Cuenta Rosa, directora de escuela a fines del siglo XIX que: Nadie en mi casa, ni mi padre ni mi madre, pensaban que
yo iba a ser maestra. Desde muy chica trabajaba ayudando a mi padre en el taller de sastrera: l cortaba, mi madre haca los chalecos y los pantalones, yo picaba las entretelas de la solapa. El (...) era el sastre de algunos seores distinguidos, me parece, pero nosotros no lo veamos nunca. Nosotros, yo, a picar solapas. Claro, mi padre saba que yo tena que ir a la escuela primaria y all fui, primero a la escuela de una sola pieza, en este mismo barrio (...) y despus cuando mi hermano entr a primero inferior nos pas a la escuela ms grande que quedaba a 20 cuadras (...) All aprenda y las maestras casi no usaban el puntero. Rosita, me deca la directora, vos s que sos aplicada y tens buena memoria para los versos y los recitados y buena mano para el dibujo. (...) Mi padre quera que yo me quedara picando solapas en el taller porque eso era ms barato que un aprendiz. As estuve todo un ao picando solapas, lavando platos y hachando lea. Hasta que un da le dije: ud quiere que yo me quede toda la vida picando solapas? Yo quiero estudiar para maestra y en la escuela me dijeron que dan una beca. As que ud que conoce tanta gente (pensaba en los clientes de mi padre) le puede pedir una recomendacin a alguno Y a Rosa le dieron la beca porque era muy buena alumna... (...) Cuando ingres a la escuela normal se me abri un mundo. Algunas profesoras y profesores eran seores distinguidos, que hablaban muy bien y que nos recitaban poesas o contaban historias de las que yo no tena la menor idea: los egipcios, la mesopotamia, el renacimiento. Hasta la historia argentina pareca diferente. Un profesor nos reparti libros de distintos poetas. (...) incluso nos enseaban francs, algo que yo pensaba que slo aprendan las chicas de buena familia. All aprend a escribir composiciones, siguiendo modelos literarios, caligrafa, dibujo lineal, hasta cosmografa y qumica. (...) Recuerdo que un profesor nos cont la historia de Los novios de Manzoni y yo me consegu ese libro. Fue la primera novela que le en mi vida. (...) en la escuela encontraba cosas que jams se me haban pasado por la cabeza antes, que nunca haba soado que pudieran existir. Ni mi padre ni mi madre hablaban con nosotros de Europa, de los lugares de donde haban venido. Para ellos era como si esos lugares hubieran dejado de existir. Mam nunca quera pasar por italiana, por eso se haba olvidado del idioma y hablaba como si hubiera nacido aqu. Entonces, el mundo empez para m en las clases de la escuela normal (...) en casa no haba libros, ni revistas, a veces algn diario, pero nada ms. La escuela normal se haba convertido en el mejor lugar que haba conocido hasta ese momento: iban chicas ms finas que las que yo trataba en el barrio, chicas de buena familia, algunas copetudas tambin. Pero no eran tanto las compaeras como los profesores. Yo quera ser como esa gente. Cuando
empec a trabajar como maestra me empec a vestir bien, elegante y sobria, como deba ser, pero a vestir a la altura del cargo que tena. Sinceramente, desde el principio quise ocupar un cargo de direccin, porque me pareca que poda hacerlo mejor que las propias directoras que me tocaban a m. Y llega entonces Rosa a su primera escuela como directora: (...)Aquel era un barrio pobre, con muchas familias que vivan en conventillos, medio amontonados, todos en casa de inquilinato con pasillos largos, piezas que daban a patios estrechos, lugares sin luz donde se coma, se cocinaba, se trabajaba y se dorma, baos comunes, cocinas de brasero en la puerta de las piezas. Justo enfrente de la escuela haba dos conventillos donde la gente era bastante pobre. (...) Haba all un poco de todo: italianos, algn vasco, sirios y bastantes judos o rusos, como les decan, todos muy pobres. (...) Barrios as, de trabajo duro, yo conoca, me haba criado en un descampado peor adonde no llegaron hasta muy tarde los tranvas Lacroze, ni estaba tan cerca de una calle de mucho trnsito como Warnes. No haba nada all que me resultara muy diferente de lo que haba conocido, excepto el hecho nuevo de que esa iba a ser mi escuela. Ese primer da los chicos entraron a clase y yo sal de la escuela. Busqu una peluquera, me acuerdo perfectamente de que el dueo se llamaba Don Miguel y le ped que con todos sus tiles de trabajo me acompaara a la escuela que yo me haca cargo de la maana que iba a perder all. En el segundo recreo, cuando los chicos estaban todos en el patio, empec a elegirlos uno por uno. Los hice formar a un costado y esper que tocara la campana y los dems entraron a las aulas. No me acuerdo qu les dije a las maestras. Era un da radiante. Le expliqu al peluquero que quera que les cortase el pelo a todos los chicos que haban quedado en el patio, que el trabajo se haca bajo mi responsabilidad y que se lo iba a pagar yo misma. Don Miguel trajo una silla de la portera, la puso a un costado, a la sombra, e hizo pasar al primer chico. Tenan un susto horrible. Yo les dije entonces que esa escuela iba a ser la escuela modelo del barrio, que tenamos que cuidarla mucho, mantenerla limpia, tanto las aulas como los corredores y los baos. Y que, en primer lugar, todos nosotros debamos venir limpios y prolijos a la escuela y que lo primero que tenamos que tener prolijo era la cabeza porque all andaban bichos muy asquerosos, que podan traerles enfermedades. El peluquero me miraba; el portero parado a mi lado ya haba trado el escobilln, todo estaba listo. En media hora los chicos estaban todos tusados. Una pelusa fina flotaba sobre el patio, una pelusita dorada o marrn o negra, de mechones que caan al piso y se separaban con el viento. Don Miguel trabajaba rpido, aplicando la mquina cero a los cogotes y alrededor de las orejas, envolviendo a cada chico con un movimiento de torero, en una gran toalla blanca que despus sacuda frente al escobilln del portero. Cuando terminaba con un chico le daba una palmada en el hombro, yo me acercaba y lo llevaba hasta su saln de clase. Despus volva al patio. Los varones ya estaban listos. A las mujeres, despus que desped al peluquero les orden que se soltaran las trenzas y les expliqu cmo deban pasarse un peine fino todas las noches y todas las maanas. Las pelusas flotaban sobre las baldosas
al sol. En el recreo siguiente, relucan las cabezas rapaditas y a los chicos se les haba pasado el susto. Todos iban a recordar cmo los mechones de pelo daban vueltas como pompones esponjosos y huecos sobre las baldosas del patio, al sol, mientras el portero los barra y los chicos pegaban grititos. (...) En 1922, el segundo ao que yo diriga la escuela, pens que como escuela nueva, debamos hacer algo que nos distinguiera. De mi sueldo, porque no haba otra plata disponible, compr metros y metros de taffetas blanca y celeste. Haba que coserla uniendo los dos colores de manera tal que se formara una larga cinta argentina. Por suerte, en casa no faltaba una mquina de coser buena y yo saba usarla como la mejor. Era una de esas viejas Singer a pedal de gabinete laqueado e incrustaciones de marquetera. Me pas varias noches con mam que sostena la tela a la salida del pretil de la mquina. Un trabajo prolijo y bien hecho porque las cintas tenan que poder verse de ambos lados. Despus cort tantas cintas, de unos quince centmetros de ancho y el largo necesario como nias y varones tena en la escuela: iban a ser vinchas para las nias y moos para el cuello de los varones, la primera cinta que iban a tener muchos de esos chicos, por supuesto. (...) Esa maana los chicos se prepararon, por primera vez, especialmente: cada una de las nias se puso su cinta celeste y blanca en la cabeza y cada uno de los varones, su moo al cuello. Despus salimos de la escuela para ir al acto, que fue en la plaza de Belgrano, junto a la iglesia redonda. De lejos nos vieron llegar, bien formados y en orden, con los abanderados al frente y las maestras vigilando las filas, jvenes y discretas. Desde ese 25 de mayo, fuimos conocidos en todo el distrito por los colores argentinos de las vinchas y los moos. Deca la gente: All viene la escuela de Olaya! Esa es la escuelita de la calle Olaya! Fragmentos de Sarlo B, La mquina cultural. Maestras, traductores y vanguardistas, Captulo 1 Cabezas rapadas y cintas argentinas, Buenos Aires, Ed. Ariel, 1998, pp. 11-92