar el
interrogatorio por parte de una fiscal local de dos hermanos del inculpado Ibrahim
Husein Berro. Ambos inmigrantes dijeron que su hermano estaba tullido a causa de un
bombazo israelí, que nunca había estado en Sudamérica y que había muerto en el sur
del Líbano en septiembre de 1994 a consecuencia de un nuevo bombardeo israelí. Lo
que no arredró a Nisman que, alentado por Stiuso, al volver a Buenos Aires distribuyó
un informe donde afirmó taxativamente que se había confirmado que el finado había
sido el chofer suicida que se había estrellado contra la AMIA. Pudo hacerlo sin mayores
contratiempos porque gozaba de un blindaje mediático prácticamente total.

Fue en septiembre de 2005. El informe de diez páginas que Nisman distribuyó entre los
periodistas afirmaba que dos hermanos del finado Ibrahim Hussein Berro habían
confesado en Detroit que este había sido el chofer suicida que había arremetido contra
la AMIA. Nisman dijo que lo entregado era un resumen de una presentación judicial de
cientos de páginas. La confirmación de la identidad del kamikaze que se había llevado
puesta la mutual judía fue tapa de todos los diarios y cabeza de todos los noticieros, y
muy pocos rectificaron la información cuando unas horas después el periodista
Rolando Hanglin entrevistó telefónicamente a uno de esos hermanos, que negó
enfática y vehementemente lo dicho por Nisman.

Por suerte, y aunque en minoría, todavía quedan periodistas probos, que ennoblecen
el oficio. El sábado 13 de mayo de 2006 Jorge Urien Berri publicó en La Nación (“Más
dudas sobre el chofer suicida”) que ante la fiscal de Michigan, Barbara McQuade, y los
fiscales Nisman y Marcelo Martínez Burgos, los hermanos Hassan y Abbas Berro habían

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desvinculado “por completo a su hermano Ibrahim Berro como chofer suicida de la
camioneta Trafic” y que “incluso uno de ellos aseguró haber estado con Ibrahim una o
dos semanas antes de su muerte, ocurrida el 9 de septiembre de 1994. Es decir, lo
habría visto después del atentado contra la AMIA”.

Los hermanos Berro, ambos ciudadanos estadounidenses, le habían explicado a sus


visitas que su hermano Ibrahim había muerto durante un ataque israelí al pueblo
libanés donde vivía, y que era un discapacitado porque una explosión en un ataque
anterior lo había dejado rengo y afectado un pulmón, informó Urien Berri. “Sin
embargo, el 9 de noviembre del año pasado y con el impulso del Gobierno, que ese día
había recibido a autoridades del influyente Comité Judío Americano, quienes
entregaron una plaqueta de reconocimiento a la primera dama, Nisman convocó a una
conferencia de prensa y anunció que habían identificado al conductor suicida como
Ibrahim Berro, de 21 años, gracias a los testimonios y dos fotografías aportados en
Michigan por sus hermanos”.

En realidad, continuó el periodista, “Assad Berro testimonió que Ibrahim ‘era


discapacitado. Fue herido a los 15 o 16 años por un coche bomba en la guerra civil del
Líbano. Tenía problemas en la espalda, pulmón y rodilla y caminaba como un cojo.
Tenía muchas ganas de ir a Estados Unidos a trabajar. Por su baja educación no era
capaz de planear ni realizar un ataque así’”. Assad agregó el golpe de gracia: “‘Una
semana o dos antes de morir’ Ibrahim, en septiembre de 1994, ‘lo vio en su casa’ del
Líbano”, remató.

“El resumen de diez páginas de una presentación judicial de cientos de páginas que
Nisman había entregado a los medios fue tapa de todos los diarios y cabeza de todos
los noticieros. Pero cuando se conoció la transcripción de la entrevista a los hermanos
de Berro semanas más tarde, se supo que los hermanos habían negado que Ibrahim
tuviera algo que ver con el atentado. Entonces Nisman dijo que los hermanos mentían
y los grandes diarios y noticieros dieron por hecho en innumerables noticias que
Ibrahim Berro era el atacante suicida”, sintetizó el periodista Santiago O’Donnell.

30
La mecánica (entrega de un resumen sustancioso como adelanto de un larguísimo
texto insustancial), que tanto recuerda a las artimañas de ciertos semanarios expertos
en vender empanadas rellenas de humo, sería nuevamente utilizada en ocasión de la
denuncia contra la Presidenta y su Canciller, presentada por el fiscal cuatro días antes
de su muerte. La diferencia estaría en que los medios oficialistas —que al mismo
tiempo eran mayoritariamente pro sionistas o al menos complacientes con los
requerimientos de la poderosa colectividad judía de Nueva York— no podrían seguirlo
en tamaño despropósito.

El dictamen

Dando por resuelto el tema del supuesto kamikaze libanés, Nisman se concentró en
acentuar al máximo la culpabilización de Irán. A diferencia de Galeano, que había
pedido la captura internacional de cuatro “elementos radicalizados” de Irán y no se
había atrevido a acusar directamente a Hezbolá (a fin de cuentas, el mayor y mejor
organizado de los partidos del Líbano, con un importante bloque de diputados en el
Parlamento de Beirut, a los que en enero de 1998 el presidente Menem visitó en un
viaje sorpresivo antes de participar de la cumbre de Davos), Nisman apuntó
directamente al gobierno iraní.

Lo hizo bajo presión, y no solo de los familiares de las víctimas. Aunque se suponía que
debía revisar la investigación corrompida hasta los tuétanos que supuestamente había
dirigido o al menos coordinado el juez Galeano, cuyo resultado había sido encarcelar a
un grupo de policías inocentes y lanzar acusaciones genéricas contra algunos
funcionarios o ex funcionarios iraníes, sus auspiciantes solo admitían un resultado: que
se renovaran las acusaciones a iraníes y que, es más, se acusara directamente al
gobierno de la República Islámica.

Como Nisman tardaba en hacerlo, las más importantes organizaciones judías de los
Estados Unidos se reunieron el jueves 21 de septiembre de 2006 con la senadora
Cristina Fernández de Kirchner, el canciller Jorge Taiana y el cónsul Héctor Timerman y

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se quejaron ante ellos y otros importantes políticos argentinos que habían concurrido
a la Asamblea General de las Naciones Unidas, de las dilaciones en que incurría el fiscal
Nisman para elevar al juez Rodolfo Canicoba Corral su dictamen “incriminando a Irán”
en el ataque a la DAIA-AMIA, dejando así claro que no concebían siquiera que Nisman
pudiera hacer otra cosa. CFK respondió que ni el Poder Ejecutivo ni el Legislativo
podían “entrometerse en los tiempos de la Justicia”.

En el encuentro, que se realizó en un salón del Hotel Four Seasons de Nueva York, los
dirigentes del Consejo Judío Mundial, el Comité Judío-Norteamericano, la Liga
Antidifamación, la B’nai B’rith y otras organizaciones, consideraron que toda crítica al
Estado de Israel era antisemita y le reprocharon al gobierno argentino que no
ilegalizara al Grupo Quebracho. En su crónica, el periodista Fernando Cibeira, de
Página/12, dijo que los dirigentes judíos parecían convencidos de que Quebracho era
un grupo formado recientemente con el único propósito de atacar a Israel.

Procurando satisfacer tanto al gobierno nacional como a la CIA y los dirigentes judíos,
Nisman le pidió inicialmente al juez Canicoba Corral —que había reemplazado a
Galeano— que pidiera la captura de 22 funcionarios y ex funcionarios iraníes,
incluyendo a quienes eran el presidente y el canciller de la República Islámica al
cometerse los atentados. Ese propósito inicial fue esmerilado por la resistencia de su
adjunto, el fiscal Marcelo Martínez Burgos, a seguir haciendo papelones; por el juez y,
por fin, por Interpol, que dejó in limine fuera de sus alertas rojas por gozar de
inmunidad soberana al ex presidente Ali Akbar Rafsanjani y al ex canciller Akbar Alí
Velayati, ambos pertenecientes al sector más moderado de la nomenclatura
gobernante.

Cuando por fin presentó su dictamen, el mayor trabajo que a la postre habría de
presentar Nisman en toda su vida, fue destrozado por Jorge Lanata, entonces director
del diario Crítica y hoy mascarón de proa del Grupo Clarín. Lo citamos in extenso:

“La causa AMIA suma hoy 113.600 fojas, 568 expedientes, 400 legajos, 1.000 paquetes
y 1.500 carpetas (…) Podríamos llenar varios cuartos en una casa. Varios cuartos llenos

32
de nada (…) La misma nada presente en las ochocientas y una páginas del dictamen del
fiscal Nisman, nada ratificada por el juez federal Canicoba Corral.”

“El fiscal Alberto Nisman tiene serios problemas de memoria —continuaba; hace
algunos días volvió a repetir lo mismo que el año pasado: anunció avances en la
investigación presentando solo información vieja. El año pasado lo hizo con el
espectacular descubrimiento del conductor suicida Ibrahim Berro, quien luego se
convirtió en radicheta. Este año repitió su modus operandi solicitando la captura de
ocho iraníes por los que él mismo había pedido en 2003, y sin aportar un solo nuevo
dato. El 21 de febrero de 2003 el fiscal detective Nisman solicitó junto al ahora ex fiscal
José Barbaccia al destituido juez Juan José Galeano la captura de 22 iraníes basándose
en información aportada a la causa por el espía Jaime Stiuso (...) Lo curioso del pedido
de los 22 iraníes es que estos ocho, que se suponen nuevos, se encontraban en la
primera lista de 2003. Nisman pidió entonces —y Galeano concedió— la detención de
Hadi Soleimanpour, ex embajador de Irán en Argentina entre los meses de junio de
1991 y agosto de 1994. Soleimanpour fue detenido en Durham, Reino Unido, pero
según una nota, fechada el 12 de noviembre del mismo año, el secretario de Estado
del Ministerio del Interior inglés decidió dejarlo en libertad por falta de pruebas (…) y
cesar la orden de arresto preventivo pedida por Nisman sobre la base de que ‘el
voluminoso material que conforma el pedido de extradición formulado por Argentina
no cumple, prima facie, con los requisitos probatorios exigidos por el Reino Unido’ (...)
La fiebre de detención de Nisman aquel 2003 era imparable: el 16 de mayo, junto a
Barbaccia y Eamon Mullen reiteró a Galeano el pedido de captura de los 22 anteriores
y agregó otros seis iraníes. Galeano siguió firmando. Hasta que Interpol volvió hacia
atrás con los pedidos insistiendo en la poca seriedad de la investigación (...) Cuando
Galeano fue apartado de la causa por el Tribunal Oral, el nuevo juez, Canicoba Corral,
insistió con los pedidos de captura de los iraníes: una asamblea de Interpol los rechazó
por 91 votos contra 9 a favor. La asamblea le dijo entonces a Canicoba: ‘El Comité
Ejecutivo nota, en particular, que las órdenes de detención fueron firmadas por un
magistrado cuya intervención en el caso fue declarada irregular por las autoridades
argentinas competentes’. El jefe de la Oficina Jurídica de Interpol fue todavía más

33
claro: ‘Únicamente nuevas órdenes de detención firmadas por un juez diferente y
basadas en un examen de la prueba que respalde los cargos podría justificar el
restablecimiento de las difusiones rojas (como se llama) en el argot de los organismos
de seguridad internacionales, ‘la búsqueda de los sospechosos’. Interpol fue aun más
allá: ‘Hasta tanto ello ocurra, rige el cese de búsqueda de los sospechosos iraníes
dispuesto por la Secretaría General del organismo’. La sucesión numérica de Nisman
sugiere, sin embargo, algunas preguntas básicas: ¿Por qué primero eran 22, luego 12 y
ahora 8? ¿En cuál de los tres pedidos se equivocó? ¿O se equivocó en los tres? Nunca,
en ninguna de las cientos de miles de fojas, el detective Nisman nos anuncia pruebas
nuevas que desincriminen a algunos de los 22, o de los 12, o de los 8, o que los
incriminen aun más. Perdón: sí hubo un cambio; a fojas 479 Nisman dice que, en el
papelón Soleimanpour, ‘un nuevo análisis de las pruebas obrantes en la causa nos lleva
a concluir que no revisten entidad suficiente como para dictar una medida de coerción
en su contra’. Es la versión larga para decir que metió la pata. Bien podría costarle un
juicio político, pero parece que la Argentina da para todo (…) Lo que no ha ido en
descenso, sino más bien todo lo contrario, es la propensión del detective Nisman a la
prosa judicial: hay que tener muchas ganas de escribir para tapar la Nada con
ochocientas una páginas. (...) Lo curioso de la acusación fiscal es, además de su
extensión, su diversidad: desde la página 42 hasta la 102 Nisman nos explica la historia
del terrorismo en el mundo, citando bibliografía muy diversa. Solo una cita suena un
poco lamentable: la atribuida al libro ‘Cien palabras para explicar el Islam’, de
Soulemane Bachir Diagne, Barcelona. Le faltó incluir ‘Mahoma explicado a los niños’”.

Testigos calificados

Continúa Lanata: “A fojas 258 de su dictamen Nisman transcribe el corazón de su


investigación, su punta del ovillo: ‘La elección de este atentado –dice– se realizó en
una reunión de seguridad máxima del Estado, bajo la presidencia del (entonces)
presidente de la república Rafsanjani el sábado 14 de agosto de 1993. En esa reunión
estaban presentes los profesionales militares y miembros fijos de la alta seguridad’. La

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única prueba de esta reunión son dichos de oídas de terceros. No hay ningún testigo
de haber visto u oído directamente algo, por ejemplo:

A fojas 256 Abolhasan Bani Sadr, ex presidente del Sha ([Link] A., lo fue del ayatolá
Jomeini), líder de la oposición y director de un diario opositor en el exilio, dice: ‘Si Irán
está por detrás, la decisión la debió tomar el Consejo’.

Alí Reza Ahmadi, ex integrante del Servicio Exterior del Sha, dice que ‘sabe que la
decisión se tomó en esa reunión’. Nunca explica por qué ni quién se lo dijo.

Reza Zakeri Kouchaksaree, presidente de la Resistencia Iraní (N. del A., los mujaidines
Al Jalk o MKO o MEK, una organización considerada terrorista entonces tanto por el
Departamento de Estado como por la Unión Europea), dice que ‘sabe que la decisión se
tomó en esa reunión’. Ídem el anterior.

Hadi Roshanravani, consejero de la Resistencia Iraní en el exilio (otro nombre del MKO)
dice que ‘se enteró por medio de fuentes de los mujaidines en Irán que el atentado fue
decidido por las más altas autoridades’.

Abolhassan Meshabi (el Testigo C) disidente y desertor iraní: ‘La decisión se tomó en el
’93 y estuvo Rabbani’. Conozco y obtuve toda la información del atentado a la AMIA de
los responsables del servicio de inteligencia de Irán’”.

Nisman, con estos testimonios, da por probada la reunión. Y Canicoba Corral los cree
verosímiles. Entonces, avanza otro paso: ‘Según la Secretaría de Inteligencia, Rabbani
partió con destino a Irán el 18 de junio de 1993 y regresó el 29 de octubre de ese año.
No parece arriesgado –dice Nisman– concluir que fue a participar de esta reunión.’

Esa es toda la prueba que las ochocientas (y una) páginas de Nisman ratificadas por
Canicoba tienen contra Irán. El resto –como gran parte de esto– son informaciones de
inteligencia, informes entregados por SIDE, CIA y Mossad que no figuran como tales en
el expediente sino como información propia de la supuesta investigación argentina.

Dice en la acusación otro arrepentido: ‘Más del ochenta por ciento de las operaciones
terroristas que han tenido lugar en el mundo entero han sido realizadas directa o

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indirectamente por Irán’. Y el fiscal toma esas afirmaciones como prueba.

—Aplaudimos al sistema judicial de la Argentina –dijo la Casa Blanca al conocerse la


decisión de Canicoba Corral.

—Aplaudimos la búsqueda tenaz de la Justicia –dijo el portavoz Tony Snow– contra los
autores del atentado. Llamamos a todos los gobiernos a apoyar al gobierno argentino.

La historia de involucrar a Irán en el atentado contra la AMIA no es nueva: a fojas 7213


del Cuerpo 36 se informa que una de las agendas de Telleldín apareció recortada y que
apareció también, en la casa del entonces sospechoso (ahora liberado por el Tribunal
Oral), ‘un papel’ que decía ‘Embajada Islámica de Irán’. Telleldín tuvo que escribir unas
veinte veces aquello de ‘Embajada Islámica de Irán’ y fue sometido a una pericia
caligráfica (como si el hecho de portar esas palabras en un papel configurara un delito).
A fojas 26.988 se observa que los peritos Picasso, Giménez, Noguera, Comba y
Anzorena ‘no encontraron similitudes entre la letra del papel y la de Telleldín’.

El recorte llegó a la agenda de Telleldín ‘plantado’ y quizá provenga del mismo jardín
en el que se plantó el motor de la Trafic, como veremos más adelante”.

La nota de Lanata (“Tócala de nuevo, Nisman”), es muy larga, y aborda otros varios
puntos incluidos en el mamotreto pergeñado por Nisman, Burgos y el secretario
Hernán Longo (quienes, pronto quedaría claro, no estaban en condiciones de sostener
semejantes embustes) por lo que es recomendable leerla completa.

Estados terroristas

¿Qué había quedado de las acusaciones contra Irán y Hezbolá? Difusiones o alertas
rojas de Interpol para cinco iraníes y un libanés, Imad Mugniyé, acusado de ser el jefe
de Inteligencia de Hezbolá y de una larga serie de atentados, incluyendo el cometido
con un camión-bomba contra el cuartel general de los marines invasores en Beirut, en
1983, con un saldo de más de 300 muertos. El 12 de febrero de 2008 Mugniyé fue
asesinado en Damasco por mercenarios árabes al servicio del Mossad, que detonaron

36
una bomba colocada en el apoyacabeza del asiento del conductor de su camioneta
todoterreno.

En un contexto de casi absoluto blindaje mediático para Nisman, una de las pocas
voces que desentonaron fue la de Laura Ginsberg, la más lúcida de los familiares de las
víctimas, que en la más absoluta de las soledades (todavía no había conformado, con
ayuda de pequeñas formaciones de la izquierda, la Agrupación por el Esclarecimiento
de las Masacres Impunes de la AMIA y la Embajada de Israel) cual Casandra a la que
nadie quería prestar oídos, describía: “Nisman utiliza los mismos métodos que
Galeano, profundizándolos. Pretendió diferenciarse del ex juez, pero la única
diferencia es que el dictamen de Nisman es una acusación política de mayor
profundidad. Nisman dio a publicidad su dictamen cuando el Gobierno le dio vía libre
porque ya tenía todo esto arreglado desde hacía meses con sus interlocutores en
Estados Unidos e Israel”.
Aceptar el dictamen, sostenía Ginsberg, equivalía a “validar una metodología que es
ilegal en cualquier parte del mundo, como acusar con base en información secreta de
servicios de inteligencia” y comentaba “a modo de anécdota, aunque es un hecho
gravísimo” que Nisman había dicho que tenía “la evidencia, que por supuesto no
mostró, de que los ex funcionarios (iraníes) acusados se reunieron en la ciudad iraní de
Massad el 14 de agosto de 1993, y que resolvieron poner la bomba en la AMIA. Lo que
Nisman oculta es que los mismos servicios de informaciones ya habían reconocido que
el Estado argentino, Israel y Brasil sabían seis meses antes de esta fecha (desde febrero
de 1993) que se iba a poner una bomba en Buenos Aires”.
“Es el Estado argentino el responsable de la masacre en la AMIA, pero no solo en el
encubrimiento, sino en la criminalidad misma. Es el Estado argentino el que sabía que
la bomba se venía, el que puso sus fuerzas de seguridad para perpetrarlo y el que lo
encubrió durante 12 años”, sentenciaba. Pero estas fortísimas palabras solo eran
recogidas por pequeñas agrupaciones de izquierda.

Sale Martínez Burgos

37
En noviembre de 2006 se iniciaron contactos entre el estudio Cerolini, Díaz Cantón,
Montemurro y Asociados, cuya cabeza, el abogado Juan Martín Cerolini, era amigo de
Martínez Burgos, y la Embajada de Irán, a cuyo frente se encontraba el encargado de
negocios Moshen Baharvand. El estudio le habría pedido 6 millones de dólares para
hacer caer la causa definitivamente según escuchas realizadas sin orden judicial por la
gente de Stiuso a pedido de Nisman (escuchas no solo telefónicas, también de
reuniones que se realizaron en el lobby del Hotel Hilton, en Puerto Madero), que
sospechaba de su adjunto desde que este, quebrado, le había planteado que la
evidencia que tenían era insuficiente para acusar directamente al gobierno de Irán, tal
como habían hecho. A partir de entonces, Martínez Burgos había ido apartándose
paulatinamente de las (in)actividades de la UIF aduciendo “fatiga mental”, por no decir
cansancio moral.
Según Nisman, el plan pergeñado por Cerolini tenía como puntal la renuncia de un
Burgos que diría públicamente que las pruebas colectadas contra altos funcionarios del
gobierno de Irán no eran tales. En cualquier caso, las negociaciones no avanzaron por
la negativa de Teherán a presentarse ante los tribunales argentinos, por entender que
eso equivaldría a convalidar de algún modo acusaciones que eran radicalmente falsas.
El juez Canicoba Corral citó a Cerolini y a Martínez Burgos, que renunció calladamente
a la fiscalía en abril de 2007 y nunca más se refirió públicamente al tema pero que
tampoco fue acusado de nada ni sancionado. Con él también se fue el secretario
Longo.

Hacer la plancha, pedir perdón


Luego, durante más de siete años, la UIF no hizo mucho más que mantener contra
viento y marea una acusación genérica contra Alberto Jacinto Kanoore Edul, y a partir
de ello tratar de probar que desde la misma cima del poder (el presidente Menem y su
hermano Munir) se lo había protegido y encubierto. Una pretensión, la de avanzar
contra los Menem, reiteradamente frustrada por la Embajada de los Estados Unidos a
la que Nisman acudía a prosternarse. La Embajada le indicaba a Nisman que debía
concentrarse en mantener la acusación contra el gobierno de Irán y no distraerse en

38
tonterías, y Nisman se deshacía en disculpas por haberse atrevido a escribir sin haberlo
consultado previamente.

Todo esto constaba en los despachos clasificados por Wikileaks, lo que provocó una
persecución judicial sobre su cara visible, el australiano Julian Assange, que terminó
asilado y virtualmente preso en la Embajada de Ecuador en el Reino Unido.

Santiago O’Donnell, editor de Internacionales de Página/12 se sentía feliz de haber


obtenido la confianza de Assange y tener pleno acceso a los despachos publicados por
su organización, pero se llevó una gran sorpresa. “Los cables decían que Nisman
recibía órdenes directas de la embajada estadounidense de no investigar la pista siria y
la conexión local y de dar por cierta la culpabilidad de los iraníes, aunque ningún juicio
se había realizado. Que Nisman le anticipaba sus dictámenes y los fallos del juez
Canicoba Corral a la embajada con varios días de anticipación. Que una vez Nisman
llevó a la embajada un dictamen de dos carillas y que la embajada lo mandó a
corregirlo, entonces Nisman volvió unos días después con un dictamen de nueve
carillas que sí fue aprobado por la embajada y recién entonces presentado en la causa.
Y que otra vez Nisman pidió perdón tantas veces por no avisar que pediría la captura
de Menem, que los diplomáticos tuvieron que escribir tres cables distintos para dar
cuenta de sus sucesivas ampliaciones de sus pedidos de perdón y de sus promesas de
que no volvería a suceder. Todo eso reflejaba una falta de independencia del fiscal
nada menos que ante una potencia extranjera (…) Y enseguida me pareció que la
información era de indudable interés general. Pero mi diario no quiso publicarla y a
medida que los Wikileaks iban pasando de manos, me di cuenta que los demás medios
tampoco publicaban ni ponían al aire nada. Así conocí la pata mediática de la política
de Estado con respecto al atentado a la AMIA, una de las razones que me impulsó a
escribir los capítulos ‘AMIA’ en ‘Argenleaks’ y ‘Nisman’ en ‘Politileaks’, mis dos libros”,
publicados en 2011 y 2014.

El blindaje mediático de que gozaba Nisman era casi perfecto.

39
Ping pong

Luego de la muerte de Nisman y la fuga de Stiuso, en los archivos de la UFI se encontró


un curioso intercambio epistolar entre ambos. En el 2005 Nisman le solicitó a Stiuso
por nota formal de la UFI la “recopilación, análisis y entrecruzamiento de todos los
llamados telefónicos internacionales entrantes y salientes en el período 1991-1996”,
acompañando la nota con unos 30 CD que contenían el registro de todas las llamadas
internacionales realizadas desde la Argentina en ese período, que por fin le habían
remitido las empresas telefónicas.
La nota fue formalmente contestada, y el intercambio volvió a producirse al año
siguiente, y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente y al siguiente, y al siguiente, y al
siguiente, sin que se avanzara un milímetro en esa tarea. "Todas las notas entre
Nisman y Stiuso son similares, casi un copia y pegue, en donde este último contesta
con definiciones vagas, con la evidente intención de tirar la pelota para adelante”, diría
Oscar Parrilli poco después de tomar posesión como secretario de Inteligencia y
desembarazarse de Stiuso y sus principales colaboradores.
De la investigación interna del organismo de inteligencia que ordenó surge que aquel
ritmo cansino y meramente formal se alteró a partir de febrero de 2013, cuando se
firmó el “Memorándum de entendimiento” entre la Argentina e Irán. Un mes después,
Nisman le envía una nueva nota a Stiuso que incluye una suerte de justificación de lo
que había estado pasando en los últimos ocho años, en los que afirmó haber trabajado
mucho, pero sin resultados concretos. Por su parte, Stiuso le contestó que la
información que le reclamaba Nisman desde hacía tanto tiempo estaría lista en los
próximos, y que si era necesario estaba dispuesto a dar testimonio formal acerca del
trabajo hecho. Bla, bla, bla.
En realidad, nunca había hecho nada. Porque si hay quien cree que Nisman se había
autoconvencido de sus embustes, nadie lo cree de Stiuso. Si no había entrecruzado
esas llamadas era porque sabía perfectamente cómo, quiénes y por qué habían volado
la AMIA, y que tomarse ese trabajo era perfectamente inútil.

Desplazamientos

40
El Audi Q5 blindado que usaba Nisman estaba a nombre de la empresa Palermopack
S.A., cuyo titular es Fabián Aníbal Picón, pareja de la hija de Hugo Anzorreguy y socio
de Eugenio Pipo Ecke, jefe de seguridad del Grupo Exxel con quien comparte domicilio
fiscal, publicitó el periodista Juan Cruz Sanz en Infobae, el diario electrónico de Daniel
Haddad, permeable a actuar como vocero oficioso de varios servicios de inteligencia.
La madrugada que asesinaron a José Luis Cabezas (el 25 de enero de 1997 en Pinamar)
Pipo Ecke estaba en contacto con uno de los custodios de Alfredo Yabrán, Roberto
Archuvi, quien a su vez lo estaba con los policías y lúmpenes que llevaron al
infortunado reportero gráfico en su Ford Fiesta hasta una cava en medio del campo
donde lo mataron de un disparo e incendiaron el coche con su cuerpo adentro.
Ecke, ex marido de una hija de Mariano Grondona, era y es socio y “la cara visible en
Argentina” de Frank Holder, un ex agente de la CIA, consultor en Latinoamérica sobre
“seguridad” y “dueño de un imperio de seguridad privada en toda Latinoamérica”,
escribió Sanz. Cuando Cabezas fue asesinado, Holder era la cara visible en Argentina de
Kroll Associates, una empresa vinculada a la CIA, donde sería reemplazado por el ex
montonero y también ex agente de la CIA Rodolfo Galimberti.
Ecke reportaba directamente al presidente del Grupo Exxel, el uruguayo Juan Navarro,
quien había pasado, como Yabrán en su juventud, por la empresa Prosegur, de
Amadeo Juncadella, y que luego de trabajar en el Citibank había llegado a ser un alto
directivo de Citicorp para Sudamérica. Navarro y el Exxel Group, también vinculado a la
CIA, compraron luego de la traumática muerte de Yabrán casi la totalidad de sus
empresas. Las vinculadas a los aeropuertos y el traslado de todo tipo de cosas de un
lado a otro siguieron funcionando sin mayores contratiempos.
Frank Holder llegó a la cúspide de la fama cuando en 2006 encabezó en Brasil un
“golpe blando”, cuyo objetivo de máxima era, so pretexto de poner al descubierto un
sistema de recaudación ilegal del Partido de Los Trabajadores en el Gobierno, meter
preso al ex presidente Luis Inácio Da Silva, Lula, y el de mínima, extorsionar a la cúpula
petista en beneficio de las multinacionales de origen estadounidense.
“Ecke y Navarro fueron investigados en la causa de las escuchas ilegales de Mauricio
Macri. ¿Quién los investigó? Nisman”, afirmó el periodista, que destacó luego que Pipo

41
Ecke “fue señalado como el hombre que manejaba la empresa que contrató Franco
Macri para intervenir los teléfonos de su yerno” y de Sergio Burstein, y terminó
preguntándose: “¿Por qué Nisman, titular de la Unidad AMIA, utilizaba un auto de una
empresa vinculada a alguien que investigó? Extraño”. Sanz también destacó que el ex
secretario de Inteligencia Hugo Anzorreguy, suegro del titular de la firma a cuyo
nombre está el Audi, está procesado por desviar la causa AMIA hacia una vía muerta.
Esta cantidad de información arrevesada cuya fuente Sanz no dio y otras (como que
Macri y su plana mayor utilizarían frecuentemente aviones del grupo Exxel para
desplazarse), parecen provenir de agentes de los servicios de Inteligencia
(probablemente de la propia SI en trance de disolución) enfrentados al prófugo Stiuso.
Pero si, tal como parece, el Audi blindado era o es de la CIA, ello encastra a la
perfección con los datos proporcionados por dos jueces federales, que consideran que
Nisman era un agente de la CIA (los hay también que dicen que era del Mossad), y los
de un alto funcionario del gobierno argentino que dijo haber visto cómo al llegar a
Washington, Nisman era recibido por “tres camionetas llenas de agentes rapados, de
traje negro y corbata, anteojos oscuros y una ‘lenteja’ negra en la oreja. Era el suyo un
recibimiento mucho más importante que el que se le hace a cualquiera de nuestros
ministros, y lo más loco es que apenas si hablaba un poco de inglés como para poder
comprar cosas, no más”.
Según informaciones que el autor no pudo confirmar, la UFI-AMIA habría pagado unos
5.000 dólares mensuales por el alquiler del Audi blindado.
El presupuesto de la UIF-AMIA para el año en curso superaba los 31 millones de pesos
y a comienzos de 2015 “empleaba a 45 personas, de las cuales diez eran contratadas y
no pertenecían a la planta permanente. Monotributistas con sueldos más altos que la
media de la Procuración General manejaban su día a día con total flexibilidad. El propio
Nisman cobraba 100 mil pesos en mano, casi 40 mil más que el promedio de sus
pares”, informaron los periodistas Sonia Budassi y Andrés Fabregat en un excelente
trabajo, El rompecabezas, publicado en febrero en la revista electrónica Anfibia.
Le daremos ahora la palabra a quienes acompañaron a Nisman durante toda la década
en la que —por delegación del juez Rodolfo Canicoba Corral y en nombre del Estado

42
nacional— estuvo al frente de una Unidad Fiscal dotada de recursos y personal como
jamás nadie los tuvo.

Sergio Burstein

Deudo de Rita Worona, la madre de sus dos hijos, es el rostro más conocido de la
Asociación 18J, en importante medida a causa del escándalo de las intervenciones
ilegales de teléfonos dispuestas por la nueva Policía Metropolitana de la Ciudad de
Buenos Aires, al frente de la cual el jefe de Gobierno Mauricio Macri se había obcecado
en nombrar (previa consulta a las embajadas de Estados Unidos e Israel) al comisario
Jorge El Fino Palacios, ya procesado por destrucción de evidencias en la causa AMIA.
Que el propio Macri, o su padre, o ambos, habían ordenado algunas de esas escuchas
cargándolas a cuenta del erario público parece fuera de duda, ya que uno de los
espiados era un yerno de Franco y cuñado de Mauricio, parapsicólogo y marido de
Sandra, hija de Franco y hermana de Mauricio, quien murió hace un año. Sin embargo,
en el caso específico de Burstein subsisten las dudas, a causa de su cercanía con
Nisman, que en la práctica se comportaba como un agente de la SIDE, con llegada
directa a su cerebro oculto, Stiuso, enemigo declarado de Palacios, quien durante la
instrucción de la causa AMIA estuvo aliado con los enemigos de Stiuso en la SIDE, la
llamada Sala Patria al mando de Patricio Pfinnen.

Los allegados a Macri sostienen que Burstein actuó en complicidad con Nisman y
Stiuso y que entre los tres le hicieron una cama a Palacios y por extensión al candidato
opositor a la Presidencia. También acusan a Burstein de ser un instrumento de otro
bigotudo, el jefe de Gabinete Aníbal Fernández, a quien consideran poco menos que
una emanación del diablo.

En realidad, haber nombrado a Palacios al frente de la nueva Policía Metropolitana


había sido o bien una provocación, o bien una imbecilidad, ya que no solo se trataba
de un manifiesto encubridor de los asesinos de la AMIA y un feroz represor del 20 de
diciembre de 2001 en la Plaza de Mayo, sino también de un panegirista de la dictadura
exterminadora. En 2003, ya con Kirchner en la Presidencia, publicó un libro, Terrorismo

43
en la aldea global (Editorial Policial), en el que en un capítulo dedicado a la “Guerrilla
marxista en los '60 y '70, blanco de dos atentados terroristas en los 90 (sic)”, atribuyó
ambos atentados… al proteico comunismo internacional, graduándose así de
encubridor cum laude. Para más escarnio, Stiuso lo grabó cuando conversaba con un
reducidor de autos robados vinculado al asesinato de Axel Blumberg. Y esto no fue lo
peor sino que, además, quien le había pasado el teléfono era el comisario Carlos El
Duque Gallone, que pronto iría preso por participar en la matanza de treinta
detenidos-desaparecidos y dinamitar sus cadáveres.
La relación entre Nisman y Burstein saltó por los aires a partir de la firma, a fines de
enero de 2013, de un “Memorándum de entendimiento” entre los gobiernos de Irán y
la Argentina con vistas a desbloquear una causa AMIA paralizada en manos de Nisman.
Burstein habló hasta por los codos del fiscal y de su relación con él. Estos fueron sus
principales dichos:

“Puede haber muchos y muchas que digan ‘Alberto Nisman me dijo’; él ya no está
entre nosotros para desmentirlo por lo que yo también podría si quisiera mentir y
decir que Alberto Nisman me dijo que Laura Alonso lo estaba volviendo loco porque lo
acosaba sexualmente, o podría decir que a Patricia Bullrich en algunas ocasiones él no
le entendía cuando hablaba ya que era como un balbuceo (…) En fin, muchos dicen que
él les dijo o les comentó algo, o que lo conocían, y en realidad cómo probar que en
realidad lo conocían y que había hecho los comentarios que ellos refieren.

Alberto Nisman fue una de las personas que me recalcó siempre que lo único que vale
en la Justicia es lo que está escrito y firmado, que a las palabras se las lleva el viento.
Debo haber sido el familiar (N. del A.: de las víctimas de la AMIA) que más hablo con él.
Hemos tenido muchas conversaciones y muchas discusiones.

No fuimos amigos pero sí teníamos una relación cercana. Yo nunca iba a ser su amigo
ni él tampoco lo quería. Y es que era una amistad imposible. No hay que olvidarse que
nos conocimos en medio de una investigación de un atentado que le costó la vida a 85
personas masacradas por una bomba, entre ellas Rita, la mamá de mis hijos mayores
Mariano y Romina, en un tema terrible. Entonces era, ¿cómo decirlo? Fue un ida y

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vuelta generado por el ansia de saber sobre los posibles avances en la investigación,
tanto en la causa AMIA como en la de las ‘escuchas’, que intercambiamos llamadas
telefónicas, reuniones y muchos e-mails. Tengo muchos, muchos e-mails de él que
permanecerán conmigo. A veces me preguntaba si Alberto dormía, porque me los
mandaba a las 2.15 de la noche, y yo los abría a las 6.30, hora a la que me levanto. Y
muchas veces mandaba e-mails con cosas que evidentemente había leído a las 3 o 4 de
la noche, y si lo llamabas a las 7 siempre estaba levantado, incluso sábados y
domingos. Para bien o para mal, Nisman le dedicó gran parte de su vida a la causa
AMIA mientras actuó en ella.

Alberto leía los diarios en Internet y después en papel. Cuando yo me ponía a leerlos,
él ya los había leído y me enviaba los resúmenes de Ejes de Comunicación, diciéndome:
‘Mirá esto, mirá lo otro’.

Y así fue que, ida y vuelta, terminamos acostumbrándonos a creer en sus mentiras en
el afán de saber, en el afán de encontrar al final del arco iris ese baúl lleno de monedas
de oro que sería la verdad verdadera, y finalmente terminamos enredados en esas
operaciones con las que buscaba que tengamos siempre latente esa llamita de
esperanza de llegar a la verdad.

Aunque parezca mentira, nunca en nuestras conversaciones surgió hablar sobre alguna
mujer conocida o que pasara para decir qué linda que está. Bueno, sí, alguna vez,
cuando me habló de su separación, en un encuentro en una confitería frente a su
departamento en Puerto Madero. Me pidió absoluta reserva aun con mis compañeros.
No lo dijo con la voz alta como nos tenía acostumbrados al hablar, lo dijo casi con
vergüenza, me dio la sensación de que le molestaba dejar de ser el tipo perfecto que
quería aparentar. ‘Mirá, Sergio, me separé, y ahora estoy viviendo acá (por el edificio
Le Parc)’. Conmigo Alberto ni siquiera hacía chistes. Yo me la paso haciendo bromas y
no tengo límites, le puedo decir cualquier cosa a quien sea. Pero con él nunca nada…
nada.”

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Éramos tan cándidos

“Lo conocimos cuando ingresó a la causa, en 1997. Entonces nosotros, junto con las
instituciones (DAIA-AMIA), señalábamos a los policías bonaerenses y a Telleldín como
partícipes necesarios en el atentado. Porque creíamos absolutamente en lo que nos
decían. Nuestro referente investigador era El Fino Palacios, nuestro juez era Galeano y
nuestros fiscales eran Mullen y Barbaccia. ¿Cómo creer que un dirigente comunitario
como Beraja, el juez, los fiscales, El Fino, todos te mientan y te engañen, que te usen
así, que armen una pista falsa para encubrir a los que verdaderamente tenían que ver
con el atentado? Son todos personajes nefastos que lograron con ese armado que
entre familiares se entablaran unas discusiones realmente dolorosas, que aunque se
fueron limando con el correr del tiempo, han dejado huellas. Porque fueron
discusiones muy duras, muy feas. Dividían a los familiares, que teníamos un común
denominador: saber la verdad. Luego vino Nisman desde San Martín, que muy
humildemente empezó a trabajar, y a trepar. Nisman dio una vuelta en el aire durante
el juicio y se distanció de los otros fiscales, no dudó en separarse, en abandonarlos, en
romper esa sociedad implícita que había entre ellos. Aseguró su futuro.”

Olga

“Cuando Nisman se hizo cargo de la UFI, Olga Degtiar le dijo: ‘Alberto, está bien, vos
sos el designado, pero no nos podemos olvidar que estuviste en el juicio y te subiste
arriba de tus compañeros. Es algo que tenemos muy presente’. Olga nunca se calló.
Nisman decía que era la persona a la que más temía. Más que a mí, porque conmigo
¿qué podía pasar? Que termináramos a las trompadas. Pero Olga es una mujer mayor,
madre, lo descolocaba. ‘Vos llegás acá sin haber apoyado a tus compañeros, sin haber
apelado la decisión del tribunal, los abandonaste. Fuiste parte de aquello y ahora estás
acá. Vamos a observar con mucha atención tu trabajo’”.

Olga puso el dedo en la llaga porque Nisman no era popular entre los fiscales. Para
nada.

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Sandra

“Alberto estaba casado con Sandra Arroyo, una abogada, defensora de Menores, que
había trabajado con el senador (Miguel Ángel) Picchetto y el diputado Jorge Yoma.
Estaba vacante el juzgado federal de San Isidro desde que lo había echado a (Roberto)
Marquevich, y Nisman nos vino a pedir si no firmábamos en respaldo de la postulación
de su mujer, que era idónea, etcétera. Y nosotros le firmamos. Y Sandra Arroyo se hizo
con ese juzgado tan importante, ahora sabemos que con el apoyo de Stiuso.

Ya estaban separados cuando Alberto dejó a Iara, su hija de 15 años, en un VIP del
aeropuerto de Barajas y se volvió intempestivamente a Buenos Aires a presentar su
descabellada denuncia. La obligó (a Sandra) a viajar de apuro, a tomar el puente aéreo
desde Barcelona para ir a buscar a su hija. Según leí en algún medio, discutieron
amargamente. Y a mí me quedó grabado en mi memoria ese whatsapp o mensajito, no
sé, en el que ella le termina diciendo algo así como ‘vos buscás otra cosa muy diferente
a las que queremos nosotros, vos buscás la fama’. Porque ella, que tanto lo conocía, no
le habló de que lo único que buscaba era justicia. No, no le habló de justicia, no le
habló de la investigación, le habló de fama, le habló de poder. ‘Vos te volvés por la
fama, te volvés por el poder. Ese es tu objetivo, es por lo único que se te nubla la vista’.
Y se lo dijo una mujer que además es jueza y que debe conocer muchos pormenores
de la investigación. Y él le respondió: ‘Yo no te puedo contar’. ¿Qué es lo que no podía
contarle?

Leí por ahí que Dina Siegel Vann, integrante del American Jewish Committee, dijo que
Alberto ya le había adelantado cuando se vieron lo que estaba preparando respecto de
su denuncia a la Presidenta. Parece que muchos sabían, que también lo sabía (el ex
jefe de Gabinete) Alberto Fernández, pero que Sandra Arroyo no lo sabía. Tengo que
entenderlo así porque él le dice ‘ya te vas a enterar’ o ‘ya te voy a contar’. ¿Por qué no
se lo dijo? A mí me parece que no se lo dijo porque ella, conociendo bastantes cosas
de la causa, de inmediato se hubiera dado cuenta de que todo era un manejo, una

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denuncia política que no buscaba la verdad sino otra cosa, como ella le dijo: ‘Fama,
poder’”.

Un guión

“Alberto tardó muchos meses en presentar el dictamen sobre el estado iraní, un


dictamen de 500 hojas que no aportó nada a la causa y que dijo que le había llevado
años de investigación. Decía: ‘Ya está, lo tengo listo’. Y nosotros: ‘¿Qué esperás para
sacarlo?’. Y él: ‘Estoy esperando el momento oportuno’. ¿Cuál era el momento
oportuno? Debía ser el que determinaba la SIDE. Porque no tengo ninguna duda de
que Alberto Nisman y Jaime Stiuso eran lo mismo. Ellos manejaron la causa AMIA más
de lo que la habían manejado Galeano, Mullen y Barbaccia. Fijate, por ejemplo, en la
declaración del famoso Testigo C desde Alemania por videoconferencia en el juicio:
sentado a su lado, fuera de pantalla, estaba Stiuso. ¿Qué hacía ahí? ¿Le soplaba al
oído? ¿Le pasaba un papelito con lo qué decir?

Aconsejados por Nisman nos pusimos en contacto con un estudio de abogados de los
Estados Unidos, muy importante, que lleva casos de lesa humanidad, de juicios civiles
en casos de lesa humanidad. Porque hay una cláusula o artículo de la Constitución de
los Estados Unidos que permite, ante un hecho de lesa humanidad, llevar adelante un
juicio civil allí. Así que fuimos a Nueva York y nos reunimos durante una hora y media o
dos con ellos, explicándoles el caso, y finalmente nos dijeron que les interesaba. Claro,
85 muertos, 300 heridos, te podrás imaginar la demanda multimillonaria y el
porcentaje de ellos. Vinieron a Buenos Aires, le entregamos todo lo que teníamos,
fueron a la Fiscalía, no estaba Nisman pero los atendió (Sebastián) Ferrante, que les
entregó todo lo que tenía, les puso toda la causa por delante sobre la conexión
internacional, y eso que decían del Memorándum ‘¿Cómo la Comisión de la Verdad iba
a tener la causa, si no era parte de la misma?’. Bueno, estos dos abogados tampoco
eran parte de la causa y sin embargo se les mostró todo. ¿Por qué? Porque eran
norteamericanos y querían iniciarle un juicio a Irán.

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Los abogados norteamericanos se quedaron unos cuantos días y nos convocaron a una
reunión en un hotel de Recoleta. Ahí nos dijeron que estaban admirados, realmente
impresionados, con la investigación de Nisman. Que era un trabajo increíble, increíble
cómo había llegado a la conclusión a la que había llegado con la información que tenía.
Que había armado como un rompecabezas, que era… un guión de cine. Que estaban
realmente impresionados pero que en realidad pese a todo eso no podían tomar la
causa. Entonces le dijimos en el mejor inglés que pudimos que no entendíamos, ¿por
qué no? Y nos explicaron: ‘No podemos tomar esto porque no hay una sola prueba, no
tenemos de dónde partir, son todos informes de servicios de Inteligencia colaterales,
nacionales muy pocos, y dichos de disidentes iraníes, o arrepentidos, pero no hay una
prueba concreta desde dónde plantear ni siquiera un juicio civil’. Y así como llegaron,
se fueron.”

Discusión en la ONU

“Cuando fui a la Asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York (N. del A.:
acompañando a la Presidenta), mi hija que no paraba de decirme que cortara el
Nextel, que era insoportable ya la cantidad de llamadas que recibía por radio de
Alberto ya que estaba muy ansioso. Me llamaba y preguntaba: ‘¿Estás seguro de que
va a hablar de AMIA? ¿Qué va a decir?’. Y yo le contestaba: ‘No sé, Alberto, a mí no me
dicen lo que van a decir, ¿por qué no le preguntas a tu informante o socio, que lo sabe
absolutamente todo? Vos pensás que yo tengo algo que ver con las decisiones que
toma el Gobierno pero él te puede decir la verdad: que yo no soy nadie, que no tengo
ninguna influencia en el Gobierno ni mucho menos’. Le decía: ‘Todo lo que hice y hago
es por las mías y la única vez que hice algo porque alguien me lo sopló al oído, vos
sabes perfectamente quién es ese alguien, se llama Alberto Nisman’”.

Vía de escape

“Cuando (el Procurador General) Esteban Righi renunció, Alberto me dijo que lo iban a

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nombrar en su lugar, que era número puesto porque había gente operando para eso. Y
cuando me lo dijo, automáticamente pensé en Stiuso. Y como me hicieron una nota y
me preguntaron qué opinaba acerca de la posibilidad de que Nisman fuera procurador,
dije: ‘Es un despropósito, Alberto Nisman tiene una función y es la de investigar el
atentado a la AMIA y nada más, me opongo terminantemente’. Y entonces él me
llamó, porque le llegaba cada noticia en donde se mencionara ‘Nisman’ o ‘AMIA’,
estaba siempre informado sobre todo lo que se decía de él y de la investigación en los
medios. Por Ejes le llegaba la frase y él pedía la nota y leía y escuchaba todo. Tengo
muchos e-mails de él con las noticias a las 6.30 de la mañana, hora en la que él sabía
que yo también me levantaba.

Nisman dijo que la SIDE tenía mucha información pero que estaba esperando el
momento oportuno para dársela, y lo dejamos hablar. Alberto era muy verborrágico, y
como media hora después o más le pedí que aclarara cómo era eso de que la SIDE no
entregaba información, entonces Alberto empezó a negar que hubiera dicho lo que
había dicho, y un compañero, Daniel Komarovsky le dijo: ‘Alberto, perdoname, pero lo
que te está preguntando Sergio a mí me llamo tanto la atención que para no
olvidarme, lo anoté. Mirá, está acá, ¿lo ves? Esto es lo que vos dijiste’. Y Alberto, muy
incómodo dijo: ‘Bueno, sí, pero no lo tomen tan así…’. Nosotros hicimos una
presentación por medio de nuestro abogado para saber si se había incorporado esa
información en la causa y Alberto no contestaba. Divagaba. ‘Iniciaremos, veremos, eso
está en un archivo secreto…’. Siempre pasaba algo, nunca nos íbamos con algo
concreto, cada vez que pedíamos algo había que esperar, no lo tenía, venía un
compendio o tenían que juntar carpetas. Todo eran dilaciones y más dilaciones.”

Neuburguer en la Embajada

Burstein habla de los despachos de la Embajada de los Estados Unidos desclasificados


por Wikileaks:

“Por más que esos documentos se hayan obtenido en forma ilegal, certifican la

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complicidad de la DAIA, que permitía que un empleado, Alfredo Neuburguer, un
hombre de Beraja, tocara timbre en la Embajada para pedir que presionaran, que
conminaran a Nisman a no seguir investigando esa conexión local por la que Beraja
terminó procesado. Cuando nosotros lo denunciamos nos echaron, no nos dejaron
participar más (de la conmemoración anual del atentado). Y Neuburguer, que no tengo
la menor duda de que lo que menos le importa son los muertos, sigue trabajando en la
DAIA. Los familiares íbamos a hacer la denuncia para que se investigara a Neuburguer
y el papel de la DAIA en el encubrimiento, una realidad fundamentada en un
documento. Porque Neuburguer, más que empleado de la DAIA, era empleado de
Beraja, y Beraja estaba complicado en el pago a Telleldín. Nisman me dijo que le
parecía perfecto. ‘Vamos para adelante’, me dijo. Pero a los dos días me llamó y me
dijo: ‘Es imposible avanzar’. Y me dijo que si avanzábamos, como era parte de la
denuncia, él debería apartarse de la causa. Una vez más le dimos prioridad a seguir
sosteniendo al fiscal para que siguiera el frente de la fiscalía. Lo que quiere decir, no
denunciábamos cómo estaba operando la DAIA para orientar y presionar a Nisman en
la investigación en complicidad con la Embajada de los Estados Unidos.”

Zbar

Agustín Zbar fue un brillante alumno del Instituto Libre de Segunda enseñanza (ILSE),
abogado, master en Derecho en Harvard, ex diputado nacional por la UCR, ex
procurador de la Ciudad de Buenos Aires durante el gobierno interino de Jorge
Telerman, vicerrector del Colegio Nacional de Buenos Aires, gerente de la Auditoría
General de la Nación y miembro prominente de la DAIA, a cuya presidencia aspiraba.
Váyase a saber qué otras aspiraciones tenía, pero en octubre de 2009, descontrolado,
amenazó desde un locutorio a Nisman si no dejaba de investigar el pago a Telleldín con
“tirarle encima a toda la dirigencia judía” si seguía acusando a Galeano, a Mullen y
Barbaccia y, sobre todo, a Beraja. Nisman lo denunció penalmente, la causa recayó en
el juzgado del juez federal Ariel Lijo por amenazas y coacción agravada.

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Dice Burstein:

“Hace más de un año Alberto me llamó y me dijo:

— ¿Adiviná quién se fue de mi oficina recién?

— No tengo ni idea.

— Agustín Zbar.

— Me imagino que lo habrás cagado a trompadas como me habías comentado por lo


que te hizo…

— No, no, ¿sabés? Vino, me reconoció lo que hizo, que sí había hecho la llamada, que
estaba fuera de sí, que tiene esos arranques y realmente no mide lo que dice, que
estaba arrepentido, pero que no podía reconocerlo, que no le salió reconocerlo y que
después ya no podía, no sabía cómo retroceder. Me dijo que quedó muy mal, muy
enojado con la dirigencia, pero que en definitiva venía a pedir las disculpas del caso.
Que lo hacía por las hijas, que estaban viviendo una situación… Visto que me lo
planteaba así y que yo ya no quiero… no quiero más problemas, bueno, se las acepté.
Terminamos acá y punto. Te lo quería comentar.

— Mirá, es tu decisión, si a vos te parece bien yo la respeto, no tengo nada que decir
—le dije, privándome de decirle que estaba convencido de que me estaba usando para
blanquear un acuerdo con los dirigentes.

“Alberto zanjó así la última diferencia que tenía con las instituciones. No sé si lo hizo
de buena voluntad, o fue un acuerdo político para acabar con las diferencias con la
dirigencia comunitaria que, desde que comulgaban en el rechazo al Memorándum, lo
apoyaba.

“De los dirigentes comunitarios, Alberto opinaba que ‘no saben nada, ya que además,
hace cinco años que ninguno de los abogados de las Instituciones viene a ver la causa
ni presentan escritos sugiriendo pruebas’ y ‘en el supuesto que hubiera dedicado toda
mi vida a investigar las irregularidades, nunca podrían saberlo ya que como no vienen

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ni a la Fiscalía ni van al juzgado, no saben qué se investiga y qué no, cuáles son las
líneas que se siguen…’.

Si querés tener detalles de las tortuosas relaciones entre Nisman y la DAIA tenés que
entrevistar a Jorge Elbaum, un sociólogo que fue director ejecutivo de la DAIA y en una
época era el único que hablaba con Nisman. Y que así terminó convirtiéndose en el
enemigo público número 1 de la DAIA porque habla con conocimiento y puede
fundamentar todo lo que dice.”

La denuncia de Eliaschev

Un giro similar, comenta Burstein, tuvo Nisman con el asunto de la denuncia del
periodista José Pepe Eliaschev, que en marzo de 2011 echó las campanas al vuelo para
anunciar que el gobierno argentino estaba dispuesto a “olvidar” los atentados a
cambio de relanzar el intercambio comercial con Irán (“El Gobierno negocia un pacto
secreto con Irán para 'olvidar' los atentados”, en Perfil del 3-3-11). En su juventud,
Eliaschev había sido un panegirista de la lucha armada e integrado la redacción del
semanario El Descamisado, de Montoneros. Pero había regresado en plena dictadura
para cofundar el diario Ámbito Financiero y a partir de entonces se había vuelto más y
más conservador y sionista, hasta el punto de agradecerle públicamente a Beraja “el
confort” que le había prodigado a él y a su familia. Su resonante denuncia se basaba en
un paper escrito en inglés, supuesta traducción de un original secreto en farsi que el
canciller iraní le habría remitido al presidente Majmud Ajmadineyad, informándole de
una reunión también secreta que el canciller Héctor Timerman habría mantenido en
Alepo, Siria, con el canciller de ese país y el presidente Bashar Assad los días 23 y 24 de
enero últimos.

No hacía falta ser Sherlock Holmes para sospechar cuál era el origen de dicho paper.
Consultado por ese mismo periódico, Nisman dijo que tanto el hecho como la nota le
parecían “absolutamente descabellados, absurdos y, además, de imposible
cumplimiento. Hacía tiempo que no leía algo tan disparatado (...) Es de locos, no tiene

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ningún tipo de lógica”. Sin embargo, en enero de 2015, luego de presentar su denuncia
contra CFK y Timerman, Nisman dijo que estaba arrepentido de no haberle dado
crédito a Eliaschev, quien había fallecido recientemente.

“Si hubo un tipo nefasto y que le faltó el respeto a las víctimas fue Pepe Eliaschev”,
dice Sergio Burstein, y se pone a relatar entredichos e incidentes que tuvo con él y con
Alfredo Leuco, otro periodista de orígenes judíos, izquierdistas e incluso
ultrakirchneristas que dio un viraje parecido al de Eliaschev, pero más tardío y
repentino. Burstein vuelve al momento en que Eliaschev publicó aquella nota y
recuerda que Nisman fue durísimo con él. “El hecho y la nota me parecen
absolutamente descabellados, absurdos y, además, de imposible cumplimiento”, había
dicho el fiscal. Y agregado que “hacía tiempo que no leía algo tan disparatado. Todo
surge de un cable de la Cancillería iraní y tengo leído y conozco sus respuestas en la
causa, tanto que por sus posturas no resultan creíbles en nada de lo que hacen y
mucho menos en lo que dicen. Es todo muy poco serio. Realmente, me parece algo
que no tiene ni ton ni son porque estoy convencido de que el gobierno argentino no
piensa nada de eso. Es absolutamente falso que esté detrás de esto, porque me consta
y por todo lo que ha hecho. Es de locos, no tiene ningún tipo de lógica”.

Sin embargo, recordó Burstein, inesperadamente en abril de 2013 Nisman le tomó


declaración a Eliaschev, lo que “me llamó mucho la atención”. La Agencia Judía de
Noticias (AJN) informó de inmediato que “fuentes judiciales (es decir, el propio Nisman
o alguno de sus más estrechos colaboradores) confirmaron que el periodista del diario
Perfil ‘no aportó absolutamente nada’” y abundaba en ello al revelar que Eliaschev no
solo no había podido demostrar que el Gobierno hubiera decidido suspender la
investigación del atentado, sino que ni siquiera había aportado una copia del
documento en base al cual había escrito su temerario artículo. La fuente de AJN había
sido lapidaria al decir que “no aportó ningún detalle porque al documento
(presuntamente secreto) no lo tenía, y además dijo que no estaba seguro de haberlo
leído todo”.

Con el diario del lunes, Burstein dice: “Me preguntaba por qué Alberto había llamado a

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Eliaschev declarar, y me parece evidente ahora que fue una manera de pedirle
tácitamente disculpas por lo que había dicho antes de su artículo porque ya había
decidido basar su ataque a Timerman —no sé si ya entonces tenía decidido ir contra la
Presidenta— basándose en los dichos de Eliaschev, a los que primero consideró basura
y después oro”.

Levinas respalda a Eliaschev

Lo que parece haber decidido a Nisman (y a su mentor, Stiuso) a priorizar la línea de


ataque directo a CFK y su canciller sobre otras, debe haber sido (además, claro, de la
firma del Memorándum) la aparición, a fines de diciembre de 2013, de El pequeño
Timerman (Ediciones B), un libro muy crítico del canciller, donde se afirma que
Timerman no solo se reunió en Alepo con el presidente de Siria y su canciller, sino
también con el canciller iraní, Ali Akbar Salehi, tal como había afirmado Eliaschev.

Basándose en “fuentes oficiosas de la cancillería de Israel”, Levinas dijo que a la


reunión “asistieron la delegación argentina que acompañó a Timerman, integrada por
el embajador (Roberto) Ahuad y dos funcionarios de inteligencia argentina (y), de la
parte siria, el ministro de Relaciones Exteriores (Walid al) Mohalem y el presidente
Bashar Al Assad. Pero, a diferencia de lo informado por los medios en ese momento, al
encuentro también asistieron en representación de Irán el diplomático Walid
Almohalem (evidentemente Levinas se equivocó al repetir el nombre del canciller sirio)
y el ministro de Relaciones Exteriores, Ali Akbar Salehi. Pasada la parte introductoria,
en la que todos participaron, la conversación de poco más de una hora derivó en un
mano a mano entre Salehi y Timerman para tratar el tema principal”.

Levinas agregó que, según las citadas fuentes israelíes, Timerman habría asegurado:
“Yo estoy aquí bajo precisas órdenes de nuestra Presidenta para tratar de encontrar o
buscar una solución a la causa AMIA”.

Con el tiempo se sabría que las reuniones habían sido dos, la primera de ellas en
Damasco, y que efectivamente Timerman se había reunido con Salehi en Alepo. Ahora,

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aunque los espías israelíes hubieran podido transcribir correctamente los dichos de
Timerman, ¿qué tenían estos de particular? Argentina e Irán nunca rompieron sus
relaciones diplomáticas y era lógico que la Presidenta buscara destrabar unas
investigaciones que Nisman tenía absolutamente paralizadas.

Estado soberano

En abril de 2014, el canciller Timerman hizo una nueva visita oficial a Israel, donde
departió con el canciller Avigdor Lieberman, el presidente Shimon Peres y la ministra
de Justicia, Tzipi Livni, sin escuchar ningún reproche. Burstein estuvo allí y da fe de ello,
nuevamente en primera persona:

“Viajé invitado por Timerman y estuve presente en todas las reuniones. En el almuerzo
que ofreció el canciller Lieberman, con Tzipi Livni, con el ministro de Defensa, y nadie
nunca sacó el tema, no hubo ninguna palabra que se nos dijera al respecto, ni a
Timerman ni a nosotros. Porque no hay nada más normal que dos cancilleres se
reúnan. Te digo más, Lieberman dijo: ‘Ustedes son uno de los países con los que
mejores relaciones tenemos y tienen derecho a hacer, como país soberano, lo que
mejor les parezca’. Yo lo escuché, no es que me lo contó un pajarito. Y lo mismo le
escuché decir a Tzipi Livni, a todos. Los únicos que le preguntaron algo fueron los
periodistas en presencia de Lieberman, y Timerman les dijo: ‘Yo no puedo contestar
sobre lo que no existió, la reunión sí existió, y si estoy haciendo algo es porque quiero
saber la verdad, pero no tengo obligación de hablar sobre lo que no hago’.

¡Ah, se reunió con los iraníes! ¿Y con quién querías que se reuniera? Si hasta nosotros
fuimos a ver al Papa para pedirle que intervenga, y nos criticaron mucho por eso…”.

Memorándum y amenazas

“En el ínterin, a comienzos de 2013, se había firmado el memorándum con Irán.


Cuando el Gobierno nos lo informó, estábamos los familiares y los dirigentes de la

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DAIA y de la AMIA, y todos estábamos de acuerdo. Pero pasaron unas horas y se
dieron vuelta como una media. ¿Qué pasó? Nunca lo explicaron. Lo mismo pasó con
Alberto, que pasó de decir que lo de Eliaschev era una aberración a decir que era oro
puro y a armar a partir de ahí toda la basura que armó.

En varias oportunidades le dije a Nisman que no entendía su desconfianza y enojo con


el gobierno. Le decía que si había quienes defendían su investigación eran Néstor y
Cristina, fueron ellos los que denunciaron la falta de colaboración de los iraníes ante el
mundo en la ONU. ‘Y lo hicieron basados en la investigación que vos llevás adelante y
en tus sospechas, y si fuera cierto, como vos decís, que ellos no creen en la
responsabilidad de los iraníes, así y todo van para adelante con tu denuncia’. Y él me
miraba, se sonreía y no decía nada.

Pero el Memorándum hizo que hubiera un antes y un después. Un día Alberto me


llamó y me dijo: ‘Sergio, mirá, te quiero avisar que me enteré de que te van a
denunciar, que te van a abrir una causa acusándote de encubridor en el atentado
porque defendés tanto el Memorándum que terminas encubriendo a los iraníes’. Esto
generó una discusión muy fuerte en donde lo intimé a que me hicieran la denuncia que
se les cantara. Le dije que yo estaba muy tranquilo con lo que hacía. ¿Entendés la
mecánica? Es como cuando alguien te llama y te dice ‘Tengo un amigo que tiene un
problema’ y vos te das cuenta que no existe tal amigo, que el que tiene el problema es
él pero no quiere quedar expuesto. Así que tomé lo que me dijo como lo que era, una
amenaza en tercera persona pero amenaza al fin. Y como había sido por teléfono y era
su palabra contra la mía, en la última reunión que mantuvimos los Familiares con él, en
un momento le dije: ‘¿Te acordás, Alberto, de cuando me llamaste y me dijiste que me
iban a denunciar, en qué quedó eso?’. Y él me respondió: ‘Bueno, bueno, sí, pero ya
pasó’. Y esto fue lo que me permitió salir a decir al instante que presentó la denuncia
contra Cristina y Timerman que tenía fines políticos y no jurídicos, que era la respuesta
de Stiuso a su apartamiento de la Secretaría de Inteligencia. Creo que con el
alejamiento de Stiuso, Alberto se sintió totalmente desprotegido, desnudo.”

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La criatura

“La férrea oposición de Alberto fue porque cuidaba a su criatura, que era la acusación
a los iraníes, que no era toda de él, porque todo lo que hizo estaba fundado en lo que
había hecho antes Galeano, y que seguía teniendo las mismas falencias, nada más que
él le había puesto un rulito por acá y otro por allá. Pero cuando llegó la hora de traer a
(el ex embajador Hadi) Soleimanpour (detenido en Londres) no hubo una sola prueba,
eran sólo indicios… Alberto defendía a su criatura —suya y de Stiuso— a rajatabla
porque sabía en su fuero íntimo que no tenía pruebas, sabía que para acusar requería
la complicidad de otros, de todos los que se opusieron al Memorándum, los que
quieren sostener el actual estado de cosas que es echarle la culpa a los iraníes sin la
posibilidad de indagarlos, porque necesitan que sea Irán aunque no tengan pruebas. La
única brillante idea que propusieron fue un juicio en ausencia, algo que es
inconstitucional.

Nosotros no decimos que no fue Irán, o que no tiene nada que ver en la planificación y
ejecución del atentado a la AMIA; decimos que queremos saber si realmente fue Irán,
porque ya la Justicia nos vendió pescado podrido y compramos. Y Nisman, que viajaba
mucho y daba conferencias sobre terrorismo internacional, a la causa no le había
aportado ninguna prueba concreta, por no decir absolutamente nada.”

A espaldas de todos

“Y lo hizo todo calladito, a espaldas de todos, incluso del juez. ¿Por qué? Porque el
mamarracho de denuncia por encubrimiento a la Presidenta y demás necesitaba la
complicidad del juez, ya que el único que podía echar por tierra las alertas rojas era
Canicoba Corral. Lo tendría que haber denunciado también a él por cómplice del
Gobierno en el encubrimiento de los iraníes mediante el Memorándum, un disparate
total que terminó siendo desechado por la Justicia en todas las instancias. ¿Por qué no
habló del juez? ¿Por qué lo dejó de lado, haciéndose el dueño de la pelota? Porque era
una sarta de mentiras, porque nos engañó, nos usó, usó a los muertos de la AMIA, nos

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faltó el respeto a todos, a la sociedad argentina. Parte de esa sociedad que lo erigió
como héroe… y terminó siendo un héroe con los pies de barro. Y no por lo que hizo por
esclarecer el atentado a la AMIA, porque nadie tiene la más mínima idea de lo que hizo
o dejó de hacer porque no hizo nada que nos diera la posibilidad de avanzar para saber
la verdad. Lo único que hizo fue mantener a rajatabla, contra viento y marea, las
sospechas sobre los iraníes. Nunca ahondó, nunca dio la posibilidad de investigar la
pista siria. Cada nueva posibilidad de saber algo que nos llevara a la verdad y que nos
decía que iba a pasar, nunca pasaba. Pero le permitía estirar y estirar todo un año más,
y otro año y así entonces permanecer al frente de la fiscalía eternamente.

Alberto nos mintió muchas veces, pero la más alevosa fue cuando nos dijo que no iba a
opinar sobre el Memorándum y ya tenía terminada la presentación que hizo
finalmente en la Cámara alegando su inconstitucionalidad. Ese fue el final de su
credibilidad, de nuestra confianza en él, lo que colmó nuestra paciencia.

Ruptura

“Le dijimos: ‘Alberto, sincerate con nosotros y con la sociedad toda, ¿qué es lo que
podemos esperar? ¿Por qué no nos decís la verdad? ¿Por qué no nos decís que no
podés hacer nada, que ya no tenés más indicios que investigar? ¿Por qué no decís
‘llegué hasta acá y más no puedo avanzar’? Si hace años que nos venís diciendo el
mismo verso y no aportás nada. Si lo único que hiciste fue un dictamen que no aportó
nada a la causa y que te lo sopló al oído Héctor Timerman. Porque fue así: Héctor
Timerman lo llamó y le dijo: ‘Che, ¿viste lo que pasó en Estados Unidos con estos
iraníes en el frustrado atentado al aeropuerto?’. Y él, ofendido, respondía: ‘¿Pero
acaso yo necesitaba que me avisaran? No, para nada, si ya me iba a enterar’. ‘No, no.
Héctor Timerman te lo avisó, vos no sabías nada de eso’, le decía yo.

(Burstein se refiere a un supuesto complot entre un ex trabajador del aeropuerto


neoyorquino John F. Kennedy nacido en Guyana y un ex parlamentario guyanés, que se
habrían puesto a formar una célula de guyaneses con el objetivo de atentar contra el

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aeropuerto, con tan mala pata que habrían reclutado a un agente del FBI que los
denunció en 2010. El parlamentario guyanés solía viajar a Irán. El FBI dijo haber
probado que el ex parlamentario visitaba a en Irán a Rabbani y adujo que eso probaría
la calidad de coordinador de “células ocultas” de terroristas proiraníes en toda la
región).

Continúa Burstein: “Cuando el 2 de enero de 2013 el ex embajador (Isaac) Avirán


refiriéndose a los autores de los atentados dijo ‘nosotros sabemos quiénes fueron y ya
no están en este mundo’, no recuerdo si lo llamé yo o me llamó él, pero sí que Alberto
me dijo: ‘Estos hijos de puta me están haciendo investigar y ya los hicieron mierda. Me
tomaron de pelotudo. ¿Qué carajo estoy haciendo entonces?’. Esto, así como te lo
digo, fue lo que me dijo. Con muchísima bronca. Alberto sabía putear muy bien, muy
concreto, te mandaba todo el rosario de corrido. Y ahí nomás me pide que hagamos
una presentación con mi abogado pidiendo que se cite a Avirán a prestar declaración
testimonial, y así lo hicimos, como consta en la causa. Es más, nos apoyó el
radicalismo, ya que los senadores (Ernesto) Sanz y (Gerardo) Morales reconocieron
que esto debía tomarse con la seriedad que muchos otros no le dieron, no sea que
finalmente se supiera la verdad verdadera de boca del ex embajador”. Avirán
probablemente se refiriera al asesinato del libanés Mugniyé, al que se
responsabilizaba, entre otros, de los atentados de Buenos Aires. Sin que hubiera un
solo testigo de que alguna vez hubiera pisado la Argentina.

No aguantó

“Alberto era engreído, un tipo histérico, que se cuidaba mucho el físico, muy pulcro,
con características egocéntricas muy marcadas”, describe Burstein. “Cultivaba una
fachada, porque era inseguro. No soportaba la vergüenza, él jamás iba a poder
soportar… Y conste que no estoy haciendo un juicio de valor sobre su muerte. No voy a
opinar sobre los motivos de su muerte. Lo que quiero decir es que no estaba
preparado para que su denuncia se cayera a pedazos. Y se dio cuenta de que se caía a

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pedazos. Y no tenía lo que tenía que tener para bancársela. La vergüenza de haber
destruido su buen nombre y honor. Había cosas que él esperaba… Y no pudo tener
esos apoyos que a lo mejor le prometieron y no le cumplieron. Y sabía que de no
prosperar esta denuncia nosotros y todos los familiares le íbamos a pedir que se fuera.
Sabía que no podía estar un segundo más en la causa AMIA porque era una vergüenza
lo que había hecho. Yo creo que de todo esto se dio cuenta y más allá no avanzo… pero
Alberto Nisman era así, y por experiencia, y por cosas que uno sabe y por respeto no
dice, a lo que más temía Alberto Nisman era a quedar descolocado, a la vergüenza de
quedar desacreditado por algo que había hecho, temor a que lo investigaran y surgiera
todo el tema económico que hoy se conoce y que quizá no pudiera explicar…”.

Stiuso había convencido a Nisman de que el Gobierno y la Procuradora General


estaban buscando la manera de relevarlo, y que era prácticamente seguro que tan
pronto terminara la feria judicial, la UIF recibiría una inspección de la AFIP.

Engañados

“No puedo creer lo que hizo. No puedo concebir que nos haya mentido, nos haya
ocultado, nos haya usado, por lo menos durante los dos últimos años en que nosotros
apoyábamos el Memorándum. Pero, claro, ¿cómo nos lo iba a decir si sabía que lo
íbamos a emplazar a que nos demostrara que era cierto, que nos mostrara las
pruebas?”, sigue diciendo Burstein. “Él sabía que esta vez no compraríamos pescado
podrido, por eso lo hizo a nuestras espaldas con el apoyo de aquellos que no dudaron
en usar a los muertos en la AMIA para embestir contra el Gobierno. Todos aquellos,
políticos, miembros del Poder Judicial, que apoyaron esa denuncia aun sabiendo que
era todo una mentira insostenible, son realmente despreciables, ni a los muertos
respetaron en afán de lograr sus miserables intereses. Eso es imperdonable y lo
dijimos el día que presentó la denuncia.

“Nisman, en vez de investigar el atentado, estaba investigando al Gobierno. Y perdía el


tiempo intentando viajar a los Estados Unidos para hablar con diputados o senadores

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republicanos, ofendiéndose porque el gobierno se negó a pagarle el viaje, yendo al
Tribunal de La Haya o haciendo esas giras donde se lo presentaba como experto en
terrorismo mundial… Ahora, con el diario del lunes, me imagino que en esos viajes
quizá llevara plata para depositar en la cuenta de Merrill Lynch, y que capaz le hacían
depósitos allá… La cosa es que cada vez que lo veía le decía: ‘Transformame lo que me
estás diciendo en pruebas, con esto no podemos judicializar nada’. Pero lo suyo era un
guión lleno de sospechas como para justificar el pedido de indagatoria a los iraníes.
Nosotros le pedíamos que viajara y los interrogara, que les tomara declaración, que no
se pusiera en contra del Memorándum, pero él siempre buscaba un pretexto para no
hacerlo. Porque sabía que todo era una nube de humo, que finalmente no había
prueba concreta, que ya se lo habían dicho los abogados norteamericanos, que ya lo
señalaban algunos pocos periodistas, como vos, y que, sobre todo, lo empezaba a decir
en voz alta el juez de la causa.

Y es que la causa no avanzaba nunca, por lo que ni siquiera el periodismo argentino,


experto en hacer de trivialidades grandes sucesos, se interesaba en él. Yo le decía:
‘Dale gracias a esos iraníes que no se presentan, que si no, estás en el horno, no te veo
con argumentos sólidos para sostener la acusación’, y ahí comenzaba otra gran
discusión.

Alberto dijo en nuestra última reunión que la Secretaría de Inteligencia tenía escuchas
de una conversación entre Rabbani y Telleldín. Nos quedamos pasmados. Finalmente
después de tantos años aparecía una prueba concreta de la complicidad entre ambos.
Entonces le preguntamos: ‘¿Cuándo te las dan?’. Y él contestó tranquilamente que en
la SIDE estaban esperando el momento político oportuno para hacer el anuncio…

No sabemos si nos mintió. No sabemos si ese audio existe o no. Pero lo que nos quedó
claro es que la SIDE jugaba con la información. Lo hacían todo de acuerdo a su
conveniencia. El mismo Nisman reconoció sin ponerse colorado ante nosotros que el
aceptaba el manejo de la SIDE respecto de la investigación del atentado. Y es evidente
que nunca se le pasó por la cabeza denunciarlo.”

62
Después de que Alberto se puso contra el Memorándum, nuestras relaciones se
enfriaron mucho. Pero nunca se rompieron del todo. Hubo dos o tres llamados
posteriores que no vienen al caso, y en uno me preguntó si, más allá de nuestras
diferencias, estaba de acuerdo con que él fuera el fiscal de las escuchas (N. del A.:
hechas a un celular de Burstein). Me dijo que él tenía mucho interés en ser el fiscal en
el juicio, que está previsto para el 2017, siempre que yo no me opusiera. Y yo le dije
que no me oponía, que estaba de acuerdo, porque era él quien había investigado y
llevado adelante la causa, quien había hecho todo el entrecruzamiento de las
llamadas”.

Soledad

“Por momentos me da mucha pena cómo terminó Alberto. Seguramente le


prometieron un apoyo, y no cualquier apoyo sino un apoyo muy pesado, importante,
con entidad, y no se lo dieron… El otro día me entrevistó Rolando Graña y me preguntó
por qué había muerto Nisman. Y yo le dije lo mismo que te digo ahora a vos ahora: ‘Por
soledad’. Y Graña me dijo: ‘¿Me querés decir que lo dejaron solo?’. Y yo le contesté:
‘No, solo te digo eso. Vos pensá lo que quieras, pero esa palabra es la que mejor
representa a Alberto Nisman: Soledad.’

Murió arrastrado por tipos que lo usaron como nos usaron también a nosotros y a
otros. Lo usaron y lo tiraron como un trapo.”

El 18-F

“Hay unos cuantos que marcharon en honor de Alberto Nisman cuando en su


momento hicieron todo lo posible para encubrir, para que miráramos para otro lado”,
dice Burstein. “Estoy convencido de que saben o tienen miedo de que finalmente lo de
los iraníes se caiga, que quede demostrado que durante veintiún años nos tuvieron
colgados del pincel.

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Escuché por ahí que con la muerte de Nisman se perdió gran parte de la causa, porque
todo lo tenía en la cabeza. Y yo no tengo dudas que los demás de la UIF no sabían lo
que él. Porque él solo dejaba que los demás supieran una parte. Y las partes que no le
convenían, que no se ajustaban a la hipótesis predeterminada, no las transcribía. Y
cuando nosotros le pedíamos algo era siempre lo mismo, ese expediente o ese escrito
daba la casualidad que no estaba o que estaba en otro lado. Era todo un secreto, un
manejo muy oscuro. No era claro, siempre había algo que, después, en los hechos, no
se traslucía. Porque hacía años que no aportaba nada.

Nisman es un héroe de barro, que a medida que vaya pasando el tiempo se va a ir


diluyendo, porque lo que podría quedar de él es lo que hizo en la causa, y en la causa
no hizo nada.”

Olga Dejtiar

Olga es la madre de Cristian, de 21 años, muerto en la AMIA. A partir de aquí habla


ella, en primera persona:

“Yo estoy desde la primera hora. Los familiares nos comenzamos a reunir a los cuatro
meses (de producido el atentado) y tuve relación con el juez y los fiscales desde
entonces, y con Nisman desde hace 15 años, cuando entró a la causa. Al principio
teníamos muchas esperanzas en los fiscales, con los que habíamos creado un vínculo
muy fuerte. Nisman era más frío, más distante, pero aun así teníamos un vínculo
afectuoso. Hubo sí para mí un punto de inflexión. Fue durante el juicio, cuando Nisman
hizo declaraciones contra sus compañeros, los fiscales. Recuerdo que me enfrenté con
él. Fue en Comodoro Py y estábamos todos los familiares, y esperaban los periodistas
en la calle porque fue en uno de los raros momentos en que venían en masa. Y yo lo
apreté, no recuerdo bien qué es exactamente lo que le dije pero algo así como ‘si sos
tan macho, andá afuera y decile a los periodistas lo que realmente pensás’. Debe
haber sido cuando desafectaron a Mullen y Barbaccia, no recuerdo si ellos dijeron algo
y él les respondió, pero sí recuerdo que nos enfurecimos, que estábamos

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prácticamente todos los familiares y que hasta hicimos venir a nuestro abogado (Julio
Frederick), que vivía en Paraná. Y recuerdo que le dije lo que lo dije y que Nisman salió
con nosotros y encaró a los periodistas. Pero ahí me quedó una semillita de duda, de
desconfianza. Porque habíamos confiado tanto en los fiscales. Y nos fallaron tanto…
Cuando fuimos a preguntarles si era cierto que le habían pagado 400 mil dólares a
Telleldín nos lo negaron, y después nos enteramos en el juicio que cuando le pagaron
los primeros 200 mil dólares Barbaccia estaba presente. Ahí se quebró toda la relación.

Con Nisman tuvimos relación desde un primer momento. Cuando lo nombraron no


tenía oficina y nos reuníamos con él en una de la Procuración. Recuerdo que en la
primera reunión dijo frente a todos que Mullen y Barbaccia recibían sobres
(sobresueldos mensuales de la SIDE) y yo, que siempre fui muy confrontativa con él, le
dije: ‘¿Cómo? ¿Y vos no recibías?’. Él me dijo: ‘No, yo no’. Y ahí me quedé pensando
que o bien había traicionado a sus compañeros, o bien había sido su cómplice por no
denunciarlos.

Iba a las reuniones, Nisman hablaba, y volvía a otra reunión y Nisman no decía nada y
yo me decía ‘tengo que analizar a ver si me queda algo positivo’, y no, no me quedaba
nada, y entonces en la próxima reunión le decía: ‘¿Sabés, Alberto? En la última reunión
lo único que me llevé fue sanata, así que hoy vamos a ver si nos podemos llevar algo’.

Le perdonábamos la vida primero porque creíamos que tenía buenas intenciones.


Después porque habían pasado tantos años que nos decíamos que si no lo
apoyábamos, la causa se caía. Porque esta causa se mantuvo gracias a los familiares
que peleamos por ella, a nosotros y a Memoria Activa. Y seguimos apoyándolo todavía
mientras observábamos que se daba vuelta para algún lado, sin entender por qué.

Le salí de testigo por el tema Zbar, un dirigente de la AMIA, un tipo muy violento que
lo llamó por teléfono y lo amenazó. Y justo en ese momento él estaba con Julio
Frederic, que había sido abogado nuestro. Yo le conté cómo Zbar manejaba la
comisión directiva de la AMIA. Tanto yo como Sergio Burstein le salimos de testigos.

Cuando se firmó el Memorándum, él dijo que le parecía una buena idea. Todavía lo

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cargábamos porque decía que lo iban a detener si se presentaba en Teherán. ‘¿Qué
pasa si llego allá y me detienen?’, decía, y nosotros le decíamos que se dejara de
jorobar, que el Gobierno no lo iba a permitir, que iba a tener garantías para trabajar.
Bromeábamos con eso pero después él se dio vuelta y apeló el Memorándum. Yo
nunca lo llamaba por teléfono. Para nada, salvo alguna vez, para organizar alguna
reunión. Pero esa vez lo llamé y le dije de todo menos lindo. Siempre fui de decirle las
cosas en la cara y él nos había mentido. Había dicho que había hablado con el juez y
que se habían puesto de acuerdo, y resulta que Canicoba Corral declaró que el
Memorándum era constitucional. Entonces me dijo: ‘Cuando nos veamos
personalmente, mirándote a los ojos, te voy a decir por qué lo hice’. Y yo le respondí:
‘Nunca más me vas a mirar a los ojos’. Eso me duele ahora, después de su muerte.
Porque desde entonces nunca volví a verlo.

Él nos dijo hace como tres años que iba a sacar un nuevo dictamen, donde se iban a
aportar muchísimas pruebas nuevas y nosotros le reclamábamos ese dictamen que no
salía nunca. Pasó más de un año y después sacó un dictamen de 500 fojas que es una
nube de humo que no aportó nada a la causa AMIA. Eso fue hace tres años, es decir
que hace por lo menos seis que no recibimos ninguna información, nada nuevo. Y él
decía que le había dedicado dos años a la Presidenta. No lo digo en defensa de la
Presidenta, es que él cobraba un muy buen sueldo y adquirió prestigio mundial gracias
a la causa AMIA. Debe haber ganado mucho dinero dando charlas como experto… que
sería lo de menos si la causa hubiera avanzado, pero no avanzó nada. Por lo menos en
los últimos seis años no avanzó nada de nada.

Al principio él entrecruzaba llamadas y nos mostraba los resultados e incluso las fotos
de los iraníes que él decía que eran los responsables, pero estaba claro que la causa no
podía avanzar mucho si no eran indagados. De ahí que nosotros aceptáramos el
Memorándum. Nosotros hubiéramos preferido que los extraditaran y que tuvieran un
juicio justo acá, en la Argentina, pero ante la imposibilidad —porque no existe un
tratado de extradición entre Irán y Argentina— aceptamos el Memorándum como
última oportunidad.

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Nisman daba los nombres y nos mostraba los cruces de llamadas y nombraba a uno
que decía que era colombiano (Salman al Reda) y que después resultó de otra
nacionalidad. Decía que había sido el presidente de Irán cuando el atentado y otras
siete u ocho personas, incluido el ministro de Defensa que después fue a visitar
Venezuela, quienes habían decidido atacar la AMIA.

Queríamos que fueran indagados. Queríamos saber si, como decía Alberto, habían sido
los responsables. Ya sabía que no iban a ir a la cárcel, que no iban a ser extraditados,
que a lo sumo habría una condena social, pero aun así me quedaría más tranquila y en
paz. Me diría: ‘Bueno, hice todo lo que pude por mi hijo, se terminó’. Pero sigo sin
tener la certeza, y como no la tengo y quiero saber la verdad, no quiero chivos
expiatorios. ¡Realmente quiero saber la verdad! Pero no tuvimos el apoyo de las
instituciones comunitarias, no sé por qué, porque al principio estaban de acuerdo. No
sé qué pasó después que empezaron a poner trabas. En este momento están poniendo
muchas trabas.

Nosotros seguimos defendiendo el Memorándum, nos parece que es la última


alternativa. O se indaga a los iraníes o la causa queda sin efecto. Si Irán no respondió,
bueno, el responsable es Irán. No culpamos a nuestro Gobierno porque nos parece que
tuvo la intención de que se realice. Por eso tanta bronca, tanta furia cuando Nisman
apeló el Memorándum.

Nisman era una persona muy ambiciosa y tenía un ego muy grande. Yo creo que le
vendieron pescado podrido y que no pudo soportar el bochorno, esa es mi convicción.
Creo que de alguna manera pudo haber sido inducido. Que le soltaron la mano y no
pudo soportar el bochorno.

A pesar de estar enfrentada con él, su muerte me afectó mucho. Tuvimos una relación
de 15 años y durante los primeros años confiábamos en que él nos iba a llevar a la
verdad.”

Elbaum

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Jorge Elbaum acaso sea el principal animador del Llamamiento a los Argentinos de
Origen Judío, nucleamiento que atrae a quienes no se sienten representados por los
dirigentes de la DAIA-AMIA, que hace dos décadas eran laboristas y laicos y ahora son
derechistas y mayoritariamente religiosos. Elbaum mantuvo a fines de febrero pasado
una sonada polémica con el presidente de la DAIA, Waldo Wolff, que se atrevió a decir
pavadas como que las consignas del Llamamiento son similares a las nazis. Elbaum lo
trató de ignorante y le recordó que además de lo estrictamente racial (la pretensión
nazi de que la sangre judía envilecía la sangre aria, sea esta lo que fuere), los nazis
consideran que los judíos son revolucionarios por definición, como Marx y la
conducción de la Liga Espartaquista (cuyos máximos dirigentes fueron Rosa
Luxemburgo y Karl Liebknecht), por lo que debían ser exterminados, como ya lo habían
sido por los socialdemócratas en 1919. Elbaum acusó a Wolff y a la actual dirigencia de
la DAIA de ser peleles de los Estados Unidos y de “el actual gobierno de ultraderecha
de Israel”, y de ser funcionales a las corporaciones mediática y judicial, asociadas a
servicios de inteligencia que “les insuflan pescado podrido”.

Estos son los principales conceptos que vertió en una entrevista exclusiva para este
libro:

“El encubrimiento pasa por la necesidad de culpar, con o sin pruebas, a Irán, una
decisión política de la derecha israelí y del Partido Republicano de los Estados Unidos,
tomada en el marco de la posibilidad de que Irán se convierta en una potencia nuclear.
Hipótesis más rigurosas vinculan el atentado con Hezbolá, pero a pesar de ser chiítas
con nexos con los aluítas de Siria, no son Irán. Se trata de una organización político-
militar con una importante representación parlamentaria. Y pensar en la pista del
Líbano implica meterse en una interna que produjo una guerra civil feroz que todavía
está latente. Hay partidos cristianos, musulmanes sunitas y además está cerca el
Califato.

Como director ejecutivo de la DAIA me encontré muchas veces con Nisman, un tipo
con mucho desorden emocional, muy hiperquinético, muy zarpado. Que buscaba la
fama y estaba muy sobregirado, eufórico permanentemente.

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Mi valoración sobre su trabajo es que hasta el año 2010 tuvo una posición investigativa
aséptica, pero que entonces fue cooptado por algún organismo internacional, cosa que
se ve más claro hoy, después de que se descubriera la cuenta en Nueva York y otras
maneras de acumular dinero. Da la impresión que hacía años que estaba más
interesado en esto que en llegar a la verdad. Y es que cuando estás orientado a hacer
plata, quien más paga es quien tiene la verdad.

(Al autor le llamó la atención que Elbaum situara el año 2010 como parteaguas, punto
de inflexión. Y no solo porque no tiene ninguna valoración positiva sobre el accionar de
Nisman en los años anteriores, sino porque e mediados de ese año Nisman denunció
ante otro fiscal que había recibido amenazas del juez federal Claudio Bonadío; del ex
ministro del Interior, Carlos Corach y su hijo Maximiliano, y del Fino Palacios, luego de
haber recibido un misterioso e-mail anónimo (¿de Stiuso?) sobre supuestas reuniones
de los Corach, el ex comisario y el juez que, dijo, conspiraban para apartarlo de la
causa AMIA.)

Sigue Elbaum: “En 2010 Israel amenazó con bombardear las centrales nucleares iraníes
como antes había hecho con las protocentrales iraquíes. Fue en esa época, o un poco
después, cuando Eliaschev denunció el encuentro de Alepo entre el canciller y un
enviado iraní, y cuando Nisman empezó a tratar de operarnos a Burstein y a mí.
Entonces dejé de ir a las reuniones de cafecito —porque me encontraba con él en
cafés, por lo general en el de Bolívar e Hipólito Yrigoyen o en el del Cabildo, a la UFI fui
solamente dos veces—, porque Nisman había cambiado abruptamente su posición y se
había alineado con la ultraderecha de Estados Unidos e Israel y, al mismo tiempo,
había pasado de ser K a ser un furibundo anti K, y de cuestionar mucho y estar
enfrentado con la DAIA y la AMIA, a estar muy cerca de ellas. A partir de entonces no
lo vi más.

Fue algo muy fuerte porque yo lo escuchaba a Nisman putear a la DAIA y a la AMIA y,
del otro lado del mostrador, veía en esas instituciones el odio que le tenían por ser un
fiscal K, lo que bastaba para que fuera muy mal visto en las muy derechizadas
instituciones comunitarias centrales.

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Como escritor que soy creo que ese giro en el aire se explica porque los servicios de
inteligencia locales, muy probablemente Stiuso, le vendieron carne podrida y con eso
le abrieron un vínculo para una entrada de dinero, y a él le gustó esa lógica (la CIA y el
Mossad le deben haber pedido que los ayudara a seguir manteniendo a Irán como
culpable) y empezó a viajar seguido a los Estados Unidos. Al principio le autorizaron los
viajes, pero las dos últimas veces le negaron los pasajes y viáticos. Y me parece ahora,
por toda la información que se publicó, lo de la cuenta de Merrill Lynch, etc., que en
esos viajes debía llevar guita para depositarla allá.

Nisman no tenía una ideología. Fue parte de los muchos tipos que se suman a la
política por negocios o poder. Aunque también creo que, al menos al principio, creía
ser parte de una maquinaria judicial destinada a encontrar la verdad, un nivel de
ingenuidad que me parece muy interesante.

Si uno mira desde el principio, en el 2004, Nisman siempre siguió la pista iraní, la
misma de Galeano. Nunca se movió de ese lugar. En sintonía con los discursos de
Néstor y Cristina en las Naciones Unidas, que pidieron a Irán que aceptara el
requisitorio.

Ese Nisman radicalizado, operado por los agentes de inteligencia locales y extranjeros,
con mucha guita recibida, ya no tenía vuelta atrás. (Diego) Lagomarsino (el asistente
del fiscal que le facilitó el arma que terminó con su vida) dice que Nisman le dijo que
‘Jaime’ le dijo que cuidara a sus hijas. Si un tipo tan oscuro te dice eso… es un mensaje
polisémico. Y Nisman era un tipo bipolar que vivía procesos de euforia alternados con
síndromes de pánico, le agarró un ataque de miedo y se pegó un tiro para terminar con
la angustia.

Lo dejaron colgado de un pincel, le prometieron muchas cosas que no aparecieron. Le


prometieron que Ronald Noble, el ex director de Interpol, un hombre del Servicio
Secreto de los Estados Unidos, no lo iba a garcar, pero Noble lo destrozó. Fue una
traición de quienes le habían prometido cobertura, plata y tranquilidad. Recordá que él
planeaba reunirse con sus hijas el lunes 19 en Europa. La perspectiva de tener que

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comparecer ante los diputados oficialistas ese mismo día terminó por desequilibrarlo.

Todo esto se da en un contexto en el que los servicios de Inteligencia y los periodistas


están cada vez más interrelacionados y confundidos. Un tipo como (Carlos) Pagni es a
mi juicio más un servicio metido a redactor que al revés. Y en la construcción simbólica
de la causa AMIA hubo muchos periodistas pagos. Y fiscales pagos, como fue el caso de
Nisman. Las formas de pago, todos lo sabemos, son muchas, y tienen que ver con el
alineamiento conceptual e ideológico con el que las personas se sienten bien.

Está en curso una remake solapada de la Doctrina de la Seguridad Nacional que


impulsaron los Estados Unidos en los años 60 y 70 del siglo pasado. Uno lo ve en Brasil
en el semanario Veja, muy similar al diario La Nación de Argentina, a El Mercurio de
Chile, a El País de Montevideo. Hay una cadena troncal de lo simbólico cuestionando
cualquier alianza intra América Latina, cualquier proceso emancipatorio. Y eso se
construye en términos de polarización, entonces te dicen que Irán es lo mismo que
(Hugo) Chávez; Chávez es lo mismo que Terrorismo; Terrorismo es lo mismo que K; K
es lo mismo que (Daniel) Ortega, y se arman como columnas. Ese proceso se fortaleció
mucho a partir del 2008 y la crisis del campo. Y ahí fue, me parece, que comenzó a
estallar la cabeza de Nisman.

Igual, tiene que haber un aval ideológico-moral en la cabeza de Nisman para aceptar la
plata que le pagaron para ser parte de la operación. Como diría (Bertolt) Brecht, no
tenía una concepción sólida de nada y vio la oportunidad de fama que le ofrecía esta
fiscalía. Todos somos más sensibles a algunas cosas que a otras, tenemos cierta
estabilidad conceptual. A un tipo como Nisman, un proceso que él podía ver como
chavista lo podía alejar del kirchnerismo. Es un proceso de acomodación en donde
Kirchner se sacó de encima a (Eduardo) Duhalde, a (Gustavo) Béliz, al ALCA en el 2005,
avanzó hacia la Unasur. Hubo un proceso de izquierdización, desde mi punto de vista
positivo, que debe haber colaborado para forjar un escenario en el que fue cooptado
por la CIA y por la SIDE, por los empleados del Imperio. Es bueno recordar que desde el
2008 una vez cada dos años se anunció el final del kirchnerismo. Estamos en plena
disputa, la sociedad está partida y con un cráter en el medio, y en ese cráter cayó

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Nisman y van a caer muchos más en un momento en la historia argentina en el que
avizoramos la posibilidad de construir una patria más equilibrada y justa. Lo que
genera mucho resentimiento, y racismo. En este contexto, los actores individuales,
muchas veces personas de una clase media berreta y con pocos principios morales e
ideológicos, suelen ser títeres a los que les cortan los piolines y caen al vacío, y se
suicidan. Yo estoy convencido de que Nisman se suicidó en el marco de estas lógicas.
Un tipo con formación ideológica sólida, un amante de la verdad y la justicia hubiera
resistido mucho mejor esas presiones de los servicios que lo cooptaron y lo dejaron
colgado del pincel.”

El amigo

Nisman no parece haber conservado amigos de la infancia, ni haberlos hecho entre


jueces y fiscales (en los tribunales federales llamaban a su UFI La Corte, y a él El
Presidente). Al menos, nadie salió a reivindicarlo públicamente. Hasta el ex diputado y
mano derecha de Francisco De Narváez y actual asesor del gobernador Daniel Scioli,
Gustavo Ferrari, que pasaba por ser su amigo, guardó silencio. Hubo una sola
excepción: Gustavo Daniel Perednik, un escritor, doctor en Filosofía, que aunque
porteño de nacimiento, vive en Israel hace décadas y cuya última obra, Sabra,
publicada este año, la escribió en coautoría con Marcos Aguinis, autor a su vez de La
cruz invertida” y La gesta del marrano, y uno de los más conspicuos representantes de
la derecha sionista en el país. Perednik, un neoliberal que en la Argentina suele ser
conferenciante en el CEMA, fue un exégeta de Nisman en vida, ya que publicó su libro
Matar sin que se note (Planeta) en 2009, reeditado este año con una faja que asegura
que es “el único libro que cuenta quién era Nisman”. Tanto en aquella como en la
nueva edición la obra contiene ditirambos tales como pronosticar que “Nisman
removería cielo y tierra para dirimir, en retrospectiva, hasta la última de las
responsabilidades de los atentados”.

Cuando Nisman apareció muerto, Perednik concedió desde Israel sendas entrevistas

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telefónicas a la radio Rock & Pop —parcialmente transcripta por el diario Perfil— y a La
Nación. En la primera dijo que no cabía duda de que Nisman había sido asesinado, y en
la segunda que a pesar de estar novelada, en su obra “no hay un solo dato que no sea
verdadero, todo es verídico. Los nombres de los protagonistas son los reales” y que
“también me incluí yo mismo como un personaje para contar un montón de cosas”.

“A Nisman yo lo quería muchísimo y lo sentía un gran amigo. Por lo tanto, pude haber
caído, no lo sé, en un exceso de idealización. En un momento, el editor me dijo que no
podía hacer una apología de Nisman, pero yo no sentía que estaba haciendo eso, sino
que estaba contando lo que veía: un individuo heroico, idealista, que quería la justicia
y que se jugaba hasta el final sin dejarse detener por nada”, siguió diciendo en lo más
parecido que se le conoce a una autocrítica.

“Lo que fue tenebrosamente premonitorio fue el título”, continuó. “Recuerdo que
había hecho una lista con cuatro o cinco posibles títulos de la novela y una vez que nos
reunimos con Nisman se las mostré y le pregunté cuál le gustaba más. Él miró la lista y
puso el dedo en el tercer título posible y dijo, con una sonrisa irónica: ‘¡Este está piola,
¿eh?! El título era: ‘El asesinato de Alberto Nisman’. Después, con la editorial vimos
que era muy morboso y no cabía.”

Licencia poética

En ese momento, Silvia Premat, de La Nación, le preguntó:

— ¿Por qué eligió ese nombre? ¿En la novela asesinan a su personaje?

— No, en la novela no hay un solo dato que no sea real. Se habla de su asesinato
porque lo amenazaban de vez en cuando y por eso se podía jugar con esa posibilidad
en el título —responde, apartándose de la verdad, ya que la frase “matar sin que se
note” está en el libro en boca de quien era en épocas del atentado a la AMIA el tercer
secretario de la Embajada de Irán en Buenos Aires, Ahmad Reza Asgari. Según el
narrador omnisciente y en función de los “varios testigos coincidentes que a su vez

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habían obtenido los datos más secretos por la vía de informantes”, Perednik se la hace
pronunciar a Asgari durante una a reunión en la que –él y Nisman afirman– se habría
decidido volar la AMIA, reunión que se habría realizado en la ciudad iraní de Mashad –
unos 800 kilómetros al Este de Teherán– el 14 de agosto de 1993 a partir de las 16.30 y
en la que habrían participado, además de Asgari y de Moshen Rabbani, recién llegado
de Buenos Aires, cuatro hombres llamados Alí, como el yerno del Profeta: Jamenei,
Rafsanjani, Velayati y Fallahijan. Es decir, nada menos que el jefe de Estado, el
presidente de Gobierno, el canciller y el ministro de Información.

Pasemos de esta pequeña licencia poética. Al fin y al cabo, el gobierno de Irán dijo
poder probar fácilmente que varios de los supuestos participantes de esa reunión
desarrollaron audiencias públicas en Teherán a esa misma hora pero, ¿qué importan
estas menudencias?

La entrevista de La Nación a Perednik fue publicada el 30 de enero. Díez días antes,


Perfil había publicado parte de lo que el profesor había dicho a la Rock & Pop horas
después de la aparición del cadáver ensangrentado de Nisman. No había dudado
entonces en descartar de plano que el fiscal pudiera haberse suicidado y en cambio
había apuntado como responsables de lo que dijo no dudar había sido un asesinato, al
gobierno de Irán y a “patotas cercanas al Gobierno, léase Luis D’Elía, Esteche y
Quebracho”. Al parecer, Perednik estaba muy exaltado, ya que desde Israel y sin más
información que la que proliferaba por las redes, enfatizó que “fue un asesinato. Y (hay
que) repetirlo una y otra vez porque la mafia oficial está tratando de difundir la idea de
un suicidio, lo que es notoriamente absurdo desde todo punto de vista que uno pueda
analizarlo”.

Lo que coincide con los profusos testimonios de que Nisman no temía el ataque de
eventuales sicarios de Hezbolá o de los pasdaran iraníes (como prueban sus
numerosos viajes sin custodia por diversos países, incluido Marruecos), sino, como
diría Lagomarsino, a toparse con “loquitos” como los militantes de Quebracho que le
echaran en cara su condición de agente de potencias extranjeras.

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Perednik, sin embargo, contó en esa oportunidad una anécdota jugosa: “Una de las
frases que él me dijo mientras tomamos un café la última vez que lo vi fue 'vos confiá
en mí, Gustavo, estos o van presos o tienen que irse del país’, y con ‘estos’ se refería a
Cristina y su mayordomo, el canciller”.

Glosaremos a partir de aquí en primera persona algunas de las informaciones y


opiniones más relevantes contenidas en el libro de Perednik, con la esperanza de que
ayuden a forjar un perfil más preciso del fiscal muerto.

Adamantino

“Quien quiera… buscar la verdad… aquí la tiene. No es una verdad cómoda, no es


políticamente correcta… pero es de un rigor… adamantino”, afirma Perednik en el
epílogo de su libro. Adamantino es la calidad de los diamantes. Perednik no tiene
abuelas.

El precedente de la Tercera Guerra Mundial en curso fue el atentado a la AMIA que


puso en evidencia la globalización de un conflicto en el que todos los pueblos están
involucrados. Señoras y señores: la guerra mundial comenzó en Buenos Aires”, es una
frase que él dice que suele repetir, vocalizando lentamente, en sus conferencias. Así lo
hizo, por ejemplo, frente a los adolescentes de la ORT.

Perednik dice que se enteró del atentado a la AMIA por su “amigo, Dov Schmorak, un
alto funcionario del ministerio israelí de Relaciones Exteriores quien fuera embajador
en la Argentina entre 1980 y 1985 (antes, entre 1972 y 1975, lo había sido en Uruguay)
y solía seguir fielmente actualizado de cuanto allí (aquí) ocurriera”, y admite que
Schmorak, un hombre soltero y plenamente dedicado a su trabajo, tenía acrisolada
reputación de ser “un agente de inteligencia del servicio secreto israelí”.

Schmorak, nacido en la Galitzia polaca, fue quien, por órdenes del primer ministro
Isaac Rabin, viajó a Buenos Aires con los rescatistas de las Fuerzas de Defensa de Israel
(y otros agentes del Mossad) y se entrevistó —fue a la cita junto al embajador Isaac

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Avirán— con el presidente Menem para imponerle que aceptara sin chistar la hipótesis
de la camioneta-bomba y la responsabilidad última de Irán, como habría de dejar claro
Horacio Verbitsky al cumplirse exactamente una década del ataque en su artículo
“InfAMIA”.

No es esta, claro, la versión que ofrece Perednik, quien dijo que el mensaje de Rabin
que Schmorak le transmitió a Menem fue que la impunidad de los autores del
atentado a la Embajada de Israel habían convertido a la Argentina “en blanco
predilecto del terrorismo”, por lo que “esta vez había que investigar a fondo o los
atentados continuarían”.

Sin embargo, casi doscientas páginas después, Perednik admite que Schmorak —que
falleció el pasado mes de abril, a los 85 años— le impuso a Menem que “la cólera de
Irán y la connivencia de Siria estaban incontestablemente detrás del atentado”. El
mismo Perednik parece íntimamente vinculado a los servicios israelíes, como mínimo
como sayanim (es decir, voluntario ad honorem), ya que se jactó en su libro de haber
invitado a Nisman a dar una conferencia en el ICT, el Instituto de Contraterrorismo,
con sede en la ciudad de Herzlía.

Perednik dijo que conoció a Nisman semanas después de que elevara a juicio a su
etapa oral y pública, es decir cuando integraba un equipo con Mullen y Barbaccia. Fue,
agregó, luego de que Nisman le escribiera un e-mail diciéndole que había leído un
artículo suyo en una revista española y quería expresarle “mi total acuerdo y mi
admiración por tu valentía” y que justo, justo, le llegó cuando él estaba en Buenos
Aires, por lo que fue a conocer al fiscal admirador a los Tribunales Federales.

Claro que enseguida, tras sospechar que a pesar de lo que decía el fiscal no había leído
ninguno de sus libros, apuntó que “Nisman tenía que haberse acostumbrado a mentir
caballerescamente para poder circular a salvo por esos pasillos tumultuosos”, puesto
que “un fiscal de Estado está en contacto con lo más rufianesco, por lo que su
eficiencia para sobrevivir debe incluir alguna dosis de resguardo en la mentira”.

Sin embargo, y contradictoriamente, escribió que Nisman le pareció “cristalino, directo

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y por momentos impulsivo”, por lo que rápidamente simpatizaron, ya que el fiscal le
resultó “una especie de peón en una guerra amplia que apenas vislumbraba a la
distancia, un peón que ingenuamente creía que podía cambiar la historia (…)
empeñado en una lucha quijotesca”. Quizá el más acostumbrado a mentir no fuera
Nisman sino él, y haya inventado lo del inverosímil e-mail del fiscal para justificar el
modo en que se conocieron.

Puntualizó Perednik que al producirse la voladura de la DAIA-AMIA, Nisman era


secretario de la Cámara Federal de San Martín, tenía 29 años, usaba un bigote finito a
lo Clark Gable y no hacía dos meses y medio que salía con Sandra Arroyo. Y que la
causa más resonante en la que intervino en esa función fue la de los automóviles de
lujo importados por los famosos a través de lisiados para evitar el pago de impuestos.

Nisman fue nombrado Fiscal General, con jerarquía de juez de Cámara, el 9 de agosto
de 1995, y fue destinado a la Fiscalía de Olivos, donde intervino en numerosas causas
de narcotráfico.

Perednik asegura que Nisman llegó a ser fiscal del juicio luego de ser abordado por el
fiscal Eamon Mullen, que lo invitó a integrarse al equipo que formaba con José
Barbaccia a causa de sus casi tres años de experiencia en juicios orales y públicos, y
recordó que el Procurador General, Nicolás Becerra, firmó su designación el 31 de julio
de 1997.

Nisman también señaló que se llevaba mal con José Barbaccia, que tenía el respaldo
del secretario Guillermo Montenegro, futuro juez federal y actual ministro de
Seguridad del Gobierno de la CABA.

Irregularidades

Respecto de las irregularidades del juicio, Perednik consigna que “ya en la foja 114 la
Policía Federal le pidió al juez Galeano la intervención telefónica de decenas de líneas,
entre ellas la de Telleldín. Ahora bien, el requerimiento es del 20 de julio, cinco días

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antes de que Telleldín fuera lanzado al estrellato por el descubrimiento del motor. O la
policía era profética o…”, y lo dejó picando. Perednik agregó que “un dato similar se
repite en la foja 865, que incluye un pedido de la SIDE al juez Galeano para intervenir
varias líneas telefónicas, incluida la de Telleldín. El pedido está sellado a la mañana y el
motor apareció a la tarde”.

Cuando el presidente Duhalde autorizó a cuatro agentes de la SIDE a dar testimonio


sobre el pago a Telleldín, los dirigentes de la DAIA argumentaron que eso afectaba “a
la seguridad nacional”, recordó luego, revelando una interna tan sorda como feroz.
También puntualizó que “la primera decisión de (el presidente Néstor) Kirchner fue
decretar que se eximiera del secreto a todos los agentes convocados por el tribunal,
con lo que Galeano, Mullen y Barbaccia estaban irremediablemente perdidos”.

Perednik señaló que los policías bonaerenses no eran terroristas, sino que “habían sido
puestos como una cortina de humo para esconder quién sabe qué” (sic). Y agregó que
Nisman acusó a Ribelli y compañía sin sentir animadversión hacia ellos, y le explicó que
“le importaba un rábano su vida privada, pasada o futura”, pero que allí en la sala del
juicio “estaban ambos, todos los allí presentes, sometidos a la dictadura de las
pruebas”.

Esto de “la dictadura de las pruebas” es un leitmotiv que Perednik reiterará muchas
veces (como dice el refrán, “dime de qué presumes y te diré de qué careces”). Escribe,
por ejemplo, que luego de haber acusado en base a evidencias fraguadas y compradas
al Lobo Ribelli y sus secuaces, así como a Telleldín, Nisman le dijo que se sometía “a la
dictadura de las pruebas, a lo que puedo probar. El resto es filosofía”.

Ya al frente de la UFI en sus nuevas y amplias oficinas de la calle Hipólito Yrigoyen 460,
frente a la Plaza de Mayo, en épocas en que ya se había alejado su adjunto Marcelo
Martínez Burgos, Nisman tuvo una serie de disputas con la dirigencia judía. Era la
época en que Jorge Elbaum era director ejecutivo de la DAIA. Decía Nisman: “No los
entiendo. Dicen indignarse de que se ‘quiera hacer creer que el atentado fue
perpetrado exclusivamente por personas extranjeras’… están obsesionados con la

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‘conexión local’”. Perednik aclara que para Nisman dicha conexión empezaba y
terminaba en Moshen Rabbani, al menos después del rapapolvo que le habían dado en
la Embajada de los Estados Unidos cuando pretendió avanzar sobre el ex presidente
Menem, Carlos Corach y otros encubridores de la llamada ‘pista siria’”.

Nisman se había animado a intentarlo luego de que en febrero de 2006 el juez Ariel
Lijo pidió la detención de Menem, Corach, Anzorreguy, Mullen, Barbaccia, Beraja,
Marta Nercellas (abogada de la DAIA y del propio Beraja), Víctor Stinfale (ex abogado
de Telleldín) y otros acusados por Ribelli de haberlo privado de su libertad y de
asociarse ilícitamente para encubrir el atentado. Perednik se manifestó de acuerdo con
las ‘recomendaciones’ que según los despachos filtrados por Wikileaks había recibido
Nisman de parte de la Embajada de los Estados Unidos y que habían conseguido que el
fiscal se deshiciera en disculpas por haber hecho un borrador inculpando a Menem,
Corach y Anzorreguy sin haberlo consultado previamente.

El escritor hizo suyos los argumentos de “La Embajada” al censurar la pretensión de


investigar a Menem, su familia y allegados: “Hubo un perpetrador, un enemigo, un
sujeto que debería ser focalmente prioritario en el juicio y castigo: el gobierno de Irán.
Por ello, toda circunvalación, desvío y meandro, es una manera de debilitar la causa,
no de acelerarla ni de ayudarla (…) El régimen troglodita de Irán debe ser el reo
fundamental y el castigado. El resto vendrá por añadidura. Detenerse en ese resto
mientras avanzamos hacia lo principal será una receta de ineficacia (…) El eje Irán-
Rabbani es clarísimo, cierra en todas sus aristas, forma un documento límpido y cabal
que apunta en una dirección de la que ningún bienintencionado puede desviarse (…)
Una vez que la trama se devela, refulge la culpabilidad número uno en toda su
tragedia: el gobierno islamista de Irán… el blanco de la investigación debe ser el
perpetrador y no sus colaterales”.

Sin embargo, al parecer este edificio argumentativo no tenía cimientos muy sólidos,
porque poco después Perednik recordó cómo él mismo chuceaba a Nisman:

— Porque si no hubo camioneta, ¿quién perpetró el atentado? ¿Y si no hubo

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inmolado?

— Pero hubo inmolado —respondió Nisman. Se llamaba Ibrahim Hussein Berro y todas
las evidencias lo imputan.

— Sí, sí —bromeé. Pero, ¿y si no hubo inmolado? ¿Y si no hubo Trafic?

— Es una pregunta macabra…

En un rapto de sinceridad, Perednik sentenció: “Si se excluye el ladrillo fundamental


del coche-bomba, corre peligro de colapsar el edificio entero de la Justicia argentina
denunciando a los agresores iraníes”.

Era imprescindible mantener en pie a un Poder Judicial corrompido para sostener una
causa basada en una mentira colosal que apuntaba al demonio persa. Dicho de otro
modo: había que oponerse a su reforma.

Organización de la UFI

Una de las cosas más interesantes del libro de Perednik es que describe cómo era la
organización interna de la UFI de Nisman. El personal estaba dividido en seis
departamentos, uno para cuestiones generales y cinco para las siguientes pistas: 1)
Triple Frontera; 2) Testigo C; 3) Conexión local; 4) Kanoore Edul, y 5) Causa
Santamarina.

Sucintamente, como ya se verá, la pista 1) era una imposición de los servicios de


Inteligencia de [Link]. e Israel; la 2) se dedicaba los dichos volátiles de Abolhasan
Mesbahi, quien había sido espía de Irán en Francia a comienzo de los años 80 y que
desde entonces había dependido económicamente de la CIA y el BND, y en los últimos
años directamente de Stiuso, de quien hacía de chirolita; la 3) que para Nisman era
sinónimo de Rabbani; la 4) acusaba infructuosamente a Edul de haber intermediado en
el traspaso de una Trafic, que supuestamente había servido luego como vehículo-
bomba sin poder demostrar siquiera que la hubiera recibido, y la 5) supuestamente

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para investigar la hipótesis de los rivales de Stiuso en la SIDE y del Fino Palacios de que
Jaime había perdido el control sobre terroristas iraníes a los que tenía bajo vigilancia,
quienes habían logrado consumar el atentado y escapar. Esperar que Nisman, que
admiraba a Stiuso hasta el arrobamiento, investigara esto era un absurdo.

Resultado: fuera de dar vueltas en torno a la Triple Frontera, en cuya parte paraguaya
y brasileña, Ciudad del Este y Foz de Iguazú, hay una importante colonia libanesa, la
UFI en general y Nisman en particular no tenían casi nada que hacer ya que Moshen
Rabbani se encontraba en Irán desde una vez que se fue a su país de vacaciones, y
cuando volvió, lejos de detenerlo, lo metieron en el mismo avión de regreso a Teherán,
como quien se santigua diciendo “Vade retro, satán”.

Romper relaciones

En julio de 2006, al cumplirse el 12º aniversario del atentado, en el acto realizado en la


calle Pasteur al 600 frente al reconstruido edificio de la DAIA-AMIA, el gobierno
nacional fue blanco de acerbas críticas. “Hay sobradas pruebas que señalan la
responsabilidad de Irán como ideólogo del atentado. ¿Qué esperamos para romper
relaciones diplomáticas con Irán y ponernos a la vanguardia de la acción
ejemplificadora del mundo libre y democrático?”, dijo el presidente de la AMIA, Luis
Grynwald, en consonancia con el dictamen del fiscal Nisman. Este reclamo, el de
romper las relaciones sin esperar a que la Justicia dictaminara la supuesta
responsabilidad de Irán, se convertiría en una constante de allí en más. Grynwald
también sostuvo que los atentados habían sido “actos de terrorismo internacional por
lo que se los debe declarar crímenes de lesa humanidad para que no prescriban”.

El orador de fondo, sin embargo, fue Luis Czyzewski, miembro de Familiares y Amigos
de las Víctimas y padre de Paola, de 21 años, muerta en el atentado. “A usted le
decimos —expresó dirigiéndose al presidente Néstor Kirchner, quien se encontraba
realizando una visita oficial a Paraguay— que después de tres años de gobierno no
alcanza con decir que la causa de la AMIA es una vergüenza nacional, tampoco alcanza

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con firmar un decreto por el que asume la responsabilidad del Estado de haber violado
los derechos humanos. Todavía faltan respuestas, resultados que no tenemos para
dejar de tener la sensación de que no se avanza lo necesario”.

“No solo deben ser imprescriptibles las causas que involucran al terrorismo de Estado
que sufrimos todos los argentinos; la de los atentados también debe serlo”, subrayó.
Czyzewski apuntó luego hacia la Justicia al señalar que la impunidad se consagró
cuando “los jueces del tribunal oral dictaron los fallos de hace un año y medio”,
absolviendo a los involucrados en la llamada conexión local. “Desde entonces tenemos
la sensación de bronca e impotencia”, admitió, sin poder reponerse de los efectos de
haber confiado ciegamente en el juez Galeano y en Beraja, quien —le pidió
públicamente al juez federal Ariel Lijo— debía ser “investigado a fondo” al igual que el
ex presidente Menem y varios de sus ministros y funcionarios.

Mandrake el mago & The Prosecutor Dickman

Al día siguiente, muy dolido por las críticas y aprovechando la inauguración de unas
obras en San Isidro, el presidente Kirchner dijo que estaba haciendo todo lo posible
para llegar a la verdad, pero que él no era “Mandrake el mago” y que eso era muy
difícil después de 14 años de impunidad, en los que se habían borrado pruebas
sistemáticamente. Dijo:

"La causa de la AMIA durante años estuvo paralizada, entretenida con un juicio.
Durante mucho tiempo Cristina les dijo a los familiares e integrantes de las
organizaciones AMIA y DAIA que ese juicio que llevaba Galeano se hacía para
entretener pero que nunca iba a llegar a la verdad... Ellos decían que tenían que seguir
con el juicio y no escucharon lo que en ese momento desde la Comisión Bicameral
Cristina les decía. Perdieron mucho tiempo y los que siguieron con ese juicio también,
fue totalmente equivocado y nefasto para la causa (porque) ayudó que pase el tiempo
y a tapar las pruebas.

Yo no participé para nada en el contubernio de alguna dirigencia de la comunidad

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judía, ya sea Beraja con el gobierno menemista... Yo los denuncié y espero que en los
próximos días empiecen a salir las responsabilidades de haber ocultado la verdad
durante tanto tiempo.

Los denuncié en nombre del pueblo argentino; apenas inicié mi mandato el 30 de junio
de 2003, establecí la eliminación del secreto de Estado como restricción para las
declaraciones de funcionarios y agentes de la Secretaría de Inteligencia que fueron
convocados a testimoniar ante el Tribunal Oral Nº 3. Fue lo que facilitó el
esclarecimiento de un sinnúmero de irregularidades del juicio que había comandado
Galeano. En julio de 2003 decreté la apertura de los archivos de la SIDE... por primera
vez en la historia. Esta medida, sumada a la anterior, fueron determinantes para la
anulación de la causa instruida que llevaba Galeano adelante, es decir, se fue
cambiando para siempre el destino del caso. También designamos, por pedido de los
familiares y de las organizaciones, la Unidad Fiscal de Investigación del Atentado que
está a cargo del fiscal Dickman (sic, así se escucha en el audio y salió publicado tanto
en la versión oficial del Gobierno como en La Nación). Le pusimos 1.700 carpetas de la
Secretaría de Inteligencia con 400.000 fojas a disposición; se realizaron todos los
entrecruzamientos telefónicos, abrimos el Estado de par en par. En marzo de 2005, el
Estado Nacional reconoció su responsabilidad por la violación al derecho a la vida e
integridad física; la unidad AMIA del Ministerio de Justicia se presentó como parte
querellante en la causa que yo les decía a ustedes, y así sucesivamente fuimos
tomando todas las medidas que estuvieron a nuestro alcance...

Yo no sé por qué estuvieron durante tantos años siguiendo con el juicio de Galeano y
siguiendo todo un proceso que tendió a entorpecer el esclarecimiento de los hechos...
Estamos poniendo nuestro coraje, nuestro cuero y ante cualquier cantidad de
amenazas, todo lo que podemos para esclarecer este tema. Yo no tengo la culpa de los
acuerdos de allá, del daño que hicieron dirigentes que los representaban a ustedes con
aquel gobierno menemista. Nunca sostuve y nunca avalé la investigación del juez
Galeano, y Cristina tampoco lo hizo... Juntemos nuestros esfuerzos para encontrar la
verdad... Vayamos a buscar a las cuevas a los que tenemos que ir a buscar que son los

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responsables de la impunidad”.

No obstante lo dicho, el 25 de octubre de ese año el gobierno de Kirchner acusó


formalmente a gran parte del elenco gobernante en Irán en 1994, tal como el
dictamen de Nisman había pedido. Pronto, la Justicia declararía que la voladura de la
DAIA-AMIA había sido un crimen de lesa humanidad.

En enero, el Gobierno había saldado la deuda con el Fondo Monetario Internacional y


se encontraba en plenas negociaciones con los acreedores privados. Kirchner
necesitaba de la buena voluntad del Consejo Judío Mundial y del American Jewish
Committee y estaba dispuesto a ponerse la kipá cuantas veces hiciera falta.

Fue en ese contexto y recordando lo mucho que se le había criticado a Galeano no


haber seguido “la pista siria”, que Nisman intentó justificar su existencia, altísimo
salario y demás canonjías enfilando hacia Menem y se topó con la firme negativa de
Washington.

Pista siria

Se impone, llegado este punto, explicar qué se entiende por “pista siria”. Perednik,
Nisman y la mayoría de los periodistas de los medios que han sostenido el
encubrimiento entienden que se trata de la que tenía y tiene eternamente como
principal acusado al empresario textil Alberto Jacinto Kanoore Edul, quien llamó por su
teléfono celular adosado a su automóvil Peugeot 505 a la casa de Telleldín el domingo
10 de julio de 1994 a la hora de la siesta. Una semana antes del atentado, y en
momentos en que Telleldín se disponía a traspasar una Trafic (que se suponía había
servido luego como vehículo-bomba) a… alguien…

La SIDE y Nisman estaban empeñados en tratar de demostrar de cualquier manera que


la camioneta de marras había llegado a manos de Rabbani después de pasar por las de
Edul (un musulmán sunnita), pero no podían probar nada: ni que Edul la hubiera
recibido, ni que este tuviera relaciones con Rabbani, ni a quien podría habérsela dado

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–de haberla recibido– Rabbani. Solo –como se verá– que la Trafic siempre había estado
bajo el control de policías federales. En el relato de Perednik, como en el de Nisman,
aparecía el misterioso fantasma tullido, Ibrahim Hussein Berro, supuesto chofer-
suicida, cuyo nombre había heredado Stiuso de su vencido rival, Patricio Pfinnen. No
había evidencias, no digamos ya de que alguna vez el tal Berro hubiera estado en
Buenos Aires, sino incluso de que hubiera salido alguna vez de su Líbano natal.

A pesar de ello, a Nisman le gustaba quemar etapas: “Lo único que aún permanece
nebuloso es el lapso desde que Rabbani recibió la Trafic y el momento en que la
recibió Berro, el resto se puede reconstruir”, decía en un rapto de optimismo a prueba
de balas.

Otros investigadores, como el autor, llaman “pista siria” a la que tiene como principal
sospechoso de ser el instigador de los atentados a Monzer al Kassar, y como
sospechosos de haber intermediado con los autores materiales, a mercenarios
judeófobos, familiares y allegados al presidente Carlos Saúl Menem

La caída de un espía

Recordó Perednik que ante la Asamblea General de Interpol realizada en Marrakech


del 5 al 8 de noviembre de 2008, Nisman dijo:

“El presidente argentino levantó el secreto de los archivos de nuestros servicios de


Inteligencia (…) Nos entregaron 1.700 carpetas de 400 mil fojas de investigación que
antes nunca habían sido analizadas”.

Y que refiriéndose a la caída en desgracia del ya fallecido mayor Alejandro Brousson (a)
Busquets, quien había reemplazado a Patricio Pfinnen al frente del sector
Contrainteligencia de la SIDE antes de que empezara el juicio, el fiscal le había hecho el
siguiente, premonitorio comentario: “Despojar de su poder a un espía omnipotente y
obligarlo a someterse a los dictados de un Poder Ejecutivo democrático lo debilita
psicológicamente por muchos años… Habitualmente no logra recuperarse jamás,

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pierde su autoestima, se siente arrojado desde una cumbre de poder omnímodo… a un
abismo”. Lo que, como al lector no se le escapa, perfectamente se le podía aplicar a
Stiuso a partir de mediados de diciembre de 2014, cuando se lo jubiló
compulsivamente.

“Nisman no era bueno para controlar su ansiedad. Cuando se aferra a un asunto no lo


larga hasta que la realidad se lo devuelve resuelto o declaradamente imposible”, decía
en 2009 su amigo Perednik.

Nisman, aseguró, era “suficientemente ególatra como para no admitir el más mínimo
fracaso”.

2. Lourdes, entre varios fuegos

Era bella, frágil y valiente cuando entre fines de septiembre y principios de octubre de
1998 denunció públicamente hechos de corrupción que habría cometido su ex patrón,

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Emir Fuad Yoma, cuñado y mano izquierda del presidente Carlos Menem y encargado
de cobrar y repartir comisiones y retornos. Lourdes Di Natale, entonces de 39 años,
había trabajado en la secretaría privada de Carlos Menem aun antes de que este
asumiera la Presidencia y luego, durante más de seis años, había sido secretaria de
Emir, a quien siempre llamó “Jefe” (que es lo que quiere decir “emir” en árabe). En
algunos de esos chanchullos, decía, había participado el padre de su hija y abogado de
Emir (empleo que había conseguido por intermediación suya), Mariano Cúneo
Libarona, quien en épocas de arrumacos se le había jactado de haber participado en
ellos, proporcionándole valiosa información. Para entonces, tanto Emir como Mariano
se habían convertido en sus enemigos acérrimos, con quienes se la pasaba cruzando
todo tipo de denuncias en Tribunales.

En medio de este fárrago relacionó a Menem, Yoma, Alfredo Yabrán y Monzer al


Kassar con los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA. Cuatro años y cinco meses
después, exactamente, moriría en oscuras circunstancias. Para entonces, Emir y
Menem, que —en gran medida a causa de sus declaraciones— habían estado
brevemente detenidos por su participación en las exportaciones ilegales, ya habían
sido liberados. Un escandaloso fallo de la Justicia acaba de sobreseerlos
definitivamente.

Lourdes nació en San Rafael, Mendoza, y era la mayor de cuatro hermanos. De joven
se fue a trabajar a Córdoba como secretaria de un consultorio médico. La muerte de
una amiga muy querida la impulsó a buscar nuevos horizontes. Recaló en Buenos Aires
en 1987, cuando el presidente Raúl Alfonsín retrocedía, jaqueado por los militares y “la
patria financiera”, hacia un final sin gloria que el absurdo intento de tomar el cuartel
de La Tablada y los golpes hiperinflacionarios de mercado precipitaron. Una época en
la que emergía la silueta patilluda del gobernador de La Rioja, Carlos Menem, quien el
10 de julio de 1988 derrotó inesperadamente en la interna justicialista al gobernador
bonaerense Antonio Cafiero y se colocó en la pole position para acceder a la
Presidencia.

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En la victoriosa campaña electoral de 1989 el “Menemóvil” tuvo especial
protagonismo. Lourdes subió a él gracias a una amiga común con el candidato.
Llamativa por su belleza, era allí una mosca blanca porque no bebía ni se drogaba y
trabajaba diligente como una ardilla por la causa de quien levantaba las banderas de
“la América morena”. Tras la victoria, Lourdes recaló directa y naturalmente en la
secretaría privada de la Presidencia, a las órdenes de dos secretarios de Menem, el ex
policía Ramón Rosa Hernández y Miguel Ángel Vicco. Acosada por el ex basquetbolista
y policía Hernández (que a fines de 1989 se jactaba ante ella de haberse vuelto tan rico
como para no tener que volver a trabajar jamás), se negó a acostarse con él,
ganándose su odio. Buscó entonces el apoyo de Vicco, que aunque también le tiró los
tejos fue más caballero y le facilitó el encuentro con el Presidente, a quien le pidió el
pase a otro destino. Fue así como fue a trabajar con Emir Yoma, cuyas oficinas en un
tercer piso de la peatonal Florida al 900, frente a la Plaza San Martín, eran conocidas
como “la minicarpa”, por negociarse allí todo tipo de acuerdos comerciales hechos a la
sombra del poder.

Lourdes trabajó en esas oficinas durante seis años largos años, sin horario y con
absoluta dedicación, como secretaria privada de Emir, llevando sus agendas con
prolijidad y detalle, de acuerdo a sus indicaciones, anotando a las visitas más
comprometedoras con nombres de fantasía. Por ejemplo, uno de sus más asiduos
visitantes, el entonces aún misterioso Alfredo Yabrán, figuraba como “Amigo”, lo que
tenía su lógica porque por entonces prácticamente nadie conocía su rostro y solía ser
mencionado entre susurros como “El Amarillo” (por el color de Ocasa, una de las pocas
empresas que reconocía como propias) en el ambiente de los correos privados y los
transportes blindados de caudales, mercado del que estaba apoderándose con
métodos mafiosos gracias a una meditada política de compra de voluntades entre los
oficiales de las distintas policías, que le brindaban un escudo protector ante las
denuncias de sus competidores.

Durante todo ese tiempo, la salud de Lourdes se fue deteriorando paulatinamente a


causa tanto de las amarguras que le deparó su amor fou a Mariano Cúneo Libarona —a

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quien conoció cuando estaba en la lona y le consiguió trabajo como abogado de Emir—
como la progresiva desilusión que la embargó a medida que se fue enterando de los
muchos negocios turbios en los que estaban involucrados sus admirados jefes… y el
mismo Cúneo Libarona.

La gota que rebalsó el vaso llegó cuando Aurelia Heidi Hoffman, mano derecha y
testaferro de Emir en muchas empresas, le enseñó documentos y un maletín que eran
celosamente guardados en la caja fuerte de un 8° piso en Paraguay al 500, de la
curtiembre Yoma (a donde se habían mudado en octubre de 1992) y le dijo que habían
pertenecido al fallecido Carlos Menem hijo. El maletín era una de las cosas que llevaba
consigo el hijo del Presidente cuando su helicóptero se estrelló contra el suelo. Había
desparecido, al igual que 30 mil dólares en efectivo y su reloj pulsera, que más tarde le
devolvió a su padre el comisario Guillermo Armentano, jefe de la custodia presidencial.
Lourdes se puso en contacto con Zulema, la madre de Carlitos, y le contó lo del maletín
y otros detalles que se le ocultaban respecto de los bienes de su hijo, lo que dañó
irreparablemente su relación con Emir. Que se terminó de jorobar cuando Lourdes
sufrió una bruta infección bucal y le pidió por favor que le adelantara el dinero, unos
veinte mil dólares, para afrontarla. A lo que Emir, cuya acrisolada fama de amarrete
trascendía las fronteras, se negó de plano, despidiéndola de hecho, aunque siguió
pagándole el suelo hasta mediados de 1998, cuando inesperadamente dejó de hacerlo.

Atracción fatal

La historia de Lourdes no se puede entender sin considerar la atracción fatal que


despertó en ella Cúneo Libarona, atracción que la llevaría a la ruina, como el fuego a
las mariposas. Hijo de un fiscal de la Cámara del Crimen, tan pintón como amoral,
Mariano se había recibido de abogado a los 22 años con medalla de oro en la
Universidad del Museo Social Argentino. Ese mismo año ingresó a los Tribunales como
secretario de un juzgado de instrucción. Después de ocho años en los que combatió el
tedio como rugbier del Club Universitario de Buenos Aires, se convenció de que lo suyo

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no era la carrera judicial e ingresó al prestigioso estudio de Alfredo Iribarren, de donde
terminó radiado bajo la sospecha de que había incurrido en una infidencia, que es
como llaman los letrados a la traición. Fue entonces, estando desempleado, que
conoció a Lourdes y comenzaron a intimar. Ella se lo presentó a Emir, quien andaba
necesitando un abogado despierto que lo defendiera en las muchas querellas judiciales
en las que él y su familia estaban involucrados. Defraudaciones al fisco que había
cometido la curtiembre Yoma de Tinogasta, La Rioja, y particularmente en la más grave
de ellas, el Narcogate, también llamado Yomagate (nombre que ya se había utilizado
cuando el frigorífico Swift, de capitales estadounidenses, se quejó de que Emir le
pidiera una coima para dejar ingresar al país equipos para su planta procesadora de
carnes) en la que a su hermana Amalia Beatriz, más conocida como Amira (princesa, en
árabe), le habían dictado la prisión preventiva.

El Yomagate

Se llamó así al escándalo derivado de la apertura de causas penales en España y luego


y obligadamente en la Argentina, por el ingente trasiego de maletas Samsonite azules
repletas de dólares procedentes de la venta de drogas ilegales, desde la costa este de
los Estados Unidos al aeropuerto de Ezeiza, su lavado e introducción vía Uruguay y
Panamá del dinero ya blanqueado en el circuito bancario de los Estados Unidos, en el
que testaferros de los narcotraficantes tenían cuentas. Un tráfico que Amira, secretaria
de audiencias del presidente Carlos Menem, organizaba en forma de tours de fin de
semana a Nueva York de amigos y conocidos que tenían el pasaje en avión pago a
condición de traer de regreso consigo como “equipaje no acompañado” una de las
famosas maletas Samsonite azules repletas de dólares que, al llegar a Ezeiza, eran
recibidas por su entonces consorte, el coronel sirio de inteligencia Ibrahim al Ibrahim,
que contrajo matrimonio con ella a pesar de estar casado, cumpliendo una orden del
presidente Hafez al Assad. Ese casamiento de conveniencia fue uno de los requisitos
para cerrar un acuerdo verbal con Menem a fin de formar entre ambos gobiernos una
joint venture sui generis a fin de ayudar, a cambio de jugosas comisiones, a las mafias

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distribuidoras de drogas ilegales de la Costa Este de los Estados Unidos a eludir la
obligación impuesta por el gobierno de Washington de presentar una declaración
jurada sobre la procedencia del dinero de los depósitos bancarios de 10 mil o más
dólares. El otro fue que se nombrara a Ibrahim jefe de los vistas de la Aduana de
Ezeiza, lo que hizo el vicepresidente Eduardo Duhalde el día del cumpleaños de Amira.

El dinero era llevado a Montevideo, donde el contador cubano-panameño Ramón


Humberto Puentes (también conocido como José Lezcano Patiño) se encargaba de
blanquear en el entonces muy permisivo sistema bancario uruguayo, para
seguidamente reintroducirlo en el de los Estados Unidos a través de un Panamá
militarmente ocupado por los norteamericanos desde diciembre de 1989. En su
juventud, Puentes había sido el tesorero de Alpha 66, la primera organización
anticastrista (que en 1961 organizó junto a la CIA el frustrado desembarco en Bahía de
los Cochinos-Playa Girón) y hasta 1988 fue el principal lavador de dinero de la sociedad
entre la CIA y el general Manuel Noriega, que saltó por los aires cuando la CIA
descubrió que Noriega había filtrado a los cubanos la documentación secreta
elaborada por la XVII Conferencia de Ejércitos Americanos realizada en Mar del Plata
en noviembre de 1987.

Ese tráfico fue estrangulado por el juez español Baltasar Garzón, que a comienzos de
1991 logró la colaboración de un arrepentido, el joven contador panameño Andrés
Ignacio Cruz Iglesias. A cambio de una reducción de su futura condena, Andy Cruz
Iglesias le contó al juez la historia de la organización que integraba, incluidos algunos
chascarrillos jugosos como de los paquetes que iba a buscar a Ezeiza Alberto El Negro
Bujía, uno de los más estrechos colaboradores de Duhalde, que enseguida habría de
morir en un sospechoso accidente de moto.

La organización se había montado en la Argentina a partir de los contactos del


secretario de Recursos Hídricos de Menem, Mario Caserta, un clásico caudillo
justicialista del conurbano bonaerense, pionero en materia de reexportación de
cocaína a la península de Florida, donde tenía como socio a un joven “marielito”
cubano, Noel Jesús Méndez, quien una vez en Buenos Aires se hizo amigo del hijo del

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Presidente y se nacionalizó argentino usufructuando los documentos de un hachero
chaqueño fallecido, Mario Anello, para seguidamente importar a Puentes desde
Panamá.

Ruptura

El idilio entre Mariano y Lourdes fue fugaz. La relación se puso densa con rapidez.
Heavy, acaso un poco sado-maso. Él le confesaría que estaba casado y tenía un hijo,
pero aseguraría que su mujer, María Gloria Marolda, estaba internada en un
psiquiátrico, por lo que no podía abandonarla… Con el tiempo, Lourdes se enteraría de
que la esposa de Cúneo estaba internada aquel día, sí, pero para tener su segundo
hijo. La relación, plagada de agresiones psíquicas y físicas de él hacia ella, duró poco
más de tres años, período en el que ella nunca atinó a poner la suficiente distancia
como para preservarse.

A mediados de 1992 Lourdes quedó embarazada y la pareja vivió su mejor momento.


Mariano abandonó el hogar conyugal y se fue a vivir con ella a un departamento sobre
la avenida Coronel Díaz, llevando consigo a su madre, María Inés Ramatti. Más tarde
ambos se mudaron, solos, al departamento que Lourdes compró y en el que vivió
hasta su muerte, en Mansilla 2431, 10º C, entre Larrea y la avenida Pueyrredón. Vivían
allí cuando en enero de 1993 nació Agustina Sol. Pero, tal como suele pasar, el
nacimiento de la niña no mejoró la relación. Giuseppe, el padre de Lourdes, declararía
ante la jueza subrogante Fabiana Emma Palmaghini (que había reemplazado al juez
Ricardo Farías, que integró el tribunal oral que tenía a su cargo el primer juicio de la
megacausa ESMA) que en el poco tiempo que vivieron juntos, en 1992 y 1993, su hija
le hizo 11 (once) denuncias a Mariano por agresiones en la Comisaría 19ª cuyo
personal masculino, como era de temer, había simpatizado con el denunciado. Para
Giuseppe no hay duda de que Cúneo tenía engañada a su hija. “Le decía que iba a
separarse de su mujer y que se casaría con ella” y así fue que “la convenció para que se
fueran a vivir a un departamento de Av. Coronel Díaz y Libertador (y) una vez que se

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amigaron, la convenció de que levantara esas 11 denuncias” y tan pronto como
Lourdes lo hubo hecho, él “volvió a ser el mismo de antes, es decir se fue de la casa
para regresar con su mujer”, lo que obligó a Lourdes a refugiarse con la pequeña
Agustina en su departamento de la calle Mansilla.
Coincidentemente, la periodista Olga Wornat declaró ante la Justicia que la relación
“fue siempre tormentosa, ella era maltratada por el abogado, habiendo sabido por
comentarios que le pegaba…”. Pero a pesar de la separación, Lourdes nunca dejaría de
sentirse profundamente atraída hacia Cúneo, y aunque él había vuelto a vivir en el
hogar conyugal, durante años tuvieron breves conatos de reconciliación.

En el ínterin y sin hacer alharaca, Cúneo se dio el lujo de visitar a Al Kassar en su


palacio de Puerto Banús, Marbella, y en organizar su eventual defensa en la causa
AMIA, que poco después dejó en manos de Víctor Stinfale, quien también representó a
Carlos Alberto Telleldín, único detenido en la causa AMIA, acusado de haber provisto a
los terroristas una camioneta que habría servido de vehículo-bomba.
Los escarceos e intentos de reconciliación finalizaron cuando Cúneo saltó a la fama
mediática en 1996 por defender al ex manager de Diego Maradona, Guillermo
Coppola, detenido luego de que el juez bonaerense Hernán Bernasconi allanara su piso
y secuestrara casi medio kilo de cocaína supuestamente escondida en un jarrón. Fue
una causa penal que tuvo como marco una creciente rivalidad entre el presidente
Menem —de quien Coppola era allegado— y un Duhalde que gobernaba la provincia
de Buenos Aires y al que Bernasconi parecía responder. Cúneo inclinó la balanza a
favor de Menem al conseguir la libertad de Guillote y, premiándose, se fue de
vacaciones a Brasil con Samantha Farjat, una de las jóvenes utilizadas de cebo para
pescar a Coppola, pero los paparazzi lo descubrieron y apareció fotografiado con ella
en la revista Caras. Para compensar, defendió luego al comisario de la Bonaerense
Juan José Ribelli, acusado injustamente en la causa AMIA. Un video en el que se veía al
juez Galeano sobornando a Telleldín para que acusara falsamente a Ribelli y a otros
policías bonaerenses de haber entregado a los ejecutores materiales del ataque la
supuesta Trafic-bomba llegó a sus manos, y él se lo pasó a su defendido Ribelli que,

93
cuando se encontró a solas con Galeano, se lo dio como diciéndole “sabemos lo que
hiciste”. No obstante, y a pesar de que dicho video —rodado por una cámara puesta
por la SIDE en el despacho y con la anuencia del propio juez— fue exhibido en horario
central en Día D, el programa de Jorge Lanata. En lugar de ir preso el juez sorprendido
en flagrante delito, lo fue Cúneo, acusado de extorsión e incluso de haber robado el
video de una caja fuerte del juzgado. Gracias al muro de protección que le tendieron al
juez tanto el Gobierno como la DAIA y la casi totalidad de los medios, la burda
maniobra resultó eficaz.
Escaldado luego de sus dos meses de detención, alejado por propia voluntad de los
medios, mientras intenta hasta ahora sin suerte convertirse en presidente del Racing
Club, Cúneo se transformó en uno de los penalistas que no le hacen asco a nada pero
que eligen qué defensas toman. Entre las que aceptó estuvo la de Mario Segovia, El
Rey de la Efedrina, y la de Leandro Santos, el dueño de una agencia de modelos que
fue detenido en Buenos Aires a pedido de la justicia uruguaya, que lo acusaba de ser el
jefe de una red de prostitución VIP. La agencia sería luego la preferida por el fiscal
Nisman a la hora de elegir jóvenes escorts para amenizar sus viajes de placer.

Emir, las armas y la libertad de Amira


Sin un peso, abandonada también por Emir, sintiéndose seguida y espiada, en
septiembre de 1998 Lourdes decidió romper el cerco y accedió al pedido de entrevista
que le hizo Marisa Grinstein, del semanario Noticias (que por entonces se encontraba
escribiendo el primer volumen de su saga “Mujeres asesinas”). Tenía miedo de salir del
departamento y le pidió que la nota se hiciera allí. Al llegar, Grinstein quedó muy
impresionada porque Lourdes la recibió con las ventanas cerradas, explicándole que
tenía miedo de que la balearan (una vecina denunciaría, en curiosa simetría, que
Lourdes la había baleado a ella). Lourdes le contó a Grinstein de las muchas reuniones
que Emir había tenido con Luis Sarlenga, entonces interventor en Fabricaciones
Militares, quien solía concurrir en compañía de uno de los gerentes de la empresa, el
coronel Egberto González de la Vega, y en una oportunidad con el teniente coronel (R)

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Diego Palleros, un conocido traficante de armas. También le habló del protagonismo
de Emir en el contrabando de pertrechos bélicos hacia Croacia, Bosnia y Ecuador, y de
cómo Cúneo Libarona le había confirmado que Emir había cobrado una “comisión” de
400 mil dólares a través de una cuenta de Daforel, una empresa fantasma radicada en
Montevideo.
Lourdes también le dijo a Grinstein que Emir se había reunido con la presidente de la
Cámara Federal porteña, Luisa Riva Aramayo —la misma que tenía a su cargo la
investigación del Yomagate por el que Amira estaba presa—, en el departamento de la
madre de Cúneo Libarona, en la avenida Santa Fe 1955, y que a cambio de una suma
de dinero la jueza se había comprometido a desprocesar y sobreseer a Amira, lo que
así había hecho.
La entrevista mereció la tapa de la revista que apareció el 25 de septiembre por la
tarde y produjo dos reacciones importantes: el juez Ricardo Farías convocó a Lourdes a
declarar y la producción de Hora Clave, entonces el principal programa político de la
televisión abierta, le pidió una entrevista. Lourdes accedió y fue el propio conductor
del programa, Mariano Grondona, quien acudió a su departamento. Lourdes repitió
ante él lo dicho a Marisa Grinstein, describió las oficinas de Emir de la calle Florida al
900 como el escenario de un incesante desfile de funcionarios de gobierno que se
retiraban con bolsas presuntamente llenas de dinero producto de las privatizaciones
de las empresas estatales, y narró cómo ella misma se había encargado de la sigilosa
destrucción de un gran número de folletos y catálogos de diversos armamentos, tarea
que había hecho con otro empleado de Emir, Juan Manuel Retamero, hijo de Aurelia
Heidi Hoffman y encargado de llevar aquellas bolsas a la casa del ministro de Obras y
Servicios Públicos Roberto Dromi, el cerebro de las privatizaciones. Seguidamente,
puso ante la cámara una carta manuscrita de la mamá de Cúneo, en la que esta le
contaba que había prestado su hogar para que se realizara el encuentro entre Emir y la
jueza Riva Aramayo y que había registrado en video la entrada y la salida de los
participantes de la reunión.

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Lourdes negó ante Grondona ser la “primera arrepentida del menemismo”. Dijo en
cambio que era “la primera desilusionada del gobierno menemista y de los familiares
directos del Presidente”.

Como al pasar

Fue entonces cuando, como al pasar, Lourdes soltó la bomba: “En un fax que Aurelia
Hoffman me mostró diciéndome que se lo había mandado un amigo suyo de la SIDE, se
afirmaba que los atentados fueron hechos por Monzer al Kassar, Alfredo Yabrán, Emir
Yoma y Carlos Menem”. La entrevista se emitió el jueves 1º de octubre en horario
central y causó enorme impacto. Aún estaba fresca la muerte de Alfredo Yabrán, que
se había suicidado con un escopetazo en la boca hacia poco más de cuatro meses —lo
que una parte importante de la población se resistía a creer—, y ese mismo día, horas
antes, había sido detenido Sarlenga. Además de decir que Yabrán y Emir eran muy
amigos y que Yabrán solía visitar las oficinas de Emir, Lourdes agregó que también
había visitado la vieja oficina de la calle Florida el traficante de armas sirio Monzer al
Kassar, señalado como el principal sospechoso tanto de haber organizado el tráfico de
armas a Croacia y Bosnia como de haber hecho lo propio con los atentados contra la
Embajada de Israel y la AMIA. Hasta el punto de que una comisión de prestigiosos
juristas convocados de apuro por la DAIA y la AMIA con el propósito de cubrirse las
espaldas ante lo señalado por el autor en su libro AMIA. El Atentado. Quiénes son los
autores y por qué no están presos (Planeta, julio de 1997), había coincidido
enfáticamente con él en la necesidad de investigarlo (ver AMIA-DAIA. La denuncia,
Planeta, septiembre de 1997). Un pedido que, por cierto, nunca más esas entidades
habrían, no ya de repetir, sino siquiera de recordar.

Sarlenga y González de la Vega estaban procesados en la causa que tramitaba el juez


federal Jorge Urso por el tráfico ilegal de armas entre 1991 y 1995. El primero, como ya
se dijo, había sido detenido el 1° de octubre por orden del juez en lo penal económico
Marcelo Aguinsky, acusado de contrabando, delito por el que también estaba

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procesado el ex canciller y ministro de Defensa de Menem, Oscar Camilión. Además,
Urso había pedido el juicio político del antecesor de Camilión en la cartera de Defensa
y para entonces ministro de Trabajo, Antonio Erman González, quien había sido el
contador de la familia Menem y, según extendidos rumores, también hermanastro del
Presidente.

“En aquellos años la comunicación (de Emir) con Erman González, tanto cuando era
ministro de Economía como de Defensa y luego diputado, era permanente. Yo me
comunicaba con su secretaria, Liliana”, recordó Lourdes.

En el juzgado de Urso, Lourdes declaró, entre otras cosas, que Al Kassar le había
regalado metralletas Uzi de fabricación israelí a Emir Yoma y a sus hermanos, incluida
Zulema. Y Jorge Antonio le dijo al autor que a él, muy agradecido, también le había
regalado una de esas metralletas, pero bañada en oro.

Delirios e inocencias

La Nación publicó ese 2 de octubre, en la página 8, una nota tan circunspecta como
clara. El asombrado cronista informó que en diálogo con Grondona “Di Natale relató
haber visto un fax, que le había mostrado Aurelia Hoffman, testaferro de Emir Fuad
Yoma. El fax se lo había enviado a Hoffman ‘un amigo de la SIDE’ y estaba encabezado
así: ‘Atentado a la Embajada de Israel. Atentado a la AMIA. Venta de armas a Croacia y
Ecuador. Narcotráfico. Lavado de dinero. Monzer al Kassar, Alfredo Yabrán, Carlos
Menem y Emir Yoma’”.

Ese mismo día Emir fue a la Casa Rosada, donde se entrevistó con el ministro del
Interior, Carlos Corach, “para manifestarle su preocupación por la información pública
que se está conociendo sobre el escándalo”, en referencia a “la venta ilegal de armas
argentinas a Croacia y Ecuador”, publicó dos días después Mariano Obarrio en La
Nación (“Di Natale denunció vínculos de Emir Yoma, Sarlenga y Palleros”). Según
Página/12, Emir le pidió a Menem que declarara el estado de sitio, de manera de
poder detener y encarcelar a los periodistas que osaran referirse al tema.

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Sin embargo, y a pesar de consignar que el relato de Lourdes había sonado creíble; que
en él “no se detectaron contradicciones notorias” y que “el 91 por ciento de los
oyentes llamó para decir que le creía contra solo un 7 por ciento de incrédulos”, el 3 de
octubre Raúl Kollmann se apuró a descalificar a Lourdes tachándola de “delirante”.
Ella, escribió en Página/12, “no se privó de una referencia delirante sobre los
atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. Todos los funcionarios del Gobierno
consultados —informaba— decían que Lourdes deliraba al vincular a Al Kassar, Emir,
Yabrán y Menem con los atentados”. Y él, se apresuró a dejar claro, opinaba como
ellos.

Curiosamente, consultado por Grondona en el mismo programa Cúneo se había


limitado a decir que Lourdes era “depresiva” e “inestable emocionalmente”. Y es que
sabía que Lourdes no había inventado nada. Al aceptar vehiculizar su resonante
denuncia a través de Hora Clave, Lourdes demostró inocencia o desesperación. Y es
que Grondona mucho distaba de ser un periodista ecuánime. La entrevista que le
había hecho a Amira había sido una pieza esencial, cuidadosamente elaborada, para
predisponer favorablemente a la vasta teleplatea (y a través de ella a la aun más vasta
y también más manipulable opinión pública) para que aceptara sin mayores
cuestionamientos la inminente decisión de La Piru Riva Aramayo de sobreseer a Amira,
que había sido encarcelada por la jueza Amalia Berraz de Vidal pero que ya transitaba
libremente por las calles porteñas. En aquella amable entrevista, la cuñada y ex
secretaria del Presidente había clamado inocencia y llorado a mares sin que ni
Grondona ni sus colaboradores le hicieran alguna pregunta urticante.

El único condenado sería a la postre Caserta, a lo que quizá haya contribuido que era
un loser: su casa de Lanús copiaba la estética de Pablo Escobar y otros capos del Cartel
de Medellín y había tenido la mala suerte de haber competido perdidosamente con
Yabrán en el empeño de asociarse con el Estado Mayor de la Fuerza Aérea.

Si Emir le había pagado a Riva Aramayo para beneficiar a Amira podía sospecharse que
debió haber sido por la necesidad de asegurar la buena voluntad de otros camaristas,
ya que La Piru era tan allegada a Carlos Corach que solía pasar los fines de semana con

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su marido invitados por el ministro a su casa en el exclusivo country Highland de Del
Viso, donde también vivía su amigo Rubén Beraja, banquero y presidente de la DAIA.
Riva Aramayo había llegado a la Cámara Federal porteña, según la precisa definición
del periodista Santiago Rodríguez “con un mandato expreso: su primera misión fue
cerrar todos los caminos legales que condujeran a una posible condena de Amira
Yoma, y cumplió al revocar la prisión preventiva en su contra por el Yomagate”. La Piru
—que murió en agosto de 2002— era íntima de Corach, y Corach, además de ser un
virtual primer ministro de un Presidente de modales monárquicos y hombre de
confianza de las embajadas de los Estados Unidos e Israel, era amigo de Emir y
abogado de Jorge Antonio, quien había sido tanto el principal financista del exilio de
Juan Perón como el cicerone e introductor en la sociedad argentina de Monzer al
Kassar. Dicho de otro modo: gozaba de la confianza de todas las partes involucradas.

Lourdes podría haber sospechado que Grondona no era imparcial si hubiera tenido en
cuenta que —pasados dos años desde el hundimiento de su matrimonio de
conveniencia con el bígamo Ibrahim, que al estallar el Yomagate había regresado
precipitadamente a Siria, y al seno de su familia— Amira había vuelto a casarse con el
ex presentador de noticieros televisivos Jorge Chacho Marchetti, y Grondona había
sido uno de los invitados.

“¿De qué club de polo se conocerán?”, ironizó en diálogo con el autor un ministro al
que Lourdes recordaba yendo a las oficinas de Emir a buscar aquellas misteriosas
bolsas, que Aurelia Hoffman decía estaban llenas de billetes.

Alonso y Fafá

En este contexto, no podía extrañar que Grondona no solo no amplificara sino que, por
el contrario, asordinara los dichos de Lourdes sobre el misterioso fax de la SIDE. Ella
había dicho que, antes de entregárselo, Aurelia había cortado la parte superior, donde
figuraba el teléfono desde el que se había remitido. Sin embargo, adivinar el remitente
no parecía muy complejo. Capaces de enviar un fax así, advirtiendo de una

99
investigación en curso, solo podían hacerlo dos altos agentes de la SIDE que
respondían a Emir y a su amigo Yabrán: Joaquín Alonso y José Luis Losada López.

“Alonso, dueño de las enormes oficinas de Diagonal y Florida compradas al dejar el


directorio del Banco Central que había ocupado durante la gestión de Hugo Santilli, es
hijo de un escribano estrechamente ligado a Ítalo Luder. Pero sus padrinos son Miguel
Ángel Vicco y Emir Yoma (…) Alonso, catapultado por esas protecciones y su anterior
empleo de mesadinerista, fue nombrado director del Banco Nación durante la
presidencia de Hugo Santilli, luego fue jefe de ceremonial del ministro del Interior
Carlos Corach y, por fin, con el apoyo de Emir y la venia del Presidente, que necesitaba
una pieza eficaz y leal para monitorear las actividades del “Señor 5” (Hugo Anzorreguy)
se instaló en la SIDE como jefe de gabinete”, escribió Susana Viau en su extensa nota
“Operadores, servicios, ‘viudas’ del poder” (Página/12, 7/11/99).

“Al dejar el Banco Nación, Alonso adquirió las enormes oficinas de Paraguay y
Reconquista donde pernocta con frecuencia ‘Fafá’, su custodio, un ex miembro del
grupo de tareas de la ESMA, quien responde al verdadero nombre de Claudio Orlando
Pitana”, agregó. Alonso, explicó la periodista, provenía del más rancio masserismo y
tenía relación directa con el almirante indultado. Además de a Emir, Alonso reportaba
también al ex secretario Legal y Técnico de la Presidencia, Raúl Granillo Ocampo, quien
había sido eyectado del cargo a causa del Swiftgate, pero al que Menem había
premiado nombrándolo en 1993 embajador en los Estados Unidos.

En cuanto a Pitana, un bigotudo suboficial de la PFA sobre el que hemos de volver más
adelante, era, más que un custodio común, el escudero de Joaquín, sostenía. Pitana
había sido miembro de la “SIDE paralela” al llegar la democracia y contertulio y fuente
de Jorge Asís. Y para entonces era miembro de la custodia de Yabrán, de la que llegaría
a ser jefe. Le decían ‘Fafá’ por el mago creado por Alberto Bróccoli que aparecía en las
contratapas de Clarín y que a la voz de “¡Jitanjáfora!” hacía desaparecer personas y
objetos. No en balde: en 2008 caería preso por su participación en imprescriptibles
crímenes de lesa humanidad.

100
Losada López

Días después o días antes de lo de la AMIA, José Luis Losada López llegó al estratégico
puesto de Director de Finanzas de la SIDE, que disponía entonces del mayor
presupuesto de su historia. Simultáneamente, el yerno de Anzorreguy, Alejandro
McFarlane, dejó de ser el secretario privado de su suegro (no se fue a su casa sino a
Madrid, al directorio de Repsol-YPF), funciones que absorbió formalmente Alonso, y en
la realidad el ex juez José Domingo Allevato, quien era director de Asuntos Jurídicos y
tenía gran ascendencia tanto sobre Losada López como sobre Alonso.

Así fue que se estableció una sociedad de hecho entre Allevato y Losada López para el
reparto de sobres y sobresueldos, ya que el primero disponía de los fondos libremente
a condición de que el segundo firmara actas de “operaciones especiales”. Con estos
cambios, Allevato logró tener el control casi absoluto del área financiera,
convirtiéndose en el hombre más poderoso en el organismo después del secretario.

El bombardeo

Haya sido Alonso o haya sido Losada López quien le envió el fax de marras a Emir,
parece obvio que lo trató de alertar sobre una investigación en curso por parte de
algún otro servicio de inteligencia, nacional o extranjero, o incluso por un ala rebelde
de la propia SIDE. En tal sentido, cabe recordar que entre los motivos que precipitaron
la rápida salida de la jefatura de la SIDE del periodista (y veterano agente del Servicio
de Inteligencia del Ejército) Juan Bautista El Tata Yofre, estuvo que, no sin cierta
ingenuidad, le informó a Menem que Amira Yoma cobraba una tarifa a quienes pedían
una audiencia con él, y que en el Aeropuerto de Ezeiza su marido Ibrahim pasaba
equipajes, bultos y valijas eludiendo los rutinarios controles aduaneros.

Por lo demás, las medidas de seguridad con las que Emir procuraba que sus actividades
non sanctas no trascendieran hacía agua por todos lados. No se trataba solo de que

101
Aurelia Hoffman le hubiera mostrado ese fax a Lourdes; Emir también solía darse una
vuelta a la mañana por la famosa “mesa de los espías” del Florida Garden, cerca de sus
oficinas, para integrarse al cónclave que también había frecuentado Yofre hasta su
nombramiento al frente de la SIDE, y a la que solían ir periodistas-servis tan chismosos
como Guillermo Cherashny. Las animadas conversaciones de esa mesa, era vox populi,
solían ser grabadas desde mesas vecinas.

Además, estaban las mujeres. Lourdes le contó al autor que el 17 de marzo de 1992
Alfredo Yabrán llegó a las oficinas de Emir y se reunió con él junto a la ventana que
daba a la Plaza San Martín, y que cuando se produjo la explosión que destruyó la
Embajada de Israel exclamó: “¡Eso fue una bomba!”. Dijo Lourdes además que en sus
ojos azules no había congoja, sino excitación. Y después de lo de la AMIA, muy
angustiada y llorando, Amira le contó en la cama a un famoso periodista de absoluta
confianza de Alfredo Yabrán, que su familia estaba involucrada.

Está claro que Yabrán tenía clarísima la mecánica del atentado, y al parecer desde
antes de que ocurriera. Acorralado por la sucesiva defección de sus amigos en la CIA y
en el Gobierno, se mató… y alguien se robó su teléfono satelital para que no se supiera
con quién se había comunicado antes —se sospechaba que con Al Kassar—, aunque lo
único que trascendió fue que, entre otros, lo habría hecho con el anciano Samuel
Cummings, quizás el traficante de armas livianas preferido por la CIA, quien murió
poco después.

Al día siguiente, su apoderado, Wenceslao Bunge, le entregó a dos periodistas el texto


de una solicitada que Don Alfredo le había dejado para publicar y que terminó siendo
su texto político póstumo. Decía allí Yabrán, refiriéndose al asesinato del reportero
gráfico José Luis Cabezas —hecho que había precipitado su ruina—, que “un espantoso
crimen común fue politizado. Por unos y otros. Y también utilizado para tapar otros
hechos aun más terribles, como el bombardeo de la AMIA”.

El monje negro

102
Si Anzorreguy obedecía a Menem y sobreactuaba su obsecuencia a la CIA hasta el
punto de proponer la ruptura de relaciones con Irán, Corach, de quien dependía la
Policía Federal, era el cerebro del Gobierno y, siendo amigo de todas las partes
involucradas, fue naturalmente el pivot de la segunda fase del encubrimiento: el
reemplazo de los policías federales por los bonaerenses.

Las relaciones entre Anzorreguy y Corach no eran óptimas, entre otros motivos porque
según un periodista muy mimetizado con los servicios de Inteligencia, una cámara de la
SIDE colocada en un pasillo del Hotel Alvear había grabado al ministro entrando a una
habitación con una amante. El mismo autor sostiene que Mario Falak no era el
principal accionista del hotel ni de las Galerías Pacífico, sino un testaferro del banquero
David Sutton en ambos emprendimientos. Sutton era socio de Rubén Beraja en el
Banco Mayo, había sido su mayor auspiciante en el ascenso de Beraja a la presidencia
de la DAIA y —como ya se dijo— Beraja era y es íntimo de Corach, en una circularidad
que quita el aliento y alborota la sinapsis neuronal (ver “Los sospechosos de siempre”,
de Jorge Boimvaser, páginas 48-9 y 204-5). Al enterarse Corach, que en el Alvear se
sentía jugando de local, se había sentido violado.

El autor había sido demandado por Corach en el pasado a causa de haber escrito de
sus relaciones con Osvaldo Paqui Forese, el ex segundo de Aníbal Gordon en el sector
de la SIDE que protagonizó el principal capítulo del Plan Cóndor de coordinación
represiva entre las dictaduras del Cono Sur en 1976, cuando regenteó el centro
clandestino de detención, tortura y exterminio conocido como Automotores Orletti.
Forese se había reciclado como negociador paritario del Sindicato de Obreros
Marítimos (SOMU) y, según fuentes calificadas y quien fuera su segunda su mujer,
nada menos que el cerebro de la “Operación Langostino”, que en 1988 fue el mayor
decomiso de cocaína de la historia argentina.

A pesar de ello, quien escribe reconoce la diligencia y versatilidad de Corach, que fue a
Menem lo que el cardenal Richelieu a Luis XIII y encabezó, junto con Anzorreguy,
variados intentos de que el único detenido, Carlos Telleldín, acusara a inocentes
absolutos (al menos, de la voladura de la AMIA) a fin de desviar las investigaciones

103
hacia una vía muerta, hasta que consiguió que Telleldín acusara a Ribelli y a otros
policías bonaerenses, quienes permanecerían detenidos casi una década (lo que
posiblemente se merecieran, pero por otros motivos).

Vargas, el abyecto

El primer intento tuvo como protagonista al que quizá sea el represor más abyecto de
la dictadura genocida, el mayor retirado Pedro Héctor Vergéz, quien fue jefe del
Comando Libertadores de América, versión cordobesa de la Triple A dependiente de la
jefatura del Tercer Cuerpo de Ejército (es decir, del ex teniente general Luciano
Benjamín Menéndez), y que entre otras proezas encabezó el exterminio de las familias
Pujadas y Vaca Narvaja y la de un numeroso grupo de estudiantes bolivianos, y más
tarde, siempre en Córdoba, fue el jefe del campo clandestino de detención, tortura y
exterminio de La Perla, uno de los tres más grandes de la dictadura junto con los que
funcionaron en Campo de Mayo y en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Vergéz, alias Vargas, había sido compinche de otro asesino serial, el fallecido comisario
Raúl Pedro Telleldín, jefe del Departamento Informaciones (D2) de la policía
cordobesa, un centro clandestino de detención que solo le envidiaba a La Perla el
tamaño. El detenido Carlos Telleldín, su hijo, había sido, ya en democracia y durante un
breve lapso, agente del D2. A comienzos de 1995, Vergéz pretendió visitar a Telleldín
en la cárcel presentándose como familiar, pero como no pudo acreditarlo y no lo
dejaron entrar, la SIDE presionó al dócil juez Galeano, que los dejó reunirse en el
juzgado.

Como se comprobaría en el juicio, Vergéz se empleó a fondo, bajo la dirección de la


jueza Riva Aramayo e invocando a su padre, el fallecido comisario Telleldín, para que el
preso dijera haberle entregado la Trafic a dos muchachos brasileños hijos de libaneses,
Sergio Salem y Luis Alberto Nader, detenidos en Asunción junto a otros a los que se les
habría decomisado algún arma de puño y algunos “ravioles” de cocaína. Al parecer,
Nader y Salem se dedicaban a cultivar marihuana. La jugada era convertirlos en

104
combatientes de Hezbolá y ese marbete le pusieron desde un principio la mayoría de
los medios.

Vergéz le ofreció a Telleldín, en nombre del gobierno nacional, un millón de dólares y


su inmediata libertad, pero como no podía ofrecerle ninguna garantía de cumplir sus
promesas, luego de tres entrevistas la iniciativa fracasó.

Una nueva oportunidad

Llegó el lunes 12 de junio de 1995, cuando el ya mencionado serviperiodista Guillermo


Cherashny recibió dos balazos calibre 22 tan pronto salió de su domicilio en la calle
Juncal casi Callao. El jueves anterior, El Nuevo Informador, un pasquín de chismes de
los servicios, había publicado una nota suya que atacaba al renunciante secretario de
Acción de Gobierno, Esteban Cacho Caselli, un experto en pasillos vaticanos allegado a
Yabrán. En la tapa, Cherashny, que estaba cobrando en dólares recién impresos, le
atribuyó al presidente Menem la siguiente frase: “Lo invité a tomar mate y se quedó
con la pava”. Los primeros ejemplares fueron llevados de inmediato a la SIDE y al
Ministerio del Interior. Tan pronto vio uno, Corach se puso a presionar para que la
edición no fuera distribuida y lo consiguió. El semanario fue reimpreso con un artículo
también favorable a Domingo Cavallo, pero mucho más suave que el original. No
obstante, durante el fin de semana fueron distribuidas copias con el artículo original.

Un íntimo de Menem envió un ejemplar a Página /12, junto a la historia oculta del
artículo y su censura. Posiblemente haya sido el secretario general de la Presidencia
Alberto Kohan, que tenía estrecha relación con su director, Jorge Lanata. El diario
recién publicó la historia el martes 13 de junio, al día siguiente de que Cherashny fuera
baleado.

Los amigos de Cherashny y medios interesados “en conocer aunque más no fuere la
versión extraoficial del gobierno respecto al atentado, se hallaron ante una curiosa
respuesta. Un asesor de Corach señaló que Cherashny había sido objeto de amenazas
previas al atentado (...) para que no escribiera más sobre el tema de la AMIA”, escribió

105
Boimvaser, que siguió contando: “Pareció un absurdo. En la SIDE nadie se hizo cargo
de los dichos de Corach (...) Cherashny reposaba en terapia intensiva en el Hospital
Rivadavia cuando uno de sus socios político-periodísticos, Carlos Tórtora, asesor de
Corach, llegó al pie de la cama”.

Tórtora es un fascista de toda la vida, que en los 70 integró la Concentración


Nacionalista Universitaria (CNU), una banda de asesinos. “Decí públicamente que te
atacaron los terroristas islámicos a raíz de tus investigaciones por el atentado a la
AMIA”, le propuso a Cherashny. “No sé, prefiero acusar a Yabrán por el ataque”, dice
Boimvaser que le respondió Cherashny en épocas en las que casi nadie conocía a
Yabrán, quien todavía no había sido acusado públicamente por Domingo Cavallo.

Pero luego, pragmático, “Cherashny ofreció las dos versiones. Primero habló de
Hezbolá; después, de Yabrán”. Y cuando abandonó el hospital, el Gobierno le hizo un
generoso ofrecimiento: “A cambio de una denuncia formal responsabilizando al
integrismo islámico por el atentado, recibiría una suma de dinero para viajar a los
Estados Unidos a entrevistar a políticos y funcionarios de la administración Clinton,
ante quienes se presentaría como una víctima de la violencia pro iraní”, afirmó
Boimvaser.

La promiscuidad entre el judío laico e hijo de comunistas Carlos Vladimiro León Corach
y los filonazis Vergéz y Tórtora casa a la perfección con la —en principio para nada
censurable— mescolanza de hijos de árabes y de judíos en el entorno de los
sospechados Menem, Yoma, Yabrán y Al Kassar. Si Menem tenía entre sus principales
colaboradores a Kohan y a Corach, Yabrán era íntimo de Samuel Liberman y Yoma
tenía como testaferro a Aurelia Hoffman; como socios, ya se verá, a varios “paisanos”;
le confiaba su dinero a Pedro Stier y su contador era Rubén Darío Weiszman. Y, por
cierto, Monzer al Kassar tenía como principal socio en Marbella al británico Judah
Eleazar Binstock. Si Monzer había comenzado a vender municiones a los Montoneros
en 1973, Binstock le había vendido metralletas británicas a la Triple A de José López
Rega meses después. Por otra parte, Emir, Al Kassar, Yabrán, Beraja, Sutton y Falak
tenían en común su condición de turcos y muchos negocios cruzados.

106
Cuando en 1996 se festejó el 48ª aniversario de la creación del Estado de Israel en el
Hotel Alvear de Sutton y Falak , entre los asistentes se encontraban Jorge Antonio y el
comisario general retirado Jorge Silvio Adeodato Colotto, el mismo que había sido
candidato del partido neonazi de Alejandro Biondini. De haber estado Al Kassar en
Buenos Aires, es muy probable que hubiera aparecido por allí.

Presentar a los atentados como ataques judeófobos del “fundamentalismo islámico”


no fue más que otra cortina de humo: Dios, llámeselo Yavhé o Alá, no tuvo nada que
ver.

La cueva del Tío Alfredo

Volvamos a Lourdes, cuyo testimonio llevaría a prisión, aunque brevemente, tanto a


Carlos Menem como a Emir Yoma. Quien escribe la fue a ver dos veces a su
departamento. En la primera, estaba a punto de ser internada en un sanatorio de la
prepaga Medicus (es de suponer que el Otamendi), donde le iban a operar el maxilar
superior, aquejado de una infección generalizada, y tenía miedo de que pudieran
aprovechar la ocasión para matarla. La segunda vez fue tras esa operación.

El autor volvió a la carga con el fax que le atribuía las responsabilidades de los
atentados y del tráfico de armas y drogas y el blanqueo del dinero negro por ellos
producido al presidente Menem, a su cuñado Emir, a Yabrán y a Al Kassar. Ella ratificó
sus dichos, y ante insistentes preguntas dijo que lo único que recordaba haber leído en
letra más menuda era que hacía referencia a las reuniones que los cuatro habrían
mantenido “en un departamento de la avenida Córdoba al 1300, donde se habría
planificado el atentado a la AMIA”.

En un undécimo piso de Córdoba al 1300 estaban por entonces las oficinas de la


inmobiliaria Aylmer S.A., una de las pocas firmas que Alfredo Yabrán siempre
reconoció como propias. Yabrán se las había comprado en octubre de 1981 a Fundar
S.A. En nombre de esta ignota empresa firmó las escrituras el capitán de navío (RE)
Arnoldo Cennari, administrador de la Comisión Nacional de Reparación Patrimonial

107
(Conarepa): el instrumento utilizado por la dictadura militar para la usurpación
sistemática de bienes pertenecientes a opositores exiliados, detenidos o
desaparecidos.

Además de Aylmer, en esa oficina funcionaron Lanolec y Yabito, otras del puñado de
empresas que Yabrán reconocía de su propiedad. Y también ofició como primera
dirección legal de Bridees, la empresa que aglutinaba la crema de su guardia
pretoriana, cuyo nombre (una broma macabra) querría decir “Brigada de la ESMA” y,
efectivamente, estaba integrada por conspicuos represores del grupo de tareas de la
Escuela de Mecánica de la Armada, ya fueran ex marinos o ex miembros del Servicio
Penitenciario Federal (SPF). En esa misma oficina se habrían reunido en épocas del
Yomagate Amira y su todavía marido Ibrahim con el banquero saudí Gaith Pharaon,
según declaró ante el juez Baltasar Garzón el periodista argentino Norberto Bermúdez,
autor de La pista siria (La Urraca, 1993).

Lourdes también recordó que, en vísperas del atentado a la AMIA, el hermano de


Ibrahim al Ibrahim, Mario, quien había sido funcionario del Consejo de Aguas Potables
a las órdenes de Mario Caserta y vivía en Tucumán, vino a Buenos Aires. “Al día
siguiente lo llamó por teléfono a Emir para pedirle plata para regresar a Tucumán, pero
Emir no lo quiso recibir, y me dejó encomendado que le diera cien pesos. Cuando vino
a buscarlos, estaba con su hija, muy nervioso. A toda costa me quería demostrar que el
lunes 18 de julio había llevado a su hija al Hospital de Niños. Yo le dije que a mí no me
tenía que explicar nada, que lo único que le pedía era que me firmara un recibo y
tomara el dinero”, narró.
A Mariano Obarrio, en la nota ya citada, Lourdes le dijo que poco después de que se
mudaran de las oficinas de la calle Florida a las de la calle Paraguay había conocido al
contador Rubén Weiszman, que “le traía a Emir todas las sociedades uruguayas”.
— ¿También Hayton Trade, la intermediaria que operó en la compra de armas? —le
preguntó Obarrio.

108
— Todas —respondió Lourdes, que le recordó que Weiszman venía a Buenos Aires los
miércoles y regresaba a Montevideo los jueves. “Con Emir se reunían los miércoles a
las 16 y Weiszman pasaba previamente por el despacho de Aurelia”, puntualizó.
A Clarín, Lourdes le detalló que Emir era también propietario, entre otras sociedades,
de Quechol S.A., Dalal S.A. y Santín S.A. Santín es el apellido de la esposa de Emir y
Dalal el nombre de una hija de ambos. El diario puntualizó que en Dalal, Emir estaba a
asociado con la firma Costa Jardín que tenía la misma sede legal que Quechol —
asociada con Softex S.A.— en la calle Colonia al 800, de Montevideo, el domicilio real
del contador Weiszman.
A La Nación, Lourdes le repitió que había sido Cúneo Libarona quien le había
confirmado el vínculo entre su entonces jefe con el contrabando de armas, y que
Aurelia Hoffman le había confirmado que la cuenta de Daforel era de Emir.

Testigo en peligro
A medida que se iba desengañando de Menem, de Emir y de Cúneo, Lourdes
somatizaba. Primero fue un acusado bruxismo, el rechinamiento involuntario de los
dientes, incluso durante el sueño, que le provocó la caída de piezas y por fin una
infección generalizada, motivo de una fuerte discusión y último desengaño de Emir
cuando se negó a adelantarle el dinero del tratamiento. Luego llegó la fibromialgia,
esos fuertes dolores localizados en casi cualquier parte del cuerpo tan pronto se lo
presiona o roza.
A mediados de 1998 Emir dejó de pasarle una mensualidad. Sin dinero, Lourdes buscó
trabajo entre los conocidos, pero se le cerraron todas las puertas. Y en esta situación
comenzó a recibir llamadas amenazadoras. En medio de estas angustias, Lourdes
denunció ante la Justicia que la empresa Rail Air, cuya presidenta era Aurelia Hoffman,
era en realidad de Carlos Menem y de Emir. Mencionó como posibles testaferros de
Emir a Gustavo Gabriel Miglutzki, Carlos Press, Benjamín Suliansky y su hija Claudia,
dueños de la inmobiliaria City Brokers, con domicilio legal en las propias oficinas de
Emir. También que Emir y un contador de apellido Gamondez manejaban las
propiedades y finanzas de Zulemita Menem. Y puso la lupa sobre otras empresas como

109
Ocean Tours, con sede en el mismo edificio de Paraguay al 500, pero en el segundo
piso, a la vez que ratificó sus dichos sobre las ya mencionadas Dalai S.A. y Santín S.A.
Un informe de peritos del Banco Central había llegado a la conclusión de que había
variados indicios de que la coima de 400 mil dólares cobrada a través de la firma
offshore Daforel había pasado por Multicambio, la empresa de Pedro Stier de la que
también era socio Sergio Matalón. Lourdes recordó que “cuando se desató el
escándalo de las armas en el año 1996, recibía mensajes de Matalón o de Stier quienes
le pedían reunirse con Emir Yoma y le decían que no coincidían las fechas de las
operaciones y que necesitaban hablar urgente con él ya que se sentían apretados”. Y
agregó que “cuando Stier comenzó a llamar por teléfono para reunirse con Yoma, ya
intervino el contador de la empresa Yoma, Miguel Ángel Núñez, también el contador
Miguel Weiszman (…) Luego dos o tres mensajes que recibió de Núñez que le decía que
no convenía que cruzara el charco por el momento, mensajes que coincidían con los
que dejaba Weiszman…”.
Lourdes volvió a declarar en la causa Armas el 12 de abril de 2001. Sobre Multicambio
dijo que “la relación de Yoma con Pedro Stier comenzó a través de Mariano Cúneo
Libarona, que los presentó cuando ya estaban en la oficina de Paraguay. Que los
contactó a raíz de que Yoma necesitaba un millón de dólares, desconociendo por qué
motivos, y que Mariano, a través de Pedro Stier, se los consiguió. Que a la oficina del
Sr. Yoma el Sr. Sergio Matalón se comunicaba y hablaba con Aurelia Hoffman, que era
quien se encargaba de los aspectos contables y financieros del Sr. Emir Yoma (…) Que
cuando salió a la luz el tema de las armas Sergio Matalón llamaba con muchísima
frecuencia y hablaba con Aurelia. Que Aurelia le daba los mensajes para que ella se los
diera al Sr. Emir. Que los mensajes decían que se comunicara urgente con Sergio o con
Pedro. Que después de un tiempo que Emir no llamaba se comunicaba directamente
con ella Pedro Stier (…) Que no recuerda con precisión la fecha pero sí que en una
oportunidad el Sr. Emir recibió temprano en la mañana a Stier en su oficina y que en
otra oportunidad fue a verlo a Multicambio (…) Que más adelante según le refirió a la
dicente la Sra. Hoffman, el Sr. Yoma puso su propia casa de cambio y turismo llamada
Divisar S.A. que encabezaban Marcelo Spagnuolo y su padre Francisco Spagnuolo (…)

110
Que Susana Beatriz Hoffman (hermana de Aurelia) ocupó el lugar de gerente de la
empresa Divisar…”.
Al terminar su declaración, Lourdes volvió a pedir el resguardo de su integridad física y
la de su familia.

“Es una histérica”


La respuesta de Emir Yoma no se hizo esperar: denunció a Lourdes por extorsión.
Alegó que “por ser padrino de la hija de la Sra. María de Lourdes Di Natale, por dicha
relación afectiva, le pasaba diferentes sumas de dinero de su patrimonio personal en
tiempo indeterminado (…) Que a fines de julio principios de agosto de 1998 la Sra. Di
Natale le solicitó la entrega de veinte mil pesos para arreglarse la boca, lo cual le
pareció excesivo. Por lo que luego Di Natale se comunicó a su domicilio particular y le
expresó que si no le daba el dinero en cuestión iba a brindar información que lo
perjudicaría, tanto a la prensa como a Tribunales y que llamadas de igual índole le hizo
llegar a través de su hermana Amalia Beatriz Yoma y del médico personal de la
familia”, en tácita referencia a Alejandro Alito Tfeli.
Emir acompañó una copia del examen hecho a Lourdes por peritos del cuerpo médico
forense junto a los peritos de parte, informe que describe que ella “presenta cuadro
compatible con una personalidad histérica, circunstancia que merece la siguiente
consideración: de lo que surge de fojas 19/21 consta que la examinada presenta
características histéricas de la personalidad en un examen realizado en mayo de 1994
(a pedido de Cúneo y a consecuencias de sus reyertas) en el aquí y ahora surge la
referida personalidad histérica pudiendo comprenderse tal circunstancia de la
siguiente manera: la examinada a lo largo del tiempo, transcurridos casi cinco años ha
experimentado múltiples circunstancias de sobrepresión (pérdida laboral, afectiva y
económica). En consecuencia, debe admitirse que la referida personalidad ha debido
confrontar tales situaciones y el mecanismo para la adaptación de una nueva situación
vital es a expensas de los recursos defensivos y adaptativos de la personalidad, en este
caso los rasgos histéricos se cristalizan en un modo de ser”. Y en el punto 3 de las
conclusiones refiere: “No puede afirmarse que la examinada sea una persona

111
fabuladora, sin embargo debe decirse que las referidas personalidades son
compatibles con cierta tendencia a la producción de conductas fabuladoras debido a la
marcada ‘avidez de afecto’ que presentan…”.
La denuncia de Emir es paradójica. Niega la existencia de un vínculo laboral que los
peritos dan por sobreentendido existió (y de la que había decenas de testigos) y afirmó
haber sido extorsionado, para no ser involucrado en causas en que ya lo estaba. Pero
su importancia radica en que aparece lo que de aquí en más se repetirá como una
matriz automática: el presunto desequilibrio emocional de Lourdes. La descripción
médico-forense es de una ambigüedad carente de lógica. Ostensiblemente quiere
forzar un diagnóstico que fundamente supuestas fabulaciones, pero desiste de ello por
falta de pruebas. Y elude olímpicamente sumar 2 + 2 y llegar a la conclusión lógica de
que “la sobrepresión” que soporta es obra, sobre todo, del propio demandante… y de
su abogado.

Negaciones en cadena
Porque, al mismo tiempo, Lourdes tiene otro frente judicial abierto. Cúneo es también
destinatario de sus acusaciones. El 23 de abril de 1988 lo denuncia en la Comisaría 19ª
por incumplimiento en el pago de la cuota alimentaria de su hija Agustina. Cúneo será
sobreseído el 25 de junio del año siguiente y, poco después, el 4 de agosto, también en
una causa iniciada en una causa más grave. Lourdes lo había denunciado por haberla
arrojado “a la pileta ubicada en el natatorio sito en la calle Paraguay 2377 de Capital
Federal, conociendo que la misma no sabía nadar, motivo por el cual tuvo que ser
rescatada por la profesora de natación de su hija”. Asimismo, lo acusó de haberla
agredido con golpes de puño en la vía pública en el mes de abril de 1994, el mismo día
que ella le hiciera saber ‘que estaba embarazada, que el padre era él, y que tenía
intención de tener otro hijo del mismo, lo que le produjo la pérdida del feto’”. Al hacer
la denuncia, Lourdes dijo desconocer los datos de las personas que se encontraban en
el natatorio al momento de ocurrido el hecho, pero sí “datos significativos” sobre las
agresiones físicas sufridas de parte de Cúneo en abril de 1994. Por ejemplo, dijo que
“el médico ginecólogo que la atendía en esa época era Carlos Castells y que a raíz de

112
ello tuvo que concurrir a Medicus para que le quitaran las adherencias que le habían
quedado en las paredes del útero…”.
Sin embargo, cuando pidió que se convocara a la profesora de natación de su hija para
que saliera de testigo, el apoderado del natatorio se presentó a decir que no podían
hacerlo porque “no se guardan registros, aplicando un sistema de locación de servicio
por día con los profesores, no archivando los listados del personal contratado ni las
fichas de clientes”. Por otra parte, Medicus negó que ella hubiera recibido atención
médica en sus consultorios, y el ginecólogo Castells negó haber sabido que ella estaba
embarazada.
Lourdes también había denunciado a Cúneo por haber sobornado a un funcionario
judicial, Horacio Aostri, para que le impidiera ver tanto los expedientes iniciados por
sus denuncias contra él por agresiones físicas y violación de domicilio como llegar
hasta el juez. En este caso, por increíble que parezca, fue su propia abogada, Laura
Mosovich de Barros, quien declaró en su contra. Dijo que “bajo ningún punto de vista
compartía los dichos expresados por la denunciante, pese a haber sido su abogada (…)
que jamás tomó conocimiento de que el Dr. Cúneo Libarona entregara dinero al Dr.
Aostri” y que cuando el expediente “no les era exhibido se debía a que estaba a
despacho, lo que era comprobado por la misma al verlo posteriormente”.
Aun así, fusilada por la espalda por galenos y abogados, Lourdes no se rendía y
redoblaba sus embates. En 1998 había involucrado a Cúneo en una de las causas más
mediáticas de la época, la de las coimas (eufemísticamente llamadas “retornos”)
pagadas por los prestadores del PAMI, la obra social de los jubilados y pensionados. La
denuncia de Lourdes implicaba a Ramón Hernández, a Alito Tfeli y al propio
Presidente. La principal acusada era la ex presidenta de PAMI, Matilde (Svatetz de)
Menéndez, quien era defendida por Cúneo. Lourdes había declarado que en 1993 era
habitual que concurrieran a las oficinas de Emir y para reunirse con él Matilde
Menéndez y su hermana Marta, acompañadas de Cúneo y de Jorge Andrés Llampart
(quien había sido adjunto de Rodolfo Galimberti como representante de la Jotapé en el
Consejo Superior Peronista en los ya lejanos 70), y que en octubre de aquel mismo año
Cúneo y Marta Svatetz habían viajado a Ginebra a depositar dinero birlado al PAMI,

113
según le había dicho una ex miembro del directorio de esa obra social, Mirta Haydeé
Scilini. Esta información, había puntualizado Lourdes, también se la había confirmado
con lujo de detalles un primo de Menem, Gandi Hezze, quien también le había dicho
que “antes de que se desatara el escándalo que motivó la renuncia de Matilde
Menéndez, ella lo llamaba constantemente a él para que se comunicara con Tfeli”.
Lourdes agregó que Hezze “contaba en forma graciosa que la señora Matilde
Menéndez lloraba despatarrada sobre un sillón solicitándole que intercediera ante el
señor Presidente de la Nación, por la situación que estaba viviendo, y además
solicitando al Dr. Tfeli medicamentos para calmar su estado de histeria”.
Lourdes también afirmó que Scilini le había manifestado no haber tenido participación
en los hechos por los que había sido procesada y “que no decía la verdad de lo que
sabía por lealtad al señor Presidente de la Nación que era amigo de su marido”. Por
último, reiteró que cuando convivía con Cúneo Libarona, este “le había ratificado cuál
había sido el motivo de su viaje a Ginebra con Marta Svatetz”, es decir, depositar en un
banco helvético dinero distraído a la obra social de los jubilados y pensionados.
Sin embargo, a su turno, tanto Hezze como Scilini negaron haberle dicho nada a
Lourdes. Scilini incluso invirtió la historia: dijo que había sido Lourdes la que la había
llamado a ella, contándole el viaje de Cúneo y Marta Svatetz a Ginebra y diciéndole
que era para prevenirla y que no resultara perjudicada… y que ella no entendía de qué
le estaba hablando.
En fin, que esta denuncia como muchas otras hechas en el 2001 por Lourdes contra
Cúneo (por inducir a falsear un peritaje contable; por la falta de pago de la cuota
alimentaria de Agustina; por violación de los deberes del funcionario público,
encubrimiento, falsedad ideológica de documentos públicos, malversación de caudales
públicos y asociación ilícita, y por vejaciones, sadismo, tortura moral y psicológica y
daños) terminaría archivada.

El arrebato
Lourdes y Agustina vivían prácticamente recluidas en el departamento, pero tampoco
allí las cosas eran fáciles. Una disputa por humedad en una de las paredes la enemistó

114
con el consejo de administración, y el encargado del edificio, Miguel Pantín, comenzó a
hostigarla. La animadversión del portero hacia Lourdes no dejaría desde entonces de
acrecentarse.

Justo un año antes de su muerte, el 1º de marzo de 2002, el administrador Horacio


Marty denunció por escrito que Lourdes tenía sus facultades mentales alteradas, lo
que todos los periodistas que la visitaban sabían que no era cierto: Lourdes estaba
perfectamente orientada en tiempo y lugar, no fabulaba en absoluto y todo lo que
decía, ayudada por sus ya famosas agendas, era preciso, sin que jamás se aventurara a
añadir conjeturas —que, es de suponer, debía tenerlas— a los hechos desnudos.

En su escrito, Marty detalló una serie de incidentes que afirmó livianamente que
habrían sido provocados por Lourdes, pese a lo cual terminó admitiendo que a él no le
constaban, puesto que no había tenido contacto directo con los hechos que
denunciaba ni había visto a la Sra. Di Natale protagonizarlos, esto es que hablaba
instigado por terceros, como se dice en lenguaje coloquial, “por boca de ganso”. A
pesar de ello, solicitó la intervención de médicos forenses para que la examinaran y se
expidieran “sobre su salud y necesidad de internación”.

Automática y muy llamativamente, la titular de la Defensoría de Menores e Incapaces


N° 3 María Inés Coutinho se presentó entonces ante el juez y declaró que de acuerdo
al acta en el que se hiciera la denuncia (de Marty) y “en atención a lo que se desprende
de la misma en cuanto a que la Sra. Lourdes Di Natale (…) se encontraría con sus
facultades mentales alteradas, presentando conductas raras y que harían peligrar su
salud y principalmente la de terceros, y que a su vez se encontraría a cargo de su hija
menor Agustina Sol Cúneo Libarona, este Ministerio Pupilar en virtud de los intereses
que representa solicita con carácter de urgente pasen los autos al Cuerpo Médico
Forense a fin de que en el plazo de 48 hs los facultativos se constituyan en el domicilio
denunciado y examinen a la Sra. Di Natale debiendo expedirse sobre su estado de
salud, necesidad de internación (sic) y encuadre jurídico…”.

Es decir que en base a una declaración en la que el propio denunciante dijo que no le

115
constaba lo que denunciaba por cuenta de terceros, la defensora de menores dedujo
que Lourdes se “encontraría con sus facultades mentales alteradas” hasta el punto de
permitirse hablar de una “necesidad de internación”.

Las sombras evanescentes de Cúneo y de su patrón tiñen la escena cuando el 6 de


marzo, apenas cinco días después de la denuncia de Marty, el cuerpo médico forense
presentó al juez un informe de la visita que le había hecho a Lourdes. Dice que “…la
entrevistada refiere en actitud desconfiada el hecho de no saber los motivos del
presente examen, de no estar notificada de ello y en forma respetuosa, casi cordial, no
se ha prestado para el examen correspondiente. Sin desmedro de ello se mantuvo un
diálogo que permitió detectar rasgos paranoides y un uso inadecuado de los
mecanismos psíquicos de defensa sin llegar a manifestarse signos de productividad
psicótica, presenta signos distímicos con predominio depresivo”.

Después de aclarar que la entrevista fue tranquila y sin el menor atisbo agresivo a los
médicos legistas, estos concluyen que: “1) María Lourdes Di Natale presenta rasgos de
personalidad que se expresan en la forma clínica de Trastorno Paranoide; 2) al
momento del examen no se han evidenciado signos de peligrosidad inminente; 3)
requiere tratamiento psiquiátrico ambulatorio y cuidado por parte de familiares o
tercero responsable; 4) no es necesaria su internación psiquiátrica, habida cuenta de
su estado actual siempre y cuando se efectúe tratamiento psiquiátrico con continuidad
y responsabilidad; 5) su encuadre psiquiátrico queda sujeto a la evolución del cuadro”.

Más allá de que el diagnóstico forense recuerda a los psicólogos al paso que atendían a
personas angustiadas en la gran tienda (entonces no se llamaban shoppings) Gath &
Chaves a comienzos de los 50, debe destacarse nuevamente que todo se resolvió en
cinco días, sin notificar a Lourdes y sin un examen real: solo con unos minutos de
charla se la diagnosticó con trastorno paranoide (cosa que bien podría padecer
cualquier persona que se ha presentado a la Justicia y acusado a las más altas
autoridades del país de graves delitos y es intimidada telefónicamente casi a diario con
llamados que al ser atendidos nadie responde) a pesar de lo cual se aclara que “la
causante” no necesita la internación sugerida impúdicamente por la defensora de

116
Menores en base al insólito pedido del administrador del edificio.

El vértigo de los acontecimientos se acrecienta los días siguientes. Una nueva


denuncia, esta vez por ruidos molestos, ¡con allanamiento incluido en el curso del cual
es rota la puerta de servicio!, termina con Lourdes y Agustina trasladadas por el SAME,
el servicio de ambulancias de la Ciudad de Buenos Aires. Otro dato que surge de la
denuncia es la existencia de notas escritas por Agustina, por entonces de 9 años, que la
misma niña se había encargado de pegar en pasillos y ascensores, notas que
demuestran de modo irrefutable el apego a su madre. En ellas Agustina invocó los
derechos del niño y reclamó por la falta de limpieza en los pasillos del décimo piso
(Pantín, el encargado, salteaba su higiene so pretexto de su enemistad con Lourdes),
firmando “ASCL Di Natale”, es decir destacando el apellido materno.

Lourdes es citada por la Justicia y no concurre. Presenta un certificado médico que


demuestra que está en cama a consecuencia de la fibromialgia. Entonces aparece
nuevamente en escena la defensora Coutinho. Pide que en un plazo no mayor a 24
horas el Cuerpo Médico Forense se constituya en el domicilio de Lourdes para
constatar que el certificado médico se comparezca con la realidad, insiste en que los
legistas deben expedirse sobre la necesidad de internarla, y va más allá: afirma que
cuando Lourdes fue trasladada compulsivamente al Hospital Fernández junto con
Agustina, presentaba aliento etílico. Y que, en consecuencia, su conducta es riesgosa
para la menor, por lo que la guarda de Agustina le debe ser otorgada al progenitor,
Mariano Cúneo Libarona.

En fin, que Coutinho acusa a Lourdes de borracha y en base a ello propone que
personal femenino de la Policía Federal junto al Cuerpo Médico Forense intervengan
para proceder a separar a madre e hija. Y lo hace el 19 de julio, en plena feria judicial
de vacaciones de invierno y pidiendo que se habilite la feria para un proceso
perentorio. Tan perentorio que ese mismo día el pedido es recibido por el secretario
Félix de Igarzábal.

Tres días después se libraron los oficios judiciales para el cumplimiento de lo

117
ordenado. Y para sumar más despropósitos, se presenta ante la Justicia Cristian Cúneo
Libarona, representando a su hermano Mariano, quien, dijo, no se encontraba en
Buenos Aires (puede ser que fuera así, puede que no, pues la esposa de Cúneo no
aceptaba a Agustina en su casa) y se ofrece como tutor de la niña en su reemplazo. Ese
mismo día se notifica al oficial de justicia de la resolución que otorga la guarda de
Agustina Sol Cúneo Libarona a su tío. Y ese mismo 24 de julio, sin hesitar, se presentan
en el departamento de Lourdes policías femeninas de la comisaría 19ª, personal del
Cuerpo Médico Forense, el Oficial de Justicia y personal médico del SAME. Entrevistan
a Lourdes en el comedor mientras las policías femeninas permanecían con Agustina en
la cocina que, como ya se verá, daba a la puerta de servicio.

Lourdes nunca más verá a su hija.

El médico legista informa que Lourdes demostró “corrección, afabilidad en todo


momento. Sobre estos caracteres traduce una tonalidad de los afectos discretamente
depresiva, encontrándose dolorida (dolor físico, con dificultades en la deambulación y
al ponerse en posición de pie) como así una ritmicidad bradipsíquica que se atribuye a
los dolores que referimos y al efecto farmacológico de antiinflamatorios y analgésicos
en plan terapéutico indicado. Todo su discurso denota coherencia en la indemnidad de
facultades psíquicas superiores y cognitivas (…) Ha demostrado hacia su hija una
disposición y protección acordes a la función materna (tanto desde lo verbal cuanto
afectivamente) … cuando toma conocimiento que la pequeña ya no se encontraba en
la finca (fue esta vestida en sector de cocina) por las referencias de su letrado (a quien
habría llamado) y el oficial de Justicia, se mantuvo serena (y) preguntó donde
permanecería las próximas horas y comenzó a preparar ropas y libros pedidos por y
para la pequeña. Consideramos conveniente que en razón de todo lo expresado y
obtenido por exámenes la Sra. Di Natale inicie medidas de psicoterapia en régimen
ambulatorio no configurando sus condiciones de psiquismo fenomenología psicótica
como tampoco evidencia signológica de peligro de daño inminente…”. Todo para
concluir que, al momento del examen, Lourdes no pasa por estado de alienación
mental y que revela un cuadro depresivo leve. Es decir: que no hay ningún motivo para

118
haberle arrancado a su hija.

Así, con una intervención que en el propio informe deja claro que carece de motivos,
madre e hija fueron separadas, sin dejarlas siquiera despedirse.

Por el reencuentro

A partir de entonces, toda la vida de Lourdes estará dirigida a recuperar a su hija. Se


presenta ante la Justicia patrocinada por el abogado Adrián Russo y expresa que desde
que las separaron nunca pudo siquiera hablar por teléfono con ella; que la forma en
que le fue arrebatada Agustina no resulta entendible y que ha ocasionado un gran
perjuicio a ambas. La defensora Coutinho parece flaquear en su postura intransigente
frente a Lourdes el 12 de septiembre, cuando pide la intervención de un terapeuta
para iniciar la revinculación de madre e hija. Incluso se refiere en su escrito a la
posibilidad de reintegrar la tenencia a la madre. Pero la salud le juega una mala pasada
a Lourdes y fuertes dolores le impiden participar de una audiencia sobre medidas
precautorias (que deberían resolver las visitas de Agustina) a la que concurren su
abogado Russo y el de Cúneo, Gabriel Julián Chouela. No se acuerda un régimen de
visitas y es la última intervención de Russo como su abogado.

Lourdes presenta el 23 de octubre un escrito solicitando se revoque la guarda


provisoria otorgada al papá de su hija (en realidad, Agustina seguía viviendo con su tío
Cristian, ya que la esposa de Cúneo se negaba de plano a recibirla). La patrocina Alcira
Ríos, abogada de las Abuelas de Plaza de Mayo. Ríos nombra dos peritos de parte, el
licenciado Ricardo Rodolfo y el psicoanalista Juan Carlos Volnovich. Pese al nuevo
impulso que le da Ríos, y a los dictámenes favorables a la restitución de Agustina a su
madre por parte de los expertos, a Lourdes la Justicia le sigue siendo esquiva y los
tiempos se alargan.

A principios de diciembre de 2002, Cúneo presenta un pedido para sacar a Agustina del
país dos veces consecutivas entre fines de ese mes y el 10 de febrero de 2003. La
defensora Coutinho ¿arrepentida de su intransigencia original? autoriza la segunda

119
salida durante veinte días, entre el 20 de enero y el 10 de febrero de 2003 y supedita la
primera, entre fines de diciembre y el 20 de enero, a una previa revinculación con la
madre. Pero el reencuentro no se produce: Chouela, el abogado de Cúneo, interpone
constantemente recursos dilatorios y sobre el 23 de diciembre consigue una resolución
que le permite al padre sacar a la menor del país hasta febrero. Ese mismo día Alcira
Ríos interpone una apelación, pero ya es tarde: Cúneo ha salido del país con Agustina.

Ante lo inevitable, Lourdes se presenta a la Justicia para solicitar que se habilite la feria
para la revinculación el 21 de enero, cuando Agustina regrese de la primera parte de
sus vacaciones con su padre. El juez Lucas Aon firma entonces, con fecha 23, la
autorización para que Cúneo vuelva a salir del país con la niña entre el 30 de diciembre
y el 10 de febrero. Y una nueva apelación de Chuela le escamotea otra vez a Lourdes el
ansiado reencuentro.

“Ojo con abrir la boca”

Frustrada, tristísima, esquelética —pesaba 40 kilos—, Lourdes se refugia en la casa de


sus padres, a los que hace mucho no ve. Su madre está muy enferma, postrada. Sus
huesos se quiebran de nada y sufre muchos dolores. Aun así, el reencuentro con los
suyos tonifica a Lourdes, que permanece en San Rafael durante casi un mes y recupera
un poco de peso. Se esperanza imaginando el próximo reencuentro con Agustina. Le
dice a sus familiares que está amenazada pero les evita detalles: explica que no quiere
ponerlos en peligro. Decía que “estaba siendo amenazada permanentemente” y le dijo
a su madre que “era la última vez que se iban a ver porque la iban a matar”, recordó su
padre, Giuseppe, ante la jueza subrogante Fabiana Palmaghini.

Al fiscal Nisman, Giuseppe le dijo que al escuchar hablar al presidente Menem sobre el
atentado a la AMIA, Lourdes le dijo que estaba “indignada, que no podía callarse
habiendo 85 muertos, que los responsables tenían que asumir su responsabilidad”.
Dichos estos que el padre de Lourdes amplió en un diálogo con el periodista Jorge
Urien Berri, de La Nación. Dijo en esta ocasión que “una vez que Menem habló por

120
televisión sobre la AMIA, ella se puso como loca y llamó a la Casa Rosada para hablar
con él, pero no le hicieron caso”. Y que entonces le comentó: “Papá, solo yo sé del
remordimiento por las 85 personas que murieron”. Dijo también que en 1994 Lourdes
le dijo que “cuando voló la Embajada de Israel, Al Kassar estaba aquí y que le dijo a
ella: ‘Ojo con abrir la boca’”.

Para Giuseppe, Lourdes siempre quiso “proteger a su familia manteniéndola alejada de


cualquier información sensible” por lo que nunca “nos reveló sus conocimientos
porque sabía lo peligroso que podía resultar”. Sabía de qué hablaba. Porque poco
después de la muerte de Lourdes, él mismo había sido amenazado.

La profecía

En este contexto, Lourdes no les dijo nada a padres y hermanos de un lúgubre episodio
ocurrido a principios de diciembre, cuando encontró tirado junto a la entrada de
servicio del departamento, envuelto como para regalo, un libro de poesías, Aceptación
de la locura, de la argentina contemporánea Nené D'Inzeo (Corregidor, 1991). Bastó el
título para que lo considerara una amenaza y unos minutos —que utilizó para
preguntarle al portero si él lo había dejado, lo que negó— para confirmar que no
estaba equivocada. No se sabe si Lourdes lo hojeó o no, solo que lo metió junto con el
papel de regalo con que había sido envuelto, las cintas y el moño en una bolsa negra
de residuos y se lo hizo llegar a su nuevo abogado, Rodolfo Chimeri Sorrentino, con
una nota manuscrita en un papelito amarillo: “Le envío el libro que me dejaron en la
puerta de la dependencia de servicio. El encargado no lo recibió. Las huellas digitales
deben estar tanto en el libro, el papel de regalo o en la cinta. Por favor, averígüelo”.

El abogado repararía que había un papel blanco a modo de señalador entre las páginas
16 y 17. En la primera había un poema llamado Espejismo de mujer, en la que una
fémina enloquecida se arrojaba por una ventana: “Es decidirse a caminar hacia abajo
(...) Arrastró su humanidad / ya muerta / hacia la ventana/ baldosas grises estampan
su rubí / carne, sangre, huesos...”.

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Lourdes no le dijo a su familia nada puntual sobre esta amenaza cuya monstruosa
perversidad no podía dimensionar lo suficiente pero, aun así, antes de volver a Buenos
Aires le dijo claramente a su padre: “Me van a matar, papá”. Y él, atribulado,
recordaría que apenas atinó a responderle: “Quedate con nosotros”, a lo que ella
respondió: “No puedo, tengo que ver a Agustina”.
Lourdes regresó a la Capital con la ilusión de reencontrarse con su hija. Y el 25 de
febrero tuvo una gran alegría: un oficio judicial le notificó que el 4 de marzo tenía una
cita de reencuentro con Agustina. El juez había decidido que tuviera lugar en La Casa
Verde de la Fundación Por la Causa de los Niños.
Había que pasar apenas una semana, pero tan pronto recibió el oficio las amenazas
recrudecieron. Giuseppe le diría a la jueza Palmaghini que “Lourdes me llamó para
pedirme que viniera porque recibía cada vez más amenazas de personas extrañas que
incluso la seguían cuando hacía los mandados”. Y agregó, dolido: “Yo no pude venir
porque mi esposa estaba postrada y no tenía dinero”.
El viernes 28 Lourdes llamó a Urien Berri, quien la había entrevistado en varias
oportunidades y con el que mantenía una relación cordial y afectuosa. Sabía que el
periodista viajaba frecuentemente a Uruguay, y le dijo que la próxima vez que lo
hiciera necesitaba un favor, sin aclararle de qué se trataba. Para conversarlo, quedaron
en verse el lunes 3 en su departamento.

Muerte y sevicias

Al anochecer, al menos dos personas ingresaron a su departamento. Alguien debió


abrirles la puerta de calle. Y la del 10º C era fácil de forzar: desde el allanamiento de
mayo de 2002, en el que había sido violentada, estaba apenas trabada con un bastón
sobre el picaporte y una mesa. La penosa situación económica que atravesaba le había
impedido a Lourdes repararla. Una mujer enferma de 43 años y poco más de 40 kilos
no podía ofrecer mucha resistencia. Lourdes, que a pesar de las difamaciones no bebía
alcohol, seguramente golpeada fue obligada a ingerirlo en gran cantidad, equivalente a
una botella de un litro de whisky de 39º. La autopsia arrojaría que tenía 3,5 gramos de

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alcohol por litro de sangre, más que suficiente para un coma etílico (¿estaría ya
desmayada?), que le imposibilitaba permanecer de pie. El departamento fue puesto
patas arriba, todos los cajones fueron abiertos y su contenido desparramado por el
suelo. Lourdes solo tenía puesta una bombacha gris y un corpiño color natural cuando
la arrojaron desde el minúsculo cuarto de servicio hacia el patio interno, como
siguiendo al pie de la letra el poema de D’Inzeo.

Ese día se cumplía un año exacto desde que había sido denunciada por el
administrador Marty, el primero en sugerir su internación por cuenta de otros no
identificados. Faltaban dos semanas para que tuviera que declarar en la causa por la
voladura de la fábrica militar de Río Tercero. Y apenas tres días para que se
reencontrara con Agustina, a la que hacía más de siete meses que no veía.

El cuerpo recién sería encontrado por el sereno alrededor de las 20.30, luego del
anochecer. La puerta del patio-pulmón había sido forzada. Junto al cadáver había un
cuchillo Tramontina de los grandes, de cortar pan. La partida de defunción diría que la
muerte se produjo por politraumatismos y hemorragias internas y externas. Todos los
diarios informaron que la ex secretaria de Emir Yoma se había suicidado, y el juez
Farías —el mismo que había tenido a su carga investigar sus denuncias contra Emir por
las exportaciones ilegales de armas— abriría un expediente caratulado “averiguación
de suicidio”.

Poco después, y como esa versión no cerraba para nadie, se pasó a la carátula de
accidente, con la hipótesis de que Lourdes, borracha, habría intentado equilibrios
imposibles a fin de dejar a los vecinos sin TV por cable. Una nota de la revista Para Ti
compendiaría los prejuicios y difamaciones que a modo de brochazos de bleque se
habían lanzado sobre Lourdes, hasta dejarla inerte, indefensa ante la muerte.

“’¡Otra vez, la loca de los cables!’. Primero lo dijo un vecino, después otro. La misma
frase se repetía en los pasillos de los tres edificios de Mansilla al 2400, y en los de toda
la manzana. Era el miércoles 26 de febrero, faltaban minutos para que comenzara el
partido Boca-Colo Colo por la Copa Libertadores y todos se habían quedado sin señal

123
de cable. No era la primera vez que pasaba. La cuadrilla ya había ido 17 veces para
reinstalar la señal. Y el culpable tenía un nombre: Lourdes Di Natale. Es que la del 10º
C, como le decían, tenía problemas con el consorcio del edificio y —a modo de
represalia— se dedicaba a cortar los cables. El sábado 1º de marzo, según los primeros
informes policiales de la comisaría 19ª, Lourdes habría intentado hacer lo mismo.
Subida a un banquito, se habría asomado por la pequeña ventana del lavadero/cuarto
de servicio (un metro y medio por un metro de ancho). Lourdes, la ex secretaria de
Emir Yoma, la amante del abogado mediático Mariano Cúneo Libarona, la misma que
tenía que presentarse a declarar en el sonado juicio de las armas, habría sentido
vértigo, trastabillado y caído al vacío. A las 20.30, el sereno encontró el cuerpo,
semidesnudo —solo tenía ropa interior— en el patio interno del edificio. Junto al
cadáver, había un cuchillo filoso y largo de los que se usan para rebanar el pan. Arriba,
en una mesa del departamento quedó —intacto— un vaso de limonada”.

Un vaso de limonada. Y ningún envase de bebidas alcohólicas.

Así, la Historia Oficial pretendía que Lourdes (que, prácticamente en la indigencia,


carecía de TV paga) cortaba los cables sistemáticamente en protesta porque el
consorcio no le arreglaba las humedades que estaban destruyendo su departamento.
Un absurdo incomprobable, ya que cuando muy tardíamente se hicieran pericias
quedaría demostrado que los dichosos cables pasaban muy lejos de esa ventana, por la
medianera, y eran inalcanzables para Lourdes, que vivía en el último piso. Y que, sin
embargo, podría haberlos cortado con facilidad y sin dejar rastros desde la azotea, en
la que solía tomar sol.

Por lo demás, el cuchillo, de casi 30 centímetros, no tenía sus huellas digitales ni signos
de haber caído desde el décimo piso. Por lo que, más bien, parecía haber sido
depositado en el patio antes o después de la caída de la infortunada Lourdes.
Curiosamente, al parecer, como ya se verá, la cerradura de la puerta de entrada estaba
rota ¿con la llave adentro?

Gracias a un meduloso escrito presentado a la Justicia a fines de marzo de 2005 por el

124
abogado Rodolfo Chimeri Sorrentino pidiendo que se desarchivara y reabriera la causa,
existe un relato bastante preciso acerca de cómo se fraguó la Historia Oficial. Chimeri
le pidió a la Cámara “la reapertura de este expediente”, precisando que no pedía “la
reapertura de la investigación” porque “no ha habido aquí investigación por parte del
tribunal inferior, sino un intento vano e infundado de demostrar, contra todas las
evidencias, que la muerte de María Lourdes Di Natale obedeció a un accidente, con
exclusión de otras hipótesis, y muy especialmente con exclusión de la hipótesis de un
homicidio, que es la que sostengo y considero probada”.

Para demostrarlo, Chimeri reconstruyó lo sucedido a partir de la muerte de Lourdes.

Irregularidades, falsedades y omisiones

Todo había comenzado pasadas las 20.30 con la llegada del sereno o portero de noche,
Yaroslaw Mocinczuc, quien encendió las luces, vio al cuerpo y llamó al portero, que se
había recluido en su hogar. Pantín llamó a la Policía. Antes de las 21 llegó en un
patrullero la subinspectora María Etcheverry, jefa de Calle de la comisaría 19ª, quien
informó oficialmente al Comando Radioeléctrico del hallazgo del cadáver de una mujer
presuntamente “arrojada al vacío”, así como que el cuerpo se encontraba en un
pequeño patio, en el fondo del edificio, dónde también se observaba “un gran
ventanal de vidrio con la parte inferior rota”, y que el encargado Pantín le había dicho
que “la había roto él al intentar abrirla, luego de romper la llave”.

Sin embargo, al prestar declaración, Etcheverry rectificó este punto. Dijo que no se
trataba de que Pantín le hubiera dicho que había roto el vidrio “de la puerta de acceso
al pulmón del edificio”, sino que lo había roto en su presencia, tras decirle que se le
había roto la llave. Y que luego los tres, el portero, el sereno y ella, habían subido al
10º piso, donde encontraron que la puerta de servicio del departamento C “se
encontraba dañada y entreabierta, más o menos 0,5 cm.”, por lo que, “presumiendo
que podrían encontrarse en su interior autores de algún ilícito, procedió a entrar al
mismo (es de suponer que pistola en mano) en presencia de los dos testigos”,

125
encontrando una silla caída detrás de la puerta entreabierta que daba a la cocina, y el
departamento “en total desorden”.

Entra aquí en escena el principal Fernando Ernesto Cuartero, jefe de Servicio del
Cuarto 1º (parece un chiste, pero no lo es) y como tal encargado de labrar las
correspondientes actuaciones. Cuartero escribió que María Etcheverry le habló de un
posible suicidio, lo que contradice abiertamente lo que ella habría de declarar.
Llegados a este punto, Chimeri destacó que “las irregularidades, falsedades y
omisiones rayanas en el encubrimiento” comenzaron “a fojas 1” con el acta labrada
por Cuartero. Y agregó que podía probar que Lourdes “no estaba alcoholizada”, que
“no subió a la silla, que no intentó cortar los cables de televisión, que el cuchillo no era
suyo y que la arrojaron por la ventana… con vida, pero inconsciente, tras golpearla y
buscar, los autores del crimen, algo en su departamento”.

Palabra santa

El abogado destacó con amargura que se hubiera considerado “palabra santa a lo largo
de todo este sumario” la del portero Pantín pese a su “franca animadversión” a
Lourdes. Para empezar, Cuartero —continuó— no especificó, como era “su obligación,
las características del ventanal” supuestamente roto por Pantín. Es decir, “si una parte
es fija y otra móvil, si son dos puertas corredizas o dos paños fijos con una puerta
central”, ni verificado que la cerradura realmente estuviera rota, ni hubiera un pedazo
de llave en ella, ni explicado si los vidrios rotos habían caído en el patio o en el pasillo,
al final del hall. En síntesis, Chimeri destacó que Cuartero no había constatado la
veracidad de los dichos del portero ni tampoco tomado fotos del vidrio roto ni de la
cerradura, supuestamente rota. No era ese un asunto baladí, insistió, porque ni el
vidrio roto ni sus pedazos aparecían en alguna de las fotos que se tomaron.

Citó seguidamente a Cuartero, quien informó que la oficial Etcheverry llegó al lugar “al
cabo de unos minutos” de haber sido convocada, y que lo primero que hizo fue
tomarle los datos personales a Pantín y Mocinczuc, para recién luego ir a ver el cuerpo

126
y el lugar en el que se encontraba. El abogado dijo que en ese punto se entraba de
lleno “en el meollo de lo que podemos llamar la historia oficial de este caso o su
verdad formal: el cable de televisión” que Lourdes habría querido cortar. Porque
desdeñando ver la escena del posible crimen —es decir, el lugar donde Lourdes, según
todo indicaba, había sido arrojada al vacío—, Cuartero había ido directamente a la
terraza.

La ronda de los cables

“Dice el principal Cuartero: ‘El (sic) oficial Etcheverry refirió que momentos antes (de
su llegada) había arribado la ambulancia del SAME del Hospital Durand a cargo de la
Dra. Martire quien constató el deceso y se retiró”. Había continuado el oficial principal:
“La Unidad Criminalística se hizo presente momentos después y efectuó las primeras
diligencias sobre el lugar adonde estaba el cuerpo y luego en el departamento de la
occisa”. Y prosiguió: “Juntamente con el portero se accedió a la terraza, observándose
solo unos cables cortados a la altura de la terraza, pertenecientes a la señal de cable. El
encargado mencionó que los cables los había cortado la empresa de video CV
(Cablevisión) y MC (Multicanal), dado que a principios de febrero Di Natale los había
cortado a la altura de la ventana pequeña descripta”, por la correspondiente al cuarto
de servicio, y que nuevamente “el jueves pasado Di Natale había vuelto a cortar los
cables a la altura de su ventana, dejando sin señal de cable a dos manzanas, por lo que
las empresas mencionadas hicieron pasar los cables por la medianera, para evitar que
la misma los volviera a cortar”.

Chimeri destacó que, de acuerdo a los propios dichos del instructor policial, “desde el
jueves 27 de febrero los cables de televisión fueron colocados sobre la medianera,
lejos de la ventana de Di Natale: detrás del ángulo del edificio, fuera de la vista y del
alcance de quien se asomara desde la ventana de esa pequeña habitación del 10º C
desde donde se dice que cayó la mujer”.

Cuartero había informado que de la terraza había ido al departamento, “ingresando

127
por la puerta de servicio, la cual se hallaba dañada”, y que en la ventana de la pieza de
servicio “se observan unos cables que pasan por el costado de la misma,
pertenecientes al parecer de señal de TV”.

El abogado destacó que, según la instrucción, Lourdes se había parado sobre una silla y
asomado a la ventana en procura de cortar esos cables, pero que entre otras muchas
irregularidades las fotos mostraban la silla, no junto a la pared, sino retirada unos 25 o
30 centímetros y oblicua a la misma.

Trabajo a desgano

Señaló luego que por todo el departamento había tirados múltiples objetos y en
particular muchos libros, lo que era compatible “con una búsqueda frenética y
desprolija de algo”. Cuartero se había comunicado con Ana Herrera, secretaria del
fiscal Donoso Castex (actual presidente de la Asociación de Fiscales y organizador del
18-F), quien le pidió que tomara declaración a los ocupantes del edificio (tres
departamentos por piso) para saber si habían visto o escuchado algo. Es más que
evidente, clamoroso, que Cuartero lo hizo de muy mala gana porque, para empezar, se
salteó los del 10º piso, es decir, los vecinos directos de Lourdes.

Su informe fue así: “9º piso: están de vacaciones; 8º: no viven en el lugar; 7º: no
responden a los llamados; 6º: se encuentran de vacaciones; 5°: no responden a los
llamados, 4º: se entrevistó a la Sra. Avaca, quien refirió no haber escuchado nada; 3º:
desocupado; 2º: de vacaciones y 1º: No responden a los llamados”... Como si solo
hubiera un departamento por piso y no tres.

El abogado destacó que de un total de treinta departamentos, Cuartero solo había


tocado timbre en nueve, e informado que en ocho no había nadie… “razón de más
para haber realizado una búsqueda más exhaustiva”. Y destacó que esa “llamativa
liviandad no se compadece con la frase escogida por Cuartero tras aquella
enumeración de su frustrante búsqueda ‘a tristeza” de vecinos que pudieran
atestiguar: ‘Se inician actuaciones caratuladas Muerte sospechosa de criminalidad’

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(sic)”.

“¡Cuántas irregularidades, Excelentísima Cámara, en tan solo las dos primeras fojas de
este expediente vergonzoso!”, enfatizó Chimeri. Irregularidades que se habían
agravado a partir de la foja 3, donde comienza la declaración testimonial de
Etcheverry, quien —lejos de haber dicho que creía que Lourdes se había suicidado,
como había afirmado Cuartero— dijo que al encontrar la puerta de su departamento
entreabierta temió que se encontraran adentro “autores de algún ilícito”, en obvia
alusión a quienes la habían tirado por la ventana del cuarto de servicio.

La oficial Etcheverry también declaró que “Pantín procedió a romper el vidrio de la


puerta de acceso al pulmón del edificio”, sin aclarar con qué la había roto, ni si se
trataba de una apertura que dejara pasar a una persona, algo muy raro, puntualizó
Chimeri, ya que “si la llave de la puerta de acceso al patio estaba rota, ¿cómo hacía el
encargado para limpiarlo?”. Además, puntualizó, si una llave está rota no abre de
ninguno de los dos lados” y en ese caso “se supone que se debió haber llamado a un
cerrajero”.

Una hora antes

Las declaraciones de los oficiales Etcheverry y Cuartero se contradicen. Etcheverry dijo


haber llegado al lugar alrededor de las 21.15; que a las 21.45 llegó la ambulancia del
SAME y que a eso de las 22 lo hizo la Unidad Criminalística. En cambio, Cuartero
declaró que recibió el primer aviso ¡a las 23! y que fue entonces cuando se dirigió al
lugar. Pero en su acta inicial había informado que, al llegar, Etcheverry le había
comentado que “momentos antes había arribado la ambulancia del SAME”, y agregado
que él mismo había visto llegar enseguida a la Unidad Criminalística, de lo que se
deduce necesariamente que —como Etcheverry había informado de la existencia de
una mujer muerta entre la 21.20 y las 21.40— Cuartero debió haber llegado entre las
21.45 y las 22.00. Es decir, una hora o más antes de lo que declaró.

¿Qué ocultó al falsear la verdad tan groseramente? “Se da entonces la circunstancia

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excepcional de que (Cuartero) estuvo en el lugar de los hechos antes de ser informado
sobre lo que ocurría o que mintió”, lo lapidó Chimeri en uso de la lógica más
elemental. El abogado destacó que estaba comprobado que los policías requisaron
ilegalmente el departamento y que prueba contundente de ello es que uno de los
efectivos, el cabo 1º Leonardo César Verón, se robó en esa faena el celular de Lourdes.
“Pero la irregularidad básica y primordial (…) consistió en que ni Etcheverry ni Cuartero
franjaron el lugar” hasta la llegada de los criminalistas “y deambularon tanto por el
patio como dentro del departamento con dos testigos, contaminando esos sitios y
variando la posición original de objetos”, escribió.

Pantín, el odiador

Después de dirigirlos a Cuartero, los cañones dialécticos del abogado apuntaron a


Pantín pues, destacó, los dichos del portero marcaron el camino: “Es lo que dirán luego
el fiscal y el juez instructor al pedir el primero y resolver el segundo el archivo de la
causa”. “Pantín miente y lo demostraremos punto por punto”, anunció. Transcribió
seguidamente sus declaraciones iniciales, en las que nada había dicho sobre el vidrio
que supuestamente había tenido “que romper para acceder al patio, ni de la llave
rota”, algo que nunca se investigó.

El portero dijo que al subir al 10º piso observó “la puerta de servicio rota, semiabierta”
y que sabía que Lourdes la cerraba poniendo “una mesa detrás, que la mantenía
arrimada, dado que carecía de picaporte” y, en consecuencia, apuntó Chimeri, desde el
mismo momento en que Etcheverry la encontró “semiabierta y sin la mesa detrás que
la mantuviera cerrada, alguien, y no el personal policial (al menos no en sus horas de
servicio) había estado allí además de Di Natale”, ya que, como es obvio, al salir, al
incursor o incursores les había sido imposible arrimar la silla para que quedase
sujetando la puerta.

Destacó Chimeri que el portero describió la piecita por cuya ventana Lourdes había
caído afirmando que mirando por ella se observaban “unos cables de señal de TV que

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habían sido colocados del lado de la medianera por personal de CV y MC para que la
ocupante no los volviese a cortar”. Y enfatizó: “Se supone que el encargado Pantín
nada entiende de investigación criminal. Sin embargo, aquí plantó la gran mentira de
este caso”. A continuación, y valiéndose de una serie fotos, Chimeri demostró que “si
los cables habían sido colocados del lado de la medianera para que no los volviesen a
cortar, es imposible que se vieran a la izquierda de la ventana”, tal como había dicho el
portero. “Pantín miente. Cuando el 5 de marzo de 2003 se realizó una inspección, los
cables aún estaban detrás de la medianera”, escribió.

El escrito aquí presenta un salto, ya que el abogado cambia de tema para referirse al
presunto alcoholismo o adicción a las drogas de Lourdes, y después retoma el crucial
tema de los cables de TV. Pantín había mentido de manera aviesa al decir que Di
Natale “habitualmente estaba alcoholizada o bajo los efectos de alguna droga a su
criterio, no viéndola normal”, con lo que introdujo “otra enorme mentira, esencial en
la historia oficial del caso: el falso alcoholismo, porque no solo no se hallaron bebidas
alcohólicas en el departamento, ni envases vacíos, sino que tampoco de la autopsia
surgió alguna de las habituales consecuencias físicas que indujera a pensar que era una
etílica crónica. Del resto de las declaraciones de las personas que de una forma u otra
tenían trato más frecuente con ella surge de forma categórica y fehaciente que no
tomaba bebidas alcohólicas: solamente mucho mate. Y tampoco hay estigmas de
alcoholismo en la historia clínica de Di Natale en Medicus”, escribió el abogado.
“Tampoco —continuó— se encontraron psicofármacos entre los medicamentos
hallados en su departamento ni ninguna otra droga que ejerciera efectos sobre el
sistema nervioso central, de tal manera que sus actitudes y comportamiento pudieran
ser observados como bajo los efectos de alguna droga”.

Dicho esto, Chimeri volvió a los cables de TV. Recordó que el encargado había
declarado que el jueves anterior a la muerte de Lourdes el instalador de Cablevisión
colocó “nuevamente los cables del lado de la medianera para que no pudieran ser
nuevamente cortados por Di Natale”. En esa ocasión, había seguido diciendo Pantín, el
instalador “le dijo a la propietaria del departamento 4º C que, tal como estaban

131
colocados los cables esta vez, si (Lourdes) intentaba cortarlos se iba a matar”, puesto
que “los cables que ahora se ven que pasan por el costado de la ventana eran los que
habían colocado del lado de la medianera, por lo que obviamente intentó cortarlos
nuevamente”.
“Aquí, Pantín termina de redondear la historia oficial de la que la instrucción no se
apartará. Pantín deduce, Pantín afirma, Pantín relaciona. Pantín miente. Es obvia en
todos en su testimonio la franca animadversión que sentía por Di Natale. Obvia hasta
en su forma de expresarse. Pero lo que dice sobre la ubicación de los cables detrás de
la medianera confirma que ella no solo no los alcanzaba, sino que tampoco podía
verlos”, subrayó el abogado, que citó varios testimonios para afirmar que en su nueva
ubicación era imposible cortar los cables desde ese ventanuco, pero en cambio se
podían cortar fácilmente desde la terraza, a la que Lourdes tenía acceso.
Obsesionado con las mentiras impunes de Pantín, el abogado recordó que el
encargado había jurado que durante la tarde de aquel día, desde las 16 hasta las 20.30,
había permanecido en la puerta del edificio, y que no había visto “entrar ni salir
personas extrañas al edificio, ni escuchó gritos durante la tarde, ni peleas, ni nada
extraño”.

“Vuelve a mentir”, enfatizó Chimeri. “Analizando las declaraciones del sereno


Macinczuk vimos que cuando llegó a tomar su servicio a las 20.30, Pantín no estaba en
la entrada de la puerta, ni en el garaje, por lo que el horario referido se torna en falaz
(…) desde las 20 hasta las 20.30, o tal vez antes de las 20.00, no hubo nadie en la
puerta del edificio que pudiera constatar la entrada o salida de alguna persona
extraña. Tratándose de una investigación en la cual se sospechaba de criminalidad, la
instrucción no hizo ninguna averiguación respecto de la contradicción que encerraban
ambas declaraciones, la del sereno y la del encargado respecto de sus horarios.”

Del mismo modo, siguió diciendo Chineri, el sereno nada dijo “de un detalle tan
importante que le permitió al personal policial ingresar al patio: la rotura del vidrio de
la puerta de acceso al patio interno (…) Etcheverry dijo que Pantín rompió el vidrio en
su presencia. Pantín no dijo nada, y el sereno Macinczuk, tampoco. Cuartero dijo que

132
Pantín le dijo que había roto el vidrio” y el cabo Leonardo Verón, el ladrón, que Pantín
rompió el vidrio en su presencia.

La vecina Avaca había dicho que al “escuchar ruidos de vidrio se asomó a la parte
interna del edificio, viendo que estaba todo oscuro, ya que no había nadie en el
edificio. Más tarde volvió a asomarse por la ventana, viendo el cuerpo de Lourdes”. Al
respecto, el abogado señaló que nadie había especificado “en qué momento Pantín
rompió el vidrio. ¿Antes de que llegue la Policía? ¿En presencia de Mocinczuk? ¿Con
qué elemento? Aun rompiendo el vidrio, ¿cómo pudo abrir la puerta si estaba cerrada
y la llave rota?”. Tampoco la oficial Etcheverry había aclarado “en qué momento
ocurrió, ni lo documentó fotográficamente”.

“Si la vecina Avaca, al escuchar los vidrios rotos se asomó a la parte interna y no vio
nada porque estaba todo oscuro —siguió razonando Chimeri—, es porque ello ocurrió
antes de la llegada de la Policía e incluso de la de Mocinczuk, ya que este último al
llegar prendió las luces del patio, por lo que Avaca tendría que haber visto el cadáver
en la primera oportunidad que se asomó”. Si lo había visto recién en la segunda
oportunidad, continuó, fue “porque aún no había llegado la Policía, ya que surge tanto
del relato de Cuartero como del de Etcheverry que lo primero que hicieron fue ir al
patio” a ver el cadáver.

El abogado recordó que aquel día era 1º de marzo, aún verano, y concluía un día
tórrido. Y que si se tenía “en cuenta la longitud del corredor desde la entrada del
edificio hasta el patio final” calculada en 25 metros por Cuartero, la entrada al patio
necesariamente “debía haber estado abierta para que circulara el aire” ya que había
que tener en cuenta que “la mesa y la silla que utilizaban tanto el encargado como el
sereno están justamente cercanos a este ventanal”.

No se trata solo de que en las fotos tomadas en el lugar no se observaran restos de


vidrios, sino que tampoco la médica legista los había mencionado, y Chimeri se
preguntó si en verdad había habido rotura de vidrios. Atento al testimonio de la señora
Avaca concluyó que “algo de vidrio se rompió antes de la llegada de la Policía.

133
Entonces, la única explicación que resta es la siguiente: hubo vidrios rotos pero no
eran los de la puerta; Pantín fingió una rotura para simular que ingresaba al patio por
primera vez”.

Policías fantasmas, allanamiento ilegal

El procedimiento policial estuvo plagado de omisiones. Baste decir que el cabo 1º


Verón (el mismo que se había quedado con el celular de Lourdes pretextando que lo
había encontrado en el cubo de la basura, y que había sido procesado por ello) ni
siquiera figuró en el acta inicial, ni tampoco en las declaraciones de Etcheverry y
Cuartero, ni fue mencionado por Pantín ni por Mocinczuk.

“¿Cuándo fue Verón al departamento de Di Natale? Porque Verón declaró que, apenas
arribó, subió al 10º C. Si nadie lo vio, ¿no será porque fue antes?”, se preguntó Chimeri
en tácita alusión a “antes de que llegara Etcheverry”. “Además —continuó— Verón
refiere algo que tampoco se investigó: ‘Se hizo presente en el lugar, casi seguido a
nosotros, el tercer jefe de la dependencia que por lo que yo pude escuchar
aparentemente ya había hecho la consulta con el Juzgado’. Este tercer jefe de la
Federal no figura en las actas ni en las demás declaraciones”. En fin que, contando a
Cuartero, ya eran tres los policías federales que parecían haber estado en el lugar del
crimen antes de que llegara la oficial Etcheverry.

Destacó Chimeri “otro hecho que no se compatibiliza con un accionar policial normal,
tanto desde el punto de vista del sentido común como del normado en el Código de
Procedimientos en Materia Penal (es el) referido al ingreso de los funcionarios de
policía encargados de la prevención del sumario a un lugar privado sin una orden
previa de allanamiento”. Puntualizó al respecto que el artículo 189 dispone en su inciso
que solo puede hacerse 1) cuando se denuncie por uno o más testigos haber visto
personas que han asaltado una casa, introduciéndose en ella, con indicios manifiestos
de ir a cometer algún delito; 2) cuando se introduzca en la casa un reo acusado de
delito grave a quien se persigue para su aprehensión, o 3) cuando se oigan voces

134
dentro de la casa que anuncien estarse cometiendo algún delito o cuando se pida
socorro.

“No existió ninguna de las tres causales, ya que tanto el encargado como el sereno no
habían visto salir ni entrar supuestamente a ninguna persona dentro de sus horarios”,
a pesar de lo cual Etcheverry dice que ingresó al 10º C “en compañía de los dos
testigos, el sereno y el encargado, presumiendo que en su interior podrían encontrarse
los asesinos, poniendo a aquellos en peligro”, precisó, para redondear: “No cierra. Ni el
proceder policial ni la actitud de Pantín cierran”.

Agregó Chimeri que en la inspección realizada en la vivienda el 5 de marzo de 2003 por


efectivos al mando del subcomisario Monzón, de la comisaría 19ª, de los cuatro
testigos consignados tres carecían de documentos de identidad, y que resulta evidente
que ni Etcheverry ni Cuartero “realizaron un pormenorizado estudio policial del lugar
del hecho ya que no registraron que la ventanita de la pieza de servicio estaba casi
totalmente tapada por una cortina —como se veía en una de las fotos—, que había
una silla más en esa habitación, ni los muchos objetos tirados en el piso, ni escritos de
causas judiciales sobre la tabla de planchar”, ni otras muchas cosas, y así hasta llegar a
las diez irregularidades.

Entre los “tesoros” que habían desaparecido del departamento de Lourdes, le diría
Chimeri al periodista Fernando Paolella, además de la computadora personal y de sus
famosas agendas, se encontraban pasaportes usados de Emir Yoma e insólitamente
uno de Monzer al Kassar. Pronto sabríamos por boca de una hermana de Lourdes que
también tenía una agenda de Carlos Corach que tampoco se encontró.

Modus operandi
El 7 de octubre de 1985, un crucero italiano, el Achille Lauro, fue secuestrado en medio
del Mediterráneo por un comando palestino algunos de cuyos miembros habían
utilizado pasaportes argentinos de muy buena factura al abordarlo. Reclamaban la
liberación de medio centenar de prisioneros recluidos en la cárcel de Ashod, al sur de

135
Tel Aviv. Para demostrar su determinación, los fedayines, al mano de Abu Abbas,
asesinaron a un pasajero paralítico de ascendencia judía y nacionalidad
estadounidense, León Klinghoffer, y lo tiraron con su silla de ruedas al mar. Luego
amenazaron con seguir matando a los pasajeros de esa nacionalidad, británicos y
franceses si no se accedía a sus exigencias. Israel liberó al medio centenar de presos y
el crucero atracó en Alejandría, Egipto, donde los secuestradores negociaron su fuga
en un Lear Jet. Que, sin embargo, fue obligado por cazas de la US Air Force a aterrizar
en un aeropuerto de Sicilia cuando aparentemente se dirigía a Siria, siendo los
secuestradores detenidos. No así Abu Abbas, que logró huir.
En 1992, luego del atentado a la Embajada de Israel, salió a la luz que Al Kassar se
encontraba en Buenos Aires. El gobierno de Menem entró en pánico (por entonces Al
Kassar era para Interpol el enemigo público número 1) y el sirio debió marcharse a
Chile. Tiempo después, y en compañía de su primo Yalal Bathich (quien estaba
contrabandeando cocaína hacia California en motores de camiones Ford enviados a
rectificar en sociedad con miembros de la familia Pinochet), tomó un avión privado
para ir a Madrid y desde la capital del reino a Marbella, y específicamente a Puerto
Banús, donde se encontraba su residencia, el palacio Mifadil. Pero al aterrizar en
Barajas el juez Baltasar Garzón lo hizo detener y remitir a una cárcel de máxima
seguridad, acusándolo de una larga serie de delitos, a la par que se secuestraban en su
fastuoso hogar una veintena de automóviles de lujo robados.
Sin embargo, la justicia marbellí, totalmente cooptada por la mafia, le devolvió esos
autos, e instancias superiores a la Audiencia Nacional deshojaron las acusaciones de
Garzón hasta limitarlas al secuestro del Achille Lauro, del cual Al Kassar, según varios
testigos, había sido el organizador y quien había provisto de armas a los fedayines.
La policía española había logrado dar vuelta a uno de los testigos pedidos por la
defensa, un ex secretario de Al Kassar, Ismael Jalil Al Kchouri. Poco antes de que
comenzara el juicio, el 28 de septiembre de 1992 y en Marbella, Al Kchouri cayó desde
el cuarto piso de un edificio cuya construcción no había finalizado. La autopsia
determinó que hacia al menos dos horas estaba completamente borracho. Según

136
versiones periodísticas, hubo quienes lo vieron caminar tambaleante sostenido de
ambos brazos por dos hombres que lo obligaban a beber.

Maltratados

Dos hermanos de Lourdes, Lucía Margarita —desde Plottier, Neuquén— y José Mario
—desde San Rafael, Mendoza— viajaron a Buenos Aires para reconocer su cadáver.
José Mario recordaría que el fiscal Carlos Donoso Cortés los trató “como si fuéramos
delincuentes. Yo le pregunté por qué tan tarde nos avisaron del fallecimiento de mi
hermana, y él me reprochó porque consideró que habíamos tardado en venir. Me
acuerdo que hablamos con el secretario del juez Farías, que nos dijo que
participaríamos del allanamiento, pero también nos aclaró que durante su realización
no podíamos hablar ni tocar nada. El abogado Chimeri Sorrentino fue quien nos
acompañó apenas llegamos para hacer el allanamiento, pero ni a él ni a su secretario
los dejaron entrar”.

Ya estaba claro que Lourdes había asesinada cuando en septiembre de 2007 y en el


marco de la causa AMIA el fiscal Nisman les tomó declaración a ellos y a su padre. Por
entonces, Nisman quería justificar su existencia acusando al ex presidente Menem de
encubridor, lo que la Embajada de los Estados Unidos no reprobaría.

También por esos días, la resistencia numantina de Donoso Cortés a la insoslayable


reconstrucción del hecho había sido vencida por la Cámara, que le ordenó a la jueza
Palmaghini que procediera a hacerla de una buena vez. La pericia hecha el 15 de marzo
de 2006 por la División Homicidios de la PFA dejó claro que, de haber caído
accidentalmente, el cuerpo de Lourdes no podría haberse estrellado en el sitio en el
que lo encontró hecho un guiñapo la oficial Etcheverry. En cambio, cayó allí cuando, a
instancias de la doctora Nilda Formoso, abogada del padre de Lourdes, dos policías
empujaron fuertemente un muñeco de peso similar al de la esmirriada tomándolo de
las piernas hacia la derecha, lo que disipó cualquier duda: no se había tirado ni caído
sino que había sido empujada.

137
“El allanamiento fue una payasada. Me extrañó la cantidad de personas que lo
hicieron, como 15. Un policía rompió la faja y entramos todos juntos, pero la puerta de
la cocina estaba abierta, así que por ahí podía haber entrado cualquiera (...) Vi muchas
fotos tiradas, una de Carlitos Menem (h), todo revuelto, papeles por todos lados”, dijo
José Mario. Sin embargo, agregó, no habían encontrado nada, porque nada importante
había quedado. “La computadora personal de ella no estaba y creo que ni figura en el
expediente... Hay cosas muy oscuras”, sintetizó.

Dijo, sí, que alcanzó a ver un papel “con los datos de una escribanía donde había un
sobre lacrado o algo así” (efectivamente, Lourdes había dejado un sobre lacrado en
una escribanía, con instrucciones de enviarlo a la sede londinense de Amnesty
Internacional si le pasaba algo) pero que “el policía Monzón, ese atorrante”, le había
quitado el papel de la mano sin dejar que terminara de leerlo. “No recuerdo si la
Policía tomó nota de ese hallazgo. Recuerdo que entre los papeles de Lourdes había un
certificado médico donde constaba que ella se encontraba embarazada, pero la
autopsia no dijo nada sobre eso”.

Hasta tal punto el allanamiento fue un bluff, que la Policía no tomó huellas dactilares ni
plantares en la silla a la que supuestamente Lourdes se había subido para tratar de
alcanzar unos cables que no podía ver. José Mario comentó que al día siguiente,
cuando estaba con su hermana y dos secretarias del abogado Chimeri esperando a un
periodista en un bar de las cercanías del departamento, había “un tipo en la mesa del
bar que, mirándome, me hizo un gesto amenazante con el dedo indicándose el ojo,
situación que me asustó (...) Ese mismo día, ya de tarde, al volver al departamento de
Lourdes, un vecino de ella de apellido Coban que creo que vivía en el 4º piso, me contó
que habían sacado fotos de cuando corrieron el cable, acercándolo al departamento
de mi hermana”.

El hermano de Lourdes recordó también que mientras ella estuvo de visita en San
Rafael tres veces había sonado el teléfono, las tres veces habían preguntado por
Lourdes y las tres veces habían cortado.

138
La agenda de Corach

Por su parte, Lucía dijo que “Lourdes guardaba toda su documentación en un placar.
Cuando se lo allanó y entramos, era un caos total, todo estaba revuelto, todo dado
vuelta. Si había documentación, se encargaron de hacerla desaparecer. Leí una carta
de Cúneo porque estaba tirada en el piso y me agaché, pero no se podía tocar nada
porque la Policía no lo permitía. Lloré al ver muchas fotos y papeles de mi hermana
desparramados. La puerta de servicio estaba rota y se podía acceder fácilmente y ahí
desaparecieron las agendas que ella tenía. Creo que también tenía una agenda de
Corach. Desapareció todo”. Ante preguntas de Nisman, Lucía dijo que de la agenda de
Corach sabía porque Lourdes se lo había contado. Y agregó que también habían
desaparecido las joyas que Lourdes tenía: “Anillos, cadenas con piedras, aros, no
bijouterie”.

Confirmó luego que desde que había denunciado a Emir, Lourdes no quería ir a los
medios, quería siempre que los periodistas fueran a su casa porque se sentía
amenazada. Y como Nisman le preguntó si sabía por qué, dijo que “no sé si era por lo
que sabía de la causa Armas, sobre la explosión de Río Tercero o por otras causas.
Hasta 1998 estuvo muy deprimida por todo lo que sabía, pero yo no sé qué es lo que
ella sabía (...) Ella me mandaba cartas porque no quería hablar por teléfono porque
temía que estuvieran pinchados. Llegó incluso a no tener teléfono fijo y se manejaba
solo con celular. (...) Tenía miedo porque sabía muchas cosas. Entre nosotros, el poder
político de entonces es el culpable de todo lo que pasó. ¿A quién le quedan dudas?
Tanto por la causa AMIA, como por la de la Embajada, la causa por la explosión de Río
Tercero, cualquier ciudadano común que anda por la calle sabe eso”. Y ante una
pregunta del fiscal Pablo Lanusse, recordó que al terminar el allanamiento el
subcomisario Monzón les dijo irónicamente: “Hagan como hacía Lourdes: ahí tienen a
la prensa”.

Pablo Jacoby, abogado de Memoria Activa, le preguntó específicamente respecto de lo

139
que Lourdes le había dicho con relación al atentado a la AMIA. Lucía recordó que en
1995 o 1996 y hablando del atentado “Lourdes me hizo el comentario de que ‘Corach y
Beraja son dos judíos traidores’". Lourdes también le había dicho a su padre que en
casa guardaba mucha documentación “sobre la embajada de Israel, la AMIA y Río
Tercero". Nada de eso se había encontrado en el departamento.

Dos micrófonos

Que el allanamiento había sido una formalidad tras un saqueo y que la Policía no se
había esmerado en absoluto quedó en evidencia cuando al volver a inspeccionar el
departamento, en abril, José Mario encontró dos micrófonos escondidos. Así se lo
contó a Nisman: “De casualidad encontré en el departamento de Lourdes un
micrófono. No había luz ese día pero el portero me consiguió una linterna y encontré
un aparatito dentro del cajón de la persiana. Noté que estaba ahí porque el cajón
estaba como corrido. Lo vi de casualidad mientras estaba sentado en un sillón. En ese
momento ni siquiera sabía lo que era. Revisando después la casa para saber dónde
podría haber guardado Lourdes sus pertenencias, joyas, dinero, encontré otro aparato
similar detrás del lavarropas. Concretamente había un agujero en la pared tapado con
papel madera y dentro de ese hueco estaba ese aparato igual al anterior. Ya en San
Rafael, le entregué los aparatos a mi hijo —que iba a una escuela técnica— y él a su
vez consultó a alguien que conoce del tema de electricidad y le dijeron que esos
aparatos eran micrófonos. Un tiempo después de eso se comunicó conmigo el
periodista Jorge Urien Berri y le comenté sobre la aparición de esos micrófonos y al
final se los terminé enviando por encomienda. Este asunto me terminó trayendo un
problema porque me reprocharon no haber hecho entrega antes de esos aparatos a la
Justicia”.

Urien Berri logró averiguar que los micrófonos tenían las pilas agotadas y que no
habían sido colocados mucho antes de la muerte de Lourdes. Porque estaban limpios.
“Son metálicos, de color negro y sus medidas de cuatro centímetros por tres les

140
permitieron cumplir su segunda función: pasar inadvertidos. La primera función de
estos micrófonos fabricados en el exterior fue transmitir en secreto y hasta una
distancia máxima de 80 metros lo que Lourdes… hablaba con sus visitantes…”, publicó
el 24 de agosto de 2008. Quienes los habían colocado, razonaba el periodista,
“conocían a la perfección los hábitos de Di Natale: a tres o cuatro metros del sector
izquierdo de la caja de la persiana, en el living, había una mesa a la que ella se sentaba
para las entrevistas. El otro sitio que elegía para responder al periodismo era una mesa
en la cocina, a dos metros del lavarropas”.
Urien Berri reveló que los micrófonos se accionaban con una pequeña pila Energizer de
6 voltios: que uno tenía escrita con rotulador la letra A y el otro la letra C; que el
primero tenía pegado un papel blanco que decía “TECSUR 131052”, y el otro decía
“TECSUR 131056”. Ambos habían sido examinados “por un hombre que perteneció a
un importante organismo de Inteligencia” que dictaminó que se trataba de
“micrófonos que transmiten a un receptor ubicado en las cercanías. La instalación —
explicó— se llama ‘plantado’, y la hacen expertos. Pero tan importante como el
’plantado’ es el ‘desplantado’ o retiro de los micrófonos. Porque nunca se dejan”.
El ex agente puso a Urien en contacto con “un especialista en electrónica destinada al
espionaje”, que ratificó que las pilas estaban agotadas y que tras cambiárselas
dictaminó que se trataba de micrófonos analógicos de mucha potencia, capaces de
captar “la voz hasta una distancia de seis o siete metros en un ambiente cerrado” y
trasmitirla “hasta una distancia de 70 u 80 metros a un receptor ubicado en un
departamento o edificio cercano, o en un auto estacionado que suele estar vacío, pero
con un grabador conectado al receptor”, y que micrófonos como estos solían ser
utilizados por la SIDE.
“La frecuencia es de 139,950 megahertz. Los fabricaron en serie en el exterior, con
circuitos bien armados y buena matricería. Los gabinetes son de bronce. Cada uno
tiene siete transistores y un cristal que da estabilidad a la frecuencia. Cuestan entre
190 y 250 dólares la unidad y el receptor andará en los 450 dólares”, agregó.
Más aun, el técnico indicó que las letras A y C son para que el instalador pueda
identificarlos. “El hecho de que los papelitos con los números de serie no estén

141
amarillos o manchados señala que los micrófonos no los colocaron hace mucho
tiempo”, ratificó.
El tipo de pilas, sin embargo, planteó una incógnita. “Solo dura dos o tres horas. O los
colocaron para una escucha particular o hay un allegado que cambia las pilas con
frecuencia. ¿Esta persona vive sola? Entonces, cuando sale, alguien que tiene llave
entra en la vivienda y cambia las pilas”.
Tácitamente, el periodista dejó claro que eso debía haber ocurrido unas cuantas veces
porque, al parecer, las escuchas habían sido intensivas. Lo dedujo porque, narró, dos
meses atrás, cuando ignoraba la existencia de los micrófonos y consultando “en off”
con una de sus fuentes, esta lo había sorprendido diciéndole: “Tengo montones de
casetes donde Lourdes los grababa a ustedes los periodistas”, aunque al rato nomás le
dijo que los había quemado.
Razonó Urien que a pesar de que entonces aún ignoraba la existencia de los
micrófonos, le resultó muy poco creíble que Lourdes, “que no tenía dinero, pudiera
comprar tantos casetes, que, además, tampoco figuran en las actas de inspección del
departamento”. Y que los micrófonos bien podían “explicar el origen de las presuntas
grabaciones”.

El cancerbero fiel

Poco tiempo después de la muerte de Lourdes entró en escena la abogada que


representa a la familia Di Natale hasta ahora: Nilda Formoso. Evidentemente
movilizada por un firme compromiso ético y emocional (“porque casi nada de lo que le
pasó a Lourdes y a su familia le hubiera pasado si hubieran sido ricos y poderosos”, le
dijo al autor), luchó denodadamente para reabrir la causa, nuevamente cerrada por el
juez Farías, decisión que convalidó la Cámara de Apelaciones. Entonces Formoso llevó
la causa a la Corte, que todavía no se pronunció y le adelantó al autor que si la Corte
no la reabre, apelará a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Formoso aportó un dictamen del médico legista y perito criminalista Alberto


Brailovsky, que establece una diferenciación entre “crimen organizado” y “crimen

142
desorganizado” para demostrar que el asesinato de Lourdes no fue producto de una
acción azarosa, sino parte de un plan cuidadosamente elaborado y que por lo tanto
cuenta con un instigador o autor intelectual.

Para el perito Brailovsky está claro que la logística incluyó: a) instalar a Lourdes como
“loca”, argumento que aparece a partir de la denuncia por extorsión que le realiza
Emir Yoma y es reiterado por Cúneo Libarona en múltiples oportunidades; y que
terminaría siendo utilizado para armar la causa en la que la apartan de su hija; b)
insinuar que era alcohólica, algo que aparece en el informe de la defensora de
Menores e Incapaces María Inés de Coutinho al referirse al incidente que termina con
el traslado de ella y su hija al hospital Fernández; c) los cortes previos del cable de
señal de TV, circunstancia armada para soliviantar a los vecinos contra Lourdes de
modo de poder luego justificar que ella buscara venganza contra una vecina y, d) la
supuesta caída accidental al tratar de cortar el cable de TV que pasaba al lado de su
ventana. Y que todo este armado fue posible gracias a los micrófonos ocultos en
lugares claves de su departamento.

Brailovsky sostuvo que el cuchillo Tramontina hallado junto al cuerpo de Lourdes fue
“plantado”, ya que en su empuñadura no había huellas dactilares de la víctima (una
pericia hecha por peritos de la Gendarmería demostraría, además, que ninguno de los
cables había sido cortado con él). También sostuvo que para “plantar” el cuchillo hubo
toda una trama, ya que la puerta de acceso al patio solo podía cerrarse con llave, y si
esta se rompía dentro de la cerradura ya no se podía abrir, lo que obliga a romper un
vidrio para poder entrar (todo esto sin contar que, como es obvio, bien pudo dejarse el
cuchillo en el patio antes de que Lourdes cayera, sobre todo si estaba abierta para que
corriera el aire).

El legista sostuvo que el falseamiento de la verdad necesitó el concurso de tres


personas, una de las cuales era el encargado Pantín, y la complicidad por acción u
omisión de muchas más (los integrantes de la Unidad Criminalística, la médica legista,
los policías que estaban en la escena y una trabajadora social), que ayudaron a armar
la historia de la “caída”. Para no hablar del cabo Verón, que robó el celular de Lourdes

143
nadie sabía cuándo.

El perito manifestó estar convencido que fueron dos las personas que ingresaron
violentamente al departamento, que por las marcas que presenta el cuerpo de Lourdes
no caben dudas de que hubo algún intento de resistencia, pero que probablemente
Lourdes haya recibido algún golpe en la cabeza o trompada que la dejara inconsciente,
lesión indiferenciable de las producidos por la caída, y que fue después que le
suministraron una enorme cantidad de alcohol que la dejó en absoluta indefensión.

“Ya con Lourdes inconsciente, apagan primero la luz de la habitación de servicio y


entre ambos la trasladan hacia la misma para arrojarla por la ventana. En medio de los
movimientos para manipular el cuerpo en ese ambiente de reducidas dimensiones y
con la luz apagada, se descuelga parcialmente la cortina que tapaba completamente la
ventana y vuelcan el turbo ventilador que estaba en el piso. Ya con el cuerpo de
Lourdes en posición, sostenido por ambos boca abajo y pasadas por la ventana
primeramente sus piernas —si la hubiesen sostenido boca arriba las piernas se
hubiesen flexionado golpeando contra el marco inferior complicando el paso por la
ventana, es decir que tendrían que haber levantado mucho más el cuerpo—, la arrojan
con cierto impulso hacia la derecha. Consumado el acto se dedicaron a revolver todos
los cajones y placares en busca de algún elemento de prueba que sobre la base de
todo lo que se escuchaba a través de los micrófonos ocultos estaban comprometiendo
seriamente a alguien en las causas en las cuales aún debía declarar. Encontrados o no,
abandonaron el edificio”, escribió Brailovsky, que concluyó lapidario que “la realidad
más absoluta indica que Pantín, el fiel cancerbero que se quedó hasta las 20:30,
tendría que haber visto el ingreso y egreso de los victimarios”.

En cuanto al grado de alcohol en la sangre de Lourdes, Brailovsky dijo que era


“altísimo” y producía “un estado de ebriedad comatosa” que le hubiera impedido
ponerse de pie, pesa a lo cual la vejiga de Lourdes estaba vacía y no había olor etílico ni
en el charco de sangre ni en la autopsia, lo que era “condicente con una aplicación
reciente”. “Llamativamente, no encontraron ninguna bebida alcohólica en el
departamento. Está dicho que Lourdes no bebía bebidas con alcohol”, apostilló.

144
Tras recordar que el cable de TV pasaba por el otro lado de la medianera, lo que volvía
imposible que lo hubiera querido cortar, dijo que para fingir un accidente era
necesario demostrar que Lourdes había caído con el cuchillo en la mano y que “nadie
pudo haberlo colocado en el patio ya que tratándose de quien se trataba (el encargado
Pantín) lo primero que iban a pensar era en un homicidio. Por lo tanto era necesaria la
estratagema de que no existieran en ese momento posibilidades de acceder al patio,
de allí la aseveración falaz que la puerta de acceso al patio se cerró inmotivadamente
con llave, justo en el momento en que llamativa y coincidentemente Pantín tenía la
llave rota… y posteriormente la rotura del vidrio en un día sábado 1º de marzo en el
que Pantín se quedó especialmente hasta las 20:30 para no ver entrar ni salir a nadie
del edificio. Dicho de otro modo, la rotura del vidrio fue la estratagema para plantar el
cuchillo y simular un homicidio por caída accidental”, sostiene el informe del perito.

Zona liberada
“Nisman descubrió un dato relevante: desde un año antes de que la mataran había
custodia de la Policía Federal en la puerta del edificio, pero la noche de la muerte no
había nadie allí. Hubo una zona liberada”, explicó Formoso, en referencia a lo que en la
jerga policial se llama “área libre”, técnica que se utilizó profusa y sistemáticamente
durante la última dictadura para “chupar” personas sin correr el riesgo de
enfrentamientos entre las propias “fuerzas conjuntas”.
Formoso alertó a Urien Berri, quien publicó la noticia bajo el título “Tenía custodia el
día en que murió; la Policía lo negaba”, el 8 de enero de 2008. “Pese a que la Policía
Federal lo negó hace dos años ante la Justicia, un nuevo informe policial asegura ahora
que Lourdes Di Natale… era vigilada por agentes de la comisaría 19ª el 1° de marzo de
2003, día en que murió… El sorpresivo dato lo obtuvo la Unidad Fiscal AMIA, que dirige
el fiscal federal Alberto Nisman, y consta en un nuevo informe del comisario a cargo de
la comisaría 19ª en el que ahora afirmó que Di Natale era vigilada. El mismo comisario
lo había negado ante la Justicia en 2005. Aunque Nisman remitió ese informe hace
cuatro semanas a la jueza subrogante Palmaghini, a cargo de la investigación de la
muerte de Di Natale, poco ocurrió. La única medida que adoptó la jueza para investigar

145
esta contradicción antes de la feria judicial consistió en citar al comisario como testigo
el 6 de febrero, y le pidió que llevara el libro de consignas y vigilancias, dijo Nilda
Formoso.
(…) Pese… a los numerosos elementos que apuntan al homicidio y a varios testimonios
que señalan que Di Natale estaba amenazada de muerte, la jueza Palmaghini decidió
no recaratular la causa como homicidio. Palmaghini no respondió a las llamadas de La
Nación (…) tampoco citó nunca a los hermanos (de Lourdes).
(…) Di Natale contó con custodia judicial hasta 2001, a raíz de sus testimonios en la
causa de las armas y de las amenazas que recibía. De todas maneras, se la quitaron a
fines de ese año. Nisman pidió al titular de la comisaría 19ª que informara si la
vigilaban, y el comisario ahora respondió que sí y envió una lista de agentes asignados
a la vigilancia (…) Ni el acta de hallazgo del cuerpo, ni los informes de los oficiales de la
comisaría 19ª en el momento en que arribaron al sitio, ni las declaraciones del portero
y del sereno del edificio mencionan la presencia de un agente de guardia.
(…) Urge secuestrar los libros de esa comisaría —dijo Formoso— y averiguar si la
custodiaban o la vigilaban, porque quienes la trataron dicen que en 2002 y 2003 no
tenía custodia y algunos testigos mencionan, en cambio, que era vigilada.
(…) Ella se la pasó diciendo que la amenazaban y que la iban a matar. Lo dijo incluso
frente a un escribano público individualizando a quienes temía que la mataran: Emir
Yoma, Carlos Menem y Mariano Cúneo Libarona. Bueno, la mataron, y me parece
evidente que hay que llamarlos para preguntarles qué pasó, qué opinan del caso,
concluyó.

Absolución
“Escandalosa absolución en el caso del contrabando de armas. El ex presidente Carlos
Menem y otros 17 ex funcionarios y militares fueron absueltos”. El fallo dejó perplejos
a los fiscales y a medio país, informó a mediados de septiembre de 2011 Emilio Marín,
el principal columnista del diario La Arena, de La Pampa. “El martes 13 de septiembre
de 2011, el presidente Tribunal Oral Penal Económico 3, Luis Imas, declaró de viva voz

146
a Carlos Menem ‘absuelto de culpa y cargo por el delito de contrabando calificado’. Esa
misma resolución favoreció al resto de los procesados, entre ellos a Camilión; a Luis
Sarlenga; a Emir Yoma; y al teniente coronel (R) Diego Palleros… Ese resultado, de 18
absoluciones y 0 condena, no figuraba ni en los pronósticos más optimistas del hombre
de Anillaco… Aun descontando que los peces más gordos pudieran zafar hacia aguas
profundas, se suponía que alguna mojarra quedaría en la red. Por ejemplo, Sarlenga,
que en 2001 había admitido saber del contrabando y las coimas. O Palleros, que en
implícita admisión de su culpabilidad, se profugó a Sudáfrica. El TOPE 3 los salvó a
todos. Ver a Yoma y su abogado Mariano Cúneo Libarona tan felices pudo hacer creer
que la absolución había sido impartida por la menemista Corte de los Milagros, como
la llamó Horacio Verbitsky. Pero no, fue de la justicia actual”, escribió Marín.
“Hay que dejar a salvo la buena actitud de uno de los integrantes del Tribunal, Gustavo
Losada, que votó en forma opuesta a sus colegas Imas y Horacio Artabe. Losada solo
propuso absolver al brigadier Juan Paulik y a la ex verificadora de la Aduana, María
Teresa Cueto. Por lo demás, acompañó la postura de los fiscales Mariano Borinsky y
Marcelo Agüero Vera, que habían pedido penas de cárcel de entre 8 años para Menem
y algo menos para los demás acusados”, continuó, para seguidamente destacar: “La
única de las procesadas que cumplió parte de su detención en cárcel común fue la
verificadora de Aduana, Cueto, en Ezeiza. El resto gozó de detenciones domiciliarias.
Menem fue a una espectacular casaquinta de su amigo Carlos Gostanián, donde vivía a
cuerpo de rey con su polola Cecilia Bolocco, recibía a sus abogados, amigos y al
periodismo. La empleada de Aduana, a la que los fiscales pidieron la absolución, en
cambio, cumplió prisión efectiva. Es la eterna diferencia entre los argentinos de
primera clase y los argentinos de a pie, que este juicio ilustró a la perfección”.
Menem había sido favorecido por la Corte Suprema encabezada por su amigo, el ex
jefe de la Policía de La Rioja Julio Nazareno, que eliminó los cargos por falsedad
ideológica y dejó el de contrabando agravado. Para casi todos los observadores se
había probado tanto el contrabando de armas como otros delitos que originalmente se
le imputaron al ex Presidente, como incumplimiento de los deberes de funcionario
público. Se había probado, por ejemplo, que entre 1991 y 1995 Menem firmó tres

147
decretos secretos del PEN autorizando a enviar 6.500 toneladas de armas a Panamá y
Venezuela, cuando los destinos reales fueron Croacia, en su mayor parte, y Ecuador.
“En cambio, sí se vieron las armas mencionadas en Ecuador y en los Balcanes, donde
había una prohibición de Naciones Unidas para vender armas a los beligerantes (Serbia
versus Croacia y Bosnia). Quedó acreditado que hubo siete embarques marítimos
rumbo a Croacia y tres vuelos de Fine Air que pararon en Ecuador, descargando
armas”, continuó Marín.
“De los 53 millones de dólares de la operación, recibidos por Palleros, se comprobó
que 19 millones habían sido pagados por este en ‘comisiones’. Sarlenga admitió los
hechos y apuntó a Yoma (…) También quedó patente el faltante de miles de fusiles FAL
y municiones que fueron a Ecuador, y la treintena de cañones Otto Mellara de 105 mm
y Citer de 155, más obuses, despachados a Croacia. Algunas armas faltaban de
arsenales del Ejército y otras de Fabricaciones Militares”, siguió la crónica de La Arena.
“Primero investigaron el juez Jorge Urso y el fiscal Carlos Stornelli, por una parte, y los
jueces Julio Speroni y Marcelo Aguinsky, cuando no se sabía bien a quién correspondía
la causa”, continuó. “Los querellantes de la voladura parcial de la Fábrica de Armas de
Río Tercero (noviembre de 2005, aparentemente para encubrir el faltante de
armamento) aportaron lo suyo. El fiscal Borinsky trabajó duro con casi 400 testigos a lo
largo de los 35 meses del juicio. ¿Saldo? Había material para probar la culpabilidad de
algunos o varios de los 18 procesados”.
Aunque en marzo de 2013 la Cámara Federal de Casación Penal anuló algunas de las
absoluciones, ratificó la prescripción de los hechos en otros casos y condenó a Menem,
Camilión, Sarlenga y Palleros, que apelaron. En cambio, confirmó la absolución de Emir
Yoma.
Menem fue condenado a tres años de prisión. Como los demás condenados, cree que
la causa prescribirá antes de que la Corte confirme la sentencia.

Archivo
La Sala IV de la Cámara del Crimen ratificó el archivo, dispuesto por cuarta vez, desde
que se produjo la muerte de Lourdes, informaron los diarios a comienzos de octubre

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de 2012. El Tribunal, con las firmas de los jueces Alberto Seijas, Mariano González
Palazzo y Carlos González, dispuso el nuevo archivo del expediente “tras los nueve
años de profusa investigación de la causa y ante la imposibilidad de ahondar por otros
medios sobre la hipótesis delictiva que sostiene la querella”. Nilda Formoso, en
representación del padre de Lourdes, anunció que iba apelar a la Cámara de Casación,
pero esta no haría lugar a su pedido.
“Tras el último archivo, dispuesto por el juez de instrucción Ricardo Farías, la Cámara
había aceptado un planteo de la querella para aclarar aspectos de un listado de
llamados telefónicos de la víctima antes de su muerte y obtener el testimonio de la
hija”, explicó La Prensa. Las empresas de telefonía celular explicaron “las
circunstancias por las cuales una misma comunicación podía registrarse con horarios
diferentes”, y en cuanto al testimonio de la joven, hoy de 19 años, fue desaconsejado
por la psicóloga que la atiende. “Obligarla a prestar declaración testimonial le causaría,
cuanto menos, un gran dolor, sin contar las consecuencias psicológicas que a partir de
allí se puedan desencadenar o disparar”, sostiene el informe.
A raíz de ese informe los camaristas entendieron que la declaración de Agustina Sol,
entonces de 19 años, debía “descartarse pues no puede ser desatendida la opinión
brindada por la psicóloga tratante, que lleva a considerar la medida cuanto menos
desaconsejable por su potencialidad de perjuicio".

En deuda
Acaso la mejor nota sobre el asesinato impune de Lourdes la haya escrito Urien Berri
en el blog Pan Rayado, del filósofo Tomás Abraham, el 17 de agosto de 2008. Lleva el
título “Lourdes Di Natale sabía que la matarían”. Con su permiso, transcribo
extensamente su final:
“Lourdes se sumó a la lista de otros testigos o protagonistas asesinados, cuya muerte
se quiso presentar como suicidios. El marino Horacio Estrada, contrabandista de
armas, era diestro, pero su cuerpo presentaba un balazo en el parietal izquierdo
después de haber declarado en la causa del contrabando a Croacia y Ecuador. En su
televisor había un video pornográfico, y en la mesa dos copas con champagne.

149
Al brigadier Rodolfo Echegoyen, apenas renunció a su cargo de titular de la Aduana en
los comienzos del gobierno de Menem, también lo encontraron con un balazo en la
cabeza y una carta donde decía que el suyo era un ‘suicidio político’. Fue el primer
suicida que antes de dispararse se trompeó con fuerza la frente y la nariz. Pese a todas
las evidencias que apuntan al homicidio, su caso vegeta en la Justicia.
Con el de Lourdes ocurre lo mismo. Hasta el informe de la Policía Federal tras la
reconstrucción habla de homicidio, pero la jueza lleva años perdiendo el tiempo.
Casualidades: hoy, minutos después de que Tomás me pidiera esta colaboración, me
llamó Giuseppe, el padre de Lourdes, desde San Rafael, Mendoza, donde vive a duras
penas, viejo, enfermo, sin plata y sobrellevando una viudez reciente. Me llama todos
los fines de semana y me pregunta qué novedades hay en la causa. Ya no sé cómo
decirle lo que le digo siempre: que la causa está repleta de pruebas del homicidio pero
el problema es la jueza. Giuseppe no quiere morirse sin saber quiénes ordenaron
arrojar a su hija por la ventana.
La misma muerte sufrió en España un testigo que iba a declarar contra el traficante
sirio de armas y drogas Monzer Al Kassar, amigo de los Yoma y de Menem. Lourdes
había hablado de Al Kassar en la causa de las armas.
Puede que a Lourdes la mataran por el caso de Río Tercero. O por el de la AMIA, o la
de la Embajada de Israel. O por tantas otros casos que no conoceremos jamás por
culpa de sus asesinos.
’Sé tantas cosas’, me decía siempre. También me decía que estaba amenazada de
muerte y que sabía que la matarían.
Malamente, la han llamado ‘arrepentida’ del menemismo. No, se arrepiente quien
hace algo que no debe, y Lourdes no tenía de qué arrepentirse.
La Justicia no es la única que está en deuda con ella. También lo está la sociedad,
enferma de historias oficiales, de mentiras sobre nuestro pasado y nuestro presente.
Pero la Justicia y la sociedad prefieren el olvido. Tal vez porque tanta valentía nos
incomoda y nos asusta”.

Casi tres años después, el 30 de septiembre de 2011, Agustina Sol Cúneo, entonces de
18 años (hoy tiene 22) dejó un comentario: “La verdad que es muy doloroso leer esto y

150
no me quisiera imaginar que la hayan matado porque si no querría hacer justicia, es
horrible saber esto después de tantos años, que me lo hayan ocultado, que nadie me
haya dicho nada. Antes de ayer había sido su cumpleaños y me hubiera encantado
estar con ella, espero que algún día se sepa la verdadera verdad…”.

3. El bombero quemado

151
Alberto Rafael Cánepa Carrizo era un bombero atípico. Había ingresado a la Policía Federal y se
había especializado en explosivos con el único objetivo de tener un trabajo estable, con seguro
médico y jubilación. El Departamento de Explosivos de la PFA había alcanzado dicha jerarquía
en 1974 bajo la égida del comisario Alberto Villar, que se desempeñaba como jefe de la fuerza
de día, y de las escuadras de sicarios de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) por las
noches. Dicho de otro modo: tenía el doble propósito de desactivar las bombas de
Montoneros y otros subversivos, y de armar y detonar otras. Allí, Alberto Cánepa desentonaba
como un vegano en una tribu de caníbales: llevaba siempre consigo una cadenita y medalla
con la clásica efigie de Ernesto “Che” Guevara. Aun así, su vida discurría plácidamente, acaso
porque no era más que un agente, por lo que en sus ratos libres podía dedicarse a leer —lo
apasionaban los manuales de contrainsurgencia y de técnicas guerrilleras y todo lo referido a
su héroe máximo— y a arreglar bicicletas, un pasatiempo que, además, le permitía ganar unos
pesos extra.

Quizá todo hubiera seguido así (aunque se hace difícil pensar en que tuviera más ascensos que
los imposibles de evitar por sus superiores por el mero paso del tiempo) si no fuera por el
ataque a la AMIA, donde le tocó participar en las labores de búsqueda de sobrevivientes y
remoción de los escombros junto con los rescatistas israelíes. Desde entonces, su vida
experimentó un cambio abrupto. Su carácter, alegre y optimista, se avinagró. Cánepa, de 42
años —un hombre tan fornido como mal avenido con la disciplina cuasi militar impuesta por
sus jefes—, se encerró en un silencio hosco, que solo rompía para susurrarle a sus familiares
que se sentía en peligro; que sus jefes lo investigaban; que tenía la certeza de que escuchaban
sus conversaciones telefónicas; que lo hacían seguir y que temía que lo matasen a causa de
cosas de las que se había enterado acerca del atentado a la AMIA, le dijeron a quien escribe
dos hermanos de él y ratificaron otros familiares.

Esta situación había perturbado gravemente su convivencia con María Beatriz Amor, la mujer
con la que convivía desde hacía muchos años sin haberse casado y que tenía dos hijos de
uniones anteriores que vivían con ellos.

Poco antes de que se cumpliera el primer aniversario del ataque terrorista, pasó lo que Alberto
temía y le provocaba gran angustia: contra su voluntad, sus jefes le dieron el pase del cuartel
de Belgrano-Saavedra al de Recoleta. Allí, una fría mañana de invierno, murió de dos tiros, uno

152
en la cabeza y otro en el pecho. Su muerte, rápidamente declarada suicidio, le fue sustraída a
los medios, revelando la complicidad que suele haber entre muchos periodistas de noticias
policiales y la repartición.

Sucedió el viernes 11 de agosto de 1995 pasadas las 8 de la mañana. Cánepa recibió dos
balazos calibre 9 mm, uno en el tórax y otro en la cabeza, disparados por su propia pistola de
dotación, una Browning hecha en Rosario por Fabricaciones Militares. Fue en su habitación en
el cuartel IV de la Superintendencia de Bomberos de la PFA, en la calle Laprida 1739. Alberto
había tomado servicio poco antes. Compañeros de Cánepa le dijeron a María Beatriz que había
subido las escaleras muy agitado e insultando a voz en cuello a alguien con quien había
discutido en la planta baja. Ella dijo que nadie supo decirle si alguien había subido detrás de él.

Agonizante, Cánepa fue llevado al Hospital Alemán, donde el médico Julio César Marocchi
certificó su fallecimiento (el acta llevó el número 1721). Dicho médico, curiosamente, no sería
recordado un lustro después por la dirección médica del hospital como perteneciente a su
plantel.

El certificado de defunción, emitido recién el sábado 12 por el Registro Civil (Tomo 3º X, Nº


1706) lleva el número de folio 53 e informa que Alberto era soltero, hijo de Aurelio Rafael y de
Gregoria Cayetana Carrizo, y que su deceso se produjo a las 9 del día anterior en el Hospital
Alemán por “heridas de arma de fuego en tórax y cráneo”. Informa también que intervino el
oficial Héctor Osvaldo Vázquez Fanego, de la comisaría 19ª —de la calle Charcas, entre
Anchorena y Laprida—, un policía domiciliado, como Alberto, en el barrio de Mataderos.
Fanego dio fe de que quien había certificado el deceso era el misterioso Dr. Marocchi, quien
“obra en virtud de la autorización de María Beatriz Amor, quien ha visto el cadáver, que se
archiva” (sic).

Habían pasado más de cuatro años cuando la dirección del Hospital Alemán informó al autor
que la investigación de la “muerte dudosa” de Cánepa había quedado a cargo del Juzgado
Criminal de Instrucción Nº 13, Secretaría 140. En esta informaron que hacía mucho que la
causa se había archivado, pero que hacía más de un año el juez Juan José Galeano la había
pedido y nunca la había devuelto.

153
La muerte de Cánepa no había pasado inadvertida para los avispados movileros de “Crónica
TV”, por norma general informados al instante de los avatares de la vida policial. Esa misma
mañana, el canal de noticias emitió desde la puerta del cuartel de bomberos de Recoleta,
donde uno de los jefes de Cánepa puso la cara para informar de su presunto suicidio.

Sin embargo, la Policía Federal se cuidó de informar de esa muerte a las agencias de noticias,
tal como lo hacía habitualmente, y es obvio sospechar que alguien debió haberse comunicado
con el diario “Crónica” para que se abstuviera de dar la noticia en sus ediciones vespertinas. Lo
cierto es que la muerte de Cánepa no salió en ningún diario, ni siquiera en “Crónica”, que era
entonces parte del mismo grupo que “Crónica TV”.

Pero aunque se hubiera filtrado a los medios, en pocas horas la noticia habría sido tapada por
otras muy sorprendentes y también vinculadas al caso AMIA, echadas a rodar por el Gobierno
con bombos y platillos.

No esclarezcas que oscurece

El día que Cánepa murió, una de las principales noticias de los matutinos —que acaso él haya
llegado a leer, al menos en titulares— era la sanción de cuatro policías cordobeses por la
exhibición por parte de un agente de una esvástica pintada en su casco, a la hora de reprimir
una manifestación. La sanción se produjo luego de las denuncias del ex comisario Octavio
Cuello acerca de que en la fuerza seguían funcionando células nazis que habían sido creadas en
tiempos de la dictadura por el comisario Raúl Pedro Telleldín, alias “Uno”. Es decir, el padre de
Carlos Alberto Telleldín, “El Enano”, por entonces el único detenido por el atentado a la AMIA
(aunque, en rigor, y aunque tampoco se lo aclarase al público, estaba legalmente detenido por
otros delitos, como robos).

El tenebroso comisario Telleldín, fallecido hacía más de una década, había sido uno de los
fundadores del Comando Libertadores de América, versión cordobesa de la Triple A dirigida
con mano de hierro por el Tercer Cuerpo de Ejército. También fue el jefe del Departamento
Informaciones (D2) de la Policía provincial, que en la dictadura, entre sus múltiples “hazañas”
(pormenorizadamente narradas por un prisionero sobreviviente, Charlie Moore, que para
salvarse trabajó para los represores), asesinó a varios policías críticos de la vorágine de
desapariciones, torturas, asesinatos y atentados con bombas –que utilizaban como venganza y

154
para fomentar el terror de la población, y que sistemáticamente atribuían a Montoneros– a los
que se había entregado la D2. Por dar solo un ejemplo: a un subcomisario acusado de pasarle
información a la guerrilla lo mató amarrándolo a una silla amordazado, cortándole los
testículos y dejándolo desangrar… mientras él y sus esbirros comían un asado.

Ese mismo viernes de invierno, al anochecer, cuando el cadáver de Alberto Cánepa ya estaba
en la Morgue Judicial para la autopsia, como es preceptivo en caso de “muerte dudosa” —que
de dudosa tenía bien poco—, la 6ª edición de “Crónica”, en la que normalmente debería haber
aparecido la noticia de su muerte a balazos, llevó como título principal: “CASO AMIA: LA CORTE
DEBE DECIDIR”. El texto de la nota informaba sobre el pedido de captura de cuatro
diplomáticos iraníes por parte del juez Juan José Galeano. Los acusados, respaldados por su
Gobierno, amenazaban desde Teherán con querellar a la Justicia argentina.

La misma edición informaba también que el día anterior, el jueves 10, el secretario de
Inteligencia (llamado “Señor 5” en la nomenclatura interna de la SIDE), Hugo Anzorreguy,
había comparecido ante la Comisión Bicameral de Supervisión de las Fuerzas Policiales y de
Seguridad cuyo titular era el diputado Miguel Ángel Toma. Al término de la reunión, Toma
había proclamado: “El atentado está casi esclarecido”. Ni más, ni menos. Habrá sido por éxitos
como este que al hacerse cargo de la Presidencia a fines de 2001, con el país en llamas,
Eduardo Duhalde puso a Toma al frente de la SIDE. Su gestión estaría marcada por una
completa sumisión a la CIA y el robustecimiento absoluto del poder del Jefe de Operaciones, el
ingeniero Antonio Horacio Stiuso, alias “Stiles”, alias “Jaime”. Según decían otros agentes de
“la casa”, Stiuso tenía a Toma “agarrado de las bolas”.

Alarma: ¡Se viene el tercero!

La misma edición de “Crónica”, pero del día siguiente a la muerte del bombero —la del sábado
12— llevó un título catástrofe a tres columnas que ocupó casi toda la primera plana. En letras
blancas sobre fondo negro podía leerse: “ALERTA EL GOBIERNO: PELIGRO DE UN NUEVO
ATENTADO TERRORISTA”.

El cuerpo de la nota justificaba el voluminoso titular, al informar que en la noche del mismo
viernes en que se produjo la oscura muerte de Cánepa, de urgencia e imprevistamente, se
habían reunido en la Casa Rosada el secretario general de la Presidencia, Eduardo Bauzá; el

155
ministro del Interior, Carlos Ruckauf; el secretario de Seguridad Interior, brigadier Andrés
Antonietti, y el propio Anzorreguy. Y que como resultado del cónclave, el Gobierno había
decidido dar a conocer a la ciudadanía que existía una “amenaza de golpe extremista
extranjero (que) se puede dar en cualquier lugar del país”. En cualquier lugar.

El Gobierno justificó alarmar a toda la población con el pretexto de haber recibido


“información que fue suministrada por Israel y varios organismos de Inteligencia” acerca de la
inminencia de un tercer atentado terrorista. “El Gobierno nacional pudo establecer en forma
fehaciente la posibilidad de un nuevo atentado del terrorismo internacional”, destacó el parte
oficial que dio cuenta de la existencia de aquella reunión. Por increíble que parezca, el
comunicado afirmó que si hacía pública la (supuesta) amenaza era para “evitar la generación
de un clima de alarma y confusión ante las medidas inevitables que se deben adoptar”.

Fuera de crear el mayor pánico posible, el Gobierno se limitaba a anunciar que había
convocado de urgencia a la comisión bicameral presidida por Toma, cuyas declaraciones de la
víspera —“El atentado está casi esclarecido”— seguían siendo tan incompresibles como
sorprendentes... Excepto que Toma se hubiera referido a otras noticias incluidas en esa misma
edición. Por ejemplo, a “DETUVIERON A UN LIBANÉS QUE PODRÍA ESTAR IMPLICADO EN EL
ATENTADO A LA AMIA”.

¿Sería eso? Si se leía la letra chica, lo único que se informaba allí era que Akram Frahap, de 32
años, había sido detenido... por emitir cheques sin fondo en su país. Ese titular mentiroso
respondía perfectamente a lo que los inefables servicios de informaciones llaman “acción
psicológica” o “propaganda negra”.

“Crónica” también informaba en esa misma edición que el “testigo clave del atentado” según
el juez Galeano, el iraní Manoucher Moatamer, estaba en Ecuador, donde había pedido
refugio. Lo sorprendente era que la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas
(Acnur) de Venezuela, que había sido la protectora de Moatamer cuando este supuestamente
había escapado de sus captores iraníes (funcionarios consulares que lo habían ido a buscar a La
Habana y que lo habían alojado en Caracas en un hotel cinco estrellas), desaconsejaba que
Ecuador le otorgara el refugio pedido, porque a pesar de haberlo intentado todo un año, ni
siquiera había podido corroborar que su identidad fuera verdadera. Más tarde se sabría que
Moatamer se había radicado en los Estados Unidos, de donde sería expulsado cuando se lo
pilló in fraganti robando en una joyería.

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Ante versiones de que el cachivache persa pediría asilo en la Argentina, el vicecanciller
Fernando Petrella dijo que tal cosa “no tenía sentido”, que la Cancillería no veía que hubiera
“ningún motivo” para ponerse en contacto con el supuesto desertor de los servicios secretos
de Irán, cuyo oficio, había reconocido y ya estaba claro, era el de instalador de antenas
satelitales de TV, las conocidas budineras.

En medio del clima de fin del mundo creado adrede por el Gobierno, “Crónica” también
informaba de la detención en Buenos Aires de un iraní cuando intentaba cruzar al Uruguay a
través de un ferry de Buquebús haciéndose pasar por francés. Al parecer, tenía la doble
nacionalidad.

¿A qué se debía la alarma nacional lanzada por el Gobierno? ¿En qué se basaba? Nadie lo sabía
ni lo sabe hasta hoy. Por lo que no puede descartarse que su propósito haya sido garantizar
que el asesinato del infortunado bombero —el verdadero muerto 86 de la AMIA— no tomara
estado público.

Indefensos

Al momento de morir y desde hacía muchísimos años, al menos 15, Cánepa vivía con María
Beatriz y los hijos de ella en los fondos de la casa familiar, en la calle Basualdo 1732. En la parte
delantera vivía su madre, Gregoria Cánepa Carrizo de Jerez, viuda de un policía, junto a una
nuera y los hijos, sus nietos.

La muerte largamente anunciada de Alberto Cánepa sumió a la humilde familia en una tristeza
desesperanzada. Ningún jefe de la Policía Federal se comunicó con su madre y sus hermanos
para darles el pésame. Solo lo hicieron con María Beatriz, a la que le devolvieron las escasas
pertenencias que Alberto llevaba consigo al morir, entre ellas la ensangrentada cadenita y
medalla con la efigie del Che Guevara.

Sorpresivamente, María Beatriz le pidió a la familia Cánepa que no pusiera un abogado. Alegó
para ello que personas que aunque ataviadas de civil claramente eran policías, la habían ido a
ver en un automóvil, y mostrándole sus armas le habían pedido que cerrara el pico. “A mí ella
me dijo que los días siguientes también paraban en la puerta coches con personas que se
limitaban a mostrarle armas por la ventanilla”, comentó una familiar que convivió largos años
con la pareja. Lo cierto es que la familia no nombró abogado ni intentó revisar la absurda

157
calificación de “suicidio”. Después de cobrar el seguro y de asegurarse la pensión (aunque no
estaba casada, la Policía Federal salvó administrativamente la falta de la libreta), la mujer se
distanció de la familia. Antes de hacerlo, dio una dirección falsa.

El testamento

Más de un año después, casi año y medio, en un cobertizo que Alberto utilizaba para reparar
bicicletas apareció su testamento dentro de un tubo de plástico: seis hojas cuadriculadas
manuscritas por ambas carillas. En ellas, Alberto acusaba a un grupo de oficiales del Cuerpo de
Bomberos de estar involucrados, como mínimo, en la destrucción de pruebas. Evidencias que,
a su entender, de haberse judicializado hubieran permitido individualizar a los ejecutores
materiales del ataque.

En el texto, Cánepa expresaba su desconfianza en el juez Juan José Galeano y pedía


expresamente que, de pasarle algo, el mismo le fuera entregado a los medios. No fue así: el
juez Galeano guardó celosamente el testamento de Cánepa y con diversos pretextos evitó
durante mucho más de un año poner una copia en manos de la querella.

La importancia de este texto es crucial si se atiende a que hay sobradas evidencias de que
peritos del Cuerpo de Bomberos manipularon las pericias, e incluso fundadas sospechas de
que algunos de sus expertos en explosivos pudieron intervenir en la confección del artefacto
que detonó en el hall del edificio, junto a la medianera que daba hacia el inmueble contiguo
hacia el sur y la calle Tucumán. Y quizá también, aunque no es seguro, en el que explotó
dentro de un volquete que se puso frente a la puerta de la AMIA escasos minutos antes de la
hecatombe.

Fue Marcelo Pellegrino, el hijo mayor de María Beatriz Amor, quien encontró el testamento
que el previsor bombero había dejado dentro de un tubo verde de plástico, de los usualmente
utilizados por los ciclistas para llevar protegidas sus cosas. Estaba sellado con un papel lleno de
firmas de Cánepa recubierto completamente con cinta scotch. Su contenido eran seis hojas
grandes de cuaderno cuadriculadas y firmadas por él en los márgenes. Contenían gravísimas
imputaciones contra un reducido grupo de oficiales del Cuerpo de Bomberos, grupo que según
Cánepa tenía vínculos con quienes habían volado la AMIA.

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Pellegrino le diría al autor que el bombero dejó escrito que la célula de policías terroristas se
reunía clandestinamente en un departamento de Palermo, cercano a Plaza Italia, y que estaba
dirigida por un comisario inspector de apellido Capra. Uno de los oficiales de Bomberos que
dirigió las labores de remoción de los escombros y búsqueda de víctimas debajo de ellos codo
a codo con los rescatistas israelíes, efectivamente, fue el comisario inspector César Renato
Capra, del cuartel de Recoleta.

Nunca vio el autor los papeles originales que dejó como legado Alberto Cánepa. A fines de
1997 la AMIA le había dejado de pagar, y al cortarse ese vínculo dejó de ser parte y no tenía
manera de acceder al frondoso expediente. Lo que fue un gran alivio para el juez Galeano, al
que la aparición del libro “AMIA. El Atentado. Quiénes son los autores y por qué no están
presos” a mediados de aquel año había obligado a casi duplicar sus fojas a fin de cubrirse,
según destacó el abogado Gabriel Labaké.

El autor le había hecho luego a Galeano tres densas y detalladas presentaciones, pidiéndole
detenciones. Pero a fines de 1999, sin aquella representación que abría puertas, apenas si
había podido leer fugazmente una fotocopia borrosa que cotejó mentalmente con la
transcripción que hizo de ese mismo documento el secretario Carlos Velasco, quien, habiendo
podido leer esas hojas cuadriculadas con detenimiento, las había entendido de otra manera.

En fin: el autor escribió un borrador en base a apuntes, con plena buena fe, sin conocer a
ninguna de las personas sobre las cuales el muerto arrojó sospechas hasta el punto de
enfatizar que si le pasaba algo “los responsables directos” serían Liliana María Leiva, sus
hermanos y su cuñado (oficial de la Federal), al igual que el ya citado comisario Capra, que
tendría estrechas relaciones con los Leiva. El escrito de Cánepa acusa a Capra nada menos que
de haber “programado” su pase al cuartel de Recoleta, donde quedaría “inerme” en sus
manos.

Según los familiares de Cánepa, Marcelo Pellegrino y su madre les ocultaron durante un buen
tiempo el hallazgo y nunca les dejaron ver el original. María Beatriz Amor, dijeron, lo escondió
en la casa de una amiga, apodada “La Peti”, mientras Pellegrino intentaba mercar una copia,
por la que habría logrado unos trescientos pesos convertibles de unos policías interesados.

En diálogo con el autor, Pellegrino negó haberlo hecho, pero lo cierto es que desde el
momento que se produjo el hallazgo (en 1996) hasta el momento en que lo denunció ante el

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juez Galeano, pasaron al menos dos años. Pellegrino llevaba consigo una copia borrosa, que
mostró pero no dejó leer con detenimiento.

El rescate

El asunto probablemente nunca hubiera llegado a oídos del autor de no ser porque la historia
del mensaje arrollado dentro de un tubo (como si Alberto Cánepa se sintiera un náufrago en la
vida) llegó a oídos de una parienta del muerto, que vivía, y acaso siga viviendo, en Mar del
Plata: Juana Novacyk, una señora de clase media, docente y afiliada al Partido Socialista.
Después de pensarlo cuidadosamente, la mujer puso la historia en conocimiento de su amigo
de casi toda la vida, el diputado Héctor Polino. Quien a su vez puso la historia en conocimiento
de su colega Juan Pablo Cafiero, que integraba la Comisión Bicameral de Seguimiento de la
Investigación de los Atentados a la embajada de Israel y la AMIA.

Al comienzo, Cafiero se interesó vivamente en el asunto, poniéndose en contacto con la


docente marplatense y otros familiares de Cánepa. Marcelo Saín, que entonces era asesor de
Cafiero, debe acordarse del tema. También la entonces diputada María Cristina Fernández se
interesó en el asunto, que durante un tiempo fue objeto de curiosidad de asesores de la
Comisión Bicameral como Eduardo “El Chino” Estévez, coordinador en 1988 del segundo
informe de la Comisión, que empaquetó a todos los legisladores, incluida la actual Presidenta,
al hacerles firmar que había existido una Trafic-bomba. Gulp.

El descubridor

Estamos a fines de 1999 en el bar de Venezuela y Bolívar con Marcelo Pellegrino. Es


treintañero, gordo, de grandes ojos color azul claro. En el pasado tuvo algún problema con la
Justicia y pasó una temporada preso. Admite vivir a salto de mata, haciendo bolos en distintos
programas de Telefe. Había traído y me enseñó diversas fotografías. Entre ellas, una en la que
se lo veía junto a Natalia Oreiro en el rodaje de “Muñeca brava”. Trajo consigo también unas
borrosas fotocopias del virtual testamento de Alberto Cánepa.

Cuando encontró el original, dijo, hacía pocos meses que había tenido a su hija. Se jactó de que
la beba ya había aparecido en varios programas, y que por ello le habían pagado un dinero que

160
le había venido muy bien. Me dijo que, además de esa carta, Alberto había dejado un mapa en
el que estaban señalados varios puntos de sus investigaciones del caso AMIA. Y agregó que,
aunque se lo iba a llevar a Galeano, bien podría hacer una copia para mí. Por el modo en que lo
dijo interpreté que quería dinero a cambio de la primicia.

También había traído a la cita un “Manual de Inteligencia” de la Policía Federal de tapas azules
que había sido de Alberto. Algunas hojas estaban dobladas y subrayadas. Correspondían a
partes en las que se hacía referencia al marxismo-leninismo y a Guevara. Dijo que Alberto
sentía auténtica fascinación por él. “Lo idolatraba. Juntaba cosas que hicieran referencia al
Che. Fotos y artículos”, comentó.

Esa fascinación por la figura del Che no le impedía a Alberto ganarse unos pesos haciéndole
publicidad al MODIN del teniente coronel Aldo Rico, dijo Marcelo. Esas changas las conseguía a
través de un capitán retirado del ejército, de apellido Tichegui (fonético), que vivía en Palermo
y al que Alberto trataba familiarmente de “Tito”. Dijo que tanto “Tichegui” como Alberto eran
amigos del teniente coronel (R) Luis Polo.

Una digresión

La aparición de Polo en el relato me sorprendió. Y es que aunque había secundado a Rico en la


primera rebelión carapintada, en la Semana Santa de 1987, se había distanciado ruidosamente
de él cuando “El Ñato” pactó con Eduardo Duhalde. No fue el único escandalizado. Varios
allegados a Rico se distanciaron entonces denunciando que Duhalde le había dado doce
millones de pesos/dólares que Rico no había repartido. Polo había sido uno de ellos. Había
encabezado una efímera escisión, el MODIN “Azul y Blanco”, que en 1995 había tenido la
humorada de proponer como candidato a la Presidencia de la república al ex dictador Juan
Carlos Onganía, alías “La Morsa”... quien falleció horas antes de los comicios.

Había un “Polito” acusado junto a otros conspicuos carapintadas de estar supuestamente


involucrados en el atentado de la AMIA. La acusación la habían hecho un ex agente de la SIDE y
un comisario de la Bonaerense, ambos impresentables, y a través de un testigo con reserva de
identidad, instrumento entonces de más que dudosa legalidad.

Fue una falsa pista puesta a circular aprovechando que había ex carapintadas involucrados en
el robo de armas y municiones de los arsenales del Ejército y que también los había que el

161
infausto 18-J se habían encontrado en un bar de las inmediaciones de la AMIA, al parecer
enterados de que se iba a atentar contra ella. A favor de los reunidos puede decirse que tras
las explosiones habían auxiliado con una camioneta-furgón (del estilo de las Trafic) a los
heridos que yacían en la calle Pasteur.

La principal figura de este grupo era el sargento Jorge Orlando Pacífico, un buzo táctico
especializado en explosivos que había sido dado de baja por el Ejército por participar de la
primera sublevación carapintada. Pacífico se desempeñaba como secretario del concejal
porteño por el MODIN Alejandro Montiel, un melancólico amigo del ex almirante Emilio
Eduardo Massera.

Aquel aciago lunes, Pacífico se encontró a las 9.30 en un bar de Corrientes y Pasteur –a menos
de 250 metros de la AMIA–, que ya no existe, con quien dijo que era su chofer (?), Miguel
Ángel Calvete, y otra persona, discapacitada, cuyo nombre dijo no recordar pero que
igualmente sería identificada como el ex cabo carapintada Miguel Ángel Burgos. Pacífico dijo
que los tres conversaban sobre la fundación de una asociación civil para ayudar a los niños y a
los discapacitados cuando los sorprendió la explosión.

El buzo aparecía en tres tomas de video entre quienes socorrían a las víctimas y pretendió
haber sido un socorrista espontáneo. "Fui a ofrecerme para rescatar a las víctimas que se
encontraban entre los escombros", aseguró, aunque en los videos no aparecía ayudando a los
heridos, sino conversando con un policía sobre una montaña de escombros y mirando los
daños, evaluándolos.

Más tarde, Pacífico cambiaría su versión inicial y diría que había ido a ese bar porque esperaba
encontrarse con el apoderado nacional del MODIN, “el doctor Enrique Rodríguez Day, quien
estaba interesado en comprar un automóvil BMW que vendían allí cerca, sobre la calle
Pasteur”. Diría entonces que desde que había sido exonerado del Ejército, además de trabajar
para el concejal Montiel se dedicaba a la compra-venta de automóviles BMW, así como de
otros vehículos dados de baja, que desguazaba para vender sus piezas. Que Rodríguez Day
quería comprar un BMW usado y que le había pedido que lo asesorara.

Según quien era entonces el abogado de la AMIA, Luis Dobniewski, el juez Galeano desmontó
fácilmente esa coartada. Dijo que resultaba evidente que Pacífico y Rodríguez Day la habían
fabricado tras zambullirse en las páginas de los avisos clasificados del 18-J. Claro que al hacerlo
tanto tiempo después no podían saber que el auto alemán en el que dijeron estar interesados

162
ya estaba vendido e incluso que jamás se había exhibido en la calle Pasteur. El aviso había
aparecido en “Clarín” el domingo 17 y el lunes 18. A quienes habían llamado el domingo se los
había invitado a ver el auto en un garaje de la calle Juncal, y a quienes lo habían hecho el lunes
se les había informado que el auto ya había sido vendido en la víspera, explicó Dobniewski.

Pero aun así, no se veía que hubiera alguna relación directa entre Pacífico y sus amigos y el
ataque a la mutual judía. De las intervenciones telefónicas ordenadas por el juez parecía
deducirse que Pacífico, Rodríguez Day y otro ex carapintada, el teniente retirado Juan Carlos
Coppe, sabían quiénes eran los que habían volado la AMIA. Eso es lo que podía deducirse de
dos escuchas de diálogos de Pacífico con Rodríguez Day y un tal “Alberto” (que resultó ser
Guillermo Alberto Nyari, de 55 años, hasta muy poco antes funcionario del Ministerio del
Interior) hechas por la SIDE. En ambas charlas se había considerado la posibilidad de vender
esa información al mejor postor e incluso de reclamar la recompensa instituida por el
Gobierno.

Pacífico fue detenido. Interrogado en el juzgado explicó que cuando le dijo a Rodríguez Day
que “la Policía Federal no dio señales de interés” quiso expresar que tras “tirar líneas” entre
oficiales amigos de la PFA, había llegado a la conclusión de que a estos no les interesaba en lo
más mínimo “conocer detalles del atentado a la AMIA”. Según el juez Galeano, de los diálogos
interceptados se deducía que Pacífico, Rodríguez Day y Nyari daban por hecho que dos
personas a las que mencionaban como “Chispita” y “El Negro” estaban involucradas en el
atentado.

Cuando le llegó el turno de declarar, Nyari reconoció que las informaciones sobre el atentado a
la AMIA a las que se hacían referencia en las conversaciones interceptadas provenían de dos
conocidos suyos: el inspector de la PFA Walter “Chispita” Rial, y Mario “El Negro” Ortiz (al
parecer, también policía). Ambos le habían asegurado que tenían “una punta del tema AMIA”,
sí, pero él había podido comprobar luego, aseguró, que la información que le ofrecían era
irrelevante.

No dijo cuál era. No consta que se lo hayan preguntado.

Levantes

163
Retomando. Cuando le dije que fuera más explícito respecto del contenido de los papeles de
Alberto, Marcelo Pellegrino se mostró evasivo. Era evidente —y lógico— que tuviera miedo,
pero al final dijo, redondeando, que “lo que más recuerdo es que acusan a un comisario de
Bomberos, de apellido Capra, y a otros oficiales del Cuerpo especializados en explosivos,
particularmente a un subinspector, de haber destruido intencionalmente evidencias, de estar
relacionados con los terroristas y de reunirse habitualmente en un departamento de Plaza
Italia. Y, también, que de esas reuniones participaba una mujer”.

Luego, repitió con algo más detalles una historia que ya había escuchado de boca de Isabel,
hermana de Alberto: que el bombero había tenido relaciones íntimas con esa mujer, Liliana
Leiva, pero que se había convencido de que no habían sido sus encantos los que la habían
conquistado, sino que se la habían “plantado” sus enemigos para que le tirara de la lengua y
averiguase qué era lo que sabía del atentado a la AMIA. Alberto, dijo Marcelo, le había dicho
que se había dado cuenta de la maniobra por las insistentes preguntas de ella. También le
había dicho que temía haberse ido de boca.

Por lo —poco— visto, el miedo de Cánepa no se basaba solo en lo que le había dicho a Liliana
Leiva. Su escrito hace referencia a diálogos que habría tenido en el cuartel de Saavedra con el
comisario Cufré y con otro bombero de apellido Goycoechea, y a su creciente desconfianza por
ciertas actitudes de un principal de apellido Medina y un sargento ayudante de apellido Páez.
Afirmaba que Medina, Páez, Goycoechea y un sargento llamado Pelliza participaban, al igual
que Liliana Leiva, de las misteriosas reuniones que se celebraban en un departamento del
barrio de Palermo, cerca de Plaza Italia, reuniones que eran presididas por el comisario Capra.

Algo chirría en la facilidad con que, según el relato, él se encontró con ella y tuvieron sexo en
esa primera cita: es el diferente estatus social de ambos. Según la transcripción del texto,
Liliana era secretaria de Relaciones Públicas de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, ubicada
junto la Facultad de Medicina, a escasos 200 metros de la AMIA, y el agente Cánepa Carrizo
solía llamarla allí por teléfono al interno 300.

Tras aquel primer sorprendentemente fácil lance amatorio, según el texto Cánepa acompañó a
Liliana a su casa, en la calle Comodoro Py 2550, de la localidad bonaerense de Gregorio de
Laferrère. En el trayecto, ella le habría señalado distintas casas que, le dijo, pertenecían a
efectivos de la Policía Federal y de la Gendarmería con los cuales, por lo visto, mantenía un
trato asiduo. Desde entonces, Cánepa había comenzado a desconfiar.

164
No es esta la historia oficial: según los apuntes que pude tomar en la fiscalía de Eamon Mullen
y José Barbaccia de la transcripción del texto por el secretario Velasco, en su angustiado
testamento Cánepa contaba que conoció a Liliana Leiva casualmente en 1993 (es decir, antes
del atentado a la AMIA), cuando quiso llamar a la inmobiliaria Pugliese para vender un terreno
y en lugar de marcar el número correcto (620-1940) marcó 626-1940. Es decir que habría sido
un “levante telefónico”, lo que aventaría toda posibilidad de que se la hubieran "plantado" a
su lado…

Tiempo después, Rolando Graña, por entonces en la CNN, dijo al aire refiriéndose a la Policía
Federal que era una vergüenza que los policías que custodiaban la AMIA, sospechados de
haber abandonado su consigna antes de la explosión, no dieran la cara.

De inmediato, el ministro del Interior, Carlos Vladimiro Corach, le ordenó al jefe de la PFA,
comisario general Juan Adrián Pelacchi, que todos los policías implicados en la investigación
pudieran ser entrevistados por la CNN en el Departamento Central de Policía. Ventajas de las
cadenas imperialistas. Así fue que Graña pudo entrevistar al jefe de los Bomberos, a oficiales
del Departamento de Explosivos, a los policías que habían abandonado la guardia, a casi todo
el mundo, bien que en un clima de inocultable tensión.

Ya habrá, más adelante, referencias a esas entrevistas. Lo que importa ahora es que a la salida
del Departamento, una hermosa policía de uniforme salió al paso de Graña y le dijo que era la
encargada de relaciones con la prensa. Y que estaba a su entera disposición. Al decirlo esbozó
una amplísima sonrisa y clavó sus ojos en los de él.

Graña era joven y pintón, pero se le cruzó, como una nube, la sospecha. Primero se sintió
halagado, pero cuando ella lo llamó, urgiéndolo a concretar, y más tarde cuando le propuso un
trío con una amiga, se echó atrás. “Estaba tan buena como comer pollo con las manos,
buenísima, pero algo me hizo desconfiar. Y parece que mi intuición no estaba equivocada.
Porque por entonces tenía un informante que era agente de calle de la SIDE y que días
después confirmó mis aprensiones: ‘Jefe, a esa mina se la pusieron de estampilla para que le
bata a sus jefes en qué anda’”.

Por lo visto, pescar con carnada era una inveterada costumbre.

Porongas

165
Después del clímax, en la conversación con Pellegrino sobrevino un momento de sosiego. “En
esos papeles Alberto también denunció a Matilde (Svetz de) Menéndez: decía que había
cobrado una coima de 100.000 pesos, recuerdo. Son cosas que Alberto sabía porque hizo
muchos años adicionales (es decir, horas extras) en el PAMI”. Curiosamente, comentó, era el
juez Galeano quien llevaba la causa abierta contra la funcionaria Menéndez por el pago
sistemático de “retornos” en el PAMI, una causa, creo recordar, iniciada por el fiscal (y futuro
Jefe de Gobierno de la Ciudad) Aníbal Ibarra. Que dormía el sueño de los justos en los cajones
del Juzgado Federal Nº 9.

Pellegrino volvió a negar que estuviera tratando de vender esos papeles al mejor postor ya
que, planteó, no los tenía consigo. Solo tenía una copia de mejor calidad que la que había
traído. Dijo que a través de un pariente, comisario retirado, se había puesto en contacto con el
oficial principal Rodolfo Artese, de Robos y Hurtos, quien le había dicho que le tomaría
declaración, pero que antes tenía que leer el escrito de Cánepa, “no sea cosa que estén
involucrados porongas” de la propia Policía. Y que cuando días más tarde lo llamó por
teléfono, Artese no mostró interés en tomarle declaración.

Luego de exhibirme una tarjeta de Artese, Pellegrino me contó que a mediados del año
anterior había ido al juzgado de Galeano y declarado extensamente ante el secretario Carlos
Velasco durante dos jornadas, los días 15 y 17 de julio, aunque sin llevar consigo los originales,
que permanecían guardados en casa de una amiga de su madre. Me mostró seguidamente una
constancia de que había dado testimonio esos días y dijo que entre una y otra declaración
había ido a ver a Artese y que este, muy preocupado y para cubrirse, le había tomado
declaración, poniéndole fecha antedatada, como si primero hubiera declarado ante él y
después lo hubiera hecho en el juzgado.

También entre una y otra declaración judicial, agregó, Galeano le había ordenado a los policías
del nuevo Departamento Unidad de Inteligencia Antiterrorista (DUIA, que había reemplazado
al disuelto –por encubridor– Departamento de Protección al Orden Constitucional, DPOC)
dirigido por el comisario Jorge “El Fino” Palacios, que allanaran el domicilio de Alberto (donde
seguían viviendo Marcelo y su madre) en busca de los papeles originales. Y que aunque no los
encontraron allí, consiguieron que su madre los condujese hasta la casa de la amiga donde los
había guardado. Los policías los habían incautado allí y llevado al juez. María Beatriz también
les había dado a los policías la nutrida agenda de Alberto.

166
Luego, también ella había declarado en el juzgado de Galeano. Pero Marcelo dijo que no sabía
qué había dicho porque estaba distanciado de su madre (que, dijo, estaba viviendo en Bella
Vista) y ni siquiera se hablaban.

Pellegrino dijo que él había ratificado sus declaraciones ante el secretario Javier De Gamas el 4
de agosto, ocasión en que tanto él como Velasco lo instaron a “no meterse más” en un asunto
tan escabroso y le aseguraron que el escrito de Alberto estaba seguro, guardado en una caja
fuerte del juzgado.

Otros “suicidios”

La muerte de Alberto Cánepa no fue una excepción. Me interesé en su caso y amargamente


comprobé que no tenía medio donde publicar lo que había descubierto y que me pagaran algo
por ello porque todos los diarios y revistas habían acordado plegarse a la historia oficial
bendecida por los Estados Unidos e Israel (y, por supuesto, si es que pueden bendecir, por los
asesinos, a quienes nadie buscaba ni buscaría), es decir al verso, al camelo de las camionetas
bomba pilotadas por kamikazes libaneses de Hezbolá teledirigidos desde Teherán. Corría 1999
y en ese año —en medio de múltiples crímenes, tiroteos y amenazas que tuvieron como
protagonistas a policías—, otros dos agentes de la Federal serían ostensiblemente asesinados
en los lugares donde prestaban servicios y, sin embargo, declarados como suicidados. Fueron
dos jóvenes de 21 años, los dos del interior del país y en ambos casos sus jefes no tuvieron
apuro en informar a la prensa de sus decesos. Que a pesar de ello y a diferencia del de Alberto
Cánepa, terminaron por trascender.

El primer asesinato fue el del bisoño oficial Horacio David Escalante, de 21 años, y había
ocurrido en febrero y en la comisaría 16ª, del barrio de Constitución. El segundo fue el de
Roberto Quiroga, agente de la Guardia de Infantería, el domingo 29 de agosto por la mañana
—es decir, a 18 años de la muerte de Cánepa— en el Departamento Central de Policía. Ambos
murieron de sendos disparos de sus pistolas 9 mm, uno en mitad de la frente y otro en el
estómago. Y en ambos casos ningún policía dijo haber escuchado el estampido.

La historia oficial dice que el domingo 29 de agosto de 1999, agentes del Cuerpo de Guardia de
Infantería de la PFA descubrieron en una cuadra del sexto piso del Departamento Central de

167
Policía, del lado que da a la avenida Belgrano y Luis Sáenz Peña, a Roberto, que yacía en su
cama marinera con un balazo en el estómago. Había muerto sin atención médica, desangrado.

El disparo había salido de su arma reglamentaria y de acuerdo a las “altas fuentes policiales
consultadas por ‘La Nación’ se habría tratado de un suicidio”. La noticia fue dada a conocer por
la Secretaría de Prensa y Difusión de la PFA recién el miércoles 1º de septiembre al mediodía, a
más de 72 horas de producida la muerte. Según el comunicado, porque se había estado a la
espera de que la jueza Gabriela Lanza, titular del Juzgado de Instrucción Nº 42, diera su
autorización. Un insólito pretexto que nunca más habría de utilizarse, ya que en casos similares
la PFA informaba del fallecimiento y cuál era el magistrado que intervenía.

Gustavo Carabajal, periodista de “La Nación”, señaló al día siguiente que “ante semejante
afirmación (que Quiroga se habría suicidado) surgió la pregunta impulsada por el sentido
común: ¿quién se suicida de un disparo en el estómago?”. Carabajal citó a “un veterano
investigador” que recordaba que “la lógica indica que nadie se mata con un tiro en el
abdomen, sino que se dispara en la boca o en la cabeza”.

El experto destacó que “el disparo se produjo en el mismo edificio y a menos de cincuenta
metros del despacho del jefe de la PFA, el comisario Pablo Baltazar García” y puntualizó que
circulaban “dos versiones sobre la hora en la que ocurrió la muerte”, pues mientras “algunos
testimonios indican que el agente falleció durante la madrugada y que el cuerpo fue hallado en
las primeras horas de la mañana”, otra versión asegura que “la muerte ocurrió ese domingo a
las 11.50 cuando en la cuadra de la compañía 6ª del Cuerpo Guardia de Infantería había doce
policías que comenzaban a vestirse con sus uniformes para salir rumbo al estadio de Boca
Juniors para participar del operativo de seguridad por el encuentro que iban a disputar el
equipo local y Chacarita” y que “tal como ocurría todos los domingos, Quiroga se había
anotado para hacer el servicio adicional en las canchas”. Sin embargo, ironizó el periodista, de
esos policías “nadie vio (ni escuchó) nada”.

Como provenía del interior del país, Quiroga vivía en el cuartel de la Guardia de Infantería,
dentro del Departamento Central de Policía. “Llegó de bailar, se acostó en su cama, se arropó,
tomó su arma, se colocó en posición fetal y se disparó”, le dijo al periodista uno de sus jefes.
“Dicen que el muchacho dormía con su arma. Quizá se le disparó en forma accidental”, dijo
otro.

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Desde entonces, ni una línea sobre la muerte de Quiroga ha vuelto a ser publicada en los
diarios.

El caso Escalante

El supuesto suicidio del joven oficial Escalante en el baño de la comisaría 16ª de la ciudad de
Buenos Aires enlutó a la ciudad de Río Gallegos, de la que provenía. Cuesta imaginar que el
estampido de la pistola de reglamento (calibre 9 mm Parabellum) no haya sido escuchado por
ninguno de sus compañeros. La comisaría informó oficialmente que Escalante se había pegado
un tiro en la sien derecha, y el comisario titular, Carlos Espínola, que si nadie había escuchado
el disparo debió haber sido porque había sido tapado por el ruido de la cercana autopista a
Ezeiza. Sin embargo, quienes están acostumbrados a oír detonaciones de armas de fuego no
solo suelen distinguirlas de otros ruidos (por ejemplo, del reventón de un neumático), sino que
incluso pueden aventurar con alto grado de certeza con qué tipo de armas se efectuaron.

El superior del taquero Espínola era el comisario inspector Jorge Velazco. Quien también trató
de disipar sospechas y se apresuró a asegurar (¿cómo podía saberlo si no había habido
testigos?) que Escalante se habría suicidado a causa del sufrimiento que le causaba “el
desarraigo” de su familia, que era de Río Gallegos.

El propio jefe de la PFA, el comisario general Pablo Baltazar García, dijo que en su opinión
Escalante se había suicidado. La insistencia con que se habría tratado de un suicidio llama la
atención porque en realidad Escalante había muerto de un tiro en la frente y entre ambas
cejas, como habría de constatarse en una nueva autopsia hecha en Río Gallegos.

Escalante no tenía ningún motivo para suicidarse, dijeron sus familiares. Era alegre y
dicharachero como suelen ser los jóvenes de su edad, explicaron. También dijeron que Horacio
estaba muy contento de ser policía, entre otros motivos porque así complacía a su padre, un
ex policía santacruceño que debió jubilarse tempranamente tras haber sufrido un accidente
cerebrovascular.

Escalante era un arquetipo de los nuevos policías que ingresan a la fuerza. Muchachos sin
vínculos con la represión desatada en los años 70, cuando la mayoría de quienes conformaban
la cúpula policial habían integrado los “grupos de tareas” que secuestraron, robaron,

169
torturaron y asesinaron. Jóvenes que no establecieron “pactos de sangre” porque no la
derramaron ni buscan derramarla.

Baste decir que Horacio era “fan” de los Redonditos de Ricota, banda de rock cuyos seguidores
eran objeto de especial inquina por la vieja guardia policial, hasta el punto de haber matado a
uno de ellos a golpes en una comisaría del barrio de Belgrano.

Horacio se había criado en el viento y el frío de Río Gallegos, ajeno a la sórdida realidad policial
de las grandes urbes y empapado de una larga serie de videofilms norteamericanos cuyas
tramas giran en torno a la lucha de policías honestos contra otros policías venales y corruptos.

No hacía todavía un mes que se había incorporado a su primer destino en la fuerza: la


comisaría 16ª, con jurisdicción sobre la plaza y la estación de Constitución, seccional que
arrastra la añeja reputación de ser una de las más corruptas de la Capital. Hasta el punto de
que fueron sucesivas denuncias contra sus efectivos, corroboradas luego por uno de los
mismos policías, el cabo Marcelo Hawrylciw (quien desde entonces había sobrevivido a tres
atentados), las que habían motivado una purga que le había costado el cargo a los comisarios
titulares de 38 de las 52 seccionales porteñas.

Los familiares de Horacio Escalante, que viajaron a Buenos Aires para llorarlo y recuperar su
cuerpo, se quejaron amargamente del trato desconsiderado y francamente hostil que
recibieron de las autoridades policiales. Quienes se negaron a abrir el ataúd y se empeñaron
en querer mandarlo a la capital santacruceña por vía terrestre, contra la opinión de los deudos,
decididos a que fuera por vía aérea, que se salieron con la suya.

Mientras la madre de Horacio, Cecilia Marassi, se enzarzaba en estas discusiones, un oficial de


la PFA se acercó a su hermano Eduardo —residente en Corrientes— y le susurró al oído:
“Investiguen a fondo porque hay cosas oscuras”. El mismo y otros policías le comentaron en un
aparte a Eduardo que, en los pocos días que llevaba en la comisaría 16ª, Horacio había
discutido con un principal, José Garrigó, que lo habría tratado de “inútil”.

A pesar de la lógica aprensión que causaron estas palabras, fue recién en Río Gallegos cuando
los familiares del muerto pudieron abrir el féretro y descubrir que Horacio había muerto de un
balazo en la frente y que tenía la cara y una mano amoratadas, posible signo de una pelea
inmediatamente anterior a su muerte.

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Ante la evidencia, Cecilia Marassi recurrió al juez federal local, que tomó la causa brevemente
por “una cuestión de humanidad”, declarándose “conmovido” por el relato de la pésima
atención de los jefes policiales a la familia Escalante, antes de inhibirse en favor de un juez
capitalino, Carlos Mahdjoubian. La madre de Horacio le pidió a este que autorizara una nueva
autopsia en Río Gallegos, la que confirmó lo apreciado a simple vista.

Parecía que el “caso Escalante” podría convertirse para la Policía Federal en lo que había sido
el asesinato del conscripto Omar Carrasco para el Ejército. Pero el juez Mahdjoubian no
declaró el secreto de sumario ni protegió en modo alguno a los policías de la comisaría 16ª. No
les ofreció mínimas garantías para decir lo que supieran, con el más que previsible resultado
de que todos dijeron no haber visto ni escuchado nada.

Luego, el juez cerró la causa. No hubo fiscales que apelaran la medida.

4. El atentado a la AMIA

Varios testigos dijeron haber visto helicópteros sobrevolar la AMIA el domingo durante el día y
también por la noche; así como en la madrugada del lunes 18 de julio de 1994, muy poco antes
de que se produjera la explosión y también después de ella. Los más llamativos fueron los

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dichos referidos a las evoluciones de autogiros sobre la AMIA ese lunes por la mañana, antes
de las 9.53.

Adriana Schettino, empleada del negocio de venta de ropa de Pasteur 615, a metros de la
mutual, dijo que mientras caminaba hacia su trabajo por Pasteur, al cruzar Rivadavia vio cómo
“un helicóptero de grandes dimensiones sobrevolaba la zona a muy baja altura”. Schettino
estimó que eso habrá sido alrededor de las 9 y que la máquina siguió en esa posición durante
varios minutos, ya que “el helicóptero seguía allí” cuando llegó a su trabajo después de
recorrer unos seiscientos metros.

La vecina Marta Portela, domiciliada en Pasteur 783, aseguró que helicópteros sobrevolaron la
AMIA tanto por la noche —cuando utilizaron reflectores— como también “tres o cuatro
minutos” después de la explosión. En este caso, puntualizó, el helicóptero era verde y tenía
pintado en el fuselaje una cifra que incluía, en ese orden, los números “2, 7 y 4”.

Una vecina de apellido Ainstein y Sergio Daniel Mamondi, de 23 años, que vivía a unos 400
metros de la AMIA, coincidieron en que después de las explosiones y el desmoronamiento
parcial del edificio, se había detenido sobre el lugar un helicóptero verde. Cuando me encontré
con Mamondi, me dijo que había pasado muy mala noche porque le dolían las muelas, y que
ya bien entrada la misma, en la madrugada del lunes, su padre había escuchado sobrevolar la
zona a un helicóptero y se lo había comentado.

Llegué hasta Mamondi luego de leer en el expediente una minuta confeccionada por un
anónimo agente de la SIDE que, después de haber conversado informalmente con él, informó
que a Mamondi le había llamado tanto la atención que un Renault pasara tres veces por
enfrente de la AMIA que había anotado su patente. El espía incluso consignaba ese número: C-
1 2.220.242.

Cuando nos reunimos con él, en un piso 11 de la calle Sarmiento, comprobé que la minuta
contenía inexactitudes. Mamondi confirmó tanto lo de su dolor de muelas como lo de que su
padre había escuchado sobrevolar un helicóptero, pero relativizó lo del automóvil. Contó que
había ido al Hospital Clínicas temprano, pasadas las 8, para averiguar dónde podía recibir
tratamiento odontológico gratis. “Tardé en llegar porque yendo para ahí me quedé charlando
con un conocido, Darío, encargado de la cochera que está en la vereda de los números pares
de Pasteur entre Viamonte y Córdoba. Charlaba con él mirando a la calle cuando vi pasar dos
veces a marcha muy lenta un Renault 18 con tres hombres en su interior y pensé que debían

172
ser policías o algo así”, recordó. Pero en cambio no logró recordar haber tomado el número de
su patente.

Acababa de salir del Hospital, siguió diciendo, cuando se escuchó un gran estruendo, y la gente
que huía despavorida lo atropelló, de modo que al igual que unas chicas que estaban cerca de
él, en la avenida Córdoba, cayó sobre unos vidrios rotos y se cortó el dedo anular de la mano
izquierda. De ahí, sangrando mucho, se fue a su casa, donde se lavó la herida con agua y jabón,
alcohol y Merthiolate y después él mismo la vendó. Estaba haciéndolo cuando vio por la
ventana que sobre la AMIA permanecía suspendido “un helicóptero grande, verdecito, como
los que tienen el Ejército o la Prefectura”.

También recordó —con un dejo de rencor— que cuando se refirió a este helicóptero en el
juzgado, quien le tomaba declaración le preguntó si llevaba misiles.

—Se estaba burlando de mí, por lo que le contesté: ‘¿Qué película viste? ¿Rambo?’”.

A la vista de las imprecisiones de las minutas hechas el mismo 18-J por ignotos agentes de la
SIDE, desde luego que no se podía creer en ellas a pie juntillas, pero tampoco podía
desdeñárselas sumariamente. Una, surgida de un sucinto interrogatorio a quien dijo llamarse
Héctor Ricardo Robledo, también se refirió a dos helicópteros, a los que dijo haber visto
navegando juntos a eso de las 2.30 de la madrugada. Robledo dijo más: aseguró que uno de
ellos se había detenido sobre el edificio de la AMIA mientras lanzaba hacia abajo una soga o
algo parecido.

El agente de la SIDE había llegado a la pensión dónde vivía Robledo, en la calle Tucumán 2250,
porque figuraba en las listas de heridos que habían sido atendidos en el Hospital de Clínicas.
Pero una vez que lo encontró, Robledo negó haber estado herido y también haber pisado el
hospital. En cambio, le dijo que a las 2.30 de la mañana había ido a comprar cigarrillos a un
kiosco de la avenida Córdoba, y que cuando caminaba por Pasteur y pasaba frente a la AMIA se
entretuvo mirando las evoluciones de dos helicópteros.

Que un helicóptero rompiera la serenidad de una fría noche invierno un lunes a la madrugada
era de por sí una rareza; que hubiera dos... “Primero apareció uno que sobrevoló la AMIA
iluminándolo con un reflector y después apareció otro, del que pendía una especie de soga”,
dice la minuta que dijo Robledo. “Al serle requeridos sus datos personales, el causante se negó
a suministrarlos”, precisó el agente de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), que

173
describió a Robledo como un hombre de “contextura robusta, 1,80 metro de altura
aproximada, tez morena, pelo crespo y entrecano con prominentes entradas en la frente, de
bajo nivel cultural y aparentemente sin trabajo fijo”.

“¿Cuándo van a hablar del helicóptero que estaba encima de la AMIA poco antes de que
estallara la bomba?”, preguntó un oyente, que se identificó como “Mario”, al periodista
Herman Schiller durante una emisión del programa que conducía en Radio Jai. Schiller estaba
entrevistando al abogado de la AMIA, Luis Dobniewski y a quien escribe. “Así como yo lo vi
desde mi departamento de Santa Fe y Azcuénaga, me figuro que otras muchas personas
habrán visto sus evoluciones”, agregó el oyente, que no dejó su apellido.

La calma que precede a la tormenta

Aquella fría mañana de invierno, pasadas las 9.50, la calle Pasteur entre Corrientes y Córdoba,
en pleno barrio de Once, era irreconocible. Habitualmente bulliciosa y llena de automóviles y
camionetas que descargan mercaderías, estaba semidesierta. Muchos testigos se referirían al
insólito silencio que reinaba cuando se produjo una larga, se diría que interminable explosión.
O dos explosiones consecutivas, como puntualizaron muchos testigos sin conseguir que ni los
policías, ni los agentes de la SIDE que confeccionaban minutas informalmente sin requerir la
firma del interrogado, ni en el juzgado interviniente, el Federal Nº 9 a cargo de Juan José
Galeano, se dignaran a consignar un dato tan crucial. Que, para colmo, estuvo presente ya en
el testimonio de un hombre joven y con buena vista que estaba mirando, precisamente, en
dirección a la puerta de la AMIA. Esperando ver aparecer una Trafic blanca.

Gabriel Alberto Villalba era técnico de la firma Nardi y Herrero, y estaba terminando de cargar
un flete —una camioneta Dodge— en la calle Pasteur pasando Viamonte hacia el lado de la
avenida Córdoba, con equipos odontológicos que debía llevar a una clínica de San Miguel,
donde debía instalarlos. Como no había encontrado lugar para estacionar, la camioneta estaba
en doble fila, en infracción, y mientras otros trabajadores la cargaban, él miraba en dirección a
la calle Corrientes, vigilando que no apareciera una Trafic blanca del Servicio de Tránsito
Ordenado (STO), que por entonces se encargaban de inmovilizar con un cepo a los vehículos
mal estacionados. También estaba atento a que los policías que estaban en las ochavas de la
esquina de Viamonte y Pasteur no se acercaran. Si aparecía la Trafic del STO, le diría al chofer
que diera una vuelta a la manzana. Si no podía convencer a los policías de que no le pusieran

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una multa y le hicieran el aguante unos minutos, lo mismo. Tenía la mirada fija en un
patrullero Renault estacionado poco más allá de la puerta de la AMIA, que por la basura que
acumulaba debajo quedaba claro que no funcionaba y estaba allí de adorno, o más bien como
lugar de descanso de los policías que custodiaban la puerta de la mutual judía.

“Al escuchar la primera explosión vi como comenzaron a volar de abajo hacia arriba todo tipo
de objetos que iban a caer en la calle. Enseguida hubo otra explosión y desde el interior del
edificio de la AMIA salió una gran bola de fuego que cubrió toda la calle, tapó al patrullero, a
una camioneta de pan Sacaan, a un auto que, creo, era un Volkswagen Passat, y también a una
mujer que estaba en la esquina de Pasteur y Viamonte. La parte de atrás del Volkswagen
explotó y pude ver con claridad cómo su conductor se debatía dentro de la cabina. Después se
produjo como un efecto de succión, y la bola de fuego se retiró. Con ella desaparecieron la
mujer y el auto. Entonces el edificio se desmoronó y una gran nube de humo lo cubrió todo”.
Tal fue, en síntesis, el testimonio que Villalba dio en la comisaría 5ª.

Tres años después, reconfirmó y limpió de algunas tergiversaciones la transcripción de su


declaración ante los policías. Recordó lo mucho que le había llamado la atención que el
tránsito fuera muy escaso. “Trato de no venir al centro los lunes y viernes porque el tráfico es
un manicomio, y estaba con bronca por haber tenido que ir un lunes, pero para mi sorpresa,
apenas si había coches. Estaba muy sorprendido. Había dejado mi coche afuera del
macrocentro porque ese día estaba vedada la entrada a los autos con terminación de patente
0 y 1. Recuerdo que pensé si esa veda podía justificar tamaña merma. No me parecía. En esos
pensamientos andaba, siempre mirando fijo al patrullero, cuando se produjo la primera
explosión. Recuerdo perfectamente el momento en que ocurrió. Cuando fijé la vista vi objetos
que volaban hacia el cielo. Un segundo después escuché una segunda explosión. Fue al mismo
tiempo que vi la enorme llamarada amarilla. Entre uno y otro estruendo vi a un Volkswagen
Passat beige que se estaba acercando a la esquina de Viamonte, el camión de (pan) Sacaan
estacionado sobre la mano derecha, más allá un volquete y todavía más atrás el patrullero
Renault y más atrás todavía una camioneta Fiat Fiorino blanca. No vi ninguna Trafic, aunque
después que se produjo la explosión apareció una blanca que pasó por Pasteur esquivando
escombros”, agregó.

Villalba era entonces un hombre moreno, de unos 35 años, muy despierto. Dijo que le había
quedado grabado que el conductor del Passat llevaba corbata y tenía puesto el cinturón de
seguridad. “Vi cómo la llamarada alcanzó al Volkswagen y cómo el hombre se debatió un

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instante como un muñeco de trapo. Enseguida explotó el tanque y el coche se transformó en
una bola de fuego que fue arrastrada, chupada hacia atrás por otra bola de fuego mucho
mayor que se llevó consigo al auto”, recordó. Dijo también haber visto cómo la bola de fuego
se llevaba a una mujer joven que vestía un traje sastre de color té o café. Descontaba que
ambos habían muerto.

“Yo vivo en Moreno y me crié en el campo y conozco bien el silbido que hace el granizo cuando
viene cayendo, antes de llegar”, continuó diciendo. “Fue ese ruido el que escuché y gracias a
que estaba alerta pude esquivar un enorme pedazo de metal ennegrecido que me venía
directamente a la cabeza y me hubiera decapitado. Cayó sobre mi camioneta, rebotó y le
destrozó el capot al auto que estaba detrás, un Fiat Duna”.

Le pregunté si en el momento de la explosión tenía policías a la vista. “A unos 15 o 20 metros


de mí, en la esquina de Viamonte y Pasteur, había dos policías, uno sobre el bar que estaba en
la ochava de la mano derecha —a mi izquierda— y otro sobre la ochava de la mano izquierda,
donde hay un superkiosco. Cuando se produjeron las explosiones, los dos estaban adentro de
esos negocios. Y apenas se produjeron, vi que uno de ellos cortó el tránsito de la calle
Viamonte. Y enseguida aparecieron otros dos policías”, recordó.

“Además de estos dos policías y del que había visto momentos antes de la explosión adentro
del patrullero, no vi a ningún otro”, dijo en referencia a las muchas inexactitudes de las
transcripciones de sus dichos en el Departamento de Protección al Orden Constitucional
(DPOC). Entre otras muchas cosas, en las actas confeccionadas allí aparece diciendo que había
visto a uno de los policías salir caminando de entre los escombros, lo que Villalba negó haber
visto, y en cambio omitía lo de los dos policías apostados en sendas ochavas de la esquina de
Pasteur y Viamonte con anterioridad a las explosiones.

Villalba dijo que los policías que lo habían interrogado, entre ellos el propio jefe del DPOC, el
comisario Carlos Antonio Castañeda, querían hacerle decir cosas que él no había visto, por lo
que no le extrañaba mucho que hubieran omitido parte de sus dichos. “Por ejemplo, no
pusieron lo que yo les dije en repetidas oportunidades: que el pedazo de metal que casi me
degüella pertenecía a un tambor de esos de petróleo de 200 litros”, puntualizó.

“Fui al POC el martes 19 voluntariamente porque escuché que se hablaba de una Trafic-bomba
y yo no había visto ninguna y estaba seguro de que no había existido. También se hablaba de
que los explosivos estaban en un volquete y yo recuerdo perfectamente que cuando fijé mi

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vista en la AMIA porque sentí la primera explosión, el volquete todavía estaba allí”, siguió
diciendo.

Efectivamente, pocas horas después de las explosiones, el miércoles 20 de julio, Clarín


describió que “un volquete de recolección de escombros (...) quedó sepultado a la altura de la
puerta de entrada del edificio. Ese contenedor presentaba sus paredes de hierro casi
desgajadas y abiertas en flor, como si una carga explosiva hubiera estallado en su interior”.

Continuó Villalba: “Ya de movida, mi situación no fue simpática, porque apenas llegué los
policías (el DPOC) me anunciaron: ‘Acá está el que se dio a la fuga con la camioneta
sospechosa’. Y yo no me había dado a la fuga. Apenas se produjo la explosión sentí sirenas de
ambulancia y vi al policía que cortaba el tránsito de Viamonte. Entonces pensé: ‘Está todo
encaminado’, y me di cuenta de que si no me iba ya, la zona se iba a cercar y la camioneta no
iba a poder salir. Así que dejé en la oficina la chapa de metal que casi me degüella envuelta en
un plástico y me fui mientras la gente preguntaba: ‘¿Qué pasó? ¿Qué pasó?’”.

“Yo sabía perfectamente lo que había pasado”, siguió diciendo. “Así que cuando al otro día
sentí que se hablaban muchas giladas, fui a la comisaría 5ª a decir que yo había visto la
explosión. Llevaba conmigo envuelto en un nylon el trozo de metal ennegrecido que casi me
saca la cabeza, y en la comisaría me dijeron que fuera al DPOC. Y cuando ya estaba en el DPOC,
me sentaron a una mesa larga a la cual a cada rato traían café y Castañeda y otro comisario, de
Explosivos, de los Bomberos, me querían convencer de que el trozo de metal que les había
llevado era de un cartel de ‘Prohibido estacionar’, cuando para mí estaba claro que era parte
de uno de los lados circulares de uno de esos tambores de petróleo”.

En Buenos Aires, Bomberos es una Superintendencia de la Policía Federal. Conviene tener


presente que los miembros de la Brigada de Explosivos, antes Departamento, también llamada
“División Siniestros”, no se desplazaban en autobombas rojas sino en patrulleros de color azul
marino y celeste, como el resto de los policías federales. “Insistí mucho en que pusieran todo
tal cual yo se los decía, pero cuando tiempo después sentí que volvían a hablarse giladas, me
dije: ‘Bueno, yo ya declaré lo que vi, ya cumplí con mi deber’”, concluyó.

Cuando declaró en el juicio, Villalba fue muy peloteado por los jueces, que le preguntaron
insistentemente las mismas cosas una y otra vez para ver si se contradecía. Puntualizó
entonces que cuando se produjeron las explosiones ya había policías en la esquina de
Viamonte y Pasteur, a ambos lados de esta calle. "Segundos antes de la explosión vi un policía

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en cada esquina…”, dijo, y ahí mismo, curiosamente, la transcripción, hecha por un agente de
Policía, se corta y cambia de tema. Pero en otro tramo de su extensa declaración, Villalba
puntualizó que esos policías cortaron el tránsito con tanta rapidez que lo hicieron mientras él
escuchaba el mismo ssshhh de cuando cae granizo, por lo que guareció su cabeza en un buche
de la camioneta mientras “comenzaban a caer cosas (...) pedazos de lata que después
entregué a la Justicia”.

Ante nuevas preguntas debió reafirmar que “cuando pasó lo de la primera explosión (...)
estaba mirando al patrullero, exactamente”. Debió ratificar luego que había escuchado dos
explosiones, no una. “Lo primero que vi fue una primera explosión, más chica, que me pareció
que salía de lo que sería la puerta (de la AMIA) y ahí inmediatamente se produjo la otra...
Cuando yo fui a declarar (al DPOC) el de Explosivos me decía que mucha gente había
escuchado varias explosiones, hasta seis u ocho, como consecuencia de los rebotes y demás, y
yo le insistía que no, que yo no solo había escuchado ambas explosiones, sino que también las
había visto”.

Poco después, uno de los jueces le preguntó si había sido con la primera explosión que había
mirado en dirección a la avenida Corrientes, obligándolo a repetir que no, que ya estaba
mirando hacia allí cuando pasó. También volvieron a preguntarle si había sido con la primera
explosión cuando vio la llamarada, la bola de fuego. Y él debió responder que no, que fue con
la segunda, que la primera explosión fue más pequeña y se produjo bien abajo, como si
hubiera sido en un sótano, y que con ella volaron cosas muy alto que después cayeron, y que la
lengua de fuego fue con la segunda. Es decir, las explosiones fueron muy pegadas y la reacción
de los policías que cortaron la calle, prácticamente instantánea. Respecto del volquete, dijo
que casi siempre estaba lleno o casi lleno y que lo dejaban frente a la puerta de la AMIA, acaso
“un poquito más para el lado de Corrientes”.

Pasaron como ocho años hasta que volví a ver a Villalba. Fue para que participara en el
documental AMIA 9.53 (en alusión a la hora de los estallidos), que hice con la productora
Cuatro Cabezas. Dijo entonces, acaso comprensiblemente fastidiado, que aunque “siempre,
todas las veces que me interrogaron, conté lo mismo, cuando decía ‘para mí es así’, ellos me
decían ‘no’. A lo que les decía que les podía contar todo lo que vi, pero no les podía contar lo
que no vi…”. Y reafirmó: “Yo estaba mirando hacia ese sector y en eso veo una explosión que
salió como del subsuelo de la mitad de la cuadra de la AMIA. E inmediatamente la otra
explosión. Fueron dos”.

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Otro testigo taxativo

Cuando lo vi por última vez, Villalba trabajaba como electricista. Esa era también la profesión
de Daniel Joffe, de 37 años, que participaba de las obras que se estaban realizando en la AMIA.
Joffe acababa de dejar a dos compañeros y el equipo en la mutual, y arrancó para buscar un
lugar donde estacionar su Renault 20 gris metalizado. Pero olvidó desconectar un dispositivo
antirrobo y el coche se le plantó a unos diez metros de la puerta, por lo que se puso a
remediarlo, hurgando debajo del capot. Lo que le salvó la vida, pero no de sufrir gravísimas
heridas.

Joffe fue internado en el cercano Hospital de Clínicas, donde el principal José Luis González
acudió a interrogarlo. González acaso haya sido el policía más activo tras los estallidos. Y, como
ya se verá, se dedicó casi sin excepción a embarrar la cancha. Según el policía, Joffe dejó en la
AMIA a sus empleados Gabriel Buttini, de 36 años, electricista, y Fernando Roberto Pérez, de
47, plomero y gasista, quienes tenían que hacer instalaciones en el primer piso. Quizá se
hubieran puesto a trabajar sin más trámites cuando la bomba segó sus vidas, pues hay
testimonios coincidentes de empleados de la AMIA sobrevivientes que muy poco antes del
estruendo mortal hubo un brevísimo apagón. El informe policial afirmó que desde su lecho de
la sala de cuidados intensivos, Joffe habría dicho que estacionó detrás de un camión amarillo
que estaba maniobrando para descargar un volquete, ayudó a Pérez y Buttini a bajar los
elementos de trabajo —una escalera y las herramientas— y arrancó. Para entonces, puntualiza
el informe, el camión amarillo ya no estaba.

Joffe también le habría dicho al oficial González que al marcharse había dejado frente a la
puerta de la AMIA “un espacio suficiente como para que entrasen dos automóviles” y que,
cuando el motor de su auto se detuvo, estacionó en el espacio que providencialmente había
dejado libre otro auto, cuyas características no recordaba.

Así, Joffe era un testigo clavado de la existencia de una Trafic blanca que habría estacionado
junto a su puerta o embestido a esta. Sin embargo, cuando pude entrevistarlo, junto a Carlos
De Nápoli (el primero en descubrir el timo de la Trafic-bomba y con quien terminaría de
escribir el que es hasta ahora mi mejor libro, Ultramar Sur), negó de plano que hubiera podido
existir un vehículo-bomba. Era imposible, estando tan cerca de la puerta de la AMIA, que una

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camioneta hubiera doblado con las ruedas chirriando y embestido contra la puerta de la AMIA
sin que él la hubiera oído.

También negó de plano y muy enfáticamente Joffe que hubieran llegado a la AMIA después
que el camión amarillo huevo, más bien anaranjado, y mucho menos que el camión hubiera
dejado al marcharse sobrado espacio para que estacionaran o embistieran la puerta de la
AMIA dos coches juntos.

Por el contrario, dijo que el camión había llegado cuando él y sus infortunados compañeros
estaban descargando la escalera y las herramientas, y que junto con el camión había llegado
un auto Dodge 1500 naranja que estacionó antes, cerca de la esquina de Pasteur con
Tucumán. Y agregó que pudo ver perfectamente cómo el camión, en un ángulo de 45 grados,
dejaba el volquete en la puerta misma de la AMIA, un poco ladeado, y cómo el chofer se bajó,
miró cómo había quedado, volvió a la cabina, dio marcha atrás y con un solo golpe lo
acomodó, marchándose enseguida y sin entrar a la AMIA, de modo que el volquete quedó
frente a la puerta y apenas ladeado: la parte que daba hacia la calle Viamonte estaba algo más
separada del cordón de la vereda que la que daba a Tucumán. Es más, dijo que cuando su
Renault se detuvo inesperadamente, el camión amarillo-anaranjado aún seguía allí. Es decir: se
había ido muy poco antes de la hecatombe, unos tres o cuatro minutos como mucho.

El vecino Manuel José Olascoaga atestiguó haber visto desde la ventana de su departamento
del primer piso del edificio de Pasteur 594 cómo Joffe procuraba “estacionar en forma
insistente” y “a riesgo de ser chocado” detrás del “camión amarillo” que estaba depositando
“dos contenedores en la vereda, uno sobre el otro”. Joffe coincidió parcialmente con su visión.
Dijo que quería salir e irse, al mismo tiempo que el camión, yendo marcha atrás, quería dejar el
volquete. Y que eso obligó al chofer del camión a tener que dejarlo en un ángulo de 45 grados.
Olascoaga dijo que le llamaron la atención las insólitas maniobras que hacía el camión: “Daba
marcha atrás, con lo cual los volquetes se balanceaban peligrosamente. Por un momento
pensé que le pegarían a alguno de los coches que pasaban”.

Según el acta confeccionada por el principal González, Joffe le habría dicho que avisó de su
emergencia a los policías de custodia, y que luego abrió el capot de su auto y se puso a revisar
las conexiones eléctricas, y que fue entonces cuando lo fulminó un fogonazo amarillo.
Enceguecido y atontado, con los tímpanos rotos, Joffe quedó de rodillas en el pavimento sobre
un charco que, tardó en comprenderlo, eran sus propios orines.

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Sin embargo, una vez que se repuso lo suficiente como para declarar en el juzgado, Joffe negó
que le hubiera avisado a los policías de consigna del desperfecto de su auto. Dijo que calculaba
haber llegado a la AMIA a las 9.45, y que luego de pedir, entonces sí, permiso a los policías
para estacionar brevemente, dejó allí a Pérez y a Buttini. En síntesis: dijo que les pidió permiso
para estacionar la primera vez, no la segunda, cuando se detuvo a causa del desperfecto. Y
cuando, como ya se verá, los policías habían hecho mutis por el foro.

Joffe insistió en que no sintió ningún ruido antes de la explosión. Al contrario, dijo, había un
silencio inhabitual, y recordó que el jueves anterior, al entrar al edificio con sus compañeros,
había tenido una breve charla con dos de los custodios, Mauricio Said y un “muchacho de
nombre Carlos, que vivía en Beccar” y que Said le dijo: “Ese patrullero que ves, está de adorno.
Ni batería tiene”. Ambos custodios murieron.

Con el paso del tiempo, y ante la absoluta falta de resultados, el carácter de Joffe se fue
agriando, poniéndose impaciente. Sobre todo con quienes “se obstinan en poner una Trafic
dónde nunca la hubo”.

“¿Qué Trafic? ¿Cuál Trafic? Yo no vi ninguna Trafic. Ahí no existió Trafic. Te vuelvo a repetir:
estaba allí y no estaba en la vereda de enfrente, estaba mirando hacia la AMIA…", estalló
cuando De Nápoli lo entrevistó para el documental que hizo con Ánima Films, AMIA: La Causa,
15 años de impunidad.

"Cuando me van a entregar el auto, donde yo vivía antes, recibo una llamada telefónica de
alguien que me ofrece 5.000 dólares por el auto y yo le digo no, no, no vendo ese auto.
Entonces quien me llamó duplicó la oferta. Me llamó muchísimo la atención que alguien me
llamara para decirme que me compraba un auto destruido al valor fiscal", recordó.

Y es que el auto de Joffe (como la columna de alumbrado que estaba muy cerca de la puerta
de la AMIA, que la explosión arrancó, que los bomberos se llevaron —hay foto de ese
momento— y que desapareció, como descubrió Gabriel Levinas) hubiera servido para
determinar dónde, exactamente, había estado el epicentro de la explosión que le dio de lleno.
“Las explosiones fueron muy marcadas. Porque de la paz y la tranquilidad que había de
repente (hubo) un estallido violento, muy de baja frecuencia se podría decir porque vibró el
piso… e inmediatamente después, no sé el lapso de tiempo, pero muy muy breve, está el otro
estampido que es seco, sordo…”, recordó.

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Joffe sospecha, lógicamente, que una de las explosiones fue adentro del edificio y otra en el
volquete. Respecto de la primera, al ser entrevistado por Carlos De Nápoli para el documental
AMIA: La Causa (Ánima Films) dijo que “el jueves anterior al atentado (es decir, el 14 de julio)
fui a ver a la persona que me suministraba el trabajo a mí y estoy saliendo (del edificio) y veo
que están apilando bolsas que me dicen (son) de yeso, lo que me llamó la atención...”.

“Estaba atravesado en medio de la calle un camión que estaba descargando volquetes. Tenía
dos volquetes, descarga uno, sube el otro al camión (porque la maniobra consiste en bajar los
dos y volver a subir el de arriba) y lo deja delante de la entrada de la AMIA. Es mi primer
contacto con el volquete… Lo carga (al segundo) sobre el camión, con la culata del camión lo
arrima (al primero) sobre la vereda porque estaba muy en diagonal por la Fiorino que estaba
estacionada adelante”, le dijo a De Nápoli.

Y agregó: “Cuando a mí me levantan, que me ayudan a pararme, lo que miro es mi auto, y


detrás de mi auto, como si fuera una foto, veo todo el edificio, el frente del edificio
desmoronado, que llegaba hasta la calle. En cambio no veo el volquete. No lo veo. Es como si
se hubiera despanzurrado. Algo, no sé: no estaba la fisonomía del volquete…”.

Una pick-up fantasma

Ramón Norberto Díaz, más conocido como Tito, era el encargado del edificio de Pasteur 632, el
de enfrente de la AMIA. Tendría que haber visto la Trafic antes de morir. Pero el barrendero
Álvarez, que charlaba con él en medio de la calzada cuando se produjo la primera explosión,
dijo que no vio ninguna Trafic e incluso ironizó: “Si hubiese existido, nos hubiera atropellado,
porque los dos estábamos en medio de la calle”.

El estado en que estaban los cadáveres en la morgue fue lamentable. Y no solo por las heridas:
todos, sin excepción, fueron saqueados, “bolsiqueados”. Se hubiera dicho que a todos los
había sorprendido La Parca sin un mísero billete, ni anillos, ni relojes de metal. El Premio
Gordo fue el cadáver del arquitecto Andrés Malamud, de 37 años, que acababa de sacar del
banco 8.000 pesos. Quizá porque estaban distraídos en estas labores, quizá porque estaba
muy destrozado, los policías recién repararon en que el cadáver de Díaz no era de sexo
femenino, tal como lo habían clasificado.

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Al dar la novedad del insólito cambio de sexo del infortunado Tito, el principal Miguel Ángel
Castro, destacado en la Morgue, informó cual si fuera un médico forense que de su tórax se
había extraído “un objeto metálico de grandes dimensiones, el cual le había ingresado con
extrema violencia”. Añadió que “dicho elemento resultó ni más ni menos que un amortiguador
que le ingresó por debajo de la axila izquierda y que casi le sale por la nuca”. Y aprovechó para
decir que de otro cadáver innominado se había extraído “un trozo de cruceta, que también
había ingresado con extrema violencia”.

El amortiguador y el trozo de cigüeñal acusados de asesinos se correspondían, según las


pericias, con una Renault Trafic. El amortiguador, a una Trafic de caja larga, que los trae de
fábrica más largos y resistentes que los modelos de caja corta.

La viuda de Díaz, Hilda Delescabe, dijo que Tito, entrerriano, había sido “un buen padre y
marido, chamamecero, hincha de Boca y muy devoto de la Virgen de Luján”, hasta el punto de
que todas las noches le rezaba a la virgencita que tenía sobre la mesa de luz y que después le
daba un beso. “La última noche besó a la Virgen, y después de haberla dejado, dudó, volvió a
tomarla y le estampó otro beso, lo que nunca había hecho”, dijo llorando.

Reaparece aquí el marrullero principal José Luis González, de 31 años. Una de las actas que
confeccionó el 18-J asegura que Hilda le dijo que “instantes antes de la explosión estuve con
Tito en la vereda”, ocasión en la que ambos habrían visto “cómo un camión dejó un volquete
sobre la vereda de la AMIA” y también cómo “después de que el camión-grúa se fue” habría
llegado a la AMIA “una pick-up que estuvo estacionada como unos diez minutos”.

Préstese atención: González escribió que Hilda le dijo que ella y Tito vieron llegar una pick-up.
Sin embargo, en el testimonio que recogió Elisa Wenger para su libro “Sus nombres y sus
rostros” (el álbum recordatorio de las víctimas, que editó la AMIA) lo que señaló Hilda es muy
distinto: dijo que se fue a trabajar a una óptica en la que hacía changas, y que al irse dejó a su
marido en la cama. Según Hilda, Tito leía el diario en la cama al lado de su hijo pequeño y le
dijo: “Bandi (por ‘Bandida’, un apelativo cariñoso), ¿vas a volver enseguida?”.

Hilda recordó que le contestó: “Mirá, si en la óptica no me dan de almorzar, vuelvo”, y que
desde la cama y hablándole en plural, en nombre de él y de su hijo, le retrucó: “Volvé
enseguida que te extrañamos mucho”. Esas fueron las últimas palabras que le escuchó decir,
ratificó en el juzgado.

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¿Resultado? Cuando Hilda se fue, Tito todavía estaba en la cama. Cuando se levantó Tito, Hilda
estaba en la óptica en la que trabajaba, por lo que mal pudo ver cómo estacionaban allí
sucesivamente el camión de los volquetes y luego una pick-up. Habrá muchos testigos de que
poco antes de la explosión llegó un camión que dejó un volquete frente o muy cerca de la
puerta de la AMIA, pero ninguno que haya visto entonces en la calle Pasteur una pick-up, todo
indica que un invento de González.

De haber existido una pick-up F-100, hubiera supuesto un cebo irresistible para los
investigadores: según se afirmaba, esa era la marca y el modelo del supuesto vehículo-bomba
que había volado la embajada de Israel en marzo de 1992. En cambio, sin la pick-up, la
atención de los investigadores se hubiera deslizado naturalmente hacia el contenedor o
volquete que apareció destrozado por la explosión.

Sebastián y Rosa

La carátula de la “causa AMIA” lleva su nombre. Cuando tenía tres años, Sebastián Barreiro le
dijo a su maestra jardinera que de grande iba a ser Presidente. Ella le preguntó: “¿Y para qué
querés ser Presidente? Para pagarle mucha plata a los jubilados”, contestó el gurrumín.
Sebastián tenía ahora cinco años y si recordaba aquella anécdota era porque su papá y su
mamá solían contarla, festejando su ocurrencia. Tenía una “novia”, Julieta, y se sentía grande.
El año próximo, solía recordarle su madre, iría a la escuela.

Ese día, ella, su mamá, Rosa Montano, decidió ir de una vez por todas a atenderse de una vieja
dolencia al Hospital de Clínicas. Nunca antes había ido y le preguntó a Sebas si quería
acompañarla. Por supuesto que él quería ir con su mamá, así que ambos tomaron un colectivo
y después el subterráneo, del que emergieron en la estación Facultad de Medicina. Tomaron
por Pasteur y fue después de cruzar Tucumán cuando Rosa, desorientada, preguntó dónde
quedaba el Hospital. Le dijeron que a sus espaldas, así que pegó la vuelta y rehízo el camino.
Acababa de pasar por la puerta de la AMIA cuando se produjo la explosión. La bomba tiró a
Sebastián al medio de la calle, descoyuntado como un muñeco de trapo.

Rosa recuerda aquella última escena, cuando su vida se partió en dos. “Unos muchachos salían
de la AMIA y dejaban algo en un volquete. Sobre esa misma vereda había un coche con el capó
levantado y un hombre inclinado sobre el motor. La explosión nos impulsó muy fuerte en el

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mismo sentido que llevábamos y para el medio del pavimento. Aunque no consiguió sacarme
de la vereda, sí hizo que le soltara la mano a Sebastián”, se dolió. Rosa estaba malherida. Su
brazo derecho le colgaba inerte. Un trozo de chapa azul casi se lo había seccionado.

Una calle desierta

El ubicuo principal González le tomó testimonio a Rosa y a otros heridos internados en el


Hospital de Clínicas. Entre ellos hubo dos que habían estado todavía más cerca que ella de la
puerta de la AMIA: el barrendero Juan Carlos Álvarez y Daniel Saravia, un estudiante de cine de
21 años.

González entrevistó a Álvarez en la sala de terapia intensiva, donde se reponía de sus


gravísimas heridas. En su informe, González lo presentó como el sobreviviente más próximo a
la explosión. Era indiscutible que Álvarez era, de quienes estaban afuera del edificio, quien más
había sufrido las consecuencias del estallido y podía contarlo. Se diría que estaba vivo de
milagro, pues tenía los pulmones y el abdomen perforados, fracturas en ambas piernas y la
columna vertebral expuesta.

En el silencio de esa sala, apenas a doscientos metros del montón de escombros


ensangrentados que hasta cinco días atrás había sido la AMIA, según González el barrendero
dijo con un hilo de vos que aunque había pasado por delante de la puerta de la institución, no
había mirado hacia adentro. “Nunca miro porque una vez miré y un policía me retó”, le habría
susurrado.

“Después de pasar el escobillón por los alrededores del patrullero me metí en una casa de
Prode donde todos los días el dueño me regala un billete de lotería. Esta vez, junto con el
billete me dio unos papeles para tirar, así que fui con ellos hasta el volquete. Recuerdo que
estaba vacío, que me di vuelta y que golpeé con la pala el carrito...”, habría continuado
diciendo.

“Es un gesto que suelo hacer cuando considero terminada una tarea”, habría explicado. “Y fue
entonces cuando sentí ese golpe terrible en la espalda”, dijo como si hubiera alguna
inexplicable relación entre ese golpe y el derrumbe del edificio y la horrenda matanza que
produjo.

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Una vez que fue dado de alta, un Álvarez con graves secuelas del atentado concurrió al juzgado
de Galeano, donde el secretario Velasco lo presionó para que declarase que había podido ver
cómo una Trafic clara se había abalanzado contra la puerta de la AMIA. Sin embargo, Álvarez
se mantuvo en sus trece y dijo que no había visto ninguna Trafic.

Entrevisté a Álvarez dos veces, la segunda para el documental AMIA 9.53. “Agarré la calle
Pasteur y me puse a hablar con el portero. Cuando estaba chamuyando con él me fijé que
hasta Viamonte la calle estaba limpia; como me pareció extraño le pregunté la hora y me dijo
‘diez menos cinco’. Yo cruce fijándome en el tráfico que venía desde Corrientes hacia
Córdoba... y no había un alma, nada. Fue cuando tiré los papeles que empecé a sentir dolor.
Me sentí muy mal y empecé a ver todo en cámara lenta…”.

En cuanto a la existencia de una camioneta-bomba, el barrendero fue terminante: “Y no, no


pudo existir. Porque cuando dejo de hablar con el portero, y me cruzo con el escobillón y la
pala para donde estaba el volquete, me fijé bien en dirección del tráfico, de Corrientes hacia
Córdoba, y me llamó la atención que desde ahí donde estaba veía hasta la calle Corrientes, y
no había un solo auto. No había nada de tráfico, nada”.

***

Daniel Saravia había salido apenas mejor librado que Álvarez y sufriría una larga serie de
operaciones antes de poder caminar con mínima soltura. El ubicuo principal González le tomó
declaración el miércoles 21 pero su testimonio, a causa de su estado, habría sido en extremo
lacónico. Apenas si dijo que caminaba por la acera de la AMIA hacia Viamonte y que se
encontraba “más o menos a la altura del volquete” cuando se produjo la explosión. Recordaba
que iba hacia su casa, en la avenida Córdoba al 2600, cruzando la avenida Pueyrredón, a muy
pocas cuadras de allí. Y poco más. “No escuché nada: solo recuerdo un viento muy fuerte”,
dijo. Y cuando más tarde y en mejor estado compareció en el juzgado, no agregó más que “lo
último que recuerdo es el container, alrededor del cual había obreros”.

En cuanto al volquete o container, tanto Rosa Montano como Saravia habrían recordado —al
menos según las minutas de González— que habían visto obreros que lo llenaban. En cambio,
el barrendero Álvarez, según González, había dicho que estaba vacío. Pero ya está claro que al
momento de la explosión no lo estaba porque apenas lo dejaron, los albañiles comenzaron a

186
llenarlo, según confirmó uno de ellos, Carlos Domínguez, quien sobrevivió casi de milagro:
“Apenas el camión dejó el volquete, yo, mi primo Adhemar Zárate y otros compañeros
comenzamos a cargar en el volquete unas veinte bolsas de cascotes”. El camión de los
volquetes acababa de irse cuando explotó la bomba que mató a Adhemar y a otros seis
trabajadores bolivianos.

El juez Galeano no consideró importante el testimonio de Rosa, ya que recién la citó a declarar
el 4 de diciembre de 1996, dos años y medio después de perpetrado el asesinato masivo.
Cuando poco después Rolando Graña la entrevistara para CNN en Español, pudo deducirse
cuál pudo haber sido el motivo: Rosa negó haber visto ni escuchado que un vehículo hubiera
embestido la puerta de la AMIA, como habían puesto en su boca, y agregó que los policías no
estaban en su sitio y que el patrullero a cuyo lado había pasado de la mano del pequeño
Sebastián estaba vacío.

Testigo calificado

Veterano de la Segunda Guerra Mundial y de la lucha contra los nazis en la Brigada Polaca del
ejército británico, el viejo Simja Sneh había consagrado su vida a salvar del olvido las mejores
piezas de la caudalosa literatura en yiddish, esa corriente medular de la cultura de la
Mitteleuropa y de todo Occidente. Toda su familia había sido exterminada por los nazis pero él
no se había rendido. Nonagenario, ya había publicado seis tomos de relatos en el idioma de
sus mayores, que él mismo había traducido al castellano. Simja era un sobreviviente del
bombazo a la Embajada de Israel, de la que se había ido apenas 20 minutos antes de la
catástrofe. Estaba dactilografiando uno cuando “me pareció escuchar dos explosiones. Algo
golpeó mi cabeza y lastimó a la secretaria que estaba enfrente. Fue el caos. Yo estaba en la
parte lateral, donde el piso no se derrumbó. Corrí en busca de ayuda y después me desmayé.
Tardé casi todo un día en tomar verdadera conciencia de lo que había pasado. Me dicen que
estuve semiinconsciente, gritando que todo el mundo tenía que salir de allí. En ese momento
no advertí que la explosión me había arrancado el zapato izquierdo y me había llenado la mano
derecha de vidrios”, recordó al prestar declaración en el juzgado, cuando también se lamentó
de desde entonces “los lugares judíos de Buenos Aires estén señalados como si fuera la
Varsovia del gueto”.

187
Consultado por el autor, Simja dijo que no tenía ninguna duda de que las explosiones habían
sido dos, pero que en el juzgado no querían saber nada con ponerlo. “Me decían que debería
haberme confundido con el eco, y yo les decía que no, que soy un veterano de guerra y
escuché muchas bombas en la guerra”.

Escape por los fondos

Más controvertidos serían los sucesivos testimonios de Aaron Edry, un veterano del ejército
israelí recientemente desembarcado como “intendente” del edificio, es decir, como portero u
encargado de luxe. Algunos estudiosos de la mecánica del atentado, como Juan Gabriel
Labaké, sospechan, no sin motivos, del papel que desempeñó, ya que al parecer fue él quien
inauguró un pasillo que comunicaba los fondos del edificio de la AMIA con otro con salida —
entrada del mismo— por la calle Uriburu, pasadizo que no se encontraba en los planos, que
muy pocos sabían que existía y que presumiblemente permitió que varias personas salvaran la
vida.

Posteriormente Edry haría declaraciones cada vez menos verosímiles. En el juzgado diría que
después del derrumbe del edificio vio a una persona hablando por radio (por entonces, los
teléfonos celulares eran enormes e imposibles de ocultar) en un idioma extraño y sugeriría que
bien podía tratarse del agregado cultural de la Embajada de Irán, Mohen Rabbani, y luego de
regresar de Israel, en el juicio, hasta se atrevería a decir que a la vuelta de la AMIA,
estacionado sobre Viamonte, había un coche negro que llevaba… la bandera de Irán.

Pero lo que aquí nos interesa es su primera declaración, hecha cuando todavía no se había
disipado el polvo del derrumbe vuelto a levantar por las palas mecánicas. Porque dejó
clarísimo que los estallidos habían sido dos, y que entre ambos acaso hubieran pasado
segundos. Al producirse la primera explosión, recordó Edry, se encontraba “en la parte
delantera del segundo piso” y sintió que “por los huecos del aire acondicionado subía una
masa de aire acompañada de un silbido agudo que hizo volar parte de los artefactos de luz y
del cielo raso” que, precisó, era “de varillas de chapa”. La masa de aire –siguió diciendo–
“venía del sector donde se realizaban trabajos de entubamiento de la calefacción. Atiné a
gritarles a todos que vinieran hacia donde me encontraba y se tiraran debajo de los
escritorios”, cuando sintió otra explosión y “un fuerte olor a amoníaco, y corrí hacia la salida de
emergencia, la abrí y grité que todos evacuaran el piso".

188
En síntesis: Edry dijo que tuvo tiempo de ir corriendo desde la parte delantera del edificio
hacia sus fondos, desde donde vio cómo la primera se desmoronaba.

Un motor fantasma

Posiblemente la primera periodista en llegar al lugar haya sido Susana Teruel, que trabajaba
para la radio La Red. Fue de casualidad, porque acababa de comprar unos zapatos en un
comercio de Corrientes casi Pasteur. “Fui derecho al lugar, no entendía qué había pasado, y
cuál no sería mi sorpresa al encontrarme que en la esquina de Pasteur y Tucumán estaba
parado Alberto Asseff”, recordó. Asseff, hijo de sirios, era el presidente del Movimiento
Nacionalista Constitucional (MNC), un pequeño partido con viejos vínculos con los servicios de
inteligencia y con los militares carapintada, particularmente con el coronel Mohamed Alí
Seineldín. Exactamente a las 10.05, saliendo al aire desde un teléfono público, Susana destacó
su presencia en el lugar de los hechos pero nadie le dio mayor importancia.

Otro periodista que llegó escasos minutos después de las explosiones fue Carlos Bianco,
productor de Radio Mitre (antes de que fuera comprada por el Grupo Clarín). “Llegué cuando
habían pasado 4, como mucho 5 minutos del atentado. Había una nube amarillenta en el aire,
el polvo de la explosión estaba flotando, no había llegado ningún carro de bomberos, ninguna
ambulancia. Había algún policía cercano nomás. Un Renault blanco estaba quemándose,
estaban los escombros sobre la calle, fragmentos de piedras, partes de cuerpo humano,
sangre. Digamos… el horror. Y yo retrocedí mirando hacia el Hospital de Clínicas y vi a un tipo
morocho, con remera cuadrillé y jean, juntando cositas y metiéndolas en una bolsa. Y me dije
‘este es o policía o servicio’, porque la gente normal estaba ayudando a la gente, no juntando
cosas en bolsitas”, explicó.

“Entonces, me le acerqué con el grabador y le dije: ‘¿Vos sos rati o servicio?’. Me dijo que no y
le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que estaba recogiendo piezas de un vehículo. “Mirá
—me dijo—, pudo haber sido un Renault blanco o una Trafic. Entonces lo digo al aire, digo eso,
lo dije el primer día a minutos del atentado. A mí nunca me cerró por qué tan rápido un tipo
diría eso…”.

189
Bianco le dijo a De Nápoli que una de las piezas colectadas parecía ser un trozo de block de
motor. Curiosamente, el hallazgo de piezas del supuesto vehículo-bomba el mismo día del
ataque no figura en el expediente. Y a pesar de que Radio Mitre dio cuenta del hallazgo, y que
fue por sus ondas que se difundió por primera vez la especie de que la AMIA había sido
demolida por una Trafic-bomba, Bianco no fue citado a declarar por el juez Galeano.

Extrañado, el periodista se lo comentó al jefe del noticiero de canal 11, Hugo Ferrer, quien a su
vez se lo contó a De Nápoli, quien dos años después se lo contó a Gabriel Levinas, que se lo
contó a Horacio Verbitsky. Que recordó la anécdota al ser entrevistado por Magdalena Ruiz
Guiñazú en Radio Mitre la mañana del 27 de abril de 1997. Ruiz Guiñazú se quedó con la boca
abierta, pues Bianco era uno de sus productores. Un minuto después, Bianco relató la
anécdota por los micrófonos de la radio con más audiencia. “Vi a los policías cuando se
llevaban los restos de un motor, les pregunté qué llevaban y me dijeron que era el motor de un
Renault o de una Trafic blanca”, ratificó.

Levinas

Marchand, fundador de la revista El Porteño, por depender ahora del Grupo Clarín en los
últimos tiempos Gabriel Levinas cambió drásticamente de discurso. No obstante, reeditó el
año pasado un libro suyo, AMIA. La Justicia bajo los escombros, escrito con la principal
finalidad de impugnar la existencia de la supuesta Trafic-bomba.

Cuando De Nápoli lo entrevistó, Levinas fue concluyente. Recordó que “a los pocos días del
atentado, vino un señor, Charles Hunter, mandado por el Departamento de Estado (de los
Estados Unidos) para determinar qué había pasado. Y él dijo tres cosas en su informe: primero,
que el edificio de la AMIA era simétrico, tanto afuera como adentro, y que por lo tanto si la
bomba había estado puesta en el centro del edificio, en la puerta, la destrucción debió haber
sido más o menos simétrica… y la realidad es que fue absolutamente asimétrica; segundo, que
si la explosión hubiese sido capaz de producir tanto daño hacia adentro en el edificio de la
AMIA, no alcanzaba con la cantidad de explosivos que se menciona para empezar, y tercero,
que el resultado proporcional que hubiese tenido que tener el edificio de enfrente que estaba
solamente a nueve metros de distancia, hubiese sido muchísimo mayor. La mayoría de los
elementos que estaban en los edificios linderos, en la misma línea de edificación, salieron
volando hacia afuera, lo cual habla de una explosión adentro de la edificación. Esto es lo que

190
dice Hunter. Todos los expertos en explosivos de Argentina que inicialmente estuvieron ahí,
hablaban de una explosión interna. Cuando Hunter llega a Estados Unidos y entrega su informe
a sus jefes, al tiempo, dos o tres meses después, llega el informe del Departamento de Estado
que está basado en lo que Hunter hace, y sin embargo el informe es absolutamente distinto,
habla de una Trafic y de una explosión en la puerta, que contradice totalmente lo que él había
dicho. Yo hago un informe para el Congreso de los Estados Unidos en septiembre del 95, y con
Hunter presente se lee mi informe donde se menciona esta contradicción y Hunter no me
desmiente… Para mí está claro que hubo dos explosiones, una adentro y una afuera. La de
adentro con la intención de demoler el edificio, y la de afuera, para desviar la causa y matar
testigos”, concluyó.

Informe oficial

Tempraneros, a la 1.15 del martes 19, los especialistas del Cuerpo de Bomberos le informaron
al juez que el atentado parecía haber sido cometido con una camioneta-bomba, y más aun,
que de acuerdo a los restos encontrados en la calle Pasteur y entre los escombros, el vehículo
había sido una Trafic de carrocería blanca. De inmediato, la noticia comenzó a ser emitida en
flashes informativos por varias radios.

Entre los restos de vehículos que se habían encontrado, se informó, se destacaban “una
bisagra de puerta, una llanta partida al medio y un pedazo de elástico que presentaban un
grado de destrucción mayor que el de los demás vehículos afectados por la explosión”,
puntualizó el informe de los peritos del Cuerpo de Bomberos de la PFA.

Una semana más tarde, el lunes 25, se hicieron nuevas pericias sobre el terreno con la
participación de dos expertos norteamericanos: Douglas Klapec, de la ATF (Alcohol, Tobacco
and Firearms), y Steven Burmeister, del FBI (Federal Bureau of Investigation). Los restos de
vehículos fueron examinados y fotografiados y luego raspados; el polvo se lo llevaron los
norteamericanos para analizarlo en su país. Los bomberos locales retuvieron los restos para
que también sus peritos los analizaran.

Ya volveremos sobre esta pericia. Por ahora interesa destacar que entre esos restos retenidos
por los bomberos se informó que había dos trozos de cubierta en los que podía leerse AR 30
185R15 y 103/102 N TUBELESS. Esta medida solo se fabricaba para las Trafic.

191
Otro agente de la ATF, el ya mencionado Charles Hunter, consignó en su informe que los
pedazos de carrocería de Trafic que se encontraron eran de color beige. Entonces oficiales de
la PFA argumentaron ante distintos periodistas que los restos pertenecían a una Trafic blanca,
pero que la pintura estaría tostada por el sol… lo que era a todas luces descabellado: no se
sabe de coches que hayan logrado broncearse en el Caribe. Era evidente que debía tratarse de
trozos de la carrocería de vehículos diferentes.

Otros oficiales de la PFA, los de la División Investigaciones y Tareas Federales, pudieron


determinar que, de acuerdo con las pericias hechas sobre los restos de chapa pintada de
blanco, la Trafic original había salido de la terminal entre marzo de 1987 y octubre de 1989,
fecha en la cual se había modificado el proceso de pintado. Por fin, la División Sustracción de
Automotores de la PFA informó al juez, el 25 de julio, que entre los escombros se había
encontrado el block de un motor de Renault Trafic, con su numeración perfectamente legible.

La falta de otros testimonios acerca del momento y las circunstancias en que se habría
encontrado ese motor (que a la postre se reduciría a un fragmento que bien podía ser
transportado por un hombre) y las dudas sobre su destino inmediato (se decía que había sido
trasladado a los Estados Unidos para su estudio y, también, que había permanecido casi una
semana en el Departamento Central de Policía) hicieron que algunos investigadores, como
Carlos De Nápoli —que por entonces trabajaba con el fallecido Carlos Juvenal— pusieran en
duda que hubiera llegado a estar en medio de los escombros impulsado por la explosión.

El hallazgo

Las suspicacias encontraron asidero en el hecho de que el acta que dio cuenta del hallazgo de
“restos de un motor” número 2831467 y del “cárter del mismo con bomba de aceite”, fue
labrada por el subinspector chapa 4384, Horacio Ángel Lopardo, de la División de
Investigaciones del Departamento Explosivos. Es decir, un experto en bombas. Lopardo había
utilizado testigos harto sospechosos: uno fue Pablo Marcelo Garris, hijo de René Garris, un
abogado de la Comisión Nacional de Valores que durante la dictadura fue asesor del
sanguinario coronel Roberto Roualdés, mano derecha del general Carlos Guillermo Suárez
Mason en el Primer Cuerpo de Ejército; el otro, Gustavo Moragues, el dueño del comercio de
Pasteur 669 en el que el comisario Castañeda había instalado su cuartel general el mismo18-J.
Tiempo después, Moragues quiso venderle a la AMIA en varios miles de dólares el pizarrón en

192
el que los policías habían “dibujado” sus hipótesis sobre el caso. Y más tarde Moragues,
aprovechando que en una entrevista que le hizo Verbitsky a Levinas este lo había nombrado…
intentó hacerle juicio a Verbitsky. A pedido del abogado de este, Carlos Prim, fui a prestar
testimonio y creo haber desbaratado con variados argumentos la insólita pretensión de
Moragues.

Volviendo al hallazgo: no se trataba solo de la desconfianza que inspiraban supuestos testigos


como Garris y Moragues: el propio Lopardo era harto sospechoso, aunque más no fuera por
razones familiares. Ya en Gorriarán, La Tablada y las ‘guerras de inteligencia’ en América
Latina, libro escrito en colaboración con Julio Villalonga y publicado en 1993, el autor se había
referido largamente a su hermano Hugo Julio Lopardo, sargento de la Policía Bonaerense y
también experto en explosivos.

Al describir el impresionante dispositivo de seguridad conformado por trescientos efectivos de


la PBA que sirvió de marco a la primera jornada del juicio oral a quienes intentaron tomar el
cuartel de La Tablada a principios de 1989, di cuenta de que uno de los miembros del tribunal,
la doctora Marta Herrera, “quedó perpleja al reconocer entre los policías (que comandaban el
despliegue) a Hugo Julio Lopardo, uno de los cinco detenidos de una célula de ultraderecha a
los que había juzgado hacía un año”.

Herrera había integrado el tribunal que juzgó a Hugo Lopardo por formar parte de una banda
de ultraderecha a la que se le atribuía la colocación de un rosario de bombas, algunas de ellas
en los domicilios de jueces y otras en la planta transmisora de Radio Belgrano o en la sede del
Partido Comunista en Morón. Herrera votó que se lo condenara a ocho años de prisión, pero el
sargento resultó sobreseído por el tribunal en un fallo dividido. Los dos jueces que resolvieron
su falta de mérito dejaron claro en los fundamentos de su sentencia que, aunque había sido
demostrado que Lopardo había integrado la banda comandada desde su lugar de detención
por el ex coronel Ramón Camps (quién fuera jefe de la Policía Bonaerense durante la
dictadura, cargo desde el cual demostró acabadamente tanto su furor homicida como su
visceral judeofobia), este solo hecho no era suficiente para condenarlo.

Según el acta confeccionada por Horacio Lopardo, un fragmento del motor de la supuesta
Trafic-bomba había aparecido el lunes 25 de julio a las 19.05, esto es, al anochecer, cuando
eran “volcados en un camión por la pala de una máquina retroexcavadora que, conjuntamente

193
con escombros, los levantaba a aproximadamente diez metros de la línea municipal de
edificación” y sobre “el lateral derecho” del edificio demolido.

Ese mismo día, pero más temprano, en el DPOC —es decir, en el tenebroso edificio de la calle
Moreno 1417 donde en la dictadura se había torturado, violado y asesinado—, donde el juez
Galeano en la práctica había constituido su despacho— se cosía en el primer cuerpo del
expediente la foja 114. En ella el juez, a instancias de la Policía Federal, ordenaba intervenir las
líneas telefónicas de Carlos y Eduardo Telleldín y de Alejandro Monjo. ¿Cómo se habían llegado
a poner la lupa (y los micrófonos) sobre Telleldín y Monjo (uno de sus proveedores habituales
de automóviles siniestrados, manifiestamente asociado en sus matufias con la jefatura de la
Policía Federal) si el pedazo de motor aún no se había encontrado?

Levinas destacó que aunque la foja 114 del primer cuerpo del expediente no está fechada,
“está cosida entre dos del 20 de julio” y que el motor recién apareció el 25. Y que la historia
oficial sostenía (¡y aún sostiene!) que fue a través de ese trozo de motor que los policías
conectaron a Telleldín, a través de Monjo, hasta quien habían llegado por la compañía de
seguros de la Trafic, y a esta tras haber identificado al dueño original del vehículo, una textil de
la calle Alsina —muy cerca del Departamento de Policía—, Messin SRL, que la había dado de
baja luego de que sufriera un incendio en un estacionamiento de la misma calle. Todo ello,
resultaba evidente, mal podía haber sucedido el jueves 20, cuando el motor todavía no había
aparecido.

“Galeano dijo informalmente que la foja 114 se había traspapelado”, continúa Levinas. Pero
olvidó que la secretaria María Susana Spina firmó la recepción del primer cuerpo del
expediente, cosido y terminado, el día 25 de julio a la mañana. Y que en el segundo cuerpo
aparecen más de cuarenta fojas fechadas ese mismo día. Es decir que para entonces ya había
abierto un nuevo cuerpo. Lo que deja en claro que si el jueves 20 el DPOC le pidió al juez que
interviniera los teléfonos de Monjo y de los hermanos Telleldín es porque “existía la intención
predeterminada de encontrar a ese hombre”, escribió Levinas refiriéndose a Telleldín.

Al día siguiente del “hallazgo” de un pedazo de un block del motor de una Trafic,
supuestamente entre los escombros, el martes 26, el subinspector Lopardo había encabezado
las pericias de las que ya hemos hablado, sobre los restos de cuatro vehículos siniestrados que
se encontraban depositados en la playa que la PFA tiene en la calle Riobamba al 500, entre

194
ellos el Dodge 1500 anaranjado que había estacionado cerca de la esquina con Tucumán el
cabo Miguel Ángel Rodríguez, de la Comisaría 7ª.

Lejos de servir para definir cuál había sido el explosivo utilizado, esta segunda pericia o
contrapericia —la misma en la cual participaron como observadores agentes del FBI y la ATF de
los Estados Unidos— salió como la mismísima mona, ya que arrojó la presencia de 5 (cinco)
explosivos diferentes. Los estadounidenses redactaron informes en los que manifestaron tanto
su perplejidad como sus sospechas de que los restos metálicos parecían haber sido
contaminados adrede.

Para creer en la aparición del motor entre los restos de la AMIA cuando ya había caído la
noche de ese lunes 26, solo se tenía la palabra de Lopardo. Y de dos testigos tan poco
confiables como Garris y Moragues que, para colmo, en ningún momento dijeron haber estado
presentes en el momento de un hallazgo que se produjo con increíble oportunidad. En el
mismo momento en que, tras haberse hecho de noche, las tropas israelíes de rescate
empacaban sus petates y los cargaban en el camión que habría de conducirlos al aeropuerto.

Los israelíes fotografiaron el trozo de motor e incluso posaron a su lado, lo que había tenido la
virtud de disolver cualquier sospecha que pudiera existir sobre los policías argentinos y aun
sobre la misma existencia de un coche-bomba.

Entonces, el general Zeev Livne convocó a los periodistas, pero solo se encontraba la joven y
bella Cynthia Ottaviano —actual Defensora del Público de Servicios de Comunicación
Audiovisual— que trabajaba para el diario La Prensa. Livne le dijo que habían encontrado entre
los escombros los restos del vehículo-bomba y, dentro de él, los del conductor suicida, un
bolazo del tamaño del Maracaná. Ni lerda ni perezosa, Ottaviano lo publicó tal cual se lo
habían dicho. Fue tal su disgusto al comprobar que le habían mentido tan descaradamente,
que en un diálogo telefónico le dijo al autor que había pasado años antes de volver a escribir
temas políticos.

Legalmente, sin embargo, para creer en ese hallazgo era imprescindible creer a pie juntillas en
la palabra de Lopardo. No había otra cosa. Se lo advertí al Dr. Dobniewski, para quien
trabajaba, que se lo advirtió a Galeano. Estaba bien avanzado el año 1995 cuando Galeano
declaró “de especial interés la presencia de personas que hayan intervenido en el hallazgo del
block del motor” (cuerpo 123, fojas 24.408). A pesar de ello, y del empeño puesto por los
abogados de la mutual judía para encontrar algún testigo fiable del hallazgo, no lo pudieron

195
aportar hasta octubre de 1996, cuando Rogelio Cichowolski llevó ante Galeano a Alberto
Szwarc, de 52 años, profesor en Ciencias Judaicas recibido en el Seminario de Maestros
Hebreos de la AMIA y veterano funcionario de la mutual judía.

El testimonio de Szwarc fue muy vago. Dijo haber estado presente en el momento en que, tras
levantarse una viga de hormigón, se encontró el motor que, luego se comprobaría, pertenecía
a la Trafic que había sido de Messin SRL. El motor (en realidad, un trozo), fue de inmediato
puesto por los soldados israelíes encima de un toldo, donde lo fotografiaron, y luego los
bomberos lo cargaron en un camión en el cual se depositaban todos los restos de automóviles
que se iban encontrando.

“Fue a la tardecita”, dijo Szwarc, que se excusó de precisar día y hora pues, explicó, pasado
tanto tiempo no lo recordaba, si bien cree que eso sucedió “tres días después de que llegaran
al país los militares israelíes” así como que, además de estos, se encontraban presentes
bomberos de la Brigada de Explosivos y otros policías.

Y agregó: “Ya antes de que se encontrara el motor se presumía que se había utilizado un
coche-bomba y que lo más probable era que el motor se encontrara entre los escombros. Es
más: en las conversaciones entre israelíes y argentinos en las que yo oficié de intérprete, se
había llegado a la conclusión de que el motor debía estar en el sector que ocupaban los baños
del teatro, zona que, parándose frente a lo que había sido la puerta del edificio, estaba en
diagonal hacia la izquierda”.

“Fue allí, tal como se preveía, que se lo encontró”, dijo maravillado.

Por si las moscas

Aunque el juez Galeano jamás admitió tener dudas sobre cómo había llegado a aparecer ese
(pedazo de) motor entre los escombros de la AMIA, lo cierto es que a principios de 1998
ordenó —a pedido de los abogados de la DAIA y la AMIA— a la División Explosivos de la PFA
que hiciera pericias tendientes a averiguar si en verdad había pertenecido a un vehículo-
bomba. Concretamente pidió “una evaluación física del motor hallado a fin de determinar si
hay evidencias de que estuvo afectado por una explosión o detonación”, que se hiciera lo

196
propio con “las piezas metálicas extraídas del cuerpo de las víctimas” y que también se
estableciera de manera fehaciente a qué tipo de vehículo pertenecían.

Para entonces, hacía mucho que los técnicos de Ciadea (la empresa fabricante de los vehículos
Renault) habían dictaminado que bastantes de las piezas que la PFA había presentado como
pertenecientes a una misma Trafic 89 de chasis corto no pertenecían a esa clase de vehículo,
por lo que Galeano les ordenó a los artificieros policiales que establecieran si “las piezas
cuestionadas se encontraban colocadas en un automotor o puede suponerse otra
procedencia”, es decir que hubieran sido sembradas para despistar.

Galeano también les pidió a los expertos de la PFA que establecieran si esas piezas habían sido
sometidas “a una explosión o detonación o a varias”, como si sospechara que, quizá, hubieran
explotado dos bombas en lugar de una. El juez ordenó que los especialistas de la Federal
hicieran las pericias junto a los técnicos de Ciadea y al segundo comandante de Gendarmería
retirado Osvaldo Laborda, perito por parte de la DAIA-AMIA, conchabo que había conseguido
luego de cambiar frente a los restos de la Embajada de Israel su dictamen inicial de que su
destrucción había sido producida por una explosión interior por la más amable hipótesis de
que la destrucción había sido causada por un agente exógeno, una camioneta-bomba.

Al hacerse presente en la AMIA unas horas después de su voladura con otros expertos de la
Gendarmería Nacional, Laborda había llegado a la conclusión de que la mutual judía había sido
volada mediante dos detonaciones.

“Prácticamente descartada”

Así lo reflejó Clarín el miércoles 20 de julio en la página 18: “Los terroristas habrían puesto una
bomba dentro de la sede judía a través de un edificio vecino. Es posible que hayan colocado
otra en la puerta de entrada a la AMIA. Está prácticamente descartada la utilización de un
coche bomba (...) La primera conclusión de los expertos de Gendarmería es que hubo una
acción combinada entre una o dos cargas explosivas colocadas en el interior del edificio, en su
sector delantero, y otra bomba que estaba en la puerta principal”.

Al día siguiente, entrevistado por la agencia Interdiarios, el segundo comandante Laborda


reafirmó que se podía “descartar” que el atentado hubiera sido cometido por un vehículo-

197
bomba. La principal hipótesis, agregó, era que el explosivo hubiera sido “puesto en un edificio
lindero”.

También las primeras pericias hechas por los bomberos de la PFA determinaron que se había
tratado de dos explosiones. Así se lo dijo el comisario general Jorge Luis Passero, por entonces
jefe de la PFA, al diputado Juan Pablo Cafiero en ocasión de declarar ante la Comisión
Bicameral. Passero le dijo a Cafiero que a su juicio y el de sus subordinados, habían explotado
dos bombas.

Los bomberos de la PFA cambiaron en dos días su apreciación inicial. Y con toda probabilidad,
el infortunado Cánepa conociera los entresijos de esta mudanza de opinión. Laborda tardó
bastante más. Hasta ser contratado por la DAIA-AMIA. Entonces, se plegó a la opinión de la
PFA: el atentado había sido cometido con una sola bomba, que había explotado en la puerta
del edificio. Y no en el volquete puesto a frente a la puerta, sino transportado por una Trafic-
bomba.

Pericia televisiva

El subinspector Horacio Lopardo volvería a participar tiempo después en una nueva “pericia”,
supuestamente organizada por los periodistas Raúl García, Néstor Macchiavelli y Florencio
Monzón, quienes habrían contado con colaboración de la Brigada de Explosivos de la Policía
Federal. En realidad, parecía más bien una publicidad de la Superintendencia con la
participación de los periodistas: a Macchiavelli se le atribuían fluidas relaciones con la Fuerza
Aérea, Raúl García había sido el director del semanario hiperoficialista Somos durante la
dictadura, y el peronista Monzón era el asistente y vocero del comisario general Juan Angel
Pelacchi, a quién pronto acompañaría a Lyon, donde Pelacchi se desempeñaría como miembro
del buró de Interpol.

Los propósitos del video fueron robustecer la hipótesis del coche-bomba —que estaba muy
flojo de papeles— y desechar la que aseguraba que el volquete hubiera contenido explosivos.
¿Resultado? Se trató de una escenificación entre amigos cuyo director técnico, más allá de
Lopardo, fue el superintendente de Bomberos, comisario general Carlos López, quien también
puso la cara.

198
El abogado de la AMIA, Luis Dobniewski, me dijo por entonces que se oponía a la realización de
semejante “pericia”. Hasta la víspera, cuando habría mudado de opinión. Sin embargo, tiempo
después, entrevistado por Horacio Verbitsky, admitió que no había sido ajeno a su factura (o,
lo que es lo mismo, que su oposición había sido pour la galerie). Tanto él como el abogado de
la DAIA, Rogelio Cichowolski, pidieron y consiguieron que se incorporara esa maniobra al
expediente judicial como prueba, como si se hubiese tratado de una pericia oficial encargada
por el juez. Por alguna razón también a ellos les parecía importante cortar de raíz con la
posibilidad de que se investigara a fondo el volquete que había sido colocado frente a la
puerta de la AMIA.

La primera frase que se pronuncia en el programa especial hecho por García, Macchiavelli,
Monzón y la Superintendencia de Bomberos de la PFA (programa que no fue encargado por
ningún canal) es mentirosa, lo que da el tono de lo que seguirá. “El atentado contra la sede de
la AMIA fue avisado con semanas de anticipación”, proclama Macchiavelli en referencia a la
advertencia que el confidente de los servicios de informaciones brasileños Wilson Roberto Dos
Santos hizo a los consulados de Brasil, Israel y Argentina en Milán el 8 de julio de 1994, diez
días antes del atentado.

“La advertencia fue imprecisa pero dramática y categórica: se iba a cometer un atentado
contra un blanco judío en Buenos Aires”, continuó Macchiavelli, que omitió decir que Dos
Santos alertó que el atentado se iba a cometer en un edificio que, al igual que había sucedido
con la Embajada de Israel, se encontraba en refacciones, por lo que no se entendía por qué no
se habían adoptado precauciones elementales.

Enseguida apareció una grabación clandestina hecha a la cónsul argentina en Milán, Norma
Fassano, donde esta farfulla que no le hizo caso a Dos Santos, entre otras cosas porque no se
parecía en nada a Robert Redford. Macchiavelli interviene entonces para apuntar que el
brasileño se había referido a su romance con una mujer que “aparentemente pertenecía a una
organización terrorista iraní”, cuando en realidad el service brasileño se había referido a su
relación con una prostituta iraní a la que él y solo él había vinculado con el Hezbolá libanés.

“Hace más de dos años —continúa Macchiavelli— nuestro equipo (?) propuso al juez de la
causa la voladura de una Trafic utilizando una carga similar a la determinada por los peritos de
la Policía Federal”. “Hace más de dos años”. Es decir, desde poco después de cometido el

199
atentado. En cuanto a “nuestro equipo”, la presencia a través de interpósita persona (Monzón)
del comisario Pelacchi, ofrecía una pista clara de por dónde venían los tiros.

“Primero filmamos los restos del vehículo recogido en el lugar”, agregó en obvia referencia a la
AMIA, dejando claro que había estado trabajando desde un primer momento junto a los
peritos del Cuerpo de Bomberos y haciendo tabla rasa de que gran parte de las escasas piezas
con las que se había reconstruido una pequeña parte de una Trafic no habían sido encontradas
entre los escombros de la AMIA, sino en la Costanera Norte, junto a la Ciudad Universitaria y el
río, donde los arrojaron sin clasificar varios camiones y donde los bulldozers los apilaron. Según
Carlos Telleldín le aseguró al autor, la mayor parte de esas piezas fueron obtenidas por los
policías en los talleres y desarmaderos que él utilizaba para fabricar “autos mellizos”.

La carga puesta por los expertos de la Brigada de Explosivos de la PFA fue de 300 kilos, más del
doble de la que había determinado en su momento Laborda (un mínimo de 125 kilos), con
quien habían coincidido Charles Hunter y otros expertos contratados por la AMIA. “Después,
una Trafic del mismo modelo fue cargada con 300 kilos de un explosivo en base a nitrato de
amonio”, agregó Macchiavelli, sin especificar de qué explosivo se trata (según todas las
pericias, excepto las de la PFA, el utilizado en la AMIA fue ANFO, una mezcla de nitrato de
amonio y aluminio —amonal— con fuel oil).

Luego de producida la explosión en campo abierto, Macchiavelli comentó: “El impresionante


estallido dispersó los restos en forma similar al mapa de los pedazos encontrados frente a la
AMIA”. Mapa que confeccionó, claro, la Superintendencia de Bomberos.

Trascartón, Macchiavelli aparece en el campo junto al fiscal Eamon Mullen. El breve diálogo
parece calcado de otras “pruebas” tendientes a “comprobar científicamente” que un jabón
lava más blanco que los de la competencia.

— ¿Qué valor pericial tiene para la causa esta explosión? —le preguntó.

—Por lo que acaban de decir los expertos en explosivos (es decir, Lopardo y compañía),
corroboran casi en un cien por ciento el informe preliminar y el informe final de la
Superintendencia de Bomberos (es decir, sus propios informes).

—La prueba fue categórica y confirmó los peritajes y testimonios que ya estaban en la causa —
dice entonces el propio Macchiavelli en off, haciendo tabla rasa de que no hubo ni un solo
testigo fiable que dijera haber visto la Trafic en la calle Pasteur.

200
“Pero algún tiempo después comenzó a circular una teoría sin sustento sólido según la cual los
explosivos habían sido colocados en un contenedor de escombros o volquete que estaba
frente a la AMIA”, continuó diciendo, con lo que dejó a la vista la pata de la sota. Porque tal
“teoría sin sustento” no había comenzado a circular “algún tiempo después”, sino el mismo día
del atentado, y el miércoles 20 de julio Clarín se había hecho eco de ella al describir que “un
volquete de recolección de escombros (...) quedó sepultado a la altura de la puerta de entrada
del edificio. Ese contenedor presentaba sus paredes de hierro casi desgajadas y abiertas en
flor, como si una carga explosiva hubiera estallado en su interior”.

En su evidente afán por descartar que hubiera podido haber un explosivo en el volquete, el
equipo mixto de periodistas y Brigada de Explosivos puso uno a tres metros de distancia de la
camioneta detonada.

Macchiavelli dialogó en el ¿documental? con el comisario López, capi di tutti capi de los
bomberos. “Lo que llama la atención es que el piso está intacto”, le dice. Y el comisario López
explica que quedó entero porque la explosión se produjo afuera. Ninguno de los dos explicó,
con todo, por qué el pedazo de volquete que mostraban, al igual que el despanzurrado en la
AMIA, no tenían ni un solo impacto de esquirlas, siendo como había sido que todos los
vehículos situados en las inmediaciones del foco habían sido acribillados, sufrido perforaciones
múltiples.

García, Macchiavelli & Blue Firefighters explosionaron dos volquetes, uno con trescientos kilos
de amonal (mostraron trozos muy chicos y se abstuvieron de enseñar un gran pedazo) y otro
situado a unos tres metros con una cantidad igual de explosivos (mostraron un fragmento
parecido a otro encontrado en la calle Pasteur).

El punto más alto de “la prueba” es la aparición del barrendero Juan Carlos Álvarez, que arrojó
unos papeles al volquete unos instantes antes de que se produjera la explosión. “El volquete
estaba vacío, vacío, vacío”, aparece diciendo. Para que lo dijera, Macchiavelli rodó todo un
documental sobre la vida de quien llamó “Carlitos”, que se puede ver en Internet. Álvarez, que
no conoció a sus padres, fue criado en reformatorios y estuvo preso por robo, vivía como
okupa en el antiguo Patronato de la Infancia (Padelai) y tenía doce 12 hijos. El documental,
titulado Las pequeñas cosas de la vida, gira en torno a uno de ellos, Eduardo, un boxeador muy
delgado al que su padre llama “gordito”. Y a las esperanzas de su padre de que se destacara y

201
triunfara en ese duro deporte. Su única relación con el atentado es que el barrendero aparece
diciendo aquella frase: que el volquete estaba “vacío, vacío, vacío”.

Casi siete meses después, el 6 de febrero de 1995, Álvarez declaró en el juzgado. En la ocasión
fue muy presionado, e incluso extorsionado, para que firmara una declaración en la que
aparecía diciendo que había visto chocar la supuesta Trafic-bomba contra la puerta de la
AMIA, a lo que se negó de plano. Así lo narró, tras entrevistarlo, uno de los autores de Cortinas
de humo, Joe Goldman, en The Buenos Aires Herald al cumplirse dos años del ataque: “But
according to Alvarez, Galeano didn’t ask him any questions about what he saw or heard or
smelled or sensed prior the bombing. Alvarez claims he was asked by investigators to sign a
paper saying he had witness a van entering the AMIA building in exchangue for getting victim’s
compensation from the government. But he insists he saw no vehicle on the street. ‘If here was,
why would I have been talking to the janitor from the middle of the street? (Según Álvarez,
Galeano no le hizo ninguna pregunta sobre qué vio, escuchó, olió o sintió antes de la
explosión. Álvarez denuncia que los investigadores le pidieron que firmara un papel diciendo
que había visto una camioneta ingresando al edificio de la AMIA a cambio de una
compensación oficial. Pero él insiste en que no vio ningún vehículo en la calle. ‘Si hubiese
habido uno, ¿por qué habría estado hablando con el portero en el medio de la calle?’”).

Área libre

A pesar de que en Nueva York el vicepresidente Ruckauf —luego de responsabilizar casi


instantáneamente a Irán del ataque— los había dado por muertos, los dos custodios policiales
de la AMIA habían salido ilesos. Los medios destacaron la buena suerte del sargento Adolfo
Guido Guzmán (46 años, 18 de servicio, casado, cuatro hijos, ministro evangélico) y del cabo 1º
Jorge Eduardo Bordón, de 34 años. Guzmán pertenecía a la comisaría 5ª y Bordón, el chofer
del patrullero, a la 7ª. La AMIA estaba en la zona de la primera, la calle y la vereda de los
números pares del barrio a la segunda.

Los dos dijeron que habían podido ir sobre sus propios pies hasta el hospital policial, el
Bartolomé Churruca Visca. De que sus heridas no revestían demasiada gravedad da fe el hecho
de que el oficial Claudio Camarero los interrogó a las 13.30, es decir a poco más de dos horas y
media de la explosión. Y también que al hacer un recuento de los policías heridos en el
atentado y las posteriores labores de rescate, Crónica ni siquiera los mencionó.

202
En su primer testimonio, en caliente, Guzmán dijo que “poco antes” de la explosión había
llegado al lugar un camión amarillo que descargó dos volquetes para luego volver a cargar uno.
Este volquete, aclaró, quedó “unos metros adelante” de la AMIA. El sargento no mencionó la
llegada de Joffe y su Renault 20 gris. Dijo que “inmediatamente después” de que el camión
efectuara la maniobra de descarga, había cruzado la calle rumbo al bar Kaoba, urgido por unas
intensas ganas de orinar. No había tenido más remedio que ir al bar, explicó, porque los baños
de la AMIA, a los que solía ir, estaban clausurados a causa de las refacciones que se estaban
haciendo.

Guzmán dijo que la explosión lo sorprendió cuando acababa de salir del baño. “Me tiró al
suelo. El estallido de los vidrios me produjo heridas en el lado derecho de la cara y en el cuero
cabelludo, y al caer recibí fuertes golpes en el tórax y la pierna derecha”, detalló. A pesar de
estas heridas y golpes, agregó el sargento, había podido recuperarse casi de inmediato y acudir
en rescate de su compañero Bordón, al que había encontrado, dijo, en el momento en que
emergía bastante lastimado del patrullero.

Por su parte, Bordón dijo que poco antes del estallido había pasado por el lugar “un móvil de
mantenimiento” de la comisaría 7ª —la misma a la que él y el inutilizado patrullero a su cargo
pertenecían— a cargo de un sargento, y que sus tripulantes habían intentado en vano extraer
la batería del móvil policial, que estaba descargada. “Las herramientas que trajeron no servían,
por lo que se fueron a la comisaría a buscar otras”, justificó.

El cabo dijo creer que gracias a aquellos infructuosos hurgueteos bajo el capó, podía contar el
cuento. “Debió haber quedado mal cerrado y eso debe haber sido lo que me salvó. Como la
batería estaba descargada y la motorola no funcionaba, me había metido en el patrullero a
escuchar un handy”. La explosión había abierto el capó —continuó diciendo—, lo que lo había
preservado de recibirla de lleno. Curiosamente, el capó no había sido atravesado por ninguna
esquirla.

Bordón comentó que instantes antes de las explosiones le había llamado mucho “la atención la
poca cantidad de vehículos que había en la calle, siendo que los días hábiles a esa hora, sobre
todo los lunes, el tránsito suele embotellarse”. Y que cuando aquellas se produjeron no
recordaba más que estaba sentado al volante del patrullero y sintió un calor muy intenso.
Cualquiera que viera el grado de destrucción sufrido por el vehículo podía considerar un
prodigio que quien hubiera estado adentro saliera prácticamente ileso.

203
El semanario Gente publicó una entrevista con ambos policías. Guzmán aparece diciendo allí
que acababa de salir del baño del bar y saludaba a una camarera paraguaya cuando se produjo
la explosión. Bordón decía que la bomba lo había sorprendido adentro del patrullero,
manipulando la radio. Por lo que enseñaban las fotos (ambos aparecían con apósitos y Bordón
tenía puesto un collar que le inmovilizaba las vértebras cervicales), sus heridas no eran graves.

Enrique Víctor Líber Taub, de 57 años, reunía atributos que rara vez van juntos: era judío y
había sido miembro de la Policía Federal y custodio del presidente Arturo Illia (1963-1966).
Rubio y vehemente, Líber (como prefería que lo llamaran) recordó su paso por el Regimiento
de Granaderos a Caballo a las órdenes del entonces capitán Alejandro Agustín Lanusse (quien,
recordó, lo llamaba “Ben Gurion”) y también por la Policía, de la que pidió la baja cansado del
antisemitismo galopante de muchos de sus compañeros.

Después del atentado, muy conmovido, Líber Taub se había ofrecido a los directivos de la
AMIA, quienes le habían dado trabajo en su aparato de seguridad. Entrevistado, Liber contó
que para cuando estallaron las bombas él correteaba por los bares y cafés de Once alimentos
kosher que preparaba su mujer. Las explosiones lo habían sorprendido “en el barcito de un
gallego” de la calle Azcuénaga casi Corrientes. “Corrí por Azcuénaga hacia Tucumán, pero
antes de llegar me encontré con un montón de gente que venía de allá a la carrera gritando
‘¡Otra bomba!’, por lo que me fui hasta mi casa, en Córdoba y Pueyrredón. Y recién una vez
que tranquilicé a mi mujer me fui para la AMIA”.

El profesor Isaac Horn se encontraba cerca de la AMIA y cuando escuchó las explosiones corrió
hacia la calle Pasteur para ver qué había pasado y, descontando que habría víctimas,
auxiliarlas.

—Al primer policía que encontré, ansioso, le pregunté: “¿Qué pasó?”. Y él me contestó:
“¿Cómo? ¿No se enteró? Los rusos volaron a la mierda”.

Otros policías lo alejaron del lugar gritando: “¡Hay otra bomba! ¡Hay otra bomba!”.

Desde la AMIA, Taub había iniciado una investigación entre los comerciantes de los
alrededores. Me dijo que le parecía que la custodia policial no había estado en la puerta de la
AMIA cuando explotó. “Un comerciante sefardí que tiene negocio en la esquina de Pasteur y
Viamonte me dijo que minutos antes pasó por Viamonte un patrullero con personal vestido

204
con ropa de fajina, que llamaron con la bocina y conversaron brevemente con uno de los
policías de facción”.

¿Sería un patrullero de los Bomberos, que suelen vestir de fajina? Como pronto se verá, parece
haberse tratado de un patrullero de la comisaría 7ª. De la misma comisaría de la que provenía,
un cabo de la 7ª había hablado con otro cabo de la misma seccional que estaba de custodia en
la puerta de la AMIA, a partir de lo cual tanto este como el otro policía de guardia se habían
puesto a resguardo. Aquel, doblando por Tucumán hacia el río, este cruzando al barcito de
enfrente y metiéndose en el baño. El mensajero había llegado desde la avenida Corrientes en
un Dodge 1500 color naranja que llegó junto con el camión Fiat 1980 del mismo color, aunque
más claro. El mismo que dejó un volquete frente a la puerta de la AMIA. El Dodge había
estacionado un poco antes, apenas cruzada la calle Tucumán.

–Vinieron en yunta —sintetizó Joffe.

Tres días después del atentado, el 21 de julio, uno de los custodios, el cabo 1º Eduardo
Bordón, de la comisaría 7ª, declaró sobre el “Dodge 1500 marrón” que había estacionado
detrás del patrullero a su cargo. Quien lo había estacionado, dijo, era un colega suyo en la
comisaría 7ª, el cabo primero Miguel Ángel Rodríguez, de 40 años. Bordón dijo que Rodríguez
había llegado al lugar “con su esposa y dos hijos”, que le había pedido permiso para estacionar
el Dodge y el grupo había ido a pie hasta el Hospital de Clínicas “para que atendieran a uno de
los niños”.

Por su parte, Rodríguez declaró haber dejado el coche en la cuadra de la AMIA “porque tenía
las gomas bajas” y que luego llevó a su hija Eliana, de 13 años, al servicio de neurocirugía
infantil del citado hospital, pues la tenían que operar de urgencia. Estaba en el Clínicas con su
esposa y su hija cuando se produjo la explosión, dijo, tras lo cual fue rápidamente hasta la
AMIA para ver si Bordón y su compañero, el veterano sargento Adolfo Guido Guzmán, de la
comisaría 5ª, necesitaban ayuda.

Como en el medio del caos no los encontró —siguió diciendo— regresó al hospital, donde
permaneció hasta que le dieron fecha para la operación que, aclaró, era muy urgente. Esa
fecha, precisó, fue el 10 de agosto. Si bien las autoridades del hospital no quisieron informar al
autor si Ileana Rodríguez fue trepanada ese día, pudo averiguar in situ que al menos no lo
había sido en el servicio de neurocirugía.

205
Llamaba la atención que un policía federal se atendiera o hiciera atender a sus familiares en un
hospital que no fuera el propio de la PFA, el Bartolomé Churruca Visca, considerado de alta
complejidad. Los federales no suelen acudir a otros hospitales salvo en casos de urgencia. Por
lo que resulta incomprensible que no se hubiera investigado la veracidad de sus dichos. Por
pura lógica, lo primero que había que averiguar era si los hospitales Churruca y Clínicas
contaban con un servicio de neurocirugía infantil: no lo tenían.

“En la Capital Federal casi siempre las operaciones de neurocirugía infantil se hacen en el
Garrahan o en el Hospital de Niños (Ricardo Gutiérrez). Ocasionalmente se hacen algunas, las
menos complicadas, en la Casa Cuna (Pedro de Elizalde) y a veces también en el Hospital
Italiano”, explicó el doctor Hugo Arroyo, presidente de la Sociedad Argentina de Neurología
Infantil (Sani). En el Churruca, siguió diciendo, “atiende un eminente especialista en neurología
infantil, el doctor Jorge Iraola, pero esa especialidad está integrada dentro del servicio común
de neurocirugía”, imprescindible en cualquier hospital policial ya que policías y bomberos
están expuestos a lesiones cerebrales. “En el Clínicas, desde que hace muchos años se retiró el
doctor Héctor J. Vázquez, una eminencia, no creo que haya más que algún especialista que
atienda una o dos veces por semana”, concluyó.

Para estar seguros, llamamos al servicio de pediatría del Hospital de Clínicas. Nos atendió el
doctor García Pérez, que nos confirmó que en ese hospital no hay servicio de neurocirugía
infantil.

Rodríguez había mentido. Y, para colmo, el Dodge 1500, que había sido visto antes
estacionado en Pasteur al 600, no era suyo tal como había asegurado. Probablemente fuera,
como la Trafic supuestamente bomba que había pasado por las manos de Telleldín, “made in
Monjo”.

Al ser entrevistado por la CNN en Español en vísperas del tercer aniversario del atentado a la
AMIA, Rodríguez dijo que el Dodge era suyo, pero que todavía no lo había puesto a su
nombre. Y cuando Rolando Graña le preguntó por qué lo había estacionado allí, dijo que
porque “tenía un problema mecánico” (ante el juez, en cambio, había dicho que era porque
tenía un neumático desinflado). Por fin, dijo que la operación urgente a la que había dicho
debía ser sometida su hija, se la habían hecho... en un párpado.

La llegada del Dodge 1500 naranja del cabo Rodríguez fue recordada por la testigo Adriana
Schettino, la misma que había visto un helicóptero suspendido sobre la AMIA durante varios

206
minutos alrededor de las 9. “Cinco minutos antes de la explosión me encontraba baldeando la
vereda y llegó un Dodge 1500 naranja que estacionó unos diez metros detrás del patrullero”.
Schettino dijo que creía recordar que del auto había bajado una mujer, pero que no había visto
niños.

Silvia Castillo, camarera del pequeño bar Kaoba, situado frente a la AMIA, se había ido a la
puerta, atraída por el insólito silencio, la ausencia de los ruidos habituales. Se asomó y
comprobó que casi no circulaban automóviles. En ese momento vio cómo uno de los policías
doblaba por Tucumán hacia Uriburu. El otro encaró hacia el bar, le pidió un té a Bettina y se
metió en el baño. Entonces Silvia se dio vuelta y entró al bar. En ese momento la onda
expansiva la levantó y empujó hacia el fondo.

Malabares con volquetes

El camión de los volquetes, un Fiat modelo 1980 de color anaranjado que se había ido
decolorando hacia un amarillo fuerte, pertenecía a la empresa Santa Rita, con sede en Anatole
France 553, Avellaneda, muy cerca del Hospital Piñeyro. El mismo 18-J a la tarde se hizo
presente allí el oficial Fabián Prado, del DPOC. Fue recibido por el encargado, Raúl José Díaz,
quien le informó que el dueño era el ciudadano libanés Nassib Haddad. Díaz agregó que la
misma empresa, esta vez con el nombre de fantasía de Cascoterías Santa Rita, tenía oficinas en
la avenida Costanera Rafael Obligado y la calle 14 de la dársena F del Puerto Nuevo, junto a la
terminal seis y la escuela de buzos de la Prefectura Naval.

Díaz le dijo a Prado que, estando allá, en la Costanera, había recibido la mañana del 18-J “entre
las 8.30 y las 8.45” el pedido de un volquete para la AMIA. “Me llamó un viejo cliente de la
empresa GPI”, la constructora que hacía reformas en la AMIA, con oficinas en la avenida
Cabildo 481, barrio de Belgrano. Aunque en el acta labrada por Prado no consta, Díaz se refería
al arquitecto Andrés Malamud.

“Cuando recibí el pedido detuve a un chofer, Alberto López, que estaba por salir a llevar un
volquete a la calle Constitución 2657, indicándole que cargara otro para la AMIA. Díaz dijo que
al regresar de la faena, el misionero López —que en realidad se llamaba Juan Alberto— le
había comentado, muy excitado, que la AMIA había resultado destruida poco después de que

207
él hubiera dejado el correspondiente volquete, y que le había dejado el correspondiente recibo
firmado.

“Alberto me dijo que apenas si se había alejado unos doscientos metros cuando escuchó un
ruido muy fuerte, pero que como el camión es viejo y hace mucho ruido y él iba escuchando la
radio, no le dio importancia, y recién se enteró unos diez minutos más tarde, cuando dieron la
noticia por la radio. Y que enseguida nos llamó por la motorola y nos contó lo que había
pasado”, narró el capataz. Las oficinas de Santa Rita y sus camiones estaban enlazadas por
radio a través de equipos emisores-receptores de la marca Motorola, las mismas que utilizaba
la Policía.

Díaz también le dijo a Prado que una vez que llegó al playón de Puerto Nuevo, López le amplió
la información que ya le había dado. “Estaba muy nervioso, muy mal por lo que había ocurrido
y me pidió permiso para irse a su casa”. Prado le preguntó cómo podía ubicarlo. “No tiene
teléfono, pero sé que vive en la calle Pilcomayo y Levalle de Bernal Oeste (partido de
Quilmes)”, le indicó Díaz. Los policías partieron raudos hacia allí a bordo de un automóvil sin
señales de identificación. Ubicaron a López en su casa de Pilcomayo 836 y lo llevaron consigo
hasta la sede del DPOC. Esa noche terrible, López no parece haber sufrido un interrogatorio
demasiado exhaustivo en el tétrico edificio de Moreno casi esquina San José. Dijo trabajar de
“fletero” en Santa Rita desde hacía más o menos un año, y que desde fines de 1993 llevaba
volquetes a la AMIA, “entre uno y dos por semana, y a veces dos juntos”. Las obras de
refacción habían comenzado en marzo de 1994. ¿A qué había ido cuatro meses antes? Nadie
se lo preguntó.

López dijo haber descargado el volquete “un poco más allá” de la puerta principal de la AMIA,
esto es hacia Viamonte, el mismo lugar donde habría de ubicarlo el documental/pericia
protagonizado por la Superintendencia de Bomberos de la PFA. Y cuando le preguntaron a qué
hora calculaba que había sido, López dijo que ¡a las 10.45! Es decir, redondeando, una hora
después de la real.

Según el acta hecha en el DPOC, López dijo que al dejar la AMIA dobló por Viamonte, después
tomó por Junín y siguió por Rincón (la continuación de Junín al cruzar Rivadavia) rumbo al sur.
“Cuando estaba llegando a Alsina (es decir, a diez cuadras de la AMIA) sentí un ruido que al
principio, como hay muchos baches, lo atribuí al retumbe del volquete que llevaba. Como tenía
prendida la radio, no le hice mayor caso y recién me enteré de lo que había pasado unos diez

208
minutos después, cuando dieron la noticia”, narró. Un año después, en la calle Rincón entre
Hipólito Yrigoyen y Alsina no había ningún bache. Los vecinos dijeron que hacía mucho tiempo
que la calzada no era reparada.

“Recuerdo que a unos veinte o veinticinco metros antes de la puerta de la DAIA (sic) había dos
patrulleros y uno o dos coches más cinco metros más adelante, y un tercero, que creo era un
Peugeot 504 grisecito crema del que, si mal no recuerdo, se estaban descargando bultos”,
describió.

López habló de dos patrulleros, es decir del estacionado e inutilizable y del que se supone
había ido a cambiar la agotada batería de aquel. Del Peugeot gris que dijo recordar no había
noticias. López fue entrevistado por el periodista Gustavo Abu Arab, de Radio del Plata, y ahí
quedaría claro que el supuesto Peugeot era en realidad el Renault 20 de Daniel Joffe, lo que
dejó claro que había llegado a la AMIA antes que el electricista sobreviviente. Fue porque
Benyi Abu Arab le pidió más precisión sobre qué coche había visto. “Supongo que tenía un
portaequipajes porque estaban descargando algo del techo. Yo declaré que era un Peugeot
504 pero por lo visto no lo era. En todo caso, no lo recuerdo con seguridad. De lo que sí estoy
seguro es de que era un auto gris y que el hombre estaba desatando un bulto para bajarlo”.

Está pues claro que se refería a Joffe y a sus infortunados acompañantes quienes,
efectivamente, desataron una escalera de “la vaca” o portaequipajes. Claro que Joffe dijo que
cuando él llego a la AMIA, el camión ya se encontraba maniobrando...

“Al entregar el remito en la puerta del edificio —declaró López en el DPOC— pude observar
que en el fondo, a unos diez metros de la puerta, había una pila de residuos de la obra, una
pila de un metro de alto y dos de ancho”, había dicho entonces. Pero al declarar en el juzgado,
López no ratificó haber entrado a la AMIA y limitado a hacer firmar el remito y mirar hacia los
fondos. Precisó que había entrado en busca de Malamud, al que conocía, y que lo había
encontrado al lado de la guardia interna (bitajom, seguridad, quienes pedían documentos y
tramitaban los ingresos) donde le había firmado el remito.

En ese mismo sentido, a Abu Arab le dijo que llegó a la AMIA alrededor de 9.48 o 9.50, hora
que coincide con la real pero que difiere más de una hora respecto de la que había dicho en el
DPOC, según el acta firmada por el comisario Carlos Castañeda y el principal Claudio Camarero.
Cuesta creer que, en apenas tres días, alguien tenga una memoria voluble sobre la hora en que

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llegó al lugar donde minutos después morirían tantas personas. Salvo, claro, que lo de las
“10.45” hubiera sido un inconcebible error de los policías que lo interrogaron.

Cuarenta meses más tarde, Juan Alberto López fue entrevistado por otro López, Marcelo, el
longilíneo, alto periodista de América TV. Juan Alberto exigió que la entrevista se le hiciera de
espaldas a la cámara, síntoma inequívoco de que no tenía la conciencia en paz. Marcelo
igualmente se las ingenió para que sus inconfundibles rasgos aparecieran fugazmente en el
video, que por increíble que parezca no incorporó a la causa.

En esta ocasión, el misionero López ratificó que había llegado a la AMIA unos minutos antes
de la explosión. “Llegue a las 9... o 9.50, no lo recuerdo bien”, balbuceó. No explicó, en cambio,
cómo había tardado tantísimo en ir desde Puerto Nuevo a la AMIA. Para explicarlo, no
encontró otra manera que contradecir lo que había afirmado en todas sus anteriores
declaraciones (en el DPOC, en el juzgado y ante los periodistas), coincidentes con las de su jefe,
Raúl Díaz: que había salido del playón de Puerto Nuevo poco después de las 8.30 con dos
volquetes.

Lo que había pasado, explicó, "fue que salí con un solo tacho (volquete), para la calle
Constitución, pero Raúl (Díaz) me llamó por radio enseguida y me pidió que regresara a cargar
otro para la AMIA”. Fuera de cámaras y micrófonos, le dijo a su entrevistador: “Fue por eso
que tardé tanto”.

El teatro en el cual Juan Alberto López dice que se desarrollaron sus insólitas evoluciones es un
triángulo pequeño: el camino más corto para ir desde Puerto Nuevo a la AMIA es de 3.500
metros. Entre la AMIA y el terreno de la calle Constitución donde había dejado el otro volquete
era apenas mayor: 4.100 metros.

De acuerdo con lo dicho por Juan Alberto López frente a las cámaras de América TV, había
salido con un solo volquete de Puerto Nuevo hacia la calle Constitución a eso de las 8, cuando
Díaz lo había llamado por radio para pedirle que volviera y cargara un segundo volquete para
la AMIA. De acuerdo a las declaraciones de Díaz, eso debió ocurrir como muy pero muy tarde a
las 8.45. Supongamos que López no había llegado lejos, que estaba a no más de cinco minutos
del playón de Puerto Nuevo, que regresó y cargó el otro volquete. Como muy tarde —puede
deducirse— serían las 9.

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Dicho de otro modo: habría demorado entre 30 y 50 minutos en recorrer los 3.500 metros
hasta la AMIA, lo que implica que, considerando el tiempo necesario para cargar el volquete,
se desplazó a una velocidad de entre 7 y 10 kilómetros por hora. La corrección era
imprescindible porque si hubiera salido a las 8 con dos volquetes —como había dicho dijo en
su primera declaración— e ido directamente a la AMIA, lo habría hecho a menos de dos
kilómetros por hora. Por lo que resultaría obvio que antes de ir a la AMIA había pasado por
otro lugar.

Una hipótesis es, al contrario de lo declarado, que pudo ir primero a Constitución 2657 (a unos
5.500 metros de Puerto Nuevo por el camino más corto) y luego a la AMIA (4.100 metros más).
Para ello le hubiera sobrado con marchar a 5 kilómetros por hora, la velocidad con que
caminan los transeúntes.

Ante Abu Arab, López se presentó como “Alberto” a secas y le dijo que le había resultado más
cómodo llevar primero el volquete a la AMIA e ir luego a la calle Constitución porque los
camiones no salían de Avellaneda, sino desde Puerto Nuevo. “Cuando llegué a la AMIA —
explicó— bajé los dos tachos, después enganché el que me iba a llevar a la calle Constitución y
enseguida fui con el remito para que me lo firmaran. Me lo firmó en la misma puerta el señor
Malamud, que me pidió si podía correr el volquete un poco más adelante (es decir, hacia
Viamonte, puesto que “adelante” debe traducirse como más allá en el sentido de la
circulación), pero como vio que no tenía espacio para ponerlo donde me indicaba, al final me
dijo: ‘Bueno, dejalo ahí nomás’”. Una alambicada admisión del hecho comprobado: lo había
dejado en la puerta.

Mucho después, en la ya mencionada entrevista que dio de espaldas a América TV, López
ratificó lo dicho en el juzgado: que no solo había estado con Malamud, sino que este había
visto la punta del volquete desde adentro de la AMIA. Es decir, ratificó nuevamente que el
volquete estaba sobre la puerta, en un sitio expresamente prohibido por la seguridad del
edificio.

Claro que López alegaba haber sido autorizado por el arquitecto Malamud... que no podría
desmentirlo porque había muerto en el atentado. En realidad, al principio López había dicho
que dejó el volquete en off side; que Malamud lo advirtió y le pidió que lo corriera, pero que
no pudo hacerlo porque el lugar habitual en que se lo dejaba estaba ocupado. “Estaba

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estacionado un Renault 20 o 21 (el de Joffe) y entre esa camioneta (sic) y mi camión apareció
en ese mismo momento otra camioneta que estacionó adelante”, argumentó.

En cuanto a esta última camioneta, la que le habría impedido dejar el volquete siquiera unos
metros más adelante, López dijo que era “de reparto de pan y de color amarillo”, por lo que no
cabe duda de que se refería a la que repartía pan Sacaan, conducida por Juan Carlos
Terranova, muerto en el atentado. Sin embargo, al finalizar su declaración López se empecinó
en afirmar que había dejado el volquete en “el lugar donde lo dejábamos siempre”, es decir
“junto a un ventanal de la AMIA, entre la puerta y la calle Tucumán”, precisó.

Por la boca muere el pez

Aunque en el juzgado López sostuvo haber llegado, dejado el volquete, hecho que Malamud le
firmara el remito y marchado, por lo que no había estado frente a la AMIA más de tres
minutos, a Abu Arab le dijo que antes de que Malamud le firmase el recibo, él ya había entrado
al edificio. Como quien dice “como Pancho por su casa. Estuve en el vestíbulo central. Había
mucho movimiento de gente, unas quince o veinte personas. Lo normal a esa hora”, dijo como
quien tiene ese tema muy claro. “Fui hasta donde estaban los de vigilancia y alcancé a ver que
detrás de la puerta del fondo había basura tipo residuo de obra. Seguramente era lo que iban a
cargar en el volquete”, agregó.

La entrevista radiofónica fue reproducida por La Nación el 23 de julio de 1994. El encargado,


Raúl Díaz, fue interrogado en el DPOC por Castañeda y su ayudante Camarero
incomprensiblemente tarde: el 3 de agosto, dieciséis días después del atentado. Díaz ratificó
que quien le había pedido el volquete para la AMIA había sido “el ingeniero Malamud”, y que
por los comentarios que le había hecho en la ocasión suponía que lo había llamado desde la
AMIA. “Me apresuré en complacerlo porque era un viejo cliente y quería quedar bien con él.
Por eso le pedí a López, que ya se estaba yendo, que esperase un momento y me diera su hoja
de ruta en la que añadí el pedido para Pasteur 633”, volvió a explicar.

La tecnología telefónica de entonces era muy distinta a la actual, pero cuando tiempo después
se dieran a conocer los resultados de las pericias, estas indicarían que hasta el mediodía de ese
lunes aciago los teléfonos de Santa Rita no habían recibido llamadas. Dijo Díaz que cuando
Malamud llamó, López iba a salir con un solo volquete hacia Constitución 2657. “Ese pedido lo

212
había recibido alrededor de las 8 (es decir, media hora antes de que, supuestamente,
Malamud lo llamase), de parte de un tal Alejandro”, agregó. E insistió en que había alcanzado a
López antes de que saliera y le había ordenado que cargase otro volquete para llevar a la
AMIA.

Pero López, al ser entrevistado para América TV, había dicho que ya había salido de Puerto
Nuevo cuando Díaz le ordenó por la radio regresar y cargar “un tacho” para la AMIA. Si hubiera
sido así, ¿para qué dijo primero que había salido con dos volquetes? ¿O será que, tal como
admitió, salió con uno solo?

Díaz dijo en el juzgado que aquel día todo había sido rutinario, sin nada que le llamara la
atención. “López entregó normalmente los dos volquetes. Dejó el primero en la AMIA y llevó el
otro a la calle Constitución, donde el tal Alejandro le pagó 60 pesos, como consta en esta
factura”, explicó. Según el acta, luego de decir esto Díaz entregó a los policías una copia de esa
factura, Nº 0381701. El garabato que corresponde a la firma del supuesto “Alejandro” es
ilegible. No dijo que esa persona hubiera sido Malamud. Quizá porque aún no sabía que
Malamud estaba muerto y no podría desmentirlo.

5. El atentado a la Embajada

Veintiocho meses antes que lo de la AMIA, una bomba demolió la Embajada de Israel,

213
en la calle Arroyo 910-16. El embajador Isaac Shefi, que se había ido una hora y cuarto
antes a su casa, calculó a ojo de buen cubero que debían haber muerto más de
cuarenta personas. La cifra iría disminuyendo con el correr de las horas hasta fijarse en
29 muertos, una cifra que todavía hoy suele darse. A ojos vista —la fachada se había
derrumbado sobre la calle—, la sede diplomática parecía haber sufrido una explosión
interna, lo que los medios llamaron impropiamente “implosión”, pero tanto el
embajador como el jefe de seguridad de la Embajada —que a la hora del atentado se
encontraba con la mayoría de sus hombres en el Hotel Sheraton— lanzaron las
campanas al vuelo antes de que hubiera terminado la jornada: se había tratado del
ataque de un vehículo-bomba, aseguraron. Sin decir por qué, casi al mismo tiempo que
los Bomberos de la Policía Federal comenzaron a aportar algunas piezas de vehículos
que, aunque no quedaba claro cómo y dónde se habían encontrado, ya que no se
confeccionaron las preceptivas actas, rápidamente pudo establecerse que habían
integrado un móvil de la marca Ford, aunque no estaba claro si se había tratado de un
Falcon, un Fairlane —como dijo primeramente un dubitativo ministro (del Interior,
José Luis) Manzano—, hasta que por fin los propios bomberos, gracias al hallazgo
diríase que casi milagroso del block del motor, dijeron que se trataba de una
camioneta F-100.

Como se trataba formalmente de un territorio extranjero, la causa quedó


automáticamente a cargo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, presidida por el
anciano Ricardo Levene (h), quien encargó las diligencias sobre el terreno a la
Gendarmería Nacional y la investigación propiamente dicha al secretario Alfredo
Bisordi. Con el correr de los días, las víctimas mortales fueron reduciéndose hasta 22,
de los que solo 4 tenían la nacionalidad israelí; las demás eran argentinas, bolivianas, y
también hubo un paraguayo, un uruguayo y un italiano. Israel no dejó que la Corte, no
digamos ya que ordenara la autopsia de los cadáveres de sus nacionales, siquiera los
fotografiara, evacuándolos rápidamente rumbo a su país, como quien dice “en valija
diplomática”.

Al inaugurar formalmente las sesiones ordinarias del Congreso en marzo de este año

214
(2015), la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le reprochó ácidamente a Israel (y,
de rebote, a los dirigentes de la kehilá) su absoluta inacción en esta causa a la par que
vertían lágrimas de cocodrilo, quejándose por el empantanamiento de la causa AMIA.
En esta ocasión, cifró la cantidad de muertos en 29. No es de extrañar, porque lo
mismo hicieron medios sionistas (Itongadol/AJN) al convocar a los actos de
conmemoración del 23º aniversario del bombazo: “El próximo martes 17 de marzo
será el 23° aniversario del atentado a la Embajada de Israel en la Argentina (foto), en el
cual murieron 29 personas —solo 22 de ellas fueron identificadas— y más de 200
resultaron heridas…”.

¿Qué puede esperarse de la investigación de un acto terrorista que ni siquiera pudo


establecer una mínima certeza acerca de cuántas personas murieron? El hecho de que
hayan muerto solo cuatro israelíes, y ninguno con un cargo relevante, no deja de
sorprender. La bomba explotó el martes 17 de marzo de 1992 alrededor de las 14.46 y
esa mañana el coqueto petit hotel que servía de sede de la legación diplomática estaba
repleto.

Aquel martes era un hermoso día de fines de verano. Hacía cinco días que la Embajada
de Gran Bretaña había hecho pública la presencia en la Argentina del traficante sirio
Monzer Al Kassar, entonces el hombre más requerido por Interpol en todo el planeta,
quien, sintiéndose en casa, igualmente ofreció esa noche luctuosa una festiva
recepción a sus amigos en el piso que tenía en la Avenida del Libertador.

La presencia de Al Kassar había hecho recrudecer las presiones de la Embajada de los


Estados Unidos sobre el gobierno argentino por las condiciones de seguridad (es decir,
por el control) del aeropuerto de Ezeiza, que estaba en manos del todavía muy
misterioso Alfredo Yabrán, conocido como “El Amarillo” por el color distintivo de la
única empresa que reconocía como propia, OCASA.

De todas las crónicas de aquel día, hubo una sobresaliente, hecha por José Antonio
Díaz y publicada en las dos últimas páginas del número especial de la revista Gente
aparecido el jueves 19 de marzo, dedicado enteramente al atentado. Llevó por título

215
“¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Quién fue?” y la siguiente bajada: “De los peritos policiales:
‘El cráter de la explosión está dentro de la embajada’. Lo que dijo el presidente
Menem. Las hipótesis de la CIA. El misterioso almuerzo con tres enviados israelíes. Las
tesis contradictorias”.

Arrancó así: ltzhak Shefi se apresuró en afirmar la teoría del coche bomba, apenas una
hora y media después del atentado... Eran aproximadamente las 16 y 10. Díaz dijo que
el ministro José Luis Manzano y el jefe de la Policía Federal, Jorge Luis Passero, lo
miraban con estupor, asombrados por “esta casi instantánea versión”. No era para
menos: Passero acababa de decirles a los periodistas que de acuerdo a lo que le había
informado el jefe de los Bomberos, la explosión se había producido en el interior de la
embajada. Y Manzano, como se verá, ya había ordenado que se identificara y detuviera
a quienes esa mañana habían ingresado materiales de construcción al edificio.

Díaz lo dijo así: “El cráter causado por la explosión estaba en el interior de la embajada,
a unos metros de la acera. Presuntamente, el efecto expansivo de un coche-bomba
hecho detonar frente a la casa no podría ‘agujerear’ de tal modo el interior de la sede”.

“Shefi había sido alertado, según él, por el personal de la propia representación
diplomática. Se retiró a la una y media de la tarde anunciando que no regresaría. Ni
siquiera para participar en los postres de un almuerzo... ofrecido... a tres enviados
importantes vinculados al conflicto palestino-israelí (que) abandonaron el edificio de la
embajada cerca de las 14 y 30. Unos quince minutos antes del feroz estallido”, siguió
narrando.

“Junto con las hipótesis de un estallido interno, mediante una filtración en el sistema
de seguridad de la embajada de Israel en Buenos Aires, y la del coche-bomba, una
tercera fue lanzada por hombres de Inteligencia de la Policía Federal que intentaban
demostrar que nada se sabrá sobre los autores y móviles del atentado: los autores son
conocidos, y si se quiere los pueden capturar. Son argentinos, nazis, vinculados a una
campaña internacional de atentados terroristas, bajo las órdenes del extranjero:
cobraron 250 mil dólares...”, continuó escribiendo febrilmente contrarreloj el

216
periodista.

Versiones

Desde un primer momento hubo quienes echaron a rodar versiones maliciosas, como
que lo que había estallado había sido un arsenal que se guardaba en los sótanos del
edificio e incluso, por más descabellado que parezca, la cabeza de uno de los misiles
Cóndor II desactivados bajo intensa presión de los Estados Unidos e Israel. “Dadme
una pizca de jabón y os haré una montaña de espuma”, parece ser el principio rector
de los fabricantes de bulos. En este caso, la pizca de jabón es que no cabe duda de que
en la Embajada se negociaba todo tipo de venta de armamentos. Sin ir más lejos, la
misma mañana del 17-M el general israelí Jehuda Duvdevani recibió en su despacho de
la sede diplomática al comisario general (R) Jorge Silvio Adeodato Colotto para cerrar
una operación. Colotto había sido el segundo del asesinado (en 1975) jefe de la Policía
Federal, comisario general Alberto Villar, y fue luego amigo y socio del ex almirante
Emilio Eduardo Massera en sus negocios de armas. La Marina estaba muy involucrada
en el tráfico de armas hacia Croacia y Bosnia, a través del capitán de navío (R) Horacio
Pedro Estrada, ex jefe de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) durante la
dictadura y factótum del “desvío” de armas argentinas hacia un Ecuador en guerra con
Perú, un erotómano que siendo diestro se las ingenió para “suicidarse” con un tiro en
la sien izquierda ataviado con una bata mientras veía un video porno y tenía una
botella de champagne en un balde con hielo.

No solo Colotto, también Duvdevani se fue oportunamente de la sede diplomática al


mediodía, con lo que salvó la vida.

Tres meses más tarde, el subjefe del Estado Mayor del Ejército, general Mario Cándido
Díaz, prendería en la pechera de su uniforme la Orden de Mayo, la más alta
condecoración que otorga el Ejército argentino a extranjeros.

217
En primera persona: Bisordi

Cuando en 2002 murió quien había sido hasta 1995 el presidente de la Corte Suprema,
Ricardo Levene (h), Clarín recordó que “las críticas de la comunidad judía por la falta
de resultados en la investigación sobre el atentado contra la Embajada de Israel, que
estaba a su cargo, precipitaron su salida del tribunal”.

Levene había dejado la investigación del atentado en el secretario penal de la Corte,


Alfredo Bisordi, un confeso partidario de la dictadura en general y del general Jorge
Rafael Videla en particular, quien en 1987 se había prestado a secundar al fiscal Juan
Martín Romero Victorica en un intento de persecución judicial a quien escribe porque
había puesto en evidencia que “El Potro” Romero Victorica utilizaba cartas
supuestamente escritas por un detenido-desaparecido (que obviamente no podía
desmentir su autenticidad) y en realidad pergeñadas por el Servicio de Inteligencia
Naval (SIN) para incriminar a un sobreviviente. Con el concurso del juez Carlos Luft
pretendían nada menos que vincularme con… el secuestro de los hermanos Born.

Viene a cuento esta digresión para dejar sentado que no tengo ningún punto de
contacto con su ideología. No obstante su talante netamente reaccionario, justo es
apuntar, también tenía la reputación de ser incorruptible.

El 5 de marzo de 2002, Bisordi declaró ante la Comisión de Juicio Político de la Cámara


de Diputados de la Nación y cuatro días después la revista Noticias publicó una
entrevista que probablemente haya dado ese mismo día. Bisordi había dejado la
investigación del atentado el 22 de diciembre de 1992, cuando lo ascendieron a
miembro de la Cámara Nacional de Casación Penal, quitándolo del medio. Antes había
tenido una serie de encontronazos con la Policía Federal (y, en menor medida, con la
SIDE) y había sufrido una intensa campaña de Clarín y sus aliados pidiendo su
remoción.

A Noticias, Bisordi le recordó tanto las maratónicas reuniones entre Levene, los
ministros del Interior, José Luis Manzano, y de Justicia, León Arslanian, con el

218
secretario de Inteligencia, Hugo Anzorreguy, y como a todos les quemaba la
investigación (“Levene se reunía con ellos y después venía y me decía como debía
‘proyectar los escritos’”) desde abril lo habían entornado nombrándole dos
colaboradores de turbios antecedentes: “Vinieron a colaborar con la investigación los
doctores (Diego Ignacio) Richards y (Esteban) Canevari porque habían tenido un
incidente con la doctora (María Romilda) Servini de Cubría, que los había echado de su
juzgado”.

Ante los diputados, Bisordi recordó que “intervino la comisaría 15ª a cargo del
comisario (Alberto) Meni Battaglia, quien me dijo que le había llamado la atención la
presencia de un boina verde (comandos especiales de la US Army) de la Embajada de
los Estados Unidos, que le había ido a decir que en función de su experiencia en Medio
Oriente estimaba que la explosión había sido adentro. Más tarde el comisario
desmintió esos dichos, pero yo puedo carearme con él porque eso me lo dijo en la
cara”. El comisario Meni Battaglia recién sería citado a declarar por la Corte ¡en 1996!
Al igual que los oficiales de la comisaría 15ª que habrían sido los primeros en llegar al
lugar de la tragedia: Leopoldo Oyhambure y Guillermo Scartascini.

Bisordi también le habría dicho al semanario que además de boinas verdes (así, en
plural, lo escribió su entrevistador) también había habido marines entre quienes
ayudaron a rescatar a los heridos, pero que nunca se los pudo identificar. “Tomé
contacto con las autoridades de la seccional policial y estas me dijeron que el ministro
del Interior, el doctor Manzano, había ordenado la detención de todas las personas
vinculadas con la entrega de material de construcción (unos 90 m2 de cerámica, varios
mingitorios y otros elementos) en la sede diplomática (porque) tenía interés en saber
si con los materiales habían ingresado los explosivos”. Pero estas directivas iban a ser
prontamente contrarrestadas cuando “a las 21.30 se hizo presente en la comisaría el
jefe de seguridad de la Embajada, quien dijo llamarse Roni Gorni”. Bisordi le dijo a la
revista que Gorni se negó a declarar, al igual que el restante personal sobreviviente de
la Embajada, alegando que gozaba de inmunidad diplomática (lo que para la mayoría
de sus subordinados, como se verá, no era cierto). Y puntualizó frente a los diputados

219
que en las listas de diplomáticos israelíes acreditados en el Ministerio de Relaciones
Exteriores no figuraba prácticamente ninguna de las personas que realmente
trabajaban en la Embajada. También les dijo que Roni Gorni “demostraba tener muy
fluido contacto con las autoridades de la comisaría” y que fue él quien introdujo la
teoría de que el atentado no debía ser investigado por el lado del ingreso de los
materiales, sino por la hipótesis de la existencia de un coche-bomba. A partir de
entonces, recordó, esa hipótesis también empezó a ser tenida en cuenta e investigada.

Uno de los que cambió de posición fue el ministro Manzano, que antes de que acabase
aquel martes terrible dijo: “Apareció el cráter dejado por el coche-bomba en la calle,
frente a la puerta de la Embajada”.

Bisordi recordó que el secuestro del motor de una camioneta F-100 (cuyos pedazos o
partes se encontraron diseminados hasta a más de 200 metros según peritajes de la
PFA y de la Gendarmería) se produjo en circunstancias que distaron de ser prístinas.
“En ese momento yo me encontraba presente en la comisaría y podía haber sido
informado del secuestro de ese motor, cosa que no ocurrió. No existe acta del
secuestro, solamente una fotografía donde aparece el motor cortado a la altura del
sexto cilindro, con la numeración completa. Luego hay un acta firmada solamente por
los bomberos. Lamentablemente, pudieron haberme convocado para secuestrar el
motor, pero no lo hicieron. Ignoro hasta el día de hoy por qué se procedió de esa
manera… Por cierto, el vehículo no fue visto por nadie”.

Dijo seguidamente Bisordi que cuando le planteó esta situación a Levene, este —tras
reunirse con Anzorreguy, Manzano y Arslanian— decidió privilegiar la hipótesis de la
camioneta-bomba. En ese momento, el diputado Enrique Tanoni (PJ) le preguntó:
“Dentro de la tecnología de seguridad del edificio ¿había algún sistema de grabación
de video?”.

— Sí, doctor. Ese es otro de los puntos —respondió Bisordi.

— ¿Se recuperó ese material?

— Eso se le preguntó expresamente (a la gente de la Embajada, es decir, a Roni Gorni y

220
subordinados) y nos dijeron que lo único que hacían era filmar (sic) pero no grabar. A
nosotros nos interesaba sobremanera, porque había cámaras que apuntaban hacia la
parte externa y debían haber grabado la camioneta F-100...

El periodista de Noticias le preguntó si los servicios de inteligencia extranjeros habían


hecho algún aporte. “Nada. Ninguna prueba, ninguna pista. Recuerdo que me visitó un
grupo del FBI. Uno de ellos me dijo: ‘Doctor, recuerde el asesinato de Kennedy: no me
gustaría estar en sus zapatos…’. Lo tomé como una advertencia sobre cómo debía
manejarme si aparecía una pista de una intervención militar encubierta de algún
servicio de inteligencia internacional”. Ante la Comisión, Bisordi quiso ilustrar con una
anécdota la índole de sus pleitos con la Policía:

— Un día llegué de improviso a la comisaría y me dijeron: ‘El comisario está tomándole


declaración a un testigo clave’.

— Qué lástima que no me han avisado... Bueno, lléveme adonde está declarando —le
dije al oficial.

El testigo estaba declarando que era taxista y que y que había llevado a unos
pakistaníes desde la avenida Córdoba a un departamento de Boedo. Le pregunté:

— ¿Cómo se llama usted?

— Israel Man.

— No me joda.

— ¿Por qué, doctor?

— ¿Así que se llama usted ‘el hombre de Israel’ y es taxista? ¿En qué guerra participó?

Se puso muy nervioso y me reconoció:

— Fui coronel en la Guerra de los Seis días.

Entonces yo le dije al comisario (Meni Battaglia):

221
— Mire, comisario, yo esta clase de porquerías no las quiero.

Bisordi comentó: “Ese señor ni era taxista ni había visto nada. Esta es una anécdota
que muestra por qué en este asunto me he tenido que comer muchos injustos
garrones; se dijo que no se hizo nada, se me acusó de nazi, etc.”.

Ya en mi libro “AMIA, el atentado. Quiénes son los autores y por qué no están presos”
(Planeta, 1997) me referí a la falsa pista de los paquistaníes. Un taxista, Julio Alberto
Gallardo, había acudido al aeropuerto de Ezeiza para denunciar a dos “extranjeros con
características similares a los naturales del Medio Oriente”. Dijo que el 25 de febrero
los había llevado hasta el edificio de la calle Bulnes 260 y agregó que estaba seguro de
que iban al departamento del segundo piso “A” porque los morochos, que no hablaban
una palabra en castellano, le habían dado un papel con la indicación de la calle y el
número donde también constaba el departamento. ¡Curiosos terroristas serían!

Gallardo, ya que estaba en la faena de denunciar, y viendo en las oficinas de la Policía


Aeronáutica afiches de “buscados” con los retratos de los alemanes Andrea Martina
Klump y Thomas Simon, dos miembros de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), dijo
también haberlos llevado a ellos hasta el centro de la ciudad. ¡Su taxi era como un
imán para los terroristas! Israel Man no había estado solo. Los paquistaníes fueron
detenidos. Pero, como era de prever, esa pista no llevó a nada.

Por cierto, después del atentado a la AMIA, también los servicios secretos de Israel
sembrarían pistas falsas, cortinas de humo para evitar que se pudiera establecer
quiénes y cómo habían volado la Mutual. En “El tercer atentado” (Sudamericana,
1996), Walter Goobar sugirió que el Mossad sabía perfectamente quiénes habían sido:
lo habrían averiguado luego de que el Mossad secuestrara, interrogara y al parecer
ejecutara a “un ex alto oficial de la Brigada de Explosivos” de la Policía de Córdoba
apodado “El Loco de la Bomba”, quien se habría perfeccionado en el oficio en un curso
del Ejército de los Estados Unidos. Resultó obvio que la fuente de Goobar eran los
propios servicios secretos israelíes, como el mismo terminaría por reconocer.

“Bisordi dice que hubo muchas desinteligencias con la Policía Federal y la SIDE”,

222
copeteó Noticias antes de concederle la palabra: “Cuando secuestraron el motor de la
camioneta F-100 lo hicieron sin acta de secuestro y con testigos de la misma policía. Yo
les daba órdenes y ellos no las cumplían. De más está decir que ningún testigo vio esa
supuesta camioneta. Pero, claro, había que seguir la pista que querían los funcionarios
de la Embajada de Israel”.

Ante los diputados, remató: “Los problemas que tuve con la policía están en los
diarios... Toda esta campaña aparecía en el diario Clarín, no sé por qué pero siempre
aparecía en el Clarín. Decían que había que echarme, pedir mi sustitución como
secretario”.

El continuador

Carlos S. Fayt es el miembro de la Corte Suprema más veterano y al mismo tiempo el


más anciano que la haya integrado (es ministro desde 1983 y tiene 97 años). Se
encargó de la investigación del atentado desde la jubilación del presidente Ricardo
Levene (h) en 1993, hasta el informe de 1999, un informe prácticamente final, en el
que la Corte se doblegó a las dictados de la SIDE y de los servicios extranjeros de los
que esta hacía de franquicia, particularmente de la CIA, y el Mossad, pero también del
FBI (que repartía sus preferencias con la PFA) y en una simple acordada (que no en un
fallo) atribuyó el ataque a una supuesta camioneta-bomba tripulada por algún
miembro de una fantasmagórica “Yihad Islámica” que, sabe dios por qué, identificó
con el Hezbolá libanés. Sin embargo, se resistió a acusar de instigación a la República
Islámica de Irán.

Nada dijo tampoco acerca de que el supuesto comunicado de la “Yihad Islámica”


difundido por un pequeño medio de Beirut había aseverado que en el ataque había
muerto un kamikaze argentino convertido al Islam. Ni de que Hezbolá nunca había
actuado fuera de Medio Oriente, ni reivindicado aquel nombre.

Desde entonces, nadie sabe qué ha hecho el Secretario Especial nombrado por la Corte
para proseguir las investigaciones, Esteban Canevari (que se sepa, nada), ni qué

223
revisión de la causa hizo otro secretario, José Luis Mandalunis, que en agosto de 2010
pasó a desempeñarse como secretario en Asuntos Penales, Contravencionales y de
Faltas del Superior Tribunal de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires. Misterio.

Consultado Mandalunis, respondió que “el informe que realicé para la Corte lo elevé a
principios del 2006 a cada uno de los siete jueces que integraban el Tribunal. Como
dejé de trabajar para la Corte en el año 2010 no tengo ningún ejemplar en mi poder
pero entiendo que no se trata de un documento secreto y podrías pedirlo. No tengo
ninguna información extra que la que dejé documentada en el informe referido y, por
esa razón, además del tiempo transcurrido, y por no pertenecer ya a la Corte, no
quiero ser entrevistado”.

Fayt llevó el peso de la investigación hasta que, luego de que expertos de la Academia
Nacional de Ingeniería dictaminaran que la explosión se había producido dentro del
edificio y que el embajador Isaac Avirán los acusara insólitamente de “antisemitas”, la
DAIA y la AMIA presentaron un supuesto testigo de la existencia de un cráter anegado
de agua frente al lugar donde había estado la puerta de la Embajada, contradiciendo a
decenas de testigos de que tal cráter, al menos durante la tarde del aciago martes 17
de marzo y todo el miércoles 18, no había existido.

Tras discutir en duros términos con el arquitecto Mauricio Saúl —un técnico de Obras
Sanitarias que muy tardíamente dijo haber acudido de inmediato al lugar de la
tragedia, visto el cráter y cortado el flujo de agua que lo anegaba por rotura de un
caño maestro y todo indica que amenazado por la Embajada de Israel y los dirigentes
de la DAIA con recusarlo—, Fayt, de lejanos orígenes socialistas y dispuesto a casi
cualquier cosa con tal de no tener que dejar la Corte, escribió todo un libro con el
objetivo explícito de reconciliarse con los dirigentes de la colectividad. En el mismo, les
recordó que el Congreso Judío Latinoamericano, con el consenso de veinte
comunidades judías de la región, le había otorgado un premio por su labor en
derechos humanos. Por si quedase alguna duda, Fayt tituló su libro, publicado por la
Editorial Universitaria de La Plata a fines de 2001, “Criminalidad del terrorismo
sagrado. El atentado a la Embajada de Israel en Argentina. Informe a las veinte

224
comunidades judías que autorizaron al Congreso Judío Latinoamericano a conferirme
el Premio Derechos Humanos 1983”.

Sin embargo, pillo, Fayt se las ingenió en este texto para dejarles meridianamente
claro a quienes lo objetaban y amenazaban que no eran ellos los que le perdonaban la
vida, sino él quien se la perdonaba a ellos. En el prólogo del libro, que lleva como título
“Crítica anticipada de la presente edición", Jorge Naveiro, director de la Editorial
Atlántida (quizá la campeona en materia de complicidad con la dictadura), arranca
señalando que “el atentado a la Embajada de Israel en la Argentina sembró y sigue
sembrando multitud de preguntas, sospechas, suspicacias, hipótesis, acusaciones de
todo tipo”, particularmente la de “pasividad y/o inoperancia de la Corte” por lo que
resultaba “muy oportuno” que uno de sus miembros presentara “un abundante
informe de todo lo actuado por ese organismo”.

¿Con qué objetivo? Para dejar claro, explicó Naveiro, que “hemos llegado hasta donde
es posible en este tipo de atentados. En todo el mundo libre (sic) las agencias de
inteligencia y los gobiernos confiesan que ante el terrorismo internacional resulta
dificilísimo, casi siempre imposible, llegar a esclarecer totalmente la verdad”. Es decir,
dijo que Fayt escribió para justificar que no se haya identificado a los autores
materiales del atentado, a todas luces locales.

En su afán de echar la pelota afuera, Naveiro señaló que “las 40 mil fojas que integran
la causa no hacen sino demostrar el origen básicamente extremo (sic) del atentado y
sus casi seguros (sic) inspiradores”. Entiendo que el prologuista quiso decir “externo” y
que admitió indirectamente que si no se determinó cómo y quiénes demolieron el
bello petit hotel en el que funcionaban la Embajada y el Consulado de Israel, menos se
pueden tener certezas sobre quiénes fueron los instigadores.

Al respecto, Fayt había sido secundado en todo momento por otro ministro de la
Corte, Adolfo Vázquez, y ambos tenían cada vez más claro que la explosión había sido
interna, y poco a poco iban convenciendo a sus compañeros. Así lo advirtió el abogado
de la DAIA, Rogelio Cichowolski, al presentar a fines de febrero de 1996 su “Segundo

225
informe sobre el estado de las actuaciones judiciales por el atentado contra la
Embajada de Israel”, un material inédito hasta la fecha.

“Estamos en condiciones de afirmar que la segunda tesis, la de la ‘implosión’, viene


ganando importantes adhesiones, tanto entre los jueces como entre los funcionarios
intervinientes en la Corte”, advertía. También señaló allí Cichowolski que “entre los
múltiples hechos pendientes de dilucidación se encuentra el concerniente a la falta de
guardia policial en el momento en que tuvo lugar el atentado. Recordemos que
ninguno de los dos policías asignados a esa tarea se encontraba presente en ese
momento. No se han aportado a la causa razones fehacientes que permitan justificar
esa ausencia. La Policía Federal no ha atendido el requerimiento judicial efectuado
para que se acompañe a la causa los sumarios administrativos que sus autoridades
manifiestan haber instruido”.

En marzo de 1997, Vázquez habría dicho en una reunión del Cuerpo que estaba claro
que la Embajada había sufrido una explosión interna y que no podía descartarse a
priori que el atentado no hubiese sido cometido por sectores de los servicios secretos
de Israel opuestos a los acuerdos de paz que estaban fraguándose en Madrid y en
virtud de los cuales el jefe de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, había dejado su
exilio y fijado la sede de su protogobierno en la pequeña ciudad de Ramalá.

Ya fuera porque había colocados micrófonos en la sala o porque hubo un infidente, los
dichos de Vázquez trascendieron, lo que motivó un tremendo revuelo. El embajador
Avirán calificó rápidamente a Vázquez y a quienes sustentaran su posición de
“antisemitas”, hubo protestas de la Cancillería israelí y de la DAIA, cuyo presidente,
Beraja, se ofreció a declarar, y una intensa campaña de los medios concentrados. Bajo
esta presión, la Corte terminaría convocando a una reunión de peritos para absolver
posiciones y procurar acuerdos entre quienes decían que la explosión se había
producido afuera (los peritos de la PFA y de Gendarmería) y los que, como Armando
López León —un vecino de la Embajada— “desde un primer momento señaló que la
destrucción de la Embajada se debió a un explosivo colocado en su interior”, al decir
de Julio Nazareno, quien había reemplazado a Levene como presidente de la Corte, o

226
como los tres miembros del panel de la Academia de Ingeniería, que habían
dictaminado en “indubitable” (9.999 posibilidades sobre 10.000) que la explosión
había sido interna.

Esta audiencia, convocada como pública, pasaría a ser reservada y, en los hechos,
secreta, y a ella, sorprendentemente, no asistirían ni Fayt ni el experto enviado por el
gobierno de Israel a las pocas horas del ataque. Cuando un sitio de internet vinculado
al neonazi Alejandro Biondini revelara su desarrollo y la parte sustancial de las 77 fojas
que lo reflejaban, ardería Troya y Fayt retrocedería en chancletas aunque blandiendo
su mejor arma: las sorprendentes cosas que había descubierto.

En primera persona: Fayt

Despejemos pues la hojarasca y vayamos al grano, es decir la segunda parte del libro,
el “Informe sobre el atentado a la Embajada de Israel”. A partir de ahora, y a menos
que se indique lo contrario, todas las citas entrecomilladas pertenecen al insigne
ministro de la Corte.

Fayt destacó que el edificio “se encontraba en remodelación, lo que originaba un


intenso movimiento de personas” y que aquella mañana “se llevó a cabo una
importante reunión que contó con la asistencia de numerosas personalidades de la
colectividad”. Efectivamente, esa mañana tuvo lugar en la Embajada una reunión de
embajadores israelíes en países sudamericanos en la que también participó Víctor
Harel (nacido uruguayo y emigrado a Israel a los 18 años), quien había sido uno de los
voceros de la Conferencia de Paz de Madrid el año anterior, estrecho colaborador del
primer ministro Isaac Rabin.

Destacó luego las diferencias entre las pericias hechas por la Gendarmería Nacional y
la Policía Federal. Mientras la primera “sostuvo que la carga había sido de
aproximadamente de 55 a 60 kilos de hexógeno (los que los estadounidenses
denominan C-4), el Departamento (sic) de Bomberos de la PFA expresó que se trató de
110 kilos de trotyl y pentrita”.

227
Respecto de la hipótesis de que se habría utilizado un coche-bomba señaló que “el
mismo día del atentado personal policial secuestró, en el subsuelo del edificio ubicado
en Arroyo 881 (a unos 42 metros de la puerta de la demolida legación diplomática) un
block de motor con numeración incompleta... correspondiente a una camioneta Ford
F-100 modelo 1985” cuyo dueño registrado era José Antonio Galbucera, quien
trabajaba para la PFA como fotógrafo de vehículos siniestrados.

A pesar de que la Corte ordenó que las pericias las hiciera Gendarmería, los efectivos
de esta, a las órdenes del segundo comandante Osvaldo Laborda, se vieron impedidos
durante dos días de ingresar a los restos de la Embajada por efectivos de la PFA, lo que
estuvo a punto de provocar un grave enfrentamiento, según reveló el propio Laborda,
un experto en explosivos, en el programa Día D, de Jorge Lanata. A pesar de sus
muchas diferencias, señaló Fayt, federales y gendarmes (a los que aquellos solamente
dejaron ingresar al lugar donde había estado el edificio el jueves 19, dos días después
de cometido el atentado) terminaron coincidiendo en “que el hecho había tenido su
origen en un coche-bomba” que habría subido sobre la acera antes de explotar.

Dijo Fayt que se logró establecer que Galbucera le había vendido la F-100 a Roberto
Barlassina, quien a su vez la habría vendido a un brasileño que le presentó un DNI a
nombre de “Elías Ribeiro (o Gribeiro) Da Luz”. Este la había pagado al contado y con
billetes de cien dólares, cinco de los cuales tenían inscripciones, por lo que Barlassina
pidió que se los cambiase, cosa que el comprador le dijo que haría al día siguiente,
cuando regresara a completar la documentación, lo que jamás hizo.

El Telleldín de la Embajada

El nombre de Elías Ribeiro Da Luz parecía calcado del de un piloto brasileño de autos
de carrera de la Fórmula 3. La PFA había llegado primero al compañero Galbucera —
con estudio y vivienda en la calle California, barrio de Barracas— y gracias a la
información proporcionada por este, al local de venta de autos usados ubicado en la
avenida Juan B. Justo 7537, cuyo dueño, Roberto Barlassina, admitió haber tenido la F-

228
100 de color verde y gris hasta tres semanas antes del atentado.

Barlassina —dijeron los policías— les exhibió documentación que probaría que la pick-
up había sido comprada el lunes 24 de febrero de 1992 al mediodía por el supuesto
brasileño, que había llegado inesperadamente, con gorra de visera y anteojos oscuros,
y le había pagado 20.500 dólares al contado en billetes de cien dólares... pidiéndole
que en la factura figurasen 21.000, lo que parece indicar que, de haber sido cierta la
venta, el comprador, más que un inminente suicida, era un avispado intermediario.

También dijo Barlassina que entre los billetes que le dio el supuesto brasileño había
cinco que tenían anotaciones y sellos; que él le dijo que no los quería, pero que el
dizque brazuca le dijo que se los cambiaría cuando al día siguiente viniera a completar
los trámites, lo que nunca hizo. Pero sí se habría llevado la camioneta esa misma tarde,
aseguró.

Una tardía pericia encargada por la Corte determinó que si las cosas habían sido como
Barlassina y su empleado Carlos A. Llorens decían, el extranjero había pagado un
precio 50 por ciento superior al de mercado, ya que en esas fechas una F-100 de esa
antigüedad costaba alrededor de 14.000 dólares.

“Un indicio de que Da Luz no gozaba de la confianza de los organizadores del ataque
sería el hecho de que una tercera persona llamó al agenciero para chequear el precio
pagado”, escribió el cortesano periodista Adrián Ventura. Pero, claro, la versión debía
provenir del propio Barlassina, que ocupó en el esquema del atentado a la Embajada el
mismo papel que iba a ocupar en el de la AMIA Carlos Alberto Telleldín, pero que a
diferencia de este, y muy sorprendentemente, nunca fue molestado. Hasta el punto de
que su foto jamás salió en los diarios. Y eso a pesar de que el supuesto comprador, Da
Luz, solo tuvo una existencia virtual, pues Itamaratí informó que el documento,
número 34.031.567, era falso.

Tanto Barlassina como Llorens dijeron que el hombre hablaba muy mal castellano, y
Llorens aventuró que acaso tuviera acento “oriental” (?), así que le había dicho que
vivía en la localidad bonaerense de “Piñac” (?) y que compraba la camioneta “para un

229
tío que quería conocer Mar del Plata”.

Otro de los empleados de Barlassina, al parecer más cándido, dijo que la venta había
sido una afortunada casualidad, ya que el negocio estaba cerrado por vacaciones: El
supuesto brasileño había llegado cerca del mediodía, narró, tan pronto se levantaron
las persianas para pintar y hacer unos arreglos menores en el local. Y se llevó la pick-up
ese mismo día por la tarde, sin completar la transferencia.

Resultaba obvio que Barlassina había mentido, y con el correr de los años la Corte
pudo determinar que “la F-100 fue reservada tres meses antes, es decir que (el
supuesto) brasileño concretó una transacción ya convenida 90 días atrás”, según
reveló el periodista Raúl Kollmann en Página/12 el 23 de agosto de 1998. Lo que acabó
con la historia de que el ataque a la Embajada había sido una venganza por la muerte
del jeque Musawi, mujer e hijo. Barlassina fue invitado a colaborar en la confección de
un identikit, que según el comentario de un veterano periodista de noticias policiales,
es “el más inexpresivo que haya visto en mi vida”.

Cuando la Corte ordenó allanar la agencia R.B. y los domicilios particulares de


Barlassina, su cuñado Francisco Isoba y Llorens (quien había completado la
documentación por la supuesta venta y el recibo por los dólares recibidos) se encontró
con que la agencia estaba cerrada y que Llorens, cuya casa estaba en refacciones, dijo
que ya no trabajaba porque estaba muy enfermo y vivía de lo que le daban sus hijos.
Sin embargo, el personal comisionado dejó constancia de que lo que alegaba era
inverosímil teniendo en cuenta la magnitud de las obras que se estaban realizando.

Barlassina aportó los cinco billetes de cien dólares con inscripciones que le había dado
el supuesto brasileño antes de evaporarse. Fotocopias de los mismos les fueron
enseñadas al ex embajador en el Líbano, Juan Ángel Faraldo, y a un ex cónsul en ese
país, de apellido Cerdá. Este dijo que en dos de ellos había un pequeño sello
correspondiente a una casa de cambios de Biblos, a 20 kilómetros de Beirut. Faraldo,
menos jugado, dijo que sellarlos o marcarlos a mano era una arraigada costumbre en
el Líbano, de manera de responsabilizarse ante la proliferación de billetes falsos (N. del

230
A.: iraníes y sirios habían logrado hacerlos de tan buena calidad que obligaron al
Tesoro de los Estados Unidos a cambiar su diseño). Pero al mostrársele al perito
traductor en lengua árabe fotografías ampliadas de esos billetes, dijo que aunque los
caracteres eran árabes, no entendía lo que decían... Por fin pudo determinarse que
estaban garabateados en urdú, el principal idioma de Pakistán.

De acuerdo a la documentación secuestrada en la agencia R.B., había compras y ventas


que no estaban debidamente respaldadas con la documentación correspondiente.
Roberto Barlassina tenía un hermano mellizo, llamado Ricardo, quien tenía o había
tenido una agencia de venta de automotores en Lope de Vega al 1500 y viviría en
Virgilio al 2000.

Según allegados a Alejandro Monjo, que se dedicaba a la industria de “mellizar”


vehículos con la protección de la División Sustracción de Automotores de la Policía
Federal y sería brevemente detenido luego de la voladura de la AMIA, los hermanos
Barlassina eran agradecidos eslabones menores de la lucrativa cadena.

Un cráter movedizo

Respecto del pozo que habría dejado la presunta camioneta-bomba, Fayt dejó
constancia de “que se reflejan una variedad de tiempos, origen, ubicación, forma y
dimensiones” de lo que “podría inferirse que el mismo habría sido elaborado ex
profeso con pala y pico” o, en el mejor de los casos, por “el peso de las maquinarias
retroexcavadoras” utilizadas para la remoción de escombros. “En este sentido, José A.
Herrera, quien se desempeñaba como encargado de las cocheras del edificio de Arroyo
897, días posteriores al atentado observó que en la vereda, frente a lo que sería la
fachada de la Embajada, “había un pequeño cráter que después había sido
'agrandado', esto es, que observó a personal policial que trabajaba con picos y palas
sobre dicho pozo”.

“Mario Borghi, a dos días del hecho, vio cómo personal que cree era de bomberos o
policial, con un martillo neumático perforaba el pavimento frente a (lo que había sido)

231
la puerta principal de la Embajada. En el mismo sentido, describió Mario Luis Pereyra
Iraola que “desde el balcón de su departamento observó que el ‘hueco’ iba cambiando
de forma a medida que se llevaban a cabo las tareas de remoción de escombros;
Teodoro Paz y Héctor Rago afirmaron que el cráter pudo haberse agrandado en razón
de las pericias que se realizaron sobre el mismo; (el oficial de la PFA) Guillermo
Scartascini admitió que luego del descubrimiento del cráter se hicieron excavaciones
en el lugar donde este estaba; y el testigo Alberto Velardita observó, al tercer día del
atentado, que una máquina niveladora tipo Caterpiller realizaba trabajos en el frente
de la legación y, cuando la misma se retiró, vio una hendidura que abarcaba parte de la
calle y de la vereda”.

Por su parte, el abogado Enrique Hahn relató que "unos días después de la explosión
observó la presencia de personas vestidas con uniformes aparentemente de
bomberos, que se encontraban ‘practicando una perforación’ sobre la vereda de la
Embajada”. Hahn comentó que no le dio importancia “hasta que unos días después vio
una fotografía en el diario que reproducía un presunto cráter cubierto de agua en ese
mismo lugar” y aclaró “que esos días estuvo lloviendo, razón por la cual el cráter
estaba cubierto de agua”.

Hahn había comentado el fenómeno en distintos ámbitos, a partir de lo cual, dijo


preocupado, había comenzado a sufrir una serie de “hechos anormales” como que
hubiera “numerosos automóviles estacionados en lugares prohibidos y con sus balizas
encendidas” en los itinerarios que habitualmente realizaba a pie, y que cuando se
desplazaba en su auto o en taxi, se le cruzaran vehículos en forma “evidentemente
intencional”, ambulancias y patrulleros que al pasar frente a su estudio jurídico
disminuían ostensiblemente su velocidad, hechos todos estos que experimentaron “un
evidente agravamiento” cuando, luego de realizar la denuncia en sede judicial, recibió
un telegrama de citación del juzgado.

Fue “personal del Departamento de Explosivos de la Superintendencia de Bomberos”


el que informó del “hallazgo de partes del vehículo que habría sido utilizado como
coche-bomba dentro del cráter” y “peritos de la PFA quienes afirmaron que sobre la

232
calle Arroyo, cruzando Suipacha, en un jardincito que hay en el subsuelo, encontramos
el bloque de un motor que... correspondía una camioneta Ford F-100... Presumimos
que... salió desplazado, se elevó —mínimo hasta 3 metros de altura— e impactó en la
columna” para luego caer “en el jardín que está al pie de la columna”.

La PFA informó que el cráter era de 4,20 x 2,80 metros y tenía 1,5 metro de
profundidad, lo que contrastó mucho con lo informado por la Gendarmería (que era de
3,90 x 2,70 con 0,60 metro de profundidad) y la SIDE (3 x 2,10 x 0,90).

La razón por la que la PFA midió más del doble de profundidad que la Gendarmería y
también mucho más que la SIDE se explicó en su informe: “(…) Pasados unos días (lo
que desautorizó expresamente al comedido arquitecto Saúl) pasamos a buscar la
oquedad, que se anegaba constantemente porque se había roto un caño de agua
potable... como consecuencia de la explosión... (por lo que) tuvimos que esperar el
corte del suministro del fluido, desagotarlo y recién iniciar las tareas, buscando más
elemento de juicio. Entonces, al comenzar a cavar en el pozo, encontramos
aproximadamente a 1,50 metros de altura (sic, léase profundidad) a todo el tren
trasero enterrado”. El informe concluyó señalando que “hubiera sido imposible que el
tren trasero se encontrara, con una explosión interna, hundido fuera del edificio...”.

Al presentar su informe, la Gendarmería —es decir, Laborda— abrió el paraguas y


explicó que “cada fuerza estudió el cráter por cuerda separada”, pero de todas
maneras opinó que “no hay máquina... que pueda afectar el pavimento como fue
afectado... No hay ninguna pala que pueda hacer ese trabajo... Ninguna de las
máquinas... tiene capacidad para hacer el trabajo que se hizo en el pavimento...”. Tras
descartar “la presencia de un terrorista suicida”, el informe de Laborda justificó la
enorme diferencia de la profundidad del cráter respecto de la medición de la PFA,
alegando que esta “requirió más profundidad para obtener otros elementos de juicio y
para ellos esa fue la profundidad del cráter...”.

Por alguna razón inexplicada, Fayt omitió consignar que el experto israelí Yacob Levi (o
Jacob Levy), que hizo pericias sobre el terreno 40 horas después de la explosión y que

233
él mismo presentó en su libro como “superintendente de la Policía de Israel y jefe del
Laboratorio de Terrorismo de Tel Aviv”, había escrito en su informe que “el foco de la
explosión fue cubierto y vuelto a excavar después de algunos días”, de modo que el
cráter al que se hacía mención en las pericias de ambas fuerzas “no fue resultado de la
explosión, sino que fue excavado en distintos lugares y más de una vez”.

“No fueron pocos los periodistas que buscaron frente a la embajada israelí el tan
meneado cráter que habría dejado el estallido del auto-bomba, tal como se informó
oficialmente. Esta huella del horror… se convirtió en un interrogante que trató de
explicar en el lugar un bombero. ‘Está allí, donde empieza lo que fue el cordón, y sigue
en la vereda’. Lo único que se observaba eran escombros y polvo a nivel del piso
¿Estaría debajo de todo eso?”, sintetizó Página/12 en una nota titulada “¿Cráter?”.

“Ninguno de los cronistas de La Nación que estuvieron en la calle Arroyo —casi una
decena— pudo encontrar el cráter que según el titular de la cartera política, José Luis
Manzano, provocó la explosión”, insistió al día siguiente en las páginas del diario de los
Mitre y los Saguier el periodista Rafael Saralegui (h).

El cráter solo había sido visible a partir del 26 de marzo, nueve días después del
ataque, cuando “fue despejado el sector donde se presume que estuvo el vehículo. En
el lugar, un pozo de dos metros de diámetro, cubierto de agua, está en un sitio que
antes permanecía tapado por los escombros”, destacó un día después el periodista
Juan Carlos Larrarte en La Nación.

***

“Innumerables testigos hicieron referencia a la falta, disminución o ineficiencia de la


seguridad en la sede diplomática y a la ausencia del personal policial o de seguridad
israelí el día del atentado”, consigna el ministro Fayt. Hasta el punto de que una
vecina, Alicia Perednik, contó que como por entonces su departamento también

234
estaba en refacciones, le pidió permiso al personal de seguridad de la Embajada
permiso para arrojar escombros en el volquete, y se lo dieron. Entonces bromeó con
ellos diciéndoles que cómo sabían que en esas bolsas no había explosivos, a lo que le
contestaron que “sabían muy bien quién vivía en la cuadra”. Perednik agregó que una
vez fue a pedir prestada una carretilla y entró a la Embajada como Pancho por su casa.
Walter Janiszewskli dijo que le había llamado mucho la atención que no se controlaran
los materiales de construcción que ingresaban; Héctor Álvarez dijo que cuando les
preguntó a los custodios por qué no revisaban los materiales le dijeron que conocían a
quienes los bajaban; Guillermo del Sel contó que vio cómo en febrero se bajaban y
metían materiales a la Embajada, que tenía las puertas abiertas de par en par, y les dijo
a los custodios que tuvieran cuidado pero que estos le dijeron que estaba todo bajo
control, y Franco Fernández, que en los días previos al bombazo hubo muchas
descargas de materiales y que lo sorprendió tanto la falta de medidas de seguridad
como que dichos materiales fueran transportados no por camiones que llevaran el
logo de alguna empresa “sino por un camión colorado tipo volquete (sic), cubierto por
una lona”.

Área libre

Fayt señaló que “en el momento en que se produjo la explosión, la Embajada carecía
de custodia policial”, según habían acreditado varios testigos. Curiosamente, uno de
ellos, Ivo Cicare, dijo que como los conocía “de vista”, los policías le dejaban estacionar
en la vereda de la Embajada, pero que aquel martes 17 le dijeron “hoy no se puede”,
sin dar más explicaciones.

Respecto de las cámaras de video precisó que eran seis —dos sobre la calle Arroyo,
dos sobre Suipacha y otras dos en la terraza— y que el personal de la Embajada
manifestó que no grababan, pero que un agente de Policía que custodiaba la Embajada
habitualmente por las noches, de 22 a 6, Leonardo Marcelo Romero, dijo que el
personal de seguridad le había dicho que registraban todo.

235
Las guardias policiales de 6 a 14 estaban cubiertas por personal de la comisaría del
Ministerio de Economía; de 14 a 22 —la que más nos interesa— por el cuerpo de
Policía Montada y de 22 a 6 por la Guardia de Infantería. Además, la Embajada pagaba
“horas adicionales” para que un policía cuidara del embajador Shefi todos los días de 9
a 17. Este policía era el suboficial escribiente José Carlos Carracelas, de la División
Custodias.

El día del ataque, la Embajada había estado custodiada hasta las 6 por el mencionado
Romero, y de las 6 a las 14 por el sargento José Antonio Ojeda, de la comisaría del
Ministerio de Economía. Ojeda debía haber sido reemplazado por el suboficial Oscar
Horacio Chiochio, de la Policía Montada. Pero Chiochio nunca llegó y Ojeda se fue a las
14.15. Al ser interrogado, Ojeda dijo que después de haber cumplido con sus ocho
horas de servicio no tenía obligación de quedarse si su relevo no llegaba; que bastaba
que le avisara a Roni (Gorni)… pero lo cierto es que ese día Roni no estaba allí sino en
el Sheraton, por lo que mal pudo haberle avisado.

En cuanto a Chiochio, dijo que no había podido ir a la Embajada porque se había


quedado haciendo trabajos de carpintería en la Policía Montada, que normalmente el
que estaba de guardia lo esperaba aunque él tardase en llegar, que nunca tardaba, y
que si por alguna razón no podía esperar tenía que avisar a la comisaría (la 15ª) para
que le enviaran un relevo. También dijo que lo habían castigado con un arresto de 20
días por no haber ido a la Embajada, pero ello resultaría incomprobable ya que no se le
había instruido sumario alguno.

Mientras el camionero Dorronsoro había dicho que llegó a la Embajada a las 8.30, que
conversó con un policía y que cambió de vereda, estacionando sobre la derecha donde
un numeroso grupo de trabajadores uniformados descargaron y pusieron sobre la
vereda las cajas de cerámicos herméticamente cerradas y las bolsas de Klaukol, Ojeda
dijo que el camión había llegado aproximadamente a las 8; que él lo había retenido
media hora “a la espera del personal que lo debía recibir”, y que todas las cajas habían
sido abiertas, una por una, para verificar su contenido.

236
Chiochio y Ojeda fueron careados. Ojeda dijo que Chiochio llegaba habitualmente
tarde y que él solía irse sin esperarlo, luego de avisarle a Roni Gorni. Chiochio dijo que
a él le controlaban el horario que cumplía en la Montada, que estaba cerca y nunca
llegaba tarde y que en cualquier caso, para poder irse, había que avisar a la Comisaría
15ª.

Usualmente estaba apostado frente a la Embajada un patrullero de la Comisaría 15ª.


Sin embargo, al momento de perpetrarse el atentado, tampoco estaba. El patrullero
115 estaba a cargo del oficial Gabriel Soto, el chofer era el cabo 1º Miguel Ángel Laciar
y el ametralladorista, el sargento Jorge Alberto Acha.

Soto dijo que tomó servicio a las 14, que salieron de la comisaria en el patrullero
llevando a su casa a una persona que vivía en Cerrito y Avenida del Libertador a
resolver una incidencia, y que una vez que terminó esta tarea, le informaron que debía
ir urgente al Palacio San Martín “a los efectos de formular o recibir una denuncia”, que
fueron por la calle Arroyo y que a poco de pasar por la puerta de la Embajada se
produjo la explosión. Ni esa incidencia estaba asentada en el libro de la comisaría, ni el
pedido de que fuera al Palacio San Martín —sede histórica del Ministerio de Relaciones
Exteriores— lo estaba en el Comando Radioeléctrico.

La persona a la que supuestamente había llevado el patrullero hasta su casa fue Brígida
Hofmann, que días antes había hecho una denuncia para pedir el desalojo de unas
personas del interior de su vivienda. Dijo que ese martes fue a la comisaría a pedir que
agilizaran el trámite, que regresó caminando a su domicilio, que en el trayecto escuchó
la explosión y que al llegar “en la puerta de su departamento había un policía
uniformado, quien después que la dicente ingresara y tomara conocimiento de lo
ocurrido, se retiró del lugar, suponiendo que habría ido al lugar del siniestro”. En
síntesis, Hofmann negó tanto haber estado a bordo de un patrullero como haberse
entrevistado con ningún policía uniformado antes de la explosión.

Careados ambos, Soto se rectificó. Dijo que si bien “creía haber salido con una persona
civil a bordo del móvil, debido al tiempo transcurrido no estaba en condiciones de

237
afirmarlo” ya que, tuvo que reconocer, esa era la primera vez que veía a la señora
Brígida.

El sargento Jorge Alberto Acha dijo que recordaba haber estado en un departamento
con Soto cuando el chofer les avisó que los llamaban del Palacio San Martín y que
habían pasado por la puerta de la Embajada unos instantes antes de la explosión, que
los sorprendió cuando circulaban por Suipacha entre Juncal y Arenales. Acha reconoció
que la función del patrullero era fiscalizar que la custodia se cumpliera correctamente,
y que en caso de verificar que no estaba en su lugar, debía quedarse el
ametralladorista (es decir, él mismo) y dar aviso a la comisaría, esperando hasta que la
situación se subsanara, pero alegó que ese día, yendo hacia el Palacio San Martín, no
se habían percatado de su ausencia.

Para investigar por qué motivo no había constancia en el Comando Radioeléctrico de


que se le hubiera ordenado al patrullero ir al Palacio San Martín se interrogó a su jefe,
el comisario Rodolfo Segovia quien, tras explicar que si se hubiera recibido un llamado
desde una repartición pública (como el Palacio San Martín) debía constar en los
listados “toda vez que luego se verificaba el resultado de la diligencia”, y ya en función
de explicar la ausencia de ese registro argumentó que era “posible que personas
ajenas a la Policía Federal se introdujeran en la frecuencia del Comando”.

Tampoco se pudo comprobar en la Cancillería que ese día se hubiera reportado a la


Comisaría 15ª algún robo. El jefe de Seguridad de la misma, Daniel Omar Rinaldi,
recordó que por esas fechas funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores
habían denunciado en dicha seccional “el hurto de un equipo de computación”,
incidencia que habría de aparecer datada aquel martes infausto, pero anotada el
viernes 20.

El jefe de la División Bases de la Superintendencia de Comunicaciones de la PFA, el


comisario Ricardo A. Tello, declaró que entre las funciones de aquella está “la de
grabar todas las frecuencias en las que opera” la PFA, tarea que se realiza “todo el año,
las 24 horas” mediante un grabador Assman (sic) 200, pero que “las cintas se

238
reutilizan, se desgraban (en realidad, se regrababan) pasados los 30 días” si no
mediaba algún pedido judicial en sentido contrario. Su segundo, el también comisario
Eduardo J. Martino, ratificó sus dichos y explicó que en el caso de que una comisaría
quisiera ordenar el desplazamiento de un patrullero tenía que comunicarse con el
Comando Radioeléctrico para que este transmitiera la orden. Se utilizaban dos
frecuencias UHF pero ninguna secreta como para que no quedase registro de la
comunicación.

En este contexto, la aparición pasados tres años del ataque de un casete con la
grabación de la orden impartida por el Comando Radioeléctrico al patrullero para que
fuese de inmediato al Palacio San Martín, causó enorme impacto. Sucedió el 4 de
mayo de 1999, cuando la Comisión Bicameral de Seguimiento de las Investigaciones de
los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA interrogaba a Laciar, que para
entonces había ascendido a sargento. El chofer del patrullero que había abandonado
raudo la zona de peligro les dijo a los legisladores que Soto tenía un casete con la
grabación de la orden que habían recibido.

Según Clarín, la secuencia fue así: convocado Soto —para entonces ascendido a
comisario inspector—, confirmó que tenía el casete. Los legisladores lo escucharon y
convocaron de urgencia a los jefes de la PFA y al ministro del Interior, y jefe de
aquellos, Carlos Corach. Los comisarios generales Baltazar García y Héctor Mario Data,
jefe y subjefe de la PFA, acudieron junto a otros dos comisarios. En cambio, Corach,
que se encontraba en Salta, se excusó. También estaba presente el secretario especial
de la Corte Esteban Canevari, el equivalente a Nisman en la causa de la Embajada.

Tras la audición, sobrevino un momento de estupefacción. No solo porque la PFA había


negado haber ordenado el desplazamiento del patrullero 115 o de cualquier otro, sino
porque se lo había hecho so pretexto de “contener supuestos incidentes callejeros que
se estaban produciendo en el lugar, tres minutos antes de la explosión”, según narró
La Nación. ¿Dónde habían quedado los robos reales o supuestos de estilográficas o
computadoras en el Palacio San Martín? Pues la primera había sido la versión echada a
rodar después del atentado por la propia tripulación del patrullero, y la segunda, como

239
hemos visto, la aportada por la comisaría del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Los supuestos “incidentes callejeros” que se habrían producido en el Palacio San


Martín terminarían siendo las airadas protestas (nadie sabe por qué) de una única
mujer paraguaya que Soto y sus compañeros se habrían llevado detenida… dos horas
antes de la explosión, afirmaría el experto informático Ariel Garbarz al ser entrevistado
para el documental “El tercero en camino”, del periodista israelí-argentino Shlomo
Slutzky. “Son pruebas testimoniales que tiran abajo la coartada del jefe de la Policía
Federal”, remató Garbarz.

“Tenemos pruebas importantísimas de la complicidad de efectivos policiales. Hay una


grabación en la que el Comando Radioeléctrico le ordenó al patrullero que debía
comprobar si estaba o no el agente de consigna en la puerta de la Embajada que se
desviara de su ruta y se dirigiera a la Cancillería. Dejaron la calle liberada y después de
siete años se arrepienten”, dijo exultante Soria el aquel martes 4 de mayo por la
noche, a media hora de que llegaran al Congreso los comisarios generales García y
Data.

Al día siguiente, quien se mostró arrepentido fue él: llamó a una rueda de prensa junto
al comisario García con el único propósito de tratar de “héroes” a los tripulantes del
patrullero 115. García dijo que en el audio se escuchaba claramente la voz de alguien
que ordenaba al patrullero dirigirse a la Cancillería y también la voz de Laciar. Poco
después, el sonido de una detonación y la voz de Laciar pidiendo el envío de
ambulancias.

Soto explicó que del casete se había hecho su sobrino Yago Uriel Soto en 1994,
mientras cursaba como cadete de segundo año en la escuela de oficiales de la PFA
(llamada entonces “Coronel Ramón L. Falcón” y hoy “Comisario General Juan Ángel
Pirker”) donde el audio había sido parte de una cinta utilizada en la instrucción de los
alumnos como ejemplo de procedimiento en caso de grandes catástrofes. Yago le
había explicado que le habían hecho escuchar esa cinta, “que contenía diversos
desplazamientos ordenados por la Dirección General de Operaciones”, que había

240
reconocido “la voz de su tío, modulando en prioridad al comando” al que le pedía
ambulancias (¿no había sido Laciar quien lo había hecho?) y que le había pedido a los
docentes una copia, mientras que la cinta original había quedado archivada en la
escuela.

Todos los oficiales superiores de la PFA consultados —los comisarios García, Data,
Tello y Segovia, así como quien fuera el segundo jefe del Comando Radioeléctrico en
1992, el comisario Jorge Oscar Capeci— coincidieron en apreciar que el audio era
auténtico, a pesar de que tanto Segovia como Capeci ratificaron que las modulaciones
emitidas por la frecuencia policial no se grababan. No se explicaban cómo esa cinta
había llegado a la Escuela de Cadetes. ¿La habrían grabado desde la DGO? Era un
completo misterio.

Reticencias

El sargento Ojeda había dicho que la seguridad (bitajon) de la Embajada se componía


de alrededor de quince personas, al mando de Roni Gorni y fue mencionado por varios
testigos Dany Biran (es de presumir que pertenecían al Shin Beth, el servicio de
contrainteligencia de Israel, encargado de la custodia de todas las sedes diplomáticas
hebreas). Fuentes del consulado israelí dijeron por su parte que en el momento del
atentado había de “cuatro a seis personas más” abocadas a “la vigilancia en general,
pero no con rango diplomático”.

Luego de apuntar que aparentemente también formaba parte de ese dispositivo el


agregado Eli Ben Zeev, fallecido en el ataque, Fayt puntualizó que fueron tan
reiterados como infructuosos los pedidos hechos a través de la Cancillería para que la
Embajada de Israel “remitiera la nómina del personal de seguridad que prestaba
servicios en su sede al momento del atentado, con especificación de sus destinos”, así
como “la identidad y el domicilio” de quienes controlaban los monitores.

No era solo Fayt quien lo percibía así. Al presentar su “Tercer informe sobre el estado
de las actuaciones judiciales por el atentado contra la Embajada de Israel” a mediados

241
de 1997, Rogelio Cichowolski sostuvo que se había instalado “en la opinión pública la
duda ante la conducta del personal diplomático israelí” y recordó que cuando la Corte
le pidió a la Embajada de Israel que ubicara a una de sus funcionarias sobrevivientes,
Susana Poch, la Embajada le contestó que no conocía su paradero. “Sin embargo, de la
declaración testimonial prestada hace pocas semanas por el rabino Mario Rojzman
surge que Susana Poch se desempeña como funcionaria en la Embajada en Uruguay…
circunstancia que me fue señalada por el secretario penal de la Corte (Jorge) Morán
como una nueva muestra de falta de colaboración”.

La única respuesta que se obtuvo fue que la Embajada comunicara, vía la Cancillería
israelí, “la invitación que la Corte efectuara al Sr. Roni Gorni” a participar en la
audiencia de peritos.

Corría 1997. Gorni, bueno es aclarar, nunca había declarado antes. Cuando lo hizo dijo
que la seguridad a su cargo estaba compuesta por dos personas llegadas desde Israel
(en aparente referencia a Ben Zeev y Biran) y otras cuatro residentes en Buenos Aires
—Iosi Boiarsky, Aviv Iaalomi, un tal Sajar y Ari Maimon—, y que también contaban con
dos custodios de la División Asuntos Extranjeros de la PFA. Gorni dijo que antes de las
refacciones, el vacum se utilizaba como “filtro” y allí dos empleados, Víctor
Nisembaum y Martín Goldberg, revisaban a quienes entraban al edificio.

Gorni y Ojeda fueron careados, ya que Ojeda había dicho que se había ido a su casa
tras comunicárselo a Gorni, porque dependía de él. Gorni lo negó enfáticamente,
diciendo que era motivo habitual de conversaciones suyas con el comisario de la 15ª
los desajustes y llegadas tarde de los policías que hacían la custodia externa. Subrayó
que los policías dependían de dicha seccional para todo lo concerniente a sus relevos.

También dijo Gorni que había ido al Hotel Sheraton 20 minutos antes de la explosión
para preparar una visita del Canciller de su país, y que se había enterado de lo
sucedido allí cuando estaba conversando con el jefe de seguridad del hotel (del que
dijo no recordar el nombre); que Ben Zeev estaba afuera del edificio realizando una
ronda rutinaria cuando resultó herido de muerte, y que el que había quedado a cargo

242
era el tal Sajar (que no figura en la nómina de muertos). Requerido el Hotel Sheraton
para que informase quién era el jefe de seguridad en marzo de 1992, respondió que el
jefe-gerente era entonces Carlos Gómez Losada, ya fallecido.

Poco antes de que se produjera el atentado a la AMIA, el canciller Guido Di Tella le dijo
a un periodista de La Nación que prácticamente la totalidad del grupo encargado de la
seguridad de la Embajada se encontraba en el Hotel Sheraton al momento de la
explosión ya que se realizaba una reunión regional (sudamericana) del Shin Beth. La
reunión estaba programa para realizarse en la Embajada pero, a último momento, so
pretexto de que los participantes eran muchos, se había pasado al hotel, explicó Di
Tella.

El custodio del embajador Shefi, José Carlos Carracelas, dijo que aquel se había
retirado a las 13.30 sin intención de regresar; que no creía posible de ningún modo que
Gorni hubiera autorizado a Ojeda a retirarse, y que tenía entendido que poco antes de
la explosión también el intendente del edificio, Alberto Kupresmid, se había retirado.

Sorprendentemente —o no tanto— quien le tiró un cable al desertor Ojeda fue Víctor


Nisembaum, uno de los encargados de revisar a las personas y materiales que
ingresaban al edificio. Posiblemente hubiera sido él quien la infausta mañana del 17 de
marzo tuvo a su cargo revisar los materiales descargados bajo la mirada de Ojeda, e
introducidos al vacum por los albañiles. Lo cierto es que Nisembaum dijo que aunque
no estaba en condiciones de asegurar que al hacer la ronda de las 14 Ojeda estuviera
en la garita, tal como correspondía, sabía “que había problemas… porque… los policías
se demoraban… algunas veces más de una hora”, ocasiones en que “era el personal
israelí el que manejaba todo”.

Dudas y certezas

Lo referido por Fayt acerca del informe presentado por el experto artificiero de la
Policía de Tel Aviv, Yacob Levi, difiere notablemente de lo que anoté cuando accedí al
mismo gracias a desempeñarme como asesor del Dr. Luis Dobniewski, abogado de la

243
AMIA, entidad que pagaba mis honorarios. Cito lo publicado en “AMIA, el atentado…”:

“‘En total fueron interrogados unos 300 ciudadanos, y no hay ninguno que recuerde
que hubiera aparcado vehículo alguno en el frente de la Embajada en el período
inmediatamente previo a la explosión’, escribió Levi, que insistió en que ‘numerosos
testimonios certifican que durante el lapso de unos de 3 a 5 minutos (e incluso menos)
antes de la explosión no estacionó en el frente de la Embajada ningún vehículo’”.

“En obvia refutación del informe inicial de la PFA el experto israelí recordó que ‘en
Argentina no es en absoluto común estacionar sobre la vereda, y menos aun en el
frente de la Embajada, donde hay letreros que indican la prohibición de estacionar’ y
añadió que ‘incluso los vehículos de la propia Embajada estacionaban del lado
opuesto, debido a las refacciones que se efectuaban en ella’. Acerca del supuesto
estacionamiento de un vehículo-bomba, Levi concluyó: ‘Nos parece que la ejecución de
una acción tan irregular debía haber atraído una atención inmediata, lo que no hubiese
permitido una retirada ordenada’” de quien lo condujera.

“De lo que, de paso, dejó tácitamente establecido que no había la menor evidencia
que apuntalara la posibilidad de que hubiera existido un conductor suicida. Mal podía
haberlo, pues ni siquiera había habido una camioneta en ese lugar”.

“Levi comenzó su informe manifestando su asombro por el hecho de que la Embajada


de Israel no hubiera aportado un solo video en el que se viera el supuesto vehículo-
bomba. Tras consignar que ‘frente al edificio de la Embajada en la calle Arroyo hay una
Iglesia y un asilo de ancianos, así como varios edificios altos desde los que se controla a
la Embajada’, agregó: ‘¿Por qué la Embajada no entregó las constancias o los
testimonios de lo observado inmediatamente antes y después del atentado?’”.

Que se sepa, nunca obtuvo respuesta. A no ser que se la haya dado en privado el
ministro Carlos Corach, que habría de visitarlo en Tel Aviv.

Volviendo a la seguridad interna de la Embajada: el informe de la SIDE señaló que su


“falta de reacción… pese a su alto grado de entrenamiento solo encontraba explicación
en la sorpresa y celeridad que caracterizaron el ataque”, cubriéndoles las espaldas ya

244
que, como se verá, todos los miembros del Shin Beth encargados de esa tarea, menos
Ben Zeev —si es que en verdad la integraba—, se habían ido al Sheraton.

Servicial, la SIDE también señaló que “todas las investigaciones, indicios y modus
operandi... indican la presencia en este acto terrorista del Servicio de Seguridad
Exterior del Hezbolá”, así como que “la existencia de un suicida” no era ilógica ya que
“dentro de sus filas (de Hezbolá) hay grupos como el denominado Comando Suicida de
Hussein Musawi de donde provienen los elementos que llevan a cabo este tipo de
hechos (sic)”. La SIDE se atrevía así a poner en circulación dentro del expediente bulos
susurrados por los agentes israelíes.

A pesar de las diferencias entre el tipo de explosivos (pentrita y TNT para la PFA,
hexógeno para la Gendarmería) el teniente coronel de Artillería e ingeniero químico
Gabriel Oscar Cordero, de la Fábrica Militar de Pólvora y Explosivos de Azul, destacó
que los tres explosivos se producían en la Argentina, tanto en Fabricaciones Militares
como en varias industrias privadas, lo que no fue óbice para que los medios se
pusieran a especular acerca de dónde podían haber provenido los utilizados.

La presunta existencia de una camioneta-bomba fue refutada por los testigos


presenciales. Rosa Cantanavera había pasado hacía como mucho un minuto por la
puerta de la Embajada rumbo a Carlos Pellegrini y se encontraba a unos 50 metros de
ella cuando se produjo la explosión. Dijo que iba acompañada por un joven que
caminaba del lado de afuera de la vereda, al que la explosión había empujado al medio
de la calle; que frente a la Embajada la vereda era muy angosta y que solo podían
pasar a la vez dos personas, y que estaba segura de que no había ningún auto
estacionado. Y subrayó que “la explosión había sido adentro porque en el lugar no
había auto alguno”.

El arquitecto Juan Carlos Peirano Klein declaró que le llamó la atención que en el
centro del terreno (donde había estado la Embajada) hubiese un foso, y que la
mampostería hubiese sido arrojada hacia la calle Arroyo. Expresó al respecto que “el
foso denotaba un hundimiento en el terreno, siendo sus dimensiones aproximadas de

245
1,40 x 60 cm, no pudiendo precisar su profundidad pues lo había observado desde el
noveno piso”. Al ampliar su testimonio, Peirano manifestó su sorpresa porque ese día
“el personal de vigilancia no lo hubiese dejado estacionar” como hacía habitualmente;
que aquel foso parecía originado en una explosión interna, lo que podía explicar por
qué toda la mampostería se había derrumbado hacia la calle y no hacia el interior,
como debería haber ocurrido si hubiera existido una camioneta-bomba, y enfatizó que
“el foso interior se tapó durante la semana y luego apareció el foso exterior”, que le
parecía “simulado”.

Por su parte, Leonardo César Azorín dijo que a tres días del atentado pudo ver “un
hueco en el centro del predio donde se encontraba la Embajada, el cual
posteriormente fue tapado con una plancha de cemento”, razón por la cual concluyó
que la explosión había tenido su epicentro en ese sitio. Y agregó que había llegado al
lugar unos 25 minutos después de la explosión y vio que frente al número 920 de
Arroyo había un Volvo con patente diplomática destruido. Si la explosión hubiera sido
ocasionada por un coche-bomba, hizo notar, ese Volvo debería haber sido desplazado
hacia Carlos Pellegrini”. Del mismo modo, el testigo Juan Guillermo Díaz “insistió en
que 'estoy dispuesto a decir, les guste o no, que la explosión fue adentro de la
Embajada’”, de lo que estaba seguro en función de “lo que había observado antes y
después de la explosión”.

Fayt destacó que “un importante número de testigos expresó no haber observado
rastros visibles de los daños que debería haber producido una explosión en el exterior
de la Embajada” ni ningún cráter, puntualizando que varios “incluso dudan de su
verdadera existencia, pues observaron el lugar cuando los escombros ya habían sido
retirados y la zona no presentaba ninguna irregularidad” y “tampoco advirtieron la
presencia de agua surgente del pavimento que debió avistarse en razón de la fractura
de un conducto maestro de alimentación que pasaba, precisamente, por el lugar que
fuera indicado como epicentro del estallido”.

246
Las máximas autoridades de la Nación

“Vemos que se produce un gran derrame de escombros hacia el lado exterior... esto
lleva como primera idea a pensar... que hubo un empuje de las paredes hacia el lado
de afuera... Por eso cayeron... hacia afuera... para producir este tipo de
desplazamiento es necesaria una enorme presión de adentro hacia afuera, que
solamente pudo haber tenido lugar si efectivamente la explosión ocurrió en el interior
de la Embajada (por lo que) la ubicación más probable que consideramos es dentro de
la Embajada, y en el ambiente llamado vacum...”. Tal fue la principal conclusión a la
que arribó un panel de expertos de la Academia Nacional de Ingeniería, vale decir las
máximas autoridades del país en la materia. Una pericia que, bueno es recordar, la
Corte ordenó a pedido de las querellas.

“ (…) En la posición que da para el cráter el informe de Gendarmería Nacional tenemos


ubicada una grúa, con un peso de muchas toneladas, sobre un pavimento que está
totalmente liso (...) Además, el perito de la Gendarmería dice que la carga estaba
guiada con una dirección, apuntando hacia el frente de la Embajada, sin embargo el
cráter es al revés... tiene el diámetro mayor de la elipse en la dirección longitudinal de
la calle Arroyo... con un pico y una pala es perfectamente posible hacer un cráter en
unos pocos minutos... por la muy baja resistencia que tiene el hormigón en esa zona”,
hicieron notar.

La publicidad de los resultados de la pericia hecha por la Academia Nacional de


Ingeniería hizo que el embajador Avirán y la DAIA saltaran a la yugular de los peritos
ingenieros y también de los ministros de la Corte, lo que consiguió el giro copernicano
de Fayt. Pero antes de adentrarnos en él, expliquemos los pormenores del hecho que
determinó, en la práctica, el fin de las investigaciones.

De púbico a secreto

Ante la virulenta reacción de Israel y la DAIA, la Corte convocó para el 15 de mayo de


1997 a una reunión de todos los peritos que habían intervenido en la causa, a fin de

247
escuchar los fundamentos de las posturas opuestas acerca de un asunto básico: dónde
habían sido colocados los explosivos. Los peritos de la PFA y Gendarmería, no sin
diferencias, se inclinaban por la teoría del coche-bomba y una explosión externa, y los
profesionales de la Academia Nacional de Ingeniería (y antes el arquitecto Armando
López León) afirmaban que se había tratado de una carga explosiva colocada dentro
del edificio.

En principio la audiencia iba a tener un carácter público, pero las insistentes y


sugestivas presentaciones de la delegación israelí y del representante de la DAIA,
Rubén Beraja, hicieron que la Corte decidiera darle un carácter reservado, que terminó
siendo, en la práctica, secreto. Israel, a través del embajador Isaac Avirán, y la DAIA, a
través de Beraja, llegaron a calificar de “antisemitas” a los miembros del panel de la
Academia Nacional de Ingeniería que a través de dos métodos absolutamente distintos
habían llegado a la conclusión de que la explosión se había producido en el vacum
donde se habían depositado esa mañana cerámicos y bolsas supuestamente de
Klaukol, el pegamento para fijar aquellos.

Las actas oficiales de dicha reunión reservada abarcan 77 folios que, oh bochorno,
fueron dadas a conocer no por la Corte sino por un sitio neonazi. Comprobada su
autenticidad, ofrecemos seguidamente una apretada síntesis:

Siendo las 9.15 del 15 de mayo de 1997, se hicieron presentes en la Sala de Audiencias
de la Corte los miembros de la misma encabezados por su presidente, el Dr. Julio
Salvador Nazareno, con la excepción del Dr. Fayt, que argumentó razones de salud,
otras autoridades judiciales, querellantes, peritos de Gendarmería Nacional,
encabezados por el segundo comandante retirado Osvaldo Laborda, el ingeniero
químico Osvaldo Farré, el licenciado en química Mario Alfredo Galia , los peritos de la
PFA, comisario Carlos Néstor López, subcomisario Raúl Arbor y principal Daniel
Roberto Seara, los ingenieros Rodolfo Danessi , Alberto Hugo Puppo y Arturo Bignol, de
la Academia Nacional de Ingeniería.

Nazareno destacó la ausencia, pese a haber sido especialmente invitado, del experto

248
israelí Yacob Levi.

Luego de una extensa exposición de los peritos de PFA y Gendarmería (folios 2 a 37),
cuyo contenido obviamos pues es la repetición de los argumentos reproducidos hasta
el cansancio durante más de dos décadas por casi la totalidad de los medios, se les dio
la palabra a ingenieros civiles.

Arturo Bignoli dijo que “la Corte Suprema nos propuso un problema... sabemos que la
causa es una explosión, pero se nos pidió que investigáramos o estudiásemos algunas
cualidades de ella; concretamente, el centro de la explosión, es decir, el lugar en
donde probablemente se produjo…. No es un problema fácil... hoy no es posible
observar efectos finales en forma material directa pues todo fue removido y
demolido... lo que nos queda hoy como documentación de esos efectos es lo que se
puede ver en las fotografías. Esta situación hizo que las fotografías fueran analizadas
usando recursos especiales... tales como programas de computación especialmente
preparados para tal fin... pero no todo se basó en programas especiales que nosotros
mismos hicimos, sino también en programas que reconocen como autores al Ejército
de los Estados Unidos y una firma especializada en la fabricación de vidrios, a la que
tuvimos acceso gracias a una nota de presentación de este Tribunal”.

Con toda claridad

“Todos saben que en esta pericia nosotros sustentamos con toda claridad la idea de
que la explosión se produjo adentro del edificio.”

“El problema era tan complicado y tan delicado que merecía resolverse por dos
caminos diferentes...Afortunadamente, los dos caminos nos llevaron al mismo
resultado.”

“La primera forma fue: partir de los efectos conocidos por la documentación
fotográfica y cuidadosamente evaluados e interpretados. Voy a dar un ejemplo.
Ustedes han visto que las fotografías deforman las imágenes. En este mismo caso, una

249
fotografía del edificio de Arroyo y Suipacha, el edificio alto de veintisiete pisos, ustedes
lo habrán visto con un aspecto terrible de banana. Esto no es porque el edificio haya
hecho una reverencia con motivo del atentado, sino que es una deformación propia de
los lentes de las cámaras fotográficas. Entonces, con un sistema de computación que
se llama CAD logramos interpretar esa foto, corrigiendo esa parte. Esta es una de las
cosas que hicimos... (Se muestran múltiples transparencias).”

“Fíjense entonces cómo trabajamos. Para cada efecto indicador de un evento se


adoptaron probabilidades y posibilidades de su producción suponiendo que el centro
de la explosión estuviese adentro o afuera del edificio de la Embajada. Pongo un
ejemplo a solo título de tal: la pared del frente, se ve claramente en la fotografía que
cayó sobre la calle. Cayó hacia afuera. Ese es un efecto. Ahí nosotros dijimos: partamos
de la hipótesis sin compromiso de 50 por ciento de probabilidad de que eso se produjo
porque la explosión fue adentro y 50 por ciento porque fue afuera. Pero al ver la pared
caída sobre la calle, naturalmente, la probabilidad que le asignamos a que la explosión
hubiese ocurrido adentro es mayor que la de que hubiese ocurrido afuera.”

“Esto, en el fondo es un problema de Dinámica, capítulo importantísimo de la Física...


De todas formas... para ordenar el manejo de todas esas apreciaciones subjetivas,
usamos un Teorema de Bayes, que era un monje que vivió en el siglo XVII... Este
teorema permite, sobre la base de esas apreciaciones subjetivas, ir corrigiendo la
probabilidad inicial... A priori partimos de 50 y 50. Luego fuimos agregando esta, y se
van obteniendo probabilidades a posteriori. Esto es una operación matemática que
tiene sustento, que ordena el pensamiento, me impide confundirme... Así se
obtuvieron las probabilidades de que el centro estuviera dentro o fuera.”

“Un camino similar recorrimos con las posibilidades. Claro, las posibilidades no se
pueden manejar con el Teorema de Bayes... Normalmente, las posibilidades se
manejan con la teoría de los conjuntos borrosos. Se obtuvieron así posibilidades de
que el hecho hubiese ocurrido dentro o fuera. Esas posibilidades sirvieron para
corregir las probabilidades.”

250
Certeza

“Esas probabilidades, ponderadas con las posibilidades, nos permitieron llegar a la


conclusión de que la probabilidad, que es lo que nos preguntó la Corte, de que el
centro de la explosión estuviese dentro del edificio es tan alta que los peritos tienen la
certeza de que así ocurrió.”

“Hubo una segunda forma de resolver el problema... En vez de actuar sobre los efectos
y calificar la probabilidad de que cada efecto respondiera adentro o afuera para la
explosión inicial, se hizo otra cosa. Se hizo un modelo del edificio y de toda su zona
circundante. Esto fue un trabajo de titanes... Ese modelo permite obtener los efectos,
que ya habían sido elegidos como efectos indicadores de la cosa, a partir de varias
ubicaciones y potencias del explosivo. El ingeniero Danessi lo va a explicar después...
También por este camino se llega a la conclusión de que el centro de la explosión
estuvo dentro del edificio.”

A su turno, dijo el ingeniero Rodolfo Danessi: “Como ya indicó el ingeniero Bignoli, lo


que voy a exponer es el Procedimiento B, que estuvo a mi cargo y que implica el
análisis teórico computacional para determinar la ubicación y magnitud más probable
de la explosión... Para la realización de este análisis se contó con la colaboración del
Laboratorio de Estructuras de la Universidad de Tucumán. En este laboratorio, que es
un centro de investigación y posgrado, existe un grupo que trabaja en mecánica
computacional que está integrado por un grupo de investigadores que no solo son
ingenieros civiles sino que también tienen estudios de postgrado realizados en el país y
en el extranjero, con grados académicos de Master en Ingeniería Estructural y Doctor
en Ingeniería. Este grupo está encabezado por el doctor Guillermo Etse, que me
acompaña en estos momentos.”

“Haré una breve reseña o explicación de cada una de las etapas de trabajo. El análisis
estructural de los edificios. Cuando digo edificios, si bien tuvimos en cuenta todos los
edificios a 200 metros a la redonda, nos concentramos en el edificio de la Embajada,

251
Consulado y complejo Santa Bernardina, que implicaba el asilo de ancianos —el
geriátrico—, el colegio y la iglesia. Había que determinar la verdadera distribución de
planta y altura de muros y entrepisos. Había que hacer un reconocimiento de
materiales constitutivos. Se necesitaba un estudio de tipología constitutiva, una
clasificación en muros estructurales y no estructurales; implicaba conocer los
espesores de muros y la disposición de aperturas en cada edificio y en cada planta de
ellos, y determinar la dirección de armado de los entrepisos... Esta información fue
procesada y conducente a la elaboración de planos de arquitectura y estructura. Toda
esta documentación está en los informes que hemos entregado. Se formó también un
banco de datos en el que están la geometría, los materiales, las coordenadas, las
cargas gravitatorias y las aberturas de muros y entrepisos… Con toda esta información
y un sistema de CAD, AutoCAD y similares, se llegó a esa representación de los muros y
entrepisos en planos verticales y horizontales (se exhiben varias transparencias).”

“La otra información muy importante que había que conseguir era el reconocimiento
de los daños reales acontecidos... Con toda esa información se realizó la evaluación de
los daños directos e indirectos, tanto en muros como en entrepisos de cada edificio. Se
elaboraron planos de cada planta, indicando el sector dañado (se exhiben distintas
transparencias)... Por otro lado había que estudiar el problema de la carga explosiva y
su propagación... Había que considerar ahora la rotura de los materiales... de modo
que ya teníamos modelado y en un programa computacional la acción y el material
sobre el cual iba a actuar la acción... Tenemos, pues ya, todo: la carga, material, la
transmisión. Ahora, había que englobar todo eso en un programa para analizar la
evolución del daño. Cada edificio fue estudiado bajo dos variables o tres, que eran: la
ubicación del explosivo... en esta transparencia están indicadas las posiciones que se
estudiaron en particular: la carga explosiva frente a la entrada, en la vereda, en la
posición que sugerían los peritajes de la Policía y Gendarmería; una ubicación en el
acceso; una ubicación en el primer piso y, finalmente, una en el vacum.”

Por qué fue ahí y no en otra parte

252
“Ahora voy a mostrar algunas imágenes de la pantalla de computadora... Esta es la
Embajada, este el edificio San Bernardino, para una carga explosiva de 100 kilos de
TNT. Y tenemos esto: la carga explosiva exterior, para un tiempo de 3,88 milésimas de
segundo de la iniciación de la explosión. Llega a un radio de 6,5 metros, con una
presión de 5,6 megaPascal, que son unos 560 kiloNewton por metro cuadrado. ¿Cuál
es el daño que hace? Rompe estas paredes del frente, llega a romper una pared del
segundo nivel y paredes transversales. En el edificio San Bernardino todavía no hay
ninguna señal de daño. Esto para carga exterior... Para la misma carga, para el mismo
instante de tiempo, ubicamos la carga explosiva en el vacum. La intensidad del daño,
evidentemente, es mucho mayor.”

“Se avanza en amplitud... Otra vez la comparación... Acá es más evidente que de haber
estado la carga explosiva ubicada en el exterior, hubiera hecho desaparecer el edificio
de enfrente... No estaría existiendo como lo está ahora... Por el contrario, cuando la
carga explosiva se ubica en el vacum, para esa carga de 100 kilos, la predicción del
daño es prácticamente igual al daño registrado.”

“Para concluir, entonces, el trabajo realizado implica primero un estudio exhaustivo


del edificio antes de la explosión. En segundo lugar, un estudio de los daños
acontecidos. En tercer término, la simulación o modelación de la carga y de los
materiales y, lo que es más importante, capaz de reproducir el procedimiento de
transmisión de la acción a los edificios. Con ese programa de computación fuimos
capaces de reproducir y encontrar la ubicación más probable que consideramos es
dentro de la Embajada, en el ambiente llamado vacum, para una magnitud de carga
entre 100 y 120.”

Cráteres porteños

Finalmente, habló el ingeniero Alberto Hugo Puppo: “Acá se nos dice que ha habido un
cráter en la vereda, abarcando parte de la calzada. Nosotros no hemos encontrado, en
nuestros análisis de las fotografías, que han sido muy meticulosos, indicios de ese

253
cráter. Realmente, en el análisis de las fotografías tomadas desde el momento de la
explosión hasta el anochecer del mismo día, el 17 de marzo de 1992, en todas las
fotografías que hemos considerado, que son muchas, yo diría que más de 1.000, no
hemos encontrado la presencia del cráter.”

“Yo he mostrado acá dos fotografías donde aparece una grúa que entró en el lugar al
anochecer de ese primer día. Allí vemos que en la posición que da para el cráter el
informe de Gendarmería Nacional tenemos ubicada una grúa, con un peso de muchas
toneladas, sobre un pavimento que está totalmente liso...”

“Además, tenemos otra cosa más. Nosotros hemos pedido un informe a Aguas
Argentinas; mejor dicho: lo pidió la Corte por solicitud nuestra. Y nos han informado
que con 80 centímetros de tapada y 80 centímetros hacia afuera de la línea municipal
—la tapada es del plano de la vereda hacia abajo— tenemos ubicado un caño de un
material frágil, de hierro fundido... Entonces, de acuerdo con la posición del cráter, no
es admisible que ese caño no se haya destruido completamente en el momento de la
explosión.”

“El perito de la Gendarmería dice que la carga explosiva estaba guiada en una
dirección, apuntando hacia el frente de la Embajada. Sin embargo, el cráter es al revés.
El cráter que aparece allí es uno que tiene el diámetro mayor de la elipse en la
dirección longitudinal de la calle Arroyo. Eso es otra cosa que llama la atención.”

“También tenemos, con respecto a esto del cráter, otra cosa que es sugestiva. Quisiera
hacer un comentario particular sobre una apreciación del señor perito de la
Gendarmería, que dice que no se puede hacer un cráter si no es con una explosión. La
ciudad de Buenos Aires está llena de cráteres y no hay explosiones todos los días.
Entonces, eso desvirtúa totalmente esa hipótesis. Con un pico es perfectamente
posible hacer un cráter en unos minutos... Por otra parte, esto está avalado por la muy
baja resistencia que tiene el hormigón en esa zona, de acuerdo con los mismos
ensayos que presentaron esta mañana, que en algunos casos no alcanzan los 10
megapascales.”

254
“Estos son los elementos que nosotros encontramos para pensar que en los primeros
momentos, es decir, en esa tarde, el cráter no estaba allí.”

Sótano y conclusiones

Más adelante, el Presidente de la Corte inquirió cuál era la posición de los peritos en
relación a “lo que ha informado el perito de Gendarmería respecto de que se mantuvo
indemne el sótano de la Embajada, que estaba abajo —supuestamente— o habría
estado abajo, de donde se produjo la explosión”.

Contestó el ingeniero Puppo: “Le agradezco que me lo recuerde, porque era un tema
que quería exponer y lo había dejado de lado. El sótano está ubicado en la parte
posterior de la Embajada, en una zona cercana más al Consulado. Es decir, donde
empieza el techo a dos aguas, en la parte de atrás está el sótano. O sea, que no hay
sótano donde presumimos que estaba el centro de la explosión. En realidad, no había,
para decirlo en términos más reales.”

Los párrafos transcriptos de las actas son muy elocuentes. Eran de esperar
consecuencias jurídicas y políticas una vez que la Corte Suprema hubiera ponderado el
conjunto de los datos expuestos. Pero eso no sucedió.

“La Corte hizo públicos los resultados de las pericias encargadas a pedido de la querella
a la Academia Nacional de Ingeniería con el propósito de reorientar y relanzar la
investigación. ¡Ardió Troya! Israel y los sionistas criollos rechazaron los resultados
alegando ¡cuándo no! que los supremos y los ingenieros peritos ‘eran antisemitas que
querían culpar a las víctimas’ e iniciaron una furibunda campaña para que la Corte se
desprendiera de la instrucción y se la pasara ... ¡al juez Galeano! Entonces la Corte,
para zafar de las presiones, convocó a una Audiencia Pública de Compatibilización de
Pericias en la cual participarían todos los que habían opinado sobre el tema, incluidos
los ‘peritos’ israelíes y yanquis que finalmente no concurrieron”, describe José
Petrosino, uno de los escasísimos estudiosos de la causa.

255
“La crucial audiencia, que por presión de los sionistas se convirtió en ‘reservada… a los
periodistas no los dejaron acercar a menos de cien metros, duró doce horas, y los
ingenieros civiles demolieron los argumentos de Laborda y López, demostrando que el
hoyo que pretendían era ‘el cráter’ de la explosión de un coche-bomba, no existía
hasta varios días después”, continúa.

“Fue el fin de toda investigación”, sintetiza Petrosio. (Petrosino?) “La Audiencia de


Compatibilización de Pericias se convirtió en secreta (aunque sus actas se filtraron a la
Web, están en http/[Link]/[Link]), y la Corte fue
obligada a dejar la instrucción en una Secretaría Especial tan encubridora como la UIF
del suicida Nisman, que solo siguió las pistas plantadas que estaban desde los primeros
días y por su truchez ostensible no habían sido consideradas. Y cuando Menem dejó el
gobierno, su mayoría automática + Fayt con un inicuo ‘fallo’ (que Lorenzetti pretendió
‘cosa juzgada’) virtualmente cerraron la causa, que no ha vuelto a avanzar un ápice.”

Olvidos y omisiones incomprensibles

De innumerables testimonios, apuntó Fayt, “surge incontrastablemente que el día del


atentado, aproximadamente a las 8.30, se recibieron en la Embajada 97 cajas de
cerámica de aproximadamente 20 x 20 cm cada una, sanitarios y varias bolsas de
material ‘Klaukol’ (que) una vez ingresados se acopiaban en el vacum”.

El camionero Juan José Dorronsoro efectuaba repartos para la firma Neuberger


Hermanos. Dijo que ese día, cerca de las 7.30, fue con su hijo Pablo Martín al depósito
de la empresa (queda en la avenida Vélez Sarsfield 1891, esquina Australia, en
Barracas), donde cargaron “104 cajas de baldosas para ser entregadas en el edificio
sito en Rivadavia y Callao (en esa esquina estaba y están el Congreso Nacional, la ya
cerrada Confitería del Molino y un hotel) más 97 cajas de sanitarios y bolsas con
pegamento, que debían ser entregadas en Arroyo 917 (sic)”.

Dorronsoro dijo que llegaron la Embajada alrededor de las 8.30 y que como nunca
había ido antes y la Embajada quedaba en Arroyo 910 y 916, al principio no encontró la

256
dirección y “se detuvo sobre la acera izquierda” donde consultó a un policía, quien le
indicó que era “en la vereda de enfrente” Y agregó que, subsanado ese error, “seis o
siete empleados vestidos con ropa de trabajo” descargaron los materiales,
colocándolos en la vereda, mientras otra persona “de chaleco gris claro” acercaba a la
mercadería “un aparato tipo detector”.

“A raíz de lo expuesto —escribe Fayt— surgió la presunción de que los explosivos


podrían haber sido colocados entre los materiales en la escala previa a la Embajada,
motivo por el cual se dispuso ampliar la declaración de Dorronsoro”. En esta segunda
declaración el camionero dijo que no había existido el riesgo de que los materiales se
hubieran mezclado ni “posibilidad de confusión” porque las baldosas que había dejado
“en la calle Rivadavia (sic)” eran de distinta marca, y bolsas solo había llevado a la
Embajada.

Respecto de quién le había entregado los materiales en Neuberger Hermanos,


Dorronsoro dijo que “no se trataba siempre de la misma persona”, que solía haber “un
señor Emilio y otro señor paraguayo”, y que también trabajaban allí “el muchacho que
manejaba la grúa, el guinche” que había cargado el camión “y el que controlaba la
entrega, que le daban la factura (sic) y le indicaban si tenía que cobrar y cómo”.

Sobre la escala previa a su llegada a la Embajada, el camionero dijo que creía recordar
que había sido en un hotel de Rivadavia y Callao, “sobre Rivadavia de mano
izquierda”… un absurdo ya que sobre esa mano yendo por Rivadavia antes de cruzar
Callao está la Plaza Congreso, y después de cruzar el Congreso propiamente dicho, que
ocupa toda la manzana.

Su hijo Pablo Martín dijo que no se acordaba bien del recorrido que había hecho el
camión ese día “ni las características de la parada intermedia” y repitió que en la
Embajada le había llamado la atención que hubiera personal de seguridad con “un
aparato detector de bombas”.

Más tarde —al parecer en 1997— se volvió a citar a declarar a Dorronsoro padre para
que identificara in situ el lugar donde habría hecho la entrega de 104 cajas de

257
cerámicos antes de ir a la Embajada. Muy sorprendentemente, Dorronsoro cambió
abruptamente de discurso y dijo que, ejem, se había equivocado al decir que había
hecho escala en Rivadavia casi Callao; que bien podría haber sido “en un edificio de
frente de mármol negro, muy prolijo, ubicado en la calle Hipólito Yrigoyen, a unas tres
o cuatro cuadras de la avenida Callao” aunque, qué memoria la suya, agregó que
aunque creía haber hecho una entrega en ese edificio, no estaba seguro de haberla
hecho aquel aciago día. En fin, que o se le había declarado un Alzheimer o se estaba
burlando de su interrogador.

En cuanto al hotel al que se había referido repetidamente antes, ubicándolo en la


avenida Rivadavia casi Callao, dijo ahora que le parecía que se encontraba “sobre la
Avenida de Mayo, entre 9 de Julio y Perú, sobre la mano izquierda”, es decir, a más de
un kilómetro de allí. Acto seguido, el desmemoriado camionero fue con un funcionario
de la Corte a tratar de identificar el edificio de la calle Hipólito Yrigoyen, para lo que
entraron a ella por Matheu y rumbearon hacia el Bajo. Dorronsoro identificó el edificio
como el ubicado en el número 1961… donde el encargado les dijo que trabajaba allí
hacía aproximadamente dos años, y que su antecesor había fallecido. Fueron entonces
a recorrer la Avenida de Mayo, ingresando por Perú, pero Dorronsoro no pudo
encontrar el hotel donde supuestamente habría descargado material antes de ir a la
Embajada de Israel.

Respecto del edificio de la calle Hipólito Yrigoyen, ubicada su administradora dijo que
podía dar fe que desde noviembre de 1987 nunca se habían hecho obras en partes
comunes ni comprado materiales para el consorcio. Sin embargo, creyó recordar que
para esa época (marzo de 1992) había obras en un departamento, el 3º B. Resultó
haber sido así, pero el propietario dijo que los materiales los había comprado allí
nomás, en Rincón y Rivadavia, no recordando el nombre de la empresa. Ubicado uno
de los plomeros que participó en aquella obra recordó que todos los materiales habían
sido comprados en Sanitarios Conesa, de la calle Rincón 25.

“Como se advierte —escribió Fayt con involuntario humorismo— el lugar exacto en


que se llevó a cabo la entrega previa a la Embajada no pudo ser establecido de manera

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fehaciente…”. Lo que no puede sino provocar una pregunta incómoda: ¿Neuberger
Hnos. no pudo informar a quién le entregaron ese día 104 cajas de baldosas?

La misma Embajada de Israel que durante 23 años desistió de impulsar la investigación


(y la entorpeció todo lo que pudo) ordenó pegar afiches con su firma en las carteleras
públicas con la aviesa leyenda “Hace 23 años que llegó el terrorismo a la Argentina”.

Como si la dictadura exterminadora que había apoyado mientras miles de judíos eran
secuestrados, torturados y asesinados, no hubiera sido terrorista.

Como si los asesinos hubieran venido de afuera.

Una hipótesis

Un escrito del 23 de diciembre de 1999 firmado por los ministros de la Corte Enrique
Petracchi y Augusto Belluscio en el que fundamentaron su voto favorable al
sobreseimiento —parcial y provisional— de la prostituta iraní Nasrim Mokhtari, y otro
del ministro Carlos Fayt, se refieren al mismo episodio: el 19 de julio de 1998, al
cumplirse cuatro años del ataque a la AMIA y a seis años largos del ataque a la
Embajada, llamó por teléfono a la Corte Rubén Ignacio Sedarri, quien dijo tener datos
que podrían resultar de interés para la investigación.

El día del atentado —dijo Sedarri al dar testimonio— había ido conduciendo una Ford
F-100 y en compañía de un peón a entregar artefactos sanitarios a un comercio
ubicado en la esquina sur de la calle Libertad con la avenida Córdoba. Al llegar por esta
no había podido estacionar en el lugar donde habitualmente lo hacía —sobre la mano
izquierda— porque ese sitio estaba ocupado por un “Peugeot 505 de color marrón,
con vidrios polarizados de tonalidad medio violeta que permitía visualizar el interior”.
Su conductor estaba fuera del vehículo, de pie junto a la puerta. Le pidió si lo podía
mover un poco para hacerle lugar, pero el hombre se negó de plano, hablándole con
acento israelí”, aclarando seguidamente —es de suponer que ante preguntas de quien
le tomaba declaración— que el acento también podría haber sido árabe. Sedarri dijo
que el hombre estaba muy bien vestido y visiblemente nervioso. Que detrás de su
camioneta estaba estacionado un Falcon celeste ocupado por cuatro personas. Que

259
llegó corriendo desde el lado de Cerrito —desde la 9 de Julio— un hombre con
impermeable que sacó del bolsillo un aparato con antena del tamaño de un grabador
de periodista que tenía dos luces, una roja y una verde. Que este hombre cruzó unas
palabras con quien estaba junto al Peugeot, que le dio las llaves del vehículo. Que el
recién llegado se metió en el Peugeot, puso el aparato entre los dos asientos
delanteros y arrancó, seguido por el Falcon, y que apenas habían cruzado Libertad
cuando se escuchó un gran estruendo. Que atinó tomar el número de patente del
Peugeot (que ya no recordaba) y a ver que la chapa del Falcon era de la Capital y
comenzaba con un "1". Que los dos automóviles continuaron su marcha hasta la calle
Paraná, donde doblaron en dirección a la avenida del Libertador, perdiéndolos de
vista. Sedarri dijo que también perdió al hombre de acento medioriental que se había
quedado a pie, y que quedó tan conmocionado por lo que acababa de ver, que luego
de enterarse de la voladura de la Embajada de Israel, le contó a su madre lo que había
visto, y que ella se lo contó a su hermano Luis Alberto, sargento 1º de la policía
bonaerense, quien se desempeñaba en la División Sustracción Automotores de Vicente
López. Que su hermano le pidió que fuera para allá y que una vez que llegó lo llevó
ante el jefe de la división, el comisario (Miguel Ángel) Garello, y un subcomisario, a
quienes les contó lo que había visto y les dio el número de patente del Peugeot.

Sedarri dijo que a las 21 lo llevaron a la Casa Rosada, donde participó en una reunión
en la que estaban presentes el embajador de Israel (Shefi), el ministro del Interior,
Manzano, el juez federal de San Isidro José Roberto Marquevich, el jefe de la Policía
Federal (Passero), el comisario Garello y un subordinado suyo, un subcomisario, y su
hermano. Que en esa reunión se enteró que el Peugeot cuya patente había dado era
robado y tenía pedido de secuestro, y que al día siguiente lo llevaron al Departamento
Central de la PFA, donde dio información para confeccionar dos identikits.

Pocos días después del atentado a la AMIA, el comisario Garello se puso en contacto
con él y le pidió que acudiera a la Brigada de Investigaciones del Tigre, donde era el
jefe, y le pidió que repitiera su relato, esta vez en presencia de quien les presentó
como personal de la SIDE y del Ministerio del Interior.

260
Para verificar la veracidad de sus dichos, la Corte se puso en contacto con tres
compañeros de trabajo de Sedarri en la época de los hechos, y con un empleado del
comercio de Córdoba y Libertad que había recibido las mercancías transportadas por
Sedarri el 17-M, todos los cuales ratificaron que él ya les había contado esta misma
historia entonces.

El empleado del comercio, Aníbal Candia, dijo que había visto al hombre que estaba
junto al Peugeot y se negó a moverlo para hacerle lugar a la F-100 de Sedarri. Que
creía haberlo visto discutir poco antes con otro conductor por alguna cuestión relativa
al tránsito y que había vuelto a mirarlo cuando Sedarri le contó que se negaba a
hacerle sitio para descargar. Dijo que estaba tenso, vestía traje, llevaba anteojos de
aumento, tenía los ojos rasgados, un poco achinados, pelo corto negro lacio y algunas
canas.

A su turno, Luis Alberto Sedarri confirmó que el Peugeot 505 marrón había sido robado
“a mano armada... uno o dos días antes” de la voladura de la Embajada, que tenía
pedido de secuestro por denuncia radicada en la comisaría de Haedo y que un
comisario había ubicado a su propietario.

Fayt detalló las infructuosas gestiones hechas por la Corte para identificar al automóvil
en cuestión, dejando en evidencia la ineficacia de la Policía Bonaerense. También dejó
constancia Fayt que la Corte le pidió a los Bomberos de la PFA un informe sobre la
factibilidad técnica que podría “haber existido en aquella época de activar los
explosivos situados” en la Embajada “a través de un sistema de control remoto” hecho
funcionar desde Córdoba y Libertad (aproximadamente a un kilómetro de distancia). El
Cuerpo de Bomberos respondió que era posible, aun cuando para ello era necesario
“involucrar como nexo... un elemento tan falible como lo es el factor humano,
representado por la presencia ineludible de un observador que, basándose en
apreciaciones de sus sentidos, a su vez debería transmitirlos (las apreciaciones, no los
sentidos) a quien en definitiva desencadenaría a distancia los procesos conducentes a
la reacción de la carga explosiva”.

261
Dicho de otro modo, que como los teléfonos móviles estaban todavía en pañales,
parecía imprescindible la participación de alguien dotado de walkie-talkies o aparatos
de radio similares a los utilizados por la Policía.

La primera pista iraní

Apenas cuatro días después del 17-M, una denuncia anónima acusó a Walter Bordelli
de haber preparado la pick-up Ford F-100 que se habría utilizado como coche-bomba.
La carta se encuentra agregada a fojas 2391 y está fechada el 21 de marzo. Fue
remitida a la Corte Suprema por la Comisaría 22ª, con jurisdicción en el barrio de San
Telmo, el más antiguo de la ciudad. Los policías informaron que les fue entregada por
la secretaria de la Iglesia Sueca ubicada en la calle Azopardo 1428, frente al diario
Crónica, muy cerca del Parque Lezama, Puerto Madero y la Dársena Sur.

La mujer dijo que había encontrado la carta en el buzón de la iglesia. En ella, un tal
“Fabián”, que se manifestaba amigo de Bordelli, aseguraba que este (domiciliado
legalmente no muy lejos de allí, en la avenida Patricios) había sido contratado un mes y
medio antes del atentado por un tal Kamut Ibrahim, quien le había encargado que
hiciera ciertas modificaciones a una pick-up F-100. El tal Ibrahim, puntualizó la carta,
utilizaba una cupé BMW y le había presentado a Bordelli a varias personas de
nacionalidad iraní, entre ellas a una mujer de 24 años llamada Karina, con la que
Bordelli había comenzado a intimar.

La carta de “Fabián” sostenía hasta poco antes de ser utilizada en el atentado, esa F-
100 había estado guardada en el garaje de un tío de Bordelli, de nombre “Rubeiro Da
Luz”. Como se recordará, el agenciero Roberto Barlassina había dicho que le había
vendido la F-100 sospechada de haber servido de vehículo-bomba a un tal “Ribeiro Da
Luz”. Según la carta, apenas se produjo al atentado Walter Bordelli se dio cuenta de
que el vehículo-bomba utilizado era la camioneta que había reparado y había estado
guardada hasta pocos días atrás en un garaje de su tío, así como que en el atentado
estaban involucrados sus amigos iraníes.

262
Al mismo tiempo —continuaba la carta— estos, los iraníes, se habían dado cuenta de
que Bordelli los consideraba involucrados en el atentado, por lo que uno de ellos lo
había ido a buscar en una motocicleta Kawasaki Ninja de mil centímetros cúbicos de
cilindrada y lo había amenazado de muerte para que mantuviera la boca cerrada. Al
mismo tiempo —después del palo, la zanahoria— le había ofrecido dinero para que se
casara con “Karina”, así como pasajes para ambos a fin de que se instalaran en Kuwait,
donde le prometió un trabajo remunerado en 1.500 dólares mensuales, narró el
anónimo.

Bordelli, sin otras alternativas, había aceptado el ofrecimiento, afirmaba “Fabián”, que
terminaba diciendo que si había escrito la carta era solo porque estaba convencido de
que su amigo estaba en grave peligro de muerte. (Curiosamente, Walter Bordelli sería
puesto como testigo de la veracidad de sus dichos por un sospechoso de haber
intervenido en el atentado a la AMIA, Alberto Jacinto Kanoore Edul. Bordelli era un
vendedor de Centro Automotores, un concesionario de la marca Renault de la avenida
Córdoba al 5000, podía dar fe de que había preguntado precio por una camioneta
Trafic con anterioridad al ataque, alegaría Edul, un comerciante de uniformes e
indumentaria de trabajo que llamó a Carlos Alberto Telleldín el domingo 10 de julio de
1994, el mismo día que este traspasó la Trafic de la que se dijo que había servido como
vehículo para demoler la mutual judía).

En febrero de 1993, el Departamento de Delitos Federales de la PFA le pidió a la Corte


Suprema que le enviara el original de la carta para hacer en ella pericias
scopométricas. Argumentó sospechar que “Fabián” era Ernesto Luis Ramellini, uno de
los amigos de Bordelli. Y Pedro Foglia, perito de la PFA, dictaminó que, efectivamente,
Ramellini era el autor de esa misiva. La Corte citó a Ramellini a prestar testimonio. Este
recién acudió a la segunda convocatoria pues, dijo, cuando llegó a su casa la primera
cédula, no se encontraba en el país, sino en Colombia.

Ramellini negó vehementemente haber escrito la carta, y le ofreció a la Corte Suprema


una hoja de la que, dijo, era su agenda personal, a fin de que pudiera cotejarse su letra
manuscrita con la firma de “Fabián”. La Corte aceptó el pedido, y como el cotejo dio

263
negativo, créase o no, archivó la denuncia.

Más allá de lo formal, y si de fue Ramellini el autor de una carta cuyo contenido no se
había encontrado que se correspondiera con la realidad, es decir que era
esencialmente falso (jamás pudo comprobarse que el supuesto persa Ibrahim o el tío
Rubeiro Da Luz tuvieran existencia física) quedó flotando una obvia pregunta sin
respuesta: ¿Quién, más allá de los terroristas, podría estar interesado en desviar las
investigaciones hacía un fantasma iraní poseedor de una no menos fantástica
camioneta F-100?

La verdadera pista iraní

La posibilidad cierta de que se produjera un atentado contra la Embajada de Israel fue


puesta en conocimiento de funcionarios de esa sede diplomática a principios de
marzo, 13 o 14 días antes de que ocurriera, es decir con una anticipación de dos
semanas. Quien lo advirtió fue Dalila Dujovne, una ciudadana israelí, hija de un
prestigioso filósofo, León (especialista en las vidas y obras de Baruch Spinoza y Martín
Buber) y prima de Alicia Dujovne Ortiz, una excelente escritora (al menos para mi
gusto y a pesar de que abomina de su tío Raúl Scalabrini Ortiz), residente en París. Para
más inri (es decir, escarnio, en recuerdo del cartel que los romanos pusieron en la cruz
en la que clavaron a Jesús, siglas de la expresión “Rey de los judíos”), tampoco por sus
méritos personales Dalila era una persona cualquiera: había sido soldado del Tshal, las
Fuerzas de Defensa de Israel, seguía siendo reservista y había sido empleada de la
propia Embajada. Además, hablaba farsi y era una entendida en la cultura persa. ¿Qué
más podía esperarse?

“No me llevaron el apunte”, repetía, mortificada, una y otra vez en las varias ocasiones
que fue a visitar al autor al tercer piso de la agencia Télam a comienzos de 1998. Hacía
ya tiempo, posiblemente dos años, que había prestado testimonio en la Corte y
acusaba a Rubén Beraja de haberle pedido que mintiera en lo que respecta a las
condiciones de seguridad de la sede diplomática, que decía eran prácticamente

264
inexistentes. Dalila se pregunta una y otra vez por qué, por qué razón Israel no había
hecho nada para prevenir ambos ataques.

Recordaba con sarcasmo que cuando lo conoció, el abogado de la AMIA, Luis


Dobniewski, le preguntó: “¿Así que vos sos la Wilson Dos Santos de la Embajada?”,
comparándola con el taxi boy y servicio brasileño que había pasado el aviso de que se
venía otro ataque contra un edificio de la colectividad judía en Buenos Aires en los
consulados argentino e israelí de Milán sin que le hicieran caso. Dalila repetía que le
había avisado dos semanas antes a una alta funcionaria de la Embajada, Shoshana
(Susana) Poch, que el jefe de la naviera iraní en Argentina, “Majid Mashadchi (como
realmente, pudo averiguarse, se llamaba; ella lo transcribía fonéticamente como
“Machani”)” le acababa de comunicar que algo muy grande iba a suceder el 17 de
marzo y que el objetivo sería “un blanco judío”.

“No conseguí que me llevaran el apunte”, repetía. “Israel estaba sobre aviso de que
podía ocurrir algo como lo que ocurrió, y no hizo nada para impedirlo”. Es más, su
advertencia ni siquiera había conseguido que se mejoraran las medidas de seguridad
de la Embajada, que “eran prácticamente inexistentes” (no la habían palpado de armas
ni revisado con el detector de metales), suponía que a causa de las refacciones que se
estaban llevando a cabo en el edificio.

Según dijo en aquella época un vocero oficioso de la Corte Suprema, el de Dujovne era
“quizás el testimonio más sólido que relaciona a los iraníes con el crimen”. Dicho
vocero también aprovechó para quejarse de que “los servicios secretos israelíes jamás
nos hayan hecho saber qué pudieron averiguar acerca de quiénes y cómo cometieron
el atentado”.

“Lo que más sorpresa me causó y me sigue causando es que, con posterioridad a la
consumación del atentado y hasta hoy, jamás personal de la Embajada de Israel haya
intentado siquiera ponerse en contacto conmigo”, razonó Dalila. “Hacen como si
ignoraran que yo les advertí con dos semanas de antelación que era posible que
sucediera algo muy grave el 17 de marzo”, insistió. Fue a causa de este, “para mí,

265
incomprensible desinterés por parte de Israel", explicó a continuación Dalila, que
recién declaró ante la Corte Suprema cinco años después del ataque, el 3 de abril de
1997, a instancias de Beraja.

En un extenso diálogo con el autor, Dalila Dujovne ratificó las partes sustanciales de
aquella declaración, cuya copia presentó, pero en cambio rectificó otras, aun a
sabiendas de que podía ser acusada de falso testimonio. “Beraja me insistió mucho
para que dijera ante los ministros de la Corte que cuando había ido a la Embajada y me
entrevisté con Shoshana Poch, las medidas de seguridad que se tomaban para
identificar a las personas que ingresábamos eran meticulosas. Y, la verdad, eran
prácticamente inexistentes”, dijo, manifestándose “muy mortificada” por haber
mentido en este punto al decir que había entrado al edificio “por una puerta ubicada
en el frente, en el costado derecho, bajo control estricto”.

Dujovne recordó que había trabajado años atrás en ese lugar y que lo conocía muy
bien en “todos sus recovecos, y que por eso puedo decir con certeza que cuando
llegué muy agitada a contar que Mashadchi me había advertido insistentemente que el
17 de marzo ocurriría algo muy grave, me llamó mucho la atención que casi no hubiera
medidas de seguridad, puesto que cuando yo trabajé allí sí las había, y muy estrictas”.

“Beraja también me pidió que no dijera que había trabajado en la embajada ni que era
reservista del Tshal, pero en estos casos, por suerte, no me vi obligada a mentir...
porque no preguntaron al respecto. Me límité a no decirlo”. En cambio, ratificó el resto
de su testimonio, e incluso individualizó correctamente por primera vez ante un
periodista el nombre y apellido de su informante iraní. Explicó al respecto que ante la
Corte lo llamó por error “Machani”, tal como ella lo recordaba, pero que
posteriormente encontró un papel en el que lo había anotado correctamente.

Según el relato que hizo ante la Corte, salpicado por algunas pocas precisiones que le
pidió el autor, a principios de 1992 Dujovne trabajaba en la Marítima Robinson y en
febrero, al regreso de sus vacaciones en la Patagonia, encontró en su contestador
telefónico un mensaje en inglés de Mashadchi, a quien no conocía y que le había

266
dejado dicho que quería verla por un asunto de negocios. Tras arreglar una cita con él,
acudió a verlo “el 2 o el 3 de marzo” a las oficinas de la (Islamic Republic of) Iranian
Martitim Shipping Lines, que se encontraban “pegadas a las de la marítima croata” en
el edificio de la naviera J.E. Turner & Co., en Reconquista al 500.

“Resultó ser un señor muy bajito, de entre 40 y 45 años, que me recibió en un


despacho decorado por sendos retratos de (Rulloah) Jomeini y (Ali Akbar) Rafsanjani.
Al presentarme, le dije que amaba a Irán, país que había tenido la suerte y el honor de
conocer, y donde incluso visité la tumba del profeta Alí, en la ciudad de Madhad”.
Después de especializarse en filosofía musulmana y judía, en 1978, Dujovne,
efectivamente, había recorrido Irán. Por entonces todavía reinaba el Sha Rezha Palevi,
un firme aliado de los Estados Unidos e Israel. Un año más tarde el Sha fue derrocado
por una insurrección popular que instauró una república islámica bajo la tutela del
imam Jomeini.

“Después de estos preámbulos, le pregunté en qué podía servirle, y él me dijo que


necesitaba una cotización para que diez adultos y cinco chicos viajaran a Puerto Montt,
Chile, antes del 17 de marzo. Me extrañó que no se la pidiera a la agencia de viajes con
la que trabajaban habitualmente la embajada y las empresas iraníes. Se lo dije, pero él
me respondió que quería comparar precios”, narró. Mashadchi buscaba un viaje en
barco que fuera directamente a Puerto Montt, sin atravesar fronteras terrestres. Al día
siguiente, Dujovne le informó que no podía ayudarlo, puesto que en cualquier caso los
viajeros debían atravesar la frontera por vía terrestre y llegar a Puerto Montt en un
ómnibus chileno.

“No, así no me sirve”, dice que le respondió el iraní. “Su respuesta hizo que creciera mi
intriga acerca de los verdaderos motivos que lo guiaban y decidí hacerle saber que era
judía, a ver qué pasaba. Lo hice ‘al bies’, comentándole que me apenaba mucho haber
estado en Irán y no haber podido visitar la ciudad de Jamadam, donde está la tumba
de la reina Esther. Y agregué que ese era el nombre de mi madre”.

267
“Actúa, traiga plata”

Tras cerciorarse de que Mashadchi sabía que era judía, Dujovne comprobó que, lejos
de callarse la boca, el iraní se puso más locuaz. Siempre en inglés, le dijo que él mismo
iba a ser uno de los viajeros, junto a otros dos compatriotas, sus respectivas esposas e
hijos. “Y que el motivo del viaje era que, por razones políticas, ninguno de ellos quería
regresar a Teherán ni tampoco permanecer en Buenos Aires, donde creían estar al
alcance de posibles represalias del gobierno iraní. Me decía que en Irán estaban
matando a mucha gente”.

“Me tengo que ir porque el 17 de marzo va a pasar algo terrible”, dice Dujovne que le
dijo el hombrecito. “¿Qué es lo que va a pasar?, le pregunté. Y él me dijo que no me lo
podía decir, pero que me grabara una fecha, el 17 de marzo. Lo recuerdo muy bien
porque la escena era muuuuuy rara: Mashadchi en ese momento se tendió sobre el
escritorio, apoyó la cabeza sobre los brazos y dijo varias veces sin mirarme, para
adentro pero en voz alta, seventeen march”. Dujovne dijo que, aunque le insistió a
Mashadchi para que le contara qué iba a pasar el 17 de marzo, él le dijo que para decir
más, necesitaba dinero. “Me dijo que lo necesitaba para radicarse con su familia en
Chile. Y después me despidió diciéndome en un mal castellano: ‘Actúa, traiga plata’”.

Tan pronto salió de las oficinas del edificio Turner, dijo, fue a la Embajada de Israel.
“Fui con la rara sensación de que Mashadchi no me había mentido, qué sabía que iba a
ocurrir algo muy malo el 17 de marzo y que, efectivamente, quería dinero para irse de
la Argentina. Aunque en ningún momento me dijo que sabía que se iba a cometer un
atentado contra la Embajada de Israel, yo deduje que se refería a un ataque antijudío,
y por eso fui de inmediato a la Embajada”.

Repitió que no tuvo inconvenientes para entrar al edificio solo con mostrar el
documento, y que las medidas de seguridad eran inexistentes. Tras decirles a varias
personas por encima lo que había pasado, fue recibida en una oficina por Shoshana
Poch. “Aunque le conté todo y le insistí en que quería hablar con algún responsable,
con alguien de la seguridad, no me llevó el apunte. Decía que estaba harta, podrida de

268
los árabes que ofrecían información a cambio de dinero. Yo protesté. Le dije que
Mashadchi no era árabe sino iraní y que era el mismísimo jefe de la Iranian Shipping
Lines. Incluso le dije que a lo mejor estaba en preparación un ataque a la propia
Embajada. Pero no me hizo caso”.

Para Dujovne, Israel podía esperar una represalia de parte de Irán, porque hacía poco
más de dos semanas que tropas israelíes habían matado en el sur del Líbano al
secretario general de Hezbolá, Abbas Musawi, a su mujer y a su hijo de cinco años.
“Musawi, tengo entendido, era pariente en línea directa de Jomeini”, comentó.
También dijo que se había enterado que después del ataque a la Embajada, Mashadchi
había participado de la Feria del Libro “al frente de una delegación aluíta, la secta que
gobierna Siria”.

Pero lo que Dujovne no podía entender era que “casualmente, Shoshana Poch no fue a
trabajar” ese infausto 17 de marzo. Y, menos todavía, por qué nunca había declarado
en la causa. “Poco después del atentado, la trasladaron a la embajada en Montevideo.
Y tengo entendido que no pasó mucho hasta que se jubiló”. La conclusión de Dujovne
fue estremecedora: “Muchas veces pienso que Israel sabía que se iba a producir el
atentado. Y que no hizo nada para impedirlo”.

Lo que se investigó

“Cuadra tomar debida nota de que algunas de las sorprendentes revelaciones de la


señora Dujovne vienen siendo puntualmente verificadas por el tribunal.
Efectivamente, ha sido comprobado… que la compañía naviera iraní… funcionaba… tal
como lo declaró la testigo… que dejó de operar tiempo después (y) que el gerente de
la empresa era la persona que responde al nombre de Machani (se escribe un poco
diferente) también como ella lo indicó (y) que este sujeto fue inquilino de un
departamento ubicado en la avenida del Libertador (2254, según especificó el abogado
Horacio Lutzky en su libro ya citado) a cuyos efectos firmó un contacto de locación a
partir del año 1991, pero que lo rescindió poco después de ocurrido el atentado y salió

269
del país. Existían indicios de que se trataría de un disidente del régimen iraní que
actualmente tendría residencia en la ciudad de San Pablo, Brasil, hallándose en curso
tareas de inteligencia a estos efectos”. Tal fue la enumeración que hizo el abogado de
la DAIA, Rogelio Cichowolski, al presentar su ya mencionado “Tercer informe sobre el
estado de las actuaciones judiciales…”.

“Destaco especialmente que la señora Dujovne dijo al tribunal que cuando recibió la
advertencia de un inminente ataque concurrió de inmediato a formular la denuncia a
la Embajada de Israel, donde fue atendida por la señora Susana Poch, quien le impidió
el acceso a algún funcionario de superior jerarquía”, puntualizó Cichowolski. “Consta
en la causa que a requerimiento de la Corte, la Embajada de Israel negó conocer el
lugar de residencia actual de Susana Poch. Sin embargo, de la declaración testimonial
prestada hace pocas semanas por el rabino Mario Rozjman surge que Susana Poch se
desempeña actualmente en la Embajada de Israel en la República Oriental del
Uruguay”, apostilló.

Cuando por fin, a las cansadas, la señora Poch declaró ante la Corte, dijo no recordar
haber recibido a Dalila, a la que reconoció conocer, y agregó que cuando fue secretaria
del embajador, entre 1976 y 1989 (es decir, durante toda la dictadura y todo el
gobierno de Raúl Alfonsín), era frecuente recibir cartas “dando a conocer
conspiraciones”, pero que lo recordaría si hubiera ocurrido poco antes del 17-M,
señaló el ministro Fayt.

Mashadchi se había ido del país rumbo a Irán a principios de julio de 1992, época en la
que también la naviera iraní se fue de Buenos Aires y se radicó en Río de Janeiro, según
informó el DPOC. Al parecer, el destino de los Mashadchi había sido Londres, informó
la Dirección Nacional de Migraciones. Consultado, el Reino Unido comunicó que no
podía confirmarlo.

Dalila fue convocada por la Corte para ampliar su declaración. Dijo que lo lógico era
que los Mashadchi hubieran salido del país en autobús hacia Chile, como le había
hecho cotizar, que había podido averiguar que Majid era profesor de inglés y que

270
probablemente hubiera conseguido trabajo en Londres en una cadena especializada en
enseñarle el idioma de Shakespeare a chiítas de la India y Pakistán cuyo nombre podría
ser “Tabliq”… Y en ese punto parece haber quedado todo, acaso porque se haya
averiguado que el petiso Majid era, efectivamente, un disidente, enemigo del gobierno
de Teherán, y que acaso su advertencia, como la de Wilson Dos Santos, haya estado
“plantada”.

Lo cierto es que Israel jamás movió un dedo para que esta investigación avanzara.

6. El contexto del atentado a la AMIA

“¿Los responsables de este episodio merecen continuar con vida? Yo creo que se
impone la pena de muerte. Este tipo de bestias no merecen vivir”, se descargó Carlos
Saúl Menem ante el primer micrófono que se le puso a tiro, luego de haberse enterado
del ataque a la AMIA. El ministro del Interior, Carlos Ruckauf (de quien al menos
teóricamente dependía la Policía Federal, encargada de las investigaciones), estaba en
los Estados Unidos y el jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy, descansaba en Bariloche.

Por la tarde, el secretario de Estado norteamericano Warren Christopher le dijo a


Ruckauf y al embajador Raúl Granillo Ocampo: “Fueron Hezbolá e Irán”. No “pudieron
haber sido”, sino “fueron”. El mismo Ruckauf lo recordaría a la hora de justificar por
qué él mismo lo había dicho: simplemente, lo había repetido.

271
Sin Ruckauf ni Anzorreguy, le tocaba dar la cara al subsecretario de Seguridad Interior,
Hugo Franco. Pero Franco hizo mutis por el foro. Según comentaría luego el ministro
de Economía, Domingo Cavallo, el hombre de los Estados Unidos en el Gabinete,
Franco sostenía “la hipótesis de que la bomba era fruto de una disputa interna dentro
de la colectividad judía”. El periodista Ernesto Tenembaum también afirmó que Franco
decía que “el atentado puede haber sido hecho por la derecha judía que pretende
sabotear el proceso de paz en Medio Oriente”.

“En boca cerrada no entran moscas”, acaso pensara Franco, que se guardó muy bien
de que esas expresiones quedaran grabadas y citó de urgencia al jefe de la PFA,
comisario Jorge Luis Passero. Tan pronto como este llegó a la Casa Rosada, ambos se
encerraron en su despacho. Passero y Franco pronto comenzaron a gritarse; como no
acababan de salir y los alaridos, amenazas e imprecaciones iban en aumento, el
viceministro del Interior, Alfredo Iribarne, fue al Salón de los Escudos, donde se habían
congregado los periodistas, y dijo, es de suponer que siguiendo instrucciones de
Ruckauf: “Nosotros garantizamos la seguridad externa del edificio, como lo
demuestran los dos policías heridos, pero no sabemos cómo se manejaba la seguridad
interna”. Seguidamente se disculpó por no tener ninguna información para ofrecer.

Passero había mantenido a lo largo de cinco años buenas relaciones con el Presidente,
mechadas con episodios de comedia bufa como cuando luego del atentado a la
Embajada de Israel Menem había dicho que ni la SIDE ni la PFA tenían información
sobre las supuestas andanzas delictivas de Monzer al Kassar y entonces Passero, sin
desmentirlo públicamente, le ordenó a sus ayudantes sacar fotocopias de los muchos
antecedentes recopilados sobre el sirio y sus negocios e ingresarlos por la Mesa de
Entradas de la Casa Rosada… en una carretilla.

A pesar de haber perdido un pulmón a consecuencia de un tiroteo y de reconocer


explícitamente que regían la vida interna de la institución “pactos de sangre” forjados
en la época de la dictadura, Passero no integraba la cofradía de la Orden de San
Gabriel, más conocida como “Los Arcángeles”, en la que se encontraban asociados, so
pretexto de la devoción por la Virgen de Luján, quienes reivindicaban acríticamente su

272
participación en los “grupos de tareas”. En rigor, constituían una facción interna que
dentro de los lindes de la Capital tenía un importante control del expendio de cocaína
y era monopólica en la por entonces floreciente “industria” de los “autos mellizos”: la
puesta en circulación de vehículos robados con la documentación original de otros
dados de baja.

Passero era tan amante de la gramática parda como enemigo de ventilar en público los
trapos sucios de la institución. Durante la dictadura había sido jefe o subjefe de las
custodias de tres dictadores sucesivos —los generales Viola, Galtieri y Bignone— pero
decía, y tal vez no mintiera groseramente, que en el cumplimiento de esas funciones
nunca había visto que se violaran los derechos humanos de nadie. Poco después de
que Mauricio Macri (secuestrado por una “Banda de los Comisarios” de la Federal por
la que nunca se culparía de pertenecer ningún comisario ni subcomisario) fuera
liberado, Passero había sido entrevistado por la revista Noticias. Cuando el periodista
le preguntó si adentro de la Federal seguían actuando bandas originadas en tiempos
de la dictadura, cabeceó afirmativamente y concedió: “Hay un grupo de esa época
terrible revoloteando por ahí”.

Passero y su segundo, el comisario Juan Beltrán Varela, habían sobrevivido a cuatro


ministros del Interior (Eduardo Bauzá, Julio Mera Figueroa, José Luis Manzano y
Gustavo Béliz); habían capeado juntos el desgarramiento que supuso resolver —
aunque fuese a medias— el secuestro de Macri, pero no se allanaban a entregarle el
control de la institución a Alfredo Yabrán, aliado a “Los Arcángeles”, quien había
conseguido tener a su servicio a muchos oficiales superiores, por ejemplo al comisario
Ricardo De León, jefe del DPOC, la sigla que camuflaba en democracia a los policías que
se habían especializado en la “lucha antisubversiva”

Passero había cometido un error fatal: comentarle al ministro del Interior, Carlos
Corach, que resistiría la subordinación de la Policía Federal a Yabrán. “Fue a llorar
sobre el hombro equivocado”, ilustró ese error uno de los comisarios que lo
secundaban y que resultarían purgados con él. Pero lo que posiblemente haya
terminado de romper el vínculo fue que, como en el caso de la Embajada de Israel,

273
Passero y su plana mayor habían llegado rápidamente a la conclusión de que la AMIA
había sido demolida por una explosión producida en su interior.

Antes de emprender el regreso a Buenos Aires, Ruckauf (otro amigo de Yabrán)


procuró tranquilizar a la influyente comunidad judía de Nueva York. “Las instituciones
judías en la Argentina están bien protegidas y la prueba de ello es que las dos primeras
víctimas fueron de la Policía Federal”, dijo, seguramente (mal) informado por “El
Rengo” Iribarne.

“Si alguien se quiere inmolar para cometer un acto terrorista, es difícil que todas las
medidas que se tomen puedan evitarlo", añadió. Así, la vieja hipótesis del coche-
bomba con chofer suicida, heredada del atentado a la Embajada, había resucitado.

Los expertos de la Gendarmería Nacional que observaron las ruinas de la AMIA


llegaron a la conclusión de que el edificio había sido demolido mediante dos
explosiones casi simultáneas, una en el interior del edificio y otra sobre la puerta, del
lado de afuera, y así lo reflejó Clarín el miércoles 20 de julio: “Los terroristas habrían
puesto una bomba dentro de la sede judía a través de un edificio vecino. Es posible
que hayan colocado otra en la puerta de entrada a la AMIA. Está prácticamente
descartada la utilización de un coche-bomba. (...) La primera conclusión de los
expertos de Gendarmería es que hubo una acción combinada entre una o dos cargas
explosivas colocadas en el interior del edificio, en su sector delantero, y otra bomba,
que estaba en la puerta principal”, podía leerse en la página 18.

Al día siguiente, entrevistado por la agencia Interdiarios, el segundo comandante


Laborda precisó que se podía “descartar” que el atentado hubiera sido cometido por
un vehículo-bomba. La principal hipótesis, agregó, era que el explosivo había sido
“puesto en un edificio lindero”.

“Llámenlo ya a Ruckauf. ¿Por qué no llegó Anzorreguy? Que alguien me diga por qué
otra vez esto. Por qué otra vez a nosotros”, repetía Menem a medida que iban
llegando ministros y secretarios para participar en una reunión urgente y
extraordinaria del gabinete. “Esta vez no hay otros responsables que nosotros. Esto es

274
responsabilidad de la Argentina y la vamos a asumir”, proclamó el Presidente tan
pronto comenzó la reunión (El Cronista, 19-7-94). Tras la reunión, más calmo, Menem
anunció que iba a crear por decreto una Supersecretaría de Seguridad, proyecto que
unos pocos días antes había dicho que estaba descartado. El Presidente dio así por
sobreentendido que el atentado tenía un carácter eminentemente doméstico,
concluyó Luis Bruchstein al redactar su crónica para Página/12.

Sin embargo, la información era todavía confusa. Menem se había limitado a ordenar
que se conformara una comisión de emergencia integrada por los ministros de Defensa
e Interior, la SIDE y la Municipalidad. Y dispuso que esa comisión se hiciera cargo de la
investigación y coordinara toda la información disponible.

Al salir de la reunión, Menem encaró a los periodistas: “Fue obra de profesionales que
vienen de afuera, apoyados por gente que está aquí adentro”, les dijo. “Es un golpe
durísimo a una colectividad a la que quiero, amo y aprecio. No queda otra salida que la
pena de muerte. Esto no tiene una explicación desde lo racional. Se trata de bestias
salvajes que andan sueltas por ahí y no merecen seguir viviendo”, repitió. El Presidente
hablaba de terroristas de afuera y de adentro. De allí en adelante, él y los funcionarios
de su gobierno hablarían cada vez más de los de afuera y cada vez menos de los de
adentro.

Como previéndolo, a esas mismas horas el diputado radical Rodolfo Terragno se


preguntaba frente a las cámaras de televisión: “¿Vamos a esperar la tercera ocasión?
¿Vamos a volver a creer que alguien vino, se introdujo en el país, hizo esto y se fue
para siempre?”.

Y es que, tal como había sucedido luego del atentado contra la Embajada de Israel, a
partir de entonces y dándose por supuesto que los autores de ambos ataques habían
sido los mismos, las acusaciones a Hezbolá e Irán se produjeron a repetición. Así, como
había habido expertos que rápidamente habían atribuido el bombazo a la Embajada a
una represalia por el asesinato de uno de los fundadores de Hezbolá (Alí Abás
Musawi), su mujer y su hijo pequeño, luego del atentado a la mutual judía se recordó

275
que el 21 de mayo anterior un comando aerotransportado israelí había secuestrado en
el valle libanés de la Bekaa a Mahmoud Dirani, uno de los jefes de la alicaída ala dura
de Hezbolá, cuyo líder era el señor feudal de la región (famosa por sus cultivos de
cannabis sativa y adormideras), el “Jeque Rojo” Sobhi Tufaili, quien había sido el
secretario general de Hezbolá desde su fundación en 1982 hasta 1987, cuando había
perdido el control de la organización tras oponerse a su conversión en un partido
político con representación parlamentaria. Oposición que estaba directamente
relacionada con su maestría para dirigir una organización clandestina financiándola
con rescates por rehenes europeos y japoneses secuestrados casi siempre en Beirut,
además de todo tipo de tráficos ilegales. Desde que Hezbolá obtuvo representación
parlamentaria, los secuestros de personas en el Líbano se habían reducido
drásticamente.

Un ex ministro del Líbano residente en París, consultado por el periodista Eduardo


Febbro, comentó que “en casos como estos, el Estado víctima de los atentados casi
nunca es inocente. Cuando las acciones se repiten es porque hay en curso un chantaje,
una negociación en suspenso o una crisis internacional en la que ese Estado está
inmerso” (Página/12, 19-7-94). Pragmático, Robert Kupperman, experto en terrorismo
del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos con sede en Nueva York, dijo que
aun cuando Hezbolá pudiera estar detrás del atentado podía “haberle pagado a otros
terroristas para que lo cometan” (Página/12, 19-7-94).

Por la tarde, el presidente Menem recibió a los representantes de la colectividad judía.


“Nos habló de 15 muertos y de 150 heridos, la mayoría de ellos de poca consideración,
y de la posibilidad de que los explosivos hayan estado dentro de un container”, dijo al
salir de la reunión el presidente de la Organización Sionista Argentina (OSA), Chaskiel
Hansman, más conocido como “Oscar”, quien en 1996 habría de reemplazar a Alberto
Crupnicoff en la presidencia de la AMIA.

En medio del pandemonio en que se había convertido la calle Pasteur, un alto oficial
de la PFA especializado en explosivos —acaso el mismo que informaba al jefe Passero
— dictaminó: “Fue una implosión, algo similar a lo que ocurrió con la Embajada de

276
Israel. También ahora el edificio se vino abajo en forma vertical, como si lo hubieran
chupado desde abajo”. Al mismo tiempo, otros policías federales deslizaban que se
habían encontrado los restos de un volquete que estaba desflorado, “abierto de
adentro hacia afuera como si algo hubiera explotado en su interior” (Ámbito
Financiero, 19-7-94).

Al anochecer de ese lunes terrible, la Embajada de Irán en Buenos Aires emitió una
declaración. Proclamaba que no había protegido ni encubierto a “ningún grupo
simpatizante de nuestro país” y que los diplomáticos iraníes mal podían haber hecho
de la sede diplomática “una base de operaciones” de Hezbolá, puesto que esta
organización combatía a Israel en el sur del Líbano. Además, añadía, “sabemos muy
bien que esta Embajada siempre es vigilada por personal de Inteligencia de la
Argentina, por lo que es absurdo pensar que su personal pueda estar vinculado con
grupos terroristas”.

En efecto, todas las líneas de teléfono de esa embajada estaban intervenidas por la
SIDE, que acumulaba unas 3000 horas de grabaciones… que habrían de desaparecer,
probablemente porque no había nada en ellas que permitiera relacionar a Irán con la
AMIA. El comunicado iraní también aventuraba que la destrucción de la sede de la
AMIA podía tratarse o “de un autoatentado con la finalidad de desprestigiar a los
musulmanes” o de “una obra de militantes nazis argentinos”.

Al día siguiente, desde Teherán, la Cancillería persa agregaría taxativamente que no


apoyaba ninguna acción contra objetivos fuera de Israel y del territorio libanés
ocupado por Israel, y reiteraría las críticas a la Argentina por no haber investigado el
bombazo a la Embajada de Israel.

Shimon Peres, que era entonces el canciller de Israel, dijo el martes 20 a la Radio Jai
("Vida", en hebreo) de Buenos Aires que un equipo de rescate del ejército de Israel
estaba viajando a Buenos Aires y que aunque “en el pasado, este tipo de atentados
eran atribuidos a Irán, hoy no podemos abrir juicio alguno” sobre quienes podían ser
los culpables.

277
“La infamia”

Con una larga nota titulada así y justo al cumplirse diez años del ataque, el domingo 18
de julio de 2004 Horacio Verbitsky, que antes prácticamente no había escrito sobre el
tema, hizo una importante revelación. A las pocas horas de producido el atentado,
explicó, el primer ministro Rabin le había propuesto a Menem “coordinar una
interpretación unificada de lo sucedido que conviniera a los intereses de ambas
administraciones”. Escribió Verbitsky: “Así se desprende de un cable emitido por el
embajador argentino en Israel José María Valentín Otegui a las 2.50 del 19 de julio de
1994. De este modo, ambos gobiernos condicionaron la investigación desde el primer
momento, con el acento puesto en las respectivas ventajas políticas que cada uno
pudiera obtener y sin mayor interés por el descubrimiento de la verdad y el castigo de
los responsables”.

“El cable dirigido al canciller Guido Di Tella fue hallado entre las pilas de informaciones
secretas que el gobierno nacional resolvió liberar al conocimiento de los familiares de
las víctimas y los jueces encargados de la investigación judicial, por los decretos 785,
786 y 787 de setiembre de 2003”, emitidos por el presidente Néstor Kirchner, explicó.

El autor de “Robo para la corona” detalló que “Otegui hizo el primer anuncio en forma
telefónica a la Cancillería: Rabin enviaba a Buenos Aires en un avión de la Fuerza Aérea
israelí a un diplomático de su relación personal y directa, con el propósito de combinar
la versión que se daría al mundo. Para ello deseaba reunirse al llegar con Menem o con
el funcionario del más alto nivel posible de su gobierno. Lo detalló luego en el cable
EISRA 010365/1994. Allí identificó al enviado como el subsecretario de Asuntos
Latinoamericanos de la Cancillería de Israel, Dov Schmorak, quien había sido
embajador en la Argentina entre 1980 y 1985, en los últimos años de la dictadura
militar y los primeros del gobierno electo de Raúl Alfonsín”.

278
Llegados a este punto, Verbitsky recordó que “en el documental ‘Asesino’, el premiado
director israelí Nurit Kedar lo menciona (a Schmorak) entre los responsables de que los
desaparecidos judíos en la Argentina hayan podido ser asesinados con ametralladoras
UZI o arrojados al río en aviones Aravá que Israel vendía a la dictadura” y detalló luego
la mucha colaboración que habían prestado ambos, Schmorak e Israel, a las políticas
de exterminio.

“Antes de embarcarse hacia Buenos Aires el 18 de julio de 1994, el enviado de Rabin se


comunicó en medio de la noche con el embajador Otegui para explicarle las
motivaciones de su viaje y solicitarle su colaboración. En cuanto llegara a Buenos Aires,
deseaba entrevistarse con el presidente Menem y con el canciller Di Tella. Dijo que
Rabin había autorizado que apareciera junto con Menem en el programa de televisión
de Bernardo Neustadt, porque lo consideraba beneficioso para el gobierno israelí.
Según la información transmitida por el embajador Otegui esa madrugada a su
Cancillería, para el gobierno israelí ‘es importante coordinar con el nuestro una versión
coincidente del atentado’, en especial por el impacto que la manera de presentar lo
sucedido tendrá ante la opinión pública israelí, ‘dado que partidos oposición y algunos
medios de prensa están utilizando el hecho para atacar duramente la política de paz
del gobierno de Rabin’. En ese momento, Rabin estaba muy avanzado en un acuerdo
de paz con el gobierno sirio del presidente Hafez Al Assad, que hasta entonces había
sido el más duro opositor a la mera existencia de Israel en el mapa del Medio Oriente.
Contaba para esas tratativas con el apoyo del gobierno estadounidense de William
Jefferson Clinton. Otegui avaló las afirmaciones de Schmorak respecto de los ataques
opositores a Rabin. El cable agrega que el gobierno de Israel ‘no tiene queja alguna
sobre la manera en que el nuestro está manejando el tema. Objetivo de entrevista de
alto nivel solicitada es coordinar interpretación del atentado’ con el propósito de
‘presentar a la prensa —inmediatamente después del encuentro— una versión
unificada de lo ocurrido’”.

Vocero oficioso

279
“Schmorak llegó por la noche del martes 19, en el mismo avión en el que vinieron los
investigadores del Mossad y los efectivos de Defensa Civil y de la Unidad Nacional de
Rescate de Israel, que participaron en la búsqueda de víctimas sobrevivientes entre los
escombros. Tal como se había solicitado, fue recibido por Menem, pese a que la
jerarquía inferior de su cargo hubiera permitido sin mengua de las buenas relaciones
derivarlo al canciller. En la conferencia de prensa que dio al concluir la audiencia con el
presidente, el funcionario de la cancillería israelí dijo que pensaba que la inspiración, el
planeamiento y la financiación del atentado llegaron desde afuera pero que la
ejecución contó con apoyo local. ‘Preparar esa gran cantidad de explosivos,
transportarla y ubicarla en el objetivo son tareas que por lo general se asignan a
colaboradores locales’, dijo. Cuando le preguntaron por los organizadores del atentado
en Medio Oriente, mencionó a ‘distintos grupos fundamentalistas islámicos, de origen
iraquí y palestino y terroristas árabes no fundamentalistas, como el Frente Popular,
que siempre se ha opuesto al proceso de paz’”, describió Verbitsky.

Reemplazando al vocero del Presidente argentino (su secretario de Medios de


Comunicación, Raúl Burzaco, había desertado, hecho mutis por el foro y renunciado),
Schmorak dijo que “el doctor Menem condenó en forma absoluta y sin reservas el
hecho y prometió todos los esfuerzos necesarios para llegar a la verdad”, y anunció
que “la Argentina va a aumentar los esfuerzos para llevar a los responsables ante la
Justicia”, para terminar afirmando que “la Argentina no es un país menos seguro que
cualquier otro para los judíos”, consignó Verbitsky.

Nótese que Schmorak no había mencionado a Irán. Reparó esta omisión al día
siguiente al concederle una entrevista a Clarín. “Posiblemente, el número uno en la
lista de sospechados es Irán. Hay organizaciones fundamentalistas islámicas inspiradas
por Irán, financiadas por Irán, entrenadas por Irán, pero que no son iraníes, como
Hezbolá, en el Líbano”, agregó. “También dijo que Menem también aceptaba la
hipótesis de la participación de algunos elementos locales junto con los extranjeros”,
reseñó Verbitsky.

280
La pista siria: los Yoma y los Menehem

“La notoria ausencia en todas las declaraciones, del enviado israelí y de las autoridades
argentinas, fue la pista siria, pese a las evidencias que saltaban a la vista desde el
primer cuerpo del expediente judicial. Incluso la referencia a Hezbolá como apéndice
iraní es engañosa, ya que ese partido tenía una muy conocida dependencia de las
decisiones del gobierno sirio. La línea acordada a 48 horas del atentado entre los
gobiernos de Israel y la Argentina se siguió en forma minuciosa en todas las
investigaciones posteriores. Hasta el día de hoy, Siria es soslayada y todas las pistas se
buscan en dirección a Irán”, destacó Verbitsky, que explicó a continuación que el
interés del gobierno de Menem por desviar la investigación lejos de Siria era
comprensible ya que tanto los Menehem (el apellido original de su familia antes de
que los agentes argentinos de Migraciones lo simplificaran) como los Yoma eran
originarios de Yabrud (Zulema Yoma lo niega: dice que su familia proviene de
Damasco), a 80 kilómetros de la capital siria.

Luego de recordar que Carlos Menem había conocido a Zulema Yoma en Damasco y
que ambos se habían casado por el rito musulmán sunnita, Verbitsky también
rememoró que Amira había permanecido en Siria junto a sus padres y que allí se había
convertido en “una decidida militante juvenil del partido Baas”; que su hermana Delia
“estaba casada con un coronel del Ejército sirio y trabajaba en la embajada siria en
Buenos Aires” y que al mismo tiempo Naim Yoma ocupaba un cargo en la embajada
argentina en Damasco.

Continuó Verbitsky: “En 1988, luego de derrotar a Antonio Cafiero en los comicios
internos del justicialismo, Menem viajó una vez más a Siria, y se reunió con el
presidente Hafez El Assad. Un ex funcionario que tiene los mejores motivos para
saberlo dijo a este diario que Munser El Kassar, como lo pronuncian los árabes, fue uno
de los anfitriones de Menem en ese viaje a Siria. En presencia de otro ex secretario de
Estado añadió que la familia Yoma conservó después de la separación la bella caja de
madera que contiene la ametralladora Uzi con inscripciones obsequiada entonces por
El Kassar al paisano futuro presidente de la Argentina. Luego de ganar la presidencia,

281
designó como embajador en Damasco a su hermano mayor Munir Menem. Los
Menem son parientes políticos de El Kassar. Según una fuente de la colectividad árabe
que conoce la genealogía de ambas familias, una prima de los Menem está casada con
un primo de El Kassar. Esa prima de Menem se llama Amira Akil. Su padre, riojano, es
primo hermano de Mohibe Akil, la madre del ex presidente. Amira Akil se casó en Siria
con un primo hermano de El Kassar, que lleva el apellido materno del traficante,
Tarbuch, y fue recomendada a la embajada argentina por el Hermano Eduardo.

Cuando Munir Menem fue destinado en Damasco la designó su secretaria privada. La


firma de Munir Menem figuraba en un documento del expediente judicial que permitió
obtener la ciudadanía y el pasaporte argentinos a El Kassar. Las relaciones con Siria
eran manejadas desde la cancillería por un cuñado de Menem, Alfredo Karim Yoma,
quien fue subsecretario de Asuntos Especiales del ministerio de Relaciones Exteriores
de la Argentina luego de desempeñarse en la representación diplomática siria en
Madrid. La densa trama de tales relaciones señala cierta indiferencia entre representar
a la Argentina ante Siria o a Siria ante la Argentina”.

Víctima

El jueves 21 Clarín transcribió nuevas declaraciones del presidente Menem: “Pido


perdón por este ataque. Yo también soy una víctima”. Por la tarde, Menem las ratificó
al leer un mensaje por la cadena nacional de radio y televisión. “Las bestias son difíciles
de encontrar, aquí y en todo el mundo (...) quiero pedir perdón por este lamentable
episodio y comprometerme a redoblar los esfuerzos para esclarecer este nuevo
ataque...”. ¿De qué pedía perdón el Presidente? Habría que esperar hasta septiembre,
cuando concediera una entrevista al semanario israelí The Jerusalem Report para
obtener lo más parecido a una respuesta: “Yo también estoy amenazado. Soy
considerado un traidor a la causa árabe. Mi situación es preocupante”, se victimizaría
entonces.

282
El viernes 22, ante una multitudinaria concentración en la Plaza del Congreso bajo un
aguacero, Menem le dio sus condolencias… al embajador israelí, Isaac Avirán.
Increíblemente y de manera simétrica, los organizadores del acto cantaron luego el
Himno de Israel. Un recién llegado hubiera creído que los muertos habían sido israelíes
y no argentinos y bolivianos. “Me indigné cuando ciertos dirigentes judíos hicieron del
atentado una cuestión judía y cantaron el Himno de Israel... se callaron la boca y
aprovecharon para hacer la suya”, recordó Norma Lew, la presidenta de Memoria
Activa (fallecida en febrero de 2000) expresando lo que sentíamos muchísimos
argentinos judíos y no judíos.

En su discurso, Aviran se dolió de que “son demasiado grandes las diferencias entre los
que tienen impunidad, frente a los que apostamos al cambio, y muchos debemos
resignarnos a convivir con la impotencia”. ¿Por qué habría que resignarse a la
impotencia? La pregunta no tendría respuesta en el acto… ni nunca.

A su término, el rabino Avi Weis, que había venido de Nueva York y participado en una
reunión del gabinete nacional por invitación de Menem, planteó dos grandes
incógnitas: “La Policía Federal es fuerte y tiene la posibilidad de investigar. La incógnita
es si tiene la voluntad”, dijo, y enseguida agregó que “si Siria, a quien Estados Unidos
quiere proteger de las acusaciones de terrorismo para incluirla en el proceso de paz,
fue la responsable, esto también debe ser denunciado”.

El dramaturgo Ricardo Talesnik, dijo en voz alta en la Plaza de los Dos Congresos lo que
muchos pensaban: “Algunos sabemos bien de qué se trata. No sabemos los detalles,
no sabemos los nombres, no lo podemos decir públicamente, pero lo sabemos. Y
también sabemos que si hablamos y no tenemos las pruebas, nos acusarán de
calumniar (...) Nos dicen que acudamos a la Justicia, que confiemos en la Justicia, pero
sabemos que la Justicia es relativamente confiable, así que estamos encerrados entre
lo legal, lo formal, lo político, lo diplomático... y el resultado es que lo que sabemos
que pasa, no lo podemos decir abiertamente. Este es un juego diabólico donde
siempre pagan los débiles”.

283
La Federal, decapitada

El martes 19 Menem creó por decreto (número 2024) una Secretaría de Seguridad y
Protección a la Comunidad bajo su directa dependencia. Su función, argumentaba el
texto, era “orientar todos los recursos del Estado de Derecho hacia el esclarecimiento
del brutal hecho y favorecer la acción del Poder Judicial”. Menem puso al frente de la
nueva secretaría (que desde ya es bueno aclarar que resultaría totalmente inoperante)
a un íntimo amigo, el brigadier retirado Andrés Antonietti.

Cuando Zulema Yoma, secundada por sus hijos, lo expulsaron de Olivos tras una
sonada trifulca (Carlitos lo acusó de haberle tirado los tejos a su novia de entonces) y
Carlos Saúl se vio obligado a pernoctar unos días en la casa de su amigo Miguel Ángel
Vico, Menem le encomendó a Antonietti que planeara y ejecutara la reconquista de la
residencia presidencial. El aviador chaqueño encabezó el operativo munido de un gas
paralizante para impedir que Zulema lo arañara. Carlitos trató entonces públicamente
a su padre de cobarde.

Después, Menem, tras intervenir una provincia de Santiago del Estero en llamas, había
impuesto a Antonietti como su secretario de Seguridad y ahora le encomendaba una
misión no menos delicada: que nada concerniente a la investigación escapara de su
escrutinio. Pronto se vería que tenía sobradas razones para ello. La nueva secretaría
tenía, en teoría, potestades que se extendían sobre la PFA y las policías provinciales, la
SIDE, la Gendarmería y la Prefectura. Para empezar, absorbió a la Subsecretaría de
Seguridad —dependiente del Ministerio del Interior— hasta entonces a cargo de Hugo
Franco, que pronto pasaría a desempeñarse como director de Migraciones.

Del ministro de Defensa, Oscar Camilión, dependían la Prefectura y de la Gendarmería,


y de Ruckauf, al menos en los papeles, la PFA. De que Ruckauf tenía aun menos poder
que sus predecesores en el Ministerio del Interior para darles órdenes a los jefes
policiales daba cuenta el hecho insólito de que había encomendado su propia custodia
a una agencia privada... integrada por federales en sus ratos libres y ex federales.

284
Al igual que sus predecesores, Ruckauf negociaba con el comisario Passero asunto por
asunto. El jefe de la Federal no podía menos que oponerse a la creación de la
Supersecretaría, ya que eso recortaba su autonomía. Como otras veces en el pasado,
apenas se mentó la posibilidad de crear un supraorganismo que compatibilizara las
investigaciones de todas las fuerzas de Seguridad e Inteligencia, los comisarios
generales, aun los enemistados entre sí, estrecharon filas. La consigna fue, como
siempre, que nadie ajeno intermediaría en la privilegiada relación de la institución con
el poder político ni metería la nariz en sus asuntos.

Así, apenas se mencionó la posibilidad de crear la Supersecretaría, Passero salió al


cruce con los tapones de punta. Junto con sus declaraciones, la Federal distribuyó una
fotografía en la que él y Beltrán Varela, su segundo, aparecían rodeados por los diez
miembros de la plana mayor. La foto salió en algunos diarios. Aunque implícito, el
mensaje era inequívoco: la PFA estaba virtualmente acuartelada y respaldaba a su jefe
en bloque. Menem necesitaba desembarazarse de esos insolentes que, entre otras
cosas, no respaldaban la hipótesis del coche-bomba ni la atribución automática de
responsabilidades a Irán.

Aunque sabía de muchos entretelones desprolijos de la vida de funcionarios del


gobierno y allegados al Presidente, Passero estaba dispuesto a llevárselos a la tumba
siempre y cuando nadie pretendiera recortar las competencias de la Federal. Aunque
no solía dar entrevistas, había dado claras muestras de que, si se sentía presionado,
lanzaba mensajes inequívocos, aunque cifrados. A veces eran fáciles de decodificar.
Por ejemplo cuando contenían nombres propios, como los de algunos conspicuos
integrantes de la farándula con acceso a la intimidad del Presidente. Managers o
representantes de artistas y deportistas, dueños de discotecas y otras personas a veces
sin profesión u oficio declarado que conforman lo que se ha dado en llamar “la gente
de la noche”.

“No nos chupamos el dedo y sabemos bien en qué andan, lo que pasa es que no
tenemos pruebas”, se había disculpado ante un cronista del semanario Noticias en
1991. Y si alguien decía que la corrupción campeaba dentro de las filas policiales,

285
Passero se revolvía inquieto en su silla y le disparaba: “¿Qué somos los federales? ¿Los
hijos de la pavota? ¿Por qué siempre el cachetazo es para nosotros? ¿Acaso los
delincuentes somos nosotros, nada más? (sic)”. Luego, pasaba a la ofensiva. Se jactaba
de haber dado de baja a setecientos policías en un año: “Eché a muchos sin tener
pruebas concluyentes de que hubieran cometido delitos, solo porque sus superiores
me expresaron a través de memorándums reservados su convicción de que estaban
metidos” en actividades delictivas. “Yo los echo y me hago cargo. Dígame, ¿cuántas
instituciones del Estado hacen lo mismo? ¿Puede nombrar alguna que eche gente por
sospecha de corrupción?”.

El jefe de la Federal dejaba saber que sabía muchas cosas que callaba. “Nosotros
debemos ser mogólicos (sic); en las series americanas aparece un pelo y descubren a Al
Capone: acá todos los delincuentes deben ser pelados”, ironizaba. También hacía
saber que la subordinación a la Casa Rosada tenía un límite (“¿Por qué cree que soy
odioso en muchas cosas? Yo primero le doy las cosas al Juez. Luego aviso a quien
corresponde. No sé si me interpreta lo que digo”). No era un mensaje que pudiera
tranquilizar a Menem. Sobre todo luego del atentado a la AMIA.

Astuto, el Presidente comprendió enseguida que este le ofrecía una oportunidad única
para, en un mismo movimiento, librarse de Passero, burlar a su contradictor Cavallo
(en la práctica un veedor del Departamento de Estado dentro del Gabinete y quien a
partir del “Santiagueñazo” había batallado por la conformación de un Ministerio de
Seguridad que coordinara a todas las fuerzas de Seguridad y a la SIDE en previsión de
nuevos estallidos sociales) y preservar a Hugo Franco, quien a pesar de su clara
ineptitud como responsable de la seguridad nacional le serviría para borrar huellas de
su pasada complicidad con Al Kassar y sus amigos.

Tan pronto como estalló la crisis en torno a la creación del Ministerio o Supersecretaría
de Seguridad, unos cincuenta días antes del ataque a la AMIA-DAIA, Franco había dado
a Menem el nombre de quien, en su opinión, podría reemplazar a Passero: el
comisario mayor Juan Adrian Pelacchi, hasta entonces jefe de Drogas Peligrosas y
cuarto en la cadena de mando policial. Pelacchi era enfáticamente recomendado por

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Ruckauf, quien se atribuiría su elección: “Yo impulsé las investigaciones y cambié al
jefe de la Policía por un hombre intachable, como lo es Pelacchi”, se pavoneó ante el
periodista Luis Majul. En verdad, Pelacchi había sido elegido gracias al visto bueno de
Yabrán y de los Estados Unidos.

Según un informe elaborado por la firma Kroll Associated, integrada por veteranos de
la CIA y distribuido en 1996 por la Embajada de los Estados Unidos a periodistas
cuidadosamente escogidos, cuando en febrero de 1995 se secuestraron por orden
judicial camiones de las empresas Ocasa y OCA, de Yabrán, encontrándose en su
interior documentación relativa a la “remisión de dinero al exterior (por parte) de altos
funcionarios públicos”, fue Pelacchi quien “se encargó de devolver a cada uno la
papelería y (luego) pasar la factura”.

Hijo y nieto de policías y padre de dos oficiales de la fuerza , como Superintendente de


Drogas Peligrosas Pelacchi tenía buenas relaciones con las agencias federales de los
Estados Unidos que actuaban —legalmente o de hecho— en el país: el Federal Bureau
of Investigation (FBI) y su desprendimiento y muchas veces rival, la Drugs Enforcement
Agency (DEA).

Antes, durante casi seis de los siete años de la dictadura militar, Pelacchi se había
desempeñado en la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF), “organismo
especializado en secuestros, torturas y ejecuciones de prisioneros”, según la certera
definición de Verbitsky. Por esas épocas, cuando integraba el “grupo de tareas 2” de
las fuerzas dictatoriales, Pelacchi no había vacilado en balear por la espalda a un
delegado sindical de los trabajadores judiciales, Jorge Sanz, quien intentó huir de la
patota que pretendía secuestrarlo.

Con el restablecimiento del orden democrático, Pelacchi había recalado en la


Delegación de la PFA en La Plata, es decir oficiado de enlace entre la PFA y la PBA. En
este destino, el nuevo jefe había estado secundado por Carlos Castañeda, quien era
ahora jefe del DPOC. Antes de ser superintendente de Drogas Peligrosas, Pelacchi lo

287
había sido de Interior, desde donde controlaba al DPOC. Y antes, superintendente de la
Policía Ferroviaria y de Investigaciones.

Ya el mismo 18-J Menem se reunió con Eduardo Bauzá y Corach y les explicó su plan. Al
final de la reunión de gabinete y comité de emergencia en la que el Presidente anunció
la creación de la Supersecretaría, fue Ruckauf quien se hizo cargo de comunicar la
decisión a Passero y a Beltrán Varela. Tal como los tres Carlos habían previsto, ambos
jefes policiales le reiteraron su total oposición, tras lo cual renunciaron verbalmente.

Ese mismo miércoles, el Presidente fue al almuerzo televisivo de Mirtha Legrand. Para
su desdicha, también había sido invitado Verbitsky. Menem explicó que la
investigación era muy ardua porque, improvisó, “del atentado a la Embajada de Israel
ni siquiera sabemos todavía si no fue la obra de un loco que se ató un explosivo a su
pierna”. Verbitsky no dejó pasar la oportunidad: “La pregunta del millón es por qué
estos atentados tuvieron lugar en nuestro país”. Y tras hacer una pausa, él mismo
ensayó una posible respuesta, recordando las relaciones entre Menem y Al Kassar,
quien estaba sindicado como “autor del atentado contra el avión que cayó en Escocia”,
en obvia alusión al derribo del vuelo 203 de Pan Am que el 25 de noviembre de 1988
cubría la ruta entre Frankfurt y Washington y estalló sobre el cielo de Lockerbie, una
agreste comarca de Escocia, con un saldo de 270 muertos: 259 pasajeros (entre ellos,
tres argentinos) y tripulantes y once aldeanos.

Mientras a Menem se le arruinaba la digestión, llegaban a Buenos Aires noticias


procedentes de Jerusalén. Frente a la Comisión de Relaciones Exteriores y Defensa de
la Knesset (Parlamento), el primer ministro Rabin había dicho que los servicios secretos
israelíes habían identificado al Partido de Dios libanés, Hezbolá, como el responsable
de la destrucción de la Embajada de Israel en Buenos Aires y que no había que excluir
“que también hubieran cometido el ataque del lunes”, si bien agregó que, al parecer,
este había sido perpetrado “por extremistas islámicos vinculados con Irán, aunque
tampoco se debe descartar que reciban ayuda de Siria”. Para apuntalar su hipótesis,
Rabin recordó que los chiítas libaneses habían prometido vengarse luego de que el 2
de junio de 1994 la aviación israelí bombardeara un campamento de Hezbolá con un

288
saldo de más cincuenta militantes muertos, la mayoría de ellos adolescentes. Por su
parte, el canciller Peres estimó que si Buenos Aires había sido de nuevo el escenario de
un atentado israelí debía ser porque “los atacantes tienen una organización allí”.

Sin hesitar, el secretario de Inteligencia del Estado, Hugo Anzorreguy, llamó a los
periodistas amigos y les dijo que descartaba de plano la participación de Siria. Por
increíble que parezca, su principal argumento fue que “Siria no hace estas cosas”.
Después, expresó en voz alta: “Para mí, fueron los iraníes; diría que hay un 99 por
ciento de posibilidades de que hayan sido ellos y que también hay un 95 por ciento de
probabilidades de que los ejecutores sean de Hezbolá”.

Irritado por su controversia con Verbitsky, Menem intentó por la tarde descargar las
culpas de la masacre en sus opositores. “Este tipo de atentados los realizan comandos
que vienen de afuera, de esto no hay ninguna duda, aunque con el apoyo logístico en
Argentina de quienes incitan permanentemente a la violencia, los que nos hablan del
Santiagueñazo y del Argentinazo”. Ya lanzado, el Presidente no se privó de expresar en
voz alta sus conjeturas acerca de quiénes podían ser los autores materiales del crimen.
“Las hipótesis en danza son muchas, entre ellas que hayan sido boqueteros
profesionales, los mismos que nos tienen acostumbrados a robos de bancos, y que
hayan trabajado el fin de semana para colocar explosivos en las columnas del edificio,
tal como hicieron en las Torres Gemelas (el World Trade Center) de Nueva York (refiere
a una bomba colocada allí el 26 de febrero de 1993, no al atentado de 2001 que
terminó derrumbándolas)”, arriesgó.

Aunque lo que decía no se compadecía en lo más mínimo con lo expresado por su


secretario de Inteligencia, Menem no estaba desinformado: ese mismo martes un
anónimo periodista de Clarín, tras consultar a los artificieros de la Gendarmería que
analizaban el modo en que se había llevado a cabo el ataque, escribió que estos habían
encontrado “pistas que permiten suponer con un alto grado de certeza que una carga
explosiva fue colocada en el interior del edificio en su sector delantero, y que otra
bomba estaba en la puerta principal”. La crónica apareció el miércoles 20. Ni Menem
ni la Gendarmería volverían a referirse a la hipótesis que acababan de difundir.

289
Funcionarios del Ministerio del Interior decían aquel martes que ya se había
identificado el explosivo utilizado. “Es amobil, que tiene un aspecto parecido a la cal”,
aseguraban. La mencionada crónica de Clarín dio cuenta de ello.

“Quiero decirles simplemente que tomé esta decisión con el aval del presidente de la
Nación”, dijo el miércoles 20 Ruckauf al dar a publicidad con dos días de retraso la
aceptación de las renuncias de Passero y Bertrán Varela. Los periodistas acreditados en
la Casa de Gobierno se preguntaban por qué no había renunciado él mismo, ya que, al
fin de cuentas, era el responsable político de la seguridad del país. Uno de los colegas
se atrevió a preguntárselo. “No voy a contestar a eso”, respondió, perdiendo por un
instante su sonrisa acrílica.

El comisario Pelacchi nombró como su segundo al hasta entonces comisario mayor


más moderno, Pablo Baltazar García, ascendido a principios de año y que tenía
excelentes relaciones con Alfredo Yabrán. Como las sucesivas dictaduras militares
habían logrado mimetizar a los civiles policías con los usos y costumbres militares y la
Ley Orgánica de la PFA vigente seguía llevando la firma del dictador Videla, los otros
nueve miembros de la plana mayor, más antiguos que García, se consideraron
despedidos. “En total, fueron once los comisarios generales que pasaron a retiro. Se
trata, que se recuerde, del mayor relevo en la Federal en un solo movimiento”,
destacó Ámbito Financiero.

En su discurso de asunción, Pelacchi prometió que la PFA actuaría “en profunda


interrelación con las fuerzas policiales de los países limítrofes y de otras naciones, en
especial con las del hemisferio norte, que es donde más soportan este tipo de
agresiones”. En la ceremonia había representantes del FBI y la DEA, con quienes
Passero, que lagrimeaba, jamás se había llevado bien. En su discurso, Ruckauf dijo que
Passero y Beltrán Varela habían tenido que renunciar por “consideraciones de Estado”.
No hubo más explicaciones.

“Passero nos dijo que a partir del atentado no hizo una sola gestión ni dio la menor
indicación a sus subordinados. Nos explicó que estaba enzarzado en las discusiones

290
que precipitaron su renuncia. Con Hugo Franco y —después de que el ministro
regresara de Nueva York— también con el propio Ruckauf”, reveló Joe Goldman, el
periodista norteamericano que escribió junto a Jorge Lanata el primer libro sobre el
atentado: Cortinas de humo (Sudamericana, publicado a fines de 1994).

“Lo más sorprendente para mí fue que, siendo Ruckauf el ministro responsable de la
protección y seguridad de los ciudadanos, cargo desde el que no hizo nada positivo, en
lugar de pedirle la renuncia Menem lo haya premiado con la candidatura a la
vicepresidencia... Estas cosas me hacen pensar que hay gente del gobierno involucrada
porque no se puede lograr una situación de encubrimiento tan grande sin la ayuda de
gente de mucho poder”, conjeturó. El periodista estadounidense de la corresponsalía
de United Press International (UPI) agregó que era “muy extraño que después de la
bomba hayan cambiado a once integrantes de la cúpula policial. O bien el gobierno no
quiere que se investigue, o bien cree que hay policías federales involucrados”.

La decapitación de la PFA y el reemplazo de Passero por Pelacchi implicaron el cese de


la resistencia de parte de los comisarios a “casarse” con un poder político al que
percibían inestable por naturaleza, en contraste con una institución a la que creían
poco menos que eterna e inmutable. Fue el inicio de un matrimonio de conveniencia,
una era signada por el auge de los negocios, pues la nueva cúpula de la PFA decidió
optar por una policía gerenciada, superavitaria, y profundizar sus lazos con el Grupo
Yabrán, que contaba con mejores vínculos con el Gobierno y que había demostrado
sobradamente su habilidad para reclutar funcionarios provenientes tanto de la
dictadura militar como de las administraciones de Alfonsín y Menem.

Al celebrarse la cena anual de camaradería de la PFA a fines de agosto de 1997,


Menem, luego de adular a la repartición (de la que dijo que era “una de las más
capaces y prestigiosas del mundo, si no la más”), describió la autarquía policial como
milagrosa. Sus miembros “lo dan todo sin pedir nada”, a pesar de lo cual hacen “el
milagro de multiplicar el pan y los peces como Nuestro Señor Jesucristo”, dijo, como si
desconociera que la falta de reclamos presupuestarios de los jefes de la PFA era la
contracara de pingües recaudaciones “por izquierda”.

291
La manera en que los comisarios de la PFA multiplicaban panes, peces, automotores y
millones, quedaría clara mucho antes de que varios de ellos se lo admitieran
abiertamente a Noticias a principios de marzo de 1999. “La policía está podrida (...)
entre los comisarios hay tres niveles: los que están involucrados en la corrupción hasta
le médula; los que hacen la vista gorda para sobrevivir y están obligados a robar, y los
que piden destinos muertos para no ensuciarse. Estos últimos prefieren pasar por
boludos”, dijo uno. “Todos los negocios (que hace la cúpula policial) son grandes: la
droga, las cadenas de prostitución, las autopartes, la venta callejera, el negocio con las
aseguradoras, la venta de pericias, el robo con los adicionales”, añadió otro.

Casi cinco años antes, apenas asumió el cargo, Pelacchi se abocó a un cambio de
imagen de la institución, cambio tan cosmético que comenzó por el reemplazo de los
tradicionales uniformes azules por otros negros, réplicas de los utilizados por la Policía
de Nueva York. Pelacchi llevó la copia al extremo de reemplazar los clásicos zapatos de
cuero vacuno por otros plásticos, símil charol.

Este proceso dejó en segundo plano un hecho tan significativo como el subrepticio
pase de Hugo Franco a la Dirección Nacional de Migraciones. Puede decirse que se
trató de un traslado casi clandestino, puesto que se realizó a espaldas, no ya del
público, sino incluso de parte del gabinete ministerial. El ministro Cavallo, enzarzado
en una agria reyerta con el ministro Carlos Corach y con el secretario general de la
Presidencia, Alberto Kohan, los acusó de haberse opuesto a la creación del Ministerio
de Seguridad que él proponía y de intentar sostener a Hugo Franco como secretario de
Seguridad.

Sorprendentemente —siguió diciendo Cavallo—, tiempo después Franco pasó a


Migraciones donde “destruyó todos los archivos de entradas y salidas de personas del
país, una información clave para combatir el delito y el terrorismo internacional”. Claro
que Cavallo no formuló estas acusaciones cuando estaba en el poder sino recién en
octubre de 1996, cuando ya no era ministro.

292
Se refería a la denuncia presentada contra Franco ante el juez federal Gabriel Cavallo
por el abogado Luis Bernstein, quien adjuntó dos memorandos internos de la Dirección
Nacional de Migraciones. En el primero, fechado el 4 de enero de ese año, el jefe de la
división Control Ingreso y Egreso, Juan José Egan, y cinco empleados que firmaron
como testigos presenciales, dejaron constancia de que Franco les había ordenado
deshacerse de unos muebles y quemar la documentación que estaba en su interior.
Por medio del segundo, fechado seis días más tarde, el entonces jefe del
departamento de Control Migratorio, Roberto Osvaldo Seta, informó a las divisiones
Infracción, Control de Ingreso y Egreso y Control de Permanencia que “por orden del
señor Interventor, Don Hugo Franco, toda documentación anterior al año 1995 debe
ser destruida”.

A partir de entonces, y tras sancionar a sus denunciantes, Franco, paradójicamente,


había intentado reestablecer la “Ley de Residencia”, que en las primeras décadas del
siglo permitió la expulsión sumaria de miles de extranjeros que a juicio de las
autoridades administrativas afectaban “la paz social, la seguridad nacional o el orden
público”, ley que había sido profusamente utilizada contra la mayoría de los
inmigrantes judíos, portadores de convicciones anarquistas o socialistas. Un proyecto
que el titular de la Comisión de Población de la Cámara de Diputados, Juan Pablo
Cafiero, calificó de “xenófobo y nazi”.

Ruckauf y Franco, los máximos responsables políticos de la seguridad pública al


cometerse el atentado a la AMIA, tenían por entonces en común sus excelentes
vínculos con Yabrán. En cuanto a Kohan, la periodista Gabriela Cerruti (hoy legisladora
y precandidata a Jefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), que tuvo la
oportunidad de estudiarlo de cerca, lo describió en su libro El Jefe (Planeta, 1993)
como “tan vinculado al Mossad como a la CIA” y con tan añeja como consolidada
reputación de “traficante de armas, nexo con el gobierno dictatorial sudafricano y
empresario de diamantes y piedras preciosas”.

293
En este contexto, los primeros efectos institucionales significativos del atentado a la
AMIA fueron, además de la decapitación de la PFA, el establecimiento de las
condiciones necesarias —el nombramiento de Franco— para tornar imposible el
análisis de la afluencia de extranjeros que obtenían documentos argentinos en tiempo
récord como Al Kassar y sus muchos amigos, por lo general árabes, pero entre los que
también había estado Judah Eleazar Binstock, un judío británico que era su principal
socio en su feudo de Marbella, Málaga, España. Al Kassar había hecho sus primeros
pininos como traficante de armamento en la Argentina, vendiéndole municiones a
Montoneros a fines de 1973. Binstock le vendería al año siguiente una partida de
metralletas —que ingresaron por Paraguay— a la Triple A (Alianza Anticomunista
Argentina) dirigida por el ministro José López Rega, que inició el Terrorismo de Estado.
No hay constancia de que por entonces Monzer y Judah fueran socios y ni siquiera de
que se conocieran.

Con una Policía Federal acéfala, sus miembros no podían responder al enorme
estímulo del atentado, en el mejor de los casos, más que por reflejo, como una lombriz
decapitada. Al parecer, algunos de ellos, que se habían quedado con la sangre en el ojo
luego de recibir órdenes de no investigar el atentado a la Embajada de Israel,
reaccionaron proponiendo allanamientos que dos años atrás habían querido hacer y
no los habían dejado.

El primer allanamiento que hizo el DPOC fue el mismo 18-J en un departamento en el


que vivían tres ciudadanos sirios. Nadie informó oficialmente cómo dieron los policías
con el lugar y tampoco por qué, contra toda lógica, el juez Galeano abandonó a toda
prisa esa pista hasta que, para cubrirse, recién en abril de 1995 abriría un legajo
secreto sobre el tema, legajo que volvió a cerrar en octubre de 1997.

Pasado el mediodía de ese lunes terrible, el comisario Castañeda le informó por escrito
al juez Galeano que una voz masculina había llamado a su despacho (no lo dijo así,
pero el número 381-2990, que dio, correspondía a la jefatura del DPOC) para
denunciar que en la calle Juncal 2519, 4º A, vivían “personas originarias de Oriente
Medio, aparentemente iraníes o similares, quienes, sin mediar modo cierto y honesto

294
de vida, se desenvuelven en forma opuesta a tal condición (es decir, que parecían
deshonestas), poseyendo además mal concepto vecinal por sus poco comunes
actividades diarias”.

Lo informado por Castañeda acerca de que la denuncia fue hecha mediante una
llamada anónima no debe ser tomado al pie de la letra. Todas las policías del mundo
suelen enmascarar sus fuentes o confidentes. Según el periodista Walter Goobar,
fuentes del juzgado de Galeano le confirmaron que el informante de la policía había
sido el brasileño Wilson Roberto Dos Santos.

Dos Santos, un taxi boy vinculado a los servicios secretos de su país, había contado “a
principios de julio, unos 15 días antes del atentado a la AMIA” en los consulados de
Brasil e Israel en Milán una historia tan rocambolesca como falsa para terminar
advirtiendo que un grupo de iraníes residentes en Buenos Aires y la Triple Frontera
argentino-paraguayo-brasileña, más otros iraníes venidos expresamente para ello,
preparaban un atentado contra un edificio de la colectividad judía que, como en el
caso del anterior —por el de la Embajada de Israel— se encontraba en refacciones.

Dos Santos diría más tarde que en el consulado de Brasil habló “con un tal Carlos, un
muchacho rubio y de bigotes. No le conté todo, sino que fui derecho al grano: le dije
que era muy probable que los autores del atentado contra la Embajada de Israel
estuvieran de nuevo en Buenos Aires preparando un segundo atentado. Carlos
consultó con el cónsul y le pidió a una empleada que me acompañase hasta el
consulado de Israel, que está en ese mismo edificio. En la legación de Israel repetí al
hombre que me atendió lo que ya había contado a Carlos. Estuve como dos horas y
media hablando con él. Por fin me dijo que me mantuviera en contacto, que quería
mandar toda la información a Tel-Aviv. Me dio un teléfono y me pidió que llamara al
día siguiente, diciendo que se llamaba Roberto Wil”.

“Al otro día me dijeron que pasara por el consulado. Esta vez me recibió un israelí de
unos cincuenta años, alto y con barba, que estaba acompañado por personal del
consulado brasileño. Les ofrecí más detalles de mi historia y también ubicar los lugares

295
de los que hablaba en un plano. Me mostraron fotos de personas para ver si las
reconocía, pero nunca había visto a ninguna”, agregó. A pesar de los reiterados
pedidos del juez Galeano, Israel jamás negaría este encuentro pero tampoco haría
comentario alguno sobre lo tratado.

“Pasaron algunos días y como los israelíes no me llamaban ni respondían a mis


llamados, fui al consulado argentino. Me atendió la señora Norma Fassano, una
rosarina a la que (el 8 de julio y días subsiguientes) le conté la historia resumida. Le
insistí en que los que habían atentado contra la Embajada de Israel estaban otra vez en
Buenos Aires preparando otro atentado, aunque sin darle demasiados detalles acerca
de cómo lo sabía. Después, fui con Sandra (su ‘novia’ italiana de entonces) a Turín,
levantamos el departamento y nos alojamos en un hotel de Milán. Allí me enteré del
atentado a la AMIA” y “le pedí a la operadora que me comunicase con la Policía
Federal argentina. Me atendió el comisario Brunet, que dijo ser director de
Operaciones”, siguió narrando.

Efectivamente, el Director General de Operaciones (DGO) de la PFA era el rubio


comisario Carlos Brunet, uno de los principales animadores de la cofradía de “Los
Arcángeles”, de quien dependían el Comando Radioeléctrico, la Dirección de
Reuniones Públicas y Seguridad en el Deporte y el centro de monitoreo por circuito
cerrado que permitía y permite ver los principales nodos y puntos conflictivos de la
ciudad.

Dos días después del ataque, un anónimo agente de la SIDE informó a sus jefes que
Dos Santos se había comunicado el mismo 18-J a las 15 (hora argentina) con Brunet
desde una cabina pública de Roma (sic) tras pedir una llamada a cobro revertido.
Según la minuta redactada por el agente, Dos Santos le recordó a Brunet que ya le
había anunciado la inminencia del atentado a la cónsul Fassano y que tanto el ataque a
la AMIA como el atentado a la Embajada de Israel habían sido “realizados por un grupo
de árabes ubicados en un barrio situado detrás del Congreso argentino”.

296
“Este grupo trabaja en forma mancomunada con otro grupo de árabes en Foz de
Iguazú… Los desplazamientos de estos grupos se realizan a través de la empresa
Pluma”, termina la minuta de la SIDE, que lleva el rótulo “Estrictamente secreto y
confidencial” y que fue exhibida por el periodista Rolando Graña en el programa
[Link]/2 que se emitió el domingo 16 de julio de 2000.

Dos Santos diría más tarde que le contó “a Brunet, y luego al comisario Castañeda, un
resumen de lo que sabía”, es decir una historia falsa, con eje en su relación con una
prostituta iraní, Nasrim Mokhtari, ostensiblemente destinada a responsabilizar del
ataque a Hezbolá e Irán… A principios de 1999, tras nuevamente ubicado tras largo
tiempo, Dos Santos afirmaría que todo lo que había contado había sido un invento,
pero lo que importa destacar ahora es que fue después de hablar con él (sin que por
eso pueda asegurarse una relación de causa-efecto) que Castañeda le pidió al juez que
dispusiera el allanamiento de aquel departamento de la calle Juncal 2519.

Desde ese mismo momento, sino desde antes, el teléfono de los “iraníes o similares”,
825-7978, fue intervenido. Por fin, alrededor de las 20 una comisión policial al mando
del subinspector Humberto Marcelo Almerich allanó el lugar e interrogó a sus tres
moradores, dos hombres y una mujer de nacionalidad siria. El mayor de los varones,
Mohamed A. Alen, de 38 años, enseñó un pasaporte según el cual había ingresado a la
Argentina el 11-12-91 procedente de Libia. Sin embargo —consignó Almerich en el acta
de allanamiento— su expediente de radicación llevaba el número 266718-6/91, es
decir que databa de junio de aquel mismo año, de lo que puede colegirse que, o bien
Alen ya había estado en la Argentina —aunque no hubiera ingresado con ese
documento—, se había marchado y regresado en diciembre, o bien que su radicación
se había iniciado antes de que pisara por primera vez suelo argentino. Como fuere,
Alen también mostró un DNI argentino. Para obtenerlo, había dado como domicilio
una dirección, Junín 1372, ubicada a menos de una cuadra del Club Libanés y del
exclusivo restaurante Horizonte, especializado en comidas árabes.

Alen no sabía o no quería hablar en castellano, y al parecer tampoco lo hablaba su


mujer, Narman al Hennawi, de 26 años. Según el pasaporte de esta, había llegado a la

297
Argentina apenas doce días antes con una visa turística por 30 días expedida por el
consulado argentino en Damasco. Fue el más joven de los hombres, Ghassan al Zein,
de 34 años, quien ofició de lenguaraz y traductor.

Según los documentos que le presentó al oficial Almerich, Al Zein se había naturalizado
argentino en noviembre de 1990, oportunidad en la que declaró vivir en la ciudad de
Santiago del Estero, si bien luego había informado de su mudanza a la Capital Federal.
Al Zein dijo a los policías que él y sus amigos ocupaban el departamento desde hacía
“aproximadamente” un mes, y que si bien no podía exhibir un contrato de alquiler, se
lo habían alquilado a la inmobiliaria Parisi e Hijo, de la avenida Triunvirato al 3800.
Locuaz, el sirio también les dijo a los policías que las garantías que había utilizado para
alquilar el departamento eran compradas, y que ni él ni sus amigos tenían trabajo. O
bien Almerich no le preguntó nada acerca de lo que la prosa de su jefe describía como
“poco comunes actividades diarias”, o bien tuvo algún motivo para no incluir ese
asunto en el acta. En cambio, consignó que Al Zein le dijo que antes de estar
desocupado había trabajado en un comercio de venta de artículos de cuero llamado
Namir, ubicado en la peatonal Florida. Su propietario, agregó como al pasar, era un
sobrino del presidente sirio, Hafez Al Assad.

Namir era uno de los comercios dedicados a la ropa de cuero más paquetes de la calle
Florida. Quedaba a pocos metros de la Plaza San Martín, y aunque era vox populi que
estaba ligado a las curtiembres de la familia Yoma, según las tarjetas del propio
comercio su gerente y apoderado era Hassan Iasín Santín. Aunque no fue posible
confirmar que Santín fuera sobrino del presidente sirio, sí lo fue que era cuñado de
Emir Yoma por partida doble, ya que estaba casado con su hermana Selmira Yoma,
mientras Emir estaba casado con su hermana Aída Samira.

El encargado de Namir no era sobrino pero sí ahijado del presidente Assad: Yalal
Nacrach, entonces de 33 años, nacido en Damasco e hijo del coronel sirio Mohamed
Yalal Nacrach y de Delia Yoma. Dicho de otro modo, era sobrino de Emir Yoma y
sobrino político del presidente Menem, por cuya mediación le había sido concedida,
en 1986 y en La Rioja, la nacionalidad argentina.

298
No fue ese el único padrinazgo de que disfrutó el joven Nacrach. “El 12 de julio de
1993 —un año antes del atentado a la AMIA— Carlos Corach, entonces secretario
Legal y Técnico de la Presidencia, se lo recomendó por escrito al subcomisario”,
escribió Goobar, que no informó para qué lo había recomendado. Tras informar que
Nacrach estaba considerado un testaferro de Emir Yoma, Goobar señaló que en
cualquier caso “la vinculación económica entre tío y sobrino es directa. Cuando tuvo
que dar explicaciones sobre las maniobras y deudas del Yoma Group, Emir dijo que
vendió la mayoría de las acciones de sus curtiembres a Elthan Trading Co., cuya
titularidad atribuyó a ‘un chino... un tal Fin Tin Chim... o algo así’. Pero que, oh
casualidad, aparece después Yalal Nacrach como único accionista de Elthan Trading,
empresa constituida en un garaje de barrio en Montevideo y luego inscripta en el
registro público de Chilecito, La Rioja”.

Al Zein era más que un empleado de Nacrach, unos pocos años menor que él. Ambos
eran muy amigos. “Trabajaba en relación de dependencia conmigo, como cualquier
otro empleado que tenga”, le admitió a desgano Nacrach a Goobar cuando este lo
llamó a su celular.

—¿Qué sabe del pasado de Ghassan Al Zein en Siria?, le preguntó el periodista.

—Trabajaba en un banco de Siria y es una excelente persona. Vino a trabajar con la


familia de él en Santiago del Estero y después trabajó conmigo, nada más— respondió.

—Porque según Interpol de Beirut él fue arrestado por tráfico ilegal— insistió Goobar.

—No sé nada.

—¿Se ven actualmente?

—Menos que antes, porque ya no trabajamos juntos. Nos juntamos muy poco, a él lo
conozco desde hace mucho tiempo. También vino de Siria, nos conocimos acá y nos
hicimos amigos. Terminamos amigos.

299
Quizás Almerich haya consultado con sus jefes qué hacer con sirios tan bien
relacionados, y no es difícil sospechar que Castañeda, o incluso su superior, el
comisario Ricardo De León, se hayan puesto en contacto con la Casa Rosada a fin de
evitar un lío diplomático. Esa es una de las explicaciones posibles a la incógnita de por
qué los tres sirios no fueron siquiera “demorados” y jamás volvieron a ser molestados.

Si realmente Dos Santos había sido el denunciante de Namir como presunto nido de
terroristas, quizá tuviera que ver con sus dichos de que en Buenos Aires había
trabajado en un negocio de marroquinería y artículos de cuero de la calle Esmeralda.
Pero eso no es más que una especulación.

Lo cierto es que la efímera detención de los sirios trascendió a algunos medios de


prensa, y que el presidente Menem se ocupó presuroso al día siguiente de tender una
cortina de humo sobre la noticia al publicitar personalmente que habían sido
detenidos un marroquí y un iraquí que intentaba abandonar el país por Paso de los
Libres.

Porotos for export

En medio del vértigo que el atentado desató en una Policía virtualmente acéfala, no
podía exigírsele al atareado comisario Castañeda que extrajese conclusiones de lo
ocurrido la noche anterior. Así que el martes 19 por la mañana, mientras Menem
hablaba del marroquí y del iraquí, le volvió a pedir a Galeano que dispusiese un
procedimiento. Es posible conjeturar que, o bien Castañeda había preparado el escrito
la misma noche del 18-J, antes de irse a dormir, o bien que lo firmó sin estar enterado
de lo que había ocurrido con los tres sirios. Como fuere, en esta nueva nota le informó
a Galeano que de la misma manera y por el mismo teléfono, una voz anónima, aunque
esta vez femenina, le había soplado que Mohamed Raghid Oubed, domiciliado en
Lavalle al 300, estaba implicado en el atentado. Munida de la correspondiente orden
de allanamiento, una comisión policial al mando del oficial Fabián Gabriel Prado llegó a

300
esa dirección del microcentro, donde se encontró con las oficinas de Norland S.A.,
firma inhabilitada para operar cuentas corrientes a causa de sus deudas.

Los policías fueron recibidos por su apoderado, Julio Argentino Haj Yahía, quien les dijo
lo evidente: que allí había oficinas y no una casa de familia. Yahía, fallecido hace ya
muchos años, aseguró que allí no había vivido jamás nadie, aunque tampoco pudo
dejar de reconocer que Mohamed Oubed había dado esa dirección a la PFA al hacer los
trámites para sacar cédula de identidad y pasaporte argentinos. Eso había ocurrido en
1991 por recomendación suya y de su padre, también llamado Julio, reconoció. Al
tener que dejar obligatoriamente referencia de dos personas (que, era de suponer,
podrían dar fe de que cumplía todos los requisitos necesarios para sacar aquellos
documentos), Oubed había escrito los nombres del propio Julio Yahía (h) y de un tal
Hassan Sibai. “Oubed y Sibai son inversores que residen en Arabia Saudita y que
vinieron a la Argentina para hacer operaciones comerciales bajo mi asesoramiento”,
agregó.

“Yo me asocié con Sibai, con quien conformé una sociedad anónima, Argen Mid Est,
con el propósito de exportar productos alimenticios a los países árabes,
particularmente a Siria y a Arabia Saudita y, también, para canalizar inversiones árabes
en el país”, siguió diciendo Yahía. “Lamentablemente, por motivos que no viene al caso
mencionar ahora —agregó— ni siquiera llegamos a hacer una sola operación. Lo único
que hicimos juntos Sibai y yo —aunque no como Argen Mid sino con la firma Portgrain
S.A.—, fue una exportación de porotos alubias”, explicó.

El oficial Prado no podía ignorar que la exportación de leguminosas era, desde hacía
años, una de las coberturas más utilizadas por los narcotraficantes para enmascarar
envíos de cocaína hacia Europa. Sin ir más lejos, en abril de 1991, año en que Oubed
obtuvo sus documentos argentinos, la Prefectura Naval anunció con bombos y platillos
la Operación Flamenco: la incautación en una fábrica de sillas metálicas de San Martín
de unos 300 kilos de cocaína (que, con las mermas habituales, quedaron en 283), listos
para ser embarcados hacia Valencia y luego trasladados por vía terrestre a Sevilla,
disimulados dentro de bolsas de porotos salteños. Los oficiales de la Prefectura habían

301
dicho entonces que el embarque descubierto era apenas un ensayo, puesto que sabían
que los traficantes planeaban despachar seguidamente un envío mucho mayor. Por
alguna razón, sin embargo, la investigación había concluido allí.

Muy curiosamente también, Monzer Al Kassar le diría al periodista argentino Juan


Gasparini —que lo entrevistó a fines de mayo de 1998— que la mayor parte de su
fortuna “no viene del comercio de armas, sino que me la he ganado como
intermediario de importaciones y exportaciones de materias primas alimenticias”. El
perspicaz Gasparini puntualizó que en el juicio en el que Suiza estaba a punto de
confiscarle a Al Kassar más de 6 millones de dólares por una triangulación de armas
polacas hecha en 1992 hacia una Bosnia-Herzegovina en guerra con la Federación
Yugoeslava (Serbia y Montenegro), burlando el embargo decretado por las Naciones
Unidas, el sirio había declarado el envío como de café y azúcar... hacia Yemen del Sur,
el único estado árabe comunista… que había desaparecido en 1990.

El oficial Prado le preguntó a Yahía por Oubed, al fin y al cabo el motivo de su


intempestiva visita. “Fue un potencial inversor que visitó fugazmente el país aquel año
para estudiar el terreno, pero que después no volvió más. Él y Sibai regresaron a
Arabia Saudita, donde supongo que seguirán viviendo”, explicó El Tío Nosir.

La concesión de la nacionalidad argentina era un trámite que por lo general duraba


más de dos años. No habían sido el sospechado Oubed y su padrino Sibai las únicas
personas procedentes de Arabia Saudita que la habían conseguido en cuestión de días.
Aquel mismo año de 1991 también la obtuvo con similar celeridad el narcotraficante
Mohamed Samir Al Safadi, en un juzgado de Santiago del Estero, gracias a que llegó a
Buenos Aires con una visa-residencia extendida irregularmente por el embajador
argentino en Ryad, Julio Uriburu French, un empresario de la carne de íntima amistad
con Munir, el hermano menor de Carlos Menem. Uriburu French otorgó muchas visas
a ciudadanos sirios residentes en Arabia Saudita, lo que habría de justificar en febrero
de 1995 diciendo que la concesión de esas visas era ordenada por el Gobierno
nacional.

302
En cuanto a Munir Menem, fue nombrado por su hermano el Presidente embajador
argentino en Damasco, pero cuando estalló el Yomagate fue repatriado para
reemplazar en la Secretaría de Audiencias de la Presidencia a Beatriz Amalia Amira
(“Princesa” en árabe) Yoma, la cuñada de Carlos Menem investigada por traer
sistemáticamente desde los Estados Unidos valijas Samsonite repletas de dólares.

El período 1991-1993 se caracterizó por una fuerte depresión del mercado de


armamentos a causa de la colocación a precio vil de gran parte de los arsenales de la
disuelta Unión Soviética y de sus aliados europeos, lo que provocó un corrimiento de
los traficantes a las importación/exportación de drogas ilícitas con las consiguientes
tensiones. A partir del desplome de la Unión Soviética, un 41 por ciento del comercio
mundial de armas se dirigió a países de Oriente Medio y, sobre todo, a Arabia Saudita,
el país donde habían elegido vivir Oubed, Sibai y tantos otros sirios que consiguieron
documentación argentina en un periquete. De hecho, la monarquía saudí concentraba
por sí sola casi la cuarta parte de las compras mundiales de armamento, con notoria
predilección por las armas pesadas.

En 1996, con un mercado más normalizado y floreciente que entonces, Arabia Saudita
seguía siendo el país que más armas compraba. Nada menos que por valor de 9.000
millones de dólares, según las estadísticas del Instituto de Estudios Estratégicos de
Londres. Los cuatro mayores vendedores eran Estados Unidos, el Reino Unido, Francia
y Rusia, cuatro de los cinco países que tienen poder de veto en el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas, su órgano ejecutivo. Arabia Saudita no estaba ni está en guerra
con nadie. ¿Cuál era el destino del armamento que compraba y compra? No hace falta
ser muy sagaz para sospecharlo. Por si alguien carecía de imaginación, el experto
francés en terrorismo Xavier Raufer recordó en 1998 que “Arabia Saudita y algunos
ciudadanos árabes que manejan mucho dinero patrocinan el terrorismo internacional
tanto o más que Irán”.

Han pasado 17 años y según el informe del Instituto de Estudios Estratégicos de


Londres correspondiente al año 2014, Arabia Saudita sigue siendo la gran potencia
regional en materia de armamentos, ya que gastó en ellos 80.000 millones de dólares.

303
Esa cifra hace del reino el tercer país de mayor gasto en armamentos, detrás de
Estados Unidos y China, pero por delante de Rusia y muy por delante de Israel, que
habría gastado “solo” 23.200 millones de dólares.

Por cierto, hasta abril de 1998 el principal accionista del Citibank, el tercer banco de los
Estados Unidos, fue el príncipe saudí Alwalid Ben Talal. Curiosamente, poco después
del atentado a la Embajada de Israel y sin levantar la perdiz, Menem decidió regalarle
al reino saudí un bocato di cardenale: 3,7 hectáreas en la zona residencial más cara de
Buenos Aires, tasadas en 16 millones de dólares.

Apenas cinco días después del atentado a la AMIA, el arquitecto y concejal radical José
María García Arecha presentó ante la Cámara de Diputados un proyecto de ley
antagónico de otro que el presidente Menem había remitido al Congreso en 1992, por
entonces ya aprobado por los senadores. García Arecha intentó así evitar que los
diputados sancionaran la graciosa cesión de aquel predio. Situado entre la avenida del
Libertador, las calles Cerviño y Bullrich y las vías del ferrocarril Mitre, junto a los
bosques de Palermo y muy cerca del Barrio Parque o “Palermo Chico” (la zona
residencial más cara de Buenos Aires), dicho terreno había sido devuelto por los
ferrocarriles estatales a la Municipalidad, pero el intendente Carlos Grosso manifestó
la falta de interés de la comuna en usufructuarlo y dio su venia por decreto para que se
lo pusiera en venta.

Entonces, Menem remitió al Senado un proyecto de ley para donarle dicho terreno al
Rey Fahd para que construyera allí una mezquita y un “Centro Cultural Árabe”. Al decir
del paisajista Carlos Thays, se trató de “una cesión caprichosa y arbitraria, sin consultar
y que afectará el paisaje”. El Senado de mayoría justicialista aprobó el pedido en un
santiamén.

Tras recordar que el decreto firmado por Grosso “enumeraba terrenos innecesarios
para la Municipalidad” y los destinaba a la venta “con el objetivo de ayudar a cubrir el
constante déficit habitacional”, García Arecha afirmó que los fundamentos del
proyecto gubernamental eran “una caprichosa interpretación del mencionado decreto

304
municipal, que dice justamente lo contrario a lo que se aspira, que no es ni más ni
menos que otra intentona de hacer y deshacer a puro antojo con el patrimonio de
todos”.

La indignación de García Arecha era compartida por la mayor parte de los concejales,
incluidos muchos justicialistas, y fue así como el 30 de septiembre de 1994 el Concejo
Deliberante expresó a la Cámara de Diputados su rotundo desacuerdo por la cesión.
Exultante, García Arecha dijo entonces que “este proyecto es expresión del sentir de
los vecinos de Buenos Aires. La pretensión del Poder Ejecutivo de ceder uno de los más
valiosos terrenos que posee el erario público municipal solamente puede enmarcarse
en un revoleo inmobiliario que debemos parar. Esperamos que los diputados de todo
el país escuchen y tengan en cuenta la opinión de los ciudadanos de la Capital
Federal”. Pero por entonces los vecinos de Buenos Aires tenían voz pero no voto,
puesto que el intendente era elegido a dedo por el Presidente. Y la Cámara de
Diputados, de mayoría menemista, no los escuchó.

El bulín de la calle Cochabamba

Cuando el oficial Prado le preguntó a Julio Yahía dónde había vivido Oubed en Buenos
Aires, El Tío Nosir dijo que no lo recordaba. “Lo que sí puedo decirles es que Sibai paró
en la casa de mi madre, que queda en la calle Cochabamba al 2600”. Yahía no dijo en
cambio que por entonces él mismo vivía allí. O, al menos, que eso es lo que había
declarado en la Administración Nacional de Medicamentos y Alimentos, de la que
percibía un sueldo. Un curro (dicho sea en el sentido castizo del término) que cuadraba
a la perfección con su frustrada vocación de exportador.

La mención de esa propiedad de la calle Cochabamba por Yahía posiblemente no haya


sido casual. En ese edificio, además de él tienen departamentos de tres ambientes las
familias Menem y Tfeli, es decir la de Alejandro “Alito” Tfeli, el médico personal del
Presidente, quien le había conferido rango de secretario de Estado. Dicho edificio
queda casi en la esquina con la avenida Jujuy, en pleno corazón del principal barrio

305
árabe de la ciudad. En la misma cuadra y acera tiene su sede la División “Siniestros” de
la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal. Y a media cuadra, debajo de la
autopista, la comisaría 20ª, datos que conviene retener.

Ese departamento supo de tiempos mejores. Allí se habría realizado en 1966 la fiesta
de compromiso del joven Carlos Menem y una jovencísima Zulema Yoma; durante la
mayor parte de los años 80 el lugar fue el refugio del futuro Presidente, que vivió allí
desde que terminó el confinamiento a que lo sometió la dictadura primero en Las
Lomitas (Formosa) y luego en Mar del Plata. Y siguió viviendo allí o utilizándolo muy a
menudo hasta después de convertirse en gobernador de La Rioja. Fue también donde
se repuso de sus frecuentes peleas matrimoniales, la base de operaciones cuando salía
a “reventar” la noche con el dinero que le daban algunos amigos y el escenario de
reuniones políticas reservadas, por ejemplo con Alfredo Yabrán.

Yabrán había iniciado un vertiginoso crecimiento económico durante la dictadura, de la


mano del almirante Emilio Eduardo Massera. Con Menem se habían conocido a través
de dos amigos comunes: el secretario general del Sindicato Único de Petroleros del
Estado (SUPE) y próspero empresario polirrubro Diego Ibáñez, y quien por entonces
solía acompañarlo, Mario Caserta, un ex dirigente de la Juventud Peronista de la
República Argentina, la “Jotaperra” lopezrreguista y luego el único condenado por el
Yomagate. Ambos, Caserta y Yabrán, cultivaban también el hobby de trajinar los
pasillos del Edificio Cóndor, sede de la Fuerza Aérea, y visitar la base de Morón.
Caserta iba a convertirse en uno de los tesoreros de la campaña en la que Menem
venció a Antonio Cafiero, alzándose con la candidatura a la Presidencia por el Partido
Justicialista. Pero a poco de que Menem fuera Presidente, Yabrán y Caserta se
enemistaron a causa de sus comunes ambiciones de controlar el negocio del correo.

Otros visitantes que merecían el respeto de Carlos Menem eran tres veteranos
empresarios textiles, Natalio Masri, Alberto Kanoore Edul y Mohamed Massud (quien
presidía el Centro Islámico de Buenos Aires cuando se cometieron los atentados a la
Embajada de Israel y a la AMIA). La industria textil argentina resultaría arrasada al no

306
poder competir con las manufacturas brasileñas y chinas una vez que a partir de 1991
el ministro Cavallo implementó la convertibilidad entre el peso y el dólar.

Massud, Masri y Edul eran íntimos de Jorge Antonio y de Al Kassar. En julio de aquel
año, un hermano de Massud, Omar Elhal (según otras fuentes, sería un hijo homónimo
de este) hizo de testaferro de Al Kassar en la compra de un piso en la avenida del
Libertador al 5300. Y fue en la casa de Mohamed Massud donde se le ofreció una
recepción a Al Kassar el 17 de septiembre de 1989, fiesta a la que asistieron Carlos
Menem y los Yoma. En cuanto a Masri, había sido nombrado asesor por el presidente
Menem y desde entonces su hijo, Mohamed Zaki, se desempeñaría como secretario-
guardaespaldas de Al Kassar.

Los Massud y los Masri aparecerían involucrados en el trasiego de valijas repletas de


narcodólares desde los Estados Unidos hacia Ezeiza que Ibrahim, Amira y el coronel
Nacrach iniciaron tan pronto aquel fue nombrado jefe de los vistas de Aduana del
Aeropuerto Internacional. Así, por ejemplo, el 3 de enero de 1990, sin saber que desde
Madrid el juez Baltazar Garzón investigaba sus pasos, arribaron a Ezeiza en el vuelo
311 de Aerolíneas Argentinas procedente de Nueva York, Amira, Ibrahim, Delia Yoma
de Nacrach, el sirio Abdala Al Pasha (que ingresaba por primera vez a la Argentina) y su
esposa Nélida Massud de Al Pasha.

El empresario artístico León (Leonardo) Barujel, otro de los alegres viajeros, dijo que
en agosto de aquel año viajó a Nueva York en compañía de Natalio Masri; el entonces
marido de Amira Yoma, agente de inteligencia sirio y jefe de los vistas de Aduana de
Ezeiza, Ibrahim al Ibrahim, y el peluquero presidencial (y abrepuertas del salón VIP de
Ezeiza) Huberfil “Cody” Tejera Bermúdez, quien pronto moriría en oscuras
circunstancias.

Un hermano de Natalio Masri, Marcelo, no solo acompañó a Jalil (Khalil) Husein Dib a
los tribunales cuando este se retractó de sus acusaciones contra Amira por aquel
ingente tráfico de narcodólares, haciendo posible que la cuñada presidencial siguiera
en libertad, sino que según denunciaron públicamente dos abogados, cobró de Emir

307
Yoma junto a Dib una suma de dinero que habría tenido la virtud de inducir al
denunciante a condescender al olvido.

Dib había Llegado a la Argentina como asesor del magnate saudí Gaith Pharaon, dueño
del BCCI (Banco de Crédito y Comercio Internacional, enredado tiempo después en
acusaciones de lavado de dinero) y responsable de traer al país los hoteles Hyatt. Se
hizo conocido en los 90 como el “arrepentido” que habiendo secundado a Ibrahim al
Ibrahim, denunció haber visto pasar por Ezeiza valijas llenas de dinero supuestamente
procedente del narcotráfico.

Además de aquellos “tíos”, a Carlos Menem también lo visitaban Julio Argentino Yahía,
El Tío Nosir, y Alberto Jacinto Kannore Edul, al que para diferenciarlo de su padre y de
otro visitante frecuente, Samid le decía “Albertito”, apodo que a pesar del paso de los
años le quedó grabado de manera indeleble a causa de su poca estatura.

Los Yahía habían sido íntimos del futuro presidente. Quizá El Tío Nosir haya recordado
esta relación ante Prado y el policía haya consultado con sus superiores qué hacer.
Quizá no haya querido hacer ostentación de sus vínculos con quien, como es vox
populi en el barrio árabe, se había enemistado y al que consideraba un traidor por
haber viajado a Israel y no a Siria, y por haber participado en el bloqueo a Irak. En
cualquier caso, Yahía no volvería a ser molestado por los policías y esa dirección de
Cochabamba al 2600 enseguida iba a resaltar como una brasa en una noche sin luna
ante los experimentados ojos de Castañeda, tan experto en el análisis de textos como
celoso por conservar sus ingresos.

En 1993 habían ingresado al país desde Arabia Saudita al menos otros cinco
ciudadanos sirios que, al igual que Oubed, obtuvieron la nacionalidad argentina en
tiempo récord luego de dar como domicilio las oficinas de Norland, la exportadora que
nunca exportó nada. Sabiéndolo, el periodista Fernando Cibeira se presentó en sus
oficinas a principios de 1995. Julio Yahía lo hizo esperar mientras mantenía una
conversación telefónica de larga distancia. Hablaba en voz alta, jactándose de su
amistad con Emir y Amira Yoma. Cuando Cibeira le dijo cuál era el motivo de su visita,

308
enfureció. “¿Por qué siempre el problema es con los sirios? ¿Por qué no van a ver qué
están haciendo los judíos o los coreanos? Claro, como el presidente de la Nación es
descendiente de sirios, ustedes siempre tratan de atacar por ese lado”, le recriminó.
Luego, ya más sereno, admitió que hacía “uno o dos años” habían ido por allí “unas
personas, creo que eran policías, preguntándome cosas parecidas y les respondí lo
mismo: que yo no tengo nada que ver”.

Aunque al principio Yahía le negó a Cibeira que la razón de ser de la creación de


Norland S.A. hubiera sido la exportación de porotos y yerba mate a Siria, hacia el final
de la entrevista lo reconoció. En cambio, se mantuvo firme en negar que conociera a
alguno de los seis sirios que habían dado como domicilio la dirección de su empresa.
Era obvio que no decía la verdad, ya que uno de ellos era su amigo Oubed.

Periodistas con excelentes contactos con la SIDE oficiaron de voceros de la misma al


asegurar que habían recibido una orden presidencial de no molestar en lo más mínimo
a la Embajada de la República Árabe Siria. Con mejor información y más precisión, al
realizarse un seminario sobre amenazas terroristas en las enormes salas A y B del
Centro Cultural San Martín a escasos dos meses del ataque, el periodista Rogelio
García Lupo explicó sencillamente que la investigación no avanzaría “porque si Menem
se pone a tirar de la soga puede salpicar a miembros de su propia familia, y de pronto
hasta a él mismo”.

309
7. La investigación del atentado

La investigación le correspondía naturalmente al DPOC, crema y nata de la Policía


Federal. El cuerpo se creó en noviembre de 1986, al mismo tiempo que la Orden de
San Gabriel Arcángel, una cofradía de devotos de la Virgen María que —más allá de la
buena fe de algunos jóvenes policías imbuidos de ideales religiosos y aleccionados por
sacerdotes integristas y preconciliares— congregó a los oficiales superiores que
reivindicaban abiertamente su participación en los “grupos de tareas” de la dictadura.

El DPOC se creó a partir de la Superintendencia de Interior, llamada durante la


dictadura Superintendencia de Seguridad Federal (SSF) y antes Coordinación Federal,
por lo que los viejos veteranos seguían llamando “Coordina” a su sede de la calle
Moreno 1417, donde durante la dictadura en su tercer piso funcionó uno de los más
terribles centros de detención y tortura por el que pasaron miles de detenidos-
desaparecidos, y en cuyo comedor la guerrilla montonera detonó una bomba que a
comienzos de julio de 1976 mató a 22 policías y una visitante e hirió a unas sesenta
personas.

De acuerdo a sus estatutos, el DPOC, cuya teórica misión es preservar el


funcionamiento de los tres poderes de la Nación, estuvo conformado en origen por
cien oficiales y mil agentes, cuya misión era actuar en casos de delitos graves como
“desórdenes provocados por manifestaciones públicas y copamiento de embajadas o
aeropuertos”, aunque siempre solo por orden de un juez federal.

Cuando el comisario Pelacchi estuvo al frente del DPOC, en 1988, los cien oficiales
aumentaron a 150, quizá porque entre sus potestades estaba la de pedir la
colaboración de otras fuerzas de seguridad y, de hecho, porque reclutaba personal en

310
las Fuerzas Armadas, como explicó el propio Pelacchi (Noticias número 1007, del 13-4-
96). Además, el DPOC heredó de sus antecesores la estructura de Los Halcones, civiles
que tuvieron una relevante participación en la “guerra antisubversiva” y que cobran
sus haberes como supernumerarios de la Policía aun cuando jamás se hayan puesto un
uniforme.

Así fue como en la dictadura se conformó el “grupo de tareas 4”, de la PFA, subdividido
en cuatro “brigadas” integradas por policías federales de los que dependían unos cien
halcones, en gran parte delincuentes provenientes de bandas como la dirigida por
Aníbal Gordon (a) El Viejo, quién también cobraba un sueldo equivalente al de coronel
en la SIDE, entonces dirigida por el general Otto Paladino.

Cetrerías

La primera noticia cierta sobre la existencia de los Halcones se la debemos, en 1977, al


inspector Rodolfo Peregrino Fernández, quien se exilió en España y declaró ante la
Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu) que dirigían desde Madrid los
abogados Gustavo Roca y Eduardo Luis Duhalde, el futuro secretario de Derechos
Humanos de Néstor Kirchner. Tras el golpe de marzo de 1976, Peregrino Fernández
había sido destinado a la ayudantía del Ministerio del Interior, cuyo titular era el
general Albano Eduardo Harguindeguy. Tal “ayudantía”, explicó, era en realidad un
“grupo de tareas”, responsable de muchos secuestros y desapariciones.

Una vez en España, Peregrino Fernández definió a Los Halcones como “personal que,
dependiendo de la Dirección General de Inteligencia de Seguridad Federal, había sido
reclutado en todos los medios sociales” desde fines de los años sesenta, y que en sus
inconfesables labores utilizaba siempre nombres falsos. Muchos de los miembros de
esta red pasaron a conformar la Triple A primero y las patotas represivas de la
dictadura después, explicó Fernández. También dijo que ya por entonces Los Halcones
percibían “una remuneración como auxiliares de Seguridad Federal” y figuraban por
ello “en los cuadros del personal civil de la institución”.

311
El ex agente de la SIDE y del Servicio de Inteligencia Naval (SIN) y por último periodista
Guillermo Cherashny aseguró a fines de 1988 que Los Halcones se habían reducido a
poco más de cuarenta. Entre sus jefes, escribió, se encontraba el comisario Pelacchi,
por entonces jefe del DPOC. En rigor, Cherashny se refería a la pesada de la PFA, no a
su densa red de buchones, cuyos miembros (entre los que abundan los taxistas,
comerciantes, porteros, fotógrafos free lance, diarieros, proxenetas y prostitutas) eran
y son llamados plumas.

Según Noticias, a comienzos de 1996 los plumas eran unas quinientas personas que
tenían “un sueldo básico de 1.200 pesos, reciben un plus de acuerdo al valor de la
información que consigan” y cuyas actividades son controladas por unos 50 oficiales
del DPOC (que estos, ahora sí, se consideraban halcones).

Vacas para el matadero

En abril de ese año, Francisco Benzi, uno de los plumas que había estado infiltrado en
el pequeño grupo insurgente Brigada Che Guevara y luego en su continuadora, la
Organización Revolucionaria del Pueblo (ORP), se presentó en la redacción de Noticias.
Unos días antes, un émulo de Josef Mengele —el médico torturador y subcomisario de
la PBA Jorge Antonio Bergés— había sido baleado por dos desconocidos y el hecho
había sido reivindicado por la ORP. Benzi, un ex cadete del Colegio Militar, denunció
haber avisado con 25 días de antelación al DPOC que la ORP se proponía secuestrar y
ejecutar a Bergés a pesar de lo cual, dijo, “el DPOC no hizo nada para impedir este
atentado”.

Benzi contó que su labor de confidente se había extendido a lo largo de casi una
década, período en el que se había reunido en tres o cuatro oportunidades con el
mismísimo Pelacchi, si bien agregó que solo en una de ellas había podido conversar
con él a solas. Aunque primero la PFA negó cualquier relación con Benzi, a las pocas
horas Pelacchi admitió que aquel se había desempeñado como supernumerario del

312
DPOC y que había sido él quien en noviembre de 1990 había avisado que la Brigada
Che Guevara se proponía asaltar una escuela en el barrio de La Boca.

En la represión de aquel asalto, que el DPOC convirtió en ratonera, los policías


efectuaron medio millar de disparos, algunos de los cuales acabaron (tal como le
reconoció a sus padres el entonces ministro del Interior, Julio Mera Figueroa) con las
vidas de la niña Vanessa Perinetti, de 4 años, y del jefe de los asaltantes, Francisco
Bonomi (a) El Colorado. Según Benzi, los policías asesinaron a Bonomi frente a dos
albañiles cuando ya se había rendido.

Benzi dijo que al denunciar la infiltración de la PFA en la ORP buscaba evitar que
personas tan incautas como bienintencionadas fueran reclutadas por una ORP
“infiltrada por los servicios” y más tarde resultaran muertas por la Policía. El “núcleo
central” de la ORP, puntualizó Benzi ante el periodista Marcelo López, de América TV,
estaba penetrado por la Policía y era “manejado a control remoto”, pero no así otros
de sus miembros, “pibes o no tan pibes, gentes que militan de buena fe, que están
convencidas de lo que hacen” y que tenían “el derecho de estar convencidos de la
cuadratura del círculo” sin que nadie se arrogase por ello el derecho de enviarlas al
matadero.

Al respecto, recordó que una vez, al conversar con uno de sus jefes del DPOC al que
identificó como “el comisario Herrera”, este le planteó la necesidad de “reproducir y
cosechar”. Benzi dijo que le preguntó si acaso “estaba criando ganado” y que Herrera
le contestó que era así nomás. En este punto, el periodista le pidió a Benzi que se
explicara mejor. “Es como cuando criás una vaca. ¿Para qué la criás? Para matarla y
comértela. Ellos así justifican su existencia. Se retroalimentan”, le respondió.

La PFA negó que hubiera algún comisario Herrera en actividad. Benzi dijo que bien
podía tratarse de un nombre falso. Quizá no lo fuera: una de las cuatro brigadas en
que se dividía el “grupo de tareas 4” durante la dictadura había estado al mando de un
oficial de ese apellido.

313
Después de atentar contra Bergés, la ORP se atribuyó la colocación de una bomba de
fabricación casera (en rigor, una garrafa de gas con un detonador) en el Hospital Naval,
donde el médico estaba internado con múltiples heridas a las que sobreviviría para
hacerse rico como médico abortero. De inmediato, los muros del hospital fueron
pintados con insultos a Bergés y otras leyendas tan ajenas a la tradición de la izquierda
insurreccional como “Bergés, pedazo de mierda” y “De fábula”. En Montevideo, el
vocero habitual de la ORP reivindicó la colocación del explosivo, pero no la factura de
las pintadas. El ministro del Interior, Carlos Corach, estimó que estas habían sido obra
de “la mano de obra desocupada” y el secretario de Inteligencia del Estado, Hugo
Anzorreguy, fue drástico al decirle a los periodistas que si querían saber sobre los
muralistas… le preguntaran a Pelacchi.

Tanto las pintadas como la colocación del explosivo —estimó Benzi— habían sido
“monitoreadas por el sector (de la ORP) controlado por el DPOC”. Benzi dijo
irónicamente que “en la Ramón L. Falcón (como se llamaba entonces la escuela de
cadetes de la PFA) enseñan a escribir con buenos signos de puntuación”.

También dijo que le constaba que al producirse “los saqueos en Rosario (que pusieron
en jaque al gobierno de Raúl Alfonsín durante la hiperinflación) hubo gente de la
Federal que se convirtió en piratas del asfalto y pintaba como si fuera de la ORP”. Por
fin, admitió que había decidido denunciar su doble pertenencia a la ORP y al DPOC
luego de haberse enterado que Radio Colonia lo mencionaba como uno de los
prófugos a raíz de las investigaciones por el atentado contra Bergés, lo que le había
hecho llegar a la conclusión de que el DPOC estaba preparando el terreno para
eliminarlo. “Deduje que probablemente le hubieran dado órdenes a otro agente
infiltrado en la ORP para que denunciara mi condición de policía. Quizás él mismo me
fuera a matar, con lo que se garantizaría un ascenso dentro de las filas de la orga”,
explicó.

Que Benzi no mentía quedó claro cuando uno de los jefes de la ORP, Jorge Armando
Alonso, fue detenido en Uruguay, a donde había viajado para cobrar una extorsión a
los supermercados Coto. Alonso salió de su celda en la Prisión Central de Montevideo y

314
atravesó la puerta que da a la calle saludando a sus cancerberos el 7 de septiembre de
1997. “Fuentes del Ministerio del Interior uruguayo” manifestaron “su absoluta
certeza de que Alonso pagó una fuerte suma de dinero”, publicó El Cronista dos días
más tarde. Un vocero de la SIDE le diría al periodista Raúl Kollmann un mes más tarde
que la fuga de Alonso fue arreglada por la PFA con la Policía uruguaya, gran parte de
cuyos comisarios fueron pasados a retiro por el gobierno del presidente Julio
Sanguinetti.

Chesterton no hubiera urdido una trama mejor. En su novela El hombre que fue jueves,
un agente policial infiltrado en la dirección de una organización terrorista descubre
que todos sus compañeros son también policías... que ordenan poner bombas con
alegre satisfacción.

Raíces

Un anónimo recibido tempranamente en el juzgado de Galeano (fojas 2242 en


adelante, cuerpo 13) advirtió, refiriéndose a los atentados, que “no es casualidad que
estos hechos ocurran y permanezcan impunes” y relató una parte sustancial de la
historia secreta de la PFA con suficientes detalles. “En 1976 se creó en la PFA —de
manera reservada, por no decir clandestina— un Centro de Instrucción
Contrasubversiva (CIC) que funcionaba en la escuela de suboficiales, dentro del predio
de la policía montada”. Efectivamente, el CIC —pudo corroborarse por otras fuentes—
se creó horas antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976.

Además del ya mencionado testimonio de Peregrino Fernández, apuntalaba la


verosimilitud del anónimo el testimonio de un coronel que en 1976, cuando era un
joven oficial subalterno, integró un grupo que fue llevado por Mohamed Alí Seineldín a
trabajar a la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF), según había revelado el
periodista carapintada Hugo Simeoni, que incluyó su testimonio en su libro Línea de
fuego (Sudamericana, 1991).

315
Si Peregrino Fernández dijo que antes del golpe “el nexo visible entre la Triple A con el
Ejército era el entonces capitán Mohamed Alí Seineldín”, el anónimo coronel agregó
que la “lucha antisubversiva” había comenzado antes del golpe, a partir del cual se
“oficializó… y salió a la luz en toda su dimensión”. El coronel dijo que el grupo que
integraba paso a revistar en la SSF a pedido del general Cesáreo Eleuterio Cardozo
(puesto por Jorge Rafael Videla al frente de la PFA y asesinado poco después por una
bomba montonera) quien se quejaba de los “excesos y falta de honestidad” del
personal policial. Seineldín, siguió narrando, “nos llevó a varios de nosotros a hacer un
curso de formación contrarrevolucionaria (...) Después se diseñó un cursillo de siete
días, con aislamiento y un alto contenido técnico y formativo especializado para actuar
en cuestiones contra la subversión”.

Fue de esos cursos —agregó el coronel— que “surgió una escuela especial que primero
se llamó Centro de Instrucción Contrarrevolucionaria y luego algo así como Centro de
Actividades Especiales Policiales (Caep)”. El anónimo en poder del juez completa y
corrige —al menos en lo que hace a estas siglas— la historia. Afirma que el CIC,
heredero de la Triple A, cambió de nombre a CAPE, que querría decir “Centro de
Adiestramiento Policial Especial” o “de la Policía Especial”.

La concurrencia a dichos cursos —agregó— estaba teóricamente reservada para


oficiales de la Federal, a pesar de lo cual se invitaba “a oficiales de otras fuerzas:
policías provinciales, Prefectura, institutos penitenciarios y Fuerzas Armadas”. Los
cursos “duraban entre una semana a diez días y tenían el carácter de internados, es
decir que se dormía allí. El régimen disciplinario era muy estricto, y nadie podía
comunicarse con el exterior ni recibir diarios. La instrucción se hacía en Campo de
Mayo y consistía en algunas prácticas de combate, uso de armas y demostraciones con
explosivos. La parte teórica consistía en aplicar algunas tácticas utilizadas por los
subversivos, siendo todo esto solo una cubierta, ya que la razón del funcionamiento de
ese centro era ideológica”.

Según narró un ex policía al autor, una de las “prácticas de combate” era una bárbara
ceremonia de admisión o “novatada”. De noche, los bisoños en el curso rápido de

316
adoctrinamiento eran dispuestos separados entre sí por un metro contra la pared de
un polígono de tiro mientras sus “instructores”, apostados a 150 metros, disparaban
balas trazadoras con sus fusiles Fal a los intersticios. Tal práctica, que perseguía
“segregar a los cobardes”, se suspendió luego de que se produjo un “accidente” que le
costó la vida a un alumno.

¿Qué ideología se impartía en los cursos del CAPE? El anónimo destaca que todo lo que
decían los instructores estaba impregnado de nazismo puro y duro. “Según los
conocidos libretos nazis, los judíos eran los que alentaban a la subversión y los
culpables de todos los males, ya fueran argentinos o mundiales. Era una verdadera
escuela de odio. No había apuntes ni libros y se sugería no tomar notas. El objeto de
los cursos apuntaba al fanatismo, a reclutar hombres para los grupos de tareas”,
describe.

El fiscal José Barbaccia le asignó al anónimo “un alto porcentaje de veracidad”. No era
para menos: al ser consultado, el comisario Castañeda había dicho primero que carecía
“de todo fundamento”, para terminar por reconocer en sede judicial que el CIC se
había institucionalizado el 22 de marzo de 1976, en vísperas del asalto al poder, y que
sus programas procuraban imbuir “un espíritu de cuerpo” que desterrara “el
desaliento” y permitiera afrontar “la lucha contrasubversiva”, así como que su
“orientación pedagógica” estaba “sujeta a normas de carácter reservado”.

“En una palabra, el espíritu fue el de templar hombres para luchar contra el oponente
subversivo”, redondeó el comisario en 13 vocablos.

Las tres C

Castañeda dijo que el CIC no cambió su nombre directamente por el de CAPE, sino
rápidamente por del COC (Centro de Orientación Contrainsurgente) y recién en 1979
pasó a llamarse CAPE, cuerpo que, aseguró, seguía “lineamientos análogos con el GEO
español, el GS G-9 de Alemania y el SWAT de los Estados Unidos”.

317
El CAPE sobrevivió hasta 1990, cuando adoptó el nombre de “Centro de Especialidades
para el Combate Policial” y se disolvió al año siguiente, cuando alguien advirtió que no
tenía razón de ser a causa de los muchos “aspectos comunes entre la instrucción”
ofrecida por “la Dirección General de Orden Urbano” y la que “los distintos centros
especiales de combate policial con dependencia directa” de esa dirección, como el
CAPE, impartían.

En resumen: Castañeda le informó en un párrafo de antología que el autor del


anónimo había denunciado “un hecho (la existencia de Las Tres C: CIC, COC, CAPE) que
es fácilmente comprobable” puesto que “toda su estructura fue orgánica”. Y aunque
opinó que el anónimo era “antojadizo”, no tuvo más remedio que reconocer que era
verídico.

El atentado a la AMIA sirvió, paradójicamente, como pretexto para que el CAPE


resucitara. A partir de 1994 se llamó Grupo Especial de Operaciones Federales (GEOF).
Un artículo titulado “SWAT a la criolla”, firmado por Alejandro Margulis y publicado
por la revista Viva que acompaña la edición dominical del diario Clarín dio cuenta el 15
de noviembre de 1998 que el GEOF estaba integrado por 50 comandos, y que su jefe
es el “capitán Klaus”, un oficial principal de la PFA con 22 años de antigüedad en la
fuerza, es decir que había ingresado en 1976. “Capitán” es un grado militar, no policial.
“Klaus” es un “nombre de guerra”. La nota no consignó el verdadero. El jefe del GEOF
de entonces se jactó de haber estado “estaqueado por dos días y dos noches.
Desnudo. Y no fue después de un enfrentamiento: fue en otro lado”, dijo con aire
misterioso. Es posible que hubiera sido en Centroamérica.

Otro anónimo

El periodista Herman Schiller se disponía a iniciar su programa semanal Memoria y


realidad en la Radio de la Ciudad (ex Municipal) cuando le alcanzaron el sobre, cuyo
matasellos era de La Plata. No tenía remitente. Schiller Rompió el sobre. Había una

318
carta mecanografiada. Estaba fechada pocos días atrás, el 5 de diciembre de 1999, en
Avellaneda. No tenía firma.

Su anónimo autor se presentaba afirmando que durante largos años había sido oficial
de la Policía Federal, “institución que me inculcó el odio al pueblo, intolerancia, en fin,
fascismo liso y llano”, a pesar de lo cual, se enorgullecía, “no me dejé lavar el cerebro”.
Esta actitud, narraba, le había valido ser calificado de “zurdo” y sufrir persecución
ideológica, al punto de que “a pesar de tener las mejores calificaciones, ante una
supuesta falta administrativa fui dejado cesante”. Hecha la presentación, la carta
informaba que “estuve a las órdenes de un personaje siniestro, el hoy Comisario
Mayor Dn. Gastón Gustavo Fernández”.

Respecto a la retirada de la custodia de la AMIA, el supuesto ex policía comentó que


“siempre me llamó la atención el infantil cuento de que el personal policial de servicio
en ese lugar 'estaba desayunando'” porque, recordó, eso hubiera violado no solo los
reglamentos, sino también “los usos y costumbres” policiales. “Bajo ningún punto de
vista la Policía avala el dejar solo al patrullero, por dos razones fundamentales: 1) es
obligatorio atender de inmediato al radio; 2) siempre debe quedar alguno en el auto
para custodia de la/s armas largas”, explicó. Situación tan anómala le hacía pensar que
“alguien les 'dijo' (a los policías de custodia) a qué hora era conveniente alejarse. No
puedo dejar de relacionar el hecho con quien era el titular de la comisaría, el citado
Fernández”.

Según el anónimo, Fernández “junto al actual comisario mayor Carlos Brunet y otro
oficial de apellido Velazco” del que desconoce situación de revista y jerarquía, fueron
“entrenados en las escuelas norteamericanas de la zona del Canal de Panamá” en la
década del 70, tras lo cual fundaron el CAPE. El autor del anónimo fechado en
Avellaneda se lamentó de haber estado a las órdenes de Fernández y Brunet, y explicó
que de esa aciaga experiencia (que según la redacción, algo confusa en esta parte,
habría tenido lugar en la comisaría 30ª) puede afirmar con conocimiento de causa que
“uno es peor que el otro” y ambos “son profundamente antisemitas”.

319
“Fernández nos explicaba en la academia que los judíos eran subhumanos y que por lo
tanto no era ilegal ni inmoral matarlos” puesto que “eran una plaga y no servían para
nada bueno”, dijo del primero. Y recordó que Brunet se desempeñaba el día del
atentado como Director General de Operaciones (DGO) y que por lo tanto tenía “a su
cargo las más temibles unidades, como Infantería y Montada”.

Desde su cargo de Director General de Pericias (DGP), el comisario mayor


(posiblemente Luis Santiago) Fernández, que “es hábil para las relaciones públicas (en
realidad, obsecuente del poder de turno)”, advertía, se postulaba (‘se está trabajando
el puesto’ fue la expresión que utilizó) como nuevo jefe de la Policía Federal” en
abierta competencia con quien a la postre sería nombrado en el cargo por el
presidente Fernando de la Rúa: el comisario Rubén Santos.

El anónimo autor señaló que aun cuando “la Justicia no les pudiera probar nada”,
“desde el punto de vista del derecho administrativo” y “cualquiera sea el tiempo
pasado”, tanto Fernández como Brunet “pueden ser sancionados, teniendo en cuenta
la gravedad de los hechos” en los que se vieron involucrados.

“Por lo menos deberían ser exonerados de la institución”, concluye la carta, que fue
publicada íntegra por el periódico La Voz de Israel, dirigido por Daniel Schnitman, en
enero de 2000.

Proteger a la Virgen

En teoría, el CAPE era en la PFA el equivalente de Los Albatros de la Prefectura y Los


Alacranes de la Gendarmería: un cuerpo de comandos especializado en
contrainsurgencia. Como sucedió con aquellos, la recuperación democrática no implicó
su inmediata disolución. Le cupo en ello una enorme cuota de responsabilidad al
entonces ministro del Interior, Antonio Tróccoli.

Según el anónimo, desde 1979 a 1986 el jefe del CAPE fue el comisario inspector Luis
María Díaz, un experto en armas y tiro, quien sería luego segundo jefe de la Escuela de

320
Cadetes y antes de retirarse, en 1989, director de la Escuela Superior de Policía. A fines
de 1986, Díaz fue reemplazado en la jefatura del CAPE por el comisario mayor Héctor
Mario Data, que permaneció en aquel cargo por espacio de dos años, época en la que
los integrantes de un cuerpo cuya existencia había pasado a ser virtualmente
clandestina de cara a la sociedad, encontraron la manera de permanecer en puestos
vitales de la institución, capeando los intentos de reforma capitaneados por el nuevo
jefe la PFA, el comisario Juan Ángel Pirker.

El segundo de Data en el CAPE fue el comisario Manuel Ernesto Dibb, según el


anónimo “un conocido homicida”, que sería luego puesto al frente de la comisaría 47ª
de la calle Nazca 4250, con jurisdicción sobre los barrios de Villa Pueyrredón y Villa del
Parque. A fines de 1986, mientras Data y Dibb estaban al frente del CAPE, quedó
constituido el DPOC, cuya estructura fundamental y la mayoría de sus miembros se
nutrió con los hombres del CAPE, que fue disuelto poco después de que se produjera la
tercera sublevación carapintada iniciada por Los Albatros y comandada por Seineldín a
fines de 1989, que concluyó con dos militantes de izquierda muertos y una chica
mutilada frente al regimiento de Villa Martelli. En resumen: que el DPOC, en los
papeles dedicado a velar por la observancia de la Constitución, era hijo del CAPE
carapintada.

Muy poco antes de aquel “trasvasamiento”, bajo el impulso de Data, Dibb y otros
oficiales, se había creado (con la venia o la vista gorda de la plana mayor de la
institución) la Orden de San Miguel Arcángel. La orden era la “rama política” del DPOC.
Su insólita razón de ser, se declaró públicamente, era “proteger a la Virgen de Luján”
de ignotas amenazas. Se trataba en realidad, tal como el tiempo dejaría claro, de una
organización político-militar entre cuyos objetivos descollaban preservar las cotas de
poder obtenidas durante la dictadura por los policías que habían participado de los
“grupos de tareas”. Y, sobre todo, socavar la autoridad del jefe Pirker.

La única actividad pública de la Orden de San Gabriel Arcángel fue la profusa repartija
de volantes con la que invitaron a plegarse a una Marcha por la fe y la recuperación
nacional bajo la advocación de la Santísima Virgen que se llevó a cabo con una

321
reducida concurrencia en Plaza de Mayo el lunes 30 de marzo de 1987. Los volantes
estaban también firmados por una aun más ignota Liga Católica Argentina pro
Campaña Latinoamericana de Ayuda al Drogadependiente, Prolatin, orga que tendría
su cuarto de hora en la represión ilegal a los insensatos que incursionaron armados en
el cuartel de La Tablada a fines de enero de 1989.

Decían así: “No a la voz cantante de la falsa democracia que entregó las concesiones
del Atlántico Sur a la Unión Soviética; que impulsó el Congreso Pedagógico Marxista;
que cerró fábricas; que denigra a las Fuerzas Armadas; que se burla de la religión, de la
Santísima Virgen y busca por todos los medios sovietizar nuestra Patria”.

Desde entonces, la existencia misma de Los Arcángeles pasó desapercibida, salvo


porque un detractor público del autor vinculado a los servicios de Inteligencia, Jorge
Boimvaser, los involucró en la profanación del cadáver del ex presidente Juan Perón y
el robo de sus manos en junio de 1987, y porque al menos algunos miembros de la
cofradía intervinieron en el intento de copamiento del Aeroparque metropolitano por
el ultramontano comodoro Luis Estrella en enero de 1988.

La causa por la profanación de los restos de Perón se reabrió luego de que en


septiembre de 1994 el juego de llaves de la urna de cristal blindado que protegía el
féretro del ex Presidente apareciera tirado en un patio de comisaría 29ª, en cuya
jurisdicción se encuentra el cementerio de la Chacarita. Para Facundo Suárez, que era
el jefe de la SIDE cuando se consumó el macabro despropósito sobre cuya
intencionalidad aún se tejen hoy variadas conjeturas, no cabía “ninguna duda” de que
los profanadores utilizaron esas llaves, ni que “actuaron con toda comodidad y todo el
tiempo del mundo”. En su opinión, “el boquete en el blindex que protegía el ataúd así
como la rotura de la claraboya se hicieron para desviar la atención (...) Siempre estuve
convencido de que los responsables ideológicos fueron sujetos de la extrema derecha,
resentidos porque los habían dejado fuera del juego político. Y siempre me parecieron
extrañas las insistentes preocupaciones de Vicente Leonides Saadi, por entonces
presidente del Partido Justicialista, para que no se responsabilizara al peronismo, lo

322
que nos hizo pensar que podía tratarse de un capítulo más de una lucha interna muy
intensa”, le dijo al diario La Nación.

Un mes después de la profanación murió el cuidador de esa y otras bóvedas, Paulino


Lavagna. De acuerdo con un certificado de defunción expedido por un inexistente
médico del Hospital Durand, a causa de un paro cardíaco. Según pudieron comprobar
los médicos forenses cuando exhumaron el cadáver, luego de recibir una feroz paliza.

El juez que investigaba la profanación, Jaime Far Suau, también murió en confusas
circunstancias cuando conducía por la ruta 3, kilómetro 560, cerca de Coronel Dorrego,
el 5 de diciembre de 1988. Aunque su Ford Sierra apareció estrellado contra el único
peñasco que hay en la zona, paisanos del lugar le dijeron al periodista Enrique Sdrech
que el auto había estallado “como fuegos artificiales”.

El ministro del Interior que sucedió a Tróccoli, Enrique Nosiglia (a) Coti, creyó poder
neutralizar a Los Arcángeles poniendo de su lado a algunos de sus miembros,
encabezados por un diplomado en secuestros extorsivos, Carlos Omar Gómez (a) El
Rufián, y un comprobado asesino múltiple, Carlos Gallone (a) El Duque, lo que dio
comienzo a una sorda pero feroz puja interna.

Una de Mel Brooks

El nombre de Los Arcángeles volvió a aparecer en insólitas circunstancias cuando el


mayor (R) Carlos Rivas, jefe del Departamento de Inteligencia de la Presidencia de la
Nación, convocó a una conferencia de prensa en diciembre de 1989. El militar acababa
de ser puesto en libertad tras haber pasado un mes detenido bajo la acusación de
haber secuestrado a un dealer. Ni cuando fue detenido, ni cuando fue liberado, los
voceros del Gobierno del que formaba parte hicieron algún comentario. Cuando no
tuvo más remedio por la presión de los periodistas, el presidente Menem se limitó a
decir que se investigaría lo sucedido “hasta las últimas consecuencias”.

323
La rueda de prensa fue convocada en un petit hotel de la calle Catamarca 581, hasta
entonces la base secreta de una organización que, como daba a entender su nombre,
dependía directamente de la Presidencia. Esa casa había servido anteriormente como
sede legal del efímero Partido de la Democracia Social del almirante Emilio Eduardo
Massera y serviría en el futuro como sede de una insólita rama italiana del Partido
Justicialista, un engendro al parecer vinculado a la Logia Propaganda Due (P2) de Licio
Gelli… el principal sospechoso de haber instigado el robo de las manos del cadáver de
Perón.

El dueño o administrador de ese caserón de usos múltiples era el abogado


marplatense Carlos Cañón, un viejo amigo de Menem, a quien por su larga pertenencia
al Servicio de Información Naval (SIN) se lo conocía como “Cañón Naval”. Apenas
asumida la presidencia, Menem había nombrado a Cañón director de la Central
Nacional de Inteligencia (CNI), un organismo que de acuerdo a la ley debía coordinar la
actividad de la SIDE con el resto de los servicios de informaciones de las Fuerzas
Armadas, policiales y de seguridad, pero que en la práctica, ante la resistencia de estos
a compartir su información, no había dejado de ser una más de las secretarías de la
SIDE.

Cañón despreciaba al secretario de Inteligencia, Juan Bautista “El Tata” Yofre, ex jefe
de Política del diario Ámbito Financiero, vinculado tanto a la conducción del Ejército
como a la derecha del radicalismo, quien se convirtió en acérrimo menemista de la
noche a la mañana tan pronto fue invitado a ascender al Menemóvil para cubrir en
medio de polvaredas blancas la victoriosa campaña electoral de 1989. Después de
soportar reiteradas arremetidas de Cañón, Yofre le pidió la renuncia. Cañón le
respondió que solo la presentaría si se la pedía el propio Menem y se atrincheró con
sus hombres en el búnker de la CNI de Avenida de los Incas 3834. Muy molesto por
verse entre la espada y la pared, Menem le pidió la renuncia a Cañón y a propuesta de
Yofre nombró en su lugar al abogado Hugo Anzorreguy.

No habían pasado dos meses de ello cuando Menem manifestó su disconformidad con
la gestión del Tata Yofre al frente de la SIDE. Dijo que el organismo había sido “llevado

324
a cumplir funciones deleznables, de Celestina, de llevar y recibir cuentos”, por lo que
anunció que reduciría drásticamente su personal y que comenzaría por suprimir todas
sus “bases” en el exterior. Era, al milímetro, el programa que Cañón había levantado
en su enfrentamiento con Yofre: acabar con el dispendio de recursos en el extranjero y
concentrar la labor de los espías en la obtención de inteligencia interna. Y aunque
como tantas otras veces los espectaculares anuncios de Menem quedaron en agua de
borrajas, trascendió que, lejos de haberse desembarazado de Cañón, el Presidente le
había asignado ignotas funciones en la Casa de Gobierno.

La caída en desgracia del mayor Rivas ocurrió cuando Yofre estaba en la cuerda floja
pero aún se mantenía en el despacho del Señor 5, como llaman en la SIDE al jefe del
organismo. Según explicó el propio Rivas en su absurda conferencia de prensa, el
Departamento de Inteligencia de la Presidencia de la Nación había estado investigando
las actividades de un pequeño narcotraficante, W.O.C., a quien habían detenido e
interrogado. Apenas lo habían dejado libre, W.O.C. los había denunciado ante un juez
amigo de la Policía Bonaerense, por lo que cuando W.O.C acudió a una cita con el
mayor Rivas y tres de sus hombres, una comisión mixta de la Bonaerense y la Federal
los apresaron, acusándolos de haberlo secuestrado y torturado.

Tan pronto estuvo frente al juez, Rivas le presentó su credencial, que llevaba las firmas
de Menem y del titular del Consejo de Seguridad Nacional (Cosena), brigadier Teodoro
Waldner. Luego de comprobar que la firma de Menem era verdadera, el juez se
declaró incompetente. Pero en la Casa Rosada y en Olivos reinó, respecto de las
desventuras de Rivas, un silencio sepulcral. Recién cuando un amigo suyo, Mario
Caserta, ex tesorero de las victoriosas campañas electorales y ex secretario de
Recursos Hídricos, se convirtió en el único preso del Narcogate, a Carlos Cañón se le
soltó la lengua: “Menem nunca se jugó por un amigo”, sentenció.

La causa abierta por el secuestro de W.O.C. pasó a manos del juez federal Julio Piaggio,
quien dictó la prisión preventiva del mayor Rivas y ordenó poner en libertad a los otros
tres detenidos, uno de los cuales resultó ser el subcomisario retirado Gustavo Eklund
(a) El Alemán, antiguo guardaespaldas de los comisarios Villar y Colotto y del general

325
Carlos Suárez Mason. Eklund había sido identificado por dos Rodolfos, Walsh y
Peregrino Fernández, como uno de los fundadores de la Triple A y partícipe en el
asesinato del diputado nacional Rodolfo Ortega Peña, cometido en pleno centro de
Buenos Aires en 1974.

Pasaron unos días y, sin dar explicaciones, el juez Piaggio puso en libertad a Rivas,
quien de inmediato convocó a la mencionada rueda de prensa en el viejo cuartel
general del masserismo. Respecto del enojoso asunto que había catapultado su
nombre a los diarios, Rivas dijo que su retobada presa, W.O.C., era apenas un eslabón
menor de una vasta organización de narcotraficantes, dirigida por altos oficiales de la
PBA y con cuartel general en Lomas de Zamora, a la que llamó “Comando María”. Esta
organización de narcotraficantes, explicó, estaba coaligada con otra banda conformada
por policías federales, llamada Grupo Arcángel. “Juntas, poseen una organización
muchísimo más poderosa que la nuestra”, se lamentó.

Sin perder la calma ante el intento de un grupo de falsos periodistas de hacer


naufragar la rueda de prensa, Rivas dijo que el enlace entre W.O.C y los jefes del
Comando María era el ex mayor Ernesto “Nabo” Barreiro, quien durante la dictadura
había sido el jefe de interrogadores del principal centro clandestino de detención y
exterminio de Córdoba, La Perla, y era entonces el principal vocero de una conducción
carapintada bicéfala, con cabezas en Aldo Rico y Seineldín.

A continuación tomó la palabra quien se presentó como Luis Moyano y dijo ser agente
civil de la inteligencia del Ejército. Como Rivas se había jactado de sus cicatrices,
Moyano lo hizo de haber actuado como “enlace” de Seineldín durante la rebelión de
Villa Martelli, lo que le dio al cónclave un persistente tufo a interna carapintada.
Moyano explicó que Barreiro había sido uno de los fundadores del Comando María,
organización que nucleaba a agentes de Inteligencia y policías narcotraficantes
“principalmente de Quilmes y de Munro, en una versión provincial del Grupo Arcángel:
es decir que se trata de una banda dedicada al fraccionamiento y distribución de
cocaína y al tráfico ilegal de armas”.

326
Funcionarios del Ministerio del Interior consultados ese mismo día explicaron entre
risas que el “responsable” de Rivas era en verdad un absoluto irresponsable, puesto
que le había encomendado la tarea de recaudar dinero mediante el expeditivo
procedimiento de extorsionar a los dealers de Lomas de Zamora, Quilmes y Munro,
para lo que lo habían “autorizado” a secuestrarlos.

Olía a competencia despiadada por el mercado, sospecha que se acrecentó cuando, en


agosto de 1990, el comisario Rebollo, poniendo distancia de su anterior adhesión a
Prolatin, acusó en otra sorpresiva conferencia de prensa al Grupo María (es decir, a
otros comisarios de la PBA) de ser el mayor responsable tanto del robo de automóviles
como del tráfico de drogas en la provincia de Buenos Aires.

Del CAPE a Los Locos Adams

Por fin, fue el ministro Eduardo Bauzá quien convocó a una conferencia de prensa en la
Casa Rosada el viernes 2 de noviembre de 1990. En ella anunció la desarticulación de
“una banda integrada por alrededor de cien policías federales especializados en
inteligencia que se proclamaban de ultraderecha”.

Los miembros de esa banda, llamada Los Arcángeles, explicó, provenían por lo general
del CAPE y habían tenido “notoria presencia en todas las superintendencias de la
Federal y sobre todo en las áreas especializadas en operaciones e información”. Se
habían organizado pretextando ser una congregación de devotos de la Virgen de Luján
y parecían obsesionados con todo lo que estuviera vinculado al poder político,
describió el ministro.

Los Arcángeles se habían autoproclamado los defensores de la pureza de la Policía


Federal y editaban un periódico de distribución reservada a militares, policías y
miembros del Poder Judicial, llamado El Arcángel. Habían ido “adquiriendo la
conformación de distintas células y comenzado a hacer prácticas de tiro, a comprar
armas, a cometer delitos menores y a sustraer automotores” y se investigaban sus ya

327
detectadas actividades en la fabricación de automóviles “mellizos”, así como la
posibilidad de que fueran responsables de secuestros extorsivos, agregó Bauzá.

Sin embargo, el ministro dijo que su jefe máximo era el inspector Juan Carlos Bruno
Moreno y, contra toda lógica, se manifestó confiado en que con su detención y la de
otros once policías, el accionar de Los Arcángeles quedara “absolutamente
desbaratado”. Bauzá dijo que Moreno estaba en abierto conflicto con la jefatura de la
PFA y que, luego de denunciar que habían atentado contra su vida, había pedido una
licencia, y cuando se terminó pidió que se la renovaran, argumentando que no estaba
en condiciones de prestar servicios. Sus jefes le habían negado esa prolongación,
explicó Bauzá, y poco después los médicos policiales le habían diagnosticado “un
síndrome depresivo autodestructivo” y un “síndrome esquizofrénico”.

En fin, que más que un policía, Moreno era un ex-policía al borde si no ya en pleno
brote psicótico. Así lo había reconocido su mujer, María Silvia Vélez, que en una carta
enviada al jefe Passero para que la PFA le renovara la licencia médica dijo que Moreno
no era “dueño de sus actos”. La mujer, dijo Bauzá, era la directora legal del periódico
El Arcángel, cuyo editorialista era un hermano de Juan Carlos, Claudio Mario Moreno,
y uno de los redactores, que estaba prófugo, un tal Eduardo Enrique Moreno. Otro
pariente, es de suponer.

Entre los detenidos, se reveló enseguida, no había ningún oficial superior y apenas otro
inspector, Jorge Miguel Sastre. Los restantes eran dos subinspectores, cuatro
sargentos ayudantes y cuatro cabos. En fin, que en un solo acto, Bauzá había
anunciado la desarticulación de una banda conformada por un centenar de policías
organizados de manera celular y con presencia en todas las superintendencias de la
PFA (con especial énfasis en las dedicadas a temas políticos y a comunicaciones) y en
un rápido pase de manos, !abracadabra!, la había jibarizado y convertido en una
familia dirigida por un orate secundado por unos pocos amigos, casi como si fueran
Los Locos Adams.

328
De una banda ramificada por toda la institución, había hecho un bonsái. Y aunque al
día siguiente se realizaron varios allanamientos y los diarios afirmaron que hubo más
detenidos, la PFA no ofreció más información, por lo que las identidades de los
restantes miembros de la fuerza que completaban el centenar estimado de cófrades
quedaron en las nubes, tal como convenía a su arcangélica condición.

Una ayudita del SIPBA

Al día siguiente de la conferencia de prensa de Bauzá, Ámbito Financiero informó que


el mismo 18 de octubre en el que la Orden del Día 196 de la PFA dio cuenta de que
nueve de los miembros de la banda habían pasado a retiro, el juez federal de Morón,
Gerardo Larrambebere, encabezó un allanamiento “en la localidad de Virrey del Pino,
en La Matanza, donde en la orilla norte del arroyo Morales se encontró un arsenal
completo”.

En realidad, el procedimiento se había realizado un día antes a instancias de la PBA,


que alegó haber recibido el aviso de unos pescadores de que, poco antes de la
medianoche de la víspera, habían visto como los ocupantes de una camioneta
estacionaron a la vera del arroyo y arrojaron un bulto a las aguas. Una vez que lo
sacaron, el bulto resultó contener gran cantidad de panes de trotyl y gelamón, 40
granadas españolas, 22 proyectiles anti-tanque Nobel 1509 y otros del tipo Energa, una
ametralladora pesada y dos fusiles Fal con la inscripción “Policía Federal”, además de
unas dos mil municiones.

Los oficiales del SIPBA que hicieron el procedimiento dijeron a los periodistas que el
arsenal pertenecía… al MTP.

Drogas y abortos

Los Arcángeles había quedado al descubierto —explicó cinco días después que Bauzá y
con mucha mayor seriedad el juez federal Martín Irurzun— cuando el anterior 14 de

329
octubre efectivos de la comisaría 29 habían detenido en Villa Crespo el auto en el que
circulaba Carlos Enrique Ramayo. De oficio profesor de karate, Ramayo se identificó
con una credencial del Ministerio de Defensa. Los policías, sin dejarse impresionar,
revisaron el vehículo, en el que encontraron una pistola con su correspondiente
permiso de portación, una “cédula de voluntario” de la PBA en blanco y —lo que
termino de decidirlos de llevarlo a la comisaría— una credencial de la PFA.

Ya en la seccional, Ramayo —a todas luces más pluma que halcón— admitió no ser
policía, pero se puso a perorar de Los Arcángeles, a los que definió como policías
“ultranacionalistas de profundo sentido cristiano” que se dedicaban a “combatir al
comunismo, la droga y el aborto”. Apremiado o presa de un súbito ataque de
verborragia, Ramayo agregó que Los Arcángeles tenían su sede en la calle Humboldt al
2200; que se subdividían en “grupos de tareas”, y dio el nombre de dos policías que
integraban la cofradía. El juez de turno, Armando Chamot, verificó que en aquel
departamento funcionaba la agencia de seguridad Laser, a cuyo frente figuraba un
comisario retirado, tras lo cual se declaró incompetente. Al difundirse la noticia, los
trabajadores del vespertino La Razón, en conflicto por su vaciamiento y cierre,
denunciaron que gorilas de esa agencia contratados por la patronal habían reprimido
sus protestas con granadas de gases paralizantes y armas blancas el día 10 de julio.

Cuando se allanaron los domicilios de los policías identificados por Ramayo se


encontró un arsenal, equipos de comunicaciones, chapas patentes, cédulas de
identidad de la PFA y documentación para automotores en blanco. En ambos casos los
dueños de casa se identificaron, no ya como simples policías, sino también como
“personal de inteligencia del Ejército”. De resultas de estos allanamientos, se
practicaron otros que arrojaron la detención de otros nueve policías más y el secuestro
de más armas y municiones, documentos internos del grupo y manuales para fabricar
artefactos explosivos. También se encontraron ejemplares de un trabajo del coronel
Seineldín titulado “Síntesis de la estrategia a largo plazo desarrollada por la
subversión” en el que el coronel adoctrinaba a sus seguidores sobre el supuesto
deicidio judío, las invasiones bárbaras, el Renacimiento, la Reforma protestante, la

330
Revolución Francesa, la Revolución Rusa, la coexistencia pacífica, fenómenos todos
que consideraba meras etapas de un mismo plan perverso.

“Otras de las expansiones espirituales de los detenidos era el diseño de águilas que en
su vuelo imperial levantaban en sus garras una cruz esvástica”, describió, diríase que
azorado, el juez Irurzun.

Nudos en la médula

Según el auto de prisión preventiva dictado por Irurzun, Los Arcángeles estaban
organizados en nudos, constituidos cada uno por diez células (“Grupos A”) de tres
miembros cada una, lo que dejaba claro hasta para un párvulo que la banda tenía,
como mínimo, treinta miembros encuadrados. Estas células, describió el juez,
dependían a su vez de una instancia de coordinación general denominada Cira (Cuerpo
de Intervención Rápida) para actuar según un Plan de Emergencia Nacional (Plena). La
típica pasión seineldinista por las siglas también se expresaba en las organizaciones
colaterales de Los Arcángeles como Prolatin, la Fundación Andes (Agrupación Nacional
Defensora de Estrategias para la Soberanía, dirigida por el inefable Carlos Pérez
Galindo) y el Poder Argentino (Podar).

“La estructura interna de la banda, de acuerdo con los destinos de los hasta ahora
detenidos, demuestra que está afincada en la médula misma de la Policía Federal.
Tiene presencia en las superintendencias (sobre todo en la de Interior) y en todas las
dependencias especializadas en operaciones e información (...) Se corre el riesgo de
que el inspector Bruno Moreno termine oficiando de chivo expiatorio (el ministro
Bauzá dijo que se trata del jefe de la banda, lo que equivale a sugerir que no deben
buscarse responsables mayores) como pasó con el también inspector Roberto Buletti,
sindicado como máximo responsable de la banda que secuestró y asesinó a los
empresarios Sivak, Oxenford y Neuman, quien era un adolescente cuando se puso en
marcha la fábrica sin humo de los secuestros extorsivos...”, alertó entonces el autor
(Nuevo Sur, 4-11-90).

331
En enero de 1991 hubo policías que denunciaron uno de los pilares de sustentación
económica de la banda. Fueron el comisario Juan Ramón González Castells y el
subcomisario Eduardo Jorge Luttini, dos policías honestos. Su denuncia precipitó el
llamado “escándalo de los desarmaderos”, que pronto fue tapado con el saldo de que
los denunciantes resultaron raleados de las filas policiales mientras los oficiales
denunciados fueron ascendidos. Toda una señal.

González Castells y Luttini habían asumido como jefe y segundo jefe de la División
Depósitos Judiciales de la PFA a fines de 1990 y antes de que pasara un mes
descubrieron que en dichos depósitos reinaba el descontrol más absoluto, por lo que
se lo comunicaron por escrito a su superior, el comisario inspector José Miguel Díaz,
jefe del Departamento de Actuaciones. Tres días después, en la mañana del 29 de
enero, fueron convocados por el superior inmediato de Díaz, comisario mayor Jacinto
Mahmud, quien les pidió tiempo para debatir el problema con la conducción de la
fuerza. Por la tarde de ese mismo día, J.M. Díaz los llamó a su despacho. “Tengo
noticias para ustedes: vos González, te vas a Comodoro Rivadavia, y vos, Luttini, tenés
destino en Gallegos”. Después Díaz les dijo que era “una joda”, pero que se olvidaran
de todo porque Mahmud y la conducción de la fuerza habían decidido minimizar lo
ocurrido para evitarle un grave desprestigio a la institución. González Castells y Luttini
insistieron que era necesario depurar la fuerza de delincuentes, pero Díaz los trató de
ilusos.

A la mañana siguiente, Luttini presentó una denuncia judicial y poco después pidió la
baja, seguido por González Castells. Un año y medio más tarde, la Justicia dictó la
prisión preventiva de dos comisarios, un subcomisario y dos suboficiales de la División
Depósitos Judiciales por malversación de caudales públicos e incumplimiento de sus
deberes de funcionarios, luego de comprobar que de los 1.778 automóviles que debían
estar en la playa de Avenida Roca y Culpina, en el Bajo Flores, faltaban 264, mientras
otros 373 se encontraban semidesguazados, así como que del depósito ubicado en
Bolivia 385, barrio de Flores, habían desaparecido miles de televisores, videos,
aparatos de audio, computadoras y electrodomésticos.

332
El comisario Alfredo Daniel Díaz, jefe del Departamento Sustracción de Automotores
de la PFA, sostuvo en 1995 que solo en la Capital Federal durante 1994 se habían
robado 19.347 vehículos. Mientras para Leopoldo Gey, gerente de La Buenos Aires
Compañía de Seguros, el porcentaje de recuperación oscilaba, según la región del país
que se tratara, entre el 16 y el 30 por ciento, para el comisario Alfredo Díaz en la
Capital era de alrededor del 50 por ciento. Alguien no sabía hacer las cuentas.

En realidad, el porcentaje de recuperación estaba bajando. Durante el primer trimestre


de 1997 en la ciudad de Buenos Aires la PFA apenas si había recuperado uno de cada
doce vehículos robados, informó la Dirección Nacional del Registro Automotor,
basándose en las denuncias hechas por particulares a las compañías de seguros. Por
fin, el propio Departamento Sustracción de Automotores de la PFA admitió a principios
de 1999, en medio de una grave crisis de la institución, que solamente en la Capital
Federal y el Gran Buenos Aires se habían robado nada menos que 60 mil vehículos
durante el año anterior.

El abogado de la AMIA, Luis Dobniewski, denunció en julio de 1996 que oficiales del
Departamento Sustracción de Automotores de la PFA habían tenido “un rol
hegemónico, no solo en distintas presiones y negociaciones espurias con el único
detenido (por Telleldín), sino lo que es mucho más grave, tres o cuatro de ellos serían
los que retiraron el vehículo (por la Trafic) y lo pusieron a disposición de los autores del
atentado... salvo que hayan sido ellos mismos” (sic).

Desde la caída de Moreno, de su esposa, familiares y amigos, Los Arcángeles


decidieron dejar de utilizar ese nombre. La sospecha de que la insólita benevolencia en
la persecución del carapintadismo policial era parte no solo de una interna policial sino
también gubernamental, se acrecentó cuando algunos de los policías detenidos junto a
Moreno fueron puestos en libertad.

Por ejemplo, el ex cabo Guillermo Almoina López, que de inmediato se radicó en un


pueblo de Galicia, desde donde dijo que había tenido que marcharse con lo puesto tras
ser amenazado de muerte. Respecto de su breve prisión contó: “Me dieron unas

333
vacaciones forzosas cuando descubrí una lista de personas influyentes y allegadas al
recién electo presidente Menem que estaban vinculadas con el narcotráfico”.

***

Como dejarían claro las defensas en el juicio que habría de iniciarse ocho años después
del ataque, todas las (pocas) piezas correspondientes a vehículos Renault Trafic fueron
colectadas por un pequeño grupo de unos cinco miembros de la Brigada de Explosivos
de la Federal. De acuerdo con las actas que constan en el expediente “los oficiales a
cargo del trabajo de los bomberos fueron el principal (Daniel Alberto) Helguero, el
principal (Raúl) Arbor y el subcomisario (Carlos Néstor) López”, consigna Gabriel
Levinas. Otros oficiales que aparecen citados en la sentencia del juicio fueron Marcelo
Alejandro Debiasse y Claudio Luis Kirianovicz.

Levinas destacó que “45 minutos después de la explosión se inició un ‘acta preliminar’
donde se evaluaron sus posibles causas. A pesar del corto tiempo transcurrido en ella
se adelantó que ‘fue provocada por un coche-bomba y se orientó la búsqueda en este
sentido’”. Es decir que “antes de las 10:50 ya se había descartado que el atentado
hubiese sido provocado por un explosivo colocado dentro del volquete” y cualquier
otra alternativa, como que una “bomba hubiese sido colocada en el interior de la
AMIA”, a pesar de existir indicios tan claros “como la columna del edificio lindante
expulsada hacia afuera de la línea de edificación” y las mercaderías de los locales
contiguos (N. del A.: en especial, el textil ubicado hacia la calle Viamonte) expulsadas
hacia la calle…”.

El actual ladero de un Lanata convertido en mascarón de proa y espolón de Grupo


Clarín puntualizó que esa misma fue también la conclusión primaria del perito enviado
por el gobierno de los Estados Unidos, Charlie Hunter, quien habría de modificar luego
su informe para compatibilizarlo con “la decisión política por parte de los Estados
Unidos de tomar como ciertos los datos suministrados por la Policía Federal para la
construcción de una hipótesis”.

334
El lugar era un caos y estaba lleno de gente porque, contrariando todas las normas y el
más llano sentido común, los Bomberos de la Federal no lo precintaron. A pesar de
ello, los miembros del pequeño grupo de la Brigada de Explosivos argumentarían haber
recogido piezas —que, enseguida iba a comprobarse, pertenecían a camionetas Trafic
de Renault— sin la presencia de testigos “civiles” (los policías también lo son, pero esa
es otra discusión) “dada la peligrosidad reinante en el lugar”. Entre esas piezas,
puntualizó Levinas, había “una posible bisagra de un vehículo que fue hallada en la
calle Viamonte 2350, a más de 150 metros del siniestro, lugar que no presentaba
peligro para la presencia de testigos y donde los negocios ya habían vuelto a abrir sus
puertas. Otro tanto ocurrió con la pieza hallada a la misma altura en la calle Tucumán”.

Levinas también destacó la predilección de los cosechadores por “el secuestro


nocturno de piezas sin presencia de testigos”, es decir, sin seguir los procedimientos
preceptivos para garantizar la bondad de la evidencia, lo que volvía imposible
“descartar que también en este punto la investigación haya sido amañada”, es decir
que “las pruebas, todas o en parte, hayan sido plantadas”. No se trataba solo de la
obviedad de que para cosechar primero hay que sembrar: tampoco podía descartarse
que esas piezas pudieron haber sido colocadas junto a (o mezcladas con) un explosivo
“con la finalidad de diseminarlas por la zona para desviar la investigación”.

El amortiguador

La presunta existencia de una Trafic-bomba, columna vertebral de la Historia Oficial y


piedra basal del encubrimiento, también se justificó en que el cadáver del ya
mencionado encargado del edificio de enfrente de la AMIA, Raúl “Tito” Díaz,
aparecería en la morgue con un amortiguador incrustado en una axila. Como se
recordará, Tito Díaz estaba hablando con el barrendero Álvarez cuando la explosión los
alcanzó. Quienes se empeñan en mantener contra viento y marea la añagaza de la
Trafic-bomba y sostienen que esta es una prueba irrefutable de su existencia, obvian

335
que Álvarez explicó claramente que “si hubiese existido, nos hubiera atropellado,
porque los dos estábamos en medio de la calle”.

Nadie sabe dónde estuvo el cadáver de Tito hasta que fue ingresado tardíamente en la
morgue… como perteneciente a una mujer. Nadie sabe dónde estuvo, pero sí se sabe
quién andaba por allí y se empeñó en hacerle decir a su viuda que había visto una F-
100: el ubicuo principal José Luis González, hiperactivo a la hora de embarrar la
cancha, quien pronto todo indica le iba sacar 250 mil pesos/dólares a Alejandro Monjo
a cambio de secuestrar solo la documentación correspondiente a la Trafic que había
sido de Messin SRL a la hora de allanar su importante negocio, Alejandro Automotores,
en la avenida San Martín y Campana, uno de los baluartes de la lucrativa industria de
duplicación (“mellizado”) de automotores.

Comenta Levinas, y corroboran otras plurales fuentes, que todos los cadáveres, sin
excepción, fueron despojados de todo lo que tuviera algún valor. Como si hubieran
recibido el guadañazo de La Parca sin un mísero billete, anillos, ni relojes. El Premio
Gordo de los saqueadores fue el del arquitecto Malamud, que acababa de sacar del
banco 8.000 pesos/dólares.

Ya en la morgue, el policía encargado de recibir los cadáveres, el oficial Miguel Ángel


Castro, reparó en que el de Díaz no era de sexo femenino. Al dar la novedad también
informó que de su tórax se había extraído “un objeto metálico de grandes
dimensiones, el cual le había ingresado con extrema violencia”. El policía añadió que
“dicho elemento resultó ni más ni menos que un amortiguador que le ingresó por
debajo de la axila izquierda y que casi le sale por la nuca”.

En diálogo con el autor, Levinas se mofó de semejante “evidencia” explicando que se


trataba de un amortiguador de Trafic larga (la que supuestamente había explotado en
la AMIA era de chasis corto) que medía “como medio metro” por lo que era imposible
que se detectara su presencia recién en la autopsia, ya que si le había entrado por un
sobaco, no tenía manera de no haberlo decapitado o, cuando menos, asomado por el
cuello.

336
El abogado José Manuel Ubeira fue en el juicio el defensor del comisario Juan José
Ribelli, (a) El Lobo, principal recaudador de la Policía Bonaerense hasta que lo
detuvieron gracias a la falsa acusación formulada por Carlos Alberto Telleldín a cambio
de 475 mil dólares del erario público extraídos de los fondos reservados de la SIDE, que
se le pagaron, precisamente, para reemplazar en la investigación a la Policía Federal
por la Bonaerense como por arte de birlibirloque.

En su alegato final, Ubeira dijo que el cuerpo de Díaz nunca estuvo en la Comisaría 5ª,
ni tampoco en un hospital o sanatorio de la zona, por lo que no tenía dudas de que
había sido “manipulado por un grupo de personas no identificadas”. Explicó que los
cuerpos que estaban sobre la vereda de la calle Pasteur fueron llevados
inmediatamente a la comisaria 5ª, donde fueron fotografiados. Que el juez dispuso
que se remitieran a la morgue judicial, y que los que se encontraran a partir de ese
momento entre los escombros se llevaran directamente a la morgue, sin pasar por la
comisaría. Destacó Ubeira que los cuerpos que habían estado en la Comisaría 5ª eran
once; que ninguno de ellos —enseñó una serie de fotos para demostrarlo— era el de
Tito Díaz y que los 11 fueron ingresados a las 15 del martes 19.

Teniendo en cuenta el lugar donde cayó muerto Tito Díaz y los pocos escombros que
había en esa vereda, la de los números pares de la calle Pasteur, Ubeira sostuvo que su
cuerpo tuvo que ser necesariamente uno de los primeros en ser encontrado y
removido, a pesar de lo cual no se lo había llevado a la comisaría, habían coincidido en
asegurar el jefe de Judiciales de la Comisaría 5ª, Ángel Eduardo Pignato, y el ya
mentado Miguel Ángel Castro, encargado de recibir los cuerpos en la morgue. Por si
hiciera falta, lo mismo ratificó la viuda de Tito Díaz, Hilda Delescabe, que recordó que
aquel infausto lunes fue tres o más veces a dicha seccional porque le habían dicho que
allí tenía que estar necesariamente el cuerpo de su marido, y que todas las veces que
fue le dijeron que no estaba ahí. El cuerpo de Tito fue recién ingresado a la morgue a
las 17, dos horas después de los traídos de la comisaría, sin que haya registro de
quienes lo dejaron.

337
Ubeira consideró ilógico suponer que el cadáver fue encontrado cerca de ese horario
entre los escombros y de allí remitido directamente a la morgue, porque —insistió— el
edificio donde él trabajaba no se había derrumbado y el nivel de escombros existente
en la vereda y en la calzada no era suficiente para ocultar su cuerpo ni impedir que se
lo identificara rápidamente.
Así las cosas, el cuerpo de Tito parece haber sido el primero o uno de los primeros en
ser retirado y llevado váyase a saber dónde. Porque, aterrados, los habitantes de
Pasteur 632 habían evacuado el edificio inmediatamente después de la explosión y
ninguno de ellos vio el cuerpo del portero; su mujer llegó al lugar unos pocos minutos
después y tampoco se topó con él y ninguna de las demás personas que llegaron a los
pocos minutos de las explosiones, como el personal del SAME, bomberos, policías y
socorristas lo vieron, ya que de haberlo hecho les habría quedada grabada la imagen
de un hombre atravesado por un amortiguador que le salía por el cuello.
Para más inri, destacó Ubeira, el perito Marcelo Leguizamón, de los Bomberos, informó
que, a diferencia de todas las demás supuestas piezas de la supuesta Trafic-bomba, en
ese amortiguador no había vestigios de explosivos. De lo que se deducía que no había
estado en el escenario de la explosión sino introducido en el cuerpo de Tito más tarde.
Ubeira explicó que por la composición molecular y una serie de explicaciones técnicas
que habían dado los peritos era prácticamente imposible quitar el amonal de los
cuerpos metálicos que participaban de una explosión, ya que las altísimas
temperaturas hacían que el metal y el explosivo se fundieran, mezclándose de modo
inextricable.
Tras subrayar que ese fue el único peritaje practicado sobre supuestas piezas
pertenecientes a la Trafic cuyo resultado dio negativo, concluyó diciendo —no sin
ironía— que “el amortiguador nunca formó parte del contenedor (sic) explosivo
utilizado porque, de haberlo estado, tendría que estar impregnado de alguna sustancia
explosiva”.
Ubeira agregó que para que el amortiguador ingresara en el cuerpo de Díaz se
necesitaba una fuerza determinada, pero que una explosión no era la única manera de
generarla. Y concluyó diciendo que quien había matado a 85 inocentes no tendría

338
barreras para cometer un hecho que, aunque aberrante, era francamente menor ante
aquella matanza, como introducir un amortiguador en el cuerpo de una de las
víctimas.

Como Swan y Edison


No presentamos debidamente a Gabriel Levinas antes, lo hacemos ahora: marchand y
criador de yacarés, fue fundador y director de la revista El Porteño, el útero en el que
Lanata y Ernesto Tiffenberg incubaron el diario Página/12; también redactó un informe
sobre la investigación del caso AMIA para el Comité de Relaciones Exteriores del
Congreso de los Estados Unidos de América y fue el responsable de la informatización
de la Causa AMIA por encargo del encubridor Raúl Beraja, entonces presidente de la
DAIA, quien todavía debe estar lamentando su contratación.

Levinas no fue el primero en tener claro el timo de la camioneta-bomba, pero sí lo fue


en ponerlo por escrito en La ley bajo los escombros (Editorial Sudamericana, 1998).
Actualmente, como ya se dijo, secunda a Lanata, quien aunque ahora mantenga la
boca cerrada para molestar a su empleador, fue el primer impugnador de la supuesta
Trafic-bomba junto con el periodista Joe Goldman.

Fue Carlos De Nápoli —quien persiguió por la calle al DJ Sarapura para preguntarle si le
habían robado una Trafic— quien primero pudo establecer que era esa sobre la que
había trabajado el chapista Ariel Nitzcaner, y no la que había pertenecido a la textil
Messin SRL. Y que por lo tanto la Historia Oficial coordinada por el juez Galeano —que
había hecho una de ambas— hacía agua, y también fue De Nápoli quien primero
demostró la imposibilidad de que la Trafic-bomba hubiera existido, pero fue Levinas
quien lo primereó (por entonces De Nápoli aún no había iniciado su breve pero
prolífica e intensa carrera de escritor dedicado especialmente a la presencia nazi en la
Argentina) y estableció públicamente que las piezas colectadas por los laboriosos
miembros del Departamento de Explosivos pertenecían a cuando menos dos vehículos
blancos distintos, ninguno de los cuales había sido repintado, como sí lo había sido el

339
supuestamente utilizado como coche-bomba, que había llegado a manos de Monjo
después de haber sufrido un incendio en un garaje de la calle Alsina.

Así, Levinas y De Nápoli terminaron siendo lo que Joseph W. Swan y Thomas Alva
Edison, padres de la lámpara incandescente. Aunque la descubrió Swan, la patentó
Edison, a quien casi siempre se le atribuye el descubrimiento.

Su condición de miembro de prosapia de la kehilá (comunidad) le permitió a Levinas


gastar tempranamente ironías a costa del Mossad, que produjo un informe en el que
destacó la supuesta existencia de “un cráter de cinco metros y medio” de largo, foso
que nadie más vio.

Volquete y columna

Entre otras cosas, en dicho informe los israelíes afirmaron que un pedazo del volquete
puesto en la puerta de la AMIA, de unos 43 kilos de peso… había volado hasta 230
metros de allí, mientras un fragmento mayor había permanecido muy cerca del lugar
de la explosión. Según Levinas, estos guarismos demostraban que los israelíes se
habían basado en los datos que les habían dado los peritos argentinos “y no en una
observación directa, ya que el trozo de contenedor sacado del lugar junto a la columna
(N. del A.: de alumbrado, cercenada cerca de su base) era del 25 por ciento del mismo,
más otra parte encontrada a 220 metros”. Levinas subrayó que ambos trozos no
constituían la totalidad del volquete, que para nada volvería a estar completo ni
siquiera si se les sumaba la gran cantidad de pequeños pedazos que se habían
encontrado lejos, por lo que parecía que una parte se hubiera volatilizado. En cambio,
nada dijo sobre la asombrosa trayectoria de la fracción de volquete que había volado
230 metros según el Mossad, o 220 metros según él. En cualquier caso, parecía harto
evidente hasta para el menos perspicaz de los legos, que 43 kilos de metal no tenían
manera de recorrer semejante distancia excepto que fueran parte de la carcasa de una
bomba.

340
“Con respecto a la columna de alumbrado, el informe del Mossad sostiene que fue
hallada a 92 metros del lugar, después de rebotar contra el frente de un edificio” y que
pesaba 64 kilos. Levinas apuntó que “ese fragmento no podía ser más que la parte de
arriba de la columna, ya que la de abajo se veía en muchas fotografías junto al pedazo
de volquete que quedó en las proximidades de la puerta de la AMIA después de un
rebote, seguramente contra el frente del edificio”. Ese pedazo de volquete estaba
“inflado” y no tenía marcas de metralla, como todo lo que estaba a su alrededor.

En cuanto a la base de la columna de alumbrado, su pedazo más largo y más grueso,


era evidente que a partir de él podía determinarse —por los fragmentos de metal que
la habían colisionado y por la manera en que se había quebrado— cuál había sido el
epicentro de la explosión que la había arrancado. Pues bien, ese pedazo de la
“columna, junto con la parte (más grande) del volquete, fue retirada inmediatamente
del lugar en un vehículo del cuerpo de bomberos y no forma parte de las evidencias
aportadas al caso porque su rastro se ha perdido”, subrayó Levinas.

Lo más curioso es que aunque Clarín publicó una foto del instante en que los
bomberos cargaban el trozo de columna para llevárselo —afirmó Levinas en diálogo
con el autor—, los negativos (es un decir) habrían desaparecido del archivo del diario.
Levinas dijo que igualmente él conservaba una copia de la página del diario en la que
había sido publicada.

Otra cosa muy curiosa y coincidente con aquellas desapariciones sucedió con el
Renault 20 de Joffe, acaso el vehículo más dañado por una explosión, de cuyo
epicentro debió haber estado muy cerca a juzgar por el derretimiento de la chapa del
baúl y el resto de su parte trasera. Sobre el auto de Joffe se subieron decenas de
bomberos y una Caterpiller arrojó paladas de escombros, todo indica que a propósito,
hasta taparlo parcialmente. Por insólito que parezca, ese Renault nunca se peritó.
Unos nueve meses después del atentado, el juez Galeano le avisó a Joffe mediante un
oficio que podía retirarlo del depósito judicial. “Dos días más tarde se presentó ante
Joffe un hombre que le ofreció comprar el vehículo en el estado que se encontraba por
cinco mil dólares”, escribió Levinas, una cifra muy por encima de lo que valía en el

341
mercado esa chatarra. Joffe rechazó la oferta y el hombre, sin negociar ni hesitar,
subió rápidamente el importe hasta los 10 mil pesos/dólares. Un poco paranoico —no
sin motivos—, Joffe, sospechando que el ansioso comprador contaba con información
proveniente del despacho de Galeano, no aceptó la oferta pero le contó de ella tanto a
Levinas como a De Nápoli, que incluyó a Joffe y su sugestiva anécdota en su
documental.

En una entrevista que le hicieron Vicente Zito Lema y Conrado Yasenza para el
desaparecido semanario La Maga, Levinas concluyó que si “para la mayoría de la
gente, todos esos movimientos iniciales desbordados por la situación, en los que la
Policía actuó sin saber qué hacer, fueron errores”, no lo habían sido y “formaban parte
de un esquema: sabían qué era lo que tenían que hacer, sabían muy bien lo que
significan los peritajes para las compañías de seguros, porque viven de eso. Saben qué
se puede tocar y qué no, porque hay un Código Procesal, y acá en ningún caso se
observó… Además —agregó—, quienes debían llevar adelante la observación de la
investigación judicial, la querella, fueron cómplices. Hasta el punto de que (durante)
casi todo un año, la AMIA y la DAIA estuvieron sin penalistas”.

Autoplagio

Escribí en AMIA. El Atentado… allá por 1997:

“Consultas a veteranos cronistas policiales —que pidieron estricta y comprensible


reserva de sus nombres— permiten sintetizar que, tal como había adelantado el jefe
Passero, hay dentro de la PFA y de la PBA bandas estrechamente entrelazadas cuya
existencia data de la última dictadura militar. Y que estas bandas están involucradas en
varios asesinatos —incluido el de otros policías— que permanecen impunes.

Otra conclusión es que —tal como dijo el más respetable de estos colegas— ‘serán una
logia secreta, pero no me cabe duda de que los comisarios mayores y generales
conocen a sus miembros perfectamente: lo que pasa es que les tienen miedo. Si hay
jefes policiales que temen a otros policías, ¿cómo no habríamos de tener miedo los

342
periodistas o quienes acometemos, como es este caso, la tarea de escribir un primer
borrador de lo que ya es parte de nuestra historia?’”, concluyó.

Buscando alguna protección, quien escribe viajó aquel mismo año a Madrid y denunció
ante el juez Baltasar Garzón el protagonismo de policías provenientes de los “grupos
de tareas” de la dictadura, tanto en la ejecución del ataque como en su encubrimiento.
Han pasado 18 años desde entonces, y es posible decir hoy que dos de los colegas de
los que me reservé el nombre fueron los ya fallecidos Carlos Juvenal, autor de Buenos
muchachos, y Enrique Sdrech, cuya casa había sido baleada con armas de variados
calibres en represalia por haber hurgado en los negocios de Los Arcángeles.

Por entonces, no hacía mucho que la ciudad de Buenos Aires se autogobernaba. Pero
aún no disponía de policía propia y la PFA era totalmente autónoma de sus
autoridades. Para reafirmarlo, al recibir a un grupo de legisladores porteños, el jefe
Pelacchi les dijo que no iba “a permitir que el virus de la política infecte a la fuerza que
comando”.

Sin embargo, y desde siempre, la Federal estaba politizada hasta la gorra.

Clasistas y judeófobos

Desde sus mismos orígenes, la Policía de la Capital (Federal a partir de fines de 1943)
tuvo un componente fuertemente antijudío. Hasta el punto de que hasta 2011 sus
escuelas de oficiales y suboficiales se llamaron coronel Ramón Lorenzo Falcón y
comisario general Alberto Villar, ambos muertos por “subversivos” de épocas
distantes.... aunque quizá no tanto: si en 1906, a poco de haber asumido, Falcón le
ordenó a la Policía Montada que disolviera a sable y bala una concentración de obreros
que conmemoraban el 1º de Mayo, medio siglo después la Policía Bonaerense fusilaba
militantes peronistas desarmados en los basurales de José León Suárez.

El caso de Falcón es paradigmático. Hay sobrados testimonios de que odiaba a los


inmigrantes con toda su alma, todavía más a “los rojos", y muy particularmente a “los

343
rusos”. En pleno invierno de 1907, Falcón encabezó "manu militari" —utilizando esta
vez y como novedad mangueras de alta presión— masivos desalojos de conventillos e
inquilinatos de las hacinadas familias que se resistían a pagar alquileres abusivos.

Por fin, en 1909, Falcón repitió, aumentada, la matanza de obreros. Fue el 1º de Mayo
de 1909, cuando otra vez la Policía Montada a sus órdenes cargó contra unos mil
quinientos asistentes (hombres, mujeres y niños) que se dispersaban al término de un
acto convocado por la anarquista Federación Obrera de la Región Argentina (FORA) en
Plaza Lorea, matando a 14 personas e hiriendo de gravedad a unas ochenta.

En noviembre de ese mismo año, un joven de 17 años nacido en Ucrania, de padres


judíos, Simón Radowitzky, en nombre de aquellos muertos mató a Falcón arrojando
dentro de su carro una bomba casera sin siquiera intentar luego una improbable huida.
Torturado, se salvó del pelotón de fusilamiento por ser menor y pasó dos décadas
preso —la mayor parte de ese tiempo en el “penal del fin del mundo”, en la isla austral
de Tierra del Fuego— hasta que Hipólito Yrigoyen lo indultó.

Aunque los actuales dirigentes de la colectividad judía frunzan el ceño de disgusto


cuando se les recuerda, la mayoría de los inmigrantes judíos de hace un siglo tenía
ideas socialistas, comunistas o libertarias. Simón Radowitzky es, todavía, un héroe para
quienes luchan por la emancipación de los asalariados, y un demonio para el fascismo
criollo. Por el contrario, Falcón fue tanto bandera de los fascistas como la encarnación
del mal para aquellos luchadores sociales.

Gastón

El anónimo que obra en el juzgado de Galeano se refiere al cuerpo docente del CAPE
durante la dictadura, es decir a quienes impartían “libretos nazis”. Entre esos
profesores, sostiene, descollaron los comisarios Alberto Hugo Tomás Castro, Carlos
Sadovsky y Alberto Horacio Michelena. Castro era un “abogado, furibundo antisemita,
principal ideólogo y orador en las clases”; Sadovsky, un “experto en explosivos del
cuerpo de bomberos” y Michelena se había convertido con el paso del tiempo en el

344
jefe de la ayudantía del jefe Passero. Castro se retiró en 1990, Sadovsky en 1992,
después de lo de la Embajada, y Michelena junto a Passero, después del atentado a la
AMIA. Pero, según el anónimo, había otros instructores del CAPE que seguían en
actividad. Sin ir más lejos, su profesor de Educación Física: Gastón Gustavo Fernández.

El 18-J, Fernández era jefe de la comisaría 7ª, en cuya jurisdicción se encontraba la


AMIA, en la que revistaban los cabos Jorge Bordón y Alberto Sarogni (el que
habitualmente hacía guardia a esa hora) y estaban a préstamo verbal algunos otros
policías en supuesta comisión. Incluso efectivos de la propia comisaría, como el cabo
Miguel Ángel Rodríguez —acaso el más mimado por el comisario— estaban liberados
del servicio rutinario, en su caso por estar haciendo el “curso de capacitación en la
escuela de suboficiales Alberto Villar”, es decir en la antigua sede del CIC golpista,
antecesor del CAPE.

Rodríguez, que había estacionado un Dodge 1500 naranja en Pasteur apenas pasando
Tucumán dijo que el lunes fatídico estaba sin dormir, pues el domingo había hecho
guardia en la escuela desde las 19 hasta las 7. Dio así una coartada antes de que nadie
le preguntara dónde había pasado la noche.

Gastón Fernández había llegado al barrio de Once procedente de la comisaría 47ª,


donde había reemplazado a su camarada del CAPE, la “guerra antisubversiva” y las
devociones marianas, el comisario Manuel Ernesto Dibb, “un conocido homicida”
según el anónimo.

Después del 18-J, Herman Schiller denunció de viva voz a Fernández como “nazi” a
través de los micrófonos de Radio Jai. El periodista recordó que el comisario había sido
represor durante la dictadura, recopiló múltiples testimonios de su antisemitismo
visceral entre los comerciantes judíos del Once que lo padecieron, expresó sus
sospechas de que hubiera podido estar involucrado en el bombazo a la AMIA y destacó
escandalizado que seguía siendo el comisario de la zona.

Cambios de guardia

345
Como el juez Galeano no lo hacía de motu proprio, el abogado de Memoria Activa,
Alberto Zuppi, le pidió el secuestro de los registros de las comisaría 5ª y 7ª “a fin de
acreditar en forma fehaciente los turnos y atribuciones en la semana previa al
atentado”, de modo que pudiera establecerse “la identidad de los responsables” de su
distribución y “quiénes tenían a su cargo la planificación de la custodia”. No tuvo éxito:
Galeano se limitó a pedirle a la PFA que informara sobre los turnos de la custodia y
quienes los habían cubierto. La respuesta, firmada por el jefe de la PFA, comisario
Pablo Baltazar García, llegó recién en octubre de 1998.

Según esta, uno de los policías que cubrió custodias en la AMIA en los días previos al
atentado fue el sargento Pablo Fernández. Cuando el juez lo quiso citar, la PFA le
informó que había sido trasladado a la Superintendencia de Seguridad Ferroviaria (es
decir, a la órdenes de Data), pero en esta dependencia le informaron a Galeano que
Fernández se había suicidado el 25 de diciembre de 1996, diez meses antes de la
elaboración del informe.

Podría ser una anécdota macabra (¿habrá sido un “suicidio” como el del bombero
Cánepa Carrizo?) pero el informe también sostiene que el sargento 1º de la comisaria
5ª Héctor Vargas, participó de la custodia los días 9, 10 y 14 de julio, cuando Vargas
había declarado ante el juez haberlo hecho únicamente el día 13. De la misma manera,
el informe policial ni siquiera menciona al sargento Daniel Lento, quien declaró ante el
juez haber cumplido con sendas guardias frente a la AMIA los días 13 y 14 de julio
entre las 6 y las 12 junto al cabo 1º Grassi. Peor aun: según el informe de la PFA, el 13
de julio la custodia de la AMIA fue cubierta en solitario por el agente Miguel Ángel
Jorge Díaz, de la comisaría 5ª.

No es un tema menor, porque hay fundadas sospechas —como ya se verá— de que el


atentado a la AMIA estaba originalmente planeado para ese día, el miércoles 13 de
julio cuando, al parecer, hicieron de custodias Díaz y, a tenor de su propia declaración,
el sargento Vargas.

346
El informe del jefe García fue tan pero tan deficiente que Zuppi, indignado, insistió
ante el juez que allanase ambas comisarías y secuestrara los registros, así como los
“controles de custodia” que según los policías que montaban guardia frente a la AMIA
les hacían patrulleros que pasaban regularmente por el lugar.

El abogado de Memoria Activa también le exigió a Galeano que acreditase de una


buena vez “quiénes fueron los jefes de calle” que dispusieron las custodias y “cómo
fueron cumplidos” los turnos. También le pidió que citara a declarar a dichos jefes de
calle para que informasen, entre otras cosas “si sabían de los defectos mecánicos y
eléctricos” del patrullero estacionado y su “falta de comunicación radial”.

Cuando Galeano le pidió a la comisaría 7ª que le enviara el Libro de Guardias


correspondiente a julio de 1994, le contestaron que había desaparecido. Tal cual. Con
absoluta impunidad. Como habían desaparecido los planos del edificio de la AMIA del
catastro municipal.

Por los pelos

Después del atentado, Fernández permaneció al frente de la comisaría 7ª un año y


medio más. Luego, tras una breve temporada de bajo perfil, reapareció, lo que
permitió comprobar que no solo era un avezado alpinista acostumbrado a trepar por
las escarpadas laderas de las montañas, sino que también se daba mañana para
ascender por el escalafón.

Fue en enero de 1996, cuando comandó el operativo en el que topadoras de la MCBA


arrasaron y enterraron un grupo de viviendas de la villa 31 de Retiro, la misma en la
que realizaba su labor pastoral el sacerdote Carlos Mugica hasta su asesinato, en 1974,
por un sicario de la Triple A. La misma en que días antes el intendente menemista
Jorge Domínguez había registrado por las cámaras de televisión cuando insultaba a sus
pobladores y los emplazaba al desalojo con modales cuarteleros.

347
Cuando necesitaba sus votos, el presidente Menem había prometido a los villeros la
propiedad de los terrenos, pero posteriormente decidió que eran imprescindibles para
unir las avenidas Leopoldo Lugones y 9 de Julio por medio de una autopista, por lo que
olvidó la palabra empeñada. A principios de 1996, el intendente Domínguez ordenó a
la PFA que desalojara a los villeros. Gastón Fernández lo hizo a su manera: las
imágenes del inaudito atropello (efectuado sin orden judicial) contra los vecinos más
pobres de la capital argentina recorrieron el mundo. Los subordinados de Gastón
Fernández alzaron por los pelos —desde la zanja en que había quedado sepultada su
casa— a una vecina que se resistía a alejarse de sus escasas, semienterradas
pertenencias. Horrorizada, la senadora Cristina Fernández de Kirchner (PJ-Santa Cruz),
dijo que no había visto imagen igual desde la masacre de Ezeiza, cuando en medio de
una balacera un muchacho había sido alzado por los pelos hasta lo alto del palco
preparado para que hablara Perón.

La fiscal Dora Olivieri le pidió a la jueza María Laura Garrigós de Rébori que, de
comprobarse un “exceso en el ejercicio de las facultades y atribuciones que poseen las
autoridades del municipio”, ordenase una serie de medidas. Para la fiscal era claro
que, esgrimiendo un decreto “cuya validez, reitero, es cuestionada”, los funcionarios
municipales y los policías federales habían “utilizado una fuerza física superior a lo
indispensable”, causando lesiones y destruyendo bienes. Olivieri pidió en consecuencia
que la magistrada citara a declarar a los responsables del personal policial implicado en
esos hechos de barbarie, identificándolos como “el subcomisario Carlos Alberto
Espínola, de la comisaría 46ª, y el comisario inspector Gastón Gustavo Fernández, jefe
máximo del operativo”. Fue así que nos enteramos que Gastón Fernández se había
convertido nada menos que en el Superintendente de Seguridad Metropolitana: nada
menos que el responsable de la seguridad de toda la Capital Federal, reconvertida en
ciudad autónoma.

Enviado por el Presidente

348
O ya la tenía de antes o fue entonces cuando entabló una relación con el mismísimo
presidente Menem, no queda claro si a través Alfredo Yabrán o de Emir Yoma. A
Menem, G.G. Fernández le resolvió un viejo problema, una asignatura pendiente de
cuando Menem era presidente electo pero aún no había asumido y transcurrían sus
últimos días como gobernador.

La historia la contó Olga Wornat en su libro Menem, la vida privada (Planeta, 2000). El
24 de junio de 1989, una avioneta Piper Séneca PA34 que había despegado del
aeropuerto de La Rioja se estrelló en una ladera del cerro Velazco, 80 kilómetros al sur
de la ciudad, según narró una pastora, única testigo del accidente. En la avioneta
viajaban solo el chino Philip Hueing Song, un especialista en acupuntura residente en
La Rioja, y el joven piloto. Song, que se había hecho imprimir tarjetas que lo
presentaban como “Asesor personal en asuntos orientales del Excelentísimo
Gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem”, llevaba consigo una enorme valija.

Apenas se enteró de que se había perdido el rastro de su asesor, Menem subió a una
avioneta de la Gobernación y se puso a pilotearla. La buscó afanosamente. Pero debió
volver enseguida: hubo un desperfecto y la avioneta tuvo que hacer un aterrizaje de
emergencia en medio de autobombas, ambulancias, patrulleros y vehículos de la
Fuerza Aérea. Estaba visto que no era ese el día para volar.
Un año después, al ser entrevistada, la viuda de Song, Rosa Domínguez, dijo que
Menem le había encomendado a su marido “conectarse con gente de Oriente” para
que visitaran La Rioja con el objetivo de “hacer distintas operaciones” e “interesarla en
negocios”, de los que dio como ejemplo “la importación y exportación de telas”.
Gastón Gustavo Fernández, ya lo dijimos, era un experimentado alpinista/andinista y
como tal encabezó una expedición de la Policía mendocina que, se informó, encontró
los restos de la avioneta y de los cadáveres y también un maletín de viaje con un
proyecto de radicación industrial en La Rioja y hasta la billetera del chino, con una
tarjeta de crédito y 95.000 australes. Pero en el acta no figura que hayan encontrado
ninguna valija.

349
La siguiente vez que apareció en escena, Gastón Fernández encabezó un allanamiento
—pareció un simulacro— de las oficinas de la agencia de seguridad y vigilancia Bridees
(que querría decir “Brigada de la ESMA”) en Paraná al 500. Fue el 16 de mayo de 1998.
Bridees era la guardia pretoriana de Yabrán. El allanamiento se produjo luego de que
en la víspera hubieran ido allí periodistas de TN interesados por los contactos entre
“vigiladores” de Bridees como Héctor Domingo Frete y Gustavo Prellezo, el oficial de la
Policía bonaerense convicto por el asesinato del reportero José Luis Cabezas, crimen
que conmocionó el verano de 1997 de manera muy parecida al modo en que la muerte
del fiscal Nisman conmocionó el verano de este año.

Nadie abrió las puertas —que carecían de placas de identificación— pero alguien
disparó un arma en el interior, tal como quedó nítidamente grabado. A pesar de lo cual
G.G. Fernández entró, salió y dijo que no se habían encontrado allí armas de fuego.
Algo ridículo teniendo en cuenta la naturaleza de la empresa. El juez consideraría ese
allanamiento nulo, ordenando que se hiciera otro que, como era de esperar, arrojó
resultados negativos. Según fuentes de la Gendarmería Nacional sostenían entonces,
G.G. era uno entre decenas de oficiales de la PFA que percibían una segunda
mensualidad de Yabrán.

Otro de los instructores del CAPE que el 18-J seguía en actividad era Carlos Brunet,
“actual director general de Operaciones”, según informó correctamente el anónimo.
Brunet, hijo de un oficial de la Armada de claras simpatías nazis, era quien había
escuchado a Wilson Dos Santos contarle la historia de Nasrim y sus amigos, el mismo
que, acaso por no entender bien sus dichos, le había enviado sistemáticamente
cambiada la información al juez Galeano. De Brunet dependían ese día, entre otras
muchas cosas, los helicópteros de la PFA.

Misterios del aire

Son muchos los testigos que dijeron haber visto helicópteros sobrevolar la AMIA el
domingo durante el día y también por la noche; así como en la madrugada del lunes 18

350
e incluso muy poco antes de que se produjera las explosiones. Por ejemplo, la ya citada
Adriana Schettino, que dijo que alrededor de las 9, cuando caminaba por Pasteur hacia
la AMIA, a la altura de la avenida Rivadavia vio como “un helicóptero de grandes
dimensiones sobrevolaba la zona a muy baja altura”. Schettino recordó que la máquina
siguió en esa posición durante varios minutos. Su trabajo quedaba a metros de la
AMIA, explicó, y “el helicóptero seguía allí cuando llegué”, después de caminar cinco
cuadras.

También la vecina Marta Portela, domiciliada en Pasteur al 700, aseguró que hubo
helicópteros que sobrevolaron la AMIA tanto por la noche como también “tres o
cuatro minutos” después de la explosión. Otros testimonios destacan que un
helicóptero sobrevoló la zona muy poco antes de que estallara la bomba o incluso que
permaneció suspendido sobre la AMIA largos segundos.

Efectivamente, se iría constatando con el paso del tiempo, fueron muchas las personas
que vieron las evoluciones de los helicópteros, antes y después de las explosiones.
Pero, por alguna razón, el juez Galeano nunca mostró interés en sus testimonios, del
mismo modo que hizo con quienes decían haber escuchado dos detonaciones.

Hay variados testimonios de la existencia de dos o más helicópteros y podría haber


muchos más. Entre todos, se destaca el ya mencionado de Héctor Robledo —el mismo
que figuró en la lista de heridos y no habría admitido haber estado herido y ni siquiera
cerca de la explosión—, quien le dijo a un anónimo agente de la SIDE haber visto volar
a dos helicópteros juntos a las 2.30 de la madrugada del lunes. “Primero apareció uno
que sobrevoló el edificio iluminándolo con un reflector y después apareció otro, del
que pendía una especie de soga”, le dijo.

La declaración de Robledo acaso no tendría tanta importancia si no fuera porque esa


madrugada había gente dentro del edificio: personal de limpieza de una empresa que
resultó ser de propiedad de Alfredo Yabrán. La pista la dio el cabo 1º Sarogni, el que
habitualmente custodiaba las puertas de la AMIA por las mañanas, pero que ese lunes,

351
a instancias de sus jefes, había ido a hacerse unos exámenes médicos largamente
postergados. Gracias a ello, su lugar había sido ocupado por el neófito Bordón.

A pesar de que, al declarar en la comisaría, Sarogni había dicho que desde marzo,
cuando habían comenzado a hacerse refacciones en el edificio, era habitual que se
descargasen volquetes frente a la AMIA, también señaló que indefectiblemente el
personal de seguridad de la AMIA pedía “que los dejasen pasando el edificio, después
del cartel de prohibido estacionar”, Galeano recién lo llamó en 1997, luego de la
aparición de AMIA. El atentado…, donde se transcribían sus dichos.

En el juzgado, Sarogni dijo que todos los días, a partir de las 19, ingresaba al edificio de
la AMIA “personal de limpieza” que permanecía hasta las 7 de la mañana del día
siguiente. Tiempo después, el 21 de octubre de 1998, el abogado Zuppi le hizo notar
por escrito a Galeano que según el testimonio de una vecina, la señora de Rivas, en la
madrugada del lunes 18 de julio las luces de la AMIA estaban encendidas. “Esta
querella no encuentra constancias de que hayan sido identificados y citados aquellos
que cumplieron tareas de limpieza en el horario mencionado en la declaración”,
quienes obviamente “podrían aportar elementos de juicio respecto a movimientos de
vehículos, helicópteros, etc.”.

Para entonces, el autor, despabilado por Sarogni, había descubierto que la empresa de
limpieza de la AMIA era La Royal SRL y pertenecía a Alfredo Yabrán. Cuando le
comunicó su descubrimiento al Dr. Dobniewski, este le pidió que, por favor, “por el
momento” no lo difundiera.

Más allá de la incierta posibilidad jamesbondeana de que desde un helicóptero se


hubieran bajado los explosivos que habían acabado con el edificio y muchos de sus
moradores, había otros motivos para el silencio: el 18-J estaba previsto que se iniciara
una auditoria en la AMIA, y en unos pocos años habría de quedar claro que La Royal
ofrecía “retornos” a quien la contrataba del más del 50% del total facturado. Fue
cuando el último ministro de Trabajo de Menem, José Uriburu, fue procesado (y
embargado por 250 mil pesos/dólares) por un contrato firmado con La Royal y otra

352
empresa en 1998: según la Auditoría General de la Nación, los precios pagados
superaban en más de un 60% los cánones.

Pero no era estos, con todo, los únicos motivos para el pedido de silencio.

La sombra de Yabrán

Antes de ser la abogada defensora de la DAIA y de su ex presidente, Rubén Beraja, en


la quiebra del Banco Mayo y otras causas, la Dra. Marta Nercellas había defendido a
tres empresas de Alfredo Yabrán, todas ellas llamadas Zapram, acusadas de evadir en
conjunto impuestos por más de 18 millones de pesos/dólares y cuyos directivos eran
casi sin excepción ex miembros de las Fuerzas Armadas y, sobre todo, de seguridad,
incursos en variados crímenes de lesa humanidad durante la dictadura (1976-1983),
destacándose especialmente el capitán de fragata (R) Adolfo Miguel Donda Tigel, (a)
Jerónimo, uno de los más sádicos torturadores de la ESMA. Quien confirmó y difundió
la noticia fue Daniel Schnitman, director de un pequeño periódico contestatario de la
comunidad judía, La Voz y la Opinión (“La abogada del diablo”, noviembre de 2010).

Yabrán era al mismo tiempo amigo de Monzer Al Kassar y de Emir Yoma. La hermana
de este, Amira Yoma, fue amiga íntima del traficante y hasta lo visitó en su palacio
marbellí. A su vez, su ex esposo, el agente de inteligencia sirio Ibrahim Al Ibrahim, para
ser nombrado en la Aduana de Ezeiza necesitaba el visto bueno de Yabrán, que tenía
tantos intereses en el aeropuerto que periodistas como Alberto Ferrari decían a viva
voz que lo controlaba. En efecto, Yabrán participaba de la operadora EDCADASSA a
través de Villalonga Furlong, y controlaba los depósitos fiscales de la estación aérea
como socio de la Fuerza Aérea. A su vez, los altos mandos aeronáuticos hacían
operaciones con Al Kassar, tan interesado en comprarles aviones viejos como en
venderles otros no tanto.

La DAIA y la AMIA habían pedido que se recopilaran los antecedentes de las firmas que
integraban la vasta red de agencias de seguridad, vigilancia y hasta de limpieza para
investigar si existía “alguna concordancia, vinculación o relación pasada o presente

353
entre estos y quienes aparecen mencionados o involucrados en la causa, en especial
con el grupo de ex-carapintadas liderado por el ex-sargento Jorge Orlando Pacífico, un
experto en explosivos vinculado con bandas especializadas en el asalto a blindados
transportadores de caudales”, empresas que resultaban sistemáticamente
competidoras de Yabrán, citó Schnitman una presentación judicial hecha
conjuntamente por el entonces diputado nacional Franco Caviglia y el autor el 4 de
junio de 1998.

La relación entre la DAIA-AMIA y La Royal no parecía la que se establece usualmente


con una empresa de limpieza, sino, más bien, a la que hay entre socios, pares o no. “El
juzgado estuvo investigando y nos pidió información sobre la empresa y otros factores.
Se siguió como una pista para ver si tuvo alguna vinculación, pero por lo que me
consta, no se pudo llegar más que a esa sospecha. No se pudo seguir avanzando con
las evidencias necesarias como para abrir un camino con seriedad (...) No se pudo
plasmar una evidencia que pudiera seguir esa línea”, pretendió justificar la existencia
de esa laguna oceánica Dobniewski en mayo de 1999, al ser entrevistado por el
periodista Gerardo Yomal para el quincenario Nueva Sión.

—Algunos pueden sacar la conclusión de que ese domingo 17 había personas de una
empresa de Yabrán moviéndose libremente dentro del edificio de la AMIA...—insistió
Yomal.
—En el supuesto de que eso fuera cierto, y ojalá tuviéramos pruebas de que eso tenga
algo que ver con el atentado... pero parece contradecir otras hipótesis que hay, dicha
hipótesis apuntaría a sospechar que el atentado se produjo adentro de la AMIA, y lo
que está absolutamente seguro es que se produjo fuera de la AMIA... —respondió el
abogado, que es la misma persona que en 1995, cuando el autor le dijo que de
acuerdo con un ingeniero amigo no cabía duda de que la explosión había sido adentro,
había reaccionado:
— ¿Cuánto adentro?
— No sabemos Luis, quizá solamente un metro, no tenemos el telebeam...
— Entonces... ¡la camioneta entró!

354
La posibilidad de que las personas que estaban dentro de la AMIA so pretexto de
pertenecer a La Royal hubieran tenido alguna participación en el atentado jamás se
investigó. En teoría, La Royal tenía una oficina en la calle Talcahuano al 300, pero nadie
respondió jamás a las llamadas que se cursaron a su teléfono. Era una empresa
fantasma.
El 22 de diciembre de 2001, en una audiencia del megaproceso de la AMIA que habría
de concluir con la libertad de todos los acusados, el Tribunal pidió “que se le envíen
escuchas telefónicas de una investigación sobre la quiebra del Banco Mayo que
puedan vincularse al ataque terrorista, luego de difundirse una conversación entre el
ex titular de esta entidad Rubén Beraja y el juez federal Juan José Galeano”.

Ese mismo día, sacada, la blonda Nercellas, intentó colar un testigo que, dijo,
desmentiría que La Royal perteneciera a Yabrán. El presidente del tribunal, Guillermo
Gordo, denegó su pedido por extemporáneo.

Sin registros ni videos

El jefe del escuadrón aéreo de la PFA, Norberto Edgardo Gaudie, informó al juzgado
que, por orden de la Dirección General de Operaciones (DGO) de la repartición (es
decir, de Brunet), el helicóptero matrícula LQAOF había sobrevolado la ciudad entre las
19.30 y las 21.30 y las 22 y 23 del domingo. La orden que tenía, alegó, era hacerlo con
preferencia sobre la Embajada de Brasil, país que había ganado el Mundial de fútbol
disputado en los Estados Unidos (tras una soporífera e interminable final con Italia en
Los Ángeles), en previsión de tumultos. Una misión tan absurda como inverosímil.

En cuanto al lunes 18, Gaudie confirmó que también ese día por la mañana la DGO le
ordenó que fuera sobrevolada desde hora temprana la ciudad “en misión de
observación y ordenación del tránsito vehicular”, tarea que había cumplido el
helicóptero matrícula LQMMS. Cuando tardíamente desde el juzgado se intentó
averiguar quién había conducido ese helicóptero, la PFA informó, por increíble que

355
parezca, que no tenía manera de establecerlo puesto que dicho vuelo ¡no figuraba en
las planillas!

Después de que explotó la bomba —continúa el informe de Gaudie— la DGO le había


ordenado al helicóptero que a partir de las 10.30 sobrevolara la zona del siniestro y
grabara el escenario con una cámara de video infrarroja. “A través de la cámara del
helicóptero, los operadores de la Sala (de la DGO) reciben en directo las imágenes de
cuanto acontece. Allí queda grabado un detallado registro de lo realizado, testimonio
que puede reproducirse las veces que sea necesario para hacer una evaluación
pormenorizada de los hechos. Las imágenes tienen tal grado de nitidez que permiten
documentar con claridad y precisión todo lo que ocurre en un área determinada. Es
posible reconstruir la fisonomía de una persona a 300 metros, y a menos altitud se
distinguen los números de una chapa patente”, había explicado con perceptible
euforia la propia PFA en su revista La Federal (número 18).

Dichas cámaras, añadía, podían “operar de noche, ya que las imágenes son captadas
por diferencias de temperaturas. El sistema infrarrojo puede determinar la presencia
de un cuerpo que disipe calor a varios metros de profundidad” y también logra
“precisar la radiación calórica residual que un objeto ha dejado sobre un lugar”. Para
no hablar del calor que deja una explosión de centenares de kilos de explosivos.

Dichas cámaras eran una reciente, desinteresada donación de Sky Cab, una empresa
del Grupo Yabrán.

Si el juzgado no logró que la PFA le informara quién era el piloto, tampoco logró que le
diera el video que, como es obvio, debió haber existido. Puede sospecharse que en su
misión de “ordenación del tránsito vehicular” contuviera imágenes de las raras
evoluciones de un camión amarillo-anaranjado que llegó a Pasteur al 600 junto a un
viejo Dodge 1500 anaranjado-amarronado. O quizá hubiera comenzado a grabar
después, cuando el camión amarillo-anaranjado se alejó y se produjo el gran fogonazo
que inició el derrumbe.

356
Apenas tomo posesión como jefe de la PFA, el comisario Pelacchi puso el Escuadrón
Aéreo a sus órdenes directas y le cambió el nombre por el de Cuerpo Federal de
Aviación. Su segundo, el comisario Baltazar García, encargado de meter en caja el
negocio de los automóviles y autopartes robadas, tenía como lugarteniente a G.G.
Fernández.

El 18-J, el DGO (Director General de Orden Urbano) era el comisario mayor Mario Data.
Cuarenta días después, cuando había pasado a ser superintendente de Seguridad
Ferroviaria, dos de sus subordinados asesinaron en un tren al subcomisario de la
Policía bonaerense Jorge Omar “Toti” Gutiérrez, hermano del dirigente metalúrgico y
actual intendente de Quilmes Francisco “El Barba” Gutiérrez.

“Data es el hombre fuerte de la Policía Federal y el de mejor relación con el secretario


de Seguridad, Miguel Ángel Toma. La decisión de la Justicia de poner a (el comisario
general Juan Carlos) Raffaini al frente de la investigación por corrupción policial lo
habría enfrentado con Data (...) porque uno de los investigados por Raffaini era el jefe
de Comisarías, Carlos Navedo, muy allegado a Data”, escribieron los periodistas
Virginia Messi y Rolando Barbano en Clarín (“Una guerra de sospechas por la renuncia
de un jefe policial”, 26-09-09, página 68).

Data. Brunet. Gastón Fernández. De ellos dependía el 18-J la vida y la seguridad de la


población.

La banda de los comisarios


Una organización celular de secuestradores que tenía como cuartel general una
agencia de seguridad y vigilancia llamada San Jorge, con sede en los bajos de la casa de
la familia Ahmed, en la calle Constitución al 2700, corazón de San Cristóbal, había
participado en la creación de la Orden de San Gabriel, y poco después se había
autonomizado. De los cuatro varones de la familia, el mayor, el comisario general
retirado Ismael, y el segundo, el convicto ex subcomisario José, habían sido policías; el
tercero, Camilo, era un halcón civil y solo el cuarto y último, Benjamín, cirujano

357
plástico, carecía —al menos, que fuera evidente— de lazos orgánicos con la Policía
Federal.
El allanamiento de San Jorge (que funcionaba también como Mestre S.A.) el 27 de
enero de 1992 a las 16 arrojó decepciones y sorpresas. Solo se encontraban allí dos
empleados y una enorme cantidad de papeles, sin que se secuestraran sellos, armas,
equipos de comunicaciones ni listas de clientes, lo que dio pábulo a sospechas de que
quizá los dueños de casa hubieran estado avisados de su inminencia. Que fue
convicción cuando los allanadores se jactaron de que Ismael y su anciana madre los
habían recibido en la primera planta con café recién hecho.
La agencia tenía a su cargo el servicio de vigilancia de la enorme Papelera Massuh, con
fábrica en Quilmes, cuyo director era el propio Ismael Ahmed. Massuh era una de las
escasas empresas que había recibido préstamos del efímero BCCI. A su vez, la agencia
también era sede legal de la papelera Ahmestra, dirigida por Ismael Ahmed, al que
para diferenciarlo de sus hermanos le decían “El Viejo”. Como director de Massuh,
Ismael hacía negocios muy beneficiosos (al menos para él) con Ahmestra. Negocios
redondos.
La agencia de seguridad también prestaba sus servicios a la casa de cambios Exprinter.
Ese mismo año (1991) la Compañía Financiera Exprinter se transformaba en un banco
comercial con el nombre Exprinter Banco S.A. que operaba a través de su casa central
en la ciudad de Buenos Aires y cuatro sucursales: Mendoza, Rosario, Mar del Plata y
Córdoba. Pasó a llamarse Banex cuando se hizo cargo del antiguo Banco de la Provincia
de San Luis, privatizado por los Rodríguez Saá en 1996. Al formular su acusación en el
caso del asesinato de María Marta García Belsunce, el fiscal Diego Molina Pico culparía
(en el caso del asesinato de María Marta García Belsunce) al Banco Exprinter de
participar en el lavado de dinero del Cartel de Juárez.
La periodista Andrea Rodríguez dejó constancia de las fundadas sospechas del juez
acerca de que “las empresas familiares habrían servido de pantalla para el
financiamiento de los secuestros y el lavado del botín”, así como también de la posible
participación de Ismael en los secuestros. “Para los investigadores hay datos que no
cierran: si bien el padre de los Ahmed hizo mucha plata durante años como el más

358
importante mayorista de productos de limpieza, la familia maneja muchísimo dinero y
misteriosamente siete núcleos familiares viven de las ganancias que supuestamente
deja la agencia de seguridad San Jorge”, escribió (“La plata de los Ahmed”, en
Página/12 del 29-01-92).
Los policías que hicieron el allanamiento llenaron de papeles quince grandes cajas que
fueron trasladadas al juzgado. Desde entonces, de aquellas presunciones jamás volvió
a tenerse noticia.

Antecedentes
El nombre de Fátima es polisémico. Puede referirse tanto a la hija del Profeta
Mohamed (Mahoma) como a la Virgen aparecida en esa localidad portuguesa a tres
pastorcitos en 1917, a los que les habría dicho que la Rusia menchevique y a punto de
bolcheviquizarse se reconvertiría al cristianismo, lo que la había transformado en la
preferida de los anticomunistas. Y es que los Ahmed practicaban, al menos hacia
afuera, un sincretismo religioso similar al preconizado por el coronel Seineldín, hijo de
drusos.
Pero si todos eran hacia afuera fanáticos de la Virgen María, a diferencia de Seineldín,
que parece haber mantenido siempre una conducta personal intachable (aun si
instruyó militarmente a mediados de los 70 a civiles que luego integrarían la Triple A,
lo hizo por mandato de un gobierno constitucional y sin que haya podido probarse que
supiera de antemano qué uso darían los adiestrados a sus enseñanzas), los ambiciosos
Ahmed, por más que les gustara exhibir rosarios blancos, so pretexto de la “lucha
antisubversiva”, habían desbarrancado tempranamente en el secuestro extorsivo.
Se trataba de un curso, si se quiere, natural. Ya a comienzos de 1975, Rodolfo Walsh
había denunciado a través de anónimos enviados a todas las redacciones, cuál era la
estructura de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), la Triple A que estaba
asesinando a militantes populares por decenas. Explicaba Walsh que los distintos
grupos de sicarios nocturnos, y particularmente los que de día eran miembros de la SSF
o integraban las custodias de la Presidenta “Isabel” Perón o de su secretario privado y
superministro, José “Daniel” López Rega, estaban coordinados por un pequeño grupo

359
de oficiales de la Superintendencia de Comunicaciones, los que garantizaban la
impunidad de los secuestradores y asesinos estableciendo “áreas libres” (rebautizadas
“zonas liberadas” por una prensa tan capciosa como perezosa), para que secuestraran
y asesinaran a sus víctimas o directamente las mataran sin riesgo de cruzarse con
patrulleros y policías inadvertidos. Entre estos oficiales se encontraba Ismael Ahmed,
que en 1979 fue nombrado Superintendente de Comunicaciones.

Sivak
Aquel año, la inteligencia militar, que respaldaba que la sucesión del dictador Videla
recayera en otro general de su misma promoción, Roberto Viola, en detrimento de los
comandantes en jefe de la Marina y la Fuerza Aérea, planeó poner en marcha un diario
para respaldar al candidato. El general Ramón Camps había ordenado el secuestro del
director y copropietario del diario La Opinión y la dictadura se había quedado con el
matutino, que durante un tiempo siguió saliendo con la dirección del general Teófilo
Goyret. Pero sus ventas se habían desplomado y La Opinión castrense había dejado de
salir por lo que había quedado ocioso y en manos del Ejército el moderno edificio que
Timerman había hecho construir para albergar tanto a la redacción como a la imprenta
sobre la avenida Vélez Sarsfield, en Barracas.
Para sacar a la calle ese diario (que terminaría saliendo más tarde y en otras
circunstancias con el nombre de Tiempo Argentino) la Jefatura II-Inteligencia calculó
que necesitaría un millón de dólares, y se le ocurrió que bien podía proporcionarlos
Osvaldo Sivak, titular de Buenos Aires Building S.A., empresa constructora que había
ganado mucho dinero en los últimos años. La elección de Sivak como financista
involuntario no fue solo porque los Sivak eran judíos: el padre de Osvaldo e iniciador
de la fortuna familiar había integrado el aparato financiero del Partido Comunista, lo
que a los secuestradores les permitía darle una pátina de ideología al crimen que
proyectaban.
La inteligencia militar dispuso que la operación la efectuara el grupo de tareas con
base en la SSF. Sivak fue “levantado” en la esquina de Güemes y el Pasaje Virasoro, a
una cuadra de la comisaría 23ª, donde halcones y plumas tenían una base. Luego de

360
recibir una llamada de los captores, sus familiares fueron a hacer la denuncia a la
mencionada seccional, donde explicaron que los secuestradores pedían dos millones
de dólares por la vida de Osvaldo. La noticia llegó en un santiamén a la J-II donde, visto
el descaro de los azules, los jefes verdes decidieron abortar la operación y hacerlo a
través de la propia Policía. Así fue que una comisión de Defraudaciones y Estafas al
mando del oficial Roberto Buletti detuvo a los secuestradores con las manos en la
masa cuando creían estar poniéndolas sobre el botín, en una “ratonera” tendida junto
a un bar de la esquina de la avenida Díaz Vélez y Medrano.
(Sivak, en agradecimiento, nombraría a Buletti jefe de seguridad de Buenos Aires
Building y le daría además generosos créditos. En pago a esta generosidad, Buletti
encabezaría el segundo secuestro de Sivak, que concluyó con su asesinato, pero esa es
otra historia.)
Además de policías, en la banda también había militares que habían integrado las

patotas de la SSF como Rafael López Fader, Roberto Fossa y Héctor Daniel Ferrer, que
en esta oportunidad zafó, pero que luego cayó preso por extorsionar parientes suyos
en compañía de su amigo, el ex teniente Osvaldo “El Indio” Antinori, quien había
atentado en 1970 contra la sede de la AMIA en La Plata.
De entre los detenidos interesa aquí destacar a dos subcomisarios: José Ahmed, que
pasaría por ser el jefe de la banda, y Alfredo Poroto Vidal, quien se había graduado
como secuestrador en la comisaría 47ª junto al Rufián Gómez y a Dibb, antes del golpe
de Estado y sería quien daría la información que permitiría atrapar a parte de los
secuestradores de Mauricio Macri.
Todos fueron expurgados silenciosamente de la Policía Federal al igual que quien los
militares consideraron sotto voce que era el cerebro de la banda, el superintendente
Ismael Ahmed, que fue obligado al retiro pero no fue a la cárcel ni acusado. En ese
momento tampoco ninguno de los detenidos fue denunciado ante la Justicia, por lo
que siguieron en libertad y percibiendo haberes como agentes encubiertos del
Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. La desgracia de José Ahmed y sus compañeros
ex policías sobrevendría cuando Buletti matara a Sivak, lo que provocaría la reapertura
de la causa por su primer secuestro.

361
Expertos
No se trataba de que los secuestradores de Sivak hubieran sido unos oportunistas que
decidieron sobre la marcha pedir el doble de los que se les había ordenado por
devolver a su presa: formaban parte de una banda que ya había secuestrado a
mediados de 1978 a Karina Werthein, de 16 años, que recién había sido liberada luego
de seis meses de intrincadas negociaciones con su familia. Una banda que muy pronto
habría de demostrar su capacidad de recuperación al secuestrar en noviembre de 1979
al empresario Rudi Apstein, y un año después al empresario hotelero Julio Dudoc,
asesinado a pesar de que su familia ya había pagado su rescate, seguramente porque
había reconocido a alguno de sus captores.
De acuerdo con la Historia Oficial, luego de ello la banda había permanecido inactiva
durante cinco años, hasta que en noviembre de 1984 secuestró al fabricante e
importador de alfombras Sergio Meller. Y luego otra vez habría habido un interregno
de inacción de casi siete años hasta que se atrevió a secuestrar a Mauricio Macri, que
por entonces era básicamente el hijo de Franco Macri y que resultó un bocado
demasiado grande, vomitado al cabo de 12 días de febriles negociaciones que
culminaron con el pago de unos seis millones de pesos/dólares de los que solo se
rescatarían poco más de dos millones.
El secuestro de Mauricio Macri da por sí mismo para escribir todo un libro o hacer una
película a pesar (o, mejor, a causa) del nulo interés demostrado tanto por Franco como

por Mauricio para su esclarecimiento. Un thriller en el que intervinieron el FBI, la CIA y


una agencia privada de espías estadounidenses, el Grupo Ackerman —al que Franco

Macri volvería a acudir en repetidas ocasiones— y en el que proliferaron las


intervenciones ilegales de líneas telefónicas. Y en el que la plana mayor de la Policía,
luego de soltarle la mano al segundo del área de Comunicaciones, el comisario Raúl

González (a quien acusaron de espiarlos en beneficio de los secuestradores), y de


juramentarse (en una estremecedora ceremonia realizada al término de un almuerzo
en un carrito, como se le decían entonces a los restoranes de la Costanera Norte) a
romper los viejos “pactos de sangre” establecidos durante la dictadura y “cortar como

362
un queso” a la banda (que hasta entonces había sido considerada “fuerza propia”),
luego aseguraría haber “desarticulado”.
Para llevarlo a cabo se echó mano a la drástica opción de “comerse al caníbal”, es
decir, secuestrar y torturar a dos suboficiales “marcados” como miembros de la banda
(al parecer, por Poroto Vidal, al que se lo dejó escapar y radicarse en España, donde
vivió durante años sin ser molestado) hasta que “cantaron”, tal como con el paso del
tiempo establecería la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), al menos
respecto de uno de ellos, Juan Carlos El Pelado Bayarri.
José Ahmed apenas le había tomado el gustito a la libertad cuando se vio nuevamente
preso. Ya en el auto que lo llevó al DPOC denunció al comisario Raúl González, que
tenía un perfil que coincidía con el del brillante técnico en comunicaciones cuya
presencia habían detectado los agentes del FBI y la CIA. El concurso de González, dijo
de movida José, había sido imprescindible para hacer la inteligencia de la operación,
confiada a otra célula, la de “los socios”, que también se había encargado de mantener
prisionero a Macri en la casona de la calle Garay, a dos cuadras y monedas de San
Jorge.
Passero ordenó que llevaran a José a su despacho, donde le gritó y lo insultó hasta
cansarse. “Lo trató de imbécil y le recriminó amargamente que hubiera secuestrado al
miembro de una familia muy vinculada al Gobierno y a los Estados Unidos: ‘¡Hay que
ser mogólico para no darse cuenta de que una cosa es secuestrar rusitos alfonsinistas y
otra, muy distinta, secuestrar al hijo del commendatore Macri!”, recordó un comisario
que se le oía vociferar al jefe, indignado por tener que soportar el aliento en la nuca de
los hombres del FBI y la CIA.
En cuanto al comisario González, todos daban por descontado que en 1992 sería el
nuevo superintendente del área. Sin embargo, a partir de la información dada por los
hombres del FBI y de la CIA, otros comisarios que intervenían en la pesquisa repararon
en que, cada vez que iban a detener a alguien, acababa de marcharse tan apresurada
como oportunamente. No tardaron demasiado en comprobar que tanto sus teléfonos
particulares como los de sus despachos en el Departamento Central y en la
Superintendencia de Interior estaban intervenidos. De la red policial, obviamente, no

363
se fiaban, ni siquiera de la frecuencia segunda, por lo que comenzaron a mantener dos
tipos de reuniones: unas formales, a las que González asistía, y otras informales, a sus
espaldas, en la casa de la hermana de uno de los investigadores.
Fue de esta manera, y con el concurso de Poroto Vidal, que pudieron llegar a Benito,
luego a Bayarri y por fin a Ahmed, cuya acusación contra González no los sorprendió. Y
es que de esa manera dejaba afuera a su hermano mayor, Ismael. El superintendente
de Comunicaciones, comisario Alfredo Middea, citó a González a su despacho el 22 de
noviembre. Junto a él estaban los comisarios Norberto Ruiz y Castro. Middea le dijo
entonces con inesperada solemnidad que por orden del subjefe Juan Beltrán Varela
debía acompañarlos a Defraudaciones y Estafas para que se les informara de un nuevo
caso de secuestro extorsivo. Cuando el trío llegó a esas oficinas, el comisario Vicente
Palo (según la SIDE, otro mensualizado por Yabrán) y el subcomisario Alberto vw le
dijeron a González que estaba detenido y antes de ordenar que lo remitieran a los
calabozos de la Guardia de Infantería le preguntaron muy ansiosos “si había hablado
algo del tema Macri con Ismael Ahmed”, puntualizó Juvenal en Buenos muchachos
(página 298).
No habían pasado 24 horas desde que González había leído muy contento en la orden
del día de la PFA su nombramiento como director general de Servicios Técnicos.
Lamentablemente para él había sido una triquiñuela para que acudiera confiado al
despacho de Middea. En unas horas, su vida había experimentado un vuelco
copernicano. Aunque había sido reiteradamente denunciado por los organismos de
derechos humanos como feroz represor durante la dictadura, difícilmente esperara
que el jefe Passero, por primera vez en sintonía con las Madres de Plaza de Mayo, lo
fulminara tachándolo de “fanático carapintada que tiene un pasado negro en el Primer
Cuerpo de Ejército, donde actuó junto a Suárez Mason”.
En el chalet que González tenía en General Villegas había una central de
comunicaciones de un nivel tecnológico mejor que el de la propia Superintendencia de
Comunicaciones, dijeron los comisarios Jorge Guillermo Huber y Vicente Palo después
de allanarlo, y en la agenda de González, siguieron diciendo, se habían encontrado
croquis originales de la casa de los Macri y de sus inmediaciones. Su mujer dijo a los

364
periodistas que esos y otros papeles incriminatorios se los habían puesto y que a su
marido le habían hecho “una cama”, posiblemente por su protagonismo en la
detención de Guglielminetti.
Huber y Palo, le dijo unos meses después al autor una alta fuente del Ministerio del
Interior, sostenían que González había tenido un jefe que permanecía en las sombras.
“Nunca se me olvidará la imagen del comisario Huber con la pistola en la mano y
gritando a voz en cuello que El Padrino era Ismael Ahmed y que lo iba a atrapar. Pero
por más que le allanaron dos veces su casa por izquierda, no encontraron pruebas para
incriminarlo”.

Helicóptero caído

La casa de Ismael Ahmed, en avenida Larrazábal al 3300, en el barrio de Villa Lugano,


muy cerca de la autopista y a unas diez cuadras de la escuela de cadetes de la PFA, fue
allanada el 20 de diciembre. Quienes realizaron el procedimiento dijeron haber
encontrado indicios de que Camilo Ahmed acababa de salir precipitadamente. Camilo
había regresado de Miami el día anterior y pasado los controles de Ezeiza con un
pasaporte falso. Había viajado nueve días atrás a los Estados Unidos en compañía del
mayor Ferrer, y desde Miami habían ido a Jamaica y a otras islas caribeñas, al parecer
para depositar en un “paraíso fiscal” parte del rescate obtenido por Macri.
Nueve días después de aquel allanamiento tuvo lugar otro, esta vez por izquierda, es
decir sin orden judicial. Concluyó en una cinematográfica carrera de autos durante diez
cuadras, rematada por un tiroteo de grandes proporciones en la esquina de Pilar y
Zuviría. En medio de esa densa balacera cayó o fue abatido un helicóptero policial (sus
dos tripulantes solo sufrieron heridas leves) y hubo dos detenidos, uno de ellos
agonizando “en estado vegetativo”, que fue llevado al Hospital Santojanni. La PFA
omitió informar acerca de su identidad, tampoco comunicó quién era el detenido y, en
un obvio intento por disimular la ilegalidad del procedimiento, publicitó un supuesto
enfrentamiento con “piratas del asfalto”.
Para entonces Camilo hacía al menos una semana que estaba en Mar del Plata, y no

365
precisamente escondido. Aunque su foto estaba en todos los diarios, había alquilado
en plena temporada veraniega un departamento en un edificio situado justo frente a la
comisaría del Casino y a unos 400 metros de la delegación de la PFA, lo que indica
claramente que no temía nada de ambas.
Y no les temía porque, por increíble que parezca, no tenía orden de captura. Cuando la
PBA difundió la noticia, los portavoces oficiosos de la PFA primero lo negaron, pero
como la PBA insistió, farfullaron que sí, que se había tratado de “un error”, que se
habían olvidado de cursarla.

Silenciado
Según el semanario Somos, “la Policía Federal sabía que (Camilo) Ahmed estaba en
Mar del Plata”. ¡Esto! fue más allá y sugirió que el prófugo se encontraba negociando
con la cúpula de la PFA. Lo cierto es que el lunes 13 de enero de 1992 Camilo cayó
desde ese departamento, situado en un duodécimo piso, con un balazo en la sien
derecha. El dermotest (prueba de la parafina) no encontró vestigios de pólvora en su
mano derecha. Un forense sostuvo que era prácticamente imposible que Ahmed
hubiera caído a la calle luego de volarse la cabeza, a menos que antes hubiera tenido la
precaución de ponerse a horcajadas sobre la baranda. “Lo primero que se les dobla a
los que se disparan a la cabeza son las piernas. Generalmente caen sobre sí mismos,
como desmayados”, explicó.
La puerta del departamento no estaba cerrada con llave. Camilo no había dejado
ninguna nota o carta como es habitual entre los suicidas. Adentro, describió Carlos
Rodríguez, enviado de Página/12, “se encontraron rastros de sangre, un reloj de mujer
y un lápiz labial olvidados en el baño” así como otros indicios de que allí había dormido
una mujer.
Una muchacha que hacía gimnasia en la plaza Colón y vio caer el cuerpo dijo que había
salido de la ventana “como impulsado hacia atrás”. Una fuente de la PBA sostuvo que
inmediatamente antes de que Ahmed cayera por el balcón-ventana, los vecinos habían
escuchado una pelea y que en el departamento se había encontrado una silla rota y
astillas en el piso. Todos los documentos personales y carnets de Camilo, así como una

366
Biblia abierta, estaban prolijamente desplegados sobre la mesa. La pistola apareció
cerca del cadáver, íntegra —ni siquiera tenía las cachas cascadas— y debajo de ella la
vaina del proyectil mortal, lo que contrariaba no solo la lógica, sino también las más
elementales leyes de la Física.
Ismael Ahmed fue a retirar el cadáver. Ante la presencia de periodistas se refugió en la
comisaría del Casino, a metros de donde Camilo se había hecho puré. Salió en
compañía de policías bonaerenses de civil que se agarraron a piñas con los periodistas,
impidiendo que se lo fotografiara. Y cuando Camilo fue enterrado en el Cementerio
Islámico de San Justo los incidentes volvieron a repetirse, aunque esta vez no fue
Ismael sino otros deudos quienes enfrentaron a los periodistas mientras otros se
tapaban los rostros para impedir que los retrataran.
La muerte de Camilo Ahmed vino a sumarse a otros misteriosos “suicidios” de policías
federales que habían participado en el segundo secuestro de Sivak, como los sargentos
Alberto Caeta y Mario Bivorlasky. Caeta había sido el chofer y confidente del coronel
Arias Duval en la SSF durante la dictadura y Bivorlasky era, según dijo Mario Neuman,
hijo del asesinado Benjamín, nada menos que “el eslabón que unía al grupo Buletti con
quienes secuestraron a Macri”.
De la misma manera, Camilo era el nexo entre los policías secuestradores y la todavía
misteriosa célula de “los socios”, la que había hecho los relevamientos previos al
secuestro y luego había mantenido recluido a Macri en la casona de la calle Garay,
integrada por halcones. El propietario de la casa era un cabo retirado de la PFA, Ramón
Omar Ávalos, un cincuentón de extraordinario parecido con el Pastor Giménez que
utilizaba el nombre de Mario. Avalos, que se entregó detenido en abril de 1992, era
secundado en estas tareas por Juan Carlos El Doctor Zanone. Sin embargo, la opinión
pública no llegó a conocer jamás la identidad de los otros tres miembros de la célula
que se habían encargado de “chequear” los movimientos de la casa de Macri desde un
colectivo naranja y blanco con la leyenda “transporte escolar” dentro del cual había un
completo equipo de comunicaciones que, además de intervenir los teléfonos, podía
registrar todas las conversaciones que tuvieran lugar en un radio cercano escogido.
Estos halcones habían utilizado los nombres de Luis, Andrés y Carlos. De Luis, que

367
había sido el responsable del funcionamiento del colectivo-espía, jamás se supo nada.
De Andrés se dijo que habría sido Ángel Blois, que ya había participado en el secuestro
de Karina Werthein y luego cumplido una condena en los Estados Unidos por tráfico de
cocaína. Una explicación para que no se lo haya identificado puede radicar en su
amistad con Guglielminetti y Leandro Sánchez Reisse, que había venido de los Estados
Unidos junto a los agentes del FBI. Según Clarín, a Blois lo protegía la DEA.
Por fin, de Carlos solo pudo saberse que sería cuarentón, morocho y con rulos. Según
La Nación se trataba de “un comisario inspector que estuvo implicado en el primer
secuestro de Sivak”. Más preciso, el periodista Gabriel Pasquini sugirió que Carlos era
El Rufián Gómez, que habría participado del primer secuestro de Sivak y había
detenido en Salta a Buletti cuando este venía hacia Buenos Aires en moto con dos kilos
de cocaína y que una vez retirado secundaba al comisario retirado Carlos El Duque
Gallone en la agencia de Seguridad Gall-Servicios Empresarios. Gallone, actualmente
preso por su participación en la llamada Masacre de Fátima (el asesinato masivo de 30
detenidos en la SSF y la voladura de sus cadáveres en ese paraje del partido de Pilar),
era amigo del comisario Jorge El Fino Palacios, un encubridor de la primera hora que
una vez disuelto el DPOC sería puesto al frente de su sucesora, la DUIA, con el apoyo
de la DAIA, en curiosa analogía de lo que habría de suceder cuando Galeano cayera en
desgracia y Nisman fuera escogido para reemplazarlo y preservar lo esencial: que el
atentado había sido llevado a cabo con una Trafic-bomba conducida por un libanés
suicida teledirigido desde Teherán.
Desde su celda, El Gringo Buletti interrumpió sus meditaciones zen para acusar a
Guglielminetti de ser el jefe de los socios: “Siempre fue un doble agente; por un lado
recaba información para los servicios de inteligencia, y por otro da información a los
secuestradores... Así queda siempre limpio. Nunca tiene que ver con nada... o tiene
que ver con demasiadas cosas”.
Alguna vez, Carlos Alberto Telleldín dijo que tenía fundadas sospechas de que el
(supuesto) comprador de la Trafic que fuera de Messin era un hombre de El Viejo, pero
que después no había querido seguir hablando del tema, le dijo hace mucho Levinas al
autor. Ahora sabemos, gracias a otro periodista, Gerardo Young, que el entonces

368
director de Contraterrorismo de la SIDE estaba convencido de que se la había
traspasado a un desconocido que “respondía a la Policía Federal” y que luego había
vuelto a las manos de Alejandro Monjo, que la “mandó a dejar en el estacionamiento
Jet Parking, cercano a la AMIA… Claro que Jaime sabía lo que nadie quería confesar:
que Monjo trabajaba para la Policía Federal y defendía algunos de los negocios sucios
de sus hombres. Monjo, era cierto, se movía como un comisario más en el
Departamento Central de la Policía Federal” (Código Stiuso, Planeta, páginas 167 y
168).
La fobia de Ismael a las fotografías (que, curiosamente, lo emparentaba tanto con
Yabrán como con Stiuso) había emergido cuando tuvo que cumplir el horrible trámite
de reconocer el cuerpo de Camilo. Ismael se refugió en la comisaría del Casino, a
metros del lugar donde su hermano se había hecho papilla, de donde salió en
compañía de un trío de policías vestidos de paisano que dispersaron a los periodistas, y
particularmente a los reporteros gráficos que lo aguardaban a golpes de puño y
sopapos.
Camilo fue enterrado en el Cementerio Islámico de San Justo, y nuevamente hubo
incidentes cuando varios hombres arremetieron contra los informadores mientras
Ismael y otros participantes del cortejo fúnebre embozaban sus rostros para impedir
que los retrataran.

Clutterbuck
Es posible que las torturas infligidas hayan sido tanto para que cantaran como para
que callaran, ya que fuentes oficiosas del Ministerio del Interior deslizaron que más
allá de los seis secuestros declarados, la banda podría haber cometido otra media
docena.
Habría de pasar toda una década hasta que, gracias al peritaje de una vieja máquina de
escribir secuestrada en la agencia San Jorge por orden de la jueza Silvia Ramond, pudo
establecerse que la banda también había secuestrado a Alan Rodolfo Clutterbuck en
octubre de 1988. Clutterbuck había sido vicepresidente del Banco Central en 1982,
cuando el presidente era Domingo Cavallo, y Aldo Ducler —el mismo que sería

369
identificado a fines de los 90 como lavador de los narcodólares del Cartel de Juárez—
secretario de Hacienda, época en que se licuó la deuda externa de los privados
transfiriéndosela al Estado. De Clutterbuck, que también había sido CEO del Grupo
Alpargatas, no volvieron a tenerse noticias.
Tan pronto lo secuestraron, investigadores como Rogelio García Lupo repararon en
que había sido el cicerone e introductor del banquero saudí Gaith Pharaon en la
Argentina. Pharaon, que ya había sentado sus reales en Colombia y Paraguay, había
abierto una sucursal de su Banco de Crédito y Comercio Internacional (BCCI, según sus
siglas tanto en francés como en castellano) en Reconquista 579 en mayo de ese año,
1988. Según el fiscal neoyorquino Roberto Morgenthau, pudo hacerlo gracias a coimas
que le habría pagado a funcionarios del gobierno de Raúl Alfonsín, que le concedió la
residencia en el preciso momento en que el Senado norteamericano comenzaba a
investigar al BCCI tras acusarlo de “delinquir auxiliado por funcionarios de muchos
gobiernos, cometer fraudes de miles de millones de dólares, lavar dinero, apoyar el
terrorismo y el tráfico de armas y pagar a políticos prominentes” y trascendía que le
preocupaba, puntualmente, el blanqueo de los dineros negros de Monzer Al Kassar.
Un informe del Banco Central señaló que Clutterbuck, que también formaba parte del
directorio del Banco Francés, había sido la llave para que Pharaon trajera dinero árabe
a la Argentina (su mayor obra sería, ya durante el menemismo y de la mano del
secretario general de la Presidencia Alberto Kohan, la construcción del hotel Hyatt,
actualmente Four Seasons).
Para la jueza María Servini de Cubría está acreditado que fue Clutterbuck quien puso a
Pharaon en contacto con los hermanos Gotelli, dueños del desaparecido Banco de
Italia y del Río de la Plata (BIRP), a quien les compró su participación, haciéndose con
su control, y a partir de él también con su controlado, el Banco Finamérica, a cuyo
frente se encontraba Carlos Alberto Carballo, que acompañaría a Erman González en
los ministerios de Economía y Defensa y resultaría procesado por el contrabando de
armamento a Croacia.
Habían pasado solo cinco meses desde la apertura de la filial porteña del BCCI cuando
Clutterbuck fue secuestrado. “Con la Federal, al principio pensamos en un

370
autosecuestro. Luego —recuerda un alto funcionario judicial—, no descartamos la
intervención de alguien del Banco de Italia. ¿Sabe que un socio del Finamérica se
negaba a vender su parte, hasta que lo convencieron? Sospechamos que lo
secuestraron, pero él lo negó”, dejó constancia el periodista Jorge Urien Berri en
Enfoques, un suplemento de La Nación originalmente dedicado a la investigación.

Ciertamente, el secuestro de Clutterbuck, con un tímido pedido de rescate por parte


de los secuestradores —que nunca ofrecieron prueba alguna de que siguiera con vida
— parece mucho más un asesinato por encargo que un secuestro extorsivo, y el
silencio de los torturados Bayarri y Carlos Alberto Pucho Benito sobre el mismo parece
más una exigencia de sus torturadores que una auto restricción.

El resto es sabido: una investigación del Senado de los Estados Unidos acusó en 1991 al
BICCI de lavar dinero de organizaciones terroristas y tráficos ilícitos de drogas, arma y
todo lo que pueda imaginarse, hasta el punto de considerarlo, sin más, la mayor
organización criminal de la Historia, lo que provocó su debacle planetaria. Menos
sabidos son algunos detalles novelescos, como que la verdadera contabilidad del
banco se llevaba en urdú, el principal idioma hablado en Pakistán, en una oficina de su
servicio secreto.

Por lo visto, el obeso Pharaon —que acostumbraba a recorrer el mundo en un yate


que llevaba su nombre— se aficionó a estas latitudes, ya que un hijo suyo pasa largas
temporadas en la bella localidad de Nueva Palmira, sobre la orilla oriental del Uruguay.

Sin comisarios

En cuanto a la llamada “Banda de los comisarios” (para justificar el nombre, Passero y


compañía acusaron a dos “taqueros” —comisarios al mando de seccionales— de
integrarla, pero la Justicia terminaría por absolverlos), la Historia Oficial dice que
quedó desarticulada para siempre tras la liberación de Mauricio Macri y las
detenciones que se produjeron en los días siguientes.

371
En el caso del secuestro de Macri el jefe operativo, trascendió, había sido Camilo
Ahmed… que se “suicidó” arrojándose desde las alturas de una céntrica torre
marplatense a la vez que se descerrajaba un tiro en la sien derecha en momentos en
que, acosado, negociaba su entrega.

Así las cosas, la Historia Oficial consideró que el jefe máximo debía haber sido José
Ahmed, que hacía muy poco había salido de la cárcel, y a quien Camilo había
reemplazado hacía mucho. En cuanto a El Viejo Ismael, fue a buscar el cadáver de
Camilo a Mar del Plata, ocasión en la que los policías bonaerenses de la comisaría del
Casino impidieron que se le tomaran fotos.

De este modo, la “Banda de los comisarios” terminó habiendo sido dirigida, según la
Historia Oficial, por un subcomisario desde la cárcel, al que había secundado como jefe
sobre el terreno su hermano menor, un halcón que ya no podía desmentir la especie.

A lo largo de sus casi 14 años de existencia, la banda había tenido “soldados”


fluctuantes e intercambiables, siempre con una estructura de células estancas cuyos
miembros teóricamente no debían conocerse aunque en la práctica casi todos
provinieran de la vieja Coordinación Federal o de su sucesora, la SSF. Estas células, por
lo general cuatro, se encargaban de las distintas fases del secuestro: una hacía la
inteligencia, los “chequeos” de los lugares y movimientos del “chancho” sometido a
“capacha” (vigilancia); otra se encargaba del secuestro; otra, de mantener en
cautiverio al secuestrado, y la cuarta, por fin, de negociar y cobrar el rescate. Si cada
célula estaba compuesta por entre cuatro y cinco hombres, una cuenta elemental
concluirá que más de la mitad de sus miembros seguía en libertad y, sobre todo, que
su cabeza pensante, quien las había dirigido y coordinado, también.

Si se tiene en cuenta que supuestamente integraban la banda tres comisarios (Arza,

González y Henderson) y que uno de los teóricos “soldados” que participó en algunos
secuestros de la banda fue Raúl Guglielminetti, (a) Mayor Rogelio Guastavino, un
pesado que durante la dictadura codirigió el Grupo de Tareas Exterior (GTE) del
Ejército con sede en Miami, y que rivalizó luego con Jaime Stiuso desde la “SIDE

372
paralela”, en cuya sede le puso una pistola en la cabeza, pensar que la banda pudo
haber sido dirigida por José Ahmed desde la cárcel es un absurdo de proporciones
astronómicas.

Crónica proponía investigar “si no hubo una conducción superior que aún se mantiene
en las sombras” porque “no resulta lógico que un subcomisario, y más aun un ex
subcomisario, liderara un grupo integrado por un comisario mayor y dos comisarios,
teniendo en cuenta el concepto jerárquico al que no son ajenos los policías, incluso los
que delinquen”. Subrayó al respecto que los policías en actividad que había consultado
se habían referido a la escasa capacidad operativa que José Ahmed había demostrado
al caer en manos de Buletti en ocasión del primer secuestro de Sivak, y que habían
hecho notar que era “un hombre marcado cuya frecuentación bastaba para tornar
sospechosa a cualquier persona…” (28-11-91).

Fue Guglielminetti quien, desde la cárcel vieja de Caseros, dio una posible explicación
al silencio de los Macri. Dijo que los antiguos miembros de los “grupos de tareas” de la
dictadura estaban resentidos con Franco Macri “porque en 1976 nos dejaba diez autos
nuevos con las llaves puestas en Campo de Mayo para que saliéramos a operar y
cuando llegó Alfonsín se travistió de demócrata y nos dejó en la estacada”.

Dicho de otro modo: el gran despegue económico de Franco —y por ende del clan— se
produjo durante la noche más oscura de la historia argentina, y muchos sicarios de
entonces, quizá conociendo detalles incómodos para Macri de aquel súbito
enriquecimiento, le cobrarían peaje. Es decir, lo extorsionarían.

Guglielminetti y sus compañeros eran atendidos a cuerpo de rey en esa unidad


carcelaria usualmente reservada para ex miembros de las Fuerzas Armadas y de
seguridad: 39 de los guardias del Servicio Penitenciario Federal figuraban como
empleados de San Jorge desde tiempo atrás, cuando atendían al rápidamente
regresado José Ahmed.

La posibilidad de que ex miembros de la banda hubieran tenido que ver con el


atentado a la AMIA fue como un semáforo rojo cuando se difundió que un vecino de

373
los Ahmed, amigo de los hermanos menores desde la infancia, Alberto Jacinto Kanoore
Edul, había llamado a Carlos Alberto Telleldín el domingo 10 de julio de 1994, justo en
momentos en que este se desprendía de la Trafic que decían había explotado en la
puerta de la AMIA. Y se encendió como un sol veraniego en el cenit cuando se supo
que el camión que había dejado un volquete en ese mismo lugar había estado esa
misma mañana, levantando otro o el mismo volquete en un terreno baldío de esa
misma cuadra.

Otro volquete, si había sido después. El mismo, si había sido antes.

374
8. Un asunto explosivo

Los dueños de la empresa Santa Rita a la cual pertenecía el camión que dejó un
volquete frente a la puerta de la AMIA menos de cinco minutos antes de que todo
volase por los aires eran el libanés Nassib Haddad, de 58 años, y su hijo Javier Alberto,
de 30, que en los últimos tiempos habían comprado unas diez toneladas de explosivos
en base a nitrato de amonio, más conocido como amonal. El mismo que demolió la
AMIA.

Con mucho retraso, el sábado 30 de julio de aquel año (1994) el DPOC le informó al
juez que de acuerdo al análisis de la documentación secuestrada en la fábrica Delbene
y Serris, de Olavarría, en los últimos tiempos los Haddad habían comprado gran
cantidad de explosivos, mechas y fulminantes, y que el explosivo que solían adquirir
más seguido era amonal.

Tras leer el informe, impresionados, los fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia le
pidieron al juez Galeano que ordenara detener a los Haddad y los indagara. Atentos a
la gravedad de la situación, no lo hicieron solos, sino que recabaron el apoyo de todos
los fiscales del fuero federal que pudieron encontrar. Los tribunales federales no se
habían mudado todavía a Comodoro Py, seguían en el Palacio de Tribunales. Mullen y

375
Barbaccia consiguieron el apoyo de Germán Moldes, Héctor Luis Yrimia, Adrián Peres,
Eduardo Freiler y Gerardo Di Masi.

Todos los secundaron y así fue que los fiscales le pidieron a coro a Galeano que
detuviera e interrogara a Nassib y Javier Haddad, visto que a través de sus empresas
“estuvieron encargados de la colocación del volquete frente a la sede de la AMIA y (...)
habrían a su vez adquirido desde hace varios meses cantidades importantes de
explosivo amonal, (le) solicitamos a Vs. se (les) reciba declaración indagatoria (...) por
existir motivo bastante para sospechar su participación en el hecho materia de
investigación”. Galeano ordenó la comparecencia compulsiva de los Haddad y el
allanamiento de sus propiedades.

De la importancia que el DPOC asignó a la detención de los Haddad da cuenta que del
asunto se ocupó su jefe, el comisario Ricardo De León, una espada de Yabrán. De León
decidió enviar a un domicilio situado al este del Parque Lezama, en una zona que ya
técnicamente corresponde al barrio de La Boca, al oficial Claudio Adrián Tomé, quien
fue recibido por Soledad Alcaide Pérez, oriental, de 36 años, quien dijo ser ama de
casa. Tomé informó que no encontró allí nada de interés.

Polvos blancos

La sede de Santa Rita se encontraba en la calle Anatole France al 500, muy cerca del
Hospital Piñeyro, en Avellaneda. El oficial Gabriel Prado, el mismo que —tal como se
verá más adelante— había interrogado el mismo 18-J al encargado de Santa Rita y
detenido al chofer, y el misionero Juan Alberto López, regresaron a Santa Rita para
allanarla en compañía del principal contador José Luis Leguizamón.

Luego de que la casera les franqueara el paso, Leguizamón secuestró un bibliorato


rotulado “Explosivos DESA” (por Delbene y Serris S.A.) y Prado levantó del piso del
patio trasero que servía de depósito muestras de un material “con efecto rocoso” y
“una sustancia pulvurenta de color blanca” (sic).

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“Pulvurento blanco” fueron las dos palabras que utilizó el comisario Carlos Néstor
López, jefe de la Brigada de Explosivos de la PFA, para describir el aspecto del nitrato
de amonio al ser entrevistado por Rolando Graña ante las cámaras de la CNN en
español. López también diría entonces que quien hubiera armado la bomba tenía
necesariamente “que conocer el tema (ser un experto en explosivos) y diseñar el
artefacto para el edificio”.
Una digresión: ¿Recuerdan lo narrado por Levinas acerca de la vez que lo llamaron de
la DAIA, que se encontró allí con el gendarme Laborda a quien, en medio de una
discusión, le preguntó cuántos hombres había en la Argentina con esas habilidades?
—No más de cien– me contestó, disgustado.
—Busquémoslos–, insistí.
Me miraron mal.

—De entrada— siguió diciendo Levinas— no hay manera de que la Policía de la


provincia de Buenos Aires pueda operar en la Capital sin que la fuerza local lo sepa.
Entre las policías no se juega y todo se paga.

Esa experticia la reunían perfectamente los Haddad, especialistas en voladuras que


habían sido contratados por el arquitecto Javier Malamud, responsable de las
refacciones que se estaban haciendo en la AMIA, para retirar los escombros con sus
volquetes. Y, por supuesto, los miembros de las Brigadas de Explosivos de las policías
Federal y Bonaerense, de las Fuerzas Armadas, de la Prefectura y la Gendarmería.
Junto a los mineros constituían un universo acotado.

Aparece el hombre más buscado…


Volvamos al allanamiento de las oficinas avellanedenses de Santa Rita. Prado consignó
que estaban en ello cuando llegó al lugar Guillermo Hugo Haddad, de 32 años, el hijo
mayor del buscado Nassib, quien dijo vivir en Sarandí, partido de Avellaneda. Prado no
tenía orden de detenerlo y no dejó anotado que se hubiera comunicado con sus
superiores para ver siquiera de invitarlo gentilmente a declarar en el DPOC.

377
El playón de Santa Rita en Puerto Nuevo, donde se guardaban los camiones y
volquetes, estaba en terrenos fiscales, muy cerca de la Terminal 6 por la que entonces
eran embarcadas clandestinamente hacia Bosnia y Croacia gran cantidad de armas
sustraídas de los arsenales del Ejército argentino. A media mañana del lunes 1º de
agosto fue allanada por el oficial principal Jorge Guillermo Rojo, que estaba
acompañado por los fiscales Mullen y Barbaccia.
Rojo sería en 1997 el lugarteniente del comisario Jorge Palacios, titular de la DUIA
(División Unidad de Investigaciones Antiterroristas) que reemplazaría al disuelto DPOC
luego de que se comprobara que este se había dedicado a la destrucción sistemática
de evidencias. Por más que el estudioso se estruje los sesos buscando que haya hecho
un aporte valedero para identificar a los asesinos de 85 personas, no lo encontrará.

Policía y fiscales fueron recibidos por Raúl Díaz, que estaba allí con dos empleadas.
Revisaban el lugar cuando alrededor de las 13 se presentó en el lugar quien para
entonces era el hombre más buscado: Nassib Haddad. Haddad padre le dijo a los
fiscales que, si bien había nacido en Ain'ata, Líbano, y conservaba la nacionalidad
libanesa, vivía en la Argentina desde 1952, cuando tenía 16 años. Y que tenía su hogar
en una casa de la calle Beruti, de Avellaneda, donde convivía con su esposa, Mercedes
Herrero. Esa casa nunca sería allanada.
Nassib Haddad estaba declarando ante los fiscales cuando se hizo presente en el lugar
Javier Haddad, quien automáticamente quedó “demorado”. Los fiscales hicieron
constar en el acta que presentaba notorias secuelas de un fuerte traumatismo en los
dedos anular y meñique de la mano derecha, lesión que Javier dijo que se debía a un
antiguo accidente de moto.
Ambos fueron trasladados seguidamente al lúgubre edificio de Moreno 1417, donde
tenía sede el DPOC. Nassib Haddad fue interrogado por el comisario Castañeda, a
quien le dijo que todos los explosivos que compraban tenían como único destino una
cantera a cielo abierto en el departamento de Pullén, provincia de La Pampa, junto a
un embalse que servía de frontera con la provincia de Río Negro.
Según fuentes de la querella, los Haddad habrían conseguido el contrato con el

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gobierno de La Pampa para trabajar en la represa de Casa de Piedra, una pequeña villa
turística en el límite con Río Negro, gracias a los buenos oficios del ex senador
provincial por el justicialismo Miguel Fragueiro, quién en su juventud había integrado
la Concentración Nacionalista Universitaria (CNU), organización de sicarios
ultrafascistas de la vertiente católico-integrista que coordinó sus ejecuciones con la
Triple A del ministro López Rega y en su mayor parte terminó absorbida por los
“grupos de tareas” de la dictadura.
Levinas aseguró que el contrato se firmó gracias a una recomendación del director de
Producción de Fabricaciones Militares, el coronel (R) Carlos Jorge Franke, involucrado
en el tráfico de armas a Croacia y el mismo que sería acusado por el atentado que
habría de cometerse el 3 de noviembre de 1995 en la fábrica militar de Río Tercero
(siete muertos, trescientos heridos) con el obvio propósito de borrar los rastros de
27.000 proyectiles de 105 y 155 mm, supuestamente allí almacenados, que habían sido
vendidos subrepticiamente a Bosnia y Croacia.

Armas para Croacia


Una digresión: como ya se dijo, casi todos los embarques clandestinos de armas a
Croacia se habían hecho desde la Terminal 6, en la Dársena F del Puerto Nuevo, a
escasos metros de la sede de Santa Rita. La terminal estaba explotada por la firma
Intefema, que sufriría una quiebra fraudulenta a fines de 1995, cuando aquellos envíos
fueron publicitados por la prensa.
Si bien los embarques habían sido clandestinos, justo es hacer notar que a uno de ellos
habían asistido los alumnos del Colegio Cristo Rey de las Hermanas Vicentinas de
Zagreb y habían hecho tremolar banderas con el damero rojiblanco mientras un cura
bendecía el cargamento.
Quien dijo llamarse Oscar Merlo y haberse desempeñado como apoderado y gerente
de Recursos Humanos y Relaciones Portuarias de Intefema, le dijo a Matilde Ferro, de
la agencia Noticias Argentinas (NA), que la firma se había creado con el exclusivo
propósito de facilitar el ingreso y egreso de mercaderías eludiendo la intervención de
las autoridades aduaneras. El despacho de Ferro salió publicado el 20 de julio en Diario

379
Popular con el título “Al Kassar en la conexión Croacia-Ecuador”. Ferro escribió en él
que Merlo —al parecer, un marino retirado— acusó a “empresarios relacionados con
el traficante de armas sirio Monzer Al Kassar” de haber supervisado “parte del envío
de armas a Croacia” desde esa terminal, armas que “salían del país con destino” a
Panamá y Venezuela, según se había declarado, pero que en realidad iban a Croacia,
país sobre el que pesaba un embargo de la ONU. También le había dicho que uno de
los despachos había sido supervisado personalmente por Alfredo Yabrán y por un hijo
del ministro Corach.

Como en casa
Los Haddad habían reemplazado en la tarea de volar rocas en Casa de Piedra a unos
paisanos, los Mahuad. No era de extrañar, ya que en la zona hay muchas familias de
origen sirio-libanés. Carlos De Nápoli, que arrendaba campos en La Pampa cerca de
Casa de Piedra, estaba convencido tanto de que los Haddad, que fabricaban sus
propios volquetes, habían ensayado diversos maneras de rellenarlos (alguna vez me
mostró una serie de fotografías tomadas en Puerto Nuevo que, según él, lo
demostraban) como de que habían ensayado explosionar algunos de ellos en campos
de la provincia.
Nassib Haddad entró al DPOC diciendo en voz alta que era católico, apostólico y
romano y no musulmán, como si dicha jaculatoria le extendiera un certificado de
inocencia. Cuando se calmó un poco, preguntó: “¿No me dejarían hablar con el capataz
de la obra? Tengo que autorizarlo a que retire una partida de explosivos que está
consignada a mi nombre en una fábrica de Olavarría”, pidió.
Faltaría más. Como si hubiera sido conducido a las dependencias policiales por un
vulgar accidente de tránsito o alguna otra menudencia, los policías que lo interrogaban
autorizaron a Haddad padre a mover explosivos de un lado a otro por interpósita
persona, a pesar de que su traslado por rutas nacionales sin permiso constituye un
delito federal. La burocrática prosa del acta policial se limita a consignar que se accedió
a su pedido y que Nassib llamó por teléfono, con tan acuciante motivo, a su capataz en
la cantera de Casa de Piedra, Abel Masson Wagner.

380
Como se dijo, el embalse interprovincial Casa de Piedra tiene orillas en La Pampa y Río
Negro. La delegación de la PFA más cercana se encuentra en la ciudad rionegrina de
General Roca. Su jefe, el subcomisario Juan Domingo Ramírez, informó el 3 de agosto
que se había trasladado hasta la cantera, donde pudo comprobar que el polvorín
mentado por los Haddad no era más que “una casilla de madera de tres metros por
tres metros que no posee cerraduras ni candados”.
Ramírez interrogó a Abel Masson, el capataz de la obra, quien le dijo que trabajaba
para Haddad desde que se había fundado la empresa, hacía unos veinte años, pero
que su presencia en Casa de Piedra era reciente: había llegado en noviembre último y
comenzado a volar la roca para “obtener piedras del tipo rip-rap que se utilizan para la
contención del dique” recién en enero. Ya habían terminado con el trabajo y estaba a
punto de marcharse, agregó.
Masson admitió haber viajado el lunes 4 de julio a sus pagos de Olavarría, y retirado de
Delbene y Serris 2.145 kilos de explosivos por orden de su patrón. Según las cuentas de
Ramírez, en el pequeño polvorín de la cantera había almacenados 1.260 kilos de
explosivos. Masson le dijo que el consumo promedio de una semana de trabajo en
Casa de Piedra rondaba los 400 kilos, y que eso podría explicar el faltante. “Si bien no
llevamos ningún control del material, tampoco notamos que hubiera faltantes”,
explicó.
Ramírez interrogó luego al perforista Francisco Gaspar Luque, también de Olavarría.
Luque dijo que había comenzado a trabajar para Santa Rita hacía apenas nueve meses,
contratado temporariamente por Masson para esa obra.
Javier Haddad era quien se presentaba como un experto en explosivos y se ocupaba
usualmente del traslado de explosivos. Era de cajón que Galeano debería haberlo
procesado automáticamente por haberlo hecho sin autorización.

Cuentas que no cierran


En el DPOC, Javier Haddad dijo ser soltero y vivir con sus padres. Quizás hubiera vuelto
vencido a la casita de sus viejos, pero una consulta a un banco de datos nos reveló que
antes había dado como domicilio la calle Alsina al 500, en Avellaneda, lugar que los

381
investigadores pasaron por alto al igual que sus oficinas de la Diagonal Sur (Julio
Argentino Roca) al 700, en Buenos Aires.
“Soy el director de la cantera a cielo abierto del Embalse Casa de Piedra”, dijo Javier,
como sacando pecho. Pero enseguida aclaró que recibía órdenes de su padre. En esa
cantera, siguió diciendo, “además de piedra caliza, extraemos granito” (el capataz
Masson solo había hablado de piedras rip-rap, jamás de piedra caliza). “Para mover la
roca utilizamos explosivos que guardamos en un polvorín situado a unos 150 metros
de las excavaciones. Actualmente tenemos depositados allí unos 300 kilos de Nagovil a
granel, 50 kilos de Nago-F, 600 kilos de gelamón, unos cien detonadores comunes, un
rollo de mecha lenta y un rollo de cordón detonante”, detalló.
Javier dijo que en la cantera había solo 950 kilos de explosivos, pero cuando dos días
más tarde el subcomisario Ramírez hizo un inventario, encontró 1.260 kilos, 310 más.
Quizá la llamada de su padre al capataz Masson explicara ese “sobrante”. “Yo mismo
soy el que da las órdenes de usar los explosivos e indico en qué porcentaje se
utilizarán”, aceptó primero Javier, para enseguida reconocer que, si bien él llevaba “el
registro en un cuaderno, el que se encarga de comprar los explosivos es mi padre”.
Notoriamente menos generoso en su cálculo que Masson, Javier dijo que en la cantera
se utilizaban unos 300 kilos semanales de explosivos, cien menos que el capataz. Como
si intentara justificar el sobrante de explosivos. La insólita compra ordenada por su
padre desde allí mismo ¿no perseguía acaso embarullar los cálculos?
“¿Qué explosivos utilizaron?”, le preguntaron. “Los combinamos de acuerdo a la
dureza de la roca que tengamos que perforar”, fue su elíptica respuesta. Y cuando le
consultaron si los explosivos utilizados tenían como base el nitrato de amonio o
amonal, el experto Javier dijo que… no lo sabía.

Mejor no hablar de ciertas cosas


¿Cómo? ¿No era un connoisseur? Los explosivos comprados por los Haddad eran muy
mayoritariamente en base a amonal (marcas Nagozul, Nagovita y Amovil), seguidos
por otros en base a gelamón. Como el amonal es “una sustancia pulvurenta de color
blanco”, como la cal, se le preguntó por la sustancia similar que se había encontrado

382
en Avellaneda. “Lo que ustedes se llevaron del depósito de Avellaneda es óxido de
litio, un material que extrajimos en San Luis hace unos dos años”, dijo.
Según la Enciclopedia de Química Industrial (IV Tomo, Editorial Labor, Barcelona), el
litio, único metal que absorbe en frío el nitrógeno, es de “color blanco argentino” (es
decir, plateado) y su óxido, que se obtiene “quemando el metal en el aire” es “blanco
amarillo y esponjoso”, aunque también se puede obtener “en pequeños granos
cristalinos”. El oficial Prado había descripto un polvo blanco. Nada había dicho de
plateados, tonalidades amarillas o cristales.
Una vez en el juzgado, Javier puntualizó que hacía cinco años que trabajaba con su
padre, y que el titular de la cascotera Santa Rita era su hermano Pablo Daniel, de 27
años, a nombre de quien, efectivamente, estaban los números de teléfono del playón
de Puerto Nuevo. Además de dedicarse a la minería como actividad principal, Santa
Rita alquilaba máquinas viales, siguió diciendo Javier. Y como las preguntas de los
investigadores se centraron una y otra vez en la cantera familiar, Javier terminó por
admitir que “en realidad ya no extraemos cal: la calera de Olavarría está inactiva y se la
alquilamos a la empresa Peñadura S.A., que utiliza sus hornos”.
Peñadura —me explicó De Nápoli— era una empresa de Peñas Blancas, cerca del
pueblo de Catriel y de la ciudad de 25 de Mayo, cercana también a la represa Casa de
Piedra, donde tenía campos el Mahuad que habría cedido a Nassib Haddad su lugar en
la tarea de extraer piedras rip-rap para la represa.
Javier también admitió que, aunque las leyes los obligaban a informar con regularidad
a la dirección de Fabricaciones Militares acerca del uso que daban a los explosivos que
adquirían, Santa Rita jamás había cumplido con este trámite. “Es muy engorroso”, se
justificó. Y cuando se le preguntó cuál había sido la última compra de explosivos y de
cuántos kilos, respondió que el 26 de julio habían hecho “una compra normal”, de
unos 700 kilos.
Aunque esa cantidad contrastaba con los 2.145 kilos que Masson había retirado el 4 de
julio de la fábrica de Olavarría, que de acuerdo a Javier habían constituido una compra
extraordinaria, ni del acta policial ni de su declaración en el juzgado se desprende que
se le haya hecho alguna pregunta al respecto.

383
Tiempo después se averiguaría que, tras un largo paréntesis, la primera compra de
explosivos hecha por los Haddad en Delbene & Serri databa del 13 de octubre de 1993,
cuando aún faltaban más de dos meses y medio para que comenzaran a horadar el
granito en Casa de Piedra.
“Ya no trabajamos más en Casa de Piedra. El último día que lo hicimos fue el 29 de
julio. Calculo que nos habrán sobrado unos 500 kilos de explosivos”, dijo Javier en el
Palacio de Tribunales. Según sus propios cálculos (a 300 kilos por semana, del 4 al 29
de julio), en la labor debía haberse consumido poco más de una tonelada. En ese
lapso, Santa Rita había adquirido casi tres toneladas. Según algunas fuentes, en
realidad sus compras habrían ascendido a siete toneladas de explosivos en base a
nitrato de amonio. Los cálculos son complejos porque de ellos da cuenta en el
expediente judicial nada menos que el teniente coronel Jorge Franke: el mismo que
estuvo involucrado en el contrabando de armas argentinas a Croacia.

Falso minero
Haddad padre volvió a enfatizar en el juzgado que era “católico, apostólico y romano”.
Como si quienes habían atacado a la AMIA no pudieran haber sido bautizados. Los
Haddad son católicos melquitas. Como lo era Yabrán. Los melquitas se mantuvieron de
espaldas al trono de San Pedro desde el concilio de Calcedonia (451) y participaron del
cisma griego (s. IX), aunque desde el siglo XVIII reconocen la autoridad del Papa a
cambio de prerrogativas como conservar el rito bizantino en idioma árabe, comulgar
con las dos especies y que sus sacerdotes, al menos en Medio Oriente, puedan seguir
casándose.
Nassib se presento como “minero”, aunque terminó por admitir que ya no ejercía
como tal. Si ya no era minero, huelga decir, no tenía razón para seguir siendo “un
asiduo comprador de explosivos”, tal como lo había caracterizado el DPOC. “A la
actividad minera se dedica la Calera Santa Rita, con domicilio en Sierras Valles,
Olavarría”, comenzó a explicar, tras especificar en todas sus actividades empresarias
era secundado por sus hijos Pablo y Javier.
Cuando le preguntaron qué tenían que ver los volquetes con la minería, Nassib Haddad

384
dijo que si bien su empresa era básicamente minera, también ofrecía un servicio de
volquetes y procuró volver rápido a hablar de su antigua actividad minera, la única que
podía justificar sus importantes compras de explosivos. Recordó así que “desde
diciembre y hasta el 30 de julio, hace tres días, explotamos la cantera en Embalse Casa
Piedra” y destacó que “tenemos autorización de Fabricaciones Militares para usar
explosivos desde hace veinte años”… pero enseguida debió admitir que era obligatorio
renovar esa autorización cada semestre, y que la suya hace mucho que estaba vencida.
Su hijo Javier, es de recordar, ya había reconocido que Santa Rita nunca la había
renovado porque el trámite les parecía demasiado engorroso.
Haddad padre dijo ignorar qué cantidad de explosivos había consumido su empresa en
julio. “De ese tema se encarga Javier”, argumentó. “Lo que sí puedo asegurarles es que
jamás trajimos explosivos a la Capital Federal: las compras se hicieron en Olavarría y de
ellas se encargó mi capataz. Yo simplemente le hice el pedido por teléfono o fax”. El
patriarca libanés explicó luego que su empresa se había formado veinte años atrás
para explotar una calera de Olavarría y se vio obligado a admitir que “ya hace tres años
que no la explotamos, y que no utilizamos explosivos en ella debe hacer como seis
años”.
Bajo la presión de los interrogadores, Haddad padre también admitió que “desde hace
dos años, la única actividad regular de Santa Rita es el alquiler de volquetes” y que la
empresa contaba con cuatro camiones y unos sesenta volquetes… cálculo que difería
notablemente del hecho por su hijo Javier, que había dicho que los camiones eran
siete y los volquetes unos 80.
Para subsanar tan diferente cómputo, Haddad padre alegó tener una total ignorancia
sobre el movimiento de los volquetes. “El que sabe de eso es Raúl”, dijo. Y cuando los
policías le preguntaron qué apellido tenía Raúl (Díaz) Nassib dijo que no lo recordaba.
“El que lo sabe es Javier”, zafó.

De incendiarios a bomberos
Si los camiones de Santa Rita eran cuatro o hasta siete quizá no fuera irrelevante: ya
varios de ellos habían participado en la remoción de los escombros de la AMIA, que

385
eran llevados a las costas del río en terrenos pertenecientes a la Ciudad Universitaria,
desde el primer día. Incluso, quedaría claro en el juicio, alguna vez habían llevado los
escombros, no a la Ciudad Universitaria, sino al playón de Puerto Nuevo. Es bueno
recordar que además de a los volquetes y al alquiler de máquinas viales, Santa Rita era
una cascotera.
Ni Nassib ni Javier hicieron el menos comentario sobre la participación de la empresa
familiar en la remoción de los escombros de la AMIA. La deschavarían sus empleados
ocho años después, en el juicio realizado en la sala más grande de Comodoro Py,
donde luego se realizaron los juicios de la Escuela de Mecánica de la Armada, conocida
desde entonces como Sala AMIA. Dato del que prácticamente nadie se hubiera
enterado (el juicio tuvo muy poco de público, ya que el tribunal dispuso que —como
en el caso del juicio a las juntas militares— no se dejara entrar a las cámaras de los
canales y diarios (excepto en breves momentos escogidos) y solo hubiera un registro
oficial en video que, hasta ahora, excepto las partes, nadie pudo ver.
Eran épocas muy difíciles en la Argentina, en los que casi nadie podía distraerse de la
labor diaria de procurarse el pan, y a las audiencias iba muy poca gente. Por suerte, la
AMIA tenía un veedor de lujo: el abogado Horacio Lutzky, ex director del quincenario
progresista Nueva Sión. Lutzky la incluyó en su libro “Brindando sobre los escombros”
(Sudamericana, 2012), un vademécum escrito desde adentro sobre la complicidad de
la dirigencia comunitaria con el desvío de las investigaciones. Ya volveremos sobre ello.
Si “la única actividad regular” de Santa Rita en los últimos años era el alquiler de
volquetes, ¿qué hacía Santa Rita en Casa de Piedra?, se le preguntó a Nassib. “Nos
pusimos a extraer piedra bruta allí porque nos lo ofreció la empresa constructora del
dique (Casa de Piedra S.A.) pero esa tarea concluyó hace una semana”, dijo Haddad
padre. “¿Si no fuera por esa explotación, hubiera comprado explosivos?”, insistió su
interrogador. “No, fue a causa de este trabajo que volvimos a comprar explosivos”,
reconoció. Respecto de la enorme cantidad de explosivos que Santa Rita había
comprado en los últimos tiempos, Haddad padre dijo que “fue para economizar en las
perforaciones”. Un argumento paupérrimo, ya que había comprado más de dos
toneladas de explosivos faltando apenas 25 días para finalizar el contrato y, según sus

386
propios cálculos, con toda la furia podría utilizar como mucho la mitad. Cuando se lo
hicieron notar, argumentó que “yo no decidí las cantidades a comprar, sino mi hijo
Javier y Masson”. Pelota afuera.
Pero hete aquí que su hijo lo contradijo de manera flagrante. “El que se encarga de
comprar los explosivos es mi padre”, dijo. Y por su parte Masson diría más tarde que
recibía las órdenes de comprar de Nassib, algo obvio si se tiene en cuenta que este lo
había llamado desde el DPOC para pedirle que fuera a buscar explosivos a Olavarría.
Nervioso por las contradicciones en las que estaba incurriendo, Haddad padre se
obstinó en que su declaración volviese a constar “que nunca fui musulmán ni islámico;
que siempre fui católico, apostólico y romano”.

Llamado de La Rosada
Los Haddad fueron alojados durante unas pocas horas en la misma habitación en la
que estaba detenido Carlos Telleldín, a quien los policías le permitían moverse
libremente por gran parte del piso, acaso porque El Enano había sido agente de
inteligencia de la Policía de Córdoba, acaso por indicación de Alejandro Monjo, que se
movía en las dependencias policiales como si fuera un comisario. Telleldín le diría a
Levinas tiempo después que Nassib tan pronto estuvo con él le dijo que no pasarían
mucho tiempo ahí, que tenía muchos amigos en el Gobierno y que el ministro Ruckauf
—de quien dependía la PFA— los iba a sacar, tal como ocurrió.
Según le dijo entonces Horacio Verbitsky al autor, los Haddad con dos “de” eran
parientes de los hermanos Daniel y Gabriela Hadad. De Daniel, que es muy conocido, y
que incluso tiene una biografía no autorizada escrita por Romina Manguel, no diremos
aquí mucho, excepto lo obvio, que sus medios —hoy su sitio Infobae— eran y son el
canal preferido por la CIA para poner versiones en circulación (entonces lo eran
también del todavía misterioso Alfredo Yabrán). En cuanto a Gabriela, era entonces la
vocera del ministro de Justicia, Rodolfo Barra, quien ocultaba un pasado nazi que
recién saldría a la luz en noviembre de 2008 cuando el semanario Noticias publicara
fotos de su juventud haciendo el saludo hitleriano.
Lo cierto es que esa misma noche, a instancias del ministro Ruckauf, el juez Galeano

387
firmó la falta de mérito de ambos Haddad y se abstuvo de informárselo a los fiscales.
Los hechos sucedieron así: ya era de noche cuando Ruckauf convocó a Galeano a una
reunión en el Ministerio del Interior, que funciona dentro de la Casa Rosada. Cuando el
juez llegó, se encontró con que el ministro estaba acompañado por el nuevo jefe de la
PFA, el comisario Pelacchi, con quien le presentaron un certificado que firmaba el ya
mencionado jefe de Producción de FM, coronel Franke. Con la celeridad de un rayo,
Franke le había enviado una nota a Pelacchi informándole que “Delbene y Serris S.A.,
distribuidora de esta DGMF (Dirección General de Fabricaciones Militares) a nuestro
requerimiento informó que efectuó ventas regulares a la citada firma (Santa Rita) a
partir de marzo del corriente año”.

“Regulares” equivalía a decir, en el marco de la ley, con permiso. Lo que por lo visto
borraba de un plumazo la admisión explícita de los Haddad de que su permiso para
comprar explosivos estaba requetevencido. Franke, se averiguaría más tarde, había
“olvidado” consignar una primera compra de 300 kilos de amonal, hecha el 3 de
octubre de 1993. So pretexto de que no habían sido despachados a nombre de Santa
Rita, sino del propio Nassib Haddad. Que por entonces, vale la pena recordarlo, no
tenía ninguna excusa para esa adquisición.
A la salida de la Casa de Gobierno, Ruckauf fue abordado por Clarín. El ministro se
excusó de dar mayores precisiones aduciendo que “el juez me pidió que no dé
informes: se avanza sobre distintas pistas y no queremos estar alertando a los
delincuentes sobre su desarrollo”. Tan pronto como llegó a su despacho, el juez
Galeano dispuso la libertad de los Haddad por “falta de mérito”, pero omitió
informárselo a los fiscales, según le confió al autor uno de ellos, José Barbaccia.

La guinda del postre llegó a manos de Galeano dos días después, el 4 de agosto. Fue
una nota del DPOC firmada por el comisario Carlos Antonio Castañeda, el mentiroso
serial. Decía sucintamente que el análisis del polvo blanco secuestrado en el galpón de
Avellaneda no había arrojado “resultados positivos acerca de la detección de vestigios
de altos explosivos”, pero se abstenía de informarle de qué sustancia concreta se
trataba. Con lo que evitaba dejar en evidencia que Javier Hadad había mentido al

388
afirmar que era óxido de litio.

Los riesgos de que la escandalosa manera en que habían sido liberados los Haddad se
filtrara a los medios de prensa (y, posiblemente, a los propios fiscales) fueron
minimizados con sendas cortinas de humo. La más pequeña fue que el 2 de agosto,
cuando Galeano los puso en libertad como quien dice “entre gallos y medianoche”
(aunque haya sido ya de madrugada), una mujer encargada de limpiar el baño de
hombres en el Aeroparque de Buenos aires denunció haber encontrado en él un bolso
de hombre que contenía un reloj y pilas. Enseguida avisó a la Policía Aeronáutica y esta
a la Federal. Fue un procedimiento de rutina que increíblemente sirvió para abrir una
causa que recayó en el juzgado federal de turno, a cargo de Claudio Bonadío —un
incondicional de Carlos Corach— quien la caratuló como “intimidación pública”. Con
esta carátula, que vestía la absoluta vacuidad de la denuncia, el Gobierno echó a rodar
por primera vez el rumor de que era inminente un “tercer atentado”.

“Se archivó porque no había nada. No había trotyl ni detonador, ni estaba hecho el
circuito necesario para que esos elementos sirvan para una explosión. Y tampoco había
indicio alguno de que estuviera destinado a algún avión”, explicaría a Página/12 una
fuente judicial en agosto de 1999.

Una ayudita de la CIA

La segunda cortina de humo fue mucho más sofisticada y requirió la intervención tanto
de servicios de inteligencia extranjeros como del mismísimo presidente Menem.
Porque en esa misma reunión de la que Galeano salió para firmar la orden de que el
DPOC dejara irse a sus casas a los Haddad, Ruckauf, Pelacchi y más tarde Hugo Franco,
que se sumó a la reunión, volvieron sobre un tema que ya Hugo Anzorreguy (que lo
había apadrinado para que lo nombraran juez federal) le había adelantado a Galeano
personalmente: que la CIA protegía en Caracas a un iraní apellidado Moatamer, que
acababa de desertar de los servicios secretos de su país, cuyo testimonio prometía
imprimirle un vuelco copernicano a la investigación pues decía saber que el atentado

389
había sido organizado por sus ex compañeros del Ministerio de Información y
Seguridad (Vezarate Etelaat Va Amniate Keshvar, Vevak), del cual dependían los
servicios secretos de Irán (Savama).

En fin, que además de pedirle que liberara a los Haddad, lo embalaron para que se
fuera literalmente volando a interrogar al iraní a Caracas ya que, le dijeron, Estados
Unidos le había dado asilo y era inminente que él y su familia viajaran allí y se
radicaran en algún lugar no revelado como testigos protegidos.

Al parecer, en un momento asomó la cabeza el propio presidente Menem y puso a


disposición del juez uno de los aviones de su flota, el Tango 04, para que Galeano
volará a Venezuela ya, sin hesitar. Lo cierto el avión presidencial decoló el lunes 1º de
agosto rumbo a Caracas llevando al juez y a unos fiscales que, según Barbaccia,
ignoraban que los Haddad habían sido liberados.

Ese mismo lunes por la tarde, los tres tuvieron un primer encuentro con Manoucher
Moatamer, de 38 años. Fue en la sede de la Dirección General Sectorial de los Servicios
de Inteligencia y Prevención (DISIP), dependiente de la Presidencia venezolana. La
DISIP estaba por entonces (el presidente era Carlos Andrés Pérez) colonizada por la CIA
y su director no era venezolano, sino un cubano gusano.

El anfitrión de los argentinos, un comisario, les explicó que el hombre únicamente


hablaba en farsi, el idioma de los persas, pero que habían dispuesto un traductor. Les
dijo también que Moatamer, su mujer y sus cuatro hijos estaban en La Habana cuando
habían sido secuestrados por cuatro diplomáticos iraníes que los habían obligado a
volar a Caracas, una escala obligada para reexpedirlos hacia Teherán. Por lo visto —
opinó el comisario— los secuestradores carecían de una “casa segura” en la que
mantener cautivos a los secuestrados, ya que los habían alojado en un hotel de cinco
estrellas, el Euro Building. Pero que Moatamer y su hijo mayor se habían fugado de allí
y buscado la protección de la Organización Mundial de la Salud, que los había derivado
al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

¿Fuga de un hotel de cinco estrellas? Sonaba raro, y Galeano intentó interrogar al iraní

390
en inglés, pero no hubo caso: Moatamer chapurreaba en una jerga macarrónica. Lo
único que se le entendía era que su oficio era técnico de TV, apóstata del Islam y
miembro de la secta Bahai, y que él y su hijo habían burlado a sus cancerberos: el
cónsul de Irán en Caracas y otros tres diplomáticos (dos de ellos, de la Embajada en
Cuba), todos los cuales, gracias a su denuncia (y a pesar de haber argumentado que
acompañaban a Moatamer y a su familia a tomar un avión de regreso a Irán, después
de que hubiera pedido asistencia consular en La Habana diciendo que estaba en la
indigencia), habían sido expulsados de Venezuela.

Cuestionarios

El traductor aportado por la DISIP quizás entendiera bien el farsi, pero hablaba muy
mal español, lo que haría que hubiera distintas interpretaciones de sus dichos. El
interrogatorio se hizo en un salón de la Embajada argentina frente a una cámara de
video donde Moatamer dijo que tenía un tío que había sido asistente del ayatolá
Jomeini que le había conseguido un empleo en el Ministerio de Obras Públicas, más
precisamente en el área de Vialidad. De allí había pasado al Ministerio Islámico de
Información, más conocido como Ershad; la misma dependencia estatal explicó que
durante el reinado del derrocado Sha Rezha Palevi se había llamado Ministerio de Arte
y Cultura.

En su nuevo trabajo, siguió diciendo Moatamer, había recibido una exhaustiva


instrucción cuyo eje consistía en “rezar todo el día de manera de poder escuchar a
Jomeini con los ojos cerrados y adivinar sus pensamientos (...) para luchar contra el
sionismo y el imperialismo sin vacilaciones y sin preguntarme ni pensar nada (...) Nos
instruían para que cuando camináramos por la calle pensáramos todo el tiempo que
teníamos que luchar contra Israel y los Estados Unidos”. Su trabajo específico como
temible operario del contraespionaje había consistido en interrogar a los aspirantes a
ingresar en el cuerpo diplomático. En verdad, admitió, se limitaba a supervisar que
respondieran a un cuestionario de 40 preguntas. “Quienes decidían si eran aptos o no

391
eran mis jefes, a los que yo entregaba el cuestionario”, respondió.

Le preguntaron por los criterios de selección de sus jefes. Dijo que estos estaban
dirigidos a elegir a quienes demostraran adhesión ideológica al chiísmo: “Quienes
sabían que Jomeini era el imán número doce eran aceptados y los que no lo sabían
eran rechazados. Yo les preguntaba si los musulmanes chiítas y los sunnitas eran o no
hermanos. Si contestaban que sí, eran aceptados. Si decían que no, eran rechazados.
También debía preguntarles cuántas piezas tiene una mortaja musulmana. Si
respondían cuatro, eran aceptados; si decían tres, no tenían posibilidades". Claro que
esta difícil prueba oficial bien podía soslayarse, agregó, si los postulantes tenían una
buena palanca y/o enchufe. En este caso, los corruptos jefes de Moatamer les daban
las respuestas correctas de antemano a los recomendados.

Moatamer dijo que como había cumplido estas labores a satisfacción de sus jefes,
estos lo habían comisionado para que comprobase la fortaleza y cohesión ideológica
del personal diplomático en el exterior. “Cumplí estas misiones secretas en varios
países, por ejemplo en Afganistán, China, Malasia, Singapur, Líbano, Siria, Sudán y
Arabia Saudita”, señaló. En todas partes había seguido un modus operandi similar,
dijo: “Dejaba pasar la primera semana en calidad de simple turista, para luego
presentarme ante el embajador y enseguida reunirme con todos y cada uno de los
funcionarios de la embajada. Mis instrucciones eran hacerme amigo, comer con ellos,
conocer a sus familias, ir a sus casas y pedirles whisky para ver si bebían alcohol. Y
hablarles mal de Jomeini, decirles que estaba loco, para ver si me daban la razón. Si
caían en la trampa, yo avisaba a mis jefes y estos avisaban a su vez a la Cancillería, que
los llamaba de regreso a Teherán, donde eran decapitados”.

Entre todos los países en que Moatamer dijo haber cumplido estas funciones, no había
ninguno de Occidente en el que sus dichos pudieran corroborarse con un llamado de
teléfono.

Budineras

392
¿A qué había ido a La Habana?, le preguntó Galeano. “Bueno, en realidad quería ir a
Los Ángeles, pero en Roma solo pude conseguir visa para Cuba, donde iba a pedir una
visa para entrar a México, cuando mi esposa fue secuestrada en pleno Malecón”, fue la
disparatada respuesta de Moatamer. ¿Por qué motivo?, siguió preguntando el juez.
“Me perseguían por mis actividades contra el régimen”, afirmó. ¿En qué consistían
estas actividades? “Me especializaba en darle entrada a la señal de los canales de
televisión norteamericanos, lo que está rigurosamente prohibido”, detalló. Se refería a
la fabricación clandestina de antenas parabólicas en base a grandes budineras, una
actividad por entonces en auge tanto en Irán como en Cuba, lo que podría explicar por
qué, invirtiendo el sentido del viaje de tantos balseros, había intentado radicarse en la
isla.

Moatamer dijo que había huido de su país porque en él imperaba un régimen que
adoctrinaba a los niños para que estuvieran dispuestos a morir y matar por Alá y que él
no quería que a sus hijos les lavaran el cerebro de esa manera. Por eso, dijo, había
salido de Irán hacia Turquía, de donde había pasado a Italia y de allí a Cuba.

La SIDE había provisto a Galeano de una serie de fotografías de diplomáticos iraníes


sospechosos de actividades terroristas. Moatamer identificó a varios. De algunos dijo
que no eran demasiado peligrosos, pero alertó sobre la peligrosidad de cuatro: “Si
estaban en Buenos Aires, sin lugar a dudas que intervinieron en el atentado”, aseguró.
Y pidió que se suspendiera la audiencia porque, dijo, estaba muy cansado.

Los presuntos terroristas que Moatamer había señalado eran:

● Abás Zarrabi Khorasani, quien ingresó a Buenos Aires y comenzó a prestar

servicios como tercer secretario de la embajada en agosto de 1987. “Pertenece


a un grupo rival al de Jomeini, aun más radical, y por entonces ordenó matar a
muchas personas. Odia a Israel”, dijo Moatamer.

● El empleado administrativo Mahvash Mousef Gholamreza Zangereh, acusado

por portación de apellido. “En su familia, todos son terroristas. Seguro que se

393
encarga de planificar los atentados”, explicó Moatamer.

● Falfasi Ahmad Allameh, que estuvo medio año en la Argentina entre mediados

de 1989 y 1990 como empleado administrativo y fue más tarde tercer


secretario de la embajada. “Su padre, que ahora tiene 90 años, fue la mano
derecha de Jomeini y quien habló en su entierro”, explicó.

● Ahmad Rezha Ashgari, que ingresó a la embajada como tercer secretario en

junio de 1991. “Es la máxima autoridad de la justicia y fue director de una de


las prisiones más grandes de Irán”, dijo de él Moatamer. Galeano habría de
entusiasmarse cuando se enterara que Ashgari había regresado a Teherán diez
días antes del 18-J.

Parvaresch

Al reanudarse el interrogatorio, Moatamer —como si lo hubiera consultado con la


almohada o con sus protectores de la CIA— recordó que Akbar Parvaresch, otro de los
iraníes del que Galeano le había mostrado una foto, había sido “un maestro de colegio
de Irán” y se había destacado en la lucha contra el Sha. “En su momento aspiró a ser
Presidente de la República Islámica, pero debió resignar esas pretensiones ante el
incontenible avance de Rafsanjani”, dijo, y agregó que, no obstante, durante la guerra
con Irak Parvaresch se había desempeñado como “segundo de Jomeini y su delegado
ante el Parlamento”.

Parvaresch, diputado del Parlamento unicameral iraní, había visitado la Argentina a


mediados de noviembre de 1993. Según Moatamer, era nada menos que “el jefe de un
grupo terrorista”. ¿Qué grupo? Moatamer dijo que del Partido de Dios libanés,
Hezbolá. “Parvaresch es hoy comandante de Hezbolá”, insistió. “Nadie que no
pertenezca a Hezbolá puede trabajar en las embajadas iraníes. Los de la embajada de
Buenos Aires son todos de Hezbolá. Solo están conformes cuando matan gente,
incluso niños”, insistió. Y, como antes había dicho que para trabajar en las embajadas

394
iraníes había que responder un cuestionario (aquel de las mortajas musulmanas) y a
veces ni eso, solo cabía concluir que, según Moatamer, los requisitos para ingresar a
Hezbolá eran un tanto laxos.

Digo y pruebo

El golazo de Moatamer, lo que hizo que siguiera gozando de algún crédito, fue su
afirmación de que Irán y Hezbolá preparaban “un atentado en Londres, de lo que ya
avisé a la policía venezolana”. No habían pasado 48 horas cuando un Audi gris
conducido por una mujer ingresó a una playa de estacionamiento aledaña a la
Embajada de Israel en Londres. Aunque era de acceso restringido, la mujer, muy
elegantemente vestida, cruzo unas palabras con el policía (que recordaría luego que
era “mediterránea”, es decir, de pelo negro) y entró. Y a poco de haberse retirado, el
Audi explotó, con gran estruendo y daños materiales, sobre todo rotura de vidrios,
pero sin víctimas mortales. Horas después, otra bomba de estruendo estalló en un
automóvil en las proximidades de Balfour House, sede de varias instituciones judías en
el barrio londinense de North Flinchey, un suburbio elegante de la capital británica, sin
que hubiera ni muertos ni heridos.

En cuanto al cruento atentado perpetrado en Buenos Aires, Moatamer dijo que sabía
que se iba a cometer con mucha antelación porque, aseguró, ya había escuchado
hablar de él en una reunión celebrada el 21 de marzo (de 1994), tres días antes de que
él y su familia iniciarán la penosa travesía que les permitió llegar a Turquía a través de
las montañas del Kurdistán. Moatamer dijo que se trataba de una cumbre anual que se
celebraba siempre en un lugar distinto, y que esa vez tuvo como escenario la casa del
hijo del presidente del Majlis (parlamento) y máximo líder religioso, Alí Jamenei, en el
barrio residencial de Sa'd'abad, junto a la antigua residencia del Sha, en Teherán.
Moatamer dijo que había participado en esa reunión en su calidad de secretario del
ministro que, aclaró, no se encontraba entonces en la capital de la república islámica. Y
también dijo que, a último momento, al cónclave se había sumado Parvaresch.

395
Sobre el final del interrogatorio, con los agentes de la CIA urgiéndolo aparatosamente
a dejar de hablar y a acompañarlos al aeropuerto donde ya estaba su familia para
abordar el avión que los conduciría a Miami, Moatamer se permitió hacer algunos
comentarios políticos que certificaron el nivel que había alcanzado en el
contraespionaje iraní: “Me cae bien Israel, un país que cuenta con gente más
inteligente y mucho más conforme de la vida que lleva que la que hay en Irán. Yo y mi
familia sufrimos por Israel, donde se mata tanta gente. Los israelíes son más solidarios
que los iraníes, pero tienen que entender que no es el pueblo de Irán el que los ataca,
sino la gente de Palestina. Porque el 99 por ciento de la gente de Irán está contra el
gobierno. Lo que sucede es que los religiosos manipulan a la gente y aprovechan que
los musulmanes (chiítas) cuando se les habla de Alá o de Hussein están dispuestos a
dar la vida”.

Por último, Moatamer dejó un mensaje para la posteridad: “No importa si muero,
porque al menos le habré mostrado al mundo qué tipo de gente gobierna Irán, y mis
hijos no tendrán la pena de haber tenido un padre malo”.

Ronquidos

Apenas aterrizó en Ezeiza, Galeano fue conducido por Anzorreguy y el comisario


Pelacchi ante el Presidente. Pelacchi se encontraba a sus anchas en la quinta de Olivos
ya que conocía al dueño de casa por haberse desempeñado como jefe de la delegación
de la PFA en La Rioja cuando Menem era el gobernador. “¡Se van a caer de espaldas
cuando se enteren de lo que traje!”, atinó a decir a los periodistas, muy excitado. En el
microcine de Olivos, esperándolo, se encontraba Menem junto a sus amigos Gerardo
Sofovich, Mauro Viale y Bernardo Neustadt. “Bernie” era el principal publicista del
Grupo Yabrán, aunque cumplía su función con más recato que el panegirista Daniel
Hadad, quien años más tarde le haría la guerra saboteando electrónicamente las
emisiones de su programa matutino. Y que, desaforado, festejaría su triunfo en esa
miniguerra celebrándolo el 24 de marzo junto a los hijos de su amigo, el almirante

396
Massera.

En la pantalla del microcine de Olivos, Moatamer empezó a desgranar en farsi sus


desventuras entre los pérfidos discípulos de Jomeini. A los pocos minutos, Menem
comenzó a roncar.

En todas partes se cuecen habas

Scotland Yard detuvo enseguida a un grupo de palestinos, acusándolos de haber


atentado contra la Embajada de Israel. En 1996, una pareja de jóvenes licenciados en
Ciencias de la Educación, Samar Alami y Jawad Botmeh, fueron condenados a veinte
años de cárcel en un proceso sumamente irregular. En 1997, David Shayler, un joven
periodista que se había unido al MI-5 (Contraespionaje) en 1991 y había renunciado a
fines del año anterior denunció, entre otras cosas, que el MI-5 espiaba al Partido
Laborista; que el MI-6 le había pagado al Grupo Islámico de Combate de Libia —rama
de Al Qaeda— para que en febrero de 1996 y en Sirte llevara a cabo un intento de
asesinato del coronel Muamar El Gadafi (del que Gadafi había salido ileso, a diferencia
de varios de sus partidarios, que resultaron muertos), y que los servicios británicos
estaban sobre aviso de que se iban a producir los atentados de 1994, así como que
quienes los habían llevado a cabo no eran Botmeh y Alami lo que, evidentemente,
parecía indicar que habían recibido una orden de mirar para otro lado.

Shayler desertó del MI-5 junto a quien era entonces su novia, Annie Machon, que fue
todavía más clara: dijo que luego de una larga investigación y de la compilación de
inteligencia, el MI-5 había llegado a la conclusión de que el ataque a la Embajada de
Israel había sido “un atentado de falsa bandera”, un autoatentado llevado a cabo por
el Mossad. Según el informe secreto pero oficial del MI-5, explicó Machon, la acción
del Mossad había tenido un doble propósito: aumentar la protección de sus intereses
en el Reino Unido y el desarticular una red de apoyo a Palestina que, impulsada por
Botmeh y Alami, estaba creciendo rápidamente. Si estos motivos fueran ciertos, el
propósito habría sido triple.

397
A partir de las revelaciones de Shayler y Machon, Amnistía Internacional consideró a
ambos convictos chivos emisarios, lo que convirtió su prisión en un escándalo
internacional, tal como publicó (véase “La justicia inglesa bajo la lupa” y “También en
Inglaterra se cuecen habas”) el sitio [Link] el 6 y 7 de noviembre de 2001.
Con toda probabilidad, la fuente informativa de este medio, firme sostén de la Historia
Oficial, fueron los fiscales Mullen y Barbaccia, que acababan de entrevistarse en
Londres con Shayler y la defensa de ambos muchachos. Los fiscales habían ido a
Europa a escuchar una nueva declaración del famoso “Testigo C”, Abolhasan Mesbahi,
quien decía ahora que el presidente Menem había recibido de los iraníes 10 millones
de dólares a cambio de que la Justicia argentina dejara de responsabilizar a los
ayatolás por el ataque a la AMIA, algo que no había sucedido. Con el paso del tiempo
se sabría que el coach del iraní era en esta oportunidad “Jaime” Stiuso, con lo que hoy
está claro que la maniobra fue el antecedente más remoto de la intentada el pasado
verano, trece años después, con una presidenta que en muchos aspectos está en las
antípodas del riojano.

Galimba

Autor de Buenos muchachos (Planeta, 1994), un libro imprescindible para entender las
ramificaciones y funcionamiento de las bandas integradas por ex miembros de los
“grupos de tareas” que actuaron en el país durante los años 80 y 90, el periodista
Carlos Juvenal sospechaba que Raúl Antonio Guglielminetti podría haber participado
de la voladura de la AMIA junto a los restos de la Banda de los Comisarios, que
también había sido objeto de su fina atención cuando escribía “El caso Sivak” (La
Razón, 1987).

Sentado en el viejo bar de Tucumán y Uruguay, en la esquina sureste del Palacio de


Tribunales, Juvenal y el autor fumaban un cigarrillo tras otro usando el café de
lubricante en una animada charla.

— Me crucé con Guglielminetti por la calle. Evidentemente sabía que estaba detrás de

398
sus pasos porque se me acercó y me dijo: ‘Estás equivocado, el que está metido en el
asunto no soy yo, sino otro que tiene mis mismas iniciales’. Entonces pensé unos
segundos y me dije… ¡Rodolfo Galimberti! Me puse a averiguar y me dijeron que
Galimba revista como agente especial de la Sala Patria. Así que me puse como loco a
preguntar y preguntar y me enteré que viajó a Londres con bastante plata a visitar a
sus amigos palestinos. ¿Entendés?

— Me puse en contacto con una periodista amiga, destacada en Londres, y le pedí que,
por favor, me averiguara algo. Dos semanas después recibí su llamado.

— Al principio, la Policía británica sospechó que la iniciativa de cometer esos atentados


insólitos era de Siria. Me dijeron que le llamaba la atención que no tuvieran propósitos
claros, ya que la bomba que estalló cerca de la Embajada de Israel... pues eso, estalló
cerca de la embajada... sin que pudiera lastimar a nadie en ella como no fuera por la
caída de algún vidrio. Pero ahora están convencidos de que esas bombas, al menos
esa, fue encargada por un ex montonero que en los años 70 se entrenó en el Valle de
la Bekaá —relató la colega, sin dar nombres propios.

La descripción le calzaba a la perfección a Rodolfo Galimberti, que a sus biógrafos


Roberto Caballero y Marcelo Larraquy les iba a confesar años más tarde que para
entonces ya hacía toda una década que trabajaba para la CIA. Para Juvenal y para mí
quedaron pocas dudas de que la bomba de Londres había detonado para darle
veracidad a los dichos del bolacero Moatamer y que la aparición de este en escena
había procurado desviar la atención del volquete depositado en la puerta de la AMIA
muy poco antes de la hecatombe.

Quien quiera oír, que oiga

Por razones meramente narrativas se ha dejado para el final de la serie los


interrogatorios hechos al chofer del camión que dejó el volquete en la AMIA y a su
jefe, el encargado Raúl Díaz (el mismo que recibió a los policías en las oficinas de Santa
Rita en Avellaneda), aunque ambos fueron interrogados primero el mismo 18-J en el

399
DPOC y bastante después por Galeano, que en todo momento procuró desvincularlos
de la causa.

Aquella tarde aciaga, el DPOC, luego de tener claro que un camión de la empresa Santa
Rita había dejado un volquete frente a la AMIA muy poco antes del estallido,
comisionó al ya mencionado oficial Fabián Prado para que fuera a la sede la empresa
en Avellaneda. Prado fue recibido por el encargado, Raúl José Díaz, de 50 años, una
primera cosa rara, ya que Díaz, pronto se sabría, no trabajaba allí sino en Puerto
Nuevo.

Díaz le dijo a Prado que el dueño de la firma era el ciudadano libanés “Nasalb” (así, al
menos, lo escribió el policía) y que la misma empresa, esta vez con el nombre de
fantasía de Cascoterías Santa Rita, tenía oficinas en la avenida Costanera Rafael
Obligado, en la Dársena F del Puerto Nuevo, junto a la Escuela de Buzos y a la Terminal
6.

También le dijo que él mismo, estando allí, había recibido por la mañana “entre las
8.30 y las 8.45”, el pedido de un volquete para la AMIA. “Me llamó un viejo cliente de
la empresa GPI”, dijo. Y explicó que GPI era la constructora que hacía reformas en la
AMIA, con oficinas en la avenida Cabildo 48, y que era habitual que recibieran pedidos
de ella, una pequeña empresa, vieja clienta, y que quien solía hacerlos era el
arquitecto Malamud. Prado no aclaró en su escrito si Díaz le dijo que había sido
Malamud quien lo habría llamado esa mañana. Por otra parte, jamás pudo verificarse
que los teléfonos de Santa Rita hubieran recibido esa mañana un llamado efectuado
desde GPI, la AMIA o el celular de Malamud.

“Tras recibir el pedido —le dijo el encargado Díaz a Prado— detuve al chofer, Alberto
López, que se disponía a salir para llevar un volquete a la calle Constitución 2657, y le
indiqué que cargara otro volquete y lo llevara a la AMIA”. Díaz le dijo a Prado que
“Alberto” le había comentado muy excitado al regresar al playón que había dejado el
volquete muy cerca de la puerta de la AMIA luego de que una persona le hubiera

400
firmado el correspondiente remito. No dijo que esa persona hubiera sido Malamud. No
estaba claro aún que Malamud había muerto y no podía desmentirlo.

“Alberto me dijo que apenas si se había alejado unos doscientos metros cuando
escuchó un ruido muy fuerte, pero que como el camión es viejo y hace mucho ruido y
él estaba escuchando la radio, en ese momento no le dio importancia, por lo que
recién se enteró de lo que había pasado unos diez minutos después, cuando dieron la
noticia por la radio. Fue él quien nos llamó por y nos contó que habían volado la
AMIA”, narró.

En aquella época en que los celulares eran “ladrillos” y casi nadie los tenía, el playón y
los camiones estaban enlazados por emisores-receptores de la marca Motorola,
similares a las que utilizaba la Policía. Díaz le dijo a Prado que una vez que llegó al
playón de Puerto Nuevo, López le amplió la información que le había dado por radio.
Estaba muy nervioso, recordó. Se había quedado “muy mal por lo que ocurrió” y le
había pedido “permiso para irse a su casa".

Contradicciones al por mayor

Prado le preguntó cómo podía ubicarlo. “No tiene teléfono, pero sé que vive en la calle
Pilcomayo y Levalle de Bernal Oeste”, le indicó Díaz. Los policías partieron raudos hacia
allí a bordo de un automóvil sin señales de identificación. Ubicaron a López y lo
llevaron a la sede del DPOC. Esa noche terrible, cuando el país estaba en vela y se
removían los escombros en busca de sobrevivientes en indecible pena, el chofer del
camión de los volquetes no parece haber sufrido un interrogatorio demasiado
exhaustivo. Dijo que trabajaba de “fletero” en Santa Rita desde hacía más o menos un
año y que “desde fines de 1993” llevaba volquetes a la AMIA, “entre uno y dos por
semana, y a veces dos juntos”. Las obras habían comenzado en marzo de 1994. ¿A qué
iba López a la AMIA cuatro meses antes? Nadie se lo preguntó.

López dijo haber descargado el volquete “un poco más allá” de la puerta principal de la
AMIA, es decir hacia Viamonte. Parece haber estado muy ansioso por poner distancia y

401
tiempo entre ese acto y la explosión puesto que, según consta en el acta policial, dijo
haber dejado el volquete ¡a las 10.45! Siempre según el acta, López dijo que, al dejar la
AMIA, dobló por Viamonte, después tomó por Junín y siguió por Rincón (como se llama
la misma calle al pasar la avenida Rivadavia hacia el sur). “Cuando estaba llegando a
Alsina (a diez cuadras de la AMIA), sentí un ruido que al principio, como hay muchos
baches, lo atribuí al retumbe del volquete que llevaba. Como llevaba prendida la radio,
no le hice mayor caso y recién me enteré de lo que había pasado unos diez minutos
después, cuando lo dijeron por la radio”, narró. En la calle Rincón entre Hipólito
Yrigoyen y Alsina no había ningún bache. En 1996 los vecinos le dijeron al autor, que
investigaba por cuenta de la AMIA, que hacía mucho tiempo que la calzada no era
reparada.

“Recuerdo que a unos veinte o veinticinco metros antes de la puerta de la DAIA (sic)
había dos patrulleros y uno o dos coches más cinco metros más adelante, así como un
tercero, que creo que era un Peugeot 504 grisecito crema del que, si mal no recuerdo,
se estaban descargando bultos”, siguió diciendo el chofer.

López habló de dos patrulleros, es decir del estacionado y del que se supone había
acudido en auxilio para cambiar la exhausta batería de aquel. Se refirió también a un
Peugeot gris, del cual hasta el momento no había noticias. Las únicas declaraciones
que concedió fueron al periodista Gustavo Abu Arab, de Radio del Plata. La entrevista
fue realizada tres días después del atentado y Abu Arab le pidió más precisión sobre el
vehículo al que se refería. “Supongo que tenía un portaequipajes porque estaban
descargando algo del techo. Yo declaré que era un Peugeot 504 pero por lo visto no lo
era. En todo caso, no lo recuerdo con seguridad. De lo que sí estoy seguro es de que
era un auto gris y que el hombre estaba desatando un bulto para bajarlo”. Está claro
que se refería a Joffe y a sus infortunados acompañantes, quienes, efectivamente,
desataron una escalera de la vaca o portaequipajes. Como Joffe había dicho que
cuando él llegó el camión ya se encontraba maniobrando, quedó claro que habían
llegado prácticamente al mismo tiempo: tres, a lo sumo cuatro minutos antes del
instante fatídico.

402
Al entregar el remito en la puerta del edificio —declaró López en el DPOC— “pude
observar que en el fondo, a unos diez metros de allí, había una pila de residuos de la
obra de alrededor de un metro de alto y dos de ancho”. Sin embargo, al declarar en el
juzgado López no ratificó haberse contentado con mirar desde la puerta de la AMIA
hacia adentro: dijo que había entrado al edificio en busca de Malamud, al que conocía,
y que este lo atendió al lado de la guardia interna.

En ese mismo sentido, al periodista Abu Arab le había dicho que había llegado a la
AMIA alrededor de las 9.48 o 9.50, corrigiendo lo que figuraba en el acta firmada en el
DPOC por él, el comisario Castañeda y el oficial Claudio Camarero. Cuesta creer que,
con la módica diferencia de tres días, alguien tuviera una memoria tan frágil sobre el
horario en que había llegado a un lugar en el que escasos minutos después iban a
morir tantas personas. Excepto que lo de las “10.45” haya sido un error de ambos
policías. Excepto que el comisario Castañeda tuviera claro que debía “despegar” a
López y su camión amarillo huevo del bombardeo.

De espaldas

Cuarenta meses más tarde, y por indicación del autor, Juan Alberto López fue
entrevistado por otro periodista, Marcelo López, de América TV. “Alberto” accedió,
pero exigió que la cámara lo enfocara de espaldas, signo inequívoco de que no tenía la
conciencia tranquila. El flaco y alto Marcelo se las ingenió para que los inconfundibles
rasgos del misionero (narigón, anguloso, moreno con unas pocas canas) aparecieran
fugazmente en el video. Por increíble que parezca, el juez Galeano no incorporó el
video a la causa.

“Llegue a las 9 o 9.50, no lo recuerdo bien”, balbuceó “Alberto”. Su reiterada admisión


de que había llegado a la AMIA unos pocos minutos antes de la explosión dejó sin
explicar cómo había tardado tantísimo en ir desde Puerto Nuevo a la AMIA. Para
justificarlo, el chofer no tuvo más remedio que contradecir lo que había afirmado en
todas sus anteriores declaraciones (en el DPOC, en el juzgado y ante los periodistas,

403
declaraciones que coincidían con las hechas por su jefe inmediato, Raúl Díaz, el
encargado de Santa Rita) acerca de que había salido del playón de Puerto Nuevo poco
después de las 8.30 con dos volquetes.

Lo que había sucedido, explicó, era que “salí con un solo tacho, para la calle
Constitución, pero Raúl (Díaz) me llamó por radio enseguida y me pidió que regresara a
cargar otro para la AMIA”. Fuera de las cámaras y de los micrófonos, le dijo a su
entrevistador: “Fue por eso que tardé tanto”.

El teatro en el cual López dice que se desarrollaron las insólitas evoluciones del camión
amarillo-anaranjado Fiat modelo 1980 que conducía es un triángulo bastante pequeño:
el camino más corto para ir desde el hoy inexistente playón de Puerto Nuevo a la AMIA
es de apenas 3.500 metros. La distancia es apenas mayor entre la AMIA y el terreno de
la calle Constitución: 4.100 metros.

De acuerdo a lo dicho por el chofer a América TV, acababa de salir de Puerto Nuevo
hacia la calle Constitución aproximadamente a las 8 con un solo volquete cuando el
capataz de Santa Rita lo llamó por radio para pedirle que regresara para cargar otro
volquete con destino a la AMIA. Eso, de acuerdo a las declaraciones de Díaz, debió
ocurrir como muy tarde a las 8.45. Supongamos que López no se había lejos y que
estaba a cinco minutos del playón de Puerto Nuevo, que regresó y cargó el otro
volquete. Como muy tarde, puede deducirse, habría salido a las 9.

Es decir que habría demorado entre 30 y 50 minutos en recorrer los 3.500 metros
hasta la AMIA, lo que implica que, considerando el tiempo necesario para cargar un
volquete, se habría desplazado a una velocidad de entre siete y diez kilómetros por
hora.

A paso de tortuga

La pequeña variación es necesaria porque si hubiera salido a las 8 con dos volquetes —
como dijo en su primera declaración— y hubiera ido directamente a la AMIA, lo habría

404
hecho a menos de dos kilómetros por hora. Dicho de otra manera: resultaría obvio que
antes de ir a la AMIA había pasado por otro lugar. Por ejemplo, que había ido primero
a Constitución al 2600 (a unos 5.500 metros de Puerto Nuevo por el camino más corto)
y luego a la AMIA (4.100 metros más). Para ello le hubiera sobrado con marchar a 5
kilómetros por hora, la velocidad de un peatón.

Recapitulemos: ante Abu Arab, “Alberto” dijo que le había resultado más cómodo
llevar primero el volquete a la AMIA e ir luego a la calle Constitución, puesto que, le
recordó, los camiones no salían de Avellaneda, sino desde Puerto Nuevo. “Cuando
llegué a la AMIA —explicó— bajé los dos tachos, después enganché el que me iba a
llevar a la calle Constitución y enseguida fui con el remito para que me lo firmaran. Me
lo firmó en la misma puerta un señor de apellido Malamud (¿acaso no eran
conocidos?), quien me dijo si podía correr el volquete un poco más adelante... pero
como vio que no tenía espacio para ponerlo donde me indicaba, al final me dijo:
‘Bueno, dejalo ahí nomás’".

Cuarenta meses después, en la ya mencionada entrevista que dio de espaldas a


América TV, López ratificó lo que había dicho en el juzgado: que no solo había estado
con Malamud, sino que este había visto la punta del volquete desde adentro de la
AMIA. Es decir que el volquete estaba, al menos parcialmente, sobre la puerta.

Lo indudable es que, con permiso o sin él, López dejó el volquete en un lugar en el
cual, sobran los testimonios, la seguridad de la AMIA prohibía que se los dejase, lo que
López no podía ignorar después de tantos meses de dejar volquetes allí. Claro que
López alegó que fue autorizado a dejarlo allí por Andrés Malamud... quien no podía
desmentirlo pues había muerto. En realidad, López dijo que primero dejó el volquete
en off side, que luego Malamud lo advirtió y le pidió que lo corriera, pero que no pudo
hacerlo porque el lugar en que Malamud le pedía que lo dejase (el habitual en el que
solían dejarse) estaba ocupado. “Estaba estacionado un Renault 20 o 21 (el de Joffe) y
entre esa camioneta y mi camión apareció en ese mismo momento otra camioneta
que estacionó adelante”, argumentó.

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En cuanto a esta última camioneta, la que le habría impedido dejar el volquete siquiera
unos metros más adelante, López dijo que era “de reparto de pan y de color amarillo”,
por lo que no cabe duda de que se refería a la de reparto de pan Sacaan, conducida
por Juan Carlos Terranova, muerto en el atentado.

Sin embargo, al finalizar su declaración, López se empecinó en afirmar que había


dejado el volquete en “el lugar donde lo dejábamos siempre”.

Uno o dos volquetes

Por la boca muere el pez. Si en el juzgado López sostuvo contra viento y marea que
llegó, dejó el volquete, fue a que Malamud le firmara el remito y se retiró, a Abu Arab
le había dicho que antes de que Malamud le firmase el recibo, él había entrado al
edificio. Como Pancho por su casa. “Estuve en el vestíbulo central. Había mucho
movimiento de gente, unas quince o veinte personas. Lo normal a esa hora”, dijo con
ojo de conocedor. “Fui hasta donde estaban los de vigilancia y alcancé a ver que detrás
de la puerta del fondo había basura tipo residuo de obra. Seguramente era lo que iban
a cargar en el volquete”, agregó. La entrevista radiofónica fue reproducida por La
Nación el sábado 23 de julio, cinco días después del ataque.

El encargado Raúl Díaz también había sido interrogado en el DPOC por Castañeda y su
ayudante Camarero, aunque incomprensiblemente tarde: el 3 de agosto, 16 días
después del ataque y del interrogatorio al “fletero” López. Díaz, que había tenido
sobrado tiempo para pensar qué iba a decir, fue en esta ocasión taxativo al señalar que
había sido “el ingeniero Malamud” en persona quien le había pedido el volquete la
mañana del 18-J. Por los comentarios que Malamud le había hecho en aquella
conversación, dijo, se atrevía a asegurar que lo había llamado desde la AMIA.

“Me apresuré en complacerlo porque era un viejo cliente y quería quedar bien con él.
Por eso le pedí a López, que ya se estaba yendo, que esperase un momento y me diera
su hoja de ruta en la que añadí el pedido para Pasteur 633", explicó, sin mencionar en
esta primera declaración que lo hubiera llamado por radio. Las listas de llamadas

406
entrantes a los teléfonos de Santa Rita permitirían establecer que el 18-J sus
campanillas no habían sonado hasta llegado el mediodía.

Díaz prosiguió desgranando ante los policías su falaz relato de los hechos. Según este,
cuando Malamud llamó, López se disponía a salir con un solo volquete para llevarlo a
la calle Constitución al 2600. “Ese pedido lo recibí alrededor de las 8 (es decir, media
hora antes de que, supuestamente, Malamud lo hubiera llamado) de parte de un tal
Alejandro”. E insistió en que había alcanzado a López antes de que saliera y le había
ordenado que cargase otro volquete para llevar a la AMIA. Pero al ser entrevistado
para América TV, López dijo que ya había salido de Puerto Nuevo cuando Díaz le
ordenó por la radio que llevase “un tacho” a la AMIA. Si hubiera sido así, ¿por qué dijo
primero que había salido con dos volquetes? ¿No sería que, tal como terminó por
admitir, había salido con uno solo?

Más tarde, en el juzgado, el encargado Díaz diría que aquel día todo había sido
rutinario, sin nada que le llamara la atención. “López entregó normalmente los dos
volquetes. Dejó el primero en la AMIA y llevó el otro a la calle Constitución, donde el
tal Alejandro le pagó 60 pesos, como consta en esta factura”, explicó. Según el acta,
luego de decir esto Díaz entregó a los policías una copia de esa factura, Nº 0381701. El
garabato que corresponde a la firma del supuesto “Alejandro” era ilegible.

El misterio de la “hoja de ruta”

Raúl Díaz declaró vivir en la calle Zelarrayán al 500 (en el padrón figuraba en Muñiz al
500, también en el barrio de Boedo) y desempeñarse como encargado del playón de
los volquetes de Santa Rita desde hacía aproximadamente un año. Curiosamente,
como el camionero López. Trabajaba allí once horas diarias, dijo, desde las 7 hasta las
18, salvo los sábados, cuando lo hacía de 7 a 15.30. Su labor consistía en recibir los
pedidos y confeccionar las hojas de ruta para los camiones que depositaban y
retiraban los volquetes. “Uno de los fleteros es Alberto López, que conduce el móvil 3,

407
un camión Fiat. El lunes 18 comencé mi labor haciendo las hojas de ruta, entre ellas la
de López”, explicó.

Esa hoja de ruta tiene escritas varias direcciones y también un croquis de lo más
llamativo. Se trata de un cuadrado con el número 633, por lo que parece indiscutible
que representa el edificio de la AMIA. Hay dos líneas paralelas representando la
calzada. Sobre ella, a la izquierda —hacia Viamonte— hay otro cuadrado, más
pequeño, que, parece claro, representa al volquete. Y a la derecha, más lejos, hay
otros dos cuadraditos juntos que parecen representar el patrullero inmovilizado y el
Dodge 1500 naranja que el cabo 1º Rodríguez había estacionado detrás. Y que había
llegado junto al camión.

Díaz dijo que el dibujito era obra de López, que al regresar al playón había querido
ilustrar cuál era el lugar exacto en que había dejado el volquete. “Hizo el dibujo para
explicarnos cómo se había salvado por minutos de la explosión”, insistió. En el acta no

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quedó constancia de que los policías le hayan preguntado quién más estaba con él en
ese momento. ¿Qué sentido podría tener que para explicar cómo se había salvado,
López dibujara un croquis del lugar donde había dejado el volquete? No tiene lógica: la
hubiera tenido si hubiera señalado dónde estaba él cuando se produjo la explosión.

Castañeda y Camarero no le pidieron a Díaz ninguna aclaración.

Tres años largos después, al ser entrevistado por América TV, Juan Alberto López
farfulló que había hecho los gráficos que adornan la hoja de ruta para explicarle a un
periodista dónde, exactamente, había dejado el volquete. Pero además que eso
contradice flagrantemente el lugar donde efectivamente lo había dejado (frente a la
puerta), contradijo también flagrantemente las repetidas declaraciones de Díaz acerca
de lo que hizo en su presencia y para explicarle a él y a su o sus ignotos acompañantes
(el juez Galeano nunca se preocupó por establecerlo, ni en citar a declarar a las
empleadas de Santa Rita) cómo se había salvado de morir en la explosión apenas llegó
a Puerto Nuevo. Eso no podía haber ocurrido mucho más tarde de las 10.30.

¿Quién podría ser el ignoto periodista que se hubiera hecho presente en el playón de
Santa Rita en Puerto Nuevo antes de que pasara una hora de la explosión? ¿Un
clarividente?

Los policías del DPOC tampoco le preguntaron a Díaz por la hoja de ruta, cuya copia,
llena de croquis, tachaduras, signos de interrogación y con la fecha remarcada, resulta
fascinante. Santa Rita solía utilizar papeles con membrete, pero esta hoja no los tiene.
Fue confeccionada con una computadora e impresa por una impresora común, de
puntos.

Según el expediente, Raúl Díaz dijo en el DPOC que en la mañana del 18-J agregó en
ese papel el pedido hecho por Malamud a último momento. Pero en la hoja, la
dirección de la AMIA figura antes que la de la calle Constitución. Castañeda &
Camarero no le preguntaron por estas groseras incongruencias, pero sí transcribieron
otras explicaciones que dio el encargado. Explicaciones que en una lectura distraída
parecen irrelevantes.

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Díaz dijo, por ejemplo, que “la fecha se encuentra remarcada porque preparo las hojas
de ruta el día anterior, y la computadora las saca con el resto de la fecha puesta, pero
el día lo coloco con lapicera, tanto cuando se trata de dejar volquetes como cuando se
trata de retirarlos”. ¿A qué venía este melindre luego de aquellas omisiones? No hay
más que clavar la vista en la hoja de ruta. El día “18” está puesto, en efecto, a mano
por encima del impreso por la computadora, que no es legible. En rigor, parece
haberse sobreescrito un 8 sobre otro ocho. ¿Y si en lugar de un “8” fuera un “3”? ¿Si la
“hoja de ruta” hubiera sido preparada para el miércoles 13 de julio o para el viernes
15? Por lo pronto, sabíamos por el testigo Camilo Soler que el viernes 15 Santa Rita
retiró un volquete de la AMIA.

“A pesar de este procedimiento (reescribir las fechas) a veces me veo obligado a


modificar las rutas y a darle las hojas de un chofer a otro”, continuó Díaz,
deshaciéndose en explicaciones. “Es que los camiones son muy viejos y a veces se
quedan en el camino", agregó incomprensiblemente mientras se encogía de hombros
esperando lograr que Castañeda y compañía hicieran la vista gorda sobre las muchas
desprolijidades de ese papel. Según dijo Díaz —y pudo verificarse en el extenso galpón
que Santa Rita usufructúa en Puerto Nuevo—, los camiones de la empresa eran todos
o casi todos Fiat 673 N, modelo 1980. Originalmente pintados de anaranjado, los
camiones se habían vuelto amarillentos por los rayos del sol.

Díaz dijo también que procuró complacer de inmediato el pedido de Malamud porque
se trataba de un viejo cliente en circunstancias en que López estaba por salir —o ya
había salido— con un solo volquete (lo cual no parece muy económico: esos camiones
pueden cargar hasta siete) para satisfacer a un tal “Alejandro”. ¿Sería también un viejo
cliente? No, Díaz admitió que no lo era. “Que recuerde, era la primera vez que
llamaba”, declaró.

En el primer renglón de la hoja de ruta que Díaz dijo haber confeccionado se le indica a
López que retire el volquete número 77 de Sánchez de Bustamante al 800 (un galpón
que según los vecinos permanecía siempre cerrado) y se especificó al lado: “Basura”.
En el segundo renglón se le ordenó dejar el volquete número 16 en la calle Arévalo al

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1900 (una casa de familia), y en el tercero que retire otro volquete en esa misma
dirección.

El cuarto renglón, en el que se le ordenaba retirar un volquete de la dirección que


figuraba en el primer renglón (la de Sánchez de Bustamante) está tachado. La dirección
de la AMIA recién aparece en el quinto renglón y al lado dice “52” (el número de
volquete) y “E” (de “entrega”) dentro de un círculo. Más a la derecha aparece la
curiosa palabra “¿duda?” y, para ahondar más el misterio, la dirección de la AMIA
aparece tachada y de ella sale una flecha que dice: “Anulado”. Es recién en el sexto y
último renglón que aparece “Constitución 2657”, seguido por un número 21 y la “E” de
entrega.

No se entiende por qué Díaz dijo haber añadido la dirección de la AMIA a una hoja de
ruta en la que —según sus propias explicaciones— solo debía figurar la dirección de la
calle Constitución y después de aquella y puesta de apuro, la de la AMIA. La dirección
de la calle Constitución aparece después de la de la AMIA, por lo que mal pudo haber
salido López con ese papel hacia la calle Constitución y regresado luego para recoger
otro volquete para la AMIA. Ni Díaz haber anotado la de la AMIA a último momento.

Tampoco se entiende por qué ni López ni Díaz explicaron —ni los policías parecen
haberle pedido que lo hicieran— por qué López no fue ese día a las direcciones que
estaban anotadas antes que esas dos. No es posible aducir que dejó de ir a ellas
porque sufrió un shock al enterarse de lo de la AMIA cuando iba hacía el baldío de la
calle Constitución con otro volquete. Porque se mire el mapa como se lo mire, desde
Pasteur a Constitución se marcha hacia el sur, alejándose de las calles Sánchez de
Bustamante y Arévalo. Además, para cumplir con lo dispuesto en la hoja de ruta, López
debería haber salido con tres volquetes —para dejar uno en la calle Arévalo—, no con
dos. Y menos con uno, como él mismo admitió haber salido.

Dibujito y cambio de volquete

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Por fin, llegamos al croquis que Díaz atribuyó a López. Como ya se ha dicho, el número
“633” revela que representa la AMIA. El dibujo indica el lugar donde López debía dejar
el volquete y los dos pequeños cuadraditos, hacia la derecha y la calle Tucumán,
representan a dos autos estacionados: por la posición, el patrullero a cargo del cabo
Bordón y el Dodge 1500 naranja estacionado a último momento por el cabo Rodríguez.

Según el acta, Díaz aparece entregándoles voluntariamente a los policías esa “hoja de
ruta” al comparecer en el DPOC. Sin embargo, ese papel había sido secuestrado por los
fiscales en las oficinas de Puerto Nuevo.

Rebobinemos. Fue el mismo 18-J, ya de noche, cuando la comisión encabezada por el


oficial Prado sorprendió a Díaz en las oficinas de Avellaneda, un lugar en el que, según
sus propios dichos, no trabajaba. Nadie le pregunto qué hacía allí esa noche.

La hipótesis de que la hoja de ruta pudiera no haber sido hecha el lunes 18 sino en una
fecha anterior surgió de un comentario de Luis Dobniewski acerca de que la SIDE
investigaba esa hipótesis. Ese dato, sumado a la adulteración de la fecha original en la
hoja de ruta, hizo que revisáramos nuevamente las declaraciones de Díaz. Vimos así
que al declarar en el juzgado, el 3 de agosto, había dicho que el volquete dejado en la
AMIA “llevaba el logo de la empresa y el número 51”. Sin embargo, en la hoja de ruta
en poder de los policías se especificaba con claridad que el volquete que López debía
dejar en la AMIA era el número 52.

Lo que robusteció la hipótesis tanto de que el volquete puesto frente a la AMIA no


había salido de Puerto Nuevo como que la hoja de ruta había sido confeccionada en
una fecha anterior, lo que podía explicar las palabras “¿duda?” y “anulado”
manuscritas a continuación de “Pasteur 633”.

Avisos clasificados

En las organizaciones “tabicadas” o “compartimentadas” los miembros de una célula


no deben conocer a los miembros de la otra. Por eso, las células acostumbran

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coordinar acciones mediante avisos clasificados en los diarios. Los policías del DPOC lo
saben perfectamente. Sin embargo, ningún funcionario policial encontró una perla en
la edición de Clarín del 13 de julio. Está en letra muy pequeña, en el rubro
“Agradecimientos”, por lo general anegado por mensajes dirigidos a San Cayetano, las
vírgenes de Lujan y de Itatí, la Difunta Correa, la Madre María y Pancho Sierra, el beato
Ceferino Namuncurá, San Cono, el Gaucho Gil y los vivos de las iglesias electrónicas.
Está redactado con lacónico lenguaje militar. Hipnotiza: “Espacio y tiempo hicieron un
lunes y también las seis”. La operación —conjeturamos que podría haber informado—
se había suspendido y se pondría en marcha el lunes a las 6.

Había cosas más crípticas. Al día siguiente, 14 de julio, destacó el periodista Walter
Goobar, comenzaron a publicarse en Clarín avisos titulados “El amigo invisible”.
Llamaban a conformar un misterioso club el 18-J. La única identificación de quienes los
publicaban eran números de teléfono que se correspondían a una dirección de la calle
Pasteur al 200, a cuatro cuadras de la AMIA.

Las sospechas del ya muy reducido equipo que colaboraba con el abogado de la AMIA
se centraron en que el atentado parecía haber estado previsto originalmente para el
miércoles 13. En cuanto a los motivos, gracias a lo que había soplado Dobniewski nos
pusimos a releer los materiales que teníamos, y así encontramos una hipótesis
interesante acerca de los posibles motivos de una postergación. Se trata, nada menos,
de un documento de la Comisión Republicana de Investigaciones de la Cámara de
Representantes de los Estados Unidos (“Fuerza de Tareas Sobre Terrorismo y Guerra
no Convencional”, redactado muy poco después del atentado con la firma de Yossef
Bodansky y Vaughn S. Forrest, e incorporado —traducido— a la causa AMIA, fs. 2679 a
2694). Allí se dice que la consumación del atentado pudo haberse postergado hasta
que terminara el Mundial de Fútbol, a pedido de Arabia Saudita.

Dicho documento, si bien abona en sus conclusiones la hipótesis de la supuesta


responsabilidad iraní en los atentados perpetrados en la AMIA, habla certeramente de
la relación del atentado a la AMIA con el derribo de un avión en Panamá al día
siguiente… Aunque afirme, fantasiosamente, que habría sido ejecutado por ETA y le

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eche la culpa de los atentados de Londres al Frente Popular para la Liberación de
Palestina (FPLP).

¿Relleno?

Galeano nunca más molesto ni a “Alberto” ni a Díaz, que habían ingresado a trabajar
en Santa Rita prácticamente juntos y hacía bastante menos de un año. Tampoco volvió
a molestar a los Haddad. Pasaron más de cinco años. En agosto de 1998, el ex diputado
Franco Caviglia le pidió al juez en un extenso escrito que volviera a detener a los
Haddad, relacionándolos con Monzer al Kassar, Hezbolá y el tráfico de armas hacia
Bosnia y Croacia. A partir de entonces, el juez exhumó un expediente paralelo y
secreto a la causa principal y ordenó hacer algunas averiguaciones. El juez federal de
Santa Rosa, Pedro Zabala, recordaría que Galeano le envió un exhorto a principios de
1999, aunque no supo o quiso dar precisiones acerca de qué diligencias le había
pedido que hiciera.

En cambio, el jefe de la Policía pampeana, comisario José Daniel Alberti, aseguró que ni
Galeano ni Zabala le habían pedido jamás que investigara nada relativo al atentado a la
AMIA. “A través de la jefatura jamás se nos pidió alguna diligencia, ni del juzgado
federal de Santa Rosa ni desde el de Buenos Aires”, ratificó.

El 25 de julio de 1999, la jueza federal de General Roca, María del Carmen García,
confirmó haberle remitido a Galeano el testimonio de un obrero que durante la
primera mitad de 1994 había trabajado para los Haddad en Casa de Piedra volando
rocas. Se trató del perforista Francisco Gaspar Luque, cuyo nombre había sido dado
cinco años antes al juez por los Haddad. Galeano jamás había querido interrogarlo.

Por fin, el 26 de agosto, nuevamente el ex diputado Caviglia, asesorado por el autor,


presentó ante el juez Jorge Urso un escrito en el que calificó al ex ministro Erman
González de “autor intelectual y material” del tráfico ilícito de armas, ofreció nuevos
datos sobre los vínculos entre el prófugo coronel Diego Palleros y Al Kassar (a través de
la firma fantasma Debrol S.A.), vinculó el tráfico de armas con los atentados a la

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Embajada de Israel y la AMIA, y puso la lupa nuevamente sobre los Haddad.

Para entonces, el autor ya le había hecho ante al juez tres largas presentaciones
pidiéndole la detención de los muchachos de San Telmo ligados a Alejandro Monjo y a
la Policía Federal que habían estacionado la supuesta Trafic-bomba en Jet Parking el
viernes anterior al atentado; de los Haddad, López y Díaz, y para que llamara a declarar
al médico del presidente Menem, Alejandro Tfeli, quien dispuso quienes ocupaban el
supuesto terreno baldío de la calle Constitución al 2600 donde era posible suponer que
el chofer López podría haber cargado un volquete lleno de explosivos.

Objetivo: librar a los Haddad del juicio

Pronto se sabría el motivo de que el usualmente perezoso Galeano se hubiera puesto


en frenético movimiento a partir de la aparición de AMIA. El Atentado… a mediados de
1997. Se había concentrado en poner salvo a los Haddad, y por extensión, a Díaz y a
López. Sin embargo, no se atrevería a sobreseerlos.

El 7 de noviembre de 2001, en una extensísima resolución de 70 fojas (al menos, en la


copia electrónica que obra en mi poder) dedicada a exculpar a los Haddad —de
manera de sustraerlos del megajuicio en ciernes— y a refutar al autor(a quien le
dedicó 22 fojas, casi un tercio del escrito), Galeano comenzó diciendo que no era cierto
que no hubiera contemplado más hipótesis que la del coche-bomba con chofer suicida.
Dijo que había procurado reconstruir “la escena del crimen, especialmente los
momentos previos y posteriores a la terrible explosión”.

Fue seguidamente al grano, y aceptó que el hallazgo de los restos de un volquete en la


zona del desastre generó mucha inquietud; que el volquete era de la empresa Santa
Rita, de Nassib Haddad, y que el chofer López había dicho que después de haber
dejado un volquete en la AMIA había dejado otro en la calle Constitución al 2600.
Añadió Galeano que “pericialmente se descartó la existencia de explosivos en el
interior del contenedor”, y que según esos mismos peritos (de la Brigada de Explosivos
de la PFA) y “la prueba acumulada”, estaba demostrado que unos 300 kilos de amonal

415
habían detonado “en el interior de una camioneta Trafic” que había embestido a la
AMIA.

Galeano dio por probado que Nassib Haddad “a la época del hecho criminal era
usuario de explosivos”, aunque aceptó que de las investigaciones hechas surgía que en
“las compras de explosivos hechas por Haddad podría haber una cantidad sobrante
cuyo destino” era “incierto”. Por ese motivo, seguía diciendo, se había concentrado en
temas “fundamentales” como “la adquisición, consumo y posterior destino de los
explosivos manejados por Nassib Haddad, sus hijos y sus dependientes”.

Sin poder contenerse, Galeano se refirió tácitamente al autor y a Carlos De Nápoli y


argumentó que la pesquisa encarada por él tenía como objetivo “despejar las dudas
que se pretendía instaurar respecto a la investigación” ante “algunas algunas versiones
periodísticas sin base cierta que aludían a que uno y otro volquete habrían tenido
determinada injerencia en el atentado”.

Recordó Galeano que se habían hecho allanamientos, y que en uno de ellos se había
encontrado “una sustancia pulvurenta de color blanca” pero que la Brigada de
Explosivos de la PFA había dictaminado que esos polvos estaban libres de “vestigios de
altos explosivos”. En fin, Galeano justificó haber puesto en libertad a los Haddad & Co.
absteniéndose siquiera de mencionar el certificado trucho aportado por el coronel
Franke, a esa altura una mala palabra.

Galeano escribió que, no obstante, había seguido investigando la posibilidad de que el


volquete hubiera desempeñado algún papel en la cadena criminal del atentado. Y
afirmó que gracias a “un sinnúmero de pruebas” que no detalló, “puede tenerse por
descartado que la presencia de un volquete en la sede de la AMIA y de otro en la calle
Constitución 2657 cumplieran rol alguno en el plan criminal desarrollado por los
autores del atentado terrorista”.

Sintetizando

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Muestra del cacao mental que sobrellevaba o de la necesidad de justificar lo
injustificable, Galeano hizo una mezcla cómica con las contradicciones de Díaz y López.
Al tener que pronunciarse acerca de si el primero había alcanzado al segundo antes de
que saliera, indicándole que cargara un segundo volquete para la AMIA, o si López ya
se había ido y Díaz lo había llamado por radio, laudó que “momentos antes de partir”,
a López, Díaz “le indicó por radio (!) que cargara otro volquete para entregar en
Pasteur 633”. Es decir, que aunque lo tenía allí, igualmente Díaz había llamado a López
por radio.

Galeano recordó que López dijo haber sido recibido dentro de la AMIA por el
arquitecto Malamud, y que este le había firmado el remito. Del mismo modo, dio
también por acreditado que en el playón de Santa Rita en Puerto Nuevo se había
recibido un llamado de Malamud. Reconoció luego que no había podido dilucidar
“quién lo recibió (al volquete) ni dónde se ubicó el mismo al ser descargado”. Es decir,
que no había podido averiguar nada (excepto que la firma del remito no era de
Malamud).

Galeano consideró “contundentes” los dichos de Aaron Edry, el “intendente” veterano


del Ejército de Israel que había llegado a la AMIA poco antes del atentado.

Variaciones de un testigo

Edry no era, para nada, un testigo del cual uno pudiera fiarse sin más. Para empezar, se
trataba de un oficial retirado de las Fuerzas de Defensa de Israel, y su puesta en
servicio como intendente del edificio —cargo que hasta entonces no existía— muy
poco antes del ataque, provocaba suspicacias. En su primera declaración dijo haber
escuchado dos explosiones claramente diferenciadas y haber escapado con otras
personas por el recientemente construido pasadizo que daba a un edificio con salida a
la calle Uriburu, pero también que una vez que legó a la calle le llamó la atención “un
hombre alto, de fisonomía árabe, con poco pelo y la barba de dos días” que “parecía
iraní o iraquí” y que “vestía traje, corbata y un grueso sobretodo negro”.

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“Lo que me llamó la atención fue su tranquilidad y el hecho de que no parecía en
absoluto acongojado. Y, también, que tuviera un auricular en la oreja y estuviera
trasmitiendo información a través de lo que parecía un radiograbador”, había dicho
Edry. “No sé en qué idioma hablaba porque no llegué a escuchar su voz. Busqué que
algún policía lo identificara, pero para entonces el tipo había desaparecido”, agregó.

Tiempo después, antes de marcharse a Israel, Edry diría que aquel hombre era el
agregado cultural de la embajada de Irán, Moshen Rabbani. O que, al menos, ambos
eran muy, pero muy parecidos. Rabbani salió de la Argentina en 1997, cuando viajó a
Teherán de vacaciones. El gobierno argentino le pidió de manera reservada al nuevo
gobierno iraní del presidente Madani que evitara su regreso, y como no lo consiguió,
acusó informalmente a Rabbani de ser el planificador de ambos atentados. Pero como
Rabbani igualmente apareció de regreso en Ezeiza, no lo detuvo, sino que lo expulsó
sumariamente.

Edry se pasa

A su regreso de Israel, Edry terminaría diciendo que sobre la calle Viamonte había visto
un automóvil negro con banderas iraníes, como los que usualmente utilizaba la
Embajada de la República Islámica. En base a testigo tan calificado, Galeano dio por
probado que la AMIA le había encargado a GPI un volquete, y que el arquitecto
Malamud había llamado a Santa Rita. Escribió que Edry “sabía que para la mañana de
ese día se había encargado un volquete” desde la AMIA “y a las 8:15 horas, como no
había llegado, llamó al arquitecto Malamud a quien le pidió que reclamara el envío del
mismo y además (le) solicitó al arquitecto (Claudio Alejandro) Weicman que se hiciera
cargo de la llegada del volquete, ya que este era el supervisor de la obra en refacción.
Inclusive, como a las 9:00 horas (todavía) no habían enviado el contenedor (Edry)
insistió enérgicamente para que Weicman reclame a la empresa que debía remitirlo y a
las 9:20 horas, cuando nuevamente estaba recordándole que urgiera tal envío, llegó el
volquete”.

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¿Cómo? ¿A las 9.20? Galeano había dicho antes en el mismo escrito que el volquete
había sido depositado frente a la AMIA a las 9.45. El ansía de despegar a los Haddad de
todo, llevada al extremo por Edry, le jugó una mala pasada.

Galeano dijo que el barrendero Álvarez había aparecido terriblemente herido adentro
de un trozo de volquete; que el camión que había dejado el volquete transportaba más
de uno (es decir, que no se había ido de allí vacío), y que estaba acreditado que para el
momento de la (primera) explosión los obreros habían comenzado a arrojar escombros
dentro del volquete que había dejado.

También dio por acreditado que se había llamado desde un celular-ladrillo de GPI —la
empresa de Malamud— a Santa Rita aquel lunes a las 8.53, una hora exacta antes de la
voladura. Lo hizo citando genéricamente una serie de pericias técnicas que a los legos
suenan a sanata, y citó a calígrafos para sostener que se había comprobado
fehacientemente que en la hoja de ruta habían escrito tanto Raúl Díaz como Juan
Alberto López, y que si bien se había comprobado que no había sido Malamud quien
había puesto “el gancho” en el remito, el mismo correspondía a la misma persona que
había recibido un volquete en la AMIA el 24 de mayo de 1994.

Galeano alegó, de manera arrevesada, que no estaba probado que la seguridad de la


AMIA no dejara dejar —valga la redundancia— volquetes frente a la puerta de la
mutual hebrea, por lo que no era excepcional que se lo hubiera dejado justo frente a la
puerta ese día.

Tautologías

Después del subtítulo “Inexistencia del explosivo en el interior del volquete”, el juez
sostuvo que “ningún elemento de juicio arrimado a la investigación permite sospechar
siquiera que el explosivo utilizado en el atentado hubiera detonado en el interior de
dicho contenedor. Decisiva resultó en tal sentido la pericia realizada por personal del
Departamento Explosivos y Riesgos Especiales de la Superintendencia de Bomberos de
la Policía Federal”.

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Dicha pericia, siguió discurriendo, había concluido que “la explosión en el edificio… se
produjo a raíz del impacto contra este de una camioneta Renault Trafic, tipo T-310
corta…” y en cambio había descartado (caray con tanta insistencia) “que el artefacto
explosivo hubiera estado en el interior del volquete en cuestión”, ya que “había
descartado por los vectores de onda, que no (sic) se trataba de un artefacto colocado
en el interior de un volquete, cuyos restos denotaban haber recibido solamente
impacto expansivo” y que “no se registró presencia alguna de altos explosivos en el
contenedor peritado”.

Galeano adujo que lo expuesto había sido corroborado por el comisario Carlos Néstor
López, jefe del Departamento de Explosivos de la PFA, y por el perito Osvaldo Laborda,
quienes, coincidentemente, habían afirmado que el explosivo utilizado en el atentado
ese 18 de julio de 1994 no había explotado en el volquete y que “a partir del informe
complementario del 2 de enero de 1996 de la Policía Federal” sobre “la experiencia
periodística” de Néstor Machiavelli, Raúl García y Florencio Monzón (futuro secretario
del comisario Pelacchi) “no pueden existir dudas en cuanto a que el explosivo estuvo
acondicionado en la camioneta Renault Trafic cuyo motor se encontró entre las ruinas
del edificio de la calle Pasteur 633”.

El juez se basó extensamente en este informe sobre las voladuras reflejadas en el


sospechoso documental AMIA. La deuda, así como en los dichos de sus hacedores, que
eran en realidad una misma cosa, ya que dicho video había sido una iniciativa conjunta
de los periodistas y el Departamento de Explosivos de la PFA que el juez había pasado
como por arte de encantamiento de “experiencia periodística” a evidencia irrefutable.

A fin de rebatir las que calificó de “inconsistentes hipótesis” acerca de que pudieran
haber detonado explosivos en el volquete, Galeano citó en su apoyo “declaraciones de
personal extranjero que colaboró en el lugar de los hechos”, y específicamente la del
israelí Dani Dror, quien había manifestado “que el mismo día que comenzaron a
trabajar, es decir el día 20 de julio de 1994 a la tarde, el grupo del dicente tenía claro
que la explosión se había producido por la explosión de un vehículo...”.

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Palabra santa

Galeano precisó que cuando se le preguntó a Dror por qué los israelíes habían
descartado que hubiera explosivos en el volquete había dicho que “si la explosión
hubiera sido en el volquete, habrían encontrado dos puntos. Primero: habrían
encontrado el cráter de la explosión en la calzada y no donde se encontró. Segundo: el
volquete se habría roto en pedazos desde adentro hacia fuera y no hubieran
encontrado la parte inferior del volquete, tanto la base como los lados, aclarando que
en todas aquellas superficies donde hace impacto el material explosivo,
desaparecen....”, un bolazo tamaño Basílica de San Pedro que Dror, consciente de ello,
había tratado de disimular agregando que “del estado del volquete el dicente concluye
que este estaba cerca del lugar de la explosión pero (que) no fue el centro de la
explosión...”.

Acto seguido, Galeano dio por acreditado la veracidad de lo declarado por Nahum
Frenkel, “vicecomandante del equipo de salvamento israelí que colaboró en el rescate
de víctimas”, acerca de las circunstancias del “hallazgo del block del motor de la Trafic
utilizada como coche-bomba” entre las ruinas de la AMIA, destacando que el militar
israelí había aportado “las vistas fotográficas obtenidas en dicha ocasión”.

“A poco de considerar los elementos de juicio hasta aquí reseñados puede concluirse
fácilmente que no es posible —al menos seriamente— atribuir a la presencia del
volquete entregado en la sede de la AMIA protagonismo alguno en los hechos
investigados”, afirmó seguidamente. “El contenedor no ha sido el lugar donde
estuvieron cargados los 300 kilos del letal explosivo. Como ya se dijo, estos resultaron
acondicionados en el vehículo cuyo motor se encontró entre los escombros del edificio
atacado”, insistió.

A Galeano solo le faltó decir que si en eso coincidían los israelíes, la Brigada de
Explosivos de la Federal y Laborda, era palabra santa.

421
A vuelo de pájaro

El escrito con el que Galeano dejó fuera del juicio a los Haddad y procuró refutar al
autor es larguísimo. Baste decir que hasta ahora solo hemos revisado someramente un
tercio del mismo. Por lo que necesariamente deberá ser abordado más tarde y por
separado, acaso en un nuevo libro.

A vuelo de pájaro: como el autor le había presentado a Galeano, entre otros, un largo
trabajo respaldatorio de su hipótesis de que en el terreno de la calle Constitución se
reemplazó o simplemente se cargó un volquete “relleno”, Galeano puso su mayor
esfuerzo en refutarlo. Se trata de un terreno en “T”, sobrante de la construcción de la
autopista a Ezeiza, al que se podía ingresar por detrás con automóviles y que, de
hecho, servía tanto para que los efectivos de la cercana comisaría depositaran autos
como de taller mecánico clandestino y vivienda de personas indigentes.

En su escrito, el autor había pedido, entre otras cosas, que se investigaran las acciones
del médico privado del presidente Menem, Alejandro Tfeli, quien determinaba quiénes
lo ocupaban. Por lo que Galeano no había tenido más remedio que interrogarlo. El
autor había sido citado por la Comisión Bicameral de Seguimiento de las
Investigaciones de los Atentados a explicar en una sesión secreta del Congreso por qué
involucraba a Tfeli en el atentado a la AMIA. Tfeli y el juez Galeano habían echado a
rodar que era solamente porque le achacaba parentesco con el señor feudal del valle
de la Bekaá y ex secretario general de Hezbolá, Sobhi Tufaili. El Gobierno, que había
escuchado la exposición a través del senador Omar Vaquir y el diputado César Arias,
sabía que se trataba de algo más serio.

Enmendar la plana

Respecto de los Haddad, en su propósito de sustraerlos del juicio Galeano forzó todos
los límites. Si Nassib y Javier Haddad habían admitido que no tenían su antiguo
permiso para utilizar explosivo al día, Galeano los enmendó (¿otro certificado emitido
por el coronel Franke?) al escribir que si bien era cierto que la licencia había caducado

422
a mediados de 1988, Nassib la había renovado “para el período comprendido entre el
1/7/93 al 30/6/95, hallándose autorizados para el manejo de estos materiales sus hijos
Javier y Guillermo…”.

Y, del mismo modo, y aunque los Haddad habían dicho que el contrato que tenían era
para trabajar en Casa de Piedra a partir de enero de 1994, Galeano se hizo el distraído
y se refirió al “consumo de explosivos por parte de los Haddad entre los años 1993 y
1994”, de modo de cubrir la compra de 300 kilos de amonal a granel por Nassib en
octubre de 1993. Y no solo eso: Galeano puntualizó que en aquella ocasión Nassib
también había comprado, entre otras cosas, 125 kilos de gelamón y 200 detonadores.

Lo que recordó que con información proporcionada por su juzgado y por la SIDE —casi,
se podría decir, una misma cosa—, el periodista Daniel Santoro había hecho una
recordada tapa de Clarín y varias notas afirmando que el detonador utilizado en la
AMIA había ingresado en los años 80 a través de la Triple Frontera por contrabandistas
de Hezbolá… siendo que la Argentina es un país minero y los detonadores son muy
pequeños. Aunque los hay de muchas clases —e incluso finos como un papel—, los
más habituales, por ejemplo un fulminante número 8, son cilindros de menos de 5
centímetros de largo y bastante más finos que un cigarrillo, por lo que en una caja o
atado de estos pueden caber cuarenta o más. Los detonadores, en fin, eran más fáciles
de conseguir que una caja de fósforos Ranchera.

Pero lo más tremendo es que varías fojas después Galeano escribió que el responsable
de la seguridad industrial en la empresa constructora biprovincial “Embalse Casa de
Piedra”, Rafael Ramón Gil, dio fe de que “los Haddad comenzaron a llevar explosivos a
partir de los meses de julio o agosto de 1993 guardándolos en su propio polvorín”, es
decir que habían comenzado a comprarlos antes de firmar contrato, mucho antes de
empezar con las voladuras de Roca y meses antes de aquella supuesta primera
compra, el 23 de octubre de 1993, después de largos años de inactividad.

Cálculos

423
Galeano procuró reducir daños. Reconoció que Delbene y Serris no había informado de
al menos la compra de 270 kilos de amonal por parte de Nassib Haddad, y citando
declaraciones del presidente de la firma, Héctor Mario Catalá, responsabilizó sin más
de las diferencias “a un error en el informe firmado por el coronel Franke”.

Después de largas y farragosas fojas de cuentas inciertas, Galeano escribió: “Con el fin
de determinar cuánto explosivo resultó empleado por los Haddad en la obra de Casa
de Piedra se requirió de la Brigada de Explosivos de la Policía Federal un estudio al
respecto”. Y más adelante citó al jefe de la Brigada, el ya mencionado comisario López,
que afirmó que habida cuenta de que son muchas las fábricas de explosivos en base a
nitrato de amonio resultaba “imposible determinar si el contenido adquirido por
Haddad a Delbene y Serris S.A. se halla relacionado directamente con los vestigios de
la reacción de las sustancias encontradas en el lugar del hecho, luego de la explosión
de la AMIA”. Lo que como es obvio también podía expresarse en términos inversos:
era imposible asegurar que los explosivos comprados por Haddad no se hubieran
usado para volar la AMIA.

De modo muy parecido, Galeano dio cuenta de que, no por iniciativa propia sino a
pedido de la DAIA de Río Negro, había interrogado al camionero Edgardo Alberto
Aramburu, sospechado de haber llevado explosivos desde Olavarría a la Capital
Federal. Aramburu, escribió Galeano, “refirió haber transportado para los Haddad
distintos elementos desde Casa de Piedra a las oficinas de aquel en el puerto de esta
ciudad capital” y a otros lugares, pero dijo no recordar que se hubieran cargado
explosivos.

Aramburu había agregado —al parecer, ante nuevas preguntas— que si bien no había
prestado atención a lo que se cargaba “por cuanto se encontraba comiendo al
momento de la carga, indicó que se trataba de bombas tipo sapo, rollos de cable,
motores en desuso, cajones de electrodos y otros elementos que no recuerda”. Y
aclaró seguidamente que nunca le habían pedido que transportara explosivos. Si se lee
con atención se verá que Aramburu no negó tajantemente haberlos transportado, sino
que dijo que si por azar lo hubiera hecho, había sido sin saberlo.

424
Galeano se disculpó al informar que le había pedido más información al DUIA del Fino
Palacios, pero que los policías no habían podido “determinar siquiera la fecha del viaje
en cuestión… por lo que no pudo establecerse que sus dichos tuvieran relevancia
alguna a los fines de la presente pesquisa”.

También resaltó que aún faltaba que la AFIP diera su evaluación sobre “los
movimientos de las cuentas que tanto Javier como Pablo Haddad poseyeron en el
Banco Francés, sucursal Avellaneda” como también “realizar un análisis de la situación
patrimonial de Guillermo Haddad”.

Ministro de la Hostia

Más adelante, al referirse a los dichos de Nassib Haddad, Galeano destacó que el
patriarca libanés era (las mayúsculas son suyas) “Ministro Extraordinario de la
Eucaristía en la Parroquia de San Pablo Apóstol y Virgen de Luján, ambos templos
pertenecientes al Obispado de Avellaneda”, y seguidamente que respecto del libro
AMIA. El atentado “refirió que es una ‘mentira total’”.

En cuanto a las toneladas de explosivos que habían sobrado luego del confusionista
pedido de compra de Nasib Haddad a su capataz desde el DPOC, Galeano dio crédito a
los dichos del libanés sobre que “una vez finalizadas las obras del dique entre fines de
junio y principios de julio de 1994, la empresa contratista demandó los servicios de
Santa Rita para demoler el ‘ataguía’ —nombre técnico que reciben los pilotes que van
insertos en el terreno y sobre los cuales se asienta la calzada de rodamiento del puente
que también conformaba el dique—, y que aquellos explosivos se utilizaron en las
voladuras que demandó dicho trabajo, desconociendo las cantidades que se usaron ya
que quien puede brindar las precisiones es su hijo Javier”.

Tras lo cual, Galeano pasó a los dichos de Javier Haddad, pero primero destacó que
entre 1984 y 1989 este había sido seminarista en Instituto Cristo Rey dependiente del
Obispado de Rosario (e impulsor de la Legión de Cristo). Tal como había hecho su
padre, Javier criticó ácidamente el informe de la Brigada de Explosivos de la PFA por

425
mezquino a la hora de calcular los explosivos necesarios para el trabajo que Santa Rita
había desempeñado en Casa de Piedra. Hizo varias críticas a los peritos policiales, pero
la primera fue… demoledora. Dijo que los federales habían estimado “un kilo de carga
explosiva para cada pozo, cuando en la práctica la carga utilizada era de
aproximadamente veinte kilos por pozo”. De 1 a 20 no se trata de una diferencia de
cálculo. O Javier mintió a lo potro o los expertos de la Brigada habían estimado
cualquier cosa.

A Galeano no le pareció importante aclarar el entuerto.

Quizá Guillermo Haddad pudiera aclararlo, pero Galeano consignó que a su turno dijo
respecto del informe de la Brigada de Explosivos de la PFA que “no podía referirse al
consumo de explosivos en metros cúbicos, por cuanto en el caso del Nagozul se
manejó de acuerdo al contenido de las bolsas, y respecto del gelamón, estimando por
unidad o ‘chorizo’” y que estos pesaban más que los 800 gramos que decía el informe,
“razón por la cual consideró escasa la cantidad de este material indicada por el
especialista”.

Por su parte, Pablo Haddad dijo que se habían puesto a fabricar volquetes luego de
especializarse en triturar escombros y venderlos como cascotes molidos. Cerradas las
declaraciones, Galeano tituló el séptimo punto de su escrito así: “Con relación a Juan
José Salinas”.

Se dice de mí

Galeano puntualizó que el legajo de los Haddad se había iniciado a raíz de una de las
presentaciones del autor y que su propósito era exponer “la equivocada versión de
diferentes hechos que aún continúa intentando imponer a la opinión pública utilizando
distintos medios de comunicación”. Sin embargo, se refirió seguidamente a la primera
presentación que el autor había hecho junto a Daniel Frontalini, en 1995, obviando la
de 1998 en la que le había pedido la detención de Nassib y Javier Haddad. La diferencia

426
no es menor ya que en aquella no se había puesto en tela de juicio la existencia de la
supuesta Trafic-bomba.

Así las cosas, Galeano se floreó refutando cosas que el autor hacía rato que había
dejado de postular como que “la importancia de la entrega del segundo volquete —en
Constitución al 2600— radicaría en que es la misma cuadra del domicilio de Alberto
Jacinto Kanoore Edul y que bien pudo utilizarse el camión de los contenedores para
retirar del lugar del atentado al conductor de la Trafic para llevarlo hasta el domicilio
de Edul a modo de escape”.

La mala fe de Galeano debería haber sido evidente, puesto que en el último escrito
que el autor le había presentado estaba clara la sospecha de que en ese terreno se
había armado un contenedor-bomba. Galeano lo obvió al escribir que el autor
postulaba que “el terreno mismo pudo ser utilizado para cualquier acto preparatorio
del atentado, como ser por ejemplo el armado de la camioneta (!), coordinación de
frecuencias de radio, o bien el control de los intervinientes en el hecho en cuestión”. Y
apostillar que “nada de lo expuesto se encuentra verificado en autos, por el contrario”.

Se dedicó luego el todavía juez a refutar lo denunciado por el autor sobre un vínculo
entre Carlos Alberto Telleldín y el chofer López y sobre los movimientos registrados en
el baldío de la calle Constitución, temas sobre los que ya habrá oportunidad de volver.
Después, Galeano se refirió a la declaración testimonial que, por exclusiva culpa del
autor, había terminado por tomarle a “Alito” Tfeli, quien había negado cualquier
parentesco con el jeque Tufailisi bien reconociendo que ambos apellidos habían sido
en su origen el mismo. Tfeli dijo que su familia era originaria de Siria, no de Líbano, y
reconoció haber conocido a Monzer al Kassar (según el ex embajador Oscar Spinosa
Melo, ambos son parientes) en 1973.

Galeano consigno que Tfeli se había negado “siquiera a considerar” que se lo vinculara
a una supuesta mafia que rodeaba al ex presidente (Menem) y que habría sido la
responsable del “asesinato” del hijo de aquel… lo que era lógico puesto que semejante

427
acusación no había sido formulada por el autor, que nunca la sostuvo, sino por Zulema
Yoma, ex del Presidente y madre de “Junior”, su hijo homónimo.

De modo parecido, si el autor había pedido que se investigara el posible parentesco


entre tal y cual persona, Galeano aparecía afirmando que el autor había asegurado que
eran parientes, y en algún caso, mintiendo alevosamente, como al afirmar que el autor
habría asegurado que Nassib Haddad “sería pariente de (el ayatolá) Muhammad
Hussein Fadllallah ya que los dos nacieron para la misma época en el pueblo de
Ai’nata”.

Luego de afirmar que, según los expertos policiales, el polvo blanco encontrado en las
oficinas de Santa Rita no era amonal, que los Haddad tenían permiso para comprar y
transportar explosivos y que el ultraveloz certificado del coronel Franke se había hecho
en base a la información proporcionada por Delbene y Serris, Galeano concluyó
diciendo que los aportes del autor eran simples conjeturas “que no encuentran hilo
para ser atadas” y que “Salinas no conoce ni sabe de lo que dice ser experto”.

Al grano

Yendo al propósito final de tantas disquisiciones, Galeano dijo que aunque para
“efectuar evaluaciones concluyentes” todavía restaban hacer “estudios patrimoniales,
como también análisis telefónicos y migratorios (…) Resulta evidente que la
prosecución de esta investigación deberá centrarse en concluir la dilucidación respecto
de aquel aspecto que ha tenido mayor relevancia, es decir el consumo del material
explosivo que han hecho los imputados Haddad respecto del material explosivo
adquirido entre los años 1993 y 1994 (…) ya que personal policial estableció una
cantidad de material sobrante que los imputados no aceptan como correcto”.

Dicho de otro modo: ocúpense de discutir cantidades de explosivos o, mejor aún:


conténtense en asistir a ese debate entre los Haddad y la Brigada de Explosivos pero,
en cualquier caso, ¡olvídense del volquete!

428
“Más allá de estas sospechas, lo cierto es que pese a los esfuerzos realizados… aún no
se comprobó, con el grado de probabilidad que esta etapa procesal exige, que la
cantidad de explosivo sobrante fuera trasladado a la ciudad de Buenos Aires”, escribió
Galeano, como si se hubiera podido comprobar lo contrario. Sin embargo, Galeano no
se atrevió a sobreseer a los Haddad. Simplemente, declaró su falta de mérito para
procesarlos.

“En consecuencia, toda vez que los elementos de prueba colectados no resultan
suficientes con el grado de probabilidad requerido en la especie para procesar ni
sobreseer a los imputados en orden al hecho por el cual fueran indagados, resulta
adecuado aplicar la solución que prevee (sic) el artículo 309 del código de forma,
dictando por ello la falta de mérito respecto de los indagados”, concluyó.

Con lo cual consiguió que el futuro juicio, el más grande y largo de la historia penal
argentina, fuera algo así como un asado vegetariano.

9. El infiltrado

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A mediados de 2014, el periodista Gabriel Levinas emitió en el programa dominical de
Jorge Lanata por Canal 13 un video con una entrevista que le realizó a José Alberto
Pérez, un agente secreto de la Policía Federal que estuvo infiltrado en la dirigencia de
la colectividad judía durante 14 años, desde 1986 hasta el año 2000, cuando sus jefes,
desconfiando de él, lo enviaron a cumplir otras funciones a Paraná.

“Iossi” (diminutivo de José en hebreo), nombre por el que todos lo conocían en la


comunidad judía, había terminado por sentirse judío y, presa de angustiantes
remordimientos por creer que la información que le había proporcionado a sus
superiores (entre otras muchas cosas, los planos del edificio) había servido para volar
la AMIA, se pondría en contacto con Horacio Lutzky y Miriam Lewin —entonces
reportera de Telenoche—, a quienes les contaría sin ahorrar detalles la historia de su
infiltración en la “kehilá”, hasta llegar a secretario de actas de la Organización Sionista
Argentina (OSA) e incluso, luego de hacer cursos con expertos israelíes, a jefe de
seguridad de la propia AMIA post-atentado, cuando funcionaba en el Centro Cultural
Marc Chagall, en la calle Ayacucho al 600.

Dice Iossi en el mencionado video que su infiltración fue tan profunda y exitosa que
“yo podría haber sido perfectamente presidente de la OSA. Llegué a un alto nivel
dentro de la DAIA porque la persona a la que yo, entre comillas, secundaba, (Jorge)
Kirszembaum, llegó después a ser presidente de la DAIA”.

El que el rostro de Iossi Pérez saliera en la hora de mayor audiencia del canal insignia
del Grupo Clarín puso en riesgo su vida, precipitando su declaración ante el fiscal
Nisman y su ingreso al programa de protección de testigos. Poco después, Miriam
Lewin se encontró con el autor en el café que está frente de la Basílica de Santo
Domingo y le contó detalles de “la traición” de Levinas, a quien Lutzky y ella habían
recurrido en el 2006 para que planteara el caso ante el American Jewish Committee,
ocasión que Levinas aprovechó para grabar a sus espaldas aquel video, de cuya
existencia se enteraron por Iossi. “Levinas dijo que lo había grabado en resguardo, por
si le pasaba algo”, recordó Miriam.

430
Ocho años después, la preocupación por la suerte de Pérez no evitó que Levinas lo
desenmascarara pública e intempestivamente. A comienzos de julio y a instancias de
Lutzky, Pérez le contó su historia al fiscal Nisman, que dispuso su ingreso al programa
de testigos protegidos. El día 7 Télam informó de ello y de que a lo largo de muchos
años Pérez había “reportado en detalle a sus superiores de la Policía las principales
actividades, proyectos, ubicaciones y disposiciones de seguridad” de las instituciones
judías.

Dos días después, Página/12 agregó que Pérez “admitió haber entregado a sus jefes
planos de la mutual antes del atentado” —entre 1992 y 1993—; que el fiscal Nisman ya
había presentado la correspondiente denuncia por violación de la ley que prohíbe el
espionaje interno, y que la causa estaba en manos del juez Sebastián Ramos.

“Sectores nazis de la propia Policía”


Pérez, informaba la crónica, había estado casado con “la secretaria de un altísimo
cargo de la Embajada de Israel”, y tenía la firme sospecha de que el atentado a la AMIA
había sido cometido “por sectores nazis de la propia Policía”, si bien también admitía la
posibilidad de que la inteligencia de la PFA le hubiera vendido información a los
autores materiales del ataque ya que, explicó, le constaba que en Moreno 1417 se
vendía la información recopilada y rotulada como “secreto”.
Iossi había llegado a la conclusión de que al menos había habido complicidad policial
en el ataque, explicó, a través de un proceso que se inició al comprobar que los dos
custodios de la AMIA se habían alejado de la puerta poco antes de las explosiones,
proceso que culminó en 1998, cuando ya habían aparecido los libros de Levinas y del
autor, lo que le debe haber permitido atar cabos.
Del mismo modo, Iossi dijo que había acompañado el desembarco de los “rescatistas”
israelíes (que no llegaron a tiempo para rescatar a nadie) y trabajado con ellos 40
horas seguidas, y que estaba seguro de que el supuesto hallazgo de un trozo de motor
por ellos poco antes de marcharse era un bluff, un montaje.
Nueve días después, al cumplirse 20 años del ataque a la AMIA, La Nación y Perfil se
hicieron eco de la noticia. En La Nación, Hernán Capiello —–un firme sostenedor de la

431
Historia Oficial que acompañó a Galeano en su descenso para saltar a último momento
a seguir haciendo lo mismo con su continuador, Nisman— se apresuró a escribir que
“la fiscalía (es decir, Nisman), la AMIA y la DAIA descreen de la posibilidad de que la
Policía Federal sea parte de la conexión local”.
Capiello reveló el nombre de la secretaria del cónsul israelí con la que Pérez se había
casado en 1993, que para entonces no solo había formado una nueva pareja, sino que
tenía dos hijos con ella. En cuanto a Perfil, acompañó su crónica con el video hecho por
Levinas ocho años atrás.

En primera persona
“Me llamo José Alberto Pérez. Nací en Flores en 1960. Fui a un colegio estatal, hice la
secundaria en un industrial. Soy técnico en Óptica. Entre los años 78 y 80 quise entrar
en la Fuerza Aérea, pero para eso debía viajar a Córdoba, y no lo quise hacer. Mi
cuñado es de la Policía, y él me metió ahí”, aparece diciendo Iossi en el video. Luego de
ingresar a Inteligencia de la PFA, continuó, le habían pedido que escribiera
“monografías sobre los grupos terroristas de Medio Oriente que tenían vínculos con
los grupos argentinos”, y especialmente una “sobre sionismo”.

“Funcionábamos en el edificio de Moreno y San José. En ese edificio de nueve pisos el


90% del personal revista en Inteligencia, ahora se llama GEOF”, es decir, Grupo
Especial de Operaciones Federales. “El Ministerio del Interior tenía conocimiento de las
infiltraciones. Dentro del edificio de Moreno funcionan diversos departamentos. El mío
respondía directamente al comisario general, que se encuentra con el jefe de Policía e
informa sobre el funcionamiento de los distintos departamentos”, siguió narrando.

“Los informes de mi infiltración iban a mi superintendente, que los podía elevar al jefe
de la Policía, que podía a su vez informarlo al ministro del Interior. En aquel momento
pensé que era el único infiltrado en la comunidad judía. Pero cuando me indicaron que
me desinfiltre, tuve la noción de que había más gente. Yo creo que aún hoy tienen
informantes dentro”, explicó.

432
Para infiltrarse, Iossi había estudiado tres años de hebreo y asistido a cursos fingiendo
ser un judío que pretendía hacer aliá, es decir vivir al menos una temporada en Israel.
De “Laura”, dijo que era su “manipulador” (sic) de la PFA, que solía encontrarse con
ella en distintos bares, que por entonces tenía unos 40 años, que se movía con una
cobertura (apariencia, ya sea basada en un trabajo real o ficticio) de periodista, y que
atendía a varios plumas como él, que tenía 25.
En cuanto a los planos de la AMIA (que se suponía desaparecidos), dijo que había
tenido acceso a ellos a fines de 1992 o principios de 1993, cuando se decidió hacer
reformas en el edificio, y que le había pasado copia a sus jefes a través de “Laura”.

El hombre más buscado


Miriam Lewin lamentó el momento en que, después de haberse puesto en contacto
con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), ella y Lutzky pusieron al
tanto de la situación a Levinas, sabiendo de sus relaciones con el American Jewish
Committee. Habían creído que a este le interesaría que Iossi declarara como testigo
protegido, pero que, tras algunos escarceos, a la postre sus directivos no mostraron
interés. En cambio, elogió a la ex ministra de Seguridad, Nilda Garré, por haberse
preocupado por la seguridad e integridad de Pérez.
Recordó luego que Iossi se infiltró en las instituciones judías imbuido “de la ideología
procesista, el Plan Andinia (una supuesta conspiración judía para apoderarse de la
Patagonia) y cosas por el estilo, pero terminó tan compenetrado (con el judaísmo) que
se enamoró de una chica de la cole y se casó”. Miriam dijo que Iossi era “un capo,
(que) se metió donde quiso y como quiso; hablaba perfecto hebreo y tenía un
conocimiento profundo de la religión”, pero apuntó que “me llamó mucho la atención
su aparente ingenuidad política”. Lutzky coincidió con Miriam (están escribiendo un
libro juntos) pero subrayó que “lo más relevante es que, en un gobierno democrático,
la Federal envió a alguien a espiar a la comunidad judía”.
El ex director de Nueva Sión dijo que al emitir la entrevista que le había hecho en 2006
“engañándolo, diciéndole que era para su seguridad”, Levinas había convertido a Iossi
en “un blanco móvil”.

433
Tan pronto como sucedió, Lutzky, que también es abogado, llevó a Iossi a declarar ente
Nisman, quien ordenó que se lo incluyera en el programa de protección de testigos. En
esa entrevista, Iossi señaló que de acuerdo a la Ley Orgánica de la Policía Federal y
decretos-ley secretos de la época de la “Revolución Argentina”, y más precisamente de
los generales Juan Carlos Onganía y Roberto Marcelo Levingston, existe un cuerpo
auxiliar de Inteligencia cuyos miembros podían desempeñarse incluso en trabajos en el
Estado, y que en caso de ser descubiertos los jefes de la Policía Federal podían
negarlos, decir que nunca habían trabajado para ellos.
Respecto de los cursos que se daban en el CAPE y que él había recibido dijo que tenían
como objetivo “aprender a pensar como el enemigo, y que a pesar de estar en
democracia el enemigo seguía siendo el zurdo, el comunista, el que formaba parte de
grupos terroristas”. En cuanto a los judíos, dijo que eran considerados “no nacionales”,
motivo por el que se le había dado la misión de infiltrarse entre ellos.
“La asignación era ingresar a la comunidad judía (...) ubicar planes secretos que podía
tener la comunidad como tomar el sur, tomar el norte, tomar la Argentina con lo que
se conoció en la década del 60 como Plan Andinia” o del más antiguo libro mandado a
hacer por la policía zarista, Los Protocolos de los sabios de Sión.
Iossi dijo que Ofakim, el grupo universitario de la izquierda sionista, “se estaba
diluyendo”, pero que él lo llevó de cinco personas a sesenta, lo que acrecentó su
prestigio. “En el año 90, cuando estalló la guerra del Golfo (sic) estábamos a full
trabajando con todo lo que tenía que ver con posibles atentados. Ahí todo lo que tiene
que ver con el caudal de información que teníamos casi a diario pasaba por ‘Laura’.
Según ella, teníamos que prever, tratar de evitar que se produjeran atentados en
represalia por la participación argentina en la coalición. Quiero creer que era cierto…”,
dijo con una media sonrisa irónica. “Al menos, mi participación siempre fue dirigida a
evitar que se produjeran atentados”, agregó, ya con ceño adusto.
Respecto del ataque a la Embajada de Israel recordó que “oficialmente se habla de 29
muertos. Yo me acuerdo de haber visto un listado que me mostró Enrique Sinquier
(fonético) y que luego se mandó a Israel en el que había más nombres. No sé si se
quería (hacer) figurar a gente que no estuvo o hubo verdaderamente más gente... Otra

434
cosa es que se decía que la Embajada no tenía sala de armas, y sí que la tenía”. Iossi
dijo que, a su juicio, “hubo un arreglo político” para que la investigación no llegara a
buen puerto. “Fijate que las presiones de Israel para el esclarecimiento al poco tiempo
de diluyeron”.

Dijo que después del ataque a la AMIA “la presión fue más y yo quería que nos
fuéramos de la Argentina. ¿Por qué? Por las cosas que pasaron, por las muchas
preguntas sin respuesta que tenía del atentado”.

De los primeros momentos después del ataque Iossi dijo saber que había grupos de
policías que “andaban entre los escombros llevándose cosas” y ante una pregunta de
Levinas agregó que también pudieron haberlas plantado porque “la camioneta no
existió y alguien la puso, alguien la llevó”. Sin embargo, para 1997, sus jefes le dijeron
que su infiltración era un riesgo porque “las relaciones carnales” con Israel eran tan
profundas “que no querían empañarlas” corriendo el riesgo de que se descubriera que
había un infiltrado. “Calculo que ellos no podían determinar mi grado de veracidad en
la información que les daba”, comentó.

Miriam dice al respecto que Iossi le contó que a partir de la relación con la que sería su
esposa “se puso reticente en cuanto a la provisión de determinadas informaciones. Me
dijo que empezó a negar algunas cosas. Por ejemplo, que le pedían el nombre real de
una persona que la cana conocía solo por apodo y él decía que no lo sabía y que le era
imposible averiguarlo. O que le preguntaban dónde se entrenaban los cuerpos de
seguridad de la comunidad, dónde practicaban tiro, y él les decía que en un campo,
pero no les daba precisiones de dónde quedaba... En fin, que empezó a dar señales de
que no era tan útil, tan eficiente...”.

En cuanto a lo que habían hecho para procurarle seguridad a Iossi y conseguir que su
testimonio fuera de utilidad para la causa, Miriam dijo que se puso en contacto con
distintas organizaciones comunitarias: “Me sorprendió su total indiferencia. Voy por
ejemplo a una organización como el Centro Simón Wiesenthal que si aparece torcida
una placa en el cementerio de La Tablada denuncia una acción antisemita... No le

435
parecía grave que la comunidad hubiera estado infiltrada por la Federal. Hablé con el
abogado de Memoria Activa, nos entrevistamos con varios legisladores, e incluso las
veces que nos pareció generar cierto entusiasmo en nuestros interlocutores, en la
segunda reunión comprobábamos que el entusiasmo decaía”.

“Fuimos a todas las organizaciones dónde nos pareció a priori que el tema iba a
interesar. Y una por una pasó lo mismo: después de un interés inicial, misteriosamente
el interés decaía o nos pedían garantías de que su aporte iba a ser fundamental, cosa
que nosotros no podíamos asegurar. Pasaron los años y se nos ocurrió que una vía
podía ser el Comité Judío Norteamericano, que suele ser muy incluyente, y así fue
como lo pusimos al tanto a Levinas, que tenía buenos contactos en él. Levinas se
interesó en el tema y yo tuve una reunión con una mujer de la conducción del Comité.
Y luego una segunda reunión, ya no con ella sino con un delegado de ella y dos
empresarios de la comunidad. Pero no pasó nada”, narró.

“Mi hipótesis —siguió diciendo Miriam Lewin— es que a quienes estaban del lado de
los servicios o de la Policía no les interesaba que se revelara la infiltración por motivos
obvios, y que a las víctimas y a la comunidad tampoco le interesaba porque apostaban
a la convalidación de una hipótesis que geopolíticamente les era más útil. No les
interesaba en absoluto investigar la conexión local ni a la Policía Federal, que es la
fuerza que más evidentemente estuvo al tanto de los atentados porque en los dos
hubo policías que tenían que estar en un determinado lugar y no estuvieron. A mí me
cerraba bastante y a Horacio (Lutzky) también que era evidente que había un
conocimiento, si no de toda la fuerza, o de la conducción institucional de la fuerza, de
algún sector, que sabía lo que iba a ocurrir”.

“La actitud de él (Iossi) fue todo el tiempo de temor, tenía mucho miedo de que lo
mataran”, destacó.

Leyes secretas

Cada tanto a algunos halcones se le ven las plumas, ya sea voluntariamente —como

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fue el caso de Francisco Benzi en 1996— o por alguna delación producto de una
interna dentro del proceloso mundo de los agentes secretos de la Federal, como
parece haber sido en el 2000 el caso de Mónica Amoroso, infiltrada en el entorno de
Gustavo Béliz, y lo fue sin duda el de Alejandro Américo Balbuena, el movilero de la
agencia informativa alternativa Rodolfo Walsh, en la que estuvo infiltrado once años,
de 2002 a 2013.

Y si en el año 2000, cuando lo de Amoroso, la revista Noticias calculó que los


“auxiliares” debían ser lo menos dos mil, recientemente, a partir del caso Balbuena y
tras revisar el presupuesto de Policía Federal, un experto, Marcelo Saín, actual director
de la Escuela de Inteligencia, estimó que podrían ser alrededor de la mitad de aquellos,
unos mil.

Lo que es seguro que muchos de estos plumas, acaso decenas, se presentaron


espontáneamente a declarar en la causa AMIA con el evidente propósito de
empiojarla. Su existencia está amparada en una serie de leyes y decretos-leyes
secretos de dictaduras cívico-militares que hacen aún hoy que mientras muchos
juristas sostienen que la Constitución Nacional prohíbe espiar a los ciudadanos, los
porongas policiales sostengan que su actividad de las investigaciones criminales es
perfectamente legal.

La Ley Orgánica de la Policía Federal data de 1958, cuando la Revolución Libertadora


había desatado una feroz represión sobre el peronismo proscripto. El funcionamiento
de agentes secretos sin uniforme, ya previsto en ella, se reglamentó por un decreto-ley
secreto (número 2322/67) del dictador Onganía, de donde surgen las prerrogativas a
las que se refirió Iossi Pérez y cuyo artículo 12 dispone que “ante requerimientos
judiciales o de otras autoridades, el Jefe de la Policía Federal estará a autorizado a no
revelar la existencia del personal del Cuerpo de Informaciones”.

Luego, se ratificó por la Ley Secreta 18.895/70, que creó el Cuerpo de Auxiliares de
Investigaciones, después del Cordobazo y del secuestro y asesinato del ex dictador
Juan Carlos Aramburu, ya claramente para enfrentar a la “subversión”, y que lleva la

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firma de Levingston, el dictador que había reemplazado a Onganía.

Esta Ley fue publicada en el Boletín Oficial de del Estado (BOE) el 22 de septiembre de
2006 por orden del presidente Kirchner. Se refiere a la creación de “un servicio técnico
informativo que en función de un específico accionar preventivo, coadyuve a las tareas
operativas de las Secciones especializadas”. Más específicamente, señala que el nuevo
Cuerpo de Auxiliares de Investigaciones actuará, con perdón de la redundancia,
“exclusivamente en el submundo del delito” a fin de prevenir “hechos delictuosos”.

Del otro lado

Levinas habló del caso Iossi con los periodistas Jorge Lanata y Magdalena Ruiz Guiñazú
ante los micrófonos de Radio Mitre, pero la conversación derivó rápidamente a otros
aspectos de la causa AMIA. Ante preguntas de Magdalena, Levinas dijo respecto al
ataque a la AMIA que “había mucha gente que sabía lo que iba a pasar” en la AMIA, y
agregó: “Hay un dato que yo nunca conté públicamente que es terrible: la consuegra
de una persona que fue presidente de la DAIA el día anterior al atentado estaba en el
Club Hípico Alemán y el petisero, a un pequeño grupo de gente que estaba viendo
cómo saltaban los caballos, les anunció ‘mañana a los judíos...’ e hizo el signo de
degüello. Esta señora no entendió porque era sapo de otro pozo, simplemente amiga
de una señora alemana. Pero apenas fue el atentado se lo contó a su consuegro. El
tema termina investigándolo Salinas no sé por qué, supongo que habrá sido
Dobniewsky, el abogado de la AMIA que le habrá dicho ‘investigá esta cosa’. Y cuando
vieron que eso iba en contra de la Trafic, pararon la investigación”. En realidad, según
le dijo en su momento Dobniewski al autor, quien había hecho el signo de degüello
había sido un oficial de la Policía Montada que participaba en una competición.

Levinas también dijo que lo que está comprobado es que “los dos edificios estaban en
refacciones, lo que hacía posible que les metieran cualquier cosa adentro, que es lo
que pasó, de hecho”.

Lanata puntualizó que las piezas de Trafic aportadas por la PFA alcanzaron solamente

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“al 7 por ciento” de un vehículo entero y apostilló: “Las leyes de la Física funcionaron al
revés”, en referencia a la volatilización de la supuesta Trafic-bomba.

Levinas dijo que le constaba que el cabo 1º Bordón no estaba en el patrullero: “Un
kiosquero al que yo conocía fue a los 30 o 40 segundos de la explosión a tratar de
auxiliar a quien suponía estaba adentro del patrullero y se encontró con que no había
nadie. Al ratito llegó el policía de la esquina con un ojo lastimado. Se ve que le entró un
vidrio en el ojo porque se habrá quedado mirando”.

— Nosotros encontramos doce personas que estaban en posición de haber visto la


Trafic y no la vieron... y una Trafic es algo grande, no es algo chiquito... Yo llevé una
Trafic al lugar para un programa de Nico Repetto por Canal 13. Y paré ahí en la puerta y
¡no hay como no verla!”—comentó Lanata.

— Y hubo varias (de esas 12 personas) que vieron la explosión y no vieron la Trafic —
agregó Levinas.

— ¿A que lo atribuyen ustedes? —preguntó Magdalena.

—“Nunca hubo una Trafic. La Trafic estuvo plantada. Eso lo dije seis meses después del
atentado... —respondió Lanata, ufano.

Y Levinas apuntó que se pretende desmentir la inexistencia de la camioneta-bomba


con el hecho de que una persona (por César “Tito” Díaz) apareció muerta con un
amortiguador clavado en el tórax. “Esto también es una mentira porque esta persona
estaba muerta debajo de una puerta, y la puerta no tenía ningún agujero. ¿Me podés
explicar cómo pasó el amortiguador?”.

Levinas también dijo que debían seguir existiendo infiltrados de la Federal dentro de la
comunidad judía: “Él (por Iossi) cree que cuando se fue lo tienen que haber
reemplazado por otro, que ahora debe haber otro infiltrado de la Federal… o más de
uno”.

”La pregunta que nos queda por hacer después de veinte años es por qué la Policía
Federal y la SIDE encubrieron tanto”, señaló luego. “Yo no digo que haya sido Irán ni

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que no haya sido Irán, yo lo que digo es que en la causa no hay nada que lo amerite,
que no están las pruebas. Ahora, ¿cuál sería la razón objetiva de que toda la Policía
Federal o gran parte de ella y la SIDE encubran a un gobierno iraní o a un ayatolá que
decida poner una bomba en la Argentina? ¿Por qué lo encubrirían? ¿Cuál puede ser la
razón? No tiene lógica”.

Pero esa falta de lógica no era solo local. Antes de despedirse, Lutzky destacó que el
pasado 5 de marzo “La Nación había publicado una entrevista con Shabtai Shavit,
quien era el jefe del Mossad al cometerse ambos atentados. Shavit reconoció allí que
‘es posible que elementos en la Policía o los servicios de seguridad hayan ayudado,
directa o indirectamente, a quienes planificaron y cometieron los atentados”.

¿Fuerte, no? Casi tanto como sus veinte años de silencio.

10. El juicio

El juicio más largo y complejo en los anales de la historia argentina se inició el 24 de


septiembre de 2001, cuando todavía no se habían cumplido dos semanas del
inexplicado ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono, en los Estados Unidos, en
medio de un enorme despliegue de policías federales y con casi trescientos periodistas
acreditados y veedores de la Comisión interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y
de Israel. Sabiendo que estaría bajo la mirada del mundo, el gobierno de la Alianza
había colaborado con el Poder Judicial para darle al proceso un marco acorde a su
importancia. Para ello había refaccionado y ampliado los sótanos de los Tribunales
Federales de la Avenida Comodoro Py, entre Retiro y el Puerto Nuevo, haciendo
incluso debajo, en un subsuelo, una amplia sala donde 150 periodistas podrían seguir
el juicio a través un circuito cerrado de TV y una pantalla gigante. No era para menos,
ya que al llegar ese día se había acreditado el doble.

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Pero llegado el momento, la Argentina crujía como una nave a punto de irse a pique en
medio de un vendaval. Atravesaba la más grande crisis económico-social de su historia.
El gobierno, que había iniciado su andadura con promesas de diferenciarse netamente
del anterior, encabezado por Carlos Menem, primero había rebajado los sueldos de
todos los agentes estatales en un 13 por ciento y luego, mimetizándose con el
menemismo, había convocado al mismo chamán que había frenado la inflación
equiparando al peso nacional con el dólar estadounidense, Domingo Cavallo, para ver
si, como el mago Houdini en tantas oportunidades, era capaz de sacar al país de una
convertibilidad que se había transformado en una trampa mortal para las industrias, y
por ende para la creación de empleo.

Cavallo había propuesto un “megacanje” de la deuda externa que terminó siendo una
estafa que le dejó miles de millones a unos pocos, y que tranquilizó las aguas lo que
dura un caramelo a la salida de una escuela, y proclamó luego la necesidad
impostergable del “déficit cero”, es decir, recortar el gasto público hasta equipararlo a
los menguantes ingresos del Estado. Por fin, el sábado 1º de diciembre sorprendió con
el abrupto final de facto de la convertibilidad, al decretar el “corralito” financiero, es
decir la inmovilización del grueso de los depósitos bancarios.

Fusilados por la Cruz Roja

El 19 de diciembre, en vísperas de la Navidad más paupérrima del siglo, comenzaron


los saqueos en los suburbios de Buenos Aires y Rosario bajo la mirada benevolente de
las policías, y llegada la noche el presidente Fernando De la Rúa comunicó por cadena
nacional su decisión de imponer el estado de sitio… Lo que provocó una afluencia
espontánea de indignados ciudadanos porteños que convergieron en la Plaza de Mayo
pidiendo su renuncia, y que fueron atacadas con mucha violencia por la Policía Federal,
primero en la misma Plaza y horas después en las escalinatas del Congreso.

Al día siguiente, en medio de un intenso calor, miles de personas, en su mayoría


jóvenes y muchos provenientes del conurbano, volvieron a converger en el mismo

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escenario, ocupado por policías a caballo y otros fuertemente armados que los
reprimieron con denuedo aunque en varias ocasiones se vieron obligados a retroceder.
Entre sus jefes se destacaba el comisario Jorge El Fino Palacios, que aunque ese día
tenía franco, ante la afluencia de “subversivos”, había sentido la llamada del deber.

Mientras, desde las cercanías del cruce de las avenidas de Mayo y 9 de Julio, otro
grupo de policías, de civil, casi todos pertenecientes al Departamento de Asuntos
Internos —es decir, quienes tienen por misión reprimir a los policías que delinquen o
se extralimitan en sus funciones— disparaban con escopetas Ithaka postas de plomo a
jóvenes con barba y pelo largo. Hubo varios muertos y nunca quedó claro si esa
modalidad represiva había sido ordenada sotto voce por el jefe de la Policía Federal,
comisario general Rubén Santos, o si había sido impulsada por sus enemigos internos,
los viejos “arcángeles” que le reprochaban ser “un policía de escritorio” (Santos, en
efecto, provenía de la Policía Científica y su mayor obra había sido confeccionar,
siguiendo las indicaciones del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos, un
pasaporte supuestamente infalsificable que, aunque caro, había dejado atrás la
obligación de pedir visa para ingresar al territorio de la Unión), deseosos de garantizar
su eyección. A juzgar por algunos mensajes vociferados que se escucharon por la
Motorola de un patrullero en medio de la refriega, que tachaban a Santos y al
secretario de Seguridad Enrique Mathov de “maricones” y pedían a gritos su renuncia,
la segunda hipótesis es con mucho la más factible.

Que policías de Asuntos Internos asesinaran manifestantes a mansalva era casi como
que enfermeros de la Cruz Roja fusilaran a sus pacientes por la espalda, pero casi nadie
le prestó la debida atención a estos detalles. Página/12 informó que junto con los
policías de Asuntos Internos había sido detenido otro llamado José Luis González. Sin
embargo, al darse a conocer la lista de oficiales detenidos, González no figuró en ella.

Cambios de gobierno

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Los pocos periodistas que en este contexto siguieron cubriendo el juicio describieron el
carácter surrealista de la audiencia en la que personas que habían sido heridas o
perdido a familiares en el ataque desgranaban sus cuitas mientras jueces, abogados
querellantes y defensores y hasta ellos mismos aprovechaban cada cuarto intermedio
para emerger a la superficie y ponerse al día con los avatares de una jornada que
concluyó con la renuncia de De la Rúa y su huida en helicóptero. A partir de entonces,
la presencia de periodistas en las audiencias fue mínima, y la propia sala de audiencias
aparecía llena… de butacas vacías.

Después de algunos interinatos de horas, el 23 de diciembre asumió la presidencia el


gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá, quien le ofreció la Secretaría de Justicia
al abogado de Memoria Activa, Alberto Zuppi, quien aceptó de inmediato. Ocupó su
lugar un socio suyo, Pablo Jacoby, abogado penalista que se preciaba de representar a
muchos periodistas perseguidos. La que era el principal rostro de la agrupación, Laura
Alche de Guinsberg, criticó ácidamente a Zuppi y resistió el ingreso de Jacoby que,
como Zuppi, había sido abogado de los Rodríguez Saá, es decir del nuevo poder. Como
no fue seguida por el resto, se fue de Memoria Activa y fundó otra pequeña
agrupación, Apemia, respaldada por la izquierda extraparlamentaria. El gobierno de
Rodríguez Saá duró apenas una semana, pero Zuppi jamás volvió a pisar la sala de
audiencias y terminó por radicarse en los Estados Unidos.

Recortes

A todo esto, es bueno recordar que el objeto procesal estaba más que recortado: no
solo no se acusaba a los Haddad (a los que ni siquiera se los convocaría como testigos),
ni al ministro Corach, el cerebro que digitó —a través de la difunta camarista María
Luisa La Piru Riva Aramayo— las acusaciones de Telleldín a Ribelli y subordinados, sino
que el Tribunal esta constreñido a poner su atención sobre lo ocurrido en una semana,
la que iba del 4 al 10 de julio de 1994, es decir desde que Telleldín obtuvo la camioneta
hasta que, según su última “confesión”, se la había entregado a cuatro policías

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bonaerenses. De acuerdo con la elevación a juicio, nada se sabía de lo ocurrido
después hasta que la camioneta había reaparecido fugazmente en un estacionamiento
cercano a la AMIA, y hasta su supuesto estallido frente a su puerta o bien habiéndola
traspasado. En síntesis: no se juzgaba a los autores del ataque, sino a los presuntos
protagonistas de sus preparativos.

Dos periodistas que cubrieron el juicio para medios estatales, Karina Poritzker (Télam)
y Marcos Salgado (Radio Nacional), y publicaron luego una síntesis personal en forma
de libro (El veredicto, un documento revelador, Editorial Súmate, 2005), destacaron
esta restricción. Sin embargo, y también en el prólogo del mismo, efectuaron un nuevo
recorte al dar por descontado que el juicio había sido sobre “el más cruento ataque del
terrorismo fundamentalista islámico sufrido en Latinoamérica”, algo que en absoluto
había sido probado pero que demostró hasta qué punto la repetición de un mantra
puede hacerse carne en el inconsciente de quienes lo escuchan, hasta el punto de
prescindir de cualquier demostración empírica. Diario del juicio.

Un descalabro asordinado

Galeano, Mullen, Barbaccia, Nisman y la nutrida troupe de dirigentes de la comunidad


judía que los arropaban y acompañaban acríticamente (al menos, en público) habrían
querido que el juicio estuviera a cargo del Tribunal Oral Federal Nº 2, pero las querellas
habían exigido que el asunto trascendente fuera a sorteo, y el bolillero se lo había
otorgado al Nº 3. No vaya a creerse por eso que los miembros de este eran rebeldes u
outsiders dentro de “la familia judicial”. Por el contrario, los tres jueces representaban
bastante bien el conservadurismo imperante en ella, la única aristocracia de la
República, cuyos cargos son vitalicios salvo desquicio y cuyos jefes, los miembros de la
Corte Suprema, autoeximieron a todos los jueces de pagar impuestos a sus ingresos
como tributan todos los demás asalariados. De Gerardo Larrambebere ya hemos
hablado; en cuanto a Miguel Pons, se trata de un juez católico, de derecha y que fue en
su momento simpatizante de las sublevaciones de los militares carapintadas y, por lo

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tanto, obviamente es adversario de los juicios por delitos de lesa humanidad… De los
que el juez Guillermo Gordo fue relevado cuando tomó estado público que proviene
de una familia militar y su propio padre está acusado de cometerlos.

En este contexto, quizá pueda explicarse que los señores jueces redujeran a su mínima
expresión el carácter oficialmente público del proceso y se negaran a su televisación, ni
siquiera en diferido para los resúmenes de los noticieros, y que llegaran al extremo de
no autorizar la presencia de fotógrafos, ni durante el final del proceso, para la etapa de
los alegatos, y ni siquiera para la lectura del veredicto (lo que motivó la única llamada
telefónica que recibieron del Poder Ejecutivo, de parte del extrañado ministro Aníbal
Fernández, partidario de darlos a publicidad), trazando así un inquietante paralelismo
con el tribunal que protagonizó el juicio a las juntas militares de la dictadura, en 1985,
y superando las restricciones impuestas entonces.

Sofía Guterman, la madre de una muchacha muerta en la AMIA, sintetizaría esta


situación al decir que “poco se sabe sobre el juicio: se realizó a puertas cerradas, casi
infranqueables para el mundo exterior”.

El prólogo de El veredicto se titula “Veinte testigos claves” y en él Salgado y Poritzker


expresaron que “fueron veinte testigos. Apenas un puñado. Veinte entre el millar y
medio de voces escuchadas en casi tres años del juicio oral más largo, complejo y
polémico de la historia argentina. Veinte que convencieron del descalabro…”.

Una cabeza perdida

Uno de los primeros testigos en declarar fue un portero, Carlos Rigoberto


Heindenreich, desgraciadamente aportado por el autor. Heidenreich, encargado del
edificio de Pasteur 661, decía haber visto una Trafic blanca en la calle Pasteur y
Tucumán unos segundos antes de que todo volara por los aires. Resulta que el
periodista Diego Igal (autor años después de la historia de la emblemática revista
Humor Registrado, un bastión de resistencia cultural a la dictadura que alcanzó altas
ventas en los primeros 80) concurría a ese edificio, donde se encontraba el consultorio

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de su dentista. Se enteró y me avisó. Se lo comenté a Luis Dobniewski y este me pidió
que lo fuera a entrevistar. Así lo hice, y rápidamente me di cuenta de que era un
farsante, ya que, feliz por tener quien lo escuchara, luego de decirme que en efecto
había visto la supuesta Trafic-bomba, una Trafic blanca —sin ser capaz de darme
ninguna otra precisión—, me contó también que tiempo después había encontrado en
la terraza del edificio el cráneo de una de las víctimas, que los Bomberos habían
retirado. Sonaba a bolazo y lo era, no solo porque no se había enterrado ningún
cuerpo sin cabeza, sino además porque no había ningún acta que certificara un
hallazgo semejante (que recordaba al pulgar hallado en un piso alto de un edificio
lindero a la demolida Embajada de Israel, de lo que se había querido deducir que
pertenecería al supuesto conductor kamikaze). De haberse encontrado una cabeza
humana no solo habría habido acta y testigos, sino que los medios hubieran echado las
campanas al vuelo al dar la noticia de que había aparecido la testa misma del suicida.

Ya antes de enterarme de que era íntimo de policías que lo frecuentaban y


confraternizaban con él, había llegado a la conclusión de que, mandado o
autoconvocado, Heindenreich era un majadero. Sin embargo, dándose perfecta cuenta
de que la falta de testimonios sobre la presencia de una Trafic blanca en el lugar de la
tragedia era el talón de Aquiles de la Historia Oficial y buscando apuntalarla,
Dobniewski se había aferrado al portero como un náufrago a un madero, y conseguido
que declarara ante Galeano. Igualmente, y a pesar de la ayuda que le dio el fiscal
Mullen poco antes de deponer, Heindenreich no supo precisar si había visto marchar la
Trafic por la calle Pasteur y cruzar Tucumán —como había dicho al principio— o llegar
a Pasteur por Tucumán, como querían que dijera.

Tirar la toalla

María Nicolasa Romero incurrió en innumerables contradicciones que dejaron claro,


como ya se dijo, que había ido a declarar ante Galeano instada (es una manera suave
de decirlo) por un comisario de Bomberos que la había esperado junto a otros policías

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junto al reloj fichador de la Maternidad Sardá. La habían llevado a declarar… no sé
sabe dónde, aunque sí que donde haya sido la convencieron de ir a declarar ante el
juez. La enfermera dijo que no había relacionado con la explosión la camioneta beige
que casi la había pisado, hasta que escuchó por la radio que la mutual había sido
destruida por una Trafic-bomba, y como no conocía de marcas ni de modelos, cuando
vio una camioneta roja parecida a aquella preguntó qué tipo de camioneta era.

En cuanto a Juan Alberto López, el chofer del camión de los volquetes, declaró durante
más de tres horas. Según narraron Poritzker y Salgado, se hacía el sordo, que no
entendía las preguntas. “El juez (Miguel Pons) se rindió antes de tiempo… Fue un
testimonio difícil, irritante… Una hora después, los jueces se cansaron y ordenaron un
cuarto intermedio”.

“Es un simple camionero, ¿cuánto más le van a preguntar?”, se quejó el fiscal Mullen,
temiendo que en cualquier momento el misionero metiera la pata.

Cállese la boca

El vecino Carlos Gacitúa sorprendió en noviembre de 2001 al pedir que se proyectara


un video casero que él mismo había grabado poco después de los bombazos, lleno de
detalles cruentos, de cuerpos ensangrentados, inmóviles y en movimiento. Gacitúa
dijo que para él estaba claro que la AMIA se había derrumbado a causa de una
explosión interna.

Muy interesado, el defensor oficial Eduardo García comenzó a interrogarlo, ante lo


cual el juez Pons, “como accionado por un resorte”, escribirían Poritzker & Salgado, lo
cortó. Dijo que las preguntas no correspondían porque el testigo “solo estaba
especulando. No es perito, no corresponde que conteste eso”, dijo, alzando la voz.

Como tendría oportunidad de comprobar el autor al prestar testimonio a pedido de las


defensas, el Tribunal solía comportarse como esos árbitros de fútbol decididos a llevar
a buen puerto el partido haciendo la vista gorda ante las infinitas faltas que se

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cometen en las áreas cada vez que hay un tiro de esquina. Así, apenas comenzó a
hablar, y aunque estaba claro que lo hacía en calidad de quien había investigado el
hecho por cuenta de la AMIA durante más de tres años, fue interrumpido por el juez
Gordo, que le pidió que se limitara a narrar lo que había visto con sus propios ojos. A
partir de entonces, y a juzgar por sus numerosísimas interrupciones, quedó claro para
todas las defensas que el Tribunal no quería oír absolutamente nada que lo desviara
un milímetro del objetivo que se había trazado.

Un complot exitoso

Por entonces, Mullen, Barbaccia y Nisman eran una unidad sin fisuras apreciables. Así,
en conjunto, se habían prestado en septiembre de 2001 a la maniobra que finalizó con
el objetivo deseado: remover a Nilda Garré de la Unidad Especial AMIA. Lo
consiguieron con el concurso de la DAIA y del secretario de Justicia, Melchor Cruchaga,
quien antes había sido presidente de la Comisión Bicameral de Seguimiento de las
Investigaciones de ambos atentados y terminaría denunciado —como todos sus
miembros, excepto Cristina Fernández de Kirchner— de encubridor serial.

La conjura consiguió que el presidente De la Rúa, a través de su hermano ministro, le


pidiera la renuncia luego de que la DAIA acusara a Garré de haber vulnerado un
secreto de Estado al divulgar el verdadero nombre del “Testigo C”, un absurdo ya que
el nombre de Abolhasan Mesbahi —que había desertado de la Vevak hacia ya dos
décadas— había sido revelado en medios argentinos por al menos tres periodistas,
uno de ellos el autor, en un artículo publicado en el diario La Capital de Rosario.

Garré fue reemplazada por el abogado Alejandro Rúa, del que se desconoce que haya
hecho algún aporte de importancia para el avance de la causa.

Llegados a este punto de inflexión, es importante destacar que lo más importante


había pasado, si no desapercibido, al menos sí claramente infravalorado. Todo el juicio
se basaba en el hallazgo de un trozo de motor entre los escombros de la AMIA a partir
del cual supuestamente se había llegado a Telleldín. Sin ese trozo de motor, el juicio se

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caía, no se podía sostener. Según la Historia Oficial, ese motor había sido encontrado
por el oficial Lopardo, de la Brigada de Explosivos, el lunes 25 de julio, ya caída la
noche.

Pero hete aquí que al comienzo del juicio se presentaron a declarar quienes habían
sido los jefes del Cuerpo de Bomberos al momento de las explosiones y coincidieron en
señalar que el motor había aparecido mucho antes, el mismo 18-J o como mucho en la
mañana del martes 19. Le daban pues la razón al movilero de Radio Mitre Carlos
Bianco.

Il capo di tutti capi

Por increíble que parezca, el juez Galeano no había interrogado jamás al comisario
general Omar Rago, que era el superintendente, el mismísimo jefe del Cuerpo de
Bomberos cuando pasó lo de la AMIA, si bien cinco días más tarde había sido obligado
al retiro junto a todos los otros miembros de la Plana Mayor de la repartición.

Rago recién declaró en el juicio, seis años después. Inicialmente dijo que había tardado
media hora en llegar a la AMIA desde su oficina en el Departamento Central de Policía,
pero poco después admitió que había llegado a las 11.30, y que se había encontrado
en el lugar, que era un caos, con el jefe del cuartel de La Recoleta que, aclaró, era a
quien le competía —por estar la AMIA en su jurisdicción— la intervención primaria,
inmediata.

“Por un tema de distancia concurren el jefe del cuartel, el comisario inspector y


cuando ellos están saliendo, sale directamente del Departamento Central uno de mis
comisarios mayores, mientras yo me alistaba para salir... O sea que al llegar yo me
encuentro con tres oficiales jefes, que estaban a cargo del rescate”, dijo. Rago
identificó al jefe del cuartel Recoleta como "el señor Muñoz" (se trataría del comisario
Pedro Miguel, que una década más tarde sería superintendente del cuerpo) y al
comisario mayor que lo había precedido como (Roberto) Corcetti, quien cinco días
después habría de sucederlo.

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Curiosamente, la o el policía que levantaba el acta omitió poner el nombre que dio del
comisario inspector del cuartel de La Recoleta, limitándose a poner en su lugar el signo
(I) utilizado cuando quienes transcribían los testimonios no entendían lo que se había
dicho. Igualmente, los lectores ya saben de quién se trata: de César Renato Capra.

Rago dijo que siguió el protocolo previsto para los derrumbes, que a la vista de la
situación catastrófica dispuso una movilización general del cuerpo y que, habida
cuenta de que se presumía que había unas cuantas personas atrapadas entre los
escombros, requirió la colaboración de la Brigada de Apuntalamiento de la
Municipalidad.

También dijo que pidió que se enviaran grúas capaces de mover grandes bloques de
cemento. Y agregó que lo hizo con rapidez porque ya tenía la experiencia de lo
sucedido en la Embajada de Israel, y sabía de su eficacia. Al mismo tiempo, siguió
diciendo, “se tomaron una serie de medidas” para “contar con elementos de prueba
que nos permitieran luego poder evaluar cuál había sido el problema”, es decir, la
causa del derrumbe, ya que en esa esas primeras horas las prioridades eran
“neutralizar posibles fugas” de gas, agua y corriente eléctrica, y “rescatar rápidamente
a las víctimas que todavía podían estar con vida” y no buscar y preservar pruebas para
determinar qué y cómo había pasado, tarea de la que se había encargado “gente de las
áreas de investigación” que se había dedicado “a buscar elementos” que pudieran
explicar qué había pasado y cómo. Este personal, aclaró, se dedicaba específicamente
a ello, al margen de las tareas de remoción y rescate.

Rago dijo que no habían vallado la zona ni cerrado la zona al público porque no veían
la manera de hacerlo sin reprimir a los familiares de quienes estaban debajo de los
escombros; que se concentraron en el rescate de varias personas que habían quedado
debajo de un tanque de agua, y habló de la aparatosa caída de una losa alrededor de
las 20, luego de la que habían podido vallar la zona y ponerse a trabajar con las
grandes máquinas con mayor tranquilidad.

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Preguntado nuevamente por la recolección de evidencias, dijo que esa tarea le tocaba
en principio a la comisaría (5ª) y agregó que “una de las experiencias más logradas” fue
disponer que todos los materiales retirados se trasladaran a unos terrenos adyacentes
a la Ciudad Universitaria, en Núñez, dónde sus hombres habrían de revisarlos más
tarde, a la luz del día… lo que alimentó la sospecha de las defensas que distintos
elementos pudieron ser “sembrados” y colectados a piacere.

Esas sospechas aumentaron cuando en un momento posterior de su exposición Rago


confirmó que la recogida de escombros se había hecho tan al buen tuntún (con “un
control somero”, dijo) que entre ellos se habían descubierto en la Ciudad Universitaria
restos humanos. Y se agrandaron hasta volverse gigantes cuando el comisario dijo que
los encargados de revisarlos en ese terreno junto al río eran los de la Brigada de
Explosivos.

Rago diría que no tenía idea acerca de quién había conseguido esos terrenos —sobre
los que reconoció no haber tenido control— pero que descontaba que había sido una
autoridad policial, y estimó que los traslados de los escombros se habían hecho en
camiones privados contratados por el municipio, así como que también las grúas de
alto porte y su personal pertenecían a empresas privadas.

Cuando le preguntaron por la desaparición de los planos originales del edificio, Rago
dijo que por lo que recordaba sus hombres habían tenido a su disposición planos del
edificio, pero que no sabía qué se había hecho luego de ellos. Recordó que el jueves 21
el presidente Menem había dispuesto la remoción del jefe de la Policía Federal, el
comisario Passero, y de toda su plana mayor, renuncia que se había efectivizado el
sábado 23. Dicho de otro modo: dijo que había sido el jefe de los bomberos que
actuaban en el lugar apenas cuatro días... que los había pasado “yendo y viniendo”
más que dando órdenes sobre el terreno. De la Plana Mayor que él había integrado,
Menem solo había conservado al comisario Pelacchi —al que había nombrado jefe en
reemplazo de Passero— y al comisario Baltazar García, a quien había nombrado
subjefe.

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Rago recordó que el martes 19 el juez Galeano los había convocado para informarles
que “el gobierno israelí había solicitado autorización para que interviniera un grupo de
rescate que ya estaría volando hacia Buenos Aires, pidiéndome cooperación” y dejó
claro que eso no le había gustado nada porque, explicó, “uno es un poco orgulloso de
sus tareas”. Los israelíes, siguió diciendo, llegaron a la una de la madrugada del
miércoles, y en una reunión con sus jefes se pusieron de acuerdo en que los israelíes
trabajaran en el sector derecho mirando el edificio derruido de frente, esto es junto a
la perforada medianera que lo separaba del edificio contiguo en dirección a la calle
Tucumán, mientras ellos seguían haciéndolo en el centro y en el ala izquierda del
edificio. Sin embargo, agregó, con el correr de los días y las necesidades de
cooperación entre ambos grupos, las distancias se fueron acortando.

Le preguntaron entonces si había algún procedimiento acordado con los visitantes


para el caso de que se hallaren elementos de interés para las investigaciones. Rago dijo
que no, que debía seguirse “el procedimiento usual que está reglamentado en nuestro
país”. Y cuando le preguntaron si el primer día ya se tenía una idea clara de que el
derrumbe del edificio se debía a un atentado, Rago dijo que no tenían la seguridad,
pero que había que tener presente “que entre esas personas había muchos que habían
estado en lo de la Embajada de Israel y que tenían predisposición” a emparentar este
derrumbe con aquel.

Explicó a continuación que tenían “en la superintendencia dos áreas específicas: una es
la de Investigaciones Periciales, y después hay otra área que es la de Explosivos”, que
era la que se dedicaba específicamente a “investigar todos aquellos hechos vinculados
con explosivos”. Lo usual en caso de derrumbes, explicó, es que se convoque a
Investigaciones Periciales, puntualizó, y recordó varios derrumbes que en los años 70
se produjeron en la ciudad por defectos de construcción, derrumbes que, dijo, habían
sido investigados por el citado departamento. Pero puntualizó que “ante la duda” o
cuando se descartaba que la caída se hubiera debido a defectos estructurales, como en
esta oportunidad, se convocaba a la Brigada de Explosivos. Eso es, precisamente, lo
que había ocurrido el 18-J alrededor del mediodía, por lo que los de la Brigada habían

452
llegado (bastante parsimoniosamente, parece) “a última hora”. Y como se le pidió que
precisara más, dijo que a eso de las 16 o 17.

¿Qué hipótesis tenían?, le preguntaron. “Ese fue un tema complejo —arrancó diciendo
Rago—, porque para determinar, por ejemplo, si un elemento sospechoso estaba
contaminado con algún explosivo, teníamos que enviarlos a los equipos de laboratorio
que tenían por delante un proceso de muchas horas”. Rago dijo que recién el martes
por la mañana comenzó a tenerse claro que había sido un atentado y a cobrar cuerpo
la hipótesis de que había habido un coche-bomba.

El comisario general comentó, se diría que con ingenuidad, que, curiosamente, algunas
piezas de automotor habían aparecido en plena noche. “Les decía: avanzadas mucho
las noches aparecían algunos elementos que no eran habituales”, y agregó que eso
había comenzado a suceder el mismo lunes 18. “La hipótesis empezó a tomar cierto
cuerpo cuando se encontraron algunas piezas en lugares que no eran muy usuales (sic)
y se hicieron algunas pruebas que aparentemente (sic) daban como que tenían algún
residuo de algún material explosivo (sic)”.

Luego de aclarar que había presentado su renuncia el jueves 22 junto con toda la plana
mayor, Rago dijo que lo había sucedido el hasta entonces comisario mayor Corsetti,
pero que el relevo recién se había producido el sábado 23. Fue entonces cuando el Dr.
Zuppi le preguntó si había sido testigo del hallazgo de alguna pieza de automotor.

— No, testigo directo no, pero sí le puedo referir que al día siguiente algunos
elementos sí me fueron exhibidos como que habían sido encontrados, ya le digo, en
lugares que no son habituales. Alguna pieza de automotor…

— ¿Recuerda algún elemento que le haya sido exhibido? —insistió Zuppi.

— El elemento que más recuerdo fue un block.

— El block de motor.

— El block de motor.

453
— ¿Recuerda cuándo fue encontrado?

— No necesariamente tengo presente ese momento… Porque usted comprenderá que


uno estaba abocado a muchas cosas. Pero sí, en un momento lo observé… Me dijeron
que había sido encontrado en la parte interior del edificio.

— Pero entonces… ¿esto quiere decir que fue encontrado antes del jueves o antes del
sábado?

— Sí, sí.

— ¿No puede precisar qué día?

— No… pero tiene que haber sido… posiblemente el día martes. Es decir… por eso le
digo, esas no son cosas que yo tengo totalmente precisas. Pero de todas maneras me
imagino que debe haber sido el día martes cuando se empezó a remover toda el área.

— ¿El martes 19?

— Posiblemente.

Rago confirmó seguidamente que se trataba de un block de Renault Trafic y que le


habían hecho pericias que confirmaban que había sufrido una explosión. También
ratificó que en casos como el de la AMIA era preceptivo que se revisaran las azoteas de
los edificios circundantes, y que estaba seguro de que esta diligencia se había
cumplido. Poco después sobreviene otro momento estelar, cuando el defensor Del
Valle le preguntó:

— Cuando a usted le exhiben el block del motor, ¿dónde estaba?

— ¿Perdón?

— ¿Adónde estaba usted cuando se le exhibe el block del motor? ¿Lo recuerda?

— No, no, a mí me comentan después que se había encontrado un motor.

— Pero ¿usted no dijo que se lo exhibieron?

454
— Sí. Yo tendría que estar en el Departamento Central.

— ¿Se lo exhiben en el Departamento Central?

— Creo que sí.

— ¿Recuerda quién se lo exhibió? ¿Algún oficial jefe?

—Habrá sido personal de la Brigada (de Explosivos)…

Rago precisaría que la exhibición se había producido por la mañana. Después, ante
nuevas preguntas, dijo que el personal que había intervenido en lo de la Embajada de
Israel había recibido posteriormente un curso en los Estados Unidos, y que había un
pequeño hueco lleno de agua en un lugar que faltaba el cordón de la vereda, justo
frente a lo que había sido la puerta de la AMIA, pero que en principio pensaba que se
correspondía con “una oquedad natural”.

Luego le mostraron fotos del pedazo del block de la camioneta que había pasado por
las manos de Telleldín y le preguntaron si era eso lo que le habían mostrado en el
Departamento Central y Rago dijo que sí.

— ¿Le hicieron algún comentario cuando se lo mostraron?

—Me refirieron que había sido encontrado en un lugar que naturalmente no era el
lugar de un block —recordó.

Corsetti

El comisario general retirado Roberto Oscar Corsetti había sido superintendente de


Bomberos en reemplazo de Rago. Hasta ese momento se había desempeñado como
director general de Servicios Especiales. “Como el comisario mayor Carlos Vallar estaba
de vacaciones debí hacerme cargo de la Dirección de Protección Urbana, por lo que
estuve al frente de las fuerzas de rescate del Cuerpo de Bomberos”, del mismo modo
en que Rago lo había estado hasta el sábado 23. Corsetti dijo que rápidamente habían

455
encontrado “los elementos necesarios como para determinar que había sido (utilizada)
una combi”.

— ¿Cuándo los encontraron? —le preguntaron

— Y, al primer día. Al segundo día ya sabíamos que era una combi (porque) habíamos
encontrado restos en el interior con los escombros. Habíamos encontrado el motor y
algunos elementos... y la oquedad estaba a la altura de la vereda en la entrada
principal de la AMIA. No tenía una forma definida porque al principio estaba llena de
escombros, y a medida que fuimos limpiando todo eso, una vez que se produjo todo
tipo de salvamento, cuando ya estábamos tranquilos de que no había más gente
atrapada, se empezó a buscar el origen, el lugar y ahí empezamos a ver el orificio, pero
no tenía profundidad porque estaba lleno de escombros. Se fue limpiando a posteriori
para poder ir sacando (de allí) elementos del móvil que presuntamente había estallado
en ese momento —dijo, un tanto confusamente.

Le preguntaron por el cráter que decía haber visto. ¿Qué tamaño tenía?

— No sé decirle, pero más o menos dos metros de diámetro. Una cosa así,
aproximadamente... —dijo, haciendo gestos circulares con los brazos, grandes
aspavientos.

— ¿Cómo distingue usted al estar tapada por escombros? ¿Cuál es el dato que le
permite determinar que eso era un cráter? —volvió a preguntarle el Tribunal.

— La gente de la Brigada de Explosivos se adelantó a nuestra intervención. Trabajaban


a la par nuestra buscando detalles de cómo se podía haber producido el hecho, y nos
iban informando. Fue gente de la Brigada de Explosivos especializada la que lo detectó.
Cuando tenemos un operativo muy grande en la Superintendencia, los servicios
especiales se van mandando de acuerdo a las dimensiones y la gravedad del problema.
Peritos de distintas divisiones: Siniestros, Brigadas de Explosivos... se mandan
divisiones específicas de nuestra Superintendencia que van buscando datos mientras
nosotros trabajamos en la parte operativa hasta que todo eso se regulariza.

456
— ¿Me puede relatar en forma cronológica que elementos fueron los que se
secuestraron?

— No sé decirle. Quizás eso esté en el informe de la Brigada de Explosivos... Pero si


usted me permite, nosotros después hicimos un comparativo de la pericia en Azul.
Hicimos volar una combi porque teníamos una discrepancia con la gente de
Gendarmería. Fuimos autorizados por el doctor Galeano, e incluso los fiscales vinieron
con nosotros. Hicimos la voladura de una combi como la que nosotros suponíamos que
fue, por los restos que habíamos encontrado. Calculamos unos 300 kilos calzados con
bolsas de tierra, que tenían que haber sido 320 para dar la precisión de cómo
quedaron deformadas las piezas de la combi que encontramos con las de la que
hicimos el parámetro.

— Correcto. En el escenario de los hechos, ¿qué elementos recuerda haber visto?

— Y, nosotros... el motor, algunas piezas del chasis, después un piñón, los piñones,
extremos de dirección... Pero no cronológicamente le estoy diciendo, doctor, lo que
fue apareciendo, sino lo que recuerdo que encontramos, ¿no? Con lo que hicimos
después las comparaciones con la explosión que provocamos —dijo Corsetti, muy
entusiasmado con el show hecho con García, Macchiavelli y Monzón.

— ¿Recuerda en qué lugar del edificio (derruido) aproximadamente fueron ubicados


cada uno de estos elementos o dónde usted los vio (por primera vez)? —le
preguntaron.

— No, verlos en el lugar yo no los vi. El motor, por ejemplo, sí. Apareció creo a la altura
de los ascensores donde estaba en la parte media, y el resto enterrado. Lo fuimos
sacando. Por ejemplo, los piñones estaban enterrados en el orificio.

— Eso, ¿usted lo vio en el lugar del hecho?

— No. Lo vimos en el informe, a posteriori, cuando yo lo hice.

— Le vuelvo a preguntar: en el lugar del hecho, ¿usted vio algún elemento


secuestrado?

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— No, no.

— El motor, ¿lo vio?

— El motor sí.

— ¿Dónde ve el motor la primera vez?

— A la altura de los ascensores, si no recuerdo mal.

— O sea que en el escenario de los hechos lo vio...

— Sí, sí, sí.

— ¿Sabe quién lo sacó? Si es que alguien lo sacó de ahí.

— Personal de la Brigada de Explosivos que estaba haciendo la recopilación de todo


eso. Pero personalmente no puedo decirlo. Definir una persona no sé.

— ¿Recuerda qué día vio el motor?

— Creo que fue el primer día... o el día siguiente... o el mismo día. No tengo una
precisión, doctor. Realmente no: si digo que sí le voy a mentir.

— ¿Participó usted en el acta de secuestro de ese motor?

— No.

— ¿Sabe quién la hizo?

— Brigada de Explosivos. La gente de la Brigada de Explosivos.

— ¿Qué actitud tomó usted cuando divisó ese motor? ¿Le dio aviso a alguien?

— No, yo no lo vi. Lo vio la gente de la Brigada de Explosivos y me informó a mí. Fue al


revés.

— ¿Y usted qué hizo?

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—Se procedió al secuestro. Lo retiró la Brigada de Explosivos y se lo llevaron... como
todas las piezas que iban encontrando. La División Brigada de Explosivos fue retirando
elementos y formando toda la cosa...

Y ante una nueva pregunta Corsetti añadió:

— Estaba a nivel de piso, al fondo, pasando los escombros.

— Es decir, mirando el edificio (de frente), ¿usted dice que en la parte central?

— La parte central, sí.

— En esa búsqueda, ¿estaba abocada exclusivamente la Brigada de Explosivos o había


alguna otra dependencia?

— La Brigada de Explosivos nada más. Toda la Brigada de Explosivos. Los demás


estábamos en la parte del salvamento.

— ¿Usted supo de la presencia de agentes del Estado de Israel que trabajaron en el


lugar?

— Sí, doctor.

— ¿Ya se encontraban en ese momento en el lugar?

— No, vinieron después. Casi habíamos terminado todo el operativo cuando nos
informaron que iba a llegar personal de Israel, de un equipo especializado. Pero
llegaron después que habíamos terminado con los rescates.

— Y en cuanto al hallazgo del motor, ¿ya estaban?

— No, fue mucho antes.

— ¿Mucho antes?

— Claro, porque llegaron al tercer día, creo, el tercer o cuarto día llegó la gente de
Israel. Estoy seguro porque sacamos al último hombre a las 36 horas de trabajo. Era
Jacobo (Chemanuel, que murió poco después). Fue una de las personas que teníamos

459
atrapadas detrás de una pared. Tuvimos que romper un tanque auxiliar de agua,
perforar el tanque, perforar la pared para llegar a esta víctima que fue la última que
sacamos con vida.

— Cuando llegaron las tropas israelíes, ¿usted estaba ahí?

—Sí, doctor.

— ¿O ya no estaba más?

— No, no, yo estuve permanentemente con ellos. El doctor Galeano me indicó que,
juntamente con el superintendente de turno, que era el comisario general Rago, me
hiciera cargo juntamente con ellos de manejar las tareas del rescate o de la búsqueda
de lo que encontráramos. Yo estuve permanentemente con ellos. En un principio, la
gente de Israel quería que nosotros nos retiráramos del lugar porque decían que eran
ellos los que tenían que hacer las tareas. Se les explicó que (la AMIA) no era una
embajada, que no era territorio israelita y que teníamos que compartir el trabajo (...)
Estuve todo el tiempo, permanentemente, trabajando coordinadamente con ellos.

— ¿Ellos llegaron a ver el motor o ya no estaba más?

— No, yo creo que no lo vieron, doctor.

— ¿No lo vieron?

— No, creo que no.

(...)

— ¿Usted sabe adónde se llevaron el motor una vez que fue secuestrado de ese lugar
que nos describiera?

— Creo que al Departamento Central...

Repaso

460
Por las dudas de que no hubiera quedado claro, un despacho de la agencia DyN,
reproducido por La Nación, describió así las declaraciones de ambos jefes máximos de
los bomberos:

“El motor de la Trafic había aparecido antes”

“Dos bomberos que participaron en las tareas de rescate en el atentado contra la


AMIA aseguraron ayer que el motor del coche bomba, que llevó a la detención del
reducidor de autos Carlos Telleldín, apareció entre los escombros mucho antes de la
fecha en la que, según consta en la causa, fue secuestrado.

Esa situación —que avalaría denuncias por anomalías en la causa que lleva adelante el
juez Juan José Galeano— podría explicar el misterio de la foja 114 del expediente, en la
que se ordenó investigar el teléfono de Telleldín apenas dos días después del
atentado, cuando el motor no había aparecido y no había posibilidades de vincular al
reducidor de autos con el ataque.

Ayer dos bomberos aseguraron que el motor de la Renault Trafic que se usó para volar
la AMIA se encontró apenas unas horas después del atentado del 18 de julio de 1994, y
no el lunes 25, como consta en la causa.

Omar Rago, ex superintendente de Bomberos, sostuvo que vio el motor en el


Departamento de Policía ‘dos o tres días’ después de la explosión, antes del 21 de julio.
Y el ex comisario de Bomberos Roberto Corsetti reveló que lo vio cuando lo
encontraron ‘bajo los escombros, a la altura del piso, en la zona central del edificio, en
el área de los ascensores’”.

Por entonces, el autor escribió que “según coincidieron en declarar ante el tribunal
quienes fueron jefe y subjefe de los bomberos encargados de las tareas de rescate (…)
ese pedazo de block de motor apareció el mismo 18-J o como muy tarde el 19 de julio
por la mañana. Es decir, por lo menos 24 horas antes de que los socorristas israelíes
iniciaran, el miércoles 20, su trabajo”.

461
Por propia voluntad, inocencia o distracción, Rago y Corsetti también dijeron que les
constaba que dicho pedazo de block de motor había sido exhibido por la Brigada de
Explosivos en el Departamento Central de Policía el miércoles 20 y el jueves 21.

Lopardo

Vecino de Luis Guillón y oficial principal de la PFA, Horacio Ángel Lopardo había
confeccionado el acta de secuestro del motor, fechada el lunes 25 de julio de 1994.
Lopardo, que también había hecho una pericia insalvablemente nula sobre vehículos
afectados por la explosión (“una pericia es la reunión de una serie de hechos y de
pruebas que, de alguna manera, ameritan una suposición razonable... cosa que en dos
días me parece que fue demasiado”, intentó justificarse) y tenía un hermano de la
Bonaerense también experto en explosivos que había sido juzgado por la colocación de
bombas en la sede del Partido Comunista de Morón, la planta transmisora de Radio
Belgrano y otros lugares durante la presidencia de Raúl Alfonsín, inició su exposición
con voz temblorosa y pidiendo disculpas. “Yo recién estaba aprendiendo. Era muy
nuevo y tenía poca experiencia”, dijo, como si fuera la costurerita que dio el mal paso.

—El día 25 secuestré el block del motor, hice el acta de secuestro del block del motor.

El juez Larrambebere se hizo el distraído y cambio de tema, pero al rato volvió, como
casualmente…

— ¿Qué es lo que había encontrado?

—Eso lo recuerdo puntualmente porque fue el tema… fue el día en que se encontró
el… block del motor de vehículo (…) Veo que se junta gente, que se amontonan,
entonces me dirijo al lugar y, bueno… cuando llego veo que están con el block del
motor junto al cordón de la vereda… De la vereda de enfrente del lugar del atentado.

—¿Usted preguntó cómo llegó ahí el block? —se interesó Larrambebere.

—No.

462
— Bueno, ¿qué más hizo? ¿Levantó un acta?

— Sí… yo… esteeee… bueno —Lopardo comenzó a transpirar copiosamente.

— Como dije anteriormente, esteeee… traté lo más rápido posible de preservarlo,


embolsarlo…

— La pregunta que le hice es si usted labró un acta…

— Sí, sí, tal cual… yo… en el lugar…

— ¿Cómo hizo? ¿De qué modo la hizo?

—…

— ¿Alguien le comentó quién encontró el motor, cómo fue hallado?

— No, no me hicieron ningún comentario al respecto.

— ¿Usted no preguntó?

—No, no pregunté…. En ese momento, realmente, mi preocupación era conservar el


estado de la pieza… En realidad sí preocupaba el lugar, pero el sector estaba
prácticamente individualizado… o sea, ya se sabía que había sido encontrado adentro…

Por fin, desembuchó:

— El acta de secuestro la redacté en el local donde teníamos el centro de operaciones.


Yo tenía ahí mis cosas y para este caso en particular le pedí por favor a la gente que
estaba ahí, que era la gente del negocio donde estábamos, si podían salirme de
testigos para hacer el acta y así fue que la labré en el lugar con las dos personas que
estaban en ese momento.

— Ahora voy a preguntar yo —dijo el juez Gordo. Usted dijo que vio por primera vez el
motor en el cordón o junto al cordón, ¿no es cierto?

— Sí, correcto.

463
— ¿En base a qué elementos labró el acta de fojas 224 donde dice que el block fue
avistado al ser volcado en un camión por la pala de una máquina retroexcavadora que
levantaba escombros aproximadamente a diez metros de la línea municipal de
edificación lateral derecha del predio? ¿En base a qué elementos asentó esto en el
acta?

— Yo… lo… lo dejé consignado en el acta porque interpreté que era importante
consignar el lugar de acuerdo a lo que me había manifestado el personal que estaba
trabajando…

— ¿Por qué no dejó constancia de que esto era lo que le manifestaron y no lo que
usted vio?

—Sí, ahora me doy cuenta de que en el acta yo puse… tal vez, bueno, por una cuestión
de prontitud o de nerviosismo… posiblemente debí haber consignado que al decir
‘avistado’ me había referido a que lo habían visto terceras personas.

Pablo Marcelo Garris y Gustavo Moragues, los supuestos testigos del hallazgo,
declararon más tarde ese mismo día y reconocieron que no vieron el momento exacto
ni el lugar donde se encontró el motor.

En rigor, el juicio debió darse por terminado en ese momento. Toda la acusación se
basaba en el hallazgo de ese motor y acababa de comprobarse que su aparición había
sido amañada. No podía esperarse que un árbol envenenado diera algún fruto bueno.

Justo a tiempo
Fue entonces que con absoluto timing declaró en el juicio Alberto Szwarc, otro
estudiante de Ciencias Judaicas de la AMIA, que había hecho oficiosamente de
traductor entre los bomberos de la Federal y los rescatistas israelíes. Szwarc dijo que él
había visto cómo siendo las 18.30 del viernes 25 de julio y luego de cortar una gruesa
columna, justo antes de irse, habían sido los visitantes quienes habían encontrado ese
pedazo de motor, semienterrado entre los escombros. Y dijo que los que lo habían

464
visto primero habían sido Dani Dror, policía, y Naum Frenkel, militar. En la etapa de
instrucción, en el Juzgado Federal Nº 9, Szwarc había dicho que el hallazgo se había
producido el viernes 23, pero al tribunal no pareció importarle.
Es interesante cotejar el testimonio de Szwarc con el de Carlos Lugo, que declaró el 19
de enero de 2002. Lugo era un empleado de Moragues, que en el negocio convertido
en improvisado puesto de comando de los bomberos de la Federal iba escribiendo en
una pizarra las partes de la supuesta Trafic-bomba que los de la Brigada de Explosivos
iban aportando. Dijo que argentinos e israelíes competían entre sí en vez de colaborar
para intentar recolectar la mayor cantidad posible de evidencia. “A los israelíes se les
escondía un poco, se los separaba”. Dijo que había un israelí “que más o menos
hablaba castellano pero que no servía de mucho”. "Los israelíes querían saber qué se
había encontrado y se les escondía”, dijo.
Pero, ¿cómo? ¿No habían sido ellos los que habían encontrado el motor? Los de
Explosivos, más que sordos son amnésicos.

El Tribunal decidió, sin que nadie se lo reclamara, anexar una larga lista de testimonios
de bomberos. Abrieron fuego en febrero de 2002 los del Cuartel 4 de Recoleta,
primeros enviados al lugar, los compañeros de Alberto Cánepa Carrizo. No hemos
podido acceder a sus declaraciones, que parecen haber sido más que reticentes. Hasta
el punto de que en su libro, Poritzker y Salgado los bautizaron como “los
desmemoriados”.

De cualquier manera, sus reticencias a la hora de soltar la lengua serían olvidadas


frente a la resistencia numantina del jefe de la Brigada de Explosivos, el comisario
Oscar Urgu, a emitir otra cosa que monosílabos y condicionales. Fue el 21 de febrero.
Ese día, un cabo de la Brigada de Explosivos destacado en la guardia de Comodoro Py
le avisó a los periodistas: “Hoy viene el Uno nuestro”. Hablaba del jefe Urgu, que había
participado en las labores posteriores a ambos atentados, considerado “un poronga”.

En su moderna conformación, la Brigada había sido obra del comisario general Alberto
Villar en 1974, año en que fue el jefe de la Policía Federal y por las noches codirigió la
Alianza Anticomunista Argentina (AAA), que salía a matar opositores peronistas y de

465
izquierda, hasta que los Montoneros lo asesinaron cuando partía a pasear con su
mujer en yate desde un atracadero del Tigre. Era vox populi que la Brigada de entonces
era binorma: tanto desarmaba bombas como las ponía.

Urgu se hizo presente esa tarde acompañado por varios oficiales del cuerpo. “Llegó al
estrado con el halo de quien tiene algún poder. Dos horas después se fue cabizbajo y
sudoroso, sin poder imaginar la posibilidad de no volver esa tarde a su despacho”,
escribieron Poritzker y Salgado. Tal vez no haya sido así. Tal vez el jefe de la Brigada se
haya salido con la suya. Aunque haya estado retenido por el tribunal una hora o dos a
causa de sus declaraciones, claramente evasivas.

Para la época del atentado a la AMIA, Urgu era subcomisario y había estado encargado
de la búsqueda in situ de elementos que pudieran aclarar cómo se había producido la
explosión. A pesar de la crucial importancia, Urgu se refugió en el “no me acuerdo”, no
solo respecto del hallazgo del pedazo del block de motor de una Trafic el mismo lunes
18 o el martes 19 y su exhibición en el Departamento Central durante el miércoles 20 y
el jueves 21, sino también incluso para recordar algún nombre de los miembros del
equipo que a sus órdenes había colectado piezas de Trafic.

Era tan manifiesta su reticencia que quien era presidente del Tribunal ese día,
Larrambebere, le advirtió visiblemente molesto que la “vaguedad” de sus dichos no se
compadecía con el tema que se estaba abordando, y lo conminó a aportar alguna
información. Pero Urgu se mantuvo en sus trece. Para desesperación de los jueces,
siguió repitiendo “no me acuerdo” o encabezando sistemáticamente sus lacónicas
respuestas con un “supuestamente”.

Al final, fue el juez Gordo quien perdió la paciencia.

— Hace dos horas que está declarando y todavía no he logrado entender qué es lo que
usted hizo tras el atentado —le dijo en voz alta.

— Ya se lo dije —respondió Urgu, conteniendo la bronca.

466
—¡Usted no nos dijo nada! Le pido por favor, comisario, que me diga algo concreto.
¡Dígame algo! Por aquí han pasado muchos bomberos y todos aportaron algo.

Según la crónica de El diario del juicio, el comisario se mantuvo obstinadamente


callado por espacio de medio minuto, Después, cansino, repitió que no recordaba
“detalles” de los hallazgos hechos por su equipo ese día, es decir, de la misteriosa
recolección de piezas correspondientes a una o varias Trafic.

Gordo le repreguntó varias veces. Por fin, harto, se agarró la cabeza y le devolvió la
palabra a Larrambebere, que se limitó a decir: “Que el testigo espere en secretaría”. El
auditorio estaba atónito. Era un procedimiento habitual cuando un tribunal cree
advertir un testimonio falso o totalmente reticente, pero completamente inusual
cuando quien declara es un comisario, teórico auxiliar de la Justicia.

Urgu se hizo el sordo o el distraído. Se levantó y fue en busca de la salida, haciéndole


señas a su chofer. Fue un suboficial de la Federal quien le advirtió en tomo amable
pero firme que no se podía ir “porque aún estaba a disposición del tribunal”. “Si
pudieran, más que detenerlo lo lincharían”, decía burlón en el cuarto intermedio un
abogado defensor. El suboficial de Bomberos de la custodia arrimaba la oreja, tal vez
para informarle luego a su superior.

Los jueces debatieron si detenerlo o no. Gordo quería detenerlo. Darle, por lo menos,
un susto. En El veredicto se informó que Pons, que se había mantenido al margen de
los reproches a Urgu, se negó. Gordo peleaba extraer una copia de la declaración para
que un juez de instrucción evaluara si había incurrido en falso testimonio.

Así fue que luego de unas dos horas de detención, apenas “demorado”, el comisario
Urgu se fue a su oficina. Se había salido con la suya.

Palabra santa

Hubo que esperar largo tiempo para que comparecieran los israelíes. El 17 de
diciembre de 2002 lo hizo Dror, que viajó junto al general Zeev Livne, el mismo que

467
había engañado a Cinthya Ottaviano al decirle que había encontrado los restos de la
camioneta-bomba con los de su conductor suicida en la cabina. Nuevamente con
traductor, Dror dijo que los israelíes, “por sus propios trabajos y sin la colaboración de
los bomberos argentinos, descartaron de antemano (sic) la hipótesis de los explosivos
dentro del volquete y definieron que había sido un automóvil el contenedor de la
bomba por lo que el motor iba a aparecer debajo de los escombros”. Había aparecido
justo, justo donde habían determinado que iba a estar. Igual, Dror dijo que él no había
sido el autor del hallazgo, sino Frenkel.

Frenkel llegó dos días después y mostró fotos color del motor que había pasado por las
manos de Telleldín. Las había sacado con una cámara que tenía fechador. Eso
impresionó bastante al Tribunal. La palabra de un militar (¿o espía?) israelí ha de ser
tan santa como la de Moisés al bajar del monte con las Tablas de la Ley, porque Jacoby
proclamó, eufórico: “Ya no quedan dudas sobre cómo fue el atentado”.

Cráter

Los jueces se dieron cuenta de que las pericias remitidas por Galeano no alcanzaban
para probar la ubicación de la bomba y ni siquiera la existencia de la camioneta, por lo
que urgieron de manera reservada a quien las tuviera que las presentara o callara para
siempre. El supuesto cráter del que hablaba el informe del Mossad surgía claramente
de un informe de los bomberos que lo habían situado “al frente del terreno, algo
desplazado a la derecha, hacia la calle Tucumán”, pero lo cierto es que no se veía, al
menos los primeros días nadie dijo haberlo visto. Según los Bomberos, porque había
estado tapado por los escombros y hasta porque se confundía con el sótano de la
AMIA. Lo cierto es que el cráter no se veía, y los que decían que igual estaba allí lo
aceptaban y decían que era porque la Trafic se había incrustado dentro de la AMIA,
motivo por el cual debía estar más allá de la línea de edificación.

Una nueva pericia del Ejército (siete años después, por lo que no era posible “un
estudio serio y responsable, novedoso y dotado de cierta originalidad”, como

468
señalaron con sus autores) coincidió con otra del versátil gendarme Laborda en
apreciar que la explosión (principal) había sido adentro. Un metro adentro y un metro
y medio hacia la calle Tucumán, sostuvieron los militares: el coronel Juan Martín
Merediz, el teniente coronel Ricardo Filippi y el mayor Daniel Molinari.

La pericia computacional tridimensional encargada a la Universidad Nacional de


Tucumán fue hecha por tres ingenieros del Instituto de Estructuras de esa casa de
estudios, integrada nuevamente por el escaldado Rodolfo Danesi (que por haber
firmado en el caso de la Embajada de Israel que la explosión había tenido lugar en el
interior del edificio había sido acusado de antisemita), Ricardo Ambrosini y Viviana
María Luccioni.

Un comunicado de la AMIA se había apresurado a proclamar que con la nueva pericia


podrían “descartarse como alternativas posibles las correspondientes al foco de
explosión ubicado en el interior del edificio”, pero la pericia, coincidente con las otras,
determinó que el lugar mucho más probable de la detonación era un metro hacia
adentro y 1,25 metro hacia la calle Tucumán. Es decir, en el hall de acceso y junto a la
columna que daba hacia esa calle y que había quedado para afuera, mientras que la
explosión había perforado la medianera.

Interferencias

Durante el primer año largo, Galeano siguió el juicio desde su despacho del 4º piso, sin
descender al sótano. Como Mullen y Barbaccia solían faltar a las audiencias, llamaba al
celular de Nisman, que asistía a todas y siempre lo atendía bien. A Nisman le
encantaba charlar y no le retaceaba detalles de lo ocurrido.

Pero el 7 de noviembre de 2002 Galeano aportó por escrito al Tribunal un nuevo


testimonio, el de una maestra en Ciencias Judaicas que afirmaba haber visto al
comisario Ribelli cerca de la AMIA el viernes antes de su voladura, cuando había
bajado a comprar facturas. La testigo, sospechada de haber sido empujada a declarar
por los dirigentes de la comunidad judía, terminaría por admitir que posiblemente no

469
hubiera visto a Ribelli sino a alguien parecido. Pero su extemporánea aparición
provocó el primer gran choque entre el Tribunal y Galeano luego de que todas las
defensas recurrieran a la Cámara de Casación pidiéndole que le pusiera fin a las
manipulaciones de Galeano, un instructor desesperado por incidir en el desarrollo del
juicio.

Poritzker y Salgado apuntaron que la situación se agravó cuando trascendió que el juez
trabajaba en una resolución que alejaba para siempre la hipótesis del volquete como
contenedor de explosivos… justo cuando en el juicio ese era el tema predilecto de los
interrogatorios a los testigos, algunos de los cuales habían manifestado sus sospechas
de que el volquete no solo podía haber contenido explosivos, sino también las piezas
de Trafic que habían aparecido.

La resolución de Galeano, de 86 páginas (una tercera parte de ellas destinada a


desmentir al autor) archivó nada menos que 57 cuerpos del expediente.

Un paragolpes que apareció y desapareció

Los Chaufan tenían una mercería sobre Pasteur, casi esquina Tucumán. El padre había
sufrido heridas de cierta gravedad pero curables. Al declarar, su hijo Alberto Marcelo,
más conocido como Beto, había dicho en el juzgado que cuando dos semanas más
tarde la Policía le dejó volver a la mercería en ruinas en la que había caído herido su
padre, Moisés, se había encontrado con un paragolpes negro de Trafic, que había
entregado a la Federal.

Nisman se entusiasmó: “Este testigo nunca declaró antes, su testimonio es muy


importante, puede ser vital”. Sin embargo, llegado el momento, Beto Chaufan no
reconoció el paragolpes entre las piezas colectadas que le mostraron. Alberto Teodoro
Arévalo, un empleado que lo había acompañado aquel día, dijo que encontraron
hierros retorcidos, de forma helicoidal, con alma de madera.

Le preguntaron si no había dicho que se había encontrado allí un espejo retrovisor.

470
“Puede ser que haya dicho en algún momento ‘Mirá, esto debe ser de algún vehículo’
porque estaba sugestionado por el comentario de que lo que había pasado en la
Embajada había sido (sic) una camioneta, pero tampoco aseveraría eso por la sencilla
razón de que al lado de la mercería había una ferretería y en ella había discos que se
utilizan para hacer soldaduras. Hay una máquina que se llama amoladora para pulir
esas impurezas, bueno, como la medianera se cayó todo pasó para la mercería, así que
ese elemento que dije hipotéticamente que podía ser un espejo retrovisor retorcido,
bien podía provenir de al lado…”.

Nisman se aleja de Galeano

El fiscal, que entonces estaba más rellenito y lucía bigotes finos, descubrió que algunos
testimonios eran mendaces. Por ejemplo, el prestado por el testigo reservado número
6 del juez Galeano, Catalino José Humerez, mozo de la pizzería Moconá de Lanús,
donde solían reunirse el comisario Ribelli y sus subordinados. Humerez dijo haber visto
a Ribelli y a sus cuates con una Trafic blanca el domingo 10 de julio por la mañana.
Ante las preguntas de Nisman quedó claro el embuste: Humerez dijo que había visto la
escena la mañana en la que le interesaba al Tribunal, que todavía estaba en poder de
Telleldín. El truco estaba en que Galeano le había hecho firmar una declaración en la
que aparecía diciendo que había visto esa misma escena pero por la tarde.

Su amigo Perednik dice que fue en esas faenas que Nisman comenzó a darse cuenta de
que el juicio era un patético cuadro de acusaciones fraguadas, testimonios comprados
y mentira general, pero también que por primera vez sintió que tenía una misión en la
vida. Nisman sentía culpa y la necesidad de justificarse por haber firmado junto a
Mullen y Barbaccia “el requerimiento de elevar lo hecho a juicio oral” por lo que era
muy criticado en momentos en que bien “podía decirse que el juicio oral había sido
innecesario”.

Lo acusaban de haber promovido “una causa que debería haber muerto en la etapa de
instrucción”, puesto que “con una cuidadosa lectura del expediente habría sido

471
suficiente”, explicaba, siempre didáctico, el erudito Perednik: “En la foja 114… había un
dato que llamaba la atención: la Policía Federal le pide al juez Galeano la intervención
telefónica de decenas (sic) de líneas, entre ellas la de Telleldín. Ahora bien: el
requerimiento era del 20 de julio, cinco días antes de que Telleldín fuera lanzado al
estrellato por el descubrimiento del motor” y “un dato similar se repite en la foja 865,
que incluye un pedido de la SIDE al juez Galeano para intervenir varias líneas
telefónicas, incluida la de Telleldín: el pedido está sellado a la mañana y el motor
apareció a la tarde”.

Uno de los que más criticaba a Nisman era Jacoby, cuyo “gesto desdeñoso parecía
reprocharle haber caído en el pecado original: solicitar un juicio contra policías que,
aunque no fueran nobles, tampoco eran terroristas”.

Dijo también Perednik que Nisman le tenía miedo al comisario Ribelli porque este lo
miraba a los ojos. A Nisman, escribió, la “vida privada, pasada o futura” de Ribelli “le
importaba un rábano” pero decía que “en el banquillo estaban ambos, así como todos
los presentes, todos sometidos a la dictadura de las pruebas”.

Una acusación insustancial

Galeano le pidió a Interpol en marzo de 2003 la captura de 12 “elementos


radicalizados” del gobierno iraní, y en agosto, efectivamente, Scotland Yard detuvo al
ex embajador Hadi Soleimanpour, quien se encontraba en la capital británica haciendo
un posgrado. Recuerda Perednik que Nisman le comentó que Galeano “lo hizo tan mal
que volvió a poner a la Justicia argentina en ridículo: rechazaron el requerimiento de
extraditarlo por falta de pruebas”.

Efectivamente, cuando los jueces recibieron de Galeano los fundamentos de la


acusación, tal como es regla para iniciar los trámites de extradición, se les voló la
peluca: ese escrito era pura hojarasca carente de la menor sustancia, por lo que
pusieron de inmediato en libertad a Soleimanpour pidiéndole mil disculpas y le

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impusieron las costas a la República Argentina. Que también debió indemnizar al ex
embajador por su injusta detención de casi un mes, según falló la Corte londinense.

Sin embargo, y más allá de sus críticas, a su turno y a lo largo de toda una década,
Nisman no podría agregar una sola evidencia contra el ex embajador.

Una decisión trascendente

El único que podía eximir a los agentes de la SIDE de guardar silencio sobre la
información que tenían era el Presidente de la Nación. Eduardo Duhalde había optado
por “dar un tímido paso en esa dirección, autorizando a cuatro de ellos a declarar” en
la causa. En lugar de valorar el gesto y muy sorprendentemente para quienes no
estaban en los detalles del proceso, los dirigentes de la DAIA cuestionaron con dureza
dicha decisión con el insólito argumento de que ‘afecta a la seguridad nacional’.
Respaldaron así a Galeano y al pago del soborno que había conseguido que Telleldín
acusara a quienes el gobierno de Menem había querido que se acusara, hundiéndose
en el mismo fango que él.

Kirchner sucedió a Duhalde el 25 de mayo de 2003 decidido a resolver el caso AMIA,


tema en el que Cristina le daba letra. Kirchner tenía claro, como dijo en varias
oportunidades, que “el encubrimiento comenzó aun antes de que se produjera el
atentado”. La primera decisión significativa en dirección al esclarecimiento la tomó el
18 de septiembre a pedido de Cristina, que conocía el paño: eximió por decreto de
conservar los secretos relativos al caso a todos los agentes que el Tribunal convocara.
Con esa medida, “Galeano, Mullen y Barbaccia estaban irremediablemente perdidos”,
escribieron Poritzker y Salgado.

El primer agente de la SIDE en declarar fue (convenientemente aleccionado por Stiuso,


que lo internó una noche entera en la base de Coronel Díaz para que ensayara qué
debía decir) Isaac Eduardo García, quien había supervisado el primer pago a Ana
Boragni, la mujer de Telleldín, desde un café de Ramos Mejía. Cosas de espías: García
había guardado el ticket de la cafetería siete años, lo que le dio un extra de veracidad a

473
su testimonio acerca de cuánto y cómo se había pagado, extrayendo el dinero de los
fondos reservados de la SIDE. A fin de comprar la acusación de Telleldín a Ribelli y
compañía. Sí, Galeano y los fiscales estaban perdidos, pero Nisman iba a saltar del
barco.

En vísperas de que el juicio cumpliera dos años, José Hercman, presidente de la DAIA,
salió en defensa de Galeano y de lo esencial de la averiada Historia Oficial. “Nos
preocupa lo que parece un cambio en el objeto procesal, que los jueces hayan
centrado su atención en las irregularidades cometidas durante la etapa de instrucción,
que deben ser investigadas en el ámbito que corresponde, el juzgado del Dr. Bonadío…
no en el juicio oral a los partícipes necesarios del atentado”, expresó.

Ruptura

Coinciden varias fuentes en que Nisman le reprochó a Mullen y a Barbaccia no haberle


informado que la acusación de Telleldín se había pagado, y con dineros públicos, y que
ambos, particularmente Barbaccia, le reprocharon a él que se hiciera el tonto, pues
bien que sabía perfectamente cómo habían sido las cosas, y que estuvieron a punto de
irse a las manos.

“Habían disfrutado mucho del cargo… Se habían codeado con las altas esferas del
poder, habían viajado, alojándose en los mejores hoteles. ‘Che, Hugo, tenemos que ir a
París a ver un especialista en terrorismo’ y ahí está el dinero de Anzorreguy con
viáticos altísimos y sin control”, dice Perednik que le dijo Nisman. “Ya quedaba claro
que Ribelli y su pandilla no tenían nada que ver con el atentado… Habían sido puestos
como una cortina de humo para esconder quién sabe qué”, dice que siguió diciéndole,
en plan Heidi.

Lo cierto es que Nisman pidió como fiscal “la nulidad de toda la indagatoria, que fue
comprada al imputado Telleldín”. Y con el argumento de que el Estado había hecho un
pago ilegal que debía recuperarse y enterado de que Telleldín habían comprado un
kiosco de diarios en Munro, pidió que se lo embargase.

474
Los alegatos

El último acto de la tragedia griega se inició en la segunda quincena de enero de 2004,


cuando empezaron los alegatos. AMIA, DAIA y Familiares de las víctimas sostuvieron a
rajatabla sus reclamos de cadena perpetua para los imputados, aun cuando ya estaba
a la vista de cualquier observador neutral que aunque eran unos delincuentes tan
seriales como polirrubro, nada habían tenido que ver con el atentado.

Para entonces, Nisman se había enemistado con Galeano, Mullen, Barbaccia, Nercellas
y Beraja, con todos ellos. Respaldado por Stiuso, hasta se había atrevido a investigar la
actuación de Hugo Anzorreguy, que ya no era el poderoso “Señor 5” de la SIDE, que
pronto lo habría sido del mismo modo que había sido un abogado joven progresista y
defensor de presos políticos en los últimos 60, algo perteneciente a un pasado que ya
no volvería. Lo había hecho, destaca Perednik, a pesar de que Anzorreguy era el
principal cliente del hijo de su jefe, el procurador Esteban Righi.

Por alguna razón incomprensible, el Ministerio de Justicia, que ofreció al acceso


público todas las actas del juicio hasta el año 2009, desde entonces las ha birlado de la
atención del común. Por esa razón, no le fue posible al autor acceder a todos los
alegatos. Por suerte sí pudo hacerlo, como ya se ha dicho, al del Dr. Ubeira. Con él, y
con un sustancial aporte del Dr. Juan Carlos García Dietze, abogado de un personaje
periférico, el mecánico Ariel Nitzcaner, de origen judío y que reparaba automotores
para Telleldín, cree, están condensados gran parte de los hallazgos de las defensas
(aunque le gustaría conocer los alegatos de los defensores oficiales, particularmente
de los doctores García y Valle). En cualquier caso, sepan disculpar, ya saben, el tiempo
y el espacio son tiranos.

Aunque no lo crean, el autor no conoce a Ubeira, defensor del comisario Ribelli. Lo


poco que sabe de él es que fue marido de la secretaria de Galeano, Susana Spina, lo
que de por sí, sin más informaciones, no le dice nada. Pero ya conocen los lectores su

475
impugnación de la versión oficial de la muerte de Tito Díaz, supuestamente atravesado
por un amortiguador. Vayamos al resto.

Ubeira se refirió a los secuestros de elementos (presuntamente de un coche-bomba) y


a la confección de actas. Consideró que ambas cosas deberían haberse hecho de
acuerdo al código de forma, y responsabilizó al juez por no haber dado claras
instrucciones al respecto. Dedujo que luego de los primeros momentos después de la
explosión, una vez que se implantó el orden en el lugar, los secuestros de elementos
debieron haberse realizado de la forma en que lo especificaba el Código Procesal Penal
y destacó que, de hecho, muchísimos secuestros se hacen con testigos en lugares
supuesta o altamente peligrosos.

Destacó que para determinar las irregularidades de estas actuaciones habría que
remontarse al inicio de la causa. En este sentido, consideró que el expediente es
ideológicamente falso desde el acta de fojas 1, ya que si bien tiene fecha del 18 de julio
de 1994, debió haberse confeccionado entre el 21 o 22 de ese mismo mes y año.
Sustentó esta afirmación en los testimonios del comisario José Antonio Daniel
Portaluri, del DPOC, quien dijo que había trabajado en la confección de ese
instrumento pero no firmaba por hallarse bajo sumario administrativo, y de Carlos
Alejandro Heise, quien manifestó que tres o cuatro días después de ocurrido el
atentado fue destinado al DPOC para redactar el acta en cuestión.

Ubeira cuestionó la veracidad de la historia del hallazgo del motor basándose en el


análisis de los testimonios de Carlos Alberto Bianco, Héctor Omar Rago, Roberto Omar
Corsetti, Alberto Szwarc, Horacio Ángel Lopardo, Oscar Alberto Urgu, Daniel Roberto
Seara, Daniel Carlos Capra, Guillermo Pedro Scartascini, Zeev Livne, Dani Dror, Nahum
Frenkel y del acta de fs. 226 del Informe Preliminar de Bomberos.

Así, sostuvo que el testigo Bianco narró que a pocos minutos de producido el atentado
entrevistó a un sujeto que recogía restos de elementos de aluminio, como un bloque
de motor. Respecto de Rago y Corsetti, indicó que ambos señalaron que el hallazgo del
motor se produjo con anterioridad al sábado 23 de julio de 1994.

476
El letrado también indicó que Szwarc, al prestar declaración testimonial en 1996 ante
el juez instructor, relató que el equipo de rescate israelí arribó el 20 de julio de 1994 y
que el sábado siguiente, es decir el 23, presenció cuando se halló el motor cerca de los
baños de la planta baja del edificio derrumbado, siendo trasladado a la carpa de esa
fuerza extranjera, donde se le pasó una tiza para identificar el número de motor y se le
sacaron fotografías, agregando que ese motor tenía bujías y fue trasladado desde el
lugar del hallazgo por cuatro o cinco personas, incluido él.

El defensor refirió que cuando Szwarc declaró durante el debate, manifestó que el
hallazgo había sido un día lunes y, al ser confrontado con su declaración prestada en la
etapa del sumario, dio una serie de confusas explicaciones. Ubeira manifestó que le
llamaba la atención que el testigo no hubiera narrado esos pormenores ante la
instrucción para establecer con precisión la fecha del hallazgo del motor.

Por fin, hizo alusión a que Szwarc dijo que cuando se encontró el motor había dos o
tres bomberos de uniforme y un miembro de la Brigada de Explosivos de civil, lo que
no fue corroborado por ninguno de los muchos bomberos que declararon.

Por otra parte, señaló que, respecto del traslado del motor, Lopardo declaró que lo
levantó él solo y lo llevó hasta el negocio de Moragues. Ubeira se preguntó si era tan
pesado para trasladarlo entre cuatro o cinco como dijo Szwarc o si se trataba de otro
motor. También mencionó el testimonio de Urgu, señalando que, si bien estuvo en el
lugar de los hechos desde el 18 de julio, dijo que no había presenciado el hallazgo del
motor.

Apuntó que Seara declaró que el día del hallazgo del motor fue el 25 de julio de 1994,
recordando que mientras se encontraba en Pasteur entre Tucumán y Viamonte junto
al subcomisario Capra observaron a un grupo de personas del ejército israelí reunidos
alrededor de algo que, al acercarse, observaron que se trataba de un motor. Seara
manifestó que le dijo a los israelíes que no se lo podían llevar, pero que los rescatistas
no lo entendían por lo que pidió a los gritos un intérprete, acercándose al lugar Szwarc.
El letrado consideró que dicha circunstancia demostraba que si Szwarc hubiera estado

477
atento a lo que ocurría o junto al motor, tal como lo relató, se hubiera dado cuenta de
la situación violenta que narró Seara.

Luego mencionó los testimonios de Capra, quien dijo haberse enterado del hallazgo
del motor sin saber dónde se había encontrado, aclarando que este testigo en ningún
momento narró la circunstancia relatada por Seara, Lopardo o Szwarc respecto de la
discusión por la posesión de la pieza entre la Policía y los rescatistas israelíes; y de
Scartascini, señalando que dijo que al lado de una carpa puesta frente a la AMIA
estaban los restos de un motor de una sola pieza, con polvo, y restos de mampostería
adosados, y que se suscitó una discusión entre el personal israelí y el de Explosivos,
agregando que no sabía quién hallado ese motor, que estaba muy dañado, era casi un
trozo de hierro cilíndrico, ni dónde. Ubeira se preguntó cómo hizo Szwarc para ver las
bujías si era todo una masa uniforme de hierro.

A continuación se refirió a los dichos del general Livne acerca de que personal israelí
encontró el motor a las 18.30 del 25 de julio de 1994, y de Dror, quien manifestó que
cuando se halló el motor estaba dentro de un comercio cercano al edificio
derrumbado, aclarando que no le fue entregado a él, sino que lo vio por primera vez
en el piso; y que lo había encontrado Frenkel.

También valoró el testimonio de este, quien dijo que una vez ubicado el motor
procedió a llamar a unos soldados israelíes para que lo extrajeran de debajo de una
viga, para lo que utilizaron una máquina tractor pequeña, detallando que el motor
tenía barro y estaba todo sucio. Ubeira hizo notar que este relato se contradecía con
los de Szwarc, Lopardo y Seara y se preguntó cuál sería el verdadero y si el motor
exhibido en la audiencia sería el mismo que el secuestrado entre los escombros de la
AMIA.

¿Por qué el juez instructor no pudo darle instrucciones al jefe de los Bomberos de la
Policía Federal que estuviera en el lugar, para que cuando apareciera el motor que
supuestamente estaba colocado en el coche-bomba, nadie tocara absolutamente nada

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hasta que él personalmente, sus secretarios, alguna autoridad judicial o un fiscal se
hiciera presente?, se preguntó.

Respecto del acta de secuestro del motor obrante a fs. 224 del Informe Preliminar de
la Superintendencia de Bomberos, narró que fue confeccionada por Lopardo en
presencia de los testigos Gustavo Hernán Moragues y Pablo Marcelo Garris. Cuestionó
su validez, manifestando su discrepancia con lo expresado por el Dr. Jacoby en su
alegato, en cuanto a que si bien el acta no es válida, el secuestro se podía probar con
los dichos de los testigos, circunstancia que conforme el análisis de las declaraciones
testimoniales analizadas no se verifica.

Ubeira pregunto enfáticamente por qué en este caso los testigos servían y no cuando
descartaban haber visto una Trafic. Sostuvo que era evidente que el acta no reflejaba
la verdad de lo ocurrido, como confirmaron Moragues y Garris, que coincidieron en
decir que vieron el motor por primera vez en el interior del comercio del primero.

Ubeira destacó los testimonios de Corsetti, Szwarc y Scartascini, quienes, a su criterio,


si bien hablaron de un motor, cada uno de ellos describió motores completamente
diferentes. Agregó que obran en la causa otras actas firmadas por Moragues y Garris,
quienes, de igual modo, nunca presenciaron el secuestro de dichas piezas, tal como
explicó Garris, que puso de ejemplo la de fs. 209 del Informe Preliminar de Bomberos.

También cuestionó que ya el mismo 18-J se hubieran confeccionado muchas actas de


supuestos hallazgos sin testigos con la excusa del peligro inminente de derrumbes,
cuando había una gran cantidad de personas de Defensa Civil, colaboradores y gente
de la colectividad judía que trabajó entre los escombros, al momento del secuestro y
hallazgo de elementos.

Hizo referencia al cráter que dejó la explosión, alegando que hubo muchas dudas
respecto de su dimensión, ubicación e incluso de su misma existencia. Y agregó que
también duda con relación al tema de la Trafic, de la que se dijo que la carrocería que
contenía el motor hallado entre los escombros de la AMIA pertenecía al disc-jockey
Sarapura. Si bien esta Trafic no tenía puerta lateral, hizo notar, todo indicaba que el

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rodado que explotó sí la tenía, ya que se encontró la cajonera “U” correspondiente a
esa pieza.

Respecto de la identificación de la Trafic, Ubeira refirió que todavía para el año 2000
no se sabía claramente cuál había sido la carrocería que habría servido como coche-
bomba, lo que era bochornoso. Para eso se basó en los dichos de Horacio Antonio
Stiuso, quien manifestó que no se había podido determinar efectivamente qué
camioneta fue la que utilizó Telleldín para colocar el motor quemado y —en un oficio
remitido por los fiscales Mullen y Barbaccia al ministro del Interior, Carlos Becerra, en
el que pidió profundizar la investigación relacionada con el derrotero seguido por la
Trafic desde que fuera recibida por su asistido, Ribelli, y su grupo— el destino que
estos le habrían dado a dicha camioneta.

Luego destacó el informe pericial confeccionado por miembros de la Universidad de


Tucumán e hizo referencia a la opinión de uno de los expertos del FBI en cuanto a que
la tecnología utilizada por aquellos no tenía absolutamente ninguna entidad para
poder determinar la forma en que pudo producirse la explosión, concluyendo que de
esa forma se estableció la duda respecto de ese peritaje. Resaltó que no era intención
de esa defensa cuestionar la existencia de una Trafic o si la explosión se produjo con
amonal u otro explosivo, pero que tenía dudas sobre si esa camioneta, o los restos
hallados entre los escombros, eran realmente los de un coche-bomba.

Respecto de la actividad desplegada por la SIDE luego del atentado, llamó la atención
sobre la visita de sus agentes a la playa de estacionamiento del Sanatorio Otamendi y
el hecho de no haber secuestrado la cinta de video que pudo registrar la Trafic del
atentado, tal como lo relató el testigo Fabián Alfredo Bustos.

Agregó que también fue llamativo el tema Kanoore Edul, preguntándose cómo fue
posible que el 25 de julio de 1994 el juez Galeano firmara la solicitud de intervención
telefónica del celular del nombrado si todavía no había aparecido el bloque del motor
y, por ende, nada podía saberse del contacto telefónico a través de su celular con
Telleldín el domingo 10 de ese mes.

480
El alegato de la AMIA, a cargo de Juan José Ávila, fue de una perversión manifiesta.
Según el letrado, aunque no hubiera pruebas debía inferirse “el momento material que
Ribelli, por su perfil, recibe el encargo y elige a Telleldín para que lo ejecute”. Después,
parafraseando —y bastardeando— el alegato del juicio de Nuremberg, concluyó:
“Señores jueces. Si ustedes dijeran que estos hombres no son culpables, equivaldría a
decir que no hubo atentado, que el edificio de la AMIA no fue volado con un coche-
bomba, que no se dañó un barrio entero, que no hubo más de 300 heridos, que no
hubo 85 muertos”.

El veredicto

El comunicado del TOF el día del veredicto fue lapidario. “Se pudo establecer… que el
señor juez instructor orientó su actuación a construir una hipótesis incriminatoria,
pretendiendo… satisfacer oscuros intereses de gobernantes inescrupulosos” y anunció
la libertad de todos los inculpados. Algunas de sus frases más resonantes —por
ejemplo, “resulta evidente que en algún lugar recóndito, donde todo secreto queda
envuelto en otro, se advirtió de la gravísima situación que originaría el conocimiento
de la verdad y se pactó mantener el engaño…”— permitía creer que las cosas,
realmente, habían dado un giro de 180º.

Los jueces creían que todos los acusados, aunque no hubieran tenido nada que ver con
el atentado, eran delincuentes sistemáticos, y tenían redactas y fundamentadas
condenas —de hasta 25 años en el caso de Ribelli—, pero a último momento, furiosos
con Galeano y los fiscales, decidieron que no podían convalidar semejante instrucción
y arrojaron aquellas condenas al cesto de la basura.

Y, sin embargo, se comportaron como si Galeano hubiera hecho las cosas bien hasta
que tuvo la pésima ocurrencia de sobornar a Telleldín. Así, dijeron haber acreditado
“de manera fehaciente que la carga explosiva detonó en el interior de un vehículo
utilitario Renault Trafic, en circunstancias en que este se aproximó por la calle Pasteur
hasta el portón de ingreso… Tal aserto encuentra sustento, fundamentalmente, en el

481
hallazgo en el lugar del hecho y en sus proximidades, de piezas mecánicas que se
correspondían con una camioneta de la marca y modelo de mención” allí y entre los
escombros trasladados “a terrenos ubicados detrás de la llamada Ciudad
Universitaria”.

Y continuaron diciendo que “los cuestionamientos… al secuestro de las piezas… no


tienen entidad suficiente para echar por tierra, sin más, los elementos probatorios…
más allá de que se omitió inventariar e identificar… las evidencias recogidas… Pero la
desaprensión del personal policial… en modo alguno invalida las diligencias señaladas,
dado que… no pone en duda el hallazgo de las piezas en el lugar del hecho. Tampoco
media en la causa razón alguna que lleve a pensar que las piezas fueron plantadas…
Ninguna de las circunstancias alegadas por las defensas ponen en crisis la veracidad de
los dichos de María Nicolasa Romero”. Las contradicciones en que incurrió son
“divergencias propias de quien prestó testimonio en numerosas oportunidades… como
así también en el tiempo transcurrido entre cada una de las declaraciones” favorece
“pequeños y naturales desajustes que todo relato contiene”.

A pesar de ello, señaló el Tribunal, la enfermera “mantuvo inalterable, en todas las


oportunidades... la versión que desde un primer momento ofreció respecto de la
aparición, instantes antes de la explosión, de una camioneta que, circulando por
Tucumán, dobló a su derecha al llegar a la calle Pasteur”.

No contento con eso, el Tribunal dio por bueno el testimonio a todas luces mendaz del
portero Carlos Rigoberto Heindenreich y minimizó el de las “numerosas personas que
pese a haber estado próximas al epicentro de la explosión, nada pudieron aportar
acerca del modo en que se llevó el atentado, conforme a los términos... que se tienen
por probados; es más, algunos de ellos... afirmaron... la no presencia (N. del A.: es
decir, la ausencia) de una camioneta Renault Trafic en el momento del hecho... Sin
embargo, tales testimonios en nada modifican la conclusión anticipada” porque “para
que un testimonio goce de eficacia probatoria... resulta necesario que no se encuentre
en contradicción con una prueba de mayor fuerza convictiva... cualquiera que sea el

482
número y la calidad de los testimonios aducidos, porque resultarán inverosímiles o,
por lo menos, sospechosos...”.

El Tribunal también consideró que el secuestro de numerosas piezas de una Trafic que
“presentaban roturas y deformaciones compatibles con una detonación; los vestigios
de material explosivo que presentaban; la extracción de ese tipo de piezas de los
cuerpos de dos víctimas fatales; el lugar donde se produjo la detonación... en la zona
inmediata al ingreso del edificio, como así también los testimonios de María Nicolasa
Romero y Carlos Rigoberto Heindenreich... constituyen un cuadro probatorio
concluyente e irrefutable...”.

Concluyente e irrefutable.

Y, del mismo modo, dio por bueno que se había encontrado un trozo de motor de
Trafic entre los escombros de la AMIA el lunes 25 de julio de 1994 a las 18.30 con el
paupérrimo argumento de que aunque Lopardo, Garris y Moragues habían incurrido
en “falsedad ideológica”… “tal conclusión no impide que el tribunal tenga por
acreditado el hallazgo por otros medios de prueba que mantienen incólume valor, en
tanto no hayan sido logrados ilegítimamente o en violación de garantías
constitucionales…”.

Lo esencial del encubrimiento se había preservado.

Reacciones

Los familiares de las víctimas no lo objetaron. Adriana Reisfeld, de Memoria Activa,


dijo que “a pesar del estupor y el dolor” que les causó el veredicto, fue un final
esperado. Memoria Activa agregó: “Coincide con la nulidad de todo lo que se había
investigado por la enorme cantidad de irregularidades cometidas” en el proceso de
instrucción de la causa.

Para Reisfeld, el tribunal oral “obró bien, asistió a todas las sesiones sin delegar en
nadie durante tres años y siguiendo los testimonios con mucha atención” antes de dar

483
su veredicto. “Esto puede ser incluso un avance de la Justicia, un paso adelante que
marque el camino de lo que se debe hacer”, consideró esta mujer que perdió a su
hermana en el atentado contra la AMIA y sigue considerando hoy que hubo
camioneta-bomba, chofer suicida y que la culpa debe ser de Irán.

“En el juicio quedó demostrada sin lugar a dudas la existencia de la Trafic y la


participación de Telleldín como el entregador del vehículo a la banda de Ribelli…
Señores jueces: no se encandilen con las fallas de Galeano. Que estas fallas no les
hagan perder el norte de lo que se está juzgando. Y eso es la responsabilidad criminal
de Telleldín y de Ribelli y de su banda en el atentado”, decía Sergio Burnstein el 18 de
julio de 2003.

“Este juicio demostró cómo, mientras se tejía una causa espuria, los responsables
materiales e intelectuales del asesinato de 85 personas seguramente se fueron yendo
del país uno a uno”, dijo Diana Malamud, de Memoria Activa, por lo visto creyendo en
que el Mal mora en el extranjero.

Y el 18-J próximo diría Marina Dejtiar, hermana de Cristian, también de Familiares:


“Galeano nos puso al borde del desastre. En lugar de profundizar pruebas genuinas
para poder acusar a quienes estamos convencidos de que son responsables como
partícipes necesarios, lo que logró fue contaminar la prueba más importante que
teníamos en contra de ellos”. Como se ve, convencida de que Telleldín y Ribelli habían
asesinado a su hermano.

Los seres humanos no tropezamos dos veces con la misma piedra sino hasta setenta
veces siete.

La oportunidad

Nisman vio que era su oportunidad, que no la podía desaprovechar. Con la ayuda de
“Jaime”, quién sabía a dónde podía llegar.

—Nisman, ¿ni siquiera vas a apelar? —le dijo Olga Dejtiar mirándolo a los ojos.

484
Pero no, Nisman no iba a apelar. Solo cuestionaría la falta de condenas por los delitos
comunes. Lo que había hecho Galeano absolutamente nulo, y por lo tanto también sus
exigencias. Interpol aceptó con rapidez el pedido de Teherán: las doce capturas que
había pedido fueron anuladas. Nisman “sintió que esta era la suya”, escribió Perednik
cuando el fiscal estaba vivo. Y narró este diálogo:

Marta Nercellas: — ¿Vas a dejarnos solos?

— ¿Solos? ¿Si los voy a dejar solos? ¿Te referís a vos y a Galeano?

— No —repuso la rápida Nercellas sin ceder. Me refiero a mí y a mis clientes.

— Ah, Beraja —agregó Nisman, que también sabía provocar.

— Nisman, no te hagas el genio. Esta es una ocasión única para apelar.

— ¿Para qué diablos voy a apelar si Ribelli no tuvo nada que ver con el atentado?

— ¡Ahora lo defendés a Ribelli!

— No digas tonterías. Una cosa es pasar el semáforo en rojo y otra ser responsable del
choque que hubo a diez cuadras de allí.

— ¿Semáforo en rojo? ¿Te das cuenta de lo que decís? ¿No ves que se trata del nicho
de corrupción más grande del país?

—Mirá vos. No sabía que corrupción era sinónimo de terrorismo. Mi diccionario debe
estar funcionando mal.

Claroscuros

A comienzos de 2006, en el momento mismo de renunciar a la Unidad AMIA del Poder


Ejecutivo donde había reemplazado a Nilda Garré, Alejandro Rúa, que siempre había
cultivado un bajo perfil, le dio una entrevista a La Nación. En la misma desnudó las
virtudes y defectos del kirchnerismo hasta el exacto momento en que Cristina y el

485
canciller Héctor Timerman (el primer canciller judío de nuestra joven historia) firmaron
el memorando de entendimiento con la República Islámica de Irán. Que puso al fiscal
Nisman entre la espada y la pared ya que de ningún modo estaba en condiciones de ir
a Teherán a interrogar al ex presidente Rafsanjani y a los demás altos funcionarios
persas teniendo como tenía solamente chismes provenientes de mercenarios de los
Mujaidines al Jalk (MKO), enemigos mortales de la República Islámica, y en el mejor de
los casos de quien fue su primer presidente Bani Sadr, o del famoso “Testigo C”,
Abolhasan Mesbahi, quien desertó de la Vevak… en 1983.

Dijo Rúa que “el encubrimiento se pergeñó en el máximo nivel institucional. El Tribunal
concluyó que los tres poderes del Estado contribuyeron al armado de una solución
falsa, lo que es de una gravedad inusitada. Aquí existió una asociación ilícita que desde
1995 quiso darle una solución final al caso y para ello cometió diversos delitos”, dijo
aliviado, después de haber presentado la renuncia a su cargo, luego de años en los que
no se le conoció un solo aporte sustancial para el avance de la causa.

¿Cómo es que Rúa hablaba de encubrimiento y asociación ilícita a partir de 1995?


¿Cómo es que se salvaba todo lo hecho en 1994 cuando el encubrimiento, decía
Kirchner, había comenzado incluso antes de que explotaran las bombas? El propio Rúa
dio la respuesta: a su entender, dijo, la Policía Federal no había protegido a los autores
del atentado (noooo, ¡qué va!), sino a otros delincuentes, los dobladores de autos
mellizos asociados a Monjo y a la propia Federal.

Sin embargo, y contradictoriamente, admitió que “las irregularidades” habían


comenzado el mismo 18-J. “Lo de Telleldín es lo más claro: todavía no se sabe cómo se
llegó a él”, destacó.

486
11. La declaración de Stiuso

Capítulo aparte merece la declaración en el juicio del hoy prófugo ingeniero Antonio Horacio
Stiuso, Aldo Stiles o Stiller entre otros muchos alias, pero más conocido simplemente como
Jaime. Stiuso fue hasta diciembre de 2014 el Jefe de Operaciones de la disuelta SIDE, es decir
eljefe de hecho del servicio de inteligencia nacional y el principal interlocutor y hombre de
confianza de los servicios de inteligencia extranjeros, principalmente de Israel y de los Estados
Unidos, a los que sirvió con fidelidad y diligencia.

No es un tema menor: los servicios de informaciones, también llamados servicios secretos


hasta que la palabra “secreto” empezó a tener mala prensa y entonces pasaron a ser llamados

487
“de inteligencia”, nacieron en su formulación moderna después de la Segunda Guerra Mundial
como organismos civiles al servicio del presidente o máxima autoridad del país. Así se
formaron la CIA, la KGB y también el Centro de Informaciones del Estado (CIDE), al que Juan
Domingo Perón le dio sede física a metros de su despacho en la Casa Rosada. El CIDE fue el
antecedente del Servicio de Informaciones del Estado (SIDE) que más tarde mudó de género al
convertirse en Secretaría, siempre al servicio exclusivo de la Presidencia de la Nación.

Pues bien, desde la firma del memorando de entendimiento entre los gobiernos de Argentina
e Irán para descongelar las investigaciones tendientes a determinar quiénes y cómo
perpetraron el atentado contra la mutual judía de Buenos Aires y en sintonía con aquellos
servicios extranjeros, Jaime y la mayoría de “La Casa” por él controlada, pasaron a la más cerril
oposición, alentado a Sergio Massa y fogoneando escándalos como el de Hotesur, en flagrante
violación a aquella dependencia orgánica de la Presidencia. Cristina Fernández de Kirchner
enfrentó este alzamiento relevando al secretario de Inteligencia, Héctor El Chango Icazuriaga,
por inoperante; a su segundo, Francisco Larcher,por sospechas de complicidad con Stiuso y
Massa y, por fin, tras poner al frente de la Secretaría al hasta entonces secretario general de la
Presidencia, Oscar Parrilli, al propio Jaime y a sus principales colaboradores, a quienes jubiló
compulsivamente.

En el juicio,Jaime declaró durante dos jornadas consecutivas completas; algunos dicen, acaso
exagerando, que a razón de siete horas por cada una. Cuando se cometieron los atentados, él
era el jefe de Contrainteligencia (o Sector 85) y competía con el sector de Inteligencia, y más
específicamente y dentro de ella con la llamada “Sala Patria”, al mando de Patricio Pfinnen,
alias Paddy, entonces el preferido del secretario de Inteligencia o “Señor 5”, el abogado Hugo
Anzorreguy. Esa competencia se daba, sobre todo, en torno a quién era el principal
interlocutor de aquellos “servicios colaterales” [Link] al sector dirigido por Stiuso,
naturalmente, a quien le competía la investigación sobre el terreno.

De movida, y tal como querían tanto los terroristas como los israelíes y algunos de los más
altos dirigentes de la comunidad judía, su investigación se focalizó casi exclusivamente en la
supuesta existencia de una camioneta-bomba conducida por un chofer suicida de Hezbolá
teledirigido desde Teherán. Pero, aunque no haya habido camioneta-bomba en la voladura de
la AMIA, ese vehículo, o su fantasma, la instalación de su existencia, la camioneta señuelo,
fueron una parte imprescindible e inescindible del acto terrorista, por lo que la investigación
de Jaime es muy interesante.

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La negativa de Jaimea secundar la maniobra orquestada desde la cima del poder a través de
sus jefes y del juez Galeano para echarle la culpa del ataque a un grupo de policías
bonaerenses y a la vez delincuentes polirrubro (y tapar así las evidentes responsabilidades de
policías federales, halcones y plumas y, de paso, descargarlas sobre el gobernador Eduardo
Duhalde, por entonces el máximo rival del presidente Menem) hizo que a comienzos de 1996
fuera corrido de la investigación de la llamada “conexión local”, y reemplazado por sus rivales
de la Sala Patria, que habían tocado el cielo con las manos con el secuestro, en México, de
Enrique Haroldo Gorriarán Merlo en octubre de [Link] este sector de la SIDE, en
complicidad con el juez, los fiscales y la querella AMIA-DAIA, el que le pagó a Telleldín 475 mil
pesos/dólares de sus fondos reservados para que acusara falsamente al comisario Juan José
Ribelli y a sus subordinados.

Constreñido apartir de entonces a la supuesta investigación de “los autores intelectuales” del


atentado, que estaban predeterminados de antemano, Stiuso se limitó a complacer a los
servicios de inteligencia extranjeros con un dolce far niente que garantizaba que nada
empañaría aquellas acusaciones y a volverse inmensamente rico a través del contrabando de
aparatos electrónicos y con otros muchos delitos calcados de los ya experimentados en los
años 80 y 90 por Alfredo Yabrán gracias a su control sobre Ezeiza y otros aeropuertos.

Acaso porque al declarar en el juicio Stiuso colaboró en importante medida a la ruina de su


rivales internos dentro de La Casa y porque en ese momento estaba tomando las riendas del
poder casi absoluto que retendría por espacio de una década, no le importó certificar que
alclérigo Moshen Rabbani se lo había tenido sometido a vigilancia desde el mismo momento
en que llegó al país a comienzos de los 80 para atender las necesidades espirituales de los
feligreses de la mezquita de Floresta, a poco de que Raúl Alfonsín reemplazara al último
dictador militar. Y que se lo había hecho hasta el punto de revisarse sistemáticamente la
basura salida de su hogar y de infiltrarle un agente, Isaac García,que se desempeñó como su
chofer y que en noviembre de 1993 lo filmó y fotografió mientras preguntaba precios por una
Trafic usada en una agencia de la avenida Juan B. Justo. Peor aun, no tuvo empacho en
admitirque poco después, “cuarenta días antes del atentado” (más de 60 según Gerardo
Young, que data su inicio el 14 de mayo) ordenó, sin orden judicial e ilegalmente, intervenir
todos los teléfonos de la Embajada de Irán y que todas las escuchas grabadas, miles de horas,
fueron traspasadas a los “colaterales” de Israel, sin que la SIDE guardara copias. Es decir, se
había comportado como un cadete, un mero pinche de los israelíes…Lo que arroja algo de luz

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sobre las enigmáticas declaraciones del presidente Néstor Kirchner, quien al retirarse en julio
de 2006 del acto conmemorativo del 12º aniversario del atentado, dijo a la prensa que “el
encubrimiento empezó aún antes de que se cometiera el atentado”.

En sintonía con los jueces del TOF 3 que habrían de convalidar la presunta existencia de la
camioneta-bomba, sintiéndose seguro, Jaime inició su declaración diciendo que no necesitó
órdenes de nadie para ponerse a investigar y que de movida supo qué debía hacer porque
tenía la experiencia previa de la Embajada de Israel, y cometió un lapsus memorable al decir
que entonces, cuando lo de la Embajada,habían sido sus hombres quienes habían encontrado
el motor de la supuesta Ford F100-bomba. También se esforzó por disolver las fronteras entre
el color blanco de la Trafic que había pasado por las manos de Telleldín y la camioneta beige
que dijo haber visto María Nicolasa Romero, al decir que la chapa que encontraron era clara
pero un poco quemada... como si la enfermera la hubiera visto beige después y no antes de la
explosión. Y responsabilizó una y otra vez de todos los movimientos experimentados por las
camionetas Trafic que aparentemente había servido para armar una camioneta-Frankensteina
Alejandro Monjo, un “mellizador” serial de automotores que trajinaba los pasillos de las
dependencias policiales de la Capital como el mismo empaque de un comisario general, entre
otras muchas otras cosas.

El video y audio de la declaración de Jaime ante el TOF 3 no ha sido aún puesto a disposición
del público, por lo que el autor debió guiarse por la transcripción oficial de las declaraciones
que hicieron agentes de la Policía Federal, transcripciones que estuvieron disponibles desde
2006 hasta 2009 en el portal del Ministerio de Justicia de la Nación, pero que
incomprensiblemente ya no lo están. Para ahorrar espacio y facilitar la lectura, se han
suprimido la mayoría de las preguntas hechas por los jueces y las partes y se han refundido sus
dichos por temas, ya que los jueces, y sobre todo las partes, le preguntaron muchas veces
sobre temas sobre los que ya había hablado con [Link] estas salvedades, habla el
misterioso [Link]émoslo.

“Estuve a cargo de la investigación desde un primer momento, al igual que había pasado con la
Embajada, pero esta vez más formalmente, a través de un oficio judicial. No debí esperar
instrucciones de mi jefe, Lucas (el jefe de Contraterrorismo y concuñado de Anzorreguy, Jorge
Lucas Casado),porque a raíz de lo que había pasado en la Embajada sabía cómo debía actuar.
“Entonces (cuando lo de la Embajada) el grupo mío fue el que encontró el motor, ytambién fue
mi grupo el que encontró el estacionamiento donde había estado la camioneta”, se jactó,

490
aunque de que aquel misterioso hallazgo, del que no se había labrado acta, solo se habían
hecho cargo los Bomberos.

Respecto del impacto que tuvo en la SIDE la virtual demolición de la AMIA, Stiuso dijo que ese
día “en mi departamento había 140 agentes disponibles, y en toda la SIDE unos trescientos” y
que por una parte dispuso cerrar las fronteras y que se retuvieran a todas las personas
sospechosas que quisieran entrar y sobre todo salir y que les enviaran sus datos para que “los
chequeáramos y diéramos el OK”, y por otra le ordenó a sus agentes (Young estimó que a “casi
cuarenta”) que “buscaran en los alrededores de la AMIA restos de vehículos y lo hice por el
tema, ya le digo, de la Embajada. Como entonces, también en la AMIA fue el grupo mío el que
encontró el motor... digo el que encontró el estacionamiento donde estuvo la camioneta—
repitió, contradiciéndose— y como entonces se determinó cual era a través de Investigaciones,
repetí el mismo procedimiento.

“También había un volquete, que ese es otro tema—continuó [Link] dije: ‘Ubiquen los
restos de vehículo pero también busquen los restos del volquete’. Y a otro grupo le pedí que
relevaran estacionamientos y garajes. Y a un tercero, que fueran a los locutorios, siempre en
determinado radio. Y a un cuarto, por fin, que relevaran hoteles que eran característicos de la
comunidad islámica,de los que venían a nuestro país, tema que veníamos trabajando desde
antes”.

Luego agregó un tanto crípticamente que “también hubo un tema con una empresa de
computación que tenía que haber ido ese lunes a trabajar a la AMIA y no fue, lo que hizo que
investigáramos, porque nos resultó sospechoso.”

"Al anochecer, mi gente trajo unos pedacitos pequeños de chapa, que tenían un tinte crema,
como quemado, y olían a amoníaco, el olor característico del explosivo. Y al día siguiente
consiguieron un pedazo más grande del volquete, que era de este tamaño —hizo el gesto—,
que lo habían conseguido creo que en una azotea que estabacomo a 300 metros... No tenía
olor a amonal, o sea, a amoníaco”.

“La chapa era clara, correspondía a un vehículo de color claro pero estaba con un tinte como
de color arena, quemado”, dijo, como queriéndole dar una mano a María Nicolasa Romero,
que había dicho que era beige. “Eran unos pedazos muy chicos por lo que no podíamos
deducir ni marca ni modelo. Recuerdo que vino a la base el fiscal (Germán) Moldes y estuvimos
evaluando el tema. Moldes fue la primera persona que vino del Poder Judicial, digamos que

491
fue el encargado de la causa, con quien evaluamos el tema”.

Cuando el atentado a la Embajada de Israel, Moldes, un hombre de La Casa, había intervenido


como Secretario de Población del Ministerio del Interior tanto en la nacionalización del
traficante de armas y drogas Monzer al Kassar (al olvidar advertir que estaba requerido por
Interpol por estar acusado de múltiples crímenes) como en su precipitada salida cuando luego
del bombazo se hizo pública su presencia en el país y se supo que aquel infausto 17 de marzo
por la noche había ofrecido una pequeña fiesta en su amplio departamento de la avenida del
Libertador. Al Kassar también sería durante años, el principal sospechoso de haber instigado el
atentado a la AMIA, por lo que el instantáneo abocamiento a “la investigación” por parte de
Moldes (que fue el primer funcionario judicial en inspeccionar las ruinas humeantes de la
AMIA) no podía ni puede ser sino sospechoso.

“Le conté (a Moldes) que se estaban juntando otros pedazos de chapa, hasta que el miércoles
ya se pudo establecer que eran los de una camioneta Trafic, y entonces ledije a mi gente que
suspendiera la búsqueda y que las cosas que habían traído las llevaran de nuevo (sic) al lugar
de la AMIA donde la Policía juntaba los restos (es decir, al negocio de Moragues)”.¿Cómo había
llegado a la conclusión de que esos pedazos de chapa habían pertenecido a una Trafic? Jaime
dijo que lo había informado “el personal de Bomberos de la Policía” y también que creía que
para entonces la noticia “estaba saliendo por los canales de televisión”.

“Yo tuve gente permanentemente destacada ahí, alguna filmando y fotografiando, pero que
no participaba ni interfería en las labores que se hacían. El lugar era muy hostil, había mucho
nerviosismo, había mucho lío con la Policía, que era la que dejaba entrar y salir”, recordó.

Como Jaime no volvería a hablar de ninguna otra hipótesis más allá de la de la Trafic-bomba, el
segundo día de su exposición le preguntaron si no manejaba otras.

— Sí, varias, entre ellas que podía ser unabomba interna.

—¿Y elvolquete no? ¿Para qué les dio que buscaran pedazos del volquete?

Jaime dijo que había un cráter, y que por lo tanto se había tratado de un coche-bomba.

— Era un tema lógico, había que descartar. Había un volquete y había que descartar. O una
cosa o la otra.

Le preguntaron si había cráter. Nadie lo había visto. Jaime dijo que estaba tapado por

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escombros, pero que su gente le había informado de su existencia. No pudo precisar cuándo
había ocurrido. Dijo que más o menos a una semana de ocurrido el ataque. Y agregó que
cuando el pozo se destapó se habían tomado muchas fotos que estaban en una carpeta que le
había pedido hacia poco Alejandro Rúa, titular de la Unidad del Poder Ejecutivo que había
empujado y asistido la realización del juicio. Que había que pedírsela a él.

Jaime se refirió a reuniones que se realizaron el mismo 18-J y al día siguiente en la base de la
calle Estados Unidos, su feudo, en las que se fijaron “blancos”, quetal como explicó
eran“personas de la comunidad islámica de las que podía sospecharse”. Es decir, “blancos”
que ya estaban fijados de antemano. ¿De quienes se trataba? Jaime no lo dijo, pero Young
escribió que “la lista incluyó a los sospechosos que Jaime venía siguiendo desde hacía meses…
un grupo de argentinos a los que el Mossad les había puesto el ojo: los hermanos Alejandro y
Karina Sain, vinculados a un tal Samuel Salman El Reda, un colombiano amigo de Rabbani al
que el Mossad le atribuía el manejo de células terroristas en América latina (…) Como había
ocurrido tras el atentado a la Embajada de Israel, la hipótesis única de las primeras horas
estuvo dirigida a un coche-bomba que hubiera sido estrellado por un conductor suicida contra
la AMIA.”

De la reunión del martes 19, siguió diciendo Stiuso,participó el comisario Ricardo De León, jefe
del DPOC y uno de los muchos oficiales de la Federal que respondían a Alfredo Yabrán a
cambio de una generosa mensualidad. “Después ya no tuve contacto con De León, por lo que
presumo que el enlace (con la Policía Federal) debió ser a otro nivel”.

Jaimeexplicó que los hoteles a los que fueron a husmear sus agentes eran algunos que tenían
fichados de antemano porque allí solían ir “los islámicos” que visitaban el país, y que, del
mismo modo, revisaron las llamadas hechas desde los locutorios de las cercanías de la AMIA
hasta que obtuvieron “un resultado positivo": un llamado al Líbano.

Jet Parking

Ante una nueva pregunta del Tribunal, Stiuso dijo que supo que la Trafichabía estado en el
amplio estacionamiento de la calle Azcuénaga bastante antes que del hallazgo del motor, ya
que el jueves 21 se enteró “que en Jet Parking gente había dejada estacionada una Trafic con
actitudessospechosas y tuvimos los datos de la tarjeta que habían hecho a mano. Porque no

493
era un estacionamiento simple: habían pagado una estadía y rellenado la correspondiente
tarjeta. En ella estaba escrito el nombre del Hotel de las Américas (Libertad y Marcelo T. de
Alvear) como domicilio de quien había dejado la camioneta”. Stiuso no lo dijo,pero se trataba
de uno de los hoteles donde solían alojarse los funcionarios de la Embajada de Irán que
visitaban Buenos Aires o quienes llegaban para incorporarse a la legación diplomática hasta
tanto les proveyeran un alojamiento definitivo, por lo que debía estar en su lista. Sí dijo, en
cambio, que había mandado gente a verificar si había estado alojado allí algún “Carlos
Martínez”, con resultado negativo.

Jaime no lo diría de motu proprio, pero ante preguntas que se le formularon reconoció que se
había enterado de lo de Jet Parking “por la embajada israelí”, a la que Jorge Giser, el
encargado del estacionamiento, le había avisado que “gente rara” había estacionado una
Trafic blanca el viernes.

Ese mismo día, relató, “mandé gente a hablar con los empleados de Jet Parking. Dijeron que el
muchacho que dejó la camioneta tenía medio acento provinciano, y que cuando ingresóse le
paró el motor, y que en ese momento apareció súbitamente de entre los autos otra persona
que se subió a la camioneta, la arrancó y la estacionó de frente, mirando hacia la calle
Azcuénaga, hacia donde está Medicus... Entonces las chapas (patentes) no eran como ahora—
aclaró— que tienen tres letras y tres números. Teníamos seis números en la tarjeta de la
estadía, el primero de los cuales era un 4 y había muy pocas provincias con padrones de más
de 400 mil vehículos, así que para el sábado a la mañana ya sabíamos que no había ninguna
Trafic con esos últimos seis números en el dominio”.

En síntesis, Stiuso dijo que tenían una camioneta con patente falsa cuyo chofer había dejado
una dirección también falsa. La camioneta había sido estacionada el viernes 15 y, según un
testigo, seguía allí el sábado. Y por Giser se enteraron también de que al parecer previamente
habían querido dejar esa misma camioneta en el estacionamiento aledaño al sanatorio
Otamendi, a una cuadra de allí, en Azcuénaga al 800, pero que no habían podido hacerlo
porque el techo (en realidad, una arcada en la entrada del entrepiso) era muy bajo.

Omisión incomprensible

Llegados a este punto, la SIDE produjo una incomprensible omisión, ya que los dos jóvenes que

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iban en la Trafic habían discutido con el encargado del estacionamiento, Fabián Bustos, un
sargento retirado del Ejército, sanjuanino para más datos. Y la escena había quedado
perfectamente registrada en las cámaras de video del [Link] en una operación
terrorista bien planificada el conductor del vehículo-bomba vaya buscando dónde estacionarlo
al buen tuntún parecía, ya de movida, francamente increíble.

Cuando agentes de la SIDE fueron a ver a Bustos, ya habían pasado dos meses y medio del
atentado y hacia más de dos meses que Galeano estaba en conocimiento de esta historia por
terceros. Entrevistado por el autor, Bustos ratificó que el viernes 15 a la tarde, un individuo
que hablaba muy mal español y llevaba encasquetada una gorra, se había obcecado en
estacionar una Traficblanca en la planta superior del estacionamiento, lugar al que físicamente
no podía acceder por ser su entrada, tras subir la rampa, de una altura notoriamente inferior a
la de la Trafic.

Créase o no, la minuta de la SIDE (fojas 4996), no informó del nombre del encargado. Solo
consignó que aparentaba entre 30 y 35 años, que se identificó como militar y que “manifestó
que (aunque) en principio el personal del garaje manifestó haber visto la Trafic, después (ese
personal) se rectificó”.Dicho en román paladino: el informe aseguró que aunque Bustos en
principio había dicho haber visto la Trafic, en realidad no la había visto él, sino el personal a su
cargo. Y que, a la hora de la verdad, había resultado que ese personal lo había inventado. O
sea, que todo era mentira.

“Consultadas las personas de mañana y tarde (sic) que el 15.07.94 se encontraban trabajando
en dicho garaje, manifestaron no haber visto ninguna Trafic”, puede leerse en otra minuta de
la SIDE, que no identifica a ninguna de estas personas. El redactor dejó constancia de las
contradicciones insalvables entre lo explicado por el misterioso “encargado” y lo que de
manera coincidente le atribuíanhaber dicho otros testigos, encargados de Jet Parking y de otro
estacionamiento cercano, el del sanatorio [Link] aclarar que no había encontrado en
el parking del Otamendi a ninguna persona que fuera testigo visual de la anécdota relatada por
Bustos, el agente de la SIDE que redactó la minuta dio por concluida “la investigación”.

En diálogo con el autor, Bustos ratificó que les contó a los agentes de la SIDE con pelos y
señales la absurda anécdota del hombre empecinado en dejar una Trafic en un sitio al que no
podía ingresar, que hablaba un pésimo español y que obligó a Bustos a comprar un metro (que

495
aún conservaba y mostró) y medir la altura de la planta superior y la camioneta, para
convencer a su chofer de que no podría ingresar a la planta alta.

Bustos, un hombre afable, recordó en su amplio despacho que, aun así, el obtuso chofer no se
daba por vencido y “me preguntó si no podía arreglar el asunto con plata, ofreciéndome cien
pesos, a lo que le respondí que ni por toda la plata del mundo podía hacer que la Trafic entrase
donde no cabía”, y que tan pesado era el hombre que la discusión se extendió durante casi
media hora.

Pero lo más importante es que Bustos dijo haberles explicadoa los agentes de la SIDE que el
parking contaba con doce (12) cámaras de televisión que registraban toda su superficie, y que
estas cámaras habían grabado toda la [Link] mostraba el monitor donde se ve al
mismo tiempo lo registrado por ese alto número de cámaras, Bustos narró que “los hombres
de la SIDE me dijeron que en unos pocos días me llamarían a declarar y se fueron”.

Habrían de pasar ¡casi seis años! hasta que en junio del 2000 Galeano se dignó a citar a
declarar a Bustos. En esa ocasión, agregó, uno de los secretarios del juez le dijo que ya habían
podido establecer fehacientemente que en el atentado no había habido un chofer suicida, y
que por lo tanto el chofer de la Trafic de alguna manera había escapado luego de enfilar el
vehículo-bomba contra la puerta de la AMIA.

Por lo tanto, dicho secretario le pidió a Bustos que aportase el video donde se veía su discusión
con el chofer. “Pero para entonces, después de guardarlo durante casi cinco años, visto el
completo desinterés de todo el mundo, ese video había sido regrabado”, explicó.

En esa ocasión, Bustos declaró que, por lo poco que recordaba, el chofer de aquella Trafic,
además de llevar encasquetada una gorra, era moreno, bajo y tenía una barba recortada o de
pocos dí[Link] acta dice que dijo que por el acento parecía “árabe, turco, iraní o algo así”, pero
Bustos le aclaró a este periodista que no conoce idiomas, y que él solo dijo que el español de
aquel hombre era muy malo y que le costaba mucho [Link] que, aunque es
parecido, de ningún modo es igual.

Respecto deesos videos, Jaime fingió [Link] que “todo es muy extraño porque en ese
momento nadie nos dijo nada. No existían, y si existían no lo dijeron, o no tenían las
grabaciones, o las regrababan...”.

496
Aspavientos/espamento

El tal“Carlos Martínez” que había pagado la estadía en Jet Parking —siguió diciendo Stiuso—
había puesto un número de DNI que correspondía a Tomás (David) Lorenz en cuyo prontuario
(de la Policía Federal) aparecía como persona que lo conocía… un tal Carlos Martínez. Los dos
eran veinteañeros y “vivían en el mismo lugar, creo que en Estados Unidos y Carlos Calvo”, se
equivocó Jaime, posiblemente de buena fe, al mencionar dos calles que son paralelas y
contiguas. Sucede que Tomás Lorenz y Carlos Martínez habían vivido hasta hacia poco en el
mismo edificio —que alguna vez fue señorial— de la calle Estados Unidos entre Bolívar y
Defensa, pero poco tiempo antes del atentado Tomás se había mudado a lo de su hermano
mayor, Mario Alejandro, casado, con hijos y recién recibido de médico. No había sido una
mudanza demasiado traumática porque ambas viviendas se encontraban a menos de 300
metros una de la otra, en el corazón del antiguo barrio de San Telmo. Ahora Tomás vivía con
Mario y con su esposa Susana, kinesióloga,y sus sobrinitos,en un pequeño departamento
ubicado en una de las dos torres (hechas duranteun gobierno militar que levantó la prohibición
de construir en altura en el casco histórico) que se alzan en la calle Humberto Iº casi Defensa.

“Carlos Martínez era suboficial de la Policía Federal y se desempeñaba en la comisaría 47ª,


dónde estaba Alejandro Monjo y la comunidad islámica de Floresta”, dijo Stiuso, que obvió
mencionar a Mario Lorenz, un pluma que solía hacer trabajos para la inteligencia policial, los
que constituían su principal fuente de [Link]én obvio decir que Martínez solía ser uno
de los varios policías que solía hacerse de un dinero extra custodiando el establecimiento de
Monjo.

Stiuso puntualizó que sus hombres (al parecer comandados por Roberto Saller, El Gordo
Miguel o Roberto Silo) habían identificado la relación Lorenz-Martínez antes de que apareciese
el block de motor de la supuesta [Link] no era precisamente un humanista:
durante la dictadura había sido el chofer del jefe militar de la SIDE, el siniestro general Otto
Paladino, y era conocido por sus métodos expeditivos. Según un alto agente de la SIDE le dijo
al autor, había detenido a los Lorenz el domingo 24 y los había apretado hasta que Tomás
admitió haber sido el pésimo chófer que quiso estacionar la Trafic y no pudo.

En cambio, Silono pudo interrogar al cabo Carlos Martínez. Al menos eso contó Stiuso, que dijo
que cuando volvieron a buscarlo (había sido él quien había dado la dirección de los Lorenz) se
encontraron con que Martínez se había internado en el hospital policial Bartolomé Churruca

497
Visca a causa, al parecer, de un súbito ataque de apendicitis del que, sin embargo, parece
haberse librado sin cirugías.

Como la SIDE no tenía la potestad de arrestar, informado por la SIDE de lo que tenía entre
manos, el DPOC detuvo a los tres cansinamente a través del oficial Claudio Camarero a mitad
de semana. Los cinco rollos de negativos y otras cosas que secuestró de la casa de Mario
Lorenz habrían de esfumarse en Moreno 1417.

En el ínterin, en paralelo y simultáneamente, el ubicuo principal González había detenido a un


médico recién recibido, de apellido David, y a su novia. David era compañero de promoción de
Mario Lorenz e incluso habían iniciado juntos la especialización en traumatología, y para
mayores datos era católico preconciliar, conservador y de derechas. Nunca quedó claro porqué
habían detenido a David y a su inminente esposa, pero como una fuente policial deslizó a los
periodistas que a ella le decían La Alemana, y en realidad este apodo era el de la esposa de
Mario Lorenz, cuyo hermano se llamaba David de segundo nombre, quedó flotando la
impresión de que se lo había detenido con el único propósito de embarullar las cosas.

Incomprensiblemente, a los cinco se les tomó declaraciónrecién el sábado 30. Entonces


quedaría claro que ambos hermanos Lorenz merodeaban habitualmente la AMIA (y Tomás,
específicamente Jet Parking); que un gestor vinculado con Alejandro Monjo, Rodolfo Américo
Setau (que también sería efímeramente detenido) se había interesado el 28 de abril en los
papeles de la Trafic quemada que su jefe Monjo le habría de traspasar luego a Telleldín; que
Setau tenía vínculos con los Lorenz;que Tomás Lorenz y el cabo Martínez eran amigos desde la
infancia, cuando habían sido compañeros de aula en la escuela primaria, y que Martínez era
conocido de Guillermo Cotoras, el gruero y chapista vinculado tanto a Monjo como a Telleldín
y quien le había extraído el motor a la Trafic quemada que había sido de la textil Messin.

Quizá por eso, porque los Lorenz y Martínez estaban vinculados directa o indirectamente con
Monjo, y este parecía tener tanta autoridad en la Federal como un comisario general, luego de
tomársele declaración todos fueron liberados.

Pobres angelitos

El tema fue el principal objeto de conversación con el juez Galeano en una reunión que se
realizó en la base de la calle Estados Unidos el miércoles 27. “Hablamos de toda la línea de Jet

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Parking, que terminaba en Carlos Martínez, de la Policía Federal. No de quefuera culpable, sino
de que, evidentemente, alguien había tratado de sembrar eso. Porque no podía ser que a
alguien le pidan el número de dominio y recite un número de documento. O que recite el
nombre primero y después el número de documento, y cuando le preguntan el dominio le
dicen ‘no, el número de documento no’ y lo tacha...Era alguien que venía con el versito
armado, y justo, casualidad, el del número que dio conoce a una persona que conoce a Carlos
Martínez... Eso está totalmente armado por alguien que tenía acceso al prontuario. Porque es
ahí donde están los datos. Es algo armado con la intención de desviar. Porque en un primer
momento toda esa gente involucrada terminó detenida y Monjo no, por ejemplo. Creo que les
tomaron declaración… Excepto Monjo, todos los demás terminaron detenidos”. Stiuso diría al
día siguiente que se había tratado de “un hecho armado para desviar todo por alguien que
conocía evidentemente a los dos”, es decir a Tomás Lorenz y a Martínez.

La Trafic había salido de Jet parking antes del domingo (el sábado a la noche, según testigos,
una Trafic blanca había recorrido el barrio con unos muchachos a bordo que insultaban a los
judíos) pero no sabía quéhabía sido de ella luego. Stiuso recordó que lo habían retirado de esta
parte de la investigación en 1996, y que recién vuelto a ella poco antes, en 2002.

Cuando le preguntaron si tenía idea de por qué la habían llevado a Jet Parking farfulló que “por
la metodología operativa está todo explicado. Ellos hacen un chequeo y un contrachequeo
cuando cargan la bomba”. Y agregó quecuando la habían estacionado, “todavía” el artefacto
explosivo no estaba cargado.

Si la manera en que se había estacionado la Trafic, en medio de grandes aspavientos


(retraducido al lunfa como “espamento” o al habla común de los argentinos como “haciendo
bandera”), hacía evidente la voluntad de desviar las investigaciones, le preguntaron: “¿Alguna
vez barajó la posibilidad de que haber dejado la camioneta en ese lugar y después haberla
retirado podía ser también parte de esa maniobra de desvío?”.

“No, porque (a la camioneta) le correspondía ese número de chapa, y el bueno correspondía al


número de motor, y no tenía sentido, porque con todos los datos falsos tampoco se iba a
poder llegar a nada...”, contestó, sin que se le entendiera nada.

Le preguntaron si sabía si había sido Telleldín el que le puso elásticos de Trafic de caja larga a
una de caja [Link]ó que no, que eso fue “un injerto” y que habría que determinar
primero cuál fue el chasis (que se había evaporado) original. También hizo agua cuando le

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preguntaron si la Trafic que según él había explotado en la AMIA tenía una puerta lateral, y
cuando quisieron saber siera verdad que Telleldín siempre se manejaba con un motor de un
vehículo siniestrado y una carrocería de un auto robado, contestó con una ironía:

—Ese es un método de avanzada.

Jaime se disculpó por no poder ofrecer más precisiones diciendo que no había podido
averiguar esas cosas porque lo habían apartado de la investigación. Y más adelante comentó
que,sin embargo, cuando se formó la DUIA en reemplazo del DPOC “a pesar de estar apartado
de la investigación del tema camioneta o conexión local, entre comillas, vinieron el juez y los
fiscales con los policías de la DUIA, nos dijeron que ellos iban a seguir con el tema y nos
hicieron explicarles todo”.

Alejandro Automotores

“A las 19 o poco después del lunes 25,un israelí que estaba con los que removían los
escombros me avisóque se habían encontrado el block del motor de la camioneta,me dio el
número grabado,pero no nos daba bien, podía ser que hubiera algún número que no estuviera
del todo limpio...”, siguió narrando Stiuso, que seguidamente se internó en unadescripción del
intenso trabajo que dijo hubo que hacer en el Registro Automotor para poder identificar a la
Trafic-fantasma que había pasado de Monjo a Telleldín y cuyo motorhabía aparecido entre los
escombros de la AMIA. Dijo que una vez que tuvo el número correcto envió gente de su equipo
a la esquina de Paraná y Santa Fe (posiblemente el domicilio de Daniel Cassin, uno de los
dueños de la textil Messin SRL), y que allí les informaron que la camioneta se había incendiado
y estaba dada de baja desde principios de año. A la salida, siguió diciendo,“hubo un
problemita” porque los agentes de la SIDE se chocaron con una comisión del DPOC que estaba
haciendo exactamente la misma diligencia.

El Tribunal le preguntó entonces si no tenían que compartir la información con los policías.
Stiuso dijo que no, que él le informaba a su director (Lucas)y que era él, en todo caso, quien
debía coordinar con la Policía. Y apostilló, bastante crípticamente:“Después fuimos al otro
lugar, donde nos ratificaron que la camioneta estaba siniestrada. Ahí le dije a la gente mía que
se dirigiera al DPOC con esa gente (no está claro a quienes se refiere, posiblemente sea al
chofer y otros empleados de Messin SRL) para que le tomaran declaración, y que después con

500
eso les permitan llamar a la compañía aseguradora Juncal (donde el accionista mayoritario era,
casualmente, el comisario Mario Naldi, socio de Jaimeen múltiples y lucrativos
emprendimientos) para que vinieran y dijeran qué habían hecho con ella. Eso fue esa misma
noche, y esa gente (la de Juncal) informó que se la habían vendido a Alejandro Automotores.
Les dije entonces a mis hombres que fueran allí (es decir, a la avenida San Martín y Campana,
en la confluencia de los barrios de Villa Devoto y Villa Pueyrredón), donde solamente estaban
los serenos. Volvieron ya de madrugada, y se encontraron con que gente del DPOC ya estaba
allanando el amplio negocio del que era titular Monjo. Fue en ese procedimiento que se
obtuvo la factura de venta de la camioneta quemada con fecha 4 de julio, a un señor que ahí
figuraba como ‘Teccedín’”, narró.

¿Quién había encabezado ese allanamiento? El hiperactivo principal SpeedyGonzález, el mismo


que el día antes había detenido al médico David y a su esposa. Con respecto a ese
allanamiento, policías echarían a rodar versiones incomprobables de que González habría
extorsionado a Monjo, quien le habría dado 250 mil pesos/dólares a cambio de que no
secuestrara más que aquella factura. No es verosímil habida cuenta de la autoridad
demostrada por Monjo, pero lo cierto es que la única documentación secuestrada fue esa.

Stiuso dijo que en Alejandro Automotores había un teléfono de “Teccedín”, y que correspondía
al chalet de la calle República 107, en Villa Ballester, quepronto se comprobaría era el
domicilio real de Carlos Alberto Telleldín; que le dijo a su gente que fuera para allí y que
vigilara quiénes entraban y quiénes salían (lo que en la jerga policial sedice someter a
“capacha”) y que haciéndolo fue que los agentes de la SIDE volvieron a chocarse con una
partida del DPOC (al mando del principal Carlos Alberto Salomone) ytras una ardua
negociación compartieron la vigilancia.

Un desfile

“A la tarde llegaron dos hombres, uno de barba, y entraron a la casa. Cuando me lo informaron
les dije que esperaran a que salieran, los detuvieran e identificaran. Así lo hicieron, los
palparon, encontraron que estaban armados, y los tiposse les presentaron: se llamaban Mario
Bareiro y el de barba Diego Barreda, eran policías de la Provincia en actividad y les dijeron, a
los míos y a los del DPOC, que eran amigos de la familia. Y bueno, los invitaron a todos a entrar
para hablar con la señora de Telleldín”, explicó. Y ante preguntas del Tribunal agregó que sí,

501
que él los había autorizado a entrar con los del DPOC, aunque no hubiera ninguna orden de
allanamiento. Porque los habían invitado y nadie había sido forzado.

“La esposa de Telleldín les contó que el domingo 10 a eso de la una y media le habían vendido
la camioneta a unos coreanos, toda una historia que después se comprobó que no era real”,
dijo Stiuso, e informó seguidamente que para entonces ya había pedido que se interviniera el
teléfono de la casa, lo que creía que había sucedido el miércoles 27 en horas de la mañana.
Después, ante preguntas del Tribunal, dijo no recordar cuánta gente de la Secretaría había
entrado a la casa de Telleldín, pero aceptó que sus agentes se movilizaban en dos coches, y
que parte de sus miembros había quedado afuera, vigilando.

Stiuso siguió diciendo que los del DPOC llevaron a Ana Boragni a prestar declaración en
Moreno 1417, que antes de salir ella le pidió a Barreda (al que llamaba Pelado) que le cuidara
los hijos mientras lo hacía (como si le hubieran dado garantías de que no quedaría detenida) y
que en la casa, junto a Barreda y Bareiro, también se quedaron agentes de la Secretaría y
oficiales del DPOC a la espera de novedades del fugitivo Telleldín. Recordó que entonces había
muy pocos celulares, por lo que la mayoría de las comunicaciones se hacía a través de equipos
de radio VHF o de teléfonos de línea, es decir a través del teléfono de la casa.

Un juez le preguntó quiénes eran los agentes de la SIDE que estaban en el hogar de los
Telleldín. “Uno creo que era Calculín y el otro creo que Ferro...”. Como le volvieron a preguntar
si no tenía el verdadero nombre de ellos, dijo que “nombres nosotros tenemos varios, pero
hay que ver cuál es el bueno, el real. El de encubrimiento es con el que cobramos el sueldo...”.
Y ante una nueva pregunta, precisó que el nombre de encubrimiento de Calculín era Gastón
Achával (según Gerardo Young, su verdadero nombre era, es,Luis Domingo Delizia) y aclaró
que tanto él como Ferro se habían jubilado.

Dijo que más tarde llegaron al chalet dos policías bonaerenses más, uno de los cuales era el
superior de Barreda y Bareiro, de apellido Leal (el subcomisario de la Brigada de Vicente López
Anastasio Irineo Leal, apodado Pino)y que los cuatro se habían reunido con los agentes del
DPOC en unahabitación y cerrado la puerta, por lo que sus hombres no habían podido
enterarse de qué habían conversado. Cuando se lo informaron, continuó diciendo, les pidió a
los agentes que permanecieran en el lugar para obtener información, “por si llegaba alguien
más, porque ya era un desfile eso”.

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“Una sola historia”

Los jueces le preguntaron quién era el responsable directo de los agentes de la SIDE que
estaban en la casa del desaparecido Telleldín y Stiuso respondió que era “Hernández”, el jefe
de Investigaciones del organismo. Seguidamente contó que Telleldín comenzó a llamar por
teléfono (después lo sabrían, ya que con la tecnología disponible entonces no se podía
averiguar) desdePosadas, y que ostensiblemente armaba con su mujer una falsa coartada
acerca de cómo se había desprendido de la Trafic.“Desde el más allá, Telleldín chequeaba con
uno de los policías o con ella una serie de datos. Le preguntaba a ella:‘¿Le contaste de los
coreanos?’. Era evidente que estaban armando una historia para cuando él se entregara”, dejó
asentado.

Jaime dijo que había pedido que le consiguieran una copia del ticket del locutorio del que
Telleldín había hablado con su casa, que le interesaba con quién había hablado antes y
después, qué teléfonos incluía su recibo de pagos, y culpó al juzgado de no haberlo
conseguido.

Después de una serie de conversaciones, e inesperadamente, Telleldín había volado a Buenos


Aires y llamado desde el Aeroparque para entregarse. Este audio milagrosamente se ha
conservado, ya que casi todas las conversaciones anteriores —en las que la SIDE, el DPOC y
Bareiro y Barreda (B&B) y váyase a saber quién más negociaron con Telleldín su entrega—
habrían de “perderse” en el DPOC, y sus copias serían borradas en la SIDE, según Telleldín
porque sus interlocutores se la pasaroninvocando al presidente Menem.

En esta última llamada, Telleldín habló primero con su mujer, luego con Barreda, más tarde
con “Gastón” y por último con Bareiro.

—Por favor, quedate tranquilo que lo único que quieren es tu declaración, despuéspor favor
hablá con el jefe de la SIDE —le dijo Ana.

— Bueno, está bien, no hay drama —respondióEl Enano, y Ana le pasó el auricular a Barreda.

— Hola. Habla Diego. ¿Cómo estás?

— Bien, recién llego, estoy acá, en el Aeroparque. Mirá, voy a estar al lado de la Policía
Aeronáutica, por cualquier cosa.

503
— Perfecto. Quedate ahí y no te movás.

— Estoy en Aerolíneas. En Arribos. En la sala nueva.

— Bueno, perfecto, esperá un poco que te doy con un amigo.

Se pone al habla “Gastón Dilarian”, es decir, Delicia.

— Hola, Carlos, te habla Gastón, así no nos tratamos por el nombre...Mirá, vos ya sabés de
dónde soy yo. Estoy acá con estos chicos que son amigos tuyos. Lo único que te pido es que te
quedes tranqui. Manso. Ya hablaste con tu señora. Sabés que la mano está bien, acá hay una
sola historia, no hay otra, así que lo único que te pido es que nos esperes que yo voy a ir con
uno de tus amigos. Te repito: quedate tranqui, que está todo bien.

— Bueno, está decidido, los espero.

— Yo ya salgo para allá. Ahora esperá que te voy a dar con Mario —se despidió Gastón.

— Bueno.

—Hola. Quedate tranqui que Ana se va a quedar acá con los chicos y ya va Diego para allá.
Decime: ¿querés que te mande al abogado? —le preguntó Bareiro (en referencia a Claudio
Nitzcaner).

— Y... yo muy tranquilo no voy a estar, ¿viste? Después preguntale a Ana si declaró algo de los
coreanos.

— Eso no lo sé, pero quedate tranquilo, porque lo otro tuyo ya se sabe, pero eso no les
interesa...¿Me entendés?

— Bueno, está bien. Hasta luego.

El “amigo” de Telleldín que fue con los de la SIDE que iban a detener a Telleldín es Barreda.
Jaime explicó que había ordenado que lo llevaran a declarar al DPOC.

Un sainete

504
Pero al llegar al Aeroparque, los hombres de la SIDE, con Hernández a la cabeza,volvieron a
toparse con los federales al mando del principal Salomone. Telleldín le estaba haciendo el
verso, contándole la remanida historia de los coreanosa Hernández cuando unpolicía, acaso el
propio Salomone, interrumpió la charla dándole un tremendo empujón a El Enanoy
arrastrándolo ayudado por uno de sus compañeros a las oficinas de la PAN, la Policía
Aeronáutica Nacional, la misma que años más tarde el presidente Kirchner disolvería por estar
corrompida hasta la médula y que seríareemplazada por una nueva Policía de Seguridad
Aeroportuaria (PSA).

Después, los de la SIDE y los de la Federalse enzarzaron en una agria discusión acerca de a
quién le correspondía llevarlo detenido. Mientras discutían en medio de gritos e insultos,
contó Stiuso, había comunicaciones con él y con el juez. “Era un 'y bueno, decile a los tuyos
que se calmen’. Era todo un sainete”, comentó. Dijo que esa fue una disputa importante, y que
los de la Federal lo metieron a Telleldín en un auto para llevarlo alDPOC sin dejar que subiera
nadie de la SIDE. Y que entonces él le dijo a los suyos que llevaran a Barreda a declarar al
DPOC, pero que cuando llegaron a Moreno y San José tuvieron que esperar más de 10 minutos
hasta que llegaron los policías con Telleldín. Aunque nadie le preguntó por ello, Stiuso parece
haberlo dicho para dejar en claro que laSIDE no tuvo intervención en el borrado de la agenda
electrónica de Telleldín.

No sería la única evidencia que se perdería. Los policías que allanarían la casa de la calle
República 107 omitirían llevarse el disco rígido de la computadora deEl Enano. Y de las cosas
secuestradas, unas cuantas se “extraviarían” en el agujero negro del DPOC, entre ellas doce
disquetes, tres casetes de video y un rollo de fotos sin revelar. Los policías también se habían
llevado—aunque no figurara en el acta— una agenda de papel que le entregarían tiempo
después a Galeano, recortada yexpurgada de contactos inconvenientes.

Una vez que los policías al mando de Salomone subieron conTelleldín al DPOC y los de la SIDE
subieron tras ellos con Barreda, “llegó Monjo, que estaba de viaje por el Caribe. Como entraba
y salía de los despachos sin anunciarse y se movía en el DPOC como si fuera su casa,se produjo
una anécdota risueña porque el agente mío me llamo para asegurarse de que no estuviéramos
equivocados y ese tipo de grandes bigotes fuera en realidad el mismísimo jefe o el subjefe de
la Policía”.

505
Stiuso dijo que Monjo había llegado al Aeroparque en un vuelo de Pluna procedente de
Montevideo, pero que eso lo había averiguado bastante después, “cuando se informatizaron
todas las tarjetas (de Migraciones) atrasadas de la época de los atentados”.

En cuanto al Pelado Barreda, dijo que los del DPOC no lo detuvieron sino que lo dejaron irse,
suponía que después de tomarle declaración, aunque esto último, precisó, nunca se lo
informaron oficialmente, que lo había deducido de las escuchas, “por las que también me
enteré de que (los policías) lo andaban buscando a Bareiro, mientras se comunicaba con sus
superiores para ver qué hacía”.

¿Miguel Jaimes=Ramón Martínez?

Dijo Stiuso que apenas se reunió con el juez Galeano, el miércoles 27, le mostró “todos los
antecedentes, las carpetas que había, los trabajos hechos sobre la parte islámica, las fotos de
Rabbani preguntando por las camionetas un año y pico antes, o sea: se le expuso todo”. En
cuanto a B&B, dijo que habida cuenta de la relación que tenían con Telleldín y su familia, tras
consultarlo con sus superiores, con el juez y con los jefes de ellos (además de, como ya se verá,
con agentes de “servicios colaterales”) se los reclutó como “agentes inorgánicos”.

“Yo quería averiguar por qué (los terroristas) habían buscado ese lugar para ir a buscar la
Trafic, para lo que ellos me eran útiles. A la vez, puse a otro grupo a chequear todos los avisos
publicados por particulares y concesionarios el sábado (9) y el domingo (10), a analizar el
entorno para ver quién había apuntado a que (los terroristas) fueran a buscar la camioneta ahí,
a la calle República de Villa Ballester. Porque había algo raro. Todo era raro, ¿eh? La camioneta
quemada, Monjo, Teccedín-Telleldín… todo. ... No cierra… Si necesitaban una camioneta, ¿para
qué hacer tanto lío? Cambiar motores y todo eso. ¿Por qué no ir directamente al objetivo con
la camioneta robada?”.

Dijo que los jefes de B&Blos liberaron de cumplir horarios, que la SIDE les pagaba “los viáticos”
y que el dúo dio “la punta para localizar a Miguel (Gustavo) Jaimes” a partir de los datos
provenientes del radiollamado de Telleldín y de la información propia de que tiempo atrás una
grúa municipal de Morón había acarreado el auto de su padre. Jaimes, a quien Telleldín
llamaba “Gustavo” y con el que se conectaba a través de una mensajería, era un supuesto
visitador médico y dueño de un importante chalet, conocido en el hampa como El Cirujanoo El

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Dibujante, por su habilidad para alterar los números de motores y chasis con un lápiz eléctrico.
Según Luis Dobniewski, el abogado de la AMIA, estaba protegido por la jefatura de la Policía
Federal. Stiuso dijo que Dobniewski tenía relación con él y con el abogado de César Fernández,
el Dr. (Eduardo Enrique) Rigotti. Este abogado trabajaba en la firma Justice S.A. de Dobniewski
y a la vez era conocido de Jaimes, del que después fue abogado, explicó.

Stiuso dijo que cuando lo tuvo frente a él, al participar del allanamiento de su casa y su
detención, se dio cuenta de que la fisonomía de Jaimes coincidía al milímetro con la del
supuesto centroamericano Ramón Martínez, al que Telleldín, una vez caída la mentira de los
compradores coreanos, decía haberle vendido la Trafic.

También dijo que Jaimes era quien había llevado la Trafic “ya sin motor, remolcándola, no
recuerdo ahora si a lo de Cotoras o a lo de Nitzcaner”,pero que lo más importante para
destacar era que al menos hasta su estacionamiento en Jet Parking, la Trafic nunca había
escapado del control de Monjo y de la Policía Federal. Young lo sintetiza diciendo que la
camioneta que había sido de Messin y había pasado de Monjo a Telleldín había vuelto a la
órbita deMonjo. Y que aunque Telleldín le hubiera traspasado la Trafic rearmada con el motor
que había sido de aquella a un desconocido (cosa que Stiuso evidentemente no cree que haya
podido pasar), tenía suficientes elementos para intuir, o saber positivamente, que esa persona
estaba relacionada con Monjo. Cuanto más si se la hubiera dado a Jaimes, como postuló
tácitamente su casi tocayo Jaime.

Aprietes

Stiuso dijo que la “colaboración” de B&B con la SIDE había durado hasta fin de año, cuando
Galeano decidió cortarla sin dar explicaciones. Y que otro aporte del dúo fue arrimar a Juan
Alberto Bottegal, quien había sido abogado de Telleldín y al que este acusaría de haberlo
extorsionado y arrebatado un pequeño yate, el “Gonzalo”.B&Bterminarían por admitir que
extorsionaban a Telleldín haciendo uno de policía bueno (Barreda) y el otro de policía malo
(Bareiro), y que habían logrado que cuando tenía problemas y necesitaba un abogado,
Telleldín recurriera a Bottegal, que estaba en combinación con ellos.

Bottegal informó a la SIDE que el jueves 14 de julio la Policía Bonaerense había secuestrado a
Hugo Pérez, el socio de Telleldín (de jóvenes, ambos habían sido agentes de inteligencia de la

507
Policía de Córdoba), y admitió que el viernes 15, aproximadamente a la misma hora en que la
Trafic blanca era estacionada en Jet Parking, él había negociado la libertad de Pérez con
Telleldín, quien le había entregado dinero y los papeles de una lancha. La negociación (en
realidad, apriete) había dicho Bottegal —según la narración de Stiuso— se hizo en una
confitería de la avenida San Martín casi General Paz y, como a Telleldín le faltaba plata para
cubrir sus exigencias, le había dicho que lo esperara, que había vendido una Trafic y que la iba
a entregar y cobrar el domingo.

Solari

Por orden de Galeano, Bareiro y Barreda dejaron de trabajar para la SIDE a fines de 1994. Dos
semanas después, dijo Stiuso, Bareiro lo llamó para decirle que un despiadado sicario que
estaba preso desde septiembre por un asesinato múltiple en Benavídez, Ramón Emilio Solari,
se atribuía haber comprado la supuesta Trafic-bomba y protagonizado el atentado.

Stiuso dijo que se limitó a pasar el asunto al juzgado de Galeano, pero admitió que ello había
terminado por deteriorar su relación con el juez, que lo culparía de haber armado una historia
falsa, según le dijo la secretaria de Galeano, Susana Spina, a uno de sus hombres. Stiuso dijo
que no solía tratar directamente con el juez sino que enviaba sus “blancos” a los secretarios
del juzgado, Javier De Gamas y Carlos Velazco, pero que había sido Galeano en persona quien
en marzo le había leído las declaraciones de Solari, y que en esa ocasión le había dicho al juez
claramente que la historia contada por Solari era “un fiasco”.

Al parecer, Galeano creía que B&B habían armado “un libreto” con Solari para favorecer a
otros policías bonaerenses mientras Stiuso sostenía que lo habían armado para favorecer a
otros policías.

"Le pedí al juez que me tomara declaración pero nunca me la quiso tomar. Tenía hasta el
director mío de testigo porque estaba todo acordado y no había nada raro", dijo. Y más
adelante, en relación a la contratación de B&B, contó que cuando se decidió, no solo estaban
Galeano y él, que había testigos de que él había dado su conformidad: “No estábamos solos,
también había personas extranjeras”.

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Horarios y coartadas

Sin decirlo abiertamente, Stiuso embistió a continuación contra los dichos de Telleldín acerca
de que se había desprendido de la Trafic poco después del mediodía de aquel domingo 10.
Explicó que la mujer de Barreda estaba embarazada y a punto de parir y tenía consigo el
celular/ladrillo de su marido, y que Telleldín llamó a ese número pasadas las 17, que ahí se
enteró de que ella estaba internada y que se disculpó por no ir a visitarla diciéndole que estaba
esperando al comprador de una Trafic.

También recordó que Hugo Pérez, que estaba en la casa, dijo que la operación debió hacerse
después de las 17 porque antes estaban viendoun partido de fú[Link] fin, dijo que Barreda le
informó que Ana Boragni se le había sincerado y dicho que Telleldín había entregado la Trafic
después de las 5 de la tarde.

Stiuso dijo que no había leído la declaración de Pérez en sede judicial, pero que lo había
entrevistadopersonalmente. Le preguntaron cuándo, y dijo “cuando lo localizamos”. Y agregó
que luego de interrogarlo exhaustivamente lo había metido en un auto que lo depositó en el
juzgado.

“Bareiro nos informó que ya a partir del miércoles 20 Telleldín estaba inquieto y sumamente
nervioso porque suponía que la Trafic de la que se hablaba era la que había traspasado el
domingo y que ya entonces lo cargaban diciéndole: ‘Che, la Trafic ¿no será la tuya?’, y que fue
recién entonces que Telleldín fabricó el boleto (de compraventa). “Para el jueves 21 los nervios
de Telleldín eran totales y Boragni lloraba cuando Bareiro llegó al chalet con su novia. Bareiro
dijo que entonces se hizo una reunión, una especie de petit comité de crisis, en que la
participaron Ariel Nitzcaner (uno de los chapistas que trabajaban para Telleldín, de origen
judío) y un hermano suyo (Claudio) que es abogado. “Ahí se arman las historias que iban a
decir si eran localizados, y ahí Telleldín decide huir.

Antes, Telleldín terminó de armar su coartada: fue con Hugo Pérez a la calle San José 972,
entre Estados Unidos y Carlos Calvo, y le hizo tocar el timbre en busca del inexistente
comprador, un tal Ramón Martínez, a fin de tenerlo de testigo de su supuesta buena fe.

Después inició su huida:primero fue a Luján (donde tenía un criadero de chanchos), luego a
Córdoba, y de Córdoba a Misiones. Es decir, cerca de la Triple Frontera, dónde, en Foz do
Iguazú, Brasil, Monjo tenía una mansión. “Para entonces todas esas personas creían o sabían

509
positivamente que la Trafic de la que se hablaba era la que había pasado por ahí”, puntualizó
Stiuso.

Le preguntaron si el domingo 10 de julio estaban en la casa de Telleldín Hugo Pérez y


Humberto Pérez Mejía (un peruano que trabajaba en negro para Telleldín) y cómo no habían
visto al hombre que fue a negociar la camioneta (que Stiuso ya había dicho estar convencido
de que se habían llevado el sábado).“Hugo Pérez dijo que él no lo había visto, y en cuanto a
Humberto Pérez Mejía lo localizamos en un lugar, pero llegó el DPOC, se lo llevó, le tomaron
declaración y desapareció. No dejaron que le hiciéramos preguntas. Ni llegó al juzgado. Se le
tomó declaración en el DPOC y desapareció. Era un testigo importante y lo estuvimos
buscando en Perú, pero no lo encontramos”, relató.

Mentiras sistemáticas

Stiuso dijo que sus hombres habían investigado exhaustivamente la posible existencia del tal
Ramón Martínez y habían llegado a la conclusión de que nunca había existido. Eso sí, habían
encontrado que Telleldín había tenido años atrás, en un negocio de artículos electrónicos, un
socio español llamado José Ramón Martínez. Telleldín era un hábil declarante, que mezclaba
todo y mentía sistemáticamente.

Nadie le preguntó si tenía alguna idea de porqué, si había preparado una coartada sobre una
supuesta venta al hermano latinoamericano Ramón Martínez, Telleldín se había plegado a la
indigerible historia de los coreanos para volver recién cuando esta se cayó por su evidente
falsíaa la que había fabricado [Link] haya sido para no contradecir a su mujer.“Hay
una sola historia”, le había dicho Gastón en esa última conversación sobreviviente de una larga
serie. Esa historia, es evidente, era la de los coreanos, arduamente consensuada entre Ana
Boragni, Telleldín, la SIDE y los dos policías y que se había ido a pique enseguida, entre otras
cosas porque Ana había dicho y él ratificado que el presunto comprador oriental había llegado
a su casa conduciendo un Mitsubishi Galant azul y en el país había poquísimo autos de esa
marca, modelo y color.

“El viernes, Telleldín dijo en voz alta ‘¡Me cagaron!’, armó una coartada, llevó a Hugo Pérez a
tocar timbre a la calle San José y se escapó. Él nunca dijo en qué se apoyaba (para haber
llegado a la conclusión de que la Trafic de mentas era la que él había traspasado), él iba

510
construyendo coartadas. Sabe qué hizo con la camioneta pero no lo quieredecir, y cuando se
caía una coartada inventaba otra”.“Para nosotros dejó de ser creíble”, sintetizó Stiuso, pero
eso no era un problema insuperable, explicó, porque “a la camioneta podíamos llegar tanto
por Telleldín como por Monjo. Para mí, Telleldín y Monjo son lo mismo”.

Le preguntaron si creía que Telleldín sabía para qué iba a ser usada la camioneta. “No para el
atentado, pero sí que era para algo extraño… porque si no hubiera tenido que entregar los
papeles... y la Trafic la entregó sin papeles. Por eso llegó a la conclusión de que lo habían
cagado”.

¿Se cierra un circuito?

Seguidamente, y de motu proprio, Stiuso se refirió a Alberto Kanoore Edul. Dijo que en
principio Edul negó haber llamado a las 15.30 a Telleldín y le echó la culpa a su chofer, pero
que rápidamente pudo establecerse que su chofer jamás había trabajado un domingo, y que
por la celda a través de la cual había salido el llamado hecho desde el celular (fijo a su Peugeot
505 marrón) no cabía duda de que se había hecho desde el lugar en que estaba estacionado el
automóvil, junto a la casa de Edul, quién recién “se animó a reconocer el llamado después de
que me (sic) pusieron presos a los policías (bonaerenses), creo que en el año 97, en un
programa que tenemos grabado”, agregó, en alusión a un programa de Memoria, conducido
por Samuel Chiche Gelblung desde los viejos estudios del Canal 9 en la pituca calle Castex.
Hacía poco que se había publicado AMIA. El Atentado y el autor no sabía que iba a ir Edul ni
Edul que iba a ir el autor. En medio de un tenso diálogo entre ambos, Edul se puso a sollozar y
admitió que podía haber hecho ese llamado porque, dijo, estaba buscando comprar una
camioneta.

Le preguntaron a Stiuso si tenía algún dato concreto que vinculara a Monjo al atentado. “El
único dato concreto es lo que dice la esposa de Edul: dijo que habló con Alejandro. Lo dijo por
teléfono, hablando con la productora de un canal. Dijo:‘Habló con Telleldín y habló con
Alejandro, con Monjo, habló con... después, cuando alguien de Renault…’”.La confusa
transcripción de estos y otros dichos anteriores de Stiuso parecen hacer referencia a que
Monjo también se habría comunicado el domingo 10 con Telleldín.

De ser ciertas, ambas noticias serían muy relevantes, ya que Edul habría llamado a Telleldín y a

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Monjo… o Monjo habría llamado a Edul y a Telleldín, con lo que se cerraría un circuito. Sin
embargo, sería muy sorprendente que hubiera alguna prueba de algo semejante veinte años
después…Por lo pronto, habrá que esperar a que los audios, sino el video de las declaraciones
de Stiuso y de otros testigos relevantes que declararon en el juicio de la AMIA, sean de
dominio público.

Respecto de Edul, su abogado, Gabriel Labaké, escribió un grueso libro que demuestra
fehacientemente que el tándem Stiuso-Nisman jamás logró probarle nada.

Por el otro, al declarar en el juicio, a Stiuso le preguntaron si habían recibido presiones para
que no se investigara algo, posiblemente por el recuerdo de aquel llamado que Munir Menem,
hermano del Presidente, le hizo al juez Galeano interesándose por Edul, cuando este fue
detenido por espacio de unas pocas horas. “No, que yo recuerde no. Porque usted fíjese como
seguimos con el tema Edul adelante. Y eso que en nuestros gráficos figuraba hasta Amira
Yoma...”.

Jaime recordó que “en 1998, creo que para abril, vino el FBI en misión oficial y estuvo un mes
en la base mía analizando todo lo que se había trabajado. Y estuvo totalmente de acuerdo con
todo lo que se hizo. Totalmente. Auditó todo y creo que hay un informe oficial (en el que,
entre otras cosas, el FBI recomendaba investigar más a fondo a Monjo). Y bueno, al día de hoy
ellos también colaboran con nosotros, aparte de los servicios colaterales. Se sorprendieron de
una sola cosa: que Edul estuviera libre. A lo que yo les expliqué cómo eran las leyes acá,
porque ellos tienen otro tipo de leyes…”.

Monjo, una obsesión

El Tribunal le preguntó luego a Stiuso por César Fernández, un ladrón de autos relacionado con
Telleldín que El Gordo Miguel buscóafanosamente en Gualeguaychú, territorio de undoblador
amigo de Telleldín, Carlos Irigoytía, con el concurso de un confidente trabajosamente
reclutado. Fernández terminaría secuestrado por la patota de la SIDE, que lo habría hecho
desembuchar muchas cosas. Tratando de que no le preguntasen sobre el particular, Stiuso
cambió de tema en procura de una síntesis: “El problema es acá Monjo. Monjo tenía contactos
con Irigoytía, con Telleldín, Telleldín con Irigoytía, César Fernández con Monjo. Era toda una
red. No se puede separar a Monjo de Telleldín. Son una sola cosa. Monjo era una terminal

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automotriz y los otros eran sus brazos”, dijo.

“Yo buscaba las uniones y toda esta gente, en vez de tener contacto con Telleldín, tenía
contacto con Monjo. Por lo que para mí era más importante el contacto con Monjo que con
Telleldín puesto que era Monjo el que centralizaba los contactos”, redondeó.

Y más tarde: “Todas las personas del entorno de Telleldín también tenían contacto con Monjo.
Irigoytía tenía contacto con Monjo y a su vez con Telleldín, y a su vez con varias personas que
se juntaban con Telleldín. Y había también un taller en San Justo. Era toda una organización,
pero el que tenía la llave del negocio era Monjo”.

Y por si no hubiera quedado claro, dijo: “A la camioneta también se podía llegar por Monjo. No
se puede aislar a Telleldín de Monjo. Lo que se determinó de todas esas investigaciones fue
que todos conocían a Monjo. Todos los contactos de Telleldín que intervenían en el proceso de
armado, de 'fabricación' de automotores conocían a Monjo, pasaban por lo de Monjo, iban a
Monjo”.

Stiuso venía pidiendo la detención de Monjo hacía rato, pero el juez no se decidía. Por fin se
atrevió, pero los oficiales del DPOC encargado de detenerlo hicieron un allanamiento previo y
dejaron que los allanados lo llamaran por teléfono y le advirtieran que el cateo de su casa era
inminente, dándoletiempo para huir, por lo que la SIDE tuvo que rastrearlo, ubicarlo y
detenerlo con la ayuda del jefe de la Brigada de Investigaciones de General Sarmiento, el
comisario Ángel El Mono Salguero. Fue con este comisario, recordó, que también allanaron la
casa de Miguel Jaimes y lo detuvieron, ocasión en que se dio cuenta de inmediato de su
fortísimo parecido con el identikit hecho por Telleldín del supuesto “Ramón Martínez”.Sin
embargo, y para decepción de Stiuso, tanto Monjo como Jaimes fueron pronto excarcelados.
Respecto de Jaimes, Stiuso dijo que “lo llamé y le dije que quería tener una entrevista con él,
pero su abogado le dijo que no me la diera”.

Más tarde, Stiuso volvió al tema de las camionetas. Insistió en que la de Sarapura tenía un lío
con el seguro, dijo que “era todo medio fraguado (…) el problema es que no era una sola la
camioneta (...) Todo empezó cuando en lo de Monjo (los oficiales del DPOC, encabezados por
el principal José Luis González) en vez de llevarse toda la documentación, se llevaron una sola
factura. Ahí empezaron los verdaderos líos, porque es el único caso que conozco que se va a
allanar a un lugar y traen una sola factura... Aunque yo de allanamientos mucho no sé,
peronormalmente se lleva toda la documentación cuando es evidente que podía haber otras

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camionetas gemelas… Había cheques extendidos a nombre de policías. Y por fin está el gran
hallazgo que es la condecoración de la División Sustracción de Automotores, un gallo de oro o
algo parecido…Y eso se lo hice preguntar al propio Monjo cuando después se lo detuvo y él
contestó que bueno, los del DPOC le habían dicho que necesitaban solamente ese documento,
(cuando) en realidad había que haber verificado todas las operaciones que había hecho y a
todas las compañías de seguros que tuvieron relación con él para llegar a la carrocería real”. Y
ahí se cortó y se disculpó diciendo que eso es lo que investigaban cuando lo apartaron del
tema.

El divorcio Galeano-Sala Patria

“Lo de la camioneta de (el disc-jockey Pedro) Sarapura también lo investigamos nosotros”,


recordó. Le preguntaron cómo se había enterado del tema. “El dato me lo dio el juzgado”, dijo.
Al juzgado se lo había dado Carlos de Nápoli, el primero que se dio cuenta de que no se
hablaba de una sola Trafic sino de dos... o más. Le preguntaron si había charlado con De
Nápoli, dijo que no y agregó: “Llegue a determinar que César Fernández iba a un colegio
nocturno a pocas cuadras de donde se la robó”. Después se puso a decir que había habido “un
arreglo” con el tema del seguro de esta camioneta, pero ante nuevas preguntas se excusó. Dijo
que después de la mitad de 1996 quedó afuera de esta investigación y pasó a ocuparse de “la
parte islámica” y a prevenir que hubiera un tercer atentado.

Como le preguntaron porqué lo habían alejado de la investigación, dijo que porque no estaba
de acuerdo con que se detuviera a los policías bonaerenses. “Esa historia no cerraba por nada
del mundo. El equipo mío que investigó en la calle República no encontró ninguna persona que
hubiera visto algún movimiento en esa tarde de domingo”.

Stiuso recordó que lo del pago a Telleldín de 475 mil dólares para que acusara al comisario
Ribelli & Cí[Link] expuso detalladamente a la luz con el libro del ex prosecretario de Galeano y
pluma de la FederalClaudio Lifschitz (AMIA. Por qué se hizo fallar la
investigación,Departamento Editorial, 2000). También recordó que la Policía Federal metió a
Lifschitz en el juzgado en la época en que la SIDE investigaba a Monjo pero que “después
Lifschitz se olvidó de sus orígenes y hubo rupturas y ocurrió lo que ocurrió”.

El libro tuvo un efecto paradójico respecto dela interna de la SIDE. Lifschitz, introducido en el

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juzgado por El Fino Palacios, se había hecho amigo de Pfinnen, quien le transmitió su aversión
por Jaime. Como había participado directamente del pago a Telleldín para que acusara
falsamente a los policías bonaerenses, su libro —que fue leído con mucha atención por Cristina
Fernández de Kirchner—, en este punto irrefutable, significó el principio del fin para el juez
Galeano y los fiscales Mullen y Barbaccia. Pero también había puesto bajo la lupa al sector de
la SIDE que había participado de la maniobra, es decir, a Pfinnen.

En cambio, el otro eje del libro, la hipótesis de queJaime investigaba a una célula de iraníes
que habían escapado de sucontrol y cometido el atentado, lo que había forzado las muchas
maniobras de encubrimiento en curso, tenía las mismas debilidades que todas las acusaciones
que se levantaban contra Irán, que para la época del atentado a la Embajada de Israel era el
principal comprador de cereales argentinos, en reemplazo de la implosionada Unión Soviética,
y uno de los más importantes compradores de armamentos de industria nacional hasta el
desguace de Fabricaciones Militares.

No tenía ningún sentido que Irán, un país cercado y que había repelido la agresión del Irak de
Saddam Hussein (apoyado por Inglaterra y Alemania) durante ocho largos años a un costo de
un millón de muertos, cometiera atentados en el país más amistoso de la regió[Link], el
libro, que tenía como objetivo explícito a Jaime, fue un búmeran que se llevó puesto a Pfinnen
cuando quedó claro que había sido la principal fuente de aquellos embates.

Así lo contó Jaime en el juicio:“Cuando Lifschitz sacó eso quebró todo el secreto que había. Él
fue uno de los que participó en todo eso porque en el 96 él estaba adentro del juzgado.
Participó, y bueno, es el primero que quebró el secreto. Mejor dicho, el primero fue el que
sacó el video (de Galeano sobornando a Telleldín para que acusara al comisario Juan José
Ribelli y demás policías bonaerenses) y el segundo fue Lifschitz, que lo declaró (...) en realidad
todos formaban un núcleo, una sociedad. Porque el tema del pago era un tema del juzgado y
de la Sala Patria, y en unas declaraciones que traje está la explicación de por qué sufren un
internismo entre ellos mismos y eso es lo que trajo aparejado todo lo demás que ocurrió. Una
es una declaración de (el mayor retirado) Alejandro Brousson (el ex jefe de Contraterrorismo
eyectado de la SIDE a causa de la publicación en Página/12 del rostro del station chief de la
CIA, Ross Newland, maniobra que muchos atribuyerona Jaime),y el otro documento también
está desclasificado. Puedo leerles cómo se produce el quiebre del grupo y empiezan todas esas
fisuras y a aparecer todas esas cosas que aparecieron y sucedieron después”.

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También, refiriéndose a la ruptura de las relaciones entre Galeano y la Sala Patria, dijo que
“Lifschitz estaba desencantado con el juzgado o con el juez porque no se lo tomaba en cuenta
o no se lo valoraba como correspondía. Evidentemente quería ser secretario o algo así. Estaba
despechado. Y en 1997 Brousson estaba peleado con él porque el señor Patricio (todo indica
que Pfinnen) le había dicho que Brousson no quería que estuviera en la Sala Patria. El señor
Patricio le había dicho al mayor Brousson que no podía encontrarse con el Dr. Galeano, que no
lo podía ver (los invita a leer material desclasificado).

Se refirió seguidamente a las declaraciones de una agente femenina de la Sala Patria llamada
“Meléndez” acerca de que (Luis Nelson, Pinocho) González “la había perseguido para arreglar
el tema de las declaraciones” al parecer en el marco del sumario Nº 540 que concluyó con la
separación de tres agentes:Carlos Molina Quiroga (jefe de los agentes que actuaban en el
marco de la Cancillería) y el mencionado Pinocho, quienes a su vez, dijo,acusaron a Brousson,
un militar parvenú, simpatizante de los carapintadas pero enemigo de la sumisión de la SIDE a
la CIA y el Mossad.

De Pinocho González, el principal operador judicial deLa Casa, reveló además una curiosidad:
que controlaba a Gustavo Semorile, el abogado de Telleldín que lo traicionó, entregándolo a
Ribelli para que este lo extorsionara. Semorile no solo era confidente de los corruptos policías
bonaerenses y defensor de un delincuente de amplísimo espectro como Telleldín, también era
agente inorgánico de la SIDE, que lo había reclutado… porque era abogado del líder
montonero Mario Eduardo Firmenich. “Fue fuente del organismo desde 1984 hasta el fin del
2001 y el que lo manejaba era Luis Nelson González, alias Pinocho. En el 84, por el tema
Firmenich, porque era su abogado y nuestra fuente a la vez”.

La última vez que tuve noticias de él fue porque lo hice llamar a través de Pinocho porque él
defendía a parte de la familia de secuestradores de (el empresario Abraham) Awada (padre de
Juliana, esposa de Mauricio Macri, secuestrado en el 2001), para que nos contara qué sabía del
resto. Hasta esa fecha era fuente del organismo”.

Sarnas

En cuanto a la insólita incorporación del asesino y secuestrador serial Raúl Guglielminetti a la


investigación, quien también había estado al frente del Grupo de Tareas del Exterior (GTE) de

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la dictadura con sede en Miami, dijo que se había hecho a través del abogado Javier
Astigarraga (mano derecha deDobniewski y a la vez muy allegado a la Sala Patria) y del
secretario [Link] dijo que Guglielminetti notrabajaba para la SIDE sino que hacía
trabajos puntuales para el juzgadoy para la querella (!), a la que le daría información sobre
grupos de extrema derecha. Stiuso mintió tanto en esto como al decir quehabía conocido
aGuglielminetti en 1985 cuando fue a España a detenerlo junto al comisario Naldi.

Mintió en lo primero porque en la misma declaración terminaríaaceptando que a veces


Guglielminetti trabajaba para ellos: “A veces traía alguna información. No era un trabajo
regular sino esporádico. Nosotros tenemos montones de informantes”. Y respecto de desde
cuándo lo conocía, porque era de un año antes de lo que había dicho, en circunstancias que lo
avergü[Link]ó en 1984, a poco de haber asumido la presidencia Raúl Alfonsín, quien
había puesto al frente de la SIDEa Roberto Pena, un abogado laboralista del grupo de
“Crucecita” (Avellaneda) de radicales nacionalistas al que también pertenecía el ministro de
Economía, Bernardo Grinspun.

El ubicuo Guglielminetti había logrado camuflarse como Zelig entre los custodios de Alfonsín,
gracias a que poco antes había ingresado a la Casa Militar de la mano de su jefe de Seguridad e
Inteligencia, el coronel González [Link] se había asociado a dos tenientes de
navío retirados, Marcelo Marienhoff y Fernando Cagliari, quienes provenían del Servicio de
Informaciones Navales (SIN), trabajaban con el subsecretario general de la Presidencia Dante
Giadone y gozaban en ese momento de gran predicamento en Alfonsín y sus colaboradores
por haber inventado lo del supuesto pacto militar-sindical impulsado por el caudillo
metalúrgico Lorenzo Miguel y que, bendecido el candidato justicialista Ítalo Luder, habría
garantizado la impunidad de los militares exterminadores. Algo que nuncahabía terminado de
cuajar pero que estaba en el aire (se non è vero, è ben trovato) y que junto con la quema de un
ataúd con las siglas UCR en el acto final del Partido Justicialista en una avenida 9 de Julio
repleta porparte del caudillo justicialista de Avellaneda, Herminio Iglesias, habían sido los
golpes decisivos para que las clases medias votaran en masa por Alfonsín, garantizando su
triunfo.

Guglielminetti y los marinos habían convencido a Giadone (y acaso también a Alfonsín, lo que
nunca se sabrá) que habida cuenta de que la SIDE estaba plagada de agentes que habían
servido con carnicera diligencia a la dictadura, era conveniente montar un servicio de
inteligencia paralelo. Así, de la mano de Guglielminetti y de Juan Antonio del Cerro, alías

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Colores, el más eficiente torturador de la Policía Federal, y con la asistencia de Claudio Fafá
Pitané, un suboficial de la Federal que como aquel había actuado en la ESMA, se montó a
metros de la SIDE, en Leandro N. Alem 218, lo que habría de llamarse “la SIDE paralela” o
“Grupo Alem”, que “solo produjo ilícitos, incluyendo resonantes secuestros a importantes
empresarios y con el cobro de suculentos rescates, todos manejados por Guglielminetti a
espaldas del resto y que terminó con la huida de este, con las carreras de los marinos y la
renuncia de Giadone” al decir del capitán de corbeta (R) Adolfo F. Scilingo, condenado a
chiquicientos años de prisión en Madrid por haber publicitado su participación en dos “vuelos
de la muerte” (Por siempre nunca más, edición del autor, 1998).

Pero antes, cuando casi nadie sabía a qué se había dedicado Guglielminetti, en 1984 su jefe en
la SIDE le encomendó al joven ingeniero Aldo Stiles, es decir a Stiuso, que colocara micrófonos
en sus oficinas para enterarse a qué se dedicaba el grupo que parecía comandar. Era su
especialidad, pero no una tarea sencilla atendiendo a quiénes debían ser espiados. La acción
fue relatada con leves diferencias tanto por Jorge Asís en sus Partes de inteligencia
(Sudamericana, 1987)como por TatoYoung en su Código Stiuso, al que citaremos por tener más
a mano.

Afirma Young que la misión que recibió Jaime era escucharlos, estudiarlos y saber todo sobre
Guglielminetti y su pandilla, por lo que acudió con dos agentes, todos vestidos con los
mamelucos de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel) y munidos de sus
credenciales, que tocaron timbre y explicaron a la voz que los atendió que debían revisar las
líneas para comprobar un [Link] cargando rollos de cables, un portafolio con pinzas,
cintas y dos micrófonos del tamaño de un botón. La tarea no debía llevarles más de 10
minutos, debía parecer un trámite de rutina.

Les abrió la puerta Colores, que los guió hasta lo que parecía ser el living del departamento.
“Escuchó sus explicaciones, se fue por una puerta y los dejó solos. Jaime y los suyos creyeron
que las cosas iban a salir bien. Pero no habían terminado de recorrer el ambiente cuando la
puerta volvió a abrirse y se presentó Guglielminetti, con un anillo de oro en la mano izquierda
y una pistola en la derecha. Estaba peinado a la gomina y sostenía la pistola con liviandad,
apuntando al piso, como con desgano. Sonreíay los observaba como quien observa a
condenados a muerte. ¿Le daban lástima esos tres muchachos jugando a ser James Bond?
Quizá. Detrás de Guglielminetti se aparecieron dos hombres más, que venían a jugar de rudos,
y dos jóvenes militantes radicales que miraban la escena con estupor”.

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Young dice que uno de los pesados era el bigotudo Claudio Pitané, apodado Fafá por el mago
que hacía desaparecer a la gente, quien habría de reciclarse “como jefe de la seguridad de la
familia del empresario Alfredo Yabrán”. Fue Fafá quien le contó la escena a Asís, según la cual,
recuerdo, fue Guglielminetti quien los obligó a arrojarse al piso.

Por cierto, uno de los jóvenes radicales que asistieron a la escena estupefactos fue Mario
Pergolini, según el mismo me contó por propia iniciativa en su productora Cuatro Cabezas hace
más de una década.

Según Young, fueron “los rudos” quienes “tiraron a los intrusos al suelo y les ataron las manos
detrás de la espalda mientras los golpeaban y les clavaban las rodillas en las costillas.
Guglielminetti se sentó en un sillóny empezó a fumar cigarrillos negros. Los observó. Dicen que
nadie habló durante horas”.

“Lo que ocurrió en el departamento de la avenida Alem fue durante años uno de esos relatos
que, de tanto contarse, acaban por convertirse en indescifrables”, escribió Young. “Dicen que
Jaime fue torturado, que fue obligadoa confesar quién lo había mandado; que fue atado de
pies y manos durante horas hasta que vomitó o se hizo pis encima o lloró o cuantas cosas
quisieron acotar quienes relataron la historia. Es difícil saber qué ocurrió realmente. Es
probable que un poco de todo eso. O todo al mismo [Link] día siguiente Jaime volvió a la
base de Estados Unidos, se encerró con su jefe durante horas y no volvió a hablar del tema
nunca jamás”.

Stiuso dijo que había vuelto a ver a Guglielminettien la División Narcotráfico Norte de la
Bonaerense, cuando Guastavino le había dicho que estaba colaborando con Astigarraga y que
Galeano y El Fino Palacios se habían distanciado, y que “para marzo de 1999 Guglielminetti ya
tenía la información de la parte del libro que iba a sacar Lifschitz en todo lo relacionado a
Kanoore Edul, su cuñado, el policía bonaerense José Chabán y compañía”.

Sin embargo, Jaime no pudo ocultar la animadversión que sentía tanto por Guglielminetti
como por Lifschitz. Dijo que el primero espiaba al segundo, que sabía dónde vivía, dónde tenía
su estudio, su teléfono, etc., y remató: “Eran todos unas sarnas, con perdón”.

Traspapelados

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Stiuso dijo que ya el mismo 18-J Anzorreguy le pidió una lista de “blancos” islámicos. Y que ese
mismo día entregódicha lista y fueron a La Ojota para garantizar que se intervinieran ipso
facto. Todo, admitió, sin orden judicial.A fojas 114, el 20 de julio el DPOC le había pedido al
juzgado la intervención de una serie de teléfonos entre los que se encontraba el de Telleldín.
Galeano alegó que el pedido lo había recibido el martes 26 pero que se le había traspapelado.
Sin embargo, Levinas destacó que la secretaria Spina había firmado “la recepción del primer
cuerpo del expediente” que la incluía “cosido y terminado” el lunes 25 por la mañana... y el
block del motor que se suponía había conducido hasta El Enano se había encontrado
oficialmente pasadas largamente las 19, con lo que quedó claro que realmente, y tal como
todo indicaba Galeano, había recibido el pedido policial el miércoles 20.

Le pidieron a Jaime que lo explicara. Dijo que contenía varios de los teléfonos que él había
incluido en aquella primera lista de “blancos” y otros que le parecía que estaban mal fechados.
“Habría que fijarse en las órdenes de conexión de La Ojota a las prestatarias”, opinó. Después
dijo que todos esos números (excepto, es de suponer, el de Telleldín) estaban ya en la lista
suya y provenían, con mayor precisión, de la Dirección de Análisis, ya que entonces Análisis y
Operaciones trabajaban conjuntamente.

Como la explicación no satisfizo, las querellas volvieron sobre el tema, pidiendo una
explicación. “No hay explicación. Evidentemente fue una actitud de corregir o de completar
esos oficios faltantes que el juzgado no había emitido porque el pedido de conexión estaba...
ahora hay algunos que si lo emitieron siete días después... eso obedeció a un tema de
papeles”.

Más adelante, un querellante le leyó una nota de la Policía Federal del 22 de agosto de 1994
que hace referencia a la foja 114:“Por circunstancias ajenas a esta prevención aún no se
recibieron casetes por parte de la oficina de Observaciones Judiciales de la SIDE conteniendo
las escuchas de los teléfonos que a continuación se detallan de cuyo resultado se adelanta un
informe negativo en cuanto al hecho investigado”, y da una cantidad de teléfonos entre los
cuales están estos a los que acabo de hacer mención, y al final pone “por lo expuesto se
solicita el sin efecto de la medida oportunamente dispuesta por carecer de interés
investigativo en la causa”.

Preguntó el querellante: “¿Usted sabe de su oficina o de algún funcionario que le haya


comunicado a la Policía Federal que estos teléfonos no tenían ningún interés

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investigativo?”.Tras algunos circunloquios, Jaime contestó: “No es nuestro. Debe ser algo para
arreglar el tema de las bajas, el pedido, o algo para contrarrestar esa foja 114 que también
hizo la Policía Federal, pero es una cosa totalmente extraña... como es extraña la foja 114 esto
también es muy extraño”.

Borrados

Respecto de la desaparición de casetes, Stiuso dijo que “a nosotros nos mandan copias que
tenemos que explotarlas, y explotar quiere decir desgrabar y destruir. Hay una directiva al
respecto que está vigente. Entonces los recibíamos, los desgrabábamos y los borrábamos. Esto
hasta mitad del 95, cuando en virtud de todos los líos derivados de que desaparecieron los
casetes del DPOC se empezó a hacer backupde todo.

“En el tema AMIA nosotros de los primeros casetes recibíamos copias y no éramos
responsables frente a la Justicia de retirar el producido, de explotarlo y de guardarlo. Si no
había una orden en contrario teníamos una directiva que no podíamos incumplir: el material
tenía que ser desgrabado, borrado. La directiva la tengo acá, es secreta, les podría leer el
párrafo...”, invitó. “No es que borramos los 66 casetes”, insistió. “Borramos todos los de esa
época porque teníamos una directiva interna que la única manera de no cumplirla es que haya
una orden de un juzgado que nos diga que tenemos que conservarlos”.

Le preguntaron si había diferencias entre las transcripciones que hicieron el DPOC y la SIDE.
“Sí, me enteré por los medios de todo este lío de los casetes que el DPOC borró o perdió... Yo
no analicé las diferencias, meguío por lo que transcribimos nosotros. Para nosotros, la realidad
son los casetes y las transcripciones nuestras. Habría que ver qué partes faltan”, dijo, y se
lanzó a una larga y farragosa explicación.

Respecto de la intervención de las líneas telefónicas de la Embajada de Irán dijo que se hizo 40
días antes del atentado a la AMIA “en conjunto con un servicio colateral” y sin orden judicial, y
dio un pretexto infantil para haberlo hecho: “Controlar la infiltración para el
aprovisionamiento nuclear y el reclutamiento de nuestros ingenieros nucleares” porque, dijo,
“Irán siempre trató de aprovisionarse de elementos para construir reactores nucleares”.

También dio una excusa de parvulario para no haber hecho copias de lo entregado al Mossad:
dijo que la SIDE no tenía traductores de farsi y que las escuchas hechas a los teléfonos a la

521
Embajada mientras estuvieron en Buenos Aires “los rescatistas” israelíes “fueron hechas
directamente por los agentes del Mossad que los acompañaban”.

Después de su apartamiento de la causa, a principios de 1996, Stiuso se había dedicado a hacer


dinero y cultivar sus relaciones con la CIA, el Mossad y el BND alemán. Su suerte comenzó a
cambiar cuando se incendió el país, a fines de 2001.

En medio del caos, Jaime le arrancó muchas concesiones al efímero presidente Adolfo
Rodríguez Saá, y las consolidó cuando asumió el interinato hasta nuevas elecciones Eduardo
Duhalde, quien puso al frente de la SIDE al GringoCarlos Soria, el mismo que moriría asesinado
por su esposa luego de haber sido elegido gobernador de Río Negro pero antes de asumir. “El
doctor Soria volvió a unir el área de Control Antiterrorista, donde se había separado la parte
operativa de la de análisis, de modo que cuando esta pedía una investigación los papeles
tardaban diez días de pasar de un área a otra”,recordó Stiuso. “A partir de ahí se hizo el
informe internacional”, añadió.

Se trata de un documento elaborado íntegramente a partir de informes de inteligencia —casi


sin excepción de las agencias de los Estados Unidos e Israel—, en base al cual Nisman (y Stiuso,
entre bambalinas) elaboraría su “dictamen” culpabilizando al gobierno iraní de la masacre de
la AMIA, un documento que casi nadie se tomó el trabajo de leer, ni de analizar sus muchas
inconsistencias, lo que hubiera evitado sorpresas mayúsculas ante la asombrosa vacuidad de
sus posteriores acusaciones a la Presidenta y a su canciller.

“Rabbani es la conexión local”

“A Rabbani lo teníamos de blanco prácticamente desde que llegó al país, en los 80. Y después
del atentado a la Embajada le pusimos más control, no solo a él sino a toda la gente de la
mezquita de Floresta, pero a una persona no se la puede seguir durante años 24 horas por día:
eso va en contra de la doctrina. Si uno lo quiere hacer, el blanco se da cuenta. Porque aunque
él no se dé cuenta solo, se lo advertirán los vecinos. Los seguimientos se hacen en forma
aleatoria para que no suceda lo que en nuestra jerga llamamos ‘quemar el servicio’”, explicó
Jaime, didáctico.

Dijo tener documentado que el viernes 15, cuando se estacionó la Trafic en Jet Parking, "a las
ocho y pico de la noche llegó a la mezquita” y añadió: “A Rabbani le controlábamos hasta la

522
basura”. Sin embargo, a la hora de exhibir pruebas de la presunta implicación de Rabbani en el
atentado dijo que tenía acreditado que 22 minutos después de la hora de ingreso de la Trafic a
Jet Parking había llamado a la mezquita de Floresta desde una celda cercana.Y que allegados
suyos le habían comprado un camióna Monjo.

“Rabbani es la conexión local. Eso es lo que es, técnicamente, Rabbani y su gente. Ahí (en una
de las carpetas que acababa de darle al Tribunal) está todo explicado. La señora de la que
hablan las carpetas es una colombiana, Claudia Navarrete Caro, esposa de un iraní y fue
reclutada por(el colombiano residente en la Triple Frontera Samuel) Salman El Reda y traída a
la Argentina a finales de los 80, y en diez días se enamoró de (¿Mohamed Javedi-Nía?) y
Rabbani los casó, y cuando se separaron la colombiana empezó a hablar de la intervención de
ellos en el atentado, y Rabbani ordenó que le manden dinero y la retengan en Colombia... La
conversación no es solamente de Rabbani, sino que están involucrados directamente los
diplomáticos iraníes en Argentina y de la embajada de Irán en Colombia”. Esas conversaciones
no han de ser tan claras y concluyentes porque de lo contrario, cualquiera puede presumir, las
hubiéramos escuchado en algún noticiero de televisión en horario central.

De que Irán fue durante muchos años el “blanco” excluyente de la hípercorrompida SIDE y su
efímera sucesora, la SI, dio cuenta de que Jaime se jactara frente al Tribunal de que su labor
había logrado “el abandono de la totalidad menos uno de los diplomáticos iraníes” de Buenos
Aires.

Bru, Berro, Borro… sé igual

Parece un chiste pero no lo es. Nisman le tendió una mano, preguntándole por el presunto
chofer suicida. “¿Conoce a una persona llamada Hussein Berro?”. No se trataba de una
investigación de Jaime, sino de la Sala Patria, de la que a la caída de aquella,Jaime se había
apropiado porque le era funcional. Galeano había hecho desastres con el dato, hasta meterse
con la familia del octogenario Sebastián Borro, héroe de la resistencia peronista, cabeza de la
comisión interna del Frigorífico Nacional Lisandro de la Torre y de su huelga de meses en
abierta resistencia a su desmantelamiento, huelga que puso en pie de guerra a todo el barrio
de Mataderos en 1959 y, ya de viejo, concejal porteño por el Frepaso.

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Berro, Borro, todo daba igual a partir de un dato proporcionado por un supuesto desertor de
Hezbolá con todo el aspecto de ser un títere del Mossad o del Shin Beth. Decía que el chofer
suicida de la Trafic fantasma era un libanés, Hussein [Link] fiscal Nisman iría a confirmarlo
viajando a Detroit a entrevistar a sus hermanos, y volvería haciendo el gran [Link] esto
todavía no había sucedido. Ni tampoco que horas después, uno de los colaboradores del
periodista radial Rolando Hanglin llamara a los hermanos Berro a Detroit y estos le dijeran que
de ninguna manera le habían confirmado a Nisman su historia. Que, por el contrario, le habían
informado que su hermano Hussein había sido muerto por un ataque de la aviación israelí un
tiempo antes del atentado a la [Link]ía Berro, o Borro, era un fantasma impoluto.

Jaime le respondió a Nisman que “son muchos los Berros. Supongo que me preguntapor el
inmolado. En 1995 el servicio nuestro obtiene una información de que una persona de apellido
Asaad que residía en la Triple Frontera había tenido injerencia en el atentado. Lo que hizo el
servicio nuestro fue colocarle una persona que se contactó con él, que se insertó en su ámbito
y que llegó a ser su socio. Esta persona (por el agente inorgánico infiltrado), que no es islámica,
que es como nosotros, obtuvo dos números de teléfono. Por otro lado nos llega otra
información (...) todo viene de un colateral (...) de que un libanés llamado Yihad Bru había sido
el chofer suicida de la Trafic…”. Y a partir de ahí se puso a contar una larga y enrevesada
historia en la que aparecen sucesivamente nombres como Yihad Bru, los hermanos Tormos,
Rabbani, la señora Navarrete Caro, su ex Javadi-Nia, Visani (fon.), “todos los libaneses de
Floresta”, Hibrain Hussein (que, aclaró Stiuso, era el verdadero nombre de Bru)y sus hermanos,
un sheik residente en Irán pariente de los Tormos, Assad Baracat y un hermano, Samuel San
(¿ElAl Reda?), todo salpimentado con varias menciones a Hezbolá.

Un juez lo interrumpió:

— No es fácil seguirlo, a ver si puede abreviar para concluir en la pregunta que le formuló el
señor fiscal (si conocía a una persona llamada Berro).

— El segundo teléfono era un número de Chipre al que llamaba otra persona apellidada Borro
que en realidad... Bru, Berro, Borro, Birro, es todo lo mismo (sic)... es todo un clan del Hezbolá,
personas que están en el Líbano y algunos acá. Había un señor Mahmud Borro que vivía en
Ciudadela y que también llamaba al número de Chipre, es decir a Hezbolá. Este señor era
pariente de una señora (...) de los clanes de libaneses (...) donde actuaba Rabbani (...) Mahmud
Borro se había contactado en 1992, después del atentado a la Embajada con el combatiente de

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Hezbolá que estuvo alojado en la mezquita de Rabbani. Porque después de lo de la Embajada
se detectó que hay una persona de Hezbolá queviene a alojarse a la mezquita…

Stiuso terminó diciendo que a menudo venía gente del Hezbolá libanés a Brasil y a la Argentina
y que “lo tenemos todo estudiado, más o menos es la corroboración de lo que significa Borro
en todo este esquema creo más complicado, pero está todo explayado en el trabajo...”.Luego
de explicar que se detectaron llamadas a un teléfono supuestamente de Hezbolá en el Líbano
solamente en la proximidad de ambos atentados, preguntó de nuevo Nisman:

—Esta operatoria que usted nos relató y surge del informe internacional, ¿es compatible con la
metodología que el Hezbolá ha utilizado en otros atentados?

—Sí, es totalmente compatible porque es como se mueven, como trabajan. Hay


otrascorroboraciones que corresponden a líneas en trámite que son mucho más precisas, que
no están en ningún informe porque están en líneas en trámite pero que corroboran el accionar
de Hezbolá en estos atentados.

Uno de los abogados querellantes le recordó a Jaime sus repetidas quejas sobre la cobertura
periodística del caso AMIA y le preguntó: “¿A qué atribuye esta actitud de los medios?”.

Nisman pidió que no se permitiera esa pregunta.

—No ha lugar a la pregunta, doctor. Entiendo que es improcedente —dijo el presidente del
Tribunal.

— En numerosas oportunidades el testigo ha hecho en este interrogatorio evaluaciones de


todo tipo, y lo que registra la defensa en estos nueve largos años es tremendo nivel de
desinformación periodística —se quejó el querellante.

Nisman volvió a oponerse.

Entonces, al abogado de Bareiro insistió en saber:“¿Cuál es el nombre de cobertura de Stiuso?


¿Aldo Stiles?”.

Era público y notorio, pero Nisman se opuso a que se ventilara: “Más allá de que sea una
cuestión que debe plantearse en otro expediente, no advierto dónde está el óbice (fon.) en
que cualquier recurso que el señordefensor quiera plantear lo haga con el nombre que por

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otra parte es el verdadero, el que consta en el expediente y que ha sido dado por el testigo
antes de ser interrogado por el personal”.

Se había formado una sociedad. Durante toda una década, Stiuso estará detrás de Nisman, y a
su vez Nisman le cubrirá las espaldas.

Cuando Stiuso se fue del país y conminado a volver a rendir cuentas se mantuvo en silencio, el
autor se encontró por primera vez con Telleldín en un estudio de televisió[Link] los intervalos,
mientras se emitían tandas comerciales, aprovechó para hacerle un par de preguntas. Telleldín
dijo que hiciera caso de lo que decía Stiuso: él había entregado la camioneta sin tener idea de
que iba a usarse para cometer un atentado.Y antes de despedirse, recomendó: hay que tener
presente el testimonio de la ascensorista de la AMIA, Luisa Miednik, que vio a dos tipos
descargando bolsas blancas de un camión de caja abierta frente a la puerta unos pocos
minutos antes de la explosión.

— ¿No te fijaste en la descripción que dio? —dijo, malévolo.

—Había un pelirrojo.

—El otro. La descripción es exactamente la de Stiuso —soltó.

526
12. Helicópteros, videos y racismo

Walter Goobar es un veterano periodista, especializado en noticias internacionales.


Como a Levinas y a Lanata, lo conozco desde los años 80, cuando todos formábamos
parte de la Cooperativa Independiente de Periodistas que publicaba el mensuario El
Porteño. Coincido con él en muchas cosas, pero discrepo radicalmente con su
apreciación del caso AMIA. Goobar, que publicó el libro El tercer atentado. Argentina
en la mira del terrorismo internacional (Sudamericana, 1996) dice tener pocas dudas
de que Irán ordenó el ataque y cree que el abogado Claudio Lifschitz, ex prosecretario
del Juzgado, acertó en su argumento central: que el atentado a la AMIA fue “una
operación controlada” por el sector mayoritario de la SIDE controlado por Stiuso que
se salió de cauce, y que los perpetradores fueron iraníes que venían siendo
monitoreados por la SIDE (es decir, también por la CIA y el Mossad, como el propio
Goobar señala) pero no con la suficiente atención como para que, en un descuido,

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burlaran su vigilancia y atacaran la mutual judía, razón que explicaría tan extendido y
completo encubrimiento.

Ambos, Goobar y Lifschitz, sostienen que “existen evidencias contundentes para


asegurar que Carlos Menem, Hugo Anzorreguy y el juez federal de Lomas de Zamora
Alberto Santamarina tenían, al menos desde abril, conocimiento pleno de que en julio
habría de producirse el ataque” a la AMIA. Lo que quizá sea posible, ya que hay
muchos indicios de que había bastante gente que sabía con antelación que la mutual
judía sería objeto de un atentado. El juez Santamarina tenía una relación muy próxima
con Alfredo Yabrán, que era por entonces amo y señor en el aeropuerto de Ezeiza,
sobre el que Santamarina tenía y tiene jurisdicción, y Stiuso carta libre para que sus
hombres atravesaran todos los controles sin ser revisados.

Lifschitz y Goobar sustentan una historia que se inicia con un iraní que viajaba a
Canadá con un pasaporte estadounidense tres meses antes del atentado, historia que
a mi juicio fue vinculada al mismo con el ánimo de apuntalar la temblequeante
hipótesis del coche-bomba, el conductor suicida y la instigación iraní.

La posición de Goobar me resulta incomprensible, pero me alegro de que admita una


pequeña posibilidad de que la supuesta responsabilidad de Irán termine siendo una
añagaza, pues escribe que “aun suponiendo que todos estos hechos, expedientes y
testimonios fueran falsos, existe media docena de alertas que fueron ostensiblemente
ignoradas y que demuestran que el Estado argentino sabía que iba a ocurrir el
atentado” (Antesala de un atentado, en Miradas al Sur, 20 de julio de 2014).

Coincidimos. Es una suposición lógica. No solo porque, como se dijo, es muy posible
que lo supiera Alfredo Yabrán (vinculado a Monzer al Kassar y una de cuyas empresas,
La Royal SRL, se encargaba de la limpieza dentro del edificio de la AMIA), sino también
porque del expediente judicial puede deducirse con facilidad que un grupo de ex
militares carapintadas que se reunió en un café cercano a la esquina de Corrientes y
Pasteur había sido advertido con antelación de la voladura en ciernes por funcionarios
del Ministerio del Interior vinculados a la Policía Federal.

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Para Goobar, estos carapintadas, entre quienes se encontraba el sargento Jorge
Orlando Pacífico, un buzo táctico especializado en explosivos que había sido dado de
baja por el Ejército por participar de la primera sublevación carapintada (1987), son
muy sospechosos de haber participado en el atentado. A mi modo de ver, se reunieron
a dos cuadras convocados por una curiosidad morbosa, y una vez que se produjo el
siniestro, algunos de ellos se pusieron a ayudar a quienes habían caído heridos en la
calle con una vieja camioneta Daihatsu en trance de defunción a modo de ambulancia.

No solo el Estado argentino fue advertido por Wilson Roberto Dos Santos de la
inminencia del ataque, sino también el israelí. Este taxi boy brasileño advirtió en los
consulados de ambos países en San Pablo y Milán—–todo indica que por cuenta de un
servicio de Inteligencia de su país— que era inminente que se perpetrara un nuevo
atentado en Buenos Aires contra un objetivo judío que, como en el caso de la
Embajada de Israel, estaba en refacciones. Me referí abundantemente a aquel y este
episodio en AMIA. El Atentado. No lo vuelvo a hacer ahora para no enredarme en
hipótesis que no llevan a ninguna parte e hicieron perder miles de horas a los
investigadores, por ejemplo los dichos de Dos Santos sobre la presunta
responsabilidad persa en el atentado, a partir de la relación que tuvo en Buenos Aires
con una prostituta iraní, Nasrim Mokthari.

En este punto, coincido con Levinas: nadie puede asegurar con certeza absoluta que no
haya ningún iraní involucrado en los ataques. Pero sí es posible afirmar que no hay
prueba alguna de que esté involucrado algún ciudadano iraní, y, mucho menos, el
gobierno de Irán.

Plumas y helicópteros

La muerte de Nisman puso nuevamente la causa AMIA en primer plano. Dejó en


evidencia que casi nadie entiende de qué se trata, producto de dos décadas de
desinformación continua por la casi totalidad de los medios. En este contexto, la
Televisión Pública entrevistó reiteradamente a Lifschitz, quien fue prosecretario del

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juez Galeano y denunció unas cuantas de sus maniobras (pero no todas) para desviar
las investigaciones a una vía muerta. No se advirtió a los desprevenidos televidentes
que Lifschitz ingresó al juzgado de Galeano como infiltrado del Servicio de Inteligencia
de la Policía Federal, al cual reportó durante todo el tiempo que estuvo allí. Más
concretamente, al Fino Palacios. Lifschitz fue un pluma, como José Pérez y otros
partícipes de esta historia.

Por supuesto, tampoco se advirtió al público que efectivos de la Policía Federal del
disuelto DPOC, así como de otras ramas de la SSF, de varias comisarías, de Bomberos y
particularmente de su Departamento de Explosivos, estuvieron involucrados desde un
primer momento, tanto en la detonación de las bombas como en el encubrimiento de
los asesinos. Y, por fin, tampoco se les advirtió a los telespectadores que Lifschitz
también trabajó para la SIDE, particularmente —aunque no solo allí— para la llamada
Sala Patria.

En este contexto, Lifschitz se la pasó diciendo verdades, medias verdades y mentiras


sin que nadie lo contradijera. Lifschitz afirmó, por ejemplo, que los helicópteros que
sobrevolaron la mutual antes de su cruenta demolición intentaban descubrir a los
terroristas persas y evitar que embistieran con una Trafic bomba contra la mutual.

Pamplinas.

Videos de la Trafic

Otra de las macanas que Lifschitz suele repetir es que la SIDE tiene en su poder videos
de quienes estacionaron en las inmediaciones de la AMIA la supuesta Trafic bomba y
que, teniéndolos, no los aportó a la causa. La verdad es muy otra: como ya se explicó,
los muchachos que estacionaron una Trafic blanca en la gran playa aledaña a la
Facultad de Medicina (que entonces se llamaba Jet Parking, con entrada principal por
la calle Azcuénaga, a tres cuadras y media de la AMIA) lo hicieron con grandes
aspavientos, contratando innecesariamente una estadía de días (aunque parecen
haber retirado la camioneta ese mismo viernes 15 de julio de 1994 o a más tardar el

530
sábado temprano) y mostrándose uno de ellos a todos los empleados farfullando un
castellano esperpéntico, cosa de que no se olvidaran de esa ignota camioneta, tan
común en el Once como un camello en un oasis.

Unos minutos antes habían hecho un show parecido al insistir en dejar la Trafic en el
primer piso del estacionamiento del Sanatorio Otamendi, también sobre la calle
Azcuénaga al 800 y a media cuadra de aquel, a pesar de que a simple vista se veía que
no pasaría por su entrada. Con este pretexto, uno de los muchachos se había
enzarzado en una absurda discusión con el encargado.

Al igual que los empleados de Jet Parking (donde Lorenz dio como domicilio un hotel
en el que solían alojarse transitoriamente diplomáticos iraníes de segundo rango), el
encargado del estacionamiento del Sanatorio Otamendi, Fabián Bustos, un sargento
retirado del Ejército, narró la insólita escena y cómo aquel necio muchacho se
obstinaba en ascender con la Trafic por la rampa aunque estaba claro a simple vista
que no podía entrar al primer piso porque la arcada de ingreso era demasiado baja, y
que lo hacía chapurreando en castellano con un acento raro. Que en una operación
terrorista bien planificada el conductor del vehículo-bomba vaya buscando dónde
estacionarlo parecía, desde un comienzo, francamente increíble.

El autor entrevistó a Bustos a comienzos de siglo. Afortunadamente, el sargento, un


afable sanjuanino, seguía siendo el encargado del parking del sanatorio Otamendi,
explotado por la firma Sudeley. Bustos dijo que cuando por fin agentes de la SIDE
fueron a verlo ya habían pasado dos meses y medio del atentado (y más de dos meses
desde que el juez Galeano estaba en conocimiento de esta historia por terceros). El
encargado ratificó que el viernes 15 de julio de 1994 a la tarde, un individuo que
hablaba muy mal español y llevaba encasquetada una gorra, se había obcecado en
estacionar una Trafic blanca en la planta superior del estacionamiento, lugar al que
físicamente no podía acceder por ser su entrada de una altura notoriamente inferior a
la de la Trafic.

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El nombre de Bustos no aparece en la minuta de la SIDE (fojas 4996), que solo informó
que se identificó como militar, aparentaba entre 30 y 35 años y “manifestó que
(aunque) en principio el personal del garaje manifestó haber visto la Trafic, después
(ese personal) se rectificó”.

Dicho de otro modo: el informe de la SIDE aseguró que aunque Bustos en principio
había dicho haber visto a la Trafic, en realidad no la había visto él, sino el personal a su
cargo. Y que, a la hora de la verdad, había resultado que ese personal lo había
inventado. En resumidas cuentas, el informe de la SIDE sostenía que todo era mentira,
que había sido un invento.

“Consultadas las personas de mañana y tarde (sic) que el 15.07.94 se encontraban


trabajando en dicho garaje, manifestaron no haber visto ninguna Trafic”, puede leerse
en otra minuta de la SIDE, que no identifica a ninguna de esas personas. El redactor
dejó constancia de las contradicciones insalvables entre lo explicado por el misterioso
“encargado” y lo que de manera coincidente le atribuían haber dicho otros testigos,
como Jorge Giser, encargado de Jet Parking.

Tras aclarar que no había encontrado en el parking del sanatorio Otamendi a ninguna
persona que fuera testigo visual de la anécdota relatada por Bustos, el agente de la
SIDE dio por concluida “la investigación”.

La borratina de la SIDE

Sin embargo, en diálogo con el autor Bustos ratificó que no solo le contó a los agentes
de la SIDE con todo detalle la absurda anécdota del hombre empecinado en dejar una
Trafic en un sitio al que esta no podía ingresar físicamente, tan obcecado que lo había
forzado a comprar un metro (que aún conservaba y mostró) y medir la altura de la
planta superior y la camioneta, para convencer al chofer —que, recordó, hablaba un
pésimo español que no podrían ingresar a la planta alta.

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Bustos recordó en su amplio despacho que, aun así, el obtuso chofer no se daba por
vencido y “me preguntó si no podía arreglar el asunto con plata, ofreciéndome cien
pesos, a lo que le respondí que ni por toda la plata del mundo podía hacer que la Trafic
entrase donde no cabía”. Bustos dijo que el muchacho se había puesto tan pesado que
la discusión se extendió durante casi media hora.

Pero lo más importante es que Bustos dijo haberles dicho a los agentes de la SIDE que
el lugar contaba con 12 cámaras de televisión que registran toda su superficie, y que
estas cámaras habían grabado toda la escena. Mientras le mostraba al autor el monitor
donde se ve al mismo tiempo lo registrado por ese alto número de cámaras, Bustos
dijo que “los de la SIDE me dijeron que en unos pocos días me llamarían a declarar y se
fueron”.

Habrían de pasar ¡casi seis años! hasta que en junio del 2000 Galeano se dignara a
citarlo. En esa ocasión, dijo Bustos, uno de los secretarios del juez le pidió que
aportase el video donde se veía su discusión con el chofer. “Pero para entonces,
después de guardarlo durante casi cinco años, visto el completo desinterés de todo el
mundo, ese video había sido regrabado”, explicó.

Bustos declaró en sede judicial que el chofer de aquella Trafic, además de llevar
encasquetada una gorra, era moreno, bajo y tenía una barba de pocos días,
descripción que cuadra con la del policía Carlos Martínez, el compañero desde la
escuela primaria de Tomás David Lorenz, que minutos después ofrecería su show en
Jet Parking, pues esta fue, si se quiere, la parte lúdica del atentado: el tendido de una
cortina de humo.

Bustos habría dicho que, por el acento, esa persona parecía “árabe, turco, iraní o algo
así”, pero, en diálogo con autor, el sargento negó de plano haber dicho semejante
cosa. Dijo que no sabía idiomas, y que él solo dijo que el español de aquel hombre era
muy malo y que le costó mucho entenderlo. Lo que, aunque es parecido, de ningún
modo es igual.

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En síntesis: Lifschitz afirma que la SIDE retiró esos videos y nunca los aportó a la causa,
pero no es así. Según Bustos, la SIDE —y esto es todavía más escandaloso— dijo que
pasaría a buscar los videos pero nunca lo hizo, por lo que al cabo de unos cuantos
meses, fueron reutilizados por el propio estacionamiento.

El motivo

¿Por qué la SIDE no retiró los videos? Está claro que no lo hizo porque averiguó
rápidamente quiénes eran los muchachos intervinientes en la maniobra: dos
hermanos, uno un médico recién recibido y otro de kinesiología, y su amigo y vecino —
todos vivían en el corazón de San Telmo—, un agente de la Policía Federal que
prestaba servicios en la Comisaría 47ª. Los tres allegados a Alejandro Monjo, quien
había provisto la Trafic siniestrada que fuera de la textil Messin SRL a Carlos Telleldín.

La SIDE detuvo a los tres en San Telmo, pero como esto no está dentro de sus
facultades, “blanqueó” esas detenciones entregándoselos a la PFA. Como se trataba de
“fuerza propia” (además de que uno era agente, los dos hermanos —el estudiante de
Medicina dijo ser fotógrafo profesional, pero no pudo explicar para quién había sacado
una sola foto— tenían todo el aspecto de formar parte de la red de plumas), el DPOC,
luego de tomarles declaración, los liberó.

Incluso (con el presumible propósito de “embarrar la cancha” y confundirlo todo) el ya


varias veces mencionado principal José Luis González detuvo injustificadamente a un
médico recién recibido y a su esposa. El médico había sido compañero de estudios del
mayor de los Lorenz y su apellido, David, coincidía con el segundo nombre de su
hermano menor.

El hermano mayor, el semicalvo Mario Alejandro Lorenz, había trabajado como


fotógrafo para Inteligencia de la PFA y su rostro fue reconocido por una de las mozas
del bar “Kaoba”, situado frente a la AMIA, como el de quien se había sentado solo en
la mesa que daba a la ventana durante horas dos o tres días, mientras observaba la
puerta de entrada de la mutual y tomaba esporádicas notas.

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En cuanto al hermano menor, Tomás David, trabajaba en las inmediaciones de la AMIA
en una empresa llamada Sistemas Médicos, encargaba papelería de esta en la
imprenta de enfrente de la AMIA, de Chiessa y Galárraga (este último, muerto en el
atentado), iba regularmente a Jet Parking so pretexto de esperar a su patrón (?) y tenía
planeado un inminente viaje a las islas del Caribe (donde se encontraba Alejandro
Monjo) a pesar de que nunca había sacado pasaporte.

Como ya se explicó, el policía Martínez trabajaba en la comisaría 47ª y también solía


hacer horas extras (adicionales) en Automotores Alejandro. Por su parte, el padre de
los hermanos Lorenz era muy allegado a Rodolfo Setau, gestor del negocio de
Alejandro Monjo. Hasta el punto de que lo había puesto como referencia al sacar sus
documentos.

La SIDE nunca fue a buscar los casetes de video al estacionamiento del Sanatorio
Otamendi ni Galeano jamás se lo reclamó porque sabían que los espamentosos eran o
estaban vinculados directa o indirectamente —vía Monjo— a la Policía Federal.

En esto, al menos, Stiuso no mintió.

Videos de la PFA

El ex plumífero Lifschitz, en cambio, contó una arrevesada historia de cowboys para


justificar que —tal como afirmaron distintos testigos— en la madrugada de aquel lunes
aciago, un helicóptero de la Policía Federal se detuvo cual colibrí sobre el edificio de la
AMIA.

“Esa madrugada, el imprevisto vuelo de un helicóptero no dejó dormir a nadie, ‘el


helicóptero estuvo toda la noche jorobando’, se quejó José Gesualdi, residente en
Pasteur 594. ‘Pasaba, volvía, pasaba y volvía’, describió María José Vicente. Dijo una
vecina del 3º piso del edificio de Tucumán y Pasteur: ‘Le dije a mi marido: mirá, bajo un
helicóptero en la terraza de la AMIA, y él subió a la azotea para mirarlo’”, escribieron
Lanata y Goldman.

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El hecho de que un helicóptero se haya posado (o suspendido en el aire muy cerca de
su azotea, como dijeron otros testigos) sobre la AMIA solo tiene dos explicaciones: 1)
sabían que se iba a cometer el atentado y no hicieron nada (que no pudieron evitarlo,
en la versión de Lifschitz), o 2) participaron de algún modo en el ataque, acaso
aprovechando que el personal de limpieza que se encontraba dentro del edificio (por
ser una institución judía no se limpiaba el sábado, sino de domingo para lunes) era de
La Royal SRL, una empresa de Yabrán.

Hubo investigadores oficiosos que postularon que desde el helicóptero se bajó el


artefacto explosivo que —a simple vista se ve— estalló adentró del edificio junto a la
medianera que da al suroeste, hacia la calle Tucumán. Una hipótesis a mi juicio que si
bien no se puede desechar completamente, es mucho menos factible que la
desplegada a partir del testimonio de la ascensorista de la AMIA, Luisa Miednik, quien
vio cómo poco antes de la explosión se descargaron frente a la puerta de la AMIA
bolsas totalmente blancas de supuestos materiales de construcción.

Concentrémonos pues en la primera hipótesis, la que propone Lifschitz. Ese


helicóptero estaba provisto de un excelente equipo de video, donación de Sky Cab,
una empresa de Alfredo Yabrán que vendía sistemas de alarmas con el argumento
publicitario de que estaba en contacto permanente con los comandos radioeléctricos
de la Federal y de la Bonaerense.

El 18-J el Director General de Orden Urbano (DGOU), responsable de la seguridad de


toda la ciudad, era el comisario mayor Héctor Mario Data, un arcángel que en 1997
llegaría a subjefe de la PFA. De él dependía el Director General de Operaciones (DGO),
otro arcángel, el comisario Carlos Brunet, quien tenía bajo su responsabilidad los
helicópteros de la PFA, con base en la isla Demarchi, en la Costanera Sur.

Cuando el juzgado preguntó a la PFA formalmente por los vuelos hechos durante la
madrugada y la mañana del 18-J, el jefe del escuadrón aéreo de la PFA, comisario
Norberto Edgardo Gaudie, informó que, por orden de la DGO, el helicóptero matrícula
LQAOF había sobrevolado la ciudad entre las 19.30 y las 21.30 y entre las 22 y las 23

536
del domingo. La orden específica, explicó, era hacerlo con preferencia sobre la
Embajada de Brasil, país que había ganado el Campeonato Mundial de fútbol
disputado en los Estados Unidos, en previsión de tumultos (?). En cuanto al lunes 18,
Gaudie confirmó que también ese día, por la mañana, la DGO ordenó que fuera
sobrevolada desde hora temprana la Capital Federal “en misión de observación y
ordenación del tránsito vehicular”, tarea que había cumplido el helicóptero matrícula
LQMMS.

Cuando desde el juzgado se intentó averiguar quién había conducido ese helicóptero,
la PFA dijo que no tenía manera de saberlo, puesto que dicho vuelo no figuraba en las
planillas. (!)

Después de la voladura de la AMIA —continuó el informe del comisario Gaudie—, la


DGO ordenó que el helicóptero LQMMS sobrevolara la zona del siniestro y grabara el
escenario con su cámara, lo que había hecho a partir de las 10.30 aproximadamente.

“A través de la cámara del helicóptero, los operadores de la Sala (de la DGO) reciben
en directo las imágenes de cuanto acontece. Allí queda grabado un detallado registro
de lo realizado, testimonio que puede reproducirse las veces que sea necesario para
hacer una evaluación pormenorizada de los hechos. Las imágenes tienen tal grado de
nitidez que permiten documentar con claridad y precisión todo lo que ocurre en un
área determinada. Es posible reconstruir la fisonomía de una persona a 300 metros, y a
menos altitud se distinguen los números de una chapa patente”, había explicado la
propia PFA (La Federal, número 18).

Dichas cámaras, añadía, podían “operar de noche, ya que las imágenes son captadas
por diferencias de temperaturas. El sistema infrarrojo puede determinar la presencia
de un cuerpo que disipe calor a varios metros de profundidad” y también logra
“precisar la radiación calórica residual que un objeto ha dejado sobre un lugar”, por lo
que estaban en condiciones por sí mismas de establecer en qué puntos habían
estallado cargas de centenares de explosivos.

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Las cámaras infrarrojas eran una reciente donación de Sky Cab, una empresa del Grupo
Yabrán, entonces asociado a la plana mayor de la Federal.

Si Galeano no logró siquiera que la PFA le informara quién era el piloto, menos
conseguiría que la PFA le diese los videos correspondientes a los vuelos del 18-J.

Si los videos del Sanatorio Otamendi nunca se fueron a buscar porque en ellos podría
reconocerse a los cuates Carlos Alejandro Martínez y Tomás David Lorenz, los de la PFA
nunca se aportaron a la causa porque en ellos no se veía ninguna Trafic yendo hacia la
DAIA-AMIA y embistiéndola como si la mutual fuera un portaaviones, la camioneta un
Mitsubishi Zero y su chofer un piloto kamikaze.

Apenas hubo probado el sillón de jefe de la PFA, el comisario Pelacchi puso el


Escuadrón Aéreo a sus órdenes directas y le cambio el nombre por el de Cuerpo
Federal de Aviación. Es decir: quitó de en medio a Brunet y posiblemente también al
predecesor de Gaudie.

Videos de la CNN

Hay otro video crucial desaparecido y/o infrautilizado. Rolando Graña fue el autor de
un reportaje excepcional cuando era presentador de la CNN. En el Departamento
Central de Policía entrevistó a casi todos los efectivos directamente involucrados. Por
ejemplo, a los que debían haber estado en la puerta de la AMIA y no estuvieron, al jefe
de Explosivos de los Bomberos; al oficial Lopardo, que truchó la pericia para identificar
el explosivo utilizado y aseguró haber encontrado el trozo de block de motor de la
Trafic, para casi una década después, en el juicio, desdecirse, lo que dejó en claro que
había mentido y utilizado testigos mendaces para materializar lo que sería la piedra
basal del megaproceso.

Tan pronto se emitió el documental, desde el cuartel central de la CNN en Atlanta se le


ordenó a su oficina porteña (en el 3º piso de Florida 981, es decir, en la misma oficina
que había sido “la minicarpa” de Emir Yoma) que remitiera de inmediato lo emitido y

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también los crudos. Sin embargo, en la oficina quedó una copia del material emitido,
que nunca fue pedida ni por Galeano ni por Nisman.

Del otro lado

Como ya se dijo, el libro de Lifschitz, que apuntaba contra Stiuso, paradójicamente


terminó provocando la ruina de sus rivales: el comisario Palacios y la Sala Patria,
arrastrados por la caída de Galeano, Mullen, Barbaccia & Co. Ahora Lifschitz es el
abogado de Lorena Martins, hija de Raúl, el proxeneta internacional asociado a Stiuso.
No conozco personalmente a Lorena Martins, pero escuché con atención algunas de
las entrevistas que le hicieron y simpatizo con su valiente posición de denuncia de la
trata de mujeres. Pero eso no hace que olvide que cuando conocí a Lifschitz era el
abogado de su padre y jugaba de local en el céntrico prostíbulo The One, de la calle
Chacabuco casi Diagonal Sur.

Hay ex agentes de la SIDE (pueden googlearlo) que dicen que Stiuso le pidió a Martins
que le “entregara” a Lifschitz para asesinarlo, y que Martins lo detuvo con el
argumento de que era su abogado, a la vez que presionaba a Lifschitz para que
levantara sus denuncias a Stiuso… Ninguna de estas historias me consta. Tampoco
abro juicio sobre las intenciones y razones de Lifschitz. Lo único que me consta es que
la historia publicitada por él exculpa y esconde las evidentes responsabilidades que le
caben en este asunto a policías federales, en su mayoría ya retirados.

Por supuesto, esto no le quita un ápice de responsabilidad a la SIDE, a su cabeza,


Anzorreguy, ni a su demiurgo, Jaime, quien, como mínimo, encubrió desde el primer
segundo a los asesinos.

Pureza étnica

Diez días antes de que Nisman regresara intempestivamente de Europa para presentar
su denuncia contra CFK y Timerman, un periodista se embarcó en una no menos

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disparatada tentativa de evitar la estrepitosa caída de la Historia Oficial II que, como la
primera, se basa en la supuesta existencia de una camioneta-bomba con chofer
suicida.

Presumiblemente, Raúl Kollmann el (“En busca de nuevos datos del atentado”, 2 de


enero de 2015 en Página/12) lo hizo en coordinación con altos cargos de una
Secretaría de Inteligencia —en la que ya no estaban ni Stiuso ni sus principales
colaboradores— empeñados en mantener en pie la historia erigida por Jaime, su
chirolita Nisman y los patrocinantes de ambos: la CIA y el Mossad.

Kollmann intentó conseguir la complicidad de miembros del Equipo Argentino de


Antropología Forense (EAAF) en su propósito de peritar nuevamente un grumo reseco
de sangre que manchó un trozo de metal que dicen fue parte de un pedal de una
Renault Trafic que uno de los bomberos del Departamento de Explosivos dijo haber
encontrado entre los escombros de la AMIA.

Hacía más de década y media que los laboratoristas de la Policía Federal informaron
que, por su degradación, no se podía determinar de quién provenía ese residuo
hemático. Pero Kollmann, inasequible al desaliento, postuló que con novísimas
técnicas quizá pudiera determinarse al menos el grupo étnico de la persona a la que
habría pertenecido, de modo de establecer si había sido un árabe libanés… con el
único y previsible objetivo de apuntalar una historia que, como dice el tango, está en
falsa escuadra y viene cayendo, ladeándose por el borde del fangal: la existencia de la
Trafic fantasma, piloteada por un kamikaze libanés teledirigido desde Teherán por los
protervos ayatolás.

Le salí al paso de inmediato en mi blog, Pájaro Rojo, con una nota titulada “Caído
Stiuso (ma non troppo), Tuni Kollmann acude en auxilio de Nisman, el fiscal huérfano”.
Dije allí que Kollmann postulaba la supuesta necesidad de llegar a “la determinación
científica de la existencia de un suicida y una idea aproximada de la zona del mundo
del que provino (porque) podrían fortalecer la hipótesis” al borde del derrumbe de la
existencia de un vehículo-bomba y un conductor tan nihilista como estoico.

540
Continué escribiendo y al día siguiente bajo el mismo título y el subtítulo “Manotazos
de ahogado” predije que Nisman, cuya posición era “de absoluta precariedad”, tendría
que “renunciar o hacerse el harakiri porque, so pena de hundirse en el ridículo, no
puede viajar a Teherán y acusar cara a cara a, por ejemplo, al ex presidente Akbar
Hashemi Rafsanjani, el más pronorteamericano de los dirigentes iraníes, de haber
ordenado el ataque… sin la menor prueba”.

“La maniobra en curso pretende involucrar al prestigioso EAAF en ‘embarrar la cancha’


en un intento desesperado de sostener a Nisman y la falsa historia de la Trafic-bomba
y su chofer suicida, para seguir encubriendo a los asesinos y que no se exponga a la luz
cuáles fueron los motivos del horrendo crimen”, continué, y recordé que Kollmann
había anunciado que el EAAF “estaría” por involucrarse en el caso AMIA dejando
traslucir así que era él mismo quien estaba operando con denuedo para que ello
ocurriera, y que pretendía que los reputados antropólogos forenses interviniesen para
“determinar si existen restos de una persona sin relación con los familiares de las
víctimas”. Porque, sentenció Kollmann, “esa persona —por lógica— sería el suicida.”

“¿Cómo? ¿Pero qué dice?”, le salí al paso, destacando que el de Kollmann era “un
silogismo tramposo. Porque es harto probable, casi seguro, que entre los restos
humanos que no pudieron en su momento ser atribuidos a ninguna víctima y que hoy,
con el mejoramiento de las técnicas de ADN, acaso si pudieran ser identificados,
seguiría habiendo los que no puedan ser atribuidos a una víctima en particular.
Máxime si la muestra con las que habrá de cotejárselos no está completa”.

Recordé seguidamente que en una causa en la que durante muchos años se consideró
que los muertos fueron 86 en lugar de 85 (y se le pagó una indemnización a la
supuesta viuda de un avispado cocinero paraguayo que se incluyó en la lista), que tal
cosa ocurriera sería lógico, del mismo modo en que no puede descartarse y es muy
probable que haya habido una o más víctimas que no tuvieran familiares directos a los
que se les haya extraído muestras de ADN.

541
También recordé que Kollmann postulaba que “por las técnicas desarrolladas en el
terreno genético en los últimos años, hasta se podría establecer de qué zona provino
ese suicida”, cuya existencia, por lo visto era un artículo de fe previo a cualquier
constatación científica: “No se trata de averiguar si existió un suicida, sino de
establecer de qué raza era”.

“Porque de eso, de ‘razas’, es de lo que está hablando Kollmann”, continué. “Una


variante tecnocrática de las teorías del Dr. Lombroso: la posibilidad de discernir en un
laboratorio si unos restos pertenecen a judíos predominante jázaros como él, a criollos
descendientes de italianos, españoles y aborígenes, a otros askenazis, a diferenciar a
un judío oriental de Damasco de otro sirio, de un druso, de un sefaradí proveniente de
Esmirna de otro de Ceuta, un palestino o un libanés… ¡e incluso de que zona era
oriundo el difunto a quien hubiera pertenecido el tejido analizado!”

Kollmann argüía que ello era necesario “en primer lugar, (para) termina(r) de descartar
lo que sugieren algunas corrientes del mundo islámico: que el atentado fue producto
de una interna argentina, de un ataque contra el entonces presidente Carlos Menem
por razones de política interior o de cuestiones vinculadas con el narcotráfico”. Y había
rematado: “Se sabe que el fenómeno del atentado-suicida se dio en los últimos años
únicamente con partidarios fundamentalistas islámicos.”

“Son dos embustes encadenados —repliqué. No conozco a nadie que sostenga que el
ataque a la AMIA haya sido ‘producto de una interna argentina’ ni de ‘un ataque
contra el entonces presidente Carlos Menem por razones de política interior’. Se trata
pues una cortina de humo, una distracción. Si nos deshacemos de ella, queda que el
objetivo de la maniobra de Kollmann sería “descartar lo que sugieren algunas
corrientes del mundo islámico: que el atentado fue producto (…) de cuestiones
vinculadas con el narcotráfico”.

“Pero —continué mi respuesta— resulta que no hay ninguna corriente islámica, ni


sunní ni chií, ni wahabita ni aluita que haya afirmado que el ataque a la AMIA se haya
debido a asuntos relacionados con el narcotráfico. Se trata de otra cortina de humo:

542
Quien afirma que el atentado está directamente vinculado a una ‘mexicaneada’ en el
curso del lavado o blanqueo de dinero producido por el tráfico de drogas ilícitas soy yo,
quien escribe, Juan Salinas, y lo hice en infinidad de artículos que se encuentran en la
red y en un libro, Narcos, banqueros y criminales, publicado en 2006 por Punto de
Encuentro y que pronto se reeditará.

Luego de aceptar de mala gana que la movida promovida por él persigue entre otros
objetivos que no se explore la fundada hipótesis de que los atentados están
directamente relacionados con la apropiación por parte de sus lavadores de dinero
“negro” proveniente de tráficos ilícitos, Kollmann suelta una frase de manifiesta
hipocresía: “Se sabe que el fenómeno del atentado-suicida se dio en los últimos años
únicamente con partidarios fundamentalistas islámicos”. Y es que no ignorar que
nunca miembros del Hezbolá libanés (ni de los pasdaran, ni de los servicios secretos
iraníes) protagonizaron atentados con bombas fuera de Medio Oriente, y nunca
mediante choferes suicidas. Los atentados con hombres o mujeres-bomba no son
característicos de los chiíes o chiítas, sino de las versiones fundamentalistas,
waabbitas, salafistas, yihadistas y extremistas, de la corriente sunní mayoritaria en el
Islam. Como el Estado Islámico y Al Qaeda. Que nunca atacaron a Israel u objetivos
israelíes, sino que negocian con él.

Tras admitir (¡menos mal!) que las técnicas modernas no permiten determinar “el
país” de origen del cuerpo al que pertenecieron los restos analizados, Kollmann dice
que sí pueden hacerlo con “la zona” de procedencia, y por lo tanto también si
provinieran “de una zona muy distinta de los demás”.

Es un dislate que recuerda aquel intento de atribuirle un pedazo de dedo gordo


encontrado en un edificio cercano al demolido de la Embajada de Israel tiempo
después del ataque a un supuesto suicida palestino o libanés por sus pigmentos y
callosidades, como si en el atentado no hubieran muerto (como volvería a suceder en
la AMIA) varios albañiles bolivianos. Y como si ese dedo moreno no hubiera podido ser
amputado de un cadáver en una morgue, funeraria o cementerio y “sembrado” para
ser encontrado.

543
Tan absurda es la pretensión de Kollmann que aun si un análisis del ADN de algún resto
no clasificado pudiera determinar que perteneció a un individuo cuyos ancestros
habitaron el Medio Oriente, ello no podría disipar la que el mismo Kollmann describe
como “la descabellada hipótesis de que el ataque tuvo el mismo sentido que el crimen
del primer ministro Itzjak Rabin, asesinado por ultranacionalistas israelíes”. Porque
¿acaso no hay judíos de origen sirio, de genes inextricables de sus vecinos y parientes
islámicos? Conozco a varias personas que reúnen esas condiciones, incluyendo amigos
y colegas.

La iniciativa de Kollmann fue pues una fantochada racista destinada a embarrar la


cancha, en sintonía con el prófugo Stiuso o de quienes todavía le respondían en una
Secretaría de Inteligencia ya intervenida y al borde de su disolución seguían intentado
apuntalar a Nisman, quien —escribí cuando todavía estaba vivo— “no solo debería ser
cesado como fiscal, sino también enjuiciado, condenado y encarcelado por haber
servido sistemáticamente al desvío de cualquier hipotética investigación”. Y es que,
alejado Stiuso y sus adláteres, seguía habiendo en la Secretaría quienes se postulaban
para reemplazarlos en la servidumbre a Langley.

Al cierre de este libro se asiste a un nuevo y desesperado intento, esta vez en manos
de un periodista que no sabemos si es muy vivo o muy bobo y que en la duda no
identificaré porque no me gusta ensañarme con los pánfilos. Informa que hay un
cadáver que nunca pudo identificarse, y que permanece bastante entero después de
veinte años de freezer (hasta acá, todo bien) y se pregunta si no será el del suicida…
Con lo cual nos venimos a enterar que no solo Buenos Aires es el único lugar del
planeta donde los vehículos-bomba son invisibles y se evaporan, hasta el punto de que
nadie los ve ni antes ni (a sus restos) después, sino también que a pesar de la
destrucción prácticamente total de la supuesta Trafic-bomba, el cuerpo del chofer
suicida habría quedado milagrosamente entero. ¡Miracolo,miracolo!

Avisados

544
En octubre de 1994, el periodista Pedro Brieger vino a verme a la agencia Télam,
donde trabajaba en la sección Economía. Pedro tenía relación directa con el presidente
de la AMIA, Alberto Crupnicoff, y como lo único claro era que la investigación oficial se
había empantanado, y Crupnicoff parecía sinceramente consternado, Pedro lo había
convencido de formar un grupo de investigación independiente. Después vino a
verme, según me dijo porque le había gustado mucho la investigación contenida en
Gorriarán…. Pedro había seleccionado a un grupo de cuatro estudiantes de periodismo
del último curso de TEA (Taller, Escuela, Agencia) donde era profesor, y me preguntó a
quiénes pensaba que debía contratarse como investigadores “senior” para avanzar
rápidamente. Le dije que a Daniel Frontalini, jefe de Documentación del CELS, y al
periodista Hernán López Echagüe, que además de ser un buen investigador y hablar
portugués (algo muy importante en momentos en que aparecía en escena Wilson Dos
Santos) desde que una patota del Mercado Central lo había golpeado tenía custodia
del DPOC, y uno de los jefes de su custodia era el oficial principal Claudio Camarero, de
activa participación en la investigación inicial del atentado. Brieger nos contrató a los
tres y alquiló una oficina en un edificio de Larrea al 500, muy cerca de la AMIA, donde
nos pusimos a trabajar.

Fue el de 1994 un noviembre muy caluroso, y tras recibir los primeros 14 cuerpos del
expediente y de repartirnos la tarea, nos pusimos a estudiarlos. Habíamos acordado no
darles el número de teléfono a nuestros familiares, así que trabajamos sin prisa y sin
pausas. Al mes, Crupnicoff fue convocado por Beraja para un viaje de pocos días a
Israel. Nos pidió que redactáramos un informe. Así lo hicimos, consignando entre otros
descubrimientos que parecía claro que en el atentado habían intervenido policías
federales que en los años 70 habían integrado los "grupos de tareas" de la dictadura.

Al día siguiente del regreso de Beraja y Crupnicoff, Brieger nos comunicó que el equipo
de investigación quedaba disuelto porque ya no nos iban a pagar la mensualidad
acordada. Muy decepcionados, Frontalini, yo y dos estudiantes —Gisela Marziotta y
Marianela Garbini— fotocopiamos todos los cuerpos del expediente que teníamos y

545
vimos, impotentes, cómo un señor bajito y de una calvicie avanzada se llevaba las
copias originales, la fotocopiadora, las computadoras, etc.

Nos había “picado el bichito” de la investigación y seguimos haciéndolo por nuestra


cuenta durante dos o tres meses, hasta que nuestras compañeras nos hicieron saber
que habíamos dejado de abastecer a nuestros hogares. Entonces buscamos
reestablecer contacto con la AMIA y lo hicimos con su abogado, Luis Dobniewski, por
cuyo intermedio logramos que la mutual nos hiciera un contrato por un monto diez
veces menor al original. Aceptamos por dos motivos: solventaba nuestros gastos y nos
permitía acceder cada muerte del obispo al expediente judicial en nombre de la AMIA,
acceso que sin embargo en la cotidianeidad estaba intermediado por Dobniewski.

Fueron tres años de grandes dificultades. El tesorero de la AMIA que debía pagarnos la
mensualidad era Sergio Szpolski, que siempre tenía algún contratiempo que le impedía
hacerlo en tiempo y forma. Estaba enfrentado con Beraja; es decir, el banco de su
familia, el Patricios, estaba enfrentado con el Banco Mayo, que pronto se lo comería.
Tantas eran sus resistencias a pagar que, recuerdo, lo fui a ver a unas oficinas ubicadas
en la primera cuadra de la calle Florida, donde Szpolski me dijo sin ambages que en su
opinión no era a la AMIA a la que le correspondía investigar, sino a la DAIA y a Beraja.

La “MIS”

Un domingo de abril de 1995, Daniel Frontalini, Gisela Marziotta y Marianela Garbini


fueron a husmear entre los escombros tirados junto a la Ciudad Universitaria (en lo
que hoy es el Parque de la Memoria), atraídos por las reiteradas denuncias de que
gran cantidad de libros y documentos estaban siendo saqueados ante la impasibilidad
policial. Entre otros papeles sin importancia encontraron una carpeta plástica que
contenía páginas amarillentas deformadas por el sol y la lluvia pero todavía
perfectamente legibles. Se referían a tres “oficinas” encadenadas: de compilación, de
análisis e investigación y de archivo. Según el texto (que fue publicado completo en
AMIA. El Atentado) dichas oficinas tenían una doble dependencia: de la DAIA y de la

546
"MIS" (que, supusimos, significaba “misión israelí”), así como conexión directa con la
“Universidad de Tel Aviv”.
Se trataba del documento liminar de un grupo de once personas, cuatro de las cuales
se dedicarían a buscar, clasificar y ingresar en un sistema de computación materiales
requeridos por la DAIA y la MIS, revisando todos los diarios, revistas y libros,
despachos de la agencia DyN y grabaciones de programas de radio y TV (se
especificaba que quienes se encargaran del “archivo de información cerrada en el
sistema de la MIS” y de la “enseñanza, reclutamiento, etc.” debían haber hecho
“cursos de informaciones dentro de la MIS” y tener conocimientos de análisis y
computación.
Otras seis personas se dedicarían al análisis e investigación, aclarándose que todas
debían ser “de un alto nivel intelectual” y haber hecho “cursos de información en la
MIS”, habiéndose “especializado en análisis dentro de ella”, tener conocimientos de
computación y, al menos uno de ellos, de lengua árabe.
De las seis personas que componían esta oficina de análisis e investigación, cinco eran
analistas: el jefe, dos analistas principales y dos auxiliares, y la restante una secretaria,
un puesto nada menor ya que entre sus funciones estaba la de ser “el enlace con el
archivo de la DAIA” y estar al tanto, “tener conocimientos básicos sobre lo que hace al
trabajo de informaciones de la MIS, pudiendo realizar tareas de enlace” con la misma.
Esta oficina, además de confeccionar “informes y análisis de temas puntuales”,
recopilaba toda la información de los contactos de los miembros de la DAIA “con
políticos, diplomáticos, funcionarios”, y tenía entre sus funciones asesorar al director
ejecutivo de la DAIA.
En cuanto a la tercera oficina, la de archivo, constaba de una sola persona “de
muchísima confianza” que se ocuparía tanto de hacer carpetas como de guardar la
información en un sistema de datos, para lo cual contaba con “videoteca, caseteca y
fototeca”. Parte del material, “cerrado” se remitía a “Universidad de Tel Aviv”.
Mientras que para la primera oficina se formulaban requerimientos detallados acerca
de qué conocimientos debían tener para desempeñar las distintas funciones, nada se
decía sobre los de la segunda oficina, lo que hizo que nos preguntáramos quiénes

547
serían los que analizaban e investigaban temas que —de acuerdo a la redacción del
documento— estaban relacionados con “actos antisemitas”.
Nos llamaba la atención que la oficina de análisis e investigación estuviera dotada,
entre otras cosas, de “una computadora con dos terminales del sistema de cómputos
de la MIS”, y aclarara que se trataba de “información cerrada”, así como de “lugar
donde guardar el material cerrado” (como el mismo documento, suponíamos, que
estábamos leyendo) y una “destructora de documentos”.

Ya dijimos que en el quinto y sexto pisos del edificio destruido funcionaba, con muy
bajo perfil, la DAIA. A través del 5º piso el edificio se conectaba con el 7º piso del
edificio de Pasteur 611, donde también había oficinas de la DAIA. “El ingreso por el
número 611 solo era utilizado por los funcionarios o ante un eventual corte de luz. Si
se entraba por el edificio del 611, al salir del ascensor solo podía verse una puerta
blindada sin picaporte, que se abría desde adentro”, puntualizaron Lanata y Goldman.

El Proyecto Testimonio y su sombra

Desde hacía ya más de un año se desarrollaba en el 5º piso el Proyecto Testimonio,


coordinado por Beatriz Gurevich, cuyo objetivo era analizar la documentación
existente en el país sobre la llegada de jerarcas nazis en la posguerra. Gurevich dirigía y
coordinaba un consejo académico presidido por el historiador Natalio Botana e
integrado, entre otros, por el politólogo Carlos Escudé, el escritor Marcos Aguinis, el
epistemólogo Gregorio Klimovsky y el profesor Manuel Tenembaum. Gurevich tenía
como mano derecha a Escudé. Ambos eran miembros del Centro de Estudios
Macroeconómicos de la Argentina, el principal think tank del neoliberalismo en el país,
en el que se destacaba la figura del presidente del Banco Central y futuro ministro de
Economía, Roque Fernández.

Daniel y yo habíamos llegado a la conclusión de que el grupo de inteligencia que


habíamos descubierto no tenía otra posibilidad de pasar desapercibido que reunirse en
las oficinas que el Grupo Testimonio utilizaba en la sede de la DAIA. Se reunía en la

548
DAIA los lunes y otro día por la mañana, posiblemente los jueves, en una oficina
cómoda y perfectamente equipada. Era lógico pensar que todas las tardes y los demás
días por la mañana, esa oficina estuviera disponible para otros usos. Y si los miembros
del grupo entraban por el número 611 no llamarían la atención ni quedarían
registrados.

Sabíamos también que el 18-J la reunión del Grupo Testimonio había sido levantada a
último momento, gracias a lo cual los ilustres académicos no habían pasado a engrosar
el número de muertos.

En cambio, no habíamos prestado suficiente atención a algunos testimonios que


parecían revelar que quienes los habían dado estaban advertidos acerca de la tragedia
que se avecinaba, o tenían dotes adivinatorias. Tampoco nos parecía significativo que
recientemente se hubiera abierto un pasadizo que unía el segundo piso del edificio con
otro ubicado sobre la calle Uriburu, posiblemente el del número 650, donde la DAIA
sigue teniendo oficinas.

Dos entrevistas sorprendentes

Fui a ver a Beatriz Gurevich a su hogar. Quería saber, puntualmente, si otra gente
utilizaba las mismas oficinas que el Grupo Testimonio para reunirse. Subsidiariamente
le quería preguntar por qué ese lunes, cuando estaba previsto que los miembros del
grupo se encontraran en la DAIA a partir de las 9, a último momento la reunión se
había suspendido. Y, por fin, tenía un interés oculto, que ni siquiera había compartido
con Daniel, y es que tenía información de muy buena fuente de que el marido de
Gurevich formaba parte del Mossad. Ya saben: todo lo relativo al espionaje israelí
estaba rodeado de un halo de fascinación. Nunca hasta entonces había sabido con
tanta precisión la identidad de uno de los miembros del “instituto”. Hasta entonces
solo sabía que una de las puertas para llegar al servicio de inteligencia israelí era el ex
camarógrafo de TV Mariano Perel, un financista de múltiples facetas que siempre
estaba armado y que luego de un sonado pleito con la agencia Kroll Asociados, el 4 de

549
febrero de 2002 apareció muerto junto a su esposa —ambos con un tiro en la cabeza—
en la cama de una cabaña de Cariló.

Una vez que estuve frente a Beatriz le pregunté primero por la suspensión de la
reunión. Me dijo que la había levantado llamando a todos los participantes desde
Montevideo porque había ido de paseo al Uruguay y perdido el avión que debía traerla
de regreso. Fue entonces que le di el dossier de hojas arrugadas que habíamos
encontrado y le pregunté si en las mismas oficinas donde ellos se reunían lo hacía
también un grupo dedicado a perseguir nazis aquí y ahora.

La reacción de Beatriz Gurevich me sorprendió. Se quedó unos cuantos segundos sin


habla y su rostro se congestionó hasta el punto de que pensé que le había dado un
ataque de apoplejía. Luego, reaccionando, lo negó de plano con mucha vehemencia.
Quedé estupefacto unos segundos, luego procuré calmarla. Le dije que recordara que
trabajaba para la AMIA, no para el enemigo. Estaba en eso cuando apareció el marido:
era quien había levantado la oficina de la calle Larrea. ¡Qué fuerte!

Mi dilema era el siguiente: como periodista, el hallazgo de ese dossier entre los
escombros de la mutual me parecía una noticia bomba y como estaba escribiendo lo
que iba a ser mi libro sobre el tema, no quería escamoteárselo a los lectores. Pero no
encontraba ninguna relación entre la existencia del grupo de “la MIS” que reportaba a
Tel Aviv y el atentado, y no quería sabotear mi relación con la AMIA y con Luis
Dobniewski, mi único canal para acceder al expediente. Así que se me ocurrió pedir
cita en la DAIA para preguntarle a sus directivos (han pasado casi dos décadas y hoy
más que inocente e incauto me veo como bastante pavote, pero así fueron las cosas) si
tenían algún inconveniente en que diera cuenta del hallazgo.

Me recibió Adolfo Neuberger, su secretario ejecutivo, que se limitó a decirme muy


formalmente que analizar las actividades de los antisemitas es una de las funciones
específicas de la DAIA, y respecto del atentado, que “el más elemental de los sentidos
comunes indica que el objetivo prioritario de los terroristas fue la DAIA y no la AMIA”.

550
Tal cual. Luego me enteraría por Dobniewski que Neuberger pensó que lo quería
extorsionar... Por lo visto, la DAIA tenía cola de paja.

Por fin, y como nadie me había dicho que no lo hiciera, publiqué la noticia del hallazgo
en AMIA. El atentado, que apareció en julio de 1997 y en cuya contratapa se informaba
que era producto de más de dos años y medio de labor conjunta con la querella de la
AMIA. ¿Resultado? Neuberger me envió tres telegramas seguidos en nombre de la
DAIA acusándome… de antisemita.

Pablo Jacoby, que era entonces mi abogado, me aconsejó que en cuanto algún medio
me pusiera delante un micrófono dijera que si la DAIA me seguía molestando, me
obligaría a dedicarme a investigar y publicar las muchas maneras en que había trabado
y desviado las investigaciones.

Así lo hice. Neuberger no volvió a molestarme.

Premoniciones

A veces, si se lee con atención es imposible no sospechar que hubo quienes fueron
advertidos de no pisar Pasteur 633 el fatídico 18-J. Tal es el caso de Lucía Rojman,
telefonista de la DAIA y la Casandra de esta historia. De acuerdo al libro Cortinas de
humo (páginas 115 a 123), las telefonistas de la DAIA eran Verónica Goldemberg y ella
(aunque Goldman y Lanata no ponen su apellido). Verónica tenía 19 años y estudiaba
Psicología; Lucía era mayor, había vivido en Israel y había sido movilizada como
soldado en la Guerra del Golfo. Verónica fue receptora de varias amenazas de bomba
que provocaron evacuaciones y la rutinaria llegada de la Brigada de Explosivos, que
revisó una y otra vez todos los rincones del edificio. Lucía también atendió al menos
una llamada en la que amenazaron volar el edificio de un bombazo. Verónica murió en
el atentado, Lucía no.
Lucía dijo que la noche del domingo 10 de julio tuvo una pesadilla: soñó que habían
asesinado a Beraja. Tan vívido fue su sueño y tan impresionada quedó, dijo, que
cuando el lunes 11 llegó a la DAIA, lo primero que hizo fue preguntar por Beraja. Y

551
después, siguió diciendo, sin que su angustia decreciera por saber que el presidente de
la DAIA estaba bien, le contó su sueño a la recepcionista del Banco Mayo. Y aunque
dudó de contárselo a Verónica (porque dijo que ella era muy sensible) llegada la hora
del almuerzo también se lo contó a ella.
Lucía dijo que las amenazas continuaron todos los días hasta el jueves 14 (y con ellas,
la rutina de la inspección de los bomberos de la Brigada de Explosivos) pero que a
pesar de ello, el viernes 15 a las 17, al terminar la jornada y la semana de labor, cuando
vio que el jefe de seguridad del edificio, Ricardo Epstein (quien redondeaba sus
ingresos como instructor de tiro de la firma Setek S.A., de capitales israelíes y
especializada en la formación de custodios) se retiraba, sabiendo que se iba a pasar el
fin de semana a Mar del Plata y que no regresaría hasta el martes 19 al mediodía, le
preguntó:
— Si pasa algo... ¿qué hago?
Y dice que Ricardo le contestó:
— Hacé un radio, que alguien te va a escuchar.

Que es más o menos como decir “que te garúe finito”.


Lucía dijo que había quedado tan mal por su pesadilla del domingo 10, que el sábado
16, luego de escuchar a un rabino conmemorar Tisha Beav diciendo que “al templo hay
que ir a agradecer por la vida”, le hizo caso y al día siguiente, domingo, fue a la
sinagoga a orar y agradecerle a Yahvé.
Tisha Beav no es, precisamente, un día festivo. Es principal día de ayuno y abstinencia
del judaísmo rabínico y es considerado “el día más triste de la historia judía” pues
conmemora las destrucciones del primer templo (por Nabucodonosor) y del segundo
(por el emperador Tito); la derrota del efímero estado encabezado por Simón bar
Kojba y el inicio de la persecución ordenada por el emperador Adriano (una catástrofe
en la que perecieron millones de hebreos), y la expulsión de los judíos de Inglaterra
(por el Rey Eduardo I), de Francia y de España. Es, pues, algo así como el Día de la
Desgracia judía.

552
Lucía dijo que había quedado en encontrarse el lunes 18 bien temprano con un
hermano para ir con él a la Bolsa de trabajo de la AMIA, y en reunirse antes de las 9
con Verónica para tomar un café. Y que no podía dejar de pensar en ella: “Qué cabeza
dura, ¿por qué no se tomaba el día?” En la facultad le habían adelantado los exámenes
para el martes y aun así “no había querido tomarse el lunes”. Puede deducirse que
Lucía tenía remordimientos porque a pesar de haberle sugerido a Verónica que faltara
el lunes, que se tomara el día para estudiar, no había logrado convencerla.
El lunes a la mañana —siguió narrando Lucía— se quedó dormida. “Nunca antes le
había pasado. El despertador sonó a las 8 pero ella lo apagó y siguió durmiendo”, y que
hizo lo mismo cuando volvió a despertarse a las 9.45 (lo que parece revelar que no
tenía intención de ir, aunque fuera tarde) y siguió durmiendo hasta las 11.30. Y
concluyó diciendo que al mediodía salió a la calle sin saber lo que había ocurrido en la
AMIA, con la extraña sensación de sentirse plena y feliz.
Lucía no explicó cómo su hermano se salvó de morir en la AMIA. Puede ser que al ver
que su hermana no llegaba se haya ido, pero extraña que no la hubiera llamado por
teléfono y despertado. ¿Realmente habrían quedado para verse ese lunes a primera
hora en la AMIA?
Mi conclusión es que o bien Lucía tenía suficiente información para intuir o saber
positivamente que algo horrible iba a suceder en su lugar de trabajo ese lunes por la
mañana, o bien tenía el mismo don para las premoniciones trágicas que el personaje
que encarnó Julio Christie en Venecia Rojo Shocking (Don't Look Now), ese memorable
film de Nicolas Roeg coprotagonizado por Donald Sutherland y estrenado en 1973.
¿No habrá sido ella la secretaria de la oficina de Análisis e Investigación que reportaba
a la “Universidad de Tel Aviv” y oficiaba en lo cotidiano de enlace entre la DAIA y la
MIS?

Una hipótesis terrible


Dos meses antes del 18-J, la AMIA contrató a un veterano del ejército israelí, Aharon
Edry, como “intendente”, un puesto que hasta entonces no existía (él diría, años
después, que era un especialista en antiterrorismo y se había desempeñado como

553
“jefe operativo”). En los hechos, de acuerdo a variados testimonios, Edry se encargó de
supervisar las obras que se estaban haciendo a toda marcha, incluida la seguridad de
las mismas, superponiendo su acción con las funciones propias de Ricardo Epstein, el
jefe de seguridad que tan oportunamente se fue a Mar del Plata.
Una de las primeras cosas que hizo Edry fue incluir en las obras que se estaban
haciendo la apertura de una comunicación entre los fondos del segundo piso de la
AMIA con el edificio de la calle Uriburu en el que también la DAIA tenía oficinas. Edry
declaró haber sobrevivido a las explosiones gracias a ese pasadizo. En su primera
declaración, dijo también que hubo dos explosiones y que entre una y otra hubo un
lapso apreciable, de varios segundos, ya que en ese ínterin él dio órdenes de meterse
debajo de los muebles a varias personas a las que, además, había conseguido evacuar
consigo. Puntualmente dijo que con la primera explosión atinó “a gritarles a todos que
vinieran hacia donde me encontraba y se tiraran debajo de los escritorios”, y con la
segunda “corrí hacia la salida de emergencia, la abrí y grité que todos que evacuaran el
piso”. Edry dijo incluso que tuvo tiempo de ver desde allí, ya a salvo, cómo la parte
delantera del edificio se desmoronaba.
En este punto, los dichos de Edry coinciden con lo expresado por Adrián Furman, que
estaba en las oficinas de Personal, también en el 2º piso. Furman dijo que el primero
fue un ruido seco, que lo sacudió, y después de un lapso que estimó en unos cinco
segundos, otro, más potente. “Después, todo se derrumbó”.

Otros de los muchos testigos que escucharon dos explosiones pero no consiguieron
que el juez Galeano los tomase en cuenta fueron el viejo Simja Sneh, un veterano de la
Segunda Guerra Mundial que se encontraba empeñado en la loable tarea de traducir al
castellano las principales obras de la literatura en idish para que no muriera con sus
hablantes, y Ana María Czyzewsky, madre de Paola, de 21 años, que murió en el
atentado.

De todos modos, cinco segundos no son suficientes para hacer todo lo que Edry dijo
haber hecho. Antes de regresar a Israel, Edry volvió a declarar para decir que un
hombre moreno —que en su primera declaración dijo haber visto con un auricular en

554
una oreja y hablándole a un aparato que parecía un grabador en una lengua para él
desconocida—era Moshen Rabbani… o alguien muy parecido. Y cuando años después
volvió a la Argentina, declaró otra vez, ahora ya con la evidente intención de
culpabilizar a Irán. Hasta el punto de que dijo haber visto un automóvil negro
estacionado sobre la calle Viamonte con la bandera de esa nación sobre el
guardabarros, como la que suelen utilizar los embajadores.

Edry resultó tan mentiroso como el Barón de Münchhausen.

Al declarar en el juicio el miércoles 28 de noviembre de 2001, Edry dijo haber visto


sobre la calle Viamonte, muy cerca de Pasteur, un Honda Accord o Mercedes-Benz C
180 negro y reluciente, con patente diplomática y “una chapita o bandera de la
República Islámica de Irán”, inmediatamente después de haber visto frente a la mutual
derrumbada cómo “un hombre alto, de sobretodo negro (…) hablaba por un
micrófono, con auricular, en un idioma que no era el español”.
Edry, que se presentó como “ex militar experto en terrorismo” y dijo haberse
desempeñado como “jefe operativo” y responsable de la seguridad del edificio cuando
se produjo el atentado, no dijo esta vez que aquel hombre fuera Rabbani, pero en
cambio lo identificó como una figura oscura y borrosa en un video que se exhibió en la
sala. Dijo Edry que buscó a un policía para que arrestara al hombre del sobretodo
negro, pero que cuando volvió con un agente, tanto aquel como el automóvil habían
desaparecido.
Adujo que no había contado nada de esto hasta el año anterior (2000), cuando había
vuelto a declarar ante el juez Galeano, porque cuando poco después del atentado
estaba declarando ante la Policía Federal, Menem relevó a toda la plana mayor,
incluido el policía que le estaba tomando declaración, por lo que esta quedó trunca.
Una burda patraña, ya que aunque en el DPOC le hubiera tomado testimonio su jefe, el
comisario mayor Ricardo De León, este no resultó purgado en ese momento, ya que la
plana mayor de la PFA está integrada exclusivamente por comisarios generales. Y
agregó que tampoco se lo había dicho al juez Galeano en su primera declaración
porque Dobniewski, el abogado de la AMIA, le habría dicho que si no existía registro

555
fílmico no valía la pena.
En lo que Edry no parece haber mentido es en que llevaba el control de quienes
entraban al edificio, pues fue él quien permitió descubrir el fraude cometido por un
avispado cocinero paraguayo, Patricio Irala, quien durante más de un lustro figuró
como fallecido en la masacre aunque estaba viviendo en su país natal. Su esposa se
presentó ante las autoridades como su viuda y argumentando que era un obrero de la
construcción y ese había sido su primer día de trabajo en la AMIA, se las ingenió para
que lo incluyeran en la nómina de víctimas fatales aunque, como es obvio, no había
cadáver que respaldara su historia.
Edry tenía plena seguridad de que ningún obrero nuevo había ingresado a la AMIA en
la mañana del 18-J. Esta certeza se daba de patadas y chocaba de frente con el hecho
de que Edry, muy sorprendentemente, hubiera declarado ante el juez Galeano que el
camión de los volquetes había llegado a la AMIA en torno a las 9.10, cuando múltiples
testimonios permitían acreditar que había llegado no antes de las 9.45.
José Petrosino es un veterano ingeniero especializado en telecomunicaciones.
También es, por mucho, el máximo investigador amateur de las causas de ambos
atentados. Y tiene una explicación para ese hiato: Edry habría estado tan interesado
como el chofer del camión en alejar la hora de su llegada de las explosiones, y por
idénticas razones. Su hipótesis hiela la sangre: “Edry es un mentiroso. Ninguno de los
sobrevivientes del segundo piso dijo haberlo visto allí. Posiblemente supiera que la
explosión se produciría luego de que se dejara un volquete en la puerta. Y estaría muy
ansioso porque tenía que garantizar que comenzaran a descargar las bolsas con
cascotes y escombros, entre las que había algunas con explosivos. Edry le dijo a Clarín
que había estado dirigiendo las maniobras del camión que dejó el volquete... Para mí,
lo que realmente pasó es que salió a la vereda a esperar al camión, y cuando llegó y
comprobó que los albañiles habían empezado a cargar el volquete, dio vuelta a la
manzana. Y luego de la explosión entró por el puente que comunicaba la AMIA con el
edificio de la calle Uriburu para hacer como que ayudaba en el rescate”.

Lo cierto es que cuando explotaron las bombas que mataron a Verónica y a otras 84
personas, no estaba Epstein ni tampoco otros dos guardias habituales, argentinos

556
instruidos en Israel y conocidos solo por sus apodos: Nuyan, de aproximadamente 40
años, y Moto, de 20. Galeano nunca los identificó ni interrogó.

Tal como había sucedido en la Embajada de Israel, a la hora de la verdad, en la AMIA


faltaban guardias de afuera y de adentro.
Edry murió en noviembre de 2008 llevándose sus secretos a la tumba.

Tempranito en Radio Jai

Fue en 1996, acaso a comienzos de 1997, que me invitaron a una audición en Radio Jai,
la primera emisora judía de Sudamérica, en Valentín Gómez entre Ecuador y Boulogne
Sur Mer, a unas diez cuadras de la AMIA. Cuando me iba, me llamó la atención una
foto enmarcada colgada en la pared. Había un grupo de dirigentes entre los que
reconocí a Beraja, Crupnicoff y el embajador Avirán. Alguien me dijo que había sido
tomada escasos minutos antes de que explotara la bomba (por entonces creíamos que
había sido una) en la AMIA. Y me explicó que los más importantes dirigentes de “la
cole” y el embajador habían sido invitados a la emisora ese día a las 9 de la mañana. So
pretexto de “inaugurar una transmisión entre la Argentina e Israel junto con el
embajador de Israel y el presidente de la DAIA de ese momento, Itzjak Avirán y Rubén
Beraja, y creo que también el de la OSA”, recordaría Crupnicoff muchos años después.

Entrevistado por la Agencia Judía de Noticias (AJN), el presidente de la AMIA dijo que a
la salida de la radio fue a trabajar a su agencia de viajes, VieTur (en la calle Montevideo
666, entre Tucumán y Viamonte, a 18 cuadras de la radio y a 7 y monedas de la AMIA)
y que “al rato me llamaron clientes de mi empresa y me dijeron: ‘La AMIA estalló’.
Tomé un taxi y cuando ‘bajaba’ por Tucumán, una o dos cuadras después de Callao, no
pudo avanzar; corrí hasta allí y me encontré con el desastre...”.

Es una declaración extraña, no solo porque Crupnicoff tuvo que haber salido de la
radio muy rápido, antes de las 9.30, y el camino lógico en auto o taxi es por la avenida
Corrientes hacia el Bajo y porque las explosiones debieron haberse producido muy

557
poco después de su llegada a VieTur, sino sobre todo porque apenas a 700 metros de
la mutual no parece que pueda haber existido manera de que dejara de oírlas.

Las burekas de la suerte

Ya nos referimos a las sorprendentes declaraciones del ex embajador Avirán diciendo


que los autores del atentado no estaban ya “en este mundo” porque Israel los había
despachado, pero lo más interesante de esas declaraciones no fue esa balandronada
—otra cortina de humo—, sino lo que había dicho antes, al ser entrevistado por Miguel
Steuermann, director de Radio Jai ("AMIA/Atentado. Avirán: “Gran mayoría de
culpables no está en este mundo, y lo hicimos nosotros”):

— ¿Qué recordás del momento en que explotó la bomba en la AMIA?

— Cada semana los tres presidentes se reunían en la Embajada.

— El maté (término hebreo que designa a una reunión importante de realización


periódica).

— El maté. Pero esa vez (el lunes 18 de julio de 1994) estuvimos muy cerca de la AMIA.
Y (Alberto) Astrovsky dijo: ‘¿Por qué no hacemos esta vez la reunión en la AMIA? Y yo
dije: ‘Muy bien, vamos para allá’. Pero cuando íbamos para allá recordé que el café
que se servía en la AMIA era desastroso y entramos en un lugar que no era un
restaurante pero sentimos el olor del café y de las burekas, muy cerca de la AMIA
(después dirá ‘a 300 metros’) y entonces yo dije: ‘¿Por qué no hacemos la reunión
acá?’.

— Increíble…

Sí, verdaderamente. Cuando Avirán habla de los tres presidentes se refiere a los de la
DAIA y la AMIA, Beraja y Crupnicoff, y al de la OSA, Astrovsky. Sabemos que ellos
cuatro y otros dirigentes estaban en Radio Jai, a diez cuadras de la AMIA. Pero, por
más que buscamos y preguntamos, no encontramos ni vestigios de un lugar entre la

558
radio y la AMIA donde preparen o hayan preparado burekas, unas empanadillas de
queso y/o verdura típicas de Medio Oriente. Daniel Schnitman es enfático al asegurar
que nunca existió un lugar así.

Posiblemente otro de los afortunados que fueron a Radio Jai en lugar de a la AMIA
haya sido Guillermo Borger, por entonces miembro de su comisión directiva y
presidente de la mutual entre 2008 y 2013, cuando quiso cerrar sus puertas a todos los
que no fueran “judíos genuinos”. Borger le dijo a la AJN que tenía una reunión en la
AMIA a las 10 pero que no pudo ir “por problemas en su empresa” y que se enteró de
los bombazos porque se lo informó su hijo… desde Israel.

Sigue hablando Avirán en la mencionada entrevista:

— Nos sentamos y diez minutos después estalló la bomba. Fue mazal (suerte) porque
si no, podríamos estar en el Shamaim (Cielo). Eso me dio la posibilidad de ir
inmediatamente al lugar, desde donde hice dos llamadas: una a Shimon Peres, en ese
entonces canciller (de Israel), para preguntarle si podíamos ayudar en algo —y él me
dijo que sí— y la otra a (el entonces presidente argentino, Carlos) Menem, para decirle
que estábamos dispuestos a ayudar, lo cual aceptó. Y en 36 horas llegó gente (experta
en desastres desde Israel) y trabajó en la AMIA”.

Imposiciones

“Si todas las semanas se reunían en la Embajada, lo que ya de por si es más que
sugestivo, ¿le rendían cuenta al gobierno de Israel de lo que hacían? Pero la pregunta
principal es ¿qué hacían ese lunes a la mañana cerca de la AMIA? Avirán oculta que
venían de Radio Jai. ¿Por qué? ¿No será porque no había un motivo claro para que
fueran allí temprano?”, razona José Petrosino.

“La excusa de lo del ‘café desastroso de la AMIA’ para no estar en la mutual a la hora
de la hecatombe es burda”, señala. “Lo único claro es que los cuatro estaban en las
inmediaciones, lo que les dio la posibilidad de estar en el lugar pocos minutos después

559
del estallido. Cuando Avirán dice que llamó a Menem para ofrecerle ayuda lo que
oculta es que, en realidad, le impuso la venida de una brigada del ejército israelí, de
modo de evitar que otros ajenos se hicieran cargo del rescate de las víctimas y
tomaran el control total de la zona de la explosión. La ‘zona cero’ donde se plantaron
pistas falsas a piacere, como el pequeño trozo de block de motor con su número
intacto, al que instantáneamente se llamo ‘el motor de la Trafic’, de esa Trafic que
nadie vio y que según la Historia Oficial condujo hasta Telleldín”, dice Petrosino,
convencido de que el atentado fue planeado y ejecutado por la CIA y el Mossad, es
decir que fue “un atentado de falsa bandera”, como el anterior, a la Embajada de
Israel, al que directamente califica de “autoatentado”.

Discutí infinidad de veces con Petrosino, casi siempre vía e-mail, a veces
personalmente. Y es que hay múltiples indicios, precisos y concordantes, de la
participación de fuerzas locales, así como de la intermediación de personas que viven
en la Argentina, en la consumación de los atentados. Y el hecho de que no haya
indicios de que las bombas hayan sido detonadas por iraníes y/o militantes de Hezbolá,
no vuelve probable que lo hayan hecho katsas ni sayanim, como se llama a los agentes
orgánicos y a los colaboradores voluntarios de los servicios de Inteligencia israelíes.

Las bombas no las colocaron y detonaron moros con fez, ni árabes con chilaba, ni
persas con turbante, pero tampoco sabras con kipá. Todo indica que lo hicieron
argentinos de uniforme y de civil. Por dinero… y placer.

Pero estas importantes divergencias no impiden que escuche/lea a Petrosino con


atención, pasando por alto sus profusas e inútiles adjetivaciones. Y es que se trata de
la persona más obsesiva que imaginarse pueda en la búsqueda de fallas y grietas en las
(des)investigaciones de ambos atentados. “Había entonces en el país personal
debidamente entrenado y con el equipamiento adecuado. Justamente por el bombazo
a la Embajada, tanto el Ejército argentino como los Bomberos de Lomas de Zamora,
cada uno por su lado, habían formado equipos para hacer frente a emergencias
semejantes”, recuerda.

560
“Después de la casi instantánea llamada de Avirán —continúa Petrosino—, Menem
recibió otra llamada, del general Martín Balza, que le ofreció los servicios de sus
equipos de rescate. Menem rechazó el ofrecimiento porque temía interferir con los
israelíes, que ya debían estar preparados para venir porque llegaron el martes 19 por
la noche. Esta insólita cesión de la soberanía nacional por parte de Menem fue un acto
criminal, ya que en este tipo de estragos la posibilidad de salvar vidas se limita por lo
general a las primeras horas, y la decisión de Menem impidió un rápido rescate, lo que
redundó casi con toda seguridad en muertes que se podían haber evitado”.

El general Livne o los prodigios de la intuición

No solo es cierto que los “rescatistas” israelíes no alcanzaron a rescatar con vida a
nadie, sino que las presunciones de Petrosino coinciden con el relato de la llegada de
los israelíes que hizo Roberto Caballero en su libro AMIA. La verdad imposible
(Sudamericana, 2005, págs. 203 y 204): “Cuando llegaron los israelíes (el juez Galeano)
se encontró con otra sorpresa: no aceptaban subordinarse a la Policía Federal. ‘El
ejército israelí no puede aceptar órdenes de fuerzas policiales’, le dijo el general a
cargo (Zeev Livne). Galeano lo miró desconsolado. Pensó decirle que él no los había
convocado. Los militares extranjeros no querían depender de nadie. Querían actuar de
manera autónoma. ‘Nosotros no los vamos a dejar’, le adelantó un comisario...
Galeano trató de entenderse con el jefe israelí. ‘Vamos a hacer una cosa. Yo no soy
general. Soy juez de la Nación Argentina. Esto es la Argentina. Ustedes no pueden
atravesar el terreno sin coordinación. Les voy a pedir que acepten mi rol’. El general
espero la traducción. Tras dudar un segundo, asintió. Enseguida le pidió autorización
para pararse frente a la AMIA. El juez lo acompañó en la incursión. El general
extranjero preguntó qué sentido de circulación tenía la calle Pasteur. Después de
varios minutos en silencio dio su veredicto, siempre a través del traductor: ‘Dice el
general que aquí actuó un coche-bomba...’. No había terminado la frase cuando el
general levantó la mano para señalar una pila de escombros ubicados a la derecha de
la escena: ‘Y también dice que el motor del coche-bomba debe estar debajo de esas

561
piedras’. Galeano lo recordaría admirado cuando, finalmente, justo en aquella zona
aparecieran los restos del motor de la Trafic”.

Caballero es insospechable de ser judeófobo. Poco después de escribir este libro llegó
a ser director del diario Tiempo Argentino, del rabino Sergio Szpolski, el ya mencionado
ex tesorero de la AMIA (y actual candidato a intendente de Tigre por el Frente por la
Victoria), quien lo impulsó a escribir ese libro, que originariamente se iba a llamar El
Lobo. A mi entender, con la aviesa intención de que Caballero apuntalase las falsas
acusaciones contra el comisario Ribelli y sus hombres, peligro que Caballero pudo
eludir a último momento tras percatarse de que estaba a un tris de caer en una
trampa.

(En la fiesta de inauguración de su efímero diario universitario La U, a mediados de


2002, cuando le dije que estaba claro que Ribelli y sus hombres no tenían nada que ver
con el atentado a la AMIA, Szpolski me dijo: “A mí no me importa si Ribelli es culpable
o no, lo que importa es que el pueblo judío no puede dormir tranquilo si Ribelli está
libre”.)

Caballero ha de tener un entripado con el general Livne que, como se narró, usó a
quien era entonces su compañera en el diario La Prensa y sería luego su esposa y
madre de sus hijos, Cynthia Ottaviano (que desde 2012 es Defensora del Público
oyente y televidente de radios y TV), para comunicarle al mundo que se había
encontrado nada menos que el coche-bomba con restos de su conductor suicida
adentro. Una mentira colosal que Israel pretende mantener en pie hasta hoy.

Piedra libre para el katsa Frenkel

En efecto, a principios de julio de 2014 una delegación de dirigentes judeoargentinos


viajó a Israel para homenajear a los “rescatistas” que veinte años antes habían
trabajado entre los escombros, con sus boinas naranjas y sus perros abrigados con
mantas decoradas con la estrella de David. La noticia fue difundida por la AJN,
Itongadol y subida a la página de la AMIA, e intentó reafirmar aquel hallazgo trucho

562
diciendo que lo había ratificado uno de los homenajeados, al que entrevistó. Pero muy
sugestivamente mantuvo su nombre en el anonimato. ¿Por qué? ¿Acaso no debería
ser motivo de orgullo haber encontrado ese trozo de motor?

De las propias palabras del anónimo entrevistado (posiblemente Nahum Frenkel)


puede deducirse que no era un militar ordinario, sino un empinado miembro del
Mossad, cuya función era relacionarse con los autóctonos. “Mi función era
relacionarme con los funcionarios de la Justicia y los policías (...) Encontré el motor, lo
entregué a la Justicia (sic) y los conduje al lugar y a partir de allí (los bomberos y
policías) hallaron el resto del auto”, dijo el anónimo rescatista en un patético intento
por mantener en pie el bolazo de Livne. “Al principio tuvimos muchos problemas para
trabajar, hasta que después de cinco horas nos lo autorizó el juez, y parte de nosotros
fuimos por la parte de atrás (es decir, por el edificio de la calle Uriburu), con gente de
la comunidad”.

El general de división Livne no es un militar cualquiera: apenas regresó a Israel, en


agosto de 1994, fue nombrado jefe de todas las fuerzas terrestres del Ejército. Y no
habían pasado dos años cuando, tan pronto como asumió por primera vez como
premier, Benjamín Netanyahu lo nombró su secretario (un virtual ministro) militar.

Conclusión: el hallazgo de ese trozo de motor fue una artimaña israelí en sociedad con
un grupo de bomberos del Departamento de Explosivos al que pertenecía el
subinspector Lopardo, que se hizo cargo pero que llegada la hora de la verdad se
desdijo sin pagar ningún costo por ello.

La casualidad permanente

Rafael Eldad era el agregado cultural de la Embajada de Israel cuando se cometieron


ambos atentados, fue embajador en la Argentina entre 2004 y 2008 y es actualmente
embajador en Chile. Ningún funcionario de los ministerios de Relaciones Exteriores del
mundo ignora que los diplomáticos que figuran como agregados culturales suelen ser
miembros de los servicios de Inteligencia. Pues bien, cuando se cometió el atentado a

563
la Embajada de Israel, Eldad dijo que casualmente estaba en la AMIA, y que también lo
estaba en la mañana del 18-J… hasta “poco antes” de las explosiones. Así lo declaró
días después de ser nombrado embajador en la Argentina en sustitución de Benjamín
Oron, al ser entrevistado por el semanario israelí en castellano Aurora (“Espero que la
predisposición de Kirchner se traduzca en resultados”, 05.08.04).

“No es la primera vez que Rafael Eldad viene designado como diplomático a Argentina,
ya lo hizo hace diez años justo en el trágico período en el que sucedieron los atentados
a la AMIA y a la Embajada de Israel, en 1994. De aquel momento, Eldad recuerda la
curiosa coincidencia de que cuando se produjo el atentado a la Embajada él estaba en
la AMIA, y cuando se produjo el atentado a la AMIA, acababa de salir de allí con
destino a la Embajada. Aun así, dice no temer un nuevo atentado”, puede leerse.

En una nota editorial del periódico La Voz y la Opinión (Nº 230 de octubre de 2014,
“Los familiares abren los ojos”), Daniel Schnitman comentó: “La realidad es que no
existe la mínima prueba cierta que sustente la farsa creada por el fiscal (Alberto)
Nisman, y cualquier juicio, sea en ausencia o en presencia, en la Argentina o en las islas
Caimán, así lo va a determinar”.

Arremete luego contra “Itzjak Avirán, embajador de Israel desde 1993 a 2000″, a quien
define como “el factótum del encubrimiento al controlar estrechamente junto a Beraja
y Corach al ex juez Galeano y a sus secuaces, Mullen y Barbaccia”, y recuerda que
“Avirán estaba ‘casualmente’ en las cercanías de la AMIA al momento de la explosión,
pero además (también) lo estaba otro conspicuo personaje israelí, el ubicuo Rafael
Eldad, a la sazón ‘agregado cultural’ y desde 2004 a 2008 embajador en Argentina…”.
Recordó luego que Eldad visitó la AMIA “esa fatídica mañana del 18 de julio y se retiró
‘poco antes de la explosión’” y se preguntó por qué Eldad se retiró “sin esperar a su
jefe y a los otros directivos de la DAIA/AMIA que estaban en un café a 200 metros”.
Por último, lanzó una pregunta fatal: “¿A qué fue realmente esa mañana a la AMIA?”.

564
13. Los últimos días de Nisman

A pesar de su polémica con los dirigentes de la colectividad judía en 2006, y de que ya


había renegociado el grueso de la deuda externa y pinchado el globo del ALCA en Mar
del Plata, el presidente Kirchner quería terminar la tarea, para lo cual no quería irritar
al presidente George Bush (h) que tenía a Irán como uno de los estados integrantes del
“eje del mal”.
Fue así que al hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 25 de
septiembre de 2007, instó a Irán a que “acepte y respete la jurisdicción de la justicia
argentina y colabore eficazmente con los jueces argentinos para lograr el
sometimiento a juicio de las personas imputadas”, dando satisfacción a Israel y a la
comunidad judía de Nueva York, cuyo concurso consideraba indispensable para llevar a
buen puerto las negociaciones pendientes con el Club de París.
Pero al comenzar 2009, tras la asunción del presidente Barack Obama, y un año largo
después de la asunción de CFK a la presidencia, la política exterior estadounidense
inició un viraje. Ante la evidencia de que Irán estaba empeñado a fondo en un plan
para dotarse de varias centrales atómicas y la perspectiva de que a mediano plazo
consiguiera tener armas nucleares, Obama y su secretario de Estado, John Kerry,
desechando las invitaciones de Israel a participar en un demoledor “ataque
preventivo”, se inclinaron por la política del palo y la zanahoria. Así, alternaron
invitaciones a someter aquellos planes a las severas limitaciones impuestas por la
Agencia Internacional de Energía Atómica para garantizar que Teherán no pudiera
fabricar bombas nucleares, con una serie de embargos y otras sanciones económicas

565
que causaron gran impacto en la economía de la nación persa, forzándola a negociar.
Esta política contraria a la intervención militar se fue acentuando con el correr de los
años, a medida que las fuerzas del extremismo sunní ganaban terreno en un Irak
devastado con un gobierno mayoritariamente chií, apoyado tanto por los Estados
Unidos como por Irán… aunque no en igual medida; ya que la ocupación
estadounidense había fabricado un Frankenstein luego de que el virrey Paul Bremer
licenciara sine die (es decir, despidiera) a los oficiales del ejército regular iraquí, la
mayoría de los cuales pertenecían a la minoría sunnita, arrojándolos a la miseria.
Mientras, la CIA financiaba la violencia sectaria de Al Qaeda contra la mayoría chií, lo
que terminó conformando el grupo Daesh, que absorbió a gran parte de aquel cuadro
de oficiales y que, tras independizarse de Al Qaeda, se transformó en ISIS o el Estado
Islámico de Irak y Levante, más tarde Estado Islámico a secas, o más simplemente, El
Califato, enemigo mortal de Irán.
La Presidenta, viendo cómo habían cambiado las tornas, ya sea intuyendo o sabiendo
positivamente que Irán poco y nada había tenido que ver con los atentados gracias a
su vasta experiencia como miembro de la Comisión Bicameral de Seguimiento de las
investigaciones de ambos atentados, le ordenó al canciller Timerman que iniciara
negociaciones con Teherán con vistas a desbloquear una causa que, en manos de
Nisman y Stiuso, se encontraba totalmente paralizada.
Mal que le pese a los hipócritas que al enterarse se rasgarían las vestiduras, el intento
de recomponer las deterioradas relaciones con Irán tenía un notorio antecedente
cuando antes de cumplirse el tercer aniversario del atentado a la Embajada de Israel (y
los ocho meses del de la AMIA), al realizarse la Cumbre Social de Copenhague, el
canciller Guido Di Tella entrevistó en secreto al canciller iraní, Alí Akbar. Di Tella, con el
respaldo explícito del ministro Domingo Cavallo y seguramente también con el silente
del presidente Menem, buscaba la manera de reflotar aunque fuera parcialmente las
compras iraníes de cereales y oleaginosas.

Declaración de guerra
Para los halcones de Estados Unidos e Israel, la firma del memorándum de

566
entendimiento con Irán constituyó una declaración de guerra. Esta decisión soberana
dio vuelta como un guante a una Secretaría de Inteligencia colonizada por la CIA, el
Mossad y otras agencias extranjeras.
Desde entonces, la decisión del tándem Stiuso-Nisman de sabotear el acuerdo con Irán
derivó en un complot. El dúo no podía soportar que su (des)investigación fuera puesta
bajo la lupa de una comisión de juristas independientes, pues lo primero que
descubrirían es que llevaban largos años sin hacer nada. Nisman no estaba en
condiciones de viajar a Teherán y tomarles declaraciones a los que había acusado
porque no tenía prueba alguna de que hubieran ordenado (¿a quién?) el atentado a la
AMIA. Todo lo que tenía eran dichos de terceros, casi sin excepción, enemigos jurados
de los ayatolás, miembros o allegados a unos Mujaidines al Jalk (MKO) rotulados como
terroristas por Estados Unidos y la Unión Europea y sospechados de trabajar como
sicarios para Israel desde la caída de su antiguo protector, Saddam Hussein.
Al principio con sigilo y más tarde desembozadamente, los agentes de Stiuso habían
comenzado a alimentar a los periodistas opositores de datos verdaderos e inventados
sobre reales o supuestos hechos de corrupción de funcionarios del Gobierno. Y a partir
de su publicidad, judicializaban las denuncias a través de magistrados amigos, en lo
que se conoce como “fórum shopping”.
El punto de quiebre llegó a mediados de 2013, al cerrarse las listas para las elecciones
legislativas de octubre, cuando la Presidenta se enteró al mismo tiempo que el común
de los mortales de que su ex jefe de Gabinete e intendente de Tigre, Sergio Massa, se
presentaría por fuera del Frente para la Victoria con una nueva formación propia, el
Frente Renovador. El número 2 de la SI, Francisco Paco Larcher, quien había sido
hombre de confianza del difunto Kirchner, le había dado seguridades de que Massa no
se presentaría por fuera del FPV. Hacía más de una década que Larcher y Massa eran
amigos y vecinos que se veían seguido: ambos viven en Nordelta —un barrio cerrado
de lujo construido sobre un cementerio indígena con puerto sobre el Paraná de las
Palmas, lo que lo vuelve muy apetecido por los narcotraficantes debido a los exiguos
controles sobre las embarcaciones procedentes del Paraguay.
Hoy, cuando aquellos días de euforia han pasado, puede olvidarse que Massa era

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entonces el candidato predilecto de “La Embajada”, a la que, según los despachos
publicados por Wikileaks, había concurrido siendo jefe de Gabinete para decir que
Néstor Kirchner era un “monstruo”, un “cobarde” y un “psicópata”.
Stiuso sabía positivamente que la Presidenta había tomado la decisión de “barrer con
la cúpula y la estructura de Inteligencia del Estado” el domingo 11 de agosto, tras
conocerse los resultados de las PASO, pero que su entorno la había frenado. Porque,
so pretexto de que espiarían para los británicos, había conseguido que el juez federal
Sergio Torres autorizase la “pinchadura” de los teléfonos de una empresa de
seguridad, C3 Consulting, que solía trabajar en conjunto con el sector de los espías
liderado por el jefe de Reunión Interior, Fernando Pocino, leal a la primera mandataria.
De las escuchas surgía tanto el encono de CFK con Stiuso como el ánimo de “saqueo”
de los empresarios asociados a la Secretaria de Inteligencia (ver la nota de tapa de
Perfil del 26-07-15: “SIDE: Las escuchas secretas”).
Aunque la frenaron en su ánimo de acabar con la SI, la Presidenta consideró que Massa
y Larcher la habían engañado y le encomendó al secretario Legal y Técnico, Carlos
Zaninni, que articulara una defensa contra lo que ya era una clara ofensiva de la CIA y
el Mossad a través de la SI y el importante sector del Poder Judicial controlado por
Stiuso a través de su operador, Javier Fernández. Zaninni lo hizo con el auxilio de
Pocino y del jefe del Ejército, César Milani.
2013 fue también el año de la ruptura entre el grupo de Familiares… y Nisman. En una
“carta abierta” al fiscal, cuestionaron en noviembre “su falta de compromiso e inacción
en la causa” y lo consideraron “funcional a los intereses de los que siempre nos
quieren alejar de la verdad”. De modo que cuando llegó el vigésimo aniversario del
atentado, ellos y Memoria Activa reclamaron al unísono que Nisman se apartara o
fuera apartado de la investigación.

Muerte de El Lauchón

Unos días antes, el 9 de julio de 2014, fiesta patria, las tradicionales buenas relaciones
entre la Secretaria de Inteligencia (y, particularmente de Stiuso) y la Policía Bonaerense

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quedaron en entredicho cuando el Grupo Halcón, la elite de los “patas negras”, hizo un
violento allanamiento nocturno en la casa de Pedro Antonio El Lauchón Viale en la
localidad de La Reja, partido de Moreno, y lo mató a tiros, supuestamente en el curso
de una amplia redada antinarcóticos que decomisó muy poca cocaína. Los de El
Lauchón eran los ojos y oídos de Stiuso en la noche. Casino, hoteles y cabarets no
tenían secretos para él. Ligado naturalmente con narcotraficantes, también se había
especializado en apoderarse de propiedades con herencias vacantes con el concurso
de abogados y escribanos. En síntesis: Viale era el brazo izquierdo de Jaime. Que, sin
embargo, no salió a la cancha indignado ni reivindicó con énfasis al occiso.
Desde entonces, Stiuso volvió a moverse en taxi, armado con su pistola Glock y
caracterizado como para perderse en la multitud, una de sus especialidades, consignó
Young, su biógrafo, para quien ya entonces Jaime estaba convencido de que el
Gobierno quería jubilarlo y trataba de emprolijar sus múltiples negocios.
Simultáneamente, y de acuerdo con él, Nisman se abocó a hacer borradores de la que
sería su resonante denuncia contra la Presidenta y su canciller. En uno directamente
pedía la detención de ambos, un exabrupto que de materializarse hubiera supuesto un
virtual golpe de Estado.
El 15 de mayo, la Sala 1 de la Cámara Federal, con el voto de Eduardo Farah —un
hombre de “La Casa”— y Jorge Ballestero y la disidencia de Eduardo Freiler, declaró
inconstitucional el Memorándum con Irán. La medida había sido pedida por la DAIA-
AMIA con el respaldo de Nisman, so pretexto de que conculcaría prerrogativas del
Poder Judicial. Era un absurdo lógico, ya que las relaciones exteriores son competencia
exclusiva del Poder Ejecutivo, el memorándum había sido refrendado por ambas
cámaras del Congreso y los dictámenes de la Comisión de la Verdad —que nunca se
había formado— iban a ser, según se explicitaba en el acuerdo, no vinculantes.
A pesar de que era una excelente noticia para Stiuso y Nisman, según Young no cambió
la percepción de Jaime de que el Gobierno ya había decidido su eyección de la SI, por
lo que se concentró en una especie de guerra de zapa en el terreno judicial, que
incluyó pedir medidas en la causa AMIA II y denunciar amenazas y a agentes
inorgánicos que habían dejado de responderle, el último de los cuales —en noviembre

569
de 2014— fue Allan Ramón El Francés Bogado, a quien pronto Nisman haría famoso al
denunciarlo como protagonista de una presunta conjura dirigida nada menos que por
la Presidenta de la Nación.
El operador de Stiuso en los tribunales federales era Javier Fernández, y no puede
achacársele ineficacia: en rápida sucesión, diríase que en un raid, el vicepresidente
Amado Boudou, ya procesado por la compra de Ciccone Calcográfica, fue nuevamente
procesado, esta vez por una firma supuestamente adulterada en el trámite de compra
de un auto; el juez federal “de la servilleta” Claudio Bonadío ordenó allanar las oficinas
de Hotesur, la firma que administraba el hotel de los Kirchner en El Calafate, y la
Cámara Federal revocó un sobreseimiento al senador y ex jefe de Gabinete Juan
Manuel Abal Medina (h); acusó seguidamente al secretario de Seguridad Sergio Berni
de detener ilegalmente a manifestantes que bloqueaban la ruta Panamericana, y a un
fiscal de proteger al empresario Lázaro Báez. Y el mismo tribunal ordenó que se
volviera a investigar a Báez, rechazó un recurso de los abogados de la Presidenta en la
causa Hotesur y pidió la elevación a juicio de una causa contra Luis D’Elía.

Contraofensiva
Mientras, Nisman preparaba el borrador de su acusación contra la Presidenta y el
canciller por haber firmado un acuerdo con Irán que, aseguraba, garantizaba la
impunidad de los funcionarios persas acusados de haber ordenado el ataque a la
AMIA. Y también otro, mucho más amigable e incluso comprensivo con el
memorándum, que le solicitaba a CFK le ordenase a su canciller que recurriera al
Consejo de Seguridad de la ONU para que se detuviera a dichos acusados. Lo que
tácitamente equivalía a pedir que se formara una coalición internacional que atacara e
invadiera Irán como antaño se había atacado e invadido Irak.
Con el paso del tiempo, Nisman había naturalizado las insólitas prebendas de las que
gozaba. También había naturalizado los elogios de los jefes políticos de los servicios de
Inteligencia a los que reportaban Stiuso y él, y las entradas extras que ello le generaba,
para lo que había abierto una cuenta en el Banco Merrill Lynch a nombre de su madre,
Sara Garfunkel, de su hermana Sandra y de su principal colaborador, el polivalente

570
Diego Lagomarsino (en representación de Jaime), reservándose para sí el papel de
apoderado, con el obvio propósito de burlar a la AFIP.
Nisman limó todas sus diferencias con los dirigentes de la colectividad judía local, y con
su apoyo en marzo de 2013 denunció la supuesta inconstitucionalidad del
memorándum, y en junio consiguió que la Comisión de Seguridad Interna de la Cámara
de Representantes del Congreso de los Estados Unidos lo invitara a exponer sobre una
supuesta ofensiva terrorista de Irán en tierras americanas, a las que habría sembrado,
decía, de “células dormidas”. Era evidente que una reunión semejante terminaría con
una andanada de feroces críticas a los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia por
haber intensificado sus relaciones con Irán, y a la Argentina por haber firmado el
memorándum, por lo que la procuradora Gils Carbó le negó los viáticos y pasajes. En
lugar de pagarse el viaje de su bolsillo, cebado, Nisman les pidió a sus interlocutores
estadounidenses que protestaran. En el encuentro realizado sin la presencia de
Nisman, el director ejecutivo de la American Task Force Argentina (ATFA) y titular de
Raben Group —un fondo buitre—, Robert Raben, comparó al gobierno de CFK con el
de Hugo Chávez.
En octubre, Clarín publicó que el Estado islámico (ISIS o Daesh) había amenazado de
muerte a la Presidenta y que la noticia había sido confirmada por la Embajada de los
Estados Unidos. La Presidenta titubeó un par de días y después, en un acto público
realizado en la Casa Rosada, vapuleó a la Secretaría de Inteligencia al decir que si la
noticia fuera real se tenía que haber enterado por ella y no por la prensa y advirtió que
“si me llega a pasar algo, no miren a Oriente, miren al Norte”, en inequívoca referencia
a los Estados Unidos. No era para menos, ya que la versión supuestamente avalada por
“La Embajada” era indigerible: se suponía que el autor de las amenazas era un
empresario maderero de nacionalidad tunecina radicado en la Triple Frontera (una
obsesión de la CIA y el Mossad) que estaba en contacto con gente de Balbeck, en el
Líbano, un bastión de los chiís en general y de Hezbolá en particular… enemigos
acérrimos de los takfiristas del ISIS, que los consideran herejes a exterminar.

Teléfono equivocado

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En diciembre, un periodista de la revista Noticias llamó al número de celular al que
Stiuso había denunciado en la Justicia que le habían mandado mensajes
amenazadores, y lo atendió Jaime. Entre otras cosas, aprovechó para desligarse de la
historia del tunecino. Al parecer, la coordinación entre la SI y la CIA estaba haciendo
agua. “El tunecino ese no existió. Fue una farsa. ¿Por qué nos vamos a molestar? Era
todo irreal. Lo del ISIS es cierto. Esos mails con amenazas llegaron, pero lo del tunecino
y lo de la Triple Frontera es un invento. Que evidentemente debe estar hecho por
alguien con algún interés, pero no da con la realidad. Lo que dijo (Cristina) fue porque
se tendría que haber enterado por nosotros. Y por nosotros no se iba a enterar porque
no existió”, dijo Stiuso, poniendo en evidencia que las agencias estadounidenses no
tenían una sola voz ni eran un corto unívoco.
Jaime aprovechó para pasar el mensaje de que todavía no consideraba que hubiera
llegado la hora de retirarse. “Nosotros tenemos un estatuto público en el que dice que
para jubilarse hay que tener 30 años de servicio y más de 65 años de edad. Esas son las
dos condiciones. Tengo 43 años de servicio, pero todavía me falta para los 65”.
Y, por fin, lanzó un mensaje críptico que parecía destinado a un Nisman que había
comenzado a cortarse solo en sus relaciones con los “servicios colaterales”: “Este
teléfono lo tienen todos... menos una persona que lo tenía que tener y prefirió elegir
otro teléfono como que era mío y después, bueno... pero lo tiene todo el mundo,
porque es con el que uno labura...”.
El periodista, Rodis Recalt, le dijo que no entendía lo que le estaba diciendo. “Ya lo vas
a entender en unos días”, le respondió Stiuso.
La entrevista concedida a Noticias fue la gota que rebasó la paciencia de la Presidenta,
que convocó al Chango Icazuriaga y le exigió que echara a Larcher y a Stiuso. Como
Icazuriaga se mostró irresoluto, de sendos plumazos lo destituyó a él y seguidamente a
Larcher, y designó a un hombre de su absoluta confianza, el secretario general de la
Presidencia, Oscar Parrilli, como nuevo secretario de Inteligencia. Parrilli cruzó
Rivadavia hacia la sede de la SI acompañado del reemplazante de Larcher, el joven
Juan Carlos Mena, hasta entonces operador judicial del Ministerio de Justicia. De allí en

572
más, Mena procuraría, entre otras cosas, arreglar los desaguisados y reducir los daños
producidos por la labor deletérea de Javier Fernández.
A lo largo de varias reuniones, Parrilli, que tenía precisas instrucciones de la
Presidenta, se las ingenió para convencer a Stiuso de que vaciara su oficina y se fuera
manso y tranquilo. Después prosiguió la limpieza, haciéndole firmar la jubilación a sus
lugartenientes, uno por uno. A partir de entonces comenzarían a descubrirse
chanchullos en los que esta virtual asociación ilícita estaba metida, particularmente en
multimillonarias importaciones y exportaciones de contrabando de todo lo que pueda
imaginarse.

La denuncia
A fin de año, antes de emprender el viaje festivo con su hija Iara, teóricamente hasta el
19 de enero, Nisman le confió a una de sus secretarias que regresaría antes, hacia el 12
de enero. Nisman paseó con Iara por Londres, París y Amsterdam, y en Madrid le
comunicó a su hija que no podría ir a esquiar a Andorra con ella porque tenía que
regresar de urgencia a Buenos Aires. Le propuso que lo acompañara, prometiéndole
que en una semana reiniciarían el viaje de placer, pero la adolescente, desolada, se
negó de plano. Se puso entonces en contacto con su madre, que estaba en Barcelona
con la hija menor de ambos, Kala, y le mintió que debía regresar a Buenos Aires porque
su madre iba a ser operada en un codo. Ella llamó a casa de su suegra y rápidamente
pudo establecer que Alberto le había mentido, lo que provocó una agria disputa en la
que ella le reprochó que priorizara la búsqueda de fama a sus hijas.
Nisman dejó a su hija en un VIP del madrileño aeropuerto de Barajas, a la espera de
que su madre tomara el puente aéreo desde el aeropuerto barcelonés de El Prat y la
sacase de allí, y emprendió el viaje de regreso. Antes de despedirse, le repitió que
debía estar preparada para escuchar que dijeran las peores cosas de él y le prometió
que estaría de regreso el lunes 19 para que hicieran juntos el último tramo del tour.
Al anochecer del martes 13 envió un mensaje a un grupo de “amigos” de Facebook:

573
“Este es un mensaje de difusión masiva para un grupo pequeño y querido de amigos y
allegados que no siguen el día a día de mi actividad. Es simplemente informativo, por
favor no responderlo.
Debí suspender intempestivamente mi viaje de 15 años a Europa con mi hija y
volverme. Imaginarán lo que eso significa. Pero a veces en la vida los momentos no se
eligen. Simplemente las cosas suceden. Y eso es por algo.
Esto que voy a hacer ahora igual iba a ocurrir. Ya estaba decidido. Hace tiempo que me
vengo preparando para esto, pero no lo imaginaba tan pronto. Sería largo de explicar
ahora. Como ustedes ya saben, las cosas suceden y punto. Así es la vida. Lo demás es
alegórico.
Algunos sabrán ya de qué estoy hablando, otros algo imaginarán y otros no tendrán ni
idea... Hasta dentro de un rato. Me juego mucho en esto. Todo, diría. Pero siempre
tomé decisiones. Y hoy no va a ser la excepción. Y lo hago convencido. Sé que no va a
ser fácil, todo lo contrario.
Pero más temprano que tarde la verdad triunfa. Y me tengo mucha confianza. Haré
todo lo que esté a mi alcance, y más también, sin importar a quién tenga enfrente.
Gracias a todos. Será justicia.
¡Ah! Y aclaro, por si acaso, que no enloquecí ni nada parecido. Pese a todo, estoy
mejor que nunca. Jajaja :)”.

Forum shopping
Por la mañana del miércoles, fue primero al despacho del juez Ariel Lijo, donde dejó el
original de su denuncia, y luego al de la jueza Servini de Cubría (que subrogaba a Lijo,
que estaba de vacaciones), a quien con una copia sellada le pidió que habilitara la feria
judicial para que pudieran ejecutarse las medidas solicitadas.
Las razones por las que eligió el juzgado de Lijo fueron desnudadas por Horacio
Verbitsky el mismo domingo 18 en que el fiscal apareció muerto. Es muy posible que
Nisman haya leído su nota en Página/12 antes de morir. Y que lo que leyó no lo haya
hecho sentirse feliz: “En el Forum Shopping de Nisman, la denuncia será considerada
por el juez federal Ariel Lijo. Cuando la camarista Luisa Riva Aramayo comenzó la

574
negociación con Carlos Alberto Telleldín para pagarle un falso testimonio, Lijo era uno
de sus más próximos colaboradores. Su hermano, Alfredo Lijo, trabajó con el auditor
Javier Fernández, a pedido de Riva Aramayo, según el propio Fernández en un
reportaje de Hugo Alconada Mon. Riva Aramayo no fue procesada junto con el juez
Galeano porque murió en 2002.”
Ese miércoles, Nisman se comunicó telefónicamente varias veces con ambos hermanos
Lijo. Dos con el juez, la primera para avisarle que había presentado “la bomba” y la
segunda para preguntarle si ya le habían alcanzado una copia y la había podido leer.
Lijo dijo que luego hubo una tercera conversación entre ambos, cuando fue él quien
llamó a Nisman. En esta ocasión, dijo, hablaron sobre la habilitación de la feria y él le
preguntó cuándo le haría llegar las escuchas a las que la denuncia hacía referencia.
Luego de ojear la denuncia, aquilatando posiblemente que no tenía posibilidades de
prosperar y sin advertir cual podía ser su urgencia, rechazó el pedido de habilitar la
feria. Tras la muerte de Nisman, y antes de declararse incompetente, Lijo entregó a la
prensa copias de la denuncia (Nisman solo había distribuido resúmenes) casi completa.
Antes ordenó tachar los puntos 3, 4, 5 y 6 del petitorio. Explicó que lo hacía para no
adelantar las medidas que podían tomarse si la denuncia —que ahora sería impulsada
por el fiscal Gerardo Pollicita— prosperaba.

Objetivo: CFK y las circulares rojas


Nisman les había adelantado a algunos amigos políticos del PRO, y sobre todo a la
dirección del Frente Renovador, que tenía “una bomba” que “se iba a llevar puesta a la
Presidenta”. De “bomba política” la calificaron distintos medios y comentaristas a lo
largo de esa tarde. Carlos Pagni, curándose en salud, publicó en La Nación del jueves
una nota titulada “Una bomba de efecto impredecible”. Y es que la denuncia de
Nisman, de 289 páginas, pivoteaba una y otra vez sobre hechos incomprobables. Como
que la Presidenta y su canciller habrían perpetrado un verdadero golpe de Estado
contra la independencia del Poder Judicial al acordar con Irán un modo de destrabar la
causa AMIA y permitirle al juez Canicoba Corral y al propio fiscal indagar a los acusados
en Teherán; la conformación de una comisión de expertos juristas de terceros países y,

575
en absoluto secreto, el levantamiento de las circulares rojas de Interpol que les
impedían, o al menos dificultaban, los desplazamientos de aquellos por el planeta.
Nisman sostuvo en su voluminoso escrito que la Presidenta, a través de un diputado
nacional y de un agente de la Secretaría de Inteligencia que le respondía ciegamente,
dirigía a un heterogéneo grupo de lobbystas identificados políticamente con el
gobierno de Irán y con vínculos con el Vaticano. La principal función de este grupo,
afirmaba, había sido elaborar una nueva Historia Oficial que desviara la investigación
de los acusados iraníes hacia “fachos locales”, dejándolo a él, el fiscal, “culo p’al
norte”. Otra función del grupo, continuaba, habría sido mantener contactos con
Moshen Rabbani, de modo de coadyuvar con gestiones oficiosas a las gestiones
oficiales; tendientes, sobre todo, al levantamiento de las circulares rojas impuestas a
los altos funcionarios iraníes.
La denuncia chocaba inicialmente con el hecho de que ni las circulares rojas se habían
levantado, ni se había planteado ninguna hipótesis alternativa a la de la Trafic bomba +
chofer suicida de Hezbolá + orden del gobierno de Irán, con lo que parecía abstracta.
Nisman denunció la existencia de “un plan delictivo destinado a dotar de impunidad a
los imputados de nacionalidad iraní... para que eludan la investigación y se sustraigan
de la acción de la justicia argentina... una confabulación orquestada y puesta en
funcionamiento por las altas autoridades del gobierno”, decidido por la Presidenta e
instrumentado por el canciller. Aseguró en él que la Presidenta “no solamente fue
quien decidió la articulación de este plan... sino que... se valió de distintos actores... y
en todo momento estuvo en control de la misma...”.
¿Quiénes serían los confabulados? Nisman señaló a “Luis Ángel D'Elía, Fernando Luis
Esteche, Jorge Alejandro Yussuf Khalil, el diputado nacional Andrés Larroque, el Dr.
Héctor Luis Yrimia y un individuo identificado como ‘Allan’ que ha desempeñado un rol
relevante… que responde a la Secretaría de Inteligencia y (que) se trataría del Sr.
Ramón Allan Héctor Bogado.”
El plan delictivo habría incluido “negociaciones secretas y públicas con los iraníes
durante las cuales se acordó dar de baja las notificaciones rojas de Interpol”, propósito
que no se habría podido conseguir gracias a “la diligente y a la vez inesperada —para

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los encubridores— actitud de Interpol, específicamente de su secretario general,
Ronald Noble, (que) se lo impidió” (pág. 107).

Imprecisiones y desvíos enloquecedores


Para ser un trabajo que según Nisman le llevó más de dos años, presenta notorias
inconsistencias, que en algunos casos bien pudieron remediarse acudiendo a Google u
otro buscador de Internet. Por ejemplo, cuando afirmó que la firma del “Memorando
de Entendimiento entre Argentina e Irán fue anunciado el 27 de enero de 2013 en Adís
Abeba, Reino de Etiopía”, ya que Etiopía es una república desde 1974, cuando fue
depuesto el emperador Haile Selassie, e incluso estuvo en la órbita comunista antes
del desplome de la Unión Soviética (pág. 104).
Del mismo modo, en la página 190 Nisman puso una nota al pie sobre el Día Mundial
de Al Quds en la que ignora olímpicamente que ‘Al Quds’ es el nombre árabe de
Jerusalén y que dicho día fue instituido en el último viernes del mes de Ramadán por el
ayatolá Jomeini. Y en la página 263 señaló que en noviembre de 2012 el diputado
nacional Andrés Larroque y Luis D’Elía le pidieron a Yussuf Khalil “que no sumara a los
grupos que lidera de la comunidad iraní local a una marcha organizada por partidos de
izquierda en defensa de la causa palestina” siendo que Khalil tiene influencia sobre la
comunidad chií local, que en su mayoría no es de origen iraní, sino que está compuesta
por argentinos descendientes de libaneses y sirios.
Estas y otras incongruencias, y el carácter panfletario o cuanto menos publicitario de
un texto desapegado de la normativa jurídica, hicieron que muchos observadores, y la
propia Presidenta, expresaran su creencia de que el texto no había sido escrito por
Nisman, aunque no haya la menor duda de que fue él quien lo firmó y presentó a la
Justicia en la mañana del miércoles 14 de enero de 2015.
“La denuncia de Nisman, claramente armada con apuro, es un documento errático y
por momentos enloquecedor. Aunque Nisman acusa a Cristina de dirigir el acuerdo
secreto y a Timerman de ejecutarlo, no hay evidencia alguna que vincule directamente
a ninguno de ellos con la supuesta conspiración. La mayoría de las escuchas telefónicas
son crípticas y pueden ser interpretadas de varias maneras, no necesariamente

577
incriminatorias”, escribió el periodista Dexter Filkins en The New Yorker, en el curso de
un largo artículo (“Muerte de un fiscal”, publicado el 13 de julio de 2015) nada
favorable al gobierno de Cristina Kirchner. Cuyos efectos negativos CFK neutralizó al
publicar y emitir por la televisión pública, completa, la larga entrevista que le había
concedido a Filkins para que elaborase su artículo, instancia en que no había dejado
pregunta sin responder.

“Una nueva verdad falsa”


Según la denuncia de Nisman, “las conclusiones de la llamada ‘Comisión de la Verdad’
(conformada por cinco expertos juristas de distintas nacionalidades que el acuerdo
preveía que deberían revisar la acusación) lo revela la evidencia (?), ya se encontraban
previamente arregladas entre los signatarios”. Nisman insistió seguidamente que “de
la propia letra del pacto se desprende que la participación de las autoridades judiciales
argentinas está supeditada y mediada por la actuación de la comisión, lo que torna
pasible de nulidad cualquier acto que pretenda concebirse como procesal” (pág. 56).
Sin embargo, el fiscal no ahondó en el tema ni presentó pruebas que fundamentaran
tamaña afirmación. Y es que acusar de corrupción a los hipotéticos miembros de una
comisión de juristas expertos de terceros países que jamás se conformó era una misión
imposible, un calenturiento ejercicio de la imaginación.
Se quejará, sí, Nisman, de que, de conformarse la citada comisión, y de tener que ir el
juez Canicoba Corral y él mismo a Teherán, cualquier interrogatorio hecho allí no
reuniría, a su modo de ver, “las condiciones mínimas para ser considerada una
declaración indagatoria válida para del derecho argentino”. Y sin explicar por qué,
volvió a la carga con una frase asombrosamente derrotista al deplorar que “la comisión
(de la Verdad) evaluará una nueva verdad falsa” (pág. 17).
Nisman también sostuvo que el supuesto plan incluía “un cambio de hipótesis y un
redireccionamiento de la investigación... hacia ‘nuevos imputados’, fundado en
pruebas falsas y destinado a desvincular... a los acusados iraníes”. Pero en las casi 300
páginas no pudo dar otra precisión acerca del supuesto plan (que, como la citada
comisión, nunca se materializó) que pretendería culpabilizar “a fachos locales”. El tema

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lo obsesionó, ya que poco después volvió a la carga, poniendo el mayor énfasis en “un
aspecto fundamental del plan criminal: la desviación de la investigación criminal hacia
una nueva y falsa hipótesis que incrimine a terceros inocentes” (pág. 12).
Era la suya una preocupación sorprendente en quien había mantenido contra viento y
marea el pedido de condenas draconianas contra el comisario Ribelli y demás policías
bonaerenses, a pesar de que a lo largo del juicio más dilatado de la historia se había
demostrado acabadamente que habían sido acusados y encarcelados en base a falsas
evidencias. Es más: según denunció Carlos Telleldín, cuando vio que el juicio se
tambaleaba, en 2003, Nisman le propuso a sus cuatro abogados defensores levantar
las acusaciones contra él a cambio de que él mantuviera las acusaciones contra los
bonaerenses.

Negociaciones secretas
En su denuncia, Nisman anunció que probaría “que secretamente se había pactado
que, en la práctica, el ex ministro de Defensa iraní... Ahmad Vahidi, jamás sería
interrogado a pesar de lo estipulado en el Memorando...”, pero no tendría más
evidencia al respecto que la interpretación de una frase de Khalil (pronúnciese “Jalil”,
que en árabe quiere decir “salvador”), un porteño del barrio de Floresta, hijo de
libaneses y ex miembro de la comisión directiva del Club Atlético All Boys, al que
presentó, sin más, como “agente iraní”.
El brigadier general Vahidi, uno de los negociadores de los acuerdos nucleares con
Estados Unidos, sería excluido de las alertas rojas como resultado de un pedido de los
Estados Unidos una vez cerrados aquellos, según informó La Voz Judía el 17 de julio de
2015 ([Link]
El fiscal explicó en su denuncia que “entre octubre de 2010 y enero de 2011, el
gobierno argentino... experimentó un giro de 180 grados en... su consideración del
caso AMIA” y que en “enero de 2011... Timerman viajó a... Alepo... y secretamente se
reunió con su par iraní, Ali Akbar Salehi” comenzando así “un período de negociación
secreta entre los gobiernos de Argentina e Irán”, acordándose ocultar “que el
acercamiento había sido promovido por Argentina”.

579
Volvió entonces sobre su mayor obsesión (que acumuló decenas de referencias a lo
largo del largo escrito) y viga maestra de su denuncia que pronto habría de
desmoronarse: el supuesto pedido de levantamiento de las circulares rojas de Interpol
que pedían la captura preventiva de los iraníes con fines de extradición. “Trátase del
único punto (el 7 del memorando, que disponía notificar a Interpol de lo acordado)
que debía tener aplicación inmediata... la baja de las notificaciones rojas fue el primer
y trascendental paso acordado entre Salehi y Timerman”, afirmó (pág. 13).
“El agente de inteligencia de la Presidencia (sic) ‘Allan’ le comunicó al operador iraní
Khalil, ‘Tengo un chisme (sic): me dijeron ahí en ‘La Casa’... Interpol va a levantar el
pedido de capturas de los amigos’”, consignó. Pero más tarde Nisman tuvo a bien
puntualizar que “Timerman no pudo cumplir lo que había prometido”, lo que no fue
óbice para que se reafirmara en su “certidumbre” acerca de “la existencia de una
promesa por parte del canciller Timerman de dar de baja las notificaciones rojas” y “la
certeza de que... han existido entre las partes otros acuerdos secretos”; de que
Timerman “cerró acuerdos secretos” que formaron parte de “un sofisticado plan
criminal de impunidad” (págs.14- 15).

Caras manchadas
“Khalil, el mismo día de la firma del memorando, expresó: ‘alguien va a salir con la cara
manchada de acá... eso ya está arreglado’”; “Esteche aseveró: ‘Quieren construir un
nuevo enemigo de la AMIA, el nuevo responsable de la AMIA es una necesidad que
tienen que construir...’; Allan afirmó: ‘... estamos en otro país, es otra situación
mundial y hay que trabajar en otro contexto... va a venir otra hipótesis con otras
pruebas...’”, consignó Nisman con evidente aprensión. E insistió seguidamente en que
Allan actuaba “por órdenes superiores, por directivas expresas de la Presidente de la
Nación” y que tanto ella “como su canciller... se involucraron en una campaña:
instalar... que la causa por el atentado... estaba paralizada prácticamente desde que se
inició” (págs. 17-19).
Nisman dejó claro lo mucho que le dolía esta acusación al recordar que en discurso por
la cadena nacional del 8 de febrero de 2012 en el que anunció que había enviado “el

580
acuerdo con Irán al Congreso para su aprobación, la Presidenta aseveró: ‘Este
memorándum que hemos acordado es un paso adelante para destrabar una causa que
hace 19 años está paralizada’”, y que “en su discurso ante la Asamblea General de las
Naciones Unidas (24-09-13) reafirmó que “la causa está estancada, desde hace 19 años
no se moviliza” (pág. 153).
Se dolió a continuación de que hubieran quedado excluidos de las notificaciones rojas
quienes habían desempeñado “los cargos de Presidente y ministro de Relaciones
Exteriores” de Irán en épocas del atentado, y que tampoco se hubieran emitido para el
ex embajador Soleimanpour, ocultando que aquellos dos estaban protegidos por las
leyes internacionales, y que Interpol consideraba que lo de Soleimanpour —detenido
en Londres, liberado e indemnizado— era cosa juzgada.

Irán mantuvo la posición


Entre el fárrago de párrafos se colaban verdades incuestionables como que “Irán
siempre ha negado oficialmente el involucramiento de sus nacionales en el atentado...
ha reiterado hasta el hartazgo que ninguno... participó, que la justicia argentina no es
confiable, que Irán condena al terrorismo y que está dispuesto a colaborar con
Argentina para dar con los ‘verdaderos culpables’”. Y acotaba que “al hablar de
‘verdaderos culpables’ evidencia su postura; la acusación argentina ha sido fabricada y
orquestada por autoridades judiciales que responden al sionismo y a intereses
foráneos, con la participación de agencias de inteligencia de Estados Unidos e Israel”,
por lo que “han negado rotundamente la solicitud de detención de los imputados con
miras a su extradición” (págs. 37-39). Escamoteó así a sus lectores que las leyes iraníes
(como las argentinas) prohíben —desde antes de la revolución, desde las épocas del
Sha— hacer semejante cosas sin un proceso previo, que jamás se inició. Más allá de
que entre la Argentina e Irán no hay un convenio de extradición, ningún país que
conserve un mínimo de soberanía puede entregar a sus ciudadanos a la Justicia de un
país extranjero por el solo hecho de que esta lo reclame. Imagínense que pasaría si
Irán —que sufre frecuentes atentados— acusara por uno de ellos a una serie de

581
importantes políticos argentinos, incluyendo a un ex presidente y a varios ex ministros.
¿La Argentina los entregaría sin más trámite, atados y con un moño?
Continuó Nisman: “En más de una ocasión, Irán buscó negociar la impunidad de sus
nacionales”. Dijo al respecto que en abril de 2005 “el director del Departamento de
Asuntos de Derecho Internacional de la Cancillería (Mohsen Baharvand) condicionó la
respuesta de la rogatoria (argentina) en los siguientes términos: ‘...Si asistimos al
poder judicial argentino: a) ¿No estaremos siendo vistos como acusados o
sospechosos? b) Supongamos que recibimos los exhortos y los contestamos [...]
¿Estará el juez dispuesto a anunciar y declarar tajantemente que no existe conexión ni
de Irán ni de sus ciudadanos con la explosión de la AMIA?; c) ¿Quedará o no el dossier
(expediente judicial) abierto si contestamos? d) ¿Cómo podemos saber si el juez
cerrará el dossier o no?’”. Y añadió que Baharvand reflexionaba que “el asunto
principal es que de alguna manera podamos estar convencidos de que si colaboramos,
el juez de la causa llegará a la conclusión de que el señor X o el señor Y no están ni
estuvieron implicados en la explosión de la AMIA. Recuerden que desde el 19 de julio
de 1994 nos manifestamos dispuestos a colaborar con la justicia argentina, posición y
oferta que continúa aún válida. Si tuviéramos garantías objetivas, cosas tangibles
(resultados tangibles) no tendríamos ningún problema en: a) recibir todos los
exhortos; b) contestar todos los exhortos: c) incluso más: hacer algunas investigaciones
ulteriores en Irán... ” (pág. 40).
Una digresión: Baharvand escribió un libro, El Caso AMIA-Argentina. Iraníes:
¿Victimarios o víctimas?, que fue publicado en enero de 2015 en Caracas por la
editorial Galac. Al parecer, los iraníes intentaron publicarlo en Buenos Aires, pero no
encontraron interesados, y tampoco se sabe que alguien lo haya importado. Su autor
asegura que “demuestra con claridad cómo puede tramarse paulatinamente un
complot político contra un país y cómo una mentira puede convertirse, en manos de
gigantes mediáticos, en una tesis que engatusa a todo el mundo”.
Nisman puntualizó que “la misma tónica” que en abril de 2005 se repitió en la reunión
celebrada en Teherán en julio de ese año entre representantes diplomáticos
argentinos y Baharvand, quien, además, dio la cara en Buenos Aires al año siguiente.

582
Recordó más tarde que “el Representante Permanente de la República Islámica de Irán
ante Naciones Unidas, Embajador Mohammed Khazaee, expresó el 28 de septiembre
de 2010 en una carta al presidente de la Asamblea que ‘el Gobierno de la República
Islámica de Irán se ha cerciorado de que ningún ciudadano iraní estuvo implicado,
directa o indirectamente, en la explosión de AMIA’” (pág. 58).
Nisman se dolió de que “la estrategia de Irán de negación perpetua rindió sus frutos: a
pesar de ser efectivamente responsables por el atentado (sic), la circunstancia de
haberlo negado por lustros y lustros acabó desembocando en este plan encubridor”
(pág. 46). Obvió así cualquier mención al hecho clave de que carecía de pruebas para
sostener esa acusación.
Antes, en una patética demostración de la total falta de sustancia de ella, Nisman
puntualizó que en una de las escuchas a Khalil, este, “en referencia a un individuo”
(sic) habría dicho: “... la persona que laburó con Irán... cuando Irán mató acá...” (pág.
45). Curiosamente, cuando filtrara escuchas escogidas a los medios, hasta aparecería
una en la que D’Elía le preguntaba a Khalil qué opinión tenía de quien escribe, pero de
este audio tan tremendo no hubo más noticias. Quizá Khalil haya dicho que All Boys
mató a Nueva Chicago. O cualquier otra cosa. Se igual.

Agentes de Tel Aviv


En contraposición, Nisman citó, escandalizado, una nota de Página/12 (“Irán ratificó su
adhesión plena al memorándum con Argentina”) que dio cuenta de que “según un
cable de la agencia IRNA... el atentado podría haber sido planeado por Israel” y que
según Irán “agentes de Tel Aviv estuvieron involucrados en el ataque...”. También dejó
constancia —un tanto incomprensiblemente— de que hay quienes sostienen que
“existen intereses extranjeros promovidos por facciones políticas procedentes de Israel
y/o Estados Unidos que han logrado influenciar y manipular a la justicia argentina para
que fabrique la acusación que involucra a ciudadanos iraníes en el atentado contra la
AMIA, con el objeto de deslegitimar y dañar la reputación internacional de la República
Islámica de Irán” (pág. 151).

583
“La Sra. Presidente de la Nación, Cristina Fernández, decidió restablecer relaciones
interestatales con Irán”, acusó Nisman, pasando por alto el pequeño detalle de que
dichas relaciones —si bien se habían reducido al mínimo— jamás se habían cortado.
Nisman acusó a la Presidenta y a Timerman de mantener “negociaciones ocultas... por
más de un año y medio, a los que se sumaron otros cuatro meses de negociaciones
oficiales”, antes de llegar a un acuerdo (págs. 59-60).
No conforme con eso, agregó que se habían negociado en secreto intercambios
comerciales y enfatizó: “¡Negociaban con el imputado Mohsen Rabbani por petróleo y
armas!”, extremo que el mismo iba a destruir poco después al revelar que dicha
acusación se basaba únicamente en lo dicho por un pariente de Khalil a este. El
pariente, puntualizó, era Adalberto Assad (que, evitó informar, era nada menos que el
presidente de la Federación de Entidades Argentino-Árabes, Fearab) y le habría dicho a
“Yussuf” que Rabbani le había ofrecido la posibilidad de que Irán volviera a comprar
armas argentinas como había hecho durante la dictadura y el gobierno de Raúl
Alfonsín, cuando estaba en guerra con el Irak de Saddam Hussein. Nótese que, aunque
todo fuera cierto, un ofrecimiento no implica una negociación (pág. 148).

La hora de la verdad
Nisman quizá se autoengañara al escribir que el único motivo por el que Irán había
firmado el memorándum era “por haber acordado que ello sería suficiente para dar de
baja las notificaciones rojas” (pág. 100), ya que luego se preguntaba consternado:
“¿Por qué la firma de un acuerdo que teóricamente pondría a su jefe, Mohsen
Rabbani, frente a la justicia… iba a tranquilizar y/o alegrar a Khalil?” (pág. 105). Y es
que se negaba a admitir lo obvio: que gracias a ese acuerdo Rabbani podría demostrar
que no había pruebas contra él.
Esto horrorizaba al fiscal. Tener que ir a Teherán a interrogar a Rabbani y que quedara
claro que la única “prueba” contra él es que el viernes 15 de julio de 1994 había
llamado a su mezquita, Taluid, desde un lugar relativamente cercano a Jet Parking.
Aquí, en la Argentina, Nisman encandilaba a auditorios escogidos (por ejemplo, el
reunido por el Consejo Judío Latinoamericano el 18 de julio de 2013 en el Hotel

584
Intercontinental del céntrico barrio de Monserrat) al asegurar que en la mezquita
estaba entonces un evanescente terrorista llamado Samuel Salmán Al Reda (del que
Nisman pasó años diciendo que era colombiano hasta que Colombia dijo que no había
ningún ciudadano de ese país, a partir de lo cual pasó a considerarlo libanés, aunque
tampoco Líbano reconoció que exista un ciudadano con ese nombre) que desde un
locutorio cercano llamó a la Triple Frontera, donde supuestamente vivía una persona
que utilizaba la identidad de “André Marques o Marquez”, quien supuestamente era
un miembro de Hezbollah o Hezbolá y estaba en contacto con la dirección de este
partido en el Líbano… que supuestamente no hacía más que cumplir órdenes de
Teherán. Tal la novela pergeñada por la CIA, el FBI y los servicios secretos de Israel, y
refritada al castellano por los amanuenses de Stiuso. A quien le interese esta sanata,
adobada además con datos sobre una supuesta tentativa de atentado en Nueva York
que le pasó Timerman a Nisman, puede encontrarla completa en el sitio de Levinas
([Link] Pero a quien no quiera
perder tiempo en ello acaso le baste con saber que Nisman sostuvo que Irán decidió
cometer actos terroristas en todo el mundo y particularmente en Sudamérica en 1982,
es decir diez años antes del atentado a la Embajada. Lo habría decidido al realizarse en
Irán el ‘seminario por un gobierno islámico ideal’ al que, dijo, habían acudido 380
clérigos chiís de 70 países distintos. “¿Cuál fue el objetivo?”, preguntó retóricamente el
fiscal, y él mismo se contestó: “Establecer que a partir de ese momento la revolución
islámica sería exportada con granadas y explosivos (sic)… que cada embajada se
convertiría en una estación de inteligencia (desde) donde se exportara la revolución”. Y
agregaba: “En el año 83, un año después, Rabbani fue enviado a la Argentina”.
Lástima que no hubo tales atentados y que nunca se probó que Irán hubiera alentado
algún ataque con explosivos. Por el contrario, son habitualmente los chiís de Irak los
que suelen ser víctimas de la furia homicida del Estado Islámico.
A pesar de ello, sin arredrarse, Nisman dio por archidemostrada la existencia de una
tan vasta como malévola conspiración iraní para cometer atentados en todo el orbe y
aseguró que también “se demostró que el contexto en el que se llevó adelante el
atentado contra la mutual judía no se trató de un hecho aislado, sino que resultó ser

585
un engranaje de un entramado mucho mayor, dominado por la política de penetración
iraní en la región” (pág. 158).
Conclusión: los terroristas iraníes, de existir, serían los más zafios e ineficaces de la
historia universal.

Parálisis total
Volvamos a la denuncia de Nisman contra CFK y Timerman. Dijo que la Presidenta
“negoció, por interpósitas personas, con el prófugo Mohsen Rabbani sobre distintas
cuestiones vinculadas al encubrimiento que los unía en la dupla delictiva de
encubridora y encubierto” (pág. 147). Al leer esta frase, un observador desprevenido
podría creer que Nisman tenía en sus manos un ancho de bastos y un siete de espadas,
pero la cruel realidad demostraría que no tenía siquiera un cuatro de copas.
“El plan encubridor incluyó… una estrategia… destinada a horadar la credibilidad de la
justicia… y de los funcionarios a cargo de la investigación del atentado achacándoles
que la causa se encontraba paralizada”, puntualizó, sangrando por la herida. Y
continuó: no solo la Presidenta lo había dicho en varias oportunidades, sino también
los senadores Daniel Filmus y Miguel Ángel Pichetto quien, como miembro de la
comisión de Fiscalización de los Organismos y Actividades de Inteligencia de la cámara
alta, conocía a Stiuso, con el que durante años había mantenido relaciones cordiales.
Con todo, ambos senadores habían sido menos drásticos que la Presidenta, ya que en
lugar de referirse a una parálisis total casi desde el mismo momento de perpetrada la
demolición de la mutual, habían dicho benévolamente que eso había ocurrido a partir
de 2006 (pág. 150)

“Significativos avances”
Nisman se agarró de ello y escribió que “tamañas falsedades obligan a quien suscribe a
enumerar aquí, aunque sea en forma somera, los significativos avances que ha tenido
el expediente desde el año 2006, fecha en la cual se dictaron las órdenes de captura
internacional que fueran avaladas por amplia mayoría en la Asamblea General de
Interpol en noviembre de 2007” (pág. 154).

586
A continuación, trató de explicar qué había hecho desde entonces: para comenzar, se
saltó a la torera el año 2007 y dijo que al “siguiente, 2008, se concluyó la labor que dio
lugar a la denuncia por otro encubrimiento verificado. En este caso, el que beneficiara
al imputado Alberto Jacinto Kanoore Edul y que actualmente se encuentra en etapa de
juicio oral”, cuyos pormenores explicó así: “A fines de 2008 se dictaron los embargos
preventivos contra las propiedades de los acusados, resultando en la inhibición
registral de algunos bienes que Mohsen Rabbani posee en nuestro país… En 2009 la
Fiscalía a cargo del abajo firmante emitió un nuevo dictamen relativo al atentado. Allí
se plasmó el trabajo relacionado con la identificación del coche bomba utilizado en el
ataque y se explicó en detalle el funcionamiento de la célula terrorista de Hezbollah
que actuó en la ejecución material del hecho. Incluso se pudo establecer la identidad y
la participación del jefe de dicho grupo operativo, el libanés Samuel Salman El Reda, a
quien se le atribuye (N. del A.: ¿Quién se lo atribuye?) haber coordinado la llegada y la
partida, las operaciones de logística y las demás actividades desplegadas por el grupo
operativo encargado de ejecutar la fase final del atentado. Sobre este sujeto también
se dictó orden de captura nacional e internacional y la máxima prioridad de búsqueda
de Interpol.”
“En ese pronunciamiento —continuó Nisman— se determinó que El Reda era un
miembro activo del Hezbollah libanés, de una probada vinculación con destacados
personajes radicados en la Triple Frontera, pertenecientes a esa organización. La labor
de esta Unidad Fiscal también logró demostrar que El Reda conocía, cuanto menos
desde 1987, la Ciudad de Buenos Aires y al imputado Mohsen Rabbani, y que su
inserción en el medio local se fortaleció con su casamiento en 1989 con una mujer
argentina: Silvina Sain. Esta vinculación con Buenos Aires y, fundamentalmente, con
Mohsen Rabbani, sumada a la pertenencia de El Reda al Hezbollah, permitió trazar un
puente eficaz entre la agrupación a nivel regional y el entonces gobierno de la
República Islámica de Irán, cuyos máximos responsables políticos fueron imputados
por el atentado.”

587
¿Qué tal? Imagínense la escena. Nisman pronunciando estas palabras frente a las
barbas de Rabbani y demás acusados en una escena televisada…
Sigue Nisman: “La prueba reunida reflejó que, para el año del atentado, Samuel
Salman El Reda residía en la Ciudad de Foz de Iguazú, pero que habitaba
alternadamente entre esa localización y la vivienda de sus suegros en la Ciudad de
Buenos Aires. Tal alternancia entre los domicilios de Brasil y Argentina fue
aprovechada por el nombrado para desarrollar sus tareas, ya que no llamaba a
sospecha en razón de sus contactos familiares. A su vez, se logró probar que El Reda
estuvo en la Ciudad de Buenos Aires en diversas épocas, y más precisamente, para la
fecha próxima a la ejecución del atentado; como así también que el nombrado
deliberadamente omitía dejar asentados sus movimientos migratorios, con el único
objetivo de dificultar eventuales investigaciones y el seguimiento de sus pasos, y en lo
que respecta al atentado contra la sede de la AMIA, dicha ausencia de registro de sus
comprobados traslados de un país a otro solo pudo ser entendida como una actividad
enmarcada en la función que llevó adelante en esa operación”.
“Ausencia de registro”. Es decir, carencia de la menor evidencia e inversión de la carga
de la prueba.

Diálogos de fantasmas
Sigue Nisman, “otra circunstancia acreditada por esta fiscalía, en lo que hace
particularmente al protagonismo de El Reda en la ejecución del ataque contra la
mutual judía, es su intervención en las comunicaciones telefónicas que efectuó, ya que
teniendo en cuenta a quiénes las realizó, desde dónde y cuándo las hizo, pudo
concluirse que en tales contactos el nombrado transmitió información indispensable
(sic) para la ejecución del hecho y cumplió una función de coordinación en la llegada y
la partida, las operaciones de logística y las demás actividades desplegadas por el
grupo operativo, ya sea respecto de los restantes agentes involucrados en la operación
que, como él, actuaron a nivel local, como con quien lo hacía desde la zona de la Triple
Frontera mediante un abonado celular a nombre de André Marques.”

588
La coordinación, aseguró, se hizo entre dos fantasmas, El Reda y Marques o Márquez.
Y el primero le trasmitió al segundo “información indispensable” para detonar los
bombazos. No pregunten cómo lo sabía el fiscal sin tener audios de esos llamados.
“Tales comunicaciones —sigue Nisman— fueron estrictamente necesarias e
imprescindibles para que la operación concluyera de la manera en que lo hizo, al punto
que el operativo no hubiera podido arribar a su fase final de no ser por la intervención
de El Reda en los momentos y desde los lugares donde la llevó a cabo.
En relación a estas comunicaciones telefónicas, se tuvo en cuenta, en primer lugar, que
las mismas fueron efectuadas desde lugares estratégicos, en función del atentado
(terminales aéreas desde las que ingresó y egresó, cuanto menos, parte de los
ejecutores del plan, como así también locutorios cercanos al objetivo). En segundo
lugar, que fueron llamadas dirigidas, en algunos casos, a abonados correspondientes a
centrales de comunicaciones de Hezbollah en Beirut (República del Líbano), como así
también al abonado a nombre de André Marques, cuyo usuario se trató de un
militante activo de Hezbollah (sic), que también tuvo a su cargo la coordinación de
acciones y agentes desde la Triple Frontera. Y en tercer y último lugar, se consideró
también que los contactos se produjeron del 10 al 18 de julio de 1994, habiéndose
probado previamente que el abonado a nombre de Marques solo había recibido
comunicaciones desde nuestro país entre esas fechas, ni antes ni después, lo que
significa que ese teléfono se activó durante un período determinado y con un objetivo
concreto: coordinar las tareas desarrolladas con el fin de atentado contra la sede de la
AMIA” (pág. 157).
Reléanlo dos veces. Creer o reventar. En esto dijo Nisman que pasó trabajando casi
una década, secundado por más de medio centenar de colaboradores.

El saldo: cuatro (4) camionetas


“En definitiva, la labor de la Unidad Fiscal logró demostrar de manera sólida y
contundente que Samuel Salman El Reda tuvo un papel determinante en el marco del
apoyo local con el que contó la operación de atentar contra la sede de la AMIA”,
remató Nisman, ni sólido ni contundente.

589
“Asimismo, en ese dictamen se brindó un extenso informe, de más de cien páginas,
acerca de las tareas de esta Unidad Fiscal tendientes a individualizar la carrocería que
se usó para el armado del coche bomba que explotó en la AMIA. Luego de la aplicación
de adecuados filtros para depurar los extensos listados estudiados y un riguroso
análisis posterior, se logró reducir el número posible de camionetas a cuatro unidades
(sic), entre las que —y así se concluyó— se encuentra la utilizada para el armado del
coche bomba” (pág. 157).
El finado Carlos De Nápoli descubrió que estaban en danza al menos dos camionetas
(señuelo, que no bomba) y pasó años diciéndolo en el desierto (hasta que Levinas
escribió su libro). De vivir, hubiera estado encantado y muy divertido al comprobar que
Nisman había doblado la apuesta.

El aporte de Timerman
Nisman reconoció que otra parte de su “investigación” se la debía a su denunciado
Timerman. “Es útil recordar que el Sr. Canciller tomó conocimiento, a poco tiempo de
asumir su función ministerial, esto es, a mediados de 2010, que —entre los distintos
frentes de la pesquisa— se estaba avanzando en una nueva línea de investigación
relacionada con el imputado Mohsen Rabbani, su rol y su red de contactos a nivel
regional… El Ministro dijo haber aportado un dato a la fiscalía sobre esta línea de
investigación. Se refería a una alerta del servidor ‘google’, que había recibido por
correo electrónico. En sus palabras, Timerman declaró: ‘...pude conectar que un
atentado que se frustró en Estados Unidos al aeropuerto JFK involucraba a Mohsen
Rabbani, el que era agregado cultural de la embajada de Irán en Buenos Aires. No lo
sabía ni Hillary Clinton ni la gente que investiga acá. Ahora hay una conexión entre un
atentado que se frustró en Estados Unidos y el de la AMIA...’ (Cibeira, Fernando. ‘Hay
que relacionarse sin intermediarios’ Reportaje a Héctor Timerman, Ministro de
Relaciones Exteriores, Página 12, 9/01/2011).”
De hecho, en sus presentaciones ante las comisiones parlamentarias del Congreso
Nacional en ocasión en que se discutía la aprobación del memorando de
entendimiento, Nisman recordó que según la versión taquigráfica del Plenario de las

590
Comisiones de Relaciones Exteriores, Justicia y Asuntos Constitucionales de la Cámara
de Diputados realizada el 26 de febrero de 2013, Timerman dijo que “el fiscal le va a
decir quién le proveyó la principal prueba (sic) que tiene en este momento contra la
República Islámica de Irán. Y se va a llevar una sorpresa porque fui yo. Yo sí cooperé en
la investigación (...) Concretamente, esa prueba fue la que lo habilitó a él a un montón
de averiguaciones que ojalá algún día podamos presentarlas en un juicio”. Nisman
agregó que eso probaba que “Timerman tenía conocimiento fehaciente de avances
concretos en la causa… Sin embargo, tres meses después, cruzaba los desiertos sirios
para contactarse con Irán y negociar la suspensión de las investigaciones a cambio de
retomar el flujo comercial entre Estados, sin dudar luego en justificar este curso de
acción y afirmando en repetidas ocasiones que la causa estaba paralizada” (pág. 159).
Dicho de otro modo: Nisman se defendió de las acusaciones de Timerman de que tenía
la causa paralizada recordando que Timerman había aportado datos a partir de los
cuales él había hecho “un montón de averiguaciones”, tal como el mismo canciller
había reconocido.
Del resultado de su montón e averiguaciones nada dijo. La anécdota sirvió para
corroborar una vez que la Presidenta dirigía la política internacional de la República.

Determinado
Nisman negó que el embajador Soleimanpour hubiera sido liberado por la Corte de
Londres por falta de mérito. Dijo que “fue el subsecretario de Estado del Reino Unido
quien decidió no dar curso al juicio de extradición de Soleimanpour… por razones de
índole político no expresadas en la decisión…” sugiriendo que tales razones eran
inconfesables. “Soleimanpour nunca fue sobreseído por la justicia inglesa” (pág. 167),
insistió, sin explicar por qué entonces la Argentina había tenido que pagar tanto las
costas del proceso como la indemnización que reclamó Soleimanpour, unas 25 mil
libras.
A comienzos del mamotreto, Nisman había sintetizado el resultado de su trabajo
recurriendo a un remanido sofisma: que “la justicia argentina determinó que las
máximas autoridades iraníes de 1994... tomaron la decisión de atentar contra la AMIA,

591
diagramaron... el ataque y encomendaron su ejecución a la organización terrorista
libanesa Hezbolla” e insistió más tarde (pág. 99) con el mismo vocablo, “determinó”, al
asegurar que “la justicia investigó y determinó responsabilidades de varios sujetos de
nacionalidad iraní en la ideación y planificación de ese atentado”.
“Determinó” es una palabra jurídicamente indeterminada. Nisman la utilizó en lugar de
“acusó”, como hubiera debido. Porque no podía poner “probó”. Porque probar, la
Justicia —es decir, él mismo— no probó nunca nada.

Diplomacia paralela
Toda la denuncia de Nisman se basó en las escuchas a Khalil… que varias veces advirtió
a sus interlocutores que estaban siendo escuchados. Nisman dijo entender “que se
maneje con reserva un tema delicado” como todo lo que hace a las relaciones entre
Irán y Argentina, pero añadió que en este caso en particular “la reserva es únicamente
para engañar y para ocultar actividades ilícitas, es para aparentar y no ser
descubiertos”, o sea, juzgó intenciones, y por si no quedara claro añadió que esas
intercepciones habían permitido obtener “evidencias que exponen las intenciones de
los partícipes de este encubrimiento de remover al suscripto de su cargo al frente de la
Unidad Fiscal” (págs. 179/182).
Nisman estaba convencido de que sus días al frente de la UIF estaban contados.
“Una de las vías elegidas —continúo el hiperquinético fiscal— fue utilizar la falsa
hipótesis… para culpar por el atentado a nuevos autores inventados como el
mecanismo para desacreditar la labor del suscripto. Es decir, si se lograba imponer esta
falsa teoría como la verdadera, ello implicaba, por añadidura, que la labor de la Unidad
Fiscal había sido errada o peor aún, malintencionada” (pág. 182).
Al temor a tener que ir a Teherán en compañía del juez y verse obligado a comparecer
frente a sus acusados, se sumaba, según personas que tenían trato habitual con
Nisman, que el Gobierno le enviase una inspección de la AFIP, y que al descubrirse
chanchullos en las cuentas de la UIF, auditara sus cuentas personales. Tenía claro que,
una vez desacreditado, el costo político de removerlo sería ínfimo o incluso
inexistente.

592
Quizá Nisman se refiriera a ello al escribir que “existen otros indicios que dan cuenta
del interés de remover a este denunciante… el descrédito de la investigación resulta un
paso necesario para el plan”, y agregó que “ciertos trascendidos de aquella fechas (por
julio de 2013) referían la posibilidad de intervención de esta Unidad Fiscal”, para lo
cual puso como ejemplo una nota de Perfil (“Estudian intervenir la fiscalía del caso
AMIA”), en la que se afirmaba que la procuradora Gils Carbó quería nombrar a un
segundo fiscal en la UIF. Si fuera así, argumentos no le iban a faltar, ya que la UIF había
sido creada con dos fiscales y Nisman había quedado solo a cargo a raíz de la nunca
explicada deserción de Martínez Burgos.
Nisman no podía soportar a otro fiscal, entre otros motivos por el manejo discrecional
que había hecho de los fondos de la UIF. “Ya desde un principio había pagado con ellos
algunos viajes familiares —dijeron fuentes— de la Procuración, pero en los últimos
tiempos, a partir de la firma del memorándum con Irán, había perdido todo recato.”

La AFIP
La denuncia de Nisman bordeaba el tema sin abordarlo: “Ante inconvenientes
impositivos con la AFIP, miembros de la comunidad recurrieron a Jorge Khalil quien, a
través de Luis D’Elía, garantizó el contacto directo con el Administrador Federal de
Ingresos Públicos, Ricardo Echegaray, para resolver el problema… Y se obtuvo similar
resultado, esto es, contactar a Ricardo Echegaray, a través de la gestión de ‘Allan’
quien, ante un pedido de Khalil le expresó: “No hay problema... te venís conmigo”.
Ambas escuchas habían acrecentado la estatura de Allan a la categoría de enemigo
principal (págs. 187-188).
A pesar de repetir y reiterar que Allan respondía directamente a la Presidenta, Nisman
reconocía no tener certeza ni siquiera si aquel era su verdadero nombre… lo que puso
en evidencia su desconexión con Stiuso: habla en su denuncia del “individuo
identificado como ‘Allan’, perteneciente a la Secretaría de Inteligencia, orgánica o
inorgánicamente, y que podría tratarse de Ramón Héctor Allan Bogado, sea este su
verdadero nombre o el que utiliza en su actividad de inteligencia” (pág. 193). Pronto

593
quedaría claro, como se verá, que tampoco tenía certezas acerca de a quién respondía
el temido Allan.
Pero la obsesión mayor de Nisman parece haber sido que auditaran las cuentas de la
UFI, ya que, insistió, había sido el fantasmal Allan quien “le consiguió a Khalil una
reunión con Ricardo Echegaray, titular de la AFIP”, y puntualizó que cuando Khalil le
pedía a Allan que le chequeara información sobre tal cuestión o persona, era “como si
el propio Mohsen Rabbani —a quien Khalil responde y con quien habla periódicamente
— esté utilizando los servicios de inteligencia del estado para sus necesidades e
intereses” (págs. 250-252).
Según Nisman, fue Esteche quien presentó “al agente iraní Khalil a los funcionarios de
inteligencia argentinos, y en especial al ex fiscal designado para actuar en la causa
AMIA, Héctor Yrimia”, mientras que “Larroque bajó directivas presidenciales tanto a
Khalil como a D'Elía” (pág. 22).
Larroque, insistió, era quien recibía de la Presidenta “por lo general, las órdenes que
luego llegan a Luis D’Elía. Tan claro como inaudito” (pág. 195).

Intereses extranjeros
Nisman citó luego a Khalil, criminalizando sus opiniones políticas y poniendo en
evidencia a quién obedecía su denuncia: “Si Israel invade… nosotros armamos un
frente, no con los troskos ni con los de izquierda, (sino) con los kirchneristas. La
Cámpora y todos esos van a acompañarnos. Ya lo hablé con Larroque y con D'Elía”
(pág. 197).
Del mismo modo, el fiscal —que realizó muchos viajes por cuenta de Israel, la CIA, el
Consejo Judío Mundial y el AIPAC— consignó que D’Elía había viajado a Irán, donde se
había entrevistado con Rabbani y con Ahmad Asghari, y que al regreso no había tenido
empacho en admitir que “como en cualquier seminario internacional los gastos fueron
abonados por el país que invita” (pág. 219).
“La consustanciación de D'Elía con el régimen iraní motivó (que argumentara) que la
acusación contra los nacionales iraníes es falsa y ha sido inventada por intereses,
presiones e interferencias de sectores y agencias norteamericanas e israelíes” (pág.

594
222), añadió poco después, como si fuera imposible afirmar tal cosa sin estar
consustanciado con Teherán.
“Khalil… se apoya en Mohsen Baharvand, antiguo encargado de negocios iraní y
actualmente encumbrado funcionario de la cancillería persa”, continuó (pág. 236).
Efectivamente, al regresar a Teherán, Baharvand, un experto en el atentado a la DAIA-
AMIA, había sido nombrado director del área América Latina de la cancillería persa.
“Mucho antes de firmarse el acuerdo —aseveró— Khalil ya trabajaba en el tema, junto
con Fernando Esteche, quien también aportó ideas para fabricar la versión alternativa
que explique el atentado. En los últimos meses del año 2012, Esteche había sugerido la
incorporación al plan del ex fiscal designado para actuar en la causa AMIA, Héctor
Yrimia, con quien —siguiendo esta recomendación— se empezó a reunir Jorge Khalil
en noviembre de 2012” (pág. 241).
Como si fuera un artillero en La Vuelta de Obligado y no un lacayo de la Embajada de
los Estados Unidos (tal como probaron los despachos publicados por Wikileaks),
Nisman acusó a El Francés Bogado de actuar “en reiteradas ocasiones, a favor de
intereses extranjeros en detrimento de los nacionales” (pág. 244).
Hizo luego referencia a una conversación entre Bogado y Khalil del 2 de junio de 2013
(luego de la remoción de Nilda Garré de la Secretaría de Seguridad bajo la presión de la
DAIA e Israel), de la que se deduce que Bogado estaría trabajando, no ya para Stiuso,
sino para el director de Interior de la SI, Fernando Pocino, enfrentado con aquel.
Seguidamente, Nisman puntualizó que en octubre de aquel año Bogado se jactó de
que “Yrimia… es empleado mío” (págs. 245-246).

Culo pa’l norte


Nisman, es evidente, se sentía en peligro. Citó una conversación entre Bogado Y Khalil
de principios de junio de 2013 en la que el primero le dice al segundo: “Va a venir otra
hipótesis, con otras pruebas y a hacer (sic) culo al norte porque nunca las vio él las
pruebas, ¿me entendiste hermano?” (pág. 252). Y luego otra en la que Esteche
analizaba que “el nuevo responsable de AMIA… es una necesidad que tienen que

595
construirla, van a querer ir construyendo el consenso de esto (porque) no van a poder
decir que fueron los israelíes” (pág. 256).
Para el fiscal, el encargado de armar una nueva pista o hipótesis capaz de explicar el
atentado era Yrimia quien, afirmó, hacía de fiel de la balanza ya que estaba “en
condiciones de indicar con certeza si tal o cual teoría resulta verosímil o no, si encaja
con las probanzas con que cuenta el expediente, si debe modificarse algún punto, etc.”
(pág. 261).
Sin embargo, también reconoció que el ex juez también parecía estar actuando en
nombre del papa Francisco y con propósitos religiosos: “Khalil reunió, en más de una
oportunidad, al Dr. Yrimia con el Encargado de Negocios de Irán… y abordaron la
posibilidad de producir acercamientos religiosos. Así lo reconoció el mismo Khalil al
comentar: “Me junto con el número uno de los que operan políticamente para el
Vaticano… son los que están acomodando toda la historia… al hablar de Allan, tanto
Khalil como Yrimia se refieren al ‘amigo en común…’” (págs. 259-260).

Las conclusiones de Nisman


La Presidenta, destacó el fiscal, “emitió una expresa directiva para que se diseñara y
ejecutara un plan tendiente a desvincular a los acusados de nacionalidad iraní de la
causa por el atentado contra la sede de la AMIA, a efectos de brindarles impunidad
definitiva” y el memorándum fue “el instrumento que permite viabilizar la destrucción
de las imputaciones contra los acusados iraníes… destinado a garantizar la impunidad
de los prófugos mediante la actuación de la ‘Comisión de la Verdad’ cuyas conclusiones
—como se vio— ya estaban pactadas de antemano” (págs. 265-266).
La Presidenta y su canciller, continuó señalando, “actuaron con un único propósito:
lograr la impunidad definitiva de los acusados y el cese de toda actividad jurisdiccional
en su contra, para lograr su objetivo último de comerciar libremente a nivel estatal con
Irán y acercarse geopolíticamente a Teherán, sin soportar reproche alguno por parte
de la opinión pública argentina y mundial”, insistió (pág. 267).
“El plan pergeñado por Cristina Fernández incluyó el cese de las notificaciones rojas de
Interpol” (pág. 270), inesperadamente frustrado por el firme accionar del secretario

596
general Ronald K. Noble. Este era el punto central de la acusación, que el propio Noble
destruiría.
Por lo demás, Nisman le reprochó a Timerman que el memorándum no plantease la
extradición de los acusados (pág. 271); un absurdo, puesto que, como ya se ha dicho,
la ley iraní —como la argentina— lo prohíbe taxativamente.
“La ‘Comisión de la Verdad’… ha sido creada para desacreditar la investigación llevada
a cabo por la justicia argentina y legitimar una nueva y falsa versión de los hechos…
una hipótesis alternativa con pruebas falsas para desviar… la investigación judicial a
terceros… desincriminando a los iraníes”, insistió (págs. 273-274).
La acusación de Nisman sostenía que el memorándum había producido “restricciones y
serias afectaciones a la recepción de información y documentación probatoria
aportada por terceros estados para ser agregada al expediente judicial”. De este
modo, el fiscal hacía de vocero de los servicios de inteligencia extranjeros. Por si no
hubiera quedado claro, agregó: “El acuerdo con la República Islámica incluye, entre sus
disposiciones, la obligación de entregar la totalidad de las actuaciones en trámite ante
la justicia argentina… para su revisión por parte de la ‘Comisión de la Verdad’ prevista
en el convenio, para su posterior comunicación al gobierno de la República Islámica de
Irán. Justamente, la eventual puesta en conocimiento de las autoridades iraníes de
informaciones, investigaciones, revelaciones y/o conclusiones elaboradas por
organismos y/o agencias extranjeras, constituye una severa perturbación a dichos
canales internacionales que nutren a la causa de elementos probatorios de interés, lo
que claramente se erige en una traba que opera en detrimento de la investigación”.

En resumen
“Lo que ha ocurrido en este último tiempo con la Presidenta Cristina Fernández de
Kirchner no es distinto al gobierno de Néstor. Es totalmente opuesto. Ha habido un
cambio radical. Ha habido una alianza con los terroristas”, enunció, con el rostro
encendido y visiblemente agitado Nisman frente a las cámaras de Todo Noticias poco
después de haber presentado la denuncia.

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Si a los periodistas Nisman solo les había dado un resumen, a los televidentes, era
obvio, procuraría darles cuanto menos la médula, el carozo de lo presentado, en
lenguaje lo más llano posible. Pero estaba demasiado nervioso para ser muy preciso.
Dijo que en función de “la severa crisis energética que sufría”, la Argentina quería
comprarle petróleo a Irán y que Irán le comprara granos, “y que seguidamente había
aparecido Mohsen Rabbani que viene a ofrecer armas” (sic).
Para avanzar en semejante acuerdo, continuó, había que “borrar” las acusaciones a
Irán; que disponía de “dos años y medio de escuchas vinculadas con este tema”, y que
algunos teléfonos “están intervenidos desde hace ocho años”, lo que probaba que
“esto (no) es de ahora, de una interna de la Secretaría de Inteligencia”.
¿Por qué lo decía? Porque, siguió, un pequeño grupo de la SI, “de unas cinco a diez
personas” —grupo que, dijo, respondía directamente a la Presidenta— estaba
dedicado “a crear una pista falsa” para desviar la investigación, y que uno de estos
agentes “negocia directamente con los iraníes y les pasa todo tipo de información
vinculada a la causa”.
La pista falsa, agregó, consistía en “involucrar a una conexión de fachos locales” y con
este propósito aquellos espías habían contratado a Héctor Yrimia, un ex fiscal federal y
ex juez de instrucción que como fiscal había trabajado tres meses en la instrucción de
la causa AMIA.

El presentador
Yrimia había sido juez federal, por lo que no era posible que careciera de contactos con
la Secretaría de Inteligencia. No obstante, Nisman insistió en que había sido Esteche
quien le había presentado a Yrimia a los agentes de la SI. En otro tramo de su virtual
monólogo, dijo que “Esteche es un hombre bastante pensante. Es uno de los que
diagrama, con tino... bastante acertado, la hipótesis falsa. Presenta a Yrimia a la SI, a
esta gente justamente, para que arme la hipótesis falsa”.
Antes había asegurado que en una de las conversaciones con Esteche y “los
representantes de la SI” (es de suponer que Allan Bogado) Yrimia en un momento
habría dicho: “Bueno, che, tanto que hablamos, tenemos que argumentar

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eventualmente (por) si nos descubren, una excusa”, y que así fue que acordaron
aprovechar los vínculos de Yrimia con la Iglesia Católica para decir que estaban
hablando del diálogo religioso entre el chiísmo y el catolicismo.
Muy excitado, Nisman dijo que “el personal de la SI que responde a Cristina Kirchner
actúa prácticamente como un agente iraní, le informa a los iraníes todo lo que ocurre
en la causa, los pasos que van a seguir, sabe del expediente más que yo, le informa de
lo que yo estoy por hacer, le informa datos personales míos, le informa datos de mi ex
esposa... de menores”, y hablando de sí mismo en tercera persona enfatizó que “¡se
ríen del fiscal” y que comentaban con ánimo jocoso que “¡el fiscal va a quedar patas al
norte cuando vea esta nueva hipótesis que le metemos! ¡Va a tener que renunciar!
¡Nos vamos a sacar a este ruso de encima!”.
“Estamos hablando de agentes que responden directamente a la Presidenta", reiteró,
escandalizado.
El periodista Edgardo Alfano no atinaba a reconducir el torrente de sus palabras.
Nisman dijo que el teléfono de Yussuf Khalil estaba intervenido desde hacía ocho años
porque por esa línea hablaba Rabbani cuando vivía en Buenos Aires, y que Khalil era
“la persona de mayor poder de Irán en la Argentina. Los ojos y los oídos de Irán. Tiene
más poder que el encargado de negocios”, y que era a Khalil a quien informaba el
personal de la SI que respondía directamente a Cristina”. Y agregó que Khalil hablaba
seguido con Rabbani y que era a través de él que la SI negociaba con Rabbani.
“¿Sabe lo que dice Rabbani? ‘Déjeme que lo evalúe. Voy a ir a consultar. Voy a tomar
una decisión’. O sea que es Rabbani, ¡el imputado!, el que toma decisiones por Irán”,
estalló.

Pactos secretos
El fiscal estaba convencido que un vasto complot se había desarrollado a sus espaldas,
mientras él respondía desarrollando otra a espaldas de todo el mundo, incluido el juez
natural de la causa. “Acá hay pactos secretos”, dijo. “Yo no puedo determinar si
firmados o no, pero acá hay acuerdos secretos entre ambos estados. Y uno de ellos es
que se bajaban las circulares rojas. ¿De qué manera se bajaban? El punto 7º del

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memorándum es el único punto operativo. ¿Qué significa operativo? Que se efectiviza
antes de que se apruebe… o sea que bastaba la firma del acuerdo para que sea
efectivo. De hecho, ese punto se hizo efectivo el 23 de enero del 2013 y no pasó nada
más porque no se acordó. ¿Qué decía ahí? Se le hacía saber a Interpol que el
conflicto... se iba a solucionar por común acuerdo, por negociaciones comunes... por
cooperación mutua entre ambos estados. Eso, en buen criollo, en lenguaje diplomático
se le está diciendo a (Ronald) Noble: ‘Señor, usted ya no tiene nada que ver en esto, él
y yo nos pusimos de acuerdo. Ya está. Bájelas’. Se esperaba eso (...) No hay un pedido
escrito ni Timerman lo va a hacer, pero esperaban eso. Surge claramente de las
escuchas cuando le preguntan por qué la demora”.
“Larroque es la voz de Cristina Kirchner en todo esto”, siguió diciendo Nisman.
“Cristina no hablaba con D'Elía, sino que Larroque era el intermediario. Recibía la
información de Cristina Kirchner y se la pasaba a D'Elía, se reunía con Khalil, le daba
instrucciones y a su vez se reunían en la casa de D'Elía (y a la inversa) cuando Khalil
necesitaba que alguna información llegue al gobierno argentino se la hacía llegar a
Larroque, etcétera.”
Alfano intentó poner algún reparo a la utilización, supuestamente de memoria, de
diálogos obtenidos a través de intercepciones telefónicas, pero Nisman lo cortó en
seco. “Las escuchas las tomo como un indicio... porque en una escucha se puede decir
cualquier cosa”, y siguió con su soliloquio. “Dicen: ‘¿Te avisaron a vos que Timerman
no cumplió con el tema de las circulares rojas?’. Es más, lo destratan desde el punto de
vista religioso. Lo tratan —D'Elía y otra persona— totalmente discriminativamente.
Dicen ‘este ruso de mierda no cumplió... se comprometió a bajar las circulares rojas y
hasta que eso no ocurra Irán no va a firmar absolutamente nada’. Entonces empiezan
cuestionar la aptitud de Timerman. Y en un momento hasta lo defienden diciendo —y
es ahí donde también queda involucrada la Presidenta— ‘por más inepto que sea
Timerman, acá fue una orden de la Presidenta y Timerman cumple... Esto va a terminar
saliendo, tengan un poco de paciencia’”.
Nisman repitió que en diálogos con “personal de la SIDE”, Rabbani habría dicho: “’Voy
a evaluar y si la cosa sale bien y se avanza con mi impunidad, voy a proponerle al

600
gobierno de Irán...’. ¡El imputado toma las decisiones! ¿Se tiene conciencia de esto?
Dice (Rabbani): ‘Voy a convencer al gobierno de Irán para que también le compremos
armas a la Argentina así los beneficiamos más’”.

Jaime y sus amigos


Ante preguntas de Alfano, Nisman se refirió a su relación con Stiuso. Dijo que había
hecho “absolutamente todo lo que le pedía, pero a veces venía y me decía ‘tengo esta
prueba, en tal hecho participó fulano’ y la explicación que me daba era coherente. Y yo
le decía ‘bueno, ¿y la prueba?’. (Y él me respondía): ‘Me lo dijo el informante de la
Triple Frontera’. Le digo ‘pero escúcheme, para inteligencia estará bárbara está
prueba, pero si la presento ante un tribunal me sacan corriendo... ¿Qué digo? ‘¡Ah, no:
me lo dijo el señor Stiuso!’ por lo que se crearon discusiones...”.
Y seguidamente soltó (¿se le escapó?) una frase luminosa, ilustrativa de que su
relación con Jaime estaba cortada desde que este había sido desalojado de sus oficinas
en las calles 25 de Mayo y Estados Unidos:
“El personal de la SI que está involucrado yo no sé si sigue ahora (...) hasta puede llegar
a ser (...) que sean hasta amigos de Stiuso”.
Tal cual. Menuda duda.

Desahuciada
Nisman dijo otras frases textuales llamativas, y entre ellas una que ilustró la nula
atención que la SI le prestaba a la causa AMIA a partir de la firma del memorándum.
Todo empezó en octubre del 2012, antes del memorándum. Ya la SI ni transcribía las
escuchas que nosotros ordenábamos (...) estaba tan desahuciada con el pacto (en
ciernes) con Irán que ya ni le daba importancia al tema AMIA y nos mandaba las
escuchas (que) un empleado mío las escuchaba. Y un día viene y me dice: ‘Doctor,
mire, acá hablan de usted, quieren desinvolucrar a Irán’. Y yo me reí. No lo tomé en
serio. De la misma manera que no tomé en serio a Pepe Eliaschev, dudé de él y confié
en el gobierno argentino, de lo que obviamente me tengo que arrepentir. A veces uno
comete errores”.

601
El fiscal explicó cuál era, a su modo de ver, el mecanismo de la conjura que
denunciaba: “Se ha montado una diplomacia paralela (...) el memorándum es de enero
de 2013 (...) Cristina Kirchner dice en septiembre de 2012, como si fuera novedoso,
‘hemos recibido una invitación a un diálogo bilateral con Irán’. Se hacen dos reuniones
y se llega a un acuerdo. Después se comprobó (...) que las negociaciones habían
empezado dos años antes (...) la diplomacia argentina ha engañado al mundo (...) En
septiembre de 2013 la Presidenta dice en las Naciones Unidas: ‘Queremos que Irán nos
diga si el acuerdo se aprobó, cuándo se va a reunir la Comisión de la Verdad y cuándo
va a viajar el juez (...) Al día siguiente, jueves, Timerman dice: ‘Recibimos una nota del
canciller iraní para una reunión bilateral el sábado. Ahora, ¿qué me surge a mí de las
escuchas? Que el día viernes D'Elía llama a Khalil y le dice: ‘Yussuf, recibí un llamado
urgente, estoy saliendo de la Rosada. Tengo un mensaje de la Presidenta, me tenés
que reunir con (Alí) Pakdaman (el entonces encargado de negocios de Irán, virtual
embajador)’. Se las hago corta: el mensaje de la Presidenta, en boca de D'Elía, sería:
‘Me hace falta que salgan a decir de manera conjunta que el acuerdo ya se aprobó’
(por Irán). ‘¡Pero esto no es cierto!’, le contesta (Yussef Khalil). ‘No importa. Me dijo la
Presidenta que hay que aparentar eso para que Interpol baje las circulares rojas’ (…) El
sábado se lleva a cabo esa reunión bilateral. No hay una declaración conjunta, pero
Irán dice ‘aprobamos el tratado por el Consejo Supremo’ y nunca más se habló del
tema”.

La carta guardada
A pesar de su excitación, nubes negras parecían ensombrecer su ánimo, Sin embargo,
el fiscal adelantó que todavía tenía una carta en la manga. “Antes de empezar todo
esto le tuve que decir a mi hija de 15 años: ‘Mirá, quizá vas a escuchar de tu padre las
cosas que nunca te imaginaste que podrían decir de una persona’”, repitió. “Cuando
tomé esta decisión no notifiqué absolutamente a nadie y asumo las consecuencias. Fue
una decisión propia mía. Pero quiero hacer una mención a la Procuradora, la doctora
Gils Carbó (que) se tomó el trabajo de llamarme y muy gentilmente decirme: ‘Doctor,
mire... ya sé que usted tiene custodia, ¿no quiere que se la incremente?’. Le dije: ‘La

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verdad, doctora (hoy lo voy a repensar) con la que tengo me alcanza’. ‘Pero Nisman,
piénselo, la va a necesitar’ (me dijo ella). No sé si sería hoy la misma actitud la que
habría tomado”.
“Hay un tema en el que estoy trabajando (que) está muy próximo a salir”, anunció.
“Estamos con las correcciones finales. Existe una forma para extraditar, para que los
iraníes sean juzgados en la República Argentina... Sin dar demasiados detalles... voy a
dar unas ideas. Obviamente, Irán no los va a entregar voluntariamente. Acá va a
intervenir un organismo internacional que tiene que actuar compulsivamente sobre
Irán, que es miembro de ese organismo... que tiene facultades compulsivas sobre los
miembros... Esto va a salir ahora. No sé si va a ocurrir pero los antecedentes que hay, y
la jurisprudencia (que recopiló) el excelente equipo que tengo (hace que hayamos)
encontrado una solución que realmente creo que es totalmente aplicable y se va a
firmar en los próximos días.”
Cuando el programa terminó, Nisman fue a las consolas y preguntó si se lo veía bien.
Estaba muy preocupado por su aspecto.
A la salida, habló con los hermanos Lijo.

Cuesta abajo
Natasha Niebieskikwiat trabaja en Clarín y es una periodista que suele reflejar las
posiciones de la Embajada de Israel, pero en este caso “embarró la cancha”, por
ejemplo presentando con bombos y platillos a una supuesta testigo de transgresiones
en la recolección de evidencias, testigo que terminó confesando su mendacidad.
Natasha tenía una fluida relación con Nisman, al que calificó de “ególatra” pero
también de “simpático”. Habló varias veces con él entre el miércoles 14 y el viernes 16.
El lunes 19 fue entrevistada por Nelson Castro en su programa de TN. Dijo entonces
que cuando el miércoles fue a la UIF a buscar un resumen de la resonante denuncia
que Nisman había hecho por la mañana, lo encontró muy flaco y excitado, y
preocupado por un artículo periodístico que afirmaba que se había hecho “retoques”
en la cara. “Era muy coqueto”, comentó, como si hiciera falta aclararlo.

603
La periodista dijo que en una de esas conversaciones Nisman le había dicho “de esta
puedo salir muerto”, y que cuando lo entrevistó estaba muy preocupado porque
“Canicoba anda diciendo boludeces”, en referencia a los cuestionamientos que el juez
le había hecho por haberlo mantenido al margen de la investigación y por no mandar
la denuncia a sorteo, lo que podría configurar una conducta delictiva.
Nelson Castro le preguntó entonces si el fiscal estaba sorprendido por la reacción del
juez, y ella respondió que “empezó a abrumarse, estaba abrumado y ya no tenía ni
poder de enojo ni nada porque todo el país lo buscaba, lo buscaban de afuera, lo
buscaban corresponsales… era ‘El Hombre’. Entonces me llamó para decirme: ‘¿Cómo
me dejás diciendo cosas informales sobre un juez?’. Le dije: ‘Pero, ¿cómo? ¿No estás
en guerra mediática con Canicoba?’. Y él me dijo: ‘Yo no estoy en guerra. Él me
autorizo todas las escuchas y eso lo tengo por escrito’”. Y ante una nueva pregunta de
Castro, N.N. ratificó: “Estaba agobiado. Me dijo: ‘Natasha, necesito cerrar el teléfono y
concentrarme’”.
A diferencia de tantos jueces y abogados, para la periodista “la denuncia, el resumen
que recibimos los periodistas, la sintaxis, el relato, la trama, era impecable”. Tanto
que, añadió, “yo no sé si la pudo armar solo... si no tuvo ayuda de otra gente".
La periodista no tuvo empacho en admitir que era de llamar a mucho a Nisman, de
insistirle una y otra vez para que le diera información. Y que esta vez quería tanto que
le diera los nombres de los supuestos agentes de la SI involucrados en el complot
denunciado como detalles de sus próximos pasos porque sabía que “él iba a firmar una
resolución, algo más, un pedido a un organismo, algo referido a un tratado
internacional”.
Quería tener la primicia de esa presentación, y ese miércoles el fiscal atendió a muchos
medios (treinta y dos, según las anotaciones de su puntillosa secretaria) a los que
entregó el mencionado resumen, sin ninguna de las escuchas sobre las que se había
fundamentado la denuncia. Lo mismo le pasó a Laura Guinsberg, de Apemia. Según
consta en la agenda, se le dijo que se trataba de material secreto, que solo se
entregaba un resumen. Pero si trataba así a los familiares de las víctimas, el trato hacia
la Embajada de los Estados Unidos fue muy diferente: deferente. En la agenda consta

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que a la consejera argentina Rosario Miró se le entregó en mano una copia del original
y también los 19 CD con las escuchas.

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Por la tarde, el fiscal atendió a las diputadas Laura Alonso y Patricia Bullrich, a
dirigentes de la DAIA y la AMIA y a Diego Lagomarsino. Laura Alonso llegó primero,
ansiosa, minutos antes de la hora fijada, el mediodía. Poco después llegó Patricia
Bullrich. Laura Alonso era, como Nisman, una beneficiaria de “la generosidad” de Paul
Singer, el israelí-estadounidense que dirige Elliot Management Co., fondo que
administra 23.000 millones de dólares y dueño a su vez del fondo NML Capital, que en
su momento compró bonos argentinos en default por 40 millones de dólares. De
acuerdo con el fallo del juez Thomas Griesa, tendría derecho a cobrar en efectivo su
valor nominal más intereses, unos 1.300 millones de dólares, que son una pequeña
porción de las acrecencias de los bonistas que no quisieron entrar en los sucesivos
canjes propuestos por el gobierno argentino. El monto total reclamado por los fondos
“buitres”, se estima, podría llegar hasta los 9.000 millones de dólares.
Dicho de otro modo, Singer es uno de los que quieren cobrar su libra de carne de la
Argentina como si fueran Shylock, el mercader de Venecia descripto por Shakespeare,
en nombre de los bonistas que no quisieron participar del canje de la deuda.

Pues bien, Laura Alonso es la principal animadora de la ONG Voces Vitales Argentinas,
el capítulo local, fundado en 2009, de Vital Voices Global Partnership, fundada en 1997
por iniciativa de Hillary Clinton y cuyo objetivo manifiesto pero no único es promover
el “progreso de la mujer”. Para esos fines, supuestamente, Voces Vitales recibió 100
mil dólares del fondo NML de Singer. No parece por lo tanto casualidad que durante
los dos meses y medio que la Fragata Libertad permaneció anclada, amarrada y
esposada en Acra, capital de Ghana, a causa de una demanda de NML Capital, Laura
Alonso abogara porque la Argentina tirara la toalla y le pagara a su auspiciante y
benefactor.

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Singer es también un gran aportante de los “halcones” del sionismo, el Tea Party y la
derecha del Partido Republicano. Que a su vez tiene enorme predicamento dentro de
una CIA que, tal como ilustró el gran film El buen pastor, de Robert De Niro, fue creada
como un bastión WASP (blanco, anglosajón y protestante, según sus siglas en inglés).
Patricia Bullrich está vinculada a la CIA desde hace décadas a través de su finado
cuñado, el condotiero Rodolfo Galimberti, y por medio de su marido Guillermo Yanco
(actual subdirector del Museo del Holocausto porteño que preside Claudio Avruj,
también secretario de Derechos Humanos del Gobierno de la Ciudad) recibe dinero de
la NED (National Endowment for Democracy) a través de la Fundación Uno América,
una colateral de “la compañía”. Dicha fundación fue creada en 2008 para “defender la
democracia y la libertad en América, amenazadas por el avance del castro-comunismo
y su nueva versión, “el socialismo del siglo XXI” chavista.
Con la ayuda de Alonso, Bullrich convenció a Nisman de que el lunes le convenía
presentarse en el Congreso para que su denuncia tuviera una nueva caja
amplificadora. No haberse negado hizo que sus planes de regresar a Europa a
reencontrarse con su hija de manera de terminar de festejar sus 15 años fueran al
cesto de los papeles.
Bullrich preside la Comisión de Presupuesto y Hacienda de la Cámara de Diputados en
cuyas oficinas le prometió una comparecencia tranquila en una sesión reservada.
Alonso dijo que Nisman les había dicho a Bullrich y a ella que “sabía que la Procuradora
iba a apartarlo de la investigación, con lo que el trabajo en el que estaba metido iba a
quedar inutilizado, por lo cual decidió hacer esta presentación en medio del verano, en
medio de las vacaciones”.
Ese día hiperagitado Nisman dio entrevistas telefónicas a emisoras de radio, pero no
agregó nada nuevo. Insistió en que había presentado la denuncia en plena feria judicial
por el único motivo de que acababa de terminar de escribirla; volvió a agradecerle a la
procuradora Gils Carbó que le hubiera ofrecido reforzar su custodia y se puso
reiterativo. A Lucas Morando, de La Red, le dijo: “Mi hija acaba de cumplir 15 años y
para mí fue un dolor terrible tener que decirle ‘preparate porque a partir de ahora es
muy probable que empieces a escuchar de tu papá cosas que en tu vida te imaginaste

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que iban a decir’”. Al parecer no podía dejar de pensar en eso. Y, al menos en este
punto, no estaba errado. Dos días después le confesaría a Patricia Bullrich que el lunes
no tendría otra cosa que decir que lo que ya había dicho en TN.
Ese mismo miércoles, enumera Norberto Espósito, habló con el director de la Agencia
Judía de Noticias, Daniel Berliner; no pudo atender a su amigo, el ex juez Gabriel Baffigi
Mezzotero (defensor de un asesino serial compulsivo, el coronel Agustín El Gato Arias
Duval, quien durante la dictadura asoló La Plata en sociedad con el general Ramón
Chicho Camps); mantuvo cuatro contactos con el periodista Laureano Pérez Izquierdo,
con una abogada, con el representante de “modelos” y “escorts” Leandro Santos, del
que era un cliente VIP, y con el diputado del PRO Cristian Ritondo.
Nisman contaba con tres líneas telefónicas: la fija del departamento, un celular de
Claro y un Nextel. Un tercer teléfono móvil de Movistar, provisto por Stiuso, se lo había
dejado a su hija Iara en Barajas para que pudiera comunicarse con su madre.
Estaba en problemas. A cada rato se le caía un argumento. Las alertas rojas no se
habían levantado y el comercio con Irán no había aumentado.

El carpetazo
Poco se sabe de lo que hizo Nisman el jueves. Aparentemente lo pasó trabajando,
hablando por teléfono y tratando de ubicar a Jaime. Sin embargo, según una versión
surgida de fuentes de Inteligencia cercanas al Gobierno, habría sido entonces cuando
la vida del fiscal sufrió una fractura irreparable. Así, palabras más, palabras menos, lo
narró una garganta profunda:
“El Gobierno sabía de la denuncia que Nisman se disponía a presentar desde fines de
octubre. El eje Toma-Juan Álvarez-Stiuso no fue impermeable a filtraciones y, por otra
parte, los negocios relacionados con el narcotráfico y el lavado de dinero producto del
mismo y otros hechos de corrupción en los que Stiuso contaba con la colaboración de
Nisman y la jueza Sandra Arroyo se habían vuelto demasiado conspicuos.

Así fue que hubo quien compiló una gruesa carpeta con pruebas detalladas de sus
varias cuentas bancarias en el exterior y fotos y evidencias de sus viajes con ‘modelos’
de la agencia de Leandro Santos, alguna de ellas menor de edad, a la que el mismo les

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tramitaba la visa cuando iban a los Estados Unidos. Nisman solía ir a Cancún, donde
Raúl Martins, socio de Stiuso, tenía un prostíbulo. La carpeta también contenía copias
de las sucesivas notas con que Nisman había ido informando a la DAIA sobre los
‘progresos’ de la investigación, que dejaban claro que estos eran inexistentes, y los
pocos movimientos registrados eran erráticos y antojadizos. Y pruebas contundentes
de las sumas distraídas del presupuesto de la UIF. Por último, también tenía algunos
telegramas con que la DAIA se había comunicado con él.

Parte del contenido de esa carpeta le fue mostrada casi simultáneamente a Sandra
Arroyo en Europa. La jueza enloqueció al ver que había cuentas de las que estaba
excluida, y le comentó a su hija Iara de los deslices de su padre con adolescentes.

Nisman vio la carpeta completa el jueves 15 en un café de Puerto Madero. El


encargado de mostrársela fue un veterano ex alto funcionario del Poder Judicial, ya
jubilado, que le habría pedido, a cambio de no hacer público su contenido, que se
abstuviera de comparecer el lunes en el Congreso. Nisman le dijo que era imposible;
que ya no podía echarse atrás, que estaba jugado. Que Patricia Bullrich había echado
las campanas al vuelo de que iría. A lo que el jubilado le repuso lacónicamente: ‘Vas a
entrar como San Martín y vas a salir como (el delincuente) El Gordo Valor. Vas a tener
suerte si no salís en un camión celular, derecho rumbo al juicio político y la destitución,
apenas una escala antes de la cárcel y el oprobio. Pensalo’”.

Penumbras
El viernes por la mañana habló con su ex. Ella lo insultó de todas las maneras posibles.
Él procuró tranquilizarla. Le dijo que le mandaba la tapa de la revista Noticias, en la
que aparecía junto al título “Secretos del fiscal que quiere condenar a Cristina”. Era una
nota muy elogiosa en términos generales, aunque el editor que escribió el copete
había abierto el paraguas: “Néstor le había confiado la investigación del caso AMIA.
Pero él fue demasiado lejos”, había empezado a teclear.
Luego, Sandra y él mantuvieron un acre intercambio por WhatsApp:

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SAS: Está claro que mis prioridades están en otro lugar, para vos lo más importante es
la puja de poder y salir en diarios, revistas y TV. Te felicito por haber conseguido lo que
querías.
AN: Ya te lo explicaré personalmente, no podía no hacerlo. Te mandé copia de los
pasajes. Volvía en cuatro días y seguía todo igual, vos no lo aceptaste, no quiero hablar
más por acá.
SAS: Ni yo ni las chicas necesitamos ninguna explicación, ya está todo aclarado, suerte.

También llamó dos veces y habló una durante alrededor de quince minutos y otra nada
más que tres minutos con Alberto Massino, ex director de Análisis de la Secretaría de
Inteligencia e íntimo de Jaime. Dicen que cuando no hay pan buenas son las tortas,
pero esta vez no resultó.
Al mediodía, Nisman almorzó solo. Comió sushi en el restorán Itamae, de Puerto
Madero, de donde era cliente habitual. Es un lugar generalmente poco concurrido y
podía encontrar una mesa escondida. Alrededor de las 14 recibió en su casa a su
secretaria letrada, Soledad Castro, que le llevó documentos que necesitaba para
preparar su presentación del lunes. Nisman, recordaría ella, tenía todas las persianas
bajas y encendidas las luces, nunca quedaría claro si por fotofobia, paranoia o ambas.
Mientras la secretaria estaba en la casa llegó el abogado Claudio Rabinovitch, uno de
los diez contratados por el fiscal que no cumplía tareas en la UIF (fuera de
Lagomarsino, los demás eran mujeres). Cuando ella se fue, él y Nisman quedaron en la
penumbra. Nisman apagó el celular. Fue una charla intensa con final decepcionante.
Nisman estuvo luego en contacto dos veces —por su línea fija— con Patricia Bullrich, a
la que, por lo poco que se sabe, le dijo que no tenía nada nuevo para decir en el
Congreso y le rogó que le garantizara que la reunión no fuera pública. Sin embargo,
Bullrich no había leído con atención el reglamento de la Cámara, que otorgaba lógicos
derechos a todos los legisladores a participar de las reuniones de comisión que se les
antojara con el solo requisito de anunciarlo antes. Así las cosas, Clarín advirtió que los
diputados oficialistas, decididos a desbaratar la maniobra, asistirían en bloque y “con
los tapones de punta”, como había profetizado Jorge Rial.

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“Claro que Clarín no lo informó así, sino que le atribuyó el dicho a la diputada Diana
Conti: ella dijo que pensaban hacer todas las preguntas necesarias a Nisman,
persuadidos de una victoria demoledora. Lo dijo con firmeza, sí, pero con intención
más bien académica, sin el exceso de una impostura. Entonces Rial lanzó la metáfora:
‘Van con los tapones de punta’. Era evidente que el oficialismo esperaba la ocasión con
la servilleta en la falda, pero no era Conti quien había lanzado esa consigna, repetida
hasta el hartazgo como una forma de denunciar el presunto juego desleal al que
Nisman sería sometido. La frase era el título más frecuente en las mismas horas en las
que el fiscal decidía pegarse un tiro”, dice Víctor Hugo Morales, que abordó el tema en
Mentime que me gusta (Aguilar, 2015).

El viernes Nisman también habló con Lagomarsino. Y con su mamá.

En figurillas
Los diarios de la mañana traían las declaraciones del secretario general de la
Presidencia. “La exposición del fiscal será tan pobre, tan mala, tan de pésima calidad,
tan insensata, que se va a ver en figurillas para explicarles a los diputados qué es lo
que hizo”, vaticinaba Aníbal Fernández.
Nisman llamó a un comisario de la Bonaerense al que conocía desde sus épocas en el
juzgado de Morón, Ricardo Oscar Bogoliuk. Cuando lo ubicó le preguntó si tenía una
pistola para prestarle. El comisario le dijo que estaba de vacaciones en Mar del Plata.
La conversación apenas duró tres minutos.
Luego de este fracaso, le pidió a uno de los policías de su custodia, el sargento Rubén
Benítez, que le fuera a comprar sushi, y cuando lo trajo, lo invitó a pasar. Era la
primera vez que entraba y no se sentía cómodo. Después de unos circunloquios, el
fiscal fue al grano: le pidió que le comprara un arma de puño. “¿Sabe lo que pasa? La
necesito para tenerla en el auto. Yo sé que ustedes están atentos, pero alguien los
puede chocar y distraerlos. ¿Y si me vienen a agredir? Necesito un arma para repeler
loquitos, ¿me la puede comprar?”, reconstruyó Benítez lo que le dijo. No fue una
charla al pasar: el policía dijo que lo llamó so pretexto de que le fuera a comprar sushi

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a eso de las 13.30 o 13.40, que regresó veinte minutos después y que la charla duró
otros casi veinte minutos. En síntesis, Benítez dijo que no la podía comprar un arma
porque la compra y registro había que hacerlos personalmente y era mucho
compromiso, y le aconsejó que no comprara un revólver, sino una pistola.
Cuando el sargento se fue hizo algunos llamados. Entre ellos, a las 14:03, a un
periodista compinche, Laureano Pérez Izquierdo, de Infobae.
Más tarde lo llamó a Diego Lagomarsino.
“Alberto me pidió que fuera. No era raro que lo hiciera. Llegué a Puerto Madero en
veinte minutos. Me identifiqué en el portón que queda más para el lado del río.
Hablaron con alguien de arriba y me autorizaron el acceso.
Fui por la puerta de servicio. Alberto me abrió y pasé a la cocina. Sobre la mesa del
living había muchos papeles, documentos. Me llamó la atención que había cuatro
resaltadores amarillos desparramados, porque él era muy obsesivo con la prolijidad. Le
pregunté si la denuncia había tenido más repercusión de lo que él pensaba y me dijo
que sí, que su madre había tenido que ir al súper por él. Me dijo que tenía más miedo
de tener razón que de no tenerla. Y después me dijo: ‘¿Tenés un arma?’. Me dejó mal,
no lo podía creer y lamentablemente le dije que sí. ‘Tengo miedo por las chicas’, me
dijo. ‘Pero Alberto, vos tenés seguridad’, le dije. ‘Ya no confío ni siquiera en la
custodia’, me respondió. ‘¿Vos sabés lo que es que tus hijas no quieran estar con vos
por miedo a que les pase algo?’, me siguió diciendo. ‘Mirá, mi pistola es un arma vieja,
es una 22’, le contesté. ‘Es para llevar en la guantera por si viene algún loquito con un
palo y me dice ¡sos un traidor de mierda!’, me respondió. Es un arma que realmente
fallaba. Pero él me respondió: ‘¿Es el único favor que te pido y no me lo hacés?’.
Cuando salí, su custodio no estaba.”

En capilla
Entre que Lagomarsino se fue y volvió, Nisman mensajeó y llamó a Soledad Castro, que
se encontraba en casa de sus padres. A las 19 le mandó un mensaje por WhatsApp
diciéndole que la iba a necesitar el domingo al mediodía para pulir la presentación.
También recibió un whatssap del vicepresidente macrista de la DAIA, Waldo Wolff,

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preguntándole qué estaba haciendo, al que respondió con una foto de expedientes
judiciales sobre una mesa, algunas carpetas celestes, media docena de resaltadores
fluorescentes de color amarillo y una lapicera. “Le escribí para consultarle sobre quién
debía levantar el secreto de sumario sobre los miembros de los servicios de
Inteligencia. Él me respondió que el que lo tenía que hacer era el secretario de
Inteligencia, Oscar Parrilli, y me envió una foto del escritorio en el que estaba
trabajando”, explicó Wolff.
Desde el miércoles hasta el sábado intentó reiteradamente comunicarse con Stiuso,
pero no consiguió que lo atendiera. “El resto de sus llamadas por Nextel muestran
contactos con el titular de la DAIA, Guillermo Borger, otra vez con Freddy Lijo,
toneladas de contactos con sus custodios (incluso con los que tenía menos trato) y
llamadas hasta ahora inexplicables”, como “un alerta con un teléfono a nombre del
Ministerio de la Producción” y “otro con un aparato registrado en el Ministerio de
Seguridad de la Provincia de Buenos Aires pero para un funcionario que hace tres
lustros que no trabaja allí”, escribió Espósito. También habló con periodistas y varias
veces con Patricia Bullrich. Y llamó ansioso a Lagomarsino a su casa a las 19.02 para
preguntarle: “¿Encontraste eso?”.

Lagomarsino diría luego que en su casa había gente en el living que tenía que atravesar
para buscar la pistola en una habitación y que quería evitar que su esposa se diera
cuenta de lo que estaba buscando para no tener que deshacerse en explicaciones, para
lo que estaba buscando el momento. Cuando pudo realizar la maniobra, regresó al
centro con su 4x4 por la autopista y llegó a Le Parc aproximadamente a las 20. Se
encontró en el ascensor de servicio a uno de los custodios de Nisman.

“El custodio subió conmigo. Nisman abrió la puerta y le entregó un sobre de papel
madera. Me hizo pasar al living. Le pedí un café y me dio una cápsula y me pidió que yo
mismo me lo preparara. Después desenvolví la pistola, que llevé envuelta en un paño
verde, y le di algunas instrucciones acerca de su uso. ‘Igual, no te preocupes porque no
la voy a usar’, me dijo. Envolvió la pistola en el paño y la dejó sobre el apoyabrazos del
sillón. Me dijo que la iba a guardar en la caja fuerte y que después la llevaría a la

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guantera del auto. Me hizo salir por el frente. Cuando el ascensor abrió las puertas,
había cinco personas. Me bajé en la planta principal con tres, mientras dos siguieron
hasta la planta baja. Agarré con la camioneta por la autopista y en el trayecto le mandé
un whatsapp a Alberto preguntándole si estaba más tranquilo. Y no me salieron las dos
tildes azules” que confirman que un mensaje ha sido leído.

Las dos últimas llamadas que hizo Nisman el sábado 17 por el teléfono fijo fueron a su
hermana Sandra a las 22:52, comunicación que duró apenas 54 segundos, y a las 23:07
a su tía Lidia Garfunkel, pero parece no haberse podido comunicar. Según Telefónica,
lo hizo. Durante 15 segundos.

Lecturas
Antes de morir, Nisman miró por Internet tres diarios. No hay duda de que dos de ellos
fueron Clarín y La Nación. Posiblemente el tercero haya sido Página/12, donde
Verbitsky sacó la nota ya comentada en la que desnudaba los motivos por los que
había presentado su denuncia en el juzgado de Ariel Lijo.
La Nación publicó como nota de tapa “Un agente camporista de la ex SIDE hizo de
enlace con Irán. Su identidad es reservada; es misionero y tiene acceso a la Presidenta.
Nisman pidió indagarlo como partícipe del plan para encubrir a los prófugos iraníes”.
La nota, firmada por Hernán Cappiello —un sostenedor a ultranza de la naufragada
Historia Oficial I—, sostenía que “las escuchas telefónicas al espía trucho Bogado” (sic)
eran la esencia de la denuncia de Nisman, con la cual al día siguiente iba a comparecer
en el Congreso. Aseguraba Cappiello que Bogado era militante de La Cámpora, tenía
acceso directo a la Presidenta y —según Nisman— había participado en la construcción
de una falsa pista para acusar a un grupo de ‘fachos locales’ de la voladura de la AMIA
y dejar así fuera del caso a Irán”.
“Crece la polémica por la audiencia con Nisman: el bloque K dice que es pública y
convoca a la prensa”, tituló Clarín, en cuya bajada explicó: “El fiscal pidió que sea
reservada, pero el oficialismo afirma que es abierta y pedirá televisarla”. En el cuerpo
de la nota informó que el bloque oficialista había enviado una invitación formal a los
medios para cubrir el encuentro. “El Bloque de Diputados del FPV-PJ participará

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mañana a las 15 de la reunión informal convocada por la diputada del PRO, Patricia
Bullrich, a la que fue invitado el fiscal especial en la causa AMIA, Alberto Nisman”,
comenzaba el comunicado. En el texto afirmaba que “el encuentro de la Comisión de
Legislación Penal es público por su carácter de informal y por estar en época de
receso”.
En Página/12, Kollmann lo lapidaba al puntualizar que él sostenía que “se pactó la
impunidad de los sospechosos iraníes a través de la creación de una pista falsa en la
que se le atribuiría el ataque a ‘fachos locales’”; que se pactó “el levantamiento de las
señales rojas”, y que hubo “un acuerdo de intercambio económico de petróleo iraní
por granos argentinos”, cuando “ninguna de esas cosas ocurrió”.
Game over.

Zafarrancho
Un oscuro periodista de Infobae y de la edición electrónica del diario Buenos Aires
Herald, el argentino-israelí Damián Pachter, domiciliado en Sarmiento y Uriburu
(donde no pagaba las expensas desde hacía muchos meses) dio la primicia de la
muerte del fiscal.
A las 23:35 del domingo 18 de enero tuiteó: “Me acaban de informar sobre un
incidente en la casa del Fiscal Alberto Nisman”. Al cumplirse 8 minutos del lunes,
agregó: “Encontraron al fiscal Alberto Nisman en el baño de su casa de Puerto Madero
sobre un charco de sangre. No respiraba. Los médicos están allí”. Y luego de 50
minutos de angustiante suspenso: “Fuentes informan que se trataría de un supuesto
suicidio”.
Lógicamente, empezó a recibir andanadas de llamados telefónicos de los medios, que
le preguntaban cuál había sido su fuente. Su reacción fue insólita: sin siquiera ponerse
en contacto con sus empleadores, huyó a Israel. Lo hizo luego de viajar a Mar del Plata,
regresar a Buenos Aires y abordar un vuelo a Montevideo el sábado 24 con un pasaje
con fecha de regreso para nueve días después, el lunes 2 de marzo.

Una vez en Israel, Pachter dio rienda suelta a una profusa locuacidad que no consiguió
explicar por qué sería más seguro un país en permanente situación de guerra que el

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siempre plácido y cordial paisito oriental ni tampoco por qué consideraba que divulgar
la fecha de un pasaje de regreso (que, además, por lo que parece, no estaba dispuesto
a utilizar), como habían hecho Aerolíneas Argentinas y la agencia Télam, era un acto
intimidatorio.

“No puedo volver más al país, al menos hasta el final de este Gobierno”, tituló el
matutino La Nación el domingo 25 de enero, para explicar seguidamente: “El
periodista que dio la primicia de la muerte del fiscal Alberto Nisman debió dejar el
país…”.

En Clarín, Pachter apareció diciendo: “Mi vida corre peligro y si no me voy sigue
corriendo. Lo vinculo con lo de los tuits. Siento que les arruiné algo. Algo cambió”,
mientras se sacaba fotos en el momento de dejar la ciudad y el país desde el
Aeroparque. “No puedo volver más, al menos hasta el final de este Gobierno. Estoy
muy marcado”, agregó.

¿Quién lo perseguía? ¿Cómo? Su inseguridad provenía, dijo, de que “estás en el laburo,


te das cuenta de algo, un mensaje que llega. Me venían tirando indirectas para rajarme
que empezaron luego de que publiqué los tuits con las transcripciones de la denuncia.
Luego consulto con fuentes sobre lo que me pasa y confirmo lo que es un mensaje es
que me están siguiendo” (sic), publicó La Nación el 25 de enero, sin dejar claro si la
incoherencia de la parrafada era producto de dificultades de lectoescritura del
redactor o la perturbación mental del fugitivo.

“El kirchnerismo me hubiera destruido a través de los medios. Estoy muy marcado. No
sé cuánto podrían haber hecho con la legitimidad que tienen ahora. La sensación que
viví hoy y tengo ahora es que me iban a liquidar. No les voy a decir a dónde pertenece
esa gente, pero es lo peor de lo peor. Sé de donde vienen. Hasta que me digan ‘Podés
volver’ no vuelvo. Con este Gobierno seguro no. Ni siquiera tuve tiempo de ir a mi
casa. Me dijeron ‘No vayas a tu casa’. Me vine con esto, con esto viajo”, le dijo a Clarín
el mismo día.

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Pachter faltó sin aviso el lunes 19 a su trabajo en el Herald, dejando abandonado su
automóvil en la playa de estacionamiento del diario.

¿Alguien puede creer que el Gobierno pretendiera ocultar indefinidamente la muerte


de Nisman y que Pachter hubiera arruinado su plan?

Mensaje encriptado

Ya en Israel, Pachter escribió para el prestigioso diario Haaretz un relato estremecedor:


“Esa semana recibí varios mensajes de una de mis más viejas y mejores fuentes. Me
urgía a visitarlo, pero en esos días de locura subestimé su propuesta”, reconoció,
volviendo a mencionar al misterioso señor Fuentes.

En esta ocasión, cambio su versión de lo ocurrido en su último día de labor en el


Herald, el viernes 16. “Estaba trabajando en la redacción cuando un colega de la BBC
me dijo que leyera la historia de la agencia estatal de noticias sobre la muerte de
Nisman. El artículo tenía serios errores tipográficos pero el mensaje era aún más
extraño: citaba un tuit mío que nunca escribí”.

Furioso, no se sabe si por el falso tuit, porque Télam desmintió haberlo publicado o por
los errores tipográficos, Pachter contó: “Insulté y pensé: ‘Voy a tuitear y van a ver’”.
“Pero esperé unos minutos —dice Pachter—, para tranquilizarme y darme cuenta que
ese tuit era un mensaje encriptado” (sic).

“Entonces se lo envié a un amigo, que me dijo: ‘Andate ya para Retiro y vení a


visitarme. Tenés que dejar la ciudad’. Fue alrededor de las 20:30. Tuve mucha suerte.
Cuando llegué, un colectivo salía en dos minutos. A dónde iba ese colectivo, tampoco
lo revelaré jamás”.

Tachuela

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Bueno, no importa: fue a Mar del Plata a ver a su coach, Ricardo Rivas, alías Tachuela,
un periodista históricamente vinculado a la SIDE y a la derecha radical, que viajó varias
veces a Israel y se radicó en Mar del Plata luego de dejar de ser el corresponsal de la
agencia china Xinhuá, pero sigue siendo vicepresidente de la Unión Sudamericana de
Corresponsales y Asociaciones de Corresponsales (UNAC).

Pachter dijo que su ataque de pánico comenzó cuando llegó a la terminal de ómnibus
de Mar del Plata. Claro que no lo dijo así, ya que había jurado que jamás iba a decir
“Mar del Plata”. “Después de varias horas viajando, llegué a otra terminal de colectivos
donde permanecí varias horas. Resultó ser un gran error: creo que fue el lugar donde
alguien empezó a observarme. Pero no lo sabía en ese entonces”.

“No me quería quedar mucho tiempo en ningún lugar, así que caminé a una estación
de servicio que estaba cerca. Mi amigo me contactó y me dijo: ‘Llego en 20 minutos’”.
Pero Rivas lo dejo plantado, lo que hizo resurgir su pánico, que fue in crescendo a
pesar de la vasta experiencia dejada por tres años de servicio militar en el Ejército de
Israel, donde se habría dedicado a labores de prensa.

“Ya habían pasado dos horas desde que me senté cuando una persona muy extraña
entró. Tenía puesto jeans, una campera de jean y anteojos Ray-Ban. Lo visualicé
enseguida pero me quedé donde estaba. Estaba sentado a dos mesas de distancia”. Al
parecer, lo que la hacía tan extraña era que usara campera en un día de mucho calor.

Estaba mirándolo, cuando alguien le tocó la nuca. “Salté como nunca lo había hecho en
mi vida”, dijo Pachter. “Estás un poco nervioso”, dice que le dijo su amigo. Y agregó:
“Te están vigilando, ¿no notaste al agente de Inteligencia atrás tuyo?”.

— ¿El de jeans y Ray-Bans?

—Sí —dijo el amigo.

— ¿Qué quiere? —preguntó Pachter.

El amigo no le contestó. En cambio, le sacó una foto al supuesto agente secreto, quien
se fue cinco minutos después. Pachter dijo que en tamaña encrucijada tuvo “que

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considerar cuál era mi mejor opción, porque nunca es buena noticia que un agente
argentino de Inteligencia te esté siguiendo. No quería tomar un café conmigo, eso
seguro”, dijo haber razonado, muy aliviado por haber escapado a tiempo.

El sábado 24 Télam informó de la salida hacia Montevideo de Pachter esa mañana, y


que había sacado el pasaje con fecha de regreso el 2 de febrero. Ese mismo día, el
Buenos Aires Herald distribuyó un comunicado al que casi nadie hizo caso, pero que
Ámbito Financiero reprodujo el lunes. El diario en inglés informó que, ante la situación
creada, su editor había intentado contactar a Pachter “en reiteradas ocasiones” por
teléfono y mensaje de texto para saber cómo se encontraba, hasta que “a la 1.43 AM,
vía mensaje de WhatsApp, contestó que quería avisar que estaba bien y que no tenía
batería en su celular (…) Por la mañana se hizo nuevamente el intento de comunicarse
por teléfono, mensaje de texto y WhatsApp, pero no hubo respuesta”. Y remató: “Ante
declaraciones periodísticas en las que (Pachter) expresa que teme por su seguridad y
que iba a abandonar el país, el medio informa que en ningún momento expresó esta
situación ante las autoridades de la empresa”.

“Una evidencia clamorosa”

La insólita fuga de Pachter ante amenazas aún más inmateriales que las que
constituyen la médula de un film tan inquietante como Venecia Rojo Shocking (Don’t
Look Now), en una Venecia plagada de ominosas acechanzas, provocó vergüenza
ajena.

El lunes 26, un programa de TV entrevistó a una compañera suya en el Buenos Aires


Herald, Luciana Bertoia, y a su amigo Adrián Bono (periodista de Perfil), quien lo
despidió y fotografió en el Aeroparque. Ni una ni otro parecían tener idea de por qué
Pachter se había ido tan precipitadamente, sin haber hecho siquiera una llamada de
teléfono al Herald. Bertoia dijo que en el diario reinaba el estupor ante la espantada de
Pachter, y que se tenía una firme hipótesis acerca de quién había sido “la fuente” que
lo había aterrado, diciéndole que estaba sentenciado y se la iban a dar, que tenía que

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irse del país de inmediato. Sin embargo, y comprensiblemente, Bertoia dijo que no
podía hacerla pública. Y es que una cosa es tener la convicción de cómo debieron
ocurrir las cosas y otra lanzar hipótesis al voleo.

El director del Buenos Aires Herald es Sebastián Lacunza, experto en política


internacional. Todavía sorprendido por la actitud de Pachter, estimó que “células de
Inteligencia que pueden estar cometiendo diferentes acciones, pueden encontrar en
un periodista un blanco para generar zozobra y agravar la incertidumbre en el país”.
Lacunza no quiso pronunciarse sobre las causas de la muerte de Nisman, pero sí opinó,
y contundentemente, sobre el contenido de la resonante denuncia: “Es una evidencia
clamorosa que carece de sustento”, dijo.

Pachter dejó un referente en Buenos Aires que — ¡oh, sorpresa!— resultó ser el
saltimbanqui Gabriel Levinas, que informó: “Me llamó Pachter desde su escala,
mañana al mediodía llega a Israel, está bien y tranquilo”. La entrevista publicada por
Perfil el 25 de enero llevó por título un textual de Levinas: “Pensaban que tenían todo
controlado y apareció Pachter”, y en ella afirmó que a consecuencia del tuit en que el
supuesto perseguido dio la primicia de la muerte de Nisman, el Gobierno se habría
dado “cuenta de que tenían una filtración, que alguien estaba informando desde
adentro cosas que muy poca gente sabía”.

“No sabían quién era, querían saber quién compartió la información”, dijo Levinas, y
estimó que la primicia de Pachter “les complicó las cosas para hacer lo que tenían que
hacer, cómo convertir un asesinato en suicidio, si no, no se explica la bronca, la
amenaza… No sabían quién había filtrado la información a Pachter, por eso querían
agarrarlo: para que ‘largue el rollo’, porque les cagó todo el negocio”.

Levinas siguió tuiteando, jocoso. Dos veces el sábado: “Raro que si Lagomarsino mató a
Nisman no haya dejado en la escena del crimen su DNI junto a su pistola” y “Se suicidó
pero luego se mató para desmentir a Cristina, ahora Fein avisa que se volvió a suicidar.
Hay que atar el cadáver”. Y el domingo remató: “Los k están enojados con Pachter por

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q no les dio tiempo a modificar la escena del crimen”. “¡Qué fuerte! Se trata de una
acusación tan medulosa como la de Nisman a la Presidenta y su canciller”.

Aunque involuntaria, la última oración expresó una verdad incontrovertible.

Tiempo después, en mayo, Pachter apareció en un documental israelí (Justicia, justicia


perseguirás, de Carlos Gurovich y él mismo) destinado a mantener viva la sospecha de
que Nisman pudiera haber sido asesinado. Allí, después de haberlo masticado, de
espaldas al mar, Pachter definió la amenaza que le había hecho cruzar el Atlántico y el
Mediterráneo diciendo que apenas informó por tuit de la muerte del fiscal “se inicia un
proceso de persecución en mi contra que incluye la publicación de los datos de mi web
o vía tuiter en la página oficial del gobierno argentino. Razón por la cual me vi obligado
a salir del país y partir hacia Israel donde hoy me siento seguro.”

Ditirambos & delirios

Luego de la muerte de Nisman, la cadena informativa judía Visàvis publicó una nota de
opinión (“editorial”, la llamó) inédita de Gustavo Perednik, escrita en el breve ínterin
de los cuatro días que fueron de la presentación de la denuncia contra la Presidenta a
la muerte del fiscal. Llevó como título “La trilogía”, es una pieza laudatoria hasta el
ditirambo y en ella el amigo del fiscal hizo dos profecías. Una, que el dictamen de
Nisman “será estudio en los manuales de historia argentina”, y otra que duró menos
que un lirio: que Interpol refrendaría su denuncia. De que Perednik toca de oído da
cuenta que expresó tamaña boutade en el mismo párrafo en el que inmediatamente
antes había afirmado que la Comisión de la Verdad no solo se había conformado, sino
que también había visitado la Argentina, no “a investigar, sino a confundir con
hipótesis falsas y a deslegitimar la causa judicial”. Los redactores de Visàvis incluyeron
a continuación una minientrevista con el director de Radio Jai, Miguel Steuermann:

“La Presidenta… desmanteló el servicio de Inteligencia y les fue entregando parte de él


a grupos cercanos a Irán. Si los asesinos vinieron de estos grupos, seguramente es con
la complicidad de la Presidencia. Ningún argentino puede pronunciar siquiera la

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posibilidad de que la presidenta de una democracia como es Argentina emitió una
orden de asesinato, pero que ella debía de haber estado enterada, yo me puedo
imaginar una reunión en donde uno de estos grupos, estas bandas violentas que
actúan en la Argentina cercanas al poder diga ‘a este hombre se le fue la mano, hay
que detenerlo a toda costa’ y la Presidenta no responda nada y su silencio se entienda
como complicidad en lo que hay que hacer después”.

Steuermann, más desinhibido, había puesto en palabras lo que Perednik no se atrevía:


o Cristina había mandado a matar a Nisman, o no había sabido impedirlo.

También de inmediato, en menos de 72 horas, [Link], un sitio de Internet con


acrisolada reputación de servir de vocero oficioso de los servicios secretos de Israel,
publicó una versión bufa de la muerte de Nisman (“A fake Iranian 'defector'
assassinated Argentine prosecutor Alberto Nisman”). Habría sido asesinado, aseguró,
por un falso desertor de los servicios secretos iraníes que se había puesto en contacto
con él cuatro años antes, en 2010; que había alquilado el departamento de al lado al
suyo en Le Parc, y lo había engatusado prometiéndole pruebas concluyentes del
protagonismo de los ayatolás y especialmente de Rabbani, hasta el punto de conseguir
que Nisman alejase a sus custodios y le abriese la puerta cuando él la golpeó tres
veces, tal como habían convenido. Y que ya adentro del hogar de Nisman, encontró la
pistola que había dejado Lagomarsino y lo mató con ella para luego huir por los tubos
de ventilación que comunican ambos departamentos.
La pitonisa Elisa Carrió le dio crédito a esta versión y, embalada, más tarde agregaría a
otros agentes iraníes que, procedentes de Uruguay, habrían dirigido la operación sin
bajar de un ferry de la empresa Buquebus.

Fin del sketch.

Delitos inexistentes
Julio Maier es un respetado jurista especializado en derecho penal que se jubiló siendo
presidente del Superior Tribunal de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires. Maier dijo

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que en la denuncia de Nisman no había “delito alguno que investigar” ya que lo
denunciado es “un tratado con la República de Irán” y “un tratado puede ser tildado de
bueno, de malo, de conveniente, de inconveniente, pero nunca de delictual. Es
imposible… según la propia Constitución… salvo que el tratado contenga un contenido
muy específico… algo así como tomar las armas contra la Nación, que no es el caso. No
hay posibilidad de que la acción que relata el denunciante, aun suponiendo que sea
existente, no es delito”, describió, se diría que perplejo, el jueves 22 de enero.
Ese mismo día, Aníbal Fernández dijo de la denuncia que “cuanto más la leemos, más
estamos convencidos de que ni siquiera la escribió Nisman”.
El juez federal Daniel Rafecas tenía la mejor de las reputaciones, incluso entre los
dirigentes de la colectividad judía, que lo invitaron al cumplirse los 17 años del
atentado a ser uno de los oradores del acto principal, celebrado frente a la sede de la
mutual. No era para menos, ya que con una trayectoria coherente contra la
discriminación y en defensa de los derechos humanos, se había especializado nada
menos que en los horrores de la Shoá u Holocausto, es decir en el genocidio practicado
por los nazis contra los judíos. Hasta el punto de haberse tomado cinco años para
escribir una completa y laureada Historia de la Solución Final. Una indagación acerca
de las etapas que llevaron al exterminio de los judíos europeos (Siglo XXI, 2012). Era
absolutamente imposible acusarlo de judeófobo.
“Ninguna de las dos hipótesis de delito se sostienen mínimamente", dictaminó Rafecas
para enorme desencanto de aquellos dirigentes, embanderados con las posiciones del
gobierno racista de Israel. El texto se conoció el 26 de febrero y fue contundente: la
denuncia presentada por Nisman y ratificada por Pollicita —había fallado Rafecas—
carecía del menor sustento. Respecto de la nunca conformada Comisión de la Verdad,
porque “el presunto delito nunca se cometió”, y en cuanto al supuesto pedido de baja
de las notificaciones rojas, “porque la evidencia reunida, lejos de sostener
mínimamente la versión del fiscal, la desmiente de un modo rotundo y lapidario,
llevando también a la misma conclusión de la inexistencia de delito".
Las evidencias presentadas, destacó el juez, “se contraponen de modo categórico al
supuesto ‘plan criminal’ denunciado” pues “todas las supuestas gestiones, tratativas y

622
negociaciones que la denuncia le adjudica a distintas personas que no integran
organismos públicos quedan —en el mejor de los casos— circunscriptas a la antesala
del comienzo de ejecución”.
Rafecas destacó que tanto los documentos aportados por el Ministerio de Relaciones
Exteriores como las declaraciones de Robert Noble desmintieron “categóricamente”
que el canciller Timerman hubiera pedido que se levantaran las llamadas “alertas
rojas”. En cuanto a la supuesta participación de la Presidenta, sostuvo que “no hay un
solo elemento de prueba, siquiera indiciario, que apunte a la actual Jefa de Estado
respecto —aunque sea— a una instigación o preparación (no punible) del gravísimo
delito de encubrimiento por el cual fuera no solo denunciada sino también su
declaración indagatoria requerida, delito que, además, y como ya expuse previamente,
no existió, en ninguna de las dos hipótesis planteadas por el Dr. Pollicita en su
requerimiento de instrucción”.
Del mismo modo refutó cualquier implicación de Timerman en alguna maniobra
dolosa: “A lo largo de las miles de líneas de conversaciones escrutadas durante varios
años, no surge una sola mención, una sola referencia, una sola gestión, una sola
participación, ni del Canciller argentino ni de absolutamente nadie de la cartera que
conduce. No hay una sola vez en la que la Cancillería argentina aparezca envuelta en lo
que Nisman denominó la ‘diplomacia paralela de facto’”. Por el contrario, continuó, “si
hay algo que surge del resultado de las escuchas, es que Timerman, y en definitiva, la
‘diplomacia real’, lejos de ser un aliado de estos individuos, eran justamente el rival a
vencer, a derrotar, a torcerle el brazo”.

Varias manos
A todo esto, el jurista Eugenio Zaffaroni releyó nuevamente la denuncia y concluyó que
“no tiene absolutamente ningún fundamento, carece totalmente de fundamento”. Y
como le preguntaron por qué Rafecas no había accedido a las medidas de prueba que
Nisman-Pollicita habían solicitado, explicó que “serían pruebas sobre algo que no es
delito”.

623
“Algo determinó que viniera a hacer esto”, agregó en referencia a Nisman. “Nadie
interrumpe abruptamente un viaje así para presentar un escrito en medio de una feria
judicial. Hay una conducta muy extraña ahí. Y aun si diéramos por probado lo que él
dice, no se llegó a la tentativa, y si se llegó a la tentativa, se desistió. No hay delito.
¿Qué es lo que denunció? ¿Un supuesto encubrimiento para que se levante la orden
de captura internacional de unas personas que están fuera del país? ¿Cuál es el acto de
encubrimiento? ¿El acuerdo? Suponiendo que hubiera existido la intención, la
declaración de Timerman y la de Interpol revelarían que en tal caso hubo un
desistimiento”, insistió.
"Hay que averiguar qué pasó, qué desequilibró a Nisman, qué o quiénes o quién. Estoy
seguro de que Nisman no escribió la denuncia”, dijo. “Él era un hombre de oficio, fue
secretario de juzgado federal, llevaba tiempo como fiscal federal, eso no lo pudo haber
hecho nadie que tuviera un mínimo conocimiento jurídico. Estoy seguro que no lo hizo
Nisman. No podría haber hecho eso. Eso lo hizo alguien que no tenía nociones
jurídicas. Un fiscal normalmente cuando hace una denuncia dice que viene a denunciar
delitos. Desde el principio este escrito de Nisman dice que viene a denunciar un plan
criminal y una confabulación. Un plan criminal no significa un delito, es un acto
preparatorio. Y una confabulación es un término propio del derecho anglosajón, no es
un término nuestro", explicó.
“Ese escrito no está hecho por Nisman. Hay varias manos que se meten en el escrito.
Se nota eso perfectamente. Es muy reiterativo y no hay una sola remisión, cosa que en
un escrito hecho por alguien que tiene oficio no repite. Se nota que es un corte y
pegue hecho con la computadora. Analicé las 288 fojas y le garantizo que eso no lo
hizo Nisman, que era un hombre de oficio. No pudo hacer eso. Ni lo hizo ni lo
redondeó. Eso no lo pudo hacer ningún funcionario que tuviera la experiencia y el
oficio de Nisman”, abundó, por si no hubiera quedado claro.

Una cuestión de imagen


El sospechoso número 1 de ser corredactor de la denuncia es Claudio Rabinovitch,
abogado penalista y periodista en sus ratos libres. Dicen que era amigo de Nisman

624
desde al menos la adolescencia; lo que está meridianamente claro es que es
neoliberal, allegado a los dirigentes de la DAIA, “viuda” de Galeano (al que siguió
defendiendo aun después de que el TOF3 demostrara que había prevaricado y lo
apartara de la causa AMIA, y que sus vínculos con los servicios de Inteligencia son
clamorosos). Como Lagomarsino, Rabinovitch también estaba contratado por Nisman y
nadie sabe exactamente qué es lo que hacía. Hay un paralelismo entre ambos, ya que
si entre el personal estable de la UFI-AMIA había dos especialistas más calificados que
Cerebrito Lagomarsino dedicados a los asuntos informáticos, el hecho de que el fiscal
que está al frente de la mayor UIF del país tenga contratado como asesor externo a un
abogado penalista es tan absurdo como si el jefe del Ejército contratara barrabravas
como guardaespaldas.
De los diez contratos externos hechos por Nisman, Lagomarsimo y Rabinovitch tenían
los más altos. Eran, además, los dos únicos varones. Los otros ocho correspondían
todos a mujeres jóvenes.
La Nación aventuró que Nisman había contratado a Rabinovitch para que lo asesorara
en cuestiones de imagen. Pero Jorge Elbaum reveló que Nisman ya había contratado
para esos menesteres a la consultora Verbo Comunicación, cuya fundadora y directora
es Mariela Ivanier, quien “trabaja desde hace un lustro como lobbysta de Papel Prensa
y los diarios La Nación y Clarín”.
“Ivanier —agregó Verbitsky— es una de las estrellas invitadas en el Facebook de (el
secretario ejecutivo de la DAIA, Jorge) Knoblovits, quien en febrero de este año acusó a
Cristina en una sinagoga de Miami de haber motivado ‘el asesinato de Nisman’. Por
entonces, y casi hasta el cierre de las listas, negoció con Sergio Massa su inclusión en el
Frente Renovador, alternativa frustrada por la ubicación insatisfactoria que le
ofrecieron y el rápido desinfle del FR”.
Como Lagomarsino, Rabinovitch parece haber sido también un agente inorgánico de
Jaime y sus amigos en el plano interno, y acaso también del extranjero. Es o fue el
abogado de Juan Bautista Yofre en la ya mencionada causa por escuchas ilegales en la
que también están involucrados otros periodistas emblemáticos del establishment o
“círculo rojo” como Carlos Pagni, Roberto García y Edgar Mainhard. El Tata Yofre fue

625
secretario de Inteligencia en los primeros tiempos del gobierno de Carlos Menem, se
convirtió —gracias a los archivos de los servicios de Inteligencia del Ejército que supo
procurarse— en un prolífico escritor dedicado a justificar la actuación de la dictadura
exterminadora (1976-1983) y está acusado de ser el jefe de una asociación ilícita, un
virtual servicio de inteligencia paralelo a la disuelta Secretaría de Información.

Un detalle clave es que esa causa —que en su momento fue impulsada por el prófugo
Stiuso— está en manos de la jueza Arroyo Salgado… desde hace ocho años. La jueza
procesó a los acusados hace dos años, ocasión en que sostuvo, en total sintonía con
Jaime, que “el objetivo primordial de Yofre era el de conocer en tiempo real
información acerca del rumbo y las estrategias del Gobierno Nacional en sus
principales áreas” y que el objetivo de “la empresa criminal por él dirigida no era el de
entrometerse solamente en la privacidad de las personas (…) sino que su intención iba
más allá: obtener información, noticias, documentos de orden político, social, militar y
económico que debían permanecer secretos en función de la seguridad, la defensa y
las relaciones exteriores de la Nación”.

La causa está lista para la elevación a juicio oral, dependiendo el avance o postergación
del juicio de la decisión de la jueza Arroyo Salgado (ver “Está frenada la elevación a
juicio oral de la causa de espionaje a funcionarios”, en Tiempo Argentino del 28-07-15).
Es una causa que llegó a manos de Sandra Arroyo por forum shopping, so pretexto que
uno de los inculpados vivía (el general retirado Daniel Manuel Reimundes, alias
Dragón Verde) y donde el abogado del principal acusado es asesor del marido de la
jueza, huele muy mal y permite sospechar que acaso no sea un caso único sino un
modus operandi.

Atlas neoliberal

Rabinovitch es socio vitalicio de Chacarita Juniors y alcanzó una relativa fama


mediática como abogado de uno de los involucrados en el caso del asesinato de la niña
Candela Sol Rodríguez. Es, además, uno de los 455 miembros de la Fundación Atlas

626
para una Sociedad Libre (originalmente, Atlas 1853) que ocupan “posiciones claves” en
la sociedad argentina y conforman, informa aquella, “nuestra Red de Acción para la
Libertad (RAPL)”. Entre esos 455 descuellan o descollaron economistas ultraliberales
del CEMA y de la Fundación Friedrich Naumann y otros personajes habituales en las
pantallas de la TV como los fallecidos Bernardo Neustadt, José Ignacio García
Hamilton, Pepe Eliaschev y Tomás Bulat, y otros que pronto habrán de aparecer en
esta historia, como el periodista Andrés Oppenheimer y el condotiero estadounidense-
boliviano Joseph Michael Humire.
La enumeración de los socios del capítulo argentino de la Fundación Atlas puede ser
tediosa, pero al mismo tiempo es muy ilustrativa, ya que lo integran entre otros
Alfredo de Angeli, Álvaro Vargas Llosa, Antonio Laje, Carlos Alberto Montaner, Carlos
Maslatón, Carlos Pagni, Daniel Artana, Daniel Montamat, Diego Gorgal, Diego Guelar,
Emilio Cárdenas, Enrique Szewach, Esteban Bullrich, Eugenio Burzaco, Federico
Sturzenegger, Guillermo Alchouron, Humberto Toledo, Joaquín Morales Solá, Jorge
Asís, Jorge Ávila, Jorge Castro, Jorge Fontevecchia, Jorge Lanata, José Luis Espert, Juan
Carlos Blumberg, Luis Beldi, Malú Kikuchi, Marcos Aguinis, Mariano Grondona, Néstor
Scibona, Nicolás Márquez, Orlando Ferreres, Pablo Walter, Patricia Bullrich, Pascual
Albanese, Raúl Castells, Roberto García, Rosendo Fraga, Sergio Bergman, Yamil Santoro
y Yoani Sánchez.
Los principios de la fundación, tal como ella misma informa, son “Inspiration, Positive
Attitude, Proactivity, Win to Win, Synergy, Empowerment & Networking”, lo que nos
exime de mayores comentarios. Como explicó el periodista Gustavo Veiga, la
Fundación Atlas es, junto a la FUPAD (Fundación Panamericana para el Desarrollo), la
USAID y la NED, “una de las sucursales de la CIA para la región”, por lo que no es de
extrañar que sus voceros más conspicuos sean los cubano-gusanos Ribas y Montaner.

The ghostwriter
La escasa producción periodística de Rabinovitch en la red está casi exclusivamente
compuesta por entrevistas (entre las que descuella una a Rubén Beraja) y permite
constatar que fue una de las “viudas” del removido juez Galeano y vocero oficioso de

627
una DAIA que auspiciaba al juez prevaricador y el encubrimiento por él encabezado
formalmente hasta el punto… ¡de criticar a Nisman! por haber traicionado a Galeano.
Por lo que su nombramiento como asesor externo de la UIF posiblemente haya sido
producto de la alianza entre Nisman y la DAIA. Lo que no cabe duda es que su mera
presencia junto al fiscal ratifica que el nombramiento de Nisman al frente de la UIF
AMIA, lejos de constituir una ruptura con el execrado encubrimiento piloteado por
Galeano, constituyó su continuidad gatopardista.
Como dice Verbitsky: “La firma del Memorándum de entendimiento con Irán reactivó
la deteriorada relación de Nisman con la dirigencia de la DAIA por un motivo poderoso:
todos sabían que la investigación no podría sostenerse si sus pruebas fueran
confrontadas en un proceso judicial".
La periodista Paz Rodríguez Neil, de La Nación, precisó que de acuerdo con “un
funcionario con acceso a la causa” abierta por la muerte del fiscal, Rabinovitch era
“una suerte de consultor con quien Nisman discutía las presentaciones más sensibles”.
Lo que remite a esa reunión en las penumbras en la cual el fiscal no pudo haber
soslayado que necesitaba contar con escuchas extras que le permitieran salir airoso de
su comparecencia del lunes en el anexo de Diputados y que Stiuso no respondía a sus
angustiosas llamadas. Una reunión de la que salió decido a procurarse un arma de
puño cargada.
Razona Goobar: “Es imposible que Nisman contratara a un experto en informática, le
pagara 41 mil pesos mensuales y le confiara la seguridad de la fiscalía sin que este
fuera recomendado o al menos tuviera la aprobación de Stiuso”.

Toti lo tiró
El periodista al que Nisman le envió un sobre por medio de uno de los policías
federales de su custodia el sábado a la tarde, cuando negros nubarrones se
condensaban sobre su porvenir, era, se dijo, Laureano Pérez Izquierdo, de Infobae.
Increíblemente, Toti Pérez Izquierdo diría que se deshizo rápidamente tanto del sobre
como de su contenido. Es evidente que lo hizo tras la muerte de Nisman. ¿Por qué?

628
Pérez Izquierdo coincide con Espósito y otros colegas acerca de cuáles fueron los
motivos para que Nisman apurara su regreso en medio del calor de enero, pero
inesperadamente dijo saber que la decisión definitiva Nisman la tomó recién el 7 de
enero, es decir el día que se produjo el atentado a la redacción de la revista satírica
Charlie Hebdo, en París. Pérez Izquierdo dijo que no solo habló con Nisman por la
mañana del ajetreado miércoles 14, sino que fue a verlo ese mismo día,
aparentemente a la UIF, ya que dijo que Nisman “estaba con todo su equipo que iba y
venía con carpetas” y que repetía como un mantra “a quien lo escuchara” frases como
“Con esto me juego la vida”, “Van a venir por mí” o “Van a decir cualquier cosa”.
“Me contó parte de la presentación que ya había presentado”, redundó el periodista.
“Reconstruí los diálogos que habíamos tenido más de un año antes. Les encontré
sentido. Sobre su escritorio tenía hojas y más hojas con apuntes. Frases marcadas con
resaltador con los puntos más importantes de la investigación. ‘Necesito el dictamen.
Las escuchas, algo’, le rogué. ‘No puedo. Si hiciera eso estaría incurriendo en un delito.
Hay nombres que por ley no puedo hacer públicos. Comprendeme. Es este, pero no
podés leerlo. Ni tocarlo’. Me mostró una carpeta con muchas páginas. ‘Son más de
300’, me dijo y me enseñó la firma que probaba que ya había sido presentado y
recibido en lo de Servini”, relató.
Nisman tuvo varias conversaciones telefónicas con Pérez Izquierdo durante sus últimos
días. El sábado 17, como se dijo, le envió un sobre con un material sobre el que luego
le pediría opinión. Al relatar “Las últimas horas de Nisman” en Infobae el lunes 18,
Pérez Izquierdo omitió mencionar esta información crucial.
“Entre el miércoles y el viernes fueron constantes los llamados que mantuvimos de ida
y vuelta. Impresiones sobre el avance de la causa. Su cita en el Congreso.
Incertidumbre sobre qué lo esperaría. ¿Será televisada? Temía que un espectáculo
mediático le impidiera dar un marco de seriedad al contenido que pretendía
transmitir. El sábado hablé tres veces con Nisman. La primera vez fue al mediodía. La
segunda, a la tarde. Por último, a las 20:37. Ironizamos sobre intrascendencias y rio
con ganas de un comentario. Nos saludamos. El domingo a las 7:54 le hice un típico

629
reproche profesional por información que apareció en otro medio: el mensaje nunca
fue leído”, escribió.
Cuando la fiscal Viviana Fein se enteró de que Nisman le había enviado un sobre antes
de morir pidió el allanamiento de su domicilio para hacerse con él. La jueza Fabiana
Palmaghini le encomendó tal diligencia a la Policía Metropolitana que, increíblemente,
se equivocó de puerta. Puesto en evidencia, Toti Pérez Izquierdo se presentó ante la
fiscal Fein. A la salida, dijo a los movileros que lo esperaban que el sobre y su
contenido habían dejado de existir. Que los había roto y tirado a la basura. Tal cual.
Como le preguntaron insistentemente acerca de ese contenido, y si estaba relacionado
con la denuncia que había presentado, dijo que estaba relacionado con “varias
denuncias… de la causa, no de este hecho policial” (sic). Canchero, Pérez Izquierdo se
vio obligado a repetir que “no existe más ese sobre”, y agregó: “Como ustedes saben,
muchas veces uno recibe un sobre con información y al día siguiente no está más. Lo
rompí el sobre, chicos. No está más. Lo tiré al instante, chicos, porque era información
que ya podía volcar en una nota”. Y remató: “Soy periodista como ustedes y ustedes
también tienen que saber que tengo que guardar el secreto profesional en algunas
cosas”.
Según trascendidos de la fiscalía, le habría enviado la nueva presentación que
planeaba hacer, dirigida a conseguir que la Presidenta pidiera la intervención del
Consejo de Seguridad de la ONU para detener a los iraníes acusados. Quizá el
consternado fiscal también le haya pedido opinión sobre la viabilidad de la última carta
que tenía guardada en la manga.

Dónde cabe un presidente caben dos


Recapitulemos. Privado de perseguir al ex presidente Rafsanjani, al ex canciller Velayati
y al ex embajador Soleimanpour, Nisman había conseguido que la Argentina pidiera a
Interpol, e Interpol concediera, la emisión de circulares rojas contra el ex ministro de
Inteligencia y candidato a la presidencia de la república Alí Fallahijan; el ex jefe de la
Guardia Revolucionaria (Pasdaran) y secretario del Consejo de Estado Moshen Rezai, y
el ex ministro de Defensa y ex jefe de las tropas de elite (comandos) Al Quds

630
(Jerusalén) Ahmad Vahidi, contra quienes tampoco tenía pruebas. Como no las tenía
contra Ahmad Reza Asghari, quien había sido el tercer secretario de la Embajada de
Irán al cometerse el atentado, y ni siquiera contra el agregado cultural Rabbani, a
quien Galeano primero y Nisman después pretendieron transformar en el jefe
operativo del ataque a partir de una llamada de su celular a la mezquita Al Tauid,
hecha el viernes 15 de julio de 1994 desde las cercanías de Jet Parking, el
estacionamiento concesionado por la Universidad de Buenos Aires donde unos
muchachos santelminos habían dejado, en medio de grandes aspavientos para que no
se los olvidara, la Trafic blanca que, dicen que dicen, antes de que pasaran tres días
habría detonado en la puerta de la AMIA.
Alentado por los halcones de Israel y la CIA, Nisman se dispuso a oficiar él mismo de
kamikaze y a redoblar la apuesta, acusando directamente al presidente en ejercicio de
Irán, Hassan Rouhani, sostiene Francisco Javier Llorens en su notable trabajo “La
verdad del caso Nisman”, subido a Internet el pasado mes de abril. “Nisman tenía
reservada una resonante sorpresa adicional... involucrar nada menos que al actual
presidente de Irán, Hassan Rouhani en el atentado”, sostiene Llorens, y cita dichos de
la entrevista que el periodista Andrés Oppenheimer le hizo a Nisman.
Oppenheimer es un periodista argentino radicado en los Estados Unidos desde 1976,
editor de El Nuevo Herald de Miami y columnista de la CNN, que se hizo mundialmente
famoso por la profecía de su primer libro, La hora final de Castro (Javier Vergara Editor,
1992). Oppenheimer por lo general trasmite las posiciones del Departamento de
Estado y es muy crítico de los gobiernos kirchneristas, por lo que tiene lógica que
Nisman procurase tenerlo como aliado. Escribió Oppenheimer que “en varias
conversaciones telefónicas e intercambios de e-mails en los últimos tres años, Nisman
me dijo que Rouhani fue uno de varios altos funcionarios iraníes que habían
‘participado en la decisión’ de bombardear el centro comunitario judío AMIA en
Buenos Aires”. Aunque le gustara retozar con jovenzuelas, el fiscal no se andaba con
chiquitas y tenía planeado acusar no a un primer mandatario, sino a dos.
La denuncia buscaba aprovechar que hace 21 años, cuando se consumó el ataque a la
mutual, el joven Rouhani era ya un funcionario importante del gobierno iraní: nada

631
menos que el representante del líder supremo (el ayatolá Alí Jamenei, sucesor de
Jomeini) y secretario del Consejo de Seguridad Nacional.
¿Por qué finalmente no lo llevó a cabo? Oppenheimer consignó que Nisman le había
confiado que la fuente que le permitiría acusar a Rouhani era el famoso Testigo C,
Abolhasan Mesbahi, un cantamañanas. Meshabi había desertado del servicio secreto
iraní en 1983, cuando era, según dijo, jefe de la estación del Savama en Francia, y
obtuvo la protección primero de los servicios secretos galos, y luego de la CIA y el BND.
En los 90, Mesbahi ya decía lo que le pedían que dijera sus auspiciantes, y desde que
declaró por videoconferencia en el juicio de la AMIA teniendo a su lado a un Stiuso que
le dictaba lo que tenía que decir, incluidas paparruchas como que el presidente
Menem habría cobrado muchos millones de dólares por no acusar a Irán o que los
explosivos utilizados para volar la AMIA le habían sido comprados a la mafia
colombiana y enviados en un barco brasileño a Río de Janeiro antes de ser remitidos a
Buenos Aires por vía terrestre a través de la Triple Frontera. Gracias a ello, hace más
de una década comenzó a recibir una mensualidad de los fondos reservados de la
Secretaría de Inteligencia, mesada que se habría interrumpido desde que Stiuso y sus
cómplices más notorios fueron raleados del organismo. Por lo que quizá sea el propio
Mesbahi quien termine explicando “la cocina” de sus erráticas y contradictorias
declaraciones, excepto que el BND acepte volver a pagarle a mantenerlo o lo hagan la
CIA o el Mossad.
La entrevista de Oppenheimer a Nisman fue replicada en Washington por la revista
Commentary, que destacó su acusación al presidente Rouhani como presunto
instigador del atentado a la AMIA. Commentary es propiedad de Paul Singer, quien
auspicia a la diputada Laura Alonso. El mismo que, según Jorge Elbaum, invocó Nisman
en el curso de un encuentro que tuvo con él en un bar de la calle Juana Manso 1601,
en Puerto Madero, donde le dijo que Singer estaba dispuesto a aportar “de sus propios
recursos” para ayudar a la DAIA a destrozar el memorándum.
Al ser citado a prestar declaración testimonial por el juez Marcelo Martínez De Giorgi
—que subrogó a Canicoba Corral—, Elbaum agregó que Nisman le presentó como
amigo suyo a Mark Dubowitz, director ejecutivo de la Fundación por la Defensa de las

632
Democracias (FDD), quien según la investigación judicial tendría acreditado, recibió
más de tres millones y medio de Singer.

El verdadero propósito
Aun si fuera cierto que Nisman hubiera desistido de acusar al presidente Rouhani,
cualquier observador con un mínimo sentido de las proporciones puede darse cuenta
de que la pretensión de involucrar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en
la captura manu militari de los funcionarios iraníes era una enormidad que no podía
prosperar. No solo porque de hacerlo desembocaría en una conflagración planetaria,
sino porque de llegar a tratarse el tema en el Consejo, Rusia y China harían uso de su
poder de veto.
Al parecer, el propósito último de Nisman era que CFK, puesta contra las cuerdas y
doblegada, le pidiera al Consejo de Seguridad de la ONU la captura compulsiva de los
iraníes acusados, torpedeando así los inminentes acuerdos entre Irán y Estados Unidos
en materia nuclear.
Joseph Michael Humire, un norteamericano hijo de bolivianos, admite haber tenido
frecuente y estrecho contacto con Nisman. Humire fue directivo de la coordinadora
internacional de think tanks neoliberales Fundación Atlas, para la cual se especializó en
defensa y seguridad, y ahora es director ejecutivo del Center for a Secure Free Society.
El periodista argentino radicado en La Paz Andrés Sal-Lari denunció en el diario del
Estado Plurinacional Boliviano Cambio que Humire estuvo en Santa Cruz de la Sierra
durante el alzamiento separatista de 2006. Sal-Lari, que es corresponsal en Bolivia de
la cadena iraní de televisión Hispan TV, califica a Humire de “agente de la CIA”. En
2014 Humire publicó el libro Iran’s Strategic Penetration of Latin America (La
penetración estratégica de Irán en Latinoamérica), texto que Nisman tenía como
referente.
“Yo no creo que Nisman realmente haya querido atacar a la presidenta, no era su
propósito”, añadió. “Creo que de alguna manera estaba usando a Cristina Kirchner
como un vínculo para poder abrir el caso de AMIA a un nivel internacional, a cortes
globales, a las Naciones Unidas” (“La decisión de Rafecas sorprendió en Washington”,

633
por Paula Lugones, en Clarín del 27-02.15).

Una hipótesis
La referencia de Pérez Izquierdo acerca de que Nisman ratificó la decisión de regresar a
Buenos Aires el mismo día que se produjo el cruento ataque a la redacción de Charlie
Hebdo no debe pasarse por alto. Habidos los múltiples contactos que mantuvo con
Nisman los días previos a su muerte, hacen que la fuente de tamaña certeza no puede
haber sido otra que el propio fiscal. No es este el lugar para referirnos extensamente a
los hechos ocurridos en París, pero no es posible dejar de apuntar que los servicios de
Inteligencia de Francia están también muy permeados por los de Estados Unidos e
Israel. Y que según dijo el octogenario líder del fascismo francés Jean-Marie Le Pen al
diario ruso Komsomólskaya Pravda, el ataque contra el semanario satírico “tiene el
inconfundible olor a nuestros servicios de inteligencia". Le Pen aclaró que no creía que
las autoridades francesas hubieran ordenado la matanza, pero sí que los servicios
secretos franceses dejaron que se produjera, lo que podría explicar la parsimonia con
que actuaron los asesinos, dejando estacionado el vehículo en que se desplazaban en
mitad de la calle y con las puertas abiertas, como si se hubiera establecido un “área
libre”.
Según el diario electrónico International Business Times (IBT), que comparte dueños y
redacción con el semanario Newsweek en el corazón de Manhattan, el ataque pudo
haber sido instigado por el Mossad, para tratar de “alertar” a Europa del peligro del
“islamismo radical” que desvela a Netanyahu.
De la misma opinión es Melih Gölçek, alcalde de Ankara, la capital de Turquía. Gölçek
le dijo a la agencia semiestatal Anadolu que el ataque a la redacción de la revista
satírica se produjo en respuesta a que la Cámara de Diputados resolvió que Francia
debe reconocer reconozca al estado palestino, y abogó porque el Consejo de
Seguridad de la ONU se pronuncie en el mismo sentido.
Gölçek dijo que aunque las agencias internacionales no lo informaron, después del
ataque a Charlie Hebdo hubo en Francia medio centenar de ataques contra mezquitas
y centros islámicos. “El Mossad insufla islamofobia causando este tipo de incidentes”,

634
opinó.

“Nos toman por estúpidos”


El ex subsecretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul Craig Roberts, sostiene en
cambio que ese ataque fue una operación de bandera falsa, un trabajo interno de la
CIA con el objetivo de “apuntalar el vasallaje de Francia ante Washington, volver a
ponerla debajo del pulgar de Washington”.
“Los sospechosos pueden ser tanto culpables como chivos expiatorios. Basta recordar
todos los complots terroristas creados por el FBI que sirvieron para hacer real la
amenaza terrorista para los estadounidenses”, escribió Roberts en su sitio web. “La
Policía encontró el carnet de identidad de Said Kouachi en la escena del tiroteo (N. del
A.: en realidad, dijo haberlo encontrado dentro del Citroën C3 negro en el que los
asesinos emprendieron la huída). ¿Les suena familiar? Recuerden que las autoridades
afirmaron haber encontrado el pasaporte intacto de uno de los presuntos
secuestradores del 11-S entre las ruinas de las Torres Gemelas. Una vez que las
autoridades descubren que los estúpidos pueblos occidentales creen cualquier
mentira, por transparente que sea, recurren a ellas una y otra vez”, dijo Roberts, que
recordó que la economía francesa sufrió un enorme impacto por las sanciones
impuestas por Washington a Rusia, que entre otras cosas impidieron a los astilleros
galos entregarle a los rusos dos fragatas misilísticas de la clase Mistral, una de las
cuales ya estaba terminada.
En realidad, entre los dichos de IBT y los de Roberts no hay contradicciones insalvables,
ya que la CIA y el Mossad han hecho operaciones juntos. Por ejemplo, admitieron
haber trabajado en conjunto para asesinar al libanés Imad Mugniyé en Damasco.
Mugniyé estuvo en la lista original de Nisman, hasta que en febrero de 2008 una
bomba colocada en el apoyacabezas de su auto explotó cuando puso en marcha el
motor. Poco después, fue asesinado un hijo suyo.
Más concluyentes son, con todo, las deducciones de la estadounidense Soraya
Sepahpour-Ulric, escritora e investigadora especializada en la política exterior de su
país, quien le dijo a la cadena iraní Press TV que no tenía la menor duda de que la CIA

635
estuvo detrás del ataque porque para llegar a esa conclusión no había más que atar
cabos. Recordó que los diarios informaban que el Koachi había estado vinculado al
“terrorista de la ropa interior” Umar Farouk Abdulmutallab, detenido por querer hacer
estallar un avión en la Navidad de 2009, y que Abdulmutallab fue juzgado y condenado
por intentar detonar explosivos plásticos escondidos en su ropa interior durante el
vuelo 253 de Northwest Airlines, que cubría la ruta Amsterdam-Detroit, así como que
ya en 2012 los medios informaron que se había podido acreditar que trabajaba tanto
para la CIA como para la inteligencia saudí, y que estos servicios lo habían provisto de
un nuevo tipo de bomba no metálica para probar la seguridad del aeropuerto.
Por lo demás, hay que recordar que por la noche del mismo 7 de enero, después de
reunirse con acongojados familiares de las víctimas, el comisario a cargo de la
investigación, Helric Fredou, murió en su despacho de un tiro en la sien, salido de su
arma reglamentaria, en lo que oficial e inmediatamente fue declarado suicidio. Poco
antes, dijeron sus subordinados, había estado tratando de hacer unas llamadas
importantes. Por cierto, su teléfono celular desapareció.
También es pertinente recordar que los supuestos asesinos de 12 miembros de la
redacción del semanario y un policía fueron acorralados dos días después en un
supermercado judío al que entraron en horario de atención al público sin tomar
rehenes. En un video puede verse que, contra lo que ordenan todos los manuales para
estos casos, policías fuertemente armados se apelotonaron en la puerta del comercio
(si alguien hubiera disparado una ráfaga desde adentro le hubiera dado a varios), hasta
que uno de los asaltantes salió corriendo hacia ellos, al parecer maniatado y con su
carabina cruzada a la espalda, siendo ametrallado a quemarropa. Y que en el mismo
momento que cae, sin hesitar, otro policía le da un tiro de gracia en la cabeza con su
pistola.
Como dice la canción: mejor no hablar de ciertas cosas.

El Mossad espía, AIPAC conspira


Los servicios de Inteligencia de los Estados Unidos descubrieron que Israel espiaba las
reuniones del Grupo de los 5 + 1 con Irán con el objetivo de sabotear la posibilidad de

636
un acuerdo nuclear. Este descubrimiento, que Obama le planteó a Netanyahu en
noviembre de 2014, precipitó un notable enfriamiento en la relación entre ambos
países.
El asunto fue objeto de una larga nota del Wall Street Journal que La Nación reprodujo
el 25 de marzo de 2015 (“Israel espió las negociaciones nucleares entre [Link]. e Irán”).
“El espionaje en sí no irrita tanto a la Casa Blanca tanto como el hecho de que Israel
haya intercambiado información privilegiada con legisladores estadounidenses y otros
para socavar el apoyo” al acuerdo en ciernes, puntualizó el periódico. “Una cosa es que
[Link]. e Israel se espíen mutuamente. Otra muy distinta es que Israel robe secretos de
[Link]. y los comparta con legisladores estadounidenses para socavar la diplomacia
estadounidense”, puso en boca de “un alto funcionario” de gobierno.
El diario de negocios puntualizó que Estados Unidos “gasta más recursos de
contrainteligencia defendiéndose de las operaciones de espionaje israelíes que de
cualquier otro aliado”, informó de la frontal oposición israelí a la propuesta hecha a
Irán a fines de 2014, propuesta que Irán rechazó, así como de que voceros de la Casa
Blanca estimaban que Israel planteaba demandas que era imposible que Irán aceptara
en consonancia con la posición muchas veces repetida por Netanyahu de que “la falta
de un acuerdo es mejor que un mal acuerdo".
Al llegar enero, puntualizó Wall Street, Netanyahu le advirtió a Obama que se opondría
al acuerdo con Irán, sin dar detalles de cómo lo haría. Y que el 21 de enero —tres días
después de la muerte de Nisman—, el presidente republicano de la Cámara de
Representantes, John Boehner, anunció que Netanyahu se dirigiría a una sesión
plenaria del Congreso sin contar con la invitación del presidente Obama. Mientras, el
embajador israelí Ron Dermer, sus colaboradores y las huestes de AIPAC recorrían los
despachos del Capitolio buscando formar “una coalición bipartidista lo
suficientemente amplia como para bloquear o modificar cualquier pacto”.
“Si usted se pregunta si algo grave ha pasado aquí, la respuesta es sí”, dijo un alto
funcionario estadounidense. “Estas cosas dejan cicatrices”.

En dos Congresos

637
Al inaugurar las sesiones del Congreso el 1º de marzo, la Presidenta no rehuyó el tema.
Por el contrario, habló con mucha vehemencia luego de que legisladores opositores
levantaran carteles con la sigla AMIA en sus escaños. Y relacionó la denuncia de
Nisman con la inminente presentación de Netanyahu en el Capitolio. Destacó CFK que
la UIF-AMIA era “la fiscalía que con más recursos contaba de todo el Poder Judicial y la
única que tenía una sola causa” y que tras la muerte de Nisman sus secretarios habían
aportado “dos escritos firmados en la misma fecha por la misma persona que dicen
exactamente lo contrario a lo que planteó en la denuncia”, lo que era “un escándalo,
un bochorno, no para el Gobierno, (sino) para todos los argentinos, oficialistas,
opositores, contreras o demás… ¿Con cuál Nisman me quedo? ¿Con el que nos acusa
de encubrimiento o con el cual se dirigía mí, porque se dirigía a la titular del Poder
Ejecutivo, reconociéndome todo lo que habíamos hecho, todo lo que habíamos dicho,
para que yo me presentara ante el Consejo de Seguridad?”.
“¿Qué fue lo que pasó entre que el fiscal Nisman se fue de vacaciones y volvió, que en
lugar de presentar lo que tenía para presentarme (sic) en el Consejo de Seguridad,
presentó la denuncia? Es más claro y más evidente que nunca que AMIA sigue siendo
un tablero de política nacional e internacional. Porque en estos momentos, por si
nadie se dio por notificado, Estados Unidos está negociando con la República Islámica
de Irán un acuerdo nuclear, con fuerte oposición de un sector del Partido Republicano,
con fuerte oposición del Estado de Israel, que se opone enfáticamente e, inclusive,
motivó un entredicho entre el presidente Barack Obama y el presidente Netanyahu
por la visita del presidente de Israel al Parlamento.”
“¿Nadie une las cosas, nadie puede pensar un poquito más allá de lo que le dice Clarín
o de lo que le conviene para la próxima elección?”, siguió diciendo la Presidenta. “Hay
que pensar un poco más en el país, no podemos seguir manoseando a 85 víctimas, a
sus familiares que ya no saben adónde ir, a quién pedir… Les pido que no utilicen más
la causa AMIA y pidan justicia en serio, pidan que el Poder Judicial actúe en serio
porque lo que ha pasado es realmente bochornoso”.
Dos días después, en un hecho que no registra antecedentes en la historia, Netanyahu
dio un discurso (con el que finalizó, ya en época de veda electoral, su victoriosa

638
campaña por la reelección) no frente a la Knesset, el parlamento unicameral de su
país, sino frente a la Asamblea Legislativa de los Estados Unidos. Como era previsible,
dijo que el acuerdo en ciernes con Irán era “muy malo, pésimo”, que en caso de
necesidad Israel sabría defenderse por sí mismo, es decir que atacaría por su cuenta a
Irán, país del que habló pestes.
Dijo que no había diferencia entre el Estado Islámico e Irán porque, aunque fueran
enemigos, ambos perseguían “un estado militante”, y aseguró que Irán perseguía a los
cristianos y ejecutaba periodistas, que era un “estado asesino” y que “atacó a
(Norte)América y sus aliados utilizando su red global de terror”, y dio como ejemplos
de esa acción deletérea que “asesinó a muchos soldados estadounidenses en Beirut”,
en referencia al atentado al cuartel de los marines llevado a cabo en 1983 por el
Hezbolá libanés, y así como que había demolido la Embajada de Israel y la AMIA. “Fue
Irán quien voló la Embajada de Israel así como el centro comunitario AMIA de la
Argentina”, proclamó.
Sin ambos atentados, Bibí carecía de ejemplos de peso para dar.

La conspiración de Massa
Entre los políticos con los que solía dialogar Nisman no solo estaban los legisladores
Bullrich, Alonso y Ritondo. Alberto Fernández —ex jefe de Gabinete del presidente
Kirchner y entonces asesor de Sergio Massa— admitiría después de su muerte que
sabía por boca del propio fiscal que “tenía una denuncia preparada que iba a ser ‘una
bomba’”.
“Lo vi en diciembre haciendo compras en el supermercado (de Puerto Madero) porque
es vecino, y en ese momento me dijo que tenía una denuncia preparada que iba a ser
‘una bomba’, que estaba viajando y que a la vuelta iba a comunicarse conmigo para
ponerme al tanto de lo que estaba haciendo”, recordó.

Puede que lo dicho por Alberto Fernández sea cierto, pero aun así enmascara una
realidad que parece evidente: Sergio Massa y “la mesa chica” del Frente Renovador
que él integraba estaban al tanto de lo que tramaba Nisman. Y el fracaso de su jugada

639
contra la Presidenta y su canciller influyó en el rápido centrifugado de la agrupación,
nacida con las bendiciones de Washington.

La clave está en Juan José Álvarez, ex analista de la SIDE durante la dictadura, ex


secretario de Seguridad bonaerense cuando era gobernador Carlos Ruckauf, ex
ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación durante las
presidencias interinas de Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, y ex secretario de
Seguridad porteño por recomendación del presidente Kirchner cuando el gobierno de
Aníbal Ibarra tambaleaba tras la tragedia de Cromañón. Experto en camuflajes, astuto,
Juanjo Álvarez fue también, hasta hace poco, el principal operador de la campaña de
Sergio Massa como aspirante a la Presidencia de la Nación, luego de haberlo sido en
2007 de Francisco De Narváez.

Mientras fue jefe de campaña de Massa, Álvarez tuvo como ladero a Christian Raff, ex
colaborador del convicto ex presidente del Concejo Deliberante de la Ciudad de
Buenos Aires, José Manuel Pico (condenado en 2002 a 14 años de prisión por
“asociación ilícita y estafas reiteradas”), ex presidente del PRO de Vicente López y
efímero ex delegado de la Anses en este mismo partido gracias a su relación con
Massa, de quien había sido asesor. Mientras Juanjo Álvarez fue la mano derecha y
coach de Massa, Raff se comportó, de hecho, como secretario privado del candidato.

El ex agente inorgánico de la disuelta SI Ramón Allan Bogado denunció primero ante


un escribano y luego ante la Justicia federal que fue Raff quien dio origen al entuerto al
presentarle a Jorge Yussuf Khalil, quien le dijo que quería conversar con gente del
Gobierno y forjar vínculos para explicarles que Irán no había tenido nada que ver con
el atentado a la AMIA y que las acusaciones contra sus funcionarios perjudicaban a
ambas naciones.

Bogado dijo que cuando le contó a Stiuso de su relación con Khalil, y que este
conversaba habitualmente con Rabbani, Jaime le dijo que le interesaba saber todo
acerca de él, sus formas de contacto y con quién se juntaba, y le pidió que
profundizara el vínculo, que se ganara la confianza de Khalil. “Todo esto le fue

640
informado al señor Stiuso en tiempo y forma. Él conocía, autorizaba y financiaba estos
encuentros que muchas veces requerían viáticos”, afirmó Bogado, que acusó a Raff de
planificar y ejecutar en conjunto con Juanjo Álvarez y el ex secretario de Inteligencia
Miguel Ángel Toma un “plan criminal en base a una denuncia falsa sobre un presunto
encubrimiento” por parte de la Presidenta y su canciller”.

Luego de presentar su impactante denuncia, Nisman habría corrido a reunirse con


Álvarez en un departamento que este tenía en la calle Juncal casi 9 de Julio.

Toma, huelga recordar, es el más conspicuo y obvio agente de la CIA de la orilla


occidental del Río de la Plata.

Identificados

Los dichos de Bogado encuentran asidero en la insólita pretensión de Massa y su


Frente Renovador de ser querellantes en la causa abierta por la muerte de Nisman. En
efecto, el martes 20 de enero, inesperadamente, Massa anunció que los miembros del
bloque de diputados del FR habían decidido presentarse “como querellantes en las
causas (es decir, tanto en aquella como en la abierta a raíz de la denuncia presentada
por el muerto contra la Presidenta y el Canciller) para garantizar su ordenamiento y
funcionamiento, pero también para que la sociedad se sienta representada”. Acababa
de salir de una reunión con la plana mayor de la Asociación de Magistrados,
encabezada por su presidente, Ricardo Recondo, a la que llevó como regalo la medida
“precautelar” que habían conseguido el día anterior los diputados nacionales Graciela
Camaño y Adrián Pérez: la suspensión del nombramiento de 16 fiscales por la
procuradora general, Alejandra Gils Carbó.

Massa estaba en compañía de Pérez y de otros tres diputados nacionales —Darío


Giustozzi, Oscar Martínez y Marcelo D’Alessandro— y de dos legisladores bonaerenses.
La mayoría lo acompañó seguidamente a un acto en el que la DAIA-AMIA pidió el
esclarecimiento de la muerte del fiscal.

641
La que se encargó de explicar la movida de Massa fue Graciela Camaño: “Nuestra
intención es presentarnos como particulares damnificados en la causa, porque fuimos
perjudicados desde el momento en que, por la muerte del fiscal, no pudimos conocer
los fundamentos de la denuncia de Nisman”, escribió el periodista Marcelo Veneranda,
que le explicó a los lectores de La Nación que Massa y los suyos estaban convencidos
de que había “escuchas que involucran directamente a Cristina Kirchner… en las que
está la Señora”, así como que existiría “un ‘escrito oculto’ de Nisman, que estaría en
poder de sus colaboradores”, y que era “inminente” la detención de un colaborador
del fiscal.

"Sergio Massa, das asco. Hay que ser una porquería de persona para querer hacer
politiquería con una tragedia. Sos muy bruto y mala leche. Deberías saber que solo los
particulares damnificados pueden ser parte querellante o bien asociaciones como CELS
por delitos de lesa humanidad. No tenés miramientos ni respeto por las 85 víctimas y
más de 200 heridos”, tuiteó en respuesta a la audaz jugada el jefe de Gabinete, Aníbal
Fernández. Todavía, acaso por inercia, al día siguiente un comunicado del FR reafirmó
la jugada justificándola en que “tenemos que ponernos al frente de la búsqueda de la
verdad y conseguir que la sociedad vuelva a creer en sus instituciones”.

Fue Clarín quien destacó que la fallida intentona del ex intendente de Tigre había
tenido “una serie de acciones previas”. El lunes, Massa había llamado a los periodistas
amigos para que tomaran nota de su pedido de “ir hasta el hueso” y convocado a una
conferencia de prensa en la que pidió nada menos que se llamara a sesiones
extraordinarias del Congreso para que este borrara con el codo lo que había escrito
con la mano, es decir que derogara el memorando de entendimiento con Irán. Massa
lo dijo detrás de un atril con el escudo argentino y flaqueado por una bandera nacional
—como si fuera un mandatario en ejercicio— y había cometido un lapsus que —viendo
las caras azoradas de los periodistas— remedió sobre la marcha: “Esta muerte debe
ser investigada con la profundidad con que se investigó el atentado a la AMIA… pero
esta vez debemos llegar a la verdad”.

642
Finalmente, el jueves, el FR tiró la toalla. Adujo un supuesto “error de comunicación” y
afirmó que solo pretendía ser parte de la investigación de la denuncia presentada por
el fallecido fiscal contra la Presidenta y su canciller.

Centrifugado

A partir de ese momento (que coincide con “el carpetazo” que habría recibido
Nisman), el FR entró en un proceso de centrifugación que comenzó con la reticencia a
seguir solventando sus gastos de sus hasta allí mayores auspiciantes (los hermanos
Carlos y Alejandro Bulgheroni, el banquero Jorge Brito y Paolo Rocca, presidente de
Techint) y pronto se transformó en estampida, en la que encabezaron el pelotón los
intendentes Darío Giustozzi y Jesús Cariglino.

Reflexionó el periodista Diego Genoud, autor de Massa, la biografía no autorizada, que


Jorge Brito, que tiene una vieja relación con Massa, “evidentemente no está bancando
la campaña… mandó a su hijo a la cena de Mauricio Macri, lo que puede ser un
indicio... También Carlos Bulgheroni mandó a su hijo a la cena. Es como que los
empresarios que aparecían ligados a Massa mandaron a su futuro a apostar por Macri.
Me parece que no están decididos a apostar por Massa como quizá lo hubieran hecho
en otro momento. Evidentemente perdió predicamento en el establishment, entre los
empresarios” (entrevista del sitio [Link]).

“El jefe de campaña, que era Juanjo Álvarez, se fue a su casa y abandonó el
departamento que usaba hacía dos años como base de operaciones en el centro
porteño. Alberto Fernández dice que sigue en el Frente Renovador, pero Francisco De
Narváez ya lo da por ido. El rol del ex jefe de Gabinete de Néstor y Cristina Kirchner era
—según el empresario Daniel Vila— el de ‘embajador’ de los renovadores ante el
Grupo Clarín. La mesa chica del massismo quedó limitada a Sergio Massa, Malena
Galmarini, Graciela Camaño y tres intendentes incondicionales: Gabriel Katopodis, de
San Martín; Joaquín De la Torre, de San Miguel, y José Eseverri, de Olavarría. De
Narváez, que fue el último en sumarse, ahora es una de las figuras que más peso e

643
influencia tienen en el espacio que ¿conduce? Massa. El ex dueño de Casa Tía aporta
dos elementos vitales para el Frente Renovador en el final de una campaña que
terminó siendo mucho más larga de lo que hubieran deseado: votos y fondos”, escribió
Genoud en el sitio [Link] (“¿Por qué se derrumba el armado de Massa?”).
“A Massa le pasó en el arranque del año electoral todo lo malo que le podía pasar... lo
cierto es que quedó a la derecha de Macri. Se corrió de la ancha avenida y fue a pelear
con Macri en su vereda… Una facción del poder económico nada desdeñable empezó a
ver un riesgo en su crecimiento: tuvieron temor de estar alimentando un Frankenstein.
En el Frente Renovador le ponen nombre propio a dos de esos grupos: Clarín y Techint,
que se inclinaron por Macri y que pueden preferir incluso a Scioli”, remató.
Un fugitivo del FR que, como la mayoría, busca un lugar bajo el paraguas del sciolismo
sostiene que Massa, en sociedad con Stiuso y Nisman, había convencido a Brito y a los
Bulgheroni de que tenía la llave para acabar con la carrera política de CFK. Y de que
cuando ella ya no estuviera, los votos peronistas, entre Macri y él, lo preferirían a él.
“Un espejismo que se rompió cuando a Nisman se le acabó la pista y se mató”,
concluyó Genoud.
Es casi imposible de creer que los Bulgheroni —que siempre tuvieron fluidos lazos con
la dictadura, la CIA y muchos servicios inteligencia extranjeros— creyeran algo
semejante. A menos que en la conjura estuviera implicada la CIA.

Protagonistas
Como una de las escuchas al teléfono pinchado de Khalil puso en evidencia, conozco
personalmente a Luis D’Elía. Sin embargo, y en contra de las apariencias (D’Elía le
preguntó qué pensaba de mí), no conozco a Khalil. No intenté entrevistar a ninguno de
los dos para hacer este libro por considerar, en el caso de D’Elía, que su posición
respecto del tema que nos ocupa es pública, notoria y carente de misterios, y en lo que
hace a Khalil que cualquier fiel chií de la mezquita Al Tauid vinculado a una Embajada
de Irán reducida a su más mínima expresión, más si es comerciante, está vinculado
tanto al Gobierno de la Ciudad como a funcionarios del nacional y tiene espíritu de
lobbysta, intente influir o asociarse a lo que cualquiera sin anteojeras podía ver desde

644
hace años (a excepción de quien creyera a pie juntillas en la historia narrada por
Nisman que hoy tratan de sostener agónicamente personajes como el rabino Bergman
o Santiago Kovadloff): que más temprano que tarde las relaciones entre la Argentina e
Irán habrían de normalizarse.
En cambio, sentí mucha curiosidad por los roles que habían desempeñado Fernando
Esteche y Héctor Yrimia. El líder de Quebracho rehusó amablemente un encuentro e
incluso responder un cuestionario por correo electrónico, trasmitiéndome por un
colaborador que ya bastantes problemas le había traído la popularidad indeseada que
produjo la resonante denuncia de Nisman, perdiéndose así la oportunidad de aclarar,
entre otras cosas, la naturaleza de sus relaciones con la disuelta Secretaría de
Inteligencia.
Yrimia, por el contrario, accedió a nuestro pedido de entrevista, y sonó sincero cuando
negó que fuera cierto que Esteche le hubiera presentado a Bogado —del que dijo que
era su cliente a partir de un accidente que había sufrido un hijo suyo— ni a altos cargos
de la SI con el argumento irrefutable de que, habiendo sido fiscal y juez en el fuero
federal, tenía sus propios contactos en “La Casa”.
Graduado en la Universidad del Salvador y con un doctorado en la Universidad Austral,
Yrimia hizo cursos dictados por el FBI, la DEA, el Secret Service, la Policía de Miami y el
Grupo Táctico SWAT. Según escribió Horacio Verbitsky hace seis años, estuvo
“vinculado políticamente con Enrique Nosiglia y el ex jefe de la SIDE, Carlos Becerra”.
Sin embargo, al ser entrevistado para este libro se presentó como un peronista con
buenas relaciones con el Departamento de Estado de los Estados Unidos y con la
Iglesia, hasta el punto de que dijo, ufano, no solo Nisman lo consideraba un “agente
del Vaticano”. Yrimia dijo que Bogado era cliente suyo y que “a Esteche lo conocí a
través de su abogado, Claudio Fabián Adarvez, quien vino a verme a ver si lo podía
sacar de la cárcel. Entonces no pude hacer nada. Lo conocí recién cuando salió.
Esteche es un hombre que vive como piensa; en una casita muy humilde, sin ningún
lujo. Y a pesar de que pensamos diferente, le tengo mucho respeto”, dijo.
A continuación, algunos textuales de una larga entrevista:

645
“Sé que Nisman me tenía inquina, a pesar de que nos habremos visto personalmente
apenas unas cinco veces, porque así me lo dijeron. Supongo que debía ser porque
sospechaba que conocía sus matufias con Javier Fernández en algunos juzgados… En
los tribunales, él estaba más solo que loco malo. Era un paria por la deslealtad que
tuvo con Mullen y Barbaccia. Fijate que ningún juez salió a hablar bien de él. Y que los
fiscales que se solidarizaron lo hicieron en defensa propia.
Stiuso se jactaba de poder apretar o entornar a muchos jueces, y a la mayoría de los
jueces federales, con la notoria excepción de (María Romilda) Servini de Cubría, que
nunca aceptó cobrar los sobresueldos que repartía. Conmigo iba muerto porque por
suerte no tengo ninguna de las características que hacen que una persona pueda ser
extorsionada.
Con Germán Moldes fuimos los primeros representantes del Poder Judicial que
llegamos a la AMIA. Apenas llegó, Moldes levantó del suelo un pedazo de metal y dijo:
‘Fue un coche-bomba’. Yo quedé muy sorprendido y le hice un comentario, tipo
‘¿Qué? ¿Sos Superman que adivinás a partir de un simple fierro?’. Estaba con nosotros
Gustavo Abu Arab, de Radio del Plata, que guardó en su mochila ese trozo de metal y
creo que lo conservó durante mucho tiempo.
Durante los tres o cuatro meses que participé de la investigación del atentado, en las
reuniones que se hacían en el DPOC y en otros sitios nunca se habló de terroristas
extranjeros, siempre nuestras hipótesis fueron domésticas.
A Galeano y a Mullen y Barbaccia le prometieron el oro y el moro, de todo. Y los
convencieron de que tenía que haber, sí o sí, un culpable. Yo no me prendí en esa. Si
agarraba a un verdadero culpable lo partía, pero si no estoy seguro, no hago nada. La
libertad es sagrada.”
Continúa Yrimia: “Cristina no amaneció un día con la idea del memorándum, de buscar
un acercamiento con Irán. Fue una propuesta largamente meditada y consensuada con
el papa Francisco. Y en sintonía con (el presidente Barack) Obama.
Francisco está de acuerdo con el acercamiento con la República Islámica de Irán. Está
muy interesado en defender a los cristianos de Siria del Estado Islámico y también le
interesa mucho la situación de los 30 millones de católicos que hay en China.

646
A Khalil lo conocí en el Hipódromo de Palermo casi un año después de lo que dicen. Le
contaron de mis buenas relaciones con la Iglesia y el Vaticano y me propuso trabajar
un acercamiento entre los iraníes y el Papa. Estuve en eso hasta que desde Roma me
pidieron que la cortara, que el tema se seguiría tratando allá, en el Vaticano,
directamente con el embajador iraní.
Los actos políticos no son judiciables. Las alertas rojas siguen estando y el único que
puede levantarlas es el juez de la causa, es decir Canicoba Corral, y según él dijo nunca
nadie le pidió que lo hiciera. La hipótesis de que Argentina se acerca a Irán porque
necesita su petróleo se probó completamente falsa. En fin, la hipótesis de Nisman es
un disparate. El misterio es por qué la presentó en plena feria de enero, quién lo
impulsó a hacer algo tan temerario. Dicen que Stiuso no estaba de acuerdo y parece
evidente que la jugada estaba en preparación para después, o bien para el último
tramo de la campaña electoral o incluso para cuando Cristina ya no fuera presidenta.
Yo creo en esta última opción, creo que el plan era meterla presa tan pronto dejara de
ser presidenta. Porque creían que después iba a asumir como diputada bonaerense o
para el Parlasur y volvería a tener fueros.
Me dijeron de buena fuente que Jaime le había prometido a Nisman una escucha de
Cristina, no sé con quién, en la que hablaba de las relaciones con Irán. También me
dijeron, y yo lo creo que hace tiempo, quizá desde lo de (Edward) Snowden, que
Cristina no habla por teléfono con nadie excepto con sus hijos, y solo de temas
familiares y cotidianos.
Stiuso pidió visa para ingresar a los Estados Unidos y se la negaron, así que si está en
Miami, como dicen, estará ilegalmente, posiblemente con pasaporte italiano con
nombre falso.
“Canicoba Corral tiene ahora a su cargo la causa abierta contra la madre y la hermana
de Nisman y Diego Lagomarsino por lavado de dinero. Y esa es una causa que avanza
rápidamente. Fijate qué paradoja: si Nisman estuviera vivo, tendría que meterlo
preso”, concluyó El Vasco Yrimia.
A diferencia de él, parece obvio que, tal como habrían admitido colaboradores de
Nisman ante la fiscal Fein, “la bomba” que preparaban en conjunto Nisman y Stiuso

647
estaba pensada para explotar en octubre, poco antes de las elecciones, cuando la
Presidenta y el Gobierno no tuvieran tiempo de desactivarla. Al respecto, cabe
recordar que Santiago Blanco Bermúdez, convertido en el vocero oficioso de Stiuso,
dijo que este estaba en total desacuerdo con la fecha escogida para la presentación.
Esta fecha, en medio de la feria judicial, era funcional tanto para hacerle el campo
orégano a la irrupción de Netanyahu en el Capitolio como para evitar que la
Procuradora pudiera despedirlo al reanudarse la actividad de los juzgados.

Desesperada
Luego de recordar que en la caja fuerte de la UIF se encontró un documento que
proponía la intervención del Consejo de Seguridad de la ONU que, al igual que el
presentado en el juzgado de Lijo, estaba firmado parte en diciembre de 2014 y parte
en enero de 2015, Llorens concluye que, tal como sugería Humire, el verdadero
propósito de la denuncia contra la Presidenta y su canciller era materializar “la
antítesis del Memorándum de Entendimiento firmado con Irán, en búsqueda de una
síntesis dialéctica, que era justamente el pedido de Nisman de llevar la cuestión a la
ONU”, propósito que “abortó en el camino apenas iniciado este, y en consecuencia,
diciéndolo crudamente, llevó a Nisman al cementerio.”
Una movida semejante, va de suyo, no podía tener éxito ya que, como se ha dicho, no
solo con toda seguridad Rusia y China vetarían la iniciativa, sino que también lo harían
Estados Unidos, Francia y el Reino Unido, países que integran el grupo 5 + 1 que
llevaba adelante las negociaciones con Irán por la cuestión nuclear. Pero, aun así, de
conseguirse que la Argentina reclamase que se efectivizara la captura de los dirigentes
iraníes, aquellas quizá quedaran heridas de muerte.
Era una jugada desesperada con claros beneficiarios: el gobierno de Netanyahu y sus
aliados republicanos de los Estados Unidos, especialmente los vinculados al Tea Party.
Un bloque que subestimaba la capacidad de reacción de una Presidenta que en todas
las ocasiones en las que parecía acorralada reaccionó redoblando sus apuestas.
Así, y luego de comprobar que las embajadas de los Estados Unidos e Israel
fogoneaban desembozadamente la convocatoria de la oposición a realizarse el día

648
siguiente bajo el lema “Todos somos Nisman”, el 17 de febrero el canciller Timerman
envió sendas cartas en términos inusualmente duros al canciller israelí Avigdor
Lieberman y al secretario de Estado John Kerry. “La Argentina observa con suma
preocupación la creciente frecuencia con que muchos países son utilizados como
escenarios en los que otros Estados intervienen para definir disputas en función de sus
propios intereses geopolíticos. También nos preocupa ver cómo se utilizan
mecanismos de propaganda abierta o encubierta para tales fines. Mi país rechaza tales
actos y pretende que no sucedan en su territorio”, señaló, y seguidamente enfatizó: “El
Pueblo argentino no tiene que tolerar, y mucho menos sufrir, que su país sea un teatro
de operaciones políticas, de inteligencia o, peor aún, de hechos y acciones más graves,
por conflictos que le son completamente ajenos a su historia, su idiosincrasia y sus
costumbres. Como Canciller de la República Argentina considero importante solicitar
que el personal diplomático acreditado en nuestro país observe las normas y
conductas estipuladas por la Convención de Viena o el derecho local, en especial sobre
la no interferencia en los asuntos internos”.

Recuerdo de la muerte
La convocatoria a la marcha del 18-F recordó a los argentinos más veteranos la marcha
con la procesión de Corpus Christi del 11 de junio de 1955, que congregó a toda la
oposición al peronismo y prologó el bombardeo que aviones de la Armada y de la
Aeronáutica hicieron cinco días más tarde sobre la Casa Rosada, la Plaza de Mayo y
otros sitios, matando a más de trescientas personas y mutilando a más de mil.
Bombardeo que a su vez anticipó el cruento golpe de Estado que depuso al presidente
Perón, iniciado exactamente tres meses después.
En aquella ocasión, a la convocatoria de la Curia respondieron multitud de ateos y
agnósticos, socialistas, comunistas y masones. En esta, encabezaron el llamamiento
fiscales como Germán Moldes, Guillermo Marijuan y Raúl Pleé, que algunos llamaron
con sorna “las viudas de Stiuso”, y como entonces acudió a la cita, bajo la lluvia, una
heterogénea multitud unida por su aversión al kirchnerismo y convencidos por los
medios hegemónicos no solo de que Nisman era un símbolo de la República y había

649
sido asesinado por no dejarse avasallar por el Gobierno, sino también —como
sintetizaría a comienzos de marzo su ex— que había sido víctima de “un magnicidio de
proporciones desconocidas”.
Llorens recordó, a modo de ejemplo, que además de haber tenido al fiscal Pollicita
como secretario, el fiscal Raúl Pleé contaba “con el elocuente antecedente” de haber
sido quien sostuvo la apelación impulsada por Stiuso, para que se revocara la
absolución dictada a favor de Gustavo Beliz, por parte del Tribunal Oral Federal Nº 3,
en el juicio oral que se le siguió a causa de la denuncia penal hecha por Jaime luego de
que Beliz mostrara su rostro por televisión.
La DAIA y la AMIA actuales, controladas por sectores religiosos, suelen decir que el de
la mutual judía fue el mayor atentado de la historia de Sudamérica, olvidando aquel
bombardeo, que según una exhaustiva investigación oficial (“Bombardeo del 16 de
junio de 1955”, Archivo Nacional de la Memoria, 2010) tuvo como saldo 308 muertos y
miles de heridos, con lo que casi triplica a los de la Embajada de Israel y la AMIA
sumados.
Por cierto, en ninguno de ambos atentados murió algún judío jasídico.

Indicios concordantes
La presencia de su ADN en las distintas partes de la pistola que lo mató —empuñadura,
cargador, balas y gatillo—, y su cuerpo sin otras lesiones obstruyendo la apertura de la
puerta del baño ya indicaban a primera vista que Nisman se había suicidado. ¿Cómo
podría un eventual asesino mover el cuerpo agonizante o el cadáver aún caliente y
lleno de sangre —si es que hubiera caído en otra posición y lugar— y ponerlo contra la
puerta impidiendo que esta pudiera abrirse sin dejar rastros? Y, en cualquier caso,
¿cómo habría podido salir sin dejar rastros?
Pero además había una prueba irrefutable: el espasmo cadavérico de su dedo índice
derecho, visible en todas las fotografías que la Policía Federal tomó del cadáver,
coinciden los forenses, es la manifestación del último esfuerzo voluntario efectuado
por el difunto. Cuyo cerebro ordenó al dedo jalar de la cola del disparador o gatillo,
accionando el arma cuyo proyectil lo destruyó, sin darle a emitir la orden al índice de

650
relajarse, originando el fenómeno inmediato, no homologable al posterior rigor mortis.
“Razón por la que sumada a la ausencia de lesiones que presentaba la víctima, los
reputados médicos forenses que efectuaron la autopsia de entrada se refirieron a un
cuadro de suicidio, sin ninguna intervención de terceros. Estando la víctima
señalándose a sí mismo con su flexionado dedo índice, como culpable de su deceso.
Que no podría haberse logrado si la víctima carecía de voluntad al hacerlo, y su
cerebro no mandaba la correspondiente orden para ello”, escribió Llorens.

La verdad del caso

No habían pasado dos semanas del deceso del fiscal cuando Jorge Urien Berri destacó
que Israel y el Mossad eran los principales interesados en inflar la hipótesis del
homicidio, porque “la constatación del suicidio llevaría a una revisión integral de la
causa AMIA”.
“Todo parece valer en la puja de intereses que se libra en torno a la verdadera causa
de la muerte del fiscal Alberto Nisman. Hay mucho en juego y jugadores muy fuertes…
Por eso, si la hipótesis del suicidio sigue ganando terreno, le esperan días difíciles a la
fiscal Viviana Fein. Se da la paradoja de que la hipótesis del suicidio, convertida en la
verdad del caso, es la que perjudica a más sectores y más resistencia despierta”,
pronosticó.
Veinte días más tarde, el 22 de febrero, Clarín “suicidó” su credibilidad al “levantar”
acríticamente versiones alegremente esparcidas por sitios de Internet vinculados a los
servicios secretos de Israel. Bajo el título “La muerte que desequilibra a Cristina”, su
editorialista Eduardo Van der Kooy (premiado en 1977 por la dictadura cívico-militar,
que lo consideró un “joven brillante”) escribió que “en ámbitos de inteligencia,
policiales y diplomáticos otra especulación parece tomar cuerpo. ¿Cuál sería? La de
que un comando venezolano-iraní (con adiestramiento cubano) podría haberse
cobrado la vida del fiscal. Aseguran que entrarían y saldrían del país con asiduidad y
facilidades. Contarían con cierta logística doméstica. La construcción de la trama se
haría enhebrando algunos delgados hilos de la realidad”.
El 6 de marzo se sumó a esta ¿hipótesis? Sandra Arroyo Salgado, al proclamar

651
(basándose en la letra que le dieron dos comisarios forenses que había contratado,
acostumbrados a pasar por alto lesiones por torturas) que “Alberto Nisman no se
suicidó, lo mataron. Fue un magnicidio de proporciones desconocidas”. ¿Magnicidio?
Aramos, dijo el mosquito.
La ex consorte también contrató de palabra al psiquiatra forense Ricardo Risso, con el
ánimo de que hiciera un perfil psicológico del occiso, lo que los psicólogos forenses
llaman “autopsia psicológica”, a fin de establecer “si la persona tenía una personalidad
de tipo depresiva con pensamientos autoagresivos de muerte, y en todo caso si había
tenido pensamientos suicidas, ideas de muerte, conductas autodestructivas o intentos
fallidos de suicidio”, pero Risso renunció casi de inmediato.
“Cuando aparece una personalidad con rasgos narcisistas acentuados, el suicidio es
posible cuando hay una debacle narcisista, por ejemplo cuando lo echan del trabajo o
lo deja la novia, cuando la vida se arruina y la autoestima se hace trizas, ahí puede
ocurrir un rapto suicida”, explicó.

Una realidad artificial


Me alegró coincidir con un artículo de Goobar —con el que tanto discrepo acerca de
cómo y quienes perpetraron los atentados—, que leí antes de dar por terminado este
libro. Se titula “Triste, solitario y final: la última misión de Alberto Nisman” y se publicó
en el semanario Miradas al Sur que apareció el 14 de junio de 2015.
Comienza así: “’Nuestro trabajo —le hace decir John Le Carré a un jefe de la
Inteligencia alemana— es crear realidad. Nosotros no operamos sobre ella, ni la
modificamos. La creamos’. Menos literario, un jefe de espías de carne y hueso define
su misión como ‘hacer objetivo lo subjetivo’. Ambas definiciones podrían aplicarse al
caso Nisman desde el momento en que el fiscal —intoxicado por sus relaciones
promiscuas con los servicios de Inteligencia locales y extranjeros— se lanzó —o fue
empujado— a una misión suicida de ‘crear realidad’, con la escuálida denuncia contra
la presidenta de la Nación y su canciller por encubrimiento del atentado a la AMIA.
Cuando Nisman cayó en la cuenta de que había sido abandonado no solo por su
antiguo jefe, el depuesto director de Operaciones de la SIDE, Jaime Stiuso, sino

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también por las chicas Bond —que no eran las pulposas modelos con las que posaba
en lugares paradisíacos, sino las diputadas Patricia Bullrich, Laura Alonso y Elisa Carrió
—, Nisman volvió a ‘hacer objetivo lo subjetivo’, descerrajándose un tiro en la cabeza
en el baño de su departamento de la Torre Le Parc. A pesar de que pidió prestadas tres
pistolas, bastó que no dejara carta para que su cuerpo, todavía caliente, volviera a
crear realidad: tal como le habían enseñado sus controlantes, ‘todo homicidio puede
pasar por suicidio y todo suicidio puede pasar por homicidio’”.
El autor desconocía que, además de a uno de sus custodios, Rubén Benítez, y a su
colaborador, testaferro y quién sabe qué más Diego Lagomarsino —quien le dio la
Bersa 22 con la que se quitó la vida— Nisman le hubiera pedido un arma de puño a
otra persona. Consultado telefónicamente, Goobar dijo que en la causa consta que
antes de pedírsela a Benítez le había pedido a otro custodio, también
infructuosamente, que le prestara una pistola. Resultó que no era un custodio, sino el
comisario Bogoliuk, como ya se ha narrado. Pero para el caso da igual.
Continúa Goobar: “Tanto a Benítez como a Lagomarsino, Nisman les dijo que
necesitaba una para protegerse y proteger a sus hijas cuando salía con ellas a pasear
sin custodia, no de sicarios persas o de Hezbolá, sino que la llevaría en la guantera ‘por
si un loquito viene con un palo y me dice traidor hijo de puta’, lo que revela cuáles
eran sus temores y fantasmas.”
Sin embargo, para ese domingo 18 Nisman no tenía previsto salir con sus hijas, sino al
parecer con otras “niñas” que le habría encargado al proveedor de acompañantes
Leandro Santos el miércoles 14 luego de presentar la denuncia contra la Presidenta y el
canciller, en pleno rapto de euforia, en una corta comunicación telefónica de 45
segundos.
Pero dos días después la euforia inicial había dejado paso a una creciente ansiedad,
que se trasunta cuando en medio de una serie de diálogos telefónicos con Pato
Bullrich, cuyo contenido desconocemos, le escribe un mensaje diciéndole que la
reunión del lunes sí o sí “tiene que ser reservada porque si no, no puedo hablar, voy a
decir lo mismo que en TN y no va a parecer serio”.

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“La denuncia se fue derrumbando por sí sola: el juez de la causa AMIA, Rodolfo
Canicoba Corral, dijo ante los micrófonos de la Radio Pública que el fiscal estaba siendo
conducido por aquellos a quienes debía conducir: los servicios de Inteligencia y
Antonio Stiuso en particular. El ex jefe de la Interpol, una legendaria figura del Servicio
Secreto de los Estados Unidos, Richard Noble, fulminó a Nisman desmintiendo que el
canciller Timerman hubiese pedido el levantamiento de las alertas rojas contra los
iraníes requeridos por la Argentina. La embajada de los Estados Unidos y la CIA, a las
que Nisman rendía pleitesía, lo dejó en banda. Lo mismo ocurrió con la embajada de
Israel y las instituciones judías que no le encontraban pies ni cabeza a la denuncia. Un
sudor frío corrió por la espalda de Nisman cuando imaginó que la presentación
prevista para el lunes 19 ante miembros de la Cámara de Diputados podía convertirlo
en un hazmerreír... Ensayó los ejercicios de respiración que había aprendido cuando
abandonó el psicoanálisis y lo reemplazó por los cursos de ‘El Arte de Vivir’”, remató
Goobar, en referencia a la ONG del gurú tamil Ravi Shankar que da “cursos sobre
respiración y desarrollo personal” a la que también es o fue adepto el alcalde de la
ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri.

Debacle y desvelos
Daniel Santoro es un periodista muy laureado: ganador del Premio Internacional de
Periodismo María Moors Cabot “por su lucha contra la corrupción y el abuso de
poder”, y del Premio Rey de España por la investigación periodística que implicó al ex
presidente Menem en la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador, publicó
recientemente un artículo en el que acusó á Nilda Garré (ex ministra de Seguridad y ex
embajadora en Venezuela) y a Máximo Kirchner, hijo de la Presidenta, no solo de tener
cuentas secretas en el extranjero, sino también de tenerlas nutridas por decenas de
millones de dólares procedentes de Irán.
“Mis fuentes, estas dos fuentes de información bancaria que son independientes entre
sí, me dicen que en el año 2011 después de la reunión secreta en Alepo entre el
canciller Timerman y el canciller iraní, se abrió una cuenta en el banco Tejarat, de Irán,
y que esa cuenta tiene al menos 47 millones de dólares, al menos en el año 2011

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porque no sabemos adónde fue a parar, dónde está la plata. Y las fuentes dicen que
esa cuenta la manejaría Nilda Garré. Entonces la hipótesis es que, por lo menos, la
reunión de Alepo dio un marco de confianza a las relaciones entre Argentina e Irán,
que después se terminaron concretando en el memorándum de entendimiento en el
año 2013.”
La estruendosa denuncia de Santoro, se comprobaría, era absolutamente falsa, un
puro invento, por no existir ni haber existido tales cuentas. Hasta los desvergonzados
años 90 mentir tan alevosamente hubiera supuesto el fin de la carrera de cualquier
periodista. Y hasta la supresión por parte del actual gobierno de la figura de calumnias
e injurias, seguramente también perder el patrimonio en resarcimiento de los daños
causados. Hoy, ni siquiera ameritó una autocrítica (ver “La polémica rectificación de
Clarín por las cuentas de Máximo y Garré”, en Tiempo Argentino del 30-05-15).
Santoro no se conformó con escribirlo. Lo dijo, de manera casi idéntica, en un
documental israelí que pretende apuntalar la descabellada (ni un pelo del cual
aferrarse) hipótesis de que a Nisman lo mataron los iraníes, ya sea a través de un
solitario agente que se habría ganado la confianza del fiscal o mediante un expeditivo
“comando conjunto venezolano-iraní entrenado en Cuba”. Aparece Alberto Fernández
diciendo que a Nisman lo asesinaron, el cervatillo Pachter, y Santoro, que afirma que
Nilda Garré y Máximo Kirchner tenían cuentas secretas en el extranjero. Dice el locutor
en off: “La línea de investigación lo conduce a Teherán”. Y entonces aparece él
repitiendo aquella falsedad, palabra más, palabra menos.
La animadversión contra Máximo tiene motivos obvios: portación de apellido. Los
embates contra Garré están directamente relacionados con los descubrimientos que
hizo mientras ocupó la titularidad de la Unidad AMIA del Poder Ejecutivo durante el
gobierno de Fernando de la Rúa, que le retiró su apoyo tan pronto fue embestida por
la DAIA a través de los fiscales Mullen y Barbaccia, que la acusaron falsamente de
haber revelado la identidad del Testigo C, Abolhasan Mesbahoi, nombre que para
entonces ya había sido publicado por el autor y por otros periodistas.

Tibio, tibio…

655
Nilda Garré, futura ministra de Defensa y Seguridad, hoy embajadora en la Corte
Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y diputada nacional electa por la Capital
Federal, al ser eyectada de la unidad gubernamental de investigación de los atentados
a principios de siglo la tenía bastante clara. ¡Por eso mismo la eyectaron!
Prueba de ello es un video, antiguo, de 2002, es decir de hace 13 años
([Link] En
diálogo con el periodista Daniel Schnitman (director de La Voz Judía), Garré se refirió a
dos temas tan urticantes como la desaparición de los planos de la Embajada de Israel y
la AMIA antes de sus respectivas voladuras; el protagonismo del volquete dejado
frente a la puerta de la AMIA unos minutos antes de las detonaciones, y el terreno
semibaldío de la calle Constitución al 2600, a donde el camión fue ese mismo día,
supuestamente a llevar otro volquete. Y la total negativa del juez Galeano y de los
fiscales de seguir esta pista.
“Usted sabe que las fuerzas que a veces pueden tener interés en estos hechos, la SIDE,
la Policía Federal… en este tipo de planos son las que lamentablemente fueron acá…
este… muy comprometidas…”, explicó entonces Garré las dificultades de avanzar en la
investigación.
Dijo ya entonces Garré de la causa de la Embajada de Israel: “Es un escándalo.
Releyendo los 35 primeros cuerpos de la causa que produjo la Corte durante cinco
años yo sentí vergüenza como argentina, como ciudadana de este país”. Y regresando
a la AMIA: “Yo le pregunté al comisario Jorge Palacios cuando estaba a cargo de la
DUIA, qué pasaba con las filmaciones de los helicópteros. Me dijo que los helicópteros
vuelan y filman permanentemente, pero que pasado un tiempo esos videos se borran.
A los tres meses se borran. Quiere decir que ni la Policía Federal, que estaba a cargo de
la instrucción, ni el juez Galeano tomaron la mínima precaución, la más elemental, de
manual, de primer año de Derecho… Pudo darse que desde ese helicóptero se tiraran
piezas de Trafic para que luego aparecieran dispersas entre las ruinas”.

Otra vez el contenedor

656
“La investigación sobre el volquete sobre la cual el juez ‘oportunamente’, entre
comillas —continuó Garré—, decretó la falta de mérito para que (Nassib Haddad y su
hijo Jorge) no fueran investigados por el tribunal oral y no fueran interrogados por el
tribunal los señores Haddad, es una vergüenza (…) Nunca investigaron por qué había
comprado tanto explosivo el señor Haddad en el último tiempo. Él decía que porque el
suelo de la zona donde hacía obras era muy duro, pero ni siquiera pidieron una pericia
geológica. Ni siquiera le pidieron a la empresa que estaba haciendo las obras, que
seguramente tenía un estudio sobre el tipo de suelo y la cantidad de explosivos que
necesitaban, por qué habían hecho toda la obra mientras estos señores Haddad
estaban haciendo una partecita final y complementaria. Nunca se había pedido todo
eso. Yo les pedí por escrito a los fiscales que lo pidieran… pero que yo sepa no se hizo y
se decretó la falta de mérito. Tampoco nunca se controló la casa-baldío de la calle
Constitución donde se dejó otro volquete (…) Sí, al lado de lo de Kanoore Edul. Es esa
casa-baldío que (Alejandro) Tfeli la había dado en una especie de préstamo gratuito,
primero a una señora, después a un señor, prácticamente un linyera que encontraron
por la calle… la Municipalidad fue sumamente generosa en ese momento… Por
supuesto, la casa había sido pedida por el doctor Tfeli para la señora…”.
En ese momento, Schnitman la interrumpe para preguntarle si se refería al médico
personal del ex presidente Menem y ella responde: “Sí, el médico personal del Dr.
Menem”, y sigue diciendo que no se investigó “por qué, justo ahí, se llevó un volquete
el mismo día. No poner toda la atención sobre eso… No analizar cuanto tiempo…
porque no coinciden los tiempos del señor que manejaba el camión que trajo los
volquetes. No coinciden los tiempos desde que salió de la volquetera Santa Rita hasta
que llegó. Nadie cronometró eso.”
Y Schnitman le dice:
—Ahora veo porque la separaron a Ud. del cargo. Es muy peligrosa usted, doctora.
— La investigación del Dr. Galeano es abominable, es una vergüenza —redondeó
Garré.

Presentaciones

657
El autor se siente con la autoridad moral que le da haber hecho tres largas y detalladas
presentaciones al juez Galeano en los años 1997 y 1998 pidiéndole, primero, que
detuviera a Tomás David Lorenz y al policía Carlos Alejandro Martínez por haber
dejado la Trafic señuelo en Jet Parking; luego, a Nassib Haddad y a su hijo Jorge por ser
los responsables del volquete que explotó en la puerta de la AMIA, y por último que
citara a indagatoria al médico Alejandro Alito Tfeli por su protagonismo en el
otorgamiento de la tenencia precaria del terreno de la calle Constitución 2657 (puerta
a la que ahora, acaso para despistar, le han pintado el número 2655, mientras en
Google Maps figura con el número 2659), en el que a su modo de ver está claro que se
cambió el volquete que salió de la arenera Santa Rita por otro, antes de que el viejo
camión Fiat color yema de huevo enfilara hacia la AMIA. Denuncia que ratificó,
además, en una sesión reservada de la Comisión Bicameral de Seguimiento de las
Investigaciones de ambos atentados a la cual, muy desgraciadamente, no asistió
Cristina Fernández de Kirchner, ni Federico Storani, y no recuerda si lo hizo Juan Pablo
Cafiero, los legisladores en los que cifraba alguna esperanza.

Curiosamente, Tfeli había tardado escasos minutos, sino segundos, en aparecer en la


escena de la catástrofe, donde un fotógrafo del semanario Gente lo retrató haciendo
como que auxiliaba a los heridos.

Podría explayarme sobre estos temas —la “conexión internacional” y la mecánica de la


demolición del edificio— bastante más de lo que lo hice entonces, pero este libro se ha
vuelto demasiado largo, y confío en tener ocasión de hacerlo en el futuro próximo.

Por ahora, me parece suficiente que se haya comprobado que los atentados fueron
cometidos por fuerza mercenaria local vinculada a sectores concentrados de la Policía
Federal, particularmente al DPOC y a una Brigada de Explosivos que fue rehecha en
1974 por el comisario general Alberto Villar (quien de día era jefe de la repartición y
por las noches uno de los jefes de las escuadras asesinas de la Alianza Anticomunista
Argentina que iniciaron el exterminio que llegó a su clímax con la dictadura cívico-
militar) con el doble propósito tanto de desactivar las bombas de la guerrilla (como la
que lo mató a él y a su esposa el 1º de noviembre de 1974, Día de Todos los Santos)

658
como de ponerlas (como en el primero de los muchos atentados firmados “AAA”, no
hacía entonces todavía un año, contra el senador radical por Chubut Hipólito Solari
Yrigoyen, de inocultable raigambre policial). La Brigada de Explosivos es un
departamento que pertenece orgánicamente a la Superintendencia de Bomberos de la
PFA, pero cuya historia no se condice con la del escalafón general del cuerpo. Hay una
distancia sideral entre las Brigadas de Explosivos de aquellos años (y también de dos
décadas después, como probó el alevoso “suicidio” del bombero Alberto Cánepa
Carrizo) y los bomberos de la democracia, como los que murieron en el incendio
intencional, criminal, de los depósitos de la firma Iron Mountain en Barracas.

De la misma manera en que es ineluctable que se declare la muerte de Nisman como


suicidio (pues no hay ni un solo indicio que permita afirmar que no lo ha sido), una
semana después de que un disparo atravesara sus sesos la Justicia determinó que
aquel incendio del 5 de febrero de 2014, tal como había dictaminado la Policía Federal,
fue intencional. Esto es, que los diez servidores públicos fallecidos (incluyendo ocho
bomberos, y entre estos, seis pertenecientes a la Policía Federal, incluyendo a la
primera mujer del cuerpo, Anahí Garnica) no fueron víctimas de un accidente, sino de
un homicidio.

Iron Mountain y el HSBC


No debería extrañar ya que Iron Mountain, fundada en 1951, es una empresa
íntimamente ligada al Pentágono y los servicios de Inteligencia de los Estados Unidos,
se especializa en guardar documentación de bancos a su vez especializados en el
blanqueo a gran escala de dinero de procedencia inconfesable y en su página de
Internet aclara que ofrece “servicios integrales de gestión de archivos, protección de
datos y destrucción de la información” (sic). Coherentemente, su historial se
caracteriza por recurrentes incendios tan intencionales como devastadores de sus
depósitos en los Estados Unidos (tres en Nueva Jersey y en 1997); Canadá (Ottawa,
2006), Reino Unido (Londres, 2006) e Italia (Aprilia, 2011).

659
En el caso argentino, está claro que Iron Mountain gozaba de una escandalosa
protección por parte del gobierno porteño: el depósito de Barracas no reunía las
condiciones imprescindibles para ser habilitado, su clausura había sido pedida por los
inspectores ya en 2008 y negado por el Ejecutivo, que además le concedió generosas
exenciones impositivas. También parece claro que hubo una manifiesta complicidad
entre la empresa y sus clientes para proceder a destruir documentación
comprometedora.
Aunque se quemaron archivos de 46 empresas, de las que 29 estaban siendo
investigadas bajo sospecha de “criminalidad económica”, según precisó Carlos Gonella,
cabeza de la Procuraduría contra la Criminalidad Económica y el Lavado de Activos
(Procelac), los principales “perjudicados” fueron dos bancos: el HSBC y el Patagonia.
El HSBC (Hong Kong and Shanghai Banking Corporation) había sido denunciado por la
AFIP casi un año antes, en marzo de 2013, por asociación ilícita, evasión fiscal y lavado
de dinero. Algo que tampoco podía extrañar demasiado ya que a fines de 2012 se le
habían impuesto multas por 1.900 millones de dólares por cargos semejantes en
México y los Estados Unidos.

Cuatro focos y un dispositivo de retardo


“Partimos de la convicción de que Iron Mountain y el banco conformaron una
asociación ilícita para eliminar pruebas”, explica José Sbatella, que encabeza la Unidad
de Información Fiscal del gobierno nacional. HSBC y otros bancos, dice, aplican “una
estrategia con las pruebas y la documentación que tienen que guardar de operaciones
ilegales. Hemos podido ver, por los incendios de Iron Mountain en otras plazas
financieras, que tienen la misma clientela que acá, los mismos bancos. En el de
Londres, está claro que el incendio fue intencional. En el de acá, nosotros le dejamos a
la Comisión Bicameral el esquema de cómo se produce el incendio. Porque el peritaje
de la Policía Federal muestra claramente la premeditación y la alevosía con que se
arma una escena, de manera que el fuego se prenda en cuatro lugares de igual forma,
usando un transformador de electricidad que baja la tensión de 220 a 12 voltios, se le
pone un hilo de cobre a cada uno, y abajo colocan nafta y papeles. De tal manera que

660
ese hilo tarda en prenderse, hasta que se pone en rojo, y recién ahí se prende el fuego.
Cuando está el fuego con cinco metros de alto, sube la tensión a 220 y recién ahí salta,
entonces suena la alarma. Todo eso, para retrasar el accionar de la alarma a propósito,
de tal manera que cuando llegan los bomberos, que tardan unos pocos minutos, ya el
fuego alcanzó los diez metros de altura. En un incendio normal, apenas se inicia el
fuego se activa la alarma y da otro tiempo para actuar. Aquí no. Y mueren diez
bomberos. Llegan como a cualquier otro incendio pensando que tienen tiempo para
actuar, pero se les cae la pared encima porque hacía rato que estaba incendiándose”.
El HSCB quedó en la mira luego de que el ingeniero de sistemas italofrancés Hervé
Falciani (que trabajó unos siete años, de 2001 a 2008, en la seguridad informática del
banco) entregara a la justicia francesa la lista de unos 130 mil evasores fiscales de todo
el mundo que tenían cuentas secretas en la sede ginebrina del banco, al abrigo del
secreto bancario imperante en la Confederación Helvética. En la “Lista Falciani” hay
más de 4.600 cuentas vinculadas a personas físicas o jurídicas argentinas no declaradas
a la AFIP.
De esas cuentas, quien más dinero depositado tenía en 2006 (el año que Falciani pudo
“fotografiar” completo) era, lejos (se estima que 1.390 millones de dólares en diez
cuentas), el contador Miguel Gerardo Abadi, titular del fondo de inversión Gem
Advisor. Aquel año pasaron por sus manos 6.700 millones de dólares. Abadi vive la
mayor parte del tiempo en Londres, aunque también tiene domicilios en Tel Aviv,
Buenos Aires y Montevideo, y viaja mucho a Ginebra. La AFIP lo vinculó públicamente
con la quiebra fraudulenta del Banco Mayo, que dejó un tendal de pequeños ahorristas
judíos estafados en casi 200 millones de dólares. Fue a causa de ella que su ex
presidente, Rubén Beraja, pasó casi dos años preso. Según la acusación del fiscal
Claudio Navas Rial, aquellos 1.390 millones depositados en diez cuentas tienen
titulares cuyos domicilios fiscales coinciden con los de individuos procesados en la
causa del Banco Mayo. Dichas cuentas, advierte, fueron abiertas en 1996, dos años
antes del cierre del Banco Mayo, pero cuando ya este venía en caída libre y solo
sobrevivía gracias a los multimillonarios aportes en forma de redescuento que le daba
el Banco Central, que llegaron a poco menos de 298 millones de pesos/dólares.

661
Según Levinas (aquel Levinas que aún no conocía el olor del dinero de Magnetto), el
Efecto Tequila había dejado al Banco Mayo contra las cuerdas, ya en 1994, cuando la
matanza de la AMIA. “Era un banco que estaba en condiciones de ser absorbido. No
obstante (gracias al Banco Central), no solo no se cayó sino que terminó absorbiendo a
otras instituciones (como el Banco Patricios) y creció más de catorce veces, hasta
1977”, recordó, en la ya mencionada entrevista que le hicieron Conrado Yasenza y
Vicente Zito Lema.

La conexión panameña
En Narcos, banqueros & criminales postulé que parte de ese dinero parece haber sido
utilizado para saldar deudas con los carteles colombianos de la cocaína, a fin de evitar
“un tercer atentado”. En el libro se dio cuenta por primera vez de la relación directa
que horas después de perpetrado el ataque a la AMIA estableció el jefe de la estación
de la CIA en Beirut entre ese ataque y el derribo al día siguiente de un pequeño avión
que cubría el breve trayecto entre las ciudades de Colón y Panamá. Y cómo este estaba
directamente relacionado con el lavado de dinero procedente de la venta de cocaína
colombiana en Italia por la mafia tradicional, la de Corleone.
Panamá fue un importante “laverap” de dólares negros a partir de la sospechosísima
muerte del general Omar Torrijos, a mediados de 1981 y hasta la invasión
estadounidense del pequeño país, a fines de 1989, período en el que el hombre fuerte
del país fue el general Manuel Noriega. Y siguió siéndolo luego de un breve interregno,
durante la ocupación norteamericana.
De Panamá provino el viejo contador vinculado a la CIA que se encargaba en
Montevideo de lavar los dólares traídos a Buenos Aires en valijas Samsonite desde la
costa Este de los Estados Unidos. En Panamá tenían su base de operaciones el
Mayflower Bank International y otras empresas fantasmas en las que participaba
Rubén Beraja, quien fuera presidente de la DAIA en la época de los atentados, como
Altona y Greypark.
“En su primera y extensa declaración indagatoria, Rubén Beraja dijo conocer al
Mayflower International Bank desde 1994, pero afirmó no saber quiénes lo

662
componían, olvidando que hasta 1997 o 1998 lo integraba él mismo junto a otros
miembros del directorio del Banco Mayo”, acusó el abogado Mateo Corvo Dolcet,
representante del grueso de los ahorristas damnificados por el vaciamiento del banco
y de su mesa de dinero, que en ese momento administraba 187 millones de dólares.
“También dijo (Beraja) haber gestionado, ante el Banco Central de la República
Argentina, la autorización de la entidad rectora del sistema financiero para establecer
una representación del Mayflower International Bank, gestión que habría sido
desistida cuando el Banco Mayo se asoció a una subsidiaria del Banco Hapoalim de
Israel, para constituir en Montevideo” la “Casa Bancaria Hapoalim Mayo Limitada”,
nunca investigada. “Analizar el rol de Beraja dentro de la organización ilícita que nos
ocupa requiere conjugar la posición política que supo procurarse en relación con el
gobierno de Carlos Menem que se tradujo, por ejemplo, en que el ex mandatario le
ofreciera presidir la oficina de Ética Pública”. Parece un chiste pero no lo es.
El abogado concluyó que “Beraja es el principal responsable de una perversa mega
defraudación resultante de anteponer su ilícita, grosera y desmedida ambición
personal a todo y a todos. Partiendo de esa premisa se entiende que ni intente ensayar
una explicación a la sociedad sobre el destino de sus ahorros… y la mentira sistemática
como mecánica de defensa”.
Si hay un símbolo absoluto de la promiscuidad en la causa AMIA lo encarna la doctora
Marta Nercellas, que habiendo sido abogada de empresas de Alfredo Yabrán, fue
defensora de Beraja en la quiebra del Banco Mayo y de la DAIA en la causa AMIA,
donde defendió “a muerte” lo hecho y delinquido por Galeano.

La sombra de Al Kassar
El jefe de la estación de la CIA en Beirut también dijo muy poco después del ataque a la
AMIA que quien parecía relacionado con ambos ataques, el de Buenos Aires y el de
Panamá, era el sector de Hezbolá que había perdido la interna y ya no recibía dinero
de Teherán. Es decir, el conducido por el jefe (sheik) Sobhi Tufaili, señor feudal del
Valle de la Bekaá, que fue el primer jefe de Hezbolá, desde su creación en 1982 como
reacción a la invasión israelí, hasta 1987, cuando había sido desplazado por Hassan

663
Nasrala. Según diversos autores, Tufaili estaba asociado con Al Kassar y con Rifaat
Assad, hermano del presidente sirio, en tráficos diversos. Y Sobhi Tufaili sería pariente
de Alito Tfeli, siendo en su origen ambos apellidos el mismo.
Lo cierto es que a comienzos de los 90 el sirio Monzer al Kassar era el hombre más
buscado por Interpol, pero sin embargo estaba protegido por el gobierno de su primo
Carlos Menem, quien incluso lo proveyó de un saco y corbata para que le sacaran una
foto y le confeccionaran un pasaporte argentino. Al Kassar no había venido solo a la
Argentina, sino acompañado por un puñado de traficantes, casi todos árabes, entre los
que descollaba como una mosca blanca un judío británico, Judah Eleazar Binstock.
Todos querían radicarse en Mendoza presumiblemente para explotar las rutas del
Pacífico, acaso en sociedad con un primo de Al Kassar asociado a conspicuos miembros
de la familia Pinochet en lucrativos negocios de exportaciones no tradicionales hacia
California, tal como se explica en La delgada línea blanca. Estuvieron a punto de
hacerlo con la desinteresada ayuda de una pléyade de funcionarios, entre ellos el
procurador Becerra (el mismo que puso a Nisman al frente de la UIF) y el fiscal Moldes.
Al Kassar fue intermediario en la venta de armas argentinas a bosnios y croatas y solía
regalar como muestra de afecto y consideración metralletas Uzi de fabricación israelí.
Había estado asociado con el fallecido Pablo Escobar Gaviria (cuyos sicarios habían sido
entrenados en los 80 por comandos israelíes) y estaba empeñado en cobrarles a
quienes, aprovechando su caída, se habían hecho los distraídos.
Luego del atentado a la Embajada de Israel, surgió a la luz que estaba en Buenos Aires.
El gobierno de Menem entró en pánico y en lugar de detenerlo lo instó a abandonar el
país, lo que Al Kassar hizo, hacia Chile. Al mismo tiempo, impidió que descendiera en
Ezeiza uno de sus hermanos, que venía a visitarlo. Mucho tiempo después, Menem
diría que Al Kassar estaba en la Argentina por pedido de la CIA. Y poco después de eso,
que Al Kassar mismo era de la CIA, que trabajaba para la CIA.
Al Kassar y su primo Batich volaron desde Santiago de Chile a Madrid, donde el juez
Baltasar Garzón detuvo al sirio bajo la acusación de haber violado casi todo el código
penal, por lo que parecía que nunca más saldría de la cárcel. Sin embargo, la
hipercorrupta justicia de Málaga le devolvió la veintena de automóviles de alta gama

664
robados que Garzón había secuestrado en el amplísimo garaje del palacio Mifadil, en
Puerto Banús, Marbella, ciudad preferida por las mafias de todo el mundo. Y cuyo
suelo pertenecía mayoritariamente a Binstock.
Por fin, instancias superiores fraccionaron las acusaciones de Garzón, permitiéndole
solo juzgar a Al Kassar por el secuestro, en 1985 y en Túnez, del crucero italiano Achille
Lauro por un comando palestino al que él, todo indicaba, había armado y provisto de
pasaportes argentinos. Comando que asesinó a un pasajero paralítico, un judío de
nacionalidad estadounidense. Pero algunos testigos se desdijeron, otro cayó borracho
desde una terraza, a otro un grupo de recién llegados de Colombia le secuestró a sus
hijos adolescentes. En fin, que a Al Kassar no se le pudo probar nada de manera
irrefutable y recuperó la libertad por el beneficio de la duda. Poco después se produjo
el atentado a la AMIA, del que nuevamente Al Kassar pasó a ser el principal
sospechoso de haberlo instigado. Hasta que hubo un acuerdo de cúpulas para
descargar las culpas exclusivamente sobre el gobierno de Irán.

Socios
Si Monzer al Kassar es el principal sospechoso de haber planeado los atentados, todo
indica que para conseguir cobrar viejas acrecencias, y si los autores materiales parecen
haber sido contratados por quienes se encontraban muy cerca del presidente Menem,
también parece claro que los servicios de Inteligencia israelíes despejaron ambos
edificios, de modo que ningún jerarca resultara, no digamos muerto, sino siquiera
herido.
En la Embajada, donde estaba prevista una reunión regional del Shin Beth, no solo se
trasladó la misma al Hotel Sheraton, dejando a la legación desguarnecida, sino que
resulta evidente que el edificio, lleno y bullente por la mañana, fue desalojado al
mediodía de tal modo que solo murieron cuatro israelíes, ninguno de ellos con algún
cargo jerárquico.
Algo parecido sucedió en la AMIA, donde la mayoría de los dirigentes de la mutual y de
la DAIA fueron atraídos a una insólita reunión matutina en dependencias de la radio
Jai; y la reunión del grupo Testimonio se suspendió a último momento, por lo que solo

665
murieron en las oficinas de la DAIA tres inadvertidos, entre ellos un mozo gentil y una
empleada administrativa que no interpretó debidamente las indirectas de su
compañera para que se retirara. Fue un lunes a media mañana y hete aquí que,
miracolo, no había ningún jerarca en el edificio.
Mención especial merece la actuación del único israelí nativo, y por añadidura ex
militar, que se encontraba en el edificio, Aaron Edry. Llegado poco tiempo antes, en su
calidad de “intendente” supervisaba las refacciones, las descargas de materiales y las
llegadas de los volquetes, y previsoramente había abierto una vía de escape por los
fondos del edificio, lo que le sirvió para ponerse a salvo tan pronto vio que aquel
camión amarillo huevo descargaba y acomodaba un volquete frente a la puerta.

Una escena cinematográfica pobló recurrentemente mis sueños durante los últimos
meses. Al Kassar está en la Argentina de incógnito y ofrece una recepción en su amplio
piso de la Avenida del Libertador en la noche del aciago martes 17 de marzo de 1992.
Eso sucede a dos kilómetros del hueco donde hasta hace unas horas estaba la
Embajada de Israel. Si tuvo que ver, ¿cómo se atrevió? Y si no tuvo que ver, ¿cómo se
atrevió? ¿No tenía miedo de que apareciera un comando del departamento Kidon
(bayoneta) del Mossad y los ametrallara a él y a sus amigos? No, evidentemente no lo
temía. Y la única respuesta posible es que no lo temía porque él —el vendedor de
metralletas Uzi, el que le había ofrecido a la Fuerza Aérea argentina aviones franceses
Dagger-Mirage reacondicionados en Israel— estaba asociado con los servicios secretos
israelíes.

Límites
Cuando lo entrevistó La Maga, Levinas recordó que cuando desde una revista judía se
le pidió al ex presidente Raúl Alfonsín su opinión sobre la (des)investigación del
atentado a la DAIA-AMIA, dio a entender que no se podía ir más allá de lo que las
propias autoridades de la comunidad judía aceptaban sobre cómo habían sucedido los
hechos y quiénes eran los responsables. “Alfonsín, como en general los políticos
argentinos, le tienen miedo a ponerse públicamente en contra de la comunidad judía y

666
especialmente de sus autoridades. Yo entiendo que estaba diciendo: aquí hay algo que
no cierra. Por razones políticas nadie quiere sacar los pies del plato… y eso a pesar de
que es insostenible la teoría de que la explosión se cometió a partir del autobomba.
Porque no se puede negar que la bomba se colocó en el volquete. Hay elementos de
todo tipo, incluso testigos directos, que avalan esta línea de investigación, y sin
embargo en la práctica la han abortado.”
— ¿Diría que hay una conspiración para que no se descubra la verdad sobre la tragedia
de la AMIA? —le preguntaron.
—Sé que la palabra ‘conspiración’ despierta rechazo, pero no hay otra palabra para lo
que está pasando —respondió Levinas, que también puntualizó que “la bomba en el
volquete sola fue insuficiente para volar la AMIA” y que “hubo otra bomba colocada en
el interior del edificio que estalló por simpatía a partir de la primera. Y esto es algo
fundamental como comienzo de la búsqueda de la verdad (...) Es la vía del volquete,
con más facilidad se podría llegar a los autores responsables, sea quienes fueren”.
En cuanto a los bomberos que intervinieron a posteriori de los bombazos, Levinas
destacó entonces que “no se acordonó la zona, por ejemplo; todas cosas que forman
parte del abecé de los bomberos de la Argentina y que se conocen de aquí hasta la
China; que saben hacerlo muy bien. Cuando quieren, no hay tal error; saben la
importancia de los peritajes. Ninguna de las pruebas fue tomada como corresponde,
fueron totalmente realizadas sin los debidos recaudos, sin embolsarlas, sin numerarlas,
sin los testigos. Ellos dicen que no había testigos cuando todo el tiempo estaba lleno
de gente, como lo demuestran las fotos. Han tirado con la topadora al río la mayoría
de las pruebas del caso AMIA. Han tirado arriba de los escombros cualquier cantidad
de basura, pedazos de vehículos para entorpecer y confundir nuevas investigaciones.
Han arrojado cuarenta toneladas de piedras sobre pruebas fundamentales como los
pedazos de volquete y del Renault 20 (de Joffe). Todos errores que no son tales, que
forman parte de un plan, que llevaron a cabo muy pocas personas y que sabían
claramente qué querían; que se dedicaron a interrogar y a distorsionar esas
declaraciones de manera sistemática.”

667
Levinas no tenía empacho entonces siquiera en identificar a quienes habían sido
responsables de este estropicio. Los oficiales a cargo del trabajo pericial de los
bomberos habían sido, puntualizaba, el principal (Daniel Herberto) Helguera (su
apellido real es Helguero); el principal (Raúl) Arbor y el subcomisario (Carlos Néstor)
López. “Esto consta en las actas del expediente labor pericial folio 13 y siguientes”,
apuntaba.

La memoria de Nisman
Si alguien se aventuró en estas páginas y llegó hasta aquí buscando detalles morbosos
tanto de la autopsia del fiscal y de las muchas polémicas infladas por los medios acerca
de su supuesto asesinato posiblemente se sienta defraudado (por suerte, Nisman se
mató dentro de un baño y cayó contra la puerta, obturándola, de haberse suicidado en
el living posiblemente la polémica sería eterna). Lo mismo puede suceder con los
lectores que quieran conocer más sobre su apetencia por mujeres muy jóvenes y muy
caras, cajas de seguridad, retornos y cuentas en el exterior que el autor descuenta
seguirán apareciendo.
Lo descuenta porque conoce desde hace muchos años la implicación de Stiuso en
sonados decomisos de enormes cantidades de droga, en especial de cocaína (como,
por ejemplo, en los llamados operativos Strawberry y Viento Blanco), y le parece obvio
sospechar que al menos en los últimos años Nisman intervino en el lavado o blanqueo
de dinero mal habido procedente de la banda capitaneada por Jaime, especializada
también en otros jugosos negocios de contrabando.
En este sentido, y a pesar de que al parecer manos anónimas borraron datos de sus
celulares y computadora, y de la inexplicable decisión de la jueza Fabiana Palmaghini
de quitarle las pericias de dichos aparatos a la Policía Federal para confiársela a la
Metropolitana (que es mucho más permeable a los requerimientos de agencias
extranjeras), como ya aquella había hecho un back-up y por lo general los datos
borrados se pueden recuperar, espera que estos arrojen datos más sustanciosos que
las fotos con mujeres jóvenes que se filtraron y las ácidas reyertas del fiscal con su ex,

668
que al parecer motivaron los borrados. Por ejemplo, relativos al armado de causas,
cuentas bancarias en el extranjero, instrucciones dadas por Stiuso, etc.
Dijo la fiscal Fein el 7 de marzo: “El material a periciar lo tuve en mi fiscalía custodiado
y cuando empezó la pericia lo llevamos. Con prolijidad se abrieron todos los aparatos.
Entonces aparece en el juzgado la doctora Arroyo Salgado y pide suspender la pericia
parar proteger la privacidad y la vida íntima del doctor Nisman. Si ella lo hubiera hecho
desde un principio nos hubiéramos ahorrado varios días de trabajo”.
A la espera de esa valiosa información, solo queda valorar qué es lo que significó la
labor de Nisman como fiscal para el esclarecimiento del caso AMIA y como ejemplo
ilustrativo del funcionamiento de la Justicia Federal.
Hay valoraciones drásticas y tajantes como la de Aníbal Fernández, y más matizadas y
caritativas, como las de Raúl Zaffaroni.
Para Fernández, “Nisman era un sinvergüenza y un turro que usaba la plata del Estado
para salir con minas y pagar ñoquis... Se le dieron muchísimos fondos para que
esclarezca el caso AMIA y él la dedicaba a eso. Se mofó durante todo este tiempo de
85 víctimas y más de 300 heridos que provocó el atentado. Un sinvergüenza de los que
pocos se han visto en este país”, señaló. Nisman, siguió diciendo, cometió variados
delitos, por ejemplo “malversación de caudales públicos, cohecho y peculado”.
“Me tiene sin cuidado si sale con una, dos o cien mujeres, o si sale con hombres, o si
no sale con mujeres ni con hombres y sale con animales, pero la vida licenciosa y cara,
muy cara que llevaba ya entra en una vertiente distinta”, subrayó a mediados de
marzo último.
“No hablamos de las acciones privadas, hablamos de las acciones que tienen
relevancia penal… No se santifican a los muertos porque se murieron. El diario El País
de España hace una gráfica muy concreta. Cuando él (por Nisman) viajó, no solicitó las
vacaciones. Es decir, estaba tomando sol en Cancún pero para la Procuración estaba
trabajando, con lo cual después seguramente liquidaría las vacaciones no gozadas, con
lo cual estamos ante una situación de malversación de fondos públicos”, ejemplificó el
Jefe de Gabinete, que se autocriticó por haber firmado varias de las partidas
mensuales que se le dieron a la UIF-AMIA.

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Luego del acuerdo en materia nuclear con Irán, Aníbal Fernández se burló de “las
viudas de Stiuso”: “Yo me pregunto si fiscales tan duros como Moldes, Pollicita y
(Ricardo) Sáenz van a presentar una denuncia penal contra el presidente de los Estados
Unidos, Barack Obama, por encubrimiento, como han hecho al acompañar esa
bochornosa presentación del doctor Nisman respecto a la Presidenta de la Nación,
presentación que fue a parar al tacho de la basura como correspondía, porque no
podía terminar en otro lugar.”
En cambio, Zaffaroni, luego de aclarar que hacía muchos años que no estaba en
contacto con la causa AMIA, opinó que “no sería la primera vez que alguien asume
pistas falsas, las cree, las asume y luego se da cuenta de lo que ha pasado y bueno...”.
En diálogo con Víctor Hugo Morales, el ex ministro de la Corte Suprema sostuvo que
“hay que dejar que la investigación de la muerte funcione, tranquilamente, y por otro
lado habría que tomar en serio qué es lo que pasa en la causa AMIA. Evaluar qué es lo
que pasa no es nada fácil porque es una causa tremendamente voluminosa, que ha
sufrido encubrimientos, filtraciones, pistas falsas... No es este muchacho la primera
víctima de pistas falsas, yo creo que ha habido otras. El camino a seguir es el de
retomar la causa y ver en qué circunstancias está, cómo está la investigación, a qué se
llegó, qué hay realmente probado en la causa (…) Mi hipótesis es que este pobre
muchacho es una víctima más de la desviación de la investigación. Creo que ha sido
víctima de una información torcida, no tengo por qué pensar en su mala fe. Pudo
haber obrado de buena fe y en algún momento se tuvo que dar cuenta que eso... que
eso era falso, que le habían dado pistas falsas, que le habían dado material que no era
válido”.
La reputación de Nisman (que fue enterrado como un héroe, no extramuros como
ordena la ley judía, en el cementerio de La Tablada) depende en gran medida de la
investigación judicial en curso, originada en la ya citada cuenta abierta en el banco
Merryll Lynch de Nueva York (según algunas fuentes, el saldo al morir el fiscal rondaría
los 600 mil dólares) que, en principio, no tendría relación con la causa AMIA. El fiscal
Pedro Zoni y el juez Martínez de Giorgi —que subrogó a Canicoba Corral— se han
mostrado activos por lo que se esperan resultados.

670
Por lo pronto, Zoni y Martínez de Giorgi consiguieron que Sara Garfunkel devolviera un
cheque por 200 mil dólares que Fabián Picón, el dueño de Palermopack, le había dado
a Nisman, y que ella había retirado de la caja fuerte del departamento de su hijo. Picón
declaró como testigo el 15 de abril. Habría dicho que en 2012 le había prestado a
Nisman un “Jeep Wrangler”, y a mitad de 2013 el Audi Q3 que quedó en el
estacionamiento de Le Parc. “Dicho vehículo fue adquirido por la empresa
Palermopack S.A. como oportunidad de inversión, en vista de la aplicación del
impuesto que actualmente grava la compra de vehículos de alta gama”, explicó. Lo
compró y se lo ofreció a Nisman, agregó. Pese a que el auto lo utilizaba el difunto
fiscal, la empresa Palermopack “afrontaba los gastos de mantenimiento” del rodado.
Nisman utilizaba el Audi —siempre según Picón— “los fines de semana para
trasladarse con sus hijas, en estricta privacidad”.
Atento a la relación de Picón con Anzorreguy y con Pipo Ecke, puede sospecharse que
acaso el dinero y el automóvil pueden ser un pago de la CIA. Aun si fuera así, queda
pendiente el porqué.

Los mayores encubridores


Pongo punto final a este libro en la víspera del inicio del “juicio por encubrimiento” tal
como fue elevado por Nisman, que sentó en el banquillo de los acusados a un grupo
heterogéneo en el que no está quien fue el coordinador de su segunda y principal
etapa: Carlos Vladimiro Corach, ni su antecesor en el Ministerio del Interior, Carlos
Federico Ruckauf, protagonista de la primera; ni uno de sus principales artífices, el
comisario general retirado Juan Adrián Pelacchi, puesto al frente de la Policía Federal
para garantizarlo y, por supuesto, el prófugo Stiuso, sin pretender con ellos y con los
sometidos a juicio haber agotado la lista.
Vayamos cronológicamente primero al papel que tuvo Ruckauf: estaba en los Estados
Unidos cuando la AMIA fue demolida e instantáneamente le adjudicó el ataque a Irán
en obvia complicidad con sus anfitriones e informantes, y luego, también en
complicidad con estos, intervino para desviar las investigaciones hacia Caracas, donde
la CIA y su sucursal, la DISIP, decían que un iraní que resultó ser un charlatán de feria

671
tenía pruebas de la participación persa, mientras se ponía sigilosamente en libertad a
los dueños del volquete puesto en la puerta de la AMIA que habían comprado diez
toneladas de amonal.
Corach está todavía más comprometido. Desde los años 70 fue hombre de confianza
de las embajadas de los Estados Unidos e Israel, y como sucesor de Ruckauf en el
Ministerio del Interior de él dependía una Policía Federal a la que le correspondía
investigar y que se dedicó a encubrir y en primer lugar a tratar de difuminar las obvias
responsabilidades de sus miembros. Por otra parte, tenía relaciones fluidas tanto a
través de Emir Yoma como de Jorge Antonio, con el principal sospechoso, Al Kassar.
Vale recordar que Corach fue abogado de la Cámara de Pesqueros Congeladores
(Capeca), donde Antonio tenía gran predicamento, y del propio Antonio, que apadrinó
la llegada del joven Al Kassar a la Argentina, a comienzos de los 70.
Corach también participó del encubrimiento del atentado a la Embajada de Israel.
Acompañado por el comisario Pelacchi y el Director Nacional de Migraciones Hugo
Franco (que había secundado a Ruckauf en el ya mencionado desvío de la investigación
del atentado a la AMIA a la vía muerta del chantún iraní Manoucher Moatamer), el 24
de marzo de 1996 visitó la Jefatura de Policía de Tel Aviv, donde se entrevistó con
Jacob Levy, jefe del laboratorio de explosivos (el mismo que había informado de la
inexistencia de un vehículo-bomba así como que el cráter supuestamente dejado por
aquel se había cavado a pala) y con el capitán Kobi Prigar, “analista del ataque a la
AMIA”, con quienes acordó sostener “que en los dos ataques habían actuado
conductores suicidas”.

Cuando un año después Levy fue convocado a participar en una reunión reservada de
peritos (que se realizó en secreto en mayo de 1997, como ya se narró), que habían
intervenido en ocasión del atentado a la sede diplomática, no se presentó so pretexto
de que Israel no le permitió viajar

Corach fue el cerebro que concibió reemplazar la Policía Federal por la Bonaerense,
traspasando el muerto, los 85 muertos, al gobernador Eduardo Duhalde, por entonces
acérrimo rival del presidente Menem, así como el que instrumentó el plan negociando

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con un Telleldín carente de alternativas a través de su lugarteniente, La Piru Riva
Aramayo.
Otro que debería estar en el banquillo de los acusados es el hipercorrupto juez Claudio
Bonadío, que secundó a Carlos Corach en la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia
de la Nación y llegó a ser nombrado “juez de la servilleta” a instancias de él, a pesar de
que jamás trabajó de abogado, ni redactó un trabajo académico ni hizo la carrera
judicial. Bonadío, en quien recayó la investigación del encubrimiento, tampoco se
inhibió como hubiera debido a causa de su estrecha relación con Corach, sino que hizo
todo tipo de trapisondas (todas luego anuladas por la Cámara) para poner a su mentor
a salvo.

Una trampa
Así las cosas, el juicio contra los encubridores es una trampa. Es la herencia maldita de
Nisman, que de estar vivo también debería ser juzgado, ya que sabía del pago a
Telleldín y no lo denunció, sino que por el contrario, lo amparó. Se centra en dos
hechos disímiles, uno de los cuales, el pago a Telleldín de 475 mil dólares para que
acusara falsamente a un grupo de policías bonaerenses, carece de mayores misterios,
excepto, claro, el de cuál fue el motivo que logró unir a la Presidencia de la Nación y su
Secretaría de Inteligencia con el juez, los fiscales y la presidencia de una de las
entidades agredidas, la DAIA, en la fabricación de una mentira colosal.
Como dijo en su oportunidad Néstor Kirchner, en el caso de la AMIA, y a diferencia de
lo sucedido en el anterior atentado contra la Embajada de Israel, el encubrimiento
comenzó antes de que explotaran las bombas que demolieron la mutual judía.

Horas después, la pesquisa llegó a un edificio de la calle Cochabamba en el barrio de


San Cristóbal, dónde Carlos Menem había vivido a comienzo de los 80 y donde
también había un departamento de su médico, Alejandro Tfeli.

Casi simultáneamente, y a muy poca distancia, llegó también hasta el domicilio y el


comercio de Alberto Jacinto Kannore Edul, un empresario textil cuyo padre había sido
amigo de Menem. Edul había llamado a Telleldín el mismo día en que este se había

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desprendido de una camioneta Trafic que, según la Historia Oficial, fue utilizada como
vehículo-bomba, y que según varios investigadores no fue más que un señuelo para
ocultar cómo se colocaron las bombas.

Pero lo más importante —y lo más ocultado— es que llegó hasta el dueño del volquete
puesto frente a la puerta de la AMIA escasos minutos antes de las explosiones. Era un
ciudadano libanés, y él y su hijo habían comprado 10 toneladas de amonal, el explosivo
utilizado en el ataque.

Ambos fueron detenidos a pedido de siete fiscales, y liberados horas después por el
juez Juan José Galeano a instancias de Ruckauf y Pelacchi en una reunión en la que el
presidente Menem puso a disposición del juez el avión presidencial Tango 01 para que
viajara de inmediato a Caracas a interrogar a un fabulador iraní que decía tener
pruebas de la implicación de funcionarios de su país en el ataque.

Galeano sustrajo a último momento a los Haddad de la acusación; los fiscales


convalidaron su decisión y se abstuvieron de pedir que declararan siquiera como
testigos, y los reclamos de las defensas fueron olímpicamente ignorados por el TOF3.

Así, la causa AMIA pasó a ser como un cuchillo al que primero se le cambia el mango
(amigos sirios del Presidente por iraníes) y luego la hoja (la Federal por la Bonaerense),
argumentándose que se trata del mismo cuchillo por haberse conservado un remache
(Telleldín).

Nisman dejó atado el paquete de este nuevo juicio, una trampa que, si se quiere
desatar, requiere de mucha voluntad política.

Por el freno de la llamada “pista siria” llegan a juicio acusados por encubrimiento,
abuso de autoridad y falsedad ideológica el ex presidente Menem, el entonces jefe de
la SIDE Hugo Anzorreguy y su segundo, el almirante retirado Juan Carlos Anchezar, y
los comisarios retirados Carlos Castañeda y Jorge Palacios.

Por el pago a Telleldín para desviar la investigación son juzgados el juez Galeano
(también acusado de prevaricato), los fiscales Mullen y Barbaccia, Rubén Beraja,

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Anzorreguy, Anchezar, Patricio Pfinenn, Carlos Telleldín, su ex abogado Víctor Stinfale y
su mujer, Ana Boragni.

Los nuevos fiscales, que reemplazarán a Nisman, son Roberto Salum y Sabrina Nader,
coordinados por Juan Murray, el nuevo titular de la UIF-AMIA.

“Llegamos con el requerimiento hecho, con el trámite de instrucción hecho. Se van a


juzgar actos concretos y determinados. El porqué puede surgir o no”, dice Salum.

“Llegamos con el ofrecimiento de prueba hecho. No podemos modificar eso que de


alguna manera nos marca a quienes vamos a interrogar. Sobre la marcha del juicio uno
puede ir viendo la manera de incorporar testigos nuevos, documentos nuevos”, se
esperanza Nader.

El subsecretario de Política Criminal Luciano Hazan encabeza la Unidad Especial de


Investigación del atentado, y es por lo tanto la voz de la Presidencia en el proceso
judicial. Ha sido claro al destacar que se juzgará, venciendo grandes resistencias, “una
gran maniobra orquestada desde distintos poderes del Estado, a distintos niveles,
incluyendo el Poder Ejecutivo, la Secretaría de Inteligencia, el Ministerio Público Fiscal,
el Poder Judicial, la Policía Federal y la de la provincia de Buenos Aires”.

Hazan agregó que espera que lo que surja en el juicio “permita, en paralelo, impulsar
algunas líneas de investigación sobre el atentado en sí mismo”.

Ojalá pueda deshacerse la trampa. Sería un pequeño milagro. Como tantos que hubo
estos años.

Trataremos de alumbrarlo.

(Continuará)

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