El destino del gringo viejo en México
El destino del gringo viejo en México
Publicado por el FONDO DE CULTURA ECONOMICA Coleccin Tierra Firme Primera Edicin, 1985 Impreso en Mxico
A William Styron, cuyo padre Me incluya en sus sueos sobre la guerra civil norteamericana Mas, Quien conoce el destino de sus huesos, O cuantas veces va a ser enterrado? THOMAS BR)WNE Lo que t llamas morirse Es simplemente el ltimo dolor. AMBROCE BIERCE
I Ella se sienta sola y recuerda. Vio una y otra vez los espectros de Arroyo y la mujer con cara de luna y el gringo viejo, cruzando frente a su ventana. No eran fantasmas. Sencillamente, haban movilizado sus propios pasados, con la esperanza de que ella hara lo mismo reunindose con ellos. Pero a ella le tom largo tiempo hacerlo. Primero tuvo que dejar de odiar a Toms Arroyo por ensearle lo que pudo ser y luego prohibirle que jams fuese lo que ella pudo ser. El siempre supo que ella regresara a su casa. Pero le permiti verse como sera si hubiera permanecido; y esto es lo que ella nunca podra ser. Este odio tuvo que purgarse dentro de ella, y le tom muchos aos hacerlo. El gringo viejo ya no estaba all para ayudarla. Toms Arroyo ya no estaba all. Tom Brook. Pudo haberle dado un hijo as nombrado. No tena derecho a pensarlo. La mujer de la cara de luna se lo haba llevado con ella a un destino sin nombre. Toms Arroyo haba terminado. Los nicos momentos que le quedaban eran aquellos cuando ella cruz la frontera y mir hacia atrs y vio a los dos hombres, el soldado Inocencio y el nio Pedrito, y detrs de ellos, lo piensa ahora, vio al polvo organizarse en una especie de cronologa silenciosa que le impeda recordar, ella fue a Mxico y regres a su tierra sin memoria y Mxico ya no estaba al alcance de la mano. Mxico haba desaparecido para siempre, pero cruzando el puente, del otro lado del ro, un polvo memorioso insista en organizarse slo para ella y atravesar la frontera y barrer sobre el mezquite y los trigales, los llanos y los montes humeantes, los largos ros hondos y verdes que el gringo viejo haba anhelado, hasta llegar a su apartamento en Washington en la ribera del Potomac, el Atlntico, el centro del mundo. El polvo se esparci y le dijo que ahora ella estaba sola. Y recordaba. Sola.
II -El Gringo viejo vino a Mxico a morirse. El coronel Frutos Garca orden que rodearan el montculo de linternas y se pusieran a escarbar recio. Los soldados de tono desnudo y nucas sudorosas agarraron las palas y las clavaron en el mezquital. Gringo viejo: as le dijeron al hombre aquel que el coronel recordaba ahora mientras el nio Pedro miraba intensamente a los hombres trabajando en la noche del desierto: el nio vio de nuevo una pistola cruzndose en el aire con un peso de plata. -Por puro accidente nos encontramos aquella maana en Chihuahua y aunque l no lo dijo, todos entendimos que estaba aqu para que lo matramos nosotros, los mexicanos. A eso vino. Por eso cruz la frontera, en aquellas pocas en que muy pocos nos apartbamos del lugar de nuestro nacimiento. Las paletadas de tierra eran nubes rojas extraviadas de la altura: demasiado cerca del suelo y la luz de las linternas. -Ellos, los gringos, s -dijo el coronel Frutos Garca-, se pasaron la vida cruzando fronteras, las suyas y las ajenas -y ahora el viejo la haba cruzado hacia el sur porque ya no tena fronteras que cruzar en su propio pas. -Cuidadito. ("Y la frontera de aqu adentro?", haba dicho la gringa tocndose la cabeza. "Y la frontera de ac adentro?", haba dicho el general Arroyo tocndose el corazn. "Hay una frontera que slo nos atrevemos a cruzar de noche -haba dicho el gringo viejo-: la frontera de nuestras diferencias con los dems, de nuestros combates con nosotros mismos.") -El gringo viejo se muri en Mxico. Noms porque cruz la frontera. No era sa razn de sobra? -dijo el coronel Frutos Garca. -Recuerdan cmo se pona si se cortaba la cara al rasurarse? -dijo Inocencio Mansalvo con sus angostos ojos verdes. -O el miedo que le tena a los perros rabiosos -aadi el coronel. -No, no es cierto, era valiente -dijo el nio Pedro. -Pues para m que era un santo -se ri la Gardua. -No, simplemente quera ser recordado siempre como fue -dijo Harriet Winslow. -Cuidadito, cuidadito.
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-Mucho ms tarde, todos nos fuimos enterando a pedacitos de su vida y entendimos por qu vino a Mxico el gringo viejo. Tena razn, supongo. Desde que lleg dio a entender que se senta fatigado; las cosas ya no marchaban como antes, y nosotros lo respetbamos porque aqu nunca pareci cansado y se mostr tan valiente como el que ms. Tienes razn, muchacho. Demasiado valiente para su propio bien. -Cuidadito. Las palas pegaron contra la madera y los soldados se detuvieron un instante, limpindose el sudor de las frentes. Bromeaba el gringo viejo: "Quiero ir a ver si esos mexicanos saben disparar derecho. Mi trabajo ha terminado y yo tambin. Me gusta el juego, me gusta la pelea, quiero verla." -Claro, tenia ojos de despedida. -No tena familia. -Se haba retirado y andaba recorriendo los lugares de su juventud, California donde trabaj de periodista, el sur de los Estados Unidos donde pele durante la guerra civil, Nueva Orlens donde le gustaba beber y mujerear y sentirse el mero diablo. -Ah, qu mi coronel tan sabedor. -Cuidadito con el coronel; parece que ya se le subieron y noms est oyendo. -Y ahora Mxico: una memoria de su familia, un lugar a donde su padre haba venido, de soldado tambin, cuando nos invadieron hace ms de medio siglo. "Fue un soldado, luch contra salvajes desnudos y sigui la bandera de su pas hasta la capital de una raza civilizada, muy al sur." Bromeaba el gringo viejo: "Quiero ver si esos mexicanos saben disparar derecho. Mi trabajo ha terminado y yo tambin." -Esto no lo entendamos porque lo vimos llegar tan girito al viejo, tan derechito y sin que las manos le temblaran. Si entr a la tropa de mi general Arroyo fue porque t mismo, Pedrito, le diste la oportunidad y l se la gan con una Colt .44. Los hombres se hincaron alrededor de la fosa abierta y araaron los ngulos de la caja de pino. -Pero tambin deca que morir despedazado delante de un paredn mexicano no era una mala manera de despedirse del mundo. Sonrea: "Es mejor que morirse de anciano, de enfermedades o porque se cay uno por la escalera." El coronel se qued callado un instante: tuvo la clara sensacin de or una gota que caa en medio del desierto. Mir al cielo seco. El rumor del
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ocano se apag. -Nunca supimos cmo se llamaba de verdad -aadi mirando a Inocencio Mansalvo, desnudo y sudoroso, de rodillas ante la caja pesada y tenazmente atada al desierto, como si en tan poco tiempo hubiera echado races-; los nombres gringos nos cuestan mucho trabajo, igual que las caras gringas, que todas nos parecen igualitas; Hablan en chino los gringos -se carcaje la Gardua, que por nada de este mundo se perda un entierro, cuantimenos un desentierro-; sus caras son en chino, deslavadas, todititas igualitas para nosotros. Inocencio Mansalvo arranc un tabln medio podrido de la caja y apareci la cara del gringo viejo, devorada por la noche ms que por la muerte: devorada, pens el coronel Frutos Garca. por la naturaleza. Esto le daba al rostro curtido, verdoso, extraamente sonriente porque el rictus de la boca haba dejado al descubierto las encas y los dientes largos, dientes de caballo y de gringo, un aire de burla permanente. Todos se quedaron mirando un minuto lo que las luces de la noche dejaban ver, que eran las luces gemelas de los ojos hundidos pero abiertos del cadver. Al nio lo que ms le llam la atencin fue que el gringo apareciera peinado en la muerte, el pelo blanco aplacado como si all abajo anduviera un diablito peinador encargado de humedecerles el pelo a los muertos para que se vieran bien al encontrarse con la pelona. -La pelona -exclam a carcajadas la Gardua. -Aprenle, aprenle -dio la orden Frutos Garca-, squenlo de prisa que maana mismo debe estar en Camargo el cabrn viejo este -dijo con la voz medio atorada el coronel-, aprense que ya va camino del polvo y si viniera un viento, se nos va para siempre el gringo viejo.. . Y la verdad es que casi sucedi as, soplando el viento entre tierras abandonadas, barriales y salinas, tierras de indios insumisos y espaoles renegados, cuatreros azarosos y minas dejadas a la oscura inundacin del infierno: la verdad es que casi se va el cadver del gringo viejo a unirse al viento del desierto, como si la frontera que un da cruz fuera de aire y no de tierra y abarcara todos los tiempos que ellos podan recordar detenidos all, con un muerto desenterrado entre los brazos; la Gardua quitndole la tierra del cuerpo al gringo viejo, gimiente, apresurada; el nio sin atreverse a tocar a un muerto: los dems recordando a ciegas los largos tiempos y los vastos espacios de un lado y otro de la herida que al norte se abra como el ri mismo desde los caones despeados: islas en los desiertos del norte, viejas
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tierras de los pueblos, los navajos y los apaches, cazadores y campesinos sometidos a medias a las furias aventureras de Espaa en Amrica: las tierras de Chihuahua y el ri Grande venan misteriosamente a morir aqu, en este pramo donde ellos, un grupo de soldados, mantenan por unos segundos la postura de la piedad, azorados ante su propio acto y la compasin hermana del acto, hasta que el coronel dijo de prisa, rompi el instante, de prisa, muchachos, hay que devolver al gringo a su tierra, son rdenes de mi general. Y luego mir los ojos azules hundidos del muerto y se asust porque los vio perder por un momento la lejana que necesitamos darle a la muerte. A esos ojos les dijo porque parecan vivos an: -Nunca piensan ustedes que toda esta tierra fue nuestra? Ah, nuestro rencor y nuestra memoria van juntos. Inocencio Mansalvo mir duro a su coronel Frutos Garca y se puso el sombrero tejano cubierto de tierra. Se fue hacia su caballo regando tierra desde la cabeza y luego todo se precipit, acciones, rdenes, movimientos: una sola escena, cada vez ms lejana, ms apagada, hasta que ya no fue posible ver al grupo del coronel Frutos Garca y el nio Pedro, la carcajeante Gardua y el rendido Inocencio Mansalvo; los soldados y el cadver del gringo viejo, envuelto en una frazada y amarrado, tieso, a un trineo del desierto: una camilla de ocote y cuerdas de cuero arrastrada por dos caballos ciegos. -Ah -sonri el coronel-, ser un gringo en Mxico. Eso es mejor que suicidarse. Eso deca el gringo viejo.
III Apenas cruz el Ro Grande, escuch el estallido y volte a mirar el puente en llamas. Haba descendido del tren en El Paso con su maletn negro plegadizo, lo que entonces se llamaba una maleta "Gladstone", vestido todo l de negro salvo los blancos blasones de sus puos y su pechera. Se dijo que en este viaje no iba a necesitar demasiado equipaje. Camin unas cuantas cuadras por la ciudad fronteriza; la haba imaginado ms triste y desganada y vieja de lo que realmente era, enferma tambin de la revolucin, de la clera del otro lado. Era una ciudad, en cambio, de automviles nuevecitos, tiendas de cinco-y-diez y gente joven, tan joven que ni siquiera haba nacido en el siglo XIX. Busc en vano su idea de la frontera americana. No era fcil comprar un caballo sin esquivar preguntas inoportunas sobre el destino del jinete. Poda cruzar la frontera y comprarlo en Mxico. Pero el viejo quera hacerse difcil la vida. Adems, se le haba metido en la cabeza que necesitaba un caballo americano. En caso de que le abrieran la maleta en la aduana, slo encontraran unos sndwiches de tocino, una navaja de rasurar, un cepillo de dientes, un par de libros suyos y un ejemplar del Quijote; una camisa limpia y una pistola Colt escondida entre sus cachorones. No quera dar razones para viajar tan ligera aunque tan precisamente. -Me propongo ser un cadver bien parecido. -Los libros, seor? -Son mos. -Nadie insinu que se los hubiera robado. El viejo se resignara, sin entrar en mayores explicaciones. -Nunca he podido leer el Quijote en mi vida. Quisiera hacerlo antes de morir. Yo ya dej de escribir para siempre. Se imagin todo esto y al que le vendi el caballo le dijo que iba a buscar tierras para fraccionar, al norte de la ciudad; un caballo segua siendo ms til en la salvia que una de esas mquinas infernales. El vendedor le dijo que as era y ojal todo mundo pensara como l, pues nadie compraba caballos ahora, sino los agentes de los rebeldes mexicanos. Por eso era un poquito alto el precio, considerando que haba una revolucin del otro lado de la frontera, y las revoluciones son buenas para los negocios. -As que todava se puede dar buen uso a un buen caballo -dijo el viejo y sali montado sobre una yegua blanca que sera visible de noche y le
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dificultara la vida a su dueo cuando su dueo quisiera tener la vida difcil. Ahora tena que mantener su sentido de orientacin, pues si la frontera estaba dibujada ancha y clara en el ro que divide a El Paso y Ciudad Jurez, ms all de la poblacin mexicana no haba ms delimitacin que la distancia donde se unen el cielo y el llano sucio y seco. La lnea del encuentro se alej a medida que el viejo avanz, con sus piernas largas colgando bajo el vientre de la yegua y el maletn negro anidado en el regazo. Unos veinte kilmetros al oeste de El Paso vade el ro en su parte ms estrecha, la atencin de todos distrada por el estallido en el puente. En la mirada clara del viejo se reunieron en ese instante las ciudades de oro, las expediciones que nunca regresaron, los frailes perdidos, las tribus errantes y moribundas de indios tobosos y laguneros sobrevivientes de las epidemias europeas que huyeron de las poblaciones espaolas para tomar el caballo y el arco y luego el fusil, en un movimiento perpetuo de fundaciones y disoluciones, bonanzas y depresiones en los reales de minas, genocidios tan gigantescos como la tierra y tan olvidados como el rencor acumulado de sus hombres. Rebelin y represin, plaga y hambre: el viejo supo que entraba a las inquietas tierras de Chihuahua y el Ro Grande, dejando atrs el refugio de El Paso fundado con ciento treinta colonos y siete mil cabezas de ganado. Abandonaba el refugio consagrado de los fugitivos de norte y sur: un abrigo ralo, precario sobre la tierra dura de los desiertos: una calle central, un hotel y una pianola, fuentes de sodas y Fords con hipo y la respuesta del norte invasor a los espejismos del desierto: un puente colgante de fierro, una estacin de ferrocarril, una bruma azul importada de Chicago y Filadelfia. l mismo era ahora un fugitivo voluntario, tan fugitivo como los antiguos sobrevivientes de asaltos de conchos y apaches revertidos al nomadismo cruel de la necesidad, la enfermedad, la injusticia y el desengao: todo esto escribi en su cabeza el gringo viejo al cruzar la frontera entre Mxico y los Estados Unidos. Con razn todos se cansaron de tanto huir y se quedaron enredados en las espinas de las haciendas durante ms de cien aos. Pero acaso l traa otro temor y lo dijo al cruzar la frontera: -Temo que la verdadera frontera la trae cada uno adentro. El puente estall a lo lejos y l se dirigi a la derecha y al sur, y sinti que iba bien orientado (ya estaba en Mxico y eso le bastaba) cuando al atardecer oli las tortillas calientes y los frijoles refritos. Se acerc al casero de adobe gris y pregunt, en su espaol
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acentuado, si podran darle una comida y una manta para dormir. La pareja gorda de la casa humeante dijo s, sta es su casa, seor. Conoca la frase ritual de la cortesa mexicana y sospechaba que despus de ofrecer la casa, el anfitrin se sentira libre de someter al husped a toda clase de vejaciones y caprichos, sobre todo los de la sospecha celosa. Pero fren su deseo de provocar; todava no, se dijo, todava no. Esa noche, mientras dormitaba, vestido de negro, sobre el petate, escuchando la pesada respiracin de sus anfitriones, oliendo los espesos olores de la pareja y de sus perros, diferentes de l porque coman distinto y pensaban y amaban y teman distinto, le gust la idea de que le ofrecieran una casa. Qu haba perdido sino eso, en cuatro golpes sucesivos e irremediables y al cabo no tena otra razn, admiti en contra de su propio guio adormecido pero malicioso, para trotar ahora hacia el sur, la nica frontera que le iba quedando despus de agotar en sus setenta y un ao de vida los otros tres costados del continente norteamericano y hasta la frontera negra que los confederados quisieron abrirles en el '61. Ahora slo le quedaba el sur abierto, la nica puerta para salir al encuentro de un quinto golpe ciego y asesino de la suerte. Amaneci en el filo de la montaa. -Por aqu se va a Chihuahua? -le pregunt al casero gordo. El mexicano asinti y pregunt a su vez con una mirada recelosa hacia la puerta cerrada de la casa: -Y a usted qu lo lleva a Chihuahua, mister? Aadi una e ligera y final a la palabra, hacindola sonar como mistere, y el viejo pens que la ventaja inicial que un gringo siempre tena sobre un mexicano era la de ser un misterio, algo que no se saba cmo tomar: amigo o enemigo. Aunque generalmente no les daban el beneficio de esta duda. El casero segua hablando: -La lucha est dura por all; se es el territorio de Pancho Villa. La mirada fue ms elocuente que las palabras. El viejo le dio las gracias y sigui su camino. Atrs, oy al casero abrir la puerta y regaar a la mujer que slo entonces se atrevi a mostrar las narices. Pero el gringo quiso imaginar unos ojos de melancola negra: el viaje es doloroso para la que se queda, y ms bello de lo que jams ser para el viajante. El gringo viejo quiso rechazar la reconfortante nocin de que su presencia en casa ajena todava poda provocar celos. Las montaas se levantaban como puos morenos y gastados y el viejo pens que el cuerpo de Mxico era un gigantesco cadver con huesos
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de plata, ojos de oro, carne de piedra y un par de cojones duros de cobre. Las montaas eran los puos. Iba a abrirlos, uno tras otro, en espera de que tarde o temprano encontrara, como hormigas apresuradas sobre una palma de hondos surcos, lo que buscaba. Esa noche, amarr su caballo a un gigantesco cacto y se hundi en un sueo hambriento, dando gracias por su ropa interior de lana. So con lo que vio antes de dormirse: las nacientes estrellas azules y las amarillas, moribundas; trat de olvidar a sus hijos muertos, preguntndose cules estrellas estaban apagadas ya, su luz nada ms que su propia ilusin: una herencia de las estrellas muertas para las miradas humanas que continuaran alabndolas siglos despus de su desaparicin en una antigua catstrofe de polvo y llamas. So que cruzaba un puente en llamas. Despert. No so. Lo haba visto la maana cuando entr a Mxico. Pero sus ojos despiertos miraron a las estrellas y el viejo se dijo: "Mis ojos brillan ms que cualquier estrella. Nadie me ver decrpito. Siempre ser joven porque hoy me atrevo a volver a ser joven. Siempre ser recordado como fui." Ojos de azul profundo, azul acero, bajo cejas moteadas, casi rubias. No eran la mejor defensa contra el sol enojado y el viento crudo que al da siguiente lo llevaron al corazn del desierto mientras mordisqueaba un sndwich seco y se acomodaba un Stetson negro informe, de alas anchas, sobre la mata de pelo plateado. Se sinti como un gigantesco monstruo albino en un inundo reservado por el sol para su pueblo amado, oscuramente protegido y cercano a la sombra. Ces el viento y qued el sol. En la tarde, se le estara pelando la piel. Se encontraba en el desierto mexicano, hermano del Sahara y del Gobi, continuacin del Arizona y el Yuma, espejos del cinturn de esplendores estriles que cie al globo como para recordarle que las arenas fras, los cielos ardientes y la belleza yerma, esperan alertas y pacientes para volver a apoderarse de la Tierra desde su vientre mismo: el desierto. -El gringo viejo vino a Mxico a morirse. Y sin embargo, montado en la yegua blanca y avanzando sin prisa, sinti que su voluntad de extincin era una burla. Mir cuanto le rodeaba. La lechuguilla se levantaba nerviosa como alambre y afilada como punta de espada. En toda la rama del cocotillo, las espinas protegan la belleza intocable de una flor salvajemente roja. El sauce del desierto concentraba en una sola flor morada y plida toda la dulzura de su perfume nauseabundo. La choya creca caprichosa y grande, escudando sus flores amarillas. Si el gringo iba en busca de Villa y la revolucin, el desierto era ya un simulacro de la guerra, con
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sus yucas de bayoneta espaola, sus aguerridas plumas de apache, y las agresivas espinas, como ganchos, del palo verde. La avanzada del desierto eran las jauras de la planta rodadora, manadas vegetales hermanas del lobo nocturno y de sus compaeros. Volaron en crculo los zopilotes y el viejo levant la caben. Baj la mirada, alerta: los alacranes y las culebras del desierto slo pican a los extranjeros. Nunca conocen al que viaja. Subi y baj la cabeza, atarantado: las palomas tristes pasaron como flechas, con su gemido luctuoso, y los halcones peregrinos lo desorientaron. En el aire ms alto los pjaros dejaban un ruido de pasto ondulante y quebrado. Cerr los ojos pero no aceler el paso. Entonces el desierto le deca que la muerte es slo una fatiga de las leyes de la naturaleza: la vida es la regla del juego, no su excepcin, y hasta el desierto que pareca muerto esconda toda una minuciosa vida que prolongaba, originaba o remedaba las leyes de la existencia humana. El no poda sustraerse, aunque fuese otra su voluntad, al imperio vital del yermo al que haba llegado por si mismo, sin que alguien se lo ordenara: gringo viejo, lrgate al desierto. La arena acude al mezquital. El horizonte se mueve y sube hasta los ojos. Las sombras implacables de las nubes visten a la tierra con velos de lunares. La tierra huele fuerte. El arco iris se desparrama como un espejo de s mismo. Las matas de la bistorta se incendian en ramilletes amarillos. Sopla el viento lcali. El gringo viejo tose, se cubre la cara con la bufanda negra. La respiracin se le va como las aguas se retiraron un da de la tierra, creando el desierto. Las gotas de su respiracin son como la sed del taray que crece junto a los ros escasos, atesorando lujosamente la humedad. Tiene que detenerse, ahogado por el asma, descender con pena de la yegua, asfixindose, y hundir piadosamente el rostro en el Lomo de su montadura. Pero a pesar de todo dice: -Mi destino es mo.
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IV Inocencio Mansalvo dijo desde que lo vio llegar al campamento: -Ese hombre vino aqu a morirse. Como Pedro era un muchachito de apenas once aos y muy lejos todava de tutearse con el valiente Inocencio oriundo de Torren Coahuila, no entendi muy bien qu cosa quiso decir. Pero ya desde entonces lo respetaba mucho. Si el Mansalvo ese era un len en el combate, era ms fiero adivinando la suerte de la gente. Y eso que el gringo viejo le result ms valiente que nadie en las batallas que pele aqu en Chihuahua. Quizs Mansalvo le adivin una valenta suicida desde que lo vio entrar y por ello dijo lo que dijo. -Ese gringo viene montando su caballo como si ya fuera a entrarle a los trancazos aqu mismo, como si viniera a echarnos bravatas aunque luego todos le caigamos encima y lo hagamos picadillo. -Se ve que es hombre de honor; monta sin intenciones traperas -dijo el coronelito Frutos Garca, cuyo padre era espaol-. Luego, luego se ve. -Les digo que viene a morirse -insisti Inocencio. -Pero con honor -repiti el coronelito. -Yo no s si con honor, toda vez que es gringo. Pero a morirse s -dijo otra vez Mansalvo-. Qu puede esperar un gringo aqu entre nosotros sino eso, la muerte? -Por qu ha de morirse a fuerzas? A Inocencio le brillaron tanto los dientes que hasta los ojos se le pusieron verdecitos. -Noms porque cruz la frontera. No es sa razn de sobra? -No, qu va -se ri la Gardua, una horrenda puta de Durango que vino a unirse a la tropa siendo la nica profesional entre las soldaderas decentes que seguan a las fuerzas de mi general Arroyo-: -se lo que viene es rezando. Ha de ser hombre santo. Se carcaje hasta que la pintura se le quebr en los cachetes como barniz puesto demasiado tiempo al sol. Hundi las narices en un ramillete de rosas muertas que siempre traa prendidas al pecho. Luego, en los pocos das que anduvo con la tropa villista, tanto el Inocencio como el coronelito se dieron cuenta de que el gringo viejo se ocupaba de s mismo como una seorita a punto de ir a su primer baile. Tena su propia navaja de afeitar y la afilaba cuidadosamente; hurgaba por el campamento hasta encontrar agua hirviente para rasurarse con la mayor suavidad para su piel; hasta el lujo de una toalla caliente lleg a exigir el muy catrn. Pero ay de que por torpeza se cortara, a pesar de que l tena a su disposicin un buen espejo en el carro del general
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Arroyo y los dems nunca se haban rasurado mirndose a un espejo, todos a ciegas o cuantims en el reflejo rpido de un ro. Pero ay de que se cortara la cara el viejo, la que armaba, ms blanco se pona, se secaba como si se fuera a desangrar, sacaba unos parchecitos blancos y rpido se cubra la herida, como si le importara menos desangrarse o infectarse que verse mal. -Lo que pasa es que nunca ha estado muerto en toda la vida -chill la llamada Gardua, que ella s pareca salida, no de un lupanar durangueo, sino del camposanto vecino, donde se niegan los curas a enterrar mujeres as. -Ustedes dicen que lo manda la muerte -estornud la Gardua, corno si sus flores an vivieran-. Yo digo que lo mand el diablo porque ni el diablo lo quiere. Miren que llegar aqu! Hay que ser muy pobre como ustedes, o muy jodida como yo, o muy malo... como l. -Viene como rezando, pidiendo algo -dijo desde lejos Mansalvo. -Trae un dolor en la mirada -dijo de repente la Gardua, y ya lo respet para siempre. Los dems tambin. Todos aprendieron a respetarlo, aunque las razones fueron muy variadas. El hecho es que ahora estaba aqu, con el llano a la vista, despus de cuatro das de existencia solitaria y pegada a la tierra: un llano punteado de campos humeantes, diseminados como las matas de la creosota alrededor de un tren paralizado, sentado sobre sus rieles. Vio la escena trotando ahora sobre el campo de salvia; los carros con aspecto de casas ambulantes para las mujeres y los nios con los soldados que descansaban en los techos de los vagones, fumando cigarrillos amarillos y deshebrados. El haba llegado. Ya estaba aqu. Trotando, se pregunt si saba algo de este pas. Pas como un relmpago por sus ojos azules la imagen tan lejana de la redaccin del San Francisco Chronicle, donde las noticias de Mxico cruzaban el aire lentamente, no como las flechas que mantenan saltando a los reporteros: escndalos locales, acontecimientos nacionales, los reporteros del imperio de William Randolph Hearst eran enrgicos, Aquiles norteamericanos, no tortugas mexicanas, a la caza de la noticia, inventando la noticia si era necesario, haba noticias guila que entraban rompiendo las ventanas de la redaccin de Hearst: La Follete fue electo por la plataforma populista en Wisconsin, Hiram Johnson era el nuevo gobernador de California, Upton Sinclair public La selva, Taft tom posesin prometiendo la reforma de las tarifas y un
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viejo faran resida en el castillo de Chapultepec, condecorado, diciendo de tarde en tarde "Mtenlos en caliente" y mantenindose vivo slo gracias a su alerta animosidad contra los zopilotes que volaban en crculos sobre todos los palacios e iglesias de Mxico. Un anciano alerta, el deleite de los periodistas, un viejo tirano con genio para las frases publicables: "Pobre Mxico, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos." Noticias pequeas, irritantes, noticias como moscas gordas y verdes en una tarde de verano, entrando a la sala de redaccin del San Francisco Chronicle donde los lentos ventiladores pintados color marrn no lograban mover el aire pesado. Wilson era el candidato salido de la universidad de Princeton, Teddy Roosevelt se haba separado para formar el partido Bull Moose y en Mxico unos bandidos llamados Carranza, Obregn, Villa y Zapata se haban levantado en armas con el propsito secundario de vengar la muerte de Madero y de derrocar a un tirano borracho, pero con el propsito principal de robarle sus tierras al seor Hearst. Wilson habl de la Nueva Libertad y dijo que les enseara la democracia a los mexicanos. Hearst exiga: Intervencin, Guerra, Indemnizacin. -No tenias que venir a Mxico para hacerte matar, hijo -le dijo la sombra de su padre-. Recuerdas cuando empezaste a escribir? Hay quienes tomaron apuestas sobre tu longevidad. -Ese lo que viene es rezando -dijo la Gardua-. Ha de ser hombre santo. -A ti no te van a enterrar en sagrado -se ri el Inocencio. -Cmo no -dijo la Gardua-. Ya lo tengo todo arreglado con mi familia en Durango. Cuando yo me muera, van a decir que soy mi ta Josefa Arreola, que se qued tan virgen que ya ni quin se acuerde de ella. Los curas slo se acuerdan de los pecadores. -Pues a ver de qu lado est el gringo, si de los santos o de los pecadores. -Qu puede esperar un gringo aqu con nosotros? El gringo viejo saba que haba un enjambre de periodistas como l, venidos de ambas costas, revoloteando alrededor del ejrcito de Pancho Villa, as que nadie lo detuvo cuando atraves el campamento. Todos lo miraron raro: periodista no pareca, dijo siempre el coronelito Frutos Garca; cmo no iban a mirarlo as a un viejo alto, flaco, de pelo blanco, ojos azules, tez sonrosada y arrugas como surcos de maizal con las piernas colgndole ms abajo de los estribos. Como su padre era espaol y comerciante en Salamanca, Guanajuato, Frutos Garca dijo que as miraban los cabreros y las maritornes a don Quijote cuando
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meti las narices en sus aldeas, sin que nadie lo invitara, montado en un rocn desvencijado y arremetiendo con su lanza contra ejrcitos de brujos. -Mdico! Mdico! -le gritaron desde los vagones apiados de gente cuando divisaron su maletn negro. -No, no mdico. Villa. Busco a Pancho Villa -les grit a su vez el viejo. -Villa! Villa! Viva Villa! -gritaron todos juntos, hasta que un soldado con un sombrero amarillo estriado de sudor y plvora grit riendo desde el techo de un furgn-: -Todos somos Villa! El gringo viejo sinti que alguien le tiraba de los pantalones y baj la mirada. Un nio de once aos con ojos como canicas negras y dos cartucheras cruzndole el pecho le dijo: -Quiere conocer a Pancho Villa? El general va a ir a verlo esta noche. Venga a ver al general, seor. El nio gui el caballo del viejo por las riendas hasta uno de los carros del ferrocarril, donde un hombre con quijadas duras, un bigote acosado y ojos amarillos y estrechos, estaba comiendo tacos y soplndose de los ojos un fleco rebelde y lacio de pelo cobrizo. -Quin eres, gringo? Otro periodista? -dijo el hombre con mirada de ranura, columpiando las piernas envueltas en polainas de cuero, desde la apertura del carro extraviado-. O quieres vendernos parque? -Este hombre vino aqu buscando la muerte -quiso decirle Inocencio Mansalvo a su jefe, pero la Gardua le tap a tiempo la boca: ella quera ver si era cierto lo que los tres amigos pensaron al verlo llegar. El nio de once aos gui al caballo del extranjero. El viejo movi negativamente la cabeza y dijo que haba venido a unirse al ejrcito de Villa. -Quiero pelear. Los ojos de ranura se abrieron un poquito; la mscara de polvo se quebr entonces con alegra. La Gardua core la risa y se la contestaron las mujeres vestidas con faldas largas y rasgadas que salieron de la cocina en un extremo del furgn, envueltas en los rebozos, a ver de qu se rea tanto el general. -Viejo! Viejo! -se ri el joven general-. Ests demasiado viejo! Vete a regar tu jardn, viejo! Qu haces aqu? No necesitamos lastres. A los prisioneros de guerra los matamos pa no andarlos arrastrando. Este es un ejrcito de guerrilleros, entiendes? -Vine a pelear -dijo el gringo. -Vino a morirse -dijo Inocencio.
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-Nos movemos de prisa y sin hacer ruido; tu pelo brillara de noche corno una llamarada blanca, viejo. Anda, vete, ste es un ejrcito, no un asilo de ancianos. -Ande, prubeme -dijo el viejo y lo dijo muy fro, recuerda el coronelito Frutos Garca. Las mujeres hacan ruidos de pjaros pero ahora se quedaron calladas cuando el general mir al viejo con la misma frialdad con que el viejo habl. El general sac su larga pistola Colt. El viejo no se movi de la silla. Entonces el general le tir la pistola y el viejo la agarr en el aire. Volvieron a esperar. El general meti la mano en el hondo bolsillo del pantaln de campo, sac un peso de plata reluciente, ancho como un huevo y plano como un reloj y lo ech al aire, alto y recto. El viejo esper sin moverse hasta que la moneda descendi a un metro de la nariz del general; entonces dispar rpidamente; las mujeres gritaron; la Gardua mir a las dems mujeres; el coronelito y Mansalvo miraron a su jefe; slo el nio mir al gringo. El general apenas movi la cabeza. El nio corri a buscar la moneda, la recogi del polvo, frot su forma apenas doblada contra la cartuchera y se la devolvi al general. Haba un hoyo perfecto atravesando el cuerpo del guila. -Qudate la moneda, Pedrito, t nos lo trajiste -sonri el general y la pieza de plata hasta le quem los dedos-. Yo creo que noms una Colt .44 puede atravesar un peso de stos, que fue mi primer tesoro. Te lo ganaste, Pedrito, te digo que te lo quedes. -Este hombre vino a morirse -dijo Mansalvo. -Ya no s si es hombre santo -dijo la Gardua oliendo sus flores. -Qu viene a hacer un gringo a Mxico? -se pregunt el coronelito. "Sus ojos venan llenos de oraciones", y si el gringo viejo no ley las mentes de quienes lo miraron descender de las montaas metlicas al desierto, s repiti sus propias palabras escritas para anunciarles desde lejos que "este pedazo de humanidad, este ejemplo de agudas sensaciones, esta fabricacin de hombre y bestia, este humilde Prometeo, vena rogando, s, implorando el bien de la nada. "A la tierra y al cielo por igual, a la vegetacin del desierto, a los seres humanos que lo vieron llegar, esta encarnacin sufriente les diriga una oracin silenciosa: -He venido a morir. Denme ustedes el tiro de gracia."
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V El gringo viejo sonri cuando el general Toms Arroyo se sopl el mechn de pelo cobrizo que le cubra los ojos, adelantando el labio inferior para sacar el aire antes de decir su nombre y plantrsele en jarras al extranjero. -Yo soy el general Toms Arroyo. El nombre propio sali disparado por delante, pero su flecha personal era el ttulo militar y a partir de ese momento el gringo saba que todos los lugares comunes del machismo mexicano le iban a ser arrojados sobre la blanca cabeza, uno tras otro, para ver hasta dnde podan llegar con l, probarlo, s, pero tambin disfrazarse ante l, no mostrarle a l sus caras verdaderas. Lo vitorearon despus de la hazaa de la Colt y le regalaron un sombrero de alas anchas; le obligaron a comer tacos de criadillas con chile serrano y moronga; le mostraron la botella de mezcal para espantar payos, con un gusanito asentado en la base del licor. -Conque tenemos un general gringo con nosotros. -Oficial cartgrafo -dijo el viejo-. Noveno Regimiento de Voluntarios de Indiana. Guerra civil norteamericana. -La guerra civil! Pero si eso pas hace cincuenta aos, cuando aqu andbamos defendindonos de los franceses. -Qu tienen los tacos? -Testculos de toro y sangre, general indiano. Las dos cosas las vas a necesitar si entras al ejrcito de Pancho Villa. -Qu tiene el alcohol? -No te preocupes, general indiano. El gusanito no est vivo. Noms le alarga la vida al mezcalito. Las soldaderas le dieron los tacos. Arroyo y los muchachos se miraron entre s sin expresin alguna. El gringo viejo comi en silencio, tragndose enteros los chiles, sin que los ojos le lloraran o la cara se le pusiera roja. -Los gringos se quejan de que en Mxico se enferman del estmago. Pero ningn mexicano se muere de diarrea por comer o beber en su propio pas. Es como la botella esta -dijo Arroyo-. Si la botella y t cargan al gusanito toda la vida, los dos se hacen viejos muy a gusto. El gusano se come algunas cosas y t te comes otras. Pero si slo comes cosas como las que yo vi en El Paso, comida envuelta en papel y sellada pa que no la toquen ni las moscas, entonces el gusano te ataca porque ni t lo conoces a l, ni l te conoce a ti, general indiano.
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Pero el gringo viejo decidi esperar con toda la paciencia de sus antepasados protestantes, desapasionados y salvados de antemano por su fe, a que el general Toms Arroyo le ofreciera una cara desconocida al mundo. Estaban en el carro privado del general, que al gringo viejo le pareci como el interior de uno de los prostbulos que le gustaba frecuentar en Nueva Orlens. Se sent en un silln hondo, de terciopelo rojo, y acarici con sorna las borlas de las cortinas de lam dorado. Los candelabros que colgaban precariamente sobre sus cabezas tintinearon cuando el tren empez a arrancar bufando y el joven general Arroyo se ech el vaso de mezcal y el viejo lo imit sin decir palabra. Pero a Arroyo no se le haba escapado la mirada sardnica del viejo cuando observaba el suntuoso carruaje con sus paredes laqueadas y sus techos acolchados. El gringo viejo estaba frenando todo el tiempo su capacidad de juego, su irona, dicindose a cada rato: "Todava no." Lo raro es que entonces sinti, desde el principio, que deba meterle rienda a otro sentimiento, y ste era el de afecto paternal hacia Arroyo. Quera frenar los dos, pero Arroyo slo se dio cuenta (o slo quiso darse cuenta) de la mirada de burla retenida. Sus ojos se perdieron detrs de las angostas ranuras y el tren pareci decidir que esta vez no iba a quedarse parado. Agarr velocidad pareja, abrindose paso por el desolado atardecer del desierto, alejndose de las montaas que an daban pruebas de la lucha titnica en la que unas engendraron a las otras, metindose los hombros unas a otras y sostenindose entre s, a veces a regaadientes, apoyando sus inmensas torres, coronadas al atardecer de rojo y oro, estriadas en sus vastos cuerpos azules y verdes. Ahora el mar silencioso del desierto estaba a sus pies y el viejo, desde la ventanilla, poda nombrar y distinguir el crecimiento culpable del fustete, que en ingls se llamaba el rbol del humo. Arroyo dijo que el tren le haba pertenecido a una familia muy rica, duea de la mitad del estado de Chihuahua y parte de los estados de Durango y Coahuila tambin. Haba notado el gringo a esa tropa que lo recibi?, por ejemplo a uno de angostos ojos verdes, a una puta astrosa; seguramente not al nio que lo llev hasta su presencia y luego se qued con la moneda ardiente y el guila descabezada? Bueno, pues ahora ese tren era de ellos. Arroyo dijo que l entenda la necesidad de tener un tren as, lo dijo con una especie de mueca biliosa, puesto que tomaba dos das y una noche para atravesar la posesin de la familia Miranda. -Los dueos? -dijo el viejo con cara de palo.
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-Prubalo! -le ladr Arroyo. El viejo se encogi de hombros: -Usted lo acaba de decir. Estas son sus posesiones. -Pero no sus propiedades. Una cosa era tener algo tomado, aunque no fuera nuestro, como la familia Miranda tena estas tierras ganaderas del norte, cercadas por un desierto que ellos quisieron estril y duro para protegerse, un muro de sol y de mezquite para deslindar lo que se agarraron, dijo Arroyo, y otra cosa era ser realmente dueos de algo porque trabajamos para obtenerlo. Dej caer su mano de la cortina de lam y le dijo al viejo que contara los callos en ella. El viejo estuvo de acuerdo en que el general haba sido pen de la hacienda de los Miranda y ahora se estaba desquitando, pasendose en este carro privado de relumbrn que antes fue de los amos, no era as? -No entiendes, gringo -dijo Arroyo con una voz gruesa e incrdula-. De veras que no entiendes nada. Nuestros papeles son ms viejos que los de ellos. Se acerc a una caja fuerte escondida detrs de un montn de suaves cojines de damasco y la abri, sacando una caja muy plana y larga de terciopelo verde gastado y de palisandro astillado. La abri enfrente del viejo. El general y el gringo vieron los papeles quebradizos como seda antigua. El general y el gringo se miraron hablndose en silencio y en las alturas opuestas de un barranco: las miradas eran sus palabras y la tierra que corra por la ventanilla del tren a espaldas de cada uno de ellos contaba tanto la historia de los papeles que era la historia de Arroyo como la historia de los libros que era la historia del gringo (pens el viejo con una sonrisa amarga: papeles al cabo, pero qu diferente manera de saberlos, ignorarlos, guardarlos: este archivo del desierto va corriendo y no s a dnde va ir a dar, no lo s, -eso lo acept el gringo viejo-, pero yo s lo que quiero): vio en los ojos de Arroyo lo que Arroyo le estaba contando con otras palabras, vio en el paso de la tierra de Chihuahua, que era el ademn trgico de una ausencia, menos de lo que Arroyo pudo decirle pero ms de lo que l mismo saba: este gringo no iba a pisar un palmo de tierra sin conocer la historia de esa tierra; este gringo iba a saber hasta el ltimo hecho de la tierra escogida para regalarle setenta y un aos de hueso y pellejo: como si la historia siguiese corriendo sin parar al ritmo del tren, pero tambin al ritmo de la memoria de Arroyo (el gringo supo que Arroyo recordaba y l slo saba: el mexicano acarici los papeles como acariciara la mejilla de
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una madre o la cintura de una amante); los dos vieron la marcha, la fuga, el movimiento en los ojos del otro: huir de los espaoles, huir de los indios, huir de la encomienda, agarrarse a las grandes haciendas ganaderas como el mal menor, preservar como islotes preciosos las escasas comunidades protegidas en su posesin de tierras y aguas por la corona espaola en la Nueva Vizcaya, evadir el trabajo forzado y unos cuantos: pedir respeto a la propiedad comunal otorgada por el rey, negarse a ser cuatreros o esclavos o rebeldes o tobosos pero al cabo ellos tambin, los ms recios, los ms honorables, los ms humildes y orgullosos a la vez, vencidos tambin por el destino del mal: esclavos y cuatreros, nunca hombres libres salvo cuando eran rebeldes. Esa era la historia de esta tierra y el viejo gusano de bibliotecas americanas lo saba y mir los ojos de Arroyo para confirmar que el general lo sabia tambin: esclavos o cuatreros, nunca hombres libres, y sin embargo dueos de un derecho que les permita ser libres: la rebelin. -Ves, general gringo? Ves lo que est escrito? Ves la letra? Ves este precioso sello colorado? Estas tierras siempre fueron nuestras, de los escasos labriegos que recibimos proteccin lo mismo contra la encomienda que contra los asaltos de indios tobosos. Hasta el rey de Espaa lo dijo. Hasta l lo reconoci. Aqu est. Escrito con su puo y letra. Esta es su firma. Yo guardo los papeles. Los papeles prueban que nadie ms tiene derecho a estas tierras. -Sabe usted leer, mi querido general? El gringo dijo esto con un destello sonriente en la mirada. El mezcal estaba bien calientito y tentaba a los espritus chocarreros. Pero tambin los tentaba el sentimiento paterno. De manera que Arroyo tom la mano del gringo con fuerza, aunque sin amenaza. Casi la acarici y fue el sentimiento de cario lo que arranc brutalmente al viejo de su tibio jugueteo obligndolo a pensar, con un vrtigo repentino y doloroso, en sus dos hijos. El general le peda que mirara hacia afuera antes de la puesta del sol, que mirara las formas veloces de la tierra que iban dejando atrs, las esculturas torcidas y sedientas de las plantas luchando por preservar su agua, como para decirle al resto del desierto moribundo que haba esperanza y que a pesar de las apariencias, an no haban muerto. -Crees que la biznaga sabe leer y yo no? Eres un tonto, gringo. Yo soy analfabeta, pero tambin me acuerdo. No puedo leer los papeles que guardo para mi gente, eso me hace el favor de hacerlo por m el coronelito Frutos Garca. -Pero yo s lo que mis papeles significan mejor que los que puedan
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leerlos. Te enteras? El viejo slo contest que la propiedad cambia de manos, as operan las leyes del mercado; no hay riqueza que nazca de una propiedad que nunca circula. Sinti un rubor caliente en la mejilla junto a la ventana y por un minuto crey que su temperatura era slo la sensacin interna del sol que cada atardecer nos abandona con un destello de terror. Suyo y nuestro: mir derecho a los salvajes ojos amarillos de Toms Arroyo. El general se peg repetidas veces con el dedo ndice en la sien: todas las historias estn aqu en mi cabeza, toda una biblioteca de palabras; la historia de m pueblo, mi aldea, nuestro dolor: aqu en mi cabeza, viejo. Yo s quin soy, viejo. Lo sabes t? No fue el sol lo que, ausentemente, quem la mejilla del gringo viejo junto a la ventana. Era un fuego en el llano. El sol ya se haba puesto. El fuego tom su lugar. -Ah qu los muchachos -suspir con una especie de orgullo el general Arroyo. Corri hasta la plataforma trasera del carro y el viejo lo sigui con toda la dignidad posible. -Ah qu los muchachos. Se me adelantaron. Seal hacia el incendio y le dijo, mira viejo, la gloria de los Miranda convertida en puritito humo. Les haba dicho a los muchachos que llegara al atardecer. Se le adelantaron. Pero no le quitaron su placer, saban que ste era su placer, llegar cuando la hacienda agarraba fuego. -Buen clculo, gringo. -Mal negocio, general. La banda toc la marcha Zacatecas cuando el tren entr a la estacin de la Hacienda Miranda. El gringo no pudo distinguir el olor de hacienda quemada del olor de tortilla quemada. Una niebla espesa y cenicienta envolva a hombres y mujeres, nios y cocinas improvisadas, caballos y ganado suelto, trenes y carretas abandonadas. El gritero de las rdenes del coronelito Frutos Garca e Inocencio Mansalvo se dejaba or encima del otro tumulto, insensible y casi natural: -Convoy, alt...! -El maz del caballo de mi general! -!Brigada alerta! -Vamos a echarnos un zarampahuilo! Ladraron los perros cuando el general Arroyo descendi del carro y se puso su sombrerote cuajado de parrera de plata como una corona de guerra sobre su faz ensombrecida. Levant la mirada y vio al gringo.
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Por primera vez, el viejo mostraba miedo. Los perros le ladraban al extranjero que no se atreva a dar el siguiente paso sobre el peldao para bajar a tierra. -A ver -le orden a Inocencio Mansalvo-, espntele los perros aqu al general gringo -luego le sonri-. Ah, qu mi gringo valiente. Los federales son ms bravos que cualquier canijo perrito de stos. No haba placer en la cara de Arroyo mientras el gringo viejo lo sigui, alto y desgarbado, contrastando con la forma ms baja, joven, muscular y dramtica del general, caminando por el llano polvoso ms all de la estacin al vasto casero en llamas con un clamor metlico de espuelas y cinturones y pistolas y artillera rpidamente retirada y el murmullo tardo del viento del desierto sobre las nicas hojas a la mano: las del sombrero de mi general. Un silbido colectivo se impuso a todos y el gringo viejo mir, con un temblor atvico, las filas de los colgados de los postes de telgrafo, con las bocas abiertas y las lenguas de fuera. Todos silbaban, mecindose en el suave viento desrtico, desde la alameda que progresaba hacia la hacienda incendiada.
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VI All estaba ella. En medio de la muchedumbre, luchando y empujando y tratando de encontrar su lugar, mirando todas las caras que se reunan, intentando ser testigo del espectculo; de en medio de la multitud silenciosa de sombreros y rebozos emergieron esos ojos grises combatiendo por retener un sentido de la identidad propia, de la dignidad y el coraje propios en medio del vertiginoso terror de lo imprevisto. El viejo la mir por primera vez y se dijo: Seguro que vino prevenida. Y sin embargo all estaba, sin duda terca como una mula y poco realista: al verla, reconoci a muchsimas muchachas comparables, que l haba conocido en su vida, incluyendo a su esposa cuando era joven, y a su hermosa hija. Ahora se pregunt con qu la asociara si la hubiese conocido en otra parte, y otra parte quera decir: el lugar apropiado, las circunstancias que le eran naturales a ella. Una seorita apropiada. No, ms que eso, una seorita de maneras propias tratando de seguir las instrucciones de su madre para convertirse en una mujer instruida. Una joven matrona, dentro de muy poco tiempo. Todava no, todava dependiente de su dinero para alfileres. Qu iba a decir? Qu se esperaba de ella? Cules eran sus lugares comunes, como la moronga y el gusanito de mi general? "Soy ciudadana norteamericana. Exijo ver a mi cnsul. Tengo ciertos derechos constitucionales. No pueden detenerme aqu. No saben con quin tratan." No. Nada de eso. La detuvieron a la fuerza porque la hacienda estaba en flamas, y acaso sintieron en su hueso y en su msculo algo que deca que ella vino aqu a trabajar y a vivir y a permanecer y nadie iba a fumigarla como a un insecto para que saliera corriendo del lugar donde estaba empleada y donde le haban pagado ya un mes entero de salario anticipado. Pues esto, en efecto, es lo que estaba diciendo con un acento que el viejo situ en el este, la costa atlntica, Nueva York sin duda, pero en seguida se sinti obligado a irse a la deriva, un poquito ms al sur, la ms ligera entonacin de Virginia superpuesta a Manhattan. De todos modos, slo l pareca entenderla, quizs el general un poquito tambin, pues haba estado en El Paso, dijo, exilado quizs o quizs contrabandeando armas, imagin el gringo viejo. -He recibido mi pago y permanecer aqu hasta que la familia regrese y yo pueda instruir a los nios en la lengua inglesa y merecer mi sueldo. Arroyo la mir con una sonrisa preparada especialmente para meter miedo, pero en seguida se solt riendo; una risa tonta pero poderosa,
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juvenil y con una experiencia extrema de la estupidez humana; el viejo dira siempre que en ese momento Arroyo le pareci un payaso trgico, un bufn al que haba que tomar en serio. Cuando interpret las palabras de la mujer para su gente, los hombres se rieron abiertamente, mientras que las mujeres slo hicieron ruidos de ave embozadas por sus rebozos. Dice que le va a ensear el ingls a los escuincles Miranda, oyeron eso? Cree que van a regresar, oyeron? A ver, Chencho, dile la verdad, pues que nunca ms van a regresar, seorita, se fueron muy a tiempo a Paris de Francia; apenas sintieron que la lumbre les llegaba a los aparejos vendieron la hacienda y se compraron por all un casern; nunca han de regresar, grit la Gardua meneando las tetas muy oronda con su ramillete de flores muertas, se la vacilaron noms, seorita, la hicieron venir por nada, noms para hacernos creer que no se iban, dijo con voz ms mesurada el coronel Frutos Garca, y la Gardua: -Nos dejaron a todos chiflando en la loma, se-o-rrita. -Que quiere decir con el nio en brazos -dijo en ingls el viejo. Ella lo mir. Era difcil ver a nadie en la confusin de humo y fuego y rostros extraos, pero ella lo mir a l. -Aydeme -murmur. El viejo supo que a ella no le era fcil decir esto, pedir auxilio de alguien; lo vio en su mentn, en sus ojos, en la marea de sus pechos. El viejo supo all mismo que a l le correspondera mirar a travs de los actos y las palabras de esta muchacha, respetando ambos, pero ella no estaba tratando de engaar a nadie, slo intentaba ponerse de acuerdo con ella misma, con la lucha que l pudo ver en la transparencia de su ser femenino. La mir y se dijo que ella era todo lo que l saba, "pero tiene el derecho de ocultarme lo que es y yo la obligacin de respetarlo". Una muchacha independiente pero no rica ni acomodada, y no a causa del dinero para alfileres, o sea lo que en Mxico se llamaba la mesada, o de la educacin familiar. "Incmoda porque est aqu igual que yo, luchando por ser." Era una muchacha transparente y el gringo, al mirarla, se dijo que quizs l tambin lo era, despus de todo. "Hay gente cuya objetividad es generosa porque es transparente, todo se puede leer, tomar, entender en ellas: gente que porta su propio sol para iluminarse." Arroyo los mir detrs de sus prpados como ranuras, al gringo primero, luego a la gringa. Arroyo era opaco, su opacidad era su virtud, se dijo el viejo al observarlo. Su generosidad era su enigma: tena que ser desentraado para ser entendido y darse. La mitad del mundo era transparente; la otra mitad, opaca. Arroyo: algo veloz y oculto en el
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fondo de su mirada de mapache; algo corriendo de aqu para all dentro de su cerebro. -Seguro: T ocpate de ella, general indiano. T ve que no corra ningn peligro. Arroyo se fue con su gente como una marejada y ellos se quedaron solos, una pareja mirndose intensamente, el viejo exigindose una vigilancia extrema contra su tendencia periodstica al estereotipo veloz a fin de que las masas estpidas entendieran pronto y se sintieran halagadas por ello: un membrete para todo, sta era la Biblia de su jefe mister Hearst. Camin pocos metros detrs de ella, haciendo que se sintiera protegida pero en realidad observndola, la manera de andar, la manera de portarse, los pequeos movimientos de orgullo herido, seguidos de arranques resueltos de afirmacin. Para su peridico hubiera escrito en uno de los extremos que le encantaban a Hearst: una mujerzuela disfrazada de maestra de escuela, o una maestra de escuela en busca de la primera aventura real de su vida. Aunque tambin poda adoptar la perspectiva de un caballero de los estados algodoneros y preguntarse, sencillamente, si esta muchacha del norte saba con certeza qu cosa era la caballerosidad. Ella se detuvo, dudando, ante una puerta de cristal cerrada. El viejo se adelant en el momento en el que ella iba a tomar la manija y abrir la puerta por su propia cuenta. -Permtame, seorita -dijo el viejo y ella lo acept, se sinti agradecida, ella tambin tenia prejuicios. Y ya no estaba, como se deca, en la primavera de la vida. Se encontraban dentro de un saln de baile. El viejo no mir el saln. La mir a ella y se castig mentalmente por esta fiebre de la percepcin. Ella, ms tranquila, mir alrededor y sugiri un rincn donde sentarse, cambiar informacin y nombre -ella, Harriet Winslow, de Washington. D. C.; l no dio su nombre, slo dijo -soy de San Francisco, California- y ella repiti la historia: vino ensearles la lengua inglesa a los tres nios de la familia Miranda. Ahora l la mir de verdad por vez primera, no transparente y esencial, sino circunstancialmente opaca: Harriet Winslow se arregl la corbata y alis las arrugas de su falda plisada como si ahora fuese una mujer exterior a s misma, vestida con el uniforme de las mujeres con ocupacin en los Estados Unidos: el traje de la Gibson Girl. No, no estaba exactamente en la primavera de la vida, pero si era joven an, bella y, lo supo ahora, independiente, no destinada a pasar de la cuna de su madre a la cuna de su marido. Ya no una vida color de rosa, no
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una vida regalada; por ahora ya no. Quizs alguna vez s, si esos movimientos tan suyos no haban sido aprendidos, sino mamados con la leche materna. La elegancia rpida y segura de una hermosa mujer de treinta aos. No hablaron de s mismos. Ella no le cont las circunstancias que la obligaron a viajar a Mxico. El no le dijo que haba venido aqu a morirse porque todo lo que am se muri antes que l. Ni siquiera se dijeron lo que tenan en la punta de la lengua. No pronunciaron la palabra "fuga" porque no queran admitir que eran prisioneros. El viejo slo dijo esto: -No hay nada que la detenga aqu, sabe. Usted no es responsable de una revolucin o de la fuga de sus patrones. El dinero le pertenece. -No lo gan, seor. Las palabras les sonaron huecas a los dos, porque nadie tena que informarles que eran prisioneros para que ellos se sintieran, esa noche, enjaulados por la extraeza del lugar, los olores, los rumores, la alegra borracha que se iba acercando; el puo cerrado del desierto. -Estoy seguro de que el general la ayudar a obtener transporte, seorita. -Cul general? -Usted sabe. El que me pidi que me ocupara de usted. -El general? -abri Harriet tremendos ojos-. No se parece a ningn general que yo haya conocido. -Quiere usted decir que no se parece a un caballero. -Como usted quiera; pero no se parece a un general, caballero o no. Quin lo design general? Estoy segura de que se nombr a s mismo. -A veces ocurre as, en circunstancias extraordinarias. Pero usted suena verdaderamente ofendida, seorita. Ella lo mir con media sonrisa. -Lo siento. No quiero sonar prejuiciada. Slo estoy nerviosa. Lo que pasa es que para m el ejrcito significa mucho. -Pues yo tampoco quiero parecer inquisitivo, pero me resulta difcil, a primera vista, relacionarla con... -Oh, no soy yo, entiende usted. Es mi padre. Desapareci durante la guerra entre Espaa y los Estados Unidos. El ejrcito era su dignidad, y la nuestra tambin. Sin el ejrcito, hubiera acabado viviendo de limosna. Y nosotras tambin. Quiero decir, mi madre y yo. Entonces esta institutriz para una hacienda que ya no exista, maestra de nios que nunca conoci, ni supo cmo fueron, o si existieron siquiera, movi la cabeza como un ave herida y estall la fiesta de las tropas dentro del saln de baile donde los dos norteamericanos se
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refugiaron. Hubo gritos de coyote y las risas quedas de los indios, que nunca se ren recio, como los espaoles, ni con resentimiento, como los mestizos. Unas risas secretas y una trompeta desafinada. Luego un silencio repentino. -Nos han visto -murmur Harriet, arrimndose al pecho del viejo. Se vieron a s mismos. El saln de baile de los Miranda era un Versalles en miniatura. Las, paredes eran dos largas filas de espejos ensamblados del techo hasta el piso: una galera de espejos destinados a reproducir, en una rondo de placeres perpetua, los pasos y vueltas elegantes de las parejas llegadas de Chihuahua, El Paso y las otras haciendas, a bailar el vals y las cuadrillas en el elegante parqu que el seor Miranda mand traer desde Francia. Los hombres y mujeres de la tropa de Arroyo se miraban a s mismos. Paralizados por sus propias imgenes, por el reflejo corpreo de su ser, por la integridad de sus cuerpos. Giraron lentamente, como para cerciorarse de que sta no era una ilusin ms. Fueron capturados por el laberinto de espejos. El viejo se dio cuenta de que la seorita Harriet y l ni siquiera se haban fijado en los espejos al entrar, ambos condicionados sin duda a los salones de baile, l en los grandes y modernos hoteles construidos en San Francisco despus del terremoto, ella en algn baile militar en Washington, en alguna invitacin elegante de su novio. El viejo sacudi la cabeza: no mir los espejos al entrar porque slo tuvo ojos para miss Harriet. Uno de los soldados de Arroyo adelant un brazo hacia el espejo. -Mira, eres t. Y el compaero seal hacia el reflejo del otro. -Soy yo. -Somos nosotros. Las palabras hicieron la ronda, somos nosotros, somos nosotros, y una guitarra se dej or, una voz se uni a otra, los de la caballera entraron tambin y volvi a haber fiesta y baile y broma en la hacienda de los Miranda, insensible a la presencia de los gringos, pero empez una polka nortea junto con la aparicin de un acorden y las espuelas de los jinetes se arrastraron al bailar sobre el fino piso taraceado, rasgndolo y astillndolo. El viejo detuvo el impulso de Harriet. -Es su fiesta -le dijo el viejo-. No se meta usted. Ella se liber de la mano del viejo con la fuerza de su enojo. -Estn destruyendo el parqu.
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El la tom del brazo, irritado: -Usted no lo pag. Le digo que no se meta. -Soy responsable! -exclam Harriet Winslow hinchada de orgullo-. El seor Miranda me pag un mes por adelantado. Yo me encargar de que su propiedad sea respetada durante su ausencia. Le digo que soy responsable! -De manera que no piensa regresarse a casa, seorita? La mujer se sonroj como H. lo hubiera hecho si no hubiese definido ya, en su cabeza, las razones para no regresar nunca a casa. -Claro que no! Despus de lo que he visto aqu hoy en la noche! Tom un trago de aire y dej que se asentara en sus pulmones. Dijo que sali del colegio con altas calificaciones, pero luego se dio cuenta de que no le gustaba darles clases a nios que ya pensaban igual que ella. Le faltaba el desafo, el estmulo. Quedarse en los Estados Unidos hubiera sido sucumbir a la rutina. Sinti que venir a Mxico era su deber. -Puesto que los nios a los que vine a instruir se han marchado, me quedar a instruir a estos nios -dijo con un tono de voz en el que su vergenza y su orgullo encontraron un mismo nivel. Los hombres y las mujeres de la tropa y de la aldea, mezclados, bailaban y se besaban furtivamente, alejados ya de la percepcin turbadora de otra presencia: la de s mismos en los espejos. -No los conoce usted. No los conoce para nada -dijo el viejo, tratando de aplazar una respuesta hacia ella que l no quera dar: un desprecio compasivo, una banderilla de su antiguo ser, antes de la decisin de venir a Mxico. Unt otro pensamiento sobre ste, como mantequilla sobre pan tostado: se haba mirado Harriet Winslow en los espejos al entrar aqu? Pero ella estaba contestando ya a la afirmacin ,del viejo, con toda su confianza recobrada: "Y ellos no me conocen a m." -Mrelos, lo que esta gente necesita es educacin, no rifles. Una buena lavada seguida de unas cuantas lecciones sobre cmo hacemos las cosas en los Estados Unidos, y se acab este desorden... -Los va a civilizar? -dijo secamente el viejo. -Exactamente. Y desde maana mismo. -Esprese -dijo el viejo-. De todos modos, esta noche tiene que dormir en alguna parte. -Ya le dije que yo me encargo de este lugar mientras regresan los legtimos dueos. No harta usted lo mismo? -No hay tal lugar. Est quemado. Los dueos no van a regresar. Usted no se va a quedar a educar a nadie. De repente la educan a usted
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primero, miss Winslow, y de una manera poco agradable. Ella lo mir con asombro. -Pareca usted un caballero, seor. -Lo soy, seorita, le juro que lo soy, y por eso mismo voy a protegerla. La barri como a una mueca, la levant del parqu destruido a sus hombros viejos pero fuertes y la sac ahogada del asombro, multiplicada como por un sueo de plata reverberante en el bosque de espejos; la sac de la burbuja de msica y vidrio tan misteriosamente respetada, salvada del fuego que el general mand prender, y los dos gringos se fueron en medio de las burlas y los aullidos y la alegra del organillo de la victoria: ella luchando y pataleando en el aire fro del desierto entre las fogatas y el humo de estircol y tortillas. -T ocpate de ella, general indiano. Se dio cuenta de que el nico refugio para l mismo era la proteccin ofrecida por el oscuro y ensimismado general Arroyo. El gringo haba caldo en la trampa del joven revolucionario. Haba estado a punto de llevar a Harriet Winslow al fastuoso carro del ferrocarril, al burdel privado de un guerrillero analfabeto, con la cabeza llena de memorias de la injusticia, pero de todos modos un hombre que ni siquiera saba leer y escribir. Mir a Harriet Winslow, preguntndole lo que se preguntaba a si mismo. Tena razn la mujer? La deposit cuidadosamente sobre la tierra y la abraz antes de mirar a su alrededor a los hombres y mujeres del ejrcito revolucionario de Chihuahua, envueltos en sus sarapes alrededor de las fogatas. Harriet y el gringo se miraron desconsolados, reflejando cada uno su desolacin en los ojos del otro. El desierto de noche es una gran bveda al aire libre: la recmara abierta ms grande del mundo. Abrazados los dos, sintieron que se hundan en el fondo de un gran lecho: el del ocano que alguna vez ocup este plato de grava y luego se retir, dejando el pramo habitado por todos los espectros del agua: los mares, los ocanos, los ros que aqu fueron o pudieron ser. -Harriet: te viste en el espejo del saln de baile cuando entramos hoy en la noche? -No s. Por qu? Ella quera preguntarle: T ests en esto luchando tambin? Cul es tu lugar aqu? Antes de quemar la hacienda todos dijeron que sta era una campaa urgente, tenan que hacer las cosas de prisa, sin miramientos, o perderan la revolucin. Colgaron de los postes a todos los federales que encontraron. Estn silbando, los oyes? lEs terrible! Ests con ellos? T luchas con ellos? Ests en peligro de morir aqu? El viejo slo repiti la pregunta, te viste en el espejo...?
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Ella no pudo contestar porque una mujer pequea envuelta en rebozo azul, su cara tan redonda como la de la luna ausente, sus ojos como almendras tristes, sali del carro del general y dijo que la seorita deba dormir con ella. El general estaba esperando al viejo. Maana iban a pelear.
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VII -Qu hace ella ahora? -Ahora se sienta sola y recuerda. -No. Ahora ella duerme. -Ella suea y ya no tiene edad. -Ella cree cuando suea que su sueo ser su destino. -Ella suea que un hombre viejo (su padre?) va a darle un beso mientras ella duerme y antes de que l se vaya a la guerra. -Nunca regres de Cuba. -Hay una tumba vaca en Arlington. -Quisiera llegar a la muerte desprovista de humillacin, resentimiento, culpa o sospecha; duea de m misma, con mis propias opiniones, pero nunca santurrona o fariseo. -Tu padre se fue a Cuba y ahora t te vas a Mxico. Qu mana de los Winslow con el patio trasero. -Mira el mapa del patio trasero: Aqu est Cuba. Aqu est Mxico. Aqu est Santo Domingo. Aqu est Honduras. Aqu est Nicaragua. -Qu vecinos incomprensibles tenemos. Los invitamos a cenar y luego se niegan a quedarse a lavar dos platos. -Miren el mapa, nios. Aprendan. -La soledad es una ausencia de tiempo. -Despierta, Harriet, despierta. Es tarde. Su madre le dijo siempre que era una muchacha terca como una mula, pero poco realista, y sta era una mala combinacin para una seorita sin dote, si sus maneras, por lo menos, no eran siempre fras e impecables. Cuando ley el anuncio en el Washington Star, su corazn lati ms de prisa. Por qu no? Dar clases en la primaria se haba vuelto una rutina, igual que ir a misa los domingos con su mam, o los paseos chaperoneados con su novio, que acababa de cumplir cuarenta y dos aos, durante los pasados ocho. -Despus de cierta edad, la sociedad acepta lo que es, a condicin de que nada cambie y no haya ms sorpresas. Por qu no?, se dijo mordindose la corbata de su atuendo de Gibson Girl, casi un uniforme para las muchachas con ocupacin a principios de siglo: blusa blanca de manga ampona y cuello abotonado; corbata, faldas de lana largas y anchas; botines altos. Por qu no? Despus de todo, gracias a ella era feliz su madre, que no se senta abandonada en la vejez y apreciaba que su nica hija continuara durmiendo bajo el mismo techo con ella y la acompaara todos los domingos a la iglesia
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metodista de la calle M, y era feliz Delaney, su novio, quien no se senta obligado a dejar sus cmodas habitaciones del club, los servicios a los que all estaba acostumbrado y los gastos nimios de su existencia de soltero. Aparte de la independencia que requera un procurador de intereses especiales ante el gobierno norteamericano. -Todo el mundo se ha vuelto peligroso -dijo Delaney cuando ley los encabezados constantes sobre las nubes de guerra en Europa. -Por qu sigues aqu conmigo? -le dijo su madre con una sonrisa dulcemente maliciosa-. Ya cumpliste treinta y un aos. No te aburres? Besaba entonces la mejilla de su hija, obligndola a inclinarse hasta tocar la piel abandonada de la madre. Y capturada as en el abrazo filial, ella tena que or la queja de la madre, s, podra imaginar el dolor de una muchacha joven que pudo crecer rica en Nueva York y en cambio tuvo que quedarse esperando, igual que su madre; esperando noticias que nunca llegan, toda la vida, habremos heredado algo?, habr muerto pap en Cuba?, vendr algn muchacho a invitarme?, no, no era fcil, porque ellas no aceptaran caridades, verdad, hijita?, y los muchachos no vendran a visitar a la hija sin peculio de la viuda de un capitn del ejrcito de los Estados Unidos, obligada a dejar Nueva York y cursar estudios normalistas en Washington, D. C., para estar cerca de Dios sabe qu, el fondo de pensiones del ejrcito, la memoria del padre que estuvo estacionado aqu todos esos aos, el cementerio de Arlington donde debi ser enterrado con todos los honores, pero nadie sabia dnde estaba, dnde cay en la campaa de Cuba. Sitiada por Washington en el verano, cuando bastara dejar de vigilar un segundo a la vegetacin para que la selva lo invadiese todo, y se tragase a la ciudad capital entera con un crecimiento lujoso de plantas tropicales, enredaderas y magnolias podridas. -La respuesta humana a la selva tropical de Washington ha sido construir un panten grecorromano. Alarg la mano y tom la de su madre cuando decidi marcharse, y su madre murmur, una seorita cultivada, pero terca como una mula y poco realista; a pesar de todo -suspir-, ojal que prevalezca la felicidad, a pesar de todo -repiti-: a pesar de nuestras diferencias de opinin. -No me ests escuchando, mam. -Cmo no, hija. Lo s todo. Toma. Lleg esta carta para ti. Era un sobre enviado desde Mxico. Deca claramente Miss Harriet Winslow, 2400 Fourteenth Street, Washington, D. C., Estados Unidos del Norte. -Por qu la abriste, mam? Quin...?
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No quiso terminar, no quiso discutir. Decidi aceptar la oferta de la familia Miranda antes de que pasara nada, antes de que su madre se muriera, o su padre regresara, o Delaney fuese juzgado por delito de fraude federal, lo jura, se lo jura a s misma. Ella estaba decidida a ir a Mxico porque senta que ya le haba enseado a los nios norteamericanos todo lo que poda. Ley ese anuncio en el Star y pens que en Mxico poda ensearles lo que saba a los nios mexicanos. Ese era el desafo que necesitaba, dijo ponindose un da su sombrero de paja laqueada con listones negros. Su conocimiento del espaol fue el homenaje mnimo de la maestra normalista al padre cado en Cuba. Le servira para ensearles ingls a los nios de la familia Miranda en una hacienda de Chihuahua. -No vayas, Harriet. No me abandones ahora. -Lo decid desde antes de saber esto -le dijo a su novio el seor Delaney. -Por qu dejamos Nueva York? -le deca de nia a su madre cuando ella le recordaba que all tena sus races la familia, junto al Hudson, y no aqu, junto al Potomac. Entonces ella reta y le deca que ellos no dejaron Nueva York; Nueva York los dej a ellos. Cuntas cosas quedaron sin respuesta cuando su padre se fue a Cuba y ella tena diecisis aos y l nunca regres. Ella se sent todas las maanas frente a un espejo en su pequea alcoba de la Calle Catorce y lleg un da en el que admiti que su rostro estaba contando una historia que a ella no le agradaba. Slo tena treinta y un aos, pero su rostro en el espejo mientras lo dibujaba suavemente con un dedo sobre el cristal, antes de tocarse con el mismo dedo la sien helada, pareca no ms viejo sino ms vaco, menos legible que diez, o incluso dos aos, antes: como la pgina de un libro que palidece cuando sus palabras lo abandonan. Era una mujer que soaba mucho. Si su alma era distinta de sus sueos, aceptara que ambas posean una cualidad instantnea. Como un sueo, as se revelaba su alma, en relmpagos. No es as, argumentaba consigo misma en sus sueos, las lecciones de su religin colndosele hasta el centro ms profundo del sueo, no es as, se castigaba a s misma por pensar lo contrario, tu alma no es algo que pertenezca al instante, pertenece a Dios y es eterna. Despertara pensando en lo que pudo decir pero no dijo, en dos errores y las lagunas espectrales de sus palabras y de sus actos vigilantes, que la perseguan toda la noche. Este era el reino de la sombra, pero la luz era una tortura peor para ella. En la oscuridad del sueo, ella se hunda en el trrido verano de
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las marejadas atlnticas, como se hunda en el calor de su propio cuerpo dormido. Eran suyas la misma humedad de las mrgenes del Potomac y la vegetacin mojada y lnguida, slo en apariencia domesticada dentro de la ciudad de Washington, que en realidad invada hasta el ltimo rincn de los jardines perdidos, los estanques, los umbros patios traseros cobijados por techos de verde humedad, alfombrados con los capullos muertos del cornejo blanco y el olor agridulce de los negros que se dejaban vivir a lo largo de la cancula con una difusin de das de cuerpos sudorosos y rostros polveados con desgano. A medio camino entre Washington y Mxico, iba a imaginar que haba verano en Washington pero haba luz en Mxico. En su mente suspendida entre la memoria y la previsin, ambas iluminaciones desnudaban el espacio circundante. El sol mexicano dejara un paisaje desnudo bajo la lumbre. El sol del Potomac se convertira en una neblina luminosa capaz de devorar los contornos de los interiores, las salas, las alcobas, los espacios hmedos y huecos de los stanos apestosos donde las gatas se refugiaban para parir sus ventregadas y la presencia desgastada de alfombras, muebles y ropajes viejos que lograban permanecer en Washington mientras la gente llegaba o parta con sus bales, se reunan como fantasmas latentes y sin llama en medio de un denso aroma de musgo y naftalina. Se preguntaba a veces: -Cundo fui ms feliz? Conoca la respuesta: cuando su adorado padre se fue y ella se sinti responsable; ahora ella era responsable. Pas su infancia perseguida por una brillante luz amarilla que observaba, viajando lentamente de piso en piso, en una mansin recientemente construida, pero ya en decadencia, en la Calle Diecisis. Se escondi detrs de unos perseverantes arbustos estivales en una colina que descenda abruptamente de una cancha de tenis abandonada a un csped de magnolias muertas, y mir fijamente la luz que iba y vena muy lentamente, derritiendo lo que debi ser el suave interior, la entraa de mantequilla de una fachada de piedra elaborada, cortada y ensamblada fantasiosamente para parecerse a una mansin del Segundo Imperio, pomposa y lienta. Quin conduca esa lmpara? Por qu senta que la luz fa llamaba a ella? Quin viva all? Nunca vio un rostro. Ahora mir fijamente la luz en el centro de la mesa favorita de su madre, una mesa con tapa de mrmol que su padre usaba pan el papeleo nocturno de las cuentas y que la familia empleaba tambin para comer y que ahora su madre slo dedicaba a este ltimo
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menester. Mir la luz domstica y adivin que haba invertido toda la imaginacin temblorosa y todo el deseo apasionado de la luz recordada en esa hmeda mansin del verano, en este simple artefacto casero, esta necesidad, esta lmpara de gas con pantallas verdes. Alarg la mano y tom la de su madre para anunciarle que ya se iba. Su madre lo saba ya. Hasta haba abierto la carta de los seores Miranda, sin pedirle permiso primero o excusas ahora. Miss Harriet Winslow, 2400 Fourteenth Street.. -Una seorita cultivada, pero terca y fantasiosa... No importaba; ella tampoco escuchaba ms a su madre. No se daba cuenta, pero la promesa de felicidad y juventud de la hija slo era evidente en la cara de la pobre madre. La luz obraba esta transferencia, este regalo de la hija. Una luz. Quizs la misma que ella haba perseguido como un espectro en la mansin decadente: esa misma luz habra llegado hasta aqu, a su pequeo apartamento, a cumplir el deseo de la seorita Winslow: que mi madre refleje la brillante luz de mi infancia, que la hija deje de reflejar la sombra entristecida de la madre. So: la luz se detuvo al pie de la escalera de servicio, junto al stano que era el ltimo y ms sombro laberinto del cascarn inservible, de la fachada amedrentada y efmera del lujo y del deber washingtonianos, la blancura de panten de la ciudad, sus pozos negros, y el olor se volvi ms fuerte; ella reconoci primero la mitad de ese olor, el olor de colchones viejos y alfombras mojadas; en seguida tambin la otra mitad, el olor de la pareja acostada all, el olor agridulce del amor y de la sangre, las axilas hmedas y los temblores pbicos mientras su padre posea a la negra solitaria que viva all, quizs al servicio de unos amos ausentes, quizs ella misma la seora repudiada de esta casa. -Capitn Winslow, estoy muy sola y usted puede tomarme cuando guste. El seor Delaney, que fue su novio durante ocho aos, ola a lavandera cuando le robaba un beso, mientras se paseaban en las noches de verano, y ms tarde, cuando todo concluy, ella lo vio viejo y usado sin su cuello Arrow almidonado, y l le dijo: Bueno, qu pueden ser las mujeres sino putas o vrgenes. -No te alegras de que te haya escogido como mi chica ideal, Harriet?
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VIII Al amanecer, el general Arroyo le dijo al gringo viejo que iban a salir a limpiar el terreno de lo que quedaba de la resistencia federal en la regin. Grupos del viejo ejrcito trataban de hacerse fuertes en las cuestas de la Sierra Madre con la esperanza de tirarles emboscadamente y de inmovilizarlos largo tiempo por aqu, cuando el grueso de la Divisin ya anda muy al sur, ya tom las ciudades de la Laguna y nosotros tenemos que seguir adelante, al encuentro de Villa, dijo con tono opaco y terco el general, pero antes tenemos que limpiar el terreno aqu... Entonces an no iban a unirse a Villa?, dijo con inquietud el viejo. No, contest Arroyo, todos vamos a juntarnos a donde decida el general Villa para luego caer juntos sobre Zacatecas ir Mxico. Ese es el premio de esta campaa. Tenemos que llegar all antes que la gente de Obregn y Carranza. Pancho Villa dice que esto es importante para la revolucin. Nosotros somos gente del pueblo; los otros son perfumados. Villa cabalga hacia adelante; nosotros limpiamos la retaguardia para que no nos sorprendan por detrs, dijo Arroyo, ahora sonriendo. -Somos lo que se llama una brigada flotante. No es la posicin ms gloriosa... El viejo no vio motivo para sonrer. El tiempo haba llegado y Pancho Villa andaba lejos. Dijo que estara Listo en cinco minutos y fue al final del carro de ferrocarril, donde la mujer con cara de luna dorma sobre el piso. Le haba dejado la cama a la seorita Winslow. La mexicana despert al entrar el viejo. El le pidi silencio con un gesto. La mujer no se alarm; cerr de vuelta los ojos. El viejo se qued mirando un rato el rostro durmiente de la hermosa mujer, le acarici la cabellera castaa y luminosa, le tap con el sarape el seno descubierto, pequeo y redondo y suavemente le roz la mejilla clida con los labios. Quizs la mujer con la cara de luna entenda la ternura (dese el gringo viejo). El sueo es nuestro mito personal, se dijo el gringo viejo cuando bes a Harriet dormida y pidi que ese sueo se prolongara ms que la guerra, venciera a la propia guerra para que al regresar de ella, vivo o muerto, ella lo recibiera en este sueo ininterrumpido que l, a fuerza de desear y de inducir con el deseo, lleg a ver y comprender en los escasos minutos que dura un sueo que, ms tarde, la memoria o el olvido restaurarn como un argumento largo, poblado de detalles, de arquitecturas y de incidentes. Quera invitarla, quizs, a su propio sueo; pero ste era un sueo de la muerte que no poda compartir con
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nadie: en cambio, mientras vivieran ambos, por ms separados que estuviesen, podan penetrar sus sueos respectivos, compartirlos; hizo un esfuerzo gigantesco, como si ste pudiese ser el ltimo acto de su vida, y en un instante so con los ojos abiertos y los labios apretados el sueo entero de Harriet, todo, el padre ausente, la madre prisionera de las sombras, el paso de la luz estable sobre una mesa a la luz fugitiva dentro de una casa abandonada. -Estoy muy sola. -Puede usted tomarme cuando guste. -...te viste en el espejo...? -Viste cmo se miraron ayer en los espejos? -dijo Arroyo cuando se subi a su caballo negro, junto al gringo montado en su yegua blanca. El viejo lo mir bajo sus cejas blancas. El viejo Stetson arrugado no bastaba para ocultar su mirada azul hielo. Asinti. -Nunca se haban visto en un espejo de cuerpo entero. No saban que sus cuerpos eran algo ms que un pedazo de su imaginacin o un reflejo roto en un ro. Ahora ya saben. -Por eso no fue quemado el saln de baile? -Tienes razn, gringo. Por eso mismo. -Por qu fue destruido todo lo dems?, qu gan usted con ello? -Mira esos campos, general indiano -dijo Arroyo con un movimiento rpido y cansado del brazo, que le arroj el sombrero sobre la espalda-. Casi nada crece aqu. Menos el recuerdo y el rencor. -Cree usted que el resentimiento es lo mismo que la justicia, general? -sonri el viejo. Arroyo nada ms le contest: -Ya vamos llegando a las cuestas de la sierra. Entonces era aqu. El viejo mir a lo alto de las montaas dentadas de basalto amarillo. Las vertientes de la sierra eran como viejas bestias cansadas surgidas del vientre de una montaa infinitamente indiferente y generadora de s. Pero el viejo se oblig a pensar que los federales escondidos all arriba no estaban nada cansados. Tena que estar alerta, igual que cuando los Voluntarios de Indiana ayudaron a Sherman a, liquidar lo que quedaba del ejrcito rebelde de Johnston despus de la cada de Fayeteville. Una terrible ausencia, casi un olvido, resucit en ese instante en la cabeza del gringo viejo: entonces, de joven, haba deseado encontrarse del lado azul, con la Unin, contra el lado gris, los rebeldes, slo porque haba soado que su padre militaba con la Confederacin contra Lincoln. Quera lo que so: el drama revolucionario del hijo contra el padre. -Van a atacar ahora o nunca -dijo el viejo, descendiendo a la realidad
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tctica como un azor sobre su presa-. Ahora estamos a la vista de todos. -Si nos atacan, sabremos dnde estn -dijo Arroyo. Las balas picaron la costra de tierra a doce metros de ellos. -'Tan nerviosos -sonri Arroyo-. As no nos pegan. Orden el alto; todos desmontaron. Excepto el viejo. El se sigui de largo. -Oye, general indiano, no puedes dominar a tu montura? Orden el alto -grit Arroyo. Y sigui gritando mientras el viejo comenz a trotar dirigindose derecho a los peascos de donde salieron los disparos. -Oye, gringo idiota, no oste la orden? !Regresa aqu, viejo idiota! Pero el viejo sigui derechito mientras el fuego de la ametralladora pasaba encima de l, dirigido a Arroyo y su gente, no al espejismo de un caballero blanco sobre un caballo blanco, que de tan visible pareca invisible, trotando como si no notara el fuego, zafando el lazo del arzn, aprestndose. Arroyo y sus hombres cayeron de bruces, ms asustados por el gringo viejo que por ellos mismos o los federales emboscados. De barriga, se dieron cuenta de que los federales se haban equivocado, la metralla no llegaba hasta donde estaba Arroyo y tampoco le pegaba al viejo. Pero ahoritita iban a darse cuenta de su error. Y entonces, adis, gringo viejo, murmur Arroyo, acostado sobre su pecho. Lo vieron venir y la verdad es que no lo creyeron. El viejo entendi lo que pasaba apenas pudo distinguir sus caras atnitas. No se pareca a ellos, era como un diablo blanco y vengador, tena ojos que slo los tiene Dios en las iglesias; el Stetson vol y revel la imagen de Dios Padre. Se pareca a la imaginacin, no la realidad. Bast pan que el grupito de federales perdiera los cabales antes de recuperarlos y cambiar de la ametralladora a los rifles, torpemente, sin darse cuenta de que detrs de ellos un comandante de la Confederacin a caballo los acicateaba a la victoria con una espada desenvainada y que era a este jinete relampagueando su clera en lo alto de la montaa a quien se diriga el gringo, no a ellos que perdieron ahora su ametralladora, lazada fuera de vista y luego la arrugada y seca aparicin dispar contra los cuatro hombres en la posicin de franco-tiradores y estaban muertos bajo el sol, aplastados sobre un peasco caliente, sus rostros ardiendo en la muerte, sus pies enterrados en el polvo sorprendido, como si quisieran salirse corriendo a la muerte, jugarle carreras. Un grito unnime brot de la fuerza rebelde pero el gringo no lo oy, El gringo sigui disparando a lo alto, contra las peas por donde corra primero y caa despus el jinete vestido de gris pero ms blanco que l, despendose por los aires: el jinete del aire.
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Todos corrieron hasta l para que parara, para felicitarlo, sacudindose la tierra y las espinas del pecho, pero l continuaba disparando a lo alto y al aire, sin atender el clamor de sus camaradas que no podan saber que aqu se estaba volviendo realidad fantasmal un cuento en que l era un viga del ejrcito unionista que se queda dormido un minuto y es despertado al siguiente por una voz ronca escuchada por mortales: la voz de su padre sureo, montado en un caballo blanco en lo alto de una pea: -Haz tu deber, hijo. -He matado a mi padre. -Eres un hombre valiente, general indiano -dijo Arroyo. El viejo mir duro y hondo en los ojos del general, pensando que ,poda decirle muchas cosas. Nadie se iba a interesar en su historia. Excepto Harriet Winslow, quizs. Y aun ella, que perdi a su padre en una guerra, sera demasiado literal ante una historia as. Para el gringo viejo, aturdido por el quebradizo planeta que separa a la realidad de la ficcin, el problema era otro: periodista o escritor, la alternativa lo segua persiguiendo; no era lo mismo pero deba sacarse las opciones de la cabeza. Ya no poda seguir creyendo que iba a vivir, a trabajar, a optar entre la noticia dirigida a Hearst y sus lectores, o la ficcin dirigida al padre y la mujer, y que no era posible seguir sacrificando sta a aqulla. Slo haba una opcin y por eso le dijo, como nica respuesta, a Arroyo: -No es muy difcil ser valiente cuando no se tiene miedo a la muerte. Pero Arroyo saba que las montaas ya estaban gritando, de abismo a cima, de cueva a caada, sobre barrancas y riachuelos secos como los huesos de las vacas: ha llegado un hombre valiente, anda suelto un valiente, un hombre valiente ha puesto pie en nuestras piedras.
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IX Pero el desierto nos olvida, se dijo esa maana el gringo viejo. Arroyo pens al mismo tiempo, mirando al cielo, que todo tiene un hogar, pero l y las nubes no. En cambio, Harriet Winslow despert pronunciando tomorrow, la palabra maana, acusndola de haberle prolongado el sueo para despertarla en seguida con una incmoda sensacin de deber pospuesto. La pregunta del viejo (ese haba visto en los espejos del saln de baile?) segua retornando, y Harriet se dijo a s misma por qu no?, aunque los espejos empezaban a contarle una historia que no le gustaba. Acaso el viejo quiso preguntarle anoche si en estos espejos de la hacienda la mujer vio otra cosa, o lo mismo de siempre. -Tu alma no es distinta de tus sueos. Ambos son instantneos. -Tu alma no es del instante. No es un sueo, es eterna. Por eso esta maana de la escaramuza que ella desconoca, camin con paso firme al pueblo aledao a la hacienda, fresca y eficaz en su blusa y corbata, su amplia falda de lana plisada y sus botines altos, amarrndose la cabellera castaa en un chongo, murmurando lo primero es lo primero, olvidando que al despertar se sinti indecisa entre lo que pudo decir y no dijo en su encuentro con el general y el viejo, recobrando las lagunas espectrales de su discurso y de su accin vigilante, que la haban perseguido la noche entera. La actividad diurna era ms importante por ello mismo; supona implicar primero y destruir despus los acosos nocturnos del instante. Pero volvera a dormir, volvera a soar: la ruptura de los sueos en la mquina minutem que todos los das destrua el verdadero tiempo interno en la molienda de la actividad, slo le daba un relieve mayor, un valor ms acentuado, al mundo del instante eterno, que regresara de noche, mientras ella dorma y soaba sola. Al caer el crepsculo, regres el destacamento. Arroyo vio a los hombres que se haban quedado limpiando las ruinas de la hacienda, a las mujeres preparando grandes baldes de jalbegue y a los nios sentados alrededor de miss Winslow en el saln de baile dispensado de la destruccin. Los nios evitaban mirarse en los espejos. La miss haba hablado con firmeza en contra de la vanidad y este saln era una tentacin para probar nuestra humildad cristiana, un saln lleno del pecado de la presuncin. -Se vieron en los espejos al entrar al saln de baile? Haba aprendido un espaol correcto en su escuela normal en Washington y poda hablar con firmeza, incluso correccin, cuando no
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estaba asustada como la noche anterior: La Presuncin, La Vanidad, El Diablo, El Pecado y los nios pensaron que la leccin de la maestrita gringa no era muy distinta de los sermones del prroco aqu en la hacienda, slo que en la capilla haba cosas ms bonitas y divertidas Ora mirar mientras el cura hablaba. Miss Harriet Winslow los interrog y los encontr inteligentes y abiertos. Pero, la seorita haba visitado ya la linda capillita? -Vio usted algo distinto de lo que vea en Washington, o siempre la misma imagen? La mirada de Harriet Winslow encontr la de Toms Arroyo cuando el general entr marchando al saln de baile con un fuete en la mano. Ella vio la furia contenida del general y se regocij con ella. Quin le haba dado permiso a la seorita para reconstruir la hacienda? Por qu estaba distrayendo elementos militares? -Para que la gente tenga un techo sobre sus cabezas -dijo simplemente miss Winslow-. No todos pueden dormir en un pullman diseado para los Vanderbilt. El general la mir con los ojillos ms angostos que nunca. -Yo quiero que este lugar sea una ruina. Yo quiero que la casa de los Miranda se quede ruina. -Est usted loco, seor -dijo Harriet con toda la serenidad posible. El tacone duro su paso hasta ella pero se detuvo antes de tocarla. -Arroyo. Mi nombre es el general Arroyo. Esper pero ella no respondi; l grit: -Ahora entiende? Nadie toca este lugar. Se queda como est. -Est usted loco, seor. Ahora haba un insulto en la voz de Harriet. El la tom del brazo con violencia y ella sofoc un gemido. -Par qu no me llama general, general Arroyo? -Sulteme! -Conteste, por favor. -Porque usted no es general. Nadie lo nombr. Estoy segura de que se nombr solito. -Venga conmigo. La sac a fuerzas a la hora tarda. El viejo estaba bebiendo una copa de tequila en el carro del general cuando oy la conmocin y sali a la plataforma. Los vio claramente diseados, de cara al sol poniente, ella alta y esbelta, l bajo para ser hombre pero musculoso, compensando en fuerza viril lo que la gringa le quitaba en altura o maneras o como se llamara eso que l tema y deseaba ahora de parte de ella, pens el viejo al verlos y orlos all el mismo da de la hazaa en que el viejo no
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quera sentarse a escribir para compensar el desgaste fsico y por eso se emborrachaba y rogaba que este da terminara pronto y llegara el da siguiente que quizs sera ya el de su muerte. Pero l saba que el premio, como siempre, no era para los valientes, sino para los jvenes: morir o escribir, amar o morir. Cerr los ojos con miedo: estaba mirando de lejos a un hijo y una hija, l opaco, ella transparente, pero ambos nacidos del semen de la imaginacin que se llama poesa y amor. Tuvo miedo porque no quera ms afectos en su vida. -Mira -le dijo Arroyo a la seorita Winslow, igual que le dijo esa maana al gringo viejo-, mira la tierra -y ella vio un mundo seco, feo, pero hermosamente dramtico, fuerte, despojado de generosidad, ajeno a los frutos fciles: ella vio una tierra donde los frutos escasos tenan que nacer del vientre muerto, como un nio que segua viviendo y pugnaba por nacer en la entraa muerta de su madre. Harriet y el viejo pensaron ahora en otras tierras ms feraces, ros ricos y eternamente lnguidos, el resplandor de trigales trmulos sobre tierras llanas como un mantel y valles de suaves ondulaciones junto a montaas azules y humeantes cargadas de bosque. Los ros: pensaron sobre todo en los ros del norte, una letana que rodaba de sus lenguas como una corriente de deleites perdidos en el atardecer mexicano seco y sediento. Hudson, dijo el viejo; Ohio, Mississippi, le contest desde lejos ella; Mississippi, Potomac, Delaware, concluy el gringo viejo: las buenas aguas verdes. Qu le dijo el gringo a miss Harriet anoche? Lleg como institutriz a una hacienda que ya no existe, que nunca vio, a ensearles el ingls a niitos a los que no conoci, ni supo cmo fueron, o si existieron siquiera. -Se aburran -dijo Arroyo con palabras pesadas y secas en esta tierra sin ros. Se aburran: los seoritos de la hacienda slo venan aqu de vez en cuando, de vacaciones. El capataz les administraba las cosas. Ya no eran los tiempos del encomendero siempre presente, al pie de la vaca y contando los quintales. Cuando venan, se aburran y beban coac. Tambin toreaban a las vaquillas. Tambin saltan galopando por los campos de labranza humilde para espantar a los peones doblados sobre los humildes cultivos chihuahuenses, de lechuguilla, y el trigo dbil, los frijoles, y los ms canijos les pegaban con los machetes planos en las espaldas a los hombres y se llevaban a las mujeres y luego se las cogan en los establos de la hacienda, mientras las madres de los jvenes caballeros fingan no or los gritos de nuestras madres y los padres de los jvenes caballeros beban coac en la biblioteca y decan
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son jvenes, es la edad de la parranda, ms vale ahora que despus. Ya sentarn cabeza. Nosotros hicimos lo mismo. Arroyo ya no sealaba hacia la tierra maldita. Ahora oblig a Harriet a mirar las ruinas incendiadas de la hacienda. Ella no resisti fsicamente porque no resisti mentalmente. Le escoba concediendo a Arroyo lo que era de Arroyo, se dijo el viejo embriagado por la hazaa militar, el gusano literario resurrecto, el deseo de la muerte, el miedo a morir desfigurado: los perros, las navajas; el recuerdo del dolor ajeno cuando se convirti en dolor propio; el miedo de morir asfixiado por el asma; las ganas de morir por mano ajena. Todo esto al mismo tiempo: "Quiero ser un cadver bien parecido." -Yo soy el hijo de la parranda, el hijo del azar y la desgracia, seorita. Nadie defendi a mi madre. Era una muchachita. No estaba casada ni tena quien la defendiera. Yo nac para defenderla. Mire, miss. Nadie defenda a nadie aqu. Ni siquiera a los toros. Castrar toros, eso s que era ms excitante que cogerse campesinas. Vi cmo les brillaban los ojos al castrar y gritar: Buey, buey! Tena a Harriet tomada de los hombros y ella no resista porque saba que Arroyo a nadie le hablaba as y quizs porque entenda que lo que deca Arroyo eco cierto slo porque el general ignoraba al mundo. -Que quin me nombr general? Te lo voy a decir, La desgracia me nombr general. El silencio y callarme. Aqu te mataban si te oan hacer ruidos en la cama. Los hombres y las mujeres que geman al acostarse juntos eran azotados. Era una falta de respeto a los Miranda Ellos eran gente decente. Nosotros amamos y parimos sin voz, seorita. En vez de voz, yo tengo un papel. Pregntale a tu amigo el viejo. Te est cuidando bien? -dijo Arroyo pasando sin solucin de continuidad del drama a la comedia. -La venganza -dijo Harriet sin hacerle caso-, la venganza lo mueve. Este es su monumento a la venganza, pero tambin al desprecio a su propio pueblo. La venganza no se come, general. -Pregntales a ellos entonces -dijo Arroyo sealando a su gente. (Le dijo el bravo Inocencio Mansalvo: -No me gusta la tierra, seorita. Le mentira si le dijera esto. No quiero pasarme la vida agachado. Quiero que se destruyan las haciendas y se deje libres a los campesinos, para que pudamos ir a trabajar donde quiramos, en la ciudad o en el norte, en su pas, seorita. Y si no, yo no me cansar nunca de pelear. Agachado as, noms no: quiero que me miren la cara. Le dijo la Gardua: -Mi padre era bien terco. Se plant de guardia en nuestra pobre
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tierra de temporal. Vino la guardia blanca de la hacienda y mat a mi pap y a mi mam, que esperaba un hermanito o hermanita, vaya a saber... Yo era chiquitita y me pude esconder debajo de una cazuela. Unos vecinos me mandaron a Durango a vivir con mi ta soltera doa Josefa Arreola. Un da pas la revolucin y un muchacho grit, se mostr, se movi frente a mis ojos... Ay mi pap, ay mi mam, ay mi pobre angelito muerto... Le dijo el coronel Frutos Garca: -Nos ahogbamos en esos pueblos de la provincia, seorita Winslow. Hasta el aire estaba siempre de luto all. Usted aqu ve a veces pueblo pueblo, viejos cuatreros, campesinos que no tuvieron otra o que de plano les gusta el mitote. Pero vame a m que soy hijo de comerciante y pregntese cuntos como yo han tomado las armas y apoyan la revolucin y le estoy hablando de profesionistas, escritores, profesores de escuela, industriales pequeos. Podemos gobernamos a nosotros mismos, se lo aseguro, seorita. No queremos ms un mundo dominado por los caciques, la sacrista y las aristocracias ridculas que aqu siempre hemos tenido. Usted no nos cree capaces, pues? O slo le teme a la violencia que antecede a la libertad?) -Pregntales a ellos, entonces -dijo Arroyo sealando su gente; le dio la espalda a Harriet, alejndose con orgullo, con la cabeza ladeada. Desde la plataforma del pullman el viejo vio y oy e imagin. "Cul es el pretexto ms hondo para amar? Se diferencia del pretexto para actuar?" Entendi, sin embargo, que Arroyo le estaba demostrando de lejos "lo que traa en la cabeza" en vez de un alfabeto.
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X Estaba un poquito pasado de copas, pero la recibi en la plataforma del carro, le ofreci el brazo como un caballero de la antigua usanza y todos sus conflictos se resolvieron en este hecho que era la presencia de una mujer joven y bella cerca de l, en disposicin amena, social, lejos de las decisiones pospuestas: despus de todo, la vida... Ella acept la copita de tequila. -Bueno! -suspir Harriet Winslow en situacin de norteamericana en compaa de un paisano al atardecer y frente a una copa reconfortante-. Usted sabe que no es fcil dejar atrs Nueva York. Washington en realidad no es una ciudad, sino un lugar de paisaje. Los actores principales cambian tan a menudo -se ri quedamente y el viejo se pregunt si esta conversacin tena lugar al caer la noche sobre un desierto salvaje en Mxico. -Por qu dej usted Nueva York? -pregunt el viejo. -Por qu nos dej Nueva York a nosotros? -ella expres suavemente su alegra otra vez y el viejo se dijo que quizs la embriaguez de Harriet era anterior a la de l, y ms vertiginosa. Y l slo quera preguntarle de nuevo: "Te viste en los espejos al entrar al saln de baile?" Pero se dio cuenta, en una mirada furtiva de la mujer que minutos atrs estaba de hecho en brazos de un hombre joven y extrao, de que ella prefera no hablarle sobre eso, pero tampoco quera parecer torpe e interrogarlo sobre su propia vida: esa maana la norteamericana haba visto la maleta abierta del viejo, un par de libros en ingls, ambos del mismo autor, y un ejemplar del Quijote; y ahora, junto a la copa, unas cuartillas y un lpiz mocho. Era ms fcil pan los dos, ahora, hablar de ella, de su pasado. El viejo haba luchado; pudo haber muerto. Ella bebi a sorbos y le dijo en silencio s que luchaste hay, se te ve un entusiasmo en la cara, no te negara un poco de candor y un poco de calor tampoco. Por eso prefiri hablar de ella y contestar as a la pregunta insistente del viejo: -Tantas cosas quedaron sin respuesta cuando mi pap se fue a Cuba. Yo tena diecisis aos y l nunca regres. Le cont que la historia de su familia era curiosa, pareca inventada, sobre todo "si se la cuento aqu". Su to abuelo, en los cuarentas del siglo pasado, era uno de los hombres ms ricos de Nueva York. Se senta orgulloso de su hijo y lo envi a Europa a hacerse hombre. Pero tambin, en seal de confianza paterna, le encarg comprar algunos
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"viejos maestros" de la pintura clsica. En cambio, "mi maravilloso to Lewis" compr cosas que entonces nadie apreciaba: Giotto y los maestros primitivos. "Sabe usted? Mi to abuelo Halston lo deshered, crey que su hijo se haba burlado de l comprando unas pinturas crudas y horrendas, indignas de serles mostradas a las damas y caballeros en un saln de la mansin a orillas del Long Island Sound." Le dej todo el dinero a sus dos hijas y las pinturas a Lewis como una herencia bufa, por ser inservibles nada ms. El to Lewis se qued con las pinturas y muri en la pobreza. Una ta solterona las guard en su tico "y mi propia abuela, que las hered, se content con regalrselas a alguien. Cuando finalmente fueron subastadas hace veinte aos, su precio result ser de cinco millones de dlares. Al to Lewis le haban costado cinco mil. Pero para nosotros ya era demasiado tarde". Se empin la copita y le dijo al gringo viejo que imaginara noms y l le dijo que s, poda imaginar los sueos de una muchacha joven, ser rica en Nueva York a principios de siglo, cuando la vida era dulce all, y en cambio "tener que esperar, esperar como su madre tuvo que espetar tambin, no fue fcil, claro que no fue fcil", porque ellas no estaban acostumbradas a aceptar caridad, en cualquiera de sus formas; los pretendientes no abundan para una muchacha sin peculio, hija de un oficial menor perdido en Cuba, la hija de la viuda de un capitn del ejrcito cursando estudios normalistas en Washington, D. C., para estar cerca de Dios sabe qu y... -Bueno. Y usted? All termina mi historia. -Imaginase -Si -ella dijo s y volvi a mirar las cuartillas garabateadas, el lpiz mocho-. Estudiamos literatura en la escuela, sabe usted, seor? Qu bueno que trajo el libro de Cervantes a Mxico. -Nunca lo haba ledo -dijo el gringo viejo-. Pens que aqu... -Nunca es demasiado tarde para leer a los clsicos -esta vez Harriet ofreci la copita y el gringo se la llen antes de servirse su cuarta, quinta...- o a nuestros contemporneos. Veo que tambin trae usted dos obras del mismo autor, un autor americano vivo... -No las lea -dijo el viejo limpindose el bigote del sabor pungente del tequila-. Son obras muy amargas, diccionarios del diablo... -Y usted? -insisti ella, como l haba insistido, se vio ella en los espejos al entrar al saln de baile?, qu historia le contaban los espejos? - Y l? Iba a repetir acaso todo lo que senta? Vine a morirme, soy escritor, quiero ser un cadver bien parecido, no tolero cortarme cuando me afeito, tengo tenor de que un perro rabioso me muerda y
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luego morir desfigurado, no le tengo miedo a las balas, quiero leer Don Quijote antes de morir, ser gringo en Mxico es mi manera de morir, soy... -Un viejo amargo. No me hagas caso. Es una simple coincidencia que nos hayamos encontrado aqu. Si no la encuentro a usted, miss Harriet, sin duda encuentro a un periodista gringo de los que andan siguiendo a Villa y a l no tendra que contarle mi historia. La sabra. -Pero yo no la s -dijo Harriet Winslow-. Y yo he sido cndida con usted. Un viejo amargo, dice? -Old Bitters. Un despreciable reportero remuevelodos al servicio de un barn de la prensa tan corrupto como aquellos a los que yo denunci en su nombre. Pero yo era puro, miss Harriet, me lo cree usted? Puro pero amargo. Yo ataqu el honor y el deshonor de todos, sin hacer distingos. En mi tiempo fui temido y odiado. Tmese otra y no me mire as. Usted me pidi candor. Yo se lo voy a dar. Para eso me pinto solo. -No s, en verdad, si... -No, no, no -dijo terminantemente el viejo-. Usted entiende por qu me tiene que or hoy. -Maana... Yo s su nombre. El viejo hizo una mueca irnica. -Mi nombre era sinnimo de la frialdad antisentimental. Yo era el discpulo del diablo, slo que ni siquiera al diablo hubiera aceptado coma maestro. Mucho menos a Dios, a quien difam con algo peor que la blasfemia: con la maldicin a todo lo que te cre. Ella intent una interjeccin graciosa, ella era metodista, l soaba, un minuto, quera imaginarlo, pero l no le permiti ningn juego, ninguna distraccin. -Me invent un nuevo declogo -dijo l abruptamente. "No adoris ms imgenes que las que aparecen en las monedas de vuestro pas; no matis, pues la muerte libera a tu enemigo de su constante penar; no robis, es ms fcil dejarse sobornar; honra a tu padre y madre, a ver si te heredan su fortuna." -De manera que me invent una nueva familia, la familia de mi imaginacin, el objeto de la destruccin a travs de mi Club de Parricidas. Por Dios, si hasta en los senos de mi madre percib seas de canibalismo y urg a los amantes a que se mordieran al besarse, anden, murdanse, bestezuelas, cmanse entre s: murdanse... ja! Se puso de pie sin quererlo, haciendo que se cayeran las cuartillas y el lpiz precariamente detenidos sobre el descanso de una silla en la plataforma y afuera la noche del desierto reclamaba su parentesco con el mar vaco. Las lejanas montaas duras y pelonas tenan el color de
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las pirmides. Los pjaros pasaron con un rumor de pasto ondulante y quebrado. -Oh, tuve mi minuto de gloria -ri sarcsticamente el viejo, en cuclillas, recogiendo sus materiales de trabajo-. Me convert en la nmesis del gran corruptor y desfalcador californiano hasta que l mismo me invit a visitarle en su oficina y trat de cohecharme. Si, le dije, yo soy incorruptible. Al se ri como me ro ahora yo, miss Winslow, y me dijo: "Todo hombre tiene un precio." Y yo le contest tiene usted razn, escrbame un cheque por setenta y cinco millones de dlares. "A su nombre o al portador?", dijo Leland Stanford con la chequera abierta y la pluma en la mano, burlndose de m con algo peor que la burla, la complicidad de sus ojillos de ratn gris. No, le dije, a favor de la Tesorera de los Estados Unidos por el precio exacto de las tierras pblicas robadas por usted, y usted, seorita, nunca vio una cara como la de Stanford cuando yo le dije eso. Ja! El viejo ri de su travesura ms que al cometerla, porque entonces tuvo que mantener la cara de palo y ahora no, ahora poda gozarla, el recuerdo era mejor que el hecho, ahora si poda rer: as iba a morir maana? -Claro -dijo secndose las lgrimas de risa con un paliacatn de alamares rojos-, un periodista investigativo necesita a un financiero corrupto como Dios necesita a Satans y la flor requiere del estircol, si no, con qu se compara su gloria? Guard silencio un rato y ella no dijo nada. Record su paso por las montaas das antes y hasta ahora recapacit en que sobre la Sierra Madre an sopla el aliento poderoso de la creacin. -Hubiera aceptado el ofrecimiento de Stanford y le hubiera tirado su puesto a la cara a Hearst, en vez de andar juntando para vivir y negndoles cosas a mi mujer y a mis hijos y luego incrementando mi culpa gastando lo poco que ahorraba en esos malditos bares de San Francisco donde los californianas nos reunimos a mirar hacia el mar para decirnos: Se acab la frontera, muchachos, se nos muri el continente, se fue al diablo el destino manifiesto, ahora a ver dnde lo encontramos: seria un espejismo del desierto? Otra copa. -Ya no ms oeste, muchachos, salvo en la frontera invisible de una copa de whiskey vaca. Harriet Winslow tom la mano temblorosa del viejo y le pregunt si quera seguir, si lo que haba contado no era ya una derrota suficiente, y una expiacin en el recuerdo. Pero l dijo que no, no era as porque l sigui justificndose, l no era responsable. -Yo era algo as como el ngel exterminador, ve usted. Yo era el
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amargo y sardnico discpulo del diablo porque trataba de ser tan santurrn como los objetos de mi desprecio. Usted debe entender esto, usted metodista, yo calvinista: los dos tratando de ser ms virtuosos que nadie, ganar la carrera puritana pero fastidiar de paso a quienes ms cercanos a nosotros se encuentran; pues ver usted, miss Harriet, que yo en realidad slo tenla poder sobre ellos, mi mujer y mis hijos, no sobre los lectores tan satisfechos de si como yo o como Hearst, tan del lado de la moral y la rectitud y la indignacin todos ellos, diciendo: se al que denuncian no soy yo, sino mi abyecto hermano, el otro lector. Pero tampoco tuve poder alguno sobre los blancos de mi furia periodstica y mucho menos sobre quienes manipularon mi humor y mi furia para sus propios fines. Viva la democracia. Ella no le soltaba la mano. (Ella se sienta sola y recuerd a ) Ella senta que no tenia por qu escoger entre quienes ataban en este lugar ofreciendo la muerte como una maldicin y sin embargo vivan sus momentos finales abiertos a la comprensin y quienes acaso conceban la muerte como un regalo de la vida; pero se cerraban, negndose a recibirlo; acariciando la mano rugosa del viejo con su pesado anillo matrimonial, slo supo decirle con una natalidad del cario: -Entonces por qu entiendes lo que es ser derrotado? -lo dijo en ingls pero con mi cambio imperceptible de tono, un deslizamiento hacia la familiaridad cariosa que en el equivalente del "t" castellano. El viejo estaba demasiado envuelto en s, en su memoria, para darse cuenta, diciendo que un da el viejo y amargo cnico descubri que era tan sentimental como los objetos de su burla y desprecio: un viejo Lleno de nostalgia y memorias del amor y de la risa. -No pude soportar el dolor de los que am. Y no pude soportarme a mi mismo por ser un sentimental cuando la desgracia me toc el hombro. Apret las dos manos de Harriet Winslow cuando las nubes nocturnas pasaron buscando su espejo en el desierto, sin hallarlo, y siguieron su destino errabundo. Le jur a miss Harriet que no le estaba pidiendo que compartiera su desgracia; es que maana, quizs.. Ella entenda; ella era la nica que poda entender y los dos estaban un poquito alegres. -Pero yo no tengo desgracias que compartir -dijo con un tono repentinamente fro miss Winslow-. Yo slo he sufrido humillaciones y desprecio el chisme.
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El ya no la escuchaba en realidad, ni tena capacidad para matizar las actitudes mutables de esta mujer en parte caprichosa, en parte voluntariosa, en parte digna, en parte dbil. Pero segua prendido a las manos de Harriet Winslow. -Slo quera decirte que debes comprender la derrota de un hombre que crey ser dueo de su destino y que incluso crey que poda darle forma al destino ajeno a travs del periodismo de denuncia y stira, insistiendo sin claudicaciones el que era amigo de la Verdad, no de Platn, mientras que mi amo y seor de la prensa canalizaba mi furia para la mayor gloria de sus intereses polticos y su circulacin masiva y sus masivas cuentas de banco. Oh, qu idiota fui, miss Harriet. Pero pan eso me pagaban, para ser el idiota, el bufn, pagado por l, mi Amo y Seor en esta tierra. Abraz a Harriet; slo abrazado con la nariz hundida en esa cabellera que era como la respuesta viva al desierto, slo dicindose que lo animaba a seguir viviendo un conato de amor fsico, un acercamiento del cuerpo al cuerpo, y no al sentimiento o la compasin detestadas, hacindose ilusiones de que ella entendera o aceptara semejante distincin, pero aceptando en nombre de su padre al gringo al que ella quera ver, oyndolo, no como periodista sino como militar, perdido en accin, perdido en el desierto sin ms apoyo que el de ella, su compatriota imbuida de las nociones del honor militar y el apoyo debido a los compatriotas en el exterior, le dijo que "dos veces muri mi primer hijo, un alcohlico primero y un suicida despus que me ley y me dijo: 'Viejo, has escrito el plan maestro para mi muerte, ay viejo querido.' "Alguien afligido con una enfermedad dolorosa o repugnante, alguien que se ha deshonrado, alguien irremediable. mente entregado a la botella, alguien... por qu no honrarlos cuando se suicidan, honrarlos tanto como al valiente soldado o al abnegado bombero?" -Ves, Harriet -le dijo como si hablara a las estrellas muertas y no a la oreja hmeda y clida que tena cerca, sin que los brazos de la mujer lo apretaran contra los pechos de la mujer-, en realidad no estaban contra m, sino en contra de mi vida. El hombre mi hijo mayor decidi morir en el horrible mundo que yo escrib para l. Y el hombre mi hijo menor decidi morir demostrndome que tenla el coraje de morir por coraje. Ri en voz alta: -Yo creo que mis hijos se mataron para que yo no los ridiculizara en los peridicos de mi patrn William Randolph Hearst. -Y tu mujer? El gringo viejo viaj por el desierto mirando a los tarayes junto a un
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flaco ro. Esas matas sedientas y lujosas atesoran el agua escasa slo para volverla amarga, salada, inservible para todos: -Ella se muri sola y llena de amargura, se muri de una enfermedad honda y devoradora, que es la de la sensacin de haber perdido el tiempo en las mil recriminaciones tristes de una pareja que se pasa los das cruzndose sin hablarse, sin mirarse siquiera; los encuentros insufribles de dos animales ciegos en una cueva. "Slo la muerte compensa de tanta bilis vengativa, exigencias de silencio, genio trabajando y luego, dnde estn las pruebas del cacareado talento?", dijo el viejo recomponindose, sintiendo el dolor de cabeza, alejndose de Harriet Winslow como el pecador se aleja del confesionario y busca el piso donde hincarse a cumplir la penitencia. El gringo viejo trat de penetrar con la mirada la ceguera nocturna del desierto e imaginar esas creosotas que crecen guardando sus distancias porque sus races son venenosas y matan a cualquier planta que crezca a su lado. As se apart de Harriet Winslow. -Y la hija? -dijo con la voz por primera vez temblorosa Harriet Winslow, maldiciendo en seguida esa traicin de s misma. -Mi hija jur nunca volverme a ver contest serenado el viejo, buscando en vano con sus manos nerviosas una copa o un pedazo de papel-. Me dijo: Me morir sin volverte a ver, pues espero que mueras antes de que sepas si me vas a extraar. Pero lo dudo, miss Harriet, lo dudo porque tuvo en sus ojos la gran esperanza de que yo recordara las pequeas cosas que, despus de todo, nos mantuvieron unidos tantos aos. No fue as entre usted, su padre y su madre, miss Harriet? Ella no contest. Quera escuchar el fin. No quera que el viejo volviera a perder la mirada en la noche del desierto, buscando imposibles analogas. (Ella permanece sentada y recuerda: quera que el viejo terminara ya y que ella no tuviera que empezar nunca.) Saba que la historia tragicmica del to abuelo Halston y las pinturas italianas no era suficiente para compensar el regalo que de su vida le hacia el viejo compatriota, el escritor. -Y la hija? -Recuerdas los goces nimios de ser padre e hija y luego el enorme dolor de entender que eso se acab para siempre -Y la hija? -casi grit, pero con una frialdad terca y queda, Harriet Winslow. -Me dijo que no me perdonara nunca su dolor mortal ante los cadveres de sus hermanos. T los mataste a los dos, me dijo, a los dos. -Y el pas? -se levant ahora con enojo Harriet, disfrazando su miedo
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de no continuar sola, "debo contestarle al viejo, y el pas?" y el viejo cay en la trampa, tambin de eso se burl, claro, quera ella saber si l tambin haba asesinado el sentido del honor nacional, del deber patritico, de la lealtad a la bandera? Pues s; hasta eso, por eso le temi su familia, l se ri de Dios, de la Patria, del Dinero, por Dios, entonces, cundo les tocara a ellos?, eso se han de haber preguntado ellos, a nosotros cundo, cundo se volver nuestro maldito padre contra nosotros, juzgndonos, dicindonos ustedes no son la excepcin, son parte de la regla, n4 tambin mi mujer, t tambin mi hermosa hija, ustedes tambin mis hijos, son parte de esa basura ridcula, de esos pedos de Dios que se llaman la humanidad. -Los extinguir a todos con ridculo. A todos los sofocar con una risa envenenada. Me reir de ustedes como de los Estados Unidos, su Ejrcito y su Bandera ridculas -dijo ya sin aire el viejo, sofocado por el asma, My country 'tis o thee Sweet land o felony. Harriet Winslow no se movi para ayudarlo. Nada ms lo mir all, ahogndose, doblado sobre s mismo en la sillita de mimbre de la plataforma del tren como una navaja de afeitar se dobla al dejar de ser usada. -Le digo que yo respeto al ejrcito -dijo Harriet tan sencillamente como pudo, sin tratar de sonar argumentativa, porque al menos el viejo no haba mentido. -Porque el ejrcito se interpuso entre ustedes y el hospicio? -pregunt sofocado el viejo, con los ojos brillantes y llorosos, pero decidido a morirse en la raya de la burla ahogado por su propia risa-. Entonces en realidad fue el hospicio. Lo siento. -Yo no me avergenzo de nuestra nacin y de nuestros antepasados. Ya se lo dije, mi padre muri en Cuba, desaparecido en combate... -Lo siento -tosi el viejo que minutos antes acarici las manos y hundi el olfato en la cabellera castaa de una bella mujer-. Ahora abre bien los ojos, miss Harriet, y recuerda que matamos a nuestros pieles rojas y nunca tuvimos el valor de fornicar con las mujeres indias y tener por lo menos una nacin de mitad y mitad. Estamos capturados en este negocio de matar eternamente a la gente con otro color de piel. Mxico es la prueba de lo que pudimos ser, de manera que mantn bien abiertos los ojos. -Ya veo. Sientes vergenza de haberte mostrado abierto y humano conmigo. No toleras el dolor de los que amaste.
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De su padre haba escrito hace mucho el gringo viejo: "Fue un soldado, luch contra salvajes desnudos y sigui la bandera de su pas hasta la capital de una raza civilizada, muy al sur." Pero a ella no poda decirle esto ahora, no quera compartir nada ms con ella esta noche ni darle razn alguna. Se pregunt si esto era lo nico que tenan en comn, las guerras entre hermanos, las guerras contra "salvajes", las guerras contra lo dbil y extrao. No dijo nada porque quiso confiar en que algo ms, alguien ms, podra todava unirlos, sin que ella dependiera de l para entender nada aqu. No iba a olvidar muy pronto el olor del pelo, la suavidad de piel, las manos deseables. Quizs era demasiado tarde: ella haba desaparecido y l se qued solo frente al desierto. Quizs la podra visitar en sueos. Quizs la mujer que entr al saln de baile la noche anterior no se vio a si misma, pero s se so. -Son vidas ajenas, que no entendemos muy bien -dijo Inocencio Mansalvo-. Quieren conocer nuestras vidas mejor? Pues tendrn que adivinarlas, porque todava no somos nadie!
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XI El general Arroyo dijo que el ejrcito federal, cuyos oficiales haban estudiado en la academia militar francesa, esperaban empearlos en combate formal, donde ellos conocan todas las reglas y los guerrilleros no. -Son como la seorita -dijo el joven mexicano, moreno, duro, casi barnizado-; ella quiere seguir las reglas; yo quiero hacerlas. Oy el viejo lo que la seorita Winslow dijo anoche? Haba odo lo que la gente del campamento y la hacienda deca? Por qu no haba de gobernarse la gente a si misma, aqu mismo en su tierra: era ste un sueo demasiado grande? Apret las quijadas y dijo que quizs la seorita y l queran lo mismo, pero ella no quera admitir la violencia primero. En cambio Arroyo saba -le dijo al gringo viejo-que una nueva violencia era necesaria para acabar con la vieja violencia; el coronel Frutos Garca, que en ledo, deca que sin la nueva violencia la violencia de antes noms seguira para siempre igual, verdad, verdad, general indiano? El viejo mir largo tiempo el sendero quebrado por donde iban a caballo. Luego dijo que entenda lo que el general trataba de decir y le agradeca que tuviera palabras pan decirlo. Eran palabras de hombre, le dijo, y las agradeca porque lo ataban de nuevo a los hombres cuando l haba hecho una profesin de negar la solidaridad o cualquier otro valor, para qu negarlo, dijo el gringo viejo esperando que su sombrero ocultara su sonrisa. Trotaron en silencio hacia la cita. El viejo pens que estaba en Mxico buscando la muerte y qu saba del pas? Anoche le cit al desierto una frase recordando que su padre haba participado en la invasin de 1847 y la ocupacin de la ciudad de Mxico. Luego record que Hearst mand a un radical del peridico a reportear sobre el Mxico de Porfirio Daz y el periodista regres diciendo que Daz era un tirano que no toleraba oposicin alguna y haba congelado al pas en una especie de servidumbre, donde el pueblo era el siervo de los hacendados, el ejrcito y los extranjeros. Hearst no dej que esto se publicara; el poderoso barn de la prensa tenla a su radical y a su tirano, le gustaban los dos, pero slo defenda al tirano. Daz era un tirano, pero era el padre de su pueblo, un pueblo dbil que necesitaba un padre estricto, deca Hearst pasendose en medio de sus tesoros acumulados en cajas y aserrn y clavos. -Hay algo que no sabes -le dijo Arroyo al gringo-. De joven Porfirio Daz era un luchador valiente, el mejor guerrillero contra el ejrcito francs y
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Maximiliano. Cuando tena mi edad, era un pobre general como yo, un revolucionario y un patriota, a que no lo sabias? No, dijo el gringo, no lo saba: l slo saba que los padres se les aparecen a los hijos de noche y a caballo, montados encima de una pea, militando en el bando contrario y pidindoles a los hijos: -Cumplan con su deber. Disparen contra los padres. A esta hora temprana del desierto, las montaas parecan aguardar a los jinetes, como si en verdad fuesen jinetes del aire, detrs de cada hondonada: las distancias se pierden y a la vuelta de un recodo la montaa espera para saltar como una bestia sobre el caballero. En el desierto, dice el dicho, se puede ver la cara de Dios dos o tres veces por da. El gringo viejo tema algo semejante, ver la cara del padre, y trotaba junto a un hijo: Arroyo el hijo de la desgracia. Qu impalpable, pens el gringo viejo esta madrugada, es la informacin que un padre hereda de todos sus padres y transmite a todos sus hijos: l crea saber esto mejor que muchos, dijo ahora en voz alta, sin saber o importarle que Arroyo le entendiera, tena que decirlo, lo haban acusado de parricidio imaginario, pero no al nivel de un pueblo entero que viva su historia como una serie de asesinatos de los padres viejos, ahora inservibles. No, l realmente sabia de lo que hablaba, incluso cuando tan rpidamente diagnostic y etiquet a miss Winslow: l, el viejo, el juglar armado llegado al fin de su particular atadura humana, el hijo de un calvinista iluminado por el terror del infierno que tambin amaba la poesa de Byron y un da temi que su hijo lo matara mientras dorma, el hijo primero demasiado imaginativo y luego tan horrendamente desdeoso de todo lo que la familia haba heredado y prolongado naturalmente, la parsimonia, el ahorro, la fe, el amor hacia los padres, el sentido de la responsabilidad. Mir a Arroyo, que ni siquiera lo oa. El gringo dijo que la irona era que hoy el hijo viniera por el mismo camino que el padre haba recorrido all por 1847. -El ganado, mira -dijo Arroyo-, se est muriendo. Pero el viejo no mir las tierras de pastoreo de los Miranda; sus ojos estaban cegados por una niebla de reconocimiento propio al pensar en su padre muerto vivo en Mxico en otro siglo, preguntndole al hijo si conociendo el resentimiento y las acusaciones de Mxico contra los americanos, no haba venido aqu por ese motivo, pero aadiendo injuria al insulto de su patria americana, provocando a Mxico para que Mxico le hiciera lo que l no se atreva a hacer por sentido de honor y de respeto propio: no morir, como haba pensado, sino sucumbir al amor de una muchacha. -Usted se enamorara de una muchacha joven, si tuviera mi edad? 56
dijo en broma el gringo viejo. -Usted dedquese a cuidar a las muchachas pa que no les suceda ninguna desgracia -le sonri de regreso Arroyo-, ya se lo dije, vea que est bien protegida y piense que es como su hija. -Eso quise decir, mi general. -No quisiste decir nada ms, general indiano? El viejo sonri. Alguna vez tena que empezar a hacer de las suyas; ahora era tan buen momento como cualquier otro; quin le asegurara que sera Arroyo, y no l, el muerto ms ilustre de esta jornada? -Si, vena pensando en su destino, general Arroyo. Arroyo ri de nuevo: -Mi destino es mo. -Deje que me lo imagine igual que el de Porfirio Daz -dijo impvidamente el gringo-. Deje que me lo imagine a usted en el porvenir del poder, la fuerza, la opresin, la soberbia, la indiferencia. Hay una revolucin que haya escapado a este destino, seor general? Por qu han de escapar sus hijos al destino de su madre la revolucin? -Mejor dime, hay un pas que haya evitado esos males, incluyendo el tuyo, gringo? -pregunt Arroyo adelantado sobre su arzn, tan tranquilo como el gringo viejo. -No, yo hablo de su destino personal, no del destino de ningn pas, general Arroyo; usted slo se salvar de la corrupcin si muere joven. Esto pareci alegrar, en contra de las intenciones del viejo, a Arroyo: -Me adivinaste el pensamiento, general indiano. Nunca me he soado viejo. Y t? Por qu no te moriste a tiempo, cabrn? -ri mucho Arroyo. El gringo viejo cedi ante el humor del mexicano y slo le dijo lo que le deca a veces a las estrellas: Esta tierra. -nunca la haba visto antes: la haba atacado por rdenes de su jefe Hearst, que tena ranchos y propiedades fabulosas aqu, y tema a la revolucin, y como no poda decir: "Entren a proteger mis propiedades", tenla que decir: "Entren a proteger nuestras vidas, hay ciudadanos norteamericanos en peligro, intervengan..." -Ah qu estos gringos -exclam Arroyo con un aire de broma tajante-, cuando te digo que hablan en chino... Lo que pasa es que t no sabes a lo que tenemos derecho, noms no lo sabes. El que nace con el techo de paja pegado a las narices, tiene derecho a todo, general indiano, a todo! No tuvieron tiempo de hablar o de pensar ms porque llegaron a una pendiente rocallosa donde un centinela esperaba al general y le dijo que todo estaba listo, como l lo orden. Arroyo mir directamente al viejo y le dijo que deba escoger. Iban a
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engaar a los federales. Una parte del ejrcito rebelde iba a marchar sobre el llano para encontrarse con el ejrcito regular como a ste le gustaba, de frente, como les ensearon en las academias. Otra parte iba a dispersarse en las montaas detrs de las lneas federales, escondidos, hasta tomar el color de la montaa, como los lagartos, con un carajo, se ri a grandes carcajadas amargas Arroyo, y mientras los federales andaban combatiendo formalmente al falso ejrcito guerrillero en el llano, ellos les cortaran las lneas de abastecimiento, los atacaran por detrs y los dejaran como un ratn dentro de una ratonera. -Dices que tengo que escoger? -Si, dnde quieres estar, general indiano. -En el llano -dijo el viejo sin dudarlo-. No por la gloria, entiende usted, sino por el peligro. -Ah, conque la lucha guerrillera te parece menos peligrosa. -No, es ms peligrosa, pero menos gloriosa. Usted es un combatiente de la noche, general Arroyo. Tambin est obligado a improvisar. Si lo entiendo bien, en el llano slo me har falta marchar hacia adelante con cara de valiente, sin pensar demasiado en que una bala de can pueda volarme la cabeza. Djeme hacer eso. La mscara asitica de Arroyo no mostr ninguna emocin. Acicate a su caballo por el sendero pedregoso y el centinela condujo al viejo hacia adelante para unirlo a las tropas del llano. Mir las caras, inconmovibles tambin, de los soldados. Pensaban lo mismo que l? Saban? Tambin eran valientes o slo seguan rdenes, creyendo que tendran suerte? Iban a combatir con conviccin en un escenario de teatro preparado por el singular general Arroyo, el hijo, pens el gringo, no de la desgracia sino de una complicada herencia: el gentico Arroyo? Luego, cuando de veras estaba en medio de la batalla, el viejo ya no pens o slo tuvo tiempo de pensar lo que nadie ms pensaba, o sea que todos estaban inmersos en la marea de la caballada, el terremoto de animales bufantes y de cascos trepidantes sobre el duro piso del desierto, la quietud de las nubes del medioda y la rapidez de las bayonetas rebeldes que iban dejando atrs a sus muertos y avanzando sobre los pesados e inmviles caones franceses mientras los artilleros confundidos oyeron, sintieron y temieron los rumores que les caan romo cascada sobre las espaldas, el temblor y el estrpito de la sierra, la avalancha de caballos que no teman quebrarse las nucas, los aullidos rebeldes, las balas brillantes sobre los pechos desnudos y los sombreros tirados al aire como gemelos de la rueda del sol. Los federales se asaban en sus estrechos uniformes de la legin extranjera francesa y sus pequeos kepis les apretaban el crneo, en
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tanto que los rebeldes del llano, comandados por el gringo sin miedo, se abrieron un camino hasta la artillera sin siquiera mirar hacia atrs a los cadveres en el llano, sitiados ya desde el aire por el eterno crculo de zopilotes del cielo mexicano, olfateados ya por los sospechosos cerdos liberados de su infeliz ranchito y que ahora se paseaban libres por la tierra yerma como erizadas bestias color flema, mirando a ver si los cuerpos de veras estaban muertos, de veras ya no hacan dao, antes de ir gruendo hasta ellos y comenzando luego su fiesta a la hora del rojo atardecer. No lo haban herido. No estaba muerto. Esto es lo nico que le maravillaba. Su vieja cabeza canosa estaba llena de asombro. Reunieron a los federales capturados y las dos fuerzas rebeldes se juntaron en la victoria. Slo que esta vez no hubo las celebraciones del da anterior, cuando el gringo laz la ametralladora. Quizs ahora haba demasiados camaradas muertos en el campo. Ellos estaban muertos; l no. El quera la muerte y segua aqu, digno de una cmica piedad, ayudando a cercar y reunir a los restos del regimiento federal, sintiendo al fin el rencor hiriente que tanto haba esperado. -El gringo no se muri, fue el ms valiente, noms se dej ir galante igual que ayer, como si no le temiera a nada ni a nadie, pero no se muri: gringo viejo. No se sorprendi demasiado de lo que vio y oy en el apresurado campamento levantado por Arroyo junto a los muros de adobe aplastado del ranchito de donde huyeron los puercos Llenos de terror hambriento. Arroyo les dijo a los prisioneros que los que quisieran unirse al ejrcito revolucionario de Pancho Villa seran admitidos de buena gana, pero los que resistieran seran fusilados esta misma noche porque ellos viajaban ligero y no andaban arrastrando prisioneros intiles. La inmensa mayora de los soldados se arrancaron en silencio las insignias federales y se formaron con los villistas. Pero otros se resistieron y el gringo los mir como se mira siempre a las excepciones. Tenan caras orgullosas o locas o de plano noms cansadas. Se alinearon detrs de sus cinco oficiales, que ellos si nunca se movieron. Ahora soplaba el viento nocturno y el gringo viejo temi el regreso de su sofocante enemigo. Los sonidos hambrientos de los marranos en el campo de batalla Llenaron el silencio entre la explicacin de Arroyo y las acciones silenciosas que la siguieron. El coronel comandante de las tropas federales se dirigi a Arroyo y le ofreci, con gran dignidad, su pequea espadita brillante, que pareca de juguete. Arroyo la tom sin ceremonias y con ella se cort una rebanada del lomo de uno de los
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lechones que estaban cocinndose en un fuego abierto. -Usted sabe que es un crimen asesinar a oficiales a tropa capturada dijo el coronel. Tena ojos verdes, dormilones, encapotados, y gruesos bigotes rubios a la kiser. Qu trabajo, pens el gringo, mantener erguidas esas puntas de da y de noche. -Usted es valiente, de modo que no se apure -contest Arroyo y dej caer la rebanada de puerco en la boca. -Qu significan sus palabras? -pregunt el coronel dormiln pero altanero-. La valenta no tiene nada que ver. Estoy hablando de la ley. -Cmo que no -dijo Arroyo con una mirada dura y triste-. Yo le estoy preguntando qu es ms importante, la manera de vivir o la manera de morir. El oficial federal dud un instante: -Dicho de esa manera, pues si, es la manera como se muere. El viejo no dijo nada, pero pens en las palabras que quizs eran el cdigo de honor de Arroyo y que el viejo poda, si as lo deseaba, entender como dirigidas a l: Arroyo le dio la espada al gringo y lo invit a comer puerco como los puercos se coman a los cadveres en el campo. Debi pensar muy duro el gringo viejo, porque atrajo las miradas del oficial federal y luego sus palabras. -se es un hombre valiente -dijo el coronel con los ojos listos para la muerte. Arroyo gru y el coronel aadi: -Yo tambin fui valiente, lo admite usted? -Arroyo volvi a gruir-. Sin embargo ese viejo valiente no va a morir y en cambio yo si. Pudo ser al revs. Pero supongo que as es la guerra. -No -dijo Arroyo al cabo-, as es la vida. -Y la muerte -dijo con un tono de intimidad presuntuosa el coronel. -Noms no me las separe -contest Arroyo. El coronel sonri y dijo que haba algo especial en ser demasiado valiente, sea en la vida o en la muerte. l, por ejemplo, iba a morir en un desierto fro y alto, lejos del mar de donde vino, l veracruzano con la proximidad en la piel de los barcos que llegan de Europa, ahora fusilado en una noche de fogatas y cerdos gruentes. No iba a importar nada que se mostrara valiente al morir; en un segundo dejara de estorbarles a todos. -Pero ser demasiado valiente y seguir viviendo, se si que es un problema, mi general, se es un problema para los dos ejrcitos: el hombre indecentemente valiente. Nos expone a todos. Ridiculiza un poco a los dos bandos. -Ve usted -dijo el coronel federal-, todos le tienen miedo a un cobarde y
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lo admiten; pero nadie admite que le tiene ms miedo an al valiente, porque el valiente nos hace aparecer como cobardes. No est mal tener tantito miedo en el combate. Entonces uno se parece a todos los dems. Pero un hombre sin nada de miedo desanima a todos. Yo le digo una cosa, mi general. Los dos bandos deban juntarse y, por as decirlo, eliminar al valiente. Honrarlo, s, pero no llorarlo. Tanta labia jarocha no pareci impresionar mayormente a Arroyo, agachado sobre un taco de puerco que sus dedos giles enrollaban. -T eres ese hombre? -dijo Arroyo. El coronel federal se ri suave aunque nerviosamente: -No, qu va. Yo no. Para nada. El viejo confi en que nadie lo miraba mientras l tambin morda su taco, la primera comida del da desde el desayuno de huevos fritos y caf humeante. Arroyo estaba recordando la hazaa del valiente general Fierro, el brazo derecho de Villa, cuando se deshizo de los prisioneros ofreciendo liberar a cualquiera que pudiera correr de la crcel por el patio hasta el muro de la prisin y brincarlo, sin que Fierro lograra acribillarlo en el trayecto, pero sin el derecho de dispararle dos veces a nadie. Slo se escaparon tres prisioneros. Fierro mat a unos 300 hombres esa noche. El, Arroyo, general de la Divisin del Norte, no iba a competir con el gran general Fierro que era uno de los Dorados de Villa. El era mucho ms modesto. Pero tena con l a un hombre valiente, un general de la guerra civil norteamericana, el hombre ms valiente, toditos lo vieron hoy. Arroyo se levant como un gato monts y ya no se dirigi al oficial capturado, sino al viejo, ah!, el general indiano quera ser siempre el soldado ms valiente de la guerra, pues ahora iba a ser el verdugo ms valiente de todos. Si era valiente ante la muerte, tambin iba a ser valiente ante la vida, verdad?, puesto que ambas eran igualitas, el viejo vino a Mxico a entender esto, verdad que ya lo entenda?, y si no lo haba entendido ya, su viaje le haba valido puritita madre, verdad que s? El viejo hara esta noche lo que Fierro hizo otra noche. De acuerdo: los oficiales y la tropa rejega del borracho Huerta tendran la oportunidad de correr del muro de adobe arruinado a la puerta crujiente de la porqueriza para luego salir corriendo al campo donde se encontraban los puercos y los muertos. El general indiano los dejara correr hasta la puerta. Entonces disparara. Si no los tocaba, los conejos federales quedaran libres. Si los tocaba, pues los mataba. El bravo general indiano! Ms tarde (no en el despus de la vida, porque ahora su vida se
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suspendi, intemporal, coma una gota de agua en una solitaria hoja invernal cuando todo el problema consiste en saber qu caer primero: la hoja o la gota) se dira que hizo lo nico que pudo haber hecho. Se lo dijo a miss Harriet en el ahora de ella que acogi ese imposible despus de l: -Hice lo nico que pude haber hecho porque no tuve la buena suerte de ser matado discreta, y natural, y quizs hasta noblemente, por una mano annima en el campo de batalla. Pude haber sido un muerto ms, devorado por los puercos. Ay, cmo grueron y cagaron en la noche fra. (-Qu era lo nico que pudiste hacer? -le pregunt su padre detenido en un corcel de viento. -Negarle a otro la muerte que dese para m.) Ahora l deseaba ser el coronel federal ligeramente afeminado pero extraamente valeroso, con la mirada soolienta y desdeosa y el bigote pomadoso y tieso despus de un da de batalla, que haba caminado hasta el muro de adobes y ahora se detena all, mirando al gringo, esperando que diera la orden. -Ves, padre, yo hubiera querido estar en las botas de ese hombre. -Crrele! -orden Arroyo. El coronel se separ a regaadientes del paredn, como si ese muro carcomido y medio derrumbado fuera desde siempre el puerto final de su imaginacin: un hogar en tierra propia. Camin normalmente primero, dndole la espalda a Arroyo y al viejo que tena la Colt en la mano. El . coronel dud, se volte a darle la cara a sus enemigos y camin hacia atrs, mirando a su verdugo designado, a Arroyo, al coronelito Frutos Garca, a Inocencio Mansalvo, que eran ese extrasimo rostro colectivo que lo sentenci sin juicio: -No me van a matar por la espalda? -dijo. Estaba seguro de que el viejo no se deshonrara haciendo tal cosa, pens el viejo, pens Arroyo cuando cruz la mirada con el general indiano. El jefe federal se vea un poco ridculo. Perdi pie y se cay y se levant y ahora si corri. -Dispara! -orden Arroyo. El viejo apunt la pistola al coronel en fuga, luego a un cerdo. Segua apuntndole al cerdo cuando jal el gatillo y la bala atraves limpiamente la carne esponjosa y agusanada del animal hambriento. Arroyo peg un salto hacia adelante con su propia pistola en mano y acribill la figura fugitiva del prisionero. Los otros hombres condenados cambiaron miradas. El coronel haba cado de bruces. Arroyo ignor al gringo viejo, lleg hasta el caldo y le dio el tiro de gracia. El federal tembl y ya no se
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movi ms. Los oficiales y los soldados capturados, orgullosos o tercos o noms cansados, quin iba a saberlo, se alinearon contra el muro de adobes y el viejo los vio all, una coleccin de humanidad, unos orinndose en los pantalones, otros idiotas y ausentes, stos encendindose un pitillo final, aquellos tarareando una cancin que les recordaba familia o mujer. Y uno que sonrea, ni tonto, ni cansado, ni valiente, sino incapaz de distinguir ms entre la vida y la muerte. Fue ste el que atrajo la mirada del general Arroyo. -Muy largo que lo mir el general, te acuerdas, Inocencio? -Cmo no, Pedrito. Generoso que se comport nuestro jefe. "No los maten -dijo-. Noms crtenles las orejas a todos, pa que escarmienten y pa que sepamos si los volvemos a encontrar que la segunda vez no salen vivos de stas." -Qu hombre de corazn es nuestro general!
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XII En el camino de regreso, Arroyo se aisl como una tortuga. El sarape era su concha y en ella se hundi hasta las narices, con el sombrero metido hasta la dolida raz de sus orejas. Slo le brillaban los ojos. Pero ni quien quisiera mirar esos hondos pozos amarillos, dijo la Gardua cuando lo divis entrar al pueblo. No eran ojos amistosos. La victoria se larg de ellos, coment Inocencio Mansalvo. No fue una marcha triunfal. El nico destello de esperanza o felicidad o recompensa sensual, o lo que fuese, si algo de esto era lo que Arroyo realmente buscaba detrs de sus ideales de justicia y detrs de las tcticas expeditas que justificaban pero tambin degradaban a la justicia, estaba en el simple movimiento hacia adelante de su tropa, el anhelo colectivo de moverse con decisin de la hacienda arruinada a la prxima meta, acercarse al grueso del ejrcito de Villa, empujar hacia la capital, quizs chocar la mano con el hermano del sur, Zapata. Claro que Arroyo so todo esto, o lo supo porque sus hombres lo soaron. Se lo quiso decir desde esta maana al viejo, antes de que el general indiano entrara a darle un beso a la seorita Harriet. Pero tambin deseaba, oscuramente, ensoado, prolongar la estancia en la hacienda donde naci y fue criado. -T crees que ya nos vamos? -le pregunt Inocencio Mansalvo al escuincle Pedrito, como si realmente creyera que slo de la boca de los nios y los borrachos se oye la verdad. -No s -dijo el nio-, aqu naci y aqu se cri; le ha de gustar. -Pues a la tropa no; ya estn inquietos... -coment el coronel Frutos Garca. El gringo sinti estas tensiones desde que regresaron a la hacienda. No quiso provocar ahora a Arroyo: su sentido de los espacios dramticos (sonri el viejo escritor) se sentira violado por una muerte ms, encima de la batalla y el coronel federal; se ri; ni que fuera Shakespeare, aunque fuera su muerte. Se qued atrs, con la infantera, pero tambin all sinti la nueva tensin. Espontneamente la tropa fatigada pero maliciosa fue empujando al gringo hacia atrs, hasta las ltimas filas, la de los chaqueteros federales que se pasaron con Villa pero que an no probaban de qu estaban hechos. El gringo si: por primera vez, sinti miedo en la batalla; pero un miedo grave, no el temor vanidoso ante las penas o ante el espejo. Prefiri sonrer y lanzar un escupitajo largo, por encima de la cabeza de la yegua. -Ah s, cmo no me voy a acordar -les deca el general Frutos Garca a
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sus amigos despus de la bola, cuando el coronel fue ascendido para recompensar en l al villismo derrotado y conciliar a las fuerzas de la revolucin-. El gringo vino buscando la muerte, nada ms. En cambio, lo que estaba encontrando era la gloria y los frutos amargos de la gloria, que se llaman la envidia. El gringo escupi otra vez, largo y pardo y lejos. Se ri de s mismo. Hacia aos haba escrito algo sobre la Guerra de Secesin: "Una receta simple para ser un buen soldado: Siempre intenta que te maten." -Siempre intenta que te maten -fue lo ltimo que dijo el general Frutos Garca cuando muri en su residencia de la ciudad de Mxico en 1964 y la frase se hizo clebre en los anecdotarios de los veteranos de la revolucin. -El general indiano. Peg duro con el puo sobre el arzn y sinti el movimiento de su imaginacin literaria vencindolo de nuevo, nerviosamente subiendo en cosquillas desde sus estribos a lo largo de las piernas largas y flacas, hasta el nudo de las emociones en el centro solar del pecho. Estaba aqu para morir o para escribir una novela sobre un general mexicano y un gringo viejo y una maestra de escuela de Washington perdida en los desiertos del norte de Mxico? No tuvo tiempo o poder para imaginarla durante este da, mientras ellos cumplan sus ritos masculinos de coraje y muerte, y ella se qued en la hacienda con otra fuerza en su mente directamente opuesta a la del general. Harriet Winslow no pens, mientras se deshaca la corbata bajo el duro sol de la maana cuando la mayor parte de la tropa se haba ido y ella estaba sola con la guarnicin adormilada y las mujeres y los nios, en seguir adelante a la siguiente batalla, en el encuentro con Villa, en la marcha triunfal a la ciudad de Mxico que estaba en el fondo del pensamiento y el deseo de todos. Harriet Winslow, en cambio, estableca un horario bsico de instruccin primaria para los nios, obligaciones de salvamento para las mujeres y de reconstruccin para los hombres. Los nios aprenderan hoy mismo, no maana, las tcnicas elementales, las tres erres de la enseanza anglosajona: leer, escribir y contar; las mujeres hurgaran en los vastos armarios y los fragantes bargueos arrastrados por la tropa a los patios antes del incendio y separaran lo que estaba quemado de lo que no lo estaba, y lo repartiran todo, poniendo las cosas sin quemar de vuelta en sus lugares y cortando y cosiendo la ropa daada para su uso personal. Los hombres pintaran a la cal las paredes apenas repararan las construcciones, limpiaran .as manchas, removieran las cenizas; y ella misma, miss Harriet Winslow, pondra el ejemplo, sera el smbolo
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alrededor del cual girara el trabajo de la hacienda renovada. En su prisa, la seora Miranda haba olvidado un cofrecito en un hueco de la pared detrs de su cama, protegido por un enorme crucifijo que se quem, salvando el cofre y revelando su escondite. El alhajero contena varios hermosos collares de perlas. A Harriet le disgust la idea de las alhajas escondidas detrs de la figura de un Cristo agonizante (que protega adems la pasin carnal de la rica pareja que dorma a sus pies): la cpula del dolor de Dios con los bienes de este mundo. De manera que puso el cofre a la vista de todos, no en el resplandeciente saln de baile donde le pareci que se recargaran el lujo con el lujo (lo cual, para su manera de pensar, si no era idlatra, s era de mal gusto), sino en un simple pasaje arqueado que conduca al saln de baile. El cofrecito fue colocado por Harriet en este corredor y sobre una mesita de nogal, solitario aunque tentador. Miss Winslow admiti esto con un ternblorcillo moral. La tentacin era necesaria para ensearle a esta gente que la propiedad privada debe ser respetada y que saber esto es tan importante como saber leer. Pas la maana de trabajo; pas la hora de un almuerzo demasiado largo y extico para miss Harriet (cazuelas burbujeantes, salsas verdes, epazote, tortillas calientes y olorosas) y antes de que pidieran el derecho paralelo de ir a los campos, atender sus pobres cultivos y cuidar de sus casas, ella jug su carta ms fuerte, ms sorprendente, ms definitiva. Los reuni en el saln de baile y les dijo que aqu se reuniran peridicamente -una vez a la semana, si los asuntos as lo requeran- y elegiran a sus propios funcionarios, un secretario y un tesorero; formaran comits para la crianza del ganado, la educacin y el mantenimiento del lugar; para los abastecimientos Tambin. Era preciso empezar ahora mismo. Cuando los legtimos propietarios regresaran, confrontaran el hecho consumado de que ahora la hacienda tena una organizacin que hablaba en nombre de la gente que viva y trabajaba aqu, y defenda sus derechos. Eso despus. Pero hoy mismo, el general Arroyo se encontrara al regresar con que la gente ya se estaba gobernando sola, de verdad, no con esas vagas ideas sobre cmo serian las cosas cuando se acabara la guerra y luego el milenio, no, ahora mismo, ven ustedes, l va a seguir peleando hasta morirse y no dejar de pelear aunque gane pero ustedes van a quedarse aqu. l dice que los liber. Pues ahora ustedes demustrenle que tiene razn, incluso para desafiarlo a l que dice lo que dice. As habl ella y ellos la miraron con sus mscaras campesinas que no decan ni s ni no ni te entendemos ni no te entendemos ni tenemos nuestra propia manera de ser ni somos capaces de aprender sin ti. No,
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no le dijeron nada as que ella dio por concluida la clase y dijo que volveran a verse maana. Se aboton rpidamente la blusa abierta y la gente no se iba, se qued hablando quedo entre s, apenados pero sin muchas ganas de demostrarlo, dijo luego la Gardua que noms miraba estos aconteceres con asombro, todos dudando si deban decirle hoy por qu maana iba a ser imposible hacer todo lo que ella haba dicho hoy. -Pobrecita -dijo una mujer-, es muy buena gente pero no sabe qu da es maana. Se sintieron apenadas por ella y se rieron como pajarillos juguetones. Ahora ella se sienta y recuerda. Sucumbi a la siesta; se sinti degradada, inmoral, por caer en el sueo a las cuatro de la tarde su mente continuaba en el saln de baile, ella sola y buscando en vano los ojos que compartiesen el malestar de sus sueos, cuando se senta lista para levantarse pero senta que una mano la detena, capturndola en la cama, humedeciendo la sbana que cubra su cuerpo desnudo y hmedo, almizcleo, oloroso a ptalos de magnolia muertos y a stanos hmedos y arrastrndola de vuelta al sueo. Harriet Winslow siempre despertaba con un sentimiento cierto de culpa por lo que haba dicho o dejado de decir el da anterior; culpa por los errores y omisiones del da pasado. Hoy, el combate y la sensacin eran peores que nunca v la pregunta que la mantena, en contra de su voluntad (de ello estaba convencida), encamada a las cuatro de la tarde, era una que ya se haba formulado antes: "Cundo fui ms feliz?" No se la haca a menudo porque le recordaba siempre el beatifico ritornello de su madre: "La felicidad prevalecer"; a pesar de ello se contest a s misma: "Yo fui ms feliz cuando mi adorado padre nos dej y yo me sent responsable; sent que ahora las cosas dependan de m; era yo quien deba sacrificar, esforzarse, posponer, no slo en nombre propio, sino en nombre de todos los que me quieren y son correspondidos." Ser feliz cumpliendo con el deber. Este eslabn entre su sueo y su actividad la acercaba a la imagen que ella quera preservar de su padre. La acercaba a todo lo que l haba dicho, al azar, en la mesa: esa suerte de filosofa desencuadernada que cada uno escucha y aprende en el hogar, la vida es difcil, la vida es fcil, todo saldr bien, el orden se impondr, la caridad empieza por casa, trata a los dems como fuertes, ahorrativos, sabios: temerosos de Dios, metodistas sobrios, sin altares barrocos, temerosos de Dios: ste era el deber de ella cuando l se fue, ms que el de su madre, a quien Harriet
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no poda soportar cuando se comportaba como una sombra abatida; pero volva a quererla cuando reflejaba la luz de la inocencia, la felicidad un poco simple de la niez de su hija, antes de que el padre se marchase y luego fuese declarado perdido en combate. -Para qu sigues viviendo aqu conmigo, Harriet? No te aburres? En Mxico, su deber era ms que nunca su deber. Pero algo faltaba en el sueo. Haba algo ms, sin lo cual el simple deber no bastaba. Trat de invitar a otro sueo dentro de su sueo, una luz, un patio trasero regado de ptalos de cornejo cados, un quejido desde lo hondo de un pozo. El viejo, en el camino de regreso, no la imaginaba ahora. Arroyo tampoco. Ella despert de repente. Antes de ver las caras o de or las voces, se murmur sueo adentro que si una no se dedica a organizar la vida desde que despierta, una tiene que enfrentarse a sus sueos. Tiene miedo la nia, tiene miedo: la cara brutal y pintarrajeada de la Gardua con sus dientecillos limados lloraba a su lado, la estremeca, le contaba una historia delirante, melodramtica, que ella no entendi, slo entendi una cosa: -Aydenos, miss, la nia se nos muere. Un paquetito azuloso, una piel teida por el dolor, la nia moribunda, asfixiada mientras soplaba el viento lcali del desierto y Harriet de rodillas en el vagn del ferrocarril, como en un sueo, se imaginaba a si misma de nia, como hija de un militar en campaa, enferma as en un carro de ferrocarril que serva de casa y cocina y ahora de hospital: se ahogaba la nia que era ella y le decan todos, la Gardua plaidera, la mujer del rostro de luna, slvela miss, ya nosotras no sabemos qu hacer, le vino esto de repente a la hijita de la Gardua, dos aos apenas, no se nos vaya a morir, se nos ahoga, la agarr un aire, mrele el color, y Harriet se sinti desarmada, sin medicinas, ni jeringas, ni nada ms que un paquetito de aspirina en su veliz, pasta de dientes, cepillos para el pelo, para la ropa, para los dientes: los dientes como cuchillos de la Gardua, la boca limpia de Harriet: no tena medicinas y decidi que slo con su cuerpo poda salvar a la nia, que corrieran por la aspirina, pero si de eso ya le dimos, y friegas y limpias con ramas de ruda y prroco aqu no hay, se fue corriendo y mi cuerpo dijo Harriet: cundo baar mi cuerpo, cundo lo podr lavar, vengo cargando mugre y muerte, muerte y sueo, soando con mi padre perdido en el combate de Cuba, y su tumba vaca en Arlington, cargando sueo y mugre y muerte y miedo desde que descend en Veracruz, Cuba y Veracruz, siempre los patios traseros de mi pas, ocupados por mi pas porque nuestro destino es ser fuertes con los dbiles, el puerto de
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Veracruz ocupado por la infantera de marina de los Estados Unidos despus de un supuesto insulto a la bandera de las barras y las estrellas: -Tuvo usted dificultades al desembarcar, seorita Winslow? -Fueron muy fisgonas las autoridades de ocupacin, seorita Winslow? -Le preguntaron sin muchas cortesas a dnde iba usted y cul era el motivo de su viaje, seorita Winslow? -Les mostr usted con orgullo su acta notarial comprobando que era capaz de valerse por si misma y ganarse la vida, seorita Winslow? -Les dijo que no iban a tener que preocuparse por repatriar a una chica americana extraviada y hambrienta: ella vino a ensearles la lengua inglesa a los nios de una familia acomodada, seorita Winslow? -Les dijo que usted no era una nana, sino realmente una maestra, lo que siempre haba sido, una instructora, no una institutriz, seorita Winslow? -Mir los muros acribillados de la vieja prisin de San Juan de Ula, pensando que usted misma podra acabar all, seorita Winslow? -Se dio cuenta de que los muros de la ciudad tambin estaban acribillados por el caoneo reciente de buques de guerra gringos, seorita Winslow? -Se enter de que las velas blancas con moos blancos y flores blancas en las calles designaban los lugares donde cayeron los cadetes de la escuela naval de Veracruz, seorita Winslow? -La acompaaron a la estacin del tren dos infantes de marina en un guayn por las calles de perros sueltos y zopilotes cercanos, seorita Winslow? -Les dispar un francotirador mexicano desde una azotea y uno de los marines cay muerto a su lado, seorita Winslow, manchndole su blusa color de rosa con sangre de los trigales de Ohio, de donde alcanz a decirle que vena el joven infante cuya cabeza cay muerta sobre su hombro, seorita Winslow? -Subi usted temblando al tren que la llevara a Mxico, seorita Winslow, rodeada de curas y hombres jvenes y comerciantes en fuga primero, capturados despus, arrebatados por estas historias confusas de una revolucin ajena, seorita Winslow? -Vio usted cmo tomaron a los jvenes que queran ir a Veracruz yen cambio los mandaron en el tren de Chihuahua, seorita Winslow? -Le dijeron que ellos queran ir a combatir a los yanquis en Veracruz pero en cambio Huerta los mand en la leva a combatir a Villa en el norte, seorita Winslow? -Entendi usted algo de lo que pasaba en el patio trasero, seorita
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Winslow? Un tapete de flores de cornejo. Un gemido hondo y negro. Y ahora slo le quedaba su cabeza para pensar en todo esto porque le quedaba su boca para pegarla a la de la nia enferma y succionarla, besarla, sacarle y darle el aire, recibir y escupir la flema atorada de la nia, decirse no importa, yo estoy vacunada, la nia no, escupir la gruesa flema negra y azul como el cuerpecito de la nia, pensar en su llegada a Mxico para no pensar en lo que estaba haciendo y la nia llor fuerte y alto, como si hubiera vuelto a nacer. La Gardua le bes las manos a miss Harriet: -Dios la bendiga, seorita! -!Es un milagro! -dijo la mujer con cara de luna. -No, no -neg Harriet-, slo fue algo necesario; no fue un milagro, pero seguramente estaba predestinado. Quiz slo para esto vine a Mxico. Ahora denle agua con sal y agua con azcar. La nia va a vivir. La nia va a vivir porque la tom de los pies y le azot las nalgas. La nia va a vivir porque gracias a mis golpes la flema le salid de la garganta. La nia dijo llorando que ya no le pegara, que ya no. Yo sent un gusto enorme en azotarla. La salv con clera. Yo no tuve hijos. Pero a esta nia yo la salv. Me cuesta descubrir el amor en lo que no me es familiar. Lo concibo y lo protejo como un gran misterio. Esto le dijo Harriet Winslow una noche al general Toms Arroyo. -Yo no tendr hijos.
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XIII Las mujeres se cubrieron las caras cuando las columnas cansadas entraron arrastrndose al campamento al amanecer. Record Pedrito que las mujeres retan en silencio vindolos regresar y slo las muchachas ms jvenes mostraban sus caras redondas, coloradas como manzanas en el fro amanecer del desierto. -Estn enamoradas -le dijo el coronel Frutos Garca a l que no entenda bien qu cosa era eso del amor; contaban a sus hombres para ver cuntos haban regresado, quines se haban perdido. -Mi pobre padre perdido en Cuba. -Mi pobre hijo muerto en Veracruz. Pero haba hombres nuevos, inseguros del terreno que pisaban. Eran los prisioneros que ahora se haban pasado a las fuerzas de Villa, contentos de llegar a una poblacin y de hacerse de nuevos amigos. La Gardua, viva de nuevo, arreglndose su manojo de rosas secas en el pecho, estaba all para darles la bienvenida, decir que la vida est viva y que igual que ella, ellos que nunca haban salido de sus pueblos ahora iban de un lugar a otro, conceban un hijo en Durango y lo paran en Jurez y lo perdan en Chihuahua: desde siempre aislados en los pueblos perdidos, en las rancheras del desierto, en los caseros de las montaas, y ahora todos se conocan y hasta viajaban en tren: "!Viva la revolucin y mi general Toms Arroyo!" El gringo viejo vio todas esas caras que los reciban y sinti una punzada de reconocimiento ms hondo que en el saln de baile. Una cancin era cantada alrededor de las fogatas, vino el remolino y nos alevant. -No s si el gringo y la seorita Harriet se dieron cuenta de que la revolucin era ese remolino que arranc a los hombres y a las mujeres de sus races y los mand volando lejos de su polvo quieto y de sus viejos cementerios y sus pueblecitos recoletos -dijo el coronel Frutos Garca mirando hacia las aguas veloces y turbias del Ro Bravo del Norte. -s, seguro que s -le contest Inocencio-. Tenan que recordar que los americanos siempre se movieron pal oeste y los mexicanos nunca nos habamos movido hasta ahora. Lo pescaron robando el oro de un tren descarrilado en Charco Blanco y lo colgaron all mismo con todo y su viborilla llena de las monedas que se avanz. -No lo hurguen -dijo el coronel Frutos Garca que lo ajustici-. Fue un
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hombre valiente. Tiene derecho a llevarse su dinero. -Lo siento, Inocencio, ya no te vas a mover nunca ms. En su propia vida, le iba a decir a miss Winslow el gringo viejo, vio a una nacin entera moverse de Nueva York a Ohio a los campos de batalla de Georgia y las Carolinas y luego a California, donde termin el continente y a veces hasta el destino. Los mexicanos nunca se haban movido, salvo como reos o esclavos. Ahora se movan para pelear y amar. La Gardua levant los dos brazos para hacerse notar de un federal de bigotes tupidos que le cay en gracia. El gringo viejo encontr a miss Harriet acomodando con pasadores sus altas trenzas castaas frente al espejo en el vagn y se detuvo ante la imagen, fascinado por la cercana de la carne fragante, afeitada, suave, y la risa cantarina de la mujer: -No me mires as. Es que entre todas las mujeres me dieron un bao con vasijas de barro. No haba logrado baarme desde que llegu aqu. Y ya sabes que despus de la santidad, no hay virtud como... -Claro -murmur el viejo. Las dos miradas se encontraron en el espejo y el viejo continu-: Pens mucho en ti anoche. Estuviste muy vvida en mis pensamientos. Creo que hasta so contigo. Me sent tan cerca de ti como un.. . -Como un padre? -esta vez lo interrumpi ella, compensndose-. As de cerca? -dijo sin ninguna clase de emocin. Pero en seguida baj la mirada. -Me da gusto que hayas vuelto. Se escucharon varias explosiones seguidas, quin sabe cuntas porque las explosiones desvirtan las cuentas del tiempo y pulverizan los segundos y miss Harriet se prendi a su peine como un nufrago a su barca. Nada le pareca ms ridculo que dejar caer las cosas: un peine. Dej caer su peinado sobre sus hombros y tom la mano del gringo. -Dios mo, han regresado! -Quines? -Los del otro bando. Es lo que tem. Han regresado y no distinguirn quin es quin. -Y t, miss Harriet, sers tomada por una soldadera gringa que vino a Mxico buscando emociones fciles. La idea ridcula disip el miedo de Harriet Winslow; tom la mano del viejo y la apret. Pens en una muerte intermitente. El mir profundamente los ojos grises de la mujer. -Te juro que acept esta posicin antes de que nada ocurriera, antes de que mi novio el seor Delaney fuese condenado por fraude federal o su historia saliese siquiera a la luz pblica, te lo juro...
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-No quiero saber nada de esto -dijo el viejo y apret los labios contra la mejilla de Harriet. -Es que t me hablaste de Leland Stanford. T sabes que esas cosas ocurren todo el tiempo. Pero yo te juro que mi decisin estaba tomada desde antes. Yo decid venir aqu, libremente, t tienes que saberlo... Mir ms all del viejo que la abrazaba y vio a Arroyo, de pie a la entrada del compartimiento, parcialmente oculto por las pesadas cortinas de seda azul que colgaban por todas panes en este carruaje real. Luego oy un crujido quieto detrs de Arroyo y una mano femenina larga y suave lo tom del brazo. Miss Harriet cerr la boca y vio fugazmente a la mujer con la cara de luna envuelta en un rebozo azul. Continuaron las explosiones, creciendo en estrpito y frecuencia; ella se zaf del abrazo tierno del viejo y acab de abotonarse la blusa: qu sucede?, pero el miedo debe ser secreto. -Quizs volvieron los federales -dijo el viejo, sin temor de hacer pblico el temor-. Entonces que el diablo se compadezca de nosotros. -No -dijo la pequea mujer con rostro de luna y manos largas y suaves, entrando desde el compartimiento del general-. S610 son cohetes. Era el da de la santa patrona de este pueblo, dijo la mujer, un gran da de fiesta para toda la comarca, ya veran, y los gui del carro estacionado al aire lleno de plvora disparada por los mismos hombres que el da anterior disparaban Winchester contrabandeados desde Tejas. El aire era el cido hogar de la plvora y el incienso unidos y un grupo de nios enmascarados rodearon a miss Harriet y saltaron imitando a los viejitos. El gringo viejo se detuvo y mir hacia el vagn de ferrocarril. Arroyo estaba de pie en la plataforma, su torso demudo, un largo cigarro negro entre los dientes, rodeado de humo, mirando al viejo, mirando a Harriet Winslow, mirndolos a ellos. Los danzantes indios del norte bailaban montonamente enfrente de la capilla, sus tobillos enlazados con cascabeles, y el viejo sigui a Harriet hasta el casco arruinado de la hacienda, a lo largo de los portales devastados donde las mujeres de la aldea, con una mezcla de pena y de gracia, se estaban probando los vestidos viejos que ella les autoriz a remendar: la mejor oportunidad era siempre la fiesta, y asimismo Harriet quera mostrarle al gringo lo que haba hecho, vencer al sueo, vencer al pasado, organizar el futuro: salva una vida, pero esto no lo quera decir ella, que se enteran l solo. Las perlas ya no estaban all y ella sinti vergenza y rabia, hundiendo el puo en el cofrecito vaco. Todo lo dems, lo soado, lo preparado, lo
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ganado, se desvaneci amargamente (ahora ella se sienta sola y recuerda). -La rapia -dijo-, eso es lo nico que quieren. -No tengas miedo -dijo sbitamente el viejo. -No tiene nada que temer -dijo Arroyo, que se estaba fajando las pesadas pistoleras a los lados del vientre desnudo y plano. Su nica vestimenta eran las botas altas y los pantalones de gamuza. -Perdname, no me dio tiempo de vestirme. Me dio miedo que fueras a hacer algo atrabancado, seorita. -Usted tiene su botn -contest ella, orgullosa (recuerda), altanera (ahora se siente sola) y contenta de que l la hubiera odo-. Es lo nico que quieren, verdad? Lo dems es aire caliente. Arroyo mir. el cofre vaco. Mir al viejo. Tom con fuerza la mueca de Harriet; Harriet tambin mir al viejo, pidiendo auxilio, pero l supo que su tiempo con esta muchacha haba llegado y se haba ido, aunque ella todava tuviera tiempo de anidarse en brazos de l y quererlo como mujer o como hija, no importaba, ya era demasiado tarde: vio la rara de Arroyo, el cuerpo de Arroyo, la mano de Arroyo y se dio por vencido. Su hijo y su hija. -Jinete: tomarlas a una mujer lastimada o por lstima? Arroyo le tom la mueca y ella quiso luchar contra l si el viejo no obedeca las primeras palabras de Arroyo y la protega; pero el fantoche de su propio ridculo se interpuso entre ella y su resistencia. Arroyo slo le hizo sentir que ella tambin era fuerte, que l la estaba llevando en contra de su voluntad, no pataleando y protestando, sino fuerte como l, fuerte en cualquier situacin que l quisiera crear ahora: los condujo a Harriet y al gringo viejo fuera de la casa al da ardiente, nublado, seco y pardo, entre los hombres y mujeres arrodillados en el polvo frente a la capilla, agolpados frente a la capilla llena ya de gente: ella se sienta sola y recuerda que ms que un regreso de los federales temi ahora estar de veras en una tierra fatalmente extraa, donde la nica voluntad cierta era una terca determinacin de no ser nunca sino el mismo viejo, miserable y catico pas; ella lo oli, ella lo sinti. Esto era Mxico. El viejo oli el miedo de Harriet e imagin lo que su propio padre, el calvinista tormentoso, hubiera dicho al entrar a esta capilla: -Oh el desperdicio, el horror de la prodigalidad, el gasto idlatra de los frutos del Seor en esta masa barroca de hoja dorada en cada rincn del altar, los muros esculpidos, los relieves dorados de higos y manzanas y querubes y trompetas, la diarrea del oro mexicano y espaol en medio de un desierto de polvo y puercos y espinas y pies
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descalzos y ropas rasgadas y sacrificios quemados. El Cristo muerto estaba en su jaula de vidrio. El Rey de Reyes desnudo, cubierto apenas por su capa de terciopelo rojo. Continuaba sangrando despus de muerto. El sacrificio no haba roto la servidumbre de su vida, de su encarnacin, de su horrible solicitud de salud en medio de la condena preordenada de su maldito cuerpo terreno que slo debi estar pensando en su Padre: su padre en el aire, jinete del aire, trepado para siempre en un plpito calvinista, su caballo de madera, su Clavileo de condenas y predestinaciones: la gringa salv a la nia enferma de la Gardua: un milagro: una necesidad: el gringo viejo vio una complicidad fra y no declarada en los ojos de miss Harriet cuando los dos se reunieron en las religiones sin altar del norte, donde Jess el redentor viva liberado para siempre de la carne, de la escultura, de la pintura, un espritu impalpable volando en aras de la msica: un Dios de verdad que nunca podra sangrar, comer, fornicar, o evacuar, no como el Cristo mexicano. Arroyo la atrajo a s y seal hacia el altar centelleante, autodevorador, excrementicio, donde la Virgen tampoco sangraba o fornicaba, la pura madre de Dios de pie en toda su gloria de esmalte drapeada en vendajes de oro y azul y coronada de perlas, ahora ella se sienta sola y recuerda esas perlas que ella misma salv ayer apenas de la alcoba sombra de la castellana ausente y ofreci como una tentacin y un monumento al ahorro y a la honradez en un cofre abierto. -Quin pag toda esta... esta... esta extravagancia? fue todo lo que pudo decir para esconder la vergenza que senta, su acusacin de robo; se condujo como la sobrina nieta del viejo Halston: -Ahorraron el ano entero, seorita, hasta pasaron hambres para no pasarse de su fiesta. El fue criado aqu, el hijo del silencio y de la desgracia. Una fiesta sin fin, una cosa proliferante que se alimentaba de sus propios excesos de color y fiebre y sacrificio. El gringo viejo no quiso leer presagios o significar fatalidades en la vida que lo rodeaba, apretujndolo y empujndolo lentamente adentro de la capilla, sintiendo el culebreo duro e inderrotable de la fe encarnada y del sacrificio y del desperdicio hacia el altar, separndole de ellos, el viejo separado de Arroyo y Harriet, el hombre y la mujer ahora juntos, ahora abrazados por un destino ciego que el gringo viejo poda entender en el rostro de Harriet pero no en el suyo. El rostro de Arroyo. El rostro del gringo viejo, dicindole a Arroyo: "Tmala, toma a mi hija." En medio de los penitentes arrodillados, los inciensos espesos y los pechos de escapularios, rod el peso de plata perforado y el nio Pedrito, en cuatro
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XIV El perro se fue rodando hasta el confn de la plazoleta. Pedrito oy una pianola lejana, que el nio supo ubicar en la confusin de la fiesta. Tarare esa msica. Quin no la conoca? -Sobre las olas -le dijo al odo Toms Arroyo a Harriet Winslow. -The Most Beautiful Night -le dijo Harriet Winslow al odo a Toms Arroyo, la pianola tocando desde un rincn exhausto e invisible de la hacienda, l y ella en el saln de baile salvado por el general al fuego y regalado, dijo ella, a la noche, a la luz de la noche. Bailaron lentamente, reproducidos en los espejos como una esfera de navajas que corta por donde se la tome: -Mira. Soy yo. -Mira. Eres t. -Mira. Somos ellos abrazados en el ocaso de la fiesta: ella bailando con l muy lentamente el vals pero bailando tambin con su padre, bailo con mi padre que regres condecorado de Cuba, ascendido en Cuba, salvado por Cuba, salvador de Cuba: -Fuimos a salvar a Cuba. -Venimos a salvar a Mxico. Harriet bailando esta noche con su padre erguido, condecorado, valiente, en un sarao de bienvenida a los hroes de Cuba, escarapelas tricolores en cada pecho de mujer, WELCOME BACK HEROES OF SAN JUAN HILL, Su padre uniformado, con bigotes tiesos y pelo perfumado, orgulloso de su hija esbelta en revuelo de tafetas, el capitn Winslow sin embargo oloroso a algo distinto y ella clavando la nariz en la nuca del padre, oliendo a la ciudad de Washington en la nuca de su padre, esa falsa Acrpolis de mrmol y cpulas y columnas plantadas en el barro hmedo de un trpico pernicioso porque no dice su nombre: un sofoco septentrional, la jungla de mrmol como un cementerio grandioso y deshabitado, los templos de la justicia y el gobierno hundindose en una maleza ecuatorial, devoradora, creciente: un cncer vegetal enredado en los cimientos de Washington, una ciudad mojada como la entrepierna de una negra en celo. Harriet hundi la nariz en la nuca de Toms Arroyo y oli a sexo erizado y velludo de una negra: Capitn Winslow, estoy muy sola y usted puede tomarme cuando guste. Toms Arroyo apret el talle de la mujer extranjera mientras bailaban y se acerc ms a su vientre boscoso, imagin el vientre de Harriet como un bosque muy lindo que l vera siempre de lejos, y detrs de una
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puerta de espejos sali Toms Arroyo un nio a bailar con su madre, su madre la esposa legtima de su padre, su madre la seora limpia y derecha, sin un peso de nubes sobre los hombros, sin una corona de cierzos en la cabeza, sin los ojos cenicientos de cargar tanto sol, sino limpia, slo eso, una seora limpia, vestida limpia, peinada limpia, calzada limpia, que bailaba con su hijo el vals Sobre las olas que tantas veces oyeron desde lejos, en el casero donde podan vedarse las miradas pero no los rumores de la msica. Tan intensa la msica que le daba voz a la tierra casi siempre silenciosa y les permita mira somos nosotros dedicarse al amor sin miedo de ser escuchados. Toms Arroyo meti la lengua en la oreja de Harriet Winslow. Ella sinti entonces el temor de conocer la belleza y el peligro al mismo tiempo. El temor se convirti en un placer slo por haberlo pensado. El verdadero temor fue que despus no volviera a pasar nada. Toms Arroyo le meti la lengua en la oreja y Harriet Winslow sinti una ausencia terrible, no la de su padre, sino la del gringo viejo. "Voy a conquistar al general Toms Arroyo antes de regresarme a mi casa y seguir mi vida de costumbre." Pero el viejo le habra dicho que en Mxico no haba nada que someter y nada que salvar. -Esto es lo que nos cuesta entender a nosotros porque nuestros antepasados conquistaron la nada mientras que aqu haba una raza civilizada. Eso me lo cont mi padre despus de la guerra en 1848. Mxico no es un pas perverso. Es slo un pas diferente. Una lengua diferente, en su oreja: oda, sentida, hmeda, reptante, que Harriet acept pero de la cual, al mismo tiempo, huy invocando su personal predisposicin al cambio de estaciones: bailaba en brazos de Arroyo pero ella era capaz ahora mismo de darle un sentido a las temporadas que aqu no existan; bail en los veranos de su infancia cerca de los rumores frescos de Rock Creek Park; descendi velozmente en un trineo por las pendientes nevadas de Meridian Hill Park; corri tomada de la mano de su padre por la calle Catorce, comprando las manzanas y las nueces del otoo en las olorosas abarroteras griegas; fue al cementerio de Arlington un da de la primavera llena de polen fugitivo y cerezos asombrados y vio una tumba vaca. Se apret ms a Toms Arroyo, como si temiera perder algo, pero apart la cara para mirar su propia salvaje sorpresa en los ojos del mexicano. -He estado aqu antes, pero slo al irme me dar cuenta.
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Le pregunt a la oreja si le gustaba soar. Contest que s: dejaba de tener edad. Algo mejor: cuando despertaba no saba dnde estaba. Arroyo slo recordaba una estacin del ao: era siempre la misma, el tiempo aqu no tena esos signos en el camino y por eso era tan violenta la necesidad de marcar el tiempo con heridas inolvidables, de esas que siguen doliendo cuando se cierran: era toda su vida. -Perdname gringuita. No s muchas cosas del mundo. A veces soy muy corajudo. Entiendo y siento algunas cosas muy hondo, gringuita, muy hondo, porque si no las siento, no tengo manera de entender nada. Bailaron el vals como si bailaran una historia; ella le dijo cosas al odo en ingls, como si l pudiera entenderlas slo porque ella las dijo como si todo hubiera pasado ya: nunca ms ver a Delaney; cuando hablo de regresar no hablo de repetir; voy a regresar con tu tiempo, Arroyo; con el tiempo del viejo; los voy a guardar, Arroyo; t no lo sabes pero yo voy a ser duea de todo el tiempo que gane aqu; voy a hacerme ms bella y ms feliz a medida que entienda esto mejor y me pasee con los tiempos de todos ustedes, guardndolos, por las caadas de Rock Creek en el verano y por las veredas nevadas de Meridian Hill en el invierno y detenindome en la calle Diecisis en los otoos y las primaveras frente a una casa abandonada donde el sol poniente juega con los reflejos mutantes del sol sobre los vidrios de las ventanas: me perdonars entonces porque mantengo tu tiempo, Arroyo, o lo degradars todo pidiendo que me entregue a ti a cambio de la vida de un hombre... No lo pregunt, pero tampoco lo afirm. Esta no sera ms slo una historia de hombre. La presencia (mi presencia, dijo Harriet) deformar la historia. Slo espero que tambin le d up secreto y un peligro que los hechos, en s mismos, nunca garantizaron. -La soledad es una ausencia de tiempo. Arroyo la apret contra su pecho y hubiera querido decirle todo lo que pensaba, para que ella no se fuera de aqu con ninguna queja, sino que se sintiera duea de todo lo que aqu gan. Le iba a pedir que guardara su tiempo, el de Toms Arroyo, cuando l ya no pudiera hacerlo. Y el tiempo del viejo. Tambin, asinti Arroyo. Lo aceptara. Haran un trueque de tiempos, sonri el mexicano: el que sobreviva guardar el tiempo de los otros dos, eso era aceptable, verdad?, dijo casi con timidez, con una como ternura, el general, verdad que s?, pasara lo que pasara. Quera que los dos gringos dijeran cuando se fueran de Mxico:
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-He estado aqu. Esta tierra ya nunca me dejar. Eso es lo que les pido a los dos. Palabra de honor: es lo nico que quiero. No nos olviden. Pero sobre todo, sean nuestros sin dejar de ser ustedes, con una chingada. Entonces dijo lo que ella tema. -De ti depende que el gringo regrese vivo a su tierra. Ya no oy lo que aadi Arroyo (Es un rejego. Es valiente. Es una mala cosa para mi tropa ser as) sino lo que no aadi (No pasar esta noche sin ti. Te deseo como no te imaginas, gringuita. Bueno, te deseo como deseo que mi madre resucite. As. Perdname pero har lo que sea para tenerte esta noche, gringuita preciosa) porque Arroyo no saba que Harriet estaba bailando con un oficial condecorado, digno, recin baado y en cambio Arroyo haba abandonado a su madre decente y respetada: Harriet vio a Arroyo saliendo entre las piernas de todas las mujeres cargadas de pesares y sombras: asombradas, apesadumbradas. Al separarse de Arroyo se vio en un saln de baile Lleno de espejos. Se vio entrando a los espejos sin mirarse a s misma porque en realidad entraba a un sueo y en ese sueo su padre no haba muerto. Mir a Arroyo y lo bes con una salvaje sorpresa. El nio dej caer el peso de plata pero la moneda no son contra la piedra porque una mano pecosa y huesuda, cubierta de vello blanco, la pesc en el aire.
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XV Se sinti humillado por la presencia paciente de la mujer con cara de luna envuelta en el rebozo azul. En sus ojos hmedos haba un dominio de s misma, hondo y sabio. Una mujer de soldado: las haba conocido en su vida o haba ledo sobre ellas en todas las picas del pasado. Pero ahora ella lo toc con la mano larga y suave, pidindole sin palabras que fingiera que nada estaba pasando, que ella y l estaban aqu, en la brillante jaula de vidrio del saln de baile, enjaulados como el Cristo en su fretro transparente o como los terratenientes ausentistas que cada ao ofrecan aqu un solo baile para las damas y caballeros de Chihuahua y El Paso y hasta la ciudad de Mxico. Fingan: l se sinti degradado, pero ella no. -A veces l se siente solo y siempre es un hombre -dijo la mujer con cara de luna. -Usted no le satisface? -dijo bruscamente el gringo viejo. Ella no se ofendi. -Es que los hombres y las mujeres somos diferentes. -Eso no es cierto y usted lo sabe. Yo no soy feminista. Una de las razones por las que estoy aqu, seora, es porque temo a un mundo lleno de sufragistas enloquecidas; un matriarcado insoportable. Lo que pasa es que todos nos desquitamos. Nada ms que ustedes lo hacen ms secretamente que nosotros. Eso es todo. La mujer con cara de luna le dio la razn. La verdad es que ella estaba satisfecha y l no, no porque no la quisiera, sino porque le peda que demostrara su amor aceptando que l lo necesitaba ms que ella. -T no eres campesina. Tom las manos de la mujer y las mir. -No. Yo s leer y escribir. -Dnde te encontr? -No, yo lo encontr a l. Entr a mi pueblo como un joven corcel, negro y sedoso. Luego el pueblo fue tomado por los federales. Yo lo salv de una muerte horrible, creme, general indiano. -La gratitud. -Yo soy la agradecida, pues. Nunca me imagin que alguien me pudiera amar as. No es lo acostumbrado en mi pueblo. Era un pueblito triste donde hasta las parejas casadas se acostaban a oscuras. Y con miedo o con asco, ya no s. Dijo que en cambio Arroyo era un hombre desnudo, hasta cuando andaba vestido. Era un hombre callado, hasta cuando hablaba. -Tuve que salvarlo para salvarme. Estamos unidos y yo lo comprendo.
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-Qu bueno. Guardaron silencio largo tiempo; el gringo viejo trat de imaginar lo que Arroyo le estara diciendo a Harriet mientras esta mujer le hablaba a l, sin imaginarse que tambin Arroyo podra estar pensando en lo que la mujer le contaba al gringo viejo mientras Arroyo le contaba a Harriet cmo la mujer con la cara de luna lo haba salvado cuando estaba escondido de los federales en los primeros das de la campaa contra Huerta aqu en el norte: Estaba por todos lados y Arroyo supo que lo mataran si lo encontraban. Se qued solo en el pueblo y encontr refugio en un stano. Desde all los oy taconear sobre su cabeza y matar a sus camaradas capturados. Lo oy todo, porque ese stano era como un caracol de mar. Luego lo clavetearon todo con tablas. Arroyo no comprenda. Crey que haban condenado este pueblo a muerte por darle cuartel a los revolucionarios. Lo encerraron sin saberlo en este stano. El siempre fue bueno para olrselas. Oli a los perros dormidos all en un rincn. El martilleo los despert. Eran grandes y feos, grises con hocicos de acero. Nunca vio nada que se despertara tan despacio como si hubieran sido olvidados en ese stano desde el principio del tiempo. Pens que se los haban dejado noms a l, que eran sus nahuales, sus espritus animales. La verdad es que eran dos mastines feos, feroces y grises que el dueo de la casa abandon all porque los federales se lo robaron todo y a este hombre le gustaban sus perros ms que su plata, de haberla tenido, o su mujer, que si la tena. -No me mires as, gringa. -As lo siento. -Ests aqu libremente. -Si, pero slo por lo que t dijiste. Lo sabes muy bien. -Ah, te gusta el viejo. -Si. Tiene un dolor. Por lo menos eso entiendo. -Y yo entonces? -T infliges el dolor. Yo tratar de ayudarlo como pueda. Entiende que por eso estoy aqu. -Vas a salvarlo como ella me salv a mi? -No s cmo te salv ella. Arroyo y los perros se acecharon. Los perros saban que l estaba all. Al sabia que los perros estaban all. Los perros siempre atacan o ladran. Lo extraordinario de esta situacin era que nada ms acechaban a Arroyo, como si le temieran tanto como l a ellos. Quizs ellos no saban que l no era otro animal o quiz su dueo les meti miedo de todo lo que oliera a soldado. Quin sabe. Los perros tienen ms de
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cinco sentidos. Arroyo dijo que ni siquiera contara esta historia, si no fuera tan rara. Fue un da muy largo. Arroyo no se movi y les hizo sentir que l tambin era fuerte pero que por ahora no les harta dao. Luego vino la noche y l supo que los perros aguardaron porque podan sentirlo mejor de lo que l poda verlos. Grueron. Sintieron que Arroyo se estaba preparando contra ellos. Ladraron muy feo, y al rato saltaron. Arroyo dispar contra ellos. Los atraves en el aire, como dos pesadas guilas. Les vaci la pistola. Cayeron gruendo horriblemente. Los mir. Temi que los disparos se hubieran escuchado y entonces otros iban a matarlo a l como l mat a los mastines. Les dio una patada y los volte con la punta de la bota. Dos perros feos, monstruosos. -Te cuento todo esto con la esperanza de que al fin me entiendas. -T sabes por qu estoy aqu. Pasaron los das y Arroyo poda or las rdenes militares encima de su cabeza, sobre todo las rdenes a los pelotones de fusilamiento. Mientras l se iba muriendo de hambre con una pistola vaciada en una mano y dos perros muertos a sus pies. Le dieron ganas de que le sobrara una bala. Era mejor que comerse a sus enemigos muertos. -Creer cualquier cosa que me digas ahora. -No eres mi prisionera. -Eso ya lo s. -Creme todo lo que te digo. Puedes irte cuando t quieras. Esa noche oy que alguien tocaba con los nudillos sobre los tablones claveteados. Una voz de mujer le dijo que no comiera ansias. Ella lo dejara salir apenas pasara el peligro. Que no comiera ansias. Lo que ella no saba es que Arroyo se hubiera comido a los perros. Pero escuch su voz y se dijo que deba creer en ella, no deba ofenderla dudando de ella y adems ella era su nica esperanza. No deba comer esa carroa para no tener que decirle luego: cre en ti sabiendo que no era cierto y beso tus labios con los mismos labios que comieron carne de peno. -Comprndeme y perdona mi amorcito pasajero por ti, gringa. -Ya lo s. Yo tambin s salvar aun hombre. Pero quizs las consecuencias sean distintas. Sabes muy bien lo que debes contarme, general Arroyo. Le dijo que haba dos posibilidades de muerte la noche anterior despus de la batalla. Una era la del gringo. La otra la del coronel de federales. Cualquiera de los dos pudo morir. -Regres a contarte que el coronel muri como un valiente. -Vives un inacabable sueo de honor.
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(Ahora ella est sola y recuerda: As no es la vida como yo la entiendo. Ah, ahora ella entenda la vida al fin, despus de ser amada por l?) -Eres vanidoso y tonto a veces, y a veces eres sincero y vulnerable. Esto s despus de haberte amado. Esto lo entiendo, pero no tu manera de entender la vida, porque t celebras la muerte ms que nada. -Yo estoy vivo. Gracias a una mujer ayer y gracias a ti hoy. No, ella neg agitando su cabellera castaa, l estaba vivo hoy porque todava no le llegaba el mejor momento para su muerte. No lo dejara pasar. Lo ms importante de la vida de Arroyo no iba a ser cmo vivi, sino cmo muri. -Seguro. Espero que t puedas venme morir, gringuita. -Ya te dije que prefiero ver tu muerte que la del viejo. -Est muy viejo. -Pero no s juzgar su dolor. El tuyo s. -Te la has pasado juzgndome desde que llegaste. -Ya no lo har ms, te lo juro. Es mi promesa contra la tuya, general Arroyo. -Hablas mucho, gringuita linda. Yo crec en silencio. T tienes ms palabras que sentimientos, creo yo. -No es cierto. Me gustan los nios. Soy buena con ellos. -Entonces ten uno. Se rieron mucho y l volvi a besarla, metindosele en la boca como en un stano lleno de perros, devorndole la lengua con la misma hambre que sinti entonces. -No te gusta, gringuita? Con o sin promesas, no te gusta, dime gringuita preciosa, gringuita amante y dolida, amando de veras por la primera vez, no me digas que no chula, no te gust mi amor, tu amor gringuita? -S. Arroyo grit y la mujer de la cara de luna apret la mano del gringo viejo y dijo de Arroyo lo que todos decan del gringo: -Noms vino aqu a morirse. -Capitn Winslow, estoy muy sola y usted puede tomarme cuando guste. El gringo viejo regres caminando al carro de ferrocarril y vio a Arroyo solo, riendo y contonendose, con paso fanfarrn, por el campamento polvoso, sin saber lo que su enemigo haca o deca. Pero el gringo imagin y temi que el general se paseaba como un gallito para dar a entender que la gringa era suya, se haba desquitado as de los chingados gringos, ahora Arroyo era el macho que se cogi a la gringa y lav con una eyaculacin rpida las denotas de Chapultepec y
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Buenavista. Pero Harriet no pensaba como el viejo. Cuando Arroyo la dej, la mujer con cara de luna haba regresado al compartimiento donde dorman las dos mujeres y Harriet se sinti escandalizada y avergonzada. Esta era su verdadera mujer. -Debes entender -dijo la mujer de las manos largas y suaves, que eran parte de su afecto y de su comunicacin-. Eran azotados con el lado plano del machete si se les oa hacer el amor. A vetes casi los mataban. Tenan que amar y gozar en silencio, te lo digo como mujer. Menos que bestias. Yo fui la primen mujer que l am sin tenerle miedo a sus palabras y a sus suspiros. El nunca olvidara cmo grit de placer la primera vez que se vino dentro de m y nadie lo azot. Tampoco yo lo olvidar, seorita Harriet. Nunca voy a interrumpir su amor, porque sera como interrumpir mi amor. Pero l nunca haba vuelto a gritar, hasta esta noche, con usted. Esto me dio miedo, debo confesrselo ahora, antes de que sea demasiado tarde y mi presagio se vuelva otra cosa. Toms Arroyo es hijo del silencio. Su verdadera palabra son sus papeles que l entiende mejor que nadie, aunque no los sepa leer. Yo siempre tem que regresan aqu, donde naci. Qu cosas pueden pasar cuando uno regresa al hogar que un da abandon para siempre? Como no supo qu contestar a esto, Harriet hizo un intento dbil por decirle a la mujer que ella tambin tuvo un amante en su pas, un hombre tierno y entero, un hombre distinguido y responsable, un... Mir los ojos de la mujer con cata de luna y no pudo continuar. -Ests libre, gringa -le haba dicho Arroyo al dejarla esa tarde, y ella le haba contestado que no, se no era amor de verdad, pero qu le iba a decir si regresaba otra vez, esta noche, un poco borracho, a decirle que no le bastaba una vez, que el dolor del gringo viejo no era nada junto al dolor de l, el dolor de no tenerla a ella otra vez, de seguirla deseando, imaginndola desnuda en sus brazos, acariciarla... -Ya no tienes nada que desear o imaginar, general Arroyo. -No me castigues, por favorcito. -Preferirlas imaginarme? Ahora hablas como un hombre que conoc una vez. Tambin l prefera imaginarme mientras tomaba a otras, para que yo fuera su chica ideal. Quizs mi destino es vivir en la imaginacin de los hombres. Arroyo dijo que no conoca la historia personal de Harriet, ni quera saberla. Quizs ella tambin senta que se haba desquitado? -Todos somos gente resentida, unos ms que otros -le dijo Toms Arroyo-. A todos nos gusta la venganza. Aqu la llamamos por su nombre. Cmo la llaman ustedes?
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-Caridad... destino... -murmur Harriet Winslow. Admiti que s quera matar al gringo viejo la noche de la batalla y luego decirle a ella que muri como un cobarde. Qu quera ella, de veras? Tener un padre como el gringo viejo, o ser como su padre con Arroyo? Ella tembl al or esto y le dijo habla, habla, para que dijera otra cosa, no esa que acababa de decir. Arroyo pens antes de decidirse a quererla que nunca iba a saber por qu el gringo viejo no mat al coronel y perdi as la oportunidad de ganarse la confianza del jefe. -Esa fue la primera cosa que me dije, gringa -le comunic enseguida su duda-. La segunda fue: Arroyo, si matas al gringo viejo nunca va a ser tuya la gringuita. Entonces un diablito se me meti en la cabeza y me dijo: Arroyo, puede que las dos razones sean la misma. Ni t ni el gringo quieren perder a esta linda mujer. Y los dos saben que ella nunca amara a un asesino. Esto la desesper. Cmo contaba Arroyo sus muertos? Los del nuevo da borraban a los del anterior? Cada maana era borrn de sangre y cuenta nueva de muerte? Maana, maana... Dijo que no le importaba nada de lo que dijera ya. Pudo haber dicho lo que quisiera. Pudo haberle inventado otro destino al viejo. Le grit que la estaba hiriendo en su fe ms profunda. Le pidi que le creyera: ella no pensaba como l, le costaba seguirlo, no deban verse ms, una sola vez pata hacerse una promesa y darse un placer, lo admita, pero no para reinventarse un destino, el propio y el ajeno tambin. Esa no era su fe, dijo sollozando Harriet Winslow. Slo Dios puede hacer eso. -No un hombre como t. -Pude haberlo matado. -Entonces nunca me hubieras posedo, tienes razn. Slo estuve contigo porque me dijiste que queras matarlo. Eso me dijiste en el apretujn de la capilla, agarrndome los brazos. -Oye, qu es esa rueda en tu brazo derecho? -Es una vacuna. Pero contstame. Ahora debes cumplir tu promesa. -Ests libre, gringa. Vacuna? -Me enseaste a descubrir el amor sin amar? Esta no es la verdadera libertad de una mujer, te equivocas. Y otra vez: -No te gust, gringuita?, dime si no te gust, con o sin promesa, verdad que te gust y quieres ms, gringuita preciosa, muchachita dulce, gringuita ma mi amante cariosa, amando de verdad por la primen vez, con tu vacuna y todo, yo s, no te gust mi amor nuestro amor gringuita? -Si.
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XIV -Sabes por qu regres? -le pregunt a Harriet Winslow, y en seguida no pregunt, afirm-: T sabes por qu regres. Tus ojos se te escapan, gringuita, debes andar huyendo de alga, puesto que Unto deseas regresar a lo mismo a lo que le andas huyendo: mira, te miraste en los espejos, crees que no lo s?, yo tambin me mir en los espejos, cuando era un muchachito; pero mis hombres no, ellos nunca haban visto sus cuerpos enteros; yo tena que darles ese gran regalo, esa fiesta: ahora, mrense, muvanse, levanta un brazo, t, baila una polka, desqutense de todos los aos ciegos en que vivieron ciegos con sus propios cuerpos, tentando en la oscuridad para encontrar un cuerpo -tu cuerpo- tan extrao y callado y lejano como todos los dems cuerpos que no te permitan tocar o a los que no les permitan tocarte a ti. Se movieron enfrente del espejo y se quebr el encanto, gringuita. T sabes, aqu tenemos un juego de nios. Se llama los encantados. El que te toca te encanta. Te quedas quieto hasta que otra persona llega a tocarte. Entonces puedes moverte otra vez. Quin sabe cundo vendr otra persona a encantarte otra vez? Encantar. Es una palabra muy bonita. Es una palabra muy peligrosa. Ests encantado. Pero ya no eres dueo de ti mismo. Le perteneces a otra persona que no puede hacerte bien o hacerte dao, quin sabe? yeme gringuita: yo he estado encantado por esta casa desde que nac aqu, no en la cama grande y acojinada y con baldaquines de mi padre, sino en el petate de mi madre en los cuartos de servicio. La hacienda y yo nos hemos estado mirando desde hace treinta aos, como t miraste al espejo o como mis hombres se vieron reflejados. Yo estaba encantado por la piedra y el adobe y el azulejo y el vidrio y la porcelana y la madera. Una casa es todo esto, pero mucho ms tambin. Tuviste una casa a la que le pudieras decir "mi casa" cuando eras nia, gringuita? O t tambin tuviste que mirar a una casa que pudo ser tuya, que de algn modo era tuya, me entiendes, pero que era ms lejana que un palacio en un cuento de hadas? Hay cosas que son las dos cosas: tuyas y ajenas, que te duelen como propias porque no son tuyas. Me entiendes? Ves otra casa, entiendes esa casa, ves cmo se prenden las luces y luego se escurren de ventana en ventana, luego las ves apagarse de noche y t ests dentro de la casa pero afuera tambin, enojado porque ests fuera pero agradecido de que puedes ver la casa mientras todos ellos, los dems, los otros, muchos, estn adentro, capturados, y no pueden ver: entonces ellos son los excluidos y t te alegras, gringuita, t te
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sientes contento y hay alegra en tu corazn: t tienes dos casas y ellos slo tienen una. Arroyo dej escapar un espantoso suspiro, ms parecido al quejido de alguien pateado en la ingle y escondi la expulsin involuntaria de sus pasiones interiores carraspeando y escupiendo un4, flema gruesa en una copa llena de mezcal. Era un feo espectculo y Harriet se escondi de l pero Arroyo le tom con fuerza la barbilla. -Mrame -dijo Arroyo, desnudo frente a Harriet, arrodillado desnudo con su duro pecho moreno y su ombligo hondo y su sexo inquieto, nunca en reposo, ella lo averigu, siempre a medio llenar, como la botella de mezcal que siempre dejaba abandonada en sus lugares, como si los largos y duros testculos, semejantes a un par de aguacates peludos, columpindose pero duros como piedras entre sus esbeltas, lampias, lustrosas piernas indias, estuviesen ocupados incesantemente en la tarea de volver a llenar el pene negro, otra vez brilloso, palpitante, coronado por una aureola del vello ms negro que ella haba visto jams, y se ri recordando el vello pbico despeinado, rojizo, escaso de Delaney, que ella slo vio una vez, a travs de la bragueta medio abierta, el pene de Delaney dormido como un triste enano perdido en una lavandera: visto slo una vez, pero sentido tantas veces cuando le peda: s mi mujer, Harriet, demustrame tu amor, haz lo que quieras, ya sabes, sin ningn peligro para ti, dulzura, slo tu manita suave, Harriet: y sus pequeos placeres fros y espasmdicos; Arroyo era como un arroyo fluido y parejo de sexo: eso es lo que su nombre significaba, Brook, Stream, Creek: Tom Creek, Tom Brook, qu buen nombre ingls para un hombre que se pareca a Toms Arroyo!, ella ri con l arrodillado all frente a ella, sin ostentar su perpetua semiereccin que ella vio y toc con ensueo, entendiendo que nada haba que entender all, que Arroyo, su Tom Brook, era el garan elemental: haba odo decir que hombres como los arrieros, los esquiladores, los albailes, siempre la tenan lista, dura, no se complicaban la vida con pensamientos sobre el sexo, usaban el sexo con la normalidad con que caminaban, estornudaban, dorman o se alimentaban: Arroyo era como ellos? Lo pens por un momento y en seguida se detest a s misma por mirarlo una vez ms con aire protector -mucho, mucho mejor pensar que la verga de Arroyo estaba siempre lista, o medio lista, en verdad, gracias a una imaginacin complicada que a ella le resultaba imposible calar: quizs l era as con ella, slo con ella, con nadie ms, con ninguna otra mujer? "Harriet Winslow -se rega en silencio a s misma-, el orgullo es un pecado. No te conviertas en una muchacha tonta e infatuada tan
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tardamente. No ests enloqueciendo a nadie, ni en Mxico ni en Washington. Quieta, quieta, miss Harriet, nia, tranquila." Ya no se hablaba ms a s misma; su imaginacin la haba conducido a los brazos de la amante de su padre, la hmeda negra en la mansin hmeda y silente donde las luces suban y bajaban por las escaleras. -Mrame -repiti Arroyo-, mrame mirndote (esto quera decir, de todas maneras, pens ella) (ahora ella se siente sola y recuerda) incapaz de moverme mientras te miro a la cara, porque eres bella, quizs, pero la belleza no es la nica razn para permanecer as, inmvil, enfrente de alguien o de algo, como ante una serpiente, sonri Harriet, por ejemplo, o un espejismo en el desierto; o una pesadilla de la cual no se puede escapar, cayendo para siempre dentro del pozo del sueo, para siempre corriendo carreras dentro del sueo: no -dijo Arroyo-, piensas en cosas tristes y feas, gringa, yo hablo de belleza, o amor, o porque de repente me acuerdo de quin eres t y o t me haces acordarme de quin soy yo, o de repente cada uno se acuerda de alguien por su cuenta pero le da las gracias a la persona que est mirando por traerle ese dulce recuerdo de vuelta; s -ella levant la palma de su mano-, aqu, esta noche puedo imaginar muchas cosas que nunca fueron o desear lo que nunca tuvimos -dijo Arroyo, uniendo su palma abierta a la de ella: ella fra y seca, l caliente pero tambin seco, los dos de hinojos con sus rodillas arremolinando la espuma de las sbanas, la cama como un oleaje inmvil que recobrara la vida en cuanto el tren se moviera otra vez, se apresurara rumbo a su siguiente encuentro, la batalla, la campaa, lo que viniera despus en la vida de Arroyo: entonces la cama de los Miranda sobre la cual estaban arrodillados juntos y enamorados se sacudira por s misma, sin tomar en cuenta a los cuerpos que ahora le daban su nico ritmo: un mar de flujos lentos y fros y sbitos relmpagos de calor surgidos desde las profundidades insospechadas donde un pulpo se movera con terror irracional y los espirales de arena negra corriendo como nubes hacia arriba entibiando las aguas con la fiebre revelada de lo inmvil, rompiendo los espejos del mar helado: astillando la superficie de la realidad. Cada uno encerr en su puo la mano del otro. El dijo que durante treinta aos haba estado detenido sin moverse mirando la hacienda: como nio, como muchacho, y como hombre joven en la hacienda. Entonces hubo este movimiento. El no lo inici. l noms se junto a l. Pero comprenda que era suyo, como si l hubiese engendrado a la revolucin entre los muslos del desierto de Chihuahua, s, gringuita, as noms. Pero no era eso lo que im90
portaba. La cosa es que l se haba movido, al fin, l y todos ellos, arqueados, movindose, ascendiendo como desde un sueo de marihuana, animales lentos morenos sedientos y heridos, ascendiendo desde el lecho del desierto, el hueco de la montaa, los pies desnudos de los poblados devorados por los piojos, haba hablado ella con La Luna, la mujer que haba llegado de un pequeo poblado en el norte de Mxico, ella lo saba, lo sabia ella?, bueno el movimiento lo haba excitado y ahora, y ahora, la oblig violentamente a bajar la mano empuada en la suya y la coloc sobre su verga nerviosa, y ahora slo poda decrselo a ella, nunca le dira nada a La Luna, la mujer entendera pero se sentira traicionada porque los dos eran mexicanos, l se lo dira a la gringa, porque slo se lo podra contar a alguien llegada de una tierra tan lejana y extraa como los Estados Unidos, el otro mundo, el mundo que no es Mxico, el mundo distante y curioso, excntrico y marginal de los yanquis que no disfrutaban de la buena cocina o de las revoluciones violentas o de las mujeres sujetas o de las iglesias hermosas y rompan todas las tradiciones nada ms porque s, como si slo en el futuro y en la novedad hubiese cosas buenas, le poda contar esto a la gringa no slo porque ella era diferente sino porque ahora ellos los mexicanos eran, quiz slo por un instante, como ella, como el gringo viejo, como todos los gringos: inquietos, movindose, olvidando su antigua fidelidad a un solo lugar y un solo paisaje y un solo cementerio, esto se lo dira a ella: -Gringa, estoy encerrado otra vez. -Qu quieres decir? -pregunt ella, sorprendida una vez ms por este hombre cuyas palabras eran su sorpresa. -Esto es lo que quiero decir. Entindeme. Trata. No me poda mover mirando a la hacienda, como si fuera mi propio duende. Entonces me escap y me mov. Ahora estoy inmvil otra vez. -Porque regresaste aqu? -dijo ella tratando de ser comprensiva. -No -l sacudi la cabeza con vigor-. Ms que eso. Me siento otra vez prisionero de lo que hago. Como si otra vez ya no me moviera. Estaba encerrado en el destino de la revolucin donde ella lo sorprendi: esto quiso decir. No, era algo ms que el regreso a la hacienda. Mucho ms que eso (dej caer su mano sobre el muslo desnudo de Harriet): Todos tenemos sueos, pero cuando nuestros sueos se convierten en nuestro destino, debemos sentimos felices porque los sueos se han hecho realidad? El no lo saba. Ella tampoco. Pero lo que s hizo Harriet fue empezar a pensar desde entonces que quizs este hombre haba sido capaz de
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hacer lo que a nadie se le exige: haba regresado al hogar, reviva uno de los ms viejos mitos de la humanidad, el regreso al lar, a la tibia casa de nuestros orgenes. "No puede ser -se dijo ella-, y no slo porque lo ms probable es que el lugar ya no est all. Pero aunque estuviera all, nada volvera a ser igual: la gente envejece, las cosas se rompen, los sentimientos cambian. Nunca puedes regresar al hogar, aunque sea el mismo lugar con la misma gente, si por azar ambos permanecieron, no los mismos, sino que son simplemente all, en su estar." Se dio cuenta de que la lengua inglesa slo sabia conjugar una clase de ser -lo be- que en espaol era el ser y su fantasma: ser y estar, una form de existencia el espejo de la otra, pero tambin su transformacin: cambio constante, como el espritu y la carne. El hogar es una memoria. La nica verdadera memoria: pues la memoria es nuestro hogar, y as se convierte en el nico deseo verdadero de nuestros corazones; la bsqueda ardiente de nuestros pequeos e inseguros parasos, entenados muy dentro de nuestros corazones, impermeables a pobreza o prosperidad, bondad o crueldad. Una pepita reluciente de autoconocimiento que slo brilla para el nio?, pregunt Harriet. -No -contest Arroyo intuitivamente-, un nio es slo un testigo. Yo fui el testigo de la hacienda. Porque era el bastardo de los cuartos de servicio, tena que imaginar lo que ellos ni siquiera volteaban a ver. Crec oliendo, respirando, oyendo cada rincn de esta casa: cada cuarto. Yo poda saber sin moverme, sin abrir los ojos, ves, gringuita? Yo poda respirar con el lugar y ver lo que cada uno hacia en su recmara, en su bao, en el comedor, no haba nada secreto o desconocido para m el pequeo testigo, Harriet, yo que los vi a todos ellos, los o a todos, los imagin y los ol noms porque respir con el ritmo que ellos no tenan porque no les haca falta, ellos se lo merecan todo, yo tena que meterme la hacienda a los pulmones, llenarlos con la ms pequea escama de pintura, la migaja ms chiquitita de pan, la ms secreta cuajada de vmito, las huellas serpentinas de caca y su polvo barrido bajo los tapetes, y ser as el testigo ausente de cada cpula, apresurada o lnguida, juguetona o aburrida, lamentable u orgullosa, tierna o fra, de cada defecacin, gruesa o aguada, verde o roja, suave o aterronada con elote indigesto, escuch cada pedo, me oyes, cada eructo, cada gargajo caer, cada orn correr, y vi a los guajolotes descarnados cuando les torcan los pescuezos, y los bueyes castrados, los chivos despanzurrados y puestos en el asador, vi las botellas encorchadas repletas con el vino inquieto de los valles de Coahuila, tan cerca del desierto que saben a vino de nopal, luego las
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medicinas descorchadas para las purgas de aceite de ricino y las altas fiebres de la muerte y el parto y las enfermedades infantiles, yo poda tocar los terciopelos rojos y los organdes cremosos y las tafetas verdes de las crinolinas y los bonetes de las seoras, sus largos camisones de encaje con el sagrado corazn de Jess bordado enfrente de sus coos: la devocin temblorosa y humilde de las veladoras sudando tranquilamente su cera anaranjada como si fuesen parte de un perpetuo orgasmo sagrado; contrastando con los candelabros de la vasta mansin de parqus lujosos y pesados drapeados y borlas doradas y relojes de pie y poltronas aladas y sillas de comedor quebradizas y baadas en pintura dorada: yo lo vi todo y un da mi viejo amigo el hombre ms anciano de la hacienda, un hombre acaso tan viejo como la hacienda misma, s, a veces lo cre as, un hombre que nunca us zapatos y nunca hizo ruido (Graciano se llamaba, ahora lo recuerdo) vestido todo de manta blanca, un pedazo de cuero viejo el anciano, con esa ropa que haba sido cosida una y otra vez hasta que no era posible ya distinguir entre los remiendos y los remiendos de los remiendos de su ropa y las arrugas de su piel, como si el cuerpo tambin hubiese sido remendado mil veces: Graciano con su rastrojo blanco en la cabeza y la barbilla era el hombre encargado de darle cuerda a los relojes cada noche y una de ellas me llev con l. "Yo no se lo ped. El noms me tom de la mano y cuando llegamos al reloj que estaba en la sala donde todos estaban tomando caf y coac despus de la cena, Graciano me dio las llaves de la casa. El era el nico criado que tena derecho a ellas. Me las dio a mi aquella noche para que yo las tuviera en mi mano mientras l le daba cuerda al gran reloj de la entrada de la sala. "Gringa: por un instante tuve esas llaves en mi mano. Eran calientes y fras, como si las llaves tambin hablaran de la vida y muerte de los cuartos que iban abriendo. "Trat de imaginar cules piezas abriran las llaves calientes; y cules, las fras. "Slo fue un instante. "Apret las llaves con mi puo como si en l tuviese la casa entera. En ese instante toda la casa estuvo en mi poder. Todos ellos estaban en mi poder. Seguro que ellos lo sintieron porque (estoy seguro) por primera vez en la vida de nadie dejaron de platicar y de fumar y beber y dirigieron la mirada hacia el viejo que le daba cuerda al reloj y una bellsima seora vestida de verde me vio y vino hasta m, hincndose enfrente de m y diciendo: '!Qu mono!' "La apreciacin de la joven seora no fue compartida por el resto de la
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compaa. Vi movimientos arrimados, escuch voces bajas, y luego un penoso silencio cuando la seora joven se volte a mirarlos como queriendo compartir su alegra con ellos pero slo se hall con miradas fras y entonces pregunt con voz muy baja: -Qu he hecho ahora? "Era la joven esposa del hijo mayor de mi padre. Era la madre de los nios, mis sobrinos, a los que t viniste a ensearles el ingls, gringa. Hace veinte aos, esa muchacha todava no entenda las leyes de los Miranda. Yo los mir azorado, apretando en mi puo las llaves de su casa. Entonces el hombre que era mi padre ladr: "-Graciano, qutale las llaves a ese mocoso. "El viejo sonri y abri su mano pidindome su regalo. "Yo entenda a don Graciano. Le devolva sus llaves dejndole saber que yo ya las haba tocado, que yo entenda que l me haca este maravilloso regalo por alguna razn desconocida. Cuando se las regres, las llaves estaban calientes pero mi mano estaba fra. "Luego don Graciano me llev con l a su camastro en la parte donde dorman los criados y se sent all con una mirada lejana que luego he aprendido a distinguir, gringa, en los ojos de los que ya se van pero todava no lo saben. A veces, mirndolos, nosotros sabemos primero quin se va a ir, y cundo. Hay una como lejana en la mirada, una mirada hacia dentro que nos est diciendo: 'Mrame. Ya me voy. Yo no lo s. Pero es noms porque me estoy mirando por dentro y no por fuera. T que me miras por fuera, avsame si no tengo razn y mira, muchacho, no me dejes morir solo. "Claro que el viejo Graciano habl de otras cosas esa noche. Dijo, me acuerdo (Arroyo record), que muchas veces los patrones haban querido pasarle ropa usada, ropa de ciudad, para distinguirlo y demostrarle su estima. Me aconsej que nunca fuera a aceptar eso. Que me quedara siempre con mi traje de trabajador, me dijo esa noche. "Habl de la caridad y de cmo la detestaba. Habl de hablar, de hablar como hablamos nosotros, no como imitamos la manera de hablar de los patrones. Dijo que nunca haba que explicar nada; mejor sufrir los azotes que quejarse o explicar nada. Si haba que sobrevivir, era mejor hacerlo sin decir nunca 'Lo siento' o 'No me siento bien'. "Me acerc, acurrucndome, a su pecho y el son de su corazn era ms pequeo que el de las lagartijillas del desierto que a veces captur escapndose de un rincn en ruinas de los cuartos de servicio. "La caridad, dijo, es la enemiga de la dignidad -no es el orgullo el pecado, el orgullo es pura dignidad. El orgullo no es un derecho, dijo
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rascando debajo del jorongo enrollado que le serva de descanso para la cabeza: la dignidad s lo es. Extrajo del jorongo una caja plana y hermosa de palisandro, gringa, escondida all dentro de su jorongo enrollado, diciendo que la dignidad es un derecho, y el derecho estaba aqu mismo dentro de esta caja; l me haba dado las llaves pero tenla que regresrselas o se daran cuenta de que algo raro suceda. Pero lo que haba dentro de la caja de madera poda dejarlo conmigo: dejrmelo a m, porque ellos no saban nada de esto pero yo s deba saber, porque yo era el legtimo heredero de la hacienda de los Miranda. "Tom la caja, lleno de asombro, sin entender nada en verdad, slo lleno de asombro: esto me ocurra a m este da de mis nueve aos. Pero le asegur a don Graciano que protegera su cajita como si fuese mi propia vida. "El sonri, afirmando con la cabeza. "-Nuestros antepasados vendrn a mi entierro y me recibirn porque he guardado seguros los papeles. "Esto es todo lo que dijo y ya no sigui hablando del asunto. Entonces solt un largo suspiro y me acarici la cabeza y me dijo que me fuera a dormir y que lo buscara al da siguiente. "Te lo juro, Harriet, el viejo no me dijo: Maana hablaremos; no me dijo: No dejes de venir maana para que platiquemos ms. Sin duda que no me dijo: Oye, Tomasito, me voy a morir y quiero que ests aqu conmigo, de modo que no me vayas a abandonar maana: Quiero que me veas morirme porque esto es lo que me debes por llevarte adentro de la casa y hacerte que los vieras y hacer que ellos te vieran a ti, no como a ellos les gusta vernos, parte de un montn arrimado, t entiendes, les gusta mucho no reconocer a nadie y mirar por encima de nuestras cabezas como si no estuviramos all, y yo en cambio quera decirles: '-Mrenlo. Aqu est. Ustedes no pueden mirar a travs de Toms Arroyo. No est hecho de aire, sino de sangre. Es carne, no es vidrio. No es transparente. Es opaco, bola de cabrones hijos de su chingada, es opaco como el muro de la prisin ms slida que ustedes o yo o l jams penetraremos. "ste fue el adis de Graciano a sus muchos aos en la hacienda de los Miranda. "Al da siguiente lo encontraron muerto en su catre. Yo lo vi cuando se lo llevaron a enterrar. 'Es Graciano' dijeron. 'Quin ir a darle cuerda a los relojes ahora?' "Graciano tambin era viejo, Harriet, como tu gringo viejo. Lo
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enterramos aqu en el mismo desierto que el general indiano encontr cuando vino aqu. Pero cuando enterramos a Graciano, todos nuestros antepasados se llegaron a la reunin, los apaches y los tobosos y los laguneros errantes que cazaron y mataron en la tierra cuando la tierra no era de nadie, y los espaoles que llegaron con el hambre de las ciudades de oro que creyeron encontrar en este desierto, y los que vinieron detrs de ellos con las cruces cuando supieron que aqu no haba oro sino espina y finalmente los que vinieron a habitar esta tierra y a clavar sus derechos sobre la tierra con sus pernos de plata y sus espuelas de fierro, tomando la tierra de los indios que regresaron disparando rifles y violando mujeres y haciendo retumbar los cascos de sus caballos recin descubiertos sobre el desierto, o que fueron matados, o que fueron enviados a las crceles en los trpicos para que se murieran de malas fiebres, o que subieron hasta las montaas, cada vez ms alto y ms lejos hasta desaparecer como el humo que a veces se ve en la coronilla misma de los picachos ms grandes, como si sta fuera su diaria ofrenda a la muerte que todos nos debemos cada da: una gris columna despidindose del mundo, diciendo que nos alegra partir con algo cada da, as sea slo un soplo de cielo nublado, para que cuando nos vayamos del todo ya estemos acostumbrados, nos reconozcamos en la muerte de nosotros que nos precedi: gringuita, t ves mi muerte como parte de mi vida?" -No -dijo ella-, la vida es una cosa y la muerte es otra: son cosas opuestas, enemigas, y no debemos confundirlas para no correr el riesgo de abandonar la vida y dejar de defenderla, pues la vida es frgil y puede dejar de ser en cualquier momento. -Ah, entonces la vida s contiene su propia muerte -salt Arroyo. -No, no -Harriet neg con sus trenzas deshechas-, la vida est rodeada por su enemiga; estamos asediados por lo que nos niega: el pecado y la muerte, el demonio, el Otro.. Baj la cabeza y aadi: -Pero podemos salvarnos gracias a las buenas obras y a la decencia personal, a la abstinencia -y tuvo que mirar de reojo la siempre presente botella de mezcal, y en seguida se rega por su falta de caridad- y la gracia del Seor, que es omnipresente, y accesible a nosotros porque es abundante y por eso El es el Seor. Arroyo la mir fijamente porque en los ojos de Harriet, un instante antes de que bajara la caben, l no poda descubrir nada que transformase las palabras en verdades: eran slo convicciones, y no es lo mismo, pero se pregunt si deba respetarlas. -Sabes qu, gringuita? Don Graciano vivi mucho tiempo.
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-Espero que el viejo americano tambin viva el tiempo que Dios le concedi. Arroyo ri, recostando la cabeza en el mono de Harriet: -Djalo vivir tinto como ha vivido hasta ahora, djalo vivir el doble de tiempo, gringuita, y ya vers cmo lo detestara. Nos detestar si le damos el doble de su tiempo. No, gringa, nos morimos porque nuestros caminos se cruzan. Noms. El desierto es grande. Graciano, don Graciano, est enterrado all. El siempre vivi aqu. Sus antepasados vinieron a verlo cuando lo enterramos. El gringo viejo vino aqu. Nadie le pidi que viniera Al no tiene abuelos aqu. Su muerte sera muy triste. Nadie vendra a su tumba. Su sepultura no tendra nombre. Dile que se largue pronto, gringa. No es de los nuestros. No cree en la revolucin. Cree en la muerte. Me da miedo, gringa. No tiene antepasados en este desierto. -Hblame de los tuyos -rog Harriet, sintiendo que pasada la cercana de un momento la separacin se acercaba a rastras y ella quera que la cercana durara mientras pudiese, pues Harriet estaba segura, si no de la hermandad o enemistad de la vida y de la muerte, de que en la vida misma estar separados era nuestra condicin compartida, no estar unidos; y estar separados, le dijo suavemente a Arroyo, era la muerte en vida, l no lo crea? Al contest retomando su hilo y diciendo que primero los hombres blancos y luego los mestizos que pronto poblaron esta tierra, tambin ellos sufrieron como los indios; ellos tambin perdieron sus pequeas propiedades en beneficio de las haciendas invasoras, las grandes propiedades pagadas desde el extranjero o desde la ciudad de Mxico, convirtiendo en seorones de la noche a la maana a los que tenan el dinero pan comprar las tierras en subasta cuando las tierras dejaron de pertenecer a los curas; y los pequeos propietarios, como su propia gente, se encontraron de vuelta arrumbados: lrgate al monte, Arroyito, vive con los indios y convirtete en un soplo de fuego, o arrstrate por el desierto durante el da, como una lagartija, escondida a la sombra del cacto gigante, o asalta de noche como un lobo, corriendo a lo largo del ocano seco y hurfano, o convirtete en trabajador aqu en la hacienda: si te portas bien quizs te volveremos a dar las llaves, puedes darle cuerda a los relojes cuando seas viejo, recuerda Toms, debes conservar tu dignidad rechazando la ropa vieja de los seores. -Psame los frijoles, quieres? Arroyo levant la mirada para ver a Harriet despus de tragar los frijoles y luego volvi a descansar su cabeza sobre los muslos cerrados de la mujer; los ojos de la pareja se encontraron al revs, extraos ojos
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de vida submarina acentuados por cejas como bolsas, bigotes, bromas pbicas extraviadas, pero el tono de Arroyo era tan severo, tan implacable, que al principio ella no poda ver nada gracioso en ello: -He regresado para que nadie en Mxico tenga que repetir mi vida o escoger como yo tuve que escoger. Ella imagin cmo se reira el gringo viejo al or semejante aserto y por qu no se rea tambin ella?, por qu ya no estaba irritada como al principio cuando se encontraron y ella no quera llamarlo "general"? Por qu, por qu? Busc en su alma y all encontr un calor terrible; pero era el calor de las cenizas ardiendo sin llama: un fuego moribundo, que es el ms ardiente, el fuego ms resistente de todos: era tambin el fuego de Arroyo, o era solamente, ahora ella cierra los ojos rpidamente para no ver ms a esas dos marsopas nadando que eran los ojos de Arroyo, su propio Fuego, el fuego de Harriet Winslow, salvado para su propia gracia despus de que Arroyo lo encendi, pero no de l, no, de l slo momentneamente, l un instrumento para recibir un fuego que siempre estuvo all pero que le perteneca a ella, a la calda de la casa de Halston, veranos nunca vistos en Long Island y a su madre y a su padre y a la amante negra de su padre, un fuego que le perteneca a todo esto que era de ella y que ahora l quera atribuirse a si mismo, con su arrogancia de macho y su implacable teatralidad, ella lo vio una vez mis detenido en una de sus posturas espontneas, no aprendidas, un torero en un coso vacante a la medianoche, rodeado del hedor muerto de las bestias, un tenor insospechoso de una de las peras italianas que su madre la Llev a ver en el National Theater, pero nuevamente desprovista de decorados, vestuario, cortinas de brocado: un cantante desnudo, s, casi un nio de modales nerviosos, ascendentes, a medio llenar. Harriet hizo lo que nunca haba hecho en su vida, se clav como un ave frgil pero hambrienta entre los muslos de Arroyo, tom entre sus labios esa cosa nerviosa, ascendente, medio llena, oli al fin la semilla extraa, lami la punta de la flecha, mordi, chup, se trag lo que antes slo haba estado dentro de ella pero ahora como si gracias a este acto ella estuviese dentro de l, como si antes l la hubiere posedo y ahora ella lo posea a l: sa era la diferencia, ahora ella podra arrancar la cosa a mordiscones si lo quisiera y antes l poda clavarse como una espada y cortarla a ella en dos, atravesarla, alfilerearla como una mariposa; antes ella pudo ser vctima; ahora l poda ser la suya; y ahora Arroyo creci pero no quiso venirse, maldito, maldito seas, prieto cabrn, maldito sea el horrendo grasiento, se niega a venirse porque quiere ahogarla, sofocarla, machacando, palpitando, acometiendo, negndose
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a derramarse en su boca, negndose a gritar como gritaba con la mujer de la cara de luna, maldito negndose a fruncirse y declararse vencido, negndose a admitir que en la boca de la mujer l era el cautivo de la mujer, pero otra vez hacindola sentir que antes sabra estrangularla, antes de venirse y encogerse y dejarla a ella saborear su victoria. Ella lo rechaz con un sonido gutural, salvaje, el peor ruido que jams haba salido de ella (se dijo y recuerda) cuando ella escupi fuera la tiesa culebra que le mordi los labios y se azot contra sus mejillas, golpendolas con un mido seco mientras ella gritaba qu te pasa, qu te hace ser como eres, chingada verga prieta, qu te hace negarle a una mujer un momento tan terrible y poderoso como el que antes tomaste para ti? Y por esto Harriet Winslow nunca perdon a Toms Arroyo.
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XVII El viejo camina en lnea recta, mascullando viejas historias que l escribi un da, crueles historias de la guerra civil norteamericana en las que los hombres sucumben y sobreviven porque les ha sido otorgada una conciencia fragmentada: porque un hombre puede estar a un mismo tiempo colgando de un puente con una soga al cuello, muriendo y mirando su muerte desde el otro lado de un ro: porque un hombre puede soar con un jinete y matar a su propio padre, todo en el mismo instante. La conciencia errante, vagabunda, se dispersa como polen en un da de primavera; lo mismo que la quebranta, la salva. Pero al lado de esta conciencia rota del universo, una pregunta hace, el viaje de la vida, preguntndonos: cul es el pretexto' ms hondo para amar? Ahora Harriet caminaba al lada del gringo viejo, pero l sigui murmurando, sin importarle que ella lo oyera o lo entendiera. Si es necesario, nuestra conciencia pulverizada inventa el amor, lo imagina o lo finge, pero no vive sin l porque en medio de la dispersin infinita, el amor, aunque sea pretextado, nos da la medida de nuestra prdida. Llega el tiempo de renunciar incluso al pretexto y l lo escribi as: "El tiempo de largarse es cuando se han perdido una gran apuesta, la esperanza vana de un xito posible, la fortaleza y el amor del juego." La mir caminando a su lado, ahora, al mismo paso que l, capaz de mantenerle su paso de gringo, largo y silencioso, no taconeado y rpido y corto como en el mundo de los hijos de Espaa. Mir a esta mujer veloz y segura y de gusto elegante y treinta y un aos de edad que le recordaba a su hija y a su propia mujer cuando era joven. Lo segua de cerca para que los dos vieran a la distancia a Arroyo en los llanos de polvo, arengando, movindose, quizs destruyendo los que Harriet Winslow haba construido tan frgilmente ayer apenas; lo segua de cerca para entender al fin sus palabras. -Te tom como una cosa, te dejaste violar como una cosa por el apetito animal de este hombre, te tom para satisfacer su arrogancia y su vanidad, nada ms. -No. Al no me tom a m. Yo lo tom a l. El gringo viejo se detuvo y la mir por primera vez con verdadera violencia. Sus amargos ojos azules parecan tan tristes como sus palabras. Los ojos no crean en las palabras: los ojos eran realmente violentos. -Entonces t estabas hambrienta y solitaria, Harriet. Quiso decir: No tenias necesidad de estar sola, desde que te conoc has
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estado viviendo una segunda vida, y has amado sin saberlo, en los mil fragmentos de mis propios sentimientos y mis propios sueos. Hasta en los espejos del saln adonde entraste sin mirarte vanidosamente, como si entraras a un sueo olvidado: hasta all vivas y eras amada sin saberlo. -No -respondi Harriet-, no lo tom por lo que t crees, porque s que pude tener otros consuelos. El no pestae. Ella no haba odo su pensamiento. El no baj la mirada azul amarga. -Entonces, por qu, Dios mo, por qu? -Dijo que iba a matarte. Yo le dije que poda tomarme si con eso salvaba tu vida. El viejo no reaccion abiertamente al o r estas palabras, porque le tom un par de minutos asimilarlo bien antes de soltarse riendo, a carcajadas, con lgrimas de risa, doblado como cuando soplaba el viento lcali y se le acababa la respiracin y ella mirndolo sin comprender, llenando el vaco de la risa con ms razones, dichas rpidamente. -Arroyo dijo que pudo haberte matado antenoche, cuando lo desobedeciste y no mataste al coronel; dijo que eso bastaba: te rebelaste contra l, tu superior; t pediste unirte a las tropas de Arroyo; l no te invit; l crea que t tratabas de merecer su confianza y no entenda por qu preferas probarlo volando un peso de plata en el aire que matando a un coronel federal. Yo le dije: "-Dices que el coronel muri como un valiente. No hubiera bastado? -No -me respondi l-. Tambin pude decirte que el viejo muri como un cobarde. "-Por qu, por qu necesitabas decirme esto? "-Porque lo vi besarte la otra noche. Eso lo vi. Lo vi en tu recmara contigo y otra vez, y otra. Perdn. Desde nio aprend a espiar. Mi padre era un hacendado rico. Lo espiaba bebiendo, fornicando, sin saber que su hijo lo miraba, esperando el momento de matarlo. Pero no lo mat. Se me escap mi padre. Y ahora se me escapa el gringo rebelde este, noms porque los dos sabemos que t no amaras nunca a un asesino." -Te juro que tom la decisin de venir a Mxico antes de que consignaran al seor Delaney por fraude fed... -Un cheque por setenta y cinco millones de pesos a favor de la Tesorera de los Estados Unidos, seor Stanf -No me toque ni con el ptalo de una rosa al presidente Daz: tiene demasiados intereses en Mxico nuestro jefe el seor Hears...
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-Alguien montaba el caballo? S, mi padre. Oh Dios mo. -Nunca regres de Cuba. Perdido en combate. Oh Dios mo. -Lo espiaba bebiendo y fornicando. Se me escap. Oh Dios mo. El gringo viejo dej de rer y empez a toser, hondo y mal. -Te han engaado todo el tiempo -dijo trabajosamente, pensando si l y ella, los dos gringos, podan al cabo sacar sus verdaderas emociones al aire sin matarlas, como ciertas flores crecen en rincones sombros y se marchitan apenas las tocan el aire y el sol-. Primero los Miranda te hicieron llegar hasta ac para evitar sospechas y poderse escapar ms fcilmente. Los Capetos de Francia quizs habran salvado sus cabezas si piensan en contratar a una institutriz la noche misma de su fuga. Pero aqu no es Varennes, Harriet. De manera que ahora te han hecho creer que dndole tu cuerpo al general ibas a salvar mi vida. Volvi a estallar en carcajadas el viejo amargo. -Ricos o pobres, los mexicanos siempre se desquitara de nosotros. Nos odian. Somos los gringos. Sus enemigos eternos. -No entiendes -dijo Harriet confundida y descreda-. Iba a matarte, en serio. -Dijo por qu? -Porque un hombre sin miedo es un peligro para sus camaradas y para sus enemigos, as creo que lo dijo. Porque a veces hay un valor peor que el miedo, dijo. -No. La verdadera razn. l quiso decir su razn, la razn de ella, imaginndola capturada y liberada por su propio pasado, el pasado soado, los veranos hmedos de la costanera atlntica, la luz en el viejo casern, su padre, la mujer negra, la lmpara en la mesita de su madre, la soledad y la felicidad cuando su padre se fue y nunca regres, un novio de cuarenta y dos aos que le dijo: "No ests contenta? Eres mi chica ideal." -Es cierto. Tambin dijo que sinti celos. El viejo iba a seguir caminando, rumiando las decisiones de la hora, pero al or a Harriet no se movi primero, luego la tom, la abraz, apret la cabeza de la mujer contra su pecho. -Muchacha, muchachita linda, mi pobre muchacha -dijo el gringo viejo, combatiendo la emocin que sinti desde que la oy decir que Arroyo quera matarlo y que ella se entreg para salvarlo-. Oh mi nia linda, no me has salvado de nada. Entonces la conciencia errabunda que era el sello y reclamo de su imaginacin, si no de su genio, le pregunt al gringo viejo: sabas que ella te ha estado creando igual que t a olla, sabas, viejo, que ella te creaba tambin un proyecto de vida?, sabas que todos somas objeto
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de la imaginacin ajena? -No entiendes? Yo quiero morir. Por eso vine aqu. A que me mataran. Acurrucada en el pecho del viejo, Hamet oli la fresca locin de la camisa; levant una mano cariosa y acarici las mejillas limpias, flacas, recin afeitadas del viejo, libre al fin de las acostumbradas cerdas blancas. Era un viejo bien parecido. Le dio miedo, en seguida, saberlo limpio, rasurado, perfumado, como preparndose para una gran ceremonia. Pero los distrajo el barullo lejano del pueblo, Arroyo hablndole a la gente, movindose rpido y autoritario entre su pueblo; los gringos lo vieron de lejos pero lo vieron de cerca, cruel y tierno, justo e injusto, vigilante y laxo, resentido y seguro de s, activo y holgazn, modesto y arrogante: un indolatino cabal. Lo vieron mientras ellos se abrazaban y olfateaban y engaaban recortados contra el sol poniente, lejos de las ciudades y los ros que fueron suyos, avasallados por el sentido de la revelacin que a veces se aparece, "como la cara de Dios en el desierto", dos o tres veces en la vida. El viejo le deca rpidamente al odo: -Yo no me matar nunca a m mismo, porque as muri mi hijo y no quiero repetir su dolor. Le dijo que no tena derecho de quejarse, mucho menos de pedir compasin ahora que la desgracia le haba cado encima. No tena derecho porque l se haba burlado de la infelicidad de todos; l se haba pasado la vida acusando a la gente de ser infeliz. El haba rodeado a su familia de odios ajenos a ella. -Quizs mis hijos fueron la prueba de que no odi al universo. Pero de todas maneras ellos me odiaron. La mujer le escuch pero slo le dijo que vala la pena vivir y que ella se lo iba a demostrar; haba una niita en el pueblo, una niita de dos aos... Pero el gringo viejo empez a apartarla de s dicindole que ya lo saba, desde que entr a Mxico sus sentidos haban despenado; sinti al cruzar las montaas y el desierto que poda or y oler y gustar y ver como nunca antes, como si fuera otra vez muy joven, mejor que cuando era joven -sonri- cuando la inexperiencia del mundo le impeda hacer comparaciones y ahora se senta liberado de las sucias jefaturas de redaccin y los salones de quinqu amarillento y los barecitos apestosos donde su hijo muri y su vida haba estado encarcelada mientras todos los muertos de California levantaban los vasitos de whiskey brindando por el prximo terremoto y por la prxima desaparicin de El Dorado en el mar, para siempre y para fortuna de la humanidad: liberado de Hearst, liberado de los jvenes parricidas que fatalmente asedian a un escritor famoso como los buitres del campo
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mexicano y dejando para quienes lo admiraron no el recuerdo de un anciano decrpito, sino la sospecha de un jinete en el aire; "Quiero ser un cadver bien parecido". Los ojos azules le chispearon. -Ser un gringo en Mxico... eso es eutanasia. Ahora aqu, rodeado de las montaas cobrizas y la tarde reverberante y translcida y los olores de tortillas y chile y las guitarras lejanas mientras Arroyo era tragado por la jaula de espejos de su saln preservado de la extincin, l poda escuchar y gustar y oler casi sobrenaturalmente, como el ahorcado del puente de las lechuzas que en el instante de su muerte pudo al fin percibir las venas de cada hoja, ms: a los insectos en cada hoja, ms: los colores prismticos de cada gota de roco sobre un milln de hojas de hierba. Su conciencia errante, cercana a la unidad final, le dijo que sta era la gran compensacin por los amores perdidos porque mereci perderlos; Mxico, en cambio, le haba dado la compensacin de una vida: la vida de los sentidos despertada de su letargo por la cercana de la muerte, la dignidad de la naturaleza como la ltima alegra de la vida: iba ella a corromper todo esto con el ofrecimiento de un cuerpo que anoche le perteneci a Arroyo? -Tuve una vanidad final -sonri el gringo viejo-. Quera que la muerte me la diera el propio Pancho Villa. Esto es lo que quise decir cuando escrib una carta de despedida a una amiga poeta dicindole: no me volvers a ver; quizs termine hecho trizas ante un paredn mexicano. Es mejor que caerse por la escalera. Ruega por m, amiga. Se qued mirando a los ojos grises de Harriet. Dej que el minuto se desenvolviera en silencio, gravemente, para que los dos se sintieran con plenitud. -Tengo miedo de enamorarme de ti -le dijo como si nunca hubiera dicho otra cosa en su vida. Ella haba sido la respuesta final al loco sueo del artista con la conciencia dividida. Ella haba visto los libros en la petaca abierta. Ella saba que l vino a leer el Quijote pero no que lo quiso leer antes de morirse. Ella vio los papeles borroneados y los lpices rotos. Ella quiz saba que nada es visto hasta que el escritor lo nombra. El lenguaje permite ver. Sin la palabra todos somos ciegos: bes a la mujer, la bes como amante, como hombre, no con la sensualidad de Arroyo, pero con una codicia compartida: -No sabes que quise salvarte para salvar a mi propio padre de una segunda muerte? -dijo ella con la urgencia entrecortada de su propia revelacin-, no sabes que con Arroyo pude ser como mi padre, libre y
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sensual, pero contigo tengo un padre, no lo sabes? SI. dijo l, s, como ella le dijo a Arroyo cuando Arroyo la hizo sentirse puta y a ella le encant ser lo que despreciaba. Trat de apartarla de si, slo para asegurarse de que haba lgrimas en esos lindos ojos grises pero volvi a apretarla y cegarla para que l pudiera decir lo que tena que decir ahora que crea saberlo todo y saberlo todo era saber que le faltaba saberlo todo: ella haba cambiado para siempre, eso le deca el abrazo, el calor, la proximidad de esta linda mujer que pudo ser su mujer o su hija pero no fue nada de eso, sino que fue ella misma, por fin: l haba sido el testigo privilegiado del momento en que un individuo, hombre o mujer, cambia para siempre, se agarra fatalmente al instante para el cual naci y luego lo deja ir, ya sin ambicin, aunque con tristeza: ella haba cambiado para siempre; su hija cambi entre los brazos y entre las piernas de su hijo, y nada inventado por l, ninguna burla, ninguna denuncia, ningn diccionario del diablo, pudo impedirlo. Slo le quedaba aceptar el cambio de Harriet en el amor violento de Arroyo y exigirle algo a ella, en nombre del amor que no pudo ser, el amor entre el viejo que se dispona a morir y la joven que dejaba de serlo: -Ahora dime t la verdad, por lo que ms quieras, no me dejes irme sin escuchar un secreto. (Se sienta sola y recuerda. Mi amante. Mi hija.) -No. Mi padre no muri ni se perdi en combate. Se aburri de nosotras y se qued a vivir con una negra en Cuba. Pero nosotras lo dimos por muerto y cobramos la pensin para vivir. A m me escribi en secreto, para que entendiera. Qu iba a entender, si lo que me hada falta era sentir? El no lo dijo, pero lo matamos nosotras, mi madre y yo, para sobrevivir. Lo peor es que yo nunca supe si ella saba lo mismo que yo o si cobraba el cheque mensual de buena fe. Te digo que no quera entender; quera sentir. Sacar a la luz el alma de la piel y el tacto y el movimiento y hacerlos uno. Nadie la entendi. La entenda l? El viejo asinti. Ella le jur que aunque saba quin era l, nunca lo revelara. Esa sera su manera de amarlo de ahora en adelante. -Olvidar tu nombre verdadero. -Gracias -dijo simplemente el gringo viejo y aadi que lamentaba que ella hubiera venido a ofrecer vida y en cambio se quedara a atestiguar muerte. -Quieres decir que vine a dar lecciones y en cambio voy a recibirlas dijo ella secndose los ojos y las narices con su manga abombada, caminando otra vez el gringo viejo y ella siguindolo, fiel ahora, su
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vestal para siempre desde ahora, sacralizando estos minutos en los que ambos lograron unir su conciencia dividida en la del otro: antes de la dispersin final que adivinaban: el tiempo, Mxico, la guerra, la memoria, la carne misma, les haban dado ms tiempo del que les toca a la mayora de los hombres y mujeres. -Quizs -dijo el viejo-. Todos tratamos de ser virtuosos. Es nuestro pasatiempo nacional. -Quieres que te diga que no me acost con Arroyo para salvar tu vida y sentirme virtuosa, sino porque primero dese su cuerpo y luego lo goc. -Si, me gustara. Aunque nuestro otro pasatiempo nacional es decir la verdad, no guardarnos ningn secreto: para sentirnos virtuosos, claro est. El nio Washington no puede negar que tumb a hachazos un cerezo. Creo que el nio Jurez s puede ocultar que dese a la preciosa hija del patrn. -Me gust -dijo Harriet sin or al gringo viejo. Dijo que le gust su manen de querer (lo oy atribuyndose el gusto a s mismo, a su viejo cuerpo): quera que lo supiera. -Tambin quiero que sepas que Toms Arroyo no tena derecho a mi cuerpo y que se lo har pagar caro. Harriet mir al gringo viejo como al gringo le hubiera gustado ser visto antes de morir. El gringo sinti que esa mirada complet la secuencia fragmentada de su imaginacin de Harriet Winslow, abierta por los reflejos de los espejos del saln de baile que slo eran el umbral de un camino al sueo, atomizado en mil instantes onricos y ahora reunido de nuevo en las palabras que al gringo le decan que Harriet no admita testigos vivientes de su sensualidad y que ella le daba al viejo el derecho de soar con ella, pero no a Arroyo.
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XVIII Entonces Harriet Winslow vio al general Toms Arroyo que venta de regreso a su vagn, con la cabeza inclinada hacia adelante como si mirara las puntas polvosas de sus botas, sin ojos pan el viejo cuando el viejo solt a Harriet y le dijo: -Una vez escrib una cosa chistosa. Los eventos se han venido emparejando desde el principio del tiempo a fin de que yo muera aqu. Habl con una mirada dura y brillante. Le murmur que l haba venido aqu a que lo mataran porque l no era capaz de matarse a s mismo. Se sinti liberado al cruzar la frontera en Jurez, como si de verdad hubiera entrado a otro mundo. Ahora s saba que exista una frontera secreta dentro de cada uno y que sta era la frontera ms difcil de cruzar, porque cada uno espera encontrarse all, solitario dentro de s, y slo descubre, ms que nunca, que est en compaa de los dems. Dud por un instante y luego dijo: -Esto es inesperado. Es atemorizante. Es doloroso. Y es bueno. Se frot la mejilla recin rasurada con un gesto de resignacin viril y le pregunt a Harriet antes de irse: -Qu tal me veo esta noche? Ella no contest con palabras, slo asinti para significarte que era un viejo muy bien parecido. Arroyo les haba dicho a sus hombres: -Respeten al gringo. Esto es entre l y yo. No, ella slo record al gringo viejo antes de que entrara al vagn privado del general Arroyo, record que l slo haba escrito sobre la conciencia fragmentada y ella trat de entender esto a medida que Arroyo se le acercaba, ajeno al misterio de los dos gringos, con un fragmento de la conciencia de Harriet dentro de su cabeza, este general sabio y valiente porque no haba comprendido nada del mundo fuera de su tierra, ostentoso y arrogante, que jugaba con las creencias de su pueblo y representaba su papel de gran dispensador de los bienes de este mundo: lo vio entero en esa luz del desierto, moribundos ambos, el desierto y la luz, aunque no el general; el caudillo rabe, mexicano y espaol seguido por su familia de criados, clientes y compaeros, aduladores y mercenarios, un hombre que la posey y fue testigo de su sensualidad, que estuvo presente en el encuentro secreto de su alma con los movimientos de su cuerpo, que mir el momento en que Harriet Winslow, que debi crecer rica en Nueva York pero creci pobre en Washington al amparo de una pensin y varias ausencias, cambi para siempre, y all adentro en el vagn estaba el otro testigo de su
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transformacin, el hombre que vino a que lo mataran, el viejo oficial de mapas de los Voluntarios de Indiana que conoca el valor de los papeles, los papeles que legitimaban la bsqueda del pobre general Arroyo: riqueza y venganza y sensualidad y orgullo y simple aceptacin por parte de sus semejantes; la conciencia fragmentada de Harriet Winslow dio un salto en el vaco para meterse en la cabeza del general Toms Arroyo que como ella no tena padre, ambos muertos o ignorantes o lo que es lo mismo como si estuvieran los dos muertos y ambos ignoraran a sus hijos Harriet y Toms: siempre la muerte y la ignorancia al cabo de todo, siempre la paz muda e insensible de la inexistencia y la inconsciencia al final. Arroyo suba ya los escaos al vagn de ferrocarril cuando ella corri hacia l, gritando: detente, detente, y la mujer con la cara de luna sali del otro extremo del carro y la detuvo a la fuerza cuando se escucharon los disparos, junto con el sonido furioso y atragantado de Arroyo, pero ni un solo murmullo del viejo que logr salir a la plataforma con los papeles quemados en la mano y detrs de l Arroyo balancendose todava con una furia que Harriet Winslow nunca haba visto antes ni esperaba volver a ver jams: testigo de la muerte como Arroyo fue testigo de la sensualidad de Harriet. Arroyo all, con una pistola humeante en una mano y una caja vaca, plana y larga de palisandro astillado, en la otra. Ella le haba gritado a Arroyo, para detenerlo, que recordara, los dos se conocieron al amarse, los dos se despidieron de sus padres ausentes, pero tambin de su juventud: ella conscientemente, l por pura intuicin: en nombre de su juventud perdida, le pidi que no matara al nico padre que les quedaba a ambos: ella grit por primera vez de placer con El, l grit por primera vez con la mujer de la cara de luna, despus de vivir tanto tiempo en el silencio impuesto por la hacienda a sus esclavos: cay muerto el gringo viejo y Harriet Winslow quiso pensar que muri preguntndose, igual que ella ahora, si sta era la noche en que el sol volvera a salir porque de ahora en adelante ste sera el tenor y ya no la oscuridad (ahora ella se sienta sola y recuerda); cay muerto el gringo viejo y la tierra estaba siempre sola en medio del mar y el desierto estaba siempre solo en medio de la tierra:. cay muerto sobre el nico ocano de la tierra; cay muerto el gringo viejo y las palabras se convirtieron en ceniza; cay muerto el gringo viejo y los compaeros hablaron porque ahora los papeles con su historia ya no hablaran ms por ellos: diran que nosotros trabajamos mil aos la tierra, antes de que llegaran los agrimensores y los abogados y el ejrcito a decirnos la tierra ya no es de ustedes, la tierra
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ya se subast, pero qudense aqu para seguir viviendo, sirviendo a los nuevos dueos, o si no muranse toditos de hambre; muri el gringo viejo y las palabras de los papeles se fueron volando por el desierto, diciendo nos gusta pelear, nos sentimos como muertos si no peleamos, ojal que esta revolucin nunca se acabe y si se acaba nos iremos a pelear en una nueva revolucin, hasta caernos muertos de puritito cansancio en nuestras tumbas; cay muerto el gringo viejo y las palabras quemadas se fueron volando lejos de la hacienda y el pueblito y la iglesia diciendo nunca conocimos a nadie fuera de esta comarca, no sabamos que exista un mundo fuera de nuestros maizales, ahora conocemos a gente venida de todas partes, cantamos juntos las canciones, soamos juntos los sueos y discutimos si ramos ms felices solos en nuestros pueblos o ahora volando por aqu revueltos con tantos sueos y tantas canciones diferentes; cay muerto el gringo viejo y se escuch el canto de las palabras incendiadas, en fuga sobre el desierto habitado por los espectros de las lagunas, los ros, los ocanos: ahora todo es nuestro porque lo tomamos, las muchachas, la tropa, el dinero, los caballos; slo queremos que todo siga as hasta morirnos; muerto el gringo con la espalda acribillada y las palabras devoradas por el viento lcali que l nunca volver a respirar, ni las palabras a escuchar que dicen azotados si no estbamos de pie a las cuatro de la maana para trabajar hasta que se pusiera el sol, azotados si nos hablbamos durante el trabajo, azotados si nos oan cogiendo, slo no azotados cuando ramos cros y llorbamos o cuando ramos viejos y nos moramos; cuando muri, el gringo viejo cay de bruces sobre el polvo, las montaas se acercaron un paso y las nubes cercanas buscaron su espejo en la tierra, mirndose en las palabras de fuego, el peor patrn era el que deca querernos como un padre, insultndonos con su compasin, tratndonos como nios, como idiotas, como salvajes; nosotros no somos nada de eso; adentro en nuestras cabezas sabemos que no somos nada de eso; cuando el gringo viejo mordi el polvo en Mxico se desat una lluvia de desierto como para aplacar la sangre y el polvo juntos y grandes sbanas de agua mojaron la mortaja de la tierra para que las palabras quemadas se volvieran agua diciendo las cosas estaban lejos, ahora estn cerca y nosotros no sabemos si esto es bueno o malo; pero ahora todo est tan cerca de nosotros que hasta sentimos miedo, ahora todo puede tocarse: sa es la revolucin?; cuando el gringo viejo se fue para siempre las montaas parecan arena petrificada y el cielo se nos estaba muriendo bajo la lluvia de las palabras que decan todo estaba lejos, pero Pancho Villa est cerca y es como nosotros, !todos somos Villa!
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Cuando muri el gringo viejo, la vida no se atrevi a detenerse. Harriet Winslow y el gringo viejo lo haban visto antes, arengando en silencio, persuadiendo, abrazando a ste, pellizcando el cachete de aqulla, dicindole que no hacan falta lecciones ni comits, hacan falta cojones para la guerra y amor para la paz, metralla de da y besos de noche, dnde se prueba as mismo un hombre?, en la batalla o en la cama, no en una leccin, grit por encima del rebuzno de los burros con hocicos espumosos y blancos: la revolucin es una gran familia, todos andamos juntos, lo importante es seguir adelante, yo dependo de Villa como si fuera mi padre y dependo de ustedes como si fueran mi familia: todo puede esperar, menos ganar esta guerra: levant a un nio encuerado y le zurr en broma las nalguitas desnudas y ellos lo vieron desde lejos, imaginando que se las andaba echando, me cog a la gringa, pero no que no importaba poseer nada sino la tierra, lo dems lo posee a uno y es malo pasarse la vida pensando en lo que se tiene y temiendo perderlo en vez de portarse como hombre y morir con honor y dignidad. Pero ahora el gringo viejo haba muerto y ya no llova y el desierto ola a creosote mojado y el general Toms Arroyo hablaba a su gran familia silenciosa y descalza, miren, miren lo que salv para ustedes, el saln, los lugares bonitos que antes slo eran para ellos, eso no lo toqu, quem todo lo dems, la imagen de la servidumbre, la tienda de raya donde los hijos de nuestros hijos iban a deber hasta la camisa que traan puesta, eso lo quem, los establos donde los caballos coman mejor que nosotros, las barracas donde el destacamento de federales nos miraban todo el da, picndose los dientes con palillos y afilando sus bayonetas, recuerdan todo esto?, los comedores donde se hartaban, las aguas infectadas, los excusados pblicos y apestosos y las recmaras donde ellos cogan y roncaban, los perros rabiosos que conozco y temo en mis sueos, mamacita, todo esto lo destru en nombre de ustedes, menos esto que ser para ustedes si logramos sobrevivir. Un saln de espejos. -Me pas la niez espiando. Nadie me conoca. Yo los conoc a todos, escondido. Todo porque un da descubr el saln de los espejos y descubr que yo tena una cara y un cuerpo. Yo poda verme. Toms Arroyo. Para ti, Rosario, Remedios, Jess, Benjamn, Jos, mi coronel Frutos Garca, Chencho Mansalvo, t misma Gardua, en nombre de las chozas y las prisiones y los talleres, en nombre de los piojos y los petates, en nombre de... Lo vieron todos ahora con una especie de temor, temerosos por ellos y por l. Vieron al jefe, vieron al protector, lo vieron con tristeza. Lo vio
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Pedrito que en 1914 era un nio de once aos con un peso perforado de plata en el parche de la camisa, salvado en la iglesia de entre las patadas de los fieles; vanse en este espejo y yo los ver a ustedes. -No soy ms que ustedes, hijos mos. Noms soy el que guarda los j5apeles. Alguien tiene que hacer esto. No tenemos otro modo de probar que estas tierras son nuestras. Es el testamento de nuestros antepasados. Sin l, somos como hurfanos. Yo lucho, t luchas, nosotros luchamos, para que al fin estos papeles sean respetados. Nuestras vidas, nuestras almas... -Nunca te entender -habla dicho Harriet. Pero ahora el gringo viejo al que l les pidi respetar estaba muerto bajo el arco iris desparramado sobre el crepsculo despus de la lluvia El desierto era el espejo de si mismo: morda el fondo del mar antiguo, la grava de la gran playa abandonada por las aguas y el general Toms Arroyo, que nunca haba hablado mucho porque tena los papeles, ahora tena que hablar en nombre de los papeles quemados. Ahora la memoria dependa del jefe, y dependa de ellos. Pero la mujer con la cara de luna sabia que su hombre Toms Arroyo no era hombre de palabras, sino que tenia las palabras. Por eso le dijo en voz muy baja a la gringa temblorosa: -Cuando l habla tanto, es que algo va a pasarle. El silencio era su mejor compaero. En cambio la tropa disolvi pronto el discurso del jefe con su movimiento hacia adelante, la marea de sus propias voces y las tareas que le queran decir que l tena razn, ellos iban a vivir a pesar de H. -Ya es horra de seguir adelante. No se entretenga ms con los espejos, mi general. Nos va a ir mal si no nos unimos a Villa. Seremos muy brigada flotante, pero solitos no vamos a llegar a Mxico. -Mi destino es mo -dijo Arroyo quedndose solo. -Qu le va a hacer la gringa? -le dijo la mujer de la cara de luna a la Gardua, a la hora en que se habla en secreto pan no despertar a la tierra-, qu le va a hacer a mi hombre? Pero la Gardua noms se carcaje y record en voz alta, sin importarle el reposo del mundo, que a ella los papeles y los espejos le venan wilson, como se deca ahora en la tropa villista. -Qu es lo que te importa? -le pregunt la mujer de la cara de luna. Y la Gardua record que viva muy sola y pura en su pueblo durangueo, protegida por la santidad de su ta Josefa Arreola, cuando pas el primer destacamento revolucionario y ella sali a la calle, alborotada, mir a un muchacho joven y guapo pero con la muerte escrita en los ojos, que se dejaba ver, corra, y pareca llamarla a ella,
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para no estar solo. Ella sinti un calor muy triste pero muy bonito, como de compasin, y ya no regres ms a su casa, acompaando a ese muchacho que fue el padre de su hija hasta que una bala lo mat en el encuentro en La Ascensin. As dicen que se hizo puta. -Al menos mi destino es mo -dijo muchas veces en sus sueos inquietos el general Toms Arroyo la noche en que mat al gringo viejo y llovi en el desierto y las palabras quemadas se fueron volando a gritos.
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XIX La mujer de la cara de luna le dio cuerda a la victrola y silenciosamente coloc la aguja sobre el disco giratorio. Del magnavoz en forma de cornucopia beige y estriada adornada por la figura de un perrito blanquinegro escuchando la Voz de su Amo, sali el sonido sedante aunque rayado de la voz de Nora Bayes cantando A la luz de la tuna plateada, By the light light light o the.. Harriet pens de nuevo en el Wabash y los otros lnguidos ros de la Amrica del Norte, pero se neg a mirar por las ventanas del tren detenido hacia el desierto mexicano. La mujer no lo dijo, pero su voz apagada le dej entender que esta rayada pieza musical servira para apagarla an ms: sta era una mujer perpetuamente temerosa de ser escuchada por los hombres, pens Harriet con cierto desprecio. La campanita de la hacienda repic. La mujer que l llamaba La Luna dijo que era extrao or una campana y no saber el origen de su rumor. As supo ella que la revolucin haba llegado a su pueblecito provinciano en Durango: las campanas empezaron a repicar en una hora que nadie poda identificar como vsperas o maitines o cualquier otra cosa: era como un nuevo tiempo; dijo, un tiempo que no sabamos imaginar, y entonces ella pens en la regularidad de nuestro tiempo, generacin tras generacin aferrada a las estaciones tradicionales, las horas consabidas, incluso los minutos tradicionales: ella fue criada de esa manen, decente, no demasiado rica pero s decente, su padre un comerciante en granos, su marido un prestamista en el mismo pueblecito donde todos, nios o mujeres, se levantaban a las cinco, para vestirse cuando an estaba oscuro (eso era muy importante, nunca ver el propio cuerpo) y luego presentarse en la iglesia a las seis y regresar a casa con hambre incluso cuando se haban comido el cuerpo de Cristo (el misterio que aligeraba su memoria, el misterio que intrigaba a su imaginacin: un cuerpo en un pedazo de pan, el cuerpo de un hombre nacido de una mujer que nunca 'haba conocido obra de varn, sabe usted, miss Winslow: aqu hablamos con circunloquios terribles, de nias nos ensearon a nunca decir piernas sino con las que camino, nunca nalgas sino con las que me siento, La Luna ri suavemente, casi suspirando) (el cuerpo de un Hombre que era Dios) (el cuerpo de un hombre que comparta su divinidad con dos hombres ms, ella los imaginaba a los tres como hombres: un segundo
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hombre barbado,'antiguo y poderoso, sentado en un trono, que era al mismo tiempo el hombre joven clavado en la cruz; y un tercer hombre, espectral, sin edad: un mago que se llamaba a s mismo El Espritu, y Santo por aadidura, y que sin duda era el responsable en su imaginacin infantil de todas las dems transformaciones: uno en tres, tres en uno, uno en la virgen, luego uno fuera de la misma virgen, luego uno muerto, luego resucitado y presumiblemente de regreso entre los tres sin dejar de ser uno y luego los tres-en-uno en una hostia, muchos, millones de trocitos de pan todos contenindolo a Al, y el Mago trabajando sin cesar, el Fantasma de un Mundo Espectral) : la iglesia se convirti as en un espectro, igual que mi casa, igual que mi destino: todos ramos espectros desplazndonos por turnos, desayuno, lecciones de lo que se llamaba economa domstica, comida, repostera, oraciones, merienda, un poco de piano, desvestirse en la oscuridad y a la cama: una vida de nia, y usted me dir que no era una mala vida; pero cuando la vida del hombre es uncida a la vida de la novia nia, miss Harriet, entonces esa vida se vuelve sombra, repetitiva, como le pasa a las cosas cuando se detienen y ya no florecen ms a partir de lo que eran antes de que el hombre, el padre, el marido, estuviese presente para asegurar que una permaneciera siendo la nia novia, y que el matrimonio era una ceremonia del miedo: miedo a ser castigada por no ser ms una nia chiquita; y sin embargo este hombre la toma a una, seorita, y la castiga a una con su sexo por no ser ya una nia, por traicionarlo con la sangre menstrual y con el vello sexual y yo que pronto comprob mi esterilidad para darle hijos era peor: no haba justificacin para mi feo mono peludo, para mis feroces sobacos peludos, para mi periodo abundante como un albaal, para mis pezones irritados, inflados, florecientes pero sin leche: l me envolvi en su camisn largo burdo grueso con una rajada enfrente de mi coo y el sagrado corazn de Jess bordado all con hilo grueso, rojo, plateado, un emblema congelado de mi sucia feminidad, sagrado slo ahora en el encuentro ciego con su propio sexo intocable: enfundado velozmente, seguido de un suspiro pesado, apenas unos segundos: yo s que l se masturbaba muchas veces a fin de evitarme, y cuando la imaginacin se le secaba o l me necesitaba para probarse a s mismo que segua siendo macho, aun entonces jugaba con su pene primero para tenerlo listo al instante de meterlo, dejarlo venirse y salirse rpidamente: yo no deba tener placer alguno y rehus tenerlo, con o sin l: traicion todas mis enseanzas y me vi desnuda algunas veces frente al espejo, pero luego dej de hacerlo, no porque sintiese la tentacin de permitir que mis dedos se extraviaran hacia abajo, lejos de mis tetillas florecientes
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hacia mi entrepierna oscura y pesada, sino porque empec a mirarme en ese espejo como una nia anciana, una vieja acartonada e idiota murmurando babosadas infantiles, una mueca arruinada cantando villancicos obscenos y ensartndome las pingas imaginarias de los animales de peluche en mi vagina reseca, apasada: campanas, maitines, vsperas, confusiones, comuniones, avemaras, meaculpas, credos, humo espeso y sagrado en la iglesia y fuera de ella, homilas, miedo al Infierno, amor a Jess amor de Jess el hombre amor del hombre desnudo Jess en su cruz, en su fretro, el precioso nio Jess con su pene gordo y chiquito jugando sobre las rodillas temblorosas de su madre: la vida se haba detenido y mi marido, cada sbado por la tarde, ordenaba a sus contadores recibir a los trabajadores del lugar, los pequeos comerciantes y los artesanos con sus sombreros de fieltro color marrn y sus camisas a rayas y sin cuello y sus chalecos bien abotonados, as como a los ms pobres: los ropavejeros, candeleros, escobilleros y a las escasas mujeres envueltas en rebozos y escondiendo las caras, y las filas ms largas de trabajadores del campo que no estaban fijos en ninguna hacienda y que toditos le deban dinero a mi marido: una larga fila de hombres y mujeres a lo largo de una calle del sbado, plana, caliente y polvosa, calle de casas chaparras con las celosas cerradas, casas encadenadas a si mismas, los candados como cinturones de castidad en cada puerta cochera, seorita, casas encarceladas por si mismas, los bajos balcones de herrera colgando como jaulas en la cara de las casas: como los bozales de los perros, seorita, amiga, puedo llamarla amiga? A veces los vi e intent que mis ojos se encontraran con los suyos cuando sala a confesarme los sbados por la tarde, pero un da cruc la mirada con un hombre impresionante: era un pen muy humilde vestido de blanco y con un sombrero entre sus fuertes manos, pero su cara, me di cuenta, era nueva; no haba nada humilde en ella: lo que haba era un orgullo temible, me mir y me detuvo con su mirada y con su mirada tambin me dijo all mismo lo que yo probablemente quera escuchar (La Luna continu: ...'Soy pobre y encadenado por la deuda. T eres rica y encadenada por la falta de amor. Djame hacerte el amor una noche") : tal era el orgullo feroz y deseoso de sus ojos, la mueca retadora y torcida de sus sonrientes dientes blancos, la gallarda de su gran bigote negro, la arrogancia desvelada y enmaraada de su cabeza. No pude contenerme, seorita. Toda mi educacin me deca que no hiciera lo que hice. Deba bajar mi cabeza y seguir rumbo a la iglesia, deteniendo las cuentas del rosario entre mis manos cruzadas. En vez, me detuve.
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-Cmo te llamas? -logr preguntarle a este hombre cuya cabeza pareca demasiado grande para su cuerpo corto y poderoso. Las celosas de todas las casas se abrieron de repente. Los rostros de todas las casas se mostraron sbitamente en las sombras de los interiores. -Doroteo -me contest-. Doroteo Mango. Yo afirm con la cabeza y segu mi camino. Llegu a la iglesia. Me arrodill al costado del confesionario, modestamente, como conviene a una mujer, protegida por la rejilla del contacto con las manos del cura, pero no de su aliento. Confes mi lista acostumbrada de pecados veniales. l sacudi la cabeza. -Te ests olvidando de algo. -De qu, padre? -Te detuviste a hablarle a un desconocido en la calle. Un pen. Un hombre que le debe dinero a tu marido. Qu significa esto, hija ma? Temo por ti. Cuando regres a mi casa, la fila de gente se haba ido, las celosas estaban cerradas. Al da siguiente, en la iglesia, el padre dio un sermn sobre la caridad.?Cit a San Lucas cuando Cristo expuls a los mercaderes del templo. Pero nos asegur que la santa clera de Cristo era una defensa del templo, no una falta de caridad hacia los comerciantes. Estos haban sido perdonados por Cristo, puesto que Su voz era la de la caridad eterna para todos. Durante la cena de esa noche le dije a mi marido y a su familia reunida siempre con nosotros que haba pensado en lo dicho por el padre durante la misa del domingo y no entenda si la caridad tambin quera decir el perdn de las deudas. La palabra cay como una sbana de hielo quebrado sobre la mesa. -Deudas -repet-. Perdonar las deudas. No slo los pecados. Mi marido me orden abandonar la mesa sin cenar: Yo era siempre la nia, ve usted, seorita, amiga, puedo llamarla mi amiga? Cuando mi marido subi a mi recmara, yo no estaba asustada, porque saba lo que deba decirle. -Te quiero a mi manera. Escchame -le dije-, por tu propio bien. -Eres indecente -me interrumpi-, dices cosas indecentes en la mesa, haces cosas indecentes en la calle, te detienes a hablarle a hombres desconocidos, hombres bajos, cmo te atreves, putilla ridcula? Lo mir derecho, como el hombre llamado Doroteo me mir a mi, y le dije: -Siente miedo. Debiste mirar a los ojos de ese hombre como yo los
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mir. Debes tener miedo. Estos hombres son distintos. Han soportado todo lo que pueden soportar. Ahora te vern derecho a los ojos y tomarn tu vida. Cudate. Me derrib de un golpe y me dijo que me mandara castigada al stano si volva a portarme mal. Qu haba en el stano? Yo nunca haba bajado hasta all. Pero la siguiente noche, un lunes, los rugidos comenzaron a escucharse a toda hora desde el vientre de la casa, como si el simple hecho de mencionar ese stano donde amenaz mandarme castigada, lo hubiese poblado de terrores, rumores, fantasmas, bestias, voces tarareantes, instrumentos; aguc el odo, trat de distinguir el origen del ruido, el nacimiento de una armona que quizs llegaba a mis orejas filtrada por mil capas de ladrillo y madera, adobe y empapelado, estacadas y argamasa, s, y algo ms: los velos de todo lo que ramos en esa casa, yo, mi esposo, su familia, los hombres y las mujeres que esperaban afuera los sbados por la tarde, los murmullos y los vaticinios de toda esa gente: me prestarn un poco de dinero, tendr que pagar mi deuda, habr gracia, habr gracia, habr gracia? Dgame, seorita, mi amiga (puedo?): cmo iba yo a distinguir el verdadero origen de los rumores a travs de tantsimas capas de ser y no ser y rencor y desesperanza y miedo de olvidar mi niez y miedo de quedarme con nada sino mi niez, miedo de no ser jams una mujer verdadera, miedo de morir, como dije, reseca y humillada, consentida para nada, como una pera dejada a pudrirse en un campo-santo? Era el rumor del stano el de un suave piano tocando Sobre las olas, mi vals favorito, una y otra vez? -No -chill mi marido cuando el rumor del vientre de la casa fue sofocado por los rumores de las calles-, 'no!, son los gritos de los prisioneros, vamos a matar a todos los cabrones que se han levantado en armas, cada uno de los pelados mugrosos, pero primero yo los voy a traer aqu a mi stano pan desollarlos vivos, eso es lo que son, lo que siempre han sido -dijo con la taza de t sonajeando contra el platillo-, pelados, desollados, pues desde ahora no ser slo una forma de hablar, sern pelados -pisote nerviosamente el piso de cedro con sus pequeos botines abotonados y envueltos en polainas color de fauno-: sern literalmente desollados, pelados como pltanos, como manzanas infestadas de gusanos, como peras podridas en los camposantos, ja! exclam, y la taza de t se derram sobre sus polainas y las manch-, si no se alinean cada sbado a pagarme lo que me deben, se tendrn que alinear cada da de la semana y ser azotados hasta morir: y sas
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sern las voces que escuches desde el stano, querida -dijo al doblarse para limpiar las polainas-: ahora ya lo sabes. -Pero antes? -me atrev a preguntar-. Antes de esto, qu era el ruido all abajo? -!Cmo te atreves a cuestionarme! -exclam y se puso de pie, amenazndome en el instante mismo, se lo juro, mi amiga, my friend, en que las campanas comenzaron a repicar sin razn, ni maitines, ni vsperas, ni hora alguna conocida por m en mi tiempo, y una explosin rompi nuestra puerta cochera y los hombres con los Stetson manchados y los torsos como barriles cruzados por cartucheras entraron, pulverizando la frgil concha de la taza de t y uno de ellos seal a mi marido. -Ah est, se es el zngano vil! -y el hombre que yo haba visto en la fila hace mucho, el hombre con el temible orgullo en la mirada, el hombre que sin abrir la boca me dijo: "Soy pobre y encadenado por la deuda. T eres rica y encadenada por la falta de amor. Djame hacerte el amor una sola noche": Ese hombre estaba ahora parado en mi sala. Lo reconoc. Haba visto su cara una y otra vez, en letreros pegados con alfileres a los tableros de noticias de la iglesia, al lado de las invitaciones a novenarios por las almas del purgatorio o recordatorios del da de San Antonio: era Doroteo Arango, decan los carteles, un cuatrero, y ahora estaba en mi saln y ni siquiera me miraba sino que deca violentamente: -Llvense al zngano all atrs al corral y fuslenlo ya. No tenemos tiempo. Esta vez los federales vienen pisndonos los talones. Entonces las campanas dejaron de repicar y los fusiles tronaron en el corral rasgando el aire de la tarde como si fuese lino y yo me qued sola en mi sala y me desvanec. Cuando recobr el sentido -mi amiga, seorita Winslow, me permite...?- no labia nadie. Me rodeaba un terrible silencio. Se haban ido y yo no quera ir al corral y ver lo que all iba a encontrar. Entonces llegaron los federales y me preguntaron qu cosa haba ocurrido. Yo estaba entumida. No saba. -Quizs mataron a mi marido. Doroteo Arango... -Pancho Villa -dijeron, corrigindome. Entonces yo no comprenda ese nombre. -Ya se fueron -dije simplemente. -Les estamos ganando, no se apure -me dijeron. -Yo no estoy preocupada. -Est segura de que todos se marcharon?
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Afirm con la cabeza. Pero esa noche, rehusndome a salir al corral y ver lo que all estaba, escuch los rumores del stano pero ahora eran distintos. Quiero decir: all seguan los ruidos antiguos, pero tambin haba algo nuevo, un nuevo zumbido que slo yo poda or, la msica de una respiracin diferente al desconcertante jadeo que mi marido le haba ofrecido a mi miedo (su supremo regalo al miedo que me dio en nombre del matrimonio era miedo, esto yo lo deba aprender y aceptar en su nombre, o en verdad no haba lazo real entre nosotros, ve usted). Yo no sal a enterrarlo. Yo no saba cuntos cadveres estaban tirados all, los muertos de la revolucin, no las vctimas, me negu a llamarles eso, slo los muertos, pues cundo vamos a saber, mi amiga, qu cosa fue justa y qu cosa, injusta? Yo no. No entonces. An no: y ese nuevo sonido me lleg con un nuevo miedo: acaso en el stano de nuestra casa (la llam nuestra slo ahora que mi marido seguramente estaba muerto) haba algo mejor, un tesoro, s (mis ilusiones infantiles, seorita Harriet, al fin terminando aqu) pero algo que yo supe que deba proteger para que no siguiera el camino de la muerte como mi marido. No supe qu hacer la primera noche despus de que todo esto ocurri. So que mi esposo no estaba muerto, slo escondido entre los pollos en un gallinero alambrado, y que regres a mi esa noche, abriendo las puertas de la recmara con su horrible pene abrindose paso mientras yo chillaba de miedo: estaba vivo, pero empapado de sangre. Luego so que lo que estuviera escondido en el stano me sera arrebatado por los federales cuando regresaran. Por algn motivo oscuro, no poda tolerar esto. De maana muy tempranito sal al corral. No mir para abajo, pero escuch el zumbido de las moscas. Arranqu los tablones del gallinero, los junt, los empuj o los cargu o los arrastr como mejor pude hasta la puerta que daba sobre los escalones del stano. El trabajo desacostumbrado rasg mi largo vestido negro, y ara las manos que hasta entonces slo haban cocinado pasteles y acariciado el rosario y tocado el pezn solitario. Por primera vez en mi vida, me arrodill para algo ms que una oracin. Estaba sudando y el bao de mis jugos despeda un olor que yo no saba que exista en m, miss Winslow. Me senta adolorida y majada y herida cuando clav los clavos en los tablones cubriendo la entrada al stano.
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Quera proteger lo que haba all abajo. O quiz slo hice lo que hubiera hecho si hubiera decidido darle sepultura cristiana a mi marido. Los actos se parecan, pero su cuerpo no estaba presente. Dej que mi cuerpo exhausto descansara encima de los tablones y me dije: "Ests oliendo otro cuerpo. Ests compartiendo otro aliento. No son monstruos los que te esperan all abajo. El stano no esconde el terror que tu marido te dijo." Qu haba all abajo? Yo quera distinguir las cosas que llegu a desear durante ese largo velorio de las que llegu a odiar: si mi marido no estaba entenado all abajo, entonces algo suyo seguramente estaba all, algo apestoso, ptrido, gaseoso, peludo, excremental, goteante y asqueroso. Poda olerlo. Pero tambin poda oler otra cosa, algo que yo quera. Entonces las campanas repicaron de nuevo y yo supe que los federales se haban ido y los hombres de Villa haban retomado el pueblo. Pero quizs me equivocaba y las campanas que nada significaban, significaban algo distinto. El mundo no alternaba sus realidades slo para complacerme. Mis dudas las resolvi un disparo de pistola desde el stano, seguido por un segundo balazo y luego el silencio. Esta fue la segunda vez que escuch disparos dentro de mi propia casa, pero esta vez no sent miedo. Arranqu los tablones con mis manos, supe que deba liberar a quienquiera que dispar esos balazos. Supe que deba abrir las puertas del stano y ver a los perros muertos all: slo perros, nada ms. Y verlo a l salir con los labios limpios. -Eran slo perros. -Estas fueron sus primeras palabras, seorita, mi amiga, puedo llamarle mi amiga ahora? Me entiende usted, miss Winslow?
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XX Pancho Villa entr a Camargo una luminosa maana de primavera, su caben de cobre oxidado coronada por un gran sombrero bordado de oro, no un lujo sino un instrumento de poder y un smbolo de lucha, un sombrero manchado de polvo y sangre; igual que sus anchas manos callosas y sus estribos de bronce azotados por el viento de la montaa: la ptina de plvora, espina y roca, senderos pinos e inmensas llanuras ciegas se colgaban a su tosco traje de campo color de ante, sus polainas de gamuza, su marrazo de acero y su acicate de plaza, su chaquetilla y sus pantalones abrochados con plata y oro, todo brillante de oro y plata, pero no la especie atesorable sino los metales que nos visten para la guerra y para la muerte: un traje de luces. Era un hombre del norte, alto y robusto, con un torso ms largo que sus cortas piernas indias, con brazos largos y manos poderosas y esa cabeza que pareca cercenada hace tiempo del cuerpo de otro hombre, hace mucho y muy lejos tambin, una cabeza cortada del pasado aleada como un casco de metal precioso a un cuerpo mortal, til pero intil, del presente. Los ojos orientales, risueos pero crueles, rodeados de un llano de divertidas arrugas, la sonrisa pronta, los dientes salidos brillando como granos de maz muy blanco, el bigote rado y la barba con tres das de crecimiento: una cabeza que haba estado en Mongolia y Andaluca y el Rin, entre las tribus errantes del norte americano y ahora aqu en Camargo, Chihuahua, sonriendo y parpadeando y angostando la mirada contra los embates de la luz, con vastas reservas de intuicin y ferocidad y generosidad. La cabeza haba venido a reposarse sobre los hombros de Pancho Villa. Los terratenientes haban huido y los prestamistas se haban escondido. Villa ri frenando apenas su caballo castao en las calles empedradas de Camargo, donde su columna central de la Divisin del Norte se reuna con las de los dems generales antes del asalto sobre Zacatecas, el empalme comercial de las haciendas devastadas que l haba saqueado para liberar al pueblo de la esclavitud y el agio y las tiendas de raya. Entr pisando fuerte sobre el empedrado, encabezando un squito de rumores metlicos en contra-punto a la oquedad extraa de las calles de piedra: chocaban los frenos de hierro, las barbadas de argolla, los cabestrillos y los frenos de cobre; chasqueaban los vaquerillos con crin de caballo y los acicates y los fuetes. Todo el pueblo estaba all, tirando confeti desde los balcones de hierro forjado, serpentinas desde los postes de luz, apaciguando el encuentro de metal y piedras con la marea color de rosa, azul y escarlata de las
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fiestas mexicanas, desbordada en los grandes garrafones de vidrio con aguas frescas, las rebanadas de dulces de colores y las anchas cazuelas burbujeantes con salsas negras, rojas y verdes. Tambin estaban all los reporteros, los periodistas y fotgrafos gringos, con una nueva invencin, la cmara cinematogrfica. Villa ya estaba seducido, no haba que convencerlo de nuevo, ya entenda que esa maquinita poda capturar el fantasma de su cuerpo aunque no la carne de su alma -sta le perteneca slo a l, a su mamacita muerta y a la revolucin-; su cuerpo en movimiento, generoso y dominante, su cuerpo de pantera, eso si poda ser capturado y liberado de nuevo en una sala oscura, como un Lzaro surgido no de entre los muertos sino de entre el tiempo y el espacio lejanos, en una sala negra y sobre un muro blanco, donde fuera, en Nueva York o en Paris. A Walsh, el gringo de la cmara, le prometi: -No se preocupe, don Ral. Si usted dice que la luz de las cuatro de la maana no le sirve para su maquinita, pues no importa. Los fusilamientos tendrn lugar a las seis. Pero no ms tarde. Despus hay que marchar y pelear. De acuerdo? Ahora los periodistas yanquis reunidos en Camargo lo asaltaron a preguntas antes de que l se moviera a asaltar a Zacatecas para decidir la suerte de la revolucin contra Huerta y de paso la suerte de la poltica mexicana de Wilson. -Espera que el gobierno de los Estados Unidos lo reconozca si gana usted? -Ese problema no existe. Yo estoy subordinado a Carranza, el primer jefe de la revolucin. -Todo el mundo sabe que usted y Carranza no se llevan, general. -Quin lo sabe? Usted lo sabe? Pues dgamelo por favor. -Interceptamos un telegrama que su general Maclovio Herrera le mand a Carranza ahora que le negaron a usted el derecho de lanzarse contra Zacatecas, general Villa. El texto es muy lacnico. Slo dice: "Es usted un hijo de puta." -Ay compaerito, yo no s decir esas palabrotas en espaol. Le juro que slo me salen en ingls: You son o a bitch. En todo, caso, el seor Carranza ha tenido a bien mandar a los hermanos Arrieta a tomar Zacatecas. -Pero usted est aqu con toda una divisin, artillera y diez mil hombres... -Al servicio de la revolucin, seores. Si los hermanos Arrieta, como es su costumbre, se atrancan en Zacatecas, yo llegar all en cinco das a darles una manita. No faltaba ms.
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-Por ltimo, general Villa, qu opina de la ocupacin americana de Veracruz? -Que el arrimado y el muerto a los dos das apestan. -Puede ser un poco ms especfico, general? -Los marinos Llegaron a Veracruz bombardeando la ciudad y matando a jvenes cadetes mexicanos. En vez de hundir a Huerta, lo fortalecieron con el fervor nacionalista del pueblo. Dividieron la conciencia de la revolucin y permitieron que el borracho Huerta impusiera la infame leva nacional. Los jvenes que crean que iban a luchar contra los gringos en Veracruz fueron enviados a luchar contra mi en el norte. Yo no s si eso es lo que buscan ustedes, pero a m se me hace que los gringos cuando no se pasan de listos, se pasan de tontos. -Es cierto que mat usted por la espalda a un oficial americano, un capitn del ejrcito de los Estados Unidos, asesinado a sangre fra por uno de sus propios hombres, general? -Quin carajos...? -La opinin responsable en los Estados Unidos lo est calificando a usted nada menos que como un bandido, general Villa. La opinin pblica se pregunta si usted puede ofrecer garantas aqu en Mxico. Respeta usted la vida humana? Puede usted tratar con las naciones civilizadas? -Quin carajos dijo todo esto? -Una seorita eh, Harriet Winslow eh, de Washington, D. C. Dice que ella fue testigo de los hechos. A su padre se le haba dado como perdido en accin desde la guerra en Cuba. Parece que slo quera evadir las obligaciones familiares, pero luego quiso ver a su hijita ya crecida antes de morirse. Ella vino aqu a verlo. Acusan a un general de su ejrcito, general. Cmo dices que se llama, Art? -Arroyo es el nombre, general Toms Arroyo. Ella dice que lo vio balacear a su pap hasta matarlo. -Con todo respeto, general, le recordamos que los cuerpos de los ciudadanos de los Estados Unidos matados en Mxico o en cualquier parte del mundo tienen que ser regresados a solicitud de sus familiares para recibir un entierro cristiano y decente. -Eso dice la ley? -gru Villa. -Exactamente, general. -Mustreme dnde est escrito. -Muchas de nuestras leyes no estn escritas, general Villa. -Una ley que no est escrita en papel? Entonces para qu demonios aprender a leer? -dijo con una sonrisa de soma asombrada Villa, luego ri y todos rieron con l y le abrieron paso al hombre que representaba
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a la revolucin y que se preparaba a demostrarle al mundo que no era Carranza, un viejo senador perfumado, parte de la Llamada gente decente de Mxico, quien mereca esa representacin, sino precisamente lo que Carranza ms odiaba, un campesino descalzo, iletrado, bebedor de pulque y mascador de tacos llegado de las colinas inquietas de Durango, que fue azotado por los mismos hacendados que violaron a sus hermanas. -No -se ri y le asegur a su distinguido artillero el general Felipe ngeles, graduado de la academia francesa de s. Cyr, no lo digo por usted, don Felipe, sino por ellos, los acaba de ver: los gringos nunca se acuerdan de nosotros como si no existiramos y un buen da nos descubren, ay nanita, y somos el mero diablo en persona que los vamos a despojar de vidas y haciendas, pues por qu no darles un susto de a de veras -sonri Pancho Villa-, por qu no invadirlos una vez noms, pa que vean lo que se siente? Luego le entr una clera espantosa de que hubiera quienes no entendan la situacin; Carranza lo tena paralizado en Chihuahua para que no fuese Villa el que abriese el camino a Mxico, para que esa gloria fuese de los perfumados, ;Al lo que ms le erizaba los cojones a Pancho Villa era que ese cabrn viejo barbas de chivo no dejara pasar ocasin para recordarle al antiguo cuatrero de Chihuahua que sus orgenes eran muy distintos: claro, ;no es lo mismo ser cagatintas que exponer el pellejo) A su secretario el doctor le pidi que redactara entonces su renuncia a la Divisin, iba a subir hasta el cielo la apuesta, cmo no, y a ver si Natera y los hermanitos Arrieta tomaban solos Zacatecas, y a ver por qu el hipcrita de Pablo Gonzlez no le mandaba ni carbn ni municiones desde Monterrey, y a ver si el poder civil las poda sin la ayuda militar de Pancho Villa: eso se iba a decidir ahora mismo, y pensar que un cabroncito se queda en Chihuahua a crearme problemas con los gringos, encima de todo), estall Villa y lo calm una noche de amor, como siempre. El general Toms Arroyo recibi la orden de desenterrar al gringo dondequiera que fuera y de traerlo hasta Camargo. No, le mintieron a propsito, ninguna familia reclam el cuerpo, sino un peridico, el Washington Star, le dijeron. Pero cuando esta orden por fin arranc a la brigada flotante de la hacienda incendiada de los Miranda, Arroyo saba bien el nombre de la persona que reclamaba el cuerpo. La vio en sus sueos mientras arrullaba la cabeza muerta del viejo entre sus manos y lo miraba a l de pie a la salida del carro como si hubiera matado algo que le perteneca a ella pero tambin a l, y ahora los dos estaban de nuevo
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solos, hurfanos, mirndose con odio, incapaces ya de alimentarse el uno al otro a travs de una criatura viva y de colmar las ausencias angustiadas que ella senta en ella y l en l: -Mira lo que tienes en la mano. Mira lo que tienes agarrado en la mano. Arroyo no fue capaz de decir otra cosa. Ella mir los pedazos de papel calcinado y Arroyo dijo que el gringo le quem el alma y ella admiti que quem algo ms: la historia de Mxico, pero sa no era excusa para el crimen porque la vida de un individuo vala ms que la historia de un pas y Harriet Winslow se convenci de que a pesar de todo con ella gritaba todo el desierto de Chihuahua: -Asesino, cochino, grasoso, hediondo cobarde -dijo ella en voz alta- me tuviste a m pero tuviste que matarlo a l. -Vino a provocarme -jade Arroyo-, igual que t. Los dos vinieron aqu a provocarme. Gringos hijos de su chingada madre. -No, te provocaste a ti mismo -le dijo ella al terminar ese da-, para demostrarte a ti mismo quin eres; tu nombre no es Arroyo como tu madre; te llamas Miranda como tu padre: s -le dijo mientras la lluvia dispersaba las cenizas de papel-, eres su heredero resentido, disfrazado de rebelde. Pobre bastardo. Eres Toms Miranda. Lo dijo con ferocidad, tratando de herirlo pero sabiendo que pudo haberle dicho lo mismo tranquilamente al viejo tirado junto a las ruedas del carro de ferrocarril con cada balazo que le peg mostrando su herida en la espalda, slo en la espalda; pero se lo dijo con furia para ser justa y recordarle que ella tambin poda luchar, devolver los golpes. Toms Arroyo ya no entenda nada. Mat al gringo viejo. No pudo imaginar que a Harriet Winslow le quedaba pelea adentro: deba estar tan vaciada como l. El gringo viejo y los papeles quemados. -Lo acept todo de ustedes los gringos. Todo, menos esto -dijo Arroyo mostrndole la ruina de los papeles. -No te preocupes -le contest Harriet Winslow, con los restos que le quedaban de humor y compasin-. El crea que ya estaba muerto. Pero Arroyo esa tarde quera quemar su propia alma: -Qu es la vida de un viejo al lado del derecho de toda mi gente? -Acabo de decirte que mataste a un muerto. Da gracias. Te ahorraste el gasto de un fusilamiento de ordenanza. Esto es lo que Villa le exiga ahora a Toms Arroyo cuando vio el cuerpo acribillado del viejo y retuvo su famosa clera, con la que dominaba tanto a sus propios hombres como a sus enemigos, este hombre Pancho Villa que toc la espalda acribillada del gringo viejo y se acord de algo que le dijo uno de los reporteros yanquis cuando lo entre125
vistaron en Camargo. -Tengo un dicho para usted, general Villa. Lo que usted llama morirse no es ms que el ltimo dolor. -Quin dijo eso? -Lo escribi un viejo amargo. -Ah, entonces qued escrito. -Por un viejo amargo, cmo no. -Ah que la.. Villa orden el fusilamiento para esa misma noche, a las doce. Advirti que sera una ejecucin secreta; nadie sabra de ella salvo l, Villa, el general Arroyo y el pelotn. -Que mister Walsh y su camarita se frieguen, esto no es para l. El gringo viejo fue puesto de pie con dificultad contra el paredn de cara a los fusiles, con la cabeza colgndole sobre el pecho, el rostro algo desfigurado por los cidos de su primer entierro en el desierto y las rodillas chuecas. La orden fue dada en el patio detrs del cuartel de operaciones de Villa, iluminado por las linternas colocadas en el suelo, que ensombrecan extraamente los rostros. Se escucharon los disparos y el gringo viejo cay por segunda vez en brazos de su vieja amiga la muerte. -Ahora est legalmente fusilado de frente y de acuerdo con la ley -dijo Pancho Villa. -Qu hacemos con el cuerpo, mi general? -pregunt el comandante del pelotn. -Lo vamos a mandar a los que lo reclaman en los Estados Unidos. Diremos que muri en una batalla contra los federales, lo capturaron y lo fusilaron. Villa no mir a Arroyo pero dijo que no quera andar cargando cadveres de gringos que le dieran pretextos a Wilson para reconocer a Carranza o para intervenir contra Villa desde el norte. -Ya mataremos unos cuantos gringuitos -dijo Villa con una sonrisa feroz-, pero en su momento y cuando yo lo decida. Se volvi a Arroyo sin mudar de expresin. -Un hombre valiente, no es cierto?, un gringo valiente. Ya me contaron sus hazaas. Ejecutado de frente, no por la espalda como un cobarde, pues no lo era, verdad, Toms Arroyo? -No, mi general. El gringo fue el ms valiente. -Anda, Tomasito. Dale el tiro de gracia. Ya sabes que t eres como mi hijo. Hazlo bien. Hay que hacerlo todo bien y de acuerdo con la ley. Esta vez no quiero que te me andes equivocando. Hay que estar siempre preparados. T se me hace que ya descansaste bastante en
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esa hacienda donde alargaste tu tiempo y hasta te hiciste famoso. -Arroyo -le dijo el periodista yanqui-, Arroyo es el nombre. -Si, mi general -dijo simplemente Arroyo. Camin hasta el cadver del gringo viejo frente al paredn, se hinc junto a l y sac la Colt. Dispar el tiro de gracia con precisin. Ahora ya no sali sangre del cuello del gringo. Entonces el propio Villa dio la orden de disparar contra el desgraciado Arroyo, cuyo rostro era la viva imagen de la incredulidad adolorida. Sin embargo, alcanz a gritar: -Viva Villa! Arroyo cay al lado del gringo viejo y Villa dijo que no tolerara que sus oficiales jugaran jueguitos con ciudadanos extranjeros y le crearan problemas innecesarios; para matar gringos, slo Pancho Villa saba cundo y por qu. El cuerpo del viejo le sera devuelto a su hija y el asunto se olvidara para siempre. Los ojos, los brillantes ojos azules del viejo general indiano fueron cerrados para siempre esa noche en Camargo por la mano de un nio con negros ojos de canica y dos carrilleras cruzadas sobre el pecho, que un da le pregunt: -Quiere conocer a Pancho Villa? Pedrito se sac del pantaln el peso perforado por la misma Colt .44 que Arroyo puso un da en manos del gringo viejo y lo meti "en el parche de la camisa manchada del hombre que se muri dos veces. El propio Villa le dio el tiro de gracia a Toms Arroyo.
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XXI Harriet Winslow al reconocer el cuerpo acribillado del viejo dijo: -S, ste es mi padre -y lo enterr en Arlington junto al cadver de su madre, que se haba muerto cerca de la lmpara posada sobre la mesa, vencida al cabo por las sombras. De manera que primero pens en su pobre madre, que tanto dese que Harriet fuese una muchacha cultivada y respetada, aunque la caballerosidad no se mostraba mucho cuando las circunstancias familiares eran ms bien estrechas; pero la educacin del espritu requera un complemento social en la vida diaria; la presencia de un caballero. Pas por alto tanto los prejuicios como las diferencias de opinin y confi en que al cabo la felicidad prevalecera y el orden se impondra. Harriet Winslow pens que algn da ella descansara aqu mismo con su madre y un solitario y viejo escritor que fue a Mxico a que lo mataran. -El gringo viejo vino aqu a morirse. La noche de su muerte, ella ambul atarantada por el campamento y luego sinti una gran hambre que supo no era de origen fsico, pero que slo la comida poda aplacar. Se sent espontneamente frente a una mujer que estaba echando las tortillas junto a un pequeo brasero ardiente. Pidi en silencio si poda ayudar. Tom un poco de masa y le dio forma a las tortillas, imitando a la mujer acuclillada enfrente de ella. Luego las prob. -Le gustan? -pregunt la mujer. -S. -Estn bien sabrosas. Pronto nos iremos de aqu. Ya nos detuvimos mucho tiempo por aqu. -Lo s. Es su lugar. El en realidad no quiere irse. -Ah, pues ni modo. Hay que seguir. Yo sigo a mi hombre, le cocino y tengo sus hijos. La vida no se acaba noms por una guerra. Ust lo anda siguiendo a l? -Qu quiere decir? -Nuestro general Arroyo. No es ust su nueva soldadera? Mientras coma la tortilla al lado de la mujer esa ya lejana noche en el desierto; o mientras se sentaba cerca de la tumba del gringo viejo que ahora estaba inscrita con el nombre de su padre; y ms tarde ya de vieja cuando recordaba sola todas esas cosas, se prepar para una compasin que quiz slo traicion una vez en su vida, cuando reclam el cuerpo del gringo viejo a sabiendas de las consecuencias. La nueva compasin que, precisamente en virtud de ese pecado, le
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fue otorgada, ella se la deba a un joven revolucionario mexicano que ofreca vida y a un viejo escritor norteamericano que buscaba muerte: ellos le dieron existencia suficiente a su cuerpo para vivir los aos por venir, aqu en los Estados Unidos, all en Mxico, dondequiera: la piedad era el nombre del sentimiento con el que Harriet Winslow miraba el rostro de la violencia y de la gloria cuando al cabo ambas se desenmascaraban y mostraban sus verdaderas facciones: las de la muerte. Luego vino la gran guerra y la revolucin al sur de la frontera fue barrida de las primeras pginas de los peridicos hasta que Villa asalt una poblacin fronteriza en Nuevo Mxico y el general Pershing fue enviado a perseguirlo por esos montes de Chihuahua y por supuesto nunca lo encontr, y no slo porque Villa conoca esas barrancas y esos caminos de polvo a ciegas, sino por otra razn ms poderosa: a Pancho Villa slo lo poda matar el traidor de adentro. Por eso dice Harriet Winslow que le hubiera gustado, a pesar de todo, estar presente en la ejecucin del general Toms Arroyo, viendo con sus propios ojos la fuga de ese destino que l siempre consider suyo, arraigado en su voluntad, y no en la de nadie ms. Pero muri a manos de su jefe Pancho Villa y all se resolvi ese destino posible. Ella siempre se pregunt qu hubiera hecho Toms Arroyo si sobrevive a la revolucin (lo mat la revolucin); cul habra sido su destino en el porvenir de Mxico. El gringo viejo se muri, quizs, quemando ese porvenir comn de Mxico y de Toms Arroyo. Despus de las muertes, Harriet Winslow sali de su cuarto de hotel en Camargo. Haba odo de lejos la fusilata de medianoche: el gringo viejo haba muerto por segunda vez. Luego hubo una segunda fusilata, una primen muerte y un disparo seco y solitario. Tambin Arroyo muri dos veces. En la recepcin del hotel -un patio de azulejos y macetones y canarios- la esperaba la mujer de la cara de luna. No le dijo nada. Harriet la sigui hasta una capilla derruida. Pancho Villa estaba en la puerta y al verlas se quit el sombrero y Harriet mir su cabeza oscura y un poco a la , con el pelo embarrado a las sienes por el sudor. Villa tom del brazo a la mujer de la cara de luna. -Usted es mujer de respeto, doa, y tambin de comprensin. -No me debes explicaciones, Doroteo Arango. Te conoc cuando te perseguan los federales por cuatrero. -Usted dej su casa. Yo dej la ma. -T no tensas casa, Doroteo Mango.
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-Pero ahora soy Francisco Villa y los persigo a ellos por violar hermanas y asesinar padres. Nunca he hecho nada que no sea por la justicia. Ellos me quitaron mi casa. -Mi hombre est muerto, Doroteo Mango. -Toms Arroyo crey que poda regresar a su casa. Pero nadie tiene derecho a eso hasta que triunfe la revolucin. La revolucin es ahora nuestro hogar. Toms no lo entendi? Si cada uno se me va quedando en su casa cuando pase por ella, se acab la revolucin. Ahora el que sienta ganas de quedarse en su casa, se acordar de lo que le pas a Toms Arroyo. Este es un ejrcito, doa, y a veces hay que romperse el corazn para dejar bien plantado el ejemplo. -Un da t mismo vas a querer regresar a tu tierra. Doroteo. -Ser para morirme, doa, noms. -Est bien, general Villa. Me guardar en el pecho que el hogar es una ilusin ms de la muerte. Villa se volte hacia Harriet y le dijo que haba hecho bien en poner la escuela y arreglar la hacienda. Eso mismo iban haciendo ellos por todo el norte de Mxico: poniendo escuelas, repartiendo tierras, colgando usureros y perdonando deudas. -Pero a veces esto ni se ve porque al mismo tiempo hay que ganar una guerra. Usted si que sali ganando. Entierre a su papacito, que segn me dicen era un valiente y cunteles all que Pancho Villa es un hombre de corazn pero tambin un soldado sin un pelo de tarugo. Cuidadito pues. Mir a las mujeres, volvi a ponerse el sombrero y les dijo: -Entren a ver a sus hombres. All estaban los cadveres de Toms Arroyo y del gringo viejo. La mujer con cara de luna empez a llorar, luego a gritar, pero Harriet Winslow record que Toms Arroyo haba gritado por primera vez con esta mujer sin consuelo, del puro gusto de poder gritar al amar a una mujer; y Harriet Winslow record que ella tambin grit por primera vez as con este hombre muerto. -Mi hijo macho, mi hijo macho -gritaba la amante de Toms Arroyo la noche de su velorio en una iglesia de Camargo donde un Cristo enjaulado en vidrio, coronado de espinas y cubierto por un manto de burlas los miraba sentado en una caja vaca de cervezas. Harriet Winslow slo le dijo al cadver del gringo viejo: -Te espera una tumba vaca en el cementerio militar, pap. Tambin salieron juntas de Camargo la maana siguiente, que fue una maana friolenta y rasgada, cada una con su cajn de muerto en
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sendas carretas tiradas por mulas tristes. La Gardua, Inocencio Mansalvo y el nio Pedro las acompaaron hasta el cruce de caminos. No hablaron. La Gardua iba cargando a su hijita en el rebozo y cuando llegaron al cruce le dio de nuevo las gracias a Harriet Winslow. -Vas a ver cmo mi hija hace que me entierren en sagrado junto a mi ta doa Josefa Arreola en Durango. -Ojal que viva muchos arios -dijo Harriet Winslow. -Quin sabe; pero me morir pensando en mi angelito hermano que nunca naci y dndote gracias a ti... -A dnde vas a enterrar a mi general Arroyo? -le pregunt Inocencio Mansalvo a la mujer con cara de luna. Ella contest sin lgrimas que lo iba a enterrar en el desierto, donde nadie supiera nunca ms de l. -Siento no acompaarte -dijo Inocencio-. Pero debo proteger a la gringa. Son rdenes de mi general Villa. La amante de Toms Arroyo asinti, acicate a la mula vieja y se fue por su rumbo desconocido cuando el coronelito Frutos Garca iba llegando a darle el ltimo adis a su jefe. La carretela se perdi en el polvo y Frutos Garca mir a Harriet y le dijo que la escoltaran hasta la frontera Inocencio Mansalvo y el nio Pedrito tambin, que era un nio valiente y haba querido mucho al gringo viejo. -Adems -se ri con una carcajadota espaola con un nio a nadie le vienen malas ideas. No se preocupe -le dijo, ya serio, a la extranjera-. Usted hizo lo que tena que hacer. El gringo vino a morirse a Mxico. Quin le iba a decir que se iba a morir por una gringa, caramba. La verdad se muri noms porque cruz la frontera. A poco sa no es razn de sobra? -Yo tambin la cruc -dijo Harriet. -No se preocupe. Nosotros vamos a respetarla a usted y al gringo viejo. Al gringo porque era valiente. Porque traa un dolor en la mirada. Y porque sa fue la ltima orden de nuestro general Toms Arroyo: respeten al gringo viejo. -Y a m? -A usted noms le va a tocar acordarse de todo. En el largo trayecto de Camargo a Ciudad Jurez, Harriet Winslow tuvo mucho tiempo para pensar en su vida cuando regresara a Washington. Pero haba una presencia clida junto a ella: un nio mexicano. Pedrito quera al hombre muerto que ahora iba a ser llevado a la tumba del capitn Winslow en Arlington. Inocencio Mansalvo se ocup de todo durante el viaje; comida y lecho, orientacin y plata. Conoca bien estos caminos sin signos. Pero la tierra ya estaba conquistada por la
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revolucin y aqu todos eran villistas. En Jurez, cuando Harriet se dispona a cruzar al otro lado, el nio Pedrito por fin habl. -Se te hizo, viejo -le dijo de despedida al cadver del gringo, mientras Harriet barajaba los papeles burocrticos para el difcil ingreso de un muerto a los Estados Unidos de Amrica-. Se te hizo, viejo. Te mand fusilar nada menos que Pancho Villa. Inocencio Mansalvo estaba fumando acodado sobre un barandal del puente y llam a Harriet con un gesto brusco, sofocado en la ardiente primavera de la frontera. Ella le obedeci. Era su despedida de Mxico. Los dos miraron un rato, sin hablar, las aguas turbias, veloces pero flacas, de ese ro que los norteamericanos llaman grande y los mexicanos bravo. Harriet mir a Mansalvo por primera vez. Era un hombre flaco, de ojos verdes y pelo chino, con dos hendiduras profundas en las mejillas, dos en las comisuras de los labios, dos en la frente, todo en pares, como si una pareja de artesanos gemelos lo hubiera modelado de prisa y a machetazos, para echarlo pronto al mundo. Tanta una hermosa barba partida tambin. Harriet se mordi un labio; no haba mirado a este hombre hasta ese da. Esta hora. Lo vio inmvil e impenetrable, cortado en dos desde la barba, y supo que se quedara vigilando la larga frontera norte de Mxico; para los mexicanos la tnica causa de guerra eran siempre los gringos. Mansalvo mir sin querer la frontera del lado norteamericano. -El gringo viejo deca que ya no hay frontera pa los gringos, ni pal este ni pal oeste ni pal norte, slo pal sur, siempre pal sur -dijo el combatiente y desdobl un recorte de peridico. Harriet, acodada al lado de Mansalvo, oli el sudor de alcohol, cebolla y cigarrillo negro del hombre. Tambin mir la cara del gringo viejo en el recorte de un peridico norteamericano. Inocencio Mansalvo dej caer el recorte al ro. -Qu lastima -dijo-. Yo no s leer ingls. Ora usted ya no podr leerme lo que deca all. Entonces Mansalvo se volvi y tom con fuerza a Harriet de los brazos. -Qu lstima. Cmo no se fue usted a enamorar de m. Mi general estara vivo ahorita. La solt. -Siempre pal sur -repiti Inocencio Mansalvo-. Qu lstima. Con razn sta no es frontera, sino que es cicatriz. Entonces se alej y Harriet lo vio por detrs, con su chaleco de gamuza encima de una camisa sin cuello y el sombrero tejano cubierto de tierra
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que Inocencio Mansalvo iba regando al ritmo de su paso norteo, vaquero. Harriet no volvi a mirarlos ni a l ni al nio. Cuando cruz el puente de fierro a El Paso, la esperaba una nubecilla de periodistas. Ellos, ms que los funcionarios de la aduana, haban certificado ya que el capitn Winslow, perdido en combate en Cuba, seguramente amnsico y desorientado, victima de la sevicia espaola en los campos de prisioneros, pero siempre animado por el coraje guerrero que su admirable hija reconoci y recobr en los sangrientos combates de los revolucionarios mexicanos...: Harriet oy y asimil la historia urdida por la prensa, la acept como parte del tiempo que ella iba a mantener. El fretro fue colocado en un armn del ejrcito para trasladarlo a la estacin de ferrocarril. -Es usted noticia nacional, seorita Winslow. Un amigo suyo en Washington, el seor Delaney, ha declarado que el Senado la escuchar con gusto para testimoniar sobre la barbarie imperante en Mxico. Harriet se detuvo. Temi perder el contacto con su compaero, el cadver recobrado, vindolo alejarse otra vez, una conciencia errante y perdida en la muerte, ms que nunca en la muerte, una conciencia habitada por fantasmas, padres asesinados e hijos perdidos. -Seorita Winslow.. noticia nacional.. Una bruna azul la alejaba otra vez del viejo: Harriet alarg la mano como para detener a ese cadver errante ahora en una bruma hecha por el hombre, una niebla de vapor puntual y enrgico; para impedir la separacin de los dos gringos que vinieron a Mxico, l conscientemente, ella sin darse cuenta, a encontrar la siguiente frontera de la conciencia norteamericana, la ms difcil, casi grit en ese momento Harriet, noticia nacional, noticia nacional, tratando de separarse del grupo de periodistas para no separarse ms del cadver del viejo, la ms difcil de todas porque era la ms extraa siendo la ms prxima y por ello la ms olvidada y la ms temida cuando resucitaba de sus largos letargos. -Qu lstima. Cmo no se fue usted a enamorar de m. -Fiske, del San Francisco Chronicle. No ha contestado a mi pregunta. Ser usted testigo para que le traigamos el progreso y la democracia a Mxico? Dse cuenta... -Le traigamos? Quines? -dijo Harriet dando vueltas sobre s misma, aturdida, separada de su muerto, su compaero, mirando de un lado un puente de sol y un polvo moribundo, del otro la carrera azogada de los rieles y el humo azul de la estacin de ferrocarril: el fretro envuelto en la bandera de los Estados Unidos.
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-Quines? Los Estados Unidos, seorita Winslow. Usted es ciudadana norteamericana. -Fiske. Usted me llam para declarar que su padre haba sido brutalmente asesinado. -Noticia nacional. -La hemos servido con gusto. Ahora usted... -Cree que debemos intervenir en Mxico? -No quiere vengar la muerte de su padre? -San Francisco Chronicle. -Washington Star. -No quiere que salvemos a Mxico para la democracia y el progreso, seorita Winslow? -No, no, yo quiero aprender a vivir con Mxico, no quiero salvarlo alcanz a decir y abandon al grupo de periodistas, abandon al cadver del viejo, corri de regreso a la frontera, al ro, al sol cansado de ese da que se iba poniendo a lo largo del occidente fronterizo, corri como si hubiera olvidado algo que no les dijo a los periodistas, como si quisiera decirles algo a los que dej atrs, como si pudiera hacerles entender que estas palabras no significaban nada. salvar a Mxico para el progreso y la democracia, que lo importante era vivir con Mxico a pesar del progreso y la democracia, y que cada uno llevaba adentro su Mxico y sus Estados Unidos, su frontera oscura y sangrante que slo nos atrevemos a cruzar de noche: eso dijo el gringo viejo. Mir del otro lado del ro al nio Pedrito y a Inocencio Mansalvo. Les grit pidiendo perdn por la muerte de Toms Arroyo, pero ellos no la oyeron ya ni la hubieran entendido. Slo cumpl el deseo de Arroyo, morir joven, llevarme su tiempo, mantenerlo ahora. No la oyeron gritar cuando el puente estall en llamas. -He estado aqu. Esta tierra ya nunca me dejar. Ellos le dieron la espalda y la vieron para siempre entrando a un saln de baile lleno de espejos, sin mirarse a s misma porque en realidad entraba a un sueo.
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XXII -Mir dentro de esa casa (dijo Arroyo ms tarde: ahora ella se sienta sola y recuerda) y vi a mi madre casada. Mi madre casada en la casa de mi padre. Vi a la mujer de mi padre y la vi soltera As( lo decid(. Nadie haba tocado a la mujer legtima de mi padre. El no la haba tocado. El haba tocado a mi madre: yo nac. Mi madre estaba casada con mi padre, no la mujer legtima de mi padre. Esta no era como yo la imagin con el viejo Graciano aquella noche que me marc para siempre, gringuita. Era una mujer amarillenta y anciana como un queso viejo y rajado, arrollado por el abandono, sin nadie que lo comiese, durante mucho tiempo. Era tan negra como su ropa, la negrura de la ropa imitando la negrura de todos los pliegues de su carne escondida. Mortificada, mortificada: lo que desde nios escuchamos en la iglesia, la mortificacin de la carne, la confesin de todos los pecados, el perdn de todos los pecados antes de morimos: tu iglesia es tan dura como la nuestra, gringuita, tan rpida en atribuir el pecado pero tambin tan veloz en absolverlo? Cuando la mujer legtima de mi padre vena a la capilla en das de fiesta yo me preguntaba si sera perdonada despus de confesar sus pecados; pues yo no poda imaginar a mi padre de rodillas y diciendo 'Perdname': eso era ella, la portadora de los pecados de mi padre porque era la feliz recipiente de su riqueza, su nombre y su cuidado: ella tena que pagar todo esto confesndose en su nombre. A l nunca lo pude ver de rodillas. En cambio, a mi madre no le haba ofrecido alegra alguna, ni riqueza, pero tampoco pecado: yo no era un pecado, yo su nica posesin no era, lo repito, un pecado. Yo no tena nada que confesar, nunca. Ni siquiera la transformacin de la mujer legtima en la mujer reseca, negra, intocada. Y l? Mi deseo ms secreto era estar con l despus de su muerte. No al morir; don Graciano mereca eso ms que mi padre, muchsimo ms, y yo no se lo haba dado. Mi padre no mereca nada. Jur que si por algn extrao destino yo llegaba a estar presente en la muerte de mi padre, le rehusara mi mirada, aunque l me rogase que mis ojos lo condujesen por el camino de la muerte; jur que reservara mis ojos para su corrupcin, lo desenterrara y lo llevara conmigo y me quedara con l durante todos los das y todas las noches necesarias para ver la decadencia de su carne, el pelo crecindole y luego ya no, sus uas furtivas araando la quietud del mundo, y luego detenindose tambin; sus prpados desintegrarse y la mirada de su muerte reaparecer desafindome a que lo miura, sus huesos aparecer tan blancos y tan limpios como las cabezas del ganado muerto en el desierto; t sabes
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cunto tiempo toma para que la verdadera muerte, la desnuda absoluta del hueso (ella se lo pregunt antes de que El pudiera hacerlo) se manifieste, cunto tiempo para que la esencia absoluta de nuestra eternidad sobre la tierra aparezca, Arroyo, cunto tiempo, sobre todo, para que toleremos la visin no slo de lo que hemos de ser sino de la eternidad en la tierra como es de verdad, sin cuentos de hadas, sin fe en el espritu o esperanza de resurreccin? Cunto tiempo te hubieras pasado contemplando el cadver de tu padre, Arroyo? Cunto tiempo hubieras mirado a la muerte despus de la muerte, Arroyo, sin saber, pobre valiente idiota, que la muerte es slo lo que ocurre dentro de nosotros?, est bien, tienes razn pero no como t lo piensas, no la muerte inseparable de la vida como t lo crees, sino la muerte en vez de la vida mientras creemos estara viviendo: yo, Harriet Winslow, viva de tantas maneras una muerte dentro de mi, sabiendo que estaba muerta y que sabindolo la muerte slo ocurrira dentro de m(, slo dentro de m y lo dems no contaba: ahora t dime, general Toms Arroyo, t dime si yo he salido de mi misma, de alguna manera, misteriosamente, sin que yo misma sepa cmo, y habiendo vivido mi muerte solamente dentro de m, ahora he salido a la vida fuera de mi, la vida que ignoraba, ahora la admito y t eres parte de esa vida, pero slo parte, mi hombrecito, no te sientas tan orgulloso, hay un milln de cosas que caen en cascada y mis palabras, mis sueos, mi tiempo, aunque los duplicaras como lo dijiste del viejo que nos odiara si le diramos el regalo, como t dices, de otros setenta aos, nos detestara: hay otros, adems de ti, que lo hayan condenado, Arroyo?, el viejo es ahora parte de la vida fuera de m que ahora milagrosamente parece ser la nica vida dentro de mi, me entiendes? y tambin tu amante la mujer llamada La Luna, y tambin la pobre mujer a cuya hija yo le salv la vida mientras dudaba si vala la pena salvarla, dudaba si yo podra jams tener mi propio hijo y luego salvarle la vida como salv la de lo desconocido, lo annimo: Arroyo, yo lo s, no he conocido a toda tu gente, no les he dado mi mirada a todos como hubiera querido, s que he perdido algo, qu es lo que he perdido?, hay un par de ojos que debieron encontrarse con los mos, soy culpable de no haber establecido, por primera vez, un mundo fuera de m, fuera de mi mundo cerrado, lo soy, Arroyo? T debes decirme. Yo no puedo asimilarlo todo en tan poco tiempo. Yo soy dbil y extranjera y aun en mi condicin de aristocracia empobrecida, un ser protegido. Entiendes esto? Pero he aprendido. Estoy haciendo un esfuerzo, te lo juro. Estoy tratando de entenderlo todo, a ti, a tu pas, a tu pueblo. Pero tambin soy parte de mi propio pueblo, no puedo negar lo que
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soy, Arroyo, y aqu no tengo padre ni madre ni nada ms que el viejo, slo en el viejo me reconozco yo aqu mientras trato de reconocerlos a todos ustedes. Slo l, me escuchas, Arroyo? T me has obligado a escucharlos a todos ustedes (dime si me he perdido algo, Arroyo) y yo he tratado de entender por qu estn ustedes haciendo todo lo que hacen. Pero si t me permites ver que les hars a ellos las mismas cosas contra las cuales ellos estn luchando, la muerte-dentro-de-ellos de la cual estn huyendo en este movimiento asfixiante en el que todos estamos capturados, si yo creo que t vas a daarlos de la misma manera en que t fuiste daado de nio, Arroyo, entonces, Arroyo, me habrs matado y me habrs enviado de vuelta al aislamiento que es mi propia muerte, la nica muerte que yo he conocido jams. Y eso no te lo perdonar Arroyo. No hagas nada contra tu propio pueblo. Pero tampoco hagas nada contra mi nica gente, el viejo que escribe, Arroyo. Eso no te lo perdonar nunca -dijo Harriet. Entonces los cadveres del encuentro durante la noche de los cerdos chillantes fueron tendidos alrededor de la plaza enfrente de la iglesia. Harriet haba visto la reproduccin del cuadro de uno de los viejos maestros que su to abuelo odiaba tanto como deseaba, deseaba si eran famosos y sin precio, odiaba cuando an su fama no poda disfrazar la distorsin de la realidad, las perspectivas tan escandalosamente irreales y autodramticas (odiaba su to abuelo algo tanto como el desplazamiento de la vida por el teatro, todas las cosas que se negaban a fundirse y desaparecer en su esquema del mundo, silenciosas y reticentes a fin de que l, mister Halston, pudiese ocupar el digno centro de todo? "!Qu lejos!", grit Harriet casi con clera): le recordaban el Cristo de Mantegna, tan solitario en su plancha fnebre, sus pies, su cuerpo entero disparndose fuera de la tela, pateando al espectador como si deseara despertarlo violentamente al hecho de que la muerte no era noble sino baja, no serena sino convulsiva, no prometedora sino irrevocable e irredenta: los ojos vidriosos a medio cerrar, la barba rala de dos semanas, los pies ulcerados, las bocas sin aliento y medio abiertas, los hoyos nasales atascados, los costados sangrientos, las greas empapadas de polvo y sudor, la sensacin aterradora de la presencia de los nuevos muertos, de su jurar y su cargar y su andar y su detenerse erectos apenas horas antes: Arroyo tenla razn al hablar de la muerte de su padre y de la vigilia de su hijo sobre los despojos del padre: qu tal si de repente el padre salta de regreso y prueba que todos estn muertos ya (esto es lo que ella supo un momento antes recostada con Arroyo en el carro de ferrocarril) y que todos estbamos duplicando nuestro tiempo en otra circunstancia,
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otra posicin, otro tiempo: eran todos estos cuerpos cuidadosamente tendidos alrededor de la plaza como muecos blanqueados (plidos como la niebla Arroyo que descendi de las cumbres y sin embargo anhelaba regresar a los montes) slo la prueba de que ellos mismos -el viejo escritor y el joven general, su padre errante y su madre arraigada, el nio Pedrito y la mujer de la cara de luna- eran todos ellos cuerpos ocupados por los muertos, cadveres habitados en el presente por gente llamada "Harriet Winslow", "Toms Arroyo", "Ambrose Bierce"?. . Se detuvo con un miedo helado: como si nombrar a alguien, especialmente por primera vez, fuese en verdad una violacin de su vida: como si al decir este nombre inmediatamente condenase a muerte al viejo, lo vio all tendido entre los muertos de la batalla, preguntndose si Arroyo lo haba matado, o ella en su imaginacin, o el propio viejo en su propio deseo, oscuro y laberntico: un nombre que ella ley en la cubierta de los libros que el viejo acarreaba consigo; un nombre que seguramente no era el suyo, porque l no quera ser nombrado y ella respetaba su deseo expreso a fin de respetar todos los deseos implcitos tambin: ella estaba aprendiendo a ocuparse de lo invisible a travs de lo que poda ver, y de lo visible a travs de lo que no poda ver: hace unas horas, 'estos cuerpos estaban animados y ahora ella vio cmo los haban destripado las bayonetas, los intestinos derramados, los cerebros atravesados por las balas, los pechos puntuados por la metralla, las piernas irrumpiendo en rojos hoyos volcnicos de polvo sulfrico, las nalgas cagadas con la ltima mierda, los pantalones mojados por la ltima meada; quizs la ltima semilla, quizs, si murieron con las erecciones que algunos hombres tienen cuando se enfrentan a la muerte. "Ambrose Bierce" era un nombre muerto impreso en las cubiertas de los libros que un viejo llevaba en su viaje a la muerte. Harriet no lo llamara "Cervantes", el nombre del autor del otro libro. De manera que llamarlo "Bierce" quizs era igualmente extravagante. Pero el segundo nombre le daba un escalofro: era un nombre invisible, simplemente porque el gringo viejo no tena nombre: su nombre era ya un nombre muerto. Tan muerto como los cadveres cuidadosamente dispuestos alrededor de la plaza. Tuvieron ellos alguna vez un nombre? Quin haba entre los cuerpos que ahora vio al cruzar la plaza que ella haba conocido en fiesta y en luto, cuando las plaideras se instalaron en las esquinas y comenzaron su metamorfosis ritual de vida y muerte en gesto y palabra? Quin haba all que ella conociera all? Estaba all su propio padre? Estaba all el gringo viejo? Estaba all el padre de Arroyo en medio de los gritos y el polvo naciente y las cenizas moribundas de comidas olvidadas? -Mi padre fue muerto a tiros en Yucatn. Al viejo cabrn se le meti en
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la cabeza tener a una indiecita hermosa en la hacienda de nadie menos que don Olegario Molina, que era el gobernador eterno de la provincia. aquellos eran los das del auge del henequn. Todos sabamos que nada dejaba tanto dinero como la cosecha de henequn. Yucatn era gobernado por la casta divina, as le pusieron ellos mismos, los muy cabrones. Mi padre era un terrateniente del norte, aqu donde estamos ahora: desierto y nopal y unas cuantas vias aqu y all, tambin magueyes y buenas cosechas de algodn. Noches fras aqu en el desierto. Estamos arriba, el aire es delgado. Dicen que all abajo es caliente y hmedo el ao entero. Una dura costra de tierra sin ros. Pozos muy hondos. Selvas color gris, dicen. Yo no he estado all. Cuentan que a las vrgenes las echaban en los pozos. Mi padre era husped de la hacienda y senta que mereca a la muchacha bonita que vio trabajando all. Pasa a cada rato. Dicen que la tuvo la meta vspera de la revolucin. El ya estaba viejo, pero tan gallo como siempre. Como la tierra entera ola a azufre y sangre, ha de haber credo que ya estaba entrando al hoyo del infierno y debera apurarse para su ltima gran cogida. Dicen que la tuvo en su propia recmara y que ella patale y tumb el mosquitero que cay encima de los dos y que l gru de placer con esto, sintiendo la humedad de la sangre de la muchacha manchando el mosquitero con las moscas y los insectos capturados en la tela que les cay encima como una nube ligera pero estranguladora y los baldaquines de cobre temblaron y la muchacha tambin: ahora otro hombre como yo, el novio de la muchacha, que estaba encargado de las llaves de la hacienda, quin sabe?, de darle cuerda a los relojes tambin, la vio salir de la recmara de mi padre y le golpe la cara con las llaves pero ella no llor, noms dijo: "all adentro est l", mi padre estaba all, gringuita, frotndose otra vez su verga ulcerada, limpindola de la sangre, un viejo recio ahora con su pene eternamente embarrado de sangre, imaginando que se estaba cogiendo en una virgen a todas las mujeres de Mxico cuando les tocaba la luna, cogindose a la luna como se coga a una mujer, ah viejo cabrn, cmo lo detesto y cmo deseo haber estado all cuando esa pareja de jvenes, una pareja como yo y... y carajo, no como t, miss Harriet, maldita seas, ni como La Luna tampoco, chingada sea, la ltima muchacha que mi padre se cogi jams no era como ninguna mujer que yo haya tenido nunca, chingada seas gringa, nadie como esa mujer, digo chingada seas gringa y chingada sea La Luna y chingadas sean todas las viejas que no se parecen a mi madre que es la melliza de la ltima mujer que mi chingado padre tuvo jams: ellos lo mataron all mismo en la cama, sabes?, fue horrible: le metieron las llaves de la
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hacienda en la boca, todititas, lo obligaron a tragarse las llaves, gringa, hasta que se ahog y se volvi azul coma el metal y entonces lo arrastraron envuelto en el mosquitero y las sbanas durante las ltimas horas de la noche, cuando el amanecer ni se sospecha, lo metieron en el canasto de la ropa sucia y esperaron hasta el amanecer, entonces lo llevaron al cenote, el hoyo profundo, y all lo colgaron, lo colgaron de los gevos, con un garfio que usan para levantar las pacas lo colgaron y l le dijo a ella: "-Yo me voy a la revolucin, pero t qudate aqu y no digas nada. T ven aqu y mralo pudrirse colgando de las bolas aqu mismo donde nadie sabr que est. T no sabes nada, acurdate. Noms ven t solita a mirarlo. No dejes que nadie sepa o venga contigo. T me dirs cuando se haya podrido todito y no quede nada de l ms que sus viejos huesos limpios. Entonces puedes descubrirlo y darle sepultura cristiana. "Yo vengo del norte. Este hombre desconocido, el asesino de mi padre, viene del sur. La revolucin se mueve. En algn lado hemos de encontramos. Puede que en la capital. Mxico. Yo lo abrazar. El vendr a conocer esta tierra donde mi padre un da fue poderoso y temido. Yo ir a conocer la tierra donde su esqueleto est colgado en un pozo." -Tambin amars a la muchacha y se la quitars al asesino de tu padre. -Puede. Entonces volvi a tomarla y mientras ella sinti ese cuerpo tosco y esbelto golpeando fuerte y dulcemente contra su cltoris, acaricindolo sabiamente con su cuerpo nervioso y lustroso mientras duraba dentro de ella un momento eterno, esperando que ella se viniera, dependiendo no slo de su dura estaca sino de su caricia, su ritmo sexual era el latido de su corazn, sintiendo el ritmo de su pubis contra el cltoris de la mujer, Harriet supo que ste era un instante y que ella no volvera a poseerlo nunca, no porque no pudiese tener el sexo una y otra y otra vez, sino porque no podra tener nada ms que le perteneciera a Arroyo: se vino con un gemido intolerable, un gran gemido animal que no hubiese tolerado en nadie ms, un suspiro pecaminoso de placer que desafiaba a Dios, se burlaba del placer (ella misma no lo hubiese tolerado en ella hace un mes), un grito de amor que le anunci al mundo que esto era lo nico que vala la pena hacer, tener, saber, nada ms en este mundo, nada sino este instante entre el otro instante que nos dio vida y el instante final que nos la quit para siempre: entre ambos momentos, djame slo este momento, rog, y luego se cort violentamente del cuerpo de Arroyo con un gesto ms temeroso que la castracin, un gesto de odio infinito hacia el hombre que le ofreci lo
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que ella saba que nunca podra ser y sabindolo, descubri que cuanto l le estaba dando y poda darle en cualquier momento era precisamente lo que no poda darle: la traduccin de la plenitud de su cuerpo al viaje largo, fragmentario y pedestre hacia los aos: este instante de excepcin era de ella para siempre, pero la fuente del instante no. La muchacha esperando que el cuerpo colgado en el pozo sagrado en Yucatn se pudriera, un viejo descalzo que se negaba a usar ropa de ciudad, una frtil mujer llamada la Gardua como la bestia carnicera que devora las ajas ajenas, o una mujer con cara de luna que permita a su propio hombre tomar a otras mujeres mientras ella esperaba pacientemente fuera de la puerta, un pueblo prcticamente idlatra movindose de hinojos hacia un Cristo sangriento envuelto en terciopelos y coronado de espinas, o un joven, otro asesino, el doble de Arroyo, marchando con la revolucin desde el sur para encontrarse con Arroyo en el ombligo del pas que era como un cuerpo moreno, la suma de sus cuerpos morenos, un pas con la forma de una cornucopia vaca de piel dura y carne sedienta y muslos sudorosos y brazos macilentos: todos ellos podan conocer la fuente del instante que ella viva con Arroyo, pero ella no: para ella todo esto no poda tener nunca un sentido, una prolongacin, una presencia continuada en su propio futuro, cualquiera que ste fuese. Fue en este instante, en los brazos de Arroyo, cuando Harriet odi a Arroyo, sobre todo, por esto: ella haba conocido este mundo pero no poda ser parte de l y l lo saba y sin embargo se lo ofreci, la dej saborearlo a sabiendas de que nada poda mantenerlos unidos para siempre y quizs hasta se ri de ella: No te hubiera valido ms nunca llegar hasta aqu, gringuita? y ella dijo que no, si te hubiera tratado con respeto?, y ella le dijo que no, si te hubiera mandado de regreso a la frontera en seguida, escoltada por mis hombres?, y ella dijo que no, si ahora te quedaras aqu conmigo para siempre y yo dejo a La Luna y t te vienes conmigo a conocer a mi hermano desconocido de Yucatn que asesin a mi padre? y ella dijo que no, no, no (si vivimos juntos y criamos hijos y nos casamos y nos hacemos viejos juntos, s, gringuita?). -No. -Temes que un balazo me mate algn da? -No. Terno lo que t puedes matar. -A tu gringo, crees? -Y a ti mismo, Arroyo. Temo lo que te hagas a ti mismo. -Creme, gringa, la mayor parte del tiempo yo no soy yo. Yo vengo rpido, dando de tumbos desde lo que t ya sabes. Ahora me he parado
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aqu en la casa que fue mi pasado. Ya no es eso. Ahora lo s. Debemos seguir adelante. El movimiento no se ha acabado. -Has desobedecido rdenes quedndote aqu? -No. Estoy luchando. Esas son mis rdenes. Pero -ri Arroyo- Pancho Villa detesta a cualquiera que quiera regresarse a su casa. Eso l lo ve casi como traicin. Seguro que me he expuesto al tomar la hacienda de los Miranda y quedarme aqu. El iba hacia el sur, hacia la ciudad de Mxico, a encontrarse con su hermano que asesin a su padre. Ella no. -No puede ser -dijo Harriet con amargura-. Me ests ofreciendo lo que yo nunca puedo ser. Y esto Harriet Winslow nunca se lo perdon a Toms Arroyo. Le hubiera gustado, al final, alargar la mano para tocar la del viejo, pecosa y huesuda, con su grueso anillo matrimonial, y decirle que lo que hizo no fue pan vengarlo a l, sino para pagarle a Arroyo por el dao que le hizo a ella: l saba que ella nunca sera lo que l le demostr que poda ser. Entonces ella, condenada a volver a su hogar con el cadver del gringo viejo, tuvo que demostrarle a Arroyo que nadie tiene derecho a regresar a su casa. Sin embargo Harriet Winslow sabia -le dijo al escritor errante, acariciando la mano cubierta de vello blanco-que no da a Arroyo, sino que le dio la victoria del hroe, la muerte joven. Tambin l, el gringo viejo, se sali con la suya: vino a Mxico a morirse. Ah, viejo, te saliste con la tuya y fuiste un cadver bien parecido. Ah, general Arroyo, te saliste con la tuya y te moriste joven. Ah, viejo. Ah, joven.
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XXIII NOTA DEL AUTOR Ella se sienta sola y recuerda. EN 1913, el escritor norteamericano Ambrose Bierce, misntropo, periodista de la cadena Hearst y autor de hermosos cuentos sobre la Guerra de Secesin, se despidi de sus amigos con algunas cartas en las que, desmintiendo su reconocido vigor, se declaraba viejo y cansado. Sin embargo, en todas ellas se reservaba el derecho de escoger su manera de morir. La enfermedad y el accidente -por ejemplo, caerse por una escalera- le parecan indignas de H. En cambio, ser ajusticiado ante un paredn mexicano... "Ah -escribi en su ltima carta-, ser un gringo en Mxico; eso es eutanasia." Entr a Mxico en noviembre y no se volvi a saber de l. El resto es ficcin. Este libro fue comenzado en un tren entre Chihuahua y Zacatecas en 1964 y terminado en Tepoztln, Morelos, en 1984, en la casa de Antonio y Francesca Saldivar y utilizando la mquina de escribir del pintor Mariano Rivera Velsquez. FIN Mxico, febrero de 1985
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