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Causas económicas de las guerras

civiles y sus implicaciones para


el diseño de políticas
Traducción de Carlos José Restrepo

Paul Collier
El siguiente ensayo resume una cuidadosa
investigación realizada por el profesor Paul
Collier, de la Universidad de Oxford, y
colegas suyos para el Banco Mundial.
Desde su divulgación el año pasado, el
texto ha sido muy mencionado en
discusiones sobre conflictos internos como
el que vive Colombia, pero hasta ahora no
había sido traducido al español. El ensayo
cuestiona los principales paradigmas que
se han venido utilizando para diagnosticar,
justificar y tratar de solucionar el viejo y
sangriento conflicto

interno colombiano. Su lenguaje es el


escueto y duro de los economistas, muy
apartado del tono moralista y sentimental
que se acostumbra en los tiroteos
ideológicos nacionales. Al publicarlo, El
Malpensante no acoge necesariamente sus
conclusiones, pues al fin y al cabo ésta es
una revista sin línea política definida; tan
sólo afirmamos que se trata de uno de
esos documentos que nuestros lectores
deben conocer, y no en forma de pildoritas
o extractos, sino en toda su extensión.
Cada cual podrá reflexionar, polemizar y
aplicar al caso colombiano
lo que en el ensayo son Rebelde con máscara de cazador ritual, Sierra Leona, agosto de 1997
ante todo conclusiones abstractas. Desde ya abrimos nuestras páginas a la discusión
que sin duda generará el texto. Dada la gran extensión del original en inglés, le hemos
hecho pequeñas ediciones, sobre todo en lo que toca al papel que desempeñan las
mayorías y las minorías étnicas en los conflictos internos africanos, tema que por
fortuna no se agrega a la ya dolorosa lista de los que pretenden justificar nuestra gran
carnicería nacional.
POR QUÉ NO PODEMOS CREER EN EL DISCURSO
Hay una honda brecha entre las percepciones populares sobre las causas de un
conflicto y los resultados de los análisis económicos más recientes. La percepción
popular ve la rebelión como una protesta social motivada por un descontento extremo
y auténtico. Los rebeldes son héroes que luchan contra la injusticia, animados por su
patriotismo. El análisis económico ve la rebelión más bien como una forma de
delincuencia organizada. O los economistas pecan por exceso de cinismo, o las
percepciones populares se llaman gravemente a engaño. Antes que nada, quisiera
sugerir por qué las percepciones populares podrían estar realmente equivocadas.

Efectivos de las FARC en San Vicente del Caguán, Colombia, marzo del 2000

Las percepciones populares son moldeadas por el discurso que los propios conflictos
generan. Los bandos de una guerra civil no se quedan callados: no son ratones blancos
bajo la observación de los científicos. No, ellos dan explicación de sus acciones. En
efecto, ambas partes de un conflicto harán un gran esfuerzo por tener buenas
relaciones públicas. Las organizaciones rebeldes más grandes contratarán compañías
profesionales de relaciones públicas para difundir sus comunicados, y los gobiernos a
los que se oponen contratarán de manera habitual compañías de relaciones públicas
rivales. Figúrese, por un momento, que usted es el cabecilla de una organización
rebelde y que necesita dar una explicación de sus objetivos. ¿Cuáles serán los puntos
más probables? Muy seguramente presentará una letanía de quejas contra el gobierno,
por la opresión, por la inequidad y tal vez por violentar a un sector de la población que
su organización dice representar. Es decir, el suyo será el e l nguaje de la protesta.
Presentará su rebelión como un movimiento de protesta, llevado al recurso extremo de
la violencia por la gravedad extrema de las condiciones que "su" pueblo padece. Es
casi seguro que el gobierno habrá respondido a su insurrección con una incompetente
campaña de contrainsurgencia. "Casi seguro", porque la contrainsurgencia es
sumamente difícil.

La dificultad más obvia que un gobierno enfrenta para la contrainsurgencia es lograr


que su ejército pelee. La gente prefiere no correr el riesgo de que la maten. Los
gobiernos ensayan diversos incentivos económicos para solucionar este problema. Por
ejemplo, en un reciente conflicto africano el gobierno resolvió pagar una bonificación a
sus soldados mientras se hallaran en zona de combate. Al poco tiempo de haberse
establecido este incentivo, la guerra pareció propagarse en forma alarmante. En áreas
que antes eran seguras, cerca de los cuarteles, los grupos rebeldes detonaron minas
explosivas. Trascendió que las propias tropas del gobierno probablemente estaban
plantando estas minas. Sin embargo, los problemas más graves se producen cuando el
gobierno consigue persuadir a su ejército de que combata, para encontrarse luego con
que no tiene medios para controlar el comportamiento de las tropas sob re el terreno. A
partir de Vietnam, el resultado han sido las atrocidades. Los grupos rebeldes pueden
incluso desear que el gobierno cometa atrocidades, pues éstas dan mayor pábulo al
descontento. Es mediante este discurso del descontento como la mayoría de las
personas entiende las causas del conflicto. Un análisis cabal de las causas de un
conflicto se convierte entonces en cuestión de rastrear el origen de los descontentos y
agravios de uno y otro lado en la historia de la protesta.

El economista ve el c onflicto de modo bien distinto. Los economistas que han


estudiado las rebeliones no tienden a considerarlas como movimientos extremos de
protesta, sino como manifestaciones extremas de delincuencia organizada.

Como dice Grossman en Cleptocracia y revoluciones, "en esas insurrecciones los


insurgentes no se distinguen de los bandoleros o los piratas". La rebelión es una
depredación en gran escala de las actividades económicas productivas. No obstante,
esta opinión está tan reñida con el discurso popular sobre el conflicto que existe la
tentación de desecharla como mera fantasía. Las técnicas de la ciencia económica no
socorren sus argumentos: comparado con la irresistible minuciosidad fáctica de las
historiografías de la protesta, el enfoque del economista suena demasiado esotérico y
tecnocrático. Así pues, antes de explicar por qué los economistas ven la rebelión como
la ven, quiero mostrar por qué el discurso acerca del conflicto no se puede creer a pie
juntillas.

Deponga usted por un momento la incredulidad y suponga que la mayoría de los


movimientos rebeldes están muy cerca de ser variantes en gran escala de la
delincuencia organizada. Su discurso sería idéntico al que tendrían si fueran
movimientos de protesta. A diferencia de la delincuencia organizada, los movimientos
rebeldes necesitan tener buenas relaciones públicas internacionales y necesitan
estimular a sus efectivos para que maten. Necesitan buenas relaciones públicas
internacionales porque la mayoría de ellos depende en parte del apoyo financiero
internacional. Necesitan estimular a sus efectivos para que maten porque, a diferencia
de una mafia, una organización rebelde predatoria tendrá que combatir periódicamente
por su supervivencia contra las fuerzas del gobierno. Una organización rebelde
sencillamente no se puede permitir que la tachen de delincuencia: no es buena
publicidad y no es lo suficientemente estimulante. Las organizaciones rebeldes tienen
que desarrollar un discurso del descontento para poder funcionar. El descontento es
para una organ ización rebelde lo que la imagen es para una empresa. En ambos casos,
la organización invierte recursos de publicidad para su promoción. Según ve el
economista los conflictos, el descontento no resulta ser una causa de éstos, ni tampoco
un subproducto fortuito de los mismos. Más bien encuentra que las organizaciones
rebeldes generan deliberadamente un sentimiento de descontento. Éste puede estar
fundado en motivos de queja reales, o puede hacerse brotar alborotando ciertos
prejuicios. Con todo, aunque esta distinción puede tener un interés ético para el
observador (¿es justa la causa?), carece de importancia práctica. Sencillamente, la
organización necesita generar un sentimiento de descontento. De lo contrario,
fracasará como organización y tenderá a irse disolviendo.
Es obvio que las organizaciones rebeldes o quienes las apoyan honestamente no
comparten esta interpretación del conflicto: la justicia de la lucha parece ser esencial
para el triunfo. La teoría económica del conflicto sostiene en cambio que la motivación
de los conflictos no tiene importancia: lo que importa es que la organización se pueda
sostener financieramente. Esto, y no cualquier razón objetiva de inconformidad, es lo
que determina que un país presencie una guerra civil. La organización rebelde puede
encontrar motivo en todo un abanico de consideraciones. Puede encontrarlo en
descontentos sentidos, o simplemente puede desear el poder que confiere el volverse
gobierno. Sea cual sea la razón por la que lucha la organización, sólo podrá hacerlo si
ello es financieramente viable en el curso del conflicto.

Una guerra no se puede librar sólo a fuerza de odios o esperanzas. La depredación


durante el conflicto puede no ser el objetivo de la organización rebelde, pero sí es el
medio para financiarlo. Por depredación me refiero al uso de la fuerza para arrebatar
bienes o dinero a sus legítimos dueños. La teoría económica del conflicto da por
sentado que los descontentos sentidos y las ansias de poder se encuentran más o
menos por parejo en todas las sociedades. Los grupos pueden abrigar inconformidades
más o menos por fuera de sus circunstancias objetivas, fenómeno social conocido
como "privación relativa". Hay quienes alimentan ansias de poder haciendo más o
menos caso omiso de los beneficios objetivos que confiere el poder. En este caso, la
factibilidad de la depredación es lo que determina los riesgos de que surja el conflicto.
La depredación puede ser un lamentable imperativo en el camino a la presunta justicia
o poder, pero lo decisivo son las condiciones que permiten la depredación. Si se arguye
que la depredación es el motivo del conflicto o que simplemente lo posibilita, por
ambas vías se llega a la misma conclusión: la rebelión no tiene relación con
circunstancias objetivas de descontento, en tanto que es causada por la factibilidad de
la depredación.

En la versión más cínica de esta teoría, la rebelión encuentra su motivo en la codicia,


de modo que se produce cuando los rebeldes pueden beneficiarse de la guerra. En una
segunda versión, los rebeldes encuentran motivo en las ansias de poder, pero la
rebelión se produce únicamente cuando pueden beneficiarse de la guerra. En la versión
del descontento subjetivo de la teoría de la depredación, los rebeldes encuentran
motivo en agravios imaginarios o re ales, pero la rebelión sólo tiene lugar cuando
pueden beneficiarse de la guerra. Las tres versiones comparten dos implicaciones: los
rebeldes no son necesariamente héroes que luchan por una causa valiosa, y la
factibilidad de la depredación da razón del conflicto. Por tanto, las tres pueden aunarse
en contraposición a la teoría del descontento objetivo del conflicto, según la cual los
rebeldes son en efecto héroes que luchan por una causa valiosa, al tiempo que la
intensidad del descontento objetivo da razón del surgimiento del conflicto.
En realidad no importa si los rebeldes encuentran motivo en la codicia, las ansias de
poder o el descontento, por cuanto lo que da pie al conflicto es la factibilidad de la
depredación. De hecho, los economistas otorgan poco crédito a las explicaciones que
las personas dan de su comportamiento y prefieren trabajar basándose en la
"preferencia revelada": las personas revelan gradualmente su verdadera motivación
mediante sus acciones, aunque quieran ocultarse a sí mismas la dolorosa verdad. Los
cabecillas rebeldes pueden llegar a creerse casi siempre su propia propaganda, pero si
sus palabras son desmentidas por sus actos, entonces las palabras tienen muy poco
poder de explicación.

Menos razón hay para dudar que quienes apoyan desde lejos la rebelión estén
auténticamente comprometidos con la causa de la reivindicación de descontentos. Sin
embargo, estos defensores bien pueden haber sido embaucados. Los cabecillas
rebeldes siempre han buscado partidarios externos, "idiotas útiles" según lo expuso
Lenin de modo muy diciente. Entre las personas más susceptibles al discurso del
descontento se cuentan quienes con más pasión se preocupan por la opresión, la
desigualdad y la injusticia. En resumen, si la rebelión se presenta como un movimiento
de protesta llevado al extremo, atraerá en calidad de partidarios no combatientes al
tipo de personas que por lo general apoyan los movimientos de protesta. La teoría
económica del conflicto sostiene que esas personas han sido víctimas de engaño por
aceptar el discurso palabra por palabra. Como tesis de las ciencias sociales, esta teoría
del conflicto ilustra un caso en el que la economía moderna coincide con el viejo
marxismo. Como en Marx, la causa subyacente del conflicto es económica: en este
c aso, la organización rebelde es depredadora de ciertos sectores de la economía. Como
en Marx, la "superestructura" es un conjunto de creencias falsas. La simple diferencia
es que los partidarios de los rebeldes son los poseedores de la "falsa conciencia": son
llevados con engaño a creer en el discurso que los cabecillas rebeldes propagan para
su propio interés.

Así pues, ¿codicia o descontento? No podemos saberlo partiendo del discurso. En


ocasiones el discurso discrepa flagrantemente de la acción. Tomemos por ejemplo el
conflicto hace poco resuelto en Sierra Leona. Una organización reclutó hasta unos
20.000 efectivos y se opuso al gobierno. La organización rebelde produjo la
acostumbrada letanía de agravios, y sus mismas dimensiones apuntaban a un apoyo
muy extendido. No obstante, Sierra Leona es un importante exportador de diamantes
y había considerables indicios de que la organización rebelde estaba involucrada en
gran escala en el negocio. Durante las negociaciones de paz el cabecilla rebelde recibió
y aceptó la oferta de la vicepresidencia del país. Ésta, podemos suponer, sería una
buena base para la reivindicación de los descontentos. Así y todo, no bastó para
convencer al cabecilla de que aceptara el acuerdo de paz. Él tenía una exigencia
adicional que, una vez satisfecha, condujo a un arreglo (temporal). Exigió ser
nombrado ministro de Minas. Casos como éste sugieren cuando menos que algo más
que el descontento puede correr bajo la superficie del discurso.

LAS EVIDENCIAS
La economía moderna cuenta con dos poderosas herramientas: la estadística y la
teoría. Quienes no son economistas raras veces se dejan convencer por la mera teoría
económica, así que voy a comenzar por las evidencias estadísticas. En compañía de
Anke Hoeffler he analizado los parámetros que siguen los conflictos, valiéndonos de
una nueva y enorme base de datos sobre las guerras civiles del período 1965-99. Una
guerra civil se clasifica como un conflicto interno con por lo menos 1.000 muertes
relacionadas con combates. Durante este período hubo 73 guerras civiles en el
planeta, y en principio analizamos los parámetros bajo los cuales se dieron estas
guerras en los 161 países de nuestra muestra. Dividimos el período en ocho
subperíodos de cinco años y tratamos de predecir la aparición de una guerra en un
subperíodo por las características al inicio de ésta. Como técnicas estadísticas
empleamos regresiones logit y probit. En la práctica, algunas guerras ocurren en
situaciones en las que prácticamente no hay más datos sobre el país. Sabemos que
éste vivió una guerra, pero carecemos de suficiente información sobre otras
características como para incluirlo en nuestro análisis. Esto reduce nuestra muestra a
47 guerras civiles. No obstante, basta con eso para encontrar marcadas tendencias en
común. (En las páginas 46 y 47 de este artículo se incluye una lista de esas 47
guerras).
Para formarse una idea de la importancia que tienen los distintos factores de riesgo
resulta útil imaginar un país base. Tomaré como tal un país cuyas características en
conjunto lo ubiquen en la media de nuestra muestra. Así, por construcción, obtenemos
un país extraordinariamente ordinario. Estas características le confieren un riesgo de
conflicto civil de alrededor del 14% en un
determinado período de cinco años.
El factor de riesgo más poderoso consiste
en que aquellos países cuyos ingresos
(PIB) provienen de manera considerable
de la exportación de bienes primarios
tienen un riesgo de conflicto radicalmente
mayor. El nivel más peligroso de
dependencia de los bienes primarios es de
un 26% del PIB. En este nivel, un país
ordinario en lo demás corre un riesgo de
conflicto del 23%. En comparación, si
careciera de exportaciones de bienes
primarios (siendo igual en los otros
respectos), el riesgo caería a tan sólo el 0,5%. Así pues, si carece de exportaciones
primarias, un país ordinario se encuentra bastante a salvo de conflictos internos,
mientras que si estas exportaciones son considerables, la sociedad es altamente
peligrosa. Los bienes primarios son entonces parte principal de la historia del conflicto.
¿Qué más tiene importancia?

Tanto la geografía como la historia cuentan. La geografía importa, pues si la población


se encuentra muy esparcida por el territorio, al gobierno le resulta más difícil
controlarla, lo que no ocurriría si todo el mundo viviera en la misma área reducida. La
geografía de la República Democrática del Congo (el antiguo Zaire) hace que a las
fuerzas del gobierno les resulte extraordinariamente difícil controlarla, puesto que la
población vive hacia la periferia de una inmensa área, con las tres ciudades principales
situadas en los extremos occidental, sudoriental y norte del país. Si se compara,
Singapur sería una pesadilla para una rebelión. En esta ciudad-Estado no hay dónde
ocultarse y las fuerzas del gobierno pueden llegar a cualquier sitio del país en el
espacio de una hora. Con una dispersión geográfica similar a la del Congo, nuestro país
ordinario en lo demás corre un riesgo de conflicto de alrededor del 50%; mientras que
con una concentración tipo Singapur el riesgo baja hasta el orden del 3%.
La historia importa, ya que si un país ha vivido una guerra civil recientemente, el
riesgo de otras guerras es mucho más alto. Inmediatamente después del cese de
hostilidades hay una probabilidad de ulteriores conflictos del 40%. El riesgo cae luego
alrededor de un punto porcentual por cada año de paz. No obstante, la importancia de
la historia depende del tamaño de la diáspora. Por ejemplo, hay países con diásporas
muy grandes hacia los Estados Unidos en relación con la población no emigrante, en
tanto que otros no las tienen. Supongamos que nuestro país ordinario en lo demás ha
terminado una guerra civil hace cinco años y ahora desea saber qué probabilidades
hay de que haya paz en los siguientes cinco años. Si el país tiene una diáspora
extraordinariamente grande en los Estados Unidos, sus probabilidades de conflicto son
del 36%. Si tiene una diáspora extraordinariamente pequeña, sus posibilidades de
conflicto son apenas del 6%. Así, las diásporas parecen hacer mucho más peligrosa la
vida para los que se quedan en el sitio en situaciones postconflicto.

Las oportunidades económicas también importan. Los conflictos se concentran en


países con poca educación. El país promedio de nuestra muestra contaba con apenas
un 45% de sus varones jóvenes cursando educación secundaria. Un país con diez
puntos porcentuales más de sus jóvenes en el colegio -digamos que un 55% en lugar
de un 45%- recorta el riesgo de conflicto del 14% hasta alrededor del 10%. El conflicto
es más probable en los países de acelerado crecimiento demográfico: por cada punto
porcentual en la tasa de crecimiento demográfico se eleva el riesgo de conflicto en
unos 2,5 punt os porcentuales. El conflicto también es más probable en países en
decadencia económica. Por cada punto porcentual que se resta a la tasa de crecimiento
de la renta per cápita, el riesgo de conflicto se eleva alrededor de un punto porcentual.

Huelga de mineros en Kemorovo, Unión Soviética, julio de 1989

La composición étnica y religiosa del país tiene importancia. Si hay un grupo étnico
dominante que abarque entre el 45% y el 90% de la población (suficiente para darle el
control, pero no lo bastante para que carezca de sentido ejercer una discriminación
contra la minoría), el riesgo de conflicto se duplica. Por ejemplo, vemos que en Sri
Lanka los tamiles son una minoría de alrededor de un 12% de la población, y en
Ruanda los tutsis componen entre el 10 y el 15% de la población. Desde luego, en Sri
Lanka los tamiles son una minoría débil, mientras que en Ruanda los tutsis son una
minoría fuerte que controla el gobierno. Sin embargo, es claro que en Ruanda la
minoría tutsi no se atreve a entregar el poder por miedo a verse sujeta a una
dominación étnica. Si bien el predomino étnico es un problema, la diversidad étnica y
religiosa no hace más peligrosa a una sociedad. De hecho, la hace más segura. Un país
étnica y religiosamente homogéneo es sorprendentemente peligroso: el riesgo es del
23%. En comparación, en nuestro estudio encontramos que un país con una diversidad
étnica y religiosa en su máxima magnitud corre un riesgo de sólo un 3%. En ausencia
del caso bastante raro del predominio, la diversidad hace mucho más seguras a las
sociedades.

Por último, una buena noticia. Desde 1990 el mundo se ha encontrado


considerablemente más a salvo de los conflictos civiles. La adición de una variable
indicadora o dummy para el período transcurrido desde el fin de la Guerra Fría resulta
estadísticamente significativa y produce un efecto bastante grande. Manteniendo
constantes y en su término medio las causas de conflicto arriba me ncionadas, el riesgo
de conflicto en los años noventa fue apenas la mitad del de la época de la Guerra Fría.
Por supuesto, otras causas de conflictos también cambiaron en la década de 1990: en
promedio, los ingresos per cápita crecieron más rápido que en a l década de 1980, lo
que también redujo el riesgo. A pesar de eso, algunos países se hicieron aún más
dependientes de las exportaciones primarias o sus economías colapsaron, con lo que
se volvieron más propensos al conflicto. Para 1995, el país con el riesgo más alto de
conflicto de acuerdo con nuestro análisis era Zaire, con tres probabilidades en cuatro
de conflicto dentro de los siguientes cinco años. Lamentablemente, nuestro modelo
predijo con demasiada exactitud lo que ocurrió.

Éstos son los parámetros estadísticos de los conflictos intestinos desde 1960. Son
interesantes tanto por lo que importa como por lo que no. Claramente, algunos altos
riesgos se derivan de los bienes primarios y las diásporas, y otros solían venir de la
Guerra Fría. Por otra parte, llama igualmente la atención lo que no parece incidir en el
riesgo de conflicto. Las desigualdades, sean de ingresos o de posesiones, no tienen
efectos discernibles. Las sociedades desiguales no son más propensas al conflicto. Una
carencia de derechos democráticos no parece producir efectos significativos. La
diversidad étnica y religiosa, como ya señalamos, lejos de aumentar el riesgo de
conflicto, de hecho lo reduce. Todos éstos son obvios sustitutos de descontentos
objetivos. Las sociedades desiguales, divididas en lo étnico y con pocos derechos
políticos, parecerían ser precisamente los lugares más propicios para una rebelión. Son
sin duda los lugares donde más perentoria se hace la protesta. Y así y todo, esos
sitios, hasta donde podemos discernir, no corren un mayor riesgo de conflictos
violentos que los demás. De hecho, en virtud de su diversidad étnica son algo más
seguros. La única variable indicativa de protesta que tiene incidencia se produce
cuando la sociedad se caracteriza por el predominio étnico. Esto puede deberse a que
no estemos midiendo adecuadamente los descontentos objetivos. Sin embargo, nos
hemos esforzado honestamente por emplear todos los índices comparables de
descontento objetivo de que se puede disponer, hoy por hoy numerosos. Al menos
como hipótesis de trabajo, la guerra civil está mucho más estrechamente relacionada
con las variables económicas y geográficas arriba mencionadas que con los
descontentos objetivos.

POR QUÉ LA REBELIÓN NO ES EQUIPARABLE A LA


PROTESTA
Los economistas han estudiado la dinámica de la protesta. El primer problema con el
lanzamiento de una pro testa consiste en que ésta es un "bien público", lo cual quiere
decir que si la protesta consigue imponer justicia, todo el mundo se beneficia, háyase
molestado o no en tomar parte en ella. El bien público presenta siempre problemas
ante la acción colectiva: para el individuo tiene más sentido aprovecharse gratis del
esfuerzo ajeno; y si todos pretenden hacer lo mismo, entonces no pasa nada. Esto
crea un problema en el caso de las protestas, ya que el gobierno podría castigar a los
participantes, a menos que concurra mucha gente y los números brinden seguridad.
Además, para protestar, la mayoría de las personas tendrá que perder un día de
ingresos. Ésta es una de las razones para que una proporción tan elevada de
manifestantes suela estar compuesta de estudiantes. La tentación de aprovecharse
gratis de una rebelión en pro de más justicia es mucho más fuerte que la tentación de
aprovecharse gratis de una protesta social en pro de más justicia. Una protesta social
cuesta poco, arriesga poco y parte de un sentid o cívico. De hecho, los manifestantes lo
que hacen es forzar una elección abierta en torno a un punto específico. Pero la
rebelión es un compromiso de tiempo completo, amén de peligrosa. Los economistas
predecirían que el aspecto colectivo de una rebelión en pro de la justicia engendraría
por lo común un obstáculo insuperable.
Disturbios callejeros en Ch ile, poco antes del plebiscito de 1988

La contribución de Kuran en su análisis de la dinámica de la protesta social consistió en


ver que el movimiento de protesta exitoso es aquel que asciende en escalada, y que
esto depende de una precipitación en cascada del número de participantes, sacados
cada vez más de entre los partidarios tibios. Supongamos que los posibles partidarios
de un movimiento de protesta social se organizan según el grado de disposición a
correr riesgos personales. Los partidarios más ardientes son los primeros en unirse a la
protesta, en la etapa en que, por ser pequeña, al gobierno le resulta fácil ejercer
violencia contra sus participantes. Con cada partidario adicional que se suma al
movimiento, los riesgos de castigo por participación descienden. La precipitación en
cascada depende de que la reducción de este riesgo induzca a un número suficiente de
personas a cambiar de parecer y unirse a la protesta, de modo que el riesgo disminuya
aún más e induzca a todavía más personas a cambiar de parecer. Si la precipitación en
cascada funciona, basta con unas pocas personas comprometidas que enciendan la
chispa inicial para que se convierta en un incendio de sabana. ¿Pueden las rebeliones
que observamos equivaler a movimientos de protesta fallidos, casos en los que unos
cuantos centenares de valientes encendieron la chispa sin que el fuego prendiera en el
resto de la sociedad, por lo que ese núcleo de valientes hubo de convertirse en una
guerrilla enfrentada al gobierno? ¿No serán los rebeldes unos héroes abandonados por
la masa de cobardes y llevados por ello a cometer actos más violentos para su propia
protección? Pues bien, de ser así, se observaría un curso muy definido en el desarrollo
de las rebeliones.

Kuran sugiere que la precipitación en cascada es más factible en las sociedades


homogéneas. En tales sociedades habrá un denso continuo de opinión. Muchas
personas estarán al borde de cambiar de parecer y, por tanto, serán movidas a la
acción en cuanto empiecen a descender los riesgos de castigo por parte del gobierno.
En cambio, si la sociedad está dividida en muchos grupos diferentes que no ven como
propios los intereses de otros grupos, en lugar de un continuo de opinión tenemos
cúmulos de opinión divididos por brechas. Tan pronto la cascada llega a la primera
brecha, se detiene. Una de las implicaciones de este hallazgo es que la protesta social
se atascaría precisamente en las sociedades donde impera la diversidad. O sea que si
las rebeliones son asunto de héroes abandonados por los cobardes, cabría esperar que
aquéllos se contaran en mayor cantidad en las sociedades caracterizadas por la
diversidad. Recuérdese que, de hecho, hemos observado justamente lo contrario. Las
sociedades diversificadas corren un riesgo de rebelión mucho más bajo que las
homogéneas.

Claro que si escarbamos con suficiente minucia en la


historia encontraremos ejemplos de movimientos de
protesta social abortados que se convirtieron en
rebeliones. Si escarbamos en la historia podemos
encontrar cualquier cosa. No obstante, la imagen de
la banda rebelde como la parte más dedicada y
abnegada de la población es muy difícil de conciliar
con los hechos. La rebelión por lo general no se
relaciona con ninguno de los descontentos objetivos
- desigualdad, represión política, diversidad- que tan
reiteradamente se mencionan en el discurso
rebelde. Ni tampoco tiene una alta incidencia en
sociedades en las que sería de esperarse que los
movimientos de protesta social encarasen el mayor
número de dificult ades. La única excepción a todo
esto es la de que en situaciones de predominio
étnico -con o sin democracia- las minorías (o las
mayorías) pueden alzarse en armas. En todo lo
demás, el rebelde moderno parece haber sido de
veras un "rebelde sin causa".

¿QUÉ CONDICIONES HACEN QUE


LAS REBELIONES PREDATORIAS
SEAN RENTABLES?
Empíricamente, el riesgo de rebelión está fuertemente ligado a tres condiciones
económicas: dependencia de las exportaciones primarias, bajos ingresos promedios y
bajo crecimiento del país. Explicaré por qué es así.

Las exportaciones de bienes primarios son la actividad económica más susceptible de


saqueo. La economía que depende de ellas ofrece, por lo tanto, numerosas
oportunidades para la rebelión depredadora. Un indicativo de la alta susceptibilidad al
saqueo de las exportaciones primarias es el hecho de que sean también la actividad
con mayor carga impositiva: las mismas características que hacen que a los gobiernos
les sea fácil gravarlas con impuestos hacen que a los rebeldes les sea fácil saquearlas.
De hecho, la depredación rebelde es simplemente una imposición tributaria ilegal. A la
inversa, en algunos países el gobierno ha sido descrito como una depredación
legalizada que grava fuertemente los bienes primarios con el fin de financiar a la elite
gubernamental. En los peores casos, las víctimas de esta depredación no discriminan
mayor cosa entre el comportamiento de la organización rebelde y el del gobierno. Esto
no significa, sin embargo, que los rebeldes "no sean peores" que el gobierno. La
presencia de una organización rebelde arroja a una sociedad de la paz a la guerra civil,
y es muy probable que los costos de la guerra excedan a los de la depredación por
parte del gobierno.

Las exportaciones de bienes primarios son especialment e vulnerables al saqueo y a la


imposición tributaria debido a que su producción depende fuertemente de activos
duraderos e inmuebles. Una vez cavado el pozo de una mina, es mejor explotarla
aunque gran parte del lucro previsto se pierda en manos de los rebeldes. Una vez
sembrados los cafetales, es mejor recoger las cosechas aunque haya que renunciar a
gran parte del café. Así pues, la depredación rebelde no aniquila la actividad o la hace
mudarse a otro sitio, como sucedería si la manufactura fuera el blanco. Además de
eso, como el producto es exportado, hay que transportarlo al puerto. En el camino hay
múltiples "puntos de estrangulación" que, si pueden controlarlos así sea
esporádicamente, permiten a los rebeldes la exacción de un tributo. Podemos presumir
que el gobierno controla el mejor punto de estrangulación de todos, el propio puerto.
Este modo de obrar hace que el grupo rebelde tenga algo de delincuencia organizada.
No obstante, es delincuencia organizada con una diferencia. El gobierno tratará de
defender los puntos de estrangulación contra los ataques rebeldes: después de todo,
defiende sus propios ingresos. Por ende, a diferencia de la mafia, el grupo rebelde
debe esperar enfrentamientos ocasionales con las considerables fuerzas del gobierno,
y en razón de ello, tiene necesidad de protegerse. En consecuencia, los grupos
rebeldes necesitan ser mucho más grandes que las mafias. Lo típico es que una
organización rebelde tenga entre 500 y 5.000 combatientes, mientras que las mafias
cuentan con entre 20 y 500 integrantes. Como las organizaciones rebeldes tienen que
ser de gran tamaño para poder enfrentarse a las fuerzas del gobierno y funcionar como
depredadoras, los conflictos pueden producir una mortalidad acumulada que sobrepase
los 1.000 y, por tanto, clasificar empíricamente como guerras civiles.

Tienda de armas en Adm Khel, donde los rebeldes afganos ensamblan


Kalashnikovs de fabricación casera

¿Por qué es mucho más alto el riesgo de conflicto en los países de bajos ingresos?
Viene a la mente la explicación de que los pobres no tienen mucho que perder
uniéndose a un grupo rebelde, por lo que a las organizaciones rebeldes les resulta
barato el reclutamiento. Algo de verdad puede haber en ello, pero si el reclutamiento
de jóvenes es barato para la organización rebelde, igualmente barato puede ser para el
gobierno. Por lo tanto, los bajos ingresos no dan una ventaja automática a la rebelión.
Sin embargo, de manera indirecta, los ingresos bajos sí dan una ventaja a los
rebeldes. En todo el mundo, la proporción de las entradas del gobierno por recolección
de gravámenes aumenta a la par con los ingresos. Por ejemplo, la mayoría de los
gobiernos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos obtiene
alrededor del 40% de las rentas nacionales bajo la forma de ingresos tributarios. En
las economías realmente pobres, como Ghana y Uganda a comienzos de la década de
1980, los gobiernos obtenían apenas un 6% de las rentas nacionales a partir de la
tributación. Esto reduce la capacidad del gobierno para los gastos de defensa y facilita
de ese modo la depredación rebelde. En efecto, en las economías de bajos ingresos los
gobiernos por lo general obtienen algo así como la mitad de sus entradas de la
imposición de gravámenes a las exportaciones de bienes primarios (directa o
indirectamente), de modo que su base de ingresos se asemeja bastante a la de los
rebeldes. En niveles de ingresos superiores, los gobiernos complementan estas
entradas con las resultantes de gravar otras actividades económicas. Así pues, los
países pobres tienen una alta incidencia de conflictos porque sus gobiernos no pueden
defenderse. Puede haber, claro, otras razones de que la pobreza facilite la actividad de
los rebeldes. La pobreza puede hacer que la desesperación o la rabia cundan entre la
gente. Con todo, si este efecto fuera muy importante, sería de esperarse que los
estudios mostraran que la desigualdad aumenta las probabilidades de conflicto: para
un nivel dado de ingresos promedio, a más desigualdad en la distribución de los
ingresos, más severa es la pobreza de los más pobres. De hecho, la desigualdad no
parece afectar el riesgo de conflicto. La rebelión no parece ser la ira de los pobres.
A decir verdad, si a algo se parece la rebelión es a la ira de los ricos. Una de las
maneras que los grupos rebeldes tienen de asegurarse la depredación de las
exportaciones primarias consiste en lograr la secesión de las tierras donde se producen
los bienes primarios. Tales intentos de secesión por parte de las regiones ricas son
bastante comunes. El movimiento secesionista de Katanga en Zaire se dio en la región
de las minas de cobre; el de Biafra en Nigeria, en la región petrolífera; el movimiento
de secesión de la provincia de Atjeh en Indonesia es el de una región productora de
petróleo con un pib per cápita tres veces por encima del promedio nacional; la exitosa
secesión de Eritrea fue la de una región con ingresos per cápita dos veces más alt os
que los del resto de Etiopía. En la medida en que el grupo rebelde no sólo se beneficia
a sí mismo con la depredación sino que lucha por una causa política, esa causa es el
descontento de una minoría rica por tener que pagar impuestos a la mayoría pobre.
Estas rebeliones bien pueden tener más en común con la política de Staten Island que
con Robin Hood.

Tanto el crecimiento económico lento


como el crecimiento demográfico rápido
aumentan las posibilidades de rebelión.
Ambos fomentan el reclutamiento rebelde,
presumiblemente. La organización rebelde
necesita crecer con bastante rapidez para
poder sobrevivir frente al ejército. Por lo
tanto, para un nivel de ingresos dado, si
hay pocas oportunidades de empleo,
pocas de educación y demasiados jóvenes
en busca de trabajo, la organización
rebelde enfrenta una tarea más fácil.

En conclusión, los parámetros observados de la rebelión son bastante inteligibles. Las


elevadas exportaciones de bienes primarios, los bajos ingresos y el crecimiento lento
componen un coctel que hace más financieramente viables las rebeliones
depredadoras. En tales circunstancias los rebeldes pueden beneficiarse de la guerra.
¿POR QUÉ LA DIVERSIDAD ÉTNICA HACE QUE UNA
SOCIEDAD SEA MÁS SEGURA Y NO MÁS PELIGROSA?
Una de las más notables realidades empíricas es el hecho de que las sociedades más
variadas en términos étnicos y religiosos son significativamente más seguras que las
sociedades homogéneas. Si los odios étnicos y religiosos son una causa importante de
los conflictos, la pauta debería ser la opuesta, ya que en las sociedades homogéneas
no habría a quién odiar. Es evidente que el conflicto no es generado por este tipo de
causas. Sin embargo, menos evidente es la razón de que la diversidad haga harto más
segura a una sociedad, en vez de no tener efecto alguno, simplemente.
Yo creo que la diversidad hace que una sociedad sea más segura porque hace que
rebelarse sea más difícil. En primerísimo lugar, esto sucede porque la organización
rebelde no es ni una mafia ni un movimiento de protesta social sino un ejército. Los
ejércitos enfrentan ingentes problemas de motivación y cohesión organizacional. Para
combatir efectivamente, los soldados deben vencer su instinto individual de esquivar el
peligro y deben correr riesgos para ayudar a otros miembros de su equipo. La historia
militar abunda en recuentos de pequeños grupos que derrotaron a otros mucho más
grandes sólo porque eran mejores unidades de combate. Las tropas del gobierno
también enfrentan estos problemas, pero con la ventaja de haber contado con más
tiempo para manejarlos. En cambio, la organización rebelde por regla general no
puede perder años preciosos para elevar su moral antes de comenzar operaciones.
Tiene que reclutar partiendo de la nada y empezar a combatir rápidamente.

Devotos de Jomeini, Irán, 1985

Un principio sencillo es el de conservar en lo posible la similitud de los reclutados entre


sí. Mientras más lazos sociales haya dentro de la organización (un mismo grupo tribal
o de parentesco, o al menos un mismo grupo étnico, de lengua y religión), más fácil
será conformar una fuerza combatiente. Esto se aplicaría aún con mayor validez al
grupo central de los oficiales. Para un gob ierno, la manera más fácil de derrotar una
rebelión puede ser la de comprar a parte de la oficialidad. Cuanto más "capital social"
dentro del grupo, más posibilidades tiene de cohesión. Este principio implica que en las
sociedades étnicamente diversas las rebeliones tienden a ser étnicamente
particularizadas. Esto tiene dos corolarios importantes. El primero: mientras más se
divida la sociedad en un mosaico de distintos grupos étnicos y religiosos, más difícil
será reclutar una fuerza del tamaño suficiente para que la rebelión sea viable. Por
ejemplo, en África el grupo etnolingüístico promedio tiene tan sólo unos 250.000
miembros, de los cuales unos 25.000 serán varones jóvenes. Así, aun antes de
descontar otras divisiones por causas religiosas, una organización de 5.000
combatientes tendría que reclutar el 20% de ese grupo de edad. La diversidad social
hace entonces que la empresa rebelde sea más ardua y, por ende, hace más
improbable la rebelión.

El segundo corolario es que, cuando sí se produce un conflic to en las sociedades de


diversidad étnica, éste asume la forma de la rebelión de un grupo étnico particular
contra el gobierno. Como en cualquier ejército, a los reclutados se les animará a matar
al enemigo mediante un adoctrinamiento básico sobre por qué merece la muerte el
enemigo. En efecto, la sencilla teoría leninista de la organización rebelde, adoptada por
muchos movimientos rebeldes, así no adopten la ideología marxista, enseña que las
personas en un principio están tan oprimidas que no caen en cuenta de que están
oprimidas. Tarea clave de la organización rebelde es hacer ver a la gente que es
víctima de la injusticia. La teoría económica de la rebelión acepta esta proposición y le
hace una simple pero razonable extensión: la organización rebelde puede inculcar un
sentimiento subjetivo de injusticia, esté o no esté justificado objetivamente. La
organización rebelde necesita inculcar un sentimiento de injusticia y trabajará para
crearlo. De allí se sigue el odio al enemigo y el ánimo de combate.

Funerales de un agricultor asesinado en Kosovo, Yugoslavia, 1988

Si la organización rebelde logra generar un descontento grupal, acaso fabricando tanto


el descontento como el grupo, la guerra civil resultante se llega a definir en términos
de un conflicto político. No obstante, las necesidades militares de la organización
rebelde y no los descontentos objetivos son las que han creado este conflicto. Los
analistas con frecuencia razonan retrospectivamente a partir del discurso político que
se produce en el curso del conflicto y deducen que la guerra es la consecuencia de un
conflicto político particularmente intenso, a su vez basado en motivos de descontento
particularmente graves. Empero, la intensidad del descontento objetivo no predice una
guerra civil. Muchas sociedades viven intensos conflictos políticos durante muchos años
sin que éstos se conviertan en guerras. El conflicto político es universal, en tanto que
la guerra es escasa. Yo argumento que allí donde la rebelión resulta ser
financieramente viable, habrá guerras. Como parte del proceso de la guerra, la
organización rebelde tiene que generar el descontento de grupo, en aras de la
efectividad militar. La generación del descontento grupal politiza la guerra. En
conclusión, es la guerra la que produce el conflicto político intenso, y no a la inversa.

SI LA DIVERSIDAD INCREMENTA LA SEGURIDAD, ¿POR


QUÉ ES TAN PELIGROSO EL PREDOMINIO ÉTNICO?
La única excepción a la regla de que las sociedades homogéneas son más peligrosas
que las sociedades conformadas por más de un grupo étnico, se produce cuando hay
un predominio étnico. Por predominio étnico me refiero a una sociedad en la que el
mayor grupo étnico individual abarca entre el 45 y el 90% de la población. No es tan
difícil ver por qué estas sociedades son tan peligrosas. En una democracia, tener más
del 45% de la población basta para darle un control permanente a ese grupo: lo que
en ciencia política se llama una coalición ganadora estable. Cuando se tiene menos del
90% de la población puede surgir la idea de que valdría la pena explotar este poder
mediante la transferencia de recursos en poder de la minoría. Si la minoría es de
menos del 10% de la población, normalmente hay tan poco qué ganar con su
explotación, que las ganancias pueden verse más que devoradas por los costos del
sistema de transferencia.

Atentado con carros bomba en Belfast, Irlanda del Norte, julio de 1996

Así pues, en las sociedades caracterizadas por el predominio étnico la mayoría puede
tener tanto el poder como el interés de explotar a la minoría. La minoría puede llegar a
temer la explotación permanente hasta el punto que decide ponerse en pie de lucha.
Ésta es la excepción a la falta de efectos producidos por un descontento objetivo, y
una explicación puede ser la de que la democracia no ofrece perspectivas de
reivindicación. En las sociedades variadas que no se caracterizan por el predominio
étnico, los grupos pequeños excluidos del poder pueden abrigar la esperanza de poder
engancharse en un momento dado a una coalición ganadora. Ni aun los dictadores son
eternos. Así por ejemplo, en Kenia, donde ninguna tribu está cerca de ser mayoría, los
quince años de gobierno del presidente Kenyatta favorecieron fuertemente a su propia
tribu numerosa, los kikuyu. No obstante, Kenyatta había nombrado vicepresidente a
un miembro de una tribu muy pequeña. Al morir Kenyatta, el vicepresidente, Moi,
accedió a la presidencia, y desde 1978 se las ha arreglado para sostener en pie una
coalición ganadora de pequeñas tribus que excluye a los kikuyu y a los luo, los dos
grupos tribales más grandes. Las pequeñas tribus de la Kenia de Kenyatta tenían
entonces razón en esperar una reivindicación a través del proceso político, en lugar del
militar. Por el contrario, en las sociedades caracterizadas por la dominación étnica, la
minoría tiene pocas esperanzas que poner en el proceso político. Así, es posible que la
rebelión en las sociedades de predominio étnico sea una acción de desespero. Nótese
que hay poca diferencia en el hecho de que la mayoría o la minoría sea la que detenta
el poder. Incluso cuando la minoría ocupa el poder, no se atreve a confiar en la
democracia debido a que no confía en la mayoría. Esto es tal vez lo que sucede con los
gobiernos dominados por los tutsi en Ruanda y Burundi, y acaso hasta con el gobierno
dominado por los tigré de Etiopía.

¿POR QUÉ SON TAN PELIGROSAS LAS DIÁSPORAS?


Recordemos que, empíricamente, si un país que ha finalizado hace poco su conflicto
tiene una gran diáspora asentada en los Estados Unidos, el riesgo de que el conflicto
recomience se eleva bruscamente.

Este efecto no tiene mucho misterio. Las diásporas suelen abrigar afectos bastante
idealizados hacia su grupo de origen y pueden cultivar los descontentos como un modo
de reafirmar su continuada pertenencia a ellos. Son harto más ricas que las gentes en
su país de origen y se pueden dar el lujo, por tanto, de financiar la venganza. Por
encima de todo, no tienen que padecer ninguna de las atroces consecuencias de la
reanudación del conflicto, puesto que ya no viven en el país. En consecuencia, son un
mercado accesible para los grupos rebeldes que pregonan la venganza y se
constituyen en una fuente de financiación para el conflicto renovado. También son una
fuente de presión a favor de la secesión. Por ejemplo, la secesión (pacífica) de
Eslovaquia de la antigua Checoslovaquia no se inició en la propia Checoslovaquia, sino
en las organizaciones de la diáspora checoslovaca en Norteamérica. Una ciudad tras
otra, estas organizaciones de la diáspora se fueron divorciando. La reducción al
absurdo de esta tendencia sería que las poblaciones en los Estados Unidos y la Unión
Europea dividieran sus países de origen en "theme parks étnicos", mientras que ellas
mismas disfrutan las ventajas de vivir en países de considerable tamaño y diversidad.
Otra fuente de financiación extranjera proviene de los gobiernos enemigos del
gobierno en funciones. Durante la Guerra Fría cada superpotencia ofrecía alicientes a
los países del Tercer Mundo para que se alineasen con ella. Cuando un gobierno lo
hacía, se convertía en objetivo potencial de los esfuerzos de desestabilización de la
otra superpotencia. Una forma de desestabilizar a los países del otro bando era la
financiación de grupos rebeldes. Con la terminación de la Guerra Fría desapareció la
necesidad de estas desestabilizaciones y con ello la financiación externa de
organizaciones rebeldes entró en declive, lo que explica quizás la reducción del riesgo
de las guerras civiles durante la década de 1990.

¿QUÉ PUEDE HACERSE, ENTONCES?


Si se acepta la explicación convencional del conflicto a partir del descontento, entonces
las medidas indicadas para una intervención deben ir dirigidas a las posibles causas
objetivas del descontento. Según este planteamiento, los países deben acortar las
desigualdades e incrementar los derechos políticos. Estos nobles objetivos son
deseables por numerosas razones, pero si el objetivo es la paz civil, según mi análisis,
resultarán inefectivos.
Una política adicional, si se acepta la explicación del descontento, sería la de trazar
nuevas fronteras, dividir los países e incluso tra sladar poblaciones con el fin de
conseguir una mayor homogeneidad étnica. Por el contrario, si se acepta que la
diversidad hace más seguros a los países, entonces ésta será la vía para atizar los
conflictos civiles y quizás también para atizar los conflictos internacionales. Un ejemplo
reciente de esta posibilidad podría ser la partición de Yugoslavia. En la antigua
Yugoslavia había un alto grado de diversidad que aseguraba que nadie se conformase
en mayoría; o sea, la sociedad no se caracterizaba por el predominio étnico. Primero
Eslovenia, la región más rica de Yugoslavia, se independizó en lo que podría
interpretarse como un caso de "ira de los ricos", aunque con toda seguridad hubo otras
motivaciones. Luego Croacia, la segunda región más rica, se independizó también.
Debido a estas dos secesiones, la Yugoslavia restante quedó caracterizada por el
predominio étnico. Las guerras civiles e internacionales vinieron a continuación.

BROTES DE GUERRA

GUERRA GUERRA
PAÍS AÑO
INICIADA PREVIA
Afganistán 1975-79 1 0
Afganistán 1990-94 1 1
Argelia 1960-64 1 1
Argelia 1990-94 1 1
Angola 1960-64 1 1
Angola 1975-79 1 1
Azarbaján 1990-94 1 0
Bosnia 1990-94 1 0
Burundi 1970-74 1 0
Burundi 1984-89 1 1
Burundi 1990-94 1 1
Camboya 1970-74 1 1
Chad 1980-84 1 0
China 1965-69 1 1
Colombia 1980-84 1 1
Rep. Dominicana 1965-69 1 0
El Salvador 1975-79 1 0
Etiopía 1970-74 1 1
Georgia 1990-94 1 0
Guatemala 1965-69 1 1
Guatemala 1970-74 1 1
Guatemala 1975-79 1 1
Guinea-Bissau 1960-64 1 0
India 1980-84 1 1
Indonesia 1975-79 1 1
Irán 1970-74 1 1
Irán 1975-79 1 1
Irán 1980-84 1 1
Iraq 1970-74 1 1
Iraq 1984-89 1 1
Iraq 1990-94 1 1
Jordania 1970-74 1 0
Laos 1960-64 1 1
Líbano 1975-79 1 1
Liberia 1984-89 1 0
Liberia 1990-94 1 1
Marruecos 1975-79 1 1
Mozambique 1960-64 1 0
Mozambique 1975-79 1 1
Birmania 1965-69 1 1
Birmania 1980-84 1 1
Nicaragua 1975-79 1 0
Nicaragua 1980-84 1 1
Nigeria 1965-69 1 1
Nigeria 1980-84 1 0
Pakistán 1970-74 1 0
Perú 1980-84 1 0
Filipinas 1970-74 1 1
Rumania 1984-89 1 0
Rusia 1990-94 1 0
Rusia 1995-99 1 1
Ruanda 1960-64 1 1
Ruanda 1990-94 1 1
Somalia 1980-84 1 0
Somalia 1984-89 1 1
Sri Lanka 1970-74 1 0
Sri Lanka 1980-84 1 1
Sudán 1960-64 1 0
Sudán 1980-84 1 1
Takijistán 1990-94 1 0
Turquía 1990-94 1 0
Uganda 1965-69 1 1
Uganda 1980-84 1 1
Vietnam 1960-64 1 1
Yemen Ar 1960-64 1 1
Yemen Pr 1984-89 1 0
Yugoslavia 1990-94 1 0
Yugoslavia 1995-99 1 1
Zaire 1960-64 1 1
Zaire 1990-94 1 1
Zaire 1995-99 1 1
Zimbabwe 1970-74 1 0

En consecuencia, las políticas derivadas del diagnóstico del descontento son inefectivas
de variadas maneras, y contraproducentes si se acepta el diagnóstico de la
depredación. ¿Qué políticas serían efectivas si esta interpretación alternativa del
conflicto resultara ser correcta? En primer lugar, tenemos que hacer una distinción
entre la prevención de conflictos y las situaciones postconflicto. Con anterioridad a un
conflicto, el enfoque señalado por el análisis de la depredación es el de penetrar en los
principales factores de riesgo e identificar la manera de aminorarlos. Nótese que esta
aproximación es radicalmente distinta de la más tradicional, que trata de identificar los
descontentos y brindarles reparación. El nuevo enfoque consiste en hacer que a las
organizaciones rebeldes les resulte más difícil establecerse, y la reparación de
descontentos objetivos no suele ser un método efectivo para lograr este objetivo.
Postconflicto, el problema es bien distinto. Las organizaciones rebeldes se han
impuesto en el panorama político y han gene rado descontentos de grupo. Aunque
tanto los descontentos como los grupos pueden haber sido fabricados, ahora ya
existen y las políticas postconflicto tienen que contemplarlos. Por lo tanto, mientras
que la prevención de conflictos no se debe construir en torno de la reducción de
descontentos objetivos, la construcción de una paz sostenible en las sociedades
postconflicto tendrá que tratar con los descontentos subjetivos de los bandos del
conflicto.

POLÍTICAS PARA LA PREVENCIÓN DE CONFLICTOS


Todas las sociedades son distintas. El riesgo general de conflicto de una sociedad se
compone de una serie de factores de riesgo, y el balance de los factores de riesgo
varía de una sociedad a otra. Así, el primer paso para la prevención de conflictos es el
de descomponer el riesgo general en sus elementos constituyentes y luego hacer el
mayor esfuerzo por reducir los riesgos más importantes y más susceptibles a la
aplicación de políticas. Analizo en su orden los factores potenciales de riesgo.
Las economías con alrededor de una cuarta parte del PIB proveniente de las
exportaciones de recursos naturales corren un riesgo agudo de conflicto civil. Hay
cuatro estrategias que podrían reducir el riesgo. Primero, el gobierno puede fomentar
la diversificación de la economía para alejarla de la dependencia de los bienes
primarios. Una mejor política económica promueve la diversificación. En un ambiente
de políticas económicas realmente pobres, las únicas actividades exportadoras que
sobreviven son aquellas de altos rendimientos en un sitio específico. La medición anual
de políticas que hace el Banco Mundial (Evaluación de políticas nacionales e
instituciones) es significativa por cuanto explica el alcance de la dependencia de los
bienes primarios. Una mejora de políticas sostenida durante cinco años reduce la
dependencia para el siguiente quinquenio.

En segundo lugar, el gobierno puede tratar de restar popularidad a los rebeldes que
buscan el pillaje mediante la utilización transparente de los recursos generados por las
exportaciones primarias para financiar la prestación efectiva de servicios básicos. Si se
ve que el dinero financia la educación primaria y los centros de salud rurales, la
población se mostrará más hostil hacia los rebeldes que si creyera que el dinero es
enviado a bancos suizos. Con todo, la efectividad de esta política tiene sus límites. Por
ejemplo, muchos de los jóvenes que combatieron del lado rebelde en Sierra Leona son
tan impopulares que no se atreven a regresar a sus comunidades; aunque esta
impopularidad no fue óbice para que se unieran a la rebelión. Los rebeldes buscaban
deliberadamente drogadictos y niños para el reclutamiento y, por tanto, tenían una
fuerza laboral inusitadamente dependiente.

En tercer lugar, la comunidad internacional puede dificultarles a los grupos rebeldes la


venta de los bienes que saquean. La mayoría de los mercados de bienes
internacionales son, en alguna parte de la cadena de mercado, bastante estrechos, en
el sentido de que no hay muchos participantes en ellos. Si bien los bienes primarios
son más difíciles de identificar que las manufacturas de marca, de todos modos
presentan diferencias de calidad. Así, los mercados por lo general pueden identificar el
origen del bien mediante la identificación de su calidad. Por ejemplo, en la etapa de
tallado de los diamantes se puede establecer su origen con razonable exactitud; y la
talla de diamantes es una actividad altamente especializada que podría someterse a
cierto grado de regulación internacional. Desde luego, jamás será posible exp ulsar del
mercado la oferta ilegal, pero debería ser posible arrinconarla hacia los bordes
marginales del mercado, donde los bienes sólo pueden venderse con profundos
descuentos. La depredación rebelde sería entonces menos lucrativa.

Los bajos ingresos y la decadencia económica también son factores de riesgo. No hay
un remedio rápido para los bajos ingresos. No obstante, para la mayoría de las
sociedades aquejadas por la pobreza ahora es posible salir de ella en el espacio de una
generación. Corea del Sur consiguió acrecentar los ingresos per cápita de 300 a 10.000
dólares al año en una sola generación. La mayoría de los países muy pobres cuentan
con políticas económicas pobres. El cambio de esas políticas suele ser tener un alto
costo político debido a que los intereses creados pierden en el corto plazo, pero
muchas sociedades han vencido resueltamente esos intereses y se han transformado.
En tales situaciones la ayuda internacional ha demostrado ser efectiva para la
aceleración del crecimiento. Por ejemplo, en los años noventa Uganda transformó sus
políticas económicas, y con la ayuda de la comunidad donante internacional ha
sostenido una tasa anual de crecimiento del 7%. En otras palabras, está en camino de
hacer realidad la meta del gobierno de salir de la pobreza en el espacio de una
generación. Dentro de Uganda, un grupo rebelde llamado el fla recluta adherentes
mediante el ofrecimiento a los desempleados de 200.000 chelines ugandeses al mes
(unos 150 dólares). El crecimiento acelerado hará que el reclutamiento sea cada vez
más difícil.

Otro factor de riesgo es el predominio étnico. Si en una sociedad hay un grupo étnico
lo suficientemente grande para dominar las instituciones democráticas, entonces la
mera democracia no alcanza a dar seguridad a las minorías. El predominio étnico es un
problema difícil. El enfoque más realista consistiría en atrincherar los derechos de las
minorías en la Constitución. Esto puede lograrse, ya mediante una legislación puntual
sobre los derechos de los grupos, ya mediante el reforzamiento de los derechos
individuales. Si todos los individuos están a salvo de la discriminación, entonces los
individuos de una minoría estarán a salvo de ella. El alcance de este enfoque depende
de la credibilidad de los controles y equilibrios que el Estado esté en capacidad de
erigir alrededor de los poderes del gobierno. Por lo general las instituciones no poseen
la suficiente firmeza para permitir tal grado de confianza, de manera que pueden
reforzarse mediante compromisos internacionales o regionales. Por ejemplo, la Unión
Europea exige un trato equitativo de sus minorías a los países de Europa oriental que
se le quieren unir. Letonia moderó sus políticas hacia la minoría rusa en respuesta a
este requerimiento.

Si los gobiernos y la comunidad internacional pueden desactivar el riesgo proveniente


de los bienes primarios, generar un crecimiento acelerado y dar garantías creíbles a las
minorías, el riesgo de conflicto se reducirá considerablemente. La prevención de
conflictos puede alcanzarse mediante un gran esfuerzo sobre unos pocos factores de
riesgo.

POLÍTICAS PARA LA CONSTRUCCIÓN DE PAZ


POSTCONFLICTO
Todas las políticas adecuadas para la prevención de conflictos son también adecuadas
para la construcción de paz postconflicto. Sin embargo, no es probable que sean
suficientes. En la primera década de paz postconflicto, las sociedades enfrentan un
riesgo de conflicto algo así como el doble del riesgo predicho por los factores de riesgo
preconflicto. Las sociedades postconflicto corren pues un riesgo adicional considerable
debido a lo ocurrido durante el conflicto.

Varios factores pueden dar cuenta de este incremento del riesgo. Una organización
rebelde ha construido una capacidad militar efectiva, en parte gracias a la fabricación
de un descontento de grupo, en parte gracias a la acumulación de armamento, dinero
y habilidades bélicas. El pueblo se ha acostumbrado a la violencia, de modo que las
normas que inhiben la violencia en la mayoría de las sociedades se habrán erosionado.
Las lealtades políticas de la gente se habrán polarizado.
Campo de refugiados en Kuito, Angola, 1994

Muchas sociedades abrigan severos descontentos objetivos de grupo que dan pábulo a
intensos conflictos políticos, sin por ello acercarse a una guerra civil. El descontento de
grupo y los conflictos políticos intensos no son peligrosos en sí: constituyen de hecho
la materia del quehacer político democrático. Sin embargo, en las sociedades
postconflicto la guerra civil ha forjado primero un intenso conflicto político y luego lo
ha conducido a través de la violencia. Si bien en la mayoría de las sociedades que
abrigan descontentos de grupo no existe la tradición de conducir los conflictos políticos
por medio de la violencia, en las sociedades postconflicto puede no haber una tradición
de conducir los conflictos políticos por fuera de la violencia.

La organización rebelde por lo común conserva su efectividad durante el período


postconflicto. Comparada con una sociedad preconflicto con los mismos factores de
riesgo, la sociedad postconflicto está por tanto mucho mejor preparada para la guerra.
La organización rebelde ya ha reclutado, motivado, armado y ahorrado. Por ejemplo,
se dice que Savimbi, cabecilla de la organización rebelde unita, había acumulado unos
cuatro mil millones de dólares en activos financieros durante la primera guerra, de
parte de los cuales se valió para empezar la segunda.

La paz requiere que continúe el conflicto político intenso, pero que la opción de
conducirlo militarmente se haga impracticable, o que se resuelva el propio conflicto
político. Ambas opciones son difíciles. Para anular la militar se requiere la
desmilitarización de la organización rebelde y su conversión en un partido político
convencional. Esto es factible. Por ejemplo, RENAMO, una antigua organización militar
rebelde de Mozambique, es hoy en día un partido político. RENAMO tuvo la voluntad de
desmovilizarse, mientras que unita no la tuvo. Mozambique fue un éxito postconflicto,
mientras que Angola fue un fracaso, en parte porque Angola tenía minas de diamante
mientras que Mozambique no. Los donantes de ayuda pudieron reunir un paquete
financiero de moderada magnitud para RENAMO, el cual hizo de la contienda política
pacífica una opción atractiva. Los diamantes habían enriquecido a unita hasta el punto
que los donantes no pudieron ofrecerle ninguna ayuda significativa, mientras que una
reanudación de las depredaciones ofrecía ingentes recompensas. Se cree que en los
dos primeros años luego del reinicio de la guerra unita obtuvo unos dos mil millones de
dólares de la minería de diamantes. La enorme importancia de las donaciones de
ayuda para la economía de Mozambique también puede haber ayudado a que la
conservación de un sistema democrático que ofreciera a RENAMO una opción justa de
poder fuese más creíble. El gobierno de Angola no necesitaba a los donantes y, por lo
tanto, no tenía cómo asegurar a unita la preservación de los derechos democráticos en
la contienda política. Incluso cuando el grupo rebelde se desmoviliza, el precedente del
conflicto violento sigue fresco en la mente de las personas. Tal vez por esto el propio
paso del tiempo mejora las perspectivas de paz: los hábitos del conflicto pacífico
reemplazan a los del violento.

© Richard Emblin

Como alternativa a continuar la contienda política pero hacer impracticable la opción


militar está la de resolver el propio conflicto político. Esto requiere como mínimo que
los descontentos sean atendidos, no importa que por lo general éstos no sean más
graves que los de las sociedades pacíficas. Si, en efecto, el descontento de grupo ha
sido fabricado a fuerza de adoctrinamiento rebelde, sería posible desinflarlo mediante
gestos políticos. Si bien hay que atender objetivamente los descontentos, el propósito
principal de esta atención quizás radica en su utilidad para cambiar las percepciones.
La tarea de dirimir conflictos que confunden las fronteras definidas entre la política y la
violencia se dificulta, no importa que el enfoque sea el de restaurar esas fronteras o el
de resolver el conflicto político. No obstante, las actitudes de la población no emigrante
no parecen ser la principal razón para que las sociedades postconflicto corran un riesgo
de ulteriores conflictos tanto mayor que el que acarrean sus factores de riesgo
heredados. Recordemos que el principal riesgo viene de la diáspora que reside en
países ricos. ¿Qué se puede hacer para reducir este riesgo? Una estrategia sería
involucrar a la diáspora en el proceso de paz. Por ejemplo, en el conflicto de Irlanda
del Norte es evidente que la diáspora irlandesa- americana ha desempeñado un papel
protagónico en la financiación de la violencia. Las organizaciones militares rebeldes
protestantes y católicas por igual han participado activamente en la recolección de
fondos en Norteamérica, y un número de armas utilizadas en los tiroteos ha resultado
provenir (esperemo s que por vías indirectas) del departamento de policía de Boston.
Cuando el ala pacifista del ira dio comienzo al proceso de paz, su cabecilla viajó a
Boston, y los gobiernos británico e irlandés del sur escogieron a un senador
estadounidense para que condujera las negociaciones de paz. Una extensión de este
enfoque consiste en lanzar campañas dirigidas a la diáspora en las que se recalca que
la población no emigrante desea preservar la paz, en vista de los altos costos de la
violencia. Las diásporas no suf ragan ninguno de esos costos y, por consiguiente, hay
que recordarles que otros lo hacen. Los gobiernos pueden ir harto más lejos. Las
diásporas son importantes activos en potencia para el proceso de desarrollo, dueñas
de habilidades útiles y conexiones de negocios. Puede asignarse a las organizaciones
de la diáspora tareas específicas para el fomento de la recuperación económica,
presentándoles la opción de escoger entre un papel constructivo y uno destructivo.
Una política complementaria consiste en que los gobiernos de los países donde residen
las diásporas establezcan límites claros a las actividades de las organizaciones de la
diáspora. El apoyo político a las organizaciones rebeldes violentas es legítimo, pero el
suministro de ayuda material no lo es. Por ejemplo, los esfuerzos de los Estados
Unidos por impedir que países como Libia, Sudán y Afganistán acojan terroristas que
han dado muerte a ciudadanos americanos tendrían mayores perspectivas de éxito si
estuvieran incluidas en el contexto de una política internacional para ponerle límites a
la conducta de las diásporas.

La dependencia de las exportaciones primarias resulta ser aún más importante como
factor de riesgo en las sociedades postconflicto que en las preconflicto: un mismo nivel
de dependencia genera un riesgo considerablemente más alto. Para mitigar los riesgos
provenientes de los bienes primarios, los gobiernos postconflicto cuentan con una
opción que no estaba disponible para sus antecesores: el gobierno puede decidir
compartir los ingresos pacífica y legalmente con la organización rebelde. Los rebeldes
no tendrán pues necesidad de combatir para obtener lo que desean. Esto explica tal
vez la decisión del gobierno de Sierra Leona de incluir al cabecilla rebelde en el equipo
de gobierno como ministro de Minas. Ello apunta a lograr que se interesen así más por
la paz. Esta política tiene límites, sin embargo. Si para un grupo rebelde es rentable la
depredación de las exportaciones de bienes primarios, una vez el gobierno lo compra
para librarse de él, ésta probablemente resultará rentable para otro grupo rebelde, que
entrará a reemplazarlo.

Tal como en la prevención de conflictos, el crecimiento rápido ayudará a la paz


postconflicto. No obstante, en las sociedades postconflicto la tarea de alcanzar el
desarrollo rápido requiere de políticas algo distintas. Tras una guerra prolongada las
economías tienden a recuperarse, tan por debajo están de su potencial productivo. Por
ejemplo, en los primeros cinco años de paz después de una guerra de quince años las
economías crecen en promedio un 6% al año. Mozambique padeció una guerra todavía
más larga y se recobró con mayor rapidez si se quiere. Una de las víctimas de la
guerra civil es la confianza. Como la vida es tan incierta, la gente acorta sus horizont es
temporales y se preocupa menos por labrarse una reputación de honradez. Hay
quienes encuentran más rentable comportarse en forma oportunista. A medida que
este comportamiento se hace más común, la sociedad desciende a un equilibrio por lo
bajo en el que predominan las sospechas recíprocas y el oportunismo difundido. Esto
eleva los costos de toda suerte de transacciones de negocios. Por ejemplo, en
Kampala, Uganda, un fabricante de colchones los vendía a crédito y al por mayor a sus
representantes, quienes viajaban al campo para venderlos al detal. Uno de ellos dijo
un día que los rebeldes del norte le habían robado su consignación completa. El
fabricante se vio obligado a aceptar esta coartada y dar por perdido el dinero. Por
debajo de cuerda le informaron que el representante había inventado la historia, pero
él no sabía qué creer. Una vez la sociedad se precipita en la baja confianza, se
necesitan acciones concertadas para cambiar las expectativas; en el entretanto,
muchas funciones con las que cuentan otros gobiernos simplemente no marchan. El
sistema de recolección de impuestos, los tribunales, los contadores y los doctores
pueden haber sido corrompidos todos por el comportamiento oportunista. Desde luego,
las sociedades que han padecido una guerra civil no son las únicas que pueden
experimentar un colapso de la confianza. Así y todo, en las sociedades postconflicto
ésta es la norma. El gobierno puede responder a este problema mediante la
generación de cambios coordinados de las expectativas, institución por institución. Por
ejemplo, un enfoque bastante recurrido ha sido el de clausurar la antigua rama
colectora de rentas del servicio civil e instaurar una nueva institución independiente
con un nuevo reclutamiento de empleados. A cambio de mejores salarios, se les
somete a controles más rigurosos para garantizar una conducta honrada. La novedad
de una institución la libera hasta cierto punto del peso de las malas expectativas con
que cargan las viejas instituciones.

Tropas de asalto acantonadas en Tolemaida, Colombia. 2000

La mezcla de la depredación de bienes primarios y de oportunismo implica que ciertas


personas se beneficien de la guerra. Si bien casi todo el mundo pierde, otros tienen
interés en que la guerra se reanude. Así, cuando las guerras se reanudan, no se trata
por fuerza de un simple desbordamiento de odios irracionales o de hondos temores. De
hecho, quienes esperan beneficiarse materialmente pueden jugar con estos odios y
temores. Una manera en que un gobierno postconflicto puede defender la paz de estas
manipulaciones es la de desenmascarar los intereses personales disfrazados. La
sociedad en general debe darse cuenta de que a ciertos grupos les interesa un regreso
al conflicto.

El corolario de este análisis sostiene que las organizaciones rebeldes, sean existentes o
posibles, pueden ser vistas como agentes económicos racionales. Esto tiene una
implicación esperanzadora y otra de advertencia. La esperanzadora dice que las
organizaciones rebeldes son susceptibles de responder a los incentivos. Por ejemplo, si
el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas anunciara sanciones que hicieran más
difíciles las circunstancias económicas y militares de la rebelión, la incidencia de
rebeliones descendería. La implicación de advertencia dice que la compra de los grupos
rebeldes por parte del gobierno puede ser de muy poca utilidad. En los países donde
las condiciones objetivas hacen que la rebelión sea financ ieramente viable, si un grupo
se compra con dinero habrá otros dispuestos a ocupar esta "oportunidad de mercado"
para la generación de descontentos.
CONCLUSIÓN
Las percepciones populares sobre el conflicto civil aceptan palabra por palabra el
discurso de a l organización rebelde. La guerra civil se representa como un conflicto
político intenso, alimentado por descontentos cuya gravedad ha desbordado los
canales políticos normales. Las rebeliones se interpretan así como movimientos de
protesta social extremos cuyos cuadros son héroes abnegados que luchan contra la
opresión. La verdad es que la mayoría de las rebeliones no pueden ser así. Cuando se
miden de manera objetiva, los principales descontentos - desigualdad, represión
política y divisiones étnicas y religiosas- no brindan mayor poder explicativo para la
predicción de rebeliones. Sencillamente, esos descontentos y odios objetivos por lo
común no pueden ser causa de conflictos violentos. Pueden, sí, generar conflictos
políticos intensos, pero este tipo de conflictos no suelen escalar hasta el conflicto
violento.

En cambio, las características económicas - dependencia de exportaciones de bienes


primarios, bajos ingresos medios, crecimiento lento y grandes diásporas- son
poderosos y significativos vaticinadore s de las guerras civiles. Las rebeliones tienen el
objetivo de la depredación de los recursos naturales o dependen en forma crítica de la
depredación de los recursos naturales para la persecución de otros objetivos. Éstos,
más bien que los descontentos objetivos, son los factores que la prevención de
conflictos tiene que reducir si quiere tener éxito. Como hasta el presente la prevención
de conflictos ha prestado una exigua atención a estas causas del conflicto, es probable
que se abran perspectivas considerablemente más amplias para la aplicación de
políticas (domésticas e internacionales) dirigidas a prevenir los conflictos con mayor
efectividad.

Si bien los descontentos objetivos no generan conflictos violentos, los conflictos


violentos generan descontentos subjetivos. Éstos no son tan sólo subproductos del
conflicto, sino una actividad esencial de las organizaciones rebeldes. El triunfo militar
rebelde depende de lo motivados que estén los soldados para matar al enemigo, y
para esto, como en la teoría leninista clásica de las organizaciones rebeldes, se
requiere adoctrinamiento. De allí que hacia el final de las guerras civiles exista un odio
intragrupal fundamentado en descontentos sentidos. Se ha generado un conflicto que
no distingue fronteras entre la acción política y la violencia. La tarea para las
sociedades postconflicto consiste en parte, como en las sociedades preconflicto, en
reducir los factores objetivos de riesgo. No obstante, las sociedades postconflicto
corren un riesgo mucho mayor que el implicado por los factores de riesgo heredados,
debido a este legado de descontentos inducidos y polarizadores. Deben restablecerse
las fronteras entre la contienda política y la violencia, o debe dirimirse la contienda
política. Ninguna de estas dos opciones es fácil, lo que explica por qué, si ya se ha
producido una guerra civil, las posibilidades de ulteriores conflictos son tan altas.

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