El timbre suena como siempre: estridente, interminable, como
si la escuela entera estuviera conteniendo la respiración antes
de explotar en caos. Camino por el pasillo principal de Brentley
Academy con mi mochila colgando de un hombro, auriculares
puestos y “Tuesday” de Burak Yeter retumbando en mis oídos.
El volumen está tan alto que apenas escucho los murmullos,
las risitas, los “mira esa” que sé que van dirigidos a mí.
No me importa. O al menos eso me digo cada mañana mientras
me miro en el espejo del baño de chicas: camisa azul clara un
poco ajustada (porque mis tetas Copa D no dan para menos),
falda plisada negra que me llega justo arriba de las rodillas,
medias hasta la pantorrilla y zapatos cómodos. Mi pelo rizado
azabache cae en cascada salvaje, con ese mechón blanco
natural que parece una marca de fábrica. Mido 1.55, soy
chaparrita, tengo pancita suave que odio en los días malos y
amo en los buenos, piel morena, ojos cafés grandes que mi
mamá dice que son “de venado asustado”.
Pero hoy no estoy asustada. Hoy solo quiero llegar a mi
casillero, sacar el libro de física cuántica que estoy devorando y
perderme en números antes de que suene la primera clase.
Marco va a mi lado izquierdo, hablando sin parar sobre el
nuevo mod de Minecraft que instaló anoche. Cole a la derecha,
con sus audífonos colgando del cuello, riéndose de algo que
Eddie dijo atrás. Jordan camina con las manos en los bolsillos,
callado como siempre, e Isabella cierra el grupo, ajustándose la
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diadema mientras me lanza una mirada de “¿estás bien?”.
Asiento sin palabras. Ellos son mi escudo. Mi gente friki, mis
nerds, los que no me juzgan por saber italiano, alemán, ruso,
francés (con acento limón, como digo yo cuando estoy
somnolienta) y español perfecto.
Pero entonces los veo.
Al fondo del pasillo, apoyados contra los lockers como si fueran
dueños del lugar: Dean Barton y su pandilla.
Liam Ross con su sonrisa de comercial de pasta dental, Peyton
Powell revisando su teléfono con cara de aburrido eterno, Hilary
Hutchinson riéndose de algo que dijo Dean. Y Dean… Dean
Barton. Alto, pulcro, camisa impecable arremangada justo lo
necesario, cabello castaño peinado hacia atrás, ojos verdes
que parecen escanear a todos como si fueran inferiores. El rey
indiscutible de Brentley.
El que siempre se sale con la suya. El que me ha lanzado
comentarios desde el año pasado que me hacen hervir la
sangre.
Hoy no es diferente.
Cuando paso cerca, sus ojos se clavan en mí. Siento el peso
de su mirada bajando por mi cuerpo: camisa, falda, piernas.
Sonríe de lado, esa sonrisa sarcástica que odio.
—Finnerman —dice lo suficientemente alto para que todo el
pasillo lo escuche—. ¿Qué buenas nalgas traes hoy? Neta que
deberías prestarme esa falda… o mejor, quitártela y sentarte
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encima de mí. Esas tetas están pidiendo a gritos que les meta
la cara.
Liam suelta una carcajada. Peyton levanta la vista del teléfono
y asiente como si fuera lo más normal del mundo. Hilary rueda
los ojos pero sonríe.
Me detengo. Saco un auricular. Mi grupo se tensa detrás de mí.
Volteo despacio. Mi voz sale calmada, en inglés perfecto
porque sé que le molesta cuando no le doy el gusto de
enojarme en español.
—Barton, si tanto te gustan mis nalgas, cómprate unas pompas
artificiales y siéntate en ellas tú solo. Mis tetas no están en
menú para pendejos como tú.
El pasillo se calla un segundo. Luego estallan risas ahogadas.
Marco suelta un “¡uy!” y Cole me da un codazo de aprobación.
Dean no se inmuta. Solo amplía la sonrisa.
—Ay, qué agresiva, Finnerman. Me encanta cuando te pones
así. Te ves más rica enojada.
Sigo caminando. Mi corazón late fuerte, pero no lo demuestro.
Isabella me agarra del brazo.
—Ignore that asshole —susurra.
Pero no lo ignoro. Nunca lo ignoro del todo.
La veo pasar y algo dentro de mí se revuelve. No es solo que
sea guapa —porque lo es, joder, con ese pelo rizado salvaje, el
mechón blanco que parece salido de un anime, ojos cafés que
te miran como si supieran todos tus secretos—. Es que no se
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doblega. Nunca.
Todas las demás chicas en Brentley bajan la mirada, se
sonrojan, ríen nerviosas cuando les digo algo subido de tono.
Xime Finnerman no. Me devuelve el golpe y sigue su camino
como si yo fuera un mosquito molesto.
Hoy fue épico. “Cómprate unas pompas artificiales”. Casi me río
en su cara, pero me contuve. Liam me da una palmada en la
espalda.
—Te acaba de destrozar, bro.
—Cállate —le digo, pero estoy sonriendo de verdad.
Hilary me mira raro.
—¿Por qué siempre la molestas? Es como si te gustara que te
humille.
—No me humilla —miento—. Solo es divertido verla reaccionar.
Pero neta que no es solo divertido. Desde el primer día del año
pasado, cuando la vi en el pasillo con su grupo de frikis
—Marco, Cole, Eddie, Jordan e Isabella—, algo cambió. Ella no
era como las demás. No intentaba encajar con los populares.
Caminaba con su libro de física debajo del brazo, hablando en
ruso con Eddie sobre algún juego o en italiano con Isabella
sobre comida. Y ese mechón blanco… joder, me tiene
obsesionado.
La quiero. No como a las otras. Quiero que me mire de verdad,
no con odio. Quiero que se sonroje por mí, no por vergüenza.
Quiero… mierda, quiero hacerla sentir bien. Como dice esa
canción que escuché en su playlist una vez que se le cayó el
teléfono cerca de mí: “I Can Make You Feel Good”.
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Pero por ahora, solo soy el idiota que le dice groserías porque
no sé cómo acercarme de otra forma.
La veo doblar la esquina hacia el salón de AP Physics. Su falda
se mueve con cada paso, y juro que mi corazón se acelera.
Liam me codea.
—¿Vas a seguirle o qué?
—No seas imbécil —digo, pero ya estoy caminando detrás.
No sé qué voy a hacer cuando la alcance. Solo sé que no
puedo dejar de pensar en ella.
El día apenas empieza.
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El pasillo de los lockers del segundo piso siempre huele a
perfume caro mezclado con sudor adolescente y el olor
metálico de los libros nuevos. Estoy agachada frente a mi
casillero, buscando el cuaderno de cálculo avanzado que dejé
aquí ayer. La falda se me sube un poco más de lo que quisiera,
pero no pienso en eso; solo quiero el maldito cuaderno antes
de que suene el timbre para la clase de AP Calculus.
Marco está a unos pasos, charlando con Jordan sobre el último
episodio de Stranger Things (porque en 2015 todos estamos
obsesionados con eso). Isabella me espera apoyada en el
locker de al lado, revisando su teléfono. Cole y Eddie ya se
adelantaron al salón porque Eddie juró que hoy iba a intentar
ligar con la nueva chica de francés.
Saco el cuaderno por fin. Me enderezo despacio, sintiendo
cómo la tela de la falda se acomoda de nuevo. Y entonces lo
siento.
Un cuerpo cálido, firme, pegándose justo detrás de mí. Manos
que ni siquiera me tocan, pero que se colocan a los lados de mi
cadera, como si estuviera acorralándome contra el metal frío
del casillero.
Siento su aliento en mi nuca, el olor a colonia cara y a chicle de
menta. Y algo duro, inconfundible, presionando contra mi
trasero por un segundo eterno.
Mi corazón se detiene
.
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Antes de que pueda reaccionar, una voz baja, ronca, casi un
susurro al oído:
—Neta que cuando te agachas así, Finnerman, me dan ganas
de levantarte la falda y ver si lo que hay debajo es tan rico
como se ve.
Dean Barton.
Su voz es puro veneno dulce. Siento el calor subir por mi cuello,
mis mejillas ardiendo. Quiero girarme y darle una cachetada,
gritarle en alemán que es un hijo de puta (porque cuando me
enojo de verdad, el alemán sale solo: “Du verdammtes
Arschloch!”), pero mi cuerpo se congela por un segundo. Solo
un segundo.
Y entonces se aparta.
Como si nada.
Escucho sus pasos alejándose, la risa baja de Liam, el “¡vamos,
bro!” de Peyton y el taconeo de Hilary siguiéndolos. Se van por
el pasillo como reyes, dejando un rastro de risitas y miradas
curiosas de los demás estudiantes.
Me quedo ahí, con el cuaderno apretado contra el pecho,
respirando rápido. Isabella se acerca de inmediato.
—¿Qué pasó? Vi que Barton se te pegó como lapa
.
—Nada —miento, aunque mi voz tiembla un poco—. Solo el
idiota de siempre siendo idiota.
Marco frunce el ceño.
—¿Te tocó?
—No exactamente… solo… se arrimó. Como un pendejo.
Jordan, que casi nunca habla, aprieta los puños.
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—Voy a partirle la cara.
—No —digo rápido—. No vale la pena. Es Dean Barton.
Siempre se sale con la suya y si le pegan, sus papás compran
la escuela o algo así.
Isabella me abraza por los hombros.
—Vamos al salón. Ignóralo. Es un imbécil.
Pero mientras camino hacia el salón, siento todavía el fantasma
de su cuerpo contra el mío. Y lo peor: una parte de mí —una
parte pequeña, traicionera— sintió un cosquilleo que no
debería haber sentido.
Me alejo del pasillo con el corazón latiéndome en la garganta.
Liam me da un empujón juguetón.
—Bro, eso fue épico. La dejaste tiesa.
Peyton solo sonríe de lado, como siempre, sin decir mucho.
Hilary me mira con una ceja levantada.
—¿De verdad tenías que hacer eso? Parecías un perro en celo.
—Cállate, Hil —le digo, pero estoy sonriendo. No puedo
evitarlo.
Porque neta que sentí todo. Cuando me pegué detrás de ella,
cuando vi cómo se tensó su espalda, cómo su respiración se
aceleró… joder. Su culo perfecto contra mí, solo por un
segundo, pero suficiente para que mi cabeza se nuble.
Quería quedarme ahí, agarrarla de las caderas y susurrarle al
oído que la iba a hacer gemir mi nombre. Pero me contuve.
Porque si me quedaba más tiempo, iba a hacer algo estúpido
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como besarla ahí mismo, frente a todos.
Y ella no me quiere. Todavía no.
O tal vez sí. Vi cómo se le pusieron rojas las orejas. Vi cómo no
se movió de inmediato. Eso cuenta, ¿no?
Llegamos al salón de gobierno estudiantil (porque sí, soy el
presidente, obvio).
Me siento en mi lugar de siempre, el del fondo, donde puedo
ver la puerta. Espero que ella pase por aquí después de su
clase, aunque sé que su salón está en el otro pasillo.
Liam se sienta a mi lado.
—¿Vas a seguirle la corriente o qué? Porque si sigues así, un
día te va a denunciar por acoso.
—No es acoso —digo, aunque una parte de mí sabe que estoy
jugando con fuego—. Es… coqueteo agresivo.
Hilary rueda los ojos.
—Coqueteo agresivo es cuando le dices “qué bonitas tetas” y
ella se ríe. Lo tuyo ya es borderline.
—No me denunciaría —murmuro, más para mí que para
ellos—. Xime Finnerman no es de las que corren a contarle al
director. Es de las que te devuelve el golpe.
Y eso es exactamente lo que me tiene loco.
Porque cada vez que me insulta, cada vez que me mira con
esos ojos cafés llenos de fuego, me dan más ganas de romper
esa barrera.
Quiero que me odie menos. Quiero que me mire y piense “tal
vez no es tan mierda”. Quiero… mierda, quiero tocarla de
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verdad. No solo arrimarme como un idiota en el pasillo.
Quiero besarla hasta que se le olvide por qué me odia.
El timbre suena. La clase empieza.
Pero yo sigo pensando en ella. En cómo se sintió su cuerpo
contra el mío.
En cómo su pelo rizado olía a vainilla y algo dulce que no pude
identificar.
Y sé que no voy a parar.
Porque Dean Barton siempre consigue lo que quiere.
Y ahora quiero a Xime Finnerman.
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El timbre del almuerzo suena como una alarma de incendio,
pero nadie corre hacia la salida. Todos se dirigen al pasillo
principal porque es el lugar donde pasa todo: los chismes, las
peleas, los ligues, las humillaciones públicas. Yo camino con mi
grupo como siempre: Isabella a mi derecha, Marco a la
izquierda, Cole y Eddie discutiendo sobre si The Witcher 3 va a
ser el juego del año (porque estamos en 2015 y eso es lo que
importa), Jordan cerrando fila con su silencio habitual.
Llevo la camisa azul clara un poco desabotonada en el cuello
por el calor, la falda plisada negra moviéndose con cada paso,
mi pelo rizado azabache cayendo en ondas salvajes con ese
mechón blanco natural brillando como si tuviera luz propia.
Mido 1.55, soy chaparrita, tengo pancita suave que hoy no me
molesta tanto, y mis tetas Copa D hacen que la camisa se
tense justo donde debe. Sé que me miran. Siempre me miran.
Desde que entré a Brentley, pasé de ser la “gorda nerd” de
secundaria a la chica más inalcanzable de la Academia. Pero
hoy no quiero atención. Hoy solo quiero comer un sándwich y
perderme en mi libro de física antes de la siguiente clase.
Entonces lo veo.
Dean Barton está al fondo del pasillo, apoyado contra los
lockers como si fuera el dueño del lugar. Liam a un lado
contando un chiste, Peyton revisando su teléfono con cara de
aburrido eterno, Hilary ajustándose el cabello mientras ríe. Pero
Dean no está riendo. Sus ojos verdes me encuentran de
inmediato, como si tuviera un radar solo para mí. No sonríe.
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Solo me mira. Fijo. Intenso. Como si el resto del mundo no
existiera.
Mi estómago se contrae.
Sigo caminando, intentando ignorarlo. Isabella me codea.
—¿Por qué te pusiste pálida de repente?
—No estoy pálida —miento.
Pero Dean se despega del grupo. Camina directo hacia mí. La
gente empieza a notar. Los murmullos crecen. El pasillo se va
callando poco a poco, como si todos supieran que algo grande
está a punto de pasar.
Llega frente a mí. Se detiene a un paso. Mi grupo se tensa al
instante: Marco aprieta los puños, Jordan da un paso adelante
como si estuviera listo para intervenir, Isabella me agarra del
brazo con fuerza, Cole y Eddie se callan de golpe.
Dean no les presta atención. Solo me mira a mí.
—Xime —dice, voz baja pero clara, lo suficientemente alta para
que los de alrededor escuchen.
—¿Qué quieres, Barton? —respondo, cruzándome de brazos.
Mi voz sale más temblorosa de lo que quisiera. Levanto la
barbilla para disimular.
Él da un paso más. Ahora está tan cerca que huelo su colonia
cara, su aliento a menta fresca. Sus ojos bajan por mi cuerpo
—camisa, falda, piernas— y vuelven a subir hasta mis ojos.
Pero esta vez no hay burla. Hay algo crudo, desesperado.
—No aguanto más fingir —dice.
Y entonces me besa.
Frente a toda la Academia.
Sus manos van directo a mis mejillas, cálidas y firmes, y su
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boca cae sobre la mía como si llevara meses esperando este
momento. No es un beso tímido. Es profundo desde el primer
segundo: sus labios presionan los míos con urgencia, su lengua
roza la mía y yo… respondo sin pensarlo. Mis manos suben
solas a su pecho, agarrando la tela de su camisa impecable.
Gimo bajito contra su boca —un sonido que me avergüenza,
pero no puedo evitarlo— y él gruñe en respuesta, una mano
bajando a mi cintura para pegarme más contra él, la otra
enredándose en mi pelo rizado.
El pasillo explota.
Gritos. Silbidos. “¡No mames!”. “¡Dean y Finnerman?!”. “¡¿Qué
chingados?!”. Celulares saliendo de todos lados para grabar.
Hilary suelta un “¡Oh my fucking God!”. Liam aplaude como
loco. Peyton solo levanta una ceja y sonríe de lado. Alguien
grita “¡Get a room, pendejos!”. Risas. Jadeos. Celos. Envidia.
Todo al mismo tiempo.
Pero yo no escucho nada. Solo siento a Dean. Su sabor a
menta y a algo dulce que no identifico. Su corazón latiendo tan
rápido como el mío contra mi pecho. Mi pancita apretada contra
su abdomen. Mis tetas presionadas contra él. Todo mi cuerpo
en llamas, cosquilleando desde la nuca hasta las piernas.
Cuando se separa, los dos estamos jadeando. Su frente contra
la mía. Sus manos todavía en mi cintura.
—Te dije que quería intentarlo de verdad —susurra, solo para
mí—. Y no me importa quién lo vea.
Miro alrededor. Todo el mundo nos está viendo. Mi grupo está
congelado: Isabella con la boca abierta, Marco murmurando
“what the actual fuck”, Eddie con los ojos como platos, Jordan
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apretando los puños listo para pelear si hace falta. Hay chicos
que me han coqueteado antes mirándome con cara de derrota.
Chicas que babean por Dean ahora me fulminan con la mirada.
Pero Dean no me suelta.
—Dime que pare si quieres —dice bajito, su aliento rozando
mis labios—. Pero no lo haré fácil.
No digo nada. Mi cabeza es un torbellino. Odio a Dean Barton.
O lo odiaba. O tal vez todavía lo odio un poquito. Pero este
beso… este beso lo cambió todo.
Y entonces, sin pensarlo dos veces, me pongo de puntitas
(porque soy chaparrita y él es alto) y lo beso de nuevo. Corto.
Dulce. Pero mío. Mis manos en su nuca, tirando un poco de su
pelo.
El pasillo estalla otra vez. Más fuerte.
La besé frente a toda la pinche Brentley Academy.
Y fue la mejor decisión de mi vida.
Cuando mis labios tocaron los suyos, sentí que algo dentro de
mí se rompía y se arreglaba al mismo tiempo. No fue como en
mis fantasías sucias donde la imaginaba contra los lockers con
la falda levantada. Fue real. Intenso. Dulce.
Cuando gimió contra mi boca, casi pierdo la cabeza. Pero me
contuve. Porque por primera vez, no quiero solo follarla. Quiero
todo. Quiero sus risas, sus enojos en alemán, sus playlists
raras, su mechón blanco, su pancita suave, todo.
Ahora todos nos ven. Algunos graban. Otros murmuran. Hilary
me va a matar después por no avisarle. Liam ya está gritando
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“¡eso, cabrón!” como idiota. Peyton solo asiente, como si lo
viera venir desde el primer día que la vi en el pasillo con su
grupo de frikis.
Pero Xime… Xime me devolvió el beso. Frente a todos. Y
cuando se puso de puntitas para besarme otra vez, juro que
sentí que el piso se movía.
La abrazo más fuerte. Su cuerpo perfecto contra el mío. Su
pelo oliendo a vainilla. Quiero quedarme así para siempre.
Cuando nos separamos por fin, la miro a los ojos.
—Ahora sí eres mía, Finnerman —susurro.
Ella rueda los ojos, pero sonríe. Pequeño. Tímido. Hermoso. El
tipo de sonrisa que me hace querer ser mejor persona.
—No te emociones tanto, Barton. Todavía te odio un poquito.
—Mientes —digo, besándola en la frente.
La gente empieza a dispersarse poco a poco. El timbre de
regreso a clases está a punto de sonar. Pero no la suelto.
Marco se acerca, todavía en shock.
—Xime… ¿qué carajos?
Ella asiente, sin dejar de mirarme.
—Estoy… bien. Muy bien.
Isabella me fulmina con la mirada.
—Si le rompes el corazón, te parto la madre.
Sonrío.
—No lo haré.
Y lo digo en serio. Por primera vez en mi vida, lo digo en serio.
Caminamos juntos hacia la cafetería. Mano en mano. Frente a
toda la Academia.
Porque Dean Barton por fin consiguió lo que quería.
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Y esta vez, no fue por ego.
Fue por ella.
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El resto del día es un borrón de murmullos, miradas y mensajes
en el grupo de WhatsApp que nunca para de vibrar.
Después del beso en el pasillo principal, Dean no me soltó la
mano. Caminamos juntos hacia la cafetería como si fuéramos
pareja desde siempre. Mano en mano. Dedos entrelazados. Él
con esa sonrisa satisfecha de quien acaba de ganar el juego
entero, yo tratando de no hiperventilar porque sentía que todos
los ojos del planeta estaban clavados en nosotros.
En la fila de la comida, Liam se acercó corriendo con una
bandeja en la mano y una cara de “no lo puedo creer”.
—Bro, ¿desde cuándo? ¿Cuándo pasó esto? ¿Fue anoche?
¿Fue en secreto? ¡Cuéntennos todo!
Dean solo se encogió de hombros, me apretó la mano un poco
más fuerte y dijo:
—Hace rato. Y no es asunto tuyo, Ross.
Hilary se paró al lado de mí, cruzada de brazos, mirándome de
arriba abajo como si estuviera evaluando si soy digna o no.
—No pensé que fueras de las que caen por el encanto barato
de Barton —dijo, pero su tono no era tan venenoso como
esperaba. Había curiosidad. Casi… respeto.
—No caí —respondí, aunque mi voz salió más suave de lo
normal—. Solo… dejé de pelear
.
Ella soltó una risa corta.
—Bienvenida al club de las que lo toleran, supongo.
Peyton, como siempre, no dijo nada.
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Solo me miró un segundo más de lo normal y asintió, como
aprobando.
Mi grupo, en cambio, estaba en shock total.
Nos sentamos en nuestra mesa de siempre, la del fondo cerca
de las ventanas, la de los frikis. Isabella fue la primera en
explotar.
—¿Qué carajos fue eso, Xime? ¿En serio? ¿Dean Barton? ¿El
mismo que te dijo que quería meterte las tetas en la boca como
si fueras un menú de McDonald’s?
Marco se atragantó con su refresco.
—Isabella, por favor.
Cole se inclinó hacia adelante, ojos brillantes de emoción
morbosa.
—Neta, cuéntanos. ¿Fue planeado? ¿Te mandó mensaje
anoche? ¿O simplemente decidió besarte frente a toda la
escuela como en una película mala?
Eddie solo negó con la cabeza.
—Esto es raro. Muy raro. Él no es de los que se comprometen.
Y tú… tú eres Xime. La inalcanzable.
Jordan, que casi nunca habla, murmuró:
—Si te hace daño, lo mato.
Todos se callaron un segundo. Luego Isabella me agarró la
mano por debajo de la mesa.
—¿Estás bien de verdad? Porque si esto es solo un juego para
él…
—No lo sé —admití, bajito—. Pero cuando me besó… no sentí
que fuera un juego. Sentí que… que lo decía en serio.
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Me miraron como si hubiera dicho que la Tierra es plana.
Isabella suspiró.
—Ok. Vamos a observarlo. Si en una semana sigue siendo el
mismo idiota, lo mandamos a la mierda juntas.
Asentí. Pero en el fondo, una parte de mí ya sabía que no iba a
ser fácil dejarlo ir.
Después del almuerzo, la escuela entera está hablando de
nosotros. En los baños, en los grupos de Snapchat, en los
pasillos. “Dean Barton besó a la Finnerman”. “¿En serio? ¿La
nerd de pelo blanco?”. “Pensé que era solo un chiste”. “No, lo
grabaron, mira el video”.
Liam no para de joder.
—Bro, ya eres viral en la escuela. Hasta la chica nueva de
primer año preguntó quién era tu novia.
—No es mi novia —digo, aunque la palabra me gusta más de lo
que debería—. Todavía.
Peyton levanta una ceja.
—¿Todavía?
Hilary rueda los ojos.
—Estás jodido, Barton. Esa chica no es como las demás. Si la
cagas, no va a llorarte en el hombro. Va a hacerte sufrir en
silencio y luego te va a ignorar para siempre.
—Lo sé —murmuro.
Y por eso estoy nervioso. Porque nunca he estado nervioso por
una chica. Nunca.
En la clase de AP English, que compartimos (porque el destino
es un cabrón), entro tarde a propósito para sentarme atrás de
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ella. Xime ya está ahí, con su cuaderno abierto, escribiendo
algo en italiano (lo sé porque reconozco las palabras: “non so
cosa sto facendo”). Su pelo rizado cae por su espalda, el
mechón blanco brillando bajo la luz. Lleva la misma camisa azul
clara, pero ahora parece más… vulnerable.
Me siento justo detrás. Me inclino un poco.
—Hola —susurro.
Ella se tensa, pero no se da la vuelta de inmediato.
—Hola —responde, sin mirarme.
—¿Estás enojada?
Silencio un segundo.
—No. Solo… confundida.
Me acerco más, mi aliento en su oreja.
—Entonces déjame aclararte algo: no fue un impulso. Llevo
meses queriendo hacer eso. Meses pensando en ti. En cómo
me miras cuando me mandas a la mierda. En cómo te pones
roja cuando te digo groserías. En cómo caminas con tu grupo
como si fueras la reina de los frikis. Todo eso me vuelve loco,
Xime
.
Ella gira la cabeza un poco. Sus ojos cafés me encuentran.
Brillan.
—¿Y ahora qué? —pregunta bajito.
—Ahora… te invito a salir. De verdad. Mañana después de
clases. Sin público. Sin cámaras. Solo nosotros.
Se muerde el labio. Ese gesto me mata.
—¿A dónde?
—A un lugar donde puedas hablar en todos tus idiomas raros
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sin que nadie te juzgue. Y donde yo pueda besarte sin que toda
la escuela lo vea… aunque no me molesta repetirlo.
Ella suelta una risa suave. La primera risa real que me regala.
—Ok, Barton. Pero si me dices otra vez algo de mis tetas en
público, te pateo las bolas.
Sonrío.
—Trato hecho.
El profesor empieza a hablar de Shakespeare. Pero yo solo
miro su nuca. Su pelo. Su espalda. Y pienso que por primera
vez en mi vida, tengo algo que vale la pena cuidar.
Después de clases, Dean me espera en el estacionamiento. No
con su Jeep lleno de amigos. Solo él. Apoyado contra la puerta
del conductor, manos en los bolsillos, mirándome llegar.
Cuando me acerco, me abre la puerta del copiloto.
—Sube.
—¿A dónde vamos? —pregunto, aunque ya subo.
—A un café en Venice Beach. Tienen el mejor latte de vainilla
que vas a probar. Y hay un rincón donde nadie nos va a
molestar.
Arranca. Pone música baja: “Never Be Like You” de Flume. Una
de mis favoritas.
—¿Cómo sabías que me gusta esta canción? —pregunto.
—Te vi escuchándola una vez. Se te cayó el teléfono y vi tu
playlist.
Me río.
—Eres un stalker.
—Solo observador —dice, y me mira de reojo—. Observador
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obsesionado.
Llegamos al café. Nos sentamos en una mesa pequeña afuera,
con vista al mar. El sol está bajando. El aire huele a sal y a
café.
Dean pide por los dos: latte de vainilla para mí, americano
negro para él.
Cuando llega la bebida, me mira serio.
—Xime… quiero que sepas que no soy perfecto. Soy arrogante.
Soy manipulador a veces. He sido un idiota contigo desde el
principio. Pero… me gustas. Mucho. Más de lo que he sentido
por nadie. Y quiero intentarlo bien. Sin juegos. Sin groserías
gratuitas. Solo… nosotros.
Trago saliva. Mi corazón late fuerte.
—Yo también siento algo —admito—. Pero tengo miedo.
Porque si me rompes el corazón, Dean… no sé si voy a poder
perdonarte.
Él toma mi mano por encima de la mesa.
—No lo voy a romper. Te lo prometo.
Y entonces me besa. Suave. Lento. Dulce. Sin público. Solo
nosotros y el sonido de las olas.
Cuando se separa, sonríe.
—¿Mejor?
—Mucho mejor —digo, y me acerco para besarlo otra vez.
22
Xime Finnerman
El día siguiente al beso público es como caminar en una nube
con espinas. Todo el mundo nos mira diferente. Algunos con
envidia pura, otros con curiosidad morbosa, y unos cuantos con
cara de “esto no va a durar ni una semana”. En los pasillos,
cada vez que paso con mi grupo, alguien susurra “ahí va la
novia de Barton” o “mira, la Finnerman ya cayó”.
Isabella me defiende con miradas asesinas y Marco murmura
amenazas en voz baja, pero yo… yo solo sonrío un poco.
Porque, neta, me siento bien. Nerviosa, sí. Confundida,
también. Pero bien.
Después de la última clase, estoy en mi casillero recogiendo
libros para el fin de semana. El pasillo ya está casi vacío; la
mayoría se fue a prácticas o directo a casa. Tengo los
auriculares puestos con “Feel Good” de Clara la San sonando
bajito, tarareando mientras meto el cuaderno de cálculo y un
libro de física cuántica que me tiene obsesionada.
Entonces siento su presencia antes de verlo. Ese olor a colonia
cara y menta que ya reconozco. Me doy la vuelta despacio.
Dean está ahí, solo, apoyado contra el locker de enfrente con
las manos en los bolsillos de su pantalón. Camisa blanca
arremangada, cabello un poco despeinado después de un día
largo, ojos verdes clavados en mí como si no hubiera nadie
más en el mundo.
—Finnerman —dice, voz baja y ronca—. ¿Lista para irnos?
23
Ayer después del café en Venice Beach quedamos en que hoy
me llevaría a casa. O eso dijo. Pero la forma en que me mira
ahora no parece que tenga prisa por salir de la escuela.
—Todavía no termino de guardar todo —respondo, cerrando el
casillero con un clic suave.
Él se acerca. Paso a paso. Lento. Como si estuviera
saboreando cada segundo.
Cuando llega frente a mí, no dice nada más. Solo me toma de
la cintura con las dos manos, me levanta del suelo como si no
pesara nada (soy chaparrita, pero no soy pluma, y aun así me
carga sin esfuerzo), y me pega contra los lockers.
Mis piernas se enredan instintivamente alrededor de su cintura.
Mis manos van a sus hombros para sostenerme. El metal frío
del locker choca contra mi espalda, pero no me importa porque
su cuerpo está pegado al mío y su boca ya está buscando la
mía.
Me besa con hambre. No como ayer frente a todos, que fue
intenso pero controlado.
Este beso es crudo, desesperado. Sus labios devoran los míos,
su lengua entra sin pedir permiso y yo le respondo igual,
mordiendo su labio inferior un poco, tirando de su pelo con los
dedos. Gimo contra su boca cuando una de sus manos sube
por mi espalda y se enreda en mi pelo rizado, jalando suave
para inclinarme más hacia él.
Siento todo: su pecho duro contra mis tetas, su abdomen
apretado contra mi pancita, sus caderas presionando entre mis
piernas. El calor me sube por el cuello, por el pecho, por todo el
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cuerpo. Mis uñas se clavan en sus hombros a través de la
camisa.
Él gruñe bajito, un sonido que me hace temblar.
—Joder, Xime… —murmura contra mis labios—. Me vuelves
loco.
Me besa el cuello. Mordiscos suaves, besos abiertos. Bajo la
oreja, en la clavícula.
Yo echo la cabeza hacia atrás contra el locker, respirando
rápido.
—Dean… alguien puede vernos —susurro, aunque no me
importa de verdad.
—Que vean —dice, volviendo a mi boca—. Que todo el mundo
sepa que eres mía.
Me besa otra vez. Más profundo. Más lento ahora. Sus manos
bajan a mis muslos, sosteniéndome firme contra él. Siento
cómo se endurece contra mí y un cosquilleo me recorre entera.
No sé cuánto tiempo estamos así. Minutos. Horas. El mundo se
reduce a sus labios, su lengua, su aliento mezclado con el mío,
el latido acelerado de nuestros corazones.
Cuando por fin nos separamos, los dos estamos jadeando. Mi
pelo está revuelto, mis labios hinchados, mis mejillas ardiendo.
Él me mira con los ojos oscurecidos, como si quisiera seguir.
—Te cargo hasta el carro si quieres —dice, sonriendo de lado.
Me río bajito, todavía pegada a él.
—Bájame, idiota. Puedo caminar.
Me baja despacio, mis pies tocando el suelo. Pero no me
suelta. Sus manos siguen en mi cintura, su frente contra la mía.
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—Hoy te llevo a casa —susurra—. Y mañana… quiero verte
otra vez. Fuera de la escuela. Solo nosotros.
Asiento. No puedo decir que no.
—Ok.
Me da un beso corto, dulce, en los labios. Luego en la frente.
—Vamos.
Caminamos por el pasillo vacío, mano en mano. Él me lleva
pegada a su lado, como si tuviera miedo de que me escape
.
Y yo… yo ya no quiero escapar.
Dean Barton
Cargarla contra los lockers fue la mejor idea que he tenido en
mi vida.
Sentirla así, envuelta alrededor de mí, sus piernas
apretándome, sus tetas contra mi pecho, su pelo rizado
cayéndome en la cara… joder. Casi pierdo el control ahí mismo.
Quería levantarle la falda, tocarla, hacerla gemir mi nombre
hasta que se olvidara de todo lo demás.
Pero me contuve. Porque con ella no quiero apresurarme.
Quiero que sea lento. Quiero que confíe en mí. Quiero que
cada vez que me mire piense “este cabrón vale la pena”.
Cuando la bajé, vi cómo le brillaban los ojos. Cómo se le
hinchaban los labios.
Cómo se le ponía la piel de gallina en el cuello donde la besé.
La llevo al Jeep. Le abro la puerta. Sube. Pongo “Agora Hills”
de Doja Cat porque sé que le gusta (la vi cantándola una vez
en el pasillo con Isabella). Arranco.
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En el camino, ella pone su mano en mi muslo. No dice nada.
Solo me mira de reojo y sonríe.
Llegamos a su casa. Me estaciono enfrente.
—Gracias por traerme —dice, pero no se baja de inmediato.
Me inclino y la beso otra vez. Suave. Lento. Dulce.
—Mañana paso por ti a las 7 —digo—. Vamos a cenar. Nada
fancy. Solo… tú y yo.
Ella asiente.
—Suena perfecto.
Se baja. Camina hacia su puerta. Se da la vuelta una última
vez y me manda un beso volado.
Yo me quedo ahí, viéndola entrar, con una sonrisa idiota en la
cara.
Porque Xime Finnerman ya no es solo la chica que me volvía
loco.
Es la chica que quiero hacer feliz todos los días.
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Xime Finnerman
El lunes siguiente al beso contra los lockers, la Academia
parece un campo minado disfrazado de escuela. Todo el
mundo habla de nosotros. No solo susurran; lo dicen en voz
alta, como si fuéramos el reality show del semestre.
Entro al pasillo principal con mi grupo como siempre: Isabella
pegada a mi lado, Marco escaneando el lugar como si esperara
un ataque, Cole y Eddie discutiendo sobre el nuevo trailer de
Star Wars: The Force Awakens (porque estamos en 2015 y eso
es lo que nos mantiene vivos), Jordan caminando atrás con su
expresión de “no me involucren”. Llevo la camisa azul clara un
poco más ajustada hoy porque me siento valiente, la falda
plisada, el pelo rizado suelto y el mechón blanco brillando como
un faro.
Pero por dentro estoy nerviosa. Porque sé que no todo el
mundo está feliz con que Dean Barton haya elegido a la “nerd
friki” en lugar de alguna de las chicas populares que siempre lo
rodean.
Y lo peor: no me equivoco.
Llegamos a los lockers y ahí está Hilary Hutchinson, sola,
apoyada contra el metal con los brazos cruzados y una sonrisa
que no llega a los ojos. Hilary siempre ha sido la reina del
drama sutil: nunca grita, pero sus palabras cortan como vidrio.
—Finnerman —dice, mirándome de arriba abajo—. Qué
sorpresa verte tan… radiante. ¿Es el amor o solo el maquillaje?
Isabella se tensa al instante.
—¿Qué quieres, Hilary?
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Hilary ignora a Isabella y se dirige solo a mí.
—Solo quería felicitarte. No pensé que Dean tuviera un lado
tan… caritativo. Pasar de modelos de Instagram a… bueno, a
ti. Debe ser refrescante para él.
Marco da un paso adelante.
—Cuida tu boca, Hutchinson.
Hilary se ríe bajito.
—Tranquilo, friki. No estoy diciendo nada que no piense todo el
mundo. Dean siempre ha tenido un tipo: altas, delgadas,
perfectas. Y de repente elige a la chaparrita con pancita y tetas
que parecen de otro planeta. Es… curioso.
Siento el calor subir por mi cuello. No es la primera vez que
escucho algo así. En secundaria me decían cosas peores por
no encajar en los estándares de belleza: “gorda”, “fea”, “nunca
vas a tener novio”. Pensé que en Brentley eso había terminado.
Que ser la “inalcanzable” me protegía. Pero al parecer, cuando
eliges a alguien como Dean, el odio regresa disfrazado de
“preocupación”.
Antes de que pueda responder, una voz corta el aire.
—¿Problemas, Hil?
Dean aparece de la nada. Alto, pulcro, camisa impecable, pero
con los ojos verdes encendidos de rabia contenida. Se para a
mi lado, su brazo rodeando mi cintura de inmediato,
pegándome a él como si fuera su escudo humano (o más bien,
como si yo fuera lo que protege).
Hilary levanta una ceja.
—Solo charlaba con tu nueva… adquisición.
Dean aprieta la mandíbula.
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—No es una adquisición. Es mi novia. Y si vuelves a hablarle
así, vas a tener que explicarle a tu papá por qué perdiste tu
lugar en el consejo estudiantil. Porque yo puedo hacer que
pase.
Hilary palidece un segundo, pero se recompone rápido.
—Tranquilo, rey. Solo estoy siendo honesta. No todos estamos
de acuerdo con tu nuevo gusto.
Dean se acerca un paso más, su voz baja y peligrosa.
—Entonces no estés de acuerdo en silencio. Porque si sigues
hablando mierda de ella, vas a tener que lidiar conmigo. Y
sabes que no juego limpio.
Hilary mira alrededor. Hay gente viendo. Celulares listos. Ella
sonríe forzada.
—Ok, ok. Mensaje recibido. Disfruten su… romance de cuento
de hadas.
Se va taconeando, pero su salida no es tan triunfal como
quería.
Dean se gira hacia mí. Su expresión cambia al instante: de furia
a preocupación.
—¿Estás bien?
Asiento, aunque mi voz sale pequeña.
—Estoy acostumbrada.
—No deberías estarlo —dice, bajito. Me toma la cara con las
dos manos, obligándome a mirarlo—. Nadie va a hablarte así
nunca más. No mientras yo esté aquí.
Me besa en la frente. Luego en los labios. Corto, pero firme.
Frente a quien esté viendo.
Mi grupo se relaja un poco. Isabella murmura:
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—Ok, eso fue… protector. Punto para Barton.
Marco gruñe.
—Todavía no me convence del todo.
Pero Dean no les hace caso. Solo me mira a mí.
—Vamos a clases. Después te llevo a comer algo. Solo
nosotros.
Asiento. Y por primera vez en el día, respiro tranquila.
Dean Barton
El resto del día es una mierda.
Después del enfrentamiento con Hilary, los rumores se
multiplican. En el baño de chicos, algunos pendejos comentan
que “Dean solo está con ella por pena” o que “seguro la deja en
una semana cuando se aburra”. Liam me cuenta que oyó a un
grupo de juniors diciendo que “Finnerman no aguanta el ritmo
de Barton” y que “va a terminar llorando cuando él vuelva con
las de siempre”.
Cada comentario me hierve la sangre.
En el almuerzo, me siento con Xime y su grupo (porque ya no
voy a mi mesa habitual; prefiero estar con ella). Isabella me
mira raro, pero no dice nada. Cole y Eddie empiezan a hablar
de videojuegos para romper el hielo. Jordan solo observa.
Xime está callada. Come su sándwich despacio, mirando el
plato.
Le tomo la mano por debajo de la mesa.
—Oye —susurro—. No les hagas caso.
Ella me mira. Sus ojos cafés brillan un poco.
—Es que… duele. Pensé que aquí era diferente. Que ya no me
iban a juzgar por mi cuerpo.
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La abrazo por los hombros. La acerco a mí.
—Eres perfecta, Xime. Tu pancita, tus tetas, tu pelo, tu mechón
blanco, tu forma de hablar en cinco idiomas cuando estás
nerviosa… todo. Y si alguien no lo ve, es su problema. No el
tuyo.
Ella se ríe bajito, aunque suena un poco lloroso.
—Eres cursi cuando quieres.
—Solo contigo —digo, y la beso en la sien.
Después de clases, la llevo al Jeep. No vamos directo a casa.
La llevo a un parque cerca de la playa, donde hay bancos con
vista al mar. Nos sentamos. El sol está bajando.
Ella se acurruca contra mí.
—Gracias por defenderme hoy —dice.
—No tienes que agradecerme. Es lo que se hace cuando
quieres a alguien.
Se queda callada un segundo.
—¿Me quieres?
La miro. Sonrío.
—Desde el primer día que te vi en el pasillo con tu grupo. Solo
era demasiado idiota para admitirlo.
Ella se pone de puntitas y me besa. Lento. Dulce. Sus manos
en mi nuca.
Cuando se separa, murmura:
—Yo también te quiero. Un poquito. Todavía te odio un poquito
también.
Me río.
—Me conformo con eso.
Nos quedamos ahí hasta que oscurece. Besándonos.
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Hablando. Ella me cuenta sobre sus playlists, sobre cómo “In
This Darkness” de Clara la San la hace sentir segura cuando
está triste.
Yo le cuento que nunca había sentido esto por nadie.
Y por primera vez, siento que el drama de la Academia no
importa.
Porque ella está aquí. Conmigo.
Y eso es lo único que quiero.
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