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Para Acabar Con Eddy Bellegueule (Fragmento)

Literatura

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douard Louis

Para Acabar con


Eddy Bellegueule
Traduccin del francs de
Mara Teresa Gallego Urrutia

Ttulo original: En finir avec Eddy Bellegueule


Fotografa de la cubierta: Felix Ledru/Picturetank
Copyright ditions du Seuil, 2014
Copyright de la edicin en castellano Ediciones Salamandra, 2015
Cita de Marguerite Duras ditions Gallimard, 1964
Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.
Almogvers, 56, 7 2 - 08018 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
[Link]
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la
autorizacin escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproduccin parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografa y el tratamiento
informtico, as como la distribucin de ejemplares mediante alquiler
o prstamo pblicos.
ISBN: 978-84-9838-648-6
Depsito legal: B-1.739-2015
1 edicin, febrero de 2015
Printed in Spain
Impresin: Romany-Valls, Pl. Verdaguer, 1
Capellades, Barcelona

A Didier Eribon

Por primera vez, mi nombre pronunciado


no nombra.
Marguerite Duras
El arrebato de Lol von Stein

libro 1

En Picarda
(finales de la dcada de 1990 - principios de la dcada de 2000)

Encuentro

De mi infancia no me queda ningn recuerdo feliz. No


quiero decir que no haya tenido nunca, en esos aos, nin
gn sentimiento feliz o alegre. Lo que pasa es que el su
frimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no
entre en su sistema.
En el pasillo aparecieron dos chicos: uno, alto y pe
lirrojo; otro, bajo y encorvado. El pelirrojo alto escupi:
Toma, en toda la jeta!
El escupitajo me fue resbalando por la cara, amarillo y
espeso, como esas flemas ruidosas que se les atraviesan en
la garganta a las personas mayores o a los enfermos, de olor
fuerte y nauseabundo. Risas chillonas y estridentes de los
dos chicos Mira, toda la jeta pringada el muy hijo de puta.
Me resbala del ojo a los labios, hasta metrseme en la boca.
No me atrevo a limpirmelo. Podra hacerlo, bastara con
el revs de la manga. Bastara con una fraccin de segundo,
con un gesto diminuto, para que el escupitajo no me llega
ra a los labios, pero no lo hago por temor a que se ofendan,
por temor a que se irriten an ms.

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No pensaba que fueran a hacerlo. Y eso que la violencia no


me era desconocida, ni mucho menos. Llevaba toda la vida
viendo, desde siempre, por mucho que me remontase en
mis recuerdos, a mi padre, borracho, pegarse a la salida del
caf con otros hombres borrachos y partirles las narices o
los dientes. Hombres que se haban fijado en mi madre con
excesiva insistencia; y mi padre, bajo los efectos del alcohol,
echaba pestes T quin te has credo que eres para mirar as
a mi mujer, cabrn asqueroso? Mi madre intentaba calmarlo
Clmate, cario, clmate, pero l no haca ni caso de sus pro
testas. Sus amigos, claro est, acababan por intervenir, sa
era la norma, ser un buen amigo, un buen colega, y serlo con
sista tambin en eso, en meterse en la pelea para separar a
mi padre y al otro hombre, la vctima de la borrachera de mi
padre que ya tena la cara llena de heridas. Yo vea a mi pa
dre, cuando alguna de nuestras gatas para, meter a los gati
tos recin nacidos en una bolsa de plstico del supermerca
do y pegar con la bolsa contra un bordillo de cemento hasta
que la bolsa se llenaba de sangre y ya no se oan maullidos.
Lo haba visto degollar cerdos en el jardn y beberse la san
gre an caliente, que recoga para hacer morcillas (sangre
en los labios, en la barbilla, en la camiseta) Esto es lo bueno, la sangre cuando acaba de salir del bicho mientras revienta.
Los chillidos del cerdo agonizante cuando mi padre le cor
taba la caa del pulmn se oan en todo el pueblo.
Tena diez aos. Como empezaba el bachillerato, era nue
vo en el centro. Cuando aparecieron en el pasillo, no los
conoca. No saba ni cmo se llamaban, cosa que no sola
suceder en ese centro, pequeo, en que apenas si haba dos
cientos alumnos y donde todo el mundo se conoca ensegui
da. Andaban despacio, sonrean, no se les notaba ni pizca
de agresividad, hasta tal punto que, de entrada, pens que
venan a conocerme. Pero por qu iban a querer los ma
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yores hablar conmigo, que era nuevo? El patio de recreo


funcionaba igual que el resto del mundo: los mayores no se
trataban con los pequeos. Mi madre lo deca, al hablar de
los obreros Los pequeos no le interesamos a nadie, y menos
todava a los mandamases.
En el pasillo me preguntaron si era yo ese Bellegueule
del que todo el mundo hablaba. Me hicieron esta pre
gunta que me pas luego meses y aos repitindome in
cansablemente.
T eres el marica?
Esa pregunta, al hacrmela, me la grabaron para siem
pre, como un estigma, como eso que los griegos marcaban
en el cuerpo, con un hierro al rojo o con un cuchillo, a los
individuos que se apartaban de la norma y eran un peligro
para la comunidad. Imposibilidad de librarme de ella. Lo
que se me qued clavado fue la sorpresa, y eso que no era la
primera vez que me decan algo as. Nunca se acostumbra
uno a que lo insulten.
Una sensacin de impotencia, de estar perdiendo el equi
librio. Sonre, y la palabra marica, que retumbaba y me es
tallaba en la cabeza, lata en m acompasada con mi ritmo
cardaco.
Yo era flaco, deban de haber calculado que mi capaci
dad para defenderme era poca, casi inexistente. A esa edad
mis padres me apodaban muchas veces Esqueleto y mi pa
dre repeta sin parar las mismas gracias Podras colarte por
detrs de un cartel sin despegarlo. En el pueblo, el peso era
una caracterstica que se valoraba mucho. Mi padre y mis
dos hermanos eran obesos, y tambin varias mujeres de la
familia, y a la gente le gustaba decir Ms vale no dejarse
morir de hambre, es una buena enfermedad.
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(Al ao siguiente, cansado de los sarcasmos de mi familia
sobre mi peso, me propuse engordar. Compraba bolsas
de patatas fritas a la salida del colegio con el dinero que
le peda a mi ta mis padres no habran podido darme
nada y me pona ciego. Yo, que hasta entonces me ha
ba negado a comer los guisos tan grasientos de mi madre,
precisamente por temor a llegar a ser como mi padre y mis
hermanos y a ella la irritaba: Que no se te va a atascar el
ojo del culo, empec de pronto a zamparme todo lo que
se me pona a tiro, como esos insectos que se desplazan
formando nubes y se cargan paisajes enteros. Engord
veinte kilos en un ao.)
Primero me empujaron con las puntas de los dedos, sin
gran brutalidad, sin dejar de rerse, mientras yo segua
con el escupitajo en la cara; luego cada vez ms fuerte,
hasta que di con la cabeza en la pared del pasillo. Yo no
deca nada. Uno me sujet los brazos mientras el otro
me daba patadas, cada vez menos sonriente, interpretan
do cada vez con mayor seriedad su papel y, en la cara, cada
vez ms concentracin, ms ira, ms odio. Lo recuerdo:
los golpes en el vientre, el dolor de la cabeza al chocar con
la pared de ladrillo. Es un elemento en el que no pensa
mos, el dolor, el cuerpo que de pronto padece, herido,
magullado. Pensamos ante escenas as, quiero decir: vis
to desde fuera en la humillacin, en la incomprensin,
en el miedo, pero no pensamos en el dolor.
Los golpes en el vientre me cortaban el resuello y se me
quedaba bloqueada la respiracin. Abra la boca cuanto
poda para que me entrase el oxgeno, hinchaba el pecho,
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pero el aire se negaba a entrar; esa impresin de que se me


haban llenado de pronto los pulmones de una savia com
pacta, de plomo. De repente, me pesaban. Me temblaba el
cuerpo, era como si ya no fuera mo, como si no obedecie
ra ya a mi voluntad. Como un cuerpo que envejece y se
emancipa de una mente que lo abandona, y se niega a obe
decerla. El cuerpo se convierte en una carga.
Se rean cuando me pona rojo porque me faltaba el oxge
no (esa espontaneidad de las clases populares, la sencillez
de la gente de a pie, los que disfrutan de la vida). Me suban
maquinalmente las lgrimas a los ojos, se me nublaba la
vista como sucede cuando nos atragantamos con la saliva
o con algo que estamos comiendo. No saban que si me co
rran las lgrimas era porque me estaba asfixiando; crean
que lloraba. Se les acababa la paciencia.
Not su aliento cuando se me acercaron, ese olor a lcteos
podridos, a animal muerto. Era probable que nunca se
lavasen los dientes, como yo. Las madres del pueblo no le
daban mucha importancia a la higiene dental de sus hi
jos. El dentista era muy caro y la escasez de dinero deter
minaba la eleccin. Las madres decan De todas formas hay
cosas ms importantes en la vida. Todava me est costando
dolores tremendos y noches sin dormir esa negligencia de
mi familia y de mi clase social, y tuve que or, aos des
pus, al llegar a Pars, a la Escuela Normal, cmo algunos
compaeros me preguntaban Pero por qu no te llevaron
tus padres a un ortodoncista? Esas mentiras mas. Les con
test que mis padres, unos intelectuales que se pasaban
un poco de bohemios, le daban tanta importancia a mi
formacin literaria que descuidaron a veces los temas de
salud.
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En el pasillo, el pelirrojo alto y el bajito encorvado vocea
ban. Un insulto tras otro y adems los golpes, y mi silencio,
que persista. Marica, loca, maricn, mariposn, mariquita,
sarasa, julandrn, amanerado, invertido, afeminado, bujarrn,
puto, o el homosexual, el gay. A veces nos cruzbamos por las
escaleras atestadas de alumnos, o en otro sitio, en medio
del patio. No podan pegarme delante de todo el mundo,
no eran tan tontos, los habran expulsado. Se conforma
ban con un insulto, marica nada ms (u otra cosa). Nadie
de alrededor le daba importancia, pero todo el mundo lo
oa. Creo que todo el mundo lo oa porque me acuerdo de
la sonrisa de satisfaccin que les apareca en la cara a otros
en el patio o en el pasillo, como si les diera gusto ver y or
que el pelirrojo alto y el bajito encorvado hacan justicia y
decan lo que todo el mundo pensaba por lo bajo y cuchi
cheaba al pasar yo, y yo lo oa, Mira, Bellegueule, el maricn.

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