Contexto histórico
ETA es el acrónimo de Euskadi Ta Askatasuna ―esto es, País Vasco y Libertad― y es la sigla de un grupo
terrorista vasco que nació a finales de los años cincuenta del siglo XX: los objetivos principales del grupo
eran la independencia del País Vasco respecto a Francia y España y la construcción de un estado fundado
sobre principios socialistas. Los militantes, llamados etarras, aunque en principio hayan nacido como un
grupo fundado más en la protesta ideológica que en la acción, llegaron a usar la violencia para poder
alcanzar las metas establecidas.
Para poder entender la lucha de ETA y el nacimiento de la conciencia nacional vasca es necesario hacer
una breve contextualización histórica y regresar atrás en el tiempo: en la última década del siglo XIX el
País Vasco, y sobre todo la zona de Vizcaya, vivió una modernización y un desarrollo industrial importantes
que atrajeron trabajadores de varias zonas de España, hecho que contribuyó al oscurecimiento de la
cultura vasca, al debilitamiento de las personas que vivían en las zonas rurales y a la pérdida progresiva de
la lengua vasca, el euskera (Rodríguez Román 2010, 2).
Es en este marco histórico que surge el fundador ideológico del nacionalismo vasco: Sabino Arana Goiri, un
político español antiliberal, procedente de una adinerada familia vasca y carlista ―conservadora, monárquica y
partidaria de la Iglesia católica― nació en Vizcaya en 1865. Arana fundó el Partido Nacional Vasco en 1895 ―de
ahora en adelante PNV―, inventó el nombre Euzkadi (en un segundo momento Euskadi) para identificar, en
ese entonces, las siete provincias vascas, y dibujó junto a su hermano, Luis Arana Goiri, la Ikurriña, esto es, la
bandera vasca (Rodríguez Román 2010, 3). Arana creía que el «exotismo español» (Rodríguez Román 2010, 3),
constituido por todo lo que no era vasco y católico, representaba un peligro para Euskadi y que por lo tanto
era necesario, en primer lugar, conquistar la independencia utilizando cualquier medio, incluso la violencia, y,
en segundo lugar, diferenciar el sujeto vasco (raza superior) del sujeto no- vasco (raza inferior): en efecto,
Arana estaba convencido de que «la raza vasca se hallaba en peligro de extinción a causa de la masiva llegada de
extranjeros, a los que consideraba racialmente degenerados, inmorales, no católicos y socialistas» (Rodríguez
Román 2010, 3). En otras palabras, Arana veía en la oleada de obreros inmigrantes - que poco a poco
empezaron a reunirse y a importar ideas liberales y socialistas como, por ejemplo, las que difundía un sindicato -
como una verdadera y propia invasión y como la causa de la pérdida de los valores vascos (Javato González
2011, 146). De ahí que el nacionalismo vasco haya construido su identidad gracias a la radical oposición España
vs. País Vasco donde «la raza ancestral euskalduna» (Javato González 2011, 147) estaba en el polo opuesto
respecto al pueblo español, considerado como «inferior, degenerado y corrupto» y como el responsable de la
invasión y de la ocupación de la nación vasca (Javato González 2011, 147). Los principios propugnados por
Arana se fundaban en una convicción profunda que ligaba la liberación de Euskadi y su independencia «de todo
tipo de influencia externa tanto política como cultural» (Javato González 2011, 147) a la reconciliación de los
vascos con Dios: el proyecto político, por lo tanto, tenía una justificación divina y religiosa. Originariamente el
proyecto de Arana no se manifestó en una acción militar contra el enemigo España, sino en un movimiento de
oposición cultural fuerte que rechazaba cualquier «tipo de pacto o negociación con la “opresora”
administración española» (Javato González 2011, 149) y que fue representado, en un primer momento, por un
partido político en concreto, esto es, el PNV. Sin embargo, en poco tiempo, en el propio seno del PNV nació la
tendencia a reinterpretar el partido como un órgano político interesado en la diplomacia y en el
mantenimiento de las relaciones entre el Estado español y los vascos, único camino a través del cual era
posible defender los principios nacionalistas de Euskadi: en efecto, el PNV se acercó a la posiciones de
izquierda republicana del estado, más inclines, respecto a las derechas, a conceder autonomías a los
«nacionalismos periféricos» (Javato González 2011, 149). De tal situación derivó la división interna del PNV en
dos ramas: la más tradicional y originaria cuyos fundamentos se encarnaban en la ideología de Arana, y la más
moderna y polite de carácter laico que creía en un diálogo entre España y Euskadi para obtener la
independencia de esta última.
Durante la guerra civil española el País Vasco pasó varias fases en las que se posicionó con timidez o con
más vigor en el bando republicano: sin embargo, la actividad bélica al lado del Frente Popular y
contra el Bando Nacional -encabezado por el general Francisco Franco - fue realizada más que todo para
proteger y garantizar el propio estado de autonomía e identidad. Todavía no había pasado un año de la
proclamación del Estatuto de Autonomía (1 octubre de 1936) cuando el País Vasco perdió Bilbao (19 junio
de 1937) bajo los ataques del ejército regular, evento que decretó la deposición de las armas y el fin de la
resistencia. La represión contra Euskadi fue durísima, así como en el resto de las zonas ocupadas por los
sublevados: hubo muchos asesinatos, exilios y encarcelaciones y la identidad vasca sufrió fuertes golpes
por parte del nuevo régimen franquista, sobre todo entre 1939 y los años cincuenta, como por ejemplo el
impedimento del uso del euskera, una fuerte censura de todo tipo de material relacionado con el País
Vasco y el exilio del gobierno vasco. En mayo de 1947 el PNV junto al bando republicano organizó una
huelga general en Bilbao contra el gobierno franquista, sin embargo, la represión fue muy violenta y llevó
las expresiones vascas a casi un total oscurecimiento. Fue necesario esperar la década de los cincuenta
para ver surgir el nacionalismo vasco en oposición a la nueva presencia internacional del franquismo: en
efecto, en esos años el País Vasco se encontró nuevamente en la situación de desarrollo industrial y
económico que requería mano de obra proveniente de varias zonas de España. La historia se repite: se
presentó una vez más la necesidad de diferenciar lo que era España de lo que era Euskadi, pero esta vez el
antagonismo no fue puramente teórico, sino que pasó a la acción. En los primeros años de la década de
los cincuenta nació EKIN, un nuevo grupo de jóvenes que provenía principalmente de la Universidad de
Deusto y que recuperó la voluntad de afirmar y difundir el sentimiento nacionalista vasco, su cultura e
historia: EKIN era el nombre de la empresa editorial argentina responsable - a pesar de la censura del
tiempo - de la publicación de textos y obras escritos para constituir la base ideológica del nuevo grupo.
Paralelamente, surgió un sector juvenil dentro del propio PNV, llamado EGI (Euzko Gaztedi, Juventud
Vasca), que se puso en contacto con EKIN: de esta unión nacieron los primeros «cuadernos de formación»
(Rodríguez Román 2010, 5) para reclutar nuevos miembros. A pesar de la fusión de los dos grupos en
1956, las diferentes modalidades de afrontar el problema vasco provocaron una escisión: el propio
significado de EKIN ―actuar, hacer― adelanta el motivo de la ruptura que se verificó en 1958; EKIN
proponía una acción directa, una lucha armada contra el franquismo, mientras que EGI, manejada por el
PNV, adoptaba una estrategia menos activa y más delicada. A partir de este momento se puede empezar
a hablar de ETA. ETA nació entre 1958 y 1959. Sin embargo, la formación de ETA, como se ha comentado
anteriormente, empezó en correspondencia de la ruptura entre EKIN y EGI: a partir de diciembre de 1958
EKIN, una vez que había tomado distancia respecto al PNV, comenzó a reunirse en Deva y en San
Sebastián para pensar en un nombre para la nueva organización. Entre los fundadores, - entre ellos se
llamaban con el nombre de gudaris, esto es, ‘guerreros’ o ‘soldados’ - se cita a José Luis Álvarez
Enparantza, llamado Txillardegi ―que supuestamente fue el que propuso el nombre de la
agrupación―Julen Madariaga, José María Benito del Valle e Iñaki Larramendi (De Pablo Contreras 2019).
En un principio ETA se presentó como un «movimiento fundamentalmente cultural y propagandístico»
(Javato González 2011, 154) que se dedicaba principalmente al estudio de la historia vasca, retomando el
nacionalismo de las orígenes de Sabino Arana y circunscribiendo su acción en la distribución de
manifiestos, en la realización de pintadas - como las que recibe el Txato― o en el estropeo de
monumentos. Por lo que se refiere a la intervención cultural es fundamental recordar el papel que tuvo el
clero vasco en la historia de ETA, también para entender la figura de don Serapio dentro de la novela en
estudio: en efecto, la iglesia fue una aliada fundamental para el nacionalismo vasco y promovió el uso del
euskera, la creación de escuelas ilegales, llamadas ikastolas, e incluso prestó servicio en la misma ETA.
A pesar de un primer momento dedicado a una maniobra pacífica, no tardó en llegar la primera acción
violenta relacionada con ETA: en ocasión de los 25 años del golpe de estado de 1936, el 18 de julio de
1961 ETA decidió hacer descarrilar (deragliare) un tren lleno de franquistas que se dirigía a San
Sebastián para conmemorar la sublevación del Bando nacional contra el Frente popular. La represión
consecuente a dicho acto fue muy dura y muchos asociados fueron encarcelados, torturados y exiliados:
sin embargo, la reacción fuerte del gobierno no paró ETA, más bien provocó la necesidad de una
reorganización del movimiento. En efecto, como bien recuerda Iker Casanova, los fundadores de ETA, al
crear la banda, «estaban dando cuerpo a un nuevo espacio político […] que aunaba la lucha por la
liberación nacional y la liberación social: la izquierda abertzale» (2007, 15). Fue así que en los años se
sucedieron seis asambleas de ETA que sirvieron para definir la misma organización: la I Asamblea ―en la
que ETA se definió no como un partido político sino como un «Movimiento Revolucionario Vasco de
Liberación Nacional, creado en la Resistencia Patriótica» (Javato González 2011, 156)― fue celebrada en
1962 en el monasterio benedictino de Belloc en Francia y en ella se redactaron algunos puntos
fundamentales ―«los Principios de ETA» (Rodríguez Román 2010, 7)― que constituían los objetivos
principales de ETA, como la «independencia de Euskal Herria y su unificación en un estado democrático»
(Rodríguez Román 2010, 7), la protección del euskera como símbolo de la cultura vasca, la defensa de la
laicidad del estado, el repudio de cualquier tipo de diálogo o acuerdo con España o Francia, considerados
como los principales enemigos de los vascos.
En poco tiempo, en el propio seno de ETA se desarrollaron varias corrientes ideológicas debido a
perspectivas diferentes con respecto a algunas temáticas importantes, como por ejemplo la inmigración:
si una parte de la organización ―la más ligada a los ideales históricos y tradicionales de Arana―
consideraba los inmigrantes como una amenaza a la cultura y tradición vasca, había otro grupo que más
bien pensaba que el movimiento obrero ―constituido en gran parte precisamente por personas que
provenían de zonas fuera del País Vasco― fuese fundamental para poder luchar contra el autoritarismo
franquista, y que la lucha para la defensa de la identidad e independencia de la patria vasca podía ser
acompañada por la lucha de la clase trabajadora. XXXXX Tras la II Asamblea, organizada en 1963, se llegó a
la aprobación del documento La insurrección en Euskadi, dentro del contexto de la III Asamblea, reunida
en Bayona entre abril y mayo de 1964 (Javato González 2011, 158): esta asamblea fue fundamental
puesto que en ella se proclamó la lucha armada y la acción revolucionaria «de carácter tercermundista y
anticolonialista» (Rodríguez Román 2010, 8) ―que tienen en cuenta el marco histórico internacional de la
descolonización y de la Guerra Fría― como las nuevas vías de ETA para conseguir sus metas. Sin embargo,
la verdadera afiliación a la violencia y al peligroso principio de «acción-represión-acción» (Javato González
2011, 159) se estableció en la cuarta Asamblea, celebrada en 1965:
La organización acometería un acto de provocación contra el sistema, ante el cual el aparato
estatal, desconcertado, procedería a una represión masiva sobre el pueblo vasco, el cual, a su
vez, contestaría con una mezcla de pánico y rebeldía que acabará tendiendo hacia la
concienciación del pueblo vasco de sumarse a la lucha armada. (Javato González 2011, 159)
Es fácilmente apreciable como la palabra «guerra revolucionaria» (Elorza et al. 2000, 78) sea el lema de la
IV Asamblea y que en ella esté incluida la participación directa del pueblo vasco. La misma reunión asistió
a la consolidación de la estructuración interna de ETA en varias secciones ―«militar, activista, de
información y oficina política» (Elorza et al. 2000, 78)― y a una escisión ideológica de la organización en
tres corrientes principales, que Rodríguez Román clasifica como «los culturalistas, los obreristas y los
tercermundistas» (2010, 9): si por una parte permaneció el nacionalismo tradicional histórico de Arana,
que daba prioridad a la lucha para la defensa de la independencia de Euskal Herria y de la cultura vasca,
por la otra creció un grupo que pensaba que para liberar Euskadi y vencer al régimen franquista era
necesario unirse a una revolución más amplia y difundida en toda España, como la lucha de clase
encabezada por el sector obrero; en tercer lugar, se desarrolló la visión tercermundista que colocaba la
lucha para la libertad vasca dentro de un contexto más amplio e internacional, donde varias colonias en el
mundo luchaban para separarse de las madre patrias.
Entre 1966 y 1967 se celebró la V Asamblea que dio a luz una efectiva separación de ETA: por una parte,
nació ETA-Berri (nueva), constituida por los obreristas ―que se apoyaban en los fundamentos socialistas,
y que en un segundo momento se unieron a otras agrupaciones comunistas españolas creando el MCE
(Movimiento Comunista de España), en 1972― y por la otra, ETA-Zaharra (vieja), formada por los
culturalistas y tercermundistas, en la que prevalecían los principios de defensa de la nación vasca
propuestos en una nueva óptica social y tercermundista. Será este último grupo el precursor de la ETA de
nuestro estudio.
Parece igualmente conveniente recordar algunos eventos principales que pertenecen a lo que se podría
definir como el período de sangre de ETA, constituido por una serie de atentados y de ataques violentos
tanto al gobierno vasco como a la población civil, y al cual pertenece el asesinato de Txato, en la novela.
Dicha etapa comienza el 7 de junio de 1968, cuando ETA cometió su primer asesinato: el guardia civil José
Antonio Pardines fue asesinado por un militante de ETA, Javier (o mejor Txabi) Etxebarrieta, con un
disparo en la cabeza durante un control de carretera; Etxebarrieta, después de un seguimiento, murió a su
vez y entró dentro de la historia de ETA como el primer militante matado por guardia civil. Sin embargo, el
primer atentado premeditado ocurrió el 2 de agosto del mismo año cuando Melitón Manzanas, jefe de la
policía de Guipúzcoa y símbolo de la represión franquista, fue asesinado. El homicidio generó una fuerte
reacción por parte del gobierno que empezó una férrea represión contra cualquier tipo de acción
relacionada con ETA, y es en este contexto de coacción que, en 1970, la banda celebró la VI Asamblea: la
reunión vio nuevamente una división ideológica interna y se cerró con el alejamiento de las Células Rojas
que daban prioridad a la revolución obrera y social (Rodríguez Román 1999, 11).
La fragmentación intrínseca, sin embargo, no lleva la organización a su disolución y el Proceso de Burgos,
empezado el 3 de diciembre de 1970, paradójicamente contribuyó a su supervivencia: seis de los dieciséis
etarras son condenados a muerte, pero las movilizaciones populares, tanto a nivel interno como a nivel
internacional, hicieron que el gobierno concediese el indulto, otorgando una inmensa publicidad a ETA y
un apoyo aún más amplio por parte del pueblo.
Los primeros años de la década de los setenta son caracterizados por una enésima reorganización interna
de la banda que presentaba dos alas principales, «los mayos y [los] minos» (Rodríguez Román 2010, 12):
una vez más el frente obrero fue sometido a la fuerza de los militaristas que, el 20 de diciembre de 1973,
realizaron el golpe terrorista más significativo de la historia de la organización, asesinando con una bomba
al presidente del Gobierno franquista, el almirante Luis Carrero Blanco, durante la denominada Operación
Ogro, llevada a cabo por el Comando Txikia.
Sin embargo, para llegar a una escisión definitiva y a una interrupción decisiva con el frente obrero,
desgraciadamente tuvieron que morir varios inocentes en el atentado de la Cafetería Rolando de la calle
del Correo de Madrid, el 13 de septiembre de 1974: en el mismo año, durante la segunda parte de la VI
Asamblea, nacieron, por una parte, ETA político-militar ―que se disolvió en los primeros años de la década
de los ochenta con la venida de la democracia en España― que fundía la acción militar con la política y, por
la otra parte, ETA militar partidaria de la lucha armada y de la orientación terrorista; la primera, con el
tiempo se integró a la segunda mientras que ETA militar decidió entrar dentro del nuevo gobierno
democrático organizando unos nuevos grupos políticos legales, como, por ejemplo, Herri Batasuna
(Unidad Popular).
En 1975 murió Francisco Franco y comenzó un periodo de gran inseguridad y desequilibrio en España,
agravado por la acción de ETA. Los años más violentos de la organización están a caballo entre finales de
los setenta y la década de los ochenta, siendo la época en la que ETA cumplió más asesinatos y en la que el
pueblo empezó a alinearse en contra de ella: en efecto, aunque los objetivos principales de la banda eran
los representantes y los altos cargos dentro de la guardia civil y de las fuerzas armadas del gobierno,
muchos civiles murieron a causa de varios ataques terroristas indiscriminados. Se quiere recordar, como
ejemplo, el atentado llevado a cabo por ETA del 19 de junio de 1987 en el centro comercial Hipercor de
Barcelona, donde murieron veintiunos civiles y quedaron heridas más de cien personas: esta es la
agresión más sangrienta y brutal de ETA en España (Elorza et al. 2000, 233).
En 1982 subió al gobierno el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y así comenzó la estrategia de
contienda contra ETA denominada «guerra sucia» (Elorza et al. 2000, 217) encabezada por los Grupos
Antiterroristas de Liberación (GAL), unas bandas formadas y respaldadas por el propio gobierno español
que, entre 1983 y 1987, torturaron y mataron a varios miembros de ETA. En 1992 el núcleo directivo de
ETA cayó y fue sustituido por uno nuevo que acogió un inédito método de intervención llamado «kale
borroka, la lucha de calles» (Elorza et al. 2000, 46): dicha táctica preveía el involucramiento de jóvenes,
a través de guerrillas urbanas más o menos pequeñas, - como los disturbios en el Bulevar de San
Sebastián en el que participa Joxe Mari - en la campaña de afirmación de ETA dentro de la sociedad vasca.
ETA, de hecho, a causa de los numerosos atentados, había perdido cada vez más admiración por parte del
pueblo vasco y necesitaba a toda costa recuperar la fama perdida involucrando directamente la población
en la lucha contra el enemigo, es decir, el Estado Español: la organización empezó entonces a preparar
atentados más selectivos dirigidos principalmente a políticos y a secuestrar o amenazar a industriales para
obtener fondos económicos que financiasen la revolución social, precisamente como en el caso de Txato.
Sin embargo, la incontrolable natura violenta y militar de la banda era demasiado feroz y produjo el efecto
opuesto: el atentado fracasado de ETA al candidato del Partido Popular (PP) José María Aznar, en 1995, y
el secuestro durado casi nueve meses del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, en 1996,
provocaron un gran trastorno (disordine, disturbo) entre la población. Sin embargo, el punto cero que
determinó definitivamente la toma de posición de las masas - o al menos de gran parte de ella - contra
ETA, fue el secuestro y el asesinato de un concejal del Partido Popular en la localidad de Ermua, Miguel
Ángel Blanco, el 12 de julio de 1997: a pesar de las manifestaciones de millares de personas contra la
acción de la banda, el concejal fue asesinado. ETA, por lo tanto, perdió gran parte del apoyo que tenía en
la sociedad, y a pesar de que firmó una tregua de la lucha armada en 1998 ―que duró tan solo dos años y
terminó con el asesinato del coronel Pedro Antonio Blanco en enero de 2000― y de que intentó
acordarse con el PNV para mantener su presencia en las decisiones políticas del País Vasco a través del
partido Herri Batasuna, en vez de renunciar a la actividad armada, siguió haciendo víctimas (Elorza et al.
2000, 280-90). Frente a esta situación, los partidos PSOE y PP se unieron para la lucha contra ETA y el
terrorismo en general: en efecto, el 12 de diciembre de 2000 firmaron el Pacto Antiterrorista, conocido
como el Acuerdo por las libertades y contra el terrorismo, en el que, precisamente, los dos grupos unieron
sus fuerzas para combatir al enemigo común, ETA.
En este contexto, es importante recordar el atentado a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001,
puesto que aumentó ulteriormente la presión internacional sobre ETA, presión que llevó a la sentencia de
ilegalización del partido político Herri Batasuna, el 28 de marzo de 2003, por sus relaciones con ETA. El 19
de julio de 2005 ETA comunicó que a partir del 24 de marzo de 2006 empezaría un alto el fuego (cessate il
fuoco) permanente, pero rompió su promesa, y el 30 de diciembre de 2006 realizó un atentado en el
aeropuerto de Barajas. La reacción policial fue inevitablemente robusta y entre mayo y diciembre de 2008
quedaron presos los exponentes más altos de ETA: la organización ya no contaba más con el apoyo social
y se convirtió en la presa de las fuerzas de seguridad tanto españolas como francesas. El 16 de marzo de
2010 ETA cometió su último atentado asesinando al policía Jean Serge Nérin; el 5 de septiembre del
mismo año anunció un nuevo alto al fuego que a su vez fue declarado «permanente, general y
verificable» el 10 de enero de 2011 (Rodríguez y Aizpeolea 2011; Ripoll García 2017, 27-28).
Finalmente, el 20 de octubre de 2011 ETA comunicó el «cese definitivo de la actividad armada» (Aizpeolea
2011) y es este el momento en la historia de la banda con el que empieza la novela de Aramburu.
Sucesivamente, en marzo de 2017, ETA proclamó el desarme definitivo que se llevó a cabo el 8 de abril del
mismo año; el 3 de mayo de 2018 a las 14.06 la organización divulgó su propia disolución, «el final de su
trayectoria y su actividad política» (Aizpeolea 2018) después de sesenta años de su nacimiento y cuarenta
de asesinatos.
ETA, organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional, quiere informar al Pueblo Vasco del final de
su trayectoria […] ETA da por concluida toda su actividad política […] ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve
en él. Declaración final de ETA al Pueblo Vasco en “Comunicado íntegro de ETA en el que anuncia su disolución” (El
País 2018).
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