0% encontró este documento útil (0 votos)
4 vistas9 páginas

Veritatis Splendor

El documento aborda la relación entre la libertad humana y la ley de Dios, enfatizando que la moralidad de los actos humanos se determina por su conformidad con el verdadero bien, que es Dios. Se argumenta que la moralidad no solo depende de la intención y las consecuencias, sino principalmente del objeto del acto, y se rechazan teorías que separan la libertad de la verdad. La Iglesia sostiene que la defensa de normas morales universales es esencial para la dignidad humana y la verdadera libertad.

Cargado por

angecelis83
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
4 vistas9 páginas

Veritatis Splendor

El documento aborda la relación entre la libertad humana y la ley de Dios, enfatizando que la moralidad de los actos humanos se determina por su conformidad con el verdadero bien, que es Dios. Se argumenta que la moralidad no solo depende de la intención y las consecuencias, sino principalmente del objeto del acto, y se rechazan teorías que separan la libertad de la verdad. La Iglesia sostiene que la defensa de normas morales universales es esencial para la dignidad humana y la verdadera libertad.

Cargado por

angecelis83
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Angélica de María Celis

71. La relación entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ámbito vital y profundo en la
conciencia moral, se manifiesta y realiza en los actos humanos. Es precisamente mediante sus actos como
el hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada a buscar espontáneamente a su Creador y a
alcanzar libremente, mediante su adhesión a él, la perfección feliz y plena.

72. La moralidad de los actos está definida por la relación de la libertad del hombre con el bien auténtico.
Dicho bien es establecido, como ley eterna, por la sabiduría de Dios que ordena todo ser a su fin. Esta ley
eterna es conocida tanto por medio de la razón natural del hombre (y, de esta manera, es ley natural),
cuanto —de modo integral y perfecto— por medio de la revelación sobrenatural de Dios (y por ello es
llamada ley divina). El obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes con
el verdadero bien del hombre y expresan así la ordenación voluntaria de la persona hacia su fin último, es
decir, Dios mismo.

73. El cristiano, gracias a la revelación de Dios y a la fe, conoce la novedad que marca la moralidad de sus
actos; éstos están llamados a expresar la mayor o menor coherencia con la dignidad y vocación que le han
sido dadas por la gracia: en Jesucristo y en su Espíritu,

74. Pero, ¿de qué depende la calificación moral del obrar libre del hombre? ¿Cómo se asegura esta
ordenación de los actos humanos hacia Dios? ¿Solamente depende de la intención que sea conforme al fin
último, al bien supremo, o de las circunstancias —y, en particular, de las consecuencias— que caracterizan
el obrar del hombre, o no depende también —y sobre todo— del objeto mismo de los actos humanos?

75. Pero en el ámbito del esfuerzo por elaborar esa moral racional —a veces llamada por esto moral
autónoma—, existen falsas soluciones, vinculadas particularmente a una comprensión inadecuada del
objeto del obrar moral. Algunos no consideran suficientemente el hecho de que la voluntad está implicada
en las elecciones concretas que realiza: esas son condiciones de su bondad moral y de su ordenación al fin
último de la persona.

76. Estas teorías pueden adquirir una cierta fuerza persuasiva por su afinidad con la mentalidad científica,
preocupada, con razón, de ordenar las actividades técnicas y económicas según el cálculo de los recursos y
los beneficios, de los procedimientos y los efectos. Pretenden liberar de las imposiciones de una moral de la
obligación, voluntarista y arbitraria, que resultaría inhumana.

77. Para ofrecer los criterios racionales de una justa decisión moral, las mencionadas teorías tienen en
cuenta la intención y las consecuencias de la acción humana. Ciertamente hay que dar gran importancia ya
sea a la intención —como Jesús insiste con particular fuerza en abierta contraposición con los escribas y
fariseos, que prescribían minuciosamente ciertas obras externas sin atender al corazón (cf. Mc 7, 20-21; Mt
15, 19)—, ya sea a los bienes obtenidos y los males evitados como consecuencia de un acto particular. Se
trata de una exigencia de responsabilidad. Pero la consideración de estas consecuencias —así como de las
intenciones— no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación de los
bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acción, no es un método adecuado para
determinar si la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie o en sí misma,
moralmente buena o mala, lícita o ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas
circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala, no pueden cambiar,
sin embargo, la especie moral.

78. La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido
racionalmente por la voluntad deliberada, como lo prueba también el penetrante análisis, aún válido, de
santo Tomás. Así pues, para poder aprehender el objeto de un acto, que lo especifica moralmente, hay que
situarse en la perspectiva de la persona que actúa. En efecto, el objeto del acto del querer es un
comportamiento elegido libremente.

79. El elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre
su «ordenabilidad» al bien y al fin último que es Dios. Tal «ordenabilidad» es aprehendida por la razón en el
mismo ser del hombre, considerado en su verdad integral, y, por tanto, en sus inclinaciones naturales, en
sus dinamismos y sus finalidades, que también tienen siempre una dimensión espiritual: éstos son
exactamente los contenidos de la ley natural y, por consiguiente, el conjunto ordenado de los bienes para
la persona que se ponen al servicio del bien de la persona, del bien que es ella misma y su perfección. Estos
son los bienes tutelados por los mandamientos, los cuales, según Santo Tomás, contienen toda la ley
natural 130.

80. Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-
ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los
actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece
malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores
intenciones de quien actúa, y de las circunstancias.

81. La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada
Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni
los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los
ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios» (1 Co 6, 9-10).

82. Por otra parte, la intención es buena cuando apunta al verdadero bien de la persona con relación a su
fin último. Pero los actos, cuyo objeto es no-ordenable a Dios e indigno de la persona humana, se oponen
siempre y en todos los casos a este bien. En este sentido, el respeto a las normas que prohíben tales actos y
que obligan «semper et pro semper», o sea sin excepción alguna, no sólo no limita la buena intención, sino
que hasta constituye su expresión fundamental.

83. Como se ve, en la cuestión de la moralidad de los actos humanos y particularmente en la de la


existencia de los actos intrínsecamente malos, se concentra en cierto sentido la cuestión misma del
hombre, de su verdad y de las consecuencias morales que se derivan de ello. Reconociendo y enseñando la
existencia del mal intrínseco en determinados actos humanos, la Iglesia permanece fiel a la verdad integral
sobre el hombre y, por ello, lo respeta y promueve en su dignidad y vocación. En consecuencia, debe
rechazar las teorías expuestas más arriba, que contrastan con esta verdad.

84. La cuestión fundamental que las teorías morales recordadas antes plantean con particular intensidad es
la relación entre la libertad del hombre y la ley de Dios, es decir, la cuestión de la relación entre libertad y
verdad. Según la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia «solamente la libertad que se somete a la Verdad
conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la verdad y en
realizar la verdad» 136.
85. La obra de discernimiento de estas teorías éticas por parte de la Iglesia no se reduce a su denuncia o a
su rechazo, sino que trata de guiar con gran amor a todos los fieles en la formación de una conciencia moral
que juzgue y lleve a decisiones según verdad, como exhorta el apóstol Pablo: «No os acomodéis al mundo
presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis
distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2). Esta obra de la Iglesia
encuentra su punto de apoyo —su secreto formativo— no tanto en los enunciados doctrinales y en las
exhortaciones pastorales a la vigilancia, cuanto en tener la «mirada» fija en el Señor Jesús. La Iglesia cada
día mira con incansable amor a Cristo, plenamente consciente de que sólo en él está la respuesta verdadera
y definitiva al problema moral.

86. La reflexión racional y la experiencia cotidiana demuestran la debilidad que marca la libertad del
hombre. Es libertad real, pero contingente. No tiene su origen absoluto e incondicionado en sí misma, sino
en la existencia en la que se encuentra y para la cual representa, al mismo tiempo, un límite y una
posibilidad. Es la libertad de una criatura, o sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen
y hacer madurar con responsabilidad. Es parte constitutiva de la imagen creatural, que fundamenta la
dignidad de la persona, en la cual aparece la vocación originaria con la que el Creador llama al hombre al
verdadero Bien, y más aún, por la revelación de Cristo, a entrar en amistad con él, participando de su
misma vida divina.

87. Cristo manifiesta, ante todo, que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición para la
auténtica libertad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32) 139. Es la verdad la que hace
libres ante el poder y da la fuerza del martirio. Al respecto dice Jesús ante Pilato: «Para esto he venido al
mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). Así los verdaderos adoradores de Dios deben
adorarlo «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). En virtud de esta adoración llegan a ser libres. Su relación con
la verdad y la adoración de Dios se manifiesta en Jesucristo como la raíz más profunda de la libertad.

88. La contraposición, más aún, la radical separación entre libertad y verdad es consecuencia,
manifestación y realización de otra dicotomía más grave y nociva: la que se produce entre fe y moral.

Esta separación constituye una de las preocupaciones pastorales más agudas de la Iglesia en el presente
proceso de secularismo, en el cual muchos hombres piensan y viven como si Dios no existiera. Nos
encontramos ante una mentalidad que abarca —a menudo de manera profunda, vasta y capilar— las
actitudes y los comportamientos de los mismos cristianos, cuya fe se debilita y pierde la propia originalidad
de nuevo criterio de interpretación y actuación para la existencia personal, familiar y social. En realidad, los
criterios de juicio y de elección seguidos por los mismos creyentes se presentan frecuentemente —en el
contexto de una cultura ampliamente descristianizada— como extraños e incluso contrapuestos a los del
Evangelio.

89. La fe tiene también un contenido moral: suscita y exige un compromiso coherente de vida; comporta y
perfecciona la acogida y la observancia de los mandamientos divinos. Como dice el evangelista Juan, «Dios
es Luz, en él no hay tinieblas alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en tinieblas,
mentimos y no obramos la verdad... En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus
mandamientos. Quien dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no
está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En
esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él» (1 Jn 1, 5-6;
2, 3-6).
90. La relación entre fe y moral resplandece con toda su intensidad en el respeto incondicionado que se
debe a las exigencias ineludibles de la dignidad personal de cada hombre, exigencias tuteladas por las
normas morales que prohíben sin excepción los actos intrínsecamente malos. La universalidad y la
inmutabilidad de la norma moral manifiestan y, al mismo tiempo, se ponen al servicio de la absoluta
dignidad personal, o sea, de la inviolabilidad del hombre, en cuyo rostro brilla el esplendor de Dios (cf. Gn
9, 5-6).

91. Ya en la antigua alianza encontramos admirables testimonios de fidelidad a la ley santa de Dios llevada
hasta la aceptación voluntaria de la muerte. Ejemplar es la historia de Susana: a los dos jueces injustos, que
la amenazaban con hacerla matar si se negaba a ceder a su pasión impura, responde así: «¡Qué aprieto me
estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero
es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor» (Dn 13, 22-23).

92. En el martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral, resplandecen la santidad de la
ley de Dios y a la vez la intangibilidad de la dignidad personal del hombre, creado a imagen y semejanza de
Dios. Es una dignidad que nunca se puede envilecer o contrastar, aunque sea con buenas intenciones,
cualesquiera que sean las dificultades. Jesús nos exhorta con la máxima severidad: «¿De qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8, 36).

93. Finalmente, el martirio es un signo preclaro de la santidad de la Iglesia: la fidelidad a la ley santa de
Dios, atestiguada con la muerte es anuncio solemne y compromiso misionero «usque ad sanguinem» para
que el esplendor de la verdad moral no sea ofuscado en las costumbres y en la mentalidad de las personas
y de la sociedad. Semejante testimonio tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil
sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede
afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral
de los individuos y de las comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia,
con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad
moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos
representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf. Sb 2, 2) y hacen resonar con
permanente actualidad las palabras del profeta: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan
oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5, 20).

94. En el dar testimonio del bien moral absoluto los cristianos no están solos. Encuentran una confirmación
en el sentido moral de los pueblos y en las grandes tradiciones religiosas y sapienciales del Occidente y del
Oriente, que ponen de relieve la acción interior y misteriosa del Espíritu de Dios. Para todos vale la
expresión del poeta latino Juvenal: «Considera el mayor crimen preferir la supervivencia al pudor y, por
amor de la vida, perder el sentido del vivir» Las normas morales universales e inmutables al servicio de la
persona y de la sociedad

95. La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los
preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una
intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida
moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición
maternal de la Iglesia.

96. La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de
humillante. Está sólo al servicio de la verdadera libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o
contra la verdad, la defensa categórica —esto es, sin concesiones o compromisos—, de las exigencias
absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y condición
para la existencia misma de la libertad.

97. De este modo, las normas morales, y en primer lugar las negativas, que prohíben el mal, manifiestan su
significado y su fuerza personal y social. Protegiendo la inviolable dignidad personal de cada hombre,
ayudan a la conservación misma del tejido social humano y a su desarrollo recto y fecundo. En particular,
los mandamientos de la segunda tabla del Decálogo, recordados también por Jesús al joven del evangelio
(cf. Mt 19, 18), constituyen las reglas primordiales de toda vida social.

98. Ante las graves formas de injusticia social y económica, así como de corrupción política que padecen
pueblos y naciones enteras, aumenta la indignada reacción de muchísimas personas oprimidas y humilladas
en sus derechos humanos fundamentales, y se difunde y agudiza cada vez más la necesidad de una radical
renovación personal y social capaz de asegurar justicia, solidaridad, honestidad y transparencia.

99. Sólo Dios, el Bien supremo, es la base inamovible y la condición insustituible de la moralidad, y por
tanto de los mandamientos, en particular los negativos, que prohíben siempre y en todo caso el
comportamiento y los actos incompatibles con la dignidad personal de cada hombre. Así, el Bien supremo y
el bien moral se encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor, y la verdad del hombre
creado y redimido por él. Únicamente sobre esta verdad es posible construir una sociedad renovada y
resolver los problemas complejos y graves que la afectan.

101. En el ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y
gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública;
el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra
procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o
ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base
fundamental —así como su urgencia singular— en el valor trascendente de la persona y en las exigencias
morales objetivas de funcionamiento de los

102. Incluso en las situaciones más difíciles, el hombre debe observar la norma moral para ser obediente al
sagrado mandamiento de Dios y coherente con la propia dignidad personal. Ciertamente, la armonía entre
libertad y verdad postula, a veces, sacrificios no comunes y se conquista con un alto precio: puede conllevar
incluso el martirio. Pero, como demuestra la experiencia universal y cotidiana, el hombre se ve tentado a
romper esta armonía: «No hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco... No hago el bien que
quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7, 15. 19).

103. Es en la cruz salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo, en los sacramentos que brotan del costado
traspasado del Redentor (cf. Jn 19, 34), donde el creyente encuentra la gracia y la fuerza para observar
siempre la ley santa de Dios, incluso en medio de las dificultades más graves.

104. En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a
la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la
medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre,
habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es
inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera
que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia.
105. Se pide a todos gran vigilancia para no dejarse contagiar por la actitud farisaica, que pretende eliminar
la conciencia del propio límite y del propio pecado, y que hoy se manifiesta particularmente con el intento
de adaptar la norma moral a las propias capacidades y a los propios intereses, e incluso con el rechazo del
concepto mismo de norma. Al contrario, aceptar la desproporción entre ley y capacidad humana, o sea, la
capacidad de las solas fuerzas morales del hombre dejado a sí mismo, suscita el deseo de la gracia y
predispone a recibirla. «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?», se pregunta san
Pablo. Y con una confesión gozosa y agradecida responde: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo
nuestro Señor!» (Rm 7, 24-25).

106. La evangelización es el desafío más perentorio y exigente que la Iglesia está llamada a afrontar desde
su origen mismo. En realidad, este reto no lo plantean sólo las situaciones sociales y culturales, que la
Iglesia encuentra a lo largo de la historia, sino que está contenido en el mandato de Jesús resucitado, que
define la razón misma de la existencia de la Iglesia: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a
toda la creación» (Mc 16, 15).

107. La evangelización —y por tanto la «nueva evangelización»— comporta también el anuncio y la


propuesta moral. Jesús mismo, al predicar precisamente el reino de Dios y su amor salvífico, ha hecho una
llamada a la fe y a la conversión (cf. Mc 1, 15). Y Pedro con los otros Apóstoles, anunciando la resurrección
de Jesús de Nazaret de entre los muertos, propone una vida nueva que hay que vivir, un camino que hay
que seguir para ser discípulo del Resucitado (cf. Hch 2, 37-41; 3, 17-20). La vida de los santos, reflejo de la
bondad de Dios —del único que es «Bueno»—, no solamente constituye una verdadera confesión de fe y
un impulso para su comunicación a los otros, sino también una glorificación de Dios y de su infinita
santidad. 108. En la raíz de la nueva evangelización y de la vida moral nueva, que ella propone y suscita en
sus frutos de santidad y acción misionera, está el Espíritu de Cristo, principio y fuerza de la fecundidad de la
santa Madre Iglesia, como nos recuerda Pablo VI: «No habrá nunca evangelización posible sin la acción del
Espíritu Santo».

109. Toda la Iglesia, partícipe del «munus propheticum» del Señor Jesús mediante el don de su Espíritu,
está llamada a la evangelización y al testimonio de una vida de fe. Gracias a la presencia permanente en ella
del Espíritu de verdad (cf. Jn 14, 16-17), «la totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,
20. 27) no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el
sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando "desde los obispos hasta los últimos fieles laicos"
presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres».

110. Cuanto se ha dicho hasta ahora acerca de la teología en general, puede y debe ser propuesto de nuevo
para la teología moral, entendida en su especificidad de reflexión científica sobre el Evangelio como don y
mandamiento de vida nueva, sobre la vida según «la verdad en el amor» (Ef 4, 15), sobre la vida de
santidad de la Iglesia, o sea, sobre la vida en la que resplandece la verdad del bien llevado hasta su
perfección. No sólo en el ámbito de la fe, sino también y de modo inseparable en el ámbito de la moral,
interviene el Magisterio de la Iglesia, cuyo cometido es «discernir, por medio de juicios normativos para la
conciencia de los fieles, los actos que en sí mismos son conformes a las exigencias de la fe y promueven su
expresión en la vida, como también aquellos que, por el contrario, por su malicia son incompatibles con
estas exigencias» 172. Predicando los mandamientos de Dios y la caridad de Cristo, el Magisterio de la
Iglesia enseña también a los fieles los preceptos particulares y determinados, y les pide considerarlos como
moralmente obligatorios en conciencia. Además, desarrolla una importante tarea de vigilancia, advirtiendo
a los fieles de la presencia de eventuales errores, incluso sólo implícitos, cuando la conciencia de los
mismos no logra reconocer la exactitud y la verdad de las reglas morales que enseña el Magisterio.

111. El servicio que los teólogos moralistas están llamados a ofrecer en la hora presente es de importancia
primordial, no sólo para la vida y la misión de la Iglesia, sino también para la sociedad y la cultura humana.
Compete a ellos, en conexión íntima y vital con la teología bíblica y dogmática, subrayar en la reflexión
científica «el aspecto dinámico que ayuda a resaltar la respuesta que el hombre debe dar a la llamada
divina en el proceso de su crecimiento en el amor, en el seno de una comunidad salvífica. De esta forma, la
teología moral alcanzará una dimensión espiritual interna, respondiendo a las exigencias de desarrollo
pleno de la "imago Dei" que está en el hombre, y a las leyes del proceso espiritual descrito en la ascética y
mística cristianas» 176.

112. El teólogo moralista debe aplicar, por consiguiente, el discernimiento necesario en el contexto de la
cultura actual, prevalentemente científica y técnica, expuesta al peligro del pragmatismo y del positivismo.
Desde el punto de vista teológico, los principios morales no son dependientes del momento histórico en el
que vienen a la luz. El hecho de que algunos creyentes actúen sin observar las enseñanzas del Magisterio o,
erróneamente, consideren su conducta como moralmente justa cuando es contraria a la ley de Dios
declarada por sus pastores, no puede constituir un argumento válido para rechazar la verdad de las normas
morales enseñadas por la Iglesia.

113. La enseñanza de la doctrina moral implica la asunción consciente de estas responsabilidades


intelectuales, espirituales y pastorales. Por esto, los teólogos moralistas, que aceptan la función de enseñar
la doctrina de la Iglesia, tienen el grave deber de educar a los fieles en este discernimiento moral, en el
compromiso por el verdadero bien y en el recurrir confiadamente a la gracia divina.

114. La responsabilidad de la fe y la vida de fe del pueblo de Dios pesa de forma peculiar y propia sobre los
pastores, como nos recuerda el concilio Vaticano II: «Entre las principales funciones de los obispos destaca
el anuncio del Evangelio. En efecto, los obispos son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos
discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo.
Predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica y la
iluminan con la luz del Espíritu Santo. Sacando del tesoro de la Revelación lo nuevo y lo viejo (cf. Mt 13, 52),
hacen que dé frutos y con su vigilancia alejan los errores que amenazan a su rebaño (cf. 2 Tm 4, 1-4)»
[Link] común deber, y antes aún nuestra común gracia, es enseñar a los fieles, como pastores y
obispos de la Iglesia, lo que los conduce por el camino de Dios, de la misma manera que el Señor Jesús hizo
un día con el joven del evangelio. Respondiendo a su pregunta: «¿Qué he de hacer de bueno para conseguir
vida eterna?», Jesús remitió a Dios, Señor de la creación y de la Alianza; recordó los mandamientos
morales, ya revelados en el Antiguo Testamento; indicó su espíritu y su radicalidad, invitando a su
seguimiento en la pobreza, la humildad y el amor: «Ven, y sígueme». La verdad de esta doctrina tuvo su
culmen en la cruz con la sangre de Cristo: se convirtió, por el Espíritu Santo, en la ley nueva de la Iglesia y
de todo cristiano.

115. En efecto, es la primera vez que el Magisterio de la Iglesia expone con cierta amplitud los elementos
fundamentales de esa doctrina, presentando las razones del discernimiento pastoral necesario en
situaciones prácticas y culturales complejas y hasta críticas. A la luz de la Revelación y de la enseñanza
constante de la Iglesia y especialmente del concilio Vaticano II, he recordado brevemente los rasgos
esenciales de la libertad, los valores fundamentales relativos a la dignidad de la persona y a la verdad de sus
actos, hasta el punto de poder reconocer, al obedecer a la ley moral, una gracia y un signo de nuestra
adopción en el Hijo único (cf. Ef 1, 4-6). Particularmente, con esta encíclica se proponen valoraciones sobre
algunas tendencias actuales en la teología moral. Las doy a conocer ahora, en obediencia a la palabra del
Señor que ha confiado a Pedro el encargo de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 32), para iluminar y
ayudar nuestro común discernimiento.

116. Como obispos, tenemos el deber de vigilar para que la palabra de Dios sea enseñada fielmente. Forma
parte de nuestro ministerio pastoral, amados hermanos en el episcopado, vigilar sobre la transmisión fiel
de esta enseñanza moral y recurrir a las medidas oportunas para que los fieles sean preservados de
cualquier doctrina y teoría contraria a ello. A todos nos ayudan en esta tarea los teólogos; sin embargo, las
opiniones teológicas no constituyen la regla ni la norma de nuestra enseñanza. Su autoridad deriva, con la
asistencia del Espíritu Santo y en comunión «cum Petro et sub Petro», de nuestra fidelidad a la fe católica
recibida de los Apóstoles. Como obispos tenemos la obligación grave de vigilar personalmente para que la
«sana doctrina» (1 Tm 1, 10) de la fe y la moral sea enseñada en nuestras diócesis.

117. En el corazón del cristiano, en el núcleo más secreto del hombre, resuena siempre la pregunta que el
joven del Evangelio dirigió un día a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida
eterna?» (Mt 19, 16). Pero es necesario que cada uno la dirija al Maestro «bueno», porque es el único que
puede responder en la plenitud de la verdad, en cualquier situación, en las circunstancias más diversas. Y
cuando los cristianos le dirigen la pregunta que brota de sus conciencias, el Señor responde con las palabras
de la nueva alianza confiada a su Iglesia. Ahora bien, como dice el Apóstol de sí mismo, nosotros somos
enviados «a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo» (1 Co 1,
17).

118. Al concluir estas consideraciones, encomendamos a María, Madre de Dios y Madre de misericordia,
nuestras personas, los sufrimientos y las alegrías de nuestra existencia, la vida moral de los creyentes y de
los hombres de buena voluntad, las investigaciones de los estudiosos de moral.

119. Esta es la consoladora certeza de la fe cristiana, a la cual debe su profunda humanidad y su


extraordinaria sencillez. A veces, en las discusiones sobre los nuevos y complejos problemas morales,
puede parecer como si la moral cristiana fuese en sí misma demasiado difícil: ardua para ser comprendida y
casi imposible de practicarse. Esto es falso, porque —en términos de sencillez evangélica— consiste
fundamentalmente en el seguimiento de Jesucristo, en el abandonarse a él, en el dejarse transformar por
su gracia y ser renovados por su misericordia, que se alcanzan en la vida de comunión de su Iglesia. «Quien
quiera vivir —nos recuerda san Agustín—, tiene en donde vivir, tiene de donde vivir. Que se acerque, que
crea, que se deje incorporar para ser vivificado. No rehuya la compañía de los miembros» 182. Con la luz
del Espíritu, cualquier persona puede entenderlo, incluso la menos erudita, sobre todo quien sabe
conservar un «corazón entero» (Sal 86, 11).

120. María es también Madre de misericordia porque Jesús le confía su Iglesia y toda la humanidad. A los
pies de la cruz, cuando acepta a Juan como hijo; cuando, junto con Cristo, pide al Padre el perdón para los
que no saben lo que hacen (cf. Lc 23, 34), María, con perfecta docilidad al Espíritu, experimenta la riqueza y
universalidad del amor de Dios, que le dilata el corazón y la capacita para abrazar a todo el género humano.
De este modo, se nos entrega como Madre de todos y de cada uno de nosotros. Se convierte en la Madre
que nos alcanza la misericordia divina.

María es signo luminoso y ejemplo preclaro de vida moral: «su vida es enseñanza para todos», escribe san
Ambrosio 183, que, dirigiéndose en especial a las vírgenes, pero en un horizonte abierto a todos, afirma:
«El primer deseo ardiente de aprender lo da la nobleza del maestro. Y ¿quién es más noble que la Madre de
Dios o más espléndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor?»

También podría gustarte